0

(Contraportadas)

«La vida divina en sí misma es algo misterioso e
incomprensible para la humana inteligencia, y también lo
es, aunque no en el mismo grado, la vida de Dios en el
alma del justo. Explicar a la luz de la Santa Escritura, de
los Doctores y la Teología esa vida sobrenatural que se
centra en las operaciones del Espíritu Santo en el alma en
gracia, es la finalidad que persigue este libro. Raros son
en la abundante literatura mística y ascética, los tratados
sobre el Espíritu Santo en su acción santificadora, y se
comprende la razón de esta escasez. Porque así como es
fácil explicar bajo el punto de vista teológico, la vida de
la gracia en general, así es muy difícil y complicada la
explicación de las operaciones del Espíritu Santo en el
alma por medio de sus dones y frutos, exigiendo gran
precisión de conceptos que no se obtiene sino por el
conocimiento profundo de la teología mística.
La obra magistral del docto y piadoso Arzobispo de
Méjico nos ofrece una teología completa y una
exposición clarísima en medio de su profundidad de
todos estos delicados y trascendentales temas. La
verdadera devoción al Espíritu Santo, sus dones y frutos,
las bienaventuranzas o perfección consumada son las
cuatro partes en las que se desarrolla la doctrina
abundantísima de este libro que prestará inapreciables
servicios así a las almas contemplativas como a los
predicadores de la divina palabra. Estos últimos hallarán
en el celoso Prelado un modelo para juntar sencillez y
elevación al mismo tiempo, y un maestro insuperable,
para exponer al alcance de los fieles las verdades más
altas y escondidas de la doctrina y teología católicas.»—
Juan M. Fernández, S. J.
«Una de las felices tendencias de la época actual
consiste en buscar a la vida espiritual la base solidísima
del dogma. Nada más justo: la vida debe apoyarse sobre
1

la verdad, o, más bien, es la verdad misma que
descienda, por decirlo así, de las alturas del entendimiento para difundirse en los afectas, en las obras, en toda la
actividad del ser humano.
Las verdades que plugo a Dios revelarlos no
solamente son luz, sino espíritu y vida, no son
únicamente un sistema doctrinal sublime y completo: son
palabras de vida eterna, gérmenes fecundísimos que
transformaran al mundo cuando fueron difundidas por
los apóstoles y que transforman las almas cuando éstas
les abren la inteligencia y el corazón y hacen de ellas
jugo de vida.
La vida cristiana es esencialmente amor, la caridad
que el Espíritu Santo derrama en las almas y que es
forma de todas las virtudes y vínculo de la perfección;
pero es un amor ordenadísimo, pues la virtud, según la
bella y profunda frase de San Agustín, es el orden en el
amor. Y ese orden es fruto de la luz, de la verdad
dogmática, pues, como enseña Santo Tomás de Aquino,
propio de la sabiduría es ordenar.
El influjo del dogma en la vida cristiana pone cada
cosa en su lugar y evita de esta suerte esas desviaciones
de la piedad nacidas de las inclinaciones personales o de
la estrechez de un criterio poco ilustrado, las cuales no
por ser piadosas y bien intencionadas dejan de impedir el
pronto y lozano florecimiento de la perfección cristiana
en las almas
Poner las cosas en su lugar es más importante de lo
que se piensa en la vida espiritual...»
«...Pues por la misma razón, y mayor aún —porque
está más olvidado—, hay que poner al Espíritu Santo en
su lugar, en el que le corresponde en la vida y en la
perfección cristianas; hay que hacer de la devoción al
Espíritu Santo lo que hizo San Grignon de Monfort de la
devoción a María, no una devoción superficial e
intermitente, sino una devoción constante y de fondo,
que entre hasta lo hondo de las almas e impregne la vida
con la suave unción del amor infinito.»
2

LUIS M. MARTÍNEZ
ARZOBISPO DE MÉXICO

EL ESPÍRITU SANTO

1955

3

Nihil obstat:
Lic. RICARDO URBANO,
Censor.

Imprimatur:
† JOSÉ MARÍA, Obispo Aux. y Vic.

4

ÍNDICE

I......................................................................................................................................8
LA VERDADERA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO............................................8
Mirada de conjunto.......................................................................................................9
El dulcísimo huésped del alma....................................................................................13
El director supremo.....................................................................................................18
El don de Dios.............................................................................................................23
El ciclo divino.............................................................................................................29
La moción del Espíritu santo por los dones................................................................37
La correspondencia del alma. Su consagración al Espíritu Santo.............................44
Desprendimiento y atención amorosa.........................................................................49
Ejercicios de las virtudes teologales: fe......................................................................53
Ejercicios de las virtudes teologales: esperanza........................................................57
Ejercicios de las virtudes teologales: caridad............................................................60
Caracteres del amor al Espíritu Santo: dejarse poseer..............................................65
Caracteres del amor al Espíritu Santo: poseerlo.......................................................70
El Espíritu Santo nos lleva al Verbo...........................................................................75
El Espíritu Santo nos lleva al Padre...........................................................................81
La voluntad del Padre.................................................................................................89
La Cruz........................................................................................................................94
La consumación........................................................................................................100
Resumen y conclusiones............................................................................................107
II.................................................................................................................................112
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO....................................................................112
Nociones generales....................................................................................................113
Don de temor.............................................................................................................124
Don de fortaleza........................................................................................................132
Don de piedad...........................................................................................................140
Los dones intelectuales en general...........................................................................149
Don de consejo..........................................................................................................158
Don de ciencia..........................................................................................................166
Don de entendimiento...............................................................................................175
Don de sabiduría.......................................................................................................185
Pentecostés, la fiesta del amor..................................................................................196
III...............................................................................................................................204
LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO..................................................................204
Los consuelos del Espíritu Santo..............................................................................205
Caracteres de los consuelos o frutos del Espíritu Santo...........................................214

5

Consuelos y desolaciones..........................................................................................223
Caridad, gozo y paz..................................................................................................232
Paciencia y longanimidad.........................................................................................241
Bondad, benignidad, mansedumbre y fe...................................................................250
Modestia, continencia y castidad..............................................................................261
IV...............................................................................................................................270
LAS BIENAVENTURANZAS.................................................................................270
Introducción..............................................................................................................271
Principios generales.................................................................................................277
Primera bienaventuranza..........................................................................................283
Segunda bienaventuranza.........................................................................................288
Tercera bienaventuranza...........................................................................................292
Cuarta bienaventuranza............................................................................................297
Quinta bienaventuranza............................................................................................302
Sexta bienaventuranza..............................................................................................307
Séptima bienaventuranza..........................................................................................313
Octava bienaventuranza...........................................................................................320

6

I
LA VERDADERA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO

7

I

MIRADA DE CONJUNTO

Una de las felices tendencias de la época actual consiste en buscar a
la vida espiritual la base solidísima del Dogma. Nada más justo: la vida
debe apoyarse sobre la verdad, o, más bien, es la verdad misma que
desciende, por decirlo así, de las alturas del entendimiento para difundirse
en los afectos, en las obras, en toda la actividad del ser humano.
Las verdades que plugo a Dios revelarnos no solamente son luz, sino
«espíritu y vida»; no son únicamente un sistema doctrinal sublime y
completo: son palabras de vida eterna, gérmenes fecundísimos que
transformaron al mundo cuando fueron difundidas por los apóstoles, y que
transforman las almas cuando éstas les abren la inteligencia y el corazón y
hacen de ellas jugo de vida.
La vida cristiana es esencialmente amor, la caridad que el Espíritu
Santo derrama en las almas y que es forma de todas las virtudes y vínculo
de la perfección; pero es un amor ordenadísimo, pues la virtud, según la
bella y profunda frase de San Agustín, es el orden en el amor. Y ese orden
es fruto de la luz, de la verdad dogmática, pues, como enseña Santo Tomás
de Aquino, propio de la sabiduría es ordenar.
El influjo del dogma en la vida cristiana pone cada cosa en su lugar y
evita de esta suerte esas desviaciones de la piedad nacidas de las
inclinaciones personales o de la estrechez de un criterio poco ilustrado, las
cuales no por ser piadosas y bienintencionadas, dejan de impedir el pronto
y lozano florecimiento de la perfección cristiana en las almas.
Poner las cosas en su lugar es más importante de lo que se piensa en
la vida espiritual.
San Grignon de Montfort, en sus preciosos opúsculos La verdadera
devoción a la Santísima Virgen y El secreto de María, felizmente
difundidos entre nosotros y que han producido maravillosos efectos en las
almas, no han hecho otra cosa que poner en su lugar a la Santísima Virgen
en la piedad cristiana. Su mérito consiste en haber comprendido la función
universal e indispensable de la Inmaculada Virgen Maria en la
8

santificación de las almas, doctrina tradicional en la Iglesia, que ha
alcanzado magnífica confirmación de la Santa Sede Apostólica en la fiesta
de María, Medianera de todas las gracias, recientemente introducida en la
liturgia.
Y porque el Beato Grignon comprendió el lugar que a María
Santísima corresponde en la obra santificadora hizo de la devoción de tan
dulce Madre, no una devoción superficial, que consiste en ciertas prácticas
aisladas, ni una devoción intermitente que tiene su lugar y su hora en
nuestro día, sino una devoción constante y de fondo, que llega hasta lo
hondo del corazón y se difunde en todo nuestro ser y en toda nuestra vida
como un perfume celestial.
La obra de Grignon de Montfort no es algo artificial, no consiste en
dar a la vida cristiana un matiz especial conforme a la ternura filial que el
Santo profesaba a la Virgen María; es, sencillamente, transportar a la vida
cristiana lo que enseña la tradición católica sobre la Virgen Santísima, es
—conviene repetirlo— poner en su lugar a la Medianera universal de las
gracias de Dios.
Pues por la misma razón y con mayor aún —porque está más
olvidado— hay que poner al Espíritu Santo en su lugar, en el que le
corresponde en la vida y en la perfección cristianas; hay que hacer de la
devoción al Espíritu Santo lo que hizo San Grignon de Montfort de la
devoción a María, no una devoción superficial e intermitente, sino una
devoción constante y de fondo, que entre hasta lo hondo de las almas e
impregne la vida con la suave unción del amor infinito.
***
La vida cristiana es la reproducción de Jesús en las almas, y la
perfección, que es una reproducción fidelísima y perfecta, consiste en la
transformación de las almas en Jesús.
Es la doctrina de San Pablo expuesta repetidas veces en sus
admirables Epístolas: «¿Acaso no os conocéis a vosotros mismos porque
Cristo Jesús vive en vosotros?» (2 Cor 13, 5). «Todos los que habéis sido
bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo» (Gal 3, 27). «Que Cristo
habite por la fe en vuestros corazones» (Ef 3, 17). «A los que previó los
predestinó a que se hicieran conformes a la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29).
He aquí algunas expresiones de las muchas del Apóstol relativas a la vida
cristiana.
9

Y por lo que ve a la perfección, es conocidísima aquella frase
profundamente comprensiva: «Vivo, ya no yo, sino que Cristo vive en mí»
(Gal 2, 20). Y aun el término transformación es de San Pablo: «Nosotros,
contemplando la gloria del Señor, nos transformamos en la misma imagen
de claridad en claridad» (2 Cor 2, 18).
Ahora bien: ¿cómo se realizará esta mística reproducción de Jesús en
las almas?
Por los mismos caminos por los que se hizo la producción real de
Jesús en el mundo, puesto que Dios pone en sus obras un sello maravilloso
de unidad; los divinos procedimientos tienen riquísima variedad, porque
son obra de la omnipotencia; pero siempre resplandece en ellos
perfectísima unidad, porque son fruto de la sabiduría, y este divino
contraste de variedad y de unidad pone en las obras de Dios sublime e
inefable belleza.
En su inenarrable producción real, Jesús fue fruto del cielo y de la
tierra. Isaías lo vaticinó en sus palabras, que encierran toda la poesía de un
deseo secular y de una esperanza única, y que la Iglesia repite
amorosamente durante todo el Adviento: «Rorate caeli, desuper, et nubes
pluant Justum; aperiatur terra et germinent Salvatorem. ¡Oh cielos, dejad
caer vuestro rocío y que las nubes derramen como lluvia al Justo!; que la
tierra se abra y que produzca como un germen al Salvador» (Is 45, 8). El
Espíritu Santo trajo a María la divina fecundidad del Padre, y aquella tierra
virginal produjo de manera inefable al Germen divino, como lo llamaron
los profetas, al dulcísimo Salvador.
Esto es lo que con la concisión y precisión propias de una fórmula de
fe nos enseña el Símbolo: «Qui conceptus est de Spiritus Sancto ex Maria
Virgine. Que fue concebido por obra del Espíritu Santo, de Santa María
Virgen.»
Así es concebido siempre Jesús; así se reproduce en las almas; es
siempre fruto del cielo y de la tierra; dos artífices deben concurrir para esa
obra, que es la obra maestra de Dios y la suprema obra de la humanidad: el
Espíritu Santo y la Santísima Virgen María.
Dos son los santificadores esenciales de las almas: el Espíritu Santo y
la Virgen María, porque son los únicos que pueden reproducir a Cristo.
De distinta manera, sin duda, santifican el Espíritu Santo y María: el
primero es Santificador por esencia, porque es Dios, santidad infinita,
porque es el Amor personal que consuma, por decirlo así, la santidad de
Dios, consumando su Vida y su Unidad, y porque a Él corresponde par10

ticipar a las almas el misterio de aquella santidad. La Virgen María es tan
sólo cooperadora, instrumento indispensable en los designios de Dios. Del
influjo material que tuvo María en el cuerpo real de Cristo se deriva el
influjo que tiene en ese cuerpo místico de Jesús, que en todos los siglos se
va formando hasta que al fin de los tiempos se eleve a los cielos bello y
espléndido, consumado y glorioso.
Pero los dos —el Espíritu Santo y María— son los indispensables
artífices de Jesús, los imprescindibles santificadores de las almas.
Cualquier santo del cielo puede cooperar a la santificación de un
alma; pero su cooperación ni es necesaria, ni profunda, ni constante; en
tanto que la cooperación de esos dos artífices de Jesús de quienes venimos
hablando, es tan necesaria, que sin ella las almas no se santifican, dados
los actuales designios de Dios, y tan íntima, que llega hasta las
profundidades del alma; pues el Espíritu Santo derrama la caridad en
nuestros corazones, hace de nuestra alma un templo y dirige nuestra vida
espiritual por medio de sus Dones; y la Virgen María tiene eficaz influjo de
Medianera en las más hondas y delicadas operaciones de la gracia en
nuestras almas. Y es, por último, esa acción del Espíritu Santo y esa
cooperación de la Santísima Virgen Maria algo constante, pues sin ellas no
se traza un solo rasgo de Jesús en las almas, ninguna virtud crece, ningún
don se desarrolla, ningún grado de gracia aumenta, ningún vínculo de
unión con Dios se estrecha en el rico florecimiento de la vida espiritual.
Tal es el lugar que en el orden de la santificación corresponde al
Espíritu Santo y a la Santísima Virgen María, y la piedad cristiana debe
poner en su lugar a esos dos artífices del Cristo, haciendo de la devoción a
ellos algo necesario, profundo y constante.
Pero conviene desentrañar por análisis toda la riqueza dogmática y
todo el influjo práctico, esto es, todos los tesoros de luz y de vida que en
esta síntesis se contienen.
Esto haremos con la ayuda de Dios en los siguientes capítulos.

11

II
EL DULCÍSIMO HUÉSPED DEL ALMA

Es maravillosa la obra del artista que fija en la materia inerte el
reflejo inmaterial de su alma. El ideal apareció en su espíritu, indeciso y
suave como la luz de la aurora, y como ella fue creciendo, cada vez más
preciso, más espléndido, más bello, hasta que, convertido en sol
resplandeciente, difundió en todas las facultades del artista su influjo
irresistible y las hizo vibrar, como las cuerdas de una lira, con el santo
entusiasmo de la belleza. Trémulo de inspiración, el artista se acercó a la
materia exquisitamente preparada, y con esfuerzos arduos, a la vez que
dulcísimos, fue dejando traslucir la luz de su alma, difundiéndola sobre el
informe mármol que parece vivir, que parece palpitar, más que bajo los
golpes del cincel, bajo las espirituales efusiones del ideal en que se va
transformando.
¡Cuántas veces, bajo el influjo de la inspiración, parecen al artista
demasiadamente tosco el cincel para exteriorizar el pensamiento y la
materia en extremo grosera para reproducir los finos matices de la imagen
que cautiva su alma! ¡Cuántas veces desea unirse al mármol con unión
estrecha y compenetrándole, como si fuese parte de su alma, modelarlo a
su placer, como plasma en sus sueños el ideal que ama!
Así concibo la obra santificadora del Espíritu Santo, artistas de las
almas: ¿no es la santidad el arte supremo? Dios no tiene sino un ideal, que
en su unidad prodigiosa encierra todas las formas de una belleza superior
porque es divina. Este ideal es Jesús. El Espíritu Santo lo ama más que un
artista a su ideal supremo. Ese amor es su ser, porque el Espíritu Santo es
el amor único, el amor personal del Padre y del Verbo. Con divino
entusiasmo se acerca a cada alma, soplo del Altísimo, luz espiritual que
puede fundirse con la Luz increada, esencia exquisita que puede
transformarse en Jesús, reproduciendo el ideal eterno.

12

¡Con qué amor suavísimo y fortísimo al mismo tiempo va realizando
su obra divinamente artística! ¡Cómo para realizar la belleza en una sola
alma es capaz de trastornar el mundo con todo lo que los hombres llaman
grandes intereses y que son verdaderas niñerías si se comparan a la obra
suprema!
Pero lo que el artista creado sueña sin poder lograrlo jamás, lo realiza
el Artista divino, porque es perfecto e infinito. Su acción no es exterior ni
intermitente, sino íntima y constante. Para realizar su ideal, el Espíritu
Santo entra en las profundidades de las almas, las compenetra en sus
íntimos senos, hace de ellas su morada permanente para hacer después de
ellas su obra magnífica.
Para el artista de las almas santificar y poseer es una misma cosa;
porque la santificación es obra de amor y el amor es posesión. El ínfimo
grado de santidad exige que el Espíritu Santo habite en las almas y las
posea, y la suprema santidad es la suprema posesión que el Espíritu alcanza en un alma, la posesión plena y perfecta del amor.
Por eso la primera relación que tiene el Espíritu Santo con las almas
es la de ser el dulce Huésped de ellas —dulcis hospes animae—, como
invoca la Iglesia al Espíritu Santo en la prosa inspirada de la Misa de
Pentecostés.
Sin duda que toda la Trinidad santísima habita en el alma desde que
ésta recibió la vida de la gracia, como ha de habitar eternamente en el alma
por la vida de la gloria, expansión plena y dichosa de aquella vida. Así nos
lo enseñó Jesús en la noche de los íntimos secretos y de las dulces
efusiones: «Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre le amará y
vendremos a Él y estableceremos en Él nuestra morada» (Jn 14, 23).
No es mi propósito insistir sobre esta habitación en lo íntimo del
alma, porque afortunadamente esta consoladora doctrina es familiar a los
fieles de nuestros tiempos.
Mas quiero llamar la atención sobre el hecho de que la Santa
Escritura atribuye de manera espiritual esta habitación en las almas al
Espíritu Santo.
«¿No sabéis, dice San Pablo, que sois templos de Dios, y que el
Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Cor 3, 16). Sin esta habitación del
Espíritu Santo en nosotros no podemos ser Cristo. «Si alguno no tiene el
espíritu de Cristo, éste no es de Él» (Rom 8, 9). La gracia y la caridad, esto
es, la vida de nuestras almas, tienen relación con el Espíritu Santo que
habita en nosotros, porque «la caridad se ha derramado en nuestros
13

corazones por el Espíritu Santo que se nos dio» (Rom 5, 5). Hasta la
resurrección de la carne es una consecuencia de esta habitación del
Espíritu Santo, que convierte en su templo aun nuestro cuerpo. «Que si el
Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, el que resucitó a Jesucristo de entre los muertos vivificará
vuestros cuerpos mortales por el Espíritu de Él, que habita con vosotros»
(Rom 8, 11). Y no es de manera transitoria como viene a nosotros el Espíritu
Santo; no es el amor infinito Huésped pasajero que nos visita y se va, sino
que establece en nosotros su morada permanente y vive en íntima unión
con nuestras almas, como Huésped eterno. Así nos lo prometió Jesús en la
última noche de su vida mortal: «Yo rogaré al Padre y os dará otro
Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre el Espíritu de
verdad que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Mas
vosotros lo conoceréis, porque permanecerá con vosotros y estará con
vosotros» (Jn 14, 16-17).
Sin duda que por apropiación se atribuye al Espíritu Santo esta
habitación permanente e íntima en nuestras almas que a todas las Divinas
Personas corresponde; pero esta apropiación es hecha por la Escritura, por
el mismo Jesucristo; y sabido es que la apropiación es perfectamente
fundada admirablemente eficaz para revelarnos a la Trinidad Beatísima.
¿Por qué se atribuye al Espíritu Santo esta habitación en las almas?
Porque es obra de amor; Dios está en nuestras almas de manera
especialísima porque nos ama.
¡Qué dulce pensamiento! No por exigencia de su inmensidad ni
únicamente porque nuestra miseria lo requiera, establece Dios en las almas
su morada; el amor, que atrae, que arrastra, que hace salvar los abismos y
descender a las profundidades, hace que el Dios de los cielos, enamorado
de las almas, baje hasta ellas y se les una de manera íntima y permanente.
El amor es así: unión o ansia de unión, y como el Espíritu Santo es el amor
infinito de Dios, a Él se le apropia este nombre delicioso: dulcis hospes
animae!
Pero hay en los Libros Santos fundamento para ahondar este misterio
de amor. Ya vimos a San Pablo establecer un vínculo estrecho entre el
Espíritu Santo y la caridad; y San Juan, maestro de amor, completó
maravillosamente las enseñanzas de San Pablo. En su primera Epístola
explica el discípulo amado de Jesús la íntima relación que existe entre el
Espíritu Santo y la caridad. Esta virtud es imagen de Dios, porque «Dios es
caridad» (1 Jn 4, 16), y por esto la caridad realiza el prodigio de que «quien
permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Pero
14

la señal inequívoca de esta mutua y dulcísima posesión es que hemos
recibido al Espíritu Santo. «En esto conocemos que permanecemos en Él y
Él en nosotros, porque nos dio de su Espíritu» (Rom 5, 13).
El primer don del amor es el amor mismo, y todos los demás dones
emanan, como de su fuente, de este don supremo. Por eso, el Don del amor
de Dios es el Espíritu Santo. Amarnos con amor de amistad y darnos su
Espíritu es para Dios una misma cosa. Y por su Don nos da todos los dones
de su munificencia. «Por el Don, que es el Espíritu Santo, se distribuyen
muchos dones propios a los miembros de Cristo», dice San Agustín (XV de
Trinitate, cap. XIX).
Pero de todos estos dones que Dios nos hace por su Don, el más
excelente y precioso, el don creado, que no puede separarse del increado,
es la caridad, la imagen del Espíritu Santo.
El amor de amistad es mutuo. Dios nos ama por el Espíritu Santo, y
para que nosotros correspondamos a ese amor infinito con un amor creado
ciertamente, pero sobrenatural y divino, el Espíritu Santo al dársenos
derrama en nuestras almas una imagen suya, la caridad; y ésta llega a
hacerse tan perfecta que puede decirse que Dios y nosotros formamos un
mismo amor, un mismo Espíritu, como lo enseña San Pablo: «Quien se une
al Señor es un solo espíritu con Él» (1 Cor 6, 17).
Hay, pues, entre el Espíritu Santo y la caridad una unión
estrechísima: ni el Espíritu Santo se nos da sin difundir la caridad en
nuestros corazones, ni puede haber en las almas amor de caridad sin que
por ese mismo hecho de amar así venga a las almas el Espíritu Santo.
Por consiguiente, la razón profunda de que Dios habite en nosotros,
de que Él permanezca en nosotros y nosotros en Él, es el amor: el amor de
Dios, que desciende hasta las profundidades de nuestras almas; el amor
nuestro, que por sus exigencias irresistibles atrae al Dios de los cielos y lo
cautiva con los vínculos de la caridad, son esos dos amores que se buscan,
que se encuentran, que se funden en divina unidad; es por parte de Dios el
Espíritu Santo, que se nos da, y por parte nuestra es la caridad, imagen del
Espíritu Santo, que no puede separarse del divino original.
La maravillosa expresión de la Iglesia: «dulcis hospes animae»,
encierra, pues, un misterio de amor.
Sin duda que también el conocimiento hace que Dios habite en
nosotros como en su templo; pero no cualquier conocimiento, ni aun del
orden sobrenatural, hace que Dios habite en nosotros, sino solamente aquel
conocimiento como experimental, que se llama sabiduría y que procede
15

del amor y produce amor. «El Hijo —dice Santo Tomás de Aquino —es
Verbo, pero no cualquiera, sino Verbo que espira amor...» (I Q., 43, a, 5, 2).
Y así dice San Agustín que el Hijo es enviado «cuando es conocido y
percibido por alguno. Mas la percepción significa noticia experimental. Y
ésta propiamente se llama sabiduría».
Y de esta doctrina se desprenden profundas consideraciones que nos
descubren la parte importantísima que toca al Espíritu Santo en la vida
espiritual.
Los dones divinos que pertenecen al entendimiento nos asemejan al
Verbo de Dios, que es la Sabiduría engendrada por el entendimiento del
Padre, y los dones que pertenecen a la voluntad nos asemejan al Espíritu
Santo, que es el amor infinito.
Ahora bien: en la tierra, el don más perfecto es la caridad, por
consiguiente, nuestra asimilación al Espíritu Santo es más perfecta que
nuestra asimilación al Verbo de Dios.
Mas de la caridad, por la que son regidos los dones del Espíritu
Santo, en su progreso y desarrollo brota esa amorosa sabiduría que, según
Santo Tomás, realiza nuestra semejanza con el Verbo de Dios, esa
transformación en Cristo, que es obra de luz y consuma la santidad en la
tierra.
En el orden sobrenatural, el amor lleva a la luz; el Espíritu Santo nos
conduce al Verbo y por el Verbo vamos al Padre, en el que toda vida se
consuma, y todo movimiento se convierte en descanso, y toda criatura
halla su perfección y su felicidad: porque todas las cosas se consuman
cuando vuelven a su Principio.
El desarrollo de estas ideas nos descubrirá toda la economía de la
obra santificadora; pero en el presente capítulo basta, a mi propósito, con
sentar sobre bases firmes esta consoladora doctrina de que el Espíritu
Santo es el Huésped dulcísimo del alma.

16

III
EL DIRECTOR SUPREMO

El Huésped dulcísimo del alma no permanece ocioso en su santuario
íntimo. Como es fuego y amor —ignis, caritas, según la Iglesia lo llama—,
apenas toma posesión del alma, extiende su influencia bienhechora a todo
el ser humano y comienza con divina actividad su obra de transformación.
Vive en el centro del alma, en esa región profunda de la voluntad en
la que Él mismo ha difundido la caridad; pero desde aquella cumbre se
derrama, por decirlo así, en todo el hombre como divina unción, como
aquel sagrado perfume de que habla la Escritura, que desciende de la cabeza de Aarón por su barba florida y se derrama por sus vestiduras hasta la
orla de su manto.
Como el conquistador que al tomar posesión de un reino pone en
cada ciudad quienes ejecuten sus órdenes y sean como los órganos de su
acción en el gobierno de lo que ha conquistado, así el Espíritu Santo,
amoroso conquistador de las almas, pone en cada una de las facultades
humanas dones divinos, para que todo el hombre reciba, por sus
inspiraciones santas, su influjo vivificante. En la inteligencia, facultad
suprema del espíritu, de la que irradia la luz y el orden sobre todo el ser
humano, infunde los dones de sabiduría, de entendimiento, de consejo y de
ciencia; en la voluntad, el don de piedad y hasta en la región inferior de los
apetitos sensibles pone los dones de fortaleza y de temor de Dios.
Por medio de estos dones, el Espíritu Santo mueve a todo el hombre,
se convierte en director de la vida sobrenatural; más aún, es alma de
nuestra alma y vida de nuestra vida.
Si el hombre no tuviera que realizar más que una obra de
perfeccionamiento moral, adecuado a su naturaleza, bastaría la razón
humana, destello de la luz de Dios, para dirigir la vida del espíritu; pero la
obra que ha de realizarse en el hombre es divina, lo hemos dicho ya, es la
17

reproducción de Jesús, obra maestra de Dios, y para empresa tan alta es
menester la dirección del Espíritu Santo.
Sin esta dirección, la santidad es imposible, como es imposible
obtener una obra de arte acabada y perfecta sin la dirección de un maestro.
El Maestro íntimo de las almas es el Espíritu Santo; así nos lo enseñó
Jesús en el divino sermón de la Cena; «El Paráclito Espíritu Santo que el
Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os sugerirá
todo lo que Yo os hubiere dicho» (Jn 14, 26).
El Espíritu Santo enseña todo, no solamente como los maestros de la
tierra, proyectando la luz de sus explicaciones sobre el objeto de sus
enseñanzas, sino de manera íntima, comunicando a la inteligencia misma
una luz nueva, la luz divina. «Su unción os enseñará acerca de todas las
cosas», dijo el apóstol San Juan (1 Jn 2, 27). Su magisterio es; unción. Nos
enseña derramándose en nosotros de manera suave y penetrante. Su
magisterio es como divina caricia de amor; nos enseña como enseñan las
madres a sus hijos, con los besos de su amor, con la indefinible efusión de
su; ternura. Aprendemos sus enseñanzas, como percibimos la fragancia de
un perfume que embalsama nuestros sentidos, como saboreamos la dulzura
de un fruto, como gozamos la caricia de una brisa que nos envuelve.
La luz del Espíritu Santo es fruto del amor, es consecuencia feliz de
la unión. Unida íntimamente a las cosas divinas por obra del Espíritu
Santo, el alma las gusta por divina experiencia, como se aspira el perfume
de exquisito ungüento —repitamos la feliz comparación—, con el que
estamos ungidos y que ha penetrado en nuestro ser. ¡Qué profunda
expresión de San Juan: «Su unción os enseñará todas las cosas»!
Pero la dirección del Espíritu Santo no es solamente de luz, es de
acción. Como el artista que no se contenta con explicar al discípulo los
secretos del arte, sino que toma la mano insegura del principiante y la
mueve y guía, dulce pero firmemente, para que exprese en el lienzo la
belleza del ideal, así el Espíritu Santo toma nuestras facultades y las
mueve y las guía de manera tan firme que no se desvíen, y al mismo
tiempo de manera tan suave, que nuestras actividades siguen siendo
vitales, espontáneas y libres. ¡Solamente el Creador puede llegar hasta lo
profundo de nuestros actos sin cambiar sus propiedades, antes bien, perfeccionándolas y elevándolas maravillosamente!
Esta función de mover nuestras facultades todas, resume toda la
dirección, toda la obra del Espíritu Santo en las almas.
18

La Iglesia, en la prosa de la Misa de Pentecostés, expresa
admirablemente lo que hace el Espíritu Santo en las almas: «Lava lo sucio,
suaviza lo duro, calienta lo frío, rectifica lo que se ha desviado»; y en el
himno Veni Creator añade que el divino Espíritu «enciende la luz en las
almas, infunde el amor en los corazones y comunica a todo el ser del
hombre maravillosa fortaleza». Todo esto hace el Espíritu de Dios y otras
muchas delicadas e inefables operaciones en las almas. Pero todas ellas se
contienen en esa moción dulce y fuerte que ejerce el Espíritu Santo en todas las facultades humanas, por la cual se constituye como el alma de
nuestra alma.
Los siete dones son capacidades divinas que hacen a nuestras
facultades aptas para recibir la moción del Espíritu; el influjo celestial de
este Huésped de nuestras almas se llama inspiración; su acción es el soplo
irresistiblemente fuerte y delicadamente suave que impulsa nuestra vida
hacia el cielo; es el soplo cálido y potente del amor que limpia, y suaviza,
y rectifica, y consuela, y refrigera, pero hace todo eso moviendo, como una
suave brisa que refrigera y perfuma, pero, ante todo, sopla, mueve, impulsa
lo que encuentra y lo dirige y lo arrastra consigo hacia donde ella misma
vuela.
Imaginémonos una lira maravillosa, cuyas cuerdas, perfectamente
armonizadas, vibran al soplo del viento, dando cada una su propio sonido y
formando todo un himno bellísimo. Así es el alma del justo cuando el
Espíritu Santo la posee plenamente y ha armonizado, por medio de sus
dones, todas las facultades. Cada una de ellas, como las cuerdas de una lira
viviente, da su propio sonido cuando sopla el viento del Espíritu; bajo este
impulso divino, la inteligencia se ilumina, la voluntad da el sonido de la
piedad y del amor, y aun la parte inferior del alma, bajo el influjo de la
fortaleza y del temor filial, forma acorde divino con las notas celestiales de
las facultades superiores. La vida es un cántico que el soplo divino
produce y que es como el ensayo del cántico de los bienaventurados, o
como el eco, desleído, pero fiel, del cántico divino, de la palabra única —
infinitamente armoniosa —que el Padre pronuncia en el silencio de la
eternidad.
Porque el cántico que el Espíritu Santo inspira a las almas es ese
poema de luz y de amor que es Jesús, el cántico de Dios.
¿Qué ha de producir el Espíritu Santo, amor personal de Dios, sino un
cántico, sí es propio del amor cantar? Y ¿qué ha de cantar el amor, sino al
Amado, la divina obsesión de quien ama? ¿Qué ha de cantar, sino el
19

nombre del Amado, la palabra única que el amor pronuncia y que encierra
para él toda belleza?
¡Ah!, la tierra y los cielos cantan, porque por ellos pasa el amor,
sobre ellos cierne sus alas inmaculadas el Espíritu.
Pero el cántico de las almas es un cántico nuevo, porque en ellas puso
el Espíritu un nuevo amor. Y el cántico de las almas no es como el cántico
de la naturaleza, sin disonancia, pero sin libertad; el de las almas es libre,
viviente, con esas modulaciones inimitables, con ese acento único que sólo
puede producir el amor.
El cántico de la naturaleza es la reproducción como automática de lo
que en ella grabó el Espíritu cuando, en el principio de los tiempos, se
paseó triunfalmente sobre las aguas fecundas. El cántico de las almas es de
ellas y es del Espíritu Santo, como los sonidos de la lira son de sus cuerdas
y del artista que las hace vibrar; mas, así como esas cuerdas no vibran sino
bajo el impulso del artista, así el cántico supremo de las almas no brota de
ellas sino bajo la inspiración del Artista divino.
Pero la naturaleza y las almas cantan al mismo Amado y dicen en su
lenguaje la misma palabra.
Vivir espiritualmente es cantar, porque vivir espiritualmente es amar.
Para que el cántico sea perfecto, es necesario que todas las facultades
humanas se rectifiquen y se armonicen, como las cuerdas de una lira, y que
el Espíritu Santo sople e inspire el cántico único del único amor.
El verdadero director de las almas, el Maestro íntimo, el alma de la
vida espiritual, es el Espíritu Santo. Sin Él, ya lo hemos dicho, no hay
santidad. El grado de perfección de un alma se mide por su docilidad al
movimiento del Espíritu, por la prontitud y fidelidad con que sus cuerdas
reproducen las notas divinas del cántico del Amor. Un alma es
perfectamente santa cuando el Espíritu de amor ha tomado plena posesión
de ella, cuando el divino Artista no encuentra resistencia en las cuerdas de
aquella lira viviente, ni se produce en ellas disonancia, sino que brota de
sus santas vibraciones, límpida, ardiente, deliciosamente concertado, el
cántico de los cielos.
No son, pues, las inspiraciones del Espíritu Santo algo sobreañadido
y extraordinario en la vida espiritual, sino que son el impulso vital,
perfecto, de esa vida; como en la vida natural, el verdadero y perfecto
coordinador es el entendimiento.

20

Sin duda que en los principios de la vida espiritual esas inspiraciones
no aparecen frecuentes y notables, precisamente por la imperfección de la
vida; como la dirección de la razón no es frecuente ni notable en la vida
natural, en los primeros años del hombre, porque éste es aún imperfecto y
no bien desarrollado.
A medida que la vida espiritual se desarrolla, las cuerdas de esa lira
viviente, que es el alma, antes flojas e inarmónicas, se templan y
armonizan; el alma se va haciendo maravillosamente sensible a la moción
del Espíritu, y la vida va tornándose intensa, rica, perfecta, santa.
San Pablo expresó muy bien esta acción del Espíritu Santo en las
almas con estas palabras: «Todos los que son movidos por el Espíritu de
Dios son hijos de Dios» (Rom 8, 14). Y con ellos, el Apóstol señala un nexo
misterioso entre la moción del Espíritu Santo y la divina adopción. Por el
Espíritu Santo nos hacemos hijos de Dios, y porque somos hijos, somos
movidos por el Espíritu de Dios.
El Espíritu Santo, en efecto, es llamado en la Escritura «Espíritu de
Adopción de los hijos, en el que clamamos, Abba, «Padre». Porque el
mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de
Dios» (Rom 8, 15). Sin duda que somos hijos por la gracia y que este don
precioso, verdadera participación de la naturaleza divina, nos pone en
íntimas y especiales relaciones con las personas divinas: nos hace hijos del
Padre, nos incorpora a Jesús, y el Espíritu de Dios se hace en cierta manera
nuestro espíritu. Estas relaciones son simultáneas, pero, en el orden de la
apropiación, la misión del Espíritu Santo es la primera en nuestras almas,
porque el primer don, íntimamente conexo con la gracia, es la caridad. El
Espíritu Santo trae a nuestras almas la fecundidad del Padre y nos enlaza
amorosamente con el Hijo; somos hijos de adopción, porque hemos
recibido al Espíritu Santo.
Y porque somos hijos del Padre y estamos incorporados a Jesús, el
Espíritu del Padre y del Hijo se hace de inefable manera nuestro, y así
como nuestro espíritu natural es el que dirige y mueve nuestra vida del
tiempo, así este Espíritu de Dios, hecho nuestro por el misterio de nuestra
adopción, mueve y dirige nuestra vida de la eternidad.
Porque somos hijos somos herederos, y «nadie puede llegar a la
herencia de aquella tierra de los bienaventurados si no es movido y guiado
por el Espíritu Santo» (I IIae, q. 68, a a.). Así lo enseña Santo Tomás, quien
interpreta en ese sentido aquellas palabras del Salmista: «Tu Espíritu
bueno me conducirá a la tierra recta» (Sal 142, 18).
21

Esta dirección íntima de nuestras almas, realizada por el Espíritu
Santo, es algo profundamente enlazado con el misterio de nuestra vida
espiritual; es algo que esta vida exige esencialmente, como nuestra vida
natural exige la moción de nuestra alma; y, por consiguiente, el Espíritu
Santo es, con verdad, el alma de nuestra alma y la vida de nuestra vida.

22

IV
EL DON DE DIOS

El Espíritu Santo no vive en nosotros únicamente para poseernos por
su dulce presencia y por su divina acción; vive también para ser poseído de
nosotros, para ser nuestro; que tan propio del amor es poseer como ser
poseído. Es el Don de Dios por excelencia —Altissimi Donum Dei—, y el
don, que es de quien lo da, se convierte en posesión de quien lo recibe. El
Don de Dios es nuestro don por el prodigio estupendo del amor.
Casi siempre que se habla en la Santa Escritura de la misión del
Espíritu Santo en nuestras almas el verbo que se emplea es: dar. «Yo
rogaré al Padre y os dará otro Paráclito» (Jn 14, 16). «En esto conocemos
que permanecemos en Él y Él en nosotros, porque nos dio de su Espíritu»
(1 Jn 4, 13). «La caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo que se nos dio» (Rom 5, 5). «Aun no había sido dado el
Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 39). «Dándoles (a
los gentiles) el Espíritu Santo como a nosotros» (Hech 15, 8).
Y aunque también se dice en los Libros Santos que Dios nos dio a su
Hijo, el nombre de Don tiene un sentido propio del Espíritu Santo. El
Padre nos dio a su Hijo porque nos ama. «De tal manera amó Dios al
mundo, que le dio su Hijo Unigénito.» Y por Él nos ha enriquecido de
grandes y preciosos dones (2 Ped 1, 4). Propio del amor es dar dones; pero
su primer don, su don por excelencia, es el amor mismo. El Espíritu Santo
es el Amor de Dios; por eso es el Don de Dios. El don mismo de su Hijo
nos lo hizo Dios por amor, y, por consiguiente, aun ese don inenarrable es
por el primer Don, por el Don por excelencia.
Ahora bien: a la donación por parte de Dios corresponde por parte
nuestra la posesión. Tenemos lo que Dios nos ha dado. Es, pues, el Espíritu
Santo algo nuestro y podemos llamarle, según Santo Tomás de Aquino,
Espíritu del hombre y Don del Hombre (I, q. XXXVIII, a. 2, ad 3).
23

¿Hemos pensado lo que significa de grandeza, de dicha, de dulzura,
esa posesión del Don de Dios en nuestras almas, lo que hay de divino en
esta frase rigurosamente exacta: el Espíritu Santo es nuestro?
Es propio del amor la posesión: el amor que se inicia es ansia de
posesión; el amor perfecto es gozo de posesión; el amor que se consuma es
abismo de posesión.
Pero en el amor terreno, ¡qué imperfecta, qué efímera, qué
inconsistente es la posesión! En el amor divino se posee necesariamente a
quien se ama, y con intimidad más profunda que aquella que con nosotros
mismos existe, y de manera tan inadmisible —por parte de Dios siempre y
por parte nuestra cuando el amor alcanza su perfección—, que San Pablo
exclama: «Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los
principados, ni las virtudes, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni la
fortaleza, ni la altura, ni lo profundo, ni criatura alguna podrá separarnos
de la caridad de Dios, que es en Cristo Jesús Señor Nuestro» (Rom 8, 3839).
Esta inefable intimidad la tiene el alma que está en gracia con las tres
Personas de la Santísima Trinidad; mas la primera intimidad es con el
Espíritu Santo, porque es el primer Don. La caridad, en la que tan estrecha
intimidad se funda, es una disposición para recibir al Espíritu Santo y una
asimilación con Él.
Sin duda que la raíz de nuestra intimidad con Dios es la gracia, pues
«por el don de la gracia... —enseña Santo Tomás —se perfecciona la
criatura racional, no solamente para que use libremente del mismo don
creado, sino también para que goce de la misma Persona divina, y por eso
la misión invisible se hace según el don de la gracia, gratum faciens; y, sin
embargo, la misma Persona divina se da (I., q. XLIII, a. 3 ad 1).
Pero la gracia es solamente la raíz; la razón inmediata de que alguna
de las divinas Personas se nos dé es un don que de la gracia emana y que
asimila nuestra alma con la Persona que poseemos. «El alma por la gracia
se conforma a Dios. Por lo cual, para que una Persona divina sea enviada a
alguno por la gracia, es necesario que haya asimilación de aquél a la divina
Persona, que es enviada por algún don de la gracia. Y como el Espíritu
Santo es amor, por el don de la caridad el alma se asimila al Espíritu
Santo» (I., q. XLIII, a. 4 ad 2).
Poseemos a Dios porque se nos da, pero su primer Don es el Espíritu
Santo; nuestra primera intimidad es, pues, con el Espíritu divino.
24

No quiere esto decir que se pueda poseer una Persona divina sin
poseer las demás, pues son inseparables; pero, según el orden de la
aprobación, la razón de poseer al Padre y al Hijo es que poseemos al
Espíritu Santo, que es el primer Don de Dios.
Mas notemos una enseñanza de Santo Tomás, cuya austera precisión,
libre enteramente de las exageraciones del: entusiasmo, da a sus palabras
un sentido admirablemente profundo: «Por la gracia no sólo puede el alma
usar libremente del don creado, sino también gozar de la misma Persona
divina.»
Ni es ésa una frase suelta que se escapó al Santo Doctor sin que
hubiera medido su profundidad: es una doctrina que expone ampliamente
al explicar este nombre del Espíritu Santo: Don. Veamos sus propias
palabras: «El nombre de don entraña la amplitud de una cosa para ser
dada. Mas lo que se da tiene aptitud o relación a aquel que da y aquel a
quien se da. Nadie da una cosa sino porque es suya; y la da a otro para que
sea de él. Ahora bien: la Persona divina se dice ser de alguien o por razón
de origen, como el Hijo es del Padre, o en cuanto es poseída. Mas no
decimos que poseemos sino aquello de lo cual podemos usar o gozar a
nuestro arbitrio. Por manera que una Persona divina no puede poseerse
sino por la criatura racional unida a Dios. Las otras criaturas pueden ser
movidas i por una divina Persona, pero no de tal manera que esté en la
potestad de ella gozar de la divina Persona y usar de su efecto. A lo cual
algunas veces llega la criatura racional; como cuando de tal manera se
hace partícipe del Verbo divino y del Amor que de Él procede, que puede
libre y verdaderamente conocer a Dios y amarlo rectamente, Por lo cual
sólo la criatura racional puede poseer a una divina Persona. Pero no puede
llegar a poseerla así por sus propias fuerzas, sino que debe dársele de
arriba; pues decimos que se nos da lo que tenemos de otra parte» (I., q.
XXXVIII, a. 1).
¡Qué verdades tan profundas y tan consoladoras! El Espíritu Santo es
nuestro. Podemos gozar de Él y usar de sus efectos. Está en nuestra
potestad usar de Él; podemos gozar de Él cuando queramos. Cada una de
estas afirmaciones merece ser ampliada y amorosamente meditada.
Lo hemos dicho ya: la posesión es el ideal del amor, la posesión
mutua, perfecta, inadmisible. Dios, al amamos y permitir que le amáramos,
satisfizo divinamente esta exigencia del amor: quiso ser nuestro y que
nosotros fuéramos suyos.
25

Pero esta mutua posesión no es superficial y efímera, como en el
amor humano, sino algo muy serio, muy profundo, muy duradero. Dios se
entrega a nosotros con el ardor y la vehemencia, con la honda verdad de su
amor infinito. No vive con nosotros, sino en nosotros; no se complace
únicamente en acudir a nuestro llamado y colmar nuestros deseos, como
los que se aman en la tierra; sino que se nos da, se nos entrega, nos hace el
Don de Sí mismo para que dispongamos a nuestro arbitrio del Don inenarrable.
Disponer de ese Don es gozarlo, porque ese Don es el fin supremo de
nuestro ser, es la felicidad de nuestra vida, y no se puede hacer otro uso de
la felicidad sino gozarla. De sus otros dones, de los efectos de su amor,
podemos usar; de su Don solamente podemos gozar.
Y está en nuestro arbitrio gozar de esa dicha que llevamos en nuestra
alma; podemos disfrutar de ella cuando queramos, pues lo nuestro está a
nuestra disposición; el don que se nos dio, que nosotros poseemos, es
nuestro y podemos disponer libremente de Dios. Llama la atención la
dulce familiaridad con que los Santos tratan a Dios, la confiada audacia
con que se acercan a Él. Nada tiene de extraño; lo admirable, lo estupendo
es que. Dios nos ame y que quiera ser por nosotros amado; lo demás es la
lógica consecuencia de ese amor, porque como el Padre Lacordaire dijo
profundamente: «El amor en el cielo y en la tierra tiene el mismo nombre,
la misma esencia, la misma ley.» Desde el momento en que Dios
determinó amamos, se hizo nuestro: ¿qué tiene de raro que dispongamos
libre y confiadamente de lo nuestro?
El mismo cielo es consecuencia natural de ese amor; aquel gozo será
perfecto y cumplido, en tanto que el gozo del destierro es imperfecto y
mezclado de dolor y de esperanza —un mismo don se goza de manera
distinta cuando cambian las condiciones, y, sobre todo, la capacidad de
quien lo posee—; pero la raíz de ambos gozos, el del cielo y el de la tierra,
es la misma, es el Don del amor.
¿Qué quiere decir gozar del Don infinito? Santo Tomás lo explica
muy bien: A ese gozo «algunas veces llega la criatura racional, como
cuando de tal manera se hace partícipe del Verbo divino y del Amor que de
Él procede, que puede con libertad conocer verdaderamente a Dios y
amarle rectamente».
Gozar de Dios es conocerlo y amarlo; porque siendo espíritu,
únicamente pueden tocarlo nuestras facultades superiores; mas no por todo
conocimiento ni por todo amor se goza de Dios, sino por el conocimiento
26

íntimo que penetra su verdad y por el amor profundo que nos une con su
bondad soberana.
Y para lograr ese conocimiento y ese amor nuestras propias fuerzas
no bastan; necesitamos recibir de Dios mismo sus dones, la participación
del Verbo divino y del Amor personal.
Gozar del Espíritu Santo es amar, gozar del Verbo es conocer; pero
así como las Personas divinas son inseparables, esos divinos gozos están
también íntimamente enlazados: el conocimiento íntimo produce amor; el
amor profundo es fuente de luz. Quien puede gozar de una divina Persona
puede gozar de las demás. Quien goza del Hijo y del Espíritu Santo va al
gozo del Padre, hundiéndose, por decirlo así, en el seno de la inmensa
ternura, en el océano de donde procede todo bien.
¡Ah! «¡si conocieras el Don de Dios!», decía Jesús a la samaritana.
¡Si supiéramos los tesoros que se ocultan en la vida superior de las almas,
las riquezas de ese mundo divino en el que nos introduce el Don de Dios!
El mundo ni puede recibir esas santas realidades ni las sospecha siquiera,
porque «no ve ni conoce» el Don de Dios (Jn 14, 17). ¡Para cuántas almas
que podían conocer el Don divino permanecen ocultas las maravillas de
Dios!
Sin duda que esa participación plena del Verbo y del Espíritu Santo
que nos hace conocer íntimamente y amar profundamente a Dios es la
santidad, es la unión. Pero apenas la vida de la gracia se inicia en las
almas, Dios otorga sus dones, y las almas comienzan a gozar de Dios,
puesto que la vida espiritual es siempre sustancialmente la misma desde
que aparece como germen hasta que se consuma en la magnífica floración
de la gloria.
Antes de que la vida espiritual llegue a la madurez de la unión, posee
el alma el Don de Dios; pero como quien posee un tesoro cuyo valor
desconoce y de cuyas ventajas no puede aún disfrutar plenamente. Esa
vida espiritual imperfecta es la vida verdadera, pero que no tiene aún plena
conciencia ni plena posesión de sí misma. ¡Hay sombras tan espesas en el
entendimiento! ¡Hay todavía tan grande mezcla de afectos terrenos en el
corazón! ¡Está el alma tan ligada aún a las criaturas! Ni sabe el alma lo que
posee, ni tiene la santa libertad de los hijos de Dios para batir sus alas y
elevarse al gozo de Dios.
Esta es precisamente la obra del Espíritu Santo en las almas:
desarrollar hasta su santa madurez, hasta su plenitud dichosa ese germen
de vida que Él mismo depositó en las almas.
27

La vida espiritual es la mutua posesión de Dios y del alma, porque es
esencialmente su mutuo amor. Cuando el Espíritu Santo llega a poseer
plenamente a un alma, y ésta logra poseer plenamente el Don de Dios, es
la unión, la perfección, la santidad.
Entonces el alma participa de tal modo del Verbo divino y del Amor
que de Él procede, que puede libremente conocer a Dios con un
conocimiento íntimo y verdadero, y amarlo con recto y profundo amor.
Entonces el alma es toda de Dios, y Dios todo del alma. Entonces Dios
obra en el alma como se obra en lo que nos pertenece por completo, y el
alma goza de Dios con la confianza, con la libertad, con la dulce intimidad
con que disponemos de lo nuestro.
¡Oh, si conociéramos el Don de Dios! ¡Si supiéramos lo que encierra
de bondad y de amor, por parte de Dios; y de dicha y riqueza, por parte
nuestra, esta profunda invocación de la Iglesia: Altissimi Donum Dei!

28

V
EL CICLO DIVINO

Queda dicho en el capítulo anterior que nuestra primera intimidad es
con el Espíritu Santo, porque Él es el primer Don de Dios, el Don por
excelencia. Esta verdad ahondada nos conduce a comprender mejor la obra
santificadora del Espíritu Santo en las almas.
El primer Don que Dios hizo al mundo fue el Espíritu Santo, porque,
según la enseñanza ya conocida de Santo Tomás de Aquino, el primer don
del amor es el amor mismo.
Por el Espíritu Santo el Padre nos dio a su Hijo, pues nos lo dio por
amor. «El Espíritu Santo —dice Santo Tomás—, porque procede del Padre
como amor, se llama propiamente Don. Es verdad que también el Hijo nos
ha sido dado, pero precisamente el amor del Padre es el que nos lo ha
dado, según estas palabras de San Juan (Jn 3, 16): «De tal manera amó Dios
al mundo, que le dio a su Hijo unigénito» (I., q. XXXVIII, a. 20, ad 1).
La Encamación, que es la donación que el Padre nos hizo del Verbo,
fue por obra del Espíritu Santo. Este divino Espíritu trajo a la Virgen María
la divina fecundidad del Padre, y el Verbo se hizo carne. «El Espíritu Santo
vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35),
dijo el Arcángel a la Virgen María.
Y para que comprendamos que cada una de las donaciones de Jesús
está inspirada y como precedida del Don divino por excelencia, el
Evangelio tiene cuidado de mostramos al Espíritu Santo en los principales
misterios de Jesús. Ese Santo Evangelio conduce a Jesús al desierto al
comenzar la vida pública (Mt 4, 1); aparece en forma de paloma sobre la
cabeza de Jesús en el Jordán y de nube luminosa en el Tabor (Lc 3, 32; Mt
17, 5); y ese mismo Amor impulsa al Sacerdote Eterno a realizar el acto
supremo de su vida: la doble inmolación del Cenáculo y del Calvario, pues
nos dice San Pablo: «Por el Espíritu Santo se ofreció a Sí mismo
inmaculado a Dios» (Heb 9, 14).
29

Y Jesús vuelve al Padre llevando consigo la humanidad regenerada.
Él mismo, en el ocaso de su vida, nos descubre la síntesis de su misión
divina: «Yo te glorifiqué sobre la tierra; consumé la obra que me
confiaste... Manifesté tu nombre a los hombres que me diste del mundo...
Ahora vengo a Ti... Padre, los que me diste quiero que donde estoy Yo
ellos también estén conmigo, para que vean la claridad que me diste,
porque me has amado antes de la constitución del mundo» (Jn 17, 4.6.13.24).
El ciclo del amor quedó cerrado en el seno inmenso del Padre, pues
todas las cosas encuentran su perfección cumplida cuando vuelven a su
principio.
Pero ese divino ciclo debía comenzar de nuevo; debe estar
comenzando siempre, y siempre consumándose hasta el fin de los tiempos.
Y el Espíritu Santo vuelve a bajar en la solemnidad de Pentecostés, no ya
al seno de la Virgen purísima, sino a derramarse sobre toda carne para
renovar místicamente la Encarnación del Verbo, para reproducir a Jesús en
la Iglesia y renovar en ella, a través de los siglos, los misterios de su vida,
a fin de que, en el ocaso de los tiempos, pueda exclamar la Iglesia, como
Jesús en el Cenáculo: Yo te glorifiqué sobre la tierra... Ahora vuelvo a Ti...,
que todos sean consumados en la unidad.
Y en la gloria espléndida del último día, el gran ciclo del amor se
consumará en el seno del Padre.
Pero en cada alma debe reproducirse el ciclo divino: ¡tal es el
glorioso destino de las almas! A cada una de ellas vendrá el Don de Dios,
como descendió sobre la Virgen María; puesto que después del Amor
mismo, el Don del divino amor es Jesús, el Espíritu Santo traerá a cada
alma la divina fecundidad del Padre, y en el seno de cada alma encarnará
el Verbo místicamente, y Jesús cantará en cada alma el poema de sus
divinos misterios, y por Jesús cada alma irá al Padre —pues nadie puede ir
al Padre, sino por Él—, y en el seno amoroso del Padre hallará cada alma
su felicidad, volviendo a su principio y consumando a su vez el ciclo
divino.
Muchas almas resistirán hasta el fin al Amor y llorarán su eterna
esterilidad en la desolación e irremediable lejanía del Amor. Otras, poco
dóciles al Amor y poco generosas en su indispensable correspondencia,
presentarán apenas, al dejar este mundo, un esbozo de Jesús, que se perfeccionará en el fuego del Purgatorio para que puedan entrar en el gozo de
Dios. Solamente las almas de los santos, dejándose poseer de «la donación
de Cristo» (Ef 4, 7), realizarán plenamente los designios de Dios, y en ellas
30

aparecerá espléndidamente acabada, perfecta, la obra del Espíritu Santo, y
el ciclo divino se consumará en su majestuosa amplitud.
Contemplemos detenidamente esta obra perfecta del Amor infinito.
***
Toda la economía del orden sobrenatural, todo el grandioso designio
de Dios al reparar la dignidad de la naturaleza humana de una manera más
admirable aún que como la había elevado en el principio, se expresa en
aquellas palabras del canon de la Misa: «Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso
est tibi, Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et
gloria, per omnia saecula saeculorum. Por Él (por Jesucristo), y con Él, y
en Él es para Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria por todos los siglos de los siglos.»
La gloria del Padre, una gloria nueva, superior a la del orden natural,
porque la del sobrenatural es de orden divino, es el fin de la Encarnación,
de la Redención, de la Iglesia, de la santificación de las almas, Todo el
misterio de Cristo tiene este término altísimo. Él mismo nos enseña que
vino a glorificar al Padre, y cuando con su vida mortal terminó el poema
divino, a la gloria del Padre, quiso en su inmensa ternura filial que el
poema de gloria resonara sin cesar, que sus armonías se dilataran vigorosas
e inmortales por los siglos de los siglos.
Pero solamente la voz de Jesús puede entonar ese cántico; solamente
por Él puede recibir el Padre esa gloria; todos los que en el tiempo y en la
eternidad glorifiquen al Padre lo harán por Él. Por Él glorificaron a Dios
los hombres del Antiguo Testamento; por Él lo ha glorificado y lo seguirá
glorificando la Iglesia.
Es, pues, preciso que la voz de las almas se una con la voz de Jesús
para que suba al Padre, para que suene a gloria, para que tenga el divino
acento que al Padre complace. Toda glorificación al Padre se hace con Él.
«Sin Mí nada podéis hacer», decía Jesús a sus discípulos. ¡Ah!, sin Él no
hay pureza sin mancha, ni amor sin egoísmo, ni sacrificio heroico. Sin Él
nada hay y nada vale en el orden divino.
En su afán de glorificar al Padre, en su ternura para las almas, Jesús
hizo más que darles sus méritos y unirse con ellas para entonar el himno de
la glorificación; se unió a las almas de manera inefable para que toda voz
fuera su voz, y todo amor, su amor; y toda gloria, su gloria; y en Él
recibiera toda gloria y todo honor el Padre celestial.
31

Para glorificar al Padre es preciso ser Jesús; para glorificarlo
plenamente es preciso transformarse en Jesús; porque la glorificación del
Padre es la obra de Jesús; y «para hacer la obra de Jesús es necesario ser
Jesús», dijo profundamente monseñor Gay.
El fin de la santificación de las almas es la gloria del Padre; la esencia
de esa obra maravillosa es la transformación en Jesús.
La transformación en Jesús es una obra de luz, de sabiduría; porque
el Verbo de Dios es la Sabiduría del Padre, Luz de Luz y blancura de la
Luz eterna. Transformarse en Jesús es llevar grabada en el alma con rasgos
de luz divina la imagen de Jesús, Sabiduría increada.
Sin duda, por la gracia santificante, que es una participación de la
naturaleza divina, nos asemejamos a Dios y lo poseemos; pero la
asimilación especial a cada una de las divinas Personas y la posesión
singular de ellas vienen de dones sobrenaturales que tienen por raíz la
gracia santificante. Como el rayo de luz nos trae todo el influjo benéfico
del astro, pero a distintos elementos de ese rayo corresponde la riqueza de
la luz, la caricia del calor y la eficacia de la acción química, así la gracia
con su cortejo de dones realiza en nuestras almas todas las maravillas
sobrenaturales, nos asemeja al Sol divino, y, más admirable que el rayo del
astro, nos trae el foco mismo de donde brota; pero son distintos dones de la
gracia los que nos asemejan a cada una de las divinas Personas: los dones
del entendimiento trazan en las almas la imagen del Verbo, que es Luz de
sabiduría, y nos hacen poseer a la Sabiduría increada por especial misión;
en tanto que los dones del amor nos asemejan al Espíritu Santo, que es el
Amor infinito, y fundando la misión del Espíritu divino, nos ponen en la
felicísima posesión de Él.
Así lo enseña Santo Tomás: «El alma, por la gracia, se conforma a
Dios. Por lo cual, para que una Persona divina sea enviada a alguno por la
gracia es necesario que haya asimilación de éste a la divina Persona que es
enviada, por algún don de la gracia. Y como el Espíritu Santo es amor, por
el don de la caridad el alma se asimila al Espíritu Santo. Por lo cual, según
el don de la caridad, se realiza la misión del Espíritu Santo. Mas el Hijo es
Verbo no de cualquier modo, sino Verbo que espira amor... Por
consiguiente, no es enviado el Verbo según cualquiera perfección del
entendimiento, sino según tal ilustración del entendimiento que produzca
efecto de amor» (46).
El alma posee, pues, al Hijo y se hace semejante a Él por los dones
sobrenaturales del conocimiento; la imagen del Hijo en las almas es urna
32

imagen de luz; para ser Jesús es preciso que el alma esté bañada con los
divinos esplendores de la Sabiduría.
Mas, como advierte Santo Tomás en el pasaje citado, no cualquier
rayo de luz pinta en el alma la divina semejanza del Verbo, sino solamente
aquella luz que produce amor, esto es, aquel conocimiento amoroso que
nos da en cierto sentido la dulce experiencia de Dios y que inflama el
corazón en el fuego de los santos afectos. Por eso Santo Tomás añade a las
enseñanzas que acabamos de citar: «Y por eso dice San Agustín... que «el
Hijo es enviado cuando por alguno es conocido y percibido. Mas la percepción significa cierta noticia experimental; y ésta propiamente se llama
sabiduría, como sapida scientia (ciencia sabrosa)» (I., q. XLIII, a. 5, ad 2).
La imagen del Verbo —Sabiduría increada —es, pues, la sabiduría
participada que nos comunica el más excelente de los dones del Espíritu
Santo. «Se dicen algunos hijos de Dios en cuanto participan de la
semejanza del Hijo unigénito y natural, según aquello (I., q. XLIII, a. 5, ad 2):
a los que previó los predestinó para que se hicieran conformes a la
imagen de su Hijo, que es la Sabiduría engendrada. Y por eso, participando
del don de sabiduría, llega el hombre a la filiación de Dios» (II IIae., 2, q.
XLV, a. 6).
Por el don de sabiduría, el alma se hace semejante al Verbo y lo
posee, pues por ese don hay una misión del Hijo de Dios. Transformarse
en Jesús es, por consiguiente, participar plenamente del don de sabiduría.
Pero este don tiene sus raíces en la caridad; es luz que brota del amor,
que crece cuando se acrecienta el amor, que llega a la plenitud de su
esplendor cuando la caridad ha llegado a su perfecto desarrollo.
Quien posee el don de sabiduría ve, porque ama; conoce las cosas
divinas, porque está íntimamente unido a ellas, porque las saborea y gusta
inefablemente; ve, porque «mira por los ojos de su Amado», como dijo
alguien, con el inimitable lenguaje del amor.
Santo Tomás lo dice con su austero, pero exactísimo estilo: «La
sabiduría, que es don, tiene, ciertamente, su causa en la voluntad, esto es,
en la caridad; pero tiene su esencia en el entendimiento» (II IIae, 2, q. XLV, a.
6 ad 2).
Para transformarse en Jesús, es, pues, absolutamente preciso amar,
amar sin medida, unirse a Él tan estrechamente, que se pueda mirar por sus
ojos, que pueda el alma hacerse con Él un solo espíritu» (1 Cor 6, 17).

33

Pero se ama por la caridad que el Espíritu Santo derrama en nuestros
corazones al dársenos, por la caridad que nos asemeja al Espíritu Santo,
que trae consigo la misión del Paráclito, que nos hace poseerlo.
La caridad, semejanza creada del Espíritu Santo y base de la posesión
del Amor infinito y de nuestra intimidad con Él, nos conduce a la
sabiduría, que nos da la imagen, la posesión y la intimidad del Verbo de
Dios. El Espíritu Santo nos lleva a Jesús, nos hace Jesús,
transformándonos en Él. Es su obra; nadie puede ser Jesús, sino en la unidad del Espíritu Santo.
«El Espíritu Santo, en tanto se llama espíritu de adopción, dice Santo
Tomás, en cuanto que por Él se nos da la semejanza del Hijo natural, que
es la Sabiduría engendrada» (II IIae., q. XLV, a. 6, ad 1).
Tal es el ciclo divino de la santificación de las almas: nadie puede ir
al Padre sino por Jesús; nadie puede ir a Jesús sino por el Espíritu Santo.
Por Jesús, con Jesús, en Jesús, las almas glorifican al Padre en la unidad
del Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
***
Se puede vislumbrar el proceso esencial de la perfección cristiana,
que es la obra por excelencia del Espíritu Santo.
El Don de Dios se da a las almas y derrama en ellas la gracia y la
caridad; todas las virtudes sobrenaturales y todos los dones del Espíritu
Santo vinieron al alma con Él. Por las virtudes, primero, el Espíritu Santo
purifica a las almas para que la caridad se desarrolle en ellas sin obstáculo
y pueda el mismo Espíritu afirmar y perfeccionar en ellas su amorosa
posesión. Cuando el alma ha sido purificada por las virtudes, el Espíritu
Santo la posee mejor, y por sus dones la purifica más hondamente y armoniza todo en ella de manera admirable, hasta que el alma, perfectamente
pacificada, penetrada por la caridad, que llega a ser soberana en el alma y
poseída plenamente por el Espíritu Santo, se transforma en Jesús por la
plenitud del don de sabiduría.
La cumbre de esta divina ascensión del alma es la unión
transformante que se caracteriza por una unión muy íntima con el Verbo
de Dios, por una transformación en el Verbo Encamado. Esta
transformación, que es fruto del amor, que es esencialmente una
transformación de luz —aquella de que habla San Pablo, diciendo: «Mas
nosotros todos, contemplando a cara descubierta la gloria del Señor, nos
transformamos en la misma imagen, de claridad en claridad, como por el
34

Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18)—, se realiza por la plenitud del don de
sabiduría, la cual, sin duda, trae consigo una misión especial de Hijo, y,
por consiguiente, una especial y perfecta posesión de Él.
Cuando el alma ha alcanzado esta unión perfectísima se realizan en
toda su amplitud las palabras de Santo Tomás de Aquino: «De tal manera
se hace partícipe del Verbo divino y del amor que procede, que puede con
libertad conocer verdaderamente a Dios y amarlo rectamente» (I., q.
XXXVIII, a. 13). Por eso está en Ja potestad de Jos santos gozar de Dios; por
eso la íntima familiaridad con las Personas divinas es en ellos como algo
habitual y propio de su estado.
Esta vida de Jesús en las almas es como una prolongación mística de
su vida mortal, como una encarnación mística en las almas, por la cual
renueva, místicamente también, los misterios de su vida —ya los de su
infancia, ya los de su vida pública, ya los de su Pasión, ya los de su vida
eucarística—, según los profundos y amorosos designios de Dios en sus
santos.
Pero notemos la maravillosa unidad de las obras de Dios: esta
encarnación mística en las almas se realiza a imagen y semejanza de la
divina Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de María.
La unión transformante es la obra del Espíritu Santo que trae a las
almas la divina fecundidad del Padre. Pero en esta obra mística, como en
aquella divina Encarnación, el Espíritu Santo requiere la cooperación de la
criatura; el alma cubierta con la sombra del Espíritu Santo, guiada y
movida y fecundizada, por decirlo así, por Él, forma en sí misma a Jesús.
El alma que ha llegado a la unión divina tiene con Jesús todas las
relaciones santas, porque el amor de Dios condensa en su eminente
perfección todos los matices legítimos y nobles del amor humano; puede
decirse místicamente Madre de Jesús, como el mismo divino Maestro nos
lo enseñó con estas palabras: «Cualquiera que hace la voluntad de mi
Padre que está en los cielos, él mismo es mi hermano y mi hermana y mi
madre» (Mt 22, 49). Y aun el carácter pasivo que corresponde al alma en la
formación mística de Jesús, no porque no obre, sino porque es movida por
el Espíritu Santo, hace pensar en la mística maternidad; y así, el Padre
Téry, O. P., explicando los caracteres de la mística dominicana en el siglo
XIV, señala como una doctrina propia de esa escuela espiritual, ésta: «En la
vida espiritual, en la generación del Verbo, en nosotros, somos «madres»,
esto es, el elemento pasivo» (1).
1

«La Vic Spirituelle. Ecole Théologique de Saint Maximim». Mars, 1927.

35

En la vida mortal de Cristo, como en su vida mística en la Iglesia y en
las almas, el divino procedimiento no varía: «El Espíritu Santo manifiesta
al Hijo, como el Hijo al Padre» (I., q. XLIII. a. 7 ad 6).
El alma transformada en Jesús puede realizar la obra de Jesús, la que
glorifica al Padre, y así, el divino Jesús lleva a las almas al Padre, en quien
toda perfección se consuma, porque, como se ha repetido, las cosas
encuentran su felicidad cuando vuelven a su principio.

36

VI
LA MOCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO POR LOS DONES

Hemos comparado la obra santificadora del Espíritu Santo al
exquisito trabajo del artista que traza sobre el lienzo o esculpe sobre el
mármol la feliz reproducción de su ideal.
Conforme a tan exacta comparación, podemos decir que conocemos
el íntimo santuario en el que trabaja el Artista divino, los espirituales
instrumentos que usa, los amorosos procedimientos que emplea, la técnica
maravillosa de su arte; todo lo cual pudiéramos resumir diciendo que el
Espíritu Santo entra a lo más íntimo de nuestro ser, nos posee y se deja
poseer de nosotros, y, en divino abrazo de amor, realiza en nuestras almas
la luminosa transformación que anhela.
¡Oh! ¡Si pudiéramos sorprender al divino Artista en su íntima actitud
creadora! ¡Si pudiéramos contemplarlo en el silencio de las almas
entregado con amor infinito a reproducir a Jesús! Nunca se revela mejor un
artista que cuando, sacudido por la inspiración, toca la materia inerte para
comunicarle la vida de su ideal. Su rostro transfigurado deja transparentar
su alma; por sus ojos profundos parece escaparse la luz inmaterial de la
belleza, y sus manos, que tiemblan bajo el impulso de la emoción, tienen,
sin embargo, la habilidad precisa, la maestría inimitable de transformar
maravillosamente lo que tocan. ¡Oh! ¡Si pudiéramos contemplar al Amor
infinito en sus intimas comunicaciones con las almas!
Podemos, al menos, vislumbrar las maravillas de su acción, porque
Jesús nos reveló sus secretos en la noche de amor en que nos hizo sus
amigos, y de sus propios labios escuchamos la insondable promesa de que
el Espíritu de verdad nos enseñaría todas las cosas.
La actividad del Espíritu Santo en nuestras almas es moción; nos
santifica moviendo con la dulzura del Amor y con la eficacia de la
Omnipotencia todas las actividades de nuestro ser. Solamente Él nos puede
mover así, porque solamente Él puede penetrar en el recóndito santuario
37

del alma, en el huerto sellado, oculto a las miradas de todas las criaturas.
Solamente Él nos puede mover así, porque únicamente Él posee el secreto
divino de tocar las fuentes de la actividad humana sin que los actos dejen
de ser vitales, sin que dejen de ser libres.
Pero la moción santificadora es muy distinta de las divinas mociones
que en todos los órdenes y en todos los instantes recibimos de Dios, ya que
en Él «vivimos y nos movemos y somos». La moción del Espíritu Santo
que pretendemos estudiar es algo especial, aun entre las mociones del
orden sobrenatural. En las demás, el Espíritu Santo ayuda nuestra
debilidad, pero deja la dirección de los actos a nuestras facultades
superiores: la razón dirige y delibera, la voluntad se ejercita en las
condiciones de su actividad. Pero esta especialísima moción «viene como
río impetuoso que precipita el Espíritu del Señor»; toma entonces el
Espíritu Santo, en lo íntimo de nuestras almas, el lugar que corresponde a
lo que hay en nosotros de más íntimo, de más alto, de más activo; se
constituye en Director inmediato del alma, y ésta, en la plenitud de su
fuerza y de su libertad, no obra sino movida por el Espíritu, realizando así
el sueño del poeta:
Est Deus in nobis; agitante calescimus illo, o, mejor aún, la sagrada
expresión del Apóstol: «Los que son movidos por el Espíritu Santo, éstos
son los hijos de Dios.»
Esta íntima y especialísima moción es una moción de amor: se funda
en el amor, la hace el amor y conduce al amor.
Para que el Espíritu Santo mueva a un alma, necesita estar
íntimamente unido a ella por la caridad; nos mueve porque nos ama y es
por nosotros amado; nos mueve en la medida de nuestra mutua posesión;
se diría que su moción es una caricia del Amor infinito, que el Espíritu
Santo nos mueve, porque en la íntima fusión de Él y de nuestras almas que
realizó la caridad, sus divinos movimientos, sus santas palpitaciones, se
hacen sentir en todo el hombre, que es una sola cosa con Él; pues dijo el
Apóstol: «Quien se adhiere a Dios es un solo espíritu con Él.»
Sin esta moción del Espíritu Santo es imposible normalmente
conseguir la salvación de nuestras almas y, sobre todo, conseguir la
perfección cristiana, pues la razón del hombre, aunque enriquecida con la
luz de Dios, aun contando con las virtudes sobrenaturales —riquezas
divinas con las que se puede comprar la perla preciosa y única de la felicidad—, la razón no es más que un discípulo, aventajado, si se quiere, en
el arte divino, y un discípulo no logrará jamás realizar una obra de arte,
38

como es la reproducción de Jesús en nuestras almas, si no cuenta con la
dirección e intervención inmediata del Maestro, único que posee el ideal
en su magnífica plenitud, único que conoce los arcanos procedimientos del
arte divino.
Sin duda que al discípulo corresponde, bajo la alta dirección del
maestro, preparar el lienzo en que los rasgos finísimos de Jesús serán
trazados por las manos del Artista; disponer el mármol para que el Espíritu
Santo infunda en él con su soplo la luz del ideal, pues Dios dispone todo
con admirable suavidad. Pero la obra exquisita, el trabajo delicado y
perfecto, los rayos magistrales, el toque de luz divina, la forma inmaterial,
la palpitación viviente, el quid divinum, solamente el Maestro con sus
propias manos, para hablar nuestro lenguaje, puede infundirlo en el lienzo
purísimo, en el mármol inmaculado de las almas; porque en todo arte hay
algo incomunicable que solamente los genios poseen, y en el arte divino de
la santificación de las almas hay algo incomunicable e infinito que para
poseerlo es preciso ser Dios.
Y tanto el Maestro como el discípulo tienen sus propios instrumentos
de trabajo: para el discípulo, son las virtudes; para el Maestro, los siete
Dones.
Las virtudes son, sin duda, medios preciosos de santificación, pero
son nuestros medios; los instrumentos del Espíritu Santo son sus Dones.
Las virtudes son pinceles divinos, pero manejados por el hombre; si los
Dones no vinieran en su auxilio, apenas podrían realizar el trabajo que se
encomienda al discípulo. La obra del Maestro, la que hace con sus manos
divinas, la realiza por medio de esos divinos y misteriosos instrumentos de
los Dones.
Pues esta es la diferencia esencial entre las virtudes y los Dones; las
primeras están hechas para ejercitarse bajo la dirección de la razón; los
dones se ejercitan bajo la inmediata dirección del Espíritu Santo.
Las virtudes, en el orden sobrenatural, son, sin duda, divinas: por su
origen, porque Dios las infunde; por su fin, porque a Dios conducen, y por
su objeto, pues, realizan la obra de la santificación.
Pero las virtudes son manejadas por el hombre y llevan, por
consiguiente, el sello humano; como los rasgos trazados por el discípulo,
revelan su estilo vacilante y tímido; no ostentan aún la huella del genio, la
amplitud, la audacia, la sublimidad de la mano maestra, el sello divino de
quien es llamado «el Dedo de la Diestra del Padre».
39

Los actos de los Dones llevan, en cambio, el modo sobrehumano del
Espíritu que los dirige, el sello inconfundible de la obra inmediata de Dios.
La obra de la perfección es imposible sin los Dones, porque, como se
ha dicho, es imposible sin la dirección inmediata del Espíritu Santo; ahora
bien: las facultades humanas no podrían recibir la moción del Espíritu
Santo sin los Dones que el mismo Espíritu pone en las fuentes de nuestra
actividad para que reciban su moción santificadora, para que se abran
dócilmente a las inspiraciones divinas y reciban el soplo vivificante del
Espíritu.
¡Oh! Los Dones del Espíritu Santo han sido tan olvidados como el
mismo divino Espíritu. Con el afán de ser prácticos y de ser sólidos,
muchos piensan demasiadamente en la obra del hombre, y poco, muy
poco, en la obra de Dios. Exaltan las virtudes, lo cual es justísimo; pero se
olvidan de los Dones, y esto es torpeza e ingratitud, puesto que también
ellos son necesarios para la salvación y a ellos corresponde lo más fino y
exquisito de la obra santificadora.
¿No será causa el olvido de los Dones de que muchas aliñas hagan
fracasar los designios de Dios y de que otras, capaces de altísima
perfección, se arrastren tristemente en la mediocridad?
***
Mas sigamos estudiando la moción del Espíritu Santo. ¿Sería posible
determinar el sentido y la dirección de ese divino movimiento? Jesús dijo a
Nicodemus: «El Espíritu sopla donde quiere, y no sabes de dónde viene y a
dónde va.» Cierto que es imposible determinar el principio y el término de
las operaciones del Espíritu Santo en las almas: ¡son esas operaciones tan
ocultas, tan misteriosas, tan inesperadas! Mas plugo al Espíritu revelarnos
la dirección general de sus mociones santas.
La ruta del Espíritu es invariable e inmensa: la divina Paloma
describe siempre con sus alas blanquísimas un círculo amoroso e infinito:
viene del Padre y del Hijo, y hacia esas divinas Personas tiende su vuelo
majestuoso, arrastrando en la dulce impetuosidad de su soplo a las almas
dóciles a sus aspiraciones.
¿De dónde había de venir el Amor sino de allí, del seno del Amor, y
en dónde, si no allí, en aquel seno insondable, había de consumar su
inmenso, su magnífico movimiento circular?
En ese divino giro arrebata el Espíritu Santo a las almas por medio de
sus Dones.
40

Para entenderlo, volvamos a nuestro símil familiar: ¿de dónde viene y
adónde va el movimiento espiritual del arte que hace estremecer lo íntimo
del ser del artista y se muestra exteriormente por las múltiples y variadas
ondulaciones del pincel sobre el lienzo, o por los golpes repetidos, rítmicos
y, por decirlo así, vivientes, del cincel sobre el mármol? Viene del ideal y
va a reproducirlo en la materia. El artista enlaza con su genio el ideal y la
obra, diríamos que los funde en un beso de amor.
Toma la tosca materia, la limpia, la bruñe, la suaviza, la eleva, la
transforma; va poco a poco adaptándola al ideal, hasta que un día la
espléndida imagen intima y la imagen exterior parecen ser una misma cosa
por el milagro del arte.
El ideal del Espíritu Santo, al mover el alma por medio de sus Dones,
no es exactamente el mismo que el ideal de la razón al mover las
facultades por medio de las virtudes. Santo Tomás, con su lenguaje severo
y preciso, enseña que son distintas las reglas a que se ajustan los actos de
las virtudes y los actos de los Dones: la regla de aquéllas es humana o
humanizada; la regla de éstos es luminosamente divina.
Para tal artista, tal ideal; para tal moción, tal principio y tal regla.
Cuando el discípulo mueve el pincel, la regla que inspira el movimiento es
el ideal del maestro, aunque borrosa y estrechamente concebido por su
mente, qué no se abre del todo al esplendor de la belleza; mas cuando el
maestro, embriagado por la inspiración, mueve los prodigiosos pinceles, la
norma del movimiento es más alta, más bella, más amplia: es el ideal
sublime, luminoso, fecundo, del genio.
Cuando la razón dirige los actos de las virtudes, su norma es humana,
o, más bien, es el ideal divino, pero empequeñecido en los moldes
estrechos de la razón; mas cuando el Espíritu Santo mueve por medio de
sus Dones, la norma se agiganta, es el ideal sin los velos en que lo encierra
el hombre, el ideal en su grandiosa claridad; es Dios mismo participado
por el hombre, como si éste, bajo el impulso del Espíritu, ya no obrara
humanamente, sino como hecho Dios por participación, como afirma con
audacia Santo Tomás.
Y como a la regla corresponde el modo, continúa el Santo Doctor,
como el ideal deja en las obras que inspira su sello inconfundible, cuando
el hombre obra por medio de las virtudes, el ideal humano marca los actos
con su carácter peculiar, con las limitaciones, la timidez y hasta la
incertidumbre propias de la humana miseria. Mas cuando el hombre obra
iluminado por el ideal divino del Espíritu, sus actos llevan el sello
41

inconfundible de lo divino, ostentan como glorioso vestigio —iba a decir
«la garra del león», para aludir a una frase célebre, pero diré mejor
conforme al simbolismo cristiano— la dulce huella de la divina Paloma
que se posa en el alma y la eleva a los cielos en sus nítidas alas.
En el lenguaje de las apropiaciones divinas, ¿no se podrá decir que en
el divino funcionamiento de los Dones, la regla, el ideal de los actos que se
realizan bajo la inspiración del Espíritu Santo, corresponde al Padre? El
ideal es principio ejemplar de la obra, y el Padre es el Principio; la obra
santificadora es obra de paternidad y adopción, y «del Padre es toda
Paternidad en el cielo y en la tierra»; el término de la perfección es Jesús, y
Jesús es la imagen del Padre.
¿No buscaba Jesús en los días de su vida mortal el ideal de sus actos
en el seno del Padre? ¿No aparece en el Santo Evangelio, como la norma
suprema de Jesús, la voluntad del Padre que había venido a realizar sobre
la tierra, la gloria del Padre que formaba el único anhelo gigantesco y
divino de su alma? Hacia el Padre levantaba Jesús sus ojos profundos en
los instantes más solemnes de su vida y parecía hundirlos dulcemente en
aquel océano de luz.
Sin duda que aquella luz única tiene que dispersarse para llegar a
nosotros, acomodándose a la capacidad propia de cada uno de los siete
Dones, como el rayo se difunde en los colores del espectro. Sólo Dios
puede abarcarse a Sí mismo en su infinita unidad; pero en nosotros, sobre
todo en el destierro, tienen que aparecer una a una las facetas de su única
hermosura. Para el temor de Dios es el soberano a quien hay que sujetarse
con profunda reverencia, porque tiene en sus manos las llaves de la vida y
de la muerte; para la fortaleza, es la fuerza omnipotente que se entrega en
manos de la debilidad; para la piedad es el Padre a quien debe adherirse
con afecto filial, ensalzando su gloria; para el consejo es la regla eterna y
suprema de las acciones humanas; para la ciencia, el ejemplar infinito de
las criaturas; para el entendimiento, el fin sobrenatural que esparce luz en
todo conocimiento de ese orden altísimo; para la sabiduría, el foco de luz
que ilumina el alma, porque es foco de amor, porque ella se le ha reunido
en abrazo dulcísimo y ha descubierto en la suavidad deliciosa del amor el
secreto de toda verdad.
Pero desde todos sus indescriptibles aspectos, es el mismo ideal, es
Dios, es el Padre, de cuyo seno amoroso viene el Espíritu trayendo al alma
la divina fecundidad.
42

La obra del Espíritu Santo es traer al alma, como el rocío de los
cielos, esa fecundidad divina para que la tierra del alma se abra en sus
senos profundos y germine el fruto celestial.
Porque, notémoslo bien, el alma no permanece ociosa bajo la moción
del Espíritu Santo; al contrario, su actividad es más intensa y plena cuando
obra bajo el impulso de los Dones que cuando ejercita las virtudes; mas
por los Dones no se mueve, sino que es movida por el Espíritu Santo, y por
eso los actos de los Dones tienen cierto carácter pasivo; el alma por la
divina fecundidad del Espíritu produce fruto, es madre.
La vida espiritual en su aspecto más alto y perfecto consiste en la
adaptación del alma a la norma divina, al ideal del Padre. El Espíritu Santo
es el Artista que funde en un beso de amor al Padre y al alma
transformada.
Poco a poco, bajo la acción vivificante del Espíritu, bajo el influjo
divino de los Dones, el alma se va adecuando más y más perfectamente al
ejemplar infinito, como bajo los golpes inspirados del cincel, la vida del
ideal encarna en la espléndida blancura del mármol. Una tras otra las
hondas purificaciones de los Dones irán quitando al alma las
anfractuosidades e impurezas propias de la humana miseria para hacer al
alma tersa, para hacerla diáfana; la luz del ciclo, con suave claridad, se
difundirá en el alma purificada, e irán apareciendo en ella rasgos dispersos,
pálidos esbozos del ideal, como van apareciendo las estrellas en el
Armamento entre la suave claridad del crepúsculo. Después se va
armonizando todo en el alma: todos los anhelos se funden en la unidad de
un amor que avasalla; todas las luces dispersas se unifican en un tema
glorioso y divino. ¡La obra va a aparecer en su magnífica belleza!
¿Qué será en el alma la realización del ideal, sino la imagen del
Padre, reproducción creada, pero sobrenatural, llena de luz y de verdad, de
aquella imagen única, infinita y consustancial del Padre que es su Verbo,
que al tomar nuestra carne quiso llamarse Jesús?
El ideal y la obra parecen ser una cosa misma por el milagro del
amor; la escena del Tabor se reproduce: en medio de la nube luminosa del
Espíritu, el alma transformada en Jesús refleja en sus blancas vestiduras la
claridad de la gloria, y en el silencio de la noche resuena sobre el alma
afortunada, como un cántico inefable, la voz del Padre, que exclama con
divina ternura: «Este es mi Hijo muy amado.»

43

El Espíritu ha consumado el círculo divino de su vuelo, y el Padre y
el Hijo, al fundirse en su eterno beso de amor, besan también al alma con
el beso de su boca...

44

VII
LA CORRESPONDENCIA DEL ALMA. SU CONSAGRACIÓN
AL ESPÍRITU SANTO

De buena gana continuaríamos estudiando la maravillosa acción del
Espíritu Santo en las almas como lo hemos venido haciendo en los
capítulos anteriores; pero no es nuestro propósito exponer toda la Teología
del Espíritu Santo, inagotable y bellísima, sino simplemente sentar las
bases dogmáticas de la devoción al divino Espíritu.
Esas bases nos parecen ya establecidas, y bueno será examinarlas en
conjunto antes de edificar sobre ellas.
El Espíritu Santo toma posesión de las almas como huésped
dulcísimo de ellas, como el viajero que en medio del desierto levanta su
tienda, pero no para plegarla cuando alumbre el sol del nuevo día, sino
para fijar allí definitivamente su morada.
La tienda que levanta sobre el arenal de nuestra miseria es una divina
edificación, esbozo y trasunto de la edificación eterna de la morada de los
cielos; es la gracia que diviniza al alma; es la divina caridad, imagen
sobrenatural del Espíritu que derrama Él mismo en nuestros corazones; es
el cortejo de virtudes y dones que el Espíritu Santo necesita para vivir en
nosotros.
Establecida su morada, el divino Artífice comienza su obra de amor y
de santificación en nuestras almas.
Para Él, trabajar es mover, es dirigir, con un influjo fuerte y suave,
porque es influjo de amor.
No solamente es huésped y director, es también Don, el Don de Dios
por excelencia, por quien todos los dones vienen a nosotros. Su ideal es
reproducir en nosotros a Jesús, y por Él y con Él introducirnos en el seno
de la Trinidad y glorificar al Padre con la suprema glorificación de Jesús.
45

Nos atrevimos a sorprender su divino trabajo a través de las sombras
de nuestra fe y vislumbrar cómo, bajo su influjo santo, las almas se
purifican, se iluminan y encienden hasta transformarse en Jesús, ideal
supremo del amor de Dios y de las aspiraciones de las almas, cumbre
gloriosa de la ascensión mística, donde se encuentran la paz y la felicidad,
porque se encuentra a Dios.
¿Qué otra cosa deberá ser nuestra devoción al Espíritu Santo sino la
amorosa y constante cooperación a su influjo divino, a su obra
santificadora?
Ser devoto del Espíritu Santo es abrir el alma para que Él la habite,
dilatar el corazón para que lo unja con su caridad divina, entregarle nuestro
ser para que lo posea con sus dones, darle nuestra vida para que la
transforme en divina, poner en sus manos el bloque informe de nuestra
miseria para que forme en él la divina imagen de Jesús.
Ser devoto del Espíritu Santo es poseerlo y dejarse amar, dejarse
mover según su amoroso beneplácito, dejar que el Artista divino destruya
en nosotros todo lo que se oponga a sus santos designios, todo lo malo,
todo lo terreno, todo lo humano; y dejar que infunda en nosotros una vida
nueva, la vida verdadera, la maravillosa participación de la vida de Dios.
¡Qué inmensos y celestiales horizontes se abren a nuestras almas si
meditamos a la luz de Dios estas verdades! Son los horizontes de la
perfección cristiana.
***
Hemos visto la acción del Espíritu Santo en nuestras almas; réstanos
examinar nuestra cooperación a su influjo admirable. Porque esta
cooperación libre, amorosa, es la verdadera devoción al Espíritu Santo.
Desde luego, nuestra devoción al Espíritu Santo debe ser una
consagración.
Esta palabra se toma a las veces en un sentido muy superficial: se
piensa que para consagrarse al Espíritu Santo basta recitar devotamente
una fórmula, hermosa y comprensiva tal vez, pero cuya profundidad no se
penetra y cuyo influjo es efímero y transitorio.
Bueno y santo es decir esta fórmula, con tal que no sea mera fórmula,
sino que exprese la sincera promesa que durante la vida entera se cumplirá,
con tal que esa recitación sea el principio de una vida nueva. Porque
consagración significa entrega total, definitiva y perpetua de una cosa para
que esté exclusivamente destinada al uso o servicio que se le ha señalado.
46

Cuando se le consagra a Dios un templo, se separa aquel lugar de
todos los demás para que sea de Dios, se le purifica con esmero, se le
edifica con la solidez y el arte que es posible, se le decora primorosamente,
se le ofrece luego a Dios y se le entrega para que sea suyo para siempre.
Fuera del templo está la tierra, la posesión de los hijos de los
hombres; el templo es la puerta del cielo, la casa de Dios; fuera de allí se
puede hacer todo lo que es lícito; allí únicamente se puede hacer una cosa:
glorificar a Dios.
Y precisamente la Escritura nos enseña que somos templos del
Espíritu Santo. «¿No sabéis, dice San Pablo, que sois templos de Dios y
que el Espíritu Santo habita en vosotros?» (1 Cor 3, 16).
Fuimos consagrados templos del Espíritu Santo en el día de nuestro
bautismo. La primera ceremonia prescrita en el ritual para la
administración de tan santo sacramento lo enseña ya: el ministro sopla tres
veces en el rostro de quien va a ser bautizado, y dice: «Sal de él, inmundo
espíritu, y cede el puesto al Espíritu Santo.» Y haciendo la señal de la cruz
tanto en la frente como en el pecho: «Sé fiel a los preceptos celestiales y
que sean tales tus costumbres, que puedas ya ser templo de Dios.»
Después, en otro exorcismo, se ordena al demonio que se aparte de aquella
criatura de Dios a quien el Señor se dignó llamar «para que se haga templo
de Dios vivo y el Espíritu Santo habite en ella».
Antes de derramar el agua regeneradora, se arranca al catecúmeno del
imperio del demonio y se le hace renunciar a las obras y a las pompas de
Satanás, y cuando ha ratificado su voluntad de consagrarse a Dios, se le
bautiza y el Espíritu Santo toma posesión de su templo.
Todo cristiano es un templo del Espíritu Santo; todo cristiano está
consagrado a Él; y en este templo en que Dios habita no puede hacerse otra
cosa sino lo que se hace en un templo: glorificar a Dios.
Por eso el apóstol San Pablo quiere que hasta las acciones más
comunes del cristiano se hagan para glorificar a Dios. «Ya sea que comáis,
ya sea que bebáis, ya que hagáis cualquiera otra cosa, haced todo para la
gloria de Dios» (1 Cor 10, 31).
Si todo cristiano es un templo consagrado al Espíritu de Dios, la
consagración al Espíritu Santo es la ratificación de la entrega del bautismo,
la renovación de las promesas hechas entonces, la aceptación libre y
amorosa de la vida que Dios infundió en nuestra alma al recibirnos la
Iglesia en su seno maternal.
47

¿No es la vida cristiana una consagración a Dios? ¿No consiste en
conservar siempre limpio, siempre santo, siempre habitado por Dios lleno
de su gloria el templo dedicado al Señor?
La verdadera devoción al Espíritu Santo no es algo distinto de la vida
cristiana: es esa misma vida comprendida a fondo, tomada a lo serio,
practicada con sinceridad e íntimamente gustada.
Ser devoto del Espíritu Santo es comprender la augusta dignidad del
cristiano, su misión santa, sus deberes, arduos quizá, pero dulcificados por
el amor; es colocarse en la verdad, ser fieles a los sagrados compromisos
del bautismo; es ser lo que se debe ser, y siéndolo, ponerse en el camino de
la perfección a la que debe aspirar todo cristiano.
***
Pero como todas las consagraciones, la consagración del Espíritu
Santo debe ser total.
Dueño es de nuestro ser íntegro el Espíritu Santo por su divina
Soberanía; dueño por nuestra amorosa entrega del bautismo, porque
nuestro amor le da la plena posesión de todo lo que nos pertenece.
El amor infinito quiere poseernos totalmente, sin que nadie comparta
con él nuestra plena posesión.
Por eso decía San Pablo: «¿Qué sociedad puede haber entre la luz y
las tinieblas? ¿Qué composición entre Cristo y Belial? ¿Qué participación
del fiel con el infiel? ¿Cómo pueden estar los ídolos en el templo de Dios?
Porque vosotros sois templos vivos de Dios vivo» (1 Cor 14, 16).
Para ser del Espíritu Santo es preciso, por consiguiente, arrojar de su
templo todos los ídolos; arrojar de allí todas las sombras para que brille la
luz de Dios; arrancar todas las ligas con Belial; segregamos de todo lo
inmundo, de todo lo terreno, para ser, en verdad, «el linaje selecto, el
sacerdocio regio, la nación santa, el pueblo de conquista, para anunciar las
maravillas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1
Ped 2, 9).
La consagración al Espíritu Santo debe ser total; nada debe sustraerse
a su amorosa posesión, ni el acto más rápido de nuestras potencias, ni el
rincón más secreto de nuestra alma, ni la fibra más sutil de nuestro
corazón, ni el instante más fugaz de nuestra vida. Debemos ser totalmente
suyos, solamente suyos.
48

Por su naturaleza, la consagración es definitiva, y así debemos
consagrarnos al Espíritu Santo para siempre.
Cierto que nuestra miseria sufre deficiencias y vacilaciones, pero es
preciso que, a pesar de ellas, nuestro amor no se extinga, sino que, en
medio de todas las vicisitudes humanas, levante su llama divina hacia el
Amor infinito.
No es, pues, algo superficial e intermitente la verdadera devoción al
Espíritu Santo, sino algo profundo y constante, como la misma vida
cristiana; porque esa devoción como lo hemos dicho ya, es el amor del
alma que corresponde al amor de Dios, el don de la criatura que se
esfuerza por agradecer el Don divino, la cooperación humana que recibe la
amorosa y eficacísima acción de Dios; y como el amor divino es eterno y
su don sin arrepentimiento y constante su acción, corresponde al alma
tener siempre abierto su corazón al amor, y su seno dispuesto para recibir
el don inenarrable, y dóciles todas sus potencias para seguir la divina
moción.

49

VIII
DESPRENDIMIENTO Y ATENCIÓN AMOROSA

Si la vida cristiana es en su fondo la mutua posesión de Dios y del
alma, y si la verdadera devoción al Espíritu Santo —como lo hemos dicho
— no es otra cosa que la amorosa aceptación de esa vida y su plena
realización, se desprende que para ser en verdad devotos del Espíritu Santo
debemos ir perfeccionando esa mutua posesión, adaptando todo nuestro ser
a las divinas exigencias; nuestro amor a su amor, nuestra actividad a sus
dones, nuestros esfuerzos a su acción.
Por eso, para comprender en toda su amplitud esa consagración al
Espíritu Santo de que hablamos en el capítulo anterior, es preciso analizar
lo que exige de nosotros cada uno de los oficios, por decirlo así, que el
Espíritu Santo ejerce en nuestras almas para santificarlas, cada una de las
faces que tiene su divina y fecunda posesión. Esto es, si Él es nuestro
Huésped, nosotros debemos ser su morada; si es nuestro Director, debemos
plegamos a sus inspiraciones; si es nuestro Don, debemos poseerlo; si es el
Artífice que labra divinamente nuestra alma, debemos dejarnos labrar,
cooperando dócilmente a sus amorosos designios.
Cada aspecto de su misión en nuestras almas nos impone especiales
deberes, cada uno de sus dones exige una amorosa adaptación de nuestra
alma a ellos.
Comencemos por examinar lo que pide de nosotros el divino Espíritu
como Huésped dulcísimo del alma.
***
En la antigüedad se honraba a los huéspedes de singular manera: se
salía al encuentro de ellos, se les lavaban los pies, se les hacía sentar a la
mesa y se les regalaba con exquisitos manjares, y después de hacerlos
descansar a la sombra de los árboles o en el interior de las tiendas, se les
acompañaba por algún tiempo en su camino.
50

Así recibió Abraham la visita del Señor, y así debemos honrar al
Huésped de nuestras almas, realizando espiritualmente lo que hacían
exteriormente los viejos patriarcas.
El deber principal para con un huésped es no abandonarlo, sino vivir
con él mientras permanece en nuestra casa. El Espíritu Santo mora siempre
en nuestras almas, que ha consagrado templos suyos; no es el Huésped de
un día, sino el Huésped eterno. Por consiguiente, nuestro deber capital es
vivir con Él, vivir siempre en su presencia.
¡Qué dulce y fecunda sería nuestra vida, si viviéramos con Él!, pues
no tiene amargura su trato, ni produce fastidio su divina conversación.
Esa vida íntima con el Espíritu Santo en el fondo es amor. Si Él es
nuestro Huésped, es porque nos ama. La Escritura enlaza, como lo vimos
ya, la caridad con la habitación del Espíritu Santo en nuestras almas, y
Santo Tomás enseña expresamente: «El Espíritu Santo habita en nosotros
por la caridad» (I, IIae. q. LXVIII, a. V). De la misma manera, vivimos con el
Espíritu Santo si lo amamos; y la perfección de esa vida será
proporcionada a la perfección de nuestro amor.
Nada más justo que amar al Espíritu Santo, porque es el Amor
infinito. «El Amor no es amado», gritaba por las calles el Beato Jacoponi
de Todi en los excesos de su amor. ¡El Amor no es amado! ¿No es ésta una
extraña anomalía solamente explicable por la falta de fe viva y por la profunda miseria de nuestro corazón?
Amar al amor es vivir con Él, es dejarse poseer por Él, y poseerlo es
impregnarnos de su divino fuego y dejarnos consumir por Él.
Al principio, ese fuego se oculta en el fondo del alma debajo de las
cenizas de nuestras miserias; nuestro corazón es de Dios, pero se escapan a
su amoroso dominio la mayor parte de nuestros pensamientos y de
nuestros actos. Hay en el alma como el germen de la presencia de Dios,
pero no está aún desarrollado, y nuestro espíritu vaga por todas las
criaturas sin acertar a fijarse dulcemente en Dios.
Pero el amor, como el fuego, es absorbente; poco a poco, va
extendiendo sus dulces exigencias hasta dominar todo nuestro ser con su
influjo victorioso; cada día son más frecuentes nuestras miradas al
Huésped divino; cada día nuestros pensamientos y nuestros actos van
entrando en el cauce único del amor, hasta que el pensamiento de Dios, su
amorosa presencia, se impone a todo el ser humano como divina obsesión.
¿No es una obsesión el amor? ¿No es el amor el imperio de una
imagen dulcísima que avasalla todas nuestras facultades, que absorbe toda
51

nuestra vida, que no admite rival ni se sacia con menos que con la total
plenitud del ser que invade? ¿No es el amor el conquistador afortunado
que entró por las puertas de nuestro corazón, no supimos cuándo, y que
después de haberse posesionado palmo a palmo de todo nuestro ser, clavó
sobre la cima de nuestra alma su bandera triunfante, dejando en su carrera
victoriosa, como despojos de su poder, jirones sangrientos de lo que antes
amábamos, arrojando del alma todo lo que no es Él, para convertirse en el
dueño único de nuestros pensamientos, en el fuego único de nuestro
corazón?
¡Qué cosa tan misteriosa es el amor! Nada tan fuerte y nada tan suave
como el amor. Es muerte y es vida: mata implacablemente todos los
pensamientos que no caben en su pensamiento único, todos los afectos que
no se funden en su único fuego, todas las acciones que no son pedestal de
su grandeza. Y al destruir edifica, y al matar da la vida, una vida nueva,
plena y fecunda; como la llama que después de haber consumido cuanto la
rodea se eleva hacia el cielo majestuosa e insaciable.
Cuando el amor ha realizado su obra, la armonía es perfecta en el ser
humano: todo se enlaza, todo se funde en la maravillosa unidad del amor.
Por eso, para quien ama perfectamente a Dios, vivir en su presencia
es una necesidad imperiosa.
Cuando los ojos no ven por todas partes al Amado ni va hacia Él el
pensamiento, como se vuelve el cáliz del girasol hacia el astro radiante;
cuando el corazón no descansa en el Amado al poseerlo o no lo busca con
ansia torturante cuando se aleja; cuando todas las fuerzas de nuestro ser no
se lanzan al Amado divino como torrente impetuoso que se precipita hacia
el océano, el amor no ha alcanzado aún en el alma su perfecto desarrollo,
todavía no logra con su fuerza victoriosa infundir la plenitud de su vida
sobre los restos mortales de los antiguos afectos.
Para obtener la vida íntima con el Espíritu Santo, la presencia
dulcísima del Huésped divino, no hay más que un medio definitivo y
eficaz: el amor.
«Donde está tu tesoro, allí está tu corazón», dijo Jesús. Y podemos
añadir: Donde está tu corazón, allí está tu ser entero. El secreto del
recogimiento y de la presencia de Dios está en el corazón; si el hombre se
disipa, es porque el corazón no encuentra aún su tesoro; es porque otros
afectos disputan aún al verdadero el dominio del alma; es porque el amor
no ha realizado aún plenamente su obra de muerte y de destrucción.
52

Para atender al Huésped divino hay que arrojar con el látigo del amor
indignado todos los demás huéspedes del alma. Es tan grande el Espíritu
Santo, que solamente cabe en un corazón vacío; es tan exigente el amor,
que necesita ser único en el alma.
No busquemos en otra parte la fuente de nuestras distracciones en la
oración, de las escapadas de nuestro espíritu fuera del pensamiento del
Amado; busquémosla en el corazón; son los afectos que no han sido
arrancados aún; pues el amor solamente encuentra obstáculos en otro
amor.
Arranquemos sin piedad todos los afectos de nuestro corazón, aunque
sea preciso que el corazón sangre; dejemos que el amor destruya y dé la
muerte para que pueda enseñorearse de nuestro corazón la plenitud de la
vida.
Cuando Abraham recibió la visita del Señor, corrió al ganado y eligió
el mejor ternero y ordenó a su criado que lo cociera prontamente. «Ipse
vero ad armentum cucurrit, et tulit inde vitulum tenerrimum, et optimum,
deditque puero, qui festinavit et coxit illum» (Gen 18, 7).,
Cuando el Amor infinito viene a nuestra alma, es preciso inmolarle
todo el ganado de nuestros afectos, es necesario consumirlos todos con el
fuego del holocausto, para que pueda el Amor sentarse a nuestra mesa y
embriagarnos con el vino generoso del amor.
¡Dichosa el alma que se vacía de todo afecto creado y se deja invadir
por la divina obsesión del amor; su vida es celestial, aun en medio del
destierro, porque vive de amor, en íntima comunión con el Amor infinito!

53

IX
EJERCICIOS DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES: FE

En el capítulo anterior expusimos la parte negativa de nuestros
deberes para con el Espíritu Santo como Huésped del alma, esto es, la
necesidad de vaciarla, para que el divino Espíritu la llene. Cuando Dios
quiere henchir con su grandeza un corazón, es preciso que salga de ese
corazón todo lo creado; cuando quiere ungirlo con su amor, es
indispensable que se le ofrezca el holocausto de todos los afectos
humanos. Este vacío lo exige la plenitud de posesión a que el Espíritu
Santo aspira y lo requieren las santas exigencias del amor que, siendo
«fuerte como la muerte», separa de todo y arranca implacablemente todo
del alma para constituirla en la profunda y deliciosa soledad que prepara la
unión.
Pero si el Amor separa es para unir, si arranca es para plantar, si vacía
es para llenar, si pone en soledad al alma: es para henchir con su plenitud
esa soledad inmensa. Los que se aman necesitan estar solos para mirarse
sin obstáculo, para amarse sin estorbo, para hablarse sin testigos, para:
fundir sus corazones en el aislamiento magnífico, en la purísima unidad
del amor.
A esa comunión íntima de Amor aspira el Huésped dulcísimo de
nuestras almas, y el misterio de esa comunión se realiza por las virtudes
teologales.,
Para mirar al Espíritu Santo no basta nuestra inteligencia natural por
clara, profunda e ilustrada que sea; para amarlo no es suficiente nuestro
corazón humano, aunque sea profundo, tierno y ardiente; para tocarlo, para
abrazarlo, no alcanzan las pobres fuerzas de nuestra alma. Se necesitan
ojos más profundos, un corazón nuevo y brazos vigorosos para alcanzar
esa divina intimidad. Las prerrogativas naturales del más perfecto de los
serafines no bastan para tocar a Dios de esa manera sobrenatural y divina,
54

a la que Él se ha dignado de llamarnos en el exceso de su misericordia y de
su amor.
Porque no debemos olvidar que esa intimidad con Dios que el
Espíritu Santo comunica al alma, cuyo germen viene a ella con la gracia,
cuya plenitud es la santidad y cuya consumación es el cielo, es algo divino
que está por encima de todas las fuerzas creadas y que requiere principios
de actividad sobrenaturales y divinos.
Estos principios que el Espíritu Santo comunica al alma cuando toma
posesión de ella son múltiples y variados; pero los únicos que pueden tocar
íntimamente a Dios son las virtudes teologales. Las demás virtudes
purifican al alma, quitan de ella los obstáculos para la unión, la aproximan
a Dios, la atavían, la hermosean; pero ninguna de ellas ni todas juntas
pueden hacer que el alma toque a Dios, porque de ninguna de ellas es Dios
el objeto propio.
Aun los mismos Dones del Espíritu Santo, instrumentos nobilísimos
del Artista divino, finísimas realidades sobrenaturales que elevan al alma a
regiones divinas; aun los mismos Dones del Espíritu Santo, superiores a
las virtudes morales infusas, no pueden por sí mismos tocar a Dios, sino
que están al servicio de las virtudes teologales, superiores a ellos, y que los
regulan y dirigen, porque ellas tienen por objeto propio a Dios y tienen,
por consiguiente, el privilegio inefable de tocarlo.
Sin duda que las virtudes teologales, para realizar las operaciones
más altas y admirables de la vida espiritual, necesitan del precioso
concurso de los Dones; pero la esencia de la intimidad del alma con Dios
está en el ejercicio de las virtudes teologales, y especialmente en el
ejercicio de la caridad, reina de las virtudes; forma de ellas vínculo de la
perfección, que enlaza y armoniza las virtudes y los Dones en la divina
unidad del amor y sirve de fundamento a la mutua posesión del Espíritu
Santo y del alma.
El fondo de la oración, la base del recogimiento, la medula de la vida
interior es el ejercicio de las virtudes teologales.
Quizá no se piense suficientemente en la importancia de estas
virtudes; quizá no se les dé en la vida espiritual el lugar que les
corresponde; quizá por falta de sólida instrucción, por un exagerado
espíritu práctico y hasta por una humildad mal entendida, se descuidan a
las veces esas virtudes divinas para dedicarse a otras más humanas. Y, sin
embargo, las virtudes teologales son las virtudes supremas, no solamente
por su excelencia, sino por su importancia práctica, por su solidez de
55

bases, porque son, cómo hemos dicho, los principios de la intimidad con
Dios.
Nuestro gran deber con el Huésped divino de nuestra alma es nuestra
intimidad con Él. Bueno es lavar los pies al huésped que penetra a nuestra
morada y sentarlo a nuestra mesa y prepararle un banquete; pero es mejor
tratarlo con cortesía y con cariño, acompañarlo mientras está bajo nuestro
techo y mirarle y hablarle y escucharle y darle muestras de amistad y de
amor. Y si quien nos visita es el Amado, el Unico de nuestro corazón, ¡ah!,
entonces nuestros ojos no aciertan a separarse de su rostro bellísimo, ni se
cansan de acariciarlo nuestras manos y el corazón enamorado se escapa del
pecho para fundirse en su Corazón.
Pues bien: esta amorosa intimidad que el Espíritu anhela y por la que
suspira el alma, no puede realizarse sino, por las virtudes teologales. Es
preciso repetirlo: las otras virtudes vacían al alma, la ponen en la ansiada
soledad, la limpian y atavían; pero para comunicarse con el Amado en
amorosa soledad son necesarias las virtudes teologales: la fe son los ojos
que lo contemplan entre sombras; la esperanza son los brazos que lo tocan,
triunfando del tiempo y hundiéndose en la eternidad; y el corazón que lo
ama, que se funde en inefable caricia con el corazón del Amado es la
caridad, amor creado hecho a imagen y semejanza del Amor increado,
vínculo que une estrechamente al alma con el Espíritu Santo, esencia de la
perfección y forma de todas las virtudes
***
La presencia del Espíritu Santo en nuestras almas exige de nosotros
que nos demos cuenta de ella, que tengamos; la dulcísima convicción de
que Él habita en nuestros corazones, que vivamos bajo su mirada y lo
busque la nuestra. ¡Qué dulce es vivir a la luz de esa mutua mirada! A las
veces esa mirada se hace tan profunda, que parece hundirse en el seno de
Dios, tan clara, que su luz semeja la aurora del día eterno, tan dulce, que se
diría una irradiación de los cielos; entonces es fácil y gustoso vivir en el
fondo del alma en amorosa intimidad con el Huésped divino. A las veces,
empero, el cielo del alma se oscurece y en la inmensa soledad no queda ni
un rayo de luz, ni un vestigio de la antigua dulzura; ¡parece que el corazón;
está vacío y que el alma ha perdido su inefable tesoro! ¡Qué difícil es el
recogimiento! ¡Con qué tedio corren las horas y con qué amargura se
arrastra el alma por el sendero que conduce a Dios! Pero en medio de esas
vicisitudes necesarias de la vida espiritual hay algo que no cambia, que no
acaba, algo muy sólido que no deja extraviar al alma y que, como brújula
56

segura, le marca el rumbo divino: es la fe, que nos descubre siempre lo
divino en donde quiera que se encuentre, que nos hace mirar al Huésped
dulcísimo lo mismo entre las sombras de la desolación que en medio de la
claridad celestial del consuelo; la fe, que, apoyada en la firmeza
inquebrantable de la palabra de Dios, no necesita para vivir ni de
imágenes, ni de sentimientos, ni de esplendor, ni de dulzura, sino que se
afina en la desolación y se perfecciona en el consuelo, siempre firme,
siempre precisa, siempre recta.
Por eso dice la Escritura que «el justo vive de fe», y por eso San Juan
de la Cruz recomienda tanto a las almas que aspiran a la unión con Dios
esta vida de fe como el camino recto y seguro para alcanzar la cumbre.
Nuestra devoción al Espíritu Santo debe, pues, fundarse en la fe, que
es la base de la vida cristiana, la que realiza nuestra primera comunicación
con Dios, la que inicia nuestra intimidad con el Espíritu Santo,
produciendo en nuestro espíritu esa mirada que nos enlaza con el Espíritu
de luz, a quien llama la Iglesia: ¡O lux beatissima!, «¡Oh luz beatísima!», y
quien, según nos dijo Jesús, nos ha de enseñar toda verdad.
Sin duda que la fe es, por su naturaleza, imperfecta; pero para
corregir sus imperfecciones, en cuanto es posible, sirven los dones
intelectuales del Espíritu Santo, con los cuales la mirada de la fe se va
haciendo más penetrante, más comprensiva, más divina y hasta más
deliciosa.

57

X
EJERCICIOS DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES: ESPERANZA

Pero la fe no basta para la intimidad con Dios, aunque sea la primera
y fundamental comunicación con Él. Más que por la inteligencia, por el
corazón se alcanza esa perfecta intimidad, porque el Espíritu Santo es
Amor, y porque, como lo enseña Santo Tomás de Aquino, en esta vida es
mejor amar a Dios que conocerlo, y es más unitivo el amor que el
conocimiento. Para que la voluntad del hombre se ponga en íntimo
contacto con Dios, recibe las virtudes de la esperanza y de la caridad.
Por la esperanza tendemos al fin supremo de la vida, a la felicidad
sobrenatural del cielo, que es participación de la felicidad misma de Dios;
o, para expresarlo mejor, por la esperanza tendemos a Dios, nuestro fin,
nuestro bien, nuestra felicidad; y tendemos a Él no con la incertidumbre y
vaivén de las esperanzas humanas, sino con la seguridad inquebrantable de
quien se apoya en la fuerza amorosa de Dios. El término de la esperanza
está en la patria, porque es la eterna y plena posesión de Dios, porque
tenemos la divina promesa que no engaña, porque primero pasarán los
cielos y la tierra que la palabra de Dios; y si con la esperanza llevamos en
el alma la caridad, tenemos más que la promesa, pues poseemos en sustancia al Bien que poseeremos plenamente en el cielo, y el Espíritu Santo,
nuestro Huésped, nuestro Don, es la prenda de nuestra herencia, como lo
dice San Pablo: «Signati estis Spiritu promissionis sancto, qui est pignus
haereditatis nostrae.» (Estáis señalados con el Espíritu Santo de la
promesa, que es la prenda de nuestra herencia) (Ef 1, 13.14).
¡Qué esperanza tan segura la que tiene por prenda la posesión del
mismo Bien que se espera gozar plenamente!
¡Qué dicha llevar en el alma el germen de la gloria, la sustancia del
cielo! Nuestra vida espiritual es verdaderamente la vida eterna. Por eso
Jesús nos dijo: «Qui credit in me habet vitam aeternam.» (Quien cree en
Mí tiene la vida eterna) (Jn 3, 36). No dice tendrá, sino tiene; porque en el
58

fondo la vida de la gracia y la vida de la gloria son la misma vida
sobrenatural; en germen, por la gracia; en su plenitud, por la gloria. Por
eso también la Santa Iglesia nos enseña que, al morir, nuestra vida
espiritual no se pierde, sino que se transforma: «Tuis enim fidelibus vita
mutatur, non tolitur» (Pref. de Difuntos).
De la firmeza con que esperamos la vida eterna se desprende, por
legítima consecuencia, la firmeza con que debemos esperar todos los
medios necesarios para alcanzar esa felicidad. No caminamos al azar en
nuestra peregrinación hacia el cielo: la fe nos marca el rumbo cierto, la esperanza nos da un apoyo inquebrantable; la fe nos hace vivir la luz, la
esperanza nos hace vivir confiados.
Para comprender la importancia práctica de la virtud de la esperanza,
notemos que el más común y el más peligroso obstáculo para alcanzar la
perfección es el desaliento: las faltas, las tentaciones, las arideces que en
toda vida espiritual se encuentran, producen el desaliento en las almas y
éste apaga el fervor y agota la generosidad y detiene la marcha hacia la
perfección. Mientras hay confianza cualquier obstáculo se vence, cualquier
sacrificio se hace fácil, cualquiera lucha es coronada por el triunfo; pero
cuando el desaliento invade a un alma, ésta, sin energía y sin apoyo,
fácilmente se detiene, se extravía y hasta se hunde. Por eso enseña Santo
Tomás (IIa. IIae., q. XX, a. 3) que, aunque la desesperación no es el mayor de
los pecados, pues en sí mismos considerados son más graves que la
desesperación, la infidelidad y el odio a Dios que se oponen a la fe y a la
caridad; por parte nuestra, la desesperación es el más peligroso de los
pecados, y cita estas palabras de San Isidoro: «Perpetrare flagitum aliquod,
mors animae est; sed desperare est descendere in infernum.» (Cometer un
crimen es la muerte del alma; pero desesperar es descender al infierno.)
Y cuanto más se adelante en la vida espiritual, más robusta debe ser
la esperanza, porque son más terribles las luchas y más grandes los
sacrificios y más altas y desconocidas las íntimas operaciones de la gracia.
Pero conviene señalar las relaciones que existen entre el Espíritu
Santo y la virtud de la esperanza. El divino Espíritu no es solamente luz y
fuego, es también fuerza: es la unción espiritual —spiritalis unctio —que
vigoriza a los que luchan en la tierra, la virtud del Altísimo, el Don de la
diestra omnipotente del Padre. Para consagrarnos a Él no basta que
nuestros ojos no se aparten de su luz y que nuestro corazón se abra a las
efusiones santas de su amor, sino que es preciso también que nuestro brazo
se apoye en su brazo fortísimo, que, como la Esposa de los Cantares,
subamos del desierto de nuestra miseria por el sendero luminoso de la fe,
59

embriagados con las delicias de la caridad y apoyados por la esperanza en
el brazo del Amado, en el brazo del amor.
Si la fe nos da la intimidad de la luz con el Espíritu Santo y la caridad
nos enriquece con la del Amor, la esperanza nos pone en comunión con la
fuerza del Altísimo, y abre nuestra alma a todos los auxilios
sobrenaturales, de los que el Espíritu es fuente viva e inagotable.
La esperanza es una capacidad sobrenatural para recibir al Espíritu
Santo, al Dios que auxilia y santifica, con todos los divinos arroyos que de
esta fuente brotan; y cuando Él mismo ha satisfecho esa capacidad de
nuestra alma, consuma nuestra esperanza, porque es el Espíritu de la
promesa y la prenda de nuestra herencia, como lo oímos de los labios de
San Pablo.
La vida espiritual y, por consiguiente, la verdadera devoción al
Espíritu Santo, están compuestas de luz y de confianza y necesitan del
ejercicio de las dos primeras virtudes teologales.
Pero más que de la luz y de confianza, esta devoción fecunda está
compuesta de amor; ¿cómo no habrá de ser sustancialmente amor la
devoción al Amor personal de Dios?

60

XI
EJERCICIOS DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES: CARIDAD

Lo dicho en los artículos anteriores acerca del desprendimiento, de la
atención amorosa al Huésped de nuestras almas y aun acerca del ejercicio
de la fe y de la esperanza para tocar a Dios, no es más que la preparación
para lo que constituye el fondo de la devoción al Espíritu Santo, que es el
amor, o lo que debe acompañar a este fondo divino.
Lo esencial de esta devoción es el amor, porque el Espíritu Santo es
el Amor infinito y personal de Dios, y su obra es obra de amor, y lo que
busca y anhela es establecer en las almas el dichoso reinado del amor.
¿Cómo corresponder al Amor sino con amor? ¿Cómo colmar sus anhelos y
satisfacer sus divinas exigencias y cooperar a sus designios y utilizar sus
dones, sino por el amor?
Pero el amor más perfecto y excelente es el amor de caridad, para el
cual el mismo divino Espíritu derrama en nuestros corazones la tercera
virtud teologal.
San Pablo hace un pomposo elogio de la virtud de la caridad en el
capítulo XIII de la II Epístola a los Corintios. Allí enseña el Apóstol que la
caridad es el más excelente de los dones de Dios, la forma de todas las
virtudes y algo divino y celestial que no acaba con la vida, sino que acompaña al alma en la eternidad.
La caridad es la imagen más perfecta del Espíritu Santo, y tiene con
Él relaciones estrechísimas: cuando hay en un alma la caridad, en ella vive
el Espíritu Santo, y cuando este divino Espíritu se da a un alma, derrama
en ella la caridad.
El grado de caridad que posee un alma es la medida de la posesión
mutua del Espíritu, y de ella es la medida de todas las virtudes infusas y de
los Dones del Espíritu Santo, es la medida de la gracia y de la gloria.
Si, pues, la verdadera devoción al Espíritu Santo es la posesión mutua
de Él y del alma, es claro que la caridad es el fondo de esta devoción,
61

como es el elemento formal de la perfección cristiana. Todo lo demás
prepara el pleno reinado de la caridad o es su precisa consecuencia. Por
eso San Juan de la Cruz enseña que «es gran negocio para el alma ejercitar
en esta vida los actos de amor, porque, consumándose en breve, no se
detenga mucho acá o allá sin ver a Dios» (2). Y tan grande estima tiene el
santo de la caridad, que escribe: «Es más precioso delante de Él (de Dios)
y del alma un poquito de este puro amor, y más provecho hace a la Iglesia,
aunque parece que no hace nada, que todas estas obras juntas» (3).
Se piensa a veces que ejercitarse en el amor es propio de los
perfectos, y en un sentido es verdad, puesto que en las cumbres de la vida
espiritual bien puede decirse que el alma no hace otra cosa sino amar,
como lo expresa en la canción citada San Juan de la Cruz:
Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal en su servicio:
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
Pero en todas las etapas de la vida espiritual debe ejercitarse el amor;
en efecto, la caridad está en el alma desde que está en ella la gracia y
siempre es forma de las virtudes y vínculo de la perfección, esto es,
mueve, impulsa, dirige y coordina todas las virtudes y todos los dones
espirituales. Cualquiera que sea la obra que tiene que realizar el alma, sea
purificarse, sea progresar, sea unirse íntimamente con Dios, siempre el
principio impulsor y director es la caridad. El amor toma todas las formas
y realiza todas las empresas: en los principios de la vida espiritual limpia
el alma y arranca de ella cuanto se opone a su reinado, mediante las
virtudes morales; después dirige a los Dones del Espíritu Santo para que
completen la purificación del alma y la iluminen y preparen a la unión con
Dios; y al fin, une el alma con Dios y la enriquece de luz y la atavía con
virtudes y realiza con ella una obra divina de armonía y perfección.
El ejercicio de la caridad es un camino breve y deleitoso para
conseguir la santidad: breve, porque todo se simplifica cuando se trata a
fondo; deleitoso, porque el amor facilita todos los esfuerzos y dulcifica
todos los sacrificios. ¡Qué felices parecen todos los caminos cuando se
ama! ¡Qué aliento, qué fuerza, qué consuelo experimenta el alma cuando
está sostenida por el amor!
2
3

«Llama de amor viva». Ed. crit. C. I., pág. 408.
«Cant. Esp.», anot. a la can. XXIV, pág. 313.

62

Cierto que por estar conexas en la caridad todas las virtudes infusas,
no puede crecer una sin que las demás crezcan, como enseña Santo Tomás
de Aquino, y puede la una ser camino para conseguir las demás; pero no
cabe duda que, puesto que la caridad es la forma de todas, ejercitar esa
virtud reina es alcanzar rápida y dulcemente todas las virtudes.
Ama et fac quod vis (Ama y haz lo que quieras), dijo San Agustín. ¿Se
necesita la humildad? En el amor se encontrará el motivo más poderoso y
la fuerza más eficaz para aceptar la propia abyección. ¿Se anhela la
pobreza? Nada más pobre que el amor que deja todo para poseer todo. ¿Se
pretende conseguir la obediencia? Nada más dulce que someterse por amor
a quien es el representante del Amado. Y así de las demás virtudes, pues
dijo San Pablo en el lugar citado: «La caridad es sufrida, es dulce y
bienhechora; la caridad no es envidiosa, no es temeraria y precipitada; no
se enorgullece; no es ambiciosa, no busca su propio interés, no se irrita, no
concibe malas sospechas; no se huelga de la injusticia, sino que se
complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta.»
La manera especifica, por decirlo así, de desarrollar los dones del
Espíritu Santo, es ejercitar la caridad, pues en ella tienen sus profundas
raíces esos preciosos instrumentos del Espíritu Santo.
La oración, el recogimiento, el espíritu de mortificación, todos los
recursos más eficaces y necesarios para adelantar en la perfección, tienen
su raíz fecunda y su estímulo poderoso en la caridad.
Mas ¿para qué seguir analizando los principios de la vida espiritual?
Basta, para comprender la importancia que tiene en ella la caridad, insistir
en esta consideración que hemos hecho ya: cuanto más amemos con amor
de caridad, más poseeremos al Espíritu Santo y más seremos poseídos por
Él; ahora bien: Él es el santificador, el director supremo de todas nuestras
actividades sobrenaturales.
No quiere esto decir que no deban ejercitarse cuidadosa y
constantemente todas las virtudes, puesto que ellas preparan al alma para
el perfecto amor y realizan después las obras del amor; pero es preciso dar
a la caridad la importancia capital que le corresponde en la obra de la
santificación. Quien insistiera, por ejemplo, en la importancia que tiene en
la vida material el buen estado del sistema nervioso que rige todas nuestras
funciones vitales, no negaría por esto el cuidado que debe tenerse de todos
nuestros órganos, pero llamaría simplemente la atención acerca de la
importancia singular de aquel sistema.
63

***
Desde otro aspecto puede considerarse también este punto tan
interesante de la vida espiritual. Frecuentemente falta en las almas un ideal
claro que las guíe y una fuerza poderosa que las impulse en medio de las
luchas y de las vicisitudes y de los sacrificios constantes de la vida espiritual; conocen sus necesidades, saben los remedios, ven o entrevén, al
menos, el camino que deben seguir; pero, ¡ay!, se sienten débiles, a cada
paso se desalientan, con la mayor facilidad se dejan arrastrar por el tiempo
sin aprovecharlo y miran con pena que los años pasan sin que ellas
adelanten, a pesar de sus buenos deseos y de sus santos propósitos. ¿Qué
les falta? Un ideal preciso, una fuerza impulsora. Pues que amen, porque el
amor nos fija en el ideal y comunica a nuestra vida una fuerza extraordinaria. La caridad, al unirnos con Dios, nuestro fin, nos fija en el verdadero
ideal de nuestra vida, y por ser amor nos comunica la fuerza suprema, casi
diríamos la fuerza única que existe en el cielo y en la tierra.
Más aún: la caridad nos une y enlaza estrechamente con el Espíritu
Santo, esto es, nos pone en contacto con la llama divina, con el foco del
fuego divino, con la fuente única de la santidad. ¿Cómo no habrá de
quemarse quien es introducido en un horno ardiente? ¿Cómo no habrá de
santificarse quien se arroja en el seno santificador de la santidad por
esencia?
Pero abundan las preocupaciones, frutos de un criterio espiritual
estrecho, de concepciones inexactas de las cosas divinas y fomentadas, sin
duda, por el demonio para impedir a las almas su bien.
¿Cómo puedo atreverme a amar a Dios si estoy lleno de miserias y de
pecados? ¿Cómo podrá Dios amarme así para que haya la mutua
correspondencia que exige el amor? El amar a Dios no es solamente un
felicísimo derecho que todos tenemos, sino un dichosísimo deber. ¿No es
el primero y principal de los mandamientos: amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas? Para amar a
Dios no necesito ser yo bueno, sino que Él lo sea; el hecho de que yo sea
miserable e imperfecto no rebaja ni su hermosura incomprensible, ni su
bondad infinita, ni su misericordia sin limites, ni algún otro de los títulos
que tiene Dios a mi amor; antes bien, nuestras miserias, si bien las
consideramos, son un estímulo para amar más a Dios, pues ellas nos gritan
que debemos buscar fuera de nosotros lo que nuestro corazón anhela, que
debemos levantar nuestros ojos y nuestra alma al Amor misericordioso,
único que puede apiadarse de nuestras miserias y curarlas tiernamente;
64

porque nuestras miserias son un testimonio de la bondad inmensa de Dios,
que así, miserables, nos ama y no solamente nos otorga el derecho, sino
que nos impone el deber de amarlo.
¿Cómo nos ama Dios siendo como somos? Porque aquel amor no es
como el nuestro, pobre e indigente, que busca en el objeto amado lo que a
él le falta, y necesita, por consiguiente, que ese objeto sea rico y hermoso y
lleno de prendas singulares; no: el amor de Dios es amor de plenitud
infinita que no necesita nada y que no busca sino un vacío que llenar,
porque es esencialmente comunicable; seres pobres a quienes hacer felices,
porque es la Bondad misma; miserias que curar, porque es Misericordia
infinita. ¿Qué puede buscar el océano sino un cauce en que derramar su
plenitud? ¿Qué puede buscar el océano infinito de Dios sino el inmenso
vacío de nuestra miseria para llenarlo?
Si esperamos para amar a Dios y para ser por Él amados ser limpios,
ser fuertes, ser buenos, ya podíamos esperar toda la eternidad, o más bien
ya podíamos desesperar para siempre. Todo lo bueno que tenemos lo
recibimos del amor de Dios. Él no nos ama porque seamos puros o porque
seamos buenos, sino que si somos puros o buenos es porque Dios nos ama.
Nuestro amor, amor de indigencia, busca cualidades en el objeto amado; el
amor de Dios, amor de plenitud, no busca cualidades, sino las da; no pide,
sino que da, y' se da y se comunica sin reserva.
Precisamente lo que Dios nos pide, lo que exige de nosotros, lo que
vino a buscar a la tierra, en medio de los dolores y miserias de su vida
mortal, fue nuestro amor, el amor de sus pobres criaturas; sabía muy bien
que no encontraría sobre la tierra ni virtud, ni generosidad, ni hermosura,
ni necesitaba tales cosas, pues precisamente traía las manos henchidas de
esos dones; mas sabía que sobre la tierra había corazones pobres,
miserables y manchados, pero capaces de amar, y vino a pedirles que lo
amaran, vino a obligarlos con los extremos de su ternura, con las locuras
de su amor, a que lo amaran, y después de hablar de amor y de sufrir y
morir por amor y de empequeñecerse en la Santa Eucaristía por amor, se
quedó en el Sagrario, y como en otro tiempo, se sentó en el brocal del pozo
de Jacob, para decir a cada alma que viene a este mundo lo que dijo a la
Samaritana: «¡Tengo sed de amor! Alma, dame de beber...»

65

XII
CARACTERES DEL AMOR AL ESPÍRITU SANTO: DEJARSE
POSEER

El amor, hemos dicho, es el fondo de la devoción al Espíritu Santo,
como es el fondo de la perfección cristiana. Pero el amor, como reflejo de
Dios, como imagen suya, es algo muy simple que encierra en su simplicidad múltiples riquezas y variadísimas formas. ¿Quién podrá escrutar
las profundidades del amor?
Todos los matices de los afectos humanos se encuentran
admirablemente armonizados en el amor de caridad, pues éste es tierno
como el amor filial, confiado como el de la amistad, dulce y fecundo como
el amor de los esposos, y libre y puro y desinteresado y ternísimo como el
amor maternal.
Con todos estos matices, debemos amar a Dios; todas las fibras de
nuestro corazón deben vibrar cuando brote de allí el cántico armonioso y
pleno del amor.
Pero, puesto que Dios es uno en esencia y trino en Personas, nuestro
amor hacia Él, que es único, toma un especial matiz, según que se dirige a
cada una de las Personas divinas. Nuestro amor al Padre es tierno y
confiado, como de verdaderos hijos, ávido de glorificarlo, como su Unigénito nos lo enseñó con su palabra y con su ejemplo. El amor al Padre es la
pasión de que su voluntad sea cumplida en la tierra como en el cielo.
Nuestro amor al Hijo, que quiso encarnar por nosotros, se caracteriza
por la tendencia a una unión con Él, a una transformación en Él, realizada
por la imitación de sus ejemplos, por la participación de su vida, por la
comunicación de sus sufrimientos y de su cruz. Los caracteres de ese amor
los revela la Eucaristía, misterio de amor, de dolor y de unión.
El amor al Espíritu Santo tiene también su especial colorido, que
debemos estudiar para acabar de comprender su devoción.
66

***
Hemos explicado cómo el Espíritu Santo nos ama moviéndonos
como soplo divino que nos arrastra al seno de Dios, como fuego sagrado
que nos transforma en fuego, como artista divino que forma en nosotros a
Jesús. Pues, claro está que nuestro amor al Espíritu Santo debe caracterizarse por esa amorosa docilidad, por esa entrega plena, por esa
fidelidad constante del alma que se deja mover y dirigir y transformar por
la acción santificadora del Espíritu.
El ideal de nuestro amor al Padre es glorificarlo; el ideal de nuestro
amor al Hijo es transformarnos en Él; el ideal de nuestro amor al Espíritu
Santo es dejarnos poseer y mover por Él.
Para alcanzar esta santa docilidad a las mociones del Espíritu Santo
es preciso que el alma esté tan silenciosa y recogida que pueda escuchar la
voz del Espíritu; tan llena de pureza y de luz, que perciba sutilmente el
sentido de la divina inspiración; tan rendida a la voluntad de Dios, que la
abrace sin vacilar, y tan abnegada, que la ejecute sin detenerse ante ningún
sacrificio.
Todo esto lo realiza el amor por sí mismo o por las virtudes y dones
que coordina y dirige, porque el amor, como lo enseña San Pablo, «todo lo
cree, todo lo espera, todo lo soporta» (2 Cor 13).
***
El amor produce en el alma recogimiento y silencio: quien ama
distingue la voz del amado entre millares de voces; ¿no distingue una
madre la voz de su hijito en medio de todos los ruidos, no escucha, aun
dormida, su llanto inconfundible? El amor produce silencio, porque pone
al alma en soledad; recoge, porque concentra todas las actividades y todos
los deseos en el amado. El Espíritu Santo habla, sopla, inspira
frecuentísimamente a las almas, pero éstas no le escuchan sino en la
medida en que lo aman, en la proporción en que el amor las ha ungido de
silencio. Unidas estrechamente con el Espíritu Santo por el amor, las almas
sienten, por decirlo así, las secretas palpitaciones del Corazón de Dios.
Uno de los caracteres, pues, que debe tener el amor al Espíritu Santo
es esta atención solícita para escuchar su voz, para sentir sus inspiraciones,
para percibir hasta sus más delicados toques. Primero, las almas tienen que
luchar contra todos los ruidos que turban el silencio del alma, desprenderse
valerosamente de todas las criaturas, de todos los afectos, para que no
turben el recogimiento y la paz. Después, el amor va enseñoreándose poco
67

a poco del corazón y esparciendo por todas las facultades su hondo e
inteligente silencio.
La voz del Espíritu es suave; su moción, delicadísima, y para
recibirla, el alma necesita silencio y paz.
Mas no basta escuchar, es preciso comprender el divino lenguaje. «El
hombre animal, dice San Pablo, no percibe las cosas que son del Espíritu
de Dios; para él son necedad y no puede extenderlas, porque deben ser
espiritualmente examinadas. Mas el espiritual juzga todas las cosas, y él no
es juzgado por nadie. Porque ¿quién conoció el sentido del Señor, que lo
instruya? Mas nosotros tenemos el sentido del Cristo» (1 Cor 2, 1-16). Las
cosas del Espíritu tienen, por consiguiente, un sentido espiritual y secreto
que no todos perciben; para tener el sentido de lo divino, el alma ha de ser
pura, y en la proporción de su pureza juzga de las cosas espirituales y
penetra las divinas inspiraciones.
Pero la pureza que prepara el amor es por él producida y
maravillosamente perfeccionada; porque la pureza en su parte negativa es
alejamiento de lo terreno, y bajo su aspecto positivo es divinización, y el
amor diviniza uniendo al alma con Dios.
Así como el amor humano, por la unión que produce en los que se
aman, hace que el uno penetre en las intimidades del otro y adivine en
cierta manera sus ocultos sentimientos —¿quién no ha admirado las
prodigiosas intuiciones que tiene una madre para descubrir lo que su
pequeñuelo sufre o desea, expresado apenas por un grito ininteligible?—;
así el amor divino, haciendo que el alma penetre en las intimidades de
Dios y que Dios viva en los profundos senos del alma, produce ese
maravilloso sentido de lo divino que se muestra en las intuiciones de los
santos. Cuando Jesús resucitado apareció en las riberas del mar de
Tiberiades a los discípulos que pescaban en la barca de Pedro, ninguno de
ellos lo conoció, sino Juan, el Apóstol de la pureza y del amor, que dijo a
Pedro: «Dominus est» (Es el Señor) (Jn 21, 7). Las almas puras y amantes
poseen el secreto de descubrir a Jesús de cualquiera manera que se les
presente, porque los limpios de corazón ven a Dios y el amor traspasa
todos los velos. Ya venga Jesús radiante de gloria, ya empequeñeciéndose
y cubierto de ignominia, ya les traiga sus divinos consuelos o los regale
con sus hondas amarguras, esas almas sienten el hechizo de los divinos
perfumes y exclaman como el discípulo amado: Dominus est!
Y el alma amante que percibe en el silencio las divinas inspiraciones
y descubre el profundo sentido de ellas por su diáfana pureza, se deja
68

arrastrar también, dócil y ligera, por el soplo del Espíritu Santo. El amor
no pone resistencia a ese soplo divino, porque su esencia es darse, es
dejarse poseer, es entregarse a las divinas exigencias del Amor infinito. El
amor, por su naturaleza, es unión de voluntades, fusión de afectos,
identidad de tendencias. La Escritura expresa enérgicamente esta docilidad
de las almas que aman con estas palabras: «Quicumque Spiritu Dei
aguntur, ii sunt filii Dei» (Rom 8, 14). Todos los que son movidos por el
Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pero la palabra latina aguntur tiene
fuerza singular; podría traducirse por esta expresión, no castiza en verdad,
pero muy significativa: se dejan hacer.
Uno de los gozos más intensos y delicados del amor es precisamente
este abandono a las disposiciones y a la acción del Amado, esta dulce
esclavitud que hace que el alma pierda su propia soberanía para entregarse
al Amado, esta dicha inefable de tener dueño, más dulce —si cabe —que
sentirse dueño del Amado. ¡Misterio del amor que la Inteligencia no
explica, pero que siente el corazón! Amar es desaparecer, borrarse,
anonadarse para que se realice nuestra transformación en el Amado, para
fundirse en su magnífica unidad.
Este dulce abandono a todos los movimientos del amor es, a mi
juicio, el rasgo característico de nuestro amor al Espíritu Santo. Amar a
este divino Espíritu es dejarnos arrastrar por Él, como la pluma que ligera
se deja arrastrar por el viento; dejarnos poseer por Él, como la rama seca
se deja poseer por el fuego que la abrasa; dejarnos animar por Él, como
las cuerdas de una lira maravillosamente sensible parecen animarse por la
inspiración del artista que las hace vibrar.
Los grados de este abandono no son únicamente los grados del amor,
sino los grados de la perfección cristiana, pues la cumbre de ella se
caracteriza precisamente por la extensión y la constancia de las mociones
del Espíritu Santo en el alma que posee. Así lo enseña San Juan de la Cruz
en este pasaje, entre otros: «Porque el alma, como la verdadera hija de
Dios, en todo es movida por el Espíritu de Dios, como enseña San Pablo,
diciendo: «Que los que son movidos por el Espíritu de Dios son hijos del
mismo Dios.» De manera que, según lo que está dicho, el entendimiento
de esta alma es entendimiento de Dios, y la voluntad suya es voluntad de
Dios, y su memoria, memoria eterna de Dios, y su deleite, deleite de Dios.
Y la sustancia de esta alma, aunque no es sustancia de Dios, porque no
puede sustancialmente convertirse en Él, pero estando unida como aquí

69

está con Él y absorta en Él, es Dios por participación de Dios; lo cual
acaece en ese estado perfecto de vida espiritual» (4).
Sin duda que esta docilidad requiere abnegación, pues siempre será
verdad que el amor y el dolor son proporcionados entre sí, y que no puede
alcanzarse la perfección del uno sin la consumación del otro. El alma que
se abandona al Espíritu Santo se expone a todas las amorosas inmolaciones. El alma que con divina perfección fue poseída por el Espíritu Santo
como ninguna otra, fue el alma de Jesucristo; y nunca comprenderemos a
qué abismos de dolor fue conducida por el Divino Espíritu. La Escritura
nos enseña que el sacrificio del Calvario fue suprema inspiración del
Espíritu Santo. «Qui per Spiritum Sanctum semetipsum obtulit
immaculatum Deo» (Hb 9, 14). (Quien [Jesús] por el Espíritu Santo se
ofreció a Sí mismo inmaculado a Dios.)
La ruta del Espíritu Santo no varía; su soplo va siempre hacia el
Calvario; las alas nítidas de la divina Paloma se ciernen siempre sobre la
Cruz bendita, porque en ella está el amor en la tierra, como en el cielo está
en el seno de Dios.
Nuestro amor al Espíritu Santo debe ser, pues, de silencio, de pureza,
de abandono y de cruz.
¿No podríamos simbolizar estos caracteres en la cruz del apostolado?
Para que el Espíritu Santo se derrame plenamente en un alma es preciso
que sea como aquella cruz, esto es, que no se apoye sobre la tierra, que
resplandezca con la luz de la pureza y que sobre el símbolo de todos los
dolores arda con llamas celestiales el amor abandonado a todos los
sacrificios.

4

«Llama de amor viva». Ed. crit., pág. 427.

70

XIII
CARACTERES DEL AMOR AL ESPÍRITU SANTO: POSEERLO

Hemos repetido que la devoción al Espíritu Santo es amor, y
señalamos en el capítulo anterior los caracteres propios del amor al
Espíritu Santo. Amar al Espíritu Santo es dejarse poseer por Él con
docilidad suma, con pureza perfecta, con absoluta abnegación.
Pero el dejarse poseer es solamente una fase o aspecto del amor; la
otra, esencial también, es poseer. Poseer y dejarse poseer es toda la esencia
del amor, expresada en su lenguaje ardiente y dulcísimo por estas dos
palabras insondables: tuyo y mío. Así contaba la dicha de su amor la Esposa de los Cantares: «Dilectus meus mihi et ego illi.» (Mi Amado para mí
y yo para Él) (Cant 2, 16). Así expresó Jesús el misterio del Amor infinito en
su maravillosa oración al Padre: «Et mea omnia tua sunt et tua mea sunt.»
(Y todas mis cosas son tuyas, y todas las tuyas son mías) (Jn 17, 10). Así expresó en esa misma oración el anhelo supremo de su amor a los hombres:
«Ego in eis, et tu in me, ut sint consummati in unum.» (Yo en ellos, y Tú
en Mí, para que sean consumados en la unidad) (Jn 17, 26).
Ni puede uno dejarse poseer sin poseer también, pues esos dos
aspectos del amor que separa la imperfección de nuestra inteligencia son la
realidad única del amor, su profunda unidad que es el fondo del amor.
Amar al Espíritu Santo es, pues, dejarse poseer por Él; pero también
poseerlo, porque Él es no solamente el Director de nuestra vida, sino
también el don de Dios, nuestro don.
Se recordarán las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino antes
expuestas (Capítulo IV). Por la gracia no solamente puede el alma usar
libremente el don creado, sino también gozar de la misma Persona divina.
Este gozo se realiza cuando el alma «de tal manera se hace partícipe del
Verbo divino y del amor que de Él procede, que puede libremente conocer
de verdad a Dios y amarlo rectamente» (I., q. XXXVIII, a. 10).
71

Poseer al Amor es amarlo, es dejarse penetrar por su fuego y arder en
él, es recibir las ardientes efusiones del amor y en ellas al Amor mismo.
Esta posesión tiene sus grados: basta el menor grado de caridad para
poseer al Espíritu Santo; porque Él y la caridad son inseparables, según
aquellas palabras del apóstol San Pablo: «Caritas Dei diffusa est in
cordibus nostris per Spiritu Sanctum qui datus est nobis.» (La caridad de
Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se
nos da) (Rom 5, 5).
Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nosotros la caridad, y
con el amor creado se nos da el increado, de suerte que el principio y el
germen de la caridad es el Espíritu Santo.
Cuanto más crece en el alma la caridad, más crece también esta
dichosa posesión del don de Dios. El Espíritu Santo es más nuestro cuanto
más lo amamos, y más lo amamos cuanto somos más suyos; en otras
palabras: cuanto más perfectamente es principio de nuestro amor el Espíritu Santo, más perfectamente es el término de ese mismo amor, más
perfectamente es nuestro don.
Para tener idea de esos grados de posesión, conviene considerar el
grado perfecto, pues de ordinario lo perfecto nos hace conocer lo
imperfecto, como juzgamos de la semilla por el fruto maduro.
Son frecuentes en los místicos expresiones como éstas: Amar con el
Corazón de Dios, amar con el Espíritu Santo. Algunas almas, como Santa
Catalina de Sena, nos refieren que Dios hizo en ellas un cambio de
corazones, que les dio su Corazón divino.
Sin duda que estas expresiones no deben entenderse a la letra; pero
debemos guardarnos de ver en ellas figuras estériles, como las que
empleamos para expresar nuestros pobres sentimientos terrenos, los cuales
no expresan sino la intensidad de nuestros afectos o el ardor de nuestros
deseos.
Bajo estas expresiones simbólicas de los santos se esconden
misteriosas realidades que es útil vislumbrar.
Todo acto de caridad procede del hábito de esta virtud que el Espíritu
Santo infunde en nuestros corazones. Por imperfecto que sea un acto de
amor, amamos con la caridad, que es el más perfecto don sobrenatural que
recibimos en la tierra, que es imagen creada, pero perfectísima, del
Espíritu Santo.

72

Mas podemos usar de la caridad de dos maneras: moviéndonos por
nosotros mismos al acto de amor, o siendo movidos a él por el Espíritu
Santo con esa especial moción explicada en el capítulo VI de este estudio.
Cuando amamos bajo la especial moción del Espíritu Santo, puede
decirse con rigor teológico que aquel acto es divino, que es acto del
Espíritu Santo, que amamos con el Espíritu Santo.
La razón es que, como enseña Santo Tomás, la producción de algún
efecto no se atribuye al móvil, sino al motor. Por tanto, en aquel efecto en
que nuestra alma es movida no moviente, y sólo Dios es moviente, la
operación se atribuye a Dios (IIae., q. CXI, a. 2). Y tal es el caso del alma
que obra bajo la especial moción del Espíritu Santo, como el mismo Santo
Doctor lo asegura (5): «El hombre espiritual no se inclina a hacer algo
como por el movimiento de la propia voluntad principalmente, sino por el
instinto del Espíritu Santo.»
A este amor realizado bajo la especial moción del Espíritu Santo
llaman los místicos amor pasivo: no ciertamente porque el alma no obre al
producirlo; lejos de esto, nunca es tan activa el alma como entonces, sino
que le llaman pasivo, porque no es el alma quien se mueve a sí misma,
sino que el Espíritu Santo la mueve y ella obra bajo su impulso divino.
El acto de amor pasivo es del Espíritu Santo y del alma, y más del
Espíritu Santo que del alma; por eso puede decirse con verdad que el
Espíritu Santo ama en el alma y que el alma ama con el Espíritu Santo;
sobre todo, cuando este amor pasivo ha llegado a su perfección.
Nos ayudará a comprender esta doctrina una comparación que
emplea San Juan de la Cruz para explicar algo semejante: un leño es
arrojado al fuego; éste lo envuelve, lo penetra, lo posee; para el leño, ser
poseído por el fuego y arder es una misma cosa. Mas al principio el leño
no arde totalmente, porque el fuego no lo ha penetrado del todo. Poco a
poco se realiza esta penetración, esta posesión, y en el grado de ella el leño
arde, hasta que, penetrado perfectamente por el fuego, el leño se convierte
en fuego y arde con el mismo fuego que lo penetró y participa de todos los
caracteres del fuego.
Con mucha razón el Espíritu Santo es llamado fuego: fons vivus,
ignis, caritas; fuente viva, fuego, caridad, porque es amor. La vida
espiritual no es otra cosa que la penetración del alma por ese fuego divino.
El Espíritu Santo posee al alma, y el alma arde, esto es, ama; al ser poseída
por el Amor posee ella al Amor: ama. La caridad es el fuego íntimo que
5

In Epist, ad Rom., VIII. 14.

73

abrasa al alma; pero el Espíritu Santo, íntimo también al alma, es el
principio que produce ese fuego es su término dichoso. Al principio no
arde totalmente el alma, porque necesita purificarse para que el fuego
divino la penetre y posea con toda perfección. Poco a poco se va
realizando esa divina penetración, y el alma, poco a poco, va ardiendo más
totalmente, más profundamente, más perfectamente; y llega a ser tan
completa esa espiritual combustión del alma, que ésta se diviniza: diríase
trocada en fuego, en amor; en cierta manera arde con el fuego de Dios,
ama con el Espíritu Santo, porque este divino Espíritu la mueve para amar
tan íntima y plenamente que aquel amor se atribuye con toda verdad al Espíritu Santo. El Espíritu de Dios ama en el alma; el alma ama con el
Espíritu Santo.
Como el leño perfectamente penetrado por el fuego toma los
caracteres mismos del fuego, el amor del alma que ama así con el Espíritu
Santo participa de los divinos caracteres del Amor eterno. ¿Quién podrá
describir ese Amor? Como dice la Escritura, es «santo, único, múltiple,
sutil, elocuente, móvil, inmaculado, cierto, suave, amante del bien, agudo,
al que nada resiste, bienhechor, humano, benigno, estable, seguro, que
tiene toda virtud, que mira todas las cosas y que toma todos los espíritus,
inteligible, limpio» (Sab 7, 22-23). ¿No es acaso el Amor el Espíritu de la
Sabiduría?
¡Qué amplio y bello y provechoso comentario podría hacerse de este
pasaje de la Escritura aplicado al Amor!
¡Cómo podrían señalarse en el amor perfecto todos los caracteres
participados del Amor infinito! ¡Cómo podrían notarse en ese Amor único
todos los matices, los múltiples matices de todo amor! ¡Cómo se podría
entender, entendiendo ese amor, la vida nueva, la «vida oculta con Jesucristo en Dios» de que nos habla San Pablo y que no es sino la
participación del amor eterno, la altísima e inefable intimidad con la
Santísima Trinidad que ese amor produce! ¡Cómo se entendería lo divino,
lo fecundo, lo abnegado, lo heroico, lo tierno, lo salvador del amor al
prójimo, comprendiendo cómo se le debe amar en el Espíritu Santo!
Cuando se ha llegado a esta perfección de amor, el alma es
perfectamente poseída por el Espíritu Santo, puesto que Él la mueve a su
entero beneplácito; y el alma posee perfectamente al Espíritu Santo, puesto
que, en el sentido explicado, ama con Él. El misterio del amor se ha
consumado, puesto que el alma ha logrado con el amor la más perfecta
unificación que es posible en la tierra, y ¿qué otra cosa es el amor sino
aspiración a la unidad o fruición de la unidad o expansión de la unidad?
74

Entonces el alma goza plenamente del don de Dios, porque se
realizan plenamente las expresiones citadas de Santo Tomás, esto es, de tal
manera participa del amor eterno, que libremente ama a Dios con plena
rectitud. Esta dichosa libertad y esta santa rectitud son consecuencia de esa
maravillosa unidad que en cierto sentido se ha realizado entre el Espíritu
Santo y el alma.
Desde las alturas de esta perfección pueden contemplarse los grados
de la mutua posesión del Espíritu Santo y del alma, como desde la cumbre
de una montaña se miran las ondulaciones del sendero que conduce a la
cima. En cada etapa de esta ascensión mística, el alma se va dejando
poseer del Espíritu Santo y lo va poseyendo exactamente en la proporción
en que es poseída; pues el Espíritu Santo es don del alma en el grado en
que es su Director, en la medida en que la mueve y posee. Esta mística
posesión, estos dos aspectos de una posesión única, forman como un anillo
divino: el amor, que al crecer estrecha y al perfeccionarse unifica y
simplifica y diviniza al alma; porque todas esas cosas inefables, amor,
simplicidad, unidad, son reflejos de Dios, que es unidad inefable,
simplicidad infinita y caridad eterna,

75

XIV
EL ESPÍRITU SANTO NOS LLEVA AL VERBO

No se acabaría de comprender la devoción al Espíritu Santo si no se
comprendiera que tiene tan íntimo enlace con la devoción al Padre y al
Verbo, que por lógica divina conduce a esas devociones, como que en sus
elementos esenciales las contiene.
A la manera que en un rayo de sol hay luz, calor y energía química
que pueden artificialmente separarse para estudiar y utilizar estas tres
cosas, pero que están fundidas en la realidad natural del rayo solar, así las
devociones a las tres Personas divinas deben formar una realidad sobrenatural única, aunque al pasar por el prisma de nuestro espíritu limitado
parezcan separarse para que se adapten a la imperfección de nuestra
inteligencia, que no puede, desde luego, abrazar el conjunto de una sola
mirada, y para que se ajusten a las exigencias de nuestro corazón, cuyo
amor va tomando sucesivamente diversos matices.
Siendo el Espíritu Santo el amor del Padre y del Hijo, infunde en el
alma que mueve, en el corazón que posee, un amor al Padre semejante al
que el Hijo le tiene y un amor al Verbo semejante al del Padre celestial.
Sobre todo, en el alma que posee al Espíritu Santo y es poseída por Él —
al grado que pueda decirse, como se explicó en el capítulo anterior, que
ama con el Espíritu Santo—, hay una imagen limitada, pero inefable, del
misterio de amor de la Trinidad, pues esa alma ama al Padre a la manera
del Verbo y ama a Éste a la manera de Aquél.
Con su insondable sencillez la Escritura nos señala este misterio,
diciéndonos que por el Espíritu Santo clamamos al Padre y pronunciamos
el nombre de Jesús: «Accepistis Spiritum adoptionis filiorum, in quo
clamamus: Abba (Pater)» (Rom 8, 15), y añade: «Porque el mismo Espíritu
da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.» (Ipse enim
Spiritus testimonium reddit spiritui nostro quod sumus filii Dei) (Rom 8,
16). Y en la Epístola primera a los Corintios el mismo San Pablo nos
76

enseña: «Nemo potest dicere: Dominus Jesús nisi in Spiritu Sancto.»
(Nadie puede decir Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo.) Clamar al Padre
es tener la conciencia de nuestra filiación y sentir en nuestras entrañas la
ternura de hijos. Decir Señor Jesús no es pronunciar simplemente con
nuestros labios ese nombre dulcísimo, sino decir en lo íntimo de nuestras
almas esas palabras como fruto de la contemplación de nuestra
inteligencia, como grito de amor de nuestro corazón. Por tanto, el Espíritu
Santo nos revela nuestras relaciones con las otras Personas divinas, y nos
hace amar a esas Personas, cuyo vínculo amoroso es Él.
El Espíritu Santo, explica Santo Tomás (II IIae., q. XLV, a. 6 ad I), en
tanto se dice espíritu de adopción, en cuanto que por Él se nos da la
semejanza del Hijo natural, que es la sabiduría engendrada.
El Espíritu Santo, pues, nos hace hijos del Padre y nos hace
semejantes al Hijo, y por eso la devoción al Espíritu Santo nos lleva a la
devoción al Padre y al Verbo.
No necesitamos insistir en este punto, porque en el capítulo VI de
este estudio mostramos cómo toda la acción santificadora del Espíritu se
reduce a reproducir en el alma el ideal del Padre, transformándola en
Jesús. Pero debemos exponer la cooperación que el alma debe prestar a
esta obra divina.
Comparamos al Espíritu Santo a un artista que infunde en la materia
el ideal de su alma. Exacta es la comparación, pero imperfecta. La materia
es inerte; el mármol no puede conocer la transformación que en él va a
realizarse, ni puede sospechar la forma artística de que va a ser revestido,
ni amar la belleza que va a recibir, ni cooperar a la acción del estatuario,
sino dejándose desgarrar y pulir. El alma, empero, sobre la cual trabaja el
Artista divino, tiene conocimiento y amor; puede recibir de Dios la
revelación de sus designios, puede amarlos con la fuerza increíble de amar
que de Dios ha recibido y puede ser al mismo tiempo mármol y cincel,
materia artística que se transforma en instrumento inteligente y libre en las
manos de Dios.
El alma sabe que va a ser Jesús y ama a ese Jesús que va a unirse con
ella de manera inefable, y no solamente ' se deja desgarrar y pulir por el
cincel del Espíritu Santo, sino que ella misma se despoja de cuanto puede
impedir su divina transformación, y pone a disposición del Artista su amor
y libre voluntad de inmolación.
Cuando se dice que el alma es pasiva en las íntimas operaciones de la
gracia, esto no significa que no obre ni que su operación deje de ser
77

voluntaria y libre, sino que esas operaciones son de tal manera dirigidas
por el Espíritu de Dios, que, según la doctrina de Santo Tomás de Aquino,
expuesta ya, deben atribuirse más al Espíritu Santo que al alma.
El alma debe conocer el ideal del Espíritu Santo de la manera más
precisa y clara que le sea posible. ¡Cuántas veces las almas se detienen y
detienen la acción del Espíritu Santo por no conocer su ideal! Viajeros que
cruzan la inmensidad de la vida sin saber con precisión adónde se dirigen;
marinos sin brújula perdidos en la soledad de los mares; las almas que no
conocen su ideal andan desorientadas, trabajando mucho y consiguiendo
poco, caminando con penosos esfuerzos sin encontrar el puerto seguro de
sus anhelos.
Las almas que buscan la perfección deben saber en qué « consiste lo
que buscan para que no caminen al acaso, para que no luchen al azar, para
que no azoten el aire estérilmente, según la expresión de San Pablo.
Sin duda no necesitan todas las almas conocer con la exactitud de un
teólogo la naturaleza de la perfección cristiana; pero las almas de buena
voluntad, con la sencillez de su fe y con las intuiciones de su amor,
encuentran su rumbo con exactitud y seguridad admirables; como
encuentra su nido el ave por su instinto maravilloso con mayor precisión
que lo encontraría un sabio provisto de los mejores instrumentos.
Pero queremos insistir en esto; las almas deben fijar su ideal, los
directores deben ayudarles en esta empresa trascendental. Hay almas,
muchas almas, gracias a Dios, que quieren ser santas; pero no teniendo de
la santidad sino un concepto vago y a la vez inexacto, caminan sin rumbo,
expuestas a lamentables desviaciones y a peligrosos descarríos.
El ideal es Jesús. Él mismo dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la
vida» (Jn 14, 6). Jesús es la luz que guía por su doctrina salvadora, es el
camino por sus divinos ejemplos, y la vida verdadera que introduce en el
océano de la vida infinita.
Y por Jesús se va al Padre, en cuyo seno se consuma todo, como
indica San Pablo al señalar el orden establecido por Dios en las cosas
humanas: «Omnia vestra sunt; vos autem Christi; Christus autem Dei.»
(Todo es vuestro; mas vosotros sois de Cristo, mas Cristo es de Dios) (1
Cor 3, 23). Todas las cosas están ordenadas a nosotros, nosotros a Cristo y
Cristo a Dios.
Transformarnos en Jesús para producir el ideal del Padre y
revestirnos de su gloria —pues Jesús es el ideal y la gloria del Padre—, es
la meta de la perfección.
78

Y hacia allá nos conduce el Espíritu Santo, y al tomar posesión de un
alma le infunde ese ideal y el anhelo de alcanzarlo. Como un viento que
arrastra consigo a una hoja le imprime su misma dirección y la conduce a
su propio término, el Espíritu Santo, comparado en la Escritura a un viento
impetuoso, al arrebatar a las almas, las encamina hacia el Padre y el Hijo,
comunicándoles su propia dirección; pues, lo dijimos ya, el Espíritu Santo
recorre siempre una ruta invariable e inmensa; viene del Padre y del Hijo,
y hacia esas divinas Personas se encamina arrastrando consigo a las almas.
No puede, por tanto, llegar a su pleno desarrollo la devoción al
Espíritu Santo sin que haya en el alma esa divina orientación hacia el
Padre y al Hijo, como no puede ser arrastrada una hoja por el viento sin
que siga la misma dirección que éste.
Pero notemos que aunque todas las almas estén destinadas a
reproducir a Jesús, no todas lo reproducen de la misma manera, porque el
Espíritu Santo distribuye sus dones como le place: «Haec omnia operatur
unus atque idem Spiritus, dividens singulis prout vult» —dice San Pablo
— (Todas esas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, distribuyéndolas a
cada uno como le place) (1 Cor 12, 11). Y aunque el Apóstol se refiere en
este pasaje a los carismas, algo semejante puede decirse aun de los demás
dones; porque aunque todos ellos se comuniquen a los justos, pero no en la
misma forma y con la misma medida, como el mismo Apóstol nos lo
enseña expresamente en la Epístola a los Efesios (4, 7): «Unicuique autem
nostrum data est gratia secundum mensuram donationis Christi» (Mas a
cada uno de nosotros es dada la gracia según la medida de la donación de
Cristo.»
Todos debemos reproducir a Jesús; pero no todos de la misma
manera. Tan sublime ideal es Jesús, que nadie lo puede reproducir
adecuadamente; ni la misma Santísima Virgen, la más fiel y perfecta
reproducción de Jesús, iguala ni agota el divino ideal. Y el Padre celestial,
en su amoroso afán de ver reproducida la imagen de su Hijo, ha querido
que cada alma lo reproduzca a su manera y que cada justo copie alguno o
algunos de los rasgos de Jesús.
Alguien ha dicho que no pudiendo Dios crear un infinito creó una
serie indefinida de criaturas que en la inmensa variedad de sus matices
copiaran las divinas perfecciones de Dios y lo glorificaran. Esto que hizo
en el orden natural lo ha hecho con mayor perfección en el sobrenatural. El
universo material es también reproducción del Verbo de Dios, pues en cada
criatura brilla la semejanza con ese ideal único del Padre. Pero en el orden
sobrenatural las almas reproducen no ya la semejanza, sino la imagen del
79

Verbo encarnado. Ninguna puede reproducir totalmente esa imagen; pero
en la variedad riquísima de las almas santas se van reproduciendo los diversos aspectos, por decirlo así, del divino Jesús.
¡Espectáculo bellísimo el de los cielos! Allí no se verá por todas
partes sino a Jesús reproducido en los bienaventurados, pero cada uno de
éstos una imagen de Jesús distinta de las demás. Habrá en todos una
portentosa variedad y una unidad perfectísima.
Unas almas están destinadas a reproducir al Jesús del pesebre con sus
maravillosas virtudes infantiles; otras, al Jesús de Nazaret, silencioso y
contemplativo; éstas, al Jesús, Apóstol y Maestro, que en la plenitud de su
vida enseña y vivifica, consuela y salva; aquéllas, al Jesús del Cenáculo,
transfigurado de amor, al Jesús de los sagrarios que ama en silencio y se
ofrece místicamente en sacrificio; quiénes reproducirán la inenarrable
agonía de Getsemaní; quiénes, el sangriento sacrificio del Calvario.
¿Para qué continuar? ¿Pueden, acaso, expresarse los variados matices
con que pueden las almas reproducir a Jesús?
Y cada alma, para fijar su ideal, necesita buscar la manera como a
Dios le parece que reproduzca a Jesús. No es poco importante para cada
alma encontrar con precisión su camino y determinar su rumbo. ¡Cuántas
almas fracasan por errar su camino! ¿Hubiera podido San Juan, el discípulo amado, recorrer el camino de San Pablo? ¿Podrían haber trocado sus
senderos San Agustín y San Pablo, primer ermitaño? ¿Francisco Javier
habría llegado a la misma gloria, siguiendo el rumbo de San José de
Cupertino? Santa Teresa de Jesús no es Juana de Arco, ni Gemma Galgani
es Teresa de Lisieux. Todos los santos son admirables, pero distintos unos
de otros; para llegar a donde llegaron les fue preciso encontrar con
exactitud su camino. En muchos de ellos hubo vacilaciones, hasta que, dóciles al Espíritu Santo, tomaron su rumbo preciso.
Ni se crea que solamente las grandes almas tienen su misión y su
camino; todas las almas tienen una y otra cosa perfectamente
determinadas. No todas las almas tienen esas misiones grandiosas y
solemnes de los grandes santos, pero todas tienen su misión precisa. En el
Cuerpo místico de Jesús no todos hemos de ser el corazón que encierra el
amor y los ojos en los que brilla la luz íntima; algunos serán las manos que
bendicen, los pies que evangelizan; otros quedarán ocultos bajo sus divinas
vestiduras; pero todos somos miembros de ese Cuerpo y todos tenemos en
él nuestro lugar y nuestra función.
80

Fijar su ideal, descubrir los designios especiales de Dios sobre cada
una de ellas, es lo primero que deben hacer las almas que aspiran a la
perfección. Para lograrlo necesitan, sin duda, instruirse y ser bien dirigidas,
pero, sobre todo, ser dóciles a la intima dirección del Espíritu Santo, que se
' comunica a los sencillos y descubre sus secretos a las al\ mas de buena
voluntad.
El Espíritu Santo les mostrará a Jesús. «Ille me clarificabit», dijo el
Maestro (Jn 16, 14). El Espíritu glorificará a Jesús, lo iluminará para las
almas y les hará la revelación de Jesús. Y lo mostrará a cada alma como a
cada alma conviene, bajo aquel aspecto que el alma debe reproducir, en
aquellos misterios de los que ella ha de participar especialmente. Y al
mostrarles el ideal divino, el Espíritu Santo infunde en las almas el amor a
Jesús con aquel matiz que a cada una corresponde en los designios de
Dios, con aquel atractivo espiritual que es peculiar a cada alma. Con esa
luz divina y con ese amor sobrehumano el alma cooperará con el Espíritu
Santo en su propia transformación divina; no será el mármol, sin vida, que
se deja únicamente desgarrar y pulir por el cincel, sino que, dejándose
mover por el Artista divino, pondrá toda su energía al ser; vicio del
Espíritu Santo y arrancará de sí misma cuanto se oponga a su
transformación en Jesús, y con los ojos fijos en el divino Modelo y
perfectamente dócil a las santas inspiraciones, trabajará, sufrirá, hará
esfuerzos constantes para alcanzar la inefable semejanza con Jesús.
¿No es verdad que la devoción al Espíritu Santo trae consigo la
devoción a Jesús?

81

XV
EL ESPÍRITU SANTO NOS LLEVA AL PADRE

No solamente nos lleva al Verbo el Espíritu Santo, sino también al
conocimiento, al amor, al reposo del Padre. En esta devoción al Padre se
consuma la devoción al Espíritu Santo.
El amor no se comprende sin la unidad: el amor eterno es la unidad
inefable que enlaza al Padre y al Verbo, que los funde, diríamos en nuestro
lenguaje, en un ósculo infinito de amor. El amor creado es inmensa
aspiración de unidad que se consuma cuando se pierde en el océano
infinito de la unidad de Dios.
Por eso la caridad se consuma cuando el alma entra en la unidad de
Dios, en el gozo del Señor; por eso la suprema plegaria de Jesús fue que
todos fuéramos consumados en la unidad; por eso la primera y la última
aspiración del alma enamorada se expresa en el primer versículo del Cantar de los Cantares: «Osculetur me osculo oris sui.» (Béseme con el beso
de su boca.) La boca del Padre es el Verbo; el beso de su boca es el
Espíritu Santo. Por ese ósculo misterioso toda la Trinidad se comunica al
alma y el alma se comunica a toda la Trinidad. La consumación de la
unidad, que es la consumación del amor, consiste en que el alma
transformada en Jesús repose en el seno del Padre, en la unidad del
Espíritu Santo.
He aquí tres etapas divinas del divino amor: el alma es poseída por el
Espíritu Santo; el alma es transformada en el Verbo hecho carne; el alma
descansa en el seno del Padre celestial. Son tres aspectos de un mismo
amor, son tres formas de una misma devoción, son tres profundidades de
un mismo abismo de vida y de felicidad.
No se puede poseer al Espíritu Santo sin llevar en el fondo del alma
esa aspiración al Padre tan natural en lo sobrenatural, tan lógica en la vida
de la gracia, como es lógica y natural la elevación de la llama hacia lo alto,
la tendencia del agua hacia el océano, y, en una palabra, la intima
82

inclinación de todo lo que existe a buscar en su principio su consumación
y su descanso.
El Padre es principio: «Totius divinitatis, vel si melius dicitur, deitatis
principium Pater est», dice San Agustín (IV De Trinit., cap. XX). El Padre es
principio de toda la divinidad, o, si mejor se expresa, de toda la deidad. Y
aunque el ser principio del Universo es algo común a las tres divinas
Personas, por apropiación se atribuye al Padre.
Y porque el Padre es principio, es también término, en quien todo
encuentra su consumación y su descanso.
La caridad que el divino Espíritu derrama en nuestros corazones lleva
en su seno una inmensa aspiración al Padre.
***
Ni puede tampoco transformarse en Jesús sin aspirar inefablemente al
Padre. Ser Jesús es llevar en su corazón los íntimos sentimientos de Jesús,
y ¿no es el Corazón de Jesús urna divina aspiración al Padre?
Todo el Evangelio lo atestigua: el ideal de Jesús es glorificar al Padre;
su pasión es amarlo; su alimento es hacer la voluntad del Padre. Y el alma
transformada en Jesús tiene el mismo ideal, la misma divina pasión y el
mismo alimento celestial de Jesús.
La devoción al Padre es, pues, la lógica consumación de la devoción
al Espíritu Santo.
***
Los fieles quizá han olvidado la devoción al Padre; la Iglesia, no;
pues la mayor parte de sus oraciones se dirigen al Padre, por Jesucristo, en
el Espíritu Santo. En el sacrificio de la Misa, centro de la liturgia, fuente de
la vida, acto supremo de la adoración y del amor, la Santa Iglesia se dirige,
sobre todo en el canon, al Padre celestial, Jesús, por el ministerio del
sacerdote, se ofrece al Padre, y el Espíritu Santo lo consuma.
¿Por qué no entramos plenamente en el espíritu de la Iglesia, en los
sentimientos de Jesús? Jesús pidió al Padre que nos santificara en la
verdad, y la verdad suprema, la profunda, la fuente de toda verdad, es el
misterio inefable de la vida de Dios, el misterio augusto de la Trinidad, que
es el principio de nuestra vida espiritual y será su término felicísimo en los
cielos, y toda la esencia de nuestra vida sobrenatural es un reflejo de la
vida infinita de Dios.
83

Nos santificaremos plenamente en la verdad cuando entremos en la
profundidad del misterio inefable, cuando nuestra vida espiritual sea una
sólida devoción al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
La vida litúrgica que debíamos vivir, porque es la vida de la Iglesia,
¿qué otra cosa es sino la realización divinamente profunda y
maravillosamente artística de esas tres devociones que deben formar una
sola realidad sobrenatural en la luz de una misma fe, en el fuego de un
mismo amor, en el centro de un mismo sacrificio?
***
Pero conviene señalar los principales caracteres de la devoción al
Padre.
A nuestro juicio, son tres: la adoración en espíritu y en verdad,
porque en el Padre brilla la majestad divina; el amor filial, respetuoso y
tierno, porque el objeto de esa devoción es el Padre; y el anhelo de cumplir
la voluntad del Padre llevada hasta el abandono, porque esa voluntad es la
norma suprema de nuestra vida.
Lo hemos dicho ya: la vida de Jesús, que fue, o, más bien dicho, que
es una devoción plena, perfecta y viviente al Padre celestial, tiene estos
tres caracteres: su ideal fue la gloria del Padre; su esencia, un amor
apasionado a Él; su alimento, la voluntad del Padre.
Adorar, amar al Padre y cumplir su voluntad santísima, fue la vida de
Jesús y debe ser nuestra vida, nuestra verdadera devoción al Padre.
En el Padre brilla la majestad infinita, y a esta majestad se debe la
adoración. Jesús nos enseñó que esta adoración debe ser en espíritu y en
verdad. «Sed venit hora, et nunc est, quando veri adoratores adorabunt
Patrem in spiritu et veritate. Nam et Pater tales quaerit, qui adorent eum.
Spiritus est Deus; et eos qui adorant eum, in spiritu et veritate oportet
adorare» (Jn 4, 23-24). Pero viene la hora, y ésta es cuando los verdaderos
adoradores adorarán al
Padre en espíritu y en verdad. Porque tales adoradores busca el Padre.
Dios es espíritu y conviene que los que le adoran le adoren en espíritu y en
verdad.» Hay que adorar el Padre en la luz y en el amor; en la luz, que es
reflejo de la Luz eterna; en el amor, que es imagen del Amor infinito. Hay
que adorar al Padre en «Jesús, que es la Verdad, y en el Espíritu Santo, que
es el Amor».
Adorar al Padre en espíritu y en verdad es participar, en cuanto es
dado a la criatura, del misterio de la Trinidad, porque es contemplar la
84

majestad del Padre por los ojos de Jesús y anonadarse amorosamente ante
esa majestad bajo el impulso del Amor infinito.
La vida íntima de Jesús es la perfecta adoración del Padre en espíritu
y en verdad; en el fondo de su alma lleva Jesús ese abismo de adoración
que es la perfecta glorificación del Padre y la fuente de las palabras de
vida, de las obras portentosas, del sacrificio perfecto con que Jesús glorificó al Padre en su vida mortal y lo glorifica en su vida gloriosa y en su
vida mística. ¿Quién podrá escrutar ese abismo insondable? Pero de la
abundancia de su Corazón hablaban sus labios divinos, que parecían
destilar miel de los cielos cuando hablaban del Padre. La alegría divina
que Jesús llevaba escondida en su Corazón irradiaba en su exterior cuando
habla al Padre: «In ipsa hora exultavit Spiritu Sancto, et dixit: Confitebor
tibi, Pater, Domine caeli et terrae.» (En aquella hora se regocijó Jesús en el
Espíritu Santo, y dijo: Te confieso, Padre, Señor del cielo y de la tierra...)
(Lc 10, 21). ¡Qué misterios de gozo celestial, de santos entusiasmos se
esconden en esa expresión arcana: exultavit in Spiritu Sancto! En la
oración sacerdotal del Cenáculo, Jesús, siempre sobrio en su lenguaje,
multiplica los epítetos al dirigirse al Padre: «Pater sancte, Pater iuste.»
(Padre santo, Padre justo) (Jn 10, 7). En toda esa oración parece vibrar el
alma de Jesús y exhalarse su amorosa adoración al Padre.
Y lo que su palabra no acertaba a expresar, lo decían elocuentemente
los ojos de Jesús, cuando, dulces y apasionados, se elevaban al Padre.
¡Quién pudiera contemplar y comprender esas frecuentes miradas de Jesús,
que eran un poema de amor y de adoración al Padre!
***
A semejanza de Jesús, el fondo de nuestra vida íntima debe ser esta
profundísima adoración al Padre. Debemos adorarle en espíritu y en
verdad, porque es la adoración que busca al Padre. Sin esta adoración
íntima, nuestros actos exteriores nada son o valen muy poco; para que
complazcan y glorifiquen al Padre deben brotar de la abundancia del
corazón, deben ser la espontánea irradiación, la sobreabundancia de
nuestros íntimos sentimientos de adoración y amor.
Debemos adorar al Padre en verdad, y, sobre todo, en la Verdad, esto
es, en Jesús; ¿qué valen sin Él nuestras pobres oraciones? Los mismos
espíritus bienaventurados adoran al Padre por Jesús: «Per quem
majestatem tuam laudant angeli, adorant dominationes, tremunt
potestates...» (Por quien [Jesús] los ángeles alaban tu majestad, las
85

dominaciones la adoran y tiemblan ante ella las potestades), canta la
Iglesia en casi todos los prefacios de las misas.
Y debemos adorar al Padre en Espíritu, y, sobre todo, en el Espíritu
Santo, porque «en Él clamamos: «¡Padre!» (in quo clamamus: Abba!
[Pater]) (Rom 8, 15). Solamente la luz que el Espíritu Santo difunde en
nuestras almas nos puede revelar la inefable majestad del Padre; solamente
su soplo divino puede difundir en nuestros corazones el anonadamiento de
la adoración y del amor.
Jesús expresó su admirable vida en estas brevísimas palabras: «Ego te
clarificavi super terram.» (Yo te he glorificado sobre la tierra) (Jn 17, 4).
¡Pluguiera a Dios que nuestra vida, como la de Jesús, no fuera otra cosa
que una perpetua y viviente glorificación al Padre, que tuviera sus raíces
en la íntima adoración de nuestras almas y se difundiera como savia divina
en la floración de nuestras palabras y en la fecundidad de nuestras obras!
Pudiera pensarse que la devoción al Padre, por tener como fondo un
respeto profundo, una adoración hondísima, excluiría la confianza y el
amor. En la estrechez de nuestro espíritu y de nuestro corazón juzgamos
incompatibles en nosotros el respeto y la confianza, la adoración y el amor,
como juzgamos incompatibles en Dios la majestad y la ternura. Y, sin
embargo, no es así, sino que pasa todo lo contrario. Sería muy poco decir
que en la devoción al Padre el respeto no está reñido con la confianza, y
que la adoración se aduna con el amor; porque en el mismo Padre la
majestad se armoniza maravillosamente con la ternura. Yo me atrevo a
decir más, y tengo la convicción íntima de que digo una verdad, aunque no
alcance a comprenderla a fondo: precisamente porque la devoción al Padre
es una devoción de respeto, es también una devoción de confianza, porque
es una adoración profundísima, es un tierno amor; y precisamente porque
en el Padre brilla la majestad, resalta en Él la divina ternura.
La ternura no es una debilidad, sino una plenitud; es lo supremo de la
grandeza, porque es lo supremo del amor. Hay, quizá, ciertas formas
sensibles de ternura que pudieran atribuirse a debilidad; pero la verdadera
ternura, la de fondo, solamente se encuentra en el amor que ha llegado a su
rica plenitud, en el amor puro y desinteresado, en el amor que se ha
convertido en océano y se desborda. En el orden natural, la ternura es
característica de los grandes amores, de los más puros, de los que llevan la
aureola de la majestad. Ningunos afectos más tiernos que el del padre, y,
sobre todo, el de la madre, y esos amores dan más de lo que reciben; son
'amores que se desbordan porque están henchidos, y en ellos la majestad y
la ternura crecen al mismo tiempo que parecen fundidas en maravillosa
86

unidad. Con la edad disminuye, quizá, el ardor de los afectos, pero se
agiganta su ternura; y el tiempo, al purificar el corazón y al infundir en él
la serenidad y el desinterés, marchita el ardor, que es la fuerza del deseo,
pero hace más exquisito el perfume de la ternura, que es la fuerza del
corazón que se da sin medida y se comunica sin esperar recompensas.
Por eso los paganos apenas vislumbraron la ternura, que es una
revelación del Cristianismo; Jesús trajo a la tierra el secreto de la ternura,
porque trajo la plenitud del amor.
¡Oh! No hay ternura en la tierra como la ternura de Jesús; la
Humanidad, atónita, tiene veinte siglos de contemplar esa ternura, y ni se
cansa de admirarla ni acierta a comprenderla. Jesús acariciaba a los niños;
dejaba a Juan que se reclinara sobre su pecho; perdonaba dulcemente a los
pecadores; dejó que una mujer arrepentida cubriera sus pies de perfumes y
de besos, y dejó caer de sus ojos, sin fingimiento y sin rubor, lágrimas de
divina ternura.
La ternura humana de Jesús es un reflejo de la divina ternura del
Padre; precisamente porque Dios es el Amor infinito, es la infinita ternura;
se desborda sin medida, porque es la plenitud sin límites; posee la
perfección de la ternura, porque tiene la perfección de la majestad.
Solamente Él, que vale infinitamente, puede amar lo que nada vale;
solamente Él, que lo tiene todo, puede llenar lo que está vacío; solamente
Él, que es tan alto, puede bajar hasta el abismo de nuestra bajeza. ¡Ah! Sí,
la profundidad de su amorosa condescendencia tiene por medida la excelsitud de su grandeza.
En la criatura es limitada la ternura, porque lo es el amor, porque la
criatura no es plenitud. En Dios, el abismo de la ternura se confunde con el
abismo de la majestad. La inteligencia no lo comprende, pero el corazón
nos dice que la verdadera majestad es ternura. Imposible que nosotros,
seres limitados, podamos escrutar el misterio de la ternura infinita del
Padre; pero Jesús nos lo ha revelado, pues la ternura de Jesús es la
revelación de la ternura del Padre, ya que en esto como en todo se realizan
las palabras que el Maestro’ dijo a Felipe: «Qui videt me videt et Patrem
meum.» (Quien me ve a Mí, ve a mi Padre) (Jn 14, 16).
Y cuando el Espíritu de adopción clama en nosotros hacia el Padre,
sentimos que nuestro corazón se dilata y que nos sumergimos en un
océano inmenso de ternura.
Siempre que la voz del Padre se ha escuchado en la tierra, según el
Santo Evangelio, ha sido para pronunciar palabras de ternura: Este es el
87

Hijo de mis complacencias, dijo en el Jordán y en el Tabor; lo he
glorificado y de nuevo lo glorificaré, dijo la última vez que estuvo Jesús en
el templo de Jerusalén. Todas estas palabras expresan la ternura del Padre
para su Unigénito, pero esa ternura envuelve también a sus hijos adoptivos
por Jesús y en Jesús.
Pero la suprema revelación de la ternura del Padre la expresa el
apóstol San Juan con estas palabras: «In hoc apparuit caritas Dei in nobis,
quoniam Filium suum unigenitum misit Deus in mundum, ut vivamus per
eum.» (En esto se mostró la caridad de Dios hacia nosotros, porque Dios
envió al mundo a su Hijo unigénito para que vivamos por Él) (1 Jn 4, 9).
Y como en el Padre se confunden la majestad y la ternura, se
armonizan también en nuestras almas el respeto y la confianza, la
adoración y el amor.
En el fondo, todas estas cosas tienen la misma raíz: el infinito;
nuestro respeto es profundísimo, por la misma razón que es ilimitada
nuestra confianza; nuestra adoración es perfecta precisamente porque es
inmenso nuestro amor.
La adoración, cuando ha llegado a su plenitud, es amor, y el amor,
cuando alcanza su perfección, es adoración. Por eso el único amor pleno y
perfecto, el único que sacia por completo el corazón, es el amor de Dios, el
único que puede convertirse en adoración. Si Dios no fuera tan grande, si
no fuera infinito, si pudiéramos comprenderlo o agotarlo, no lo amaríamos
como lo amamos, no satisfaría nuestro corazón. El encanto supremo del
amor divino está precisamente en que Dios es una verdad que nunca se
abarca, un bien que nunca se agota, una hermosura que es siempre nueva:
lo más dulce y exquisito de Dios es ese no sé qué, según la expresión de
San Juan de la Cruz, que el lenguaje no expresa ni explica la inteligencia,
pero que las intuiciones del amor vislumbran en un sueño divino de
felicidad. Y ese no se qué es majestad infinita, y es ternura inefable; y el
homenaje que le rinde nuestra alma es al mismo tiempo respeto y
confianza, adoración y amor.
¿No había en la profunda adoración del alma de Jesús un amor
ternísimo y apasionado al Padre, un amor que parece palpitar en todas las
páginas del Evangelio, que hizo divina explosión en la cruz y que vive
victorioso e inmortal en la Eucaristía? No nos cansemos de repetirlo: el
fondo de todos los misterios de Jesús es ese amor al Padre; es el centro de
sus sentimientos íntimos, la raíz de sus obras prodigiosas, la fuente de sus
palabras de vida eterna, el secreto de sus inmolaciones, el manantial de su
88

fecundidad y, en una palabra, la razón suprema de su vida y de su muerte,
de su gloria en el cielo y de su permanencia en la tierra hasta la
consumación de los siglos.
Imagen de esa vida íntima de Jesús debe ser nuestra devoción al
Padre, compuesta de respeto y de confianza, de adoración y de amor, el
homenaje profundo a la majestad y la fidelísima correspondencia a la
ternura.
De aquí se desprenden los demás caracteres de la devoción al Padre,
todas las maravillas de esta dulce y ternísima devoción que seguiremos
exponiendo como la suprema floración de la verdadera devoción al
Espíritu Santo.

89

XVI
LA VOLUNTAD DEL PADRE

De los tres principales caracteres de la devoción al Padre, de que
hablamos en el capítulo anterior, el que más resalta en Jesús es el tercero,
la pasión por cumplir la voluntad del Padre. Jesús escondía en el misterio
de sus intimidades su profunda adoración; su ternura se escapaba a las
veces en el fulgor de su mirada, en el acento de su voz, en la emoción que
le embargaba, pero de ordinario se cubría con el velo divino de su
serenidad; mas, lejos de ocultar el ansia de cumplir la voluntad del Padre,
se complacía en mostrarla en todas las circunstancias de su vida.
Los secretos del alma de Jesús en los principios de su vida apenas son
vislumbrados por almas escogidas, pero hay uno que Él quiso revelarnos
en el Antiguo Testamento como una profecía, y en el Nuevo, como una
realidad fundamental. San Pablo nos hace esa espléndida revelación
tomando las palabras de los salmos y descubriéndonos su sentido.
«Entrando en el mundo, dice: No quisiste la hostia y la oblación, pero me
diste un cuerpo; no te agradaron los holocaustos por los pecados. Entonces
dije: He aquí que vengo; en el principio del libro está escrito de mí que
haré, ¡oh Dios!, tu voluntad. Diciendo antes: Como no quisiste las hostias,
y las oblaciones, y los holocaustos, ni te fueron agradables las cosas que te
ofrecían según la ley, entonces dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh
Dios!, tu voluntad; quita lo primero para restablecer lo segundo. En esta
voluntad somos santificados por la oblación del Cuerpo de Jesucristo,
hecha una sola vez» (Heb 10, 5-10). En estas palabras se nos descubre como
el fondo de Jesús; lo que sintió, lo que dijo, lo que anheló al principio de
su vida; es el fondo divino de ella, la honda raíz de todas sus maravillas, la
medula, por decirlo así, de su divina misión. Vino a hacer la voluntad del
Padre; la plena realización de esa voluntad fue su oblación en el Calvario,
y en esa realización hemos sido santificados.
Con sus propios labios nos enseñó Jesús que vino a hacer la voluntad
del Padre: «Descendí del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad
90

de Aquel que me envió» (Jn 6, 38). La hacía sin cesar: «siempre hago lo que
le es agradable» (Jn 8, 29), aun contra toda la repugnancia de su
Humanidad, como en Getsemaní. La voluntad del Padre fue para Jesús el
fundamento de sus relaciones con las almas y la raíz de sus santos afectos:
«Quien hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi
hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12, 50). En la oración dominical,
en que hizo como el resumen de sus deseos para enseñarnos cuáles deben
ser los nuestros, puso estas palabras, que son como un grito victorioso de
su alma: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10).
Y para expresar en nuestro lenguaje cómo buscaba con avidez la voluntad
del Padre y cómo era ella su vida, sobre el brocal del pozo de Jacob dijo a
sus Apóstoles con emoción mal disimulada: «Yo tengo un alimento que
comer que vosotros ignoráis... Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel
que me envió para su obra» (Jn 4, 32-34).
¿Qué será la voluntad del Padre cuando Jesús así la amaba, así la
buscaba y así hizo de ella el centro de su vida y como el fondo de su alma?
La voluntad de Dios es la norma de la perfección, es el secreto de la
felicidad, es el descanso del amor.
Examinemos únicamente este último punto dulcísimo y
provechosísimo para nuestras almas.
***
El amor más perfecto exige que queramos el bien para el amado, no
nuestro bien, sino el suyo, o, si se quiere, para quien así ama; su bien es el
bien del amado. Cuando el Amado es Dios, es el Bien infinito, la plenitud
del Bien, al que nada falta, al que nada se puede añadir. Por eso el acto
primordial del amor divino es complacernos en aquel océano de Bien y en
alabarlo sin descanso. Los bienaventurados son felices, complaciéndose en
las infinitas perfecciones de Dios, en su bondad inefable, en su espléndida
belleza y en su profunda y amorosa adoración, entonan eternamente el
cántico de alabanza.
El amor se consolaría de no poder hacer bien al Bien por esencia,
complaciéndose en que su Amado tiene la plenitud del bien sin que nada le
falte. Pero a Dios plugo que las almas enamoradas de Él pudieran hacerle
el bien como lo piden las impetuosas exigencias y la inmensa necesidad
del amor. No podemos añadir, ciertamente, una tilde a la bondad y a la
felicidad de Dios, y el Salmista se complacía amorosamente en esa feliz
impotencia al decir: «Tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes»
91

(Sal 15, 2). Pero hay un bien que podemos hacer a Dios, accidental y ex-

trínseco a su plenitud: cumplir amorosamente su voluntad. La voluntad de
Dios es reflejarse en las criaturas, es comunicarse a ellas, es henchirlas de
su bien y de su felicidad. El cumplimiento de esa voluntad es su gloria, el
fin de todas sus obras y el fin de todas sus criaturas. La felicidad de éstas
consiste en ser bañadas por la gloria de Dios y cooperar a la realización de
esa maravilla.
Por eso el amor de Dios, tan rico de matices, tan variado en sus
afectos, tan admirable en sus manifestaciones, no tiene, en realidad, sino
dos actos fundamentales, a los que todos los demás se reducen: puesto que
amar (nos referimos al amor de benevolencia) consiste en querer el bien
del amado, y Dios no tiene más que dos bienes, uno esencial, que es
plenitud infinita, y el otro accidental y extrínseco, que es su gloria, el amor
hacia Él no tiene más que dos actos fundamentales: complacerse en el bien
infinito y hacerle a Dios el bien accidental cumpliendo su voluntad santísima.
El ansia de perfección, el anhelo de sufrir, el celo ardiente por la
salvación de las almas, toda la divina floración del amor en los santos, se
reduce siempre a estos dos actos fundamentales.
Aun los bienes que para nosotros podemos buscar con amor legítimo
y santo están íntimamente enlazados con estos dos actos, pues la posesión
de Dios, en la fruición del Bien infinito y la gloria de Dios, al reflejarse en
nosotros, nos hace felices.
Por eso Jesús, que ama al Padre con divina pasión, tuvo en su vida
por secreto alimento hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Por eso la
verdadera devoción al Padre consiste en un amor filial, que se complace
con amorosa adoración en el Bien divino y aspira con inefable vehemencia
a cumplir la divina voluntad.
Solamente el Espíritu Santo nos puede dar esta hambre divina de
hacer la voluntad del Padre, porque esta hambre es amor, y todo amor
verdadero viene del Amor infinito, porque esta ansia celestial es como el
fondo de Jesús, y solamente el Espíritu Santo puede dar a las almas la
participación de los íntimos sentimientos de Jesús, transformándolas en Él;
y porque el Espíritu Santo, siendo el amor del Padre y del Hijo, es la
infinita y personal complacencia de amor en la plenitud del bien y la
inefable complacencia en la divina voluntad, y al reflejarse en las almas, al
comunicarse a ellas, al poseerlas y divinizarlas, les infunde una imagen
92

limitada, pero divina de Sí mismo, la caridad, y al derramar en ellas su
imagen inefable les comunica las dos complacencias esenciales del amor.
La voluntad de Dios para los mundanos es muchas veces un martirio;
para las almas imperfectas, un motivo de resignación; para los santos, un
cielo. ¿Por qué una misma cosa produce tan diversos efectos?
Sencillamente, porque cada alma recibe la voluntad de Dios según sus
relaciones con el Espíritu Santo. El mundo ni conoce ni ama la voluntad de
Dios, y, ante ella, muchas veces se desespera y blasfema, porque no tiene
al Espíritu Santo ni lo puede tener: «Al cual (al Espíritu Santo), dice Jesús,
el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce» (Jn 14, 17). Las
almas imperfectas poseen ya al Espíritu Santo; por eso reciben la voluntad
de Dios con resignación, la cual es una mezcla de gozo y de dolor, porque
es un amor imperfecto. En esas almas no ha alcanzado todavía el Espíritu
Santo la perfecta posesión ni ha logrado en ellas la perfecta armonía, la
plenitud de la paz que el amor produce, porque no ha coordinado aún todas
las tendencias del alma en la unidad del amor.
En los santos, empero, todo es armonía, paz, unidad, porque todo es
amor; el Espíritu Santo los ha penetrado, poseído, transformado; con luz
divina, los santos ven en la voluntad divina el bien de Dios, que es su
propio bien, y con toda la impetuosidad de su amor, con toda la vehemencia de la emoción del Espíritu Santo, se lanzan hacia la voluntad de Dios,
con el gozo, con la fruición de quien encuentra el colmo de sus hondos
anhelos y la meta de su ansiada felicidad.
Solamente el Espíritu Santo puede infundir en nuestros corazones esa
pasión por la voluntad divina, porque solamente Él puede darnos a conocer
al Padre y enseñarnos a amarlo, transformándonos en Jesús.
Por eso la Iglesia, en la liturgia de Pentecostés, clama al divino
Espíritu diciendo: «Per te sciamus da Patrem» («Por Ti conozcamos al Padre».
Himno «Veni Creator»).
Si pudiéramos formar una escala preciosa y perfectamente graduada
de todas las formas de aceptar la divina voluntad, desde la resignación más
penosa e imperfecta hasta el gozo purísimo de la voluntad de Dios, que
consiste en gozarse, no solamente en todo lo que Dios quiere, por doloroso
que sea, ni únicamente en complacerse del modo como Dios lo quiere, sino
en adherirse a lo que Dios dispone, precisamente porque Dios lo quiere,
tendríamos al mismo tiempo la escala que indicara los distintos grados de
posesión que el Espíritu Santo puede tener en las almas.
93

El Espíritu Santo es el gran unificador, o, más bien, es la unidad,
porque es el amor. El Padre y el Hijo se enlazan amorosamente en la
unidad del Espíritu Santo, y las almas afortunadas que se dejan poseer y
mover por el Amor eterno participan de esa divina unidad, según los
deseos y las plegarias de Jesús: «Que sean una sola cosa, como nosotros
somos una sola cosa» (Jn 17, 22).
Y, claro está que en esa divina unificación ocupa un lugar central la
fusión de voluntades, porque la voluntad es algo central en la vida del
espíritu.
Jesús nos descubrió el anhelo fundamental de su alma al enseñarnos a
decir: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo»; pero ese
deseo de Jesús no se realiza sino hasta que el Espíritu Santo toma posesión
de las almas, y, al darles a conocer al Padre, las unifica amorosamente en
su divina voluntad.

94

XVII
LA CRUZ

Todos los caracteres de la devoción al Padre descritos en los artículos
anteriores conducen a un término, que es el término de esta devoción, así
como de las devociones al Hijo y al Espíritu Santo: la cruz.
La cruz es, en efecto, la suprema glorificación del Padre, la última
palabra del amor en la tierra, el punto central de la voluntad de Dios.
Conviene examinar atentamente esta doctrina que nos hace tocar
como el fondo del Cristianismo, cuya suprema revelación es el misterio de
la cruz, cuya fuente de vida es la Eucaristía —divina perpetuación de ese
misterio— y cuyo secreto para conducir las almas a Dios es la participación del sacrificio de Jesús.
Por eso San Pablo no quería saber otra cosa que a Jesucristo y a Éste
crucificado (1 Cor 2, 2), ni se quería gloriar en otra cosa que en la cruz de
Cristo, en la que está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección (Gal
6, 14).
Glorificar a Dios es reconocer y proclamar su infinita excelencia y su
omnímoda soberanía sobre todo lo creado. Los seres no racionales
solamente de una manera indirecta pueden glorificar a Dios, porque
muestran a los racionales los divinos vestigios que puso en ellos la mano
del Creador, los cuales expresa San Juan de la Cruz en aquella estrofa
inimitable:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura
(Cant esp. Est. 5).

95

Por eso dice la Escritura que «los cielos narran la gloria de Dios» (Sal
18, 1) y que la «tierra está llena de su alabanza» (Hab 3, 3). Pero solamente
las criaturas racionales glorifican directamente a Dios, porque solamente
ellas conocen, o vislumbran al menos, la infinita grandeza y la alaban y se
anonadan amorosamente ante ella.
Dos cosas requiere la glorificación de Dios: el conocimiento de su
grandeza y perfecciones y la actitud, digámoslo así, que ese conocimiento
produce en la criatura y que es anonadamiento profundo y amorosa
sujeción. Por eso la Escritura nos pinta a los bienaventurados postrándose
ante la majestad de Dios y arrojando sus coronas ante el trono divino.
Cuanto más claro es el conocimiento de Dios y más profundo el
anonadamiento de la criatura, más perfecta es la glorificación.
Después del pecado, la glorificación de Dios se tifió, por decirlo así,
del color de la expiación exigida por la justicia de Dios, y el
anonadamiento de la criatura se convirtió en el anonadamiento del dolor y
de la muerte. Por eso el pueblo de Israel, instruido por Dios, y los otros
pueblos de la tierra, guiados por los restos persistentes de la revelación
primitiva, comprendieron que la suprema glorificación de Dios estaba en
el sacrificio, en el cual la víctima se destruía en honor de Dios.
Mas ni para expiar ni para glorificar eran por sí mismos suficientes
aquellos sacrificios antiguos. ¿Cómo podría la criatura manchada
satisfacer a la divina Justicia? ¿Cómo podrían glorificar a Dios
perfectamente quienes no habían recibido la perfecta revelación de la
infinita grandeza?
Y Dios rechazó los antiguos sacrificios y realizó un prodigio
estupendo de justicia y de misericordia, de sabiduría y de amor en el
sacrificio sublime del Calvario, en el que Jesús —víctima purísima, capaz
de ofrecer una satisfacción del valor infinito —ofreció a Dios una
expiación plenísima y sobreabundante por el pecado, y al mismo tiempo le
ofreció una glorificación perfectísima, puesto que el conocimiento de la
majestad de Dios se hizo divino en Jesús y el anonadamiento del Dioshombre llegó hasta las profundidades del dolor y de la muerte.
¡Un Dios que mucre para glorificar a Dios! ¡Jesús, que conociendo
como nadie la infinita excelencia, se inmola en la cruz con amor inmenso!
¿Quién sino Dios podrá conocer la sublime plenitud, la inefable perfección
de esta glorificación suprema?

96

Por eso, una vez realizado el divino misterio, no quedaba sino
perpetuarlo, cristalizarlo, hacerlo inmortal; y Jesús lo hizo, realizando el
prodigio estupendo de la Eucaristía.
***
Quizá en el cielo comprenderemos que la glorificación y el amor son
una sola cosa, que solamente el amor glorifica a Dios y que únicamente en
la glorificación encuentra el amor su descanso y su paz. Pero en la tierra
necesitamos, para comprender las cosas divinas, dividirlas y examinar
penosamente sus diversos aspectos para unir después nuestros conceptos
dispersos y reconstruir de manera imperfecta la divina realidad.
La suprema glorificación de Dios, la cruz, es también el supremo
amor.
El amor es entrega, es donación, es la comunicación dulcísima de
todo nuestro ser al Amado, es la fuerza divina que nos hace anonadarnos
en honor del que amamos, perderlo todo para darlo todo y sentir la
exquisita delicia de nuestra increíble pobreza, de nuestro despojo
perfectísimo, de nuestro anonadamiento inefable, para que el Amado sea
nuestra única riqueza, nuestra dicha, nuestra única gloria, nuestro único
todo.
Quien ama concentra primero cuanto es y cuanto tiene en el fondo de
su ardiente corazón, y con la fuerza impetuosa del amor arroja su tesoro en
el seno del Amado. Por eso el Santo Evangelio dice que el reino de los
cielos es semejante a un hombre que vende todo cuanto tiene para comprar
una perla preciosa o un campo en el que se esconde precioso tesoro. Esos
símbolos expresan el amor.
El supremo amor es Ja entrega infinita, la comunicación plenísima, la
donación inefable que se realiza entre las Personas divinas en el seno de
Dios. Dios es caridad y su vida íntima es el misterio de inenarrables
donaciones de amor.
Reflejo del amor eterno, el amor de la criatura es también donación
total y dulcísima. Los ángeles la realizan en la paz y en el gozo de su
naturaleza espiritual c inmaculada.
Mas, en la tierra, la suprema donación del amor no puede hacerse
sino en el dolor y en la muerte. ¿Es una imperfección? Quizá, pero esa
miseria nuestra es ocasión de una dicha exquisita y de una gloria única.
¡Oh! «Da amantem et sentit quod dico!...» (6). ¡Sentir que me deshago por
6

San Agust. Trac, in Joan.. 26.

97

quien amo, que mi destrucción es un gozo, que puedo comprar una sonrisa
de sus labios al precio del dolor y de la muerte!... ¿No es la suprema
delicia, el gozo exquisito y supremo del amor? Quien ama de veras siente
desabrido e imperfecto el amor sin el dolor, y exclama como alguien dijo:
Si hay amor sin dolor, yo no lo quiero
mientras esté en mundo peregrino.
Mi amor desea beber gozo divino
en regio cáliz de martirio ñero.
Y no es que prefiramos lo nuestro; el Dios de los cielos que goza las
delicias del amor infinito quiso amar como nosotros amamos y obró
prodigios para morir de amor y de dolor sobre la cruz.
«En esto conocimos la caridad de Dios, en que dio por nosotros su
vida», dijo San Juan, y esa palabra ha sido repetida por todas las almas
enamoradas de Dios; si les preguntamos por qué le aman, nos dirán:
porque murió por mí.
Jesús dijo la última palabra del amor de Dios a los hombres,
muriendo por nosotros, y la última palabra del amor del hombre a Dios,
muriendo por la gloria del Padre. Y esa palabra suprema es la cruz.
***
En el pasaje de la Epístola a los Hebreos (10, 5-10), citado en el
capitulo anterior, San Pablo nos revela el misterio de la voluntad de Dios.
Dice el Apóstol que al entrar en el mundo dijo Jesús al Padre celestial: «No
quisiste la hostia y la oblación, pero me diste un cuerpo apto para el
sacrificio; no te agradaron los holocaustos por el pecado. Entonces dije: He
aquí que vengo... para hacer tu voluntad.» Y en esta voluntad, añade San
Pablo, fuimos santificados por la oblación única del Cuerpo de Jesucristo.
Pudiéramos pensar que la voluntad del Padre que Jesús vino a
cumplir seria la serie de sus misterios divinos; pero el contraste entre los
antiguos sacrificios y el cumplimiento de esa voluntad, y, más aún, la
enseñanza expresa del Apóstol, nos revelan que esa voluntad es el sacrificio de Cristo, es su cruz.
No quiere esto decir que cada uno de los misterios de Jesús, cada uno
de los instantes de su vida, no haya sido el cumplimiento de la voluntad
del Padre, pero San Pablo nos revela que el centro coordinador de todas las
disposiciones divinas es la cruz.
98

Dios quiere muchas cosas y no quiere sino una sola, pues el sello de
todo lo suyo es la unidad, una riquísima unidad que abarca en prodigiosa
armonía el Universo. Como el artista que en su obra maestra quiere y
dispone todo: las luces y las sombras, los colores y las figuras, pero en esa
variedad no busca ni quiere otra cosa que la figura central o el tema único
que unifica y armoniza todos los elementos artísticos, y que es la clave de
la obra y la razón de su belleza, así el Artista divino ha querido muchas
cosas: la tierra con todas sus maravillas; la historia con todas sus
vicisitudes; el orden sobrenatural con todos sus prodigios; pero en esa
inmensa variedad solamente mira, solamente busca, solamente ama a Jesús
crucificado, figura divina, cuyo pedestal es el mundo, cuyo cuadro es la
Historia, cuya expansión es la Iglesia, cuyo eterno resplandor es el cielo.
La cruz de Cristo es la clave de la obra grandiosa de Dios, el secreto
de su unidad y belleza, el principio coordinador del mundo y de la
Historia, del tiempo y de la eternidad.
Por eso San Pablo pudo decir que la voluntad del Padre se realizó por
la oblación única del Cuerpo de Jesucristo, y que en esa voluntad fuimos
santificados.
***
Toda la devoción al Padre que llenaba el alma inmensa de Jesús tenía,
pues, por término divino la cruz, puesto que en ella se realizaron sus ansias
de glorificar al Padre, y alcanzó su amor apasionado pleno descanso, y se
sació su hambre inmensa con el divino alimento de la voluntad del Padre.
Por eso el sueño amoroso de Jesús durante su vida mortal fue la cruz,
y la anhelaba como se anhela la dicha, como se busca la plenitud, como su
Corazón de Hombre-Dios podía anhelar el colmo de sus aspiraciones
infinitas.
Y aunque Jesús escondía su secreto supremo bajo el velo de su divina
serenidad, llegó a escapársele el divino secreto, como se escapa un
perfume que apenas cabe en una ánfora; se le escapó, sin duda, en Nazaret
y lo depositó en el corazón de María; se le escapó en la intimidad con sus
Apóstoles cuando les dijo, emocionado: «Baptismo habeo baptizar!, et
quomodo coarctor usque dum perficiatur!» (Tengo que ser bautizado con
un bautismo de sangre, y ¡cómo me siento apremiado hasta que se realice!)
(Lc 12, 50). Y se le escapó en el Cenáculo cuando expresó a sus discípulos
el deseo ardentísimo de celebrar con ellos aquella Pascua.
99

¡Ah! Jesús llevó los treinta y tres años de su vida, en lo íntimo de su
Corazón, el martirio cruel y torturante de ansiar su sacrificio y de esperar
la hora marcada por el Padre celestial.
Por tanto, la devoción de Jesús al Padre tuvo una forma definitiva: el
sacrificio; un símbolo, la cruz, y una fórmula que nos reveló San Pablo:
«Qui per Spiritum Sanctum semetipsum obtulit immaculatum Deo». (Por
el Espíritu Santo se ofreció a Sí mismo inmaculado a Dios) (Heb 9, 14).

100

XVIII
LA CONSUMACIÓN

Si la cruz fue el centro de la devoción al Padre en Jesús, tiene que
serlo también en nosotros.
Como dijimos en el capítulo anterior, el sacrificio de la cruz fue la
perfecta glorificación del Padre, el supremo acto de amor hacia Él y el
perfecto cumplimiento de su voluntad.
Realizado ese supremo sacrificio, no le quedaba otra cosa a Jesús que
perpetuarlo, como dice el Padre Lacordaire, que cuando se ha pronunciado
la suprema palabra del amor no queda sino seguirla repitiendo. Y Jesús
perpetuó de dos maneras su sacrificio en la tierra: en la Eucaristía y en las
almas. Por eso el centro del culto católico —que en la Iglesia es la
devoción de Jesús al Padre en el Espíritu Santo—, es la Misa-, y el centro
de la vida cristiana —que es esa misma devoción en las almas— es la
participación mística del sacrificio de Jesús en cada alma —me atreveré a
decirlo— la misa íntima y espiritual que cada alma debe celebrar en su
interior, como partícipe del sacerdocio regio de que nos habla el apóstol
San Pedro (1 Ped 2, 9).
Muchos sacramentos, muchas bendiciones, muchos cánticos de
alabanza y muchas plegarias ardientes hay en la liturgia de la Iglesia; pero
todas estas cosas se agrupan en tomo de la Misa, de la que son preparación
o consecuencia. De la misma manera, muchas virtudes y muchos dones,
muchas comunicaciones íntimas con Dios y muchos actos santos y
heroicos hay en la vida cristiana, pero todas estas cosas se agrupan en
torno de la cruz, son la preparación o la consecuencia del íntimo sacrificio
amoroso.
La cumbre de la perfección es un Calvario, es un martirio, y el alma
dichosa que, llevando la cruz de Cristo, ha recorrido el áspero sendero y ha
encontrado en la cima la divina unión, no pide otra recompensa ni aspira a
otra dicha que a ser crucificada con Jesús, suprema felicidad de la tierra,
101

expresada por el Maestro en la octava bienaventuranza, que corona y
sintetiza su admirable doctrina de la felicidad.
Como la Iglesia celebra la fiesta de la Invención de la Cruz,
recordando el glorioso día en que Santa Elena encontró la cruz verdadera,
así cada alma debe celebrar su fiesta íntima de la invención de la cruz; en
tanto que no la halla anda inquieta, ávida de perfección y de dicha, ansiando el premio de sus esfuerzos y la realización de su ideal; pero cuando
Dios le concede celebrar esa fiesta, descansa en la perfecta alegría y ofrece
en el santuario de su alma la mistica misa de su sacrificio amoroso que
«completa lo que faltó en la pasión de Cristo», según la audaz expresión de
San Pablo (Col 1, 24).
, Uno de los obispos de los primeros siglos cristianos hizo al Señor la
oblación de su martirio empleando casi las mismas palabras de la Anáfora
sagrada que servía para ofrecer el sacrificio eucarístico. Tuvo razón, el
martirio fue su misa íntima, el reflejo heroico de todas las misas que había
celebrado, el eco de ellas, la correspondencia de su ardiente amor al amor
inmenso con que tantas veces Jesús se había sacrificado en sus manos
ungidas.
Cada sacerdote, cada alma, debe llevar en sí ese reflejo j íntimo de la
cruz, ese eco del divino Calvario; cada sacerdote, cada alma, debe
corresponder al sacrificio de Jesús con su propio sacrificio. No es el único
martirio el solemne y glorioso martirio de la sangre; hay martirios íntimos,
meritorios y crueles, que escapan a las miradas de los hombres, pero no a
las de Dios; cada virtud puede tener el suyo; la caridad, reina de todas,
tiene muchos y muy hondos martirios.
Pero sea que pueda exclamar con San Pablo: «Yo llevo en mi cuerpo
las llagas del Señor Jesús» (Gal 6, 17), o decir con San Ignacio de
Antioquía: «Soy trigo de Cristo; seré triturado por los dientes de las fieras
para convertirme en pan inmaculado»; sea que sienta con Santa Teresa de
Jesús aquel martirio que canta la Iglesia:
Sed te manet suavior
Mors, poena poscit dulcior
Divini amoris cúspide
In vulnis icta conoides.
(Te ha tocado una muerte más suave, te espera una pena más dulce;
caerás herida por la saeta del divino amor.)
102

Toda alma debe aspirar al martirio, debe tener la cruz como el centro
de su vida y la meta de sus aspiraciones.
Lo que al Padre complace plenamente es la cruz; lo que anhela mirar
en cada alma es su Hijo crucificado. ¡Cómo se complacía antes del
sacrificio de Jesús en «aquella Hostia inmaculada que en todos los lugares
se le inmola y ofrece»! (Mal 1, 11). Y ¡cómo se complace en esas hostias
íntimas que sin cesar le ofrecen las almas limpias y amantes!
No quiere esto decir que no agraden al Padre los demás actos de
nuestra devoción; todos los acepta y le complacen con tal de que sean
hechos «en Espíritu y en verdad»; pero ninguno como el sacrificio
amoroso; de la misma manera que todos los actos litúrgicos son agradables
a sus ojos, pero ninguno como el sacrificio de la Misa.
Repitámoslo: la suprema glorificación del Padre, el amor más subido
hacia Él y el perfecto cumplimiento de su voluntad, es, en cada alma, la
participación íntima y perfecta del sacrificio de Jesús, es la cruz preciosa
que ha echado profundas raíces en los senos del alma y que sostiene con
dulce peso a Jesús íntimamente unido con el alma.
***
Pero la ciencia divina de la cruz, el amor de la cruz, la participación
íntima de la cruz, son joyas preciosas que solamente el Espíritu Santo
puede comunicar a las almas.
«La palabra de la cruz, dice San Pablo, es, ciertamente, necedad para
los que perecen; mas para aquellos que se salvan, esto es, para nosotros, es
la virtud de Dios» (1 Cor 1, 18); y añade que «Jesucristo crucificado es en
verdad escándalo para los judíos, mas para los gentiles necedad; pero para
los llamados judíos y griegos, Cristo es la virtud de Dios y la sabiduría de
Dios» (1 Cor 1, 23-24).
Y en el capítulo II de la misma Epístola explica esta diferencia
radical de criterio, por qué ese conocimiento de Jesús crucificado es una
sabiduría oculta que escapa a los príncipes de este siglo, pero que no han
sido reveladas por el Espíritu Santo. Pues así como las intimidades del
hombre no las conoce sino el espíritu del mismo hombre, así los secretos
de Dios nadie los conoce sino el Espíritu de Dios. Nosotros hemos
recibido este Espíritu para que podamos conocer los dones de Dios. Por
eso, en tanto que el hombre animal no percibe las cosas que son del
Espíritu de Dios, el hombre espiritual juzga todas las cosas porque ha
recibido el sentido profundo del misterio de Cristo.
103

Solamente el Espíritu Santo nos puede descubrir esa ciencia
escondida de la cruz, que es como el fondo y la medula del misterio de
Cristo; porque solamente el Espíritu de Dios nos puede revelar los íntimos
secretos divinos. Por la fe tenemos en sustancia la revelación de la cruz;
pero para penetrarla, para descubrir las riquezas ignoradas que en ella se
contienen, las joyas divinas que Dios ocultó bajo la aspereza de la cruz, las
dulzuras inefables que se esconden dentro de la amargura del dolor, es preciso que la fe se avive y que se corrijan sus imperfecciones por esa luz
honda y penetrante que el Espíritu Santo comunica a las almas por medio
de sus dones.
La experiencia enseña que, a medida que las almas progresan en la
vida espiritual, va creciendo en ellas, sin que se sepa cómo y por qué, el
amor al sacrificio, el ansia de sufrir, el profundo aprecio del dolor. Un
instinto divino, una intuición sobrenatural, les va a descubriendo los
tesoros de la cruz, les va enseñando que ella es la raíz de todas las virtudes,
el fondo del amor, el vínculo más estrecho de la unión y la más dulce
recompensa que pueden alcanzar en la tierra las almas que aman. Es que el
Espíritu Santo, al ir tomando posesión de las almas, les va descubriendo
sus secretos, les va descorriendo el velo que cubre a las miradas humanas
la santa, la inefable, la divina revelación de la cruz.
El Espíritu Santo enseña al Padre, y al mostrar su majestad infinita,
su ternura inmensa, su divina soberanía, muestra también a las almas cómo
la suprema glorificación del Padre, su perfecto amor y el cumplimiento
fidelísimo de su voluntad se encierran en la cruz de Jesucristo.
***
Y juntamente con la luz que el Espíritu Santo difunde en las almas
para penetrar en el misterio de la cruz, enciende en ellas un amor ardiente
y apasionado al sufrimiento.
¿Podrá la humana naturaleza por sus propias fuerzas amar el dolor?
Los filósofos podrán convencernos de que debemos sufrir; a lo más que
podrán llegar es a producir en las almas aquella actitud fría y orgullosa de
los estoicos, que será todo lo estético que se quiera, pero que no es
humana, porque contraría todas nuestras inclinaciones naturales; ni divina,
porque no nos eleva un palmo de la tierra, sino que nos hunde en los
abismos del orgullo.
No; los filósofos del dolor no enseñan jamás a amarlo; ese amor
solamente puede infundirlo en las almas el Amor eterno. Para amar el
104

dolor es preciso verlo transfigurado en amor, y solamente Jesús realizó esa
maravillosa transformación. Para amar la cruz es indispensable ver en ella
a Jesús, comprender los enlaces íntimos e indestructibles que Él tiene con
ella. Para amar la cruz es indispensable sentir la dulce y fuerte atracción
que ejerce sobre los corazones Jesús crucificado, según lo había
prometido: «Cuando fuere levantado de la tierra atraeré a Mí todas las cosas» (Jn 12, 32).
¡Cosa extraña! Nada hay que el hombre abandonado a sí mismo
aborrezca tanto como el dolor, y nada hay que ame tan apasionadamente
como el dolor cuando quema sus entrañas el fuego del Espíritu Santo.
¿Necesitaré recordar las incomprensibles aspiraciones de los santos:
los ardores incontenibles de San Ignacio Mártir por el supremo sacrificio
expresado con ingenua claridad y con acentos conmovedores en su
Epístola a los Romanos; la extraña y sublime plegaria de San Juan de la
Cruz pidiendo como única recompensa de sus trabajos «padecer y ser
despreciado» por Jesús; la desconcertante disyuntiva de Santa Teresa de
Jesús, «o padecer o morir», y la insaciable avidez de la virgen de Lisieux,
queriendo abrazar en su corazón enamorado todos los martirios y todos los
dolores?
¿Locura? Sin duda, pero locura divina, la locura de un Dios
enamorado que quiso morir por el hombre y que dejó en la tierra el dulce
germen de esa locura sublime. ¿Acaso no es una locura el amor? ¿No
parecen locura todas las audacias del genio y del heroísmo, todo lo que
desborda de los cauces estrechos de la mediocridad? No faltarán quienes
juzguen anormales a los santos, porque piensan que la normalidad humana
consiste en vivir en el fondo vida de bestias, pero ennoblecida con los
refinamientos de lo que llaman cultura. ¡Cómo se comprende al mirar la
estrechez de ese criterio la exactitud de la palabra del Apóstol: «El hombre
animal no percibe las cosas de] Espíritu de Dios!» (1 Cor 2, 14). Esa locura
de la cruz ha producido en la tierra todas las cosas grandes, nobles y santas
que nos hace gloriarnos de nuestro linaje. Sin esa locura, el mundo sería un
hato de bestias, cultísimas quizá, pero hundidas en el fondo de todas las
degradaciones; si no es que se hubieran destruido unas a otras al chocar en
horrenda catástrofe todos los egoísmos exasperados y divinizados.
Contra el moderno paganismo, peor en cierta manera que el antiguo,
no hay otro remedio sino que el Espíritu Santo se difunda copiosamente en
las almas y renueve la faz de la tierra, estableciendo en ella la cruz,
revelando el misterio del dolor y encendiendo en los corazones ese amor al
105

sufrimiento, el más extraño, el más apasionado de los amores y el único
que salva.
***
El Espíritu Santo, que comunica la ciencia de la cruz e infunde en las
almas el amor a ella, la participa también, en la medida de sus amorosos
designios, a las almas escogidas.
El mismo Jesús ofreció su sacrificio bajo el influjo divino del Espíritu
Santo, como nos lo enseña la Escritura en esas comprensivas palabras que
hemos citado muchas veces: «Qui per Spiritum Sanctum semetipsum
obtulit immaculatum Deo.» (Quien [Jesús] por el Espíritu Santo se ofreció
a Sí mismo inmaculado a Dios) (Heb 9, 14).
No es el sacrificio en sí mismo lo que tiene valor y mérito y grandeza
y fuerza para glorificar a Dios; su fuerza y su vida están en el amor que lo
impregna y lo inspira. Por eso dijo el Apóstol que el martirio mismo de
nada aprovecha sin el amor. ¿No es el infierno el dolor supremo? ¿Por qué
es tan estéril, tan desolado, tan desesperante? Porque del lugar maldito
huyó para siempre el amor, y si esas penas eternas glorifican a Dios, es
porque el amor, trocado en odio, en justicia, en terrible emulación, alcanza
todavía a arrancar la gloria de Dios de la suprema desgracia de las almas.
El sacrificio, para que valga, necesita ser fruto del amor, y para que
valga infinitamente es preciso que sea fruto del Amor infinito. Por eso
Jesús se ofreció por el Espíritu Santo, el amor personal de Dios.
Y cuantas almas quieren participar del sacrificio de Jesús, cuantas
quieren, como Él, ofrecerse al Padre, necesitan ofrecerse por el Espíritu
Santo.
Él es quien inspira todas las santas inmolaciones y todos los martirios
fecundos. Él quien enlaza nuestros pobres dolores con los dolores infinitos
de Jesús, quien mezcla nuestra sangre con la Sangre divina, quien nos
clava en la cruz confundidos con la Víctima Santa, quien funde nuestro
corazón con el Corazón divino.
***
¡Almas que habéis recibido la revelación de la cruz y sentís en lo
íntimo de vuestras entrañas la sed insaciable y torturante de sufrir: no
vayáis a otras fuentes a beber el licor divino, sino sumergíos en el océano
de Amor infinito y bebed a raudales el amor y el dolor, y saciaos y sentid
que del fondo de vuestra saciedad renace más ardiente la sed divina! Id al
106

Espíritu Santo, poseedlo y dejad que os posea, y vuestro amor será fecundo
y vuestro dolor será divino.
Así, pues, el Espíritu Santo, con su luz divina, nos enseña el misterio
de la cruz, y con su fuego nos enseña a amarla y con su fortaleza y unción
nos hace partícipes del sacrificio de Jesús. Revelándonos al Padre, nos
revela el misterio de la cruz, y por la participación de ella nos hace glorificar al Padre.
Dijimos que la devoción al Espíritu Santo se consuma en la devoción
al Padre, y puesto que esta devoción se consuma en la cruz, se desprende
que la cruz es la perfección y coronamiento de la devoción al Espíritu
Santo, y, por consiguiente, el fondo, el centro y la cumbre de la vida
espiritual y de la perfección cristiana.

107

XIX
RESUMEN Y CONCLUSIONES

Hemos realizado en la escasa medida de nuestras fuerzas el propósito
que tuvimos al emprender este estudio; pero, puesto que hemos tratado
múltiples asuntos que, aunque enlazados con la unidad de una sola idea,
pudieran, al ser expuestos separadamente, debilitar la impresión del
conjunto, conviene presentar en un resumen sencillo y breve lo que en el
curso de esos capítulos hemos escrito acerca de la verdadera devoción al
Espíritu Santo.
Nuestro pensamiento capital, como lo dijimos en el primer capítulo,
fue exhortar a las almas para que den al Espíritu Santo, en la vida
espiritual, el lugar que le corresponde según las enseñanzas dogmáticas.
No es este divino Espíritu una ayuda poderosa y eficaz, pero
accidental y secundaria, para la perfección, sino que es el Santificador de
las almas, la fuente de todas las gracias y el centro de la vida espiritual.
Por tanto, la devoción al Espíritu Santo es algo esencial y profundo que
deben comprender y vivir las almas que buscan la perfección (capítulo I).
El Espíritu Santo es Huésped dulcísimo del alma (capítulo II). Es un
íntimo y verdadero Director (capitulo III). El Don de Dios, el primer Don
(capitulo IV). La fuente de los otros dones y como primer eslabón de la
regia cadena que termina en la perfección (capítulo V). Y su obra
santificadora consiste en formar a Jesús en las almas, realizando de esta
suerte en ellas el ideal del Padre (capítulo VI).
Así, pues, el Espíritu Santo entra por las puertas del alma y establece
en ella su morada; activo y fecundo, toma la dirección del alma cada vez
más completa, más viva, más íntima; se deja poseer del alma y la posee
más y más profundamente; y con Él vienen todas las gracias y dones
divinos que van transformando al alma hasta convertirla en imagen de
Jesús y realizar en ella un trasunto de los misterios de Jesús, para que el
108

Padre se complazca en su Hijo y sea glorificado por el alma, por Jesús, con
Jesús y en Jesús.
Mas la acción del Espíritu Santo requiere siempre la cooperación del
alma; aun en esas operaciones íntimas en que el alma se mueve por
especial moción del divino Espíritu, el alma necesita cooperar, y aún más
intensa es su cooperación y más fina su fidelidad cuanto más perfectas son
las divinas operaciones.
Esta constante y amorosa cooperación a la acción del Espíritu Santo,
esta fiel correspondencia a su amor y a sus dones, es el fondo de la
devoción a Él (capítulo VII).
Pero como el Espíritu Santo se nos da para siempre y anhela que su
acción, en cuanto es posible, sea constante en nuestras almas, nuestra
correspondencia, nuestra devoción debe ser una entrega total, definitiva y
perpetua, una verdadera consagración.
Los diversos caracteres de esa consagración pueden determinarse por
los diversos oficios —llamémoslos así— que el Espíritu Santo ejerce en
nuestra alma, y que no son sino formas o aspectos que nuestra pobre
inteligencia discierne en la acción única y fecundísima del Espíritu; pues
bien, a cada una de esas formas u oficios debe corresponder una amorosa
adaptación de nuestra alma.
Si el Espíritu Santo es Huésped constante y dulcísimo del alma, ésta
debe albergar en su seno al amor eterno, y como este amor quiere ser
único, el alma debe arrojar de sí todos los afectos terrenos y ofrecer al
Paráclito la inmensa soledad de su corazón (capítulo VIII).
Mas si la fe nos descubre al Espíritu Santo y la esperanza nos pone en
comunión con su fuerza divina comunicada por su bondad, la caridad —el
Don del Espíritu Santo por excelencia, porque es su imagen, la participación de su vida y como el pedestal de su gloria —es la que nos enlaza
íntimamente con Él y nos funde, por decirlo así, en estrecho abrazo y en
ósculo dulcísimo con Él (capítulos IX, X y XI).
El amor, que toma todas las formas en la tierra, porque en Dios las
contiene todas en riquísima y simplicísima unidad, tiene especiales
caracteres cuando tiene por término al Espíritu Santo: es un amor de
docilidad suavísima, de entrega plena, de perfecto abandono; es un amor
por el cual el alma se deja poseer y se entrega con amorosa fidelidad a la
acción del Director divino (capítulo XII).
Esa docilidad exige hondo silencio para escuchar la voz del Espíritu,
pureza exquisita para ahondar el profundo sentido de sus palabras,
109

abandono para dejarse llevar por el soplo divino y perfecto espíritu de
sacrificio, ya que siempre la divina Paloma tiende su vuelo hacia la cruz.
Pero dejarse poseer no es fórmula completa del amor al Espíritu
Santo; este amor pide también poseer al divino Espíritu, porque es el Don
de Dios. El Espíritu Santo es Director íntimo y primer Don; el alma se deja
poseer de ese Director divino y se esfuerza por poseer ese Don inenarrable.
Por eso todo el amor al Espíritu Santo se encierra en esta fórmula: poseerlo
y dejarse poseer por Él. Ciertamente estas dos cosas, como formas de la
misma realidad, se desarrollan paralelamente, de tal suerte, que tanto posee
el alma al Espíritu Santo cuanto es por Él poseída; pero expresan divinos
matices de amor que conducen a términos formalmente distintos de
perfección, pues al dejarse poseer lleva a la perfecta divinización del alma,
como llama San Juan de la Cruz a lo propio de la unión transformante, y el
poseer al Espíritu Santo halla su perfección en ese amor íntimo y
perfectísimo que los místicos expresan con esta fórmula, ciertamente
audaz, pero que bien entendida tiene sentido rigurosamente teológico:
amar con el Espíritu Santo (capítulo XIII).
Los amorosos designios del Espíritu Santo en la santificación de las
almas, aunque variadísimos —porque cada alma es, en cierta manera,
única en su camino y en su misión—, tienen todos divina unidad, pues el
Espíritu Santo forma siempre en cada alma a Jesús para complacer y glorificar al Padre; cada alma santa es trasunto de Jesús, aunque cada una
copia de singular manera al divino Modelo, y por Jesús, con Jesús y en
Jesús va al Padre y lo glorifica. La devoción al Espíritu Santo está, por
consiguiente, estrecha y lógicamente enlazada con las devociones al Verbo
y al Padre, y aunque es verdad que por la Humanidad de Jesús vamos a la
Divinidad, según los divinos designios, el Espíritu Santo nos lleva al
Verbo, a un amor más intenso y a una unión más intima con Él, y por el
Verbo vamos al Padre, en quien todo se consuma. Por tanto, la devoción al
Espíritu Santo tiene por natural complemento una devoción más íntima
con el Verbo de Dios (capitulo XIV).
Y estas dos devociones encuentran su coronamiento en la devoción al
Padre celestial (capítulo XV).
Esta devoción al Padre se caracteriza por tres cosas: una profunda
adoración en espíritu y en verdad, un amor filial ternísimo y un anhelo
vehemente de cumplir la voluntad del Padre.
Así amó Jesús al Padre; así debemos nosotros amarlo también
(capítulos XV y XVI).
110

Y estos caracteres de la devoción al Padre llevan a una misma
cumbre, que es la del Calvario, porque la última palabra de la devoción de
Jesús al Padre fue la cruz (capitulo XVII).
Y la última palabra de esa misma devoción en nosotros debe ser
también la cruz (capítulo XVIII).
Es, por consiguiente, la cruz —símbolo supremo de amor y de dolor
— la consumación de la devoción al Espíritu Santo, y, por tanto, de la vida
cristiana y de la perfección.
***
Podría aún condensarse la doctrina expuesta en este estudio en las
siguientes conclusiones:
El lugar que el Espíritu Santo ocupa en la vida espiritual es central,
y su acción es fundamental y tiende a ser constante, de tal suerte que
puede decirse que el Espíritu Santo debe ser el alma de nuestra alma y la
vida de nuestra vida.
El Espíritu Santo se nos da, enriquece nuestras almas con la gracia
de las virtudes y de los dones y toma la dirección de nuestra vida hasta
conducirnos a la cumbre de la perfección si correspondemos a su acción
santísima.
Nuestra devoción al Espíritu Santo debe ser, por consiguiente, una
consagración total, definitiva y perpetua.
El fondo de esa devoción consiste en poseer al Espíritu Santo y en
dejarse poseer por Él, pues todo lo demás o prepara esa mutua posesión o
es consecuencia felicísima de ella.
La devoción al Espíritu Santo nos conduce a la transformación en
Jesús y ésta nos lleva a la consumación de la unidad, en el seno del Padre,
de tal suerte que el amor lleva a la luz, y la luz a la paz y a la unidad.

111

La consumación del amor, de la luz y de la paz, en la tierra se realiza
en la cruz; en el cielo, en el seno del Padre.
Hay, pues, por decirlo así, dos cielos a los que el Espíritu Santo lleva
a las almas con su soplo suavísimo y poderoso:
EL CIELO DE LA TIERRA, QUE ES LA CRUZ, Y EL CIELO
PLENISIMO Y ETERNO, QUE ES EL SENO DE DIOS.

112

II
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO7

7

Novena de preparación para la Festividad de Pentecostés.

113

I
NOCIONES GENERALES

Con grande júbilo de nuestras almas nos damos cuenta de que se
acerca el día glorioso y sacratísimo de Pentecostés, en el que se llenan de
alegría la tierra y de gracias celestiales los corazones.
Como hace veinte siglos, en la próxima solemnidad de Pentecostés, el
Espíritu Santo descenderá sobre nuestras almas, las llenará con su luz, las
caldeará con su fuego, las visitará con su unción.
Y así como los Apóstoles se prepararon hace diecinueve siglos para
recibir el Don de Dios en el recogimiento, en la oración, y unidos con la
Santísima Virgen María, así nosotros queremos también consagrar estos
días a una preparación intensa de nuestras almas, para que en el día
sacratísimo de Pentecostés, el Espíritu Santo las llene con su luz y con su
amor.
Cumple a mi deber ayudar a los fieles a esta piadosa y santa
preparación. Ahora bien: para que nos preparemos a recibir al Paráclito,
debemos desearlo con todas las veras de nuestra alma y llamarlo como lo
llama siempre la Iglesia cuantas veces lo invoca: «¡Ven, Espíritu Santo!»,
«¡Ven, Espíritu Creador!», «¡Ven, Padre de los pobres!», «¡Ven, Luz de los
corazones!», «¡Ven, Consolador de nuestras almas!».
Pero para llamarlo hay que desearlo, y para desearlo hay que amarlo,
y para amarlo hay que conocerlo. Y yo quiero —con la gracia de Dios—
ayudar a las almas a que conozcan mejor al Espíritu Santo.
Mas, ¿cómo conocerlo, si, según la Escritura, habita una luz
inaccesible? Sin embargo, como ha dicho con mucha razón un Santo
Padre, «si esa luz es inaccesible a nuestras fuerzas, es accesible a los dones
que hemos recibido de Dios». Con la luz de la fe, con los ojos iluminados
de nuestro corazón, podemos penetrar las sombras del misterio y
contemplar atónitos las maravillas de Dios.
114

No me atreveré, sin embargo, a penetrar de improviso en el santuario
augusto de Dios; no pretenderé mostrar los arcanos de su vida divina, no
tendré la audacia de declarar este amor infinito y sustancial que en unidad
inefable enlaza al Padre y al Hijo, sino que, siguiendo la manera de ser de
nuestro espíritu, quiero mostrar la obra del Espíritu Santo, para que por
ella se eleven nuestras almas hasta el conocimiento que podemos tener
aquí, en la tierra, de Dios. Voy a hablar de la obra del Espíritu Santo en las
almas.
Sabemos bien que, aun cuando todas las obras exteriores las realizan
las tres divinas Personas, sin embargo, con fundamento en la Escritura y en
la Tradición, los teólogos apropian a cada una de las Personas de la
Trinidad aquellas operaciones que por su naturaleza y sus cualidades se
asemejan a los caracteres propios de aquella divina Persona. De esta
manera, al Padre se le atribuye la creación; al Hijo, la redención, y al
Espíritu Santo, la santificación de nuestras almas.
¡Ah! ¡Si pudiéramos contemplar esa obra maravillosa de la
santificación de las almas que realiza el Espíritu Santo en nosotros! Me
siento tentado a decir que esa obra, la santificación de las almas, es la obra
maestra del Espíritu Santo en la tierra.
Yo sé, en verdad, que la obra maestra del Espíritu Santo es la que
realizó en Jesucristo. Fue concebido Jesús por obra del Espíritu Santo; el
Espíritu lo llenó con plenitud divina, lo guió en todos los pasos de su vida
mortal y por Él Jesucristo se ofreció en la cruz y se inmoló en el Calvario.
La obra maestra del Espíritu Santo es Jesús. Pero, ¿la santificación de
nuestras almas no es la prolongación y el complemento de la obra del
Espíritu Santo en Jesucristo? El apóstol San Pablo nos habla del misterio
de Cristo, y en la concepción profundísima del apóstol, el misterio de
Cristo no es solamente el misterio de la Encarnación y de la redención del
género humano; para el gran apóstol, Cristo no es solamente la segunda
Persona de la Santísima Trinidad; unida hipostáticamente a la naturaleza
humana que el Espíritu Santo formó en el seno de la Virgen María, sino
que el misterio de Cristo abarca la multitud inmensa de almas que son los
miembros del Cuerpo místico de Jesús. El Jesús íntegro nos abarca a
nosotros; santificar las almas es completar a Jesús, es consumar el misterio
de Cristo.
Por eso me atrevo a afirmar que la obra santificadora del Espíritu
Santo es su obra maestra, porque es el complemento de la obra por Él
realizada en Jesucristo.
115

Pero en esta misma obra de santificación del Espíritu Santo quiero
considerar durante estos días la parte más fina, la parte más perfecta;
aquella que el Espíritu Santo realiza de una manera íntegra y. midiéramos
decir, personal. Porque quiero hablar de los dones del Espíritu Santo; y
tratar de ellos es tratar —vuelvo a decirlo— de la parte más fina y
exquisita de la obra del Espíritu Santo en nuestra santificación.
***
Para que se comprenda mejor mi propósito, debo decir que el Espíritu
Santo de dos maneras realiza en nosotros la obra de nuestra santificación:
una, ayudándonos, impulsándonos, dirigiéndonos; pero de tal manera nos
impulsa y nos dirige, que nosotros tenemos la dirección de nuestra propia
obra. ¿No es nuestra gloria realizar nosotros mismos nuestros propios
destinos? ¿No nos ha dado Dios ese don glorioso y terrible de nuestra
libertad, por la cual nosotros mismos somos los artífices de nuestra dicha o
los forjadores de nuestra desgracia?
Pero hay otra manera de dirigir del Espíritu Santo; hay otra obra que
realiza en nosotros, cuando Él personalmente toma la dirección de nuestros
actos, cuando ya no solamente nos ilumina con su luz y nos calienta con su
fuego y nos marca con sus enseñanzas el camino que debemos seguir, sino
que Él mismo se digna mover nuestras facultades e impulsarlas para que
realicemos su obra divina.
Una comparación nos ayudará a comprender estas dos maneras de
influir que tiene el Espíritu Santo en nuestra obra santificadora.
Imaginémonos un gran artista, a un pintor genial que va a realizar su obra
maestra. Para ello utiliza a sus discípulos más aventajados; él mismo
dispone la manera cómo han de preparar la tela, cómo han de combinar los
colores, y aun les permite que hagan la parte menos importante o menos
perfecta de su obra. Pero cuando llega a lo más fino de ella, a lo más
exquisito, allí donde va a revelarse su genio, donde va a cristalizarse la
inspiración que lleva en el alma, entonces no son los discípulos los que
toman el pincel; el mismo maestro genial traza los rasgos finísimos de su
obra maravillosa.
Así es el Espíritu Santo: va a realizar en nuestras almas una obra
divina; es la imagen de Jesús la que va a trazar en nuestros corazones, una
imagen viviente, la imagen que necesitamos llevar para penetrar en las
moradas eternas. El Espíritu Santo dirige esta obra genial, pero Él quiere
que nosotros le ayudemos en ella; como discípulos suyos, nos permite que
116

tracemos algunos rasgos de esa imagen divina, bajo su dirección,
ciertamente, según las normas que nos señala. Pero hay un momento en
que el Espíritu Santo ya no quiere que nosotros por nuestra propia cuenta
dirijamos la obra; Él entra de una manera personal e inmediata a dirigir, y
con instrumentos finísimos pone los rasgos geniales, los rasgos fidelísimos
de esa imagen divina.
Esos instrumentos finísimos que el Espíritu Santo utiliza para realizar
su obra personal y exquisita son los dones del Espíritu Santo.
Nosotros tenemos también nuestros instrumentos: son las virtudes
que se nos comunican juntamente con la gracia; por ellas vamos poco a
poco destruyendo en nosotros al hombre viejo con todas sus
concupiscencias y vamos trazando en nuestros corazones la imagen de
Jesús, formando al hombre nuevo, creado, según la voluntad de Dios, en la
justicia y en la santidad de la verdad.
Pero llega un momento en que las virtudes no son suficientes para
realizar la obra divina; ya nuestra dirección no basta para semejante
prodigio; entonces el Espíritu Santo interviene y dirige inmediatamente la
obra celestial, y como instrumentos preciosos para realizarla utiliza lo que
llaman los teólogos los dones del Espíritu Santo.
***
¡Cuántas veces hemos oído hablar de ellos! La Santa Iglesia, en los
himnos al Espíritu Santo, hace frecuentes alusiones a esos dones: «Tu
septiformis munere.» (Tú eres septiforme en tus dones), dice en el Himno
de Vísperas de Pentecostés. Y en la secuencia de la Misa de la gran solemnidad, la Santa Iglesia le pide al Espíritu Santo que nos dé él sagrado
septenario, «Da tuis fidelibus, in te confidentibus, SACRUM
SEPTENARIUM», que nos otorgue sus dones divinos, que son los siete
dones del Espíritu Santo.
Para explicarlos, voy a servirme de una comparación de actualidad.
La ciencia moderna ha descubierto y ha realizado aparatos prodigiosos que
nos hacen captar esas ondas arcanas que vienen de todas las partes del
mundo y que nos hacen escuchar a enormes distancias lo que se dice o lo
que se canta en cualquiera parte de la tierra; quien tiene un aparato
receptor puede captar las ondas misteriosas y puede oír lo que se dice y lo
que se canta a enormes distancias.
Los dones del Espíritu Santo son receptores divinos, receptores
prodigiosos para captar las inspiraciones del Espíritu divino. Quien no
117

tiene un aparato de radio no puede oír lo que se canta o lo que se dice en
otra parte; quien no tiene los dones del Espíritu Santo no podrá captar las
divinas inspiraciones.
Los dones del Espíritu Santo son esas realidades sobrenaturales que
Dios ha querido poner en nuestra alma para que podamos recibir las
inspiraciones del Paráclito.
Pero mi comparación, como es natural, es incompleta; por los
aparatos inventados por la ciencia moderna solamente se oye; por estos
divinos receptores, no solamente recibimos la luz y las enseñanzas del
Espíritu Santo, sino también sus mociones divinas, de tal manera, que bajo
el influjo de esas mociones realizamos —en el orden espiritual —actos
más finos, más perfectos, actos que son verdaderamente divinos. Los
dones del Espíritu no sólo nos hacen recibir las divinas iluminaciones del
Espíritu Santo, sino también sus impulsos, de tal suerte, que bajo el influjo
del Espíritu Santo nosotros nos movemos, como lo dice muy claramente la
Escritura: «Quicumque enim Spiritu Dei aguntur ii sunt filii Dei.» (Todos
los que son movidos por el Espíritu, éstos son los hijos de Dios) (Rom 8,
14). Es una de las prerrogativas maravillosas que tenemos los hijos de
Dios: ser movidos por el Espíritu Santo. ¡Cuántas veces nuestros actos son
nuestros, en verdad, pero obramos movidos por una fuerza superior, por un
instinto divino, por una moción del Espíritu Santo!
Y para recibir esas mociones eficacísimas y divinas son instrumentos
perfectamente adecuados los dones del Espíritu Santo.
Y de estas mociones podemos sacar consecuencias preciosas, porque
si el Espíritu Santo nos mueve y nuestros actos se hacen bajo su influjo
inmediato, es natural que nuestros actos tengan caracteres verdaderamente
divinos. ¿No es propio de un artista poner su estilo, su inspiración, y, por
decirlo así, su alma, en aquello que realiza? Un mismo instrumento
musical, tocado por distintos artistas, produce en nosotros distinta
impresión. Hay algo propio, hay algo característico en cada artista; cuando
él ejecuta, allí pone su sello; los conocedores pueden decir perfectamente
quién está ejecutando alguna gran composición musical. Y de todas las
artes se puede decir otro tanto: el pintor, acaso, ¿no pone su sello en las
obras de su mano? El escritor, el orador, el poeta, ¿no ponen su sello en lo
que dicen y en lo que escriben?
Alguien dijo con mucha razón: «El estilo es el hombre.» Cada uno
tiene su propio estilo, y el estilo es su sello, es el reflejo de su propia
118

personalidad. Y el Espíritu Santo, cuando obra en nosotros, pone su sello,
un sello divino, un sello inconfundible.
¡Qué distintos son los actos que ejecutamos por nuestra propia
dirección, aun cuando sean sobrenaturales, y los actos que ejecutamos
cuando el Espíritu Santo interviene en ellos! Cuando nosotros obramos,
ponemos nuestro sello, sello de imperfección, sello de fragilidad; cuando
el Espíritu Santo influye en nuestros actos, pone su sello divino de
seguridad, de perfección, de elevación sobrenatural, y por eso, por medio
de los dones del Espíritu Santo, ejecutamos actos que tienen caracteres
divinos.
Quizá pudiera ilustrar lo que acabo de decir con algunos ejemplos. El
hombre prudente, que no dispone para la ejecución de sus actos sino de sus
cualidades naturales y de la virtud sobrenatural de la prudencia, acierta, en
verdad, pero con mucha lentitud, con verdaderos tanteos. La Escritura nos
ha dicho en dos rasgos magistrales lo que es la pobre prudencia humana.
Dice que los pensamientos del hombre son inciertos y tímidas sus
disposiciones; la incertidumbre y la timidez son nuestro sello; aun cuando
acertamos, hay en nuestros aciertos no sé qué de incertidumbre, de
timidez.
Aquel que obra bajo el influjo del don de consejo, que es la prudencia
sobrenatural, de una manera rápida, segura, firme, sabe lo que en cada caso
se debe hacer.
Otro ejemplo: cuando nosotros, guiados por la luz de la fe, nos
elevamos al conocimiento de las cosas divinas, en nuestro proceso interior
ponemos el sello humano: necesitamos analizar, comparar, discurrir;
acumulamos nociones, las unimos, las armonizamos; ¿no son un ejemplo
viviente mis propias palabras y mi propio discurso para explicar lo que son
los dones del Espíritu Santo? Acudo a distintos ejemplos, divido, presento
distintas facetas, y luego procuro unificar todo para que nos formemos un
concepto exacto de lo que estoy explicando. Allí está mi sello, sello de
imperfección, de multiplicidad, de laborioso raciocinio.
¡Ah!, los santos, cuando contemplan las cosas divinas bajo el influjo
de los dones del Espíritu Santo, no tienen más que una mirada, una
intuición profunda, rica, que les hace contemplar en un momento, y, por
decirlo así, en un solo punto luminoso lo que nosotros, para vislumbrar,
necesitamos de mucho tiempo y de muchos esfuerzos mentales.
Los actos que proceden de los dones del Espíritu Santo tienen un
sello divino, el sello del Espíritu Santo, un modo enteramente celestial.
119

Y aun pudiéramos decir que difieren también las normas en estos
dones celestiales; las normas de los dones son distintas de las normas de
las virtudes. Cuando obramos bajo el influjo de las virtudes tenemos una
norma sobrenatural, ciertamente, pero imperfecta; es la norma del hombre
iluminado por la luz de Dios. En tanto que cuando se obra bajo el influjo
de los dones del Espíritu Santo, la norma es la norma misma de Dios
participada al hombre.
No sé si mis pensamientos inciertos y tímidos alcancen a explicar las
maravillas de los Dones de Dios.
***
Y no vayamos a pensar que estos dones del Espíritu Santo son
únicamente propios de las almas que han llegado a ciertas alturas en los
senderos de la perfección; no creamos que solamente los santos poseen los
dones del Espíritu Santo; los poseemos todos: basta con que tengamos la
gracia de Dios en nuestras almas para recibir esos dones. El día de nuestro
bautismo recibimos los dones del Espíritu Santo juntamente con las
virtudes y la gracia.
Así como cuando nacemos venimos dotados por Dios de todo lo que
necesitamos para nuestra vida humana, un organismo completo y un alma
dotada de todas las facultades —no todas, ciertamente, desarrolladas desde
nuestro nacimiento; pero llevamos ya como el germen de todo aquello que
vamos a necesitar en nuestra vida—, así acontece en el orden espiritual:
cuando alguno se bautiza recibe en toda su integridad ese mundo
sobrenatural que lleva el cristiano en el alma: la gracia, que es una
participación de la naturaleza de Dios; las virtudes teologales, que lo
ponen en contacto inmediato con lo divino; las virtudes morales, que
sirven para arreglar y ordenar toda su vida, y los dones del Espíritu Santo,
receptáculos misteriosos y divinos para captar las inspiraciones y las
mociones del Espíritu Santo.
Y en tanto que poseemos la gracia, poseemos también los dones: no
son algo pasajero; son algo permanente, algo que llevamos en nuestro
corazón constantemente; no puede existir la gracia sin los dones, y no
pueden existir en un corazón la gracia y los dones sin que esté allí también
el Espíritu Santo, que es el Director divino de nuestra vida espiritual.
Y es que los dones del Espíritu Santo no solamente son necesarios
para las grandes obras de los santos, no, sino que en nuestra vida cotidiana,
120

en nuestra vida ordinaria, muchas veces obramos bajo el influjo de los
dones del Espíritu Santo.
Santo Tomás de Aquino, cuya autoridad es indiscutible en la Iglesia,
nos enseña que para alcanzar la salvación de nuestra alma son
indispensables los dones del Espíritu Santo; sin ellos no podremos realizar
la obra de nuestra santificación. Y para hacernos comprender la necesidad
de los dones, aun en la vida ordinaria del cristiano, Santo Tomas de Aquino
acude a una comparación que me parece exactísima: un gran médico puede
por sí mismo curar a un enfermo grave, puede atender un caso
extraordinario; pero un practicante de Medicina, aun cuando pueda hacer
muchas cosas para curar enfermos y aplicarles muchas medicinas y saber
lo que en un caso ordinario se necesita, para atender un caso difícil
necesita estar siempre bajo la dirección de un médico perfecto que conozca
a maravilla la ciencia de la Medicina y que pueda, por consiguiente,
conocer perfectamente al enfermo y su mal y los remedios que son
indispensables para curarlo.
Nosotros somos como los practicantes de Medicina: podemos atender
nuestra propia salud en los casos ordinarios; pero sería imposible que
realizáramos por completo la obra de nuestra santificación si no
estuviéramos bajo el influjo del Espíritu Santo, el único que conoce
perfectamente lo que somos y lo que debemos ser y que sabe a maravilla
los senderos por donde podemos llegar a la perfección a la que Dios nos
llama.
No son, por consiguiente, los dones carismas extraordinarios que
reciben los santos, no; es algo que todos tenemos y que llevamos en
nuestro corazón.
***
Yo pienso que a las veces desconocemos ese mundo sobrenatural que
llevamos en el alma; no nos damos cuenta de las riquezas que Dios ha
depositado en nuestro corazón; llevamos un mundo más perfecto, más
excelente, más bello que el mundo exterior, porque llevamos la gracia que
nos hace semejantes a Dios, llevamos las virtudes teologales que nos
ponen en contacto intimo con la Divinidad, llevamos las virtudes morales
que ordenan y disponen todo en nuestra vida, y llevamos los dones del
Espíritu Santo por los cuales estamos en comunicación con Él para recibir
sus santas mociones.
121

Claro está que no en todas las almas se desarrollan en el mismo grado
y con la misma perfección los dones, como no en todas las almas se
desarrollan en el mismo grado y con la misma perfección las virtudes.
Las virtudes, como los dones, son preciosas semillas que necesitan
cultivarse; nuestro trabajo, nuestro esfuerzo de cristianos consiste en ir
cultivando con exquisito cuidado esos gérmenes preciosos que Dios ha
puesto en nuestra alma. Y así como las plantas tienen su estación, hay
algunas que brotan cuando viene la primavera cargada de perfumes, hay
otras que vienen en el cálido estío y otras que brotan en medio de la
opulencia del otoño; así también cada uno de los dones del Espíritu Santo
tiene, por decirlo así, la época propicia en la vida espiritual, donde
encuentra su pleno desarrollo. Pero todos los dones los tenemos siempre, y
nuestro deber es desarrollarlos constantemente en nuestra alma.
***
¿Cómo se desarrollan en nosotros los dones del Espíritu Santo? ¿Qué
podemos y debemos hacer para que estos instrumentos preciosos,
finísimos, divinos, que emplea el Espíritu Santo para nuestra santificación,
alcancen en nosotros su completo desarrollo?
Tres cosas: la primera es acrecentar en nuestros corazones la caridad,
porque la raíz de los dones es la caridad. Porque amamos, por eso
podemos recibir las santas inspiraciones del Espíritu Santo; hasta en el
amor humano, ¿no hay como un vislumbre de ese privilegio prodigioso
que tiene el amor divino de unirnos con el Espíritu Santo y de escuchar sus
santas inspiraciones? Cuando se ama, aun con el amor terreno, se tienen
intuiciones para descubrir los pensamientos y los deseos de la persona
amada que no pueden suplirse con ninguna ciencia.
¿No vemos cómo las madres adivinan, por decirlo así, las
necesidades y los deseos de sus hijos pequeñitos? Una persona
experimentada puede perfectamente no entender lo que quiere un niño, una
madre lo entiende; no es la inteligencia lo que descubre ese misterio, es el
corazón; el corazón tiene intuiciones que el espíritu no comprende.
Y si hasta el pobre amor humano, tan imperfecto y deficiente, tiene
intuiciones misteriosas; si el que ama ve, si el que ama escucha, si el que
ama vislumbra, si el que ama adivina; tratándose de ese amor sobrenatural
que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, que es la caridad, con
mayor razón se tendrán esas divinas intuiciones.
122

En la proporción en que la caridad aumenta, aumentan también y se
desarrollan los dones. Por eso, en los santos descubrimos los actos propios
de los dones del Espíritu Santo, porque han llegado a un alto grado de
caridad. Quienquiera que acrecienta su caridad, perfecciona los dones del
Espíritu Santo. Es el primer medio de desarrollar en nosotros esos
instrumentos preciosos y divinos.
***
El segundo medio consiste en desarrollar en nosotros las virtudes; las
virtudes están a nuestra disposición, son los instrumentos de nuestro
trabajo espiritual.
Por medio de las virtudes infusas, que recibimos también con la
gracia de Dios, podemos ir perfeccionando una por una todas nuestras
facultades y disponiéndolo todo en nuestra vida interior. Y a medida que
las virtudes crecen, se prepara, por decirlo así, el terreno para que el
Espíritu Santo venga y con un trabajo más fino y exquisito consume
nuestra obra.
Para continuar la comparación que puse al comenzar, así como el
pintor genial pone los rasgos de su inspiración en el lienzo cuando sus
discípulos aventajados han hecho ya la preparación conveniente, así como
él interviene cuando está preparada la tela, dispuestos los colores y
esbozado el cuadro que trata de trazar, así también, cuando nosotros, por
nuestra parte, hemos realizado nuestra obra por medio de las virtudes,
entonces el Espíritu Santo interviene con sus dones y consuma nuestra
obra.
***
La tercera cosa que podemos hacer para que se desarrollen en
nosotros los dones del Espíritu Santo consiste en ser dóciles a las
inspiraciones del Espíritu divino.
Cuando prestamos una atención amorosa y constante a la voz
misteriosa del Espíritu de Dios, cuando nuestro corazón es dócil, entonces
podemos escuchar mejor la voz del Espíritu, podemos recibir con mayor
perfección sus santas inspiraciones.
Y cuanto mejor recibamos esas inspiraciones divinas, más se irán
perfeccionando en nosotros los receptores misteriosos que son los dones
del Espíritu Santo.
123

Recojamos estas lecciones prácticas que de la doctrina de los dones
he propuesto. Yo estoy seguro de que todos poseemos los dones del
Espíritu Santo, porque espero en Dios que todos llevemos en nuestro
corazón la gracia santificante.
Si poseemos esos dones, desarrollémoslos, perfeccionémoslos. ¡Ah!,
¡qué triste es que, habiendo en el mundo tantas cosas bellas que se dicen y
se cantan, no se use el aparato receptor para percibir semejantes
maravillas! ¡Qué triste es que, teniendo en nuestras almas esos preciosos
instrumentos del Espíritu Santo, por nuestra incuria, no escuchemos su voz
deliciosa, sus inspiraciones santas!
Perfeccionemos los dones, sobre todo en este novenario de
Pentecostés. Para que el Espíritu Santo llene nuestras almas, para que nos
hable, para que nos inspire, para que nos mueva, es preciso que se
acreciente en nuestros corazones la caridad, que practiquemos con mayor
esmero las virtudes cristianas, y que teniendo nuestro espíritu silencioso y
atento y nuestro corazón dócil a las divinas inspiraciones, recibamos la
música regalada de la voz del Paráclito y sintamos en lo íntimo de nuestra
alma sus santas inspiraciones y sus mociones divinas.

124

II
DON DE TEMOR

En el capitulo anterior me esforcé por exponer la noción de los dones
del Espíritu Santo. Dije que eran receptores sobrenaturales que tienen el
maravilloso privilegio de captar las mociones del divino Espíritu y que
imprimen a nuestros actos un modo divino, porque los sujetan a una regla
altísima.
El nombre y el número de estos dones los encontramos en un pasaje
clásico del profeta Isaías: «Brotará —dice el profeta— una vara de la raíz
de Jessé, una flor nacerá de esa raíz y descansará en ella el Espíritu de
Sabiduría y de Entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el
Espíritu de Ciencia y de Piedad, y la llenará el Espíritu de Temor del
Señor.» Lo que Isaías llama «espíritus» es lo que en el tecnicismo
teológico se llaman «dones».
Isaías enumera siete: Sabiduría y Entendimiento, Consejo y
Fortaleza, Ciencia y Piedad y Temor de Dios.
Para que comprendamos lo que es cada uno de estos dones y cómo
por ellos el Espíritu Santo obra en nuestra alma y la puede mover a su
divino beneplácito, voy a servirme de una comparación. Imaginémonos
una gran fábrica donde hay múltiples y maravillosas máquinas, diversos
departamentos admirablemente organizados, como corresponden a una
obra perfecta. El director de aquella fábrica, como es lo debido, quiere
estar en contacto, a la hora que le place, con cada uno de los
departamentos y de los talleres, y para lograrlo hace una instalación de
teléfonos o de aparatos receptores de radio en los puntos principales de su
gran fábrica, para que él, desde su despacho, pueda comunicarse con todos
y dirigirlo todo y moverlo todo.
Así, el Espíritu Santo, que habita en nosotros cuando poseemos la
gracia de Dios, que es el dulce Huésped del alma —dulces hospes animae
—, como lo llama la Iglesia, y que dirige de una manera magistral nuestra
125

vida espiritual, ha querido establecer en las distintas partes del complicadísimo ser humano esas realidades misteriosas, esos receptores que
son los dones del Espíritu, por los cuales Él se comunica con nosotros y
puede influir en todas y en cada una de nuestras facultades humanas.
***
A grandes rasgos podemos contemplar el conjunto de nuestras
facultades. Por encima de todas ellas, como un destello de la luz de Dios,
está el entendimiento. Es la facultad más alta, la más noble que poseemos,
la que nos hace semejantes a los ángeles, la que pone en nuestras almas un
rasgo de la imagen de Dios. En esta facultad altísima, precisamente por su
nobleza y excelencia, el Espíritu Santo ha puesto cuatro dones: Sabiduría,
Entendimiento, Ciencia y Consejo, que corresponden maravillosamente a
los distintos hábitos intelectuales que los filósofos dicen que tenemos en
nuestro entendimiento. Por el con de Entendimiento penetramos en las
verdades divinas, y para juzgar de esas verdades tenemos tres dones: el de
Sabiduría, que juzga de las cosas divinas; el de Ciencia, que juzga de las
criaturas; el de Consejo, que arregla y dispone nuestros actos.
En la voluntad, que es la facultad que sigue en categoría y nobleza a
nuestra inteligencia, hay un don, el don de Piedad, que tiene por objeto
arreglar y disponer nuestras relaciones con los demás.
Para dominar la parte inferior de nuestro ser, hay dos dones: el de
Fortaleza y el de Temor de Dios; el de Fortaleza, para quitarnos el temor
del peligro; el de Temor de Dios, para moderar los ímpetus desordenados
de nuestra concupiscencia.
Y así, desde la cúspide de nuestro espíritu, que es la inteligencia,
hasta la porción inferior de nuestro ser, el Espíritu Santo tiene sus dones
para comunicarse con todo este mundo interior que llevamos en nosotros,
para poder inspirar y mover todos nuestros actos humanos.
A primera vista llama la atención que en la voluntad, que tiene tan
grande importancia en nuestra vida moral, no haya más que un don, y éste
con una actividad muy limitada, porque el don de Piedad —como lo dije
ya— tiene por fin disponer nuestras relaciones con los demás; la razón de
esta aparente anomalía consiste en que en nuestra voluntad poseemos dos
virtudes altísimas: la Esperanza y la Caridad; estas virtudes son superiores
a los dones y pueden, por consiguiente, tener al mismo tiempo función de
virtud y función cíe don.
126

Decía en el capitulo anterior que las virtudes nos sirven para la
dirección que la razón imprime a nuestra vida, y que los dones son
preciosos instrumentos que el Espíritu Santo utiliza para su dirección más
alta. Es natural que en proporción del que dirige sean los instrumentos de
la dirección; pero la Caridad y la Esperanza son virtudes tan altas, son
instrumentos tan preciosos, que al mismo tiempo que puede nuestra razón
disponer de ellas —imprimiéndoles, naturalmente, su modo humano—, el
Espíritu Santo las utiliza también como preciosos instrumentos para
realizar sus maravillas.
Y así, por ejemplo, la Caridad, esa Caridad que el Espíritu Santo
derrama en nuestros corazones, ese amor sobrenatural y divino que nos
hace amar a Dios por Sí y a nuestro prójimo por amor de Dios, la Caridad
puede ser —si se me permite la expresión demasiadamente humana—
manejada por nuestra razón y producir un amor sobrenatural, pero
imperfecto, y puede ser movida por el Espíritu Santo, y entonces producir
un amor profundo y altísimo.
***
Por este conjunto de dones, el Espíritu Santo posee por completo
nuestra alma, y estos dones tienen entre sí relaciones estrechas. El profeta
Isaías, en la enumeración que acabo de hacer, los va colocando por pares:
Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento, Espíritu de Consejo y de
Fortaleza, Espíritu de Ciencia y de Piedad, Espíritu de Temor de Dios. Hay
entre esos dones que forman cada par una unión estrechísima: el primero
de cada par es el director del otro; la Sabiduría dirige al Entendimiento, el
Consejo a la Fortaleza, la Ciencia a la Piedad, y el Temor de Dios es
dirigido directamente por la Sabiduría, que es como la directora general de
todos los demás dones.
Si consideramos la importancia de ellos, la excelencia de cada uno, se
pueden enumerar así: el más perfecto de todos es la Sabiduría, sigue
después el Entendimiento, en seguida la Ciencia, después el Consejo, en
seguida la Piedad y la Fortaleza, y el inferior de todos es el don de Temor
de Dios.
¡Oh! ¡Si nos pudiéramos dar exacta cuenta de lo que es ese mundo
interior que llevamos en el alma! ¡Si pudiéramos comprender cómo el
Espíritu Santo verdaderamente habita en nosotros y nos posee! Vuelvo a
mi comparación, y que no por ser prosaica deja de ser exacta: un director
de una gran fábrica, que tiene una magnífica instalación en todos los
127

departamentos de ella y que puede comunicarse en un momento dado con
todas las dependencias de aquella fábrica para poder dar sus órdenes y dirigirlo todo, puede decirse que en su despacho tiene la fábrica entera; así, el
Espíritu Santo, habitando en el santuario interior de nuestra alma y siendo
el dulce Huésped de ella, tiene, por medio de sus dones, la posesión de
todas nuestras facultades.
Verdaderamente, el Espíritu Santo es el alma de nuestra alma y la
vida de nuestra vida; ¡lástima que nosotros nos olvidemos con frecuencia
de ese mundo que llevamos dentro! ¡Lástima que, fascinados por las cosas
de la tierra, muchas veces perdamos la noción de las cosas divinas! ¡Ah! A
cada uno de nosotros se nos pudiera decir lo que dijo Nuestro Señor a la
Samaritana junto al brocal del pozo de Jacob: «¡Si conocieras el Don de
Dios!» ¡Si supiéramos lo que llevamos dentro de nuestra alma! Riquezas
sobrenaturales, riquezas divinas que podemos maravillosamente explotar.
***
Pero conviene ir examinando uno por uno cada don de esta serle
magnífica que el Espíritu Santo derrama en nuestras almas.
Comenzaremos por el inferior de todos, el don de Temor de Dios.
A primera vista, parece extraño que haya un don de Temor; por
ventura, ¿no todos los dones tienen por raíz la Caridad? ¿Y no dice la
Escritura que al amor perfecto excluye el temor? ¿Cómo es posible que de
esta raíz profunda y divina de la Caridad brote el Temor de Dios?
Para comprenderlo es preciso un análisis; hay diversas clases de
temores: hay el temor de la pena y el temor de la culpa; hay también un
temor mundano. ¡Cuántas veces por el temor de un mal terreno, de un mal
temporal, nos olvidamos de los santos preceptos de Dios y cometemos un
pecado! ¡Cuántos hombres hay que por temor mundano se apartan de
Dios!
Hay otro temor que nos aleja del pecado, que nos acerca a Dios, pero
que es demasiadamente imperfecto; los teólogos lo llaman temor servil; es
el temor del castigo. Sin duda que muchas veces el temor del castigo nos
impide caer en el pecado, pero no cabe duda que el motivo es de orden
inferior, es mezquino, no tiene la nobleza propia del amor. El temor servil
no es el don de Temor de Dios, de que estoy tratando.
Hay otro temor que se llama filial, y consiste en la repugnancia que
siente el alma por alejarse de Dios; es un temor que brota de las entrañas
mismas del amor. ¡Ah!, es verdad que el amor perfecto excluye el temor;
128

pero hay un temor que el amor no excluye, hay un temor que está —por
decirlo así —en la base del amor. Quien quiere, quien ama, siente un
profundo temor de apartarse del amado o disgustarlo; no se concebiría el
amor sin este temor. Yo podría decir una frase de San Agustín; «Da
amantem et sentit quod dico.» (Dadme uno que ame y entenderá lo que
digo.) Para el que ama, para aquel en quien un amor profundo se ha
enseñoreado de todo su ser, hay un temor que está por encima de todos los
temores: la separación del amado; y este temor, dirigido por el Espíritu
Santo, es precisamente lo que viene a constituir el don de Temor.
El Espíritu Santo de tal manera nos une a Él, que nos infunde un
horror instintivo, profundo, eficacísimo, de apartarnos de Dios, que nos
hace decir: todo, menos apartarnos de Él; todo, menos perder nuestra
unión estrechísima con el ser amado. Es un temor filial, es un temor
nobilísimo, es un temor que brota de las entrañas mismas del amor; ese
temor filial, perfecto y amoroso, es lo que viene a constituir el don de
Temor de Dios.
La Santa Escritura nos asegura en muchos pasajes que el Temor de
Dios es el principio de la sabiduría, y así lo es, en verdad, sino que esta
expresión debe entenderse debidamente. No es el Temor de Dios principio
de la sabiduría, en el sentido que del temor emane la esencia de ella, como
de los principios de una ciencia emanan sus conclusiones, sino que el
Temor de Dios es el principio de la sabiduría, en el sentido que ese den
produce el primer efecto en la obra divina de la sabiduría.
Y de la misma manera son principio de la sabiduría los distintos
temores.
El temor servil es principio de la sabiduría, pero no en el sentido de
que influya en ella, sino que como que prepara, como que dispone el alma
para que pueda venir a ella la sabiduría. El temor servil es principio de la
sabiduría, como los cimientos son el principio del edificio; estando ocultos
no tienen la belleza de líneas que va a tener el edificio, pero es preciso que
el edificio descanse sobre ellos. Así, el amor servil, apartándonos del
pecado, produce en nuestra alma la limpieza necesaria para que pueda
penetrar en ella el amor verdadero.
El temor filial es, en un sentido más perfecto, el principio de la
sabiduría, porque para que podamos poseer la sabiduría divina,
necesitamos unirnos tan estrechamente con Dios que nada nos pueda
separar de Él, y el don de Temor nos une así con Dios. El don de Temor
129

impide que nunca nos apartemos del Amado, y en ese sentido, el principio
de la sabiduría es el Temor de Dios.
***
Este don viene a corresponder de una manera maravillosa a distintas
virtudes; a la humildad, porque la humildad nos coloca en nuestro propio
puesto, nos hace conocer nuestro verdadero valor e impide esas rebeliones
contra Dios y esa presunción que nos hace creernos superiores a lo que
somos. El don de Temor de Dios, uniéndonos con Dios, nos hace sentir
hondamente nuestra propia miseria.
Corresponde también al grupo de virtudes de la Templanza, porque
estas virtudes moderan nuestra concupiscencia, los impulsos desordenados
de nuestro corazón; pero el Temor de Dios, por un principio altísimo, por
un principio divino, también nos coloca en el orden, en la moderación, en
la paz.
El don de Temor ha inspirado muchos rasgos primorosos de la vida
de los santos; recuerdo en estos momentos algunos. ¿No recordamos que
San Luis Gonzaga lloró y se afligió cuando tuvo que confesar unas faltas
que a nosotros nos cuesta trabajo creer que sean pecado? ¿Por qué aquellas
lágrimas? ¿Por qué aquel dolor? Porque aquilataba la magnitud de aquellas
faltas —que nosotros juzgamos pequeñísimas— bajo el influjo del don de
Temor; veía en aquellas faltas el mal, un vestigio de la separación de Dios;
eran ligerísimas, ciertamente, pero ¿para el amor hay una cosa ligera?
Cuando se ama con pasión, ¿el peligro más leve de apartarse del objeto
amado no despedaza el corazón?
Este mismo don de Temor influía en Santa Juliana de Falconeris, que
temblaba al escuchar el nombre de pecado, que se desmayaba cuando oía
relatar un crimen. Es algo superior, algo hondísimo, algo mucho más
perfecto que lo que nosotros podemos, por nuestras pobres facultades naturales, alcanzar; es el efecto sobrenatural que el Espíritu Santo produce en
las almas para que miren con horror el pecado, para que se adhieran
intensamente a Dios.
***
Como es natural, en los dones se da grados, como se dan también en
las virtudes. Cualquiera facultad en el orden natural puede irse
perfeccionando, y, en tanto que se perfeccionan sus actos, se hacen más
intensos, más perfectos. No es el mismo grado el de la inteligencia de un
130

estudiante que comienza a poner apenas su planta en los sagrados dinteles
de la ciencia, que la del que ha hecho un estudio completo de las ciencias
propias de su profesión, y, sobre todo, que la del sabio que se ha pasado la
vida en estudios serios y profundos. Las facultades naturales crecen con el
ejercicio, se van acrecentando cada vez más, y podemos distinguir grados
en ellas.
Lo mismo acontece en el orden sobrenatural; las virtudes tienen sus
grados y los dones los tienen también. El don de Temer de Dios, en el
primer grado, produce horror al pecado y fuerza para vencer las
tentaciones.
Por las virtudes nos alejamos del pecado, vencemos la tentación, pero
¡con cuántas luchas!, ¡con cuántas deficiencias! Lo sabemos por una triste
experiencia; no son nuestros esfuerzos espirituales siempre gloriosos;
¡cuántas veces nos sentimos vencidos!, ¡cuántas otras, aunque al fin y a la
postre resultemos vencedores, hemos tenido deficiencias, hemos vacilado,
y solamente después de muchos esfuerzos logramos la victoria!
Por el don de Temor de Dios, la victoria es rápida, la victoria es
perfecta, ¡cuántas veces lo hemos sentido en el fondo de nuestra alma! ¿No
ha habido ocasiones en las que en presencia de una tentación o de un
peligro sentimos un impulso rápido e instintivo que nos aparta del pecado?
Es el Espíritu Santo que nos mueve por el don de Temor.
En el segando grado de este don, no sólo el alma se aleja del pecado,
sino que se adhiere a Dios con profunda reverencia. No solamente se
reverencia a Dios hasta evitar toda clase de pecado, sino que se evitan esas
irreverencias que, sin llegar a faltas, son siempre señales de imperfección.
Este respeto profundo que los santos han tenido por todo lo sagrado,
por la Iglesia, por el Evangelio, por el sacerdote, es efecto del don de
Temor de Dios. Todo lo divino se reverencia; no quisiera el alma que está
bajo el imperio del don de Temor faltar en lo mínimo al respeto y
veneración que a Dios es debido.
En el tercer grado de este don se produce un efecto maravilloso: el
desprendimiento total de las cosas de la tierra. Por eso dicen los teólogos
que el don de Temor de Dios es el que viene a producir la primera de las
Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el
Reino de los cielos.» La Bienaventuranza de la pobreza y del
desprendimiento es fruto del Temor de Dios.
Cuando de tal manera nos adherimos a Dios y nos alejamos de todo
lo que nos pudiera separar de Él, que llegan a perder para nosotros su
131

fascinación las cosas exteriores, entonces el alma se siente libre,
experimenta un desprendimiento divino, que es característico de ese
periodo de la vida espiritual; y entonces se llega a esa cumbre gloriosa de
la cual dijo Jesucristo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de
ellos es el Reino de los cielos.»
El desprendimiento de Francisco de Asís, que miraba como nada
todas las cosas de la tierra, el desprendimiento que Jesucristo aconsejó a
aquel joven del Evangelio cuando le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda,
vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y ven y sígueme», ese desprendimiento es fruto del don divino del Temor de Dios.
¿No es verdad que estas consideraciones, a primera vista altas, a
primera vista difíciles, y que pudieran juzgarse hasta poco adecuadas a
nuestra situación ordinaria, no es verdad que abren horizontes a nuestro
espíritu?
¡Qué bello es contemplar los senderos que llevan a la cumbre! Quizá
nosotros estamos muy cerca del valle, quizá apenas vamos caminando por
las primeras estribaciones de la montaña; pero ¡cómo se conforta el
espíritu, cómo se dilata el corazón cuando contemplamos las cumbres gloriosas, cuando sabemos que estamos destinados para llegar a esas
excelsitudes, y cómo sirve de acicate a nuestra pequeñez y a nuestra
debilidad saber que el Espíritu Santo vive en nosotros y que tiene en
nuestro corazón preciosos instrumentos para impulsarnos y elevarnos, para
llevarnos a las alturas!
A través de cada uno de estos dones debemos contemplar al Espíritu
Santo, el Director supremo, el Motor inefable y divino de nuestras almas.
Y es consolador y confortante pensar que ese Espíritu Santo lo tenemos en
nuestro corazón. El Espíritu Santo nunca está separado de sus dones:
donde Él está están sus dones, y con sus dones, que son preciosos
instrumentos, puede influir en todas las partes de nuestro ser.
Levantemos nuestros ojos a las alturas, levantemos nuestros
corazones al cielo. Sursum Corda!, como nos dice el sacerdote todos los
días en la santa Misa: levantemos nuestros corazones al cielo, Sursum
Corda!, como nos dice Dios. Contemplemos aquel amor inefable, infinito,
perfecto, personal, que enlaza en un abrazo de amor al Padre y al Hijo:
invitémosle, deseémosle, digámosle que viva en nuestras almas, que no
nos abandone jamás, que llene nuestros corazones y que, por medio de sus
dones, preciosos instrumentos de su actividad, influya en nosotros, nos
132

mueva v nos conduzca a través de todas las vicisitudes dpi destierro, a la
cumbre bienaventurada de la patria.

133

III
DON DE FORTALEZA

En el capítulo anterior procuré señalar el campo de la vida espiritual
en el que ejerce sus funciones santísimas el don de Temor de Dios. Para
practicar el bien encontramos en nosotros mismos una dificultad enorme:
la inclinación desordenada que tenemos al mal, a las cosas de este mundo,
y la atracción que las criaturas ejercen sobre nosotros y que la Escritura
llama «la fascinación de la vanidad» (fascinatio nugacitatis) (Sab 4, 12).
Para moderar nuestros afectos y para ordenar nuestra vida, necesitamos
que el Espíritu Santo nos enlace tan íntimamente con Dios, que ningún
atractivo y ninguna fascinación terrena nos pueda arrancar de los brazos
amorosos del Señor. Esto lo realiza el Espíritu Santo —como ya procuré
explicarlo— por el don de Temor de Dios.
Pero hay otro campo, importantísimo también en la vida espiritual, en
el que se necesita el influjo eficaz y decisivo del Espíritu Santo. Procuraré,
con la gracia de Dios, explicar lo que es este nuevo campo de acción.
***
Sabemos muy bien que para la vida espiritual, como para cualquiera
otra empresa noble y generosa, encontramos dificultades y peligros. El
sabio Salomón decía: «Todas las cosas son difíciles» (cunctae res
difficiles) (Eccli 1, 8), y nuestra experiencia nos enseña cuán profunda es la
frase del Sabio y qué propio es de lo humano encontrar dificultades en
todo. Y cuanto más elevadas y generosas son nuestras empresas, tanto más
crecen y se aumentan las dificultades.
Para alcanzar nuestra felicidad eterna, ¡cuántos obstáculos tenemos
que superar! Muchas veces conocemos nuestro deber de manera precisa y
exacta, sentimos el deseo de cumplir y tenemos propósitos de caminar por
los senderos que Dios nos ha señalado. ¡Ah!, pero es tan difícil a nuestra
pequeñez cumplir nuestro deber...; en cada acto de virtud necesitamos
134

hacer tales esfuerzos, tales sa1 orificios, que muchas veces nuestra
debilidad sucumbe, y aun sabiendo que nos apartamos del camino recto,
dejamos la empresa iniciada y sin cumplir el propósito que habíamos
concebido, y nos parece demasiadamente ardua la obra que nos habíamos
propuesto realizar.
Al mismo tiempo que encontramos dificultades en nuestras empresas,
especialmente en nuestra vida espiritual, también estamos rodeados de
peligros. ¡Oh!, en todas partes encontramos peligros que nos exponen a
caer, que nos impiden hacer el bien; ¿no dijo el santo Job que la vida
humana es una tentación, es una lucha constante? ¿No nos dice el apóstol
San Pedro que el demonio, como león rugiente, está siempre rodeándonos,
buscando el momento propicio para devorarnos? No solamente
encontramos el peligro en nuestros semejantes y aun en el fondo de nuestro propio ser, sino que hasta las potestades infernales se conjuran contra
nosotros para impedir que caminemos de una manera recta y rápida hacia
la perfección y hacia la felicidad.
Para sostenernos en las dificultades, para evitar los peligros, para
hacer los esfuerzos indispensables para cumplir la voluntad de Dios y
realizar el fin para el cual Nuestro Señor nos puso en este mundo,
necesitamos una firmeza de alma singular. Por eso se dice que los
esforzados son los que alcanzan el cielo, por eso hay relativamente tan
pocos santos, porque son muy pocos los que tienen la fortaleza necesaria
para superar las dificultades, para huir; los peligros, para hacer los
esfuerzos y los sacrificios que: exige la perfección a que Dios nos ha
llamado.
Para que podamos superar las dificultades y eludir los peligros,
Nuestro Señor ha provisto dándonos un conjunto de virtudes que se
agrupan en torno de la virtud cardinal de la Fortaleza. Son la paciencia, la
perseverancia, la fidelidad, la magnanimidad, etc., todo un grupo de
virtudes que, como un ejército en orden de batalla, está en nosotros para
fortificarnos, para alentarnos, para hacernos superar las dificultades y
evitar los peligros.
Pero ese grupo de virtudes sobrenaturales, aunque eficacísimas, no
son aún suficientes para que podamos superar todas las dificultades y
eludir todos los peligros; porque las virtudes, como en los capítulos
anteriores lo he dicho, por más que sean sobrenaturales, tienen el sello
nuestro, tienen el modo humano, y nuestro pobre espíritu, estrecho y
limitado, es muy débil.
135

Por eso dice la Escritura que «los pensamientos de los mortales son
tímidos y sus providencias inciertas» (Sab 9, 4). Sí; en nuestros actos
ponemos nuestro sello, nuestro sello de debilidad y deficiencia.
De manera que para alcanzar la salvación de nuestras almas no basta
la virtud de la fortaleza con sus virtudes anexos; se necesita un don, un don
del Espíritu Santo que lleva el mismo nombre que la virtud: el don de
Fortaleza.
Por este don, el Espíritu Santo, de tal manera nos mueve, que
podemos superar todas las dificultades, que podemos eludir todos los
peligros, que podemos tener en nuestra alma esa confianza que hacía
exclamar al apóstol San Pablo: «Omnia possum in eo que me confortat.»
(Todo lo puedo en Aquel que me conforta) (Flp 4, 13). Esta frase del apóstol
expresa lo que el don de Fortaleza produce en las almas.
***
Voy a tratar de explicar, en cuanto me sea posible, por qué las
virtudes no son suficientes para infundir en nuestra alma la firmeza que
necesitamos para realizar la grande empresa de nuestra santificación, y
cómo es absolutamente preciso que otro don del Espíritu Santo, el don de
Fortaleza, venga a consumar la obra.
Las virtudes tienen una norma distinta de los dones; la regla de la
virtud de la fortaleza es la amplitud de las fuerzas humanas. La fortaleza
nos alienta para acometer empresas arduas, nos infunde firmeza para
superar las dificultades; pero como tiene esta norma, esta medida, nuestras
propias fuerzas, no puede la virtud de la fortaleza alentarnos para algo
superior a las fuerzas humanas.
Toda virtud —dicen los teólogos— consiste en el medio; cualquiera
desviación de nuestra voluntad, sea hacia la derecha, sea hacia la
izquierda, nos aleja de la virtud. La fortaleza, ciertamente, no permite la
timidez irracional, pero tampoco nos puede impulsar a emprender, con presunción y jactancia, algo que sea superior a nuestras fuerzas. En la
Escritura hay este consejo prudentísimo: «Altiora te ne quaesieris» (No
busquéis lo que sea superior a vuestras fuerzas) (Eccli 3, 22). Y la fortaleza
virtud no nos puede impulsar a ninguna cosa que sea superior a las fuerzas
humanas.
Ahora bien: ¿no es superior a las fuerzas humanas la consumación de
toda obra y el evitar todo peligro? ¿Qué hombre hay, por Arme, por
grande, por tenaz que sea, que pueda consumar toda obra que emprenda y
136

que pueda eludir todos los peligros que encuentre en su camino? Esto es
algo superior a nuestras fuerzas.
Y la empresa que todo cristiano tiene que acometer, la santificación
de su alma, alcanzar la felicidad eterna, es la empresa más grande, la
empresa más ardua que se puede imaginar. ¿Podrá el hombre, por sus
propias fuerzas —aun ayudado por los auxilios divinos, pero por sus
propias fuerzas—, podrá alcanzar y consumar esa obra colosal y eludir
todos los peligros que pueda encontrar durante su vida? Sin duda que no. y
por eso se necesita un auxilio superior a la virtud, por eso se necesita el
don de Fortaleza.
El don de Fortaleza tiene otra medida. ¿Sabemos cuál es? La medida
del don de Fortaleza no son las fuerzas humanas, no son las fuerzas
angélicas, es la fuerza de Dios, su fuerza infinita, su fuerza omnipotente;
por el don de Fortaleza, el Espíritu Santo nos impulsa a todo aquello a
donde puede alcanzar la fuerza de Dios.
Porque, en realidad, en el orden sobrenatural y bajo la moción del
Espíritu Santo, la pobre criatura se reviste de la fortaleza de Dios; como
que desaparece nuestra debilidad, como que tenemos en propiedad la
fuerza divina.
No pensemos que exagera el apóstol San Pablo en la frase que ya
cité; nos lo dice de una manera clarísima: «Todo lo puedo en Aquel que me
conforta.» A primera vista, esa frase parece jactanciosa y soberbia: todo lo
puedo. No pone limitación ninguna el apóstol, y poderlo todo es propio de
Dios; ¿no es el único que puede decir: Yo todo lo puedo? ¿Por qué el
apóstol San Pablo se atreve a pronunciar esa palabra: «Todo Jo puedo en
Aquel que me conforta»?
Quiere decir: todo lo puedo, porque cuento con Dios, porque poseo
su fuerza, porque estoy revestido de su fortaleza divina; todo lo puedo
porque estoy confortado por Dios.
Esa es la norma del don de Fortaleza, la fuerza infinita de Dios. Y
porque se posee esa fuerza se puede vencer toda dificultad; ¿acaso la
fuerza infinita de Dios no vence todas las dificultades? ¿Los obstáculos no
son, no se convierten en medios en las manos omnipotentes de Dios?
Y porque se posee esa fuerza infinita, se pueden superar todos los
peligros; no hay peligro, por grave que sea, que no pueda ser superado por
la fuerza del Altísimo.
Y no solamente por el don de Fortaleza tenemos la » firmeza
necesaria para superar todas las dificultades y eludir todos los peligros,
137

sino que el Espíritu Santo infunde en nuestras almas una confianza como
la que expresa el apóstol San Pablo en la frase que he citado; una confianza, una seguridad que produce en nuestras almas la paz, la paz en
medio de los peligros, la paz en medio de la lucha, la paz en medio de las
dificultades.
Pienso que no hay espectáculo tan bello y tan grande como el que han
ofrecido muchas veces en la Historia los santos, que en medio de
dificultades sinnúmero, teniendo que combatir con los poderosos de la
tierra y con las potestades del infierno, conservaron su paz y su alegría. Es
que estaban regidos por el Espíritu Santo, es que obraban bajo el influjo
eficacísimo y omnipotente del don de Fortaleza.
Por ese don se consuma teda obra, se supera toda dificultad, se elude
todo peligro y se quita esa vacilación, ese temor, esa timidez que son tan
propios de la naturaleza humana.
¿No nos revela la Historia que grandes conquistadores, soldados
valerosísimos, al comenzar una batalla, temblaban y vacilaban, por más
que tuvieran la experiencia de su práctica y de sus fuerzas? ¡Ah!, es que a
la pobre naturaleza humana siempre le queda la vacilación y el temor:
¡somos tan frágiles!, ¡somos tan débiles! Mas cuando estamos bajo el
imperio del Espíritu Santo, cuando estamos revestidos de la fuerza de
Dios, cuando el don de Fortaleza dirige nuestros actos, se acaba el temor y
la vacilación: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta.»
Para que nos demos exacta cuenta de esto y de que los dones no son
como una leyenda fantástica, no son como una cosa especulativa, sino que
son algo perfectamente práctico, quiero señalar algunos rasgos en las vidas
de los santos. Y acudo a ellos, en primer lugar, porque los santos son los
que han vivido de una manera integra y perfecta la vida espiritual, y en
segundo, porque en esa materia son las únicas vida que conocemos todos.
¡Oh!, cuántas veces en un alma desconocida hay maravillas de Dios; pero
son el secreto del Altísimo.
Por el don de Fortaleza los santos han alcanzado esta perfección
increíble, gozar en el sufrimiento. Apenas alcanzamos nosotros a
comprender cómo es posible que de las entrañas mismas del dolor brote la
alegría; pero esa es la verdad.
¿Recordamos la parábola de la perfecta alegría de San Francisco de
Asís? ¿Recordamos lo que decía al Hermano León, corderillo de Dios,
cuando iban por un camino y se detenía para explicar en qué consiste y en
qué no consiste la perfecta alegría?
138

No me detendré en repetir esa conocidísima parábola; únicamente
recordaré la conclusión a la que llegó el Serafín de Asís: «Hermano León,
la perfecta alegría consiste en padecer por Cristo, que tanto quiso padecer
por nosotros.»
Si no fuera un santo el que dijo tal cosa, creeríamos que era una
paradoja de algún literato para impresionar el ánimo de los que leyeran sus
obras; pero no. Francisco es sincero, tiene la sinceridad de un niño, y él
nos dice que la mayor alegría, la perfecta, la que llega al corazón, la que
tiene un sello celestial, consiste en sufrir. Solamente bajo el imperio del
don de Fortaleza se puede encontrar gusto en el dolor.
Otro ejemplo de lo que el don de Fortaleza produce en las almas lo
tenemos en aquel santo anciano Ignacio, obispo de Antioquía, que fue
llevado a Roma para ser martirizado. Les dirigió a los romanos una carta
maravillosa, cuyo fin era suplicarles, por las entrañas de Cristo, que no le
fueran a impedir el martirio. Y les decía: «Si las fieras no se arrojan sobre
mí, como ha sucedido con algunos mártires, yo las azuzaré para que me
devoren. Perdonadme, hijitos, pero yo sé lo que me conviene; porque yo
soy el trigo de Cristo, y es preciso que sea triturado por los dientes de las
fieras para convertirme en pan inmaculado.»
Esas palabras, esa actitud, no es la actitud de un sabio, no es la
actitud de un hombre; es la actitud de quien está bajo el imperio del
Espíritu Santo, de quien recibe el influjo eficacísimo del don de Fortaleza.
Y no sólo para esos actos extraordinarios, heroicos, se necesita ese
don. No; en otros santos encontramos el influjo del don de Fortaleza en
actos que no son extraordinarios, como éstos que acabo de citar; por
ejemplo, San Gregorio VII, emprendiendo una lucha gigantesca contra los
enemigos de la libertad de la Iglesia. ¿No tenía también una fortaleza
sobrehumana, que no era la virtud, sino el don, Santa Teresa de Jesús, para
reformar la Orden del Carmelo, al tener que luchar contra los buenos y
contra los malos y pasar por inmensas dificultades, mientras llevaba
muchas veces en el alma una desolación inmensa? ¿No necesitó el don de
Fortaleza para realizar sus empresas?
***
Y yo quiero advertirlo: hasta para la vida ordinaria se necesita el don
de Fortaleza, no solamente porque todo cristiano puede encontrarse alguna
vez en una situación difícil, heroica, en que necesite el impulso del
Espíritu Santo para hacer algo extraordinario, sino también para nuestra
139

vida ordinaria, para perseverar en la virtud, para hacer todos los esfuerzos
que son necesarios para alcanzar el cielo, para poder vencer los peligros,
para superar las dificultades ordinarias de nuestra vida y, sobre todo, para
sentir en nuestros corazones esa paz y esa confianza de que he hablado, es
absolutamente indispensable el don de Fortaleza.
Gracias a Dios, lo tenemos, lo recibimos en el día de nuestro
bautismo, y cuanto tiempo tengamos la gracia en nuestra alma, tenemos
con la gracia el don de Fortaleza, y poseemos al Espíritu Santo en nuestro
corazón, y podemos recibir a la hora que sea preciso el influjo eficacísimo
del Paráclito.
En el don de Fortaleza se dan grados: en el primer grado podemos
realizar todo lo que sea absolutamente necesario para la salvación de
nuestra alma, todo lo que
Dios nos mande, aun cuando algunas veces pueda llegar a ser
extraordinario o heroico.
En el segundo grado, nuestro espíritu adquiere una firmeza superior,
no sólo para que cumplamos lo absolutamente necesario, lo que es de
precepto, sino también para realizar las cosas que son de consejo, según
los deberes y el espíritu de cada alma, en el estado en que Dios la ha colocado.
Y en el tercer grado, el don de Fortaleza, como que nos eleva por
encima de toda criatura, como que nos hace superarnos a nosotros mismos,
como que nos coloca en el seno mismo de Dios, donde reina una confianza
sin límites y una paz inalterable.
***
¡Si conociéramos el Don de Dios! ¡Si supiéramos lo que es ese
mundo maravilloso que llevamos en el alma! ¡Si nos diéramos cuenta de
esa belleza incomparable y divina del mundo sobrenatural!
En el mundo exterior hay maravillas. ¿Quién no se complace
aspirando los perfumes de la primavera en una campiña florida? ¿Quién no
experimenta el encanto misterioso que encierran los bosques umbríos?
¿Quién no siente la grandeza incomparable del océano cuando lo oye rugir
y cuando ve levantarse hacia el firmamento sus olas? ¿Quién no
experimenta una paz deliciosa cuando en una noche tranquila contempla
en el firmamento las estrellas que tililan misteriosas? Todo este mundo no
es nada en comparación del mundo sobrenatural.
140

Y si del mundo que acabo de describir pasamos al mundo de la
ciencia y al mundo del arte, a todas las obras maravillosas que el hombre
ha realizado, sobre todo en la época moderna, vuelvo a decir la misma
palabra: todo esto es nada en comparación de nuestro mundo interior,
porque allí llevamos a Dios. En el santuario interno están esparcidas las
gracias y los Dones de Dios, de manera que llevamos un mundo divino en
nuestro corazón.
¡Oh!, ¡si lo comprendiéramos, si aquilatáramos la importancia que
tiene, si entráramos en ese mundo maravilloso!
Pidámosle al Espíritu Santo que en la próxima solemnidad de
Pentecostés abra los ojos de nuestro corazón para contemplar las
maravillas que llevamos en nuestro interior, y que impulse nuestras almas
para que vivamos esa vida, esa vida que Jesucristo nos compró con su
Sangre, esa vida que Él mantiene constantemente en nuestros corazones.
***
¡Oh Espíritu Santo! ¡Ven, Luz de las almas! ¡Abre nuestros ojos para
que podamos comprender las maravillas que poseemos en nuestros
corazones! ¡Ven, ilumínanos, muévenos, vivifícanos, impúlsanos, para que
olvidemos este pobre mundo exterior tan deficiente y tan imperfecto, y
vivamos en ese otro mundo interior donde Tú habitas y en donde nos das
como Soberano espléndido tus dones magníficos, los de tu omnipotencia
infinita!

141

IV
DON DE PIEDAD

No hay porción alguna de nuestro ser a la que no llegue la moción del
Espíritu Santo; no hay caso alguno de nuestra vida espiritual en el cual no
Intervenga el Paráclito con su influjo divino por medio de algunos de sus
dones.
En los capítulos anteriores expliqué cómo el Espíritu Santo influye de
una manera definitiva en ordenar y disponer todo lo que ve a la parte
interior de nuestra alma. Por medio del don de Temor de Dios, modera las
inclinaciones de nuestra sensibilidad, ordena, por decirlo así, nuestras
facultades interiores para que nunca podamos alejarnos de Dios,
fascinados por las criaturas, y por el don de Fortaleza, toca otro aspecto de
nuestra sensibilidad, comunicando a nuestras almas un vigor, un aliento,
una firmeza sobrehumanos, para que podamos acometer todas las
empresas y evitar todos los peligros, para la gloria de Dios.
***
Pero la vida espiritual no es para encerrarse dentro de nuestro castillo
interior; toda vida exige relaciones con los demás, y de una manera
singularísima la vida espiritual. En ella tenemos deberes que cumplir con
Dios y con nuestros semejantes; no podemos vivir en un aislamiento
egoísta. ¿No es la caridad el espíritu cristiano, y la caridad no exige que
tengamos comunicaciones con Dios y con nuestros prójimos?
Y no sólo la caridad, sino también la justicia y otras muchas virtudes
exigen de nosotros que tengamos cristianas y santas relaciones con los
demás. ¡Cuántas veces encontramos defectos y deficiencias en el trato con
nuestros hermanos! ¡Es tan arduo cumplir perfectamente con los deberes
que tenernos con nuestros semejantes! ¡Es tan difícil ser al mismo tiempo
Justos y afables, y tener exquisita delicadeza en nuestro trato con nuestros
prójimos!
142

A
Para ordenar y para disponer nuestras relaciones con los demás, hay
un grupo de virtudes que tienen como centro la virtud cardinal de la
Justicia: para aquellos con los que tenemos una deuda rigurosa, es la
Justicia; para Dios, la Religión; para nuestros padres, para nuestra familia
y para nuestra patria, la Piedad; para nuestros bienhechores, la Gratitud,
etc. Es un conjunto de virtudes que tiene cada una de ellas su objeto y su
función propia, y entre todas ellas ordenan y disponen nuestras relaciones
con Dios y con nuestros semejantes.
Pero, claro está, que en el terreno propio de una virtud, el Espíritu
Santo puede influir por medio de un don, y que en tanto que las virtudes
tienen siempre —como tantas veces lo he repetido— el sello humano, el
sello de miseria y de imperfección, el Espíritu Santo, por medio de sus
dones, eleva y comunica un modo divino a nuestras relaciones con los
demás.
Para exponer en unas cuantas palabras lo que es el don de Piedad,
diré que unifica de una manera admirable en un principio altísimo todas las
relaciones que tenemos con los demás, y las guía, y las hace más
profundas y más perfectas.
***
Primeramente las unifica. Llama la atención que en tanto que en el
terreno de las virtudes hay una multitud de ellas que rigen nuestras
relaciones, en el mundo de los dones no hay más que un don, el don de
Piedad, que tiene por fin arreglar todas nuestras relaciones con los demás;
porque en las alturas se unifica lo que abajo es múltiple. Ese principio
altísimo que viene a servir de norma a nuestras relaciones, el apóstol San
Pablo lo expresa con estas palabras: «Accepistis spiritum adoptionis in quo
clamamus Abba (Pater)» (Rom 8, 15). Hablando del Espíritu Santo, dice que
es el Espíritu de adopción que vive en nuestras almas, el Espíritu de
adopción por el cual clamamos a Dios, llamándole ¡Padre!
Por ser Dios nuestro Padre tenemos con Él estrechísimas y santas
relaciones filiales, y de este Espíritu de adopción que nos hace mirar a
Dios como nuestro Padre se desprende el orden y la unión que el don de
Piedad establece en nuestras relaciones con Dios y con nuestros
semejantes.
Voy a esforzarme por explicar esta doctrina. La justicia y las virtudes
morales tienen en cuenta, para arreglar nuestras relaciones con los demás,
143

lo que a cada una de ellas le es debido; hay deudas estrictas, pudiéramos
decir matemáticas; pero hay también deudas en las cuales la igualdad es
imposible. ¿Cómo le vamos a pagar a Dios con nuestro amor los
beneficios que hemos recibido de Él? «Quid retribuam Domino pro
omnibus quae rctribuit mihi?» (¿Qué le devolveré al Señor por todo lo que
me ha dado?) (Sal 115, 12). Por más que nosotros le entregáramos nuestra
vida, nunca llegaríamos a pagarle lo que hemos recibido de Él; de Él lo
hemos recibido todo, y aun cuando todo se lo devolviéramos, siempre
quedaría para nosotros una deuda insoluta. Para pagar esta deuda en la
medida de nuestra pequeñez está la virtud de la Religión.
La virtud de la piedad exige que les paguemos a nuestros padres los
beneficios recibidos de ellos, beneficios que tampoco podemos pagar
nunca completamente; si ellos nos dieron la vida, ¿cómo podríamos
corresponder de una manera digna al beneficio recibido?
Como la justicia, la religión y la piedad, hay otras virtudes del mismo
grupo que regulan nuestras relaciones con los demás y que toman un
motivo y una norma adecuados a la materia propia de cada una.
Pero el don de Piedad no tiene como norma la deuda, el beneficio,
no; el don de Piedad mira en Dios al Padre.
La virtud de la Religión nos lleva a agradecerle a Dios los beneficios
recibidos y darle un honor y un culto como soberano de nuestro ser; de
Dios hemos recibido beneficios sin cuento en el orden natural y en el
orden sobrenatural, y esos beneficios le constituyen a Él nuestro Soberano,
a nosotros sus súbditos; la Religión nos impulsa a corresponder a los
beneficios de Dios y a cumplir los deberes que tenemos con Él como
soberano, por medio de todos los actos de culto.
Pero el don de Piedad no piensa en Jo que se le debe a Dios, no mide
el honor que a Dios corresponde por los beneficios que se han recibido de
su mano; el don de Piedad.se Inspira en ese Espíritu de adopción en el cual
clamamos a Dios como a nuestro Padre. Él es Padre, es nuestro Padre;
nosotros debemos sentir en nuestros corazones el cariño filial, y propio de
los hijos es honrar a sus padres. El don de Piedad, o el Espíritu Santo por
medio del don de Piedad, desarrolla en nuestros corazones ese afecto filial
a Dios, y así, por ser hijos, nos ocupamos del honor y de la gloria de
nuestro Padre
***

144

¿Comprendemos la distinción que existe entre la virtud de la Religión
y el don de Piedad? La virtud de la Religión ve a Dios como soberano, y
el don de Piedad lo ve como Padre. La virtud de la Religión tiene en
cuenta los beneficios recibidos; el don de Piedad no se fija en los
beneficios, sino que hace decir al alma: es mi Padre, y, como mi Padre, yo
debo tener en cuenta su honor y su gloria y grandeza.
Hay en la Escritura ciertas fórmulas desinteresadas, filiales, que
expresan los sentimientos propios de un alma que está bajo el régimen del
don de Piedad: «Gratias agimus tibi, Domine Deus Omnipotens, qui est, et
qui eras et qui venturas es: quia accepisti virtutem tuam magnam et
regnasti» (Te damos gracias, Señor Dios Omnipotente, que eres y que has
sido y que vendrás, porque usaste de tu fuerza poderosísima y reinaste) (9).
No se le da gracias por los dones que nos ha dado, porque nos ha
introducido en su reino, porque nos hizo; se le da gracias por la potencia
do su virtud, por la gloria de su triunfo.
Y esos mismos sentimientos expresa todos los días en la Misa la
Santa Iglesia en el himno angélico; ¿no hemos notado esa frase sublime:
«Gratias agimus tibi propter magnan gloriam tuam» (Te damos gracias,
Señor, por tu grande gloria)? ¿Comprendemos la expresión? No le damos
gracias a Dios porque nos ha dado sus dones; no se las damos porque nos
ha creado; le damos gracias porque es grande, porque es glorioso; le
damos gracias por su gloria.
Y es propio de un hijo mirar el honor y la gloria de su padre, no
teniendo en cuenta los beneficios que a él pueden venirle, ni lo que él
puede recibir de esa gloria. Si lo ama en realidad como un hijo bien
nacido, mira con interés, mira con satisfacción Inmensa el honor y la gloria
de su padre.
Este es el don de Piedad, un don que nos lleva a honrar a Dios y a
honrarlo, no por lo que nos da, no por lo que hemos recibido de su mano
munlficiente, no por lo que esperamos recibir, sino por Él, porque es
nuestro Padre, porque nosotros nos extasiamos ante su grandeza y ante su
gloria. ¿No nos parece éste un sentimiento delicado y finísimo?
Y se distingue claramente el don de Piedad de la virtud de la Caridad,
porque la virtud de la Caridad tiene por objeto a Dios mismo, en tanto que
el don de Piedad mira el honor de Dios; por medio de la Caridad, sin duda,
porque esa filiación adoptiva que el Espíritu Santo nos hace sentir en
nuestra alma, tiene por raíz la Caridad. Pero, en tanto que la Caridad nos
hace amar a Dios en Sí mismo, el don de Piedad nos hace velar por su
145

honor, ofrecerle todo lo que nosotros podemos, todo lo que está en nuestra
mano, para que sea más honrado, para que se acreciente su gloria.
Cuando San Ignacio de Loyola tomó como lema estas palabras: «Ad
maiorem Dei gloriam» (Para la mayor gloria de Dios), estuvo, sin duda,
inspirado por el don de Piedad.
***
No solamente este don nos lleva a cumplir todos los deberes que
tenemos con Dios de una manera delicada, atenta, filial, sino que, como
una consecuencia lógica de este espíritu de adopción que el Espíritu Santo
infunde en nuestra alma, sentimos un interés singular, un interés cariñoso
por todos nuestros hermanos.
A la manera que la piedad en el orden natural y en el orden de las
virtudes se refiere principalmente a nuestros padres, mas como
consecuencia lógica de esa relación nos lleva también a cumplir nuestros
deberes con todos los consanguíneos, con todos los que forman nuestra
misma familia, y aun ampliando más, nos lleva a amar a nuestra Patria,
porque nos sentimos íntimamente ligados con nuestros conciudadanos,
como formando con todos ellos un solo cuerpo moral y espiritual, así,
desde el momento en que nosotros, por la efusión del Espíritu Santo,
sentimos a Dios nuestro Padre, tenemos que sentir la fraternidad con todos
los hombres.
Porque todos los hombres son nuestros hermanos, si Dios es nuestro
Padre; porque esa gloria y grandeza de Dios, de la cual nos sentimos
enamorados por el don de Piedad, nos lleva lógicamente a honrar a todo
aquel que participa de la grandeza y de la gloria de Dios. Y todo cristiano y
todo hombre que no está condenado posee una participación de esa
grandeza divina, o, por lo menos, está destinado a poseerla.
Por consiguiente, el don de Piedad nos lleva a mirar en todos los
hombres nuestros hermanos, nos hace sentir la fraternidad de los hijos de
Dios.
¿No recordamos que cuando Francisco de Asís no había encontrado
aún su verdadero camino, cuando, conforme a las tendencias de su época,
soñaba en la gloria como un caballero andante y pensaba en realizar alguna
empresa gigantesca, un día, al acercársele un leproso, tuvo un movimiento
sobrenatural en su alma y lo abrazó, y en aquellos momentos recibió una
revelación, la revelación de la fraternidad humana? Entonces comprendió
146

y sintió que todos los hombres somos hermanos. Fue un efecto maravilloso
del don de Piedad.
Y así, por este don altísimo, vemos en Dios a nuestro Padre, y en los
demás, a nuestros hermanos, y entonces cumplimos los deberes que
tenemos con ellos, no en la medida de una justicia estricta, sino con la
verdad de un afecto inmenso que se lleva en el alma.
¿Acaso un hijo bien nacido, para honrar a sus padres, se pone a
considerar hasta dónde ha de limitar su generosidad? ¿Acaso, cuando se
tiene el espíritu de familia y se aman los hermanos entre si, andan
midiendo lo que puede hacer cada uno de ellos por los demás? ¡Ah!, con
razón dijo Santo Tomás: «El amor no tiene medida; la medida del amor es
no tenerla.» Y cuando no es el deber, sino el amor el que inspira nuestros
actos, rompemos los moldes, quitamos todas las medidas y derramamos
nuestro corazón de una manera amplia y generosa.
Así es el don de Piedad. Por el don de Piedad el alma se entrega a
Dios y se entrega a los demás sin reservas, con toda la generosidad, con
toda la amplitud de un amor sobrenatural y divino.
***
Para que acabemos de comprender lo que es este don de Piedad,
quiero señalar algunos de los efectos principales que produce en las almas
cuando ha alcanzado este don su perfecto desarrollo.
Por parte de Dios, o por lo que ve a Dios, el don de Piedad nos
inspira sentimientos de confianza y nos mueve a entregarnos a Él. Un hijo
tiene confianza en su padre, un hijo le entrega su corazón a su padre; así, el
alma, bajo el influjo del don de Piedad, tiene en Dios una confianza
inmensa y se le entrega de una manera total.
¿Recordamos el maravilloso camino descubierto por Santa Teresa del
Niño Jesús en nuestros días? Digo descubierto, en el sentido en que puede
haber descubrimientos en las cosas espirituales. Hace más de diecinueve
siglos que está escrita en el Evangelio esta frase sublime: «Si no os
hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos.» Era el camino
de la Santa Infancia Espiritual, pero nadie había comprendido y expuesto y
practicado la doctrina del Evangelio contenida en esta frase como Teresa
de Lisieux.
Sin duda que para formar su fisonomía dulcísima y heroica
contribuyeron muchas virtudes y muchos dones, pero encuentro
marcadísima la huella del don de Piedad en ese camino de la Santa
147

Infancia. Hacerse como niño, ¿no es sentir hondamente nuestra filiación
divina? Decía la santa que como ella era moderna quería que también en el
orden espiritual hubiera grandes descubrimientos, como los hay en el
material; que quería subir a Dios y llegar a la perfección en un elevador; si
hubiera vivido unos pocos años más, hubiera dicho que en un aeroplano;
pero en su tiempo no había sino elevadores. Y ese elevador espiritual eran
los brazos de Jesús. Se sentía como una niña en los brazos de su padre. Y
¡cuántas veces repitió esa comparación! ¿No dijo, cuando la pusieron de
auxiliar del Noviciado, que ella se colgaría del cuello de Jesús como un
niño se cuelga del cuello de su padre? La confianza ilimitada que Teresa de
Lisieux tenía en Dios era confianza filial; aquella entrega absoluta por la
cual ponía en las manos de Dios todo lo que tenía y todo lo que era, era
consecuencia del don de Piedad.
***
Y en los altos grados de este don, el Espíritu Santo Infunde en las
almas que lo poseen el anhelo de unirse con Jesucristo, Víctima para
expiar los pecados del mundo y para cooperar a la gloria de Dios.
En el fondo es una enseñanza cristiana que todo el que comulga, no
digamos los sacerdotes que ofrecemos ministerialmente el sacrificio del
Altar, sino el simple cristiano que comulga, participa del sacrificio de
Jesucristo. Y participando de ese sacrificio, todos debemos tener en
nuestro corazón los mismos sentimientos que el Corazón de Jesús.
Debemos, por tanto, sentir cuando comulgamos el anhelo que siente el
Corazón de Jesús por glorificar al Padre y por expiar los petados del
mundo.
Las almas que viven bajo el régimen del don de Piedad, en los altos
grados de ese don, experimentan de una manera divina, honda,
eficacísima, los mismos sentimientos que Jesús tuvo en su Corazón al
ofrecer el sacrificio del Calvario y el sacrificio del Cenáculo, y anhelan
unir sus propios sufrimientos con los sufrimientos de Jesús, y ofrecerlos
con ellos y llevar en su corazón un eco de aquel anhelo inmenso y divino
que Jesús tuvo en su alma cuando se ofreció como Víctima por los pecados
del mundo.
***

148

Y en cuanto a los actos que son propios de este don, en lo referente a
las criaturas, en el primer grado del don, el alma se comunica
generosamente a los demás.
En el segundo grado ya no es la generosidad que da lo superfluo, sino
la que da hasta lo necesario. ¿No recordamos una frase del apóstol San
Pablo, frase extraña, frase audaz: «Yo desearía ser anatema por mis hermanos»? Como que llegaba el Apóstol a sentir el anhelo de perder los dones
divinos para dárselos a los demás; ¡generosidad extraña!, ¡generosidad sin
limites que procede del don de Piedad!
El último grado de este don, particularmente en aquellas almas que
están dedicadas a la vida apostólica, consiste en entregarse sin reserva, en
darlo todo y en darse a sí mismas por los demás. El apóstol San Pablo
experimentó maravillosamente este afecto del don de Piedad cuando dijo:
«Ego libentissime impendam, et superimpendar ipse pro animabus
vestris.» (Yo daré con gusto todo y me gastaré a mi mismo por nuestras
almas) (2 Cor 13, 15).
Y es que el don de Piedad, como que brota de la caridad, como que es
una efusión del Espíritu de adopción, no tiene medida, no tiene las normas
estrechas y rígidas de las virtudes, sino que rompe los moldes, y, en un
arranque de santa generosidad, las almas que poseen desarrollado «1 don
de Piedad lo dan todo y se dan a sí mismas para el provecho de los demás.
***
Yo tengo para mí que cada uno de los dones que expongo, aun
cuando lo haga con brevedad, aun cuando solamente señale algunos rasgos
del don, aun cuando mi torpe palabra no pueda expresar ni toda su
hermosura ni toda su grandeza, yo tengo para mí que cada uno de los
dones que expongo significa nuevos horizontes que abro a las almas, como
que las hago asomarse a un mundo desconocido y misterioso, pero
bellísimo, pero santo, pero divino.
Así es, en verdad; cuanto más se sube en el conocimiento de las cosas
divinas mayor asombro se produce en nuestra alma. Hay en el mundo
sobrenatural cosas que apenas sospechamos, y cuando logramos
vislumbrarlas sentimos que nos levantamos un poco de la tierra y que
nuestros ojos atónitos alcanzan a entrever en la excelsitud de las cumbres
la grandeza de Dios.
Bastaría este efecto para justificar que trate de cosas tan altas. En
realidad, son verdades altísimas las relativas a los dones del Espíritu Santo.
149

Pero, ¡si esos dones los tenemos todos! Es como si un filósofo nos hablara
de algunas cosas hermosísimas y misteriosas que se realizan en nuestro
organismo, cosas desconocidas para los que no están iniciados en esa
ciencia, pero hermosísimas. Nadie podría desentenderse de esas cosas
juzgándolas muy altas; quizá sea difícil entenderlas, pero es algo que se
verifica en nuestro organismo y que tiene, por consiguiente, vivísimo
interés para nosotros.
De la misma manera, los dones del Espíritu Santo los tenemos todos.
El pecador que después de muchos crímenes, arrepentido, encuentra la
absolución de sus culpas en la penitencia, ya tiene los dones; porque no se
puede tener la gracia sin los dones, ni se puede tener la gracia sin el
Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo se separa nunca de sus dones.
Nosotros tenemos esas maravillas. Si no alcanzan en nuestras almas
su desarrollo perfecto, quizá sea culpa nuestra; pero aun cuando no fuera
culpa, es deficiencia nuestra. Mas nosotros tenemos esos preciosos
instrumentos del Espíritu Santo en nuestras almas.
¡Si atendiéramos más las inspiraciones divinas! ¡Si entráramos más
de lleno en la vida espiritual! ¡Si nos dejáramos arrebatar por la belleza de
este mundo desconocido y misterioso! En nuestros pobres corazones se
realizarían maravillas semejantes a las que se realizan en los corazones de
los santos.
Quiera el Espíritu divino derramar su luz en nuestras almas, tocar
nuestros corazones, revelarnos el mundo de la santidad y de la gracia, para
que amemos más y más al divino Espíritu, para que nos dejemos conducir
por sus mociones santas y para que, guiados por Él, penetremos en ese
mundo desconocido y misterioso, mundo de luz y de amor y de
generosidad y de elevación; mundo que no se compra ni se vende; en aquel
mundo eterno y dulcísimo en donde esperamos ser perpetuamente felices
en el seno de Dios.

150

V
LOS DONES INTELECTUALES EN GENERAL

Vimos en los capítulos anteriores cómo los tres primeros dones del
Espíritu Santo pertenecen a la parte afectiva de nuestro ser; los dos
primeros, el don de Temor de Dios y el don de Fortaleza, rigen nuestra
sensibilidad; el don de Piedad dispone nuestra voluntad para que tengamos
dignas y santas relaciones con los demás.
Los cuatro dones del Espíritu Santo de que me resta hablar, son dones
intelectuales; esos cuatro dones tienen por fin perfeccionar nuestra
inteligencia e introducirnos hondamente en el conocimiento sobrenatural.
A primera vista llama la atención que la mayor parte de los dones
sean intelectuales, pero comprenderemos el motivo de ello si nos damos
cuenta de la importancia que tiene la inteligencia humana en nuestra vida.
En primer lugar, es la facultad más alta, es la que rige a todas; la
misma voluntad, que tiene tanta importancia, sobre todo en el orden moral,
está sujeta a la inteligencia. Por tanto, si esta facultad excelsa ha de regir a
las demás facultades, es natural que sea especialmente excitada y perfeccionada por las santas mociones del Espíritu Santo.
En segundo lugar, el conocimiento sobrenatural tiene una importancia
capital en la vida cristiana. ¿No recordamos que Jesucristo dijo en una
ocasión: «Haec est vita aeterna: ut cognoscant te, solum Deum verum, et
quem misisti Jesum Christum.» (Esta es la vida eterna, que te conozcan a
Ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste)? (Jn 18, 3). La
parte esencial también de la vida espiritual está en el conocimiento de
Dios, en el conocimiento de Jesucristo y en el conocimiento de todos los
misterios del Reino de los cielos, sobre todo cuando ese conocimiento es
profundo, es íntimo, es eficaz.
Y hasta la imperfección de la virtud teologal de la fe, que es oscura,
explica que vengan muchos dones, por decirlo así, en auxilio de ella, para
colmar sus deficiencias, para robustecerla en nuestra alma.
151

***
Antes de tratar de cada uno de estos dones, quiero señalar los
caracteres generales de ellos.
Los dones intelectuales son cuatro, como lo dije desde el principio,
que corresponden perfectamente a los hábitos que, según los filósofos,
existen en nuestra inteligencia, porque, como Santo Tomás de Aquino lo ha
expuesto de una manera admirable, «la gracia está fundada sobre la
naturaleza». Hay una correspondencia, un paralelismo maravilloso entre
las cosas espirituales y las cosas humanas, puesto que la naturaleza y la
gracia tienen una misma fuente y emanan de un mismo principio. Dios,
que formó nuestra naturaleza, es también el autor de la gracia; y como todo
lo hace admirablemente, ha adaptado con perfección las cosas espirituales
a las exigencias legítimas y nobles de nuestra naturaleza humana.
En nuestra inteligencia hay los primeros principios, que son la base
de toda ciencia; la ciencia, que es conocimiento de las cosas por sus
causas; la sabiduría, que es una ciencia más profunda que descubre las
causas altísimas y últimas de las cosas, y la prudencia, que aplica todos los
principios especulativos al orden práctico, a la dirección de nuestras
propias acciones individuales.
Y a esos cuatro hábitos que existen en el orden natural corresponden
admirablemente los cuatro dones intelectuales del Espíritu Santo: el don de
Entendimiento, el don de Ciencia, el don de Sabiduría y el don de Consejo.
Pero como he dicho, antes de hablar de cada uno de ellos, debo
marcar los caracteres generales de estos dones intelectuales.
***
En primer lugar, en esta vida todos los dones intelectuales se fundan
sobre la fe.
Ya sabemos lo que es la fe, una virtud por la cual conocemos todo lo
que Dios nos ha revelado, fundándonos en su autoridad divina; es la luz
que ilumina los senderos del destierro; es como la lamparita —dice el
apóstol San Pedro— que brilla en un lugar tenebroso, mientras llega el día
espléndido de la gloria, mientras que aparece en nuestras almas el lucero
de la mañana.
En esta vida nosotros nos guiamos por la fe, y aun cuando los dones
del Espíritu Santo hacen más brillantes y más profundamente conocidas las
verdades de la fe, porque las iluminan con espléndidos fulgores, en el
152

fondo la luz que sirve de base a los dones intelectuales para el
conocimiento sobrenatural es siempre la luz de la fe.
Se me ocurre una comparación: la ciencia puede hacer de los rayos
del sol muchas aplicaciones: los puede concentrar, los puede combinar,
puede separar los distintos elementos que los componen, puede hacer con
los rayos del sol grandes maravillas; pero en el fondo de todas esas experiencias está una sola realidad: la luz, la luz del sol. De una manera
semejante, los dones del Espíritu Santo multiplican, afinan, transforman la
luz espiritual de la fe, pero siempre es la misma luz la que irradia en todos
los conocimientos sobrenaturales, siempre es la fe la lamparita que en la
tierra nos alumbra mientras llega el día espléndido de la eternidad.
A las veces, Dios deja caer, como destellos divinos, en las almas, la
luz de la profecía, pero es algo rarísimo que sólo se encuentra en almas
escogidas y que tienen una misión extraordinaria. La luz de la vida
espiritual es la luz de la fe, y los dones del Espíritu Santo se fundan en ella.
En el cielo, los dones del Espíritu Santo continuarán, pero en aquella
morada felicísima no será la fe, sino será la visión beatífica, la visión
espléndida de la patria, la que sirva de fundamento a los dones del Espíritu
Santo; pero en la tierra, repito, todos los dones intelectuales se fundan en
la fe y sirven precisamente, como lo dije antes, para corregir sus
deficiencias y para descubrirnos la hondura de los divinos misterios.
Por la fe conocemos todas las verdades reveladas; pero por los dones
del Espíritu Santo penetramos, por decirlo así, en el fondo de esas mismas
verdades.
Me atreveré a poner una comparación, haciendo notar que, tratándose
de las cosas divinas, las pobres comparaciones humanas son siempre
deficientes. Cuando una persona que es ignorante en una ciencia recibe
alguna enseñanza relativa a esa ciencia de los labios de un hombre que la
conoce a maravilla, y cuya probidad intelectual está fuera de duda, acepta
dicha persona las verdades que se le proponen; no las penetra, pero asiente
a ellas por la autoridad de aquel profesionista, de aquel maestro. Pero si
después de haberlas conocido por la autoridad del maestro puede ella, por
decirlo así, asomarse al fondo de aquellas verdades y analizarlas y
descubrir sus diversos aspectos y sus causas, entonces ya no solamente
tiene la firmeza de la autoridad para adherirse a aquellas verdades, sino
que también, por su propia inteligencia, ha podido penetrar en ellas.
Así acontece en el orden sobrenatural; por la fe conocemos todas las
verdades que Jesucristo quiso revelarnos, conocemos los misterios del
153

Reino de los cielos, sabemos todo lo que necesitamos para nuestra
salvación, y lo sabemos por la autoridad de Dios, por la autoridad de la
Santa Iglesia establecida por Jesucristo. Pero cuando por medio de los
dones del Espíritu Santo penetramos en esas verdades de la fe, entonces
ahondamos en ellas, descubrimos su profundidad, apreciamos la armonía
que existe entre unas y otras, tenemos un conocimiento íntimo, profundo,
de esas verdades, aunque sin que se llegue jamás a la evidencia objetiva,
porque en esta vida la fe nunca pierde su misteriosa oscuridad.
¡Qué diferencia entre el conocimiento que tenemos por la simple fe y
el conocimiento que tiene un alma cuando está, bajo el régimen de los
dones intelectuales del Espíritu Santo! ¿Recordamos que San Francisco de
Asís se pasaba las noches enteras repitiendo estas dos palabras: «Mi Dios y
mi todo»? Esas dos palabras, para la mayor parte de nosotros, no
alcanzarían a mantenernos atentos cinco minutos; ¿por que bastaban para
llenar las noches de oración de San Francisco de Asís? ¡Ah!, porque las
veía con la luz de Dios, porque los dones del Espíritu Santo le revelaban
riquezas sobrenaturales en cada una de aquellas dos palabras.
Por la fe conocemos las verdades del orden sobrenatural basándonos
en la autoridad de la Iglesia; por los Dones intelectuales penetramos en la
profundidad de esas verdades, teniendo ya, por decirlo así, un
conocimiento íntimo de ellas, aunque negativo, como se dirá después.
***
¿De dónde proviene este conocimiento más profundo y más íntimo
que se tiene de las verdades por medio de los dones intelectuales del
Espíritu Santo? Es importantísimo poder conocer la explicación do este
fenómeno sobrenatural.
Hay dos maneras, enseña Santo Tomás de Aquino, de conocer las
cosas: una es por el discurso en sus diversas formas; la otra manera de
conocerlas es como por una experiencia íntima, porque aquellas cosas no
son connaturales.
El primer conocimiento es puramente intelectual; el segundo, por
decirlo así, brota de las profundidades mismas del amor. El primer
conocimiento lo podemos tener cuando leemos libros que nos explican los
misterios de la fe, cuando escuchamos a los predicadores que iluminan
esas verdades; es un conocimiento que puede ser más o menos amplio,
más o menos perfecto, pero un conocimiento de pura luz. Mas hay otro
conocimiento que brota del amor, que es propio de las almas que aman.
154

Porque aman están unidas con Dios, y en esa unión estrechísima que el
amor realiza conocen las cosas divinas por una dulce e íntima experiencia
de ellas.
Este segundo medio de conocer es el propio de los dones del Espíritu
Santo.
Se refiere que un hermano lego franciscano le dijo en cierta ocasión a
San Buenaventura, el Doctor Seráfico: «¡Ah!, dichosos vosotros, los
hombres doctos, que podéis amar a Dios mucho más que nosotros, los
ignorantes.» Y San Buenaventura le dijo: «No, no es la doctrina, no es la
ciencia alcanzada en los libros la que mide el amor: una pobre viejecita
ignorante puede amar más a Dios que un gran teólogo, si está más unida a
Dios.» Y el hermano lego comprendió la lección y salió, entusiasmado, por
las calles, gritando: «¡Viejecita ignorante, tú puedes amar a Dios más que
el maestro fray Buenaventura!»
Y así es, en verdad; hay un conocimiento que se mide por el amor.
En el orden sobrenatural, lo propio, lo lógico, es que del
conocimiento brote el amor; en el orden sobrenatural, aun cuando de
alguna manera se observa esa regla de psicología natural, también del
amor nace la luz, también del amor nace el conocimiento; el que más ama,
más conoce, y toda la historia de los santos lo ha comprobado. ¡Cuántos ha
habido ignorantes que, sin embargo, hablan de las cosas espirituales y
divinas mejor que los letrados! Es que aman, es que del fondo de su amor
procede su conocimiento.
Aun en el orden natural, el amor es un acicale poderoso para el
conocimiento; cuando amamos una ciencia con entusiasmo, el amor, como
que pone en juego todas nuestras facultades, como que fija nuestra
atención, como que hace que sean más intensos y fructuosos los esfuerzos
que hacemos por conocer aquella ciencia. En el orden natural, una madre,
ya lo decía en uno de los capítulos anteriores, tiene conocimientos
intuitivos y maravillosos sobre sus hijos, parece que adivina sus
pensamientos, parece que vislumbra lo más profundo de su corazón. Es
que ama, es que el amor establece tal proporción, tal armonía entre los
seres que se aman, que parece que son una sola cosa.
Y en virtud de esta armonía admirable, realizada por el amor, basta,
por decirlo así, penetrar en nuestro propio corazón para comprender el
corazón amado.
Pero en el orden sobrenatural, esto es todavía más perfecto; la
caridad, esa virtud reina que enlaza y da vida a todas las virtudes, nos une
155

con Dios hasta el grado de que podemos decir que nos hace una sola cosa
con Él: «Qui adhaeret Domino, unus spiritus est.» (El que se adhiere a
Dios se hace un solo espíritu con Él), dice el apóstol San Pablo (Cor 6, 17).
La expresión es audaz, pero tiene su fundamento. En otra ocasión, ¿no dijo
el mismo Apóstol: «Yo ya no vivo, vive Cristo en mí»?
El amor realiza la unión perfectísima, y cuando la caridad nos une
con Dios de tal manera que somos como un solo espíritu con Él, entonces
conocemos las cosas divinas por una dulce experiencia. A la manera que
nosotros sentimos lo que se verifica en el fondo de nuestro ser, a la manera
que no necesitamos razones para descubrir los íntimos sentimientos de
nuestro corazón y los pensamientos de nuestro espíritu, sino que por una
experiencia íntima conocemos lo que se verifica en nosotros, así las almas
que están íntimamente unidas con Dios por la caridad tienen un
conocimiento que brota del amor; lo conocen por una dulce, por una
íntima experiencia, como si encontraran en el fondo de su propio ser los
elementos necesarios para conocer a Dios.
Esta es la profunda explicación de los dones intelectuales; esos dones
nos dan un conocimiento nuevo, un conocimiento íntimo, a las veces
dulcísimo, de las cosas divinas. ¿Por qué? Porque las almas que poseen ese
conocimiento aman; de las profundidades del amor brota la luz, una luz
divina, una luz celestial.
Cuando San Francisco de Asís pasaba las noches diciendo: «Mi Dios
y mi todo», era porque de las profundidades de su amor seráfico brotaba la
luz espléndida de los dones que iluminaban los arcanos de Dios. Y
¡cuántos de esos ejemplos tenemos en las vidas de los santos! Santos ha
habido que no podían alejarse de los pies del Sagrario, parecían arrobados,
contemplando cosas celestiales, con su espíritu fijo en aquel Sagrario en
donde está Jesús. Es que amaban, es que del fondo de su amor brotaba la
luz espléndida de los dones, particularmente, como lo diré a su tiempo, del
don de Sabiduría, el más alto, el más profundo y, si se puede decir así, el
más divino de los dones. Pero todos los dones intelectuales participan de
este carácter, todos nos hacen conocer por qué: porque amamos. La luz de
los dones del Espíritu Santo es una luz que brota del amor.
***
Pero no pensemos por esto que los dones del Espíritu Santo nos
hacen conocer a Dios de una manera perfecta, como lo hemos de conocer
en el cielo, no; los dones del Espíritu Santo, aquí en la tierra, como lo
156

expliqué ya, se basan sobre la fe, y, a pesar de que penetran las verdades y
de que las iluminan celestialmente, conservan siempre cierta oscuridad que
no desaparecerá nunca en el destierro. En la Patria, allá sí, los dones
intelectuales, iluminados por la luz de la gloria, carecerán de toda
oscuridad y vendrán a completar nuestra felicidad.
En la tierra, el conocimiento que los dones nos dan de las cosas
divinas, sobre todo de Dios mismo, es negativo; más que saber lo que Dios
es, sabemos lo que no es. Dice Santo Tomás de Aquino que el mayor
conocimiento que podemos tener de Dios en este mundo es comprender
que está por encima de nuestros pensamientos y de nuestras palabras;
saber que nuestras pobres fuerzas no alcanzan a captar perfectamente a
Dios, que Dios es algo más grande de lo que pueden expresar nuestros
labios, más grande de lo que puede concebir nuestra inteligencia, ésa es la
suprema revelación que podemos tener de Dios.
Por eso, el conocimiento altísimo de Dios que llegan a tener los
místicos, lo llaman «la divina tiniebla». Es una oscuridad, pero una
oscuridad más espléndida, más luminosa que todas las formas de la
sabiduría de la tierra.
Apenas encuentro comparaciones humanas para expresar este
carácter del conocimiento de los dones; pero pienso que hay alguna lejana
analogía entre esto que estoy explicando y lo que a las veces
experimentamos en nuestra vida. Cuando vemos algo grande, algo
sublime, ¿no es verdad que no alcanzamos a definir Jo que contemplamos,
lo que sentimos, y que precisamente porque es indefinible nuestro
pensamiento, nuestra sensación, por eso es más grande? Cuando
contemplamos la inmensidad del mar, ¿no sentimos una impresión
hondísima, precisamente porque ni nuestros ojos y quizá ni nuestra
imaginación alcanzan a comprender la inmensidad del océano? Cuando en
una noche estrellada levantamos nuestra vista a los cielos y vemos ese
espacio inmenso en donde a distancias enormes, fantásticas, ruedan astros
colosales, sentimos una impresión de dulce estupor. Es demasiado grande
lo que vemos, y precisamente por eso nos seduce; si no fuera tan grande, si
pudiéramos medir lo que vemos, no experimentaríamos la dulce, la honda,
la sublime impresión de lo sublime.
Y lo mismo acontece cuando contemplamos un rasgo heroico del
orden moral; nos llenamos de asombro. Y esas grandes impresiones de
nuestro espíritu no las podemos definir, tienen algo de negativo; y
precisamente porque lo tienen, nos llenan, nos satisfacen, parecen
157

corresponder a ese anhelo de infinito que llevamos en el fondo de nuestra
alma...
En el conocimiento que producen en nuestro espíritu los dones
intelectuales del Espíritu Santo no hay discurso, sino intuición. El discurso
es algo humano, la intuición es algo angélico, o, más bien, algo divino. Y
por el conocimiento de los dones se tienen intuiciones.
Hay como un vestigio de ese conocimiento en el orden natural; ¿no se
dice de un hombre que ha profundizado una ciencia y que está
familiarizado con ella, que tiene ojo, el ojo clínico, el ojo artístico? ¿Qué
otra cosa significa sino que en el orden natural ha llegado a esa excelsitud,
a esa altura en donde está la intuición El que tiene ojo no analiza, no
discurre, VE; tiene una intuición que le hace comprender más que lo que
puede hacer comprender el discurso.
Y aun Santo Tomás asegura que en el orden natural también hay
mociones de Dios semejantes a las mociones del Espíritu Santo en el orden
sobrenatural; el artista que tiene verdadera inspiración, cuando está
inspirado es movido por Dios, y tiene espléndidas intuiciones; se verifica
lo que decía un poeta;
Est Deus in nobis;
agitante calescimus illo.
(Hay en nosotros un Dios, y agitados por Él, sentimos su divino
calor.)
En el orden sobrenatural, por los Dones del Espíritu Santo se tienen
estas profundas intuiciones; el alma que está bajo el imperio de los Dones
no analiza, no discurre, VE, tiene intuiciones; y en un punto, en una
intuición, ve maravillas. Lo que no acertaría a comprender por una serie de
discursos y por la lectura de obras eruditísimas, lo alcanza a comprender
en la mirada profunda que el Espíritu Santo produce en ella.
* * •*
¿No es verdad que el mundo espiritual es un mundo de maravillas? Y
apenas tocamos los dinteles de ese mundo divino, apenas logramos
vislumbrar las maravillas que en él se realizan; pero cada vez que nos
acercamos a ese mundo celestial y que con ojos atentos vislumbramos las
maravillas que hay en él, sentimos que es un mundo maravilloso, como
que es el mundo divino.
158

Pluguiera a Dios que viéramos en ese mundo, que dejáramos esta
pobre tierra, tan llena de vicisitudes, henchida de cosas prosaicas, en donde
a cada paso tropezamos, en donde a cada paso encontramos el dolor y la
pena. ¡Si pudiéramos elevarnos! ¡Quién pudiera tener esas alas poderosas
para levantarse de las cosas de la tierra, de sus miserias, de su prosaísmo,
para subir a las alturas, para llegar a las cumbres excelsas, en donde se
mira de hito en hito el sol y en donde nuestro pobre espíritu se baña con la
luz espléndida de Dios!

159

VI
DON DE CONSEJO

Dicen los teólogos que Dios no falta en lo necesario ni abunda en lo
superfluo, porque todas las cosas las ha hecho con número, peso y medida;
en todas ellas brilla su sabiduría perfecta e infinita; cada uno de los seres
creados por Dios, si se estudian cuidadosamente, son una maravilla.
Nuestro organismo, ¿no es una maravilla estupenda? Cuanto más se le
conoce, cuanto más se le estudia, se descubren en él leyes sapientísimas,
órganos para todas las necesidades, actividades múltiples, recursos
verdaderamente prodigiosos.
Y con mayor razón, en el orden sobrenatural, Dios no falta en lo
necesario. Con admirable sabiduría dispone todo en el mundo espiritual y,
en cierta manera, divino; de tal suerte, que no hay campo alguno de la vida
espiritual en el que Dios no haya provisto a nuestras necesidades de una
manera verdaderamente admirable. Y como lo hice notar en uno de los
capítulos anteriores, la obra de la gracia la estableció el Señor sobre la obra
de la naturaleza, de tal suerte, que entre las cosas de un orden y las del otro
hay maravilloso paralelismo, admirable armonía.
En cada una de las formas de actividad que hay en nosotros, Dios
proveyó: en el orden natural, con las facultades y los sentidos; en el orden
sobrenatural, con las virtudes y los dones.
Lo hemos visto en el examen rapidísimo que hemos hecho hasta aquí
de los dones del Espíritu Santo. Toda forma de actividad que exige una
moción de la razón tiene también su don propio, por el cual el Espíritu
Santo mueve en aquella forma la actividad conforme a las reglas altísimas,
imprimiendo a nuestros actos un modo divino.
En el capítulo anterior hablé, en general, de los dones intelectuales,
como una preparación para tratar del primer don intelectual, del cual voy a
ocuparme ahora, y que es el que está más próximo a los dones afectivos, el
160

que dirige a los dones de Temor de Dios, de Fortaleza y Piedad; me refiero
al don de Consejo.
***
Hay en nuestra Inteligencia una forma de actividad profundamente
práctica. Nosotros, para hacer una acción realizamos un proceso mental,
con el fin de examinar con cuidado, no sólo la licitud en general de la
acción que vamos a realizar, sino su conveniencia, su oportunidad, dadas
todas las circunstancias en las cuales nos encontramos.
De ordinario no nos damos cuenta de este proceso, como no nos
damos cuenta tampoco del proceso que sigue nuestro alimento en el
aparato digestivo hasta llegar a ser asimilado por el organismo.
Precisamente porque estamos habituados a usar de nuestra inteligencia
para arreglar nuestras acciones, de ordinario pasa inadvertido todo el
proceso que se desarrolla en nosotros para llegar a ese fin; pero en ciertas
circunstancias especiales de nuestra vida, cuando la acción es más difícil o
más complicada, cuando no se ve, desde luego, con claridad lo que en una
ocasión determinada debe hacerse, entonces, por ser aquel proceso más
intenso, nos damos cuenta de él.
Y si con atención lo examinamos, veremos que no es cosa tan fácil
determinar lo que en esas circunstancias se debe hacer; es preciso conocer
minuciosamente las circunstancias del momento, darnos cuenta de la
licitud del acto que vamos a realizar, de su conveniencia y oportunidad, y
analizamos, reflexionamos, recordamos lo pasado para guiarnos en lo
presente y hasta para prever, en cierta manera, el porvenir. Y ¡cuántas
veces, después de que hemos reflexionado mucho y analizado mucho, no
acertamos a comprender lo que será conveniente hacer en los momentos
presentes, sino que acudimos a una persona ilustrada y llena de experiencia
para que nos aconseje lo que debemos hacer! Cosa difícil son nuestras
acciones concretas, individuales, sobre todo en ciertas ocasiones, en ciertas
circunstancias.
Para eso, para poder determinar con exactitud lo que en cada caso
particular debe hacerse, hay en el orden natural la prudencia, en el orden
sobrenatural una virtud infusa que lleva también el mismo nombre.
La prudencia no es el conocimiento especulativo de las cosas
ordinarias espirituales; es la aplicación de esos conocimientos y de esos
principios generales a casos concretos, con las circunstancias de tiempo, de
lugar, de modo, etc. La virtud de la prudencia es una virtud difícil, y no
161

digamos la prudencia que se necesita para regir a los demás, sino aun esa
modesta prudencia que es indispensable para regirnos a nosotros mismos.
Es cosa difícil, porque al mismo tiempo que debemos mirar hacia arriba
para obrar conforme a principios y reglas muy altas, necesitamos bajar y
tocar con nuestra planta esta tierra prosaica para darnos cuenta de todas y
de cada una de las circunstancias que rodean al acto que vamos a realizar;
cosa difícil es, y más en ciertos casos en que deben intervenir diversas
virtudes.
Yo me imagino la prudencia como el director de un gran orfeón, en
donde hay múltiples voces, cada una de ellas lleva su propia melodía, y el
director debe marcar con su acertada batuta el momento en que cada una
de aquellas voces debe de entrar, los matices que debe de dar a la melodía,
etc. En una palabra: debe regir el conjunto y establecer la armonía entre
todas aquellas voces para que formen un todo unido y concertado.
Así me figuro a la prudencia; la prudencia dirige —en cierta manera
—a las demás virtudes, le marca a cada una de ellas su oportunidad, su
grado, su matiz, y dice cómo y cuándo debe emplearla el hombre. Y así la
prudencia viene a realizar una armonía maravillosa en nuestra vida: es,
pues, una virtud profundamente estética.
***
Pero en esta materia, como en todas las demás de la vida espiritual, la
virtud no basta, tiene sus deficiencias, porque tiene un modo humano.
¡Cuánto he repetido esta diferencia que existe entre las virtudes y los
dones! Las virtudes, regidas por la razón, llevan su sello, sello de imperfección; los dones, manejados por el Espíritu Santo, tienen un sello
divino, un sello de perfección.
Tratándose de la prudencia, en otro capitulo cité las palabras de la
Escritura, que con dos rasgos nos da a conocer las imperfecciones de la
prudencia humana: «Los pensamientos de los mortales son tímidos e
inciertos.» Timidez e incertidumbre, he aquí los caracteres de la prudencia,
de la prudencia que es solamente virtud. ¡Timidez! ¡Ah!
¡Qué difícil es unir la prudencia con la audacia! Hay hombres
audaces, pero que se olvidan de la rectitud de la prudencia; y hay hombres
que parecen prudentes, pero que tienen una prudencia tan limitada y tan
tímida que no se atreven a acometer las cosas audaces que deberían hacer.
Los propósitos humanos son así, tímidos, como es propio de un ser
imperfecto que no alcanza a prever lo futuro, que no puede examinar
162

profundamente lo presente, que no acierta a aplicar los conocimientos de
lo pasado para asegurar el presente y el porvenir.
Y al mismo tiempo nuestras providencias son inciertas; en cualquier
asunto, y singularmente en las cosas espirituales, ¡qué difícilmente
llegamos a la firmeza y a la seguridad! Disponemos y arreglamos las cosas
sin tener seguridad de que alcanzaremos el resultado apetecido; nuestras
providencias son inciertas, son azarosas; podrán dar resultados o no.
Tales son los caracteres de la prudencia humana: timidez e
incertidumbre.
Por eso no bastaría la prudencia humana, la prudencia sobrenatural
misma; la prudencia virtud no sería suficiente para conducimos hasta las
alturas de la gloria. ¡Ah!, ¡es la vida humana tan complicada, tan difícil;
son tan tortuosos los caminos por donde debemos llegar a la perfección!
¡Encontramos tantas penalidades, tantas dificultades, tantas contrariedades
en nuestra vida, que si no tuviéramos otra dirección que la pobre prudencia
humana, no acertaríamos a llegar al término!
***
Pero Dios, que no falta en lo necesario, nos ha dado un don; y por él
el Espíritu Santo se convierte en nuestro guía y, a la manera que el
arcángel Rafael condujo a Tobías en su larga peregrinación, el Espíritu
Santo, que habita en nuestras almas, nos guía por los senderos tortuosos y
complicados de la vida hasta que alcancemos nuestra perfección en el seno
inefable de Dios.
Esa prudencia superior, esa prudencia divina, esa prudencia que es
fruto de una moción del Espíritu Santo, es lo que se llama el don de
Consejo.
Notemos que no conserva el mismo nombre que la virtud; en la
Fortaleza, sí, la virtud y el don se llaman de la misma manera: virtud de
Fortaleza, don de Fortaleza; pero la prudencia virtud y la prudencia don,
reciben diversos nombres. El don se llama, especialmente en las
Escrituras, con este nombre: Consejo.
Y se explica, porque esa prudencia que nosotros recibimos con ese
don no es una prudencia que brota, por decirlo así, de las profundidades de
nuestra inteligencia; es una prudencia que nos viene de arriba, que nos
viene de un Ser superior, que el Espíritu Santo nos comunica. A la manera
que cuando nosotros no acertamos a saber lo que en un caso determinado
163

debemos hacer lo preguntamos a una persona más ilustrada que nos
aconseje, así, el Espíritu Santo, por este don, nos aconseja.
Pero su consejo no es un consejo pasajero, como los consejos
humanos; no, es una luz que nosotros tenemos, es un don; por él, el
Espíritu Santo nos mueve y nos guía de una manera segura, sin timidez ni
incertidumbre, por los tortuosos senderos que nos conducirán a la
Divinidad.
***
Se comprende la diferencia que hay entre la prudencia virtud y el don
de Consejo; la prudencia es regida por la razón; el don de Consejo, movido
por el Espíritu Santo. La prudencia pone un modo humano en nuestros
actos: incertidumbre y timidez; el Espíritu Santo pone un modo divino en
los actos que proceden del don de Consejo.
La tercera diferencia quiero explicarla más pormenorizadamente:
tienen distintas reglas la virtud y el don.
La norma de la virtud es la recta razón iluminada por la fe; lo que la
recta razón iluminada por la fe nos enseña viene a servirnos de norma para
que sepamos si en estos precisos momentos debemos hacer tal o cual
acción. La norma del don es una norma más alta, es una norma divina, es
la razón eterna, que es la norma de Dios.
En las acciones humanas, la norma de la virtud es también humana,
aun cuando elevada a una categoría sobrenatural; la norma del don es
divina.
Me esforzaré por explicar esta diferencia; prácticamente lo podemos
ver; los santos han llegado a hacer a las veces cosas que nos llenan de
asombro y hasta de estupor. Santa Catalina de Sena, ¿no pasaba Cuaresmas
enteras sin comer otra cosa que la Santa Comunión? Ante la prudencia
humana, eso no puede justificarse; la recta razón nos pide que llevemos a
nuestro organismo el alimento necesario, nos pone coto, nos prohíbe esos
excesos; pero al mismo tiempo no tolera las deficiencias en la
mortificación.
Se necesita buscar el término medio de la virtud. Pero Santa Catalina
de Sena hacía esta obra admirable por un instinto superior, por una norma
divina: no veía la regla de la razón, veía la regla altísima de la voluntad de
Dios.
Imaginémonos que nosotros pudiéramos asomarnos a la mente divina
para descubrir en aquel espejo infinito de luz lo que conviniera hacer en
164

cada caso determinado; así como aquí, en la tierra, a las veces, cuando
preguntamos a una persona erudita y experimentada lo que debemos hacer
en tal caso determinado, pudiéramos decir que nos asomamos a su
inteligencia, profunda e ilustrada, para encontrar allí la norma de lo que
vamos a hacer. Así es lo que pasa con el don de Consejo; por él el Espíritu
Santo nos comunica lo que debemos hacer en cada momento de nuestra
vida, como si nos asomáramos a la mente divina, y allí, en aquel espejo
espléndido y celestial, viéramos la clave de nuestras acciones, la norma
conforme a la cual debemos disponer nuestros actos.
Y es natural que cuando obramos bajo el régimen del don de Consejo
nuestras decisiones sean rápidas, sean seguras, sean audaces. ¡Con qué
audacia proceden los santos, con qué seguridad, con qué rapidez! Es que
no los aconsejan los hombres, no siguen el dictamen de su propia razón,
tienen una norma más alta: es la razón eterna, es la mente de Dios la que
ilumina sus espíritus y la que les marca el camino que deben seguir.
Si queremos un ejemplo viviente de lo que es un hombre regido por
el don de Consejo, allí tenemos a San Francisco de Sales, el santo de la
discreción. El tomó como lema la fórmula de la prudencia: «Neo plus nec
minus.» (Ni más ni menos.) Ese era el lema de su escudo episcopal. El
término medio de la prudencia, la armonía perfecta, fue su carácter, fue su
sello. Pero para llegar a ser el santo de la discreción, tengamos por cierto
que no bastó la prudencia humana; fue necesaria una prudencia superior, el
don de Consejo.
Y en muchísimos hechos de los santos pudiéramos encontrar el
influjo, la huella del don de Consejo. ¿Cómo hubiera podido —por
ejemplo— San Vicente Ferrer realizar los milagros con la naturalidad con
que los realizaba, si no hubiera sido guiado por el don de Consejo? Tenia
hasta fórmula para hacer milagros; y a la manera que en nuestras fórmulas
dejamos un hueco para llenarlo con aquello que se trata de hacer, así el
santo decía algunas palabras del Evangelio, era su fórmula, y después
agregaba: En nombre de Jesucristo, ya sea curad, o resucitad, o andad, o el
milagro que quería realizar; y los hacía al pasar, como una acción sin
importancia.
Si cualquiera de nosotros quisiera Imitar a San Vicente Ferrer y
tratara de hacer milagros, cometerla una acción enteramente imprudente.
Él, sin embargo, lo hacia así porque el Espíritu Santo lo movía, porque
estaba de una manera singular bajo el régimen de) don de Consejo.
***
165

En este don, como en todos, se dan grados.
En el primer grado, el hombre acierta con rapidez, con seguridad, en
hacer todo lo que es la voluntad de Dios en las cosas necesarias para la
vida espiritual. No es, quizá, tan sencillo tener esta seguridad; cuántas
veces acontece que es más difícil, quizá, que cumplir la voluntad de Dios
el conocerla. ¿No nos hemos encontrado muchas veces en algunas
circunstancias singulares en las que no acertamos a decir con precisión
cuál es nuestro deber en aquellos momentos? ¿Qué es lo que Dios quiere
que hagamos en aquellas circunstancias?
Cuando conocemos la voluntad de Dios nos cuesta trabajo a las veces
seguirla; pero muchas veces nos cuesta más trabajo conocer esa divina
voluntad. Por el don de Consejo la conocemos de una manera rápida y
segura.
Indudablemente que el don de Consejo se necesita para dirigir y
ordenar todas aquellas acciones que brotan de los mismos dones. Los
dones, simultáneamente, obran en nosotros, o, más bien, el Espíritu Santo
nos hace obrar simultáneamente por medio de sus dones, y hasta es indispensable en nuestra vida espiritual, en diversas ocasiones, que cooperen
diversos dones; a la manera que en nuestro organismo casi siempre se
necesita la cooperación de muchos órganos y en nuestra alma la de varias
facultades para determinada acción. Pero en este mundo de los dones, las
acciones que proceden de ellos tienen que ser regidas por el don de
Consejo.
Pero también influye el don de Consejo en las acciones comunes de
nuestra vida, aquellas que son regidas por la virtud ordinaria de la
prudencia. A la manera que en una batalla el general que tiene a su cargo
un sector especial de la batalla obra con libertad en aquel sector, pero
recibe las órdenes de otro jefe más alto, así la virtud de la prudencia rige
nuestras acciones, pero recibe el influjo y la dirección de otro árbitro
sobrenatural más excelente,' que es el don de Consejo.
En el segundo grado, el don de Consejo nos muestra la voluntad de
Dios, el camino que debemos seguir, no sólo en las cosas necesarias de la
vida espiritual, sino también en las cosas de consejo, en las cosas que no
son absolutamente obligatorias, pero que son convenientísimas y utilísimas
para llevarnos a Dios.
Y en el tercer grado, el hombre, como que se levanta de la tierra y
vive en un mundo superior, la mano de Dios lo guía con seguridad, sin
tropiezos, sin timidez, y el hombre va caminando por los senderos que
166

Nuestro Señor le marca hasta llegar a la cumbre de la perfección a que
Dios lo ha llamado.
***
¡Dichosas las almas que son guiadas por el Espíritu Santo en sus
acciones! ¡Qué paz, qué seguridad, qué tranquilidad en esas almas! No
tienen las incertidumbres de la vida humana.
¿No es verdad que una de las más grandes miserias de esta vida son
nuestras incertidumbres? A cada paso encontramos una dificultad; ya lo
dijo el sabio: «Cunctae res difficiles.» (Todas las cosas son difíciles.) Y de
una manera especial lo son en el orden espiritual. A cada paso nos
encontramos con dificultades. ¿Cómo salir de ellas? ¿Qué es lo que
debemos hacer en estos momentos?
La Escritura me dice que hay tiempo de hablar y que hay tiempo de
callar. ¿Yo debo hablar o debo callar en estos momentos? Hay tiempo de
gozar y de sufrir. ¿Cómo saber con exactitud lo que a este minuto de mi
tiempo corresponde?
¡Ah!, ¡cuántas incertidumbres en nuestra vida, cuántos titubeos, sobre
todo cuando tenemos el espíritu recto y cuando no queremos desviarnos de
los senderos marcados por Dios! Vuelvo a decirlo: ¡dichosas las almas que
son conducidas por el Espíritu Santo en medio de las vicisitudes de la vida,
entre los tortuosos senderos de la tierra! ¡La mano de Dios las guía de una
manera segura y llevan en su corazón la tranquilidad y la paz, porque
llevan la luz, porque el Espíritu Santo las mueve, porque van, por decirlo
así, bajo la sombra de sus alas caminando triunfalmente por los senderos
de la vida que han de llevarlas a la dulce eternidad!

167

VII
DON DE CIENCIA

Si el orden natural es tan bello, tan perfecto, tan grandioso, más bello
y grandioso y perfecto es, sin duda, el orden sobrenatural, como es más
bella la estatua que el pedestal sobre el que se coloca, como es más rica la
joya que el joyel en que se engarza. Si en el orden natural hay una grande
riqueza de dones intelectuales para integrar, por decirlo así, el caudal de
nuestros conocimientos naturales, en el orden sobrenatural, y sobre todo en
esta cumbre altísima en la que imperan los dones, hay también múltiples y
riquísimos dones del Espíritu Santo, por los cuales podemos tener un
conocimiento profundo y perfecto en el orden divino.
En el orden natural, tenemos los hábitos de los primeros principios,
de la ciencia, de la sabiduría y de la prudencia; y a cada uno de estos
hábitos intelectuales, como lo he explicado ya, corresponden otros tantos
dones del Espíritu Santo.
En el capítulo anterior traté del don de Consejo, que es una prudencia
superior; quiero hablar en éste del don de Ciencia.
***
Uno de los más preciosos tesoros que poseemos en nuestro caudal
intelectual es, sin duda, la ciencia, la ciencia que escruta el Universo, que
profundiza en el fondo de todos los fenómenos y de todos los seres, y que
al conocer las maravillas que Dios ha hecho en el orden natural, ha realizado descubrimientos asombrosos, sobre todo en nuestra época.
Pues bien; hay en el orden sobrenatural una ciencia más profunda,
una ciencia vasta y que lleva a cabo maravillosos descubrimientos: es lo
que llama la Escritura la ciencia de los santos. Leemos en mío de los libros
sapienciales: «Justum deduxit Dominas per vías rectas, et ostendit illi
regnum Dei, et dedit illi scientiam sanctorum.» (Dios condujo al justo por
caminos rectos y le mostró el Reino de Dios y le comunicó la ciencia de
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los santos.) (Sab 10, 10). La ciencia de los santos es esta ciencia divina, que
es un don del Espíritu Santo.
Hay otra ciencia sobrenatural también: la Teología; es una ciencia
que pudiéramos decir mitad divina y mitad humana, en la que se enlazan
los grandes principios de la fe con las verdades sólidas de nuestra razón.
Pero no es ésta la ciencia de los santos; hasta un pecador puede ser
teólogo. La ciencia de los santos es la ciencia de aquellos que poseen la
gracia de Dios, y por poseerla llevan en su espíritu al Espíritu Santo, y Él
los mueve, y Él guía la inteligencia de ellos para que puedan conocer esa
ciencia divina.
El don de Ciencia tiene analogías con la ciencia humana; pero hay
también en ellas caracteres que las diversifican por completo.
La ciencia humana es el conocimiento que se tiene de las cosas por
sus causas inmediatas; para decirlo en una fórmula más fácil de
comprender, es el conocimiento humano de las criaturas.
A la sabiduría le corresponde hundir sus pupilas poderosas en el seno
mismo de la Divinidad, y desde aquella atalaya excelsa contemplar las
criaturas.
El don de Ciencia sigue otro camino; nos hace comprender
divinamente las criaturas, para que por medio de ellas nos podamos elevar
hasta Dios.
La ciencia es discursiva, pasa de una verdad a otra, y así se van
dilucidando todos los campos del saber. De una manera lenta y penosa
procede nuestra inteligencia, y va enlazando por raciocinio las verdades,
hasta que llega a tener un conjunto sistematizado y más o menos completo
de ellas.
El don de Ciencia no es discursivo; los conocimientos que por ese
don se alcanzan son intuiciones, porque como don del Espíritu Santo tiene
un modo divino, y en aquella intuición se ven los enlaces misteriosos que
ligan entre sí a las criaturas, y, sobre todo, el grande, el trascendental enlace que tienen las criaturas con Dios.
Iluminados por el don de Ciencia, no tenemos esos conocimientos
que alcanzamos por las ciencias humanas; no nos enseña ese clon divino la
naturaleza o las propiedades de cada criatura, sino que las considera como
ordenadas a Dios de una manera más profunda, de una manera más amplia.
Un autor ha dicho con una frase bellísima que antes de que las
criaturas tuvieran el nombre propio que a cada una de ellas se da, tenían un
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nombre común: se llamaban reflejos de la Bondad divina, escalas
luminosas para subir a Dios.
La ciencias humanas le dan a cada cosa su propio nombre, nos dicen
cuál os su naturaleza íntima, sus propiedades, las leyes a que están sujetas.
El don de Ciencia considera a las criaturas de la manera que acabo de
Indicar y les da un nombre común; para el don de Ciencia, todas las
criaturas son reflejos de Dios, reflejos de la Bondad divina, reflejos de la
Hermosura celestial y, al mismo tiempo, medios adecuadísimos para que
vayamos a Dios, escalas luminosas por las cuales ascendemos al cielo.
La criatura, considerada así en sus íntimas relaciones con Dios, tiene
dos caracteres clarísimos: uno, su vanidad; otro, el vestigio divino que hay
en ella. Para comprender a las criaturas es necesario mirar profundamente
estos dos caracteres, y es lo que realiza el don de Ciencia.
Las criaturas son vanas. ¿Salomón no escribió aquel libro magistral,
el Ecclesiastés, en el cual aparece como tema trascendental y profundo
aquella frase: «¡Vanidad de vanidades, y todo vanidad!»? El rey Sabio
había contemplado todas las cosas, habla bebido en todos los manantiales
de la tierra, poseía riquezas fantásticas, Dios lo habla dotado de una
sabiduría profunda, lo envolvía una gloria que en aquella época no tuvo
semejante, y 61 mismo dice que no negó a su corazón nada de lo que le
pidió. Y cuando hubo contemplado todo y experimentado todo; cuando
hubo bebido —como decía— en todos los manantiales del mundo, vino a
sacar esta conclusión desgarradora: «¡Vanidad de vanidades, y todo
vanidad!»
Y, en realidad, es así, porque ninguna criatura puede satisfacer
nuestro corazón. Hay en é1 una capacidad inmensa, en cierta manera
infinita, porque Dios hizo nuestro corazón para El. Por más que queramos
llenar ese vacío de nuestro corazón con las criaturas, minea se llenará. Son
vanas, no son para nosotros, como dijo alguien: «Major sum et ad majora
natus.» (Soy más grande y nací para cosas más grandes.)
Pero ¡qué trabajo nos cuesta llegar a comprender la vanidad de las
cosas! Superficiales como somos, sentimos la fascinación de la criatura, lo
que llama la Sagrada Escritura: «Fascinatio nugacitatis.» (La fascinación
de la vanidad.) ¡Cómo nos deslumbran las criaturas con su brillo! ¡Cómo
nos atraen y nos encadenan con sus encantos! ¡Con qué frecuencia nos
apartan de Dios!
En realidad, cuando nos separamos de Dios, ¿no es porque alguna
criatura obtuvo nuestro corazón y nos arrastró en pos de ella? Por eso se
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dice en uno de los Salmos: «Filii hominum usquequo gravi corde?, ut quid
diligistis vanitatem et quaeritis mendacium?» (Oh, hijos de los hombres,
¿hasta cuándo tenéis el corazón vacío?, ¿por qué amáis la vanidad y
buscáis la mentira?» (Sal 4, 3). ¡Cuántas veces las criaturas nos seducen y
nos alejan de nuestro camino, del camino recto y seguro que conduce a los
cielos! Buscamos la vanidad y amamos la mentira, el placer que nos envilece, el honor que nos embriaga, los bienes materiales que nos encadenan.*
Es la vanidad que nos aprisiona, es la criatura que se posesiona de nuestro
corazón, lo que atrae nuestra alma, lo que nos aparta de Dios, el único que
constituye la paz de nuestro corazón y la felicidad de nuestra vida.
En vano se nos predica acerca de la vanidad de las criaturas, en vano
leemos tratados sapientísimos sobre el mismo asunto; muchas veces ni una
triste y dolorosa experiencia acaba de quitar la venda de nuestros ojos: nos
dejamos llevar por la fascinación de la vanidad, apegamos nuestro corazón
a una criatura.
Tarde o temprano, encontramos allí el vacío y la amargura; y parece
que aquella experiencia sería suficiente para que volviéramos a Dios. Pero
no; poco después otra vez el brillo y el encanto de las criaturas nos vuelven
a seducir, y volvemos a caer en los mismos lazos. Y ¡cuántas veces se
necesitan muchos tropiezos y, sobre todo, una luz abundante de Dios para
que, al fin y al cabo, comprendamos la vanidad de las criaturas!
¿No nos hemos dado cuenta de que en todas las conversiones
notables hay este rasgo característico, el sentir de una manera viva la
vanidad de la criatura? Es Francisco de Borja, que al contemplar el
cadáver de la reina Isabel, exclama: «¡No volveré a servir a un señor que
pueda morirse!» Es San Silvestre, que también a la vista de un cadáver se
convirtió a Dios. ¡Cuántas veces una palabra, un acontecimiento les ha
revelado a los hombres la vanidad de las criaturas! Y entonces se realiza en
ellos esa transformación completa que en lenguaje cristiano se llama conversión.
Esa súbita y profunda convicción de la vanidad de las cosas es el
fruto del don de Ciencia. No bastan las consideraciones. ¡Cuántas veces
leemos las Escrituras y repasamos las páginas del Ecclesiastés donde se
nos habla de la vanidad de la cosas! Más aún, en las páginas inmortales del
Evangelio encontramos las palabras que nos dijo Jesucristo: «Si quieres ser
perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y ven y
sígueme.» Es una lección divina que nos enseña la vanidad de las cosas de
la tierra: vende lo que tienes, porque todo es vano. Y creemos en la palabra
de la Escritura, en la palabra de Dios; pero esa creencia se queda en la
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parte superior de nuestro espíritu y no acierta a producir en nosotros una
profunda transformación.
Pero un día, una palabra, un espectáculo, una luz de Dios, nos revela
de improviso el misterio de la vanidad de las cosas, y entonces la
conversión se realiza.
Vuelvo a repetir: lo primero que hace el don de Ciencia es revelarnos,
de una manera intuitiva, profunda, con una convicción irresistible, la
vanidad de las cosas. Cuando el hombre ha tenido esta visión de las cosas
vanas, se vuelve definitivamente a Dios, emprende el camino de la
perfección cristiana.
***
Pero los autores espirituales hablan a las veces de la segunda
conversión. Aparte de esa primera conversión, por la que se deja el pecado,
por la que se entra a los senderos de la gracia, hay a las veces una segunda
conversión.
Cuando cambia la ruta en la vida espiritual, cuando Dios llama a un
alma para una perfección más alta, para esa segunda conversión, viene el
don de Ciencia a producir de una manera más honda y más perfecta la
convicción de la vanidad de las cosas de la tierra.
A las veces, este efecto del don de Ciencia es amargo, es doloroso, es
terrible; porque no siempre la virtud es dulce. A veces, la virtud nos parece
amarga, nos parece cruel; hay virtudes que nos destrozan el corazón, que
nos desconciertan, que nos desilusionan; pero así es como el don de
Ciencia llega a producir en las almas ese total desprecio de las cosas de la
tierra, que es la noche de los sentidos de que habla San Juan de la Cruz,
esas purificaciones largas y tremendas a las que Dios sujeta a las almas
cuando quiere elevarlas a la excelsitud.
Entonces, de improviso, el alma ve que todas las criaturas han
perdido su encanto, y ya no le atrae lo que antes le atraía, ya no puede
encontrar descanso en lo que antes lo encontraba su corazón; es una noche,
noche oscura en la que no brilla ni una sola estrella; noche bendita, porque
el hombre ha sido definitivamente arrancado al encanto de las criaturas
para encontrarse en el camino recto y seguro que conduce a Dios.
***
Pero si es verdad que hay vanidad en las criaturas, también es cierto
que hay en ellas un destello divino. Cada criatura me parece como una
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envoltura tosca que contiene una perla divina; toda criatura es vana porque
es deficiente, porque es limitada, porque nunca podrá llenar nuestro
corazón; pero también en cualquiera criatura, desde el más excelso de los
serafines hasta el último átomo que se encuentra en los cuerpos, hay un
destello de Dios.
San Juan de la Cruz, con su mirada profunda y al mismo tiempo
extática, nos lo dice en una estrofa inmortal:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
Con una magnífica figura poética, San Juan pinta a Dios, que va
pasando, va pasando por el espacio, va pasando por el Universo, y al ir
pasando va derramando sus gracias, y al reflejarse su divina figura en las
cosas criadas, las va revistiendo de luz.
¡Ah!, todas las cosas tienen un destello de Dios, están hechas a
semejanza de Dios; por eso dice el libro del Génesis que cuando Dios
contempló las cosas que había creado, vio que todas eran muy buenas. Sí,
todas son buenas, porque todas tienen un destello de Dios, porque todas
llevan un reflejo de su bondad, porque en todas ellas se retrata en una
forma más o menos lejana, pero se retrata al fin la hermosura del Creador.
De ordinario no alcanzamos a mirar esa hermosura en su verdadero
valor; lo que tienen de hermosura humana nos deslumbra. Pero cuando el
don de Ciencia nos ha hecho ver la vanidad de las cosas de la tierra y ha
purificado la pupila de nuestra alma, entonces nuestro espíritu contempla
de una manera nueva las cosas de la tierra.
¡Ah!, hay un santo que seguramente poseyó en magnífica abundancia
el don de Ciencia: fue San Francisco de Asís. ¿Recordamos las etapas de
esa vida extraordinaria y bellísima? Primero, fue la disipación de las
criaturas. El soñaba, como era propio de su época, en la gloria; se diría un
caballero andante nobilísimo. Dios le reveló la vanidad de las cosas de la
tierra, y entonces sintió la necesidad de despojarse de todo, y arrojó sus
vestiduras en las manos de su padre, diciéndole: ahora puedo decir mejor:
«¡Padre nuestro, que estás en los cielos!» Y se fue a la Porciúncula a
desposar con la Dama Pobreza. La primera etapa de la vida de Francisco
fue el desprecio de las cosas de la tierra, producido por el don de Ciencia,
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que hizo que se desprendiera de todo y que se enamorara de la pobreza. Se
enamoró de la pobreza, porque la pobreza es verdad, porque la pobreza es
la escala para ir a Dios, porque él sabía que la pobreza es fecunda.
Y después sus ojos se transformaron y miró de una manera nueva
todas las criaturas. ¿No recordamos con qué profundidad y con qué amor
Francisco de Asís miraba todas las cosas de la tierra? Las flores, las aves,
el agua, el sol, todo tenía para Francisco un sentido divino, todas las
criaturas le hablaban de Dios, y él sentía una honda, una inmensa, una
extraña fraternidad con todas las criaturas; a todas las llamaba
«hermanas». ¿No recordamos sus expresiones? La hermana agua, el
hermano fuego, el hermano sol, el hermano lobo... ¡Con qué ternura iba y
tomaba los gusanillos que se arrastraban por el camino para que no los
fueran a pisar los viajeros! ¡Cómo se oponía a que les pusieran cercos
estrechos a los árboles para no limitarles su desarrollo!
Y con ese conocimiento profundo de las cosas naturales, con esa
mirada divina que tenía en las criaturas, llegó a cosas que al común de los
hombres les parecería locura.
¿No recordamos que en una ocasión les habló a las aves? Se puso a
predicarles, y las aves se congregaron en torno suyo. ¡Locura!, dirán los
que no saben juzgar sino con el pobre criterio humano; ¡sublimidad
divina!, debemos decir nosotros, los que estamos iniciados en los misterios
del Reino de los cielos. El miraba las criaturas con otros ojos, no con estos
pobres ojos humanos que no miran sino lo transitorio y lo superficial; 61
las miraba con ojos profundos, él vela en cada criatura un reflejo de Dios,
cada criatura era como un cristal purísimo a través del cual contemplaba a
Dios.
Pero, si es verdad que en este santo aparece de una manera especial
este fruto del don de Ciencia, en otros muchos lo podemos también
contemplar. ¿No recordamos que San Francisco de Sales, en sus escritos
de cualquier cosa que observa en la Naturaleza se sirve para levantarse
hasta Dios? ¿No recordamos de aquella alma que cuando miraba al campo
y las flores, les decía: «¡Callad! ¡Callad! No me digáis que ame, porque
desfallezco de amor»? Para esa alma, las criaturas tenían un lenguaje
misterioso, todos le hablaban de Dios; como quienquiera que ama, un
retrato, una flor, el perfume de la persona amada, le recuerda a aquella
persona que lleva en su corazón. Por eso les decía que callaran, porque le
parecía que todas las criaturas la invitaban a amar a Dios, y ella, que ya no
podía soportar el ardor de su alma, se veía obligada a decirles que callaran.
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***
En los altos grados del don de Ciencia, como alguien dijo, se llega a
tener una visión semejante a aquella visión bellísima y profunda que ha de
haber tenido Adán en el Paraíso antes del pecado.
Nos dice la Escritura que Adán le fue poniendo a cada cosa un
nombre propio; eso significa que tenía un conocimiento profundo,
perfecto, de todas las cosas que le rodeaban. Y cuando acababa de salir su
naturaleza virgen, llena de frescura y de belleza, de las manos omnipotentes del Creador, cuando su espíritu estaba revestido de gracia y cuando
el Espíritu Santo, por medio de sus dones, lo movía, ¿cómo vería Adán
todas las criaturas, cómo contemplaría el Universo, cómo miraría las
frondas espléndidas del Paraíso? Con una mirada celestial, con una mirada
divina. Es la luz del don de Ciencia.
Y en la cumbre do oso don se encuentra el desprendimiento perfecto:
las almas que desprecian de modo definitivo a todas las criaturas,
encuentran la santa libertad de los hijos de Dios, el gozo de la libertad, la
alearía hondísima de la pobreza perfecta. Al mismo tiempo su mirada se
torna celestial y miran el mundo de una manera nueva, con una nitrada
divina.
Pero no quiero terminar sin indicar otro efecto hermosísimo y al
parecer extraño que produce en sus altos grados el don de Ciencia. Las
almas que lo poseen miran los sufrimientos y las humillaciones de una
manera nueva.
¿No hemos observado en los santos este extraño y al parecer
Inexplicable amor al sufrimiento? Santa Teresa decía: «O padecer, o
morir.» ¡Alternativa extraña! Son dos cosas de las que ordinariamente
huimos: el dolor y la muerte; y para Teresa de Jesús no había más que esas
dos cosas: «Aut pati, aut mori.» (O padecer, o morir.)
Santa María Magdalena de Pazzis modificaba la frase de Santa
Teresa: «Non mori, sed pati.» (No morir, sino padecer.) ¿Cómo explicar
ese extraño amor a los sufrimientos y a las humillaciones?
Porque también los santos aman las humillaciones. San Juan de la
Cruz le dijo a Jesucristo una palabra sublime; un día Jesús le habló y le
dijo: «¿Qué recompensa deseas por todo lo que has hecho por Mí?» Y San
Juan de la Cruz contestó: «Pati, et comptemni pro te!» (¡Señor, padecer y
ser despreciado por Ti!)
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¿No parece extraño pedir como recompensa el sacrificio y la
humillación? ¡Ah! Es que la luz del don de Ciencia, el sacrificio y la
humillación, tienen un sentido divino y sobrenatural. Nosotros,
imperfectos, no conocemos más que lo superficial; los santos, con la luz de
Dios, miran lo profundo. El sacrificio y la humillación son cosas preciosas,
están muy lejos de la vanidad y al mismo tiempo contienen de una manera
copiosa y opulenta el destello de lo divino. Por el sufrimiento y por la
humillación nos asemejamos a Jesucristo, y nada hay sobre la tierra tan
divino como todo lo que atañe a Jesucristo y nos asemeja a Él.
***
¡Ah!, cuando se habla de estas cosas nos parece que desde un valle
hondísimo estamos mirando una cumbre excelsa en donde hay la blancura
Inmaculada de la nieve y nos sentimos incapaces, quizá, de llegar hasta
aquella cima gloriosa. Pero, ¿no es dulce, no es bello contemplar desde las
profundidades de nuestra miseria esas excelsas cumbres a donde han
llegado nuestros hermanos y donde está Dios?
¿Cómo será la vida de un santo, cómo será el corazón de los
bienaventurados, mirando las cosas con la luz de la verdad, penetrando en
las profundidades de ellas, sintiendo nuevos anhelos, santas impresiones,
y, en medio de esas impresiones y anhelos, la paz del alma, el gozo del
espíritu que hizo exclamar al autor de uno de los libros sapienciales: «El
corazón del justo es como un perpetuo festín.» ¡Un festín de luz, un festín
de amor, un festín de paz!?
Aun cuando no tengamos el valor de escalar las pendientes de esas
montañas excelsas para llegar hasta la cumbre, al menos que estas visiones
celestiales enciendan en nosotros el anhelo de vivir una vida cristiana más
perfecta, que sean un acicate, un estimulo.
A la manera que cuando contemplamos un palacio regio nos viene el
deseo de hacer más bella y más cómoda nuestra pobre casa; y cuando
oímos una composición musical sublime, aun cuando no pretendamos
llegar a producir cosa semejante, sentimos una mayor afición por la música
y en la medida de nuestras posibilidades nos ejercitamos en ella. Así, a la
vista de estas cumbres excelsas, al contemplar las maravillas que el
Espíritu Santo produce en las almas, que se excite nuestro corazón, que se
aliente nuestro espíritu y, aun cuando sea con pasos lentos, vayamos
caminando hacia Dios, que es luz, que es amor, que es felicidad; hacia ese
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Dios, que baña las almas que le aman en luz espléndida, en amor
dulcísimo, en paz infinita...

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VIII
DON DE ENTENDIMIENTO

Hay palabras felices que expresan con admirable acierto lo que
significan, que son, si no la definición de la cosa significada, por lo menos
la expresión exacta de ella. Tal es la palabra «entender:», en latín
«intelligere» —intus legere —, que significa leer interiormente, penetrar. Y
a la verdad, eso es entender, penetrar, penetrar en el interior de las cosas.
En el orden natural entendemos cuando en el interior de lo sensible
captamos, por decirlo así lo abstracto, lo inmaterial. Y en el orden
sobrenatural, también entender es penetrar las verdades sobrenaturales.
Así como la luz natural de la razón nos hace penetrar las cosas
sensibles, para ver, para captar lo inmaterial, así la luz del don de
Entendimiento, del que voy a hablar en esté articulo, sirve para penetrar en
las verdades sobrenaturales y leer en lo intimo, en lo profundo de ellas.
En verdad, necesitamos esta penetración en las verdades; porque
cuanto más se penetra en una verdad, mayor provecho recibe nuestro
espíritu. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios, advierte que no el
mucho saber aprovecha al alma sino el penetrar y saborear las cosas
espirituales. Para encontrar nuestro provecho espiritual no es preciso
acumular lecturas y conocimientos y meditaciones; mucho mejor será
penetrar unas cuantas verdades, y entenderlas, saborearlas.
Y lo vemos con muchísima frecuencia. Cuando se practican
Ejercicios espirituales, o se hace un día de retiro, o simplemente se medita
con atención en una verdad sobrenatural, nos parece como que nuestra
alma se transforma, y nos sentimos otros; es una luz nueva que produce en
nuestra alma una nueva actitud respecto de las cosas espirituales. Para
alcanzar la perfección, se necesita penetrar en las verdades sobrenaturales;
pero para alcanzar esta penetración no basta la fe, porque la fe nos hace
asentir a las verdades por la autoridad de Dios que las ha revelado, pero no
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nos hace penetrar en ellas. Esa penetración viene del don de
Entendimiento.
Los otros dones intelectuales no son para penetrar; el de Consejo, ya
lo expliqué, es para hacer la aplicación de los grandes principios cristianos
a nuestras acciones concretas; la Ciencia es para ir por medio de las
criaturas a Dios, para conocer a Dios a través de las criaturas, y la
Sabiduría, como lo explicaré después, es para mirar todas las cosas desde
la atalaya excelsa de Dios.
El don de la penetración, el don de intuición, es el don de
Entendimiento; por él ahondamos en la profundidad de las verdades
sobrenaturales, de los misterios cristianos, de los dogmas de nuestra fe. Y
cuanto mayor desarrollo ha alcanzado en nuestra alma ese don, tanto más
profunda es nuestra mirada, tanto más penetrante es nuestra intuición.
***
¿Por qué y cómo el don de Entendimiento penetra en las verdades
sobrenaturales? Intentaré explicarlo.
El por qué no es sino una aplicación de los principios generales que
acerca de los dones he explicado ya. Los dones intelectuales no dan un
conocimiento profundo de las cosas divinas, porque estamos unidos con
Dios por una dulce, por una íntima experiencia realizada por el amor. Eso
acontece en todos los dones; esto acontece en el don de Entendimiento.
Para tener este don, como todos los demás dones del Espíritu Santo,
se necesita estar en gracia, tener la caridad, que es la raíz profunda de
donde brotan como renuevos divinos los siete dones del Espíritu Santo.
Por la caridad nos unimos con Dios, nos adherimos a Él, y de esa unión
íntima y de esa adhesión firme resulta un conocimiento como
experimental.
A la manera que nosotros —ya lo expliqué en los capítulos anteriores
— tenemos una penetración singular para comprender las almas que
amamos, así como para nuestras intimidades no necesitamos razonar, sino
que nos basta penetrar en lo intimo de nuestro ser para conocerlas; así,
cuando el alma está unida a Dios, lo ve y lo conoce por una dulce
experiencia.
Cada uno de los dones une a Dios, nos une al Espíritu Santo como al
Director, como al motor de nuestras almas; pero al mismo tiempo nos une
a Dios como al objeto de nuestro amor. El Espíritu Santo no sólo es motor;
es también don, el don de Dios, el don por excelencia que recibimos.
179

Santo Tomás de Aquino dice acerca de este punto cosas admirables.
El don, antes de que el dador lo otorgue, es del que lo da; pero después del
que lo ha dado, es también del que lo recibe. El Espíritu Santo es de Dios,
es Dios, pero cuando se nos ha dado es nuestro. Y es nuestro —dice el
Santo Doctor— como puede ser nuestra una cosa de la cual podemos con
libertad disponer; así, nosotros podemos con libertad disponer de este
Espíritu que ha venido a ser nuestro, es decir, podemos gozar de Él cuando
queramos, porque lo poseemos, porque nos pertenece, porque está a nuestra disposición.
Y porque estamos adheridos a la Divinidad, por eso tenemos, si se me
permite la expresión, el sentido de lo divino, los ojos iluminados del
corazón, penetrantes y profundos, para leer en lo íntimo de las verdades
sobrenaturales.
***
De una manera especial, el don de Entendimiento supone el
conocimiento, la estimación perfecta del fin.
San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios, establece como principio y
fundamento de todas las maravillas consideraciones que hace para llevar el
alma a Dios el fin del hombre. Es la primera verdad que escruta de una
manera sólida y profunda. Y este método se ha hecho tradicional; siempre
que se practican Ejercicios o se dan Misiones, se comienza en una u otra
forma por presentar esta doctrina trascendental de nuestro último fin.
Y con razón, porque el fin es en las cosas prácticas lo que el principio
en las ciencias especulativas, de los principios emanan lógicamente las
conclusiones; así en el orden práctico, todo está relacionado con el fin;
según es el fin que nos proponemos, así son nuestros actos y nuestra
disposición.
Para comprender bien un discurso, es indispensable que el orador nos
indique el tema que va a desarrollar, el fin que se propone; si no sabemos
el fin que busca, nos será difícil seguirlo en sus lucubraciones. Cuando
conocemos el fin que un pintor se propuso al pintar un cuadro complicado
y magistral, lo comprendemos mejor, sabemos el sentido de cada una de
las figuras que integran el cuadro; si no conociéramos el fin, ¿cómo
podríamos conocer profundamente el sentido que quiso darle a este cuadro
el pintor?
De la misma manera, cuando tenemos un perfecto conocimiento del
fin, no especulativo, sino experimental, porque nuestra voluntad está
180

íntimamente adherida a él, porque ese último fin lo poseemos ya en
principio, porque poseemos a Dios en nuestro corazón, entonces podemos
comprender y penetrar las cosas divinas.
Esta es la obra que realiza el don de Entendimiento; por él, unidos
como estamos a nuestro último fin, el Espíritu Santo nos mueve para que
penetremos en las honduras de todas las verdades sobrenaturales.
***
¿Cómo se hace esta admirable penetración?
No es que por el don de Entendimiento contemplemos en todo su
esplendor y en toda su plenitud lo que se encuentra bajo cada una de las
verdades sobrenaturales; solamente en el cielo podremos tener esa visión
sin velos y sin sombras de las cosas divinas; solamente en el cielo, cuando
con la luz de la gloria contemplemos cara a cara a Dios y sintamos en
nuestro corazón su amor beatífico, la visión de las cosas divinas será para
nosotros positiva, radiosa, plena.
En la tierra, aun bajo el régimen de los dones, vivimos siempre en la
semioscuridad del destierro; ¿no dije en alguno de los capítulos anteriores
que los dones del Espíritu Santo se fundan sobre la fe? Y la fe es siempre
oscura; es, según la expresión del apóstol San Pedro, la lamparita, la
lucecilla que fulgura, que brilla en el destierro, mientras llega el día
espléndido de la gloria y luce en nuestras almas el lucero de la mañana.
Pero, a pesar de ser negativa la visión que nos da el don de
Entendimiento, nos hace penetrar hondamente en las verdades
sobrenaturales con un acierto eficacísimo. El don de Entendimiento nos
hace distinguir lo verdadero de lo falso en el orden sobrenatural; más aún,
nos hace comprender que las cosas divinas están por encima de las cosas
humanas.
Para que comprendamos esto, voy a hacer una observación. Para
hablar de las cosas sobrenaturales, nos valemos siempre de los símbolos y
de las figuras sensibles; es la ley de nuestra psicología; «Invisibilia ipsius...
per ea, quae facta sunt intellecta conspiciuntur.» (Las cosas invisibles de
Dios nos son conocidas por las cosas visibles que han sido hechas), dice
San Pablo (Rom 1, 20). Por eso, tratándose del orden sobrenatural, nos
encontramos a cada paso un símbolo, porque a cada paso nos encontramos
un misterio. No podemos hablar de las cosas divinas, sino comparándolas
con las cosas de este mundo y sirviéndonos de imágenes, de símbolos, de
figuras. Así, decimos que el Bautismo es un nuevo nacimiento, que el
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hombre vuelve a nacer, como lo explicó Jesucristo a Nicodemus. No alcanzaba él a comprender y Jesucristo le decía: «¿Tú eres maestro de Israel y
no entiendes estas cosas? Si no me entiendes hablando de las cosas de la
tierra, ¿cómo me entenderías si te hablara de las cosas celestiales?» «Yo
soy la Vid y vosotros sois los sarmientos», decía también Jesucristo para
explicarnos la unión estrecha que hay entre Él y nosotros. «Si alguno
quiere venir en pos de Mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»,
exhortaba para predicar la abnegación cristiana. Y así, en todas las páginas
del Evangelio encontramos figuras y símbolos.
Pero hay el peligro de querer tomar a la letra esas figuras y esos
símbolos, con lo que empequeñecemos las cosas divinas y las reducimos a
proporciones ínfimas. Mas el don den Entendimiento nos hace penetrar en
esas figuras y en esos símbolos, de tal manera, que sintamos que la cosa
significada o simbolizada está muy por encima del símbolo y de la figura;
el símbolo no es más que una roca en la que apoyamos y ponemos nuestra
planta para lanzarnos al infinito.
Así, el don de Entendimiento penetra en lo profundo, en lo íntimo de
las verdades sobrenaturales, y nos da un conocimiento vivo, un
conocimiento íntimo de las cosas divinas.
***
Este don es uno de los dones de la Contemplación; por medio de él y
por su influjo, el Espíritu Santo eleva a las almas a la Contemplación, que
es una mirada singular y profunda de Dios y de las cosas divinas. Se
pudiera decir que la Contemplación es la luz bellísima de los que aman. Y
esa Contemplación que poseen las almas que han llegado a cierta altura en
los caminos de la vida espiritual tiene como uno de sus principios
esenciales el don de Entendimiento.
Pero no solamente es intelectual, sino que también tiene un influjo
preponderante en nuestra vida práctica. Porque, como dice la Escritura, la
fe obra por la caridad; y el don de Entendimiento, al hacernos penetrar en
las profundidades de las verdades de la fe, tiene también que hacernos
comprender lo relativo a nuestras acciones, a las obras de amor y de
caridad que tenemos que practicar para alcanzar la vida eterna.
De manera que también el don de Entendimiento tiene su influjo en
lo práctico de nuestra vida, y, como decía al principio, es indispensable
para que podamos alcanzar la eterna felicidad de nuestras almas.
182

Hay una regla exacta y comprensiva para determinar el campo que es
propio de este don. El don de Entendimiento nos sirve para descubrir lo
oculto, todo lo oculto que necesitamos para nuestra salvación; dondequiera
que hay algo misterioso, el don de Entendimiento nos lo hace comprender
y penetrar, siempre que sea, repito, una cosa necesaria para nuestra
salvación.
¿No recordamos que en el Santo Evangelio Jesucristo contestaba
siempre a las preguntas, a las veces impertinentes, que le hacían los
Apóstoles? Cuántas veces le hicieron presuntas para entender cosas que
ahora nos parecen sencillísimas, y Nuestro Señor, con una paciencia
heroica, les explicaba a los Apóstoles las cosas más obvias, siempre que se
relacionaran con la salvación de las almas y los misterios del Reino de los
cielos.
Pero cuando le preguntaban cosas curiosas, no les contestaba. El día
de la Ascensión le dijeron: «Señor, ¿próximamente vas a establecer en la
tierra tu Reino?» Y Jesucristo les dijo: «A vosotros no os toca conocer los
días y los momentos que el Padre tiene en su poder.» Y cuando el apóstol
San Pedro le preguntó en las orillas del Tiberiades respecto de San Juan:
«Señor, ¿y qué pasará con éste?», Jesucristo le contestó: «¿A ti qué? Tú,
sígueme.» Las preguntas curiosas nunca las contestaba Jesús; pero aquellas
que se relacionaban con la salvación de nuestras almas, siempre, por
impertinentes que fueran, Jesucristo, con minuciosa solicitud, se las
explicaba a sus Apóstoles.
Así, el don de Entendimiento nos descubre lo oculto, pero lo oculto
que es útil para nuestra salvación.
Y aún se pueden expresar los principales casos en los que el don de
Entendimiento descubre lo oculto.
***
Se puede ocultar la sustancia bajo los accidentes, como en la Santa
Eucaristía; los accidentes eucarísticos son accidentes de pan y accidentes
de vino; pero bajo esos accidentes se ocultan el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo. El don de Entendimiento nos hace penetrar a través de esos
accidentes en la sustancia de Jesucristo que allí se oculta. Santos ha habido
como dotados del sentido de la Eucaristía, como que adivinaban la
presencia de Jesucristo dondequiera que estaban. Era, sin duda, un efecto,
un fruto del don de Entendimiento: a través de los accidentes descubrían la
sustancia que se ocultaba.
183

También los conceptos, las verdades, se ocultan bajo las palabras. En
las Escrituras, ¡cuántas expresiones hay difíciles de entender! Y como bajo
esas expresiones se contienen verdaderos misterios, el don de
Entendimiento nos hace penetrar las palabras de la Escritura para descubrir
lo oculto que tienen, su sentido misterioso y arcano.
En las figuras y en los símbolos se ocultan las realidades; ¿no nos
dice, por ejemplo, el apóstol San Pablo que todo lo que les pasaba a los
israelitas en el Antiguo Testamento era figura y símbolo de la Nueva
Alianza? ¿No dice que la piedra de donde brotaba el agua refrigerante era
Cristo, y que el maná era el símbolo de la Eucaristía? Y ¿no nos enseña él
el simbolismo de muchas de las ceremonias de la Antigua Alianza? Bajo
las figuras se contiene la cosa significada o figurada, y el don de
Entendimiento descubre bajo los símbolos las cosas que simbolizan.
Bajo lo visible se oculta lo invisible y lo divino. Tenemos un ejemplo
de ello en el mundo material: está lleno de Dios. ¿No dice la Escritura que
los cielos cantan la gloria de Dios y que la tierra está llena de su majestad?
En el capítulo anterior decía cómo en cada criatura hay un destello do
Dios, y recordaba aquella estrofa sublime de San Juan de la Cruz:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
El mundo está henchido de lo divino; así lo ha de haber visto Adán en
el Paraíso antes de la culpa, así lo han visto los santos; ya decía antes con
qué mirada profunda y celestial veía Francisco de Asís todas las cosas
creadas. Pero para descubrir lo divino que oculta lo visible, se necesita el
don de Entendimiento.
Bajo las causas se ocultan los efectos. Los Sacramentos son causas de
la gracia; exteriormente, los Sacramentos no son más que cosas visibles;
un sacerdote que lava la cabeza a un niño, diciéndole palabras misteriosas;
el ministro de Dios que extiende su mano consagrada sobre el pecador
arrepentido, y le dice: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo.» Pero bajo esas cosas, bajo esas causas al parecer sin
trascendencia, se realizan verdaderos prodigios. ¡Si supiéramos lo que se
realiza cuando un pecador se justifica! Santo Tomás de Aquino no vacila
en decir que la justificación de un pecador es una obra más grande que la
creación del mundo.
184

En los acontecimientos humanos se esconden los designios
providenciales de Dios. ¡Ah!, alguna vez, en el último día de los tiempos y
allá en el cielo, eternamente, contemplaremos el sentido profundo de la
Historia humana. Ahora vemos las cosas de una manera fragmentaria e
imperfecta, el por qué de la guerra, el por qué de las catástrofes, el por qué
de esas vicisitudes tremendas que hay en la Historia. Ahora, apenas con
labio balbuciente, podemos decir algo acerca de esos acontecimientos,
porque sabemos que están regidos por la divina, por la sapientísima
providencia de Dios.
Pero allá en el cielo comprenderemos el sentido profundo de la
Historia; entonces sabremos con la exactitud con que un contador hace el
balance de una negociación el por qué de todos los acontecimientos
humanos. Y tenemos que alabar entonces a Dios lo mismo por la paz que
por la guerra, lo mismo por el dolor que por la alegría; porque todo está
hecho con número, peso y medida, todo está dispuesto con sabiduría
admirable.
Por el don de Entendimiento, desde la tierra comenzamos a penetrar
en esas cosas ocultas, pues el don de Entendimiento penetra en todas las
verdades sobrenaturales y descubre lo oculto, cualquiera que sea la
envoltura en donde se esconda.
***
Todo cristiano tiene este don, como todos los demás dones del
Espíritu Santo; no son gracias extraordinarias que Dios sólo concede a
almas selectas, no; todo el que está en gracia de Dios posee los dones del
Espíritu Santo, y si los tiene siempre es porque a cada paso los puede necesitar.
Y yo pienso que el don de Entendimiento es un don respecto del cual
se ve claramente la necesidad que tenemos de él; ¿cómo podríamos
penetrar en lo profundo de las verdades sobrenaturales si no poseyéramos
el don de Entendimiento? Tengamos por cierto que muchas veces en
nuestra vida hemos sentido el influjo del don de Entendimiento y hemos
penetrado, aun cuando sea rápidamente, las verdades sobrenaturales.
¿No es verdad que en ciertos momentos de nuestra vida hemos visto
cómo con mayor claridad alguna o algunas de las verdades que nos enseña
el Evangelio? Ya en una gran solemnidad litúrgica, ya en medio de un
retiro espiritual que se practica, ya en los momentos en que se recibe la
Santa Eucaristía, ¿no ha pasado por nuestra mente un relámpago de luz
185

celestial? ¿No hemos visto en un momento ciertas cosas que antes no
habíamos comprendido?
Es el don de Entendimiento que todo cristiano tiene y que a todo
cristiano le hace penetrar en lo íntimo de las verdades sobrenaturales
cuando lo necesita para poder alcanzar su salvación. Y a medida que va
subiendo de grado, este don va produciendo cosas más admirables en
nuestra alma: nos hace penetrar en los misterios, nos hace comprender
armonías bellísimas en las cosas espirituales.
Así como contemplamos a las veces desde la cumbre de una montaña
un espectáculo maravilloso, cumbres que se suceden unas a otras, valles
risueños cubiertos de flores, horizontes misteriosos que se pierden en la
inmensidad; así, el don de Entendimiento, cuando ha llegado a su grado
máximo de desarrollo, nos hace contemplar esos panoramas magníficos,
esas armonías hondas, esos horizontes infinitos del orden sobrenatural; nos
descubre en cuanto es posible en la tierra las perfecciones de Dios: su
justicia, su misericordia, su amor; nos hace comprender también en cuanto
es posible en el destierro el anonadamiento del Verbo Encarnado en el
misterio de la Encarnación, en su Pasión sacratísima, en su descenso al
sepulcro.
Y aun la luz del don de Entendimiento nos sirve para conocernos
hondamente a nosotros mismos, y vislumbrar la profundidad de nuestra
miseria. A las veces, nos llama la atención que los santos tengan rasgos de
humildad que parecen excesivos, como cuando San Francisco de Asís quería que lo pisotearan y que dijeran que era el desecho del pueblo. ¿Cómo
es posible, pensamos, que santos que han sido canonizados por la Iglesia, y
cuya vida es admirable, hayan tenido ese concepto tan bajo de sí mismos?
Porque estaban iluminados por la luz de Dios.
Cuando una pieza está a media luz, nos podemos hacer la ilusión de
que está limpia; pero cuando hay una luz intensísima, entonces tenemos
que percibir hasta lo más pequeño que pueda quitarle la limpieza. Eso pasa
cuando somos iluminados por la luz de Dios; entonces sentimos nuestra
pequeñez y nuestra miseria; delante de Dios todos somos átomos
pequeñísimos e insignificantes.
En los altos grados de este don se tiene un conocimiento más hondo
de todos los misterios divinos, y, en cierta manera, la visión de Dios.
A este don corresponde aquella bienaventuranza: «Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» La limpieza de corazón
186

y la paz que de ella emana son como fruto y premio del don de
Entendimiento.
Esa limpieza de nuestro espíritu, a las veces, es terrible, porque no se
purifica el espíritu sino con dolor. La noche oscura del espíritu de que
habla San Juan de la Cruz es obra, en gran parte, del don de
Entendimiento.
El don de Entendimiento deja al alma en profunda desolación para
transformar su entendimiento, para limpiar los ojos de su espíritu, para que
pueda un día mirar a Dios.
***
Refiere el Santo Evangelio que un día, acercándose Jesucristo a
Jericó, un ciego empezó a clamar; y por más que los Apóstoles querían
alejarlo de Nuestro Señor, temiendo que le fuera molesto, el ciego más y
más clamaba. Jesucristo se le acercó y le dijo: «¿Qué quieres que te haga?»
Y el ciego contestó: «Domine, ut videam!» (¡Señor, que yo vea!) Con estas
palabras expresaba él su anhelo supremo, la necesidad ingente que llevaba
en su alma.
¿No es verdad que ésta es una de las grandes necesidades de nuestro
corazón y que debía ser uno de nuestros grandes anhelos? ¡Señor, que yo
vea! ¡Es tan triste y dolorosa la ceguera! ¡Es tan fecunda y tan bella la luz!
Todos los días deberíamos decirle a Nuestro Señor como Bartimeo, el
ciego del Evangelio: «Domine, ut videam!» (¡Señor, que yo vea!)
Y el don de Entendimiento nos hace ver en el orden sobrenatural, nos
hace penetrar en lo oculto; es, si se puede comparar lo divino, lo altísimo,
con nuestras pobres cosas humanas; es como esos rayos misteriosos
descubiertos por la ciencia que nos hacen ver el interior de los cuerpos
opacos.
Por el don de Entendimiento penetramos en la profundidad de las
verdades. Ese don nos hace ver, corresponde a ese anhelo que sienten
nuestros corazones de ver; por eso siempre, y sobre todo ahora, en las
vísperas de la gran solemnidad de Pentecostés, es preciso que del fondo de
\ nuestra alma brote y se levante hasta el cielo esta plegaria íntima,
pidiendo al Espíritu Santo: «Domine, ut videam!» (¡Señor, que yo vea!)

187

IX
DON DE SABIDURÍA

Hice notar en los capítulos anteriores el admirable paralelismo que
existe entre el orden natural y el sobrenatural. En el primero, el caudal
intelectual de nuestro espíritu no lo forman conocimientos aislados, sino
que el espíritu realiza ahí una coordinación de conocimientos, forma con
ellos un sistema, les imprime unidad; cada ciencia coordina los
conocimientos que le pertenecen y los unifica en las causas y en los
principios que estudia. Y todavía nuestro espíritu pretende hacer una
coordinación superior, la coordinación de la sabiduría, unificando y
coordinando en las cosas más altas y profundas todo el campo vastísimo de
los conocimientos humanos.
Con mayor razón, en el orden sobrenatural, tienen que hacerse estas
coordinaciones; no bastaría unificar una por una las verdades por el don de
Entendimiento, como lo expliqué, para tener la perfección del
conocimiento sobrenatural; es preciso que se vean los enlaces que unen
entre sí a las criaturas y a las criaturas con Dios; es indispensable que
todos los conocimientos sobrenaturales que poseemos formen también una
coordinación, un sistema, y se unifiquen.
El don de Ciencia establece cierta coordinación; pero la coordinación
suprema, la que abarca, por decirlo así, en una unidad perfecta todos los
conocimientos sobrenaturales, es el don de Sabiduría.
Tiene semejanza con el concepto de sabiduría que tenemos en el
orden natural; en este orden, la sabiduría es la coordinación de todos
nuestros conocimientos por las causas altísimas de las cosas. Y en el orden
sobrenatural de los dones, el don de Sabiduría abarca todos los conocimientos sobrenaturales y los coordina en la causa suprema, en el principio
altísimo: en Dios.
Este don que voy a mostrar ahora es el supremo de todos los dones;
tiene una riqueza incalculable, porque San Pablo asegura que el hombre
188

espiritual juzga todas las cosas, y, como lo explica muy bien el apóstol en
ese pasaje de la Epístola primera a los Corintios, los juzga porque ha
recibido al Espíritu Santo que escruta hasta las profundidades de Dios.
«Spiritus omnia scrutatur, etiam profunda Dei» (Cor 2, 10). Y ese Espíritu lo
hemos recibido, y por eso, dice, no hablamos con las palabras de la
sabiduría humana, sino con la doctrina del Espíritu que hemos recibido en
nosotros.
El don de Sabiduría lo abarca todo; pero en esos vastos
conocimientos que puede el alma alcanzar por el don de Sabiduría hay una
perfecta unidad, porque todo lo mira desde una atalaya excelsa, todo lo
mira por la causa suprema, por Dios.
***
Para comprender en cuánto es posible este don, debo recordar una
doctrina que muchas veces he expuesto en esta serie de capítulos acerca de
los dones del Espíritu Santo. He dicho cómo por los dones conocemos, por
cierta connaturalidad con las cosas que son objeto de nuestros conocimientos y por una experiencia intima que tenemos de las cosas divinas.
Aun cuando varias veces lo he repetido, quiero decirlo una vez más;
porque, por una parte, es difícil de entender esta idea y, por otra, es
fundamental para el conocimiento del don de Sabiduría.
El conocimiento que tenemos por los dones del Espíritu Santo es un
conocimiento que nace de una intima experiencia, de una connaturalidad y
proporción que llegamos a tener con las cosas que conocemos, en virtud de
estar unidos con Dios por la virtud santa de la Caridad.
Ya decía, en alguno de los capítulos anteriores, cómo hasta en el
orden natural el amor es una fuente de conocimientos: comprendemos muy
bien lo que amamos.
El artista que ama la belleza en cualquier orden, con qué facilidad
comprende todas las cosas que con ella se relacionan; hay connaturalidad,
hay proporción entre la belleza que el arte realiza y la manera de ser de él;
como que su espíritu está conformado precisamente para conocer las cosas
bellas.
Y el arqueólogo que ama las antigüedades y descubre por todas partes
las huellas del pasado, cómo tiene el sentido de lo antiguo; el amor que
posee para ese género de conocimientos le hace comprender mejor todas
las cosas que con ese ramo se relacionan.
189

Y cuando una persona ama a otra y la trata con intimidad, con que
facilidad comprende los sentimientos íntimos de la persona amada, cómo
parece que adivina sus pensamientos; no es lo mismo conocer una persona
por referencias que conocería por trato íntimo, y cuanto más Ultimo es el
trato, mas perfectamente se conoce.
¿No es verdad que en cierto modo los que se aman están el uno en el
otro? El mismo Jesucristo nos dice respecto de su amor: «Ei que come mi
Carne y bebe mi Sangro, permanece en Mí y Yo en él.» Y, en verdad, el
que ama, como que está en el objeto amado, como que proyecta su corazón
y su inteligencia y su ser en aquello que ama, y como que lleva en lo
íntimo de su alma, en lo profundo de sus entrañas, al ser amado. San Pablo
se atrevió a decir a los Heles: «Yo os llevo en lo íntimo de mi corazón.»
Pero no, no es simplemente esa virtud que tiene el amolde hacernos
comprender lo que amamos y de aplicar todas nuestras facultades para
llegar al conocimiento más profundo del ser amado lo que basta para
explicar esta experiencia íntima que tenemos de las cosas divinas por los
dones dei Espíritu Santo. Hay algo todavía más perfecto; porque nosotros,
por la caridad, estamos íntimamente unidos con Dios. Por más esfuerzos
que hagamos, no llegaremos a comprender hasta qué punto es estrecha,
hasta qué punto es íntima nuestra unión con Dios.
Jesucristo se esforzó, particularmente en la noche de la Cena, por
explicarnos esta unión que tenemos con Él: «Yo soy la Vid, vosotros sois
los sarmientos; los sarmientos no pueden producir fruto si no están unidos
a la vid; así, vosotros sin Mi nada podéis hacer.» Y como si aquella comparación no fuera suficiente, como no lo es, para expresar la unión
estrechísima que existe entre Él y nosotros, so levantó tanto, que comparó
la unión que tiene con nosotros con la unión inefable que tienen entre si las
tres divinas Personas de la Trinidad: «Padre —le dijo en la oración
sacerdotal en la noche de su Pasión—, Padre, que todos sean una misma
cosa, como Tú, y Yo somos una sola cosa. Tú en Mi, y Yo en ellos, para
que todos seamos consumados en la unidad.»
No hay unión comparable a la que tenemos con Dios por la caridad;
repasemos una a una todas las uniones de la tierra: son superficiales, son
limitadas, no tienen la profundidad íntima que tiene la unión que tenemos
con Dios por la caridad.
El apóstol San Pablo se atreve a decir: «Qui adhearet Domino, unus
spiritus est, » (El que se adhiere a Dios, es un solo espíritu con Él) (1 Cor 6,
17).
190

Y como estamos tan unidos, y como esta unión es más Intima que
todas las uniones que se pueden tener en la tlerra.es natural que esa unión
con Dios nos harta penetrar como por una dulce experiencia, por una
experiencia Intima, las cosas divinas.
Permítaseme todavía una comparación muy grosera, pero que será,
sin duda, útil para comprender lo que expresa. Cuando tenemos en nuestra
boca una fruta, apreciamos entonces su sabor mucho mejor que si
leyéramos las descripciones que de ella hacen los tratados de Botánica.
¿Qué descripción podría ser comparable al gusto que experimentamos
cuando probamos una fruta? Así, cuando estamos unidos a Dios y
mistamos de Él por una Intima experiencia, esto nos hace conocer mucho
mejor las cosas divinas que todas las descripciones que puedan hacer los
eruditos y que todos los libros de los hombres más sabios.
Él conocimiento de los dones es un conocimiento que se adquiere por
connaturalidad y por experiencia intima, en virtud de la unión estrechísima
que tenemos con Dios.
Pero si es cierto que esto so verifica en todos los dones, de una
manera especial se verifica en o) don de Sabiduría; es propio de este don
hacernos conocer a Dios y las cosas divinas por una Intima y dulce
experiencia de amor: por eso dice San Dionisio, hablando do Hieroteo:
«Hieroteo es perfecto en las cosas divinas, porque no sólo las aprende, sino
las experimenta.» («Non tantum discens, sed patiens divina» )
Experimentar las cosas divinas, gustarlas en lo íntimo de nuestro
corazón y por ese gusto y esa experiencia Juzgar de todas las cosas, tal es
lo que realiza en nuestras almas el don de Sabiduría.
Poro quiero explicar por qué de una manera singular esta doctrina de
la connaturalidad y de la experiencia se aplica especialmente al don de
Sabiduría.
Por la caridad —esa virtud reina, esa virtud suprema, que es la forma
y el alma de todas las virtudes, el don más rico que hemos recibido de Dios
después de la gracia—, por la caridad nos unimos a Dios, y esa unión tiene
muchos aspectos: nos unimos a Dios como al motor y al director de
nuestras almas, como al último fin de nuestras acciones, como al objeto
que experimentamos y que gustamos: pero de aquí resultan como distintas
maneras de percibir a Dios. En el capítulo anterior expliqué cómo el don
de Entendimiento mira a Dios como el fin supremo del hombre y por la
buena estimación del fin; por eso penetra en las verdades sobrenaturales.
Cada don tiene su manera propia de tocar a Dios.
191

Pero, ¿sabemos cómo toca a Dios el don de Sabiduría? Lo toca como
la Bondad infinita, gustada y experimentada. Hay una analogía notable
entre el objeto de la caridad y el objeto del don de Sabiduría: el objeto de
la caridad es Dios en Si mismo, en su bondad infinita, y el objeto de la
Sabiduría es esa misma Bondad, pero como experimentada, como gustada.
Por la caridad amamos a Dios en Sí mismo; por el don de Sabiduría
conocemos, porque gustamos y experimentamos la bondad infinita de
Dios.
Por eso este don de Sabiduría tiene estrechísima relación con la
caridad, es un don que brota de la caridad y que conduce a la caridad.
Brota de la caridad, porque el que posee el don de Sabiduría conoce
porque ama, y si se permite que emplee la frase de un místico —ya
sabemos que el lenguaje de los místicos es audaz, pero es brillante y
expresivo—, diré que por el don de Sabiduría «vemos por los ojos del
Amado», por los ojos de Dios.
La expresión es audaz, pero expresa la realidad. Si pudiéramos, por
decirlo así, entrar dentro de Dios y mirar por sus ojos, ¿qué veríamos?
Veríamos las cosas a lo divino: así se ven las cosas por el don de Sabiduría,
se ven en Dios, se ven desde esa excelsa atalaya.
Pero podemos penetrar en Dios y ver por sus ojos y mirar por su
mente, porque la caridad nos ha unido estrechamente con Él, porque nos
hemos adherido a Él y formamos con Él un solo espíritu.
El don de Sabiduría que brota de la caridad también conduce a ella; la
luz de este don no es fría e inerte, como suele ser la luz de la sabiduría
humana, sino que es ardiente y vital, como el rayo de sol, que en su
esencia sutil funde la luz, el calor y la energía. La luz del don de Sabiduría
enardece de amor el corazón, y de esa suerte vuelve al principio del que
emanó y consuma el círculo divino.
Pudiera parecer extraño que el don de Sabiduría, que como todos los
dones intelectuales tiene que fundarse en la fe, superara a su propio
fundamento, porque los conocimientos que podemos tener por el don de
Sabiduría, aunque están dentro del campo de la fe, exceden de una manera
increíble al conocimiento de la fe. ¿Cómo es posible que la Sabiduría
supere a su propio fundamento?
¡Ah!, si penetramos en la naturaleza de la inteligencia y de la
voluntad, podemos encontrar el secreto de esta aparente anomalía. Enseña
Santo Tomás de Aquino que es mejor conocer que amar las cosas
inferiores a nosotros, pero es mejor amar las cosas que son superiores.
192

Respecto de Dios, es mejor amarlo que conocerlo; porque el conocimiento,
como que hace que las cosas vengan a nosotros y se adapten a nuestra
manera de ser: pero el amor, que es la caridad, nos hace salir de nosotros
mismos y nos lanza al objeto amado. El que ama se asemeja a la cosa
amada; el que conoce, adapta la cosa conocida a su propia manera de ser.
De suerte que cuando se trata de cosas inferiores, las elevamos cuando las
conocemos, porque les damos nuestro propio modo de ser; pero cuando
amamos las cosas inferiores, nos envilecemos. En cambio, cuando
conocemos las cosas superiores, como que las empequeñecemos para que
se adapten a nuestra inteligencia; pero cuando las amamos, nos elevamos
hacia ellas.
Por eso es mejor en esta vida amar a Dios que conocerlo, y por eso es
más lo que amamos a Dios por la caridad que lo que lo conocemos por la
fe. En este mundo siempre el conocimiento tiene deficiencias; en cambio,
el amor, la caridad, que es un presente del Espíritu Santo, una imagen
suya, tiene mayor perfección aún en este mundo.
La caridad de la tierra no difiere de la caridad del cielo;
esencialmente es la misma, mientras que la fe se detiene en los dinteles de
la eternidad para que venga la visión a sustituirla. Por eso no es raro que la
caridad, supere a su propio fundamento y que por medio de ella tengamos
un conocimiento más amplio, más profundo y, si se puede decir, más
divino que por la fe.
***
A la verdad, es vasto, vastísimo, el campo del don de Sabiduría;
abarca todos las cosas que abarca la fe, las cosas divinas y las cosas
humanas que caen bajo la fe que han sido reveladas; la sabiduría lo abarca
todo. Ya os cité hace poco la palabra del apóstol San Pablo; «Spiritus
omnia scrutatur.» El hombre espiritual juzga todas las cosas; nada se
escapa a la perspicacia de esa sabiduría sobrenatural.
Pero su objeto propio, su objeto primario, es Dios; los ojos de la
sabiduría se hunden en la Divinidad por la contemplación. Y porque
contemplan lo divino —permítaseme que repita la misma expresión —ven
por los ojos del Amado, y desde aquella atalaya excelsa descubren todas
las cosas que debemos conocer en el orden sobrenatural.
Este don de Sabiduría es el superior de todos los dones v a todos los
dirige; es un don altísimo. Aun el don de Entendimiento es dirigido por la
Sabiduría, y por eso forma el primer par en la enumeración de Isaías de
193

que hablé en uno de los primeros capítulos. Dice el profeta que de la raíz
de Jessé saldrá una vara, y de esa vara nacerá una flor, y sobre esa flor
descansará el Espíritu de Dios, el Espíritu de Sabiduría y de
Entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el Espíritu de
Ciencia y de Piedad, y lo llenará el Espíritu de Temor de Dios.
En el primero de los pares enunciados por Isaías están la Sabiduría y
el Entendimiento, porque la Sabiduría es un don director aun del don de
Entendimiento; es el don supremo que ejerce su influjo sobre todos los
dones, repito; es como la cumbre a donde puede llegar el conocimiento
humano.
Este don de Sabiduría tiene una importancia capital en la
contemplación sobrenatural. El don de Entendimiento influye, ciertamente,
en la contemplación, porque purifica el alma para que pueda contemplar
las cosas divinas y penetra en las verdades de la fe, y por esas dos
operaciones prepara el terreno, por decirlo así, para el don de Sabiduría.
El don de Sabiduría es el don supremo de la contemplación; por él,
nuestra alma se eleva a lo más alto que se puede subir; más que el don de
Sabiduría, sólo el cielo, solamente la visión beatífica.
Nos enseñan los teólogos que por el don de Sabiduría se llega a la
contemplación más perfecta de Dios, y que ese don es el característico de
las altas etapas de la vida espiritual; es, pudiéramos decir así, el don de los
santos, no porque solamente ellos lo tengan; gracias a Dios, lo repito,
desde el día de nuestro bautismo poseemos todos los dones; pero aunque
poseamos todos los dones, no alcanzan siempre su perfecto desarrollo por
nuestra culpa, o a lo menos por nuestro descuido.
Todos los hombres tenemos las mismas facultades, y ¿no vemos a
muchos pobres ignorantes que no han cultivado jamás sus facultades
intelectuales? Han desarrollado sus músculos, tienen una fuerza material
poderosa; pero han descuidado el desarrollo de su inteligencia. Así, hay
almas que descuidan el desarrollar esos dones magníficos que han recibido
de la mano munificente y santificadora de Dios.
Los santos, los que han llegado a la cumbre de la perfección, poseen
de una manera perfecta todos los dones, pero singularmente el don de
Sabiduría.
Y este don produce en nosotros la semejanza, por decirlo así, más
perfecta con Jesucristo. ¿No recordamos aquella frase misteriosa del
apóstol San Pablo: «Nosotros, contemplando a cara descubierta la gloria
de Dios, nos vamos transformando en su misma imagen de claridad en
194

claridad»? («Nos vero omnes, revelata facie gloriam Domini speculantes,
in eamdem imaginem transformamur a claritate in claritatem, in tanquam a
Domini Spiritu») (2 Cor 3, 18).
Esta escala de luz, esta serie de claridades por las cuales se va el alma
transformando en Jesucristo, es el proceso del don de Sabiduría. Cuando
éste alcanza en el alma su perfecto desarrollo, entonces el alma tiene la
imagen de Jesús, la sabiduría creada, trasunto de la Sabiduría infinita,
como la caridad es el trasunto del Espíritu Santo.
Por eso, la séptima Bienaventuranza es fruto del don de Sabiduría:
«Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán hijos de Dios.» Esta
paz la produce el don de Sabiduría, produce aquella paz de que hablaba el
apóstol San Pablo: «Pax Dei quae exsuperat omnem sensum» (Flp 4, 7).
Una paz que supera todo lo que nosotros podernos percibir por nuestros
sentidos, una paz que está por encima de toda paz humana. Esa mirada
divina con que se contempla el mundo viene a producir en nuestra alma
una paz profunda, una paz inquebrantable. Las almas que poseen en su
perfección el don de Sabiduría son los pacíficos, y ellos son los hilos de
Dios, porque tienen la imagen más perfecta del Hijo de Dios, tienen la
adopción perfecta, la filiación perfecta, porque la sabiduría ha grabado en
sus almas la imagen más perfecta que puede tenerse sobre la tierra del Hijo
de Dios.
***
Claro está que en este don, como en todos, se dan grados. El primer
grado del don de Sabiduría —que se tiene desde el momento en que se
tiene el don— nos hace adherirnos a Dios, y por adherirnos a Él tenemos
un juicio recto, una rectitud sobrenatural para juzgar de las cosas divinas y,
al mismo tiempo, por ese primer grado disponemos de normas divinas para
arreglar nuestras acciones y operaciones.
En el segundo grado llegamos a tener un gusto, un sabor especial de
las cosas divinas. ¿No recordamos aquellas palabras del apóstol San Pablo
que la Santa Iglesia nos repite durante el tiempo pascual: «Si habéis
resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, en donde Cristo está
sentado a la diestra del Padre: saboread las cosas divinas? («Si
consurrexistis cum Christo, quae sursum sunt quaerite ubi Christus est ad
desteram Dei sedens; quae sursum sunt sapite non quae super terram») (Col
3, 1-2).
195

¡Saboread lo de arriba! El saborear las cosas divinas es propio del
don de Sabiduría. Podríamos emplear esta expresión por analogía con los
sabores materiales. El don Sabiduría nos da un sabor, un gusto de las cosas
divinas.
Y por la suavidad y el gusto que experimentamos en las cosas divinas
llegamos a despreciar las satisfacciones humanas. En los santos, lo hemos
visto, ¿no le pidió a Dios Santa Teresa del Niño Jesús que le pusiera una
gota de amargura en todas las satisfacciones de la tierra? Parece increíble
que se haga semejante petición; de ordinario anhelamos todo lo contrario:
que Dios, en todo, ponga una gota de miel; que en todas las cosas de
nuestra vida, hasta en nuestros sufrimientos, haya una gota de dulzura.
Santa Teresa de Lisieux le pedía a Dios que no le permitiera saborear
ninguna de las satisfacciones humanas.
Y es que cuando se ha saboreado lo divino se desprecia lo humano;
como esos paladares delicados que se han acostumbrado a manjares
exquisitos ya no pueden apreciar los manjares comunes, así no se pueden
apreciar y gustar las cosas de la tierra cuando se ha tenido el íntimo sabor
de las cosas divinas.
Pero hay otro efecto también muy propio del don de Sabiduría: nos
hace conocer los tesoros del dolor y nos hace sentir un vivísimo deseo de
él. Ya decía que para conocer y amar el dolor nos sirve el don de Ciencia,
pero todavía es más profundo el conocimiento del dolor que se tiene por el
don de Sabiduría y más vivo el deseo de sufrir.
Todos los santos que han querido sufrir y que estaban impacientes
por que llegar a la hora del martirio, lo han hecho bajo el influjo del don de
Sabiduría. San Ignacio de Antioquía, que dijo: «Yo soy el trigo de Cristo, y
es necesario que sea triturado por los dientes de las fieras para convertirme
en Pan inmaculado.» Santa Teresa, que decía: «O padecer, o morir.» Santa
María Magdalena de Pazzis, que afirmaba: «No morir, sino padecer.»
Todos esos deseos parecen extraños, parecen anormales, parecen locura,
cuando no se comprende su razón profunda.
A la luz del don de Sabiduría, ¡es tan bella la cruz! ¡Es tan dulce el
dolor! Tiene algo divino, tiene algo de Jesús, es la escala recta y luminosa
por donde se sube a los cielos. Donde está el dolor, está la cruz impregnada
de amor, y de las entrañas del dolor brota la perfecta alegría que nos
enseñó maravillosamente San Francisco de Asís.
Para entender esas cosas es preciso el don de Sabiduría. El hombre
animal no percibe las cosas divinas —dice San Pablo—; el hombre
196

espiritual juzga de todas las cosas. Cuando el don de Sabiduría se ha
desarrollado en nosotros por medio de él el Espíritu Santo nos hace
penetrar en las riquezas de la cruz, en las maravillas del dolor, y entonces
lo deseamos con todas las fuerzas de nuestra alma, con todos los anhelos
de nuestro corazón.
En los altos grados del don de Sabiduría, las almas viven ya una vida
celestial, parece que comienzan a gustar las delicias del Amado, ya no
quieren mirar ninguna de las cosas de la tierra, ya todo lo ven en relación
con la patria. Es lo que decía San Bernardo: «Cuando escribes tu relato no
tiene para mí ningún sabor, si no está allí el nombre de Jesús. Una
conferencia o una conversación no me agrada si no escuchan mis oídos el
nombre de Jesús. Jesús es miel a los labios, melodía a los oídos, júbilo al
corazón» (8). Todo lo veía en relación con Dios, todo lo veía con relación al
cielo.
Esas almas comienzan a contemplar desde esta vida algo de Dios,
miran todas las cosas con los ojos del Amado y contemplan el Universo
desde la excelsa atalaya de la Divinidad.
***
He concluido la exposición que ofrecí de los dones del Espíritu
Santo. No sé si haya acertado a dar alguna idea, siquiera fuera vaga, de
estas maravillas de Dios; pero estoy seguro de que la exposición que he
hecho, si no ha llenado de luz nuestro espíritu, por lo menos ha llenado de
inquietud nuestra alma. Sentimos la inquietud del que presiente otro
mundo mejor, la inquietud del que no acaba de comprender las cosas, pero
las vislumbra.
Estoy seguro de que la exposición que he hecho en estas páginas
servirá para que comprendamos que hay un mundo desconocido, que hay
un mundo divino, henchido de riquezas e impregnado de dulzura; que hay
un mundo mil veces superior, mil veces más bello que este mundo prosaico en el que vivimos: un mundo para el que fuimos creados.
Porque no fuimos creados para este mundo miserable ni para
acumular las riquezas que el ladrón nos puede arrebatar y que el orín
consume, ni para embriagarnos con las glorias de la tierra, ni para disfrutar
de los placeres terrenos, a las veces tan viles, siempre imperfectos,
incapaces de saciar nuestro corazón inmenso. No; nacimos para un mundo
8

Homil., 15 in Cant.

197

superior, para un mundo oculto, para un mundo que llevamos escondido en
el alma.
Yo quedo satisfecho si al menos he logrado que presintamos ese
mundo divino, si he dejado una inquietud en nuestro espíritu, si al menos,
después de mi exposición, podemos decir: hay algo más grande que lo que
ven nuestros ojos, hay algo más bello que lo que perciben nuestros
sentidos, hay un mundo superior, el mundo de los santos, para el cual todos
estamos llamados. Y llevamos dentro del corazón realidades
sobrenaturales, con las cuales podemos escalar las cumbres y contemplar
panoramas bellísimos, y así acercarnos hasta la luz espléndida de Dios.
¡Que el Espíritu Santo, cuya moción nos enseña todas las cosas,
según la frase de la Escritura, complete lo exiguo de mi obra; que Él
comunique a nuestras almas su luz, para que miremos hacia arriba, y se
encienda en nuestros corazones el fuego santo del amor, y suspiremos por
lo grande, por lo divino, por lo eterno!

198

X
PENTECOSTÉS, LA FIESTA DEL AMOR
«Deus caritas est: et qui manet in
caritate, in Deo manet, et Deus in eo..»
(Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y
Dios en él.) (1 Jn 4, 16).

Hoy es la fiesta del amor, del amor Inefable, del amor Infinito, del
amor fecundísimo, que hace diecinueve siglos vino a la tierra y se derramó
en las almas, y que desde hace diecinueve siglos se sigue derramando en
los corazones, no solamente cada año en el día de Pentecostés, sino de una
manera constante, porque la vida cristiana, la vida de la Iglesia, es un
perpetuo Pentecostés.
Y al derramarse el Espíritu Santo en las almas, ¿qué ha de hacer sino
consumar en ellas el misterio Inefable del amor?
En los capítulos anteriores hablé de las maravillas que el Espíritu
Santo produce en las almas; cómo por medio de sus dones nos mueve, nos
dirige, nos lleva a Dios; pero debo decir que por íntimas que sean esas
mociones, por bellas, por trascendentales, y, si se me permito la palabra,
por divinas, envuelven y suponen un misterio más hondo, un misterio del
que son manifestaciones y emanaciones celestiales.
El misterio que los dones del Espíritu Santo supone es el misterio
sublime, el misterio divino, el misterio del amor, y ese misterio dei amor es
el que el Espíritu Santo realiza en las almas cuando desciende sobre ellas.
Pues bien; de este misterio quiero hablar hoy, que, vuelvo a decirlo,
es la solemnidad del amor.
Para comprender las maravillas del amor divino, hay que escrutar las
profundidades dei amor humano. El Padre Lacordaire ha dicho con
maravilloso acierto: «El amor en el cielo y en la tierra tiene el mismo
nombre, la misma esencia, la misma ley.» ¡Cuánta verdad encierran estas
199

palabras! Nuestro pobre amor humano es un trasunto, es un reflejo del
divino amor. Y es natural que, en miniatura, el amor de nuestro corazón,
cuando es genuino, cuando es noble, tenga caracteres análogos a los
divinos caracteres del amor infinito.
Pero si es verdad que el amor de la tierra nos puede hacer vislumbrar
lo que es el amor infinito, también es cierto que, a pesar de esas analogías,
debemos comprender que en el amor humano esos caracteres son
imperfectos, son limitados, y que hay una distancia enorme entre el amor
de la tierra y el amor del cielo. Hay en ellos semejanza, y, sin embargo,
hay entre ellos una distancia infinita.
El mismo insigne orador que acabo de citar decía: «Si queréis
comprender el amor de Dios, oíd los latidos de vuestro propio corazón,
pero poned allí el infinito.» Lo que nosotros sentimos lo siente Dios, pero
de una manera infinita; los rasgos y los caracteres del amor de la tierra son
los rasgos y caracteres del amor divino, pero hay que poner sobre los
caracteres de nuestro amor la majestad, la grandeza de lo infinito.
Ahora bien: ¿qué es el amor de la tierra? Dos palabras nos pueden dar
el concepto verdadero de él: «Amar es poseer y ser poseído.»
Estas dos palabras expresan todo el misterio del amor; y yo no sé cuál
de estas dos cosas sea más grande, sea más bella, si el poseer o el ser
poseído, porque no he podido comprender jamás qué cosa es más dulce y
satisfactoria para nuestro corazón, si amar o ser amado.
De las dos cosas necesita el amor, porque por su naturaleza exigen la
reciprocidad, porque el amor que no es mutuo no es un amor perfecto, no
es un amor consumado. Nosotros, cuando amamos, queremos poseer al ser
amado y al mismo tiempo le entregamos también nuestro corazón entero.
Cuando el Espíritu Santo desciende a nuestros corazones, le
poseemos y nos posee. En esas dos palabras se encuentra
maravillosamente expuesto todo el misterio de amor que el Paráclito
realiza en nuestras almas. Lo poseemos y nos posee.
¡Ah! ¡Si comprendiéramos toda la hondura que en cada una de esas
dos palabras se contiene!
***
Poseemos al Espíritu Santo.
Cuando amamos, decimos que le hemos dado al ser amado nuestro
amor, nuestro corazón, nuestro ser; y esas expresiones son verdaderas,
200

pero tienen siempre algo de hiperbólico, de figurado. Si damos nuestro
amor, envolvemos al ser amado con la ternura de nuestra alma, y con
nuestro amor le hacemos el don de nosotros mismos; no se puede amar sin
darse. Pero nuestro amor es algo superficial, es un accidente; un accidente
nobilísimo, tanto cuanto se quiera, pero un accidente.
El amor de Dios no es un accidente; el amor de Dios es sustancial, el
amor de Dios es Dios mismo. San Juan nos hace la maravillosa revelación:
«Deus caritas est» (Dios es caridad, Dios es amor) (1 Jn 4, 16). Y cuando
Dios ama, se nos da, su amor nos da su misma sustancia: Él sí que nos
hace el don de Sí mismo.
Pero hay en Dios un amor personal, el Espíritu Santo, y cuando Dios
nos ama nos da a su Espíritu. Por eso dijo San Juan: «En esto conocemos
que Dios nos ha amado, en que nos ha comunicado su Espíritu» (I Jn 3, 13).
Esa es la verdad, aquí no hay hipérbole, aquí no hay figura; es una realidad
vivida, es una realidad divina, Dios nos ama y nos da su amor, y nos da su
corazón, y se nos da a Sí mismo.
Cuando recibimos al Espíritu Santo, recibimos el amor de Dios; pero
no lo entendamos a la manera humana, no entendamos que simplemente
Dios nos ama y que allí en su Corazón guarda un afecto santo para
nosotros, no; sustancialmente, su amor personal viene a nosotros y se nos
da, y se nos entrega, y lo poseemos en nuestro corazón.
Es una verdad perfectamente expresada en las Escrituras y enseñada
por la Santa Iglesia: cuando Dios nos ama, se nos da, lo llevamos en el
corazón. Por eso la Iglesia llama al Espíritu Santo «Dulcis hospes animae»
(Huésped dulcísimo del alma) (9). Verdaderamente, el Espíritu Santo está
dentro de nuestro corazón, lo poseemos, no es una figura, no es una
imagen, no; es una realidad.
Quienquiera que esté en gracia, tiene al Espíritu Santo en su corazón,
porque no puede existir la caridad sin el Espíritu Santo; hay entre ellos
vínculos estrechísimos. Por eso dice la Escritura: «Caritas Dei diffusa est
in cordibus nostris per spiritum Sanctum, qui datus est nobis» (La caridad
de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
se nos dio) (Rom 5, 5).
Poseemos, pues, al Espíritu Santo; pero no pensemos que su visita es
fugaz, no; establece su morada en nosotros. Nos dice Jesucristo en la
última Cena, hablando del Espíritu Santo: «Permanecerá en vosotros mi
espíritu» (Jn 14, 15). No es, por consiguiente, una Visita pasajera; todavía
9

Secuencia «Veni, Sancte Spiritus».

201

en la Comunión eucarística la visita de Jesús es fugaz, dura en nosotros
mientras duran las sagradas especies; la visita del Espíritu Santo, la visita
de la Divinidad —porque el Espíritu Santo no puede estar sino unido por
el Padre y el Hijo— es permanente, no es un momento pasajero, no es por
un tiempo determinado, no; es el dulce Huésped del alma, el que tiene su
morada en nuestro corazón, su morada permanente.
¡Si comprendiéramos esto, si nos diéramos cuenta de que llevamos al
Espíritu Santo en nuestras almas, cómo se transformaría nuestra vida!
¿Por qué quejarnos de la soledad cuando nos acompaña el Espíritu
Santo? ¿Por qué sentir pena e inquietud cuando llevamos en nuestra alma
al Paráclito? ¿Por qué andar suspirando por la felicidad de los
bienaventurados? ¡Oh!, ¡si tuviéramos una fe viva!, ¡si nos diéramos
cuenta del misterio que se realiza en nuestras almas! Como dijo Jesús a la
Samaritana en el brocal del pozo de Jacob: «Si scires donum Dei!...» (¡Si
conocieras el don de Dios!...) (Jn 4, 10).
El don de Dios es el Espíritu Santo. Tiene ese nombre la tercera
Persona de la Santísima Trinidad; es el don, 1 porque el amor se manifiesta
por dones, pero el primer don I que hace el que ama es el don de su amor;
todos los l demás dones son manifestaciones y consecuencias de este don
supremo. Y el Espíritu Santo es el amor de Dios; por eso so llama por
excelencia el dan de Diva.
Y ese don es nuestro, entendámoslo bien, es nuestro. No es un
huésped de circunstancias, como muchas veces nos acontece en nuestra
vida, cuando abrimos nuestra casa a una persona casi desconocida porque
nos pide albergue por una noche, o bien hospedamos a una persona que
tiene con nosotros relaciones superficiales, no; esto Huésped es nuestro, lo
poseemos, nos lo han dado. Antes era del Padre y del Hijo, porque de ellos
emana; pero después que el Padre y el Hijo nos lo han dado, y que Él
mismo se ha dado a nosotros, es ya nuestro, verdaderamente nuestro.
Iba a decir que tan nuestro como son las cosas que poseemos, pero
no; es más nuestro, porque la posesión que tenemos del Espíritu Santo es
algo íntimo. En las cosas que poseemos, la posesión es verdadera, pero
superficial, exterior; la posesión que tenemos del Espíritu Santo es algo
intimo, es algo profundo; el Espíritu Santo es nuestro, y si he de decir todo
mi pensamiento, diré que es nuestro para siempre.
Por su naturaleza, la donación del Espíritu Santo es una donación
eterna, porque dice la Escritura que los dones de Dios son sin
arrepentimiento, y el primero de sus dones es su amor.
202

Y para que comprendamos hasta qué punto es verdadera esta doctrina
de que los dones de Dios son sin arrepentimiento, baste decir a propósito
de qué lo dijo el apóstol San Pablo: lo dijo a propósito del pueblo judío.
Todavía el pueblo judío es el predilecto de Dios; la predilección divina no
ha desaparecido ni desaparecerá jamás; solamente está en suspenso. Ese
pueblo cometió el deicidio, ese pueblo habrá cometido muchos crímenes a
través de la Historia; pero no ha perdido la predilección de Dios, porque
los dones de Dios son sin arrepentimiento. Y está predicho que en los
últimos días del mundo esa predilección volverá a manifestarse, y Dios
congregará a su pueblo, y lo sentará sobro sus rodillas, y le dará muestras
de su predilección.
Los dones de Dios son sin arrepentimiento, y su amor es el primero
de sus dones. Tal es el sentido que me parece encontrar en aquellas
palabras del apóstol San Pablo: «Yo estoy cierto que ni el cielo, ni la tierra,
ni el Infierno, ni la altura, ni la excelsitud, ni la profundidad, ni la muerte,
ni la vida, ni criatura alguna, podrá separarme del amor do Dios, que os
Cristo Jesús (Rom 8, 38-39). Expresaba, sin duda, el Apóstol con toda
sinceridad las disposiciones de su alma, pero yo pienso que también
expresaba lo inefable, lo perpetuo, que son los dones de Dios.
Nadie nos puede arrebatar al Espíritu Santo que poseernos. Los
únicos que podemos alejarlo de nuestro corazón somos nosotros mismos,
por el abuso de nuestra libertad; pero si nosotros no queremos, el don de
Dios permanecerá para siempre en nuestra alma, porque los dones de Dios
son sin arrepentimiento.
¡Qué gozo poseer a Dios! ¡Qué gozo que el clon divino sea nuestro!
Y es nuestro en el sentido de que podemos gozar de Él a la hora que
queramos. Cuando tenemos algo nuestro, a la hora que nos place podemos
disponer de aquello: no así si es una cosa ajena que se nos prestó; sólo
podemos entonces usar de ella mientras lo quiera su dueño o mientras la
prudencia aconseje que de ella usemos; en tanto que de lo nuestro
disponemos con toda nuestra libertad y siempre que queramos.
Y así es este don que hemos recibido del Padre y del Hijo, el Espíritu
Santo; podemos disponer de Él, podemos gozar de Él a la hora que nos
plazca, no en el sentido que podamos tener consuelos sensibles a cualquier
hora, pero sí que podamos experimentar las maravillas de su amor a la
hora que queramos.

203

Tal es el primer elemento del misterio del amor, poseer; nosotros
poseemos al Espíritu Santo, lo poseemos como algo nuestro, lo poseemos
de una manera de suyo inadmisible, de suyo perpetua.
Pero, ya lo decía, el amor no es unilateral: el amor exige
reciprocidad; por el amor poseemos y por el amor somos poseídos. Y
vuelvo a decir que yo no acierto a juzgar qué cosa sea más bella y más
dulce, si poseer o ser poseídos.
Esa posesión que tiene sobre nosotros el que nos ama es porque le
hemos entregado nuestro corazón y nuestro ser, y se lo hemos entregado
sin reservas. Si nuestro amor es profundo, hemos puesto en las manos del
Amado nuestro destino, hemos abdicado, por decirlo así, de nuestra libertad; y es la única vez en que abdicar de la libertad es glorioso y dulcísimo.
Sólo el amor realiza esa maravilla: que perdamos nuestra libertad y
sintamos la dicha y la gloria de perderla.
Yo podía decir como San Agustín: «Da mihi amantem, et sentit quod
dico.» (Dadme alguno que ame, y entenderá lo que digo.) El Espíritu
Santo, cuando viene a nuestras almas, nos posee; porque no puede venir a
nuestras almas si no le amamos, y no podemos amarlo si no le hacemos la
entrega de nosotros mismos.
En los capítulos anteriores estuve explicando, de la mejor manera que
me fue posible, lo que son los dones del Espíritu Santo, esos instrumentos
poderosos que comparaba a los teléfonos o a los aparatos de radio, que
sirven para captar las inspiraciones y las mociones del Espíritu Santo; dije
cómo el Espíritu divino había establecido en todo nuestro ser una
maravillosa instalación sobrenatural con sus dones, con lo cual puede
llegar a cualquiera parte de nuestro ser, puede movernos, puede dirigirnos,
puede elevarnos; pero esa posesión que el Espíritu Santo tiene sobre
nosotros por los dones sobre una posesión anterior, la posesión que tiene
sobre nuestro corazón.
Imaginémonos a un rey que toma posesión de su reino; después de
haber tomado posesión de él, dispone todo lo relativo a las comunicaciones
para que en toda la vasta extensión de su reino pueda escucharse su voz y
pueda enviar sus dones; pero estas comunicaciones que él arregla suponen
que ha tomado posesión de su reino. Para que el Espíritu Santo nos pueda
mover por medio de sus dones, es preciso que antes haya tomado posesión
del que mueve, no con la posesión del que dirige, sino con la posesión del
que ama. Y sobre esta posesión se fundan todas las demás.
204

El Espíritu Santo, además, tiende a poseernos más y más cada día,
hasta que llega un momento, en las altas cumbres de la perfección
cristiana, en que el Espíritu Santo llega a poseernos totalmente. La
santidad no es otra cosa que la posesión perfecta del Espíritu Santo sobre
el hombre. Cuando el Espíritu Santo posee perfectamente a un hombre,
éste puede exclamar con el apóstol San Pablo: «Vivo, iam non ego, vivit
vero in me Christus.» (Ya yo no vivo, vive Cristo en mí) (Gal 2, 20).
Claro está que para llegar a esas cumbres se necesita tiempo y
esfuerzo y gracia de Dios; pero desde el momento mismo en que la gracia
se infunde en nuestras almas, ya el Espíritu Santo las posee. Nos posee por
sus dones, por medio de ellos muere y dirige todo este imperio de nuestro
corazón y de nuestro ser; pero antes de sus dones —no en el orden del
tiempo, que todo es simultáneo, sino en el orden lógico—, antes de sus
dones, es la posesión divina de amor que el Espíritu Santo realiza en
nuestra alma.
Verdaderamente nos posee, verdaderamente tiene nuestros corazones
en su mano, tiene sobre nosotros la dulce, la gloriosa, la santa soberanía
del amor.
***
El Espíritu Santo realiza en nuestros corazones el misterio del amor:
se deja poseer por nosotros y nos posee: las dos manifestaciones del amor:
poseer y ser poseídos se realizan maravillosamente cuando el Espíritu
Santo se derrama en nuestros corazones.
¿No dije, con verdad, que el día de hoy es el día del amor, la
solemnidad del amor? Hace diecinueve siglos vino el Espíritu Santo para
que los hombres lo poseyeran y para poseer Él los corazones humanos; y
desde hace diecinueve siglos no deja de venir.
¡Cuántas veces ha venido a nuestras almas! Vino por vez primera el
día de nuestro bautismo, ha venido siempre que recibimos un Sacramento,
siempre que realizamos un acto intenso de virtud; el Espíritu Santo
desciende frecuentemente, muchas veces en el mismo día: la vida cristiana
es un perpetuo Pentecostés.
Y al descender sobré nosotros, el Espíritu divino realiza siempre el
doble, el divino misterio: nos posee y se deja poseer por nosotros.
¡Ah! ¡Si conociéramos el don de Dios!
En este día sacratísimo, que, como dice la Iglesia, llena de regocijo a
todo el Universo, porque Dios ha derramado su gozo por todas partes; en
205

este día que es de regocijo, porque es el día del amor, invoquemos al
Espíritu Santo: no lo llamemos para poseerlo, porque lo poseemos ya, así
lo espero; pero llamémosle, porque nunca lo acabaremos de poseer;
digámosle que venga y que realice y consume en nosotros el triunfo del
amor.
***
¡Oh Espíritu Santo, dulce huésped del alma, amor infinito que te
derramas en nuestros pobres corazones! ¡Ven, ven de nuevo a nosotros,
ven todos los días, ven a cada instante, consuma el divino misterio del
amor que realizas en nuestros corazones!
¡Que te poseamos, oh Señor, que te poseamos; que sintamos la dicha
inefable de que eres nuestro, de que podemos gozar de Ti cuantas veces
nos plazca, que seas Tú la dicha de nuestra alma, la vida de nuestro
corazón, que seas nuestro todo!
Pero también aquí estamos nosotros, te hacemos la entrega total de
nosotros mismos, no sólo el corazón, sino el alma y el cuerpo, y todo lo
que tenemos y todo lo que poseemos te lo damos, para que nos poseas
cumplidamente, para que nos dirijas, para que nos eleves.
¡Ah! ¡Poséenos y déjate poseer por nosotros, para que se realicen en
los que son tuyos el misterio del amor, para que Tú nos ames y nosotros te
amemos, y, amándote en la tierra, nos preparemos para el misterio
inefable, para el misterio divino de la eternidad!

206

III
LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO10

10

Octavario de la fiesta de Pentecostés.

207

I
LOS CONSUELOS DEL ESPÍRITU SANTO
«Ego rogabo Patrem, et alium
Paraclitum dabit vobis, ut maneat
vobiscum in aeternum.»
(Yo rogaré a mi Padre, y os dará
otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre.)
(Jn 14, 16)

Hace un año presenté este día sacratísimo de Pentecostés como la
fiesta del amor; y lo es, en verdad, la fiesta del amor infinito que se
derrama sobre toda carne para convertir la tierra en una morada de amor.
Y ahora quiero decir que esta solemnidad es la fiesta de la alegría, y
que es precisamente la fiesta de la alegría porque es la fiesta del amor.
Porque la alegría y el amor tienen vínculos estrechísimos; la alegría sigue
lógicamente al amor, es la llama de este fuego, es el perfume de esta flor,
es el esplendor de esta luz.
La Santa Iglesia nos enseña clarísimamente que la fiesta de hoy es la
fiesta de la alegría. En el prefacio de la Misa, en esa parte de la liturgia en
que suele la Iglesia expresar de una manera breve, pero profunda, el
espíritu propio de las solemnidades, nos enseña que Pentecostés es fiesta
de alegría. Dice en el prefacio de la Misa de hoy que Jesús, subiendo a lo
más alto de los cielos y estando sentado a la derecha del Padre, derramó
sobre los hijos de adopción al Espíritu Santo prometido; por lo cual, difundiéndose el gozo por todas partes, se estremece de júbilo toda la tierra.
Pero la alegría de Pentecostés no es aún la alegría de la Patria eterna,
inamovible, plena; no es aquella alegría del cielo que está exenta de
tristeza, porque, como dice la Escritura, Dios, con su propia mano,
enjugará las últimas lágrimas de los elegidos, y allá no habrá muerte, ni
luto, ni dolor. La alegría de Pentecostés es la alegría del destierro, la
alegría en medio de las sombras, en medio de las miserias, en medio de las
penas de esta pobre vida terrena.
208

Por eso en la Escritura y en la liturgia, la alegría de la tierra tiene un
nombre adecuadísimo: se llama consuelo.
El consuelo es la alegría que envuelve al dolor, es la alegría que brota
de las entrañas mismas del dolor; por eso el Espíritu Santo se llama «el
Paráclito» (el Consolador), porque derrama en las almas esa alegría del
destierro, esa alegría que no es incompatible con el dolor; antes bien, en
cierta manera lo supone.
Por eso en la secuencia de la Misa de hoy se llama al Espíritu Santo
«Consolator optimo» (Consolador óptimo), y por eso en la colecta de la
Misa de Pentecostés se le pide a Dios que nos conceda gozar de los
consuelos divinos del Espíritu Santo.
De estos consuelos me propongo hablar durante la Octava de esta
solemnidad sacratísima, y con la gracia de Dios comenzaré en esta ocasión
por decir por qué el Espíritu Santo es el Consolador y delinear los rasgos
principales de sus consuelos divinos.
***
Jesucristo, Nuestro Señor, cuando vino a este mundo, cuando
consumó su obra, cuando transformó la tierra, no eliminó el dolor; antes
bien, pudiéramos decir que lo acrecentó y lo hizo más profundo y
universal. ¿No recordamos que Él mismo dijo en alguna ocasión: «Yo no
he venido a traer la paz, sino la espada...»? Esa espada que nos separa de
las cosas que amamos, esa espada que penetra en lo íntimo de nuestro
corazón y lo desgarra, es el dolor.
La vida cristiana, repito, no suprime el dolor; en cierto sentido, lo
acrecienta, porque para vivir la vida cristiana necesitamos purificar nuestro
corazón, y el corazón no se purifica totalmente sino por el sacrificio; para
vivir la vida cristiana es preciso, como Cristo Nuestro Señor nos lo enseñó,
tomar la cruz y subir en pos de Él hasta el Calvario.
Pero si Jesús no suprimió el dolor, hizo algo aún más grande y más
bello: lo envolvió en el gozo e hizo que de los senos profundos del dolor
brotara la perfecta alegría. Esa alegría que envuelve al dolor, esa alegría
que brota del dolor, es lo que se llama en la Escritura y en la liturgia
CONSUELO; es el consuelo que vierte en los corazones el Paráclito.
¡Ah!, yo pienso que los consuelos de la vida cristiana son como un
reflejo de la felicidad íntima, de la alegría inenarrable que Jesús llevaba en
su Corazón. En el alma de Cristo admiramos un fenómeno maravilloso: en
209

ella, durante su vida mortal, coexistían el dolor y la alegría. ¿Recordamos
una página deliciosa de un escritor genial, Chesterton?
«Los estoicos antiguos y modernos —dice— se jactan de esconder
sus lágrimas. Pero Jesús nunca las ocultó, antes las descubrió a plena cara
a todas las miradas próximas y a las más distantes de su ciudad natal. Algo
ocultaba, sin embargo. Los solemnes superhombres y los diplomáticos
imperiales se jactaban de disimular sus indignaciones. Él no disimulaba las
suyas: arrojó los objetos por la escalinata del Templo e increpaba a los
hombres cómo esperaban salvarse de la condenación del infierno. Algo
ocultaba, sin embargo. Lo digo con reverencia: esa personalidad
arrebatadora escondía una especie de timidez. Algo había que ocultaba a
los hombres cuando iba a rezar a las montañas; algo que Él encubría
constantemente con silencios intempestivos o con impetuosos raptos de
aislamiento. Y eso era algo que, siendo muy grande para Dios, no nos lo
manifestó durante su viaje por la tierra; a las veces, discurro que ese algo
era su alegría...» (11).
Tiene razón el gran escritor. Jesucristo llevaba en el fondo de su alma
el secreto de su alegría, de la alegría celestial, porque su alma disfrutó
desde el primer instante de su vida de la visión beatífica. Llevaba el cielo
en su Corazón; pero al mismo tiempo llevaba en su Corazón dolores de
infierno, como dice la Escritura.
¡Qué maravilla, qué contraste tan bello, tan desconcertante! Jesús
llevaba en su alma el cielo y el infierno, enlazados por el anillo de oro de
su amor inefable.
La vida cristiana es un reflejo de la vida de Jesucristo. El corazón del
cristiano es un trasunto del Corazón divino; y aun cuando en nuestro pobre
corazón no pueden caber, como en el Corazón divino, el cielo y el infierno,
llevamos, si somos fieles a Jesús, dolores íntimos y consuelos celestiales
en el fondo de nuestra alma.
La alegría envolviendo al dolor —repito—, alegría que brota del
fondo del dolor; éste es el consuelo que vierte el Espíritu Santo en las
almas.
Y si es el Espíritu Santo el Consolador, es porque es el amor infinito.
Aun en la vida humana, si consideramos con atención las cosas,
comprenderemos que lo único que puede consolar es el amor. La ciencia es
preciosa, es fecunda, pero no consuela; el arte recrea, eleva, pero no tiene
propiamente la misión de consolar; el único que consuela es el amor.
11

Chesterton, «Ortodoxia», cap. IX al fin.

210

Cuando nuestro corazón se desgarra, cuando llevamos una inmensa
amargura en el alma, no hay más que una realidad divina que puede aliviar
nuestra amargura y nuestro dolor; el amor; el amor, que sabe enlazar de
una manera inefable y divina el dolor y la alegría; el amor, que es el único
que tiene el secreto celestial de arrancar la alegría de las entrañas mismas
del dolor.
Porque el Espíritu Santo es el amor; por eso es el Paráclito. Pero
conviene que nosotros, llenos de respeto, pero llenos de amor, entremos en
el fondo de este misterio. ¿Cómo es posible que el Espíritu Santo envuelva
en la alegría nuestro dolor? ¿Cómo es posible que, dejando nuestras penas,
y aun acrecentándolas en cierta manera, pueda el Espíritu Santo derramar
en nuestras almas sus consuelos divinos?
•**
El primer consuelo, si queremos mejor, el primer matiz de consuelo
que el Espíritu Santo derrama en nuestras almas es el gozo de la libertad.
Voy a explicar mi pensamiento.
Si no somos felices es porque no somos libres, llevamos cadenas que
a las veces las ignoramos y a las veces hasta depositamos en ellas nuestros
ósculos. Las cadenas que impiden nuestra felicidad son las cosas a las que
nuestro corazón está apegado, son las riquezas que materializan el corazón,
son los placeres que enervan nuestra voluntad, es la soberbia que nos saca
fuera de nuestro lugar.
¡Ah!, pensamos muchas veces que en esas cosas que nos atraen y
halagan nuestras pasiones hemos de encontrar consuelo, el gozo en medio
de los bienes del destierro. Nos engañamos; todas esas cosas impiden
nuestra felicidad verdadera, nuestra felicidad profunda; son cadenas que
nos hacen esclavos, y el esclavo no puede ser feliz. Cuando se rompen esas
cadenas, cuando se purifica nuestra alma, cuando nuestro corazón se
desprende de las cosas terrenas, entonces sentimos el consuelo inefable, el
gozo celeste de nuestra libertad.
Bastaría pronunciar algunos nombres para que comprendiéramos esta
doctrina. Francisco de Asís fue el santo de la alegría porque fue el santo
del desprendimiento. Cuando hubo arrojado en las manos del obispo de
Asís hasta sus vestiduras, cuando en Santa María de los Angeles se
desposó con la Dama Pobreza, sintió que brotaba del fondo de su corazón
una divina alegría y pasó su vida cantando regocijado. Tuvo el consuelo
inefable de la libertad.
211

El Espíritu Santo nos liberta, nos desprende de las cosas de la tierra,
rompe nuestras cadenas. ¿No hemos escuchado muchas veces aquellas
palabras del Cantar de los Cantares: «El amor es fuerte como la muerte»?
Su sentido es éste; el amor es fuerte como la muerte, porque así como la
muerte nos separa de todo, así el amor. La muerte nos separa de las
riquezas que hemos acumulado con tantos desvelos, nos separa de la
posición social que habíamos conquistado con tantos afanes; la muerte nos
arranca del seno de los seres queridos y llega hasta separar los elementos
de nuestra naturaleza y a arrancar de nuestra alma su envoltura material.
Así es el amor, fuerte como la muerte. El amor nos desprende; por eso nos
liberta.
El Espíritu Santo desprende nuestro corazón de las cosas de la tierra,
infunde en nuestra alma la divina pobreza y nos hace libres. Es el primer
consuelo del Espíritu, el consuelo de la libertad.
***
Y cuando el corazón está libre de los afectos terrenos, entra
triunfalmente en él el amor celestial. Poseemos a Dios en el punto preciso
en que dejamos a las criaturas. Cuando el corazón está vacío, cuando el
alma está desprendida, cuando se han roto las cadenas que nos unen a la
tierra, entonces encontramos al Amado de nuestra alma; entonces Dios
Nuestro Señor nos llena con su majestad, con su hermosura, con su bondad
y sus riquezas inefables. ¿No es propio del amor unir? Sí; podemos afirmar
que el Amor divino tiene como función la unión de los que se aman. El
amor son dos seres que se fusionan en uno. Y esta fusión no se realiza
jamás de una manera tan perfecta como en el amor divino; lo dice la
Escritura: «Qui adhaeret Deo unus spiritus est.» (El que se adhiere a Dios,
forma un solo espíritu con Él) (1 Cor 6, 17).
¡Maravillosa unión la que realiza el amor divino! Por él poseemos a
Dios, lo llevamos en nuestro corazón, es nuestro, es nuestro tesoro. ¿Y
quién puede dudar que llevando en el corazón el amor infinito no sintamos
consuelo, no vibremos de alegría?
En buena hora que nos rodeen las penas de la tierra, que nos cubran
las sombras de esta vida, que llevemos en nuestro cuerpo y en nuestra alma
todos los dolores; si llevamos a Dios en nuestra alma, nos sentiremos
consolados y felices; porque cuando poseemos al Amado de nuestro
corazón llevamos con nosotros la felicidad.
212

¿Recordamos aquellas palabras de Donoso Cortés: «Cuando el amor
me llama, yo no le pregunto ni de dónde viene ni adonde va; lo sigo,
porque a dondequiera que me lleve, estaremos el amado, yo y nuestro
amor, y esto es el cielo»?
Claro está que no es el cielo en toda su plenitud, en todo su
esplendor; no es la felicidad inefable y eterna de la patria; pero es un
consuelo solidísimo, íntimo, un consuelo que nos hace olvidar las penas de
la vida, o, por lo menos, las envuelve en el esplendor de la alegría celestial.
Después de darnos el consuelo de la libertad, el Espíritu Santo nos da
el consuelo de la unión.
Pero, lo acabo de decir, aun cuando en la tierra poseamos a Dios, aun
cuando nuestro corazón sea un templo divino, aun cuando llevemos ese
tesoro celestial en el alma, la posesión de Dios aquí en la tierra es siempre
imperfecta; lo podemos perder, y aun cuando no lo perdamos, no se nos
revela todavía en el esplendor de su hermosura, no puede la estrechez de
nuestro espíritu abarcar aún las maravillas de la Divinidad, llevando ese
tesoro en nuestro corazón, llevando el tesoro divino en estos vasos frágiles,
todavía no poseemos la perfecta felicidad; pero el Espíritu Santo, después
de habernos dado el consuelo de la unión, nos da el consuelo de la
esperanza.
La Escritura nos lo enseña de una manera clarísima. Hay una frase
profunda del apóstol San Pablo que expresa la doctrina que acabo de
enunciar; dice que hemos recibido en nuestros corazones la prenda del
Espíritu Santo, que es la prenda de nuestra eterna herencia: «Signati estis
Spiritu promissionis qui est pignus haereditatis nostrae.» (Habéis sido
sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es la prenda de nuestra
herencia) (Ef 1, 13), dice el apóstol..
¿Qué es una prenda? En nuestra vida ordinaria, cuando alguno ha
hecho una promesa y quiere dar una garantía de lo que ha prometido, da
algo tan valioso o más que aquello que constituye su promesa, para que
tengamos así la seguridad de que aquella promesa será cumplida.
En la tierra, si vivimos la vida cristiana, llevamos en nuestro corazón
«la sustancia de las cosas que esperamos» (Hb 11, 1); el Espíritu Santo se
nos ha dado, nuestra alma es el templo del Espíritu divino, lo poseemos en
lo íntimo de nuestro ser. Y el Espíritu Santo es el cielo; aun cuando todavía
no lo poseamos en toda su plenitud y en todo su esplendor, tenemos en
sustancia lo que habremos de recibir en la vida futura. El Espíritu Santo es
la prenda de nuestra herencia.
213

No sólo tenemos esperanza porque nos apoyamos en las promesas de
Dios, sino que nos regocijamos con nuestra esperanza, porque llevamos en
nuestro corazón la prenda de su promesa.
¡Ah!, ¡qué maravilloso es Dios, qué generosidad la suya; su palabra
es infalible, su promesa es como una realidad! ¿No se regocijó Abraham
por las promesas que recibió de Dios, promesas que iban a realizarse
después de muchos siglos? Tan grande seguridad tenía el patriarca en la
promesa divina, que le bastó aquella palabra arcana que en una noche
misteriosa dijo Dios a su alma para que sintiera el gozo de la esperanza.
Nosotros, no solamente poseemos las divinas promesas, tenemos la
prenda, la prenda de esa promesa, porque' tenemos al Espíritu Santo:
«Pignus haereditatis nostrae.» (La prenda de nuestra herencia futura.)
***
Pero hay todavía otro consuelo que vierte en nuestro corazón el
Espíritu Santo.
Parece absurda la expresión de este consuelo: es el gozo del dolor.
Parece absurdo que se puedan unir esas dos cosas: parecen incompatibles,
opuestas. ¿Qué hilo de oro, qué anillo celestial puede enlazar el gozo y el
dolor?
Ya lo dije: el amor; así como los enlazó maravillosamente en el alma
de Cristo, así los enlaza también en nuestros pobres corazones. Lo único
que consuela, como dije, en el dolor, es el amor. ¿Sabemos por qué?
Porque el amor es el único que puede enlazar el dolor y el gozo.
¡Ah!, el autor de la Imitación de Cristo, en uno de los capítulos más
deliciosos, nos canta un himno al amor:
«Gran cosa es el amor; es un bien absolutamente grande, es el único
que hace ligero lo oneroso, el único que a lo amargo lo hace sabroso y
exquisito. El amor es un destello de Dios. Nada más dulce, nada más
grande, nada más excelente que el amor; lleva la carga sin trabajo,
esforzándose no se fatiga, dándose no se agota, atemorizándose no se
inquieta.»
¡Maravilloso es el amor! Es el único que puede encontrar el gozo del
sufrimiento. ¿Cómo? Diré como San Agustín: «Da mihi amantem et sentit
quod dico.» (Dadme alguien que ame y entenderá lo que digo) (12). Para el
que ama tiene una dulzura inefable sufrir por el amado. Que lo digan las
12

Tract. 26 in Ioan., post initium.

214

madres que me leen. ¿No es dulce para su tierno corazón maternal sufrir
por sus hijos, por esos pedazos de su corazón? Cualquiera que lleva en el
alma un amor genuino, un amor profundo, un amor verdadero, ¿no siente
delicioso sufrir por la persona amada?
El dolor es la más perfecta donación de nosotros mismos. En esta
tierra miserable, la fórmula del perfecto amor es ésta: «Te amo hasta la
muerte, te amo hasta el dolor.» Quien no puede pronunciar sinceramente
estas frases no ha llegado todavía a la cumbre del amor.
Y el Espíritu Santo, el Amor infinito, que se nos da, que vive y mora
en nuestra alma, que ilumina nuestro espíritu y que caldea nuestro corazón
con un amor celestial, nos enseña este secreto inefable, este secreto divino:
el gozo en el sufrimiento.
Podría citar una serie de testimonios de los santos. San Pablo decía:
«Tengo gozo en sobreabundancia en medio de mis tribulaciones» (2 Cor 7,
4). San Ignacio mártir, que ansiaba el martirio, en un arranque de su
generoso corazón, decía a los romanos: «Si las fieras no se arrojan sobre
mí, yo las azuzaré. Perdonadme, hijitos; pero yo sé lo que me aprovecha,
porque soy el trigo de Cristo, y es preciso que sea triturado por los dientes
de las fieras para convertirme en pan inmaculado.» Ahí está Santa Teresa
de Jesús, que expresaba los anhelos infinitos de su alma en esta disyuntiva
extraña y sublime: «Aut pati, aut mori.» (O padecer, o morir.) A Santa
Teresa de Lisieux, que poco antes de morir dijo: «Yo encontraré en el
mundo la alegría y la felicidad, pero solamente en el dolor.» Y ahí está,
sobre todo, Francisco de Asís, que de una manera bellísima formuló esta,
doctrina en la parábola de la perfecta alegría, cuando después de haberle
dicho al Hermano León que la perfecta alegría no consiste en hablar todas
las lenguas, ni en realizar portentos, ni siquiera en convertir a todos los infieles a la fe y llevar a los pecadores a los pies de Cristo; padecer mucho
por Cristo bendito, que tanto quiso padecer por nosotros.
Quizá no alcancemos a comprender esta doctrina sublime; pero
aunque no la comprendamos, ahí están testigos mayores de toda excepción
que nos están enseñando que es posible encontrar en el dolor la alegría, y
no cualquiera alegría, sino la perfecta alegría.
***
Tales son, a grandes rasgos, los consuelos que nos da el Espíritu
Santo, el Paráclito que nos manda el Padre, el Consolador que nos envió
Jesús. El Paráclito, porque es el amor, el único que puede envolver en la
215

alegría el dolor, el único que puede arrancar la alegría del seno mismo del
dolor.
El Espíritu Santo nos da el consuelo de la libertad, y el consuelo de la
unión, y el consuelo de la esperanza, y el consuelo del dolor.
Claro está que para que podamos aprovechar esos divinos consuelos
es preciso que nuestro corazón se dilate, que nuestro espíritu se purifique,
que nuestra alma arda de amor. Los consuelos del Espíritu Santo están a
nuestro alcance; pero no estamos siempre dispuestos a percibir el sabor
exquisito de esos consuelos divinos.
Sucede en el orden espiritual lo que acontece en la Naturaleza: hay
bocados exquisitos que no todos los paladares aprecian: necesitan educarse
para que puedan percibir ciertos sabores refinados. Así acontece en el
orden espiritual: cuanto más se perfecciona nuestra alma, cuanto más
avanzamos en los senderos de la virtud, más pueden nuestro corazón y
nuestro espíritu sentir los divinos consuelos del Espíritu Santo.
Sin embargo, en todas las etapas de nuestra vida espiritual, el Espíritu
Santo nos consuela, porque sabe adaptarse a nuestra pequeñez, porque
sabe lo que cada uno de nosotros necesita y lo que cada uno de nosotros
tiene que sufrir.
Por eso, con la Santa Iglesia, le debemos pedir a Dios que nos
conceda gozar de los consuelos de su divino Espíritu. Tenemos que sufrir
en este mundo; Jesucristo no suprimió el dolor; pero hizo algo mejor que
suprimirlo —como ya lo dije—: lo envolvió en la alegría.
¡Qué dulcemente consuela el Paráclito!, que envuelve las penas de
nuestra vida en gozo celestial, para que, llenos de fortaleza, llevemos en
nuestro corazón un trasunto del Corazón de Cristo, para que se entrelacen
en nuestras almas el gozo y el dolor, unidos por el anillo de oro del amor.
***
¡Oh Espíritu divino, oh Paráclito, que permaneces con nosotros para
siempre, concédenos gozar de tus divinos consuelos! ¡Mira las lágrimas de
nuestros ojos, mira la amargura de nuestro corazón, mira que estamos
rodeados de sombras y de miserias y de dolores! ¡Oh Consolador excelso,
derrama tus consuelos celestiales en nuestras almas para que podamos
sufrir, para que podamos luchar, para que podamos vencer! ¡Envuelve en
tus divinas alegrías los dolores de nuestra vida para que sea nuestro
corazón un trasunto del Corazón de Jesús, y para que, ardiendo en ese
amor que derramas en nuestras almas, nosotros, con la sonrisa en los labios
216

y la alegría en el alma, podamos recorrer los senderos de la vida, mientras
llega la alegría plena, la alegría inefable, la alegría eterna!

217

II
CARACTERES DE LOS CONSUELOS O FRUTOS DEL
ESPÍRITU SANTO

Vimos en el capítulo anterior que el Espíritu Santo es el Paráclito,
porque es el Amor; y procuré delinear los rasgos principales de los
consuelos divinos que vierte en las almas.
Conforme a mi promesa, debo seguir hablando durante los días de
esta Octava sacratísima de esos consuelos divinos del Paráclito.
En la vida humana, lo sabemos muy bien por propia experiencia, hay
forzosamente alegrías y dolores. Imposible encontrar una vida sin penas,
imposible también encontrar una vida en donde no haya, siquiera sea por
breves instantes, un destello de alegría.
La vida humana es así; y Dios Nuestro Señor, que quiso levantar el
edificio magnifico de la vida espiritual sobre la vida humana, que ha
querido que la Naturaleza sea el pedestal de la gracia, ha dispuesto
también que la vida espiritual esté compuesta de consuelos y de alegrías.
Sin duda que en la vida espiritual hay más dolores que en la vida
humana; pero también hay más consuelos. Una frase de los salmos expresa
lo que acabo de decir: «Secundum multitudinem dolorum meorum in corde
meo, consolationes tuae laetificaverunt animam meam.» (En proporción de
los dolores que he sentido en lo íntimo de mi corazón, tus consuelos han
llenado de alegría mi alma) (Sal 93, 19).
La vida espiritual está compuesta de alegrías y de dolores. Pero si es
verdad que el hombre que vive esta vida sobrenatural tiene más penas,
también es cierto que recibe de manos de Dios más copiosos consuelos.
Las dos cosas, los consuelos y las desolaciones o las penas, son
indispensables en la vida espiritual, las dos cosas tienen su función que
realizar, sus frutos que producir. En la vida espiritual se necesitan los
consuelos porque dilatan el corazón, y cuando el corazón se dilata se corre
por los caminos del Señor. Así lo dice el Salmista: «Viam mandatorum
218

tuorum cucurri cum dilatasti cor meum.» (Yo corrí por el camino de tus
mandamientos cuando dilataste mi corazón) (Sal 118, 32). El consuelo
alienta, fortifica, nos hace capaces de realizar todos los sacrificios que
debemos hacer para cumplir la voluntad santa de Dios.
Y es muy propio de la naturaleza humana y de la sabiduría
amorosísima de Dios que derrame consuelos en nuestras almas cuando
vivimos la vida espiritual. ¿No vemos que nuestra pobre naturaleza lo
exige? En buena hora que suframos, en buena hora que luchemos; pero es
preciso que de cuando en cuando sintamos que nuestro corazón se dilata,
que un destello de la alegría celestial penetra en nuestra alma. Esto nos
hace olvidar nuestras penas y nos fortifica en nuestros combates.
Y así como Dios, aun en el orden natural, quiso poner un deleite y un
consuelo en las cosas más necesarias de la vida para que las hiciéramos no
solamente por deber, sino también con facilidad y con dulzura, así, en el
orden sobrenatural, quiso también poner en nuestros deberes, a las veces
austeros, a las veces heroicos, un destello de alegría, una gota de consuelo,
para que con mayor facilidad pudiéramos cumplirlos.
Dios conoce a maravilla la proporción y la oportunidad de los
consuelos, la proporción y la oportunidad de las desolaciones, y, si se me
permite la palabra, Él dosifica los consuelos y dosifica las penas en nuestra
alma; podemos confiar en su Sabiduría y en su amor. Siendo la Sabiduría
infinita, sabe muy bien cuándo necesitamos una cosa u otra y en qué
proporción la debe derramar en nuestra alma.
Y como nos ama con un amor infinito, busca nuestro bien y se
preocupa y piensa en la salud de nuestra alma para darnos en el momento
oportuno el consuelo o la pena que nuestra alma necesite. Porque la
desolación es también indispensable, porque las penas contribuyen
poderosamente para el desarrollo de nuestra vida espiritual. ¡Ah!, a las
veces, sentimos repugnancia por esas desolaciones del espíritu. Pero esas
penas purifican, desprenden, hacen que nuestro amor sea más
desinteresado, abren nuestros ojos a la luz divina y nuestro corazón al
amor inefable de Dios Nuestro Señor.
Las desolaciones y los consuelos se necesitan en la vida espiritual,
como para que en los campos cuajen las mieses se necesita que haya días
de sol y días nublados y que descienda sobre las plantas a las veces la
lluvia, a las veces el hielo que prepara la tierra para la nueva siembra.
Sin duda que la clave de los consuelos y de las desolaciones
espirituales la tiene Dios, y, vuelvo a decirlo, podemos confiar en El,
219

porque es sabio y bueno, y hace todo con número, peso y medida; no hay
en Él nada caprichoso: todas sus operaciones tienen el sello de la
ponderación y de la armonía.
Pero leyendo los Libros Santos, podemos vislumbrar, por decirlo así,
algo de los secretos de Dios; descubrir, aun cuando sea de lejos e
imperfectamente, cuál es la clave de los consuelos y de las desolaciones
espirituales.
Gracias a Dios, el apóstol San Pablo, en un versículo brevísimo de
una de sus Epístolas, nos da, por decirlo así, la clave de los consuelos y de
las desolaciones: «Los frutos del Espíritu Santo, dice, son: Caridad, Gozo,
Paz, Paciencia, Benignidad, Bondad, Longanimidad, Mansedumbre, Fe,
Modestia, Continencia y Castidad.» («Fructus autem. spiritus est caritas,
gaudium, pax, patientia, benignitas, bonitas, longanimitas, masuetudo,
fides, modestia, continentia, castitas») (Gal 6, 22-23). Y en ese versículo
brevísimo, pero lleno de sentido, podemos encontrar algo de la naturaleza
de los consuelos divinos y hasta una clasificación maravillosa de ellos.
Los teólogos han comentado estas palabras del apóstol San Pablo. Y
yo quiero, con la gracia de Dios, durante esta Octava de Pentecostés, decir
algo acerca de esa doctrina importantísima de la vida espiritual.
***
Tengo para mí que penetrar en estos arcanos es bellísimo, porque la
vida espiritual, no solamente es útil, no solamente tiene una divina
fecundidad; es también bella, es como una obra de arte, es una de las obras
maravillosas que han brotado de las manos del Artífice divino.
Pero no es únicamente la contemplación estética de estas verdades la
que debe atraer nuestro espíritu, sino que penetrando en este mundo tan
bello y de ordinario tan desconocido, podemos encontrar recursos
preciosos que nos ayuden para caminar rápidamente por los senderos de
Dios, para alcanzar esa vida espiritual que es la verdadera vida y que es en
el fondo la vida eterna.
En el pasaje del apóstol San Pablo que acabo de citar hay una palabra
que basta por sí sola para revelarnos lo que son los consuelos divinos del
Paráclito: Frutos del Espíritu Santo. Esta expresión es luminosa, porque la
comparación que el Apóstol establece entre los fenómenos de nuestra vida
espiritual y los que se producen en nuestros campos en una comparación
adecuadísima. Las plantas, cuando han llegado a cierta madurez, producen
sus frutos, y uno de los caracteres de esos frutos es la suavidad, la dulzura,
220

el deleite que producen en nuestro paladar. Con el nombre de fruto se
expresan, por consiguiente, dos ideas capitales: perfección y dulzura, o, en
otros términos, madurez y deleite. Y ésos son los dos caracteres de esos
consuelos divinos que el Espíritu Santo vierte en nuestras almas; suponen
en el alma cierta madurez, producen en el alma un deleite celestial.
En la Escritura se compara muchas veces el alma con un huerto.
Conocemos la expresión de los Cantares: «Veniat dilectus meus in hortum
suum et comedat fructum pomorum suorum.» (Venga mi Amado a su
huerto y sáciese con el fruto de los manzanos) (Cant 5, 1). El alma es un
huerto en el que el Espíritu Santo ha derramado preciosa, divina semilla.
¿No le llama el apóstol San Juan a la gracia semilla divina? ¿No dice que
hemos recibido la semilla de Dios porque hemos recibido la gracia?
Semilla preciosa ha depositado el Espíritu Santo en nuestras almas, la gracia con su regio cortejo de virtudes y de dones.
Apenas tenemos un concepto de esas riquezas espirituales que
llevamos en nuestro corazón. La gracia es un don precioso, excelente. Dice
Santo Tomás que toda la obra de la creación es inferior en excelencia a un
solo grado de gracia. Meditémoslo: esta tierra maravillosa en que habitamos, que oculta en su seno riquezas opulentas, que lleva en su
superficie espléndida belleza; esta tierra, con su océano inmenso, con sus
bosques misteriosos, con sus campiñas floridas, es inferior a un grado de
gracia. Y este mundo, lo sabemos muy bien, es un átomo perdido en la
inmensidad. Millares de mundos ruedan en el espacio, más grandes,
mucho más grandes que el mundo que habitamos. Y todos estos mundos
que como en maravilloso concierto siguen el sendero misterioso que les ha
trazado la mano de Dios, todo ese conjunto admirable que forma el
Universo visible vale menos que un grado de gracia.
Y si al Universo visible añadimos el Universo invisible, el mundo
angélico, inmenso, nobilísimo, bello sobre toda ponderación; si añadimos
al mundo visible los millares de millares de ángeles, criaturas excelentes,
superiores a todas las cosas visibles, que llevan cada una una inteligencia
privilegiada, un corazón admirable; si juntamos ángeles y Universo
visible, todo esto vale menos que un grado de gracia.
Y llega el Santo Doctor a asegurar que es más grande la obra que
Dios hace cuando justifica a un pecador que cuando creó al mundo. ¡Ah,
cuántas veces lo vemos! Un pecador se acerca a los pies de un sacerdote
para confesar sus culpas con la amargura de su corazón, con la sinceridad
de su alma, a las veces con las lágrimas de sus ojos... El sacerdote extiende
su mano consagrada y le dice las palabras sacramentales. Y en aquella
221

alma se realiza una maravilla más grande que la que pudo contemplarse en
el principio de los tiempos, cuando Dios hizo brotar al inundo de la nada.
Esa gracia es tan excelente y tan bella, porque nos hace semejantes a
Dios; porque, como dijo el apóstol San Pedro, es una participación de la
naturaleza divina: «Ut per haec efficiamini divinae consortes naturae.»
(Por la gracia pertenecemos al orden divino, a la familia divina) (2 Ped 1, 4).
San Pablo se atrevió a decirlo: «Ipsus enim et genus sumus.» (Somos de
prosapia divina) (Hech 17, 28). Y ya dije hace poco que el apóstol San Juan
nos dice que hemos recibido la semilla divina en nuestro corazón porque
hemos recibido la gracia. Esa gracia va acompañada de un cortejo admirable, riquísimo: las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.
Con la gracia, las virtudes y los dones tenemos todo lo necesario para
vivir cristianamente en la tierra, tenemos todo lo necesario para ser felices
eternamente en el cielo. Esa es la semilla que el divino Sembrador ha
depositado en el campo feraz de nuestra alma, y esa semilla, desarrollada
bajo el influjo de Dios, llega a cierta madurez, y entonces produce su fruto,
fruto suave, fruto delicioso; es el consuelo de! Espíritu Santo.
Dos cosas, por consiguiente, constituyen o son los caracteres propios
de los frutos del Espíritu Santo: madurez y suavidad.
***
Me esforzaré por explicar estos dos caracteres.
Enseñan los filósofos que el deleite, que el placer, es propio de
nuestras operaciones. Cuando obramos en una forma perfecta, atendida la
capacidad de nuestra vida intelectual, viene el deleite. El deleite es propio
de una operación perfecta, y basta la observación ordinaria para que
podamos comprender esta doctrina. El sabio, que ha acumulado tesoros de
saber en su espíritu, no goza porque lleva habitualmente aquella ciencia en
su alma; goza cuando la pone en ejercicio, cuando obra, cuando pone en
acto aquel hábito que lleva en su espíritu. El artista ha acumulado tesoros
de belleza en su corazón; pero mientras están en estado habitual aquellos
tesoros, no le hacen gozar; goza cuando obra, goza cuando abre los ojos de
su aliña, cuando tiene sus intuiciones profundas. En la operación se
encuentra el gozo y, por consiguiente, los consuelos del Espíritu Santo; sus
frutos no son hábitos, son actos.
Los dones del Espíritu Santo sí son hábitos, son principios activos
que se llevan en el alma y que en el momento oportuno pueden producir
una operación. Los frutos del Espíritu Santo son operaciones, operaciones
222

espirituales; son un acto de virtud, un acto de amor, una comunicación con
Dios, pero que viene envuelto en dulzura, que deleita nuestro corazón, que
embalsama nuestra alma; ¡y cuántas veces esos divinos consuelos, rápidos
y fugaces como nuestras operaciones, dejan en nuestra alma una divina
estela, un perfume exquisito que por mucho tiempo nos deleita!
Pero no toda operación trae consigo deleite; lo vemos aún en el orden
natural. Para seguir las comparaciones iniciadas, el sabio que repasa, por
decirlo así, sus conocimientos y que tiene necesidad de pensar en una
verdad trivial, en una verdad de poca importancia, no siente gozo, porque
esa verdad es demasiado poco para su capacidad intelectual. El músico que
escucha una melodía, pero que no tiene aún la grandeza, la hermosura de
aquello a lo que él está acostumbrado, no encuentra tampoco el gozo
estético; eso es demasiado poco para su capacidad artística.
Tampoco encuentran gozo ni el sabio ni el artista cuando quieren
levantarse más allá de lo que pueden. Cuando una persona impreparada
quiere comprender una verdad profunda, no goza; sufre; quizá la alcance
con muchos trabajos, pero no encuentra aún en ella gozo y deleite, porque
no está adecuada aquella verdad a su capacidad intelectual. Y el que sin
tener la preparación debida quiera escuchar una sinfonía altísima, tampoco
puede encontrar el deleite, porque no corresponde a sus conocimientos
musicales. El deleite acompaña a una operación que está adecuado a la
capacidad del que obra, ni más baja ni más alta. Y se necesita una
operación perfecta ciertamente, o relativamente perfecta, esto es, dada la
capacidad de aquel que obra.
Pues bien: esto acontece también en el orden espiritual. Los frutos
son gozos espirituales que acompañan a nuestras operaciones; pero a
nuestras operaciones cuando éstas han alcanzado cierto grado de madurez
y perfección. Cuando las operaciones que hacemos están debajo de nuestra
capacidad o encima de ella, no viene el gozo, no viene el consuelo. En
cambio, cuando nuestras facultades espirituales, cuando una porción de
nuestra alma ha llegado a cierta madurez, a cierta perfección, entonces se
produce el consuelo, el fruto del Espíritu Santo, porque ahí hay perfección,
una perfección relativa, y por ese motivo se siente una alegría celestial.
***
Son distintos los frutos de las bienaventuranzas. Las
bienaventuranzas son también frutos, son los frutos más exquisitos que el
Espíritu Santo produce en las almas; pero las bienaventuranzas suponen la
223

perfección divina, son algo de las cumbres, son algo altísimo que
solamente se desarrolla en las cimas excelsas. Las bienaventuranzas son el
fruto más perfecto que pueden producir las virtudes y los dones. Las
bienaventuranzas son frutos; pero no todo fruto es bienaventuranza. Las
bienaventuranzas son los frutos de las alturas, algo que se asemeja ya a los
gozos y a los deleites celestiales.
Los frutos se encuentran en todas las etapas de la vida espiritual,
porque no suponen una perfección absoluta, sino una perfección relativa;
pudiéramos decir: cada vez que el alma realiza una etapa en la vida
espiritual encuentra un deleite divino. A cada etapa de la vida espiritual
corresponden sus frutos.
Y para expresar todo mi pensamiento, diré que la obra del Espíritu
Santo en nosotros es una obra de orden, porque la vida espiritual en eso
consiste: en el orden perfecto de nuestro ser.
¡Ah!, en el principio de los tiempos existía un orden maravilloso.
Cuando nuestros primeros padres estuvieron en el Paraíso, cuando la
naturaleza humana íntegra, no manchada aún por el pecado, apareció bajo
las frondas del Edén, vigorosa, espléndida, bellísima, todo en el hombre
era armonía. Entonces no existían en el corazón humano esas luchas
tremendas que sentimos en nuestro corazón, esas luchas de las cuales decía
el apóstol San Pablo: «Yo siento en mis miembros la ley del pecado que se
levanta contra la ley del espíritu que vive en mí.» («Video autem alam
lejem in membris meis repugnantem legi memtis meae et captivantem me
in lege peccati, quae est in membris meis») (Rom 7, 23). ¿Quién no ha
sentido el choque tremendo de esas dos leyes en el corazón? Entonces no
existía, todo era armonioso en el hombre, la parte inferior maravillosamente sujeta a la parte superior de nuestra alma, y toda el alma
sujeta perfectamente a Dios. Nuestra naturaleza era una lira bien templada
que cantaba sin cesar las alabanzas a la gloria divina.
Vino el pecado y se rompió la armonía, y nosotros heredamos de
nuestros padres una naturaleza manchada, que perdió la primitiva armonía
y en donde siempre hay una lucha sin tregua.
La obra de la gracia es restablecer, en cuanto lo pide la economía de
la redención, algo de la armonía del Paraíso; ordenar la parte inferior de
nuestra alma, sujetándola a la parte superior; ordenar nuestro corazón con
todos sus afectos; sujetar toda nuestra alma a Dios Nuestro Señor.

224

La obra de la gracia es una obra admirable de orden y de armonía.
Pero esa obra es lenta; Dios Nuestro Señor no acostumbra transformar en
un instante un alma.
¡Ah, qué lentitud de la acción divina! Poco a poco la gracia va
obrando en las atoas, poco a poco las almas van haciendo a un lado sus
defectos y desarrollando las virtudes; poco a poco se van desprendiendo de
las criaturas y se van uniendo a Dios; poco a poco Dios Nuestro Señor las
penetra como un perfume celestial hasta que se llega a esa unión
estrechísima en la que el alma, con la Esposa de los Cantares, puede decir
la frase deliciosa: «Ego dilecto meo et dilectus meus mihi.» (Mi Amado
para mí y yo para mi Amado) (Cant 6, 2).
En cada una de las etapas de esa obra de orden y de armonía hay
puntos especiales. Cuando se ha llegado a ordenar nuestra sensibilidad y a
sujetar la parte inferior a la superior, entonces vienen los frutos del Espíritu
Santo, los consuelos celestiales, que son como el esplendor de ese orden
divino.
Cuando nuestras relaciones con los demás hombres se ajustan a la
justicia, a la caridad, al orden, entonces, como fruto de aquel orden,
aparecen los consuelos divinos.
Cuando, levantándonos todavía más, hemos llegado a unificar
nuestros afectos y a purificar nuestro corazón y a ordenar la parte superior
de nuestra alma, vienen los consuelos más finos y exquisitos a deleitar
nuestro corazón.
Cada porción de nuestra alma que se ordena es una explosión de
consuelo y de alegría que el Espíritu Santo produce en nosotros.
***
Dios quiera que haya podido dar alguna idea de estos frutos,
exquisitos y sabrosos, del Espíritu Santo. Procuraré hablar de cada uno de
ellos durante los días que faltan de esta Octava; pero quiero, desde luego,
que todos comprendamos la importancia que tienen estos consuelos
celestiales; cómo en nuestra vida espiritual, juntamente con las penas
inherentes a ella, el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones
consuelos exquisitos; cómo estos consuelos van correspondiendo a las
distintas etapas de la vida espiritual.
A la manera que no todas las flores abren sus cálices en todas las
estaciones, ni todas las plantas producen sus frutos al mismo tiempo, sino
225

que cada planta tiene su tiempo y su estación, así cada consuelo del
Espíritu Santo tiene también su etapa en nuestra vida espiritual.
Pero tengamos por cierto que si somos generosos, si somos
esforzados, si seguimos los senderos que Jesucristo nos marcó, si somos •
dóciles a las inspiraciones íntimas del Espíritu Santo, encontraremos, a lo
largo de nuestro camino, no solamente las espinas que torturan, sino también las flores que perfuman, también los frutos que llenan nuestro paladar
espiritual de dulzura.
Porque Dios es sapientísimo, infinitamente bueno, porque Dios nos
ama, y con una energía maravillosa, pero también con una suavidad
exquisita, nos va conduciendo por los tortuosos senderos de este mundo
hasta que lleguemos a la patria en donde se acabarán las penas, en donde
se enjugarán las lágrimas, en donde ya no necesitaremos consuelos, porque
allá brillará para siempre con toda su plenitud el Sol espléndido de la
alegría celestial.

226

III
CONSUELOS Y DESOLACIONES

Expuse en el capítulo anterior el concepto de los frutos del Espíritu
Santo y señalé los dos rasgos característicos de ellos: perfección y
suavidad.
El fruto del Espíritu Santo es una operación sobrenatural que,
procediendo de un alma que ha llegado a cierta madurez propia de la etapa
espiritual, en la que está constituida, produce una dulzura y una suavidad
celestial.
El apóstol San Pablo enumera cuidadosamente los frutos del Espíritu
Santo, como ya lo dije. Y conviene muchísimo estudiarlos uno a uno,
porque esto servirá admirablemente para tener una idea de lo que es la vida
espiritual y de las etapas que el alma tiene que recorrer en ella.
Pero antes de emprender este estudio de cada uno de los frutos del
Espíritu Santo, quiero hacer en este capítulo algunas observaciones
generales acerca de esos regalos del Espíritu divino.
A la manera que no todos los frutos de las plantas tienen el mismo
sabor, sino que hay en ellas sabores variadísimos, así acontece en los frutos
del Espíritu Santo: no todos tienen el mismo sabor espiritual. Y aun en este
orden sobrenatural hay una riqueza y una variedad más opulenta que en los
huertos de la tierra. Quizá se pudiera decir, parodiando a San Juan de la
Cruz, que apenas hay un fruto en parte de su sabor que se parezca a otro.
Porque Dios es admirable en sus obras, y pone un destello de infinito en lo
que hace, especialmente en lo que se refiere al orden sobrenatural.
Hay frutos y hay consuelos del Espíritu Santo que son sensibles, que
se perciben hasta por nuestras facultades inferiores. Por eso dice una
palabra de la Escritura: «Mi corazón y hasta mi carne se regocijaron en el
Dios vivo.» («Cor meum et caro mea exultaverunt in Deum vivum») (Sal
83, 3).
227

A las veces, la dulzura interior, como que se desborda y llega hasta la
parte inferior de nuestra alma; a las veces, los consuelos son únicamente
espirituales; las facultades inferiores nada perciben, pero la inteligencia y
el corazón sienten la suavidad de lo divino. Es una luz que baña al espíritu
y que lo llena de paz; es un amor, es un afecto que satisface el corazón, aun
cuando no experimenten los sentidos esa luz y suavidad.
A las veces, los consuelos son fugaces; a las veces, dejan en el alma
un exquisito perfume que dura mucho tiempo; ora los consuelos son poco
intensos, ora conmueven el alma con su fuerza y vigor. ¿No recordamos
que algunos santos le han dicho a Dios: «Cesa, Señor, de derramar tus
delicias en mi alma, porque no puedo soportar el peso de ellas»?
¡Ah!, ¡yo no sé que jamás en la tierra haya habido alguien que
rechazara las delicias y la felicidad! Pero la felicidad y las delicias del
cielo son tan intensas, que llegan a oprimir con su peso abrumador; por eso
ha habido santos que le piden a Dios que detenga su maravillosa
munificencia.
Los consuelos espirituales no son constantes en la vida sobrenatural;
de ordinario, son intermitentes, y para repetir la comparación que hice en
el capítulo anterior, así como en el orden exterior hay días espléndidos,
iluminados por un sol radiante, y hay días nublados y tempestuosos, así
acontece en la vida espiritual: hay tiempos de gozar y tiempos de sufrir,
tiempos de consuelo y tiempos de desolación.
Y la razón de esta variedad no es que Dios sea limitado y estrecho en
sus dones. Por parte de Él podríamos pasar por este destierro inundados de
delicias, esperando la felicidad eterna; pero si sustrae muchas veces los
consuelos a nuestra alma, es porque tenemos necesidad de penas y de
desolaciones. Si los consuelos dilatan el corazón, si fortifican, si alientan,
las desolaciones producen en nosotros frutos preciosos, y aun me atrevo a
decir que las desolaciones son, quizá, más fecundas que los mismos consuelos; porque Dios ha puesto una eficacia divina en el dolor, porque las
desolaciones nos purifican, nos elevan, nos iluminan, preparan nuestra
alma para la unión con Dios y producen frutos fecundísimos.
Por eso Dios, en su sabiduría y en su bondad, va entretejiendo
consuelos y desolaciones en nuestra vida; ya nos baña con sus consuelos,
ya nos deja desolados. Y así, el consuelo como la desolación son gracias de
su divina munificencia, son pruebas de su amor; las dos cosas son
Utilísimas para nuestro aprovechamiento espiritual.
228

Es muy común en los principios de la vida espiritual, cuando un alma
se ha dado especialmente a Dios y quiere emprender el tortuoso, pero
santísimo sendero que lleva a la perfección, que Nuestro Señor la llene de
consuelos para atraerla, para robarle el corazón. Y cuando aquella alma le
ha dado el corazón por completo, entonces Dios, con maestría inimitable,
va apartando de aquella alma los consuelos para que venga el dolor y la
desolación a realizar su obra sólida y fecunda.
¡Ah, si tuviéramos en nuestra alma mayor serenidad y en nuestro
espíritu una fe más intensa, cómo recibiríamos de la mano de Dios con el
mismo agradecimiento, con la misma paz, los consuelos y las penas!
Porque si tuviéramos fe y serenidad, comprenderíamos perfectamente que
todo lo que Dios nos manda, lo manda por nuestro bien; que así el dolor
como la alegría son mensajeros de su amor eterno, y vienen envueltos en
su ternura y realizan en nuestra alma la obra divina.
Claro que a nuestra pobre naturaleza le acomoda mucho más el gozo
que el dolor. Difícilmente alcanzamos a apreciar el valor de los
sufrimientos y a sentir esa perfecta alegría que brota de ellos; es mucho
más fácil recibir los consuelos y los gozos. Pero es preciso repetirlo: así las
desolaciones como los consuelos, vienen del amor, están envueltos en su
ternura y producen la obra de Dios en nuestras almas.
A las veces, Nuestro Señor nos quita los consuelos, porque así lo
pide, por decirlo así, lógicamente el proceso de nuestra vida espiritual.
Dije en el capítulo anterior que los frutos proceden de cierta
perfección. Cuando el alma alcanza esa perfección relativa, el Espíritu
Santo difunde en ellas sus frutos; pero no por eso va el alma a descansar en
aquella perfección. Porque el amor nunca dice basta, porque en la vida
espiritual nunca hay un término, sino cuando entremos triunfalmente en la
gloria de Dios.
Cuando el alma ha alcanzado la perfección y ha sentido los consuelos
de aquella etapa de su vida, Nuestro Señor le prepara una nueva etapa,
tiene que recorrer otros senderos, y en aquellos nuevos senderos es
principiante, no ha alcanzado todavía la perfección de la nueva etapa, y es
preciso entonces que el gozo le sea sustraído hasta que el alma logre con
sus esfuerzos y, sobre todo, con la gracia de Dios, alcanzar un nuevo grado
de perfección, al cual corresponde un nuevo género de deleite.
Pero también a las veces, aun a aquellas almas que deben estar
inundadas de delicias, Nuestro Señor les sustrae sus consuelos, por un
motivo amorosísimo o por profundos designios de su Providencia.
229

¿Recordamos la última etapa de la vida de Santa Teresa del Niño Jesús?
Fue una etapa de desolación terrible, de penas inauditas. Por razón de la
perfección que había alcanzado, aquella alma singular debería morir en la
paz y en el gozo, porque la paz y el gozo son propios de las cumbres, y
Santa Teresa había establecido en las cumbres su morada. Pero Dios quiso
sustraerle aquellos consuelos y sumergir a su alma en la desolación por un
fin providencial: quería que ella sufriera por las demás almas. Esa
desolación de Santa Teresa de Lisieux pudiéramos llamarla una desolación
corredentora; unida aquella pena hondísima con las penas íntimas del
Corazón de Jesús, habría de alcanzar para las almas gracias singulares.
Ella misma nos da a entender este secreto de Dios en su Autobiografía
deliciosa; nos dice que se sentó a la mesa de los incrédulos para sentir las
penas que ellos deberían sufrir y alcanzar de esta suerte gracias singulares
para los que no creen.
De desolaciones y de consuelos está, por consiguiente, compuesta la
vida espiritual.
***
Y me apresuro a hacer una observación que me parece tener una
grande importancia práctica. No se puede deducir el estado de un alma
porque goce o porque sufra. Los que no están bien instruidos en las cosas
espirituales, muchas veces raciocinan así: siento ahora fervor y consuelo,
estoy muy bien; no siento fervor ni consuelo, entonces ando mal. No son
lógicas esas deducciones, no se pueden tomar como termómetro para
medir el amor de un alma ni sus consuelos ni sus desolaciones, porque,
como lo acabo de hacer vislumbrar, es preciso que en esta vida se entreteja
en el alma el consuelo y la desolación.
El consuelo significa, ciertamente, que aquella alma ha dado un paso
en la vida espiritual; pero la desolación puede significar que ha avanzado
todavía más en el camino que conduce a la cima.
En realidad, no debemos de una manera absoluta ni buscar el
consuelo ni rechazar la desolación; lo que tenemos que buscar es a Dios, a
lo que tenemos que adherirnos es a su voluntad santísima, de lo que
debemos tener cuidado es de caminar por los senderos que Dios nos marque. La desolación o el consuelo son cosas secundarias. Dios Nuestro
Señor nos las mandará cuando a bien tenga. Una y otra cosa pueden ser
utilísimas para nuestro aprovechamiento espiritual.
230

Ni en la vida espiritual hay que buscar precisamente el deleite. En la
vida humana, en nuestra vida ordinaria, lo sabemos muy bien, buscar el
deleite es un desorden. El deleite lo ha puesto Dios en nuestras
operaciones como un epifenómeno, como un aditamento que nos ayuda
muchísimo para que podamos realizar los designios de Dios. Por eso en los
alimentos ha puesto sabores que nos deleitan: qué penoso sería que
tuviéramos el deber y la necesidad de comer y no encontráramos en los
alimentos sabor alguno. En ciertos momentos de enfermedad lo hemos
experimentado y sabemos qué penoso es. Dios ha puesto en los alimentos
sabor para que pudiéramos cumplir con el deber de alimentarnos; pero
quien busca en los alimentos por encima de todo el sabor y se olvida del
fin racional que los alimentos tienen, cae en un desorden, que es la gula. El
goloso no ve en los alimentos el medio para vivir; sólo ve un recurso para
gozar; ahí hay un desorden, hay un abuso.
Lo mismo acontece, aunque de una manera más fina, en el orden
espiritual. Dios ha puesto sus consuelos en nuestras operaciones
sobrenaturales para que podamos con mayor facilidad realizarlas y para
que hagamos todos los esfuerzos que sean necesarios para nuestra
santificación; pero no debemos trastornar el orden, no debemos subordinar
nuestra perfección al deleite, sino, al contrario, el deleite a la perfección.
No hay que buscar el deleite ni en el orden natural ni en el orden
sobrenatural; hay que buscar lo sólido, hay que poner los ojos en el fin,
hay que ir recorriendo el sendero que Dios nos marcó y pensar que
aquellos deleites y aquellos consuelos que Dios de cuando en cuando nos
envía son útiles para que podamos realizar su voluntad soberana; pero no
son el fin de la vida espiritual. No vivimos espiritualmente para gozar;
vivimos para perfeccionarnos, para asemejarnos a Jesucristo, para hacer
una obra sólida y divina que algún día nos conduzca a la bienaventuranza
eterna.
Por eso Nuestro Señor muchas veces nos desprende de los mismos
consuelos espirituales por medio de esas terribles desolaciones que envía a
las almas. Él no quiere que los consuelos y que los gozos espirituales
vayan a apartar a las almas de Él. Él es nuestro único, a Él es a quien debemos adherirnos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma; sus dones
son algo secundario.
Así como una prometida haría muy mal si se olvidara de su
prometido para poner su corazón en las joyas y en los regalos que le hace,
así Dios no quiere que vayamos a poner nuestro corazón en sus dones, aun
231

cuando sean espirituales, sino que nuestros ojos y nuestro corazón estén
siempre fijos en Él.
***
Sin embargo, podemos buscar y desear de una manera ordenada los
consuelos espirituales. La Santa Iglesia nos lo enseña en su liturgia, pues,
como decía, la oración litúrgica de la fiesta de Pentecostés pide para
nosotros los consuelos. «Da nobis in eodem Spiritu recta sapere et de eius
consolation gaudere» (Concédenos que, animados de este mismo Espíritu,
podamos saborear el bien y gozar de sus consuelos divinos.)
La Iglesia nos enseña a pedir los consuelos ordenadamente, esto es,
conforme a la voluntad divina. Que esos consuelos vengan cuando Dios
quiera, que vengan como Dios quiera; pero que vengan, porque son útiles,
porque son santos, porque nos conducen a Dios.
Yo quiero decir algo acerca de la manera de preparar nuestros
corazones y nuestras almas a los consuelos de Dios. Si, podemos desear
esos consuelos, podemos buscarlos ordenadamente, preparar nuestra alma
para que el Espíritu Santo pueda difundir en ella sus consuelos divinos.
¿Cómo se alcanzan los frutos del Espíritu Santo?
El primer medio para conseguir estos dones de Dios, como para
conseguir cualquiera gracia, es la oración.
La oración, lo hemos oído repetidas veces, es la llave que abre los
tesoros divinos, así para conseguir gracias en el orden natural como en el
orden sobrenatural. Dios nos ha prometido escuchar nuestras oraciones.
Jesucristo Nuestro Señor nos lo dijo repetidas veces, sobre todo en la
noche de los grandes misterios, en la víspera de su Pasión: «Todo lo que
pidiereis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá.»
Toda oración tiene singular eficacia, lo sabemos muy bien. Si algunas
veces no logramos lo que pedimos es porque no lo pedimos en nombre de
Jesús —no se pide en nombre de Jesús lo que se opone a la santificación
de nuestra alma—; o porque no lo pedimos con las condiciones debidas; o
porque no es el momento oportuno en que Dios nos tiene que hacer aquella
gracia, sino que espera otro tiempo para que sea más útil a nuestra alma.
Para alcanzar los frutos del Espíritu Santo hay que pedirlos, y en esa
oración litúrgica de que acabo de hablar está en una fórmula brevísima,
pero exacta, la petición de los frutos. «Da nobis in eodem Spiritu recta
sapere et de eius semper consolatione gaudere.» (Concédenos que en el
232

mismo Espíritu aprendamos a gustar el bien y gocemos siempre de sus
consuelos divinos.)
Debemos pedir gozar siempre de los consuelos divinos del Espíritu.
Pedir los frutos del Espíritu Santo es el primer medio para alcanzarlos.
***
El segundo es quitar los obstáculos que se oponen a la recepción de
los consuelos celestiales; porque nuestra experiencia cotidiana nos dice
que hay ciertas acciones o estados que estorban, que impiden otros. Por
ejemplo, cuando adolecemos de una enfermedad, sufrimos cierto malestar
y no podemos sentir la dulzura y el gozo que en tiempo de salud
experimentamos. La enfermedad de nuestro cuerpo impide que percibamos
ciertos goces que en el estado de salud disfrutamos.
Lo mismo acontece en el orden espiritual. Hay cosas en nuestra vida
espiritual que nos impiden gozar de los consuelos de Dios.
Y, desde luego, cuando estamos demasiado apegados a las cosas de la
tierra, cuando los vicios, sobre todo ciertos vicios de esos groseros, de esos
torpes, se introducen en el corazón, como que nos incapacitan para percibir
las cosas celestiales. ¿No recordamos la frase del apóstol San Pablo:
«Animalis homo non percipit quae sunt Spiritus Dei» (El hombre animal
no percibe las cosas del Espíritu de Dios)? (1 Cor 2, 14). El adjetivo es
crudo, pero exacto. El hombre es un ser complejo. Los antiguos le
llamaban microcosmos, un universo pequeño, porque tenemos algo del
cielo y algo de la tierra, porque tenemos afinidades con los cuerpos inanimados; y con las plantas, porque vivimos; y con los animales, porque
sentimos; y con los ángeles, porque entendemos y amamos.
Dios quiso hacer en nosotros un resumen de su obra creadora.
Debería haber en nosotros una perfecta armonía; todos los elementos
heterogéneos y variados que Dios puso en nosotros deberían estar
coordinados en una unidad divina. Pero, a las veces, hay en nosotros
desorden; a las veces, como que se oscurece lo que tenemos de angélico y
resalta lo que tenemos de animales; y cuando eso acontece, ese estado se
expresa con la cruda expresión de San Pablo: «Animalis homo.» (El
hombre animal.) El hombre que no ve más que la tierra, el hombre que no
busca más que los goces groseros, el hombre que anda buscando, como el
hijo pródigo, las bellotas nauseabundas que dejaban los cerdos.
El hombre animal no percibe las cosas de Dios, no solamente porque
su inteligencia se oscurece para comprender los conceptos divinos, sino
233

también porque, si se me permite la palabra, su paladar espiritual no puede
percibir la suavidad de los consuelos celestiales; no se pueden juntar en el
mismo corazón los goces del cielo y los goces de la tierra; el hombre
animal no percibe las cosas divinas.
Para hacernos dignos de sentir los consuelos del Espíritu Santo es
preciso que arrojemos de nuestro corazón y de nuestra vida todos aquellos
goces que nos pueden impedir saborear las delicias del cielo.
Pero no basta esta labor negativa, que ya es utilísima, sino que es
preciso un trabajo positivo. He dicho que el fruto es obra de perfección, no
de perfección absoluta, sino de perfección relativa a la etapa por la que el
alma atraviesa y dados los designios de Dios sobre ella. Para saborear los
frutos del Espíritu Santo es necesario alcanzar cierta perfección, y la
perfección no se alcanza sin esfuerzos; no son los perezosos, no son los
inertes los que alcanzan la perfección cristiana; la perfección cristiana
requiere esfuerzos, sacrificios, lucha.
Para alcanzar los frutos del Espíritu Santo es, por consiguiente,
necesario trabajar, esforzarse, sufrir.
Pero todavía podemos avanzar un poco más; ya lo dije en el capítulo
anterior: cada fruto del Espíritu Santo supone que se ha ordenado
espiritualmente una porción de nuestro ser; el proceso divino en la obra de
nuestra santificación es un proceso de orden: por medio de la vida espiritual vamos acercándonos a aquel orden admirable que tenían Adán y
Eva en el Paraíso antes de que el pecado manchara sus almas.
Vivir espiritualmente es ordenar nuestros afectos, es ordenar nuestras
acciones. San Agustín, que poseía el don de las fórmulas geniales, ¿no
definía la virtud diciendo que es el orden en el amor? Y ese orden en el
amor produce orden en nuestros actos, orden en nuestros pensamientos,
orden en nuestras facultades.
Pudiéramos decir que cada una de las etapas de la vida espiritual
ordena una porción de nuestro ser; primero, ordena la parte inferior de
nuestra alma, sujetándola a la razón y a la fe; luego, ordena nuestras
relaciones con los demás para que se basen en la justicia y en la caridad;
después, ordena más perfectamente nuestro corazón fundiendo todos
nuestros afectos en un afecto divino, y, en fin, purifica nuestra inteligencia
para que pueda ver las cosas celestiales y adhiere maravillosa y
perfectamente nuestra voluntad a Dios, que es nuestro último fin.
Cada etapa de ese proceso de orden está señalada por la aparición de
frutos del Espíritu Santo; cualquier porción de nuestra alma que se ordena
234

recibe las efusiones de los consuelos celestiales. Por eso, si queremos
alcanzar los frutos del Espíritu Santo, necesitamos trabajar, esforzarnos, ir
poco a poco purificando nuestras almas, ir poco a poco avanzando en el
camino de la perfección.
Las plantas que producen los frutos del Espíritu Santo son las
virtudes, y, sobre todo, los dones del Espíritu Santo. Cuando practicamos
las virtudes, cuando preparamos nuestras almas para recibir el influjo del
Espíritu Santo por medio de sus dones, entonces llegamos a cierta madurez, y aquella madurez trae consigo los consuelos divinos.
Tres cosas, por consiguiente, debemos hacer para alcanzar los
consuelos del Espíritu Santo, para lograr esos frutos celestiales: la oración
que todo lo alcanza; la purificación de nuestra alma para eliminar todas
aquellas cosas que nos impiden percibir la dulzura, la suavidad de los frutos celestiales, y luego esforzarnos y trabajar sin descanso, luchando
contra nuestros enemigos interiores y exteriores para avanzar por los
senderos de la virtud, seguros de que, al avanzar en ese camino,
encontraremos los frutos preciosos que llenen de suavidad nuestras almas.
***
Estas consideraciones, por breves, por superficiales que sean, ¿no es
verdad que nos abren horizontes en la vida espiritual? Ese mundo divino
en el que deben vivir nuestras almas es un mundo que tiene tempestades,
pero también días espléndidos; es un mundo en el que se sufre, pero también en el que se goza; es un mundo que tiene espinas, pero que tiene
también flores y frutos deliciosos.
¡Ah! ¡Cómo se ve en la vida sobrenatural la sabiduría, el amor, la
bondad, la munificencia de Dios!
Recuerdo de alguien que, después de haber avanzado mucho en la
vida espiritual, le decía a Jesucristo estas palabras que a primera vista
parecen irrespetuosas, pero que contienen una delicadísima alabanza: «¡Oh
Señor!, Tú me has engañado con un engaño divino y dulcísimo; Tú me invitaste para sufrir, y me dijiste: «Si quieres venir en pos de Mí, niégate a ti
mismo, toma tu cruz y sígueme»; nada me dijiste de alegría, nada me
dijiste de consuelo. ¡Me has engañado, porque no solamente llevo cruz
sobre mis hombros y amargura en el corazón, sino que tu Divino Espíritu
ha vertido dulcísimos y deliciosos consuelos en mi corazón! ¡Bendito seas,
que no sólo quieres que te acompañe a llevar la cruz, sino que quieres que
235

lleve en mi corazón un destello de la alegría inefable que Tú llevabas en tu
alma!»

236

IV
CARIDAD, GOZO Y PAZ

El apóstol San Pablo, en la Epístola a los Gálatas, hace la
enumeración de los frutos del Espíritu Santo: Caridad, Gozo, Paz,
Paciencia, Bondad, Benignidad, Longanimidad, Fe, Modestia,
Continencia y Castidad.
Sin duda alguna que el Espíritu Santo infunde sus consuelos divinos
en las almas con una riquísima variedad, de manera que es imposible
enumerar uno a uno todos estos consuelos celestiales. Ya hice notar en el
capítulo anterior que bien pudiera decirse, parodiando una frase de San
Juan de la Cruz, que apenas hay un consuelo celestial que en parte se
parezca a otro.
Sin embargo, a pesar de esa variedad riquísima, se pueden agrupar en
tipos, por la analogía que existe entre esos consuelos. Eso es lo que ha
hecho el apóstol San Pablo: a esos doce frutos que él enumera se pueden
reducir todos los consuelos que el Espíritu Santo vierte en nuestras almas.
Debo advertir que aun cuando algunos de los frutos tienen nombres
que se aplican a las virtudes, no se identifican con ellas: el nombre es
común; la realidad, distinta. Se les aplica el mismo nombre por ciertas
analogías que hay entre la virtud y el fruto, pero siempre las virtudes son
distintas del fruto. Así, por ejemplo, la Caridad, la Paciencia, la Modestia,
la Fe, la Castidad, etc., son nombres que así pueden significar un fruto
como una virtud; pero, repito, al mismo tiempo que no deja de haber
singulares analogías entre la virtud y el fruto que llevan un mismo nombre,
son, sin embargo, dos realidades diferentes.
***
Voy a exponer, de la mejor manera que me sea posible, el profundo y
sutil análisis que hace Santo Tomás, el Doctor Angélico, de los frutos del
Espíritu Santo.
237

La base, la clave de esta clasificación, nos la da el santo con una idea
que ya expuse en los capítulos anteriores: los frutos del Espíritu Santo se
clasifican por el diverso proceso que el Espíritu Santo realiza en las almas;
y aun cuando estos procesos son variados, tienen, sin embargo, un
principio de unidad que puede expresarse con esa palabra: orden.
Lo que el Espíritu Santo produce en nosotros es orden, una
ordenación total, una ordenación perfecta de todas nuestras facultades y de
todo nuestro ser: esto es la virtud, esto es la perfección, esto es la santidad.
Ya dije que por medio de la vida espiritual reproducimos, en cuanto
es posible, en el estado actual, los rasgos de aquel orden maravilloso que
poseyeron nuestros primeros padres en el Paraíso antes que el pecado se
hubiera introducido en la tierra. Y a cada proceso de orden corresponde
uno o varios frutos.
Los frutos suponen madurez y perfección, y la madurez y la
perfección en el alma es orden. Por eso, para entender la clasificación que
hace San Pablo de los frutos del Espíritu Santo, tenemos que estudiar las
diversas clases de orden que el Espíritu Santo produce en las almas.
Santo Tomás señala tres: el orden del alma en sí misma y el orden del
alma respecto de las cosas exteriores, ya sea de los otros hombres, ya sea
de las cosas inferiores al hombre. Pudiéramos expresarlo en otra forma:
hay en el hombre dos vidas, o, más bien dicho, dos formas, dos modalidades de la misma vida: la vida contemplativa y la vida activa. La vida
contemplativa, que se realiza toda ella en el fondo de nuestro ser y que nos
pone en comunicación con Dios, y la vida activa, por la cual nos ponemos
en relación con los demás hombres y actuamos sobre todas las cosas
inferiores al hombre.
A cada una de estas ordenaciones corresponde un grupo de frutos.
La ordenación íntima, la del alma misma, tiene una raíz: el amor.
Nuestro corazón es la clave de nuestra vida; en el fondo de todos nuestros
problemas está siempre el problema de nuestro corazón, porque el amor es
el afecto primero y fundamental de nuestra alma. Todos los demás afectos
que podemos sentir están relacionados con el amor: la esperanza es el
amor que anhela la unión con el ser amado; la tristeza es la separación de
lo que ama; la ira es la reacción enérgica, a las veces desordenada, para
alcanzar lo que se desea.
Y así pudiéramos continuar; todos nuestros afectos tienen como raíz
profunda el amor, y por eso toda nuestra vida íntima tiene como base y
fundamento ese sentimiento regio de nuestro corazón: el amor.
238

Aun en el orden espiritual, el amor es la clave de nuestra vida. Por
eso San Agustín, como ya dije, dio esta maravillosa definición de la virtud:
es el orden en el amor; y por eso el mismo santo llegó a decir esta otra
frase audaz, pero exactísima: «Ama y haz lo que quieras» (Ama et fac
quod vis.)
De nuestro corazón brotan todas nuestras inquietudes y todos
nuestros goces; del corazón proceden todas nuestras iniquidades y todas
nuestras virtudes; el corazón es la fuente de todas nuestras miserias y de
todas nuestras glorias; verdaderamente, el corazón es la clave de nuestra
vida.
Por eso Jesucristo dijo alguna vez a sus apóstoles: «No es lo que
entra por la boca lo que mancha el alma, sino lo que sale del corazón;
porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los
adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las
blasfemias» (Mt 15, 19).
Pero también del corazón sale el heroísmo, y sale la pureza, y salen
todas las virtudes y todas las cualidades de que puede estar adornada
nuestra pobre naturaleza humana.
En el orden espiritual, Dios quiso también que el corazón fuera el
centro de nuestra vida. ¿No sabemos que los elementos esenciales de la
vida espiritual son dos formas de amor, dos matices de amor, del amor
divino, de la Caridad? «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con
toda tu alma y con todas tus fuerzas; este es el primero y principal
mandamiento de la Ley —dijo Jesús—. Y el segundo es semejante a éste:
amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y en estos dos mandamientos está
contenida toda la Ley y toda la doctrina de los Profetas» (Mt 22, 37).
La doctrina de Jesús es amor, la vida espiritual es amor, y por eso el
primer fruto del Espíritu Santo es el que procede del amor, de un amor
celestial, de un amor divino: la Caridad. Cuando el amor ha radicalmente
ordenado nuestro corazón brota ese fruto precioso del Espíritu Santo que
San Pablo llama Caridad. Es distinto de la virtud, pero es emanación
sublime de ella; es el gozo, es la delicia de amar.
Sabemos muy bien que nuestro corazón fue hecho para el amor; por
eso la suprema felicidad del cielo consiste en sumergirnos para siempre en
el amor de Dios; por eso la suprema desgracia del infierno consiste en que
se aleje de nuestro corazón el último destello de amor. En el infierno no se
ama, y Santa Teresa de Jesús define admirablemente al demonio diciendo
que es el que no ama. En la tierra pasamos por el cielo y el infierno; a las
239

veces, el amor llena los profundos senos de nuestra alma y parece que
llevamos dentro un trasunto del cielo; a las veces, sentimos que el amor se
aleja, y entonces como que llegan a nosotros los vientos desolados del
infierno.
El Espíritu Santo derrama en nuestros corazones un amor, un amor
nuevo, un amor celestial, un amor divino: la Caridad. Nos dice la
Escritura: «Caritas Dei diffusa est in cordibus nostris per Spiritum
Sanctam qui datus est nobis.» (La Caridad de Dios se ha derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado) (Rom 5, 5). Y
ese don del Espíritu Santo, la Caridad, es el orden supremo, la prerrogativa
más grande que hemos recibido de Dios. La caridad es la reina de las
virtudes, es la flor, es el alma de ellas, y para decirlo con una sola palabra,
con una sola expresión, la Caridad es la imagen del Espíritu Santo.
El apóstol San Juan nos hace esta revelación maravillosa: «Deus
caritas est.» (Dios es Caridad) (1 Jn 4, 16). Pero si Dios es Caridad, ese
nombre, de una manera singular, se le aplica a la tercera Persona de la
Trinidad augusta, al Espíritu Santo, porque es el Amor infinito, el Amor
personal del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo es Caridad, y la Caridad
que Él difundió en nuestros corazones es su imagen.
Imaginémonos que una persona muy bella se acerca a un estanque de
límpidas aguas; en los cristales de aquel lago se retratará la imagen de esa
persona. Así me parece que el Espíritu Santo, al derramarse, al dársenos, se
refleja en nuestra alma y produce en ella una imagen celestial de su
hermosura, que es la Caridad.
Ese amor no es como los demás amores: es un amor finísimo, es un
amor perfecto, es un amor que tiene caracteres divinos. Aun en el orden
espiritual, hay muchas formas de amor, pero el supremo es la Caridad;
porque por ese don del cielo amamos a Dios desinteresadamente, no por lo
que podemos esperar de Él, no por los dones que podemos recibir de su
mano munificente, sino por Él, por su Bondad, por su Hermosura, por su
excelencia. Esa Caridad es, vuelvo a decirlo, la suprema de las virtudes, la
imagen del Espíritu Santo en nuestras almas. Y por poseerla, llegamos a
sentir, cuando la Caridad llega a cierto grado de madurez, el primer fruto
del Espíritu Santo; el gozo de amar.
En el orden natural, quienquiera que lleva en su corazón un amor
auténtico y profundo, siente el gozo de amar, aun cuando no posea aún al
ser amado, aun cuando tenga que luchar para aquella dichosa conquista; el
240

simple hecho de llevar un amor en el corazón ya es un gozo, ya es un
consuelo que fortifica, que purifica, que engrandece.
En el orden sobrenatural, llevar en nuestros corazones la Caridad
produce, con mayor razón, una delectación exquisita.
Pero para que percibamos la suavidad de este fruto, claro está que es
preciso que la virtud de la Caridad llegue en nuestros corazones a cierto
grado de madurez.
Porque la Caridad la posee toda alma que posee la gracia; el día de
nuestro bautismo recibimos, juntamente con la gracia, la Caridad y todo el
cortejo de virtudes y dones que la acompañan. Cuando recuperamos la
gracia por el Sacramento de la Penitencia, volvemos a recuperar la Caridad, y siempre que nuestra alma está en gracia, llevamos en nuestro
corazón ese amor celestial, esa imagen del Espíritu Santo que es la
Caridad.
Pero a la manera que en el orden natural, aunque tengamos ciertas
facultades y aptitudes en nuestro ser, esas aptitudes y facultades no nos
producen gozo, porque no las ejercitamos o porque no hemos aprendido a
desarrollarlas, de la misma manera, aunque tengamos la Caridad en nuestro corazón, cuando esta Caridad no ha alcanzado aún el grado de
madurez, cuando no se ha ejercitado, no puede darnos esos deleites
celestiales que produce en las almas de los santos.
Por ejemplo, todos tenemos inteligencia, y aun puede ser que alguno
tenga una inteligencia superior; pero si no la ha educado, si no la ha
desarrollado, es imposible que pueda percibir los goces exquisitos de la
ciencia y del arte.
El que tiene la Caridad tiene ya la capacidad de amar a Dios y tiene la
raíz de esos consuelos y suavidades dulcísimas que la Caridad produce en
las almas; pero necesita ejercitar esa virtud, necesita que esa virtud llegue a
cierto grado de madurez. Porque, no lo olvidemos, los frutos del Espíritu
Santo tienen dos caracteres, suponen perfección y producen suavidad
cuando las raíces de que emanan han llegado a su madurez, a su
perfección.
Tal es el primer fruto del Espíritu Santo, la Caridad, que está
íntimamente conexo con la virtud de la Caridad, pero que es el consuelo, la
suavidad que la Caridad produce en el alma cuando llega a cierta madurez.
***
241

Tras ese fruto. San Pablo pone el Gozo; el Gozo es algo que sigue
lógicamente al Amor.
Todo el que ama, cuando encuentra al ser amado, cuando lo posee,
cuando se une a él, goza. ¿Recordamos la frase de la Esposa de los
Cantares: «Inveni quem diligit anihia mea. Tenui eum, nec dimittam.» (He
encontrado al que ama mi alma, lo he encontrado y no lo dejaré jamás)?
(Cant 3, 4). Es un grito de triunfo, es un cántico de alegría. Todo el que ama
siente este gozo inefable de la unión, de la posesión. Y puesto que, como
dijo muy bien el Padre Lacordaire: «El amor en el cielo y en la tierra tiene
el mismo nombre, la misma esencia, la misma ley»; también en el orden
espiritual, tanto más superior al gozo de los afectos terrenos cuanto la
Caridad es más excelente que todos los afectos naturales.
Y no pensemos que para alcanzar ese gozo que es fruto del Espíritu
Santo sea necesario llegar a las cumbres celestiales del amor; no, porque
aun cuando es verdad que en esas cumbres se realiza la unión plena, la
unión perfecta, lo que se llama en sentido absoluto la santidad, también es
cierto que desde los principios de la vida espiritual poseemos al Amado de
nuestro corazón.
Porque la Caridad es eso, es un amor en el cual no hay ausencia, es
un amor en el que siempre hay posesión; porque todo el que tiene la
Caridad tiene a Dios y no puede la Caridad estar separada de Dios.
La Escritura nos lo hace vislumbrar cuando dice: «La Caridad de
Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se
nos ha dado.» Así como no se puede separar la persona de la imagen que
produce en los cristales de un lago, tampoco puede separarse el Espíritu
Santo de la Caridad. En el corazón en donde está el Espíritu Santo, allí está
la Caridad; son dos cosas inseparables.
Y Jesucristo nos enseñó con palabras expresas esta verdad: fue en
aquella noche de los grandes misterios y de las íntimas confidencias; ¿lo
recordamos? «Si alguno me ama, Yo también lo amaré, y mi Padre lo
amará y vendremos a él y estableceremos en él nuestra morada» (Jn 14,23).
¡Ah!, en la tierra a veces siente el pobre corazón humano la pena de
un amor no correspondido. ¡Cuántas veces se ama y no se es amado! En el
amor de Caridad no existe jamás este fenómeno tristísimo; en el amor de
Caridad siempre hay correspondencia: «Si alguno me ama, Yo también le
amaré, y mi Padre le amará y estableceremos en él nuestra morada.»
El que tiene la Caridad tiene a Jesús en su corazón, lo dice también el
apóstol San Juan: «Qui manet in caritate in Deo manet, et Deus in eo.» (El
242

que permanece en la Caridad permanece en Dios y Dios en él) (I Jn 4, 16).
Es un amor sin ausencia, es un amor que tiene asegurada la posesión.
Cuando la unión ha llegado a cierta madurez, cuando tenemos
conciencia de nuestra dicha, cuando experimentamos la divina presencia
del Amado en nuestro corazón, entonces se produce este fruto del Espíritu
Santo, el Gozo.
Pudiéramos decir que en cada uno de los grados del amor hay un
matiz de gozo, porque el pobre amor humano es así, necesita lentamente
crecer, se va desarrollando por grados. No es como el amor de Dios, que es
un incendio divino e infinito. No, nuestro pobre amor es un fuego que va
creciendo poco a poco hasta convertirse en una inmensa hoguera. Pero en
cada uno de los grados del amor la unión entre Dios y nuestro corazón se
estrecha, en cada uno de los grados del amor podemos entonar el cántico
victorioso de Ja Esposa de los Cantares: «He encontrado al que ama mi
alma, lo he encontrado, y no lo abandonaré jamás.»
Y, por consiguiente, en cada grado del amor, cuando el amor ha
llegado a la relativa madurez propia de aquella etapa de la vida espiritual
por la que atraviesa el alma, siente el Gozo de poseer a Dios, el Gozo
exquisito, el Gozo inefable que es el segundo fruto del Espíritu Santo.
***
El tercero está lógicamente enlazado con el Gozo; el tercer fruto del
Espíritu Santo es la Paz. Santo Tomás enseña que la paz es la perfección
del gozo, y, en efecto, así es: un gozo del que no se puede disfrutar porque
cosas exteriores o interiores nos lo impiden; es un gozo fracasado, es un
gozo imperfecto; para que el gozo sea pleno es preciso disfrutar de él en
paz.
Jesucristo lo decía a sus apóstoles en la víspera de su Pasión: «Os he
dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea
pleno.» («Haec locutus sum vobis ut gaudium meum in vobis eit et
gaudium vestrum impleatur) (Jn 15, 11). El gozo pleno es el que nadie
estorba, el que nadie puede arrebatar, es el que se disfruta con absoluta y
con plena tranquilidad. Nosotros tenemos experiencia de estos goces que
no se saborean; ¡cuántas veces en nuestra vida buscamos un gozo humano,
y cuando quisiéramos disfrutar de él, sentimos que nos lo arrebatan!
Porque hay muchas cosas que nos impiden saborear plenamente aquel
gozo.
243

Por eso dice Santo Tomás que la perfección del gozo es la paz; la paz,
que es el deleite singular que experimentamos al disfrutar plenamente de
los goces de nuestra alma. Porque, lo acabo de decir, para que el gozo sea
perfecto, es indispensable que las cosas exteriores no nos impidan sentir la
suavidad de aquel gozo; y para que las cosas exteriores no nos impidan
nuestro gozo, necesitamos la tranquilidad, la paz, ese don celestial que
sosiega todas nuestras facultades, esa purificación plena de nuestro corazón que nos hace tener por nada las cosas exteriores.
¿No hemos visto en los santos esos frutos divinos del Espíritu? ¿No
está lleno el martirologio de ejemplos de santos que en medio de las penas,
de las persecuciones y de las vicisitudes de la vida, conservaban su paz
inalterable y gozaban de su bien, dei bien que llevaban en el alma sin que
nada ni nadie se lo pudiera arrebatar?
Aquellas palabras del apóstol San Pablo: «Ni la muerte, ni la vida, ni
las potestades del cielo, ni las potestades del infierno me pueden arrebatar
la Caridad de Dios que es Cristo Jesús» (Rom 8, 39), ¿no son una expresión
sublime de la paz intima que llevaba en el alma?
Para que el gozo sea completo, para que el gozo sea perfecto, es
preciso que las cosas exteriores no vengan a impedirnos sentir la suavidad
de nuestro gozo; esto nos lo da la paz; la paz del alma produce ese
maravilloso fenómeno de que las cosas exteriores no vengan a interrumpir
el gozo íntimo que nuestra alma experimenta.
¿Recordamos que San Ignacio de Loyola dijo en alguna ocasión que
nada había, por más que él se pusiera a pensarlo, que le pudiera turbar su
paz? Lo único que me inquietaría un poco —decía el santo— es que fuera
suprimida la Compañía de Jesús; pero para pacificar mi alma, en caso de
esa supresión, me bastarían unos cuantos momentos. En el alma de ese
gran santo estaba el fruto divino del Espíritu Santo, que San Pablo llama la
Paz.
Pero, para disfrutar del Gozo pleno, no basta que lo exterior no nos
pueda inquietar el corazón. ¡Ah!, ¡las causas más profundas de nuestras
inquietudes no están afuera, están adentro; no vienen de las demás
criaturas, sino que brotan de nuestro propio corazón! ¡Cuántas veces,
sintiendo satisfecho uno de los afectos de nuestra alma, no estamos
contentos, quisiéramos más, porque lo que poseemos no nos basta, no nos
llena el corazón, y entonces nuestro pobre corazón anda como las
mariposas, revoloteando por todas partes, buscando algo que pueda llenar
el inmenso vacío que experimenta! ¡Cuántas veces, teniendo el amor de
244

Dios en nuestro corazón, poseyendo la Caridad y sintiendo ese Gozo
divino, el corazón inquieto, inconstante, anda buscando por todas partes
algo que le satisfaga, como si la inmensa felicidad que lleva dentro no le
bastara; ¿qué le faltará? La Paz.
La Paz no solamente aquieta el alma respecto de las cosas exteriores,
sino que ordena maravillosamente sus afectos y los unifica, hace que
nuestro corazón sea una sola cosa por un amor triunfante, por un amor que
se enseñoree de todo nuestro ser. Por eso también la Paz es el complemento y la perfección del Gozo. La Paz sosiega al alma respecto de las
cosas exteriores y sosiega las íntimas fluctuaciones de nuestros deseos,
unifica en un solo afecto todo nuestro corazón.
Aquí tenemos estos tres frutos del Espíritu Santo que al ordenar el
alma le hacen sentir suavidades celestiales: la Caridad, el Gozo, la Paz. El
deleite de amor, el gozo de la unión, la tranquilidad de la paz. Sin duda que
para poseer estas tres cosas en toda su perfección se necesita llegar a las
cumbres: pero para comenzar a saborear esos frutos divinos no es
necesario haber llegado a la meta. Dios ha querido que a lo largo del
camino de nuestra vida espiritual vayamos encontrando los frutos
preciosos que satisfagan el anhelo de felicidad que experimenta nuestra
alma. Gracias a Dios, en todas las etapas de la vida espiritual hay Caridad
y hay Gozo y hay Paz; por más que la perfección de ellas se quede para las
cumbres.
Que estas consideraciones nos hagan penetrar en los misterios de la
vida divina, que estas reflexiones revelen a nuestro corazón, sediento de
luz, de amor y de dicha, horizontes celestiales. Para ser felices no
necesitamos recorrer el mundo, no es preciso ni siquiera salir de nosotros
mismos; la felicidad la llevamos en el alma.
¡Pluguiera a Dios que se abrieran nuestros ojos y que, reconociendo
el don divino que llevamos en nuestro corazón, gozáramos dulcemente de
él y sintiéramos desde el destierro un trasunto de las bienaventuranzas de
la Patria!

245

V
PACIENCIA Y LONGANIMIDAD

En el capítulo anterior comencé a hablar de la obra maravillosa de
orden que el Espíritu Santo realiza en lo íntimo de nuestra alma; ordena
nuestro ser, porque funde en un amor celestial nuestros afectos todos, nos
une con Dios, que es el Bien Supremo y Gozo infinito y realiza en
nosotros la obra maravillosa de la paz.
Pero en el mundo no solamente hay bienes; hay también males. Si
solamente hubiera bienes, bastaría el amor, con su cortejo de gozo y de paz
para ordenar nuestra alma; pero, lo sabemos muy bien, en el mundo hay
males. Y si para ordenar nuestra alma respecto de los bienes está el amor,
para ordenar nuestra alma respecto de los males está el dolor, el dolor
santificado, y, por decirlo así, divinizado por el contacto divino que tuvo
con él Jesucristo Nuestro Señor.
En la otra vida, en la eterna, en la dichosa, en el cielo, no hay males,
sino un conjunto inefable de bienes; los bienaventurados nada temen,
porque en el cielo no hay lagrimas, ni amargura, ni lucha, ni dolor; nada
esperan, porque lo poseen todo, llevan en su corazón una felicidad
inefable, plena, inadmisible, eterna, y con Dios, al que están íntima e
inefablemente unidos, poseen todos los bienes, de manera que sus deseos
están colmados y sus temores se acabaron para siempre. Por eso, en el
cielo basta el amor, el amor que se enseñorea de las almas, el amor
victorioso, el amor que reina, el amor que difunde su luz y su perfume y
sus delicias en el corazón de los elegidos.
Pero en la tierra no es así; Dios ha sembrado en nuestra vida muchos
bienes, así en el orden natural como en el sobrenatural y divino; pero cerca
de los bienes hay siempre males. Los males son algo inevitable en la vida
humana; Dios no los ha querido eliminar de la tierra, Jesucristo no los
quiso arrancar de nuestra vida.
246

San Agustín, con su genio, nos dio la clave de este proceder, a
primera vista extraño. Dice que Dios prefirió sacar el bien del mal, que
impedir que existiera el mal. Y, a la verdad, es algo digno de la sabiduría y
del amor y del poder divino poder arrancar del seno del mal bienes magníficos. Jesucristo, que vino a transformar todas las cosas; que las elevó,
que las santificó, que las divinizó, no quiso suprimir el mal; pero nos dio el
secreto, el secreto divino de sacar el bien del mal. Y juntamente con el
amor que ordena nuestro corazón y nuestra alma respecto de los bienes,
Jesucristo nos dejó como preciosa herencia en la tierra el dolor, el dolor
cristiano, el dolor sobrenatural, el dolor divino, compañero inseparable del
amor, y que realiza verdaderas maravillas.
¡Qué bellos, qué grandes, qué fecundos son los designios de Dios
respecto del dolor! Alguno ha dicho, con mucha razón, que si el dolor no
existiera, sería preciso inventarlo; porque, en verdad, una gran parte de
nuestros tesoros, de nuestras prerrogativas y de nuestra dicha, vienen del
dolor. ¡Maravilloso es el dolor! El dolor purifica; dice la Escritura que, así
como el oro se purifica en el crisol, así las almas se purifican en la
tentación, en el dolor. El dolor ilumina; hay cosas que no comprendemos
sino cuando hemos sufrido, porque el dolor vierte una luz celestial en
nuestro espíritu. El dolor es la savia de todas las virtudes; sin él, las
virtudes no pueden crecer y llegar a su plena madurez. El dolor hace el
amor puro, desinteresado, finísimo. El dolor nos une con el ser amado; no
hay vínculos comparables on los vínculos santos del dolor. El dolor
circunda nuestra cabeza con una aureola de gloria y vierte en nuestras
almas gotas exquisitas y divinas de felicidad.
Por eso, juntamente con el amor, nos dejó Jesucristo como herencia el
dolor, y por eso el Espíritu Santo, al ordenar nuestra alma respecto de los
bienes por el amor, necesita también ordenar nuestra alma respecto de los
males por el dolor.
Podríamos, parodiando a San Agustín, que dice que la virtud es el
orden en el amor, afirmar también que la virtud y la perfección es el orden
en el dolor.
¡Es tan difícil ordenar nuestra alma respecto de los males! Para
comprenderlo basta que analicemos profundamente las diversas maneras
como las almas reaccionan respecto de los males que sufren. Hay almas
que ante el choque del dolor se desesperan, que cuando se ven rodeadas de
males se hunden en el abismo de la desesperación y llegan a veces hasta la
locura del suicidio. Otras, sin precipitarse en estos abismos, ¡ah!, sufren a
más no poder, van arrastrando la cruz de sus dolores, sufren sin consuelo.
247

Hay otras que comienzan a comprender lo que es el dolor y, por lo menos,
se fortifican por la resignación para soportarlo. Otras, empero, iluminadas
con la luz de Dios, profundizan en el seno mismo del dolor y encuentran
en el fondo de la amargura una exquisita gota de miel, miel celestial, miel
divina, que las hace amar el dolor y buscarlo con avidez y abrazarse con él
de una manera afectiva.
¡Qué difícil es conservar en el alma el orden y la armonía en frente de
los males que nos circundan, de esos males que son inevitables en la vida
humana, de esos males que se encuentran también forzosamente hasta en
la vida espiritual! Porque en la vida espiritual hay luchas, porque en el
camino hacia la perfección a las veces parece que se oscurece el cielo, que
la tierra se hunde bajo nuestras plantas.
¿Quién, en la vida espiritual, no ha sentido esas horas de amargura y
de desolación en que las tinieblas rodean a la pobre alma atribulada, en que
se siente una losa fría y pesada en el corazón? ¿Quién no ha
experimentado esta honda amargura de ver que el Amado, al parecer, se
aleja, que el Amado, al parecer, se olvida de nosotros y que en vano
clamamos por todas partes, porque no lo encontramos en ninguna, porque
nuestras voces se pierden en el vacío, porque nuestros clamores parece que
no encuentran eco en el Corazón divino?
Aun en las alturas de la vida espiritual sentimos que nuestros deseos
no están satisfechos; no porque Dios no baste, sino porque no lo poseemos
aún plenamente; porque no lo hemos aprisionado aún de una manera
definitiva y perfecta.
Por eso los santos, íntimamente unidos con Dios, han sufrido el
tormento indecible del deseo, ese martirio que según Santa Teresa de
Jesús, que había sufrido tanto, es la mayor tortura que se puede sufrir en la
tierra; ese martirio que es el que principalmente sufren las almas en el
Purgatorio, ese tormento que consiste en desear vivamente con todo el
ardor del deseo poseer a Dios, poseerlo plenamente, y ver que se alarga el
tiempo del destierro y que no llega aún la hora santa de la libertad y de la
paz.
Así como el Espíritu Santo por los frutos de la Caridad, del Gozo y
de la Paz ordena nuestra alma respecto de los bienes, así también tiene
exquisitos frutos, finísimos, para hacer que nosotros encontremos el
descanso y aun el deleite en medio de los sufrimientos de la tierra, en
nuestra lucha constante contra los males que nos rodean.
248

Para ordenar nuestra alma respecto de los bienes, tiene el amor; para
ordenar nuestra alma respecto de los males, tiene el dolor cristiano, el
dolor santo, el dolor fecundo, el dolor divino.
***
Dos clases de males tenemos que sufrir en la tierra: unos que
consisten en todas aquellas cosas que contrarían nuestros deseos, que se
oponen a nuestras inclinaciones, que nos hacen sufrir; y otros que
consisten en la espera de los bienes que deseamos. ¡Ah!, ¡qué terrible es
esperar! ¡Qué doloroso es el tiempo de la espera cuando se desea viva y
ardientemente un bien, cuando en él se ha puesto el corazón y ese bien
tarda! ¡Cómo se tortura el alma, cómo los instantes nos parecen siglos y
cómo el dolor de la espera viene a llenar de amargura nuestro pobre
corazón!
El Espíritu Santo nos da la fortaleza de sufrir y la ciencia de esperar;
son las dos prerrogativas que pone en nuestra alma para que podamos
luchar contra los males: la fortaleza para sufrir, la ciencia divina de
esperar. Una y otra cosa son formas divinas de una misma realidad: el
dolor.
Ejemplos prácticos de esta obra del Espíritu Santo en las almas los
tenemos en los santos. Recordemos, por ejemplo, Santa Liduvina, tendida
en su lecho, cubierta de llagas y de dolores; sin embargo, tranquila y
sonriente, como si estuviera en un lecho de flores. Pensemos en San Pablo,
que como él mismo dice, llevaba dentro temores; fuera, luchas; San Pablo,
fatigado por sus viajes; encontrando peligros en el mar, en la tierra, en los
enemigos; en los amigos; azotado, apedreado, traicionado, y como si esto
no fuera suficiente todavía, llevando en su alma la solicitud de todas las
Iglesias y en su corazón penas tan hondas, que sentía el tedio de vivir,
como él mismo nos lo dice en una de sus Epístolas.
Y así podríamos continuar la larga serie de las vidas de los santos,
porque en cada santo hay esa fortaleza de sufrir y esa ciencia divina de
esperar.
¡Ah!, pero cuando el Espíritu Santo da a nuestras almas la paciencia
para que podamos soportar los males y la longanimidad para que podamos
esperar los bienes; al ordenar nuestra alma respecto de los males que nos
hacen sufrir, vierte también, como siempre que perfecciona una porción de
nuestro ser, el licor dulcísimo, el placer celestial de sus consuelos.
249

¡Quién había de decirlo, quién había de pensar que hasta
enseñándonos a sufrir había de llenar de consuelo y de deleite nuestra
alma!
Ya parecería mucho a nuestro pobre criterio humano que el Espíritu
Santo nos fortificara para el dolor, ya nos parecería mucho que nos diera la
ciencia divina de esperar; pero las obras de Dios son perfectas, el Espíritu
Santo es siempre el Paráclito, y cuando ordena nuestra alma para que
podamos soportar los males, vuelvo a decirlo, vierte en ella el placer
celestial de sus consuelos.
Estos dos frutos del Espíritu Santo, la paciencia y la longanimidad,
son los frutos del dolor, son los consuelos íntimos que el Espíritu Santo
nos da para que podamos sufrir y para que podamos esperar.
Aun cuando a primera vista nos parezca extraño que en el sufrimiento
y en la espera podamos encontrar deleite, si con la luz de Dios penetramos
en el arcano del dolor, alcanzamos a vislumbrar la razón profunda y divina
de esos consuelos.
El dolor, cuando lo ilumina la luz de Dios, es una maravilla. El dolor
nos hace gozar, el dolor nos consuela. ¿Sabemos por qué?
Primero, porque nos purifica. Yo me imagino que el oro, si tuviera
inteligencia, sentiría cierto gozo íntimo cuando estuviera quemándose en el
crisol, sabiendo que de aquel crisol iba a salir purificado. Nosotros
tenemos inteligencia y hemos recibido luz divina para comprender el misterio del dolor. Por eso sentimos la satisfacción de sufrir, porque sabemos
que de ese crisol vamos a salir más puros, más bellos, más dignos de Dios.
Pero no es éste el único consuelo que el dolor vierte en nuestras
almas; como lo dije ya, el dolor nos une con Dios. No hay vínculos
comparables con los vínculos del dolor para unir las almas con Él. ¿Por
qué? Porque Jesucristo, con su contacto, santificó el dolor, porque quiso
servirse del dolor para redimir al género humano, porque cuantas veces
sufrimos completamos —como dice San Pablo— la Pasión de Jesucristo.
El dolor hace que nos asemejemos a Jesús; nuestro Amado es un Dios
clavado en la cruz, y es propio del amor sentir el deseo inmenso de
asemejarse al que ama, es propio del amor hacer semejantes a los que se
aman; y si hemos puesto el corazón en un Dios crucificado, es preciso que
nuestra carne se desgarre, que nuestro corazón se llene de amargura, que
llevemos en nuestro cuerpo los estigmas del Cuerpo de Jesús. El anhelo de
hacernos semejantes a Jesús nos fortifica, y la satisfacción de reproducir en
250

nosotros la imagen de Jesús crucificado es un consuelo íntimo y dulcísimo
cuando sufrimos.
Pero hay algo más: el dolor es donación; sufrir por amor es darse, es
darnos de una manera muy sólida, darnos de una manera perfecta.
Podemos dar al que amamos las sonrisas de nuestros labios, la mirada de
nuestros ojos, las palabras de nuestra boca, las obras de nuestras manos;
pero cuando sufrimos le damos algo más, le damos nuestra sangre; si no la
sangre de las venas, la otra, más noble: la sangre del corazón.
El dolor significa una magnífica donación de nosotros mismos; y por
eso, cuando se sufre, vibra en el corazón un amor muy profundo, y si se
sufre por amor, el sufrimiento llega a ser una delicia.
Yo tengo que repetir ahora la frase de San Agustín que cité en uno de
los capítulos anteriores: «Da mihi amantem et sentit quod dico.» (Dadme
alguno que ame y entenderá lo que digo.) Por eso los santos se han
regocijado en el dolor; por eso Santa Teresa del Niño Jesús dijo: «Yo
encontré en el mundo la felicidad y la alegría, pero solamente en el dolor.)
Esa frase no es una paradoja literaria: ¡era incapaz de semejante cosa el
alma ingenua de Santa Teresa de Lisieux! No, es la expresión de un
misterio profundo, lo que ella dijo es la verdad, y por eso San Francisco de
Asís, en la maravillosa parábola de la perfecta alegría, nos enseña que la
alegría perfecta consiste en padecer mucho por el Cristo bendito que tanto
quiso padecer por nosotros.
La alegría que brota del dolor es la alegría perfecta, porque es la
alegría purificada, la alegría que nada ni nadie nos puede quitar, la alegría
que significa la perfecta donación de nosotros mismos, la alegría que es el
índice del triunfante amor.
¿Vislumbramos cómo el Espíritu Santo al ordenar nuestra alma
respecto de los males, al darnos la fortaleza para sufrir, vierte también en
nuestros corazones las delicias de sus consuelos?
La paciencia es la fortaleza para el sufrimiento, la serenidad en el
dolor. La paciencia es el amor que sufre; y esa virtud, o, si se quiere, ese
conjunto de virtudes, que nos hace capaces de enfrentarnos con los males y
de soportar los dolores, se convierte para nosotros en una fuente de
consuelos; es algo delicioso y sublime sufrir por amor.
***
El Espíritu Santo nos regala un nuevo fruto, un fruto divino, la
paciencia en medio de nuestras luchas ordinarias; pero lo dije ya, no
251

solamente tenemos que soportar los males, sino que tenemos que sufrir la
expectación de los bienes.
Y qué cosa tan dura y tan penosa sea esperar, lo sabemos por nuestra
propia experiencia. Esperar cuando se ama, cuando se desea, cuando se
necesita algo es un tormento; aunque no tuviéramos otro dolor en nuestra
alma que el que sufrimos cuando esperamos los bienes que anhela
intensamente el corazón, esto bastaría para convertir nuestra vida en un
valle de miseria y lágrimas.
Y en la tierra es forzoso esperar en todos los órdenes; espera el
labrador pacientemente que fecunde la semilla, que broten los tallos, al
principio pequeños, débiles, tiernos; espera que vayan creciendo poco a
poco, que se vayan fortificando, que produzcan hojas y flores y frutos y
que aquellos frutos vayan madurando lentamente, hasta que llega el
momento dichoso de la siega. En el mundo es preciso esperar: cualquiera
cosa que buscamos tenemos que irla consiguiendo lentamente: lentamente
se forma en el espíritu la sabiduría; lentamente se llega a la perfección del
arte; lentamente se enriquece el hombre; lentamente se conquistan los
corazones.
Todo se hace en la tierra con lentitud; el tiempo impera forzosamente
en nuestra vida, y Dios, que en el orden espiritual y en la economía de sus
gracias, ha querido adaptarse a las normas de nuestra vida humana, cuenta
también con el tiempo.
¡Ah! Dios es muy lento, como que cuenta con la eternidad. Dios es
muy lento, porque sabe perfectamente la función que el tiempo tiene que
desempeñar en la vida humana. Dios es muy lento; millares de años
corrieron para que Jesucristo, el deseado de las naciones, apareciera en el
mundo. Las almas se santifican con lentitud; la impaciencia de nuestro
corazón, a las veces, no tolera esas lentitudes; quisiéramos que todo fuera
rápido en nuestra vida, que pronto se purificara nuestra alma, que pronto se
iluminara nuestro espíritu con la luz de Dios, que pronto estallara en
nuestros corazones el volcán del amor. Pero no, la ley de la vida, de toda
vida, de la vida natural y de la vida espiritual, es la lentitud; el tiempo
madura los frutos en el campo, el tiempo madura los frutos en el alma.
Es preciso esperar, pero la espera es dolorosa, porque el deseo es
vivo. Ya dije hace poco cómo los santos, en la última etapa de su vida, han
sentido un martirio inefable, el martirio del deseo. Santa Teresa de Jesús lo
expresó con frases inmortales: «Ven, muerte, tan escondida, que no te
sienta venir, porque el placer de morir no me torne a dar la vida.» «Vivo
252

sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero.» San
Pablo nos dijo con una frase profunda y lapidaria, como las suyas: «Cupio
disolví et esse cum Christo.» (Yo quiero que se rompan los vínculos de mi
carne para estar con Cristo.)
Ese tormento del deseo es de los peores, por muchos que pueda sufrir
el alma humana sobre la tierra. Ya lo dije: Santa Teresa de Jesús sufrió
muchas cosas: enfermedades, persecuciones, penas íntimas, desolaciones
profundas, y ella confiesa que todas esas penas no son comparables al
martirio espantoso del deseo que en la última etapa de su vida llevó en su
corazón.
Es doloroso, es triste esperar, y, sin embargo, el Espíritu Santo nos da
la ciencia divina de esperar. ¡Ah!, esa ciencia la poseyeron los patriarcas.
Vivían de esperanza. En aquellos largos años en que peregrinaron por la
tierra, su alma estaba en paz y sus ojos se hundían en las oscuridades del
porvenir, y eran dichosos, porque una noche, en el silencio de sus tiendas,
habían recibido una promesa de Dios. Y sabían que aquella promesa se
convertiría en realidad; por eso vivían de esperanza.
Y de esperanza vivían los profetas, que vislumbraron el porvenir, y
que contemplaron las maravillas que después se realizarían sobre la tierra.
Y aunque faltaban siglos para que aquellas profecías se convirtieran en
realidad, se sentían gozosos y su corazón se dilataba por la esperanza.
El Espíritu Santo nos enseña a esperar los bienes que deseamos, y
aun cuando no acabe con la tortura de la espera en el alma, vierte, sin
embargo, en esa espera sus divinos consuelos.
El fruto de las esperas es Ja longanimidad.
La longanimidad, que consiste en saber esperar y aun encontrar una
satisfacción intima, un arcano deleite en esa lentitud de Dios. Las almas
saben que Dios les dará lo que les ha prometido; saben que Dios las ama,
que a tiempo oportuno derramará sobre ellas sus dones. Comprenden, sin
duda, que para la impaciencia de sus deseos, la acción de Dios es
lentísima, y, sin embargo, por encima de su impaciencia está la adhesión a
3a voluntad divina. Por eso encuentran un secreto gozo en esperar; en
esperar, porque Dios lo quiere; en esperar, porque Él da el tiempo
necesario para madurar los frutos preciosos del alma.
***

253

He aquí breve, y quizá desordenadamente expresados, esos dos frutos
del dolor que el Espíritu Santo vierte en las almas: la Paciencia y la
Longanimidad.
Así como por los tres primeros frutos: la Caridad, el Gozo, la Paz,
ordena nuestra alma respecto de los bienes, así, por estos dos frutos, la
Paciencia y la Longanimidad, ordena nuestra alma respecto de los males.
Por los primeros tres frutos nos enseña a usar de los bienes, a
disfrutar de ellos, a encontrar en ellos exquisito deleite; y por estos otros
dos frutos que acabo de explicar, el Espíritu Santo nos enseña a saber
portarnos bien respecto de los males, ordena en nuestras almas el dolor y
hace que encontremos en el seno de ese dolor santificado y amoroso los
consuelos exquisitos y celestiales.
¿No nos parece maravillosa la obra del Espíritu Santo? ¿No
alcanzamos a vislumbrar los tesoros celestiales que se encuentran en la
vida espiritual? ¡Ah, si supiéramos los tesoros divinos que llevamos en el
vaso frágil de la carne! ¡si conociéramos el don de Dios! Diré, como
Jesucristo a la Samaritana: «Si scires donum Dei!...» (¡Si conocieras el don
de Dios!...) ¡Si supiéramos lo que es esa vida que es la verdadera vida, la
vida espiritual a la que estamos destinados; si supiéramos lo que es esa
vida que el Espíritu Santo derrama en nuestras almas! Todo en ella es
orden, todo en ella es armenia; y si hay oscuridades, esas oscuridades son
luminosas, y si hay arcanos, esos arcanos contienen destellos de luz y de
amor y de esperanza.
¡Ah!, pidamos al Espíritu Santo que derrame sus frutos en nuestra
alma. Digámosle todos los días de esta Octava que nosotros somos
indignos de recibir sus consuelos divinos, pero que, fortificados con sus
consuelos, regocijada nuestra alma con el deleite celestial que de ellos
brota, podemos vivir la vida divina y asemejarnos a Jesucristo, y después
de pasar dulce y pacíficamente este destierro, lograr un día el perdernos
para siempre en la felicidad eterna de la Patria.

254

VI
BONDAD, BENIGNIDAD, MANSEDUMBRE Y FE

En los capítulos anteriores hablé de la maravillosa obra de orden y de
amor que el Espíritu Santo realiza en lo íntimo de nuestras almas, de esa
íntima ordenación por la cual el Espíritu divino nos dispone, tanto acerca
de los bienes como acerca de los males, y por lo cual brotan los frutos que
ya expliqué, y que pudiéramos llamar los frutos especiales de la vida
interior, de la vida contemplativa: la Caridad, el Gozo y la Paz, respecto de
los bienes; la Paciencia y la Longanimidad, respecto de los males.
Pero en la vida espiritual no todo es contemplación y amor; hay una
parte importantísima de ella que es la vida activa. En la vida activa hay
especiales dificultades, y requiere, por consiguiente, una especial
ordenación del Espíritu Santo.
Santo Tomás de Aquino enseña que lo que impide en la vida
contemplativa gozar plenamente de los consuelos celestiales, es que
nuestra vida activa no está todavía perfectamente dispuesta y ordenada. El
manantial de nuestras inquietudes, de los impedimentos que no nos dejan
gozar plenamente de los gozos divinos, está en nuestra vida activa, en esta
vida tan complicada y tan difícil.
Es, por consiguiente, necesario que el Espíritu Santo ordene nuestra
vida activa, y al ordenarla, es natural que produzca en nuestras almas
frutos especiales; porque, lo he repetido muchas veces, a cada ordenación
de una porción de nuestra alma corresponden siempre los frutos; donde
hay orden, hay suavidad; en dondequiera que el Espíritu Santo realiza su
obra de orden, allí aparecen sus frutos celestiales.
Estudiemos, por consiguiente, nuestra vida activa; veamos de qué
manera el Espíritu Santo la ordena y qué frutos derrama en nuestras almas.
Nuestra vida activa tiene, por decirlo así, dos campos: uno, el de
nuestras relaciones con los demás hombres; otro, el de nuestras relaciones
con las cosas inferiores. En este capítulo voy a tratar del primero.
255

***
Nosotros necesitamos forzosamente convivir con nuestros hermanos;
no es posible sustraernos al trato con ellos. Y aun si fuera posible a todos
la vida eremítica —aquella vida que estuvo en boga en una época de la
historia de la Iglesia, cuando los hombres, deseosos de santificarse, se iban
a la soledad del desierto, y allí, sin tener otro contacto sino con Dios y con
las cosas naturales, iban caminando de virtud en virtud hasta llegar a la
cumbre de la santidad—; aun suponiendo, digo, que esto fuera posible, no
sería lo mejor. Santo Tomás nos enseña que es más eficaz para alcanzar la
santidad ponernos en contacto con los demás que recluirnos a la soledad.
La vida humana no es una vida de aislamiento, es una vida de
sociedad. Dios nos hizo nacer en el seno de una familia, nos colocó en una
sociedad más amplia, y tenemos forzosamente que tener relaciones con
nuestros semejantes; pero, ¡qué difíciles son estas relaciones!
Fácil y dulce es comunicarnos con aquellas personas que nos son
simpáticas o con las cuales nos liga un afecto; pero estar bien con todos,
ponemos en relación con los buenos y con los malos, con los que nos
simpatizan y con los que nos repugnan, con los que nos hacen bien y con
los que nos hacen mal, requiere en nuestra alma tal ponderación, tal
armonía, que es muy difícil alcanzar. Es necesario que todas nuestras
relaciones con los hombres se conformen no solamente a las reglas de la
razón, sino a las normas divinas que Jesucristo nos dejó; y esto, lo
sabemos por experiencia, ¡qué difícil es!
¡Ah!, ¡cómo luchan los hombres unos con otros, cómo riñen, cómo
muchas veces se causan males!, y aun respecto de las personas que están
más cerca de nosotros y con las cuales nos ligan los vínculos de la sangre y
del corazón, con cuánta facilidad faltamos también con ellas a la caridad y
a la ponderación y cuántas veces nuestras relaciones con los demás no son
las que aseguran la paz de nuestras almas, la felicidad de los hogares, el
bienestar de los pueblos. ¡Cuántos y qué trascendentales males provienen
de que no se guarden en las relaciones con los demás las normas cristianas
y divinas! ¿No lo ha dicho el Santo Padre Pío XII a propósito de la guerra
terrible que azotó hace pocos años a la Humanidad? ¿No nos ha dicho que
precisamente vino esa guerra porque se olvidaron las normas divinas que
Jesucristo dejó?
¡Ah!, nuestras relaciones con los demás son importantísimas y son
difíciles; es preciso que el Espíritu Santo, con su luz, con su fuego, con su
acción, venga a ordenar nuestro corazón y nuestra alma y nuestra vida,
256

para que nuestras relaciones con los demás sean armoniosas y santas. Y así
lo hace el Espíritu de Dios.
Para disponer nuestra vida, poseemos varias virtudes que recibimos el
día de nuestro bautismo: la Justicia, con el grupo de virtudes que la
acompañan, rige nuestras relaciones con nuestros prójimos. Hay un don
del Espíritu Santo, un Dios especial para disponer santamente nuestras
relaciones con los demás, el don de Piedad. Y entre las virtudes de la
Justicia y el don de Piedad disponen y arreglan nuestra vida activa por lo
que ve a los demás hombres, para que podamos realizar el anhelo de
Jesucristo, que expresó la víspera de su Pasión, cuando dijo: «Padre, que
todos sean una sola cosa como Tú y Yo somos una sola cosa» (Jn 17, 11).
La virtud de Justicia y el don de Piedad, bajo el in : flujo de la
Caridad, que es la reina de las virtudes y la forma de todas ellas, ¿cómo
nos ordena respecto de los demás hombres?
Se puede reducir a dos cosas lo que viene a constituir el orden en esta
importantísima materia: primero, el Espíritu Santo hace que nuestra
voluntad sea benévola respecto de los demás, esto es, que tengamos en lo
íntimo de nuestra alma el deseo de hacer bien a todos. Porque nuestras
relaciones con los demás hombres se pueden expresar de una manera
sintética en aquel precepto de la caridad fraterna que Jesucristo con tanto
empeño nos inculcó durante toda su vida, pero especialmente en la víspera
de su Pasión: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Este es
mi mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34). Y
para que comprendamos la importancia que tiene este precepto, llegó a
decirnos en esa noche bendita: «En esto conocerá el mundo que sois mis
discípulos, en que os améis los unos a los otros.» La señal auténtica del
cristiano es la caridad fraterna; ¿comprendemos todo el alcance del divino
precepto, del mandamiento nuevo de Jesús, «Amaos los unos a los otros»?
Sin excepción, vuelvo a decirlo, los cristianos tenemos que amar a las
personas por las que sintamos simpatía y a las personas por las que
naturalmente sintamos repugnancia; tenemos que amar a los buenos y a los
malos, a los amigos y a los enemigos. La caridad no admite excepciones.
Tenemos que orar por los que nos persiguen y que hacer bien a los que nos
hacen mal. Dura, durísima cosa para nuestra pobre naturaleza humana,
pero, ¡qué grande, qué noble, qué dulce, qué santa es esta doctrina de la
caridad!
Mas, si hemos de amar a nuestros prójimos, a todos sin excepción, es
natural que debamos tener la voluntad de hacerles bien; porque el amor de
257

caridad no es un amor especulativo, no es un amor de simple afecto, es un
amor eficaz, activo y operante. Amar así es querer el bien, y si hemos de
amar a todos los hombres, es preciso que queramos hacer el bien a todos.
Sin duda que no tendremos, quizá, ni oportunidad ni recursos para hacerlo,
pero la voluntad está por encima de nuestros recursos y de nuestras
oportunidades; el verdadero cristiano tiene un corazón inmenso, un
corazón en el que caben todos los hombres, porque tiene un corazón
santificado por la caridad.
El verdadero orden en nuestras relaciones con los demás hombres
consiste en que estemos dispuestos a hacerles bien a todos.
Pero no basta la voluntad, por más que sea sincera, de hacer el bien;
el amor pide más.
El apóstol San Juan, maestro del amor, porque aprendió esta ciencia
divina escuchando los latidos del Corazón de Jesús en la noche del
Cenáculo; el apóstol San Juan nos da esta regla sencilla y profunda para el
amor: «Filioli, mei, non diligamus verbo ñeque lingua, sed opere et
veritate.» (Hijitos míos, no amemos con la palabra y con la lengua, sino
con las obras y con la verdad) (Jn 3, 18). No basta querer hacer el bien, es
preciso hacerlo. A esa voluntad noble de hacerles bien a todos debe
corresponder la ejecución de ese designio, de ese propósito nuestro;
tenemos que hacer el bien, no sólo desearlo; porque no se ama
simplemente con deseos, se ama con obras.
Claro está que nuestras obras son siempre inferiores a nuestros
deseos, porque la voluntad de hacer el bien no debe tener límites, pero la
ejecución de esta voluntad debe, forzosamente que tenerlos: somos
limitados, nuestros recursos espirituales y materiales son tan mezquinos,
que no podemos hacerles bien a todos los hombres, ni siquiera a todas las
personas que están más cercanas a nosotros.
La ejecución de nuestra voluntad y de nuestros designios tiene que
ser siempre inferior a nuestros deseos.
Pero el orden cristiano exige que nos conformemos no f con desear a
los demás el bien, sino que procuremos hacerlo en la medida de nuestras
fuerzas, según las oportunidades que se nos presenten y según la
discreción que debe regir todos nuestros actos.
Se puede, por consiguiente, reducir nuestras relaciones con el
prójimo a estos dos puntos: tener la voluntad de hacer bien a todos, y de
hecho hacer el bien a todos a quienes podamos. Esa ordenación es la que el
258

Espíritu Santo realiza en las almas; pero, ¡qué lenta es y cuántos combates
necesitamos librar para alcanzar la victoria!
Poco a poco se va forjando esa voluntad caritativa y generosa en el
fondo de nuestro ser; pero a poco vamos realizando esos designios de
nuestro corazón. Y cuando una y otra cosa, nuestra voluntad y la ejecución
de esa voluntad, llegan a cierta madurez, entonces Dios presenta el
consuelo divino, los frutos del Espíritu Santo.
***
Hay dos frutos que corresponden a estas dos ordenaciones que el
Espíritu Santo realiza en nuestra alma: la Bondad y la Benignidad. La
Bondad, que es el anhelo de hacer bien a todos; la Benignidad, que es la
ejecución generosa de ese propósito interior, y en uno o en otro caso
encontramos consuelos divinos, deleites celestiales.
Quizá a primera vista no comprendamos cómo puede encontrarse el
gozo y el consuelo en esas obras arduas de la caridad: nos cuesta tanto
trabajo amar a los demás y salir de nuestro propio egoísmo, que pensamos
que solamente podemos cumplir los preceptos divinos de la caridad
haciendo un esfuerzo y grandes sacrificios. Sin duda que se necesitan
esfuerzos y sacrificios para que podamos realizar el mandamiento de Jesús
y cumplir su precepto nuevo; pero las cosas que Dios ordena, aun cuando
nos cueste trabajo ejecutarlas, contienen siempre una gota de miel
celestial.
Querer hacer el bien y hacerlo en realidad, es un consuelo intimo, una
satisfacción nobilísima, aun en el orden natural. Los corazones bondadosos
encuentran íntimas satisfacciones. ¡Ah!, el odio no hace feliz, la
mezquindad está reñida con la dicha; la Bondad produce satisfacciones
íntimas, aun en el orden natural. ¿No hemos visto a esas personas
bondadosas que tienen la sonrisa en los labios, que tienden la mano a todos
para estrecharla, que hacen todo el bien que pueden en torno suyo, no
vemos cómo, por ser buenas, encuentran una dulce felicidad?
En el orden sobrenatural, ésta es más intensa y más perfecta, porque
esa bondad que nos lleva a hacer el bien a todos brota de un rayo de luz
que el Espíritu Santo difunde en nuestro espíritu, de un sentimiento
celestial con el cual sacude nuestro corazón. Para el cristiano, el prójimo es
Jesús, porque el mismo Jesucristo nos dijo; «Lo que hiciereis a mis
hermanos, me lo hacéis a Mí.» Para el cristiano, el prójimo es Jesús,
porque todos somos miembros del Cuerpo místico de Cristo, porque
259

estamos incorporados a Él, porque llevamos algo de Jesús en nosotros,
porque en cierta manera —según dijo San Agustín— nos hemos
convertido en Cristo.
Cuando el cristiano, con la luz de Dios, mira en cada prójimo a Jesús,
su corazón se hace bondadoso; ¡cómo no amar a Jesús, cómo no hacerle
bien a Jesús! ¿Quién de nosotros no siente íntimos anhelos de hacer a
Jesús todo el bien que esté en su mano? Si hubiéramos vivido hace diecinueve siglos y lo hubiéramos visto sediento por los caminos de Galilea,
¿no le hubiéramos ido a sacar agua de los pozos más hondos para
refrigerar su sed? Si hubiéramos vivido hace diecinueve siglos y
hubiéramos visto a Jesús perseguido, ¿no le hubiéramos defendido aun a
costa de nuestra sangre? Y si le hubiéramos visto hambriento, ¿no le
hubiéramos dado un bocado de pan?
Sin duda, ¿quién no desea hacerle bien a Jesús, el Grande, el Santo, el
Hermoso, el que encierra en su divina Persona todos los encantos del cielo
y de la tierra?
Pues bien: el prójimo es Jesús; este prójimo sobre, ignorante,
perverso si se quiere, es Jesús; tiene algo divino; y aun cuando haya caído
en el lodazal y lo veamos manchado, es una joya, y una joya no deja de
tener valor porque haya caído en el lodo. Cada prójimo es Jesús, y cuando
a la luz de Dios se comprende esto, el corazón se amplia, se hace inmenso,
y quisiéramos hacer el bien a todos los hombres, porque todos los nombres
son Jesús.
¿Vislumbramos ese fruto del Espíritu Santo que es la Bondad? Es el
gozo de querer hacer el bien, es el gozo de ese amor íntimo que se lleva en
el alma para todos los hombres, un amor que no es de la tierra, que es del
cielo; un amor que es trasunto del amor inmenso que llevó Jesucristo en su
Corazón. Porque Jesús quiere que todos los hombres se salven, porque
Jesús murió por todos; como el Padre celestial hace que aparezca todos los
días el sol en el horizonte para los buenos y para los malos y deja caer
sobre la tierra su lluvia vivificante para los justos y para los injustos, como
nos dice el Evangelio.
***
El primer fruto de la vida activa es la Bondad, la Bondad, que es el
gozo que se lleva en el corazón por querer hacerles bien a todos. Pero eso
no bastaría para arreglar nuestras relaciones con el prójimo. Después de
querer hacerles el bien, hay que hacérselo, hay que ejecutar esa voluntad
260

hasta donde nos sea posible ejecutarla, y a esta segunda ordenación
corresponde un nuevo fruto: la Benignidad.
La Benignidad es el fruto del Espíritu Santo por el cual sentimos
exquisito deleite cuando hacemos bien al prójimo.
Si reflexionamos un poco, comprenderemos la delicia exquisita que
se encuentra en hacer el bien, aun humanamente hablando. ¿No sentimos
satisfacción cuando enjugamos una lágrima, cuando arrancamos una
sonrisa a los labios lívidos por el hambre o por la enfermedad? ¿Podemos
acaso comprar con nuestros recursos un bien mayor que hacer feliz a una
persona? ¿Podemos hacer algo que satisfaga más nuestro corazón que
iluminar con un consejo al que tiene necesidad de él, que derramar una
gota del bálsamo del consuelo en un corazón atribulado?
Aun humanamente hablando, es uno de los goces más exquisitos de
la tierra hacer el bien; haciéndolo se experimentan las más dulces
satisfacciones.
Pero cuando nos elevamos un poco sobre las cosas de la tierra,
cuando nos ilumina la luz del cielo, entonces este gozo se hace celestial y
divino. Pensamos, a las veces, que la felicidad está dentro de nosotros
mismos, nos imaginamos que ser felices consiste en atraer a nosotros todas
las cosas, todos los bienes de la tierra; pensamos que en el palacio de la
felicidad nosotros tenemos que ser el centro, y nos engañamos: la felicidad
no es egoísta, la felicidad es generosa, o, más bien dicho, no es el egoísmo,
es la generosidad la que nos hace felices.
Para ser felices necesitamos precisamente salir de nosotros mismos,
olvidarnos un poco; para ser felices necesitamos dar nuestro corazón y dar
nuestros bienes. ¡Quién había de pensarlo! Dando nos hacemos felices,
porque dar es algo que está íntimamente relacionado con amar, y dar y
amar son cosas propias de Dios.
Dios ama, Dios da. ¿No nos hemos fijado en la maravillosa
munificencia de Dios? Está dando siempre; abre su mano —dice la
Escritura —y llena de bendiciones a todos los que viven; a todas las
criaturas Dios les hace bien, en todas las criaturas difunde su gracia y sus
dones.
Ahora bien: cuando nosotros damos, cuando salimos de nosotros
mismos y damos nuestro corazón por la Bondad y nuestros bienes por la
Benignidad, como que nos asemejamos a Dios, es un placer divino dar, y
damos es el placer de los apóstoles.
261

Cuando leemos las vidas de los grandes apóstoles, como San Pablo,
como San Francisco Javier, a primera vista nos parecen extrañas. ¿Qué
gozo, qué felicidad podía encontrar San Pablo en aquellos viajes
penosísimos, en los que encontraba constantemente grandes peligros y
males? A las veces, lo apedreaban; a las veces, lo azotaban; a las veces, lo
despreciaban; y, a pesar de todo aquello, allá va, allá va incansable,
ardiente, predicando por todas partes el divino Evangelio. ¡Ah!, nosotros
pensamos: ¿es posible vivir así? ¿Olvidarse de sí mismo? San Pablo tenía
un espíritu culto, tenía un corazón grande; se hubiera podido dedicar a la
ciencia, al arte, a los negocios, a cualquiera otra de las actividades lícitas
de la vida; ¿cómo lo dejó todo para ir a hacer bien a los que muchas veces
ni siquiera le agradecían sus sacrificios? ¡Ah!, es que no comprendemos
que los apóstoles tienen un gozo exquisito. Lo dice el mismo San Pablo:
«Superabundo gaudio in omni tribulatione nostra.» (Yo tengo gozo
sobreabundante en medio de mis tribulaciones) (2 Cor 7, 4).
Esos gozos son los frutos de la vida activa, la Bondad y la
Benignidad.
Y pienso que quien más que nadie gozó y sigue gozando en el cielo
esos frutos exquisitos del Espíritu Santo es el alma de Jesucristo. ¿Qué
cosa sentirá Jesús al pensar que todos los hombres hemos sido salvados
por Él? ¿Qué satisfacción, qué delicias verdaderamente divinas experimentará el alma de Jesús cuando allá en el cielo diga: todos estos millones de
almas son felices eternamente por Mí, porque Yo morí por ellos, porque Yo
les di la gracia, porque Yo les marqué el camino de la santificación? ¡Qué
gozo para el alma de Jesús, que por Él sean felices millones y millones de
almas!
Yo pienso que después de la felicidad esencial, que consiste en la
visión beatífica, el alma de Jesucristo ha de tener esa exquisita felicidad de
haberles hecho el bien a todas las almas.
Y nosotros podemos, aun cuando sea en pequeño, participar de esos
goces celestiales de Jesús y de los apóstoles, porque podemos hacer el
bien, en pequeño si se quiere, pero podemos hacerlo. Y tengamos por
cierto que cualquier bien que hagamos por Jesucristo, que cualquier favor
que concedamos a nuestro prójimo, no quedará sin recompensa. Así lo dijo
Jesús: «El que da un vaso de agua fría a un pobre en mi nombre, sepa que
no quedará sin recompensa.» No solamente será recompensado allá en el
cielo con la vida eterna, sino que será también premiado en la tierra con
consuelos celestiales, con los frutos exquisitos de la Bondad y de la
Benignidad.
262

***
Pero si estos dos frutos dei Espíritu Santo ordenan nuestra alma en
cuanto a nuestro prójimo por lo que ve a los bienes, también se necesitan
frutos especiales que correspondan a los males que forzosamente tenemos
que encontrar en nuestro trato con los hombres.
Por grande que sea la bondad que llevamos en el corazón, por
generosa que sea nuestra munificencia, tenemos que encontrarnos con
hombres que se oponen a nuestros propósitos, que nos causan males, que
nos hieren, que nos lastiman; y mientras el mundo sea mundo, habrá en él
buenos y malos, y es imposible que nos sustraigamos de los malos para
únicamente comunicarnos con los buenos.
En el trato con los hombres forzosamente ha de haber mucho que nos
haga sufrir, v si no tuviéramos los dones de Dios ante aquel que nos
contrariara, tendríamos la reacción de la ira.
La ira es precisamente una pasión por la cual reaccionamos ante los
males y ante las injusticias de los demás. Alguno quiere impedirme aquello
a lo que tengo legítimo derecho: la ira acude en mi auxilio; alguno quiere
oponerse a una empresa justa que he acometido: la ira me hará
suficientemente fuerte para oponerme al que trate de impedir mis
designios.
Pero Jesucristo nos enseñó la mansedumbre. A primera vista nos
parece duro. ¿Por qué quitarnos el derecho de la ira? ¿Por qué predicarnos
la mansedumbre? ¿Acaso la mansedumbre no nos coloca en un estado de
inferioridad respecto de los demás? ¡Ah!, se tiene en el mundo el pensamiento de que los hombres mansos y dulces son postergados por los
demás; pero Jesucristo dijo otra cosa sobre la Montaña de las
bienaventuranzas: «Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la
tierra.»
¿Sabemos lo que es poseer la tierra? Es ganar los corazones y las
almas. La mansedumbre tiene la divina eficacia de ganar los corazones; la
ira aleja a los demás de nosotros, la ira puede tener victorias fáciles, pero"
superficiales.
Pero la ira pienso que en estos momentos fortifico mi posesión y mi
personalidad; pero, en realidad, dejo una semilla de odio en el corazón de
mis hermanos que un día producirá su fruto.
En cambio, la mansedumbre domina los corazones y las almas; no es
la ira, no es la violencia la que gana la tierra; es la mansedumbre, es la
263

divina dulzura que Jesucristo nos enseñó. Y allí está la Historia para
comprobarlo; toda la Historia humana es un comentario, es un curso
práctico de esa bienaventuranza de la Montaña: «Bienaventurados los
mansos, porque ellos poseerán la tierra.»
Esto significa que esa virtud tan difícil como es la mansedumbre,
porque tiene que contrariar los movimientos de nuestra irá, que casi
siempre nos parecen justificados; la mansedumbre, esa virtud tan difícil,
tiene sus goces exquisitos: la dulzura de ser mansos, la dulzura de ganar la
tierra, no por el ruido de las armas, no por el peso de la violencia, sino por
la dulzura y la mansedumbre.
Por eso el apóstol San Pablo enumera entre los frutos del Espíritu
Santo la mansedumbre, mansuetudo, como alguno dijo: «la dulzura del
alma». Esa dulzura del alma viene a realizar el orden de nuestro espíritu
respecto de los males que nos hacen los demás hombres, quita lo duro,
suaviza e ilumina nuestras relaciones con los demás y, al fin y a la postre,
nos da íntimas satisfacciones: la satisfacción de ganar las almas con la
dulzura, que es un trasunto de la dulzura de Jesús.
***
Hay un último fruto de la vida activa: el que el apóstol San Pablo
llama Fides, la Fe. La palabra fe, la palabra fides, en latín, y aun la palabra
fe en nuestro idioma, tiene dos sentidos: significa la aquiescencia que
damos a una verdadera autoridad de aquel que nos la enseña, y significa
también la fidelidad, es decir, la sinceridad con » que nosotros tratamos a
los demás, la rectitud, la lealtad, ese conjunto de virtudes nobilísimas que
hasta ante el criterio humano engrandecen al hombre.
La fidelidad, el ser lógicos con nosotros mismos, el cumplir nuestro
deber y nuestra palabra, el no engañar a los demás, la toman en este
sentido algunos comentaristas, de tal manera que este fruto del Espíritu
Santo, que el apóstol San Pablo expresa con la palabra fides, significaría la
fidelidad, la lealtad, la rectitud, la sinceridad, la veracidad con que
debemos tratarlos. Y eso viene a poner a poner el último toque a nuestras
relaciones con los hombres.
Desear hacerles el bien, derramar nuestros dones en sus manos y en
sus corazones, ser con ellos dulces y por añadidura leales, ¡ah!, es el orden
perfecto en las relaciones humanas.
Y a esa lealtad corresponde también un consuelo especial del Espíritu
Santo: el gozo de ser leales, el gozo de que la verdad sea la norma de
264

nuestra conducta, de que seamos sinceros con los demás y que seamos
fieles a nuestra palabra y a nuestros afectos.
Aquí tenemos los cuatro frutos del Espíritu Santo que están
íntimamente relacionados con nuestra vida activa, o, más bien, con una
parte de nuestra vida activa: la que se ejerce en nuestras relaciones con los
demás hombres.
Dondequiera que haya un orden, allí hay un consuelo; dondequiera
que haya una obra de amor del Espíritu Santo, allí están sus frutos divinos.
¡Ah!, cómo Dios es espléndido en sus dones y nos hace fácil la
virtud, y nos lleva maravillosamente de la mano por los senderos difíciles
y tortuosos que conducen a la cumbre de la perfección.
Porque, en realidad, la virtud no es difícil; exige esfuerzos, pero
tenemos gracias; requiere sacrificios, pero tenemos consuelos.
Aquella frase de los Salmos: «Secundum multitudinem dolorum
meorum in corde meo, consolationes tuae laetificaverunt animam meam»
(Sal 93, 19) expresa admirablemente lo que es la vida cristiana: «En
proporción de los dolores de mi corazón, he sentido tus consuelos y se ha
llenado de alegría mi alma.» Dolores y consuelos, pero en divina proporción; tales son los hilos de oro con que se teje la tela de nuestra vida
cristiana.
El cristiano tiene mucho que sufrir, pero también tiene mucho que
gozar.
Nuestro Señor nos ha impuesto deberes austeros, pero también nos ha
dado goces celestiales. Llevemos, pues, sobre nuestros hombros la cruz;
para ello nos invita Jesucristo, que nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos
de Mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» Tomemos la cruz de
Cristo y pensemos que en esa cruz no sólo hay peso, no sólo hay dolor,
¡hay también consuelo, alegría, delicias celestiales!

265

VII
MODESTIA, CONTINENCIA Y CASTIDAD

El apóstol San Pablo, con su visión clara y profunda, con su lenguaje
conciso y enérgico, con la luz celestial que impregnaba su espíritu, expresó
en una frase lapidaria el concepto cristiano del Universo y el sentido
profundo de la vida espiritual: «Todas las cosas son vuestras, pero vosotros
sois de Cristo y Cristo es Dios.» ¡Qué maravillosa graduación, qué orden
tan perfecto! Todas las cosas son nuestras, todas las puso en nuestras
manos para que nos sirvieran de escalas para ir a Dios, pero a Dios se va
por Jesucristo, que es el camino, el camino único para llegar a la
Divinidad: y Cristo mismo, por lo que tiene de hombre, se sujeta a Dios.
Y así, el mismo apóstol San Pablo nos revela que en e’ último día de
los tiempos, o, más bien dicho, cuando se haya realizado la resurrección
universal, cuando haya sido destruida la muerte, el último enemigo,
Jesucristo presentará al Padre celestial la Humanidad regenerada y santa, y
entonces «Dios será todo en todas las cosas».
Por esta profunda y amplia doctrina del apóstol San Pablo
comprendemos que la doctrina católica es un concepto universal y perfecto
de todo el Universo y que la vida espiritual no es algo incidental en la vida
humana, no; es algo que lo abarca todo, que lo llena todo, porque lo ordena
todo. Y esa maravillosa ordenación cristiana de la vida la expresa muy bien
el apóstol, diciendo: «Vosotros debéis ser el principio ordenador de todas
las cosas exteriores que os rodean; pero vosotros mismos debéis sujetaros
a Cristo, como Cristo, en cuanto a su Humanidad, se sujeta a Dios.»
Por eso la vida cristiana es una ordenación total y perfecta de nuestro
ser y de nuestra vida.
Un los capítulos anteriores he ido marcando las distintas formas y
etapas de esa ordenación. Por el amor nos ordenamos a Cristo y a Dios;
pero en torno nuestro hay otras criaturas, nuestros semejantes, nuestros
hermanos; con ellos debemos vivir y tener esas relaciones que expliqué,
266

que se fundan en la Justicia y en la Caridad, y que se realizan por esa
voluntad de hacer el bien a todos, y por esa benevolencia que nos lleva a
darles a los demás todo lo que poseemos y todo lo que somos.
Pero hay otras cosas: las cosas inferiores al hombre, las criaturas que
nos rodean: y, respecto de ellas, es preciso que el cristiano tenga una
orientación perfecta si quiere vivir de una manera íntegra la vida espiritual.
***
Después de ordenar el alma, después de ordenar nuestras relaciones
con el prójimo, es preciso ordenar debidamente nuestras relaciones con las
criaturas inferiores.
Las criaturas inferiores, esto es, las riquezas, los placeres, los
honores^ todo lo que nos rodea, todo aquello que entra en la trama
complicada y maravillosa de nuestra vida, todas esas cosas, todas esas
criaturas, son nuestras; Dios las ha puesto a nuestra disposición: el océano,
los bosques, las campiñas, los animales, así como los goces que podemos
encontrar en ellas.
Dios ha querido que viviendo nosotros también en este mundo nos
engrandezcamos ordenadamente, y que, aun en ciertas circunstancias,
seamos rodeados de honor. Esos gozos son nuestros, pero son nuestros a
condición de que nosotros seamos de Cristo, como Cristo es de Dios.
Las criaturas son nuestras, podemos disponer de ellas; pero no para
aprovecharnos de ellas de una manera egoísta, sino —como dice muy bien
San Ignacio de Loyola —para que nos ayuden a la consecución de nuestro
fin, para que nos sirvan de escala para ir a Dios.
Las criaturas son nuestras para que hagamos de ellas las cuerdas de
una lira que entonen un cántico melodioso a la gloria de Dios. ¡Ah!, así se
usaba de ellas en el Paraíso, en donde fueron colocados nuestros primeros
padres; en aquella época, fugaz, pero deliciosa, de la Humanidad, las
criaturas todas obedecían al hombre. El hombre era el rey de la Creación,
podía disponer de todas las cosas de la tierra. Adán, antes de su pecado,
llevaba en el fondo de su ser el sentido profundo del orden y utilizaba las
criaturas como de una escala para llegar a Dios.
El Universo era del hombre, pero para llevarlo a Dios; el hombre, en
los designios divinos, tomaría en sus manos las criaturas y las llevaría
hasta el Corazón divino; el hombre se aprovecharía de las criaturas para
ensalzar a su Creador; entonces existía sobre la tierra un orden maravilloso
y divino.
267

Pero el pecado introdujo el desorden, desequilibró a la naturaleza
humana y trastornó la tierra toda. Y después del pecado, aun cuando
tenemos derecho para usar de las criaturas, con muchísima frecuencia
usamos de ellas desordenadamente, y, para decirlo en una palabra, después
del pecado no siempre son nuestras las criaturas: a las veces, nosotros
somos de ellas.
El orden establecido por Dios es que las criaturas estén x nuestro
servicio; pero el pecado ha realizado la monstruosa aberración de que el
hombre esté muchas veces al servicio de las criaturas.
Ese desorden introducido por el pecado, Jesucristo Redentor lo vino a
deshacer, y nos dejó en su Iglesia santa los recursos necesarios, los
recursos divinos para que restableciéramos en el mundo el orden, el
equilibrio, la armonía.
Voy a explicar mi pensamiento.
En los designios de Dios, las criaturas son escalas para ir a Él; por
ellas debe el hombre llegar a Dios. Por eso puso Dios todas las criaturas en
nuestras manos. Pero el desorden introducido por el pecado es que el
hombre, frecuentísimamente, es esclavo de las criaturas; de manera que
sería preciso cambiar la frase de San Pablo, no decir «todas las cosas son
vuestras», sino «vosotros sois de las criaturas»; porque ¿no es verdad que
se realiza esa monstruosa aberración en la vida?
El avaro no es dueño de las riquezas, es el sirviente de ellas, esclavo
del oro; las riquezas, en manos del avaro, no son medios para que pueda
acrecentar su vida y llevarlo a Dios; las riquezas se convierten en el ídolo,
en el dios a quien el hombre rinde culto y servicio.
Para el goloso, no son los manjares medios de sostener la vida y de
nutrirlo y de fortificarlo para glorificar a Dios, sino que el goloso es
esclavo de los manjares. No se puede decir; los manjares son de él, sino
que él es de los manjares.
Y el sensual no utiliza los placeres en la medida y en el orden
establecido por Dios como una ayuda para que el hombre pueda vivir, para
que tenga una compensación en los sacrificios que impone el deber, sino
que el sensual es el esclavo, es el servidor de los placeres; los placeres no
son del sensual, el sensual es de los placeres. Y así podría multiplicar los
ejemplos.
El pecado ha introducido el desorden en el mundo, y las criaturas no
son para muchos hombres escalas para ir a Dios, sino vínculos que lo
268

esclavizan, amos crueles que sujetan a su servicio al hombre que debía ser
su rey.
Jesucristo nos ha dado los recursos necesarios para que sacudamos
esta esclavitud y recuperemos nuestro dominio, para que dejemos de ser
esclavos, para que seamos reyes; porque las criaturas nos quitan la libertad
y nos arrebatan nuestro cetro. Pero el hombre que se deja llevar por las
pasiones que lo arrastran hacia las criaturas exteriores no es libre, es
esclavo: esclavo de la riqueza es el avaro; esclavo de los placeres, el
sensual: esclavo de los honores, el soberbio. Ya esas cosas no son
dominadas por el hombre, que ha perdido su libertad, que ha perdido el
cetro regio que Dios puso en sus manos en el Paraíso de delicias en donde
colocó a nuestros primeros padres.
Nuestro Señor Jesucristo nos vino a enseñar a ser libres, a ser reyes:
¿no nos lo dice la Escritura?, ¿no nos habla el apóstol San Pablo de la
libertad de los hijos de Dios? La libertad que nos trajo Jesucristo no es esa
libertad de los mundanos que aparentemente consiste en hacer lo que
quieren, y en realidad consiste en una esclavitud, la esclavitud de sus
pasiones, la esclavitud de las cosas exteriores que los arrastran; la libertad
que nos trajo Cristo consiste precisamente en colocamos por encima de
esas pasiones terrenas, es decir, en ser dueños de nosotros mismos, y en
disponed de las cosas de una manera ordenada y santa para devolverles la
misión que antes tuvieron, para que las criaturas todas sean escala por las
cuales podamos ir a Dios.
Pero para que nosotros podamos usar debidamente de las criaturas —
porque en eso consiste nuestra libertad, en eso consiste nuestro carácter
real, en que podamos usar de las criaturas tanto cuanto nos lleven a Dios,
tanto cuanto sea preciso para que nos sirvan de escalas para subir al cielo
—, para ese buen uso de las criaturas, para el uso ordenado de ellas,
Jamemos un grande obstáculo, un obstáculo terrible, y lo tenemos dentro
de nosotros mismos.
Las cosas no ejercerían su fascinación en nosotros si no hubiera
dentro de nosotros mismos una ignominiosa complicidad, pues heredamos
de nuestros padres las concupiscencias, esas tres concupiscencias de que
nos habla el apóstol San Juan, y que dice que son los caracteres esenciales
del mundo: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y
la soberbia de la vida.
Son las huellas profundas que el pecado original dejó en la pobre
naturaleza humana. Ya no hay equilibrio en nuestras facultades, ya las
269

facultades inferiores no se sujetan a las superiores, sino que cada una de
ellas campea por sus propios respetos. Y sentimos en lo íntimo de nuestro
ser la ley del pecado, de que nos habla San Pablo, que está en lucha
constante con la ley del espíritu que llevamos en la parte superior de
nuestro ser.
Esas concupiscencias, esas inclinaciones desordenadas a los placeres,
a los honores, a las riquezas, son las que hacen que no podamos usar
moderadamente de las criaturas y que éstas ejerzan sobre nosotros su
perniciosa fascinación.
Y si queremos vivir ordenadamente, debemos hacer un uso
moderado, ordenadísimo, de las riquezas, un uso moderado y
ordenadísimo de los placeres, un uso ordenado y moderadísimo de los
honores.
Mas para que podamos obrar así, sería preciso que nosotros
lleváramos dentro una santa serenidad, que se acallaran nuestras pasiones,
que se dominaban nuestras concupiscencias y que la razón y la fe
imperaran en nuestro ser y en nuestra vida. ¿Comprendemos el complicado
y trascendental problema que tenemos que resolver?
Según los designios de Dios, las criaturas deben ser escalas para ir al
cielo; el pecado ha trastornado las cosas y las criaturas se han convertido
en amos crueles que nos esclavizan, que nos arrebatan el cetro que
recibimos de las manos de Dios. Para que podamos recuperar nuestro
puesto, reconquistar nuestro reinado, para que podamos romper las
cadenas que nos atan a la tierra y sentir la libertad de los hijos de Dios,
necesitamos usar ordenadamente de las criaturas.
Pero para eso es preciso que alcancemos la serenidad interior después
de haber rendido y dominado nuestras concupiscencias.
Esta obra la realiza en nosotros el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo penetra hasta lo profundo de nuestras almas, hasta
lo más hondo de nuestro ser, dominando nuestras concupiscencias y
sujetando nuestras facultades interiores a la razón y a la fe.
Hay virtudes que realizan esta obra. La Templanza y las virtudes
conexas vienen a moderar nuestras concupiscencias; el don de Temor de
Dios viene a romper los lazos que nos esclavizan a las criaturas, el don de
Ciencia nos da el verdadero sentido de la criatura, la visión profunda de lo
que son las cosas que Dios ha puesto a nuestra disposición, y mediante
esas virtudes y estos dones se realiza en nosotros la divina ordenación.
270

Pero, lo he repetido mucho durante toda esta Octava, dondequiera
que hay un orden divino hay un gozo, un consuelo celestial; allí donde las
virtudes y los dones producen el orden perfecto, por lo menos
relativamente a la etapa que el alma va atravesando en la vida espiritual’,
allí hay un consuelo del Espíritu Santo, allí hay un fruto. Y por eso, a este
orden que el Espíritu Santo realiza en nuestras relaciones con las cosas
exteriores, haciéndonos usar moderadamente de ellas y sometiendo
nuestras concupiscencias a este orden, digo, corresponden también tres
frutos del Espíritu Santo: los que el apóstol San Pablo llamó Modestia,
Continencia y Castidad.
***
El nombre del primer fruto nos parece un poco extraño. Estamos
acostumbrados, en nuestra época, a considerar la modestia simplemente
como la virtud que modera nuestro exterior, la virtud que rige nuestros
movimientos, nuestras miradas, nuestro porte; pero en los primeros siglos
cristianos la palabra modestia tenía mayor amplitud.
El apóstol San Pablo la usa en la Epístola a los Filipenses en el
sentido de esa moderación, de esa dulzura, de ese orden que debe existir en
toda nuestra vida exterior, y así les decía a los Filipenses: «Modestia vestra
nota sit omnibus hominibus» (Que vuestra modestia sea conocida de todos
los hombres) (Flp 4, 4). No se refería simplemente al porte decoroso, sino a
esa norma de moderación y de dulzura que debe inspirar todos nuestros
actos; y en ese sentido se toma también esta palabra en la enumeración de
los frutos del Espíritu Santo.
Este fruto consiste en la moderación y en la armonía con que
debemos usar de todas las criaturas; moderación en el uso de las riquezas,
moderación en el uso de los placeres, moderación en el uso de los honores,
moderación en toda nuestra vida exterior. Es la modestia entendida con la
amplitud con que la entendía el apóstol San Pablo.
Y la Continencia y la Castidad son los frutos del Espíritu Santo que
proceden del orden y de la moderación en las inclinaciones íntimas de
nuestra alma; es decir, en el ordenamiento de nuestras pasiones. A esos dos
órdenes, que son indispensables para que recuperemos nuestra libertad y
nuestra grandeza, corresponden esos tres Frutos del Espíritu Santo: la
Modestia, que nos rige en el uso de las cosas exteriores; la Castidad y la
Continencia, que cohíben las concupiscencias que heredamos de nuestros
primeros padres y que ponen orden en la parte inferior de nuestro ser.
271

A primera vista no podemos comprender qué gozos se pueden
encontrar en esas virtudes que nos parecen tan austeras: moderar el uso de
las criaturas será una cosa muy bella, será una cosa muy santa, pero nos
parece algo durísimo.
Nosotros tenemos inclinación a usar sin orden, sin medida, sin
limitación, de todo lo que tenemos; queremos buscar las riquezas sin que
nadie nos ponga un hasta aquí y emplearlas también con libérrima
voluntad. Moderamos, establecer normas, nos parece muy duro, nos parece
una esclavitud. Y todavía sentimos mayor austeridad en esas normas
divinas que quieren sofocar nuestras concupiscencias, que quieren
encauzar nuestras inclinaciones por el sendero del orden y de la armonía.
¿Se puede encontrar en cosas tan austeras consuelo y gozo? Si, mirando
superficialmente las cosas, moderar el uso de las cosas exteriores, cohibir
nuestras pasiones, nos parece duro, nos parece una esclavitud; pero si
miramos las cosas con profundidad, sucede lo contrario: el que se deja
llevar por sus pasiones es un esclavo; el que no tiene normas en el uso de
las cosas exteriores ha perdido su carácter real, aquel carácter de rey del
Universo que Dios comunicó al hombre cuando brotó de sus manos
creadoras.
Ya lo dije y quiero repetirlo: el avaro es esclavo de las riquezas, el
sensual es esclavo de los placeres y el orgulloso es esclavo de los honores;
y los honores y los placeres y las riquezas no son del hombre cuando el
hombre es sensual y es avaro y es orgulloso, sino que el hombre es de los
placeres y de las riquezas y de los honores.
La ordenación, empero, del Espíritu Santo nos hace libres y nos hace
soberanos. El hombre que sabe dominar sus pasiones, que sabe usar bien
de las criaturas, ha roto las cadenas, ha recuperado su grandeza real; por
eso, desde el primer día de esta Octava, hablé de los consuelos de la
libertad que el Espíritu Santo derrama en nuestras almas.
El hombre desprendido es el hombre que ha sofocado sus pasiones y
que se ha hecho dueño de sí mismo; es rey, ha recuperado algunos de los
caracteres que eran propios del estado de justicia original que tenia el
hombre en el Paraíso terrenal. Y precisamente porque el Espíritu Santo, al
ordenar nuestro ser en relación con las cosas exteriores, nos hace libres y
nos hace reyes, sentimos gozos exquisitos, el gozo de la libertad, el gozo
de una santa soberanía, y esos gozos son precisamente los que el apóstol
San Pablo llama Modestia, Continencia y Castidad, los tres últimos frutos,
los frutos que nos libertan, los frutos que rompen nuestras cadenas, los
frutos que nos hacen otra vez reyes del Universo.
272

No es una hipérbole, no es una exageración mía, no es una, paradoja;
es una verdad profunda; si nosotros reflexionamos, lo comprenderemos.
Cuando se ordena nuestro ser, recobramos nuestra libertad y nuestra
soberanía, y el Espíritu Santo difunde entonces en nuestros corazones los
consuelos de la libertad, los consuelos de la soberanía.
***
He terminado de exponer los frutos del Espíritu Santo tal como han
sido enumerados por el apóstol San Pablo; si he acertado a mostrar
debidamente esta doctrina celestial, habremos comprendido una cosa: que
la vida espiritual no es tan triste, no es tan austera, no es tan penosa como a
primera vista parece. ¡Cuántos, aun entre los cristianos, piensan que vivir
piadosamente es algo, insoportable! Lo que, según la Escritura, decían los
impíos, se aplica todavía a nuestra época: «Visi sunt oculis insipientium
mori; illi autem sunt in pace.» (A los ojos de los necios, los justos parece
que murieron; pero ellos viven en la paz) (Sep. 3, 2). Para los que no
comprenden la vida espiritual, esta vida es cierto género de muerte; les
parece que los santos viven en este mundo muertos, que no tienen ni
alegría ni consuelo, que viven oprimidos bajo el peso de deberes terribles.
Se engañan, en realidad; los justos son muertos a los ojos de los necios;
pero ellos viven en la paz; llevan en su corazón tesoros y gozos celestiales,
porque quienquiera que vive íntegramente la vida espiritual, lleva en su
corazón los frutos del Espíritu Santo.
¡Ah!, que se me permita repetir lo que dije ya: Jesucristo no quiso
suprimir el dolor. ¡Es tan dulce, es tan bello, es tan fecundo!... Pero
envolvió el dolor en consuelos y en dulzuras, hizo una obra más prodigiosa
aún que si hubiera destruido el dolor; lo envolvió en la divina suavidad y
sacó del seno del dolor el gozo y el consuelo.
La vida espiritual tiene por símbolo la cruz; Jesucristo nos lo dijo: «Si
alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y
sígame.» Pero en torno de la cruz hay luz, hay consuelo, porque hay amor,
y la vida espiritual está sembrada de divinas compensaciones. De trecho en
trecho, a la vera del camino, se levantan los árboles fecundos que producen
los frutos divinos del Espíritu Santo; primero se encuentran los frutos de
que acabo de hablar: la Castidad, la Continencia, la Modestia; después, la
Benignidad, la Bondad, la Mansedumbre, la Fidelidad; y en la parte
superior del alma y en las etapas supremas de la vida, los divinos
consuelos del amor y del dolor: la Caridad, el Gozo y la Paz, que son los
273

frutos del amor; la Paciencia y la Longanimidad, que son los consuelos del
dolor.
Toda la vida espiritual está sembrada de consuelos, porque en el
sendero, si se quiere tortuoso y difícil, por donde se llega a la cumbre de la
perfección, cuelgan de los árboles celestiales los frutos divinos del Espíritu
Santo. Si queremos, encontraremos en la vida espiritual la paz y el consuelo y la felicidad; la felicidad imperfecta, sin duda, del destierro, pero la
felicidad verdadera, la felicidad que nos hace paladear algo de la
bienaventuranza eterna.
Esos gozos divinos del Espíritu Santo, esos frutos celestiales de los
que he hablado durante estos días, al mismo tiempo que son consuelos
dulcísimos que alivian nuestros dolores, que fortifican nuestro espíritu y
que dilatan nuestro corazón, son también como anticipaciones de la patria
eterna, como las brisas de la patria celestial que llegan al destierro para
orear nuestra frente y embalsamar nuestro espíritu con el perfume
exquisito del cielo.
¡Pluguiera a Dios que encontráramos el secreto de la paz y de la
felicidad en la doctrina celestial de Jesucristo! ¡Pluguiera a Dios que el
Espíritu Santo, en esta Octava de Pentecostés, se haya derramado
abundante y copiosamente en nuestras almas, para que sintamos sus
divinos consuelos, para que saboreemos sus frutos deliciosos y para que,
fortalecidos con el gozo del tiempo y con la esperanza de la eternidad,
caminemos rápidamente, dulcemente, por los senderos de la perfección
hasta llegar a la meta, hasta que alcancemos las cumbres excelsas; para que
un día, cuando la tierra se oculte a nuestros ojos, cuando se rompan los
vínculos de nuestra carne, penetremos triunfalmente en aquella región
celestial, en aquella patria eterna en donde se acaba el dolor y las lágrimas
y la amargura, porque sólo reina para siempre el gozo sempiterno de
Dios!...

274

IV
LAS BIENAVENTURANZAS

275

I
INTRODUCCIÓN

Es dulce y fortificante contemplar las cumbres. Están impregnadas de
paz, nimbadas de luz, henchidas de encantos celestiales. Mirándolas, el
alma se desprende de las cosas terrenas, se serena y siente el ansia feliz de
subir, de volar.
La verdadera cumbre está más allá de la muerte, en la Patria eterna,
en la región dichosa en la que Dios es todo en todos, en la que las almas,
purificadas y felices, se encuentran y se aman en el seno inmenso y
amoroso de Dios, en el gozo de la caridad eterna, en la plenitud de la paz
indeficiente.
Pero Dios, rico en bondad y misericordia, quiso que antes de lograr la
vida eterna, las almas que le aman y que dejaron por Él todas las cosas,
recibieran desde esta vida el ciento por uno que prometió Jesús: y aunque
veladas con las sombras de imperfección, que no pueden desaparecer
totalmente en el destierro, se yerguen, como anuncios de la dulce Patria,
como prendas del gozo eterno, las bienaventuranzas que predicó el
Maestro en la Montaña, verdaderas cumbres de perfección y de felicidad.
Que las almas ávidas de amor y sedientas de felicidad las miren, que
las almas fuertes para el dolor suspiren por ellas, que sueñen vivir allá
arriba respirando la atmósfera pura, tranquila, celestial, de las alturas, y
que se apresten valerosas y confiadas a subir por los senderos abruptos y
sangrientos que el Evangelio nos marca con divina precisión.
***
¡Maravillosa cordillera en que cada montaña es una cumbre y cada
cumbre un peldaño de esa ascensión sublime que lleva a Dios, cénit de la
perfección y única felicidad de las almas!
. Cada una de las bienaventuranzas es una cumbre, porque es algo
perfecto y excelente (I, IIae, q. LXX, a. 2), porque es una incoacción
276

imperfecta de la futura bienaventuranza (I, IIae, q. LXIX, a. 2.). No son las
bienaventuranzas anuncios lejanos de los frutos eternos, como los
renuevos potentes y copiosos que visten a los árboles en la primavera y
anuncian la riqueza del otoño, sino que son como las primicias de los
frutos que comienzan a aparecer en las ramas fecundas y esperan
solamente la opulencia de la madurez (I, IIae, q. LXIX, a. 2). Son como las
brisas de la Patria cargadas de frescura y de perfumes que anuncian que
Dios está cerca; son algo divino que Dios ha querido depositar en la tierra,
«jacintos color de cielo que brillan en el agua turbia de esta vida mortal y
transitoria (13).
Y siendo cumbres todas las bienaventuranzas, hay una ascensión
constante desde la primera hasta las últimas que parecen tocar el cielo;
como en las regiones montañosas se miran escalonarse las cumbres, más
altas y más azules cuanto más lejanas, hasta que en los confines del horizonte se levantan gigantescas y majestuosas las últimas montañas teñidas
con la luz misteriosa de las alturas.
¡Qué espectáculo! Primero, el gozo del desprendimiento, el encanto
de la dulzura, la felicidad de las lágrimas; después, la saciedad de la
justicia y la suavidad de la misericordia; y arriba, muy arriba, cerca del
cielo, ¡la luz de la pureza, la paz del amor, el éxtasis del martirio!
Ensayemos dirigir una mirada de conjunto al panorama bellísimo,
siguiendo, para no extraviarnos, la mirada de águila de Santo Tomás de
Aquino.
***
Cuando Jesús abrió sus labios sobre la Montaña para revelamos el
misterio de las bienaventuranzas, nos mostró la regia escala de la dicha,
nos descubrió el secreto de la felicidad; porque para eso vino, para
hacernos felices.
Para ser felices, lo primero que necesitamos es renunciar sincera y
definitivamente a la felicidad engañosa que el mundo brinda, como lo
primero que se necesita para tomar el sendero que conduce a las cumbres
es abandonar el camino extraviado que lleva al abismo.
Hace veinte siglos que está escrito en el Evangelio el anatema para la
felicidad voluptuosa, para la fingida felicidad de las riquezas, de los
honores y de los placeres. «¡Ay de vosotros, ricos! ¡Ay de vosotros que
13

San Alberto Magno, super Lucam.

277

estáis saciados! ¡Ay de vosotros que reís! ¡Ay de vosotros a quienes los
hombres bendicen!» (Lc 7, 24-26).
Pero los hombres no saben leer el Evangelio, no toman a lo serio esas
verdades divinas, fascinados con la aparatosa dicha del mundo.
Por eso hay tan pocos felices en la tierra, porque muy pocos tienen el
valor de serlo.
Quien quiera ser feliz necesita arrancar su corazón de todos los
bienes de la tierra —riquezas y honores—, porque la felicidad no está
fuera, sino dentro de nosotros mismos. «El reino de Dios está dentro de
vosotros» (Lc 17, 21). «El reino de Dios es Justicia y Gozo y Paz en el
Espíritu Santo» (Rom 14, 17).
Esto nos enseña Jesús en la primera bienaventuranza:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos.» Es la primera cumbre, la del desprendimiento total, que liberta,
purifica y eleva y pone en el alma del hombre el divino tesoro.
Encontramos a Dios donde dejamos las criaturas.
Pero si la felicidad está dentro de nosotros, no consiste en nosotros
mismos; está más arriba, está más adentro. Después de libertarnos de las
cosas exteriores, debemos libertarnos de nosotros mismos.
Dos bienaventuranzas nos libertan, nos elevan por encima de nuestra
miseria: la bienaventuranza de la dulzura y la bienaventuranza de las
lágrimas.
La primera nos hace dueños de nosotros mismos, porque quebranta la
tiranía de la ira; la segunda abre nuestro corazón a los divinos consuelos,
porque ha desatado en nosotros el santo raudal de las lágrimas. El placer es
mentira, porque promete una dicha que no existe; las lágrimas son la
verdad, porque expresan la vanidad de las cosas humanas. El placer es
enemigo del amor, porque es egoísmo: el río de las lágrimas o viene del
océano del amor o conduce a su seno.
«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.» He aquí
las cumbres a las que se llega muriendo a nosotros mismos; pero del fondo
de la muerte brota la vida nueva, la vida feliz.
Las tres primeras bienaventuranzas nos enseñan a morir, nos
descubren el secreto de la muerte —dulce y feliz— de lo que llama la
Escritura el hombre viejo, el enemigo formidable ce la felicidad.
278

Las cuatro últimas encierran el arcano de la vida, nos revelan cómo
del sepulcro del hombre viejo resucita el hombre nuevo, creado según la
voluntad de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad.
Porque la felicidad es vida, es operación, es actividad plena y
dichosa. La felicidad de la tierra no es, no puede ser sino el germen, el
ensayo, la prenda del cielo; los frutos que aparecen en las ramas fecundas
y que esperan nada más la madurez eterna.
Pero el cielo es contemplación y amor; por eso la cumbre de la
felicidad terrena es la vida contemplativa, de la que dijo Jesús: «María
eligió la mejor parte, que no le será quitada jamás.»
La vida activa es buena, pero está llena de miserias, se debate en
medio de las luchas de la tierra tan prosaicas, tan tristes, tan asfixiantes
para el alma que nació para e' cielo; en tanto que la vida contemplativa
despliega sus alas limpias y potentes en una atmósfera muy alta, muy
serena, ya celestial y divina.
Sin duda, que la acción es sendero para la felicidad, porque dispone a
la contemplación. La acción purifica, armoniza y eleva el ser humano y lo
hace digno de acercarse a Dios. El descanso es fruto del trabajo y la paz se
compra con el precio de la lucha.
Mas la acción puede ser obstáculo para la felicidad, porque puede
impedir la contemplación. La multiplicidad y la solicitud exageradas de
Marta pueden turbar la divina simplificación de María.
Nada hay tan difícil como moderar la vida activa y contenerla en sus
justos límites. Es preciso aprender la fórmula divina que, sin quitar a la
acción su ardor y su eficacia, hace de ella un peldaño, nada más que un
peldaño para la contemplación.
El Maestro nos reveló esa fórmula feliz en aquellas bienaventuranzas:
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Justicia, porque ellos
serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia.»
¡La justicia y la misericordia! He aquí los polos inconmovibles sobre
los que gira la acción santa y que aseguran al alma, como premios
inenarrables, la saciedad de la contemplación y la inefable misericordia,
que consiste en que Dios nos acerque al océano de su luz y de su amor.
Llegamos a las últimas cumbres de la perfección y de la felicidad.
¡Qué lejos se mira la tierra desde esas alturas! ¡Qué próximo el cielo! En
esas cimas excelsas no se hacen sino dos cosas, las únicas que el hombre
279

necesita para ser feliz: se ve y se ama. Pero la mirada es allí pura, simple,
profunda, luminosa; no encuentra más que a Dios y se hunde en ese
abismo de luz, y a través de ese prisma divino contempla al Universo
entero bañado de nueva y desconocida claridad.
Allí se ama; se diría que la vida se ha trocado en amor; se ama a la
manera que se ama en los cielos, sin las mezquindades del egoísmo, sin los
desmayos de la inconstancia, sin las veleidades del amor terreno; con toda
la ternura de que es capaz el corazón del hombre y con toda la fuerza que
comunica el Espíritu de Dios. Se ama a Dios, el Amor infinito, y en Él se
ama todo, se abarca el Universo entero en inmenso e inefable abrazo de
amor.
Mas la luz brota de la pureza; para tener la mirada de las alturas, el
alma ha de ser limpia y diáfana como el cristal que se deja penetrar por la
mirada de Dios, por su luz purísima. Para mirar así es preciso que en ella
haya desaparecido no solamente lo malo, sino lo bajo, lo terreno, lo
humano; es preciso que la pureza, que viene de Dios, que es Dios mismo
en su fuente, penetre con su blancura celestial toda el alma hasta en sus
íntimos senos. Por eso dijo Jesús: «Bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios.»
Así se consuma el misterio de la felicidad.
El misterio del amor se realiza en la paz. El amor pacifica, y
pacificando, diviniza. El amor transforma, porque une, porque unifica,
porque hace desaparecer la criatura para que brille sola la gloria de Jesús;
porque conduce a la consumación de la unidad, cuya fórmula divina es el
grito victorioso de San Pablo: «Ya yo no vivo, sino Cristo vive en mí.»
«Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de
Dios.»
A esas siete cumbres se llega por el ejercicio de las virtudes, pero
principalmente por la operación de los dones del Espíritu Santo (I, IIae, q.
LXIX, a. 1.). A la jerarquía de los dones corresponde la jerarquía de las
bienaventuranzas. Al don de Temor de Dios corresponde la
bienaventuranza del desprendimiento; al de piedad, la de la dulzura; al de
la ciencia, la de las lágrimas; al de fortaleza, la de la justicia; al de consejo,
la de la misericordia; al de entendimiento, la de la luz, y al don de
sabiduría, la bienaventuranza del amor. Los dones son las raíces; las
bienaventuranzas son los frutos suavísimos de los cuales se goza a la
sombra del Amado.
280

La octava bienaventuranza, que es la bienaventuranza del dolor y del
martirio, es el resumen y la consumación de todas. El dolor es en la tierra
la última palabra del amor, como la última del cielo es el gozo ineficiente.
¿No son las bienaventuranzas la marcha triunfal del amor, los matices de
su iris espléndido, la gama riquísima de su divina armonía? Si el amor
campea majestuoso sobre las siete cumbres, es preciso que el dolor las tiña
con su color misterioso. Es el dolor lo opulento de la pobreza, lo exquisito
de la dulzura, lo divino de las lágrimas, la majestad de la justicia, la unción
de la misericordia, la pureza de la luz y la saciedad del amor:
«Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de
ellos es el reino de los cielos.»
Si pudiéramos condensar en dos palabras las siete divinas que
pronunció Jesús en la Montaña, pienso que esas palabras serían las más
profundas del lenguaje humano, las que expresan lo más divino que hay en
el cielo: el amor, y lo más santo que hay en la tierra: el dolor.
Y si quisiéramos simbolizar esas divinas realidades que encierran el
secreto de la felicidad, serían los emblemas la Paloma, que significa el
Amor eterno, y la Cruz, que encarna el Dolor inmortal, unidos en el divino
Corazón de Cristo —ardiente y desgarrado—, cuya ancha herida es la
puerta única por la que se derrama en la tierra el raudal celeste de la única
felicidad.

281

II
PRINCIPIOS GENERALES

Para alcanzar la tierra el estado de perfección en el que ahora la
contemplan nuestros ojos ha tenido que recorrer, como enseñan los
geólogos, una serie~3e~~largas etapas que han durado siglos, durante los
cuales na " sufrido "el planeta cataclismos inimaginables y se ha ido
formando de manera prodigiosa la mole solidísima de su esqueleto
gigantesco, las recias vértebras de sus cordilleras altivas, los hondos
cauces de sus océanos inmensos y la maravilla de su flora, y la riqueza de
su fauna, y la hermosura de sus panoramas, y las corrientes cristalinas y fecundas de sus aguas, y, en una palabra, todo el mágico concierto de sus
partes, y toda la armonía maravillosa de ese orden que hacia decir al
Salmista que la tierra está llena de la majestad del Creador.
Las etapas de ese desarrollo secular pasaron, pero su historia queda
escrita para todos los que saben leerla en la dureza de las rocas vencedoras
del tiempo y ordenadas como las páginas de un libro inmenso, en la
configuración del planeta, caprichosa al parecer, pero regida, en verdad,
por leyes inmutables; en los restos de cada edad, escondidos a la acción del
tiempo en grutas misteriosas y en senos ocultísimos; de tal suerte, que las
hondas miradas de los sabios pueden decir con la certeza de la ciencia:
aquí hubo un cataclismo, allá una inundación, en tal época apareció la
vida, en tal otra, bajo las frondas de una vegetación fantástica, discurrían
rebaños de animales gigantescos.
Así acontece en la obra de la gracia más bella, más admirable, más
perfecta que la creación de las cosas naturales. Miramos con asombro su
conjunto celestial: la solidez de sus virtudes, la opulencia de sus dones, la
suavidad de su paz, la energía de su actividad, el esplendor de su luz y el
sol divino de su caridad. Pero en esa obra acabada y perfecta está escrita la
historia de su magnífico desarrollo, de su ascensión potente hacia la
cumbre, con sus etapas de cataclismos no sospechados y sus tiempos de
tranquilidad deliciosa, mensajeros de la paz eterna.
282

Ambos aspectos de la perfección cristiana, el de la obra cumplida y el
de su misteriosa formación, los muestra el Maestro divino en esas cuantas
palabras, comprensivas y vitales, del sermón de la Montaña, que encierran
el secreto de la perfección y de la paz.
Las bienaventuranzas expresan la plenitud de la perfección y señalan
al mismo tiempo el camino recorrido para alcanzar la cumbre.
Los premios que ofrecen, y que son, en realidad, aspectos diversos
del premio único, grande en demasía, que es Dios, la plenitud de la
perfección y de la felicidad, serán poseídos plenamente en el cielo por los
bienaventurados, y en la tierra, de una manera incoada, pero real e
inefable, sólo por los perfectos.
Los méritos, que con esos premios están enlazados por lógica divina,
son las obras perfectas de las virtudes y, sobre todo, de los dones del
Espíritu Santo. Y éstos, los gérmenes sobrenaturales que tales frutos
producen, necesitan para producirlos su pleno y perfecto desarrollo.
El cuadro de las bienaventuranzas es el cuadro divinamente bello de
la perfección. Es el retrato magistral del justo que ha llegado a la plenitud
de la edad de Cristo, en quien todo es paz, porque todo es orden y armonía;
en quien el prodigio del conjunto brota de la perfección y del concierto de
las partes; en quien hay abundancia de paz y de felicidad, porque con regio
desdén desprecia las cosas terrenas, y sus pasiones dominadas o
transfiguradas son como las cuerdas de una lira, dóciles a los movimientos
del Espíritu Santo, y vive con los hombres en el orden de la justicia y en la
paz de la misericordia, y contempla a Dios con la mirada sencilla y
penetrante de los limpios, y su corazón sosegado y ardiente se ha
transformado en el Corazón de Dios por la fuerza omnipotente del amor.
Para apreciar toda la grandeza y hermosura de este cuadro celestial,
es preciso conocer al Artista divino y sus procedimientos.
El Artista es el Espíritu Santo, el Santificador de las almas, que no se
conforma, como los artistas de la tierra, con esculpir su ideal sobre la
materia que transforman, sino que se introduce Él mismo en el aliña que
quiere santificar, y habita y permanece en ella, y la mueve y compenetra, y
al enriquecerla con sus dones, es Él el primer don, como lo asegura San
Pablo: «La caridad de Dios se derramó en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que se nos dio.»
El Espíritu Santo enriquece al alma con un asombroso organismo
sobrenatural capaz de realizar bajo su dirección santísima la obra de la
deificación. El centro de este organismo es la gracia, raíz de las
283

operaciones sobrenaturales, fuente purísima de las virtudes y de los dones
y participación inefable de la naturaleza misma de Dios.
De ella brotan las virtudes, así las teologales: fe, esperanza y caridad,
nobilísimas porque tocan inmediatamente a Dios, como las cardinales:
prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que ponen armonía en el
hombre, lo disponen a unirse con Dios, y son como cuatro reinas que llevan consigo el celestial cortejo de todas las virtudes.
Como vino celestial derramado en odre terreno, estas virtudes
sobrenaturales, al ser recibidas en nuestras potencias naturales, se
acomodan a ellas y obran de un modo humano, regidas por la razón
ayudada por la gracia.
Dios quiso, en su bondad, para que su obra fuera perfecta, enriquecer
al alma con otros carismas que disponen nuestras facultades para ser
dóciles instrumentos del Artista divino, que quiso Él mismo tomar en
ciertas ocasiones la inmediata dirección de nuestros actos sobrenaturales,
comunicándoles así un modo divino superior al modo humano de las
virtudes; y estos carismas son los dones del Espíritu Santo, inseparables de
la gracia santificante, la cual, por este motivo, es llamada la gracia de las
virtudes y de los dones.
Todo este maravilloso organismo se enlaza armoniosamente en la
caridad, reina de las virtudes, vínculo de la perfección, como la llama San
Pablo, y en la que principalmente consiste la santidad, puesto que ella
realiza nuestra unión con Dios, según aquello de San Juan: Dios es
caridad: y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él
(Jn 4, 16).
Creciendo la caridad crecen en cierta proporción las virtudes y los
dones; aunque el desarrollo especial de cada uno de estos carismas
depende de los designios de Dios sobre cada alma y de las especiales
disposiciones de ella. Por eso dice el apóstol San Pablo: «La caridad es
sufrida, es dulce y bienhechora; la caridad no es envidiosa, no es temeraria
ni precipitada, no se enorgullece, no es ambiciosa, no busca su propio
interés, no se irrita, no concibe malas sospechas, no se huelga de la
injusticia, sino que se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo
espera, todo lo soporta» (1 Cor 13, 47).
Según los grados de la caridad, marca Santo Tomás de Aquino las tres
etapas de la perfección, comparadas por el Santo Doctor con las tres
épocas de nuestra vida: la infancia, la adolescencia y la edad adulta. En la
primera, los incipientes se esfuerzan, sobre todo, en purificarse del pecado
284

y resistir a sus concupiscencias, porque en esta primera vida la caridad
necesita nutrirse; en la segunda, los proficientes tratan principalmente de
que en ellos la caridad, aumentando, se robustezca, y en la última, el trabajo espiritual consiste en que el alma se una a Dios y goce de Él, lo cual
es propio de los perfectos, que desean «ser desatados y estar con Cristo» (II
IIae, q. XXIV, 9).
Al principio predominan las virtudes como principios de acción en la
vida espiritual; después, desarrollándose los dones del Espíritu Santo con
el aumento de la caridad, llega a predominar su influjo sobre el influjo de
las virtudes; y por este predominio se caracteriza, conforme a una opinión
muy autorizada, la etapa mística de la vida espiritual, que suele iniciarse a
los principios de la vida iluminativa o de los proficientes (14).
En la última etapa de la vida espiritual, cuando todas las virtudes han
alcanzado su divina madurez y los dones han llegado a culminar según los
designios de Dios sobre las almas, las bienaventuranzas del Evangelio se
realizan plenamente en el justo, en quien todo es paz y armonía, en quien
las facultades todas puras y transfiguradas vibran como las cuerdas de una
lira bajo los impulsos del Espíritu Santo, produciendo un cántico nuevo a
la gloria de Dios.
Si queremos leer la historia de la sublime ascensión que hace el alma
hasta llegar a esta cumbre, las bienaventuranzas, punto por punto, la
expresan, pues cada una de ellas, como las capas geológicas de la tierra,
ostenta las huellas y guarda los tesoros de cada etapa de la vida espiritual.
El progreso de esta vida, comparada con su principio, es pureza;
relacionado con su término, es amor, y por su pureza y su amor es
sacrificio.
Debiendo el alma unirse con Dios, que es pureza infinita, es preciso
que se purifique no solamente de todo lo que contraría a la caridad, sino de
todo lo que impide a su amor dirigirse totalmente hacia Dios. Las etapas de
esta purificación superior y exquisita están señaladas en la escala de las
bienaventuranzas.
La primera limpia al alma de todo afecto a las cosas humanas por
medio del Temor de Dios; las dos siguientes la purifican del afecto propio,
tan hondamente arraigado en nuestro pobre corazón, y por medio de los
dones inferiores, y especialmente por el don de Ciencia, se produce en el
alma esa santa y perfecta decepción de las cosas terrenas que arranca las
lágrimas preciosas que Dios mismo enjuga y consuela.
14

Cfr. Garrigou-Lagrange, «Perfection chrétienno et contomplation».

285

Para pulir más el alma, Dios se vale del roce bienhechor, pero muy
penoso, de la vida, en la que por el ejercicio de las virtudes tórnase el alma
tan limpia y tan tersa que puede como un espejo infinito reflejar la imagen
de Dios.
La sexta bienaventuranza es por excelencia la bienaventuranza de la
pureza, porque es la bienaventuranza de la luz. El don del Entendimiento,
que es luz, es el sutilísimo purificativo que se hunde en los senos
profundos del alma depurando su mirada de imágenes y de errores.
Purificado así el espíritu, la unión divina se inicia; el alma ve ya a
Dios de la manera imperfecta que es propia de la tierra; mas para que la
unión se haga íntima y se afine la visión, se necesita el crisol del amor,
pues que en el orden espiritual, como en el terreno, al fuego corresponde la
purificación consumada.
Deificada por el amor, el alma ni se busca ni busca siquiera los dones
de Dios; con la actividad y el ardor de una llama se hunde en el seno de
Dios, que es caridad.
Mas la escala de la pureza es también la escala del amor. El amor
tiende a la unidad, y el misterio de la unidad requiere el progreso, de
ordinario lento y doloroso, de la separación. Por eso se ha dicho que el
amor es fuerte como la muerte. Escucha el alma la voz de Dios, la voz del
amor, tierna e imperiosa al mismo tiempo, que la llama: «Escucha, hija
mía, abre tus ojos y presta oído atento: olvida tu pueblo y la casa de tu
padre, y el rey se enamorará de tu hermosura» (Sal 40, 12). Y de olvido en
olvido, el alma asciende a la montaña del amor: se olvida de las cosas
exteriores, se olvida de su antiguo modo de obrar, de ver, de amar; y
cuando el olvido es completo, la inteligencia, el corazón, el ser todo se
simplifica en la magnífica unidad del Amado.
A cada etapa de pureza y de amor corresponde un matiz de
sufrimiento tanto más sutil y profundo cuanto más se sube. Primero, son
las lágrimas que se vierten sobre el pasado, al que decimos adiós; sobre la
tierra, que con todo lo que amamos desaparece en la misteriosa lejanía;
después, el dolor de la ascensión penosa y del deseo torturante, y el dolor
de las miserias ajenas que llevamos en el corazón; más tarde, el estupor de
lo desconocido al penetrar el alma en las altas regiones en las que se siente
sola, aunque se acerca a Dios, y en medio de tinieblas, aunque está bañada
de luz espléndida y oprimida por la majestad de Dios, que la envuelve y
penetra. Y al fin, el divino martirio del amor, dulce y terrible, que como
océano de fuego llena al alma hasta en sus últimos senos, desgarrándola y
286

beatificándola de manera inefable, hasta que, ígnea y pura, la arroja en los
brazos del Amado, en los que encuentra, juntamente con las delicias
inenarrables del amor, la participación del dolor inmenso de Cristo y el
deseo de la unión eterna, más terrible que la muerte.
Así, en esas palabras de vida que pronunció Jesús en la Montaña, se
explica el misterio de la perfección y se encierra la historia de esa
ascensión dichosa que deben hacer las almas que anhelan vivir en las
cumbres.

287

III
PRIMERA BIENAVENTURANZA
«Beati pauperes spiritu, quoniam
ipsorum est regnum caelorum.»
(Bienaventurados los pobres de
espíritu, porque de ellos es el reino
de los cielos.)
Aunque son ocho las bienaventuranzas, realizan una sola perfección y
brindan una sola felicidad. Como en un rayo de luz blanca se funden los
siete colores del espectro, cada uno de los cuales tiene un matiz y sus
propiedades, así en la perfección cristiana se funden, por decirlo así, los
colores de todas las virtudes y los matices de todos los dones del Espíritu
Santo para formar esa luz celestial que es participación de la luz eterna.
Cada una de las bienaventuranzas expresa la perfección, pero con su
propio matiz, y forman todas ellas la maravillosa escala por la que el alma
sube a Dios.
En la base de esa escala divina está el desprendimiento total de las
cosas terrenas que tiene como principio el temor de Dios y como premio el
reino de los cielos, esto es, la posesión de los bienes celestiales.
La pobreza de espíritu, según Santo Tomás de Aquino, es el
desprendimiento total y voluntario de los bienes exteriores: honores y
riquezas.
Jesucristo enseñó muchas veces la necesidad de este desprendimiento
para alcanzar la perfección: «Si quieres ser perfecto —dijo a un joven—,
anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y ven, sígueme» (Mt 30, 21).
Y para ponderar toda la importancia de ese despojo, el Maestro no se desdeña de acudir a ejemplos de la vida ordinaria. «¿Quién de vosotros (Lc 14,
31-33) —dice—, queriendo edificar una torre, no se sienta primero a contar
sus recursos para ver si tiene lo necesario para realizar su empresa, no sea
que después de haber puesto los cimientos, no pudiendo terminar la obra,
todos los que la vean comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre
comenzó a edificar y no pudo consumar?
288

»O ¿qué rey, al emprender una guerra contra otro rey, no se sienta
primero a pensar si podrá con diez mil hombres salir al encuentro de aquel
que viene sobre él con veinte mil? Si así no hiciere, estando aún lejos el
rey enemigo, enviará legado para arreglar con él la paz.
»Así, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no
puede ser mi discípulo.»
Nada más claro, nada más terminante. Lo que son los recursos para
construir un edificio, lo que son los soldados para emprender una guerra,
esto es el desprendimiento para lograr la perfección cristiana.
La mayor parte de los hombres, como el joven del Evangelio,
vuelven tristemente las espaldas al escuchar esta enseñanza de Jesús. ¡Se
apegan tanto al pobre corazón las cosas terrenas! ¡Tan hondamente
arraigada se lleva en el alma la engañosa idea de que los bienes efímeros
contribuyen a la felicidad! Y no saben que al apartarse de Jesús se apartan
de la dicha, que al cerrar sus oídos a la palabra de vida, cierran las puertas
de su alma a la felicidad que ansían.
El desprendimiento es ya una felicidad; quienes lo realizan sienten la
dicha de ser libres, la felicidad de ser puros, la dicha incomparable de
encontrar a Dios.
Sin duda que las criaturas pueden llegar a Dios. ¿No hacía escala para
subir a los cielos del perfume de las flores, del cantar de las aves, del
murmullo misterioso de la hermana agua aquel divino Artista que
contemplaba la creación bajo el prisma mágico de su ardiente amor? ¿No
sirvió de base la sabiduría humana al águila de Aquino para levantar su
vuelo a la sabiduría celestial? ¿No fueron los reinos terrenos los que
condujeron al reino eterno a numerosos reyes santos?
Mas para que las cosas nos sirvan de escalas para el cielo es preciso
pasar por ellas sin detenerse; poner en ellas las plantas, pero no el corazón.
La Iglesia pide a Dios en la oración de la Dominica III después de
Pentecostés: «Ut, Te rectore, Te duce, sic transeamus per bona temporalia,
ut non amittamus aeterna.» (Que siendo Él nuestro director y nuestro guía,
pasemos de tal suerte por los bienes temporales que no perdamos los
eternos.)
Debemos, pues, pasar por las criaturas y con la dirección y guía de la
divina voluntad. Si nos detenemos en ellas, de escalas se convertirán en
obstáculos; sí ponemos en ellas el corazón, se truecan en ligaduras que nos
atan, en cadenas que nos esclavizan; nos quitan la libertad de hijos de
Dios, y ellas mismas pierden la suya, pues, convertidas en vanidad,
289

desviadas de su destino, gimen, según la expresión de San Pablo,
suspirando por la libertad (Rom 8, 21-22).
Para ser felices necesitamos ser libres, y el santo desprendimiento es
el primer grito de libertad de las almas: bienaventurados los pobres de
espíritu.
La pobreza de espíritu nos hace también comenzar a sentir la dicha de
ser puros.
No hablo únicamente de la Pureza, esa virtud especial que por su alto
precio es llamada así por excelencia, sino de la pureza, en su más amplio
sentido, que significa alejamiento del mal y aproximación a Dios, el Bien
supremo.
El símbolo de la pureza es la luz, porque la concebimos sin mezcla de
nada terreno, y nos parece tan limpia, que, tocando todo, hasta los fangos,
no se mancha jamás: «Dios es luz», dice el apóstol San Juan (Jn 1, 5); y
para explicar el misterio de la justificación a los fieles de Efeso, les dice:
«Erais en otro tiempo tinieblas; ahora sois luz en el Señor» (Ef 5, 8).
Hacernos luz, marchar de claridad en claridad hasta transformarnos
en la imagen de Dios, es todo el sendero de la perfección. ¡Cuántas
purificaciones son necesarias para llegar a esa luminosa transformación!
Primero hay que arrancar del alma las tinieblas del pecado; después,
las opacidades de lo terreno; aun el que está limpio necesita que el Maestro
le lave los pies. Cuando a los ojos humanos aparecemos sin mancha,
todavía la mirada de Dios descubre en nuestros íntimos repliegues yo no sé
qué restos de tinieblas que su mano misericordiosa arranca para hacernos
celestiales.
Es preciso que el corazón se levante por encima de las cosas terrenas
para que no se manche.
No consuma el desprendimiento la obra maravillosa de nuestra
purificación, porque solamente en la cumbre de la sexta bienaventuranza el
alma se baña en la plenitud de la luz; pero ya sobre la montaña de la
pobreza siente el alma que comienza a ser diáfana, porque mira de lejos los
tristes valles de las cosas terrenas cubiertos de sombras.
¡Qué dicha ser luz! Es aproximarse a Dios.
Y precisamente en esa aproximación a Dios está el premio de la
pobreza de espíritu que promete la primera bienaventuranza. El reino de
los cielos es la posesión de Dios, que será plena e interminable después de
290

la muerte, pero que se inicia en la tierra como aurora dulcísima del eterno
día.
La puerta de ese reino feliz es el desprendimiento; apenas el corazón
está vacío de criaturas, lo llena Dios.
Como el océano hincha con la plenitud de sus aguas los huecos de las
rocas que se ocultan en su seno, el océano de la caridad de Dios, que nos
circunda, llena los profundos senos de nuestra alma cuando están vacíos.
Refiere Ernesto Helio un bellísimo diálogo entre el célebre místico
Taulero y un pobre mendigo que yacía a las puertas de un templo. Al
descubrir el doctor que aquel mendigo había logrado la unión íntima con
Dios, le pregunta:
—¿Dónde encontraste a Dios?
Y el mendigo le contesta:
—Donde dejé las criaturas.
¿No son esas breves palabras sublime comentario de las de Cristo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos?
Claro está que para alcanzar ese premio divino no basta el
desprendimiento, que es fruto de las virtudes, sino que se necesita el santo
despojo que el Espíritu Santo produce por sus dones. Las virtudes nos
enseñan a hacer buen uso de las criaturas; los dones nos arrancan del
corazón las riquezas y los honores de manera tan perfecta y definitiva
como si estuviéramos muertos. ¡Cómo sentirán de los bienes terrenos los
que traspasaron la frontera de la muerte!
Santo Tomás relaciona esta primera bienaventuranza con el don de
Temor de Dios y con la virtud de la Esperanza. Esta, proponiéndonos los
bienes eternos, nos arranca de los temporales, y aquél, haciéndonos que
nos sujetemos perfectamente a Dios, nos aleja de todo lo que a esa feliz
sujeción contraría.
Ni se piense que por tener por base el temor la bienaventuranza de la
Pobreza es ajena al amor. El temor, que es don del Espíritu Santo, no es
temor servil que huye la pena, sino el temor filial que se horroriza de
apartarse de quien amar. Como todos los dones, el de Temor tiene §u raíz
en la caridad, y de él dice la Escritura que es el principio de la sabiduría,
esto es, de aquella «sabiduría honorable que es el amor de Dios».

291

La pobreza de espíritu es el amor que comienza, que inicia su obra de
despojo y de dolor; porque el amor es fuerte como la muerte: separa,
arranca, destruye para transformar.
El amor es así, pobre y riquísimo, opulento en su maravillosa
desnudez; se despoja de todo, porque da todo. El amor es Jesús
Crucificado, prodigio de desnudez y abismo de riquezas. Para hallar el
amor es preciso despojarse de todo para alcanzar el tesoro riquísimo de la
divina desnudez de Jesús.
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino
de los cielos.» (Beati pauperes!...)

292

IV
SEGUNDA BIENAVENTURANZA
«Beati mites, quoniam ipsi
possidebunt terram.»
(Bienaventurados los mansas,
porque poseerán la tierra.)
Cuando un leño es arrojado al fuego, se destruye o más bien se
transforma; deja de ser lo que antes era y se trueca en algo ígneo y
luminoso. Esta transformación comienza por la corteza, que se quema y se
toma luminosa; después el fuego va penetrando por todas las capas del
leño, haciendo arder cada una de las fibras, y llega, por fin, hasta la medula
y convierte al leño, antes oscuro y pesado, en fuego espléndido y sutil.
Así es la transformación que el amor hace en las almas; comienza por
la superficie, y si el alma es fiel, va invadiendo todo hasta llegar a lo
profundo. Rompe primero la dura corteza del alma, desprendiéndola de las
cosas de fuera, y entra después en el alma misma, transfigurando todas sus
potencias.
La primera etapa de esta transformación íntima es la perfecta
mansedumbre de que habla la segunda bienaventuranza. La pobreza de
espíritu la prepara, puesto que ciega la fuente más abundante de la ira. ¿No
es el anhelo de poseer lo que enciende la ira en los corazones humanos?
Así lo enseña el apóstol Santiago (Ef 4, 12). «¿De dónde vienen las guerras
y los pleitos entre vosotros? ¿No es, por ventura, de aquí? ¿De las
concupiscencias que combaten en vuestra carne? Codiciáis y no tenéis;
matáis y envidiáis, y no podéis conseguir; litigáis y no tenéis.»
Sosegada el ansia de poseer, el alma está dispuesta para la
tranquilidad de la mansedumbre.
No es, por cierto, la dulzura de esta bienaventuranza la que produce
simplemente la virtud que se acomoda a la regla de la razón y conserva el
imperfecto modo humano.
293

La mansedumbre que beatifica es algo más perfecto y tiene raíces
más hondas; es producto de los dones del Espíritu Santo.
Aunque San Agustín atribuye al don de Piedad la bienaventuranza de
la dulzura, contribuyen a realizarla, según Santo Tomás de Aquino (II. IIae,
q. LXIX, a. 3. ad. 3), así los dones de Consejo y de Ciencia como de
Fortaleza. Por el estudio de las causas comprenderemos el sentido de esta
perfecta mansedumbre.
Los dones de Consejo y de Fuerza, que dirigen y elevan nuestro
conocimiento práctico, esparcen su luz en las bienaventuranzas de la vida
activa, que son las cinco primeras enumeradas por San Mateo; y son esos
dones guías indispensables de esta vasta etapa de la vida espiritual.
Influye asimismo el don de Fortaleza en la perfecta mansedumbre,
porque toca a aquél moderar las pasiones del apetito irascible.
Pero al don de Piedad corresponde la inmediata producción de la
mansedumbre beatificante.
Es, pues, la dulzura hija de la luz, de la fuerza y de la unción.
Es hija de la luz, porque no hay en el hombre virtud ni acción que no
deba ser dirigida por el conocimiento; en el orden natural, la prudencia
adquirida ilumina y dirige todas las virtudes naturales; en el sobrenatural,
todas las virtudes son dirigidas por la prudencia infusa, y en este mismo
orden, en el plano superior y más perfecto de los dones, todas las
operaciones de la vida activa son regidas por la luz indefectible de los
dones de Consejo y de Ciencia.
¡Qué diferencia entre la luz que nuestra razón, aún iluminada por las
virtudes, vierte en la vida práctica, y la que en ésta derraman los dones de
Consejo y de Ciencia! ¡Los pensamientos de los mortales son tímidos e
inciertas nuestras previsiones, dice la Escritura (Sab 4, 14), y estas
imperfecciones naturales ponen, por decirlo así, su sello hasta en las
virtudes sobrenaturales! ¡Qué largo y penoso el procedimiento de la razón!
¡Cuántas sombras! ¡Cuántas incertidumbres! ¡Cuántas conjeturas! La luz,
empero, de los dones excluye la incertidumbre y el error. «Bienaventurado
el hombre a quien tú instruyes, Señor, y enseñas lo relativo a tu ley.»
La mansedumbre es también hija del don de Fortaleza, pues por éste
el apetito irascible se dispone a recibir dócilmente el influjo del Espíritu
Santo. El alma que solamente ejercita la virtud de la mansedumbre no se
irrita más de lo que exige la ofensa; pero, perfeccionada por el modo
divino del don de Fortaleza, no solamente renuncia a la venganza, sino que
con maravillosa serenidad se gloría de la injuria recibida.
294

Mas ¿por qué el don de Piedad, que llena el alma de afecto filial
hacia Dios y ordena nuestras comunicaciones con los demás, ha de influir
de manera inmediata en la segunda bienaventuranza?
La mansedumbre tiene dos aspectos: nos perfecciona a nosotros
mismos y ordena en la paz nuestras relaciones con el prójimo. Por este
segundo aspecto, la mansedumbre depende del don de Piedad.
Más clara y profundamente se comprende el influjo de este don en la
segunda bienaventuranza, si se examinan los motivos diversos que para
refrenar la ira corresponden a la virtud y al don; pues en tanto que la
primera se funda en el bien humano, al que se opone la ira, el don de
Piedad limpia el alma de todo movimiento de indignación por reverencia
filial a Dios, de manera divina, como si la inefable mansedumbre de Dios
se derramara en el alma como unción santa que la llenara de suavidad.
Bajo el influjo del don de Piedad el alma es dulce, porque Dios lo es;
porque Jesús apareció en la tierra lleno de mansedumbre, derramando
sobre todos la suavidad misma de Dios, ungido con la mansedumbre de
una Víctima que no se quejó al ser inmolada y que rogó por sus verdugos
en el ara del sacrificio.
Hija de la luz, de la pureza y de la unción, la mansedumbre de la
segunda bienaventuranza llena de dulce sosiego, porque dijo el Maestro;
«Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y alcanzaréis el
descanso para vuestras almas.»
Quien ha logrado esa perfecta dulzura es suave en su trato con Dios, a
quien mira como a Padre; suave en su trato con el prójimo, a quien
considera como hermano, y suave con su propia alma, porque descubre en
ella el resplandor del rostro de Dios y el soplo de los labios del Altísimo.
¿Quién podrá decir lo que favorece a la vida espiritual esta suavidad
que no está reñida con la fuerza, sino que es más bien una manifestación
de ella?
A quienes han logrado tan perfecta mansedumbre, Jesucristo les
ofrece como recompensa que poseerán la tierra. Se refiere, sin duda, a la
tierra de los vivientes de que habla tantas veces la Escritura, que la tierra
de los que mueren sería premio harto exiguo para quien ha merecido en la
primera bienaventuranza el reino de los cielos.
¿Qué significa esta posesión de la tierra? El premio de las santas
obras, el tesoro que beatifica al justo, es uno solo: Dios. Pero siendo este
premio infinito, se va poseyendo por grados, que crecen indefinidamente,
sin que se agoten jamás. Solamente Dios, que es infinito, puede agotar, si
295

vale esta palabra, la infinita plenitud de su propia felicidad. Cada premio
de las bienaventuranzas contiene el divino tesoro en grados diversos y bajo
aspectos múltiples que corresponden a los méritos.
A quienes se desprendieron de las cosas terrenas se les da el derecho
al reino de los cielos; a quienes, aventajando en perfección a los primeros,
alcanzan la serenidad de la dulzura, se les brinda la posesión de la tierra de
los vivientes, con lo cual se significa la solidez de los bienes eternos.
La idea de posesión encierra los caracteres de tranquilidad y de
firmeza; poseer la tierra es gozar pacifica y sólidamente de los bienes
eternos.
Los hombres luchan y se entregan a los excesos de la ira para
asegurar la posesión de los bienes terrenos. El Maestro nos enseña que por
la fuerza de la dulzura alcanzarán las almas la posesión de los bienes
eternos.
La plenitud de esa posesión es el cielo; pero desde la tierra se inicia la
recompensa de la mansedumbre.
Como un lago tranquilo, cuyos cristales no fueran rizados jamás por
el soplo del viento, reflejaría la imagen del cielo siempre clara y
espléndida, así el alma de los mansos, no agitada jamás por el soplo de la
ira, posee, sin perderlo nunca, al Dios que ama el silencio y el sosiego.
Y poseyendo a Dios, el alma, por la santa dulzura, se posee a sí
misma. La ira nos hace perder el dominio de nosotros mismos, turba la paz
y la armonía de nuestro reino interior; la dulzura mantiene inalterable la
paz en los confines de ese reino y puede así el alma, sin temor, como los
israelitas al pie de su higuera y de su viña, sentarse tranquila a saborear los
frutos del Amado.
Hasta fuera del hombre se extiende este influjo avasallador de la
dulzura. ¿No es ella la que atrae las almas y arrastra en pos de sí los
corazones más duros, como la mágica melodía de Orfeo, que arrebataba
hasta los árboles de los bosques y los unía a su cortejo triunfal?
¡Maravillosa dulzura que parece debilidad y es fuerza, que todo lo
alcanza sin violencia y sin ruido, que mantiene sin lucha la paz, y que lleva
en pos de sí, prendidos en sus lazos indestructibles y suavísimos, no
solamente a los hombres, sino también a Dios, que no resiste jamás la
dulce violencia de la mansedumbre!

296

V
TERCERA BIENAVENTURANZA
«Beati qui lugent, quoniam ipsi
consolabuntur.»
(Bienaventurados los que lloran,
porque serán consolados.)
Sobre la altiplanicie del desprendimiento, y pacificada por la unción
de la dulzura, el alma ve las cosas con una nueva luz. No contempla aún
las altas cumbres veladas por niebla misteriosa, sino el amplio valle de la
vida, cuya extensión se abarca desde las alturas y cuya realidad se penetra
hondamente por la luz de Dios.
Ciertamente, el alma ha sido guiada por la luz en todos los pasos de
su laboriosa ascensión. ¿Cómo podría caminar en tinieblas? La luz que,
como ya se dijo, brota del don de Ciencia, en este periodo de la vida
espiritual, le hizo mirar como despreciables las cosas de la tierra y le
inspiró la perfecta pobreza del espíritu; la luz le reveló la dulzura y le dio
la posesión de los bienes terrenos; pero en la serenidad de las alturas está
el imperio de la luz, que se dilata sin obstáculo sobre la extensión de la
vida humana y, filtrándose por la atmósfera limpia y diáfana, en la que
comienza a vivir el alma, penetra hasta las profundidades de las cosas y
descubre totalmente sus secretos.
Por eso la tercera bienaventuranza se caracteriza por la luminosa
explosión del don de Ciencia.
Bajo el influjo de este don, el alma logra una nueva visión de la vida,
descubre el sentido profundo de las cosas terrenas y su propio fondo
aparece desnudo ante sus ojos atónitos; y al bañarse de luz, siéntese
conmovida hasta en sus últimos senos y —¡quién había de creerlo! —llora,
y sus lágrimas, cristalinas como la luz, amargas como el dolor y suaves
como mensajeras del amor, producen en ella el milagro del consuelo.
¿Qué relación misteriosa existe entre la luz y las lágrimas?
297

Toman las cosas terrenas formas diversas según la luz que las colora.
A la luz engañosa del mundo se miran revestidas de encantos ficticios que
cautivan al pobre corazón humano y producen en él lo que llama la
Escritura la fascinación de la vanidad; cuando la luz de Dios comienza a
lucir en el alma, la ilusión se desvanece y las cosas, despojadas del
brillante oropel, ostentan a los ojos iluminados del espíritu su nativa
miseria. El alma conoce a las criaturas como son: efímeras, vacías,
incapaces de saciar sus anhelos, y, desengañada, se desprende de ellas,
primero con resignación, porque las amaba; con júbilo después, porque las
mira despreciables.
Pero la luz de Dios aumenta; ya no es claridad de aurora como en los
principios de la vida espiritual, sino luz de un día espléndido que avanza, y
el espectáculo de las cosas creadas tórnase desolador, repugnante, intolerable; abismos de miserias en la prístina media luz, se descubren ahora
con todo su horror bajo la potente iluminación de la luz divina.
El alma siente en torno suyo el vacío y las tinieblas; en espantoso
cataclismo mira derrumbarse el concepto que tenía de las cosas humanas:
la ciencia, la riqueza, el honor, los afectos, perdido el antiguo decoro, son
ruinas tristísimas que infunden espanto; y hasta el fondo mismo del alma
se ha transfigurado por la luz, y ella lo mira como un abismo de miseria
tan tenebroso, como una nada tan hondo, que por no sentir el vértigo
quisiera no ver.
Imaginemos que por un milagro de visión desapareciera ante nuestros
ojos la carne de todos los cuerpos humanos y no viéramos sino los
esqueletos áridos; que nuestra mirada penetrara a través de las marmóreas
lápidas en la corrupción de todos los sepulcros; que contemplara, bajo la
magnificencia de nuestras grandes ciudades, las cloacas hediondas que se
ocultan bajo el suelo; ¿se podría vivir así?
Algo análogo pasa en el alma henchida del amor de Dios; porque las
cosas terrenas no pueden resistir la iluminación celestial sin que muestren
los bajos fondos de su miseria increíble; porque solamente Dios es más
grande y más bello cuanto más se descubre. No por los fríos argumentos
de la razón, ni por la observación siempre imperfecta de la experiencia,
sino por la intuición divina y profunda que produce la clarísima luz del
don de Ciencia, el alma comprende la honda verdad de lo que dijo el sabio:
que todos las cosas son vanidad y aflicción de espíritu, y tan claramente
mira su propia miseria y la vanidad de todo lo creado, tan vivamente
comprende lo que fue cuando vivía en el pecado y lo que es a pesar de los
dones de Dios, tan repugnante le parece el espectáculo de la vida humana
298

en su triste desnudez, tan intolerable la vista de sí misma, que le parece
imposible vivir, así como le parecería imposible vivir en un sepulcro. Esta
santa decepción embarga al alma de insondable tristeza y le arranca lágrimas amarguísimas, que se dirían las lágrimas que vierte el alma sobre su
propia tumba; porque ha muerto, en verdad, místicamente, ha muerto para
la tierra, ha muerto en la luz, en la que se quemaron las almas frágiles de
sus ilusiones, para resucitar después a una vida nueva y transfigurada,
cuando Dios enjugue sus lágrimas y le prenda otras alas sutiles y
celestiales que la lleven a la cumbre.
¡Benditas lágrimas, que en su corriente suave arrastran los restos de
la vida terrena! ¡Lágrimas fecundas, que caen sobre la tumba del hombre
viejo, como cayeron las de Cristo sobre el sepulcro hediondo de Lázaro, y
que realizan, como éstas, el prodigio de que brote la vida del fondo de la
muerte!
¡Dichosos los que lloran por la santa desilusión de las cosas
humanas! ¡Serán consolados!
No es el consuelo que Jesucristo promete a los que lloran como los
consuelos humanos, superficiales y efímeros, ni siquiera como los que se
llaman de ordinario consuelos divinos, a la verdad dulces y preciosos, pero
transitorios, no; el consuelo de esta bienaventuranza es el consuelo
fundamental.
Los consuelos humanos son combinaciones más o menos felices de
las cosas terrenas para que las poseídas alivien en nosotros el dolor de las
que hemos perdido. ¿Perdimos la salud? La amistad nos consolará de esa
pérdida. ¿Se rompieron los lazos de la dulce amistad? Quizá en la ciencia o
en el arte encontraremos el olvido. Pero, ¡Dios mío!, cuando todo se ha
perdido, cuando nuestro mal es la completa desilusión de la vida, cuando
un invierno de tristeza cubre con frío sudario toda la extensión de las cosas
terrenas que antes fueron para nosotros campiña primaveral, ¿qué cosa nos
podría consolar?
Como la paloma de Noé no halló donde posar su planta en el diluvio
inmenso, la pobre alma iluminada por el don de Ciencia no mira en la
tierra Inundada de miserias un punto sólido para apoyarse. Mas
precisamente porque no encuentra apoyo sobre la tierra, vuela hacia el
cielo; abajo está el vacío, pero arriba está el consuelo, no el que pasa, sino
el eterno; no el que acalla un tanto nuestros anhelos, sino el que los colma;
el consuelo único fundamental: Dios.
299

Dios es el único Consolador y el único consuelo. A cada una de las
tres Personas divinas atribuye la Escritura la virtud de consolar. «Bendito
sea, dice San Pablo, Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las
misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras
tribulaciones» (2 Cor 1, 3-4). Y en esa misma Epístola (2 Cor 5, 5) añade el
Apóstol: «Así como abundan los sufrimientos de Cristo en nosotros, así
también por Cristo abunda nuestro consuelo.»
Y el mismo Jesús, en el sermón de la Cena, dijo a los suyos: «Yo
rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca siempre con
vosotros» (Jn 14, 16). Luego el mismo Jesús era ya un Paráclito.
Dios se complace, es verdad, en derramar a menudo en las almas que
ama esa suavidad inefable, esos gozos mil veces superiores a los gozos
terrenos que en el lenguaje espiritual se llaman consuelos divinos. Pero
éstos no son constantes, y aunque lo fueran, son irradiaciones de un
consuelo íntimo y permanente que hay en el alma.
Al sentir que se hunde la tierra bajo su planta, llama a Dios con el
irresistible lenguaje de las lágrimas, y Dios acude amoroso al llamado
apremiante del alma, y le hace el don de Sí mismo, que es el consuelo
fundamental.
¿Por ventura no poseía a Dios aun antes de llorar? Sin duda; pero ese
don de Dios no cabía, por decirlo así, en el alma, porque ésta no estaba
totalmente vacía de sí misma y de las cosas terrenas; cuando la luz cavó en
ella un abismo, Dios se precipitó en ella como un océano y colmó el
abismo. ¡Bienaventurada el alma que llora, porque siente su inmenso
vacío; tendrá el consuelo de sentirse llena de Dios!
La vida cambiará para el alma así consolada; sobre las ruinas de la
vida que acabó, surgirá una vida nueva, espiritual y misteriosa, en la que
Dios comenzará a ser todo en todo. La Naturaleza se transfigurará ante sus
ojos iluminados, como se transfiguró a los ojos de San Francisco de Asís;
sobre la nativa miseria de las criaturas mirará el reflejo de Dios, la luz que
luce en las tinieblas; para ella, la creación tendrá un sentido nuevo,
profundo, divino; el murmullo de la hermana agua le parecerá como la
plegaria de las cosas; el perfume de las flores, como el incienso de la
adoración; la misteriosa armonía de los bosques, como la estrofa de un
cántico de alabanza, y el estruendo del océano será para ella un himno
triunfal, y los cielos un poema silencioso y hondo de luz a la gloria divina.
Todo tiene sentido, porque todo le habla de Dios, porque todo la
convida a amar, porque todo es escala para subir a Él; la ciencia y la
300

poesía, la amistad y la persecución, las sonrisas y las lágrimas, las rosas y
las espinas, el gozo y el dolor, sello de la redención, huella misteriosa que
dejó el Cristo al pasar por la tierra y que conserva aún su divino perfume...
Y, más que todo, el alma siente su propia transfiguración, porque en
la intensa oscuridad de su miseria, que está intacta, se destaca con
bellísimo contraste la imagen iluminada de Dios; y el alma se complace en
su propia nada, porque hace resaltar la divina hermosura, y goza en ser
pequeña, para apoyarse en la divina grandeza, y no quiere dejar de ser
débil, para sentir la dicha de adherirse a la divina fortaleza, como la frágil
hiedra se adhiere al roble vigoroso.
Esta transformación divina de las cosas logrará su plenitud en la
patria felicísima, en la que el don de Ciencia, adquiriendo el esplendor del
mediodía, descubrirá a los bienaventurados todo el profundo sentido de la
creación y les ayudará a comprender que Dios es todo en todas las cosas, y
quizá en la tierra nueva que seguirá a la resurrección universal mostrará a
los elegidos los recuerdos ya dulcísimos de su peregrinación terrena, como
el arca de la Alianza, con el maná y la vara florida de Aarón evocaba en los
israelitas poseedores de la tierra de Canaá su vida errante por el desierto,
idealizada por la luz crepuscular del recuerdo.
Pero el día de la eternidad se inicia ya en el destierro como suavísima
aurora para las almas santas. ¿No es esta vida iniciación y ensayo de la
vida eterna? El consuelo de las lágrimas es el presentimiento y como el
preludio del gozo eterno, y este consuelo fundamental alienta a los justos
en el combate de la vida, y a las veces los hace olvidar las miserias del
destierro y les da maravillosa fortaleza para trabajar sin cansarse, para
sufrir sin desfallecer, con los ojos y el corazón fijos en aquel Paraíso, cuya
sustancia penetran por la fe, cuya posesión tocan ya por la esperanza y
cuyo gozo comienzan a saborear por el amor.

301

VI
CUARTA BIENAVENTURANZA
«Beati qui esuriunt et sitiunt
justitiam,
quoniam
ipsi
saturabuntur.»
(Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia, porque
serán saciados.)
El alma que encontró el verdadero consuelo sobre la cumbre de la
tercera bienaventuranza ve por todas partes a Dios: lo lleva en lo intimo de
su ser como inefable tesoro y lo encuentra en las cosas, para ella revestidas
de la divina hermosura.
Pero la luz engendra el amor, y el amor enciende el deseo, y el deseo
es aguijón que tortura, que conmueve, que lanza a la acción, al trabajo, al
sacrificio, con la dulce inquietud, con el ardor vehemente de quien ama.
Tocada de la santa locura del deseo, el alma sale de sí misma y se
lanza por el mundo, como la Esposa de los Cantares, su tipo y modelo,
preguntando a los cielos y a la tierra si han visto por ventura al Amado.
¿Acaso no lo encontró ya? Sí, precisamente por eso siente el ardor
del deseo. Cuanto más se posee a Jesús tanto más se le desea. Quien come
ese divino manjar tiene más hambre, y quien bebe ese vino generoso siente
más sed. Cuando el alma vivía lejos de Dios, cuando sus ojos no se habían
abierto a la belleza infinita, ni su corazón se había estremecido por el
divino contacto, yacía inmóvil en el letargo tristísimo de quien no ama.
Pero le vieron sus ojos sobre la montaña de luz, se conmovieron de amor
sus entrañas, y, como ciervo herido, busca afanosa el refrigerio de su ansia
febril.
¿En dónde están las aguas frescas y cristalinas que curan las heridas
del amor? ¡Si pudiera mirar al Amado en la clara luz de la contemplación
perfecta! ¡Si pudiera unirse con Él en abrazo inadmisible! En la audacia de
su deseo exclama con la ardiente sulamita: ¡Bésame con el beso de tu
boca! Mas la posesión debe comprarse con el precio del sudor y de la
302

sangre. El trabajo y el sufrimiento son el único refrigerio del amor,
mientras llega el instante de la dicha cumplida.
Entonces comienza para el alma la época del trabajo infatigable;
catorce años de ruda labor le parecen, como a Jacob, exiguo precio de la
dicha que anhela. Con prodigiosa exuberancia brotan del alma las obras
santas en este periodo de la vida espiritual, como surgen en primavera de
la tierra cálida los brotes de todos los gérmenes que dormían bajo las
nieves invernales. (
Tiene hambre y sed de justicia. El hambre y la sed expresan muy bien
la vehemencia de su deseo; la justicia significa el conjunto de obras santas,
el cúmulo de rudos trabajos que el alma jubilosa y magnánima emprende
como refrigerio de su amoroso anhelo.
Es la escena maravillosamente descrita en los Cantares: el Esposo
introduce su mano en el postigo para tocar a la Esposa, y el corazón de ésta
se estremece de amor. Se levanta para abrir al Amado: sus manos destilan
mirra y sus dedos están llenos de mirra purísima. Mas, ¡ay!, al abrir la
puerta, el Esposo se ha ido; lo busca y no lo halla, lo llama y no le
responde. Sale en busca del que ama, y, al recorrer fatigosamente la
ciudad, le hieren los guardianes y la despojan del manto los vigilantes de
las murallas. Sin cuidarse de nada, ella conjura a las hijas de Jerusalén para
que si por ventura encuentran al Amado le digan que ella desfallece de
amor.
Hallará al Amado en el huerto de la contemplación, en el huerto
embalsamado al que baja el Esposo a cortar azucenas.
Mas la hora de la dulce entrevista no ha sonado aún; el alma
enamorada necesita recorrer el largo y laborioso camino de la vida activa.
«Los que anhelan, dice San Gregorio, tomar la ciudadela de la
contemplación, ejercítense primero en el campo de la acción.»
O más bien: el huerto donde se realiza la unión entre Dios y el alma
es el fondo mismo del alma; mas para que baje a él el Amado, es preciso
que haya ahí el hondo silencio de los campos, que los frutos maduros
esparzan su aroma delicioso, y que los campos de azucenas atraigan al
Amado con su limpia blancura.
La vida activa prepara ese nido de amor con el ejercicio de las
virtudes y la divina floración de los dones, y esta obra de intenso cultivo es
la obra de la Justicia que el alma emprende con ardoroso anhelo.

303

Aunque la vida activa contribuye al propio perfeccionamiento,
consiste principalmente en todo aquello que se ordena al bien de los demás
(15), y por este motivo el trabajo espiritual propio de esta bienaventuranza
se llama justicia.
Ya en las etapas anteriores, el alma ha trabajado por su propio bien;
en ésta se olvida de sí misma para pensar en los demás y, trabajando por
ellos, obtiene para sí misma mayor perfección, como recompensa de su
generosidad (16).
Con qué ardor emprende el alma esta obra de justicia; lo da a conocer
esta feliz expresión del Evangelio: tiene hambre y sed de justicia. Quien
simplemente necesita una cosa, la busca con tranquilidad y moderación;
mas quien siente la necesidad apremiante de ella y sufre el ansia
vehementísima de alcanzarla, ni admite descanso, ni perdona fatiga, ni
limita sus esfuerzos, sino que con apasionada avidez se lanza a conseguir
lo que anhela.
Así el alma apurada por el aguijón del amor, cuya medida es no tener
medida, busca con impaciente ardor la justicia que anhela sin medir sus
fuerzas, porque cuenta con la fuerza de Dios; nada la detiene, porque
siente en lo íntimo de su ser que lo puede todo en Aquel que la conforta.
El origen de esta audacia asombrosa es el don de Fortaleza, que ha
alcanzado en el alma su pleno desarrollo. La virtud de la justicia vive en
una atmósfera moderada y tranquila; su norma es la razón; su
procedimiento es humano. El don de Fortaleza tiene una norma divina:
busca la justicia a la manera de Dios; su ambiente es el ambiente del fuego
producido por el Espíritu Santo.
Bajo el imperio de las virtudes, el alma medía sus empresas con la
escasa medida de su propia fuerza; bajo el influjo de los dones, el alma
tiene como propia la fuerza divina: por eso dilata los horizontes de sus
deseos y se lanza a la acción con indecible osadía. Empujada por el Amor
y sostenida por la Fortaleza, el alma tiene hambre y sed de justicia.
Esta floración magnifica del don de fortaleza fue admirablemente
preparada en las etapas anteriores. La luz abrió el camino a la fuerza. Para
apoyarnos en Dios con esa confianza audaz que el don de fortaleza
produce en las almas es preciso tener dos conocimientos profundos; el de
nosotros y el de Dios. La ciencia nos reveló nuestra propia nada de manera
tan honda, que no lo olvidaremos jamás, y aquella misma luz nos hizo ver
15
16

In III Sent., dist. XXXV, q. 1. a. 3.
In III Sent., dist. XXXV, q. 1. a. 3.

304

a Dios en el fondo de nosotros mismos. Decepcionados de nuestra
pequeñez, nos apoyamos en esa fuerza infinita que se nos entrega.
A la confianza en el divino poder que produce en nosotros el don de
Fortaleza se añade la suave unción del de Piedad, que nos hace mirar a
Dios como a Padre y al prójimo como a nuestro hermano, y el fuego santo
de la caridad que enciende nuestros deseos y acrecienta nuestra audacia.
Así se produce en el alma el hambre y sed de justicia, que es el
mérito de esta bienaventuranza.
¿Cómo habrá Dios de dejar sin recompensa cumplida trabajo tan
arduo?
Así como en las regiones cálidas se cubren rápidamente los campos
de opulenta vegetación: surgen por dondequiera los tallos, crecen y se
entrelazan las ramas, un aroma de vida embalsama la atmósfera, y las
flores efímeras lánguidamente se deshojan para que se dilaten los frutos,
así en el huerto secreto del alma se difunde la vida, las obras santas se
multiplican con divina rapidez, los perfumes de todas las virtudes
armoniosamente se funden, como en un campo de azucenas brilla la nítida
blancura de la pureza y en el silencio de la vida brotan los frutos del
Espíritu bajo las flores efímeras de los santos consuelos. Venga a su huerto
el Amado, puede exclamar el alma saciada de Justicia; han aparecido las
flores, los frutos ya cuelgan de las ramas fatigadas, y todos los perfumes
esparcidos por el viento suave convidan a las dulces intimidades del amor.
El alma está saciada, porque todo en ella es armonía y paz; poco a
poco el ruido de la acción va haciéndose más suave; un silencio celestial,
anuncio de una vida mejor, va invadiendo dulcemente el alma: la hora de
la contemplación se acerca: la ha preparado la acción.
La saciedad completa no es de esta vida, ¿quién podría pensarlo? La
justicia cumplida es del cielo, porque sólo en el seno amoroso de Dios el
alma está en paz con Él, con los demás y consigo misma. Todo allá arriba
será armonía, porque todo será orden y amor y verdad. Y esa armonía
sustancial, si puede emplearse esta expresión, será el cántico nuevo que
entonen los Justos por los siglos eternos.
Pero, a pesar de las disonancias, ¿no logran los santos comenzar
desde esta vida el cántico eterno? Como un tema divino que se esboza
tímidamente en el destierro para dilatarse en el desarrollo triunfal en la
Inmensidad de los cielos, el corazón de los Justos es un cántico, una armonía viviente que glorifica a Dios en el gozo y en Ja alabanza, como la dulce
Virgen lo reveló al mundo en aquel cántico que es magnífica explosión de
305

sus íntimos afectos: «Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se regocija
en Dios, mi Salvador.»
Es Ella, la Incomparable María, el tipo del alma saciada de Justicia
que refleja en su alma la Justicia eterna, que es la saciedad plena y la
armonía consumada, y canta con acentos Inspirados al que es poderoso y
cuyo nombre es santo, al que abate a los soberbios y exalta a los humildes,
al que sacia a los hambrientos con divino manjar.
En pos de su Reina van todas las almas generosas que a costa de
rudos trabajos y torturantes deseos logran la saciedad de la Justicia en su
jardín interior, henchido de serenidad y armonía.
Pero no vendrá aún el Amado, porque el alma necesita todavía pisar
dos cumbres para llegar a la excelsa en la que se consume el misterio de la
unión; que es cosa de precio tan subido el amor, que, cuando por él se ha
dado todo, es siempre un don gratuito que otorga a las almas la infinita
bondad.

306

VII
QUINTA BIENAVENTURANZA
«Beati misericordes, quoniam ipsi
misericordiam consequentur.»
(Bienaventurados
los
misericordiosos, porque conseguirán
misericordia.)
Consumada la obra divina de la justicia, quédale al alma una obra, si
así puedo expresarme, más divina aún: la obra de la misericordia.
La justicia es algo que cabe en cierto sentido dentro del espacio de lo
humano; la misericordia se desborda de tan estrecho cauce.
Ciertamente, el alma que tiene hambre y sed de justicia traspasa los
límites de la razón y es justa a la manera de Dios; pero el concepto mismo
de la justicia, la inteligencia humana lo concibe; mas la misericordia, que
consiste en buscar las miserias, en amarlas, en hacerlas nuestras, en
llevarlas en nuestro corazón, y no las miserias de los que amamos, sino
hasta las de aquellos que nos aborrecen, ni únicamente las que vemos
revestidas de encantos, sino hasta aquellas, hondas e intolerables, que nos
hacen estremecer de repugnancia; esta misericordia ni la sospecharon los
paganos ni la pudieron inventar los hombres; es algo celestial, algo divino
que nos trajo Jesús del seno del Padre.
Es humano hacer nuestras las miserias de los que amamos; pero es
divino amar a todos, aun a los enemigos. Es humano compadecernos de
ciertas miserias: la debilidad del niño, la fragilidad de la doncella, las
lágrimas delicadas del dolor sublime; pero inclinarnos a la miseria que
aparece sin velos, besar amorosamente llagas hediondas, abrazar con
ternura a las almas que yacen en el repugnante estercolero de todas las
abyecciones humanas, cosa es que no cabe en el egoísta corazón del
hombre, sino que es propio del Corazón de Dios.
Solamente el que es rico sobreabundantemente puede dar sin pedir;
solamente el que es dichoso sin límites puede encontrar su gozo en hacer
felices a los miserables; solamente Él, de cuyo Corazón se desborda el
307

océano de todas las perfecciones, puede descender hasta el abismo de
todas las miserias para colmarlas con la opulencia de su plenitud.
Dios es misericordioso, porque es infinito; nosotros somos egoístas,
porque somos limitados.
Para ser misericordiosos necesitamos en cierto modo ser divinos; la
misericordia es un sello divino, es una imitación de Dios. Por eso nos dijo
Cristo: «Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre
celestial», en tanto que al hablarnos de la justicia nos ordenó «que la
nuestra excediera a la de los escribas y fariseos».
Hay una justicia humana y otra divina; no hay más que una
misericordia: la divina, que por su imitación se refleja en los hombres.
El alma que sube por la escala de las bienaventuranzas; lleva en sí
misma lo divino de los dones; en todas las etapas de su ascensión ha roto
los estrechos moldes humanos. En el último peldaño se lanzó a la acción
con el ardor impaciente de su deseo, y, ávida de justicia, pasó los lindes de
lo humano y realizó una obra que no es de la tierra.
Pero no está satisfecha aún; para unirse con Dios necesita hacerse
más divina, y he aquí que ante sus ojos se abren los horizontes divinos de
la misericordia, dentro de los cuales la vida activa alcanzará la
consumación.
Otra vez el campo de las miserias humanas se dilata ante el alma,
desolado e inmenso, porque otra luz más clara que la del don de Ciencia
vierte su luz sobre el páramo tristísimo.
Pero el alma no siente ya la honda decepción que sufrió en la
montaña de las lágrimas; ahora mira las miserias como las mira Dios, para
comprenderlas, para sentirlas, para aliviarlas. Y una Compasión inmensa
tortura su alma, como torturó el Corazón de Cristo; porque siente las miserias de todos los que sufren y derrama el llanto de todos los que lloran. Es
un dolor nuevo, profundo y lleno de unción que penetra todo su ser; pero
que no la oprime, porque las aguas de ese océano de miseria no pueden
extinguir el fuego de la caridad que la abrasa, antes bien hace más terrible
el incendio de ese amor que por ser divino comienza a desbordarse, como
la Caridad infinita, para colmar con su abundancia lo que está vacío, para
regar con sus lágrimas lo que está seco, para ungir con su consuelo lo que
está llagado, para calentar con su ardor lo que está frío.
La luz que torna al alma misericordiosa es la del don de Consejo, más
viva porque es más alta, más cercana a las fuentes purísimas de la luz. Por
ella el alma contempla las miserias como Dios las contempla; ¿qué tiene
308

de raro que intente hacer lo que Dios hace, que ensaye la política divina de
la misericordia?
Ardua es la empresa que acomete el alma, tan ardua, que por haberla
acometido Jesús sudó sangre en Getsemaní y fue víctima en el Calvario.
Pero, ¿no es precisamente lo difícil y heroico lo que alma apetece con el
ardor incontenible de su amoroso deseo? Tiene para esa labor gigantesca el
divino vigor que en la cuarta bienaventuranza le confirió el don de
Fortaleza y siente en esta nueva etapa de su vida activa la irradiación
divina del don de Consejo, que es guía seguro en las cosas difíciles y luz
celestial que ilumina los más tortuosos senderos.
Con esa luz y con esa fuerza, añadidas al rico caudal del amor que
con su cortejo de virtudes va acrecentándose en el alma, ésta se arrojará en
el mundo de las miserias, como se arrojó en él Jesús cuando pasó por la
tierra; bajará a todos los abismos sin mancharse, como la luz que
desciende a todos los fangos y queda inmaculada; se hará toda para todos,
porque llevará en sí la carga pesadísima de todos, y en ellos derramará con
divina munificencia el tesoro de los consuelos que ha recibido de otra
Misericordia más alta, y dando sin medida no amengua su caudal, antes
bien lo acrecienta de maravillosa manera.
Se comprende cuánto enriquecerá al alma este difícil y generoso
ejercicio de la misericordia. Como la piedrecilla que arrastrada por el furor
del torrente rueda por abrupto cauce y después de incontables frotamientos
y violentas sacudidas sale de allí limpia y tersa, el alma agitada por el
torrente del amor misericordioso se pule con el roce de todas las miserias
humanas, va dejando en su rápida y laboriosa carrera cuanto en ella
quedaba de terreno, de bajo, de inarmónico, y aparece, al fin, ante sus ojos
divinos más limpia y más brillante.
Su fuerza se ha multiplicado en la ruda tarca; cada día la fatiga le
parece más suave y más dulce el dolor; siente más suya la fortaleza de
Dios y se confía más plenamente en la bondad inagotable; penetra más y
más en las miserias ajenas, segura del poder que la sostiene, y para aliviar
a los miserables encuentra recursos cada vez más ingeniosos y fecundos en
su corazón, unificado con el Corazón misericordioso de Cristo.
Su caridad, derramándose, se acrecienta, porque el fuego es así:
cuanto más quema, más se inflama. A la manera que en un incendio
agitado por fuerte viento los tallos secos se estremecen, crujen, y las
llamas victoriosas se arrojan sobre los combustibles, se extienden, rápidas,
y, en su avidez de inflamar, se levantan hacia el cielo, así el alma, tocada
309

del fuego del amor misericordioso, al soplar sobre ella el viento del
Espíritu de Dios, arde en sí misma, se lanza en torno con fuerza
incontenible, envuelve las miserias ajenas, y cuanto más se extiende más
se abrasa, y cuando más hace por el prójimo, más altas se levantan hacia el
cielo las llamas de su amor.
Para aliviar las miserias extrañas, el alma se olvida de sí misma; pero
hay unos ojos que la miran: los de Dios; hay un corazón que tiene
misericordia de ella, como ella tiene misericordia de sus hermanos: el
Corazón de Aquel que dijo: «Lo que hicisteis a los pequeños que en Mí
creen, a Mí lo hicisteis.»
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.
Y ¡qué misericordia! El alma que se entrega a socorrer las miserias
del prójimo tiene también la suya apremiante e inmensa: la miseria del
amor no satisfecho. Si la miseria es un vacío, nadie lo lleva tan hondo
como ella en su corazón; si es un deseo, nadie como ella lo siente tan
ardoroso en sus entrañas; si es un tormento, el que a ella tortura no tiene
nombre en el lenguaje humano.
¿Qué son las ordinarias miserias de la vida en comparación de esta
miseria extraña? ¿Qué miseria hay como ésta que tiene sus raíces en las
profundidades del ser, que no se sacia con todos los bienes de la tierra y
cuya hondura contempla el alma con vivísima y deslumbradora claridad?
Tuvo la audacia de poner los ojos en un bien infinito; ¿quién se lo
dará? Tuvo la locura de entregar su corazón a un Amado que habita en una
luz inaccesible; ¿quién le Introducirá en esos abismos? Un amor así no se
compra, ni se merece, ni se conquista; solamente hay unas manos que
pueden otorgar este don: las manos de la Misericordia.
En su incomprensible miseria de amor, el alma iluminada por el don
de Consejo comprendió que solamente la misericordia puede atraer a la
Misericordia, que para clamar hacia ella era preciso ser como ella,
aprender su lenguaje; y con su compasión íntima y con su operación fecunda en favor de los miserables, llamó a aquel Amor que para darse a las
criaturas necesita ser misericordia. Y la misericordia vino, porque no
puede resistir sus propios clamores, y sonó en los oídos del alma la voz
que no puede confundirse con ninguna jamás: la voz del Amor, y dijo una
palabra que en su profundidad parece agotar todo el lenguaje humano:
¡Ven!...
310

Y el alma sintió que unas manos muy dulces la tomaban con la
delicadeza de una madre que levanta a su hijo pequeñito, y le pareció que
aquellas manos la subían muy alto, arriba de la montaña de la justicia y de
la cumbre de la misericordia; arriba de aquella región en la que se debate
en medio de las miserias humanas la vida activa; y que la ponían
suavísimamente en la quebradura de una roca altísima, donde tienen su
nido las águilas caudales que miran el sol.
Ya pasó el invierno, ¡alma dichosa!; la lluvia está muy lejos, allá
abajo. Una vida nueva, la vida de la contemplación, te abre sus horizontes
inmensos. Entra; ¿te parece estrecha la entrada? ¡Si supieras adónde
conduce! ¿Te parece oscura la región misteriosa? Es que la nueva luz, tan
viva, tan intensa, deslumbra tus ojos imperfectos.
Poco a poco, tus ojos se irán adecuando a esa luz celestial; porque
ella misma será el divino colirio que los purifique y sane. Y cuando hayan
olvidado su antigua manera de ver, cuando se abran serenos y profundos a
la nueva luz, a la divina claridad, contemplarás, extática, lo que hace
mucho tiempo ansiabas contemplar con hondo anhelo: al Amado que en el
cielo se llama Amor y que para mostrarte su rostro bellísimo necesita
llamarse MISERICORDIA...

311

VIII
SEXTA BIENAVENTURANZA
«Beati mundo corde, quoniam
ipsi Deum videbunt.»
(Bienaventurados los limpios de
corazón, porque verán a Dios.)
Si poseyéramos el concepto profundo de las cosas, conoceríamos las
íntimas relaciones que enlazan la pureza y la luz, y quizá
comprenderíamos, asombrados, que la luz y la pureza son dos aspectos de
una misma divina realidad.
Los griegos formaron una palabra admirable para expresar la idea de
santo: haguios, sin tierra. Es una definición gráfica y profunda de lo que
expresa el vocablo.
Ser puro es carecer de tierra, y tierra es todo lo que no es Dios.
Cuanto es mayor el alejamiento de todas las bajezas que en la tierra se
simbolizan, mayor y más perfecta es la pureza.
Por eso Dios es la pureza infinita que los santos alaban en el
TRISAGIO eterno, porque está sustancial e infinitamente alejado de todo
lo terreno; porque se basta a sí mismo en su divina e incomparable
simplicidad. Dios es un Ser purísimo, un pensamiento purísimo, un amor
purísimo; un Ser tan puro y tan simple, que es lo que es, que no contiene
en sí nada extraño a Él, que ni tiene ni puede tener vestigio de tierra,
porque es lo que es.
Su pensamiento es tan puro y tan simple como su Ser: recorre el
infinito sin salir de Sí mismo, encerrado, si así puede decirse, en la
plenitud de su simplicidad; entendiéndolo todo no se entiende sino a Si
mismo, porque todo lo que mira es en Él divino, es Él.
Y su amor, que consuma su vida, consuma su simplicidad; y su
pureza encierra, por decirlo así, el círculo de su vida, sin que pueda entrar
nada extraño en su seno, que es como un punto por su simplicidad y que es
inmenso por la riqueza de sus perfecciones.
312

Tan por encima de todo lo creado está Dios, tan refractaria es su
simplicidad a toda mezcla, que dándose Dios sin medida y comunicándose
sin restricción y entregándose sin reserva a las criaturas, hasta en las
uniones que nos asombran por su intimidad, Dios queda infinitamente
superior a las criaturas con quienes se une, infinitamente alejado de ellas,
aunque maravillosamente unido a ellas.
Dios es pureza, el misterio de la Trinidad es un misterio de Pureza, y
así el cántico eterno de los bienaventurados que oyeron Isaías y San Juan
es un cántico a la Pureza: «Santo, Santo, Santo.»
Y porque es pureza es luz. Enseña Santo Tomás de Aquino que la
inmaterialidad es la raíz de la luz cognoscitiva. En el orden natural, la
jerarquía de los que conocen es la jerarquía de los que se van alejando de
la materia. El orden sobrenatural levanta sobre la jerarquía natural de la luz
otra jerarquía de luz más espléndida: es en el fondo una escala nueva de
pureza que marca los grados del alejamiento de lo terreno; hasta que en la
cúspide de todas las escalas está la Luz infinita, porque está la inmaterialidad infinita, la pureza infinita, que en aquellas alturas excelsas se une todo
sin confundirse, en el punto inmenso de la divina simplicidad.
Así dice la Escritura que «Dios es luz» (Jn 1, 5), y la Iglesia canta para
ensalzar al Verbo, «Luz de Luz», y llama al Espíritu Santo «Luz
felicísima».
Para que las almas se bañen de luz, para que sean luz, necesitan
purificarse. La justificación, que es limpieza del pecado, es ya un misterio
de luz: «Erais en otro tiempo tinieblas —dice San Pablo—; ahora sois luz
en el Señor.» Y para transformarse las almas en la imagen de Dios, pasando de claridad en claridad, deben subir de pureza en pureza, aquilatándose
en más y más ardientes crisoles.
Por eso, la sexta bienaventuranza tiene por premio la luz, porque
tiene por mérito la pureza: «Bienaventurados los de corazón limpio,
porque ellos verán a Dios.»
Cada bienaventuranza contiene un grado de pureza, como se ha
observado ya, y el alma que ha recorrido esa escala está tan lejos de las
cosas mundanas, se ha depurado de tal suerte de todo lo terreno que en su
seno existía y se ha bruñido tanto en el trabajo de la vida activa, que está
dispuesta para abrirse a las santas efusiones de la luz. Tiempo es ya de que
en el cielo del alma, transparente de pureza, brille espléndido como un sol
el don de Inteligencia.
313

Así lo enseña expresamente Santo Tomás de Aquino al hablar de esta
bienaventuranza (In III, q. I, a. 4), diciendo que en ella se menciona la
limpieza de corazón, no solamente de los incentivos de las pasiones,
limpieza que no produce el don de Inteligencia y que se presupone por la
vida activa perfecta, sino limpieza también de los errores, fantasmas y
formas espirituales; de todo lo cual, enseña Dionisio en el libro De
Mystica Theologia, deben apartarse quienes tienden a la divina
contemplación.
Antes que el Doctor Angélico, San Agustín había interpretado en el
mismo sentido la limpieza de corazón propia de esta bienaventuranza,
diciendo que «la sexta operación del Espíritu Santo, que es el
entendimiento, conviene a los limpios, como al ojo purificado, por el que
puede verse lo que el ojo corpóreo no ve».
Para entender esta purificación intelectual, es necesario analizar el
premio que a los limpios se promete, que es nada menos que la visión de
Dios.
Este premio será cumplido en los cielos, porque los bienaventurados
conocerán allá lo que Dios es, hundiendo sus ojos, fortificados por la luz
de la gloria, en la esencia divina, sin agotar jamás su infinito tesoro; mas
en la tierra la suprema visión de Dios concedida a los perfectos consiste en
conocer más bien lo que Dios no es que lo que es mirar que Él excede toda
contemplación y todo conocimiento, en comprender de una manera viva y
profunda que Dios no es nada de lo que existe fuera de Él, como
ampliamente se explica en la obra citada por Santo Tomás De Mystica
Theologia.
Imposible que el alma pueda ser elevada a este supremo
conocimiento de Dios, si antes no se despoja del modo humano de
conocer, porque éste se funda en la analogía con las cosas sensibles, por
encima de la cual es preciso elevarse para entender que Dios excede
cuanto nuestro entendimiento comprende.
La misma fe, sin el auxilio de los dones de Sabiduría e Inteligencia,
no puede comunicar a la visión intelectual ese modo superior y divino que
hace posible mirar a Dios como algo incomparable que trasciende todo
conocimiento y todo ser de criatura.
Para llegar a esta visión divina, el alma debe, pues, purificarse de
toda imagen sensible, de todo proceso intelectual, que, como nuestros
juicios y discursos, se funde en la comparación con las cosas sensibles.
314

Esta purificación fue iniciada en las etapas anteriores, porque en ellas
apuntó en el alma la luz de la contemplación, como apunta el día en el
oriente diáfano; ¿se puede acaso llegar al heroísmo de la acción sin que
luzca en el alma la luz contemplativa? Pero en el claro día de la contemplación comienza la sexta bienaventuranza, y a ella corresponde, por
consiguiente, la intensa y perfecta purificación del espíritu. Por ella el
alma irá adquiriendo poco a poco un conocimiento nuevo, una intuición
que encierra en su sencillez maravillosas riquezas, una mirada simplísima
que penetra en los tesoros de las cosas divinas y que, al hacerse más pura,
se va hundiendo en la luz inaccesible, en la que Dios habita, en la tiniebla
henchida de luz, en la que Dios se vislumbra.
Cuando el alma comienza a ver así bajo el influjo poderoso del don
de Inteligencia, siéntese desconcertada; sus ojos, ofuscados por la
espléndida luz, parecen fijarse en las tinieblas como las débiles pupilas de
las aves nocturnas se abren torpemente en las sombras cuando esplende en
los cielos el sol. En vano la pobre inteligencia, palpando en la oscuridad,
persigue la imagen familiar para asirse a ella; en vano sus pasos vacilantes
buscan el trillado sendero del discurso; en la misteriosa tiniebla las
imágenes faltan y han desaparecido los senderos; allí son necesarias alas
sutiles para moverse y pupilas inmóviles para fijarse en la luz.
Imposible explicar esta transformación que toca las raíces profundas
de la inteligencia: no tiene analogía con las otras transformaciones de que
tenemos experiencia.
Hondo estupor sobrecoge al alma al penetrar en lo desconocido:
parécele que de improviso se apagó toda la luz a la mitad del día; todas las
cosas divinas que tan claras y hermosas aparecían a su mirada, se
ocultaron en el eclipse formidable de la luz.
Ni Dios, ni las criaturas, ni su propia verdad se descubren en la honda
tiniebla. Y con la oscuridad, un frío de muerte parece penetrar en los
recónditos repliegues del alma atónita. Por ley ineludible de nuestra
psicología, el corazón debe seguir todas las oscilaciones de la inteligencia,
y al par que una aridez de páramo paraliza sus afectos, ayer tan ardorosos
y tan dulces, una impotencia radical le impide moverse como antes solía
por los campos floridos del bien y del amor. Ni un rayo de luz en la noche
desolada, ni un sonido familiar en la inmensidad del silencio; sus labios no
aciertan a formular una plegaria ni logra su deseo la dicha de una
palpitación de amor.
315

¿En dónde está? ¿La habrá engañado aquella voz dulcísima que la
llamó? Víctima de terrible engaño o curable de enorme infidelidad, ¿caería
de las alturas a un abismo tristísimo, de donde no saldrá jamás?
No; el amor eterno no engaña, porque es la eterna verdad; pero toda
purificación es dolorosa, y más aún ésta, radical y profunda, que arrancará
de los senos del alma los últimos vestigios de la tierra nativa.
Espera, pobre oruga, que suene la hora deliciosa de la luz; deja que tu
cárcel se cierre y que en la oscura sombra desaparezca hasta el recuerdo de
que fuiste gusano; mañana se abrirá tu prisión; mañana, cuando seas mariposa, cuando en la atmósfera sutil de las altas regiones pueda brillar al sol
el oro purísimo de tus alas.
Poco a poco siente el alma que en medio de la niebla sagrada se
acerca a Dios; ni siquiera sospecha que sea así; en sus dulces ensueños lo
había visto encantador y dulcísimo, pero a la manera humana, y en la
audacia de su amor, en la confianza de su ternura, se había olvidado que el
Amado de su corazón es la Majestad infinita, y he aquí que ahora lo siente
grande, inmenso, incomprensible, tan grande, que ella se siente anonadada,
que quisiera desaparecer, hundirse en el abismo, para no ser oprimida por
la Majestad. Se mira como una mancha oscurísima ante aquella santidad,
y, llena de rubor, contempla los harapos repugnantes de su propia miseria.
Muchas veces ha visto su nada, pero jamás había penetrado tan
hondamente en el abismo como ahora que lo compara con el infinito que
vislumbra; muchas veces se había estremecido de horror al recuerdo de sus
pecados; pero ahora, que evoca el vergonzoso recuerdo tan cerca de la
santidad, se siente morir de angustia. No; esa grandeza no la puede amar;
esa Majestad no puede unirse con su miseria; lo único que puede hacer con
ella aquel Dios santo y terrible que se le acerca, es castigarla, rechazarla.
Así piensa el alma que tiembla ante el Dios infinito que se le acerca en las
tinieblas.
¿Cómo podría ser, de otro modo, si el Señor que se aproxima es
Aquel de quien dice la Escritura que mira a la tierra y la hace temblar, que
toca a los montes y los montes humean?
Terrible purificación en la que Dios mismo parece arrancar del alma
cuanto le quedaba de terreno. Cuanto más se han limpiado los ojos del
alma, más copiosamente se van llenando de luz celestial. La grandeza se
agiganta, la majestad se despliega, por decirlo así, como se desplegaría en
el principio de los tiempos el firmamento enorme; pero la grandeza va
316

apareciendo como bondad, y la majestad como hermosura, y el Infinito
como Amor.
¿Quién podrá explicar lo que experimenta en el fondo de sus entrañas
el alma cuando mira resurgir al Amado en medio de las sombras que se
tornan en luz; al Amado, pero tan grande, tan bello, tan encantador, tan
divino, que le parece mirarlo por primera vez? Es el mismo a quien ella
entregó el corazón, pero no lo había conocido, ni siquiera sospechaba la
hermosura de su rostro, el sol de su mirada, el cielo de su sonrisa, el
océano de su bondad y el abismo de su amor. Tanta belleza no se puede
contemplar sin morir, amor tan grande como el que produce la divina
visión no cabe en el vaso frágil del corazón humano, y el alma desfallece
ante la pujante invasión de la luz y del amor.
Estas apariciones son rápidas y fugaces, porque la flaqueza natural
del alma no podría resistir de otra manera; el Amado se aleja dejando en el
alma el incendio de la caridad y el ardor del deseo; y se aproxima después,
llenando al alma de tan celestiales delicias, que ella da por bien empleados
sus afanes y sus sacrificios.

317

IX
SÉPTIMA BIENAVENTURANZA
«Beati pacifici, quoniam filii Dei
vocabuntur.»
(Bienaventurados los pacíficos,
porque serán llamados hijos de
Dios.)
Los afectos de la tierra, hasta los que juzgamos más profundos, son
superficiales, porque las cosas creadas no son ni el fin ni el descanso de
nuestro corazón, y aunque lo atraen, porque llevan un reflejo divino, ni lo
sacian, ni lo pacifican, ni producen en él esa conmoción honda y única,
propia del amor profundo: el de Dios.
¡Oh! ¡Si los hombres conocieran el amor! ¡Si supieran que, después
de pasar los años en pobres amores que juzgan deliciosos y hondos,
ignoran aún los primeros rudimentos de la ciencia divina del amor y no
han comenzado a gustar las santas delicias de ese amor único, tan hondo
que toca las raíces de nuestro ser, tan grande que llena el inmenso vacío
del alma, tan ardiente que enloquece, tan dulce que extasía, tan fuerte que
transforma y tan duradero que es inmortal!
No hay pasión de amor que pueda compararse con la que enciende las
entrañas del alma que ha vislumbrado a Dios en medio de las tinieblas
tenebrosas, porque esta alma afortunada no ha encontrado un amor, sino al
Amor, no ha sentido el encanto de un bien que refrigere un poco su sed
insaciable de amar, sino que ha logrado el éxtasis del bien que calma para
siempre esa sed.
Ese amor único funde en su haz maravilloso los matices de todos los
afectos humanos, porque la divina Hermosura que lo provoca resume todas
las bellezas, superándolas, en su perfectísima unidad. El alma tocada por
ese amor siente que sus anhelos múltiples y dispersos se simplifican en un
anhelo único y gigantesco que corresponde a la infinita belleza que
vislumbró y que sube hacia ella como subiría a los cielos la llama
formidable que fuera la fusión de todos los volcanes de la tierra.
318

El incendio ha llegado hasta el centro del alma, hasta profundidades
que ella no conocía ni sospechaba, porque esas regiones intimas no se
habían conmovido jamás, porque nada ni nadie puede llegar hasta ellas
sino el Amor.
Comienza para el alma una vida nueva, la vida del amor, el reinado
silencioso y dulcísimo de la caridad. Parécete al alma que ama por vez
primera, porque juzga como juegos de niños sus antiguos amores ante este
amor inefable, fuerte como la muerte y dulcísimo como el cielo.
Pero la vida nueva sigue la ley ineludible de toda vida terrena, tiene
flujo y reflujo; se acerca al Amado y penetra en las profundidades del alma
como un océano que se precipita formidable sobre inmenso cauce; se aleja
después, dejando en el alma un inmenso vacío, una honda herida de amor,
ardorosa y sangrienta.
Y la herida despierta en ella el deseo, y el deseo provoca la unión, y
la unión profundiza la herida. El gozo y el dolor se suceden, se mezclan, se
armonizan en la vida nueva y ambos acrecientan el amor, como se
aumentan los incendios, con maravillosa rapidez y en proporciones
gigantescas.
La séptima bienaventuranza es la cumbre del amor.
Pero en estas maravillosas regiones el amor brota de la luz y la luz
emana del seno del Amor. El don de Inteligencia acrecentó sin medida la
caridad, y del incendio del amor surge una luz nueva, la más espléndida
que brilla en la tierra, la del don de Sabiduría.
Es preciso repetir que el alma recibió todos los dones del Espíritu
Santo juntamente con la caridad, juntamente con la gracia; pero estos
gérmenes divinos adquieren gradualmente su pleno desarrollo, según que
el alma se va disponiendo para ello en las distintas etapas de la vida
espiritual.
El don de Sabiduría rige en cierta manera todos los dones, como la
caridad íntimamente unida con él rige todas las virtudes. Desde la primera
bienaventuranza fue necesario el don de Sabiduría que dirige al de Temor
de Dios, y especialmente al comenzar la vida contemplativa, la luz de la
sabiduría iluminó al alma en medio de la tiniebla, que si al don de
Inteligencia toca de manera especial purificar el espíritu, es la sabiduría el
faro espléndido e indispensable en la contemplación.
Mas la plena y divina floración del primero de los dones corresponde
a la estación ardiente de la primera de las virtudes; porque aquella planta
celeste requiere para desarrollarse la atmósfera de fuego de la caridad.
319

Hay dos maneras de conocer las cosas: una, por explicaciones y
teorías, y otra, por una experiencia íntima. Se nos puede decir doctamente
lo que es el amor, pero las mejores teorías no igualarán jamás a la íntima
enseñanza que nos da el amor mismo cuando los sentimos en el alma. La
impresión de belleza que invade nuestro ser ante una obra de arte que
contemplamos y sentimos vale más, mucho más que la más admirable
descripción acerca de esta obra. Porque las teorías nos dan a conocer las
cosas por analogía con otras que conocemos o sentimos, en tanto que la
experiencia íntima nos hace gustar las cosas mismas que en nosotros
llevamos, que nos están estrechamente unidas, que son algo nuestro y nos
descubren así ese carácter peculiar y originalísimo que cada cosa tiene en
sí misma.
Esta observación se aplica de manera especial a Dios y a las cosas
divinas, que apenas tienen con las cosas humanas imperfecta y lejana
analogía, que están en otro plano, que poseen carácter tan propio, que son
inimitables e indescriptibles.
Pues bien: el conocimiento de las cosas divinas comunicado por el
don de Sabiduría es la experiencia intima de las cosas sentidas, gustadas,
vividas. No son algo lejano que se entrevé a través de los símbolos, sino
algo interior estrechamente unido con el alma y que el alma saborea
dulcemente, como se dice en el libro De divinis nominibus, que Hieroteo
es perfecto en las cosas divinas, porque no solamente las aprende, sino que
las padece.
Para conocer así, es preciso llevar a Dios en el alma, estar
íntimamente unido a Él; es necesario no tener que salir fuera de sí mismo
para preguntar a las criaturas si han visto, por ventura, al Amado, sino
poder exclamar en el éxtasis divino de la posesión: «Encontré al que ama
mi alma; lo encontré, y no lo dejaré jamás.»
Unión tan íntima, dicha tan cumplida, posesión tan dulce, solamente
la puede realizar el amor, el amor que atrae al Dios de los cielos y lo
enlaza a nuestra miseria, que lo encadena a nuestro corazón con vínculos
indestructibles y que nos adhiere a Él de manera tan perfecta, que hace de
Él y de nosotros un mismo espíritu.
Por eso el don de Sabiduría es el don del amor, es la luz de las almas
que se transforman en Dios, la luz de las almas que miran por los ojos del
Amado.
Por eso la séptima bienaventuranza, que es la cumbre del amor, es la
cumbre de la sabiduría.
320

***
Fruto de la sabiduría y del amor es la paz. Pudiera pensarse que la
paz fue producida en el alma por las virtudes y dones propios de las etapas
anteriores. ¿Las tres primeras bienaventuranzas no pacificaron al alma en
sí misma, arrancándole las raíces de sus Inquietudes, y las
bienaventuranzas posteriores no la pusieron en paz con los demás,
estableciendo en ella el reinado de la justicia y de la misericordia?
La vida activa realizó a la verdad una obra pacificadora, pero
negativa: fue la guerra que preparó la paz, quebrantando a los enemigos;
fue la hoz implacable que arrancó la cizaña para preparar la mies; fue el
viento impetuoso que arrastró las nubes opacas para que brillara el sol.
La verdadera paz es algo divino que solamente pueden producir la
Sabiduría y el Amor.
Para ser pacíficos no basta vivir en dulce concordia con nuestros
hermanos, ni es suficiente haber logrado la tranquila armonía de todas
nuestras potencias bajo el imperio único de la voluntad; es preciso que
todos los anhelos del alma se fundan en un solo divino anhelo, que no haya
en ella corrientes dispersas de afectos, sino que todas se encaucen en un
mismo raudal; es indispensable que el alma se simplifique a la manera de
Dios, con esa simplicidad riquísima que todo lo reduce a la unidad.
¿Quién puede producir esa obra divina, sino el amor, que por su
esencia simplifica, que es germen divino de unidad y que uniéndonos
íntimamente con Dios colma todos nuestros anhelos y funde todos nuestros
afectos en el único objeto de nuestra voluntad y de nuestra vida, y en cuanto es posible nos transforma en la Unidad y en Ja eterna Simplicidad?
Pero si es propio de quien ama tener paz, lo que produce la paz es la
sabiduría.
Con admirable profundidad dijo San Agustín que la paz es la
tranquilidad del orden; pero el orden es la simplificación de lo múltiple; y
así, el alma pacífica es la que descansa tranquila en la divina
simplificación. El amor engendra la paz, enlazándola con la divina Unidad;
mas la simplificación misma, el orden tranquilo, es fruto de la Sabiduría.
Ya dijeron los filósofos que es propio del sabio ordenar, porque con la luz
única y simple de las cosas altísimas ilumina al Universo y lo simplifica en
la unidad.
La fe nos descubre más hondamente el misterio. El orden es el reflejo
de aquel pensamiento único y riquísimo que es el Verbo de Dios, la
321

Sabiduría sustancial. La paz es la tranquilidad de ese reflejo. Por eso en la
Naturaleza todo es sosiego, porque nada turba su solemne tranquilidad. El
libre albedrío tiene el horrible privilegio de impedir la irradiación divina
de la sabiduría en las almas; por eso en el mundo de las almas es cosa tan
ardua la paz.
Pero en los dos mundos, la sabiduría produce la paz, siempre es la
paz la imagen sosegada del Verbo de Dios. En el mundo inferior, la
sabiduría increada produce la paz por el misterio de causas sujetas a leyes
necesarias y precisas. En el mundo de las almas, éstas son los ministros
gloriosos del Verbo que deben producir en sí mismas la paz, y para ello
reciben, como causas inteligentes y libres, una imagen activa y fecunda de
la Sabiduría increada, que es en el orden natural la sabiduría adquirida, y
en las alturas de la perfección es el don altísimo de Sabiduría, productor
maravilloso de la paz.
Pero quien graba en la Naturaleza y en las almas la imagen del Verbo
es el AMOR, que se complace en unir, que escribe tiernamente por
dondequiera el nombre del Amado: en el cielo, con las estrellas rutilantes;
en la tierra, con el relieve gigantesco de las montañas y con la armoniosa
policromía de las flores y con los móviles cristales del océano inmenso, y
en las almas, con la opulencia de las virtudes y la plenitud divina de los
dones. Así, en la tierra la paz es hija de la luz y del amor, como en el cielo
el Verbo y el Espíritu Santo son las fuentes eternas de la paz que emana del
seno del Padre.
Mientras la caridad es imperfecta aun en el alma, y el don de
Sabiduría vierte en ella de una manera intermitente su destello celestial, la
imagen del Verbo aparece y desaparece en el alma como la imagen del
cielo se esboza apenas en los cristales fluctuantes de un lago intranquilo;
mas cuando las olas se sosiegan, sobre la paz de la inmóvil superficie
cristalina se delinea con rasgos precisos la clara imagen del cielo y del sol;
y así, en el alma, cuando la caridad es perfecta y la sabiduría es el faro
siempre luminoso del alma pacificada, la imagen divina ya no oscila,
porque el alma se ha fijado en la paz; y la imagen va tornándose tan
precisa y tan clara, y el alma tan diáfana y tan pura, que desaparece lo
humano bajo los esplendores triunfantes de lo divino.
Es la transformación de que nos habla San Pablo, diciendo:
«Nosotros, contemplando la gloria del Señor, nos transformamos en la
misma imagen de claridad en claridad, como por el Espíritu del Señor.»
322

La contemplación y el espíritu realizan esa divina transfiguración. El
amor alcanzó en el alma pacífica el grado altísimo que caracteriza San
Bernardo por estas arcanas palabras: «Stringere inamissibiliter.» (Abrazar
al Amado de manera inadmisible...) Puso ya el Esposo su izquierda bajo la
cabeza de la Esposa y con su diestra la abraza y conjura a las hijas de
Jerusalén para que no despierten a la Amada ni turben el dulce sosiego de
su sueño de amor.
¿Quién podrá separar al alma de su amor inmortal? El Amado es todo
para ella y ella todo para el Amado. Ya no son dos, sino una sola cosa,
porque el amor realizó su obra divina de unidad.
¿Habéis visto una nube sutil bañada totalmente por los rayos del sol?
Su opaca sustancia ha desaparecido ante la invasión de la luz; ya no es
nube, es esplendor, es brillo, se ha transformado en el sol.
¡Menguada comparación para explicar el divino misterio del amor,
que las cosas sensibles son demasiado groseras para expresar las divinas
operaciones! La vieja fisonomía del alma desapareció por la magia del
amor. La Luz del Verbo la penetra, la abrillanta, la transforma en Él.
Miradla. Es Él. ¿No descubrís su mirada, su sonrisa, su majestad, su
dulzura, su amor, su fuerza, su sello inconfundible y divino?
El alma es ya una imagen viviente del Amado. Es el Amado mismo
que, de una manera mística, pero real, vuelve a vivir en la tierra para
reproducir el poema divino de sus divinos misterios. Es Jesús, que nace
arrullado por himnos angélicos, que crece en silencio y esparce su aroma
celestial que embriaga al Padre; Jesús, que dice palabras de vida, que
asombra con sus prodigios; Jesús, que llora las humanas miserias, que
transfigura en su Corazón todos los dolores de la tierra, que se inmola
como Víctima a la divina Justicia y al primer Amor, y que consuma su
obra en el prodigio silencioso y fecundo de la vida eucarística.
Al Padre no complace sino su Hijo, su Jesús; quiere mirarlo siempre
en el cielo y en la tierra, quiere recibir sin cesar el cántico de sus alabanzas
y el incienso de su amor y el perfume de sus sacrificios; y no satisfecho
con el Jesús de los Sagrarios, se complace en reproducirlo en las almas
transfiguradas por la fecundación santificadora del Espíritu Santo.
La Iglesia es un Tabor donde constantemente se realiza el misterio de
la transfiguración de las almas. Jesús reaparece en sus santos, blanquísimo
y brillante; la nube luminosa del Paráclito lo envuelve y la voz del Padre
repite la frase divina: «ESTE ES MI HIJO MUY AMADO, EN QUIEN
ME HE COMPLACIDO.»
323

***
Porque la Iglesia nos enseña en su liturgia que por el misterio del
Tabor se anuncia la perfecta adopción de los hijos de Dios.
Ser hijo adoptivo es reproducir la imagen del Hijo eterno, es ser
sabiduría participada, como Él es la Sabiduría infinita del Padre.
Quien tiene la gracia es hijo adoptivo, porque tiene la divina
semejanza con el Verbo; pero las almas transformadas en Jesús,
convertidas en imágenes vivientes de la eterna Sabiduría, lograrán la
perfecta adopción divina, serán llamadas hijas de Dios.
Claro está que esta suprema etapa de la vida perfecta no se puede
consumar en la tierra; las almas que ascendieron a esa cumbre excelsa
viven ya una vida celestial. Tocan apenas la tierra con su planta; pero su
frente, nimbada de luz, se pierde en las alturas con el corazón del Amado,
en el seno de Dios.
¿La obra divina está consumada? No; falta la última purificación, el
último sacrificio, el acto supremo del amor: la muerte. Y las almas
transfiguradas suspiran por ella con gemidos inenarrables, como suspira el
desterrado por la patria, como suspira por la dicha quien tiene de ella sed
torturante, como suspira el amor por su consumación eterna.
Por eso en esa vida celeste y altísima, en la que viven las almas
transformadas, sobre las delicias de la unión y sobre los tormentos
inefables del amor, se levanta gigantesco y victorioso el grito
incomprensible del deseo, el grito del cielo y el de la tierra, que pudieran
tener por fórmula las últimas palabras de la Escritura:
«Y el Espíritu y la Esposa dicen: ¡VEN, VEN, SEÑOR JESUS!»

324

X
OCTAVA BIENAVENTURANZA
«Beati
qui
persecutionem
patiuntur propter justitiam, quoniam
ipsorum est regnum caelorum.»
(Bienaventurados los que sufren
persecución por la justicia, porque
de ellos es el reino de los cielos.)
Más alto que las siete cumbres que hemos contemplado solamente
hay una, la del Calvario, porque en ella está Jesús crucificado, divino
Modelo de perfección y tipo incomprensible de felicidad.
«Nada hay más grande en el Universo que Jesucristo, y nada hay más
grande en Jesucristo que su sacrificio», escribió profundamente Bossuet.
Por encima de la perfección de las virtudes y del modo divino de los
dones, está la santidad de Jesús, como por encima de la gracia que
nosotros recibimos está la plenitud de ella, que recibió Él, y la gracia única
de la unión hipostática. Por eso la Iglesia canta llena de admiración en el
himno angélico de la Misa: «Tu solud Sanctus... Jesu Christe.» (Tú solo
eres santo, Jesucristo.)
Jesús posee como la sustancia divina de las virtudes, como la
quintaesencia de los dones: porque posee por la persona del Verbo la
santidad de Dios, que toma en su Humanidad sacratísima un matiz
humano.
Cuando Jesús apareció sobre la tierra, apareció la benignidad,
apareció la gracia de Dios, nuestro Salvador, enseña San Pablo (Tit 12, 4;
2, 11).
Es la santidad misma de Dios fuente y modelo de toda santidad; la
santidad de Dios, que contiene en su infinita sustancia la divina sustancia
de todas las virtudes y los dones con que le plugo enriquecer a nuestras
almas.
325

Durante toda su vida mortal, Jesús, que vino a enseñarnos a ser
santos, dejó escapar de lo íntimo de su Ser el perfume de sus virtudes,
traslucir la irradiación de su santidad y caer sobre la tierra migajas del
opulento banquete de perfección y de felicidad de que gozaba su alma.
Mas al llegar a la cumbre de su vida, que fue la consumación de su
sacrificio, rompió el ánfora que contenía el perfume, hízose diáfano el
fanal de la luz y se abrieron las puertas del divino Cenáculo para que el
mundo viese lo más delicioso del íntimo banquete.
Los más exquisito, lo más sublime, lo más santo de Jesús. es su
sacrificio; sobre la cruz apareció en su suprema epifanía la gracia de Dios,
la santidad divina velada apenas con la gasa más sutil y transparente que
puede tener lo divino en la tierra: el dolor.
Jesucristo crucificado es la santidad humana en su cumbre, porque es
la santidad divina en el abismo de su anonadamiento. Es la incomprensible
desnudez de la simplicidad divina que se descubre en la suprema desnudez
humana. Es el amor divino que se hace humano, es el amor humano que se
hace divino y que se funde en el único crisol que los puede fundir: el dolor.
Como cada uno de los ríos recorre su propio cauce y al recorrerlo va
enriqueciendo su caudal, hasta que, colmado, se precipita en el océano, en
el que se funden y unifican todos los ríos, así las virtudes van
enriqueciéndose por grados, pero en su grado supremo y divino se unifican
maravillosamente en un océano de dolor, que es Jesucristo en la cruz.
El misterio de la cruz es compendio de las bienaventuranzas, porque
ahí se encuentran fundidas en la unidad del dolor—la más perfecta que
existe después de la unidad en el amor, que es el seno de Dios—, las
virtudes y los dones que las bienaventuranzas producen; pero en un grado
de perfección incomparable y divino.
La consumación del desprendimiento es la divina desnudez de la
cruz; lo supremo de la mansedumbre es el estado inenarrable de Víctima
de Jesús, entregado totalmente a la divina justicia en el sacrificio del
Calvario; lo más hondo de la santa tristeza que llevan en su alma los que
lloran es la desolación inmensa de Cristo en la cruz; la víctima inmortal es
la suprema justicia y la suprema misericordia, que se funden sobre la tierra
en el ósculo inefable de dolor, como se funden en el cielo en el ósculo divino del amor; la divina exaltación de la pureza en la tierra es la santa, la
insondable pureza infinita de la desnudez de Cristo crucificado, como en el
cielo la pureza infinita es la desnudez de la divina simplicidad y la última
palabra del amor en la tierra —de los dos amores: el divino y el humano—
326

es el monumento sublime que se yergue sobre la cumbre del Calvario, y
debajo del cual pudiera escribirse la famosa inscripción del poeta: «Fecemi
la divina potestate, la suma sapienza, il primo amore.» (Me hizo el divino
poder, la sabiduría soberana y el primer amor.)
Contemplando a Cristo en la cruz, con los ojos iluminados del
corazón, se vislumbra esta verdad profundísima y fundamental; solamente
hay dos consumaciones de la santidad, porque solamente hay dos
unidades: la del amor, en el cielo, y la del dolor, en la tierra. La santidad es
simplificación; Dios es santísimo porque es infinitamente simple; las
almas son santas porque se simplifican en Dios. Por eso Jesús, en el
sermón de la Cena, pidiendo al Padre la perfecta santidad de los suyos, le
decía: «Que sean una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa. Yo en
ellos y Tú en Mí, para que sean consumados en la unidad» (Jn 17, 22-23). El
Padre y el Verbo se enlazan en la unidad del Espíritu Santo, esto es, en la
unidad del Amor; las almas se unifican en la cruz de Cristo, que es la
unidad del Dolor.
Quizá por esto en los cielos, donde solamente la santidad se exalta,
no hay sino dos cánticos: el trisagio eterno que cantan los animales
misteriosos a la santidad del que está sentado en el trono, y el cántico que
los bienaventurados entonan al Cordero como inmolado, que por la virtud
del dolor rompió los sellos del libro de la vida y derramó sobre la tierra los
siete espíritus de Dios.
¿Será que el dolor, desatando, inmaterializa, y purificando,
simplifica? ¿Será que el dolor es el nombre nuevo y terreno del amor, que,
vencedor de las miserias, del pecado y de la muerte, nos enlaza con Dios
en divina unidad? ¿Será que el Dios santo y santificador que se asienta en
los cielos en el trono del Amor, al venir a la tierra eligió por trono la cruz?
¿Para qué escrutar el misterio? Lo cierto es que la suprema epifanía
de la santidad en la tierra es Jesús crucificado, y, por consiguiente, que la
suprema consumación de la santidad en las almas es gloriarse en la cruz de
Cristo, estar con Él crucificadas, ser otro Él.
La fórmula de la santidad, tal como aparece sobre la cumbre de la
séptima bienaventuranza, es ésta: ser santo es ser Jesús. Es preciso
completarla: ser santo es ser Jesús crucificado. Estar, como Él, desnudo,
con sólo la púrpura regia del dolor. Ser santo es ser víctima, es ofrecerse
como sacrificio de adoración, como holocausto de amor al Padre celestial,
ofrecérsele inmaculado por el Espíritu Santo, ser víctima y altar y
sacerdote...
327

Por esto la octava bienaventuranza, que es la de la persecución, del
dolor, del martirio y, en una palabra, de la cruz, es la consumación y la
manifestación de todas las demás. En ella se compendian y consuman los
méritos de todas; a ella convergen, como al océano los ríos, todas las
virtudes y los dones del Espíritu Santo. Todo el organismo sobrenatural
que brotó en la cruz, como divina semilla, tiende a reproducir el árbol que
lo produjo, a renovar en las almas el misterio de la cruz.
Y por una lógica divina que desconcierta por completo la raquítica
lógica de nuestro espíritu, es preciso deducir que Jesucristo crucificado es
el prototipo de la felicidad, porque es el prototipo de la perfección, y que
su cruz, que encierra todos los méritos de las bienaventuranzas, debe
contener todos los premios.
¿Será esto verdad? Es, sin duda, indiscutible que de la cruz brota la
vida eterna; pero ya que los premios de las bienaventuranzas se inician
desde esta vida mortal, ¿será posible que la mayor felicidad de la tierra sea
convertirnos en Jesús crucificado?
Un autor originalísimo, G. K. Chesterton, escribió acerca de Cristo
estas palabras que parecen una intuición genial: «Algo había que escondía
de los hombres cuando iba a rezar a las montañas, algo que Él encubría
constantemente con silencios intempestivos y con impetuosos raptos de
aislamiento. Y ese algo era algo que siendo muy grande para Dios, no nos
lo mostró durante su viaje por la tierra.: a veces discurro que ese algo era
su alegría.»
¿Llevaría Jesús en el fondo de su Corazón, siempre dolorido, el
secreto de la alegría que brota del dolor? ¿Se haría inmenso ese gozo
cuando se hizo inmenso el dolor en el Calvario?
Mejor que los ojos del pensador, la mirada amorosa del santo parece
entrever el misterio. El pobrecito de Asís, estigmatizado y ardiente, nos
explica en una página bellísima el misterio de la perfecta alegría. No
consiste ésta ni en dar el buen ejemplo de santidad, ni en hacer milagros, ni
en saber todas las ciencias y toda la Escritura, ni siquiera en convertir
todos los fieles a la fe de Cristo, sino en padecerlo todo «con paciencia y
con alegría, pensando en las penas de Cristo bendito, las cuales tuvo que
pasar por nuestro amor». El misterio de la perfecta alegría es él fondo del
misterio de la cruz. ¡Dichosas las almas a quienes Dios se lo revela!
Ninguna cosa hay en la tierra que tenga encantos comparables con los
encantos del dolor; pero ninguna tampoco cuyos encantos sean tan hondos
y tan secretos.
328

Todos los matices de la felicidad, derramados en las
bienaventuranzas, forman el dolor único y celestial de la suprema felicidad
de la tierra que se esconde en la cruz. Las tres primeras bienaventuranzas
dan al alma la dicha de ser libre; pero la libertad suprema es el dolor. La
cuarta y la quinta iluminan, pero la luz del dolor es la más espléndida de la
tierra; las últimas purifican y transforman, pero el dolor es la pureza que
emerge triunfante de las miserias de la tierra, la pureza del cielo, que gime
al contacto de los lodazales del mundo; el dolor es la suprema
transformación del alma en Dios, porque es la suprema transformación de
Dios en el hombre.
***
¡Pudiéramos entrever siquiera lo que constituye la felicidad del dolor!
El único deseo que por su ardor pareció turbar la divina serenidad de
Cristo, fue el deseo de su sacrificio. La vehemencia de sus palabras y la
emoción de su acento traicionaron su alma. «Desiderio desideravi hoc
pascha
manducare
vobiscum.»
(Con
deseo
he
deseado,
vehementísimamente he anhelado comer esta Pascua con vosotros.) ¿Cuál?
Las dos: la Pascua eucarística y la Pascua sangrienta, que son, en el fondo,
la misma Pascua de dolor y de amor.
¿Qué encanto divino encontraba Jesús en el abismo de su sacrificio?
La alegría es el perfume del amor, y la suprema alegría debe brotar de
la suprema satisfacción del amor supremo.
El amor supremo es, sin género de duda, el amor de Jesús: su amor al
Padre, su amor a las almas. Desde que vino al mundo comenzó a satisfacer
ese amor, porque los dos son uno solo. Complacía sin cesar al Padre,
salvaba sin cesar las almas. Por eso llevaba siempre en lo íntimo de su
alma el secreto de su alegría.
Pero esa alegría fue turbada durante treinta y tres años por un deseo
torturante; si es insaciable todo amor, ¿cómo sería el amor inmenso de
Cristo?
En el solemne atardecer de su vida, Jesús iba a encontrar la plena
satisfacción de aquel amor que parecía insaciable, de aquel deseo que se
diría infinito. Al aproximarse su hora, Jesús se turba, a pesar de su divina
serenidad, como se turba toda criatura cuando la felicidad se aproxima; la
divina turbación del Cenáculo, ¿era la turbación del dolor o la turbación de
la dicha?
329

¡Inmolarse por el Padre! Ofrecerle un homenaje infinito; devolverle
un amor tan grande como el que recibía por lo que tenía de divino, y un
amor sangriento, doloroso, mortal, por lo que tenía de humano; poderle
decir al Padre la suprema palabra del amor humano: «Te amo hasta la
muerte»; poder ofrecer a la justicia infinita y al primer amor el
anonadamiento, el sacrificio, la inmolación total de una Víctima divina;
poder decir a las almas de todos los siglos por aquel acto único,
incomprensible: «Como mi Padre me amó, así Yo os amo; como he amado
a mi Padre, os amo a vosotros...» ¡Oh Dios mío! ¡Es la alegría perfecta, el
gozo consumado, la dicha cumplida, porque es la suprema satisfacción del
supremo amor!
La fórmula de la perfecta alegría es aquella frase de San Pablo que
nadie sino Jesús comprende totalmente: «Per Spiritum Sanctum
semetipsum obtulit immaculatum deo.» (Por el Espíritu Santo se ofreció a
Sí mismo, inmaculado, a Dios), y que nosotros expresamos, fundiéndola
en un solo símbolo humano: la paloma, que es el emblema de la felicidad
del cielo, porque lo es del eterno Amor; la cruz, que es el signo de la
felicidad terrena, porque significa el dolor, y el Corazón doloroso y
felicísimo de Jesús, en el que parecen divinamente fundirse las dos felicidades, porque se funden los dos amores en un ósculo Inefable y eterno...
¿No contiene la cruz el secreto de la perfecta alegría? ¿Por qué magia
divina se enlazarían en el Corazón de Cristo el cielo y el infierno, la
suprema felicidad y el supremo dolor?
Y el Cristo no se reservó su cruz, como no se reservó ni su amor, ni
su vida, ni su dicha. Todo lo que es nos lo dio, todo lo que tiene nos lo
comunicó y todo lo recibimos de su plenitud.
Su cruz debe ser nuestra cruz; en ella cabemos todos, los mismos
clavos nos fijan al árbol de la vida, las mismas espinas nos coronan, la
misma lanza nos traspasa el corazón. Y cuando nosotros, después de
recorrer todas las cumbres, llegamos a la divina del Calvario y
consentimos en subir a la cruz e inmolarnos en su sacrificio único con la
Víctima santa, nuestras almas, estremeciéndose de dolor y de felicidad,
encuentran entre los brazos de la cruz el arcano supremo de la vida
humana, el secreto de la perfecta alegría...

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