Numero111.

Año 11 Santiago de Cali Febrero de 2010

UN NUEVO ESTADO, PARA UN NUEVO PAIS.
DIRECTOR Humberto Velez Ramirez EDITORES Jorge E. Salomon Nelson Andres Hernandez

A propósito del Bicenternario

¿DE DÓNDE VIENE, EN QUÉ SITUACIÓN SE ENCUENTRA Y HACIA DÓNDE MARCHA ESTA SOCIEDAD? NUÑEZ Y URIBE: UN ENFOQUE DESDE LO ‘POLITICO’. Este documento puede ser descargado, copiado e impreso solo para fines no comerciales.

FUNDACION

ESTADO COMUNIDAD Y PAIS
UN NUEVO ESTADO PARA UN NUEVO PAIS

E C O PA I S

Humberto Vélez R, Marzo 2010 Dedicado a Investigadores, Analistas, Estudiantes y, en especial , a la “Asociación colombiana de Historiadores”, asocolhistoriadores@yahoo.com

ATISBOS ANALITICOS

Pagina 2

Abstract 1. 2.

PRIMERA PARTE EL PROBLEMA A ESTUDIAR. Páginas 2-8 SEGUNDA PARTE ¿ACASO COLOMBIA EXISTE COMO SOCIEDAD INSTITUCIONAL? Páginas. 8-12 TERCERA PARTE HACIA UNA HISTORIA DE LA INSTITUCION DE LO SOCIAL DURANTE LA REGERACIÓN DE NÚÑEZ. Páginas 12-25 Cinco Momentos de la Regeneración como letra, como espíritu y como cultura política (1874-2010).Página 14 El Problema del Núñez “maduro”. Página 14-15 “La Paz científica” como método nuñista de Investigación. Páginas 16-17 La Regeneración o cuando La ‘Virgen’ se le apareció a Núñez bajo la forma de la guerra civil de 1885. Página 17 El Carácter de la Primera Regeneración: La Unidad del Territorio y la Escisión sociopolítica de la Población. Páginas 17-20 LA POST-REGENERACION DEL SIGLO. Páginas 20-23 LA UNIÑIZACIÓN DISCURSIVA DE LA ESTRATEGIA DE SEGURI DAD DEMOCRÁTICA Páginas 23-25 CUARTA PARTE EL PAPEL DEL ESTADO EN LA INSTITUCIÓN DE LO SOCIAL DURANTE LA REGENERCIÓN DE NÚÑEZ. Páginas25-26 QUINTA PARTE EL PAPEL DEL ESTADO EN LA HISTORIA DE LA INSTITUCIÓN DE LO SOCIAL DURANTE EL OCTOENIO DE URIBE. Páginas 27-28

3. 3.1. 3.2. 3.3. 3.4. 3.5. 4. 5.

6.

7.

SEXTA PARTE 8. HACIA UNA MIRADA HISTÓRICO COMPARATIVA ENTRE DOS MODELOS DE REGENERACIÓN. Páginas 28-34 8.1. El Estado y las dos Regeneraciones. Páginas 28-29 8.2. Del Éxito de la primera Regeneración al Desvanecimiento fáctico de la Seguridad democrática. Páginas 29-30 8.3. Ocho Razones de la Evaporación práctica de la Seguridad democrática como orden político autoritario. ALGUNAS CONCLUSIONES SOBRE EL BICENTENARIO NOTAS.

1.

No obstante que esta llamada sociedad colombiana, nos ha hecho, con frecuencia, partícipes de pequeños eventos lindos en lo estético y gratificantes en lo moral, sin embargo, situaciones desmesuradas, asociadas a la malignidad y a la perversidad, han sido en ella de diaria ocurrencia y hasta de amplia aceptación social. Para obstaculizar el desarrollo de la tesis, no parece válida la idea que señala que cosas así suceden y han sucedido en muchas partes del mundo. La réplica no es pertinente, pues en estos espacios y tiempos de la llamada Colombia, con frecuencia se producen fenómenos que se salen del esquema de una sociedad institucional tal como la nuestra presume haber llegado a ser. Ilustremos con un pequeño pero monstruoso islote ubicado en un archipiélago más amplio de criminalidad socialmente aceptada. En este país ‘cristiano’, el grueso de la población ha aprendido a no sorprenderse por nada, casi nadie se conmueve de cara a la barbarie, pues el ciudadano del común, sin estremecimiento íntimo, se sumerge en la página deportiva de los periódicos o se apresura a buscar en ellos las últimas banalidades de la farándula, tras leer notas como ésta sobre el reciente descubrimiento de dos mil cadáveres en una misma fosa y en un mismo municipio. En ninguna sociedad institucional, dos mil cruces con dos mil ‘NN” como INRI, pueden constituir una excepción. Los medios apenas si registraron, en casi no leídas páginas, tan horrendo horror,
“En el pequeño pueblo de La Macarena, región del Meta, 200 kilómetros al sur de Bogotá, una de las zonas más calientes del conflicto colombiano, se está descubriendo la mayor fosa común de la historia reciente de Latinoamérica, con una cifra de cadáveres “NN”, enterrados sin identificar, que podría llegar a los 2.000, según diversas fuentes y los propios residentes. Desde 2005 el Ejército, cuyas fuerzas de élite están desplegadas en los alrededores, ha estado depositando detrás del cementerio local cientos de cadáveres con la orden de que fueran inhumados sin nombre. Se trata del mayor enterramiento de víctimas de un conflicto de que se tenga noticia en el continente. Habría que trasladarse al Holocausto nazi o a la barbarie de Pol Pot en Camboya, para encontrar algo de esta dimensión. El jurista Jairo Ramírez es el secretario del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos en Colombia y acompañó a una delegación de parlamentarios ingleses al lugar hace algunas semanas, cuando empezó a descubrirse la magnitud de la fosa de La Macarena. ‘Lo que vimos fue escalofriante’, declaró a Público. ‘Infinidad de cuerpos, y en la superficie cientos de placas de madera de color blanco con la inscripción NN y con fechas desde 2005 hasta hoy’. Ramírez agrega: ‘El comandante del Ejército nos dijo que eran guerrilleros dados de baja en combate, pero la gente de la región nos habla de multitud de líderes sociales, campesinos y defensores comunitarios que desaparecieron sin dejar rastro’… El horror de La Macarena ha puesto de actualidad la existencia de más de mil fosas comunes con cadáveres sin identificar en Colombia. Hasta finales del pasadopasado año, los forenses habían censado de los que habían logrado identificar a cerca de 600 y entregar los cuerpos a sus familiares.La localización de estos cementerios

PRIMERA PARTE EL PROBLEMA A ESTUDIAR.

clandestinos ha sido posible gracias a las declaraciones en versión libre de los mandos medios presuntamente desmovilizados del paramilitarismo y acogidos a la controvertida Ley de Justicia y Paz que les garantiza una pena simbólica a cambio de la confesión de sus crímenes. La última de estas declaraciones ha sido la de John Jairo Rentería, alias Betún, quien acaba de revelar ante el fiscal y los familiares de las víctimas que él y sus secuaces enterraron ‘al menos a 800 personas’ en la finca Villa Sandra, en Puerto Asís, región del Putumayo. ‘Había que desmembrar a la gente. Todos en las Autodefensas tenían que aprender eso y muchas veces se hizo con gente viva’, ha confesado el jefe paramilitar a la fiscal de Justicia y Paz.” En otra declaración a la Fiscalía, un paramilitar de apellido Villalba contó la siguiente ‘pequeña enorme historia’, “A mediados de 1994 me mandaron a un curso en la Finca la 35, en el Tomate, Antioquia, donde quedaba el campo de entrenamiento. Narró que para el aprendizaje del descuartizamiento usaban campesinos a quienes “bajaban del vehículo con las manos amarradas y los llevaban a un cuarto. Allí permanecían encerrados en espera del descuartizamiento…Aún las manos atadas los llevaban al sitio donde el instructor esperaba para iniciar las primeras recomendaciones. Las instrucciones eran, prosiguió Villalba, quitarles los brazos, la cabeza, descuartizarlos vivos. A las personas se les abría desde el pecho hasta la barriga para sacarles lo que es la tripa, el despojo. Se hacía con machete o con cuchillo. El resto, el despojo, con la mano. Nosotros que estábamos en instrucción, sacábamos los intestinos”. Según Villaba, el entrenamiento lo exigían para probar el coraje y aprender cómo desaparecer a una persona”. Finalmente, ahora en febrero del 2010, la Fiscalía ha informado que de acuerdo con las confesiones, interesadas de los paramilitares desmovilizados (que, en el marco de la ley de Justicia y Paz, relatan crímenes para obtener beneficios como el de un máximo de ocho años de cárcel) antes del 2005 ellos produjeron 30.000 homicidios, 1000 masacres y 2.500 desaparecidos”. Pero, “aunque son horrorosas las estadísticas, no hubo reacciones del gobierno ni mayor repercusión en la agenda política nacional”. (1)

Inescrutable y hasta no desentrañable, y, por lo tanto, ininteligible, podría ser una sociedad en la que el asesinato colectivo con extrema crueldad ha sido racionalmente programado, enseñado, practicado y, sobre todo, sutilmente ocultado en hornos crematorios. Pero, por monstruoso, significativo y representativo, tomemos otro caso que nos advierte que en Colombia, no como excepción sino como uno de sus métodos, ciudadanos estatales han asesinado a miles de ciudadanos civiles buscando engrosar las estadísticas oficiales sobre la eficacia militar del gobierno en su lucha contra las guerrillas obteniendo por ello beneficios aún de tipo económico. Ha sido el caso de los falsos positivos,
Se ha tratado de miles de ejecuciones extrajudiciales realizadas por agentes del Estado, miembros del Ejército, sobre todo, quienes, para obtener beneficios legalizados, han asesinado a centenares de jóvenes, los más humildes entre los desempleados ‘sin propiedad’, haciéndolos aparecer como guerrilleros muertos en combate. A esos crímenes facilitados por autoridades militares para inflar los logros, el DIH los denomina “ejecuciones extrajudiciales” mientras que el Derecho Penal colombiano los tipifica como “homicidio en persona protegida”. Este horroroso evento se destapó a finales del 2008 cuando 19 jóvenes que habían desaparecido de Soachà, aparecieron registrados en Santander del Norte como bajas del Ejército. Este complejo ovillo de crímenes se continuó envolviendo durante los meses siguien

tes en Antioquia, Boyacá y Sucre hasta llegar a mil casos contabilizados. De nuevo, como en el caso de las fosas comunes, mil falsos positivos no pueden ser una excepción sino que revelan la existencia de una práctica informalmente formalizada. Este eje de acciones perversas ha puesto en tela de juicio no tanto los logros militares relativos de la Seguridad Democrática sino, más bien, los procedimientos utilizados. No es que los Altos Mandos hubiesen ordenado una práctica así, sino que más bien, ésta nació y se ambientó en el marco de una Directiva desregulada en su aplicación. En efecto, la Directiva No 029 de noviembre 7 de 2005 del Ministerio de Defensa, ofreció estímulos a cada soldado que demostrara haber abatido a miembros de grupos de armados fuera de la ley. He ahí el secreto más intimo de titulares de prensa como “Nos daban cinco días de descanso por cada muerto” o del caso macabro del exguerrillero que, con una mano muerta en la suya viva, se presentó a las autoridades a reclamar una millonaria suma de dinero por haber asesinado a un miembro del Secretariado de las Farc. Les llevaba una mano sanguinolenta como prueba empírica de su productiva traición. Cierto, una vez conocidos los hechos de Soachá, el Presidente Uribe, de modo ligero, ordenó la destitución de 27 militares, pero, más temprano que tarde, el Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, declaró que esos “crímenes eran asunto del pasado”. Pero, los falsos positivos continuaron. Pasadas unas semanas, el presidente Uribe, secundado por todo su equipo de gobierno, manifestó que, con precisas excepciones, esas acciones eran un invento de la oposición proguerrillera y, que, por lo tanto, el gobierno estaba obligado a nombrarles abogados defensores a los calumniados acusados. Llegó entonces una cohorte de abogados que, trabajando sobre la base de la táctica de dilaciones, logró la libertad de un buen número de ellos alegando el vencimiento de términos. (2)

Aunque los defensores de los derechos humanos pusieron al descubierto las intimidadades de ese macabro evento, en esta sociedad nadie se movilizó en contra de la barbarie y la tremenda cobardía de los falsos positivos. Para la mayoría de la gente fue una acción más, quizá “necesaria”, así de sencillo, sin nada de inmoral. A esos muertos sólo los lloraron sus valerosas madres. Pero, abramos otra ventana que evidencia cómo en esta sociedad, garantizar la seguridad personal ha dejado de ser una función de la institucionalidad estatal, para pasar a constituirse en un asunto de la iniciativa imaginativa de cada ciudadano. Ya lo sugerimos, ante tanta barbarie reiterada y acumulada de coyuntura en coyuntura, los colombianos hemos aprendido a no sorprendernos. No es que a la gente no le dé miedo, pero, con inmensa imaginación, ha aprendido a manejarlo, retroalimentando así la pérdida de la capacidad de sorpresa. En síntesis, para afianzar el dominio sobre cada ciudadano, el gobierno ha aprendido a administrar el miedo mientras que la ciudadanía ha aprendido a regularlo hasta convivir con él, con la barbarie y con la desregulación normativa y moral.
Entre 1999 y el 2000, William Vollmann visitó a Colombia en dos oportunidades. Se trata de uno de los escritores más versátiles del actual escenario intelectual norteamericano. Estaba viajando por las sociedades más críticas del mundo en materia de violencia adelantando un estudio macro sobre “sobre los

motivos y móviles de la violencia humana” en procura de construir “una especie de cálculo moral que le permitiera medir el grado de madurez de las (finitas) excusas que las personas esgrimen para justificar las violencias”. Sobre Colombia escribió dos cortos Ensayos comentados por estas semanas por Javier Moreno, “Levantarse y Postrarse”, que gira alrededor de la violencia rural y “Nadie sabe Quien es Quien”, una reflexión sobre la violencia urbana en Bogotá. Aunque por desgracia no fue posible acceder a estos textos, nos atenemos a la seriedad del comentarista. De acuerdo con Moreno, así describió Vollmann a Bogotá, “se siente como una sociedad resignada, ansiosa, demolida socialmente. Una versión atenuada de Sarajevo durante el sitio. Aunque la violencia es evidente, parece controlable, predecible”. Esto no obstante, cuando comienza a introducirse en la intimidad de los bogotanos, los escucha diciendo que, de todas maneras, su ciudad es segura, que “no es tan terrible. La policía es impotente, pero todos están de acuerdo en que se puede vivir”, en que su ciudad es “vividera”, claro que pasan “cosas terribles, pero todo eso se puede prevenir “. Entonces, observó cómo, a toda hora, los bogotanos vivían imaginando formas para administrar el miedo, “es cuestión de costumbre, de seguir ciertas reglas, evitar ciertas zonas y ciertas horas, estar atento, invertir un cierto porcentaje de tiempo a la paranoia, y desconfiar, porque nadie sabe quién es quién”. (3)

La progresiva pérdida de la capacidad de sorprenderse ante la barbarie que se ha reiterado de coyuntura en coyuntura y el reiterado aprendizaje ciudadano de la administración del miedo han conducido , entonces, a una sociedad donde la gente ha aprendido, como consecuencia lógica e histórica, a convivir con la desregulación normativa y, sobre todo, moral. Como para decir, entonces, que no ha sido la moral católica, inflexible y cerrada e implacable, la que ha llegado a la gente en su cotidianidad. Se ha sobre-impuesto, más bien, una ética de la situación altamente coherente con la elevada valoración social del poder institucional (o Cultura del poder) que ha terminado por prevalecer en lasociedad colombiana. Al haber sido así, explicable resulta, como ha reiterado Jorge Luis Garay, que a los colombianos, entre coyuntura de barbarie y coyuntura de barbarie, se nos hayan corrido, cada vez más, las fronteras morales.
Para ilustrar esa corrida de los principios morales Garay ejemplificó con los proyectos levantados, en los últimos años, por actores ilegales armados, quienes, con la finalidad de refundar el Estado, hicieron pactos y alianzas con hacendados, políticos y autoridades civiles. Y no se trató de un hecho circunstancial o de coyuntura, no, afirmó Garay, “aquí hay múltiples ingerencias de grupos de poder ilegal que no sólo buscan réditos…sino que también generan transformaciones sociales y políticas que le están dando forma a un nuevo Estado” y, “no se trata de moralismo, prosiguió, es un tema de moral pública. Me refiero a un sistema de reglas aceptables”. (4 )

Pero, el grueso de la gente leyó o escuchó la noticia y como si nada hubiese pasado, continuó impertérrita el camino con su capacidad de sorprenderse más rebajada y con sus principios morales más relajados. No se podrá ocultar, por otra parte, que en esa baja de la capacidad de sorpresa y en ese relaja

miento de los principios morales han jugado un papel importante las tácticas de ocultamiento que, de coyuntura violenta en coyuntura violenta, han puesto en juego sectores claves del establecimiento para impedir el afloramiento de los distintos tipos de verdades. Nunca se ha permitido que, de cara a cada una de las etapas de barbarie, salgan a la luz pública los actores humanos responsables bajo el argumento de que lo acaecido se explica por actores no humanos o por razones simplemente naturales. Así acaeció en la época de la violencia entre partidos (1946-1957) con el libro “La Violencia en Colombia” que, sobre la base de un buen trabajo descriptivo, puso sobre el tapete público a los actores humanos responsables de, por lo menos, 200.000 asesinatos: tacharon al libro de “subversivo” y todo el mundo se quedó callado. En la década de auge de los narcotraficantes, la de 1980, los gritos críticos fueron ahogados por las balas y por las movidas silenciosas de las personas y sectores de la sociedad que, ese momento, habían establecido buenas relaciones con el nuevo poder de los mafiosos. Y en los inicios del siglo XXI, cuando empezó desenrollarse el ovillo de la violencia paramilitar, los líderes victimarios, encabezados por Mancuso, fueron extraditados a los Estados Unidos y en las mochilas se llevaron sus verdades sobre el cementerio de fosas con el que habían blindado el país y los millones de hectáreas de tierras que les habían expropiado a los campesinos pobres. En uno de sus más recientes artículos, el historiador Medófilo Medina, al recomendar el método de análisis que combina las miradas de largo y corto plazo, las narrativas breves y los relatos largos, escribió, se imagina cómo contaría después estas historias asociadas a la perversidad de esta sociedad, un maestro de historia,
“Un hombre mató a otro. ¡Nada extraordinario! En aquel país hacía decenios la tasa de homicidios, por cada cien mil habitantes, se había mantenido en altísimo nivel. Pero el asesino actuó en la noche mientras su víctima dormía, máximo estado de indefensión. El homicida corrió a una guarnición militar a entregarse porque era guerrillero. Llevaba una bolsa. De ella extrajo una macabra prueba que exhibió como trofeo: una mano de su jefe. El Ministro de Defensa apremió para que no se vacilara en pagar al asesino una multimillonaria recompensa. De lo contrario se pondría en peligro una de las estrategias de la guerra que estaba casi ganada. Los altos jerarcas de la Iglesia católica, institución que se atribuía el papel de tutora moral del país, callaron. Como un pez también permanecieron en silencio los intelectuales. Los periodistas no creyeron digno de sus plumas dedicarle unas líneas al episodio, más allá del umbral noticioso. Los partidarios del gobierno, y eran muchos, aplaudieron. Quien contaba muchos después esa pequeña historia la presentaba como ilustración del pragmatismo amoral que anestesiaba la sensibilidad ética de una sociedad. En aquel tiempo todo lo que tocara con las Farc bien fuera real o supuesto creaba un campo minado con respecto al cual se relativizaban las normas, los valores éticos y religiosos y por supuesto el respeto de los derechos humanos”. (5)

Pues bien, para rastrearle algunas explicaciones a esas situaciones- la constante de violencias en la historia colombiana, la progresiva pérdida de la capacidad de sorprenderse hasta llegar a la indiferencia, la convivencia y connivencia con el crimen hasta desembocar en el pragmatismo amoral y anómico, la presumible no inteligencia de esta sociedad- hemos pensando en este Ensayo en el que buscamos preguntarnos por la historia de la institución de lo social en dos períodos críticos de la vida nacional. No sobra advertir que a un enfoque así, subyace la hipótesis de que una sociedad con esas características y, sobre todo, en la que la construcción de lo social ha sido precaria, constituye el mejor caldo de cultivo para la constante de violencias que siempre nos han acompañado. En su libro “Orden Y Violencia”, Daniel Pecaut puso sobre la mesa el problema de la formación del Estado, así como el de los dispositivos de construcción de lo social y de lo político. Examinó cómo en la sociedad americana lo político había transcurrido al lado de lo social, pero sin negarle a éste “el principio de su propia unidad”. Contrastó, entonces, con las sociedades latinoamericanas donde lo social daba “sin cesar la sensación de estar condenado a la desorganización y a permanecer inconcluso”. Planteó así un problema teórico muy válido. Sin embargo, en el enfoque que hemos adoptado en este Ensayo, sólo el análisis de ciertos objetos “privilegiados” para descifrar la historia de la institución de lo social, el papel cumplido por las formas de gobierno y los tipos de Estado, por ejemplo, nos puede proporcionar respuestas para reflexionar sobre el conjunto de estos problemas, así como sobre sus interrelaciones. Para el caso colombiano, lo intuimos desde tiempo atrás cuando escribimos,
“El Estado, responsable de desarrollar la unidad de lo social (de “darle forma”), no logra consolidarse en Colombia como su agente legítimo, y, postrado en su incapacidad histórica, abre paso a la violencia como vínculo colectivo que desarrolla las adhesiones preestablecidas, sobre las cuales se apoya un régimen tradicional de democracia restringida o, mejor, de proto democracia”. (6)

Quizá por escrúpulos cientificistas, los investigadores colombianos no solemos preguntarnos por la inteligibilidad de nuestra sociedad. Rehuimos preguntarle de dónde viene, en qué situación se encuentra y hacia dónde marcha en materia de historia de institución de lo social. Y enfatizamos en ello, en la historia de institución de las relaciones sociales, pues en una sociedad donde lo social no ha tomado forma como un fenómeno que nos enhezbra a todos , no puede ser sino una sociedad sin horizontes definidos, una especie de eternizada “patria boba”. Es por esto por lo que, para toda sociedad, no existe pregunta tan importante, compleja y comprometida como ésa.

En el caso colombiano, dos obstáculos centrales se han atravesado para dificultar las respuestas a la inteligibilidad de nuestra sociedad. Algunos de ellos los han colocados sectores de la dirigencia más interesados, por razones de su culpa social, en que sobre esta sociedad nada logre explicación. Entonces, para acallar al sector de intelectuales de pensamiento crítico, con mayor frecuencia de lo que se ha dicho, han calificado sus conocimientos como subversivos cuando no es que han procedido al encarcelamiento o a su física eliminación sin darles tiempo de profundizar y asentar socialmente las respuestas. Pero, entre los propios intelectuales un obstáculo particular ha encontrado igual fuerza. El cientificismo prevaleciente en un sector de la intelectualidad colombiana, ha sido el tropiezo más fuerte cuando han dicho que el aventurar respuestas a la inteligibilidad de lo social encerraba un peligroso enredo entre la ciencia que estudia “lo que es y lo que ha sido” y la metafísica social anticientífica, que especula con “lo que debería ser”. Enorme escrúpulo epistemológico éste cuando ni el propio Max Weber le dio una solución adecuada al problema en su célebre conferencia “El l Político y el Científico “. (7) En el este Ensayo, vamos a rastrear algunos problemas asociados a la historia de la institución de lo social en Colombia y lo vamos a hacer desde el Enfoque de “Lo Político” tal como, en lo metodológico, lo ha definido y practicado, en la última década, el historiador francés Pierre Rosanvallon. (8) De entrada conviene precisar que, al margen de la similitud de los términos, lo político no es un componente de la política. Se trata de dos nociones distintas pero interrelacionadas, pues lo político, como enfoque metodológico que estudia la construcción de lo social en los distintos presentes- pasados, actuales y futuros- de una sociedad dada, recoge las distintas dimensiones de la vida social la política incluida. El enfoque metodológico de lo político, entonces, tiene que ver con dos asuntos: primero, con la historia de institución de lo social en los distintos pasados presentes y, segundo, con los esfuerzos por articular e integrar los resultados del trabajo del conjunto de las disciplinas sociales. Ambas miradas son indispensables para preguntarse por los problemas de la inteligibilidad de una sociedad. Ninguna disciplina social en particular, por evolucionada que se piense, se encuentra en condiciones de interrogarse por un problema como este. Por eso importa fijar dos componentes en el enfoque de lo político de Rosanvallon, lo político como campo, escribió, “designa un lugar donde se entrelazan los múltiples hilos de la vida de los hombres y las mujeres, aquello que brinda un marco tanto a sus discursos como acciones”. Por otra parte, “la comprensión de la sociedad no podría limitarse a la suma y articulación de sus diversos subsistemas de acción (el económico, el social, el cultural) que están lejos de ser inmediatamente inteligibles salvo cuando son relacionados dentro de un marco interpretativo más amplio”.(9) Ya lo insinuamos, del enfoque de lo político en Rosanvallon, sobre todo nos interesa lo metodológico. De un lado, cada estudioso, de acuerdo con el contexto de teoría en que se inscriba, definirá qué es lo que entiende por lo social como relación social dominante, y, del otro, a partir de allí fijará cuáles fenómenos, procesos o dinámicas destacará para descifrar la historia de institución de lo social. A esos fenómenos Rosanvallon los ha llamado “objetos privilegiados”. El, en particular, le dio prelación a las historias de la democracia, del Estado nación, de las ciudadanías y de las identidades colectivas, (10) como indis-

pensables para desentrañar las relaciones sociales.

Para el caso de este Ensayo, como “objeto privilegiado” destacaremos el Estado, pero asumido desde las lógicas contradictorias de las clases sociales,

de un lado, y, desde las de las ciudadanías, por el otro. Nos preguntaremos, entonces, por el papel del Estado de clase y de ciudadanía en la institución de lo social en dos etapas críticas - de enorme desazón intelectual y de aguda desorientación práctica- en la historia colombiana. Vale decir, en dos etapas de nueva “Patria Boba”. Recordemos que la primera forma de ‘Patria Boba’ fue la que vivió el país durante las guerras de la independencia. Para efectos de este Ensayo, confrontaremos otras dos formas de ‘Patria Boba’, primero, la transición entre la Federación y la Regeneración (1870-1886) y, segundo, el periodo previo a la Seguridad Democrática (1980-2001) para, a partir de allí, entrar a examinar y comparar las salidas estratégicas que se levantaron en cada caso, de un lado, la Regeneración de Rafael Núñez y, del otro, la neo-Regeneración de Alvaro Uribe Vélez. En uno y otro caso las sociedades civiles pasaron por una enorme desazón colectiva, muy asociada a los problemas del Estado que se estaba construyendo, pues hasta llegó a pensarse o en su disolución, en el primer caso, o en su colapso, en el segundo. Como se podrá observar las razones para haber asumido ese Estado, el de clase y el de ciudadanía, como “objeto privilegiado”, no han sido solo teóricas sino, también, práctico-históricas. SEGUNDA PARTE 2. ¿ACASO COLOMBIA EXISTE COMO SOCIEDAD INSTITUCIONAL?

No podemos ser prolijos en la materia, a guisa de ilustración, sólo presentamos algunas consideraciones claves, que insinúan importantes ejes en las respuestas. De todas maneras, precisemos de entrada que dificultoso se hace fijar de dónde vienen y hacia dónde marchan sociedades cuya mera delimitación conceptual resulta tan amplia, vaga y difusa. En el caso de este Ensayo, es la conclusión a la que se llega cuando se investigan las formas y maneras como nos han apreciado, sobre todo, desde el extranjero. Quizá los viajeros del siglo XIX, aquellos extranjeros que llegaron movidos por “el deseo de salirse de sí para descubrir al otro”” (11), utilizando un lenguaje distinto y con énfasis muy diversos, nos dejaron una idea común al señalar que esta emergente nación era un conjunto de zonas o regiones o territorios aislados y casi independientes. Precisamente hace unas pocas semanas William Ospina nos ha hablado de “la fragmentación mítica del territorio propia de la cultura colombiana”. (12)Se habría tratado de un rasgo precolonial, que después la historia no habría podido borrar.

. Quizás ahora en el 2010, no obstante que, en lo vial, esos territorios se han aproximado un poco, en lo simbólico e íntimo, por razones de la ausencia de “algo” capaz de darle forma a lo social, continuemos tan aislados y alejados como en el siglo XIX. Sin embargo, no obstante la atisbada de esos viajeros, ese rasgo, en su negatividad es insuficiente para caracterizar una sociedad. Pero dejemos los viajeros y entremos a la literatura (que, para las actuales ciencias sociales, que están logrando apresar la subjetividad, se ha convertido en una fuente de primer orden de la investigación social,) destacando lo que sobre Colombia han declamado en verso puro dos grandes, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. De acuerdo con el chileno en “Residencia en la Tierra”, Colombia es “una rosa educada por la sal”. (13) A varios ilustres literatos, que fungen también como intérpretes críticos, les presentamos el verso sin que lográramos fijar un eje de convergencias analíticas. Esto no obstante, le encontramos lógica a la interpretación de Fabio Martínez, “Colombia es una rosa agridulce, algo que no logró cuajarse en las mieles del polen de las flores, sino en la sal, en lo agrio.” Esto no obstante, nos quedamos con nuestra subjetiva interpretación de que Colombia en definitiva, en el imaginario de Neruda, había llegado a ser una especie de “rosa salada”. Veamos, entonces, qué es lo que nos proporciona una lectura lexicográfica. “Rosa, estamos leyendo Larousse, flor del rosal” y “rosal, arbusto espinoso de la familia rosáceas, cultivado por sus magníficas flores con frecuencia olorosas (rosas).” Vamos ahora al adjetivo “salado”. Continuamos leyendo, “salado,a, que contiene sales en disolución//Que tiene exceso de sal//Fig. Gracioso, agudo…//Amer. Desgraciado, gafe// Gafe, dícese de la persona a quien se atribuye que trae mala suerte”. (14) Una rosa, sobre todo si es olorosa, es una emoción; una rosa así, no tiene explicación, pero la requerirá si punza o si pierde sus olores. Entonces, por sus olores frecuentes, lindo lo de rosa, pero ésta brota de un rosal con espinas. Como decir, Colombia es una rosa, que brota de un rosal con espinas. Pero, en un doble sentido es una rosa salada, por una parte, porque contiene exceso de ‘sales’, no sólo materiales. Es salada también porque ha sido ‘desgraciada’ y porque se la ha atribuido que ‘trae malaz suerte’. Como para pasearse, entonces, por la historia de Colombia, con esa, con frecuencia, olorosa rosa objetiva pero saboreando su exceso de sales, sintiendo, a toda hora, el pinchazo de sus espinas y, sobre todo, experimentando sus desgracias y la suerte que le han insuflado los dioses más perversos del universo. El otro grande de América latina, Jorge Luis Borges, en el cuento Ulrika, le hizo decir a su protagonista Otálora que ser colombiano significaba “un acto de fe”. (15)

“Yo lo interpreto así, nos dijo Fabio Martínez, “ante la situación de un país atípico donde todo- hasta la política,- hace parte del ‘realismo mágico´’, sobrevivir en ella es un acto de fe, es tener una fuerte dosis de fe cristiana para soportar tanta desmesura”. Pero, regresemos a Larousse, fe, “creencia no basada en argumentos racionales/”. Como para decir que, como institucionalidad, en el imaginario de Neruda Colombia sólo existía porque un colectivo humano andaba por el mundo pregonando, o escondiendo ,que era colombiano. Colombia sería, así, una creación subjetiva de los colombianos. Para Neruda, entonces, Colombia era, en lo objetivo, una realidad, ‘salada’ por cierto, pero, al fin y al cabo, realidad; Borges, en cambio, sintió en un momento dado de su creación literaria, que Colombia era algo subjetivo creado por un creyente en un esforzado acto de fe. En uno de mis “Atisbos Analiticos“, el No 76 de marzo del 2007, recogemos la siguiente anécdota,
“En una de estas noches el Profesor José Joaquín Bayona nos contaba que, al saber que a uno de sus Seminarios en Buenos Aires asistían dos colombianos, en el momento académicamente apropiado el profesor Johan Galtung, el lúcido y persistente y productivo animador del Programa de Investigación para la Paz y la Resolución de Conflictos, había afirmado, ‘Colombia, por ejemplo, no existe’. Ante las miradas inquisidoras de los estudiantes, que le demandaban las razones de tan radical hipótesis, el académico de Oslo les había anticipado, ‘es que como institucionalidad no puede existir como sociedad un país donde las normas, las leyes y el derecho no existen’ “. (16)

En el extranjero, entonces, se ha dudado de Colombia, no tanto como realidad informal sino, sobre todo y ante todo, como ‘sociedad institucional’. ¿Cómo podrá tener existencia ontológica institucional, se han preguntado algunos, una sociedad en la que a 200 años de existencia de su presumible Estado, éste se debate entre sus propias armas, las de grupos privados que proclaman apalancarlo sobre sus fusiles y la de insurgentes que lo cuestionan? ¿Cómo podrá alegar existencia institucional una sociedad en la que el propio Estado, a través de sus agentes, asesina a ciudadanos inocentes para probar empíricamente la eficacia de su lucha contra el crimen? ¿Cómo podrá sustentarla una sociedad en la que “todo vale”, con tal de eliminar a los reales o presumibles enemigos y en la que, con el más amplio apoyo social, se construye “legalidad” usando como materia prima la más rampante y evidente ilegalidad? Pero, detengámonos un poco más en los, con benignidad, por ahora llamados “excesos y exabruptos y perversas excepcionalidades” de esta “sociedad institucional” en la que en el siglo XIX, lo que se hizo más evidente en su segunda parte, la creación de institucionalidad, más que un producto de la política, lo fue de las guerras civiles. Como para empezar diciendo que la añorada por

tantos Constitución centenaria de 1886, en sus contenidos radicales sólo tomó forma definitiva cuando los conservadores, de modo contundente, derrotaron a los radicales en la guerra civil de 1885. Hasta entonces, la oposición conservadora se había limitado a demandar una reforma de la Carta constitucional de 1863. Que el Estado Federal tuviese también su propio ejército y no sólo los Estados soberanos, que ese Estado impulsase obras de interés común para varios de ellos, sobre todo, en materia de construcción de ferrocarriles, que el Estado moderase el tratamiento dado a la Iglesia católica, sobre todo en lo relacionado con la cuestión educativa, eran las reivindicaciones de los conservadores, apoyados por la fracción independiente del partido liberal. Pero cuando los conservadores en armas, coadyuvados por un ejército paramilitar de reserva reclutado por el General Canal, derrotaron a las fuerzas radicales, Rafael Núñez, un liberal ‘independiente’ en alianza con los conservadores (17), no tuvo ningún empacho en asomarse al balcón de su casa presidencial para proclamar, al otro día de la derrota, y en medio de la inmensa vocinglería que lo aclamaba,
“La Constitución de Rionegro ha dejado de existir, sus páginas manchadas han sido quemadas entre las llamas de la Humareda”. “ ! Viva la nueva Constitución! “

Una nueva y, en su inspiración, casi antagónica Constitución, la de 1886, fue el elevado precio que los liberales tuvieron que pagar por su rotunda derrota en la Humareda. Este desenlace político de una guerra civil, no hizo más que ratificar lo que había venido aconteciendo a lo largo del siglo XIX, que, tras cada una de ellas, había llegado una nueva Constitución.(18)Este eje de la historia colombiana del siglo XIX, evidencia entonces el papel cumplido por las violencias en la configuración de esta sociedad “institucional”. Como para no extrañarse, entonces, que en la primera década del siglo XXI, a 200 años de fundado el Estado colombiano, un sector de la dirigencia institucional del país haya pactado con un ultraderechista grupo en armas la refundación de un establecimiento, que sentían amenazado por la Carta constitucional de 1991. Dificultoso resulta, así, caracterizar este hecho como ‘una excepción” en una Sociedad institucional. Pero, ilustremos estas tesis con otro horrible y horrendo y horroroso hecho. En las últimas décadas, han sido muchos los colombianos que han muerto bajo los arañazos crueles de las motosierras: han sido rebanados como si fuesen un enorme pan francés servido a la mesa de los más malditos y perversos dioses.

. Cierto, no ha sido éste el estilo recurrente de asesinar, pero ha sido tan frecuente que no logra calificarse como un evento ocasional. Pero supongamos que lo ha sido, y aún así, como excepción, sería doblemente inmoral, en sí mismo y por la innecesaria crueldad. Veámoslo. No estamos hablando de la elevada tasa de asesinatos; tampoco nos estamos refiriendo a los enfrentamientos entre pandillas cuyas balas penetran en los cuerpos de niños inocentes ni a los casos en que los enfrentados se escudan en sus cuerpos ni a las circunstancias en las que algunos adolescentes son contratados para que funjan de sicarios. Estamos hablando de un estilo cruel de asesinar, así como de las muy precarias reacciones sociales frente a la barbarie. Nos estamos refiriendo a crímenes crueles que, han alcanzado regularidad y, frente a los cuales, casi nadie se sorprende, ni muchos menos protesta, precisamente porque hemos aprendido a no sorprendernos ni a protestar de cara a la barbarie. En los últimos 60 años de la historia del país, entre 1946 y el 2007, un millón de intranquilos cadáveres ex-colombianos, el dato es de Jorge Orlando Melo ( http: www.jorgeorlandoemelo.com/historia.htm), han bajado al sepulcro arropados por el manto de la impunidad por razones ligadas a la connivencia, la complicidad, los acuerdos tácticos o las alianzas estratégicas entre los actores de las violencias o entre sus patrocinadores intelectuales. Muchos crímenes, doloroso, por cierto; abundante crueldad en muchos de ellos, inhumano en extremo; cierta aceptabilidad social, inaudito en una sociedad regida por la moral católica; indiferencia de la mayoría, una historia de barbarie la ha enseñado; ausencia casi total de protesta, explicable. Pero, detengámonos en el problema del ejercicio cruel de la violencia. Precisamente, a finales del año pasado, Francoise Zimeray, Embajador de Francia para los derechos humanos, concedió una entrevista al ‘EL Tiempo’ de Bogotá, en la que destacó las siguientes ideas,
“hay una dimensión, dijo, que me impacta: cuando vemos como se atacan los derechos humanos en Colombia, y veo muchos ataques en el nivel mundial, - estuve en Asia, en Palestina, en Africa, en Chechenia, lo que me impacta de la situación colombiana no es solamente la violencia y la pobreza, o los desplazamientos masivos, es la crueldad. )Subrayado nuestro) En Palestina…no se descuartiza la gente”. Pero, no se quedó ahí el embajador francés, pues le impactó que de cara a esa situación nadie se indignara ni protestara, “después de los falsos positivos, dijo, no estoy seguro de que haya una indignación de la opinión pública lo bastante fuerte, para tener una traducción política”. Era como “si existiese la idea de que, de todas maneras, no sirve para nada lo que podamos hacer”. Se preguntó entonces qué era lo que estaba sucediendo en esta sociedad no obstante los esfuerzos del gobierno en materia de derechos humanos, proporcionando una respuesta digna de mucha reflexión, “También me pregunto, señaló, acerca de la sociedad colombiana misma…me pregunto si lo que se hace tiene fundamento en el cuerpo social”. (19)

Aunque

más adelante retomaremos la idea, por ahora limitémonos a señalar que tanta crueldad sólo puede ser una de las expresiones de una sociedad en la que ha habido fallas notorias y notables en la historia de institución de lo social. Como para decir que de tanto convivir con esta sociedad, sus habitantes se han apropiado de su “esencia” casi perversa. Al regresar al problema de la sociedad institucional, un colombianólogo consagrado, especialista en Santander y en el siglo XIX, el historiado norteamericano David Bushnell, en su momento argumentó que Colombia era una realidad objetiva, que se había hecho contra su propia voluntad. Al respecto escribió un famoso libro precisamente titulado “Colombia, una nación a pesar de sí misma”. (20) En este texto, Busnhell, sin privilegiar ningún aspecto como más importante- ni la economía, ni la política, ni la religión, ni la raza, ni la geografía- buscó explicar la formación de la nación colombiana planteando problemas y formulándose preguntas y yendo, por lo tanto, más allá de lo historiográfico mono-disciplinario y evidenciando, por lo tanto, algunas de los grandes obstáculos que esta sociedad ha encontrado en la construcción de lo social. Su conclusión implícita fue clara: Colombia era una nación no obstante que sus directores y habitantes se hubiesen empeñado y hasta insistido en que no lo fuese. Entonces, para efectos de este Ensayo, como hipótesis general nos quedamos con el siguiente presupuesto al análisis: Colombia es una realidad, más informal que formal, pero, en su historia ha habido cosas tan “desmesuradas, contradictorias, perversas y disueltas” como para dudar de su institucionalidad no obstante la sacralización que de ésta siempre han hecho las dirigencias del establecimiento y no obstante el repudio por principio que, de cara a ella, siempre han ejercido las izquierdas clásicas. Parecería, entonces, que la sociedad colombiana, por específica o por carencia de una definida configuración institucional, fuese una sociedad indescifrable, y, por lo tanto, ininteligible. Esto no obstante, en nuestro concepto es descifrable y claro que debe tener su inteligibilidad. Hacerla medio visible es el objetivo de este Ensayo orientado a preguntarnos por el papel que en ella ha cumplido el Estado en la institución de lo social. Aspiramos a que, al final, podamos preguntarnos para dónde es que vamos los que viajamos en este barco, que aunque ha salido de puerto, parece no saber para dónde va.

TERCERA PARTE 3. HACIA UNA HISTORIA DE LA INSTITUCIÓN DE LO SOCIAL DURANTE LA REGENERACIÓN DE NÚÑEZ. Ya lo precisamos: en este Ensayo se busca examinar y comparar dos presentes, uno pasado, la Regeneración, con otro actual, La Seguridad democrática, con algunas referencias a un presente pasado intermedio, la experiencia corporativista de Laureano Gómez en 1953, manteniendo como pregunta central la del papel del Estado en la historia de institución de lo social. Ya lo anticipamos también, el método empleado es el del Enfoque de lo político como estudio de la historia de la construcción de las relaciones sociales en la sociedad colombiana procurando siempre obtener algunas respuestas a la pregunta sobre su inteligibilidad. Al ser ello así, importa precisar como punto de partida, qué es lo que, en lo teórico, vamos a entender por lo social. Al hablar de lo “social” en cualquier sociedad en cada una de sus presentes pasados, es casi obligatorio, en primer lugar, preguntarse por las relaciones sociales que se asumen como dominantes, ya las vigentes ya las que se encuentran presionando por tomar forma o por aparecer. Para nosotros esas relaciones no pueden ser otras que las relaciones sociales de producción, Es ése el lugar o campo, el de las relaciones sociales dominantes, donde, de modo directo o indirecto, “se entrelazan los múltiples hilos de la vida de los hombres y mujeres” apareciendo todo a los ojos de los miembros de la sociedad como “formando una totalidad provista de sentido”, como ha dicho Rosanvallon. (21) En la década de 1880, cuando el sistema político que llamaremos la primera Regeneración tomó forma definitiva en Colombia, el país pasaba por una etapa de transición entre un precapitalismo signado por relaciones serviles y los primeras expresiones, todavía muy precarias, de un capitalismo, que sólo empezaría a tomar forma medio siglo después. ¿Fue el Estado asociado a esa primera Regeneración una fuerza protagónica en este proceso transicional?, he ahí la pregunta que nos animará. Al lado de las relaciones sociales dominantes, “lo social” se encuentra asociado, en segundo lugar, a las condiciones vitales de existencia del conjunto de la población, lo que es la expresión más directa y efectiva de la distribución de lo producido en una sociedad dada. Y en tercer lugar, sobre el carácter de “lo social” no podrá hablarse sin una referencia directa a los niveles de organización y de presencia de la ciudadanía subalterna, vale decir, de los sin propie

dad, en la vida sociopolítica de la sociedad estudiada. Estos dos componentes, la distribución de lo producido y el papel cumplido por “lo popular” en ese proceso, se encuentran asociados a lo que, desde décadas, se ha denominado la cuestión social. No se podrá olvidar que los delegatarios al Congreso que definió los contenidos de la Constitución de 1886, asustados y asustadizos frente a las sociedades democráticas en las que se habían entrelazado los múltiples hilos de la vida de los subordinados, prohibieron la creación de sociedades permanentes, es decir, constitucionalmente le prohibieron a los sin propiedad que se organizaran. Eran los “Don Nadie” de ese entonces, la multitud de las sociedades de clase, a los que en la actualidad Eduardo Galeano ha recogido en un texto titulado “Los Nadie, los hijos de nadie”,
“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.” (22)

Entonces, de acuerdo con el método definido para abordar este Ensayo, debemos preguntarnos por el papel cumplido por el Estado en la institución de lo social durante la primera Regeneración del siglo XIX, vale decir, por los modos como intervino para darle forma a lo social en lo referente a la reproducción o, por el contrario, a la transformación de las relaciones sociales dominantes; también debemos preguntarle por su conductas de cara a las condiciones sociales de vida del conjunto de la población. Y al lado de estos dos problemas, la otra mirada central se encuentra asociada al papel cumplido por el pueblo, por los subordinados o sin propiedad en general, en sus luchas por darle forma a lo social. Ya lo sugerimos al empezar a pergeñar esta reflexión, al Estado que le preguntaremos por su papel en la institución de lo social no será sólo al Estado en su relación con las clases, sino, también, al Estado en sus relaciones con las ciudadanías. Más en serio que en broma, diríamos que para que los ciudadanos no se angelicen, constituye un asunto de método meter la lucha de clases en la vida de la ciudadanía y que, para que los miembros de las clases socia

les no se demonicen, el método de nuevo debe hacer presencia para urgirnos a inscribir las ciudadanías en las contradicciones de clase. 3.1. Cinco Momentos de la primera Regeneración como Letra, como Espiritu y como Cultura.

La Primera Regeneración fue un fenómeno político exitoso aunque de signo perverso, estrechamente asociado a una etapa concreta de la historia biográfica de un líder nacional, Rafael Núñez. Esto no obstante, en su proyección histórica se convirtió en un fenómeno sociopolítico y cultural central, que cruzó el conjunto de la historia contemporánea de Colombia. Por eso, al periodizarla, sobre todo en lo referente a “ su espíritu vertido en cultura política’, podemos distinguir los siguientes cinco momentos:
A.1874-1882: gestación y maduración ideológica del proyecto de la Primera Regeneración; B.1883-1888: La implementación de la Regeneración propiamente dicha incluida su formalización en la Constitución de 1886; C. 1888-1898: la desnuñización o apropiación conservadora de la Regeneración durante los gobiernos de Carlos Holguín y de Miguel Antonio Caro; D. 1898-1991: La Post-Regeneración como letra, pero, sobretodo, como ‘espíritu vertido en cultura política’ que, no obstante las reformas normativas y las variadas y distintas amenazas de ruptura, se mantuvo vigente durante 105 años; E. 2002-2010 La Segunda Regeneración, La Seguridad democrática.

Como para afirmar entonces, atando pasado y presente y futuro, que el sentido de ese “espíritu” de la Constitución de 1886, oloroso a valores como ordenautoridad- progreso económico o moral – cohesión social, se ha prolongado hasta nuestros días en la Estrategia de la Seguridad democrática de Uribe Vélez. Figura fría y enigmática, solo descubrible en la terquedad a prueba de cara a su proyecto político, Núñez en muchos asuntos todavía se encuentra en el centro de la polémica nacional. 3.2. El asunto del Núñez “maduro”

Por lo general, los grandes líderes políticos siempre han tendido a identificar los años de “su gran proyecto” con los de su madurez política haciendo de ésta una fuente de legitimación social. Han buscado así imponerle a la sociedad la idea de que la madurez alcanzada, que se encontraría por encima del

bien y del mal, es la indicación más sólida del éxito indiscutido e indiscutible de su proyecto que, en adelante, debe asumirse como Política estatal perenne so peligro de reversión a épocas de barbarie, de violencias y de hecatombes. En el caso colombiano, Rafael Núñez no fue la excepción como tampoco lo ha sido, por estos tiempos, Alvaro Uribe Vélez aunque con marcadas diferencias entre ellos explicables por los tiempos y los perfiles. En el caso de Núñez, su larga estadía en el exterior en el servicio consular (dos años en Estados Unidos y ocho en Europa entre 1863 y 1874) fue el horno de esa maduración así como la razón explicativa de los cambios, cualitativos para algunos, que tuvo en su formación intelectual y, sobre todo, en su evolución ideológica y política. En la Memoria de Gobierno escrita en 1885 por el Ministro de Gobierno, Diógenes Arrieta, se encuentra un texto clave, que permite fijar el significado de esa presumible metamorfosis intelectual radical sufrida por Núñez durante su permanencia en Europa,
Reitera Arrieta que Núñez vivió diez años en Europa y que “la ausencia de la Patria, siquiera por un corto tiempo…suaviza los toques fuertes, rectifica o esconde las innobles depresiones de las líneas en las figuras de los hombres y en los contornos de los hechos, y comunica a todo el cuadro el apacible color del cielo querido que le sirve de fondo…Los pequeños rencores que aquí nos agitan; esta atmósfera viciada…no nos acompaña fuera de la patria…Libre así, el entendimiento de preocupaciones, y transportado a la región más alta y serena, sólo obran ya sobre él, en tratándose de la Patria, los móviles de los grandes intereses, los estímulos del bien, de la verdad, y del amor. Desaparecen entonces las líneas divisorias de los bandos políticos, la acritud de nuestras controversias, la intolerancia de nuestras costumbres: el compatriota se torna en hermano, y el sentimiento de la rivalidad política en sentimiento fraternal”. (23)

Esa década en Europa, más incidente Inglaterra que Francia, habría tenido así sobre el cartagenero el extraordinario efecto de la más sublime angelización. El Rafael de la década de 1850- librecambista convencido, libertario efectista, creyente decidido en la positividad de las revoluciones y anticatólico ferviente, por una metamorfosis con determinaciones casi geopolíticas, le habría cedido el paso al Núñez de la década de 1870, tolerante, antiguerrerista, proteccionista y apegado, de modo fervoroso, a la cuatríada valorativa ordenautoridad –progreso económico- cohesión social religiosa eclesial. Que entre el Núñez de las revolución anticolonial de 1850 y el Núñez de la Regeneración hubo importantes cambios a escala de las ideas y convicciones, es algo ya evidenciado. Lo discutible es, más bien, la naturaleza y los alcances de esas mutaciones. Ya Regenerador y con el orden y la autoridad,

no como simple opinión valorada, sino como componente eje de su proyecto político, a Núñez, con frecuencia, su pasado ideológico le resbaló y rebotó en el discurso. Un solo ejemplo, aunque la Iglesia católica se acomodó a su romántico concubinato y, aunque él defendió los intereses eclesiales y aunque, el Papa León XIII le concedió la Orden de Piana y, aunque, al realizar la alianza definitiva con los conservadores de Caro, les dijo que no era decididamente “anticatólico”, sin embargo, como precisa Eduardo Posada Carbó, Núñez nunca se apartó del todo de su radicalismo de cara a la Iglesia como Institución tal como lo había expresado en 1864 mientras se preparaba para viajar a Europa, “hay que sacar de raíz esa yerba del catolicismo, cueste lo que cueste”. Basta recordar que cuando ya llevaba 10 años en Europa, todavía atacaba el Syllabus escribiendo, sin disimulos, desde Liverpool,
“el catolicismo, más una teocracia que una religión, representaba todo lo contrario de las fuerzas de la civilización y del progreso”. Esto no obstante, escribió el historiador costeño, “desde su temprana experiencia en los Estados Unidos distinguió entre la Iglesia católica a la que combatía, y la presencia del espíritu religioso, cuyo dominio en las sociedades que visitó no encontró repugnante”. (24)

Entonces, más que en sus ideas que, por cierto, cambiaron o se morigeraron, donde sí hubo verdaderos cambios, durante su permanencia en Europa, fue en su actitud intelectual como método de vida, se tornó relativista, así como en sus tácticas, aprendió, por ejemplo, que no obstante él mismo, la iglesia era un vigoroso factor de poder con el cual había que contar para su proyecto político fuese el que fuese. Por lo tanto, aunque en lo ideológico cambió, sin embargo, aún en este ámbito, en ciertas dimensiones, sus desplazamientos fueron más tácticos que substantivos. No fue, entonces, en Europa donde Núñez se ideó el proyecto político de la Regeneración, pues ésta más que un producto importado, fue el resultado de dinámicas nacionales. Cuando Núñez regresó de Europa, le revoloteaban en la cabeza muchas ideas sin una estructura, jerarquización y organización definidas y, entre ellas, se destacaban las asociadas a la necesidad social de un orden político más o menos perenne, a una concepción no instrumental de la autoridad, así como a un cierto y progresivo progreso económico. Ligado a esa tríada axiológica, lo inquietaba el asunto de la paz, que él denominó “paz científica”, a la que el intuitivo presidente Uribe o alguno de sus escribidores, al hablar de Núñez, ha llamado “salvar la comunidad siguiendo los consejos de una lógica severa y fecunda”. (25) A su regreso de Europa, Núñez percibía que el país requería un gran cambio, pero ignoraba el cómo y cuáles serían su carácter y alcances. Aún el 8 de abril de 1880 cuando se posesionó para su primer mandato, de modo vago lo llamó “transición”,

“Estamos en una época de confusión de ideas, dijo, un largo período de nuestra historia contemporánea ha llegado, según parece, a su hora de transición y no todos comprenden el esencial carácter del fenómeno que se verifica ni menos aún se alcanzan a definir los recursos que deben ponerse en actividad para que la renovación se realice”. (26)

Esto no obstante, más válida puede ser una hipótesis que diga que, el regreso de Núñez al país, aunado a las críticas que la fracción de los Independientes le formulaba a su propio partido, a los errores de los radicales en el gobierno y a la actitud escrutadora de los conservadores, que buscaban un camino de retorno al viejo orden conservador, autoritario, procatólico y represivo de los esclavos del General Pedro Alcántara Herrán (1841-1845), se inició la etapa de la Primera Regeneración, la de 1874-1880, definida por la gestación y maduración ideológica del proyecto. 3.3. “La Paz científica” como el Método de Investigación del Cartagenero Ya en 1968, a cuatro años de su permanencia en Europa, pensaba que el país había caído,
“en tal decadencia que era preciso empezar la grande obra de la regeneración de la rudimentaria base de restablecer la tranquilidad”. Y 14 años después, en 1882, señaló que aunque “las aspiraciones subversivas no se habían extinguido”, de modo gradual, la nación se acercaba “al fecundo reinado de ‘la paz científica’”. (27)

Lo de ‘científica’, en la actualidad nos puede sonar rimbombante, pero Núñez había asimilado en Europa el enfoque positivista de la ciencia en su versión spenciarana con sus teorías de la evolución, que destacaban que todo lo vivo, los organismos, las sociedades y las mentes humanas, iba evolucionando de lo homogéneo a lo complejo. Esa ley general de la evolución aplicada a su propia vida lo tranquilizaba y animaba a persistir, pues le explicaba el por qué de sus propios cambios en muchas de sus ideas y convicciones, lo que pasaba era que se estaba volviendo “científico”. En 1868 Núñez ya examinaba que en su país había intranquilidad colectiva y la asociaba al régimen político, el de 1863, que, incapaz de controlar las guerras, en la práctica las estimulaba generando cada día que pasaba mayor desorden, intranquilidad y anarquía. En 1882, por su parte, ya intuía que el país requería un gran cambio, que enhebrado alrededor de la relación orden-progreso, se afincara sobre bases inamovibles. A una conclusión así llegó nacionalizando la idea comptianaspenciarana según la cual el orden era la base del conocimiento científico del progreso, razón por la cual éste no era otra cosa que el desarrollo del orden.

Fue en un contexto de ideas así donde inscribió su tesis sobre “la paz científica” que tomó forma más definitiva en 1883. Digamos que, como positivista, apeló a la “paz científica” como método, lo que le permitió hacer un minucioso examen de las causas de las insurrecciones que habían aquejado al país entre 1863 y 1883. Fue así como su método de “la paz científica” lo condujo a la conclusión que, precisado ya su proyecto político regeneracionista (“paz científica” más progreso económico más cohesión social eclesial), le bastaba acentuar el carácter violento de la Federación y su incidencia en el atraso económico, para legitimarlo. Digamos, entonces, que al terminar su primer mandato, 1882, Núñez, como resultado de la aplicación de su ‘método científico’, vislumbraba ya el cuadro ideológico de la regeneración, que presentaba los siguientes trazos,
su objetivo era llevar la tranquilidad al país para lo cual era necesario actuar sobre su causa - la Constitución y tipo de Estado y de régimen político de 1863- procurando no su cambio sino, más bien, su reforma. El nuevo país, por otra parte, enhebrado alrededor del progreso regulado por el orden, debía montarse sobre bases inamovibles. Por otra parte, sabía ya que, para sacar avante ese proyecto, en lo político requería, primero, del apoyo de los conservadores que, en la práctica, ya habían tenido, entre 1841 y 1845, una experiencia de Estado montada sobre la autoridad como valor central; segundo, de la Iglesia católica, que ya había cogobernado al lograr reconocimiento oficial en la Constitución de 1843; y, tercero, de una fracción de su propio partido que, por distintas vías, se aproximase a sus nuevas convicciones, ideas y situaciones. Por ninguna parte se asomó la necesidad de los apoyos ciudadanos o de los libertarios de las sociedades democráticas o de alguna fracción de subordinados plebeyos más allá de lo estrictamente electoral.

3.4. La Regeneración o cuando La ‘Virgen’ se le apareció a Núñez bajo la forma de la guerra civil de 1885.

Pero, en 1885 a Núñez se le apareció la Virgen bajo la forma de una nueva guerra civil que, en lo empírico, confirmó la constante ya observada en el siglo XIX al correlacionar nuevas Constituciones y las grandes confrontaciones armadas: Que a cada una de las Guerras civiles le había seguido una nueva Constitución, siendo ése uno de los precios que los vencidos en la guerra tenían que pagar a los vencedores evidenciándose así que la institucionalidades macro, las Constituciones , más que un producto de la política civilista, eran el resultado de las armas enfrentadas. (28) La Constitución de 1886 no fue la excepción: cuando el ejército oficial, coadyuvado por una fuerza paramilitar organizada por el General Canal, derrotó en la Humareda al radicalismo liberal, Núñez se percató que había llegado el momento no simplemente de reformar la Constitución de 1863 sino de cambiarla en su totalidad. Sorprendi

do y entusiasmado, intuyó que había llegado el momento del gran revolcón institucional, de un timonazo en profundidad en la dirección del Estado, de un redireccionamiento de primer orden en la orientación de la sociedad, de ahí su seguridad discursiva, “la Constitución de 1863 ha dejado de existir”. Para poner a marchar al país en la nueva dirección ideológico- política, Núñez, con la mera aprobación formal de las municipalidades y sin la menor presencia de la ciudadanía, el 10 de septiembre de 1885 dictó un decreto convocando a un Consejo Nacional con el fin de cambiar la Constitución. Los delegatarios a este evento, fueron designados casi “a dedo”. El 11 de noviembre Núñez les envió una especie de Manifiesto constitucional en el que reclamaba,
“el establecimiento de una estructura política y administrativa enteramente distinta de la que, manteniendo a la nación en crónico desorden, ha casi agotado sus naturales fuerzas en deplorable inseguridad y descrédito”. (29) En él precisó también lo que esperaba de la nueva Constitución, que “el particularismo enervante debe ser reemplazado por la vigorosa generalidad. Los Códigos que fundan y definen el derecho deben ser nacionales…En lugar de un sufragio vertiginoso y fraudulento, deberá establecerse la elección reflexiva y auténtica y llamándose, en fin, en auxilio de la cultura social los sentimientos religiosos, el sistema educativo deberá tener por principio primero la divina enseñanza religiosa…”. Subrayó también la necesidad de limitar la libertad de prensa, eliminar el amplio comercio de armas, reimplantar la pena de muerte y restringir los derechos individuales”. En resumen: “La repúblicas deben ser autoritarias, so pena de incidir en permanente desorden…”. Para ello, y también para fundar la paz, recomendó “un ejército fuerte”. (30)

3.5.

El Carácter de la Primera Regeneración: Unidad del Territorio y escisión sociopolítica de la Población

La Regeneración, fenómeno más amplio qu