You are on page 1of 6

Colegio adventista de Quilpué

Creacionismo y Evolucionismo
3º Medio

Selección cap. 3 y4 del libro de Clifford Goldstein “Vida sin límites”

Una cebra en la cocina


Sentimos que el propósito de nuestras vidas depende de algo. Pero, ¿de qué?

De cómo llegamos hasta aquí... ;de qué otra cosa podía ser? Como la encina está en la
bellota, así nuestro fin está en nuestro principio. ¿Pero qué significa eso?

Existen dos enfoques primordiales y dominantes sobre los orígenes humanos. El


primero ve al universo, y todo lo que hay en él, como el producto de cosas puramente
materiales que surgieron por azar. Todo, desde la Galaxia de Andrómeda hasta nuestros
más profundos anhelos, tiene un origen y una existencia material, y se compone de átomos
y nada más. Todo lo que existe es lo que ciertos materialistas antiguos llamaron "átomos v
vacío".

Los materialistas modernos describen esta posición del siguiente modo. Hace unos
quince mil millones de años una tremenda explosión produjo 1a materia, la energía, el
tiempo y el espacio, todo a la vez, acontecimiento que llaman el Big Bang (la Gran
Explosión). Los átomos creados así formaron nubes gaseosas que dieron lugar a las
estrellas, y en medio de este conjunto interestelar de luz y calor unas bolas líquidas se
enfriaron y endurecieron para originar los planetas, incluido el nuestro, y así surgió el tercer
tipo de cuerpos esféricos. Tras miles de millones de años, los depósitos de agua se llenaron
de sustancias químicas crecientemente complejas. Formas de vida sencilla emergieron a
partir de una mezcla de aminoácidos y evolucionaron, a través de los eones, en seres
humanos.

El punto crucial es que estos procesos no tenían propósito, ni intención ni objetivos,


incluido el propio Big Bang. Simplemente, ocurrieron. «Nuestro universo», comentó un
científico, «no es más que una de esas cosas que ocurren de vez en cuando».

Si este punto de vista es correcto, entonces nuestro fin (v también nuestra vida
intermedia) -todo lo que se deriva de nuestros orígenes-, es tan sombrío como va hemos
sugerido arriba. Nuestra existencia no tiene propósito. Dado que la mezcla original no tenía
metas ni intención, el producto final nada contiene. Somos meramente una de esas cosas
que ocurren de cuando en cuando. Como ocurre con lo que sale de una caja de sorpresas
sólo porque alguien lo puso antes dentro de ella, si aquello que nos creó no tiene sentido ni
propósito, entonces nada más puede salir de la caja aparte de nosotros mismos.

En resumen, la visión científica prevaleciente acerca de nuestros orígenes nos deja


pocas esperanzas más allá de nuestra frágil e incierta existencia aquí. Así lo expresó el
principal ateo del siglo XX:

«Todos los esfuerzos a lo largo de los siglos, toda la devoción, toda la inspiración,
todo el brillo esplendoroso del genio humano [...], el santuario completo de los logros
del hombre quedará inevitablemente sepultado bajo los escombros de un universo en
ruinas».

Así pues, volviendo a nuestras preguntas: ¿Es esta vida, con todos sus esfuerzos,
luchas y decepciones, la suma de todo lo que somos o podríamos ser? En tal caso, como
colofón a nuestro a menudo triste y miserable peregrinaje aquí -salpicado con unas pocas
líneas, párrafos o, si hay suerte, páginas de felicidad-, esta vida terminará en polvo que se
destruirá a sí mismo en el Big Crunch. ¿Es éste nuestro destino?

Sí, suponiendo que la visión anterior sobre nuestros orígenes sea 1a correcta.

Por otra parte...

La hipótesis Dios
Por otra parte, contamos con otro enfoque muy extendido acerca del origen, uno que
abarca una perspectiva más amplia y grandiosa que los estrechos confines del enfoque
materialista. Esta otra posición argumenta que todo lo creado procede de un Creador, de un
Dios (o unos dioses) que trajo (trajeron) todo a la existencia. Según este punto de vista, no
estamos aquí por casualidad, sino por designio, y podemos deducir algunos de esos
propósitos a través de la creación, que testifica por sí misma de la existencia de Dios.
Después de todo, así como una pintura implica un pintor, ~no implica la creación un
Creador?

La idea de un Creador, particularmente uno amoroso, nos abre un nuevo reino global
de esperanza, más allá de la desesperación fruto de la cosmovisión científica moderna, en la
cual la destrucción remata un universo que carecía de propósito al inaugurarse.

«Sólo Dios, en mi opinión, puede arrancarle a la muerte la última palabra»,


observó el escritor inglés John Polkinghorne. «Si la intuición humana de esperanza
-según la cual todo será bueno, v el mundo tiene sentido en última instancia- no es un
engaño vano, entonces Dios debe existir ,>.'

La visión materialista atea no ofrece ninguna posibilidad de futuro aparte de ésa del
polvo frío a la deriva en un cosmos desgastado. Sólo la divinidad nos ofrece la posibilidad de
algo más. De nuevo, un Dios no es garantía de un buen fin, sólo la posibilidad de uno. En
contraste, la concepción científica nos garantiza solamente una muerte mucho más larga
que todo lo que le precede. «No es que la vida sea muy corta», declara una máxima
grabada en una camiseta, «es que la muerte es muy larga».

Nuestra más apremiante y relevante cuestión, entonces, trata de los orígenes, pues
sólo sabiendo cómo empezamos podemos encontrar las respuestas sobre nuestra vida y,
aún más importante, sobre nuestro fin. Así como el color de los ojos se origina en
nuestros genes, nuestros fines se engendran en nuestros principios.

“Ya que nuestro destino es totalmente dependiente de la matriz que lo produjo y


sostiene», comentó Huston Smith, «el interés por su naturaleza es el más sagrado
interés al que prestar atención»

¿Qué nos produjo? ¿Qué nos sostiene? ¿Fuerzas frías y sin propósito, o una deidad
de uno u otro tipo? ¿Estamos solos aquí, o existe Dios? Y si es así, ¿viene a nosotros este
Dios «sólo en sombras y en sueños»,' o podemos saber más sobre él?

Como ya hemos afirmado, este libro busca hacer suyo el Principio de Clifford:
"Siempre es incorrecto, en todas partes y para cualquier persona, creer cualquier cosa
sobre la base de evidencia insuficiente”

De las dos opciones previas, ¿cuál respeta más este principio?

Supón que un día llegases a casa y encontraras una enorme cebra bebiendo en el
fregadero de tu cocina. Sorprendido, le preguntas a tu cónyuge (o a quien sea con quien
vivas):

-;De dónde ha salido esta cebra?

-De la nada.

-De la nada? ¡Ridículo! -Por qué? Pues porque nada viene de la nada. La vieja frase
latina Ex nihilo nihil f i t (De la nada, nada viene) es un principio obvio v elemental, una
verdad demasiado básica para siquiera debatirla. ;Cómo podría nada surgir de la nada?
Las cebras, lo mismo en la jungla que en la cocina, deben originarse a partir de algo, no
de la "nada", pues "de la nada, nada viene". Sería más fácil sacar seis de tres que
obtener algo, cualquier cosa, de la nada.

Entonces, ¿qué decir de la tierra, del cielo, de las estrellas? ¿O de ti, de tus zapatos,
de tu madre? Es obvio que ellos, como la cebra, no pueden haber venido de la "nada",
¿no es cierto? Cualquier cosa creada, cualquier cosa que en otro tiempo no era y ahora
es, sólo llegó a ser por algo distinto de sí misma > por algo previo a ella. El zapatero
obviamente existió con anterioridad a tus zapatos.

Ahora bien, durante muchos años la gente creyó que el universo era eterno. Siendo
increado, siempre había existido. Nunca hubo un tiempo en el que no existiera. A pesar
de las difíciles cuestiones Filosóficas que tal posición suscitaba, eliminaba la necesidad
de un Creador. El universo no tenía un Creador porque, siempre existente, no lo requería.

Los científicos ahora creen, sin embargo, que el universo no es eterno sino que tuvo
un principio. Sí, en algún punto del pasado, no existía. Stephen Hawking, quizá el más
grande científico desde Einstein, escribió que «casi todo el mundo ahora cree que el
universo, y el tiempo mismo, tuvo un principio en el Big Bang». Como tus zapatos, el
universo no siempre estuvo ahí.

La conclusión de que el universo tuvo un principio conduce a la pregunta obvia: si el


universo tuvo un punto de partida, entonces, ;qué o quién lo puso en movimiento? Si es
absurdo creer que una cebra en tu cocina vino de la nada, aún más lo será creer que el
universo, y todo lo que contiene (nosotros mismos v las cebras incluidos) vino de ahí.

Así pues, antes del Big Bang, antes de que el universo fuese, algo tenía que ser ya;
algo lo bastante poderoso para poner en movimiento las fuerzas que condujesen a la
vida en la tierra, por no mencionar la existencia de miles de millones de galaxias y
estrellas. Y aparte de Dios, ;quién, o qué, podía ser ése? ~Quién, o qué, podía haber
creado el universo?

Una vez que los científicos se pusieron de acuerdo en que el universo vino a la
existencia en uno u otro momento, se vieron forzados n tratar la ineludible cuestión
sobre Dios. Como Hawking concedió:

«Habida cuenta de que el universo tuvo un principio, podríamos suponer que tuvo
un creador».

¿De dónde procede todo?


Como venimos viendo, el modelo científico corriente sostiene la hipótesis de que
vinimos a la existencia nada menos que por una azarosa combinación de materia y energía.

«Con este simple argumento», escribió el zoólogo Ernst Haeckel hace muchos años,
«el misterio del universo queda explicado, la Deidad anulada y se anuncia una nueva era
de infinito conocimiento».'

No tan deprisa, Ernst. Durante el siglo pasado (Haeckel murió en 1919), los científicos
han hallado tal complejidad en el universo, un equilibrio tan increíble y sutilmente
armonioso de fuerzas esenciales para la vida humana, que es más probable que la lluvia
cayendo sobre un teclado mecanografíe La Ilíada en griego, latín y finlandés, que el mero
azar produzca nuestra existencia. La casualidad explica la complejidad hallada en la
naturaleza tan bien como la nada nos aclaraba la presencia de una cebra en la cocina.

Confrontados con estos hechos, los científicos y pensadores se han visto obligados a
crear otros modelos. Una idea reciente, que vio la luz en la revista Time, afirma que
«nuestro universo podría haber sido fabricado por una raza de seres extraterrestres
superinteligentes». Francis Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN,
promovió una teoría diferente: inteligencias de otra galaxia enviaron naves espaciales para
sembrar la tierra de vida. No nos creó Dios, sino los alienígenas. Crick no era un loco
cualquiera de los que salen a diario en tu programa de radio nocturno, sino un respetado
investigador científico que ganó el Premio Nobel en 1962 por su trabajo sobre el ADN.

«Y así», como expresó un incrédulo escritor, «el ganador del Prernio Nobel adoptó la
teoría de que los alienígenas espaciales enviaron cohetes para sembrar la tierra».'

La hipótesis de los universos múltiples


Otro punto de vista, que ha sido (en cierta medida al menos) bien recibido por la
comunidad científica, responde al título de "hipótesis de los universos múltiples" (o
"paralelos"). Afirma que existe un gran número, quizás infinito, de universos junto al
nuestro. Éste, en el que vivimos y que contiene las galaxias que podemos explorar con el
telescopio Hubble, es sólo uno entre miles de millones. La mayor parte de estos otros
universos, sugiere la teoría, no cuentan con la armonía increíblemente fina que es precisa
para que exista la vida; así que la mayoría de ellos, a diferencia del nuestro, carecen de ella.

Sin embargo, y aquí está el meollo del asunto, si en vez de un universo hay miles de
millones, quizá incluso una cantidad infinita, entonces la probabilidad de que uno de ellos
esté lo bastante y sutilmente ajustado para la vida se vuelve menos increíble. Tantos
millones y millones de universos adicionales incrementan poderosamente las posibilidades
de que uno de ellos tenga las muchas y asombrosas variables necesarias para sostener la
vida.

Míralo así: si arrojas cinco monedas sucesivamente, ¿cuáles son las probabilidades de
que las cinco veces salga cara? Ciertamente, no tan buenas como las que hay de conseguir
cinco caras seguidas si lanzas diez millones de monedas una detrás de otra. Es mucho más
probable que consigas, en algún punto de la serie, cinco monedas seguidas lanzando diez
millones de monedas que tirando sólo cinco. Eso es lo que la hipótesis de los universos
múltiples dice: cuantas más veces intentes algo, mayor probabilidad tienes de
conseguirlo. Por eso, cuantos más universos haya por ahí fuera, mayores son las
posibilidades de que uno de ellos resulte ser como este cosmos increíblemente
complicado en el que vivimos.

La hipótesis de los agujeros negros


Por supuesto, uno puede humildemente preguntar: "¿De dónde salieron todos esos
universos, incluido el nuestro?" Bueno, los científicos también tienen algunas teorías
acerca de eso.

Una de ellas propone que los agujeros negros (esas misteriosas entidades cuya
fuerza de gravedad es tan fuerte que no permiten que nada, ni siquiera la luz, se escape)
podrían ser el motor que forma nuevos universos. De algún modo, rasgando y
remodelando el tejido espacio-temporal, los agujeros negros crean nuevos universos,
cuyos propios agujeros negros a su vez producen nuevos universos adicionales, y así
sucesivamente y para siempre.

Otra teoría, basada en la idea de una "cosmología inflacionaria", sostiene la


hipótesis de que una pequeña parte del espació sufrió una enorme expansión que
permite que se forme cada vez más espacio, y de esta constante expansión espacial
surgen cada vez más universos.

Aunque existen otras teorías científicas, tienen una cosa en común, y es que tratan
de explicar el increíble diseño y complejidad del universo sin recurrir a lo que parecería
la explicación más obvia: un Creador o Diseñador.

Después de todo, ¿para qué necesitas a Dios cuando tienes alienígenas espaciales y
agujeros negros?

Pero piensa un momento: ;Qué tiene más sentido?

¿«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay» (Hechos 17: 24)?

¿«Los agujeros negros, que hicieron el mundo y todas las cosas que en él hay»?

(Y no te olvides tampoco del Principio de Clifford mientras lo decides).

Pelotón de ejecución de treinta hombres


Otros sostienen que, dado que como humanos no podríamos existir en un universo
incapaz de garantizar la increíble complejidad y el ajuste fino necesarios para
producirnos, entonces no es mayor problema que nos hallemos aquí. Para empezar, e1
universo tuvo que crearnos a fin de que estuviéramos aquí y nos asombrásemos con sus
maravillas. Sin embargo, lejos de responder a la cuestión acerca del increíble equilibrio
de factores que hicieron posible la vida, ese argumento lo ignora. Es como si un
prisionero encarase a un pelotón de fusilamiento de treinta soldados situados a cinco
metros de distancia. Los treinta disparan, fallan y el prisionero queda libre, proclamando:
«Por supuesto, tenían que fallar, de otro modo yo no estaría aquí ahora para contarlo. No
hay nada extraordinario aquí».

En el siglo XVIII, mucho antes de que la ciencia descubriera el grado de complejidad


de la naturaleza, hecho que hoy ha causado un giro en nuestra comprensión de los
orígenes, el filósofo británico David Hume desafió la idea de que la creación revela al
Dios de la Escritura. Aun admitiendo, en boca de un personaje suyo implicado en un
diálogo, e1 hecho de la complejidad y el designio en la naturaleza «hasta un grado que
va más allá de lo que pueden rastrear y explicar los sentidos y facultades del ser
humano»' (y cuando él escribía nadie había oído acerca del ADN, mucho menos se
habían empezado a explorar las impresionantes complejidades de las células), Hume
luchó duramente para descartar la idea de un Creador detrás de todo ello. En última
instancia, sin embargo, tuvo que sostener que:

La materia puede contener originariamente dentro de sí 1a fuente o el origen del
orden [...J; y [...1 que los diversos elementos pueden disponerse, merced a una
desconocida causa interna, en la más exquisita de las ordenaciones».`

La tesis de Hume, uno de los más imperecederos polemistas anticristianos de la


historia, no deja de implicar (al igual que las hipótesis de los agujeros negros, los
extraterrestres, etc.) una petición de principio. ¿Dónde obtuvo la materia la información
y la capacidad con las que organizarse para alcanzar este "orden exquisito"? Es más fácil
imaginar al papel y la tinta, en virtud de algo inherente a sí mismos, creando el
manuscrito de la obra de Dostovevski Crimen o castigo, que concebir al carbono, el agua
y las proteínas organizándose en una célula; muchos menos, a los procesos que, con el
tiempo> condujeron al cerebro de Einstein.

¿Cómo es que materiales inanimados (protones, electrones, moléculas, átomos e


incluso sustancias químicas) emergen como algo mayor que sus partes constituyentes
(por ejemplo, la vida y la conciencia humana)? Es más probable que una mujer de 50
kilos diera a luz a un bebé de 75 kilos, que el que la materia inanimada, por sí misma, y
con independencia de cuánto tiempo se le conceda, llegase jamás a convertirse en la
forma de vida más "sencilla", v mucho menos en la vasta variedad de seres vivos que
vemos alrededor de nosotros en la tierra. Si los elementos necesarios no se encontraran
ahí desde el principio, si no estuvieran en el caldo primigenio siquiera en forma
potencial, entonces, ¿cómo surgieron de ahí? Puedes crear cosas interesantes con un
puñado de piedras, pero no importa cuánto tiempo o cuán creativamente las agites, las
machaques o las dispongas > nunca llegarán a ser un ente vivo, porque los elementos
clave para ello no estaban en esas piedras desde un principio. Y el tiempo mismo, lejos
de crear esos elementos superiores, tendería a desgastar las piedras, no a
transformarlas en algo más grande de lo que ya eran.

«Con mucho», señaló el filósofo Étienne Gilson, «el problema más difícil para la
filosofía v para la ciencia es explicar la existencia de las voluntades humanas en el
mundo sin atribuirla al primer principio, ni a una voluntad, ni a algo que, porque contiene
en potencia una voluntad, es en realidad superior a ella>-."

Sólo algo mayor que una creación puede producir esa creación. Nadie se sorprende
cuando un artista pinta su autorretrato. Lo imposible es que el autorretrato pinte al
artista. Eso seria ir de lo menos complejo a lo más complejo, ¿y cómo puede ser eso?
Fuerzas mayores, más inteligentes y que trascienden a una bicicleta crearon la bicicleta.
Esta requirió algo capaz de permanecer fuera de ella, de pensarla y, luego, de incorporar
los materiales y procesos necesarios para formarla.

¿Qué decir, entonces, del universo y todo lo que hay en él? Sólo algo mayor que él
pudo haber creado el universo, y, ¿quién, o qué, pudo ser ése sino Dios, una eterna y
todopoderosa Deidad creadora, como la que aparece descrita en las Sagradas Escrituras?
¿No es mucho más razonable creer en tal Creador que en algunas de las alternativas
que, con excepción del concepto de que todo procede de la nada, ni siquiera eliminan, de
todos modos, la necesidad de un Creador? Y si al final, después de todo, resulta que
incluso la nada debe ser algo, ¿de dónde procede ese algo, sea lo que sea, sino del
Creador?

En resumen, si es siempre incorrecto para todo el mundo, en cualquier parte, creer


algo sobre la base de evidencia insuficiente, entonces no debe sorprendernos que
millones crean en Dios. Dadas las evidencias, ;no es de lo más irrazonable no hacerlo?

¿ Quién creó a Dios?


Y estos millones creen no en cualquier deidad > sino en el Dios de las Escrituras, el
Dios Creador, aquél en el que «vivimos, nos movemos ,y somos» (Hechos 17: 28), en
cuya «mano está la vida de todo viviente» (Job 12: 10 RV90), y quien ha creado «todas
las cosas» (Apocalipsis 4: 11). ¿No es mucho más lógico él como el origen de todo, que
en alienígenas espaciales, negros, o nada?

Pero, ¿quién creó a Dios?

El ateo británico Bertrand Russell contó la historia de cómo, en su juventud, batalló


con las cuestiones acerca de la existencia de Dios. Hasta cumplir los 18 años, dijo, había
creído en Dios, pero entonces se encontró confrontado con la pregunta sobre las causas
primeras. Si todo lo que vino a la existencia tuvo una causa (algo previo a ello lo creó),
entonces, ¿qué existía antes que Dios? ~Quién creó a Dios?, se había preguntado
Russell. De ahí en adelante, según refirió, dejó de creer que !a creación misma mostrara
que Dios tenía que existir.

Sin embargo, la cuestión "¿Quién creó a Dios?" es engañosa. No tiene sentido


porque Dios, por definición, siempre existió (es lo mismo que preguntar "¿Por qué un
círculo es redondo?").
Meditemos en ello. Sólo dos tipos de existencia son posibles: la que fue creada (y
hubo un tiempo en el que no existió) v la que siempre ha existido y, por tanto, nunca fue
creada. ;Qué otras opciones hay? El Dios de la Biblia entra en la última categoría. Por eso
la Escritura lo llama el «Dios eterno» (Romanos 16: 2G). Por muy difícil que resulte
comprender este concepto, ¿qué otra conclusión lógica podemos extraer?

En todo nuestro derredor vemos cosas que están ahí sólo porque algo más las
originó. Nada viene de sí mismo. Todo lo que en otro tiempo no existió y luego llegó a
existir (como tú, un caballo, un coche, una cebra en tu cocina), debió su existencia a algo
distinto de sí mismo, algo previo. Sin embargo, antes o después tenemos que llegar a
algo que no fue creado, que no resultase de algo que existiese previamente, que siempre
estuviera ahí. ¿Y quién, o qué, podría ser eso salvo Dios? Cualquier otra cosa necesitaría
que algo lo crease, y volvemos donde empezamos. Lógicamente, entonces, algo no
creado, algo eterno, tiene que existir, y si no es Dios, ¿entonces qué es?

¿La nada? ;Los agujeros negros? ;Los extraterrestres?

¿O un eterno Dios auto existente?

El Nuevo Testamento declara sobre este Dios que «todas las cosas fueron hechas
por él. Y nada de cuanto existe fue hecho sin él» (Juan 1: 3 RV90). En otras palabras,
cualquier cosa que una vez no existió y luego sí, sólo llegó a existir a través de Dios, la
Divinidad descrita en la Santa Biblia como el único que siempre ha existido y a través de
quien todo fue creado.

Y él es Dios sólo porque es el Creador. «Porque en él fueron creadas todas las cosas,
en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los
Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a
todo. y todo en él tiene su consistencia» (Colosenses 1: 16-17 BJ).

El que está antes que todas las cosas, el que creó todas las cosas, el que mantiene
unidas todas las cosas... a nadie debe extrañar que sea Dios.

¿Quién más o qué otro podría ser?