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Miércoles 10.03.10 EL CORREO

Miércoles 10.03.10 EL CORREO

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⊳ Velas. En uno de los altares espontáneos de la Estación de Atocha. :: AP

Mensajes. Uno de
los papeles que recogió el CSIC. :: CSIC

Objetos.
Una camiseta firmada por los deportistas de la Selección Española de Natación. :: CSIC

LA COORDINADORA
Cristina Sánchez Carretero Antropóloga del CSIC «Tengo que hacer algo», se dijo Cristina Sánchez Carretero aquel jueves. «Estábamos en estado de ‘shock’. Teníamos que arrimar el hombro de alguna manera», explica.

LAS CLAVES DEL ESTUDIO
Origen. Este tipo de ritos se originan en los lugares de la masacre sin que nadie lo organice. Emociones. Springsteen y Machado. Se utilizan todos los recursos para comunicar. Generalmente, se pide algo. Palabras. Los campos semánticos más usados en los mensajes se refieren al amor y a la posibilidad del cambio. 11-S y 11-M. El fenómeno fue parecido al que siguió al 11-S de Nueva York, pero con menos referencias patrióticas.

ANTE EL ALTAR DE LA CALLE
Sonia Rodríguez Ejecutiva

La memoria del dolor
Un archivo para no olvidar. Lo mismo una cita de Machado, que unas letras de Springsteen o un paquete de kleenex vacío como metáfora de las lágrimas derramadas... el CSIC ha recopilado toda la poética del duelo del 11-M :: FRANCISCO
APAOLAZA

N

«Cuando volví de vacaciones, sentí la necesidad de ir hasta Atocha y dejar un mensaje por la paz y el recuerdo»
cilla pancarta en uno de los altares espontáneos que la solidaridad había plantado en los escenarios de la tragedia. El mantel que pedía paz se unía a decenas de miles de extraños objetos en un contexto único. El Pozo, Atocha o Santa Eugenia convertían el dolor en un santuario sembrado de abrazos. Todos ellos fueron fotografiados, recogidos, catalogados, digitalizados y estudiados exhaustivamente por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que presentó ayer sus conclusiones en Madrid. Más de 2.000 fotografías, cerca de 6.500 manuscritos, 58.000 correos electrónicos enviados esos días y debidamente registrados llenan hoy los cajones del dolor en un orden cartesiano. Aquellos pequeños grandes gestos quedaron recogidos en las estanterías de ‘El Archivo del Duelo’, que han trillado analistas de todos los campos en una pesada digestión, una catarsis de cinco años que ha coordinado la antropóloga Cristina Sánchez Carretero. Su misión era estudiar el patrón de comportamiento de una sociedad sacudida como un árbol en la tormenta. A partir de mañana, todos los objetos digitalizados quedarán a disposición de los investigadores –no del público general– en el Museo del Ferrocarril (Paseo de las Delicias, Madrid).

o se conoce su nombre. Se sabe de él que era uno de los millones de españoles que asistieron desde su casa a la crónica del horror del 11 de marzo de 2004 (mañana hace seis años). Aquel lamento de camillas improvisadas con puertas rotas, de caras descompuestas, de sueros, miembros amputados, humo y ataúdes habitados por inocentes pasaría a la historia como el 11-M. El día, jueves, ocuparía un lugar de honor en el cuadro de la infamia y de la barbarie. El atentado terrorista más brutal de los que ha vivido Europa marcaba a fuego la memoria colectiva con los nombres de las 192 víctimas que viajaban en los trenes de la muerte. La lista se puede leer en la Estación de Atocha. Empieza con Eva Belén Abad y es muy larga. Se sabe que el protagonista de la historia contempló todo eso por televisión y se vio, como millones de ciudadanos, en la zozobra que sienten las sociedades heridas. Por eso, se levantó, recogió los platos y tomó el mantel del comedor, estampado aún con las manchas de lo cotidiano. Lo quitó de la mesa con determinación, lo extendió y sobre él pintó un mensaje como un grito sereno: PAZ. Lo dobló, se acercó hasta una de las estaciones y colgó la sen-

Mari Luz Martín Cajera

«Tenía que hacer algo y dejé una vela. No soy de rezar, pero creo que ese día recé por todos. Pensé en ellos»
Julián Espejel Soldador

Poesía y pañuelos
No hay experto que dilucide géneros en la maraña de mensajes, aunque imperaba la poesía, «algo en principio tan alejado de nuestra sociedad. Necesitaban hablar y para ello hacían poesía con cualquier herramienta», dice Sánchez Carretero. En el juego por comunicar, vale todo. «Lo mismo Machado que Bruce Sprinsgteen», lo mismo una cita de Hemingway («Nunca hagas preguntas de por quién doblan las campanas. Doblan por ti») que un dibujo o una cortina. Todo. Cuando el equipo del CSIC fue a retirar un paquete vacío de pañuelos tirado, se dieron cuenta de que estaba puesto a conciencia. Era un Haiku (poema breve) hecho con basura, una enorme metáfora que hablaba de las lágrimas de su dueño, de

«Fui hasta allí, hasta Atocha, y me quedé de pie para enfrentarme a la crueldad del hombre»
Carlos García Suárez Dependiente

Más de 70.000 objetos catalogados se podrán investigar desde hoy en el Museo del Ferrocarril

«Recuerdo la sensación de silencio y de que era algo espontáneo, algo que había que hacer»

todos los que habían llorado. «Nos llamaron mucho la atención los soportes», recuerda Sánchez Carretero. Algunos habían dejado sus mensajes en una cortina arrancada de casa, en un post-it, en un formulario de extranjería, en un folio tecleado con una máquina de escribir, en una pared, en la camisa que vestían en el momento del atentado, aún manchada de sangre. Tenían que comunicar como tiene que fluir el torrente de una presa desbordada. En el cóctel de sentimientos de aquellos días, vigilado por los fantasmas que vivían en el enorme tanatorio de Ifema, mandaban dos campos semánticos: «Paz» y «Otro mundo es posible» y una frase por encima de las demás: «Todos íbamos en ese tren». No todo fue amor. Hubo también mensajes políticos más duros, algunos de ellos referidos a la tormenta que se vivió durante las elecciones, aunque según los investigadores quedaron relegados a las pintadas en las columnas. Uno de ellos llevaba la firma de Carlos García Súarez (Madrid, 1957), un transportista que había escuchado lo sucedido aquella mañana por la radio y tenía «la sensación de que había que actuar». Por eso se plantó en Atocha y soltó su semilla: «Todo esto por un puñado de votos». Sonia Rodríguez dejó su papel. Ejecutiva, especialista en relacio-

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04V LA MEMORIA DEL DOLOR

Miércoles 10.03.10 EL CORREO

Cariño y religión. Según el estudio, fueron frecuentes los mensajes solidarios de la comunidad musulmana dado que el islam carece de iconografía. Abajo, muestras de solidaridad de niños con peluches y dibujos, una parte importante del duelo tras los atentados. :: CSIC / CHEMA BARROSO

«Yo borraba el nombre de Daniel de la lista»
Pilar Manjón recuerda que no aceptaba que su hijo estuviera entre las víctimas

:: F. A.
Antes de ser la cara de las víctimas y verse inmersa en la politización del atentado, Pilar Manjón (hoy presidenta de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo) era la madre de Daniel Paz Manjón, un estudiante de 20 años de INEF que murió en los atentados del 11 de marzo en El Pozo. Ese día no volvió a casa. Lo encontró en el tanatorio de Ifema. –¿Percibió el cariño de la gente? –Hemos recibido el abrazo social, desde luego. Pero después. En los primeros días yo no me atrevía a bajar a Atocha. No lo podía hacer. Fui al principio, pero no recuerdo casi nada. Veo una lona negra en la que habían pintado en blanco los nombres de las víctimas. Bajé a borrar el nombre de Daniel con un rotulador negro. –¿Por qué? –Nadie me había pedido permiso para poner su nombre y realmente no había asumido que Daniel era uno de ellos. No entendía nada. Por lo demás, nunca pude ir a las estaciones. De hecho, sigo sin poder ir. Solamente he estado dos veces en el archivo. –¿Tiene miedo aún a reconocer esas fotografías? –Realmente, he visto miles de imágenes que me han impresionado. Recuerdo unas toallas convertidas en lazos negros, La Cibeles con un pañuelo... En ésas está ese precioso abrazo. Pero no he podido ver los archivos enteros por temor a encontrarme una de las fotos de las víctimas que nos siguen mandando. Las mira una persona que entró a los trenes a buscar a su mujer y las filtra para después clasificarlas. –¿Por qué les siguen mandando imágenes de

nes laborales, llegó al horno de las emociones en que se había convertido Atocha a su vuelta de un viaje a Baleares. Sonia se encontró sola ente la alfombra de velas en la que dejó su frase: «Por la paz y el recuerdo a las víctimas». Otros no dijeron nada. «Sencillamente, teníamos que estar». Lo cuenta Julián Espejer, un soldador de Talavera de la Reina (Toledo) que también acudió a esta estación. «Tenía la necesidad de ir y quedarme en silencio allí de pie. Para mí, era una manera de enfrentarme a la crueldad del hombre y reflexionar sobre qué habíamos hecho mal. Hacía mucho calor por las velas y uno se sentía mal por la cantidad de dolor acumulado y bien porque dentro de todo lo malo existía una unidad, una esperanza». Lo cuenta en el mismo lugar que tapizaba hace seis años el ‘Archivo del Duelo’, cuando las flores no dejaban ver el suelo. «Atocha se había convertido en un lugar de peregrinación», narra Sánchez Carretero. A los trabajadores de la estación les supuso una carga que muchos no pudieron superar. «Trabajábamos en un velatorio y algunos no lo soportaron», recuerda el camarero de una cafetería que prefiere no identificarse. Conforme se acercaba el verano, tuvieron que retirar aquel foco rojizo de calor y lo sustituyeron por unas máquinas en las que las personas escaneaban la huella de su mano y escribían sus palabras. Muchas de ellas quedaron inscritas bajo la silencio-

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sa cúpula del monumento a las víctimas que hoy se puede visitar en la estación. «Hoy he pedido silencio por ti, por todos los corazones latentes», reza uno de los testimonios.

Manjón sujeta una vela en recuerdo de las víctimas. :: J. R. LADRÁ los cadáveres? –Supongo que para hacernos la vida más difícil. Probablemente porque ni la Policía ni los jueces han sido capaces de cerrar el caso y de transmitir que fue un atentado yihadista. Si fuera así, no habría estas burradas. Nos mandan cosas con cierta frecuencia, bajo el aspecto de una presentación con las mejores fotografías del 11-M. Yo no abro nada que no me envíe alguien conocido. –¿Cuál es la muestra de cariño que recuerda más vivamente? –Entre otras muchas cosas, cuando hicieron a Daniel hijo adoptivo de Puerto Real, en Cádiz, donde pasábamos los veranos. Me siento muy andaluza desde entonces. –¿Cuál es la frase que quedó para el futuro? –‘Todos íbamos en ese tren’. Yo la utilicé y era muy cierta. Todos podríamos haber estado en esos vagones. No iban buscando a mi hijo. –¿Cómo es su vida ahora? –Muy activa. Tenemos muchas cosas que hacer en proyectos psicológicos, sociales o de concienciación sobre la paz. Quedan muchas causas por delante. –¿Y cómo es usted ahora? –El 11 de marzo ha absorbido mi vida, mi energía, mis sueños y mi ilusión. Nadie está preparado para enterrar su hijo de 20 años. Para mí, cada día es once de marzo. Ahora aprendo a sobrevivir, pero mis objetivos son absolutamente inmediatos, he renunciado a los sueños a largo plazo.

Madrid y Nueva York
La sensación ha sido la misma en otros templos improvisados. El mosaico de flores con velas guarda la misma carga que las rejas sembradas de fotografías de la Zona Cero de Manhattan, a la orilla del agujero que dejaron las Torres Gemelas. Tienen en común los ritos de duelo colectivo que afectan a las sociedades cuando hay una masacre. Siempre suceden en el lugar de la muerte «y sin que ninguna institución diga que hay que hacerlo allí». Aunque caben diferencias en la simbología: tras el 11-S, predominaban la bandera americana y los actos de patriotismo, mientras que la respuesta en Madrid fue «más cosmopolita» y referida a la ciudad: «Perú con Madrid», por ejemplo. En ambas ciudades se rezó, aunque en el caso de los trenes malditos de Madrid se hiciera con «una religión socializada», patente en las miles de estampas que se pudieron recoger. «Hay que rezar a Dios pero seguir creyendo en el hombre», escribió alguien. «No soy de rezar –confiesa la cajera Mari Luz Martín–, pero allí tuve un pensamiento por sus almas. Creo que ese día recé». Cuando dejó su vela, respiró.

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