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Militares y Mujica

Por Nelson Cesin


Viernes, 19 de Marzo de 2010 06:38

Frente a frente

El mensaje que el presidente dirigió el martes 16, en la base aérea de Durazno, a centenares
de oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas marcó un quiebre de formas y contenidos en
la relación de la izquierda con el estamento militar. La siguiente cobertura incluye una
entrevista en la que el mandatario aborda el alcance de sus conceptos y responde a ciertos
cuestionamientos desde la izquierda, además de una crónica sobre el acontecimiento y la
perspectiva de un especialista en temas militares.

EL ACONTECIMIENTO ESTABA rodeado de características inusuales, con la impronta de lo


inaugural, y venía precedido del misterio que confiere el hermetismo. Cuando José Mujica
ingresó al galpón de la base aérea de Santa Bernardina, en Durazno, fue recibido de la misma
forma que cuando se retiró: con un cerrado aplauso. No había ocurrido antes que un presidente
de la República, a la sazón un comandante supremo, convocara oficialmente a semejante
auditorio, compuesto por más de trescientos uniformados: desde los comandantes en jefe
hasta personal subalterno de las tres fuerzas, incluyendo a los jefes de todas las unidades
militares del país.

El presidente había anunciado con antelación su derrotero: los militares tienen que dejarse de
jugar a la guerra y declarar una guerra contra la pobreza, había expresado a Brecha en octubre
del año pasado, “porque además hay que lavarle la cara a las Fuerzas Armadas, a las
generaciones de hoy no hay que cobrarles las cuentas del pasado. Pero la población tiene que
sentir que son una cosa útil para el país”.

Matizada en medio de un discurso de cuidada elaboración y contenido ecléctico, aunque no


exento de párrafos controversiales, aquella fue la idea fuerza que lo llevó a la base militar el
martes 16. De algún modo, Mujica pretende encontrar canales que permitan a las Fuerzas
Armadas redimirse de su oprobioso pasado reciente (aunque en algunos cabe la duda de si no
buscó también redimir el suyo como “combatiente”), una idea que va de la mano, en otra
escala, con la “imperiosa necesidad general de aprovechar todos los recursos posibles”.
¿Cómo? Convocándolas a una inserción de nuevo tipo en la sociedad, que las involucre en

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“causas comunes como nación” (en particular la lucha contra la pobreza y la miseria) y les
permita ganarse el “afecto” de la ciudadanía (“esto es lo más difícil de la lucha por la unidad
nacional: ser capaces de generar sentimientos, afectividad en el pueblo, por sus Fuerzas
Armadas”).

El campo de acción concreta que propone para esa nueva inserción es amplio: desde la
participación de oficiales y soldados en el plan de “solidaridad e inclusión social” y la
reconstrucción del ferrocarril, hasta la colaboración para “juntar agua en gran cantidad por el
cambio climático”.

Pero el presidente se encargó de señalar, tal vez pensando en su base social, que el camino
de la reconciliación, de la “unidad nacional”, puede llegar a ser tortuoso. Porque la “unidad sólo
es posible si se practica un inmenso respeto a lo diverso, respeto a lo contradictorio”. O
también porque esa unidad “no es un discurso, es un largo proceso de construcción, donde no
se le imponen renunciamientos a nadie, porque no funciona por ordeno y mando” (véase
recuadro). Tan dificultoso puede ser ese proceso que Mujica, al día siguiente de su discurso, se
vio en la obligación de puntualizar que su mensaje no presupone un “punto final”, porque “el
que tiene sentimientos no puede abdicar de ellos. No le pidamos a la gente lo que la gente no
puede renunciar”.

Hubo, sin embargo, dos pasajes de su discurso que no comulgaron con una extendida
sensibilidad de izquierda. La percepción de que “estas Fuerzas Armadas de hoy no deben
cargar con ninguna mochila del pasado ante su pueblo” es cuestionada por muchos que
piensan que persiste una responsabilidad institucional, al menos hasta tanto asuman, pública y
oficialmente, su responsabilidad por el período dictatorial (e incluso pidan perdón). La otra
discrepancia se registra respecto a la equidistancia entre los reclamos de “dar vuelta la página”
y los de justicia: “Desde el año 1985 sentimos gente que –con razón o sin ella– reclama que
hay que dar vuelta la página y, al mismo tiempo, gente de nuestro pueblo, tan válida como la
otra, que grita por justicia –también con razón o sin ella–. Unos y otros son parte de nuestro
pueblo. Yo no juzgo. No soy juez, soy presidente, constato. No me eligieron para juez. Y esto lo
veo en todas las sociedades que se han desgarrado con conflictos duros. Y lo veo por todo el
mundo”, sostuvo Mujica.

Algunos dirigentes de izquierda consultados por Brecha llegaron a señalar que si el ex


presidente Tabaré Vázquez hubiera actuado con esa lógica de imparcialidad, “muy
posiblemente no se habrían registrado los avances que tuvimos en el plano del castigo a los
represores”. Otros, incluso, se preguntaron de qué modo habrá de atarse en el futuro esa
convocatoria a la unidad nacional con la profundización de la demanda por verdad y justicia.

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Sobre todo, comentó un senador del Frente Liber Seregni (FSL), cuando “se está conversando
la posibilidad de anular la ley de caducidad por la vía parlamentaria. Pero, bueno, no nos
apresuremos, debemos darle tiempo al presidente”.

Otro costado de preocupación en sectores oficialistas remite a las señales en materia de


ejercicio del mando. “Pepe está jugando con fuego. Le puede salir muy bien, pero ojo que los
militares no piensen que vamos hacia un estado de asamblea permanente”, advirtió el senador
del FSL. La senadora socialista Mónica Xavier no tiene esa aprehensión, pero de todos modos
aclaró a Brecha: “Recuerdo que Tabaré, al principio de su gestión, no fue bien interpretado por
los mandos militares, pero igual se las arregló para entrar en los cuarteles y habilitar la
actuación de la justicia en materia de derechos humanos. No tengo por qué pensar que el
compañero Mujica no seguirá en la misma línea. No debería ser contradictorio el afán de
recomponer la relación con las Fuerzas Armadas con la satisfacción de la demanda de verdad
y justicia”.

No obstante estas dudas en el partido de gobierno, el mensaje de Mujica fue recibido con
entusiasmo y beneplácito por parte de los comandantes en jefe de las tres fuerzas, quienes
parecen haber comprendido que el salvoconducto ofrecido por el presidente es el mejor –y
único– para “lavar su cara” ante la sociedad, además de celebrar las promesas de mejoras
salariales para la tropa.

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