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Boletín Informativo semanal, “EL ABRAZO”. Año 1, Nº 36. Asunción, 25 de abril de 2015.

¿CUÁNDO UN HOMBRE ES FELIZ?
Es la pregunta que cada hombre lleva
dentro de sí mismo, es la energía que
mueve la vida porque cualquier cosa que
uno haga o diga, siempre en todo busca
la felicidad.
Busca la felicidad porque este deseo
está inscripto en la estructura misma del
corazón. La felicidad coincide con la
ontología del ser humano. Dios creó al
hombre para que sea feliz, como relata
muy bien el primer capítulo del Génesis.
También Jesús afirma que vino al mundo
"para que mi alegría esté en vosotros y
vuestra alegría alcance la plenitud".
El dolor, la tristeza, la amargura no
forman parte de la ontología del ser
humano y por eso son aspectos
contingentes al tiempo y el espacio, en lo
que llamamos historia, la historia
personal y social de cada hombre en este
mundo. El dolor es la actual condición
contingente del hombre, explicable sólo
tomando en serio la verdad - para los
cristianos - o la hipótesis, para los que
aman sólo la razón, del pecado original.
La razón es exigencia de felicidad y por
eso no logra explicar el dolor. Ya Job en
su libro plantea en modo dramático el
problema del dolor porque es una herida
que contradice la razón y que se puede
explicar su existencia solamente con esta
culpa original. Pero la respuesta clara,
precisa, al problema del dolor, acontece
solamente en Cristo que, como afirma
San Pablo, se hizo pecado, es decir
dolor, para que cada uno mirándole
entendiéramos el valor reductivo del
dolor.
Cristo se hizo hombre, se hizo nada, se
hizo dolor, hasta morir en la cruz para
indicamos el camino de la resurrección,
de la felicidad. "Dios tanto amó al
mundo que entregó a su Hijo a la muerte
y una muerte de cruz" afirma la
Escritura, pero "para que tengan vida y la
tengan en abundancia", como afirma el
mismo Jesús.
Cuántas veces escucho personas
preguntarse el por qué del dolor, el por
qué de una clínica como la Casa Divina
Providencia, especializada en la terapia
del dolor, en el ayudar a los pacientes a
morir viviendo el dolor, imitando a Jesús
en el Getsemaní, en el Calvario y,
finalmente en la muerte.
Mi respuesta sencilla y dramática es:
"el dolor es todavía el medio más eficaz

que nos permite volver a pedir el don de
la fe. Si el hombre no conociera el dolor,
estaría convencido de ser Dios, como ya
cree de serlo. Sin el dolor el ser humano
estaría definido por el orgullo del “yo
puedo”, “yo soy”, “yo hago”, etc.
Mientras el dolor, cuando llega,
descompone, derrumba todas nuestras
falsas certezas, nuestras ilusiones,
nuestras pretensiones. Es como si el
dolor fuese el único camino que le queda
al hombre para encontrar a Dios y a Dios
el único medio que le permite despertar
al hombre de su anestesia mortal, de su
orgulloso letargo.
Es como si Dios, permitiendo el dolor
dijera al hombre: "¿amigo, no te das
cuenta que sos creatura mía y no me
puedo permitir que te pierdas alejándote
de mí, porque vos sos mío, sos mi
propiedad?". Duele reconocerlo pero es
como si la belleza no provocará más en
el hombre a levantar la mirada
reconociendo al autor de la belleza y su
autor. "Padre ¿por qué tuve que esperar
que me encontraran un cáncer para
darme cuenta de mi falta dele, de la
necesidad de Dios, de la vanidad de todo
lo que hasta hoy fueron mis ídolos?"
El hombre puede farrear, puede
también ser idiota definiéndose ateo,
pero llegará el momento en "vendrá la
muerte y tendrá tus ojos" y en aquel
momento o se abre a la gracia. a la
misericordia divina o se suicidará".
Tristemente el hombre no quiere, en la
locura de su orgullo, de su "éxito", tomar
en serio la realidad y prefiere vivir como
un payaso, pero pronto tendrá que pisar
tierra y ¿qué será de él?
El domingo primero de noviembre
estaba cenando solo en la pizzería de la
parroquia cuando entró una linda mujer
que me saludó con cariño pero, dándose
cuenta que no la reconocí, me dijo con
disgusto: "¿cómo? ¿No me reconoces, te
olvidaste de mi?". Y yo con el aire de un
tonto le dije: "sinceramente no recuerdo
quién sos". Amargada por mi respuesta
me contesto: "Soy Fulana la esposa de
Mengano".
No lo podía creer y volví a decirle:
"pero qué hiciste para transformarte
hasta el punto de no reconocerte... cuánto
dinero gastarías para borrar de tu cara la
edad que tienes". Inmediatamente
agregué: "Amiga, sé muy bien cuanta

plata tienes ahora si bien cuán pobre eras
un día y te has olvidado de tus
orígenes… pero “vendrá la muerte y
tendrá tus ojos”.
Ella me miró desconcertada mientras yo
seguía hablándole de la muerte que
revelará a todos lo que vale y lo que no
vale, aquello por lo cual vale la pena
vivir y aquello que no vale la pena, etc.
No pasaron ni siquiera dos minutos de
este diálogo que agarró la puerta y se fue
diciéndome: "no quiero escuchar mi
realidad". Me quedé mudo... comiendo,
con el pensamiento, lleno de paz, en la
muerte y en la reacción necia de esta
mujer que, viviendo de ilusiones, está
convencida que es mejor vivir sin pensar,
sin preguntarse el por qué del dolor, de la
vida y de la muerte. Pero cuando venga
el momento "del dar cuenta a Dios de la
vida" ¿Cómo enfrentará la cuestión?
No puede existir felicidad censurando
la realidad porque es en la realidad que
uno percibe cuanto afirma el salmo 118:
"Dichoso el que es fiel a sus preceptos y
lo busca de todo corazón. "Dichoso"
significa "alegre", que tiene un ánimo
distinto de los demás. "El que sigue sus
preceptos", ¿qué son "sus preceptos"? Es
el orden de la realidad; la gravitación
universal es uno de sus preceptos, la
gravedad terrestre es un precepto suyo,
que las plantas crezcan derechas, que
crezcan de determinada forma porque
también hay plantas que crecen torcidas es un precepto suyo.
La palabra "precepto" indica que la
realidad tiene un designio, un orden;
"dichoso el que es fiel", el que se adhiere
a las cosas como naturalmente,
originalmente, es decir, divinamente,
están planteadas. Dichoso quien busca
con todo el corazón estos preceptos, este
significado de las cosas, esta forma de
las cosas.
Es la gracia de mirar la realidad dentro
de un designio más grande, un designio
providencial del cual Dios mismo es el
autor y por consiguiente la experiencia
de la positividad de todo, hasta del
pecado, de la miseria, del dolor, porque
como afirma el apóstol San Pablo “todo
concurre para el bien de quien ama al
Señor”.

Padre Aldo