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OMER ENGLEBERT

EL PADRE DAMIÁN
APÓSTOL DE LOS LEPROSOS

Traducción y prólogo de
Santiago Magariños

Madrid
1944

1

NOTA DEL EDITOR:
Damián de Veuster fue beatificado el 3 de junio de 1995 por Juan
Pablo II, y canonizado el 11 de octubre de 2009 por Benedicto XVI.

2

ÍNDICE

PRÓLOGO....................................................................................................................5
INTRODUCCIÓN.........................................................................................................7
PRIMERA PARTE..........................................................................................................11
PADRE DAMIÁN ENTRE LOS CANACOS.........................................................11
Capítulo primero..........................................................................................................12
Orígenes......................................................................................................................12
Capítulo II....................................................................................................................21
Picpuciano..................................................................................................................21
Capítulo III..................................................................................................................31
Hacia la Polinesia.......................................................................................................31
Capítulo IV..................................................................................................................41
Las Hawai...................................................................................................................41
Capítulo V...................................................................................................................51
El distrito de Puna......................................................................................................51
Capítulo VI..................................................................................................................58
El distrito de Kohala...................................................................................................58
SEGUNDA PARTE.........................................................................................................76
EL PADRE DAMIÁN ENTRE LOS LEPROSOS.................................................76
Capítulo primero..........................................................................................................77
Molokai.......................................................................................................................77
Capítulo II....................................................................................................................92
“¡Ofrezcamos la vida!”..............................................................................................92
Capítulo III................................................................................................................103
El padre de los leprosos............................................................................................103
Capítulo IV................................................................................................................121
Una parroquia modelo..............................................................................................121
Capítulo V.................................................................................................................138
Célebre en el Universo, y condecorado en Honolulú...............................................138
TERCERA PARTE.......................................................................................................149
EL PADRE DAMIÁN, LEPROSO........................................................................149
Capítulo primero........................................................................................................150
Atacado a su vez........................................................................................................150
Capítulo II..................................................................................................................156

3

Últimos trabajos........................................................................................................156
Capítulo III................................................................................................................161
Los amigos................................................................................................................161
Capítulo IV................................................................................................................179
Pruebas.....................................................................................................................179
Capítulo V.................................................................................................................192
El testimonio de Roberto Stevenson..........................................................................192
Capítulo VI................................................................................................................204
Un siervo de Dios......................................................................................................204
Capítulo VII...............................................................................................................211
Muerte y celebridad...................................................................................................211
APÉNDICE..............................................................................................................226

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PRÓLOGO

Una buena biografía no es una noticia, sino una definición; no un
relato, sino la clave de un símbolo, ha dicho d’Ors, y nada mejor puede
confirmar esa idea que la vida y la obra de este santo Padre Damián.
La oportunidad de su publicación radica en el deseo de mostrar el
claro ejemplo de este humilde religioso en medio de la bárbara ceguera del
mundo actual. Sus páginas aspiran a llevar a los hombres el amor al
prójimo, el sentir de la verdadera caridad, tan olvidada y falsa en estos
tiempos. Porque si es verdad que casi todos los pueblos poseen la fe que
Dios prescribe para vivir dignamente, la mayor parte carecen de la caridad
necesaria para que esa vida sea útil.
La vida del P. Damián es la clave de un símbolo, de la máxima
oportunidad hoy, porque se perdió entre la tierra de los muertos. Con su
amor a los leprosos, esos apestados del mundo, odiados y separados de la
gente feliz, parecía tener presentes aquellas palabras de la primera Epístola
de San Juan: «Cualquiera que aborrece a su hermano, es homicida; y
sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permaneciente en sí. En esto
hemos conocido el amor, porque Él puso su vida por nosotros; también
nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Mas el que
tuviese bienes de este mundo y viere a su hermano sufrir necesidad y le
cerrare sus entrañas, ¿cómo estará el amor de Dios en él? Hijitos míos, no
amemos de palabra ni de boca, sino con obras y con sinceridad.»
Fiel a la «atadura de la caridad», que decía San Agustín, desenvuelve
su vida realizando esas incomparables hazañas que son y serán siempre de
todos los tiempos, porque cada día y cada afán proporcionan un ser débil,
un apestado, un pobre o un leproso en quien ejercitar la caridad. En la
forma social del débil ante el fuerte; en la opresión del poderoso al mísero;
en la injusticia que se inflige al enemigo, o la injuria que se vierte; en el
obrar del rico contra el pobre, y el grande frente al pequeño; en todo ello,
el hilo que les mueve es el egoísmo, el feroz egoísmo, envidioso y artero,
que se disfraza de altruismo y nobleza y que les impide ver que, así como a
los pies de los dioses el débil era un esclavo, a los píes de Cristo el débil es
un hermano.
5

Damián, con su ejemplo, nos dice que entremos en nuestro corazón y
nos preguntemos si somos cristianos para amar a los débiles y perseguidos,
para amarlos como los amaba Damián y Cristo, no sólo con la caridad de
su limosna, sino con la caridad de su corazón; que, si a veces se da el pan
del sustento, jamás ha de negarse un corazón que ame.
Porque así pensaba, sentía y actuaba Damián, fue atacado, más que
por la lepra devastadora, por el egoísmo, envidia e incomprensión de los
propios. Que tal había de llegar, lo sabía de cierto. Muchas veces leería
aquel salmo 68, que le prevenía: «Esperó mi corazón el insulto y la miseria; aguardé que alguien se condoliese de mí, y no le hubo, y que alguno
me consolase, y no lo hallé.»
Fueron los tiempos en que le apartaron del trato de las gentes por
leproso del espíritu; tiempos de maledicencia y calumnia, entre las gentes
buenas, que no podían permitir que otros hicieran lo que no les dejaba
realizar la roña de sus vicios, tapada con cal de oraciones falsas y piedras
de hipocresías; gentes que, al decir de Swift, tienen bastante religión para
odiarse e insuficiente para amarse unos a otros. Gentes que escupían su
misericordia porque no les cabía en el alma; almas que deshacían las de
sus semejantes cuando ello les valía un puesto más elevado o el respeto en
el escalafón humano, o vivían con las espaldas como mesas, en adulación
servil. Gentes inútiles para Dios y los hombres, porque no hacen, y en sus
ideas, porque no piensan, sino que sólo crean musgo en lo fértil y arena en
la flor, y calumnia y recelo en las buenas obras y en el corazón del justo, al
que mustian y agostan como aletazo del diablo.
A la falta de caridad del mundo presente da réplica esta biografía,
repleta de ella, y al ruin espíritu que carcome a los hombres, este altísimo
del Padre Damián, que abrazaba y besaba lo podrido y lo indigno.
¡Y si todavía le escucharan!...
SANTIAGO MAGARIÑOS

6

INTRODUCCIÓN

Innumerables son las publicaciones que se barí consagrado al Padre
Damián, por su celebridad universal.
Para establecer una bibliografía completa, sería menester, primero,
citar miles de artículos de revistas y periódicos, que podernos dejar sin
mencionar, pues son erróneos o no hacen más que repetir lo que en otro
lado se dijo.
Habríamos de redactar en seguida la lista de las biografías existentes.
De ellas han aparecido en inglés unas treinta, veinte en francés, quince en
holandés, diez, en alemán y varias en italiano, español, ruso, danés, latín,
en lengua del país de Gales, en Sindhi, en caracteres Baille, etc. Mencionamos en el apéndice las cuarenta más principales. La mejor es la del
Padre Vital Jourdan, Picpuciano (Le Père Damien, un vol. 524 páginas.
París, 1931), que se escribió sobre las más mismas fuentes.
***
Se encuentran éstas en los archivos de la Casa Matriz de Picpus y
están compuestas por los siguientes documentos:
A. Manuscritas
1. Cartas del Padre Damián a su familia, a su hermano Pánfilo, a sus
superiores y a otros varios. De ellas hay doscientas doce escritas en
francés, inglés, flamenco o en canaco. Se han publicado numerosos extractos por el P. Jourdan, O. C.
2. Informe del P. Damián sobre la leprosería de Molokai preparado a
instancia del presidente del Comité de Salud, Sr. Walter Gibson, Kalawao,
el 17 de manso de 1886. Este informe está redactado en inglés y se halla
compuesto de un millar de renglones. Se publicó en parte por el P. Jourdan,
O. C.
3. Informe del P. Damián sobre su enfermedad, destinado al Doctor
Morrow, calle Este, 66. Nueva York. Ciudad. Texto inglés de unas 200
líneas aproximadamente, que el Padre firmó, después de haberlo dictado a
7

JOSÉ DUTTON, el 10 de marzo de 1880, añadiendo a su firma la palabra
“Exacto”. Inédito.
4. Guía espiritual del P, Damián. Cuaderno, de más de 400 págs., que
contiene mezclados planes de sermones, extractos de lecturas, reflexiones
íntimas, resoluciones de los retiros espirituales, y aun de exámenes de conciencia. El P. Jourdan, O. C., ha publicado algunos pasajes.
5. Cartas escritas a Damián por sus superiores, por sus hermanos de
religión y otros. Inéditas, a excepción de algunos extractos en JOURDAN,
O. C.
6. Cartas que sobre Damián escribieron sus superiores, durante su vida
y después de su muerte. Inéditas.
7. Relación de Dutton a Monseñor Koeckmann, escrita el 12 de febrero
de 1890, que consta de unas treinta páginas.
Suplemento de igual extensión, escrito por el mismo, el primero de
noviembre de 1905 y el 22 de febrero de 1906.
Dutton conoció a Damián en 1888, en los momentos de su muerte.
Atestiguó bajo juramento la veracidad de cuanto dijo. El superintendente
Meyer, que conoció a Damián durante diez y seis años, declaró al autor,
después de haber leído su Relación: “Habéis descrito al Padre tal como
era.” Extractos de esa Relación y del Suplemento aparecieron en JOURDAN,
O. C.
8. Declaraciones hechas, a menudo bajo juramento, por personas que
conocieron a Damián. Estos testimonios forman cientos de páginas, y la
mayor parte de ellos están inéditos.
9. Vida, del P. Damián, compuesta por el P. MAURICIO RAEPSAET en
1889. El autor se documentó en el P. Pánfilo, hermano del apóstol, y por
otros testigos de su vida.
Esta obra, aún en manuscrito, inspiró las biografías que aparecieron a
continuación.
B. Impresas
1. CHARLES WARREN STODDARD, The Lepers of Molokai. Indiana,
1885.
Stoddart, profesor en la Universidad de Indiana, visitó dos veces la
leprosería, donde fue huésped del Padre Damián.
2. EDWARD CLIFFORD, Father Damien, Londres y Nueva York, 1889.
8

El autor pasó diez días con el P. Damián y mantuvo correspondencia
con él hasta su muerte.
3. ROBERTO-LUIS STEVENSON, Father Damien, An open letter to the
Reverend Dr. Hyde of Honolulú. Londres. Edición Insitala. Vol. XXI, 1924.
ARTHUR JOHNSTONE, Recollections of Robert-Louis Stevenson in the
Pacific. Londres, 1905.
R.-L. Stevenson estuvo en Molokai para informarse sobre Damián al
mes siguiente de su muerte.
4. DR. M. MOURITZ, The Pat of the Destroyer, a history of leprosery in
the Hawaiian Islands. Honolulú, 1918.
El autor vivió tres años al lado del P. Damián, como médico residente
de la leprosería.
5. CARLOS J. DUTTON, The Samaritans of Molokai, the lives of Father
Damien and Brother Dutton among the lepers, Londres, 1934.
Obra compuesta según las memorias de J. DUTTON, de las que cita
numerosos extractos.
6. Artículos publicados en los Anales de los Sagrados Corazones,
Las Misiones Católicas, Anales de la Propagación de la Fe, Anales de la
Santa Infancia, y en diversos periódicos hawaianos, ingleses y americanos,
entre 1872 y 1897, por varios visitantes de Molokai.
***
Con estas fuentes hemos realizado nuestro trabajo. Su valor procede
de que emanan del mismo Damián o de testigos que le vieron en su labor.
¿Son verídicos tales testigos? El lector podrá decidirlo por sí propio,
pues, al aparecer en el transcurso de nuestro relato, ellos revelarán su carácter y el grado de crédito que merecen. Las referencias que se
encontrarán en el apéndice probarán que nada hemos avanzado en nuestro
libro que no se encuentre fundamentado ya en sus declaraciones.
Gran número de los testimonios invocados se hallan en lengua
extranjera. Los hemos traducido lo más fielmente posible. Los otros están
en francés, pero en un francés de tal modo incorrecto o mediocre, que
pocas gentes soportarían su lectura sin fastidio. Aquellos que, no obstante,
tengan el valor de enfrentarse con el original, podrán ver que, al corregirle
y mejorarle, no lo hemos enriquecido con matices y adornos de nuestra
cosecha.
9

Cuando se cita un texto, la costumbre es hacerlo entre comillas y
sustituir las palabras de que se prescinde por medio de puntos suspensivos.
Hemos empleado las comillas, pero hemos suprimido los puntos
suspensivos cuando nuestros testigos se perdían en repeticiones o detalles
insignificantes. De no ser así, muchas páginas de nuestro libro se hubieran
cubierto con más puntos que letras, y ello hubiera presentado una
tipografía muy extraña. El lector está advertido de antemano que estas
supresiones no tienen importancia alguna y no sirven jamás para falsear las
citas acortadas. Aun así, podrá asegurarse de ello consultando los
originales que se incluyen en el apéndice.
O. E.

10

Primera parte
PADRE DAMIÁN ENTRE LOS CANACOS

11

CAPÍTULO PRIMERO

Orígenes

Basta con trazar sobre el mapa de Europa una línea horizontal desde
Roubaix a Aquisgrán, pasando por Waterloo, para dividir Bélgica en dos
partes iguales y delinear al mismo tiempo la frontera lingüística que separa
a los valones de los flamencos. Al norte de esta línea se extiende la región
flamenca o germánica; al sur, la walona, país de lengua francesa.

Aun cuando ocupe un territorio pequeñísimo (al rededor de 15.000
kilómetros cuadrados) y cuente tan sólo con cuatro millones de habitantes,
el pueblo flamenco es uno de aquellos que más honran a la civilización
cristiana y a la humanidad.
No se descubren en su historia manchas ni insensateces memorables.
Las guerras que emprendió siempre fueron justas y se ganaron a menudo.
Nadie consiguió nunca sojuzgarle, ni privarle de su lengua y creencias.
Trabajador, inteligente y de una facultad de adaptación sorprendente, brilló
en el comercio y en la industria tanto como en las ciencias y en las artes.
12

Sus viejas ciudades ocultan maravillas arquitectónicas; su escuela de
pintura es única en el mundo; sus escritores, sus músicos, sus autores
místicos, son numerosos y de los más famosos. La raza ha conservado, al
propio tiempo, todo su vigor. No hay un orden de la actividad en el que los
flamencos del día no puedan rivalizar con los pueblos mejor dotados, y,
digámoslo de pasada, ellos son quienes, a partir de un siglo, han
proporcionado el mayor número de misioneros a la Iglesia.
En esta tierra flamenca, en Ninde-lez-Tremeloo, a cuarenta
kilómetros del nordeste de Waterloo y treinta al sureste de Amberes, nació,
el 3 de enero de 1840, José de Veuster, el futuro Padre Damián.

Este país, que riega el Dyle, es llano, arenoso, poco fértil, cortado de
un lado a otro por campos de malezas y abetos. Nada ha cambiado desde
hace un siglo. La población siempre es ruda, trabajadora y cristiana. En
Tremeloo, todo el mundo es cristiano prácticamente; las costumbres son
sanas; las familias, numerosas; las vocaciones religiosas, abundantes.
En 1840, el pueblo, que acababa de ser disgregado del municipio de
Werchter, contaba, en sus diez aldeas y aledaños, con 1.600 habitantes.
Más tarde se estableció una gendarmería, bien porque las riñas entre
bebedores de cerveza se hicieran muy frecuentes, bien porque, siendo ne13

cesarios los gendarmes en el cantón, se les alojara allí para facilitar sus
desplazamientos.
***
Francisco de Veuster, nacido en Tremeloo en 1800, y Ana-Catalina
Wauters, nacida en Haecht, pueblo vecino, en 1803, tuvieron ocho hijos.
Murieron dos de tierna edad; dos, Leoncio y Gerardo, se casaron; dos se
hicieron sacerdotes: Augusto y José; y dos hijas, Eugenia y Paulina,
entraron en las Ursulinas. José, nuestro héroe, vino al mundo el penúltimo.
Explotaban sus padres una tierrecilla, a lo que se unía el comercio de
granos que, cada dos días, llevaba el padre al mercado de Lovaina,
Malinas, Amberes o Bruselas. Ocupaban una casita modesta, de ladrillos
rojos, separada de las cuadras y cocheras por un corral, donde gruñían los
cerdos y picoteaban las gallinas. Eran flamencos robustos y valientes, ni
pobres ni ricos, de fervorosa fe y costumbres ejemplares.
Para aquéllos a quienes inquieta el problema de la herencia, diremos
que Damián debió, sin duda alguna, a sus padres su bien equilibrado
espíritu y su excelente salud, el gusto al trabajo, un vivo sentimiento de lo
sobrenatural y un optimismo indefectible. Tal vez procedía de su padre la
afición a las lejanas aventuras. Se marchaba éste, cada año, al Tirol, para
hacer provisión de sanguijuelas, que después revendía a los médicos de la
región. Se necesitaba ser imaginativo e industrioso para emprender, en tal
época, semejantes viajes. En cuanto a la madre, era particularmente
ferviente. A menudo, en un enorme infolio gótico, que sólo ella sabía
descifrar, leía a sus hijos la vida de los santos. Se entusiasmaban, sobre
todo, con los Padres del desierto, y ardían por marchar tras de sus huellas.
Cuenta uno de ellos que: “Una mañana salimos para la escuela, José,
de ocho años de edad, mi hermana Paulina, mi primo Francken y yo,
llevando nuestro desayuno en una cesta. Por el camino resolvimos ser
ermitaños y fuimos a ocultarnos en un bosquecillo. Permanecimos de rodillas», aislados, rezando y suspirando lo mejor que podíamos. Al mediodía
partimos el contenido de la cesta sin hablar y sin reír. Serían las nueve de
la noches cuando un viandante nos vio y fue a darle cuenta a nuestros
padres. Pronto enviaron a alguien para poner fin a nuestra existencia
eremítica y traernos a casa.”
Otra vez, fue la repetición de la escena de Jesús perdido en el templo.
Habiéndose dirigido los De Veuster a una verbena de los alrededores,
alguien se dio cuenta de que José había desaparecido. Dijeron que se había
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reunido con otro grupo de la familia. Pero al llegar la noche y no
encontrarle, los padres se inquietaron. Hasta que el abuelo propuso ir a ver
en la iglesia de Werchter, donde, en efecto, se encontraba el desaparecido,
pero no en medio de los doctores, sino solo, bajo el púlpito, sumido en
oración.
***
Cuando José cumplió siete años, comenzó a aprender los rudimentos
en la escuela de Werchter, a sus buenos dos kilómetros de Ninde.
Cualquiera que fuese el tiempo, caminaba a pie, y en la iglesia parroquial
de Tremeloo fue donde, el domingo de Ramos de 1850, recibió su primera
comunión,
No hay mucho que espigar en esta parte de su existencia. Para su
maestro, el pequeño era “muy inteligente”; para el cura, muy piadoso; y
todos le encontraban aplicadísimo en sus deberes.
A falta de sucesos señalados, se cuenta que patinaba muy bien y que
estuvo a punto de ahogarse un día en el Dyle; que medía sus fuerzas con
los corderos, aun cuando éstos le enviasen varias veces rodando por tierra;
que una carreta le pasó sobre el cuerpo: vinieron a decirle a su madre que
le había aplastado, pero sólo salió de aquello con algunas heridas y
chichones. También se cuenta que le hubiera gustado tener una urraca
amaestrada. Un mendigo lo sabía: “Precisamente —dijo al estudiante, que,
al dar el mediodía, sacaba de su cesta excelentes pasteles—, os he llevado
una muy bonita y os aguarda en casa.” Reconocido, el amante de las
urracas entregó inmediatamente todo el contenido de su cesta a este
hombre generoso y se pasó sin almorzar. Pero, por la noche, al regresar a
su casa, quedó decepcionado; el mendigo que se había comido los pasteles,
no había llevado el pájaro.
En 1858, José de Veuster tiene trece años. Sabe todo cuanto puede
aprender en la escuela de Werchter, y lo bastante para cultivar la tierra en
Tremeloo; cierra sus libros y entra en la casa. Poco a poco va
estrechándose el círculo de familia. Eugenia, la mayor de las hijas, religiosa desde 1842, ha muerto en el convento. Pronto Paulina se hará, a su
vez, ursulina. Y un nuevo éxodo se prepara: Augusto recibe lecciones de
latín, preparando su próxima entrada en el seminario.
No quedan en el hogar más que tres niños: tres muchachos fuertes, de
los cuales José es el más joven, pero también el más robusto, el más
experto, según parece, en todo género de trabajos campestres. Durante
15

cuatro años trabaja la tierra, siembra, siega, cuida de los animales, conduce
los caballos, planta y corta árboles, presta servicios a sus vecinos y se
ejercita en los diversos oficios que ha de saber un agricultor obligado a
bastarse a sí propio.
Una viejuca ha contado que llegaba hasta a curar las vacas: “Yo tenía
una —dijo—, que el veterinario miraba como perdida y que el carnicero
quería matar. Esta vaca era mi única fortuna. El bueno del muchacho tuvo
piedad de mí; despidió al carnicero y trató de triunfar en aquello que había
fracasado el veterinario. Se instaló en el establo y allí pasó toda la noche, y
cuidó tan bien a mi animalito, que al día siguiente se había salvado y pocos
días después se encontraba en perfecta salud.”
Vemos que el aprendiz de labrador era tan caritativo como ingenioso.
Gozaba de cierto prestigio en el pueblo, pues era de un vigor poco corriente y “levantaba como si no fueran nada, sacos de cien kilos”. Sus
costumbres continuaban siendo puras y su piedad profunda.
No hemos de decir que la virtud le costaba menos que a los demás, y
que no debía de luchar para mortificar su cuerpo. Dormía sobre una tabla,
que ocultaba por la mañana bajo su cama. Pero un día se olvidó de tomar
esta precaución y su madre supo por este modo que su hijo emulaba a los
Padres del desierto.
***
El patrimonio familiar no era tan importante que permitiera a todos
los hijos de De Veuster encontrar ocupación en la casa. Se decidió que José
sería comerciante en granos, como en Tremeloo lo era su padre, y su
padrino Govaerts lo era en Amberes. Se pensó primero en que hiciera
como una especie de prueba en la casa de este último, mas después se
estimó que debía aprender antes el francés, y esta fue la razón que
determinó a los suyos para enviarle a tierra valona.
Después de las vacaciones de Pascua de 1858, entró José como
pensionista en la escuela media de Braine-le-Comte, en Hainaut.
A la cabeza de este establecimiento estaba el señor Derue-L’Hoir,
hombre honradísimo y muy cristiano, que no exigía de los padres del muchacho una retribución muy exagerada. He aquí, como ejemplo, la nota
que envió a Tremeloo el 4 de octubre de 1858:
Trimestre de pensión desde el 4 de octubre
al 20 de diciembre de 1858 ……………….. 87,50 frs.
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Ropa de cama y lavandera …………..………….. 13,50 “
Servicio de mesa …………..………………….... 0,40 “
Tinta y silla en la iglesia …………..…………… 0,90 “
Retribuciones escolares …………..……………. 6,00 “
Nota anterior …………..………………………. 35,56

Total 143,86 frs.
Por un franco diario se estaba muy bien cuidado en 1858 por el señor
Derue-L’Hoir, en Braine-le-Comte. En la primera carta que José dirige a
sus padres da testimonio de ello y se felicita del régimen.
“Todo está limpio aquí y lleno de comodidades —escribe—. Cada
día tenemos una comida como si fuera fiesta y la cerveza que nos sirven es
excelente.”
Su carta está escrita en francés, pero en un estilo tan defectuoso, que
sin cesar hay que corregirle y aun traducirle para que sea soportable.
El Padre Damián era poliglota, pero escritor incorrecto. Jamás se
aplicó a ello, y no consiguió escribir bien. Su gloria era de otro orden.
***
Con esa facilidad de adaptación que siempre veremos en él, este
joven de diez y ocho años pronto se habitúa al país y a su nueva vida.
Citémosle, por una vez, textualmente, a reserva de añadir que otra
vez lo hará mejor:
“El primer día estaba un poco avergonzado (molesto). No tenía
libros, pluma o papel o algo que fuera bueno (necesario). Lo pedí al señor
Derue, nuestro superior. Mi maestro es un valón que es muy cuerdo
(bueno) y muy sabio, y me da lecciones aparte. Solamente somos cuatro
flamencos. Todos los valones que ríen conmigo (que se burlan de mí) les
pego con una regla... Ya comienzo a hablar con los valones... Os ruego que
me enviéis cuatro camisas, un pantalón de tela de cutí... añadid noticias de
Paulina, etc.”
Aprender el francés es para él la principal cuestión, que ha de realizar
lo más pronto. En el año nuevo, después de felicitar a sus queridos padres
“por todo el bienestar con que le han colmado desde sus más tiernos años,
17

y en particular por la educación que ahora recibe y que le será útil en todos
los momentos de su vida”, añade:
“Os ruego que me perdonéis por haber tardado tanto en escribiros,
pero ya sabéis que no se tiene mucho tiempo para consagrarlo a la correspondencia cuando se está en la escuela para aprender una nueva lengua.”
El 17 de julio de 1858, deplora que la distribución de premios venga
a interrumpir sus estudios.
“Estoy contrariado por lo que se avecina; olvidaré el francés que he
aprendido, durante las siete semanas que han de durar las vacaciones.”
¿Por qué tiene tanta prisa en saber el francés? Es que lo necesitará
para ser sacerdote. Por esta época, si no fue, acaso, al partir de Tremeloo,
es cuando ha escuchado el llamamiento de Dios y ha resuelto seguirle.
Todavía no ha dicho una sola palabra. Confidencias prematuras hubieran
podido comprometerlo todo. Y él, que se distinguía por apartar los
obstáculos a viva fuerza, también sabía soslayarlos. Ahora bien, en su
vocación había muchos. Los más grandes eran su retraso en los estudios y
la probable oposición de sus padres. Su padre, por lo menos, creía haber
contribuido ya en gran medida, al dar a Dios tres hijos. Y es que, después
de Augusto, Paulina acababa de abrazar también la vida religiosa.
“¡Qué felicidad la suya!”, suspira el firmante de la carta del 17 de
julio. Y prosigue, indicando a dónde piensa llegar: “Espero que llegará mi
vez de escoger el camino por el cual debo entrar. ¿Es que no hay
posibilidad de que yo siga a mi hermano Pánfilo?”
***
Pánfilo era el nombre de religión de Augusto, novicio entonces en el
convento de los Sagrados Corazones de Lovaina.
Al recibir esta noticia, piensa la familia que algo ha debido ocurrir en
Braine-le-Comte. En efecto, acababa de predicarse una misión por los
Padres Redentoristas.
Desde aquí, vemos al señor Derue-L’Hoir llevando por la noche a sus
discípulos a la iglesia y agrupándolos al pie del pulpito, para escuchar el
sermón. El templo está lleno del grave rumor de los cánticos que el pueblo
salmodia en el coro:
Sólo un alma tengo,
que debo salvar,
de la eterna llama
he de preservar,
18

de la llama eterna
he de preservar.
Estos cánticos colocan a la multitud en un excelente estado de
receptividad espiritual. Aparece el misionero. Es un hombre de Dios,
elocuente y convencido, que ama profundamente a sus hermanos, a
quienes habla para hacerlos mejores. Con patéticos gestos, que muestran
las sangrientas llagas de Cristo, truena contra los insensatos pecadores que
hacen vanos tantos dolores y ellos mismos se exponen, por un instante de
placer, a una eternidad de penas. Desenvuelve los grandes temas
evangélicos que encuentran una resonancia tan extraña en el alma humana:
el árbol herido por el rayo, que queda en el sitio donde había caído, la
muerte que viene como un ladrón en el instante en que menos se le espera... “Un infierno en el que los condenados son zambullidos.”
Los espíritus creyentes se rinden a tales argumentos sin replicar, y
muchos corazones quedan trastornados. ¿Cuánto durará esta emoción?
Pura muchos, los cuidados y preocupaciones materiales pronto la habrán
disipado. Pero en otros sobrevivirá. Los hay que saldrán transformados del
sermón, habiendo tornado determinaciones que les ligarán para toda la
vida.
***
Tal fue el caso de José, que desde entonces decidió, de un modo
absoluto, ser religioso. Primeramente pensó entrar en la Trapa, y se comprende que, con su mezcolanza de trabajos agrícolas y austeridades, le
atrajese la vida del trapease. Se lo escribió al Hermano Pánfilo, que estaba
gozando las mieles de su vocación.
Aquel, que ha encontrado el camino de la felicidad espiritual le gusta
arrastrar a ella a los otros. Nadie hay tan dichoso como un religioso joven,
ni que ponga mayor ardor en hacer prosélitos. Pánfilo respondió, sin duda,
que, puesto que la Comunidad de Picpus estaba allí, no había por qué ir a
buscar más lejos; que allí podía santificarse como en la Trapa, y hasta
llegar a ser misionero; que ayudaría cuanto pudiera a su hermano para que
le admitieran, y otras cosas semejantes, propias para inclinar la balanza hacia el buen lado.
José decidió unirse lo más pronto posible con su hermano mayor.
¿Había resistencias por el lado de la familia? La siguiente carta, llena de
grandes y terribles lecciones, debía disiparlas. Está escrita en la Navidad,
el día en que el cielo no puede enviar a los hombres más que buenas
19

inspiraciones; es Dios el que habla, y sería desobedecerle no comprender
que José debía comenzar su noviciado inmediatamente; y, además, ¡que no
lo olviden!, el Padre Redentorista lo ha repetido bastante; ahí está al fuego
eterno para castigar a los padres que se oponen a la vocación religiosa de
sus hijos:
“Braine-le-Comte, 25 de diciembre de 1858.
“Mis queridos padres:
“Necesito escribiros en este hermoso día de Navidad, en el que he
adquirido la certeza de que Dios quiere que yo abandone el mundo para
abrazar la vida religiosa. Como los niños, también los adolescentes deben
obediencia a sus padres. Así, vengo a pedir la autorización para seguir mi
vocación, viendo que no puedo comprometerme a entrar por ese camino
sin vuestro asentimiento.
“Guardaos de creer que la idea de entrar en el santo estado religioso
procede de mí; os certifico que es la Providencia quien me la ha inspirado.
No queráis ponerle obstáculos; si Dios me llama, debo obedecer; al no
responder al llamamiento divino, me expondría a perderme para toda la
eternidad; en cuanto a vosotros, el buen Dios podría castigaros
terriblemente oponiéndoos a que yo realizase su voluntad.
“Sabéis que la elección de un estado decide de nuestra eterna
felicidad. Mi vocación nada tiene que pueda entristeceros.
“Augusto (Pánfilo) me escribe que me admitirán en su convento,
pero que no hay que dejar para después del primero de enero el tratar este
asunto con el Superior, a fin de comenzar mi noviciado lo antes posible.
“Mientras espero tan gran felicidad, soy siempre vuestro obediente
hijo,
J. DE VEUSTER”
Para lograr que aceptaran sus padres, tan buenos cristianos como
eran, ¿precisaba amenazarles con la condenación eterna? La carta, en todo
caso, consiguió el resultado apetecido. José abandonó pronto Braine-leComte, y algunos días después, acompañado de su padre, marchó a ver, en
Lovaina, al hermano Pánfilo. En el pensamiento de los padres, aquello no
era más que una visita de inspección. Pero los hijos no habían perdido el
tiempo; la realización de los proyectos del pequeño estaba más avanzada
20

de lo que podían imaginarse en Tremeloo, pues se decidió, acto continuo,
que José quedaría en el convento y el padre regresaría solo a su casa.

21

CAPÍTULO II

Picpuciano

El 2 de febrero de 1859 tomó José el hábito religioso y cambió su
nombre por el de Damián.
El Instituto de Picpus, del que iba a ser miembro, se llama en
términos canónicos “Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y
María”, pero se le designa, generalmente, por el nombre de la calle
parisina donde el Padre Coudrín la fundó en tiempos del Imperio.
Natural de Poitou, el santo hombre había pasado la revolución
ejerciendo su ministerio en medio de los mayores peligros. Cuando
llegaron los días mejores, reunió en Poitiers a algunos sacerdotes y
mujeres piadosas, que formaron la simiente de una nueva y doble
congregación. Más tarde se instaló en la calle de Picpus, y tanto prosperó,
que a la muerte del fundador, en 1837, contaba con varios centenares de
miembros.
Hoy los religiosos del Padre Coudrín ascienden a un número
aproximado de mil trescientos, extendidos por el mundo entero. Los
sacerdotes, vestidos de blanco, se entregan a la enseñanza y a la
predicación; los legos, vestidos de negro, se aplican a los trabajos
manuales; y todos llevan sobre su pecho la imagen de los Sagrados Corazones. Entre otras prácticas devotas, los Picpucianos pasan cada día media
hora delante del Santísimo Sacramento y hacen cada semana una hora de
adoración nocturna.
En 1840 se establecieron en Lovaina, el mismo año en que, a diez y
seis kilómetros de aquélla, nacía el futuro Padre Damián. Crearon allí un
noviciado y una casa de estudios para los que recogían de Bélgica,
Holanda y Alemania.
***
Una gran decepción esperaba a Damián. Llegaba contando con ser
sacerdote. Pero se le advirtió que, no habiendo estudiado el latín, no se
hallaba en condiciones de emprender los estudios necesarios para el
22

sacerdocio. Se le recibió, pues, en calidad de hermano de coro. Éstos, cuya
clase se ha perdido después, estaban dedicados al servicio de las capillas o
trabajos semejantes, más notorios que los de los demás legos.
Desilusionado y sumiso, nuestro novicio no renunció por ello a sus
proyectos. Eran frecuentes para él las ocasiones de conversar con Pánfilo,
que vivía bajo el mismo techo. A menudo sus conversaciones evocaban las
dificultades que un joven de diez y nueve años puede tener al ponerse a
estudiar el latín. De ahí el que quisiera ver si esto era cierto, y el que
intentara retener algunas migajas de tan espinosa lengua. Lo consiguió, y
suplicó después a su hermano que obtuviera la autorización para que le
dieran lecciones de un modo más regular. Un superior general de la
Congregación había prescrito “el que se proveyera a cada uno la ocasión
de hacer valer su talento”. Puesto que Damián se mostraba tan capacitado
para ganar el tiempo perdido, se permitió a Panfilo acceder a su deseo. Ya
se vería lo que daba de sí la tentativa.
Y se reveló fructuosa, puesto que después de seis meses, el Padre
Damián traducía el Cornelius Nepos de corrido, y al año siguiente se le
juzgaba digno de seguir los cursos de filosofía
***
No descuidaba, sin embargo, su formación religiosa. Los que le
conocieron en el noviciado dan testimonio de su gran fervor y del dulzor
que encontraba en el servicio de Dios.
“Se distinguía por un celo incomparable en la adoración de la noche
—cuenta un condiscípulo—. Gracias a su robusta constitución, durante
mucho tiempo realizó esta vela nocturna a las tres de la madrugada, o más
tarde quizá, sin tomarse el trabajo de volver al lecho. ¡Cuántas veces me
han edificado su recogimiento y fervor! Como San Pablo, el primer
ermitaño, tenía costumbre de lanzar, mientras rezaba, ligeros suspiros, que
herían suavemente el oído y excitaban la devoción en el alma.”
Estos suspiros, por ligeros que fuesen, no estaban prescritos por la
regla ni fomentados por el maestro de novicios. Rogó éste a su discípulo,
que no era ermitaño, respetara la oración de sus compañeros y saboreara
en silencio las dulzuras que gustaba en la suya.
Se conservaba en el museo de Tremeloo la cubierta de un pupitre con
tres palabras grabadas con una navaja: “Silencio. Recogimiento. Oración.”
Es un trabajo de Damián; tal inscripción le había sido inspirada por una
conferencia espiritual en tres puntos. De nuevo se le advirtió que grabara
23

en su corazón, mejor que en el mobiliario del convento, las buenas
resoluciones que tomaba después del sermón.
Su gusto por la austeridad le empujaba a sobrepujarse en las prácticas
conventuales. “Una noche que dormíamos en la misma habitación —
cuenta Pánfilo—, me desperté y percibí un gran bulto ante su cama. Fui a
ver lo que podía ser. Era mi hermano, que dormía en tierra, a falta de una
tabla como la que empleaba en Tremeloo.”
Entre las criaturas de Dios, las hay que son originales y se apartan
voluntariamente de los caminos trillados, y las hay como hechas en serie,
que están más bien destinadas a seguir el camino corriente. La originalidad
consiste en sacar de sí, más que de los otros, sus modos de pensar, sentir y
obrar. Permite esto abordar las dificultades con un frescor de espíritu y una
riqueza de imaginación que bastan a menudo para reducirlas. ¿Se deberá a
su entrada tardía en el convento y al poco tiempo que en él pasó el que el
héroe de Molokai conservara esta originalidad, que, aun trayéndole ciertos
enojos, hizo de su vida un éxito tan prodigioso?
Hilarem datorem diligit Deus. Dios ama a quien le sirve alegremente.
Nuestro novicio tenía un humor excelente. Sus condiscípulos le llamaban
“el buen Damianote” y su hermano Pánfilo le invitaba “a reír menos”, pues
de tal modo era exuberante su alegría, como es la de los corazones puros.
El Padre Caprais ha declarado que, “en su calidad de maestro de novicios,
jamás había encontrado, en su larga experiencia, un carácter más sociable
y más amable”.
Añade que, desde los primeros tiempos de su vida religiosa, el futuro
leproso había formado el propósito de ser misionero en un país lejano: “En
la tribuna de la capilla había un visillo que tenía la imagen de San
Francisco Javier. Un día le sorprendí en oración ante esta imagen y le
pregunté qué hacía allí. “¡Pido al buen Dios —dijo—, por intercesión de
San Francisco Javier, que me conceda la gracia de ser enviado a las
misiones!” Durante su noviciado, venía cada día, a la misma hora, a
arrodillarse ante la misma imagen.”
***
A fines de junio de 1860, Damián abandonó Lovaina por Issy, el
noviciado de Francia, donde la costumbre quería que los clérigos extranjeros fueran a pasar el último trimestre de su prueba.
Desde Issy se dirigió a la casa madre de París, dónde el 7 de octubre
de 1860 pronunció sus votos religiosos. Allí, en el aire natal de su Instituto,
24

estudió durante un año la filosofía, mientras continuaba el latín y algo de
griego.
Uno de sus condiscípulos le describe como un “hombre de contextura
huesuda, de anchos hombros, frente alta y mejillas rollizas”. También su
profesor le llamaba “mi Damianote”. Unos ojos miopes deslucían un poco
su fisonomía, por otra parte feliz y simpática.
Otros testigos añaden que, en comunidad, estaba como el pez en el
agua, pasando del estudio a la oración y al recreo con una facilidad
perfecta, llevando su ardor al trabajo hasta el encarnizamiento. Quería
ganar lo perdido, y su salud le permitía prolongar impunemente las
estudiosas vigilias.
En Lovaina no había gastado mucho en correspondencia. Tremeloo
no estaba lejos y sus parientes venían con facilidad a verle; era Pánfilo,
menos ocupado, el que manejaba la pluma cuando había que escribir a
casa. De esta época no se conserva de él más que un billete en el que ruega
a sus padres le “traigan algunos pares de medias, una navaja y un
calzador”.
Una vez ya en Francia, les escribió más.
En el nuevo año deplora que “la distancia se oponga a que pueda ir a
arrojarse en sus brazos para testimoniarle su gratitud y su amor”, y añade:
“Somos tan activos como las liebres. En nuestra comunidad todo marcha
lo mejor del mundo; nos entendemos a maravilla a pesar de la diferencia
de los caracteres y nacionalidades.”
Para las gentes de Tremeloo, París es la capital del mundo, y lo que
pasa allí les interesa tanto más, cuanto que en él tienen un corresponsal.
Reinaba por entonces Napoleón III, que estaba en el apogeo de su
gloria y suerte. Los elegantes copian su bigote; los hombres de negocios
ganan mucho dinero; Hausmann echa por tierra los viejos barrios, crea
bulevares, cava alcantarillas, construye teatros, cambia la fisonomía de la
ciudad. Por ese año el gobierno publica un manifiesto en favor de la
unidad italiana; la opinión pública se turba por la entrevista celebrada en
Varsovia entre el Zar, el Regente de Prusia y el Emperador de Austria; los
periódicos describen el “carruaje de vapor que acaban de probar en el
bulevar del Príncipe Eugenio, y que ha funcionado con la mayor facilidad,
sin ruido ni humo”. Gounod asiste al triunfo de Fausto; Flaubert, que
acaba de ser procesado por su Madama Bovary, trabaja ahora en su
Salambó; el genio de Feuillet, Labiche, Augier, Meilhac, es celebrado por
los periodistas, que anotan, además, que el señor de Rothschild ha dado,
25

como cada año, 30.000 kilos de pan a los pobres, y que el señor Philoxene
Boyer ha pronunciado una conferencia en las Sociedades de Sabios.
Abandonando a los grandes hombres en sus agitaciones de la
estación, Damián no sueña más que en terminar sus estudios con el fin de
poder “marchar con los salvajes”. Mientras espera, vive feliz con Dios, en
la observancia de sus reglas conventuales: cada día, tres horas de oración,
seis a siete horas de estudio, tres comidas, dos recreos; y cada semana, un
paseo por la ciudad o por los alrededores.
Las cosas de fuera no le interesan. Como ha de hacer siempre, abre
su propio surco, esperando que los otros hagan lo mismo, convencido de
que no le pertenece el arreglar las cosas de este mundo.
Aun los grandes acontecimientos religiosos, deja a los más
competentes el cuidado de comentarlos. Silencia la invasión de los Estados
Pontificios y el discurso ruidoso que Monseñor Dupanloup ha pronunciado
con este motivo, y no se preocupa ni del Padre Lacordaire ni de la
Academia Francesa, que le ha recibido en su seno:
“Naturalmente —escribía—que quisierais estar al corriente de lo que
ocurre en París. Pero yo no leo los periódicos e ignoro todo lo de la política y los negocios. El miércoles vamos de paseo por el bosque de
Vincennes. Os podría hablar de durante mucho tiempo, porque me conozco
todas sus avenidas. Hay siempre allá un millar de hombres trabajando.
Construyen nuevos caminos, cavan zanjas para que el agua se extienda en
todas direcciones. Desgraciadamente, no estamos muy tranquilos por allí;
no se ve por todas partes más que señores y damas, jinetes y carretelas, y
esto nos distrae y nos aburre.
“Los paseos por la ciudad no tienen para mí la atracción que tenían
antes de su comienzo; en mi espíritu engendran algo de melancolía. Por
eso, cuando se trata de escoger los sitios por donde ha de irse, dejo las
calles a los que son más curiosos que yo.”
Se comprende esta melancolía del adolescente puro a quien turba e
impacienta el espectáculo de la calle parisina.
Tal es la dureza del combate espiritual, que a los más valientes les
parece la muerte a veces como una liberación. Los temas del fin último
surgen con frecuencia en las cartas del Padre Damián. Con ocasión de la
muerte súbita de un compañero, escribe: “Para el pecador, comprendo que
el temor del día de mañana sea una tortura moral; pero para nosotros, que
estamos desterrados en la tierra y suspiramos después por la disolución de
26

nuestro cuerpo, sólo hay alegría al pensar que avanzamos en busca de la
hora en que Jesús ha de decirnos: “¡Venid, benditos de mi Padre!”
Después de la muerte de su abuela, ese mismo sentimiento lo expresa
en idénticos términos: “¡Oh padres queridos!; la esperanza de encontrar en
la gloria a aquellos a quienes he hecho el sacrificio de dejar, me da valor
en mis trabajos, me estimula en los momentos de depresión, me hace
suspirar por el día en que mi alma, separada del cuerpo, se reúna al coro de
los santos para entonar con ellos los celestes cánticos.”
***
Sin embargo, nuestro estudiante, que tiene veintiún años, no piensa
sólo en morir. Piensa, sobre todo, en lo que ha de hacer aquí. Él ya lo sabe,
pero desea que sus padres se preparen a conocerlo. La misma carta sienta
los jalones:
“La llegada de uno de nuestros obispos misioneros nos ha
proporcionado la ocasión de celebrar el domingo de Pascua una misa de
pontifical... Monseñor regresará pronto a su misión de Oceanía y se llevará
con él, según pienso, alguno de nosotros. ¿No seríais dichosos con que
fuera yo?...”
Este obispo era Monseñor Tepano Jaussen, vicario apostólico de
Tahití. Momentáneamente en Francia para publicar un léxico tahitiano,
residió durante algún tiempo en Picpus y tuvo frecuentes conversaciones
con los estudiantes. Imagínese con qué atención el Hermano Damián le
oiría contar sus trabajos apostólicos en la lejana Polinesia.
Mientras espera que llegue la hora tan deseada de ir a convertir a los
paganos, intenta sacudir a su padre, que, en Tremeloo, cuidadoso
únicamente de empanar su trigo, tal vez no sueña lo bastante en entrojar
los méritos para la vida eterna. Y sin embargo, el tío De Veuster es un gran
hombre y un cristiano muy edificante. Pasa hasta por devoto, puesto que
comulga cuatro veces al año, cifra respetable para la época. Pero nuestro
aspirante a misionero sale él mismo de su retiro, debe compartir las luces
recibidas, y, sobre todo, gastar el celo que aún no ha empleado:
“París. Agosto de 1861.
''Queridos padres:
“He sabido con felicidad que toda la familia se encuentra en buena
salud y que vuestros negocios siguen prosperando. Veo que mamá sigue
27

ocupándose de las vacas; que el caballo y el potro marchan bien, pero no
me decís si aún es Gerardo el que guía el tronco.
“Por lo que he observado desde aquí, la cosecha en ésa debe estar
muy avanzada. Si es tan abundante como en los alrededores de París, temo
que vuestra granja sea demasiado pequeña y que os veáis obligados a hacer
almiares. A menudo creo veros trabajar bajo el ardiente sol. El mismo
padre, a lo que parece, no se priva de ello. Tened cuidado, mi querido
padre, de no hacer demasiado: podríais constiparos.
“Además, para bien de vuestro cuerpo, como para el de vuestra alma,
convendría que dejaseis un poco los cuidados materiales para aplicaros
mejor al negocio de vuestra salud. Cumplo un deber sagrado dándoos este
consejo.
“Con el fin de trabajar eficazmente en vuestra salud, queridísimo
padre, conviene que os acerquéis a menudo a los sacramentos, absteneros
de la menor falta, recitar fielmente vuestras oraciones de la mañana y de la
noche, no emprender ninguna acción sin elevar vuestro corazón a Dios,
diciendo: “Señor, hago esto a vuestra mayor gloria.”
“Os exhorto a meditar todos los días sobre el amor de Dios, sobre la
muerte, el juicio final, la eternidad, la gravedad del pecado o sobre otra
cualquier gran verdad. Esta práctica se os facilitaría con la lectura de un
libro de piedad, como la Imitación de Cristo, o la Vida de los Santos.
“Perdonadme, padre mío, el que os recomiende cosas que podrán
pareceros difíciles y aun imposibles. Pero la experiencia que tengo de la
misericordia divina me autoriza a creer que, con la gracia de Dios, podréis
llegar a ello. Pero, además, no sólo es a vos a quien quisiera persuadir para
abrazar este régimen de vida, sino que lo aconsejo, en calidad de religioso
a toda la familia. Para mí sería el colmo de la felicidad saber que habéis
recibido mis recomendaciones con benevolencia y, sobre todo, que las
habéis puesto en práctica...
“Vuestro hijo cariñosísimo.
FR. DAMIÁN”
Era un nuevo programa de vida el que allí se veía trazado para los
Veuster, y aun por precaución se les pedía que dieran cuenta de cómo lo
habían realizado. Sin duda, se limitó a pensar que su hijo había hallado su
vocación, y en cuanto a él, que debía continuar la suya, algo menos
sublime.
28

A continuación fue inscrito, sin haberlo solicitado, en la
Congregación del Santo Escapulario, así como el resto de su parentela.
Ese día, el Padre Pánfilo cantaba su primera misa, y un banquete
reunió a toda la familia De Veuster en torno al nuevo sacerdote. Al final de
la comida, se levantó de repente el Hermano Damián y, sacando de su
bolsillo un paquete de escapularios, se aprovechó de las piadosas disposiciones de la asistencia para exhortar a todo el mundo a que vistiera al
momento la librea de la Santísima Virgen: “Es el mejor recuerdo —dijo—
que podéis llevar de esta hermosa fiesta. Justamente, el Padre Superior,
aquí presente, tiene todos los poderes necesarios. Estoy seguro que no
rehusaréis el aprovechar un favor semejante.” Nadie, en efecto, lo rechazó.
***
Damián había vuelto a Lovaina el 25 de septiembre de 1861. La casa
en la que iban a transcurrir sus dos últimos años en Europa, tenía entonces
al frente al Padre Wenceslao, sacerdote famoso, tan ardiente en promover
el estudio entre los suyos como en repartir su celo apostólico en el exterior.
Ha testimoniado que el futuro misionero se había entregado a la teología
con ardor y éxito.
Los estudiantes de Picpus seguían los cursos en la Universidad de la
ciudad. Al ver su facilidad de asimilación, ciertos colegas pensaron que
Damián podría ser más tarde un buen profesor. Pero no era éste su deseo.
No estudiaba por estudiar, ni aun para enseñar a su vez. Estudiaba para
llegar a ser misionero.
Entre sus reliquias, se han conservado dos manuscritos donde están
resumidos los tratados teológicos De la verdadera Religión, De la Iglesia,
De la Tradición} De la Encarnación y De la Santísima Virgen. Pero la
escritura parece indicar que no son suyos y que tal vez los recibió de algún
condiscípulo. Ofrecen poco interés. Sin menoscabo de su memoria, puede
afirmarse que nuestro héroe jamás aportó ninguna originalidad ni
atrevimiento a la inteligencia de las doctrinas católicas. Nadie fue más
conformista que él en el orden especulativo. Únicamente en la acción es
donde desplegaba sus recursos imaginativos y cierto gusto por la novedad.
Al contrario de muchos autodidactas que se embriagan fácilmente,
era de una rara humildad: “Cuando me veo entre todos estos muchachos
que tanto saben, me siento verdaderamente avergonzado de estar ahí.”
Continuaba también practicando la paciencia.
29

Al mediodía, los escolares almorzaban en la segunda mesa, donde
tomaban asiento cuando los otros habían ya acabado. Solía suceder
entonces que faltaba la carne o que las restantes porciones fueran muy
pequeñas. Jamás hubo de decir Damián nada. Entregaba muchas veces su
parte a su vecino, que, por tener gran apetito, la aceptaba con
reconocimiento. Inquieto por su salud, Pánfilo le reprendía. Pero reincidía,
desquitándose con la sopa y las patatas, con las cuales tenía bastante.
¿Con qué motivo surgió un día entre esos jóvenes una discusión en la
que se llegó a las palabras fuertes? No se sabe. Lo cierto es que el
Hermano Damián no se contuvo en expresar en voz alta su indignación:
“¡Esto no es digno —gritó— por parte de los Hijos de los Sagrados
Corazones!”, y abandonó bruscamente su compañía. El apostrofe había
salido antes de que pudiera volverse atrás. Su natural impetuoso le jugaba
a veces partidas como ésta, aun cuando él se vigilase mucho para no herir
a nadie. Pero inmediatamente, asegura el Padre Wenceslao, trataba de
reparar sus menores daños; y el Padre Jourdan observa, a tal propósito, que
Dios deja frecuentemente estas imperfecciones a los santos para
mantenerlos en la humildad y darles motivo para adquirir más méritos.
Se dice también que había conservado el gusto por los trabajos
manuales y rivalizaba en destreza con aquellos que mejor competían en
ello.
Junto al convento había una capilla dedicada a San Antonio ermitaño.
Había pasado, en el transcurso de los siglos, por diversas fortunas.
Después de la revolución servía de almacén, cuando, en 1847, la
adquirieron los protestantes para convocar en ella sus asambleas. Se
concibe que esta vecindad impaciéntase a los picpucenses y que estuvieran
muy contentos con poder comprar el inmueble para volverlo a su primer
destino. El 28 de septiembre de 1862, Monseñor Tepano Jaussen,
reconcilió la capilla. A buen seguro que Damián, que asistió a la
ceremonia, no podría imaginar que allí habría de descansar más tarde su
pobre cuerpo de leproso voluntario, rodeado de la veneración de las
multitudes.
Tomó una buena parte en los trabajos de restauración, y hasta
sorprendió una vez con ellos a todos sus compañeros y obreros que allí
estaban empleados.
Se había decidido que una chimenea que flanqueaba el aguilón del
tejado era embarazosa y superflua. Estaba colocada en lo alto y era de muy
difícil acceso. Todos se hallaban allí, con la boca abierta, declarando que
había que abatirla, pero nadie se atrevía a hacerlo. Alguien fue a buscar
30

entonces una escalera alta, subió hasta su extremo y, con toda la
tranquilidad del mundo, demolió, ladrillo tras ladrillo, la indeseable chimenea. Era Damián, al que en ese día los albañiles, gentes poco propicias al
vértigo, aplaudieron con admiración y de quien proclamaron “que era en
verdad un hombre extraordinario”.

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CAPÍTULO III

Hacia la Polinesia

Existía penuria de misioneros en las islas Sandwich, y Monseñor
Maigret, vicario apostólico, los reclamaba a gritos.
En 1863, los Superiores de la Congregación decidieron enviarle
importantes refuerzos. Se convino que seis religiosos y diez Hermanitas
partirían para Hawai a fines de octubre. El Padre Pánfilo debía ser de los
que partieran, pues él también sentía la vocación misionera, y por ello
había abandonado en otros tiempos el pequeño seminario de Malinas para
entrar en los Sagrados Corazones.
Desgraciadamente, estalló en Lovaina una epidemia de tifus, y
Pánfilo, que se había prodigado en la cabecera de los enfermos, fue
atacado a su vez. Ya estaba mejor. Pero cuanto más se acercaba la marcha
de la tropa apostólica, más temía que no pudiera reunirse con ella. Llegó el
momento en que, siguiendo el parecer del médico, el Padre Wenceslao,
superior local, envió su obediencia a la casa madre. Nuestro convaleciente
sufrió mucho con el hundimiento de su sueño, y en este día, una vez más,
expresó a su hermano la decepción que aquello le causaba.
Tuvo éste una idea: “¿Y si yo solicitara la autorización para partir en
lugar vuestro?” Con un gesto, el enfermo dio su aprobación. Sin preguntar
más, y evitando, sobre todo, que su carta pasara por el Padre Wenceslao,
que se hubiera opuesto, tomó Damián su pluma y escribió al Padre
General.
Su carta se ha perdido, pero se conoce el contenido: puesto que la
plaza de Pánfilo estaba ya tomada y pagada, la santa pobreza quería que se
la utilizase; nada había de consolar mejor al enfermo y activar su curación
como el saber que había sido reemplazado por su hermano; finalmente, el
firmante poseía también una salud tan excelente y una vocación tan
manifiesta, que no podía dudarse de la voluntad de Dios a tal respecto, ni
dudar en dejarle partir. Lo cierto es que el Padre General no supo alegar
nada y contestó sin tardar.
32

Dos días después, el Hermano Damián estaba sentado a la mesa,
cuando el Padre Wenceslao arrojó ante él la respuesta de París, diciendo:
“¡Tenéis la presunción de querer ir ya de misiones!” ¡Oh dicha! El General
concedía la autorización pedida. Por una vez, Damián olvidó las reglas de
la modestia conventual. Ante sus absortos compañeros, dejó allí su comida
y, blandiendo la orden de obediencia, abandonó el refectorio, subió la
escalera de cuatro en cuatro y corrió a anunciar la triunfal noticia a Pánfilo,
que se hallaba en cama.
***
El Padre General le decía que se apresurara, pues iba a comenzar en
París el retiro de los que partían. Sin acabar de almorzar, Damián partió
para Tremeloo.
El golpe era rudo e imprevisto para los suyos. Se decían adiós para
siempre. Este hijo afectuoso y jovial, el más pequeño, el preferido, no volverían a verle más sus padres en este mundo. No había de regresar para
sentarse en la mesa familiar y no estaría allí para ayudarles a bien morir y
cerrarles los ojos.
¿Qué palabras sobrenaturales y tiernas empleó él para suavizar su
dolor y obtener su sumisión a la voluntad divina? Uno se imagina que sacó
de su corazón y de su fe las palabras capaces de producir a estos perfectos
cristianos el desgarramiento menos horrible.
Abrazó a sus dos hermanos y a sus dos cuñadas, estrechó por última
vez entre sus brazos a su anciano padre, y, en cuanto a su madre, no tuvo el
valor de separarse aún de ella. “Pero, mamá, si hemos de volvernos a ver
pronto —dijo, esforzándose en bromear—; ¡volveremos a vernos mañana,
si queréis!... Mañana por la mañana voy a Montaigu para decir “adiós” a
Nuestra Señora. ¡Id allí! Aún no fuisteis a dar las gracias a la Virgen por
haber curado a Pánfilo... Cuento con vos, ¡Vamos, no estéis triste! ¡Hasta
mañana, mamá!” Y arrojando una última mirada a la amada casa que no
volvería a ver más, partió rápidamente, con aire alegre, ahogando sus sollozos.
Pasó su última noche cerca del lecho de Pánfilo, y, hacia las once, se
hundió en la noche, camino de Montaigu.
***
Montaigu, cerca de Diest, oh uno de loa lugares más altos del país
flamenco, donde, desde hace siglos, van las multitudes a implorar a la
33

Madre de Dios. Se veneraba primeramente su imagen en una encina. A
partir de 1627, una hermosa y amplia iglesia del renacimiento abriga la antigua imagen milagrosa, que rutila entre cirios gigantescos, las muletas
abandonadas y los millares de exvotos de los peregrinos reconocidos. Allí
iba a arrodillarse con frecuencia San Juan Berchmans cuando era joven.
Cada año, los estudiantes de Picpus marchaban en peregrinación al lugar.
No había entonces ni tren ni tranvía. Emprendían la marcha hacia las doce
de la noche y cubrían a pie las seis leguas de camino, y al alba se llegaba al
santuario para oír la misa y comulgar.
Aquella noche el Hermano Damián hizo solo su viaje. Al amanecer
estaba a los pies de Nuestra Señora, esperando a su madre. Pronto llego la
valiente sexagenaria, acompañada de María, su nuera. Uno junto al otro,
como en los días de antaño, la madre y el hijo se arrodillaron ante la
Señora de grave y gracioso rostro. No hay duda que ella rogaba por él, y
él, a su lado, por ella. La madre suplicaba a la Reina de los Apóstoles que
velara por su querido hijo que el llamamiento de Dios arrancaba a su
ternura. El hijo confiaba en manos de aquella a quien se llama Consuelo de
los afligidos, a su anciana madre, rota de dolor.
María, la nuera, ha contado más tarde;
“Cuando acabamos nuestras devociones, hubo que ponerse otra vez
en camino. Salimos de la iglesia. Su madre y yo fuimos delante; él marchaba detrás y se volvía sin cesar.
”—No te des mucha prisa, ¡hijo mío! decía la madre.
”—¡Ay de mí!, es la última vez que contemplo el amado santuario.
Dejad que me llene los ojos de él. Lo que he pedido a la Virgen es poder
trabajar doce años en las misiones.
”Vi que tenía su pañuelo en la mano y se servía de él para enjugar sus
lágrimas. Se oyó después un ruido de chatarra sobre el empedrado.
Llegaba la diligencia de Lovaina. Viendo que un eclesiástico se volvía, el
postillón pensó que quería subir y detuvo sus caballos.
”—¡Ea, adiós, entonces! ¡Digámonos adiós!— dijo la madre.
”Nos abrazó Damián, montó en el coche, y mientras los caballos
partían al trote nos hizo con la mano una última seña. Después todo había
desaparecido.
”Nuestros corazones estaban oprimidos por la pena, pues la
separación había sido muy brusca. Se serenaron poco a poco en el camino
de vuelta, a medida que avanzábamos en el rezo del rosario. Sólo
pensábamos en pedir a María por el apóstol querido que se nos iba. ¡Cuán
34

lejos estábamos entonces de prever lo que había de sucederle después en
Molokai!...”
***
Al día siguiente el Hermano Damián estaba en París participando de
los ejercicios de un retiro de tres días que el Padre General predicó a los
misioneros.
Antes de embarcarse, envió a Tremeloo una carta, donde aún se
percibe su inexperiencia y rudeza, ¿Era útil acaso, en un momento tal,
sermonear y evocar a los ojos de los suyos ese “mar” tempestuoso
dispuesto a tragarle” en el que iba a lanzarse? Más tarde, cuando las
lecciones de la vida le hayan instruido, cuando haya visto sufrir mucho y
haya sufrido, mostrará más naturalidad y benignidad. Decía, entre otras
cosas: “Henos, pues, mis queridos padres, a punto de abandonar todo
cuanto hay de más querido en este mundo, para lanzarnos a un mar
tempestuoso dispuesto a tragarnos... El sacrificio es grande, pero es la voz
de Dios la que nos llama para realizarlo. Jesucristo está desde el primer
momento con sus misioneros; Él es quien dirige nuestros pasos, el que nos
preserva de todo peligro, el que manda calmarse a los vientos, huir a los
animales feroces, y a los enemigos espirituales: el demonio, el mundo y la
carne, que nos dejen en paz. Ya se hace sentir su gracia, puesto que en
vísperas de un viaje tan peligroso, no solamente no tenemos miedo, sino
que estamos con una alegría inconcebible. Hasta el punto de que, a fuerza
de decir cosas graciosas, estamos cansados de reír.”
Sigue a continuación un sermoncillo bastante redundante:
“¡Adiós, queridos padres; adiós! Llevad siempre una vida muy
cristiana, guardaos de manchar vuestra alma con cualquier falta voluntaria,
caminad por la vía estrecha, que es todo cuanto os pido como último
favor...
”¡Adiós! No nos volveremos a abrazar más aquí en el mundo, pero
nuestro mutuo y tierno cariño será siempre lo que nos una... Una vez más,
¡adiós! ¡Que el cielo bendiga vuestros últimos días! ¡y que la Virgen os dé
una muerte santa!...”
El mar “tempestuoso y agitado de que hablaba, le fue esta vez
propicio, pero ya veremos que “el mundo y el demonio”, sobre los que
estaba seguro entonces, no le ahorraron trabajos después, y aun le
persiguieron ferozmente hasta la tumba.
35

***
El jueves 29 de octubre, a las nueve de la mañana, la caravana
picpuciana tomó el tren en la estación del Este para trasladarse a Bremen,
donde habría de embarcar. Estaba compuesta por un sacerdote: el Padre
Chrétien, tres clérigos, dos legos y diez religiosas.
Antes de partir, el Padre Damián se había hecho retratar con un gran
crucifijo en la mano, en la postura del San Francisco Javier de la cortina de
Lovaina. Mandó este retrato apostólico a sus padres, con las
consideraciones y exhortaciones ya dichas.
El 2 de noviembre, tomaron pasaje los misioneros en el R. W. Wood,
hermoso velero de tres palos, que lucía el pabellón hawaiano.
Además de los diez y seis hombres de la tripulación, iban a bordo el
capitán Geerken, su mujer y su primo. Todos eran alemanes y protestantes.
Desde el primer día, el capitán invitó a su mesa a los picpucianos,
estableciéndose excelentes relaciones entre marineros y religiosos. Era la
primera vez que Damián se encontraba con herejes. Se asombrará al no
encontrarlos situados en el capítulo “de la verdadera religión” y no se vio
forzado a convertirlos rápidamente. Sus esfuerzos no tuvieron éxito
alguno, y no hay duda que comenzó a comprender que los argumentos de
sus manuales no iban a serle siempre de gran eficacia para la conquista de
las almas.
Hoy se va de París a Honolulú en cinco o en quince días, según se
tome el avión o el barco. Entonces se necesitaban cuatro o cinco meses, y a
veces más, según el estado del mar o la dirección de los vientos. Salvo lo
imprevisto, el viaje se haría sin escalas. Desde el puerto alemán, el R. W.
Wood alcanzaría el mar del Norte, después el Atlántico, que surcaría de
Noroeste a Sudoeste, doblaría el Cabo de Hornos en la punta de la América
del Sur y subiría en seguida por el Pacífico hasta Hawai.
El capitán declaró a sus pasajeros que cada año, desde hacía ocho,
realizaba el mismo trayecto, sin incidencia alguna, o por lo menos sin
naufragio. Segura la comunidad, pensó en organizarse religiosamente para
la travesía. Se alojaron en estrechas cabinas de literas superpuestas, y se
dejaron dos piezas convenientes, una para los religiosos y otra para las
Hermanas, para utilizarlas en las prácticas del día. Se estableció un horario
minucioso, que preveía la misa, la oración, el estudio, el trabajo manual y
los recreos. De derecho, la autoridad recaía en el Padre Chrétien, a quien
había que pedir los permisos. Pero no se había contado con el mareo, al
36

que pagó su tributo, y en mayor medida que los demás, el Padre Superior;
nunca un reglamento conventual sufrió mayores desgarrones.
DIARIO DE VIAJE
Las principales peripecias del viaje nos son conocidas por el “Diario”
del Padre Chrétien y algunas cartas de Damián. Hélas aquí resumidas
cronológicamente:
2 de noviembre de 1863
Embarque. Apenas un vapor ha remolcado al velero fuera del puerto,
cuando se levanta un fuerte viento, obligándole a detenerse. A la borrasca
sucede la bonanza y, con ella, la imposibilidad para el navío de abandonar
la rada. Sujeto a sus anclas queda durante siete días, en los cuales la
comunidad puede observar su reglamento conventual.
9 de noviembre
El velero de tres palos pierde de vista las costas y singla hacia el Mar
del Norte. “Experimentábamos —escribe el Padre Damián— un malestar
horrible. Nuestros estómagos sentían extraños dolores. El diminuto Padre
Chrétien devolvía todo cuanto comía; no cesaba de vomitar y de hipar
como si fuera a romperse su pecho. Le duró esto más de un mes, igual que
al Hermano Aymard.”
12 de noviembre
“Hacia el mediodía nos acercamos al Canal de la Mancha... Un
viento violento nos empuja durante algunas horas frente a Dover. Si
hubiera continuado, en menos de tres días se hubiera alcanzado el
Atlántico. Desgraciadamente, hasta fines de noviembre, tuvimos casi
siempre vientos contrarios. El barco voltejeaba, avanzando en realidad
unos diez kilómetros por día. Nos vimos privados de la Santa Misa durante
todo un mes.”
Sin embargo, menos sujeto que los otros al mareo, Damián había
asumido todas las cargas vacantes por la defección de los enfermos. Según
las horas, era sacristán, ecónomo, enfermero; sin dejar por ello de
proseguir sus estudios teológicos, que, como se sabe, no había terminado.
A menudo, también, echaba una mano a los marineros, que preferían
su ayuda material a su apologética.
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Como sacristán, inventó un sistema que para los temporales fuertes
aseguraba la estabilidad del cáliz durante la misa, y con las cajas de betún
consiguió fabricar unas hostias bastante aceptables.
Como ecónomo, encuentra que las Hermanas picpucianas podrían ser
útiles. Su guardarropa deja mucho que desear, dado lo precipitado de su
partida. La de ciertos compañeros ganaría mucho también con ser revisada.
Las entrega a las religiosas, que se ponen a trabajar en ellas. Sotanas,
camisas, medias, pañuelos, pasaron por sus manos diligentes, y al final de
la travesía los equipos de los picpucianos estaban en buen estado.
Mano sobre mano, los religiosos devolvían en cuidados espirituales
los servicios materiales que habían recibido. El 27 de noviembre se celebró
la renovación de los votos. Las Hermanas quisieron prepararse para ellos
mediante un retiro de tres días. El Padre Chrétien consintió en indicarles el
programa, pero esto no fue suficiente para la avidez de las retiradas, que
reclamaron de él varias instrucciones cotidianas. Presa siempre del mareo,
el valeroso misionero se las dio hipando.
En semejantes circunstancias era cuando nuestro enfermero revelaba
su ingenio. El Padre Chrétien cayó en un estado tal de agotamiento, que
llegó a alarmarles. En particular, sus ojos rehuían cualquier servicio:
“Creedme—dijo Damián—, eso es culpa de los humores. Hay que hacer
que salgan. Padre mío, ¡tomad un poco de tabaco, y él provocará el
despejo necesario y os aclarará la vista!”
Obedeció el enfermo, obró el remedio, salieron los humores y el
Padre pudo volver a leer su breviario.
1.º de diciembre
“A partir de este momento —escribe Damián— las cosas cambian
por entero, y los vientos alisios llevan al navio a toda velocidad.”
22 de diciembre
Alcanzamos el Ecuador, y el acontecimiento se celebra con los
tradicionales ritos. Los religiosos han pagado su tributo a los marineros
para escapar de las bromas. Evitan así el que les hundan en un tonel y los
lancen por encima de la cuerda simbólica; asisten, pues, como simples espectadores al bautismo de la línea.
2.º de diciembre
La vigilia de Navidad se ha solemnizado con las vísperas de la Fiesta,
que religiosos y religiosas salmodian en dos coros.
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25 de diciembre
Misa de medianoche, encuadrada de maitines y laudes. A las siete se
celebran las otras dos misas. Durante el día se cantan villancicos, pero las
Hermanas, intimidadas por la vecindad de los marineros protestantes, no se
atreven a alzar la voz.
“Llegamos al primer día del año con sol... La tripulación capturó en
estos lugares soberbios albatros, que fueron disecados, tiburones como los
que se ven en la enseña de Jef van Rivieren, delfines y marsoplas, que
llegan a pesar hasta trescientas libras.
“Cinco días seguidos de buen tiempo, y después dos semanas de
malo.”
19 de enero
El navío va por los parajes peligrosos del Cabo de Hornos. Pasa por
los mismos lugares por donde, veinte años antes, naufragó la MaríaJosefa, arrastrando a la muerte veinticinco misioneros de Picpus (8 Padres,
7 Hermanos y 10 Hermanas) que Monseñor Rouchouze conducía a Hawai.
Los que van a ocupar su puesto recitan por ellos el Oficio de Difuntos y
dos rosarios,
21 de enero

Estrecho de La Mare. Todo el mundo esta asombrado de la calma
que reina en el Cabo de Hornos. Algunos se atreven a decir que estos parajes no merecen su funesta reputación. Y verdad es que dos días de buen
tiempo nos hubieran conducido al Océano Pacífico, fuera de peligro. Pero,
a partir del día siguiente, se levantó un viento terrible y nos arrastra
doscientas leguas hacia el Sur. Durante diez interminables días nuestro
barco fue juguete de las furiosas olas. Hubimos de sufrir un verdadero
purgatorio.”
2 de febrero
“El día de la Purificación, al final de una novena, la Virgen nos ha
socorrido. Tornó el viento y sopló con violencia en la dirección opuesta,
lanzándonos a toda velocidad hacia las islas Sandwich. Nos quedan aún
110 grados (11.000 kilómetros) que cubrir.”
6 de febrero
“En este día aguantamos una espantosa tempestad. El navio fue
proyectado al aire, en medio de la noche, por una ola terrible, que, a pesar
39

de ello, nos hizo avanzar por buena dirección. Previsor, el capitán había
mandado arriar las velas, sin lo cual los mástiles se hubieran roto. Soplaba
el viento con una violencia tal, que nos llevaba a razón de quince
kilómetros por hora; y eso, a través de montañas de agua de una altura horrorosa. El velero bailaba como una barca de pescadores. Las olas se
rompían sobre el costado derecho con el ruido de una bala que explotara.
Entonces se inclinaba el barco enteramente a la izquierda, para izarse y
caer de nuevo en el abismo de la derecha. Este espantoso balanceo duró
todo el día. Había que agarrarse y sujetarse para no ser arrojado al mar.
“Después de este terrible día, no hubo ya más que buen tiempo.
Cuanto más avanzábamos hacia el Norte, más se entibiaba la temperatura.
Los buenos vientos alisios nos acompañaron hasta Honolulú, con un cielo
casi siempre sereno y con noches deliciosas.”
6 de marzo
Durante las cinco últimas semanas, el velero se ha portado bien.
Marchando a una media de doce kilómetros por hora, ha pasado sucesivamente a la altura de la Patagonia, la Argentina, Bolivia y Perú. Atravesó de
nuevo el Ecuador, y todo marcha de más en mejor. Pronto habrán de ser
rebasadas las lejanas costas de Panamá, Costa Rica y Guatemala.
El tiempo es hermoso, los corazones se animan con la esperanza de la
próxima llegada y los pasajeros olvidan las horas angustiosas que han
transcurrido. “He hecho alegremente el viaje, y nunca me he reído tanto
como en el mar”, escribe la Hermana María-Estanislada. El “Diario” del
Padre Chrétien atestigua también que todo ha ido bien: “La alegría es lo
que ha dominado —dice—. ¡Cuántas veces nos hemos reído de todo
corazón! Ninguna molestia por parte de la tripulación, a la que se imponía
la firmeza del capitán. Sin contar con que se ha caminado a buena marcha.
No hace mucho tiempo, se hubiera necesitado más, y dos veces el mismo
dinero, para idéntico trayecto. No hemos gastado más que mil francos por
cabeza.”
El mismo “Diario” canta sin cesar las alabanzas de aquel que aún no
era más que el Hermano Damián. No cesa de hablar de su regularidad, de
su amor al trabajo y a la oración, su diligencia en cumplir sus servicios y
su habilidad para sacar a las gentes de apuros. Ya se ha impuesto su fuerte
personalidad, hasta el punto de que, temiendo que se lleve la mejor parte,
añade el Padre Chrétien: “¿Pero, por qué hablar sólo de él, como si todos
los demás no tuvieran su mérito?”
40

Se halla a la vista el archipiélago de las Sandwich. Hawai se pasó
durante la noche. El navío se encuentra ahora a lo largo de Maui. Pronto
aparece una islita a lo lejos con sus orillas malva y dentadas que cortan el
horizonte azul: es Molokai, que ha de hacer eternamente célebre el Padre
Damián.

41

CAPÍTULO IV

Las Hawai

Habrá que conocer el país donde ha de deslizarse la vida que vamos
contando.
El grupo de las islas Hawai se encuentra en el Océano Pacífico a
5.000 kilómetros aproximadamente de las costas orientales de la China y
2.000 de las occidentales de México. Está situado entre los 18 y 23 grados
de latitud Norte y los 15 y 16 grados de longitud Oeste.
Este archipiélago de la Polinesia se extiende en una longitud de 9.000
kilómetros y comprende doce islas, de las cuales las principales son, de
Norte a Sur: Nuhau, Kauai, Molokai, Maui y Hawai. Esta última ha dado
su nombre al grupo, siendo, como es, el más considerable de todos esos
territorios. Honolulú, la capital, se encuentra en la isla Oahu.
Las Hawai suelen llamarse también islas Sandwich, siendo
bautizadas de tal modo por Cook, cuando, en 1778, las descubrió. Se dice
que este descubrimiento había sido ya hecho por los españoles, siglo y
medio antes. Pero el navegante inglés, que tal vez lo ignoraba, decidió
sustituir su nombre por el de su amo, el conde de Sandwich, primer Lord
del Almirantazgo británico en esta época.
***
Las islas Hawai son de lava basáltica y están encerradas en un
cinturón de coral. Son antiguos volcanes de cimas escarpadas y estériles,
pero los siglos han ido colocando sobre sus laderas y en los valles una
espesa capa de tierra maravillosamente fértil, donde crecen, con todo vigor, la palmera gigante, el eucalipto, el naranjo, el banano, el cocotero, el
laurel rosado, árboles de ramas color de sangre, helechos y plantas
trepadoras con toda clase de flores y de hojas. El clima es seco, la
temperatura siempre igual, el termómetro rara vez sube por encima de los
treinta grados y aun el calor está atenuado por una brisa que sopla sin cesar
entre aquellos lugares embalsamados. Allí estamos, como dicen los
42

americanos, en “el paraíso del Pacífico”. Y por eso se lo anexionaron
cuando se les presentó la ocasión.
Y es asombroso que un país tan dulce estuviera poblado por seres
crueles y sanguinarios. Sin embargo, tal es la reputación de que gozaban
desde que el domingo 14 de febrero de 1779 asesinaron a Cook y a sus
compañeros, que habían arribado el año anterior en dos navíos: el
Resolution y el Discovery. Las víctimas, según un notable historiador
inglés, no merecían un trato semejante.
A su llegada fueron recibidos maravillosamente. Los sacerdotes
proclamaron que Cook era un viejo dios que regresaba al país tras un largo
viaje. Los jefes vinieron con gran pompa a ofrecerles sus servicios. La
población se prosternaba ante él, llevándole ofrendas y frutos. En ninguna
parte del Pacífico habían recibido nuestros navegantes tantos honores.
¿Se dejaron ir hasta abusar de la situación? Muchos escritores lo
creen así. Cuentan que Cook y su tripulación no testimoniaron la suficiente
consideración a los jefes y a los sacerdotes; que impusieron impuestos
demasiado pesados en el país, y, sobre todo, que faltaron al respeto de las
mujeres indígenas. Así propagaron ciertas enfermedades perniciosas que
jamás se habían padecido allí. La cosas se echaron a perder aún más
cuando Cook, para procurarse madera con que poder calentarse, tuvo la
idea de demoler un templo y de transportar a bordo los ídolos y los
materiales. Bien pronto estallaron querellas entre los indígenas y los
marineros, y cuando el domingo 14 de febrero Cook y sus hombres
descendieron a tierra para apoderarse de un jefe recalcitrante, fueron tan
mal acogidos y acribillados a golpes, que sucumbieron hasta el último de
ellos.
Desde entonces, los hawaianos gozaron en Europa de la fama de
salvajes. Se olvidó que no fueron ellos los que habían comenzado y que en
Hawai los europeos tenían una reputación aún más detestable. Durante
algunos años, los navegantes y los mercaderes de Occidente temieron
acercarse a las islas Sandwich.
***
Por lo demás, no se trata de pintar al canaco en el estado de legítima
defensa o en el estado en que le dejó la colonización. Le representaremos
mejor al modo que era antes y cómo se conservaba aproximadamente
cuando Damián hubo de relacionarse con él.
43

La raza es hermosa y fuerte. El hombre se asemeja a una noble
estatua de bronce; la mujer posee ojos magníficos, y su cuerpo, cuando es
joven, es armonioso y delicado.
Si sabe ser, cuando llega la ocasión, valiente, combativo y cruel, de
ordinario el canaco es apacible, dulce, inteligente y hospitalario, poeta por
instinto y holgazán, debido a la espléndida y generosa naturaleza que le
rodea. Desarrolla ante sus ojos los más hermosos espectáculos, y sin que
haya de fatigarse, le procura todo cuanto necesita.
Su choza, hecha de hierbas y hojas entrelazadas, está apoyada en un
árbol, cuyas ramas forman las vigas, que están unidas entre sí por cuerdas
vegetales. No entra un solo clavo en la construcción. En el interior, al
fondo, hay un lecho de esteras superpuestas que ocupa todo el ancho de la
pieza; en uno de sus rincones se coloca la batería de cocina, que consiste
en una hermosa calabaza con otras más pequeñas; de los muros se
suspenden las redes, los anzuelos de hueso, la lanza, el arco, las flechas y
la maza. En el exterior, el cobertizo de hojas de palmera abriga la piragua
de balancín con sus zaguales y el mortero donde se machacan las raíces de
14
taro”.
El taro, del que se saca una especie de engrudo, llamado poi,
constituye el fondo de la alimentación del canaco. Le añade batatas,
camarones vivos, tostones cocidos o asados en hoyos cubiertos con piedras
ardiendo, toda especie de pescados y las frutas que se encuentran en el
trópico. Como sentado en tierra, sin cuchillo ni tenedor, bebe el agua y el
“awa”, alcohol que le enloquece. Después de la comida, el hombre fuma
su pipa, contando historias que jamás terminan; en los días de fiesta, las
mujeres y muchachas cantan poemas de amor acompañándose con la
guitarra, y bailan hasta perder el aliento, coronadas de flores. Hay que
notar que en este país es fiesta muy a menudo, y que hasta los días
laborables les gusta mucho estar parados. Su mayor preocupación es el
placer. Las costumbres, tranquilas y muy disolutas.
Se alaba el hawaiano de no haber sido nunca antropófago. Existían
en Hawai lugares asilos donde los culpables, acosados por un jefe encolerizado, podían refugiarse. A veces, para agradar a la divinidad o para
apaciguarla, se celebraban sacrificios humanos. Pero las víctimas siempre
eran elegidas entre los prisioneros de guerra o los condenados a muerte.
Jamás fueron inmoladas las mujeres. Verdad es que la mujer no es igual al
hombre. No come con él, y no ocupa un lugar en la piragua. Se permite,
sin embargo, el que la mujer noble pueda sentarse en un trono y ejercer su
44

autoridad suprema en la tribu. Pero ella es, además, quien transmite la
nobleza, y no el hombre.
Los canacos poseen cualidades morales que las gentes civilizadas,
que imitaron sus danzas y sus músicas, no siempre copiaron. Aman cuanto
es noble, bello y grande, tienen el gusto por la justicia y manifiestan de
modo refinado su fidelidad y cariño. Los jefes, en particular, poseen el
sentido del honor, respetando la fe jurada, y son devotos de sus amigos
hasta la muerte.
Los jefes (Alii) gobiernan, los hechiceros (Kahunas) son sacerdotes y
médicos, y el pueblo (Makaainana) no tiene más derecho que el de
obedecer.
Los jefes se entienden entre sí, se combaten, se suplantan, se
exterminan, se engrandecen anexionándose el valle del vecino y a su vez
son despojados y destronados: y estas peripecias, recogidas en las
canciones y en la música, constituyen la antigua historia de Hawai.
Cuando la fortuna le es propicia, el jefe es rey de toda una isla y aun del
archipiélago entero. Posee un ejército. Los hombres del terruño son su
propiedad. Imparte justicia, establece impuestos, se hace traer legumbres,
frutas, pescados, telas de corteza, redes, así como plumas amarillas y rojas,
con las que adornan su manto real. Castiga a los trasgresores de la ley.
Esta ley es el tabú. El tabú tiene prescripciones minuciosas, que hay
que respetar bajo pena de muerte o de mutilación. Prohíbe a cualquiera el
proyectar sombra sobre el rey, pronunciar su nombre en una canción,
producir el menor ruido en las ceremonias del culto. Prohíbe a las mujeres
el comer bananas, cocos, puerco y aves, por ser alimentos reservados a la
divinidad y a los hombres. Al encontrar a una mozuela tuerta, Mrs.
Thurston, mujer de un misionero americano, le preguntó: “—¿Por qué no
tienes más que un ojo?” “—Porque he comido una banana”, respondió la
muchacha. Y hasta se mataba por el simple crimen de toser o estornudar
durante las ceremonias religiosas.
Correspondía a los hechiceros el interpretar oficialmente el tabú. Son
hombres instruidos que saben lo que ignora el común de las gentes y
mantienen al pueblo en la obediencia al rey. Leen los movimientos de los
astros y del mar, escrutan los secretos de la divinidad y gozan del poder de
hacerla propicia, estudian las virtudes de los humildes, curan los cuerpos,
apaciguan las almas, predican el respeto de los poderes establecidos y se
transmiten de padres a hijos sus conocimientos, sus funciones y provechos.
Los hechiceros son muy poderosos, pues el canaco es religioso y aun
crédulo. Cree confusamente en un Dios creador que hizo al primer hombre
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y que ha de tratar a cada uno conforme a sus obras: los buenos han de ser
transportados a una isla maravillosa llena de cocoteros, de sombra y
frescor, y los malos arrojados a un gigantesco hoyo en las frías y negras
regiones donde reinan los genios del mal.
Pero el hawaiano cree, sobre todo, en los dioses maléficos que
pueblan la tierra, el mar y el aire. Les atribuye todas sus desgracias. Para
él, el volcán, la tempestad, el trueno, los terremotos, los tornados, las
enfermedades, todas las fuerzas naturales que no puede encadenar, son
obra de seres sobrenaturales cuya cólera hay que apaciguar. Los más
terribles son Pelé y Maui, que, hacia 1820, aún exigían sacrificios
humanos. La diosa Pelé preside la actividad de los volcanes; y en cuanto al
dios Maui, hace surgir las islas del fondo del mar, procura el fuego a los
humanos y retiene al sol con un cordón para impedir que se pierda y
camine muy de prisa.
***
Lo que se conoce de la historia civil y religiosa de Hawai se refiere a
los cinco reyes posteriores, de los cuales los tres últimos fueron contemporáneos del Padre Damián,
Kamehameha I reinó desde 1784 a 1819. Sus súbditos y admiradores
le llamaron el “Napoleón del Pacífico”.
Su poder se limitaba, en un principio, a la isla de Hawai propiamente
dicha, pero rápidamente se extendió a todo el archipiélago, donde se aseguraron el orden y la prosperidad. Tenía este rey gran capacidad política, y
se dedicó a utilizar los recursos de los extranjeros. Habiendo hecho prisioneros a dos marineros americanos, Isaac Davis y John Young, les
nombró sus lugartenientes y sacó de ellos el mejor partido. Supo también
obtener la colaboración del navegante Vancouver, que le trajo corderos y
animales con cuernos, le enseñó los principios de la política exterior y de
la construcción de navíos. Cuando cumplió noventa y dos años, rechazó
los sacrificios humanos que querían ofrecerle para prolongar sus días y
designó a su hijo Liholiko para sucederle, prescribiendo que Kaahumahu,
la más inteligente de sus favoritas, compartiera con el muchacho la
autoridad real.
Esta precaución era necesaria, pues desde que subió al trono, con el
nombre de Kamehameha II, Liholiko demostró su falta de habilidad.
Rechazando a los antiguos amigos de su padre, se rodeó de consejeros
poco recomendables, abrió ampliamente las puertas a los extranjeros, se
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entregó a los placeres y al libertinaje, arruinó el tesoro y proporcionó a los
jefes subalternos ejemplos detestables, que se apresuraron a imitar. Tenía
no menos de cinco esposas legítimas a la vez y organizaba festines de corte
en los que se servían hasta doscientos perros asados. Bajo su reinado se
abolió el tabú, y apresurado el pueblo en demoler los templos, los
hechiceros huyeron a las montañas y se dejó el campo libre para la implantación de una nueva religión.
***
El protestantismo se presentó bajo la forma de unos misioneros
americanos que en 1820 desembarcaron en Honolulú con sus familias.
Eran siete: dos ministros, un granjero, un médico, un mecánico, un
catequista y un impresor. El rey les dio carta blanca y pronto tuvieron
mano alta en el reino. Cuenta Clifford que Kamehameha II se presentó
completamente desnudo cuando vino a desearles la bienvenida. Le
suplicaron que se cubriera más en las visitas que habría de hacerles a
continuación. Al día siguiente volvió, por todo vestido, con unos calcetines
en los pies y un sombrero viejo en la cabeza, y se asombró mucho al no
juzgar su atuendo como demasiado completo aún.
Los ministros protestantes tuvieron la suerte de comenzar con un
golpe brillante, bautizando a una guerrera indígena que medía un metro
noventa centímetros y cuyo ascendiente era grande. Presa de un ardiente
proselitismo, esta amazona marchó a provocar e insultar a la diosa Pelé en
su propia mansión. Atravesó solemnemente la llanura de lava que separaba
el volcán de la asombrada multitud, y arrojó en el cráter ramas y frutos,
desafiando a la diosa a que se vengara. El pueblo pensaba que pronto había
de ser exterminada la sacrílega. Pero no sucedió nada. Volviéndose,
entonces, al pueblo: “Ya veis —les dijo— que esta Pelé no tiene ningún
poder. No se ha atrevido ni aun a recorrer mi desafío. Creedme: no hay
más que un solo Dios, que es Jehová, y un solo salvador, que es Nuestro
Señor Jesucristo.” Ante tales palabras los canacos presentes se
convirtieron, y cuando los ausentes supieron lo que había pasado, gran
número de ellos se hicieron bautizar a su vez.
De este modo se establecieron los presbiteranos sólidamente en
Hawai, aun cuando su rigorismo cuadrase mal con la complexión libre y
gozosa de las tribus indígenas. Su religión se convirtió casi en religión de
Estado, y aprovecharon hasta el máximum las ventajas que esta situación
les proporcionaba. ¿Abusaron? La revista protestante Quaterly Review
afirmaba:
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“Estos misioneros no muestran un gran sentido en su manera de
obrar, y es de temer que realicen mucho mal entre los insulares. Tienen tan
poco juicio, tan poco conocimiento del corazón humano, que llevan su
celo más allá de todo límite. Ya se tenía dudas sobre ello, pero no se
pensaba que tratarían de imponer las prácticas más extremas de la secta
puritana. Nadie, en verdad, hubiera imaginado una monstruosidad tan
absurda.”
Ahondando más, el Padre Jourdan pone en su cuenta el haber
introducido entre los canacos “la falta de gusto por el trabajo, que
engendró la pereza y la disolución, las bebidas fuertes, los desórdenes, las
enfermedades y la despoblación”.
Es evidente que el Padre Jourdan tendría razón si hubiera probado
que los canacos aguardaron a los presbiterianos para aprender de ellos la
pereza y el libertinaje.
***
Kamehameha II, que quiso ver mundo, murió en Londres en 1824,
víctima de la viruela, después de cinco años de reinado.
En tiempos de su sucesor Kamehameha III es cuando los católicos
intentan un primer ensayo de apostolado. El 7 de julio de 1827 desembarcaron en Hawai seis picpucianos franceses, que fueron recibidos bastante
bien por las autoridades y obraron rápidamente varias conversiones. Sin
contar con el ejemplo de sus virtudes, enseñaban una religión que estaba
más de acuerdo con el temperamento canaco y respetaba, en la medida
posible, las costumbres locales.
Desgraciadamente, pronto fue interrumpido su proselitismo. El
reinado de Kamehameha III, que duró veintinueve años, pasa por haber
sido el de los misioneros americanos, y éstos no querían ser suplantados
por concurrentes católicos y franceses. En 1831 obtuvieron una ordenanza
real que acusaba al catolicismo de ser la regresión a la idolatría,
prohibiendo al pueblo el adherirse a él, bajo pena de trabajos forzados. En
cuanto a los picpucianos, fueron arrojados a una embarcación y
depositados en una playa desierta de California con dos botellas de agua
por todo viático. Con el fin de calmar la emoción del rebaño abandonado,
se dijo que los pastores se habían alejado por su propio gusto.
En 1835, un catequista irlandés se arriesgó a regresar entre la
pequeña tropa fiel. Ante la iniciativa de un súbdito del rey de Inglaterra,
las autoridades cerraron los ojos. En 1836, un segundo picpuciano
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irlandés, sacerdote éste, el Padre Walsch, se atrevió a su vez. Por idéntica
razón, se le dejó tranquilo.
Esta tolerancia llevó a los deportados de California a reaparecer en
Honolulú al año siguiente; pero se les detuvo y fue necesaria una demostración de la flota franco-británica pura obtener su libertad. Sin embargo,
apenan habían desaparecido las corbetas francesas e inglesas, se persiguió
de nuevo a los misioneros y tuvieron que abandonar la isla, para refugiarse
esta vez en Chile.
Transcurrieron dos años, durante los cuales los canacos católicos
practicaron solos su fe y su religión, alcanzando algunos de ellos el
heroísmo por su fidelidad.
Hasta el día en que, tomando Francia el asunto en sus manos, llegó la
fragata Artemisa con sus sesenta cañones y echó el ancla en el puerto de
Honolulú. Era el 9 de julio de 1839. Bastó esto para que Kamehameha
llegara a un arreglo y se decidiera a entregar 100.000 francos como
reparación debida al gobierno francés. Se obtuvo además un buen tratado
aduanero y el respeto de los derechos religiosos de sus nacionales. Al año
siguiente, obligado a acabar con todo ello, proclamó el rey la libertad de
cultos y estableció un parlamento. Así se encontraran salvaguardados, de
una misma plumada, los intereses del comercio extranjero y de la religión
católica.
***
En tal momento es cuando los picpucianos pueden establecerse
legalmente en el país.
El 14 de mayo de 1840 llegó Monseñor Rouchouze con algunos
cofrades. Los cristianos eran entonces unos 2.000; Monseñor juzgó que la
viña exigía más obreros, y se embarcó para Francia con el fin de
encontrarlos. Lleno de alegría volvía de su misión, cuando ocurrió el
terrible naufragio, ya mencionado, en el que desaparecieron el obispo y los
veinticuatro misioneros que le acompañaban.
Ocurre con los apóstoles del Evangelio lo que con los soldados en el
campo de batalla. Cuando uno cae, otros acuden a ocupar su puesto para
continuar el glorioso combate. Las pruebas no disminuyeron el celo de los
picpucianos ni el progreso de su misión. Después de la muerte de
Monseñor Rouchouze, el Papa, a partir de 1845, erigió el archipiélago en
vicariato apostólico y colocó a la cabeza a Monseñor Maigret. Sólo había
entonces 13.000 cristianos en Hawai, pero ese número se triplicó en el
49

reinado de Kamehameha IV (1855-1863), que veneraba a Monseñor
Maigret y le indicó que vinieran las religiosas picpucianas con el fin de
ocuparse de la educación de las niñas. Llegaron diez en 1859, que, en
unión de los dieciocho sacerdotes y de los doce catequistas, ascendía a
cuarenta el número de misioneros ocupados en la misión a la llegada del
Padre Damián.
***
A Kamehameha IV sucedió Kamehameha V, que reinó desde 1863 a
1872, favoreciendo la llegada de los extranjeros y modernizando cada vez
más la fisonomía del país. Para ayudarle en tal tarea había tenido como
primer ministro y factótum un francés distinguido, al señor de Varigny,
que, de regreso a Francia, escribió en la Revue de Deux Mondes. Con este
rey se extinguió la dinastía de los Kamehameha.
Su sucesor, Lunalilo, reinó solamente trece meses, asistiendo, más
impotente cada día, a la lucha que en su reino sostenían Francia, los
Estados Unidos e Inglaterra.
Fue reemplazado por Kalakaua, que subió al trono en 1874 gracias a
los Estados Unidos, y en 1891 moría, según se dice víctima de su glotonería, en el “Palace Hotel” de San Francisco. Pues muy contentos con
poder hacer cuanto querían en su país, los americanos no se cansaban de
prepararle recepciones magníficas y apetitosas.
En los quince últimos años de su vida, Kalakaua fue un soberano
constitucional, al que no se le permitía ocuparse de ningún modo de los
asuntos públicos. Poseía un elevado rango en la masonería, asistía
solemnemente a la apertura del Parlamento, presidía las reuniones
arqueológicas y la colocación de las primeras piedras; se mostraba en el
templo, en el teatro y en las carreras; viajaba por el extranjero, de donde
regresaba cargado de regalos y condecoraciones; escribía muchas cartas
autógrafas a sus primos”, los otros soberanos del mundo, e invitaba a los
viajeros que pasaban por Honolulú a que fueran a hablar con él para
distraerse. Su pena más grande fue no haber recibido la Legión de Honor.
Verdad es que Francia, suplantada por los Estado» Unidos, no tenía por
qué agradecerle nada. Cuando murió, los americanos, reconocidos, le embalsamaron, le colocaron en un féretro de cristal, y le encargaron al
almirante Brown que 1c llevara a Honolulú en un barco de guerra.
La exposición de su cuerpo duró quince días, durante los cuales las
mujeres hawaianas lanzaban desgarradores lamentos:
50

“¡Dios mío!, ¡qué hermoso era! ¡Y cómo le amábamos! — Ha
muerto nuestro gran jefe, aquel cuyos antepasados eran amigos de Pelé.
¡Qué desgracia para nosotros! ¡Ah!, ¡qué desgracia!”
A Kalakaua sucedió su hermana Liliuokalani, que, de acuerdo con el
sentimiento popular, intentó dar al país la independencia. Pero los americanos tenían amigos en el lugar. En 1893 se colocaron éstos bajo la
protección del navío americano Boston, que justamente acababa de fondear
en el puerto de Honolulú. Destronaron a la soberana, proclamaron la
República y pidieron el ser incorporados a los Estados Unidos. Estimaron
éstos en tal momento que aquello era contrario a la doctrina de Monroe.
Pero a partir de 1898, mudaron de parecer. Juzgando que las Hawai eran
necesarias para la defensa nacional y que los hawaianos estaban deseosos
de pasar a dominio suyo, decidieron en este año la anexión pura y simple
del archipiélago, llegando a ser uno de los territorios de los Estados en
menos de dos años después de lo indicado.
***
Cuando el capitán Cook abordó a las Hawai, los canacos eran, según
él, unos 400.000, pero se cree que exageraba en más del doble. En 1832
habían descendido a 130.0000. En tiempos del Padre Damián sumaban aún
alrededor de unos sesenta mil.
Hoy no están muy lejos de haber desaparecido. Los extranjeros les
han sustituido y son los que forman la casi totalidad de la población. De
las 400.000 almas con que contaba en 1917, 35.000 eran americanos e
ingleses, 50.000 filipinos, portugueses 30.000, 25.000 chinos, 140.000
japoneses y coreanos, 25.000 mestizos y menos de 20.000 canacos. Sólo la
capital, Honolulú, contaba con 140.000 habitantes.
En cuanto a la situación religiosa del presente, un documento oficial
de 1937 establece que hay en el país: un obispo, 63 sacerdotes, casi todos
picpucianos belgas, 73 hermanos y 223 religiosas, de las cuales, 106 son
picpucianas, 73 dominicas y 44 franciscanas.
Los católicos ascienden a unos 117.000, de los cuales, 7.000 son
canacos, 16.000 mestizos y 94.000 de origen extranjero. El protestantismo
cuenta con 98.000 fieles. Y no hablamos de las religiones asiáticas que
practican los numerosos japoneses, chinos y coreanos establecidos en el
archipiélago.

51

CAPÍTULO V

El distrito de Puna

Damián había desembarcado en Honolulú el 19 de marzo, por la
mañana.
A los dos días, escribía a los suyos: “La llegada de los misioneros y
de las diez Hermanas, vestidos de blanco, impresionó mucho al pueblo,
que acudió de todas partes. Se nos condujo a la catedral, repleta de
público. El Reverendo Padre Chrétien celebró allí la santa Misa, seguida
de un Te Deum. Mi asombro fue grande al encontrar en las islas Sandwich
una iglesia tan hermosa; tiene 175 pies de largo por 50 de ancho. El resto
del día y el siguiente se pasaron en estrechar manos, Creo habérsela dado a
más de mil. Monseñor Maigret, que está aquí desde hace treinta años,
cantó la misa mayor y predicó en Canaco. Monseñor y el Padre Modesto,
Provincial, son la misma bondad y sencillez.”
Para inteligencia del relato, y sin entrar en explicaciones, que serían
infinitas, anotemos que la misión tenía entonces como cabezas visibles a
dos personajes con papeles teóricamente distintos: el obispo, Monseñor
Maigret, y el Provincial, Padre Modesto, residentes los dos en Honolulú y
ambos picpucianos. El primero tenía sus poderes directamente de la
autoridad romana, poseía jurisdicción sobre los religiosos, en tanto en
cuanto eran misioneros; dimanaban los poderes del segundo, de Picpus, y
tenía jurisdicción sobre los misioneros, en cuanto eran religiosos. Es
evidente que estas atribuciones entrechocaban algo y daban lugar,
naturalmente, a conflictos.
***
El 26 de marzo, víspera de Pascua, el Hermano Damián se ordenó de
subdiácono, y fue enviado inmediatamente al colegio de Ahuimanu, donde
permaneció dos meses para la preparación del sacerdocio. Allí, en un
admirable paisaje de gigantescas rocas y gargantas profundas, tenía su
retiro y terminaba sus estudios eclesiásticos. Los realizó muy de prisa,
pues hizo en cuatro años lo que otros consiguen en diez. Verdad es que su
52

facultad de asimilación era grande y que Monseñor había de utilizar muy
pronto la recluta que había traído el R. W. Wood.
El 21 de mayo Damián recibió en Honolulú las órdenes sacerdotales,
al mismo tiempo que el Padre Clemente, su compañero de viaje. A la ceremonia, dice él, habían “acudido los cristianos de todas las islas para ver a
sus jóvenes padres espirituales, tan deseados... Por eso temía que mi duro
corazón se fundiera como cera cuando distribuí por vez primera el pan de
vida”.
Y añade muy humildemente y con cierta solemnidad:
“¡Heme aquí, queridos padres, misionero en un país corrompido,
herético e idólatra! ¡Cuán grandes son mis obligaciones! ¡Qué grande debe
ser mi celo apostólico! ¡Qué pureza de costumbres, qué rectitud de juicio,
qué prudencia me son necesarios desde ahora! ¡Ay de mí!, yo que tanto os
he contristado en otros tiempos con mis caprichos, ¿cómo podré estar a la
altura de tales deberes? ¡Ah!, no olvidéis, os lo ruego, al pobre sacerdote
que ahora va a correr noche y día, sobre el volcán de las Sandwich, en
busca de las ovejas perdidas. Rogad día y noche por mí, y que rueguen los
que están a vuestro alrededor, pues si Dios me retira su gracia, pronto
estaré hundido en el mismo fango de vicio del que quiero retirar a los
otros.
“¡Adiós, padres queridos!”
Y por vez primera firma:
“J. DAMIÁN DE VEUSTER,
Sacerdotes misionero “
Desde entonces habría de ser ya el Padre Damián.
***
Como campo de apostolado, Monseñor Maigret le asigna, así como
al Padre Clemente, un distrito de la isla de Hawai, y él mismo quiso
conducir sus nuevos misioneros al pie de la obra.
Una noche de junio, se embarcaron los tres en Honolulú. A la mañana
siguiente, su barco hizo escala en la isla Maui, donde aprovecharon para
descender a tierra y decir misa. Allí residían tres de sus cofrades, los
Padres Auberto, Gregorio y Leonor, que, por fortuna, se encontraban en la
casa. Damián hubiera querido quedarse un poco más con ellos.
Desgraciadamente, apenas había terminado la misa cuando sonó la sirena
53

del barco: “Me costaba mucho abandonar tan pronto a mis hermanos de
religión sin saber si volvería a verlos después. Me quejé al buen Dios,
pidiéndole que nos dejara algunos días más con ellos para aprovecharnos
de su experiencia. Los consejos de los viejos son útiles al joven misionero.
Aun cuando hubiera aprendido de memoria los libros de los teólogos,
nunca sabría cómo obrar.”
Mas sucedió que, apenas embarcados nuestros pasajeros, hubieron de
descender a tierra. En el momento de la partida se descubrió que se había
declarado fuego a bordo, y ya ardía el casco; el navío no pudo continuar su
viaje, y fue forzoso a los misioneros el esperar otro.
Monseñor tenía prisa, pues había de bendecir una capilla en la isla
Hawai el día de San Pedro y San Pablo. En cuanto a Damián, que tenía
menos, dio gracias a Dios, y aprendía el canaco con el Padre Auberto.
Ardía en deseos de probar sus fuerzas, y pidió ir a evangelizar a los
cristianos de seis leguas más allá. Temiendo que partiera un navío en ese
intervalo, dudaba el obispo en autorizarle, pero finalmente cedió a sus
instancias.
No asombrará que los principios oratorios del nuevo apóstol hayan
sido laboriosos. Concebía bien lo que quería expresar, pero las palabras
para poderlo decir en canaco llegaban malamente. A veces se quedaba a
quia. Entonces, sacando un gran pañuelo de su bolsillo, se sonaba hasta
que acudiera algo del vocabulario. Compasivos con las turbaciones de su
garganta, los canacos no estaban por eso menos contentos con el sermón.
Pero, al regreso, nuestro predicador no encontró ni a su obispo ni al
Padre Clemente, a quienes, en el intervalo, un navío había conducido a su
destino. Aprovechándose de este nuevo plazo, volvió corriendo, dio varias
veces la vuelta a la isla Maui bajo un sol de junio, y cuando el barco que le
había conducido estaba reparado, se embarcó para reunirse con sus
compañeros.
Contaba con hallar a su obispo cerca de la capilla nuevamente
bendecida, pero Monseñor no le había esperado. Se encontraba ya en su
visita pastoral, a sesenta leguas del lugar, justamente en el otro extremo de
la isla. Por montes y vados, unas veces a pie, otras a caballo, Damián
marchó en su busca, y el 24 de julio acabó por unírsele. Cuatro días
después, provisto de las últimas instrucciones del pastor, se dirigía al lugar
de su destino: el distrito de Puna.
***
54

Hawai, donde nuestro héroe pasará la tercera parte de los veinticinco
años de su carrera apostólica, cuenta con seis distritos: Kohala, Kona, Hau,
Puna, Hamakua e Hilo. Es la mayor de las islas Sandwich. Su superficie,
aproximadamente de unos 10.000 kilómetros cuadrados, constituye los dos
tercios de la superficie del archipiélago entero. Su litoral mide 600
kilómetros. Montes nevados, de los cuales algunos tienen 4.000 metros de
altura, alternan con los fértiles valles y las selvas vírgenes. Aquí y allá,
negras fajas de lava enfriada, de una anchura de muchos kilómetros, parten
de las aristas centrales de la isla para ir a perderse al mar.

Hawai es por excelencia la tierra de los volcanes. En ninguna parte
del mundo se encuentran en mayor número, ni son tan temibles. El más extraordinario es el Kilauea, que tiene más de mil cráteres. Se encuentra
precisamente al borde del distrito de Puna. Imaginaos un circo de 15 kilómetros de pista, cercado de murallas a pico de una altura aproximada de
200 metros. Este circo encierra el Halemaumau, residencia de Pelé, la
diosa del fuego eterno.

55

El aspecto del Halemaumau es variable: su anchura, su profundidad,
la forma de las lavas sólidas que le rodean, se transforman sin cesar. “En
este momento cuenta un viajero que lo visitó en 1892—es un pozo
circular, con una profundidad de 95 metros y una anchura de 400, que
contiene un lago de lavas incandescentes, siempre hirvientes y siempre
burbujeantes, de donde salen chorros inflamados de 10 metros de altura y
olas de fuego que van a romperse en sus bordes. Hay allí una vida y una
intensidad imposibles do describir. El calor y la reverberación de ese hogar
infernal obligan a separarse al instante, pero se vuelve fascinado, y se
desea seguir el esfuerzo de una llama más alta, inmediatamente perdida en
ese crepitar de materias en fusión que nacen de las profundidades del
Globo, suben, descargan y desaparecen. Lo maravilloso obra sobre los
nervios; no puede uno defenderse de un momento de espanto; se siente un
vértigo, un peligro más atrayente que el que causa el vacío... Algunas lavas
están completamente líquidas y viscosas como ligeras gavillas, y las más
altas se alargan con la acción del viento, flotan en los aires, para volver a
caer en largos filamentos delgados, sedosos, color de oro oscuro,
56

semejantes al cristal hilado: son los cabellos de la diosa Pelé, según dicen
los canacos,”
Muchos escritores han celebrado la variedad del paisaje hawaiano, y
no podían acumular se más epítetos admirativos y exclamativos, que no
llegan a traducir su admiración, Pero no es en las cartas del Padre Damián
donde buscaremos testimonios de un entusiasmo semejante. Él no era
artista, ni tenía ese matiz del alma franciscana que encuentra en los
espectáculos de la naturaleza la ocasión continua de exaltarse y cantar 1a
bondad divina.

Como vecino suyo, va a visitar al Kilauea, y dice sencillamente:
“¡Nada más curioso por ver que la acción de este fuego de un calor
intenso, ante el cual se funden las más altas montañas!” Y después pasa a
lo que es su única preocupación. “Cuando entra en actividad, nuestros pobres insulares tienen un miedo horrible, y muchos de ellos corren a
ofrecerles sacrificios a fin de apaciguarle. Yo mismo he sido testigo de esta
idolatría un día que descendí al interior del volcán. Una canaco estaba en
situación de sacrificar a la diosa. Aproveché la ocasión para hacerle un
pequeño sermón sobre el infierno.”
***
Queriendo quitar toda ilusión a su colaborador, Monseñor Maigret le
repitió las palabras del Salvador sobre los que recogen sin haber sembrado
y sobre los que siembran sin la esperanza de recoger nunca.
57

Es verdad que no había que cosechar nada en Puna cuando Damián
se puso a trabajar. Este amplio territorio, que se necesitaban tres días para
atravesarlo, contaba con 350 católicos diseminados entre los protestantes y
paganos. No poseían ni escuelas ni iglesias y desde hacía siete años ningún
sacerdote residía entre ellos. Piénsese que, abandonados de este modo,
apenas si podían defender su fe. En cuanto a sus costumbres, se habían
vuelto tan relajadas como la de los otros canacos. “Las leyes del país no
favorecen nada la estabilidad del vínculo conyugal”, se decía Damián.
Pero la inmoralidad es de todos los países y de todos los tiempos y no
impide a un apóstol el anunciar a los pobres el reino de Dios.
Como hombre de acción que descubre siempre, para obrar, la razón
de esperar, defiende las circunstancias atenuantes y añade con optimismo:
“Con energía y buenas costumbres, este pueblo sería excelente.”
Y entona pronto el panegírico de los que ama ya como a hijos suyos:
“Este pueblo es dulce, afable, de gran corazón. No tiene sed de riquezas ni
amor al lujo. Se privaría de lo necesario para recibir a sus huéspedes. Aun
los herejes acogen bien al sacerdote cuando se presenta en su casa, Jamás
me han injuriado todavía.”
¿Y quién hubiera injuriado a un hombre tan simpático? Tenía un
hermoso y varonil rostro, una fuerza hercúlea, una voz dulce y sonora, hecha a maravilla para la lengua canaca, donde abundan las vocales,
ademanes atractivos, ímpetu, buen humor, un desinterés y una abnegación
sin límites. Todos se acercaban a él.
“Nuestros pobres insulares son muy dichosos cuando ven venir a
Kamiano (traducción canaca de Damián), y yo, por mi lado, los quiero mucho; de buena gana daría mi vida por ellos. Así, pues, no me inquieta
cuando es menester ver enfermos que están a siete u ocho leguas de distancia. Ordinariamente voy a caballo, y realizo estos viajes sin gran fatiga.
En cuanto al canaca, ya sé lo bastante para, predicar, confesar y discutir
con los herejes. En fin, que soy muy feliz, pues a despecho de las
privaciones y miserias, Dios me da a menudo consuelos que jamás hubiera
esperado.”
Su ministerio consistía en recorrer en todos sentidos su parroquia,
grande como una provincia, predicando, confesando, bautizando, visitando
los enfermos, reclutando neófitos y administrando los auxilios a los
moribundos. “Su celo no le permite permanecer un día en su puesto”, decía
de él su cofrade vecino.
En verdad que todo había que hacerlo en su misión. No existía
capilla, pues las antiguas se habían derrumbado. Comenzó por decir la
58

misa en las cabañas de los indígenas. Construyó después “casas de
oración”, según los recursos y materiales de que disponía. Edificó, por lo
menos, seis en ocho meses. No eran sino modestas barracas, que bastaban,
no obstante, en espera de algo mejor, para las necesidades religiosas del
pequeño rebaño que podía reunir.
Todo esto le cambiaba su régimen conventual: “Aquí, en vez de la
vida recluida, son continuos los viajes por tierra y mar, a pie o a caballo;
en vez de la observancia del silencio, se habla siempre con toda clase de
gentes; en lugar de ser dirigido, hay que dirigir a los otros. Lo más difícil
es guardar, en medio de tantas idas y venidas, el espíritu de recogimiento y
oración.”
El Superior general, a quien Damián escribía esto, no tenía por qué
inquietarse con respecto a un hombre que de tal modo se preocupaba por
él. Lejos de relajarse, el joven misionero progresaba y solicitaba
humildemente de sus corresponsales que pidieran para él las gracias de que
se creía indigno: “Si la Providencia hubiera enviado aquí un cura como el
de Ars, las ovejas perdidas hubieran pronto vuelto al redil... Oh querido
hermano, os lo suplico: rogad y haced que rueguen mucho para que
vuestro pobre hermano no sucumba a las tentaciones y para que su palabra
se penetre con la unción del Espíritu Santo.”
Si comenzaba a obtener algunos éxitos apostólicos, era a Dios y a los
rezos de los demás a quien se debían: “Yo me considero como un instrumento en las manos de Dios. ¡Cuántas veces, durante estos últimos
meses, he sido conducido providencialmente a cabañitas, fuera de mi camino, para regenerar a los ancianos y a los enfermos que iban a partir para
la eternidad!”
***
Aprendida la lengua canaca, construidas seis capillas, conquistada la
simpatía general, administrados los bautismos, convertidos en su último
momento los pecadores, tales eran los resultados obtenidos cuando,
después de ocho meses, Damián abandonó su primera misión. Su partida
se debió a la mala salud del Padre Clemente, que administraba Kohala y
Hamakua, dos distritos vecinos del suyo.
A condición de tener que ir uno hacia el otro unos cuantos centenares
de kilómetros, los dos religiosos podían encontrarse de vez en cuando. En
el curso de una entrevista que tuvieron en enero de 1865, el Padre
Clemente se explayó y manifestó su desaliento. El hecho es que los vastos
59

territorios que se le habían encargado excedían a sus fuerzas. Grandes
como un departamento francés, llenos de rocas, de picos, de gargantas y
precipicios, desprovistos de caminos, y a menudo de senderos, pedían un
hombre robusto que fuera un excelente jinete y poseyera una moral a toda
prueba. El Padre Clemente observó que su colega estaba más indicado que
él para ser ese misionero en Kohala, y le propuso, si Monseñor lo
consentía, hacer el cambio de su distrito. Damián aceptó. Por su lado,
Monseñor también lo admitió con buenas razones. Así fue como el 19 de
marzo de 1865, tomó el Padre el camino de Kohala, donde iba a
permanecer ocho años.
Al prevenir a Pánfilo de su cambio, le escribía: “La separación de
mis queridos cristianos me ha parecido más dolorosa que la de nuestros
queridos padres, pues era mucho el cariño que les “había tomado.”

60

CAPÍTULO VI

El distrito de Kohala

Su nueva parroquia medía 130 kilómetros de largo por 50 de ancho, y
contaba alrededor de 3.000 almas. “Tardo un mes en dar la vuelta”,
escribía.
Desde hacía cinco años estaba sin pastor.
Después de una inspección de seis semanas, pudo constatar Damián
que por todos lados “las zarzas y las espinas levantaban su cabeza por
encima del grano. Y sin embargo, aún quedaban, perdidas entre los herejes
e idólatras, algunas almas buenas”. Subsistían también “una iglesia de
madera con tres altares, una campana y tres arañas adornadas con flores
artificiales, así como la casa del cura, de hojas de pala, bastante aceptable”.
Pronto se trazó el programa del recién llegado: se dedicaría a las
almas hasta el límite de sus fuerzas, y en cuanto al resto, dejaría a la voluntad divina el recoger la cosecha o que sus esfuerzos quedasen
aparentemente estériles. “Al dueño de la viña corresponde el acrecentarla.
El misionero no es más que un simple obrero que planta y riega, Algunas
planta y riega. Algunas veces brota, y otras no. Pero lo que sí sé, es que, si
no se planta, nada puede brotar, salvo las espinas.”
En cuanto a su método de apostolado, procedería con los mismos
sentimientos que su divino maestro tuvo para los hombres. Lo expresaba a
menudo: “Quiero mucho a mis canacos, y hago por ellos todo cuanto
puedo. Por su lado, ellos me aman como los hijos a sus padres. Y de este
mutuo cariño espero que ha de salir su conversión. ¡Ah!, ¡querida
hermana!; ¡cuánto amo a mis indígenas!”
***
Casi siempre se hallaba de camino, lo que le permitía ejercitar su celo
y gastar sus fuerzas. A un canaco que le preguntaba: “—¿Dónde está tu
casa?” —“¡Mírala!”, respondía mostrándole la silla de su caballo.
61

“Para nuestros viajes —escribe— teníamos mulas y caballos. Acabo
ahora de comprar uno por cien francos y un mulo por setenta y cinco. Pero
a veces tengo que ir en canoa.”

Dos años más tarde debían haber bajado la mitad los precios en
Kohala, o tal vez él había abierto más el ojo, pues escribía: “Siempre tengo
mis mulos y caballos. Cuestan de veinticinco a cincuenta francos.”
Por muy excelentes que fueran las cabalgaduras, no siempre
conseguían llevarle a su destino. Felizmente, era un buen escalador y
capaz de dar lecciones de alpinismo a los herejes: “Tengo en mi misión un
pueblo que es tal vez el más inaccesible de todo el archipiélago. El camino
62

que conduce a él es de tal manera peligroso, que no puede uno arriesgarse
con una mula. Ni el animal ni el jinete regresarían. Figuraos, en una
distancia de veinte kilómetros, una decena de profundos barrancos y otras
tantas cordilleras rocosas que atravesar. Uno de los picos tiene 2.000 pies
de altura. ¡Pues bien!; ¡no tardo más de cuarenta minutos en escalarle,
cuando el mejor trepador de los pastores protestantes necesita dos horas
por lo menos! Naturalmente que cuando llego arriba estoy sin aliento.

“Tengo otra cristiandad cuyo acceso casi es tan difícil como ése. No
se puede llegar sino por mar. Por desgracia, en tales parajes suele ser
bastante alborotado. Quise ir allí el primer domingo de octubre, pero os
diré que por esta vez, queridos padres, vuestro Jef (1) ha estado a punto de
ahogarse. El sábado por la mañana el mar parecía muy tranquilo, y bajó a
la playa y se embarcó en una piragua canaca: es un barquichuelo hecho
con un árbol vaciado, que tiene cuatro metros de largo y cincuenta
centímetros de ancho. Jef tuvo cuidado de recitar su acto de contrición
antes de subir allí. Marchaba muy de prisa. De repente, uno de los remeros
grita: “¡Pitikia! ¡Perecemos!” La piragua se vuelca, y he ahí a Jef en el
agua con sus compañeros. Felizmente, vuestro hijo había aprendido a
nadar en los estanques de Tremeloo. Y gracias a esto, y ayudado por una
tabla, pude ganar la orilla, con el breviario mojado, como único daño.”
Sus traslados no eran muy costosos: “Estar seis semanas de viaje no
es para asustarme, pues por dondequiera que voy, estoy en mi casa. No
tengo que temer a los ladrones, puesto que no llevo dinero. La primera
casa adonde llego me sirve de hotel. Allí encuentro todo lo que necesito, y
1

Diminutivo familiar de José en. flamenco.

63

nadie me deja pagar. En cuanto a los caballos y mulos, tampoco me cuesta
mucho el alimentarlos. Por la tarde, al hacer alto, les ato a una cuerda larga
para que por la noche pazcan la hierba que se encuentra a su alcance.”
Algunos viajes traían cosas imprevistas:
“Una noche, en la cima de una montaña, rompió mi mula el freno,
escapó al galope y me condujo en medio de un rebaño de bueyes salvajes,
a cinco leguas de mi casa. Estaba muy oscuro; yo me hallaba empapado y
tenía hambre. Felizmente un perro ladró en la lejanía. Marché por ese lado
y descubrí una choza canaca, donde se me recibió con gran cordialidad.”
***
Después de los incidentes del camino, vedle que llega a su destino.
La comunidad que hoy visita cuenta un centenar de miembros.
“Posee una casa escuela, especie de cabaña de paja, cuya puerta de entrada
tiene cuatro pies de alto y por donde el viento penetra libremente y tan
aireada, que al momento se apagaron a la vez todos los cirios durante la
misa. Al llegar, he levantado el altar: cuatro estacas hundidas en tierra, con
una tabla por encima. Desde la mañana mis gentes han venido para
confesarse. Claro es que les he confesado sin confesionario. A las nueve, al
son de una trompeta, se convoca a los fieles a la misa. Esta trompeta es
una enorme caracola por la que se sopla. A este propósito, queridos padres,
si me enviaseis una campana, pronto dejaría de lado esta horrible trompeta.
Durante el Santo Sacrificio, todos recitan en voz alta las oraciones de la
misa, que saben de memoria. Mi sermón se refiere al Evangelio y a la gran
bondad de Jesús para con nosotros. Algunos canacos comulgan. Terminado
el oficio, vuelven todos a la choza en que pasé la noche, y me esperan para
hablar. El huésped ha preparado un buen pescado y una especia de torta.
Listo mi desayuno, vuelve a sonar de nuevo la trompeta, y los fieles tornan
a la iglesia para el rosario, seguido del catecismo y de la oración de la
tarde. Vienen después a estrecharme la mano y se vuelven contentos a sus
chozas.”
Ya se da uno cuenta de que el Padre Damián no llenaba sus pláticas
con cosas superfinas ni refinamientos. Iba a lo que más prisa corría, tronando contra el error y el vicio, exhortando a sus gentes al arrepentimiento
y a la oración, reclamando de ellos que pusieran de acuerdo sus
costumbres con sus creencias. Tenía una voz sonora y cálida, hablaba de
una manera viva y familiar, de modo que ningún oyente saliera del sermón
sin haber comprendido. A veces, la incontinencia y las prácticas mágicas, a
64

las que no querían renunciar los fieles, le sacaban de quicio; pero, por lo
general, el tono era animador y misericordioso:
“Hoy tenía bastante gente en misa. Después de la lectura del
Evangelio, me he animado, como San Juan Bautista, contra los pecadores.
Me parece que he fustigado un poco fuerte.”
Tenía que esforzarse mucho para lograr que sus cristianos vivieran
puros en el seno de un pueblo tan relajado, y obtener que considerasen el
matrimonio como indisoluble:
“Suponed que este año casáis a dos personas. Viven dos o tres meses
en paz y después surge una pequeña disputa, y ved a los cónyuges separados para siempre. Cada uno por su lado crea un nuevo matrimonio. Ahora
bien; la ley civil prohíbe el adulterio. Citados ante el juez, se ven condenados a ciento cincuenta francos de multa, lo que les reduce a la
esclavitud por espacio de muchos años. Obtendrán finalmente el libelo de
divorcio, y entonces contraerá cada uno un nuevo matrimonio. Pero, en ese
caso, ¿cómo puede absolverlos un sacerdote?
***
Los hechiceros también le proporcionaban muchos sinsabores. No
debía tratarlos muy bien en sus sermones, si hacía igual que en sus cartas:
“¿Cae enfermo un cristiano? Sus vecinos le indican el médico capaz
de curarle. Corren a buscar al especialista. Pero no se molesta por nada.
Primeramente se recoge en sí, ora al dios del que es sacerdote, hunde la
mano en un saquito lleno de piedras negras y blancas. Si saca una piedra
negra, es inútil que se mueva del lugar, porque su dios nada hará por el
cliente. Si, por el contrario, es una piedra blanca, la divinidad será
favorable y el caso bien vale el viaje.
“Una vez llegado, el hechicero saca del enfermo una especie de
confesión, de la que deduce que todo procede de un voto no cumplido.
Como represalia, el dios perjudicado habita en el cuerpo de este
desgraciado y le hará sufrir hasta que la reparación se haya obtenido. Hay
que realizar cuanto antes un sacrificio propiciatorio. Consiste en
tostoncillos al horno y en embriagadores licores, que se ofrecen primero a
1a divinidad interesada y que después comparten el sacerdote, el enfermo
y los vecinos. Una vez terminados estos ritos, el charlatán, que entiende
tanto de medicina como mi caballo, marcha a coger hierbas en el desierto.
El enfermo las toma, y con frecuencia muere al día siguiente, pero el
hechicero no pierde su prestigio.
65

“A propósito de estas comidas, vos, que sois teólogo, hermano
querido, ¿qué haríais si tuvierais que confesar a estos canacos que se
acusan de haber participado en él? Tened en cuenta que sólo van por lo que
comen...”
* * *.
Entre aquéllos de los que “el infierno se sirve para hacer caer a los
mejores”, el misionero señala, finalmente, a los ministros presbiterianos.
Sabe de cuánto poder gozan en el archipiélago. Ellos eran los primeros que
habían ocupado el terruño. Damián, que venía a disputárselo, es natural
que se los encontrara en su camino. Los combatía de buena fe y hablaba de
ellos entonces sin consideración. Ya veremos cómo más tarde habrán de
vengarse de él.
“Además de su fanático sistema —escribe— tienen todo cuanto
puede influir en los canacos: establecimientos florecientes, donde lo más
escogido de la juventud absorbe el veneno de la herejía, y las grandes
refinerías de azúcar, donde van a trabajar los pobres.”
Y, sin embargo, no es siempre bueno que un apóstol esté demasiado a
gusto. Los que predican un Dios pobre y crucificado harán bien para que
los crean en no allegar tesoros. Si ciertos canacos veían en las riquezas de
los calvinistas una señal de la verdad revelada, otros preferían confiar sus
almas a hombres más desinteresados:
“Al llegar a una aldea donde hace tiempos habían rehusado darnos de
comer, me entero de que la víspera había venido el ministro para recoger
las tasas que estas especies de fariseos imponen cada mes a sus fieles.
Ahora bien; éstos les habían significado que abandonarían su partido para
hacerse católicos. Me informé más de cerca, y, en efecto, unas quince
personas se han inscrito como catecúmenos nuestros. Decido que por la
mañana y la tarde se reúnan en la casa del jefe del lugar y les prometo, si
saben sus oraciones y han asistido cada domingo a las reuniones, bautizarlos a mi regreso... Así lo hice hará ocho días. ¡Y qué felices eran!”
En una Memoria a su Superior general, ensalza el apóstol los
progresos del catolicismo y atribuye el retroceso del protestantismo a la
codicia de los ministros:
“Cuando llegué a este país, me gritaban a la espalda: “¡Embustero!
¡Idólatra!” Ahora todos me respetan y el calvinismo va debilitándose. Los
pastores americanos se retiran, la mayor parte, después de haber hecho una
buena fortuna, y sus sustitutos canacos se hacen pagar, como ellos, buenas
66

sumas. Exigen dinero de aquellos que quieren asistir a sus ceremonias, y
por esto les abandonan sus fieles, protestando de ello.”
***
Aun cuando su tren de vida fuera el de un pobre, también el Padre
Damián necesitaba dinero. El hijo del comerciante de granos de Tremeloo
no estaba desprovisto del sentido de los negocios: “Monseñor —escribe—
me ha comprado un gran terreno. He de plantar allí más tarde cafetales.
Mientras tanto, lo he alquilado en 400 francos, con lo cual podré pagar mis
deudas.”
El tabaco se vendía caro en Hawai y daba cada año muchas cosechas.
Habla Damián con admiración de un compatriota belga, recién llegado,
que saca de ello grandes recursos. Le imitó, en más pequeña escala, pues
poseemos una carta de él en la que anuncia el envío de tabaco a Honolulú.
Allí residía la superiora de las Hermanas Picpucianas, con la que se
entiende muy bien: “Le envío patatas —escríbele al Provincial— de mis
feligreses. Siempre se necesitan patatas. Que las guarde... y las pague. El
precio servirá para saldar una factura que han de enviarme.”
Tenía cerdos, gallinas, abejas y también corderos. Habla de ello a
Pánfilo: “Después de cuidar a las ovejas del Señor, Jef ha tenido que
ocuparse de sus corderos. Ha comprado cincuenta y cinco, al precio de dos
francos cincuenta céntimos la pieza. De vez en cuando llevo uno a la
cocina.” Pero, ¿y los demás? No hay duda que eran vendidos con
provecho.
Se conservan muchas cartas en las que Damián hace el pedido a
Honolulú de tablas, listones, cristales, cerraduras, kilos de clavos, de todo
cuanto necesita para sus construcciones. Todo se tiene en cuenta, y los
recursos para hacer frente a los gastos están minuciosamente previstos.
Procedían éstos a menudo de sus fieles, con los que se distinguía en
sacudir su pereza.
Defiende el equilibrio de su caja y no olvida lo que le deben: “Tengo
una deuda con un mercader de Hilo —escribe al Provincial— por colores
que le he comprado. ¿No podríais obtener del Padre Carlos que tome sobre
sí el pagarla? Me parece que sería justo, pues cuando su mula murió de
hambre esperando que regresara de Honolulu, se la reemplacé por el más
hermoso de mis mulos, sin contar con muchas marranas que aun me debe.”
***
67

Para construir sus iglesias era para lo que el Padre Damián buscaba el
dinero: “Una capilla me cuesta mil quinientos francos”, escribía.
Apenas instalado en Kohala, pide a su Obispo, que era muy pobre, y
a su Provincial, que no lo era menos. Cuando éste habla de él al General, le
llama “el buen Padre Damián”, y está contento con hacer su elogio: “¡El
Padre Damián, tan intrépido como siempre, no tiene miedo de nada y
doma los mulos más intratables!” El Provincial, sin embargo, no puede
concederle todo:
“El Padre Damián ha venido a vernos, o mejor, ha venido para
obtener que se le construyan dos capillas. Apenas hemos tenido tiempo de
contemplar su noble rostro, siempre orondo y radiante de salud. Es más
fácil concebir proyectos que realizarlos... Ya se lo he dicho. Es evidente
que hace bien en desear estos auxilios materiales, que pueden ayudar a la
edificación de los templos espirituales, pero hay que tener paciencia,
porque las capillas no brotan como las setas.”
Dejados de lado los términos escolásticos, el Padre Damián pensaba
como el Padre Modesto sobre las capillas y sobre la ayuda que “éstos auxiliares materiales” aportan a la conversión de las almas; sabía que nada
atraía más a los canacos a la fe que las hermosas y brillantes ceremonias
celebradas en un templo donde se siente la presencia de Dios. “La pompa
de nuestras solemnidades escribe impresiona vivamente a los herejes e
idólatras, y empuja a muchos a inscribirse en el número de los
catecúmenos.”
Pensaba también, con su Superior, que, puesto que las capillas no
salen solas como las setas, había que preocuparse de hacerlas brotar de la
tierra. Construyó ocho en su distrito.
Pero hemos de explicarlo aquí.
Cuando una Semana Religiosa, en su Necrología, felicita a un cura
por haber sido “un gran constructor”, extiende su alabanza a la habilidad
para reunir fondos, gracias a los cuales los albañiles y maestros de obras
pudieron construirlas.
Más considerable era el papel del Padre Damián. No sólo se
convertía en su propio arquitecto y director de los trabajos, sino que ponía
mano en la tarea, trabajando como un obrero. Ya hemos visto cómo se
distinguía en suplir toda clase de oficios. Sabemos que su fuerza hercúlea
valía como un tratado de apologética para los canacos. Su obispo escribía:
“Los indígenas dicen que es milagro cuando le ven trayendo de la
68

montaña, y a hombros, las vigas que ellos mismos, poniéndose cuatro,
apenas podrían levantarlas.”
Cuento, Damián cómo procedía:
“¿Quieres seguirme a treinta y cinco leguas de aquí? Jamás había
habido iglesias en este lugar. Desde mi primera visita, bauticé allí gran
número de catecúmenos y les pedí me ayudaran a construir una capillita
como acción de gracias. Lo prometieron. Comenzaron entonces a ir a la
montaña y derribar árboles hermosos. Los cortaban según los planes que
había trazado. Quedaban por levantar los andamios, y aquí los carpinteros
cuestan muy caros. Yo realicé tal menester, ayudado de dos canacos, y no
me ha salido del todo mal. Cuando vuelva a pasar, terminaré el interior y
levantaré en la fachada una gran cruz, de la que ya han serrado las tablas
nuestros canacos. Si algún rico americano de ahí quisiera proporcionarme
las ventanas, tendríamos una hermosa capillita.”
Al año siguiente se pone al trabajo: “La nueva iglesia debiera
elevarse a tres leguas del mar, en lo alto de una cuesta tan empinada, que
tres pares de bueyes apenas si podían arrastrar nuestra carreta vacía. No
existía ni la más pequeña señal de camino: había que saltar de una piedra a
otra, y el ardor del sol era verdaderamente insoportable en esa ladera.
”Hacía bajar, por la noche, a la playa a todos mis cristianos.
Hombres, mujeres y niños dormían al raso, la cabeza en una piedra. Al
amanecer, después de la oración en común, todos se ponían en camino, y,
trepando por la montaña, unos con tablas, otros con maderos, cada cual
llevaba su carga según sus fuerzas. El Hermano Calixto fue el que levantó
el andamiaje. Iba construyéndole a medida que le llevábamos la madera, lo
que daba ánimos a todo el mundo. La iglesia está ahora terminada y
Monseñor la bendecirá el mes de mayo. Si Dios quiere, comenzaré otra, el
próximo año, a diez leguas de aquí.”
No esperó al mes de mayo para festejar la terminación de la empresa,
y a partir de la Epifanía se organizó un banquete, cuya importancia estuvo
“en relación con las grandes fatigas que se habían impuesto”.
“Desde la víspera todo el mundo se encontraba allí y todo estaba
dispuesto. Se dirigieron a la iglesita, demasiado pequeña en aquel día por
la enorme afluencia. Yo dije un sermón, donde, después de las
felicitaciones y exhortaciones de circunstancias, invité a mis gentes que
acogieran bien a sus correligionarios llegados desde tan lejos para la fiesta.
No me faltaron. Los cristianos del lugar habían sido sometidos a un
pequeño impuesto, debiendo proporcionar los hombres, cada uno, un buey,
y las mujeres y los niños un cerdo. Cerca de mil personas asistieron a la
69

comida, que se celebró sobre la hierba, alrededor de la iglesia. No había
mesas ni sillas, y para comer tenían que sentarse en tierra al modo de
nuestros sastres. Tampoco había cucharas ni tenedores, pues aquí los más
refinados comen con los dedos. Pasé toda la tarde en el confesionario. Y al
día siguiente tuvimos una misa con música.”
Este banquete no perjudicó para nada al que meses más tarde celebró
la llegada de Monseñor Maigret:
“Fui a su encuentro sobre mi mula. Cubrimos juntos treinta y tres
leguas y atravesamos ciento veinte torrentes. El domingo hicimos alto
cerca de una capilla que había construido antes. Al día siguiente
alcanzamos la montaña donde ya os conté que me había perdido.
“Llegados a nuestro destino, el obispo, que tenía prisa por regresar,
quiso proceder en seguida a la consagración. Pero mis gentes no lo entendían así. Pidieron diez días para invitar a todos los cristianos de los lugares
circundantes y organizar la fiesta en serio. Su Grandeza cedió a sus
instancias y fue testigo de un entusiasmo indescriptible. Mi catequista
había requerido de cada cristiano que proporcionara un gran cerdo. Se
inmolo casi una piara, sin contar los bueyes necesarios para completar la
comida. No quedó casi nada. Después de ella, Monseñor procedió a la
ceremonia,”
***
Acabamos de ver a un catequista ocupado en reunir puercos: era uno
de los numerosos colaboradores y lugartenientes que el Padre Damián
tenía.
El misionero no podía estar en todas partes, ni bastarse para todo. Por
eso, había buscarlo ayudas.
Cuando descubría algún joven idóneo, le formaba con un particular
cuidado, le explicaba las epístolas y los evangelios de la misa, de modo
que pudiera predicar, instruyéndole, de modo profundo, con el fin de que
pudiera enseñar a los demás. Después le nombraba catequista o “jefe de
oración” (prayer leader), según la terminología inglesa. Los domingos que
por allí iba el Padre, el papel del “jefe de oración” se encontraba reducido
en sus funciones. Pero rara voz permanecía allí el Padre. En el intervalo de
sus apariciones, correspondía al catequista tener cuidado del rebaño.
Conducía los fieles a la iglesia, presidía la asamblea, entonaba los cánticos,
comentaba la palabra de Dios, preparaba a los catecúmenos pare el
bautismo, conservando latente a la comunidad basta el regreso del pastor.
70

Ciertos catequistas triunfaron maravillosamente: “He conseguido
formar algunos de ellos que predican con mucha elocuencia y ortodoxia. Y
muy a menudo su auditorio es más numeroso que el mío; los herejes y los
infieles prefieren sus predicaciones a las mías; se divierten al escucharlas,
mientras que se aburren cuando digo la misa, de la que no comprenden
nada.”
Obraban también conversiones, y, a veces, por medio de
extraordinarios argumentos:
“Un día, cierto calvinista, volviendo de predicar, encuentra a uno de
mis “jefes de oración”. Mientras caminan, le explica éste la parábola del
fariseo y el publicano: “Vosotros, los calvinistas —dijo—, permanecéis en
pie cuando rezáis, como aquel fariseo orgulloso que no quería arrodillarse
para pedir perdón. Mientras que nosotros, los católicos, oramos de rodillas,
a ejemplo del publicano, que, prosternándose humildemente ante Dios,
regresó perdonado a su casa.” Tal observación fue un chispazo de gracia
para el herético. Resolvió recitar de ahora en adelante sus oraciones de
rodillas, para que se cumplieran, y para ello decidió unirse a los católicos.
Al día siguiente marchó a decir a los maestros de la escuela calvinista que
no eran más que unos fariseos y unos embusteros, y sacó de allí a su hijo,
que era uno de sus discípulos.”
***
Damián deplora la corrupción precoz de los chicos canacos. “Apenas
saben hablar, y ya no ignoran, mucho más de lo que los jóvenes teólogos
han de aprender aun. Los padres dicen toda suerte de suciedades delante de
ellos y les inician en las prácticas más abominables... Estos desarreglos
provocan entre los indígenas enfermedades que les envejecen antes de la
edad y les hacen morir a la primera contrariedad.”
Estos niños progresan menos de prisa en ciencia religiosa: “Se
aficionan fácilmente a la lectura y al cálculo, pero son rudos para el
estudio del catecismo. Sólo a fuerza de repetir cien veces lo mismo pueden
aprender lo estrictamente necesario.”
Cuando llegó a Kohala, la enseñanza estaba toda en manos de los
calvinistas, lo que obligaba a los chicos católicos a recibir lecciones contrarias a su fe. En 1865, el gobierno se declaró neutro en cuestiones
escolares. Lo aprovechó Damián para reanimar las antiguas escuelas y
establecer otras nuevas, y de tal modo multiplicó sus diligencias, que
consiguió instructores de su gusto, a los cuales el Estado daba un
71

estipendio de dos francos cincuenta al día. Hasta las autoridades le
ofrecieron enviar a la casa de las Hermanas de Honolulú muchachitas
indígenas, que, una vez formadas, volvían para dar clase en sus distritos.
Así fue creciendo poco a poco el número de las escuelas católicas,
abriendo camino para un mejor porvenir.
***
Sin embargo, al fatigado apóstol le sucede gemir bajo la carga y,
como el leñador de la fábula, pedir, como ayuda, la muerte: “De un modo
general, tengo pocos consuelos y muchos desasosiegos. Sin la gracia
divina, no me sería posible encontrar suave y ligero el fardo que pesa sobre
mis hombros. Por eso, a veces me alegro de que mi fin esté próximo.”
¿Tales accesos de depresión duraban más tiempo del que es menester
para describirlos? Padece tantos, que en ciertos días su soledad moral le
hace sufrir y provoca en él, según confiesa, “ideas negras”. Cuando, en
otros tiempos, los espectáculos de las calles parisinas turbaban su alma
inocente, podía huir, por lo menos. Pero ¿cómo sustraerse al contacto de la
corrupción hawaiana? Le nace, dice, “una melancolía insoportable por
momentos”. Cierto que su conciencia es buena, y su vida interior profunda,
que la obra de Dios que realiza le mueve a ello, y sus superiores le comprenden, sus canacos le tienen afecto, los golpes de la maldad humana aún
no le alcanzaron y todavía conserva habitualmente su buen humor.
El Padre General hubo de comprender, sin embargo, que necesitaba
un compañero. Primero, porque el alma de un sacerdote no puede contentarse indefinidamente con la sociedad de unos salvajes desvergonzados.
Después, porque quisiera confesarse regularmente, como hacen los buenos
cristianos y la regla picpuciana le prescribe: “Cada dos o tres meses trato
de ir a ver al Padre Carlos a Hilo, o al Padre Regis en Kona. ¡Esto no es
bastante! Pero ¿cómo poder hacer más, cuando cada confesión representa
cincuenta o sesenta leguas de camino?”
Y aún existe una razón a la cual ha de ser sensible el General: “Si me
quejo de estar solo es porque pienso en los hijos de que soy padre en
Jesucristo, y que, a falta de sacerdote, mueren sin sacramentos, a pesar de
las fatigas que me impongo.”
Reclama sin cesar a sus superiores la asistencia de un compañero.
Éstos hacen al principio los oídos sordos. ¿No tienen súbditos de quienes
disponer? ¿O es que entre los jóvenes religiosos ninguno se siente atraído
hacia las Hawai? Sin embargo, en Lovaina está Panfilo, que sintió en otro
72

tiempo el deseo de las misiones, y que ya debe estar curado de su tifoidea.
Durante muchos años Damián apremia a Panfilo para que se le una.
En 1866 pone en movimiento al Provincial, que escribe al Padre
General: “El buen Padre Damián me ha dicho que os pida a su hermano
para nuestra misión. Según su parecer, estaría muy bien aquí. ¡A vuestra
prudencia se deja!” Pero la prudencia de los Superiores destina a Pánfilo al
profesorado.
Esto contraría al misionero de Kohala: “¿Os he de felicitar por
vuestra promoción? —le dice al interesado—. Ya estáis en el camino de los
honores, en lugar de ser un pobre misionero entre los salvajes... ¡Qué
impenetrables son los designios de la Providencia!”
Pasa el tiempo. La Providencia envía a Pánfilo a la Universidad de
Lovaina para recibir el grado de teología. Damián penetra cada vez menos
las razones de semejante conducta: “Y a vos, mi querido hermano —
escribe en 1870—, ¿hay que renunciar a veros alguna vez por aquí? ¿Por
qué querer obtener la birreta de doctor a expensas de la salud de los pobres
canacos? Acordaos que os hicisteis religioso para ser misionero, y que
erais vos quien, en otros tiempos, censurabais mi falta de entusiasmo por
las misiones. Me ha apenado mucho saber que en 1867, habiéndoos
sustraído al llamamiento del Reverendísimo Padre General, otro ha tenido
que marchar en lugar vuestro, como yo había hecho en 1863.”
Panfilo no merecía tales lecciones, contrariamente a lo que pensaba
el Padre Damián, que no penetraba en los designios de los Superiores, Su
carta acaba en un tono alegre. Alaba las delicias de la cocina hawaiana, que
Panfilo puede gustar si consiente ponerse en camino:
“Cuando vengáis, os daré buen café, pues lo hago muy fuerte. No
tengo leche ni manteca, pero tengo miel y huevos. Estoy también en posesión de un horno que me permite cocer un pan excelente. Tengo jamón,
que no os faltará. ¡Acabo justamente de comprar dos caballos!, y también
son para vos. ¡Venid pronto, perezoso!”
Pero Pánfilo no llegó. Más tarde, en 1895, poco después de haber
abandonado Damián este mundo, quiso cumplir el deseo de su hermano y
fue a ocupar su lugar, entre los leprosos. Hombre de estudios, teólogo,
hebraísta, filólogo, plácido y distraído, Pánfilo era el menos apropiado
para la vida misionera. Permaneció tan sólo veinte meses en Molokai, tras
de los cuales regresó a Europa para enseñar la ciencia religiosa en su
convento.
73

El que desembarcó en Kohala fue el Padre Gulstan Ropert. ¿Cuándo
llegó a su puesto? ¿En 1868 o en 1869? Después de muchas vueltas, Damián declara que fue en 1869. El 11 de junio de ese año, escribe: “Nos
anuncian al P. Gulstan, así como a los hermanos Bonifacio y Quintín. Pero,
¿cuándo estarán aquí? ¿Obtendré uno tan sólo, cuando necesito por lo
menos una docena? En abril acaba su carta interrumpida desde hace tres
meses: “Hoy no estoy solo, pues el Padre Gulstan ha venido a ayudarme.”
Y, sin embargo, cuando le hicieron vicario apostólico de las
Sandwich, Monseñor Ropert daba la fecha de instalación en junio de 1868.
Verdad es que Monseñor escribía esto en 26 de abril de 1893, un cuarto de
siglo después de lo acaecido. Y aun cuando los dignatarios eclesiásticos
guardan ordinariamente buena memoria de las etapas de su honorable
carrera, creemos, sin embargo, que esta vez el obispo se engañaba y que el
Padre Damián vivió sólo en Kohala durante cuatro años, es decir, la mitad
del tiempo que pasó allí.

Los dos religiosos trabajaron entonces de perfecto acuerdo y caridad.
“Juntos construimos muchas capillas y vivimos como dos hermanos”, escribe Monseñor.
“Construimos...” La carta siguiente, que es de 1872, evoca las
mismas construcciones hechas en común. Tan sólo se nota que el firmante
dice “yo”, ahí donde Monseñor escribe “nosotros”. Se observará también
74

que siempre está deplorando la vocación profesoral de su hermano. Su
ironía parecerá tal vez un poco pesada y machacona, pero hay que notar
que no conocía bien los matices de las palabras francesas que empleaba:
“Tenéis un aire de enfado conmigo, mi queridísimo hermano, puesto
que desde hace tres años no os habéis dignado escribirme. ¿Habréis considerado como insultos los menudos reproches que os dirigí en octubre de
1870? Perdonadme, os ruego, estas pequeñas descortesías...”
Se ocupa, después, de la guerra franco-prusiana, que para él es aún
una actualidad:
“¿Quiere decirse que aún sois profesor en Versalles? La ciudad ha
sido ocupada por los prusianos, según nos han contado los periódicos. Han
señalado también la abnegación de varios sacerdotes que se han
distinguido en esta ocasión, pero no han hecho mención vuestra. ¿Habéis
tenido la cobardía de temer las balas de los cañones? ¡Jamás lo hubiera
creído esto de un belga de Tremeloo!”
Viene en seguida la descripción de un día dominical del misionero:
“Una vez terminado el duro trabajo de la mañana, suena la hora de la
comida. Se come lo que envía la Providencia. La calabaza de poi, siempre
llena, sirve de reserva. La carne no falta, y menos aún el agua. Café y pan
hay a veces, pero el vino o la cerveza, jamás. Los platos no siempre se
lavan. Como he tenido que trabajar toda la semana, mis manos no están tan
limpias como las vuestras, vos que no hacéis más que hojear los libros;
pero la costumbre y el hambre hacen que coma uno a pesar de todo. Como
postre, fumo una pipa.
“Hecho esto, ¡pronto, a caballo! Se trata de acudir a otra feligresía.
Si, como sucede a menudo, he de celebrar allí una segunda misa, mi
desayuno se aplaza hasta las dos o las tres. Y termino la jornada bien en el
confesionario, bien enseñando teología a los catequistas, mis suplentes.
Evidentemente, por la noche no puedo ya más. ¡Pero cuanto más fatigado
me siento, más dichoso soy!”
Esto por lo que se refiere al domingo. En cuanto a los días
laborables: “Primero, la misa; después, a menudo, instrucción; después, el
desayuno: ¡siempre poi! Hace siete meses por lo menos que no he comido
otra cosa. En seguida me quito la sotana, cojo la sierra y hago de
carpintero, pues no es sino al precio de muchos sudores como he acabado
por tener iglesias en todas partes, y bastante decentitas. También he
construido algunas en el distrito del buen Padrecito Gulstan. Y habiendo
75

abatido el huracán su casa y sus dos capillas, ¡cuánto trabajo he tenido para
volverlas a levantar!”
El huracán cuyos daños acaba de señalar el Padre Damián había sido
menos terrible que el que abatió a la isla quince meses antes.
Los presagios se habían manifestado desde el mes de marzo, en que
los movimientos del suelo, primero ligeros e intermitentes, después
profundos y acelerados, anunciaron el próximo desencadenamiento de las
fuerzas subterráneas. Llegaron en seguida días en los que se contaron no
menos de trescientas sacudidas violentas en veinticuatro horas.
Fue el 2 de abril cuando estalló el cataclismo, con todos sus horrores,
en el sur de la isla: el suelo se levanta, se hunde, se raja; los bosques
titubean, suenan solas las campanas de todas las iglesias, los árboles se
desarraigan y caen unos sobre otros, rompiéndose con estrépito. Se cumple
entonces a la letra el versículo del salmo: “Las montañas saltan como
corderos y las colinas como terneros.” Las rocas se precipitan en avalancha
sobre los valles. La ladera de una montaña es precipitada a lo lejos como
un bólido, aplastando con sus despojos hombres, animales y casas, en una
extensión de quince kilómetros cuadrados. En Kau, la tierra se resquebraja,
dando paso a un río gigantesco de piedras y barro que tiene 10.000 metros
de ancho. Alcanza, en su primer chorro, hasta más allá de cinco kilómetros, sepultando todo en su camino y precipitando en su ola ardiente los
rebaños de bueyes y cabras, con treinta y uno de sus guardianes.
El espectáculo aún es más espantoso en Apoua, donde se creyó que la
isla entera iba a abismarse en las aguas. Allí, trabajada por volcanes submarinos, pareció que el mar se replegaba sobre sí mismo para tomar un
mayor impulso, y emprendió después la marcha con hervores que rebasaban en diez metros las mareas más altas; y lanzándose hacia tierra,
engullía, con un ruido terrible, hombres, mujeres y niños, canoas y casas,
que desaparecían en un confuso montón de árboles, cantiles, tablas y
animales. Después de dos o tres asaltos de este género, no existía huella
alguna de pueblos pescadores establecidos en la orilla.
El 7 de abril ocurrió la última fase del drama. Este día, vomitó el
volcán, por varias bocas, rocas enormes y torrentes de materias en fusión,
que formaron ríos de lava, en que perecieron una cantidad de desgraciados
alcanzados por la velocidad del azote.
Damián tuvo la suerte de escapar a la muerte. Pero casi todas sus
iglesias y escuelas se habían hundido y numerosos de sus discípulos
perecieron. Pero no era hombre que se lamentaba vanamente ante las
ruinas. Cargado de víveres y vestidos, partió a la busca de los
76

supervivientes, y después, con el mismo entusiasmo con que las había
construido, levantó de nuevo sus capillas.
***
“No soy poeta ni buen escritor”, confesaba el Padre Damián. No era
tampoco un gran redactor de epístolas. Sólo tomaba la pluma en caso de
precisión, cuando, por ejemplo, necesitaba comprar tablas en Honolulú,
rendir cuentas a los superiores del estado de su misión, o enviar noticias a
Tremeloo.
El 8 de junio de 1869 escribió al Padre Modesto que le enviara “mil
tabloncillos”; el 21 del mismo mes, le pedía perdón por haberse endeudado
al comprar una carreta que, sin embargo, le era muy necesaria; el 27 de
diciembre, le envía sus felicitaciones para el año nuevo: “Perdón dice —
por todo cuanto haya hecho durante el año, que os haya desagradado. En
todo caso, tengo el deseo de que siempre podamos vivir juntos.” Después
expone, a un Superior tan paternal como éste, y según la regla, la situación
temporal y espiritual de su parroquia. Habla de 39 bautismos
administrados, 25 a adultos y 12 a niños; 7 matrimonios bendecidos; de 40
gallinas, 3 caballos y un mulo que en aquel momento posee. Más adelante
tendrá más, pero ha cedido dos caballos y un mulo para equipar al Padre
Gulstan, que ha llegado nuevamente, y una mula al Padre Carlos, que,
según se sabe, había dejado morir de hambre a la suya. Y anota en seguida
los gastos del año:
2 gallinas y un cerdo ……………………………………. 1 piastra
2 paquetes de sal ……………………………………….. 1 “
1 sillín y una brida ……………………………………… 7 "
2 caballos .......................................................................... 10 “
1 par de botas, que cuestan tanto como un caballo, y, finalmente, un
sinnúmero de compras que necesita para las construcciones que tenía en
planta.
En resumen, tenía de ingresos 279 piastras, y 271 de gastos. Le
quedaban en caja 8 piastras.
El 26 de diciembre de 1870 Damián declara haber realizado durante
el año 29 bautismos y 8 matrimonios. Posee cuatro caballos y un mulo; 4
vacas, por las que ha pagado 17 piastras; “muchas gallinas”, que no tiene
tiempo de contar, y “algunos rebaños”, de los que no da el número exacto.
77

El estado de su caja es mejor, pues presenta un exceso de 62 piastras.
Verdad es que acaba de heredar: “Un viejo me había pedido, hace diez
meses, el instalarse en mi casa para que yo le cuidara en tanto vivía y para
que le amortajase cuando muriera. Me ha dejado toda su fortuna: un
centenar de piastras (500 francos), dos caballos y una estufa de hierro
fundido.”
***
Estaba muy unido a los suyos, y por entonces les escribía una vez por
año. Se ve, con frecuencia, que se queja por no tener noticias de ellos;
“Hace más de dos años que no he recibido carta. ¿Qué os sucede, mi
querido padre, y a vos, mi amadísima madre? ¿Qué tal va vuestra salud?
¿Os lleváis bien la familia? ¿Sigue aún Leoncio en la aldea de la Croix?
¿Y Gerardo de granjero en Ninde? ¿Va aún el tío todos los domingos a
buscaros para ir a la misa mayor? Yo, ¡gracias a Dios!, estoy muy bien y
no tengo tiempo de aburrirme en mi vasta parroquia.”
Se guardará siempre de alarmar a sus ancianos padres, y aun cuando
estaba leproso, continuará diciendo que su salud no va mal.
Poco inclinados a escribir, sus padres dejan a menudo este cuidado en
manos de Pánfilo. Y éste, por su lado, está entregado a sus estudios y lecciones.
Cuando, tras nueve meses de espera, llega contestación de Tremeloo,
Damián se alegra: “He recibido vuestra carta con una alegría que no puedo
expresar. ¡Qué razón tenéis, padre mío, al abandonar un poco el cuidado de
los asuntos temporales para soñar más con los eternos! Este pensamiento
de la eternidad es el que ha llevado al claustro a la mitad de vuestros hijos
y el que me mueve a aplicarme cada vez más en mis deberes... Soy
dichoso al saber que mis hermanos se han asociado para explotar un
molino de vapor, y les deseo buena suerte. Triunfarán si permanecen
unidos y evitan las discusiones. Velad, mi querido padre, porque así sea.”
En 1872 se inquieta:
“¿Qué es de vosotros, mis queridos padres? Hace tres años que nada
vuestro he recibido. ¿Estáis los dos aun con vida? ¡Tal vez el Señor ha...!
¡Entonces, que se haga su voluntad! Pero, al menos, sacadme de esta
incertidumbre. A Dios gracias, yo estoy siempre fuerte y con buena salud y
siempre contento.”
Habla después de las iglesias que ha construido, de Janneke Roof, el
carpintero de Tremeloo, a quien podría, de ahora en adelante, dar ventaja;
78

de la guerra de 1870, de cada uno de los miembros de su familia, de los
progresos de la fe en su isla lejana, que jamás abandonará: “¡En el cielo es
donde volveremos a vernos!”
Otra vez, se dirige a sus hermanos: “Nuestra madre me escribe que
tenéis cada uno tres niños. Juan, el hijo de Leoncio, debe estar ya muy
mayor. Que estudie mucho y, cuando tenga catorce años, que le enseñen
latín. Decidle que le espero aquí y que ya tengo dos caballos de montar
para él. En cuanto a vos, mis queridos hermanos, acordaos que, de ocho
hijos que éramos, vosotros sólo sois los que quedan para poder asistir a
nuestros queridísimos padres en su vejez: Os ruego humildemente que me
reemplacéis a su lado con el fin de hacerles sentir el cariño filial y los
cuidados que tienen derecho a recibo de mí. Testimoniadles el mayor
respeto y no les digáis jamás una palabra que pueda afligirles. Vivid
unidos, amaos y educad vuestros hijos en el temor de Dios. Espero carta
vuestra. Vuestro devotísimo hermano: José.”
Paulina, su preferida, es religiosa en Holanda. No da señales de vida:
¿en que está enferma? ¿Habría muerto?: “Hace más de tres años, mi
querida hermana, que no me habéis enviado la menor palabra...
Escribidme, oh lo ruego. Apiadaos de vuestro pobre hermano misionero,
que, a fuerza de estar olvidado entre los salvajes, pronto habrá de volverse
salvaje... Pero pienso: ¿no será la razón de vuestro silencio el que hayáis
partido para el cielo?” Poco menos de un año después de esto, Paulina
moría en su convento de Uden.
Al igual que aquellos que no tienen remordimientos y que han
podido realizar los hermosos sueños de su infancia, se transporta con
felicidad hacia el pasado: “He encontrado vuestra carta —escribe a Pánfilo
— en un puerto por donde pasaba, a veinte leguas de aquí. Toda la noche,
al atravesar las lavas de un nuevo volcán, rumiaba las noticias que me
habíais dado. Tan pronto estaba en el molino de Betecom con nuestros hermanos Leoncio y Gerardo, como en el lecho do muerte del primo Winck,
de quien espero que Dios haya tenido misericordia, u otras veces con Paulina, en su convento, donde reina una dicha tranquila, tan diferente de los
ajetreos de mi vida misionera. Os he acompañado también en el encantador viaje que habéis hecho a Flandes... ¿Dónde está, hermano
querido, el tiempo feliz en que vivíamos juntos cerca de nuestros buenos
padres, y juntos íbamos a la escuela de Werchter, y más tarde a la
Universidad do Lovaina? Ya pasaron estos tiempos de infancia y juventud.
Ahora ha llegado la edad viril, en la que tenemos que trabajar,
valientemente, la tierra del Señor; vos en Europa (¡quién sabe!) y yo en las
79

Sandwich. Que si no podéis uniros conmigo aquí, al menos formadnos allí,
entre vuestros discípulos, hombres robustos y virtuosos, intrépidos y caritativos, que vengan a relevarnos cuando hayamos entrado en el eterno
descanso.”
***
El 14 de julio de 1872, Damián escribía al mismo:
“Ahora no me falta nada; tengo hermosas capillas, presbíteros
apropiados, gallinas y cerdos suficientes, grandes tierras, de donde brota su
sustento y el mío. Este año voy a poderme aplicar más al cuidado de los
enfermos y al estudio, al menos que la Providencia me envíe otros cuidados.”
¿Era un presentimiento? Lo cierto es que no pasaría un año sin que
hubiera abandonado Kohala por Molokai, donde vamos a verle realizar su
verdadero destino.

80

Segunda parte
EL PADRE DAMIÁN ENTRE LOS LEPROSOS

81

CAPÍTULO PRIMERO

Molokai

La isla de Molokai se encuentra en el centro del archipiélago de las
Sandwich, al sureste de Oahu y al noroeste de Maui. Tiene 320 kilómetros
cuadrados de superficie. Sobre el mapa, se alarga en sentido horizontal,
afectando un poco la forma de una hoja de sauce o de un pescado
tumbado. Los canacos la llaman “la tierra de los precipicios”, de tanto
como la removieron las convulsiones volcánicas. Su desolado aspecto
contrasta con la belleza risueña de las islas vecinas. En 1873, su población
no llegaba a las 2.000 almas.
Sobre la costa septentrional de Molokai, el promontorio de Kalawao
avanza en el océano. Es una lengua de tierra de 17 kilómetros de superficie, soldada al resto de la isla por las “Pali”, rocas gigantescas de
setecientos a ochocientos metros de altura. En el centro de este promontorio existe un cráter de treinta metros de altura y sesenta y cinco de ancho.
En todo su alrededor, se extiende la llanura estéril sembrada de bloques
rocosos, y, diseminados aquí y allá, matojos de hierbas altas y algunos
ramos de viejos pandanus o cañas de hojas largas. Encerrado por tres lados
entre acantilados que caen a pico en el mar y defendido en el Sur por la
cadena casi inaccesible de las “Pali”, parece hecho este lugar para relegar
en él a los forzados a quienes se quisiera impedir la huida.
Las autoridades hawaianas lo eligieron para secuestrar en él a los
leprosos del archipiélago, y allí fue donde el Padre Damián pasó los diez y
seis últimos años de su vida.
LA LEPRA
Cuenta Joinville que un día le preguntó San Luis “qué le gustaría
más: si ser leproso o haber cometido un pecado mortal. Y yo, que jamás le
he mentido —continúa el Senescal—, le respondí que preferiría haber
cometido treinta a ser leproso”.
La lepra ha pasado siempre por ser el más horrible de todos los
males.
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Es tan vieja como la humanidad, apareciendo tan pronto aquí como
allá, desapareciendo sin que se sepa por qué y no cesando de devastar algún rincón del mundo.
Según un papiro conservado en Berlín, existía ya hace seis mil años.
Otros documentos señalan su presencia en China en el año 2000, y en el
Japón en el 1500 antes de Jesucristo. La legislación del Levítico prueba
que desde los tiempos de Moisés existía, y mucho, la enfermedad de la
lepra entre los judíos. Estos, según se dice, habían sido contaminados por
los egipcios, que a su vez contaminaron a los asirios y a los demás
pueblos. Lucrecio escribía con seguridad que la lepra había nacido en
Egipto y que no existía en ningún otro sitio. En Roma se creía que eran los
peces del Nilo los que la propagaban.
Est elephas morbus qui propter flumina Nili
Gignitur Aegypto in medio, nec praeterea unquam.
Los sabios contemporáneos piensan más bien que partió de China y
que fue a continuación de las guerras de Darío, de Alejandro y de los romanos cuando llegó a Occidente.
Aun cuando se la señale en Europa a partir del siglo IV, se está de
acuerdo en decir que los judíos, los árabes y las Cruzadas contribuyeron en
mucho a propagarla después. En los siglos XII y XIII es cuando se
encuentra más extendida. Hacia 1150 hacía estragos en Inglaterra, en Escocia, en Francia, en España, en los Países Bajos, en Escandinavia y en
Prusia. En el siglo XII Londres poseía doce leproserías. (La palabra
“ladre”, leproso, procede de Lázaro, el leproso del Evangelio, al que
lamían los pies los perros en la puerta del rico malo.) Cada ciudad francesa
pronto tuvo su leprosería. Sólo Normandía contaba con 219. En 1226, Luis
VIII hizo un legado que destinó a fundar 2.000. Según dice el cronista
Matías Paris, benedictino de la época, debió haber en Europa, en 1244,
19.000 leproserías. Esta cifra tal vez sea exagerada, pero se admite
generalmente que en tiempos de San Luis había en Francia, por lo menos,
100.000 gafos, de los cuales el mayor número vivía fuera de las leproserías. Diversas órdenes religiosas se fundaron para socorrerles.
La lepra era considerada como contagiosa, y fueron tomadas medidas
para aislar a sus víctima».
Con el título Modo de poner a los leprosos fuera del siglo, los
antiguos ritos describen la ceremonia denominada Separatio leprosorum.
83

El sospechoso era citado ante el juez eclesiástico y, reconocido como
leproso, se le obligaba a alejarse de la comunidad humana. Oía primero la
misa, de rodillas ante el altar y cubierto con un velo negro, y después el
oficiante derramaba sobre su cabeza tres paletadas de tierra mientras decía:
Sis mortus mundo, vivus iterum Deo (Sé muerto para el mundo, y vive de
ahora en adelante en Dios). En ciertas diócesis, este rito se realizaba en el
cementerio, donde el enfermo descendía a una fosa simbólica. Después se
le entregaba copia de las “Prohibiciones” siguientes, de las que se daba
lectura pública:
“Os prohíbo que entréis nunca en la iglesia, mercado, molino, hornos
públicos, y en cualquier reunión o asamblea de gentes.
“Item, os prohíbo que nunca lavéis vuestras manos y otras cosas
necesarias dentro de las fuentes y arroyos; y si queréis beber, tomad agua
con vuestro barril o con cualquier otro vaso.
“Item, os prohíbo de ahora en adelante ir sin hábito de leproso, a fin
de ser conocido de los demás, y no estar descalzo ni con pies desnudos
nada más que dentro de vuestra casa.
“Item, os prohíbo que toquéis las cosas que queráis comprar si no es
con una vara o bastón, a fin de que se conozca lo que pedís.
“Item, os prohíbo de ahora en adelante que entréis en tabernas u otras
casas si queréis comprar vino o tomar o recibir lo que os den; pero haced
que lo pongan en vuestro barril o en otro recipiente.
“Item, os prohíbo tengáis otra compañía de mujer que no sea la
vuestra.
“Item, os prohíbo, al andar por loa campos, que respondáis al que os
interrogue, que no estéis fuera de camino y en contra del viento, temiendo
que infestéis a alguien, y también que, de ahora en adelante, no vayáis por
caminos estrechos, por temor a que podáis encontraros con alguien.
“Item, os prohíbo, si la necesidad no os obliga, a que paséis por
senderos, por los prados, y tocar árboles y matorrales, sin que antes no os
hayáis puesto los guantes.
“Item, os prohíbo el tocar a los niños y a los muchachos, sean
quienes sean, ni tampoco darles, ni a los demás, cosa alguna.
“Item, os prohíbo de ahora en adelante comer o beber en compañía,
si no es de leprosos.”
Y añadía el sacerdote:
84

“No obstante, no os molestaréis porque os separen de los demás,
puesto que esta separación no es más que corporal; en cuanto al espíritu,
que es lo principal, estáis siempre con nosotros y tendréis parte y porción
en todas las plegarias de nuestra Santa Madre iglesia, como si personalmente asistierais todos los días al servicio divino con los demás.”
Al proscrito se le conducía en procesión a su cabaña, en medio de los
campos. Y al llegar, decía: “Este retiro es mío y habitaré en él por siempre,
porque yo lo he elegido.” El sacerdote prohibía a todos que le hicieran el
menor mal, recomendaba a sus parientes que quedaran con él todavía
treinta y dos horas a su lado para impedirle caer en la desesperación;
después le tendían, tras haberlo bendecido, el hábito negro con que debía
vestirse, las castañuelas que señalarían su proximidad, los guantes, el
barrilito, la cesta del pan y otros objetos de su uso.
A partir del siglo XIV, la lepra declinó con rapidez en Europa, y hacia
la mitad del siglo XVI emigra a América.
El doctor Burnet, del Instituto Pasteur, afirma que en nuestros días
hay cerca de 5.000.000 de leprosos en el mundo: 30.000 en Suecia,
100.000 en Noruega, 200.000 en Francia, 2.000 en España, 10.000 en
Argentina, 20.000 en Colombia, 40.000 en el Brasil, un millón en las
Indias inglesas, y de uno a dos millones en China y unos 100.000 en las
colonias inglesas.
***
Ereteo, médico que vivía en Roma en tiempos de Nerón, ha hecho de
la lepra esta descripción, que el doctor Heise, miembro de la fundación
Rockfeller, aún encuentra exacta:
“Se forman sobre el rostro, las orejas y las extremidades, tubérculos
lustrosos de diferentes dimensiones, lo mismo de un rojo oscuro que de un
matiz lívido; la piel se espesa, engorda, y se hace rugosa, casi o
completamente insensible; el cabello se cae, a excepción de los del cráneo.
Las aletas de la nariz se inflan, sus ventanas se dilatan; los labios se
hinchan; la superficie exterior de los oídos, en particular de los lóbulos, se
vuelve ancha, espesa, y se cubre de tubérculos; la piel de las mejillas y de
la frente se torna gruesa, se infla y forma grandes arrugas prominentes,
especialmente por debajo de los ojos. Los pelos de las cejas, de la barba,
de las axilas, caen; la voz se hace ronca y sorda y la sensibilidad de las
partes afectadas se embota o desaparece por completo; se puede pellizcar o
pinchar al sujeto sin que lo sienta. La desfiguración hace pensar en un
85

sátiro o en un animal salvaje, por lo que algunos llaman a esta enfermedad
satiriasis y otros leontiasis. En un estado más avanzado, los tubérculos
revientan, y al final se ulceran. Úlceras también aparecen en la garganta y
en la nariz, que destruyen el paladar y el tabique nasal; la nariz se hunde,
el aliento es intolerable; la gangrena se mete entre los dedos de la mano y
de los pies y descoyunta las articulaciones.”

En 1873 el médico noruego Hansen descubre el bacilo de la lepra, y
en 1881 Neisser, de Breslau, encontró el medio de reconocerla y estudiarla.
“Este bacilo, semejante al de la tuberculosis, se haya diseminado en los
tejidos, sobre todo en el interior de las células leprosas, que se hinchan
como almohadillas.” Nunca se ha conseguido reproducir la lepra ni en el
hombre ni en los animales. Se ignora cómo se transmite, pero se sabe que
no ataca a los animales y que el hombre sano no puede contraerla si no
está en contacto prolongado con un leproso.
Los especialistas describen la evolución de la enfermedad del modo
siguiente:
“Señales preliminares.—Lo más frecuente es que la entrada del virus
pase desapercibida y no deje huella ninguna. Son ligeros brotes de fiebre,
trastornos digestivos, fatiga corporal y mental, una necesidad de dormir,
sangrías de nariz, excesiva abundancia (o por el contrario, insuficiencia)
del sudor en regiones limitadas del cuerpo; hinchazón de los ganglios y
trastornos nerviosos; picazón y hormigueo en los dedos y en los pies,
dolores de apariencia reumática, sensación de caminar sobre vidrio
molido, sensibilidad extrema en ciertos contactos: la sábana de la cama
86

hace daño; el sujeto se cuida de no tropezar con un cuerpo duro y grita si le
pellizcan débilmente. Después se establecen las zonas de anestesia. Revelase ésta a menudo por quemaduras profundas que el leproso no siente.
”He visto con frecuencia a un leproso —dice Heiser— sostener un
cigarrillo que le quemaba los dedos sin que se diera cuenta. El olor mismo
de la carne en combustión no le molestaba, y su olfato no existía.”
”Primeros síntomas en la superficie del cuerpo.—Aparecen unas
manchicas, redondas u ovaladas, a menudo rosa, sobre la piel blanca; sobre
las pieles morenas, más pálidas que la piel, y pueden ser también más
oscuras, morenas. Se extienden, adoptan formas más o menos irregulares.
Tan pronto es por el centro como por el borde, que es rosa, ligeramente
inflamado. Al comienzo de la enfermedad, puede desaparecer espontáneamente, y reaparecer en otros puntos; si se pincha la mancha con
un alfiler, el individuo no lo siente. A menudo, en la misma época, la
mucosa del tapiz nasal, intacta todavía en apariencia, está irritada y se
encuentra en ella el bacilo. En las manchas de la piel, son extremadamente
raras.
”Dos formas de lepra.—Se distinguen, según que predominen las
lesiones cutáneas o las lesiones nerviosas, dos clases de lepra: la lepra
cutánea, llamada también tuberculosa o nodulosa, y la lepra anestésica o
nerviosa. Distinción que sólo se hace por comodidad de lenguaje, pues
estas dos formas de lepra no están separadas, ya que todas las lepras son
mixtas.
”Lepra cutánea.—Se extiende sobre la piel y las mucosas. Es la que
reviste aspecto más repugnante. Según el espesor de la capa de piel infectada de bacilos, la piel es lisa o estriada con finísimos pliegues; después
cae el pelo, comenzando por las cejas. Se forman a continuación nódulos y
tuberosidades, que pueden convertirse en abscesos y úlceras. Sobre las
mucosas de la nariz y de la boca se forman nódulos y úlceras, al igual que
sobre la piel. Si la enfermedad no se detiene espontáneamente o por la
acción de un tratamiento, la nariz se ahonda, los párpados son atacados y
se ponen sanguinolentos; el globo del ojo puede convertirse en un globo de
pus; el rostro puede ser destruido como en las formas más graves de la
sífilis no cuidada; la boca y la nariz no son más que un hoyo o dos con
fungosidades de carne saniosa. El rostro humano queda bestializado,
mancillado, deshonrado.
“Dos aspectos de la lepra sobre la faz humana, dos máscaras
leprosas, han recibido nombres imaginarios: la faz leonina y la faz
antonina.
87

“En la faz leonina, la piel se espesa, se hace superabundante y jugosa,
las partes levantadas se separan por surcos estrechos y profundos; se diría
que la cabeza ha sido atada con cuerdas de un modo irregular y que las
cuerdas han hundido los pliegues. Con más o menos irregularidades, es el
rostro del león.
“En la faz antonina, por el contrario, la piel y los músculos se
atrofian, el rostro adelgaza, se seca; los músculos de los ojos y los labios se
paralizan; los ojos están siempre abiertos, la mirada atónita y fija; la boca,
con el rictus caído, está inerte, lúgubre; la faz es triste, rígida, como la de
un cadáver viviente.
”Lepra nerviosa.—Las primeras señales (anestesia, trastornos de la
secreción sudoral, cambios de color en la piel) son ya síntomas causados
por la presencia de bacilos en los mismos nervios; con frecuencia, los
troncos nerviosos se convierten en dos, cuatro, o seis veces mayores que
antes; siéntese el nervio cubital como una cuerda que pasa tras el codo; se
ve por encima de la oreja al gran nervio auricular levantar la piel. Los
nervios están enfermos, los músculos y los huesos desnutridos; de ahí las
deformaciones, de las cuales la más sorprendente es la mano como una garra y las mutilaciones; las falanges de los dedos se destruyen y se
reabsorben; con frecuencia, la uña, más o menos atrofiada, queda plantada
de través, sobre el extremo del muñón. Cuando los dedos no existen, el
antebrazo descarnado se parece a una maza de madera. Iguales destrucciones se realizan en los pies, que son aún más graves, puesto que éstos
sostienen la carga de todo el cuerpo; la anestesia, la destrucción de la piel,
los músculos y los huesos, las infecciones contra las cuales los tejidos son
incapaces de defenderse, abocan al mal de perforación, una de las peores
miserias de los leprosos. Las palabras más terribles no pueden describir ni
sugerir estos horrores. Hay que verlos.”
Los que los presencian no llegan a vencer el malestar que les inspira.
San Francisco consideraba como el acto más meritorio de su vida el haber
abrazado al leproso de Asís. San Gregorio Nacianceno se estremecía ante
“el desgarrador espectáculo de esos seres vivos que no hacen uso ya de la
vida, de esos infortunados a quienes sus amigos rehúsan conocer y que
inspiran más desagrado que piedad”.
“He visitado un centenar de leprosos —dice el doctor Burnet—. Al
final de cada visita, aún más que a la llegada, y a pesar de toda mi simpatía
de hombre y mi curiosidad de médico, experimentaba el horror específico.
Algo había que me hacía rechazarlos, y sentía calor y frío en la espalda.”
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“Hace más de treinta años que estoy viendo leprosos todos los días
—escribe otro—, y es el único espectáculo médico al que no me habitúo.
Cada día soy más sensible a él.”
El doctor Heiser cuenta que descubrió unos leprosos agrupados en un
depósito: “Algunos se pudrían literalmente. Me acompañaban muchos
médicos. Y aun cuando tenían una larga experiencia de estos casos, el olor
infecto que emanaba de las úlceras gangrenosas les dio tales náuseas que
no pudieron decidirse a cuidar a estos infortunados. Particularmente, una
vieja no era más que una masa de carne podrida, semejante a un cadáver
expuesto durante mucho tiempo, que fuera a deshacerse. Reuní todo mi
valor y conseguí colocarla en una cesta para transportarla a bordo.”
***
De todos los enfermos, el leproso es aquel cuya condición es la más
cruel. Al decir de los médicos, sufre mucho más moralmente que
físicamente. Es algo fuera de la ley, que se sabe desterrado de la
humanidad, un ser envilecido y manchado que se da cuenta de la
insuperable repugnancia que inspira. Os homini sublime dedit. Todos
hemos recibido de Dios un rostro que podemos mostrar y levantar al cielo.
Sólo el leproso se avergüenza de los rasgos que le ha dado su madre, y
cuando os encuentra, baja la cabeza. Imaginaos el odio y la rebelión que
pueden fermentar en su corazón.
***
La lepra es una enfermedad crónica. Una vez que son atacados,
algunos enfermos viven aún uno o dos años; otros, veinte y más, y la
mayor parte unos diez años. Hace cincuenta, de cien leprosos cuidados en
un lazareto, moría anualmente una tercera parte. En nuestros días, gracias a
los progresos de la higiene y de la medicina, no mueren más que un diez
por ciento. La mortalidad es diez veces más en los niños que en los
adultos. No es raro, además, que los leprosos no sucumban de la lepra; la
tuberculosis de los pulmones, las enfermedades de los riñones, las supuraciones, el agotamiento y otras complicaciones, dan, a menudo, razón
de ellos antes de que la lepra haya acabado su obra. Las estadísticas establecen que hay dos leprosos por cada leprosa.
***

89

La lista de los remedios preconizados contra la lepra es infinita.
Moisés prescribe el aceite; Luis XI, que se creyó leproso, tomaba baños de
sangre de tortuga; en algunos países se encierra al enfermo,
completamente desnudo, en el cuerpo aún caliente de un buey al que se
vaciaron las entrañas; en otros tiempos, el veneno de tal o cual serpiente
pasaba por beneficioso, anticipándose en muchos siglos a los
descubrimientos de la ciencia moderna; los chinos y los persas ponían su
confianza en el árbol kalaw, al que los primeros llaman ta-fung-chi y los
segundos el chawul moogri; los médicos recomendaban, ya bien el ácido
carbónico solidificado, ya el yodo, el bismuto, el arsénico, el cobre, el
plomo, el oro, los rayos X y ultravioletas, el radium y otros innumerables
medicamentos que al principio parecieron eficaces y fueron después
inoperantes.
Hoy, en espera de algo mejor, “el aceite de chaulmugra es el remedio
clásico de la lepra”. Se le saca del fruto de un árbol procedente de la China
y de las Indias y se le emplea en diversas formas. “Los leprólogos más
optimistas —dice el doctor Burnet— jamás le han atribuido una eficacia
absoluta, pero los espíritus más críticos no pueden negar su eficacia
relativa.” El doctor Heiser, cuya experiencia y fama son grandes, escribía
en 1937: “Sin querer afirmar que un leproso sometido a este tratamiento
pueda curar, he de hacer notar que hay un diez por ciento de nuestros acogidos que se restablecen por completo; un cincuenta por ciento cuya
curación es tan sólo estética; un treinta por ciento entre los que notamos
que la afección se detiene; y, finalmente, un diez por ciento en los cuales el
medicamento no obra nada y su estado continúa agravándose.”
EL INFIERNO DE KALAWAO
Es probable que la lepra hiciera su aparición en las islas Hawai
mucho antes que se la designara con su verdadero nombre.
En 1823, el Reverendo Stewart, misionero protestante, escribía “que
los casos de escrófulas oftálmicas y de elefantiasis eran muy comunes”.
¿Era acaso esto, mal diagnosticado, la terrible plaga?
En 1850, el gobierno de Honolulú estableció un Comité de Higiene
encargado de “tomar medidas para preservar y curar la población de las
enfermedades epidémicas, y en particular del cólera.” No se hablaba de la
lepra, de la que sólo un caso había sido comprobado.
En 1863, un miembro del Comité, el doctor Hillebrand, lanzó agudos
gritos y señaló que en el país había numerosos leprosos que sembraban el
90

contagio. Sus colegas tardaron ocho meses en nombrar un médico para que
hiciera una investigación sobre tal materia.
Mientras tanto, los extranjeros tuvieron miedo y llevaron una
violenta campaña en los periódicos, y el 3 de enero de 1865, antes de que
el investigador hubiera llevado a cabo su tarea, el rey Kamehameha V dio
un decreto para apaciguar sus temores.
Este decreto ordenaba a los leprosos que se dieran a conocer, y al
Comité de Higiene que hiciera el censo de los sospechosos; los incurables
serían relegados a la leprosería de Molokai, y los demás, cuidados en el
hospital de Kahili, cerca de Honolulú.
Tales medidas fueron impopulares en extremo. Por más que los
periódicos declararan que Kahili poseía todos los remedios necesarios para
curar a los menos atacados, y que Molokai estaba preparado para permitir
a los condenados a muerte el vivir allí cómodamente, los leprosos no quisieron escuchar nada. Mejor que morir lejos en el abandono, preferían
sufrir y esperar el fin en su pobre choza, rodeados de toda su familia. Los
padres se oponían a dejar marchar a sus hijos, los esposos a separarse, los
viejos a abandonar los lugares donde habían vivido.
Hubo que recurrir a la fuerza. Los médicos se hicieron acompañar de
gendarmes. Se pusieron en campaña vigilantes y acorralaron a los
enfermos como si fueran piezas de caza. Se vio entonces a estos
desgraciados, con la complicidad de sus amigos, buscar inaccesibles
retiros, refugiarse en los huecos de los precipicios, enterrarse en cuevas de
donde sólo salían por la noche. Toda proximidad del hombre les hacía huir.
Durante los ocho primeros meses, esta caza del hombre no dio casi
resultado alguno. Enfermos y con buena salud, hacían frente a los agentes
del Comité. En la isla Kauai, el doctor Smith y muchos de sus
colaboradores fueron asesinados. Además, se hirió mortalmente a los
policías. El doctor Emerson fue asesinado también. Durante mucho
tiempo, en la isla Oahu se recibió a los pesquisidores a tiros de Winchester.
Sin embargo, los atrapadores pronto apresaron a los incapaces de
huir. Después la fuerza pronunció la última palabra, y antes de fines de
1866, ciento cuarenta y un leprosos pudieron ser embarcados en Honolulú.
Su partida dio origen a escenas muy penosas: “¡Qué espectáculo!—
decía un testigo. El enfermo iba acompañado por sus familiares, que le estrechaban en sus brazos, le cubrían de besos interminables y mezclaban sus
lágrimas a las suyas. Cuando se le arrancaba de los brazos para llevarle al
91

vapor, eran de ver los gritos desesperados, los alaridos de dolor que partían
el alma.”
***

Estos desgraciados eran transportados a la playa de Molokai, donde
existían entonces don “ciudades”: Kalaupapa y Kalawao, distantes una de
otra cinco kilómetros, contando entre ellas con catorce cabañas, pobladas
en conjunto por unos cuarenta indígenas. El desembarcadero estaba en
Kalaupapa. Allí es donde se arrojaba a los leprosos, que inmediatamente
eran llevados a Kalawao. Contrariamente a lo que decían los periódicos,
nada existía allí para recibirlos, salvo un vago hospital sin lechos ni
médicos, reservado para los más enfermos. Estos no entraban más que para
morir, tumbados, sobre el suelo o sobre esteras tendidas por tierra. En
cuanto a los demás, vivían amontonados en las chozas que los indígenas,
antes de retirarse a los vecinos valles, habían abandonado.
92

El Comité de Higiene creía que, una vez instalados, los más válidos
se pondrían a trabajar alegremente, que cultivarían la tierra y proveerían a
sus necesidades. Bastaría, pensaban, con enviar de vez en cuando carne y
vestidos para suplir la falta de lo que no tenían.
Bien lejos estaban de todo ello. Nadie se puso a trabajar. Los
medicamentos faltaban; las llegadas de víveres eran irregulares e
insuficientes. De 1866 a 1873 cerca del 40 por 100 de los secuestrados
murieron; exactamente fueron 311, sobre 797.
***
Lo que allí pasaba, rebasa toda descripción.
El leproso Ambrosio Hutchison, que vivió durante medio siglo en el
lazareto, cuenta:
“Al día siguiente de mi llegada, vi salir de su choza a un hombre con
el rostro vendado, empujando una carretilla cargada de andrajos. Intrigado,
hube de seguirle. Cuando llegó al lugar denominado Hoopau Keaho, “el
hoyo donde se revienta”, tiró su carga en el precipicio y volvió
tranquilamente a su casa. Había escuchado un grito. Fui a ver, y encontré a
un moribundo que aún jadeaba. Era él quien había gritado al tropezar con
el fondo del hoyo. Indignado, denuncié el hecho a mis nuevos compañeros,
y no mostraron ningún asombro, pues nada nuevo les enseñaba.”
A excepción de algunos ricos, los que morían en Molokai no tenían
ni féretro ni sepultura. Cuando tenían la bondad de esperar, para desembarazarse de él, a que un enfermo hubiese expirado, le envolvían en una
manta, que se le sujetaba al cuello por unas cuerdas, a los riñones y a los
tobillos, atravesando después este paquete con una vara, y así
empaquetado y suspendido de ella, se llevaba al difunto a su última
morada. Se le enterraba sentado en una fosa tan poco profunda, que los
cerdos venían a comer su cadáver.
***
Desde la desesperación, pronto pasaron estos desgraciados a la
bestialidad.
Sufrían el hambre y el frío, viviendo en una promiscuidad sórdida.
Ninguno trataba de suavizar su mal ni retardar su proceso. El médico no
aparecía sino muy raras veces, Estaban sin parientes, sin hogar ni afectos.
Nadie se cuidaba de ellos si no era para reprimir sus sublevaciones. No se
93

les procuraba trabajo ni distracción para entretenerles en sus miserias.
Ningún sacerdote estaba allí para hablarles de su alma y rezar con ellos.
No teniendo ayuda alguna ni razón de vivir, perdieron toda dignidad
y se abandonaron. Se les trataba como animales contaminados a los que se
caza desde lejos. Y, pues no eran hombres, se embrutecieron. En espera de
morir, aún podían sacar de su carne gangrenada algunos placeres. Faltos de
goces humanos, se entregaron a los de las bestias.
“Aole Kanawai Reia Vahi. En este lugar no existe la ley.” Tal era el
saludo con que los viejos acogían a los recién llegados, y la máxima que
todos seguían. La holganza era general y el tiempo lo pasaban durmiendo
o en jugar a las cartas, beber y entregarse al vicio. Sodoma tuvo allí su
sucursal. Hombres, mujeres, solteros, gentes casadas, vivían juntos,
mezclados, al azar de cobijos y estaciones. Su única ocupación era cultivar
batatas para sacar de ellas alcohol con el que emborracharse. Estas
borracheras terminaban en orgías, en bailes desnudos y en otros juegos inmundos que se desarrollaban ante el altar de Laka, la Venus canaca, única
divinidad que los leprosos de ambos sexos consentían en honrar.
El egoísmo masculino alcanzó su máximo esplendor. Chicos y chicas
que estaban abandonados eran “adoptados’' por los hombres. Estos inocentes les servían de criados y de instrumentos de placer hasta que se
volvían enfermos o inútiles. En cuanto a las mujeres, estaban obligadas a
prostituirse con el fin de tener algún amigo que cuidara de ellas. Cuando la
lepra había casi terminado su obra, también eran ignominiosamente
despedidas. Y se las encontraba refugiadas detrás de un muro esperando la
muerte.
Para tales horrores estaba asegurada la impunidad; los culpables no
tenían nada que perder, y sus vigilantes valían a veces tanto como ellos.
“He conocido —dice Hutchison— un subintendente, medio
impotente y rapaz, que tenía como asistente a un viejo negrero, llamado
Straw, el cual se había formado un harén con las leprosas menos atacadas.
Otro empleado no esperaba a que los enfermos estuviesen muertos para
saquearlos. Un día vi cargar sobre una carreta los vestidos, el sillín, la
brida, la vajilla y el cerdo de un leproso que aún estaba en la agonía, y
llevárselo todo a su casa.”
***
Ante semejante anarquía, se preguntará uno qué hacían las
autoridades.
94

Las autoridades de Honolulú no hacían casi nada.
¿Carecían de corazón? ¿Cerraban los ojos para no ver nada?
Ocupados con las dificultades de un Estado próximo a perder su
independencia, ¿les ofrecía la política tareas más urgentes? ¿No tenían
dinero, o no querían gastarlo? No es propósito nuestro contestar a estas
preguntas. Pero las cosas pasaron como si todo el problema administrativo
consistiera en retirar a los leprosos de la circulación, a falta de poder
suprimirlos.
El Comité de Higiene enviaba a la leprosería como delegado a un
superintendente, asistido por empleados reclutados a la buena de Dios
entre los enfermos u otros dejados de cuenta.
El primer superintendente fue un francés llamado Lepart. Se limitó a
señalar al Comité las revueltas y las escenas orgiásticas a las que asistía,
incapaz de corregirlas, la falta ele refugios, vestidos y víveres, de que se
quejaban los internados, y se marchó sin haber puesto remedio en nada.
Su sucesor fue el señor Walsch, un anglosajón al que acompañaba su
esposa, nombrada “enfermera del lazareto”. Gracias al apoyo de un cuerpo
de policía formado por algunos hombres sanos que se habían acercado a
sus mujeres leprosas, consiguió algo de orden. La desgracia fue que él y su
compañera no sabían ni entendían el hawaiano. Walsch se construyó una
casita para él, una escuela para los niños, mejoró la comida del hospital e
introdujo en la isla algunas vacas. Hubiera realizado tal vez otras mejoras
si no hubiese sucumbido prematuramente.
La señora Walsch reemplazó durante algún tiempo a su marido.
Después, habiéndole dado como ayudante a un antiguo marino retirado y
no entendiéndose bien con él, comenzaron de nuevo los motines, en mayor
escala. Se nombró entonces director al leproso Kohohuli, un antiguo
capitán que tenía puño de hierro. Castigó duramente a los dos principales
cabecillas, mató por un momento la rebelión y desapareció sin haber
obtenido otro resultado.
***
Así fueron las cosas hasta 1873, en cuyo tiempo el rey Lunalilo subió
al trono.
Sin embargo, el público comenzaba a conocer lo que ocurría y a
indignarse. Pronto la piedad alcanzó a todo el archipiélago, y la voz de
ciertos hombres de corazón se levantó en la prensa.
95

Uno de ellos rogó públicamente al rey que se trasladara al lugar para
ver cómo eran tratados los leprosos. Lunalilo se limitó a dirigirles un
mensaje de simpatía, que la Hawaian Gazette del 14 de mayo reproducía.
A este manifiesto platónico, añadía el periódico que “lo que necesitaban
los leprosos con mayor urgencia era un sacerdote y un médico que se
sacrificaran por ellos y se encerrasen con ellos”.
Al día siguiente, Walter Gibson escribía en el Nuhau: “¡Sería un alma
verdaderamente regia, digna para siempre de las bendiciones de la humanidad, la que consintiera ir en socorro de estas pobres gentes! ¿No
existirá un sacerdote que tenga la inspiración de trasladarse allí y sacrificar
su vida?”
Un mes más tarde este llamamiento era escuchado y el deseo
cumplido de una manera magnífica.

96

CAPÍTULO II

“¡Ofrezcamos la vida!”

LLEGADA
El 4 de mayo de 1873, Monseñor Maigret consagraba una nueva
iglesia en Wailuku, isla de Maui. Seis picpucianos de los distritos vecinos
asistían a la ceremonia. El P. Damián acudió a Kohala para reunirse con
sus hermanos de religión y pasar algunos días con ellos.
Los misioneros hablaron de los secuestrados de Kalawao, cuya
angustia había emocionado a todo el archipiélago. Se trató, naturalmente,
de los católicos que había entre ellos.
Hasta entonces, la Misión había abandonado un poco Molokai. Una
vez al año, marchaba allí un Padre por dos o tres días. En 1871 el P.
Raymundo permaneció en el lugar varias semanas y convivió con los
leprosos. Manifestaron tal alegría y tan excelentes disposiciones, que
Monseñor resolvió construir allí una capilla.
El Hermano Bertrán la levantó en seis semanas. El 30 de mayo de
1872 estaba dispuesta, y el P. Raymundo, que volvió por entonces a Kalawao, administró en ella doce bautismos.
En la Cuaresma de 1873 los visitó el P. Bonifacio. Noventa de entre
ellos cumplieron con la Pascua, y un antiguo “jefe de oración” de la isla
Oahu tuvo tan hermosa muerte, que el Padre la contó en una carta a su
Provincial:
“A pesar de los indecibles sufrimientos —escribía—, el moribundo
guardó una resignación perfecta. Estrechaba contra sí el crucifijo, su
rosario y su Manual, lo que tenía de más preciado en el mundo. Cuando le
administré el santo viático, con los dos únicos dedos que le quedaban,
sostenía su Manual para leer en él las “oraciones de antes y después de la
comunión”. Me suplicó que le asistiera hasta el último suspiro. Su agonía
se prolongó hasta el día siguiente. Tres viejos se conmovieron de tal
manera, que pidieron ser bautizados.”
97

Se cita este rasgo u otros semejantes. Se sabía que los leprosos se
reunían cada domingo en la capilla, rezando, cantando y recitando el
rosario; que habían querido tener un Vía Crucis para consolarse de sus
sufrimientos con el espectáculo de la Pasión del Salvador. Recordó
finalmente Monseñor la petición que le habían dirigido recientemente,
referente a la obtención de un sacerdote residente.
Ya el año anterior, cuando el Hermano Bertrán estaba en su taller,
venían a confiarle sus dolencias: “Interviene en favor nuestro con Lui Ka
Epikopo, con Luis, nuestro obispo. Dile que no es bastante para nosotros el
ver un sacerdote sólo una vez al año. ¡Hay tiempo de morir en el intervalo!
Y sin sacerdote, ¿cómo salvaríamos nuestra alma?”
El obispo declaró que estaba decidido a conceder esta demanda.
Nadie tenía en el archipiélago mayor necesidad de sacerdotes que estas
pobres gentes. Sólo pensaba: ¿a quién designar para cubrir puesto tan
peligroso? Enviar alguien allá ¿no era acaso condenarle a la muerte? Un
Superior no se atreve a ordenar en semejante circunstancias. Monseñor
Maigret formula sus deseos en términos vagos. Se podría, dice, establecer
una especie de turno, y algunos misioneros, entre los más jóvenes, se irían
sustituyendo en el lazareto...
Al llegar aquí, le interrumpe Damián, antes de que otro hablara:
— ¡Yo; yo deseo ir allá! —dijo—. Conozco a varios de estos
desgraciados, y no pido sino compartir su suerte y su prisión.
—No hubiera querido imponéroslo, pero puesto que os ofrecéis a
ello, acepto con gran alegría —respondió el anciano obispo, estrechando la
cabeza de su generoso hijo sobre su corazón.
En una carta escrita tres meses más tarde, el Padre afirma que su
resolución estaba preparada por algunos presentimientos:
“Cuando los agentes del Comité venían para llevarse algunos de mis
fieles, una voz interior me decía que iría un día a reunirme con ellos.
Cuando me embarqué para Wailuku, la misma voz me advirtió que no
volvería más a Kohola y que no volvería a ver más a mis amados hijos ni
las hermosas capillas que había construido. Así, pues, me alejé llorando de
esa amada feligresía donde había pasado ocho años.”
El 10 de mayo, el Kilauea, que transportaba unos cincuenta leprosos
y bueyes para el lazareto, abandonó la isla Maui. Monseñor y Damián
subieron a él, y hacia el mediodía llegaron a Kalaupapa. Cuando los
leprosos lo supieron, “los que eran capaces de andar acudieron a Kalawao.
Nuestros neófitos nos rodeaban —cuenta el obispo— con los rosarios
98

suspendidos del cuello... ¡Cuál sería su alegría cuando les presenté a aquel
que había pedido estar entre ellos y que de ahora en adelante sería su
padre! Se arrojaron a mis rodillas con las lágrimas en los ojos”.
***
Al principio, el P. Damián marchó solamente por algunas semanas.
Otros le sucederían. Pero, desde que el obispo se embarcó de nuevo,
escribió carta tras carta a sus Superiores.
El 12 de mayo rogó al Provincial encargara al P. Gulstan, su vecino
de la isla Hawai, que vigilara sobre Kohala, su antiguo distrito, “en espera
de que yo vuelva”, dice. “A menos que no encontréis alguien que me
sustituya definitivamente, pues estoy dispuesto a consagrar mi vida a los
leprosos. Es necesario que un sacerdote permanezca aquí. Los enfermos
continúan llegando en los repletos navíos.” Había partido sin llevar consigo más que su breviario: “Enviadme vino y panes de altar, libros
piadosos, rosarios, camisas, pantalones, zapatos, un saco de harina y una
campana.”
Después de cuarenta y ocho horas, pensó en instalarse: “Mientras me
enviáis madera para construir una casa, vivo debajo de un pandanus.”
Ocho días después está en pleno trabajo: “Hay en qué ocuparse,
desde la mañana hasta la noche. Tengo en mi lista doscientos diez leprosos
cristianos y veinte catecúmenos... Decidme si habéis designado, con
Monseñor, al feliz sacerdote elegido para permanecer aquí.”
El Provincial respondió: “Aún no ha tomado una decisión definitiva.
Podéis quedaros en Molokai, siguiendo vuestra inclinación, hasta nueva
orden.”
No hay una época en su vida, en la que Damián haya escrito más.
Aunque muy obediente, quiere que sus Superiores no ignoren... que desea
permanecer en Molokai. El 25 anuncia al P. Modesto que ha descubierto en
un valle “un núcleo de cristianos que no habían visto al sacerdote desde
hacía diez años. Al dar la Extremaunción a un estudiante leproso, he
encontrado su pie comido de gusanos”. ¿No es esto para enternecer al
anciano Provincial?
El 28 se excusa de no haber podido extender aún su ministerio a los
indígenas de más allá de los Palis. Hay allí doscientos cristianos, que irá a
ver después, pero la visita de los enfermos “le ocupa cuatro o cinco días,
desde la mañana a la tarde”.
99

Si Damián hubiese podido leer lo que en la misma fecha escribía el
Provincial de Honolulú al General de París, se hubiera quedado tranquilo.
Había ganado la causa. La prensa hawaiana había forzado la mano a los
Superiores.
Era un concierto unánime en los periódicos de todos los partidos,
celebrando “el heroísmo del sacerdote belga que se había ofrecido a vivir
con los leprosos”. Uno de ellos contaba emocionado que, habiéndose
decidido de repente, se encontraba el Padre en la mayor miseria: “Está sin
ningún cobijo y no tiene más ropa para ponerse que la de los enfermos.”
Comenzaron a afluir donativos para ayudarle. En menos de una semana, se
había convertido para todo el archipiélago en “el héroe de Molokai”. Este
título, que jamás habrá de enorgullecerle, y que no dejará nunca tampoco
de contrariar a algunos, le quedará para siempre.
El Padre Modesto no se atreve a colocar de golpe a Damián en lugar
tan elevado. Para él todos sus religiosos son iguales e igualmente extraordinarios. Uniendo a su carta recortes de periódicos, se asombra de que
la prensa haga tanto ruido en rededor de Damián, cuando nada dijo de los
Padres Bonifacio y Raimundo, que en otro tiempo fueron a ver a los
leprosos, ni del Hermano Bertrán, que les construyó una capilla. Sitúa las
cosas en su punto, indicando que muchos de sus misioneros han solicitado
ese puesto de honor. Sin embargo, concluye, so pena de ir contra la
opinión pública, será menester dejar allí a Damián.
INSTALACIÓN
La aparición del Padre cambió la atmósfera del lazareto. Un soplo de
esperanza pasó sobre estos desesperados. Este hermoso varón de treinta y
tres años, lleno de ánimo y optimismo, sin tener en cuenta para nada sus
penas, y capaz de llevar a cabo las más difíciles tareas, pronto se convirtió
en el pastor natural de este lamentable rebaño. Ciertos seres, aunque sean
virtuosos, no tienen un gran resplandor. El que llegaba, irradiaba simpatía,
caldeaba los corazones, ejercía gran ascendiente. Los leprosos se dieron
cuenta que les llegaba un amigo, y estos muchachotes abandonados
conocieron la dicha de no sentirse huérfanos.
“Jef, hijo mío, ¡para toda la vida!”, se decía a sí mismo cuando supo
la decisión de los Superiores. Después se repetía a menudo esas palabras,
que le prohibían mirar hacia atrás y soñar con otra cosa. Fue, por su parte,
un acto definitivo. Entró en la leprosería como se entra en una orden
religiosa, como se da la fe a la mujer a quien se ama.
100

***
Al advenimiento de Lunalilo (8 de enero de 1873), el Comité de
Higiene, cuya desidia ya se ha visto, había desaparecido.
El que le sustituyó y todos cuantos le siguieron se componían de un
presidente elegido en el seno del gobierno, de un secretario y de algunos
otros personajes, entre los que figuraban médicos y pastores protestantes.
El Comité tenía su sede en Honolulú; gozaba de vara alta en la leprosería y
designaba todos sus puestos.
De todos los funcionarios del lazareto, el principal era el
superintendente Meyer, uno de los mayores propietarios de Molokai, que
permaneció en su cargo durante unos treinta años. Vivía en Kalaë, en el sur
de la isla, con su numerosa familia, y no bajaba a visitar a los leprosos sino
muy de tarde en tarde. Estaba asistido por un subintendente, que residía en
la leprosería y mandaba en los demás empleados.
El nuevo Comité tomó al momento algunas iniciativas.
Agrandó el hospital y le proveyó de camas; se preocupó, sobre todo,
de no dejar morir de hambre a los leprosos. Todos tuvieron derecho a una
ración mensual de cinco libras de carne y veintiuna de poi. En lugar de
carne, los que lo preferían, recibían doce libras de pescado: y en vez de
poi, siete libras de harina.
El lazareto era una prisión que jamás devolvía sus huéspedes. Hasta
entonces, los prisioneros podían recibir visitas, algunas de las cuales tardaban en regresar. Mujeres que se habían reunido con sus maridos, esposos
con sus esposas, padres con sus hijos, se les permitía el que no les abandonaran. Se puso fin a esta tolerancia, y con el pretexto de evitar el
contagio, se prohibió el acceso a la isla a cualquiera que no tuviese la lepra, lo que permitió en seguida al Comité atacar al Padre Damián.
Conviene saber que este organismo se componía entonces, en su
mayoría, de ministros protestantes, particularmente tímidos y envidiosos.
Tímidos, por miedo a coger la lepra, jamás ponían el pie en la isla.
Envidiosos, sufrían los elogios que los periódicos continuaban dirigiendo
al sacerdote católico.
Le reprocharon el haber venido sin autorización oficial. Como la
opinión pública no les permitía expulsarle, le prohibieron salir de la leprosería, “por temor —decía la orden— de propagar la enfermedad en el
exterior”. Tenían la esperanza de que, al no querer estar preso, habría de
irse Damián por su propio gusto.
101

Sufrió mucho con tal medida. Cierto es que la perspectiva de no
volver a ver más a sus Superiores ni a sus hermanos en religión, le sería
muy dolorosa. Pero lo que sobre todo le desesperaba era el no poder
confesarse. Muchos religiosos se confiesan cada semana, y muy pocos son
los que lo hacen cada mes. El Padre tenía una conciencia extremadamente
delicada, si no es que era escrupulosa, y a continuación veremos que la
prueba más cruel que sufrió fue la de encontrarse completamente privado
de confesor.
Hacía más de cuatro meses que estaba secuestrado, cuando, a
principios de octubre, el Kilauea abordó a Kalaupapa, con su carga
habitual de víveres y leprosos. Sabiendo cuánto deseaba verle el religioso,
el P. Modesto había logrado sitio a bordo. Quiso descender a tierra, pero el
capitán se opuso a ello:
—Tengo orden —le dijo— de impedíroslo.
Damián salta a una barquilla, atraca al costado del barco y se dispone
a subir:
—¡Fuera! ¡Fuera! —grita el capitán—. Tengo prohibición absoluta
de dejaros comunicar con nadie.
Se vio entonces al pobre Padre arrodillarse en la barquilla, y con los
ojos llenos de lágrimas, levantarlos a su Provincial y preguntarle:
—¿Hay alguien a bordo que comprenda el francés?
—¡No! —respondió el P. Modesto.
—Entonces, os ruego que me confeséis.
Y pensando que era la última vez de su vida, realizó en voz alta su
confesión general en francés. Inclinado en el barandilla, su anciano superior le dio la absolución mientras volvía a partir el vapor.
Algunas semanas más tarde, el P. Auberto quiso también socorrer a
su compañero.
Vestido de paisano, para que no chocara, penetró en la isla Molokai
por el Sur e intentó la ascensión de los Pali: “Hacia las doce de la noche
—escribe— alcancé la cima. Lo más difícil era descender. Durante tres
horas, las manos atrás, caí rodando por el abrupto acantilado, dejándome
deslizar sobre la espalda.”
No dice en qué estado llegaría. Habiendo confesado al P. Damián,
volvió a la isla Maui, de donde venía, creyendo haber pasado desapercibido. Pero los espías del Comité vigilaban: “A mi regreso recibí la visita de
102

la policía. Me habían denunciado al gobernador, que a su vez se había
quejado a Monseñor.
El asunto dio mucho que hablar en Honolulú. La opinión pública se
puso, sin embargo, de nuestro lado.”
No habiendo conseguido expulsarle, los ministros puritanos
intentaron enclaustrar a Damián en su casa. No solamente le estaba
prohibida la salida de la isla, sino ni hasta el circular por ella. Se le
prohibía ejercer su ministerio lo mismo entre los leprosos que entre los
indígenas del Sur, lo cual era llevar muy lejos la injusticia y el absurdo.
Contaba más tarde a Stoddard que, estando un día visitando el Sur,
fue invitado a comer por el jefe de policía de la isla. Sin dudar de ello, se
había metido en la boca del lobo:
— ¿Sabéis —le dijo su huésped— cuál es la orden que he recibido
con respecto a vos?
— ¡No!
— Pues bien; ¡la de deteneros inmediatamente! —añadió riendo.
Damián no había venido a las Sandwich para llevar una vida
puramente contemplativa. Así, pues, fue muy dichoso al recibir, algunos
meses después, por mediación del cónsul francés, las siguientes líneas:
“Honolulú, 18 de diciembre de 1876
“S. E. el Presidente dei Comité de Higiene me ruega os acuse recibo
de vuestra carta y os autoriza para visitar de vez en cuando la leprosería,
según lo exijan las circunstancias. Como prueba de esta autorización,
podréis enseñar la presente al superintendente del asilo.
“Vuestro obligado servidor,
GULICK
Secretario del Comité”
Damián interpretó siempre ente texto en el más amplio sentido.
Pensaba que “de vez en cuando” quería decir siempre, y que “las
circunstancias” exigían que so ocupara de los leprosos de la mañana a la
tardo, si no era de la tarde a la mañana.
***

103

A fines de 1873 los ministros puritanos hubieron de batirse en
retirada y dejar tranquilo a Damián por el momento. La subida de un
nuevo gobierno y la benevolencia del superintendente Meyer les obligó a
ello.
Justo es rendir homenaje al señor R.-W. Meyer, que siempre
favoreció el apostolado del Padre Damián.
Era un alemán protestante, prudente y firme, extraño al sectarismo y
a las rivalidades, leal y bueno, verdaderamente digno de dirigir la leprosería,
Meyer y Damián tenían uno por el otro gran estima, y sus relaciones,
casi diarias, siempre fueron de una gran franqueza. Hay que pensar que el
sacerdote católico y el funcionario luterano no estaban muchas veces de
acuerdo. Sus puntos de vista, no eran los mismos, sus apreciaciones sobre
tal o cual enfermo o empleado eran distintas a veces. Pero los dos querían
mucho a los leprosos, los dos eran inteligentes y rectos, y, según atestiguan
las numerosas cartas de Meyer conservadas en los archivos de Picpus, la
amistad jamás dejó de reinar entre ellos.
“Necesito vuestro preciado concurso —escribe el superintendente—,
pues ya sabéis que sólo puedo tener confianza en vos...”
Y aún más:
‘“Espero que vuestras cartas no tardarán en ponerme bueno. Si fuera
capaz de salir, iría en seguida y pasaríamos juntos un buen momento de
alegría.”
***
Después de un año de estancia en el lazareto, la situación de Damián
se ha despejado mucho y ha mejorado.
Para sus Superiores, es el misionero propuesto para el apostolado de
la isla.
Para los leprosos, es el amigo que nunca ha de dejarles.
A los ojos del señor Meyer, es su más preciado colaborador.
En cuanto al Comité, que primero combatió su presencia, se la
autoriza ahora, en espera de que eso le favorezca y le haga ser
indispensable. Tiempos vendrán en que este organismo, teniendo a su
cabeza presidentes inteligentes y buenos, como el anglosajón Gibson o el
francés Trousseau, tratará de ayudar al apóstol y agregarle a él de modo
oficial,
104

“El gobierno es muy bueno para mí —escribe Damián en 1879—.
Aun cuando la Misión me provee de todo lo necesario, recibo cada semana
del Comité mi ración de víveres al igual que los enfermos.” Ya se
comprenderá que él no comía la doble ración y que ese suplemento servía
para hacer felices a unos cuantos.
Un día envió su antiguo carricoche a casa del carrocero de Honolulú.
Gibson se entera:
“Honolulú, 20 de diciembre de 1882
“Reverendo y querido P. Damián:
“Hace algún tiempo que habéis enviado aquí, para repararlo, el coche
que os sirve en la leprosería. Me ha parecido muy usado. Apreciando en su
valor los servicios que tan fielmente rendís a los infortunados leprosos, el
Comité me autoriza para procuraros un nuevo coche. Os lo envío, rogándoos lo aceptéis junto con mi afecto cariñoso y mi profunda estima.
WALTER M. GIBSON
Presidente del Comité de Higiene”

***
En noviembre de 1877 había quedado vacante el cargo de
subintendente, y el gobernador se lo ofreció con insistencia al P. Damián.
Se le aseguraban 10.000 dólares al año. Contestó: “Me daríais 100.000 por
hacer lo que hago, y no los querría. Ni aun por ese precio, si sólo mirase
mi provecho, me quedara aquí ni cinco minutos. ¿Creéis que mi madre me
reconocería como hijo suyo si consintiera recibir un salario por este género
de trabajo?”
Todo cuanto se consiguió de él fue que se encargara interinamente,
hasta tanto que se nombrara nuevo subintendente.
Se conservan dos cartas de esta interinidad. La primera se dirige a un
proveedor de poi:
“Kalaupapa. 1.º de diciembre de 1877
A Kalaola de Honokohau
¡Salud!
105

El Comité de Higiene me ha encargado temporalmente del cuidado
de los leprosos. Envío, pues, a Wawiki Capena Keonopolu a buscar los
barriles que habéis preparado. Enviadnos ese poi inmediatamente para que
no se corrompa; si estuviera ya amargo, añadid cinco barriles de poi
fresco, de modo que podamos mezclar el que está pasado con el fresco.
¿No podrían las gentes de Honokohau, si les dais prisa, prepararnos nuestro próximo poi para el lunes o el martes lo más tardar? Así se podría
enviar en el próximo barco.
Poneos en seguida al trabajo. Si nos mandáis buen poi, enviaremos
con frecuencia el barco a vuestra casa. En cuanto al precio, será el ya convenido con Pela Ragsdale (era el antiguo subintendente), y que hemos
pagado las dos últimas veces.
“Podríamos compraros 1.000 o 1.200 barriles de poi. Una vez más os
digo que cuidéis que sea de buena calidad. Tomaos el trabajo de vigilar vos
mismo el cargamento.
“Vuestro devotísimo,
J. KAMIANO
Director ad interim”
La segunda carta es en favor de un canaco que quería vivir cerca de
su leprosa mujer:
“Kalawao, 13 de diciembre de 1877
A S. E. J. M. Smith, Presidente del Comité de Higiene.
Señor:
El portador de estas letras ha sido autorizado para permanecer dos
semanas en el lazareto. Se ha comportado bien, y ha cuidado mejor a su
ciega mujer. Habiendo expirado su permiso, os le envío. Quiere, sin
embargo, volver aquí de nuevo cuando haya arreglado sus asuntos
familiares, deseando continuar prestando sus cuidados a su mujer y ser útil
a la leprosería.
Ved si es posible el acceder a su petición.
Vuestro obediente servidor,
J. DAMIÁN
Subintendente provisional de la leprosería”
106

Su interinato acabó el 25 de febrero de 1878. Y dio entonces un
suspiro de alivio: “He penado durante tres meses —escribe—, ¡pero ahora
estoy en libertad!” Esta carga le robaba tiempo. También sabía que a un
jefe temporal, encargado de mantener el orden e imponer sanciones, le es
muy difícil hacerse amar. Prefería acantonarse en su papel espiritual.
No se le pudo reprochar el haber hecho fortuna en el ejercicio de sus
funciones. En vez de los 3.333 dólares ofrecidos, se contentó con 41 piastras de sueldo mensual (205 francos). Dio cuenta a su Superior de su
empleo: “No los he puesto en mi bolsillo —escribe—, sino que la capilla y
los pobres son los que se han aprovechado de ello.”
***
De vez en cuando, Damián recibía noticias de sus antiguos feligreses
de Kohala. He aquí una carta que había conservado:
“A mi anterior cura, el Reverendo P. Damián.
Querido Padre:
Os comunico que no anda esto como cuando estabais vos. Nos
ayudabais por todos los medios posibles, lo que no ocurre ahora. Nunca olvidaremos lo que habéis hecho por nosotros, y no queremos que nos
olvidéis. Habéis sido para nos otros un buen padre. Ahora no se va mucho
a la iglesia. Y no hay más noticias.
'“Saludad a nuestros buenos amigos de Kalawao y de Kalaupapa, y
tened la bondad de contestarnos.
“Siempre vuestro,
C. HALUMAILE”

107

CAPÍTULO III

El padre de los leprosos

Entre las obras de misericordia en las cuales se reconocen los
predestinados, el catecismo enumera las siguientes:
“Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo,
visitar a los presos, consolar a los afligidos, convertir a los pecadores,
perdonar las injurias recibidas, cuidar a los enfermos y enterrar a los
muertos.”
Molokai ofrecía todas las ocasiones de cumplir este programa
evangélico. Con tanta naturalidad como perseverancia, Damián lo ejecutó
de punta a cabo.
Procuró a los leprosos víveres, vestidos, casa, remedios, trabajo y
juegos. Se hizo por ellos abogado, mendigo, banquero, comisionista, enfermero, carpintero, director de música, enterrador y agente de policía.
Es extraño que una administración no encierre más que una cierta
cantidad de empleados inteligentes y abnegados. La que presidía el señor
Meyer contaba, sin duda, con algunos, Pero la mayoría era de calidad
inferior.
Damián trataba de reparar los estragos que cometían, suplir su
descuido, combatir su inmoralidad, defendiendo en todas las ocasiones el
interés de los enfermos, velando sobre ellos como un padre sobre sus hijos.
Mientras tanto, le fueron llegando distinciones y, sobre todo,
persecuciones; él no se preocupaba ni de unas ni de otras. Y cuando la que
llegó fue la lepra, la acogió como un mensajero a quien se esperaba desde
hacia mucho tiempo, encontrando natural el cumplir con ella el resto de su
vida.
***
La leprosería existía hacía ya siete años cuando se instaló en ella.
Durante estos siete primeros años, el número de los internados oscilaba
108

entre 200 y 100. Subió a 800 en 1873, y en seguida se mantuvo en esos
límites, según muestra el siguiente cuadro:

Este cuadro no se refiere más que a los leprosos. Para que fuera
completo, había que añadir los empleados del lazareto y las personas sanas
que acompañaban a sus parientes leprosos. Su número acabó por alcanzar
la centena. Era un millar de almas las que formaban la parroquia del P.
Damián.
Muestra esta estadística que morían muchos en la leprosería. Pero el
puesto de los muertos era ocupado inmediatamente por los nuevos leprosos
que desembarcaban cada semana del Mokili. Este miserable barco, que
marchaba a seis nudos por hora, daba primeramente la vuelta a la isla antes
de desembarcar en Kalaupapa. Ordinariamente llegaba por la madrugada,
o a veces de noche. Siempre se encontraba el Padre en el puerto para
esperarles. Ya había dicho su misa, con el fin de poderse dedicar del todo a
los que llegaban. Les llevaba buen café y alimentos calientes. Los
conducía después a Kalawao, en el recinto de su presbiterio, acogiéndoles
en su casa hasta que hubieran encontrado donde alojarse, esforzándose por
suavizar las primeras horas que pasaban en la triste playa.
ALIMENTACIÓN Y VESTIDO
El avituallamiento del lazareto continuó por mucho tiempo dejando
bastante que desear. La calidad de los víveres era mediocre, la cantidad insuficiente y la repartición poco equitativa.
Damián estaba en Molokai hacía ya diez años, y aún recibía del señor
Meyer cartas como la siguiente:
109

“Kalae, 21 de febrero de 1884
“Mi querido P. Damián:
“Estoy profundamente apenado al saber la miseria de los
pobres leprosos, pero espero que el Mokili llegará el domingo o el
lunes con provisiones. Es un caso de fuerza mayor. Desde hace
muchos días el barco que realizaba el servicio postal no ha podido
abordar. Esto me ha puesto en la imposibilidad de que llegaran mis
reclamaciones a Honolulú.
No tengo un céntimo en caja. No puedo obtener ni un solo
dólar del Comité para saldar las notas atrasadas. No sólo no se han
pagado las raciones alimenticias del año en curso, sino que las de los
seis últimos meses del pasado les ocurre lo mismo. No puedo, pues,
comprar nada para aprovisionar el almacén.”
Este almacén pertenecía al Comité. Los enfermos que tenían con qué
pagar podían procurarse allí ropa y vestidos. Pero eran los menos. Los pobres estaban aún en peor situación en otros muchos aspectos. Por ejemplo,
debían compartir sus raciones alimenticias con sus parientes no leprosos,
puesto que éstos no recibían nada del Comité.
Felizmente, Damián tenía su almacén propio, donde iban a
aprovisionarse gratis. Lo abastecía, gracias a los donativos de la Misión y,
sobre todo, a aquellos que acabaron por llegarle de todas pactes.
Los leprosos acomodados habitaban con preferencia en Kalanalua, a
mitad del camino entre Kalawao y Kalaupapa. Pero los pobres, con el fin
de ahorrarse grandes mudanzas, se arreglaban para edificar su casucha en
el mismo Kalawao, tan cerca como fuera posible del maravilloso depósito
del P. Damián. Allí estaban sus cajones, sus ollas, sus barriles y todas sus
reservas. Había que verle rodeado de la lamentable cohorte de sus hijos
predilectos, remangadas las mangas, mostrando su más amplia sonrisa,
diciendo a cada uno la palabra cariñosa, y dando, dando más, dando
siempre: pan, bizcocho, arroz, azúcar, huevos, tabaco, golosinas, y hasta
pollos, cuando los había.
Parece ser que le engañaban con mucha frecuencia y le contaban
historias fantásticas, que pronto creía, pero descuidaba hacer las investigaciones necesarias que le hubieran permitido ser menos caritativo.
***
110

Y, sin embargo, su almacén y su bondad no podían abastecer a todo.
Correspondía, además, al Estado hawaiano y al Comité el proveer a los leprosos del alimento y vestido.
Damián no cesaba de recordárselo con tantas precauciones verbales
como encarecimiento. Formula críticas, denuncia abusos; distribuye
buenos consejos, felicitaciones, alivios, planes y sugerencias a aquellos de
quienes depende la suerte de sus hijos. Interviene en cuanto se le
consiente, y le permiten cada vez más. ¿No es el mejor amigo de los
leprosos, su mandatario y su vocero? ¿No está identificado con ellos?
“Nosotros, los leprosos...”, decía muy a menudo antes de adquirir la lepra,
cuando les habla o habla de ellos. En ninguna parte aparece mejor su papel
que en la Memoria que redactó en 1886 a instancias del señor Gibson. Para
leer bien este importante documento, es menester acordarse de la fecha en
que fue escrito, y pensar que la situación que en él se describe no se
parece, a la de los años anteriores.
Damián aboga primeramente en favor de una buena alimentación:
“La alimentación del leproso influye mucho en su enfermedad. El
taro hawaiano, rico en harina, y muy digestivo, es lo mejor que hay para
nosotros (sic). Jamás he comprobado que tuviera efectos nocivos, ni aun
en los accesos de fiebre y otras indisposiciones a que están sujetos nuestros
enfermos. Los leprosos canacos no pueden pasarse sin él. Hace unos dos
lustros, cuando se les privó durante tres años, muchos murieron y varios se
debilitaron, a pesar de que había arroz y patatas en cantidad.
“Como el Comité nos procura cada semana de seis a setecientas
raciones de taro, diré algunas palabras sobre el modo mejor de
conseguirlo.
“Para obtenerlo, nos dirigirnos a los indígenas del sur de la isla. Y
como el escarpado de los Palis impide las comunicaciones con tierra, hay
que traerle por mar, bien en bruto, bien en forma de poi. Llega en barcas,
goletas o vapores. Os diré que las gentes prefieren estos últimos, en razón
a que las barcas o goletas no se acercan cuando la mar está en calma o con
mucho oleaje. Nuestro mundo se ve, entonces, privado de su buen poi, que
se pudre ahí sin beneficio para nadie.
“A falta de poi, tenernos reservas de arroz y galletas. Pero repito que
sólo los chinos pueden, sin inconveniente alguno, hacer del arroz su comida habitual.
“También tenemos, en caso de penuria absoluta, batatas, que nuestros
leprosos llegan a cultivar a pesar de sus manos mutiladas. De estos tu111

bérculos los hawaianos consiguen extraer un licor enervante al que son
muy aficionados. A tal propósito, soy feliz en poder dar gracias sinceras al
Comité por la idea excelente que tuvo al prohibir su uso en el lazareto.
“Además de su alimento ordinario, lo que mejor sienta al leproso es
medio litro al día de excelente leche. ¿Pero cómo procurársela en cantidad
suficiente para tanta gente? Si se rae autorizase, sugeriría al Comité, con
toda la energía de que soy capaz, la idea de aumentar, en cuanto sea
posible, el número de vacas lecheras. Hay aquí pastos excelentes para
alimentarlas. Desgraciadamente, la cantidad ha disminuido mucho en estos
últimos tiempos. Los bueyes nos llegan con tanto retraso, que hay que
matar vacas: ¡pensad que nos hacen falta 5.000 libras de carne por semana!
El resultado es que carecemos de leche. Permitidme que me lamente de
que, desde hace muchos años, ninguno de nuestros leprosos, a excepción
de los del hospital, ha podido recibir leche. Permitidme también que os
ruegue solicitéis de la nueva legislatura un suplemento de subsidios gracias
al cual se pudieran enviar aquí, de una sola vez, tantas cabezas de ganado
como pueden alimentar nuestros prados; es decir, de quinientas a mil. Así
no nos faltaría nunca ni leche ni carne. Los enfermos lo ganarían, sin que
nada perdiera en ello el Comité,”
***
E1 problema del vestido también es muy importante;
“En invierno, el clima del lazareto es fresco, y la lepra, en un cierto
grado de evolución, impide la circulación de la sanare. Por eso, nuestros
leprosos se quejan con frecuencia del frío. Los que tienen trajes de abrigo
resisten mejor. Pero a los otros les ataca la fiebre y la tos, se les hincha el
rostro y los miembros, el mal ataca en seguida a los pulmones y les
conduce rápidamente a la tumba.”
Damián recuerda entonces el pasado:
“Cuando llegué al lazareto, la mayor parte de los leprosos no tenían
vestidos apropiados. Cada año el Comité proporcionaba a todos un traje
nuevo y un par de sábanas, pero, sea por descuido o falta de limpieza,
después de algunos meses casi todos estaban sin ropa y andaban en
andrajos.
“Como faltaba el agua, los enfermos se pudrían en una horrible
suciedad. El olor de su sudor y de sus porquerías me fue insoportable desde un principio. Tardé mucho en acostumbrarme. ¡Cuántas veces, al
cumplir mi ministerio cerca de ellos, hube de taparme la nariz, y hasta salir
112

fuera a respirar un poco de aire puro! Sus emanaciones me producían tal
comezón en las piernas, que tuve que calzar unas botas grandes para
sostenerme; impregnaban de tal manera mis hábitos, que necesité fumar en
pipa para combatirla.
“Ahora, gracias al almacén, la situación ha mejorado. Permítaseme
observar que la suma de seis dólares por año es absolutamente insuficiente
para que cada cual pueda proveerse de ropa y vestido.”
Gracias a su reclamación, el Comité concedió diez dólares. Siempre
por iniciativa suya y conforme con sus planes, construyó un canalillo de
agua que proporcionaba a los enfermos el medio de lavar su ropa blanca y
aun lavarse ellos mismos. Para los que estaban impedidos de ir a la fuente
por su enfermedad, Damián se convertía en aguador.
CASAS CONSTRUIDAS Y OBRAS PÚBLICAS
Antes de él, todos los leprosos, a excepción de algunos ricos, vivían
amontonados en innobles zaquizamis, en cabañas de ramajes, bajas,
húmedas y malsanas.
A fines de 1874 un huracán barrió la mitad. Era en invierno.
Numerosos enfermos quedaron sin abrigo. Dormían al raso, sobre
colchones de hierba convertida en estercolero, tiritando debajo de las
mantas mojadas,
Damián avisó al señor Meyer, que consiguió materiales para reparar
el estrago. Llegaron varias goletas cargadas de vigas y tablones. También
traían carpinteros, que, desgraciadamente, no construían de balde. Otra vez
el antiguo constructor de iglesias encontró de nuevo oportunidad para
emplearse con los pobres. “Les presto mis brazos durante varios días, y así
se quedan alojados”, escribe.
Fue entonces cuando aparecieron las primeras habitaciones
adecuadas en el lazareto. Damián construyó en gran número casitas de
madera blanqueadas con cal. Por instigación suya, el gobierno las levantó,
por su lado, en mayor cantidad, a partir de 1878. En 1888, Jacobo Sinnet
encontraba aún al Padre, “bajo un sol tropical, cubierto de sudor y polvo,
martilleando y construyendo con sus leprosos”. Suplía a los incapaces,
ayudaba a los demás, y comprometía a todo el mundo para que tuviera una
habitación decente “Para poder procurarse una, muchas familias dejaron
aparte lo que se les había dado para comprar vestidos, menos necesario
para ellos, en ese momento, que una casa, y me han confiado su tesorillo.
Seguro de la aprobación del Comité, os ruego me enviéis madera, clavos,
113

puntas y colores, cuyo detalle encontraréis adjunto...” Guardaba, pues, la
caja de los pobres, establecía sus planes, enviaba sus pedidos, y, con ellos
o sin ellos, construía sus casitas.
“¡Tened prudencia y no vayáis a adquirir tan repugnante mal!”, le
recomendaba el P. Modesto.
Pero no seguía a la letra este consejo. Se quitaba la sotana, levantaba
su banco de carpintero en medio de los leprosos, trabajaba con ellos como
un artesano entre sus aprendices, pasándoles y recogiendo sus martillos,
mazos, tijeras, reglas y compases, sin miedo al contagio. ¿Debía decirles
que aquello era contagioso? Lo que importaba no era que se precaviera
contra el mal, sino el que todos sus hijos estuviesen bien alojados.
***
El número de los leprosos aumentaba, y el Comité decidió establecer
parte de ellos en Kalaupapa. No era éste, al principio, más que un peligroso desembarcadero donde se elevaban tres o cuatro cabañas de tierra.
Un “camino gubernamental”, que no era más que una pista malísima, le
unía con Kalawao. El Padre emprendió la tarea de hacer el puerto más
abordable y cambiar la pista en camino practicable, convirtiéndose, según
las ocasiones, en ingeniero, maestro de obras, tesorero-pagador y cavador:
“Excelencia—escribe el 31 de julio de 1883 al ministro del interior—,
hemos comenzado a reparar la carretera gubernamental de la leprosería.
Estando el trabajo terminado a medias, os ruego me enviéis la suma que
hasta el momento se debe, con el fin de animar a los obreros a que
continúen la empresa.”
Pero, no llegando en momento oportuno la suma debida, vuelve a
lanzarse contra el ministro, ocho días después, sugiriéndole un nuevo y urgente trabajo:
“Señor:
En enero último fui encargado, por vuestro difunto predecesor, de
reparar la carretera oficial de Kalawao a Kalaupapa. Se convino en que yo
recibiría por ello 300 dólares. ¿Tendríais inconveniente en enviarme lo que
hasta la fecha se nos debe, o sea, 152 dólares con 20?
Además, ya conocéis las rocas peligrosas que hay en el puerto.
Acabamos de verlas de nuevo el señor Meyer y yo. Convendría hacerlas
saltar con dinamita. Conozco a alguien en Halava que podría encargarse de
114

ello. ¿Queréis que me entienda con él? También me serían necesarios algunos barriles de cemento.
Sinceramente vuestro,
DAMIÁN
Sacerdote católico”
El camino se acabó, las rocas desaparecieron, y pronto Kalaupapa se
cubrió, a su vez, con blancas casitas rodeadas de floridos jardines.

115

TRABAJOS Y DIVERSIONES
La Memoria trata también del trabajo y de las distracciones: “En
otros tiempos, pocos eran los leprosos que trabajaban; hoy, la mayor parte
cultiva un patatar. Recogen para ellos, lo que les permite, contra dinero al
contado, renunciar a su ración de víveres. Los hay hasta quienes venden el
sobrante a la Administración, contenta de comprárselo cuando el mal
tiempo impide llegar al vapor.”
Fue el Padre quien persuadió a los enfermos para que se pusieran a
cultivar, y al Comité a comprarles la cosecha.
Animaba a todos para que se hicieran propietarios, a cultivar las
flores, a comprar un caballo, a tocar música; dio fiestas, multiplicó las
distracciones, organizó cabalgatas y juegos públicos.
La triste desocupación desapareció, y con ella muchos de los vicios.
Los canacos, tan golosos de la música y de los regocijos ruidosos,
volvieron a encontrar la alegría de vivir.
Las carreras de caballos les gustaban mucho. “Certifico que al
presente —dice con solemnidad en la Memoria— las nueve décimas partes
de los leprosos válidos se entregan a ellas, mientras que en otros tiempos
apenas gozaban de este bienestar una décima parte. Es, en efecto, un
pasatiempo de los más beneficiosos, pues al activar la circulación de la
sangre detiene el progreso del mal y disminuye los dolores.”
Se necesitaba música para dar ritmo a estos placeres. Los talentos se
ofrecían, pero faltaban instrumentos. Al principio, no había más que
tambores. Con bidones viejos el Padre fabricó flautas y flautines. Después,
por medio de limosnas, compró cornetines, cornetas, clarinetes, trombones
y tambor mayor, y de este modo, equipada por completo, no cesó la
fanfarria de extender sus armonías municipales sobre la playa de Molokai.
Damián, dice Dutton, se volvía loco al oírla.
Pronto logró que se hablara de ella: “No debo olvidar —escribía un
visitante en 1876— la serenata que nos dieron el jueves por la noche al
claro de luna. Después de la cena salimos para tomar el fresco. Un
centenar de leprosos nos esperaban con numerosas banderas, cuatro
tambores y una docena de instrumentos de música. Durante dos horas
largas, músicos cuyas manos no tienen más que dos o tres dedos y cuyos
labios están hinchados por las excrecencias de la lepra, ejecutaron a la
perfección los más variados trozos.”
116

Cuando los miembros de la charanga estaban cansados de soplar en
sus instrumentos de cobre, el orfeón les sustituía. Pues también Damián
animaba el arte coral, y sus cantores consiguieron tanto éxito como sus
instrumentistas.
“Durante algunas ejecuciones de la banda —dice Dutton— he visto a
un músico perder un dedo de la mano y a otro un trozo de labio, y seguían
tocando. En cuanto a la leprosa que tocaba el armonium en 1886, como no
tenía dedos más que en la mano derecha, reemplazaba los de la izquierda
con un trozo de madera que interpretaba los bajos.”
:
EL PRESBITERIO
En Kalawao y en el recinto del presbiterio o casa del cura, es donde a
menudo se celebraban estas fiestas y reuniones.
A guisa de presbiterio, hemos visto que en los primeros tiempos de
su estancia Damián sólo tenía un enorme pandanus de grandes hojas, bajo
el cual comía y dormía.
Sus bienhechores de Honolulú no tardaron en enviarle con qué
construirse una casa de cinco metros por cuatro. La hizo en ocho días, y en
ella vivió durante cinco años.
En 1878 obtuvo del Provincial la autorización para construirse “un
verdadero presbiterio, que habría de costar de cincuenta a sesenta piastras”
Medía ocho metros por siete, tenía dos pisos, a los cuales daba acceso una
escalera exterior. “No puede existir nada más adecuado —escribía al
Provincial—, si alguno de mis amigos de Tremeloo viniera a verme, podría
hospedarlo”, escribe a su madre.
En la misma carta da a la anciana madre detalles propios para
tranquilizarla:
“Vivo solo. No temáis, los leprosos no entran en mi casa. En cuanto a
mis comidas, las hago para dos días, y la mujer que las prepara no está
enferma. Por la mañana tomo arroz, carne, café y galletas. Por la noche, lo
que sobró de la comida, con una taza de té, que caliento en mi lámpara. Ya
veis que no tengo hambre y que aún vivo con largueza. Mi gallinero me
provee ampliamente de los huevos necesarios. Hay, además, tanto trabajo,
que jamás estoy en casa. Tengo que sacrificar las horas del sueño para
escribiros…”
Damián tuvo a veces una cocinera que no era leprosa. Pero debió de
recurrir a los leprosos para que le cocinaran. Verdad es que les recomendaba que se pusieran guantes,
117

Stoddard ha visto el corral de que hablaba el Padre a la señora De
Veuster: “...Salía con los granos, que arrojaba al viento, dando esos cloqueos que atraen a las aves de corral en todos los países. Las gallinas se
desparramaban junto a él. Las tenía sobre los hombros, en los brazos, las
manos y aun en la cabeza. Estaba orgulloso de mostrarme su gallinero. La
hospitalidad le obligó a sacrificar dos de sus hermosos animalitos. Los
comimos juntos, y después nos despidió con palabras de bendición.”
MÉDICO
No hay duda de que a los secuestrados de Molokai se les consideró
como condenados a muerte, a quienes no era útil prolongar su vida, pues
durante dieciséis años no se les proporcionó médico alguno. En 1878 es
cuando se pensó en ello. Como no era empleo muy buscado, los titulares
se sucedían en él con rapidez. Primeramente no residían en la isla, al
alcance de los enfermos. De vez en cuando, aparecían, permanecían algunos días y desaparecían para volver dos o tres semanas después.
Este modo de entender el ejercicio de la medicina sublevaba al
prudente señor Meyer:
“¡Todo es pura comedia! —escribe en 1884—. ¡Sólo se quiere poder
decir que hay un médico en la leprosería! Cuando se necesita a estos
doctores, no están allí. No se pueden obtener las drogas más sencillas.
Cuanto más les veo manos a la obra, menos útiles les creo para nuestros
enfermos. Me revuelvo contra semejante sistema. ¡O se queda aquí para
siempre un médico, o que no venga ninguno!”
***
Hasta la llegada del Padre, los enfermos estuvieron abandonados. No
tenían más medicamentos que las drogas indígenas, inofensivas unas,
perjudiciales otras. Iban con sus úlceras expuestas al polvo, a las moscas y
a los gusanos, sin vendas, ni algodón, ni hilos con que cubrirlas. A la
menor complicación, morían, a falta del remedio que les hubiera aliviado y
salvado.
Damián se convirtió en su enfermero y médico. Les visitaba, por lo
menos, cada semana. Era un horrible espectáculo el que le ofrecían.
“La mitad de los enfermos —escribe— son cadáveres vivientes a
quienes han comenzado a roer los gusanos, primero en su interior, después
fuera, formando llagas horribles, incurables lo más a menudo. Para daros
118

una idea del olor que exhalan, imaginaos un féretro lleno de podredumbre
que se abriera de repente.”
El cuadro que han trazado sus visitantes no es menos penoso:
“Sus cuerpos ofrecen todas las variantes de la fealdad humana. La
lepra ataca con preferencia la nariz, los oídos, los ojos, las manos, los pies,
los codos y las rodillas. Algunos no tienen nariz, y otros la tienen enorme.
Muchos, en vez de manos y pies, tienen muñones, al ser devorados sus
dedos falange a falange.'
”Los tuertos y los ciegos no son raros. Uno de ellos tenía dos
abscesos purulentos en lugar de ojos. Alguno he visto cuyo rostro no era
más que una llaga sanguinolenta. He visto rostros alargados, hinchados y
surcados de arrugas, que parecían melones; niños, a los que se hubiera tomado por viejos enanos, con su cabeza monstruosamente plegada y gorda,
mancos, cojos, patizambos, lisiados. ¡Cuántos labios contraídos y haciendo
muecas, y pupilas vueltas y sangrantes! Recuerdo una mujer cuyos labios y
párpados inferiores pendían anchos como una mano. ¡Los desgraciados se
daban miedo a sí mismos! Y, sin embargo, ¡todos tienen un espejito en el
que se miran a cada instante!
”El horrible mal ataca mucho a la laringe. La voz se hace sorda, y
poco a poco se extingue. Se presenta entonces una especie de asma que
provoca en el paciente tos y sofocos dolorosos, que le conducen al
sepulcro.
”Por lo demás, salvo durante las crisis, los leprosos sufren poco. Los
miembros atacados pierden toda sensibilidad. Los he visto que se cortaban
el pie, como si fuera madera, para quitarse las partes gangrenadas; otros,
que se serraban las falanges de las manos con un trozo de vidrio y las
arrojaban por la ventana; otros, aún, que se acercaban al fuego y se
quemaban la carne sin sentirlo siquiera. Una jovencita de veinte años tenía
los intestinos al descubierto, la cadera derecha semejante a una gusanera y
las costillas visibles como las de un esqueleto, y, sin embargo, no sentía
ningún dolor.”
***
Damián comenzaba su visita por el hospital, iba después de casa en
casa con remedios, calmantés y otras cosas buenas, que le llenaban los
bolsillos.
Su rostro sonriente, sus alegres y reconfortantes palabras, la ternura
de su corazón, derramaban optimismo, confortación, y, a veces, el gozo. Su
119

modo de ser, que no era el de un hipercivilizado, le acercaba a estos
canacos sencillos y buenos, que le miraban como a uno de ellos. Él mismo,
desde hacía mucho tiempo, había abolido la distancia que podía separarle
de aquellos que en otra ocasión llamaba “salvajes”.
No veía ni sentía la podredumbre del ambiente. Se arrodillaba al lado
de los moribundos sobre una estera manchada de porquería, endulzando
sus últimos dolores y ayudándoles a bien morir. Se sentaba en tierra cerca
de los enfermos, platicando mucho con ellos, interesándose por todo,
aplicando los mejores remedios, ofreciendo las dulzuras que había llevado,
dando la seguridad de que acudía al primer peligro y que en cualquier caso
no les abandonaría nunca.
A los que podían valerse y cuidaban a los incapaces, les prescribía
una línea de conducta, y proporcionaba indicaciones médicas y ánimos. Si
no había nadie allí para barrer, fregar, lavar la ropa y poner en orden la
pobre casa, él mismo se encargaba de hacerlo con el mejor humor.
Se acuerda que escribió a su madre: “No como en mi casa más que
por la mañana y a la noche.” Y es porque durante el mediodía está de visita
y los leprosos le invitaban. Como la cosa más natural del mundo, comía
con ellos el poi familiar en la calabaza común, aceptando los manjares que
le ofrecían los dedos hinchados y sanguinolentos, fumando a su vez la
pipa, que, según la costumbre canaca, pasaba de boca en boca.
¿Era heroísmo? ¿Había desaparecido la repulsión de los primeros
tiempos?
“Le he visto curar las llagas más horribles como si manejara flores”,
dice un testigo.
A un leproso muy infectado que le rogaba que tomara precauciones,
le respondía: “No te inquietes, hijo mío. Si la enfermedad entra en mi cuerpo, Dios me dará por ello otro, el día de la resurrección. ¿No es acaso lo
esencial salvar el alma?”
***
Con él había llegado al lazareto un tal Williamson, que había
contraído la lepra cuidando a los leprosos. Era un viejo ayudante de los
médicos de Kahili, que poseía mucha experiencia. Se le encargó de los
enfermos del hospital, y enseñó todo cuanto sabía al P. Damián.
El cual se instruyó, se aplicó y, haciéndose a ello, adquirió una
habilidad notable. De 1874 a 1878, fue, con Williamson, el único médico
de la leprosería. Después, trabajando con los doctores titulares, se
120

perfeccionó cada vez más y obtuvo excelentes resultados. Preparaba
escrupulosamente las pócimas, desinfectaba las llagas, vendaba los
miembros gangrenados, y cuando la podredumbre había extendido sus
estragos, cortaba las carnes muertas y operaba las amputaciones necesarias.
El doctor Woods, médico inspector de la Marina americana, le rindió
este testimonio, del que guardaba copia el gobernador de Honolulú:
“He realizado un viaje de estudios a Molokai. Aún no residía allí
médico alguno. Admiré la paciencia con que el buen P. Damián prodigaba
a los leprosos sus afectuosos cuidados y la manera científica con que les
trataba. Habiendo visitado todos los lugares de la tierra donde reina la
lepra, puedo atestiguar que en ninguna parte del mundo los leprosos son
tan felices y tan bien cuidados como en las islas Sandwich.”
El señor Meyer celebraba también la habilidad de su amigo:
“Cuando aún estábamos sin médicos, el buen P. Damián era el que
cuidaba de los leprosos. Certifico que la mortalidad no era entonces más
elevada que la de hoy, y que nuestros enfermos no triunfaban menos
fácilmente de sus enfermedades e indisposiciones corrientes.”
Nuestro improvisado doctor no se limitaba a aplicar juiciosamente
los remedios en boga; removía cielo y tierra para descubrir los mejores. El
que no escribía a los suyos más que una vez al año, enviaba cartas muy
largas al fin del mundo para obtener una nueva droga que le habían
señalado.
En 1876 confía en las Píldoras de Rayne: “Enviadme algunas
docenas de cajas —escribe al doctor Kibbin de Honolulú—. Estas píldoras,
a las que nos hemos acostumbrado, nos hacen mucho más bien que
cualquier otro purgante.”
En 1878 oye hablar de las Píldoras Hoang-Nan. Es un remedio chino
que se obtiene de una especie de yedra cuya corteza rojiza contiene un
sutil veneno. Al P. Esteban, dominico de la Trinidad, que puede
procurárselas, escribe el 21 de agosto:
“Con gran alegría he recibido la caja de píldoras Hoang-Nan, así
como vuestra amable carta, tan llena de animadoras perspectivas. La he
traducido ante un numeroso auditorio de leprosos, a los que llenó de gozo
y esperanza. Han deliberado entre ellos, y han organizado una suscripción
para comprar el Hoang-Nan en cantidad. Yo mismo lo he experimentado
sobre un buen cristiano, que se ha encontrado mejor con ello.
121

”Por piedad hacia mis queridos enfermos, que me llaman su Makana
(padre) y cuya miseria no puede explicarse, en nombre de Nuestro Señor
Jesucristo, que curaba a los leprosos, os conjuro, Reverendo Padre, a que
me enviéis por la vía más directa, lo más pronto posible, y a no importa
qué precio, una provisión de este medicamento. Pensad que necesito
mucho, dado el considerable número do hijos leprosos que tengo. Os
reembolsaré de todos vuestros gastos por nuestra casa matriz de París...”
Quince meses más tarde, daba cuenta de los resultados obtenidos:
“No os he querido escribir antes, pues quería asegurarme de que las
mejorías debidas a vuestra medicina providencial se mantenían. Ha prolongado la vida a muchos, y a otros ha devuelto el uso de sus miembros.
”Desde hace seis meses, que la administramos en grande, su
reputación va creciendo.
”No lo fue hasta que un médico protestante, a pesar de sus prejuicios
y envidias, comenzó a reconocer su excelencia. Con gran alegría por parte
de nuestros enfermos, se les permitió tomarlas, y ayer me ha pedido que le
cediera treinta libras de mis píldoras.
”Espero que el Comité de Higiene las adopte. Mi provisión durará,
según creo, hasta el mes de abril. Es el momento en que se reúnen las
Cámaras. Si no obra entonces el Comité, haré que intervengan mis amigos
del Parlamento para que el Gobierno se decida a comprar el HoangNan…”
LOS NIÑOS
Entre sus enfermos, los niños constituían el objeto de su predilección.
Los visitantes de la leprosería nos han descrito el espectáculo de
“estas pequeñas víctimas arrancadas a las caricias maternales para ser
arrojadas en la siniestra playa, donde, lentamente, la lepra mancha y
devora su carne inocente. ¡Si sus padres vieran en lo que han convertido a
sus graciosos hijos! ¡Jamás los reconocerían en esos enanos deformes y
repugnantes!”
“He visto uno —escribe el P. Julliot— al que sólo quedaba la mitad
de un ojo. La carne supurante y fétida había sustituido a la nariz, la boca y
las orejas, que casi habían desaparecido.” Otro se ocultaba la cara entre las
manos para no enseñar las llagas, inyectadas de sangre, que le
desfiguraban.”
“Visitando el hospital —cuenta un misionero—, nos acercamos a una
cama. Levanté con cuidado una punta de la manta. Apareció un cuerpecillo
122

de niño que jadea, oprimido. Una cara, el rostro de un ser humano, se
vuelve lentamente a nosotros. La piel hinchada y manchada de negro se
cubre con una espuma gomosa y lustrosa. La boca, contraída con una
mueca sonriente, deja percibir una lengua que se parece a un higo. Los
párpados están vueltos. Los ojos, mortecinos, semejan uvas aplastadas...”
Estos desgraciaditos, privados de cariño y lejos de sus protectores
naturales, fueron adoptados por Damián. Encontraron en él un padre y una
madre que les amara, vigilara por ellos y les diera los más tiernos
cuidados. En 1883 comunicó a du obispo la lista de sus “cuarenta y cuatro
hijos adoptivos”.
Ellos constituían su verdadera familia, su hogar, y cerca de ellos era
donde pasaba la mayor parte del tiempo y gustaba de mayor consuelo.
Los quiso tener muy cerca de él, al lado de mi presbiterio, en el
recinto mismo de la Misión. Allí estableció un orfelinato para las niñas y
un asilo o Boy’s Home para los muchachos.
Comenzó por ocuparse de las niñas abandonadas que varios leprosos
viciosos trataban de adoptar.
“Tengo un pequeño orfanato para jóvenes leprosas —escribe en 1880
—, de las que es cocinera y madre una mujer de edad que no está enferma.
Tenemos cocina común y partimos las raciones. Hemos plantado un
extenso terreno de patatas, que se conservan en tierra y constituyen nuestra
reserva cuando las raciones no llegan el día convenido. Almas caritativas
envían paquetes de ropa, que me llegan a menudo por la Madre Superiora
de Honolulú.”
***
Los muchachos tenían una escuela, donde el Padre iba a darles
enseñanza religiosa. Bajo capa de neutralidad, los protestantes del Comité
le impidieron continuar. Construyó, entonces, para los leprosillos un asilo
que fue la réplica del orfanato femenino. Estaba compuesto de dos edificios, el uno a doce y el otro a dieciocho metros del presbiterio.
Estaban tan bien alimentados, limpios, cuidados y mimados, que los
candidatos afluían en gran número. Aun los adultos que no poseían
recursos ni amigos, suplicaban el ser admitidos allí, y el Padre no tenía
corazón para negárselo. Era una carga enorme que añadir a las que ya gravaban su presupuesto, pues había que pagar a los leprosos válidos que le
ayudaban. Para hacer frente a los gastos, imaginó astutas combinaciones
financieras, a las que el señor Meyer se prestaba sonriente; mendigaba
123

arriba y abajo, iba de puerta en puerta acompañado de sus huérfanos;
cultivó patatas, coles y otras legumbres, de las que sacaba algún dinerillo.

¡Pobres huerfanitos! Enfermos todos, horrorosos y deformes, pero
todos felices en el seno de esta gran familia que gobernaba el mejor de los
padres.
Arrastrados desde todas partes, muchos de ellos llevaban aún los
apodos que la fantasía y el desprecio les habían dado. Algunos se llamaban
Juan, Damián, Pedro, como el apóstol que los había bautizado; otros, el
Pájaro de Agua, Ojos de Fuego, Ventana, Orgullo, el Cielo ha hablado,
Sentado en el frío, Vomitivo, Comedor de ratas, Cuchitril, Océano
Atlántico o Río de Verdad.
Pero Damián sólo les hallaba cualidades: “Aprenden bien su
catecismo —escribe—, asisten a la misa y a la cura. A medida que me he
hecho algo médico, como mi celestial patrón, trato de suavizar sus
sufrimientos. Alguien pensará que es muy penoso vivir rodeado de seres
tan repugnantes, pero ellos constituyen toda mi felicidad.”
***
De otra carta:
“Antes de ayer, al volver de una correría, encuentro a uno de mis
leprosillos, que me pide le lleve muy de prisa el Santo Viático. Acabada la
acción de gracias, entregó su alma a Dios. Ayer, yo mismo construí su caja
y cavé la fosa.”

124

Eran muy numerosos los muertos que no dejaban recursos algunos.
Para que no fueran enterrados con una simple manta, Damián construía su
féretro. El abate Conrardy afirma que construyó alrededor de seiscientas, y
añade que con frecuencia era también el que abría las tumbas.

125

CAPÍTULO IV

Una parroquia modelo

“No sólo de pan vive el hombre”, dijo Jesús. Para que no tenga
hambre necesita creer y esperar. Mientras se encuentra bien, se distrae de
las preocupaciones eternas, pero la enfermedad le obliga a adentrarse en sí
y preocuparse del más allá.
Damián, que se había hecho misionero para salvar las almas, halló
con qué colmar sus deseos en Molokai. Allí vivían de setecientos a
ochocientos desgraciados, con un pie en el sepulcro, frente a frente con la
muerte y la eternidad. Cada año sucumbían el 20 por 100. Sin temor a ser
importuno e incomprendido, podía hablarles el apóstol de los juicios de
Dios, de Cristo redentor y de la Virgen misericordiosa. Sin cesar tenía la
ocasión de bautizar, convertir, absolver in extremis, devolver la esperanza a
los afligidos, y conducir a los náufragos al puerto de salvación.
El balance de su acción religiosa no cede en nada al de su actuación
caritativa. De aquel lugar detestable que era el lazareto consiguió hacer
una feligresía floreciente.
¿Se debe a él exclusivamente su mérito?
No puede dudarse, si se piensa en los colaboradores que se le dieron
y en el poco tiempo que permanecieron con él.
El hecho es que estuvo solo durante nueve años.
De 1873 a febrero de 1874, su jurisdicción se extendió a la isla entera
de Molokai.
De febrero de 1874 a julio de 1878, se redujo al lazareto, ya que la
parte sur de la isla, con sus doscientos cristianos diseminados entre los dos
mil indígenas, se confió al Padre A... B...
Desde julio de 1878 a julio de 1880, volvió este Padre a vivir en
Kalaupapa, y el cuidado del distrito que había abandonado incumbió de
nuevo al P. Damián.
En junio de 1880 el Padre A... B... desapareció, y durante quince
meses Damián recogió otra vez la carga de la isla entera.
126

El 8 de septiembre de 1881, otro enfermo, el P. Alberto,
desembarcaba en el lazareto. Se estableció en Kalaupapa, y allí
permaneció hasta el 2 de febrero de 1885.
Después volvió el P. Damián a su soledad, hasta que en mayo de
1888 vino el abate Conrardy para ayudarle y no abandonarle nunca.
COLABORADORES
En cuanto a la ayuda que recibió de los colaboradores intermitentes,
basta conocerla para juzgarla.
A su tiempo hablaremos del abate Conrardy. Los otros tres fueron
picpucianos muy decaídos a causa de la enfermedad.
El Padre A... B..., cierto es que tuvo en su vida los méritos que el
caritativo P. Jourdan le reconoce, pero también grandes defectos, que no es
este el lugar adecuado para profundizar.
Era un holandés de cuarenta y siete años, que había atrapado la
elefantiasis en Tahití. Apasionado por la medicina, y habiendo tenido
éxitos, se le había puesto en la cabeza el llegar a ser subintendente de la
leprosería. Atravesó crisis que causaron muchos enojos a sus Superiores.
Fue sólo un ministerio médico el que ejerció en el lazareto.
Damián ha dado de él algunos juicios benévolos, y le tomó durante
algún tiempo por confesor. Más tarde escribía al General: “No contéis con
él como un hijo vuestro. Enviadme un buen hijo de la Congregación, y no
un señor testarudo.” Y rehusó, con la aprobación de sus Superiores, el
confesarse con él. Sufrió enormemente al tenerle dos años por compañero.
Al final de su estancia en Kalaupapa, el Padre A... B... no saludaba a
su hermano en religión. Cuando Damián murió y se quisieron recoger los
materiales de su biografía, rehusó responder a los que le interrogaron.
Terminó, sin embargo, su vida en buena disposición, lo que le valió un
artículo necrológico satisfactorio en los Anales de su Congregación.
***
El P. Alberto era un personaje distinto.
Fervoroso sacerdote, carácter noble y firme, misionero brillante,
había obtenido grandes éxitos entre los canacos de Tahití. Se le atribuían,
por una parte, a su talento musical que se manifestaba claramente en el
clarinete y el armonio. Era consciente de su valor, que sobrepasaba la línea
media, pero las enfermedades lo habían probado mucho. El también había
127

contraído la elefantiasis de las islas oceánicas. Se creyó que era la lepra, y
se le puso en cuarentena en Molokai, con la prohibición de abandonarla.
Con el prestigio de una hermosa carrera, y con quince años más que
Damián, llegaba de Roma, donde había sido recibido por León XIII, después de haber pronunciado una serie de conferencias en Francia. Le habían
dicho que el sacerdote de los leprosos no tenía buen juicio, y que era
necesario ponerle un tutor. Hasta le habían comunicado los infames
rumores concernientes a su virtud, calumnias que comunicó al interesado y
que afectaron sus primeras relaciones. Por su parte, Damián le perdonó
inmediatamente.
Los dos hombres, de carácter tan tajante, no se entendieron. Pero hay
que decir que la falta fue, sobre todo, del recién llegado, si es que se puede
hablar de falta a propósito de un viejo luchador, minado y agriado por la
enfermedad. “No es bueno más que para confesar”, escribía el
Viceprovincial al P. General sobre el P. Damián. Pero él, que se acordaba
de lo que había sido, no le escuchaba. Intervenía en todo, no cedía en nada,
y pretendía jugar su papel y mandar.
“Es insoportable”, escribe el P. Damián desde el momento de su
llegada. Tal juicio ha sido ratificado por todos. Es el del Viceprovincial,
que escribe al P. General: “Desde hace un mes tenernos aquí, en Honolulú,
al P. Alberto, que corre tras de todo el mundo, y todos le evitan. Es un
pobre enredador que no puede vivir con nadie. El doctor, según creo, va a
desembarazarnos de él en la semana próxima y enviarle a Molokai.” El
obispo de Honolulú es del mismo parecer: “El P. Alberto tiene talento, celo
y muchas virtudes, pero es colérico y quiere demasiado lo que desea.
Jamás ha podido estar en paz con sus Superiores, ni con sus hermanos, ni
con los fieles, ni con los extraños.”
Puede imaginarse lo que el P. Damián sufriría durante más de los tres
años que vivió con él. En 1882 la situación se hizo completamente insostenible, hasta el punto de que consintió separarse casi a la fuerza de sus
leprosos: “Visto que el P. Alberto no me quiere —escribe a su obispo—, y
que tiene un carácter imposible, remito a V. I. el que decida lo que debo
hacer. Abandonaré voluntariamente Molokai si tal es la voluntad de Dios.”
“Voluntariamente”..., tal era con seguridad el modo de hablar y de
decir del que sufriría el martirio.
Damián, sin embargo, hacía mucho por él. Rindió a su compañero
todos los servicios posibles, le construyó una iglesia, tuvo cuidado de sus
enfermos y aun de sus legumbres, como lo muestra la carta siguiente, a la
que, ciertamente, falta un poco de unción:
128

“Honolulú, 24 de marzo de 1884
”Al lado del canaco al que cortasteis el pie, habita un catecúmeno
llamado Nailili. Bautizadle por Pascua, así como a Makulu y los demás.
Los rábanos de mi jardín están a punto; comedlos o dádselos a quien
queráis. Las zanahorias no corren prisa y pueden aguardar hasta mi
regreso, así como los nabos y las coles. Haced que les dé el aire y el sol a
estos últimos. También haréis que castren a mi potro y que le domen
vuestros muchachos.
Totus tuus in Cordibus SS. J. M.,
ALBERTO M...”
Un mes más tarde, el P. Alberto se dirige de nuevo a su vecino en una
breve misiva para sopapearle bien. ¿No se ha olvidado Damián de enviarle
los informes sobre un cocinero chino que quería tomar? “Vuestras
ocupaciones y preocupaciones —dice de una manera muy seca— os hacen
olvidar o descuidar las necesidades de los demás, y muy particularmente
las de vuestro hermano de religión.”
El 28 de abril de 1885, el Viceprovincial resumía de este modo la
actividad del P. Alberto en Molokai: “Excepto los niños que ha bautizado y
los enfermos a quienes ha administrado in extremis (¡y aun así!), este
pobre Padre no hace más que tonterías.”
Y, sin embargo, era un buen hombre el P. Alberto. En cuanto se creyó
casi curado, solicitó abandonar Molokai y marchar a gastar sus últimas
fuerzas en Tahití. Al despedirse de su vecino, le escribía: “¡Adiós! No os
guardo ningún rencor por el mal que os he hecho.”
Damián, que le estimaba y amaba y que, a fuerza de virtud, había
acabado por acostumbrarse, lloró mucho su partida. Se había puesto malo,
temiendo no salir de la isla y quedar, de ahora en adelante, sin confesor.
“Os pido que no me saquéis al P. Alberto”, escribía el 2 de febrero de 1885
a Monseñor. Y enumeraba sus razones:
1.º Estoy lisiado, pues camino arrastrando la pierna. Cuando voy al
hospital, que está a cinco minutos de aquí, me da una fatiga que me hace
estar gritando de dolor casi toda la noche.
2.º Si realmente me he vuelto leproso, mi muerte se acerca. Sin
querer preocuparme mucho de mi cuerpo, he de ocuparme de mi alma, que
exige la presencia de un buen confesor. La dirección del P. Alberto me ha
129

hecho mucho bien, y estaría muy contento con poder tenerla en mi lecho
de muerte…”
Por su lado, el P. Alberto había frecuentado demasiado a su
compañero para no conocerle. Habló de él siempre con la mayor
admiración, y siempre le defendió contra sus calumniadores.
Anotemos, finalmente, para completar, que, en noviembre de 1887,
otro picpuciano, el P. Gregorio, se instaló en el lazareto. El Comité de
Sanidad le había trasladado allí de oficio. Llegado casi en el último
período de la lepra, este Padre no realizó más servicio a su Hermano que el
de confesarle; y después de tres meses, fue a morir en el hospital de
Kakaako.
***
La transformación religiosa de la leprosería es la gran obra del P.
Damián.
El infatigable constructor de iglesias se puso en seguida a la obra.
De los setecientos cincuenta leprosos, sólo una tercera parte eran
católicos. Contando con los que no estaban enfermos y forzando un poco
la nota, “estimo que nos acercamos a los cuatrocientos cristianos o
catecúmenos”, escribe a su llegada. “Se impone ensanchar Santa
Filomena... Aun cuando no existiera más que el olor infecto que exhalan
las llagas de los leprosos, ya era suficiente. A veces, casi no puedo
resistirlo durante la misa. Sed, pues, generoso, Monseñor; Molokai ha
esperado ya bastante para merecer que ahora le ayudéis. En cuanto al
trabajo, yo me encargo de ello; ya sabéis cuánto me agrada hacer de
carpintero.”
Ayudado por sus cojos, transforma la capilla del Hermano Bertrán,
añadiéndole un crucero, y más tarde un campanario.
Era pedir demasiado a los fieles de Kalaupapa el que recorrieran
cinco kilómetros para llegar a Kalawao. En 1875, Damián construyó para
ellos una graciosa capillita de tablas que medía diez metros de largo, cinco
y medio de ancho y siete de alto. Y fue después el P. Alberto el que,
pintándola con colores chillones, le dio su sello definitivo. Su
abigarramiento volvía locos de ilusión a los canacos. “Se diría que era la
capillita de una comunidad religiosa”, decía el pintor, contento de sí
mismo. Y Stoddard escribía: “Con sus numerosas imágenes y suaves y
rientes rostros, el altar recuerda, en verdad, los brillantes escaparates del
barrio de San Sulpicio.”
130

En 1883, Kalaupapa necesitaba un cementerio. Damián se encargó de
ello, a instancias del Padre Alberto, pero su obra no fue apreciada: “El P.
Alberto es un poco difícil —escribe—. He hecho el cementerio lo mejor
que he podido. La puerta de entrada la quería grandiosa. Ahora bien;
¡pensad que el herrero pedía sólo por la pintura cuatro piastras! El Padre
no ha querido mi puerta cuando ya estaba casi terminada. Y como no he
querido hacer otra, vedle ahora muy enfadado y amenazándome con no
sustituirme los domingos en Kalawao, en los que he de marchar al Sur.”
Esta parte sur de la isla no poseía capilla alguna, y Damián proveyó a
ello en el transcurso do 1874. Para el Padre A... B..., que presidía entonces
los destinos de esta feligresía., construyó, en cuatro meses, cuatro capillas
de madera, una casa para el cura y una escuela. Durante este tiempo, el
Padre A... B... le había sustituido en Kalawao.
Nunca volvió Damián a ausentarse después por tanto tiempo del
lazareto. Obligado a ir dos veces o una por año a Honolulú, marchaba
corriendo, y sólo pasaba allí tres o cuatro días. Se ha calculado que en
dieciséis años, reunidas todas sus ausencias, no duraron seis meses.
VIDA PARROQUIAL
El Padre predicaba mucho. Predicaba en sus iglesias, en los oratorios,
en los orfanatos, en el recinto de su presbiterio y en las cabañas de los
leprosos. Se llamaba eso, según los casos y lugares, sermones, discursos,
homilías, instrucciones, catecismo, o simples conversaciones. Los
domingos y días de fiesta hablaba en la misa mayor y en la salutación;
cada mañana daba una instrucción catequística después de su misa; durante
el día visitaba los enfermos de los hospitales y marchaba después de
cabaña en cabaña, derramando la doctrina, las exhortaciones y
reprimendas a domicilio.
“Al entrar comienzo siempre por ofrecer el remedio que cura las
almas. Los que lo rechazan no están, por tanto, privados de socorro y cui131

dados materiales, que a todos doy sin distinción. Me he vuelto leproso con
los leprosos, para ganarlos a todos para Jesucristo. Cuando predico, tengo
la costumbre de decir: “Nosotros, los leprosos...” Salvo algunos heréticos
obstinados, todos me miran como a su padre. De ordinario, me escuchan
con atención. Mi tono varía según las circunstancias. Unas veces son
consuelos y dulces palabras; otras mezclo un poco de acritud y vinagre
para despertar las conciencias pecadoras; y otras he de hacer estallar la
tormenta, y amenazar a los impenitentes con los castigos eternos.”
Se conserva el cuaderno donde anotaba el plan de sus sermones.
Están compuestos con pasajes de la Escritura, que comentaba adaptándolos
a la mentalidad canaca, y añadiéndoles aplicaciones prácticas. Venía a
decir esto:
“La tierra no es más que un lugar de tránsito o destierro. El cielo es
nuestra verdadera patria, donde nosotros, los leprosos, estamos seguros de
entrar muy pronto. Allí seremos indemnizados de nuestras miserias. ¡Allí
no habrá la horrible lepra ni los sufrimientos! Seremos transfigurados,
tanto más hermosos y felices cuanto hayamos soportado con mayor
paciencia nuestras pruebas de aquí.”
Recordaremos que en Kohala había instituido los “jefes de oración”.
Los multiplicó en Molokai para permitir a los enfermos tener cerca de
ellos la ocasión de rezar en común:
“El domingo, por la tarde, tenernos reuniones para los
imposibilitados, que las presiden mis jefes de oración. Cuatro o cinco
casas de Kalawao se llenan hasta desbordar. En cuanto a mí, después de la
misa, administramos los bautismos, y, terminado el desayuno rápidamente,
salgo para Kalaupapa, donde me esperan tres reuniones: una con los
indígenas no enfermos, otra con los leprosos de los alrededores del puerto,
y la tercera en la punta extrema del promontorio.”
Obraba numerosas conversiones, y administraba más de cincuenta
bautismos al año. Ningún católico válido faltaba a la misa del domingo.
Buen número de ellos iban allí todos los días y cada noche, y tomaban
parte en el rezo del rosario en la capilla. Los leprosos tenían una devoción
particular por el Vía Crucis y por Nuestra Señora de los Afligidos. Con
frecuencia se les veía subir las catorce estaciones de la Vía Dolorosa que
va desde el Pretorio al Calvario, y cuando llegaba el Mes de María,
adornaban con flores el altar de la Santísima Virgen. Casi todos llevaban al
cuello el rosario. Trescientos de ellos, por lo menos, comulgaban cada
semana.
132

***
No hay visitante que no se haya asombrado del fervor que reinaba el
domingo en Molokai.
El acontecimiento central de la jornada era la misa mayor en Santa
Filomena.
Adornada brillantemente la iglesia, rutilante de luces el altar, los
numerosos monaguillos con sotana roja y sobrepelliz de encaje, la música,
los cánticos, las oraciones rezadas por todos en voz alta; el oficiante,
solemne y dulce, verdadero padre de su tribu leprosa, implorando a Dios
por ella; todo ello formaba, sobre este islote perdido del océano, un
espectáculo que fascinaba a los canacos y arrancaba lágrimas a los
extranjeros de paso.

Clifford habla de los cánticos religiosos que escuchó:
“Estos leprosos sienten la música en su alma —escribe—. Uno de
ellos, excelente barítono, formaba dúo con un niño cuya voz aguda y
cristalina sobresalía agradablemente sobre la suya. Una antigua artista de
Honolulú sacaba hermosos acordes del armonio, por donde se deslizaban
sus rojas manos de leprosa. El Adeste fidelis fue espléndidamente
ejecutado por los niños. Pero mi emoción llegó al colmo cuando un coro
de voces femeninas cantó esa admirable queja de un poeta hawaiano, el
Super flumina Babylonis de los leprosos:
“¿Cuándo me será dado ver, al fin, a mi Dios?
¿Cuánto tiempo estaré aún cautivo en esta extraña playa
133

donde día y noche sólo comparto lágrimas?
¿Cuándo saldré de este valle de miserias,
donde no tengo más pan que mis lágrimas?
¡Ah!, ¿cuándo veré a mi Amado en la santa Sión?”
Damián escribía a Panfilo:
“El domingo, en la misa mayor, cantan mis hijos como músicos
consumados. Desgraciadamente, la muerte y la tuberculosis acaban de
arrebatarme las voces más bellas de mi coro.”
Stoddard, que había conocido el lazareto de 1867, volvió a él en
1884, asistiendo a la misa de Kulawao:
“El Padre me había colocado a la izquierda del altar, en su sitio,
rodeado de una pequeña balaustrada.
”No perdí nada del espectáculo. Los cálices son de oro,
admirablemente cincelados. Es un regalo del cura de San Roque, en París;
no se les utiliza sino en la misa mayor. Todos los monaguillos están
desfigurados por la lepra. Algunos da pena verlos. La mayor parte no
tienen dedos ni en las manos ni en los pies.
”Con una dulce gravedad, comenzó el sacerdote. La capilla estaba
llena de fieles, cantando todos con fervor y compunción. ¡Qué contraste!
En el altar, resplandeciente de luces y adornos, un sacerdote, lleno de
santidad, cantaba con voz clara y sonora el Prefacio y el Pater. A sus pies,
acólitos de rasgos infantiles marcados por la muerte. En la nave, una
asamblea donde ni un sólo rostro puede mirarse sin que dé horror. El aire
estaba corrompido; un olor fétido se desprendía de estos desgraciados que
rezaban tan bien. Y yo me decía que tales plegarias, subiendo al cielo por
mediación de tal siervo de Dios, no podían dejar de ser oídas.”
Stoddard pasó otro día entero en compañía del P. Damián:
“Su atuendo no es nada elegante —escribe—; su sotana es de un
color incierto, sus cabellos desgreñados como los de un estudiante, sus manos sucias y callosas a fuerza de trabajo, pero de su persona emanaba un
magnetismo contagioso. Ríe alegremente, es ágil como un jovencito, desprende una simpatía extraordinaria. Queramos o no, nos obliga a compartir
su almuerzo, por la noche, él mismo nos prepara una excelente cena:
huevos, carne, arroz y un tazón de café.
”Mientras tanto, le hemos acompañado en su visita a los enfermos de
Kalawao.
134

”Conoce íntimamente a todos los leprosos, así como el estado de su
enfermedad. Desde que se acerca a ellos, les coge la mano para tomarles el
pulso. Sea cualquiera su religión, todos participan de sus favores. Habla
mucho de cada uno de ellos, pero en cuanto a hablar de sí mismo, es difícil
conseguirlo. Lo que no puede callar, sin embargo, es la pena que le causa
la ausencia de un confesor.
”Engancha a “Guillermo” y partimos en coche para Kalaupapa.
Guillermo no es joven y descansa de vez en cuando, de lo cual no está el
Padre muy orgulloso.
”—¡Sí, sí, Guillermo! ¡Sois un holgazanete, amigo mío!— le dice,
acariciándole con la fusta, cuando en vez de tirar se absorbe el animal un
poco más de la cuenta en la contemplación de la naturaleza.
”Encontramos una procesión de cojos que transportaban materiales
de construcción. Eran leprosos que desmontaban una choza y marchaban a
reconstruirla en otro lugar. Guillermo aprovecha para descansar:
—”Perdonadle—dice el Padre—. Mi pobre Guillermo jamás ha visto
una cosa semejante. ¡Y esto es seguramente lo que le detiene!”
***
A este olor que incomodaba a Stoddard y a todos los visitantes, ya
estaba acostumbrado el Padre Damián.
“He pasado mucho—escribe—, pero ahora ya no sufro más. Sólo al
administrar a los enfermos, cuyas llagas están llenas de gusanos, es cuando
aún experimento algo de angustia. Estos gusanos son parecidos a los que
devoran a los cadáveres en la tumba. Últimamente, después de dar los
santos sacramentos a un pobrecillo, entré en mi casa titubeando como un
borracho, pues de tal manera me habían atacado al cerebro. ¡Que estos
actos de mortificación puedan alcanzar de Dios la resurrección espiritual
de los pecadores! A veces, me sucede también el que no sepa cómo darles
la extremaunción, pues sus pies y manos no son más que una llaga. Y esto
es, además, la señal de su próxima muerte.”
“Lo más horrible —escribe un testigo— es la descomposición
anticipada de los moribundos. Muchos de ellos no tienen ya forma
humana. Se acerca uno a ellos y no se encuentra más que un tronco
informe, mutilado y a medias podrido.”
Entregaban su alma en los brazos del P. Damián. “Casi todos —
escribe— querían acabar como católicos. Los protestantes no se ocupaban
de sus fieles, los cuales, en su mayoría, me pedían que les asistiera en tan
135

gran paso, y yo mismo he administrado el bautismo in extremis a numerosos jefes calvinistas. He hecho todo cuanto he podido para prepararles
a bien morir, y en tal trabajo es donde encuentro mi mayor consuelo.”
***
Se acordaba del bien que le había hecho la Misión de los Padres
Redentoristas en Braine-le-Comte, y cuatro veces procuró a sus fieles el
beneficio de ejercicios semejantes. Tuvieron resultados muy brillantes:
“Para facilitar la asistencia de los enfermos a los sermones —escribe
uno de los misioneros—, predicábamos cada día en cuatro sitios
diferentes: en Kalaupapa, en el hospital, en la iglesia de Santa Filomena y
en la llanura que en otros tiempos se llamaba la “Ciudad de los locos” en
recuerdo de las orgías que allí habían ocurrido, y que ahora se llama
“Nínive”, en homenaje al buen aspecto de los convertidos que allí se
encuentran.
”Renuncio a expresar los sentimientos que se sienten al hablar
delante de semejante auditorio. Los que lo habían hecho antes que yo,
estallaban en sollozos. Yo tampoco he podido contenerme de llorar sino a
costa de los mayores esfuerzos.
”E1 último día me dirigí a Kalaupapa para el sermón de clausura.
Una cabalgata de treinta jinetes me dio escolta de honor. Al llegar,
encontré la capilla invadida por tantos protestantes y mormones, que
nuestros cristianos tuvieron que quedarse fuera y cederles el sitio.
Encontré espacio suficiente en las gradas del altar para colocar mis pies.”

136

En las parroquias, al lado de las ovejas que forman el rebaño, existen
los que se distinguen por un fervor particular. Se les agrupa ordinariamente
en asociaciones piadosas o cofradías.
La parroquia de los leprosos también tenía sus cofradías, que eran
cuatro.
Había la de la Adoración Perpetua, cuyos miembros, turnándose de
media en media hora, daban una guardia continua a Jesús en la Eucaristía.
“Sus enfermedades —escribe Damián— les impedían a veces ocupar su
puesto en la guardia. Pero lo suplían, en idéntico tiempo, recogiéndose y
rezando, durante media hora, en su lecho de dolor. Nuestros hermanos y
hermanas de la Comunidad de Picpus se alegran de saber que tienen
émulos entre los leprosos, y no rechazarán en sus filas a estos pobres que
les imitan con tanto mérito.”
Había, además, tres cofradías de carácter caritativo: la primera, la de
la Santa Infancia, que agrupaba jóvenes y niños; la segunda, la de los
hombres, establecida bajo el patronato de San José, que obligaba a sus
miembros a visitar a domicilio a los enfermos y a los pobres; la tercera, la
de la Santísima Virgen, que agrupaba a las mujeres que se comprometían a
llevar recursos a los leprosos especialmente abandonados.
***
Dos o tres veces por año, el fervor religioso subía al máximo y la
parroquia vivía horas de exaltación.
En 1874, a un año apenas de su llegada, el P. Damián organizó una
procesión del Corpus, que un picpuciano, testigo de la ceremonia, describe
así:
“Se habían levantado dos altares empavesados con banderas
hawaianas: uno en el extremo de la península, frente al océano, y otro en el
recinto del hospital. El palio y un altar portátil, de nueve pies de altura,
eran del bambú que habían cortado los hombres en la montaña. A falta de
pintura, estaban adornados con papeles rojos y blancos, trenzados en
guirnaldas de espiral. Como acababan de regalar al Padre veinte cortinas
para la capilla, quitó las viejas, que sirvieron a las mujeres para
confeccionar albas, cíngulos, oriflamas y estandartes.
”A las tres se puso en movimiento la procesión, repartida en tres
grupos. El primero, precedido de tres estandartes que rodeaban treinta
banderolas, comprendía a los niños, a las muchachas y personas mayores.
El segundo era el del altar portátil, al que seguía la banda, el coro de
137

cantores y el coral de hombres. Él tercero era el del Santísimo Sacramento.
Quince hombres, fuertes, con un hábito verde adornado con una cruz
encarnada, llevaban el palio. En los cuatro extremos, acólitos con sotana
sostenían unas antorchas. Delante, los monaguillos con sobrepelliz
balanceaban el incensario, precedidos de jovencitas vestidas de blanco y
azul, que arrojaban flores. Un nuevo destacamento de instrumentistas
cerraba la marcha.
”Continuaba sin cesar el rezo del rosario, mientras que la banda daba
descanso al coro de mujeres y hombres.
”El Padre marchaba bajo palio, llevando la custodia. Caminaba
lentamente, acompasando su paso con el de los cojos, que le seguían con
gran trabajo. Las lágrimas inundaban su rostro.
”Toda la leprosería estaba en pie. Los mismos protestantes se
descubrían al paso del Santísimo, y muchos se unieron al cortejo. Hasta los
hubo que se colocaron en las primeras filas. Al domingo siguiente, ocho de
ellos vinieron a pedir el bautismo.”
***
La Nochebuena también se celebró brillantemente. Sabemos cómo
fue la del 1882 por una carta que Damián, en forma de diario, dirigió a
Pánfilo:
“22 de diciembre.—Por la mañana, después de la misa, instrucción y
confesión. A la tarde confieso los enfermos del hospital, incapaces de venir
a la iglesia. La nariz y oídos del confesor están hechos ya a prueba para
semejantes ocasiones. Puedo taponar una, pero las otras he de dejar
abiertas.
”23 de diciembre.—Día de ayuno. La sal que mezclaré en mi poi
sustituirá a la carne habitual. A las seis y media llevo la santa Comunión al
hospital, que está a diez minutos de la iglesia. Como muchos enfermos
están ciegos o tienen los labios muy estropeados, hay que tomar grandes
precauciones. Un sabio calvinista realiza su abjuración y recibe el
bautismo sub conditione. Después de la misa, empezamos a limpiar y
adornar la iglesia. Mis muchachos me han trenzado largas guirnaldas de
follaje, que he atado a las bóvedas y al altar. Colocó seis velas en cada uno
de mis candelabros de madera.
”26 de diciembre.—Domingo. Doy la última mano al adorno del
altar. Estoy contento a medias, puesto que sólo tengo viejos a mi disposición. Los ratones han estropeado el frontal del altar en el armario. A las
138

diez, misa mayor, tras la cual mis catecúmenos piden recibir en seguida el
bautismo. ¡Primero, a desayunar! Durante este tiempo, mi maestro de
escuela les examinará, y ya veremos después. Vuelvo a la una; cuatro chinos y tres canacos se juzgaron que estaban lo suficientemente preparados.
A estos chinos les ha costado mucho comprender los dogmas de nuestra
religión; les he instruido por medio de un intérprete, pues no hablo su
lengua. Como han sido fieles desde hace seis meses viniendo a la misa, y
están muy enfermos, yo mismo les bauticé. La ceremonia se termina a las
dos. Después me meto en el confesionario, donde permanezco hasta las
nueve. El P. Alberto llega en seguida con los cristianos de Kalaupapa.
”25 de diciembre,—Navidad. A las once de la noche hay un voleo de
campanas. Mis muchachos dan la vuelta al pueblo tocando tambores y despertando a todo el mundo al grito de: “¡Happy Christmas!” (Felices
Pascuas). El tiempo es hermoso. Los fieles, con trajes de fiesta, se apresuran a llegar. A las 11 y 45 minutos suena otra vez la campana.
Comenzamos de nuevo a rezar juntos, y después mis cantores entonan a
voz en grito el himno de Navidad. A las doce en punto, el P. Alberto sale
de la sacristía, precedido de dos acólitos, y comienza la ceremonia. La
iglesia está repleta e iluminadísima. El orden, perfecto. El sermón produce
gran impresión. A las dos todo ha terminado, y mis amados canacos vuelven contentos a sus casas. Es la novena misa de Navidad que celebro aquí.
En los primeros años se produjeron algunos excesos, pero ahora mis gentes
están más civilizadas y se comportan mejor.
”A la aurora celebré una segunda misa. Y aunque toqué la campana,
estuve solo, porque toda la gente dormía y nadie vino.
”A las diez, misa mayor, en la que estuvo presente todo el mundo. A
las cinco, exhortación y catecismo.’'
***

139

La música instrumental y coral realzaba todas las fiestas.
Cuando, en 1875, Monseñor Maigret vino a confirmar a los leprosos,
se asombró de la pompa que había desplegado en su honor: unos caballos
le esperaban en el desembarcadero; en la iglesia se ejecutó una misa de
Mozart; un cortejo de doscientas personas, con bandera a la cabeza, le
condujo hasta el barco a los acordes de la banda de leprosos.
También participaba ésta en los entierros. Había muchos por semana,
puesto que al año moría una media de ciento cincuenta y tres personas.
“Estaba en la iglesia recitando mi breviario —cuenta un misionero—,
cuando un ruido lejano y armonioso hirió mis oídos. A medida que el
cortejo se acercaba, distinguía el redoble de los tambores, el golpe del
timbal y el sonido de los instrumentos de madera y cobre.
”Pronto se llenó la iglesia, y el P. Damián dio la absolución, y,
después, la comitiva se dirigía al cementerio.
”Algunas mujeres llevaban las cintas del féretro. Los demás, en dos
filas, seguían al carro. Todos iban vestidos de negro, y llevaban una especie de fajín o banda, unos en rojo, otros en blanco, según la cofradía a que
pertenecían. Los hombres venían detrás vestidos de luto. La banda cerraba
la marcha. Jamás he visto músicos más felices con tocar la música. Por los
trozos que interpretaban, no había duda de que la muerta que conducían a
su última morada estaba ya en el paraíso.
”Que además era lo que pensaba el P. Damián, pues, decía al volver
del cementerio:
”—¡Pobre Juliana! ¡Qué buena era! ¡Seguramente que está en el
cielo, porque aquí ha tenido su purgatorio!
140

”—Y vuestros entierros ¿son siempre así?
”—¡Siempre! Los canacos aman la pompa, y nuestras cofradías se
encargan de organizar las ceremonias fúnebres.”
POLICÍA
No hay que pensar que Los leprosos se habían convertido todos en
unos santitos, entregados sin cesar a La oración y a las buenas obras.
La embriaguez y la lujuria, que habían disminuido mucho, no habían
desaparecido, sin embargo.
Los borrachos no tenían que ir muy lejos para encontrar qué beber:
“Hay, a lo largo de los Palis —escribe en la Memoria de 1886— una
planta llamada ki, cuyas raíces producen un licor muy embriagador. Cuando llegué, los leprosos hacían un gran consumo. Una vez borrachos,
olvidaban los principios más elementales de la decencia, corrían de aquí
para allá completamente desnudos, como dementes. Es más fácil imaginar
que describir lo que hacían. La Administración se esforzó en poner fin a
este abuso. El superintendente y yo dimos unas vueltas de inspección, y
obtuvimos por la persuasión y la amenaza que nos entregaran los
alambiques y otros instrumentos de destilación.”
Pero no era suficiente el suprimir los alambiques. Hubiera sido
menester, para impedir que reaparecieran, el acabar con los agentes de
policía, que estaban en connivencia con los culpables.
Hay que recordar a aquel empleado que se había formado un harén y
al subintendente, que saqueaba a los enfermos en su agonía. Tenían
émulos. Muchos de los agentes del Comité eran agentes del libertinaje. Si
no hubieran sido leprosos, Damián nada habría tenido que ver con ellos. Y
los hubiera arrojado a todos del lazareto.
Sostenía que, salvo excepciones, la presencia de los célibes no
enfermos no era deseable.
Hubiera querido, por el contrario, que se animara a las gentes casadas
a que vinieran a vivir con sus cónyuges: “Mi ministerio me ha hecho
presenciar de cerca las consecuencias funestas de la separación de los
esposos. Favorece el libertinaje, cuando no, como sucede a veces, una
especie de agonía para el hombre o la familia desterrada. Cuando los
esposos están juntos, se resignan más fácilmente con su suerte, y se cuidan
afectuosamente mucho mejor que pueden hacerlo los extraños.”
141

Estos hombres sanos son los que se debieran haber escogido, a su
parecer, para empleados del lazareto.
“Los otros —dice la Memoria— no convienen de ningún modo, a
menos que tengan años y una abnegación puesta a prueba. Son egoístas,
muy bien pagados, que no rinden servicio alguno y que derrochan su
dinero en el juego. Son perezosos que van de casa en casa a comer la
escasa ración de los enfermos y robar sus vestidos. Finalmente, son
libertinos que asocian los leprosos a sus liviandades.”
Menester fue que se temiera la vuelta de los antiguos abusos, para
que Damián se atreviera a dirigir semejante requisitoria contra los empleados de la Administración.
Algunos meses antes, el 29 de octubre de 1885, ¿no se habían matado
entre sí dos leprosos a causa de una muchachita que querían “adoptar”?
Hasta uno de ellos había sucumbido a causa de sus heridas.
De tarde en tarde estallaban motines. Intentaban a veces levantar los
altares de la diosa Laka, e introducir otra vez las danzas lascivas. Había en
la leprosería numerosos calvinistas y mormones. Por su religión, estos
mormones polígamos y estos canacos protestantes escapaban, en principio,
a la jurisdicción del Padre.
Pero sólo en principio, pues en la práctica poseía éste bastante
autoridad moral y vigor físico para hacer que cesaran los desórdenes.
Algunos ayudantes o leprosos no le querían, como el antiguo
negrero, el hombre del harén y otros a quienes había turbado su fiesta; pero
todos le respetaban.
Rara vez se vio una labor policíaca mejor hecha. Los malhechores
temblaban ante él, y cuando acudía al lugar de la batalla o de las orgías,
con su gran bastón, los culpables, a quienes perseguía llamándoles
“bribones”, huían a todo correr. Hutchison, que le vio en esta tarea, asegura que nadie se atrevía a oponérsele cuando se acercaba para deshacer las
reuniones más tumultuosas. “Sólo he conocido un hombre en la leprosería
que pudiera ser tan expeditivo, y al mismo tiempo tan temido. Era un
coloso llamado Kekelaupio, que llevaba sin molestia un peso de ochocientas libras y os aplastaba al mayor de los pillos de un revés. Intervenía
cuando se encontraba presente. Pero, sobre todo, era el P. Damián quien
hacía que reinase el orden.”
***
¡Qué transformación se había realizado!
142

Stoddard, que había visitado la leprosería en 1864 y había vuelto en
1884, no lo quería creer con sus ojos.
En vez del redil de rebaños, de una prisión para forzados, de un lugar
maldito, de sórdidas barracas donde habían arrojado a los leprosos en otro
tiempo, como en un muladar, para pudrirse y morir juntos, existían dos
hermosos pueblecitos, de blancas casas rodeadas de jardines floridos, de
campos cultivados, un hospital donde se cuidaba convenientemente a los
más atacados, dos cementerios, donde los muertos eran piadosamente
enterrados, y varios orfanatos llenos de niños alegres. En los caminos se
cruzaba uno con hombres y mujeres a caballo que iban de paseo. Las
campanas sonaban en los campanarios. Las iglesias se llenaban de fieles.
Las fiestas servían de ocasión para regocijos de toda dase. El trabajo, la
oración y el placer alternaban como se debe. El dolor se consolaba, puesto
que los enfermos recibían la visita del Padre y morían en sus brazos. En
resumen, allí se desenvolvía la vida social casi tan normal y
armoniosamente como en otras partes.
Cuando, interrogando al azar a los leprosos, preguntaba el visitante:
“¿No os acordáis de vuestro país natal?”, recibía esta respuesta:
—¡Oh, no! Estamos bien aquí. El Gobierno vela por nosotros, el
superintendente es muy bueno, y, sobre todo, estamos contentísimos con
nuestro cura. Él mismo construye nuestras casas, nos da té, galletas,
azúcar, vestidos, nos cuida bien y no nos deja carecer de nada. No
quisiéramos partir, si a tal precio tuviéramos que abandonar a nuestro
amado Makua Kamiano.”
Clifford escribía:
“Yo me había representado este lugar como un infierno, y, sin
embargo, me pregunto si no hay aquí gozos que no existen en otras partes.
¡Verdad es que estas gentes parece que son muy dichosas!'’
También lo era Damián, pues decía a su anciana madre: “Soy muy
feliz con mis leprosos, y por nada del mundo quisiera separarme de ellos.”

143

CAPÍTULO V

Célebre en el Universo, y condecorado en Honolulú

Como todos los que representan un papel en este mundo, Damián
tuvo sus amigos y sus enemigos. Felizmente, los primeros fueron tan numerosos y tan abnegados, que los segundos no pudieron perjudicar su
obra.
Necesitaba mucho dinero. Sus amigos no dejaron que le faltara. Con
decir que recibió de ellos de diez mil a quince mil libras esterlinas,
estaremos un poco por debajo de la verdad. Sólo el Reverendo Chapman le
envió por lo menos dos mil seiscientas, lo que representa unos sesenta y
cinco mil francos oro.
Apenas se instaló en Molokai, cuando “doce personas, reunidas
casualmente en Honolulú, entregaron cada una cincuenta francos para que
se le enviaran”. De estos doce bienhechores de primera hora había diez
protestantes. Sin que se haya mantenido siempre idéntica proporción, puede decirse que éstos no cesaron de testimoniarle su magnífica generosidad.
Dos meses después de su llegada, iba mendigando de puerta en
puerta y volvía con lo necesario para vestir a más de trescientos leprosos.
Sus hermanos en religión le ayudaron en la medida de sus medios. Su
Misión, que tenía la carga de todos los correos del archipiélago, hizo por él
cuanto pudo, enviándole, según los días, socorros financieros unas veces, y
otras consejos económicos. Desde París también intervenía el Procurador
general, ya sacando de la caja de la Congregación, ya transmitiéndole las
limosnas recibidas.
Señalemos entre los más perseverantes de sus colaboradores, a las
picpucianas de Honolulú, que pusieron su destreza femenina y religiosa en
inclinar a todo el mundo en favor suyo. De su convento partían sin cesar
cajas y paquetes para la leprosería.
Y, sin embargo, fueron sus bienhechores ingleses y americanos los
que se mostraron más munificentes.
***
144

Conviene contar la historia de la primera suscripción que se abrió en
Inglaterra, donde el Padre Damián llegó a ser pronto, y continuó siendo
popular.
Vivía por entonces en un barrio de Londres el Reverendo H.-B.
Chapman, hombre de gran corazón, y pastor anglicano, cura de San Lucas
de Camberwell. Habiendo leído un artículo sobre Molokai, habló en el
pulpito del P. Damián e invitó a sus feligreses a que se mostraran
generosos con él. Con el fin de que algunos católicos de la parroquia
uniesen su óbolo con el de los protestantes, el Reverendo había obtenido,
por petición suya, el patronato del Cardenal Manning, arzobispo de
Westminster.
Esta petición, publicada en The Tablet, conmovió profundamente a
un tal Macclure, secretario honorario, y muy puntilloso, de una liga protestante de estricta observancia. La siguiente carta muestra cómo desaprobaba
la iniciativa del cura de San Lucas:
“22 de octubre de 1886
Al Reverendo H.-B. Chapman
Reverendo señor:
Estoy encargado de expresaros la sorpresa que han
experimentado muchas gentes al ver que un ministro de la Iglesia
anglicana trate de inspirar simpatía hacia un sacerdote idólatra, perteneciente a esa abominable organización romana, que, más que a
ninguna otra, deberíais combatir, como ministro del Evangelio y
como inglés amigo de la libertad.
A pesar de su abnegación y sacrificio, el Padre Damián no es
más digno de admiración que los sacerdotes del Baal, que se herían
con cuchillos hasta hacerse sangre (I Reyes, XVIII, 23), o aquellos
que se dejan aplastar por el carro de Juggernaut. Sacerdote del
Anticristo, ese Padre no podrá ir más que al infierno, y arrastrar con
él a todos sus prosélitos (Mateo, XXIII, 15).
Merecéis también grandes reproches al dar al doctor Manning
el título que tiene como representante del papado; y es muy triste que
un ministro de Cristo se emplee en dar a este agente del Anticristo un
rango social con el que puede molestar al pueblo inglés. Con este
medio tratáis de remachar de nuevo sobre nuestro país las cadenas de
la idolatría y de la impostura sacerdotal.
145

En vez de levantar barreras insuperables entre Roma y
nosotros, suprimís las líneas de demarcación necesarias, obscurecéis
nuestros faros protectores, y fascinado por el fuego fatuo (ignis
fatuus) de una falsa caridad, tendéis a hacer de nosotros hermanos
del Anticristo.
Quedo de Vd. sinceramente,
TOMÁS MACCLURE”
The Tablet había publicado la carta de Macclure. Insertó la respuesta
siguiente, que es un modelo de claridad y concisión:
“Mi querido señor:
“Vuestra carta es tan perversa, que no tiene más excusas que su
insigne locura.
“Id y haced lo mismo (Lucas, X, 37). “Sinceramente suyo,
H.-B. CHAPMAN”
2 de noviembre de 1886.”
Con fuertes silogismos y citas escritúrales, el señor Macclure aseguró
que no estaba loco; y que el pastor Chapman no tenía un gran conocimiento de la palabra de Dios.
Puso a la vista en The Tablet los textos del Antiguo Testamento,
donde mostraba que la lepra, al ser siempre un castigo de Dios, era ir
contra la voluntad divina el tener piedad de los leprosos y el no dejarles
morir.
En cuanto al consejo de “id y haced lo mismo”, “cierto que yo no lo
seguiría —escribía—, porque es contrario a las obligaciones morales y
religiosas de la conciencia humana. Dios no nos ha dado la vida para
sacrificarla, sino para glorificarle”. Y Macclure quería quedar con vida
para continuar trabajando para la gloria de Dios.
Sus argumentos no parecieron muy convincentes, pues en menos de
ochos días el Reverendo Chapman recaudó 675 libras esterlinas (16.250
francos de aquel tiempo), suma considerable si se piensa que su parroquia
era pobre y que pedía limosna para un sacerdote católico. Dio las gracias a
los donantes en la siguiente circular inserta en The Tablet:
146

“Os anuncio que, habiendo recaudado 650 libras, cerraremos nuestra
primera lista de suscripción el próximo sábado. Os doy las gracias más
respetuosas por haber contribuido de este modo a la pequeña ofrenda que
tendré la dicha de mandar al santo sacerdote de Molokai. Toda discusión
con motivo de la sublime caridad que ejerce, sería sencillamente
irreverencia. Su vida hace que aparezca la nuestra como muy egoísta y
relajada, y constituye para nosotros un gran honor el poder presentar
nuestro homenaje a los pies de un hombre semejante. En cuanto a aquellos
que tengan algo que objetar, son mucho más de lamentar que él.
”Soy vuestro humilde servidor,
H.-B. CHAPMAN
”117, Camden Grove North Peckiam,
10 de noviembre de 1886.”
***
Los americanos, a quienes no era extraño nada de lo hawaiano,
imitaron la generosidad de los ingleses. Sus periodistas y sus médicos
venían con frecuencia a visitar Molokai.
El doctor G.-W. Woods, director del hospital de Brooklyn,
desembarcó allí en octubre de 1876:
“Todo un cortejo de leprosos a caballo —escribe— llegó a mi
encuentro, al mando del subintendente Ragsdale, también leproso, y del P.
Damián. Estaba entonces éste en todo su vigor y salud. Tenía una hermosa
cabeza, cubierta de cabellos negros en desorden, y un rostro sonriente y
dulce.
”—Este es mi trabajo aquí —me dijo enseñándome el lazareto—.
Tarde o temprano, he de volverme leproso, pero ¡pido a Dios que no sea
antes de haber entregado todas mis fuerzas a estos pobres niños!”
En 1883 decía Damián al doctor Kueln, otro médico americano:
“Personalmente, no tengo necesidad de nada. Pero, si queréis
complacerme, enviadme tela para vestir de nuevo a todos mis leprosos.”
No pensaba más que en ellos. En cuanto a él, estaba en tal momento
tan falto de todo, que ni aun tenía para franquear su correspondencia.
Después de su segunda visita al lazareto, Ch. W. Stoddard escribía:
“A mi paso, los leprosos se reunían para verme. Permanecían a
distancia, por miedo, sin duda, a contaminarme. Cada rostro nuevo que se
147

mostraba, sobrepasaba en horror al precedente. Es imposible que la
corrupción pueda ir más lejos con los vivos, y que la carne humana sufra
una transformación tan completa más allá de la tumba. La puerta de la
capilla se abrió y el Padre Damián apareció en lo alto de las escaleras.
Daba la impresión de un hombre que puede emprenderlo todo y llevarlo a
su perfección.”
Estos artículos y otros semejantes suscitaron para Damián numerosos
bienhechores en América. De todas partes le llegaron paquetes y cheques.
Un cura de Boston le envió un magnífico armonio. Los banqueros de
Portland le adelantaron fondos sin pedirle intereses. Este gesto generoso
les fue inspirado por Monseñor Groos, arzobispo del Oregón, que se daba
a sí propio el título de “hombre de negocios de los leprosos en los Estados
Unidos”, y lo merecía tanto como el Reverendo Chapman en Inglaterra.
El humilde religioso se había convertido, si vale la frase, en una
figura internacional. Se cantaban sus alabanzas hasta en la prensa alemana.
Un protestante, al regreso de Oceanía, escribía en 1883 en un periódico
berlinés:
“Ha sido un sacerdote católico el que se ha instalado en aquel
infierno de leprosos. Es el único en entrar y en permanecer allí, para proporcionar a estos desesperados los consuelos de la vida eterna. Viajeros de
todas las naciones, saludad cuando paséis ante la roca de Molokai/’
***
Esta celebridad le fue de gran ayuda. No sólo le procuró recursos
materiales, sino que le defendió contra los propósitos de sus enemigos. La
admiración universal de que gozaba le impidió ser sacrificado a la
incomprensión y a la envidia. Para decir verdad, si no se atrevieron a
arrancar a Damián de sus leprosos fue porque tal crueldad hubiera
sublevado a las gentes de buen corazón del mundo entero.
Entre los amigos que le protegieron y defendieron, la justicia quiere
que se nombre primero a aquel de quien dependía en último extremo, a su
Superior general, el Padre Silvano Bousquet. Las necias relaciones que
recibió no quebraron la confianza que había puesto en su religioso; comprendía a este gran hombre, y, contra viento y marea, le mantenía en su
puesto.
Mencionemos también al virtuoso Monseñor Maigret, que fue su
obispo hasta 1881, y al buen P. Modesto, que fue su Provincial hasta 1878.
148

Sin hablar del señor Mayer y demás personajes que hemos citado y
citaremos, hay que señalar todavía al señor Walter Gibson, presidente por
mucho tiempo del Comité de Sanidad, y durante algún tiempo, primer
ministro; y, en fin, varios miembros de la familia real, como las princesas
Liliuokalani y Kapiolani.
El rey Kalakaua viajaba entonces alrededor del mundo. Su hermana,
la princesa Liliuokalani, que ejercía la regencia, se aprovechó de su
interinidad para ir a ver a los leprosos y condecorar a su pastor.
El 15 de septiembre de 1881, la reina —que tal nombre llevaba en
ausencia del rey— se embarcó a bordo del vapor Lekua. Envuelta en un
largo manto negro, y perezosamente tendida sobre una estera, tenía junto a
sí a la princesa Likelike, su hermana, al honorable Kapena, primer
ministro, a las damas de honor y a los oficiales del ejército. Un niño de
sangre noble agitaba por encima de su cabeza un abanico. Los miembros
de su séquito y otros súbditos estaban respetuosamente a distancia. Cuando
quería conversar con alguno de ellos, le hacía una seña; éste se acercaba
arrastrándose sobre las rodillas y la reina le hablaba bondadosamente de su
salud, de su familia, del buen tiempo y de otras cosas parecidas. Pues tenía
un excelente corazón, y pasaba por ser la mejor mujer de su reino.
El vapor ancló a lo ancho de Kalaupapa. Barcos con flores
condujeron los pasajeros al puerto, que un muelle provisional, con
guirnaldas de flores y follaje, había transformado y embellecido.
Setecientos leprosos esperaban agrupados en la orilla. En el interior, dentro
de tierra, una amplia tienda, en forma de choza canaca, se había levantado,
a la que conducía un camino sembrado de flores. La reina se dirigió allí
pasando bajo numerosos arcos de triunfo, escoltada por setenta leprosos, a
los cuales un uniforme de circunstancias hacia parecerse vagamente a unos
soldados.
En medio de las ovaciones, se sentó en el estrado con su escolta.
Después, un coro de muchachas leprosas, vestidas de blanco y ceñidas con
cintas rosas y azules, avanzó para ejecutar una larga melopea indígena.
Algunas ocultaban sus manos, otras se colocaban de perfil para disimular
las llagas que las desfiguraban y otras conservaban su pañuelo sobre la
boca.
La reina miraba más que escuchaba. Veía rostros hinchados con ojos
medio cerrados, invadidos por costras negras y llagas supurantes, miembros mutilados, pies y manos gangrenados. Tales enfermos disimulaban
sus desgracias debajo de vendas manchadas de sangre; la mayor parte
mostraba sus úlceras como si no pensaran en ellas. La princesa reconoció a
149

muchas personas entre la multitud. Se echó a llorar. Las gentes del séquito
le imitaron. Los cantos acabaron en sollozos. Quiso hablar, pero las
lágrimas la ahogaban, y las palabras se le quedaron en la garganta. El
honorable Kapena, primer ministro, la sustituyó y pronunció un discurso
que emocionó todos los corazones.
Guiados por el señor Meyer y el P. Damián, el cortejo real recorrió la
leprosería. La reina quiso que le mostrasen todo: alojamiento, hospital,
orfanatos, iglesias, presbiterio, almacenes. Su noble corazón de mujer
comprendió la obra que Damián había realizado, y le entregó su amistad.
Y, sin embargo, la tristeza que de ella se había apoderado no la
abandonó en toda la jornada. Marchó con el alma desgarrada.
Ocurrieron escenas muy penosas, por la noche, en el embarcadero.
Los parientes de los enfermos, que acompañaron a la soberana, se arrancaban con trabajo de la mujer, del marido, de los hijos que se habían vuelto a
encontrar por un día. Una madre muy joven estrechaba en sus brazos al
hijo de diez años con la cabeza vendada. Hubo que separarla a la fuerza y
llevarla al barco. Por mucho tiempo, desde la popa del vapor donde estaba
hundida, miraba la orilla donde su niñito, encaramado sobre una peña, le
enviaba besos.
En el relato que del viaje regio hicieron, los periódicos exaltaron los
méritos del P. Damián:
“Este joven sacerdote es la gloria de Hawai —escribía uno de ellos
—. Su heroísmo es mayor que el de los mártires romanos. ¿Quién no estimaría como una ventaja el ser pasto de las fieras en la arena del circo a
estar obligado a vivir en la atmósfera envenenada de una leprosería?”
***
Puesto que Damián era “la gloria de Hawai”, convenía condecorarle.
Liliuokalani proveyó a todo. Puede creerse que la reina no fue nunca más
feliz que cuando firmó el siguiente diploma:
“KALAKAUA
Rey de las islas Hawai
A todos cuantos vieren las presentes, ¡salud!
Notificamos “haber nombrado
y por las presentes nombramos
al Reverendo Padre Damián
De Veuster
150

Caballero-Comendador
de nuestra Real Orden de Kalakaua,
y le autorizamos
para ejercer y gozar todos los derechos preeminencias,
privilegios que de derecho pertenecen a esta Orden, y a llevar
todas las insignias tales como han sido creadas por decreto.
En fe de lo cual hemos redactado estas cartas-patentes y hemos
mandado poner el sello de nuestro Reino.
Dado por nuestra mano en nuestro palacio de Honolulú, a
veintisiete de septiembre del año cristiano de mil ochocientos
ochenta y uno.
LILIUOKALANI
Regente
Por el Rey,
El canciller de la, Real Orden de Kalakaua,
J. DOMINIS”
Una carta le anunciaba al Padre que, de ahora en adelante, era
Caballero-Comendador de la Orden de Kalakaua:
“Reverendo señor:
“Deseo manifestar toda mi admiración por los heroicos servicios tan
desinteresados que rendís a los más desgraciados hombres de este reino, y
aportar, de algún modo, un homenaje público a la paciencia y caridad sin
límites con que trabajáis sin cesar en el alivio corporal y espiritual de todos
estos infortunados, privados fatalmente de los cuidados afectuosos de sus
padres y amigos,
“Sé muy bien que vuestros trabajos y vuestros sacrificios no tienen
más móvil que el deseo de hacer el bien a todos estos desgraciados, y que
no esperáis recompensa sino del gran Dios, nuestro Soberano Señor, que
os dirige e inspira. Sin embargo, para responder a mi deseo, os pido, mi
Reverendo Padre, aceptéis la condecoración de Caballero-Comendador de
la Real Orden de Kalakaua, como testimonio de mi sincera admiración por
los esfuerzos que hacéis para aliviar la angustia y suavizar por todos los
medios los sufrimientos de estos infortunados, como lo he comprobado
hace pocos días, en la visita que he hecho a la leprosería.
“Soy amiga vuestra,
151

LILIUOKALANI
Regente”
Nada en el mundo podía dejar más indiferente al P. Damián que una
condecoración. Él mismo tomaba la cosa como una broma. Enumerando a
Pánfilo las necesidades bajo las cuales sucumbe: “¡Añadid a esto —escribe
— el que, de dos a nueve, el señor Comendador ha de permanecer en el
confesonario!” Por lo demás, está dispuesto a llegar a ser Comandante o
Caballero de todas las Ordenes del mundo si ello pudiera ser útil a sus
leprosos.
Los mensajes reales a los que daba mayor aprecio eran más bien de
este género:
“Querido Padre:
”He recibido vuestras cartas. Por lo que se refiere a la estufa de
petróleo, no hemos visto a Gibson (primer ministro), que está muy ocupado en este momento. Yo creo que los vestidos para los hombres y las
mujeres os serán enviados el miércoles próximo. ¿Deseáis algo para
vuestra casa? ¿Queréis algunas plantas? ¿Que tal están las que os he dado?
¿Qué tal va el doctor?
“Muy sinceramente vuestro,
KAPIOLANI”
Damián respondió protocolariamente a la reina Liliuokalani que
aceptaba, “aunque indigno, de sus regias manos, el honroso título de Caballero-Comendador de la Orden de Kalakaua, como un testimonio de la
unión y del buen acuerdo que reina entre la Real Familia y la Iglesia
Católica”.
Terminaba con esta frase, que, sin duda, hubo de escribir sonriendo:
“Por lo que respecta a mi misión en Kalakaua, doy mi palabra de
honor de Caballero-Comendador de la Orden de Kalakaua, que consagraré
todas mis fuerzas al bien espiritual y temporal de los infortunados
leprosos.”
***
Quedaba por enviar oficialmente su condecoración al nuevo
dignatario y celebrar el acontecimiento con ceremonias apropiadas.
152

El anciano Monseñor Maigret pronto iba a retirarse, y acababan de
nombrarle un coadjutor en la persona de Monseñor K... Este nuevo obispo
fue el encargado, por la reina, de remitirle la alhaja. Él mismo ha contado
el viaje que hizo a Molokai y las manifestaciones que allí se desarrollaron:
“Cuando desembarcamos en Kaunakakai, al sur de la isla, a las dos
de la mañana, percibimos al P. Damián, que nos esperaba a la luz de la
luna. Nos condujo a la antigua casa de campo del rey Kamehameha V,
donde descansamos algo. Al despuntar el día, subimos a caballo, y tras dos
horas de camino a través de la árida campiña, llegamos a casa del señor
Meyer, que nos acoge con su familia y nos ofrece de almorzar.
“Hacia las diez y media, montamos a caballo y llegamos a la cima de
la gigantesca montaña que cae sobre la leprosería. Es el momento de
exponer la persona y de caer rodando por los famosos Palis. Devolvemos
los caballos y la mula al criado del señor Meyer, y después, cargados con
nuestros equipajes, nos lanzamos al descenso en pleno mediodía. Este
peligroso ejercicio dura una hora y cuarto. Era menester agarrarse a las
peñas y a los árboles, dejarse deslizar de espaldas y evitar los abismos
donde, algunas semanas antes, todo un rebaño de bueyes había perecido.
Viéndome incapaz de llevar mi equipaje, el P. Damián, que es fuerte como
un turco, cargó con él.
”...Fuimos recibidos al pie de la montaña por la banda y un pelotón
de setenta jinetes, llevando cada uno una banderola; nos condujeron con
música a Kalawao, a dos kilómetros de allí.”
Habla mucho Monseñor de las ceremonias civiles y religiosas que
señalaron esta memorable jornada. Se podrá dar uno idea, sin que describamos a nuestra vez las guirnaldas de flores, las cabalgatas, los gritos de
júbilo de la multitud, en donde católicos y protestantes estaban mezclados,
la lectura de la carta de Liliuokalani, la del diploma, y, finalmente, el
instante solemne en que en un desencadenamiento de gritos entusiastas,
fueron prendidas las insignias de la Orden de Kalakaua en el pecho del P.
Damián. La ceremonia se celebró bajo un arco de triunfo de cuatro caras,
como rara vez se había visto en el lazareto.
Los periódicos de Honolulú sonaron la trompeta de los días grandes,
para celebrar la gloria del Padre de los leprosos.
“Estamos tanto más contentos de lo que acaba de pasar —escribía el
Monitor del Comercio—, que la reina, a pesar de su celo protestante, no
teme elevarse por encima de la gritería de algunas pandillas o grupitos para
153

rendir justicia al mérito de un sacerdote católico. ¡Que este hombre
abnegado pueda quedarse siempre con nosotros y gozar por mucho tiempo
aún de los honores que tan legítimamente ha conquistado!”
Estos “honores tan legítimamente conquistados” no transformaron la
cabeza del P. Damián.
El mismo día en que se la entregaron fue necesario una orden de
Monseñor para obligarle a dejársela prendida en el pecho hasta la noche. A
Clifford, que se asombraba de no vérsela: “Esto humillaría demasiado a mi
vieja sotana remendada”, decía. Sin embargo, los días de la fiesta nacional
se prendía su cinta, bien para testimoniar su lealtad hacia las autoridades
hawaianas, o mejor para agradar a los leprosos, a quienes eso les
complacía. “Al verdadero mérito —escribe a este propósito el P. Jourdan
—, el apóstol añadía la humildad que le aureola.” ¡Es cierto! Pero este acto
de virtud fue, seguramente, de los que le costaron menos.
***
Pronto tendrá ocasión de emplear esta virtud,
“Los prejuicios, rencores y pequeñez de espíritu de cierta chusma”,
para hablar como el Monitor del Comercio, trabajaban de nuevo a expensas suyas. Desde este momento, las persecuciones habían comenzado.
Y, por añadidura, iba a convertirse en leproso.

154

Tercera parte
EL PADRE DAMIÁN, LEPROSO

155

CAPÍTULO PRIMERO

Atacado a su vez

Los progresos de la lepra son lentos, y con dificultad se revelaban
por entonces.
Se ignora cuándo recibió Damián las primeras embestidas del mal de
que murió.
Tal vez haya que remontarse a los tiempos en que estaba en Kohala.
Ya por entonces el contacto con los leprosos le causaba “una especie de
comezón o de quemadura” en la cara y en las piernas.
En los primeros años de su estancia en Molokai los mismos
fenómenos se renovaron con más frecuencia e intensidad. Reflexionando
más tarde sobre ello, Damián creía que la aparición del mal se remontaba a
esta época.
En 1874 sintió un dolor sordo en los pies. De tal manera le
quemaban, que el Padre, agitado y febril, no podía dormir sino después de
haberlos metido en agua fría, dejándoles al descubierto durante la noche.
A partir de 1876, sus brazos y espalda se cubrieron de manchas secas
y amarillentas, que se atenuaban cuando el Padre bebía zarzaparrilla y
reaparecían cuando dejaba de beberla.
En junio de 1878, sus superiores le tuvieron como atacado ya por la
lepra. “La leprosería está confiada a la abnegación del P. Damián, también
leproso”, escribe el P. Modesto al General.
En enero de 1879, Damián se considera perfectamente curado: “Mi
salud es muy buena —escribe al General—, y todo mal síntoma ha desaparecido.”
En este año tuvo una recaída alarmante, pues quince meses más
tarde, el 6 de abril de 1880, el P. Regis, Viceprovincial, se siente feliz
enviando al P. Superior de París: “Una buena noticia: el P. Damián no está
leproso. Su enfermedad, según dice un médico inteligente, que le conoce
bien, no era más que una erupción de la sangre. Y ha desaparecido por
completo.”
156

Era esto tan poco cierto, que, en el otoño de 1881, le volvieron los
dolores violentos en el pie izquierdo. Se extendieron, al año siguiente, por
toda la pierna, y el Padre sufría horriblemente del nervio ciático hasta
1885. Mientras tanto, la insensibilidad alcanzó al lado interior del pie izquierdo.
En diciembre de 1884, Damián realizó una experiencia que le sacó de
la incertidumbre. Metió los pies en agua, que no sabía que estaba hirviendo, y no sintió dolor alguno. Tan sólo cuando los retiró aparecieron en
ellos grandes ampollas y la piel se caía a tiras.
¡No había duda! Tenía la lepra.
El célebre doctor Arning, de paso en Molokai, hubo de ser
consultado. Con ayuda del microscopio y con los medios entonces en uso,
el médico reconoció la presencia del bacilo de Hansen en los tejidos
sospechosos. Titubeaba en dar a conocer su diagnóstico, pero el Padre le
animó.
—Lo que suponéis es cierto —dijo el doctor—. También estáis
atacado.
—Siempre lo había estado esperando --respondió Damián—. Y desde
hace algún tiempo estaba seguro de ello.
El mal progresó rápidamente. Los tubérculos iban invadiendo la oreja
izquierda, hinchándola y alargándola desmesuradamente. Se le cayeron las
cejas. Sus manos valientes y su hermoso rostro iban a cubrirse de
hinchazones y llagas.
“Muy pronto he de estar desfigurado por completo —escribía a su
obispo-. Pero estoy tranquilo, resignado y muy dichoso en medio de mi
pueblo.”
Y a su nuevo Provincial, el Padre L...:
“No hay duda por lo que a mí concierne; estoy leproso. ¡Bendito sea
Dios! No me compadezcáis demasiado. Sólo os pido una gracia: la de
enviarme alguien a esta tumba que pueda ser mi confesor.”
Estaba, efectivamente, como emparedado en una tumba, ya que el P.
Alberto había partido sin que le hubieran reemplazado, y un reglamento
inflexible prohibía a cualquier leproso el salir de la isla, aunque fuera por
unas horas.
En cuanto a saberse condenado a una muerte cercana, Damián no se
afligía mucho. Se dedicaba a consolar a los demás del mal que le atacaba:
157

“Mi Reverendísimo Padre —escribe a su General—: No os apenéis
porque uno de vuestros hijos esté condecorado, no sólo con la Real Cruz
de Kalakaua, sino aun con la cruz más pesada y menos honrosa de la lepra.
Es una consecuencia prevista de mi larga estancia en ésta. Mi constitución
robusta ha resistido durante mucho tiempo. Va minándose ahora que los
bacilos han invadido mis miembros. Pero aún estoy en pie, y, cuidándome
algo, continuaré trabajando como de costumbre.”
***
Extendida muy pronto esta noticia por ambos continentes, consternó
a sus amigos, que redoblaron el afecto y generosidad hacia él. Apesadumbró también a sus enemigos, para quienes su gloria era un tormento.
Declararon que su enfermedad era el resultado de su imprudencia y de su
falta de higiene.
En parte, tenían razón, pues Damián había cometido una seria
imprudencia con ir y quedarse en Molokai.
En cuanto a la falta de higiene, es posible que, por falta de tiempo, el
Padre abandonara, poco a poco, las precauciones que primeramente se
había prescrito. En los comienzos, prohibía el acceso a su casa de los
leprosos, y tomaba grandes cuidados de limpieza. Después, el temor de
contristar a sus hijos mostrándose con muchas precauciones, y un poco de
escepticismo también, en cuanto a las posibilidades que tenía de escapar al
contagio, le harían más negligente.
En su Memoria de 1886, decía que, a su parecer, “la lepra se contrae
por la inoculación y la respiración”.
¿Cómo iba a preservarse él, que todo el día cuidaba a los leprosos,
los confesaba, los administraba, vivía y trabajaba con ellos? Respiraba su
aliento, tocaba sus llagas, manejaba sus útiles, y ellos los suyo». Sin cesar
se cortaba y pinchaba, se desollaba las manos al aserrar, acepillar,
escuadrar, clavar, como lo exigía el oficio de carpintero y de constructor
que ejercía a la par con sus demás trabajos.
“Tenía la costumbre de fumar —cuenta un testigo— y de cuando en
cuando dejaba su pipa sobre el banco de carpintero. Los leprosos que trabajaban con él, o los niños que le rodeaban, aprovechaban la ocasión para
dar unas cuantas chupadas.” ¿Podía impedírselo con decirles que podían
inocularle?
***
158

A su hermano Pánfilo, también enfermo, le comunicó Damián la
verdad con palabras encubiertas.
“Me ha conmovido mucho el saber vuestra enfermedad. Me decís
que parece degenerar en consunción. ¡Quiera Dios que no ocurra tal! En
cuanto a mí, no puedo ocultaros por más tiempo que estoy amenazado con
un mal aún más terrible. La lepra, según sabéis, es contagiosa. En realidad,
estoy tan robusto como me conocisteis. Pero, desde hace tres años, mi pie
izquierdo ha perdido toda sensibilidad. Tengo en el cuerpo como un
veneno que amenaza contaminar todo el organismo. No lo digamos muy
alto (el verdadero texto, dice: “No mintamos sobre esto”), y roguemos uno
por el otro.”
A su anciana madre se limita a decirle que no es más que algo de
“inflamación”.
Su carta está en francés.
“Queridísima madre: Perdonadme que no os escriba en flamenco. No
he olvidado nuestra hermosa lengua materna, pero las palabras no me
vienen tan fácilmente, y es ésta la razón por la que he tardado tanto en
daros noticias mías.”
El año anterior, había tenido que hacer un trabajoso borrador antes de
redactar, para su madre, una carta en flamenco.
“Perdonadme el que os escriba muy rara vez. A medida que avanzo
en años, estoy cada vez más ocupado con los deberes de mi ministerio y el
cuidado de mis enfermedades. A Dios gracias, mi salud es pasable; soy
aproximadamente el mismo, salvo la barba, que tiene un dedo de larga y
comienza a blanquear.
”Estoy siempre en medio de setecientos u ochocientos leprosos. He
llenado ya un cementerio de muertos; muy pronto, por falta de sitio, deberemos cavar más hacia adelante y poner los féretros unos sobre otros...
”¡Ah!, ¡si vierais qué música tan bonita se toca en mi iglesia! ¡Venid
a oírla, queridísima mamá, y venid a pasar vuestros últimos días cerca de
mi! Me ayudaréis en la cocina. Aquí no falta de nada. Hay buen café,
huevos, aceite de Contamor...
”La noche última, una terrible tempestad ha sacudido mi casa.
Incapaz de dormir, he querido escribiros primero. Pero el viento se llevó la
mitad del techo y hube de dejarlo para hoy.
”Desde hace dos meses estoy un poco malucho. Se debe a que, al
volver al lazareto en una barquichuela que no podía abordar, tan fuerte estaba el mar, que el capitán me dejó, no lejos del puerto, sobre una peña, y
159

hube de ganar la orilla a nado. Volví calado, y desde entonces tengo un
fuerte reuma.
”Más daos cuenta que aún he tenido otro accidente. Al querer tomar
un baño de pies, cometí la imprudencia de meterlos en agua casi hirviendo,
y se me quitó la piel. Pero ya se está curando, comienza a desaparecer la
inflamación y pronto estaré sano. Mientras así ocurre, me cuesta trabajo
decir misa, debo sentarme para predicar, y a falta de poder andar, voy en
coche. Así que, en medio de mis enfermos, juego yo también un poco al
enfermo.
”Y vos, queridísima madre, ¿qué tal estáis? ¿Todavía marchan bien
esas piernas?... Parece ser que Leoncio ha hecho preparar, en el segundo
piso, una bonita habitación para alojar al Padre Pánfilo cuando va a veros.
Tal vez ha pensado también en Jef...
”Un médico me ha aconsejado que vaya a respirar un poco el aire de
mi tierra. ¿Pero qué iba a ser de mis pobres hijos? ¡No! Puesto que estoy
siempre en situación de poder hacer bien, me quedaré en mi puesto hasta
que muera. No nos volveremos a ver nunca aquí abajo, sino que nos
encontraremos en el cielo, donde no habrá jamás separación.’'
***
La señora De Veuster murió al saber que su hijo estaba leproso.
Viuda desde hacía trece años, había cumplido noventa y tres. Su
salud declinaba. La familia consiguió al principio ocultarle la terrible noticia. Pero los periódicos la habían extendido, y una comadre —si no fue un
charlatán— se la reveló. Lloró por largo tiempo, y dijo:
—¡Bien! Pues yo partiré con él al cielo.
Ella no leía, pero se hacía leer lo que escribían los periodistas. ¿No
hubo uno que decía: “que las carnes del sacerdote leproso de Molokai se le
caen a trozos del cuerpo”?
Este sacerdote, a quien se le representaba desfigurado y podrido, era
carne de su carne, aquel guapo muchachote tan cariñoso, su hijo más
amado. Porque ella le adoraba; guardaba en un cajón las cartas más
pequeñas, como si fuera un tesoro. Ahora se le imaginaba abandonado
sobre una roca en el océano, muriendo de las torturas, sin un beso, sin una
palabra de ternura, privado de toda ayuda.
Su viejo corazón no pudo resistir golpe semejante. Se abandonó, y se
dispuso a partir para la celestial cita que le daba su hijo. El 6 de abril de
1886, por la mañana, sintió que iba a morir, y pidió que no la dejaran sola.
160

Continuó murmurando plegarias, y repetía las oraciones y
jaculatorias que le sugerían. Hacia las cuatro de la tarde, volviendo por
última vez los ojos a una imagen de la Virgen, y después hacia el retrato de
San José, colgado de la pared, inclinó de este lado la cabeza y rindió
suavemente el último suspiro.
Dutton estaba presente cuando recibió Damián la triste nueva.
—José, ¡rogad por mi madre viejecita! —dijo sencillamente el Padre.
“Su dolor no fue muy expansivo —añade Dutton—. Creía que su
madre, después de haber cumplido todos sus deberes, había ido al cielo.” Y
sabía que no tardaría mucho en reunírsele.

161

CAPÍTULO II

Últimos trabajos

Lejos de disminuir su ardor, la enfermedad pareció acrecentarle. Se
diría que el tiempo le urgía, que antes de abandonar este mundo quería terminar lo que le quedaba por hacer, para bien de los leprosos.
Ahora que andaba con trabajo, iba a caballo o en coche, guiado o
conducido por el viejo “Guillermo”.
“Estoy un poco desfigurado —escribe—, pero la lepra no me ha
atacado aún las manos.”
Trabajaba manualmente, como en los días pasados.
A decir verdad, había llegado a ser el director efectivo de la
leprosería. Que estuviera presidido por el señor Gibson, o, a partir de junio
de 1887, por el señor Trousseau, el Comité seguía sus inspiraciones.
***
En enero de 1886 se logró consignara en una Memoria las lecciones
de su larga experiencia. Este trabajo le costó gran esfuerzo: “Estoy
enfermo y abrumado de menesteres —le dice al Secretario del General—;
deshago mi vista escribiendo cartas absolutamente necesarias y recitando
mi breviario durante la noche.” Y lo hacia del mejor modo: “Por el honor
de la Misión, he puesto en ello todo mi poco talento.”
Este informe es un documento de unas cincuenta páginas, redactado
en inglés, que abarca los ocho capítulos siguientes: I. “De las ventajas de
una buena nutrición. — II. “De la necesidad del agua potable”. — III.
“Que los leprosos deben estar bien alojados”. — IV. “Que deben tener vestidos limpios y de abrigo”. — V. “De la utilidad de los ejercicios
corporales”. — VI. “Que es justo y útil el dejar a los esposos encontrarse
en el lazareto”. — VII. “De los buenos efectos de la moralidad y de las
consecuencias funestas del libertinaje”. — VIII. “Del juicioso empleo de
los medicamentos”.
162

Tiene, además, un apéndice que trata “de la propagación de la lepra”.
El autor indica que, de diez de sus enfermos, nueve han presentado síntomas de sífilis antes de contraer la lepra. En cuanto a los demás —dice—,
“afirmo que se han vuelto leprosos sin ser sifilíticos. Su mal se debe al
contagio que han conseguido por inhalación o por inoculación”.
Esta Memoria está llena de sentido común, de humildad y de caridad.
Su tono es perfecto. El autor es un hombre honrado que dice la verdad sin
atenuarla ni exagerarla; es un espíritu ponderado que trata de probar lo que
afirma, procede con orden, y sólo se propone hacer cosas factibles; es
también un ser heroico que no tiene en cuenta para nada sus esfuerzos y se
muestra dispuesto a sacrificar cien veces su vida para que en el porvenir
los leprosos no sean tratados como parias.
El Comité siguió la línea de conducta que trazaba la Memoria. Desde
que el mundo entero tenía los ojos fijos en Molokai, el Gobierno de Hawai
cada vez estaba más obligado a realizar su deber en favor de los leprosos.
Damián acabó por obtener aproximadamente todo cuanto reclamaba.
***
En 1887 el Comité le proporcionó con qué construir dos grandes
dormitorios de madera para sus huérfanos. “Son —dice él— los edificios
más grandes y más limpios de toda la leprosería.” Cada uno de ellos podía
abrigar un centenar de niños. En seguida construyó comedores de idéntica
proporción.
Si los leprosos de Kalawao no carecían de agua potable, gracias al
depósito y al canal que Damián había construido en tiempos, los de Kalaupapa no la tenían. Les era forzoso ir a buscarla a una legua de distancia. En
1886 el Padre descubrió dos manantiales cuyo caudal podía alimentar toda
la leprosería. Uno estaba en Paihamau y el otro en Wailuku. Realizó
estudios, planos, sugestiones, instancias. El comité concedió un crédito de
35.000 dólares. El 6 de mayo de 1887 el señor Meyer anunció que se podía
comenzar la instalación: “El agua vendrá de Wailuku, y así nunca faltará.
Dentro de poco las tuberías llegarán de San Francisco. He pedido ya seis
pares de bueyes para que realicen las obras.” Damián arrastró a los más
fuertes para la obra, y en poco tiempo todo quedó acabado.
Entretanto, se introdujo un nuevo tratamiento de la lepra en el
hospital de Kakaako, cerca de Honolulú. Era una invención de un médico
japonés, el doctor Goto. Tal remedio prometía ser más eficaz que las
163

píldoras Hoang-Nan. De hecho, aliviaba, pero no curaba. Damián le
estudio de cerca:
“Consiste —escribió— en tomar cada día diez baños calientes en los
que se ha vertido una cierta solución, y en tragar, en cada comida, un gramo de unas determinadas píldoras, y, una hora después, una onza de cierta
tisana. El Comité me ha provisto de una bañera y un calienta-aguas, y he
ensayado este procedimiento desde hace algunas semanas, con unos
cincuenta de mis hijos, y todos sentimos un gran alivio.” Efectivamente, le
volvieron el apetito y el sueño, y cesaron sus dolores.
Con la prisa de que se aprovecharan de este medicamento los
leprosos, proyectó el plan de un establecimiento que pudiera acoger a cien
enfermos, e hizo llegar su proyecto al Comité. Preveía una sala para las
calderas de vapor, quince bañeras, dos salas de baño de once metros por
tres, un comedor de veinte metros por seis, una cocina de siete metros por
cinco, seis dormitorios de trece metros por seis, sin contar con otra gran
sala de baño a disposición de los leprosos de fuera. Todo ello ocuparía un
recinto de ciento treinta metros por ciento diez, al este de su presbiterio.
El señor Gibson le escribió el 10 de agosto de 1880 que sería muy
feliz con ayudarle en su proyecto, y que bastantes médicos japoneses
acababan de llegar. Pero, el 6 de diciembre, le comunicó que el Comité
retrocedía de momento ante los gastos. “Si encontráis —añadía— el medio
de utilizar los edificios existentes, estamos dispuestos a ayudaros.”
Ni que decir tiene que el Padre consiguió sacar partido “de los
edificios existentes”. Allí instaló “una hermosa sala de baño, donde él
mismo y un centenar de leprosos” siguieron el tratamiento del doctor Goto.
***
Damián acabó como había comenzado. Antes de que sus manos
estuvieran fuera de servicio, construyó una última iglesia.
Desde hacía mucho tiempo meditaba el sustituir la capilla del
Hermano Bertrán por un edificio menos mezquino. Todo concurrió para
que, en 1888, realizara su sueño.
Este año, el huracán del que ya hemos hablado echó abajo el
campanario de Santa Filomena. Por otra parte, le llegaron de América dos
tabernáculos monumentales, uno para Kalawao y otro para Kalaupapa, que
pedían ser encuadrados convenientemente:
“Acabamos —escribe a uno de sus bienhechores— de colocar el
tabernáculo de Kalawao sobre una fábrica de albañilería de tres pisos
164

cuadrados. Era muy pesado para nuestras fuerzas, y nos ha costado mucho
trabajo asentarlo allí. El retablo llega hasta el techo. Si consigo terminar el
altar que ha de encuadrarlo, tendremos una cosa soberbia. Nuestros
leprosos están admirados y se maravillan, al ver la delicadeza de ejecución
que han llegado a conseguir vuestros obreros americanos. Como el altar
ocupará mucho sitio, y el número de mis fieles aumenta sin cesar, debería
agrandar considerablemente mi iglesia. Felizmente, aunque cubiertas de
llagas, mis manos todavía pueden servir.”
Los americanos habían proporcionado el tabernáculo. Los ingleses
construirían la iglesia.
Damián no se atrevía a pedir al Reverendo Chapman que interesara a
sus correligionarios en una obra tan católica. Le rogaba únicamente... que
interesara al Cardenal Manning.
El Cardenal dio su bendición, y, una vez más, fue Chapman quien
reunió la suma necesaria. Los donativos de los protestantes se mezclaban
ampliamente con los de los católicos. Pero el cura de San Lucas tenía que
tranquilizar a Damián sobre las intenciones de sus correligionarios herejes:
“Este dinero —le escribía— está destinado a la erección de una capilla
para vuestros leprosos católicos y la emplearéis como queráis. Los que os
lo dieron están muy contentos con testimoniaros así su respetuoso cariño.”
El P. Jourdan se pregunta si los ángeles no vinieron esta vez a ayudar
al P. Damián a construir su iglesia, pues la iglesia se edificó
rapidísimamente.
La había querido de piedra, estilo ojival, con una torre cuadrada,
coronada con una balaustrada y un techo de hierro. No había más que un
obrero especializado en albañilería, que también era leproso, como lo eran
todos aquellos que arrancaban las piedras, los que las acarreaban, los que
amasaban el mortero y aquellos que, finalmente, le ayudaban en la
carpintería.
Ocurrió una desgracia cuando se trató de trasbordar las piezas
metálicas que venían de Inglaterra. Zozobró la embarcación y todo cayó al
mar. El P. Damián hubo de sustituir el techo de hierro por uno hecho a la
ventura. Uno de sus colegas le sorprendió en este trabajo:
“Con la mayor estupefacción le vi sobre la nueva iglesia, que está
próxima a techar, dando órdenes a los albañiles, a los obreros y a los carpinteros. Y, sin embargo, tiene el aspecto de un verdadero leproso, con su
rostro hinchado, sus orejas alargadas, sus ojos enrojecidos y su voz ronca.
Pero trabaja como si no estuviera enfermo, y no se parará hasta que caiga.”
165

Esa fue su última construcción. La terminó poco antes de su muerte,
y aún sigue en pie en Molokai. Las transformaciones de los cincuenta
últimos años la han respetado.
***
Dutton, su auxiliar de los últimos años, escribe:
“Sintiendo que su fin se acercaba, y viendo tantos trabajos
comenzados sin terminar aún, el Padre tensó todos sus músculos para
conseguirlo. No es dudoso que los inauditos esfuerzos de los últimos
meses aceleraran los estragos de la lepra y apresuraran el fatal desenlace.”
No descansaba de ninguno de los deberes de su ministerio sacerdotal.
La siguiente carta muestra lo que fue para él la fiesta de Navidad de 1886:
“La víspera, a las cinco de la madrugada, tomé mi baño terapéutico.
”A las seis, parto para Kalaupapa. Digo la misa, predico, después
escucho las confesiones hasta las once y media, siempre en ayunas.
”Vuelvo entonces a Kalawao, desayuno, entro en seguida en el
confesionario y allí estoy hasta las siete.
”Rezo mi breviario. Tomo una taza de café, y, a las nueve, vuelvo a la
iglesia, donde me esperan los niños y los jóvenes para el examen general
del catecismo, que dura hasta las once y media.
”A las doce comienza la misa mayor, en la que predico un sermón de
media hora.
”A las cuatro de la mañana estoy de vuelta en Kalaupapa para cantar
allí la segunda misa y predicar un nuevo sermón. Después de lo cual,
administro el bautismo solemne a algunos catecúmenos.
”A las nueve celebro mi tercera misa en Kalawao, pero esta vez ya no
podía más y fue uno de mis buenos catequistas quien me reemplazó para el
sermón.
”Después de lo cual, hube de pensar en preparar la comida de
Navidad.”

166

CAPÍTULO III

Los amigos

En 1870, Damián se felicitaba al ver que en el lazareto todos le
querían.
Más tarde, a medida que trabajaba para reprimir las revueltas y
orgías, se creo enemigos quo veían en él al comisario de policía más que al
hombre y al sacerdote. Pero “estos malhechores y estos crápulas”, para
hablar el desaprensivo lenguaje del leproso Hutchison, no formaron sino
un pequeño grupo.
Este clan de oposición perdió todavía más su eficacia cuando el
Padre contrajo la lepra. Las últimas hostilidades se fundieron. Aun
aquellos que entre los protestantes y los mormones eran sus adversarios, se
acercaron a él ofreciéndole su amistad y sus servicios. Sólo quedaron un
antiguo clérigo y algunos libertinos que continuaron combatiéndole desde
lejos y calumniándole. Veremos cómo el fango que le arrojaron fue más
tarde recogido cuidadosamente y utilizado.
***
La nueva de su enfermedad aumentó más aún el cariño de sus amigos
y le atrajo varios colaboradores.
Entre aquellos cuya amistad le proporcionó un consuelo mayor, hay
que citar a dos protestantes ingleses: Chapman y Clifford, dos legos americanos: Dutton y Sinnet, y, finalmente, un sacerdote valón, que hay que
poner aparte: el abate te Lambert Conrardy.
EL REVERENDO CHAPMAN
Para juzgar de la nobleza y bondad del Reverendo Chapman, basta
con leer sus cartas.
“4 de febrero de 1886
167

Reverendo Padre en Jesucristo:
Os escribo con toda humildad para ofreceros mi profunda y
respetuosa simpatía, a vos, a quien un mal terrible clava en la cruz.
Si el dinero puede conseguir algún alivio a los que cuidáis, en
seguida haré que se recauden quinientas libras y os las enviaré.
No soy más que un ministro de la Iglesia anglicana, pero
vuestro ejemplo predica más en favor de vuestra Iglesia que los más
hermosos discursos, y Dios se ha servido de ello para adentrarme
más en la vía del sacrificio, en la que el P. Lacordaire me había
introducido. Me arrodillo a vuestros pies y os ruego que pidáis por
mí. Con las de mi madre, son vuestras oraciones en las que más
confío. Pido a Dios cada día que no retarde en poner fin a vuestros
sufrimientos y daros la corona que merecéis. En la eternidad estaré
muy alejado de vos para veros, pero en los atrios exteriores, donde
me hallaré, habré de alegrarme con vuestra dicha.
Agradeced esta carta como un débil homenaje de mi cariño
hacia vos, que me habéis revelado lo que es el heroísmo.”
Damián le contestó el 26 de agosto siguiente:
“Querido y Reverendo señor:
Bendigo a Nuestro Señor por haberos dado, por el ejemplo de
un pobre sacerdote que no cumple más que con su deber, la
inteligencia de la dulzura del sacrificio. El Santo Sacramento es
quien nos enseña a renunciar a toda humana ambición. Sin él, no hay
duda que no hubiera perseverado en mi resolución de compartir la
suerte de los leprosos. Ahora ha sucedido lo que se preveía: los
efectos de la lepra comienzan a manifestarse en todo mi cuerpo. Pero
la Santa Comunión hace que me sienta dichosísimo en la situación
algo excepcional en que Dios me ha colocado.
...Tengo aquí un antiguo miembro de la Iglesia episcopal de
América que se ha hecho católico. Como un buen hermano
compasivo, sin ninguna retribución, me ayuda a cuidar a los
leprosos. Él también encuentra su confortación en el Santísimo
Sacramento. Os suplico me permitáis que ruegue para que vos y yo y
todos los vuestros, reunidos en la misma fe y en la misma iglesia,
recibamos un día la misma corona.
168

Aquí hay, por lo menos, seiscientos leprosos, para los que el
más pequeño socorro que enviéis será un verdadero beneficio. En
cuanto a mí, habiendo hecho voto de pobreza, ya sabéis que no tengo
necesidad de nada.
Que la bendición eterna de Dios sea sobre vos, sobre vuestra
familia y sobre todos aquellos que consientan en socorrer a mis
pobres hijos.
De Vd. muy afectuosamente.”
Tres meses más tarde, Chapman envía un nuevo donativo de 975
libras esterlinas con estas deliciosas líneas:
“Mi querido Padre:
...Adjunto encontraréis una pequeña cantidad (24.375 francos
oro) que algunos cristianos me han encargado enviaros y que os dan
las gracias porque os dignéis aceptarla. Piensan que el mejor modo
de seros agradable y de hacer brotar una sonrisa en vuestros labios,
es ayudaros a aliviar a vuestros leprosos. Os dejan en libertad absoluta para disponer de este dinero como os plazca.
...Que esta florecilla amorosa que os envía Inglaterra logre
esparcir a vuestro alrededor su perfume. Y que pueda probaros el
cariño de los que os la envían y esperan encontraros en el Cielo.
Vuestro amigo que os quiere,
HUGO B. CHAPMAN”
Si hubiera sido por Chapman, todo el Imperio británico hubiera
acudido en ayuda del P. Damián. No contento con escribir a The Tablet, se
dirigió al director del Times:
“Señor:
Gracias a los periódicos se conoce la obra del P. Damián y se
sabe a costa de qué precio ha pagado su abnegación por los leprosos.
Habiendo hecho voto de pobreza, no pide para él, pero acepta
voluntariamente todo cuanto se le envíe para sus enfermos. Con la
aprobación del Cardenal Manning, dirijo este llamamiento a la generosidad de vuestros lectores. Recibiré con reconocimiento lo que
169

buenamente quieran enviarme y yo lo transmitiré al P. Damián. Sólo
siento que no tenga un intérprete más digno que yo.
“Queda de Vd. atento servidor,
H. B. CHAPMAN”
El Times insertó la carta y provocó numerosas suscripciones.
Este noble corazón hubiera querido hacer aún mucho más:
“Hubiera deseado ofreceros mis servicios, pero creo que la
voluntad de Dios es que yo permanezca con los pobres entre los
cuales vivo. Y aun cuando yo sea también muy pobre para ayudaros,
no tengo ánimo para abandonarlos. Sin eso, hubiera ido a reunirme
con vos y os hubiese cuidado hasta vuestra partida para el cielo.
...Ya sé que, para vos, no formo parte de la Iglesia. Nada hay,
sin embargo, que pueda impedirme arrodillarme a vuestros pies,
como un humilde discípulo ante un eminente siervo de Dios.
Permitidme que me llame amigo vuestro, amigo que os quiere.
H. B. CHAPMAN”
EDUARDO CLIFFORD
Clifford era un inglés de situación acomodada, artista y hombre
culto, que ordinariamente ocupaba sus ocios pintando.
“Fue en la primavera de 1887 —cuenta él— cuando una revista me
dio a conocer la existencia del P. Damián. Inmediatamente me interesó su
caso, y resolví, al regreso de mi próximo viaje a la India y a las Montañas
Rocosas, el pasar por Molokai. Bien sabe Dios, hasta entonces, cuán separado estaba yo de la Iglesia romana y de sus sacerdotes célibes. Cuando
niño, miraba a los católicos como gentes malas destinadas a ir al infierno.
Cuando veía a una religiosa, temblaba por miedo a que me atrapara para
quemarme vivo.”
Clifford llegó a la leprosería el 17 de diciembre de 1888, y pasó
quince días allí, y al mes siguiente se instaló en Honolulú y redactó su
Father Damien, que apareció de allí a poco.
“No pude desembarcar en Kalaupapa —nos cuenta—, pues el mar
estaba enfurecido. El barco me dejó en una peña, frente a Kalawao, desde
donde vi, sentado en la orilla, en medio de una veintena de leprosos, al P.
Damián, cubierto con un ancho sombrero de paja. Aprovechando una
pausa, me lancé..., me tendió la mano para ayudarme a escalar el
170

acantilado, y en seguida me llamó por mi nombre. En el primer momento,
estas trescientas casitas blancas que se desparraman en la luz al pie de los
negros Palis, forman un hermoso cuadro. Pero en seguida os gana la
tristeza. Estáis en el valle de la muerte. Al ver estas casas blanquitas
donde, como gusanos en una tumba, la lepra devora a sus víctimas, se
piensa en los sepulcros blanqueados del Evangelio.”
Llegó el viajero cargado de regalos, unos en dinero, otros en especie.
Lady Mount Temple enviaba un grabado del Buen Pastor; la honorable
Maud Stanley, un Vía Crucis; Lady Charteris, una soberbia linterna mágica
que proyectaba escenas bíblicas y un organillo que tocaba cuarenta piezas
distintas; el pintor Burne-Jones, una de sus acuarelas, representando a San
Francisco de Asís con los estigmas. “Vale 500 dólares”, decía Clifford al
Padre, que no podía creerlo.
“El día de Navidad le entregué las Oracione del Padre Faber,
donativo de los hijos de Lady Grosvenor. Le gustaban mucho los niños, y
me dijo, enternecido, que ese libro lo consideraba precioso y que se
serviría de él muy a menudo.”
El valiente Clifford también traía de la India una carga entera de
aceite de gurjín, del que esperaba maravillas. Este aceite, con el que se
friccionaban el cuerpo los leprosos de las islas Adaman, pasaba por ser
muy benéfico.
No queriendo contristar a nadie, el Padre siguió el tratamiento, y
declaró que le hacía mucho bien. Sus pulmones estaban ya atacados y se
quedó afónico. Se esforzaba por cantar una canción entera para mostrar
que la voz comenzaba a volverle.
También consintió en servir de modelo al artista.
Las sesiones se celebraban en el presbiterio, en el balcón del primer
piso:
“A la sombra de una madreselva florecida que daba sobre los dos
cuartos que formaban la habitación del Padre —uno, la alcoba: el otro, su
gabinete de trabajo, donde tenía, en tablas fijas en el muro, un mapamundi
y libros—, allí es donde pasé mis mejores momentos.
”Este hombre, alto y vigoroso, de cabellera negra y rizada, de barba
corta y grisosa, debió haber sido imponente. La lepra comenzaba a desfigurarle, pero no hasta el punto que no agradara contemplar su rostro
resplandeciente de inteligencia y bondad. No podía dormir más que con la
boca abierta. “¡Qué cara tan fea! decía a veces, triste y asombrado, al mirar
mi trabajo—: ¡No creía yo que estuviera así!” Propuse enviarle a su
171

hermano Pánfilo una fotografía del cuadro: “¡No, no lo hagáis! —dijo—.
¡Tendría mucha pena al verme así!”
”Mientras dibujaba, rezaba su breviario, me contaba su vida o
hablaba de su ministerio. Nadie menos que él se tenía por un santo o un
mártir. Es muy natural y está lleno de buen humor. No conozco hombre
más humilde y que menos piense en sí propio. Al sugerirle que escribiera
al Cardenal Manning, que le quería mucho, exclamó: “¡Escribir yo a un
personaje tan alto! ¡No sabéis lo que decís!” Lo único que obtuve fue que
me encargara le ofreciera al prelado sus humildes respetos y su
agradecimiento.
”Hablamos del Reverendo Chapman, de todos cuantos le habían
enviado regalos. Me hizo que le repitiera sus nombres, me preguntó sobre
ellos, se asombraba de que, siendo protestantes, tuvieran amistad con él.
Yo le cantaba canciones inglesas, y había dos sobre todo que le gustaban
mucho: Una segura morada en el puerto y Nuestra, suerte es vivir poco en
la tierra. Su rostro se iluminaba entonces de suavidad y ternura. “Ahora mi
verdadera lengua es el inglés”, decía.
”No sentía barrera alguna entre nosotros. Lo que me agradaba sobre
todo era el que no pensara que nosotros, protestantes, estuviésemos todos
infaliblemente condenados a la eterna condenación.
“Insistió vivamente en mostrarme que sus cuentas estaban en regla y
los donativos igualmente repartidos entre católicos y protestantes.
”En su casa, los leprosos se encontraban como si fuera en las suyas.
Siempre había algunos a nuestro alrededor. Subían a ver mi trabajo donde
yo me encontraba, o estaban debajo del balcón dándole vueltas a la música
del organillo de Lady Charteris.”
Al separarse del querido Clifford, que no volvería a ver más, el Padre
le dio una estampa donde escribió:
“A Eduardo Clifford,
de su amigo leproso
JOSÉ DAMIÁN DE VEUSTER”
y pidiendo después su Biblia, trazó en ella estas palabras: “Estaba enfermo
y me ha visitado.” Mientras el navío se llevaba al artista, éste, desde el
puente, decía adiós al P. Damián, que, de pie sobre el muelle, le contestaba
en medio de sus leprosos.

172

EL HERMANO JOSÉ DUTTON
Ira B. Dutton tenía cuarenta y tres años cuando, el 29 de julio de
1886, desembarcó en Kalaupapa. Damián, que se encontraba en el puerto
con el viejo “Guillermo” para recibir a los leprosos, no le esperaba. Con
gran respeto, Dutton le presentó un papel firmado: “Hendry, secretario del
Comité de Higiene”, que le nombraba en el lazareto como ayudante del
doctor Mouritz.
El recién llegado, escribe este médico, “era un hermoso varón, fuerte
y distinguido, con ancha barba negra, cabellos morenos, ojos grises,
amplia frente inteligente, sonrisa agradable y manos muy cuidadas. Tenía
el aire reflexivo, y jamás hablaba una palabra sobre su pasado.”
Se supo más tarde que había nacido el 27 de abril de 1843 en StoweVermont, en el seno de la iglesia episcopaliana; que había tomado parte,
como voluntario, en la guerra de Secesión, y que, en seguida, durante ocho
años, había desempeñado funciones de oficial inspector de la Marine
americana.
Se había casado con una mujer que tardó poco en engañarle. Planteó
el divorcio y ganó el proceso. La infiel no se hizo ni siquiera representar
en la Audiencia, pues tan malo era su caso. Para ser justos, hay que añadir
que la conducta de Dutton también había dejado mucho que desear.
Después la gracia llamó a su corazón, se convirtió al catolicismo, entró en
la Trapa de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky, y, desde entonces
hasta la edad de veintiocho años, llevó una existencia de un fervor
extraordinario. Puesto que la vida activa era más de su gusto que la
contemplativa, y por otras razones tan plausibles como aquélla, abandonó
el hábito de trapense, que había llevado durante veinte meses, y trató de
averiguar cuál era su verdadera vocación. El libro de Stoddard Los
leprosos de Molokai se la reveló. Regresó a Janesville para abrazar por
última vez a su madre, le dejó una parte de sus bienes y, por Memphis y
San Francisco, se encaminó a Honolulú.,
Allí vio a Monseñor K…, así como al matrimonio Gibson, a los que
hizo la mejor impresión. Encontrándole vestido con un traje azul como de
obrero, el ministro le propuso retribuir sus servicios, pero Dutton rehusó.
Lady Gibson lo recomendó que fuera más prudente que el P. Damián. Dio
las gracias por el consejo y se embarcó para Molokai, de donde, a partir de
entonces, jamás volvió a salir.
Damián bendijo a la Providencia, que le enviaba este “buen
compañero”. Primero habitó en la casa del cura, y durante dieciocho meses
173

compartió la mesa del sacerdote leproso. Después se construyó una casita a
algunos pasos de distancia de aquélla. El Padre le bautizó con el nombre
de “Hermano José”, título a que tenía derecho como terciario de San
Francisco. Hizo de él su sacristán, le colocó a la cabeza del orfanato de
muchachos y le encargó una multitud de trabajos.

“Ya no he de volver sobre mis pasadas bromas”, decía el Padre
riéndose. O también: “Yo soy el carpintero, el hombre de las obras pesadas; vos el ebanista, el que se esmera.”
”La cabeza del Padre —cuenta Dutton— bullía de ideas; apenas
tomaba cuerpo un proyecto, cuando pasaba a otro tan urgente como el
primero; me hablaba de una cocina moderna, de un gran establecimiento
de baños, de la nueva iglesia con la que quería dotar a la leprosería antes
de morir. Mi papel consistía en llevar a buen puerto lo que él dejaba en el
camino. Y se valía de que en otros tiempos yo había manejado herramientas y me había encargado de trabajos de construcción en el ejército,
”Al principio me había preguntado si iba a encontrar en qué
ocuparme. Pronto quedé tranquilo. Me levantaba a las cuatro y media de la
manaría y trabajaba hasta las diez o las once de la noche.”
No había nada que el Hermano José no supiera hacer y nada que no
quisiera realizar. Aceptaba las tareas más repugnantes, a imitación del
modelo que tenía ante sus ojos. Bajo la dirección del doctor, cuidaba los
enfermos a domicilio con una paciencia infinita. Se acabó por reconocer
que tenía mayor habilidad que la de los mismos médicos. Discreto, franco,
amable, alegre en sus dichos, conquistó y conservó la simpatía de todos los
huéspedes del lazareto. “Tiene un carácter divino, nada le encoleriza”,
decía el doctor Mouritz. Es un hermoso título de gloria para Damián el
haber atraído a Molokai a este buen hijo de San Francisco, que sirvió allí a
los leprosos durante cuarenta y cinco años.
174

En enero de 1889, el Hermano José recibió estímulos que le llegaron
al corazón. Con parte de sus joyas había mandado hacer un crucifijo de oro
macizo. Como la pieza era demasiado hermosa para un terciario al servicio
de los leprosos, se la ofreció a León XIII, quien encargó al doctor
O’Connell le diera las gracias. “He hablado mucho de vosotros dos al
Santo Padre —escribía el doctor O’Connell después de la audiencia—. Su
Santidad me ha ordenado comunicaros que os envía al P. Damián y a vos
la bendición apostólica.”
El contraste era grande entre estos dos hermanos en el heroísmo. El
antiguo labrador de Flandes poseía el verbo recio, el temperamento fogoso,
el atuendo descuidado. El antiguo oficial de marina era extremadamente
cuidadoso de su persona, hablaba bajo, y jamás se separaba de su
extremada cortesía.
Y, sin embargo, se entendían perfectamente. “El Padre me ama
mucho —escribe Dutton—, y yo le correspondo. No es que nuestros
caracteres y gustos fueran semejantes en todo, pero, en el umbral de mi
nueva vida, había resuelto acomodarme a todo, no molestar a nadie y no
mezclarme en los asuntos de los demás. Si desde hace veinte años que
estoy en Molokai —escribe en 1906—, no se me puede acusar de haber
infringido gravemente esta resolución, no es virtud por mi parte, sino una
gracia que Dios me ha dado dándome la fe.”
En los primeros tiempos, durante las veladas que pasaban juntos,
Damián le decía a menudo: “Es absolutamente necesario que os hagáis sacerdote; tenéis todo cuanto se necesita para ello. Como yo estoy atacado de
muerte, pronto he de irme, y entonces continuaréis en mi puesto. Durante
muchos meses —escribe Dutton— este género de conversación me hizo
sufrir mucho. Yo no había venido con los leprosos para hacerme sacerdote,
sino solamente para reparar mi pasado, abrazando la penitencia de la
primitiva Iglesia y socorriendo a mi prójimo.” Hubo de determinarse a
descubrir su existencia anterior y su matrimonio, siempre válido, para que
el Padre dejara de seguir insistiendo en su proyecto. Confidencia por
confidencia, Damián contó su propia historia y cómo había abandonado el
arado para ser misionero en las Sandwich.
“En los veinte años que he estado en Molokai —añade el Hermano
José—, no he tenido más que esta molestia, a excepción de una vez en que
un amigo que me quería bien pretendió que me tomara unas vacaciones.
Ahora bien; yo me había prometido no salir nunca de la isla. No tengo
necesidad de vacaciones. Las mías consisten en estar aquí, donde amo a
los leprosos y donde toda mi felicidad consiste en cuidarles.”
175

Mientras vivió Damián, Dutton pronunció el voto anual de “servir a
la Misión católica en el Asilo de Molokai”, compromiso que le colocaba
bajo la jurisdicción del obispo de Honolulú. Después, sin hacer ningún
voto, prosiguió su tarea bajo la única dirección del Comité de Sanidad,
conservando y defendiendo la memoria del sacerdote leproso.
Él mismo llegó a ser una especie de personaje. Varios Presidentes de
los Estados Unidos le escribieron, lo que le proporcionó un gran placer.
Edison le envió un hermoso fonógrafo y discos para sus hijos del
Baldwin’s Home. Durante el día, Dutton se ocupaba de los enfermos y de
los niños, y por la noche se quedaba en su casa rezando, leyendo libros de
medicina y botánica, escribiendo cartas o articulillos, redactando sus
recuerdos. Había oído contar tantas historias distintas sobre el P. Damián,
que temía, sin duda, que se hicieran tonterías a su cuenta, después de
muerto. Ha dejado kilos de papel emborronados, de donde su sobrino sacó
más tarde una biografía llena de interés. Además de los detalles que
indicamos aquí, encontramos la huella de una suma de 10.000 libras
esterlinas que entregó a la leprosería, y la memoria de los gastos medicinales que le ocasionó su caballo enfermo, cuando lo tuvo.
Tan sólo una vez, el Hermano José tuvo la idea de ausentarse
momentáneamente del lazareto. Fue a la edad de setenta y cuatro años, durante la guerra de 1914-1918, en el momento en que los Estados Unidos
decidieron participar en el conflicto.
Al antiguo soldado de la guerra de Secesión se le puso en la cabeza
marchar a luchar todavía por su patria. Pensó en formar un cuerpo de veteranos “con el fin de dar ejemplo a los jóvenes”, y a tal propósito escribió al
ministro de Marina pidiendo su enganche. Se le dieron las gracias, sin
aceptar su ofrecimiento. De su antigua fortuna bien poco le quedaba. No
pudiendo subscribirse a los empréstitos de guerra, envió a su Gobierno un
par de anteojos que había conservado. El señor Roosevelt, secretario
entonces de la Marina, le dio las gracias, indicándole el buque en donde se
empleaban. Al finalizar las hostilidades, el viejecillo recibió un documento
oficial certificando que sus gemelos habían hecho un gran servicio, y se
alegraba de haber contribuido a la victoria de los aliados.
Cuando volvieron a encontrarse la anciana madre y él, se extrañaban
que la muerte pareciera olvidarles, y se preguntaban cuál de los dos
marcharía el primero al otro mundo para dar al P. Damián las noticias
sobre el lazareto. La Superiora del Bishop’s Home fue la que primero
marchó; murió en 1918, y Dutton elevó sobre su tumba un pequeño
mausoleo que le costó 120 libras.
176

Él continuó bien hasta 1928, viviendo hasta el 26 de marzo de 1931.
EL HERMANO JACOBO SINNET
Jacobo Sinnet sólo pasó ocho meses con el Padre Damián, que fueron
los últimos de la vida del apóstol.
Este irlandés, antes de llegar aquí, había corrido mucho mundo, sin
que en ninguna parte sirviera de edificación.
Para expiar los errores de su borrascosa existencia, se contrató como
enfermero por el Comité de Sanidad. Como no tenía un cuarto, se le envió
el precio de su pasaje desde San Luis (Estados Unidos) a Honolulú. Una
vez llegado a Molokai, se mostró de una ejemplaridad y una abnegación
admirables. Él fue quien cuidó al Padre en la última fase de su enfermedad
y le cerró los ojos.
Damián le bautizó “Hermano Jacobo” y le nombró auxiliar del
“Hermano José” en el gobierno del orfanato de los muchachos. Cuando el
escritor Stevenson visitó este establecimiento, comprobó que la limpieza
era más bien “superficial”, el alumbrado y la ventilación menos perfectas
que en los sanatorios de Inglaterra. Comprobó el desorden y el abandono.
“¡Es Chinatown!, el barrio chino” —decían los leprosos distinguidos—.
“¿Marcha todo bien en Chinatown?”, le preguntaban al P. Damián. Y éste,
riéndose, reconocía que algo había de verdad en ello. Había hecho las
cosas según sus medios y corrió demasiado de prisa. ¡Ya lo harían mejor
más tarde!
El Hermano José y el Hermano Jacobo se sentían desbordados a
veces. Ni aun reuniendo su ciencia pedagógica y casera, no llegaban a la
perfección: “¿No encontráis que esto ya no está tan mal? —decía Dutton a
Stevenson—. Además, esperamos a las Hermanas. Ellas pondrán todo esto
en orden, y entonces, ¡ya veréis!”
Cuando Damián no podía sostener la pluma, Sinnet le servía de
secretario.
A Clifford, que aún estaba en Honolulú, dio noticias del enfermo el 4
de enero de 1889:
“A veces digo al Padre que parece más joven desde que toma vuestro
aceite de gurjin. Os da las gracias muy cariñosamente y desea que sepáis
que va mejor.
177

”Nuestros hijos tampoco os olvidarán, pues les habéis dado con qué
distraerse (el organillo y la linterna mágica), y les trajisteis del otro extremo del mundo un remedio para curarles (el aceite de gurjín).
”El Padre también os encarga le expreséis su cariño sin límites y su
reconocimiento al señor Chapman.”
Y añadía Damián de su mano: “Suscribo todo cuanto os ha escrito el
Hermano Jacobo. ¡Hasta la vista! ¡Que Dios os bendiga!”
El 21 de febrero hay otra carta de Sinnet al mismo Clifford con este
post-scriptum:
“Mi corazón y mis votos, para nuestro buen amigo Eduardo. Espero
llegar pronto a la cima de mi Gólgota. Eternamente vuestro.—J. Damián”
El bravo Clifford estaba desesperado al ver que el aceite de gurjín no
curaba a su amigo. Puesto que está condenado, “leed —escribe a Sinnet—
en el libro que le llevé, el capítulo “La voluntad de Dios y la perfección
cristiana”.
Consejo por consejo, el Padre exhortó a Clifford, a vuelta de correo,
“a que caminara por el camino estrecho. Así llegaremos a encontrarnos
otra vez en la casa del Eterno Padre. Buen viaje, mi querido amigo, y hasta
que nos veamos en el cielo. Totus tuus (todo vuestro).—J. Damián
Clifford recibió una última carta de Sinnet en julio de 1889, Damián
había muerto tres meses después: “Los bebedores han comenzado a beber,
los destiladores a destilar, y han reaparecido los desórdenes”, escribe el
Hermano Jacobo, que, si hubiera prolongado un poco más su estancia,
hubiera visto el lazareto insurreccionado. El 4 de agosto de 1890,
efectivamente, los leprosos intentaron matar al subintendente así como al
abate Conrardy, y hubo que enviar “quince gendarmes bien armados” para
calmarlos.
Pero Sinnet no esperó a ser testigo de semejantes espectáculos para
marcharse. No estando allí su gran amigo para sostenerle y retenerle, anuncia Clifford que su situación es insostenible y que abandona la leprosería.
Ignoramos lo que sería después de él.
LAMBERTO CONRARDY
El 17 de mayo de 1888 es una de las fechas memorables del P.
Damián. Tal vez nunca fue tan dichoso como este día, en el que vio
desembarcar al abate Conrardy.
178

Hacía tres años que era leproso y se encontraba como enterrado vivo.
¿Iba a morir sin ayuda espiritual, sin la asistencia de un sacerdote? Cuando
he aquí que le llega un compatriota, un amigo, un buen hermano de
heroico corazón, para no abandonarle jamás.
El abate Lamberto Conrardy era originario de la Bélgica valona.
Había nacido en Lieja el 12 de julio de 1841, y estudió con los
jesuitas, siendo ordenado sacerdote el 15 de junio de 1866, y ejerció
después, durante algún tiempo, el ministerio en su diócesis natal.
Vicario en Stavelot, durante la epidemia de 1869 se dedicó a los
enfermos, cuidando a los pobres con sus manos y dándoles todo cuanto tenía, hasta su propio lecho.
Era hombre de una fe, caridad y valentía extraordinaria, a quien el
martirio le parecía la verdadera vida para ir al cielo. Como las ocasiones
no se presentaban en Bélgica, abandonó su país y recorrió gran parte de la
tierra en busca de tareas más peligrosas.
Era muy original y poco conformista. En una parroquia de los
alrededores de Verviers, en la que accidentalmente actuaba, ¿no había
pensado en cantar las vísperas en francés, so pretexto de que sus gentes se
aburrían al oirías en latín? A tal sacerdote fuera de lugar correspondía un
apostolado fuera de serie.
En 1871 lo vemos en París, multiplicando las diligencias para ser
enviado a la China. Tuvieron un mal resultado, y no consiguió sino ser
aceptado por el Indostán.
No recaló en el lugar más que dos o tres años, pues desde 1874 le
encontramos en América, evangelizando a los pieles rojas de las Montañas
Rocosas. Allí, al menos, podía cantar las vísperas como quisiera, dar libre
cauce a las iniciativas de su celo y correr verdaderos riesgos. Permaneció
durante quince años en su parroquia del Oregón.
Era tan extensa, que empleaba tres meses en recorrerla. Iba a pie o a
caballo, en cualquier tiempo, bajo la lluvia, la nieve, sin armas, y sin un
cuchillo siquiera para defenderse. Los pieles rojas sabían que no tenía
miedo de ser escalpado.
Un día, uno de sus jefes le detuvo y le anunció que iba a ser colgado,
puesto que no temía el escalpelo. Conrardy sacó con seriedad su reloj: —
¡Toma! —le dijo—; puesto que tienes la bondad de colgarme, te lo regalo.
Estupefacto, el jefe pidió tiempo para reflexionar y se fue a consultar
a los ancianos de la tribu. Éstos le aconsejaron que respetara a aquel ser
misterioso que quería sacrificar su reloj por el placer de ser colgado.
179

Después de algunas aventuras de este género y de algunas curas que había
realizado, se le llamó “el hombre condenado”, y todo el mundo le respetó.
Más que el peligro, las privaciones atacaban su buen humor. Estaba a
veces tan pobre que, faltándole los adminículos litúrgicos, se servía de
patatas para candelabros. Durante la misa, ataba en ellas los cirios.
Terminada la misa, devoraba sus candelabros, no teniendo otra cosa que
llevarse a la boca.
En 1877 conoció Conrardy la existencia de Molokai por una carta de
los Anales de la Propagadon de la Fe, donde Damián se quejaba de no ser
suficiente él solo para aquella tarea. Inmediatamente, el apóstol de los
pieles rojas se ofreció a secundar al apóstol de los leprosos. Fue el
comienzo de su unión epistolar y de su amistad.
No conservamos sus primeras cartas. ¿Soñó desde esta época el P.
Damián con hacerle venir? Es probable que juzgara la cosa imposible. Sus
superiores se hubieran opuesto.
En principio, el personal de una Misión debe ser homogéneo.
Conviene que los sacerdotes que allí estén empleados sean miembros de
un mismo Instituto, sometidos a la misma regla y a las mismas
autoridades, y sujetos a idénticas sanciones.
Tal era la costumbre general.
Costumbre que también se seguía entre los pieles rojas, según
muestra esta carta de Conrardy: “Hace ahora trece años que estoy entre los
indios. ¿Queréis algo de mí, mi querido compatriota? Aún soy capaz de
trabajar, por lo menos, durante veinte años. Mi obispo acaba de confiar
esta misión a los jesuitas. Si no voy a Molokai, será menester que me meta
jesuita para poderme quedar aquí.”
Entrar en los jesuitas no le agradaba. Prefería mejor ser
independiente y combatir como cazador.
Deseaba, por encima de todo, dedicarse a los leprosos. Ésta era su
vocación, como después hubo de probar. Lejos de oponerse, su arzobispo,
el del Oregón le animó a ello. Este prelado era Monseñor Groos, “el
hombre de negocios de los leprosos en los Estados Unidos”. En cuanto a
Damián, más abandonado que nunca, no teniendo más que un año de vida,
imploraba la llegada del sacerdote belga.
Pero el obispo de Honolulú ponía sus condiciones. Era menester que
el abate consintiera de antemano en hacerse picpuciano. Éste dio su conformidad en principio. El obispo le escribió que le esperaba.
180

Le esperaban..., para que hiciera primero su noviciado, después de lo
cual iría a Molokai.
Conrardy no lo comprendía así. Respondió que deseaba ir
inmediatamente al lazareto, dispuesto a ser más tarde picpuciano, o, como
decía él, en cuatro años.
¿Competía en astucia? No se sabe.
Monseñor se quedó perplejo. Esto era ir contra las reglas. Damián le
hizo saber que dejarle solo a él, condenado a muerte, era también ir contra
las reglas, y que siendo su situación excepcional, bien podía autorizarle a
tener un seglar como compañero.
Cedió el obispo y pidió a Conrardy que fuera lo más pronto posible.
Después se arrepintió de haber cedido, pero no se atrevió a retroceder.
Además, ya era muy tarde y Conrardy se hallaba en camino: “Estaré en
Honolulú el 10 de mayo”, anunciaba.
Monseñor escribió a Damián: “Os hago responsable de todo cuanto
suceda”, y al General: “Con este sacerdote extranjero, la armonía será perfecta en los comienzos. ¿Pero durará después? Lo bastante, sin duda, para
llenar el mundo con la gloria de los belgas, con perjuicio de la Congregación y de la Misión.”
A menudo profetizaba Monseñor. Esta vez la segunda parte de su
profecía llegó a realizarse.
¿Fue culpa de Conrardy? Era muy expansivo y contaba a cualquiera
sus asuntos. Al pasar por Honolulú, enseñó a un periodista la carta en la
que Damián le suplicaba que viniera. El periodista la publicó. El 17 de
mayo, un periódico protestante entonó alabanzas en honor del sacerdote
belga que acudía desde Oregón para socorrer a un compatriota
abandonado. Y concluía que no hubiera venido desde tan lejos si los
picpucianos de las Sandwichs, que tenían mucho menos camino que
recorrer, hubieran sido más caritativos o menos prudentes.
Era una afrenta pública para la Misión. El Provincial se apresuró a
escribir a Damián: “En este asunto, en el que os habéis comprometido de
un modo tan inconsiderado con vuestro compatriota, habéis chocado y aun
insultado a vuestros compañeros de hábito.”
Para reparar el daño, Monseñor dirigió una circular a todos sus
misioneros para preguntarles “si ellos estaban dispuestos también a trasladarse a Molokai.” Todos respondieron que sí. Esta respuesta se hizo
pública, y si los maldicientes continuaron glosando lo pasado, por lo
181

menos pudieron afirmar las buenas disposiciones presentes de los
misioneros.
No hay que decir que Conrardy, ocasión o causa del incidente, fue
mal visto, desde el principio, por los Superiores de Honolulú. Pensaron en
desembarazarse de él: “Mi impresión sobre él es muy desfavorable —
escribe el obispo el primero de junio al General—. Está entregado a sí mismo, y se da a la bebida.”
Parece probado, efectivamente, que al ser recibido en la casa de las
Hermanas picpucianas, el abate había vuelto a pedir vino por segunda vez
en la mesa. Pero quizá habían sido demasiado rígidos, y para ello había
que remontarse a los quince años pasados con los pieles rojas. De hecho,
Conrardy era tan sobrio como los que le incriminaban, y la monjita
charlatana que le denunció, obró demasiado de prisa al lanzar una
maledicencia.
Monseñor Groos, daba de él este testimonio: “Es un hombre de un
carácter noble y heroico. Como yo, ha recorrido a pie todo el Oregón. Su
vida de privaciones le ha preparado perfectamente para la existencia que
llevará en Molokai. Sabiendo que tarde o temprano ha de sucumbir allí, es
un acto de verdadero heroísmo el que realiza al marchar voluntariamente.”
En cuanto a Damián, estaba encantado con su coadjutor: “Es un
misionero experimentado, que aquí está en su verdadero lugar —escribe al
General—. Desde hace dos meses que consiente en vivir cerca de mí,
leproso como soy, como un buen compañero y camarada, me rinde
numerosos servicios. Ya comienza a hablar el canaco. Hay que estudiar los
medios de conservarle sin obligarle a que vaya a hacer su noviciado a Europa.”
Con su bondad, el General accedió a esta petición, y obligó
prudentemente a los Superiores de Honolulú a que dejaran al abate en el
lazareto.
Y todo acabó por arreglarse bien:
‘‘Es perfecto”, escribe el obispo en septiembre; “es un verdadero
tesoro”, pondera más tarde el Provincial.
A decir verdad, fue el ángel consolador, “el amigo y el verdadero
hermano del P. Damián”, según declaraba la Hermana San Vicente, que le
sorprendió un día, bañado en lágrimas, a la cabecera del sacerdote leproso.
***
182

Habitaba y comía en el presbiterio de Kalawao: “¿Escaparé al
contagio? —escribía—. Humanamente hablando, es imposible, según
parece. Nuestros cocineros son leprosos, y leprosos son los que hacen
nuestro pan... En la mesa estoy sentado cerca del P. Damián. Al principio,
su sola vista me quitaba el apetito. Sufría de continuos dolores de cabeza.
Ahora estoy acostumbrado a todo... En fin, no puedo decir más que: “¡Dios
me guarde!”, y pedir a mis amigos que rueguen por mí a fin de que
persevere en mi empresa.”
Damián se las ingeniaba para mimarle: “A menudo, me trae una
naranja o cualquier golosina: —¡Tened! —me dice—, coméosla. Os sentará bien. Y ¡estad tranquilo, que ningún leproso la ha tocado!, olvidándose
de que él mismo, cubierto de horribles llagas, estaba leproso de los pies a
la cabeza.”
Y todavía cuenta más:
“Un día, en los comienzos, viendo que no comía los huevos, me
preguntó el Padre:
”—¿No os gustan los huevos?
”—¡Sí! Todo lo contrario; me agradan mucho.
”—Y entonces, ¿qué ocurre?
”Yo le confesé que me ponía malo recordando lo que había visto.
”—¿Pues qué ha sido?
”Había visto a las gallinas picotear en unos horribles residuos,
extremos de dedos y trozos de carne muerta que los leprosos arrojaban en
el patio.
”—Esas son cosas —dijo— que no pueden impedirse. Cierto es que
hay que ser prudente, pero exageráis llevando tan lejos las precauciones.
Lo mejor es, con frecuencia, enemigo de lo bueno. Las gallinas jamás
están leprosas. ¡Vamos, poneos a comer!
”Y tenía razón. Me puse a ello y vencí mi malestar. Y comencé a
comer de nuevo los huevos.
”¡Qué hombre este P. Damián! ¡Qué actividad! ¡Qué olvido de sí y
qué bondad! Me he jurado no abandonarle nunca.”
Después de la muerte del Padre, Conrardy vivió aún seis años en
Molokai. En 1895, como la vocación picpuciana no acudía, y la leprosería,
gracias a los americanos, no carecía de nada, partió para la China en busca
de leprosos más abandonados.
183

Descubrió unos en los alrededores de Cantón, horriblemente
miserables. Nadie se preocupaba de ellos, sino para incinerarlos, lo que
hacían con frecuencia estando aún vivos. El abate resolvió adoptarlos a
todos como hijos. Hubiera querido reunirlos a todos en un islote. Pero
había que encentrar dinero para comprar el islote, y ser médico para estar
en regla con la autoridad chin;»,
A la edad de cincuenta años, el viejo misione volvió a la escuela. De
1896 a 1000 se le vio en los bancos de la Universidad de Portland, en el
Oregón.
Obtenido ya su diploma do doctor en medicina, regresó a Europa
para pedir dinero. Sus cartas nos lo muestran sucesivamente en Roma, en
Paría, en Bélgica, en Inglaterra, pronunciando sermones y conferencias,
mendigando a domicilio y publicando llamamientos en los periódicos. A
menudo, le abruma la mala suerte; cae enfermo o le detienen como a un
estafador; a veces, siente ganas de llorar, pero su valor es indomable: “Si
Dios me concede pasar diez años en China, seré un hombre feliz —escribe.
He rogado para obtener el puesto más horrible que pueda haber, y sé que lo
he de ocupar muy pronto.”
Después de una última colecta en Canadá y los Estados Unidos,
acaba por llegar a China, en mayo de 1908, provisto de una suma
aproximada de 150.000 francos. La isla de Shek-Lung, frente a Cantón, le
parece conveniente para su fin. Compra en ella veinte hectáreas, construye
unas barracas y comienza a reunir leprosos.
Primeramente, está sólo con setenta enfermos, sometido a todas las
dificultades y todos los peligros, Pero es tal su abnegación y su habilidad,
que en poco tiempo obtiene resultados prodigiosos. En 1913, el gobierno
chino presta su apoyo a la obra, y cuando al año siguiente mucre el abate,
el porvenir de Shek-Lung está asegurado. La leprosería cuenta entonces
con setecientos enfermos, cinco religiosas enfermeras y dos sacerdotes, y
su organización no es menos perfecta que la de Molokai.
“Creedlo —decían más tarde los leprosos de Shek-Lung, jamás ha
lucido el sol sobre dos hombres como el doctor Conrardy. Le somos deudores diez veces más que a nuestro propio padre.”
Le habían visto arrodillarse a sus pies para lavarles las llagas,
mezclar las lágrimas a las suyas para consolarles: “Valor, amigo mío decía;
pronto serás hermoso como un ángel y dichoso para siempre.” No se
separaba de ellos sin haberles abrazado; a veces, depositaba un beso
respetuoso en sus pústulas. Un día, el Padre Deswazières, su colaborador,
le conjuró a que fuera más prudente: “¡Coger la lepra! replicó Conrardy,
184

¡eso sería para mí la más bella condecoración! ¡Pero, ¡ay de mí!, no soy
digno de ello!”
Murió, en efecto, el 2 de agosto de 1914, de una pulmonía. De
acuerdo con su voluntad, se te enterró, envuelto en una estera, entre dos leprosos.

185

CAPÍTULO IV

Pruebas

En la última parte de su vida, Damián sufrió pruebas infinitamente
más crueles que todos sus demás males.
Se podrían pasar en silencio si no fuera disimular la verdad y privar
al apóstol de una gran parte de sus méritos.
Las enemistades que tuvo le llegaron todas desde Honolulú. Allí
estaban aquellos a quienes sus éxitos podían comprometer y contrariar;
allí, el Gobierno, el Comité y los pastores protestantes; allí también, los
pastores de quienes dependía.
***
En la vida secular, un subordinado cuyos jefes no son inteligentes y
se encuentran no muy dispuestos, aún puede encontrar remedio a su difícil
situación.
No sucede lo mismo en la vida religiosa, donde el voto obliga al
inferior a renunciar a toda voluntad y obedecer a los superiores como al
mismo Dios. Imagínese lo que ha de sufrir cuando los detentadores de la
autoridad están faltos de comprensión y dulzura, o cuando le retiran su
estima y amistad.
En tanto que Damián tuvo por obispo a Monseñor Maigret y como
provincial al P. Modesto, todo marchó bien. Tenían por él una simpatía
natural, le daban crédito, aun reprendiéndole de que quería ir demasiado de
prisa.
Las cosas cambiaron cuando este obispo y este provincial fueron
reemplazados.
En 1878, el P. Modesto recibió como auxiliar al Padre R..., y en
1883, como sucesor, al Padre L..., un bretón. En cuanto a Monseñor
Maigret, recibió, en 1881, en calidad de coadjutor a Monseñor K..., un
alemán que pronto fue su sucesor.
186

Estos Superiores, evidentemente bien intencionados, ¿podrían obrar
mejor de como obraron? Los méritos de su vida apostólica y virtuosa están
demasiado por encima de aquellos que se adquieren haciendo libros, para
que nos atrevamos a criticar su conducta.
Como todos los humanos, poseían una mezcla de cualidades y
defectos.
El defecto de Damián era, aparentemente, el de no considerar más
que el interés de sus leprosos, y de ser muy firme en sus actos y palabras.
En cuanto a los Superiores, ocupados principalmente de los intereses de la
Misión, su defecto, según parece, era la falta de inteligencia y calma
necesarias para resolver o suavizar los conflictos inevitables que se
presentaban. Seguramente que hubieran estado mejor en un rango subalterno que en el ejercicio de una carga que, por otra parte, no habían
solicitado. ¿Eran, además, de esos jefes autoritarios que se estiman
disminuidos por la gloría de un subordinado?; ¿o de aquellos que, faltos de
imaginación, quieren llevar a todos ellos a un tipo uniforme y
estandarizado? ¿Había una incompatibilidad de carácter entre éstos y el
sacerdote de Molokai?
Lo cierto es que no comprendieron ni apreciaron, mientras vivió, al
hombre excepcional con el que tenían que entenderse.
Así lo decían ellos bastante desfavorablemente: “Es un hombre casi
sin juicio”, escribe el Padre R..., en 1879, al General. Y en 1880: “Tiene
necesidad de un tutor; es un sacerdote malogrado; no tiene cabeza y le
falta habilidad.”
El Padre R... se engañaba. No hay duda que a Damián le sucedía,
como a cualquier mortal, el cometer errores, pero su humildad le permitía
reconocerlos y, por su buen sentido, rectificarlos.
¿Había que ponerle tutela? La obra de Molokai hubiera sido entonces
la del tutor, y probablemente no se hubiera hablado de ella.
“¡Sacerdote malogrado!” Hay que rogar a Dios que con frecuencia dé
muchos como éstos a su Iglesia; hacen simpática la religión y conducen las
almas al heroísmo.
En cuanto a su defecto de habilidad, basta con observar que todos los
visitantes del lazareto fueron conquistados por su amabilidad y se hicieron
amigos suyos.
El Padre L..., que sucedió al Padre R,.., no era más favorable a
Damián:
187

“Es un hombre impetuoso, caprichoso, orgulloso —escribe—. Se
hace pasar por el consolador, el enfermero, etc..., de los leprosos, y no es
nada de eso.” Y en 1888: “El peor de todos los misioneros es el P. Damián,
que de tal modo ha subido a las nubes su heroísmo, que nadie, de ahora en
adelante, podrá hacerle bajar.”
Monseñor venía a emplear parecidas expresiones: “Nuestro célebre
héroe de Molokai —escribe en 1887— ha recibido tantas felicitaciones,
que parece estar en peligro de perder el equilibrio de su cabeza.”
Justo es reconocer que en el P. Damián no se encuentra traza alguna
de vanidad.
Los testimonios concuerdan en afirmar que era la humildad misma.
Le desagradó mucho ver que, a raíz de la publicación de una de sus
cartas, comenzaban a citar su nombre en la prensa. Él mismo quiso reñir
con los que creía responsables:
“No os he respondido antes — escribía en 1876 a sus padres—
puesto que he estado muy contrariado con la inserción de mi última carta
en los Anales. Por ella, hasta hablan de mí en América. De una vez para
todas, dejadme que os diga que no me gusta nada de esto. Quiero
permanecer desconocido de todo el mundo.”
Nadie, sino él, organizó su fama. Le vino, como suele suceder, por
casualidad. Si aceptó el ser célebre, como había aceptado el ser mendigo,
contable, enterrador y leproso, fue por el bien de sus enfermos. Hubiera
consentido ser lo que fuera, con tal de que sus hijos se aprovecharan de
ello. Cuando vio que, hablando de él, les servía la prensa internacional, la
dejó hablar, como la hubiera hecho callar si su silencio hubiese sido más
útil.
Y tanto habló, que le suscitó las peores hostilidades.
***
Cuando se supo en Honolulú que los periódicos extranjeros
organizaban suscripciones fructíferas en su favor, aquello produjo un
verdadero alboroto en los opositores al Gobierno y una cólera enorme en
los círculos gubernamentales.
Hay que recordar que estamos entre 1880 y 1889, en un país que
próximamente ha de ser anexionado a los Estados Unidos, y, mientras
tanto, es presa de las luchas políticas, de una virulencia inusitada.
Indignada, o fingiendo estarlo, escribía la prensa de la oposición:
188

“De dos cosas: una, o las cantidades que recibe Damián son
necesarias, o no lo son.
”Si lo son, es que el Comité, es decir, el Gobierno, que tiene el
cuidado de sostener la leprosería, no lo hace o lo realiza con prevaricadores que roban enriqueciéndose con detrimento de los leprosos.
”Si no lo son, ¿para qué esos llamamientos fraudulentos a la caridad
inglesa y americana? ¿No tienen por objeto el llenar, más bien, la caja de la
Misión? Corresponde, entonces, al gobierno poner fin a estas maniobras, y
para prevenir cualquier abuso, encargar al mismo Comité el recibir y
repartir los donativos.
”En ambos casos, el gobierno es culpable, y el honor de Hawai está
comprometido.”
Aquí se ve lo que pueden revolver los periodistas sobre un tema
filantrópico y nacional. Imagínese la situación comprometida del gobierno.
Contestó éste que mensualmente proporcionaba 100.000 dólares a la
leprosería, y justificó de la mejor manera su honrado reparto.
Pero las respuestas de los hombres que están en el poder jamás son
perentorias para los adversarios que aspiran a sucederles. Los ataques
continuaron, y ocurrió que atacantes y atacados la emprendieron con la
Misión.
Los atacantes ponían en duda su honradez. Los atacados la hacían
responsable de haberles conducido a tan mal asunto.
Los Superiores perdieron su sangre fría. Vieron aparecer el espectro
de la revolución, y temieron por la existencia de la Misión: “Se teme un
cambio de gobierno que pondrá en el poder a los enemigos de los
misioneros —escribe el Padre L... al General—, y pienso que se verterá
sangre.” “El gobierno puede cambiar —escribe por su lado Monseñor a
Damián—. Debemos esperar todo. ¡Ved lo que en estos momentos ocurre
en los hospitales de París!”
Y, sin embargo, nada ocurrió en las Hawai. No obstante, Monseñor
K... y el Padre L... se olvidaron de dar la respuesta que se imponía. Había
que contestar a la oposición:
Os equivocáis al decir: “De dos cosas, una”; pues, como sucede a
menudo, la tercera es la verdadera. Evidentemente, los donativos recibidos
no son tan necesarios como antes, pero no son superfluos. Lo que el
Comité nos da está lejos de ser suficiente; no hay por qué censurar al Padre
por aliviar algunas de nuestras miserias, las cuales ninguna otra persona
puede remediar. ¡Si no me creéis, venid a verlo por vuestros propios ojos
189

en Kalawao!”—escribía un leproso, en nombre de sus compañeros, a uno
de los periódicos hostiles.
Había que haber añadido que la caja de la Misión no aceptaba nada
de lo que los suscriptores destinaban a los leprosos, y que el Comité no
tenía por qué manejar este dinero, puesto que los donantes encargaban
únicamente a Damián de repartirlo a su gusto.
La respuesta que había que dar al gobierno, que presidía el excelente
señor Gibson, era más difícil. Sin embargo, podía decírsele: “¿Es culpa del
P. Damián si, a pesar de todos vuestros esfuerzos, los leprosos son aún tan
miserables que las gentes de buen corazón de Inglaterra y América quieren
venir en socorro suyo?”
En vez de defender a sus religiosos, los Superiores le dirigieron, entre
otros, siete reproches:
1.º Sin tener en cuenta otros donativos considerables, os han llegado de
América 28.621 dólares, gracias a vuestras cartas, donde se han exagerado
las miserias de los leprosos y formulado censuras contra el gobierno. El
rey y el señor Gibson, su primer ministro, están muy ofendidos.
De ahora en adelante, estáis obligado a pasar vuestra correspondencia
por el Padre L..., Provincial, que la censurará.
Respuesta.—Se trata únicamente de cartas dirigidas al Reverendo
Chapman. El autor, que no exageraba nada ni censuraba a nadie, no era
responsable de su utilización. Desde aquel momento, envió toda su
correspondencia a la censura, lo que, por otra parte, ya hacía antes.
2.º Os jactáis indebidamente al haceros pasar por “el hombre de los
treinta y seis oficios”, enfermero, carpintero, sepulturero, etc..., como si no
hubiera más que vos para trabajar en el lazareto.
Respuesta.—Quien puso esta fórmula en circulación fue el periodista
Stoddard. Había, pues, que dirigir este reproche al señor Carlos Stoddard,
profesor en la Universidad de Indiana, para que llegara a mu verdadero
destino.
3.º Los periódicos solo tienen alabanzas para vos, y pasan en silencio
lo que hace el gobierno,
Respuesta.—Damián no era director ni redactor de ningún periódico.
Siempre, y particularmente cuando se encontraba con un periodista, tenía
cuidado de hacer justicia a los esfuerzos del Comité y de los Poderes
públicos.
4.º Jamás se habla en loa periódicos de la Misión.
190

Respuesta.—Esto no era culpa del misionero de Molokai, que hacía
todo cuanto era posible para ser un miembro digno de la Comunidad de
Picpus y de la Misión de las islas Sandwich. Los elogios de que era objeto,
¿no caían también sobre el Instituto? ¿Le pertenecía a él, misionero de las
Hawai, el entonar las alabanzas de la Misión hawaiana?
5.º Os han llegado también 975 libras esterlinas desde Inglaterra.
“¿Qué diríais —escribía el obispo— si algún enemigo envidioso os
reprochara haber arrebatado ente dinero con falsos pretexto»?”
Respuesta.—Que ese “envidioso” era también un embustero.
6.º “Guardaos vuestros cheques —escribe el Padre L...; no quiero
nada con vuestro oro. Por el contrario, os mando en obediencia que hagáis
inmediatamente un testamento a nombre de Monseñor o de sus sucesores.”
Respuesta.—“El P. Damián tal ves esté ya muerto —escribe el obispo
en 10 de abril de 1889—, y deja en el Banco, a mi nombre, alrededor de
8.700 libras esterlinas.” Hacia el final, el dinero había afluido de tal
manera que el Padre no había tenido tiempo para gastarlo.
7.° Sois la ocasión, si no la causa, de que las Hermanas protestantes
amenacen con establecerse en el lazareto.
Respuesta.—El señor Gibson supo un buen día que, desde Inglaterra,
se aprestaban a venir a Molokai las Hermanas protestantes. Damián hizo
cuanto le fue posible para oponerse a este proyecto. No llegaron, y,
finalmente, fueron las Hermanas católicas las que arribaron. Pero si los
protestantes lo hubieran determinado, el Padre no habría podido hacer
nada. Hubiera tenido que buscar a los responsables por el lado de
Chapman y de sus amigos.
El modo como Damián se comportó ante sus acusadores, fue el de un
santo.
De igual modo que se alabó de poderlos desarmar, se defendió en
términos moderados. Cuando vio que la contradicción les irritaba y que
todo era inútil, se calló. No les guardó rencor ninguno, continuó amándoles
y escribiéndose con ellos, como si nada hubiera pasado, sin adulación ni
sequedad, con toda sencillez y sumisión. No se mezcló en ninguna intriga,
no hizo confidencia de sus penas a ninguna persona; ni a sus amigos
laicos, ni a sus compañeros, ni a Pánfilo, ni aun al Superior máximo, a
quien podía apelar. Conservó para su amada Congregación todo el reconocimiento que le debía y esta especie de apego apasionado que le había
dedicado.
191

***
Y, sin embargo, era para él infinitamente cruel ser condenado por
aquellos que consideraba como los intérpretes de la voluntad de Dios.
En 1883 escribió al Padre L...:
“Pedís que responda de nuevo a vuestra carta, en la que expresáis la
escasa confianza que tenéis en mí, y donde me rogáis que me esté quieto,
que no diga una sola palabra, y me reprocháis el creerme más elevado que
vos en mérito y dignidad.
”Os repito que no he gritado “¡por favor!” a la llegada de las
Hermanas al lazareto; no he dicho nada ni escrito nada en ese sentido, y
aun creía que no era verdad el tal proyecto.
”Si la Superiora viene con una de sus compañeras a visitar la
leprosería, y vuestra Reverencia las acompaña, barreré mi casa y estaréis
los tres perfectamente alojados. En tal día, si mi presencia os desagrada, y
me prevenís a tiempo, podré alejarme. ¡En verdad que no creía haber caído
tan bajo en la opinión de mis Superiores!”
Los que le observaban no sabían cómo explicarse los accesos de
tristeza en que se sumía, él que era de natural tan alegre. El doctor
Mouritz, médico residente del lazareto, le creía presa de la melancholia
religiosa, es decir, de la enfermedad del escrúpulo, “ante la obsesionante
idea de que era indigno del cielo”.
Puesto que los representantes de Dios se unían para condenarle, ¿es
que se había engañado? ¿Había andado por el mal camino? ¿Se había
dejado mecer por las ilusiones siguiendo la pendiente de su temperamento
activo y generoso? Su “mal juicio y orgullo” ¿le habían llevado a realizar
una obra contraria a la voluntad divina? Pronto iba a morir, ¿y no sería
reprochado por el juicio de Dios, como lo había sido por el de sus
Superiores?
Imagínense las torturas interiores que provocarían sus escrúpulos en
este solitario minado por la lepra.
A veces, encontraba que no iba lo suficientemente de prisa, pues de
tal modo le abrumaban la fatiga y el desaliento: “No estaré mucho tiempo
en este mundo miserable —escribe—. Espero que pronto una capa de
verde césped cubrirá mi cuerpo, y, entonces, todo será mejor...”
¡Si al menos hubiera tenido a su disposición un sacerdote para oírle
en confesión y disipar sus angustias!
192

***
Pero, por esta época, el Padre se hallaba más fuertemente secuestrado
que ninguno de sus leprosos.
Su suplicio comenzó cuando, en febrero de 1885, el P. Alberto
abandonó el lazareto, y así estuvo hasta un año antes de su muerte.
En 1886, Damián escribió a su antiguo compañero: “Si he llorado
cuando partisteis, es porque tenía el sentimiento de perderos, y también el
presentimiento de la soledad en que debía pasar el resto de mis días.”
Primeramente, pide que sea designado un compañero suyo para
reemplazar al P. Alberto, como lo prescribe el artículo 392 de la regla
picpuciana. No lo consigue. Suplica entonces al General y a Monseñor que
dejen venir a Pánfilo a Molokai. El General consiente. Pánfilo se presenta:
pero no llegará sino seis meses después de la muerte del P. Damián.
Puesto que le niegan un compañero, que se le autorice, al menos,
cuando quiera confesarse, para trasladarse a Honolulú, del que tan sólo le
separan cuatro horas de navegación.
Tal cosa le es prohibida terminantemente por el Padre L... ¿Por qué?
Parece ser que el enfermo sembraría el contagio, extendería el terror entre
la población, haría poner en cuarentena a la Misión. El Consejo Provincial,
en enero de 1885 —es el mismo momento en que el Padre está atacado por
la lepra—, ha prescrito a los sacerdotes leprosos el no contagiar a sus
compañeros.
Damián sufre. “A medida que progresa mi enfermedad, soy cada vez
más feliz —escribe a su obispo en octubre de 1885—. Pero la privación de
un buen confesor me es más penosa que todo lo demás.”
Nueva queja dos meses después: “Estoy tentado, a veces, de
murmurar contra la manera un poco tiránica con que este buen (sic) Padre
pretende encarcelarme aquí. Dudo aún si quejarme al Superior general.
¡Rogad por mí!”
¿Iba a apelar? El obispo fue quien, según creemos, intervino, por
compasión, en el asunto. Desde que se le informó, el Padre General
permitió a Damián que fuera a confesarse a Honolulú cuando quisiera.
Pero esta autorización no le llegó sino en 1887, y ya no pudo aprovecharse
de ella.
Sin embargo, suplica al P. Provincial que vuelva sobre su defensa.
Éste no cede ni cederá nunca. Le contesta el 2 de febrero de 1886: “¡Tened
193

paciencia! Es mi deber el recordaros las decisiones tomadas por el Consejo
Provincial y no por mí.
“Y no por mí.” ¡Bien lo comprende! Pero, al mismo tiempo, él era el
presidente y el miembro más influyente de ese Consejo Provincial, donde
hubiera podido, de quererlo, suavizar algo, interpretar paternalmente las
decisiones. ¿No convendría hacer una excepción para un caso tan
excepcional?

No lo entendió así, y “con un tono de gendarme más que de Superior
religioso —dice Damián—, renovó su prohibición. Esto fue —añade el secuestrado— el sufrimiento mayor que me haya sido dado sufrir desde mi
infancia”.
Le dejan solo. Se le prohíbe salir de la isla. ¡Que al menos vayan a
visitarle! “Estoy leproso, ¡bendito sea Dios! —escribe al Padre L...—.
Pero, por favor, —y es lo único que imploro—, que alguien baje una vez
por mes a mi tumba para confesarme.”
Ni aun esto le fue concedido. “El buen P. Colomban, viene cada dos
o tres meses a confesarme y se vuelve en seguida... No sé a dónde conducirá esto. Me resigno... Al pie del altar es donde me confieso y donde
busco el alivio de mis penas internas. Ante el tabernáculo y la imagen de la
Santísima Virgen, es donde algunas veces murmuro...”
Hubo, entonces, en toda la cristiandad, un enfermo, un sacerdote, que
pedía con lágrimas la absolución sacramental sin poder obtenerla.
¿Conviene incriminar por ello a sus Superiores?
Sería inútil, y tal vez injusto. Sin contar que hay que tener buena
opinión de uno mismo para atreverse a hacer justicia en un proceso ya viejo, y citar a su tribunal acusados que ya no pueden defenderse.
194

Más que exponerse a perder el tiempo, vale más repetir aquí lo que el
espíritu de fe sugiere en casos semejantes: Dios, que no privó de él a su
propio Hijo, non pepercit Filio, no ha de dejar que traten igual a sus
mejores amigos, puesto que todos los santos han resistido en este mundo
grandes sufrimientos, y muchos de ellos, como Juan de la Cruz, Alfonso de
Ligorio, Teresa de Jesús y Bernardeta de Lourdes, han sufrido a causa de
sus Superiores. Dada esta ley misteriosa y sabia, ¿hay que asombrarse
porque Damián haya sido sometido a ella como otros siervos de Dios lo
fueron?
Lo admirable es que, siguiendo su ejemplo, a pesar de tantas penas y
contrariedades, soportara humildemente la prueba y perseverase animosamente.
¿DESOBEDIENCIA?
Un día, se le ocurrió, sin embargo, escaparse de su prisión. Mucho se
han esforzado para probar que no cometió entonces una desobediencia.
De hecho, nadie era más sumiso que él; nadie interpretaba su voto de
obediencia con mayor rigor.
En su Guía espiritual, dice: “Seamos exactos en las menores
ordenanzas y prescripciones. ¡Muerte a todos los caprichos de la voluntad
propia! Dejemos, como un cadáver, a los Superiores el hacer de nosotros lo
que estimen bueno.”
En 1878 pide al Provincial para el caso en que se viera obligado a
obrar sin poder acudir a él, permiso para hacerlo como mejor estimara:
“Así no estaré expuesto a escrúpulos de conciencia.”
Ahora bien; a principios de 1886, Damián desea vivamente
trasladarse a Honolulú. Dos razones le movían a ello, para él, y aún más
para su gente, deseaba iniciarse en el tratamiento japonés hacía poco
introducido en Kakaako, y, sobre todo, quería confesarse.
Antes de que pidiera la autorización para ejecutar su proyecto, el
Padre L... le comunicó que se oponía a él. Y le escribió:
“Acordaos de la decisión del Consejo Provincial; sabed, además, que
el obispo y el primer ministro son contrarios a este viaje; y, finalmente, en
el caso de que lo hicierais, os prevengo que iríais a la Misión o a Kanaako.
En la Misión seréis castigado “en una habitación de la que no saldréis sino
al momento de partir”. Si, en efecto, supieran los blancos que había un
leproso entre nosotros, huirían de allí y la Misión la pondrían en
cuarentena. Ya veis cómo, en ese caso, no podréis estudiar el tratamiento
195

del doctor Goto. O bien iréis a Kakaako; pero quedaréis allí “sin decir
misa, pues ni el P. Clemente ni yo consentiremos celebrar en el mismo
cáliz que empleéis, y las Hermanas, recibir la comunión de vuestra mano”.
Tal es la carta de “gendarme” de la cual decía el Padre a Monseñor
que era lo más cruel que había visto en su vida. Escribía el 16 de junio:
“En virtud de mi voto de obediencia, he respondido por un acto de
sumisión perfecta.”
Por esta fecha ha determinado no hacer el viaje, aunque el doctor
Mouritz, asustado de los progresos de la lepra, le da prisa para que vaya a
consultar al doctor Goto.
El 2 de julio —lo sabemos por diversos testimonios— su resolución
es la misma.
Ahora bien; el 8 de julio cambia de parecer repentinamente, y el día
10 se embarca.
¿Qué ha ocurrido en ese intervalo?
Tres documentos, recientemente descubiertos, nos lo revelan.
El primero es una carta del 2 de julio en la que Damián ruega a
Monseñor que trate de doblegar al Provincial.
El segundo es la respuesta en la que Monseñor anuncia a Damián que
el Padre L... ha levantado la prohibición. Lo debió hacer de bastante mala
gana, pues ha dicho: “¡Sea! Pero, si viene, ¡sobre él caerá la
responsabilidad de lo que ocurra!”
El tercer documento es una carta del señor Meyer a Damián. El
valiente superintendente fue a ver al ministro Gibson y al temible Padre
L... Ha intercedido por su amigo, al que escribe el 8 de julio: “El jefe del
gobierno, del que necesitabais la autorización para ir a Honolulú, ni os la
da, ni os la niega. (Así, Gibson, al que la oposición hacía la vida
inaguantable, podía responder, si le atacaban, que no era responsable de
nada.) He visto también al Padre L..., al que he dicho que este viaje se
imponía. Creía que el ministro era intransigente. Le he desengañado, “y
entonces parece que ha compartido mis ideas. Según mi parecer, debéis
partir”.
Con la conciencia en paz, Damián partió.
Fue la última vez que salió de su isla, la última vez que vio a su
obispo, al rey Kalakaua y al ministro Gibson, su antiguo amigo, y los tres
vinieron a devolverle la visita al hospital de Kakaako. Allí pasó cuatro o
cinco días, siguiendo el tratamiento del doctor Goto, edificando a las
196

Hermanas franciscanas que servían en el establecimiento, consagrando
todo el tiempo de que disponía a los enfermos. “Yo fui quien tuvo la dicha
de cuidarle —cuenta la Hermana Creseencia—. Su presencia inspiraba
devoción, porque era conocido todo cuanto había hecho. No hablaba más
que de los leprosos; jamás de él. He sabido que, a veces, se privaba del
alimento para que no tuvieran hambre. Nos edificó con su alegre
paciencia.”
Volvió a ver a su gran bienhechora, la Madre Judit, Superiora de las
Picpucianas. A esta vieja amiga confió el martirio interior que estaba
sufriendo. Hubo un momento en que se preguntó delante de ella si no
aceptaría el ofrecimiento que se hacía de permanecer y morir en Kakaako,
“pues tanto le dolía el corazón”. “Le enseñé la ropa blanca y otras
excelentes cosas que había preparado para sus hijos. Bastaba con esto para
reconfortarle. De pronto, cargado de paquetes, regresó alegre a Molokai.”
Un mes más tarde, Damián escribió al P. General. Le habla de la
fiesta del Corpus que acaba de celebrarse en el lazareto: “En este día —dice— me guardé bien de cometer mi pecado habitual, que es predicar
durante mucho tiempo. He hecho un sermoncillo, después del cual, la procesión se ha desarrollado, más hermosa que nunca. Iba guiada por mi buen
Petero, al que la lepra ha vuelto ciego. Abría marcha debajo de un quitasol,
conduciéndole un hombre robusto, que le sostenía. A la ceremonia
religiosa siguió una excelente comida familiar, en la que participaron todos
nuestros cristianos. Un señor vestido de sedas, que pesaba trescientas
libras, y que habían matado la víspera, hizo el gasto de ella.” Damián
cuenta así el viaje de Honolulú, pero sin darle más importancia que a lo
demás.
Se asombra uno, pues, de que el 30 de diciembre, seis meses después
del acontecimiento, vuelva otra vez sobre este viaje, y en su Memoria de
final de año escriba al Padre Janvier, secretario del General;
“He aquí unas palabrillas bien penosas para mí y que tal vez lo serán
también para el buen corazón de nuestro Reverendísimo Padre General...
En julio último, no habiendo visto a ningún Hermano desde hacía casi tres
meses, me he escapado, casi (y él es el que subraya) contrariando a la
obediencia, y fui a Honolulú, donde tuve el consuelo de confesarme con
Monseñor.”
La carta, demasiado larga para citar, es emocionante y triste. El pobre
Padre protesta que quiere seguir siendo “un hijo muy sumiso y un enfermo
perfectamente enterado de su suerte”. Habla de su secuestro, “más penoso
que la enfermedad de la lepra”; pide que rueguen y hagan rogar para que el
197

buen Dios le confirme en su gracia, pues desde hace tres meses no se ha
confesado y no sabe cuándo vendrá su confesor; aparte de esto, es “feliz y
está contento”, “no se queja de nadie” y, “leproso o no, desea acabar su
vida en Kalawao”.
Es evidente que la confesión tardía de esta “casi desobediencia” es
una manifestación de escrúpulo, un efecto de esta melancholia religiosa,
de la que, según el doctor Mouritz, estaba atacado.
“¡Si viene, él será responsable de lo que acaezca!”, había dicho el
Padre L... Palabras inadmisibles en un Superior, cuyo papel es decidir y
asumir la responsabilidad de sus decisiones. Pero son palabras que, a solas
con sus pensamientos, habrá repetido como obsesión: “¿Será eso una
verdadera autorización?”, se preguntaría. “En vez de obrar como un
cadáver, que es indiferente a todo viaje, ¿no he demostrado que quería ir a
Honolulú? En vez de obedecer, ¿no he seguido acaso mi voluntad propia?”
En estas ocasiones es cuando conviene, y necesitan las almas
conturbadas, un guía espiritual. Si Damián hubiera podido confiarse
durante cinco minutos a un sacerdote inteligente, éste le hubiera
tranquilizado, diciéndole: “Os concedo que en julio no os habéis portado
como un cadáver. Perinde ac cadaver. Pero por esta vez tuvisteis razón.
Un cadáver no necesita confesarse, y, por esto, jamás intrigará para ir a
Honolulú. En cuanto a vos, ya es otra cosa. Nuestro Señor ha instituido el
Sacramento de la penitencia para perdonar los pecados y devolver a los
corazones inquietos la serenidad. Tenéis derecho a recurrir a ella como
todos los cristianos. Por consiguiente, habéis hecho bien insistiendo para
conseguir emprender este viaje, y os felicito por haberlo conseguido. Y
ahora os prohíbo volver otra vez sobre esa historia ya pasada de la “casi
desobediencia”. Decid tres Pater como penitencia y rezad un buen acto de
contrición. Os voy a dar la santa absolución. Ego te absolvo...”
El lector compartirá seguramente el parecer del confesor; y no hay
duda que pensará que Damián debía hallarse muy avanzado en perfección
para experimentar semejantes escrúpulos, y muy desgraciado al verse en

198

CAPÍTULO V

El testimonio de Roberto Stevenson

Aún faltaba a Damián el ser atacado en el punto más sensible de su
honor sacerdotal.
A menudo, las peores calumnias contra los clérigos suelen salir de la
boca desdentada de las beatas rancias. Esta vez vino de un antiguo sacristán. El beato cortejaba a la viuda de un leproso, a la que utilizaba el
Padre por su abnegación. Esta virtuosa persona preparaba sus comidas,
vigilaba las niñitas de su orfanato, ordeñaba las vacas en su establo.
Rechazó los cortejeos del desagradable personaje, que se vengó hablando
mal de la viuda y del sacerdote a quien servía.
La indecencia se comunicó a la prensa por el doctor Hyde.
Como ciertos periódicos locales repitieran varias veces aún esta
grosería, es conveniente contar lo que ocurrió.
El pastor Hyde, doctor en teología, “hombre refinado, sabio y
caritativo”, según el decir del doctor Mouritz, pero que esta vez habló algo
de prisa, enseñaba filosofía a la joven clerecía protestante de las Sandwich,
y vivía en Honolulú en una casa soberbia. Era un enemigo fanático de los
misioneros católicos. Mientras vivió Damián, el pastor se limitó a
difamarle a escondidas.
No empuñó la pluma sino después de la muerte del Padre, cuando
supo que en Londres se había constituido un Comité presidido por el Príncipe de Gales para perpetuar su nombre.
Entonces escribió a su compañero, el doctor Gage, la siguiente carta
abierta:
“Honolulú, 2 de agosto de 1889
“Mi querido Hermano:
En respuesta a vuestra encuesta sobre el Padre Damián, a
quienes hemos conocido mucho, he de manifestaros nuestra sorpresa
a la vista de los extravagantes elogios que de él hacen los periódicos,
199

como si se tratara de un gran filántropo o de un santo. La verdad es
que era un hombre grosero, testarudo y sectario.
Si marchó a Molokai, fue por su propia voluntad, pues nadie le
envió allá.
Pero, además, no vivía en el barrio leproso, antes de verse
atacado por la lepra, sino que circulaba libremente por la isla, cuya
mitad está reservada a los leprosos, y muy a menudo se encontraba
en Honolulú.
No tuvo que ver nada en las reformas y mejoras realizadas en el
lazareto, que fueron obra del Comité y del gobierno, los cuales
proveyeron en la medida de lo posible, según las circunstancias y
necesidades,
Sus relaciones con las mujeres fueron todo, menos puras; y a su
libertinaje y a su negligencia se debe el que contrajera la lepra, de la
que murió.
Otros también han hecho grandes cosas en favor de los
leprosos; nuestros propios pastores, los médicos designados por el
gobierno, etc.; pero éstos no se han movido, como católicos, por el
pensamiento egoísta de alcanzar así la vida eterna.
Vuestro, etc.,
C.-M. HYDE”
Tal carta apareció en todas partes, produciendo algunos de los efectos
que los ministros esperaban de ella.
Para desviar sus golpes, se elaboraron largas e irrefragables
refutaciones por los picpucianos, algunas de las cuales se publicaron.
El mismo Monseñor K..., tomó la pluma: declaró que una encuesta
concisa le autorizaba a salir fiador de la pureza de su misionero, y aseguró
que éste, en los dieciséis años, no había estado más de dos meses en
Honolulú.
El leproso Hutchison, que se encontraba en Molokai desde 1876, se
hizo intérprete de todos sus compañeros para afirmar que el Reverendo
Hyde “era, de los pies a la cabeza, un redomado embustero”.
Breve apreciación que el P. Alberto desarrolló y probó en tres
estudios críticos, que concluían mostrando la inocencia de Damián y la
perfidia de su acusador. El doctor —decía él, según San Pablo— “es un
hombre animal, incapaz de entender y comprender nada de las cosas
200

referentes al espíritu de Dios”, y apelaba a la propia señora Hyde para
demostrarlo. El P. Alberto sentaba también que ningún ministro protestante
había puesto los pies en el lazareto, a excepción del Reverendo Pogue, que
había querido que hablaran de él los periódicos, Además de ser muy rápida
su única visita: “Se inclinó a lo lejos sobre algunos enfermos, evito
prudentemente entrar en las chozas, y en medio de la burla de los leprosos,
se volvió a su barco velozmente,” También había habido un pastor en el
lazareto, pero éste era un canaco leproso que residió allí porque no podía
estar en otro sitio. Y las proezas de su celo no eran tales que valieran ser
mencionadas.
***
De repente, los picpucianos cesaron en la defensa de su compañero
de religión, pues Roberto Stevenson acababa de contestar al doctor Hyde.
Después de la réplica del gran escritor inglés, puede decirse que no quedó
nada de la carta del pastor, y aun muy poco del mismo pastor.
Stevenson vivía por esta época en Tahití. Pasó varios meses en
Honolulú, residió ocho días en Molokai, realizó una detallada encuesta y
escribió después una carta abierta que dio la vuelta al mundo.
El autor del Maestro de Ballentrac, de La Isla del Tesoro y de tantos
libros célebres, quiso que esas páginas se unieran a sus Obras completas.
Como jamás han sido traducidas y forman un testimonio absolutamente
independiente, vamos a analizarlas en su totalidad.
“Sidney, 25 de febrero de 1890
Muy señor mío: Tal vez recordaréis que nos conocemos, que
nos hemos visitado y mantenido juntos algunas conversaciones que,
para mí, fueron de un gran interés. Me habéis testimoniado una
cortesía por la que os estoy reconocidísimo. Pero hay deberes
mayores que la gratitud, y ofensas que separan a los amigos más
íntimos, y con más razón los simples conocimientos. Aun cuando me
hubierais impedido morir de hambre dándome más pan del que
puedo comer, aun cuando hubierais sacrificado el descanso de vuestras noches para velar a mi padre moribundo, vuestra carta al
Reverendo Gage me relevaría de toda obligación con respecto a vos.
...Coger la pluma es un deber que realizo con la humanidad,
pues su honor exige que, hasta en los rincones más alejados del
201

mundo, Damián sea vengado, y que el público sepa a qué atenerse en
cuanto a vos.
Comenzaré por citar por extenso cosas vuestras; filtraré
después vuestros asertos, tratando de esbozar el retrato del santo
desaparecido, que tanto os ha complacido calumniar; y, luego, os
daré un eterno adiós.”
Después de transcribir la carta del pastor Hyde, continúa Stevenson:
“Para responder como es debido a vuestro factum, es necesario
que os presente tal como os he conocido. ¿Por qué he de guardar
consideraciones hacia un hombre que no respeta nada? Soy muy
dichoso al poderme servir de una espada desnuda. Si mis palabras
ofenden a vuestros colegas, a quienes respeto y quiero, que me
perdonen en atención a los grandes intereses que defiendo. La pena
que han de sentir por ello será, no obstante, muy ligera en relación
con la que han experimentado leyéndoos. La culpa no es, pues, mía.
No es el verdugo el que deshonra a la familia humana, sino el
criminal,
La Iglesia a la que pertenecéis, que es también la mía y la de
mis antepasados, tenía una situación preponderante en las Hawai...
No en este el lugar de dar cuenta de sus éxitos y fracasos, ni de
buscar sus causas... Hay que deplorar, sin embargo, que, en el
ejercicio de su ministerio evangélico, demasiados de sus misioneros
se hayan enriquecido…
Tal vez os asombraréis, señor mío, al conocer la sorpresa que se
apoderó de mi cochero cuando vio la amplia, lujosa y cómoda casa
en que habitáis y el gusto exquisito de su arreglo. Yo mismo hubiera
quedado asombradísimo si entonces me hubieran dicho que un día
habría de hablar de estos detalles, Sois vos quien me fuerza a
rebajarme a vuestro nivel. Pero las gentes, llamadas a zanjar nuestra
discusión, deben saber que vuestra carta se escribió en una casa que
causa la envidia de los viandantes y provoca sus reflexiones sin
ningún miramiento. Vd, jamás ha puesto el pie donde vivió y murió
Damián; si no, espléndidamente instalado como estáis, no hubieseis
hablado de él del modo que lo hicisteis. Vuestra misma pluma se
hubiera detenido.
202

...Su carta está inspirada por la cólera y ha nacido de la envidia.
Estáis envidioso de que el heroísmo de Damián haya realizado lo que
vuestra Iglesia y la mía han descuidado realizar. Tenéis
remordimiento por esa inercia y por esta batalla perdida. Os diré y
éste es el único cumplido que he de haceros que, de todos los sentimientos de vuestra carta, él sea el único que no es completamente
innoble. Solamente, cuando alguien triunfa en donde nosotros hemos
fracasado, cuando va a ocupar el lugar que nosotros hemos
abandonado, cuando sube a la brecha y cae víctima de su heroísmo,
el medio de rehabilitarse ante sí no es el de abrumarle con
ignominiosos ataques. La batalla estaba perdida para siempre. Por
inercia, habéis dejado pasar la ocasión de hacer bien. Os quedaba la
ocasión de no envileceros, ésta también la habéis dejado pasar. Pudisteis guardar silencio, y habéis hablado. Mientras que, coronado de
gloria, Damián, sucumbiendo en la tarea, se pudría en un cubil, vos,
muellemente instalado en vuestro cómodo hogar acumulabais
inmundos chismorreos para extenderlos entre las gentes. Esto era
consumar vuestra deshonra.”
Stevenson ruega al doctor Hyde que no tome la palabra “cubil” como
exacta. La expresión no es muy exagerada. La de ‘“hombre grosero y
sucio” no es del todo falsa. Y el escritor se felicita de poder sustituir la
imagen convencional que han extendido algunos, con un retrato más
verdadero y no menos admirable del sacerdote leproso.
“Me preguntaréis si soy capaz de ello.
¡Ay de mí!; para desgracia mía el azar ha querido que fuera al
Reverendo doctor Hyde, y no al Reverendo P. Damián, al que
conociera en otros tiempos. Cuando llegué al lazareto, Damián
descansaba ya en su tumba. Pero he interrogado a los que vivieron
con él. Algunos veneraban su memoria; otros, sus antiguos
adversarios, no trataban de trenzarle coronas. De los labios de los
últimos es de los que he sabido todo cuanto sé, y a su testimonio,
poco sospechoso, es al que he de atenerme.
He ido, pues, a Molokai, que Vd. no ha visitado, y del que decís
“que un poco menos de la mitad está reservado a los leprosos”.
Stevenson describe la configuración física del lazareto:

203

“Esto os permitirá, señor mío, situarlo en el mapa y ver si
constituye o no la vigésima parte de la isla.
Os admiro que habléis tan alegremente de un lugar donde una
yunta de bueyes, con amarras de barco, no conseguiría arrastraros.
No penséis que quiero turbar la quietud de que disfrutáis en la calle
Beretania, describiéndooslo con todos sus horrores.
La mañana en que desembarqué, dos religiosas lo hicieron
conmigo. Una de ellas lloraba en silencio, y no pude impedir yo el
hacer lo mismo. Vd. mismo creo que se hubiera emocionado. Esos
seres, deformes, esa humanidad como de pesadilla, os hubieran
hecho sentir, en todo caso, la dulzura de vivir que se goza en la calle
Beretania.
Cuando se ven esos rostros, que son como manchas horrorosas
sobre el cielo, esos despojos humanos que aún respiran sobre su
lecho de hospital, la idea de tener que vivir allí es de las que os hacen
retroceder de espanto, como el brillo del sol que os obliga a guiñar
los ojos. El tener que pasar su existencia en este lugar, se asemeja al
infierno.
No soy menos valiente que otro, pero no puedo referirme al
tiempo que viví en tal lugar —¡ocho días y siete noches!—, sin sentir
la alegría de no estar allí. En el barco que me conducía, a pesar mío,
me bailaba en los oídos este estribillo: “Es la más desolada de todas
las comarcas conocidas.” Y, sin embargo, lo que he visto —
hospitales bien instalados, casitas mu limpias, formando un pueblo
nuevo, una colonia bien arreglada—, no se parecía a lo que Damián
descubrió cuando se despertó bajo el árbol en que pasó su primera
noche. ¡Estaba solo, con la única compañía de la peste! ¡Solo había
de vivir el resto de sus días en medio de esta humana
podredumbre!... Abandonando toda esperanza, por su propia mano
cerraba tras él la puerta de su tumba.”
Stevenson cita entonces los extractos siguientes del diario que
redactó en Molokai. Constituyen —dice— “la lista de las imperfecciones
de Damián, todo cuanto puede reprochársele, pues son únicamente los
protestantes, sus adversarios, los que me los reseñaron”.
“A. Damián ha muerto. Allí donde tanto ha trabajado y sufrido,
no le están, sin embargo, muy agradecidos. “Era un hombre virtuoso
—me dice uno—, pero muy méteme en todo.” Otros declaran que
204

había adquirido las maneras de pensar y obrar de los canacos, de lo
que se reía, reconociéndolo.
Por lo que veo, a pesar de su sinceridad, no era muy popular.
B. Cuando murió el famoso subintendente Ragsdale, que había
conseguido domar a la colonia rebelde, Damián le sucedió por breve
tiempo. Esta interinidad revela su lado débil. Sus maneras eran rudas,
la inspección que ejercía, insuficiente; hubo un relajamiento de la
disciplina, y hasta su vida se vio amenazada. Por ello, se apresuró a
dimitir.
C. Comienzo a formarme una idea de su carácter. Era, según
me parece, un labrador inteligente, pero poco cultivado y sectario; de
espíritu abierto; capaz de aceptar una reprimenda recia y
aprovecharse de ella; de un corazón extraordinariamente generoso,
igual en las cosas pequeñas que en las grandes; dispuesto a dar, aun
cuando fuera gruñendo, lo mismo la camisa que la vida. Era
indiscreto, se metía en todas partes, lo que no le hacía ser de un trato
fácil; autoritario, y, sin embargo, desprovisto de verdadera autoridad,
pues sus hijos se burlaban de él, y era a fuerza de mimos como se
hacía obedecer. Tenía la manía de ocuparse de medicina y contribuía
a arruinar, en los enfermos, su confianza en los médicos oficiales. Si
esto puede tener alguna importancia en el tratamiento de una
enfermedad semejante, tal vez sea este su mayor crimen... El hombre
se reveló perfectamente en el asunto de las libras esterlinas enviadas
por Chapman. ¡Hubo un momento en que tuvo la intención de
gastarlo todo en favor de los católicos! Se intentó que se diera cuenta
de su error. Según su costumbre, escuchó primero con una bondad
perfecta y una testarudez absoluta. Después, cuando vio claro,
reconoció lealmente que se había engañado, y dijo a su interlocutor:
“Os doy las gracias. Eso hubiera sido un robo. Me habéis rendido un
gran servicio.” Y modificó su lista.
¿Es exacto este retrato? Fue, en todo caso, trazado por un verdadero
psicólogo que no tenía un propósito deliberado, y sí todos los medios para
informarse. Si no se le encuentra lo suficientemente laudatorio, hay que
recordar que los informantes de Stevenson eran protestantes.
Es menester, sin embargo, extenderse sobre el sentido de la palabra
“sectario”, aplicada a Damián. Se quiere decir, al parecer, que el Padre era
celoso, apostólico, que trataba de extender su credo, convencido de que era
el único verdadero. Según el modo de ver de algunos protestantes, que
205

consideran todas las confesiones cristianas como buenas, es evidente que
un sacerdote católico que realiza proselitismo, necesariamente es
“sectario”.
En cuanto al reproche de haber hecho competencia a los médicos
oficiales, hay que distinguir tres períodos en la carrera médica del P. Damián. El primero, en el que los leprosos no tenían médicos; el segundo, en
el que los médicos “jamás estaban allí cuando se les necesitaba”; y el
tercero, al fin, en el que, a partir de 1884, el doctor Mouritz residió en el
lazareto. En el primero, sólo puede decirse que el Padre cuidó de enfermos
abandonados. En el segundo, se comprende que, a su regreso de Honolulú,
los médicos hayan tenido algo que decir de los cuidados prestados durante
su ausencia; un doctor siempre piensa que su paciente se hubiera salvado si
él hubiera estado allí. El reproche no se extiende más que sobre los
comienzos del tercer período, en el que Damián no abandonó tan pronto a
su querida y antigua clientela en manos del doctor Mouritz. A las
observaciones que se le hicieron, cedió, sin embargo, y sus relaciones con
el doctor fueron cada vez más correctas.
Este médico protestante, gran admirador del pastor Hyde, y por
consecuencia moderadamente inteligente, ejerció durante cuatro años en la
leprosería. También él ha trazado un retrato del P. Damián, en el que habrá
que retener los rasgos externos:
“Medía —dice— 1,72 metros, pesaba 92 kilos, era de temperamento
nervio-bilioso, tenía el pelo negro y abundante. Poseía una voz de barítono
clara y potente, cantaba muy bien, era mucho más guapo visto de perfil
que de frente, y andaba, de ordinario, con la cabeza descubierta. Era
inflexible e impresionable. Instalado desde hacía muchos años en Molokai,
se comportaba en autócrata, y si le hubieran dejado hacer, la leprosería se
hubiera convertido en una especie de monasterio bajo su dictadura
religiosa.”
***
Volviendo a la carta de Stevenson, refutó, punto por punto, en su
última parte, las acusaciones del pastor Hyde.
“Damián era grosero.
Es posible. Vd. es extremadamente bueno al querer que nos
compadezcamos de estos pobres leprosos que sólo tenían por padre y
amigo a un labriego ignorante. Pero Vd., que es tan distinguido, ¿por
qué no estaba allí para encantarles con su cultura? ¿He de recordaros,
206

sin embargo, que San Juan Bautista no era muy elegante; que San
Pedro, cuyas alabanzas cantáis en el púlpito, era un pescador rudo y
terco? Y la Biblia protestante le llama, sin embargo, santo. El doctor
Hyde no tiene nada de grosero; solamente, la desgracia ha querido
que por esta época se quedara en su hermosa casa de la calle
Beretania, en vez de venir a Molokai.
Damián era terco.
Por esta vez creo que tenéis razón. Y bendigo a Dios por
haberle dado su cabeza testaruda y su firme voluntad.
Damián era sectario.
No me gustan mucho los santurrones, porque ellos no
representan nada para mí. Por eso, si Damián no hubiera sido más
que un sectario y un santurrón y no se hubiera manifestado más que
por su estrecha fe e intransigencia, le hubiera evitado
cuidadosamente durante su vida y no hablaríamos de él. Lo
admirable es, precisamente, que esta fe haya sido en él un
instrumento semejante para el bien, y haya hecho de él el héroe de la
humanidad, que admira el mundo entero.
Damián no fue enviado a Molokai, sino que marchó por su
gusto.
¿He leído bien, o es acaso una falta de imprenta? ¿Es ése un
reproche por vuestra parte? Con frecuencia he oído a nuestros
ministros que debemos imitar a Jesucristo, cuyo sacrificio es tan
meritorio, porque fue voluntario. ¿O es que el doctor Hyde será de
otro parecer?
Damián se ausentaba con frecuencia de Molokai.
Sin duda, porque le dejaban en libertad de hacerlo. ¿Le
censuráis porque haya usado de ella?... ¡El programa que se le
hubiera señalado en la calle Beretania hubiera sido de espanto!
¡Pocas gentes encontraréis tan exigentes como usted!
Damián no ha intervenido para nada en las reformas
realizadas en el lazareto.
Aquellos a quienes no ciegan los prejuicios, reconocen, por el
contrario, que todas las reformas han de sumarse a su cuenta. Sus
éxitos y su heroica terquedad tenían su razón ante la negligencia y el
malquerer de los oficiales. Éstos se vieron obligados a seguirle y aun
a sobrepasarle. Antes de él, poco se había hecho. Llegó, y su brillante
sacrificio conmovió al mundo entero. Las miradas del Universo se
207

volvieron hacia Molokai. Atrajo el dinero y, sobre todo, la simpatía
de los corazones. La opinión pública ejerció su vigilancia sobre el
cuidado que se tenía de los leprosos. Eso era todo cuanto se
necesitaba; era la semilla de todas las mejoras futuras. Si hubo
alguna vez un hombre que realizara reformas y muriese para asegurar
su triunfo, ése fue él. No hay una taza limpia, no existe una servilleta
blanca en el Bishop’s Home, tan cuidado en la actualidad, que no
deba su limpieza a Damián.
Damián no era puro en sus relaciones con las mujeres, etc.
¿Dónde os habéis enterado de esto? ¿Son estas las
conversaciones que se tienen en la calle Beretania? En esa hermosa
morada, que envidiaba mi cochero, ¿eran estas historias licenciosas
las que os distraían a expensas del pobre aldeano que penaba sobre la
roca de Molokai?
Muchas gentes han visitado la leprosería; ninguno, por lo que
parece, ha recogido tal rumor. Cuando yo he estado allí, me han
contado muchas cosas escandalosas, pues a mis informadores, gentes
seglares, no les importaba hablarme de ellas. ¿Por qué no me han
dicho nada de esto? Y ¿cómo esta historia que se me ha ocultado, ha
llegado a franquear vuestro eclesiástico umbral?
Os confesaré, sin embargo, que antes de haberla encontrado de
vuestra pluma, yo ya la sabía, y os diré cómo.
Un día, en una tabernucha del puerto de Honolulú, entre
bebedores sentados, oí a un polinesio contar que Damián había
contraído la lepra por su libertinaje. ¡Ah!, ¡y qué placer me da deciros cómo fue recibido! Uno de estos groseros bebedores se levantó:
¡”Miserable c... b... n! —exclamó—, ¿no te das cuenta de que si eso
fuera verdad, tú, que estás un millón de veces por debajo de él, no
tendrías derecho a repetirlo?”
Por lo que supe después, el que se había levantado lleno de
indignación ante el polinesio y le había hecho tragarse su grosería,
poco valía, y Vd. no le hubiera invitado a comer. La injuria que lanzó
es de las que chocarían a vuestros oídos. ¿Por qué esos delicados
oídos se abrieron complacientes a la difamación que no quería
escuchar?
¡Ah!, ¡si al menos hubierais reaccionado cuando os llegó esa
inmunda calumnia! ¡Cómo se os perdonaría el haber escupido tal
palabrota! ¡Qué digo!; esta misma palabrota sería vuestro mayor
208

timbre de gloria. ¡Pero no!; ¡el presbiterio de la calle Beretania está
por debajo de la tabernucha del puerto! ¡Al doctor Hyde le da menos
asco que al bebedor grosero que se levantó para protestar! ¡El
piadoso pastor ha escogido representar el papel del borracho
polinesio! No hay duda que éste se hallaba ebrio cuando calumniaba,
y eso le excusa. Usted no lo estaba cuando habéis escrito vuestra
innoble carta al doctor Gage, pues la cinta azul que decora vuestro
pecho anuncia que sois un abstemio, y por eso es imperdonable en
vos.
Seguramente que no sabéis lo que de ustedes se piensa entre la
gente. Os lo voy a decir, admitiendo por un momento que sea cierta
vuestra historia.
Dios me perdone suponer que Damián ha vacilado; que en su
aislamiento, presa de la fiebre de su naciente lepra, este hombre, mil
veces más virtuoso que usted y que yo, ha sucumbido a la humana
debilidad... Al conocer esto, los corazones más duros se fundirían en
lágrimas, los más incrédulos buscarían un refugio en la oración. En
cuanto a usted, todo cuanto ha sabido hacer ha sido precipitarse a
coger vuestra pluma pata escribir al doctor Gage.
¿Comenzáis a ver quién sois y lo que valéis? Pero os lo voy a
mostrar más claramente aún.
Usted tiene padre. Suponed que hubiera sido él de quien se
contara esa historia, apoyándola con verdaderas pruebas. ¿Sería pedir
demasiado a vuestro pudor el creer que esto os ha molestado y que
no habéis tenido la idea de publicarlo en la prensa?
¡Pues bien! Yo os digo que aquel que hubiera intentado tan sólo
lo que Damián ha realizado tan magníficamente, ése sería mi padre,
el padre del buen borracho de la playa y de todos aquellos que en
este mundo reverencian la belleza moral y la virtud. Hubiera sido
también vuestro padre, si Dios os hubiera concedido la gracia de
reconocerle.”
Después de esta carta no se oyó hablar más del pastor Hyde y de sus
amigos. Cuatro años después, sin embargo, habiendo muerto Stevenson,
creyeron que era conveniente que la atención pública recordara,
anunciando que el autor, al final de su vida, se había arrepentido de lo que
escribiera. Pero no contaban con la viuda del escritor. Publicó ésta en la
prensa que, lejos de haber cambiado de opinión, su marido había muerto
209

sintiendo no haber sido más duro con los difamadores de Damián. Esta
actitud les hizo entrar para siempre en el silencio.
***
E1 santo religioso supo que atacaban su virtud; tuvo la crueldad o la
tontería de revelarlo un poco antes de su muerte.
Aceptó este sufrimiento, como había aceptado lo demás, sin acritud
contra nadie, sin sublevarse, sin un pensamiento de venganza.
Y, sin embargo, tuvo muchas ocasiones en las que defender su honor.
Entre otras, ésta:
Un especialista de la lepra, el doctor Morrown, de Nueva York, le
había pedido que describiera el proceso de su enfermedad. Un mes antes
de comparecer ante Dios, el 10 de marzo de 1889, Damián dictó a Dutton
un informe suficiente para satisfacer la curiosidad del investigador. En él
deslizó estas dos frases: “En mi familia nunca se ha presentado ningún
caso de s... Yo mismo jamás he tenido relaciones íntimas con nadie.” Esta
declaración la hizo espontáneamente y quiso que su secretario la
reprodujese tal cual. Cuando éste hubo terminado su trabajo, Damián lo
releyó atentamente, y después, en el final de la última página, para
atestiguar la exactitud del texto, él mismo escribió:
“¡Exacto!—J. Damián de Veuster, sacerdote católico.”
Habría deseado también que después de su muerte le hicieran la
autopsia. ¿Tenía acaso el pobre Padre la esperanza de que este examen
demostraría su inocencia?

210

211

CAPÍTULO VI

Un siervo de Dios

Se admite comúnmente que es imposible escrutar las conciencias y es
prudente esperar el juicio final para juzgar el grado de santidad de sus
semejantes.
Temeridad sería el querer trazar el retrato místico de un hombre que
no ha tenido tiempo de contemplarse a sí propio ni contar a los demás el
obrar de la gracia en su alma. Dejando, pues, al lector el cuidado de
apreciar a Damián por lo que ha dicho y hecho, nos limitaremos a trazar
aquí algunos rasgos señalados de su fisonomía psicológica y religiosa.
El protestante L.-R. Stevenson predijo que la Iglesia Romana habría
de ponerle un día en los altares.
En el mes de agosto de 1889, Monseñor K... escribía al General: “Le
miro como un verdadero santo, aunque de una especie particular.”
¿Insinuaba con esto Monseñor que Damián era un santo que le había
mareado? ¿O quería decir, más bien, que había practicado su religión de la
mejor manera posible, es decir, utilizando del mejor modo las gracias y el
temperamento que Dios le había dado?
***
Como herencia familiar y recompensa a una gran pureza de vida,
Damián tuvo el don de la fe en grado extraordinario. Dudaba menos de las
realidades sobrenaturales que de la existencia del mundo exterior.
Consideraba a los incrédulos y herejes con la misma mirada de asombro y
de caritativa piedad que un hombre sano contempla a un enfermo. Jamás le
alcanzó la menor inquietud intelectual. El pensamiento de los últimos
fines, del juicio divino, de las eternas sanciones, le obsesionaba. De
continuo pensaba en ello en sus cartas y sermones. Esta fe determinó su
vocación, le alentó en sus penalidades y trabajos, le consoló en sus
aflicciones, y fue norma de su conducta.
212

El sabio doctor Hyde, que le había conocido en 1885, le trataba de
“ignorante”. Verdad es que no se podía contar con él, fuera del alivio a los
leprosos, para resolver las cuestiones más espinosas. No tenía ninguna
curiosidad en el orden especulativo. El Evangelio, la enseñanza de la
Iglesia, los resúmenes teológicos de su cuaderno, le proporcionaban
respuesta para todo. Se decía a sí mismo, al parecer, que ya había muchos
grandes hombres sin él, para que la ciencia progresara y almacenara las
conquistas de la erudición, y que podía esperar el paraíso para conocer lo
que ignoraba.
***
Su piedad era profunda. Amaba a Dios con todo su corazón,
sirviéndole con ánimo y fidelidad, bendiciéndole por haberle dado su
hermosa vocación, aceptando con la misma alegre confianza las penas y
alegrías que en ella hallaba.
Bajo la advocación de los Sagrados Corazones de Jesús y María,
venerados de un modo particular en su Congregación, alimentaba una
tierna devoción hacia Cristo, que nos ha salvado con sus ejemplos y
sufrimientos, y hacia la Virgen Madre, que nos dispensa los tesoros de la
misericordia divina.
Se entregaba mucho a la oración, en la que su alma recibía las
respuestas y consuelos con que el cielo favorece a los que son puros y humildes de corazón. Fue puro hasta la escrupulosidad. Humilde, a pesar de
la admiración que los triunfos de su celo suscitaron en el mundo entero.
Los testimonios están acordes en mostrarle ocupado durante mucho
tiempo, mañana y tarde, en la oración, diciendo su misa y recitando su
breviario hasta el día en que perdió casi la vista, desgranando su rosario en
todos los momentos que tenía libres. Y, a veces, le robaba horas al sueño
para conversar con Dios:
“Como el cementerio, la iglesia y la casa del cura están en el mismo
parque escribe, soy durante la noche el único guarda de este hermoso
jardín de los muertos, donde mis hijos reposan. Me gusta ir allí a rezar mi
rosario. Os confieso que el cementerio y las chozas de mis moribundos son
mis mejores libros de meditación, tanto para alimentar mi propio corazón
como para preparar mis sermones.”
***

213

Nada tenía de esos devotos que su piedad les dispensa de practicar la
virtud.
Era un hombre honrado perfecto a quien la idea de mentir, de obrar
con astucia y adular le fue siempre extraña. Su rectitud era tal, que rayaba
a veces en la sencillez. Su noble corazón jamás concibió un pensamiento
bajo o egoísta.

El P. Jourdan consagra cuarenta páginas a mostrar que fue “un
sacerdote santo” y “un perfecto religioso”. Allí se ve que Damián cumplía
minuciosamente todos los deberes de su estado, sobrepasándose en ellos,
más que tratar de sustraerse a los mismos, no aflojando ninguno de los
vínculos que le unían a su instituto, obedeciendo a sus Superiores, en
cualquier cosa que le mandasen, le costara lo que le costase.
Le ordenaron éstos un día que no abriera su puerta a algunos
mormones, que probablemente le explotaban. Inmediatamente notifica tal
decisión a los interesados:
“Kalawao, 1 de febrero de 1880
Muy señores míos:
Os ruego informéis a vuestro jefe de Laie, que he recibido de
mi obispo la orden de no recibir más, según mi costumbre, a aquellos
de ustedes que de ahora en adelante vengan a visitar la leprosería.
Esta prohibición me descorazona, pero os ruego me excuséis, pues,
ante todo, quiero obedecer a mis Superiores.”
Rinde al Provincial la cuenta exacta de sus gastos personales, hasta
en los menores detalles:
“...0 piastras 25 por un mango de hacha;
“0,50 por una escoba;
214

“0,50 por un gancho;
“0,50 por un cuchillo;
“1,50 por una azada;
“2 piastras para tabaco.”
Y he aquí el programa diario que se imponía, en el que, sin duda, las
circunstancias imponían muchas quiebras, pero que le servía para reglamentar, como en el convento, todos sus actos:
“A las 5.—Entrar lo más pronto posible en la iglesia, oración de
la mañana, adoración y meditación hasta las seis y media.
A las 6 y media.—Misa, instrucción y acción de gracias hasta
las siete y media. Arreglar en seguida diversas cosas para bien de los
fieles.
A las 8.—Desayuno, seguido de un poco de conversación y
otros asuntos domésticos.
A las 9.—Recitación de las horas menores en la galería.
A las 9 y media.—Lectura espiritual y, después, estudio o
correspondencia.
A las 12.—Comida. En seguida, visitar a los enfermos, de
modo que cada semana dé una vuelta a todas las cabañas. Si consigo
regresar a las cinco, rezar mis vísperas y cuidar mis asuntos caseros.
A las 6.—Cena. En cuanto caiga la noche, rosario, breviario y
rezo de la noche.
Entre 9 y 10.—Acostarse.”
***
¿Hemos de volver otra vez sobre su incomparable caridad?
No puede exagerarse la bondad de su corazón. ‘‘Tenía siempre —
dicen sus familiares— palabras de bendición en la boca, agradeciendo los
menores obsequios recibidos.”
También poseía esta verdadera gratitud, que consiste en acordarse de
los bienhechores de los que no se espera nada. No olvidaba a ninguno de
aquellos que le habían ayudado en el comienzo de sus estudios y en la vida
religiosa; era fiel en la amistad, y testimoniaba a los suyos el afecto más
cariñoso.
Para su padre, su cariño filial se traducía preferentemente en piadosas
y viriles exhortaciones. En cuanto a su madre, para quienes tales consejos
215

eran superfluos, se ingeniaba en encontrar toda suerte de medios para
consolarla, animarla, hacerla sonreír, y persuadirla que no había en el
mundo un hombre más dichoso que él, en medio de sus leprosos. “Me
parece —le escribía en 1880— que debéis comenzaros a parecer a vuestra
madre, mi madrina de Haecnt, como era hace treinta años. Tal vez
necesitaréis ahora un bastón para ir a la iglesia. A ella le daba demasiada
vergüenza. No seáis como ella. Haced como yo, ¡que siempre tengo uno en
la mano!” Pero teme, de repente, el haber dicho demasiado. ¿No se
imaginará su madre que es la fatiga o la enfermedad lo que le obliga a
coger un bastón? ¡No hay que tener esto metido en la cabeza! “Por el
retrato que os envío, comprobaréis que siempre soy el mismo gordo e Jef
que era. Mi salud aún es excelente.” Pero, además, “cuando no quiero
fatigarme, enjaezo mi coche de cuatro ruedas, regalo que recibí del
gobierno”.
Ya hemos mostrado lo que fue para los leprosos. El doctor Hyde
proclamaba que había obrado con vistas a la recompensa eterna. Es una de
esas fórmulas polémicas de las que usan voluntariamente los
superhombres para justificar su indolencia. De desear es, en todo caso, que
aumente sin cesar el número de semejantes egoístas que, en espera de ir al
cielo, tienen el valor de sacrificarse en bien del prójimo.
Al contrario de tantos idealistas generosos que la humana maldad
acaba por cansar y endurecer, cuanto más hacía, más bueno, tolerante y
misericordioso se volvía. En sus comienzos, por lo menos verbalmente,
trataba como enemigos a los pastores puritanos. Más tarde, hablaba de
ellos sin la menor irritación: ‘‘Trato de ser amigo de todo el mundo. Sólo
conozco a un leproso que no me quiere: es un viejo ministro protestante
que se complace en publicar artículos anónimos contra mí... Le perdono de
todo corazón, y ¡que Dios le perdone también!”
Algunos perdonan, pero no olvidan. Damián no llevaba el registro de
las injurias recibidas, y los que le abrumaron con mayor perseverancia
jamás tuvieron por qué temer represalias por su parte.
En cuanto a él, pronto iba a pedir perdón a los que atropellaba o
hería. Pues era de carácter impulsivo e irritado. Parece que fue éste tal vez
su defecto dominante, al que combatió encarnizadamente durante toda su
vida. A los informadores que preguntaban si tenía mal genio, le respondieron los leprosos: “Alguna que otra vez, pero no se enfadaba sino
cuando lo habíamos merecido por nuestra mala conducta. Y aun entonces
se excusaba, aun cuando no era a él a quien correspondía hacerlo.”
216

Uno de ellos, el llamado Wilmington, cuenta su historia más por
extenso:
“Al desembarcar en la leprosería con un muchachito que se me había
acercado en el barco, no descubrí al principio refugio alguno. El Padre
ofreció al niño un sitio en el orfanato de Kalawao, y éste prometió que iría.
Encontramos después una casa, donde nos instalamos. Cuando Damián
volvió a pasar, me felicitó por mi alojamiento y recordó que mi compañero
era esperado en el Boy's Home. Respondí que le dejaba en libertad de
decidirse. Corrió, sin embargo, el rumor de que en el orfanato reinaba una
epidemia, y mi amiguito resolvió quedarse conmigo. Así se lo comuniqué
al Padre cuando volvió por allí. Esto le irritó, y salió cerrando de golpe la
puerta. No había dado veinte pasos, cuando, volviendo de su camino, vino
a pedirme perdón por su cólera.”
***
Los que quieran hacer la cuenta exacta de sus defectos, habrán de
señalar que también carecía de orden y autoridad. Se dejaba un poco, como
se suele decir, comer el pan bajo el brazo. Hasta los niños podían más que
él. Pero, ¡cómo iba a ser severo con los leprosillos, condenados a morir
pronto!
Una carta a Pánfilo muestra que el orfanato era una pequeña
república: “Dicha mi misa, me traen un paquete de cartas, entre las que
reconozco la vuestra, ¡Qué mortificación tener que hacer antes de abrirla
una media hora de acción de gracias! Esta vez recé mucho por mi familia,
sin ninguna distracción. Después, a leer todas esas cartas, sin pensar en
encender mi hornillo de petróleo para hacer café. Como habéis tenido la
buena idea de darme tan excelentes nuevas, estoy loco de júbilo. Testigos
de mi dicha, los huerfanillos, todos quieren saber lo que pasa y no me
dejan tiempo para respirar. Había que ir traduciéndoselo a medida que leía,
y contárselo todo detalladamente; decirles que el Padre Provincial había
estado a veros, que teníais 5.782 páginas de sermones, hablarles de nuestra
buenísima madrecita y de sus nietos, que tan bien escriben. Sabed que han
admirado mucho la hermosa escritura de Paulina y María.... En resumen:
que se pasó la mañana; que este día no hubo almuerzo, que uní con la
comida; tras de lo cual, me fui a visitar a mis enfermos con el bastón en la
mano.”
***
217

Entre otras cualidades naturales que el lector, si no se ha distraído,
habrá seguramente notado, el apóstol poseía otras dos, particularmente
útiles para el hombre de acción.
Una era su sencillez.
Ser sencillo es tener un único fin y tender hacia él sin que nos
embarace el resto. Como buen labriego práctico, que da a cada uno lo que
le es debido, pero que no se deja imponer por nadie, ni concede demasiada
importancia a los prejuicios mundanos, Damián perdía poco tiempo en
discusiones y formalidades superfinas, descubría intuitivamente el fondo
de las cosas, suprimía lo que le molestaba, inventaba y ejecutaba lo que era
conveniente y necesario, y la obra se terminaba ordinariamente antes que
los consejeros y aun los donantes tuvieran ocasión de discutirla y
retardarla.
Señalemos, finalmente, su optimismo.
Existe en este mundo el bien y el mal, lo bello y lo feo, sin que, a
decir verdad, se sepa demasiado quién lo trae. El pesimista se ocupa principalmente de contemplar lo que este mundo ofrece de irreparable y
defectuoso. Absorbiéndose menos en la contemplación, el optimista
considera, con preferencia, el lado hermoso de las cosas, y realiza
alegremente su tarea. Tal era Damián, y así permaneció. Nada atacó a esa
fuerza interior que dan el optimismo y la virtud de la esperanza. Él iba
reparando, al perseguir la realización de su sueño místico y de sus
designios caritativos, todo cuanto encontraba reparable, no deteniéndose
ante los sentimientos estériles, conservando en vísperas de su muerte el
mismo impulso, la misma pasión de obrar que en las horas entusiastas de
su juventud apostólica.

218

CAPÍTULO VII

Muerte y celebridad

Antes de morir, tuvo Damián la dicha de ver establecerse en el
lazareto a las religiosas.
Hacía quince años que las estaba llamando: “Si tuviera aquí una
docena de monjitas hospitalarias —escribía en 1873—, ¡cuántos servicios
no harían!”
Pero juzgaba inhumano exponer al contagio a unas pobres mujeres.
Durante mucho tiempo, las almas virtuosas encontraron poco natural el ir a
vivir con los leprosos. En parte, era debido al ejemplo de Damián, que
sirvió para apaciguarlas con ese género de heroísmo.
Sin embargo, el rey, la reina, el ministro Gibson, el Comité de
Higiene, los doctores, estaban de acuerdo en desear el concurso de las
Hermanas. En enero de 1883, el doctor Fitch, médico de Molokai y de
Kakaako, escribía a Monseñor: “Soy protestante, pero... para vigilar que la
comida esté cocida en su punto, para que los niños estén bien cuidados y,
sobre todo, para que reine el amor a la virtud y la práctica de la castidad,
nada conozco que sea mejor que las religiosas.” Pero, además, costaba
mucho obtener los recursos necesarios para su establecimiento.
Se comunicó el deseo a cuarenta y siete congregaciones. Veintidós no
respondieron; veinticinco contestaron que era imposible; dos enviaron una
respuesta que permitía proseguir las negociaciones.
Fueron las franciscanas de Siracusa (Estados Unidos) las que primero
se decidieron. El 9 de noviembre de 1883, siete de ellas desembarcaron en
Honolulú; cuatro fueron agregadas al hospital de Kakaako, tres al de
Wailuku, en la isla Maui, pero ninguna fue destinada a Molokai.
Hasta 1888, Damián estuvo reclamando en vano su presencia.
Circunstancias particulares determinaron a Monseñor el que le diera
bruscamente satisfacción.
De acuerdo con el gobierno, M. B. C. Bishop, banquero protestante
de Honolulú, acababa de decidir la fundación de un asilo para muchachas
219

leprosas en Kalaupapa. Quería que este establecimiento estuviera dirigido
por religiosas, y rogaba que, para obtenerlo, se dirigieran primero a
Monseñor.
En el mismo momento, corrió el rumor de que las Hermanas
episcopalianas de Inglaterra solicitaban este abnegado puesto. Estaban
dispuestas a ponerse en camino. Ante tal peligro, el obispo ordenó con
urgencia a la Superiora de Kakaako que enviara rápidamente sus religiosas
a Molokai.
Eran tres: la Madre Mariana, la Hermana Leopoldina y la Hermana
Vicenta, quienes el 14 de noviembre de 1888 desembarcaron en el lazareto
y se posesionaron del Bisohp’s Home. Abandonando el lecho donde desde
hacía seis meses le retenía la fiebre, acudió Damián en coche para
desearles la bienvenida. Pocos días después, el P. Wendelin, picpuciano,
nombrado cura de Kalaupapa, se les unía.
La Madre Mariana era una inteligencia escogida y un corazón
excelente. Con sus compañeras, rodeó al viejo luchador, que se asomaba
ya sobre la tumba, de delicadezas y afectuosa veneración.
En el ocaso de su carrera, Dios se inclinaba hacia él y le bendecía de
un modo claro. Le enviaba el consuelo mayor que puede tener un hombre
de acción presto a desfallecer: el de ver que no ha trabajado en vano y que
otros recogerán la tarea en la que él sucumbe. El abate Conrardy recogería
su sucesión en Kalawao. Uno de sus hermanos de religión ocuparía su
puesto en Kalaupapa. Y, como ángeles enviados del cielo, he aquí que las
hijas de San Francisco llegaban para adoptar a sus hijos leprosos.
“Nos condujo —cuenta la Madre Mariana— al orfanato de
muchachas de Kalawao. “Hijas mías —dijo—, pronto he de morir, pero no
estaréis abandonadas, porque las Hermanas que estáis viendo han venido
para tener cuidado de vosotras. Vais a volver con ellas a Kalaupapa.” Fue
una desolación general. Todas sollozaban, y se dejaron llevar. Hubo dos
que no querían separarse de él. Agarradas a sus piernas, gritaban: “¡Padre,
queremos quedarnos aquí hasta vuestra muerte!” Fue menester que se les
dejara. Y sólo tras de su muerte fue cuando fuimos a buscarlas; entonces
nos siguieron al Bishop’s Home sin resistencia alguna, y allí murieron poco
después.
“También nos condujo al orfanato de muchachos, y nos enseñó cómo
había que hacer los pantalones.

220

“En los últimos tiempos, al visitarle, nos preguntaba con frecuencia:
“¿Tendréis cuidado de mis hijos cuando ya no esté aquí?” Y por tres veces
repetía su pregunta. Se lo prometimos... Y hemos cumplido la palabra.”
Lo que el señor Bishop había hecho para las niñas, otro protestante
de Honolulú, el señor Baldwind, lo hizo más tarde para los muchachos. El
Baldwind’s Home fue el similar del Bishop’s Home, y toda la población
infantil se benefició de la abnegación maternal de las Hermanas.
Damián podía partir tranquilo: “Mi tiempo ha pasado ya —les decía
—. Ya puedo morir, porque vosotros continuaréis mi obra, mejor que yo
hubiera podido hacerlo.”
Los métodos de las Hermanas eran más perfectos que los suyos; la
preocupación por la higiene y la limpieza más minuciosa; tomaban precauciones ante el temor del contagio. Todo esto era bastante nuevo para él,
pero evitaba contrariar a sus nuevas colaboradoras. Se habituó a recordar
que estaba leproso, y cuando lo olvidaba, se esforzaba por reparar su falta.
“No teníamos por entonces la capilla del Bishop’s Home —cuenta
Sor Lepoldina—, y habíamos transformado una sala del establecimiento en
oratorio. Allí estaba expuesto el Santísimo. Un día, que tenía que hacer en
el jardín, salí de la casa por una puerta trasera y encontré al P. Damián en
el corral. Allí se hallaba arrodillado, sobre un montón de estiércol, fijos los
ojos en la ventana del oratorio, adorando al Sacramento. Sorprendida,
experimenté una gran emoción... ¿Creyó que yo había hecho un
movimiento de retroceso?... Se levantó inmediatamente, y vino humildemente a excusarse de estar ahí, el leproso, por donde yo había de
pasar. Su caridad me emocionó aún más que su piedad.
“Otra vez, nos había invitado para que viéramos su nueva iglesia de
Kalawao, que se apresuraba por terminarla antes de morir. Iba yo con Sor
Vicenta. Nuestra Madre nos había prohibido aceptar nada de él. El Padre
nos ofreció refrescos, y le comunicamos la prohibición ordenada. Insistió
diciendo que su cocinera, que no estaba leprosa, los había preparado, y
temía que esta mujer se molestara por nuestra negativa. Depusimos nuestra
conciencia y tomamos lo que se nos ofrecía... Al día siguiente vino el P. a
Kalaupapa, y, de rodillas ante la Madre Mariana, le pidió perdón por
habernos obligado a desobedecerla.”
***
Tal vez fue esta la última que Damián salió de Kalawao.
221

Él mismo seguía el proceso de su lepra, y sabía que el plazo supremo
se aproximaba.
El 11 de noviembre de 1888 escribió a Clifford: “He perdido
progresivamente mis fuerzas y me he acercado mucho al cementerio.” Un
poco más tarde, dice al doctor Woods: “Mi rostro y mis manos comienzan
a descomponerse.”
Se puso a liquidar su pobre haber. Cedió el viejo “Guillermo”,
propiedad de la Misión, a su vicario. “Hoy —escribe en 16 de febrero de
1889 al Provincial— he vendido mi caballo al señor Conrardy, con el
sillín, las bridas, etc., por veinticinco piastras.” Legó a Monseñor, con el
cuidado de disponer de ellas según el deseo de sus donantes, las libras
esterlinas y dólares que le quedaban. Hecho esto, “¡qué contento estoy por
haber dado todo y no tener nada mío!”, dijo.
“Hubiera deseado volver a ver otra vez más a nuestro obispo, pero el
buen Dios me llama”, escribe a un amigo. Desde hace algún tiempo,
Monseñor se había suavizado. A los buenos deseos del año nuevo había
respondido con el envío de una pipa de espuma y una carta afectuosa: “Yo
también —decía el obispo— os deseo para muchos años toda la dicha
espiritual y material compatible con la voluntad de Dios y una gran
recompensa en la eternidad. Aún tratará el demonio de impedir el bien
sembrando la cizaña, pero esperemos que el Señor nos asista en nuestra
debilidad y nos conduzca a todos a un buen fin.”
Cargar al diablo el haber sido la causa de las desavenencias pasadas,
era descargar de ellas a Damián y pedirle también un poco de perdón.
En cuanto al Provincial, se dejó enternecer menos, y continuó
abrumando a su inferior moribundo con lecciones inoportunas y reproches
ridículos: “¡No seáis tan entero en vuestras ideas!”, le escribe el 28 de
enero. Y el 18 de marzo: “¡Habéis mojado de nuevo vuestra pluma en
hiel!” —a propósito de una carta de Damián, donde no había más maldad
que la de la mano—.
A comienzos de marzo, el estado del enfermo se empeoró
súbitamente.
Hutchison declara que su lepra, “de tipo tuberculoso o cutáneo, le
atacó a los dedos, a las orejas y a la barbilla”. “Se convirtió en el leproso
más horrible del lazareto”, dice José Dutton.
El 9 de marzo se abrieron las protuberancias, formaron abscesos
purulentos y se le obliga a guardar cama.
222

Yacía en su cuarto del segundo piso, en un jergón tendido en tierra.
El que había recibido tantas limosnas y distribuido tantos donativos, estaba
desprovisto de todo. No poseía ni sábanas, ni ropa para mudarse. Temblaba
de fiebre envuelto en una mísera manta. Se le buscó una cama, que apenas
quiso aceptar.
El Hermano Jacobo Sinnet no le abandonó ya. A menudo, el abate
Conrardy y el Hermano José se encontraban junto a su cabecera.
Frecuentemente también, la simpática Madre Mariana venía a visitarle
desde Kalaupapa. En cuanto a los leprosos, los había siempre en su cuarto,
pues era imposible arrojarlos, según dice el Hermano José. Desde
Inglaterra le enviaron Chapman y Clifford mensajes llenos de cariño. El
Padre encargó a su secretario contestarles que pensaba con cariño en ellos
y que por ellos rogaba.
El 10 de marzo, delante de Dutton, se revolvió contra las calumnias
que ya hemos contado, y puso al cielo por testigo de su inocencia.
El 19 recibió de la Madre Judit, su antigua amiga de Honolulú, una
carta felicitándole por su santo y con ocasión de cumplirse los veinticinco
años desde su llegada a Hawai.
Él mismo escribió al doctor Swith, médico del lazareto:
“Querido señor:
”Si os es posible, os agradecería que vinierais a verme. Noto un gran
malestar en el extremo de las entrañas. Complaced a vuestro amigo muy
débil,
J. DAMIÁN”
223

Siguió rezando sus horas mientras pudo ver con claridad. El estado
de sus manos le impedía, sin embargo, celebrar la misa: “Cada noche —
cuenta Sinnet—, desde que sonaban las once, me decía que comenzara las
oraciones anteriores a la comunión. Se unía a ellas con un fervor santo. A
las doce menos cuarto despertaba al señor Conrardy, que dormía en el piso
bajo, y marchábamos a la iglesia para buscar el Santísimo. Al volver, yo
caminaba delante, con el farol en la mano. Después comulgaba el Padre
con el ardor de un serafín.”
No dormía más que una hora o dos cada noche, con la boca abierta,
pues el chancro que había invadido su arteria traqueal progresaba. Su voz
sólo podía proferir roncos cuchicheos. La encina vigorosa se había abatido.
Este hombre, de cuarenta y nueve años, detenido en pleno impulso, no era
más que una ruina. Después de haberse defendido y batido valientemente,
el gran luchador sucumbía. Victoriosa la lepra, se había apoderado de su
garganta y le había derribado. Había degradado y deshonrado el exterior de
su cuerpo. Ahora le destrozaba por dentro, royendo los pulmones, el
estómago y las entrañas.
El 25 de marzo recibió una última reprimenda de su Provincial.
“¡Tranquilizaos, Padre mío! —decía la Superiora—, ¡haced como los
demás!”
Consejos tan pacientes eran superfluos. Todos los testigos declaran
que la resignación del enfermo no se contradijo por un instante. Con sus
ojos, que la hinchazón horrorosa apagaba poco a poco, contemplaba al San
Francisco estigmatizado de Burne-Jones, colgado encima del lecho. Los
estigmas suyos eran más ignominiosos que los del Poverello, pero estaba
tan orgulloso y feliz por ellos. Todas sus turbaciones de conciencia habían
desaparecido. Su corazón estaba henchido de gratitud y serenidad. Si
hubiera sido poeta, hubiera cantado: “¡Bendito seáis, Señor, por haberme
concedido dos veces más los años de apostolado que os había pedido en el
santuario de Montaigu! ¡Bendito seáis por haberme conducido a Molokai,
entre mis hermanos, los leprosos, las más desgraciadas de vuestras
criaturas, por las que tanto he trabajado y sufrido! Y, sobre todo, ¡bendito
seáis por mi hermana Lepra, que me hace morir pareciéndome a los más
miserables de ellos y me conduce al lugar del descanso eterno!”
Incapaz de cantar, Damián se limitaba a decir, en términos
equivalentes, a Chapman y Pánfilo: “Dulcemente me arrastró hacia la
tumba. Es la voluntad de Dios, y se lo agradezco mucho, porque muera del
224

mismo mal y de idéntica manera que mis ovejas. Soy feliz y estoy
contento.”
Sus sufrimientos y los preparativos para la partida no le impedían
aún el pensar en sus hijos. Las últimas líneas que trazó fueron para llamar
al médico ante la cabecera de uno de los suyos:
“Querido señor:
”Jobo Puhomania ha escupido sangre. Tratad de encontrar un
momento para ir a verle. Vive en la segunda casa después de la de Jacobo
Lewis. Dad este gusto a vuestro amigo,
J. DAMIÁN”
“En la misma casa se encuentra también la mujer moribunda de quien
os he hablado ayer.”
***
El P. Wendelin y el abate Conrardy le administraron los sacramentos,
“El 30 de marzo —cuenta el primero— oí su confesión general;
después me confesé con él. Juntos renovamos los votos de nuestra profesión religiosa. Radiaba felicidad. “¿No es cierto —me decía— que
representáis junto a mí a nuestra Congregación? Pues, entonces, no dejéis
de decir al Padre General, cuando le escribáis, que soy muy feliz al morir
hijo del Instituto de los Sagrados Corazones.”
Al siguiente día, domingo 31 de marzo, recibió el santo viático.
Durante el día manifestó su alegría al ver que se acercaba la muerte: “Ved
—decía mostrando sus manos—, todas mis llagas se cierran; la costra se
vuelve negra, y ya sabéis que esto es el final. Mirad mis ojos también. He
visto morir tantos leprosos, que no me puedo engañar. El Señor me llama
para celebrar la Pascua con Él.”
Recibió la Extremaunción el 2 de abril, de manos del abate Conrardy:
“¡Qué bueno es Dios —decía en el transcurso de la jornada— por haberme
hecho vivir lo suficiente para ver en este momento dos sacerdotes a mi
lado y las monjas franciscanas en el lazareto! Ya puedo cantar el Nunc
dimittis; la obra de los leprosos está en buenas manos; ya no soy necesario
y me voy arriba.”
—¡Cuando estéis en lo alto —le pidieron—, no olvidaréis a aquellos
que dejáis huérfanos!
225

—¡Oh, no! Si tengo algo de crédito cerca de Dios, intercederé por
todos los habitantes de la leprosería.
Su compañero, Wendelin, le rogó que le dejara, como Elías a Elíseo,
su manteo, para tener así su gran corazón. Él no se creía Elías:
—¿Qué vais a hacer con él? —dijo—. ¡No podréis ponérosle, porque
está lleno de lepra!
“Le pedí su bendición, que me dio con lágrimas en los ojos. Bendijo
también a las valientes hijas de San Francisco, por cuya venida tanto había
rezado.”
Pasaron algunos días, en los que se encontró mejor. Los leprosos que
venían a despedirse de él, le encontraban sentado en una silla y envuelto en
unas mantas. Aquel que en otros tiempos fue tan vivo, ahora era de una
tranquilidad y una dulzura perfectas; y les daba las gracias efusivamente
por su visita, citándoles para el cielo. Quedaba uno conmovido por la luz
que brillaba en sus ojos.
“El sábado 13 de abril —escribe el P. Wendelin— se puso muy malo
y perdía por momentos el conocimiento. Comulgó cerca de la medianoche
por última vez. Me reconoció cuando me acercaba a su lecho. Como los
oficios del domingo exigían mi presencia en Kalaupapa, nos dimos el
último adiós y le dejé. Volví durante el día, pero ya deliraba. El lunes por
la mañana, 15 de abril, recibí una nota del abate Conrardy comunicándome
que agonizaba. Partí para Kalawao, pero en el camino me crucé con un
mensajero que venía para anunciar su muerte.” Suavemente, “con una
sonrisa”, el Padre se había extinguido en brazos del Hermano Jacobo,
“como un niño que se durmiera”. Había marchado con Dios a principios de
la Semana Santa, unos días antes de Pascua, según lo había anunciado.
Le amortajaron con su sotana. Pronto desaparecieron de su rostro las
señales de la lepra, y las llagas de sus manos se secaron. Hacia las once, le
llevaron a la iglesia, donde quedó expuesto hasta el día siguiente, rodeado
de leprosos, que rezaban y lloraban. Por la tarde, las monjas franciscanas
adornaron el féretro, revistiendo su interior de blanca seda y el exterior con
tela negra.

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Al día siguiente se celebraron los funerales. Salvo la inmensa
desolación de la concurrencia, se parecían a los que Damián había
dispuesto y ordenado durante dieciséis años, y que varias veces a la
semana se verificaban en Kalawao. Después de la misa, el cortejo,
precedido de la cruz, se dirigió hacia el cementerio, donde flotaba, en el
pandanus querido del difunto, una enorme bandera. Venían primero los
músicos de la banda y los miembros de las comunidades; en seguida, las
Hermanas con las mujeres y niñas del Bishop’s Home; después, el féretro,
conducido por ocho leprosos, seguido de dos sacerdotes, con sus acólitos,
de los Hermanos Jacobo y José, con sus huérfanos, y el resto de la
población masculina.

El Padre había deseado dormir su último sueño a la sombra del árbol
que había abrigado sus primeras noches en la isla. Este deseo fue el pri227

mero en cumplirse. Se le enterró al pie del gran pandanus, y allí, durante
cuarenta y cinco años, descansó en medio de los que tanto había amado.

Sobre su tumba la Misión levantó una cruz de mármol negro con la
siguiente inscripción en inglés:
C. C. J. S.
DEDICADO A LA MEMORIA DEL
REVERENDO PADRE
DAMIÁN DE VEUSTER
MUERTO MÁRTIR DE SU CARIDAD
POR LOS INFORTUNADOS LEPROSOS
EL 15 DE ABRIL DE 1889
R. I. P.
***
En los funerales celebrados, quince después, en la catedral de
Honolulú, Monseñor respondió a la curiosidad general pronunciando una
oración fúnebre que era casi un panegírico.
Sin distinción de partidos ni opiniones, la prensa internacional se
ocupó pronto de este discurso. Jamás se vio una unanimidad semejante y
una sinceridad tal en la exaltación de un sacerdote católico. En todas partes
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donde se publicaba un periódico, se anunció la muerte del Padre de los
leprosos; miles de artículos contaron con emoción su heroísmo y martirio;
en unos meses, el P. Damián se hizo célebre en el mundo entero.
Después, centenares de libros y folletos en todos los idiomas han
contado su vida; han sido levantadas estatuas suyas; los poetas y los músicos han creado versos y oratorios en honor suyo; se ha dado su nombre a
calles, a revistas, a colegios que reclutan gentes para las misiones, a obras
fundadas para los leprosos.
Aunque extendida por todas partes, es en los países anglosajones
donde su popularidad ha sido mayor. Se le ha colocado en el rango de los
“hombres célebres”. Las enciclopedias le citan, por orden alfabético, entre
Bolívar y Garibaldi; las obras consagradas a los ‘‘grandes bienhechores de
la humanidad” le mencionan al igual que a Lincoln o Pasteur,
¿En qué consiste que más quo otros, que también lo merecen, el P.
Damián tenga mi leyenda?
La gloria es parcial y caprichosa, y vano sería querer dar razón de sus
fantasías.
¿Continúa siendo célebre el apóstol de Molokai, porque las páginas
donde Stevenson le defendió siguen siendo leídas? Poco dispuesto a admirar dos veces la misma proeza, ¿el público se ha limitado a retener su
nombre, como retiene el de los artistas originales y descuida el de los imitadores?
¿Es el lado espectacular de su aventura lo que ha querido la
imaginación y enternecido los corazones? El mundo ha oído la queja
desgarradora de los leprosos abandonados sobre una roca del océano y ha
admirado a aquel que fue a enterrar su juventud en aquel pudridero para
llevarles ayuda. Ha visto a Damián arrojado de su lecho por el dolor,
errando durante la noche, con el rosario en la mano, entre las tumbas de
aquellos que él había enterrado. Se ha conmovido al saber que este dulce y
humilde corazón, después de muchas penas y trabajos, ha muerto desfigurado por la lepra y manchado por la calumnia, bendiciendo a Dios por todo
ello.
Su gloria en ningún caso ha sido usurpada. El nombre de Damián
merece se le reverencie como el de un verdadero discípulo de Cristo y
como un ser que honra nuestra especie. Hasta llegar él, se fingía olvidar
que los leprosos eran hombres. Su ejemplo hizo sonrojar a las gentes por
su crueldad y por el olvido de sus deberes. Desde entonces, 1os leprosos
no fueron tratados ya corno parias; como a todos los que sufren en este
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mundo, se les reconoce el derecho de ser socorridos; la humanidad no
comete ya la vergüenza de rechazar de su seno a los más desgraciados de
sus hijos.
***
El 19 de junio de 1889, el futuro Eduardo VII, entonces Príncipe de
Gales, reunió en su palacio al Comité del Leproserty Fund, cuya
presidencia había aceptado. En el discurso que pronunció decía:
“La vida del P. Damián y su heroica muerte no sólo han levantado en
todo el Reino Unido la más ardiente simpatía, sino que han producido un
efecto más profundo aún al obligarlos a continuar, en cierto modo, su
ejemplo… Los que reclaman nuestra ayuda no son desconocidos o
extraños... Son, como nosotros, súbditos de la Corona de Inglaterra, los
habitantes de la India, los de nuestras colonias, que poseen todos un derecho que no tenían los hawaianos para la abnegación del joven sacerdote
que les sacrificó su vida.
”Para saldar esta deuda con él, propongo a ente Comité el proyecto
de un homenaje que abarca tres proposiciones:
“La primera, es la creación de un monumento consagrado a su
recuerdo en Molokai, en el mismo lugar donde realizó su sacrificio y
donde descansan sus restos.
”La segunda, el fundar y dar su nombre a un amplio establecimiento
destinado al estudio especial de la horrible enfermedad de la lepra, y
preparar los recursos indispensables para aquellos que emprendan los
viajes necesarios para sus estudios.
”La tercera, organizar una encuesta detallada, profunda, sobre la
situación de los leprosos en la India y en toda la extensión del Imperio británico...”
Este programa se realizó por completo. El monumento proyectado
tomó la forma de una elevada cruz en granito rojo, que se inauguró en
Molokai el 11 de septiembre de 1893. Está adornada en su parte inferior
con un medallón de mármol blanco donde se destaca en relieve la cabeza
del P. Damián sobre esta inscripción: “La mayor muestra de amor que
puede darse, es morir por los que se ama.”
***
La piedad de los vivos no respeta siempre la voluntad de los muertos.
Damián no continuó reposando entre los leprosos de Molokai.
230

En 1936 los belgas desearon entrar en posesión de las reliquias de su
compatriota, y a instancias del rey Leopoldo III, el Presidente Roosevelt
ayudó a tal proyecto. El 27 de enero fue exhumado el cuerpo del Padre. Se
le encontró descarnado, pero intacto, salvo algunas falanges destruidas por
la lepra. El cabello había sido respetado; era negro con algunos hilillos
blancos.
El féretro fue transportado a Honolulú en un avión de bombardeo,
escoltado por otros nueve aeroplanos. En la capital hawaiana se le rindieron grandes honores, después de lo cual, colocado sobre un armón, se le
condujo al puerto para ser embarcado en el República, navío americano,
que le llevó a Panamá. Allí, el navío-escuela belga Meroator le recibió a
bordo para conducirle a Bélgica. Llegó a Amberes el 3 de mayo siguiente.

El humilde y pobre misionero entró triunfalmente en su patria. El rey,
el gobierno, el episcopado, rodeados de una muchedumbre incalculable, le
esperaban. Cuando, escoltado por embarcaciones engalanadas, atracó el
Meroator, sonaron las trompetas tebanas, la tropa presentó las armas y
todas las campanas de la ciudad se echaron a volar. Una elevada carroza
fúnebre tirada por seis caballos blancos, condujo el féretro a la catedral,
donde se celebraron espléndidas exequias ante las autoridades civiles y religiosas del país.
A la caída de la tarde, un automóvil se llevó muy despacito el ataúd
hacia Lovaina. Damián volvió a hacer esta noche, a la luz de las estrellas,
un recorrido que le era familiar; atravesó los campos donde había
trabajado de joven, volvió a pasar ante las puertas cerradas de su ciudad
natal, ante la escuela en que había aprendido a leer, ante la iglesia donde se
había arrodillado en su infancia, y pasó al lado del cementerio donde
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dormían su padre y su madre. A las doce de la noche llegó al mismo lugar
que había abandonado setenta y tres años antes para ir en pos de su
destino. Se inhumaron sus restos en la capilla de Picpus, justamente debajo
de la celda donde había muerto Pánfilo. Allí, bajo un hermoso mausoleo de
mármol negro, es donde descansa en espera de la resurrección, y tal vez de
los honores que la Iglesia quiera concederle pronto.

En 1931, Monseñor Van Roey, primado de Bélgica, cardenalarzobispo de Malinas, terminaba una carta pública dirigida al P. Jourdan,
con estas palabras: ¿Puedo emitir el voto de que vuestra obra contribuirá a
apresurar la introducción de la causa de beatificación del P. Damián?”
Después ha comenzado el examen de la causa, y se prosigue, según
se dice, favorablemente.

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