Julie De Grandy

Quiero ser escritor

Índice

Prólogo del editor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Capítulo I. Pautas generales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Capítulo II. El despertar de los sentidos . . . . . . . . . . . . Capítulo III. Tú y tus circunstancias . . . . . . . . . . . . . . . Capítulo IV. Dilemas del escritor . . . . . . . . . . . . . . . . . Disfruta el ejercicio de escribir . . . . . . . . . . . . . . . . . Capítulo V. Géneros de ficción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . El cuento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . El teatro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La novela . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Capítulo VI. La narrativa de ficción . . . . . . . . . . . . . . . Los principios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . El cuerpo del libro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Camino al final . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Capítulo VII. Estilos de narrativa: las puertas . . . . . . . . Exposición . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Descripción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Acción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Diálogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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Pensamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93 Capítulo VIII. Cómo crear personajes efectivos . . . . . . . 99 Nombres . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 108 Capítulo IX. El diálogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113 Capítulo X. Las revisiones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 129 Los correctores profesionales . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141 El formato del manuscrito . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 147 Capítulo XI. Dónde buscar ideas . . . . . . . . . . . . . . . . . 151 La mente y la naturaleza del escritor . . . . . . . . . . . . 151 Indentifica tus valores y tus creencias . . . . . . . . . . . 156 Haz tuya la historia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 159 Capítulo XII. Publicación y difusión de tu obra . . . . . . 167 Los concursos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 168 El agente literario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169 Las grandes editoriales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 171 La autoedición . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .1724 La coedición . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 176 Editoriales en internet . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 178 Capítulo XIII. Creer en ti mismo . . . . . . . . . . . . . . . . . 181 Que nada te detenga . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 181 Los escritores somos distintos . . . . . . . . . . . . . . . . . 183

Nota aclaratoria: Para mayor claridad y agilidad en la lectura, utilizo “escritor” para referirme a un escritor y/o a una escritora. Soy una mujer segura y mis lectoras sin duda lo serán también. Igualmente, en las referencias a “la hoja de papel” incluyo la pantalla de ordenador.

Prólogo del editor

Quiero ser escritor es un título raro para un libro. De hecho, es una frase extraña en cualquier ámbito, al punto de que Julie asegura no haberla escuchado nunca de labios de un niño, no obstante esa otra, mucho más frecuente y celebrada (y sobre cuyo origen convendría preguntarse), según la cual la vida de una persona no está completa hasta que tenga un hijo, plante un árbol... y escriba un libro. Lo cierto es que el oficio de escritor es extraño en sí mismo: los escritores (y las escritoras, pues, y a la muy sensata nota de la autora me remito) no tienen vacaciones, no dejan de trabajar ningún día, pero con frecuencia se los considera unos vividores, y así, aunque gozan de un misterioso prestigio, casi nadie respeta verdaderamente su trabajo; nunca ganan el dinero suficiente para vivir muy bien, pero muestran una dedicación y un entusiasmo sólo comparables al de otros artistas... En efecto, son raros. Y necesarios. El escritor nace, pero también se hace. Y ése es el motivo que impulsó a Julie a preparar esta joya, este manual imprescindible para que todo aquel que siente (o sufre) la necesidad imparable de contar historias encauce esa extraña vocación,
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para que se forme, para que no se desanime ni se sienta solo, para que aprenda trucos, estrategias y métodos de trabajo, para que se acostumbre a perseguir a la inspiración y no espere a que ella venga a visitarlo... A todos ellos está dedicado este libro. Seguro que dará frutos. nuevosescritores

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No se descubren nuevas tierras sin estar dispuestos a perder de vista la orilla por mucho tiempo. André Gide

Introducción Así que quieres ser escritor. ¡Enhorabuena! Querer es poder. Leer este libro es un paso positivo hacia tu meta. Pero ni éste ni ningún libro te transformará en escritor por arte de magia. Sólo tu voluntad, entrega y perseverancia te pueden llegar a convertir en escritor. El mejor consejo que se le suele dar a un escritor es: “escribe”. El verdadero escritor es el que escribe por compulsión; tiene necesidad de hacerlo. Es aquel que se siente impulsado a escribir, se siente feliz escribiendo, no puede dejar de escribir y cuando no escribe experimenta un desaliento angustioso y una profunda ansiedad. ¿En qué momento se nos ocurre la idea de ser escritor? Usualmente nadie nace con esa vocación. Si le preguntas a un niño qué quiere ser cuando sea grande, las respuestas son muy variadas. Puede contestar policía, bombero, médico como papá, maestra como mamá o un sin número de posibilidades de aquellas profesiones que reconoce o le llaman la atención en su entorno.
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Pero nunca he escuchado a un niño responder: “Cuando sea grande quiero ser escritor”. Esto me resulta muy curioso, pues el niño tiene contacto con la labor del escritor desde su más tierna infancia. A casi todos los niños les leemos cuentos infantiles. Los libros de cuentos a menudo son sus tesoros, y ellos piden que se los lean una y otra vez. Sin embargo, el niño no parece ser consciente de que una persona, un escritor, escribió esos libros que tanto le fascinan. Tampoco he escuchado a un niño decirle a mamá o papá: “Cómprame libros de Los Hermanos Grimm” o de cualquier otro renombrado autor de cuentos infantiles. Lo más cercano que he escuchado es “cómprame un libro de Walt Disney”. Sin embargo Walt Disney, siendo un genio de la creación, no era escritor. ¿Cuándo tomamos conciencia del escritor que yace detrás del libro? Suele ser en nuestra adolescencia cuando nos fascina algún libro y buscamos percibir las mismas sensaciones a través de otros libros del mismo autor. Ése es el momento en que descubrimos a un Robert Louis Stevenson con su Isla del Tesoro o su Dr. Jekyll y Mr. Hyde, cuando Jonathan Swift nos deslumbra con Los viajes de Gulliver, cuando nos adentramos al fascinante mundo de la ciencia ficción de la pluma de Julio Verne o Isaac Asimov, cuando jugamos a investigar los crímenes que narra Agatha Christie o cuando soñamos con el idílico amor dulzón dentro de las novelas románticas. Es en esta época cuando los autores nos hacen adictos a su prosa y leyéndola viajamos con entusiasmo por el mundo de la fantasía, experimentando las más deliciosas sensaciones y emociones. A partir del momento en que convertimos a nuestros escritores predilectos en héroes personales, nace en algunos de nosotros
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ese secreto deseo de poder escribir libros tan cautivadores como los que ellos que han escrito; libros capaces de fascinar a lectores como ellos nos han fascinado a nosotros. Este deseo de llegar a ser escritor debe nacer del genuino amor por las letras y la necesidad imperante de contar las historias que nos motivan y brotan de nuestra imaginación. No podemos albergar este deseo por la vanidad de llegar a ser famosos o por la potencial recompensa económica. Todo lo contrario. El verdadero escritor no compite con otros escritores, sino consigo mismo. Hay lectores para todo tipo de literatura. No siempre los escritores más venerados son los más populares. La lectura es un pasatiempo donde el lector tiene que sentirse cómodo y disfrutar de su íntima conexión con la obra. Muchas veces quienes no tienen una gran formación académica o sofisticación intelectual, no disfrutan la bella pero compleja prosa de grandes autores. Más bien esa lectura les resulta tortuosa y difícil de comprender. Sin embargo, esas personas tienen imaginación y sentimientos, y pueden experimentar placer con una lectura más sencilla, sin que por eso deje de ser buena. Por tanto, el escritor no debe medirse con otros escritores. Además, hay lectores para todo tipo de temas y cada escritor tendrá sus propias preferencias argumentales, pues cada uno es un artista original y único en su especie, y, como tal, debe sentirse cómodo consigo mismo, con su obra y con su particular manera de expresarla. Cada obra que nos lanzamos a escribir constituye un nuevo reto. Si tuvimos éxito con una obra, nos hemos colocado el listón muy alto, y por esa medida se juzgará nuestra próxima obra. Por tanto, es vital que no nos endiosemos al punto de
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creer que todo lo que escribimos va a ser genial. Siempre habrá obras más leídas, más populares o que reciban mejores críticas que otras. Por eso debemos siempre mantenernos humildes, pues lo que denominamos inspiración o musa muchas veces es caprichosa y no siempre viene a nosotros cuando más la deseamos. Con el tiempo y la práctica vamos adquiriendo oficio. Se nos hace más fácil narrar nuestras ideas e historias. Pero hay que partir del principio de que tenemos algo que contar. Un amigo corrector de libros me hizo una observación muy curiosa: —Hay mucha gente que escribe muy bien pero no tiene nada que decir. Confieso que la frase me chocó, pues pensaba que cuando se escriben palabras sobre papel algo se dice. Sin embargo, este hombre leía a diario libros de escritores y aspirantes a escritores que enviaban sus libros con el deseo de publicarlos. Lamentablemente, pocos llegaban a conseguirlo. Por tanto, tomé su comentario muy en serio y finalmente comprendí lo que quería decir. Es mucho más importante contar una historia que escribir bonito. He conocido a numerosos escritores a través de los años, por eso de que Dios los crea y ellos se juntan. Casi siempre dentro de un gremio sus miembros buscan colegas con quienes compartir afinidades e inquietudes. Quizás porque no siempre quise ser escritora, en el momento que decidí escribir una novela busqué libros y personas con experiencia que me pudiesen guiar y compartir conmigo la fórmula secreta para lograr escribir un buen libro. En aquel entonces no encontré ningún libro que me orientara y diera respuesta a algunas
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de mis innumerables preguntas. Todo lo que me decían otros escritores me parecía demasiado abstracto. Hasta llegué a pensar que, si alguien había descubierto los secretos, no los iba a compartir con una neófita. Por eso, después de mucho andar con algunos aciertos e innumerables tropiezos, desilusiones, inseguridades y miedos dentro del mundo de las letras, decidí escribir este libro de manera sencilla para todo aquel, que como yo, un día descubrió dentro de sí mismo el deseo de ser escritor.

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Los grandes pensamientos se conciben andando. Friedrich Nietzsche

Capítulo I. Pautas generales Quizás aún no te consideres escritor, pero sin duda has escrito. Probablemente has expresado tus sentimientos, has contado anécdotas a través de cartas o correos electrónicos dentro del moderno universo de internet. Tal vez has releído una carta de amor tiempo después de haberla escrito y te ha sorprendido tu propia narrativa y capacidad de expresión. Si bien escribir cartas no nos convierte en escritores, es un medio en que expresamos nuestros pensamientos libremente sin tener el juicio de aquel a quien va dirigida nuestra misiva. Es dentro de esa intimidad, cuando conversamos con nuestro interlocutor distante, cuando brotamos de manera genuina. Además, hay algo muy importante en una carta y es que sabemos con certeza que alguien va a leer con interés aquello que hemos escrito. Escribimos con naturalidad, sin preocuparnos de la forma, ya que es el contenido lo que importa. Hay quienes han sabido escribir cartas tan hermosas e importantes que forjaron la literatura epistolar, que han tenido un papel
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relevante dentro de las letras. Las cartas que Madame de Sevigné escribía a su hija contándole las anécdotas y aconteceres dentro de la corte de Luis XIV han sido el testimonio más completo y fidedigno del mundo del Rey Sol. En el caso de Madame de Sevigné, las cartas eran reales, pero otros autores han elegido este estilo para narrar sus novelas; recordemos la famosa novela Les Liasons Dangereuses (Las amistades peligrosas) escrita en el siglo XVII por el escritor francés Pierre Choderlos de Laclos, de la cual hace unos años se hizo una fantástica película. Puede que en algún momento de tu vida hayas escrito un diario. Si lo has hecho, regresa a sus páginas y relee con interés lo que allí plasmaste. No importa la edad que tuvieses al hacerlo, lo que descubrirás en él es la candidez y honestidad con que fuiste capaz de narrar tus sensaciones confiando en que podías abrirte sin temor, porque nadie iba a leer tus más íntimos sentimientos. Con esa misma entrega y honestidad deberás siempre escribir para llegar a tu lector. Tu lector es un ser pensante capaz de sentir la misma amplia gama de emociones que tú. La honestidad y candidez con que Ana Frank plasmó su encierro y los terribles eventos a su alrededor convirtieron su diario en uno de los más importantes y conmovedores testimonios del horror de la persecución de los judíos por el régimen nazi de Adolf Hitler. El diario de Ana Frank se ha traducido a múltiples idiomas y posteriormente se llevó al cine. No importa si lo que escribes es ficción. La ficción reproduce la vida y la realidad. Cuando un lector lee ficción adquiere el tácito compromiso con el autor de que va a creer lo que está leyendo. Sólo así puede llegar al pleno disfrute de la lectura y experimentar las emociones que allí se encierran. Como
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espectadores, cuando vemos una película o una obra de teatro, también accedemos a jugar el juego de la verdad y nos creemos que la trama que estamos presenciando es real. Por supuesto, sabemos que estamos viendo a actores representar una historia. Pero durante las horas que dura el espectáculo, no los vemos como actores, sino como los personajes que representan dentro de la trama. Cualquier cosa que hayas escrito impartiéndole tu sello personal y vertiendo en ella lo mejor de tu energía creativa, ha sido un ejercicio preliminar dentro del oficio de escritor. Descubrí mi habilidad para escribir prosa por motivos equivocados. Sucedió en mi último año de bachillerato que me enamoré perdidamente de mi profesor de literatura. Era un hombre que había tenido una vida fascinante. Alemán de origen, de adolescente estuvo preso en un campo de concentración en Auschwitz y aún mostraba en su brazo el tatuaje del número con que identificaban a los prisioneros judíos. Fue de los afortunados que salió vivo y luego partió para Estados Unidos en busca de una nueva vida. Era moreno, de ojos verdes, con voz de barítono aterciopelada. Yo me quedaba boquiabierta con sus disertaciones sobre la obra de grandes escritores. A mis 17 años me parecía el hombre más culto y fascinante que había conocido. En dicha clase teníamos que leer obras de importantes autores y luego hacer análisis y comentarios sobre el contenido de dichas obras partiendo a menudo de una tesis personal. Yo quería impresionar al profesor y que desarrollara por mí aunque fuese un ápice de la admiración que yo sentía por él. Me esforzaba por hacer trabajos excelentes en los que consistentemente
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sacaba un sobresaliente. Pero, más que eso, él me escribía notas al margen acerca de mis acertados comentarios, mi profundidad de análisis y mi agudo entendimiento de los significados de las obras. Yo interpretaba estos comentarios como una especie de clave entre nosotros. Dentro de mi alma romántica de adolescente estaba convencida que ésta era su manera de enviarme mensajes secretos manifestándome el hecho que yo no le era indiferente. Posiblemente esto te cause risa, pero en aquel entonces yo me lo tomaba muy en serio. Producto de ese esfuerzo por ganar sus laudes, estudié seriamente la literatura y aprendí a escribir con fluidez y profundidad. Entiendo que seducir al profesor no debía haber sido el fin de mis trabajos de clase, pero años después, al releer estos trabajos, me sorprendió mi propia habilidad para la prosa y mi personal manera de expresión narrativa. Como muchos jóvenes, durante mi adolescencia escribí poemas motivados por idílicos amores y emociones fuertes. Luego, algunos compositores musicalizaron mis poemas y también yo empecé a ponerle letras a sus melodías. Creía que tanto poemas como letras de canciones eran bastante fáciles de escribir y sobre todo relativamente rápidas de terminar. Escribía por impulso de la inspiración, completando mis pequeñas obras en apenas horas. Toda mi vida he sido bastante vaga y me gusta terminar cualquier trabajo rápidamente. Por eso me sentía feliz al lograr pequeñas obras en tan poco tiempo. Me aportaban un sentido de realización, me reportaban felicitaciones y no me costaban demasiado esfuerzo. Un buen día hasta recopilé una colección de mis poemas que se publicaron en un libro titulado Sentimientos de Alma Vivas.
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Con el tiempo me fue gustando la idea de escribir y decidí adentrarme en el mundo de la dramaturgia. El teatro ha sido parte intrínseca de mi vida, pues provengo de una familia artística de varias generaciones. Mis bisabuelos y abuelos paternos eran actores y cantantes de zarzuela, con carreras exitosas que pasearon por muchos países en giras teatrales. También mis padres son actores destacados con una larga trayectoria en el teatro, la televisión y el cine. Por tanto, desde mi tierna infancia he pasado muchas horas en teatros, corriendo entre bambalinas, durmiendo en los camerinos, conviviendo con tramoyistas, actores y directores. Así que desde muy niña aprendí a conocer y amar al teatro . Como conocía el teatro desde dentro y fuera, no me fue difícil ampliar mis dimensiones creativas comenzando a escribir obras de teatro. Latían dentro de mí los ritmos, tiempos y elementos del escenario, además estaba muy familiarizada con la técnica del diálogo. Una vez que me surgía la idea, era capaz de desarrollarla con fluidez. Después de haber escrito comedias, dramas y hasta musicales, teniendo la suerte de verlas representadas en varias ciudades, seguí buscando otros caminos de expresión dentro del mundo de las letras. En aquel entonces estaba pasando por una crisis de identidad. Dentro de los años de mi niñez y adolescencia viví a caballo entre dos culturas diametralmente opuestas: la cubana y la americana. Para saber qué influencias pesaban más sobre mí, tuve que hacer un análisis de toda mi vida, desde mi tierna infancia. Pensé que lo mejor para ordenar mis ideas sería escribirlas. Así que, sin proponérmelo realmente, me encontré escribiendo un ensayo basado en mis experiencias dentro de estos dos mundos que titulé La Generación Puente.
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Cuando comencé a escribir este ensayo no tenía verdadera intención de publicarlo. Una de las razones radicaba en que ésta no era una obra de ficción, donde me podía esconder detrás de la fantasía. En este trabajo tuve que desnudarme emocionalmente para poder llegar a sanar todas mis heridas. Creo que es lo más valiente que he escrito y aún cuando lo releo me sorprende hasta qué punto fui honesta. Después de terminado, dudaba si a alguien verdaderamente le interesaría este libro. Mi gran sorpresa fue que el libro tuvo una acogida maravillosa y sobre todo que los miembros de mi generación venían a mí emocionados diciéndome siempre lo mismo, que al leer el libro les parecía estar leyendo sus propias vidas. Con esto sí que no contaba, y aprendí algo muy valioso. Siempre que partimos de nosotros mismo y contamos anécdotas, sufrimientos y luchas de la vida real, hay quienes han pasado por lo mismo, y verse reflejados en otra historia les ayuda a comprender la suya propia. Todos los que tienen el valor de escribir libros donde denuncian los males de su vida y su época, ofrecen una especie de terapia a otros que han pasado cosas similares y no se atreven a revelarlo. Esto les merma la soledad y sentido de incomprensión. Muchos luego tienen el valor de abrirse y confesar a su entorno lo que ellos padecieron. Sólo cuando superamos catárticamente nuestras tragedias personales, logramos liberarnos de su peso y nos purificamos para escapar de la cárcel de culpabilidad en que la incomprensión de los hechos a menudo nos encierra. A veces necesitamos ver nuestros problemas desde fuera, presentados por otra persona u obra, para enfrentarnos a lo que tenemos demasiado cerca para poder ver en adecuada perspectiva.
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Si bien me costó trabajo escribir este ensayo por lo íntimo y doloroso de su contenido, su redacción tampoco fue difícil, pues se trataba de plasmar recuerdos reales de mi vida y complementarlos con mi análisis y opiniones posteriores. Digamos que en este trabajo no tenía que inventar sino contar cosas que sabía. Por tanto, creo que el ensayo no es tan difícil de escribir como la ficción, donde creamos de la nada. La dificultad del ensayo radica en ordenar nuestras ideas y comunicarlas de una manera clara, coherente, honesta y, si es posible, amena para el lector. En muchas ocasiones he conocido a personas que saben de mi trayectoria como escritora. A menudo sucede que alguno de ellos se me acerca para decirme que la historia de su vida constituiría un gran libro y que, si alguna vez quisiera escribirlo, ellos me la contarían. Mi respuesta siempre ha sido la misma: ¿Por qué no lo escribes tú? A lo que usualmente replican contestando que no son escritores. Dentro de las carreras universitarias no existe precisamente la carrera de escritor. Lo más próximo es un título en lengua o literatura, presuponiendo que dichas carreras proveen al estudiante de las herramientas para llegar a ser un buen escritor. Esto no siempre es cierto. A veces la osadía es una cualidad mucho más útil para llegar a crear que el exceso de conocimiento. Quizás el que mucho sabe de un oficio adquiere un respeto tan enorme por el mismo que termina obrando en su contra. Al profundizar en estudios sobre literatura o música llegamos a conocer las creaciones y obras de los mejores y cometemos el error de querernos medir con ellos. Nunca se nos ocurre que los creadores que triunfan posiblemente no eran tan buenos en sus inicios y se fueron depurando
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por el camino. Los niños suelen dar unos primeros pasos tambaleándose y sujetando la mano de mamá o agarrándose a paredes y muebles hasta tomar confianza y caminar sin apoyo. Luego poco a poco va aumentando dicha confianza y, sin darse cuenta, un día comienzan a correr. Por el camino se caen muchas veces. A veces la caída es dolorosa y lloran, o la caída puede ser catastrófica y requerir atención médica. Sin embargo, no conozco a nadie que no camine de adulto simplemente porque se cayó una cuantas veces de niño, se hizo algunos chichones o se partió unas cuantas veces la boca. Gran parte de eso se debe a que, a pesar del susto momentáneo de la caída, todo su medio lo alienta y apoya a dar el próximo paso. Si el creador tambaleante y torpe tuviese el mismo tipo de aliento y apoyo en sus dudosos primeros pasos, quizás muchos más seguirían el camino hasta lograr una creación equilibrada y eficaz. Lo importante es seguir adelante agarrándose de lo que sea y con un maletín espiritual de primeros auxilios para curar las heridas del ego. Si lees un libro que enseñe a nadar, por muy clara que sea la explicación, no serías capaz de nadar como un pez la primera vez que te tires al agua. Las teorías son muy válidas y sirven de guía, pero sólo sumergiéndose en el medio, sólo lanzándose al agua se aprende a nadar. Igualmente, para aprender a escribir hay que comenzar a escribir. Es dentro de las aguas profundas de la narrativa que nos enfrentamos a nuestras dificultades, nuestras deficiencias y nuestros miedos, que se pueden ir superando con paciencia, entrega y perseverancia. Una de las grandes preocupaciones del que empieza a escribir es la perfección gramatical. Los errores gramaticales son
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corregibles, hay correctores y editores que depuran los libros. Por mucho que revisemos un texto, a todos se nos escapan errores gramaticales y tipográficos. Prácticamente todos los escritores, aun los famosos, pasan por correcciones de prueba y estilo. Sin mencionar nombres, he conocido a correctores de famosos escritores que confirman los vicios y enormes errores gramaticales que cometen, que son corregidos antes que el libro se imprima. Otra gran preocupación del escritor neófito es el querer tener un estilo. Todos tenemos un estilo de andar, de hablar o hasta de nadar. Quizás no sea el más estético, pero es el nuestro. El estilo se adquiere sin procurarlo. Todos somos individuos, y a la larga vamos a hacer las cosas a nuestra manera muy particular. Aun quienes no se proponen tener un estilo llegan a mostrar ciertas características comunes en sus obras por el simple hecho de que todas están escritas por la misma persona. Igualmente, todos tenemos nuestro propio idiolecto. El idiolecto es el conjunto de palabras que una persona utiliza comúnmente en su expresión oral o escrita. Este idiolecto se va ampliando con los años, la educación académica, la lectura y la búsqueda dentro de la literatura. Pero siempre quedarán trazos de nuestras palabras favoritas, nuestras analogías predilectas y nuestras metáforas más comunes. Nuestras obras llevarán nuestro sello mediante la manera particular de tejer las palabras para crear la idea. Es prematuro y absurdo pensar en estilos cuando se irrumpe en la literatura. El estilo surgirá por sí mismo. Tanto la preocupación por el conocimiento de la correcta estructura gramatical como la obsesión por el estilo son excusas que utiliza el aspirante a escritor para ocultar sus miedos.
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Y sin duda muchos no llegarán a concluir su primera página dándole incesantes vueltas a estas preocupaciones, al igual que muchos se quedarán al borde de la piscina autoconvenciéndose de que el agua está demasiado fría para meterse ese día. El primer impacto con el agua fría nos choca a todos, pero bien sabemos que a los pocos segundos el cuerpo se va acostumbrando a esa temperatura y que, si comenzamos a nadar, vamos entrando en calor.

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Lo que importa no es lo que miras, sino lo que ves. Henry David Thoreau

Capítulo II. El despertar de los sentidos Hasta ahora te has sentido cómodo en tu papel de lector de este libro. Leer, eso lo sabes hacer bien, ¿verdad? Y hasta es posible que hayas estado de acuerdo con algunas premisas, asintiendo con la cabeza. Pero como hemos mencionado anteriormente, el mero hecho de leer este libro o cuantos libros quieras no te va a convertir en escritor. Para ser escritor hay que escribir. Por lo tanto vas a tener que poner un poquito de tu parte. En breve te voy a pedir que hagas algo peligroso, arriesgado, insólito y atrevido. Te voy a pedir que escribas. A través de este libro encontrarás varios ejercicios en los que deberás escribir. Te recomiendo que los hagas, pues sólo así podrás sacar el mayor provecho de todo lo que aquí te expongo y estudiar tu propia evolución. Con tu ayuda, convertiremos estas teorías en prácticas útiles y reveladoras. Deberás escribir sobre papel en vez de en el ordenador o la máquina. Trata de utilizar un cuaderno de anillas para ir acumulando los ejercicios de este libro, ya que retomaremos algunos de los escritos más de una vez.
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Como ya te he contado, al iniciarme en la literatura seguí uno de los más antiguos consejos que se la da a los escritores: “escribe de lo que conoces”. Te conté que he escrito mucho teatro por el vínculo que mi vida ha tenido con este medio. Te conté que plasmé mis vivencias de niña a adulta en un ensayo autobiográfico que resaltaba los aspectos de mi vida relacionados con mi crianza entre dos culturas. Ahora enfoquémonos en ti y en tu vida. Quizás pienses ¿a quién le interesa mi vida o mis cosas? Pues si a ti te ha interesado la vida o las anécdotas de tantos otros escritores, no veo porqué no haya otras personas a quienes les interese lo que tú tienes que contar.

EJERCICIO: Imagínate sentado en tu dormitorio observándote a ti mismo cuando te despiertas. Describe lo que ves en tercera persona. Te daré un ejemplo: El odioso sonido agudo del despertador irrumpió en el silencio de la oscura y quieta alcoba. Julie extendió la mano y sin abrir los ojos pulsó el botón que la liberaba de la agonía del estridente ruido. Nuevamente su cuerpo se transformó en un ovillo bajo las mantas. Hizo un ruido gutural y se volvió a quedar quieta. A los pocos minutos abrió los ojos súbitamente y miró el reloj.

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En esta descripción sólo se menciona lo que ve el observador de la escena. Describamos la misma escena como si el observador pudiese además mirar dentro de Julie y lo que está sintiendo. El odioso sonido agudo del despertador irrumpió en el silencio de la oscura y quieta alcoba. Julie soñaba que estaba dentro del aula de su antiguo colegio escuchando al profesor Cabrera explicando la lección de álgebra. Incorporó aquel timbre a su sueño, como si se tratara de la campana que anunciaba el final de clase. Pero al instante se dio cuenta de que lo que sonaba era su detestable despertador. Julie extendió la mano y, sin abrir los ojos, pulsó el botón que la liberaba de la agonía del estridente sonido. Odiaba ese ruido que anunciaba, de manera desagradable, el comienzo de otro rutinario día. Deseó que fuese sábado para poder dormir unas horas más. Le encantaba dormir por la mañana. No se acordaba exactamente de qué día era. Trató de buscar en su memoria los hechos del día anterior hasta llegar a recordar que ayer había sido martes y por tanto hoy era el amanecer del miércoles. Contó mentalmente los días que faltaban hasta el fin de semana. Le parecieron demasiados, y con disgusto se volvió a hacer un ovillo debajo de las mantas rebelándose a la implícita orden del despertador de levantarse de la cama. Hizo un ruido gutural pensando en el disgusto que le provocaba tener que madrugar cinco días a la semana y se volvió a quedar quieta, presa del sopor. A los pocos minutos abrió los ojos súbitamente creyendo que se había quedado
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dormida y llegaría tarde al trabajo. Miró el reloj. Sólo habían pasado diez minutos desde que sonara el fastidioso timbre del despertador. Suspiró sintiéndose aliviada de que aún le quedara tiempo para prepararse y llegar puntual a la oficina. No le gustaba llegar tarde, pues su jefe ponía mala cara y entonces pasaba el resto del día de mal humor. Ahora inténtalo tú. Describe tu despertar, ya sea como mero observador o como narrador que conoce tus sensaciones y pensamientos en cada paso del despertar. Alarga la descripción todo lo que quieras. No continúes leyendo hasta haber terminado el ejercicio. Toma tu cuaderno y manos a la obra. ••••••• ¿Te pareció difícil? ¿Recordabas bien tu despertar de hoy? Sin duda mañana cuando despiertes estarás mucho más atento a tu alrededor, de cada uno de tus gestos y de tus pensamientos y reacciones. Esto también es parte de la misión de un escritor: observar su mundo. Una vez impartí un taller de actuación a unos jóvenes aspirantes a actores que pertenecían a un grupo teatral de aficionados. Al igual que el escritor, el actor también tiene que adquirir una capacidad especial para observar la vida. Únicamente así se puede luego reproducir la vida con autenticidad sobre un escenario o frente a una cámara. En ese taller, yo les iba pidiendo a cada uno de los participantes que ejecutara acciones cotidianas de su vida. Le pedí a
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uno de los chicos que se afeitara imaginariamente tal como lo hacía todos los días. Tendría que visualizar su baño y todos los utensilios que utilizaba para llevar a cabo tan común ritual. Lo primero que hizo fue inclinarse y mojarse la cara con el agua del lavabo. Yo le dije que primero tendría que abrir el grifo antes de poder mojarse la cara. Después de repetir la acción abriendo el grifo primero, procedió a echarse espuma sobre la cara. También le detuve y le dije que no había cogido el bote de espuma y apretado el botón que la hacía salir sobre su mano para luego poder untársela en la cara. Nuevamente repitió los movimientos con más precisión. Luego procedió a tomar la cuchilla y rasurase, pero no pasó la cuchilla por el grifo para quitarle la espuma acumulada en ningún momento, ni tampoco hizo esas muecas y gestos que tan a menudo he visto a los hombres hacer para estirar mejor la piel en la áreas más difíciles de afeitar. Cuando concluyó su afeitado imaginario, los demás chicos le hicieron éstas y otras observaciones respecto a los “errores” que captaron en su ejercicio. Él estaba sorprendido de cuantos errores había cometido al reproducir un rito tan común en su vida como es el de afeitarse. Así fueron representando el resto de los integrantes del grupo actos como maquillarse, cambiar una neumático pinchado de un auto, etc. Después de cada intervención, los otros hacían las respectivas críticas, y cada vez sus observaciones era más detalladas y precisas. Este tipo de ejercicio se lleva a cabo para entrenar al actor a ser más consciente de las cosas comunes y corrientes de la vida y para que agudice su sentido de observación, ya que luego tendrá que
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reproducir estos actos y movimientos con autenticidad en sus actuaciones. De igual manera, el escritor tendrá que ser un buen observador de todo su entorno para poder luego describir con veracidad las acciones de sus personajes. Hay otro ejercicio muy antiguo que obligan a hacer a los guardaespaldas y a investigadores privados. Consiste en entrar en una habitación desconocida y pasar unos minutos dentro; luego tienen que salir y describir todo lo que se encuentra en ella. De esta manera van tomando conciencia de su entorno y agudizando su sentido de la observación y su memoria. Basándonos en esto, me gustaría que ahora hiciésemos otro ejercicio. Quiero que describas el salón de tu casa con el mayor detalle posible, sin levantarte para ir a mirarlo. Si te encuentras ahora en el salón, describe entonces tu dormitorio u otra estancia de tu hogar. Puedes hacerlo de manera directa o introducirle comentarios a tu antojo.

EJERCICIO: Ejemplo directo: Según se entra hay un sofá color beige a la izquierda con cojines azules, burdeos y dorados. Sobre el sofá hay colgados varios cuadros. En la pared de enfrente hay unas puertas correderas de cristal que dan a una terraza. En la pared de la derecha hay un librero empotrado con libros, fotografías y adornos.

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Ejemplo más amplio: El salón es cuadrado con suelo de parquet pulido. Las paredes están pintadas de un amarillo mostaza que le dan un aspecto lumínico y cálido a la estancia. Sobre el largo sofá tapizado en seda color crudo reposan una serie de cojines de vivos colores. Cojines cuadrados de color burdeos con remate en piel de leopardo, cojines redondos entretejidos con hilos dorados y cojines azul eléctrico. Los cojines tienes los mismos tonos que la alfombra que reposa debajo de la mesa de cristal, frente al sofá. Sobre el sofá están colgados tres cuadros al óleo de distintos tamaños. El mayor de los cuadros, pintado en un estilo impresionista, refleja una mujer de espaldas sentada en un balcón mirando el mar. Otro de los cuadros es un paisaje campestre lleno de flores naranjas pintadas con espátula. Debajo de este cuadro se encuentra un retrato antiguo de una mujer de porte elegante con largo cuello y distinguidas facciones. Las enormes puertas de cristal de corredera se abren hacia una terraza llena de plantas, con maceteros de cerámica de distintos colores… Ahora escribe tú, de memoria, la descripción de tu estancia elegida. Visualízala en tu mente y narra lo que ves y recuerdas. •••••••

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Una vez que termines tu escrito, levántate y ve a la habitación que has descrito. Obsérvala detalladamente como si la estuvieses viendo por primera vez. (Si no estás cerca de la habitación descrita, continúa este ejercicio cuando entres nuevamente en ella.) Entonces, lee tu descripción de la misma y compárala con lo que ves. ¿Qué tal? ¿Crees que con tu descripción un lector podría haber imaginado una habitación parecida? ¿Te sorprendió cuántos detalles olvidaste de un sitio que te es tan familiar? Estoy segura de que de ahora en adelante tendrás más en cuenta tu entorno. Empezarás a entrenar tu ojo de escritor para ver las cosas de manera diferente. Igual que un pintor ve la luz, los volúmenes y las perspectivas de otra manera para poder repetir los efectos sobre un lienzo, tú también tendrás que desarrollar tu ojo para mirar y observar los ambientes de manera que luego puedas describirlos con eficacia. El pintor pinta los paisajes con pinceles y colores, tú tendrás que pintarlos también para tu lector utilizando las palabras. Tu escritura serán los ojos de la imaginación del lector. Te recomiendo que repitas el ejercicio de describir cualquier otra habitación donde hayas estado, cualquier restaurante, parque o lugar sin previamente haber regresado a él. Luego, cuando lo visites nuevamente, compara lo que ven tus ojos con lo que vieron los ojos de tu memoria. Éste es un ejercicio excelente para desarrollar tu narrativa y tu poder de observación agudizando tu memoria. La memoria es la facultad que nos permite registrar, almacenar y posteriormente evocar o recuperar la información
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almacenada. La memoria episódica almacena los eventos y aconteceres de nuestra vida, todo lo que nos ha sucedido desde que nacimos. La memoria semántica reúne nuestros conocimientos. Luego está la memoria sensorial, que es la memoria que se recupera en acciones. Por ejemplo, el cuerpo recuerda cómo nadar al tirarse al agua, cómo montar bicicleta o cómo conducir un coche. El aprendizaje almacenado de ciertas actividades que conllevan movimiento mecánico y repetitivo se almacena en este registro de memoria sensorial. En el ejercicio de repetir el proceso de afeitarse, estábamos apelando a la memorial sensorial. Los bailarines que aprenden una coreografía y la repiten en un espectáculo noche tras noche, la recuerdan a través de su memoria sensorial. Igual que tendrás que describir ambientes y lugares en tus historias, también tendrás que describir emociones, sentimientos y estados de ánimo. Muchas veces crearás una situación para un personaje ajena a tu realidad, una experiencia que tú no has vivido. Quizás tu personaje está volando en un avión con un loco que anuncia que tiene una bomba y va a hacer explotar el avión si no cumplen con sus demandas. ¿Cómo se siente una persona en esa situación? ¿Qué experimenta? ¿Qué le pasa por la cabeza? ¿Qué reacciones manifiesta interiormente su cuerpo? No lo sabes con certeza, pues no has estado en esa situación. Sin embargo, alguna vez en tu vida tienes que haber sentido miedo, tensión, incertidumbre y quizás hasta un eminente peligro. En estos casos recurres a tu archivo de emociones y tratas de acordarte de qué sentías en esos momentos. Debes tratar de recordar cómo se manifestaban tus sensaciones externa e internamente. Esto entra dentro de la memoria emotiva.
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Los actores hacemos numerables ejercicios de memoria emotiva para entrenarnos a reproducir las sensaciones y sentimientos de los personajes que vamos a representar. Quizás tengamos que llorar ante la tristeza de la muerte de un amigo. Puede que en nuestra vida nunca hayamos pasado por ese difícil momento, pero quizás se nos murió un perrito al que queríamos mucho o nos abandonó alguien al que amábamos. Podemos remontarnos al archivo contenido en nuestra memoria emotiva. Entonces somos capaces de revivir esa tristeza y hasta llorar tal y como lo hicimos entonces. El escritor no tiene que reproducir físicamente las emociones. Pero sí tiene que narrarlas de maneras que evoquen ese tipo de recuerdo en su lector. Para eso es importante que seamos capaces de sentir la emoción o recordar el sentimiento. Es la única forma de poder describirlo de manera creíble y eficaz. Si tenemos que narrar un pasaje romántico, remontémonos a nuestros recuerdos románticos. Si tenemos que narrar ira, desolación, temor, ansiedad o cualquier otro sentimiento, busquemos en el archivo de nuestra memoria emotiva ocasiones donde hemos sentido algo parecido. Cuando se trate de escribir sobre una situación totalmente ajena (por ejemplo, un hombre describiendo dolores de parto), es conveniente hacer un poco de investigación y hablar con gente que haya pasado por la experiencia. Cuando escribo, me meto tanto en el estado emotivo de mis personajes, que termino llorando como una Magdalena en los pasajes tristes o riéndome como una loca en los pasajes de comedia. No a todos les pasará lo mismo. Pero si te contagias, aunque sea un poco, del estado de ánimo que estás creando,
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es un signo muy positivo. Digamos que, si le llega al escritor, le llegará al lector. En cualquier género de la narrativa de ficción debes crear emoción en tu lector. Para que un lector sienta tienes que describirle la situación hábilmente, dándole tiempo a entrar en el túnel de ese estado de ánimo montado en el vehículo de las palabras.

EJERCICIO: Quiero que escribas un pasaje de al menos cuatro páginas donde narres una situación memorable en tu vida, una primera vez. No es que tenga que ser una situación emocionante, pero sí una situación en que viviste sensaciones y emociones fuertes. Puedes elegir uno de los temas que te propongo o cualquier otra primera vez significativa en tu vida. Cuéntanos cómo se produjeron los hechos. ¿Cómo te sentías antes de que sucediera? ¿Cómo te sentías en ese momento? Descríbelo con lujo de detalles. ¿Qué reacciones manifestó tu cuerpo? ¿Qué pensaste después? ¿En qué se diferenció lo que ocurrió con lo que tú imaginaste que iba a ser? ¿Superó tus expectativas? ¿No fue para tanto? ¿Te decepcionó profundamente? ¿Cómo reaccionaron la persona o las personas con quienes compartiste ese momento?

Temas propuestos: La primera vez que me enamoré El primer beso.
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El primer viaje a una ciudad desconocida. La primera vez que hice el amor. ••••••• Cuando hayas escrito este pasaje, guárdalo. Regresaremos a él más adelante.

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