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P. Gumersindo Díaz SDB Manantial Meditaciones
P. Gumersindo Díaz SDB
Manantial
Meditaciones
Dedicatoria : A mis padres, quienes me dieron un bello ejemplo de fe, en una gozosa

Dedicatoria : A mis padres, quienes me dieron un bello ejemplo de fe, en una gozosa experiencia de Dios. A mis “Amigos en la Fe”, que me han apoyado en mi camino y han sido parte de mi feliz sacerdocio.

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MANANTIAL

P. Gumersindo Díaz sdb

Primera edición : Diciembre / 2000 2500 ejemplares

Nihil Obstat : S. E. Rvdma. Mons. Jesús María de Jesús Moya. Obispo de San Fco. de Macorís. R.D.

Puede imprimirse :

Rvdmo. P. Angel R. Soto SDB Inspector.

Inspectoría San Juan Bosco de las Antillas.

ISBN 99934-23-08-4

Santo Domingo R. D.

Dic. / 2000

Fotografías y diagramación : P. Gumersindo Díaz sdb

Impreso en República Dominicana Amigo del Hogar. Los Prados. Santo Domingo. R.D.

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MEDITACIONES

Siguiendo a Jesucristo.

MEDITACIONES Siguiendo a Jesucristo. El camino es largo y la marcha es lenta, pero sabemos que

El camino es largo y la marcha es lenta, pero sabemos que la fuerza del amor va quitando el pecado del mundo, y construyendo el Reino de Dios.

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CONTENIDO

Introducción

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Comentario del Rvdmo. P. Inspector.

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Comentario del señor Obispo de San Fco. de Macorís.

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Jesús en el Sagrario.

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I. JESUS Y MARIA

  • 1. Jesús de Nazaret.

21

  • 2. María de Nazaret.

35

II. DIOS PADRE

  • 3. Eterno Padre.

51

  • 4. El Dios en quien yo creo.

57

  • 5. Confesión pública al Padre de la Misericordia.

59

  • 6. Huellas del Amor de Dios.

61

  • 7. La sed de Dios.

63

III. LA EUCARISTIA

  • 8. Al pie del Altar.

69

  • 9. Invitados al Banquete del Señor.

71

  • 10. La Eucaristía, Pan de Vida.

87

  • 11. Jesús, Ofrenda Eucarística.

95

  • 12. Eucaristía, alimento y apoyo.

99

IV. LA CRUZ

  • 13. La Cuaresma y el sentido de la Cruz.

105

  • 14. El camino de la Cruz y el Silencio de Dios.

111

  • 15. El misterio de la Cruz.

117

  • 16. Los mandamientos y la moral cristiana.

121

  • 17. Amor y Perdón.

127

V. LA FE

  • 18. El Reino de los cielos.

135

  • 19. La alegría de la fe.

141

  • 20. El miedo en la fe.

143

  • 21. Crecer en la fe.

147

  • 22. Mensajeros de la fe.

150

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VI. VIDA INTERIOR

  • 23. Trabajo interior.

159

  • 24. Renovación espiritual.

163

  • 25. Pensamientos para crecer.

167

  • 26. Pinceladas de reflexión.

173

  • 27. Caridad pastoral.

177

VII. EL BAUTISMO

  • 28. El bautismo del Señor.

185

  • 29. El nuevo nacimiento.

187

  • 30. Gracia y pecado.

191

  • 31. La verdad y el hombre.

195

  • 32. La búsqueda de Dios.

200

VIII. HORA DE ALABANZA

  • 33. Jesús es el camino.

207

  • 34. Docilidad al Espíritu Santo.

211

  • 35. La pedagogía de Cristo.

215

  • 36. La samaritana.

217

  • 37. La caridad de Cristo nos urge.

221

  • 38. Desprendimiento y libertad.

223

IX. DIOS SIGUE LLAMANDO

  • 39. Dios llama a Abrahán.

233

  • 40. El buen Pastor.

239

  • 41. Consagrados para servir.

242

41b. Despedida

249

  • 42. Vida de Comunidad.

251

  • 43. La esperanza salesiana.

254

X. TEMAS VARIOS

  • 44. La Oración: Tema – Oraciones – Salmos – Ritos.

261

  • 45. Adviento: Tiempo de conversión.

283

  • 46. Adviento: Vivir en la esperanza.

286

47.Teología de la vida religiosa apostólica.

288

6

  • 48. Santa Teresita del Niño Jesús.

295

  • 49. La Iglesia al servicio de los pobres.

298

  • 50. Pasajes bíblicos apropiados para la meditación.

301

  • 51. Respeto a la vida.

302

  • 52. Celebración de la muerte.

305

  • 53. La bondad. La paradoja de Carlin. De todas maneras.

309

  • 54. De todas maneras.

312

  • 55. Página del autor.

315

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INTRODUCCION

Este libro es como un pequeño manantial que brota de las “ex- periencias de fe” que he tenido en mi acción pastoral, y de las ideas fundamentales que han guiado mi vida al transmitir a mis hermanos el mensaje del Evangelio de Jesucristo. Enumero sólo algunas de esas experiencias de fe :

  • 1. Fui ordenado sacerdote el 29 de Marzo de 1970, Pascua de Res-

urrección. Desde 1970 hasta 1984 estuve trabajando en la Pastoral Vocacional. Ese trabajo me ayudó mucho a meditar en la belleza del seguimiento de Cristo. En este clima de la llamada de Dios, he tratado de manifestar al mundo que, en mi sacerdocio, he sido y soy plena- mente feliz. ¡Gracias, mi Dios! Para enriquecer mi trabajo en la pas- toral vocacional entré muy de lleno en el campo de la fotografía. Esto me ha permitido adornar este libro con bellas fotos de la naturaleza,

devolviéndole a Dios algo de lo que El me ha regalado y que me ha sido tan útil en mi trabajo pastoral.

  • 2. A partir de 1978 prediqué ejercicios espirituales a algunos gru- pos

de religiosas. Los temas de Laudes eran muy sencillos y aptos para

mover el deseo de seguir a Jesucristo. Esos pequeños temas han sido reelaborados y son parte de este libro.

  • 3. Hace 14 años que escribo periódicamente a un grupo de perso- nas

de Puerto Rico, República Dominicana y Estados Unidos. Son perso- nas que gustan de la vida espiritual y de la oración. Mis mensajes han

tenido por título: “Carta a mis amigos en la fe”. Muchas ideas de esas páginas han pasado a este libro.

  • 4. Una de las experiencias más hermosas de mi vida sacerdotal ha

sido y sigue siendo la ADORACION EUCARISTICA. He creado mi propio estilo de Adoración y para ello he escrito dos folletos: “Ado-

ración”(1991), y “Jesús, Pan de Vida”(1999). Parte de ese material lo he integrado al libro.

  • 5. Siempre me ha gustado meditar en el “Misterio de la Cruz”.

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La Cruz tiene sentido de ofrenda, y por ello, la Cruz nos ofrece la vía más hermosa para amar. Para santa Teresita del Niño Jesús, cada su-

frimiento era una flor para su amigo Jesús. La idea de la Cruz es parte

fundamental de este libro. Desde 1982 he estado tratando de poner por escrito estas expe- riencias pastorales. Pero la idea tardó 16 años en madurar y hacerse posible. Dios es el que nos guía, y lo que El determina es siempre lo mejor. Es hoy, Domingo 2 de Agosto de 1998, cuando empiezo a lle- var al papel estos mensajes de fe, y sé que debo trabajar en ellos unos tres años hasta que pueda entregar esta “herencia” en manos de mis AMIGOS EN LA FE. Con este libro espero ayudar a muchas personas a vivir la alegría de la fe en una bella experiencia de Dios. La experiencia de Dios produce alegría, seguridad y paz, que son los frutos de una entrega plena al seguimiento de Cristo y de una op- ción hecha por Jesús con verdadero amor. El título Manantial representa a Cristo que es la fuente de todo bien. Manantial es también la vida del cristiano sencillo que se convierte en corriente de agua viva para muchos de los que reci- ben su herencia espiritual. Estas páginas pueden ayudarnos a vivir como en un manan- tial de agua fresca en las montañas. Al abrir este libro se entra como en un recinto sagrado que conduce hacia la presencia de Dios. Como en un Sagrario viviente, en cada capítulo, se sienten los latidos de la misericordia de Jesús, el sello de su presencia amorosa. En este libro Dios va a ir mostrando su presencia como se muestra en el susurro del viento, en una tarde apacible, en una meditación serena, en el canto de

las aguas de un río, en el calor del fuego, en una flor que se abre, en la

sonrisa de un niño, en la paz de un anciano, o en las manos levantadas de alguien que está rezando. Mientras lo estemos buscando con un corazón abierto, El se irá manifestando en múltiples circunstan- cias de la vida, donde El ha dejado su delicada huella para encon- trarse con su obra maestra de la creación que somos nosotros, sus hijos. Este libro tiene una estructura un poco especial. Cada tema guarda

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relación con todo el conjunto, pero, al mismo tiempo, tiene sentido en sí mismo. El tema central es el seguimiento de Cristo, y todos los capítulos están enfocados hacia eso. Pero un capítulo puede ser quitado o añadido y no se afecta el conjunto. Cada tema es pensado como una pequeña meditación independiente, que puede servir para cualquier ocasión de reflexión. Mi vida se ha visto envuelta en muchos proble- mas, y con frecuencia, mis pasos han sido muy dolientes y débiles. El

Señor ha bajado hasta allá, hasta mis debilidades y mis deficiencias, y

allí se ha hecho mi gran amigo. Es en medio de esa debilidad donde El me ha invi-tado a escribir. Este libro es algo más de lo que yo puedo hacer. La mano del Señor ha empujado mi pluma, y ha ido más allá de lo que yo puedo decir. Le estoy eternamente agradecido. MANANTIAL recoge, pues, la experiencia de mi predicación y de mi unión con Dios en estos 30 años de vida sacerdotal. Palabras escritas con la mente, pero sobre todo con el corazón, pues son parte de toda mi vida, la de ayer, la de hoy y la de siempre.

El autor 11
El autor
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Comentario del Rvdmo. P. Inspector

Inspectoría salesiana de las Antillas.

Doy gracias a Dios porque, a través de estas páginas, brotan, como torrentes de agua viva, mensajes profundos que llegarán al alma de los que se adentren en ellas. No hay desperdicio, ni en el arte de las fotos, ni en las líneas escri- tas, ni aún en las páginas en blanco. Aquí están plasmados treinta años de vida sacerdotal y dieciocho años de proyectos concretos. Aquí hay muchas horas de oración, de

dolor y alegría, de triunfo y fracasos, aquí hay DIOS, aquí hay VIDA. No sólo las páginas y las fotos frutos de la mano y del lente del artista se ven reflejados aquí. Aquí está el sentimiento del hombre, la viven- cia del sacerdote, el carisma del salesiano que ha querido compartir con nosotros sus vivencias más reconfortantes.

Estas páginas son el reflejo de una vida forjada al lado de Dios,

junto a sus hermanos, los seres humanos, junto al silencio de su habit- ación, en la riqueza del altar o del sagrario, junto al fragor de un apos- tolado intenso, junto a la defensa de los más débiles. Me uno a la satisfacción que llena al P. Díaz hoy al ver cristalizado uno de sus más caros sueños, y le agradezco que nos haya revelado, en estas páginas, los grandes tesoros que han forjado su existencia. Gracias a estas líneas cargadas de vida, otros podremos tener fuentes

perennes de agua cristalina, manantiales de esperanza, rutas de luz,

senderos de infinito, puertas abiertas a Dios. ¡Que todo sea para Su

mayor gloria y honor!

Santo Domingo, Agosto 2000

P. Angel R. Soto Inspector Salesiano Antillas

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Comentario de su Excelencia Rvdma. Mons. Jesús María de Jesús Moya

Obispo de San Francisco de Macorís. R.D.

Este hermoso libro de meditaciones, titulado con gran acierto MANANTIAL, es todo él una fuente inagotable de espiritualidad para todos los estilos de vida en la Iglesia. De la misma manera que se llama “Manantial”, igual pudo llamarse “Una guía vocacional” para vivir la vida diaria según el Espíritu. En este manantial el protagonista

es Jesús, al que se llega y se vive por los medios sobresalientes de las mediaciones en nuestro peregrinar hacia el Padre: Jesús que muere

amando y nos señala el camino: ¡Ven y sígueme! ¡Qué hermosa y

sencilla manera de llamar a uno! Jesús que llama en un contexto

de cruz y de gloria, de Bautismo y Eucaristía, de vida interior y de oración en los diversos tiempos litúrgicos; el ejemplo de los santos, entre los que sobresale María, llamada también de Nazaret, modelo del seguimiento de Cristo y de toda vocación.

El querido P. Gumersindo Díaz, con un estilo fluido, sencillo,

claro y completo, nos ofrece esta riqueza extraordinaria, las huellas del amor de Dios, el hambre y la sed de El, sin olvidar su sabia y rica vocación salesiana alrededor de Don Bosco y de María Auxiliadora. Aquí se ve la bendición de la humildad y del abandono en esa fu- ente del amor, en el que todo es presencia del Reino. La alegría de ser feliz en la fe, como camino de crecimiento, nos hace mensajeros de

ese Reino que deseamos que llegue a todos. Que estas páginas reciban

mi bendición y sirvan para el crecimiento espiritual de la Comunidad Cristiana. ¡Y todo para gloria de Dios!

San Francisco de Macorís, Agosto 2000

Mons. Jesús María de Jesús Moya

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15
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JESUS ESTA EN EL SAGRARIO

ESCONDIDO

El es la fuerza poderosa y el misterio de fe

de la Iglesia del silencio.

CALLADO

escuchando las alabanzas y proyectos de sus hijos.

CUIDANDO

a sus hijos predilectos que se acercan

al Sagrario con alegrías y penas para convertirlas en

ORACION y OFRENDA.

El es el alimento de las almas fuertes, de aquellos que encuentran su felicidad en una dulce mirada hacia el cielo.

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Enséñame Señor ... ... a comulgar muriendo 18
Enséñame
Señor ...
...
a comulgar
muriendo
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I. JESUS Y MARIA

I. JESUS Y MARIA 19

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  • 1. JESUS DE NAZARET

La Iglesia nos llama a aceptar el mensaje de Jesús, a creer más en su Amor y su en Palabra, y a fortalecer cada día nuestra esperanza del cielo.

Jesús es Señor de la Historia. Centro del Universo. Principio y fin del

Cielo y de la Tierra. El mismo ayer, hoy y siempre. Jesús de Nazaret es la Herencia de la Iglesia, la luz en las tinie- blas, la fuerza de los débiles, el consuelo de los desamparados. El nos ofrece un camino estrecho que, al vivirlo con amor, se vuelve ancho. Nos presenta una cruz que tiene aspecto de llanto, pero que sabe a felici- dad. El es la gran bandera discutida, la única luz que permite entrar en el misterio de Dios, la única puerta para entrar en el Reino del Amor. Nació en un pesebre: En un rincón olvidado, en el frío del in- vierno, al calor de la respiración de unos pocos animales, custo- diado por cuatro ojos bondadosos que lo miraban a cada instante, que sentían una gran nostalgia al no poder ofrecerle algo mejor a ese Niño que llegaba envuelto en tantos misterios. Lucas 2, 6-7 :“Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su primer hijo, y lo envol- vió en pañales, y lo acostó en el establo, porque no había alojamien- to para ellos en el Mesón”. Se ocupó de sus hermanos, los hombres : Vino a mezclarse con los pecadores. Se hizo parte de una humanidad cansada de sufrir, hom- bres y mujeres enfermos, desesperados, leprosos, hasta poseídos del demonio. Se metió en esa atmósfera pesada de este valle de lágrimas, de unos cuerpos dolientes. Entró hasta el fondo del alma humana, y encontró que, en el corazón de María, de Pedro, de la Magdalena, de Zaqueo, el amor no se había muerto. Estaba vivo. Aprendió a sufrir y a amar como nosotros. Le gustó nuestra manera de amar, y nos dio bellas lecciones de comprensión.

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Por amor cargó una cruz que despedazó su cuerpo, pero su rostro seguía sereno y sus ojos tenían fuerza de infinito, traspasando las fron- teras concretas para deslizar su alma sobre la esperanza del más allá. Se volvió descanso para los que le siguen y comida para los que tienen hambre de Dios. * “Jesús contestó: Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oy- endo: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,

los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida, y a los pobres se les anuncia el mensaje de la salvación. Y dichoso aquél que no pierda su

confianza en Mi”. Mateo 11, 4-6.

** “Mientras comían, Jesús tomó en sus manos el Pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:

Coman, esto es mi Cuerpo. Luego tomó en sus manos una copa, y ha- biendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos diciendo: Beban todos ustedes de esta copa, porque ésta es mi Sangre, la cual es derramada en favor de muchos para la remisión de los pecados”. Mateo 26, 26-28 Fue perseguido y vivió sereno: Trató de comprender hasta a sus ver- dugos, considerándolos parte de la Escritura, parte del plan del Padre. Se entregó serenamente en el Huerto de los Olivos. Atravesó tranquilo la tragedia de los palacios de Anás y Caifás, de Pilatos y de Herodes. El silencio era la coraza de su fuerza espiritual. “Por aquel tiempo, los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se reunieron en el palacio de Caifás, sumo sacerdote, e hicieron planes para arrestar a Jesús mediante algún engaño y matarlo”.(Mateo 26, 3) “Como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca”. (Hechos 8, 32-33). Murió lleno de paz : Antes de morir celebró la última Cena e insti- tuyó el Sacerdocio. Habló de su muerte con naturalidad. Sudó sangre en el Huerto de los Olivos, pero su rostro estaba sereno, pues tenía el consuelo de los ángeles. Una vez que lo prendieron, Pedro lo negó, y Jesús, al pasar, le dio una mirada a Pedro tan compasiva que trans- formó su pecado en llanto, y el llanto se volvió amor. Antes de morir

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dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”(Lucas 23, 46). Sufrió todas las persecuciones, todos los insultos, todas las burlas, hasta el martirio, pero nada pudo contra El, pues permaneció sereno hasta que entregó su Espíritu. Por eso pudo decir: “Vengan a Mí los que estén cansados y agobiados que yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.

Mt.11,28-30

Nos prepara un lugar en el cielo : Más que hermoso debe ser ese lugar donde Jesús y María nos esperan. Preciosa debe ser esa vida que mere-

ció la Sangre de Cristo y los innumerables sacrifi- cios que han hecho

tantos santos y santas, hombres y mujeres de fe. “No se angustien ustedes porque me voy. Confíen en Dios y confíen también en Mí. Me voy a prepararles un lugar. Y vendré otra vez para llevarlos conmigo, para que donde Yo esté, estén también ustedes”. Juan 14, 1-3. “Considero que los sufrimientos de la vida presente no son nada, com- parados con la gloria que un día se nos mostrará”(Romanos 8, 18) Nos dio una Ley de Amor : Comprendió nuestra manera de amar. Des- pertó en nosotros un estilo nuevo de amar. Nos enseñó un amor que es un camino claro para llegar al Reino. Por el amor lo encontraremos siempre vivo en medio del mundo.

“Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me van a buscar, pero lo mismo que les dije a los judíos, les digo ahora a Uds.:

A donde yo voy no pueden ir ustedes. Les doy este mandamiento nue-

vo: Que se amen unos a otros como Yo los he amado. Si se aman unos

a otros, todo el mundo se dará cuenta de que ustedes son discípulos míos”. Juan 13, 33-34. Nos dejó su Cuerpo y su Sangre : “Mientras comían, Jesús tomó el pan en sus manos, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a los discípulos diciendo: Coman, esto es mi Cuerpo. Luego tomó en sus manos una copa, y habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos diciendo: Beban todos ustedes de esta copa, porque ésta es mi Sangre, la cual es derramada en favor de muchos para la remisión de

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los pecados”. Mateo 26, 26-28. El Cuerpo y la Sangre de Cristo es alimento que nos fortalece mien- tras vamos hacia la casa del Padre. La Iglesia vive para partir el Pan, para dar gracias a Dios por la vida de Cristo, para rendir culto a la Eu- caristía, para alimentar a sus hijos en el largo camino de la vida, para llenarnos de Esperanza a los pies del Altar. No mira al hombre desde su pecado, sino desde su debilidad : Con- virtió a la pecadora samaritana en mensajera del Mesías. La miró desde su sed, no desde sus pecados. Miró a Pedro desde su miedo, y no desde su negación. Le dio una mirada compasiva y convirtió su pecado en llanto y su llanto en amor. Comprendió el amor confundido de la Magdalena y la llevó hacia la claridad de un verdadero amor. Por la fuerza de su mirada comprensiva rescató a la santa que dormía en la cárcel del espíritu de esa pobre mujer. Con una propuesta amis- tosa desbarató la avaricia de Zaqueo y la convirtió en generosidad. Al morir en la cruz se llevó al cielo el primer salvado : un ladrón. Así es Jesús. Vale la pena seguirlo, vale la pena amarlo, vale la pena ser de El.

Jesús de Nazaret

Una vida diferente. -Un llamado a un amor nuevo.

* Nació en un pesebre. * No tuvo una casa propia. * Nunca fue a la escuela. * Trabajó en un pequeño taller. * Se convirtió en un predicador itinerante.

* Nunca tuvo una oficina.

* Su credencial fue El mismo. * Han pasado 20 siglos y El es el centro de la raza humana.

Grandes ejércitos han marchado, grandes flotas han navegado,

Parlamentos han legislado, grandes reyes han reinado, y nada, ni

nadie ha influído tanto en la vida del hombre como Jesucristo.

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BANDERA DISCUTIDA

El anciano Simeón al tomar en sus brazos al Niño Jesús, dijo: Este será una bandera discutida. El primero que enfrentó la bandera de

Jesucristo fue el demonio : En el monte de las tentaciones, y en la persona de los endemoniados. Se lo decían claramente: ¿A qué has

venido, Jesús de Nazaret? ¿Quie-res acabar con nosotros? El demonio

sabía que Jesús venía a echarlo de su reino, que Jesús iba a liberar al hombre esclavo del pecado. Jesús venció al demonio con la oración y el ayuno. La segunda guerra contra Jesús fue la de su pueblo. Juan dice : “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Las au- toridades judías enfrentaron a Jesús, pues ellos regían al pueblo con una legislación de exhibición y de poder. Jesús los quería conducir a una legislación de Amor y de Servicio. En vez de apariencias, Jesús siempre quiso hombres y mujeres sencillos, humildes, que alaben a Dios en espíritu y verdad. Por eso se fue a la orilla del lago a escoger a sus primeros discípulos. Jesús venció la intriga de los judíos llevando su vida hasta la muerte en obediencia al Padre, creando así una vida nueva, regida por una Ley Nueva, la Ley del Espíritu con fuerza de comprensión y amor. Esa Ley Nueva sería indestructible ante el poder del mundo. La tercera guerra la sufrió Jesús de parte de la debilidad humana. Talvez fue la que más le dolió : Judas lo entregó, Pedro lo

negó, los demás discípulos lo abandonaron en la hora triste, y una muchedumbre del pueblo que había disfrutado de sus milagros ter- minó gritando: “crucifíquenlo”. Eso fue lo que más le llegó al alma, y fue lo que le hizo sudar sangre en el Huerto de los Olivos. Sobre esas tres guerras, sobre ese camino doliente, Jesús sembró el bien. Y en Jesús, el bien se llamó AMOR. Jesús venció la debilidad humana, Jesús venció la frialdad del mundo con el perdón y el amor. Jesús reunió esas tres victorias y las ofreció al Padre en una ofrenda de obediencia perfecta. Y Jesús reunió esas tres victorias y las ofreció al hombre convertidas en un pedazo de Pan Eucarístico por amor.

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Este es el gran misterio: La Palabra de Dios se hizo carne, y el su-

frimiento de Cristo se hizo Pan. Pan que es signo de Amor. La Resur- rección de Jesús no fue sólo el hecho de que se levantó de la tumba. La verdadera Resurrección de Jesús fue el hecho de haber padecido tanto, y todavía morir amando. Por eso venció al peca- do y venció a la muerte, porque su amor fue más grande que todas las guerras y todas las injusticias que sufrió. Jesús murió, pero su alma todavía llevaba el sello de la vida, porque no habían podido matar su amor y su misericordia. Nosotros llevamos demasiados signos de muerte, porque nuestro amor es muy pequeño. La Resurrección de Jesús nos va resucitando, o sea, el poder de su amor nos va incorporando a una fuerza espiritual indestructible, a una conexión con el más allá que nos ayude a hacer de esta tierra el comienzo de las Bienaventuranzas en Jesucristo, la felicidad de un Reino que ya ha comenzado. Nosotros, frente a cualquier promesa que hagamos, fallamos, y ante cualquier ofensa que nos hagan, explotamos. Son los signos de muerte que hay

en nosotros. Esto significa que hay muchos aspectos de nuestra vida

que no están evangelizados, que no están unidos a la Resurrección de Jesús. Jesús, desde esa tumba para siempre abierta, y desde esos brazos para siempre abiertos nos invita a demostrarle a Dios, a dem- ostrarle al mundo, y a demostrarnos a nosotros mismos que con su amor podemos vencer al pecado y vencer la muerte, por- que la vida que El ofrece es vida nueva, es su propia vida. El está en nosotros y nosotros en El. Tomando parte en sus sufrimientos podremos resucitar con El. Vencer el mal con el bien es un gran desafío, pero se puede.

CONOCER A JESUCRISTO

Este apartado se inspira en el folleto bíblico de A. Giorges: “Conocer a Jesucristo”, inspirado en los sinópticos.

Jesucristo es un acontecimiento histórico y meta histórico. Jesús vivió hace 20 siglos, y todavía hoy podemos decir: ¡Está vivo!

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Jesús es el centro de la historia, pero desborda la historia. El tiempo no aprisiona su persona, pues aún viviendo en el tiempo, tiene dimen-

sión de eternidad. El hoy de su sacrificio está en el tiempo y fuera del

tiempo. Hecho histórico: Toda su actividad, Jesús la dedica a sus contem- poráneos, judíos de Galilea y de Judea, fariseos y saduceos, discípulos de Juan el Bautista y de otros ascetas del desierto. Todo un pueblo

encorvado bajo el yugo de los romanos, y en apa- sionada espera del Mesías. Para comprender mejor el hecho de Je- sús hay que tener pre- sente este ambiente y esta época. Ante este hecho histórico de Jesús tenemos tres posiciones :

  • 1. Los doce apóstoles : Han percibido, poco a poco, un hecho mis-

terioso, una presencia divina. El nació como todo hombre del cuerpo

de una mujer, pero se autodenomina “igual a su Padre Dios”. Los mi- lagros del maestro, su penetración religiosa, su autoridad excepcional les han planteado la cuestión fundamental del origen de Jesús. Esta cuestión, algo confusa primero, ha alcanzado luz plena en el adven- imiento pascual: Jesús es Mesías, Señor divino.

  • 2. La Iglesia : A través del tiempo, la Iglesia ha vuelto a empren- der,

de época en época, la misma tarea: Encontrando a Dios en el mismo

personaje histórico de Jesús de Nazaret. Confiesa su fe y la expresa

en síntesis teológicas más elaboradas que antes. En primer lugar la

Iglesia ve la necesidad de conservar en síntesis lo que es la herencia espiritual del Maestro, y además, para proteger- se de las corrientes confusas y heréticas.

  • 3. Nuestra postura de hoy : Seguimos reconociendo el hecho mis-

terioso del Hijo de Dios en el hecho histórico de Jesús. Para cuantos

reconocemos este hecho, la Palabra de Dios, el mensaje de Jesús ad-

quiere un significado trascendental : Es el cumplimien- to de antiguas

promesas, el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Es el Centro de

toda la Historia. Es el Mesías esperado. Es importante observar que, para cada época, el mensaje es nuevo.

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Nuestra fe adquiere, en la historia de Jesús, un significado eterno,

una luz sobre la totalidad del tiempo, una llamada personal y trascen- dente que se formula a cada uno de nosotros hoy día: El Señor habla contigo, te llama por tu nombre. Al penetrar en el estudio histórico de Jesús encontramos el hecho perturbador de su actitud, de sus exigencias, de la respuesta luminosa que aporta a tantas llamadas nuestras, secretas y profun- das. Aquí es

donde la fe distingue la presencia del Misterio. “ El misterio del hom- bre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”(Vat.II, L.G. 13, # 22). Sin fe se conoce el dato “Jesús”, pero no al “Hijo de Dios”. Jesús hace los milagros para que crean que El es el Hijo de Dios. Cuando a la gente le faltaba fe, El no podía hacer los milagros. A ejemplo de los profetas antiguos, se ha entregado entera- mente a anunciar el Reino de Dios. Esta predicación tomó auge en los após- toles tras el advenimiento de la Pascua y Pentecostés. Es importante ver cómo, este mensaje que se transmite en forma oral, está centrado en los acontecimientos de la Cruz y de la Pascua, y en las consecuencias actuales para cada creyente, sin entrar en los detalles de la vida terrena

de Jesús. Lo que sobresale es el hecho “salvífico”. De esa predicación

nace la Iglesia. Este Kerigma, este mensaje que alimenta a la Iglesia,

no es algo pasivo, exige la fe de cada uno. Nos exige una postura de

fe definida. Ante las palabras, los actos, la vida entera de Jesús, es

imposible permanecer como simple espectador. Jesús no permite la neutralidad. Es un hecho tan grande que desborda la realidad humana. Por la trascendencia de su papel le impone a cada uno que decida su posición. Se ha de creer o rechazar. Se ha de aceptar el ser juzgado por El, recibir de El el sentido y la ley de nuestra vida, incluso seguirle

hasta la cruz. Sencillamente, si crees te salvarás. Lo que antiguamente pidió a Pedro, a Santiago, a Juan y a Andrés, hoy, Jesús lo espera de Nosotros. Es una llamada permanente, siempre actual. Leer el Evangelio no es escoger a nuestro gusto lo que convie- ne a nuestras ideas o a nuestros deseos. Hay muchos lectores que

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sólo han buscado en el texto un ideal a su medida, una justi- ficación

de sus sueños, un Jesús utópico o sentimental, un revolu- cionario, o un defensor del orden establecido. Son tentativas falsas, pues quieren servirse del maestro y no servirle al Maestro. Leer el Evangelio es

acoger a Jesús con todas las exigencias de su misterio. Es, sobre todo,

entrar en el acontecimiento salvífico de Muerte y Resurrección. Leer

el Evangelio es entenderlo como una llamada que exige una respuesta, que nos juzga, que nos abre el Reino de Dios. Hay que unirse a su caravana o se corre el riesgo de morir en la desolación del desierto. No se trata de un camino: El es el Camino. Hay que comprometerse totalmente con El : “Ven y sígueme”. Para quien no prueba a vivirlo, el Evangelio carece de su ver- dade- ro sentido. Sólo en la intimidad con Jesús se llega a percibir su “mis-

terio salvador”. La verdad que encierra el Evangelio no se encuentra más que llevándolo a la práctica. Si te dejas llevar sólo por la letra, esa letra te saca del contenido, y entonces “la letra mata”, dice san Pablo. Aquellos que se han dejado embriagar por esta palabra de Dios, sus vidas se han transformado.

Es importante ser fieles al hecho histórico de Jesús para evitar la tentación constante de forjar un Cristo a nuestro gusto. Es muy fácil construir un Cristo a la propia medida y desconectarse de la Iglesia y de toda estructura exterior que intenta ayudar a la trans- misión del mensaje salvífico. Para nosotros, los creyentes, un trabajo crítico es sólo una fase preliminar. No leemos el Evangelio como arqueólogos, curiosos por un pasado muerto. En las palabras y hechos del Jesús de antaño buscamos el mensaje que nos dirige hoy. Incluso en una profunda oración, intentamos escuchar su voz. La simple lectura del Evangelio no santifica, el Evangelio hay que rezarlo. Al leerlo rezando tratamos de entrar en diálogo personal con el Cristo vivo, siempre con docilidad activa, en bús-queda ardiente y leal. La escucha silenciosa del Maestro, la inteligencia de su llamada, la respuesta del corazón que se entrega, es a eso a lo que la Biblia llama “Conocer a Jesucristo”.

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Jesús vino al mundo como la gran Noticia, el gran acontecimiento de

la historia y que al mismo tiempo se sale de la historia y del tiempo. La meta historia de Jesús consiste en que hoy puedo decir: “ Está vivo!”. Los apóstoles, animados por el hecho pascual y por la fuerza del Espíritu Santo, comprendieron esto y dieron sus vidas para anunciar a Jesús como Mesías salvador, como Hijo de Dios. La vida de la Iglesia es y será siempre la Evangelización, anunciar a Jesucristo con la vida y la Palabra. La vida del cristiano adquiere

significado cuando es vida que anuncia. Cuando repite en sí mismo el gran aconte-cimiento de Jesús de Nazaret, expresión fiel del mensaje

de Dios al mundo. El apóstol san Pablo nos dice:

“ Yo, sin merecerlo, he sido puesto al servicio de este mensaje, por la acción poderosa de Dios. Yo soy menos que el más pequeño de to- dos los que pertenecen al pueblo de Dios; pero El me ha conce- dido este privilegio de anunciar a los no judíos la buena noticia de las in- contables riquezas de Cristo. Y me ha encargado hacerles ver a todos cuál es el plan que desde siempre era un secreto de Dios, creador de todas las cosas. Sucedió así, para que ahora, por medio de la Iglesia, todos los poderes y autoridades en el cielo lleguen a conocer la sabi- duría de Dios en todas sus formas. Dios hizo esto de acuerdo con el propósito eterno que llevó a cabo en nuestro Señor Jesucristo. Y en

Cristo tenemos libertad para acercarnos a Dios, con la confianza que nos da nuestra fe en El”. Efesios 3, 7-13.

JESUS Y MARIA : Jesús se nos presenta en las Escrituras en forma muy sencilla, y en esa forma sencilla es como El quiere que lo amem- os. El se nos presenta en una parábola, curando a un leproso, sanando a los enfermos, dando de comer a la multitud, dialogando con sus discípulos o simplemente caminando a pie y descalzo por los caminos de Galilea. El fue esperado así, el Dios con nosotros, que camina a nuestro lado, que nos acompaña y nos cuida.

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No olvidemos que ese hombre y Dios, sencillo y poderoso, divino y humano, este mensajero del amor y de la paz que trae la salvación, vino al mundo a través del cuerpo de una madre. Encontrar a Jesús es encontrar a María. Jesús sin María sería un Dios sin carne, no sería un Dios encarnado. La comunidad cristiana ha entendido esto per- fectamente a través de estos 2000 años de Evangelización. El gran amor que el pueblo cristiano tiene a la Virgen María garantiza un amor firme y duradero a Jesucristo. Los grandes sacrificios, las grandes of- rendas, los grandes amores, los millones de rosarios rezados, y las grandes peregrinaciones que se viven a los pies de la Virgen María son

un terreno propicio para cultivar una auténtica devoción cristológica. La grandeza de María le viene de Jesús, y ver a María es ver la gran obra de Jesucristo en Ella. En torno a las apariciones de la Virgen María se realizan grandes

sacrificios, grandes caminatas, un fervor increíble de todo un pueblo

que vibra con fe mariana, como hechizado por una voz sobrenatu- ral. Lourdes en Francia, Fátima en Portugal, Guadalupe en Méjico, Medjugorje en Yugoslavia y centenares de otros lugares son un feliz testimonio del entusiasmo del pueblo cristiano por María.

Todos los devotos de la Virgen María sabemos que Ella es un puente que nos facilita el paso hacia el Misterio de Cristo. Por María vamos a Jesús.

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** JESUS ** Su nombre supera a todo nombre. Su nombre está por encima de to-
** JESUS **
Su nombre supera a todo nombre.
Su nombre está por encima de to-
dos. Su nombre es admirable. Su
nombre es consejero.
Príncipe
de la Paz. El Hijo de Dios hecho
hombre. Sufrió y murió por amor.
Resucitó al tercer día para darnos la vida. Nos ama. Nos espe-
ra con paciencia para recibirnos. Nos dice que está a la puerta de
nuestro corazón tocando dulcemente. Envía su Espíritu sobre no-
sotros. Cuando lo recibimos nos da el poder de llegar a ser hijos
de Dios. Nos da el regalo de la salvación. Planta en nuestro cora-
zón la semilla de la fe cuando lo recibimos personalmente como
Señor y Salvador. Siembra en nosotros las semillas del amor, el
gozo, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad,
la humildad, la delicadeza y el dominio propio, y las hace crecer.
El es el buen Pastor, y la Resurrec-
ción y la Vida. Hermano nuestro.
Cordero de Dios. Emmanuel (Dios
con nosotros). Hombre de dolores.
Profeta y Redentor. Rey de reyes
y Señor de señores. Nuestro Rey es-
piritual. La Vid. Maestro, Mesías,
Sanador. El que bautiza en el Espíri-
tu. Dios todopoderoso. Salvador del
mundo. Luz y Vida. Creador. Alfa
y Omega. Principio y Fin. JESUS
DE NAZARET. Señor de la Historia
Centro del universo. El mismo ayer,
hoy y siempre. Por siglos y siglos.
Amén. (Larry Wajer. USA. 1982).

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Su fuerza salvadora El nos espera en el cielo. sigue atrayendo a todos hacia Él. 33
Su fuerza
salvadora
El nos espera
en el cielo.
sigue
atrayendo
a todos
hacia Él.
33
No pretendas encontrar muchas flores en tu camino. Te toca a ti convertir las espinas en

No pretendas encontrar

muchas flores en tu camino.

Te toca a ti convertir las espinas en rosas

y vivir siempre feliz.

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  • 2. MARIA DE NAZARET

LA ELEGIDA DE DIOS : La Iglesia aplica a María el pasaje (Prov. 8, 22-31) que habla de la Sabiduría creadora, elegida por Dios antes de la creación del mundo para colaborar al lado de Dios en su obra. María fue así, elegida por Dios desde toda la eternidad para la vocación especialísima de Madre y colaboradora del Redentor.

El Apocalipsis presenta dos señales (Apoc. 11, 19. 12, 1-6). Una señal es de gran poder: Un enorme monstruo que devora hasta a las estrellas del cielo. La otra es débil: Una Virgen embarazada que va a dar a luz y tiene miedo, pues no sabe si todo saldrá bien. Tiene miedo porque su hijo puede ser devorado por el enorme dragón que está a sus puertas. Es la batalla del bien y del mal… Y la Virgen María está dentro de esa batalla. La Virgen representa la fuerza débil, y en esa debilidad se esconde el poder divino para que el mal no lo encuentre. No es que el poder divino no pueda vencer al demonio. Esto sucede para enseñarnos que la vía más hermosa para vencer al demonio y llegar hasta el trono de Dios es la humildad, siguiendo el estilo de esta jovencita de Israel, María de Nazaret. María representa la vic- toria de los humildes. Cuando se oye el griterío diciendo: “Ya llegó la victoria, reina nuestro Dios y su Cristo manda”, María es parte de esa victoria, porque ese Cristo que ha vencido, es su hijo. Por eso creemos que Dios no podía dejar que el pecado se posara ni por un instante en el alma de María, pues estaba destinada a ser la Madre del Redentor. De ahí surge el dogma de la Inmaculada Concepción. Y también creemos, con toda la Iglesia, que si el cuerpo de Jesús no su- frió corrupción, tampoco El iba a dejar que esa Madre, toda pura y sin mancha de pecado, sufriera la corrup- ción. De aquí surge el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo. Esa es nuestra fe, creemos en la Asunción de María, y ni siquiera discutimos nuestra

postura, pues nuestra convicción es firme.

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La corrupción del cuerpo humano después de la muerte es fruto del pecado. Cristo y María no tuvieron pecado, y por tanto, sus cuerpos no sufrieron corrupción. Sólo pasaron del estado de cuerpo temporal al estado de cuerpo glorioso. Por el pecado, el cuerpo humano perdió

el derecho a ser cuerpo sutil, y ahora, después de la purificación de la

muerte, incorporado a la Resurec- ción de Cristo, recupera su digni- dad de cuerpo glorioso. En Lucas 1, 39-56 leemos que María partió a prisa hacia la monta-

ña a visitar a su prima Isabel. María desborda de gozo por lo que está pasando después de la Anunciación. Va a prisa donde su prima para hacerla partícipe de la gran alegría que la llena después de la visita del ángel. Isabel se llena de gozo y entona su cántico: Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. Dichosa,

tú, que has creído, pues lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Es un encuentro muy especial. La Madre de Jesucristo y la madre del precursor, Juan el Bautista.

Las dos, movidas por el Espíritu Santo, en encuentro de aleluya. Dos mujeres protagonistas de la llegada del Mesías. Es una atmósfera llena de oración y canto. El Espíritu mueve la mente y el corazón de María para entonar su cántico de alabanza y de victoria, que no es sólo el cántico de María, es el cántico de todo el pueblo de Israel, el cántico de los apóstoles, el cántico de toda la Iglesia de Jesucristo, el cántico de cada uno de nosotros que sentimos el poder de la salvación.

Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi sal- vador… Porque Dios ha mirado la humildad de su sierva y ha hecho obras grandes por mí… Dichosa me dirán todas las generaciones.

¿Qué ha visto Dios en María? Su humildad. Dios se ha recre- ado en la humildad de María, y María se ha convertido en alegría para Dios. María entonó su cántico en el momento en que todo era alegría, novedad, felicidad. Era el cumplimiento de las Promesas hechas por Dios al pueblo de Israel. Cantar en el día bueno es fácil.

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María cantó en el momento de la anunciación, y toda su vida fue una canción, incluso cuando estuvo al pie de la cruz. Era, para Ella, el momento cumbre de la prueba, y ahí, en el gran silencio de su cora- zón, Ella pudo volver a entonar su cántico de alabanza : Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Cuando todo va bien en nuestras vidas, nosotros también cantamos:

Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Sal- vador. Pero en el día de la prueba, cuando el dolor, la enfermedad o el infortunio llaman a nuestras puertas, entonces las notas de nuestra música se apagan, y en vez de cánticos, sola- mente nos salen quejas o lamentos. El alma se nos vuelve pesada, y un bello amanecer nos parece como una noche sombría. Por eso, la humildad de María, la sencillez de esta elegida de Dios, la dul-ce entrega de María sigue siendo el modelo y la meta para todos aquellos que deseamos entregar nuestras vidas a Jesucristo y se- guirle en la forma como El desee, atentos siempre a su divina voluntad.

María es la gran Tabla de la Alianza. Si alguien encontrara las

Tablas que Dios le dio a Moisés, con esos diez Mandamientos escritos

por el mismo Dios, habría un desfile enorme para rendirle adoración.

En el monte Sinaí Dios grabó su Palabra en piedra, indicándole a su pueblo el camino para ser santo. En Nazaret Dios grabó su Palabra en el seno de María, y la Palabra se hizo carne, y esa Palabra es Jesús

de Nazaret. El es el Camino, la Verdad y la Vida. Por El llegamos al Padre. Ese Cristo que Dios escribió en María como Palabra de Vida, es el Cristo que el Padre quiere grabar en nuestras almas como camino de salvación.

Las fiestas de la Virgen María son para nosotros fiestas gran- des,

pues en la escuela de María nosotros aprendemos a vivir nuestra fe, a

vivir nuestra relación con Dios. Con María, la humil- dad del mundo se convierte en un poder, en el imperio de los que alegran el corazón

de Dios.

Toda la Biblia es un cántico a los humildes, a los sencillos

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de corazón. Dios se recrea en las almas humildes. Sólo el camino de la humildad es camino de victoria. La primera virtud de los santos ha sido y sigue siendo la humil- dad. Las familias humildes son familias felices. Donde hay humil- dad, la convivencia se hace más hermosa. La oración une a la familia, porque la oración vuelve humilde el cora- zón. La mayor parte de los problemas que aquejan la vida humana, son proble- mas de egoísmo y competencia. Cuando una persona es bien devota de la Virgen María, en su corazón hay armonía, hay paz y alegría, porque la humildad de María es el terreno propicio para la comprensión y el amor. Cuando nos sentimos poderosos, fuertes en la vida, se nos hace difícil rezar, pues la humildad es sentir necesidad de alguien. Los hombres y mujeres de almas sencillas, aquellos que llevan una vida serena, han comprendido que la solu- ción de todos sus problemas está en el Señor. Todos ellos forman el jardín de Dios, donde Dios se pasea al caer la tarde. Construyamos también nosotros

un jardín para Dios, donde la pri- mera flor sea la humildad, al estilo

de la Santísima Virgen.

MARIA, FIEL A SU VOCACION. Si echamos una ojeada históri- ca y nos trasladamos hasta la casita de Joaquín y Ana, padres de la Santísima Virgen, nos encontramos allí con una jovencita sencilla que lleva en su corazón el más grande tesoro de todos los tiempos: La Es- peranza del Mesías. En esta virgen anunciada por los profetas vive la FE SUPREMA del Pueblo de Israel. Ella va creciendo en una santidad que no conoce, pues lo que Dios ha hecho por su humilde sierva, des- borda todo lo imagi- nable. Cuando el ángel termina aquel maravillo- so encuentro, la Virgen entona un himno de alabanza que cantaremos todas las generaciones, pues ella es el símbolo del agradecimiento a Dios. Lo que Dios ha hecho con María es el signo de lo que El quiere hacer con cada uno de nosotros. Dentro de la Iglesia, María repre- senta una meta sublime para toda alma que ha aprendido a saborear la vida de Dios. Ella es mujer liberada del pecado y del egoísmo,

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liberada de todo interés terreno, viviendo con los pies en la tierra y su espíritu en Dios, su Salvador. La vocación de María como Madre de Dios se extiende a todos nosotros que luchamos por liberarnos del poder del mal, llegando a disfrutar de la libertad de los hijos de Dios. San Lucas, al hablar de la vida de la Virgen María, resume su historia en estas palabras: “Ella guardaba en su corazón cuanto le sucedía y lo meditaba en el silencio”. Ella es la mujer del gran silencio para entender y aceptar cada momento de la voluntad de Dios. La vida de Jesús se resume en “hacer la voluntad del Padre”. La vocación de

María también se resume así: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”. Isabel dice: “ Dichosa tú que has creído”, dichosa tú que has vivido en ese clima de fe, en esa sencillez, en esa entrega a la voluntad de Dios. María asiste a nuestra lucha de fe, a

nuestra purificación. Como madre, vela día a día por nosotros.

María recibió un llamado a entrar en el plan de Dios y fue fiel du- rante toda su vida. En esa fidelidad a Dios, ella es Madre y modelo de nuestra vida de todos los días. En esa fidelidad, ella experimentó, no

sólo la gloria de los grandes momentos, sino también la difícil rutina

de cada día. Y en esa vida diaria florecie- ron en ella las grandes vir- tudes. Sobre cada uno de nosotros hay un plan de Dios. El espera que ese plan sea aceptado y cumplido como lo aceptó y cumplió María. Ella es Madre de la misericordia: (Dives in misericordia, # 9) “ María es la que de manera singular y excepcional ha experimen- tado

–como nadie- la misericordia, y ha hecho posible con el sa- crificio de

su corazón, la propia participación en la revelación de la Misericordia

divina. Tal sacrificio está estrechamente vincula- do con la cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio

suyo es una participación singular en la revelación de la Misericordia,

es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza

querida por El desde la eternidad y concluida en el tiempo con el

hombre. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado, el

misterio de la Cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia

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divina con el amor: el beso dado por la Misericordia a la justicia. Nadie como ella ha acogido tan de corazón ese misterio: La dimen- sión divina de la redención llevada a efecto en el Calvario mediante

la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre,

junto con su FIAT definitivo. María es la que conoce más a fondo el

misterio de la Misericordia divina. Sabe su precio, y sabe cuán alto es. En este sentido, se la llama también, la Madre de la divina Mise- ricordia”.

En cada una de las llamadas de Dios: en Abrahán, en Moisés, en Jeremías, en Isaías, en María, Dios exige siempre una respuesta libre

en la fe. Y en esa respuesta libre y decidida, en esa entrega al plan de

Dios, consiste la fidelidad a la vocación de cada uno.

María en la Iglesia : La naciente Iglesia fue dejada en oración y con ella estuvo presente la Santísima Virgen. La Virgen María sigue aso- ciada a la obra de Cristo, sigue asociada a toda actividad apostólica que se realiza en la Iglesia. Donde hay dos o tres reunidos en oración allí está Cristo, y allí está también María. Donde hay alguien que reza allí está María cuidando la fe del creyente, y donde hay alguien que dude, allí está María que sufre con la Iglesia peregrina. (L.G., # 65 ) La Virgen sigue presente en las angustias y expectativas de la hu- manidad. Las apariciones de la Virgen en las distintas regiones de la tierra, la fe de cada nación en la Madre de Dios, dan garantía de su maternidad universal. La vibración del pueblo cristiano por María es increíble. Hay un pequeño estudio de las devociones marianas, hecho por los Devotos de María Auxiliadora de Méjico, que trae unos 84 títulos de la Virgen María. Estos títulos cubren los principales lugares del mundo. De esos 84 títulos, hay muchas naciones que tienen uno o dos. Israel tiene 3, Argentina tiene 4, España tiene 4, Italia tiene 5, Nicaragua tiene 6, Ecuador tiene 10, y Méjico tiene 24 títulos con que se honra a la Virgen a nivel nacional o regional. En todos nues- tros países latinoamericanos se realizan grandes peregrinaciones.

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Las peregrinaciones constituyen un gran entusiasmo mariano que desemboca en un gran amor por Jesucristo. Las devociones marianas están muy por encima de toda la predicación de la Iglesia para conser- var la fe del pueblo de Dios. Es un verdadero contagio espiritual, un misterioso camino de la fe. Al ser elegido Papa, Karol Wojtyla, en su breve alocución al pue- blo, hizo una doble mención de la Virgen, y en su primer mensaje a

la Iglesia y al mundo, Juan Pablo II, el 17 de Octubre de 1978 dijo:

“ En esta gran hora que hace temblar, no podemos menos de dirigir,

con filial devoción, nuestra mente a María, que siempre vive y actúa

como Madre en el misterio de Cristo y de la Iglesia”. El Papa repetía las dulces palabras “TODO TUYO” que había grabado en su corazón y en su escudo al ser elegido obispo 20 años atrás. En esa ocasión memorable, el santo Padre dijo estas palabras: “ Mi pensamiento se dirige ahora hacia el mundo de len- gua española, una porción tan considerable de la Iglesia de Cristo. Unidos por los vínculos de una

fe común católica, sean fieles a su tradición cristiana, hecha vida en

un clima cada vez más justo y solidario, y mantengan la devoción a nuestra Madre, María Santí- sima”. Los pueblos latinoamericanos han

sido fieles a este llamado del Papa a mantener la devoción a la Virgen

María. La Virgen María en la Congregación salesiana : El 16 de Agosto de 1815 nacía el niño Juanito Bosco. El 2 de Mayo de 1817 murió su padre, Francisco Bosco, quedando huérfano antes de cumplir los 2 años. La providencia empezaba a probar este niño, sobre cuya vida estaba asignada una gran misión. Cuando Francisco Bosco estaba casi agonizando le dijo a su esposa Mar- garita: Te recomiendo dos cosas:

Ten mucha confianza en la Providencia, y cuida mucho a los niños,

especialmente a Juanito. Fue una época dura, cuenta Don Bosco en su autobiografía. Ese año se estropeó la cosecha, a causa de una gran sequía. Los mendigos buscaban con angustia un poco de comida y no la encontraban. Era tan fuerte el hambre que se hallaban en los

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prados personas muertas con la boca llena de hierba. Aquella santa mujer, Margarita Occhiena, con el rezo del Angelus tres veces al día, con el rosario en familia, y con una catequesis familiar, iba infudiendo en sus hijos un gran amor a la Virgen. Por las noches los sentaba en el patio, les enseñaba las estrellas y les hablaba de Dios y de la Virgen. Basta recordar como, algunos días después de su vestición clerical, en Octubre de 1835, la víspera de su partida para el Seminario, mamá Margarita lo llamó y le dirigió estas memorables palabras : “ Cuan- do viniste al mundo te consagré a la Virgen. Cuando empezaste los estudios te recomendé la devoción a la Madre del cielo. Ahora te re- comiendo que seas todo suyo, ama a los compañeros que sean devotos de María, y si llegas a ser sacerdote, recomienda y propaga siempre la devoción a María”(carta de Don Egidio Viganó, pag. 12).

En ese contexto de vida familiar mariana tiene lugar el sueño de los nueve años. Juanito vio una multitud de muchachos muy ma- los, peleando y blasfemando. Juanito trataba de detenerlos a golpes.

Se le aparece un bello personaje que le dice: “No con golpes, sino con la mansedumbre podrás ganártelos”. El niño pregunta : ¿Cómo podré hacer eso? , y el personaje le responde: Yo te daré la maestra. Y aparece la gran señora, la gran Maestra, la que guiará a Juanito, a través de una gran misión en el mundo, hasta las puertas del cielo. Es una señora que muestra particulares preocupaciones pastorales por la juventud. Digamos, pues, que no es Juanito que escoge a la Virgen María. Es María que elige al niño para la gran misión. Ella, a petición de su Hijo, será la inspiradora y la maestra de su vocación. Esto sucede en torno al año 1825, cuando León XIII ha proclamado un Jubileo en torno a María para enfervorizar la comunidad cristia- na. Juanito está viviendo un clima mariano antes del sueño. Desde 1825 hasta 1846, este sueño se repetirá unas 18 veces, siempre con

distintas modalidades. Este sueño define su vocación por los jóvenes,

pero con una característica muy especial: tiene una maestra que lo irá

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orientando en lo que debe hacer, vez por vez. En el sueño, llega un

instante en que los muchachos se vuelven animales feroces: significa

que se trata de una misión difícil, y por eso, necesita una maestra. Ten-

er maestra significa dejarse “enseñar”. De ahí la recomendación que

le da la Virgen: Hazte humilde, fuerte y robusto. A este instante, los animales se vuelven un rebaño alegre y festivo. Don Bosco dice: “Vi una señora, de aspecto majestuoso, que tomándome bondadosamente

de la mano, me dijo: he aquí tu campo. Lo que ves que les pasa a estos animales, tú deberás hacerlo con mis hijos”. Juanito se despertó llo- rando. El sueño había sido muy fuerte y muy pesado. Juan a sus nueve años ha entendido algo y quiere estudiar. Pero, ¿Cómo estudiar? Su madre no tiene para darle ni siquiera un pedazo de pan. A los 12 años sale de casa buscando amparo, y posibilidad de estudiar. Allá en el cielo hay dos ojos esclavos que lo guían y lo cuidan. Juanito es acogi- do con cariño en casa del sr. Moglia, su tío. Allí le encargan dirigir las oraciones y el rosario. La imagen del altarcito es la Dolorosa. De este modo se inicia el largo viacrucis del jovencito Bosco, que , a través de

15 años de estudios y grandes dificultades, lo llevará hasta la meta del

sacerdocio. En ese largo camino Don Bosco pasó hasta hambre, pero

tenía una maestra, y eso era suficiente.

El 5 de Junio de 1841 se ordena sacerdote y sigue pensando en sus muchachos. El 8 de Diciembre de 1841, tras celebrar la santa Misa, se sienta con un niño, huérfano de padre y madre, le enseña el Avemaría, y le pide que, días después le traiga otros amiguitos como él para continuar su clase de catecismo. Tras celebrar la Misa el día de la Inmaculada de 1841 Don Bosco reci- bió de la Virgen el llamado de empezar su magna obra en favor de la juventud y la niñez, especial- mente los más necesitados. Después de esta escena de la catequesis con Bartolomé Garelli, los muchachos se fueron multiplicando y pronto llegaron a supe- rar los trescientos. Con ellos recorrió plazas, calles, prados, hasta que, después de 5 años, 1841-1846, errante y sin un lugar donde

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reunir a sus muchachos, se estableció en un pequeño centro, pobre y estrecho, llamado casa Pinardi. Lo primero que hizo fue una capil- lita y la dedicó a la Virgen del Consuelo. Ahí se levantó, más tarde, el Templo de María Auxiliadora. Para conseguir el dinero necesario

para construir esa iglesia, y para mantener a sus mucha-chos, Don Bosco debió llamar a muchas puertas y pasar muchos ratos en oración. Cuando necesitaba dinero, dejaba ante el Sagra- rio o ante el altar de la

Virgen a un grupito de muchachos, ense- ñándoles desde ya, a confiar

primero en las fuerzas de lo alto, antes que en la seguridad humana.

Una cadena de milagros que, ni el mismo Don Bosco podría contar, fue tejiendo la vida del Oratorio de Valdocco, la construcción de la ig- lesia de María Auxiliadora, y el templo del Sagrado Corazón de Jesús en Roma. Durante la Misa de la inauguración del Templo de María Auxiliadora, Don Bosco lloró unas diez veces, considerando que cada ladrillo había sido un milagro de la Virgen.

BENDICION DE MARIA AUXILIADORA. Don Bosco, pro- pa- gando el amor a la Virgen y al mismo tiempo buscando ayuda para sus muchachos, se valió de la Bendición de María Auxiliado- ra. Para ocultar su propia fe y su acción milagrosa, él suministraba a los en- fermos unas pastillitas junto con la bendición. Corrió la voz de las pastillas milagrosas. Alguien las conservó y las llevó a un laboratorio para analizarlas. Resultado: allí no había más que pan. Eran pedacitos de pan amasado. Don Bosco estaba seguro que el pan más la fe cura.

Don Bosco llevaba a la Virgen muy dentro de sí. Era la herencia de su madre, mamá Margarita. Veía en María a la Madre dela Iglesia, y por

lo tanto, a su propia madre. Domingo Savio se santificó bajo el manto

de la Virgen. Este niño tenía una intensa devoción mariana. Hacía lo imposible para llevar sus compañeros a la Virgen. En el Oratorio de

Valdocco se respiraba un gran amor a la Virgen. Las fiestas de María

(Inmaculada, Navidad, María Auxiliadora) eran fiestas muy solemnes

y revestidas de un clima familiar. A la muerte de su madre Margarita

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el 25 de Noviembre de 1856, fue a la iglesia de la Consolata y le dijo a la Virgen: “Ya no tengo madre. Tú la sustituye”. Don Bosco cuando hablaba de la Virgen lloraba. Realmente la sentía. Este amor a la Vir- gen es una valiosa herencia que Don Bosco nos dejó a los salesianos. Y cuando fundó las Hijas de María Auxiliadora, quiso que fueran un monumento viviente de su gratitud a María Auxiliadora.

Don Egidio Viganó fue el septimo sucesor de San Juan Bosco (1977- 1996). Fue un hombre lleno de amor a la Virgen y potenció la devo- ción a María Auxiliadora. Escribió una carta titulada “María renueva la familia salesiana de Don Bosco”. He aquí algunos párrafos : Pag. 25 : “ Nuestro fundador nos asegura que la vocación salesiana es inexplicable, -tanto en su nacimiento como en su desarrollo-, sin el concurso materno e ininterrumpido de María. Muchas veces él mis- mo confesó que la Virgen es la fundadora y la sustentadora de este proyecto salesiano, asegurando que nuestra Congregación está desti-

nada a cosas grandes y a extenderse por todo el mundo, si los salesia-

nos se mantienen siempre fieles a las Reglas que les ha dado María

Santísima”… “Al presenciar la coronación de la Virgen en Valdoc- co el 17 de Mayo de 1903, Don Rúa, primer sucesor de Don Bosco, después de haber descrito con gozosa efusión la ceremonia, añadió : No me cabe la menor duda de que, creciendo en los salesianos la devoción a María Auxiliadora, crecerá también el amor y la estima a Don Bosco, y no menos el empeño por conservar su espíritu e imi- tar sus virtudes”. “Igualmente Don Albera, segundo sucesor de San

Juan Bosco, al reflexionar, con aquella delicada sensibilidad tan suya,

sobre los aspectos más espirituales de nuestra vocación, insiste en la continua presencia de María. El escribe así: “Hablando a sus hijos es- pirituales, Don Bosco no se cansaba de repetir que la obra que él había llevado a cabo le había sido inspirada por María Santísima, que María la sostenía, y que por ello, nada tenía que temer de la oposición de sus adversarios”… “Ahora bien, la devoción a la Auxiliadora resulta,

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de hecho, como hemos visto, un factor integrante del fenómeno salesiano

en la Iglesia, ya que entra a formar parte de su totalidad. No tendría sentido pretender separar nuestra espiritualidad de la devoción a María Auxiliadora, de igual manera que tampoco se puede sepa- rar, pues sería absurdo, a Don Bosco de la Virgen. La devoción a la Auxiliadora es, pues, un elemento

imprescindible de nuestro carisma, impregna su fisonomía, y da vida a sus

diversos compo-nentes. María, la pastorcita de los sueños, es quien señala la naturaleza y los destinatarios, asignándonos un campo, la pastoral juvenil. Su característica de Auxiliadora abre la misión salesiana a los grandes hori- zontes de los problemas socio-religiosos de actua-lidad, y una clara opción de servicio a la Iglesia universal, y de colaboración con los Pastores. Su bondad materna inspira nuestra criteriología pastoral y nos enseña un típico método de acerca- miento a nuestros destinatarios”.

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Jesucristo es la vida. Quien cree en Él vive para siempre. 48

Jesucristo es la vida.

Quien cree en Él

vive para siempre.

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II. DIOS PADRE

II. DIOS PADRE 49

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3. ETERNO PADRE

“Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo”.

Efesios 1, 3.

En la Creación, Dios le dio al hombre dos grandes regalos: 1.Le

dio parte de su vida divina (“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. 2. Le regaló el universo como un verdadero paraíso ter- renal. Por un insondable misterio, el mal entró en el bien, la cizaña se esparció por el trigo, y la hermosa relación con Dios, tanto del hom- bre como del universo, se destruyó. El mundo quedó envuelto en un cierto caos, donde la naturaleza se volvió hostil, y el hombre le dio la espalda a su Dios. Pero, aunque el hombre abandonó a Dios, Dios no abandonó al hombre. Dios dejó su imagen cabalgando sobre las fuerzas del universo, y sobre todo, quedó grabada en lo más profundo del alma humana. Dios, hasta prometió hacerse hombre para rescatar al hombre devolviéndolo a la casa del Padre. Al llegar la plenitud de los tiempos, después del misterioso desastre del diluvio y de la ruina de Sodoma y Gomorra, cansado de esperar la vuelta del hijo predilecto de la creación, Dios empezó a hablar. Esto

significa que salió de su expresión infinita y empezó a hacer historia

con el hombre. Dios dejó de ser simple imagina- ción en la mente hu- mana, para convertirse en dato histórico, acontecimiento, interlocutor y amigo, como signo de preocupación por el hombre, como el mejor de los padres. En Dios, la justicia y el amor han ido siempre juntos, y donde la justicia no ha podido entrar, el amor, convertido en miseri- cordia, sigue adelante hasta completar su misión. Al llegar la plenitud de los tiempos se encontraron, frente a frente, el pecado del mundo y el amor de Dios, y triunfó el amor. Tres grandes acontecimientos recuerdan las intervenciones de Dios en su pueblo: 1. El diálogo con Moisés en el monte Horeb.

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Desde la zarza ardiendo, Dios le habla a Moisés. Se declara “Dios increado”(Yo soy el que Soy), le exige santidad (quita el calzado de tus pies), y le ofrece ayuda para liberar a su pueblo. Desde el primer momento Dios le habla al hombre con amor, empieza a ser consid- erado como padre y no como un dios poderoso que puede dañarlo. 2. La Alianza del Sinaí. Dios habla con Moisés durante 40 días, graba su Palabra en unas tablas de piedra como signo de su presencia, y

en el fuego y el terremoto les mostró a todos un signo de su gran- deza. Su Palabra escrita en piedra empieza a actuar como una Ley de Amor(Amar a Dios sobre todas las cosas). 3. La Encarnación del Hijo de Dios. Esta fue la intervención más clara y definida de Dios en me- dio de nosotros. Escribió su Palabra, no ya en piedras, sino en el seno

de una mujer, la Virgen María. Esa Palabra fue tan definida y tan clara

que se hizo carne, asumiendo la naturaleza humana. Dios actúa en la persona de Jesucristo como el mejor de los padres, se encarna por amor, muere y resucita por amor, y se va al cielo a preparar un lugar, donde, por toda la eternidad, reine sólo el amor. Dios sigue llamando y sigue actuando. Jesús nos presentó a Dios como un padre bueno, lleno de amor y de perdón. En esta gran peregrinación hacia la casa del Padre, los que imitan

a Jesucristo en misericordia, perdón y generosidad, son la alegría de Dios, nuestro Padre. En este caminar humano, las leyes principales son éstas: Misericordia para el necesitado, perdón para el malo, y ge- nerosidad para con todos. Se trata de imitar el estilo de Jesús en las relaciones de unos con otros, y eso agrada a Dios Padre. Dios trata al hombre con Misericordia, perdón y generosidad, porque no mira al hombre como pecador, sino como un ser débil que camina jadeante y cansado por una tierra hostil, un hombre que vive en su interior una naturaleza doliente. Dios puede salvarnos más fácilmente mirando nuestra debilidad que mirando nuestros pecados. Lo importante no es que el pecado se vea, sino que el pecador se salve. Así es Dios, Él es Padre.

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Así lo presentó Jesús: lleno de amor, que cuida y bendice. La aceptación y la contemplación de Dios como Padre, representa el descanso del alma humana. La idea de padre incluye una gran pro- tección y una gran tranquilidad en este valle de lágrimas: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”. “Nada te turbe, sólo Dios basta”… Este mundo que es un gran regalo de Dios es hermoso, pero es frágil y peligroso. Un terremoto, un fuego, un huracán, una epi- demia, e

incluso un meteorito desprendido de una lejana galaxia puede acabar con millones de vidas, e incluso, con una gran canti- dad de frutos del esfuerzo humano. El tiempo, al pasar por encima de las cosas y acon- tecimientos los va relegando a la ruina y al olvido. Nada es estable.

La preciosa figura humana, la obra más hermosa que brotara de la

mente y el corazón de Dios, con el tiempo y la enfermedad va termi- nando en muerte y polvo. Nuestros suspiros se pierden en el espacio,

y los gritos del alma vuelan hasta el infinito buscando respuesta al

misterio de la humanidad. El hombre sabe que es un ser atrapado por fuerzas ocultas y enig- mas indescifrables, pero nuestro corazón no se turba. Los as-trónomos

miran hacia el infinito y no encuentran ni principio ni fin a la simple

realidad material del universo. Las tumbas se van tragando la deses-

peración de tantos y tantos que no quieren morir, y mientras se aferran a un puñado de vida, sus anhelos se desva- necen como una luz que se apaga. Pero aún así, nuestro corazón no tiembla. Creemos en Dios, El es nuestra respuesta. Más allá de las fuerzas de la naturaleza, más allá de la historia del mundo y de la vida, la fe nos dice que hay un poder espiritual que lo controla todo, que no es un monstruo indefinido que puede destruir- nos, sino la figura de un padre lleno de amor, que cuida de nosotros.

Al morir tenemos que atravesar la espesa noche de la vida, y allí, en medio de la oscuridad, encontramos unas manos de padre que nos acogen con amor infinito. Por eso, nuestro corazón no tiembla y nues- tro espíritu no se inquieta. Sabemos que el poder más grande

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del mundo es el Amor, y cobijados por un gran amor, vamos peregri- nos a la casa del Padre. Dios, Padre bueno, nos cuida y nos defiende, y guarda para nosotros, bellezas inenarrables. “ Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sostienen”. (Salmo 23). –“Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman”(San Pablo).

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  • 4. EL DIOS EN QUIEN YO CREO

El Dios en quien yo creo es un Dios grande, inmensamen- te bueno, lleno de misericordia. No es el Dios del fusil en las manos para vengar las faltas de sus hijos. Mi Dios es Dios de Amor. Mi Dios acoge con cariño al corazón doliente que ha sido maltratado por la vida. Mi Dios es frágil. El amó mi barro para que yo pudiera saborear su divinidad. El amor ha hecho frágil a mi Dios. Aceptó el dolor, pero no lo amó. Por eso curó a los enfermos. Mi Dios fue alimentado por una madre, y bebió toda la ternu- ra femenina. Trabajaba con sus manos. Gritaba como los profetas. Murió joven, porque fue sincero. Lo ma- taron porque les traicionaba la Verdad que había en sus ojos. Pero mi Dios murió sin odiar.

El es el Dios que le permite a la delicada flor abrirse al sol, al viento

y a la lluvia, aunque el sol, el viento y la lluvia la puedan maltratar. Mi Dios ve caminar por las calles los grandes criminales mezclados con los niños frágiles y sencillos, porque El sabe que éste es un mundo de trigo y de ciza-ña, de mal y de bien, pero que ya la victoria del bien

está ganada, sólo hay que esperar hasta el final. Mi Dios me permite

confiar en El hasta el riesgo de mi destino eterno. Mi Dios, arrojado en

el surco, aplastado contra la tierra, traicio- nado, abandonado, incom- prendido, continuó amando. Por eso mi Dios venció a la muerte.

A veces venimos a la Iglesia a adorar a un Dios que no es el que nos presentó Jesucristo. Un Dios que impone muchas normas, un Dios que tortura la conciencia cargándola de cul-pas en casi todo lo que uno hace. Ese es un Dios pequeño, un Dios que no tiene tiempo para amar, porque acusa continua mente. Ese es el Dios fantasma, que per-

sigue al pecador hasta hacerlo llorar. Ese es el Dios del miedo. Que no genera amor, sino el miedo al infierno. Ese no es mi Dios. Mi Dios es

el Dios de los místicos, como dijo uno de ellos:

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido.

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ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte. Muéveme, Oh Dios, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

muévenme, en fin, tus afrentas y tu muerte.

Mi Dios es delicado hasta con la flor del campo. Mi Dios ve todo

limpio, porque El creó al mundo y al hombre con una mente y un corazón limpios. Mi Dios lo fui a buscar a Nazaret, en ese Jesús de carne y hueso que el Padre nos dio. Ese Jesús que bendecía los lirios y se extasiaba en las monta- ñas. Ese es mi Dios grande, el Dios que transforma el cora- zón con su misericordia y su bondad. Es el Dios que te acom- paña en las horas difíciles y fuertemente te ama.

Mi Dios cautiva el alma. Vale la pena dar la vida por El. Por eso mi vocación la veo cada día más hermosa. Por eso trabajo mucho por El, por su Reino. A ese Dios lo amo loca- mente y soy feliz con El. No tengo que mendigarle al mundo ni un cariño, ni un privilegio, ni un aplauso, porque El me basta. Junto a El se siente la explosión de un amor nuevo, y se cambia la visión de la vida, porque el amor quita los

temo-res y ayuda a entrar en la espiral de la confianza divina. Es bello

andar con mi Dios, porque mi Dios es grande, y es eterna aventura de hermosos caminos.

ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Muéveme, Oh Dios,

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  • 5. Confesión pública al Padre Misericordioso

Monjes Cistercienses…Jarabacoa. R.D.

Padre, quiero abrirte mi alma, confesarte todo mi pecado. ¿Quié- nes de los que me rodean podrían ayudarme a ver mis faltas? Si ellos me ayudaran, yo podría arrepentirme y Tú, por ellos, me perdonaría. Porque… ¿ Me perdonarán los hambrientos del mundo? ¿Me per-

donarán los drogadictos, los alcohólicos, los enfermos y los presos? ¿ Podrán decir que hice por ellos todo lo que podía? ¿Habrá personas sufriendo por mi culpa? ¿Habré apartado a alguno de tu camino? Mi pecado es grande y pesa sobre mí. Y qué diré de mi silenciosa complicidad? Debí denunciar daños y crímenes y me he callado. Ya me acostumbré a vivir con el mal. Me estoy haciendo insensible a los crímenes que veo a mi alrededor… Aborto, blasfemias, calumnias, abusos y violencia sobre el débil. Ya nada me impresiona. Sólo protesto cuando es a mí a quien se le causa injusticia. Las in- justicias contra el prójimo no me quitan el sueño, porque el pró-jimo no soy yo. Y por más que Tú digas… “Ama a tu prójimo como a ti mismo”…no soy capaz de sentir como mío el problema ajeno, a vivir en mi carne la angustia de mi hermano. Por otra parte, mi amargura personal la proyecto contra los demás. No estoy contento conmigo mismo y me irrito contra todos y contra todo. Echo contra otros la indignación que me causó mi propio fra-

caso. Qué egoísta soy, programo mi vida como si todos debieran vivir

para mí. Yo declaro, ante Tí, Señor, mi hipocresía. Soy una contradicción viviente. Yo hablo de paz, y siembro discordia. Exijo libertad y quiero dominar a los demás. Rezo y mi corazón y mis manos están vacíos. Digo que hay que amar y guardo rencor. Soy exigente y duro con los

demás, pero no consiento que se me exija. Condeno a otros porque no hacen nada, pero yo tampoco hago nada. Tengo el corazón seco,

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sin deseos de Ti, Señor. Un aburrido desierto es mi oración. No tengo tiempo para Ti, cuando Tú me das 24 horas. Tus palabras me resbalan. Mi trato contigo se ha hecho rutinario. Ya no puedo decir que te amo sobre todas las cosas. Señor, ayúdame a entrar en mi propia concien-

cia. Tengo tanta oscuridad…Tengo miedo. Ya no sé si llamo a lo malo, bueno, o a lo bueno, malo. Acaso la

forma de ser del mundo se me ha infiltrado y me ha contaminado.

Ya no me horroriza el pecado, lo trago como un vaso de agua. Dame tu luz, Señor, limpia la neblina que me impide ver, Señor. Malgas- to tiempo, dinero, inteligencia, energías…Me quejo y lloro por mí. Siento lástima de mí mismo. Busco la admiración de los demás. Hago continua propaganda de mí. No hay como los pro- blemas míos, los trabajos míos, los esfuerzos míos. Soy un ególatra, sólo me veo a mí mismo, sólo me hago caso a mí mismo. No resisto la alabanza a los

otros. Mi envidia sigue dentro de mí. Tengo la impresión de que si te abro mi alma de par en par Tú me sanarás. Porque Tú no vuelves la espalda a quien se refugia en tu

regazo, a quien te confía su vida. Que tu misericordia venga sobre

este pobre pecador, Señor. Tengo muchas ansias de placer. Mis ojos y mi imaginación buscan locamente una presa, convir- tiendo así a las

personas en simples objetos de satisfacción. Y me domina el afán de

aprovecharme de otros, doblegarles a mis deseos y a mi voluntad. Y no me detengo ante la licitud o ilicitud de los medios para conseguirlo. A veces paso por encima mi fe, y llego a la mentira, halagos, fingimien- tos, sobornos, y siempre estudiando el flanco débil de los otros para

atacar con éxito. Porqué se esconde, Señor, en mí, tanta maldad. Yo soy ése, o es otro el que está en mí? EN RESUMEN, CONFIESO QUE: Te he olvidado, he blasfe- mado, he incitado al mal, he condenado al inocente, soy orgulloso, he actuado con violencia, he sido falso, he hablado mal del prójimo, he endurecido mi corazón, no hice el bien que debía, he abandonado tus mandamientos, he hecho sufrir al prójimo. Contándote todo esto

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¿Cómo puedo desear tu presencia? Me alegra saber que Tú existes y me perdonas. Reconozco mi pecado, pues sé que es el único requisito que Tú has establecido para entregarme tu inmenso amor. Dame fuer- za para invocarte, yo que soy pecador, y que nunca deje de hacerlo, pues Tú eres Padre Misericordioso. Bendito seas, Señor!!

Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su Misericordia !!

  • 6. HUELLAS DEL AMOR DE DIOS

En el principio solo existía el amor, y el amor era Dios. Y los hijos del amor fueron el hombre y la mujer. Ellos eran igual mente buenos y felices, y llenos del amor, porque eran la imagen de Dios, su Creador.

La tierra se había hecho buena con el hombre. Y Dios le dio al hombre la tierra y el amor. Y le pidió que llenara la tierra de paz y de amistad,

y la sembrara de flores y la conservara con su amor.

Dios ha querido siempre un mundo bueno para el hombre. Dios ofrece siempre a la tierra de su amor, una paz grande como grande es el corazón de Dios. El hombre, con frecuencia, se apar- ta de Dios, y anda por caminos que no debe andar. Y pierde la paz y pierde el amor, y Dios parece que se aleja y se le pierde, pero Dios ama al hombre con

amor eterno.

“ Los montes se correrán, las colinas se moverán, pero mi amor por ti no se apartará jamás”. Isaías 54, 10.

“El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ungió. Me envió a evangelizar a los pobres, a dar la libertad a los cautivos y a los ciegos la vista, a liberar a los oprimidos y a promulgar un año de gracia del Señor”. Lucas 4, 18. En el mar donde navega Jesús no hay gaviotas pequeñas. Sólo hay gaviotas de cielo azul, gaviotas grandes, hermosas. Gaviotas

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de alas desplegadas. Para seguir a Jesús hay que ser realmente libres en el espíritu, y eso no es fácil. Nos sentimos muy inseguros y no nos atrevemos a partir, a sentarnos con Jesús en la barca de la fe. Vivimos

muy asfixiados por este mundo materialista. Nuestras almas necesitan

salir a respirar, a volar como Juan Salvador Gaviota, como san Pablo, como san Francisco de Asís, como san Juan Bosco, quienes vivieron batallando en esta tierra, pero con sus esperanzas únicamente en el

cielo. Vivieron en una estrecha unión con Dios, y Dios era el amigo de cada día, de cada hora, de cada latido de sus corazones. La fe los condujo por un ca- mino de sufrimientos, pero más allá del dolor, en- contraron la feli-cidad de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús pasó del éxtasis del dolor al éxtasis del amor, en una larga agonía, vivida en la unión con Dios. JESUS, el día antes de morir, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Reunió a sus discípu- los en una cena de despedida, y para dejarles un recuerdo perpetuo y vivo de su muerte salvadora en la cruz… Tomó el Pan en sus manos, lo partió y se lo dio, diciéndoles : Tomen y coman, esto es mi Cuerpo que va a morir por ustedes. (Lucas 22, 7-23) En una copa de vino les dejó el memorial de su Sangre derramada. Su Cuerpo y su Sangre es el alimento que nos fortalece hasta la vida eterna.

“Yo soy el Pan de Vida. El que viene a Mí nunca tendrá hambre; el que cree en Mí, nunca tendrá sed. Jn. 6, 34-35.

Quien cree en Mí vivirá para siempre”. Jn. 6, 47.

Para entender este lenguaje de Jesús, para que este alimento deje la huella de Dios en nuestra alma, hay que tomarlo con paladar de ánge- les. Se trata de aprender a morir con Jesús, y en esa muerte, saborear la vida. Ser propiedad de Dios, dejar que El plante su tienda en no- sotros, es vivir en una ofrenda continua de toda nuestra vida. OFRENDA DIARIA : En nuestra vida, poco a poco, vamos en- contrando algunas señales de muerte. Vamos haciendo la ofrenda

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de nosotros cada día. Eso significa que vamos muriendo un poqui- to cada día, y mientras morimos, la vida se vuelve ofrenda. Pero la muerte es amarga. No tiene buen sabor, y no nos gusta morir. Nos vamos ofreciendo al Dios del silencio. No vemos a Dios, no lo oímos, y casi ni lo sentimos. Es la experiencia del vacío de la cruz. Con- tinuamente nos arrodillamos buscando ayuda en lo alto, …y Dios en silencio ! Pero, en silencio, El nos ve morir, y va cortando la espiga,

y recibiendo la ofrenda. El camino es largo y duro, y al final sólo nos

queda en las manos: Muerte y vacío. Así llegamos a decir como Jesús : Todo está cumplido. Amén.

  • 7. LA SED DE DIOS

Isaías 55, 1-3 : “Ustedes, los que andan con sed, vengan a tomar agua, sin pagar. Pidan trigo, vino y leche aunque no tengan dinero”. Este es un lenguaje oriental, un lenguaje místico. Es gente que vive

en el desierto, y el profeta identifica la sed del agua con la sed de Dios.

El hambre es hambre de Dios. El es quien ofrece una vida hermosa, gratuitamente. “Atiéndanme y acérquense a Mí, y su alma vivirá”. Sólo en Dios hay vida. Todo lo demás es camino de muerte. “Haré con ustedes un trato”. Es alianza de amor, y ustedes deben desear estar conmigo. Los profetas siempre contemplan a Dios como el gran gene- roso, el que cuida de los otros con amor. “Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores”… (salmo 145). Dios es el que envía el sol y la lluvia sobre buenos y malos. Todos los bienes que tenemos son un regalo del gran amor de Dios. Dios es el que aparece como el generoso, el que cuida, el que ama…pero eso no es sólo un dato, una información. Eso es una es- cuela donde Dios nos va enseñando. El comportamiento de Dios es una enseñanza diaria para el hombre. Su bondad es una escuela de bondad. Dios quiere ayudarnos a ser como Él, quiere conducirnos

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a una vida nueva. Todo el trabajo de la Iglesia: Misas, oraciones, escritos, obras de caridad, retiros, trabajo interior, meditaciones, todo esto es para ayudarnos a acercarnos a Dios, para sentir hambre y sed de estar con El. Es la búsqueda constante de la cercanía de Dios.

San Pablo ha hecho un camino maravilloso en su acercamiento a Jesucristo. El se siente tan atado a Jesús en su sed espiritual, que

llega a decir: “ ¿Quién me separará de este amor tan grande que me

une a Cristo?”(Romanos 8, 35). El tiene tanta sed de Dios, ama tanto a Jesucristo, que hasta aguarda con gozo el martirio. Mateo 14, 13- 21 :“La gente supo que Jesús estaba allí y salieron de los pueblos para seguirlo”. El Evangelio presenta una multitud que llega de todas partes, porque quieren estar con Jesús y oír sus mensajes. Jesús miró al cielo, bendijo los panes, y todos comieron hasta saciarse. Con la comida material, Jesús alimentó también sus almas con el amor y la búsqueda del Reino. El despertó en ellos el hambre de Dios.

Cuando nos acercamos al Sagrario a adorar al Señor, o cuando

comemos el Pan de Vida para alimentar nuestro espíritu, necesita- mos tener un gran deseo de estar con El, una gran necesidad de recibir su energía sobrenatural para no desmayar en el camino de nuestra fe,

para hacernos cada vez más fuertes en la lucha diaria. Que nuestro

deseo de El sea tan grande que lleguemos a romper el velo que en- vuelve el misterio del Pan de Vida, que la fe pase por encima de la

materia y palpe la presencia de Dios. Si alimentamos esa sed de Dios, llegará un momento en que po-

dremos decir con San Pablo: ¿Quién nos separará de ese gran amor?

Cuando se entra en ese amor de Dios, los sufrimientos, en vez de apagar el amor, lo que hacen es fortalecerlo, hacerlo crecer. Por eso el apóstol san Pablo nos dice: “ Ya nada nos separará del amor de Cristo:

ni las pruebas, ni la angustia, ni las persecuciones, ni el hambre, ni los

peligros, ni la espada, ni la misma muerte, porque estamos enraizados en Jesucristo para siempre.

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Misterio de amor 66
Misterio
de
amor
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III. LA EUCARISTIA

III. LA EUCARISTIA 67

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8. AL PIE DEL ALTAR

Al pie del Altar significa vivir en la presencia de Dios. No se trata

de una vivencia pasiva de la presencia de Dios. Es una contemplación

activa. Es vivir en la presencia de Dios en actitud de ofrenda. Es una respuesta a la presencia de Dios que es siempre ofrenda de Sí mismo a la humanidad. Dios es amor, amor perma- nente, y su amor es ofrenda

sin fin.

La tierra es altar de Dios, y también altar del hombre. Es el altar donde Dios ofrece su amor, en la expresión más grande y más sencilla, desde una gota de agua o un rayito de luz hasta el éxtasis sublime de la muerte de Cristo en la Cruz y la Institución de la Eucaristía. O sea,

desde esas pequeñas cosas que Dios da a la hoja o a la flor, hasta el gran sacrificio por la salvación del hombre, todo se va desarrollando

en la tierra como en un altar donde Dios se ofrece. Y este mundo es también altar del hombre. Toda nuestra vida es como una Misa, con un largo ofertorio: La ofrenda de toda la vida. Ese es nuestro ofertorio:

La vida entera. Mientras más gozosa es nuestra ofrenda, más hermosa es nuestra Misa. Y mientras más hermosa es nuestra Misa, Cristo está más vivo en nosotros, y vibra mucho más en nuestra existencia. La muerte cierra nuestro ofertorio para dar paso a la eter-na comunión. Nosotros copiamos la realidad de Jesús hecho pan. Nosotros, ofrecidos, consagrados por el amor de Dios, y entrando en eterna comunión en el éxtasis del amor. Esto es hermoso. Eso es la Eucaristía: Pan ofrecido, Pan consagrado, Pan de comunión. No- sotros: Ofrecidos, consagrados, en comunión. Vivir al pie del altar es saber que el amor consagra todo lo que hacemos, y lo hace ofrenda a Dios que es amor, y es también percibir que la vida consiste en celebrar, en estilo de ofertorio, nuestro retorno a la casa del Padre. Mientras vamos de camino, la manera de estar unido a Dios es la ofrenda, porque vamos muriendo a nosotros y a nuestras cosas para entrar en comunión con El. Cada día nos vamos

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despidiendo del mundo y de todo lo que nos ata a esta vida. Cada ofrenda es partir hacia El. Nadie quiere partir, a todos nos gusta es- tacionarnos. Nadie quiere morir, sin embargo, el amor se realiza en la muerte, dándose. El amor sólo puede generar la vida a través del morir. Esto es misterio. Si hay amor, la vida nace de la muerte. La muerte de Cristo generó la vida eterna, porque fue muerte por amor. Cuando la semilla muere en la tierra, genera una nueva planta. Por

la muerte se da el paso a la vida. Pero la muerte no es meta, es lugar

de paso, y es fuente de purificación para poder entrar en una vida

completamente limpia.

Vivir al pie del altar es vivir muriendo, pero con muerte gozo- sa, generando y dando amor. Vivir al pie del altar es realmente vivir. Todo esto implica mucha meditación y oración. Todo esto implica mucho

silencio para conectar con Dios en profundidad. En la superficie hay

mucho ruido, muchos intereses creados, mu-cho cansancio, pocas ga- nas de andar y recorrer bellas aventuras del espíritu. Jesús se ha quedado con nosotros al pie del altar, muriendo cada día en el altar para volverse comida para sus hijos. Su pre- sencia en este mundo es presencia sacramental, presencia en el Espíritu. El está guiando la Iglesia del silencio, en oración al Padre, continuando la obra de salvación hasta la consumación. El ya resucitó, nosotros todavía no. Las manos y los corazones abiertos siguen clamando: “ Abba, Padre”. “Ven, Señor”. Venga tu Reino. Esta Iglesia peregrina sigue rezando, sigue clamando, con la mirada en el cielo y las manos cargadas de ofrenda. Nuestra relación con Dios es relación de oración, tanto en la tierra como en el cielo, para terminar en el éxtasis eterno en la casa del Pa- dre. Jesús es víctima y también altar. En El nos vamos ofreciendo, y toda nuestra vida se vuelve ofrenda al pie del altar.

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9. INVITADOS AL BANQUETE DEL SEÑOR

El maná que el pueblo de Israel comió en el desierto era símbo- lo del nuevo manjar de Dios, símbolo de la Eucaristía. Les dio a comer un pan que no conocían, no para sentarse en el camino, sino para seguir andando hasta llegar a la Tierra Prometida. La Eucaristía es un

apoyo en el largo camino de nuestra vida. El Sa- crificio Eucarístico

tiene sentido de Iglesia peregrina. Todo peregrino necesita alimentarse bien, pues tiene mucho que an- dar. Los pasos del peregrino de Dios construyen vida nueva. Son pies de pecadores que van dejando huellas de santos. En la mesa del Señor encontramos un alimento fuerte para poder vivir al aire libre sin de- jarnos atrapar por las cadenas de este mundo. En esa mesa se aprende a gustar de la inmensidad del mar, de un vuelvo en las alturas, como Juan Salvador Gaviota, como san Pedro, como san Juan, como san Francisco de Asís, como san Juan Bosco, como san Juan de la Cruz, como Santa Teresita del Niño Jesús, como los millones de hombres y mujeres que se han acercado a la mesa eucarística con hambre de Dios, con sed de infinito. La Hostia Santa debe ser un verdadero ali- mento espiritual, una fuerza de Dios para el alma, tomándola cada día con paladar de ángeles. Para entender y saborear este manjar hay que renunciar a muchos panes, a muchos panes que hacen daño, a muchos panes que no ali- mentan porque no pueden saciar el hambre de Dios. “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna” (Jn.6, 51). La vida verdadera nos viene por la posesión de Cristo. Jesús entra a hablar con su pueblo con una doctrina muy difícil:

“comer su cuerpo”, “beber su sangre”, eran nuevos elementos de fe a los que muchos no podían llegar. Toda la vida de Cristo viene prea- nunciada en el A.T., pero esta doctrina del Pan de Vida, en la forma como Jesús la presenta, aparece sólo en el N.T. Es una doctrina que exige una profunda fe, y sus amigos no estaban preparados para eso.

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Por eso se van yendo, poco a poco, y dejan a Jesús solo con los após- toles, los cuales tampoco entienden. En el Evangelio de san Mateo se lee: “ Donde está el cadáver allí se reunirán los buitres” Mt. 24, 28. Es lenguaje místico. El cadáver se

refiere a la Víctima sobre el Altar. “Los buitres” significa que se trata

de aves poderosas, águilas capaces de estre- llarse sobre el altar y ar- rebatar a Dios como manjar, un manjar conquistado por la fuerza de la fe. Es alimento de aves grandes, de almas de una fe muy grande. No es alimento de hormigas, de pequeños insectos que se arrastran por la tierra. Este alimento constituye toda la fuerza de nuestra espe- ranza, pues nos lanza hacia la unidad con El. No somos nosotros que comemos a Cristo. Es Cristo que nos come a nosotros. Al comulgar nosotros vamos muriendo y va naciendo en nosotros otro Cristo. Existe una gran diferencia entre el pan material y ese Pan de los ángeles. El manjar material lo comemos para saciar nuestra hambre. Este manjar espiritual lo comemos para tener más hambre. Mientras más comemos el pan eucarístico más hambre tenemos de Dios, más deseo tenemos de vida espiritual, más deseo de seguir comulgando, de seguir comiendo de ese Pan y transformando nuestra vida en la vida de Cristo. El teólogo Teylard de Chardin se encontró en un desierto de Australia

y quiso celebrar la Misa. No tenía pan ni vino. Entonces colocó sobre el altar las penas, los trabajos y las alegrías de la humanidad y celebró

el sacrificio del mundo como el sacrificio de Dios. Pero al llegar a la

comunión, no teniendo materia para comulgar, rezó así : “Enséñame, Señor, a comulgar muriendo”. Teilard comprendió que nuestra hu- manidad va muriendo para recibir la vida nueva en el Espíritu Santo. Nuestras pequeñas vidas se van introduciendo en el gran misterio re- dentor, y beben de la fuente de la verdadera vida. Vamos dejando de ser nosotros mismos para sentir el poder de la vida de Cristo y em- pezar a gozar la vida nueva del Reino de Dios. “Enséñame, Señor, a comulgar muriendo y que en la muerte yo pueda saborear la vida.

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Como ciervos sedientos que van hacia la fuente, vamos hacia tu encuentro, Señor. 74
Como ciervos sedientos que van hacia la
fuente, vamos hacia tu encuentro, Señor.
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Toda la vida de Jesús fue configurada en la imagen de un banquete.

Banquete para dar gracias a Dios, banquete para ofrecerse a Dios, banquete para alimentar la vida nueva. El banquete de Jesús no fue sólo la celebración del Jueves Santo con

su última Cena. El Banquete que configuró la vida de Cristo como co- mida fue todo el Triduo Pascual. La muerte en la Cruz le dio sentido a la Cena Pascual y a la Resurrección. Por eso, invitados al banquete

del Señor significa : Invitados a Cenar con El, invitados a morir con

El, invitados a Resucitar con El. En la vida de cada día nosotros partimos el Pan con el Señor: El pan de la Palabra y el Pan Eucarístico; cargamos la cruz y mori- mos con Jesús, pues vivimos el desafío de construir la fe y el amor en un mun- do cargado de muerte y de materialismo; compar- timos con Jesús la Resurrección viviendo una vida alegremente ofrecida por la causa del Reino. Alimentándonos con el Pan eucarístico, con la vida de Jesús, nuestra vida se vuelva Pascua, Aven- tura, Sueño, Amor, Eterna Ju- ventud. El gran acto de fe que hacemos frente a ese pedacito de pan al decir “Amén”, Sí, ahí está el Señor, va transformando nuestra vida, y nos hace a nosotros también, fuentes de vida nueva.

CORPUS CHRISTI

Celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el misterio

que envuelve el amor grande de Jesús para con nosotros. Repetimos el gran acontecimiento del Jueves Santo, cuando Jesús celebra la prime- ra Misa y constituye el Sacerdocio al decir: “Hagan esto en memoria mía”. El Cuerpo y la Sangre de Jesús forman el sacramento del gran deseo de Jesús de quedarse con nosotros después de su Pasión, Muerte y Resurrección. El sabía que éramos malos, y vino a salvarnos. El sabía que íbamos a seguir siendo malos, y quiso quedarse con nosotros. Este es un misterio de amor, misterio de un Dios que perdona, miste-

rio de un pueblo que abre sus brazos y su corazón en su sed de infinito.

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En el cap. 6 del Evangelio de san Juan, Jesús multiplica los panes y desaparece. El desea ver qué piensa la muchedumbre. La gente cruza

el lago desesperada buscando a Jesús que se les ha perdido. Al encon- trarlo al día siguiente, Jesús se dirige a la multi-tud con una queja muy grande: “Ustedes no me buscan a mí. Buscan el pan que yo les di”. En su cuerpo había hambre de pan, pero en su alma no había gran hambre de Jesús. Busquen el alimento que vale, dice Jesús. Yo soy el

verdadero pan, el Pan que da vida eterna. La Iglesia sigue consagrando el Pan Eucarístico para alimentar nuestra hambre de Dios, para adorarlo en la reserva eucarística, para ayudarnos a tener hambre del cielo. La Iglesia siempre ha tratado de rodear la presencia eucarística de un gran amor y de un gran respeto. Al entrar en las iglesias se debe guardar mucho silencio por ese temor reverencial que merece la presencia real de Jesús bajo las especies del pan y del vino. Eso ayuda mucho a crecer en la devoción eucarística, que es la devoción más hermosa que vive la Iglesia, la devoción cris- tológica. Hay que lamentar que mucho de este temor reverencial, de este silencio sagrado de la Iglesia se ha perdido. La naturalidad con que se habla de cualquier cosa en la Iglesia, y hasta en la puerta del Sagrario, está siendo como un vendaval que arrasa con gran parte de nuestro fervor, y talvez hasta con gran parte de nuestra fe. Jesús nos acepta como somos, pero El nos pide algo más, sabiendo que po- demos dar más. Al menos debe brotar en nuestro corazón el propósito de guardar dentro de nuestro espíritu lo que antes se guardaba también en lo exterior. Preguntado un cristiano que estaba condenado a muerte con otros compañeros, “porqué estaban tan alegres, aun frente a la muerte”, re- spondió: “El Pan blanco”. El hablaba del Pan Eucarístico, la Comu- nión, donde ellos recibían la fuerza hasta para dar la vida por Cristo, e incluso en una forma gozosa. Ese Pan es nuestra fuerza, nuestra santidad. Con ese Pan y ese Vino en las manos podemos llegar a ser más que ángeles. San Pablo,

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sentirse muy unido a Jesús Pan de Vida, a Jesús Resucitado, llegó a exclamar: “Oh feliz culpa la de Adán que mereció tener con nosotros a Jesucristo”. Todas las devociones ayudan a crecer en el misterio de la fe, pero la devoción que más ayuda es la devoción al misterio eucarís- tico. La devoción cristológica es el centro de toda devoción en la Igle- sia. Llevo 20 años celebrando una hora semanal de adoración solemne al misterio eucarístico. Mientras pueda seguiré celebrando y adorando a Jesús Pan de Vida, pues es algo que me llena a mí y a todas aquellas personas que me acompañan en esta hermosa acción pastoral. Mien- tras más nos acercamos al Sagrario más hambre tenemos de estar con Jesús, y mientras más hacemos compañía a Jesús sacramentado más nos sentimos transportados a verdaderos momentos de cielo.

Frutos de santidad

Isaías 5, 1-7. Mt.21, 33-43

Cuando el pueblo de Israel estaba fallando en su santidad, en su relación con Dios, los profetas gritaban desesperados llamando a la gente a la conversión. Este pasaje de Isaías sobre la viña que no dio

frutos se aplica al pueblo de Israel que mataba a los profetas y que llevó a la Cruz a Jesús de Nazaret. Hoy día, 20 siglos des- pués de la

venida de Jesucristo, la Iglesia no se refiere tanto a los judíos, sino a

cada uno de nosotros.

Nosotros somos la viña del Señor. Dios se ha ocupado demasiado de nosotros. Para salvarnos, para hacernos dar frutos de santidad, ha

llegado hasta el sacrificio de su Hijo Jesús, y ha derramado la acción

permanente del Espíritu Santo. Se nos ha bautizado, se nos ha cui- dado a través de una intensa acción de doctrina y de culto. Nuestros pasos están llenos de bendiciones. A pesar de todo eso, no siempre damos los frutos que Dios quiere. San Pablo dice en su carta a los

Gálatas: “La gracia de Dios no se ha frustrado en mí. He corrido bien

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mi carrera, he combatido bien mi combate, y he mantenido la fe”. San Pablo se siente orgulloso, pues ha pasado bien las pruebas de los grandes sufrimientos que Dios le ha permitido, y se ha transformado en el santo que Dios quiso de él. Cristo venció al pecado y venció al mundo, y Pablo siente que, con Cristo, él también ha vencido.

Dios nos cuida mucho, pero nos exige un estilo de vida y una senda que es estrecha. En el pasaje de Isaías, el autor de la viña la destruyó porque no encontró fruto en ella. En el Evangelio de Mateo, los tra- bajadores recibieron la muerte por no cumplir con su deber. Son men-

sajes que conectan con el juicio final y que nos piden prestar más

atención a nuestra vida espiritual. En una ocasión, Jesús pasó con sus discípulos por donde había una higuera. Tenía muchas hojas, estaba frondosa, pero no tenía higos. Jesús quiso arrancarla. Los apóstoles le suplicaron: Esperemos un año más. Vamos a echarle abono, vamos a cuidarla mejor, y así lo hicieron. Al año siguiente pasaron otra vez y no tenía frutos. Jesús le dio la orden de secarse, y se secó delante de los apóstoles. Ellos se espantaron, pues el signo era muy fuerte.

Somos la viña del Señor. Ya hemos dado algunos frutos, pero Dios espera algo más de cada uno de nosotros. Todos juntos somos la viña de Dios, y también cada uno en particular es una pequeña viña que Dios cuida con amor. Una parroquia, una comunidad, una familia es una viña del Señor. Dios quiere encon-trar frutos, frutos abundantes, frutos generosos. La fe, la vida espiritual, la esperanza del cielo son un desafío en el mundo de hoy. Nuestra felicidad no va a depender de las cosas que tenemos o que disfrutamos. La plenitud de vida interior, la unidad que ten- gamos con Cristo, la razón de nuestro vivir puesta en la otra vida, todo esto es lo que nos hará plenamente felices, y nos dará la fuerza para atravesar todos los embates de la vida y poder vencer al pecado y al mundo. El alimento del Pan de Vida será nuestra permanente energía.

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Condiciones para comer el Pan

Isaías 25, 6-10.

Mt. 22, 1-10

En el tema de la viña del Señor, la viña que no fue fiel en dar frutos,

fue abandonada y condenada a la destrucción. Aquí el rey prepara un banquete, llama a los invitados, pero éstos no aparecen. El rey se enoja, manda a matar a los invitados y prende fuego a la ciudad. Nos preguntamos, ¿Cuáles son los invitados? Por el bautismo, todos somos invitados a las bodas con Cristo. Sólo hay una boda: Dios con todos los salvados. Sólo hay una boda: Cristo con la Iglesia. Cristo,

cordero inmaculado, que es seguido por la multitud de hijos e hijas que coronan su obra en el cielo. El cántico de Isaías dice: “Quitará el velo que cubre a los pueblos, la mortaja que cubre a las naciones. Enjugará las lágrimas de los ojos, y preparará un banquete para sus hijos”. Aun con la venida del Me- sías, este mundo sigue siendo un valle de lágrimas. Los sufrimientos continúan. Dios, al enjugar nuestras lágrimas, no las quita, las supera. La gracia no quita el sufrimiento. La gracia pone en nuestro espíritu una energía espiritual que nos permite sobrellevar los días buenos y los días malos con serenidad. Para ello necesitamos cambiar el código mental, cambiar nuestra manera de pensar. Santa Teresita del Niño Jesús dijo: “El sufrimiento me abrió los brazos y yo lo acepté con amor. Pero ya no sufro, pues todo lo que me hace sufrir me produce

gozo”. Francisco de Asís era más feliz cubierto de ropa vieja y dando

testimonio del amor de Cristo en la calle, que llevando una vida có- moda en la casa rica de su padre. Una persona que vive de Dios es más feliz rezando al pie del sagrario que otra que esté disfrutando de

un baile en una fiesta. Don Bosco, mientras más sufría más alegre se

mostraba entre sus muchachos. Si queremos vivir de Dios, si quere-

mos seguir a Jesucristo, necesitamos codificar nuestra vida desde una

dimensión de fe. Cuesta trabajo, pero se puede. Acercarse a esa experiencia espiritual, entrar en el santuario íntimo

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de la santidad de Dios, exige mucho sacrificio y gran purificación. Dios le dijo a Moisés: “Quita el calzado de tus pies, pues el lugar

en que estás es tierra sagrada”. En el libro Levítico se lee: “Yo soy santo, y si el pueblo quiere estar en mi presencia, tiene que ser san-

to”. Acercarse a esa vida de Dios, entrar en el banquete de boda del Cordero, implica la aceptación plena del sufrimiento como elemento

purificador. Por eso las vidas de los santos han sido muy sufridas. Se acercaron a Dios y fueron purifi- cados, no para sufrir, sino para bril- lar más al llenarse de santidad. Dios no destruye, Dios eleva. Quitar el velo de muerte, enjugar las lágrimas, no significa hacernos vivir una vida de cielo en esta tierra. Significa darnos las fuerzas espirituales

necesarias para quitar nuestras quejas, nuestros lamentos. Dios habla de senda estrecha. Mientras se vive con los criterios del mundo, la senda de Cristo es estrecha y pesada. Cuando se vive la senda estrecha con amor, la senda estrecha se vuelve ancha, porque el amor todo lo transforma, y Dios convierte el camino en una hermosa aventura, en una dulce canción. Vivir de amor es el regalo más grande que nos ha dado el corazón de Dios.

de la santidad de Dios, exige mucho sacrificio y gran purificación. Dios le dijo a Moisés:

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10. EUCARISTIA, PAN DE VIDA

“ Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.

Estaba próxima la Pascua, fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los

ojos y ver que venía hacia El mucha gente, dice a Felipe: ¿Cómo va- mos a comprar pan para que coman éstos? -Se lo decía para probarle, pues El sabía lo que iba a hacer-. Felipe le contestó: Doscientos dena- rios de pan no bastan para que cada uno tome un poco. Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero, ¿qué es eso para tantos? Dijo Jesús: Hagan sentar a la gente. Había en el lugar mucha hierba. Se sentaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes, y después de dar gra- cias, los repartió entre los que estaban recostados, y lo mismo todo lo que quisieron de los peces. Cuando se saciaron dijo a sus discípulos:

Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda. Los recogieron, pues, y con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido, llenaron 12 canastos. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: Este es, sin duda, el profeta que tenía que venir al mundo. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo a la montaña, El solo”. Juan 6, 3-15

Tratemos de meditar sobre esta divina realidad: Jesús celebrado como Pan de Vida. La Eucaristía es celebrar, hacer fiesta por ese gran sacramento de Cristo que se hace Pan por amor.

A Jesús lo están siguiendo grandes turbas y han visto muchos mila- gros. Se han adherido a El como el más grande de los profetas, porque los signos que El hace, nadie los había hecho así. Un gran misterio de fe está envolviendo la persona de Jesús, lo admiran y su presen- cia produce un gran entusiasmo. Verlo como Pan no va a ser fácil.

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Es un misterio de fe muy grande. Es ver una cosa y creer otra. Es saborear pan, y aceptar que ahí está el cuerpo de Jesús. Es más fácil

creer que Dios está en el cielo y no que está en ese pedacito de pan. Se necesitan ojos grandes para poder entrar en la niebla del misterio y ver lo que allí se esconde. Es como tener ojos divinos que puedan atravesar las tinieblas de la visión material para entrar en el misterio y llegar hasta la luz divina, donde Jesús está vivo. Jesús permite que el pueblo esté hambriento, que busque comida, y no uno, ni dos, sino una multitud hambrienta, porque lo que va a rea- lizar es muy grande. Jesús sacia de pan al pueblo. Les demuestra que

El puede quitarles el hambre. Que El puede darles siempre comida en

abundancia, pero no va a ser así, porque El ha venido para darles otro pan. Una vez que han comido, Jesús desaparece, para que surja la otra hambre: El hambre de encontrarle a El. “… Este es el profeta que tenía que venir …” Le reconocieron su origen divino. Se ha dado un paso. A este punto la multitud se divide en dos grupos: A-Los apóstoles que se van a buscar a Jesús en barca. Les coge la noche. Encuentran a Jesús caminando sobre el agua, pero creen ver un fantasma. B-La gente que van unos en barca y otros a pie en busca de Jesús. La gente le pregunta

que cómo llegó allí si El no subió a ninguna barca. Jesús no responde a la pregunta, sino que responde al plan que El tiene en su mente, y empieza la cate- quesis… “Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había habido más que una barca, y que Jesús no había embarcado en ella con sus discípulos, sino que los discípulos se habían embarcado solos. Pero lle- garon barcas de Tiberíades, cerca del lugar donde habían comido el pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subie- ron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encon- trarle en la otra orilla del mar, le dijeron: Rabbí, ¿Cuándo has lle- gado aquí? Jesús les respondió: En verdad, en verdad, les digo: Uds. me buscan no porque han visto señales, sino porque comieron pan

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hasta saciarse. Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el

alimento que permane- ce para vida eterna……Entonces le dijeron:

Qué hemos de hacer para hacer las obras que Dios quiere? Jesús les

respondió: La obra que Dios quiere es que crean en el que El ha en-

viado……En verdad, en verdad les digo: Moisés no fue el que les dio pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. En- tonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús les dijo: YO

SOY EL PAN DE LA VIDA. EL QUE VENGA A MI NO TENDRA HAMBRE. EL QUE CREA EN MI NUNCA TENDRA SED. Juan

6, 32-35. Jesús ataca de frente, y sacude la multitud: “Ustedes no me buscan a Mí, no buscan mi valor divino. Buscan lo que yo les puedo dar: Co- mida. Uds. deben buscar no ese alimento que perece, sino el que per- manece y conduce a la vida eterna. Yo creo que nadie entendió nada. Y empiezan las preguntas: Cómo podemos hacer lo que Dios quiere para obtener ese alimento? –Ese alimen- to se consigue con la fe, que crean en el que El ha enviado. Tú dices que nos va a dar pan del cielo…pero eso ya lo comieron nuestros padres. Eso no es nada nuevo… La gente se le está distan- ciando…El diálogo se está volviendo muy denso. Jesús in- siste: Moi-

sés no les dio ningún pan del cielo. Es mi Padre el que les da el pan del cielo. Jesús despierta el hambre de ese pan. Dijeron ellos: Señor, danos siempre de ese Pan. Y Jesús responde sin titubeo: YO SOY EL PAN DE VIDA. Surge el primer problema: Si éste es Jesús, el hijo de José, cómo es que dice que El es el Pan bajado del cielo? La gente se distancia aún más y pierde la fe. Surge el segundo problema: El que coma de este pan vivirá para siempre. Entonces, ¿No habrá muerte? Tercer

problema: El pan que yo daré es mi carne…Quien me coma tendrá la

vida… ¿Comer su carne? ¿Beber su sangre? IMPOSIBLE. La gente se fue marchando y quedaron sólo los discípulos. Jesús habla de un signo exterior, con una realidad interior.

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Nosotros somos capaces de llegar a la realidad exterior: Comer, gustar, ver…Pero no podemos adentrarnos en esa realidad inte- rior tan profunda. Por eso dice Jesús: NADIE PUEDE VENIR A MI SI NO SE LO CONCEDE EL PADRE. Aquí atravesamos la puerta de un misterio, al cual, sólo el Padre con el poder de su Espíritu puede conducirnos.

Jesús se ha quedado solo. Siente el peso de la misión grande que le ha tocado, y sabe que debe cumplirla así como está mandada. Por eso dice a sus discípulos: ¿También Uds. quieren irse? Váyanse… Pedro le responde: ¿Adónde vamos a ir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. Esa fue la base de este gran Misterio. Eso fue lo poco que Jesús pudo decirnos. No fue entendido, pero fue anunciado. Le tocaría a la acción del Espíritu Santo llevarnos hasta la verdad del Misterio. Jesús abre las compuertas del Espíritu y lanza a la humanidad por la senda de un Misterio de Amor. Dios que comulga con el hombre y el hombre que comulga con Dios.

JESUS, EL DIA ANTES DE MORIR, HABIENDO AMADO A LOS

SUYOS QUE ESTABAN EN EL MUNDO, LOS AMO HASTA EL

EXTREMO. REUNIO A SUS AMIGOS EN UNA CENA DE DES- PEDIDA, Y PARA DEJARLES UN RECUERDO PERPETUO Y VIVO DE SU MUERTE SALVADORA EN LA CRUZ…

Tomó el pan en sus manos, lo partió y se lo dio diciéndoles: TOMEN Y COMAN, PORQUE ESTO ES MI CUERPO QUE VA A MORIR

POR USTEDES. En una copa de vino les dejó el MEMORIAL de su Sangre derra- mada. Juan 13, 1ss. Lucas 22, 19-20. Mateo 26, 26-28.

En el Evangelio de San Mateo se lee: “Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres”. Se trata de un lenguaje oriental: buitres, águi- las, aves poderosas. Esto no es alimento de hormigas, sino de almas

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grandes, de los que llevan una fuerza nueva y conquistan a Dios como manjar. En realidad nosotros no comulgamos a Cristo. Es el Señor que nos comulga a nosotros. Comulgando vamos muriendo a nosotros mismos para dejarnos envolver por el Misterio y llegar a ser otros Cristos. De esta forma, comulgar es morir, y Jesús, para darse en co- mida, muere. Teilhard de Chardin entendió muy bien este misterio del morir al comulgar cuando dijo: “Enséñame, Señor, a comulgar muriendo”. Jesús, desde ese Sumo Sacerdocio del Jueves Santo, va arreba- tando a sus hijos como águilas misteriosas que caen estrelladas por la

sed de Dios, y conquistan la vida nueva. La marcha es lenta, y al igual que ayer a los pies de Jesús, muchos no pueden entender. Lentamente vamos recorriendo el camino que Jesús recorrió. Vamos muriendo a la propia vida para entrar en comu- nión con la vida que no muere. “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, que car- gue con su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la per- derá, pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará”. Mateo 16, 24-25. “Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto”. Juan 12,

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Pero, a pesar de nuestras limitaciones y nuestros miedos, dentro

de nosotros continúa la sed, el hambre de Infinito. Sigue aleteando en

nuestro espíritu la gran gaviota Juan Salvador, que no se conforma con picar gusanillos en la orilla del mar, sino que quiere saborear la altura, disfrutar de un vuelo en la inmensidad del mar, donde se gusta otro alimento que las pequeñas gaviotas no entienden. Nuestras almas quieren salir a coger aire, a volar como Juan Salva-

dor Gaviota, como San Pedro, como san Juan, como san Pablo, como

san Francisco de Asís, como santa Teresita del Niño Jesús, como san

Juan Bosco. Queremos que la Hostia santa sea alimento espiritual,

fuerza de Dios, y tomarla con paladar de ángeles. Alrededor del al- tar, como brotes de olivo, como espigas maduras en la fe, vemos pan

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y saboreamos pan, pero la fe nos conduce hasta el misterio donde sentimos la presencia de algo grande, donde adoramos la pres- encia real de Jesucristo. Dichosos los ojos de la fe que pueden verlo, pues se iluminarán cada vez más al sumergirse en esa sed

de infinito que sólo es colmada en la vida eterna.

La Redención expresada en el Misterio Eucarístico:

“ DIOS ES AMOR ” Y la Palabra de Dios fue “Amor”. Y ese amor fue tan grande que se hizo carne.

La Palabra de la carne fue “Ofrenda”.

Y esa ofrenda fue tan perfecta que se hizo Pan. Y el Pan alimentó el Amor y le dio vida eterna.

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11. JESUS, OFRENDA EUCARISTICA

Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Y Jesús les dijo: Yo soy el Pan que da vida. El que viene a Mí, nunca tendrá ham- bre; y el que cree en Mí, nunca tendrá sed. Pero, como ya les dije, ustedes no creen aunque me han visto”. Juan 6, 34-36.

La fórmula de la Consagración dice: “TOMEN Y COMAN TO- DOS DE EL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO QUE VA A SER ENTREGADO POR USTEDES”. Nació para ser entregado. Vino para ser ofrenda. El universo es una Misa, y la vida del hombre no deja de ser un ofertorio de amor. “no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me diste un cuerpo: aquí estoy para hacer tu voluntad”. Hebreos 10, 5-7.

El Hijo de Dios llega en la plenitud de los tiempos. La humanidad ya está madura para ser ofrecida. En un mundo de pecado, de dolor y de confusión, asume un cuerpo doliente, y en ese cuerpo se ofrece el Hijo de Dios. Y en ese cuerpo se ofrecen todos los pueblos de la tierra.

Su cuerpo es Víctima, pero es también Altar, donde se va ofreciendo el universo entero. Jesús marcó la tierra con el signo de la cruz y la

convirtió en ofrenda. A la mesa de la cruz, único y eterno sacrificio,

van llegando las ofrendas del mundo entero. La cruz, dolor para los pecadores, y felicidad para las almas lim-

pias, es la misteriosa fuerza que nos abre la puerta de la vida ver- dadera. Jesús, siguiendo la estrecha senda elegida por el Padre, tuvo

que descender hasta los lugares ínfimos de la naturaleza humana: ser

desechado, burlado, anonadado, herido por la misma muerte, para así atravesar las aguas turbias de la corriente humana cargada de pecado, y convertir esas aguas en surtidor de aguas vivas que salta hasta la vida eterna. Su ofrenda ha sido perfecta. Ha limpiado la historia del hombre. El se da y lo transforma. Y aquí radica el gran problema de la humanidad:

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Para llegar hasta Él, para ser ofrenda agradable y santa para entrar en esas aguas vírgenes de la vida nueva, hay que recorrer el camino que El recorrió: Negarse a sí mismo, ser burlado por el mundo, romper con los criterios humanos, destruir nuestros caprichos y exigencias, aceptar la cruz, anonadarse hasta morir, en una palabra, ser nadie, y recoger en las humildes puertas de la propia humillación, el documen- to de la libertad de espíritu. Pero a nosotros se nos hace muy difícil descender. Todo sufrimiento, del orden que sea, parece un atropello contra la naturaleza. No queremos morir ni en las más pequeñas co- sas, y avanzamos pesadamente hacia el altar de la propia ofrenda. No

queremos soltar las amarras y lanzar nuestras barcas, sin brújula y sin mapa, hacia alta mar en la espesa noche, donde los ojos limpios de la fe descubren unas manos de Padre que reciben la ofrenda de nuestra vida, como espiga ya madura para el cielo.

Tomen y Coman, esto es mi Cuerpo que será entregado por

ustedes. Entregado…Nació para ser entregado. Vino para ser of- renda. En la Eucaristía le decimos a Dios-Padre que somos una humanidad que está madura para ser ofrecida, que somos un pan que está preparado para ser comido, pues estamos dispuestos a ser cocido en el horno de amor de su Hijo Jesucristo.

Jesús marcó la tierra con un sacrificio y convirtió el mundo en

ofrenda. Tenemos sed, Señor. Sed inmensa de Ti. Iremos hacia la in-

mensidad, hacia el fragor de las aguas. Queremos ser manantial para un pueblo que tiene sed. Queremos ser comida para un pueblo que

tiene hambre. Toda esta ofrenda implica un combate espiritual, una lucha cargada de miedos y desalientos, de temores y esperanzas. Nuestro pequeño esfuerzo y el gran imán de la Resurrección de Jesús van construyendo la vida nueva, el Reino del Padre en Jesucristo. La vida se nos vuelve un sueño, porque no somos más que un aeroplano en turbulencia que lucha por sobrevolar la atmósfera difícil y llegar felizmente al espa- cio sereno. Cristo como el gran OFERTORIO y la Humanidad en El.

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La ofrenda perfecta se consuma en Él. El es nuestra paz, nuestra re- conciliación, nuestra vida nueva. Cuando los colonizadores llegaron a Méjico, encontraron una cos-

tumbre religiosa muy significativa: Tomaban prisioneros, los mata- ban, les sacaban el corazón e iban corriendo hasta el altar de su dios para ofrecerlo. Si al llegar al altar ese corazón ya no se movía, es decir, si ya estaba muerto, lo tiraban lejos del altar, porque ese corazón no servía para ser ofrecido. A su dios sólo querían ofrecerle “vida”, no “muerte”. La gente suele decir: Dios sólo come corazones. Pero Dios sólo come corazones limpios, corazones donde El ha puesto su vida. La vida del hombre o mujer de fe es un interminable ofertorio. Para vivir para Dios, para ofrecerle vida, es necesario ir muriendo al mundo. Celebrando la vida de Cristo, la humanidad va escuchando un grito de alabanza cada vez más fuerte, hasta entrar en un gran misterio, donde el lamento de la humanidad ha sido ofrecido en forma perfecta y se ha cambiado en aleluya, porque la ofrenda ha sido bien hecha, y todo está consumado. En el esfuerzo permanente por salir de la turbulencia y llegar al espacio sereno de un corazón en paz, santa Teresita escribe: “Busqué el sufrimiento y lo conseguí. Pero ya no sufro, porque todo lo que

me hace sufrir me produce gozo”. Pero antes, ella afirmaba: “A los cuatro años de edad perdí a mi madre. Me acerqué al ataúd y lo en- contré triste y grande. Quince años más tarde murió mi segunda ma- dre, sor Angela. Me acerqué al ataúd y lo encontré pequeño y alegre, pues el invierno de mi alma había pasado para siempre. El calor de Cristo había hecho desaparecer el invierno de la fe de santa Teresita.

Y el calor de Cristo va derritiendo el hielo de nuestras esperanzas

frías, de nuestros miedos inútiles. “ Tú no quieres sacrificios ni o-

frendas, pero me diste un cuerpo: aquí estoy para hacer tu voluntad”. Ese cuerpo que recibió el Hijo de Dios era un cuerpo doliente como el nuestro. Un cuerpo capaz de padecer, capaz de dar de sí mismo

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hasta que duela. Un cuerpo para acompañar al hombre en la gran

prueba de la purificación interior. Es la simiente que cae en el surco y

va despertando a todas las semillas dormidas porque habían perdido la vida. El es quien da valor y garantiza nuestra ofrenda. El es quien acompaña en todo momento de fe. El está ahí … ..

… Junto a Abrahán, errante y nómada por fe y obediencia. … Junto a Isaac en la leña, esperando ser ofrecido. … Junto a José vendido como esclavo, quien con su humildad se vuelve más grande que los faraones. … Junto a san Pablo, derribado del caballo, que pasa por las tinieblas para llegar a la luz. … Junto a san Juan Bosco, niño pobre que se convierte en re- dentor de una multitud de jovencitos pobres y abandonados. … Junto a Juan Pablo II que cae con un balazo en el estómago y el amor grande que lleva en su espíritu le cura las heridas. … Junto a Madre Teresa que se convierte en signo legible para un mundo de una fe débil.

Es la caravana de la fe que no se detiene, porque es ya la plenitud de los tiempos, y vamos hacia el altar de la vida, porque es tiempo de ofrenda. Los santos y santas que nos han precedido en la fe son el símbolo de una esperanza gozosa, de una vida hecha ofrenda de amor,

de unas Misas que se acabaron entonando un aleluya sin fin. Doradas

espigas que se han hecho un mismo pan. Gotas de agua que se han fundido en un mismo mar. Cristianos que se marcharon a celebrar su

sacrificio sin fin en el Altar del Amor.

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12. EUCARISTÍA: ALIMENTO Y APOYO

La Eucaristía es compa- ñía, es luz, es consuelo, es paz. Es el ali- mento que nos fortalece en el camino de la fe, que reafirma cada día nues- tra fidelidad.

Cristo, nuestro Salvador y Re- dentor, sigue salvando y redimiendo a través de su acción sacramental en la Iglesia. “La Eucaristía es Centro y Cima de los sacramentos, fuente y cumbre de toda la vida cristiana”. (Vat.II)

12. EUCARISTÍA: ALIMENTO Y APOYO La Eucaristía es compa- ñía, es luz, es consuelo, es paz.

La fe no es sólo creer que Dios existe, es creer que Dios nos ama. Alimentar la fe no es sólo rezar y comulgar. La fe se alimenta en las decisiones que comprometen. La fe se actualiza en cada momento marcado por el signo de la cruz. “Si el Pan eucarístico no despierta en nosotros más hambre de Dios es porque lo hemos instrumentalizado, talvez considerándolo como un objeto precioso de veneración, y no como un ali-mento para la vida”. (Carta de obispos italianos, 1983) “La Eucaristía no es sólo el gran bien espiritual de la Iglesia, sino el Acontecimiento Pascual que renueva la hora de la salvación, con todo su potencial de Gracia de Dios. No hay Eucaristía sin Iglesia, ni hay Iglesia sin Eucaristía. La Eucaristía le exige a la Comunidad centrarse en la vida de Cristo, en esa vida con poder salvador. La Eucaristía es la experiencia más hermosa del Misterio Cristiano. Es la fuerza espiritual que encarna una acción directa de Dios y del hombre al mis- mo tiempo. En la Eucaristía, Jesús convoca a su pueblo para formar un solo cuerpo con Él. La asamblea es parte importante de la Misa.

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Es el nuevo pueblo sacerdotal que Dios convoca en Jesucristo, con- vocatoria que se hace para siempre y que se renueva cada vez que se celebra la Santa Misa. Para la celebración de este memorial, la comu- nidad tiene que destruir toda desconfianza y toda división, porque en- tra a celebrar el Misterio en la unidad de Dios. Muchos cuerpos, pero un solo corazón. La convocatoria del Señor genera hijos de Abrahán, en un pueblo nuevo para la nueva vida”. (De la carta de los obispos italianos, en Familia Cristiana, No.38, Sept. 25, 83).

Cristo anuncia la Eucaristía y la instituye como pan de vida. “Yo soy el Pan de Vida bajado del cielo…El pan que yo les voy a dar es mi carne para la vida del mundo…Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Juan 6, 50ss. Hoy, más que hambre material, se siente el hambre espiritual. Son muchos los bautizados que han perdido la unión con Cristo y sufren anemia espiritual. Nuestro espíritu tiene, a veces, más cáncer y más SIDA que nuestro cuerpo. Muchos cristianos necesitamos una transfusión de la Sangre de Cristo para curar nuestra leucemia espiri- tual, para purificar y fortalecer nuestra alma. ¡ Cuántos mueren sin fe! ¡Cuántos mueren sin esperanza! Todos nos sentimos débiles, anémi- cos, cansados. Todos sentimos sed de felicidad, de amor, de eternidad. Cada día necesitamos de este Pan para darle vigor a nuestra energía espiritual, para permanecer como miembros activos de la Iglesia. Cristo nos da nueva vida por el Bautismo. Es el Sacramento prime- ro y puerta de los demás. En la Eucaristía nos da el alimento para esa vida. Sin la Eucaristía no puede haber vida de Gracia, ni crec- imiento en la fe. “Para el apostolado es necesaria la unión vital con Cristo”(Vat.II). Hoy día se comulga mucho. Pero, ¿cuál es la razón? ¿Simple costumbre tradicional o social? La Eucaristía nos junta y nos une. En ella nos damos la paz. Acerquémonos a esa Mesa divina, donde Cristo nos espera para darnos su Pan y su Vida. “Quien come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y yo en El”. Juan 6, 56.

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Lo mejor para el Señor 101
Lo mejor para el Señor
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IV. LA CRUZ

IV. LA CRUZ 103

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13. La Cuaresma y el sentido de la Cruz

Su significado… “La Iglesia se une en los cuarenta días de Cuaresma al Misterio de Jesús en el desierto. La Iglesia relee y revive todos los acontecimientos de la Historia de la Salvación en el HOY de la Liturgia. … Es un momento fuerte de la práctica peni-tencial de la Iglesia. Tiempo especial para la caridad, el ayuno y las liturgias peni- tenciales”. –Catecismo de la Iglesia Católica. La Cuaresma es un tiempo precioso cargado de signos de amor y misericordia. Se colocan frente a frente nuestros pecados y el amor

misericordioso de Dios, y al final triunfa la Misericordia Divina. La

Cuaresma es un tiempo oportuno de oración y meditación de la Pa-

labra de Dios. Esencialmente la Cuaresma es preparación para la Pas- cua del Señor. Con la conversión del corazón nos preparamos para

revivir la Pascua. Se reflexiona sobre nuestra condición de bautizados,

y tratamos de incorpo- rarnos más de lleno al Misterio Pascual.

Su origen… No existe un origen propiamente dicho, como de algo que se ha ido formando a través de los siglos. La Iglesia usa este tiem- po para enfocar su vida dentro de esta visión:

… Los cuarenta años del Pueblo de Israel por el desierto. … Los cuarenta días de Moisés en el monte Sinaí. … Los cuarenta días de Jesús en el desierto. La Iglesia sabe que necesita su propio desierto para prepararse a celebrar el gran acontecimiento pascual. Para acercarse a esa expe- riencia salvadora de Cristo se necesita un espíritu fuerte y unas de-

cisiones bien definidas. Aún en medio del ruido de la vida diaria, la

Iglesia trata de experimentar el hecho de SENTIRSE SALVADA, y esto vivirlo en una intensa experiencia de Dios. Es un tiempo fuerte de cambio del corazón, de aumento de la caridad, y de la aceptación de la Cruz. Cada cristiano debe vivir su propio desierto, y entrar así en su propia Pascua. Pascua que puede ser vivida cada día, pero en la

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Cuaresma se intensifica mucho más. Si todos los ritos y acontecimien- tos de la Cuaresma no producen en el cristiano una profunda fuerza renovadora, entonces este tiempo no ha logrado bien su objetivo.

Tiempo de purificación…Toda la Historia de la Salvación es histo-

ria de purificación. Así lo ha entendido el pueblo de Dios, y así lo

seguiremos viviendo hasta la consumación de los siglos.

Eclesiástico 2, 1-2 : “Si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te impa- cientes en la hora de la adversidad”. Juan 15, 1-2 : “Yo soy el árbol, y mi Padre es el que lo cultiva. Si una de mis ramas no da fruto, la corta; pero si da fruto, la poda para que dé más fruto”.

Lo primero que hace la Iglesia no es pedirnos penitencia o lágri- mas de arrepentimiento. Ella, más bien, nos presenta el Amor grande,

la Misericordia infinita de Dios, para que brote espontáneamente en

nosotros la necesidad de hacer penitencia, de arrepentirnos, de pedir

perdón, de purificarnos un poco más para estar más cerca de El.

La Cuaresma, y en especial la Semana Santa, es un tiempo que nos ayuda a revisar nuestra vida cristiana del pasado y nuestra pers- pectiva de futuro. Tiempo oportuno para entrar más a fondo en la vida de Jesús, en especial su Misterio Redentor. De dónde venimos, ha- cia dónde vamos, y qué sentido tiene nuestra vida, son interrogantes que sólo se aclaran en el Misterio del Verbo encarnado. Tenemos que cuidarnos del ambiente en que vivimos nuestra fe, pero sobre todo, tenemos que cuidarnos de nosotros mismos, de nuestras exigencias, caprichos, y emociones descontroladas. Jesús, en el Evangelio de

san Marcos, nos presenta un cuadro fuerte de nuestro peligro interior:

Marcos 7, 21-23: “Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro:

porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, el adulterio, la inmoralidad sexual, los asesinatos,

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los robos, el deseo de tener lo ajeno, las maldades, el engaño, la vida viciosa, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas vienen de dentro y hacen impuro al hombre”.

Dada esta situación del hombre caído, la Iglesia nos invita a un ma- yor esfuerzo por controlar nuestra vida, por defendernos del ambiente exterior, y luchar contra las fuerzas negativas que salen de dentro de nosotros. Toda esta lucha espiritual es un continuo desafío que en- contramos en nuestra vida de fe. En el Deuteronomio se lee: “ Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge la vida y vivirás”. Deut. 30, 19. La vida de cada día nos lanza un desafío: escoger el bien o el mal. Vivir de acuerdo a unos principios sanos o dejarnos arrastrar por el mal. “Estrecha es la senda que lleva a la vida. Ancho y espacioso es el camino que lleva a la perdición”. Eclesiástico 4, 17-19 : Al que me escuche, comenzaré probándolo con tentaciones. Y si se aparta de Mí, lo arrojaré de mi vista, y lo entregaré a su propia ruina”. Muchos de nuestros fracasos en la vida no se de- ben al ambiente o a los demás. La causa somos nosotros mismos, pues la ruina va dentro de nosotros.

Dentro de todo este esfuerzo entra como meditación principal el sentido de la Cruz. La cruz se nos presenta como una llamada a asumir toda nuestra vida con generosidad. La cruz que hemos recibido es un proyecto de Dios sobre nuestras vidas. El pecado nos lanza fuera de Dios. La cruz nos devuelve al encuentro del Padre. Al igual que en Jesucristo, Dios tiene un proyecto de santidad sobre cada uno de no- sotros. Ese proyecto se lleva a cabo asumiendo la cruz con sentido de obediencia a Dios. En ese camino de obediencia y ofrenda, converti- mos el día bueno y el día malo en fuente de paz interior. La aceptación gozosa de cuanto nos sucede, y la alegría de poder encontrar algo para ofrecer, van abriendo un camino feliz hacia la vida del espíritu. LA CRUZ ES LA UNICA FUENTE DE NUESTRA ALEGRIA INTE- RIOR. Mientras más nos lamentamos o nos apartamos de la cruz

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nuestra vida se empobrece más, y nuestro corazón no puede descan- sar. Sin esa aceptación serena de cuanto nos sucede, nuestra vida se va envolviendo en un remolino de nervios cansados y ansiedades profun- das. La mayor parte de nuestras enfermedades son insatisfacciones o

inseguridades, y especialmente, purificaciones no aceptadas. Cuando

se juntan los dos grandes silencios, el silencio de Dios y el silencio del hombre, con la fuerza de un amor salvador, se produce una gran paz interior, y esa paz genera una santa alegría que es más del cielo que de la tierra.

nuestra vida se empobrece más, y nuestro corazón no puede descan- sar. Sin esa aceptación serena

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La vida es como una vela: para dar luz tiene que quemarse 110
La vida es como una vela:
para dar luz tiene que quemarse
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14. El Camino de la Cruz y el Silencio de Dios.

El pecado nos vuelve débiles y no nos deja comprender muchas cosas en nuestro seguimiento de Cristo. Vivimos en un valle de lágri- mas y somos seres cargados de lamentos. Poco a poco, la gracia de Cristo nos va conduciendo hacia la luz para poder com- prender mu- chas cosas hermosas. Nuestros pasos hacia el Misterio de Dios son lentos, pero vamos caminando. Caminamos a tientas, pero la fe no tiene miedo a avanzar. Hemos aprendido a llorar cuando el dolor llama a nuestra puer- ta. Hemos aprendido a correr hacia Jesús cuando alguna pena golpea nuestra vida, pidiéndole que nos la quite. Talvez no lo comprendemos, pero es una gran verdad que el sufrimiento tiene sentido de amor. Cuando algo nos hace sufrir es señal de que Dios nos quiere mucho, que anda por ahí a nuestro lado, que El está haciendo de portero de la casa, y que cuando nos vamos a dormir, El toma una silla y se sienta al pie de la cama para cuidar nuestro sueño. Y también es una gran verdad que cuando nada nos molesta, cuando todo va muy bien, es señal de que Dios talvez no nos quiere mucho. Por lo menos nos está privando de su presencia intensa. Nosotros buscamos un cielo en la tierra, pero eso no es posible, desde la perspectiva de la vida de Cristo. Al conocer a Jesucristo se

nos dice bien claro: “ No hay oro ni espadas, tan sólo quieres que yo te siga”. La felicidad viene del amor a El y a los herma- nos en esta

vida, y de la esperanza en la otra vida. Hay que codificar la vida en

otra dimensión. La vida de fe no puede ser un proyecto de parches. No se trata de ir protegiendo la vida humana con todos sus criterios, e ir poniéndole parches espirituales para que luzca bien. Una actitud así, nunca ha sido ni será válida. El cambio puede ser lento, pero debe ser radical.

La presencia de Dios en nuestra vida es presencia de purifica-

ción para crecer en su amor. Eso es misterio y hay que dejarlo así.

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Necesitamos siempre algunas pequeñas cosas que nos hagan sufrir para mantener la mirada atenta a la mirada de Dios. Algo que no nos deje dormir en las cosas del mundo, y nos mantenga despiertos en el espíritu de fe, en la esperanza del cielo, en la sabiduría de Dios.

Cuando la Iglesia sufría de verdad, cuando estaba latente la cruz de Cristo, en las persecuciones, en los mártires, la Iglesia crecía, estaba viva, gozaba de paz y sentía el poder del amor. Ahora tenemos una Iglesia con mucha buena gente, pero es más bien la Iglesia del triunfo, de los privilegios, de las grandes colectas para los pobres, sabiendo que buena parte de ese dinero se queda en salarios y burocracia. Es una Iglesia que crece muy lentamente. Es una Iglesia con mucho po- der y mucha presentación. Es lo que pasaba en la Edad Media, cuando el Crucifijo le habló a Francisco de Asís y le dijo: “Repara mi Iglesia”. Nuestra Iglesia, igual que Jesucristo, debe seguir con su cruz a cues- tas, cayendo y levantándose, y construyendo, poco a poco, el poder de su propia Resurrección. Necesitamos una Iglesia que viva y trabaje

como las raíces de los árboles, calladamente y sin descansar. Nuestra Iglesia es débil en la fe y en el amor. Nos conformamos con poca cosa. Es Iglesia de Jerarquía, no de hermanos. Es Iglesia de recoger limosna, no de “ágape”. Predicamos mucho y los mensajes son muy

bonitos, pero nos estamos asfixiando, porque nuestro amor y nuestra

oración son muy pobres y no nos convencen ni a nosotros mismos. Nuestra Iglesia vive y es aceptada porque la misericordia y el amor de Dios son infinitos. La Iglesia de Jesucristo debe ser heroica. Debe saber dar hasta que duela. Una Iglesia que ruede por tierra y de la tierra se levante resucitada. Que lleve lágrimas en los ojos, pues vivi- mos en un valle de lágrimas, pero que tenga paz en el corazón, porque cree en la presencia de Dios.

La vida cómoda, la huida a todo lo que signifique sacrificio, nos está

empobreciendo. El simple barniz espiritual que tenemos no nos deja ser hombres y mujeres de espíritu., verdaderos ciudadanos del cielo.

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Nuestra Iglesia no vive sólo para cumplir normas, sino para

construir santos. Cuando Dios quiere entrar en nuestras vidas tiene que eliminar muchas cosas, romper muchas ataduras, desgarrar mu- chas esperanzas mezquinas, y así abrirnos a la pano- rámica de la

grandeza del cielo. La entrada de Dios en nuestra vida duele, porque

purifica y hace crecer. Cada día deberíamos clamar como los santos:

Por favor, mi Dios , no te vaya, aunque tu presencia duela. Sólo en Ti

hay palabra de vida eterna. Comprender todo esto no es fácil. Es el Espíritu quien da la fuer- za. Todo esto implica mucha humildad, y hay que desbaratar los ra- zonamientos llenos de miedo. Cuando Jesús murió, los apóstoles huyeron. En tres años de formación no lograron entender el misterio de la cruz. Los judíos no han podido aceptar a Jesucristo, porque no pueden aceptar el misterio de la cruz. Nos vamos abriendo paso hacia la luz muy lentamente. No vemos claro, pero creemos y esperamos. En medio de la confusión, de la duda y del miedo, nos atrevemos a decir “sí” como María, y como la legión de hombres y mujeres que han sido capaces de sentarse en la barca de Cristo y navegar con El en medio de la tempestad del mundo. Sentarnos en su barca rumbo a alta mar, sin remos y sin velas, teniendo como única seguridad la con-

fianza en su presencia. Partir con El en la noche oscura de las horas

difíciles con la conciencia de no ser más que un manojito de carne débil, pero seguros de que El nunca falla. Los sufrimientos son para convertirlos en ofrendas, no en lamentos. La cruz es para ser ofrecida, no para ser llorada. Por nuestro bautismo llevamos en nosotros germen de resurrección. La fe es más fuerte que todos los sufrimientos del mundo. Somos seres nuevos con una po-

derosa visión de infinito. No estamos hechos para arrastrarnos como

gusanos, sino para volar alto como las águilas. Aunque todavía somos seres humanos cargados de defectos, dentro de nosotros está vibrando el ángel de Dios. Para vivir este profundo combate espiritual, la prin- cipal batalla no es contra el mundo, sino contra nosotros mismos.

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Se trata de no acomodarnos a los principios que dicta nuestra carne, sino a la voz del espíritu. Nuestra pelea no es contra las ideas de los demás, por equivocadas que estén. Es luchar contra nuestra manera de pensar, destruir esa luz que nos ciega, esos criterios humanos que he- mos acuñado tan fuertemente, y que bloquean toda decisión de cam- bio interior. Es saber que necesitamos luz, y que debemos cerrar los ojos de la carne para poder abrir los ojos del espíritu, gritando como el ciego de Jericó: Señor, que yo vea! Tenemos que bendecir a Dios como María diciendo: “hágase en mí lo que Tú deseas”. Y aunque me lamente y llore, más allá de mis quejas, Señor, yo te amo! Cuando nos abandona- mos en las manos de Dios encontramos mucha armonía, y la vida adquiere un sentido sublime. De peldaño en peldaño, el sacri-

ficio se adentra en el amor de Dios , y se llega al éxtasis de la propia

ofrenda con una vida gastada en plenitud.

El Silencio de Dios

Por razón del pecado del mundo, vivimos en un valle de lágri- mas.

Dios sigue en medio de nosotros, pero nuestras lágrimas empañan los ojos y no podemos ver a Dios. Dios nos acompaña en silencio y el Silencio de Dios nos desespera, y lo consideramos hasta un castigo.

Quisiéramos oír respuesta al clamor que brota de nuestros problemas. Con nuestros lamentos declaramos oficialmente que Dios ha muerto,

y sin embargo, Dios está ahí, contemplándonos y cuidándonos. Sólo la esperanza nos permite resucitar a Dios. No podemos entrar en el

silencio de Dios porque hay mucho ruido en nuestra alma. Queremos

resolver las pequeñas cosas concretas de nuestra vida, y Dios nos exi-

ge una mirada hacia el infinito, una visión más amplia de nuestra vida.

A veces no oímos a Dios ni entendemos su lenguaje, porque El está en otra dimensión, en la energía de otros valores que no son los nue-

stros. Hasta que yo no sea capaz de un silencio total de todo mi ser,

no podré percibir la Palabra de Dios, ni entender el significado de su

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silencio para mi vida. Esa Palabra de Dios que me dice aquí y ahora lo que yo debo hacer, no para llorar, sino para soñar con esperanza; no

para cerrar los ojos, sino para arrancarle a las tinieblas la poca luz que guardan en su interior. Somos llamados a continuar la historia y no a mirar hacia atrás, convirtiéndonos en estatuas de sal. No pertenecemos a un mundo que envejece, sino a un mundo que aumenta su caudal de

vida cada día. Dios nos considera lo suficientemente maduros como para ofrecerles obras maestras de la gracia, arrancadas de las fibras

dolientes de una humanidad cansada. Nuestros ojos están hechos para destruir las barreras del horizonte en cada paso que damos. Ni una gota de dolor, ni una hora de sufrimiento se pierde en este mundo. Todas esas cruces silenciosas que van cargando los cristos anónimos son asumidas por la gran Cruz del Redentor en un miste-

rioso proceso salvador de la humanidad. Desde que el Mártir del Gól- gota se ofreció al Padre en ofrenda pura, el mundo se ha convertido en altar, y todos los que sufren por amor, se vuelven incienso de esperan-

za hasta la realización definitiva del Reino de Cristo.

Ante la muerte, el ser humano se siente abandonado y solo. El grito humano que se resiste a morir no encuentra, por parte de Dios, otra respuesta que el silencio. La naturaleza humana, en Cristo, ha

llegado hasta el fondo de la soledad de la cruz, y allí, ha vencido. Y desde allí ha traído el signo de victoria para el hombre. Desde esa hora feliz de la muerte de Cristo, el hombre de fe llega hasta las puertas

de la muerte, con una confianza que traspasa la espesa noche de la

nada, para encontrar unas manos que lo acogen con amor infinito, en- contrando la respuesta del silencio de Dios. El cristiano, al igual que Jesús, cae en manos de su Padre en un verdadero silencio creador, en una soledad cargada de esperanza, dando el paso hacia la vida en una Pascua Eterna. El silencio de Dios, la soledad de la cruz, el poder de la muerte son batallas y desafíos que el hombre vive en su caminar hacia la vida. Llevamos con nosotros un germen de resurrección que no puede

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ser sepultado. Y si se le sepulta, como sucedió con Jesús, volarán las piedras, dando lugar a una vida nueva que no vuelve a morir. Toda

esta vida nueva es el fruto del poder salvador de la cruz, y de un amor

infinito que ha llegado al hombre en la misteriosa envoltura de un

camino doliente.

LA CRUZ -resumen-

  • 1. La Cruz es para ser ofrecida, no para ser llorada.

  • 2. Los sufrimientos son para convertirlos en ofrendas, no en lamentos.

  • 3. La cruz bien aceptada tiene sentido de presencia de Dios.

  • 4. Todos tenemos que cargar una cruz. Unos, con fe, la llevan con alegría. Otros, sin fe, la cargan con amargura.

  • 5. Las grandes cruces producen lágrimas en los ojos, y mucha paz en el corazón.

  • 6. A Dios nunca se le pregunta el porqué. La realidad se acepta y se ofrece como viene y como es.

  • 7. No somos una Iglesia para cumplir normas, sino para construir santos.

  • 8. La vida de fe no puede ser un proyecto de parches, sino un cambio radical interior.

  • 9. De peldaño en peldaño, el sacrificio puede llegar al éxtasis del dolor, y de ahí pasar al éxtasis del amor, en una vida que ha llegado a la plenitud de su ofrenda.

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15. EL MISTERIO DE LA CRUZ

Las autoridades religiosas no podían consentir por más tiempo que aquel hombre que decía “superar la Ley”, que anunciaba la des- trucción del templo, que pedía a los hombres espíritu y verdad para relacionarse con Dios, ellos no podían consentir por más tiempo que aquél hombre solo, pobre, sin soldados, rodeado de un pequeño grupo de personas sencillas y pobres, que un hombre así pusiera en peligro todo el aparato religioso judío del momento. Era necesario que aquel hombre se callara para siempre, que desa- parecieran sus discípulos, que su nombre fuera borrado de las calles, que nunca más se oyera decir que los pobres son bienaven- turados, que los limpios de cora-

zón verán a Dios, que al final de la vida, el vaso de agua dado en su

honor tendría una recompensa eterna. Era necesario callar a aquél que se atrevió a decir que Dios y el dinero eran incompatibles. Y, sobre todo, porque se atrevió a llamar sepulcros blanqueados a los ilustres dirigentes del templo. Lo mataron porque habló demasiado claro. Lo mataron porque supo amar de verdad, sin falsedad y sin mentiras. Jesús no nos dio una teoría sobre el dolor y sobre la muerte. Nos dio el ejemplo para asumir este misterio, sabiendo que es una puerta para llegar a la resurrección gloriosa.

En la tierra fue plantada una cruz: Es el paso que da acceso a la vida. “El que quiera salvar su vida la perderá. Pero el que la pierda por amor a Mí, la conservará para la vida eterna”. Ante la cruz, ante el dolor, la humanidad grita fuerte. Ante el misterio de la cruz y del dolor el hombre no recibe, por parte de Dios, más que silencio. De ahí las palabras de Jesús: Padre, por qué me has abandonado? La fe del

moribundo es una esperanza sin límites. Es una confianza que traspasa

la espesa noche de la nada, para encontrar unas manos de padre que le

acogen con amor infinito: A tus manos encomiendo mi espíritu.

En esta hora del mundo, a 20 siglos del nacimiento de Jesús,

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después de una larga historia de predicación, de milagros, de co- mentarios sobre la persona de Jesús, también nosotros nos pregunta-

mos: ¿Quién es Jesús? Esta es una pregunta desconcertante: Descon- certó a su propia madre: en la concepción, en el nacimiento, en la vida pública. María lo guardaba todo en su corazón. Desconcertó a los apóstoles: Vieron como el poder del demonio quedaba aniquilado… como calmaba las furiosas tempestades… Hasta los vientos le obede- cen…cómo daba de comer a multitudes, sacando de donde no había…

También ellos guardaban en sus corazones, con mucha fidelidad, todo

lo referente a Jesús. Jesús no cabe en nuestros pequeños cerebros.

Aquella noche del Jueves al Viernes santo fue una noche triste para Jesús. Servidores de la casa del pontífice se entretuvieron en escu- pirle…darle bofetadas…burlarse de El. Pedro negó conocerle… Judas se ahorcó al amanecer. Por la mañana llevan a Jesús al gobernador Poncio Pilato. Lo acusan de que amotina al pueblo, de que se hace rey. Pilato quiso calmar la multitud azotándolo y coronándolo de espinas. Les puso entre la alternativa de elegir entre Jesús y Barrabás. Pidieron la cruz para Jesús. Un hombre inocente es condenado a muerte.

El condenado toma su cruz. Sube monte arriba hasta el calvario. Lo despojan de sus vestidos, lo tienden sobre el madero, le clavan los pies y las manos, y lo levantan en alto hasta morir. Pero el que moría no era un hombre cualquiera. El centurión romano decía: Verdadera- mente este hombre era el Hijo de Dios. Las gentes volvían a la ciudad golpeándose el pecho. Muere porque se atrevió a decir el sermón de la montaña y sentó en primer puesto a los pobres y a los humildes. Muere perdonando porque compren- dió hasta el fondo la fragilidad humana. El merece ser rey. Rey de todos aquellos cristos anónimos que son condenados inocentes. Rey de todos aquellos que luchan por ser mejores y que nadie los entiende. Rey de aquellos que tienen su alma cansada y la luz de su esperanza se está apagando. Jesús, hoy aque estás en tu Reino, ayúdanos a aceptar nuestra cruz con amor.

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Dios es la fuente de toda vida. 119
Dios
es la fuente
de toda vida.
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Cuando hay amor nacen flores en el desierto. 120
Cuando hay amor
nacen flores en el desierto.
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16. Los Mandamientos y la Moral Cristiana

“Escuchen, Israelitas: Estas son las leyes y los decretos que les he enseñado. Pónganlos en práctica para que vivan y ocu- pen el país que

el Señor y Dios de sus antepasados les va a dar. No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno. Cumplan los mandatos del Señor, su Dios. Cúmplanlos y practíquenlos, porque de esta manera los pueblos reconocerán que en ustedes hay sabiduría y entendimiento, ya que

cuando conozcan estas leyes no podrán menos que decir: Qué sabia

y entendida es esta gran nación! Porque, qué nación hay tan grande que tenga los dioses tan cerca de ella, como tenemos nosotros al Se- ñor, nuestro Dios cada vez que lo invocamos? ¿Y qué nación hay tan grande que tenga leyes y decretos tan justos como toda esta enseñanza que yo les presento hoy? Deut. 4, 1-2. 6-8.

El pueblo de Israel tiene que recorrer un largo camino. Necesita organizarse, protegerse. Yahvé le da unos mandatos para organizarse:

con una fe, una moral y una esperanza. Así será un pueblo fuerte. La Ley se convierte en señal de presencia de Dios. Y esa cercanía genera confianza. La presencia, la confianza y la esperanza generan compren- sión, ayuda y amor dentro del pueblo.

Pero ese pueblo de hombres frágiles empezó a fallar, a pasar ham- bre, a hacerse la guerra unos a otros para sobrevivir, y el pueblo tuvo

miedo en el camino. Al perderse la confianza y crecer el miedo, tuvo que hacer leyes y más leyes para regular la desconfianza y el temor.

Esa fue la imagen de san Pedro: En la barca él creía en Jesús. Pero al caminar sobre el agua, le entró duda y miedo, y se hundió. Y ese

pueblo de Dios que estaba regido por la comprensión y el amor, le so- brevino el desastre: La ley ocupó el primer plano y el amor el segun- do. Los temores, los fracasos y la falta de esperanza crearon muchas leyes, y convirtieron al hombre en un pobre esclavo de preceptos hu- manos. Jesús decía: “Uds. han invalidado el mandamiento de Dios”.

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Los profetas gritaban: El corazón del pueblo está lejos de Dios, los sacrificios son vacíos, no salen del corazón. Los sacrificios son “obli- gaciones”, no “ofrenda generosa” que sale del corazón. Llega así el gran profeta Jesús: Pone al hombre por encima de la ley, la misericordia con el necesitado pasa a primer plano, y la ley del sábado ocupa un segundo puesto. Se coloca al lado de los pecadores : La Magdalena, la pecadora, el hijo pródigo, Zaqueo, esas personas cargadas de errores son sus amigos. Se mete en la vida íntima del hombre para liberarlo de sus pecados. Grita contra doctores y fariseos:

ustedes han esclavizado al hombre y han idolatrado la ley. Esa ley ya no es señal de presencia de Dios. Dios no sólo quiere mandar y pro- hibir; El quiere abrir caminos, romper cadenas, limpiar ojos para ver más claro. Lo persiguen como a los demás profetas. Muere en la cruz derramando su sangre por la libertad. Hoy nuestra Iglesia sigue su marcha por el largo desierto de la vida.

Dios está con nosotros. Pero nuestros errores, nuestros sufrimientos, nos hacen temer. Y más allá de las leyes del amor de Dios se crean leyes generadas por el cansancio, el temor, las tinieblas del camino. Y

en vez de ayudarnos a avanzar, nos frenan, nos asfixian, nos acorralan.

Olvidamos que somos un pueblo nacido para caminar en la esperanza.

Hemos de confiar en Dios y también en nosotros mismos. El camino

es largo y difícil, pero podemos andarlo. La lucha es nuestra, la victoria será de los que vengan después. Necesitamos leyes que nos protejan, pero sobre todo una esperanza y un amor que nos anime. Necesitamos regresar al primer mandamiento:

Dios primero, el amor primero. No se trata de abandonar las leyes, sino de ponerlas al servicio del amor. Llevar adelante el reino de Cristo es aceptar ser rechazados, es salir de la comodidad del lago y de la barca para morir en una cruz como los apóstoles. Ser anunciadores del Rei- no es pasar algún rato en el Huerto de Getsemaní. Ser de Cristo es beber de un cáliz que sabe amargo, pero que transforma la persona en una realidad nueva, y la conduce a una felicidad que nunca pudo soñar.

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Fuimos hechos para andar, para crecer con la Iglesia, y sería un crimen detenerse. La senda de Cristo es estrecha, pero si se vive con amor, se vuelve ancha y espaciosa. Su carga es ligera y su yugo es suave.

La moral cristiana

El código fundamental que regula el discernimiento entre el bien y el mal lo constituyen los diez mandamientos. Pero la moral cristiana

no es sólo un código de preceptos, sino una mentalidad, una manera de ser, una visión total de la vida. La moral es algo que engloba toda la existencia. La moral cristiana es una vida que se estructura en una dimensión de fe. Es una moral de Alianza con Dios y de visión sobre- natural. Los mandamientos constituyen una serie de conceptos que mol- dean y orientan las actitudes de la persona. Es inmoral todo aquél que infringe uno cualquiera de los mandamientos. En la óptica del seguimiento de Cristo, es inmoral todo acto que tiende a romper la alianza con Dios. La moral es para el hombre una respuesta a la Alian- za. La Biblia nos presenta al hombre desde un principio llamado por Dios a una vida mejor. Dios promete acompañar al hombre a puerto seguro, y el hombre, como respuesta, debe entregar su vida a la vol- untad de Dios. Los diez mandamientos vienen a recordarle al hombre aspectos varios que deben tenerse en cuenta para conservar íntegra la Alianza. Cristo es el centro de la nueva alianza. En El se cumplen las prome- sas. En El se basa la alianza definitiva entre Dios y los hombres. La di- cha final del hombre está anunciada en la Pascua de Cristo. La moral aparece fundada en la iniciativa del amor salvífico de Dios. El hombre hace entrada en el plan de Dios al recordar los beneficios recibidos,

planteándose a sí mismo su respuesta agradecida. En un encuentro de amistad con Dios, realizado en Jesucristo y en su Iglesia, el hombre se deja salvar por el amor divino. Se trata, pues, de vivir el Misterio

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Pascual a plenitutud. La moral cristiana no es una carga. Toda ella está cimentada en el dinamismo de la esperanza, convirtiéndose así en moral positiva y creadora. No es que renuncio a algunas cosas para ser amigo de Dios, sino que renuncio a esas cosas porque soy su amigo. El cristiano se vuelve inconformista con una sociedad consumista, critica y denuncia los falsos valores, y se mantiene vigilante. Sabe que tiene que luchar, pero su lucha es una lucha gozosa. El cielo ni se da ni se vende: Se conquista. En la vida cristiana surgen exigencias radicales. Hay que renun- ciar a todo para conseguir ser del reino (Mateo 13, 11-46). El reino exige conversión, requiere un nuevo nacimiento(Jn. 3, 3ss). A la luz del N.T. es fácil comprender que el centro de la moral cristiana está en el seguimiento de Jesucristo. Jesús llama a seguirle y establece con quienes le siguen, una relación especial: una relación de vida, de imi- tación. Con la palabra “sígueme” va llamando uno a uno a todos sus apóstoles. Jesús llama a todos los hombres a seguirle muy de cerca:

“Si alguien quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”(Lc. 9, 23). Su llamada implica una ruptura con el mundo y una opción muy clara y decidida por El. Jesús representa para no-sotros un “lo toma o lo deja”. El no acepta amores a medias. A los que El llama han de estar dispuestos a abandonar sus redes, sus trabajos, sus posesiones, su familia. Tienen que estar dis- puestos a negarse a sí mismo, y a perder la misma vida (Mt. 16, 24). El sabe que podemos dar mucho y nos pide mucho. El sentido del seguimiento de Jesús viene resumido en los siguientes puntos: 1. Más que copiar sus cualidades y comporta- mientos, no- sotros debemos dejarnos guiar por El. “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8, 12). 2. La llamada de Jesús y la comunión de vida con El son, en primer lugar, un don. El hombre está llamado a acoger ese don, esa gracia. El seguimiento es un acontecimiento de salvación, es un don de Dios que llena y salva. No es que yo me esfuerzo y me gano el cielo.

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Es Él quien me da su gracia y me salva, gratuitamente, sin méritos de parte mía. Lo que a mí me toca es reconocer ese don, agradecerlo y vivir conforme a la voluntad del Maestro. 3. Seguir a Cristo sólo es posible en una comunión de vida con El. No basta un comportamiento correc- to. No basta con decir: yo cumplo los mandamientos. El seguimiento de Cristo es un vivir en El. San Pablo estimula continuamente a los cristianos a vivir en Cristo, a tener los mismos sentimientos que tuvo

Cristo (Filip. 2, 5), a ser miembros de Cristo, a participar de su vida, a beber en el manantial de su amor la santidad que necesitamos para ir al cielo. La cercanía de Cristo me va transformando en un nuevo ser. Vivir en Cristo, por Cristo y para Cristo es el verdadero culmen de la moral del creyente. Cristo es así, la clave de la moralidad cristiana, y quien da sentido al comportamiento del hombre. 4. Este seguimiento se desarrolla en fraternidad. Cristo convoca a todos sus hijos en una Iglesia. La Iglesia que El fundó. La que El quiso y como la quiso al darles instrucciones a los apóstoles. El seguimiento se vive y actúa en la Iglesia, que reunida en el Señor, espera anhelante su venida. 5. La persona de Jesús va creciendo en el corazón del Cristiano hasta testimoniarlo y anunciarlo con su propia vida, asumiendo la cuota de

sacrificio que se necesite. Más que aceptar normas de vida, el seguidor

de Jesucristo acepta la persona de Jesús, y la fuerza de esa persona transforma su vida y la orienta hacia el cielo. Este seguimiento no es una ideología, es una opción radical por Jesús, que llena toda la vida con sus deseos y sus esperanzas. Una doble dimensión va a ir marcando el progreso espiritual y el crecimiento en Cristo: 1. La entrega plena a Dios y a los hom- bres. 2. La renuncia al propio yo. Esto llevará al creyente a la ley suprema del amor, animado por la acción del espíritu de Cristo, y por las decisiones personales. Jesús se hace presente en nuestras vidas, y lo que Jesús haría, eso trata de hacer el cristiano. La personalidad no se destruye en este camino, sino que se enriquece. La moral busca, precisamente, darle a la persona su propia dignidad. En ese camino,

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el hombre, ayudado por la gracia, es artífice de su propio destino. La

persona es capaz de autoconciencia, y de autodeterminación. Capaz de dominio propio y de superación. Es un individuo que se pertenece. Es libre y soberano para realizar el camino que desee en la vida, mientras no deje que le destruyan su libertad. El creyente, a través de esa opción por Cristo, opción que llamamos fundamental, puede darse cuenta que la moral cristiana no consiste en la prohibición u obligación de una se-

rie de acciones o preceptos, sino en una llamada radical al amor y a la fe en Cristo, una llamada al seguimiento y al Reino. El creyente jamás cambiará sus principios superiores por ideales caducos, el Reino de los cielos por las cosas de este mundo. Vemos tantas cosas que pasan, sin dejar ni siquiera el recuerdo. Hoy estrenamos una ropa nueva, y mañana la contemplamos convertida en hilachas envejecidas. Ilusiones que se vuelven poderosas en nuestro corazón, metas que anhelamos con tanta ansiedad, y todo se va mu- riendo, porque todo va pasando. Todo es vanidad, pues todo se des- vanece con el tiempo. Las cosas pasan porque llevan en sí la ley de lo caduco, de lo que se termina, de lo que se va. Pero la persona no pasa, pues no es una cosa más de este universo que se desintegra. El hombre se encuentra inmerso en el tiempo, pero no es un acontecimiento más que pasa con el correr del tiempo. Venimos de la muerte y vamos ha- cia la vida. Antes de nacer no éramos nadie, éramos muerte absoluta. Pero al llegar la plenitud del tiempo, en el designio de Dios, apareci- mos en la vida. Venimos de la muerte y vamos hacia la vida y la vida será nuestro ser eterno. Al nacer un niño, su primera manifestación es el llanto, pues quedan en él muchas señales de muerte que deben ir

desapareciendo hasta hacer su entrada definitiva en la vida de Dios. El

mundo representa para el hombre un proyecto para ir destruyendo las señales de muerte. La moral cristiana es la fuerza de Dios que está en nosotros, es la chispa divina que nos impulsa a avanzar, a buscarle a El y a ser de El por encima de todo y para siempre.

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17. AMOR Y PERDON

Dios le enseñó a su pueblo la lección de amar: Amándolo. Dios le enseñó a su pueblo la lección de perdonar: Perdonándolo. Jeremías contempla a su pueblo que regresa del exilio y dice: Griten, procla- men, alaben (Jeremías 31, 7-9). El Señor ha salvado a su pueblo, al Resto de Israel. Los que vuelven son el Resto perdonado. Estos se convierten en fundamento de la esperanza. Todos ellos han sufrido. Los que vienen no son un grupo de victoriosos, sino de SALVADOS. Dios les ha dado corazón para conocerle y los ha unido en una asam- blea común, donde la alegría sustituye a las antiguas lágrimas. Hoy en medio del mundo, la Iglesia es el Resto que vive la Gracia y se convierte en centro de esperanza para toda la historia del hombre. Jesús es el Cordero sin mancha, limpio de pecado. Pero ha hecho tan suyo el pecado de los otros que pide perdón por ellos. Jesús abre las compuertas de la Misericordia Divina. Abre sus brazos en la cruz, y mantiene en el mundo el signo de un amor a toda prueba, de un perdón que no tiene límites. Por Adán y Eva heredamos el pecado original, y por Caín here- damos la ira de la naturaleza pecadora. Somos hijos de ira, y aho- ra Jesús nos transforma en hijos de perdón. Cuando Jesús iba por un pueblo de Samaría con sus discípulos, la gente empezó a tirarles piedras, porque se dirigían a Jerusalén. Felipe le dice: Señor, quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los acabe? Jesús respondió:

Felipe, tú no sabes de qué raza somos. Jesús quiso decir que la nueva vida no es ser hijos de ira, sino hijos de perdón. Somos rápidos en amar, y lentos en perdonar. La lentitud en perdonar termina debilitando y matando el amor. Nuestras relaciones podrían ser más ricas, pero hay muchas amistades que se borran, amores que se enferman, hogares que se destruyen, divorcios que se aceleran, so- lamente porque el perdón llega tarde o porque no llega nunca. Dios es amor, porque es también Perdón y Misericordia. En

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un mundo cargado de fallos y debilidades, de confusión y fracasos, el amor no puede andar solo. Todo amor debe estar acompañado del perdón, pues si el amor está solo, se debilita y muere pronto. Muchas veces vivimos esta triste experiencia: “Fuiste capaz de amarme, pero no fuiste capaz de perdonarme”. Un solo fallo de 5 minutos destruye 20 años de amor y servicio. Al no per-donar, al no saber olvidar ofen-

sas y malos ratos, el corazón se recarga y se asfixia, y todo el cuerpo

se enferma. Se calienta la sangre, se ofusca el cerebro, se aumenta la emoción negativa, y nos hacemos mucho daño, recomiéndonos por dentro. Perdón no es sólo tender la mano para disolver ofensas. Perdón es, ante todo, prevenir la enemistad, pues cuando ésta se ha radicado en el corazón es muy difícil de sacar. Se graba en lo profundo de nuestro ser y uno muere con esa pena. Por eso, perdón es ante todo, una actitud noble y generosa frente a las limitaciones y fallos de mis hermanos. Amor y perdón es ofrecer una mirada limpia a los acontecimientos de cada día. Nuestro corazón está lleno de amor, pues somos imagen de Dios, pero el amor está débil, pues le falta la energía del perdón, por lo cual nuestro amor se queda en la fase de la emoción y la pasión: Esto me gusta… aquello no me gusta…etc. Al ser amor débil, se empo- brece y se muere. Por eso, necesitamos mucha meditación y oración

para purificarlo cada día más, y hacer que ese poquito de amor sea útil

para andar por la vida.

Amor y Perdón son dos elementos que deben estar presentes en nues- tra vida de fe para poder guiarnos a la santidad, para poder acercarnos

a Dios que es todo Amor y Misericordia infinita. El perdón ayuda a

renovar continuamente la Iglesia, y a centrar la vida en Cristo, cuyo poder entró en la plenitud del amor, pasando por el perdón. Por eso, frente a todas las divisiones del mundo, división de raza, de economía, de poderes militares, de filosofías, de religiones, nosotros proclama- mos la supremacía de Cristo, Señor de la Historia, Centro del univer- so, Principio y Fin de todo lo creado. El mismo Ayer, Hoy y Siempre.

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Amor y Sacrificio

En la primera creación, por insondable misterio, algo se dañó. Entonces Dios no quiso destruir su bella obra dañada, sino que pre-

firió restaurarla. Vino, entonces, sobre el mundo, el poder del bien,

del amor y de la santidad. Jesucristo vino con el Bien, el Amor y la

Santidad a restaurar la vida. Para lograr esta transformación trajo un estilo: el estilo está hecho de caridad(para aumentar el bien), y de sa-

crificio (para purificar el mal). La caridad llega hasta la donación de sí mismo, y transforma el egoísmo en santidad. El sacrificio llega hasta

la muerte, muriendo por amor, sacude el pecado, mata el pecado, y

despierta la vida nueva que ya no muere. En el amor y el sacrificio de Jesús se colocan todos los amores y todos los sacrificios que luchan

por el bien. Todo amor, todo bien, se envuelve en el amor de Jesús y

se ofrece al Padre. … “Aunque no sea más que un vaso de agua dado por amor…” Reuniendo el bien, creando el gusto por el bien, el Bien crece y va borrando el mal. Toda gota de dolor, todo sufrimiento, es envuelto en el amor de Cristo, y en Cristo se ofrece al Padre. Todo el

amor del mundo en Cristo y todo el sacrificio del mundo en Cristo, se

juntan en una sola ofrenda, la ofrenda agradable al Padre. Y todo esto va despertando la vida nueva en nosotros. La Misa recoge toda esta

expresión de amor y sacrificio de la humanidad.

Jesús dice: “ El que ama a su padre o a su madre más que a Mí, no

es digno de Mí”. Significa que hay que unirse a su gran amor. Fuera de

ahí no hay salvación. El que no cargue su cruz y me siga, no es digno

de Mí. Significa que hay que unirse a su sacrificio. Con el torrente

de amor de millones de personas que le sirven a los demás por razón

de su fe, y con el río de sacrificios de millones de hombres y mujeres

que aceptan este valle de lágri- mas y lo ofrecen por razón de su fe, el mundo se está reconstruyendo. ¿Cuánto falta para terminar, para

llegar al amor perfecto en Cristo, y al sacrificio perfecto en Cristo?

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Sólo Dios lo sabe. La transformación de este mundo en Reino de Dios es un largo cami- no. Al ritmo que vamos, faltarán millones de años hasta que Cristo haya recapitulado todo en El, llevando toda su heren- cia al Padre. Para realizar esta construcción del Reino de Dios en Cristo, para

que brote en nosotros un entusiasmo por vivir del amor y del sacrificio

en la fe, mucho va a depender de la imagen de Dios que tengamos.

Si nuestro Dios es el Dios de los fariseos, un Dios hecho de leyes y exigencias, un Dios que acusa el pecador y que lo espanta con el

infierno, tardará mucho en brotar en nuestros corazones el deseo de

seguirle y de ofrecer nuestras vidas por El. Nuestro Dios lo encontra- mos en Jesús de Nazaret, que se extasiaba con los lirios del campo, que lloraba ante los enfermos, que no veía en el pecador la maldad, sino el sufrimiento moral que lo esclavizaba, que fue frágil como un niño, que vino al mundo con un amor más grande que el pecado para poder vencer al pecado, y con una vida más grande que la muerte para poder vencer la muerte. Ese es el Dios que te permite sufrir por amor

y amar por la fe. Que te anima a llegar hasta el éxtasis del dolor en

la ofrenda de tu propia vida, no para destruirte , sino para que pases del éxtasis del dolor al éxtasis del amor, llegando a la felicidad de la ofrenda absoluta. Ese es mi Dios, y al estilo de san Pablo, lo amo loca- mente. Vale la pena ser de El, porque en El no hay sombras, sólo hay luz. En El no hay pecado, sino sólo amor. Y mientras estamos en esta carne mortal, con El recorremos este valle de lágrimas en la alegría de la esperanza, que es un anticipo de la gloria del cielo.

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Dios regala sus dones sin interés, por pura gratuidad divina. 131
Dios regala sus dones sin interés,
por pura gratuidad divina.
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  • V. LA FE

V. LA FE 133

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  • 18. EL REINO DE LOS CIELOS

El Reino de los cielos es el tema central de la predicación de Jesús. Aquí presentamos la visión de los Evangelios sinópticos, Mateo, Mar- cos y Lucas (siguiendo a A.Giorge: “Los Sinópticos”) ¿Cómo ve Jesús el Reino? Jesús, al hablar del Reino, continúa la tradición de Israel. Los profetas han hablado mucho de esto. En un principio era una salvación temporal. Pero, poco a poco, los profetas recargan este tema tradicional con valores religiosos:

Oseas : El Reino será un tiempo de Amor y Fidelidad (Oseas, 2-3). Isaías: “Don del Espíritu”: Justicia y Paz : (Isaías 9, 1-6. 11, 1-9). Jer- emías: “La Nueva Alianza”: Ley escrita en el corazón y no en pie- dras: (Jeremías 31, 31-34).

Ezequiel:La purificación del pueblo y el nuevo culto (36, 16-32).

De esta manera, el Reino representa en el A.T. la salvación del

Pueblo de Dios, una salvación comunitaria. Se trata de una acción y

presencia de Dios, es la obra de su Gracia. Dios entra en el mundo y lo transforma desde dentro. Al mismo tiempo señala la parte que corres- ponde al hombre para obtener esta dicha. El don de Dios no podía ser

una limosna, se exige una respuesta que abra a los fieles la entrada al

Reino. El cielo ni se da, ni se vende, el cielo se conquista. Esta esperanza espiritual se ha visto amenazada por los deseos ma- teriales en torno al reino de Dios. Amós, Isaías, Jeremías, han luchado sin descanso para darle una base y una finalidad propiamente reli- giosa, colocando en segundo plano el agua abundante, la buena tierra, los buenos manjares, y el dominio militar. En tiempo de Jesús hay un hecho agravante: La ocupación ro- mana humilla al pueblo, y lo hace buscar en el Mesías un libertador nacional(como un nuevo Moisés). A lo largo de su Misión, Jesús se verá obligado a desligar su mesianismo de estos equívocos tempo- rales. Al igual que los profetas, de quien Jesús adopta el mensaje, no trata de describir el Reino venidero, sino de proclamar sus exigencias.

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El Reino se parece

a.....

(y aprovechaba las parábolas para iluminar las

exigencias del Reino). Su preocupación es atraer a su pueblo a la fe y a

la conversión. Al llegar el Reino, el pueblo no puede quedarse igual, debe cambiar. LA NOVEDAD DE JESUS: Jesús asume el anuncio de los profetas, pero añade una novedad original: Anuncia el Reino futuro, tradicional, pero al mismo tiempo anuncia este Reino como PRESENTE. El Reino de Dios ya está aquí, cambien de conducta.

Para la realización definitiva de este reino habrá un juicio. Ese juicio

coincide con su segunda venida: Venida del Hijo del hombre (Marcos 8, 38), Día del Hijo del hombre (Lc.17, 22-37), y habrá unas exigen- cias bien claras: Las obras de caridad(Mt.25, 31-46). El texto más completo y característico es el discurso es- catológico: Marcos 13, 5-27 ; Mateo 24, 4-11 ; Lucas 21, 8-28.

Como todos los apocalipsis, Jesús presenta aquí las últimas fases de la historia del pueblo de Dios, y sobre todo la persecución que llega a su culmen con el advenimiento del Anticristo. La crisis del pueblo se agrava debido a la entrada en escena de “falsos mesías” y “falsos

profetas” con sus “falsos milagros”. Pero al fin, Jesús aparece en su Gloria y hace entrar a sus fieles en su Reino. Esta entrada implica

haber pasado una prueba, la prueba de la caridad. Las parábolas nos brindan la misma enseñanza bajo otras formas: La siega en que Dios va a reunir sus gavillas (Mc. 4, 26-29). Separará el

trigo de la cizaña (Mt. 13, 24-30). La paga al fin de la jornada (Mt.20,

8-15). El don de Dios es una gracia que sobrepasa cualquier mérito. Conquistamos el reino a base de pruebas, pero en último término, es la obra de la gracia la que resuelve. Esta perspectiva del juicio es la que rige siempre las parábolas de la vigilancia: Espera del ladrón en la noche (Mt.24, 43-44). Espera del señor que se halla de viaje (Mc. 13, 34-36). Espera del esposo que se retrasa (Mt. 25, 1-13). Estar alerta porque llegará. El pensamiento de Jesús se percibe bajo estas diver- sas expresiones. En los textos apocalípticos muestra al mundo actual

desgarrado por el conflicto entre la obra de Dios y la fuerza del mal.

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La prueba es dura para sus discípulos que están amenazados. Necesitan afrontar la persecución sin desfallecer, en ciertos casos, hasta morir.

Toda su fuerza estriba en su esperanza, la cual es más poderosa que

la misma muerte. Por esta razón, Jesús les presenta la victoria final:

“Volverá y los reunirá en su Reino”. Así presenta Jesús el sentido de la

historia: El que persevere hasta el fin, se salvará. A él lo persiguieron,

lo mataron, y resucitó. A través del tiempo intentan destruir también su doctrina y sus discípulos. El murió por ser mortal, pero su doctrina y su Iglesia no pueden morir: llevan el germen de resurrección de su Señor. Jesús no habla de fecha. No dice cuándo sucederá el final. Pero su pensamiento sobre la Iglesia no expresa una Parusía inminente. Los profetas indican siempre una salvación en breve plazo. Pero tampoco hablan de fecha. Lo que quieren es obtener la decisión de sus oyentes

frente al juicio de Dios. No es que el reino va a culminar pronto. Lo que se quiere es que se preparen pronto, porque no se sabe cuándo será. Las parábolas de Jesús apuntan a la conducta personal de los

fieles en la vida diaria, y hacen incapié en el tema de la retribución.

Deberes sobre los que Jesús insiste: 1.Caridad fraterna. 2.Cuidado de los pequeños. 3. Prohibición de juzgar a otros. 4. Mutuo amor y perdón. Las parábolas sobre la vigilancia recuerdan la ur- gencia del compromiso concreto, el de hoy. La salvación es el reino, es el don comunitario que Dios hace a su pueblo. Exige esfuerzo, respuesta a una llamada. La salvación es don de Dios, es gracia, es El quien llama. Sin respuesta, la gracia se vuelve estéril.

EL GOZO DEL REINO. El reino pide buena disposición. Jesús no se preocupa de describirlo. Se limita a continuar con la vieja imagen del

festín mesiánico. La boda del rey y el traje de gala. La fiesta de las diez

vírgenes que esperan en la noche (Mt. 25, 1-13). A los 12 les promete que comerán a su mesa en el Reino (Lc.22, 28-30). Ahí mismo les habla de la última cena. Todo es para demostrar la alegría familiar en la casa

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del Padre. Las mismas Bienaventuranzas son una expresión del Rei- no (Mt. 5, 3-12). El pensamiento de Jesús es claro: Más allá de esta vida temporal, donde exige de los suyos una tal renuncia, les prome- te el gozo. Gozo al que tiende toda la vida: Gozo del servicio cum-

plido, gozo de los hijos reunidos, gozo del pueblo de Dios por fin

consumado. Cuan- do los artistas han intentado representar el cielo, han fracasado. Este se encuentra más allá de toda experiencia humana

terrena. Jesús centra su idea en el banquete, en la fiesta familiar, el

éxito del amor. “Mi reino no es de este mundo”. No hay categoría aquí

abajo para expresarlo.

EL REINO PRESENTE

Jesús, a la idea de reino futuro, une su originalidad: El Reino de los cielos está cerca. Jesús se ve a sí mismo como el Mesías, respons-

able de la salvación del pueblo de Dios. Pero El está en un contexto difícil para que lo puedan entender. Por eso va despacio en atribuirse públicamente este título. Podría ser entendido como un revolucionario contra el yugo romano. Jesús se ve obligado a una enseñanza lenta del papel que viene a realizar. Es el pueblo el que lo irá descubrien- do, atendiendo a sus palabras y a sus obras. Sin atraer la atención sobre su persona, proclama la presencia del Reino. Cuando dice “el Reino ha comenzado”, puede referirse al grupo de sus discípulos en

torno a El. Es un grupo abierto a todos los hijos de Israel. Este grupo

tiene todavía una estructura superficial: existe gracias a Jesús. Jesús

va despacio con ellos, pues varias veces ha comprobado la debili- dad de su fe. Cuando llega la hora de Jesús, han comprendido muy poco de la Misión del Maestro. Viene después de la resurrección… “¿No les decía yo que eso tenía que suceder?”. Este reino terrestre es minúsculo. Es el pequeño rebaño. Su mensaje, ahora secreto, deberán vocearlo desde las azoteas (Mt. 10, 26-27). Obrarán en la multitud como la levadura en la masa (Mt. 10, 33). Su grupo va a desarrollarse como el grano de mostaza (Mc. 4, 30-32). Su luz no se ha encendido para ponerla debajo de la mesa.

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Jesús ve el reino temporal con una mirada lúcida, y sin ilusiones. El mal está mezclado con el bien, como la cizaña con el trigo en el campo del padre de familia (Mt. 13, 24ss). La fe de los discípulos todavía vacila: La presunción de Pedro (Mc. 14, 29-31). La dureza de Santiago y Juan (Mc. 9, 38). La traición de Judas (Mc.14, 18-21). Hay signos de gran debilidad. Sin embargo, Jesús no pierde la esperanza en los suyos. Los mira como a enfermos a quienes tiene que sanar (Mc.2, 17). Mira su debilidad con la misma paciencia con que el Pa- dre del cielo se niega a escoger la ciza-ña y el buen trigo antes del día del juicio (Mt. 13, 28-30). Pensando en el hijo pródigo, en la pecadora adúltera, en la samaritana, en la Magdalena, en Zaqueo, es que Jesús dice: “Vengan a Mí todos los que estén cansados y agobiados que yo los aliviaré…Mt.11, 28-30.

LA IGLESIA (tras la muerte de Jesús)

Con hombres tan frágiles, ¿Cómo ve Jesús la supervivencia de su obra? A pesar de su pronta muerte, El ve la supervivencia de su obra al decidirse a instituir el grupo de los 12. En la última noche,

¿Qué puede esperar de ellos? Prevé su fuga en la noche, la negación,

la traición. No obstante, es en ellos donde ve el Reino que le va a so- brevivir. Su número símbolo es el germen del Nuevo Israel. Cuando los responsables religiosos de Jerusalén, los malos viñadores hayan condenado a muerte al Hijo muy amado, los doce serán estos “otros” a quienes el Señor trasmitirá la carga de su pueblo (Mc. 12, 9). Jesús los prepara para esta misión, para su predicación, para su persecución (Mt.10). En esta visión de Jesús sobre el porvenir de su obra hay que hacer notar su seguridad. Anuncia claramente la función de los Doce, su misión respecto a los gentiles. Pero no les da instrucciones de de- talle: Nada sobre la Ley, ni sobre lugar, ni sobre fe. Todo esto queda a la responsabili-dad de los apóstoles, de acuerdo con las circunstan- cias: La muerte de Esteban, la conversión de Pablo, el episodio de

Cornelio: Jesús prefiere la fuerza de los hechos a las predicciones

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o a las órdenes dadas con anticipación. Los envía sin estatutos y sin leyes. A anunciar lo que habían visto y oído. Hace un llamamiento a la iniciativa de los hombres, dejándolos que se hagan responsables de las situaciones concretas. Admirable lección de su discreción, de su respeto por la libertad de los que llama a su obra. Siempre se repite la parábola de los talentos (Mt. 25, 14-30).

El reino que predica Jesús es una salvación futura y presente. Es la paradoja del mismo Jesús: Mesías presente en humildad, Mesías

futuro en Gloria. Es la paradoja constante de la Iglesia, comunidad de

salvación. Es la paradoja de nuestra vida de cristianos: santificados y

pecadores, con una fe que es al mismo tiempo inquietud y seguridad,

búsqueda y posesión, oscuridad y luz. Con pies de pecadores vamos dejando huellas de santos. Esta tensión permanente entre el presente y el futuro deriva del misterio de la Gracia: El don de Dios es total y

definitivo, pero no se realiza sin nosotros. El tiempo se nos da para

que nosotros podamos participar realmente en la obra de Jesús, en perfeccionarnos a nosotros mismos y al reino. Todo este trabajo se realiza en la fe. De acuerdo a la fe que tengamos, será la riqueza de nuestro trabajo espiritual, y de acuerdo a la fe serán también los frutos que iremos dando de vida eterna.

Hemos tratado este tema dentro del apartado de la FE, porque el hecho “Jesús de Nazaret”, su Evangelio, su Muerte, su Resur- rección, es algo que no se entiende, ni desde la historia ni desde la razón. Sólo se entiende desde la fe. Sólo con la fe puede uno abrir el Evangelio y escuchar a Dios. Sólo con la fe puede uno contemplar el Reino de Cristo y trabajar por su realización. Y sólo caminando por las páginas del Evangelio es que la fe se fortalece y crece.

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  • 19. LA ALEGRIA DE LA FE

Por la gracia del Bautismo, vamos haciendo un encuentro con Jesucristo en cada sacramento. Sentimos en nosotros la fuerza de la salvación. El camino que estamos recorriendo es largo y hermo- so. Este es un camino de ofrenda y de bendición, cobijados por la mise-

ricordia y el amor del Señor. Mientras seamos capaces de enfocar la vida desde el punto de vista de la fe, nuestro caminar ya no será una senda de acantilados peligrosos ni montañas escarpadas. Con Jesús se camina como en la paz de la verde llanura, rodeadas de pequeñas laderas, salpicadas de manantiales. La vida con Cristo es plenamente hermosa, siempre que nos dejemos guiar por El. La fe que hemos aceptado y en la cual recibe fuerza nuestra es- peranza, se manifiesta en tres dimensiones: 1. Dimensión personal:

Que produce nuestra paz interior y nuestra seguridad en la vida. Ella

da sentido a nuestra existencia humana. Parte de nuestra salud física y mental depende de la fe que respiramos. Sin la fe nosotros seríamos otra cosa. Donde no hay fe, hay vacío y confusión. 2. Dimensión comunitaria: La fe debe ser compartida. En nuestra vida vamos co- municando y contagiando a otros con nuestra manera de pensar. Sin predicar, sin muchas palabras, comunicamos lo que sentimos, lo que vivimos por dentro. La Comunidad aumenta la alegría de la fe. 3. Dimensión de HERENCIA: La fe es también una herencia que vamos dejando. Una herencia que se queda en la familia o en las personas más allegadas. Y ya que la fe es una herencia, es bueno dejar algo que valga la pena. Algo que un ser querido pueda conservar como “recu- erdo vivo” de aquél que se fue. Cuando un hijo dice: Mi padre era un hombre de fe, o mi madre era una santa, esa es una herencia que lo marca para siempre. Para lograr que la fe sea una fuente de paz interior, una fuer- za que se comparte y contagia, y una herencia noble, debe ser vivi- da con alegría, con entusiasmo. Una fe donde se experimente la

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presencia de Dios y la fuerza del Espíritu Santo. Muchas veces nos quejamos de niños que no quieren rezar o de jóvenes que se han apar- tado de la Iglesia. Pero el problema no está sólo en ellos. Es que en muchas familias no hay herencia de fe. Unas Misas oídas más por precepto que por amor, o un Bautismo que es más tradición social que sacramento, no dan para apartar a unos hijos del atractivo del pecado y hacer que se preocupen por tener a Dios en sus vidas. Y todavía es peor cuando una persona va mucho a la Iglesia y llegan a decir:

“Esa persona vive metida en la Iglesia y en su casa no hay quien la aguante”. En esos casos no hay herencia, y además, una fe mal vivida acaba por matar la fe de unos hermanos y hermanas débiles. Nuestra fe es sólo en Cristo, y Cristo nos basta, pero la debilidad de nuestra naturaleza exige que nos demos apoyo unos a otros. Meditar en la fe como herencia es importante para poder asumir los compromisos que Dios nos quiera dar. Jesucristo vino al mundo, dejó una herencia de fe, y lanzó nuestra mirada hacia el cielo como lugar de esperanza. Los apóstoles dejaron una herencia de fe en toda la Igle- sia universal. Los santos y santas de Dios han sido hombres y mujeres que han marcado una época o un país con una herencia espiritual. Santos y santas que han encontrado a Dios y han logrado victorias contra el mundo y con-tra el mal. Ellos y ellas se han sumergido en el Bautismo de Cristo y han encontrado la alegría de Dios, la alegría de la fe, y nada ni nadie podrá apartarlos de ese amor que los une a la vida sobrena-tural. “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”(Lc. 12, 34). Vivir en la fe es vivir en la seguridad de que Dios nos guía y nos cuida. En la mañana de Pascua, las mujeres iban preocupadas, pues no sabían cómo iban a levantar la piedra del sepulcro de Jesús. Llegaron allá, y la tumba estaba abierta. Tanto preocuparse y Jesús ya había resuelto el problema. Iban preocupadas por Jesús, no por ser rico, no por ser judío, no por ser un familiar: lo buscaban porque lo amaban. Lo amaban porque El les había demostrado que les quería, que ellas

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eran importantes para Él. Cuando se vive sumergido en la fe, la vida tiene otra estructura, otra razón de ser, otras perspectivas. En I Pedro 3, 15 se nos dice: “Estén prontos a dar razón de su fe y de su esperanza a los que se la pidan. Razón de su fe en el Señor. Una fe que se ali- menta en la gran alegría de haber encontrado a Cristo, santo de Dios y salva- dor del hombre. La fe salesiana se alimenta en la gran alegría de haber encontrado a Don Bosco, contagiando a los jóvenes con la más linda idea de Dios: hacer consistir la santidad en estar alegres. Es la alegría de la fe la que entra en cada rasgo de la Naturaleza para leer y vibrar con el éxtasis de la presencia de Dios. En esa naturaleza donde Dios derrochó su amor y su encanto, especialmente creando al hom- bre a su imagen y semejanza, y regalándole al hombre un verdadero paraíso terrenal. Este valle de lágrimas no puede destruir el manantial de alegría que brota de la fe. “Los sufrimientos de la vida presente no son nada, com- parados con la gloria que un día se nos mostrará”.

Rom.8,18.

  • 20. EL MIEDO EN LA FE

Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”. Creemos, pero titubeamos al ver que la fe va cambiando la vida. Cuando nos decidimos a creer, nuestra mente está dando un salto al vacío. Estamos aceptando algo que, de momento, no podemos verlo ni demostrarlo y nuestro primer punto de partida es la duda. Cuando la fe

implica sacrificio, la duda se hace más fuerte, pero también, si se llega

a creer, superando la prueba, la fe es más fuerte, al tratarse de una ad- hesión comprometida. Todo lo relacionado con la vida eterna se nos presenta como misterio, y por lo tanto, como algo confuso. El apóstol san Pablo afirma: “ Aquí vemos como a través de un velo, pero luego veremos la realidad del cielo tal cual es”. La fe puede ir crecien- do y haciéndose tan fuerte que desaparezca la confusión. San Pablo

cree tan firmemente en la presencia de Jesucristo en su vida que llega

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que llega a decir: No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en Mí”. La fe del A.T. está basada en hechos de la naturaleza, aplicados a Dios, y en la acciones portentosas que Dios hizo a favor del pueblo

de Israel. Los profetas del A.T. creyeron firmemente en Dios, pero no podían comprender qué significado tenía el sufrimiento del hombre

bueno y justo. Si Dios es bueno y todopoderoso, si el justo está de

parte de Dios, porqué tiene que sufrir? El sufrimiento del inocente, como camino de salvación, es algo que ha sido aclarado con la Muerte y la Resurrección de Cristo. Dice el profeta Jeremías: “La Palabra del

Señor me trae mofa e insulto cada día. Por eso decidí no recordar más

al Señor, ni hablar más de parte de El”…

..

“Pero

sentí en mí algo como

un fuego ardiente, aprisionado en mis huesos”. Jeremías 20, 8-9. Jer- emías es nuestro modelo en el camino de la fe que titubea. El sacrifi-

cio que implica el ponerse de parte de Dios quiere apartarlo de la fe. A veces, no sólo consideramos que no tiene sentido buscar a Dios, porque nos ha dejado solos en los momentos de mayor necesidad, sino

que consideramos a Dios como un verdugo, pues decimos: Qué mal

yo he hecho para que Dios me castigue así? Culpamos a Dios de una

circunstancia común y corriente que nos está pasando. Que Jeremías o

uno de los profetas se queje, puede pasar. Pero nosotros, no. Después

de la Muerte y la Resurrección de Cristo no tienen sentido nuestras quejas. El adherirse a Dios lleva consigo una ruptura con el mundo, y una pelea contra el mundo, especialmente el mundo que llevamos dentro de nosotros. Jeremías descubre algo fantástico: El habla de un fuego interno que lo llama a creer, de una fuerza que no le permite abando- nar a Dios. Con eso vemos que la fe no es sólo un asunto nuestro, es una acción de Dios en nosotros. Dios actúa como un imán poderoso, produciendo en nosotros la sed espiritual. En el fondo, Jeremías tiene miedo, pues el creer en Dios lleva consigo un riesgo muy grande en la vida. San Pablo, en su carta a los Filipenses, dice: “Por amor de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura con tal de ganar

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a Jesucristo, mi Señor, y tener parte en su Resurrección”: Filip. 3, 7-10. Cuando Jesús está hablando de que va a sufrir, que lo tomarán

preso, que lo van a matar, el apóstol Pedro tiene miedo no sólo de lo que va a sucederle a Jesús, sino también de lo que va a sucederle a él, por ser discípulo de Jesús: “ Dios te libre, Señor, eso no puede suce- derte a Ti.”(Mt. 16, 22). Pedro representa aquí la huida de la cruz, el miedo al sufrimiento, el miedo al camino de la fe. En el camino de Cristo no hay masajes ni caramelos. Es adhesión a un compromiso absoluto. A veces Dios le concede al creyente algún respiro o algún caramelito, pero eso es sólo para ayudarlo a andar. Jesús dice a sus discípulos: “El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que car- gue con su cruz y me siga” Mt. 16, 24. Renunciar a sí mismo, cargar con la cruz, son conceptos fuertes en la fe, pues implican morir, y toda muerte tiene mal sabor. En todo esto de seguir a Jesucristo, de creer en El, de dar la vida por El, de aceptar con gusto el sufrimiento como una ofrenda para El, todo eso está envuelto en mucha niebla y no vemos claro. Nuestra oración diaria debería ser la oración del ciego de Jer- icó: “Señor, que yo vea”! ¡Que Jesús disipe nuestra duda, creando un verdadero entusiasmo por El! Estamos sumergidos en los criterios del mundo, en una manera de pensar muy humana, y eso debilita nues- tra adhesión a Jesucristo. San Pablo nos avisa diciendo: “No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien transfórmense por la renovación de la mente”. Romanos 12, 1-2. Renovar la mente no es fácil. Nuestros criterios están muy fijos. Pasamos 20 años en la fe,

muchas oraciones, confesiones, lecturas, Misas, retiros, propósitos, etc. y nuestra manera de pensar sigue igual. La fe nos ha ayudado a hacer cosas, pero no a renovar la mente. Nuestro código para pensar es siempre el mismo. El código del Evengelio, el actuar como actuaría Jesús, eso es otra cosa. Tenemos

que codificar nuestra mente al estilo de Jesús, entrar en su criterio

y en su manera de ver las cosas. Por eso necesitamos la oración del

ciego : Señor, que yo vea…

..

!

Mientras más iluminados estemos,

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nos acercaremos más al estilo de Jesús. No es que vamos a imitarlo plenamente, pero el hecho de intentar imitarlo es algo que a Jesús le agrada. Las personas que tienen una fe bastante firme, son personas dicho-

sas. Cuando una persona tiene fe, la vida no le maltrata mucho. La fe inmuniza, pero también cambia la manera de pensar, cambia nues-tro

criterio, y eso es lo que no nos gusta. Queremos seguir pensando al

estilo humano, y al mismo tiempo creer en Dios. Ese binomio no es posible. Simplemente nos engañamos un poco, pero eso no es fe. La verdadera fe implica pequeñas muertes internas, y no siempre estamos dispuestos a pagar ese precio. Por eso, necesitamos mucha oración, meditación, perder el miedo a dejar que Dios renueve nuestra vida. Es muy sencillo. Sólo hay que dejar que Dios actúe. Poco a poco hay que ir perdiendo ese miedo, para abrirnos paso por ese hermoso sendero del abandono en las manos de Dios. Sólo así experimentaremos la alegría de la fe, y lo reconfortante que es CREEER EN JESUCRIS- TO, sin miedos ni titubeos, como columnas vivas de esta Iglesia que vive y crece en la esperanza de la vida eterna.

nos acercaremos más al estilo de Jesús. No es que vamos a imitarlo plenamente, pero el

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21. CRECER EN LA FE

Domingo 19, T.O. – Ciclo A.

I Re. 19, 9a. 11-13.

Mt. 14, 22-33.

Elías es un gran profeta. No al estilo de Moisés, como un caudi- llo, sino como el hombre que vivió una gran santidad. Un hombre que vivió la cercanía de Dios en grado máximo. El pueblo de Israel

tiene una gran nostalgia de Elías. Cuando tienen las grandes fiestas

del Judaísmo, muchas familias, a la hora de la comida, ponen un plato más en la mesa por si acaso viene Elías. Como él se fue en un carro de fuego, ellos esperan que un día va a volver, y no saben a qué casa va a llegar. Cuando se empezó a hablar de Jesús y de las obras que hacía, algu- nos decían: A lo mejor es Elías que ha vuelto. La vida de Elías se ca- racteriza por la presencia de Dios, por una intensa santidad. Elías en el monte Carmelo salva el Judaísmo de la corrupción de los baales. Pide el fuego de Dios para la leña y la víctima, y manda matar a los 400 profetas baales. Fue tan santo que fue arrebatado al cielo estando todavía vivo. Dios giraba alrededor de la vida de Elías, no como una tormenta o un terremoto, sino como una brisa fresca. Dice el salmo:

Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz. El Dios de Elías es Dios de calma y serenidad, que cabalga en la brisa fresca. Jesús le dice a Marta: Marta, Marta, tú te afanas por muchas cosas. Una sola es necesaria. Jesús está proponiendo como ejemplo el estilo de María, que es el estilo propio de la Oración. En la Edad Media, ante tanta actividad pastoral se empezó a usar una frase que decía:

“ Non in commotione Dominus”, que significa: Dios no está en la

agitación. Esto recuerda el mensaje de Elías que recibió a Dios cabal- gando en la brisa fresca. Dios no estaba en la tormenta. Dios no tiene prisa, Dios no se afana, Dios no agoniza. Dios actúa siempre, pero no es Dios de tormenta. Dios no busca apóstoles que agonicen haciendo

demasiadas cosas. Dios quiere apóstoles firmes, hombres y mujeres

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que crean en Él, que estén firmes en su fe, y que, por encima de

todo, fortalezcan a sus hermanos. Jesús viene caminando sobre el

agua, en esa hora tan serena del amanecer. Es un milagro para forta- lecer la fe, para que ellos vean más claro que El es Dios. En el plan de Jesús se iban a realizar muchos milagros. Los milagros son para fortalecer la fe de los creyentes. Jesús empieza a fortalecer la fe de sus apóstoles: Se los lleva al milagro de la resurrección de Lázaro,

se los lleva al monte Tabor para transfigurarse. Les hace presenciar

muertos que resucitan, multitudes hambrientas que comen de donde no hay, enfermos que se curan. El milagro es una de las fuerzas del Evangelio. Jesús decía: Uds. harán obras más grandes que Yo. Los milagros continúan, porque el Evangelio continúa mostrando a Jesu- cristo al mundo. El milagro no es curar para que el enfermo esté bien y no sufra. Ese enfermo que se cura, se vuelve a enfermar, y se muere. El milagro es una acción directa de Dios sobre la persona, y esa expe- riencia de sentir a Dios tan cerca, fortalece la fe y la hace crecer. El P. Emiliano Tardif se curó, y él, con la ayuda de Dios, también curaba. Y un día, con miles de personas esperando curación en Argentina, lo hal- laron muerto en su habitación. Entonces, valió o no valió el milagro del P. Tardif? Claro que sí valió. El se fortaleció en su fe con esa ac-

ción directa del Señor, y todo el tiempo que vivió, él fue fortaleciendo la fe de sus hermanos, y ayudándolos a crecer.

La confianza es parte de la fe, y mientras más confianza en Dios,

más crece y se fortalece la fe. El milagro exige dos condi- ciones: 1.

Mucha fe, seguridad, no dudar. 2. Que sea la voluntad de Dios. Que

Dios vea que ese milagro es oportuno para la fe y que es oportuno en ese momento. Si Pedro camina sobre el agua es porque está seguro que

ése que está ahí es Jesús. Pero si todavía está pensando que a lo mejor es un fantasma, empieza a hundirse, porque hay duda. Por eso Jesús le reprocha: Por qué vacilaste, hombre de poca fe? Pedro tiene una misión muy grande: 1.El va a ser la cabeza visible de la nueva Igle- sia. 2. Jesús le ha pedido que fortalezca a sus hermanos en la fe.

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3. Va a morir crucificado como Jesús.

Para pasar por todo eso, Pedro necesitará tener una fe tan grande que sea capaz de caminar sobre el agua. El Señor lo deja hundirse, pues caminando sobre el agua tenía dudas, pero al hundirse gritó: Se- ñor, sálvame!! Le fue más fácil reconocer al Señor hundiéndose que caminando sobre el agua, y lo que Jesús quiere es que Pedro lo reco- nozca como Dios, y que la fe de Pedro crezca.

Nosotros tenemos una naturaleza cargada de miedos. Un espíritu de- masiado inseguro. La fe es caer al vacío, y dejar que Dios nos ampare en ese vacío. Nosotros necesitamos experimentar la seguridad, agar-

rarnos de algo, sentir tierra firme. Lo inseguro nos da miedo. Nuestra

fe tiene que atravesar el vacío y dar un paso más allá de las tinieblas,

pasarle por encima a la inseguridad. Tender el puente de la fe hacia la unidad con Dios. Reconocer la presencia del Señor en el día bueno es muy fácil. Pero reconocer y agradecer esa presencia en el día malo es muy difícil. Lo primero que los apóstoles vieron fue un fantasma. El miedo de las olas

desfiguró la percepción de la imagen de Jesús. En casos como éste, el

único que era capaz de reconocer al Señor era Juan, porque su amor por Jesús iluminaba las tinieblas y lo reconocía. Juan fue el primero que dijo: “Es el Señor”. Al ir a comulgar, lo que vemos y saboreamos es pan, pero la fe debe ser tan grande que pueda desbaratar esa materia, y sentir la presen- cia palpitante de Dios. Nuestras comuniones suelen ser frías, porque nuestra fe se queda navegando en el pedacito de pan, y apenas llega a vislumbrar la presencia del amigo que sólo habla palabras de amor en el silencio de la hostia santa. Jesús subió a la barca con Pedro rescatado del agua, y el viento se calmó. Todos dijeron: “Verdaderamente eres el Hijo de Dios”. Esa fue la confesión de fe que brotó tras el milagro de ver a Jesús caminando sobre el agua. Cada sacramento es un milagro de la presencia de Dios, y está buscando fortalecer nuestra fe y acercarnos más a Dios.

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22. MENSAJEROS DE LA FE

Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinago- gas de cada lugar. Predicaba la Buena Noticia del Reino de Dios y sanaba toda clase de enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sin- tió compasión por ellos, pues estaban afligidos y desanimados como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: En verdad, la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Pidan, pues, al Dueño de la mies, que envíe obreros a recogerla”. Mateo 9, 35-38.

Jesús se da cuenta de una realidad: Las turbas le siguen, tienen sed del mensaje espiritual. Dondequiera que El va, allí aparece una multi- tud. Los milagros y la novedad del profeta son un hecho. Hay mucha gente que ha saboreado la espiritualidad del Maestro. Su mensaje sabe a cielo. Cuando habla, la gente se siente satisfecha.

Jesús se dirige a los apóstoles y se lamenta de los pocos obreros que hay. De hecho, hay muchos obreros, pero el pueblo está abandonado. Fariseos, sacerdotes, escribas, doctores de la Ley había muchos, lo

suficiente como para llevar la Palabra a todo el pueblo de Israel. Pero

habían abandonado el rebaño y se habían aprovechado de la fe sen- cilla de la gente. La imagen que proyectaban de sí mismos, y la idea que presentaban de Dios no era creíble. Se podía creer un poco en lo que decían, pero no en lo que hacían.

Ay de los pastores que dejan perder y desparramar las ovejas de mis pastos! Así dice Yahvé, Dios de Israel: Uds. dispersaron a mis ovejas, las expulsaron, no las cuidaron. Yo les tomaré cuentas por la maldad de vuestras acciones. Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas, de todos los países a donde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen, y ninguna se perderá”. Jeremías 23, 1-6.

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Aquí no se habla de pastores enfermos, cansados, nerviosos, en- vejecidos. Aquí no se habla de pastores con poca capacidad. Aquí se habla de pastores malos: “por la maldad de vuestras acciones”… Pastores hay, hasta sobran. Los ha habido y los habrá siempre. Pero siempre habrá pastores andando por caminos falsos, y habrá rebaños abandonados. Cuando Cristo habla desde la cruz y le dice a Francisco de Asís: “repara mi Iglesia”, había una gran cantidad de monjes y sacerdotes. En los tiempos de Don Bosco, la ciudad de Turín tenía un sacerdote por cada 25 habitantes. Roma, centro de la cristiandad, tiene más o menos la misma estadística. Hoy día, en los campos de Lati- noamérica o África faltan sacerdotes, pero en las grandes ciudades hay muchos. Donde el trabajo es difícil, hay pocos. Donde el trabajo es fácil, hay muchos. Faltan apóstoles, sacerdotes santos, hombres de Dios, comprometidos con los criterios del Evangelio. Mientras más grande es la ciudad, más mundana o menos servicial es la Iglesia. Los problemas eco-nómicos de religiosos y religiosas consumen mu- cho tiempo y energía de la comunidad. La imagen de la Iglesia sigue siendo en el mundo bastante buena, pero en muchos lugares ha per- dido credibilidad. No es que falten sacerdotes, es que muchos no son creíbles. Don Bosco decía: “No descansaré, mientras el demonio me robe los jóvenes….Señor, dame almas. Llévate lo demás”. La ima- gen de poder económico, y el vacío de muchos cultos hace a la Iglesia, en algunas ocasiones, poco creíble. La Iglesia ha pre-ferido servir a los pobres desde su seguridad económica, pues servir desde la inse- guridad, mezclándose con los pobres, eso es muy difícil. Envíanos, Señor, apóstoles, santos, religiosas y religiosos que puedan encarnar el Evangelio para que podamos entenderlo y vivirlo. Los apóstoles cansados y vacíos, frenan la marcha de tu pueblo hacia la casa del Padre. Tú hablaste un día de los “guías ciegos, sepulcros blanqueados, raza de víboras…”, tú sabes que todavía los hay, y talvez más de lo que pensamos. Tú dijiste que el buen trigo y la mala hierba iban a vivir juntos hasta el día de la siega. Por favor, Señor, ayúdanos

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a cuidar el trigo, a bendecir tu nombre, a trabajar sin descanso por el crecimiento de tu Reino.

“La Palabra de Yahvé me fue dirigida en estos términos: Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos. Uds. se han tomado la leche, se han vestido con la lana, han sacrificado a las mejores. No han apacentado el rebaño, no han fortalecido a las débiles, no han cui- dado a las enfermas, no han curado a las heridas. No han buscado a las descarriadas. Las han dominado con violencia y dureza. Ellas se han dispersado por falta de pastores y se han convertido en presa de todas las bestias del campo. Ahora andan dispersas. Mi rebaño anda errante por todas partes, sin que nadie se ocupe de él. Yo arrancaré mis ovejas de su boca y no serán más su presa. Yo mismo cuidaré a mi rebaño y volveré por él”. Ezequiel 34, 1ss.

El hecho de que mucha gente nos aprecie no significa que seamos de

verdad “creíbles”. Dice Jesús: “Ay de ustedes cuando todo el mundo hable bien. Eso mismo pasaba con los falsos profetas”. Los fariseos tenían su grupo y los falsos profetas también. El apóstol, el profeta, el santo, el hombre de Dios es otra cosa. Estos mensajeros vibran por la causa de Cristo al estilo de san Pablo que prácticamente llevaba la fe adelante luchando cuerpo a cuerpo con los judaizantes. Pasaba de

todo, pero donde Pablo o Pedro o Juan ponían su palabra y su persona dejaban una huella de fe. Un código de Derecho Canónico antiguo

decía que el obispo es “forma gregis ex animo”. Que el obispo forma

la grey con su alma. O sea, que debería estar en tal grado de santidad, que sirva de molde espiritual para su grey. El mensajero de Dios, el mensajero de la fe es alguien que se da alma y cuerpo a la causa del Reino de Cristo. Cuando el apóstol está vacío, todo el que se le acerca también se vacía. Y entonces, siguen sonando las palabras de Jesús: “

Guías ciegos”, que los dos se van al hoyo. Al final de la vida, la salud,

los títulos, el dinero, la fama, poco valen. Lo único que vale es haber sido creyente y también creíble.

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examinado en la caridad, y aprobar el examen. Muchas de nuestras Misas y de nuestros ritos son tan vacíos que casi ni son sacramento. Hay que darle a Dios lo que es de Dios, y al mundo lo que es del mun- do, pero Dios siempre debe ser primero. La prisa y el vacío de nues- tros sacramentos no están poniendo a Dios en primer plano. Dios cae en el segundo o en el quinto lugar. Y se pueden cumplir las palabras de Jesús: “El que me negare delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre del cielo”. El funcionamiento de muchos centros católi- cos, como colegios o parroquias, puede contribuir al convencimiento filosófico de que “Dios ha muerto”.

Si lo que enseñamos o vivimos no conecta con la concepción cris- tiana del hombre, estamos ante un fracaso irreparable en la formación

de los fieles. “Cuanto más viva el educador el modelo de hombre que

presenta como ideal, tanto más será éste creíble y asequible. Ese men- saje será contemplado no solo como razona-ble, sino como vivido, cercano y realizado. El testimonio de fe del educador ayuda al alumno a superar el contraste entre una fe anunciada, y que en el ambiente donde vive se ve muy poco practicada”. Estamos viviendo un tiempo de mucha confusión y opiniones diferentes, y se hace necesario en- contrar coherencia en alguien. Cuando no hay coherencia en el anun- cio, la fe muere automáticamente. Ser educador de la fe es tener la valentía de recorrer un camino de santo. No siempre nuestras casas son escuelas de santos como quería Don Bosco.

Creemos en la presencia del Espíritu en la Iglesia. Creemos que esta Iglesia es proyecto de Dios y no de los hombres. Las puertas del

Infierno no prevalecerán contra Ella. Tenemos que luchar para ser más fieles, pero confiamos en que Dios cuida a sus ovejas y las de- fenderá hasta la vida eterna.

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Mientras más fuertes son las raíces, más vida tiene el árbol. 156

Mientras más fuertes son las raíces, más vida tiene el árbol.

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VI. VIDA INTERIOR

VI. VIDA INTERIOR 157

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23. TRABAJO INTERIOR

Domingo 24 T.O. –A- Eccl. 27, 33ss. Rom.14, 7-9 Mt.18, 21-35.

Nuestra naturaleza tiene una inclinación al mal, y aunque los sacra- mentos son una fuerza positiva que nos ayuda a detenernos, aún así, la inclinación se mantiene y nos arrastra. Por eso, en este mundo, la vida del hombre es una batalla. El seguimiento de Jesucristo nos aclara el camino, pero no siempre tenemos bien abiertos los ojos de la fe. Por eso tropezamos mucho, y las caídas son frecuentes. Por eso Dios es nuestro refugio, pues siempre encontra-mos en El, amor y perdón. El libro del Eclesiástico dice: Cólera y rencor son cosas abomi- nables. Son cosas propias del pecador, del malo, del que vive alejado de Dios. La Biblia repite constantemente: El Señor es compasivo y misericordioso. Si Dios nos llena por dentro, si El tiene un puesto en nuestro interior, El produce en nosotros un estilo de vida que no se ofende con facilidad. El genera misericordia y comprensión. Si Dios está dentro de nosotros, el poderoso “yo” se va debilitando, y puede hasta morir. Si Dios no está, el yo se vuelve grande, se enfada, se hiere por cualquier cosa, y de ahí viene la cólera y el rencor. Mientras más ira y más enfado se produce en una persona, más vacía está de Dios. Por eso, la Iglesia sigue repitiendo: “Mientras más lleno de Dios, más humilde; y mientras más humilde, más se llena de Dios”. La doctrina de Jesús quiere ayudarnos a crear conceptos claros. Debemos darnos cuenta que somos propiedad de Dios. Dice san Pa- blo: Tanto en vida como en muerte, somos del Señor. Y esta concien- cia de ser propiedad de Dios, facilita la presencia de Dios en nuestras vidas. Somos de El y tenemos que vivir intentando agradarle. Dios es para nosotros solamente una doctrina o una escuela de conducta. Lo seguimos para amarlo, y nuestro amor nos conduce a imitarlo. Todo un proceso espiritual nos va acercando a El para copiar sus virtudes,

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para llenarnos de su santidad, para ser comprensivos, delicados, re- spetuosos, amables, capaces de perdonar, virtudes todas que encon-

tramos en Dios, y con más claridad, en la vida de Jesús de Nazaret. La imitación de Cristo quita toda cólera, todo odio, todo rencor. Nos vamos puliendo por dentro. Para crecer en esta unidad con Dios, Jesús nos presenta dos vías:

1. El trabajo interior. Saber adornar el corazón con una serie de vir- tudes que nos protejan del mal. Esto implica mucha humildad, saber reconocer los errores, mucha meditación y oración. 2. El despren- dimiento. La condición indispensable para vivir con la mirada hacia el cielo es quitarle importancia a las cosas de esta tierra. Mientras el corazón esté apegado a este mundo, se hará difícil la unión con Dios. Hay que vaciarse de este mundo para que pueda crecer dentro de no- sotros la vida de Dios. Cuando poseemos un alto grade de desprendimiento de las cosas materiales, mucha meditación, buen tiempo de oración, buen examen de conciencia, vamos labrando un tipo de personalidad agradable, nos va llenando el amor y la fuerza de Dios, desaparece el rencor, y nues- tro orgullo no se siente herido. En este caso, en vez de ser nosotros que nos sentimos heridos y perdemos la paz, somos nosotros que des- baratamos la guerra del otro y le devolvemos la paz que ha perdido. Jesús vino a crear seres nuevos, hombres y mujeres capaces de vivir la experiencia del cielo en medio de este valle de lágrimas. Seres nue- vos, capaces de convertir el día malo, el infortunio o la enfermedad en energía positiva para vivir mejor la experiencia de la fe en Jesucristo. Santa Teresa, doctora de la Iglesia, metida como estaba en una gran lu- cha para transformar la vida religiosa de su tiempo, sufría y se debatía

con grandes dificultades. Desde esa situación escribió su mensaje po-

sitivo para todos los tiempos. Ella logró transformar la energía nega-

tiva de sus problemas en una profunda energía positiva de confianza en Dios: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta.

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Solo Dios basta. Santa Teresita del Niño Jesús cayó en el amor de Jesús como una gota de agua en medio del mar. Decía ella: “El sufri- miento me ha tendido los brazos y yo me he arrojado en ellos con amor. Tenía sed de sufrir y de ser olvidada.”. Ella solía repetir: “Des- pués de haber sido saciados en la fuente de todas las amarguras,

seremos deificados en la fuente misma de todas las alegrías”. Es a esto a lo que yo le llamo pasar del éxtasis del dolor al éxtasis del amor,

que es la cumbre de la vida espiritual. Jesús le dijo a Santiago y a Juan que era necesario beber un cáliz. Un cáliz que sabe amargo, pero al

final sabe a paz y sabe a amor. Para subir al cielo no hay ascensor que

facilite la subida. Es necesario crecer en la fe, luchar sin descanso y confiar en el Señor. Dentro del trabajo interior está el encuentro con la generosidad de Dios. Jesús nos hizo ver lo importante que es la virtud de la gratuidad, aplicándola a Dios, nuestro Padre y nuestro modelo. Dios no es para nosotros una historia o una doctrina. Dios es, ante todo, un modelo a seguir. La gratuidad invita a hacer el bien, porque vale la pena hacerlo. Dios, con su omnipotencia y su amor creó los mundos, creó al hom- bre. ¿Por qué los creó? Simplemente porque era bueno. El Génesis termina cada día de la creación diciendo:“Y vió Dios que era bueno”. El regalo más grande que Dios le dio al hombre fue el trasmitirle algo de su persona, de su dignidad: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Ser semejantes a Dios es el mejor regalo que El nos podía hacer. El envía el sol, la lluvia, las flores, los frutos, y todo gra- tuitamente, para darnos a entender que la generosidad y el amor son la meta de nuestra vida. Dios es Generosidad y es Justicia. Pero, en las acciones de Dios, aparece primero la generosidad y después la justi- cia. En la parábola del patrón y los viñadores, el patrón le da orden al mayordomo de pagar primero a los que llegaron último, y ahí empieza su generosidad. Toda la vida de Jesús fue una escuela de generosidad. Los Hechos de los apóstoles definen a Jesús así:“Pasó por la vida haciendo el bien”. San Pablo dice: “Cristo es mi vida, y morir una

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ventaja. San Pablo está en permanente actitud de ofrenda, de darse a sí mismo hasta que duela, incluso hasta llegar a una gozosa muerte. Todo el Evange-lio es camino de generosidad, camino de almas grandes, de los que gustan del bien, de los que se acercan a Jesús para imitarlo. Naturalmente, aunque Dios sea generoso, aunque siempre esté dis- puesto a perdonar, no quiere decir que Dios sea un juguete del hom- bre. No podemos forzar a Dios a entrar en nuestras vidas para que El

proteja nuestros pequeños planes. Dice Isaías: “Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Sus proyectos no son nuestros proyectos. Al que me siga, -dice Jesús- le irá muy bien, tendrá de todo, será fe- liz, pero tiene que seguir mi senda estrecha. Dios nos pide generosi-

dad en nuestras vidas, generosidad en la aceptación de todo sacrificio,

generosidad en vivir el “sí” que le dimos a Jesús en el día de nuestro Bautismo. Generosidad en todos los aspectos de nuestra vocación par- ticular. Generosidad siempre y con alegría. Las almas generosas viven la alegría de Dios y adelantan a esta tierra la experiencia del cielo.

Caída avión al río
Caída avión al río

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  • 24. RENOVACION ESPIRITUAL

La Iglesia de Jesucristo se esfuerza por renovarse continuamente. Lamentablemente, es una Iglesia que tiene mucha vida, pero, debido al pecado del mundo, conserva en su interior, algunas señales de muerte. Rasgos de egoísmo, de hipocresía, de cansancio espiritual, de vicios

que dañan la vida de fe, de apego a las cosas de esta tierra, etc. En una palabra, no somos más que manojitos de carne débil y cualquier cosa nos resquebraja. El amor no siempre va en crecimiento, sino que se deteriora y se devalúa. Nos conformamos con nuestra situación habi- tual de egoísmo y crecen los intereses creados. Por eso, necesitamos revisarnos continuamente para cuidar nuestra energía espiritual. Las oportunas decisiones de fe, el crecimiento del bien, el reafir-mar nue- stro compromiso bautismal, todo esto nos pide estar aten-tos, porque son valores que fácilmente se deterioran. Al caminar por la pendiente de la vida, por ley de inercia, vamos resbalando, nos desviamos del camino, y al deteriorarse la vida de Cristo, nos vamos envejeciendo en la vida de fe. El hecho de recono- cer que hemos envejecido ya es un primer paso de gran valor. En el Concilio Vat.II, la Iglesia se hizo una gran pregunta: ¿Iglesia, qué dices de ti misma? La respuesta fue, que muchas cosas en la Iglesia no andaban bien, que era necesario renovarse, liberarse de manchas y sombras que empañan el brillo de la Fe. Tenemos que parecernos

a muchos árboles, que en Otoño reconocen que no tienen suficiente

vida, que tienen muchas hojas secas, y se preparan para una reno- vación en el Invierno y la Primavera. Siguiendo la imagen de los árboles de Otoño, tenemos dos caminos a seguir: 1. Pintar las hojas secas con color verde. Es el camino de los fariseos. Es la vía de salvar las apariencias. Es la vía por donde se rea-

lizan muchos sacramentos en la Iglesia. Es el barniz que se le da a la madera, pero ésta tiene mucha polilla. 2. Tratar de abonar la planta.

Que caigan las hojas secas y broten las hojas nuevas.Que surja la vida

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por dentro. Es el proceso de la Naturaleza. En Otoño los árboles se arrepienten: Reconocen su poca vida, sus hojas en mal estado. Las

hojas se caen, no son hojas buenas. En el Invierno los árboles se con-

fiesan: Toman la decisión de renovarse, ponen a sus raíces a trabajar más. En la Primavera los árboles renacen: Hay hojas nuevas, flores

nuevas, frutos nuevos. Hay un nuevo árbol. Si fuéramos capaces de renovarnos así, al menos la Iglesia tendría sus momentos de prima-

vera. Nos preguntamos, pues, ¿En qué habría que renovarse? Recono- cemos que nuestro amor se vuelve débil, que nos falta amor. Hay que renovar el amor. Hacemos muchas cosas, muchas actividades, pero no son obras que lucen plenamente buenas. Aunque tengamos fe, aunque comulguemos diariamente, aunque nos confesemos muy a menudo, aunque recemos 5 rosarios diarios, si nuestro amor se ha vuelto exi-

gente, poco sacrificado y con poca comprensión, nuestro amor no es

amor de Dios. Ha perdi-do el sello de lo divino. Las cosas de Dios son siempre grandes y no envejecen. En Apocalipsis 3, se lee: Veo tus muchas obras, pero tengo algo contra ti: Ha fallado en ti el amor primero. Ya no tienes el mismo amor del principio. Ya no eres la misma persona. Dijo Jesús a sus

discípulos: “ Ámense los unos a los otros. En esto conocerán que son mis discípulos”. Decían los paganos al ver el comportamiento de los primeros cristianos: Mirad cómo se aman! Si logramos un poquito de renovación en el amor, los frutos serán maravillosos. Si en la per- sona, en la familia o en la comunidad el amor se renueva, sería como traer un pedacito del cielo a la tierra. El amor llena a la comunidad de alegría y de buen espíritu. Hace crecer la vocación de servicio hu- milde y desinteresado. Una familia donde hay verdadero amor es una pequeña iglesia doméstica. La persona que se renueva en el amor de Cristo, experimenta con mas fuerza la presencia de Dios en su vida. Vibra más en su corazón la fuerza del Espíritu, produciendo felicidad. Se vive un verdadero mundo nuevo. Reconocemos que nuestro amor

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ya no es igual, que ha envejecido, que nuestras relaciones no producen

las alegrías de siempre. Por lo tanto, nos preguntamos: ¿Qué le habrá

pasado a nuestro amor? En la comunidad no hay propiamente odios, ni rencores, ni viejos resentimientos. Guerra en sí, no hay. Lo que pasa es que no hay amor. El árbol ya no tiene primavera. Los frutos ya no existen. Muchas veces funcionamos como seres anónimos. Nos hemos hecho tan distintos unos de otros que nos miramos en la distancia. El amor es un valor que vamos invirtiendo cada día en nuestras relaciones. Esa inversión puede crecer o puede fracasar. La humildad es una verdadera empresa de inversión. El egoísmo es tam-bién otra gran empresa. Cuando una empresa empieza a fracasar, ya no pro- duce buenos frutos, sus acciones se van devaluando. Una empresa no quiebra de un tirón. Poco a poco, sus acciones van perdiendo puntos, y al cabo de algún tiempo, esa empresa no le interesa a nadie, y ter- mina muriendo. Eso mismo pasa con nuestros valores: Lentamente, el amor pierde puntos: Nadie está preocupado en amar. La humildad pierde puntos: Nadie está preocupado en ser humilde. El egoísmo gana puntos: Todos es-tamos preocupados en cotizar y sobrevalorar la empresa del YO. Los verdaderos valores del mercado cristiano ya no se venden, y la comunidad se empobrece y hasta muere. En un año

no se nota la devaluación del amor, o de la humildad. Pero en diez años de vida espiritual, el amor no es el mismo, la humildad ya no es la misma, la alegría de la fe ya no es la misma. Todos estos valores se van volviendo débiles en el corazón de la persona. Ya no producen entusiasmo. Nos encontramos, porque chocamos unos con otros, no porque nos estemos buscando unos a otros. Cuando se van perdiendo puntos en el amor y la humildad, y el egoísmo gana puntos, nos vamos enfriando en nuestras relaciones. No pasa nada. Lo que sucede es que ya no hay ilusión ni interés. Es muy

difícil arrepentirse, pues vemos que todo está bien. Quien se da cuenta

que mi amor ya no es el mismo, que mi humildad ya no es la misma.

No soy yo, son los demás que lo notan, pues reciben de mí un trato frío.

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Por eso solemos repetir: Ya fulano no es el mismo. Fulana es bien diferente de como era antes. Ir hacia el bien es subir. Ir hacia el mal es fácil, se baja por ley de inercia. Lo único que notamos es que los demás nos huyen. Ya no quieren estar con nosotros. Somos una fruta que tiene mal sabor. El egoísmo nos ha dañado y casi ni nos hemos dado cuenta. En la vida social, con un poquito de hipocresía y un po- quito de brillo diplomático, se salvan las apariencias, y se va adelante. Pero en la vida cristiana es diferente. Dios quiere primero un corazón limpio con la alegría de la fe, y después una ropa bien planchada.

Esto que pasa en la vida cristiana, pasa también en las familias. Si alguien se vuelve egoísta, si su amor se va devaluando, se van creando vacíos y distancias entre las personas. Se han enfriado mucho, y ya no hay admiración el uno por el otro. Se han dejado de cuidar los detalles propios de la pareja, se han potenciado los detalles personales, y el amor se debilita y muere como una planta sin agua.

Rezamos mucho, hacemos muchas actividades, pero no basta con eso. Hay que subir las acciones de la humildad, el valor del amor que redime, el interés por el espíritu de oración. Hay que rescatar el amor primero de los buenos tiempos. Jesús dice: “ Si la sal se vuelve sosa, ¿Con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera, y que la pise la gente. Un árbol seco sólo sirve para el fuego. Muchas personas, al no poder respirar en un ambiente parroquial, huyen a otro. Lo impor- tante es que encuentren el agua limpia y no mueran de sed. Cuando el amor no crece, Cristo ha trabajado en vano a través de su Espíritu.

Al pie de la Cruz, Jesús nos dejó un gran amor escrito con sangre. Al pie del Altar Jesús nos dejó un gran amor hecho pan y escrito con misericordia. Nos toca a nosotros defender ese amor, porque esa es la única llave que podrá abrirnos la vida eterna. El camino es largo y el sol es fuerte, pero podemos andarlo. “Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”, dice Jesús.

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  • 24. PENSAMIENTOS PARA CRECER

El Espíritu de Dios quiere trabajar en nosotros. Muchas veces nos encuentra muy áridos y difíciles. He aquí algunos pensamientos para facilitar en nosotros la acción de la gracia. Antes de sembrar un terreno es bueno arar primero la tierra. Prepa- rar una tierra que sea capaz de acoger la semilla con agrado. Cada día, nosotros podemos prepararnos mejor para vivir la vida de Cristo, pu- liendo un poquito más nuestra vida humana, dando un nuevo enfoque a muchos de nuestros criterios, y renovando nuestra manera de pensar. Así podremos acercarnos más a la Palabra de Dios, a ese llamado a la santidad, y nuestra vida producirá mejores frutos de amor y de paz.

Para ello vamos a meditar con algunos pensamientos de la filo-

sofía de la vida, enfocados desde el Evangelio, para que el Señor nos encuentre cada día más suaves, más delicados, y con más hambre de la vida divina que El nos trae.

1. La vida nace y se desarrolla en el silencio. La riqueza de tu vida interior depende, en gran parte, de la cantidad de silencio que hay en ti, igual que las hojas y los frutos de un árbol dependen de la cantidad de raíces que tiene, y esas raíces trabajan en silencio. (Silencio no es lo mismo que estar callado. A veces estamos callados, pero por dentro hay mucho ruido. Silencio significa paz y serenidad interior).

2. Sólo el hombre con libertad interior puede ser feliz. Por eso Jesús insistió tanto en el desprendimiento. Las cosas hoy valen, y ma- ñana ya no valen. Las muchas cosas sólo atormentan el espíritu por un tiempo y dejan la persona sin vida interior. Mahatma Gandhi decía:

“Los ingleses no nos golpean porque nos odian. Nos golpean porque la huelga disminuye sus ganancias, y eso no les permite tener más cosas. Nosotros no golpeamos a nadie, porque no tenemos nada. Nue- stro corazón es libre para amar y eso nos hace felices”.

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3. No hay puerto en el ancho mar, hay que vivir navegando. La vida nos va enseñando, que el puerto es el mismo mar. Lo importante no es llegar a algún puerto deseado, lo mejor del mundo andado, es el saber navegar. Vale más la vida de cada día, bien llevada, que las grandes metas. Tenemos la mente llena de puertos, de metas y más metas. Y la meta principal es bien sencilla: Hacer que cada día de mi vida sea un día bueno. Y si cada día es bueno, construiré una historia preciosa

con mi vida. Es la vida de cada día la que es importante. Aunque logre una buena meta, si he atropellado el camino, no he logrado una bella aventura de esta vida. 4. Nunca desees ser grande. Los grandes antes fueron pequeños. Y se hicieron grandes, porque se hicieron más pequeños. Mientras más poder tenemos, más débiles somos. Eso no lo enten-demos, pero es una gran verdad. El verdadero mundo humano, el que es feliz, el mundo que vale la pena vivirlo, está siendo cons-truido por los dé- biles. Los poderosos sólo destruyen el mundo. Construyen grandes edificios, grandes casas, grandes bancos, pero también, grandes com- petencias, grandes odios, grandes divisiones, grandes distancias unos de otros. Todo el dinero de un banco no da para construir la felicidad de un niño jugando en el patio con su perrito. A más dinero, más apeti- tos. Y a más apetitos, más tragedias en el corazón del hombre.

5. La primera finalidad de la noche es dormir y olvidar los erro-

res y malos ratos del día que quedó atrás. El que duerme, olvida totalmente. Por eso se nos invita, al amanecer de cada día, a volver a empezar con una visión totalmente renovada. Si no trajéramos al día de hoy pequeñas tragedias que pertenecen al día de ayer, si no amargáramos la vida nueva de cada día con los fracasos pasados, la vida del hombre sería un verdadero paraíso. Pero nos empeñamos en acumular experiencias negativas y en recordar horas difíciles, y nues- tra vida se empobrece y se enferma. Al arbolito que nace no le po- demos cargar con la tragedia del árbol que se derrumbó. Al niño que nace no le podemos cargar con los sufrimientos que tiene su familia.

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El tiene derecho a empezar de nuevo. Por eso, el hecho de dormir y olvidar todo, es un signo de que el mundo debe empezar cada día. Jesús dice en el Evangelio: “ A cada día le basta su propio afán”. Comprende-mos que toda la vida es una red, y que hay consecuencias de hoy que pasan a mañana. Pero hay una cantidad de sufrimientos que pueden morir con el día que se apaga. –Es que me dijo una frase que me dolió—y uno se pasa cinco años consumiéndose en ese do- lor, arrastrando cosas de hoy para mañana, que al mañana no le toca. Talvez no podremos limpiar completamente la vida de mañana, olvi- dando la vida de hoy. Pero es mucho el peso que le podemos quitar. Esta es una gran meditación. Se lo aseguro.

6. No pretendas encontrar muchas flores en tu camino. Te toca

a ti convertir las espinas en rosas y vivir siempre feliz. Este mundo es un valle de lágrimas. No le pidas al mundo ni flores, ni regalos. Las

flores las tienes que construir tú. Tu vida puede ser un jardín, pero te toca a ti sembrar las flores y cultivarlas. Y si te animas a repartir de tus flores a los que no han sembrado ningún jardín, entonces tu jardín será

más hermoso. Unos vienen al mundo con muchas cosas, otros con pocas. Pero todos venimos a este mundo con la capacidad de cons- truir una vida hermosa, por más trágica que sea nuestra existencia. Naturalmente, si sigo el camino de los malos, la vanidad de los malos, el egoísmo de los malos, el criterio y el apetito de los malos, voy a cosechar ruina. Dios nos dio un corazón para ilusionarnos, una mente para organizarnos, y unas manos para servirnos. Por muy buen cora- zón que se tenga, por muy buenas manos que se tengan, si no se usa el cerebro para organizarse, la vida es un desorden. Un carro tiene un

freno y un acelerador. Si usas sólo el freno, no camina. Si usas sólo el acelerador, vas a sufrir. Tienes que combinar bien los dos para poder

andar. En un acordeón, si sólo aprietas, no hay música; si sólo aflojas,

no hay música. Debes combinar ambas cosas para que haya música. Una vida ordenada puede convertir las espinas en rosas y vivir feliz.

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7. Quisieron quitar las piedras al río, las piedras de mi río, y las piedras volvieron al río. Qué sería de mi río sin ellas? Ellas son

la base de la canción del río. Ellas son la purificación de mi río. Y sé que son necesarias las piedras de mi río. El sonido de un río, la canción del río se debe a las piedras, y mientras más piedras, más hermosa es la canción del río. Parece increíble, pero muchas veces, los defectos adornan la vida humana. Los defectos llegan a ser una

riqueza en la persona. El río nos está diciendo que las deficiencias

de los demás es lo que hace ricas sus vidas. Esto es muy difícil de

entender. Nosotros queremos controlar a los demás, pero sus defectos no nos dejan. En este caso los defectos son positivos. Una cascada es un incómodo precipicio, sin embargo, el río al caer construye una

tremenda belleza. Esto no lo vamos a entender. Lo que se pide es que

al menos, tengamos la capacidad de llevarlo a la reflexión.

8. Si logras correr por la calle con los ojos vendados y puedes

imaginarte que todos te saludan y sonríen, solo así puedes poner tu tienda en este mundo. Si no ves maldad en nadie, puedes plan- tar tu tienda en cualquier sitio. Los niños son felices, porque no ven maldad en nadie. Jesús dijo: “Vuélvanse niños si quieren entrar en el Reino.

9. La vida es como una vela, para dar luz tiene que quemarse.

Esta fue la frase del protagonista de una de esas películas del Oeste Americano. Al terminar la película había hecho muchas cosas, pero él estaba casi destruido. El comprendió que las grandes victorias se con-

siguen muriendo a uno mismo. Quien dedica su vida a servir, dedica

su vida a gastarse. Jesús dijo: “ El que quiera ganar su vida, la per- derá. Pero el que la pierda, o sea, el que la gaste por causa del reino,

la conservará.

10. Señor, mantenme siempre disponible para el holocausto. Ensé-

ñame a comulgar muriendo, y que en la muerte yo pueda saborear la vida. Toda muerte es algún paso hacia la vida. Se destruye algún aspecto de la vida, para crecer en otro. Sólo muriendo podemos vivir.

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11. Los pobres seguirán siendo pobres, pues esa es la tarjeta de identidad para ser felices. Los ricos y los poderosos agonizan porque perdieron el tren de la vida acumulando la gran fortuna que hace al hombre infeliz. Dice Jesús: “Hagan tesoros en el cielo

donde la polilla no los roe, ni los ladrones los roban”. Todos bus- camos riquezas. Todos queremos ser como los ricos y los poderosos. Es una enfermedad que le ha venido al mundo y no hay manera de sacarnos de ahí. Mientras más ricos: más división, más divorcios, más vicios, más vacío interior. El gran dinero vive en medio de una

gran superficialidad espiritual. Hay sus excepciones, pero son muy

pocos casos.

12. Gota a gota de sudor nuestros pueblos se construyen y avan-

zan. La lucha es nuestra, la victoria será de los que vengan después. Nuestros sacrificios y esfuerzos deben tener siempre una doble direc- ción: 1. Para gloria de Dios. 2. Para el bien de los demás.

13. Pido a Dios sabiduría para elegir lo correcto, la voluntad

para conservarlo, y la fuerza necesaria para llevarlo a cabo (The first knife). A la hora de tomar decisiones importantes, es necesa-rio

rezar mucho, para que la mente se ilumine, y poder tomar la decisión correcta. Llegar a la decisión correcta implica mucha renuncia y mu- cho riesgo. El hecho de que muchas decisiones sean equivocadas se debe a que, con frecuencia, llevamos interferencias emocionales en el razonamiento. Vemos plenamente claro, pero no es la razón la que está funcionando, sino la emoción. La confusión de las relaciones hu- manas radica precisamente aquí. A base de errores, a base de intereses creados, a base de decisiones que tratan de salvar lo que agrada, y ma- tan la verdad, muchas vidas han abandonado la luz de la razón, y se han adaptado al camino de las emociones, que casi siempre es ciego. Por ejemplo: Muchos dicen: “ Si no miento, yo pierdo el trabajo. Y si pierdo el trabajo, mi familia va a sufrir”. En un momento concreto necesita ocultar la verdad, para poder seguir adelante. Pero donde se siembre mentira, allí se va a cosechar la ruina.

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Arrebata, Señor, nuestras almas, como águilas misteriosas, para que podamos gustar, en el santuario íntimo de

Arrebata, Señor, nuestras almas, como águilas misteriosas, para que podamos gustar, en el santuario íntimo de tu corazón, las delicias de un amor nuevo para siempre.

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  • 26. PINCELADAS DE REFLEXION

EL AGUA Y LA MONTAÑA : El camino del agua es un recorrido difícil. El agua es blanda, flexible, y todo lo que toca es duro y áspero.

Para ir desde el primer manantial hasta el mar tiene que chocar con piedras y troncos, hoyos y acantilados. Tiene que cambiar continu- amente de forma y dirección. Parte de ella se evapora al pasar por el valle. Pero el agua siempre sueña con llegar al mar. Al llegar, se siente tan feliz, que no se acuerda de las piedras y troncos con los que tro- pezó en su paso por la montaña. Nosotros, al caer en el amor de Cristo, no sólo tenemos que per- donar, sino más bien, olvidar y borrar. Ese es uno de los frutos de haber encontrado al Señor. Nuestra vida de fe es tan hermosa que no podemos darnos el lujo de recordar los pequeños peldaños de algún pasado amargo. Dios es amanecer, es luz. Y cuando la luz llega, las tinieblas pasan al olvido.

LA FLOR Y EL BASURERO : Una flor nace en medio de la basura,

se alimenta de basura, no critica la basura, pero ella no acepta ser ba- sura. No se trata de considerar que los otros son la basura y que uno es

la flor. Se trata de crear en nosotros la capacidad de la flor para usar el

ambiente en línea positiva. Se trata de crear en nosotros, ayudado por la Gracia, una fuerza que llegue a silenciar la guerra que puede haber a nuestro alrededor.

EL ENVIDIOSO Y EL MANZANO : Dos vecinos sembraron un ár- bol de manzana en el patio de sus casas. Un arbolito se secó y el otro crecía frondoso. Al dueño del árbol seco le entró envidia. Cada día, toda la basura de su casa, se la tiraba al patio del vecino para afearle el hermoso manzano. Pero la basura abonó el árbol y creció más her- moso y dio mejores frutos. No es bueno tirar basura a nadie, pues a lo mejor lo estamos ayudando a crecer. Ni es bueno tener miedo de la basura que nos tiran, pues a lo mejor nos están ayudando a crecer.

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NADA TE TURBE, NADA TE ESPANTE, TODO SE PASA. DIOS NO SE MUDA. LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA.

QUIEN A DIOS TIENE NADA LE FALTA.

SOLO DIOS BASTA.

Eleva el pensamiento, al cielo sube. Por nada te encoges, nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande, y venga lo que venga,

nada te espante. Ves la gloria del mundo, es gloria vana, nada tiene de

estable, todo se pasa. Aspira a lo celeste que siempre dura, fiel y rico

en promesas, Dios no se muda. Ámala cual merece, bondad inmensa,

pero no hay amor fino sin la paciencia. Confianza y fe viva mantenga

el alma, que quien cree y espera, todo lo alcanza. Del infierno acosa- do aunque se viere, burlarás sus furores quien a Dios tiene. Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta. Id, pues, bienes del mundo, id dichas vanas. Aunque todo lo pierda, SOLO DIOS BASTA. Santa Teresa.

HUMILDAD : El ciego de Jericó le dijo a Jesús: “Señor, que yo vea”. Esta pequeña oración es una de las grandes oraciones de la Iglesia: Se- ñor, queremos ver! Todos nosotros somos un poquito ciegos. Ciegos en la oración, ciegos en el trabajo, ciegos en las decisiones, un poco ciegos en toda la vida. Cada día deberíamos rezar así: “Señor, que podamos ver”. “Señor, ayúdanos a ver.

Durante la noche la oscuridad está fuera de nosotros. Durante el día, las tinieblas están dentro de nosotros. El gran milagro es que nosotros, aún siendo ciegos, podemos caminar en el nombre del Se- ñor. Unas veces vemos claro, otras veces vemos borroso. Unas veces caminamos con facilidad, otras veces tropezamos mucho. De todos modos, dentro de nosotros está siempre el entusiasmo de la gracia que nos impulsa a ir adelante. A veces nosotros fallamos, pero la Gra- cia nunca falla, y nos sigue ayudando. La Gracia nos ayuda a re- conocer nuestras tinieblas y a tomar la decisión de volver a la luz.

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Nuestra ceguera es algo bueno, pues siendo ciegos, necesitamos siem- pre a Jesús para saber hacia dónde va nuestra vida. Y si reconocemos nuestra ceguera, hemos entrado en el hermoso campo de la humildad. La humildad nunca falla. La humildad nunca tropieza. La humildad es como un guía iluminado que nos lleva hasta los pies de Jesús. Di- chosos aquellos que son humildes, pues han encontrado el camino recto hacia el cielo.

VIDA EN EL ESPIRITU

La santidad es un proyecto de Dios. La decisión de aceptar esa san- tidad es cosa nuestra. El esfuerzo para cuidarla es también algo nues- tro. La salvación es un don gratuito, pero hay que cuidarlo. La vida en el Espíritu es como la vida de las plantas: Cada árbol para crecer tiene que pelear con la tierra para arrancarle su alimento. Todo aquél que cree en Jesucristo tiene que pelear consigo mismo y contra el mundo, si es que desea crecer en su unidad con el Señor. El alimento del cristiano está hecho de pan y de vino. Pero un pan y un vino mirados con ojos de águilas del misterio. Es un alimento para las almas fuertes, par los esforzados que arrebatan a Dios como manjar. No es alimento de hormigas. Es alimento de los valientes que se atreven a dar un paso hacia el misterio de Dios. Sólo a través de la fe podemos entrar en ese misterio, no para comprenderlo, sino para vivirlo. Cuando logramos acercarnos un poco más a la vida de Dios, el camino se ilumina y se aclara más el sentido de nuestra vida. El Pan de vida no es sólo el alimento de los que miran al cielo. Es también la fuerza de los que pisan la tierra en este diario vivir. Cuando nuestra alma se alimenta en un acto profundo de fe euca-rística, la mirada es más limpia y la vida se nos hace más hermosa. Con el alma fuerte, le facilitamos el camino al día bueno. El día malo, aceptado, recibe siempre el premio de la sonrisa de Dios. Las horas difíciles, pasadas con alegría, son el alimento de

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las almas grandes. La fuerza del árbol no está en las ramas, está en las raíces. La alegría del árbol no está en el ruido del viento al pasar por las hojas, sino en el silencio de las raíces, donde se tra-baja las 24 horas, y donde se tiene siempre una gran sed de vivir. El que tiene fe, vive de espíritu y vive con la fuerza del Espíritu de Cristo. Los hijos de Dios abren su alma a la medida del Espíri-tu, y van dejando atrás cosas y más cosas, pues son obstáculos que frenan nuestra marcha hacia la persona de Jesucristo.

OTROS PUNTOS DE REFLEXION :

1.No hemos venido a la tierra para comer tierra, sino a traerle a la tierra un puñadito de cielo, para que se haga menos tierra.

  • 2. En la fe, el dolor se hace canción.

3. La fuerza de los malos y la falsa prudencia de los buenos están convirtiendo el mundo en un caos sin esperanza. Y buenos y malos pa- garemos el precio de no haber sabido organizar la marcha de la vida.

  • 4. Los campos maduran en el silencio. Los hombres de trabajo ma-

duran en el silencio. Las ideas maduran en el silencio. 5. Dijo Tagore: Soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que era

servicio. Me puse a servir y vi que el servicio era alegría.

  • 6. “Verdad” en ti.

Si no puedes ser águila altiva en las altas cumbres, sé pajarillo juguetón

en el valle. Si no puedes ser árbol, sé caña sobria y ágil. Si no puedes ser poderoso, sé hombre simple y bueno, alimentado de las risas y llantos de los que a tu lado viven.

La felicidad no te llegará por la grandiosidad de lo que seas, sino

por la verdad que encuentres en lo que tú puedas ser.

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R. Groch

  • 27. CARIDAD PASTORAL

La Iglesia es un gran proyecto del que todos formamos parte. Es el proyecto de Dios, manifestado en Jesucristo que, a través de los

apóstoles y de sus seguidores, llega hasta nosotros y nos compromete a trabajar por él. Un puesto especial en este proyecto lo tienen los san- tos fundadores, quienes han sido instrumentos especiales en la acción del Espíritu para el crecimiento del Reino de Dios. Hebreos 8, 6-13 : “Nuestro sumo sacerdote, que ha recibido un ministerio sacerdotal mucho mejor, ha unido a Dios y a los hombres mediante un pacto mejor, basado en mejores promesas. Si el primer pacto hubiera sido perfecto, no habría sido necesario un segundo pacto. Pero Dios encontró imperfecta a aquella gente, y dijo: Ven- drán días en que haré un nuevo pacto con Israel y con Judá. Este pacto no será como el que hice con sus antepasados, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto; y como ellos no cumplieron mi pacto, yo los abandoné, dice el Señor. El pacto que haré con Israel después de aquellos días, será éste, dice el Señor: Pondré mis leyes en

su mente y las escribiré en su corazón. Yo seré su Dios y ellos serán

mi pueblo…………………

Yo les perdonaré sus maldades y no me

.. acordaré más de sus pecados. Cuando Dios habla de un nuevo pacto,

es porque ha declarado viejo el primero…”. El A.T. poseía su proyecto, su propia perspectiva en la relación de Dios con la humanidad. Ellos tenían una Alianza. Pero esa Alianza ha terminado, ha cumplido su finalidad. Jesús trae la Nueva Alian- za, el nuevo plan. Es un cambio total de visión: Jesús ha unido en su Persona toda la realidad religiosa y las esperanzas del mundo. El es el elemento central de todo, El es la gran novedad. Esta novedad es tradición, es herencia. Es la novedad de la Pascua, la novedad de Pentecostés, donde Dios llena el mundo con su alegría y su Espíritu:

Pascua permanente, Pentecostés permanente. Para ello, la idea del pueblo ha sido transformada.

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Las doce tribus aparecen representadas en los 12 apóstoles. Sobre es- tas doce columnas ha construido el nuevo pueblo. Esta realidad la leemos 2000 años después: Cuántos acontecimientos, guerras, enemi-

gos del cristianismo…

y palpamos la maravillosa verdad: Tú eres

.. Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Nada podrá derrum- barla, pues el bien es indestructible. La Iglesia, como nuevo pueblo, con su Nueva Alianza, es la novedad traída por Jesucristo, construida sobre personas escogidas por El, personas débiles, humildes, pobres, que se convierten en el fundamento de la construcción del futuro de la humanidad y de su liberación.

Este cambio de perspectiva en el camino de la salvación nos coloca

en un rumbo nuevo, delicado, sencillo. Jesús pasa por encima a mu- chas leyes para llegar al corazón del hombre. Se trata de un humanismo sobrenatural, una bondad absoluta, una CARIDAD PASTORAL, que

inunda toda la persona que desea entrar en el plan salvífico de Dios.

No se ama al pobre, porque es pobre, porque es necesitado, sino que lo amo porque Cristo lo ama, y en el necesitado encuentro el camino para llegar al Señor, porque allí está El. Son principios preciosos los que se dan en la nueva vida del Reino de Dios. Esta Caridad Pastoral es una expresión de la novedad de la Alianza. Por eso san Juan resume el mensaje del Señor diciendo: “ DIOS ES AMOR. La Eucaristía del Jueves Santo, la Sangre de la Cruz, la Resurrección, las apariciones a sus discípulos, son todas expresiones de este amor sin límites, amor para salvar: Es la Caridad Pastoral que Jesús nos trasmite.

La Caridad puede expresarse de muchas maneras. Pero la caridad que más nos preocupa es la caridad apostólica, pastoral, algo que hace

inflamar el corazón y el ambiente donde uno vive y trabaja. El primer

polo de esta caridad pastoral es el seguimiento de Cristo: TODO EL QUE VIVE A CRISTO, LO IRRADIA. Se trata de ser hijos en Cris- to, para ser mediadores hacia los demás. Seguir a Cristo no es hacer cosas determinadas. Es vivirlo, sentirlo en dimensión contemplativa.

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La puerta de entrada a esta caridad pastoral, a este seguimiento de Cristo, es la vida interior. Una vida interior que me haga mirar a Dios

como Padre que salva, y no un juez que condena. El Padre nos hace mediadores con Cristo, y el alma está siempre a la escucha para ver lo que debo hacer. Cuando toda esta mentalidad se hace profunda, nue- stro corazón estalla, frena la inclinación al mal, y reacciona hacia el bien con el poder del amor. La vida interior es el arranque, la fuente, la capacidad para poder realizar todo lo que representa la vocación cristiana, religiosa o sacerdotal. El segundo polo de esta Caridad Pastoral se encuentra en el Car- isma. El carisma indica la predilección por un determinado sector de las urgencias pastorales de la Iglesia Universal. La predilección que se siente por los pobres, los huérfanos, los ancianos, los abandonados, los enfermos, la oración, etc, eso es vocación, es llamada, es algo que brota del interior de la persona, no es algo aprendido. Es un don que brota del seguimiento de Cristo y de las necesidades concretas de la Iglesia. El seguimiento de Cristo pide al cristiano dar una respuesta de amor a Cristo que se le ve encarnado en una realidad concreta, donde El está aplicando la redención. De este modo, san Benito es llamado a cuidar la necesidad de la oración; san Ignacio se preocupa de la di- fusión de la doctrina cristiana; san Francisco de Asís se ocupa de los pobres, después que él mismo se hace un “pobre de Dios”; san Juan Bosco se ocupa de los niños y jóvenes pobres y necesita-dos. San Juan Bosco decía: me basta que sean jóvenes para que los ame. Esta fue su predilección dentro de la Iglesia.

Cada congregación define su carisma específico, y desarrolla la

caridad pastoral de la Iglesia en un sector concreto. Hoy día, cada con-

gregación hace de todo, pero es bueno tratar de defender el carisma,

el puesto, la misión que el Espíritu Santo ha confiado a cada grupo

determinado. Cuando un carisma ya no es opción dentro de la Iglesia, se deja y se pasa a otro. Pero, mientras está vigente, hay que cuidarlo y tratar de potenciar el servicio en esa dirección. La Caridad Pastoral

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ofrece una respuesta aquí y ahora. Como esta Caridad Pastoral tra- ta de orientar al hombre hacia Dios, hay que ver al hombre en su camino hacia el futuro, en su promoción humana, en su justicia, y en las necesidades fundamentales de la vida. Es una mirada al hom- bre integral. La huma-nidad logrará sus objetivos conforme nosotros crezcamos y ayudemos a otros a crecer en Cristo: El es Señor de la Historia, Centro del Universo, Principio y Fin de todo lo creado, el mismo ayer, hoy y siempre.

Nuestros destinatarios deben ser privilegiados en nuestras casas. Somos para ellos y todo lo nuestro nos ha sido dado para ellos. Pero sabemos que no siempre es así. Por eso nos falta mucho por andar. En un mundo que ejerce tanta presión psicológica sobre la vida humana, la Caridad Pastoral en favor de niños y jóvenes amplifica su urgen- cia. Conforme el peso del mundo se hace más grande sobre niños y

jóvenes, el servicio sacrificado de nosotros, los salesianos, debe ir en

aumento. Si no apresuramos el paso, el mundo se nos aleja, y no alca-

nzamos a prevenir los huracanes que devoran la vida humana, espe- cialmente de niños y jóvenes. Tenemos que reactualizar la novedad de la Pascua y la novedad de

Pentecostés. Todo esto en espera del Señor que vendrá. Una vocación es auténtica cuando se vive en la intimidad con Cristo, y en una ex-

plosión de amor y servicio hacia esa porción que nos ha sido confiada

en la Iglesia. Lo vivimos a El, y al vivirlo, somos lanzados por su Espíritu a irradiarlo, a construir el Reino, a continuar la marcha hacia la casa del Padre.

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Nuestro universo lleva el sello del amor de Dios. 181

Nuestro universo lleva el sello del amor de Dios.

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VII. EL BAUTISMO

VII. EL BAUTISMO 183

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  • 28. EL BAUTISMO DEL SEÑOR

En Navidad, Jesús se manifiesta al pueblo de Israel. En Epifanía se manifiesta al mundo con la visita de los reyes magos. El Domingo

después de Epifanía, el Padre presenta a Jesús declarándolo como

Hijo muy amado. Esa declaración oficial de la divi-nidad de Jesús se

realiza dos veces: Una en el Bautismo de Juan que se da al comienzo

de su vida pública. Otra en el Tabor, en la transfiguración, ya al final

de su vida. Jesús es bautizado en el Espíritu cuando el Espíritu Santo desciende en forma de paloma sobre El. Unos 700 años antes de su venida, ya Isaías lo anunciaba así: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me envió a evangelizar a los pobres, a dar libertad a los cautivos, liberar a los oprimidos, darles la vista a los ciegos, y a anun- ciar la Buena Nueva de la salvación” Lucas 4, 18. Jesús se bautizó en el Espíritu, y luego El nos bautiza a nosotros con su Espíritu. Dejarse bautizar es dejarse sumergir en un proyecto de vida nueva. Dejarse bauti-zar es entrar con Dios en un plan de salvación que incluye días malos y días buenos; que implica cantar aleluya, y también cargar la cruz cantando las elegías de cada día. A nosotros nos gustaría siempre cantar aleluya, pero ése no es el proyecto de Jesús de Nazaret. Jesús es bautizado en el Jordán con agua y espíritu. El Padre lo ben-

dice y le promete su apoyo para la gran misión que va a reali-zar. Pero luego ese bautismo se continúa a través de toda la vida de Jesús: la predicación, los milagros, las persecuciones de los judíos, la oración al Padre, la pesada cruz, todo iba sumergiendo a Jesús en la Misión de obediencia al Padre, y lo iba bautizando. Todo el Evangelio es propia- mente el Bautismo de Jesús. Los Evangelios presentan la forma como Jesús es sumergido en su proyecto salvador. Y también presentan la forma como nosotros podemos entrar en ese proyecto de salvación, sumergiéndonos en su vida divina. Mateo 3, 11:“Yo, en verdad, los bautizo con agua, pero el que viene después de Mí, los bautizará

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con el Espíritu Santo y con fuego”.

Igual que en la vida de Cristo, en el bautismo, nosotros recibi- mos unas gotas de agua y la acción del Espíritu para el comienzo de nuestra vida cristiana. Pero luego, es toda la vida que nos va bauti- zando, que nos va sumergiendo en la vida de Jesucristo. Conforme nos acercamos más a Jesús, sentimos más la energía de su Espíritu. Una obra de caridad, un sufrimiento, una confesión, una Misa bien oída, un rato de oración, todo nos va bautizando, nos va sumergiendo en su amor. Cargar nuestra cruz con alegría, llevar con paciencia las incomprensiones, la lectura gozosa de la Palabra de Dios, todo esto va acelerando nuestra entrega a Jesu-cristo y nos incorpora más a ser propiedad de El. Cargar la cruz con Cristo, bautizarse en su vida y en su amor, implica renuncias, oración intensa, desprendimiento del corazón. Todo esto nos irá abriendo la puerta feliz que da al paraíso de la unión con Dios. Este mundo es hermoso, es un regalo de Dios. Pero debido a la inclinación al mal, el justo, el que quiere seguir a Cristo a plenitud, tiene que aislarse un poco, renunciar a muchos panes que hacen daño. Hay que vivir el propio desierto. No el desierto como lejanía de los hombres, sino como cercanía de Dios. Conforme una vida es más sufrida, con sufrimientos mejor aceptados, el crecimiento espiritual se desarrolla más. San Pablo exclama en una explosión de alegría , en su carta a los romanos: “Nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios, porque estamos enraizados en Jesucristo, bautizados en su san- tidad”. Jesús constituye la razón de nuestra esperanza, la energía de nuestra felicidad, y el sentido de nuestras vidas. “Nacimos para Dios, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Dios” ... dice san Agustín.

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  • 29. EL NUEVO NACIMIENTO

Hemos sido marcados con la señal de la cruz para nacer de nuevo. Hemos sido señalados para vivir una nueva esperanza. Mateo 3, 11:

Yo les bautizo con agua, pero el que viene después de mí los bau- tizará con Espíritu Santo y con fuego”. Jn.3, 1-6: “Dijo Jesús a Nicodemo: “El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Romanos 6, 3-5: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de en- tre los muertos por la gloria del Padre, así nosotros también andemos en una vida nueva”. Gálatas 3, 26-28: “ Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que se han incorporado a Cristo por el bautismo se han revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judío y gentil, esclavo o libre, hombres o mujeres, porque todos son uno en Cristo Jesús”. Efesios 4, 1-6 : “ Yo, el prisionero por Cristo, les ruego que anden como pide la vocación a la que han sido convocados. Sean siempre humildes, amables, comprensivos. Sobrellévense mutua-mente con amor. Esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que han sido llamados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un solo Dios y Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo”. Salmo 15: “ Guárdame, oh Dios, en Ti está mi refugio. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano, me encanta mi heredad”. Efesios 4, 29-32 : “ No digan malas palabras, sino sólo palabras buenas que ayuden a crecer y traigan bendición a quienes las es- cuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad

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de Dios el día en que El les dé completa salvación. Echen fuera la am- argura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos, y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”. Levítico 20, 26 :“ Sean para Mí santos, porque yo, el Señor, soy san- to… y los he separado de entre los pueblos para que sean míos”. Todo este mensaje de la Escritura tiene una consecuencia para no- sotros. Pertenecemos a un reino que no es de aquí: “Jesús le contestó:

Mi Reino no es de este mundo. Si lo fuera, tendría gente a mi servicio

que pelearía para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Juan 18, 36. Esta pertenencia a un reino que no es de este mundo exige vivir

vigilantes, para no perder la orientación hacia el reino: “Tengan cui- dado y no dejen que sus corazones se endurezcan por los vicios, las borracheras y las preocupaciones de esta vida, para que aquel día no caiga de repente sobre ustedes. Estén ustedes preparados, orando en todo tiempo, para que puedan escapar de todas estas cosas que van a

suceder, y para que puedan presentarse delante del Hijo del hombre” Lc. 21, 34-36. El reino de los cielos es don de Dios, es gracia, es obra de amor.

Gratis lo hemos recibido y gratis debemos darlo. Por eso debemos anunciarlo e irradiarlo con nuestra vida. Bautizarse en Cristo, sumergirse en Cristo, significa una transfor- mación amplia para el cristiano:

1. Nacidos de nuevo, del agua y del Espíritu, para ser hombres nue- vos a imagen de Cristo. Bautizarse es renacer por el agua y el Espíritu. Bautizarse es llegar a ser hombre nuevo. Bautizarse es nacer por la fe, en continuo crecimiento de la opción por Jesucristo. 2. Al bautizarse se entra a formar parte de la muerte y la resurrección de Cristo. Jesús, muerto y resucitado, permanece entre nosotros por la acción de su Espíritu. La muerte y la resurrección de Cristo es la fuente salvadora que alimenta nuestra santidad.

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3. Para entrar en ese caudal de méritos que brota de la Muerte y la Resurrección de Cristo, en esa fuente de gracia que es su amor mise- ricordioso, la primera puerta que se nos abre es el Bautismo. Para Jesús, bautizarse es nacer de nuevo, cambiar nuestra manera de ser, morir con El para participar en su resurrección. Es enfocar toda la vida desde el punto de vista de la fe. “El justo vive de fe”.

  • 4. Para Juan Bautista, sumergirse en el río Jordán era señal de con-

versión interior. Jesús añade una novedad al bautismo de Juan: La inmersión en el Espíritu. El bautismo es el comienzo de la vida en el Espíritu que se va cultivando hasta la muerte.

5. Es el Espíritu de Jesús resucitado que ha entrado en la persona y la ha hecho renacer a la vida eterna, vida que se había perdido con el pecado original. Destruye el pecado y pone al hombre en camino hacia la casa del Padre.

  • 6. La Iglesia ha recibido la misión de hacer nuevos discípulos, bau-

tizando en el nombre de la Trinidad. Es un profundo acto de confianza del amor de Jesús, que sabiendo los defectos de su Iglesia, le entrega esa delicada misión de continuar la vida del Reino. La Iglesia con- tinúa la acción de Jesús Resucitado, conducida por el Espíritu Santo. Se sigue oyendo la voz de Jesús que dice: “ Vayan por el mundo”…

Mt. 28, 19.

  • 7. Como todo sacramento, el Bautismo es una fiesta de fe. En él la

Iglesia celebra el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia.

Es la Pascua de Cristo que actúa en el bautizado. El bautismo es una

fiesta que marca la entrada en la vida nueva.

8. En el bautismo, el Espíritu nos marca para acompañar a Jesu- cristo, para vivir como El vivió. ¿Quién es ese Jesús que nos invita a vivir como El vivió? JESUS ES… El Hijo de Dios. El hijo de la Virgen María. Hombre igual a nosotros, menos en el pecado. Luchador como nosotros por un mundo mejor. Vivió como Dios quiere, sencillo y pobre en me- dio de los pobres. Amó y enseñó a amar. Luchó contra el pecado,

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la falsedad y la mentira. Proclamó la verdad. Fue perseguido y lo ma- taron por causa de lo que enseñaba. Pero el poder de Dios lo resucitó. Ascendió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre. Volverá para juzgar a todos, y premiar a los buenos, quienes vivirán con El por toda la eternidad.

9. Quien desee acompañar a Jesús y vivir como El vivió va a tener las mismas dificultades que El tuvo. Todo el que lo siga vencerá al

mundo y resucitará como El resucitó. 10. Al bautizarnos morimos al pecado y nacemos a una vida nueva. Muerte y vida constituyen en nosotros la vida de cada día. Con esta muerte y vida va brotando en nosotros el hombre nuevo. EL CUAL… recibe el Espíritu Santo y se deja conducir por El. Comienza a vi- vir como hijo de Dios y se compromete a ser testigo de Cristo. Se siente feliz porque lleva consigo la vida de Dios y la comparte con los demás. Entra a formar parte de la Iglesia que es la familia del Padre. Se convierte en luz del mundo y sal de la tierra para los que no creen o no aceptan a Dios. Colabora, en la medida de sus fuerzas, con la comunidad para la construcción de un mundo mejor, centrado en la vida de Cristo. Los santos y santas de Dios han logrado hacer que brote en ellos la vida nueva en Cristo. San Pablo es realmente un hombre nuevo : Filipenses 3, 7-16 : “ Pero todas estas cosas que antes eran de gran valor para mí, ahora las cuento como cosas que no valen nada, a causa de Cristo. Todavía más que eso, todo lo que yo pudiera tener lo cuen- to como pérdida, en comparación con la gran ventaja de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura, a cambio de ganar a Cristo y encontrarme unido a El, no por tener una rectitud mía, al haber obedecido la ley, sino por tener la rectitud que Dios da a los que creen en Cristo, es decir, una rectitud basada en la fe. Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección, y tomar parte en sus sufrimientos, lle- gando a ser como El en su muerte y en su resurrección”.

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  • 30. GRACIA Y PECADO

La gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre nosotros” Rom.5, 15. San Pablo ve, con suma claridad, el poder del pecado en el mundo. Lo siente en su propia vida. Ve y sufre la situación dolo-rosa de la

humanidad marcada por el pecado. Pero Pablo ya ha resuelto el prob- lema del mal, el problema de su propio mal. Pablo contempla en la Resurrección de Cristo el desbordarse de un caudal de gracias sobre la humanidad que él ni lo había soñado en el Judaísmo. “Donde abundó el pecado, más desbordante fue la gracia” Rom. 5, 20-21. Esta pre- ciosa visión teológica la toma Pablo del gran poder de la Resurrección de Jesús. La santa Iglesia, que viene probando este amargo sabor del mal del mundo sobre sus hijos a través de los siglos, siente un hondo aliento en las palabras divinas del apóstol de la gentes. Es como si san Pablo dijera: La gracia de Dios que hay en ustedes les puede ayudar a vivir dos o tres mundos más malos que éste. El apóstol Pablo nos ase- gura que venceremos a la muerte y al pecado con facilidad. La victoria fue de Cristo, y la victoria es también nuestra. La tarea del reino no es fácil. Implica un desafío permanente. Para esta lucha entre la herencia del bien y la herencia del mal, la Iglesia cuenta con el favor de Dios y el esfuerzo de sus hijos. Ese esfuerzo viene alimentado por la adhesión a Jesús y la esperanza del cielo. Un cielo que ya está dentro de nosotros. La vida del cristiano es una aven- tura, un sueño permanente. Don Bosco fue un soñador, y sus sueños se hicieron realidad. Sus hijos estamos precisados a soñar como locos

si queremos enfrentar con eficacia la dura prueba de los jóvenes en

medio del mundo en esta dura prueba de la corrupción, debilitando la presión del mal y conduciendo a niños y jóvenes hacia Cristo.

Habrá muchos cristianos cobardes o cansados. Habrá otros que en vez de ayudar, estorban el trabajo de los demás. Pero seguirá siendo cierto que, donde abunda el pecado sobreabunda la gracia;

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que la acción positiva siempre será más que la negativa. Podemos seguir creciendo, seguir trabajando, seguir con ilusión, porque so- breabunda la gracia de Cristo. Y mientras más difícil es el camino, y mientras más espinas se encuentran, es mejor, porque se está más cerca de Cristo, y se pone a prueba la calidad del caminante. El día malo y el camino malo son los que nos dicen hasta dónde da nuestra capacidad. No es una prueba frente a los demás, sino frene a nosotros

mismos. Cuando nuestra lucha se hace con amor, duele menos. Cuan- do vivimos revestidos de fe es más fácil encausar bien toda nuestra vida y lograr que el mundo nos haga menos daño. Con el profeta Samuel, con la Virgen María, con Jesús, toda la Iglesia sigue repitiendo esa expresión bíblica siempre nueva: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.El proyecto de santidad de la Iglesia no es cosa nuestra, es proyecto de Dios. A pesar de nuestra debilidad y de nuestros pecados, Dios nos pide nuestra cooperación. El proyecto juvenil salesiano no es cosa nuestra. Es un proyecto de Dios a través de Don Bosco. El Don Bosco que permanece, el de ayer, el de hoy y el de mañana. Si en el mundo de hoy la juventud es más difícil que nunca, eso no es asunto nuestro. Lo nuestro es cooperar con todas nuestras fuerzas, se rinda poco o se rinda mucho. Lo nuestro es sembrar. El Señor es quien hace germinar la semilla y crecer la nueva planta. Cuando Dios nos pide mucho es porque podemos dar mucho. Cuando nos pide poco, es talvez porque nos quiere poco. Desde el pensamiento de san Pablo estamos llamados a procla-mar nuestro optimismo cristiano para siempre. Naturalmente, nuestros de-

fectos, nuestros pecados, nuestra debilidad influye también en nuestra

vida y no siempre rendimos lo suficiente en nuestra entrega. Dios tra- baja en nosotros y trabaja mucho, pero el demonio también trabaja. Y muchas veces, el demonio desbarata nuestro trabajo porque no esta- mos atentos. El demonio no se presenta directamente. El se presenta dentro de nuestra debilidad, dentro de nuestros defectos, dentro de nuestros pecados. Así como Dios nos usa para el bien, el demonio

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nos usa para el mal. De este modo, como decía san Pablo, llevamos dentro una ley de muerte que nos inclina a hacer el mal que no quer- emos, y que nos impide hacer el bien que queremos. Son las fuerzas del Espíritu y las fuerzas de la carne que están en pugna, y que sólo se acaban con la muerte. Son los deseos humanos y los deseos espiritu- ales que nos obligan a mantenernos vigilantes para que no se anule la acción de Cristo en nosotros. “ Tengan ceñidos los lomos y encendidas las lámparas como hom- bres que esperan a que su Señor vuelva”. La vigilancia es un tema constante en el Evangelio. Es como un alerta de Jesús que sabe lo débil que somos y que podemos fallar. Ceñidos los lomos y encen- didas las lámparas es señal de acción, de trabajo incansable. Pero no de cualquier modo, sino como hombres que esperan y que sacan sus fuerzas de una esperanza viva. Dichoso el que no se canse. Dichoso el que esté siempre despierto. Cuando la Iglesia respiró de las persecuciones fue condecorada con los privilegios que le dio el emperador Constantino. Pero la Iglesia no se gloriaba de los privilegios adquiridos, sino de los hijos e hijas grandes que habían brotado con los sufrimientos de las persecuciones. Las horas difíciles de las persecuciones, los grandes debates frente a las herejías, los duros senderos por donde han caminado muchos santos y santas de Dios, todo ello es la historia de la cruz que se va cargando para llegar a la resurrección. El amor grande a Jesucristo y la necesidad de unirse a El para siempre, permite el paso sereno por los días malos. Poco a poco hemos construido una Iglesia grande junto a Cristo. Sabemos que el mundo nos aprecia mucho, a pesar de todas las críticas que llueven contra la santa Iglesia. Pero nos queda mucho por an- dar. La imagen del sacerdote y del obispo que aparece en las novelas y en las películas, no es una imagen que se parece mucho a Jesucristo. Podemos decir que son simples críticas, pero también podemos decir que eso es posible, porque hay muchos aspectos de nuestra sociedad

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que no están evangelizados porque tampoco muchos aspectos de nues- tras vidas no están evangelizados. Toda tierra cansada da frutos peque- ños. Con el abono de la gracia nosotros siempre podemos dar buenos frutos. En algunas de las reuniones de Europa sobre los misioneros,

se presentan pequeñas o grandes críticas. Ellos dicen: Los misioneros van con gran deseo de trabajar dentro de un pueblo pobre, pero no re- sisten esa pobreza, y tienen que refugiarse en una clase media. Cons-

truyen grandes edificios para ayudar al pueblo, pero muchas veces los

distancia del pueblo, y sobre todo, deja al pueblo vacío de verdaderos santos. Es una pena que la Iglesia jerárquica ha hecho siempre opción por los pobres, como Jesús, pero no ha podido mezclarse con los po- bres como lo hizo Jesús. La Iglesia ha preferido ayudar al pobre desde

el poder, desde el dinero, desde la comodidad. El bien que ha hecho es mucho, pero es un camino lento. Cuando las casas de religiosos han sido casas pobres, estructuras pobres, se ha llegado más al corazón

de los fieles, que cuando se han convertido en grandes monstruos de

varilla y cemento. Lamentablemente es así. Cuando algunos sacer- dotes o religiosos cuestionan más allá de la línea media del servicio, los superiores y obispos tiemblan. Nadie nos puede guiar más adentro en el mar, porque no hay barcas que soporten las tempestades del

mundo. Entrar en el mundo a servir de verdad es morir, y la muerte es amarga. La gente nos llama ricos. No lo somos, pero esa situación debilita nuestro mensaje. Todo lo que tenemos, lo dedicamos al ser-

vicio de los pobres, pero aún así nos siguen llamando ricos. Qué es lo

que hay que hacer, no lo sabemos. El dinero sirve para mucho, pero el dinero ha empañado nuestra imagen. Por lo menos debemos tratar de hacer ver que nuestros corazones están libres de esa enfermedad, y

que nuestra confianza está en el Señor. Por las manos de Don Bosco

pasaron muchos millones, pero todo el mundo sabía que su corazón estaba limpio, que él era un hombre de Dios.

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  • 31. LA VERDAD Y EL HOMBRE

En el campo del conocimiento, el hombre ha entrado en dos aspec- tos fundamentales: 1. Una concepción del Universo. 2. La relación existente entre el hombre y la naturaleza.

Una tradición científica se fue elaborando en Europa y fueron

muchos los hombres que dedicaron su vida a una concepción del uni- verso. En la universidad de Gottingen, en Alemania, sobre todo con Max Born y Heisenberg, deslumbrados por el campo maravilloso de sus descubrimientos, se llegó a un principio sumamente importante:

Cualesquiera sean las unidades que constituyen el mundo, ellas son más delicadas, más fugaces y más sorprendentes de lo que pueden aprehender nuestros frágiles sentidos. Heisenberg sostuvo que el ELECTRON lleva en sí mismo una información limitada, cuyos con-

fines quedan establecidos por la “ tolerancia de la energía”. Toler- ancia de la energía significa que la información que la energía puede

darle al hombre es siempre limitada. Y, considerando que la energía es

la última realidad de la materia, se trabaja con una realidad imperfecta. Sobre este riel de la TOLERANCIA DE LA ENERGIA gravita toda la historia de la ciencia, apoyándose en un principio cotidiano: NO-

SOTROS SABEMOS QUE ES IMPOSIBLE PEDIRLE AL MUNDO QUE SEA EXACTO. Todas las realidades que envuelven al hombre

se basan en un límite de tolerancia. Nuestros conocimientos se limitan a una medida inscrita dentro de un margen de Tolerancia. De este modo, las relaciones hombre-naturaleza, el camino del hombre en sí mismo está marcado por un margen de error. Debe- mos aceptar que somos limitados, que la verdad llega a la mente o al corazón del hombre, débil o mutilada. Cuando Jesús es presentado a juicio ante Pilatos, El dice: “Yo he venido para dar testimonio de la Verdad”. La Verdad de Jesús es el amor del Padre, Amor que conlleva perdón, comprensión, humildad, capacidad para ver las necesidades del otro antes que las propias. La verdad para el hombre, según Jesús,

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es el verdadero amor, pues el hombre es llamado a captar con más fuer- za la verdad del corazón que la verdad de la mente. En el campo de la mente, la ciencia reconoce que habrá siempre un margen de error, un margen de confusión, y por lo tanto, hay que llegar a la tolerancia de la energía. Jesús, como enviado del Padre, trae la Verdad completa, la Verdad de Dios. Esa Verdad absoluta se da en El. Nosotros somos li- mitados, y por tanto, nuestro amor tendrá siempre un margen de error. Jesús, junto a ese amor limitado del hombre, sitúa la ley del perdón. El perdón es, pues, la tolerancia de la energía espiritual. La mente debe saber tolerar la información imperfecta que le da la energía. El corazón debe saber tolerar el amor imperfecto que puede expresar y que puede recibir. Este amor imperfecto es el que tiene a la humani- dad sumergida en la guerra y el odio. Propiamente el hombre ni odia, ni hace la guerra. La guerra que hago es para proteger algo que amo, pero que lo amo en forma imperfecta. Decía Mahatma Gandhi: “Los Ingleses no nos odian a nosotros. Ellos nos golpean, porque nuestra huelga les impide ganar más dinero y tener más cosas”. El amor a las cosas los lleva a golpear a las personas. En el camino del hombre habrá siempre un margen de error en la búsqueda de la verdad, pues en su mente hay confusión y en su corazón hay mentira. Y con una mente confusa y un corazón confuso, sólo Dios puede comprendernos y tolerarnos, hasta que lleguemos a la verdad total. Para entonces, este mundo ya habrá pasado. Todo aquél que quiera ayudar a alguien, que pretenda entender algo del ser humano, tiene que aceptar que hay un margen de error en todas las relaciones hombre-naturaleza. Por ello, con la mejor intención, hay momentos que, en vez de ayudar, atrope- llamos. Un sacerdote fue a visitar un enfermo. El enfermo no hablaba su idioma, ni él hablaba el idioma del enfermo. El enfermo estaba en intensivo y no podía hablar, pero podía escribir. El sacerdote se sentó en la cama, y rezó por él. El enfermo se movió mucho, y al final es- cribió unas palabras en un papel. El enfermo se calmó. Cuando llegó la enfermera, el sacerdote entregó el papel que decía: “levántese que

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está sentado en el tubo del gas”. Con muy buena intención visitó al enfermo y rezó por él, pero se sentó en el tubo y lo asfixió. Es por eso que Jesús le hace una fiesta al hijo pródigo al llegar a

su casa, después de todos los pecados que cometió. Por eso consigue convertir a la mujer adúltera en una santa de Dios. Por eso, después que Pedro lo niega, Jesús le da una mirada de compasión. Por eso, en la cruz, Jesús rezó así : “Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen”. Con todo esto, Jesús había dado testimonio de la verdad, la verdad de Dios. Jesús sabía que esos hombres y mujeres que El vino a salvar lo iban a traicionar, que se iban a burlar de El, que lo iban a matar. El sabía que el hombre vive en una atmósfera de error, pero luchando por lle- gar a la verdad. Por eso Jesús decía: “No quiero la muerte del pecador, porque está luchando por la verdad; quiero que viva”. Este margen de error en la vida del hombre es lo que se llama la oscuridad del camino. De ahí salen los miles de divorcios, el abandono de tantas vocaciones, amistades que se separan para siempre y muchos inocentes que son condenados. Esta ley de la tolerancia es la única que permite entrar en el campo del perdón. Por falta de esta tolerancia, cinco minutos de error destruyen 30 años de buen servicio. Un minuto de error acaba con una amistad de largos años. Muchos sacerdotes, religiosos y religiosas han abandonado el camino emprendido, porque se han enfrentado superiores y súb- ditos, y ambos consideran que poseen la verdad, olvidando que to- dos, al decidir cualquier cosa, llevamos interferencias emocionales en el razonamiento, y que debemos mantener nuestras ideas y acti- tudes con mucha humildad. Por este margen de error, t