Spira

M.P.
© M.P. (2003)

M. P. Manual de instrucciones del libro. Modelo: Spira (ISBN)

Certificación de calidad. Introducción. Características. Componentes e identificación de los mismos. Componentes de tipo físico. Componentes literarios Conexión del aparato: Antes de proceder a la conexión. Espacio y tiempo ¡Advertencia! Modos de empleo y soportes Conexión. Sintonización del canal adecuado. Memorización de los canales sintonizados. Puesta en hora del reloj. Reproducción de la obra. Función de salto a un punto. Antes de llamar al personal de reparación. Especificaciones.

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Certificación de calidad

El fabricante de este producto certi ca que éste cumple con todos los requisitos exigibles al efecto, así como que no viola la legislación vigente ni atenta contra la moral de las personas. Garantiza, además, que en su elaboración se ha respetado el medio y que no se han vulnerado los principios más fundamentales. El fabricante declara también que el objeto de este producto no es otro que el de promover el ejercicio de la imaginación, el uso y disfrute de la actividad lectora. Por tanto, se considerará delito todo uso irresponsable o dañoso del material aquí contenido. Este producto no contiene conservantes, dependiendo, así, su caducidad de lo sensible del propio lector. Ha sido comprobada su condición de producto hipoalergénico por lo que no son de esperar reacciones adversas en su consumo. Ante cualquier inconveniente contacte con su proveedor habitual.

PRODUCCIONES ALIMÓN. Certificados de calidad.

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Introducción

El producto que usted ha adquirido se inserta en el grupo de objetos cuya denominación común responde al término de “libro”. El libro constituye un objeto físico de tamaño y peso variables que contiene un número indeterminado de hojas de papel limitadas por una cubierta o tapas que las protegen. En cada página del mismo pueden leerse ciertos caracteres combinados de distintas maneras obedeciendo a reglas ortográficas y sintácticas de una gramática particular, dependiendo de la lengua a la que pertenezcan. Por lo general, estos caracteres acaban por conformar, a lo largo de las páginas del libro, una forma de expresión que puede variar según la intencionalidad de lo escrito. Así pues, en el libro, un soporte físico, se guardan datos, pensamientos, opiniones, códigos de conducta, reflexiones, viajes, cantos. En última instancia, el libro se asemeja a un cofre repleto de voces que surgen al ser abierto de par en par. La percepción de tales voces es denominada, por lo general, como “lectura” y consiste en realizar un ejercicio mental por el que relacionamos los caracteres impresos en las hojas con un significado que ligamos al mundo y a nosotros mismos. La energía o el mecanismo que pone en marcha esa percepción consiste en una combinación de varias capacidades: la vista, la memoria, el reconocimiento y la imaginación. La “audición” lectora, por otro lado, constituye un cierto enajenamiento por el que abandonamos nuestro plano existencial para insertarnos, temporalmente, en una realidad ajena y, en ocasiones, maravillosa, que puede conectarse con nuestro mundo interior o inconsciente. La lectura, además, tiene un correlato, una suerte de procedimiento inverso y primero por el que el proceso comunicativo que se da entre quien “habla” y quien “escucha” llega a una materialización física a través de los caracteres 14

mencionados y a los que llamaremos definitivamente “letras”: la escritura. La escritura es, a su vez, la consecuencia última de toda una elaboración creativa compleja en la que se combinan diversos elementos y acciones de naturaleza distinta. No es únicamente una la función que la escritura cumple, pero sí es cierto que una de las más importantes puede ser, acaso, la de la comunicación entre las personas sin distinción de edades, razas, credos o sexos. Por otra parte, el desarrollo de tales actividades vinculan al ser humano con una necesidad biológica no menos interesante: la de soñar.

Características del producto En su caso ha adquirido un libro cuyas características pasamos a enumerar brevemente. Compruebe que en el paquete que su vendedor le ha proporcionado se encuentran todos los componentes, pues la falta de alguno de ellos podría conducir a un mal funcionamiento del aparato o, en su defecto, a la inutilidad del mismo.

Componentes e identificación de los mismos Componentes de tipo físico Portada: Página diseñada a propósito de la obra, que pretende recoger el alma de la misma y transmitirlo visualmente al lector, como un avance inmediato de lo que se va a encontrar dentro de las páginas del libro. Además actúa como reclamo comercial. En la portada usted podrá leer el título de la obra “Spira”. El título actúa a modo de nombre y puede estar integrado por una o varias palabras, aunque también existen variantes más ingeniosas. También puede encontrarse la denominación de quien ha creado, dirigido o producido dicha obra, esto es, el autor, cuya edad puede ser cualquiera, de sexo masculino o femenino o, incluso, estar integrado por un colectivo que, bajo esa

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calificación corporativa decide acometer la empresa literaria. En este caso, quien asume tales tareas responde al nombre de M.P. En la portada, también se encuentra el nombre de aquella empresa que decide hacerse responsable de su reproducción a menor o gran escala, así como de su distribución, su promoción comercial y venta. El tipo de empresa que se encarga de estas tareas es la editorial. En el presente caso, la editorial que ha asumido tal reto se denomina como XXXX. A la vuelta de la portada, a mano izquierda y en la zona baja de la página pueden leerse algunos otros datos de interés que tienen que ver con el autor y la empresa que edita el libro, así como la ley.

Una segunda página en blanco repite el título, así como el nombre del autor. Y tras esto comienza la obra. Tras la obra que puede leerse de corrido o fragmentada en capítulos (algo así como episodios), y tras el final de la misma, suele aparecer el índice, aunque éste no es imprescindible. Una página en blanco y una contraportada en la que pueden leerse resúmenes de la obra, así como algunas líneas sobre la persona del autor, aunque esto último también puede aparecer en la portada, a modo de solapilla doblada hacia el interior del libro. En esta solapa, a veces, se puede encontrar una fotografía del autor.

Hay que advertir, no obstante, que las diferentes empresas editoriales pueden variar en estos puntos pues cada una de ellas sigue lo que se considera como línea editorial, que no es sino unos principios estéticos y de contenido que especializan a la tal empresa dentro del vasto campo comercial.

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Componentes literarios La obra ha sido compuesta en 15 capítulos de variada extensión cada uno de ellos. Aunque no se han incluido ilustraciones sí existen diferentes estilos tipográficos que responden a una intención por parte de la autora. Para más detalles véase el epílogo donde se detallan estos aspectos.

Conexión del aparato Antes de proceder a la conexión Para que la obra comience su funcionamiento es preciso realizar su conexión. Para ello se requieren algunos componentes adicionales que no le serán proporcionados por su vendedor y que tampoco se incluyen en la obra, sino que deberán ser aportados por usted mismo. Aunque tal circunstancia no suele ocasionar gastos sustanciales es preciso que los conozca antes de iniciar el proceso de lectura.

Espacio y tiempo Un libro puede comenzar a ser leído en cualquier lugar y momento, aunque le recomendamos que siga atentamente los siguientes pasos a fin de conseguir una lectura óptima de este libro. Escoja un lugar relajado, tranquilo (su casa, por ejemplo) o algún otro más impersonal si es usted un tipo de persona al que le gustan los espacios compartidos y con aire efímero, como de lectores de prensa, más acorde con las tendencias actuales (el metro o una biblioteca servirían). También pueden servir para tal efecto los escaparates de las librerías, si a usted le agrada la exposición a los demás en cierta actitud de vanguardia. Los espacios dedicados al culto religioso son los más indicados para 17

aquellos lectores que deseen una lectura tendente a la trascendencia, con el matiz de que no resulta apropiado moralmente la lectura en los funerales. Los lugares ruidosos quedan, en principio, desaconsejados a todos aquellos que no pretendan hacer una lectura de inicio a las prácticas budistas, pues resulta conveniente concentrarse, sobre todo si usted tiende a la distracción. Tampoco resulta idónea la consulta del dentista, así como la del ginecólogo si usted es mujer, pues la lectura compulsiva y apresurada le causaría cierto grado ansioso, poco recomendable antes de atravesar el umbral de la consulta. Para la lectura de este libro se desaconseja totalmente su lectura en la playa, aunque si lo que le apetece es un espacio natural puede recurrir al verde de los bosques y a la altura de las montañas surcadas por serpenteantes ríos, y que contribuirán a una lectura equilibrada y apasionada.

En cuanto al momento, se recomiendan, especialmente, las tardes lluviosas de otoño.

*¡Advertencia!: Este producto ha sido elaborado especialmente como sustituto de la televisión, así que se aconseja un previo tratamiento de desintoxicación para no sufrir los consabidos efectos de dependencia que trastornarían el proceso lector.

Modos de empleo y soportes: Como ya se avanzó al inicio de este apartado, existen algunos componentes adicionales que usted deberá aportar y que pueden ocasionarle unos mínimos gastos. Pasamos a su enumeración:

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Estos gastos dependen del espacio y el tiempo que usted escoja para leer el libro. Por tanto, antes de abrirlo, debe valorar estos aspectos y elegir la modalidad de lectura que mejor se acomode a sus necesidades, así como a sus gustos:

Para leer es necesaria la luz, pues en caso contrario, los caracteres escritos en las hojas resultarían ininteligibles, por lo que el proceso de lectura quedaría frustrado desde el comienzo.

Es preferible estar sentado y mantener el libro apoyado en un soporte. La lectura en pie, por lo general, ocasiona cansancio y el posible tembleque de nuestro pulso al sujetar el libro entre nuestras manos puede provocar lecturas parciales o incorrectas.

Aunque no es imprescindible, la lectura puede ser más agradable en silencio o con una música suave de fondo, siempre en bajo volumen, para que no se produzcan molestas interferencias. Se puede, incluso, buscar una composición adecuada a lo que se lee, a modo de banda sonora.

Se ha demostrado que la comida abundante dificulta la lectura, sobre todo si deben emplearse cubiertos, por lo que le recomendamos ligeros aperitivos o dulces, café, té, infusiones o alguna pieza de fruta. Estos toques ayudan a establecer una relación más cercana entre la obra y el lector.

Si usted fuma tenga en cuenta que el nivel de oxígeno en su cerebro disminuye proporcionalmente al incremento de humo en el mismo. Si, no obstante, usted se

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encuentra más relajado con un pitillo entre sus manos, procure tener junto al libro su paquete de cigarros para evitar constantes interrupciones en su lectura.

Si lee en la cama procure no olvidar quitarse las gafas antes de quedarse dormido, en caso de emplear este instrumento para leer. Se recomienda una cierta disposición lectora, un relajamiento especial, así como la desconexión de aparatos que puedan emitir toda clase de ruidos intermitentes, tales como el teléfono, despertador (excepto si opta por una lectura cronometrada), etc.

Una vez sentado con el libro entre sus manos se hallará en disposición de comenzar la lectura.

Conexión Respire lenta y profundamente. Cierre los ojos e incline su cuello hacia atrás un tanto. A continuación procure sentir cómo todo usted se vuelve poroso, abierto, casi como un fantasma. Piense en el título del libro, qué sensaciones le provoca. Abra con cuidado el libro y con los ojos todavía cerrados procure imaginar una puerta que se va abriendo y una extraña luz que lo sorprende desde el fondo de la estancia y la voz mágica del Amor que pronuncia su nombre con cierta sensualidad. Usted sabe que existen dos opciones: detenerse en este punto y abandonar la aventura. O participar de las reglas del juego y avanzar hasta cruzar al otro lado de la puerta. Usted no sabe qué hay al fondo de la estancia, ni quién lo llama con exactitud. Usted está en su derecho de negarse, de mostrarse suspicaz. Nadie le recriminará no haber sido lo suficientemente lector, nadie dirá de usted que fue un cobarde. Porque nadie le observa, todo queda entre usted y la máquina, el artefacto que palpita entre sus manos. Si, por el contrario, decide 20

aventurarse debe saber que de nada valen las inconsciencias. Entrar en esta casa es como irse de viaje a un nuevo mundo en el que todo nos resulta diferente e incomprensible. En el que rigen unas reglas diferentes. Si esto le asusta piense en la libertad que esto implica. Recuérdese cuando aún de niño acordaba con sus amigos quién era el ladrón y quién el policía, y cómo todos se comportaban conforme a este pacto, aceptando reglas que contravenían el discurrir real de las cosas, su normalidad. Si aún así no siente que sus pies se adelantan a usted, abandone. Este libro no es su libro. Pero si, por el contrario, usted desea conocer y, sobre todo, dialogar abiertamente conociendo otro idioma que también es el suyo, avance. Antes de atravesar el umbral una última prueba. Pregúntese, como cualquier enamorado: “Spira, ¿te deseo?”. En caso afirmativo abra poco a poco sus ojos. Acaba de establecer una conexión aceptablemente segura.

Sintonización del canal adecuado Una vez establecida la conexión es aconsejable la sintonización. Existen varios canales posibles a tal efecto, pero el más aconsejable es el de la imaginación. Entiéndase por imaginación aquella facultad por la que la mente es capaz de generar imágenes. No sienta pudor. Imagine en libertad. Si a medida que avanza en la lectura siente la incomodidad propia de los lectores acostumbrados a que la historia imagine por ellos, déjelo. Este libro no es su libro. Para que la sintonización sea clara debe aparcar ciertas exigencias habituales: sustituya la incomodidad que puedan producirle algunos interrogantes o lagunas por soluciones propias por descabelladas que le parezcan. La sintonización más segura y estable requiere de su participación activa. No desista. Juegue. Ofrezca sus soluciones. Al leer usted también está escribiendo. Dialogue. Dialogue conmigo. Y no restrinja los límites de la fantasía con requerimientos 21

formales. No se ahogue. Deje en paz a los géneros y conceda una oportunidad a otro tipo de expresiones. Desátese la melena. Cante. Baile. Y, sobre todo, no sea impaciente.

Memorización de los canales sintonizados La obra se ha elaborado de tal manera que resulta recomendable hacer uso del ejercicio memorístico pues las imágenes representadas en la misma ayudan a su articulación. Recuerde palabras, pero también sugerencias, hipótesis a las que usted mismo llegó... El orden de la obra, la conexión entre unas cosas y otras viene dado por este hilo conector que sólo con su colaboración se puede establecer. Prescinda de otros recursos para guiarse: el tiempo, el espacio, la linealidad o consecución de las historias. Y nunca olvide el título de la obra.

Puesta en hora del reloj Sincronice su reloj al comenzar la lectura. Apunte en un papel a qué hora comenzó y a qué hora finalizó. En el caso de una lectura fragmentada vaya anotando el tiempo invertido. Al acabar el libro compruebe cuánto le ha costado leerlo. Ese es todo el tiempo que no existe en el libro. Ese es el tiempo exacto en el que usted ha estado en contacto con el no tiempo.

Reproducción de la obra Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia las historias trazadas en los libros se disponen en caracteres agrupados de izquierda a derecha y que discurren de arriba hacia abajo. Concentrando nuestra atención en el primer grupo de caracteres y relacionando éstos con su significado impreso en nuestra memoria, se está en posesión momentánea de una littera, misiva o palabra. Cada una de éstas, formadas como se ve 22

por varios elementos, se sitúa un tanto más adelante y abajo que la anterior, principio que da sentido a la Litteratura, ya que cualquier otra combinación produciría formas quizá más bellas o pintorescas pero incapaces de trasladar de aquí al otro lado. Las palabras se leen de frente, pues desde atrás o de costado resultan particularmente borrosas. La actitud natural consiste en mantenerse de frente, la mente relajada, la vista fija y atenta aunque no tanto como para dejar de leer las palabras inmediatamente situadas a las que nos deslizamos, y meditando profunda y regularmente. Para leer las palabras se comienza por deslizar esa parte del cuerpo situada en la parte superior del rostro, parapetada en ocasiones tras lentes, y que salvo excepciones enfoca exactamente la palabra. Puesta en la primera palabra dicha parte, que para abreviar llamaremos ojo, se enfoca la parte equivalente (también llamada ojo, pero que no ha de confundirse con el ojo antes citado), y llevándola a la palabra se las hace coincidir, con lo cual en ésta descansarán el ojo y el ojo. (Las primeras palabras son siempre las más difíciles, hasta adquirir el enfoque necesario. La coincidencia de nombre entre el ojo y el ojo hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no mover a distintas palabras el ojo y el ojo). Una vez concluida la lectura de la palabra, basta repetir los movimientos hasta encontrarse con el final de la obra. Se sale de ella fácilmente, con un ligero giro de muñeca que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta que abramos de nuevo la cubierta del libro.∗

Para quien muestre suspicacias con respecto a este párrafo se recomienda la lectura de “Pequeña historia tendiente a ilustrar lo precario de la estabilidad dentro de la cual creemos existir, o sea que las leyes podrían ceder terreno a las excepciones, azares o improbabilidades, y ahí te quiero ver”, de Julio Cortázar. Confróntese, asimismo con la novela moderna “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y “Segunda Parte del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha ”, de Pierre Menard. (N. del E.)
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Función de salto a un punto Usted puede comenzar por la página primera del capítulo primero: Lanzarote. Seguir el curso del libro hasta su conclusión. También existen otras alternativas de lectura: Puede escoger, también, de entre estos capítulos para iniciar: “La historia de un caballero andante que sí viene a cuento o el aleteo de una mariposa”, “Un artículo publicado o Dos documentos de la Compañía: el informe del caso 0111/06-Sz y una carta de despedida” o “El Ama de Llaves”. Una vez escogido el comienzo sería conveniente que leyera los capítulos conforme a su disposición en el índice. Declinamos toda responsabilidad derivada de otras alternativas que usted pueda escoger con respecto al orden de lectura. Por favor, no prescinda de ningún capítulo. Sea indulgente. Le estamos viendo.

Antes de llamar al personal de reparación Asegúrese de que ha sintonizado correctamente el canal adecuado. Que no ha olvidado las recomendaciones suscritas en el presente manual. Que respondió sinceramente a la pregunta de “Spira, ¿te deseo?”.

Especificaciones En caso de extravío se recomienda acudir relajadamente a su oficina de personas perdidas más cercana donde le orientarán adecuadamente cómo y cuándo recuperar el hilo. Ciérrese el libro por una temporada y retómese en algún otro momento más adecuado.

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“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión. Una sombra, una ficción”.
Pedro Calderón de la Barca (La vida es sueño)

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Lanzarote

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“Es en el décimo piso”, dice el teniente.
Julio Cortázar (Todos los fuegos el fuego)

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La noche ha extendido su negro manto sobre la tierra. Hace horas que todos duermen, sin embargo, ella mantiene la luz de su cuarto. Y yo, espía de sus pensamientos, me oculto tras los árboles, bajo su ventana. Sin duda, algo ha atrapado su atención y el no saber qué cosa es ello me irrita sobremanera. Ella, ¡Oh! Sí, ella, la más hermosa, la más dulce e inteligente. Una Julieta, una Dafne, una Roxana... Ella, la soberana de mi corazón, la estrella y guía de este marino perdido. Ella. Esta mañana la he notado agitada. Quizá ha sido la presencia del conde lo que la molestó o quizá la mía. Pero no creo que yo le desagrade pues soy comedido y discreto, jamás provocaría una situación embarazosa o inoportuna a tan virtuosa dama. Podrán decirme los estúpidos que es airada, altiva o arrogante; los necios me acusarán de débil por ceder a todos sus deseos (aunque esto de nada me vale, tan sólo para que me considere un buen amigo). Pero sé, como clara era esta mañana, que, en realidad todos me envidian porque estoy a su lado. ¡Ah! ¡Si yo pudiera hablarle de amor con sinceridad, mirándole a los ojos...! Pero mi valor se esfuma en cuanto su presencia dista de la mía dos pasos. Sólo de pensar en ello me aborrezco, pues como aquel patán, sufro desmayo perpetuo ante la que adoro y mi boca se reseca y mi lengua se vuelve torpe. Las palabras languidecen y no aciertan a salir y, de hacerlo, escapan atropelladamente como huyendo de su interlocutora. En fin, acabo convirtiéndome en un bufón maltrecho y ella me mira tiernamente, como a un niño, y sonríe. ¡Mas, por Dios que yo la amo! ¡Y he de hacérselo saber! He desechado la idea de escribirle cartas, pues no soy poeta y tampoco conozco alguno de buena voz y de fiar, así que no le cantaré gestas amorosas a través del fino papel. ¡Oh, ruina! ¡Oh, despecho del alma! ¡Qué ingrata eres conmigo sin saberlo! Veo tu silueta recortada a través de los cristales. Vas y vienes con impaciencia, diríase que vives en continuo tormento. Tú, mi bella, atormentada en esta clara noche llena de estrellas, en que la brisa agita suavemente las ramas de los árboles haciendo que las hojas se derramen sobre la tierra. Mi sombra te vigila, mis sueños te imaginan y mi consciencia te sueña, y ya no sé si este estado en el que me encuentro es amor o locura, que no me parece que pueda amarse tanto y no

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estar cerca de la muerte. ¡Mírame, mujer, al borde del abismo! ¡Contempla con tus ojos esta ciudad caída, esta Jerusalén arrasada y ten piedad de ella! Cierto que merezco lo peor, que yo fui un cobarde y un descuidado, pero mi enmienda no ha pasado desapercibida para nadie, ni siquiera para los cielos, ya todos comentan: ¡Ved a ése, que era un fatuo y ahora es manso cordero! ¡Ved al alegre trocado en triste! ¡Vedle, vedle! Y es tan cierto como que hasta me he ganado mi puesto entre los ángeles, pero tú ¡oh, tú! recién llegada a mi pueblo, a mi ciudad, nada sospechas y te has adueñado de mis calles, de todas las casas, de las fuentes y las estatuas. Ya nada es igual, pues a cada esquina pienso: “Ella pasó tal tarde por aquí” o “En esta fuente refrescó sus rojos labios”. El aire huele igual que tu perfume y ninguna mujer viste con elegancia si no viste como tú. Todas son groseras o superficiales. Hermosa, ¿de dónde has venido? ¿Qué extraño país te vio nacer y te dotó de las más exquisitas virtudes? Quizá provienes del oriente y por eso seduces con facilidad o quizá eres del Africa y tu cuerpo ha recogido la luz de los atardeceres de aquellos remotos países. O eres del frío norte y has heredado la reflexión de los hielos. Acaso seas de aquí mismo y nadie sabía nada...Desearía... ¡No! ¡Deseo! ¡Deseo aunque sea lujurioso y terrible! Deseo, digo, oír tu voz musical, tu voz de arrullo y ojalá mis manos fuesen capaces de invocarte, cual espíritu, para que mis noches fuesen más cálidas con la dulce musicalidad de tu voz acunando mis sueños... Llegaste a mí como un trueno, como una tempestad o un terremoto, como llega la guerra, imprevista, voraz, violenta, terrible. Y sacudiste mis entrañas, mi alma... Todo yo temblé ante tu presencia y me dije: “Esta es, es ésta.

Ese muchacho... Cree que no le he visto... Pero sí. Otra noche bajo mis balcones es mudo espectador de mi desasosiego. Podría hacerle subir para ahogar mi llanto contra su pecho. Así arrojaría mi soledad y la carga de este peso insufrible al compartir mi dolor con él, pero no... No puedo. Mi egoísmo no debe ser tan grande, mi discreción debe ser absoluta. Sólo yo, ¡oh Dios! Sólo yo debo caminar con esta cruz sobre mis espaldas. Ahí sigue, sí... Se figura que no conozco su secreto. Debería saber que una mujer como yo ya lo sabe casi todo y de no ser así... Al menos se lo figura. ¡Descansa, mente! ¡Reposa un instante, alma mía! Mis pensamientos vagan acelerados y en confusión. ¡Qué angustia mortal! Tanta responsabilidad en

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mis frágiles manos. ¡Todo un imperio dependiendo de ellas! Apagaré la luz, sí. De esa forma engañaré al joven Romeo que me observa tras los árboles. No se figura lo inoportunos que resultan ahora sus requiebros amorosos... Mas, detente lengua ingrata, pues se trata de un joven enamorado y tal condición disculpa su inocente comportamiento... Yo misma, de hallarme en otra situación quizá correspondiera a sus galanteos y halagos. No ignoro quién fue, pero tampoco quién es ahora. ¡Oh! ¡Liviana sin escrúpulos! ¿Cómo puedo entretenerme con

semejantes desvaríos? ¿Cómo puedo soñar en situación tan extrema? Con razón siento que no soy digna de la confianza que se ha depositado en mí... Sin embargo... ¡Oh! Sin embargo ya es imposible retroceder... Se va. Sin duda cree que duermo. Infeliz... Hace tiempo que mis ojos no descansan, si lo hicieran, quizá no volverían a abrirse jamás. El sonido ronco y ensordecedor de un trueno partió el cielo en dos. Las gotas de agua se estrellaron contra los cristales. Súbitas ráfagas de viento removieron las hojas secas en el suelo. Ella retiró los visillos. Desde su ventana podía verse la torre de la catedral y, en ella, el reloj, que ya marcaba las cuatro y cinco de la madrugada. Se volvió repentinamente y bajó las escalera de caracol lo más rápida que pudo, la mansión descansaba en la oscuridad plena desde la marcha del muchacho. Se cubrió con una enorme capa de color negro y ocultó sus cabellos bajo la capucha. Cerró con cuidado y corrió como desesperada. Pensó que el azar le brindaba una inesperada protección. Sería prácticamente imposible encontrar a nadie por las calles. El barro salpicó sus botines. El sudor recorrió su cuerpo. No debía mirar hacia atrás, no debía. No había tiempo. Oyó el eco de unos pasos. Se detuvo en seco y corrió a ocultarse tras una de las columnas, en Los Arcos. Cerró los ojos y contuvo la respiración. Una sombra se hizo perceptible con la luz de un rayo. Tembló cuando los pasos se convirtieron en amenazas lentas y cercanas. El silencio... un silencio terrible alborotó la calle y sintió que de su pecho perturbado luchaba por salir un grito de desesperación. Los pasos resonaron de nuevo. Se alejaban. Sólo entonces comprobó que se hallaba muy fatigada y por un instante le tentó la idea del descanso. No debía mirar atrás, no debía, no. Continuaba lloviendo. Se asomó y miró a ambos lados. Corrió hacia las afueras. Realmente ¿era justo lo que iba a hacer? ¿No recibiría un castigo por su acción? ¡Cuánta gente confiaba en ella sin saber nada! Cuando miraba sus manos veía la atrocidad que, como guantes negros de encaje, las envolvía con disimulo, las revestía de

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hipocresía y apariencia. ¡Demonios! Estaba olvidando el auténtico fin de sus actos: la libertad. Un caballo resopló. Lo desató del árbol y lo montó. El animal, como si intuyera la zozobra de su dueña partió al galope con una furia demoníaca. El cabello de la dama se libró de la capucha y la lluvia lo empapó. El viento golpeaba en su cara. Le golpeaba el mundo, los elementos. La naturaleza entera reprobaba lo que iba a hacer. La mañana despertó fresca, pero brillante. Entre las gentes la conversación se refería a la tormenta de la noche anterior, pero alguien callaba. Alguien que sabía que lo más intrigante y emocionante de la noche no se refería a la tormenta, sino a cierta joven huidiza y recelosa, con un comportamiento propio de alguien que huye por algo que ha hecho o de alguien que prepara algo por lo que tendrá que huir después. El viejo Tiresias mordisqueaba una manzana como podía porque a sus años quería conservar los pocos dientes que le quedaban sanos: como mucho tres. Apoyado contra el puestecillo de fruta observaba los movimientos de las mujeres al comprar y escuchaba sus conversaciones. Que si la tormenta por aquí y por allá, la joven, porque joven debía ser tan rápidamente corría y tan fatigosamente respiraba su femenino pecho, sólo como una mujer lo hace. Y el trueno, y la joven, la luz y los desesperados pies en dirección a las afueras, a esas horas, raro, sí, muy raro. ¿Sería bella? Una mujer enamorada camino de la casa de su amante, una dama... su capa volando al viento y agitándose como loca, el perfume dulce. Una dama... ¿Y su amante permite eso? ¿No debería ser él quien... ? ¡Ah! Será casada, sin duda. La dama casada que teme aún más que las otras damas que se descubran sus escarceos amorosos. Un carruaje se acerca y se detiene frente al puesto contiguo, el de la florista. Se abre la puerta, un gran hombre baja de él. Es rico, su vestuario porta numerosas joyas. El penacho de su sombrero, inigualable, hace que todo el mercado lo identifique: es el conde.

-¡Mujer! -¡No grite! ¡No grite, que no soy sorda! -Más respeto, florista. ¿Ves estas flores? ¿Las ves? ¡Pues mira lo que hago con ellas! El sucio barro es su mejor maceta. ¿Cuántas veces te he comprado flores? ¡Muchas! ¡Innumerables! Y me vendes este ramo... ¡Quiero mi dinero! ¿Has oído, impostora? Mi dama no las ha recibido, tanto ha sido su asco que ni siquiera me ha abierto la puerta. Tus apestosas

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flores tienen sin duda toda la culpa. Te exijo... que me devuelvas el dinero que pagué por ellas. ¿Estás sorda? -No, no señor. Pero no puedo devolverle el dinero. -¿No has oído lo que te he dicho? Mi dama, mi dama ¡no me ha recibido por culpa de tus flores! -Discúlpeme, señor conde. -¡Joven! Usted... ¿aquí? -Sí. Los paseos matutinos me animan. Me temo, señor conde que vuestra... nuestra dama, si me permite, ya que es tan querida por todos nosotros, digo, nuestra dama no os ha recibido no por causa de esas flores que, con todos mis respetos hacia usted y la señora, son preciosas. El motivo de tan fatal... ¿puedo decir... desplante? se debe a que la señorita no se encuentra en su mansión. -¿Cómo? -Lo que le cuento. No niego que mis paseos matutinos poseen una clara finalidad, que no es otra que la de encontrar unos bellos ojos tras la salida del sol. No me negareis que sus ojos son extraordinariamente bellos... -Sí... pero, bueno... -Lo son, señor conde, lo son. Nuestra querida amiga ha tenido que partir apresuradamente esta noche debido a compromisos ineludibles con su familia, aunque ignoro todo lo demás. -¿Y cómo sabéis eso? -Al llegar anoche mis criados me entregaron una carta en la que se me explicaba el asunto tal y como os lo cuento. De haber llegado más pronto sin duda la habría acompañado, pero, me entretuve por el camino más de la cuenta, en cierta taberna... bueno, es igual, ya sabéis cómo son los despechos de un enamorado no correspondido... -Bien lo sé, pero... continuad, os suplico. -Eso es todo. Cuando llegué a mi casa los criados me entregaron la carta. Resolví volver de inmediato a su mansión, pero ella ya había partido. Me preocupa que una mujer viaje sola por esos caminos y más aún tan entrada la noche...

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-Bien, entonces no han sido las flores... De todas formas, puede quedarse con ellas, ya no me sirven. Por cierto, aquel puesto las ofrece más frescas y a mejor precio, quizá, a partir de ahora, me aventure a... nuevas experiencias. Buenos días, señora. Buenos días, joven. El coche salió del mercado. El joven lo siguió con la mirada durante un buen rato, después marchó caminando y pensativo. La dama, la tormenta, la fatiga... Compromisos familiares... Tiresias mordió el último trozo de la manzana. Un hilillo de sangre le resbalo por la comisura de los labios. Ya sólo le quedaban dos dientes.

Julia dejó la novela sobre la mesa. Suspiró hondo y se levantó de su sillón. ¡Qué monotonía tan terrible!

-Lo que ocurre es que te aburres. Ahora que tienes tiempo libre te aburres soberanamente. Siempre he dicho que eres una mujer a la que le gusta andar metida en mil jaleos a la vez. La miró de reojo. A veces no sabía si su querida amiga Mánya se mantenía todavía en la candidez más pura de la tierna infancia o si esa sensación de ingenuidad espontánea era en realidad una máscara con la que ocultaba una personalidad mucho más desarrollada y temible. -Deberías hacer un viaje. No estaría mal... conocerías un hombre, vivirías una estupenda historia de amor y volverías con fuerzas renovadas. En ocasiones, puede sacarse un buen consejo de entre un montón de disparates y estupideces. Quizá lo conveniente era hacer un viaje. -Me marcho. Tengo cosas que hacer. Anímate, pareces una solterona amargada. -Adiós. Se cerró la puerta. Por un momento creyó recordar algo, pero al instante el pensamiento se había desvanecido. Sin embargo, al ir hacia la cocina, volvió. En realidad no se trataba de un recuerdo sino de un deseo reprimido y que por serle íntimo creyó reconocer como un recuerdo. No deseaba viajar, al menos, no del todo. De pronto se dio perfecta cuenta de qué era lo que quería. Fue corriendo a la salita y encendió la música. Abrió los armarios y los vació de ropa.

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Llenó las maletas. Dispuso toda una hilera a lo largo del pasillo estrecho. Revisó la despensa y encontró cantidades ingentes de galletas, chocolatinas, panes tostados, botes de paté, botellas de agua mineral... etc. Poco después llamaba a la puerta de la vecina. Haría la escalera dos semanas seguidas para compensarla. Sí, claro que intentaría pasárselo lo mejor posible en Lanzarote. Salía de madrugada, adiós, buen viaje. Entró en casa y bajó todas las persianas, aunque no totalmente. Cerró el gas y el agua. Apartó las sillas del centro de la salita, apartó también la mesa. Dispuso a su alrededor la comida, la bebida y lo necesario. Se sentó sobre la alfombra y se quitó las zapatillas.

Recuerdo aquel día como si se tratara de un cuadro de Munch, lleno de luz y colores vivos. Recuerdo las espaldas anchas de un hombre joven, aterciopeladas por una pelusilla rubia. Recuerdo mi figura de niña escuálida montada sobre aquellas espaldas, que se sumergían dentro de un mar en calma. Asocio esa imagen con el sentimiento de la seguridad, de saberse protegido. Asocio esa imagen con la niñez, etapa cándida en la que uno vive sin plantearse los pros y los contra, sin miedos, sin perturbaciones de ningún tipo. Recuerdo otro día parecido, en que las espaldas de otro hombre me salvaron de morir ahogada. Mis esfuerzos por salir del mar fueron interpretados por aquel hombre moreno como una petición de auxilio, afortunadamente para mí. Aquello hizo que se lanzara a mi rescate en el momento oportuno. Pero yo lo supe: se trataba de un hecho fortuito. Pudo tirarse (en este caso lo hizo), pero pudo no hacerlo... Esta imagen, también de un cálido verano, la asocio a la edad adulta, mucho más penosa, triste, decepcionante. Creo que fue a partir de entonces cuando comencé a pensar en lo valientes que son los niños. Me sorprendía a mí misma observando, absorta, a los bebés que jugaban en la plaza. Me llamaba la atención esa capacidad de asombro ante todo lo que les rodea, cómo se enfrentan a la multiplicidad de aventuras constantes que la vida les propone. A veces lloran, pero si tenemos en cuenta la proporción de novedades que les asaltan y la de las ocasiones en que ellos reaccionan de una manera negativa, tenemos que concluir que nuestros bebés son auténticos héroes. Resulta curioso cómo, a medida que nos hacemos mayores y acumulamos experiencia, desaparece, progresivamente, la capacidad de asombro y, sin embargo, aumentan los temores, las dudas, los prejuicios...

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La noche transcurrió tranquila, sin sobresaltos. A las siete y media sonó el despertador de los vecinos. Las calles de la Avenida Principal se hayan colapsadas, procuren utilizar vías alternativas para llegar a sus puestos de trabajo. Cariño ponme dos tostadas, hoy tengo prisa. El día ha amanecido nublado, pero se espera una mejoría, las temperaturas serán altas. Ya tienes la camisa, no, esa no, la azul. Quería la blanca a rayas. Pero yo ya te he planchado la azul. ¡La azul no me va bien con los pantalones! ¿Y las tostadas? ¡Yo no tengo doscientas manos! ¡Ponte lo que quieras, come lo que quieras, pero déjame en paz, por favor! El número premiado de hoy es el veintiseismil cientosetenta y cinco... Sonó el teléfono junto a ella. Una, dos, tres, cuatro, cinco ¡zas!. “Bienvenido a la lanzadera espacial. Hemos despegado, deja tu mensaje”. Silencio. Abrió con cuidado una botella de leche y un paquete de galletitas. Estuvo a punto de utilizar un vaso, pero no era lo más conveniente. Bebió directamente de la botella. Un portazo. Alguien solloza. Los primeros rayos de sol empiezan a filtrarse a través de las rendijas de la persiana. Un calor húmedo va empapando las paredes de la habitación. Piensa en vestirse, pero da igual, es lo mismo. Lo mejor es encontrarse cómoda. Se oyen grititos infantiles desde el descansillo de la escalera. Casi puede ver las cartillas, los libros, las mochilas. ¡Cuánto peso llevan los pobres! En mis tiempos con un libro bastaba. Yo le llevo la mochila todos los días, el pediatra me ha dicho que está creciendo muy deprisa y que hay que tener cuidado con su espalda y como ahora los cargan como a burros... ¡Pobres! Si ya lo digo yo... ¿Para qué tantos libros? Yo no acabo de creerme que utilicen todo lo que llevan... El pediatra me ha dicho que está creciendo muy deprisa y que tengo que tener cuidado... El pediatra me ha dicho que está creciendo... El pediatra... Alguien llora. Una, dos, tres, cuatro, cinco ¡zas! “Bienvenido a la lanzadera espacial. Hemos despegado, deja tu mensaje”.

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“Soy yo, pensaba que estarías en casa. Llámame cuando puedas, en Houston tenemos problemas... Es broma, hasta luego”. Dos días después llegaba a la gran ciudad. La tierra, húmeda aún por el rocío, luchaba por encontrar sus auténticos colores. El caballo, agotado, se detuvo en seco. Ella desmontó con sumo cuidado de no dejar al descubierto su rostro. Se encaminó hacia unas callejuelas abandonadas y tristes y miraba de continuo hacia adelante y hacia atrás. Aún no había aprendido a dominar su nerviosismo y sabía que perder la calma era lo más peligroso, que su vida dependía de un gesto inadecuado. Se detuvo ante una puerta humilde, propia de un establo y llamó dos veces. Otra joven abrió. La observó de arriba a abajo y después la invitó a entrar. La oscuridad era total, pero del fondo surgieron dos luces. Una mujer de mediana edad y ricamente ataviada que portaba dos candelabros la condujo a otra estancia. Los cortinajes de terciopelo rojo le sorprendieron. Ningún objeto vulgar, cada cosa en su sitio preciso. Una sala para nobles dentro de una cuadra era algo que no esperaba encontrar. En el centro, una mesa preparada con los platos más exquisitos. Y también un hombre. El caballero se levantó cortésmente y se acercó. Besó su mano y le indicó el lugar donde debía sentarse. Es bella. Tal y como dijeron. No exageraban. Ahora sólo queda saber si está preparada para lo que debe hacer. Es bella, muy bella... Una criada retiró la capa. -¿Qué tal el viaje? -Señor, disculpe, pero no he tenido la ocasión de disfrutarlo. -¡Oh, sí, claro! Discúlpeme. Es usted muy valiente, permítame que alabe su valor... No es corriente encontrar mujeres dispuestas a viajar solas en las condiciones que usted lo ha hecho. Además, un viaje tan largo... -Vine lo más deprisa que pude, tal y como se me pidió. -¡Oh! El vino... ¿Desea una copita? -No, gracias. -¿No bebe, usted? -No quiero ser descortés. El vino es una bebida apetecible en momentos despreocupados.

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El sonrió. -Es cauta... -Sensata, más bien. -Sin embargo, es posible que deba beber en circunstancias comprometedoras... -Sí. Es posible. -¿Y qué argumento dará para mantener su sobriedad intacta? -Desafortunadamente padezco una extraña enfermedad por la cual mi cuerpo rechaza ciertas exquisiteces. Algunas de ellas son el vino y los licores en general. -Extraña enfermedad... -Es hereditaria. También mi padre la padecía. -¿Y no han encontrado ningún remedio para su mal? -Mi familia ha consultado a los más sabios doctores durante generaciones y ninguno supo cómo ayudarnos. -Sin embargo... es posible que... un doctor que yo conozco... -¿Qué se propone? -Hacerle ver que si un hombre es persistente puede colocarla en una incómoda situación. -¿Cree que alguien pueda llegar a ser tan desconfiado? -Dulce señorita, sí cuando ese hombre ha sido víctima de intentos de asesinato en varias ocasiones. -Temo que se olvida de algo... -¿De qué? -Ha pasado usted por alto un detalle. Habla de un hombre. ¿Me ha visto bien? -Su belleza es notable, sin duda alguna. Pero no la sobrestime. No crea que por ser bella no se le va a poner a prueba. Sin duda ha oído hablar de las debilidades de..., pero no crea que una debilidad puede conducir a un abandono de sentimientos tan poderosos como el miedo. No sea ingenua. No va a tratar con un muchacho. Estamos hablando de... Mira alrededor. Se acerca a su oído. -Hablamos del... Emperador.

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¡Qué terrible tiene que ser la soledad! No la solitariedad, sino la soledad, esa sombra que uno lleva pegada al cuerpo desde que nace. Es como ser rubio o moreno, alto o bajo... Hay gente solitaria y que nunca verá la ausencia. ¿La ausencia de qué? ¿De la compañía? No. La ausencia de la comunión, de la virtud de ser más que uno mismo y poder llegar a ser otro, de estar en otro. Los ojos no son la entrada al alma. Son la vida. Quizá vida y alma sean una misma cosa. La soledad... Los solos hablan con la mirada porque desarrollan una gran vida interior y se reconocen los unos a los otros y hablan un lenguaje como el de la poesía. ¡Cuántos de ellos se habrán declarado con la palabra más hermosa! Cuántos habrán llorado sin llorar... Algunos te cuentan su verdadera historia entre un pestañeo y otro, en una mirada perdida que dura varios segundos, fija e imperturbable, abstraída... Y es normal. Normal que quienes han descubierto esto no se atrevan a mirar a los ojos a sus interlocutores por miedo a que éste traduzca sus palabras incorpóreas y silenciosas. Porque no siempre se pueden controlar las auténticas palabras: éstas que no lo son todavía y que acaso no lo sean jamás. ¿Quién conoce realmente a un ser solo? ¿Quién es capaz de llegar a su interior? ¿Un semejante? Hay amigos que son para siempre... Alguien llora. Necesito verte. Sí, imprescindible. No aguanto más, esto es un infierno. El ascensor. La puerta del ascensor. Creo que llega, tengo que colgar. Unas llaves. Sin duda llega el vecino. Miró a través de las rendijas de la persiana. Parece que va a llover. ¿Quieres dejar de llorar? Estoy harto de verte todo el día con esa cara. ¿Y qué quieres? ¿Acaso te he pegado? No, ¿verdad? Pues date por satisfecha. Eres horrible. Parece que va a llover. Una luz repentina invade la habitación por unos segundos. Instantes más tarde un ruido sordo, como un golpe, estalla. Como si alguien cayera de bruces contra la pared del fondo, la que comunica con la casa vecina. Un trueno... Llueve, pero hay silencio. Ha oscurecido tan de repente que no queda otra opción que tumbarse en la cama. Si se encendieran las luces se sabría que hay alguien en casa. Uno, uno y uno... hasta ocho, el reloj de los de arriba da la hora en

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punto. Las imágenes que van ustedes a observar han sido recogidas esta mañana en la zona sur del país. Les advertimos que pueden herir su sensibilidad... Suspiros ahogados y entrecortados. El aleteo de una paloma que finalmente se resguarda de la lluvia en el alféizar de la ventana. Con todo lo que te he querido... Y cómo me has tratado. ¡Qué injusta es la vida! Realmente existen personas cuyo destino es sufrir. Un sufrimiento sin sentido. Pero pronto acabará. Yo nací sin maldad y viví sin maldad hasta que te conocí. Contigo he perdido la inocencia de la bondad, la esperanza de que todo puede cambiar y mejorar. Jamás pensé que llegaría a pensar como ahora lo hago. No soy yo... no soy yo. Nadie puede juzgarme. Yo no soy así, eres tú quien me fuerza, tú eres el responsable de mis pensamientos atroces. He hecho cosas que nunca pensé que haría. No sé si Dios tiene el poder de cambiar las vidas de las personas, no sé si tú eres un dios o no, pero has convertido a una persona en otra. Un ángel en un monstruo. Lo único que pido es que este dolor desaparezca. Nunca he soportado el dolor. Sólo pido un poco de descanso, quiero dormir. Pronto... muy pronto... -¿Cómo mataré al... ? -Primera regla: jamás pronuncie su nombre o su categoría. Segunda regla: omita toda referencia a lo que va a hacer. Existen ciertos verbos que no debe pronunciar. A partir de ahora utilizaremos otras palabras para evitar cualquier tipo de percance. A fin de cuentas tanto usted como yo conocemos al sujeto y el motivo de nuestra... reunión. Mañana le proporcionaré el plan, de momento puede descansar. Una sirvienta le conducirá a su habitación. Duerma. Mañana debe usted encontrarse en perfectas condiciones. Buenas noches. Una joven criada la guió hasta una habitación interior, pero muy bien acondicionada. Las paredes habían sido forradas de papel azul marino con doradas estrellas. El techo había sido construido con forma piramidal. La cama, de enormes dimensiones, era antigua, con un dosel de madera tallada y un cortinaje de seda rosada transparente. Enfrente, una joven con un ramo de flores la observaba desde un retrato. La palidez del rostro concedía un aire misterioso al cuadro. Las manos, pintadas a base de trazos inacabados, como nerviosos, sostenían con un gesto mortecino las flores, que resaltaban de entre tan enfermizo ambiente. Abrió el armario señorial de la izquierda y encontró ropa para dormir. Se vistió y se tumbó en la cama, donde no tardó en dormirse, rendida de cansancio. Extrañas botellitas de colores la atosigaron durante toda la

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noche en sueños. Olores putrefactos y gente que caía como muerta al contacto con sus manos. Despertó horrorizada cuando se vio reflejada en un espejo y la dama de la muerte le devolvió una siniestra sonrisa. Es un déspota. No debo arrepentirme. Se trata de un tirano. ¿Por qué debería angustiarme? Sólo conoce la destrucción. Hubo un tiempo... Aquel tiempo en que... ¡El teléfono! No. No es aquí. “Bienvenido a la lanzadera espacial. Hemos despegado, deja tu mensaje”. Silencio. No está bien escuchar tras las paredes. Mis tías lo hacían y no me gustaba. Está claro que salgo mucho de casa. Quizá ella necesite una amiga para hablar... Cuando todo esto termine la invitaré a tomar el café todas las tardes después de comer. Sí, eso haré. Miró a su alrededor. Toda la sala estaba revuelta. Era el segundo día de encierro clandestino y parecía que llevaba allí una eternidad y viviendo a salto de mata. Debería recoger un poco... Cerró lentamente la puerta y recogió las miguitas del pan tostado. Decidió apilar los botes usados en una esquina. Amor. ¿Cuánta distancia es necesaria? ¿Debe medirse en kilómetros? ¿En años? Por las noches me asalta la idea de que no existe la distancia. Siempre soy yo. Y tú siempre. Sólo cambia el tiempo y sólo cambia el lugar. Cambian las ropas, nuestros rostros. Pero se mantiene tu mirada. Y entonces estallan las dimensiones y me encuentro suspendida en el vacío. Tranquila, flotando en una nube de nada se me juntan en las manos el pasado, el presente y el futuro. ¿Vuelvo a vivir lo mismo una y otra vez? ¿O no vivo y todo es un engaño? Mis avances son un retroceso hacia no se sabe qué punto, qué origen, qué final. A veces creo romper el círculo, pero no es así. ¿Es una obsesión? Siempre pensé que la libertad llegaría cuando abandonara el surco, el continuo surco, pero ahora creo que esa libertad tiene un precio: la pérdida de la razón. Una espiral interminable, eterna, caóticamente ordenada. Así que debo ser sumisa y obedecer al destino, pobre ser mortal e insignificante. Estúpido ser ambicioso que espera ser especial y distinto. La vida nos enseña que no somos nada. Pero nosotros inventamos nombres, cualidades, que nos diferencien del resto. Nos sublevamos a la dictatorial naturaleza porque queremos ser dioses, pero la naturaleza nos aplasta con su rigor indiscutible: no sois

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nada. Nada fuisteis y nada seréis, morid para cumplir mi cadena, para que mi equilibrio no se altere. No sois mas que piezas en mi maquinaria, pequeños elementos insubordinados que pretendéis estar por encima de mí. Vivid y morid por mí. Esa es vuestra única función, vuestro único sentido. Seguid pensando para nada... Podéis imaginar dioses, podéis imaginar tantas cosas. Queremos ser especiales. Soy tu amante, tu amor, con mi llegada cambió tu vida. Soy algo más de lo que era porque para ti no hay nadie más. Yo te escogí y tú me escogiste. Existe una persona en el mundo que piensa en mí de manera diferente a como lo hacen los demás y eso lo cambia todo. ¿Y si no es así? ¿Y si yo he sido viento, aire que pasa rozándote? ¿Y si no he sido nada? ¡Qué terror! ¡Qué terror! ¡Qué gran broma! De nuevo alguien se alza como la naturaleza y te reduce. No eres nadie... Acaso un bonito recuerdo, toma, por los buenos tiempos... Sin embargo yo sé que no es verdad porque siempre es lo mismo, una y otra vez... lo sé, lo sé. Le había parecido oír golpes en la casa de los vecinos. Quizá un portazo. Abrió cuidadosamente la puerta del salón y esperó en el pasillo. ¿De veras que puedes venir? Sollozos. No hay problema, se ha ido. Sollozos. Sí, por favor, ven. Tenemos que hablar. Click. La señora te ha llamado, pendeho. ¡Desarrapada! Ya voy. ¡Ay! Si la señora descubre lo nuestro me echará, perderé la chamba y entonses... ¿qué le daré a mi chamito? Pero yo amo, amo, virgensita, amo al señorito Daniel Alfonso. Sollozos. El timbre. Pasos rápidos y la puerta que se abre. ¡Has venido! ¡Entra, rápido! -Tiene que ser ya. -Hablamos de tres meses. Una voz de hombre. Ronca. Distinta. Seca y segura. -Tiene que ser ya. No lo soporto. -No estoy de acuerdo. No me gusta adelantar los planes. -Sólo sería cambiar la fecha. -¿Te parece poco? Hasta dentro de tres meses no tengo unas vacaciones. ¿Cómo voy a explicar mi ausencia en el trabajo? -Déjalo. -¿El trabajo? ¿Estás loca?

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-Déjalo. Total, no creo que volver sea lo más prudente. -Pero, ¿qué dices? -Digo que no sería prudente volver después de haber cometido un asesinato. ¡Asesinato! -Preferiría omitir la palabra. -¿Te da miedo que alguien nos oiga? No te preocupes. La vecina está de viaje, en Lanzarote. ¡Asesinato! -Aún así. No me gusta lo que vamos a hacer. -Pero me quieres. -Sí... -Dilo. -Ya sabes que sí. -Pero quiero oírtelo decir. Dímelo, di que me quieres. -Te quiero. -Entonces lo haremos ya. -Tendré que preparar algunas cosas. ¿Me darás por lo menos tres días? -De acuerdo. Ahora ven. Ven conmigo. -Eres terrible. Nunca he conocido a nadie como tú, capaz de hablar de matar a su marido y a continuación acostarse con el amante. -El sufrimiento hace estas cosas. Ven, ven. Una puerta. ¡Asesinato! ¡Dentro de tres días matarán a su marido! Debo impedirlo. Hay...que llamar a la policía. ¡No! Yo...Se supone que estoy en Lanzarote. ¿Cómo explicaría todo esto? ¡Qué más da! ¡Van a matar a un hombre! Pero...Es cierto. Tendría que explicar esto... Y la verdad es que se trata de algo raro y anormal. ¿Quién me comprendería? Nadie. Probablemente... ¡Oh! Probablemente me investigarán. Encontrarán... Estaría perdida. Eso serviría para que no me tomaran en serio.

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Incluso... ¡No quiero ni pensarlo! ¡Nunca podría volver allí! Pero van a matar a un hombre... No debo obsesionarme. Me tranquilizaré y pensaré con calma... Había luna nueva aquella noche. Iré a tu gran palacio. Volveré a verte y tú no me reconocerás. Te enamoraré porque sé hacerlo y entonces te mataré. ¡Mis manos! Sé a lo que me expongo y casi es preferible que me descubran. No soportaré el dolor, este dolor que ya siento. Es necesario... Eso me han dicho, que es necesario, pero yo sólo estoy aquí por mí y por ti. Por eso que llaman honor. Un disfraz de... ¡tantas cosas! He soñado miles de soluciones, miles de discursos cargados de las más variopintas palabras. Nada vale ya. Nunca imaginé este final. ¡Cuánta crueldad encierra este pecho y yo ni siquiera lo sospechaba! Las guerras, las alianzas, los héroes... siempre nacen de una experiencia íntima y personal que acaba por extenderse hasta alcanzar la Historia. El

mundo se modifica por una enemistad, por un matrimonio, por un enredo... ¿Qué dirán de mí? ¿A qué voy a contribuir yo con mi venganza? Pero no me voy a echar atrás. El final debe llegar un día, mi historia debe cerrarse y para eso tú tienes que morir. Lo que venga después no me afectará porque la pesadilla habrá pasado, porque me enfrentaré a otro mal sueño, uno eterno acaso. Me enfrentaré al remordimiento de haber asesinado a un hombre, al asco de tu sangre en mis manos, a la inseguridad de haber dejado tu Imperio a las apropiadas personas, asegurando, así, la libertad de muchos pueblos sometidos a tu rigor implacable y despótico. Y tal vez vea, en el futuro, que mi acción es causa de nuevas guerras, más muertos y mayor miseria. También tendré que soportar la carga de ese error. Sin embargo, cualquier penuria será mínima en comparación con el sufrimiento que he sobrellevado durante tantos años. La convivencia con la injusticia se me antoja insoportable... ¡No verás la luz de un nuevo día! ¡No! -¿No? -¿Perdón? -No, eso es lo que acaba de decir. -Disculpe... Pensaba en alta voz. -¿Ha dormido bien? -Todo lo bien que he podido. -Disculpe... La... tostada...

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-¡Oh, sí! Aquí tiene. -Gracias. Espero que la doncella vuelva pronto. Ha tenido que ausentarse. Así que ha dormido mal... -No he dicho eso. -Sus bellos ojos muestran una noche de pesadillas. -Mis bellos ojos... -Bien. Es mejor que le informe del plan. Atienda... Prepararé una infusión de cicuta. Últimamente toma infusiones para aplacar sus nervios. Será fácil convencerle de que se trata de algo nuevo. -Así de sencillo. -Morirá como los grandes de Roma. -¿Cómo explicarás el envenenamiento? -Espero no tener que explicar nada. Se supone que nos iremos... -Sí. Pero, en caso de que nos detengan, de que algo salga mal... ¿Qué dirás? -Les haré creer en una confusión. -¿Confusión? -Para un inexperto no es difícil confundir una planta con otra. La milenrama se asemeja a la cicuta... Y yo no soy una experta. Alguien me aconsejó la hierbita para mi reuma. Lástima. Yo cogí la planta equivocada y mi marido el tarrito equivocado. -Me aterras. -No seas bobo. Deberías marcharte. No creo que vuelva, pero nunca se sabe... Vete. -Está bien. -Recuerda. Tres días. Una puerta, el ascensor. Agua, cacharros. Alguien canta. Dentro de tres días. Tres días. Tres. Alguien canta... Soy una egoísta. Sé que se va a cometer un crimen y no hago nada. Bueno. A fin de cuentas, la verdad es que si aviso antes de que suceda no me van a creer. Ningún juez creería en mí, es triste, pero es la verdad. Hay cosas que te marcan. Una letra escarlata. Un nombre en un registro. LA COMPAÑÍA. No importa lo que hagas o lo que digas, tu nombre, tu nombre está

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ahí, gritando lo que un día hiciste o dejaste de hacer, difundiendo tu privacidad. Y ya no existe posibilidad alguna de volver atrás. Te han marcado a fuego y a partir de ahora todos dudarán de ti, de la seriedad de tus planteamientos, de su veracidad. Tu nombre en un registro te convierte en un menor de edad para el resto de tu vida. Tu nombre. Tu nombre en un registro, en un maldito registro. ¡Yo lo sé! ¡Van a matar a un hombre! Bien. Bravo. Venga con nosotros. ¿Qué hacía en su casa? Estar. ¿Para qué quería estar sola? Porque me da la gana. ¿A usted le dan la gana estas cosas, a menudo? A veces. Ya sé que no es normal, que no es lo habitual, pero yo no hacía daño a nadie, sólo quería estar sola sin moverme de mi casa y, por casualidad me enteré de los planes de mis vecinos, ¿qué quieren que les diga? ¿Van a tener en cuenta un hecho, una circunstancia por encima de un aviso, el aviso de que van a matar a mi vecino? ¿Cuánto tiempo hace que no duerme? ¿Come bien? ¿Se ha sentido amenazada por algo o alguien?...Bla, bla, y bla. Tu nombre en un registro. EL PABELLÓN ROSADO Y ¡blam!, el vecino muerto y la esposa y el amante volando al Caribe. La cicuta y la milenrama. Tu nombre en un registro. Estará usted mejor bajo vigilancia, no se preocupe, sólo serán unos días. ¡No! ¡No puedo llamar a la policía! ¡No quiero volver! Todo iba estupendamente, ¿por qué? ¿Por qué? Un olor terrible a humedad salía de las paredes, ahora se daba cuenta. Un olor pegajoso y penetrante. Deseaba abrir las ventanas, pero hubiese llamado demasiado la atención. Ahora sí que nadie debía saber que había permanecido en casa porque entonces adivinarían que ella conocía el secreto. Podría ser hasta peligroso. Sus manos temblaban. Hacía demasiado calor, faltaba el aire en la casa. Algo, una botella de plástico quizá, rodó por las escaleras y el ruido se expandió por toda la calle. Pequeñas gotas de sudor resbalaron por su frente. Abrió un bote de zumo de tomate y bebió. La sala se había convertido en un basurero. Cerró los ojos. Sintió que algo se estaba desmoronando y no sabía qué. La vida, ella, el mundo, su casa. Pronto todo quedaría reducido a unas ruinas sin ningún tipo de valor. Se miró en el espejo fijamente, extrañada, como si no reconociera su reflejo. Un corte preciso recorría la superficie cristalina de un extremo a otro. ¿Cuándo? ¿Cuándo se había roto el espejo? ¿Y cómo? ¿De qué manera? Intentó adivinar algo más allá de los ojos que la observaban, pero éstos sólo le devolvieron, por toda respuesta, una mirada fría, silenciosa y opaca que le provocó un escalofrío.

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Sólo puedo esperar, esperar y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. No debo perder la esperanza. Encontraré una solución para impedirlo, pero ojalá fuese libre, libre para gritar con todas mis fuerzas lo que aquí sucede. Libertad... ¡Libertad! ¡Qué ficción! ¿Qué ocurrirá después? Camino como una posesa hacia lo inevitable. Existe... Existe un joven que me espera en alguna parte. Lo sé. El me perdonará. El amor. El perdón. ¡Soy una asesina! Uno, dos, tres, cuatro, cinco. ¡Zás! Bienvenido a la lanzadera espacial. Hemos despegado, deja tu mensaje. Silencio. Podría haber pedido ayuda. Podría haberle contado a quien llamara lo que está pasando. No creo que solucionara gran cosa, pero al menos me serviría de consuelo. Hablar con un desconocido... dicen que alivia. Podría, podría haberle dicho: “De loco a loco. Estoy encerrada en mi casa, no sé por qué, y he descubierto que mi vecina tiene un amante y que entre los dos van a matar a su marido. ¿Qué te parece?”. ¡Qué estupidez! Una mosca... ¡Qué raro! Una mosca en esta época del año... Ya sólo quedan dos días. Atardece. Es este calor. Este hedor putrefacto. Debería ducharme. No puedo. Estoy agotada. Debería dormir. ¡Eres un salvaje! ¡No te acerques a mí! ¡Mataste a mi compañero, puta! ¡No volverás a vender droga! ¡Muere! El fresco sabor de Dent hará que se olvide del mal aliento. Ahora puede comprar un coche por menos dinero del que cree y no cualquier coche, sino uno que contiene todo tipo de prestaciones. Pase por nuestro concesionario. Avance informativo de las nueve. La selección empató en casa. La polémica ha estallado entre los jugadores que reprochan al árbitro el haber pitado un penalty que no lo era. El caso es que tal y como están las cosas... Parece mentira que den un avance informativo para hablar de fútbol, era lo único que... ¡Cállate! ¿Tampoco puedo dar una opinión? ¡Que te calles, joder! ¡Eres un salvaje! ¿Quién ha llamado por teléfono? Nadie. Fue en la casa de la vecina. ¿No sería tu amante? ¡Fue en casa de... ! En casa. Empataron en casa. No podrán clasificarse... ¡Muere! ¡Muere! ¡Y no supliques! Por mucho que lo intentes, esta vez no escaparás. Tu tiempo ha terminado. ¡Muere! ¡Tirano, desaparecerás al fin! Tu fiel lacayo te traiciona y quien menos te imaginas acabará contigo. Día tras día él se ha ido empapando del odio necesario como para unirse a tus detractores. Nunca antes intentó matarte, no era el momento. Los otros fallaron

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porque no contaron con su ayuda. El es quien mejor te conoce. Esta vez morirás y será a mis manos... Todo será como debió ser... Esa mujer me mira. Esos ojos enfermos me miran. Siento el reproche. Mis manos. ¿Qué van a hacer estas manos? ¡Nada! No. No harán nada. Sólo restituirán el equilibrio. Cada cosa en su lugar... Pero, voy a matar. ¡Es un asesinato... ! ¡Dios mío! ¡Lo van a matar! ¿Es que no hay nadie que pueda oírme? ¡Van a matar a un hombre dentro de dos días! ¡Dos días!

El día amaneció gris, pero la temperatura fue elevada desde muy temprano. La humedad se extendía de balcón a balcón. En el saloncito se hacinaban montones de basura y las moscas pululaban entre los botes de conserva. Sentía la cabeza aturdida, quizá de tanto pensar obsesivamente en lo que le estaba ocurriendo. Lo cierto es que hasta le había llegado a parecer irreal, imposible, un sueño. Cayó rendida sobre la alfombra y se durmió profundamente de agotamiento tras una noche de vigilia atormentada. Le despertó un rayo de sol que, obstinadamente, se reflejaba en su cara. Aún le pesaban los ojos y sintió un leve mareo al incorporarse. Un silencio brutal se extendía por la habitación y el corredor. Se incorporó levemente y ahogó sus lágrimas cubriendo el rostro con ambas manos. Todo era sencillo, claro y perfecto en aquella tarde de agosto, con las ramas de los árboles por encima de mi cabeza. La brisa ligera que hacía bailar mi vestido color crema y el dulce entre mis manos. La gente bailando en la plaza, aquella tarde de agosto... Aquella inolvidable tarde de agosto en que todo era felicidad porque yo era feliz y no se me ocurría que pudiesen existir las desgracias y penalidades. Mi mirada era así; la realidad, una prolongación de mi mirada, un papel en el que quedaba impreso mi propio mundo. “En una tarde de Agosto, la arena, antes de que viese las pieles solas, fue clavel, pandereta y amapolas de sombras desprendidas de la pena...”, que diría el poeta... En aquella tarde de agosto... Se miró las manos. Por la noche no conseguía conciliar el sueño. La inmediatez del final del plazo... El desenlace trágico. No era justo. ¿ No era justo? Al fin y al cabo... El era un salvaje. Es un salvaje, es un salvaje, es justo. Tanto se repitió estas palabras que acabó por aceptarlas como una evidencia razonable. Se sintió aliviada. Un gran peso acababa de evaporarse y sentía que

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sus pensamientos fluían libres y ligeros. Renacía. El sentimiento de culpabilidad había desaparecido. Sus labios dibujaron una sonrisa ingenua e infantil y soñó con un sol de verano, gente que bailaba y las hojas de los árboles meciéndose sobre su cabeza al ritmo de una fresca y suave brisa. Afuera rompió a llover. Los cristales temblaron con el sonido ronco de los truenos y la habitación amaneció por instantes en chorros de luz intermitentes, pero ella soñaba con ternuras. Sonaba Aida. Tu forma en mis pupilas, tu voz en la música. El vestido, aquella tarde con el dulce entre mis dedos infantiles. Pasó tanto tiempo... Y entonces, esa tarde, tu sombra, el aire, y unos jóvenes en la plaza, junto al río. La música envolviéndome. Una florista me regala la rosa y tu ventana que se abre de par en par... Aquella maravillosa tarde de Agosto... Forma divina, nunca te fuiste... Los ojos de la mujer del cuadro fue lo primero en ver al despertar. Aquel rostro ya no la inquietaba, sentía tranquila su conciencia. Por primera vez en mucho tiempo se encontraba bien, incluso alegre. El día era radiante. El mejor día para la víspera de un condenado a muerte... Se abrió la puerta y entró una muchacha que portaba en sus manos varias prendas. No hicieron falta palabras. Dejó el ropaje encima de la cama y salió. Había mantenido, en todo momento, los ojos bajos, quizá por decisión propia, para no ver, aunque lo más probable es que obedeciera órdenes. Tardó dos horas y media en prepararse, pero los resultados eran estupendos. No probó bocado. Un coche la esperaba en la puerta. Dentro del coche estaba el lacayo, ya su amante, que dio la aprobación en cuanto al aspecto. El coche partió hacia los jardines imperiales donde conocería, por casualidad, al emperador. Todo transcurrió como se había planeado e incluso intuido. En el momento en que el sol se encontraba en lo más alto, el Emperador besaba su mano y deseaba oler, en la intimidad, esos cabellos que reflejaban la luz más dorada. Él observaba la escena con la aparente indiferencia de un traidor y con la frialdad y el distanciamiento propios de un lacayo. Ahora sólo quedaba volver y prepararse para la noche. Comió poco. Después se encerró veinte minutos en la habitación con orden expresa de que no se la molestara. Tras esto salió al patio interior. Él había mandado traer a unos músicos y le recomendó que leyera durante una hora. Charlaron. La miró atentamente. Quizá se había enamorado. Más tarde, ella tomó, por espacio de media hora, un baño caliente con aceites

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olorosos. Dos criadas la ayudaron a vestirse y una tercera le compuso un discreto, pero elegante peinado. Él le abrochó un collar de finos brillantes. Besó su cuello y reprimió sus deseos. Ella entrecerró los ojos. Le colocó la capa sobre los hombros desnudos. El coche esperaba al anochecer. Las luces del palacio ya habían sido encendidas y podían ser vistas desde lejos. El Emperador la requirió para su primer baile, y para el segundo, el tercero... Resultaba un halago que el Emperador le dispensara tantas atenciones. Podía percibir la envidia de las mujeres y también la de los hombres. Era curioso. Se sentía relajada. Bailaba con el hombre al que iba a matar. Ya no sentía odio. Si todo hubiese dependido de aquel instante jamás se le hubiese pasado por la cabeza el asesinato. Consiguió abstraerse de las circunstancias y llegó a disfrutar del momento. Recordó tiempos mejores y el contraste con los presentes impidió que cayera en la debilidad. Consiguió recobrarse de la nostalgia y ya no deseaba más que estar a solas con aquel hombre y ajusticiarlo. Sus deseos se cumplieron con prontitud. Ahora se encontraban en la habitación, desnuda ella y él contemplándola sentado, aprobando su propia elección, felicitándose por el propio buen gusto. Y ella, sabedora de sus ocultas perversiones, se muestra lasciva como un animal, elegante como una dama. Él se deja caer y no piensa más, se abandona. Ahora es el momento. En sus manos, la copa. No tiembla. Representa a la perfección su papel de Mantis Religiosa. Y entonces la puerta que se abre: el amante. Él que la sujeta por los brazos, el otro que la obliga a beber la copa, el forcejeo. “¡Asesinato! ¡Asesinato!” Y un ruido sordo en la calle, los gritos de la gente. Pasos rápidos por la escalera. Sirenas de policía y ambulancias: una muerta en el apartamento contiguo y en el exterior un bulto ( el de la asesina, sin duda) envuelto en un charco de sangre.

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La misteriosa historia de Julia y el Poeta O Visiones de un diálogo amoroso

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“No me acuerdo, cómo podría acordarme de ese diálogo. Pero fue así, lo escribo escuchándolo, o lo invento copiándolo, o lo copio inventándolo. Preguntarse de paso si no será eso la literatura”.
Julio Cortázar (Deshoras)

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En el año 1998, mientras me dedicaba al estudio del neoplatonismo en algunos poetas del siglo XX español, encontré un curioso ejemplar de “La voz a ti debida”, de Pedro Salinas, en la Biblioteca Nacional. Su interés radicaba en el hecho de que alguien había subrayado parte de los versos del poeta. No era este el primer caso con el que me encontraba. Al principio, el estupor dio paso a la rabia, sin embargo, tras varios autores “tachonados” di en pensar que quien lo había hecho no tenía otra pretensión que la de rehacer el poema. Más aún: la creación de un poema a partir de los versos de otro. ¿Estaba ante “otro”poeta? Fue entonces, ya con el caso concreto de Salinas en mis manos cuando se me ocurrió la peregrina idea de analizar esta curiosa obra, de acercarme a ese ser sentimental que procuraba comunicarse con un lector de tan ingeniosa forma. Así pues, este es un estudio somero sobre el diálogo en poesía, pues en un contexto creado (que es algo más que un contexto, toda una voz y poderosa, además) nuestro presunto Poeta ha procurado lanzar una flecha hacia nosotros, los lectores, mediante algo tan intencionado como pueda serlo un subrayado, una apropiación de la voz del inmortal Salinas. A mi entender, este trabajo puede resultarle de agradable interés al lector, más allá de la curiosidad que pueda suscitar el hecho mismo de reconstruir el pensamiento de alguien que se ha dejado seducir por los mejores versos de amor escritos. Como se verá, adjuntamos el texto original con el subrayado para mayor facilidad lectora. Posteriormente iremos desgranando esos versos tan “originales” por contrarresto con el poema original pues si bien es importante lo que se subraya, no lo es menos lo que, deliberadamente, se deja sin subrayar. El primer poema que presentamos es el que sigue:

Pero no importa, ya. Conmigo me arrastra. Me arranca del dudar. Se sonríe, posible; Toma forma de besos, De brazos, hacia mí; Pone cara de mía. Me iré, me iré con ella A amarnos, a vivir Temblando de futuro, A sentirla de prisa, Segundos, siglos, siempres, 53

Nadas. Y la querré Tanto, que cuando llegue Alguien -y no se le verá, no se le han de sentir los pasos- a pedírmela (es su dueño, era suya), ella, cuando la lleven, dócil, a su destino, volverá la cabeza mirándome. Y veré que ahora sí es mía, ya.
Algo nos indica, al separar del resto los versos subrayados, que tenemos una totalidad, un poema completo y distinto del creado por Salinas:

Conmigo me arrastra. Se sonríe, posible; toma forma de besos, de brazos hacia mí; pone cara de mía. Me iré, me iré con ella a amarnos, a vivir temblando de futuro, a sentirla de prisa, Y la querré tanto, que cuando llegue alguien a pedírmela ella, cuando la lleven, a su destino, volverá la cabeza mirándome. Y veré que ahora sí es mía, ya. En este caso estudiaremos las omisiones, esto es, los versos no subrayados por el Poeta: Pero no importa ya. Se trata del primer verso del poema de Salinas. El hecho de no haberlo subrayado puede indicar, en este caso, precisamente todo lo contrario a lo que Salinas nos dice. A Salinas no le importa y así lo deja escrito. Quien lo lee parte de esa idea. “No importa, ya”. Se crea una antítesis. Quien subraya no destaca este verso porque no encaja con el mensaje de su “particular poema escrito a partir de los versos de otro”. En definitiva, lo que nos dice es precisamente lo contrario: “Aún importa”. Y mucho, puesto que el verso de Salinas connota un sentimiento de

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triste aceptación ante lo que podría ser una ruptura amorosa y precisamente por constituir una antítesis el verso de nuestro poeta (que únicamente consiste en “no” subrayar el de Salinas ) parece que se remarca el significado completamente opuesto: “Aún me importa y muchísimo”. Me arranca del dudar. Es el siguiente verso de Salinas no subrayado. Y se relaciona con el visto más arriba puesto que se basa, de nuevo en la antítesis, parece decirnos: “Toda ella constituye una duda, un enigma para mí”. Segundos, siglos, siempres, nadas. En este caso se omite el subrayado de las precisiones temporales, con lo que queda remarcado el significado de los versos anteriores que sí se hallan subrayados. Sobre todo queda marcado el “ a sentirla deprisa”.

-y no se le verá, no se le han de sentir los pasosParece existir un deseo por “ir al grano”. A nuestro poeta no le gustan los rodeos, desea que quede muy claro : “Y la querré tanto, que cuando llegue alguien a pedírmela”. Desaparece en este caso la intención de Salinas, que no es otra que la de entender la llegada del “otro”pues no es suya..., como algo casi natural, como algo que él ya preveía y que le resulta lógico. Aquí, sin embargo, desaparece, como hemos dicho, ese importante matiz sin el cual el “a pedírmela” parece en realidad otra cosa: un arrebatamiento de la mujer amada, que es suya. La posesión, por tanto, aparece como idea muy marcada.

(es su dueño, era suya), La omisión del subrayado de este verso acentúa aún más lo dicho arriba. Nuestro poeta parece decirnos que quien se lleva a su amada “ni es su dueño, ni era suya”. Mientras que Salinas, modestamente, considera a la amada como algo que no le pertenece y que jamás le perteneció y que le corresponde al “otro”, nuestro poeta da la idea contraria.

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dócil, Es sumamente interesante el hecho de que se haya omitido el subrayado de una única palabra dentro del verso. Y es increíble todo lo que nuestro poeta nos dice a partir de este hecho: nos comunica la rebeldía de la amada, la llevarán a su destino, pero jamás “dócil”. O sea, que en realidad ella no respeta ese destino, va obligada, a la fuerza. Se acentúa la idea de posesión. Sigue siendo del poeta.

Esta idea de posesión se ve aún más marcada por el final del poema de Salinas y que sí ha sido subrayado. En definitiva, nuestro poeta lo que nos dice es que esa mujer fue suya, es suya y será suya siempre, incluso cuando ya sea la mujer de otro hombre. Sin embargo, a pesar de afirmarnos esto también nos dice que esa ruptura, ya producida, aún le importa y que, además, el comportamiento de la amada le hace dudar. Cosa que no ocurre con Salinas. Por otro lado, el significado último del poema de Salinas remarca otra visión: la de que la amada le pertenecerá realmente cuando no sea suya, desde la distancia, desde el recuerdo, cuando vuelva la cabeza para mirarle. Nuestro poeta, sin embargo, prefiere otra significación: la de que siempre fue, es y será suya, desde la inmediatez, desde el momento en que están juntos y también cuando ya sólo quede la memoria. Será, en este caso, desde la memoria, cuando sea “más suya que nunca”. Y me queda en la garganta un nudo. Yo quisiera decirte ¡tantas cosas! y no hay ni una palabra que resuma todo lo que llevo en la cabeza. Podría, por otro lado, hablarte lo que me queda el resto de vida sin llegar a poder decirte lo que realmente quiero decirte. Lo más expresivo que se me ocurre es el silencio, un enorme, un gigantesco silencio que reúna en sí mismo todo el mundo que quisiera compartir contigo. Para que tú sola pongas las palabras, para que tú compongas la música, para que dispongas mi universo y el tuyo nuestro universo- a tu antojo. Pero ese silencio es tan angustioso... Porque no sé si llegas a intuir su intención, su auténtico significado. Acaso lo vivo solo en mis

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sueños, en mi imaginación y tú permaneces ajena a todo ello. Pero ¿cómo podría ser eso? ¡Es imposible! Tienes que intuir la maravilla. Es imposible que esta grandeza me pertenezca sólo a mí. De nada me valdría si tú no lo compartes, cómplice, desde la distancia. Yo no voy a pedirte gran cosa. Únicamente que intuyas. Que te conectes a mí por un invisible, sutil e inalterable lazo... En este caso, nuestro poeta ha sido mucho más breve que Salinas, su composición es la que sigue:

Qué alegría, vivir Sintiéndose vivido. * Rendirse A la gran certidumbre, oscuramente, De que otro ser, fuera de mí, muy lejos, Me está viviendo. Que cuando los espejos, los espías -azogues, almas cortas- , aseguran que estoy aquí, yo, inmóvil con los ojos cerrados y los labios, negándome al amor de la luz, de la flor y de los nombres, la verdad trasvisible es que camino sin mis pasos, con otros, allá lejos, y allí estoy besando flores, luces, hablo. Que hay otro ser por el que miro el mundo Porque me está queriendo con sus ojos. Que hay otra voz con la que digo cosas No sospechadas por mi gran silencio; Y es que también me quiere con su voz La vida –¡qué transporte ya!-, ignorancia De lo que son mis actos, que ella hace, En que ella vive, doble, suya y mía. Y cuando ella me hable De un cielo oscuro, de un paisaje blanco, Recordaré Estrellas que no vi, que ella miraba, Y nieve que nevaba allá en su cielo. 57

*

*

Con la extraña delicia de acordarse De haber tocado lo que no toqué Sino con esas manos que no alcanzo A coger con las mías, tan distantes. Y todo enajenado podrá el cuerpo Descansar, quieto, muerto ya. Morirse En la alta confianza De que este vivir mío no era sólo Mi vivir: era el nuestro. Y que me vive Otro ser por detrás de la no muerte.
Se trata éste de un poema en el que dos son los principales temas: el amor y la muerte. Un amor de corte absolutamente neoplatónico en el que el amante parece incrustarse en el alma de la amada y ya no es él, deja de ser quien es para ser ella, la amada. Lo que ocurre es que Salinas ha elevado el sentido de lo neoplatónico puesto que el hecho de dejar de ser él aumenta hasta el extremo de que él vive ( y vive las experiencias físicas, sensoriales, no únicamente psíquicas, como podría pensarse en un principio) a través de la amada. Por eso él toca por las manos de ella, ve a través de sus ojos... etc. Se ha producido una auténtica transmigración de todo su ser. Aquí está el milagro: cuando muera, él seguirá vivo puesto que, en realidad, sólo es el cuerpo el que muere. El vive. Vive en la amada. Veamos ahora los versos subrayados por nuestro poeta: Qué alegría, vivir sintiéndose vivido. Rendirse a la gran certidumbre de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo. El núcleo central del poema ya está planteado: la transmigración platónica, la conversión del amado en la amada, pero obsérvese que se ha omitido el subrayado del adverbio: “oscuramente”, con lo cual desaparece la antítesis planteada por Salinas y que contrapone “certidumbre” (que connota la claridad) con el propio adverbio. Se ha eliminado ese claroscuro, pero nuestro poeta ha reafirmado que ese hecho (la transmigración) no contiene misterio, ni dudas, ni conlleva parte negativa alguna, sino que se trata de algo conocido, asumido, amado y deseado.

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De nuevo se ha omitido el subrayado de los versos con un contenido menos rotundo, aquellos que redundan en el mensaje ya aportado por los versos comentados. Por otro lado, estos versos no subrayados son, quizá, para nuestro poeta demasiado explícitos. Veamos los siguientes: Que hay otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos. Que hay otra voz con la que digo cosas no sospechadas por mi gran silencio; y es que también me quiere con su voz. Debemos recordar aquí que los sentidos auténticamente neoplatónicos son: la vista, la voz y el oído, mientras que no lo son aquellos considerados más vulgares y mundanos, entre los que se encuentra el tacto. En este fragmento seleccionado por nuestro poeta aparecen nítidamente los sentidos más neoplatónicos, pero no por un afán erudito. Ver el mundo con otros ojos significa ver las cosas desde otra perspectiva, es entender la vida de manera diferente a como uno mismo la entiende. Y este milagro se produce a partir del amor con el que la amada mira al amado: “querer con los ojos” provoca el increíble, pero verdadero efecto de que él experimente la vida como si se tratase de otra persona. Piensa como ella, opina como ella, entiende como ella... Aquí, de nuevo, tenemos la transmigración y posterior conversión, tratado de una manera universal y con una intención universalizadora a su vez. Los siguientes versos seleccionados recalcan esta idea. El sentido escogido, en esta ocasión, es el de la voz (voz auténtica, pero a la vez voz poética, por supuesto). Y esa voz de la amada es la voz de los auténticos pensamientos del yo poético, a la sazón, de nuestro poeta. Pensamientos jamás declarados, insospechados, pero que están ahí. Pensamientos que, acaso, incluso eran ignorados por el propio sujeto hasta que ella los formuló... De nuevo el amor es causante del milagro. Pero nuestro poeta ha omitido el resto de los versos. No le interesan, al parecer, las experiencias físicas que corroboran la experiencia neoplatónica y que la amplían a otro nivel. Y omite también la idea final del poema de Salinas y que es la de llevar este neoplatonismo hasta los extremos, lo cual le hace afirmar, poco más o menos, que ya es imposible que muera, puesto que sólo morirá su carne, el cuerpo, pero que su espíritu pervivirá dentro de la amada y a través de ella. No parece plantearse el tema de la muerte, o al menos, no quiere dar la sensación de

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rotundidad. También parece no aceptar una división platónica ( cuerpo-alma) que, al final, se intuye en el poema de Salinas. Acaso para nuestro poeta ambas cosas sean una sola y representada, fundamentalmente, por valores netamente neoplatónicos. Es como si eliminara toda carnalidad, como si únicamente le interesara destacar la espiritualidad. Hay que decir, como último rasgo importante, que este último fragmento seleccionado no sólo ha sido subrayado, sino que, además, se ha querido destacar su importancia casi con obsesiva intencionalidad. A su derecha un asterisco llama al lector casi como una interpelación exagerada, como un grito auténticamente poético. Cuesta mucho querer bien. Deberíamos pasar la vida intentando aprender a querer bien porque el amor es algo más que besos, abrazos. El amor es ser en el otro, aunque ello nos cause dolor... Intento ponerme en tu lugar. Intento descifrar tus deseos para adelantarme a ti y complacerte en todo. Son ya tantos años... Y sigues aquí, conmigo. Éramos mucho más jóvenes ( tú aún llevabas el pelo largo) y yo te miraba de lejos. Escribía mis poemas, que eran malos, malísimos y te los ponía en la carpeta cuando te ausentabas para ir a tomar un café. Cómo agradecía aquella mirada tuya sorprendida, al encontrarlos. Cómo pasa el tiempo... “De tus ojos, sólo de ellos, sale la luz que te guía. Tú nunca puedes dudar. Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas son esas cosas tan claras. Nunca te equivocaste, más que una vez, te encaprichó una sombra. Y era yo”. De nuevo predomina la visión neoplatónica. En este caso nos presenta una amada dubitativa, desconcertada y ¿cómo es posible que ella dude si ha vuelto del revés los misterios? La amada es un ser misterioso, el resto de las cosas ( prodigios ) son claras, acaso el amor. En unos pocos versos se concentra toda la magia que envuelve a la figura de la amada. Se omite la representación de una amada arrebatada, tal y como nos la muestra Salinas. Omite, también, toda carnalidad. Decididamente nuestro poeta es de lo más psicológico. Ha ahondado en uno de los temas fundamentales de la obra de Salinas: las sombras. El amante permanece oculto e inaccesible y confunde desde su inmaterial e inconsistente condición de sombra ( acaso símbolo de una imposibilidad ) a la amada, quien

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desea la luna, precisamente por desearle a él, sombra oculta en la noche. El poema termina con la confesión. “Y era yo”. Pero... ¿quién es “yo”? Bien valdrían, para este Poeta, los versos de Salinas: “Para sentirte a ti no sirven los sentidos de siempre”. Un día me asaltaste bruscamente a la salida de la Biblioteca. Venías hacia mí con paso decidido, contraído el rostro. Me agarraste por el brazo ( ME HICISTE DAÑO). Gritabas y tus palabras echaron a volar al aire como una bandada de pájaros asustados. “No he sido yo, no he sido yo” respondí una y otra vez a tus preguntas ( ME HICISTE DAÑO). Agitabas papeles, un montón de papeles frente a mis ojos. “No, no, no. Déjame, déjame en paz”. Te callaste y yo bajé la mirada y me fui deprisa, no quería verte (ME HICISTE DAÑO). Creo que me seguiste con la mirada. Pensé que volverías, pero no. “Su gran obra de amor era dejarme solo”. Con estos versos nuestro poeta va más allá de una experiencia concreta y circunstancial. Ya no se trata de que la amada deje solo al amado para que descanse. Aquí se realza el mensaje último del poema de Salinas. Esos últimos versos hacen trascender el significado del propio sentimiento amoroso porque es sencillo y fácil quedarse y amar mientras que lo auténticamente sublime es demostrar el amor con la partida. Y no resulta irónico aunque pueda parecerlo, puesto que existen innumerables maneras de amar, sólo que todas mantienen una característica común a mi manera de ver: quien ama piensa en el otro antes que en sí mismo, por este motivo el amor no siempre es placentero, sino al contrario. Amar y demostrar que se ama puede ser fuente de un gran dolor, aunque quede la satisfacción de haberle dado al otro lo mejor de uno mismo, quizá, aquello que más cuesta proporcionar. Este parece ser el sentido que nuestro Poeta ha querido rescatar del poema de Salinas: su sentido sublime y que adelanta la larga despedida de “La voz a ti debida”. Por otro lado, el anonimato de nuestro Poeta parece ser justificado en los siguientes versos: “Si tú no tuvieras nombre, todo sería primero, inicial, todo inventado por mí, intacto hasta el beso mío. Gozo, amor: delicia lenta de gozar, de amar, sin nombre”. Es posible que, de la misma manera que desea la reducción de la amada a un ente sin nombrar ( representación de lo primigenio, de lo anterior a todo, instante divino, sin duda, en que el Poeta puede ejercer como dios que nombra todas las cosas y, por lo tanto, crea )

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desee ser también él, en equiparable armonía con la amada, un anónimo al que ella pueda dotar de una identidad a través del don poético del nombre. Amado y amada como dos páginas en blanco en las que todo se hace posible. Amado y amada que se reviven o reinventan el uno al otro a través de la palabra, en un amor edénico. No sé por qué a veces tengo la sensación de que en aquel instante tú te diste cuenta, de que lo comprendiste todo. Quizá no esperabas mi turbación y mi negativa. Te desconcerté, estabas tan segura... Y sigues así, nada en ti ha cambiado, sólo que ahora ya no gritas, me miras desde lejos, en silencio. Podrías insistir, pero no lo haces. Es como si hubieses tomado una importante decisión. Sólo tú sabes hasta qué punto estás cerca de mí, no me das ni una pista a cerca de tus sentimientos y sin embargo parece que todos tus actos se encaminan a satisfacer esta extraña relación que nos une desde hace tanto tiempo, como si te esforzaras en cumplir determinados requisitos imprescindibles para alimentarla sin llegar a perturbar la magia que rodea al misterio. Me temo que sabes la verdad y te comportas como si la desconocieras, pero siendo cómplice o, al menos, pareciéndolo en un territorio de nadie. Llegas a confundirme. Las cosas que haces... ¿Son fruto de la casualidad? ¿O realmente las haces pensando en mi?

No, no dejéis cerradas Las puertas de la noche, Del viento, del relámpago, La de lo nunca visto. Que estén abiertas siempre Ellas, las conocidas. Y todas, las incógnitas, Las que dan A los largos caminos Por trazar, en el aire, A las rutas que están Buscándose su paso Con voluntad oscura 62

Y aún no lo han encontrado En puntos cardinales. Poned señales altas, Maravillas, luceros; Que se vea muy bien Que es aquí, que está todo Queriendo recibirla. Porque puede venir. Hoy o mañana, o dentro De mil años, o el día Penúltimo del mundo. Y todo Tiene que estar tan llano Como la larga espera. Aunque sé que es inútil. Que es juego mío, todo, El esperarla así Como a soplo o a brisa, Temiendo que tropiece. Porque cuando ella venga Desatada, implacable, Para llegar a mí, Murallas, nombres, tiempos, Se quebrarían todos, Deshechos, traspasados Irresistiblemente Por el gran vendaval De su amor, ya presencia.

Amor = vendaval

Nuestro Poeta resalta muy bien el carácter de su amada. Ya hablamos más arriba de la amada arrebatada de Salinas y cómo era omitido este aspecto por nuestro Poeta. Sin embargo aquí sí nos presenta a la amada arrebatada, aunque se trata de un arrebato diferente. En el primer caso sería un arrebato que más bien podría calificarse como “exaltación” de los elementos vitales, mientras que aquí es furor, violencia: “Porque cuando ella venga desatada, implacable, para llegar a mí, murallas, nombres, tiempos, se quebrarían todos, por el gran vendaval de su amor, ya presencia”. Encontramos una nota al margen en la que puede leerse, escrito a lápiz: amor = vendaval. Siento disentir, en este punto, con el Poeta, objeto de mi estudio. No creo que Salinas identifique estos dos conceptos. Creo que, en realidad identifica vendaval con la amada, de ahí el “desatada” y el “implacable”, que por cierto, se hayan subrayados con un trazo más

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grueso y oscuro ( sobre todo el de “implacable”). La ecuación, en tal caso, sería: ella = vendaval + su amor. Es ella con su amor, la presente, ya. Ella, el vendaval, con su amor. Este poema resulta interesante no sólo por ese especial subrayado que se distingue de entre todos los demás. También porque estamos ante una de las pocas ocasiones en que podemos encontrar la grafía de nuestro Poeta. Son dos hechos que se dan en un sólo poema, lo cual resalta la importancia de éste, a mi parecer. Y por esta amada “implacable”, por este vendaval de mujer es normal que el Poeta diga más adelante: “Miedo. De ti. Quererte es el más alto riesgo”. Y lógico su temor: “¿Seré algo que nació para un día tuyo ( se omite “mi día eterno” ), para una primavera?”. A nuestro Poeta no le preocupa si él podrá o no vivir en la mudanza que representa la amada ( la mudanza contribuye a realzar la imagen de lo inestable. El vendaval también es inestable ), mientras que a Salinas esto sí le preocupa. A nuestro Poeta, en cambio, le preocupa si él es diferente, importante, o si por el contrario significa, como el resto de las cosas que rodean a una persona en la que todo es mudanza, algo efímero. Evita, como dijimos, “( mi día eterno)”, que

acentúa la subjetividad y que da al poema de Salinas un tono confesional, quizá demasiado solemne para nuestro Poeta. También ha omitido “(en mí florida siempre)”, como distanciándose de tal experiencia íntima. Inevitablemente, en este sentido, “primavera” nos recuerda la imagen de la juventud. Veamos el siguiente poema:

No, no te quieren, no. Tú sí que estás queriendo. El amor que te sobra Se lo reparten seres Y cosas que tú miras, Que tú tocas, que nunca Tuvieron amor antes. Cuando dices: “Me quieren Los tigres o las sombras” Es que estuviste en selvas O en noches, paseando Tu gran ansia de amar. No sirves para amada; Tú siempre ganarás Queriendo, al que te quiera. Amante, amada no. Y lo que yo te dé, 64

Rendido, aquí, adorándote, Tú misma te lo das; Es tu amor implacable, Sin pareja posible, Que regresa a sí mismo A través de este cuerpo Mío, transido ya Del recuerdo sin fin, Sin olvido, por siempre, De que sirvió una vez Para que tú pasarás Por él –aún siento el fuegoCiega, hacia tu destino. De que un día entre todos Llegaste A tu amor por mi amor.
Los que resultan verdaderamente oscuros son los siguientes versos subrayados: “que sirvió una vez para que tú pasaras por él -aún siento el fuego- ciega, hacia tu destino”. Se ha omitido el referente de estos versos. En Salinas “él” es el cuerpo del amado, pero nuestro Poeta, una vez más, parece querer olvidarse de la materialidad. Entonces ¿cuál es el referente de “él”? Es también intrigante porque de nuevo nos encontramos con un subrayado grueso en la matización fuertemente erótica: “-aún siento el fuego-”. Con lo que nos encontramos ante algo absolutamente desconcertante. Se me ocurre que en este poema nuestro Poeta ha utilizado otro recurso hasta ahora no empleado. Ha acabado con el juego de la antítesis, de expresar su pensamiento por medio de la elección de unos versos en concreto y el rechazo de otros. Aquí el Poeta parece suscribir todo el poema de Salinas y realza lo visto en los versos citados más arriba haciendo hincapié en que aunque la unión carnal se diese una única vez ( ella pasó por su cuerpo) él aún siente la pasión de aquel instante. Y sorprende este poema precisamente por su matiz erótico, aunque si bien es cierto que en conjunto sigue siendo muy neoplátonico puesto que él ( el amado), incluso carnalmente, sólo es un mero pretexto para que la amada llegue a sí misma puesto que toda ella es derroche de amor. Un amor cuyo origen y final es ella y en el que él es únicamente un vehículo para que se complete el círculo, para que el amor alcance la cota de lo perfecto, casi de lo místico.

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Miro a mi alrededor. ¡Tengo tantas cosas que decirte! La vida toda será insuficiente. El tiempo es mi enemigo. Mira. Ahí está el reloj para recordármelo. Prefiero no pensar en ello, no quiero angustiarme. Debo concentrarme. Dejo un rastro sobre mis pasos para que tú lo sigas y me encuentres. Tú estás al otro lado recogiendo lo que yo voy dejando. Lo que yo hago tú lo desmenuzas. ¿Piensas en el tiempo? ¿También te angustias? No. No te distraigas con nada. No pierdas ni un segundo porque si lo haces perderemos el ritmo y esta música silenciosa que nos envuelve se esfumará. Me miras... ¡Me has mirado! Intentas disimular, pero yo te he visto. He visto tu cara reflejada en lo oscuro del cristal de la ventana. Ha sido un momento... Nos hemos mirado a los ojos en este desnudo y opaco cristal... La sala gira ciento ochenta grados a una velocidad vertiginosa, la ventana desaparece y tú que disimulas nerviosa. Pero debo volver a mi tarea...”Lo que eres me distrae de lo que dices. Estoy mirando los labios donde nacieron. Yo no miro adonde miras: yo te estoy viendo mirar. No pienso en lo que tú quieres. Lo que quieres hoy, lo deseas; mañana lo olvidarás. Y no deseo ya otra cosa más que verte a ti querer”. ¿Cómo pudiste? No he sido yo, no he sido yo. ¡Ah! ¿No? ¿Entonces quién? No me conoces de nada. ¿Cómo es posible que supieses que era yo? No dudabas. Me venció el miedo, siempre me vence el miedo. Eres tan mía aquí que cuando te me acercas no pareces tú. ¡No puede ser nadie más! ¡Nadie! ¿Por qué? Se quedaron en el aire demasiadas preguntas. Quisiera preguntarte... Pero no. Es mejor dejar las cosas así, de momento todo resulta perfecto. Nunca me había pasado esto con nadie. El resto me ignoraba. Vivían despreocupadas, pero tú no. Tú sabes comunicarte conmigo, me has descubierto, así, de pronto, y no te has ido. Te mantienes a una distancia prudente. Sólo conoces los datos más elementales de éste que soy yo y ¿cómo es posible que con tan escasa información hayas llegado tan adentro? Para ti no existen las puertas ni las paredes, aquella

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tarde, tus ojos abiertos ¡No puede ser nadie más! las manos agitando las hojas. ¿Por qué te enfadaste? Se trataba de algo inocente me siento derrumbado todo acabó sabe que soy yo lo sabe y no le gusta qué vergüenza Niégalo Niégalo Aún estás a tiempo de huir de salvar lo que quede cómo es posible cómo lo ha hecho para saberlo cómo ha llegado hasta aquí “No he sido yo, no he sido yo”. Leo tus cartas, sólo yo leo tus cartas, el resto de la gente lee tus libros y es bonito saber que existe alguien a quien quieres y que te habla delante de todo el mundo, pero sólo a ti. Sólo a mi, desde aquella tarde en que me desnudaste, en mitad del Campus deseo decirte sí deseo decirte sí y no puedo no te esperaba tan pronto aún no siempre te adelantas ahora lo veo claro siempre te adelantas siempre apareces de pronto sin avisar y ahora es lo mismo es igual has entrado en mi casa y nunca te irás ya estás dentro aquí dentro cómo podrías irte nadie ha llegado como tú a donde tú has llegado sabía que eras especial pero siempre me sorprendes me has invadido y ahora qué qué hago contigo Niégalo Niégalo Aún estás a tiempo “No he sido yo, no he sido yo”. Ahora al recordarte, al recordarlo todo me parece que puedo interpretar alguno de tus comportamientos y me parece que te asustaste, pero no por las poesías a las que quizá esperabas desde hacía tiempo, no por las poesías en sí, sino porque llegó lo que tú tanto ansiabas, una respuesta, aunque no “la” respuesta. Tú querías ver mi firma bajo aquellos versos, que no cupiera la duda, que todo quedase atado, pero yo no me podía arriesgar. Además, yo no te quiero así, yo te quiero por todos, por todo el mundo, el mío es un amor inmenso, el más grande y por esa razón mis versos no llevan firma, mis versos son los besos de todos los hombres que te aman, pero también de los que te amarán, de los que te amaron y de los que lo hubiesen hecho. Y son míos, parten de mí, yo siempre estoy detrás de ellos. “Y que quizá, detrás de telones de años, un beso bajo cielos que jamás hemos visto, será, sin que lo sepan esos que creen dárselo, trascendido a su gloria, el cumplirse, por fin, de

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ese beso impaciente que te veo esperando, palpitante en los labios. Hoy nuestro beso, su lecho, están sólo en la fe”. El gran logro de estos versos es el tratamiento de la coordenada temporal: el beso eterno, el beso con mayúsculas no tiene por qué darse en “nosotros”, personas concretas, sino que puede materializarse a través de otros sujetos, pero será en un momento determinado, en unas circunstancias determinadas. Desde este punto de vista podríamos hacer una comparación: para que algunos fenómenos físicos tengan lugar hacen falta unas precisas condiciones de presión, temperatura y cómo no, tiempo. Gracias al tiempo y al mimo de las circunstancias se forman, por ejemplo, los diamantes. Gracias a una situación similar pudo originarse, acaso, el universo. “Nuestro beso”, ese beso universal e imperecedero del que no ha habido precedentes ni habrá sucesores debe fraguarse de igual modo. Quizá sean otros quienes lo propicien, pero serán meros vehículos de algo que “nos” pertenece. Es esto lo que parece querer decir nuestro Poeta por boca de Salinas. Fue tu voz la que me llamó la atención, una onda sonora que llegó a mis oídos llena de musicalidad, llena de notas, subía y bajaba increíblemente grácil. Me volví: era inaudito que nadie más que yo percibiese aquello no habla con ellas me lo está contando todo a mí quiere que sepa lo que piensa me mira me está mirando sabe que me he fijado en ella no habla con ellas está hablando conmigo Y ya sabes es el típico problema de siempre uno es de izquierdas y otro de derechas somos como dos polos opuestos que en este caso no se atraen Me lo dices a mi lo sé me lo está diciendo me mira y sonríe se siente halagada no voy a moverme de aquí hoy tampoco me moveré sus manos su pelo su voz su voz que oigo con tanta claridad que me parece que no es suya que es mía como si me la hubiesen robado mi voz su voz es como los ultrasonidos que sólo oyen los perros. Tu voz era un sonido sólo audible por mí, nacida para mí. Quisiera adentrarme en tu garganta, deslizarme por tu lengua y asistir a la producción milagrosa de tus palabras, quisiera ser testigo único de la actividad instrumental, mi pequeña Mozart, mi delicada lira, mi inquieta Fa blanca dónde está hoy por qué no ha

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venido con quién andará no ha venido vendrá más tarde dónde está sus amigas deben saberlo me acercaré me acercaré con cuidado a ellas dónde estará con quién quizá si me siento al lado sería demasiado claro demasiado explícito no sólo pasaré cerca con quien con quien que hacías que me llevara en mi cartera, a mi casa, todas las melodías y allí volvía a escucharlas una y otra vez, las rememoraba y las degustaba palabra a palabra y me dormía con el arrullo de tus susurros abrazándome y soñándome hasta que al salir el sol me levantaba rápido para no demorar el encuentro. La ansiedad me impedía desayunar. A intervalos olvidaba dónde estaba y componía los desastrosos poemas que, más tarde, colocaba entre tus folios, en la Biblioteca. Y no sabes el trabajo que me costaba, siempre con el temor de que entre los que estudiaban cerca fuesen conocidos tuyos y que disimulando trabajar espiasen para dar con aquel anónimo desquiciado que te asaltaba con palabras desordenadas de amor, yo, tu clandestino admirador obsesionado con tus brazos voladores en el aire inmóvil al que enriquecías con sinfonías estelares disponiendo el orden del cosmos a tu antojo. Día tras día me aportabas pero qué coqueta eres observas por debajo de tus largas pestañas y sonríes modosamente o con carcajadas que se prolongan y estrellan contra las partículas casi invisibles que entran por la ventana “Tienes fuego” “No no fumo” No sabía que fumaras nunca te he visto un pitillo en los dedos tus amigas sonríen me miran fuego claro que tengo fuego pero no en un mechero o una cerilla tengo el fuego aquí dentro y de vez en cuando me sale a vida, las ganas de pelear para continuar esta perdida batalla que es la vida. Y de pronto, desapareciste como por arte de magia. Habías decidido evaporarte, querías prescindir de mi vigilancia quién eres de dónde has salido pero qué me has hecho te necesito dónde estás dónde a lo mejor me excedí, pero la pasión, esa pasión que me provocaba brincos en las piernas, risas alocadas a cada instante, esa ilusión permanente que creía haber perdido (quizá nunca la tuve)

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me conducía sin yo darme cuenta a una dependencia absoluta de ti. No sólo de tu imagen, no era sólo tu imagen, lo que me provocaba pavor era no está sólo hay ausencia un gran hueco vacío en el banco en la silla entre los libros un agujero negro por donde se cuela toda mi felicidad la desaparición del paraíso es la incertidumbre habrá sido todo un sueño la alucinación de su existencia tan deseada por mí y que ahora desaparece ahora recupero la normalidad y la normalidad es el regreso de los días grises, de los minutos y las horas en soledad, la monotonía, el escapismo vulgar, la realidad vulgar, el silencio sin tus continuas y chispeantes transgresiones al ruido. Ese ruido que no es nada. Se levanta el de al lado. Se va.

El Azar
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Anyam María -¡Eh! -Esta silla, qué ruido. Mis pasos. No quiero mirar atrás. Atrás estás tú-

¡Eh! Perdona. -¿Qué...? -Te dejabas el libro. -¡Oh! Gracias. Muchas gracias... -De nada. -Gracias, hasta luego. -Hasta luego. Mis pasos. No sé si alzar los ojos... Siento calor en la cara. ¿Por qué tendrá que sucederme esto a mí? Tendría que haber dejado el libro, no era mi problema. Ahora me he levantado, se ha trastocado todo, quizá sea irreparable. ¿Me miras? ¿Me estás mirando? Necesito saberlo. Las cosas bajan, baja la pared, el reloj, es la una. Dos chicas hablan. Tú... estás trabajando, esgrimes el bolígrafo sin tregua deja que respire deja que respire por favor para para deja que descanse, mujer insaciable, deja de desangrar el diminuto

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objeto. O no. Vacíalo del todo para que yo, vampiro, me alimente de él. Tienes sonrosada la cara, inmersa en tus pensamientos, concentrada en tu objeto de estudio, así es como te adoro: amándome.

Se levanta el viento, el suelo de la calle es un mosaico de sombras danzantes que bailan el meloso rumor de las agitadas ramas. Pero hace calor. Eres pálida y un surco azulado envuelve tus ojos verdes. Se va acercando la hora... Dentro de poco llegará el momento de la extinción. Me pregunto qué nos espera a la salida de esta Arcadia. En realidad no sé por qué me lo pregunto, si ya lo sé: Se me ha olvidado decirle que la amo se me ha olvidado con tanta cháchara indirecta se me ha olvidado tendré que decírselo más tarde no ahora porque quizá ahora debo decírselo ya voy a confundirme, eso es lo que me espera, la confusión, la mezcla de pensamientos diversos, en amalgama, en desorden, una oscuritas porque soy incapaz de expresarme. No pienses no pienses Respira hondo Ahora no es el momento de pensar es el momento de disfrutar Te estás distrayendo amigo mío así todo será inútil No eres una obsesión. Eres mi única interlocutora. Pero ¿y si un día franqueamos la débil línea? Niégalo Niégalo “No he sido yo, no he sido yo”. Yo no te deseo, no te amo, no... No te acerques a mí. Yo no te quiero como tú quieres que te quiera. No pretendas rebasar el límite: tú allí y yo aquí y este amor extraño, inclasificable y que sólo tiene lugar en esta Arcadia infantil Se me ha olvidado voy a En realidad yo soy cualquiera y tú también podrías serlo, pero nos obstinamos en reducir las posibilidades. Nos resistimos a la expansión y anhelamos encarcelar este sentimiento inmenso en dos cuerpos, pálida y ojerosa de iris mentolado. ¿Por qué? ¿Por qué sueño contigo cuando tu voz podría pertenecer a un cuerpo moreno, a un pelo castaño y largo, a unos ojos

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azules o marrones? ¿Por qué nos inclinamos a esta absurda reducción? Tienes que ayudarme porque me han metido en un lío Qué En un lío me han metido en un lío Me vas a contar de qué se trata Permíteme ser discreto pero ayúdame necesito que me ayudes Qué tengo que hacer Ayudarme a desaparecer quiero perderme en la multitud se me ha olvidado voy a La una y cuarto. Aunque no digas nada, aunque disimules tú también pones un rostro a esta voz, el mío. Somos obcecados. No nos sustraemos a esta monótona visión de las cosas, incapaces de ser libres, auténticamente libres y generosos, meros pronombres: “Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!”.Nuestro Poeta ha subrayado estos famosos versos de Salinas. En ellos trasluce una intención universalizadora: las personas somos quienes somos por nosotros mismos y por nuestras relaciones con los demás, pero todos partimos de un mismo origen. Existe un primer instante común a todo ser humano, después vamos añadiendo ropajes, máscaras hasta convertirnos en lo que somos. En toda persona anida el deseo de diferenciarse del resto de una forma consciente, pero también inconsciente. Se trata de un deseo que parte de la propia genética y así tenemos que cada persona nace con un físico que en ningún caso es absolutamente igual a otro, ni siquiera entre los hermanos gemelos hay una semejanza total. Pero no sólo debemos hablar del físico porque esto también se produce en el intelecto, si bien es verdad que es en el intelecto donde las confluencias entre distintas personas resultan más interesantes. Resulta interesante comprobar cómo gentes de distintas culturas, gentes de diversos entornos, con lenguas extranjeras, de físico contrastado pueden coincidir en actitudes y pensamientos con una exactitud pasmosa. En la Literatura esto puede observarse ya que de continuo, autores separados entre sí espacial y temporalmente pueden y ( de hecho suelen ) mostrar concepciones aproximadas. Hablamos de un territorio universal y eterno. Un territorio en el que es posible la prolongación de ese instante del que hablamos más arriba. Y Nuestro Poeta propone despojarnos de todo lo añadido a ese momento mágico y que, en cierto modo, nos separa. Por eso anhela la desnudez absoluta hasta que la amada y él lleguen a ser meras figuras gramaticales, meros pronombres: tú y yo; la única diferencia imprescindible, la única

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pertinente. Aunque sabemos, por todo lo visto, que esa fórmula ( tú - yo) es, en realidad, un poco falsa puesto que por la propia concepción poética que hemos visto equivale a un Yo ( la amada en el amado y viceversa). Siento que mis palabras comienzan a adelgazarse. Dentro de poco dejarás de oírlas, pero no debemos ponernos tristes, eso ya lo sabemos tú y yo. Nos encontraremos otra vez. Quizá yo no sea yo, ni tú tu misma; seremos otros. Y empezaremos bajo nuevos ropajes esta historia nuestra (porque es siempre nuestra) y viviremos otros pensamientos, otras experiencias Era la una y cuarto pronto se acabará todo pero necesito que lo sepas esta vez lo necesito Me vas a contar de qué se trata Quiero perderme en la multitud se me ha olvidado voy a las que pondremos nuevos nombres y de las que diremos ¡tantas cosas!... Estoy triste, pero sólo un poco. Estoy triste porque siento que mi voz se va extinguiendo poco a poco al filo del tiempo y es necesario para que otra voz resurja, nazca ¿no es así siempre? Este que soy yo desaparece, pero no del todo, lo sé y sin embargo me duele dejarte. ¡Oh, sí! ¡Me duele!... No busques El Poema de esta vida Horizontal, sí, te quiero... que no lo encontrarás porque ése sólo me pertenece a mí, me lo quedo, permíteme esta ausencia premeditada que se debe a un pudor infantil. Qué grato resulta ahora recordarte enfadada, aturdida, enredada en tu propia madeja de sentimientos ¿soy pretencioso? No lo creo. Has de saber que hubo un momento fugaz no puede ser nadie más No soy yo no soy yo en que te miré a los ojos y con eso me No te expliques tu amor, ni me lo expliques; obedecerlo basta porque ya no son necesarias las justificaciones, amor: “Y entonces la alta noche, la oscuridad, el frío, engañados también, me vienen a besar. No pueden; otro beso se interpone en mis labios. No se marcha de allí, no se irá. El que me diste, mirándome a los ojos, cuando yo me marché, diciendo: “No te vayas”. Fragmento que recoge toda la idea central de Salinas, expresión última de la amada y que colma las esperanzas del poeta.

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Tenemos aquí la expresión de un amor total. El poeta, nuestro Poeta retiene esas palabras últimas, palabras de amor, en el beso de la mirada, y que le acompañarán de por vida. Ese amor se prolonga a través del tiempo, a pesar de que la historia amorosa ha terminado. El último subrayado de este libro y con el que nuestro Poeta y este trabajo se despiden es el siguiente:

¿Y si no fueran las sombras sombras? ¿Si las sombras fueran -yo las estrecho, las beso, me palpitan encendidas entre los brazoscuerpos finos y delgados, todos miedosos de carne? ¿Y si hubiese otra luz en el mundo para sacarles a ellas, cuerpos ya de sombra, otras sombras más últimas, sueltas de color, de forma, libres de sospecha de materia; y que no se viesen ya y que hubiera que buscarlas a ciegas, por entre cielos, desdeñando ya las otras, sin escuchar ya las voces de esos cuerpos disfrazados de sombras, sobre la tierra? ¿Las oyes cómo poden realidades, ellas, desmelenadas, fieras, ellas, las sombras que los dos forjamos en este inmenso lecho de distancias? Cansadas ya de infinidad, de tiempo Sin medida, de anónimo, heridas Por una gran nostalgia de materia, Piden límites, días, nombres. No pueden Vivir así ya más: están al borde Del morir de las sombras, que es la nada. Acude, ven conmigo. Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo. Los dos les buscaremos Un color, una fecha, un pecho, un sol. Que descansen en ti, sé tú su carne. 74

Se calmará su enorme ansia errante, Mientras las estrechamos Ávidamente entre los cuerpos nuestros Donde encuentren su pasto y su reposo. Se dormirán al fin en nuestro sueño Abrazado, abrazadas. Y así luego, Al separarnos, al nutrirnos sólo De sombras, entre lejos, Ellas Tendrán recuerdos ya, tendrán pasado De carne y hueso, El tiempo que vivieron en nosotros. Y su afanoso sueño De sombras, otra vez, será el retorno A esta corporeidad mortal y rosa Donde al amor inventa su infinito.
EPÍLOGO: Como reflexión última sobre la figura de la amada habría que añadir algunos pensamientos sobre la figura del “otro”, tan primordial en el quehacer literario. Ya en su momento, Garcilaso de la Vega escribió lo que sigue:

Escrito está en mi alma vuestro gesto, Y cuanto yo escrebir de vos deseo; Vos sola lo escrebisteis, yo lo leo Tan solo, que aun de vos me guardo en esto. En esto estoy y estaré siempre puesto, Que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo, De tanto bien lo que no entiendo creo, Tomando ya la fe por presupuesto. Yo no nací sino para quereros; Mi alma os ha cortado a su medida; Por hábito del alma misma os quiero. Cuanto tengo confieso yo deberos; Por vos nací, por vos tengo la vida, Por vos he de morir y por vos muero.
Un pensamiento parecido nos muestra Salinas en un poema visto más arriba y, que de nuevo, reproducimos:

El amor que te sobra Se lo reparten seres Y cosas que tú miras, 75

Que tú tocas, que nunca Tuvieron amor antes. Cuando dices: “Me quieren Los tigres o las sombras” Es que estuviste en selvas O en noches, paseando Tu gran ansia de amar. No sirves para amada; Tú siempre ganarás Queriendo, al que te quiera. Amante, amada no. Y lo que yo te dé, Rendido, aquí, adorándote, Tú misma te lo das; Es tu amor implacable, Sin pareja posible, Que regresa a sí mismo A través de este cuerpo Mío, transido ya Del recuerdo sin fin, Sin olvido, por siempre, De que sirvió una vez Para que tú pasaras Por él –aún siento el fuegoCiega, hacia tu destino. De que un día entre todos Llegaste A tu amor por mi amor.

Más allá de las teorías neoplatónicas por las que el poeta abandona su ser por amor a la amada (a una mujer real de carne y hueso), habría que precisar ciertos puntos, a mi parecer fundamentales. Y es que, durante mucho tiempo, la visión de un poeta enamorado de una mujer real quizás ha distorsionado la interpretación de la obra de ciertos autores. En ese sentido, resulta esclarecedor el libro de Octavio Paz: “El arco y la Lira”, en que, se reflexiona sobre esta figura del otro, entre otras cosas. El mexicano, considera al hombre un “perpetuo llegar a ser” que es su imagen, es decir, él mismo y otro, a través de la frase o poesía que, a su vez, no es otra cosa que ritmo, imagen (o reconciliación de contrarios). Ese otro no es más que la parte más

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oscura de nuestro ser y que forma parte de nosotros tanto como la parte más consciente. A través de ciertas experiencias el ser humano puede franquear la barrera de su consciencia para llegar a su otro y es en este punto donde cobran capital importancia los rituales, los ciclos. Ese espacio indefinido, sin nombre, inicialmente, anclado en lo eterno, al que accedemos y en el que nos encontramos, él la denomina como “la otra orilla”. Las aventuras acometidas en ese espacio en pleno desarrollo de esa parte irracional no serán, seguramente, muy diferentes de los sueños, pues en ellos, el ser humano actúa distintamente a como lo hace en los estados de vigilia: puede acometer diferentes empresas, obtiene facultades inauditas, se comporta como no es... Estas dos caras de la misma moneda conforman al ser humano que, así, brota del diálogo entre ambas, pues no hay forma de reconciliación que no pase por el diálogo. De esta idea se traduce el hecho mismo de que somos diálogo, idea que se refuerza debido a que el mismo hombre es lenguaje, palabra. No resulta baladí que nos detengamos en estas elucubraciones, pues la amada, no cumpliría otra función. Cuando el poeta sale de sí mismo, arrebatado por la fuerza del amor, deja de ser quien es para convertirse en la amada. Todo lo invade ella. Y es entonces cuando surge la voz de la poesía. Pero, como diría Ioan P. Culianu, todo es amor, pues se trata de cualquier tipo de inclinación, de interés, por activa o por pasiva. Así, el deseo, la melancolía y otros estados favorecen los estados creativos porque nos sacan, como un golpe en la cabeza, una enorme sacudida, de nosotros mismos. Ni qué decir tiene que la experiencia más arrebatadora puede ser la mística pues el hombre alcanza estadios jamás pensados. En definitiva, que más allá de una interpretación romántica sobre la figura de la amada, debemos pensar en estos versos como un diálogo del hombre consigo mismo, con su más profundo origen y en el que la figura de la mujer se acaba erigiendo en la vestidura de ese “otro” desnudo con el que el diálogo puede llevarse a efecto. Ello no implica que, de base, no exista una motivación real en el que una mujer auténtica dé paso a esa amada idealizada y sublime que hace surgir la voz del yo poético, voz que resume en una única el parlamento de ambas: la voz del yo poético, la voz del ser.

Las dos. Algunas sillas resuenan. Pasos que se acercan a la salida. Ahí te quedas, amada mía, entre las páginas de un libro y siento celos, no debiera

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sentirlos, es estúpido, ¿no crees? No quiero despertarte con mis pasos sobre la madera, soy tan torpe... -Buenas tardes. -Buenas tardes, señor. Hace demasiado calor, menos mal que hay brisa. Pasan menos coches por la calle, hay menos transeúntes la Biblioteca cierra a las dos y cuarto se me ha olvidado voy a es la hora de comer todo ha terminado No puede ser nadie más No he sido yo no he sido yo huele bien, es esa chica, tú... ¿o son las flores de la plaza? ¡Qué oscuridad repentina! Aquí se está bien. Un escalón lleva a otro escalón. Esa mirilla tan grande... Las dos y cuarto en el reloj. Sales de la Biblioteca, te alejas de mí se me ha olvidado decirle que la amo se me ha olvidado con tanta cháchara indirecta se me ha olvidado tendré que decírselo más tarde no ahora porque quizá ahora debo decírselo y yo no sé qué hacer para impedirlo. Debería gritar muy alto porque ¿quién me asegura? ¿y si tú no...? Se me ha olvidado decirle Y me queda en la garganta un nudo yo quisiera decirte tantas cosas y no hay ni una palabra que resuma todo lo que llevo en la cabeza podría por otro lado hablarte lo que me queda el resto de vida sin llegar a poder decirte lo que realmente quiero decirte lo más expresivo que se me ocurre es el silencio un enorme un gigantesco silencio que reúna en sí mismo todo el mundo que quisiera compartir contigo para que tú sola pongas las palabras para que tú compongas la música para que dispongas mi universo y el tuyo nuestro universo a tu antojo pero ese silencio es tan angustioso porque no sé si llegas a intuir su intención su auténtico significado acaso lo vivo solo en mis sueños en mi imaginación y tú permaneces ajena a todo ello pero cómo podría ser eso es imposible tienes que intuir la maravilla es imposible que esta grandeza me pertenezca sólo a mí se me ha olvidado decirle que la amo se me ha olvidado con tanta cháchara indirecta se me ha olvidado tendré que decírselo

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más tarde no ahora porque quizá ahora debo decírselo Voy a hablar contigo claramente. Cuatro, tres, cuatro... “Bienvenido a la lanzadera espacial. Hemos despegado, deja tu mensaje”.

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Jorge y su extraña crisis de creatividad

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“Me hubiese gustado que estuvieses aquí, conmigo, en este paisaje bucólico y que noche tras noche nos echáramos al monte para hacer el amor. El mes de Agosto es espléndido. A veces sopla una brisa fresca en las noches de Agosto, pero no importa. Yo vería tu rostro sobre un fondo estrellado y el aire nocturno no me haría estremecer. Nuestros cuerpos desnudos sobre la hierba húmeda y el éxtasis...”. Hubiese querido empezar así, pero me di cuenta de que mi heroína era una insustancial: su corporeidad iba desapareciendo progresivamente a cada renglón. Al final, la historia se perdía. Y ahí sigo. Pensé que se trataría de algo transitorio, pero esto ya dura seis meses y estoy más que preocupado. No soy capaz. No soy capaz...He esperado hasta el último momento, no quería precipitarme. No tengo más remedio que reconocer que no se me ocurre otra salida, ¿me comprende? -Perfectamente. Quiero que sepa que no es usted el único. Por nuestro gabinete han pasado muchos clientes y algunos de ellos acudían a nosotros por problemas similares. Pero para eso estamos, ¿no le parece? -¿Dará resultado? -No lo dude. Le garantizamos un éxito total, aunque debo prevenirle... -¿Existen efectos secundarios? -¡No, por Dios! Nada de eso... Sólo que creo que, como auténtico profesional debo advertirle de algunos asuntos. -¿Existen riesgos? -No son riesgos, propiamente dichos. Nosotros hacemos bien nuestro trabajo. “La Compañía” se compromete con el cliente hasta el final, pero es necesario que usted sepa cuándo debe terminar el... trabajo. -¡Ah! Ya comprendo. -Es posible que lo comprenda, pero no en su totalidad, seguramente. Permítame que me explique. Se han dado casos (excepciones, por supuesto) en que los clientes no han sabido dar por terminado el trabajo de “La Compañía” y, como le he dicho, nosotros nos comprometemos hasta el final con el cliente. Lo que ocurra a partir de esta hipotética situación no lo consideramos como responsabilidad nuestra. Consta en el apartado nueve, sección b, del contrato. Puede comprobarlo si lo desea.

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-Ya... ya veo. -Si está conforme puede firmar sobre la línea punteada. -Hmmmm. Es la última opción que me queda: hubiese preferido... Pero en fin, aquí tiene. -Muy bien. Pues entonces... ya está. Gracias por ser nuestro cliente. Espero que quede satisfecho con nuestra operación. -Sí, sí. Confío en ustedes. Gracias y buenas tardes. -Buenas tardes. Nos veremos al final. -¡Ah, sí! Al final... Hasta entonces, pues.

Busque y encontré. Me perdí en uno de esos pueblos medio aislados. Mi mujer lo comprendió. Necesitaba aislarme por una temporada y ella lo comprendió. Así que busqué un lugar idóneo. Alquilé una casa en uno de esos pueblos perdidos donde nadie te conoce, a la espera de que se avecinaran mejores tiempos. Debía prepararme para lo que iba a vivir en la ciudad. Todas las noches me acercaba al teléfono público desde donde llamaba a mi mujer, pero nuestras conversaciones eran escuetas y rápidas. Una noche me percaté de la presencia de alguien junto a la cabina. La delató, en la oscuridad, el tenue brillo de su cigarro. Al salir la vi sentada en las escaleras de su casa. No esperaba a nadie, simplemente estaba allí. Me abordó con suavidad. -Hace buena noche, ¿verdad? Era alta y delgada. Vestía informalmente. Presentí que se trataba de alguien ajeno al pueblo. No sé cómo lo consiguió, quizá fue el ofrecimiento de un cigarro, el caso es que segundos más tarde me encontraba a su lado ( con extraña complicidad), en las escaleras. Medianoche. Puede decirse que nos unió la soledad. Al principio nos conformábamos con tomar una copa o un café en su casa, de vez en cuando. Pero las mujeres del pueblo no tardaron en murmurar cuando nos vieron paseando juntos por la carretera. Comenzó a angustiarme en la cama, entre sueños, su pelo negro. Yo pensaba en mi mujer y mis hijos. Un día, sin saber muy bien cómo, me encontré haciéndole el amor en una colina, bajo el cielo estrellado y me asusté

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de la proximidad: mi heroína insustancial cobraba vida, se estremecía y gemía bajo mi cuerpo. Pero ella era todo menos insustancial y sentí el peligro: jamás había engañado a mi mujer. Sucedió todo tan deprisa... ¿Qué les puedo decir? Una mañana me desperté y ella había desaparecido. Tardé doce horas en reaccionar: repasé cada gesto, cada palabra en un intento vano por encontrar el sentido a todo aquello, una explicación a la huida. Aquellas horas sólo me sirvieron para concluir que me había topado con lo que suelen denominar como “el amor de mi vida” y que lo había experimentado con alguien absolutamente desconocido. Tan ciego me entregué al instante que no reparé en lo superficial, imprescindible, sin duda. Pueden reírse, pero ni siquiera sé su nombre. Desconozco su número de teléfono, su dirección, si es soltera o casada. ¡Santo cielo! De pronto me horroricé y un vértigo absoluto me embargó ( no estoy acostumbrado a las aventuras). ¿Qué había hecho? Nadie en el pueblo me rehuyó, al contrario. Se tomaron la molestia de atenderme, diríase que se desvivían por intentar ayudarme. Fue inútil. Sabían tanto como yo, menos aún. Llegué a mi casa y me pareció distinta. Todo era distinto. Es que no se hacen idea... No sólo se trataba de la belleza, del erotismo, la sensualidad, el sexo, la inconsciencia. No sólo el encuentro de un alma gemela ante la carencia de afectos, ni el momento depresivo y el cambio que te hace girar y resurgir por donde menos te esperas... Ahora lo comprendo. Fue, en mayor medida, el misterio, el enigma de su mirada, el silencio deliberadamente morboso que me incitaba a llenar las ausencias de datos y de palabras con mis datos y mis palabras; la búsqueda de las razones, que acababan por convertirse en hipótesis deformadas que contribuían a crear una biografía. Se dirán ustedes: “una biografía ficticia”. ¿Por qué? ¿Por qué habría de ser ficticia? Si uno alcanza a plantearse miles de posibilidades, lo más probable es que alguna de ellas se convierta en una confirmación. Y me parece imposible que yo no conozca, en lo más profundo (los datos, son importantes sí, pero siguen siendo datos) a esa mujer. En el fondo la conozco, pero me desasosiego, me desasosiego porque el fondo no es corpóreo, es etéreo, como una bruma ligera, traslúcida. El fondo... el alma. Y el alma se lleva tan adentro que a veces parece que no está y yo sólo conocía eso. O al menos creía conocerlo. Ya ven, les hablo de algo de lo que hasta se cuestiona su existencia. Ahí es donde entran los datos, los absurdos, los prescindibles y molestos datos, figura antirromántica por excelencia. Sin

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embargo, los datos ofrecen, a mi entender, verosimilitud. Obtenemos una referencia y sabemos a qué atenernos, conocemos el código para comunicarnos; nos dan seguridad porque los fantasmas nos son molestos. Concluyo por hoy: me había enamorado de un fantasma. Había sido infiel a mi mujer por un fantasma. Su pelo negro seguía angustiándome por las noches. Permítanme que no entre en detalles cuando les diga que mi mujer terminó por dejarme. Empezaba a deprimirme. El abandono parecía ser mi sino. En ese estado crítico comencé a trabajar y a esperar la intervención de La Compañía. Durante un par de semanas lo único que se escuchaba en mi casa era el teclear de los dedos y la música de Del Shannon, my little runaway. Intentaba encontrar en un mapa ficticio el lugar de tu origen, recrear los veinticinco años de tu existencia anteriores a tu encuentro conmigo. La tarea se volvió insufrible, tan perfecta eras, nada me satisfacía, a pesar de la multiplicidad de historias posibles que acudían a mi cabeza, miles, millones de variantes que podían ser escogidas para elaborar una novela, cualquier novela y que no obstante, yo rechazaba por simples. A las dos semanas alguien llamó al timbre. Serían las once de la mañana. Al responder por el contestador, el cartero me avisó de que traía un paquete certificado. Abrí. Firmé el recibo y cerré la puerta. Rompí el sobre, incrédulo y desconfiado. Una simple revista cayó a mis manos. No lo entendía. Miré el sobre: mi nombre, mis apellidos... todo. Un ejemplar de una revista y una carta en la que se me decía que alguien había facilitado mis datos a la editorial al considerárseme persona posiblemente interesada en suscribirme a aquella publicación periódica. Se trataba de una revista literaria cuyo número especial estaba dedicado a las crisis de los escritores. Pensé en mi mujer, en una venganza, pero no encajaba dentro de su estilo. Además, nuestra separación no había resultado traumática, sino como todo lo nuestro, aséptica, propia de personas civilizadas. Entonces me vino a la mente La Compañía. Pero... esto se trataba de una intromisión en la vida privada. ¿Quién les podría haber informado de mi situación? No sé ustedes, pero yo, de forma instantánea relacioné a mi secreto amor de cabello oscuro con la revista. Un terror profundo se apoderó de mí: ¿pertenecerá ella también a La Compañía? No, no puede ser, estoy fantaseando... Minutos después me encontraba sobre el sofá leyendo artículos, con una irónica sonrisa entre los labios, sobre cómo los grandes escritores supieron aprovechar sus momentos de crisis para escribir obras maestras, pero no lograba apartar de mi cabeza aquella maligna intuición.

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Aquella noche me costó dormir. La cabeza me daba vueltas y más vueltas. Conseguí cerrar los ojos y relajarme, de puro agotamiento. Necesitaba contarle a alguien lo que me estaba ocurriendo. Era tan estrambótico que ni siquiera puesto en un papel con forma de cuento policíaco perdía su cariz extremadamente literario. Llamé a Pepe. Pepe, además de ser un buen amigo es mi agente literario. Quedamos en una cafetería que acababan de abrir. Allí comencé a contarle mi historia. Evidentemente, omití la parte referente a “La Compañía”. Era demasiado pronto para sacar conclusiones. Preferí contarle lo de la mujer de oscuros cabellos, mi próximo divorcio, la revista... Quería averiguar si Pepe acabaría estableciendo una lógica parecida a la mía, si también él relacionaría a la morena con el asunto de la revista. Era una forma de ver si lo que era evidente para mí, lo era para todo el mundo, incluido Pepe. Mi amigo me escuchaba con esa paciencia suya tan parecida a la indiferencia y abría sus ojos verdes tras su rostro moreno y afable. -Es tu mejor novela. Quizá fue mi manera de contar, no lo sé... El caso es que... Como se imaginarán, nuestra conversación quedó en punto muerto. Me di cuenta de que nadie me creería, aunque a lo mejor era cosa de Pepe, ya saben, quizá su desmedido afán de agente literario y su preocupación por mí hicieron que confundiese su deseo de que yo escribiera una novela de éxito con la auténtica realidad, bastante novelesca, por otro lado. Mi frustración aumentó al comprobar que lo que había pedido para tomar no era lo que la camarera me había traído. No era mi mejor día. Así que levanté el dedo y chisté. Muy elegante, la sofisticada rubia se volvió hacia mí. Por el gesto que puso intuí que tampoco era su mejor día. Amablemente objeté que lo que me había servido no se correspondía con lo que yo... -Sí, sí se corresponde. Miré incrédulo la copa. Dudé un instante... -Estos no me parecen trocitos de fresa... -Por supuesto, no lo son. Miré desconcertado la carta. Fue un momento incómodo. -Yo he pedido la Copa Primavera, que tiene... mire, mire, aquí dice: “trocitos de fresa”. El rostro de la camarera se contrajo violentamente.

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-La temporada de fresas ha pasado y hemos puesto... Me miró agresivamente con una sonrisa diabólica, desafiante, amenazadora. -Hemos puesto frutas del Tiempo. Y recalcó esta palabra. Sonó en mi cabeza como si se tratara de una señal de paso a otra dimensión, como... ¡no sé! extraña. Yo diría que incluso la camarera cambió su voz. Fue teatral, como sacado de fuera de contexto, como si el instante se suspendiera ingrávido al pronunciar aquella palabra y de aquella forma tan inusual, casi voz en off. Tuve que observar a mi alrededor para cerciorarme de que me encontraba en el planeta tierra, en la cafetería de moda de mi ciudad y junto a Pepe, que no se enteraba de nada, a mi lado. Y verán ustedes, es que yo siento una especial predilección por el tratamiento del tiempo en mis novelas. -¿Has visto eso? Le dije a Pepe. -¿El qué? -El... No me atrevía a calificarlo de ninguna manera... -El... comportamiento de esa camarera. -Sí... Un poco borde, ¿no? La conoces, ¿verdad? -¿Cómo? -Que si la conoces... -¿Yo? No. De nada. -Pues ella si parece conocerte a ti... ¿estás seguro? Piensa bien. Alguna noche, unas copas de más... No te quita el ojo de encima, mira, se está sonriendo... -Te juro que no la conozco de nada. -Bien, bien. No hace falta que me cuentes, si tú no quieres... -¡Pero es que te digo la verdad! -No chilles, la gente nos mira. Empezaba a desesperarme. -Escucha... Te juro que no la he visto en mi vida. Es lo que intento explicarte. Últimamente me están sucediendo cosas extrañas.

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-¿Ah, sí? -Joder, pero si ya te lo he contado. -¿Cuándo? -Antes... Todo lo que te he contado antes. No se trataba de ninguna novela. ¿Comprendes? -¿Pretendes decirme que te vas a divorciar por un lío intrascendente con una morena que pertenece a una secta y que te acosa con excusas como la publicidad por correo? -Errrr... Bueno, no es exactamente así, supongo. -¿Ah, no? -Yo no he hablado de ninguna secta. -Ya, pero se sobreentiende. Vaya, aquello sí que no me lo esperaba. En ese momento me vino una pregunta a la cabeza: ¿qué sé yo de La Compañía? Un escalofrío me recorrió la espalda. -Da igual, es lo mismo, pero... -¿Pero? -Te has equivocado en una cosa, Pepe. -¿Sí? ¿En qué? -No fue un lío intrascendente... Si de algo me sirvió la confesión a mi amigo fue para mitigar mi creciente estado ansioso. El hecho de que alguien estuviese al tanto de mis circunstancias hacía que me sintiese, en cierto modo, más protegido. Mientras caminaba por la calle camino de casa se me ocurrió llevar al máximo este método de autodefensa contra lo desconocido: ¿por qué no aventarlo a los cuatro vientos? No estaría mal un gran anuncio en el periódico, total, aunque fuese mentira... no perdería nada. Mi hiperbólico carácter me hizo reír. La situación iba tornándose en ridícula por momentos. Cuando abrí la puerta de la entrada ya me encontraba más tranquilo, sin embargo, al entrar en el ascensor el pánico retornó súbitamente. Absorto miré al espejo, absortos mis ojos hacia la mitad de la superficie cristalina, punto o espacio situado, más o menos, a la altura de lo que coincidía con mi abdomen, es decir, en el propio abdomen de mi imagen reflejada, allí, repito, sobre mi yo frío, alisado se encontraba escrita la palabra CABRÓN. No era como leer un

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insulto escrito a tiza en una pared cualquiera, opaca. No. Aquí la palabra se unía al propio ser. Como si saliese del propio interior de uno mismo, lo cual hacía que la humillación se aproximara a lo vejatorio. Igual que si una mañana decidiésemos salir a la calle con una

pizarrita colgada del cuello donde apareciese lo que pensamos de nosotros mismos, nuestra propia calificación ante los demás: me siento simpático y en la pizarra reverbera la palabra “simpático”. Me encuentro deprimido y luce el destello “deprimido”, estoy acatarrado, “griposo” dice el maldito engendro. Me comporto inadecuadamente difundiendo una mala imagen de alguien a quien casi no conozco y consciente de serlo: “cabrón” y todo el mundo se entera. Pero eso no fue lo peor, con ser todo lo malo que he descrito. Lo auténticamente perverso era el color del insulto: morado. Se había utilizado una pintura escolar para escribirla. Repito: morada. Evidentemente, esto no es para ustedes un dato relevante, pero sí lo es para el que les relata esta historia, porque recordé enseguida que mi querida amada de cabellera negra solía escribir con colores poco usuales: nada de rojo, azul, negro o verde. No. Lo suyo eran los colores llamativos: naranja, rosa, marrón... y el morado para situaciones especiales, lo que ella llamaba “situaciones de cabreo”, vamos, que cuando agarraba un auténtico enfado rellenaba cuartillas con tinta morada hasta que se le dormían los dedos. Salí del maldito ascensor como alma que lleva el diablo. Sentía las tripas revueltas. ¿Sería ella? Y si lo era... ¿Por qué? ¿Acaso por contarle a otros mis sospechas, que a lo mejor eran realmente fundadas? ¿Habría descubierto yo algo sin comerlo ni beberlo? Pero lo que era aún más aterrador... ¿Cómo supo ella que yo andaba contando por ahí mis hipótesis? ¿Y por qué... ?,etc y muchos más etcéteras llenos de interrogantes con los que pasé la noche entre vuelta y vuelta en la cama y por causa de los cuales comenzó mi insomnio, del que todavía no me he recuperado por completo. Sé lo que están pensando: obsesionarse no es bueno. Yo también lo pensé. De vez en cuando conseguía distanciarme de toda la historia que se iba cerniendo en torno a mí y veía el peligro que constituía. Por unos momentos era consciente de que la línea que separa lo que no es de lo que realmente es podía volverse transparente. ¿Y si todo era una ilusión? Pero díganme si pueden concurrir tantos factores, si tantas casualidades pueden darse, con una precisión matemática... Algo así es fácilmente explicable para una persona que crea en Dios, por ejemplo. Sin embargo, no es mi caso. Yo sólo podía achacarlo a dos cosas: el azar o una persecución: la de La

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Compañía, cuyas intenciones estaba yo lejos de comprender. Así que un día decidí que debía investigar para descartar una de las dos posibilidades. Comencé por estudiar el azar. ¿Azar o destino? Ésa era la pregunta. ¿Qué me sugería a mí la palabra “azar”? Lo aleatorio, lo no programado, la concurrencia libre de determinados sucesos, sin una causalidad, sin intención alguna, sin prolongaciones cronológicas de ningún tipo. Incluso, alegría, despreocupación, fiesta... Destino... Y me acordaba de los tópicos literarios, la mayor parte un poco pesimistas. Y de un cura vestido de negro mandándome callar y haciéndose la señal de la cruz repetidamente, de manera compulsiva. Prescindí de las explicaciones filosóficas. No porque las desestimase (todo lo contrario) sino porque supe con claridad que en mi precario estado psicológico no me convenía para nada adentrarme en viajes del pensamiento. Quería ciencia pura y dura, llena de números y fórmulas que dijesen esto es así y no hay vuelta de hoja. Así que fui a librerías y a bibliotecas y pronto encontré un par de libros donde se hablaba de la concurrencia de factores como explicación a la caída de las cotizaciones en bolsa y otros fenómenos de la naturaleza con idéntico origen. La ciencia de la totalidad y la teoría del caos. Enseguida me fascinó esa palabra: caos, caso, cosa, saco...Yo ya había intuido que lo que sucedía a mi alrededor era en realidad un caos, puro ruido ante el que nadie se percataba, no sé por qué todo el mundo desdeña el ruido, si puede ser tan elocuente como una sinfonía, es más, puede llegar a conformar una sinfonía. Pero yo veía. Veía el invisible hilo que unía todo aquel caos, veía un orden delicadísimo y perfecto. Elementos aparentemente inconexos llegaban a formar todo un mosaico. Claro que el mosaico, una vez compuesta la imagen al completo, se correspondía con una idea aterradora: mi persecución. Pero eso no era lo más terrible. Lo terrible de todo es que yo no discernía bien. ¿Era aquella imagen real? ¿De verdad me perseguían y esto era detectado por un sexto sentido mío? ¿O era la proyección de algún temor subyacente en mi cabeza con origen en algún trauma de mi feliz infancia? Comprobé con alivio que la ciencia estaba a mi favor: el universo, una totalidad compuesta por partes que constituyen asimismo un universo compuesto de más piezas que vuelven a ser universos totales y parcelados, y así sucesivamente. Elementos como universos que se relacionan con otros elementos que también son auténticos mundos. Estas ideas no eran nuevas para mí. En lingüística la primera máxima que suele enseñarse es que un elemento es por sí mismo y por su

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relación con los demás, como los humanos, vaya. Como todo. Muy bien, de momento todo marchaba sobre ruedas hasta que se me ocurrió pensar: ¿por qué? Y... ¿qué o quién establecía esas conexiones entre las cosas? ¿Era todo así por nada? ¿Quién narices me deseaba tanto mal para jugármela de aquel modo? Miré al techo y me acordé del cura. Seguí adelante con mis estudios: el caos y el orden y la ciencia que descubre los aciertos del taoísmo: equilibrio de fuerzas que no son antagónicas, como platónicamente se ha creído en nuestro occidente, sino de fuerzas complementarias, caras de una misma moneda. Todo aquello empezaba a asustarme en serio. Los valores críticos, la iteración, los atractores extraños...Quizá hubiese sido mejor empezar por los filósofos. O quizá hubiese sido más productivo acudir a la policía, psiquiatra, o marcharme de vacaciones. A pesar de no querer creer en ninguna de estas cosas no pude evitar que cierto trascendentalismo se inoculara en mi cerebro. Ciertamente, existen libros ( o teorías, creencias...) perjudiciales para gentes sensibles como yo. Ese libro que nunca debería abrirse, esa palabra que no debería ser oída jamás, o no pronunciada. Constituyen pequeñas manchas negras, que según las extraes del sobre te provocan la muerte instantánea ( ese significado misterioso, inapelable y terrible). Y ya no sabía si las perniciosas ideas me hacían ver con más claridad aún, en cuyo caso conocer sería sinónimo de sufrimiento, o si por el contrario, cada vez me encontraba más enredado en la espiral sin término de una percepción distorsionada y distorsionante de la realidad. Esto último resultaba preocupante, sobre todo porque había encontrado una base científica en la que apoyarme para argumentar mis sensaciones y pensamientos. Y la ciencia siempre ha gozado de un prestigio bastante especial, sin duda. Cuando algo se puede demostrar científicamente ya parece que no admite duda y todo el mundo agacha la cabeza en señal de respeto. Lo más estrambótico se convierte en verosímil cuando alguien logra traducirlo a números, fórmulas, teorías. En definitiva, que explicaciones a mi caso las había no a cientos, sino a miles: el Todopoderoso determinando mi camino ( ¿y el libre albedrío?), la solución parcial de los trascendentalistas americanos, la velocidad descontrolada de la dopamina de mi cerebro, una secta de maniáticos persiguiéndome con el beneplácito del que suscribe esta portentosa historia...Todo por culpa de Pepe. a un

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Mi amigo Pepe que, preocupado por mi falta de creatividad habló con un experto sobre el tema quien le aconsejó los tratamientos de La Compañía. Hice una rápida y desesperada visita a Pepe. Sin embargo, él no sabía nada de La Compañía. Jamás entró en el edifico de la calle Los Peces. Únicamente conocía al intermediario: Augusto Riveira Do Campo. Me encaminé a su piso, en las afueras de la ciudad, un chalé bastante suntuoso con una entrada propia de las series rosa norteamericanas. Llamé al interfono. Nadie contestó, pero la verja metálica escupió un crujido y comenzó a abrirse obscenamente. Jardines, gente trabajando en los jardines, gente riendo junto a la fuente ( imitación de La Fuente de la Isla de los Niños, de Versalles), gente charlando bajo los árboles frondosos, gente columpiándose en artefactos propios del Barroco... Todos ellos gente elegante (hasta los jardineros, que más parecían invitados disfrutando de su afición más querida que otra cosa). Me miré: pantalones sucios, camisa de tres días, barba desarreglada, pelo largo y surcos azulados tras las gafas de sol. Pero nadie se asombró de ver a un vagabundo entre tanta clase selecta, allí parecía admitirse todo. Había algo de esperpéntico en aquel ambiente. De pronto me dio por pensar que todo aquello era una farsa. Que todas aquellas personas formaban parte de una pantomima, todos me conocían y sabían a qué había ido. Y que cada cual tenía su guión para culminar mi delirante existencia de los últimos meses. Pregunté a uno por el señor Riveira. Se volvió a mirarme con cierta perplejidad. “¿Cómo?”, me preguntó. Titubeé un instante y pensé que aquel palomo a lo mejor ni conocía el nombre de su anfitrión. “Busco al dueño de esta casa”. -¡Ah! Sí, sí. ¿Ve aquel hombre del centro? -¿Se refiere al de la guirnalda en la cabeza? -se encontraba rodeado de ninfas y efebos. Cada uno de los jóvenes sostenía un librito entre las manos. El hombre, recostado contra almohadones, reposaba a la manera de los Césares y declamaba. Supongo que poesía. Los jóvenes escuchaban, leían y se miraban los unos a los otros, en señal de admiración al jefe de la tribu. Al término de cada estrofa, aplaudían. -Sí. Él es. -Gracias. Me acerqué al grupito con verdaderas ganas de interrumpir al orondo patriarca. Y lo hice.

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-¿Augusto Riveira Do Campo? Todas las jóvenes cabezas se giraron hacia mí. El hombre me miró seriamente, pero no respondió. Así que repetí la pregunta. -¿Augusto Riveira Do Campo? De pronto todos se echaron a reír. Sentí un gran calor en mis mejillas. El hombre se levantó y avanzó a través de los jóvenes sentados en la hierba (Jesús caminando por encima de las aguas), con los brazos abiertos hacia mi persona. -Amigo, ¿pero quién demonios es usted? -dijo sonriendo afablemente, mezcla de Baco y Santa Claus con pantalones cortos a cuadros y polo de marca. No quise responder. -Busco al dueño de esta casa. -Muy bien. Ese soy yo. Ahora bien, con respecto a Augusto... - me cogió del brazo, ahora pareja de enamorados confidentes. -¿No es usted? -Hombre... Supongo que en parte sí... -¿A dónde me lleva? -Dentro. Donde podamos conversar sin que sea usted objeto de las burlas de mis invitados. -No sé por qué tendrían que burlarse de mí. Me miró con una una sonrisita diabólica. -Por su ignorancia, me temo. Abrió la enorme puerta y entramos en un recibidor semejante a un museo. Allí mismo me sentó en un banco y él se sentó enfrente. Nos separaba una absurda distancia. Me percaté de que me estaba analizando cuidadosamente, con atención. Ignoro las razones. Supongo que por curiosidad. -Deduzco que es usted un intelectual. -No. -¿No? -No. -¿A qué se dedica? -Soy escritor.

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-Intelectual. -No. Escritor. -Pero no conoce usted a Augusto Riveira Do Campo. - No. No tengo el gusto. Se le escapó una medio carcajada. -¿Le dice algo el nombre de Jaime Iturrízar? -Sí, por supuesto. -Bien, ya sabe usted quién soy. Encantado -y alargó su mano. Se la estreché.- Es evidente que no ha leído nada mío. Es normal. Ninguno de ustedes lo hace. -¿Qué quiere decir? -Que si hubiese leído alguno de mis superventas sabría que Augusto Riveira Do Campo es el protagonista de mis novelas. Esto les ocurre por culpa de ese desprecio que demuestran por éste que soy yo. Tengo que reconocer que la escenita de ahí afuera me ha divertido bastante. Los ignorantes del mundo superficial han destronado a un intelectual... Reconozco que me encanta. No sabía qué decir. Tenía razón. Pero sus novelas olían mal aun antes de ser abiertas. -Por cierto, ¿para qué buscaba a Augusto? -No sé por dónde empezar... -Querrá decir continuar, empezar ya ha empezado... -Bueno. Digamos que últimamente tenía problemas en el trabajo. Me costaba concentrarme. Así que hablé con un amigo que me recomendó ir a La Compañía, La Compañía es... -¿La Compañía? -Sí, es... -Sé perfectamente lo que es La Compañía. ¡La creé yo! -¿Usted? -En efecto. Forma parte de la trama de “Los últimos días en Shangai”. Le miré extrañado. -Una de mis novelas -matizó- ¿Quiere decir que alguien le recomendó ir a La Compañía?

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-Eso es lo que he dicho. -Pero... ¡Si no existe! -Sí que existe. Yo estuve en su oficina, en la Calle de los Peces. -¡No me diga! -Sí, sí le digo. Incluso firmé un contrato para... -Para que modificaran en cierta forma su monótona realidad y aumentar su capacidad creativa. -Sí. ¿Pertenece también a su novela? -Punto por punto. -Pues creo que sería conveniente que me dijera cómo prosigue la historia porque... me estoy volviendo loco. -No es para menos. Sin embargo... no puedo ayudarle preocupación. -¡Cómo que no puede? -Es increíble. Esa novela no está publicada. -miró al vacío como meditando- Cómo va a estarlo... ¡Se trata de la novela en la que estoy trabajando actualmente! - De nuevo me miró con preocupación. -Pero... pero... -Váyase. No sé a dónde, pero váyase, viaje lejos. Es lo único que puedo recomendarle. -¿Usted cree? -No lo sé. Pero quizá si pone distancia de por medio... Siento no poder ayudarle. Ignoro cómo puede ser esto. Quizá alguien ha tenido acceso a mi novela, aunque me extraña, guardo especialmente bien mis manuscritos, algunos me consideran un poco paranoico en este sentido... No tengo ni la más remota idea de lo que está ocurriendo, pero resulta desquiciante. -Sí, en efecto. -Váyase, cuanto antes mejor. Salí afuera y atravesé el jardín. Sentía una mirada fija en mi espalda, pero no me volví, el miedo me lo impedía, un miedo terrible a aquel hombre, dios inconsciente que me soñaba, mi destino depende de ti. -me miró con

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Poco a poco el círculo se iba cerrando. No me refiero a que se atisbara algún tipo de solución, sino a que cada vez me sentía más acorralado. Era evidente que algo pasaba, pero ¿por dónde atacarlo? Empezaba a sentirme como una mosca en una tela de araña, un Teseo abandonado y perdido en mitad del laberinto. Deambulaba por las calles con la extraña sensación de encontrarme en un escenario, observado por miles de ojos desconocidos, pero conocedores... Cualquier acercamiento de un extraño me perturbaba, desde un mocoso maleducado hasta el típico mendigo de tabaco porque, ¿realmente era así? ¿Se trataba de un hombre que únicamente me pedía tabaco? ¿O detrás de su conducta se escondía otra intención? Absurdo. Todo se había vuelto absurdo. Recordé las palabras de Jaime Iturrízar y volé a casa para hacer las maletas. Me urgía encontrar un agujero en el que esconderme de todo y de todos, incluso puede que de mí mismo. ¿A dónde piensan ustedes que me dirigí? Se equivocan. No fue al pueblo alejado donde conocí al origen de mis desdichas. Esta vez me decidí por una opción más rocambolesca: un pueblo deshabitado. Calculé que me serían necesarios unos diez días para que el aislamiento surtiese efecto y llené el maletero del coche con lo imprescindible para subsistir al plazo que me había impuesto. Aventura inaudita, me dirigí hacia el este del país. Los tres primeros días descansé como no recordaba desde hacía tiempo. La salida del sol, las montañas inmóviles, el paisaje cambiante, pero dentro de los límites naturales. Mi atención relajada, sin miles de carteles luminosos que la llamasen continuamente de un lado para otro, sin cláxones, sin chillidos de vecinos, ruidos de motor, televisiones con volumen hasta las nubes (sobre todo durante los anuncios), dos mil imágenes por segundo, colorines en la ropa (yo quiero ir desnudo), semáforos, señales, títulos, subtítulos, compre, vendo, gane, ahorre, pague y no pague, beba, no bebas, no te drogues, camina, levántate, disimula, mira, no mires, escucha, vive, enamórate, caga, duerme, comuníquese, no te relaciones, muérete. No. Yo había dicho NO. Mi atención sólo despistada por lo que realmente merece despistarse: el paso del tiempo. Conseguí burlar a la manipulación: una hoja de parra por delante y otra por detrás. Una hoja de parra en mi cabeza y otra en mi corazón. Llegaría un momento en que tampoco las hojas de parra me fuesen útiles, en que mi acoplamiento al medio fuese total. El hombre regresando al lugar del que jamás debió salir. El hombre que vuelve a nacer. Ojalá volverse ermitaño no fuese tan complicado. Poco a poco uno empieza a echar de menos esas pequeñas cosas... Para cuando

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quieres darte cuenta ya estás otra vez inserto en el infierno demencial de la civilización. ¿Por qué? ¿Por qué entre tantos y tantos pueblos deshabitados tuvieron ellos que escoger el mío? Fue un atardecer, tras un día soleado, atardecer rojo y de temperatura suave, mientras los pájaros chillaban desenfrenados por el cielo. Un coche se detuvo frente al río, yo fumaba tranquilamente y tiraba alguna que otra piedrecita. Una pareja en un coche del que no salieron y desde el que me observaban (yo lo vi). Imperturbables las nubes fueron ennegreciendo, el aire se engangrenaba, pero yo resolví no moverme, un minuto más. Concedámosles un minuto más. Y otro, y otro. Yo decido cuándo podéis marcharos porque sé que no os iréis hasta que yo lo haga. Lo sé. Pero mi edén ya había sido sitiado, el ejército enemigo se apostaba frente a mis almenas. Preparen el aceite hirviendo... Apagué mi cigarro estrujándolo con maldad en una roca y me levanté sin prisa, retardándolo todo, a cámara lenta como degustando un vino exquisito ( o una lenta agonía), por primera vez con una sensación extraña en el cuerpo (soy superior, su-perior). Y es que el desafío le infunde a uno, en ocasiones, una valentía inusitada más parecida a la chulería que otra cosa. Retornaba por la carretera hacia el camino que llevaba al pueblo, mientras contaba: uno, dos, tres, a ver cuánto tardáis en pasar, seis, siete, ocho...veinticuatro...Y ¡pffffíuuuu! El coche pasa y yo sonrío porque en la parte de atrás reverbera la matrícula, que no coincide con la de mi ciudad, ¿qué esperaban? Pero...Ahí estaba, sí, una pegatina con I Love... piensen, piensen. En efecto, my city, queridos míos. Mi idolatrada ciudad, cuna, origen, capital de la sede de La Compañía, bienvenidos, buen viaje. Bien, ya no tenía demasiado sentido permanecer allí. Me habían pillado. Imaginé a los estrategas de La Compañía chupándose los dedos encima de un mapa, calculando mi comportamiento, siguiendo mis pasos, trazando líneas verdes o azules para seguir mi recorrido. Yo, una chincheta. “Ahora está aquí, pero pronto estará allí”. Y zás. Una línea azul. “Mira, su viaje tiene forma de corazón” Ris, ras. Línea roja. Y disponiéndolo todo. “¿Quién quiere seguir a fulano?”. Y todo un grupo de especialistas con los guiones en sus carpetas sincronizando sus relojes: “En este punto tú y tú os encontráis con él” “Aquí tú, con el motor averiado le pides ayuda...”. Etc. Y alguno expresando un deseo: “Ojalá visitemos lugares nuevos. Últimamente a todos les da por hacer recorridos similares...”. El trabajo también puede ser diversión. Cabrones.

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Entonces, me dio por pensar que no había lugar al que huir. Inútil. Me encontrarían siempre porque La Compañía había extendido sus tentáculos de una manera como jamás se conoció. Y su poder me alcanzaba de lleno: “tales cosas no encontrarás si no las eriges ante ti”. Querido Kavaphis, ayúdame. Prometo ser un Ulises digno de mención, pero, por favor, haz un milagro: ¿volverme tonto sería mucho pedir?. Sé que se trata de una medida drástica, pero no veo la forma de convertirme en un héroe aséptico, inmune a los horrores del exterior, inmune a su propio miedo. Para estas alturas si no existía La Compañía yo ya la había creado. Ahora bien ( y esto constituía una prueba de que no se trataba de un ejercicio imaginario mío) ¿Cómo la podía haber creado yo? ¿A partir de qué? ¿De una novela aún sin escribir casi y que nunca he leído? Sólo quedaba una cosa por hacer. Recordé las palabras del tipo con el que sellé el contrato. Aquello tenía que terminar. Me lo dijo “claramente”: “Es necesario que usted sepa cuándo debe terminar el... trabajo”. Había llegado el momento. Se iban a enterar. Cogí el autobús número trece, el que lleva, después de un tour interminable por toda la ciudad, a la calle de Los Peces, pero por más vueltas que di no encontré el dichoso edificio. No exagero ni un ápice si les digo que recorrí la calle de arriba a abajo y que entré en los portales para ver las empresas que trabajaban en cada uno de ellos. Misteriosamente yo no recordaba la dirección. Misteriosamente a Pepe se le perdió el papelito con las señas, según me confirmó a través del auricular de un teléfono público. Ni en las páginas amarillas, ni en el teléfono de información. Ya. Ya se han dado cuenta ustedes de que la tal empresa se había evaporado. O eso... O yo me lo había montado todo en linda cabecita. La perplejidad me abrazó tiernamente. Llegué a casa y me dejé caer sobre el sofá consternado por los últimos acontecimientos. ¿Qué podía hacer? ¿Esperar? Si todo dependía de un escritor mediocre de superventas estaba apañado. Por otro lado, si yo intentaba actuar ( aunque no sabía realmente cómo) acabaría siendo yo el que escribiese su novela superexitosa en las listas de los más vendidos de la semana y por ahí sí que no pasaba, no señor. Me desquiciaba por segundos. Debía dejar inmediato esas absurdas ideas místicas de unión entre la ficción y la realidad. El asunto era mucho más simple. Alguien había accedido al manuscrito de Jaime Iturrízar y lo estaba experimentando conmigo. ¿Y la intención? ¿Cuál era la intención? ¡Maldita sea! De pronto comprendí que mi manera de actuar no era la correcta. Había errado desde el principio. Me acordé de mi padre, tal lógico y tan sensato. ¿Qué

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cosa se debe hacer cuando uno se encuentra desesperadamente desbordado y con peligro para su vida? Denunciar su situación al organismo correspondiente. ¿Por qué iba yo a tener que molestarme en atar cabos, huir, perseguir, etc si para eso ya existe el cuerpo policial? Evidente. Lo peor que me podía pasar era que no me creyeran. Y no me creyeron. Supongo que sería por mi habitual forma de contar las cosas y por el pésimo estado físico y psíquico en el que me encontraba. A pesar de lo cual que me escucharon con suma atención (desde aquí quiero agradecerles la paciencia infinita), aunque no sé si por interés profesional o mera curiosidad, como la de quien escucha una radionovela. El caso es que conseguí convencerles para que investigaran el asunto, que removieran la calle de Los Peces desde sus cimientos para encontrar la dichosa oficinita de La Compañía. Y no crean, delante de mí leyeron informes, hicieron llamadas telefónicas, vamos, que se lo tomaron muy en serio. Sin embargo, no encontraron nada. Como última solución se les ocurrió ir personalmente a la calle de Los Peces a preguntar a la gente, así de directos. Incluso me invitaron a que les acompañara, por supuesto, cómo no, les acompañé. Al cabo de cuatro horas ya teníamos un dato fiable: existía una lonja vacía, en el número cuarenta y ocho, que hasta hace poco había sido ocupada, aunque nadie sabía muy exactamente por quién ni para quién. Nos encaminamos hacia el múltiplo de veinticuatro. Allí estaba. La recordé al instante. Sí, sí. La recordaba perfectamente, sus techos de color azul claro, sus paredes blancas, el mobiliario sofisticado ( incluso incómodo, frío, opaco, triste). El teléfono con forma de rueda automóvil era lo único imaginativo que..., pero qué casualidad, precisamente era el gran ausente el curioso telefonito. Sin embargo todo lo demás permanecía, aunque cubierto de polvo. El suelo lleno de pelusones que se movieron en cuanto el nuevo dueño nos abrió la puerta, aún no le había dado tiempo de hacer cambios o de limpiar un poco. Los Kandinsky aún colgaban de las paredes, todos torcidos. Sí. Yo había estado allí, en la oficina de La Compañía. Mi alegría no pasó desapercibida a los agentes de policía que me preguntaron si reconocía el lugar a lo cual asentí presa de una enorme satisfacción. Incluso les conté lo del teléfono, aunque no sé si me creyeron. El dueño nos instó a que nos sentáramos cómodamente. Nos ofreció una copita de vino, pero los policías la rechazaron amablemente. Empecé a inquietarme ante la tranquilidad del dueño, como si se demorara intencionadamente para no dar demasiadas explicaciones. Pronto, su actitud halagadora (como de quien quiere ser

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agradable con la ley por temor) comenzó a exasperarme y a revolverme las tripas, pero no caí en la tentación de ser grosero o de lanzarme a su yugular gritándole “¡habla, cochino, habla!”. Hacía rato que me había dado cuenta de que el tipo era una tapadera, que no conseguiríamos nada de él porque su función consistía en despistar aparentando normalidad. No me equivoqué. Al parecer adquirió la lonja a los propietarios de una pequeña empresa informática que había quebrado. Y les contó no sé que milongas sobre la cantidad de tiendas de ordenadores que ahora se abrían y que cerraban, arruinadas, tres meses después, incapaces de competir con las grandes compañías del sector: sin duda, estudiantes de informática recién salidos de la facultad que, como no encuentran trabajo se meten a lo empresarial sin tener ni idea de lo que es montar un negocio. Sablean a sus progenitores y después nada, a la oficina de empleo con el consiguiente disgusto familiar y la promesa de que jamás contará con ellos para sus aventuras económicas. Y yo traga que te traga, comiéndome los puños. ¿Empresa informática? Le pregunté el nombre. El muy asqueroso no se acordaba, me lo había imaginado, a todo aquello que no le diese tiempo a inventar lo denominaría como “no me acuerdo” o “no sé”. Sin embargo, era listo el tipo porque a continuación sacó los papeles de la venta donde se suponía que aparecía el nombre de la antigua empresa: “Informatic Point”. ¿Ve lo que les decía? Cómo se puede poner un nombre así? No me extraña que quebraran. Miré el documento. Allí figuraban los nombres de los propietarios. se los mostré a uno de los policías. Él me miró y le dio un codazo a su compañero. No se lo van a creer. Uno de los propietarios era hijo de un agente del cuerpo. Apaga y vámonos, me dije. Si la policía también está en esto... se trata de un complot a escala nacional y que abarca todos los estamentos ( que ya ni siquiera clases sociales). El policía me dirigió una mirada desaprobadora, ciertamente. Cerró la carpeta y estrechó la mano del dueño de la lonja. Ahora sí que le apetecía la copita de vino, mira tú por dónde, a pesar de encontrarse de servicio. Allí estaban los tres, risita por aquí, miradita burlona hacía mí por allá y yo con unas ganas de... No pude. No lo soporté más. Me lancé. Quería estrangular a uno de aquellos payasos, que Dios me perdone, pero es que no pude con tanta infamia, con tanta mentira descarada. Agarré el dichoso Kandinsky y se lo estrompé al dueño en la cabeza. Los dos policías trataron de sujetarme, pero conseguí romperle el tabique nasal a uno, el de bigote creo, no. A ése le arranqué unos pelillos del bigote, fue al otro al que le rompí el tabique nasal. ¿Qué hubiesen

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hecho ustedes? Supe con claridad meridiana que debía empezar por algún lado y ése fue el mejor modo que se me ocurrió. después ya saben la historia: más policías, uno de ellos que se las da de amigo, no te jode, amigo mío, ¡Lo que faltaba! La ambulancia, los enfermeros y ya está. Esto es todo. -Muchas gracias por su cooperación. -¿Qué les ha parecido? -No sé qué decirle. Necesitamos tiempo, ¿verdad? -¿Como cuánto tiempo? -Digamos que unas horas. Concédanos unas horas. De momento, no le vendrá nada mal descansar. ¿Sabe que está usted muy delgado? -Sé que mi aspecto es deplorable. tengan en cuenta cómo han sido para mí estos días... -Sí, es cierto. Se nota que no ha dormido demasiado. Y que ha descuidado su aseo personal. Sin embargo, conserva su capacidad de razonamiento. -Sí. -Bien. Entonces, coincidirá conmigo en que lo mejor es que se olvide de todo lo que ha ocurrido... -¿Usted cree? -Me temo que sí. Verá. Ciertamente su historia no es muy... habitual. No resulta fácil desentrañar todos los misterios que me ha planteado. Es posible que todo esto contenga una base real, pero me temo que en las circunstancias en las que se encuentra no le es posible enfrentarse a ello. Sería conveniente que se tranquilizara para ver las cosas con frialdad, objetivamente. seguramente, entonces, le resultará más fácil. En cuanto a La Compañía... -Diga. -No sé qué decirle. Sólo que, de momento, procure olvidarse del tema, de todo. -Oiga... -Sí. -El hecho de que yo no pueda probar la existencia de La Compañía no implica que ésta sea un producto de mi fantasía. -Lo entiendo. Pero también es cierto que probablemente usted lo ha exagerado.

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-¿De veras? -No me cabe la menor duda. De nuevo le recomiendo que se tranquilice. espero que no le parezca mal si le recomiendo que se quede aquí unos días... -¿Cuántos días? -Veamos... ¿Le parecen bien diez días? -De acuerdo. ¿Qué implica mi estancia aquí? -Pruebas de rutina. Ya sabe, chequeos, preguntas... Nada que sea demasiado terrible. - Me temo que ya hay en todo esto algo de terrible. -¿A qué se refiere? -A que quedarme aquí implica el reconocimiento por su parte y por la mía de que mi cabeza no funciona como debiera. Lo malo es que a ojos de la sociedad también va a ser así y me temo que todo esto cambiará mi vida. -No piense en ello ahora. Se trata de algo pasajero y menos importante de lo que usted se cree. Considere su estancia aquí como “una puesta a punto”. Ahora debo atender a otros pacientes, disculpe. Vendrá una enfermera que le pondrá al corriente de todo: habitación, hora de desayuno y demás cosas. Nos veremos mañana después de comer. Hasta entonces. -Gracias, doctor. -No hay por qué darlas, para eso estamos. -¿Qué opinas, Alfredo? -No lo sé. Te juro que no lo sé. -No le des muchas vueltas. Parece un caso claro de manía persecutoria. -Ya. Pero lo malo es que ya van tres en quince días. -¿Tres? -Sí. -Bueno. Parece una coincidencia, ya sabes... Hay épocas en que aumentan los suicidas... Y otras en que... -¿En que todos hablan de La Compañía? - Bueno, ya sabes lo que hay que hacer en estos casos... -¿Tienes los papeles?

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-Aquí están. -Rellena los impresos. Pon que el diagnóstico es claro. Pon: manía persecutoria. Ya veremos lo que se nos ocurre para los demás...

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La Compañía

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“Y pues que ya tengo todo el aparato junto, ¡venid mortales, venid a adornaros cada uno para que representéis en el Teatro del Mundo!”.
Pedro Calderón de la Barca (El Gran Teatro del Mundo).

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I. CONVERSACIONES EN LA COLA DE LA MÁQUINA DE CAFÉ

Hay que tenerlo preparado para dentro de tres semanas. ¿Se te ocurre algo? -¡Tres semanas!... Es muy poco tiempo. Déjame que piense... Podríamos, pero...Bffff, sería un proyecto bastante arriesgado, complejo. -Lo que sea. Esta noche no he pegado ojo, se nos tira el tiempo encima. -Tengo un tema interesante desde hace unos meses, pero no sé cómo podríamos enfocarlo. Si te parece podemos quedar en tu casa y lo miramos... -Hecho. ¿Te viene bien esta tarde? -A las cinco. -Te invito a tomar el té. -Humm, muy inglés. -Ha, muy inglés, sí señor. -La verdad, ahora que lo pienso, sería una pasada si pudiésemos llevarlo a cabo. -Empieza a intrigarme. ¿De qué va? -De pintura. -Hay reunión a las diez y cuarto. -¿Autor? -¿Otra vez? -Chagall. -Me temo que sí. ¿Vas a ir? -Ya... No es la primera vez que te oigo mencionar a ese autor. ¿No trabajaste tú en el proyecto de hace un año... ? -Pero el fin de semana pasado quedaste con Raúl, ¿no? Jó, éste se pasa el día fumando. -¿Tú que crees? -Sí, el cuentón. Bueno, la primera parte. El presupuesto no dio para más. -Pero, ¿no lo había dejado? -Sí, bueno, perdona, a veces no digo más que bobadas. Voy a tomarme un café, a ver si me despierto. ¿Me acompañas?

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-Si lo había dejado ha recaído... ¡Y de qué forma! ¡A ver si dejas de ahumarnos, chavalote! -O sea, que había una segunda parte... -Lo siento, chicas, ahora mismo lo apago... -Sí, sí. El segundo tenía que ver con Humprey Bogart y Catherine Hepburn, el tema era La Reina de África. -Tus pulmones te lo agradecerán. Hasta luego. -Venga, vamos. -¿No es vuestra hora de descanso? -Oye, pues qué pena que no pudierais hacerlo, ¿no? -Hoy anda el asunto un poco complicado para el descanso. ¿Aún no sabes que hay reunión a las diez y cuarto? -¿En qué piensas? -Algo me ha parecido oír... Bueno. Allí nos vemos. Qué remedio, ¿verdad? -Bueno... Al menos lo seleccionaron para el archivo. En caso de que un día haga falta... Se puede echar mano de él. -Tú lo has dicho. A ver qué quiere ahora el jefe... Nos vemos. ¡Hasta luego! -En nada. En este instante tengo la mente en blanco. -Oye, y... lo que se te ha ocurrido para ahora... No sé, adelántame un poco. ¿Se parece a lo del cuentón? -¿Alguna preocupación? -Para nada. Va mucho más allá. Se adentra en los propios principios postulados por Chagall. -Es posible. He... vuelto a verle. -Pero... Espera un poco. ¿Ya va a ser materializable? -¿Eh? ¡Joder! ¿Otra vez? Pero... ¿Te has vuelto loca? No aprenderás en tu vida. Por favor, esa historia está más que pasada... Olvídalo. -Sí. Precisamente, el caso que nos han dado permite la materialización del proyecto. -Fue él quien me llamó para que quedáramos.

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-Tiene que ser un caso especial porque no es corriente que se pueda manejar tanto la fantasía. -¿Y qué quería ahora? -Es perfecto, en serio. Lo estuve ojeando ayer por la mañana y es sensacional. Te permite jugar con variables. Creo que he estado esperando un caso así desde hace años. Créeme si te digo que es el típico guión que uno espera escribir toda la vida, con absoluta libertad para hacer lo que te de la gana. Como escribir un cuento, pero mejor, claro. -Al parecer se ha metido en un lío. -Se te ve emocionado, aunque no es para menos. Es lo bueno que tiene este trabajo. A veces te da este tipo de alegrías: ver tu fantasía hecha realidad. Bueno, esta tarde miramos los detalles y... ¡A trabajar como posesos! -Para variar... ¿Te apetece un café? -Creo que tres semanas serán suficientes. Oye, esto avanza. ¿Qué vas a tomar? -Sí, gracias. Que sea dulce. -Hmmm, hoy, descafeinado. Hasta ahora he andado con los nervios de punta a cuenta de todo esto. Chico... ¡Me has alegrado el día! No en serio, lo veía crudo. Está visto que no hay nada como trabajar en grupo. - Toma, aquí tienes. Espera, creo que no quedan cucharillas. Vamos a la de al lado, en la cajita suelen tener a montones. -¡Ah! Eso sí. Si uno falla, el otro responde. Mira, en eso tienes razón. Espera... Creo que no quedan cucharillas... Perdona, ¿has dicho que no quedan cucharillas? -¿Eh? Errr, al parecer no, pero en esa máquina de al lado, en la cajita, suelen poner. Bueno, ¿y de qué demonios se trata ahora? -¡Ah! Muchas gracias... ¿Qué me habías dicho que querías? -No lo sé exactamente. Parece que hay una chica de por medio. -Café solo. Y no te preocupes por la cucharilla, lo tomo sin azúcar. -Bffff. Pasa de él, en serio. Ese tipo no te va a dar más que problemas. Te juro que no te entiendo. -¿De veras? Yo no lo aguanto amargo. ¡Aggg!

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-No lo conoces. Es un hombre especial. -Bueno, te dejo aquí. Hoy me toca entrar por la otra puerta. Hasta luego. -No me cabe la menor duda. Toma, aquí tienes el café. Ten cuidado, está muy caliente -Hasta luego. Buenos días. -Gracias. Oye... Tú... ¿Me echarías una mano? -Buenos días. -¿Es algo que tiene que ver con ese tipo? -Hoy llego a tiempo... -Mmmm, sí. -Sí. Su asiento es el número cuatro. -Lo siento, no cuentes con ello. -Muchas gracias. Hombre, hoy me toca a tu lado. ¿Qué tal? -Por favor, hazlo por mí. ¿Por qué sonríes? -Estupendamente. Oye, ¿te acuerdas de aquello de lo que te hablé hace cierto tiempo? -Hola, buenos días. ¿Cuál es mi asiento? -Porque sabes que por ti haría cualquier cosa y precisamente por eso no quiero ayudarte con... -Buenos días, señor. Su asiento es el número veinticuatro... -Por favor, por mí... -Gracias. -¿Y el mío? -¿El proyecto sobre Chagall? -El asiento número diez, señor. -Cómo abusas. ¿De qué se trata? -Gracias. -Sí, sí. -Es como el trabajo. Nada nuevo para nosotros. De momento lo que tenemos que hacer es conseguir gente para crear un Grupo de Actividad. No creo que me cueste, he pensado en... -¿Cómo va?

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-Un momento, un momento. ¿Te ha pedido él que formes un Grupo de Actividad? -Parece que empieza a funcionar. ¿Te sigue interesando? -Sssí. -Por supuesto. ¿Quién más está en ello? -Entonces... Sabe a lo que te dedicas... Mírame. He dicho que me mires. ¿Sabe él a lo que te dedicas? ¡Mierda! Pero... ¿Te has vuelto loca? ¿Quieres que te... ? ¡Mierda! Ven, vamos a otro lugar. Aquí pueden oírnos. No puedo creerlo. ¡Se lo has contado! -Espera... ¡Ah, ya lo veo! Mira, el número diez. -Número diez. Perdone, número diez. -Lo conozco. Trabaja bien. ¿Cuándo empezamos? -¿Sí? -Tenemos una reunión esta tarde a las cinco. -Dejaron este sobre para usted, ayer. -Me viene perfecto. Cuenta conmigo. -Gracias, número... ¿diecinueve? -¡Estupendo! -Sí. Parece que esta semana repetimos, al menos el número cuarenta y ocho y yo.

“Número veinticuatro. Remite el número doce”.
-Número diecinueve. -Dime. -¿No ha venido el número doce? -Hoy se han cambiado los números. El número doce es ahora... Mire, aquél de allí. -Me refiero al número doce de la semana pasada. -Está liberada. -¿Liberada? -No sé nada más. De momento, desaparecida en combate. -Gracias, número diecinueve.

“Número veinticuatro. Remite el número doce”.
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“Alguien desconocido ha llamado a la puerta de mi vida. Alguien a quien no conozco. Alguien que sí me conoce. Podría preguntarle, podría decirle, muy bien, ha llamado a la puerta y ahora yo le pregunto, mientras le observo por la mirilla, “¿quién es usted?”. Cuénteme, podría seguir, cuénteme. Empiece por el nombre y siga por el relato de su biografía, no sé si se da cuenta de lo que esto supone, acaso su oportunidad, única e irrepetible, así que, aproveche, cuide sus gestos y sus palabras porque le estoy observando y esta magia podría desvanecerse con sólo una mano mal lanzada al aire, con un susurro equivocado, un fruncimiento en la comisura de sus labios. Y sin embargo, no. No voy a preguntar, ni voy a darle pie al desconocido para entablar una relación más que dudosa, más que sospechosa, sería un camino demasiado fácil y la vida nunca es sencilla. Esta situación, el hombre llamando a mi puerta, saludándome como si me conociese de toda la vida, que sí, sí me conoce, lo sé, deseándome unas felices pascuas, entraña un misterio enorme, el misterio infinito de la vida. La pregunta no es “quién es él”, que ya, de por sí, es una

pregunta inconmensurable, el nombre no es una sucesión de sonidos, el nombre es todo, la identidad, la existencia, no tenemos nombre,
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somos nombre, lo vamos construyendo desde que nacemos y queda flotando en el aire cuando morimos, se confunde entre las partículas etéreas de la memoria con otros nombres o perdura en el ardor del vientre y en el palpitar de un corazón. Hay muchos Jorges en el mundo. Pero cuando yo hablo de Jorge sé de quién hablo y no lo confundo con ningún otro. Y todos los Jorges son medidos con respecto a mi Jorge, paradigma jorgiano. Aún así, ésa no es la pregunta más importante. Las preguntas importantes tienen que ver con la causalidad y la intención. Podría interrogarle, es tan sencillo, bastarían un “por qué” y un “para qué”, pero, a veces, uno debe sobreponerse a la tentación de lo inmediato, a la tentación de lo que parece real y dejar que las cosas se desarrollen de otra forma. Si me pongo en contacto con mi interlocutor todo acabará. Habrá una historia verdadera o falsa, pero eso da igual, habrá una historia que durará lo que nosotros queramos, con un principio y un final o todo a la vez, es lo mismo, y se resolverá un misterio. Esta es la clave: el misterio. Todos creemos que un misterio conlleva su resolución, todos ansiamos la respuesta a una pregunta y si no se satisface nuestro anhelo, nos frustramos. Sin embargo, a veces, es mejor no resolver los
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misterios, sino descubrirlos, como quien descubre el velo de una bailarina o el rostro de un actor que lleva otra máscara debajo de la que le quitamos. Un misterio es un camino que puede proporcionarnos vidas, historias, universos enteros, conocimiento, sabiduría, dolor y placer, alegría y felicidad. Lo interesante de un misterio no es el punto de llegada, el momento final en que todo se sabe, sino lo que hemos conseguido en nuestra búsqueda apasionada, los múltiples caminos y vericuetos que recorrimos para llegar a no se sabe dónde. Es tanta la riqueza que puede esconderse tras una banalidad... Por eso, son los grandes misterios de la vida los que nos mantienen en vilo, los que hacen que la humanidad avance, para bien o para mal, los que consiguen que exista gente que no duerma en pos de un dato en una enciclopedia, del significado de un nombre, de la simbología de un icono, del desarrollo de un virus, de la mutación genética, del contacto entre las esferas... Puedo preguntarle a ese hombre. Puedo escribirle a su dirección de correo electrónico y saber de inmediato todo lo que se me antoje y él quiera responder. O puedo no preguntárselo a él, sino preguntármelo a mí, otra forma de interrogarle, sin duda. Y así podré conocer su historia, que será A, por
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supuesto. O B, quizá incluso C, puede que Z. Conoceré su historia y sus probables historias y todas ellas apasionantes, enriquecedoras, todas ellas viajes infinitos, odiseas completas, como lo es el Ser. Después, le escribiré una carta hermosa y sabrá que acerté, que di en el clavo, se re-conocerá y se sorprenderá de que haya alguien en el mundo tan cercano a él como lo estoy yo”.

II: EN LA REUNIÓN.

-Silencio. Va a comenzar la reunión. -Buenos días a todos. Gracias por ser tan puntuales. Paso, a continuación, a informarles sobre algunas cuestiones que estimo de interés para esta Empresa. Hemos tenido... Una baja. Nuestro anterior número doce... Fue hallada muerta hace pocas horas. Aún no entendemos bien el asunto, parece que se la relaciona con un crimen por lo que tendremos que tomar ciertas medidas, ya saben ustedes, las usuales. Confío en que nuestra socia fuese cauta y sensata. El número cuarenta y ocho pudo estar presente en su apartamento durante la inspección policial. Número cuarenta y ocho... -Paso a dar cuenta de mi informe. Con su permiso. El apartamento del socio número doce se encontraba en un estado lamentable. Restos esparcidos de comida, latas, botellines de agua, de zumo de tomate. Daba la sensación de... Haber celebrado una reunión secreta como parecen confirmar las persianas bajadas, aunque hemos comprobado ciertos detalles curiosos: el agua y la luz habían sido cortados, se supone que por la propia inquilina del apartamento, es decir, nuestro socio número doce. La víctima a la que antes aludía usted, señor, es su vecina. -¿Y la familia de esa vecina?

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-Poco después de la entrada de la policía en el edificio llegó el marido de la víctima. Acusó directamente al socio número doce. Al parecer, les había dicho a él y a su mujer que se iba a pasar unos días a Lanzarote. “¡¡¡Lanzarote!!!”. -Gracias, número cuarenta y ocho. Como comprenderán ustedes, después de esto, se hace necesaria la máxima cautela. Creo que no tengo que recordarles los puntos que hay que seguir en estos casos. Bien. Pasamos a otras cuestiones. Número diecinueve, puede informar sobre su caso. -Gracias, señor. Nos ocupa ahora el contrato “Iturrízar”. Nuestro cliente ha pagado puntualmente por nuestros servicios. Sin embargo... hemos sufrido un pequeño contratiempo. El “señor objetivo” , que era otro de nuestros clientes, no ha respondido bien. -Un momento. -Sí, número diez. -Tenía entendido que en el caso del “señor objetivo” nuestra empresa no iba a actuar. -En efecto, número diez. En este caso, nuestro cliente, el señor Iturrízar nos pagó por hacer un seguimiento del “señor objetivo”, escritor en crisis, que contrató nuestros servicios para potenciar su creatividad. -Pero... Si no ha respondido bien... -Socio número diez, parece claro que nuestro cliente “el señor objetivo” se ha autoestimulado. Nosotros no hemos actuado. En este caso nos hemos limitado a cumplir con lo pactado en el contrato con el señor Iturrízar. -¿Qué medidas se han tomado con “el señor objetivo”? -Las usuales en este tipo de situaciones. Intervinieron tres socios de números compuestos. En estos instantes se encuentra en el pabellón rosado. -¿En el pabellón rosado? Pero..., pero... -¡Número diez! -Señor... No pretendo ser indisciplinado. Pero el pabellón rosado... -¿Qué quiere que le diga, número diez? ¿Que me gusta? ¿Que disfruto? ¡No! Pero La Compañía no es responsable de lo que le ha sucedido al “señor objetivo”. ¿Es necesario que le

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recuerde cierta cláusula de nuestro contrato? No, creo que no. Nunca hemos engañado a nuestros clientes. ¡Nunca! A todos se les advierte del peligro al que se exponen si van demasiado lejos. Los pacientes del pabellón rosado han caído en el error. Y nuestra empresa se hace cargo de ellos. ¡Y no debería, número diez! ¡No debería! ¡Recuerde la cláusula! El caso del “señor objetivo” es aún más especial porque La Compañía ni siquiera ha actuado. Dígame, número diez, dígame si puede, ¿qué tenemos que ver nosotros con la demencia de un escritor en crisis? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Pero evidentemente, no se puede dejar vagar por ahí a un sujeto como ese. Podría crear problemas. No me mire así, número diez. Todo el mundo necesita echar la culpa de sus males a los otros, pero, por duro que parezca, a veces, no hay a quien culpar. ¡Y uno debería ser lo suficientemente maduro como para asumir sus propias desgracias! Existen tantos factores que determinan la mala o la buena suerte... ¡Infinitos, número diez! ¡Infinitos! Nosotros existimos, pero no somos culpables porque no engañamos a nadie. Y en el caso de este pobre miserable, menos. ¿Se volvió loco? ¿Y qué? No es nuestro problema. Dichoso él, que cuenta con nuestra protección sin saberlo. Dichoso él, que no anda vagando por las aceras y comiendo desperdicios, desnudo con su locura. ¿Algo más? -No. No, señor. -Bien. ¿Algún proyecto en ciernes? -Sí, señor. -Hable, número cuatro. “Al final acabaremos todos locos. Nadie se cuestiona nada. Pero ella... Ella no ha podido más. Algún día tenía que ocurrir. Soy yo. Quería decírtelo, pero siempre me arrastras en tus locuras. Porque sí. Tanto estudio, tanta lectura, tanta erudición te han llevado a creer que todo es posible y cuando uno llega a esa conclusión es cuando comienzan los problemas. Y tú siempre fuiste muy precoz. -Señor, estoy creando un Grupo de Actividad para llevar a cabo la segunda parte de “El Cuentón”- Y yo con mi debilidad, mi debilidad ante tu seguridad cuando me decías aquello de que detrás de las palabras siempre se esconde un significado oculto, si se busca bien, que se recupera el origen primero de esa palabra, aquel que se perdió hace tanto. Que con el principio de los tiempos en nuestras manos podemos rozar una luz y que la magia nos acaricia en la mejilla. -¿Sigue con Chagall, número cuatro?- Siempre fuiste la envidia de

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todos estos condenados a la demencia porque no son capaces de salirse de sus míseros cuerpos y ver. Porque no lo ven. Algo -Sí, señor- tan sencillo. Esto es una empresa. La Compañía es una empresa. Es un crimen. Lo más abominable que la humanidad ha podido concebir. Un mundo con sus propias reglas, un estado policial -Adelante. Me gustan sus trabajos. Resultan joviales. Esto es lo que necesitamos, señores, imaginación, gente emprendedora, buen ánimo cuyo objetivo es ganar dinero destrozando la psicología de los incautos, snobs o desesperados que se acercan a ella. y no oscuros pensamientos que empobrezcan nuestras creaciones. La idea de su existencia parece tan fantástica que nadie la cree posible y se despistan investigando colectivos sectatoriales a los que no pueden atacar por los vacíos legales. ¡¡Pero esto es peor y nadie lo sabe!! La clandestinidad es tal, el secretismo es tan absoluto, todo está tan bien creado y tramado (mundo en miniatura, dijiste tú, todo un cosmos), que nadie nos percibe en el aire (ésa sería una de las pocas formas de detectarnos, si es que hay alguna, lo cual ya es decir mucho, es decir que nuestro poder es infinito porque es la propia sociedad, la propia realidad la que nos ofrece los instrumentos necesarios para realizar nuestro trabajo) Señores, no pierdan el tiempo cuestionándose moralidades que no llevan a ninguna parte. No carecemos de un código ético. Nuestra clandestinidad no responde a criterios de legalidad o ilegalidad porque nosotros no cometemos ningún delito. Nuestra clandestinidad sirve para proteger los intereses de nuestros clientes, para proteger su prestigio y para asegurarles que nuestro trabajo es eficaz. ¿De qué servirían nuestros esfuerzos si cada vez que actuásemos avisáramos de que lo vamos a hacer? Microbios en un sistema precario para el que somos demasiado inteligentes, demasiado invisibles, anónimos. Serpenteamos por la línea que separa el bien del mal. ¿Quién ha creado La Compañía? Ni yo lo sé. ¿Cómo llegué aquí? Ni lo recuerdo. A veces pienso en Dios y me aterrorizo. Somos voces sin rostro, caras silenciosas. Somos un teatro fuera del teatro. He sido yo, quise decirte, advertirte de que eras la favorita de alguien, que resultabas la persona ideal para ser utilizada como mito, un ejemplo a seguir por los demás. Tú y tu imaginación. ¡¡¡Lanzarote!!! Trabajabas en La Compañía y eras su principal víctima, sin saberlo. Ocupabas un lugar privilegiado en la Empresa y en esa lista negra de los empleados de la casa a los que hay que cuidar, estimular. Nuestra función consiste en estimular, en implicar, en borrar las fronteras entre lo que es real y lo que no lo es. Tú, que siempre fuiste un estímulo de por sí. A ti,

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qué barbaridad. Tantos desvelos que le has dedicado a La Compañía, el tiempo que has invertido en tus pensamientos, sin saber que nosotros estábamos en ellos. Toda tu realidad no ha sido. Tu existencia sólo fue un sueño. Si nuestros clientes supiesen que lo que se desarrolla ante sus ojos es una farsa... ¡Todo sería en vano! ¡Hay que crear ilusión, señores! ¡Eso es La Compañía! ¡Ilusión! Ahora es cuando estás despierta... ” -Así que adelante con sus proyectos. Buenos días a todos.

“Nuestro anterior número doce... Fue hallada muerta hace pocas horas . ¡Hay que crear ilusión, señores! Lanzarote...”. -¿Has visto? -Qué mazazo lo de la número doce, ¿verdad? -¿Que si he visto qué? -Yo todavía no me lo puedo creer. Me parece algo increíble. Además, parece que andaba en algo turbio, ¿no? -Tranquilo, número diez. Se te ve alterado hoy. Me refiero a que nuestra iniciativa para lo del Cuentón ha gustado. -Buenas noches. -Parece. -Buenas noches. Mañana nos vemos. -Que no se te olvide. Esta tarde, en mi casa, a las cinco. Hay otro que se ha apuntado al plan. -Qué bien. Estupendo...

III. DEFENSA DEL PROYECTO CHAGALL.

-Existen formas de rebasar el tiempo y el espacio. No hace falta esperar a que lleguen los avances técnicos, ni que se descubran nuevas teorías que nos permitan viajar más y más

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rápido. En realidad, el hombre sabe cómo quedar suspendido en el aire, cómo detener las agujas, pero sólo los genios han disfrutado del privilegio que supone conocer la magia de saltarse tan elementales reglas. El resto de humanos nos hemos conducido por los caminos, por la tierra, con el sonido de las campanas tañendo entre las espigas del trigo, con el sol curtiendo nuestras espaldas, cegando nuestros ojos y sólo los díscolos bailaban bajo la lechosa luz de la luna. Mis pretensiones son elevadas. Deseo que un hombre alcance la eternidad. Que detenga el mundo sin saberlo, que alcance la plenitud y que un día, al mirarse las manos, comprenda. Todo está ya preparado: el piso goza de unas excelentes vistas de la ciudad. Junto a la orilla del río. Desde sus amplios ventanales se observa toda la plaza, las calles principales y, al fondo, la torre de la catedral. El tren pasa justo por debajo de la balconada, en la que crecen varias plantas de geranios. Aún nos falta el gato, pero nos las ingeniaremos para que lo adquiera, no le gustan demasiado los animales, pero a éste lo adorará. Por dentro, la distribución se ha realizado conforme a los gustos del equipo. Desde la entrada puede observarse, practicamente todo el piso. A la izquierda se encuentra el cuarto de baño que, aunque pequeño, resulta cómodo y funcional. El color predominante, el blanco. A la derecha, justo en frente, se encuentra la pequeña salita, en verde, con los marcos de las puertas y el techo en blanco, aunque estamos pensando en cambiar el color del techo. Quizá un azul pastel: tierra y cielo. Poco a poco ya se irá modificando, él mismo comprenderá que su Casa debe cambiar paulatinamente. Más adelante, la sala grande. Todavía conserva el aspecto que le dieron los antiguos propietarios, dos ancianos que mantuvieron el papel y la pintura de principios de siglo hasta sus últimos días. Puede servirnos el aire decadentista del art noveau. Hasta en eso hemos tenido suerte porque aquellos dos ancianos, actores teatrales, impregnaron las paredes de su casa con el aire del París del momento. Nos han ahorrado tanto trabajo... En la sala está el gran ventanal, a través del cual se accede a la balconada. Más adelante, la habitación, pienso que demasiado austera, pero teníamos que colocar algo de su actual gusto, no podemos pretender imponer nuestras preferencias desde el principio, así no se consigue nada. Por supuesto, el cuadro de Chagall se encuentra en la pared del fondo de la sala, lo cual crea toda una paradoja que aún él es incapaz de comprender, pero todo llegará. Cuando se asome a la balconada y vea la ciudad, verá otra ciudad, verá una ciudad eterna. Cuando se asome al cuadro se asomará a esas mismas calles, a

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ese mismo tren, a la misma torre. ¿Dónde? ¿Dónde se encuentra ese lugar? Sé que preguntas así me las planteará cuando sus sospechas se acrecienten. Y yo le diré no pienses, no hables, no hagas nada, flota para encontrarlo. Le besaré en los ojos y le preguntaré si quiere curarse a lo que él me responderá que no está enfermo y sonreiré y él sospechará. A continuación deseará curarse de una enfermedad sin nombre, de un mal desconocido, deseará sanar de nada, simplemente deseará sanar. Le mostraré el balcón y le mostraré el cuadro. Me sentaré de perfil, frente a la mesa, con el gato sentado en el alféizar como fondo y él, desde el centro de la sala, mirará la lámina en la pared y me mirará a mí. No encontrará diferencias sustanciales, más tarde no encontrará diferencia alguna. Conocerá los nuevos significados de las palabras como Casa y Ciudad. Viajará en avión y se hospedará en hoteles de carretera y colgará una pequeña postal o una gran lámina del cuadro en la pared con las chinchetas que le dejó, sorprendido, el recepcionista y estará en casa, en su ciudad, pero no estará aquí, ni allí, ni en ese día luminoso en el que entró en el nuevo apartamento de su nueva amante, ni en el remotísimo día en que, acaso, se enamoró de una normanda por la que dejó tierras e hijos allá lejos y por la que se unió al enemigo, que le acogió como a un hijo y un héroe tras la batalla final. Sabrá que está en el lugar perfecto, ausente de coordenadas artificiales y no existirán barreras entre lo exterior y lo interior. Todo él se volcará hacia fuera y todo le penetrará. El sonido ruidosamente silencioso del universo navegará en su sangre, y su corazón animará a los astros, a las bestias y a las fieras; a los hombres, a los ríos que discurren vivos, tranquilos y serenos, a las aves y a los peces, a las nubes, a las flores, a las cosas materiales y a lo informe, incluso a la ausencia, llena de totalidad. A veces, su mano acariciará mis senos y las montañas sentirán el roce suave de la brisa lamiendo los campos dulcemente, como cuando su lengua pasea por mi cuerpo estremecido en lo que sin duda son pequeños temblores de alguna zona demarcada en un mapa demasiado inexacto, colgado del gancho en una pizarra escolar. Y cuando llore mi falta y se abrace a una piedra fría y brillante sentiré la sal de sus lágrimas bañándome el rostro y el dolor de su desesperado abrazo. Pasarán los años y sabrá que me encuentro en todas las cosas, como él también está en todo y que no existen el espacio ni el tiempo, ni el principio ni el final y que todo se encuentra unido, férreamente unido, por lazos invisibles porque todos los elementos conformamos una unidad más grande e indivisible. Que los recuerdos son otro invento humano

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tan innecesario como los relojes y los autobuses, y la plenitud le alcanzará y le rodeará el cuerpo desnudo y lo vestirá ricamente con telas nunca vistas, con el dibujo de su propia imagen tejido armoniosamente de contradicciones. Será un hombre libre y ése será mi regalo: su libertad. Ya no le será necesario asomarse a su ventana. De puntillas, en el alféizar, mientras el gato le observa incrédulo, saldrá volando por encima de la ciudad con el poder en sus manos, con la capacidad de entrar y salir, de bajar y subir, de bailar y andar. Al sentarse en la mesa del despacho y colocar sus manos sobre la madera inerte la belleza pugnará por salir de sus dedos y un inmenso amor, una inmensa luz inundará el frío y oscuro mundo por el que los demás deambulamos. Que por qué él ha sido el elegido... Supongo que podría enumerar demasiadas razones. Creo que demasiadas, sí. Hace muchos años que nos conocemos, nos hemos visto las caras, nos hemos tocado el hombro. Una mañana luminosa, no sé por qué, deseé algo inaudito. No. No es cierto. No lo deseé. En realidad, ocurrió. Nos dirigimos dos palabras en un mediodía soleado de junio, mientras una luz blanquecina que descansaba sobre sus hombros esperaba ser ensombrecida. No recuerdo exactamente cómo fue, ni por qué, pero echamos a andar y nuestros pasos resonaron al unísono, le miré sonriente y sentí que pertenecía a aquel noctámbulo diurno. Yo nunca he sido de nada ni de nadie. Me muevo como las ráfagas del viento, sin dirección, sin orden y únicamente obedezco a mis impulsos. Hago lo que quiero. Lo que me da la gana. Pero aquella luz en sus hombros, aquella claridad mortecina y tibia parecía requerir un complemento. Sé que estas expresiones mías se entienden casi siempre a medias... Lo que quiero decir es que él parecía pedir auxilio más allá de su sonrisa perfectamente impertérrita, más allá de su semblante de cera fría e inexpresiva, de cera sin arrugas. Las cicatrices parecían transparentarse tras la tersura de su piel. Me di cuenta entonces de que la que pedía auxilio era yo, que la que precisaba acogida era yo y apoyé mi mano sobre su hombro con la intención de dar sombra a su luz, pero la luz ocultó mi mano... En mi opinión, ciertos detalles o circunstancias pueden definir a una persona y aquello me hizo reflexionar. La conclusión no llegaba, hasta que un día, mientras recogía la habitación me sorprendí cantando Eleonor Rigby mientras pensaba en él. Por eso, por eso mismo quiero ofrecerle esto tan grande, sí, ya sé que no crees en nada, o, al menos, eso dices, embustero. A mí no puedes engañarme, te parapetas en teorías más o menos

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elaboradas, pero simples al fin y al cabo, con la esperanza de proteger una personalidad demasiado entrañable. Eres pequeñito, siempre lo serás. Tu tamaño es el de un niño de tres años, siempre asustado, parapetado detrás de tu filosofía sólida y fundamentada, temblando ante la menor de las emociones, sintiendo un nudo en la garganta mientras intentas controlar el rubor de tus mejillas. Pero cómo. ¡Pero cómo puede ruborizarse alguien como tú! ¡A estas alturas de tu vida! Ése que se ruboriza eres tú. Los otros no me valen. Pero... Estoy desvariando. Me voy del objetivo de mi explicación. Yo soy su mujer. Por eso es el elegido. No. No se confundan. No estoy casada con él. No soy su compañera sentimental, ni siquiera somos amigos. En realidad... Bueno, qué más da la realidad, éste no es el momento de reflexionar a cerca de la realidad... Lo que quiero decir dando tantas vueltas... Es que yo soy su mujer, lo sentí así aquel día cuando su pie y el mío echaron a caminar al unísono y en la misma dirección. Por supuesto, él no sabe que soy suya... Ya lo sabrá, como lo están sabiendo ahora mismo ustedes, ustedes, que empiezan a comprender mi conducta, mi manera de hacer las cosas, de entender la vida. Pues eso mismo va a saber él, pero poco a poco, a través de la experiencia, a través del juego. Este proyecto me emociona, quiero ver la evolución de su aprendizaje, será como ver crecer a un niño: los primeros balbuceos, los pasos, las caídas, los lloros y los desconciertos, la alegría de la consciencia... Me siento afortunada y quiero darles a ustedes las gracias por brindarme esta oportunidad. Afortunadamente, el resto del equipo examinó el expediente del sujeto y coincidió conmigo en que puede ser un buen objetivo, interesante para la empresa. Supongo que, a estas alturas, el grupo de Certificación y Verificación de Datos habrá trabajado en el asunto y que el sujeto habrá sido aceptado por el Equipo de Mando, si no, no estaríamos celebrando esta reunión, formalidad imprescindible para seguir el resto de pasos requeridos en nuestro habitual proceder... Ahora sólo les queda dar su apoyo al Proyecto Chagall, si es que les parece viable o, en caso contrario, plantear una Petición de Aborto del mismo. Espero su respuesta. -Gracias, puede retirarse. El Equipo de Evaluación le notificará la resolución final dentro de diez minutos. -Ha estado convincente... -Siempre lo está. Su defensa ha sido muy natural, es lo que más me gusta de su forma de trabajar, aunque no acaba de perder cierto efecto dramático...

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-Pienso que ella no debería intervenir en el Proyecto. Es un riesgo si conoce al sujeto. -Repito. A mí me ha convencido, además, confío en sus capacidades innatas y en su exquisita formación. ¿Nos ha fallado alguna vez? -Nunca. -Es un riesgo. Además, lleva demasiado tiempo actuando en primera línea, corre el peligro de desmoronarse psicológicamente. Mi voto es negativo. -El mío es positivo. -Me temo que esta vez pierdes, yo también confío en ella y en el equipo del Proyecto Chagall. -Muy bien. Entonces, la decisión está tomada. El proyecto se llevará a cabo, pero propondré un seguimiento especial de este proyecto. -¿Tanto desconfías? -Tengo mis dudas... -Pero... -Tengo mis dudas y me creo en el deber de llevar este caso hasta la Comisión de Seguridad. -¿Vas a involucrar a los de Seguridad? ¿Estás loco? -Es mi deber. Si se tienen sospechas de algo o de alguien... -Pero, vamos a ver. ¿Quieres hablar claro de una jodida vez? ¿Se puede saber qué coño te pasa? ¿Estás loco? -Mira, no tengo ganas de discutir. ¿De acuerdo? Tú tienes tu opinión y yo tengo la mía. Podéis aprobar el Proyecto, pero yo avisaré a los de Seguridad. -Esto es una venganza, ¿verdad? -Pff. -Sí, una venganza. Lo veo claro. Hace tiempo que intentas destruir su carrera dentro de la empresa. No tienes límites, ¿verdad? Atacándola a ella me atacas a mí. Te crees que es muy fácil subir y subir. Pues escucha bien. Es posible que seas un tipejo ambicioso, tendrás amigos influyentes allá por las alturas, pero no te pases de listo, no me jodas. Te advierto que no soy un

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pobre gilipollas que se dejará aplastar. Te lo digo por última vez. No me jodas, o te juro que no tendré ningún tipo de compasión contigo. -No creas que me siento amenazado. Si lo que intentas es amedrentarme déjame decirte que te has equivocado. Ni tú ni nadie me va a decir cómo debo trabajar en esta empresa. Y tú si tienes que tener cuidado. Hay más de uno interesado en que te vayas muy lejos, puede que yo sea lo único que lo impide... De momento. -Es hora de dar el veredicto, dejad vuestras peleas, al final alguien acabará enterándose. -Bien, señorita. Este Equipo de Evaluación ha resuelto a favor de usted y del Proyecto Chagall. Pueden ustedes empezar a trabajar de inmediato. -¡¡Gracias!! Gracias por reiterar su confianza en mí. Gracias.

IV. NACE UN PROYECTO BAJO SOSPECHA

-Y... ¿bien? -Adelante con ello, muchachos. -¡¡Estupendo!! -¿Cómo fue tu defensa? ¿En qué te basaste? -Hice una exposición bastante literaria de los objetivos, los medios... Y relacioné al sujeto conmigo. -¿Cómo? Pero... Pudiste habértelo cargado... Sabes que no está bien visto que... -Jugué con esa posibilidad, pero sé que no pueden resistirse a la “sinceridad” de un actor, les encanta el “sí, reconozco que es un riesgo, que a la empresa no le gusta, que podría callármelo para beneficiar al Proyecto, pero mírenme, soy sincera con ustedes, snif, no lo oculto porque, además, creo que en este caso puede ser un punto muy importante para el éxito del Proyecto”. Como pensé ha surtido efecto. Lo emocional nunca falla. -Joder. A veces me asustas, te tiras de cabeza, desde la altura que sea. Podían haber resuelto una Petición de Aborto. -O lo que es peor, querido. -¿Qué?

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-Es posible que llamen a los de Seguridad. -¡¡¡¿¿Qué?!!! ¡¡¡Cielo Santo!!! -No pongas esa cara... El riesgo es el riesgo. Es lo más probable, sobre todo por la cara del vice. Me parece que han discutido. Seguro que ahora mismo está pidiendo socorrito a los rastreadores, así que más os vale portaros bien, ¿eh? -¡Pero tú sabes dónde nos has metido? ¡¡¡Pueden abrirnos un expediente!!! -¿Y qué? ¿Tú tienes algo que ocultar? No. Pues entonces. Cuando el Proyecto sea un éxito se dará el carpetazo y todo resuelto. Lo que importa, lo que verdaderamente importa es que los he convencido. ¿Te crees que era fácil? ¿Con un proyecto como este? -¿Qué le pasa a este proyecto? ¿Es... Malo? -Noooo. Es bueno, original. Pero demasiada imaginación, querido, demasiada imaginación. Aquí se premia la fantasía, pero, hijo, tú siempre te sales y eso, a veces, no les gusta. Parece mentira que yo te esté diciendo esto. ¿Qué pasó con la segunda parte del cuentón? ¿Eh? Venga, dime qué pasó con el famoso Proyecto Reina de África. Si no recuerdo mal te lo abortaron por inviabilidad, por demasiada imaginación, interesante para jueguitos literarios sobre el papel, pero imposible de llevarlo a la práctica. Y...¿Sabes? Si el actor principal (y con esto no quiero menospreciar a nadie), si el actor principal hubiese defendido el proyecto con un mínimo de picardía y de inteligencia... Hoy tu Reina de África constaría en los archivos como la joya de La Compañía. En vez de eso, te quedaste amargado y frustrado, con fama de fantasioso entre los círculos más elitistas del clan de los talentos del guión. Así que no me vengas con reproches y dame un abrazo. ¡¡Lo hemos conseguido!! -Sí. Pero tendremos a los perros sueltos olisqueándonos el culo. -Pues hazme un favor. -¿Cuál? -Perfúmatelo. Anda. ¡¡Vamos a celebrarlo!! -A ti... ¿Qué te parece? -No sé. No sé si tengo que alegrarme o si tengo que preocuparme. Anda, vamos, la estrella invita. Espero que no nos organice una de las suyas. Últimamente se dice por ahí que bebe un poco más de la cuenta.

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-Calla. Cállate. Encima de lo nervioso que me ha puesto hablando de los de Seguridad, ahora me vienes tú diciendo que su comportamiento es disoluto... Lo que nos faltaba. Oye... ¿y todo esto no me lo podías haber dicho antes? -Es buena... -Pero no sé si compensa todos los problemas que nos va a traer. -No nos adelantemos, quizá vamos demasiado deprisa. Yo creo que es la mejor para este trabajo. -Mírala. Ha venido dispuesta a dejar vacío el suministro del bar. Cielos. No quiero pensar, no quiero pensar, una inadaptada trabajando de principal en el proyecto de mi vida y con los de Seguridad detrás de nosotros. -Hmmm. -¿Qué pasa, chicos? No parece que estéis entusiasmados con el éxito de vuestro proyecto. -Vamos a dejarlo. -Oye. Parece que no te gusto... Mira, tú pórtate bien y yo haré un trabajo im-pe-ca-ble. Eso sí, no me amargues la fiesta, ¿eh? Me gustaría saber cómo estarías a estas alturas si Chagall no hubiese salido adelante. -¿Es cierto que conoces al objetivo? -A ti qué te importa. -Escucha bien. A partir de ahora tendrás que trabajar en mi proyecto y bajo mi dirección. Si por cualquier motivo, si por cualquier causa observo que representas un peligro para la marcha de Chagall... No tendré ningún problema para ponerlo en manos de una Comisión Disciplinaria. ¿Me entiendes? Que seas una primera figura me da igual, espero que te quede claro. ¿Conoces al objetivo? -Sí. -¿Hay algo que yo debiera saber? -No lo creo. -Espero que me estés diciendo la verdad.

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-¡Claro! Por supuesto que te estoy diciendo la verdad. ¡Faltaría más! Oye, cielo, recomiéndale a tu amigo que se lo tome con calma, ¿eh? Me disculparéis, pero esta conversación no me resulta entretenida. -¿A dónde vas? -Un momento, un momento... Prometo no mandar a la porra tu Chagall, pero no se te ocurra meterte en mi vida. Recuérdalo. -¡Mañana en el Centro de Actividades! ¡A las nueve! -Sí, hombre, sí, descuida... -¡Y trae ideas para el personaje! Ideas, ideas. Está captado. Tengo ideas sobre cómo funcionar, aunque empiezo a hartarme. Últimamente siempre me tocan papeles parecidos. Supongo que es el precio del éxito, eso es lo que se insinúa desde arriba. No se puede estar en primera fila y hacer el trabajo que te dé la gana. Eso sólo lo consiguen los principiantes, a ellos se les da la oportunidad de la experimentación para que encuentren sus personajes, para que averigüen qué facetas les son más propicias. Una vez que alcanzas el puesto por el que tanto tiempo has estado luchando, todo se reduce a repetir y repetir hasta la saciedad el mismo papel, pero con variaciones. Sí. La promesa de un guión diferente me nubló la vista. Vale, resulta diferente, pero los medios, al final, siguen siendo los mismos. El gancho de la mujer seductora, y ahí estoy yo. Por enésima vez. Estoy tan harta de la seducción que en los últimos meses sólo aprecio el “aquí te pillo, aquí te mato”. Comienzan a asquearme los rituales de apareamiento... Empieza a asquearme todo. Al menos ya tengo algo solucionado. El muy estúpido quería la ayuda de La Compañía... La tendrá. Espero que no se arrepienta de ello, a mí ya me da lo mismo. Ya veremos qué hacemos con la palomita en cuestión... Aquí estoy, representando otro papel más. Un sujeto se entera de la existencia de nuestra empresa y... Emergencia. Hay que captarlo como sea, atraparlo bien. Hale, chatita, te toca el trabajo sucio, representa el papel de la chica despechada que ayuda por amor a uno de fuera con sus líos, que sea creíble, cuéntale tus penas a alguien de la empresa, que le quieres, que él a ti no, que te pide ayuda, que estás dispuesta a ofrecerle los servicios de la empresa contándole cómo funcionamos, total, nadie se va a enterar de que ya lo sabe, que lo averiguó siguiéndote, que él tampoco sospeche que conocemos lo que sabe, monta todo el jaleo

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que puedas. Proponlo como sujeto objetivo, declara que lo conoces, que todos se lo crean. Que nadie sospeche, que él tampoco sospeche y que se meta poco a poco, poco a poco hasta que ya no pueda salir. Eres la mejor, una profesional, por eso estás aquí, chatita, por eso, aunque algunos me la tengan jurada porque llegué antes, pero tú me quieres, ¿verdad? Ya no es el compromiso, sabes que podrías irte de mi lado y bla, bla. Pero mira dónde has llegado, anda, acaríciame la espalda... Y ése, el que te arrastró el otro día, el de la reunión... Te cogió por el brazo y te arrastró hasta los baños... ¿Insiste? Que no sospeche nada, que siga creyendo que el sujeto objetivo te lleva por la calle de la amargura... Que todos lo crean... Todos... Sólo tú y yo, y alguno de arriba (pero esos no se irán de la lengua, tranquila, los tengo bien ataditos), Sólo tú y yo sabemos la verdad. Me quieres, oh, sí te quiero, te quiero tanto por haberme arrastrado hasta esta ciénaga, por obligarme a escalar, por obligarme a estar donde no quiero estar, contigo. Te quiero tanto que la sartén se dará la vuelta y caerás al suelo, pobre tortilla desmenuzada. Te pisaré hasta que sólo seas una pasta asquerosa, hasta que no seas nada, ni siquiera basura. Ese puesto lo adquiriste hace tanto tiempo...

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La historia de un caballero andante que sí viene a cuento

o El aleteo de una mariposa blanca.

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“Yo lo conduciré allí al despuntar la Aurora”.
Homero (La Odisea).

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Amanecía. Y una leve niebla inundaba los bosques y los valles. Una ligera lluvia empapaba la abundante hierba verde. El sonido del mar se escuchaba ronco y cercano, como el rumor de una naturaleza poderosa que aún duerme, un gigante a punto de alzarse en pie. Desde los acantilados podía verse cómo una nave frágil se encaminaba hacia la aventura. Desde los acantilados ella lo despedía con la mirada incierta y temerosa mientras su velo negro ondeaba al aire de tal forma que él pudiera verla, punto pálido allá arriba, quieto y solemne como la columna que sostiene un adusto palacio. Partía lejos, hacia los confines del universo. Ya no buscaba, ese tiempo pasó y quizá, inútilmente. La partida era ahora distinta. El reino hundido. El rey muerto y la reina, viuda mancillada. Las mejores tierras en manos de los traidores y Dios que los había abandonado a su suerte, sin dejarles siquiera el pobre auspicio de la magia. Marchaba para caminar, para construir, para encallecer los tiernos pies de caballero. Llevaba en su pecho la mayor de las cargas: la desgracia de todo un mundo que desaparecía, que, como el cuerpo de su rey, viajaba en unas parihuelas hacia el país de los mitos. Dejó atrás los acantilados y ya sólo se extendía ante él la calma uterina del mar. Una mariposa blanca, de grandes alas con diminutos puntitos negros, se posó en su hombro. Allí permaneció quieta durante unos instantes. Nada hay tan efímero como el vuelo de una mariposa, nada tan leve. Es algo que casi no puede captarse, casi hay que intuirlo. Nada puede retenerlo, salvo la muerte o la fuerza poderosa que emana de nuestro interior. Entre un pestañeo y otro la mariposa había desaparecido y él, cautivado por la belleza frágil del animal, anhelante de más, recreó la escena en su memoria, y de nuevo la mariposa se posó en su hombro. Ahora la veía viniendo del horizonte, danzante figura. Y veía a la vez el punto negro en los acantilados y ambos confundiéndose: ella con su velo negro, diminuto lunar , en las alas de la mariposa. El viento cambió repentinamente y la nave casi volaba por encima del oleaje. Una alegría súbita lo alcanzó como cuando a los héroes griegos les alcanza alguna de las flechas de Cupido. Se alejaba de sí y los elementos de la naturaleza comprendían sus sentimientos y lo ayudaban en su empresa. Varios días se alternaron con sus noches. Todos ellos transcurrieron en una calma fatigosa que nada bueno preludiaba. Así fue. Transcurrida una semana el viento se detuvo y la embarcación quedó mortecina sobre un mar desolado. Al anochecer, rendido de sal, de luz y

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calor cayó en un profundo sueño hasta que el rumor musical de unas voces lo despertaron justo cuando los rayos de la luna iluminaban las velas de su nave. Es tan maravilloso, cuánta ternura. Debes seguir, lo lograrás, lo sabes todo y eres invencible. El rumor de las aguas traía dulces sones, voces femeninas casi reconocibles que murmuraban las más deliciosas palabras. Cuánto lo quiero, todas lo queremos porque es bueno, inteligente. No huyas, amor, no sufras ni temas porque entras en nuestros brazos, siempre estarás conmigo, con nosotras, cuando quieras... -¡Quién eres? Ha preguntado quién es. Aún no lo sabe. Vaya, pensaba que era más listo. Bueno, ya tienes lo que quieres, ahí está la pregunta. Por fin lo conseguiste. Miró incrédulo a su alrededor. Aquellas palabras no tenían demasiado sentido... ¿O sí? -¡Quién eres? ¡Qué quieres de mí? Un estruendo de carcajadas terriblemente chillonas partieron el aire. Pregunta, pregunta. Eso es bueno. Qué es lo que queremos, qué será. ¡Todo! ¡Lo queremos todo! Y de nuevo el coro rió atemorizándolo. ¿Tienes miedo? ¡Tienes miedo! Eres tan débil, no puedes enfrentarte a nada. Pareces fuerte, pero no lo eres, por eso huyes, te alejas, pero por mucho que huyas el miedo irá contigo. Tú eres el miedo. -¿Dónde estás? Qué estúpido. Estoy siempre aquí. -¡Quién eres? ¡¡Busca!! ¡¡Busca!! ¡¡Busca!! ¡Ven! ¡Qué listo! ¡Qué estúpido! Tan bueno y tan bobo. Cómo te quiero... porque te odio tanto. Hay que reconocer que tiene aguante, ¿no te parece? Aunque parece un poco pálido, debería comer más. Su cabeza se llenó de todos los sonidos y, mareado, intentó apoyarse contra el mástil.

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¿Crees que ella te esperará? Él la ama, ella lo ama, pero no sé, no me fío de ninguno de los dos, ¿y tú? Engañaron al propio rey. El reino, un reino tan maravilloso, todo podría haber sido perfecto. Las mentiras siempre lo destrozan todo. ¿Qué clase de persona es aquella que engaña a su mejor amigo y que destruye todo un reino? ¿Qué criterios morales... ? La pasión, la pasión. Es el culpable. No hay remedio. Él es el mal. Intentaba no escuchar, intentaba oír aquellas voces como si se tratara del rumor del aire o del mar. Sin embargo, era imposible. Hablaban de él, quizá eran los rumores de todo un mundo, acumulados a lo largo de muchos años, los rumores de la gente y que el infortunio los congregó en una nube para liberarlos ahora. Había cierta verdad y cierta mentira en todo aquellos comentarios, ora susurros enternecedores, ora gritos acusadores y calumnias malintencionadas. Pronto se dio cuenta de que aquellas palabras no sólo se referían a él. Constituían todas las palabras del universo. Palabras dichas por todos y para todos. Algunas de ellas coincidían con su propia experiencia vital, otras no. Cada una de ellas producía en quien las escuchaba diferentes sentimientos. Resultaban hipnóticas y no podía sustraerse, se dejó arrastrar totalmente hasta que su atención quedó completamente cautivada por aquel murmullo interminable. Si le hubiesen pellizcado no lo habría sentido porque todo él se hallaba en otra dimensión, en la etérea dimensión de aquellas voces venidas de no se sabe dónde. Su mente se expandía, su experiencia se dilataba, era consciente de que en minutos lograba aprender más que en toda una vida plena de aventuras y enseñanzas, pero también se percató de que cada vez estaba más lejos de la tierra, más lejos de su nave, de sí mismo, se iba perdiendo irremisiblemente. ¡¡Tírate al agua!! Eso dijeron las voces. Y como todo era lógico dentro de aquel engranaje infernal en el que ya no era posible distinguir la verdad de la mentira, la realidad de lo imaginario, lo bueno de lo malo; como se daban todas las probabilidades, todas las hipótesis, lo absoluto no dejaba resquicios y él, inserto en lo absoluto se dejó llevar sin preguntarse por nada, sin cuestionarse la validez de lo que vivía en su nave, a merced, quizá, de las temibles sirenas. Sin el consuelo de estar atado al mástil, su cerebro empapado de locura, se tiró al mar y las aguas lo acogieron con repentinas olas que se levantaron con endemoniada fuerza, con corrientes que lo hundieron casi

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hasta el fondo del océano. Siguió oyendo las voces mientras descendía hasta lo profundo. Y entonces se hizo el silencio. Y la oscuridad. Algo le acarició el rostro. Como ondas de aire muy suave, sutilmente. Y poco a poco una música lejana lo empezó a despertar. La voz de una mujer le danzaba en los oídos, iba y venía triste. Y un coro de hombres y mujeres se le sumaron. Pretendían ser alegres, pero la alegría se les quebraba entre los dientes. Abrió los ojos. Allí estaban frente a él. Bailaban y se abrazaban, otros miraban al cielo. En ellos pudo percibir la indiferencia por el tiempo, el desapego de las cosas y las personas y comprendió la tristeza de los vagabundos, de los que no poseen ni un gramo de tierra, incapaces de entender la palabra posesión. Nadie se asombró al verle llegar con su tez pálida de extranjero del norte. Nadie le hizo preguntas y, con ello olvidó pensar, olvidó cuestionarse las extrañas circunstancias que le hicieron aparecer en un lugar como aquel. Ni se le pasó por la mente que aquello fuese un sueño, o la muerte. Todos lo recibieron como a un ser querido largamente esperado tras años de forzosa separación. Y le sonreían y alzaban las manos al cielo para agradecer aquella casualidad que los había reunido otra vez. Aquella noche fue pródiga en amores. Llegaban por el aire, mezclados entre el viento, con forma de exóticos olores, de ojos negros apasionados y tristes, de historias que abarcaban infinitos universos plagados de estrellas, de soles que amanecían y se volvían a poner, de voces que lloraban tibiamente, como aquellos viejos que junto a la hoguera derrochaban lágrimas cálidas al recordar, y con el vaso de un extraño aguardiente entre las manos rugosas. Una mujer lo asió por la cintura para hacerlo bailar. Por unos minutos sólo vio aquellos ojos castaños y sintió un leve mareo. Tras acariciarle la muñeca se detuvo y lo arrastró hacia la oscuridad a condición de que el silencio sellara sus labios. Al salir el sol sólo recordaba una piedrecilla de color terroso entre las manos suaves que lo habían acariciado, pequeñas virutas de la piedra que caían sobre el agua, sobre el vino, sobre su espalda y un olor burbujeante impregnó todas las cosas, así en el cielo como en la tierra, cuando un golpe de calor hizo arder todos sus recuerdos. Fue triste comprobar que se habían ido sin él, ahora que había decidido marchar errante por el mundo, entre las guitarras y las panderetas de los gitanos. Y fue entonces cuando reparó

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en sí mismo y se preguntó cómo demonios había llegado hasta aquel desierto. El cielo, entonces, se tiñó de rojo, la tormenta tardó poco en llegar y el agua lo inundó todo. Al abrir los ojos se vio en el fondo del océano. Cuando te ahogas tu cuerpo, convulso de sensaciones, se agita desordenada y violentamente. Todos los movimientos posibles son realizados. La mente se desparrama en millones de imágenes y sonidos. Pero llega un instante en que todo se detiene, tú te detienes. Te has detenido. Ya no hay nada. Lo demás está en otra parte. No sabes cuál es tu posición, pero de lo que estás completamente seguro es de que no participas de lo demás. Es decir, no participas de nada. Hay luz, la ves, la estás viendo, pero no la sientes. Hay sonido, pero ni las palabras, ni la música, ni el ruido dicen nada. Estás lleno de agua de mar, pero te sientes vacío. Sin embargo, existe una única seña que puede indicarte que aún no has muerto. Una referencia. Algo mínimo, pero que recuerda un poco al dolor. Presientes la ausencia de todo aquello que está fuera de ti. Sigue ese presentimiento porque él puede conducirte de nuevo a la casilla de salida. Cuando pasen los años ( o los días, o segundos) llegará un momento en que, al mirar una de tus manos sientas tu mano. La verás y serás consciente de la existencia de tu mano. Repararás en su color, en su forma, en las líneas que la definen. La sentirás viva. En consecuencia, repararás en lo fácil que es vivir enajenado, que no es lo mismo que olvidar. Repararás en lo sencillo que es implicarse en tareas simples, divertidas o no; emocionantes o monótonas, reales o ficticias, falsas o verdaderas. Una vaharada de calor que te sonroja las mejillas y que no se sabe qué es te indica de alguna forma que eso es la vida y que acabas de tener el raro privilegio de percibirla conscientemente, y sabes lo maravilloso y raro que es este milagro, como tantos otros así... Volverás a enajenarte, pero ya da igual. Quizá vuelvas a hundirte, quizá naufragues, como ahora, en una isla perdida en mitad del océano, o quizá no. Aprovecha. Un dios, seguramente, lo había salvado de la muerte y conducido hasta aquella orilla arenosa. Por un momento, había sentido todo el agua del mar dentro de sus pulmones y en un segundo había llegado a comprender todas las lenguas del mundo. Los seres humanos le habían hablado en una única lengua y había comprendido todas las palabras y todos los significados de

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las palabras. Pero ese instante, breve como un suspiro, ese que media entre el reino de los vivos y el vacío absoluto, había pasado ya, y sólo le quedaba de él la vaga presencia que dejan los sueños que se van sin poder recordarlos, pero con la huella de su estancia en nuestra memoria. Sabemos que un día lo comprendimos y supimos todo, lo entendimos todo; y que aquello se fue; por tanto, estamos vivos. Al alzar la cabeza hacia la espesura de la isla el sol le dio de frente. Medio ciego, no obstante, acertó a vislumbrar una figura delicada que se acercaba hacia él. Una joven hermosa le retiró el pelo hacia atrás, sus manos suaves le rozaron la piel irritada como un ungüento mágico que sanara las heridas. Lo ayudó a ponerse en pie y lo condujo hacia los árboles. No tuvieron que caminar demasiado para llegar a una extraña construcción hecha a base de conchas en cuyo interior vivía la extraña perla de los océanos. La Reina Io. Los ojos azules de Io, de una oscuridad profunda, lo recibieron sin asombro, sin emoción, con una inquietante indiferencia. Alzó su blanquísima mano y le indicó con un sencillo gesto que se sentara ni muy lejos ni muy cerca. -¿Y bien? - su voz no era aguda, carecía de la suavidad que se adivinaba en los rasgos físicos y en los ademanes de la joven que lo había descubierto en la playa. Tampoco era oscura, como la de los hombres. Era grave y decidida, pero reposada, extremadamente atractiva. -Mi señora... Ella lo miró a los ojos con cierto recelo y atención. -Mi señora... Pero no lo dejó proseguir. Negó con su cabeza y toda su melena oscura como la noche despidió leves chispas azuladas. -Te conozco, viajero. Ya antes pasaste por aquí. No me interesan tus historias, quiero que lo sepas. Te lo advierto, no pretendas seducirme con tus palabras. No me hables de tus dolores y penas, ni de tus alegrías y pasiones. No se te ocurra temblar o retorcerte ante mi presencia. De nada te servirá contarme tu verdad porque hace tiempo que descubrí la verdad del poeta. Puedes quedarte en mi isla, de hecho, puedes hasta hacer canciones, pero quiero que sepas que tus pretensiones son demasiado elevadas, y que están fuera de tu alcance. Tú sólo eres

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un hombre, recuerda tu condición. Nunca intentes de nuevo dirigirte a mí en la forma que lo has hecho. Entre tú y yo hay una infinita distancia. No te equivoques nunca más. Se giró hasta darle la espalda. La joven que lo había atendido, lo tomó por el brazo y lo condujo a través de una inmensa galería laberíntica hasta la que él intuía que sería su estancia. Intuyó que ésta había sido la primera y última vez que vería a la Reina Io, pues su mensaje había sido lo suficientemente claro. Una vez dentro de la estancia se dirigió a la joven pálida y ojerosa. -¿Cuál es tu nombre? Pero ella no respondió. De rodillas, en el suelo arenoso, trazó con los dedos la frase: “Mi nombre es Mo y conmigo sí puedes hablar”. Y sonrió dulcemente. Algo complicado, pensó él. La tierra siempre sería un soporte insuficiente para las grandes charlas a las que él estaba acostumbrado, y, por otra parte, tenía el presentimiento de que pasaría mucho tiempo en el palacio de la Reina Io. De pronto, Mo sonrió. -¿De qué te ríes? Ella volvió a escribir en el suelo. “Mira mis manos. ¿Te parece que acostumbro a escribir en el suelo?”. Asombrado y con temor dio un salto hacia atrás. En aquel lugar se practicaba la magia... Ella se levantó con ánimo de tranquilizarlo. Le conminó con gestos a que se sentase. Volvió a escribir. “Aprenderás. Y hablaremos mucho”.

Los primeros meses pasaron dulces y entretenidos, pero en silencio. Cada mañana, al despertar, una anciana le servía frutas exquisitas. Más tarde, los paseos por la isla fortalecían sus pulmones, aún maltrechos por el exceso de agua. La luz radiante del sol le hacía recobrar las fuerzas. Por la tarde, en palacio, se le deleitaba con los más exquisitos placeres. La noche servía para el descanso o la ensoñación. Sin embargo, trascurrido este breve período de tiempo, la monotonía comenzó a instalarse en su alma y pronto creció hasta entristecerlo. Fue entonces

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cuando regresó la joven criada muda. Llegó a su habitación a la hora del crepúsculo y ambos se sentaron en el suelo. Trazó en la arena una línea y a un lado escribió la palabra “mar”, al otro, la palabra “tierra”. Después, con un golpe suave de mano que ejecutó desde la palabra “mar” hasta la palabra “tierra” borró la línea que las separaba, pero él no parecía entender. Entonces, de nuevo, dibujó la línea y ambas palabras a un lado y a otro. Colocó su mano en la palabra “mar”. De pronto, su voz sonó por toda la estancia, aunque sus labios permaneciesen cerrados por completo. -Mar -dijo-. Has llegado a través del mar. No debes olvidarlo nunca. -Lo procuraré- dijo él, y reparó en que tampoco sus labios se movían, pero no se dejó invadir por este descubrimiento. -¿Hay algo que quieras preguntar? -Sí. Quisiera conocer el motivo por el que la Reina no desea verme. -Yo no puedo decir lo que diría la Reina Io. Además, ella ya te habló. -¿Quién es la Reina Io? -No debo, ni puedo decir quién es. -¿Por qué? -Porque es mi señora y le debo obediencia. -¿Es mortal? ¿Es diosa? La joven criada sonrió, pero guardó silencio. -¿Por qué no me respondes? -Ella no quiere que lo haga. -Nos... ¿observa? -Nos escucha. -¿Desde cuándo es Reina de esta isla? -No sólo es Reina de esta isla. -¿Posee más islas, entonces? -Su reino se extiende más allá de donde alcanza tu vista. -¿Desde cuándo es Reina? -Yo no lo recuerdo, supongo que desde hace mucho tiempo.

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-Entonces, forzosamente, ha de ser una diosa, pues todo lo que me cuentas me da a entender que domina la magia, que su reino no tiene límites y que vive desde siempre en esta isla. -Tú lo dices, no yo. -¿Y no se relaciona con nadie? ¿Siempre está sola? -Ella nunca está sola, pero jamás se relaciona con nadie. -¿Por qué? No lo entiendo, eso es casi imposible, los dioses no toleran cosas así, ni siquiera entre ellos. -Ella no desea compañía... Los demás dioses, por lo general, le parecen arrogantes- y de pronto, asustada, se tapó la boca. Sus labios habían pronunciado aquellas palabras. Un leve temblor de tierra sacudió el palacio. La joven criada se levantó rápidamente y lo dejó solo con el deseo de formular muchas otras preguntas. Otra vez, al día siguiente, a la hora del crepúsculo, la joven criada se presentó en su habitación. Repitió el ritual de la línea en la arena con las palabras “mar” y “tierra” y, como en la noche anterior, él no acertó a comprender el significado del borrón que las confundía a ambas. Entonces, de nuevo, dibujó la línea y las palabras a un lado y a otro. Colocó su mano en “mar”. De pronto, su voz sonó por toda la estancia, aunque sus labios permaneciesen cerrados por completo. -Mar -dijo-. Has llegado a través del mar. No debes olvidarlo nunca. -Lo procuraré- dijo él, y reparó en que tampoco sus labios se movían, pero no se dejó invadir por este descubrimiento. -¿Hay algo que quieras preguntar? -¿Cuánto tiempo llevo aquí? -Mucho, pero es sólo el inicio. -La verdad es que me cuesta comprenderte, creo que es tu manera de hablar, las palabras adquieren un significado distinto del habitual, distinto y oculto para mí. -Hubo una vez, allá donde el mar termina, un reino próspero y feliz. Las gentes vivían despreocupadas bajo el auspicio de una gran protectora que los amaba y cuidaba como a hijos

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propios. Esta Reina vivía en lo alto de una gran montaña y desde allí se complacía en ordenar las existencias de aquellos súbditos leales, cuyas vidas, todo hay que decirlo, no le causaban excesivos quebraderos de cabeza. Así pasaron soles y lunas, hasta que un día se presentó un viajero venido de tierra extraña a las puertas del palacio. La Reina al verle desvalido y cansado lo recibió como a un huésped excepcional. Mandó preparar las mejores habitaciones, los más suculentos manjares y trajo para él los mejores bailarines para animar su espíritu melancólico, pero nada parecía surtir efecto en aquel caballero y la Reina, impotente ante un sufrimiento que no podía reparar, comenzó a entristecer. Día tras día procuraba alegrar al cada vez más mustio viajero, pero de nada servían las palabras, parecía que éstas fuesen formuladas en un idioma distinto, o que su substancia original fuese el aire, palabras huecas que no encontraban ningún acomodo en el alma del extraño. Su silencio y su tristeza llenaban todo el palacio, la Reina comenzó a descuidar sus tareas y aquello hizo mella en su pueblo. Los hombres comenzaron a hacerse dueños de sus destinos y el reino poco a poco fue precipitándose sin remedio hacia el abismo de un poderoso y destructivo caos, pues es bien sabido que los hombres, por su propia naturaleza, son incapaces de regirse puesto que son ciegos y que por esta razón necesitan de los dioses para no acabar míseramente perdidos. Un día la Reina, cuya existencia ya sólo atendía al reto de alegrar a aquel hombre, suspiró. Y en aquel instante, el viajero levantó la cabeza y, por primera vez, reparó en el mundo que lo rodeaba. Lo que la Reina ignoraba era que con aquel suspiro había abierto una puerta, que el conjuro del amor se había resuelto de inmediato en la sala. Que aquel hombre sólo venía para arrasar los campos, vaciar los mares y que, como una peste, acabaría con el ganado y las esperanzas de hombres y mujeres. Mucho tiempo tardó en descubrir la Reina el poder terrible del que aparentaba debilidad para, paradójicamente, alimentarse de la debilidad de los otros. Había descubierto un gran secreto: la Reina se había enamorado de él. Y al momento, cesaron la melancolía y el silencio, por el contrario, su alegría estridente parecía chocar contra los mármoles delicados del palacio y su locuacidad parecía no tener límites. Su magia no se fundamentaba en traer las nubes para regar las cosechas, ni en hacer salir el sol para alegrar los corazones de los hombres. De sus manos no salían designios. Pero de su boca salieron muchas palabras, miles, millones de palabras que lo confundían todo. Palabras que herían el corazón de la Reina y que llevaron la desgracia al reino que está más allá

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de donde termina el mar. El extranjero, ante tanto desorden, aprovechó el descuido de criados y soldados para apropiarse del bien más preciado: el alma de la Reina. Y, pronto, todo quedó a su merced. La Reina vivía ensimismada, aturdida con la música chillona de aquel sujeto que, como un bufón, se dedicaba a sacar el máximo provecho. Hasta que un día se le escapó, graciosamente, la expresión que hizo despertar a la Reina de su letargo profundo. “Gracias por hacerme gato”. -¿Cómo? -No interrumpas. Eso fue lo que la Reina entendió. “Gracias por hacerme gato”. Aunque... Ahora que recuerdo, quizás no fuese eso exactamente lo que dijo... Bueno, da un poco igual porque favorece a la historia. La Reina montó en cólera. Un rayo traspasó el cielo y deseó convertir en gato al bufón. Sin embargo... acabó por convertirlo en perro. Y lo llamó Félix, “el que quiso ser gato y sólo llegó a perro”. Después lo atrajo con un hueso de corzo hasta el acantilado. El perro la siguió con docilidad pues aún no era consciente de ser perro y aún se divertía lanzando palabras confusas al aire creyendo que así enredaba más aún la madeja del sortilegio sobre la Reina. Ya en el acantilado, la Reina dudó un instante, pero se dijo: “A la porra”. Acarició la enorme cabezota del perro (y éste dio un respingo de complacencia) y lanzó el hueso lo más lejos que pudo. El animal saltó y se precipitó, tras su hueso, al vacío. Sin embargo, no murió. Bien conocida es la solidaridad que hermana a los individuos de ciertas especies. Aquella noche un aullido conformado por miles de aullidos asoló las tierras del reino y llegó hasta las mismas puertas de palacio. -¿Es esta la historia de la Reina Io? La joven criada lo miró en silencio con cierta malicia. -Tú lo dices, no yo. Los días y las noches se fueron alargando y el tiempo transcurría silencioso, prolongándose más allá de lo que los astros pretendían. Pronto, los meses se resumieron en dos días. El tiempo se comprimía con cada palabra, con cada historia, hasta que muchos años se redujeron a las horas que medían entre un amanecer y otro. Muchos árboles en la isla habían sido tumbados por innumerables tormentas, otros, sin embargo, se alzaban con la arrogancia y el vigor de la plenitud tras largos años de crecimiento, sin embargo, la misma música

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emborrachaba el aire de las noches cuando las ventanas del palacio de la Reina Io se abrían. Todo el palacio permanecía oculto en la oscuridad, a excepción del recinto en el que él y la sirvienta hablaban. Y aquellas notas capaces de detener el curso de los ríos lo suspendía en el tiempo y en el espacio. A veces era la sirvienta quien entonaba melodías, sin embargo, él también fue capaz de cantar. Dicen que ocurrió en la noche más corta del año. La sirvienta llegó a su habitación a la hora del crepúsculo y ambos se sentaron en el suelo. Trazó en la arena una línea y a un lado escribió la palabra “mar”, al otro, la palabra “tierra”. Entonces él con un suave golpe de mano que ejecutó desde la palabra “mar” hasta la palabra “tierra” borró la línea que las separaba. El sonido del mar inundó la estancia y el cielo, lleno de estrellas comenzó a teñirse de un azul turquesa claro, como si el sol hubiese comenzado a salir. Hechos extraordinarios aparecieron ante sus ojos, pero tuvo el presentimiento de que todas aquellas maravillas siempre habían estado ahí, sólo que invisibles para él. Poco a poco, las cosas que siempre lo habían rodeado al despertar cada mañana se empezaron a mezclar con tierras jamás visitadas, con los hermanos y padres ya desaparecidos, con su Rey, que lo recibía entre abrazos, con su Reina amada, vestida con los mejores ropajes. En las aguas del mar el sol y la luna intercambiaban sus reflejos. Y sin que los labios se le moviesen su voz resonó dulce y triste casi como la nostalgia. -Se cuenta por los caminos que existió en tierras lejanas, hace ya algún tiempo, un reino próspero y feliz porque sus reyes eran hijos predilectos de los dioses celestes. Fueron bendecidos con el nacimiento de un hijo al que dotaron de innumerables virtudes, con lo que el reino quedaba asegurado en manos portentosas. En aquel reino tranquilo nació, tiempo después, un hombre de gran valía, según cuentan las innumerables leyendas que de él hablan. Tan extensa se hizo su fama de hombre valeroso y honrado que el joven monarca deseó conocerlo y lo llamó a la corte. El muchacho, pues aún no contaba con la edad en la que nace la barba, se encaminó con pocas pertenencias, hacia la corte. Su viaje era largo ya que la tierra que lo había visto nacer se encontraba en el norte, donde las estrellas se ven más claras. A la semana de su partida, y tras alguna que otra aventura propiciada sin duda alguna por los dioses con la intención de agrandar su fama, vino a encontrarse con un hecho sorprendente. Junto al río que

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recorre las tierras montañosas del este, en lo frondoso del bosque, vio salir a una muchacha que diríase perdida. Salía de una cueva y sus ojos, lejos de cerrarse por la deslumbrante luz del sol, permanecían abiertos y ausentes. Por toda ropa vestía una gasa de color blanco a través de la cual se intuía perfectamente su silueta hermosísima. Su largo pelo, castaño, caía por su espalda dejando al descubierto la redondeada suavidad del pecho. El rostro delataba un origen sin duda divino. Cayó a los pies de la dama aterrado y dirigiéndole oraciones suplicantes. Pero la doncella, humana, lo recogió dulcemente y le pidió que la llevase con él. Al mirarla a los ojos verdes el muchacho se sintió crecer y ser hombre. El corazón le dijo que aquello que lo hería y amansaba a un tiempo no era otra cosa que el amor. Y a ambos los unió el mismo sentir. Dos días más tarde partieron hacia la corte donde los halló la dicha y el infortunio. El rey, admirado de las dotes del joven lo nombró su caballero, pero admirado de la belleza y hermosura de la doncella deseó hacerla su esposa. En los cielos una extraña niebla comenzó a condensarse, una niebla que amenazaba con empañar todas las cosas. Y poco tiempo transcurrió hasta los desposorios. Durante algunos años ambos amantes siguieron con sus encuentros furtivos sin que el rey sospechase la traición. El caballero ganó importantes batallas para su rey quien comenzó a enfermar sin que nadie supiese el motivo. El caballero, alertado por la reina, temerosa de que su esposo los hubiese descubierto al fin, partió hacia lejanas tierras en busca de la causa de la dolencia del monarca y de su salvación. Todos los pueblos habían oído hablar a lo largo de los siglos de un extraño ser que habitaba en los confines del mundo. Se le atribuían a esta criatura todo tipo de dones y una gran sabiduría. Así que al amanecer había tomado su caballo y para partir hacia la aventura dejando atrás un paisaje frío y neblinoso sobre el que se cernía la tristeza. Al alejarse pudo observar cómo una nube negra iba acercándose al que en un tiempo llegó a ser el mejor de los reinos. Finos copos de nieve comenzaron a teñir sus vistosos ropajes y durante días el frío lo acompañó, molesto cómplice de viaje. Los caminos, estrechos y solitarios, oscurecidos por la luz congelada de un invierno que parecía ser interminable, llenos de barro, sin refugio alguno en el que poder descansar siquiera un momento, se alargaban sin que el paisaje indicara un cambio y llegó a temer un periplo infinito por estepas desiertas y peladas como castigo de los dioses, que sabían de su pecado. El caballo, agotado ya, avanzaba muy lentamente y con cada paso parecía ir a derrumbarse. Bajó de su lomo e intentó tirar de él,

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pero el pobre animal se encontraba al borde de sus fuerzas y se detuvo definitivamente. Había que decidirse por el caballo o por su propia vida, así que lo abandonó y siguió a pie. Pero a los pocos kilómetros sintió el peso de las armas, y de nuevo hubo de optar por continuar sin ellas o perecer de agotamiento. Así que dejó también las armas. A medida que continuaba andando iba sintiendo cada vez con mayor dolor los rigores del viaje terrible y cruel. Y así fue perdiéndolo todo, a excepción del ansia por sobrevivir. Sin embargo, transcurridos ya varios meses de sufrimiento, su capacidad de resistencia se agotó y caído en el suelo, cubierto de llagas su rostro, vestido con andrajos que dejaban al descubierto su piel amoratada, pidió a los dioses que lo dejaran morir en paz y liberado de su culpa pues tan grandes dolores había sufrido para pagar su pecado. La nieve le cubrió poco a poco el cuerpo, sumido ya todo él en un sueño plácido y letal. Se le aparecieron imágenes hermosas y celestiales. Así se supo en los umbrales de la muerte y exhaló un último suspiro con el que su alma se liberó para confundirse con el aire, que ya traía olores de primavera. Pero, por increíble que resulte a vuestros oídos, con la llegada del calor y de las flores la sangre del muerto comenzó, lentamente, a fluir. Y despertó todo dolorido como quien despierta tras una larga enfermedad en la que ha permanecido inconsciente, febril. La sorpresa que se llevó al abrir los ojos fue inmensa pues se hallaba en el centro de una ciudad, la más increíble que jamás hayáis visto y que podáis imaginar. A su alrededor, un montón de curiosos lo observaban intrigados, algunos con las manos extendidas, como ofreciéndole su ayuda. Y justo entonces, las trompetas resonaron majestuosas y un enorme ser apareció de no se sabe dónde, traído por lo que pudieran ser unos duendes voladores en unas increíbles telas multicolores que resplandecían al sol como estrellas fulgurantes. Y todo el mundo parecía muy feliz al verle. Parecía hecho de nube, azul todo él, con una enorme y redondeada nariz, como las berenjenas, una barba blanca muy larga, rollizo como un gigantesco buñuelo, los dedos de las manos repletos de anillos, una capa azul añil que se extendía a lo largo de la calle principal y que hubiese podido servir de alfombra, pero que nadie osaba pisar por respeto. En la cabeza lucía una coronita hecha a base de estrellas que se le enredaban entre los rizos amerengados. Su risa estruendosa hacía que los edificios temblaran y todos reían con él. De pronto, el cortejo se detuvo ante el caballero. Y el extraño monarca se lo quedó mirando con sorpresa.

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-¿Qué ocurre, que no te ríes? -le preguntó ante el estupor del caballero. Y acto seguido una fuerza descomunal lo levantó del suelo y lo depositó en aquellas telas vaporosas y flotantes junto al ser de nube. El cortejo se alejó hacia el castillo en medio de un gran revuelo de alborozo y trompetas resonantes. A su paso dejaba miles de destellos y flores. Una vez en palacio el extraño ser de nube ocupó el trono y desde él miró al caballero con cierta sonrisa jovial. Al punto, el aventurero olvidó el propósito de su viaje y, nombrado por el rey de Charlanda Consejero Mayor del reino, se dedicó a gastar el tiempo en las cosas más habituales de aquel país. Y así pasaron años y años en los que el caballero se distrajo en asuntos felices y banales con lo que el dolor de su corazón pareció mitigarse un poco. Nada había más placentero que las sesiones palaciegas del reino de Charlanda. Uno salía de allí sin problemas de Estado y con el alma aligerada de todo tipo de pesadumbres. Eran tan hermosos y distraídos los atardeceres desde los jardines en compañía de amigos y hermosas muchachas. Siempre alegres, siempre felices bajo un sol que no desaparecía tras ninguna nube. El rey Perdono era magnánimo con sus súbditos a quienes quería como a hijos propios y, enseguida se preocupaba al detectar un ceño fruncido o el asomo de una leve preocupación en el rostro de alguno de ellos. Esto si llamó la atención del caballero, el sinvivir del rey Perdono por el bienestar de los suyos, como si en ello se le fuese la vida, como si quien casi un dios temiese el malestar de sus hijos más que cualquier otra cosa. Pero ningún temor asolaba, ni de lejos, la fecunda tierra de Charlanda. Sin embargo, el rey Perdono, a pesar de todos sus poderes no pudo impedir que una noche una ráfaga de aire llevase, a través de la ventana y hasta los pies del lecho varias flores, venidas de muy lejos, de allá donde el mar bramaba con fuerza, donde la tierra verde había sido ensombrecida por la tristeza, allá donde una misteriosa enfermedad apagaba segundo a segundo el alma de un buen rey ante la mirada angustiosamente atormentada de su esposa. El olor del tomillo le trajo a la memoria la promesa de volver con un remedio para su rey, para el dolor que lo consumía. Su alma, de pronto, se estremeció, como quien tiembla al recordar sus deberes tras demasiado tiempo inmerso en una fantástica ilusión, afanado en olvidar. Pensó, entonces, que debía dar cuenta de su partida al rey Perdono, que tan bien lo había acogido. Pero no fue

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necesario pues una vez pensada la idea ésta ya se había visto realizada y así la puerta se abrió y el rey Perdono apareció flotante en el umbral sin la expresión divertida de otras ocasiones. -Mi amado rey Perdono. Pero el rey lo miró con expresión triste, como si una flecha le hubiese atravesado el corazón. -¡Ay de ti, desdichado! ¡Y ay de mí! ¡Ay de mi reino! Y su llanto inconsolable resonó por toda la estancia. Tu tristeza ha franqueado estos muros, ha entrado en mi reino feliz y se ha adueñado de las flores, de las paredes, de la tierra, del sol, porque tu pena ha llegado a mi corazón y de él parte hacia todas las cosas. El rey Perdolo no desea más que sentarse en el trono, solo, sin luces, sin nada que perturbe su estado para poder abandonarse en el dolor que lo consume. El rey Perdolo sabe que mañana partirás y te desea buen viaje. Tras esto, salió y se perdió en la negrura de los innumerables pasillos del palacio. El caballero sintió mucho aquello, pero ya su mente pensaba en otras desgracias y con ellas ovilladas junto a él durmió hasta que un leve rayo de sol vino a acariciarlo en pleno rostro. Cierta algarabía proveniente de las calles del pueblo lo sorprendió y al asomarse a la ventana no pudo dar crédito a lo que sus ojos contemplaban. Abajo, en el pueblo, la gente peleaba y gritaba. El odio parecía arrasar los campos, pues de tanta sangre derramada, se habían vuelto rojos. Al punto corrió hacia la sala de consejos a buscar al rey Perdolo. Allí lo encontró, sentado en el suelo y vestido con harapos, la corona abandonada en una esquina. El caballero, asombrado, se tendió a sus pies. -Por dios, majestad, debéis hacer algo. Vuestra gente se mata en las calles, la sangre de vuestro pueblo llega a los campos. Rey Perdolo, debéis detener lo que sucede. Pero el rey lo miró extrañado. -Creo que me confundes, caballero. Mi nombre es Perdo y soy el mendigo de esta ciudad. No poseo nada, soy el más pobre y soy, además, como puedes observar, ciego de nacimiento. El caballero permanecía mudo de espanto.

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-Por dios, mendigo, que ya no sé si sueño o vivo, que me siento confuso y creo no entender nada. Debo partir hacia tierras lejanas, pero el horror que he visto aquí me lo impide. No hace mucho que vivió en esta ciudad la gente más dichosa que yo jamás conocí y todos eran así de felices gracias al buen rey Perdono, que los gobernaba con mano amorosa y alegre. Sin embargo, anoche ocurrió algo extraño que no acierto a comprender. Y me creo en el deber de devolverle a esta ciudad lo que ha perdido, pues mi instinto me dice que soy el culpable de tanta desgracia. Decidme qué puedo hacer para remediar este mal tan grande, ya que vos debéis ser alguien especial pues no os veis inmerso en batalla alguna con ningún semejante. -Buen caballero, nada podéis hacer. Partid hacia vuestra aventura, aquí todo se encaminará hacia donde nos lleve el destino. Pronto llegará el que ponga orden y que se llamará Perdomo, no temáis pues. Marchad lejos, que tras este terrible mandatario vendrá quien enseñe buenas obras y todos lo llamarán Perdocto. Y dicen las estrellas que tras este vendrá el que traiga la felicidad de las gentes, como siempre ha sido. Marchad ya si no queréis sucumbir. Ya nada está en vuestras manos. Y no os reprochéis el amargo final de esta ciudad, pues ni hay final ni hay amargor que no traiga dulzura, y porque todo, antes de venir vos, fue así y así será por siempre, que ya todo estaba escrito y vos sólo fuisteis un renglón en esta historia, la excusa necesaria para que lo que debía ser fuese. Y así partió el caballero hacia lo lejos, desde donde oyó gran ruido de caballería y la poderosa voz del monarca desde el balcón que gritaba con gran estruendo a sus súbditos. Así fue como supo que el ciego Perdo había dicho gran verdad. Muchas e increíbles aventuras vivió el caballero, que no serán contadas aquí porque demorarían demasiado nuestra historia. Basta con saber que de todas salió airoso y que su fama de hombre honrado y valiente se extendió, sin siquiera sospecharlo él mismo, hasta más allá de lo que llamamos “mundo conocido”. Transcurridas tres primaveras desde que abandonara el increíble y magnífico Reino de Charlanda, vino a toparse con un curioso hombre que resultó providencial en su búsqueda del extraño ser que curase a su monarca. Vivía este hombre alejado de los demás hombres, en el centro de un oscuro y espeso bosque, dentro del tronco del árbol más grande jamás visto. Nuestro caballero descubrió la copa de este árbol desde las tierras llanas donde los campesinos plantan el trigo y decidió

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encaminarse hacia él al considerarlo una señal. Llegar hasta él le costó varias jornadas y cuando por fin se encontró junto al gigantesco tronco casi no podía creer lo que sus ojos veían pues aquello, sin duda, era un prodigio. Al punto salió a recibirlo el hombre que lo habitaba, vestido con un sayal que daba cuenta de su vida retirada y devota. Lo acogió como si lo hubiese esperado desde mucho tiempo atrás y lo invitó a entrar en su casa, donde le sirvió comida abundante y reposo. Una vez ya descansado, el caballero le contó su triste historia, empezando desde el principio, y el motivo de su viaje por ver si este hombre, que le parecía muy sabio, podía indicarle cómo encontrar al sanador o, al menos, darle buen consejo. Así relató lo que ya vuestros oídos escucharon, finalizando la historia en el momento en que encontró a este buen hombre junto al gran árbol. Y ya había pasado mucho tiempo, pero ambos permanecían sentados hablando como quienes se conocen bien. Sin embargo, el caballero prefirió omitir el relato de sus amores con la reina, pero el hombre, que en verdad era sabio, ya lo conocía. No obstante calló y continuó como si nada y siguiendo a su huésped en todo. Entonces, cuando la noche ya era llegada el hombre le pidió que lo acompañase a otra estancia y así recorrieron galerías por dentro del árbol y el caballero vio que éste era más grande por dentro que por fuera. Cuando hubieron recorrido un gran trecho entraron en una cámara ricamente decorada, en la que había grandes ventanales a través de los que podía contemplarse un paisaje que de tan hermoso hubiese podido llamarse celestial. Y el hombre le dijo: -Buen caballero, nunca encontré hombre tan valiente y honrado como vos, que tantas miserias habéis sufrido por amor a vuestro rey. Por eso quiero haceros un regalo, ya que vuestra historia me conmueve. Aquí tenéis esta planta, cuyas flores de poderes extraordinarios, os ayudarán en la empresa. El caballero, avergonzado de su mentira, enrojeció entonces y enmudeció sin saber qué decir, y las flores de la planta que sostenía entre sus manos adquirieron el mismo color de la sangre. Al ver que había sido descubierto, las lágrimas inundaron su rostro. -Buen hombre, pues sabíais de mi mentira y mis motivos para ocultarla, ¿por qué me avergonzáis de esta manera tan cruel? Os tuve por hombre bueno y sabio. Sé que mi falta ha sido grave, ¿pero no había otra forma de hacérmela pagar? ¿Por qué me herís de este modo?

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- Si por tan bueno y sabio me teníais por qué me habéis mentido, caballero? De poco se os puede ayudar si omitís la parte más importante de vuestra historia, si desconfiáis de quienes os aman y desean prestaros auxilio. En aquel instante el hombre pareció desaparecer. En su lugar quedó su sombra, muy oscura, y el caballero sintió un gran temor porque pensó que era el mal que lo había engañado y que lo había atraído hacía sí con la tentación de la desconfianza y la mentira. Pero la voz del hombre sonó clara como el sol de mediodía y le dijo: -No temas. Si no me ves no es porque yo sea oscuro. Si no me ves es porque la oscuridad ciega tu mirada. No fuerces tu corazón si quieres verme; las cosas sencillas no requieren grandes esfuerzos. Así el caballero supo del amor que este hombre le tenía y sintió gran alivio y alegría. Entonces, la luz volvió a dar forma al cuerpo del venerable sabio y las flores de la planta se volvieron verdes ante lo que el caballero se asombró mucho. Y pasaron muchos días juntos en que el sabio le enseñó la ciencia que curaría al rey, pues él era a quien el caballero tanto había buscado. Y al marchar de regreso hacia su tierra ambos lo lamentaron mucho, pues habían pasado buenos ratos en agradable compañía. Y el sabio le regaló al caballero un amuleto de color verde para que lo llevara puesto y no errase en su camino. Fue así como el caballero aprendió la última lección que le quedaba de la ciencia que sanaría a su rey, ya que observó que el amuleto era, en realidad, de color rojo. Y al percatarse de esto fue capaz de ver grandes maravillas al lado de las cosas mundanas y tuvo al sabio por el hombre más sabio del mundo. A los pocos días se hallaba de regreso en su país y la Reina lo recibió apesadumbrada, pues el Rey se encontraba ya al borde de la muerte. No obstante, la ciencia del sabio surtió efecto y, pocas semanas después ya se podía ver al monarca saludando a su pueblo. El caballero, además, reunió las fuerzas suficientes para abandonar sus amores con la Reina a la que, desde entonces, sirvió como auténtico caballero leal. La luz diáfana de la mañana entró por entre las rejas del ventanuco. -Deseas partir... -y la voz de la joven criada se quebró en lo que parecía un sollozo, al tiempo que su rostro se iba metamorfoseando hasta que los ojos de la Reina Io lo miraron- sea como dices. Pero permite, extranjero, que la Reina Io te obsequie. Para tu viaje encontrarás en la

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playa la nave más rápida y segura de cuantas hayas conocido. La Reina Io puede proporcionarte, si lo deseas, el apoyo de los más valerosos guerreros. -Señora... La compañía no es necesaria, que este viaje se fundamenta en la soledad. No saque a esos hombres valientes de la quietud de sus hogares, que ya habrá un tiempo, precario y, en verdad terrible, en que deban abandonar a los suyos. -Hablas bien, extranjero. Por ello quiero que sepas que la Reina Io intentará guiarte y ayudarte en lo que pueda. -Señora... Mil gracias a los cielos quiero dar por tantos favores juntos, pero no hay camino hecho que conduzca a lugar provechoso. La Reina sonrió. -No, extranjero, que la Reina no trazó ni trazará jamás camino alguno. Que los favores de la Reina te guiarán para lo bueno sólo cuando tú lo quieras. Y que cuando mi ausencia te alivie, mi luz desaparecerá por entre los resquicios del día, pero no nos demoremos más, no hagamos que esperen los vientos, ahora que parecen propicios para tu partida. Ve. Y que llegues a buen puerto. Ya en alta mar de nuevo, te sabes cerca del fin de tu periplo y quizá esa arrogancia del saber hace que la nave, pese a los augurios de tu protectora, se desvíe de su curso, justo cuando estabas a punto de tocar tierra, de nuevo en tu casa, pues los cielos auguraron y dispusieron que ya era hora de regresar y retomar de entre los despojos lo que quedara de todo aquel reino perdido; y levantarlo, y cuidarlo y amarlo para aquel que viniese después y para el que estaba destinada una mayor gloria que la de tu monarca. Y te supiste amado sobre todas las cosas, feliz de que tu culpa fuese expurgada de modo tan noble y útil, pues la figura de tu rey se hallaba más presente que nunca en tu corazón. Por un instante viste los acantilados, y los reconociste, y el júbilo te llenó el alma y diste la empresa por concluida y lograda. Fue entonces cuando la mano poderosa de aquel que realmente guía tus pasos, decidió que la arrogancia de tu pensamiento merecía ser aplacada, pues en esta vida no hay cosa hecha, y los designios de los dioses no alcanzan a las mentes humanas. Así pues, un golpe de viento sopló de entre las profundidades marinas y te hizo errar por espacio de siete años, en los que arribaste a puertos suntuosos, llenos de codicia y perdición, acaso te demoraste en alguno de ellos. Y tus pasos te condujeron a países

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de gentes humildes y sencillas que llenaron tu espíritu de felicidad y paz. Al pie de un camino te salió el diablo, que intentó comprar tu alma y saliste de la empresa airoso porque alguien lo dispuso así. Probaste mil comidas diferentes, te agasajaron con los mejores perfumes, y amaste a las más bellas mujeres. Casi olvidaste que debías retornar al lugar del que saliste un día. Fue de este modo como los dioses se apiadaron de ti y creyeron que ya era llegada la hora, y te perdonaron y trazaron tu camino de vuelta a casa, cuando ya casi ni te reconoces, cuando ya casi ni te interesa, cuando ya tanto has aprendido. Y es ahora que los dioses hacen descender, por fin, el sol para que la oscuridad te arrope con su calma, para que, tras escuchar los aullidos de miles de perros, abras los ojos y veas los acantilados verdes y hermosos de tu tierra, en los que una figura vestida de negro continúa esperando. Una suave y leve caricia en el rostro te devuelve, sin embargo, el recuerdo de que te fuiste por el mar; así pues, por el mar llegas, y ves que no lo olvidaste, por eso no te sorprende el frágil aleteo de una mariposa de lunares negros en sus blancas alas saliendo de tu hombro y perdiéndose en el azul infinito...

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Jaime de Iturrízar o La clave del enigma

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Espiral: Perteneciente a la espira (del griego, spira). Curva abierta que se aleja cada vez más de su centro.

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Lo llamaban “Jota Minga”, y era el campeón de las meadas en el penal. Si quieren que les diga la verdad nunca nadie supo cómo era, realmente, aquel tipo. Todos nos reíamos un poco cuando salíamos al patio y allí estaba él, bajito, muy calvo, con aquella sonrisa de niño bueno y la mirada huidiza tras las gafas. Hablaba poco, alguien dijo que era un intelectual porque era el único que no rechazaba el diario. Pues eso. Nos reíamos todos al verlo en el patio, aquel tío, con aquella pinta, y todos sabíamos que la tenía enorme, y le decíamos: -Eh, Jota Minga, echa un meo, a ver hasta dónde llega. Y él se abría la bragueta y meaba distancias increíbles. Sabíamos que el tipo era peligroso, pero qué quieren que les diga, al verlo, uno no podía tomárselo en serio. Lo cierto es que nos hizo una faena con lo de la fuga, pero a nadie le extrañó que se escapara usando una lima, era muy pulcro, le gustaba tener siempre unas uñas impecables.

Esta es más o menos la leyenda de Jota Minga en el penal de la ciudad. Lo que los presos no saben es que Jota Minga no existe, pero que aquel hombrecillo calvo, de mirada huidiza, no visitaba por primera vez la cárcel, ni que esta vez no sería la última. En el penal sólo un hombre desconfiaba de Jota Minga. Lo vio entrar unos días antes de las fiestas navideñas y no pudo dar crédito. Allí, de nuevo, estaba él: Amarilio. Esteban cumplía cadena perpetua por asesinato múltiple. En el año mil novecientos treinta y cinco mató a toda una familia. Nunca se desveló la causa, pero la noticia causó gran conmoción ya que a víctimas y ejecutor les unía una larga y profunda amistad. Esteban llegó al penal con veinticuatro años, muy niño aún, pero se granjeó la amistad de todos. Era reservado, los demás encontraron en él al hermano pequeño que cuidar y le orientaban para que su vida allí no fuese tan dolorosa; también le pasaban cigarrillos a hurtadillas. Sin embargo, Esteban era incapaz de confiar en sus compañeros. Los quería y respetaba, pero jamás se sintió unido a ninguno de ellos, incapaz de compartir su historia, su dolor. Así permanecía encerrado en sí mismo hasta aquella mañana, cercanas ya las Navidades, en que un hombre de baja estatura,

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calvo y con gafas, de mirada risueña e infantil entró en la celda contigua, seguido por tres guardias. Le sonrió. Era Amarilio. La llegada de Amarilio al penal trastornó un poco la vida de los reos. Santos le comentó a Estaban que temía por la vida de Amarilio porque su fisonomía ridícula le granjearía muchas enemistades. Y así fue. Pero sólo al principio. Los jefazos de las tribus quisieron intimidarlo, como siempre ocurre cuando llega un nuevo, pero con él se ensañaron porque parecía el tipo perfecto para transmitir cierto mensaje de poder al resto de reclusos. Al mes, sin saber nadie el motivo, todo cambió. El hombre del hilo de voz, de mirada asustada y cara infantil se había convertido en el amo del penal. Nadie sabía muy bien cómo había llegado a suceder. Sólo Esteban percibió algo, quizá por eso Amarilio se esmerara en romper el caparazón del muchacho y lo tratase como a un hijo, un protegido, su discípulo. Un día Amarilio despareció dejando una larga estela de historias, una leyenda que parecía imborrable y que reunía a los reclusos en el patio en torno a una mísera fogatita en los meses de invierno. Y sin embargo, el tiempo transcurrió de un modo casi imperceptible para Esteban, hasta que un día ya nadie habló de Amarilio, y a él lo llamaban “El Viejo”, y supo que la vida se le había consumido entre los barrotes de una celda mísera. Los jóvenes reclusos pasaban a su lado mientras barría. Al tropezar, alguno le pedía disculpas, otros no. Ya confundía el nombre del que facilitaba los cigarros, o es que eso ya lo traía cada uno sin dificultad, ahora que lo que se pasaban eran otras cosas, y él permanecía al margen de todo o casi todo en su celdita color rosado mientras leía el periódico cada mañana. Mañana. Qué significaría esa palabra, mañana. En esas que se abre la celda de al lado, llega uno nuevo, se oye, y debe de ser peligroso porque se escuchan pasos de muchos pies, lo vigilan con atención, lo custodian como a un tesoro. Casi no le apetece levantar la mirada, qué más da quien sea, uno más que se pasará durmiendo todo el tiempo que le dejen. Pero la silueta oscura de un recuerdo se posa sobre las páginas del diario y en ese instante, al levantar la mirada, se encuentra con Amarilio y un vuelco le da el corazón. Nada en él ha cambiado, ni un lustro de vejez, qué un lustro, ni un minuto de vejez le surcaba el rostro. De nuevo lo sonrió antes de entrar a su celda.

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Presa de una enorme agitación, apenas podía controlarse. A la hora del almuerzo, cuando se abrieron las rejas salió deprisa, sin cuidado de que los guardias lo reprendiesen, nadie lo hizo porque Esteban era el abuelo del penal. -¡Amarilio! -dijo sin casi poder contenerse. -Me confunde, señor. Me llaman Jota Minga. Pero Esteban supo que mentía porque sólo Amarilio le hubiese contestado así. Ya luego de noche, en soledad, tras darle muchas vueltas a la cabeza concluyó que no sabía quién era aquel hombre, Jota Minga. Nunca supo quién fue Amarilio. Fue entonces cuando, por primera vez, no le parecieron triviales las medidas de seguridad que se cernían sobre aquel sujeto, es más, las consideró insuficientes. Aquella noche Esteban no pudo dormir. Tenía miedo. Pero un día la voz se corrió de celda en celda: Jota Minga se había fugado y, como en las películas en blanco en negro, como en las historias de chiquillos, lo había conseguido con una simple lima que a saber de dónde la sacó. Y, de nuevo, el penal volvió a su vida monótona. Sin embargo, tal y como suele ocurrir en los telefilmes de gran éxito, una mañana la vida le cambió al viejo Esteban. O más bien, se la cambiaron. Un guardia jovencito lo avisó todo sonriente de que debía ir a ver al alcaide. Y se le dieron muchas razones poco convincentes, al menos, así las juzgó Esteban, para concluir que lo dejaban en la calle. A eso el alcaide lo llamó libertad. De la boca del viejo no salió ni una palabra, ya ésta había aprendido a hablar poco, cada vez menos, a base de monosílabos solitarios y vespertinos. Así que con esa resignación propia de los ancianos desamparados, Esteban recogió algunas cosas de su celda rosada y se encaminó hacia la salida. Nadie lo despidió, si acaso, alguno se volvió para mirarlo, pero nada más. Una vez afuera todo le pareció enorme, algo parecido al mareo estuvo a punto de derrumbarlo, pero un brazo fuerte lo sostuvo. Cuando levantó la mirada para agradecer aquel gesto a la persona que lo había ayudado vio a un enorme muchacho que enfundado en su uniforme de chófer lo miraba amablemente, al tiempo que le indicaba que subiese a un coche negro muy elegante. Esteban, perplejo, obedeció sin rechistar y se sentó en la parte trasera, todo un señorón. A través de los cristales ahumados observó cuánto había cambiado el tiempo la ciudad de la que se despidiera hacía ya... ¿Cuánto? Sesenta y seis, acaso, sesenta y siete años. Las cosas habían cambiado su sitio, o habían dejado su puesto a otras, el caso es que aquella

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ciudad le era extraña, irreconocible, no era su ciudad, su ciudad a saber dónde había quedado. Ya en las afueras, el coche se detuvo ante una enorme reja. Qué curioso, una reja por otra. ¿Ganaría con el cambio? La verja se abrió y pudo ver entonces un jardín selvático o una selva ajardinada, todo árboles por aquí y allá. El coche avanzó lentamente por un camino de gravilla entre petunias y pinos, el coche negro, de cristales ahumados, avanzaba entre las sombras frescas de los árboles hasta llegar a una explanada. Allí, junto a una enorme fuente y una zona que parecía de recreo, se encontraba la mansión, la más grande que los ojos de Esteban habían contemplado en toda su vida, un palacio, qué un palacio, un castillo. El chofer detuvo el automóvil frente a la puerta, que se abrió por obra y gracia de una criadita de poca edad y menos ropa que lo recibió con cortesía, pero también con cierta frivolidad, al menos eso le pareció al viejo Esteban, asombrado de ver a una niña con las piernas tan largas, o la falda tan corta, y que le hizo pensar en lo peor. Muy cariñosa, la criadita, dejó al “abuelo” sentado en una salita de recepción muy lujosa, con cuadros en las paredes, vitrinas, jarrones que parecían muy caros, muebles antiguos y una alfombra que daba reparo pisar. Esteban absorto en la suavidad de la alfombra, a la que acariciaba como si de un minino se tratase, decidió subir los pies en alto, cuando apareció el dueño de la casa, el señor, en batín. -¡Jota Minga! -Me confunde, señor. Mi nombre es Jaime de Iturrízar. Desde aquel infausto día Esteban trabajaba bajo las órdenes del escritor Jaime de Iturrízar. La verdad es que todo aquello le parecía a él que no era otra cosa que una manera de silenciarlo porque nada parecía justificar un trabajo que no consistía más que en andar de aquí para allá haciendo recaditos, paseítos de viejo chocho, como tampoco encontraba Esteban razonable el que Amarilio le proporcionara vivienda propia: una casita modesta en algún lugar no muy alejado de la mansión, pero disimulada por estatuas y rosales enormes. Todo aquello le confirmaba a Esteban que Amarilio lo temía y, que por ello, deseaba mantenerlo alejado y contento, aunque conociéndole, toda esta parafernalia del trabajo se hacía imprescindible porque Esteban no era de los que se dejaban comprar. Así, deambulaba todo el día de un lado para otro haciendo que hacía algo, ya que de eso parecía ir la cosa. De vez en cuando, el señor lo llamaba para que realizase cualquier actividad insulsa cerca de él y el viejo Esteban sentía la mirada

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atenta, pero velada, del astuto Amarilio. La misma mirada enmarcada en el mismo rostro y un escalofrío le recorría el cuerpo retorcido y tierno. En aquella casa pasaban cosas. Esteban mantenía el silencio tal y como se esperaba de él. Tampoco hubiese podido decir mucho, pero él sabía que pasaban cosas. Cosas que no son normales, ya ustedes entienden. Lo de menos eran las avalanchas de jóvenes que se pasaban días enteros viviendo en la mansión y que lo pringaban todo allá a donde iban. Destrozaban los jardines y uno podía encontrarse cualquier marranada entre los setos. No. Eso pasa hasta en las mejores casas, y Esteban era de la opinión de que incluso en las mejores casas era donde más ocurría. Pero Esteban, ante algunos gestos desconcertantes, ante hechos incomprensibles que se iban encadenando y que nada bueno parecían presagiar, cabeceaba de un lado para otro y decía: “no, señor, no”. El señor Jaime Iturrízar tenía muchas amantes, casi cada semana la puerta de atrás se abría y una joven con más ansias que belleza (y muchos pajaritos en lugar de sensatez) entraba en la mansión dispuesta a comerse el mundo. Por allí pasaron mujeres de toda clase, sin embargo. Esteban recordaba a la casada que, durante algún tiempo, intentó tender numerosas trampas para seducir al señor y que, al final, seducida ella, abandonó a su marido sin obtener el codiciado botín. También recordaba a unas cuantas doncellas arrastradas hasta la enorme casa con mucha ingenuidad romántica y que acabaron perdidas en mitad de la calle vendiéndose al mejor postor (o a cualquier postor, pobres criaturas). Cómo olvidarse de aquella otra a quien no le salió tan mal y que ahora vive no muy lejos de la mansión, en la otra acera y que logró casarse con un multimillonario que le administra muy bien la fortuna con la que Jaime de Iturrízar consiguió hacerla callar, del mismo modo que había comprado el silencio de Esteban. Aquella, aquella sí que fue inteligente, menuda bruja, por un momento... A la Única Esteban nunca la había visto, pero era imposible que sus gritos no se oyeran desde cualquier parte de la casa. Su voz sólo se hacía audible por las noches porque no había servicio a partir de las diez, al señor le gustaba saberse dueño de su casa por la noche, o eso decía al menos porque en realidad, lo que nadie sabía, lo que sólo Esteban había logrado descubrir, era que otra vida tenía lugar entre aquellos muros, a partir de las diez de la noche. A esa hora, la voz de Jaime de Iturrízar, Amarilio, sin más, se confundía con la de una mujer que

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de continuo lo recriminaba, lo maltrataba, mientras él se dejaba hacer, como un niñito complaciente, deseoso de que alguien tomase las riendas de su vida por él. El escándalo solía ser mayúsculo. Sólo una vez hicieron el amor y jamás Esteban supo si aquellos estertores provenían de seres humanos o de fieras. Aquella noche los vio en sueños. Desde entonces supo que el infierno existía. Probablemente, el señor sospechaba de Esteban porque en las siguientes semanas procuró no encontrarse con él. Lo rehuía misteriosamente. Una tarde, sin embargo, cuando ya los misterios dejaron paso a una elocuente normalidad de silenciosas noches y de excentricidades propias de un famoso ricachón sin escrúpulos, algo llamó la atención del viejo Esteban mientras recogía las basuras que los jóvenes dejaban por cualquier parte en una de las innumerables bacanales que Iturrízar celebraba junto a las fuentes. Un tipo descuidado, bastante nervioso, atravesó la verja en un momento de descuido en que los muchachos de seguridad desvestían a una joven. El tipo avanzó con seguridad y Esteban supo que la fiesta derivaría hacia otras cosas. Percibió un gesto de asombro en Iturrízar, que al segundo, consiguió disimular. Aquel tipo dijo algunas cosas que Esteban no pudo oír y que provocaron la risa de los jóvenes, pero no debían de ser cosas muy graciosas ya que Iturrízar lo sacó de allí apresuradamente y lo metió en la casa, diríase que por la fuerza. Esteban cabeceó de nuevo y sospechó que aquella noche oiría los gritos de “la señora”. Nadie sabe lo que hablaron allá adentro, pero el tipo pareció convencido y se marchó sin dar más problemas. Sin embargo, para su sorpresa, aquella noche, en la mansión reinaron los susurros y las palabras tiernas. Esteban quería irse de allí. Y de poco lo consigue porque ella quería echarlo, al menos, eso dijo una semana más tarde. -No lo sabe -oyó que decía Iturrízar. -Te digo que sí, sólo está fingiendo. Esteban cabeceó nervioso. Aquello lo ponía en peligro inminente. Ella no se conformaría con echarlo de patitas a la calle. Seguro de que lo matarían, decidió recoger sus cosas e irse de inmediato. Sin embargo, no lo hizo. Reflexionó durante algunos segundos y se dijo para sí que marcharse sería tirar la toalla, que menudo cobarde, que él era el único capaz de desentrañar quién era realmente el Amarilio, y que debía hacerlo porque él era el más indicado,

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porque por eso lo quisieron silenciar, porque él era el peligro. Se dijo que lucharía para vencer al Amarilio y a la arpía que se acostaba con él cuando nadie podía verlos. Más pronto de lo habitual se levantó el señor Iturrízar, el aire se llenó de presagios. Esteban limpiaba en el jardín, como era su costumbre, tras una noche de jolgorio con la fuente llena de extraños. Con el terror doblándole las rodillas observó por debajo de las pestañas a un Iturrízar dubitativo que se le acercaba con las manos unidas en la parte baja de la espalda, fingiendo, acaso, cierto arrobo, fingiendo buscar caminos, estrategias, para acercarse a Esteban e iniciar quién sabe qué locura de conversación. Malo, malo, se dijo Esteban para sus adentros, porque Iturrízar tenía las ideas más que claras, jamás nadie fue más seguro de sí mismo porque se sabía dueño del mundo. Eso era algo que Esteban ya vio por detrás de sus diferentes disfraces de payaso, de enclenque, de orondo estrafalario... La mirada fría con que lo atravesaba a uno de ciento en viento, en esos instantes fortuitos en que a cada uno se le descubre el ser que lleva dentro, lo revelaban como al temible bufón tras cuya máscara nadie sabe quién puede esconderse. A Esteban aquello siempre lo había incomodado, la sensación de no saber, de carecer de la certeza, de no poder asegurar: “este hombre es... así”. Iturrízar, efectivamente, comenzó a rondarlo con cierta despreocupación. Su ansiedad se olía a distancia, una ansiedad tan fría... Finalmente se detuvo frente a una botella de plástico. La miró unos segundos, la recogió y comenzó a moverla como queriendo iniciar un juego de malabares. Esteban tembló, todo aquello parecía demasiado teatral, excesivamente calculado, por un instante imaginó. -Buena mañana, ¿eh, Esteban? -Sí, señor. Buena mañana. -Es increíble la paciencia con la que usted labora... “¿Labora?”. -Buenos días, Esteban. Amaneció buen día, ¿verdad? -Sí, señor. -Vaya cantidad de basura... Me sorprende el cuidado con el que trabaja siempre, tras noches como la de ayer. -Es mi trabajo, señor.

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-Ah, sí, bueno, su trabajo... Esteban lo miró. -Esteban. Iturrízar desvió sus ojos hacia la botella un segundo para volver a clavarlos en el viejo. -¿Le gusta este trabajo, Esteban? -Señor... -Sabe... Conozco de sobra... Quiero decir que sé que no aprueba muchas de las cosas que hago, sin ir más lejos, mi manera de... Divertirme. -Señor, cada cual se divierte como quiere. -Quizá se sorprenda, pero cuando pienso en que... Bueno, cuando imagino lo que a usted se le cruza por la mente al ver a mis amistades, mis... extravagancias, me... Siento un poco de vergüenza. -Pero, señor, yo no le recrimino, no puedo... -Ay, Esteban, usted es como tener a un padre silencioso, un padre que le oculta las opiniones reprobatorias a su hijo, pero cuya desaprobación resuena por todas las galerías de la casa. Esteban no supo qué decir. Iturrízar, ruborizado, se encaminó con la cabeza gacha hacia el portón de la casa. Esteban, incrédulo, lo siguió con la mirada. Al abrirse la puerta, Iturrízar se volvió hacia él para dirigirle una siniestra sonrisa tras la que se perdió al cruzar el umbral. Por eso, cuando más tarde lo hizo llamar a su habitación “privada” le temblaron las rodillas y un sudor frío le humedeció la nuca. Más cohibido que nunca subió lentamente las escaleras, imponiéndose serenidad a cada escalón. Tan concentrado entró en el aposento de Iturrízar que éste se sorprendió, si no de la frialdad del viejo, sí de su ingenuidad bobalicona. Le indicó que se sentara frente a él con un gesto. Pasaron varios minutos tan lentamente, tan hondos en cada uno de sus segundos, que se hubiese podido asegurar que el tiempo se había detenido. Algo ocurrió. Algo inexplicable porque de pronto Iturrízar lo desafío con la mirada para después metamorfosearse mágicamente en el extraño ser que siempre había sido. Sus ojos

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observaron a Esteban con claridad y se prodigaron con tanta elocuencia que el fingimiento se esfumó y los tres ya fueron uno, los tres que Esteban había conocido: Amarilio, Jota Minga y Jaime, el todopoderoso Jaime Iturrízar. Pero a pesar de aquella declaración sin palabras, Esteban se abstuvo de hacer cualquier tipo de comentario. Esperaba. Esperaría siempre. Quería que EL se lo dijera, así, de hombre a hombre. Ya le hastiaba el engaño, aquel teatro absurdo al que tenía que someterse porque aquel individuo escurridizo, misterioso, jamás le daba pie para una conversación sincera. No lo toleraría más. Se mantendría así, como una estatua. Que hablara él. Ya se había hartado lo suficiente. -Ay, Esteban, Esteban -sonrió Iturrízar. Esteban abrió enormemente los ojos. ¿Confesaría? ¿Qué confesaría? Quizá fuese peor el remedio que la enfermedad, quizá fuese mejor no saber nada y largarse... -Seguro que te haces muchas preguntas cada noche. Preguntas, demasiadas preguntas, demasiadas exigencias, querido Esteban, hombre inquieto. Algunas preguntas no pueden contestarse con la razón, ¿lo sabías? Esteban enrojeció de ira. Aquel tipo era un demonio. -¿Qué quieres saber? Yo te lo voy a decir. Tú quieres saber algo, pero no sabes ni qué es. Pero intuyes que es algo importante, acaso lo más importante, ¿verdad? Persigues la perfección: El círculo. Sí. Pero el círculo no existe. El círculo es una utopía, es Dios. Y la verdad es que somos espirales, todo es una enorme espiral ilimitada en el tiempo y el espacio (únicas coordenadas que conocemos). Todo vuelve al inicio: principio y fin parecen querer confundirse, pero nunca sucede, ¡nunca! Porque siempre falta algo, nada es exactamente como fue y, entonces, se produce una mínima inflexión, suficiente como para que ya no sea lo mismo, y de nuevo todo es casi igual... Si se nos permite ver de lejos la espiral vemos que los minúsculos cambios de una vuelta y otra vuelta en ella se convierten en asombrosas transformaciones al cabo de muchas vueltas. Espirales dentro de espirales, por eso siempre se avanza, aunque no se sabe muy bien hacia dónde y quizá debamos acuñar nuevos términos para conceptos más complejos que los de “principio” y “fin” o “adelante” y “atrás”. ¿Entiendes lo que digo? Nada es. Nada fue. Nada será. Todo es lo mismo y no lo es. Así son las cosas... ¿Dormirás esta noche?

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-Todo lo que me dices me parece complejo. Siempre he sido una persona “inquieta”, como bien dices, pero, en realidad, este viejo tiene la mente llana y siempre fui poco dado a esas retóricas que tan bien se te dan a ti. Podríamos continuar conversando, pero quizá sea hora de retirarme porque uno sabe cuándo llega el fin. Con los años uno aprende tantas cosas... Cosas que nunca imaginó. Uno aprende a morirse y a mi edad he aprendido ya lo suficiente, por eso, sé que debo irme de esta casa. Tú crees que persigo un gran misterio, más aún: crees que TÚ eres un gran misterio. Ay, ay. ¿Aún no calculaste mi edad? Mira, hijo, déjame que te llame hijo, pues antes tú, en el jardín, me llamaste padre, y escucha esto pues hablo contigo sinceramente como nunca lo hicimos ni haremos los dos: hace muchos años, de joven, abandoné la que era mi casa y cometí más errores que el peor pecador con el que te hayas tropezado. Tú lo sabes bien, mejor que nadie, que la cárcel es un lugar donde uno puede aprender el arte de la paciencia o, por el contrario, desesperarse y perecer en la locura. Yo no sé si me volví paciente o loco, pero de lo que sí estoy seguro es de haber hecho lo que había que hacer. Uno llega a un punto en el que se sienta en mitad de un camino y mira. Y se entretiene, hasta se entretiene demasiado. Todo pasa por sus ojos rápidamente, nada ni nadie se detiene un instante a reparar en ese estúpido sentado, un mísero invisible, un inquieto inquietantemente derrotado, sin duda. En una cosa acertaste: lo que busco no está ni aquí ni allí, yo no sé dónde lo pusieron, ni quién, ni puñetera la falta que me hace saberlo, lo que sí sé es que peor o mejor llegué a donde tenía que llegar, a esta parada en el camino. ¿Que la respuesta esta ahí? Bueno, lo dudo porque sé que la respuesta está en todas partes, que no hay una sola respuesta. Nunca me quedaría satisfecho porque tú me llamaste “inquieto”hace tan sólo un rato. Pero fíjate por dónde que me parece eso la riqueza más grande, la más hermosa y que nunca habría pensado en llegar hasta ESTA parada. Porque aquí, detenido, observo y escucho. Y lo más importante: sé. Pero no sé respuestas, no sé afirmaciones, no sé de lógicas, ni de argumentos tan profundos como ese tuyo de la espiral, con el que sin duda, me has dicho quién eres. Yo sólo sé cosas simples: lo que quiero y lo que no; lo que creo que es justo o injusto. Sé decir cosas como: “Te quiero”, sabiendo exactamente lo que deseo decir. No es mucho, pero dado el esfuerzo que me ha costado llegar hasta aquí (toda la vida, figúrate), pienso que ya es suficiente. En esta casa me retenía la última prueba, la de tu identidad, la del misterio que parece encerrar tu rostro, empeñado en desafiar leyes que

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desconozco por completo. Pero ya no. Me iré sin saber cuál es la explicación y sin embargo, ya no me parece tan importante porque sé cuándo deben acabar las cosas. No es mi tarea desentrañar tu milagro. Esteban no fue nunca nadie brillante, para eso ya vendrán otros. Bueno, parece que por fin, tras tantos años, hemos acabado esta maldita conversación. Iturrízar lo vio levantarse y por vez primera vio al anciano que dificultosamente se esforzaba en levantarse del sillón. Lo vio alejarse hacia la escalera con su espalda encorvada. “Debería usar bastón”, pensó. Esteban recogió algunas ropas y se encaminó hacia la puerta. Al paso, le salió la linda criada de falda corta que lo recibiera picaronamente. -Pero Esteban... ¿Se marcha? Era curioso, por primera vez lo trataba con ese reverencial respeto que logran causar los viejos en determinados jóvenes. La miró. Dejó la maleta contra una esquina y extendió una de sus manos hacia el trasero y la otra hacia las tetas. Palpó a la joven que, sorprendentemente, se ruborizó de vergüenza. -Qué buena estás, chavala. Recogió la maleta, abrió el portón y salió despacio.

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Un artículo publicado

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“Ginebra: f. Instrumento antiguo de percusión análogo al xilófono. // Juego de naipes. // Fig. Confusión. // Fig. Ruido confuso de voces”.

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Si algo caracterizaba al Reino de Umbría en el año del Señor 1213 era la proliferación desmesurada de monasterios. El fenómeno llegó, con el tiempo, a convertirse en un auténtico problema de Estado, ya que el setenta y siete por ciento de la población había decidido consagrar su vida a la Divinidad. El Reino de Umbría, en el norte más septentrional, se

caracterizaba por un clima áspero que los umbríos habían aprendido a sortear con el paso de los siglos. Casi toda su existencia como pueblo la discurrieron iluminados por la luz artificial y entre las gruesas paredes con las que se guarecían en auténticas fortificaciones destinadas a combatir al peor de los enemigos, el frío, pues otros pueblos rehusaban apropiarse de tan

gélidas tierras. En su artículo titulado: “Umbría, el frío como detonante cultural”, la famosa umbróloga inglesa Mary Anne Elisabeth Patchwork propone el frío como la causa que

favoreció el increíble desarrollo cultural del Reino de Umbría, así como el elevado porcentaje de vocaciones religiosas en torno a enormes monasterios. El frío, el enorme frío glacial, habría obligado a los umbríos a llevar una vida recogida, lo cual habría favorecido el gusto por la lectura, los estudios: “y de ahí a la vida contemplativa, llena de rituales, inquieta espiritualmente, devota de la austeridad y el enclaustramiento, sólo hubo un paso”1. Umbría, para el resto del mundo, se había convertido en la salvaguarda del espíritu, en la Gran Ciudad Monacal. Incluso en el Renacimiento, con la aparición del Estado Moderno la vida de lo religioso siguió marcada por las pautas establecidas por el antiguo sistema, el de la Gran Ciudad Monacal. Así pues, es fácil deducir que el Papado o incluso Lutero sólo representaron la cara pública de la Religión, pues hasta bien entrado el XIX “la cocina ideológica y espiritual se encontraba a salvo entre los muros de Ginebra, el gran monasterio de la capital umbría”2. La irrupción de los ískolos en 1348 trajo consigo la aparición de la enfermedad conocida como “mal de la sangre”. Las tribus ískolas la venían padeciendo desde siglos atrás, aunque su origen parece incierto hay quienes aventuran que el mal podría haber llegado a la península de Iskola en el 353 de nuestra era. Los síntomas: delgadez extrema, palidez de la piel, debilitamiento general y ensimismamiento. La enfermedad, no mortal, paralizó, no obstante, la

1

Patchwork, Mary Anne Elisabeth: “ Umbría, el frío como detonante cultural”, Cuadernos de Historia, volumen XXII, Bogotá, 1975.
2

Cukor A. : Luces y sombras de la religión europea entre los siglos II y XIX. La cuestión umbría, un factor determinante. Puerta del Sol Editores, Barcelona, 1999.

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actividad en occidente. Según los textos de la época sólo en Ginebra el 48 por ciento de los estudiosos y clérigos habría escapado al “cansancio atroz” que el “mal de la sangre” provocaba. Las consecuencias no se hicieron esperar. Los campos no se trabajaban, la administración se paralizó por completo, en los puertos, los cascos de los barcos se pudrían de abandono; en las ciudades la escasez de materias primas obligó al cierre de casi la totalidad de los talleres, aunque parece probable que esto mismo se hubiese producido de igual forma aun con el material de trabajo en los almacenes. Así pues, y como muy bien aprecia Lord Simpson: Europa se sumió en un profundo sueño del que tardaría en despertar y del que ya nunca se recuperaría”3 . Fue por entonces cuando comenzaron a fundarse las “hermandades”. Las hermandades ginebrinas en nada se parecieron a aquellas otras que se fundaron a lo largo de los siglos más oscuros. De hecho, todavía hay quien postula su inexistencia relegándolas al terreno de lo legendario, no obstante, existen pruebas fehacientes que demuestran su perpetuación hasta nuestros días. Lo cierto es que el fenómeno umbrío carecería de significado si no tenemos en cuenta las hermandades. Más claramente: La Ciudad Monacal, en realidad, era un conglomerado de hermandades entre las cuales no sólo fue frecuente el intercambio cultural, sino que éste fue el hilo que las unió a todas ellas formando una tupida red. Hasta no hace mucho, los estudiosos sólo habían podido ocuparse de la Ciudad Monacal en su globalidad, pero desde los años sesenta se viene haciendo hincapié en el estudio interno, en las relaciones de una hermandad con las demás. La tarea no resulta fácil, más si se tiene en cuenta que el hermetismo siempre fue un rasgo absoluto en cuanto a la articulación de las mismas y, sobre todo, en lo referente a su funcionamiento. Por decirlo de otro modo, el hombre corriente que vivió en la época del apogeo Monacal jamás percibió la auténtica trascendencia de Ginebra y el resto de monasterios vinculados a lo largo de toda Umbría. De haber sido así, el Reino hubiese perecido en cuestión de días y, con él, todo Occidente, sumidos ambos en una crisis de dimensiones apocalípticas. ¿Pero cuál fue el auténtico papel de estas hermandades? La respuesta podría hallarse en un dato histórico de mucho tiempo después.

3

Simpson, Donald: Europa entre tinieblas. Orbe, Barcelona, 1951.

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En 1815 el poeta Janos Simonius, en una carta enviada desde Londres a un viejo amigo, recuerda sus años juveniles en tierras simonitas. Por aquel entonces Simonia vivía una década de cierta prosperidad económica que se había traducido en un relajo de las costumbres criticada por los sectores más ortodoxos. Quizá fue esto lo que propició el levantamiento del general Kristaly, pero es difícil establecer una conexión entre este hecho concreto y las hermandades ginebrinas. Con la llegada de Kristaly al poder y su posterior coronación como Emperador, Simonia conoció una de las épocas más expansionistas de su historia, pero también una de las más ruines y nefastas. Las colonias anexionadas al Imperio Simonita fueron las primeras en sufrir los rigores de una cultura austera, restrictiva. Pero con el tiempo, los propios simonitas padecieron asimismo la crueldad del Emperador. En este punto resulta importante la lectura de la carta de Janos Simonius, ya en el exilio, en la que relata acontecimientos muy privados de su juventud. Lo realmente interesante se encuentra en datos desperdigados que Janos revela a partir de una historia de amor frustrada con una joven simonita de ascendencia ískola. La joven, de sangre noble, habría sido la víctima de un complot organizado desde el propio palacio imperial contra quienes conspiraban contra el régimen del dictador. Janos se lamenta por la pérdida y añade que las intenciones de la joven, lejos de cualquier altruismo, respondían: “como las de casi todo el mundo por aquellos días a un deseo de venganza, pues las ofensas, agravios y atropellos contra los suyos carecían de límite, iban más allá de lo que tiene término” 4. Sobre la joven mencionada pocos datos podemos aportar a parte de los ya referidos en manuales tan fundamentales en el tema umbrío como el de Pérez Pacheco o el breve pero apasionante de Strinberg. Ahora bien, su familia aparece vinculada a una de las hermandades ginebrinas más apasionantes, por desconocida. La hermandad de los Iulio podría haber desempeñado el papel de Hermandad Matriz de la que partirían las demás, pero esta hipótesis, sostenida por muchos, aún no es aceptada por la mayor parte de los críticos debido a la ausencia de datos que la corroboren. Aún a riesgo de perder rigor científico, nos inclinamos por reseñar la hipótesis de Dédalus Pedalo según la cual dos hermandades matrices enfrentadas habrían protagonizado los avatares ginebrinos. Pedalo postula en su teoría de “Matriz Negra, Matriz Blanca” este enfrentamiento entre (presumiblemente) la Hermandad de los Iulio (algunos se

4

Simonius, Janos: Cartas desde mi exilio, Espasa –Calpe , Austral, Madrid, 1989.

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posicionan a favor de la Hermandad de la A, otra de las más herméticas5 y la Hermandad de los Jorge. Esta última, bien estudiada, representa la defensa de los valores más benéficos, por decirlo de algún modo, y, por ello, es calificada como Matriz Blanca por Pedalo. Este teórico llega a defender la idea de un mundo dividido en dos partes bien diferenciadas, dependiente de la pertenencia, en menor o mayor grado, consciente pero incluso inconscientemente, de cada individuo a una de las dos. Puede parecer un planteamiento maniqueo, pero el estudio sociológico-histórico que lleva a cabo la Universidad de Toledo parece indicar que así pudo suceder. En cualquier caso, resulta sorprendente que el enfrentamiento entre dos Hermandades Matrices ginebrinas haya condicionado (y hasta dirigido) el curso de la Historia en Occidente. Pero quizá es la conclusión final a la que llega tras sus propias investigaciones y reflexiones lo que más asombra a quien se acerca a este osado erudito: hasta el último de los detalles que rodeaba a la vida de cualquier europeo (el estudio en territorio americano está en fase de desarrollo) quedaba, en última instancia, mediatizado por estas dos Hermandades. El éxito de un general, como fue el caso de Kristály, su derrocamiento; pero también la gloria o el repudio de un artista, y hasta el éxito personal de un simple cartero... La elección de una u otra situación escapa a nuestro saber, es decir, que no podría determinarse la causa última que los llevaba a actuar como finalmente solían hacerlo, pues si bien queda demostrado el carácter de la Hermandad de los Jorge, también lo es que algunas de sus “actuaciones” podrían considerarse como cuestionables, como es el caso de Edgar Allan Poe6. Pedalo justifica el abandono con que los Jorge castigaron a Poe (y hasta sus ataques) como una forma de crear al genio. El pacto tácito suscrito con la Hermandad habría condenado al humano a los peores rigores en beneficio del artista genial reconocido post mortem, algo de lo que, por supuesto, también se habría ocupado la propia Hermandad. El funcionamiento de las Hermandades, incluyendo la de los Jorge, su manera de proceder, aspectos concretos de sus actuaciones, sigue siendo, pese a todo, un auténtico secreto.

5 A pesar

de lo cual ha podido determinarse el origen de su curioso nombre y que pretende simbolizar los pilares sobre los que se sostenía el credo de la propia hermandad: la adoración de la figura angélica, su pensamiento extremadamente racionalista y su vinculación (aún por determinar y que está siendo objeto de numerosos estudios en la actualidad) con el mes de Agosto. La figura que los representa es Santa Ana.
6

Precisamente, los estudios sobre las hermandades en América se iniciaron al comprobarse la total vinculación de Los Jorge con Poe.

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Con respecto al siglo en curso, algunos quieren ver restos de las hermandades ginebrinas en ciertos círculos muy restringidos, pero lo cierto es que estos grupos señalados no son más que asociaciones sectarias de muy dudosa procedencia, más aún de intención, que nada tienen que ver con las que ocupan el centro de este artículo. Puede decirse que La Ciudad Monacal cayó definitivamente a mediados de siglo y que, en todo caso, alguna hermandad pudo subsistir hasta casi los años ochenta. No obstante, en la actualidad, puede considerarse inexistente todo vestigio de aquel pasado, hoy en día el poder lo ostentan otro tipo de estructuras.

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Gyorgy y Mánya

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Conoció a Mánya en medio del caos. Hasta aquel extraño día en que se produjo un inexplicable e imprevisto eclipse, la vida de Gyorgy había transcurrido como en el más plácido de los sueños: sin grandes altibajos, como las aguas de un mar tibio en calma. El día del eclipse, sin embargo, le ocurrió lo que a casi todo el mundo. Le pareció despertar de un letargo eterno pues todo él había existido entre las soporíferas y brumosas nieblas de la ensoñación. En el momento en que el cielo oscureció, sus ojos, los ojos de millones de seres, se abrieron para encontrarse los unos a los otros, para distinguir lo real de lo posible, de lo engañoso. Y vieron por primera vez más allá de las retóricas convulsas, de las filosofías deslumbrantes. Sólo vieron un tapiz dorado, entretejido de un material tan áspero como la paja, y supieron que el mundo, lo real, era así, era aquello. Muchos, como él, se asombraron al comprobar la desfachatez de sus propósitos, bien embalados en lujosas ambiciones con formas diversas: zapatos, televisiones, inútiles mudanzas que explicaran el sentido de la vida, cuando la vida era simple y llana, tan dura fuera de aquel mundo perfecto y de cielo oscurecido tras demasiada luz. Entre tanto desconcierto y pesadumbre él encontró lo que nunca había perseguido. Tan reseco olía el aire durante el eclipse, que su piel suave se le asemejó a un valle verde de fragancias. Oh, Mánya, perdóname por no haberte buscado. Me entretuve por banales caminos, carentes incluso de cualquier tentación. Me perdí desde el inicio. No sé por qué. Y es ahora, cuando la noche se erige eterna, que vislumbro lo verdaderamente importante: te vislumbro a ti. Oh, Mánya, sé que resulta estúpido pedirte esto, pero concédenos el tiempo necesario para amarnos como nunca antes ocurrió. Mira a tu siervo, a tus pies me postro, y te pido clemencia. Te pido tu comprensión. Falta la luz sobre la tierra, por eso imploro tu ternura, acaríciame el rostro, pues se me llaga de espanto. Calma mi espíritu convulso. Ya que la oscuridad es tal que sólo puede verse aquello que se desea, aleja de mí el temor, pues si no me es posible cerrar los ojos, pienso que veré espantos únicos sin fin. Y Mánya se le acercó y lo arrulló como a su hijo. Besó sus mejillas húmedas y su frente húmeda; y le dio calor, y lo arrastró hacia su propia luz.

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Todo cambió el día del eclipse, cuando la noche pareció inagotable de tan insospechada. Cuando la luz del sol bañó de nuevo los rascacielos de la urbe, Gyorgy, se encontró entretejido con el cuerpo desnudo de Mánya. La luz de los primeros rayos se colaba insistente a través de los cristales de una enorme ventana, a través de la cual, se vislumbraban las macetillas con unos desangrados geranios y la ciudad bullente de olvido. El viento arrastró el sonido de las campanas de la catedral junto con el murmullo de las gentes que charlaban por entre calles. El rumor lentamente presuroso de un tren sorprendió a las palomas apostadas en el puente. Y allí, al otro lado del río, se encontraba él, en un cuarto verde y lila, enredado fuertemente a Mánya y el inquietante ronroneo de un gato. Ah, qué giro tan impreciso tomaba su vida. ¿A qué era debido? En los últimos meses sentía la fuerte mano del destino escribiendo sus pasos con letras de fuego, pero se equivocaba. No había autor alguno que demarcara los límites, que estableciera las reglas, que dispusiera el universo a su antojo. Él no lo sabía, por tanto, aún ignorante, se bamboleaba de un lado a otro como el pájaro que intenta echar a volar por primera vez. Había que aprovechar ese momento, la inocencia, el desconcierto. Todo acabaría en el instante en que Gyorgy (por llamarlo de algún modo, pues desconozco su nombre) supiera que no hay autor al que buscar, pues el destino se fragua en el interior de cada uno y que, en todo caso, sólo en todo caso Aquél al que tan desesperadamente culpa y bendice; acusa de marcar su camino... No es más que un perseguidor. El que lee la historia que él mismo escribe... El proyecto Chagall se había puesto en marcha y todo discurría según lo previsto. Por otro lado, Gyorgy, el nuevo objetivo, respondía tal y como los psicólogos de La Compañía habían previsto. Nuestra querida Mányá lo envolvía en su delicada red con el mismo arte con el que nos sorprendiera en sus primeros papeles, así que la Comisión de Seguimiento dejó de entorpecer la labor del grupo Chagall, aún a riesgo de que la primera actriz se confundiera y dejara alguna de sus botellas de ginebra tiradas por alguna de las esquinas del escenario. Los del atrezzo intentaban mantener, pese a las circunstancias, la casa bien limpia, y sobre todo, que ningún objeto se hallara fuera de su lugar. Desde el edificio, situado en la Calle de los Peces, se recibían las órdenes aprobadas por el Consejo y firmadas por el Presidente.

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Sin embargo, pronto empezarían los mayores problemas, las preguntas de Gyorgy ante las casualidades, por ejemplo. Su aguda observación de que ciertos acontecimientos se sucedían con una cierta regularidad: una palabra dicha en un determinado contexto, que recordaba singularmente a aquella otra en cierta ocasión en que sucedió lo mismo, como si la circularidad moldeara las paredes de aquella casa que ya no le parecía muy real, pero en la que, paradójicamente, había vivido las sensaciones más reales de toda su vida. La Compañía sabía lo que había que hacer, pero el Proyecto Chagall se había concebido de una forma ambiciosa, la magia debía flotar en el ambiente. En cuanto Gyorgy mostrara síntomas de incredulidad habría que obligarlo, habría que forzarlo a que se sumiera de lleno en el artificio o bien a que abandonara la casa de inmediato. Los guionistas, tal y como avanzaba la trama, se inclinaban por esta última opción. Ante el paulatino agotamiento del objetivo, que ya no daba juego, proponían un desenlace rápido y sin consecuencias para la empresa. Una vez expulsado, Gyorgy les dejaría tiempo suficiente como para pasar todos los informes al Consejo y al Presidente para que se lo enviasen al Autor, cliente habitual de La Compañía. Posiblemente, dadas las características del ex objetivo, quizá recomendaran su adhesión a la empresa, aunque habría que observar detenidamente su reacción tras la salida al mercado el nuevo producto de El Autor, la cual podía ser de tres tipos: violenta, con lo que se pondría en marcha un plan de emergencia dirigido a estimular su confusión hasta los límites precisos, incluyendo, in extremis, la estancia en el pabellón rosado. Activa, mediante el mecanismo de Respuesta al Autor, con lo que se celebraría el ingreso de un nuevo miembro en La Compañía; o indiferente, con lo que el sujeto sería catalogado en la base de datos de la empresa siendo, así, susceptible de volver a ser utilizado como objetivo en futuros proyectos. Otro asunto, por completo distinto, atraía de igual manera a la cúpula de La Compañía. Lejos de los habituales problemas con autores, guionistas, creativos...Concernientes a la cuestionabilidad de las pautas a través de las cuales se desarrollaban los proyectos y que, en última instancia, afectaba a la propia empresa, los miembros de la cúpula habían detectado síntomas insurrectos que, si bien se habían dado de forma aislada, indicaban que una parte de los miembros numerarios comenzaba a plantear una cierta oposición o resistencia a las decisiones tomadas en lo más alto de la jerarquía. El tema fue tratado sobre la mesa blanca, sin

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una dedicación temporal más allá de lo que un simple comentario pudiera entretener, con la intención de no adjudicarle una importancia desmesurada. Sin embargo, las palabras se oyeron tan claras, las decisiones tomadas, tan tajantes, que, sin duda, parecían corroborar lo que los mismos opositores denunciaban. Era necesario impedir cualquier asociación de aquellos que mostraban sus discrepancias y, por supuesto, había que acabar de un modo inmediato, “extirpar” fue la palabra exacta, con las voces que sonaban más fuerte. El primer señalado fue el número diez, últimamente demasiado interesado en esclarecer la desaparición de la número 12, por supuesto, se recomendaba mantener al margen a aquellos más moderados para que su sola presencia no implicara a la Cúpula en el fuera de juego de los otros, por otra parte, los moderados siempre indicaban de qué lado soplaba el viento y beneficiaban el propio funcionamiento de la empresa, así pues se los mantendría felices y contentos dentro de su opción contestataria moderada. Alguien se interesó por la relación que había unido al número diez y a la número doce, pero se consideró oportuno posponer la cuestión para la siguiente reunión del Consejo.

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Dos documentos de la Compañía: El Informe del caso 0111/06 – Sz y una carta de despedida

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“Por la música, misteriosa forma del tiempo”.
Jorge Luis Borges (Otro poema de los dones).

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1 de Noviembre de 1998 Informe: Caso 0111/06 –Sz Estado: Archivado. Conclusiones: El Proyecto Seguridad 2000 resulta eficaz en la lucha contra el desorden dentro de la propia empresa. Garantiza la discreción en cuanto a los métodos y los resultados. Único inconveniente: deja al margen sujetos involucrados parcialmente para los que se creará un subapartado dentro del propio Proyecto Seguridad 2000. Historial: 23 de abril de 1994 Miembro de la empresa en observación por comportamiento indisciplinado: -Publicación de estudios abiertamente comprometedores. -Relación indeterminada con sujeto ajeno a los intereses de la empresa. -Manifestaciones públicas y reiteradas de disconformidad con el funcionamiento de la empresa. -Contactos al margen de lo profesional con uno ó más miembros numerarios aún sin identificar. Propuestas: -Puesta en práctica de nuevas medidas disuasorias destinadas al incremento de la seguridad dentro de las propias filas de la empresa. -Investigación de los posibles contactos mantenidos con el resto de miembros numerarios. -Seguimiento del individuo extraño al círculo de la empresa. -Contacto con I. 7 de mayo de1994 -Resolución de emergencia: aprobación del proyecto: Seguridad 2000. -Puesta en marcha: 1 de Junio de 1994. -Finalización estimada en 27 días. Proyecto: Seguridad 2000. Documento Clasificado. Perfiles: Sujeto Objetivo: Miembro numerario. 4 años de servicios a la empresa. Méritos adquiridos: máxima distinción alcanzada en el año 1991. Conducta indisciplinada a partir del año 1993. Rasgos psicológicos más llamativos: sujeto equilibrado psicológicamente. Posibles niveles de resistencia: elevados. Sujeto extraño: Empleado de biblioteca. Colaborador asiduo de medios de información. Edad 44 años. Estudios superiores concluidos. Aficiones: Teatro, Poesía... Rasgos psicológicos más llamativos: se aprecian ciertos desórdenes, individuo propenso a desarrollar trastornos de ansiedad. Posibles niveles de resistencia: no se observan más allá de lo considerado como estándar. Sujetos colaboradores: Matrimonio. Dieciséis años de convivencia. No se conocen desavenencias conyugales. Sin descendencia. Aficiones: viajes. Disponibilidad: Parcial. Rasgos psicológicos

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más llamativos: buena compenetración como pareja, sujetos equilibrados, cultos, se observa cierta dependencia del marido con respecto a la mujer, pero no parece determinante. Se muestran reservados en la entrevista. Argumento: Una joven estudiosa se ve acosada en su intimidad por cierto sujeto desequilibrado psicológicamente. Alterada también por sus compromisos sociales desarrolla ideas de persecución que la llevan a aislarse en su casa durante unos días. Decide anunciar a sus conocidos que parte en un viaje a la isla de Lanzarote (se escoge este lugar por sus claras referencias simbólicas). Encerrada en su casa descubre la auténtica realidad del matrimonio que convive en el apartamento vecino. La mujer, en colaboración con su propio amante, planea matar a su marido envenenándolo. La joven, incapaz de reaccionar ante este suceso, se convierte en observadora de lo que termina por suceder: la mujer, engañada, muere a manos de su propio amante en connivencia con el propio marido. La joven se suicida. Propuestas: Aumento de horas de trabajo para la empresa a cambio de buenos incentivos durante los días señalados para el desarrollo del proyecto. Contacto con empresas al margen (para las que el objetivo trabaja en su vida pública, al margen de la empresa) para que lo requieran también durante los días clave. Instalar psicológicamente la idea de viajar a Lanzarote en el sujeto objetivo a través de: Medios de Comunicación. Referencias implícitas de otros miembros que colaboren estrechamente (estos no deben ser informados de manera total, sino sólo parcialmente). Colaboración de “miembros libres”. Lugares de encuentro con los miembros libres: Zapatería Ausente. Librería La Media Luz. Mercado de La Calle de los Sifones. Consultorio Psicológico: Pérez Ruiz. Enviar al matrimonio vecino a Lanzarote: Se proponen los siguientes medios: Concertar con su empresa un viaje de negocios. Premio de algún sorteo. Sustitución del matrimonio vecino por miembros libres de la comisión de Seguridad 2000. Fecha de sustitución: coincidente con la fecha propuesta por el objetivo para su propio viaje. En caso de imprevistos: véase el Apéndice I. Datos económicos: véanse las actas clasificadas año 1994. Mes Octubre.

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Documento XXVI Tipo: ( C ). Querida Mányá: Esta carta pretende ser la despedida a la que no puedo enfrentarme. Gracias por brindarme luz en momentos de tiniebla, por la puerta de tu casa, que siempre fue blanca. Por la ventana de tu casa, impoluta y blanquecina como la puerta... Por tu alma, teñida de esperanza. Por tu infinita memoria y la virtud de poner cada punto y cada coma en su lugar, ordenados ambos por orden alfabético. Por tus regalos, siempre tan insospechados de imprevistos, por tu dedo índice que siempre ordena las rutas de mi camino, por tu voz con la que renazco cada mediodía, por tu paciencia infinita para escuchar, por cada nuevo rostro con el que me despiertas. Por ese gato que nos observa desde el alféizar, por el azul triste de tus ojos, por cada barra de pan que me traías a la una y media, por cada carta que me enviaste desde aquí hacia aquí, por cada viaje que no conocimos, por cada intento de hablar contigo sin tartamudeos. Por aquel ruego que abandoné en una bandeja de plata, frío, y que me robaste avariciosamente amorosa. Por el amuleto y sus inscripciones, siempre en el reverso. Por aquella música que no sonó, y que acaso fuese la más melodiosa. Por la punta de tu lengua, por la punta acuchillada de tu lengua. Por la última lágrima que derramaste y el último grito, tu último odio, alegría más inmensa y gozo más íntimo, por esa sonrisa enigmática que siempre supe entender y nunca descifrar. Por Aquel que te trasciende y ordena... Por el tiempo, misteriosa melodía en silencio.

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El ama de llaves

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Cuando llegué a esta casa aún no era consciente... Me equivoqué. Ingenuamente había creído que entraría en un lugar, pero qué distinto es todo ahora. Por fuera las cosas siempre parecen distintas. Son distintas. En esta ciudad, construida, sin duda, por mentes perversas, todo parece tender a lo circular. Desde las calles, círculo concéntrico tras otro, hasta las mentes y vidas de quienes aquí viven. En una ciudad cerrada en sí misma, cuyas murallas visibles permanecen abiertas, pero de corazón resguardado tras gruesos muros, uno se adentra en ella con la inocencia de quien cree sólo en aquello que es observable. En el aire se pueden respirar aún viejos tufillos a alcanfor y aroma de lavanda que, dicen, vienen del pasado, un pasado ignoto, en lo que a mí concierne, al margen de la Historia, y que se reavivan cada primavera. Por la Gran Avenida se llega a esta casa, que, si mal no recuerdo posee un aspecto señorial, como un palacio decimonónico. A través de la verja pueden intuirse los jardines y las fuentes. Todo el mundo sabe que aquí vive Jaime de Iturrízar, el famoso escritor. Y todo el mundo sabe que aquí siempre hay mucha gente. Todo el mundo sabe todo... Yo llegué por la mañana... Quizá no. Quizá llegué en una hora crepuscular y rojiza. Tal vez me refugié por casualidad de una pavorosa tormenta nocturna... No sé, los recuerdos me confunden, se me confunden. Es esta ciudad. Uno tiene la sensación de asistir una y otra vez a los mismos acontecimientos con ligeras variaciones. Llevo ya mucho tiempo aquí y siento que he envejecido, aguardo, tan sólo, a que el número de variaciones sea el suficiente como para asistir al gran acontecimiento, el instante único en que todo saltará por los aires, Dios me dé fuerzas... A lo que iba. Yo llegué por la mañana, y escojo la mañana por ser siempre el comienzo de lo porvenir. Como siempre sucede en estos casos, se trataba de una mañana soleada, por

primavera. Mis pasos resonaban por la Gran Avenida, aún era temprano, y me detuve frente a la verja. Apoyé mi maleta en el suelo y comprobé la dirección. Había llegado a la Casa. Me salió al paso un hombre de cierta edad y que, al parecer, se iba. Luego supe quién era y por qué había dejado la mansión. Luego conocí a más viejos que vinieron y se fueron. Acaso siempre el

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mismo viejo que iba y venía sin saber, antiguo dueño de la casa, de mente frágil, al que se le permitían estas excentricidades con la mayor de las dulzuras... Acaso, no sé, a veces pierdo el hilo, otras lo retomo y el dibujo me sale al revés. Son las desventajas de estar tan sola. En la casa siempre había mucho ajetreo, todo el mundo iba siempre con prisa de allá para acá, y en medio de todo el concierto, él: Jaime de Iturrízar, como director de una gran orquesta ordenaba, disponía, delicadamente mostraba a los nuevos cómo se debía realizar un buen trabajo. Yo, al principio, me desenvolvía muy mal, para cuando conseguía llegar a la cocina ya la mesa había sido dispuesta hasta el último detalle. El resto de la servidumbre me miraba de reojo, cuando no mal y estas desconsideraciones aumentaban mis inseguridades con lo que cada vez me sentía más a disgusto, y hasta pensé en marchar. Pero cuando el señor me descubría agazapada en un rincón, toda llorosa, me obligaba suavemente a levantarme y me decía: “Ya aprenderás”. Pero yo, por mis adentros, pensaba: “No quiero, no quiero aprender a sonreír como lo hace Frigia”. Frigia no era cocinera. A veces se ocupaba del mantenimiento de las habitaciones, pero, por lo general, prefería las labores del jardín. Siempre andaba quitando animalitos de un lado para otro, para que no se comieran las flores del señor. Conmigo siempre fue muy amable, pero a ciertas horas del día se le podía descubrir una mirada por debajo de sus enormes y negras pestañas que le erizaba a uno el vello. A medida que la noche la iba cercando comenzaba a perder el juicio y decía cosas inimaginables que a mí me hacían sonrojar, y que enfurecían al señor. Un día desperté sobresaltada. Su mano se había colado por debajo de mi falda y ascendía sigilosa por el interior de mi muslo. Aterrada, grité. Pero pronto se me pasó el susto. Al miedo lo precedieron la calma y la seguridad de tener a Frigia en mis manos. A partir de entonces nadie en la casa consiguió amedrentarme. Y poco a poco me fui haciendo respetar y admirar en la Mansión. No pasó mucho tiempo hasta que me llamó el señor para decirme que su casa quedaba a mi cuidado. Ahí empezó mi gloria, y mi declive. El propio cargo me obligaba a cierto aislamiento con respecto a mis subordinados, pero jamás había supuesto las consecuencias que aquello me acarrearía. Las cosas se ven de manera muy distinta al otro lado. Cuántas cosas habían cambiado desde que llegara aquella mañana radiante de luz con mi maleta. Comprendí que era ahora cuando por fin había atravesado la verja, en realidad. Lo supe el día en que me di cuenta de que no había ni un rincón, ni un solo

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sonido, ni una voz, ni un solo secreto de aquella enorme casa que yo no conociera, que no reconociera. Si una de las nuevas hablaba en el piso inferior, yo sabía quién era. Si alguien abría el cajón de la cómoda yo no la confundía con ningún otro mueble, ni con ninguna otra cómoda (me refiero, por supuesto, a la cómoda del señor). En mi soledad, aprendí a acariciar la porosidad de las paredes, a adivinar quién se acercaba por el pasillo del ala sur aprovechando, como los pájaros en su vuelo, las corrientes de aire. Las llaves emitían un sonido claro y marcial en mi regazo, y siempre pillaba desprevenidas a las sirvientas de rumoreo en rumoreo con la frialdad metálica que ya asomaba azulona en los surcos de mi mirada. Así supe, un día, que en aquella casa sólo habitaban sombras. Recuerdo aquel instante: cerré los ojos y lo vi. Todo estaba en silencio. Nada en el jardín (ni siquiera en las fuentes), nada en los salones. Ni en la cocina. Ni arriba ni abajo. Los muebles se miraban unos a otros con la extrañeza opaca de los muertos. El corazón se me fue acelerando de desolación, como cuando uno se queda a solas en un teatro vacío. A través de la ventana vi a Jaime de Iturrízar cruzar los jardines en busca de la salida. Entonces se detuvo presintiendo que yo lo observaba desde el caserón y se giró en redondo. Por eso supe que no estaba loca. De nuevo tuve la impresión de atravesar la verja de la entrada, con mi maleta y mi pañuelito en la cabeza, tan joven era entonces, pero esta vez, de otra manera, como si los barrotes me atravesaran el alma. En esta ciudad, todo parece condenado a repetirse una y otra vez, eso sí, con ligeras variaciones que yo observo encerrada en mi Mansión. Aquí vive Jaime de Iturrízar, el famoso escritor, todo el mundo lo sabe. Todo el mundo sabe todo. Yo sólo espero que tras tantas semiesferas, tras tanto encadenamiento, se produzca el milagro, la gran variación, el giro absoluto que haga estallar el universo en millones de pedazos y que se expandan sin límite, más allá de donde ya no sea posible la unión jamás.

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Un adelanto editorial O Una declaración de intenciones

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LA ESPIRAL DE LAS LETRAS UMBRÍAS
Revista literaria. Nº 50. 19 de Agosto de 2001.
La historia de cómo Jaime de Iturrízar alcanzó el éxito en el mundo de las letras no resulta desdeñable. Hoy en día estamos hartos de conocer la trayectoria de su carrera a partir de la publicación de la famosa saga de su héroe más internacional: Augusto Riveira do Campo. Pero hasta que Augusto llegó a la vida de Jaime, la vida del escritor discurría de una forma muy desconocida para el gran público. Sólo ahora, y por insistencia de sus editores y más allegados, ha decidido publicar sus memorias. En estas páginas les adelantamos el comienzo del que será sin duda el libro más vendido el próximo otoño.

De cómo quise ser artista y resulté escritor: capítulo 1.
Yo siempre quise ser artista, como casi todos los niños alguna vez en su infancia. El simple hecho de ser admirado por comunicar al mundo algo que parece provenir de las estrellas siempre me pareció fascinante. Ya de muy joven mi inclinación por la poesía (como todos a esos años) hizo que mi padre se sentara una noche en el porche de casa para “hablar muy seriamente” sobre mi futuro. Mi padre habló largamente sobre la seguridad, sobre la seriedad y sobre la abogacía. Sin duda alguna deseaba hacer compatible mi facilidad para la oratoria con alguna vocación noble y que nos reportara beneficios. Pero yo apenas lo escuchaba. Lo miraba en silencio con el arrobo de quien se muestra tímido y cohibido ante la reprimenda paterna, pero en mi alma bullía la rebeldía contestataria de Rimbaud. Más indulgente se mostraba mi madre, pero sólo cuando los pasteles le salían bien. Entonces, yo me aproximaba cauteloso y aprovechaba para largarle algunos versillos que la ponían bien contenta. Por el contrario, procuraba no mencionar letra alguna cuando por el descansillo de la escalera se percibía un ligero tufillo a quemado... Obviamente, al terminar mis estudios de bachiller me matriculé en la universidad para ser abogado, pero las clases no me importaban, qué me iban a importar. El aula magna, con su austeridad patibularia me hacía retroceder para tomar el camino hacia “El foso de los leones”, una pequeña estancia en la que se reunía el grupillo de literatos y verborreicos de este nombre, y que me propiciaron las más gratas delicias. Verme allí con gente tan afín a mis inquietudes, con las mismas tribulaciones lingüísticas y casi los mismo sueños me hizo pensar que quizás se aproximaba la hora de enfrentarme a la tutela paterna en defensa de mis ambiciones.

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La reacción de los míos no se hizo esperar. Tampoco fue una sorpresa. Sobre todo al reparar, a posteriori, claro, en el tufillo gris que me sorprendiera al doblar la esquina, unos metros antes de llegar a casa. Unas horas más tarde salía por la misma puerta con olor a pudding de cerezas calcinado y una maletilla en la que me llevaba más bien poca cosa, la verdad, pero que yo consideraba suficiente para empezar el largo camino a la gloria. Cuando llegué a la capital y vi todo aquel marasmo de gente corriendo de un lado a otro, en pleno frenesí existencial, me desbordó un entusiasmo claro. Me rebosaba la dicha aventurera y un extraño sentido del cosmopolitismo. Decidido a emular a los más grandes me lancé a la vida como quien descubre ser pez y se tira al mar. Así, durante las primeras semanas, incluso meses, adquirí mis conocimientos de poeta a través de experiencias llevadas hasta su último extremo. Pero, al cabo, todo acaba por cansar, qué quieren que les diga. Sobre todo porque descubrí un fascinante día que las musas rehusaban dejar su impronta en mí, acaso por la hediondez de mi aspecto o la oscuridad mugrienta de mi guarida. Así que mi voz ya no exhalaba perfumadas rosas, ni mi alma emanaba claros atardeceres bucólicos, los claros atardeceres me los pasaba llorando, pero no por la amada perdida, aún por encontrar, sino por el pan, algo, sin duda, mucho más prosaico. Debo añadir que sí, que ella apareció no mucho después de que yo iniciara mi reconversión al mundo civilizado, y que tras una sórdida y apasionada historia de amor me dejó, como suelen hacerlo todas las actrices de baja categoría, por el guionista de un espectáculo de cuarta en el que aspiraba a trabajar con el papel de protagonista. Cupido me había dejado completamente desahuciado, con el culo al aire, pero con los ojos abiertos y los oídos bien atentos. La poesía se abría camino por entre los rescoldos, que, debo reconocer, aún quemaban lo suficiente como para producir dolor. En esas estaba cuando conocí a Augusto. Augusto vino a mí cuando ya no me quedaba nada ni nadie, mientras reposaba con placidez en un hotelito en las montañas, propiedad de un pariente lejano. La visión del paisaje natural me trasladó intelectualmente hacia la ciudad y ya luego de recuperar las fuerzas perdidas no tuve más remedio que trasladarme de nuevo allí. Pero Augusto, convertido en mi sombra desde hacía ya varios meses y sin remedio, según varios inquilinos con los que compartí charlas eternas en el balconcito semi-alpino, como si de monjes en el claustro nos tratáramos, ocupaba un espacio tan inmenso en mí que ya no quedaba hueco para las musas. La poesía también había hecho las

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maletas para abandonarme, que ya se sabe que una vez que el Niño Ciego te abandona a tu suerte, parece inevitable la llegada del Escritor. Fue así como me presenté, un lejano día, ante la puerta de la Editorial San Jorge para pedir trabajo. Tras atravesar los umbrales de la Santa Casa de la Edición en nuestro país, hablé con un encargado de última fila a quien le presenté a Augusto. Ambos se estrecharon la mano, como quien dice, y el contrato quedó firmado. Cuando salí de allí observé que Augusto adquiría más relieve al tiempo que yo me indefinía, y supe así varias cosas: la primera, que alcanzaría el éxito. La segunda, que acababa de vender mi alma al mismísimo diablo, subestimado en esta ocasión al verlo aparecer de mono azul, y que yo no era artista; sino escritor. A partir de ahí la cosa fue como ustedes ya saben, aunque no todo se desarrolló exactamente como se ha dicho, así pues, prosigo con mis memorias. El lector deberá disculpar mi tendencia innata a la melancolía, rasgo que, sin duda, procuro evitar en mis novelas pero del que no logro zafarme en este primerizo intento por desnudarme ante mi público. Los primeros años de trabajo fueron duros porque Augusto se negaba a adquirir el talante preciso para llegar a ser quien debía ser. Muchas noches de insomnio, de días enteros de insomnio y ansiedad, de interminables esperas (como el muchacho impaciente) y mi Augusto o no llegaba o lo hacía tarde; en estado deplorable, la mayor parte de las veces. Y yo me preguntaba si aquello merecería la pena, tanto castigo por intentar sacar del agujero a aquel desdichado maltrecho e informe, tantas penurias y decepciones con un medio hombre, vamos, un medio personaje. Pero, en ocasiones, sus ojos parecían adquirir una extraña fosforescencia casi clorofílica, y la fe me removía todas las montañas. A partir de ahí mi comportamiento se modificaba hasta el extremo de parecer un niño, tal era la alegría inmensa que llegaba a embargarme. Con suerte, estos períodos resplandecientes se prolongaban durante una semana y media, tras la cual, mi querido Augusto me volvía a las andadas. Pero así transcurrían los meses y mis entregas a la editorial se reducían a meros catálogos de novedades, redactados en un idioma vespertino, mal encarado y con cierto tufillo a alcohol de trasnoche mal pasado. Hasta que un día vi salir a Augusto por la puerta de mi casa con una maleta en la mano. Cruzó el patio mohoso y oscuro lentamente, quizás esperando a que yo, en un gesto de debilidad, me asomara por el ventanuco de mi prisión para implorarle que volviera. Pero a esas alturas yo ya estaba

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más que resacoso y lo dejé avanzar hasta la portezuela roñosa, junto a la carretera nacional. Antes de salir golpeando con gran estrépito la portezuela miró atrás y al verme impávido en la negrura de mi cobacha, observándolo con total desinterés, le arreó una soberana patada a un gato escuálido y medio tiñoso que se le acercó a mendigar unas migajillas. Cerró la puerta y el estrépito se confundió con el alboroto del teléfono: la Editorial San Jorge quería hacer famoso a Augusto. Lo quería en todas las librerías, en los supermercados, en las panaderías y bares, en los hoteles de mala muerte y en los de alto postín. Lo quería en las noticias. No, no, en las noticias culturales. En las de sucesos. Querían desconcertar, no, querían engañar, acercar el personaje a la gente, hacerlo real. No sé cómo. Pero cuando llegué a la editorial Augusto estaba allí. Encima de la mesa. Yo mismo lo había escrito, corregido, enviado... Cuatrocientas páginas de deslumbramiento pleno, absoluto... Como me dijo el editor. Un mes en una clínica de rehabilitación: comer, dormir, jugar al ajedrez, mirar a las nubes, aprender normas de urbanismo (¿?), ensayar entrevistas tras el postre de las dos. Cómo llevar un traje chaqueta sin parecer un saco de patatas, el cigarrillo entre mis dedos, la pluma entre los mismos dedos. Un mes después se comenzó con el arreglo del aspecto, la indumentaria, las pruebas fotográficas, la búsqueda de una mansión aceptable, la presentación a todos los medios oficiales. Listo. Después, una vez de que yo (sin haber publicado ni una triste A) ya fuese el escritor más afamado y reconocido del universo se presentó a Augusto. Pensé que vendría cabizbajo, que ante el público se mostraría débil y sumiso, una vez aceptado mi éxito. Pero no. Vino fuerte, interesante, misterioso. Como un prodigio. Y se convirtió en un best- seller. Ya saben, uno de los más vendidos... Se preguntarán el motivo de estas memorias mías... El motivo es que la semana pasada decidí acabar con Augusto. En algún lugar. En alguna parte del mundo alguien dejará de existir. Se llama Augusto Riveira do Campo. No sé si lo que estoy haciendo ahora participará de su complicidad, querido lector. Escribo estas líneas a sabiendas de que mis decisiones, mis soluciones o mis finales, quizá no son del gusto de ustedes. Pero qué le vamos a hacer. Como ustedes pueden comprender ya es hora de que Jaime de Iturrízar comience a regresar al espacio que hace muchos años dejó. Para ser eso necesitaré, obvia e imprescindiblemente, me temo, que ser escandaloso. Resulta difícil expresar mediante palabras... Pues cada palabra siempre resulta una puerta de entrada y

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de salida. Más aún: la entrada, la experiencia, la conclusión y la salida. El tiempo se detiene en cada palabra. Se suspende. Muere. Y con cada palabra se reinicia la vida. Cada palabra expresa lo mismo: mis-mo. Y si vuelvo a decir: mis-mo. Pero ya no es igual. No es lo mismo. Siga, lector. Siga el rastro de cada palabra porque en cada una de ellas está contenida la misma historia de siempre, pero con una vuelta de tuerca que la hace nueva e imprescindible, como una larga espiral: hacia atrás y hacia adelante, como todo en el universo. Pero Augusto siempre careció de poesía. Siempre fue un individuo poco sutil, muy concéntrico, él, a pesar de mirar siempre de cara al futuro. No sé si estas deliberaciones mías pueden considerarse justificaciones, que así lo quisiera, pues no pretendo comportarme como un desalmado, más aún, un irracional, sobre de todo porque los estimo a ustedes. Ya comenté en el principio que yo, de niño, quería ser artista. Ahora que ya probé la vida, quisiera recoger velas, apagar la luz, volver a casa.

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La isla de Babel O La muerte en Ginebra

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“¿Qué se ve en un espejo que se mira en otro espejo? ¿Lo sabes tú, Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados?”.
Michael Ende (La Historia Interminable).

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-¡Monipenny, necesito un mapa! La puerta se había abierto bruscamente. Los papeles se revolvieron a causa de la corriente de aire y la ventana osciló con intenciones de estrellarse contra su propio marco. Lentamente, Monipenny alzó los ojos por encima del borde de la mesa. -Pero,¿se puede saber qué haces ahí metida? -Recogía unos papeles caídos en el suelo. Ahora tendré que recogerlos todos...¿Qué quiere? -Necesito un mapa de Umbría. -Me temo que deberá esperar, entre todo este revuelto debe de haber uno, pero a saber dónde. No debería entrar así, me ha asustado. Aquí, aquí está tome. Y cierre lentamente la puerta cuando salga, por favor. -Gracias. Una vez fuera, Augusto Riveira do Campo desplegó el mapa sobre el suelo de su oficina. Eran las dos y media, pero aún ni pensaba en comer. Buscó con los dedos, entre las arrugas de celulosa un punto: Ginebra, capital de Umbría. Se giró pensativo hacia el reloj. -Es como buscar a una hermosa mujer, ¿sabes? Pero el reloj continuó con su obsesivo pendular sin emitir una sola palabra, un leve crujido... “El tiempo es el más terrible de los jefes”, pensó. Por fin encontró el punto exacto, el enclave de la ciudad. ¿Debería viajar hasta allí? No le apetecía demasiado. Se dice que los viajes por Umbría, a veces se prolongaban, y él... Miró de nuevo al reloj. -Lo siento, mi sargento. Quizás no... –revoloteó un instante su mano- ¡bah! Recogió el mapa, su gabardina, el sombrero y una minúscula maleta. -¡Monipenny! Y de nuevo se reprodujo el estrépito. Monipenny lo miró airada desde su mesita enclenque. -Lo siento... Me marcho. -A ¿Umbría?

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-Eso me temo. Monipenny consultó su reloj. -Tiene poco tiempo. -Lo sé. -Vaya saliendo, llamaré a un taxi y le reservaré plaza en el vuelo de las tres y media. -Vuelo de las tres y... ¿media? ¿Viajas mucho a Umbría? -Conozco los horarios. Augusto salió sin cerrar la puerta, como un vendaval, tras él, lenta y cansina, Monipenny avanzó resignadamente para hacerlo. De nuevo miró su reloj. -Corre, que no llegas. Algún día el reloj del despacho de Augusto dejaría de sonar. No se puede tener un reloj tan viejo. Por supuesto, la puerta de embarque se cerró nada más pasar él. Llegó sudoroso, crispado, con el mapa saliendo de su bolsillo, la tripulación le da la bienvenida. -Buenos días. -Buenos, buenos. -Ocupe su asiento, por favor. -Sí, sí. El vuelo iba a comenzar. Una azafata repartió los periódicos entre el pasaje. Augusto mostró interés por la lectura de alguno de ellos, sin embargo, el número de ejemplares no fue suficiente y se acabaron justo cuando le llegaba el turno. A cambio, se le trajo un libro que aceptó como si de un segundo premio se tratara.

“Creatividad. La canalización de las experiencias reales llevadas a lo fantástico”.
El avión comienza su despegue.

Imagine que la realidad es como un mapa. En este libro se da cuenta exacta de cómo aprender cartografía, pero no en su sentido literal. Si quiere ver 194

más allá de lo que le sucede a usted mismo, si quiere comprender al ser humano en su conjunto: su creatividad puede ayudarlo. Sólo debe rastrear, observar cada experiencia del día, tender los oídos a otros y unirlo todo ello. Como hacer un mosaico. La cartografía requiere tiempo. Suele ofrecer más aventuras de las precisas y no siempre el mapa resulta todo lo afinado y exacto que uno pretende.
-Como realizar una investigación.

Como realizar una investigación.
Augusto se sorprende. Mira a su alrededor.

Se trata de unir las pistas y construir un mundo al margen (aunque no independiente) del nuestro propio. Esta función beneficia nuestro cuerpo y mente, nos limpia, nos vacía el inmenso hueco de nuestro inconsciente lleno de palabras, imágenes y experiencias que recogemos queriendo o no al cabo del día. Lo nuestro y lo de los demás. Vacíese. Sólo se trata de unir los puntos. Como un juego infantil. Así, cuando vea el mapa, se sorprenderá de lo nítida que es el alma humana. Lo bonito y claro que es el espejo. Admire su rostro en él. Después, podría regalárselo a un buen amigo, o quizás venderlo, depende del tipo de persona que usted sea.
-¿Desea beber algo, señor? La lectura se veía bruscamente interrumpida por la azafata. Dispuso la mesita en su lugar y aceptó el escaso menú que la compañía aérea le ofrecía. Quizás no tuviese tiempo de comer nada en Umbría. Había que estar de vuelta en casa pocas horas después. Tras la comida decidió repasar los informes del caso. La azafata se acercó de nuevo sonriente y recogió el libro del asiento de al lado en el que Augusto lo dejó al encontrarse vacío. Sintió que se le esfumaba una oportunidad. No sabía cuál exactamente, pero no se le había ocurrido que aquello sucediese, que la azafata, al ver su poco o nulo interés por el libro, se lo

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llevase, así, como algo habitual. Le extrañó sobremanera aquella actitud. Luego, la joven se acercó a un asiento cercano y se lo ofreció a otro viajero. Qué raro. Entonces recordó el acento peculiar de la azafata y dedujo que sería ginebrina. Atribuyó a este hecho la rareza de su conducta. Dotar de sentido a cada cosa. Parece que el ser humano siempre tiende a esto. ¿Y si no hay sentido? ¿Y si ese es todo el sentido que cabe esperar? Pero no. Ahora debo encontrar un significado entre tantos papeles, como el mapa del... libro. No tanto por mí como por quien me contrata. Sería absurdo decir que me pagan por hacer esto, pero es que es la verdad. Por ello. Por encontrar el sentido de las cosas que no parecen tenerlo. Esto es como partir a la guerra. El uno de octubre del presente año llegó a mi oficina un sobre. Este sobre contenía una carta. Pensé que, al ser detective, alguien pretendería contratar mis servicios, ya se sabe, una desaparición, una muerte, algo que buscar. Pero no.

Estimado señor: Me pongo en contacto con usted tras años de búsqueda infructuosa. Verá, aunque usted no me comprenda y, aunque le parezca increíble, llevo aproximadamente, siete años buscándolo. Disculpe que no le exponga ahora mis motivos. Más adelante se los haré llegar.
Nadie la firma. Qué curioso. Alguien me busca. A mí. A un detective. En Umbría las cosas se habían puesto interesantes, el ambiente se había caldeado en los últimos días. Según me enteré en la Cafetería Vikingo´s un gran escándalo había saltado a la prensa del país y constituía la comidilla de todo el reino. La estafa de un gran ideólogo, muy

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admirado, había supuesto un mazazo para los idealistas y un regocijo para aquellos acostumbrados a manejar los asuntos más escabrosos. También a mí me sorprendió el asunto, no puedo negarlo, y algo había en todo aquello que me llamaba poderosamente la atención. Aquel no era un tipo de esos, qué raro. Ni que decir tiene que no me detuve a pensar en esto pues otros eran los asuntos que me habían llevado hasta aquel país desconcertante. El camarero no trajo jamás la cuenta y, al marchar, me despidió con una palmadita en la espalda. Así es este lugar. La gente se comporta de forma curiosa y uno no sabe a qué atenerse. Sólo caben las sospechas.

“Ginebra. El origen de todo se encuentra en Ginebra. Cuando era niño mi madre solía narrarme las fabulosas historias del Rey Arturo y los amores de Lanzarote y la Reina Ginebra. ¿Las conoce usted, señor Augusto? Es una historia de infortunio y adulterio, de honor y destino. Creo que el nombre de Ginebra se grabó en mi mente infantil a fuego. Desde entonces mi vida tomó un rumbo determinado por él. A la edad de catorce años tomé conciencia clara de que debía investigar mi atracción por algo que iba más allá de un mero nombre, pues algo en mí me indicaba que no todo había comenzado en aquellas tardes junto al fuego del hogar en que mi madre tejía y destejía el hilo de las hazañas de los caballeros en busca de la Santa Copa. Creo que alguien me recomendó hacer un viaje ya cuando tenía dieciséis años, pero yo aún me vi tan jovenzuelo que ni me planteé semejante desorden, aunque tomé nota. Como de muchas otras cosillas, ya lo creo, qué edades, ¿verdad, Augusto? Sólo tres años
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después me vi con fuerzas, aunque pienso que esta percepción mía fue una equivocación fomentada por ilusiones de grandeza, ilusiones de ser un hombre, de no ser yo. Fue así como me embarqué en una aventura rocambolesca que salió mejor de lo que yo mismo hubiese podido imaginar, pero cuyas consecuencias aún me persiguen. Es ahora, a posteriori cuando me doy cuenta de que no todo lo bueno a primera vista acaba siéndolo realmente. En fin, cómo le diría yo...Quizás deba contarle cómo llegué a la ciudad en la que ahora se encuentra, casi con toda probabilidad. Así que, espero que me permita abandonar la epístola para comenzar la narración”. Ginebra era para mí lo que para un joven enamorado su primer amor. Cada noche, le dedicaba mis esperanzas e infortunios, mis

plegarias, mis deseos más íntimos... Todo se lo confiaba a aquel amargo licor de mujer lejana y distante, fría y embaucadora. Ahora me pregunto si toda aquella atracción no sería sino sólo mi propio deseo de mí, un narcisismo egoísta y patético o si una falta, un profundo hueco vacío e insondable dejado como una impronta indeleble en mi alma de niño. El caso es que aquella ciudad tenía para mí ya casi una figura tangible y viéndome liberado de mis
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ataduras escolares, viéndome tres pelillos en mi barba imberbe creí estar preparado para acometer un abordaje sin precedentes, por lo que a mí se respectaba, al menos. Me lancé en cuerpo y alma al abordaje de mi musa. Nunca había supuesto lo que me acarrearía salir como lo hice de mi casa con algo de equipaje, no mucho, ciertamente, (pero que yo valoraba como un tesoro...) dejando a mi padre y a mi madre descompuestos y compungidos, en una palabra, deshechos e ignorados. Me planté casi como un general de mil ejércitos a las puertas de las descomunales murallas, ya curtidas por el paso de los siglos, y que a mí se me antojaban más hermosas si cabe ante los innumerables resquicios de sus piedras, las ondulaciones y los ángulos bien marcados, el reflejo del sol en sus almenas. Así, por sorpresa, como por imperativo, con arrogancia de quien se sabe violador de oscuras intrigas y deseos inhibidos, tan seguro de mí. Pero, ay. Traspasar aquellos muros sólo me trajo desconcierto e innumerables pesares que relataré después. “Lo supongo a usted ahora mismo frente al exacto punto donde dejo mis desventuras bien descritas”.

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Una vez instalado en el Hotel El Manso, donde conversé con su dueña, doña Pura, procedí a ordenar el resto de mensajes, que no sólo eran cartas pues también había recortes de prensa, páginas arrancadas de libros, hojas sueltas y mecanografiadas con definiciones. Un sin fin de documentos enviados de forma dispersa por la misma persona.

Diario El sol y la Luna de Umbría
1 de Noviembre de 1998 A las 12 en punto del mediodía, en la calle de los Peces, se han encontrado los cuerpos sin vida de un hombre y una mujer, según parece un matrimonio. En un principio se pensó en un crimen de tipo pasional, pero la policía ha encontrado pruebas que pueden cambiar esta hipótesis pues en el domicilio contiguo al de la pareja muerta se ha encontrado a una tercera persona, cuyos datos no se han facilitado a este medio, en deplorables condiciones debido a un encierro voluntario cuyas causas aún se desconocen pero que apuntan a un evidente deterioro psíquico de esta persona. A pesar de que los investigadores no han querido adelantar ninguna opinión resulta obvio que el testimonio de esta persona resultará crucial para determinar las causas del asesinato. Fuentes no policiales consultadas por nuestro periódico informan de la posibilidad de que el propio testigo haya sido el autor de tales hechos.

Giulianni, Julia El diálogo poético, Itaca Editores S.A, Ginebra 1998.

Una sola referencia en un minúsculo papel alargado, del tamaño justo para que cupiese la referencia bibliográfica. Decidí irme a la Biblioteca Nacional, pero allí me negaron el paso por carecer de carnet de investigador. Qué absurdo, pensé, debería haberlo previsto. Entonces, justo cuando me disponía a descender por la imponente escalera de caracol hacia la salida principal, decidí volver sobre mis pasos y rogarle a la amable señorita que me atendiera minutos antes para que me facilitara cierta información.

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-Dígame. -Quisiera saber si en la Biblioteca se encuentra algún ejemplar disponible de este libro. -Déjeme ver... Y le tendí el escaso papelito. Se ajustó sus gafitas al modo en que suelen hacerlo estas empleadas maravillosas. Sus manos eran delicadas, de largos y finos dedos, su escote sugería lo suficiente, creí adivinar la mínima largura de su falda. Tendría veinticuatro años. -No le va a ser fácil encontrar esto que me pide. En la Biblioteca Nacional no está... Eso desde luego... -Pero... ¿Cómo es posible? ¿No se guarda al menos una copia de todos y cada uno de los libros que se editan en Umbría? -En principio sí... -y me miró extrañada. Más extrañada de lo que yo lo estaba- Espere un segundo, por favor. Desapareció por una minúscula puertecilla, momento en que, cómo no, aproveché para darle la vuelta al monitor y mirar si realmente lo que decía era cierto.

Giulianni, Julia: “El diálogo poético”, Itaca Editores S.A, Ginebra 1998.------------------------sin ejemplares.

Giré de nuevo el monitor justo a tiempo como para que la preciosa señorita (efectivamente llevaba minifalda, tal y como había sospechado), un auténtico bombón, no me pillara en mi travesura, cabía preguntarse si no me habría pillado mirándole los muslos. -Tome esto... -y miró a su alrededor preocupada-. Venga tres minutos antes del cierre. Cerramos a las diez. Y luego, disimulando... -No puede entrar, señor, ya se lo dije. Buenos días, si me disculpa... Salí con “esto” en mi mano. Lo apretaba dentro de mi bolsillo sin saber ni qué demonios era y no quise descubrirlo hasta llegar a mi hotel. Una vez allí lo saqué. Era un trozo de lienzo pintado. Un trozo minúsculo en el que no se llegaba ni a ver lo representado, un cacho de tela

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embadurnada, sin más, y me pregunté si no me habrían tomado el pelo. Sin embargo, y aún a riesgo de caer más bajo y quedar en ridículo, procuré presentarme en la Biblioteca Nacional a las diez de la noche (menos tres minutos). Allí se encontraba ella, aunque ya no me parecía la misma. Diríase que por el mucho trabajo del día la joven había madurado y que el escote ni era tan sugerente ni la minifalda tan pronunciada. Tampoco parecía tener la edad de veinticuatro. No sé, estas cosas suceden, a veces un poco de tiempo nos ofrece la auténtica realidad de las cosas, quizá aquella mañana yo me había dejado maravillar. -Buenas noches. ¿Me recono...? -Buenas noches. Estamos a punto de cerrar. Sus ademanes no fueron bruscos, pero sí tajantes. Deduje que no me había reconocido. La observé detenidamente. ¿Era la misma persona? -Vamos a cerrar. No sé cómo, pero casi como por instinto saqué el trozo de tela y se lo mostré. Ella lo cogió apresuradamente. -Si se trata de una emergencia es diferente. Los baños están al fondo. Aunque se cierra al público yo permanezco un poco más aquí dentro, no se preocupe. Aquí le espero. Un poco desconcertado me dirigí hacia los lavabos. Esperé a que dieran las diez y me di un minuto más. Abrí la puerta. Las luces habían descendido en intensidad. Decidí salir. En el mostrador una mujer como de cincuenta años me esperaba. Las mismas gafas, el mismo jersey, pero sin escote, la misma falda, pero por debajo de las rodillas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. -Sígame. Y la seguí. La Biblioteca Nacional de Umbría es enorme, inmensa, una isla casi infinita, diría yo. Otra de las peculiaridades de este país. El edificio era soberbio, nunca hubiese imaginado que fuese de aquella forma. ¡No había libros! Si alguna vez tuve la sensación de encontrarme en el País de las Maravillas fue aquel instante. Todo lo que allí había eran pueblos, ciudades enteras, diría yo. Y qué podría contarles de las gentes. Enanos, hadas, borrachos mal encarados, príncipes, viajeros, pícaros, asesinos e investigadores. La única vez en mi vida que había

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experimentado con algo semejante fue cuando, inexplicablemente, me tocó el mejor viaje del mundo: un viaje al Reino de Fantasia. El deseo de cualquier ser humano. Me desconcerté súbitamente. Yo mismo había pasado frente a mí. Quise preguntarle algo a la mujer. -No pregunte. Piense que ha sido un espejo. Y no pregunté. Poco a poco nos fuimos adentrando en callejuelas más estrechas, hasta que dimos con la taberna “El cazador”. Allí, la mujer abrió la puerta y me hizo pasar. Al principio no pude ver nada. Absurdamente, sufrí el mismo efecto óptico que se produce al pasar de un entorno oscuro a uno claro, pero en esta ocasión esto se había reproducido a la inversa. Los cortinajes de terciopelo rojo me sorprendieron. Ningún objeto vulgar, cada cosa en su sitio preciso. Una sala para nobles dentro de una cuadra era algo que no esperaba encontrar. En el centro, una mesa preparada con los platos más exquisitos. Y también una anciana terriblemente mayor de la que no tuve ninguna duda que era la misma joven de la mañana, la mujer clarividente en su propio atardecer. Lástima no haber conocido a la niña. -Deme el lienzo, dijo con una vocecilla dulce y entrecortada, tendría mil años. Se lo di. Entonces descorrió una cortinilla y ante mí apareció un enorme cuadro. La obra más monumental, tanto, que no caben mis explicaciones en tan breve espacio. ¿Qué era aquello? -Es la biblioteca. La esencia de la Biblioteca Nacional. Usted, en realidad, no se ha llevado algo sustancialmente diferente de lo que se lleva el resto. Sólo cambia el soporte. Aquí es donde está el registro. Lo tengo muy bien ordenado, aunque, claro, quien se lleva sólo un pedacito no acierta a ver la imagen, el conjunto. No lo mire con detalle, no es bueno, suele provocar a los neófitos una tremenda indigestión. Dejé de mirar. Casi, casi había acertado a vislumbrar un rostro, pero no me había dado tiempo. Las dimensiones de aquella obra eran desproporcionadamente gigantescas, me faltaba distancia, perspectiva, para adivinar la figura o imagen. Pero sí vi detalles. Un hombre bajo de estatura con respecto al entorno que lo rodeaba, muy calvo y con gafas. Miraba de frente con una sonrisa propia de un dios risueño, pero en sus ojos una tenue luz parecía descifrarlo: más allá de aquel personaje soñado por mí en alguna ocasión, sus pupilas me devolvían mi propia mirada y por un instante coincidimos sueño y soñador en aquella isla-biblioteca donde la

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realidad era lo posible, donde las imágenes danzaban frente a mí describiéndome más certeramente la verdad de lo total, ese rostro inalcanzable que casi llegué a intuir. También acerté a ver más personajes: una mujer encerrada en su casa, otra escribiendo frenética en una Biblioteca, un joven enamorado, un hombre recluido, otro llegando a una isla parecida a esta otra en la que me encontraba... Una mujer leyendo una carta de despedida, un hombre huyendo en busca de su libertad y otros persiguiéndolo para darle caza. Vi más. Y todo lo que vi fue reconocido como mío. Sospeché de inmediato que en aquel lugar el tapiz adquiría las imágenes de los sueños de cada cual y que jamás accedería a ver la totalidad completa, sólo, acaso, una parte de mis propios anhelos, mis fantasías... Una vez devuelto el trozo de tela, diminuto, pero inconmensurable, ahora ya lo sabía, ella lo colocó, no sé cómo en su lugar correspondiente y, al punto, se unió con la globalidad, sin resquicios ni costuras, con la misma perfección con que se unen las cosas de una misma naturaleza. -Aunque te parezca imposible lo que buscas no está aquí- salíamos de la taberna. -Sólo busco un ensayo sobre poesía. ¿Tan importante es que en torno a él hay tanto secretismo? -¿Secretismo? ¿Dónde ves tú que haya secretismo? No me atreví a contestar. -En realidad es una cuestión de orden- y se rió-. Cada cosa en su lugar, cada cosa en su lugar. Sí señor. ¿Qué sabes del mundo editorial umbrío? -No sé nada de ningún mundo editorial. -Vaya por Dios. Entonces otra oportunidad perdida para conversar agradablemente. En fin, qué le voy a hacer. En los últimos decenios no tengo muchas oportunidades de enterarme de lo que se cuece en los fogones de esta santa casa, con lo divertido que siempre me pareció. Últimamente viene por aquí demasiada gente... como tú. A los sabios esto ya no les interesa. La vieja Io ya no es tan divertida. O tan hermosa... -y se miró las manos con cierta melancolía. Ni que ellos se mantuviesen como efebos. En fin, qué le vamos a hacer -me guiñó un ojo. -No saben lo que se pierden. Me miró con picardía, casi con una malicia diabólica. Recordé a la muchacha de veinticuatro, la misma mujer, y reparé en la sabiduría de la anciana. ¿Me estaba excitando?.

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-En efecto. No lo saben, no... Me estaba excitando. -¿A qué casa dijiste que pertenecía la obra? -¿? -Perdón. Me refería a quién lo había editado. -Itaca. -Ah, sí. Itaca. Claro. Verás. Hay muchas editoriales en este país. Casi todas tienen relación con mi Biblioteca, pero algunas no. Pertenecen a las Hermandades. -¿Hermandades? -¿Tampoco sabes de Historia? -Sí... Claro. Pero se supone que las Hermandades se extinguieron. -Bueno, bueno. ¿Se ha extinguido el amor? ¿Y el odio? Bueno, decir una cosa es decir otra. ¿Se ha extinguido la luz? No, ¿verdad? Pues mientras existan, existirán las hermandades. Lo que ocurre es que todo evoluciona, hijo mío. ¿Qué opinión tendríais los extranjeros de este bendito país si una vieja como yo atendiese al público sin ordenador ni nada, y entregando trozos de pinturas, indescifrables para casi todo el mundo? Noooo. No señor, no se puede hacer eso. Hay que ofrecer un buen servicio. Y una buena imagen, según me han dicho. Creo que lo denominan reciclaje profesional. ¿Tú crees que ese aparato ridículo sabe más que yo? -¿Se refiere al ordenador? -Sí. A él me refiero. ¡No sabe ni hablar! Y eso que el mío hace tiempo que fue personalizado. No podía imaginarme qué clase de aparato era aquel ordenador... -¿A qué hermandad pertenece la Editorial Itaca? -A una de las más importantes –se giró hacia mí y bajó el tono de voz. Me instó a permanecer en silencio con un gesto. -Ven, sígueme. Me llevó a una selva boscosa. Detrás de una roca. Se oía el rumor de un río. -La Editorial Itaca pertenece a la Hermandad de San Jorge. -¿Una hermandad blanca?

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-Cuidado. No todo lo que se dice es cierto. -¿Qué...? -Ambas son Una. -¿Ambas? ¿Cuál es la otra? -Como la noche y el día. Como tú y yo. Como todo en el universo. Jorge y Julio, hermanos. De ahí el nombre de Hermandad. Pero cuidado. Eran el mismo. Las dos caras de un mismo ser. -Quizá se refiere a la Hermandad de los Ju... -¡No los mentes! ¡En mi casa no! No trae... sino desgracias. ¿Viste la imagen de mi cuadro? Tuve que reconocer que no. -La has visto. Claro que sí. Si me has visto a mí, lo viste todo. Piensa en esto cuando te enfrentes a los Hermanos. Ahora vete y jamás digas que yo te dije... -Claro, claro. Por cierto. Antes dijo que últimamente venían muchos como yo... -Sí. En tiempos difíciles os convertís en una auténtica plaga. Supongo que es el afán por encontrar respuesta a tantas desgracias como os asolan allá por donde vivís. Ve con Dios. Que él te proteja. Salí, pero no sé cómo ni por dónde. En cualquier caso, me encontraba en la plaza de Dom con las suficientes informaciones como para preocuparme. Era de noche y la ciudad se hallaba en silencio. Quizás, de vez en cuando, se lograba atisbar una o dos figuras solitarias a lo lejos. Comenzó a nevar. No mucho, pero sí lo suficiente como para presentir la calma propia que se produce cuando nieva, como si el tiempo se detuviese y todo se congelara. Decidí volver al hotel con tranquilidad, callejeando, tal vez el aire frío me ayudara a pensar. Pero no. Absurdamente comencé a recordar que se acercaban las Navidades y me contrarié al pensar en el bullicio que se suele armar allá en casa, con todas las tiendas a rebosar de adornos y la gente histérica en su afán consumista. Todo tan diferente acá. Como si la nieve presidiera el carácter de los umbríos. Resultaba agradable el paseo, no puedo negarlo. Las calles anchas y oscuras, silenciosas y meditativas, con sencillos faroles que alumbraban lo justo como para ver el camino o los letreros indicativos de cada calle, bordeadas

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de árboles disecados, enormes sombras protectoras o no, nunca puede saberse con seguridad. Llegué al hotel casi amoratado, no había incluido ropa en mi equipaje, el viaje previsto constaba de uno o dos días, pero ahora me daba cuenta de que mi estancia en Umbría se prolongaba forzosamente. Así que decidí telefonear a Monnipeny para explicarle la situación. Una vez que ella estuvo al corriente me duché y bajé a recepción para que me consiguieran ropa de abrigo de la talla L. El precio no era tan importante como que abrigara bien. El recepcionista tomó el encargo y me recomendó una ópera para esa noche, sesión privada. Rehusé con amabilidad. Insistió. Insistió mucho. Aduje compromisos, exhibí como última excusa el hecho de mi limitado ropero. Apareció una linda señorita por el pasillo de la izquierda con un esmoquin, sombrero, abrigo, guantes, zapatos y calcetines. El lote se completaba con la ropa interior. El taxi llegaría al cabo de veinte minutos, tiempo suficiente como para cambiarme y llegar a la hora exacta en que comenzaría la obra. Sospeché de inmediato que la Hermandad de san Jorge había dado conmigo. Ni siquiera sabía que ópera se representaba aquella noche, pero, según me dijo el taxista, y no por casualidad, tampoco era tan importante como el hecho de que era un pase privado. No sabía exactamente a qué se refería con esta afirmación, pero deduje que muchas personalidades de la vida umbría estarían allí y, muy probablemente, con los ojos puestos en mi persona. Llegué cinco minutos exactos antes del comienzo de la representación. La acomodadora me condujo hasta el palco número cinco. Me sobrecogió ver todo el palacio de la ópera absolutamente desierto. Empezaba a comprender la expresión “pase privado”. Quedaría muy sugerente contar aquí que una orquesta inexistente comenzó a tocar la obertura, pero eso no se produjo. En su lugar apareció una hermosa mujer que subió a mi palco. -Buenas noches, señor Riveira do Campo. -Buenas noches. -Espero que no se asuste. En principio, se le dijo que asistiría a una representación operística, y así será, pero dentro de algunos minutos. Digamos que ha llegado temprano. -Eso explica el hecho de que todo esté vacío. ¿Cómo sabe mi nombre? -Los umbríos somos una familia discreta, pero una familia al fin y al cabo. Todo aquel que entra en nuestro país es... Inmediatamente reconocido. Enseguida distinguimos a los

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nuestros del resto, las costumbres, el idioma... Hacen estas cosas. Dígame. ¿Qué busca en Ginebra? Dudé. No sabía con quién hablaba. Así se lo expuse. -Mi nombre es Mánya. Soy primera actriz. Trabajo para La Compañía. -¿La Compañía? -En efecto. La Compañía es una... parte de La Hermandad de San Jorge. ¿No nos buscaba? Pues ya nos hemos encontrado. ¿Ve qué fáciles son las cosas? Sí. Era sospechoso. -Supongo que sospechará de mí. No se preocupe. Pregunte lo que quiera saber. Al final de nuestra conversación sus sospechas se habrán desvanecido. -¿Qué es exactamente La Compañía? -Se trata de una empresa dedicada a la creación de realidades virtuales. Alguien se pone en contacto con nosotros para contratar nuestros servicios y dependiendo de lo que el cliente desee conseguir trazamos un proyecto que, de salir aprobado, se pone en marcha mediante actores, psicólogos, investigadores, rastreadores, espías, etc. Normalmente se trata de crear una ficción a alguien, considerado como sujeto objetivo, del que se espera un determinado comportamiento. En definitiva, es una manera de manipular la realidad. Por eso y porque no parece algo muy lícito, nos rodeamos de un hermetismo que nos permita el desarrollo y cumplimiento de nuestras obligaciones. -¿De qué modo se vinculan La Compañía y La Hermandad? -La Compañía sirve a los principios e intereses de La Hermandad. La Hermandad dirige, idea. La Compañía efectúa. -¿Este encuentro se realiza bajo los auspicios de la Hermandad? -Obviamente, no. Este encuentro supondría, de estar mis superiores al tanto, nuestra muerte inmediata. -¿Y por qué me ha avisado, por qué ha querido hablar conmigo? -Porque pertenezco al Frente de Lucha Organizada. La resistencia contra La Compañía. Digamos que una porción de trabajadores nos hemos puesto en contra de los métodos e ideología de nuestra propia empresa. Como un abandono se hace imposible, pues cualquier tipo

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de disidencia o de deserción implica la pena capital, nos dedicamos a fastidiarlos un poco. Minarlos. Nos aprovechamos del propio sistema para reventarlo. Nuestra contraseña es: “Lanzarote”. No tiene que preocuparse. En estos momentos usted se encuentra en el hotel. Nadie sabe de la llamada a su secretaria, ni de su salida del hotel. Usted, ahora, en la representación operística sólo será un objetivo. Nosotros lo hemos encontrado primero. Yo me encargaré de todo. Mire y no diga ni haga nada. ¿Fue usted quien se puso en contacto conmigo? ¿Cómo? ¿Alguien se puso en contacto con usted? ¿Cuándo? No. Perdone. Quise rectificar. Aquello no era prudente. -Diga. ¿Se puso alguien de La Compañía en contacto con usted? ¿O cree que alguien pudo hacerlo? -No. No tiene nada que ver. Un cliente. Disculpe, he mezclado mis asuntos con esto. Soy investigador, ¿sabe? Silencio. Al instante comenzaron a llegar varias personas en busca de sus asientos. La obra comenzaría en quince o veinte minutos. -Por cierto –le dije- Ando buscando un libro que, al parecer sólo se encuentra en la Biblioteca de... -Ahora no, por favor. Ya llegan los invitados -y miró a su alrededor inquieta-; más tarde, quizá. Pero decidí insistir. Así que extraje una pluma y escribí en el programa:

“Giulianni, Julia: “El diálogo poético”, Itaca Editores S.A, Ginebra 1998”.
Se lo pasé con disimulo haciendo comentarios tontos sobre el programa. Pero Mánya pareció sorprenderse al leer la referencia y me miró con una expresión entre confundida y aterrada. Después me devolvió el programa y permaneció en silencio. Ya terminaba la obertura y observé que aún continuaba ausente. Supe que aquel libro era importante. A cinco minutos de que la obra terminara noté sus dedos jugueteando con mi mano, sin disimulo, pero creo que malinterpreté su gesto. Estaba comenzando a recoger sus cosas. Así que

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la imité. Nunca supe qué sucedía con los personajes que durante casi tres horas me habían hecho olvidar los trabajos de este mundo, acaso, ya en reposo, quizá diera con el libreto y alguna grabación, pues aquello me había seducido, a qué viene ahora el negarlo. Pero no voy a desviarme de mi historia. No diré sino que salimos por una puerta que no era la principal y aquello ya no me supo nada bien. Al alcanzar la calle, en un mugroso y estrecho callejón me miró fijamente con expresión aterrada. -Corre. Corre. Y se perdió veloz entre la niebla espesa de invierno. Durante un segundo me quedé como suspendido. Correr. Por qué. Hacia dónde. Sin duda alguna, no siempre es el momento adecuado para reflexionar, lo cierto es que los impulsos pueden sacarnos de más de un apuro. Alguien a quien no podía ver me estaba encañonando con una pistola. -Hola, Augusto. No supe qué contestar, esta vez me pillaban algo despistado. -Llevo siguiéndote mucho, tiempo, Augusto. Más de lo que imaginas. Años. Siempre detrás de ti, implacable, como una sombra perdida en el mundo de los sueños. Quizá no te lo creas pero conozco hasta el latido de tu corazón. Hay demasiadas cosas que te inquietan, preguntas demasiado y no todo puede tener una respuesta, ¿no lo entiendes? Aunque en los seriales de televisión todo obtenga un sentido, aquí no siempre es igual. Todo llega a un límite. Tu problema es que quieres franquear el tuyo. -Soy un investigador privado. -No. Eres algo más. Tú no sabes quién eres. ¿De veras que nunca te has preguntado por tu existencia? Es una lástima porque ya no hay tiempo. Pero han sido demasiados años... Antes de que tu final llegue mereces alguna reflexión. -¿Va a explicarme usted quién soy? – noto que mi propia pregunta me hace extraño a mi mismo, como si un ser inferior y débil preguntara por mí algo que ni yo mismo me atrevo a enfrentar. -¿Alguna vez ha estado en la universidad? -No soy hombre de carrera.

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El hombre sonrió limpiamente. Por un momento mis miedos se disiparon, parece que ciertos comportamientos nos hacen más humanos a ojos de los demás. -No hablo de eso, Augusto. Hablo del efecto semáforo. -No le entiendo. -Vaya. Tú mismo hablas del efecto semáforo con tu secretaria y ni te enteras. Un escalofrío me recorre la espalda porque resulta increíble que una conversación privada entre Monippeny y yo haya trascendido hasta el hombre que me va a matar. -Monipenny... -No pienses en ella. Ella sabe menos que nadie lo que sucede. Ya entenderá, Augusto, pero poco a poco. A ver, el efecto semáforo. Según usted la totalidad puede percibirse en unos escasos segundos, sobre todo, si ese breve instante es insulsamente inútil, como la espera en un semáforo. Usted espera y en ese intervalo de tiempo ve los coches que pasan, un niño que grita, dos mujeres que conversan y presiente que es el caos, sobre todo cuando la bocina de otro automóvil sorprende a un transeúnte que, harto de esperar, decide, por su cuenta y riesgo, cruzar a la otra orilla. En silencio, usted piensa que cada una de esas personas está viviendo en su universo individual, ajenas a lo que les sucede a otras, pero que usted puede verlas en conjunto y que eso, lejos de constituir un caos, es parte de una totalidad más vasta. Y dirige su mirada hacia el cielo e intenta imaginar cómo se vera TODO desde allá arriba en cada latido, en cada microsegundo. Entonces, como resulta lógico, una especie de vértigo comienza a asolarlo porque sólo Dios es capaz de soportar tal imagen, ¿verdad? Sin embargo, no contento con esta idea, imagina que Dios sea capaz incluso de ver más allá que el tiempo presente, que su mirada sea capaz de atravesar tiempos y espacios y que se desplace hacia delante y hacia atrás en una espiral infinita en la que se podría contemplar una curiosa totalidad. Pues todo, absolutamente todo, es lo mismo pero con una pequeña variación que tras varias vueltas constituye un cambio que altera el universo. La universidad. Es usted muy creativo, Augusto, vaya que sí... Me sentía desconcertado. Hasta mis más ridículos pensamientos parecían estar en boca de aquel intruso, como si proviniese de otro mundo en el que se escribiera la historia de cada cual.

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-¿Acaso le dicto yo sus pensamientos? –y volvió a reír. Esta vez mis miedos regresaron, los matices en las sonrisas pueden hacernos más inhumanos a los ojos de los demás... Fui al grano. -¿Es usted miembro de la Orden de los Jorge? -No. Y sí. Soy miembro de la Orden de los Julio. Ha tropezado usted con quien menos quería, me temo. Ya sabemos de su interés por Julia Giullianni. Estaba perdido, sin duda alguna. -¿Tan importante es ese libro? -Oh, no. Pero sí. Todo depende de quien llegue a él. Y usted no es precisamente una persona idónea para leer ese libro. Digamos que no se pueden franquear determinados límites y usted ya los ha franqueado en varias ocasiones. Quizá no lo recuerde, Augusto, pero no es la primera vez que alguien intenta matarlo por este mismo motivo. Es usted un tipo osado que puede desbaratar los planes del más audaz. En este caso no lo dejaremos ir más lejos, usted no puede enfrentarse a un mismo careo dos veces, las cosas no pueden salirse de lo ordinario. -¿Qué son las Ordenes? ¿Qué hacen? He recibido mensajes... -¿Qué le hace suponer que quien lo busca desea contratar sus servicios? -¡Ha sido usted! De entre la espesa niebla aparece el rostro de un hombre delgado y alto, de pelo canoso, con aspecto de lacayo. Sus ademanes son tremendamente corteses. Sí. Un lacayo, como de otro tiempo. Me resulta conocido, pero por qué, no tengo ni idea, es la primera vez que nos vemos, de eso no hay duda, y sin embargo... Es un Sabelotodo. -¿Pusieron cámaras en mi despacho? -Nosotros no necesitamos cámaras. -Entonces son magos... -Bueno, cada día es más difícil trabajar, eso hace que hilemos fino, ciertamente. Ahora, por favor, no me imagine con cucurucho en la cabeza, no me denigre. Que la magia se encuentra detrás de cada frase, en los apretones de manos, en el parpadear de los ojos, en el andar calle arriba y abajo. Hay tanta magia desperdigada por el mundo y la gente no se da cuenta... En los

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libros, en las canciones que hablan de amor, en los amigos y enemigos... A eso se dedican las Ordenes, amigo mío. Reunimos gente. Les damos palabras, las palabras que cada época precisa. Luego, con el paso del tiempo, los neófitos lo dan en llamar corrientes, pero no, querido Augusto. En las Ordenes atesoramos el secreto. Damos la llave a quien debe ser dada, en su momento y así el arte varía, la ciencia avanza o retrocede, las guerras se gestan o llega la paz... Nosotros somos monjes al servicio de la Palabra, porque si algo existe en el universo que sea mágico y poderoso eso es la Palabra, por ella se pone en marcha todo mecanismo. ¿Imagina un mundo sin palabras? Es como una llamada sin respuesta, como un vacío que se abre ante nosotros expectante y difuso. Sin palabras no seríamos capaces de acceder al otro y con ese acceso denegado no seríamos, careceríamos de existencia nosotros mismos... Con las palabras se puede modificar el estado del universo. -¿Habla de manipulación? -Manipulación... Supongo, Augusto, que a estas alturas usted ya sabe que todo aquello que es sacado de su estado natural es algo manipulado. Nada permanece quieto ni siquiera en la eternidad, hasta en la ausencia de tiempo hay un mínimo discurrir, aunque sea ritual, cíclico. También la naturaleza manipula. Las estalactitas son manipuladas por los elementos durante siglos para ser lo que son. Dentro de la espiral hay historias que aunque vuelvan, de alguna otra forma siempre implican una mínima acción, un paso hacia delante... -Hasta el cambio brusco... -Eso es. -Algún día le hablaré de la evolución de las especies. Un tema que tanto nos preocupa a los hombres, que tantos quebraderos de cabeza nos da. Algo tan sencillo, pero para lo que la humanidad aún no está preparada. Un ejemplo claro de cómo el hombre ve sin ver. Pero a lo que íbamos. Espero que esto haya respondido sus preguntas... -¿Qué hay de la Compañía? -Eso es un pasatiempo. Digamos que es lo más notorio, lo visible, no tiene importancia, pero es la puerta. Toda puerta debe ser, en cierto modo, visible, de otro modo, quien debiera atravesarla no podría, aunque nos supone un cierto riesgo, sobre todo si sus miembros comienzan a perder el norte, si comienzan a tener la falsa idea de que son una empresa.

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Últimamente se toman decisiones muy chapuceras, pero habrá cambios. ¿Qué le ha parecido Manyá? Como integrante de la Resistencia es muy convincente, ¿verdad? -¡Lo saben! -Pero ¿aún no se ha dado cuenta? Llevamos miles de años actuando. Sabemos lo que es necesario y lo que no para sobrevivir a las cosas temporales. La Resistencia es tan o más necesaria que la propia Compañía... Bueno, a estas alturas de la conversación ya puedo guardar esto. Retira su arma de mí. -Otra pregunta: ¿Qué diferencia hay entre las Ordenes? -Oh, esa es muy buena... Las Ordenes somos Una. La Única, sin nombre. Nuestros nombres provienen de nuestras diferencias a la hora de actuar. Por eso, a veces, se generan confusiones. La Orden no es buena ni mala, ni blanca ni negra. La Orden es. Y es lo más cercano a lo Divino, créame... -Pero usted dijo que iba a matarme... –reflexiono un momento sin casi darme cuenta. -ES IMPOSIBLE MATAR A QUIEN YA ESTA MUERTO. Esas fueron las palabras. Les estoy hablando desde aquí, consciente de mi ser. No hacen falta más armas que la Verdad. A eso había venido el emisario, pues no era otra cosa aquel hombre. Ya no tenía sentido buscar un libro inaudito como el del diálogo poético, a saber dónde se hallaría, en el más oscuro de los rincones, acaso ni siquiera haya sido escrito. Un diálogo que contiene una clave más para acertar, para acercarse a una verdad enmarañada e inexpugnable. Viví. Y resulta que todo el sentido de mi vida se encierra en bien poca cosa, en perseguir un rostro inalcanzable, entrevisto en sueños o momentos de embriaguez. Una mano poderosa que ha ordenado para mí un mundo completo en el que encajarme haciéndome creer en mi excepcionalidad, cuántos habrá así... Pero por qué. Acaso yo mismo sea un rostro perseguido por él mismo a su vez. Acaso hayamos estado uno junto al otro sin darnos cuenta en alguna ocasión. Pero ahora... Siento que hay muchos Augustos en mi interior, toda una saga y, no obstante, no me reconforta saberlo. Muchas noches de insomnio lamentando haber perdido algo en el camino de mi vida, de haber perdido la facultad de ver a los demás sin sombra, llorando porque ya sólo veía sombras incluso al enfrentarme al espejo, cada mañana. Borracho frente a la

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botella para olvidar el mundo de sombras en el que yo era una sombra más, mi alma se había desvanecido en alguna de las aventuras del gran Augusto, pero no recordaba el punto, ahora sí. Ahora recuerdo una piedra, el golpe en la frente y mi sangre brotando, las manos empapadas, una puerta que se cierra y otra que se abre, el frío mortuorio, las cosas deslizándose bajo mi mirada atenta como si fuese la primera vez en que las veía, la sensación de irrealidad, de broma mal gastada, mi comportamiento pausado, cronometrado, haciendo el esfuerzo por vivir sin pensar, y no sentirme el corazón. Ahora, por fin, queda corroborada la sensación absurda de ser un personajillo de tres al cuarto y en esa verdad desnuda queda patente mi muerte, mi indefensión absoluta. Mi pánico. ¿Podré con ello alguna vez? ¿Será siempre así? Yo sé que ustedes son lectores míos, y les miro de frente, que, a partir de hoy, me sé espiado y vigilado, pero miren a su alrededor e intenten responderse las preguntas más básicas. Quizá hay muchos Augustos más allá de donde me alcanza la mirada... Imaginen un instante, un lugar en el que poder ver a todos los seres humanos en su quehacer cotidiano. Imaginen la fusión de pasado, presente y futuro. Imagínenme e imagínense a ustedes mismos, los cuentos infantiles, los telediarios, el sueño, la fe, la certidumbre. Habrán entrado en la Universidad, si acaso, sintieran pánico por lo que ven, pidan ayuda, La Compañía se pondrá en contacto con ustedes en un breve plazo de tiempo en el que se intentará poner en orden todo lo suscrito en el contrato con respecto a las cláusulas X e Y. Esta empresa no se hace responsable de las negligencias cometidas por el propio cliente. Si, acaso, se hubiera contratado la cláusula especial M se dispondrá todo para iniciar la rehabilitación del cliente afectado de la forma pertinente. -¿Está de acuerdo? -¿Dónde he de firmar? -En el recuadro que sigue. -Espero salir de esta maldita crisis de creatividad... -No se preocupe, para eso estamos. No olvide marcar la Cláusula M. ¿Prefiere pabellón rosado o verde? -Rosado. -Muy bien. Aquí tiene. Gracias por habernos contratado.

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-Bueno. Pues si esto era todo... -Sí, sí. Que disfrute de su viaje. -Gracias.

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El Giro en la Espiral

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La noche ha extendido su negro manto sobre la tierra. Hace horas que todos duermen, sin embargo, ella mantiene la luz de su cuarto. Y yo, espía de sus pensamientos, me oculto tras los árboles, bajo su ventana. Sin duda, algo ha atrapado su atención y el no saber qué cosa es ello me irrita sobremanera. Ella, ¡Oh! Sí, ella, la más hermosa, la más dulce e inteligente. Una Julieta, una Dafne, una Roxana... Ella, la soberana de mi corazón, la estrella y guía de este marino perdido. Ella. Esta mañana la he notado agitada. Quizá ha sido la presencia del conde lo que la molestó o quizá la mía. Pero no creo que yo le desagrade pues soy comedido y discreto, jamás provocaría una situación embarazosa o inoportuna a tan virtuosa dama. Podrán decirme los estúpidos que es airada, altiva o arrogante; los necios me acusarán de débil por ceder a todos sus deseos (aunque esto de nada me vale, tan sólo para que me considere un buen amigo). Pero sé, como clara era esta mañana, que, en realidad todos me envidian porque estoy a su lado. ¡Ah! ¡Si yo pudiera hablarle de amor con sinceridad, mirándole a los ojos... ! Pero mi valor se esfuma en cuanto su presencia dista de la mía dos pasos. Sólo de pensar en ello me aborrezco, pues como aquel patán, sufro desmayo perpetuo ante la que adoro y mi boca se reseca y mi lengua se vuelve torpe. Las palabras languidecen y no aciertan a salir y, de hacerlo, escapan atropelladamente como huyendo de su interlocutora. En fin, acabo convirtiéndome en un bufón maltrecho y ella me mira tiernamente, como a un niño, y sonríe. ¡Mas, por Dios que yo la amo! ¡Y he de hacérselo saber! He desechado la idea de escribirle cartas, pues no soy poeta y tampoco conozco alguno de buena voz y de fiar, así que no le cantaré gestas amorosas a través del fino papel. ¡Oh, ruina! ¡Oh, despecho del alma! ¡Qué ingrata eres conmigo sin saberlo! Veo tu silueta recortada a través de los cristales. Vas y vienes con impaciencia, diríase que vives en continuo tormento. Tú, mi bella, atormentada en esta clara noche llena de estrellas, en que la brisa agita suavemente las ramas de los árboles haciendo que las hojas se derramen sobre la tierra. Mi sombra te vigila, mis sueños te imaginan y mi consciencia te sueña, y ya no sé si este estado en el que me encuentro es amor o locura, que no me parece que pueda amarse tanto y no estar cerca de la muerte. ¡Mírame, mujer, al borde del abismo! ¡Contempla con tus ojos esta

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ciudad caída, esta Jerusalem arrasada y ten piedad de ella! Cierto que merezco lo peor, que yo fui un cobarde y un descuidado, pero mi enmienda no ha pasado desapercibida para nadie, ni siquiera para los cielos, ya todos comentan: ¡Ved a ése, que era un fatuo y ahora es manso cordero! ¡Ved al alegre trocado en triste! ¡Vedle, vedle! Y es tan cierto como que hasta me he ganado mi puesto entre los ángeles, pero tú ¡oh, tú! recién llegada a mi pueblo, a mi ciudad, nada sospechas y te has adueñado de mis calles, de todas las casas, de las fuentes y las estatuas. Ya nada es igual, pues a cada esquina pienso: “Ella pasó tal tarde por aquí” o “En esta fuente refrescó sus rojos labios”. El aire huele igual que tu perfume y ninguna mujer viste con elegancia si no viste como tú. Todas son groseras o superficiales. Hermosa, ¿de dónde has venido? ¿Qué extraño país te vio nacer y te dotó de las más exquisitas virtudes? Quizá provienes del oriente y por eso seduces con facilidad o quizá eres del Africa y tu cuerpo ha recogido la luz de los atardeceres de aquellos remotos países. O eres del frío norte y has heredado la reflexión de los hielos. Acaso seas de aquí mismo y nadie sabía nada...Desearía... ¡No! ¡Deseo! ¡Deseo aunque sea lujurioso y terrible! Deseo, digo, oír tu voz musical, tu voz de arrullo y ojalá mis manos fuesen capaces de invocarte, cual espíritu, para que mis noches fuesen más cálidas con la dulce musicalidad de tu voz acunando mis sueños... Llegaste a mí como un trueno, como una tempestad o un terremoto, como llega la guerra, imprevista, voraz, violenta, terrible. Y sacudiste mis entrañas, mi alma... Todo yo temblé ante tu presencia y me dije: “Esta es, es ésta”.

LA MUERTE DEL EMPERADOR Jorge Fernández

Editorial Balatón

Tras un período de cinco años Jorge Fernández publica la que hasta la fecha es su segunda novela escrita. El Diario Ginebrino la ha calificado como una obra acertada y apasionada. En ella el autor ha jugado con la realidad y la ficción en la figura del Emperador Kristaly. Una historia inusual con una

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estructura envolvente que no dejará impasible al lector. El diario, junto a la novela que Julia ha dejado sobre la arena ennegrecida de Lanzarote.

Diario El Sol y la Luna de Umbría
TITULARES DEL DIA:

•Una mujer mata a su marido mediante envenenamiento. •Tras el fracaso de “Los últimos días en Shangai”Jaime de Iturrízar saca al mercado su nueva novela titulada: “El giro en la espiral”. Prosigue el escándalo. Una mujer asegura que trabajó para el escritor en calidad de negra durante el tiempo que vivió en su mansión. •Hallados en Irlanda los restos de lo que podría ser el cadáver del Rey Arturo. •Literatura: ¿Fue la Odisea el relato de un gran fabulador llamado Ulises? •Detenidos los miembros de una secta religiosa que pretendía cambiar el curso de la Historia. Su dirigente se hacía llamar “Gyorgy”. •Editorial: ¿Dónde está Dios?

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Indice

Manual de Instrucciones Lanzarote La misteriosa historia de Julia y el Poeta o Visiones de un diálogo amoroso Jorge y su extraña crisis de creatividad La Compañía La historia de un caballero andante que sí viene a cuento o El aleteo de una mariposa blanca Jaime de Iturrízar o La clave del enigma Un artículo publicado Gyorgy y Mánya Dos documentos de la Compañía: el informe del caso 0111/06 – Sz y una carta de despedida El ama de llaves Un adelanto editorial o Una declaración de intenciones La isla de Babel o La muerte en Ginebra El giro en la espiral Epílogo
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