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Machagai, marzo de 2005

Querida comunidad:
Nos encontramos nuevamente a compartir con ustedes la vida en este mes de marzo.
Suele ser el mes más marcado por el tiempo de Cuaresma que nos prepara a la Pascua, acontecimiento
central, plenitud de nuestra fe (y recordemos que cada año Semana Santa se fija a través del calendario
lunar, celebrándose siempre en la primer luna llena después del 21 de marzo, comienzo del otoño)
Es este un tiempo preciso de 40 días en que los cristianos profundizamos la opción de
vida de Jesús disponiéndonos a través de la oración, el ayuno, la penitencia, la limosna, a configurarnos
con Él, y con esa opción de vida: fidelidad al Padre Dios, fidelidad a los hombres, que necesariamente
lo lleva a aceptar la contradicción permanente que se da entre lo que vive y anuncia para salvar al
hombre de su mal original, con la realidad adversa que ese mal, el pecado que anida en los hombres,
genera.
Nunca debemos perder de vista por esto, que mucho más que morir en la cruz un día,
con todo lo que eso desde ya significa, la de Jesús fue una VIDA CRUCIFICADA a partir de la
aceptación plena de las consecuencias dolorosas que acarrea anunciar y vivir en la verdad y asumir
una entrega de amor pleno no sólo a algunos sino a todos, comenzando por los que el pecado de los
hombres genera como los más pobres, excluidos, marginados, ancianos, discapacitados, o pecadores
“de bajo nivel”.
¿Consecuencias dolorosas? ¿Cómo? ¿Cuáles? Reflexionemos un poco, recorramos
desde esta óptica el Evangelio o la vida de los profetas del Antiguo Testamento hasta Juan el Bautista
(decapitado por vivir y anunciar la verdad ante Herodes), y veremos cómo lo ridiculizan más de una vez a
Jesús, veremos el gusto en unos y el rechazo en otros que provoca ese estilo de vida, veremos el
desprestigio a que es sometido, o el dolor de no ser reconocido o tenido en cuenta como el Señor que
realmente era, o los enfrentamientos ásperos con “los dueños de la verdad” y el poder, calumnias,
desencanto y traición de sus discípulos, hasta la soledad más amarga en el Huerto de los Olivos.
Por esto podemos decir que la Cuaresma en realidad es apenas un tiempo que se nos
brinda cada año para ahondar en la vida crucificada de Jesús y no tan sólo en el día de la Crucifixión en el
Gólgota. Es decir una “vida cuaresmal” consecuencia de un modo de ser, de un proyecto de humanidad
que cuestiona el proyecto que en la historia los hombres, muchas veces avaros y egoístas, día a día, vamos
realizando.
¿Tenemos ejemplos actuales que hagan visible o que nos permitan casi tocar con las
manos una vida así, al modo del Crucificado? Sin dudas que muchos y muchas, pero contemplemos
particularmente una: la vida crucificada del Papa. Su entrega sufriente actual es el final supremo de toda
una vida de fidelidad a Dios y a los hombres y lo muestran dispuesto a ser testigo de lo que ha creído y
anunciado siempre. A su vez en él, a la cruz de la enfermedad actual y la vejez, se agregan la cruz de la
incomprensión de muchos, de las calumnias en las columnas de los Medios de Comunicación Social
mundiales, de las degeneraciones de análisis “políticos” sobre su pontificado, sin advertir la sagrada
realidad de su vida, que si bien es muy humana está animada por la fe más noble y genuina.
En este 2005 la Cuaresma se llama “Juan Pablo II”. Él es el rostro visible de Cristo
Crucificado por amor y en el rostro y el cuerpo desfigurado de este hombre de Dios vemos tantos
crucificados que día a día sufren o mueren. Y este hombre de Dios se nos regala en estos tiempos del
brillo de lo estético, de culto al físico mejor logrado y producido, de la no aceptación de la enfermedad a
cualquier precio, o de no valoración de la vida, también a cualquier precio, ya que de hecho hoy se
compra tanto la vida como la muerte. Y esto seguirá pasando en la medida que los cristianos no asumamos
ser “sal de la tierra y luz del mundo” con una vida coherente al estilo de vida de Jesús, necesariamente
crucificada, germen de una vida liberada y liberadora en esperanza de Resurrección.
Les dejamos nuestro anhelo de fidelidad y la bendición sacerdotal con la alegría de la
Pascua de Jesús que Vive.