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ASIGNATURA: NEUROPSICOLOGÍA, GRUPOS B y D - PROF. ENRIQUE F.

MALDONADO

BLOQUE

II:

ATENCIÓN,

APRENDIZAJE

Y

MEMORIA,

1

LENGUAJE,

SISTEMAS SENSORIALES-PERCEPTIVOS, SISTEMA MOTOR Y FUNCIONES
DEL LÓBULO FRONTAL

TEMA 7. EL LÓBULO FRONTAL Y SUS FUNCIONES

1

BLOQUE

II:

ATENCIÓN,

APRENDIZAJE

Y

MEMORIA,

LENGUAJE,

SISTEMAS SENSORIALES-PERCEPTIVOS, SISTEMA MOTOR Y FUNCIONES
DEL LÓBULO FRONTAL

TEMA 7. EL LÓBULO FRONTAL Y SUS FUNCIONES
Índice:

1. Descripción anatómica, vascularización, singularidades histológicas y
conexiones aferentes-eferentes del lóbulo frontal con el resto del encéfalo:
1.1. Breve repaso histórico sobre el origen del estudio científico de las funciones
psicológicas reguladas por el lóbulo frontal
1.2. Regiones anatomofuncionales del lóbulo frontal
1.3. Vascularización, singularidades histológicas y conexiones aferenteseferentes del lóbulo frontal con el resto del cerebro
2. Funciones cognitivas y emocionales reguladas por las principales divisiones
funcionales corticales del lóbulo frontal:
2.1. Corteza frontal motora y premotora: El control del movimiento
2.2. Corteza prefrontal dorso-lateral (CPDL) y funciones cognitivas: Memoria de
trabajo, regulación emocional y solución de problemas
2.3. Corteza prefrontal orbital (CPO): Inhibición de las interferencias internas y
externas en el desarrollo de planes dirigidos a una meta
2.4. Corteza prefrontal paralímbica (CPP): La capacidad de atención ejecutiva y
la motivación dirigidas a la acción
3. Breve introducción a la evaluación de las funciones del lóbulo frontal
4. Referencias bibliográficas
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1. Descripción anatómica, vascularización, singularidades histológicas y
conexiones aferentes-eferentes del lóbulo frontal con el resto del cerebro:
El objetivo de este primer apartado del Tema 7 es repasar, de un modo rápido y
sucinto, la evolución reciente que este campo de estudio científico, el de las denominadas
funciones ejecutivas y de su principal sede anatómica en nuestro cerebro, el lóbulo frontal,
ha vivido en los últimos años. Para comenzar, analizaremos de una forma muy sencilla, la
anatomía de esta amplia región de la corteza cerebral (que representa, aproximadamente,
un tercio de toda la neocorteza pero que, realmente, supone mucho más de un tercio de la
superficie cortical debido a los numerosísimos y profundos pliegues y repliegues de esta
región de la corteza cerebral humana), su irrigación, las principales características
histológicas que lo distinguen del resto de la corteza y, para concluir este apartado,
repasaremos también el patrón de conexiones aferentes y eferentes que lo mantienen en
constante comunicación con otras regiones del encéfalo. El dominio y la plena
comprensión de estos dos últimos aspectos son críticos para que el alumno pueda entender
en profundidad las funciones vitales que acoge dicha región de nuestro encéfalo.

1.1. Breve repaso histórico sobre el origen del estudio de las funciones
psicológicas reguladas por el lóbulo frontal
Hace muchos años que sabemos que, al igual que todos los caminos conducen a
Roma, “Todas las vías del sistema nervioso finalmente conducen a los lóbulos frontales”
(Kolb y Wishaw, 2006, p. 391). No obstante, la cruda realidad es que nos encontramos en
los inicios del siglo XXI y, todavía, los lóbulos frontales y las funciones psicológicas que
esta amplia región de la neocorteza acogen, siguen siendo, en buena medida, un verdadero
enigma para la moderna neuropsicología básica y clínica.
El estudio sistemático de las funciones del lóbulo frontal arranca oficialmente en el
año 1946 con la monografía firmada por Hans-Lukas Teuber titulada: “The riddle of
3

frontal lobe function in man”, que aludía, precisamente, a esa falta de conocimiento acerca
de las funciones psicológicas asociadas a dicha región de la corteza cerebral. En ese
momento, pasado ya el ecuador del siglo XX, se venía barruntando dentro de la comunidad
científica la idea de que los lóbulos frontales representaban la sede de las funciones
mentales más genuinamente humanas, esto es: el razonamiento, el pensamiento
abstracto, la creatividad, los procesos de toma de decisión, el pensamiento o cognición de
tipo social, la capacidad de regular o “gestionar” nuestras emociones, Etc. Ilustres
neurocientíficos de esa época como Hebb, Rosvold, Mishkin o Penfield no habían
conseguido relacionar esta región de la corteza cerebral con funciones psicológicas
particulares a pesar de su ardua labor y entrega científica a tal empresa. Tendremos que
esperar al desarrollo de pruebas o test neuropsicológicos más sensibles y sofisticados para
poder detectar y “medir” las escurridizas funciones que rige esta interesantísima región de
la neocorteza cerebral humana. Dicho avance, llegará a través del trabajo de investigadores
como: Goldstein, Milner, Rylander, Chapman, Wolff, Halstead, Teuber, Reitan y Hecaen,
entre otros. De entre este grupo de estudiosos del cerebro cabe resaltar los nombres de
Brenda Milner (Canadá) y del ya citado Hans-Lukas Teuber (EE.UU.) quienes fueron los
encargados de diseñar las primeras pruebas sensibles a la ejecución del lóbulo frontal. La
complejidad para desarrollar estas pruebas tenía su origen en la compleja confluencia de
aspectos perceptivos, motores, cognitivos, emocionales y volitivos que se integran en esta
región de la corteza cerebral. Buena parte de estas funciones psicológicas complejas, al ser
aspectos constitucionales de nuestro temperamento y al estar encargados de modular y de
dar forma a nuestro carácter y personalidad, sólo podían ser captados y medidos cuando se
adoptaba un enfoque de evaluación sensible a su particular naturaleza a través de
adecuados sistemas de evaluación de utilidad tanto en el campo de la investigación básica
como clínica. Una demostración bien conocida de esto que afirmamos lo representa la
biografía del conocido paciente Phineas Gage que el alumno puede revisar a través de la
Lectura

recomendada

no

obligatoria

de

García-Molina,

A.,

(2008)

titulada:
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“Aproximación histórica a las alteraciones comportamentales por lesiones de la corteza
prefrontal: de Phineas Gage a Luria” disponible, gratuitamente, tras registrarse, en:
Revista de Neurología (número 46, páginas: 175-181).
Finalmente, en el último periodo del pasado siglo XX, destacaron los nombres de
otros grandes neurocientíficos, psicólogos y neuropsicólogos de la época interesados por
esta misma cuestión. Nos referimos a Poppelreuter, Feutchwanger, Kleist, Goldstein, Luria
(con su gran aportación en forma de un modelo que separaba en tres grandes unidades
funcionales al cerebro), Grafman y Salazar (quienes tuvieron en común la realización de
estudios con pacientes militares procedentes de las grandes guerras del siglo XX), Milner
(quien realizó sus estudios con la intención de esclarecer los efectos de la cirugía de la
epilepsia), Freeman, Watts, Stuss y Benson (quienes realizaron estudios sobre los efectos
de la psicocirugía en pacientes psiquiátricos), y Lehermitte (quien estudió los efectos
conductuales que tenían diversas formas de tumores cerebrales).
Tras este rápido repaso histórico sobre el origen del estudio científico de la cuestión
que centra este tema, realizaremos una escueta descripción de los aspectos
anatomofuncionales, de la irrigación, de las peculiaridades histológicas, así como del
patrón de conexiones aferentes y eferentes del lóbulo frontal con el resto del encéfalo.

1.2. Regiones anatomofuncionales del lóbulo frontal:
El lóbulo frontal es la porción del parénquima cerebral que queda en la parte
superior y lateral con respecto a la cisura silviana, o si se prefiere, en la parte anterior a la
cisura rolándica o central. El lóbulo frontal, en el caso de los primates, se divide, desde un
punto de vista anatomofuncional, en cuatro regiones relativamente bien diferenciadas
(Fuster, 2008):

5

(a) Las áreas motoras y premotoras centrales: Esta extensa región de la corteza
frontal incluye: el AB 4 (o Corteza Motora Primaria) y las AB 6 y 8 (en su porción lateral o
Corteza Premotora, y en su porción latero-superior y medial, o Área o Corteza Motora
Suplementaria). También dentro de las áreas premotoras, se incluyen el AB 8 que se
corresponde con lo que se denominan Campos Oculares Frontales o Campos Visuales
Frontales y el AB 8A que se denomina Campo Visual Suplementario, así como el AB 44
que junto a parte del AB 45 conforman la denominada Área de Broca. A esta región de la
corteza en conjunto se la denomina corteza precentral o corteza motora primaria (AB 4) y
secundaria (AB 6, 8, 8A, 44* y 45*), respectivamente. Esta región está representada en
color amarillo en la Presentación del Tema 7. Todas las regiones motoras y premotoras
reciben aferencias procedentes de los ganglios basales, del tálamo y de la corteza prefrontal
dorsolateral (CPDL). Además, el AB 4 y 6 reciben aferencias directas desde las regiones
parietales posteriores PE y PF, mientras que el AB 8 recibe aferencias desde la región PG y
desde el tubérculo cuadrigémino superior (ver Apéndice I para localizar estas regiones
citadas). Desde el área 4 surgen eferencias hacia las motoneuronas de la médula espinal,
del núcleo rojo, de los ganglios basales, los núcleos motores de los pares craneales y la
corteza premotora. Desde el área 6 surgen, igualmente, eferencias hacia la médula espinal,
hacia otros núcleos motores del tronco, así como hacia los ganglios basales, tálamo y hacia
la corteza motora primaria.

(b) La corteza prefrontal dorsolateral (CPDL): Está representada por las AB 8
(parcialmente), 9, 10, 11, 44, 45, 46 y 47 (desde este momento en adelante la marca de
subrayado bajo cualquiera de las AB indica que estas áreas son especialmente importantes
para la ejecución de las funciones psicológicas gestionadas por esta región de la corteza
prefrontal de acuerdo con los resultados procedentes de estudios de neuroimagen
funcional diseñados con tal fin). Esta región de la corteza prefrontal está coloreada en rojo
en la Presentación del Tema 7.
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(c) La corteza prefrontal orbital (CPO) o también frontoorbitaria, inferior o
ventral: Está representada por las AB 10 (parcialmente), 11 (parcialmente), 12, 13, 14, y
parte de la 45. Esta región está representada en verde en la Presentación del Tema 7.
Recibe sus principales aferencias desde el lóbulo temporal que incluye regiones auditivas
de la circunvolución temporal superior, de las regiones visuales de la corteza
temporoinferior, del surco temporal superior, así como de la amígdala. Además, recibe
amplia información sensorial procedente desde la corteza somatosensitiva (AB 43), desde
la corteza gustativa (en la ínsula) y desde regiones olfatorias de la corteza piriforme. Sus
principales eferencias se dirigen hacia la amígdala y hacia el hipotálamo, lo que le permite
regular la actividad del sistema nervioso autónomo.

(d) La corteza prefrontal medial y el giro cingulado anterior o corteza
prefrontal paralímbica (CPP): Esta región incluye tejido motor, corteza de la
convexidad lateral y de las áreas orbitales incluyendo el cingulado anterior (concretamente
las AB: 24, 33, 25, 32, y regiones parciales de las AB 8, 9, 10, 11, 13). Esta región está
representada en celeste (corteza prefrontal medial) y azul intenso (CCA) en la Presentación
del Tema 7.

La porción del lóbulo frontal que no incluye a las áreas motoras centrales se
denomina corteza prefrontal o corteza de asociación frontal. La región prefrontal de
corteza puede ser funcionalmente parcelada y, de este modo, podemos hablar, de modo
general, de una corteza prefrontal dorsolateral o lateral, de una corteza prefrontal medial o
paralímbica (que incluiría a la corteza del cingulado anterior) y de una corteza prefrontal
orbital, orbitofrontal, ventral o inferior. Dentro de estas regiones funcionales, el AB 6
lateral y el AB 46 se consideran regiones multimodales. Por el contrario, en el AB 13 se
encuentra células que responden exclusivamente a estímulos gustativos y olfativos (se

7

supone que las redes neuronales que forman estas células permiten recrear nuestra
experiencia de percepción del sabor y del olor de, por poner un ejemplo, los alimentos que
tomamos en nuestro almuerzo).

1.3.

Vascularización,

peculiaridades

histológicas

y

conexiones

aferentes-eferentes del lóbulo frontal con el resto del encéfalo:
El lóbulo frontal, tal y como el alumno recordará tras la realización de la Actividad
Académica Dirigida 4, está irrigado tanto por la arteria cerebral anterior como por la
arteria cerebral media. La artería cerebral anterior se encarga de irrigar la porción medial
de dicho lóbulo (incluidas la corteza cingulada anterior, la rodilla y el cuerpo del cuerpo
calloso), la convexidad superior lateral de este lóbulo, así como a otras importantes
regiones y estructuras localizadas subcorticalmente, como son, por ejemplo, las nutridas
por las ramas profundas que alimentan la cabeza del núcleo caudado, la rodilla de la
cápsula interna y parte del tálamo o del hipotálamo (por ejemplo, a través de la arteria de
Heubner). Por su parte, la artería cerebral media irriga la cara lateral del lóbulo frontal
incluyendo las regiones orbitales (con la excepción de la franja paralela al borde cóncavo
anterior). Sus ramas subcorticales o profundas irrigan el caudado (excepto la cabeza), el
tálamo (excepto su polo posterior), el pálido, putamen, claustro o antemuro, rodilla del
brazo anterior de la cápsula interna, cápsula externa y cápsula extrema (ramas
lenticuloestriadas o tálamoestriadas del grupo interno y externo).
Por otro lado, es importante recordar al alumno que, tal y como estudió en la
asignatura Fundamentos de Psicobiología II, el territorio de la corteza prefrontal en el
caso de los mamíferos se define, habitualmente, a partir tanto de criterios
citoarquitectónicos como de patrones de conectividad recíproca con determinados
núcleos del tálamo. Con relación al primer criterio, se puede afirmar que la corteza
prefrontal está definida desde un punto de vista histológico por una característica que la
hace única entre todas las regiones de la corteza cerebral: la presencia de una capa IV o
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capa granular interna especialmente prominente (ver Figura 1). En segundo lugar, una
segunda característica que permite definir los límites de la corteza prefrontal es su firme
patrón de conectividad recíproco con los denominados núcleos del tálamo. De este modo,
la corteza precentral (corteza motora primaria y secundaria) está conectada con el núcleo
ventromedial del tálamo, la corteza prefrontal o frontal anterior y con el núcleo
dorsomedial del tálamo (observación realizada, en un amplio número de especies de
mamíferos, originalmente, por Jersey Rose y Clinton Woolsey). Finalmente, la corteza
cingulada anterior está conectada con el núcleo ventral anterior.

Figura 1. Capas celulares de la corteza cerebral humana.

En este punto, es también muy importante que el alumno recuerde la existencia de
varios circuitos fronto-subcorticales dispuestos en paralelo (Alexander et al., 1986) que
conectan diversas regiones del lóbulo frontal vía estructuras subcorticales de nuevo con la
propia corteza prefrontal. Estos bucles o circuitos cortico-subcorticales tienen una
arquitectura repetitiva que sigue, aproximadamente, el siguiente patrón de conexiones:
desde la corteza frontal surgen proyecciones que se dirigen al estriado (caudado,
putamen), de éste al globo pálido/sustancia negra, de ahí al tálamo, y desde el tálamo la
9

información vuelve a la corteza frontal (ver Figura 2). Estos 5 circuitos que comentamos
han sido denominados como (en paréntesis se indican las AB en las que se originan dichos
circuitos):

-Circuito motor (AB 4 y 6).
-Circuito oculomotor (AB 8).
-Circuito dorsolateral (AB 9 y 46).
-Circuito orbital:
-Sección lateral (AB 10, 12, 13 y 14)
-Sección medial (AB 11)
-Circuito límbico del cingulado anterior (AB 24, 33, 25, 32).

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Figura 2. Patrón de arquitectura general que describen los circuitos fronto-subcorticales
que se originan en el lóbulo frontal.

Como se puede observar, el CPDL, el CPO y el CPM mantienen comunicación
aferente y eferente con regiones particulares de los ganglios basales y del tálamo. Aunque
cada una de estas regiones emite tractos separados, se considera que trabajan de modo
conjunto y de una forma coordinada integrando información procedente de diversas
regiones del cerebro, regulando diferentes procesos cognitivos, conductuales y
emocionales al mismo tiempo.
Para concluir este apartado introductorio del tema es necesario recordar que la
corteza prefrontal exhibe uno de los procesos de maduración mucho más lentos que otras
regiones de la neocorteza y que pueden ser estudiados, tanto desde un punto de vista
filogenético, como desde un punto de vista ontogenético (García-Molina et al., 2009). Por
último, y abundando en las diferencias descritas entre el lóbulo parietal, temporal u
occipital, y la corteza prefrontal, debemos señalar que esta última exhibe un menor grado
de lateralización de sus funciones en comparación con la observada en la denominada
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corteza asociativa posterior. Esta afirmación debe ser tomada con cautela pues sí es posible
diferenciar la mayor o menor implicación de diversas regiones de la corteza frontal en
determinadas funciones psicológicas tal y como iremos viendo.

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2. Funciones de las grandes divisiones corticales del lóbulo frontal:
Fue Alexander R. Luria quien, a partir de sus numerosas observaciones clínicas
realizadas, señaló la importancia del lóbulo frontal como una superestructura
jerárquicamente dispuesta sobre todas las demás regiones de la corteza cerebral. Ésta
región serviría como una región encargada de regular la conducta de un modo más general
en comparación con las funciones más limitadas de las áreas de asociación posteriores. El
lóbulo frontal tendría la función de elaborar planes estratégicos, desarrollarlos en términos
de pensamiento, palabra o acción, y de verificar si estas acciones consiguen o no el
cometido pronosticado. Aunque resulta un tanto artificioso, desde un punto de vista al
menos didáctico, tiene sentido reconocer y resaltar la mayor implicación de cada una de
estas cuatro unidades anatomofuncionales estudiadas en el anterior apartado 1.2. en
determinadas funciones psicológicas y/o conductuales concretas.

2.1. Corteza motora y premotora: el control del movimiento y el
descubrimiento del “sistema de neuronas espejo”
La corteza motora primaria (AB 4) y la corteza motora secundaria o premotora (AB
6, 8, 44 y 45) forman lo que se denomina sistema motor humano. Se trata de una amplia
franja de tejido cortical que se extiende a partir de la cisura central o de Rolando en
adelante.

La

corteza

motora

secundaria

o

corteza

premotora

representa,

aproximadamente, 2/3 del total del tejido de la corteza indicada. Estas regiones se
caracterizan desde un punto de vista citoarquitectónico por dos peculiaridades: (1) exhibir
una estructura agranular (es decir, una baja densidad de células granulares en la capa IV)
que contrasta con la alta densidad observada en regiones somatosensoriales o con la de la
propia corteza prefrontal; así como también (2) por la presencia de células piramidales o
de Betz en la capa V (o capa piramidal interna) del AB 4.

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Desde un punto de vista funcional, esta amplia región del corteza frontal se puede
relacionar con tres funciones principales como son: planificar o “idear” un acto motor
apoyado en una estrategia y en la información que alberga nuestra memoria; programar
los músculos implicados y su secuencia de activación; y finalmente, ejecutar dicho acto
motor. De una forma muy esquemática, puede afirmarse que la corteza premotora
dorsolateral (AB 9 y 46, principalmente) es la encargada de la planificación del acto motor
(por supuesto, lo puede hacer gracias a la información que le suministra previamente la
corteza postero-superior parietal del hemisferio derecho, así como los sistemas de
memoria relevantes para el “diseño” de esta acción), la corteza premotora se encarga de la
programación del acto motor (AB 6), y finalmente, la corteza motora primaria (AB 4) será
la encargada de la ejecución del acto motor. Veamos con más detenimiento estos tres pasos
a través de los que se gesta cualquier tipo de acto motor.
La corteza motora primaria y secundaria están organizadas somatotópicamente (ver
Figura 3), es decir, están organizadas de modo que a lo largo de toda su extensión existe
una representación, muy detallada que refleja, proporcionalmente, la tasa de inervación de
cada uno de los músculos del hemicuerpo contralateral. Su estimulación eléctrica provoca
la ejecución de movimientos esqueléticos simples y elementales (en el caso del AB 4) codificando su dirección, velocidad y fuerza- junto a otros más complejos y elaborados (el
AB 6 también codifica el parámetro de fuerza junto al AB 4). La lesión del AB 4 da lugar a
una parálisis o hemiplejia contralateral impidiendo, especialmente, los movimientos finos
e independientes de los dedos de la mano junto a una pérdida de la fuerza y de la velocidad
en los movimientos. Por su parte, el AB 6, 8 y 44 y parte de la 45 son consideradas áreas de
asociación unimodal motora encargadas, principalmente, de la programación de los
movimientos. Su lesión se asocia al padecimiento de apraxias y al desarrollo de
movimientos descoordinados.

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Figura 3. Representación de la sección coronal de la corteza motora y del homúnculo motor.

Estas regiones (AB 6, 8 y 44 junto a parte de la 45) se encargan de seleccionar,
coordinar y organizar, secuencialmente, los diferentes movimientos elementales que han
de ser realizados para conseguir un determinado programa de acción conforme a una
finalidad concreta y elaboran movimientos más complejos que la corteza motora primaria.
Como ya se ha indicado, y al igual que la corteza motora primaria, el AB 6 exhibe una
organización somatotópica. La corteza premotora es la principal fuente de inputs sobre la
corteza motora primaria (AB 4) pero también emite proyecciones directas de tipo
corticoespinal para influir sobre el movimiento. Recibe aferencias de las áreas visuales 17,
18 y 19, y parietales posteriores. Estudios de neuroimagen recientes indican que el AB 6 se
divide desde un punto de vista funcional en una porción lateral y otra medial (o área o
corteza motora suplementaria, AMS). La porción lateral estaría encargada de organizar
respuestas motoras en respuesta a señales o estímulos externos mientras que la región
medial organizaría sus respuestas hacia estímulos generados internamente (fruto de
programas de motivación originados internamente). En este mismo sentido, se ha
observado que la región dorsal se activaría preferentemente durante el proceso de
aprendizaje de un nuevo programa motor. Por su parte, la región medial se encargaría de
ejecutar programas motores previamente ya aprendidos.

15

Las AB 8 y 8A (junto a pequeñas porciones del AB 6 y 9) representan los
denominados campos oculares frontales, región de la corteza prefrontal que se encarga de
controlar la mirada voluntaria e involuntaria (reactiva ante la aparición de un estímulo que
provoca nuestra respuesta o reflejo de orientación), la focalización de la atención visual, y
la coordinación oculomanual y oculobucal. Esta región recibe aferencias de las AB 17, 18,
19, 20, 22, 1, 2, 3, 5 y 7. Al igual que en el caso del AB 6, podemos hacer la misma
apreciación en el sentido de que es posible distinguir una región lateral del AB 8, implicada
en los movimientos oculares reactivos ante estímulos externos, y una región medial del AB
8 o 8A, implicada en los movimientos oculares internamente dirigidos. Diversos estudios
han mostrado que lesiones en esta región frontal ocasionan alteraciones en la mirada
voluntaria (p. ej. en tareas de rastreo visual, inhibición de movimientos de tipo automático
y tareas de comparación visual relacionadas con el campo visual contralateral a la lesión).
Del mismo modo, se conoce la implicación de neuronas de los campos oculares motores en
las denominadas descargas colarias o reaferencia (una señal que envía información de
modo anticipado a la corteza parietal y temporal antes de iniciar un movimiento ocular y
que permite que la percepción del “mundo” se mantenga “estable”).
El lóbulo frontal contiene dos importantes zonas relacionadas con el uso del
lenguaje: el área de Broca (que es una extensión del área premotora lateral) y el área
suplementaria del lenguaje (una extensión del área motora suplementaria). El área de
Broca (AB 44 y parte de la 45) se encargan de la selección de movimientos para el habla,
esto es, de programar los actos motores implicados en el acto de hablar a partir de
estímulos externos. Su lesión da lugar a afasias del tipo Broca o nominal (en el caso de
producirse en el hemisferio izquierdo; las lesiones en el hemisferio derecho afectarían
esencialmente a la prosodia del habla) y a síntomas como el agramatismo. Parece que el
área de Broca es necesaria para recuperar palabras basándonos en estímulos externos (p.
ej. un objeto, palabra, letra o significado). Por su parte, el área motora suplementaria del

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habla permite recuperar palabras sin la ayuda de señales externas. Su lesión da lugar a un
estado de mutismo total (el paciente parece mudo).
Es importante señalar que lesiones que quedan fuera de las AB 4 y 6 (de las que
acabamos de exponer sus funciones) también pueden afectar la ejecución motora del
paciente (Perea y Ardila, 2009). En estos casos, el análisis debe ser muy cuidadoso para
poder poner de relieve dichas alteraciones que pueden ser muy variadas (p. ej. reflejos
patológicos

o

arcaicos

uni-

o

bilaterales

-como

los

de

prensión,

trompa,

palmomentoniano, succión, signo de Babinski-, negligencia e impersistencia motora
contralateral a la lesión, anormalidades en el tono -como una paratonía, counterpull, o
fenómeno de MayerReich-, anormalidades en la marcha -como la ataxia de la marcha,
apraxia de la marcha o marcha magnética-, cambios en el control de los esfínteres asociados a impulsividad o falta de adaptación a las normas sociales o, simplemente, a
una falta de control sobre el reflejo espinal detrusor-, hiperactividad, ecopraxia o
ecomimia, conductas de utilización [Lhermitte, 1983], desorganización comportamental en forma de adinamia o desinhibición-, y de perserveraciones).
Para cerrar este apartado, debemos dedicar unas líneas al descubrimiento del
denominado sistema de neuronas espejo o descubrimiento de las neuronas espejo por
parte del equipo de investigación dirigido por el Prof. Giacomo Rizzolati en la Universidad
de Parma (Italia). Rizzolati, Fogassi y Gallese descubrieron en la corteza premotora que
representa la cara y la boca (área F5) de la corteza cerebral de macacos Rhesus, un tipo de
neuronas que no sólo se activaban cuando internamente el animal decidía realizar una
acción motora particular sino que, y aquí viene lo sorprendente, se activaban igualmente
cuando observaban a otro animal realizando una acción particular que, de algún modo, le
podrían estar permitiendo vivir internamente las acciones, sensaciones y emociones de ese
otro conespecífico. El sistema de neuronas especulares o espejo no sería por lo tanto solo
importante para nosotros con vista a realizar procesos de imitación sino también a la hora

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de codificar las intenciones y las emociones asociadas a lo que otro individuo hace.
Estamos hablando por lo tanto de nuestras capacidades empáticas. Con posterioridad, se
han descrito células con estas funciones en el surco temporal superior, en el lóbulo parietal
inferior y en el giro inferior frontal. Regiones próximas todas ellas a los sistemas
frontoparietales que se encargan de varias formas de integración sensitivo-motora
(Rizzolatti et al., 2004; ver Figura 4).

Figura 4. El sistema de neuronas espejo en el SNC humano.

2.2. Corteza prefrontal dorsolateral (CPDL) y síndromes asociados a su
lesión selectiva: La sede del sistema ejecutivo central y el desarrollo de
funciones cognitivas ejecutivas
La CPDL es corteza de asociación plurimodal (corteza frontal homotípica granular)
que, como hemos indicado más arriba, incluye las AB 8, 9, 10, 11, 12, 45, 46 y 47. Se trata
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de una región cortical que integra información unimodal, heteromodal y paralímbica (pero
no información directa procedente de las áreas primarias). Junto a los circuitos indicados,
esta región recibe información procedente de la fisura temporal superior, de la fisura y de
áreas parietales posteriores, regiones con las que mantiene comunicación recíproca. El
CPDL proyecta hacia la corteza cingulada, GG.BB., tálamo y tubérculo cuadrigémino
superior. Igualmente, se considera el punto final de las vías o corrientes visuales ventral y
dorsal (Fellerman y van Essen). Las tres funciones complejas que acoge esta porción de la
corteza prefrontal pueden ser resumidas del siguiente modo:

(1) Organización temporal de la conducta: La CPDL permite establecer
contingencias de tiempo, predecir y anticipar el futuro (en términos de pensamiento,
lenguaje y conducta motora), y por lo tanto, facilita la elaboración de planes de acción
(facilitándonos, en suma, la posibilidad de realizar razonamientos de tipo abstracto).
Diversas líneas de trabajo experimental (originadas en las observaciones de Carlyle
Jacobsen) han conseguido relacionar la activación de esta región (en particular, de
determinadas redes neuronales localizadas en el AB 9 y 46) con el desarrollo de procesos o
tareas demoradas que implican la capacidad para retener información sensorial
previamente presentada, así como desarrollar tareas de memoria temporal, memoria de
trabajo, memoria reciente o memoria a corto plazo que conllevan la manipulación de la
información mantenida en la MCP.

(2) Lugar de interacción entre la información sensorial procesada y los
inputs límbico-paralímbicos: Junto a la función anteriormente descrita, la CPDL ha
sido relacionada en numerosos estudios de neuroimagen recientes con la capacidad o
habilidad de servir como lugar de interacción entre la información sensorial procesada y
los inputs límbico-paralímbicos (que representan el estado emocional y motivacional

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consciente para el organismo). En otras palabras, esta región nos permite ser “conscientes”
de la impresión sensorial que crea nuestro sistema límbico a partir del procesamiento de
un estímulo, pero al mismo tiempo es lugar en el que, probablemente, podemos a través de
nuestros propios procesos cognitivos, modificar o modular la impresión que generan estas
emociones. Es la sede del cerebro para la realización de tareas cognitivas que hoy día se
denominan, coloquialmente, y en conjunto como la capacidad para “gestionar nuestras
emociones” o “capacidad de regulación emocional”. Es importante señalar que la
activación de esta región de la corteza no depende, exclusivamente, de la propiedades del
estímulo sino del significado subjetivo que la persona le otorga al mismo (o, con dicho con
más propiedad, del significado que cada uno de nosotros guardamos en nuestra memoria
episódica y emocional sobre dicho estímulo). En este sentido, el papel de esta porción de la
corteza cerebral en el aprendizaje de tipo asociativo es muy importante.

(3) Sede de los procesos cerebrales que facilitan el desarrollo de las
denominadas funciones ejecutivas: Finalmente, y como recapitulación de todo lo ya
dicho sobre esta región de la corteza frontal, podemos concluir diciendo que esta región es
crítica para desarrollar las denominadas funciones ejecutivas (un término hoy bastante
confuso pero al mismo tiempo muy extendido en la literatura, ver: Tirapu et al., 2005) que
hace referencia a nuestra capacidad para proponer objetivos o metas, diseñar una
planificación de “actos” para conseguirlos, y ser capaces de ir verificando o comprobando,
paso a paso, si, poco a poco, conseguimos acercarnos o no a nuestro objetivo. En la Tabla 1,
se muestra un listado con algunas de las principales funciones ejecutivas que se estudian
hoy en el contexto de la neuropsicología:

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Capacidad para la conducta autónoma sin guía externa

Capacidad de perseverar en ausencia de dirección externa hasta completar una tarea que
requiere dicha acción prioritaria

Conducción dirigida cuando la meta es remota o abstracta

Autodirección, autorregulación, autosupervisión

Capacidad para organizar una respuesta conductual para solventar un problema nuevo o
complejo (creatividad)

Síntesis mental para acciones no rutinarias

Planificación y regulación de conductas adaptativas y dirigidas a una meta

Resolución de problemas, razonamiento, espontaneidad, juicio, planificación, insight, toma de
decisiones estratégicas

Espontaneidad y fluidez de pensamiento y acción

Flexibilidad cognitiva

Capacidad de búsqueda sistemática en la memoria

Capacidad de cambiar o mantener el sistema cuando es necesario

Capacidad para retener o inhibir respuestas cuando es necesario

Capacidad para focalizar o sostener la atención

Tabla 1. Funciones ejecutivas.

La lesión selectiva de la CPDL suele dar lugar a una compleja y florida
sintomatología cognitiva, afectiva, conductual y social en el paciente afectado. Es frecuente
describir esta sintomatología como un “síndrome disejecutivo”. El síndrome disejecutivo,
dorsolateral o de la convexidad frontal puede incluir: problemas para focalizar y sostener
la atención, distraibilidad, conducta impersistente en la consecución de metas o conclusión
de las tareas, falta de iniciativa (o, aparente falta de voluntad), abulia, apatía,
emocionalidad plana, “síntomas en apariencia depresivos” (aunque, cuando se explora
adecuadamente, no existe/n causa/s que justifique/n dicha depresión), problemas en el
proceso de toma de decisiones y de razonamiento (especialmente, de un modo divergente),
problemas de planificación, perseveración y fallo de estrategias ante problemas nuevos o
complejos, problemas de memoria (en forma de problemas de ejecución de la MCP, de
aprendizaje de tipo asociativo, de memoria secuencial de acontecimientos, en la
codificación y el recuerdo espontáneo de material no relacionado que contrasta con el
recuerdo de materiales contextual o semánticamente organizados, pudiendo mejorar
21

mucho su rendimiento cuando se le ofrece ayuda a través de pistas), problemas de fluidez
verbal y tendencia a usar un lenguaje con frases muy cortas, con dependencia del medio,
así como problemas en la capacidad para realizar dibujos. Finalmente, y de acuerdo con la
precisa localización de la lesión se podrán observar diversos síntomas de tipo motor (p. ej.
hemiplejia flácida de la extremidad contralateral a la lesión).
Como ya hemos adelantado, en determinados grupos de pacientes (es decir, ante
grupos de casos clínicos en los que la lesión de la CPDL tiene determinadas características
poco conocidas en este momento pero que nos atrevemos a postular como con
características anatomopatológicas comunes), el daño cortical de esta región de la CPDL
puede dar lugar a un cluster de síntomas que combinan apatía e indiferencia
sobresalientes, abulia, pérdida de iniciativa, menor interés sexual (a pesar de poder tener
un rendimiento completamente normal desde un punto de vista fisiológico), poca emoción
manifiesta, escasa producción verbal (o ninguna, mutismo), aplanamiento afectivo y/o
síntomas

de

depresión

que

se

recogen

bajo

la

denominación

de

síndrome

pseudodepresivo, que se ha relacionado, especialmente, con lesiones en el lóbulo frontal
izquierdo (aunque un perfil neuropsicológico con todos los síntomas comentados aquí
requiere, habitualmente, del padecimiento de una lesión de tipo bilateral).
Con independencia de que el perfil sea uno u otro, en ambos casos es frecuente
observar problemas de hemiplejia en las extremidades superiores (obsérvese la
proximidad de la corteza motora que controla las extremidades superiores y la CPDL). La
etiología que puede producir este tipo de daños puede ser muy variada: TCEs, ACVs de la
artería cerebral anterior o media, enfermedades neurodegenerativas (p. ej. demencia
frontotemporal), tumores, etc.

2.3. Corteza prefrontal orbital (CPO) y síndromes asociados a su lesión
selectiva: La capacidad de inhibición de la interferencia

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La CPO incluye, tal y como hemos indicado más arriba, el AB 10, 11, 12, 13, 14 y 47
(incluyendo las zonas secundarias del gusto, así como las secundarias y terciarias
olfativas). Esta región recoge información procedente de todos los sistemas sensoriales: el
gustativo, el olfativo, visual, somatosensorial, además del sistema hipocampal para la
memoria y de la amígdala. Al mismo tiempo, y a través de sus principales eferencias, es
capaz de regular la actividad de la amígdala, del hipocampo y del hipotálamo (y con ello, la
actividad del SNA). También exhibe eferencias hacia la corteza cingulada anterior, tálamo
(núcleos dorsomediales e intralaminares) e hipotálamo. Gracias a este patrón de
conexiones aferentes y eferentes, la principal función desarrollada por las redes neuronales
que se asientan en esta porción de la corteza prefrontal es la inhibición de la interferencia
(o inhibición conductual) tanto interna (provocada por motivaciones o deseos de origen
interno que podrían alterar las tareas de planificación, la puesta en marcha de nuestras
estrategias y/o la valoración de las mismas), como externa (provocada por estímulos
distractores que aparecen en nuestro medio ambiente físico y social cercano). Para que el
alumno pueda comprender plenamente la función que rige esta región puede pensar en la
ejecución conductual que requiere la correcta realización de una tarea del tipo Test de
Stroop o la Prueba de Selección de Tarjetas de Wisconsin, por poner tan solo un par de
ejemplos.
La CPO es, igualmente, una región de la corteza cerebral crítica en la generación de
conductas producidas por refuerzos y castigos (aprendizajes de tipo asociativo
instrumental) como son las conductas motivacionales (p. ej. comer, beber, tener sexo, etc.),
emocionales y sociales. En este sentido, se ha observado que la lesión de esta región impide
el aprendizaje, especialmente, de tipo inversión, así como la flexibilidad para crear
asociaciones entre estímulos y refuerzos debido a la pérdida de control inhibitorio en el
procesamiento de información afectiva. En este sentido, un amplio grupo de estudios han
observado anormalidades en el patrón de activación de esta región en pacientes que sufren

23

adicción a muy diferentes tipos de actividades o conductas (p. ej. consumo de droga, sexo,
juego patológico, etc.).
Por otro lado, la investigación básica y clínica más reciente en el ámbito de la
neuropsicología está empezando a distinguir las funciones desarrolladas por la porción
lateral y medial del CPO. La región lateral se ha relacionado con la evaluación del castigo
y su efecto sobre la conducta. Por su parte, la región medial se ha vinculado con los
procesos de evaluación de reforzadores primarios y secundarios (esto es, naturales para la
especie o aprendidos a lo largo de la vida, respectivamente) y de los procesos del
aprendizaje-memoria de éstos. Del mismo modo, se hace una distinción entre las regiones
anteriores y posteriores de la CPO. Las regiones anteriores estarían implicadas en la
evaluación de reforzadores secundarios (p. ej. dinero, fama, reconocimiento social, etc.)
mientras que la región posterior estaría implicada en el análisis de reforzadores primarios
(p. ej. el sabor dulce del azúcar).
Las lesiones de la corteza orbitofrontal postero-medial se han relacionado con el
síndrome denominado “moria”. La moria se define por un estado de euforia o jocosidad
del paciente (con temática verbal-sexual), con cambios frecuentes de ánimo en forma de
irritabilidad, intolerancia, afectación el juicio social (no se aprecian ni se acatan normas
sociales ni morales), depresión súbita, apatía e indiferencia, etc. Las manifestaciones
verbales, las recompensas sociales, estéticas e intelectuales no les suelen causar placer
alguno. Por otro lado, las lesiones que afectan a la corteza orbitofrontal postero-medial en
primates no humanoides suelen provocar una reducción de la agresividad o síndrome de
amansamiento.
Por otro lado, y tal y como ya hemos establecido, la CPO recibe inputs procedentes
de los sistemas sensoriales del lóbulo temporal (información sensorial) y de la amígdala
(información emocional y afectiva) que aportan claves contextuales que se estiman como
fundamentales para el desarrollo de los procesos de cognición social que permitirán

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ajustar nuestro comportamiento a las normas sociales propias de nuestra cultura y
civilización que se interiorizan a través del proceso de socialización.
De acuerdo con algunas observaciones clínicas, esta región de la corteza prefrontal
también sería igualmente crítica para el proceso de conciencia autonoética. El concepto de
conciencia autonoética (acuñado por Tulving) hace referencia a nuestro conocimiento
autobiográfico, sobre nuestras propias experiencias vitales y nuestras metas que, en última
instancia, permiten reunir nuestro conocimiento acerca de uno mismo como una entidad
continua a lo largo del tiempo (recordar lo estudiado en el Tema 4 de la asignatura).
Finalmente, las lesiones de la CPO también se han relacionado, del mismo modo,
con la disminución o reducción en la fluidez verbal (preferentemente, en el caso de
lesiones izquierdas aunque las lesiones derechas también pueden ocasionarlo), así como en
la capacidad de dibujar tantos diseños posibles como pudiera. En este grupo de pacientes,
es fácil observar una reducción en el número de expresiones faciales y de movimientos
voluntarios pudiendo parecer letárgicos y perezosos (con dificultad para salir de la cama
por la mañana, vestirse y desarrollar las actividades cotidianas de cada día). Este cluster de
síntomas podría resumirse como una pérdida de espontaneidad conductual.
La lesión de esta región, que puede ser causada por TCE, tumores, ACVs de la
Arteria Cerebral Anterior y de la Arteria Comunicante Anterior, así como procesos
infecciosos como la encefalitis herpéticas, etc. La lesión produce, en resumen, lo que se
denomina “síndrome orbital”, “síndrome de deshibición”, o también, “síndrome de
pseudopsicopatía” (dependiendo del predominio de unos u otros síntomas). Este tipo de
cuadros surgen de un déficit adquirido para proteger los procesos ejecutivos (conductas
dirigidas a una meta) de las interferencias afectivas internas y/o provocadas externamente
por cualquier tipo de estímulo con esa capacidad. El paciente con este tipo de daño
cerebral adquirido puede mostrarse egocéntrico, impulsivo, hiperactivo (motóricamente
hablando), distraído, desorganizado, incapaz de centrar la atención en los estímulos

25

relevantes para la tarea, desinhibido, irritable, eufórico, siempre con síntomas de
disregulación emocional (puede dar malas contestaciones o tener un comportamiento
socialmente

inapropiado),

con

perseveraciones,

falta

de

moderación

moral,

comportamiento sexual alterado (en relación al tipo de conducta y a su frecuencia: p. ej.
masturbación en público), con aparente falta de empatía o incluso con aparente intención
de herir la sensibilidad de los demás, con una tendencia, frecuentemente, a romper y violar
las reglas y normas sociales, con tendencia a asumir riesgos elevados, con problemas en los
procesos de toma de decisión, y con tendencia a presentar conductas adictivas (como
practicar el juego, beber, fumar, consumir drogas ilegales, etc.). También puede presentar
problemas de memoria (en forma de amnesia anterógrada y retrógrada con gradiente
temporal, problemas para codificar información debido a la pobre atención que estos
exhiben, bajas tasas de aprendizaje, y una deficiente memoria episódica en la que, además,
se alternan procesos de confabulación inconscientes para el propio paciente) si la lesión
como tal afecta no sólo al CPO sino también al septum o a la región del CBA (lo que resulta
frecuente en el caso de lesiones de naturaleza vascular), y no es tampoco extraña la
presencia de síntomas de anosmia o falta de discriminación olfatoria.
El síndrome de pseudopsicopatía es otra de las consecuencias frecuentes del daño
en el CPO. Hace referencia a un patrón de personalidad caracterizado por falta de
maduración en la conducta, falta de diplomacia y de restricciones, lenguaje vulgar,
conducta sexual promiscua, elevada actividad motora y falta general de conductas
socialmente adecuadas. A diferencia de la pseudodepresión que se relaciona con el daño
cerebral del lóbulo frontal izquierdo, la pseudopsicopatía se ha relacionado,
especialmente, con el daño frontal derecho (aunque un perfil con todos los síntomas
comentados aquí requiere de una lesión bilateral al igual que ocurre en el caso de la
pseudodepresión).

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2.4. Corteza prefrontal paralímbica y síndromes asociados a su lesión
selectiva: La capacidad de regular la atención y mostrar motivación dirigida a
la acción
La corteza prefrontal medial o paralímbica es la región de lóbulo frontal que queda
entre ambos hemisferios, en posición anterior a la corteza motora frontal. Se puede dividir
en tres regiones:
-La región orbitofrontal caudal: Correspondiente a las AB 10, 11 y 12.
-La región cingulada anterior: Correspondiente a las AB 24 y 33, áreas en la
que pueden distinguirse una subregión supracallosa (relacionada con la atención anterior y
la detección del conflicto) y una región subcallosa (relacionada con la regulación de las
funciones vegetativas).
-La región paraolfatoria: Correspondiente a las regiones de las AB 25 y 32 de la
cara medial del lóbulo frontal.

Estas tres regiones reciben información procedente de áreas de asociación
heteromodal contiguas (CPDL) y, en menor medida, de áreas unimodales de la corteza
prefrontal que es integrada con la información elaborada con los inputs procedentes del
sistema límbico (corteza perirrinal y entorrinal, amígdala, hipocampo e hipotálamo).
También muestra conexiones con la corteza orbitofrontal, giro hipocampal, amígdala,
ínsula, claustro, tálamo y regiones del tronco cerebral.
La lesión de esta región de la corteza prefrontal da lugar al denominado síndrome
frontal medial o del cingulado anterior. Dicho síndrome se compone de síntomas como: la
falta de iniciativa, indiferencia, acinesia y mutismo (lesiones bilaterales), hipocinesia
(lesiones unilaterales), falta de comunicación verbal y de espontaneidad, bajo nivel de
arousal, insight y apariencia de estar “poco conscientes” del medio cercano, disminución
de la motivación, de la exploración y de la acción, de las relaciones sociales o familiares,

27

mantenimiento de posturas incómodas y ausencia de respuestas ante estímulos dolorosos,
falta de interés, apatía y abulia (sin presencia de depresión), y respuesta emocional
aplanada. En el caso de las lesiones cinguladas bilaterales puede aparecer incontinencia de
esfínteres (urinaria y/o defecatoria) debido a que en dicha región de la corteza se sitúan los
centros que inhiben dichas conductas, distraibilidad, y docilidad. También puede aparecer
síntomas de amnesia anterógrada marcada y retrógrada con gradiente temporal junto a
fabulación o confabulaciones con problemas para distinguir imaginación y realidad si el
DCA que daña a la CPM provoca daños igualmente en el CBA y en el área septal. También
es frecuente la observación de debilidad en las extremidades inferiores, de “síndrome de la
mano ajena” si el cuerpo calloso está dañado y de afasia motora transcortical (en lesiones
izquierdas).
En la Figura 3 se muestra un resumen indicando los principales déficit que se
observan en cada uno de los tres síndromes prefrontales. Es importante tener en cuenta el
hemisferio en el que se produce el daño cerebral pues de acuerdo con la lateralización del
mismo son mucho más esperables unos síndromes u otros (ver Tabla 2). Obsérvese como
se puede observar un solapamiento de síntomas en varios de los síndromes.

Figura 3. Principales síntomas en los tres principales síndromes causados por daño de la corteza prefrontal.

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Hemisferio Izquierdo

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Hemisferio Derecho

-Apatía, desinterés

-Desinhibición comportamental

-Hiporreactividad

-Hipomanía, hiperreactividad

-Pseudodepresión

-Pseudopsicopatía

-Afasia dinámica

-Fuga de ideas y concretismo

-Ausencia de interés

-Cambios de personalidad

-Pobre programación motora

-Alteración de la conducta social

-Perseveración

-Puerilidad

-Reducción de la espontaneidad
comportamental

-Confabulación

Tabla 2. Efectos del daño frontal de acuerdo con su lateralización.

De un modo complementario a lo expuesto, cabe señalar que Mesulam (2000) ha
establecido dos síndromes prefrontales principales: (1) el síndrome de abulia frontal y (2)
el síndrome de desinhibición frontal.
El primero recuerda, básicamente, al síndrome disejecutivo anteriormente descrito.
En general, el paciente muestra dificultades para resolver problemas, para el razonamiento
concreto, falta de creatividad, reducida iniciativa, conducta dependiente de estímulos,
apatía y aplanamiento emocional.
Por su parte, el síndrome de desinhibición frontal acuñado por Mesulam (2000),
nos recuerda el síndrome que acabamos de describir asociado al daño de la CPO aunque
con componentes que se relacionan con un daño más amplio a nivel de la corteza
prefrontal medial y del cerebro basal anterior. Así, el comportamiento de los pacientes que
sufren dicho síndrome sería un patrón de conducta que incluye: desinhibición conductual,
impulsividad conductual, falta de juicio, insight reducido y foresight, incapacidad para
retrasar los procesos de gratificación, nivel de energía incrementado y gran reactividad
emocional. El patrón de sueño-vigilia suele estar alterado, y no suele mostrar
29

remordimientos cuando sus comportamientos violentan normas sociales o provoca un
daño en la sensibilidad del otro.
En cualquier caso, y junto a esta visión parcelada de los síndromes que puede
desencadenarse tras el daño cerebral adquirido selectivo en diferentes regiones de la
corteza frontal, se pueden establecer una serie de déficit que caracterizan al daño difuso de
la corteza prefrontal. Entre estos síntomas y signos podemos enumerar los siguientes:
problemas de atención voluntaria -que afectan a una amplia variedad de conductas-,
dependencia ambiental -iniciada por objetos, personas o situaciones- y conductas de
utilización, pérdida de la consciencia autonoética -especialmente, tras daño orbitofrontal-,
funcionamiento de la memoria -modelo HERA-, paratonia -dependiente de la carga y de
la velocidad del movimiento y observable en otros cuadros que implican un daño difuso
del cerebro y de la región basal del lóbulo temporal-, diversos síndromes
neuropsiquiátricos (como cambios de personalidad, pseudodepresión -especialmente
típico del daño en el CPDL-, pseudopsicopatía -especialmente típico del daño en el CPO-,
síndrome de Capgras y amnesia reduplicativa) y recuperación de reflejos propios de la
edad infantil (como, por ejemplo, los reflejos de succión, el reflejo palmomental, el de root,
el de snout, el de glabbelar, o el de grasp).
Finalmente, y tal y como hemos ido repasando a lo largo de este tema, las áreas
prefrontales del lóbulo frontal desempeñan una función central en la organización y el
control de la cognición (metacognición). Como el alumno habrá podido deducir al leer el
presente tema, buena parte de las funciones psicológicas que controla la corteza prefrontal
representan

variables

de

tipo

constitucional.

En

la

actividad

académica

que

desarrollaremos en relación a este tema (Debate: “Lóbulo frontal y personalidad”), el
alumno deberá profundizar en el estudio de las bases biológicas de la personalidad que, en
buena medida, son las bases biológicas de las denominadas funciones ejecutivas.
En resumen, la sintomatología que acompaña al síndrome prefrontal no es
homogénea sino que, muy por el contrario, existen varias formas de dicho síndrome de
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acuerdo con la localización, extensión y etiología del daño cerebral que lo provoca. En
cualquier caso, y tal y como nos recuerdan Perea y Ardila (2009), en la actualidad y, a la
luz de nuestros conocimientos: “la distinción de diferentes subtipos según su localización
precisa, es apenas tentativa” (p. 169).

31

3. Breve introducción a la evaluación de las funciones del lóbulo frontal:
Actualmente, la neuropsicología dispone de numerosas pruebas de evaluación que
nos permiten reconocer y evidenciar diferentes dimensiones de los síndromes que se
desarrollan tras el daño de la corteza prefrontal (Perea y Ardila, 2009). En la Tabla 3, se
presenta un breve resumen con las diferentes funciones de la corteza prefrontal y alguna
de las diversas pruebas que permitirían su evaluación. Durante la evaluación de estos
pacientes es muy importante contrastar su ejecución y respuestas con la opinión de alguna
persona que lo conozca bien y pase suficiente tiempo junto a él/ella (p. ej. un familiar,
cónyuge, o un amigo). La confluencia del control de aspectos cognitivos, conductuales,
emocionales y sociales en esta región del corteza y su naturaleza constitucional o
temperamental pueden hacer que los déficit o cambios en la conducta pasen
desapercibidos para alguien que no conoce realmente bien al paciente.
Función

Prueba

Inhibición de respuestas

Selección de tarjetas de Wisconsin*
Stroop cognitivo/emocional

Fluidez verbal

Stroop
Fluidez verbal fonética/semántica
Pruebas de fluidez con denominación
Asociación controlada de palabras

Fluidez no verbal

Fluidez de palabras de Thurstone

Motora

Fluidez de dibujos
Dinamometría de la mano
Golpes con los dedos
Secuenciación

Compresión del lenguaje

Fichas
Deletreo
Discriminación fonética

Memoria de trabajo (y span)

Autoordenación
Tareas N-Back
Pruebas de span de letras y números

Toma de decisiones

Iowa Gambling Task

Planificación

Torre de Londres
Torre de Hanoi

Tabla 3. Funciones de la corteza prefrontal y principales
pruebas de evaluación neuropsicológica para su examen.
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Área

Actividad/Energía
Iniciativa
Funciones sociales

Respuestas emocionales

Atención

Lenguaje

Memoria

Razonamiento/Secuenciación

Cambio observado

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Frecuencia/
Duración/
Severidad

-Hipoactivo
-Hiperactivo
-Hipo iniciativo (abúlico)
-Desinhibido
-Habilidades sociales disminuidas
-Imperturbable socialmente
-Evitación social
-Desinhibición social
-Alta reactividad
-Baja reactividad
-Variabilidad rápida
-Pobre atención sostenida
-Dificultad para activar la atención
-Perseveración
-Desorganización
-Sin respuesta a preguntas que se le realizan
-Lapsos de decaimiento de la atención
-Variabilidad incrementada / inconsistencia
-Pobre capacidad para recuperar detalles
-Dificultades para recuperar detalles de
información de un modo ordenado en el tiempo
-Dificultad para secuenciar tareas como cocinar,
reparar o otras actividades frecuentes
-Comprensión concreta, inhabilidad para adoptar
otras perspectivas
-Conocimiento conceptual pero no puede
resolver problemas utilizando dicha información,
dificultad para resolver problemas nuevos

Tabla 4. Ámbitos de exploración durante una entrevista en el caso de pacientes con daño frontal
(Schoenber y Scott, 2011).

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4. Referencias bibliográficas (*Disponibles en biblioteca o en la sección
correspondiente al tema en la página web de la asignatura):

*Fuster, J.M. (2008). The prefrontal cortex. Academic Press, London.
*García-Molina, A., Enseñat-Cantallops, A., Tirapu-Ustárroz, J., y Roig-Rovira, T. (2009).
Maduración de la corteza prefrontal y desarrollo de las funciones ejecutivas durante los
primeros cinco años de vida. Revista Española de Neurología, 48, 435-440.
*Junqué, C. y Barroso, J. (2009). Manual de neuropsicología. Madrid, Editorial Síntesis.
(ver: Capítulo 6. Las apraxias.).
*Muñoz, J.M. y Tirapu, J. (2008). Rehabilitación neuropsicológica. Madrid, Editorial
Síntesis. (ver: Capítulo 5. Atención y funciones ejecutivas.).
*Perea, Mª. V. y Ardila, A. (2009). Síndromes neuropsicológicos. Salamanca, Amarú
Ediciones. (ver: Capítulo 8. Síndromes disejecutivos.).
*Rizzolatti, G., Graighero, L. (2004). The mirror-neuron system. Annual Review of
Neuroscience, 27, 169-192.
*Schoenber, M.R. y Scott, J.G. (2011). The little black book of neuropsychology. A
syndrome-based approach. New York, Springer.
*Tirapu-Uztárroz, J., Ríos-Lago, M., y Maestú, F. (2011). Manual de neuropsicología (2ª
Edición). Editorial Viguera: Madrid. (ver: Capítulo 5. Modelos teóricos y neuropsicología de
las praxias.

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ASIGNATURA: NEUROPSICOLOGÍA, GRUPOS B y D - PROF. ENRIQUE F. MALDONADO

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APÉNDICE I: Regiones indicadas en el texto que no han sido
presentadas en las imágenes del Tema 7 ni en la Presentación del Tema.

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