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01-11-2008 - Huellas, n.

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Algo que se da antes

En la Apertura de curso de Lombardía (publicada en Huellas de octubre), Julián


Carrón decía: «Éste es el desafío ante el que nos encontramos. La capacidad de
obediencia depende de la primacía que damos a lo que vemos suceder delante de
nuestros ojos, a ese “Algo que se da antes”. Don Giussani nos lo recordaba con
frecuencia para responder a un riesgo que nos acecha continuamente, el de cambiar de
método». Retomando este pasaje en un diálogo con algunos responsables de CL,
Carrón insistía: «O dejamos espacio a “lo que se da antes” y aceptamos que esto
genere todo lo demás, incluso la comunión, o de lo contrario, inexorablemente,
introducimos otra cosa; no por maldad, sino porque resulta inevitable. Debemos
ayudarnos a entenderlo de verdad, hasta el fondo»

Apuntes de la intervención de Luigi Giussani en la Asamblea de los responsables. Milán, 26 de


enero de 1993

Quisiera apuntar brevemente los factores que determinan y constituyen un


“movimiento”. El primer factor constitutivo de un movimiento es que la persona se topa
con una presencia humana diferente, con una realidad humana diferente.
El movimiento es la dilatación de un acontecimiento, del acontecimiento de Cristo.
Pero, ¿cómo se dilata este acontecimiento? Es decir, cuál es el fenómeno inicial,
original, que hace que la gente se quede impresionada, se sienta atraída y se junte? ¿Es
una catequesis –lo que nosotros llamamos “Escuela de comunidad”–? No, cualquier
catequesis viene después, es un instrumento de desarrollo de algo que se da antes.
El movimiento –el acontecimiento cristiano– tiene un modo peculiar de presentarse al
toparse el hombre con una presencia humana diferente, con una realidad humana
diferente que sorprende y atrae porque corresponde, subterránea, confusa o claramente,
a una expectativa que constituye nuestro ser, a las exigencias originales del corazón
humano.
El acontecimiento de Cristo se presenta “ahora” bajo el fenómeno de una humanidad
diferente: un hombre se topa con este fenómeno y descubre en él un presentimiento
nuevo de vida, algo que aumenta su posibilidad de tener certeza, la positividad,
esperanza y utilidad de su vida, y que le empuja a seguirlo.
Jesucristo, aquel hombre de hace dos mil años, se oculta –o se presenta– bajo el aspecto
de una humanidad diferente. El encuentro, el impacto inicial, es producto de una
humanidad diferente que nos sorprende porque corresponde a las exigencias
estructurales del corazón mucho más que cualquier forma de nuestro pensamiento o de
nuestra imaginación: no nos lo esperábamos, no podíamos ni soñarlo, era imposible, no
podíamos hallarlo en ninguna otra parte. La diferencia humana con la que Cristo se nos
hace presente consiste precisamente en una mayor correspondencia, en la
correspondencia impensable y no pensada de esa humanidad con la que nos topamos,
con las exigencias del corazón, con las exigencias de la razón.
Este toparse de la persona con una presencia humana diferente es algo sencillísimo,
absolutamente elemental, que se da antes que nada, antes de cualquier catequesis,
reflexión o desarrollo: es algo que no requiere explicación alguna, sólo ser visto,
interceptado, algo que suscita asombro, provoca emoción, constituye una llamada; que
nos empuja a que lo sigamos gracias a que corresponde a la expectativa estructural del
corazón. «Ya que en realidad –como dice el cardenal Ratzinger– nosotros sólo podemos
reconocer aquello que encuentra en nosotros una correspondencia (Il Sabato, 30 de
enero de 1993). El criterio de lo verdadero radica en esta correspondencia.
El toparse con una presencia humana diferente se da antes, no sólo al comienzo, sino
también en todos los momentos que siguen a ese comienzo: un año o veinte años
después. El fenómeno inicial –el impacto con una presencia humana diferente y el
asombro que nace de ello– está destinado a ser el mismo fenómeno inicial y original de
cada momento del desarrollo. Porque no se produce desarrollo alguno si ese impacto
inicial no se repite, es decir, si el acontecimiento no sigue siendo siempre
contemporáneo. O se renueva o si no, no se avanza, y se pasa en seguida a teorizar el
acontecimiento ocurrido y a caminar a ciegas buscando apoyos que sustituyan a eso que
está verdaderamente en el origen de la diferencia.
El factor original es, permanentemente, el impacto con una realidad humana diferente.
Por consiguiente, si no vuelve a suceder y no se renueva lo que aconteció en un
principio, no se produce una verdadera continuidad: si uno no vive ahora el impacto con
una realidad humana nueva, no entiende lo que le sucedió antes. Sólo si el
acontecimiento vuelve a suceder ahora, se ilumina y se ahonda desde una perspectiva
más madura en el acontecimiento inicial, estableciéndose de esta manera una
continuidad, un desarrollo.
Este primer factor subraya el hecho de que «todo es gracia». Toparse con una realidad
humana nueva es una gracia, es siempre una gracia –si no, se convertiría en fruto de
nuestro pensamiento o en una presuntuosa afirmación de nuestra capacidad crítica–. La
diferencia que se nota, el origen de la diferencia humana con la que nos topamos, es una
gratuidad absoluta.
El acontecimiento inicial sólo prosigue si seguimos partiendo continuamente del
encuentro con esa realidad humana nueva: «Buscad todos los días el rostro de los santos
y sacad fuerza de sus palabras», decía una invitación contenida en uno de los
documentos de la cristiandad primitiva, la Didaché. La continuidad con lo que sucedió
al principio sólo se produce, por tanto, mediante la gracia de un impacto siempre nuevo,
que produce la misma clase de asombro de la primera vez. De no ser así, en lugar de
dicho asombro prevalecen los pensamientos que nuestra evolución cultural nos hace
capaces de articular, las críticas que nuestra sensibilidad formula a los que hemos vivido
y a los que vemos vivir, la alternativa que pretenderíamos imponer, etcétera.
El impacto con una humanidad diferente es fundamental también éticamente. Para
percibir este impacto se requiere la actitud original con la que nos hace el Creador, es
decir, la actitud del niño que se abandona y sigue: «Señor, mi corazón no es ambicioso
ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo
y modero mis deseos: como un niño en brazos de su madre, como un niño en brazos es
mi alma» (Salmo 130). Para poder aceptar este fenómeno de humanidad diferente es
necesario tener la mirada del niño: una humanidad, una disponibilidad, una sencillez de
corazón, una pobreza de espíritu que muchos adultos, a pesar de haber vivido el primer
impacto, pueden haber perdido. Y entonces el acontecimiento original que puso en
marcha la memoria (en ellos) se convierte en un hecho del pasado, queda sólo como un
“devoto recuerdo”. Mientras que, con esa sencillez y disponibilidad, uno puede haber
cometido errores durante años, pero se recupera mejor que quien haya permanecido
impávido, sin hacer nada digno de reproche.
En esta «pobreza de espíritu» y «sencillez de corazón» radica el juego de la libertad
humana. Como se dice en Huellas de experiencia cristiana (Ediciones Encuentro,
Madrid 1978): «También en la experiencia cristiana, o más aún, especialmente en ella,
aparece claro cómo en toda auténtica experiencia está comprometida la autoconciencia
y la capacidad crítica (¡la capacidad de verificación!) del hombre, y cómo toda auténtica
experiencia está bien lejos de identificarse con una impresión que se ha tenido o de
reducirse a una repercusión sentimental. En el curso de esta “verificación” es donde, en
la experiencia cristiana, el misterio de la iniciativa divina revaloriza existencialmente la
razón del hombre. Y es en esta “verificación” donde se demuestra la “libertad” humana:
porque la comprobación y el reconocimiento de la profunda correspondencia que se da
entre el Misterio presente y mi propio dinamismo humano no puede tener lugar sino en
la medida en que está presente y viva esa aceptación de mi fundamental dependencia, de
nuestro esencial “estar hechos”, en la cual consiste la sencillez, la “pureza de corazón”,
la “pobreza de espíritu”. Todo el drama de la libertad reside en esta “pobreza de
espíritu”: y es un drama tan profundo que acaece frecuentemente casi sin que el hombre
se dé cuenta».
Aquél que, provocado por una diferencia, se encamine hacia su destino tratando de
«obrar» sólo con sus fuerzas, lo perderá todo: tiene que seguir. Esa presencia humana
diferente con la que se ha topado es algo distinto de él, a lo que debe obedecer. Por
medio de un impacto siempre nuevo, siguiendo y obedeciendo, se establece la
continuidad con el primer encuentro.
Quisiera poner un ejemplo al respecto. Supongamos que hoy se reúnan algunas personas
que hayan vivido la experiencia de la que hemos hablado y, puesto que conservan el
recuerdo impresionante de un acontecimiento que les afectó en su momento –que les
hizo bien e incluso marcó su vida–, quieren recuperarlo, colmando así la distancia que
se ha ido abriendo a lo largo de los años. Lo que hace que se sientan todavía amigos es
una experiencia pasada, un hecho que aconteció, y que, sin embargo –cómo decíamos–
se ha convertido en el presente en un “devoto recuerdo”. Pues bien, ¿cómo podrán
restablecer la continuidad con el acontecimiento inicial que les impactó? Si dijeran:
«Unamos nuestras fuerzas para formar un grupo de catequesis, desarrollar una iniciativa
política nueva, apoyar una actividad caritativa, crear una obra, etcétera», ninguna de
estas respuestas sería adecuada para colmar esa distancia. Hace falta “algo que se da
antes”, pues todo lo otro no es más que un instrumento para su desarrollo. Hace falta
que vuelva a suceder lo que les sucedió al principio: no «cómo» sucedió al principio,
sino «lo que» sucedió al principio: el impacto con una diferencia humana donde se
sigue renovando el mismo acontecimiento que les movió en un principio. Esto les unirá
entre ellos y, al seguir a alguien, reanudará la relación con lo que sucedió al comienzo.
Y todos los factores principales de la experiencia pasada surgirán de nuevo más
maduros y claros. Al renovarse el primer impacto –y, por consiguiente, la sorpresa de la
correspondencia que hay entre una presencia humana diferente y las exigencias
estructurales del corazón– se sentirá el reflejo del mismo acontecimiento que sucedió
hace diez o veinte años, en la escuela o en el grupo de la universidad.
Si no se produce esta experiencia –el encuentro con una realidad humana diferente–,
cualquier tipo de “enganche” con el que se intente recomponer lo que había quedado
interrumpido no restablecerá ninguna continuidad. La continuidad con lo de “entonces”
sólo se restablece si sucede de nuevo ahora el mismo acontecimiento, el mismo
impacto. Diez o veinte años después, continúa la misma experiencia si uno parte de
zambullirse en esa realidad nueva y, «como un niño en brazos de su madre», se
abandona, sigue y obedece. Porque esa diferencia no nace de su imaginación o de su
pensamiento, de su habilidad dialéctica o de su obstinación, de todo aquello que, en
resumen, le ha tenido alejado durante años: es algo diferente, algo irreductiblemente
nuevo a lo que obedecer, es un acontecimiento.
Estamos ya en condiciones de delinear el segundo factor.
¿Cómo puede educarse, cómo «hacer que resurjan» la sorpresa, la esperanza y el
presentimiento que nos mueven a seguir, y que nacen del impacto siempre renovado con
una presencia que tiene una humanidad distinta? El instrumento principal de esta
educación es lo que nosotros llamamos Escuela de comunidad; es el instrumento
principal porque es sistemático y coherente, y, por tanto, lo que explica e unifica la
experiencia. La Escuela de comunidad es el instrumento de desarrollo –de la conciencia
y el afecto, como instigación que nos mueve a usar nuestras relaciones– de ese «algo
que se da antes», de esa experiencia del encuentro con una realidad humana diferente.
En el trabajo –que la Escuela de comunidad implica– el aspecto esencial es, pues, darse
«razón» de las palabras que se usan. Y la razón de las palabras es la experiencia de la
correspondencia entre la realidad con la que nos topamos y las exigencias estructurales
del corazón.
Por tanto, el aspecto más importante en el desarrollo de la Escuela de comunidad es que
alguien «enseñe»: alguien –o algunos– en quienes el impacto inicial se renueva y se
dilata, ofreciéndose como ocasión para que en los demás se la misma sorpresa del
comienzo.
Aquel que está al frente de la Escuela de comunidad, y que comunica una experiencia
en la que acontece de nuevo la sorpresa inicial, realiza esta comunicación dando razón
de las palabras que se usan. Dar razón de las palabras que se usan quiere decir, en
efecto, comunicar la experiencia de la correspondencia que tiene el acontecimiento de
una Presencia con lo que el corazón originalmente espera, con la luz y el calor que esas
palabras proyectan y ofrecen. De este modo, dar razón de cada palabra, como dice san
Pablo, hace «pasar de luz en luz», introduce el descubrimiento cada vez más claro de lo
verdadero, porque cada palabra que se usa aclara la respuesta a una necesidad del
corazón que está buscando su propio destino.
Es necesario, por tanto, que quien dirija la Escuela de comunidad comunique una
experiencia en la que se renueve el asombro inicial, y no que desempeñe un papel o una
«tarea». No puede haber comunicación de una experiencia si se parte de la conciencia
de uno mismo como alguien que desempeña un papel, alguien que, subido al pedestal de
la superioridad y del dominio del tema, pretende enseñar a los demás. Porque quien
enseña es únicamente el Espíritu de Dios: es el Espíritu quien produce el primer
impacto, la atracción primera, y quien lo renueva.
La pobreza de espíritu que implicaba el primer factor vuelve de nuevo ahora. Porque sin
pobreza de espíritu no se escucha lo que se nos comunica: prevalece la objeción de los
pensamientos de siempre, aquello a lo que estamos más apegados o que pretendemos
nosotros. Por ello le decían al ciego de nacimiento: «Pero, ¿qué se puede aprender de un
ignorante que no ha estudiado la ley?» –que no ha estudiado psicología, filosofía o
teología, diríamos hoy–. En cambio, el que sigue y obedece se desarrolla, y cuanto más
sigue más desea seguir.
Este segundo factor tiene un corolario. La mejor postura para poder entender lo que se
nos dice es, paradójicamente, la pasión por comunicárselo a los demás –la pasión de
comunicar a los demás lo que se nos ha dado experimentar–. Esto lo ejemplifica de
manera sencilla y hermosa una carta que ha escrito un amigo nuestro de Canadá. Nos
dice que el año pasado entró en la pequeña comunidad del movimiento en Montreal un
joven médico, llamado Mark, que era una persona intensa y dramática, llena de
interrogantes y dudas. Después de un año de convivencia difícil «parecía como si nunca
se hubiera adherido a nosotros», escribe John, el autor de la carta. A finales del año la
Universidad de Búfalo le ofreció a Mark la posibilidad de hacer prácticas en su hospital
durante dos años. «Yo no voy», fue la respuesta inmediata de Mark. «¿Por qué no
vas?», le preguntó John. «Si aceptase, tendría que dejaros. Y yo no puedo dejaros». Pero
entonces John le sugirió: «¡Acepta! Ve a Búfalo y trata de comunicar a otros lo que has
encontrado aquí». Mark aceptó, y después de pocos meses tenía ya a su alrededor a más
gente de la que había dejado. Pero esto no es todo. Dos meses después de irse, una
muchacha del grupo de Montreal –una enfermera– entró en el hospital donde Mark
había trabajado. Pasados algunos días, la jefa de enfermeras del hospital va hacia ella, la
señala con el dedo y le dice: «¡Mark Basik!». Y ella le pregunta asombrada: «¿Qué
quiere decir? Sí, conozco a Mark Basik, es uno de mis amigos más queridos…». «Me lo
imaginaba», responde la jefa de enfermeras. «Mark y tú hacéis las cosas del mismo
modo». Esa mujer se había topado con un fenómeno de humanidad diferente; o, lo que
es lo mismo, le había llamado la atención un hecho.
Lo que más interesa ahora del episodio es sobre todo su primera parte, porque allí se ve
claramente que, con la tensión misionera, lo que le había sido comunicado a ese joven
médico ya no encontró en él la resistencia de tantos «peros», de tantos «si», como en los
que antes se había enredado.

Hablemos ahora del tercer factor, pero sólo de pasada.


El tercer factor es, diríamos, «todo lo demás». Es decir: es imposible que de la
experiencia que hemos descrito hasta aquí no nazca un sujeto nuevo, un nuevo
protagonista en el mundo, una compañía comprometida con la realidad de manera
diferente –es decir, más humana, más correspondiente a la expectativa del corazón–; es
imposible que no surjan intentos de compartir las necesidades que aparecen –con gestos
e iniciativas de caridad–, que no surja un grupo que quiera renovar verdaderamente la
unidad de católicos en la política con toda la paciencia necesaria, que no se creen
actividades nuevas para los que no tienen trabajo, etcétera. El acontecimiento, cuyo
nexo profundo con el corazón ilumina la «escuela de comunidad», se traduce
inevitablemente en un sujeto que actúa en el mundo. De aquí nace la obra –opus Dei-,
porque la obra no es más que un yo que vive en relación con el Ideal, que en su relación
con el Ideal, y en cualquier situación en que se encuentre, trata de plasmar la realidad
conforme a ese Ideal; construyendo una familia o respondiendo a la vocación de la
virginidad, trabajando o visitando a los ancianos del asilo del barrio.