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FERNANDO QUESADA SANZ

¿ESPEJOS DE PIEDRA? LAS IMÁGENES DE ARMAS
EN LAS ESTATUAS DE LOS GUERREROS LLAMADOS GALAICOS
«Seguimos sin conocer en realidad cómo eran
las armas de los cástrenos..., si es que las tenían.»
(A. de la Peña Santos, 1995)

El análisis de las armas representadas en las esculturas que conocemos como ‘guerreros galaicos’
ha de proceder simultáneamente en varias direcciones: identificación tipológica de los objetos repre¬
sentados (útil per se pero especialmente si se proyecta a otras facetas del análisis histórico); análisis
cronológico (de interés para, en combinación con otros elementos, fechar las esculturas, como es
sabido carentes de contexto arqueológico en la casi totalidad de los casos); análisis funcional (rele¬
vante para el estudio de tácticas, y por tanto en último extremo para la organización social, pues las
tácticas militares son en la Antigüedad una función de la estructura socioeconómica); y por fin análi¬
sis simbólico (de gran repercusión en el estudio de cualquier sociedad).
Una identificación tipológica lo más precisa posible es evidentemente requisito necesario para el
resto de las aproximaciones analíticas. Sin embargo, el soporte pétreo y la labra revelan dificultades
notables para dichas identificaciones, dificultades que es necesario hacer explícitas desde el principio.
Por ello, se hace necesario contrastar y comparar de manera sistemática las representaciones de armas
en las esculturas con otras fuentes de información, que en el caso de la cultura castreña se limitan a
un número reducido de armas reales halladas en yacimientos, algunas imágenes sobre diferentes
soportes y, quizá, algunas fuentes literarias antiguas.
Como indica de modo retórico A. de la Peña en la frase que hemos citado al comienzo, la evi¬
dencia arqueológica de armas es, para el cuadrante suroeste de la Península Ibérica, muy escasa, y casi
nula si se compara con la que nos ofrecen regiones como el sureste ibérico, el Alto Tajo/Jalón celti¬
bérico, o la región de los castros vettones. Por tanto, no es posible contrastar las representaciones de
los ‘guerreros’ con un corpus grande de objetos reales, procedimiento que en principio sería el ade¬
cuado. Será necesario por tanto proceder de manera más metódica y cautelosa.
El soporte y sus limitaciones
El análisis de la fiabilidad de las representaciones escultóricas de armas es requisito indispensa¬
ble, pero no frecuentemente examinado de manera sistemática. En el caso de la plástica romana, sin
embargo, hay algunos trabajos recientes que, aunque pueda parecer paradójico, tienden a valorar la
fiabilidad de los trabajos de menor calidad, propios de talleres militares o provinciales, sobre las gran¬
des obras con tendencias helenizantes (Bartoloni, 1998; Coulston 1983, 1989; Bishop - Coulston
1993, 19 ss.), ya que sus autores a menudo conocen de primera mano los objetos que representan y
no se sienten en la necesidad de idealizarlos con modelos tomados de la plástica helenística o clásica.
En este sentido, veremos más adelante que los artesanos que tallaron las armas de los guerreros galai¬
cos sin duda conocían detalles sobre su empleo. Sin embargo, las esculturas galaicas parten de un
soporte, el granito, inadecuado para una labra fina y detallada. Al contrario de, por ejemplo, la her-

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mosa arenisca blanca o ‘piedra de Santiago’ empleada en el conjunto ibérico de Porcuna, material que
admite una labra a la vez sencilla y detallada (González Navarretc 1987, 22), que facilitó al escultor
demorarse en detalles que permiten identificaciones tipológicas muy precisas (Quesada 1997a, pas¬
sim), el granito galaico no se presta a ese tipo de ejercicios, e incluso ya resulta destacablc que se con¬
siguieran los efectos de decoración que aparecen sobre algunas túnicas o escudos, como en Cendufe,
Lezenho y Monte Mozinho (cat. n° 8. 12. 16). También nos parece evidente que la voluntad de ‘akribeia’ patente en Porcuna y otros monumentos ibéricos no figuraba entre las principales preocupa¬

ciones de los artesanos galaicos. Por otra parte, parece también que los autores de nuestras estatuas,
si bien afanosos y esforzados, carecían de la formación técnica y de los referentes empleados por los
mejores artesanos iberos. La propia rígida inmovilidad de sus estatuas revela claramente el peñasco
del que se extrajeron, cuyas cuatro caras de labra son claramente visibles, y esa limitación de partida
afecta directamente a la capacidad de representar de manera adecuada algunos tipos fundamentales de
armas, principalmente escudos y lanzas, como en seguida veremos.
Fuentes de información adicionales
No son muchas ni especialmente jugosas las fuentes de información con que podemos tratar de
establecer análisis comparativos para la iconografía pétrea. Obviamente las fuentes literarias ocupan
un lugar destacado, pero no dejan de plantear problemas. Éstos empiezan con el mismo concepto de
‘Lusitania’, cuya definición y precisión geográfica han ocupado recientemente a varios autores, sin
que por otro lado sus resultados sean del todo coincidentes (Gómez Fraile 1999; Pérez Vilatcla 2000,
espec. 83 ss.; Martín Bravo 1999).
En lo que a nosotros nos afecta ahora, la pregunta clave es si los repertorios de armas de los ‘lusi¬
tanos’ a que se refieren Estrabón (III 3,6 y en menor medida III 3,7)' y Diodoro Sículo (V 34)2, cuyas
similitudes son más notables que sus diferencias, se refieren a unas mismas gentes (Tabla 1). En
segundo lugar, y tanto si la respuesta a esa pregunta es afirmativa como si no, debemos plantearnos
1

10 III 3,6: «Dicen de los lusitanos que son hábiles en las emboscadas y exploraciones (García y Bellido: per¬
secuciones), vivos, llevan armamento ligero, y son expertos en las maniobras (García y Bellido, disimulados). Tie¬
nen un escudo (aspis) pequeño de dos pies (di pous) de diámetro, cóncavo (koilos) por delante y sujeto con correas
(telamon) porque no lleva abrazadera ni asas (porpax y antilabé), y portan además un puñal (paraxiphos) o un cuchil¬
lo (Schultcn:falcata) (kopis}. La mayoría viste cotas de lino (linothorax); son raros los que las usan de mallas (alysidotois) y cascos de tres penachos (trilofia), y los demás, cascos de nervios (Schultcn: cuero) (neuron). Los de a pie
(pezoi) llevan grebas (knemides) y varios venablos (Schultcn: lanzas) (akontia) cada uno. Algunos usan también lan¬
zas (Schultcn: lanzas para estoque) (dory), cuyas puntas son de bronce (kalkos).» (Trad. M.1 J. Meana y F. Piñero).
III 3,7: «Todos los montañeses son austeros, beben normalmente agua, duermen en el suelo, y dejan que el
cabello les llegue muy abajo, como mujeres, pero luchan ciñéndose la frente con una banda. Comen principalmen¬
te chivos, y sacrifican a Ares un chivo, cautivos de guerra y caballos. Hacen también hecatombes de cada especie al
modo griego, como dice Píndaro: ‘de todo sacrificar cien’. Realizan también competiciones gimnásticas, de hoplitas
(hoplitikos) e hípicas, con pugilato, carrera, escaramuza (diacrobolismos) y combate en formación (speiredon)
(Schultcn: concursos de tiro de lanza y maniobras en formación táctica. García y Bellido: escaramuza y lucha a
campo abierto). [...] Todos los hombres visten de negro, sayos la mayoría, con los que se acuestan también sobre
jegones de paja [...] Este, como he expuesto, es el género de vida de los montañeses, y me refiero a los que jalonan el

flanco norte de Iberia: galaicos, astures y cántabros hasta llegar a los vascones...» (Trad. M." J. Meana y F. Piñero).
2 Diodoro V 34: «Los
más valientes de los Iberos son los llamados lusitanos: en los combates llevan unos
escudos pequeñísimos de nervios trenzados, que por su solidez pueden proteger de sobra el cuerpo. Maneján¬
dolos ágilmente a uno y otro lado en las batallas apartan con suma habilidad de sus cuerpos los dardos lanzados
sobre ellos. Usan también unos dardos todos de hierro en forma de anzuelo (saunion olosideron) y llevan cas¬
cos (kranos) y espadas (xiphos) parecidas a las de los Celtíberos. Lanzan los dardos (akontion) lejos y certeros,

LAS

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IMAGENES DE ARMAS EN LAS ESTATUAS

Tabla 1 Armamento de algunos pueblos peninsulares según Estrabón y Diodoro.
Armamento de los pueblos

peninsulares
(ireas interior y occidental)

Cortas
Armas

ofensivas

Largas

III 4,15

(Lusitanos)

(‘Iberos’)»

V 33
(Celtíberos)

(Lusitanos)

paraxiphos

machaira

xiphos

xiphos como los

akontion
dory (de bronce)

akontion

kopis

Armas

defen¬
sivas

Escudo
Coraza

Pasivas

Casco
G rebas

paraxiphos

celtíberos_
saunion

olosidcros
barbado

sphendone

Arrojadizas
Activas

DIODORO SICULO
V 34

ESTRABÓN

III 3,6

(honda)

aspis cóncavo
de dos pies
y empuñado
linothorax
pocos, halusidótos
'cota de mallas’
kranos de tres
penachos

kranos de nervios
cncmides

pelta pequeña
turcos galos
de nervios (?)
cyrtia (trenzada?)
tan grande como un aspis

kranos de bronce
con penachos púrpuras

kranos como los
celtíberos

cncmides de pelo

’ En realidad viene tratando de pueblos interiores, más bien ‘celtíberos’ que los iberos propiamente dichos del
Levante y Sureste. Coincidimos en ello con García y Bellido (1973: 203 nota 272).
" No coincidimos con Pérez Vilatcla (2000: 64) cuando opina que Diodoro (V,33) asign a a los celtíberos ‘armaduras
ligeras’ y rodelas. Las últimas son o el tureos oval o la cyrtia circular. Las armaduras ligeras son 'konphois
kathoplismois‘ ‘armamento ligero’ mejor que ‘armadura* (kathoplismos=Mmamento, como en Diodoro 15,44; o 14,41).

Modificado de Quesada (1997a: 525)

si los lusitanos de Estrabón, los de Diodoro, o los de ambos, llegan a incluir el área ya muy septen¬
trional entre los ríos Duero y Miño donde se concentran las esculturas de ‘guerreros galaicos’. Por
último, cabe preguntarse si la panoplia descrita por las fuentes tiene mucho, poco o nada de artificiosa
reconstrucción etnográfica. La precisión y detalles de los textos permiten afirmar que las panoplias
descritas son funcionales y no invenciones o topoi. Por lo que se refiere a las dos primeras cuestiones,
sin embargo, no hay lamentablemente una respuesta definitiva. Sin embargo, a nuestro juicio (con¬
tra, Pérez Vilatela 2000, 64) hay suficientes elementos de concordancia entre Estrabón y Diodoro
como para pensar tanto que están refiriéndose a las mismas gentes, al menos en sentido amplio, como
para creer que ambos bebieron de una fuente común. No nos resulta del todo convincente la argu¬
mentación reciente según la cual los ‘lusitanos’ de Diodoro fueran los pueblos del sur del Tajo y los

hiriendo con gran fuerza. Como que son ligeros y se mueven con facilidad (Oldfather: ‘and wear light arms’),
huyen y persiguen rápidamente; pero en cuanto a resistencia en los combates trabados, son muy inferiores a los
Celtíberos. Durante la paz se entretienen en una danza ligera que exige gran flexibilidad de piernas, en los com¬
bates avanzan con movimiento rítmico (Oldfather: ‘with even step’) y cantan péanes cuando atacan a sus ene¬
migos. Hay una cosa propia de los iberos y sobre todo de los Lusitanos: los que en la edad viril están apurados
de fortuna pero descuellan en fuerza física y en denuedo, se proveen de valor y con las armas se juntan en las
asperezas de las montañas; y formando notables ejércitos (sustemata) (Oldfather: ‘bands’) recorren Iberia y
amontonan riquezas por medio del robo; y persisten en ello despreciando todos los peligros. Usan armaduras
ligeras (Oldfather: ‘for using as they do light arms’, mejor); y como que son muy ágiles son invencibles para los
demás.» (Trad. A. Schultcn).

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LAS IMAGENES DE ARMAS EN LAS ESTATUAS

de Estrabón los situados al norte de dicho río y hasta el Duero (Pérez Vilatela 2000, 64 s., con un lap¬
sus calami que lleva a confusión en la primera columna de dicha página). Tampoco nos parece que la
panoplia de los lusitanos meridionales de Diodoro sea más ‘avanzada’ que la de los de Estrabón... si
cabe, la descripción de las cotas de malla y escudos ‘como el aspis’ de Estrabón apuntaría justo en sen¬
tido contrario, pese a la opinión de Pérez Vilatela; pero esto es irrelevante porque no creemos que se
estén describiendo dos panoplias diferentes.
Aunque tradicionalmcnte se viene considerando como posidoniano el texto de Diodoro
(incluyendo recientemente Pérez Vilatela) y no falta quien, como Schultcn, atribuye a la misma
fuente el texto paralelo de Estrabón (Schultcn 1952, 208 ss.; parcialmente Pérez Vilatela 2000, 57 ss.),
hay algo que nos llama la atención: ni Estrabón ni Diodoro son fuentes especialmente interesadas en
los detalles técnicos militares, y tampoco parece que fuera ése el caso de Posidonio. Sin embargo,
Estrabón se descuelga con una detallada y muy técnica descripción del escudo de los lusitanos en
comparación con el aspis hoplita griego, descripción que parece propia de un militar o de alguien muy
versado en estas cuestiones, pues conoce la esencial diferencia entre un escudo embrazado y uno
empuñado (Quesada 1997a, 524 s.); lo mismo ocurre con la descripción de la protección corporal,
donde Estrabón distingue dos tipos cuya diferencia es muy significativa, linothorax y halusodótos
(Quesada 1997a, 571. 582). También bastante técnico (aunque menos que Estrabón) se muestra
Diodoro, al especificar el empleo del saunion olosideron (soliferreum ), el empleo de espadas ‘como las
de los Celtíberos’, y al describir una pella que desde luego parece diferente del escudo de Estrabón3.
Nos parece probable que la fuente de estos textos sea otra que alguien con clara experiencia militar;
y en este sentido el reciente trabajo de J. de Hoz sobre el texto de Diodoro, donde se apunta una posi¬
ble fuente polibiánica, reviste a nuestro juicio enorme interés (aunque no discute el posiblemente
paralelo texto de Estrabón) (de Hoz 2001).
En todo caso, no es éste el lugar para proseguir esta discusión. La distinción entre Lusitania
¿hasta el Miño? y el área de los galaicos no está del todo clara en Estrabón4, pero en todo caso, y para
lo que a nosotros nos ocupa, parece que a los pueblos ‘montañeses’ de III 3,7 (que incluyen a los
galaicos, astures y cántabros) no se les puede aplicar la panoplia lusitana de III 3,6. Sin embargo, en
III 3,3 Estrabón insiste, como en III 3,2 y en III 4,20, en que ‘sus’ galaicos eran antes agrupados con
los lusitanos (en esto coincidimos con Pérez Vilatela 2000, 58 ss.). Si como parece la panoplia lusitana
de III 3,6 viene de un autor anterior (¿Posidonio? ¿Polibio? ¿un militar?), cuando el concepto de
Lusitania era mucho más amplio, entonces sí sería aplicable a la región entre el Miño y el Duero, la
de las estatuas. Como no creemos que la Lusitania de Diodoro se limite al sur del Tajo, sus datos
serían también en principio utilizables.

Pero incluso si no hiláramos tan fino, hay otro dato a favor de aplicar también al cuadrante
noroeste de Iberia las descripciones genéricas de Estrabón y Diodoro: como la arqueología viene
mostrando, en especial entre los colegas portugueses, las gentes entre el Tajo y el Miño no eran tan
distintas culturalmente como para que su panoplia hubiera de tener sustanciales diferencias. Por otro
lado, y como ya mostramos hace años (Quesada 1989, 115 s.), las armas son precisamente un tipo de
objetos de rápida difusión y permeabilidad, dado el carácter literalmente vital que supone el empleo
de un nuevo tipo de arma más eficaz. Por tanto, no cabe esperar panoplias sustancialmentc diferentes
entre el Tajo-Duero y el Duero-Miño.
Ahora bien, una cosa es que la descripción de Estrabón (y la de Diodoro) sean teóricamente de
aplicación también a las gentes del área Duero-Miño, y no sólo a las meridionales, y otra totalmente
diferente que sea posible identificar las armas citadas por las fuentes en las propias estatuas. Una
razón (las limitaciones del soporte granítico) ha sido ya examinada; otras dos (el sesgo simbólico de
la panoplia representada en las estatuas y su cronología más tardía) se analizan más adelante.
En segundo lugar, las representaciones de armas sobre otros soportes diferentes de las mismas
estatuas tampoco son muy abundantes. Destaca desde antiguo la llamada ‘diadema de Ribadeo’, de
S. Martín de Oseos o de Mones (Piloña), objeto de numerosos estudios (destacaremos entre los pri¬
meros a López Cuevillas [1947, 550]; entre los últimos a Marco Simón [1994] con la bibliografía ante¬
rior; además Rouillard 1997, 128 s.). Se observan en ella detalles complementarios a los ofrecidos por
las estatuas: hay en primer lugar figuras a caballo, indicio bien de la existencia de jefes-caballeros, bien
de jinetes de una incipiente caballería (sobre la distinción: Quesada 1998), jinetes sobre los que no sabe¬
mos apenas más por otras fuentes. En segundo lugar, esos jinetes llevan jabalinas arrojadizas mientras
que los infantes llevan dos lanzas, una más grande que la otra, lo que es perfectamente normal y rea¬
lista (Quesada 1997a, 433 s.). En tercero, algunas figuras, a pie o a caballo, llevan tocados, probable¬
mente cascos, con tres plumas o cimeras, lo que viene a confirmar a Estrabón III 3,6 (supra), aunque
los cascos de tres plumas o cimeras también son conocidos en el mundo romano, en una combinación
de penacho flanqueado por dos plumas3. Los caballos llevan bocados de filete de cama circular. Por
último, algunos guerreros, a pie o a caballo, llevan un escudo de muy pequeño tamaño, estimable en
torno a los treinta centímetros de diámetro, en lo que se aleja de la descripción de Estrabón y se acer¬
ca más a la de Diodoro (supra). No creemos que pueda extraerse ninguna interpretación tipológica de
las armas envainables, espadas o puñales, que llevan las figuras, aunque efectivamente, y como ya viera
Cuevillas, los pomos parecen ser discoidales, como los de las estatuas, y no de antenas, como en los
puñales reales hallados; pero los extremos en tridente de algunas piezas resultan desconcertantes6.
Aunque la diadema (o diademas) haya de ser leída en clave simbólica funeraria, como opina Marco
Simón, esto no tiene necesariamente por qué afectar al realismo de las representaciones de armas.
Aunque podríamos encontrarnos ante un armamento ‘heroico’ distinto del real, tal y como ocurre por
ejemplo en la iconografía griega (escudo beocio, etc.), no nos parece que este grado de sofisticación

3
Pero la descripción de Diodoro (V 33) del escudo de los celtíberos (no de los lusitanos) sí que coincide
con la de Estrabón III 3,6 (¿un error de uno de los dos autores al copiar su fuente común?). Sobre las lanzas en
Estrabón y Diodoro: Quesada 1997a, 406; sobre los escudos: Quesada 1997a, 524 s.
4
Probablemente porque Estrabón no es del todo consistente al emplear fuentes de época diferente (com¬
párense III 3,2, donde los antiguos lusitanos son después llamados galaicos; III 3,3, donde la Lusitania limita con
los galaicos (aunque antes algunos consideraban a los galaicos entre los lusitanos); III 3,4, donde el Miño es parte
de Lusitania; III 4,20, donde los habitantes junto al Duero eran antes lusitanos, pero en su época -de Estrabóngalaicos, III 3,7, donde los galaicos, junto con los astures y cántabros, forman parte de los pueblos montañeses

distintos de los lusitanos). Parece deducirse que en una fase antigua, la distinción entre lusitanos y galaicos era
confusa, mientras que para Estrabón es clara. Si las armas de los lusitanos a que se refiere Estrabón proceden de
una fuente más antigua, parece lógico suponer que procedan del momento en que galaicos y lusitanos se enten¬
dían fundidos. Ver también Pereira Mcnaut 1998 para Gallaccia como una construcción de época romana.

Así, en la sepultura 4F-2 de Pozo Moro se enterró un ibero con un casco romano capturado, quizá al
Mvlvs que aparece en la inscripción del guardanuca. Aunque el casco fue inutilizado ritualmcntc mediante varios
golpes de espada asestados con el arma en el suelo o sobre una piedra, se conservan perfectamente el remate
superior con orificio para el penacho y los dos soportes para plumas laterales (Quesada 1 997a, !ám. XIB, tam¬
bién p. 557).
6
Si el disco decorado con motivos concéntricos que aparece a la derecha de las figuras es el remate de la
vaina, y la pieza con tres puntas de la izquierda es la empuñadura, entonces las armas se habrían representado al
revés y serían imposibles de desenvainar. Es necesario volver sobre esc detalle.
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iconográfica sea aplicable a astures o galaicos: los guerreros aparecerán a nuestro modo de ver repre¬
sentados con sus armas normales7, en lo que por otra parte parece convenir Marco Simón (1994, 326 s.).
El carro votivo de Vilela (López Cuevillas 1947, 550; Silva 1986, 182. 208 est. XCVII) presenta
figuras demasiado esquemáticas como para afirmar más allá de la presencia de tocados cónicos, no
necesariamente cascos (contra, López Cuevillas 1947), lo que podrían ser espadas al hombro, y algún
escudo circular pequeño.
Por fin, los recientes descubrimientos de grabados rupestres de la Edad del Hierro en el valle de
Côa (Abreu et al. 2000) abren una nueva vía a las relaciones con el mundo del valle del Duero, apun¬
tando hacia el territorio vaccco, vetón y más al este. Las escenas de lucha por parejas con escudos
cóncavos vistos en sección y lanzas empuñadas por encima del hombro tienen paralelos desde el
mundo ibérico levantino (e. g. Quesada 1997a, 521. 946 n° cat. 6; 944 n° cat. 2) al de la Meseta Norte
(Qucsada 1997a, 523 fig. 302, placa de La Osera [Ávila] y pomo de puñal tipo III -Monte Bernorio-).
En cuanto a las monedas romanas de época augustea, tanto las acuñaciones emeritcnscs de
Carisio como los bronces ‘de la caetra’ posiblemente acuñados en Lugo presentan una problemática
particular que será tratada más adelante. Baste por ahora indicar que las armas de estas monedas
romanas no tienen por qué ser una representación etnográfica de los enemigos astures y galaicos ven¬
cidos, sino un topos iconográfico más antiguo, quizá heredado de una vieja tradición iconográfica del
área extremeña (in extenso Quesada 1997a, 73 ss.).
En tercer y último lugar, las armas reales son, tal y como decíamos al principio, extremada¬
mente raras en los contextos arqueológicos de la Península Ibérica (Peña Santos 1995). Dada la acidez
y humedad del suelo, y al faltar las grandes necrópolis que en otras regiones proporcionan cientos de
piezas, el repertorio galaico es muy reducido, y no se ha incrementado desde la época en que López
Cuevillas había de recurrir a menudo a las estatuas para reconstruir la panoplia galaica, a falta de realia
(López Cuevillas 1947). Desde luego, el panorama de la zona se aleja mucho del razonablemente rico
repertorio, entre iberizante y celtibérico, de las regiones al sur del Tajo (Quesada 1997a, passim;
Berrocal 1992, 154 ss.; Ulisses 1996)8.
Conocemos en primer lugar un número reducido de puñales de antenas ‘gallego-asturianos’,
en bronce, hierro o mixtos, que plantean el grave problema de una tipología muy arcaica que lle¬
varía a una datación temprana (Ruiz-Gálvcz 1980) y un contexto que, cuando se conoce, es regu-

larmente romano (Peña Santos 1992a, 382; incluso romano imperial: Peña Santos 1995)’. En este
sentido, la asociación a un campamento romano que defendía el Marqués de Cerralbo para el sor¬
prendente hallazgo de un puñal de amplias antenas en bronce en Aguilar de Anguita (Guadalajara)
cobra ahora nuevo sentido: quizá no se trataba de un contexto removido (Aguilera y Gamboa 1916,
84 ss.; Astures 1995, 258). Convendrá estar muy atento a posibles nuevos hallazgos de este tipo de
armas.
Como ya hemos dicho en otras ocasiones, no podemos considerar los cuchillos afalcatados
como armas (contra, Silva 1986, 177), o al menos no más que una piedra, un destornillador, una
cacerola o un rodillo de amasar: se trata de cuchillos, en un contexto militar navajas multiuso, pero
no más ‘arma’ que cualquier otro utensilio.
A los puñales citados antes se añade un número algo más amplio de puntas de lanza, pero siem¬
pre reducido; por ejemplo, para todo el norte de Portugal, el catálogo que pudo reunir Silva (1986,
178 ss.) apenas llega a la docena de piezas. Trabajos más recientes en lugares como el castro de
Viladonga (Lugo) (E-Castrcxo 2001) tampoco vienen a enriquecer el repertorio, sobre todo si descar¬
tamos de una vez la consideración de los cuchillos como armas. Algún hallazgo reciente y todavía
inédito en zonas limítrofes por el este, como el castro de Chao de San Martín (Gradas de Salimc, en
el límite entre Asturias y Lugo) y el de Os Castros (Taramundi, pocos kilómetros al noroeste), y
otros ya publicados (Astures 1995), vienen a confirmar los rasgos tipológicos ya conocidos: armas
de antenas a menudo con elementos de bronce en la empuñadura moharras de hierro y alguna de
bronce.
El repertorio de armas defensivas es comparativamente más rico, aunque limitado. Aparte del
umbo de escudo de aletas de tipo galo o romano del castro de Alvarelos (Soeiro 1980) son los cinco
capacetes de bronce derivados del tipo ‘Montefortino’ (Quesada 1997a, 554 ss.), pero enriquecidos
con mucha decoración y adaptados al gusto local, los que más han llamado la atención (entre otros,
García y Bellido 1946; Almeida 1980; García Mauriño 1993, 125; Silva 1986, 181 s.; Ulisses 1996,
283 s. con otra bibliografía).
En conjunto, se puede adelantar que no hay una buena concordancia entre las armas reales cono¬
cidas y las representadas en las estatuas: en estas últimas no se representan puñales de antenas, que
son los que aparecen en los yacimientos; tampoco puntas de lanza, y sólo en un caso un casco del
grupo genérico de los etrusco-itálicos.

7 No
nos parece, como opina Marco Simón (1994, 323. 332 ss.), que haya «poca duda» de que los tocados
de las figuras sean astas de ciervo; aunque no descartamos dicha posibilidad, ni mucho menos nos atreveríamos
a considerarlo una certeza. Ver a! respecto también Blázqucz (1959/60, 380). El ‘paralelo’ de la figura frontal con
cuernas del caldero de Gundcstrup no nos parece definitivo en este contexto. Los salientes de los tres vástagos
verticales pueden ser remates de asta, pero también la imagen de plumas y penachos no totalmente rígidos. Con
todo, los penachos y tocados muy elaborados no son en absoluto exclusivos de la céltica. Véanse si no las crestas
de los cascos de algunas figuras de S. Miguel de Liria en Valencia (Quesada 1997a, 568 fig. 324 n° 368), por no
hablar de los cascos de Porcuna. Los paralelos numantinos que se aducen (p. c., Quesada 1997a, 959 n° cat. 60)
desde luego se alejan de la imagen de un asta de cérvido y parecen más bien penachos. Las monedas de Carisio
con casco tampoco parecen en absoluto reflejar astas de ciervo, pero su aspecto trilobulado exige su estudio con¬
junto con los demás datos (buenas fotos en Peralta 2000, 196).
8 Tanto
es así que cuando recientemente en la exposición ‘Astures’ se quiso reflejar el armamento de los
pueblos prerromanos de la zona, ante la falta de rcalia (salvo alguna punta de lanza de Caraviam Pico Casticllo,
Tinco y Cacabclos) se recurrió a exponer materiales propios de la zona, pero hallados fuera de ella (como el
puñal de antenas de ‘La Cerca’ en Aguilar de Anguita, Guadalajara) o totalmente ajenos, como el tachón de
escudo de Griegos en Teruel, la falcata andaluza conservada en el Museo de Pontevedra, o el casco Monteforti¬
no de Cola de Zama en Albacete.

Las armas representadas en las estatuas de guerreros galaicos

Armamento defensivo

Escudo
El escudo circular es el arma más consistentemente representada en nuestras estatuas (Tabla 2).
El primer problema que se nos presenta es el de su tamaño: sistemáticamente la caetra de estos gue¬
rreros es tan ancha como las caderas, es decir, no sobresale del plano general del cuerpo. Al contra¬
rio de la opinión general, no creemos que necesariamente todos los escudos de los galaicos tuvieran
un diámetro de en torno a los 35 cm, es decir, la mitad de lo que nos dice Estrabón para los escudos
‘lusitanos’ (supra nota 1). Aunque reconocemos que la diadema de Mones también nos muestra un
I

’ «Hoy por hoy carecemos de argumentos arqueológicos parta suponer la existencia de estos puñales con
anterioridad a mediados del siglo II a. C.» (Peña Santos 1992a, 382).

94

Tabla 2 Armas en las estatuas de guerreros galaicos.

ESTATUAS DE GUERREROS 'GALAICOS’ CON REPRESENTACIÓN DE ARMAS

ESTATUAS DE GUERREROS 'GALAICOS' CON REPRESENTACIÓN DE ARMAS
Ofensivas
Defensivas activas
Defensivas pasivas
N° Proce¬
Tipo
Puñal
Grcbas
Escudo (cactra)
Coraza
Casco
dencia
?
?
?
?
Cabeza Muy dudoso ?
I Añiló
2

3

6

8

Armea

Armea

Probabl. no
?

Torso

Torso

?

Capc-

Perdida Tocado

ludos

cónico

¿gorro?
Cenduíe Piernas. ?
Vientre

Lezenho Compl. No

13 Lezenho/ Torso

?

No.
Túnica sin
decorar

Plano.
Con umbo.
Restos de decoración

?

14 Lezenho/ Torso
Campos parte

le

?

?

?

Cóncavo.
Con umbo

?

No.
Descalzo

Envainado. Lado deho.
Ligeramente cóncavo.
Indinado ;por la mano?
Decorado con laberinto.
No se aprecia si llevó umbo Pomo perdido.
Vaina de armazón.
Contera vaina circular
Envainado. Lado deho.
Plano.
Vaina inclinada.
Con umbo.
Mano apoyada en puño,
Decorado con laberinto.
con pomo esferoidal.
Telamón a la muñeca
Vaina de armazón.
como fiador
Contera vaina esferoidal
Envainado. Lado deho.
Plano.
Vaina inclinada.
Con umbo.
Mano apoyada en puño,
Decorado con laberinto.
con pomo esferoidal.
Telamón a la muñeca
Vaina de armazón.
como fiador
Sin contera vaina
Envainado. Lado deho.
Con umbo.
Vaina inclinada.
Ligeramente cóncavo
Mano apoyada
en puño, perdida.
No se aprecia si la vaina
es de armazón.
Contera discoidal
Envainado. Lado deho.
Cóncavo.
Casi vertical. Mano en
Con umbo
puño. Pomo esferoidal.
Vaina de armazón.
Posibles correas de
suspensión en Y.
Contera discoidal
?
?

No

No

No
Túnica
decorada

No?

No. Túnica

?

Muy dudosa. No

Posible por
la separación
entre dos
panes de
la túnica

piernas

Espada

Piernas ?
?
17 Mtc.
Mozinho
Cabeza Extremadam. ?
18 Ralle
dudoso. Sólo
un rebaje
en la nuca
permite

No.
Descalzo
?

Desenvainada
Empuñada
con la diestra,
vertical hasta
el hombro

22 Sabanle

Cabeza Muy dudoso. ?
Sólo un rebaje
en la nuca. No
hay carrilleras
o están muy

Ofensivas

Puñal

Espada

?

?

?

tienen casco
?

?

No. Túnica
en ‘V

?

Plano.
Con umbo

?

No

No

Torso y ?
piernas

No. Túnica
decorada

?

Cóncavo. Con umbo.
Decorado con laberinto
Cóncavo. Con umbo.
Sin laberinto, pero con
inscripción latina
(nombre y filiación)

25 Mcixcdo Torso y ?
piernas.

No. Túnica
decorada

No

Escudo retocado para
presentar las armas de los
Rochas (5 vemeras
en Cruz de S. Andrés).
Telamon a la muñeca
como fiador

? Hoy ‘reconstruido’ por ?
completo con tipo invalido
No
Envainado. Lado deho.
Vaina casi vertical. Mano
apoyada en el puño Pomo
esferoidal. Vaina de armazón.
Contera esferoidal.
Suspensión por dos correas
al cinturón y anillas
Envainado. Lado deho.
No
Vaina indinada.
Mano apoyada en puño.
Pomo esferoidal.
Sin contera de vaina

sobre

Dudosa,

23 Vizcla

el pecho
Torso y ?
piernas.

24 S.

Juliáo

?
?

_

Cabeza

moderna

26 San fins

No

No
27 Sta.

Compl.? De tipo
No
de ‘gorra
En
de jockey'
trozos
con reborde
pero sin
carrilleras
bien definidas.
Tuvo remate
de bolón,
hoy roto.
Torso ?
No

No

Cóncavo

?

?

?

No

?

?

Compl. ?

Sí. Botas

Cóncavo.

Envainado. Lado deho.
Pende vertical, porque la

Desenvainada
y vertical hasta
Sin decorar.
mano empuña una esp ada. el hombro. Hoja
Con epígrafe latino.
Correas de suspensión
recta y estrecha.
Telamon enrollado a
al cinto y anillas como en Difícil decidir
si es simétrica.
la muñeca como fiador
n° 24. Pomo esferoidal.
Pomo
Quizá empuñadura
biglobular.
arriñonado doble
(¿antenas
Caina de armazón,
con contera discoidal
atrofiadas ?Vaina
corta vertical
a la derecha
Cóncavo.
Envainado. Lado deho.
No
Con umbo retocado
Vaina indinada, mano
derecha sobre puño. Pomo?
Vaina de armazón.
Contera vaina discoidal
Cóncavo. Con umbo.
Envainado. Vaina inclinada No
Telamón enrollado en la
porque la mano lo empuña.
muñeca izqda. Como fiador Pomo esferoidal. Vaina de

Águeda
28 Sta.

No

Comba salvo
de Basto cabeza

Con umbo.

No
,

?

?

?

?

?

?

?

I

Compl. ?
Comba salvo
de Basto cabeza
(moder.)

29 Sta.

30 Sto.
?

Torso
con
mano

proponerlo.
19 Río

Defensivas activas
Escudo (cactra)

Tipo

suponemos
que 18 y 19

desenvainada
y empuñada
con la diestra

No

decorada

Campos y parte
piernas

?

Con umbo

pies

pies

Defensivas pasivas
Casco
Grcbas
Coraza
dencia
?
21 Rubias Cabeza No, y por ello ?
N1 Proce¬

tampoco

Plano.

No.
Túnica sin
decorar

salvo

12 Lezenho Compl. No
salvo

95

LAS IMAGENES DE ARMAS EN LAS ESTATUAS

FERNANDO QUESADA SANZ

Ovidio
de Fafe

Torso No
y piernas

No

Sí. Botas

No

?

armazón con contera

*

32 Vila-

rclhos

reducidas.

'

Cabeza No

?

?

?

discoidal
?

?

96

97

FERNANDO QUESADA SANZ

LAS IMAGENES DE ARMAS EN LAS ESTATUAS

escudo diminuto, al estilo de lo que parece describir Diodoro (supra nota 2), el reciente hallazgo
de un posible escudo de 110 cm de diámetro en Chao de San Martín (suponiendo que se confirme
esa atribución tipológica), el texto citado de Estrabón sobre un escudo de dos pies de diámetro
(más de 65 cm) y nuestro propio trabajo sobre el diámetro de los escudos en la Edad del Hierro
(Quesada 1997a, 528 ss. para los detalles) son datos que nos llevan a pensar que los escultores, ante
el problema de representar escudos de mayor diámetro que sin duda se empleaban, tallando en gra¬
nito una lámina saliente por ambos lados del torso, optaron por una reducción del tamaño del
mismo, simplificando notablemente la talla. Por otro lado, la reducción generalizada del tamaño de
los escudos es una constante en el arte del antiguo Mediterráneo o de la misma céltica. Piénsese por
ejemplo en el diminuto scutum oval que el guerrero de Glauberg porta sobre su vientre, claramen¬
te reducido para no ocultar el resto del cuerpo (e. g. Rapin 1999, fig. 3B). Incluso en el mundo clá¬
sico, y el de la relivaria, donde las limitaciones técnicas no son tan evidentes, sistemáticamente se
reduce el tamaño de los escudos: «The scaling down in size of shields, check-pieces, horses and sce¬
nery, for example, is the result of artists of the Hellenistic style concentrating on the human form.»
(Coulston 1983, 24 s.).

XXXVA) y esto es, exactamente, lo que de manera algo más estilizada se representa en los guerreros
lusitanos. El detalle es significativo porque a nuestro juicio viene a demostrar, por si fuera necesaria
más demostración que el epígrafe latino de la estatua de Sta. Comba de Basto (n° cat. 28), que los arte¬
sanos eran personajes locales que conocían cómo se empleaban estos escudos, que en todo caso no
están asegurados sobre el vientre como propone Calo (1994, 670) sino ‘presentados’ simbólicamen¬
te, como veremos en seguida.
Otro rasgo característico de estos escudos es la presencia, sistemática en las esculturas mejor
conservadas, de un umbo de forma hemiesférica no muy grande, que en los ejemplares de labra más
cuidada (n° cat. 3. 11. 12. 28) presenta una aleta circular que facilita su sujeción mediante clavos al
cuerpo o alma del escudo. Estos umbos corresponden tipológicamente a un tipo bien conocido, si
no en Galicia, sí en la cuenca del Duero, nuestro tipo IIIA (Quesada 1997a, 515), pieza de hierro
forjado de unos 11-15 cm de diámetro en la realidad y que se distribuye por toda la Meseta Norte
(Quesada 1997a, fig. 299). No creemos que la talla moderna de las armas de la casa nobiliaria de los
Rochas sobre la escultura de Meixcdo (n° cat. 25), mediante la adición de un aspa y conchas o
vieiras, derive de un umbo y cuatro clavos de cabeza esférica como opina Silva (1986, 307). Deben
de ser creación nueva, aprovechando un escudo convexo liso con umbo convertido en cóncavo
(coincidimos en ello con Calo 1994, 670). En cuanto a la labra decorativa del umbo de la escultura
de Sta. Comba (n“ cat. 29), es claro que se trata de una modificación reciente (coincidimos con Silva
1986, 307).
No podemos saber con certeza el material con que se fabricarían estos escudos, pero la suposi¬
ción de Silva (1986, 181) de que fueran de cuero nos parece muy dudosa. Es seguro que la caetra fuera
de cuero en el Bronce Final e incluso en el s. V a. C., pero en época romana los escudos eran de
madera, con seguridad, tanto en la Iberia como en Celtiberia y los territorios vacceo y vetón, según
muestra la estructura y grosor de sus manillas y remaches. Sin embargo, sí es probable que estos escu¬
dos llevaran al exterior un forro de fieltro o cuero (Quesada 1997a, 489-493).
Lamentablemente no conocemos en el territorio comprendido entre el Duero y el Miño ejem¬
plares reales de umbos de escudo. El único caso que hemos recogido es el umbo de aletas de tipo galo,
y aparentemente en bronce, procedente del castro de Alvarelhos, ya varias veces publicado (Soeiro
1980 con la bibliografía anterior; Silva 1986, 18). Si realmente se trata de una pieza en bronce, se
trataría de una verdadera rareza en el contexto de los umbos de escudo de este tipo. Aunque cabe en
lo posible que se trate de una pieza procedente de un scutum galo plano, hay otra alternativa: el umbo
propiamente dicho es casi circular, con reborde en la parte superior e inferior, y las aletas son muy
abiertas en forma de ‘mariposa’, lo que implica una fecha tardía, probablemente dentro ya del s. I a. C.
(e. g. Brunaux - Rapin 1988, 78), con paralelos cercanos en Hispania de época sertoriana en La
Almoina de Valencia y la Caridad de Caminreal en Teruel (Quesada 1997a, 538 ss.). Dado que los
contextos de esos hallazgos son inequívocamente romanos (asociados como están a pila pesados
romanos en Valencia, y además a una catapulta en el caso de Teruel), cabría pensar que este umbo esté
más en relación con la presencia romana (bien en manos de tropas legionarias, bien de auxiliares) que
con una influencia céltica que, en todo caso, si fuera anterior al s. Ill a. C., se habría manifestado en
forma de un umbo de aletas paralelas. Este umbo, pues, no tiene tipológicamente relación alguna con
los representados en las esculturas galaicas.
Independientemente de que, según se ha visto, las limitaciones de los artesanos tanto como del
soporte granítico llevaran a distorsionar, reduciéndolo, el diámetro de los escudos para adaptarlo al
ancho máximo del bloque pétreo (diámetro máximo equivalente al ancho de los hombros), creemos
evidente al observar estas estatuas que los guerreros, más que ‘llevar’ el escudo, lo ‘presentan’ al

La leve concavidad del escudo, evidente en algunos ejemplares (n° cat. 8. 13. 14. 23. 24. 26. 28.
29. 30) no plantea problemas. Está bien documentada en la iconografía y en ejemplares de manilla
reales del mundo ibérico (Quesada 1997a, 527 ss.), y además la concavidad es descrita explícitamen¬
te por Estrabón (supra nota 1). No es pues un rasgo específicamente galaico, sino común a los escudos
circulares de toda la Península, y en especial a aquellos de diámetro en torno a o menor de unos dos
pies. Hoy ya no es posible creer, como la hacía Cabré (1939/40, 57), que los escudos lusitanos fueran
cóncavos y los celtíberos convexos, según hemos comprobado, y la situación es mucho más comple¬
ja. En todo caso, un escudo cóncavo sería en principio más adecuado para armas relativamente redu¬
cidas (de 40 cm o menos), dado que tendería a ‘recoger’ los golpes, para luego desviarlos con un
movimiento del brazo, mientras que en un escudo pequeño y convexo un golpe podría resbalar y
herir las piernas o brazo del guerrero insuficientemente protegido. Por tanto, en teoría la forma cón¬
cava convendría a un escudo muy pequeño, como el descrito por Diodoro, y no a uno relativamen¬
te grande como el descrito por Estrabón. A no ser que haya alguna mezcla en la transmisión de las
fuentes (y pudo haberla, ver supra nota 3, infra nota 12) no es fácil resolver la cuestión, y no estamos
en principio dispuestos a proponer un error de las fuentes para adaptarlas a nuestra idea. Así pues,
por ahora debemos limitarnos a anotar, primero, que el escudo cóncavo no es una anormalidad, sino
que está perfectamente constatado por los tres tipos de fuentes, arqueológicas, iconográficas y lite¬
rarias; segundo, que no es propio de un pueblo concreto de la Península; tercero, que arqueológica¬
mente se demuestra que el escudo plano, ni cóncavo ni convexo, era el más habitual en la Península,
con seguridad en el mundo ibérico y muy probablemente en el celtibérico.
Un rasgo interesante de algunas de estas esculturas es que en algunos ejemplares se presenta con
claridad una correa cruzada en forma de V en la muñeca izquierda, en el brazo que empuña el escu¬
do (n° cat. 11. 12. 25. 28. 30). Se trata sin duda -y así lo vienen reconociendo los arqueólogos del
mundo castreño- de una representación del telamon descrito por Estrabón, descripción que tantas
veces ha sido mal interpretada (Quesada 1997a, 494 s. 524 s.): una correa complementaria de la mani¬
lla simple (por oposición al sistema de porpax y antilabe del aspis griego), utilizada normalmente para
transportar el escudo colgado del hombro en las marchas, y que se enrollaba a la muñeca durante la
batalla para asegurar que, incluso si la mano soltaba la empuñadura por un golpe, el escudo no cae¬
ría automáticamente al suelo. Así es como se representa la correa de escudo enrollada a la muñeca de
dos guerreros de Porcuna (cultura ibérica, siglo V a. C.) (Negueruela 1990, 66. 91 láms. XVIIIA.

>

|

i

)

98

FERNANDO QUESADA SANZ

frente, en posición forzada, a la altura del vientre, creemos que con intención. El escudo tiene en todo
el mundo antiguo un simbolismo apotropaico evidente por su misma naturaleza (Chevalier Gheerbrant 1991, 467 ss.) en el que no es necesario abundar. Estimamos probable que, dadas las carac¬
terísticas peculiares de la panoplia representada en estos guerreros, así como su propia peculiaridad
intrínseca, debamos atribuir una lectura del escudo no sólo como elemento de la panoplia, sino tam¬
bién en clave simbólica protectora. Es probable, además, que el icono que decora algunas estuatuas
especialmente bien conservadas (n° cat. 3. 8. 11. 12...) reafirme esta interpretación. En efecto, creemos
que este motivo es un laberinto estilizado, con numerosos precedentes en el mundo antiguo. Su sig¬
nificado simbólico protector ha sido puesto de relieve por diferentes investigadores (Chevalier Gheerbrant 1991, 620 ss.; Rivera Dorado 1995, passim), sobre todo en el doble sentido de defensa
física de un territorio o ciudad, y como protección religiosa ante el asalto del mal. En todo caso, el
análisis del origen del símbolo sobre la superficie externa de las cactras de estos guerreros sale del
tema específico de este trabajo, pero creemos que debe entenderse básicamente con un significado
apotropaico. No es necesario buscar fuera del ámbito galaico para encontrar precedentes: ya en el
‘arte’ prehistórico de los petroglifos galaicos de la Edad del Bronce encontramos algunos -pocoslaberintos de traza similar, aunque ciertamente no se encuentren entre los motivos más habituales (De
la Peña Santos 1992b).
Para quienes hallan la denominación ‘laberinto’ forzada por no responder a nuestro concepto
moderno de laberinto (entre ellos: De la Peña Santos 1992b, nota 14), con bifurcaciones y callejo¬
nes sin salida, recordaremos que en el Mediterráneo los laberintos eran unicursales, esto es, sin
bifurcaciones (Phillips 1992), y que a menudo las representaciones esquemáticas de laberintos, en
Grecia como en Roma, no tienen solución (e. g. Pottier 1969). Un simple meandro, por otro lado,
puede representar en el mundo clásico el laberinto (ver Diez de Velasco 1992, con amplia biblio¬

LAS

IMAGENES DE ARMAS EN LAS ESTATUAS

99

grafía).

cinco ejemplares en la zona, pero lo cierto es que, en un rasgo muy típico de las sociedades indígencas, el casco aparece representado sin carrilleras que, características en el ejército romano, sin
embargo desaparecen siempre que este modelo de casco se encuentra en tumbas indígenas peninsu¬
lares o se representa sobre, por ejemplo, pintura vascular (Quesada 1997a, 554-564; 1997b passim).
Una buena razón para esto es que las carrilleras del casco romano, aunque protegen muy bien la cara,
pueden estorbar en determinadas condiciones de combate; por otro lado, en una imagen esculpida
ocultarían las facciones del personaje representado: ésa es también la razón que muy a menudo en la
escultura romana las carrilleras se representen mucho más pequeñas de lo que realmente son, como
antes hemos visto que también ocurría con los escudos.
Por lo que se refiere al tocado cónico de la estatua de Capeludos (n° cat. 6), una de las que pre¬
senta rasgos más arcaicos del conjunto, creemos que no se trata de un casco (contra, Almeida 1980,
249), puesto que no tiene paralelos tipológicos cercanos o lejanos (hay algunos modelos de la Primera
Edad del Hierro en Italia de forma cónica, pero mucho más altos y apuntados), mientras que tiene
otros idénticos como tocado o sombrero aunque, eso sí, fuera del contexto peninsular. Nos referimos
a la conocida estatua de Hirschlandcn, varias veces citada en este volumen, que porta en la cabeza un
tocado que a su vez se ha puesto en relación con una pieza idéntica de corteza de abedul que tocaba
la cabeza del príncipe enterrado en Hochdorf (Frcy 2001; ver también el trabajo de D. Marzoli en
este mismo volumen). En estas condiciones, creemos claro que nos encontramos ante la repre¬
sentación de un tocado o sombrero de viaje, y no ante un arma11. El problema es que desde el punto
de vista cronológico nos movemos en un ámbito cinco siglos anterior a, por ejemplo, el guerrero de
Sanfins. No hay por ello que pensar que la escultura de Capeludos deba llevarse al s. VI a. C., sino
más bien que determinados tocados, como algunos gestos (llevarse la mano al pecho y el escudo al
vientre, rasgo presente tanto en Sabanlc como en Hirschlandcn, Glaubcrg o Capistrano), pueden
haber tenido una larguísima perduración.

Casco
Desde nuestro punto de vista, y en contra de la opinión de otros investigadores que ven clara¬
mente presencia de cascos en varias piezas10, sólo hay una escultura en la que manifiestamente se haya
representado un casco: la cabeza de la citania de Sanfins (n° cat. 26). Se trata, a nuestro juicio, de una
bastante afortunada representación de un casco de tipo Buggcnum, evolución de época cesariana del
viejo tipo de casco italo-céltico, simplificada, con cubrenuca más corto y horizontal, y capacete
menos apuntado y más bulboso (Schaaff 1988; Waurick 1990). No es, pues, un casco ‘Montefortino’
sino un tipo más tardío, evolución de aquél. No puede tratarse de un modelo de tipo CooiusMannhcim (en todo caso casi contemporáneo, también cesariano) porque en la parte superior de la
cabeza de Sanfins se aprecia claramente la rotura de un remate o botón terminal, característico del
tipo Buggcnum pero ausente en el Mannheim.
Por otro lado, no es posible saber si el artesano quiso representar un casco romano o uno de la
versión indígena muy decorada a que hemos hecho referencia antes, y de la que se conocen al menos

Grebas
Aunque las grebas broncíneas y decoradas con repujados estaban fuera de uso en Iberia ya a
principios del s. IV a. C. (Quesada 1997a, 583 ss.), las fuentes literarias son claras en el sentido de
que se siguieron empleando otras de materia orgánica, atadas por correas a pantorrilla y tobillo, y
así lo afirman tanto Estrabón hablando de los lusitanos (III 3,6) como Diodoro refiriéndose a los
celtíberos (V 33)12. Un porcentaje muy bajo de las estatuas galaicas (dos casos, n° cat. 28. 29, ambas
de Sta. Comba de Basto) presentan lo que sin duda son grebas de fieltro13, piel o ambos materiales
atados con correas, en un sistema visible también en la cerámica pintada celtibérica (Quesada 1997a,
959 n° cat. 59) y quizá en alguna ibérica. Aunque la greba de cuero es relativamente liviana, debe¬
mos insistir aquí en que es un tipo de arma defensiva especialmente útil para quien combate en for¬
mación como infantería de línea, y no para tropas ligeras que atacan en guerrilla, donde la posibili¬
dad de recibir heridas en esa parte del cuerpo es menor, y la protección añadida no compensa la
pérdida de movilidad. En ese sentido debemos recordar que Diodoro V 34 (supra nota 2) insiste en

10 En último lugar, el excelente
aunque difícil de manejar catálogo de Calo Lourido (1994) plantea que tie¬
las piezas de Capeludos y Sanfins, pero además las de Castro de Río (n° cat. 19, Calo 1994, 393) y
cascos
nen
quizá la de Añiló (n° cat. 1, Calo 1994, 82). Si la pieza de Castro de Río tuviera casco, como algunos han dedu¬
cido de la zona de la nuca, habría que concluir que también una cabeza del Cerro de los Santos, en la que el pelo
de la nuca se ha tratado de manera similar, tendría también casco, lo que evidentemente no es correcto (ver Gar¬
cía y Bellido 1982, 527 fig. 446).

11
Aunque la coincidencia de esc tocado en la estatua de Hirschlandcn y en la tumba de Hochdorf lleva a
Frcy a preguntarse si no podría interpretarse ‘como un signo de distinción’ (¿religiosa?).
12 Un indicio más de que, como se dijo en nota 3 al hablar de los escudos, quizá uno de los dos autores
bailó datos al copiar una fuente común. Si combinamos Estrabón (Lusitanos, III 3,6) con Diodoro V 33 (Celtí¬
beros), la descripción casa mucho mejor.
13 Contra, Almeida (1981, 1 15), para quien, sin argumentos, serían de cuero con refuerzos metálicos.

I

1

100

LAS

FERNANDO QUESADA SANZ

que los lusitanos, aunque menos resistentes que los celtíberos en combate trabado, avanzan al com¬
pás, ‘marcando el paso’.

Corazas
A nuestro modo de ver, no existe en la estatuaria galaica ninguna representación de protec¬
ción corporal metálica, o de otro tipo. En último lugar, Calo Lourido (1994, 96. 295-299. 468. 512
etc. y espec. 669) ha defendido con decisión la presencia de corazas con cuello en forma de ‘V’,
argumentando sobre todo la presencia de una línea en la espalda que viene a marcar la columna ver¬
tebral y que no se vería si el guerrero llevara una túnica de tela. Calo parece concebir una coraza
de tipo anatómico y musculado, que reflejaría en metal o cuero la anatomía básica de la espalda, y
que sería una «vulgar plasmación de couraza a imitación dos ¡conos romanos». Es evidente por
razones morfológicas que dicha coraza no podría ser ninguna variante de armadura romana en sus
tipos de lorica segmentata, hamata o squamata (e. g. Robinson 1975), y tampoco variante alguna
de corazas de tipo linothorax al modo griego, con hombreras, lo que sólo nos dejaría, en efecto,
una coraza anatómica o un tipo de spolas o coselete de material orgánico acolchado, como fieltro.
Hay sin embargo argumentos a nuestro juicio decisivos en contra de la idea de corazas en las esta¬
tuas de guerreros galaicos. Por un lado, todos los guerreros llevan lo que parece una túnica de
manga corta con escote pronunciado de cuello en ‘V’. Sin embargo, cualquier coraza busca prote¬
ger esa parte especialmente vulnerable del cuerpo de un combatiente, y ninguna coraza conocida
por nosotros en ningún momento tiene un escote en V que deje al descubierto la garganta; antes al
contrario, las imágenes de corazas suelen representar cuidadosamente esc reborde superior que
además suele estar resaltado y redondeado para que su borde no roce o hiera la barbilla y gargan¬
ta. En segundo lugar, en ninguna de las esculturas mejor conservadas se marcan los límites de la
supuesta coraza, que debiera ser visible al menos en la zona de la axila y de los hombros (porque
es inconcebible una coraza de manga corta ceñida), y también en la zona de la cintura. En tercer
lugar, la rica decoración con motivos espirales que decora algunas estatuas bien conservadas es
característica de una rica túnica, del tipo normal, y no correspondería a una coraza de tipo anató¬
mico (donde sólo se marcaría la línea de pectorales, abdominales y la columna vertebral). En cuar¬
to lugar, con una coraza no se entendería la posición de los anchos cinturones que llevan los gue¬
rreros, que montaría de manera imposiblemente incómoda justo sobre el fin de la coraza. A
nuestro juicio, pues, nos encontramos ante una túnica normal, ceñida por ancho cinturón, del tipo
común en toda la Península Ibérica. Es la hipótesis que mejor explica los elementos observados en
las esculturas, y consistente con el principio non sunt multiplicanda entia sine necessitate. Además,
esta solución es consistente con la información literaria, ya que si los galaicos hubieran contado
con corazas anatómicas sin duda la detallada descripción de Diodoro y Estrabón lo reflejarían. En
consecuencia, no es aplicable a la estatuaria galaica una hipótesis similar a la de Kenfield (1973)
sobre la forma en que las más primitivas corazas anatómicas ‘de campana’ de fines del s. VIII a. C.
(como la de Argos) habría podido influir en la primitiva estatuaria arcaica del s. VII y principios
del VI a. C.
Hay sin embargo una dificultad, que queremos reconocer, para nuestra idea de que los guerreros
van vestidos con una simple túnica de una pieza: la diferencia de decoración entre la parte del torso
y de los muslos en alguna pieza (e. g. n° cat. 14, de Lczenho) y la línea horizontal que en la espalda
aparece justo sobre el cinturón y que podría interpretarse, como hace Silva (1986, 306) como el final
de una pieza de ropa y comienzo de otra. Pensar en una coraza que acabaría justo sobre la línea del
ombligo es absurdo, así que debemos coincidir con Silva (1986, 306) y Calo (1994, 673) en que quizá
la túnica fuera un ‘dos piezas’, o que sobre la túnica completa pudo vestirse una pieza más.

IMAGENES DE ARMAS EN LAS ESTATUAS

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Armamento ofensivo

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Lanza y/o jabalina
El rasgo más significativo del armamento ofensivo que portan las estatuas de guerreros galaicos
es una ausencia: ninguna lleva lanza o jabalina, y ninguna tiene restos de orificios en las manos que
hubieran podido sujetar una lanza hecha de madera o metal. Como más adelante se verá, esta ausen¬
cia es muy significativa a la hora de valorar el carácter ‘realista’ o no de la panoplia de estos guerreros.
Según hemos argumentado con detalle en otro lugar (Quesada 1997a, 431 ss.), las de asta fueron
en el antiguo Mediterráneo y en la Céltica las armas fundamentales en el campo de batalla, recurriendose a la espada cuando las lanzas habían sido arrojadas o rotas, y eso era así incluso en el mundo
galo, donde la espada juega un gran papel (Quesada op. cit.). No hay razón alguna para suponer que
eso no era también así en el área lusitana-galaica. Más aún, todo indica que las armas de asta eran las
fundamentales en el combate: las escenas rupestres de duelo singular en el valle del Côa (supra), la
pareja de lanzas de la diadema de Mones, las referencias literarias a dory, saunion y akontion son
prueba de ello. En la escultura monumental ibérica, cuando aparecen guerreros, no es inusitado que
se hagan esfuerzos para incluir la lanza. Así, en el más conocido de los elementos del conjunto de
Porcuna, la mano del guerrero que hiere a un enemigo caído está perforada para sostener un astil
de madera que completaría el conjunto (Neguerucla 1990, 405 lám. XX); por supuesto, los doríforas del
mundo griego son un tipo escultórico bien conocido.
Sospechamos que la razón de la ausencia de la lanza en estas esculturas es técnica: una lanza es
sustancialmcnte más alta que un cuerpo humano, luego representar una lanza pegada al cuerpo del
guerrero no bastaría para representarla completa, por lo que se haría necesario practicar un orificio
en la piedra y ensartar un astil y una punta de otras materiales... quizá demasiado esfuerzo para arte¬
sanos poco expertos. La alternativa, plantar una corta jabalina, arma de infantes ligeros (y por defini¬
ción, muy jóvenes y/o pobres en el antiguo Mediterráneo) quizá no fuera aceptable. Y en todo caso,
puesto que la estatua, como veremos en seguida, no trata de ser un reflejo de la panoplia, sino de una
concepción del poder y de la jerarquía social, la lanza no es imprescindible, como lo sería si se
quisiera representar de modo realista una escena de batalla. Por tanto, si tallar la lanza era delicado,
y además no imprescindible, no es de extrañar que se omitiera este elemento de la panoplia.

Espadas
El primer detalle sobre el que queremos llamar la atención es (Tabla 2) la completa ausencia
de falcatas, supuestamente el arma por excelencia de la Segunda Edad del Hierro peninsular. Y no
las hay porque, como hemos creído demostrar ya (Quesada 1992; id. 1997a, 75 ss.), la falcata es un
arma propia de un área relativamente reducida del cuadrante suroricntal de la Península, ocasio¬
nalmente hallado en otras áreas ibéricas, y muy raramente en el interior. No conocemos hasta
ahora, de entre más de seiscientos, un solo ejemplar de falcata en Galicia, y, como ya escribimos
en su momento, el ejemplar depositado en el Musco Arqueológico de Lugo, y que fue publicado
con foto hace años, dando lugar a cierta confusión (Cántabros 1982, 50), resultó ser, cuando inqui¬
rimos sobre su origen, de procedencia andaluza, llegando a Lugo con la colección Viilaamil y
Castro (Quesada 1997a, 74). En fechas posteriores se ha rectificado el error (Astures 1995, 258),
pero sólo parcialmente (Astures 1995, 95). Sin embargo, y como se ha repetido hasta la saciedad,
este arma ignota en la zona aparece representada en las acuñaciones emeritenses de Publio Carisio
para conmemorar su campaña galaica (Astures 1995, 69), acuñaciones que como indican Maya y
Cuesta, con poco convencimiento aparente, «adornan su reverso con el supuesto armamento de los
pueblos vencidos».

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Aunque sea aquí una digresión, conviene retomar brevemente algo que apuntábamos al descri¬
bir las fuentes de información complementarias disponibles para el estudio de la panoplia de los gue¬
rreros galaicos: las monedas romanas. Cuando hacia el 25 a. C. Publio Carisio odenó la acuñación en
Mérida de monedas conmemorativas de las campañas galaicas (Santos Yanguas 1981), las imágenes de
reverso de una panoplia que incluye escudo circular con umbo, lanza y falcata, o casco, espada y
¿bipenne?, no son reflejo del armamento galaico, que como hemos visto no empleaba la falcata, ni
tampoco del romano, sino un cliché iconográfico que efectivamente alude a la conquista del noroes¬
te, pero sin afán de describir con realismo las armas de los vencidos (contra, p. e., Sandars 1913; Schulten
1943, 89; Villaronga 1970, 593; Cántabros 1982, 39; Peralta 2000, 196). Creemos pues que los romanos
utilizaron, para conmemorar su conquista del norte, la imagen no de las armas de aquellos a quienes
acababan de dominar, sino un conjunto de armas que ya conocían bien, esto es, la panoplia genérica
de los pueblos prerromanos ya conquistados; y que escogieron como base para sus propios reversos
un modelo iconográfico ya conocido en la zona de Badajoz. En las monedas de Turriregina, fechadas
entre mediados y fines del s. II a. C. (Villaronga 1994, 128) y ubicada hoy en las cercanías de Llerena
(Badajoz), no lejos de Emérita Augusta (García- Bellido 1990, 373), pudieron en efecto encontrar los
abridores de cuño de Carisio inspiración suficiente; de hecho, se conoce al menos una moneda de
Turriregina reacuñada en Mérida (García-Bellido 1990, 373). Así, la imagen de dos armas (caetra y
falcata), símbolos apotropaicos y quizá, como quiere M. P. García-Bellido, sacra de una vieja divini¬
dad asimilable a Tanit, serían empleados para una función diferente14. Por otro lado, la importancia
de la figura central del escudo puede derivar simplemente de su forma circular, adecuada para el
campo de una moneda, pero en la viejísima tradición iconográfica de la zona extremeña, que se
remonta a las ‘Estelas del Suroeste’ del Bronce Final, los escudos juegan también un papel central
(Bcndala 1987), y nos preguntamos cuánto de esto pudo filtrarse hasta la época de la conquista roma¬
na (Quesada García-Bellido 1995, 72; Quesada 1997a, 73 ss.). Además, los denarios de Carisio del
23 a. C., aunque tienen imagen de escudo, no presentan la característica decoración en laberinto pro¬
pia de los guerreros galaicos, al contrario de lo que ocurre con las monedas de bronce llamadas ‘de la
caetra’. En cuanto a la imagen de un casco con penacho o cuernos de ciervo (Guadán 1979, 68), plan¬
tea problemas específicos en los que no queremos entrar ahora (supra).
Una serie de monedas diferentes a los denarios de Carisio, del 25 a. C., son los bronces ‘de la
caetra’ (Sagredo 1995), antiguamente considerados de Cartagena (Sandars 1913, lám. 1,12). Se admite
su acuñación augustea ligeramente posterior a la de Carisio (c. 26-19 a. C.), y se defiende actualmente
su acuñación en Lugo (Pérez et al. 1995, 203) y quizá también en una ceca itinerante en la zona
(Sagredo 1996, 56) dado su carácter militar (Pérez et al. 1995, 202). Estas caetras presentan sistemáti¬
camente el laberinto en su motivo central del escudo, lo que, en combinación con ese mismo motivo
en los escudos de los guerreros galaicos, lleva a la conclusión de que aunque parezca lo contrario
pertenecen a un ‘momento’ iconográfico y distinto del de las monedas de Carisio aunque derivado
de él (en contra de lo inicialmente propuesto por Villaronga [1970]), y ahora sí vinculado directa¬
mente al ámbito galaico. La aparición en la Via Flaminia de un monumento funerario con una repre¬
sentación de caetra con laberinto (Blanco 1971, 229 ss.) apunta también en esta línea.

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14 Sobre la misma base García-Bellido obtiene una visión parcialmente distinta: el significado de las armas
no variaría entre ambas acuñaciones, y la similitud entre Turrirecina y Carisio se debe ver «no como una simple
copia tipológica entre acuñaciones que se distancian en ciento cincuenta años, sino más bien la alusión a una
misma divinidad guerrera [Tanit y más adelante Ma-Bcllona], con sacra fijos que debían ser la falcata y la rode¬
la, que recibía culto en la región- (1990, 373 s.).

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Volviendo a las imágenes de espadas en los guerreros galaicos, tampoco aparece en las esculturas
ningún ejemplar de parazonium (del gr.), contra la opinión de Calo (1994, 671) y Almeida (1981). El
parazonium es, según una opinión, el conjunto de tahalí o cinturón con la espada o, según Couissin
(1926, 308), un puñal de oficiales superiores diferente del biglobular propio de la tropa (ver Quesada
1997a, 301 s.).

Con todo, en el conjunto de esculturas galaicas aparecen sólo tres representaciones de espa¬
das por oposición a puñales, las tres indudables. Dos de ellas proceden de Armcá (n° cat. 1. 2), y
la tercera de Sta. Comba de Basto (n° cat. 28). En los tres casos aparecen desenvainadas y empu¬
ñadas con la mano diestra, verticales y pegadas al lado derecho del torso, llegando hasta el hom¬
bro. Erosionado como está el granito, es imposible precisar tipologías, pero las hojas parecen
simétricas y rectas, de filos paralelos. Nada puede deducirse de su -corta- longitud de hoja, pues¬
to que por las razones técnicas repetidamente explicadas no podrían hacerse más largas, superan¬
do la altura del hombro. Podrían ser las largas espadas galas de La Teñe II o III, o espadas de ante¬
nas atrofiadas, pero en el único caso (n° cat. 28) en que se adivina el pomo por debajo de la mano
adopta una forma arriñonada doble, similar por ejemplo a la escultura de Osuna de Paris
(Rouillard 1997, 32), y que corresponde a lo que consideramos la espada meseteña recta, deriva¬
da de la gala de La Tènc I, e inspiradora del gladius hispaniemis romano (Quesada 1997a, 260-270;
id. 1997c passim).
Cuando aparece espada, la vaina vacía siempre pende verticalmente del costado izquierdo, a la
altura del cinto, mientras que el puñal está al costado derecho. Esto es lo normal en el mundo ibéri¬
co, por ejemplo en Porcuna, pero es inusitado en el mundo céltico, donde la espada se lleva al costa¬
do derecho (Rapin 1996, 510. 514), lo mismo que en el ejército romano (Bishop Coulston, 1993, 74;
Feugérc 1993, 138)15. De hecho (y éste es un detalle que pudiera -o no- ser relevante si se demostrara
mediante criterios de datación ajenos a las propias armas que estas esculturas son de época romana
altoimperial, como quieren la mayoría de los investigadores recientes, especialmente Calo Lourido),
en el ejército romano sólo dos categorías de soldados llevan la espada a la izquierda y el puñal a la
derecha: los centuriones y los portaesdandartcs, es decir, los mandos. ¿Podría ser que estos jefes indí¬
genas se representaran con las armas en la disposición normal de un centurión romano?... Lo cierto
es que la idea fácilmente puede ser tachada como un esfuerzo para forzar en exceso los datos, así que
no trataremos de fundar nada sobre ella16.

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Puñal
Mientras que la espada sólo aparece en tres casos, el puñal es mucho más frecuente (Tabla 2).
Normalmente pende vertical, suelto, al costado derecho, y las estatuas de S. Julião (n° cat. 24) y Sta.
Comba de Basto (n° cat. 28) muestran un sistema de suspensión inhabitual en la Península: dos correas
arrancan de la vaina (probablemente de anillas de suspensión) y van al cinturón, en lugar de a un
tahalí, sistema casi universal entre iberos, celtíberos y otros pueblos hispanos, incluso entre los pecu¬
liares puñales de la cornisa norte, como en la Hoya (Filloy - Gil, 1997). El sistema de suspensión por

15 No vemos cómo la posición del puñal al costado derecho
(y cuando hay espada, una a cada lado) puede
llevar a relacionar estas estatuas con la estatua-menhir tipo Faiocs (Fernández de la Cigoña 1993).
16
Ver p. c. la famosa estela de Pintaius, signifer romano de origen astur tramontano, conservada en el
musco de Bonn, y que presenta el puñal a la izquierda y la espada, agarrada por el pomo, a la derecha (Asturcs
1995, 257). ¿Pudo ver estelas similares el artesano que talló la estatua de Santa Comba de Basto?

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argumentado la larga perduración de este tipo de objetos y gestualidad, y en todo caso no es nuestra
labor en este trabajo analizar a fondo dichos elementos.

dos correas del cinturón es típicamente romano (e. g. Bishop - Coulston 1993, 78) y puede tener un
aspecto idéntico al de los legionarios (Sumner 1997, 110). En ocasiones, el puñal aparece inclinado
(e. g. n° 11. 12. 13. 25 etc.), pero sólo cuando la mano derecha se apoya sobre el pomo: esto indica la
flexibilidad de las correas, carentes de un tahalí rígido al estilo de la tradición Monte Bernorio.

La panoplia. Análisis funcional

La vaina de los puñales, en cambio, es de armazón, en pura tradición peninsular, con contera dis¬
coidal y dos abrazaderas cuando es posible discernirlo (n° cat. 11 Lezenho; n° cat. 24 S. Juliao; n° cat.
30 Sto. Ovidio de Fafe...)17. Por tanto, la vaina propiamente dicha sería de material orgánico, madera
y/o cuero.
La identificación tipológica de los puñales no es fácil, pero se puede hacer algo. El sistema de
suspensión apunta al mundo romano, la vaina de armazón a la tradición local, lo que no es raro pues
el pugio romano deriva del celtibérico (Quesada 1997a, 300 ss.). Por eliminación es evidente que no
nos hallamos ante el tipo III o Monte Bernorio, ni ante tipos de antenas atrofiadas o frontón (tipos
II y I). Tampoco son de antenas, del desconcertante tipo ‘gallego-asturiano’ examinado antes, lo que
en la práctica deja una opción: la familia de los puñales de empuñadura dobleglobular (Tipo VI,
Quesada 1997a, 280 s.). De hecho, un examen quizá demasiado entusiasta de la empuñadura del ejem¬
plar de Sta. Comba de Basto (n° cat. 28) podría hacernos ver un ligero engrasamiento en la zona cen¬
tral del puño.
Por último, quizá convenga recordar que el puñal de un filo curvo de S. Julião (Silva 1986, 201
est. XC.2) es claramente más antiguo (fase II de Silva) y como vió muy bien M. E. Cabré (1947), tiene
paralelos centroeuropeos claros, incluso en la construcción con hoja de hierro y empuñadura de
bronce. No tiene parentesco alguno, ni siquiera vagamente como apunta Silva (1986, 177), con los
dobleglobulares18, ni debe analizarse en relación con el problema de los guerreros esculpidos.

De lo que venimos diciendo a lo largo de todas las páginas anteriores se obtiene una conclusión
sencilla: la panoplia que portan los guerreros no es la panoplia funcional completa. Dicho de otro
modo: todas las armas que están, lo son; pero no están todas las armas que lo son. La ausencia de las
lanzas, explicada ya por una combinación de dificultad técnica y falta de necesidad desde un punto
de vista simbólico, hace que el guerrero galaico no esté presto para el combate (fig. 1).
Por el contrario, la preeminencia numérica e iconográfica que tiene el puñal, en cuyo pomo a
menudo el guerrero descansa su diestra, tiene probablemente mucho que ver con el carácter simbóli¬
co y ceremonial que, según hemos analizado ya en detalle en otro lugar (Quesada 1997a, 302 ss.),
tuvieron los puñales de la Edad del Hierro en la Península Ibérica, en particular los puñales de tipo
II ibéricos y los de tipo III de las cuencas del Duero y Ebro (puñales de hoja triangular ancha
‘Almedinilla’ o ‘Illora’ o ‘de antenas atrofiadas’ y ‘Monte Bernorio’, respectivamente, en la engañosa
denominación tradicional).
La escasa presencia del casco, cuya función es tanto proteger la cabeza como deshumanizar el
rostro y, mediante penachos y plumas, crear un aura de superioridad aún mayor, podría ser también

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Cronología
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No vamos a entrar aquí en la controversia general sobre la cronología de los guerreros galaicos,
para lo que hay trabajos recientes que recogen toda la bibliografía relevante y las diferentes posturas,
desde quienes defienden una fecha prerromana hasta los que -y van siendo mayoría- piensan en una
cronología romana altoimperial (Calo Lourido 1994; Alonso Troncoso 1995; De la Peña Santos
1992a, etc.).
Exclusivamente desde el punto de vista de las armas representadas no es posible dar respuestas
terminantes, ni siquiera ‘probables’. Con los datos que pueden proporcionar los puñales y el casco
de Sanfins sería factible proponer una horquilla máxima desde mediados del s. II a. C. hasta aproxi¬
madamente mediados del s. I d. C.; y una horquilla posible de entre mediados del s. I a. C. y las
primeras décadas del s. I d. C. El tocado de Capeludos, como el gesto de la mano del ejemplar de
Sabanle, son los únicos que podrían llevarnos a fechas más antiguas, del s. VI a. C., pero ya hemos

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Fig. 1 Reconstrucción de la apariencia que pudo tener un jefe de cier¬
to rango del área galaica, a partir de los datos arqueológicos y de la ico¬
nografía. Lleva un casco local de bronce, evolución muy decorada y

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La vaina de S. Jorge de Vizcla (n° cat. 30) es una pura invención resultado de una restauración demasia¬
do entusiasta.
Este peculiar puñal de nuevo nos lleva, como en el caso del tocado cónico del guerrero de Capeludos
(n° cat. 6) o el gesto del brazo de la estatua de Sabanle (n° cat. 22), al mundo centroeuropeo del s. VI a. C, caractrizado por esculturas de gestualidad y tocado semejante, como las de Hirschlanden o Glaubcrg. Viene a ser un
elemento de panoplia que tiene claras relaciones con el ámbito centroeuropeo (compárese el puñal galaico con
los presentados por M. E. Cabré del ámbito noritálico y alpino) en un período muy anterior al que nos ocupa
ahora.

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elaborada de prototipos itálicos llegados a la zona bien en época de
Bruto ‘el Galaico’, cesariana o menos probablemente augustea (Martí¬
nez Mera 2001). No porta coraza, sino una túnica elaborada, pero lleva
un escudo ligeramente cóncavo de algo menos de dos pies de diámetro
con umbo férreo del tipo común en la cuenca del Duero, y grebas de
fieltro o pelo sujetas por correas a la pierna. Su puñal es de la familia de
los globulares, pero con la empuñadura simplificada; cuelga al costado
derecho, pero con las correas enrolladas en torno al cinto por si es nece¬
sario correr, y no lleva espada. Su lanza, elemento fundamental en el
combate, es de un tipo normal en las fases inmediatamente anteriores a
la conquista romana, sin nervio y de moharra corta. La barba con pelo
relativamente corto responde al modelo de las estatuas. A su espalda se
alza una estatua completa, combinación fundamentalmente de los
ejemplares de Lezenho y Santa Comba de Basto.

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El análisis de la dispersion geográfica de los guerreros no proporciona patrón coherente alguno,
según el minucioso estudio de Calo Lourido (1994, 672), de modo que no seguiremos de nuevo esa
vía. Cabe, sin embargo, observar que la distribución geográfica de las estatuas de guerrero es mar¬
cadamente diferente, hasta el punto de que se puede hablar de una ‘frontera’ frente a las estatuas
zoomorfas ‘de verracos’ (fig. 2), pese a lo cual no creemos que dicha diferencia se extendiera en la
antigüedad a los tipos de armas: como se ha dicho, los patrones de difusión de tipos de armas son
diferentes, y más rápidos, que los de otras catctgorías de objetos como la cerámica.
La panoplia. Connotaciones sociales y simbólicas

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Fig. 2 Dispersión geográfica de las estatuas de guerreros galaicos (círculos con número de catálogo) en compa¬
ración con las estatuas de verracos (círculos blancos) y cabezas exentas (triángulos blancos). Se aprecia que
aparecen en territorios diferentes.

significativa, aunque ambivalente. Por un lado si, como en Lezenho, parece que se quieren resaltar
los rasgos faciales, aunque estén idealizados, el casco sobra; si por el contrario se quiere recalcar el
aura de poder, el casco conviene. Recordemos en este sentido que la escultura militar romana nor¬
malmente presenta los personajes sin casco, y que en los modelos de la Grecia clásica se suele poner
el casco corintio, cuando aparece, en la posición ‘de descanso’ hacia atrás, dejando la cara al descubierto.
Por último, ya hemos analizado en su momento la especial posición que tiene el escudo, pri¬
mando su simbología apotropaica sobre su pura ‘descripción’ funcional.

De lo dicho en el apartado anterior, y en realidad de lo que venimos viendo a lo largo de todo el
artículo, se deduce que el contenido simbólico de las armas representadas prima sobre el funcional.
Silva, uno de los mejores conocedores de esta cultura, ha expresado muy recientemente su visión
sobre la estructura social básica de la fase III de su cultura castreña (c. 138 a. C.-50 d. C.): «Estos
sitios [los oppida de la Fase III] cumplirían la función de una especie de principados, liderados por
jefes guerreros, cuya tutela quedaría inmortalizada a traves de la estatuaria [...] Esta fase protourbana
de grandes poblados, evidentemente dirigidos por un poder central... implica una fuerte organización
del sistema de producción...» (Silva 2001, 342-345; id. 1996, 52)”.
El título de nuestro artículo alude a nuestra opinión de que, independientemente de su
cronología precisa y de su función concreta (fuera ésta apotropaica, conmemorativa, funeraria,
etc.), las estatuas de guerreros llamados ‘galaicos’ actuaron como ‘espejos’ pétreos30. Las élites diri¬
gentes locales (de época prerromana o romana) con el derecho y el poder de erigirlas podían verse
reflejadas en ellas, de modo idealizado. Podían observarlas y reconocer en ellas los valores en que
creían: orgullo, poder, estabilidad, riqueza. Y quienes no formaban parte de los grupos dirigentes
podían también ver en las estatuas la esencia del poder de sus mejores, de sus líderes.
Y este significado general es a mi juicio independiente, de rango superior y más amplio, de la
función concreta que cada estatua pudiera ejercer31. La función específica quizá pudo no ser una sino
múltiple y depender del contexto (en un poblado, en un cruce de caminos, sobre una tumba). Ese
contexto pudo añadir algo a este repertorio básico de valores y contenido, pero no lo alteraría sustancialmentc. Podría añadir conceptos particulares como culto a los antepasados, divinizados o no,
culto a divinidades guerreras, énfasis de la ‘areté’, protección simbólica del poblado, etc., que
enriquecerían pero no alterarían lo esencial de su función como espejo de valores sociales. En esto,
las estatuas de guerreros ‘galaicos’ no serían pues sustancial mente diferentes de otras esculturas
pétreas monumentales tan diferentes como los knroi griegos arcaicos.
En este contexto, el interés fundamental de la aparición de las armas no sería, a nuestro modo de
ver, reflejar una panoplia concreta, sino expresar el soporte básico de la ideología de los grupos de poder.
Si además el escudo presentado al visitante frente a la puerta de una citania era leído por los cami¬
nantes como un símbolo protector de la ciudad, mucho mejor.

Ver también al respecto el trabajo complementario desde el punto de vista religioso de Bermejo Barrera
(1981) cspec. 275, aunque con las necesarias precauciones dado lo elusivo del tema.
30 No vemos factible que estas esculturas monumentales, a veces colosales,
tangan antecedentes directos en
pequeñas figuras de bronce. Creemos que son conceptualmcnte diferentes (contra, Vázquez Varela Rodríguez
Colmenero 1 993, 205).
21 En eso coincidimos con la idea similar expresada por
Vázquez Varela Rodríguez Colmenero (1993, 206).

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Conclusión
Si bien las estatuas de guerrero son en cierto modo fieles espejos pétreos de una etica militar y
aristocratizante, de unos valores generales comunes a todas las élites de carácter guerrero que en el
mundo han sido o, al menos durante la Edad del Hierro europea y mediterránea, son en cambio espe¬
jos turbios de las armas que aquellos hombres emplearon.
Desde el punto de vista cronológico, las armas sólo permiten proponer una horquilla que a nues¬
tro juicio va de mediados del s. II a. C. a mediados del I d. C. (150 a. C.-50 d. C.). Algunos indicios
muy secundarios, en particular la suspensión y forma de los puñales, apuntan hacia una fecha en
torno a o posterior al cambio de Era. Otros, como el casco de Sanfins, nos orientan hacia una fecha
de segunda mitad del s. I a. C. en adelante. No es posible, con honestidad, precisar más.
Desde el punto de vista tipológico, las armas de los guerreros galaicos nada deben a la panoplia
‘celta’ de La Teñe: no hay escudo oval, cascos célticos o espadas largas rectas. Hay escudos circulares
cóncavos, casco mediterráneo, puñales cortos con vainas de armazón: todo relacionado con el ámbito
indígena (celta e ibérico) peninsular, no con el galo o el mundo celta centroeuropeo. Sólo hay en
Iberia una zona con armamento de La Teñe: Cataluña (Quesada 1997a, 623 s.).
Desde el punto de vista funcional, la panoplia de los guerreros no es ‘realista’, al no representar
las armas que sin duda eran fundamentales en la guerra: las armas de asta, lanza y jabalinas. Esto se
debe probablemente a las limitaciones del soporte. En otro sentido, las proporciones de los escudos
se distorsionan, también por razones técnicas, y no se pueden medir los escudos para saber cómo
fueron. En cambio, detalles indican que quienes las tallaron comprendían el funcionamiento y
empleo de esas armas, aunque no tenían los recursos técnicos ni la calidad de piedra necesaria como
para elaborar más su trabajo. La forma de suspensión de los puñales con correas y anillas en posición
vertical, la forma general y de detalle de las vainas, la ausencia de antenas, etc., apuntan a una relación
con los modelos de tipo dobleglobular en sus variantes tardías, incluso de época romana más que
celtibérica.
Desde el punto de vista ideológico y simbólico, las armas adquieren en cambio un papel clave.
Son los atributos esenciales de las estatuas, y elementos esenciales para la comprensión de los valores
que quieren reflejar, aunque tipológicamente nos resulten confusas... porque no era tipología lo que
sus comitentes y sus artificies estaban interesados en expresar.

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ZUSAMMENFASSUNG

‘Steinerne Spiegel’? Die Waffendarstcllungen auf den sog. gallakischen Kriegerstatuen

Die ‘gallakischen’ Kriegerstatuen wirkten allcr Wahrscheinlichkcit nach wie ein ‘Spiegel’, in dem
sich die aristokratische Gcsellschaft der Castro-Kultur wiedererkannte; stark, aufrecht, bewaffnet,
machtig. In Vergleich damit ist die Frage nach ihrcr Funktion (wie z. B. Grabstatue u. a.) irrelevant,
denn in jedem Fall reprásentieren die Statuen idéale Darstcllungen, in denen diejenigen sich zustimmend wicdcrerkannten, die das Rccht, die Mittcl und die Macht sie zu crrichten hatten. Sicherlich
handelt es sich dabei um ein verzerrtes Spicgelbild, das den Vorsteliungen der castrensischen
Aristokratie entspricht, aber nicht notwcndiger Wcise der Wirklichkcit. Die Erkenntnis der
Wunschvorstellung ist für das Verstándnis ebenso wcrtvoll wie die Herausarbeitung ihres tatsáchlichen Erschcinungsbildes - sofern das überhaupe mõglich ist. Damit crinncrn die gallakischen
Skulpturen an andere steinerne Spiegel, wie etwa die Ensembles aus Porcuna oder die kouroi des
archaischcn Griechenlands.
Die Kriegerbilder bieten aber auch Rcflexc ganz anderer, undeutlichercr Art. Ihre
Waffendarstcllungen zeigen hin und wieder wirklichkcitsgetreuc Details, wie etwa die Schildricmen,
die háufig am linken Handgelenk erscheinen und welchc die Bcnutzung des telamon des Schildes zu
seiner Sicherung belegen; sie crlauben aber nur sclten cine stets unsichcr bleibendc typologische
Bestimmung. So konnen etwa die Helme einiger Stücke klar mit gallakischen in Verbindung gcbracht

112

FERNANDO QUESADA SANZ

werden, ein lokalcs, stark ausgeschmiicktcs und ausgcfeiltes Endcrgcbnis einer Entwicklung vom
althergebrachten mediterranen Helm des Typus Montefortino.
Bel der Herstellung der Statuen sind gewisse Faktoren cntscheidend: das Ausgangsmaterial
Granit, das sich zur Herausarbeitung von Details kaum eignet; der stark ausgepragte
Konzcptgedanke, der die Ausarbeitung von Details überlagert; die beschrànkten Mittel der
Bildhauer... In dicsem Sinne dürfen Fragen gestellt werden - im Wissen um die unvollstándig
blcibendcn Antwortcn. So zeigt die Diskussion darum, ob die Statuen Panzer tragcn oder nicht (sie
sind m. E. nicht dargestcllt), wie schwierig Details erkannt werden konnen, die einerseits sehr ver*
wittert sind und andererseits sehr vereinfacht dargestcllt wurden.
Da die Lanze stets fehlt, zcigen die Kricger nicht die voile Bewaffnung. Auch ist eine
Bestimmung der Waffen nach Typologie oder Grofic kaum moglich. So ist der Durchmesscr der
Rundschildc etwa durch den Umfang der zur Verfiigung stchcndcn Flàche begrenzt und gibt daher
nicht notwcndigerweise die wirklichen Verhaltnisse wieder. Das Fehlcn von entsprechenden Funden
in den nordportugiesischen und galicischen Castros vcrbietet Typcn zu definieren und
Entwicklungsreihen aufzustellen. Im Ganzen erscheint eine Vorlage des Datenmatcrials statthaft,
allerdings stets unter dem Vorbehalt, dass ein steinemer Spiegel dicser Art kerne scharfen Bilder
zeigt.

1. Diskussion
VORSITZ J. V. S. MEGAW
H. FREY
Kann man über die Bewaffnung eine Daticrung der Statuen finden? Die Dolche sind natürlich
schwer zu bestimmen. Wir konnen wohl nur sagen: spates 3. bis 2. Jh. v. Chr. Ich sehe bereits
Hcrrn Hock die Schultern zucken, was dcutlich macht, dass er auch nichts Genaueres weifi. Weiter mochte ich fragen: Das Obcrteil der Figuren zeigt doch eine Art Warns. Hatte auch dieses eine
Schutzfunktion wie andere Rüstungen? Es handelt sich um kcincn Kompositpanzer und auch um
keine andere bekannte Form von Panzer. Charakteristisch scheinen die Schulterstiicke, die den
Armansatz bedecken. Soweit ich das iiberblicke - vielleicht kann mir da Herr Rapin noch weiterhelfen - kommt diese Form am ehesten bei Kettenhemden vor. Kõnnte es also sein, dass das Warns
parallel zu Kettenhemden geformt ist? Ich hoffe, dass ich hier Kundigere finde, die mir Auskunft
geben konnen.

Procedencia de las ilustraciones: Fig. 1: Dibujo de C. Fernández del Castillo, según instrucciones
del autor; fig. 2: mapa original con datos tomados de Calo Lourido (1994) y Álvarez Sanchís (1999).
Dirección del autor: Prof. Dr. Fernando Quesada Sanz, Universidad Autónoma de Madrid, Dcp. de
Prehistoria y Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras, Campus de Cantoblanco, E-28049 Madrid, E-Mail:
fcrnando.quesada@uam.es

I

A. COELHO DA SILVA
Efectivamente, a estátua-menir de Chaves, como também a de Faiões e a de S. João de Ver têm
uma faixa tipo ‘estola’, que não se pode considerar como uma veste propícia ao exercício de qualquer
função guerreira. É um traje emblemático e certamente estaria relacionado com o seu poder religio¬
so e que mais tarde teria sido, porventura, substituido por um trono, onde o chefe estava sentado,
como símbolo dessa função.
Relativamente à cronologia reconheço que é muito difícil de datar essa peça e os Profs. Vítor
Jorge e Carlos Alberto Ferreira de Almeida, que a publicaram, já sentiram essa dificuldade. Mas que¬
ria, a propósito, assinalar a presença de um punhal nesta figura, porque a diferencia, de imediato, das
representações congéneres mais antigas, em que aparece uma espada, aproximando-a mais do tipo
de representações hallstattáticas. A representação sexual poderá significar também antiguidade,
afastando-a do outro conjunto canónico de estátuas de guerreiros, mais elaboradas e tardias.
Na tentativa de procurar cronologias relativas para estas peças, também devemos considerar
as regravaçÕes de algumas delas. Por exemplo, a estátua do Marco não mostra qualquer espécie de
vestígio gravado, nem de armas nem de mais nada. Está ao ar livre e não creio que, se existisse, ape¬
sar da erosão, não tivessem restado sinais de desenho. Poderá ser eventualmente mais antiga, mas
a sua morfologia é congénere à iconografia das que podem ser datadas do período a que me estou
a referir. Aparece no meio de um campo, junto de uma via, e não dentro de um povoado. De qual¬
quer maneira, é sinalizadora de um território. A de Faiões tem as mesmas características, mas com
armas e estola regravada, o que aponta para um período mais arcaico que a estátua-menir de Cha¬
ves que podendo, originariamente, até ter sido um menir neolítico/calcolítico, pelas armas que
ostenta parece quadrar melhor com posteridade às do Bronze Final, a que pertencerá a de Faiões c

similares.
t

O.-H. FREY

Ich mõchte noch einmal nachfragen: Wenn es sich bei dem ‘Warns’ um eine Art Weste handelt,
dann miisste es eine zugeschnittene und genãhte Àrmelweste sein. Ich halte das fiir sehr auffállig.

114

1. DISKUSSION

A. RAPIN

Pour ce qui est du problcmc des armes ou plutôt de l’équipemcnt défensif, si cela en est un, le
justaucorps de ce vctcment avec des manches qui couvrent le haut du bras est incompatible avee la
cuirassc car cela bloque les mouvcments des bras. Done c’est deja quclquc chose qui limite l’interprétation. C’cst du tissu mais ccrtaincment pas quelque chose en cuir rigide. Alors je nc sais pas si
vous avez en Espagnc ou au Portugal des témoignages ou des traces dans les fouillcs de quclquc chose
qui pourrait donner une identification possible, avec des boutons, ou avec de l’armcmcnt.
M. ALMAGRO-GORBEA
Yo tenía dos preguntas. Estrabón habla de corazas de lino y yo consideré el lino siempre como
una cosa muy fina para servir de protección. Pero lo usaban, por ejemplo, los famosos linteati, entre
los samnitas, que iban al combate vestidos de blanco, pues entre los indoeuropeos ése era el color de
la divinidad, por lo que tenía carácter protector. Algo mejor como protección puede ser una coraza
de lino, pero, como el escudo, tal vez no deba verse sólo con el sentido práctico de la mentalidad
racionalista occidental, que es la protección física del cuerpo, sino que la coraza de lino pudo ser
como el escudo, ante todo, un concepto mágico, que procede del simbolismo mágico de la Edad del
Bronce: si la divinidad me protege gracias a estos elementos mágicos, no podrán herirme las armas
del enemigo.
Pero como el tiempo avanza, agradeciendo a todos la situación, dejo una segunda pregunta en el
aire: ¿los guerreros son el final de un proceso, tal como hemos oído, o son consecuencia de la roma¬
nización?
Estoy seguro que las próximas intervenciones lo irán aclarando. Gracias a todos.
A. RAPIN
On s’cst déja interrogó avec Fernando Quesada et il y a trois petites questions que je souhaitais
lui poser pour préciser les relations entre l’imagc, la realia ct la documentation. D’autre part il y a un

probléme qui n’cst pas souvent soulevé, pour lequcl il faudrait insisten Le bouclier dit Ovalschild est
une forme qui lorsqu’elle est dessinée sur un plan peut étre confondue avec le scutum, en général con¬
vexo. L’Ovalschild ccltique est plat et il y a souvent des confusions entre ces deux types d’images
notamment, par exemple, dans le travail de Peter Stary ou d’autres collogues qui ont fait des grands
corpus de boucliers figures.
Deuxième petite question sur les casques. Je ne crois pas qu’on puissc faire toujours la compa¬
raron entre ce qui est représente sur une sculpture qui peut peut-étre relever du premier ou du deuxieme age du For et la documentation souvent métallique quand on la trouve dans les sépulturcs ou
ailleurs. Le casque de la sculpture qu’il nous a presentée, n’est pas nécessaircment du type Monte¬
fortino parce qu’il n’y a pas de couvre-nuque. Il est peut-étre en cuir et dans ce cas on n’a pas de com¬
pararon avec la documentation. C’est un deuxième type de confusion dü au corpus des images sculptécs en regard des objets trouvés en sépulturcs.
Et enfin, troisiéme question. C’est le probléme de l’épée qu’il nous a montrée à un moment
donné. Cettc ‘espada en hierro’, identifiée comme un héritage laténicn et dont je pense, compte tenu
du fait que les tranchants ne sont pas parallcles, qu’il s’agit plutôt d’un gladius ou d’une spatha
d’époquc républicainc bcaucoup plus qu’un héritage laténicn.
Voilá done les trois questions que je souhaitais poser à Fernando Quesada.

1. DISKUSSION

115

F. QUESADA
Son tres cuestiones con temas muy distintos, muy concretos además. Con respecto a la primera,
totalmente de acuerdo. En la iconografía se mezclan escudos planos, galos, con escudos de teja, itáli¬
cos, con otros curvos, mediterráneos. En el caso de la Península Ibérica, en Cataluña, los realia, los
umbos de escudo hallados en excavación indican por su escasa o nula curvatura que los escudos de
esa región eran planos, luego de tipo galo, lo que coincide con otros elementos de la panoplia (espa¬
das reales de La Teñe, etc.). En la documentación iconográfica no es posible fiarse demasiado, no es
posible saber a menudo lo que quería representar el escultor... o lo que sabía. En Osuna y en otros
monumentos ibéricos, o en pintura cerámica, yo creo que estamos ante turcos de tipo helenístico que
tienen forma oval pero que no son galos, son del tipo mediterráneo. Por tanto en la Península Ibéri¬
ca, en Cataluña, tenemos elementos del tipo galo, planos. No hay escudo de teja romano, salvo en
contextos muy tardíos del siglo I -sertorianos o posteriores. En el ámbito ibérico del Sureste tene¬
mos escudos ovales pero esos son escudos propios de tureoforoi helenísticos y no galos. Por tanto, el
cuadro que pinta Estrabón de la Península Ibérica es simplista.
En lo que se refiere al casco, yo sigo pensando que el casco de Sanfins representa un casco metá¬
lico, ciertamente no se apreciaron guardanucas tendidos, pero a una escultura de granito no podemos
pedirle ese detalle. Claramente, además, tiene un botón partido de remate. Yo no creo que sea un
Montefortino, me voy más bien a un casco tipo Buggenum, aunque podríamos hablar del guardanuca, pero aquí tampoco podemos pedirle más. Bastante ha hecho el escultor cuando tallaba el reborde
inferior de la calota, bulbosa y baja. En cuanto a las paragnatides, hemos visto que en el mundo ibé¬
rico las quitan sistemáticamente. Así, yo creo que podemos pensar en un casco del tipo metálico, más
que uno de cuero. ¿Coolus-Mannheim? No, porque tenemos cl ‘bouton sommital’.
Por lo que se refiere a la espada, conoces perfectamente mi trabajo sobre el gladius hispaniensis.
El prototipo hispano de este tipo de espada romana es, a mi juicio, una derivación celtibérica tardía,
del siglo III, del viejo prototipo de la espada de La Tènc I, ya obsoleto en Galia pero que perduró en
nuestra meseta en formas hibridadas y modificadas sobre todo en el puño, y éste es el prototipo de
gladius hispaniensis romano. Me remito para el detalle a mi trabajo publicado en el coloquio de
Montpellier, en el Journal of Roman Military Equipment Studies’-

1 F. Quesada Sanz, Gladius hispaniensis: An Archeological View from Iberia, Journal of Roman Military Equip¬
ment Studies 8, 1997, 251-270.

I

DEUTSCHES ARCHÂOLOGISCHES INSTITUT
ABTEILUNG MADRID

I

t

I

MADRIDER MITTEILUNGEN
(

44

- 2003

1

1
Í

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VERLAG PHILIPP VON ZABERN

MAINZ AM RHEIN

¡!

Sigel für Madrider Mitteilungen: MM
XX, 460 Seiten mit 153 Abb. (davon 2 Faltabb.); 71 Tafeln und 4 Farbtafeln

INHALT
TEILI

r

Die lusitanisch-gallâkischen Kriegerstatuen
Tagung des Deutschen Archãologischen Instituís, Abteilung Madrid,
am 18./19. Januar 2002 in Lissabon

i

Grufíworte

Grufiadresse des Botschafters der Bundesrepublik Deutschland in Portugal,
Dr. Hans Bodo Bertram
XIII
Herausgeber und Redaktion:
Deutsches Archãologisches Instituí, Abteilung Madrid

t

Serrano 159, E-28002 Madrid

Palavras de boas-vindas do Director do Museu Nacional de Arqueologia, Lisboa,
Dr. Luís Raposo

XV

Begrüfiung durch den Leiter des Goethe-Instituts Lissabon, Herrn Kurt Scharf ... XVII
Begrüfiung durch den Ersten Direktor der Abteilung Madrid des Deutschen
Archãologischen Instituís, Prof. Dr. Tilo Ulbert
i

Einführung

!

TH. G. SCHATTNER, Die lusitanisch-gallâkischen Kriegerstatuen, mit einer
Textabbildung

1

Katalog
F. CALO LOURIDO, Catálogo, mit 2 Textabbildungen, Farbtafel 1 und 4 sowie
Tafel 1-50

6

© 2003 by Verlag Philipp von Zabcrn, Mainz
ISBN 3-8053-3258-0
ISSN 0418-9744
Alie Rcchtc, insbcsondcre das der Úbersetzung ¡n frcmdc Spracbcn, vorbchalccn.
Ohne ausdrückliche Genehmigung des Verlages ist es auch nicht gestattet, dieses Buch oder Teile daraus
auf photomechanischcm Wege {Photokopie, Mikrokopie) zu vervielfaltigen
oder uncer Vcrwendung elektronischer Systeme zu vcrarbciten und zu verbreitcn.
Layout, Satz und Hcrstellung: Ibersaf Industria), S. L., Madrid
Oruck: Philipp von Zabcrn, Mainz
Printed in Germany • Imprimé en Allemagne
Printed on fade resistant and archival quality paper (PH 7 neutral) tcf

XIX

Beitráge
F. CALO LOURIDO (Pontevedra), El icono guerrero galaico en su ambiente cul¬

tural
I

33

A. COELHO FERREIRA DA SILVA (Porto), Expressões guerreiras da sociedade
castreja. ..

41

M. HÕCK (Covilhã), Os 'guerreiros lusitano-galaicos’ na história da investigação, a
sua datação e interpretação. 'Cultura castreja’ e 'Celtas’, mit 2 Textabbildungen

51

VI

M. KOCH (Stolberg), Die lusitanisch-gallàkischen Kriegerstatuen in ihrem literarischepigraphischen Zusammenhang, mit 3 Textabbildungen
F. QUESADA SANZ (Madrid), ¿Espejos de piedra? Las imágenes de armas en las
estatuas de los guerreros llamados galaicos, mit 2 Textabbildungen .........
1. Diskussion (Vorsitz J. V. S. Megaw)

67

113

de príncipes no contexto da organização político-administrativa do Noroeste préflaviano, mit einer Textabbildung

116

TH. G. SCHATTNER (Madrid), Stilistische und fórmale Beobachtungen an den
Kriegerstatuen y mit einer Textabbildung und Tafel 51

127

2. Diskussion (Vorsitz D. Marzoli)

147

M. BLECH (Madrid), Die gallaecischen Kriegerstatuen im Lichte der eisenzeitlichen
hispanischen Plastik, mit 8 Textabbildungen und Tafel 52

269

5. Diskussion (Vorsitz M. Koch)

287

M. SZABÓ (Budapest), Guerreros galaicos
de conclusion, mit 3 Textabbildungen

- Sculpture

laténienne. En guise
290

6. Schlussdiskussion (Vorsitz O.-H. Frey)

298

O.-H. FREY und TH. G. SCHATTNER, Bilanz der Tagung.

305

TEIL II
Varia

150

162

O.-H. FREY (Marburg), Vorlàufer der mitteleuropáischen keltischen Grofiplastik in
... 181
Italien, mit 2 Textabbildungen und Tafel 53-54
3. Diskussion (Vorsitz A. Coelho)

J. V. S. MEGAW (Adelaide), Where Have all the Warriors Gone? Some Aspeas of Stone
Sculpture from Britain to Bohemia, mit 16 Textabbildungen und Tafel 62-65. . .

87

J. DE ALARCÃO (Coimbra), As estatuas de guerreiros galaicos como representações

M. ALMAGRO-GORBEA (Madrid), La escultura en la Híspanla Céltica, mit einer
..
Textabbildung

VII

INHALT

INHALT

189

E. TRUSZKOWSKI, Reflexions sur la sculpture funéraire et votive du Sud-Est de la
Péninsule Ibérique, mit 6 Textabbildungen und Tafel 66-70

311

X. CARBALLO ARCEO, La dorsal gallega como barrera intracultural durante la
Edad del Hierro, mit 4 Textabbildungen

333

J. ÁLVAREZ-SANCHIS, La Edad del Hierro

en la Meseta Occidental, mit 16

...
.
....
......
346
Textabbildungen

196

J. SUÁREZ OTERO und V. CARAMÉS MOREIRA, Ein romisches Relief aus Vilarin
.
(Becerrea, Lugo), mit 5 Textabbildungen

387

F.-R. HERRMANN (Wiesbaden), Die Statuen vom Glauherg in ihrem
Fundzusammenhang, mit 7 Textabbildungen und Tafel 58

215

E. FERRER ALBELDA, El Puente de Arroyo Pedroches (Córdoba). Estudio
arqueológico, mit 13 Textabbildungen

396

A. RAPIN (Compiègne), De Roquepertuse a Entremont... La grande sculpture du
midi de la Gaule, mit 12 Textabbildungen, Farbtafel 3 und Tafel 59-60

223

auf Delphinen. Byzantinische Pressblechmodel fur Sattel- und
Zaumzeugbescblage aus dem Nationalmuseum von Algier, mit 6 Textabbildungen
und Tafel 71

412

4. Diskussion (Vorsitz M. Koch)

246

F. ARNOLD, Das Grab im Paradiesgarten. Zum Mausoleum der Na$ridischen
Sultane auf der Alhambra, mit 14 Textabbildungen

426

In memoriam Emeterio Cuadrado Díaz, von H. Schubart

455

D. MARZOLI (Stuttgart), Eigenheiten der áltesten Grofiplastik Mitteleuropas. Die
Statue von Hirschlanden, mit 15 Textabbildungen, Farbtafel 2 und Tafel 55-57. .

CH. EGER, Reiten

B. CHAUME (Courban) et W. REINHARD (Saarbriicken), Les statues de Vix:
images héroisées de I’aristocratie hallstattienne, mit 13 Textabbildungen und

Tafel 61

249