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UN CORAZÓN RESTAURADO

Nuestro deseo: Tener un corazón restaurado y/o ayudar a restaurar a otros cuando les hemos dañado.
¿Cómo está su corazón? ¿Lo puede sentir? ¿Lo ha checado últimamente? No me refiero a un
electrocardiograma, sino a su alma.
Un día una hermana le dijo a un pastor: Fíjese que mi esposo me hace muchas cosas desde hace años: se
burla de mí, me engaña, pero en el fondo tiene buen corazón, a lo que el pastor le contestó: No hermana, su
esposo no tiene un buen corazón, sino malo, pues de dentro del corazón sale lo bueno y lo malo.
Algunas veces al revisar nuestra vida diaria nos damos cuenta que vamos almacenando sentimientos contra
algunas personas, o que hemos guardado resentimientos contra alguien, pensamos que todo está bien pero al
revisar el corazón nos damos cuenta que algo anda mal.
(Mt. 18:21-22) “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano
que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces
siete”.
El corazón que necesita ser restaurado. Todos hemos pasado por momentos en los que nuestro corazón ha
sido herido, lastimado y por lo tanto requiere ser restaurado, es decir, hacerlo tal como Dios lo diseñó en su
forma original.
Afrentado. (Sal. 69:19) “Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio; Delante de ti están todos
mis adversarios. El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se
compadeciese de mí, y no lo hubo; Y consoladores, y ninguno hallé”. Un corazón que ha sido
avergonzado y humillado, se le ha quitado el honor. Suele suceder cuando se es niño y se es víctima
de burlas, apodos, resaltar defectos o áreas en los que no hay muchas aptitudes.
Abatido. (Sal. 42:6) “Dios mío, mi alma está abatida en mí; Me acordaré, por tanto, de ti desde la
tierra del Jordán, Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar”. Un corazón que ha perdido el
ánimo, el valor y las fuerzas. Cuando se viven pruebas y momentos difíciles, se cae en depresión y
agotamiento nervioso y espiritual. La esposa de Job puede ser un buen ejemplo: perdió a sus hijos,
todos los bienes materiales de la familia, a los siervos que seguramente amaba, y para colmo su
esposo quedó enfermo con una llaga que lo cubría desde la planta de los pies hasta la cabeza, y ella lo
tenía que atender pero no tenía ni siquiera casa para hacerlo, por lo que refleja su abatimiento con la
expresión: “maldice a Dios y muérete”. Muchos cristianos actúan igual, alejándose de Dios en los
momentos más críticos de su vida debido al desánimo.
Afligido. (Lam. 3:19-20) “Acuérdate de mi aflicción y de mi abatimiento, del ajenjo y de la hiel;
Lo tendré aún en memoria, porque mi alma está abatida dentro de mí”; Un corazón que ha sufrido
molestias y situaciones que lo han llevado al dolor profundo, como es la enfermedad o pérdida de un
ser amado. Notemos que el resultado es la amargura (ajenjo y hiel) que invaden el alma, lo que hace
que quien ha sufrido vea a los demás como culpables.
Ofendido. (Pr. 18:19) “El hermano ofendido es más tenaz que una ciudad fuerte, Y las
contiendas de los hermanos son como cerrojos de alcázar”. El corazón que ha sido dañado,
injuriado o infamado. Quien es ofendido y ha pasado por la amargura, llega al punto de endurecer su

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corazón y lo hace como piedra, por ello lo compara con una ciudad fuerte o un cerrojo, pues se vuelve
extremadamente duro, no para soportar, sino que ni siquiera quiere recibir ayuda.
Herido. (Sal. 102:4) “Mi corazón está herido, y seco como la hierba, Por lo cual me olvido de
comer mi pan” El corazón que ha sido lastimado y dañado. Como quien se corta una mano y antes de
que cicatrice se vuelve a cortar, una y otra vez, lo que genera un corazón dañado y lastimado.
Seco. El corazón que no puede dar fruto, ni se puede relacionar fácilmente. De este mismo verso,
aprendemos que el corazón se seca y ya no puede dar fruto, incluso siendo cristiano se vuelve un
cristiano tibio y gris, sin la posibilidad de dar fruto.
La condición del corazón herido.
Todos herimos y ofendemos a otras personas. No reconocerlo nos hace mentirosos. ¿Puede usted recordar
alguna persona a la que haya herido, afrentado, afligido, abatido u ofendido? Indudablemente que lo
hemos hecho con nuestras palabras, otras veces con nuestros sentimientos, otras ocasiones con nuestras
actitudes; puede ser que hayamos lastimado consciente o inconscientemente, pero lo hemos hecho. Aquí ya no
valen las justificaciones: "no lo quise hacer", "fue un malentendido", "no me di cuenta", "no quise decir eso",
"no lo hice conscientemente", o cosas como estas. El punto es que nos justifiquemos o no, ya herimos o
lastimamos a alguien, por lo que necesita ser restaurado y eso nos coloca en la condición de culpables, es
decir, debemos ir a pedir perdón.Lo importante es que al entender la posición de ofensor, nos resulta más fácil
entender a quienes nos ofendieron, y por lo tanto perdonar, de tal forma que nuestro corazón sea realmente
restaurado y ayudemos a restaurar a otros también.
Ofendemos la conciencia. (1 Cor. 8:12) “De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo
su débil conciencia, contra Cristo pecáis”. Por nuestras palabras o actitudes llegamos a ofender a otras
personas en sus conciencias.
Somos tropiezo para otros. (Pr. 14:21) “Peca el que menosprecia a su prójimo; Mas el que tiene
misericordia de los pobres es bienaventurado”. Como cristianos hacemos que otros ya no quieran seguir
adelante en su vida cristiana.
Ofendemos con nuestras palabras. (Stgo. 3:2) “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no
ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo”. ¿Se ha escuchado en
lo que dice y cómo lo dice? Nuestras palabras sirven como flechas para herir corazones. Con actitudes de
hipocresía y con la boca. (Pr. 11:9) “El hipócrita con la boca daña a su prójimo; Mas los justos son
librados con la sabiduría”.
Todos hemos tenido en algún momento nuestro corazón lastimado. Muchas veces hemos sido víctimas de
las ofensas o heridas que otros nos causan.
Somos afrentados por otras personas. (Sal. 79:4) “Somos afrentados de nuestros vecinos, Escarnecidos y
burlados de los que están en nuestros alrededores”. Cuando alguien nos humilla o somos objeto de burla o
escarnio de otros.
Hemos caído en una trampa. (Sal. 57:6) 6 “Red han armado a mis pasos; Se ha abatido mi alma; Hoyo
han cavado delante de mí; En medio de él han caído ellos mismos”. Alguien que con propósitos específicos
intenta hacernos caer.

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La congoja. (Pr. 12:25) “La congoja en el corazón del hombre lo abate; Mas la buena palabra lo alegra”.
La preocupación o temor por algo sobre todo cuando tenemos cargas o problemas y no somos capaces de
dejarlos en los pies de Jesús.
El dolor del corazón. (Pr. 15:13) “El corazón alegre hermosea el rostro; Mas por el dolor del corazón el
espíritu se abate”. Tal vez por estar pasando por alguna prueba o momento difícil en nuestra vida.
La soberbia. (Pr. 29:23) “La soberbia del hombre le abate; Pero al humilde de espíritu sustenta la
honra”. Cuando usted hace algo de esto: Piensa en usted mismo. Habla de usted. Usa el pronombre yo tanto
como es posible. Se preocupa constantemente por las opiniones que los demás tengan de usted. Escucha
ávidamente lo que la gente dice de usted. Espera ser apreciado. Sospecha de todo. Es celoso y envidioso. Es
sensible a los actos de descortesía. Nunca perdona una crítica. No confía en nadie más que en usted. Insiste
en obtener la consideración y el respeto de los demás. Exige que los demás estén de acuerdo con sus puntos
de vista en todo. Se pone de mal humor cuando la gente no te agradece los favores que les ha hecho. Nunca
olvida los servicios prestados a los demás. Hace lo menos posible por los demás.
Las necesidades. (Sal. 109:22) “Porque yo estoy afligido y necesitado, Y mi corazón está herido dentro de
mí”.
El pecado que hemos practicado. (Sal. 41:4) “Yo dije: Jehová, ten misericordia de mí; Sana mi alma,
porque contra ti he pecado”.
Las maldiciones de nuestros antepasados. (Sal. 79:8) “No recuerdes contra nosotros las iniquidades de
nuestros antepasados; Vengan pronto tus misericordias a encontrarnos, Porque estamos muy abatidos”.
¿Cómo lograr la restauración? El hecho de necesitar ser restaurados en el corazón, debemos verlo desde
dos perspectivas: lo que Dios quiere y lo que nosotros debemos hacer.
El proceso que cada uno debe seguir.
Buscar a Dios. (Sal. 69:32) ¡LEERLO!
La Palabra. (Sal. 119:23) “Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí; Mas tu siervo meditaba
en tus estatutos”; (Pr. 12:25) “La congoja en el corazón del hombre lo abate; Mas la buena palabra lo
alegra”.
Perdonar. (Mt. 6:14) “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros
vuestro Padre celestial”.
Ejercitar la cordura para pasar por alto. (Pr. 19:11) “La cordura del hombre detiene su furor, Y su
honra es pasar por alto la ofensa”.

Confesar nuestra falta o pecado. (Stgo. 5:16) “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad
unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”.
Nuestro deseo es que de una o otra manera a través de la Palabra de Dios nuestros corazones sean
restaurados, y en esta ocasión nos hemos esforzado para que en esta clase y a través de nuestras
oraciones Dios en su grande misericordia lo haga. Démosle la oportunidad al Bendito Espíritu Santo para
que se realice esto.
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