Todo eso, por David Foster Wallace

TODO ESO

por David Foster Wallace
Una vez cuando era chico me regalaron un mezclador de cemento de juguete. Era todo de madera excepto por las ruedas –ejes– que, según recuerdo, eran varillas finitas de metal. Estoy un noventa por ciento seguro de que fue un regalo de Navidad. Me gustó de la misma manera que a un chico de esa edad le gustan los camiones de basura, las ambulancias, los tractores o los remolques de juguete, lo que sea. Hay chicos a los que les gustan los trenes y chicos a los que les gustan los vehículos –a mí me gustaban los segundos. Era una cosa (esta “cosa” sería el mezclador de cemento) de tamaño excesivamente grande como para ser una miniatura, igual que los otros vehículos de juguete –más o menos del tamaño de una panera. Pesaba un kilo o kilo y medio. Era un juguete sencillo –sin baterías. Tenía una soga de color, con una manija amarilla, entonces vos agarrabas la manija y caminabas arrastrando el mezclador de cemento atrás tuyo –como un vagón, aunque no tenía ni de cerca el tamaño de un vagón. Para Navidad, estoy casi seguro de que fue ahí. Fue cuando tenía la edad en la que uno puede, como dicen, “escuchar voces” sin preocuparte de que algo ande mal con vos. Yo “escuchaba voces” todo el tiempo de chico. Tenía cinco o seis años, me parece (no soy muy bueno para los números). Me gustaba el mezclador de cemento y jugaba con él tanto o más que con los otros vehículos de juguete que tenía. En un momento, un par de semanas o meses después de Navidad, sin embargo, mis padres biológicos me hicieron creer que esta cosa era un mezclador de cemento mágico y/o altamente especial. Seguramente fue mi mamá, que me lo dijo en un momento de aburrimiento o banalidad de los adultos, y después mi papá llegó a casa del trabajo y le siguió el juego, también en clave banal. La magia – que mi mamá seguramente me explicó desde su posición privilegiada del sillón del living, al tiempo que me observaba tirar del mezclador de cemento de acá para allá por toda la habitación con la soguita, preguntándome tontamente si yo tenía alguna idea de sus propiedades mágicas, sin duda burlándose de mí de esa manera aburrida y semi-cruel que los adultos a veces adoptan con los chicos, diciéndoles como jugando cosas que ellos se hacen pasar como si fueran “cuentos chinos” o “invenciones de niños”, sin advertir el impacto que esos cuentos pueden llegar a tener (ya que la magia es cosa seria para los chicos), aunque, en cambio, si mis papás en serio creían que la magia del mezclador de cemento era real, no entiendo porqué esperaron semanas o meses para decírmelo. Era un enigma encantador aunque a menudo impenetrable para mí; no estaba en una mejor posición de conocer sus pensamientos y motivos que la de un lápiz para saber de qué se lo usa. Ahora perdí el hilo. La “magia” era que, sin que lo supiera, mientras yo tiraba alegremente del mezclador de cemento detrás de mí, el tambor o cilindro principal del mezclador –la cosa que, en un mezclador de cemento real, mezcla el cemento; no sé cuál es la verdadera palabra para eso– giraba, se movía una y otra vez sobre su eje horizontal, igualito al tambor de un mezclador de cemento real. La cosa hacía eso, decía mi mamá, solamente cuando el mezclador era arrastrado por mí y nada más que, enfatizaba, cuando no lo miraba. Insistía mucho en esta parte y mi papá después la apoyó: la magia no era solamente que el tambor de un objeto de madera maciza sin batería se moviera, sino que lo hiciera solamente cuando nadie lo miraba, deteniéndose en caso de que alguien observara. Si, mientras lo arrastraba, me giraba para mirarlo, mis papás sostenían, el tambor mágicamente detenía su rotación. ¿Cómo era esto? Yo nunca, en ningún momento, puse en duda lo que habían dicho. Esta es la razón por

la cual los adultos e incluso los papás pueden, sin darse cuenta, ser crueles: no pueden imaginar la ausencia absoluta de duda. Se han olvidado. El punto fue que transcurrieron meses de ahí en adelante en los que yo traté de concebir una manera de atrapar al tambor mientras giraba. Las evidencias confirmaban lo que ellos me habían dicho: al girar mi cabeza de manera obvia y poco sutilmente siempre se detenía la rotación del tambor. Probé también con volteos repentinos. Probé haciendo que otro arrastrara el mezclador de cemento. Probé giros incrementales de cabeza mientras lo arrastraba (“incremental” significa que giraba mi cabeza casi a la velocidad del minutero del reloj). Probé espiar por el agujerito de la llave mientras otro arrastraba el mezclador de cemento. Incluso girando mi cabeza a la velocidad de la aguja de las horas. Nunca dudé –no se me ocurrió. La magia era que el mezclador parecía siempre saber. Probé con espejos –primero arrastrando el mezclador de cemento en dirección al espejo, después a través de habitaciones que tenían espejos en la periferia de mi visión, después por espejos escondidos de manera tal que le dejaba poca chance al mezclador de cemento para “saber” que había un espejo en la habitación. Mis estrategias se volvieron muy complejas. Pasaba la mitad de mis días en el jardín de infantes y la otra mitad en casa. La seriedad con que lo trataba les debe haber causado no poco cargo de conciencia a mis papás. Mi papá todavía no había sido pasado a planta permanente; éramos clase media raspando y vivíamos en una casa alquilada con alfombras viejas y finitas –el mezclador de cemento hacía ruido mientras lo arrastraba. Le rogué a mi mamá que sacara fotos mientras arrastraba el mezclador de cemento, mirando fijamente con intensidad fraudulenta hacia adelante. Puse un pedazo de cinta protectora en el tambor y pensé que si la cinta resultaba aparecer en una foto y no en la otra esto probaría que el tambor giraba (las cámaras de video todavía no se habían inventado). Durante “la hora de la charla”, antes de dormir, mi papá a veces me contaba aventuras de su niñez. Él, un intelectual, había sido, según sus historias, la clase de chico que planta trampas para el Ratón Pérez (pirámides de latas en la puerta y las ventanas de su cuarto, cordeles atados entre el dedo y el diente debajo de la almohada para despertarse cuando el ratoncito viniera a llevarse el diente) y otros personajes “míticos” de la niñez, como Papá Noel. (“La hora de la charla” significaba quince minutos de conversación directa –nada de historias o canciones– con mis papás mientras estaba acostado listo para dormir, en la cama. Cuatro noches por semana “la hora de la charla” era con mi mamá y tres noches con mi papá. Eran bastante organizados en ese aspecto). Yo no conocía mucho, a esta edad, el Mateo 4:7, y mi papá, un devoto ateo, de ninguna manera se refería al Mateo 4:7 ni usaba los cuentos de sus infructuosas trampas de la niñez como parábolas o consejos contra mi intención de “probar” o “vencer” la magia del mezclador de cemento. Mirando atrás, creo que mi papá estaba encantado con mis intentos de “atrapar” al tambor del mezclador girando porque lo veía como evidencia de que era una astilla del palo de la manía intelectual ad hoc por la verificación empírica. De hecho, nada podía haber estado más alejado de la verdad. De adulto, me di cuenta de que la razón por la que pasé tanto tiempo tratando de “atrapar” al tambor girando era que quería verificar que no podía. Si alguna vez hubiera tenido éxito en ser más astuto que la magia, me habría devastado. Esto lo sé ahora. Los cuentos de mi papá sobre cascabeles para el conejito de Pascuas o cordeles para el Ratón Pérez de vez en cuando me hacían sentir triste y cuando lloraba por eso a veces mis papás creían culposamente que estaba llorando por mi frustración de no poder atrapar al tambor giratorio. Estoy seguro de que esto les causaba angustia. De hecho, yo lloraba con tristeza, imaginando cuán devastado se debía haber sentido mi papá de chico si hubiera tenido éxito en atrapar al Ratón Pérez. No tenía, en esa época, idea de que por eso era que las historias de “la hora de la charla” me

ponían triste. Lo que recuerdo sentir era una increíble tentación de hacerle una pregunta a mi papá mientras me describía con orgullo estas trampas, y al mismo tiempo un inmenso y apasionado pero amorfo e innombrable miedo que me impedía preguntarle. La lucha entre la tentación y mi incapacidad de hacer la pregunta (debido al miedo de llegar a ver dolor en el rostro rosado, alegre y plácido de mi papá) me hacía llorar con una intensidad que debe haber causado en mis papás –que me veían como un chico delicado y excéntrico– no pocos remordimientos a causa de su “cruel” invento de la magia del mezclador de cemento. Bajo varias excusas, me compraron una cantidad excepcional de muñecos y juegos en los meses posteriores a esa Navidad, tratando de distraerme de lo que veían como una obsesión traumática con el mezclador de cemento y su “magia”. El mezclador de cemento de juguete es el origen del sentimiento religioso que ha ocupado la mayor parte de mi vida adulta. La pregunta, que (lamentablemente) nunca hice, era qué se había propuesto hacer mi papá con el Ratón Pérez si alguna vez tenía éxito en atraparlo. Posiblemente, aún así, otra fuente de tristeza era que me di cuenta, de alguna manera, de que mis papás, cuando me observaban tratar de inventar modos de ver la rotación del tambor, estaban completamente equivocados con respecto a lo que estaban mirando –que el mundo que ellos veían y por el cual sufrían era completamente diferente al mundo de niñez en el que yo existía. Lloré por ellos mucho más de lo que ninguno de nosotros tres se imaginó en ese momento. Yo, obviamente, nunca “atrapé” al mezclador de cemento mientras giraba. (El chasis y la cabina del mezclador de cemento estaban pintados del mismo naranja intenso que los verdaderos vehículos; el tambor estaba pintado con franjas alternadas de ese naranja y un verde profundo y frecuentemente soñaba con el giro espiralado hipnótico de las franjas al girar el tambor cuando yo no lo observaba. Debería haber mencionado esto antes, ahora me doy cuenta). Arrastraba el mezclador de cemento por todas partes tanto tiempo que mi mamá, después de haber renunciado a intentar culposamente distraerme con otros juguetes, me desterró al sótano con el mezclador de cemento para que las ruedas no siguieran poceando la alfombra del living. Nunca encontré una manera de observar la rotación del tambor sin parar la rotación. Nunca siquiera se me pasó por la cabeza que mis papás podrían haber estado engañándome. Ni me molestó que el tambor rayado estuviera en sí mismo pegado o clavado al chasis naranja del mezclador de cemento y no pudiera girar (ni siquiera moverse) con la mano. Tal es el poder de la palabra “magia”. El mismo poder da cuenta de porqué las “voces” que escuchaba de chico nunca me preocuparon o me dieron miedo de que algo anduviera mal conmigo. Y, de hecho, la rotación libre de un tambor sin baterías y firmemente sostenido no era la “magia” que me daba fuerzas. La magia era la manera en que la cosa sabía detenerse en el instante que yo trataba de mirarla. La magia era cómo no podía, nunca, ser atrapada ni superada. Aunque mi obsesión con el mezclador de cemento de juguete ya había terminado para la Navidad siguiente, nunca la olvidé, ni olvidé el sentimiento en mi pecho y torso siempre que otro intento, cada vez más enrevesado, de atrapar la magia del juguete llegaba al fracaso –una mezcla de profunda decepción y reverencia extática. Este fue el año, a los cinco o seis, en que aprendí el significado de “reverencia”, que, según yo lo entendía, es la actitud natural a tomar ante los fenómenos mágicos e inverificables, del mismo modo que “respeto” y “obediencia” describen la actitud de uno hace los fenómenos físicos observables, como la gravedad o el dinero. Entre las cualidades que hacían que mis padres me vieran excéntrico y misterioso estaba la religión, ya que, sin ningún disparador o siquiera comprensión, yo era un chico religioso –lo cual quiere decir que estaba interesado en la religión y lleno de sentimientos y preocupaciones para las que usamos la

palabra “religiosas” para describirlas. (No me estoy explicando bien. No soy y nunca fui un intelectual. No soy bueno para argumentar y los temas que estoy tratando de describir y debatir están más allá de mis capacidades. Estoy haciendo, sin embargo, lo mejor que puedo, y voy a volver sobre esto con todos los cuidados posibles cuando haya terminado, y voy a hacer los cambios y correcciones siempre que vea una manera de poner más en claro o volver más interesante lo que esté discutiendo, sin inventar nada). Mis papás eran intelectuales y ateos militantes, pero eran tolerantes y de gran corazón, de modo que cuando empecé a preguntar por cuestiones “religiosas” y a expresar mi interés en asuntos “religiosos” me dejaron libre para buscar personas orientadas hacia lo religioso con quienes pudiera debatir estos asuntos, e incluso me permitieron concurrir a los servicios de la iglesia y a misa con las familias de los otros chicos de la escuela y de nuestro barrio que eran religiosas. Tomando en cuenta el significado usual de “ateísmo”, el cual, según lo entendía yo, es una especie de religión anti-religiosa, que rinde culto a la razón, el escepticismo, el intelecto, las pruebas empíricas, la autonomía humana y la autodeterminación, la abierta tolerancia de mis padres hacia mis intereses religiosos y mi asistencia regular a los servicios con la familia de al lado (para esta época mi papá ya era planta permanente y teníamos nuestra propia casa en un barrio de clase media con un régimen escolar altamente valorado) era excepcional –la especie de actitud no juiciosa y respetuosa que la propia religión (como yo la veo) trata de inculcar en sus fieles. Nada de esto se me ocurrió en esa época; tampoco la conexión entre mis sentimientos por el mezclador de cemento de juguete “mágico” y, más adelante, mi interés en, y reverencia por, la “magia” de la religión se me hizo evidente más que años después, cuando estaba en segundo año del Seminario, durante mi primera crisis de fe de la adultez. El hecho de que las conexiones más poderosas y significantes de nuestras vidas sean (en el momento) invisibles para nosotros se me hace un argumento convincente para la reverencia religiosa más que para el empirismo escéptico como una respuesta al sentido de la vida. Es difícil mantenerse en lo que parece ser el “hilo” de esta discusión de un modo ordenado y lógico. Entre los adultos a los que mis papás me permitieron acercarme con mis preguntas y temas religiosos se contaban maestros, un profesor de catequesis a quien mi papá conocía y respetaba desde que habían compartido trabajo en un comité interdepartamental universitario, y el papá y la mamá de la familia de al lado, que eran los dos diáconos (una especie de curas rasos de élite) en la iglesia a dos cuadras de nuestra casa. Voy a ahondar en una descripción de estos temas, preguntas y asuntos que mis papás me permitían discutir con estos adultos religiosos; eran absolutamente comunes y corrientes, universales, la clase de preguntas con las que todos eventualmente se topan, a su tiempo y manera individuales. Mi exceso de interés religioso también tenía que ver con la frecuencia y el tenor de las “voces” que escuchaba frecuentemente de chico (o sea hasta los 13 años recién cumplidos, según me acuerdo). La principal razón era que nunca me asustaron las voces ni me preocupé sobre lo que significaba “escuchar voces” para mi salud mental ya que el hecho de que las “voces” de mi niñez (había dos, cada una distinta en timbre y personalidad) nunca hablaban de nada que no fuera bueno, feliz y reconfortante. Voy a hacer referencia a estas voces solo de pasada, porque ninguna de las dos es absolutamente vital para esto y además son muy difíciles de describir o transmitir de manera adecuada a los demás. Debo enfatizar que, aunque las fantasías y los “amigos invisibles” son componentes habituales de la infancia, estas voces eran –o me parecían– fenómenos completamente reales y autónomos, a diferencia de las voces de los otros adultos “reales” en mi experiencia, y con modos de hablar y acentos para los que nada de mi experiencia en la niñez me había expuesto ni preparado de ninguna manera para “transformar” o combinar con fuentes externas. (Recién ahora me di cuenta de que otra razón por la que no quiero discutir en profundidad estas

“voces” de la infancia es que tiendo a caer en intentos de demostrar que las voces eran “reales”, cuando en verdad me resulta un tema indiferente que sean verdaderamente “reales” o no o si alguna otra persona puede ser forzada a admitir que no eran “alucinaciones” o “fantasías”. De hecho, uno de los temas de conversación favoritos de las voces consistía en asegurarme que no tenía importancia si yo creía que eran “reales” o simplemente parte de mí, ya que –como la gustaba enfatizar particularmente a una de las voces– no había nada en el mundo entero tan “real” como yo. Debo aceptar que de alguna manera yo consideraba –o “las tomaba”– a las voces como mis segundos padres (o sea, pienso, que las amaba y confiaba en ellas y aún las respetaba o “reverenciaba”: en dos palabras, yo no era su igual), pero también como niñoscolegas: es decir que no tenía ninguna duda de que ellas y yo vivíamos en el mismo mundo y que me “entendían” de un modo que los padres eran incapaces). (Probablemente una razón por la que automáticamente caigo en la necesidad de “demostrar” la “realidad” de las voces es que mis padres “reales”, aunque eran completamente tolerantes con mi creencia en las voces, obviamente las veían como una fantasía del mismo tipo que “el amigo invisible” que mencioné más arriba). De cualquier manera, la mejor analogía para la experiencia de escuchar estas “voces” de la niñez es que era como dar vueltas por ahí con tu masajista privado, que se pasaba todo el tiempo masajeándote la espalda y los hombros (lo cual mi mamá biológica también solía hacer cuando estaba enfermo en la cama, usando alcohol para masajes y talco de bebé y también cambiar las fundas de las almohadas para que estuvieran limpias y frescas; la experiencia de las voces era similar al sentimiento de dar vuelta una almohada para que quedara del lado fresquito). A veces la experiencia de las voces era extática, a veces tanto que era casi demasiado intensa para mí –como cuando mordés por primera vez una manzana o una golosina que tiene tan rico sabor y causa un efluvio de jugos orales tan intenso que hay un momento de dolor intenso en tu boca y glándulas– especialmente en las tardecitas de primavera o verano, cuando la luz del sol en los días soleados alcanzaba momentos de inmanencia y se volvía el color del oro y era ella misma (la luz, como si tuviera gusto) tan deliciosa que era casi demasiado para soportar, y yo me acostaba en la pila de almohadones en el living y giraba para atrás y para adelante en una agonía de asombro y le decía a mi mamá, que siempre estaba leyendo en el sillón, que me sentía tan bien y lleno y extático que apenas podía soportarlo, y me acuerdo de ella frunciendo los labios, tratando de no reírse, y diciéndome con la voz más seca posible que le era difícil sentir demasiada compasión o preocupación por este problema y que confiaba en que yo iba a poder sobrevivir a ese nivel de éxtasis, y que seguramente no iba a necesitar ser llevado de urgencia al hospital, y en esos momentos mi amor y afecto por el humor y el cariño seco de mi mamá se volvían, apilados encima del éxtasis original, tan intensos que casi tenía que emanar un grito de placer mientras giraba extáticamente entre los almohadones y los libros en el suelo. No tengo ni idea de lo que significaba para mi mamá –una mujer excepcional, verdaderamente querible– tener un hijo que a veces sufría verdaderos accesos de éxtasis; y tampoco estoy seguro de si ella misma no los tenía. De cualquier manera, la experiencia de las “voces” reales aunque invisibles e inexplicables y los sentimientos extáticos que frecuentemente despertaban contribuyeron sin lugar a dudas a mi reverencia por la magia y a mi fe en que la magia no solo permeaba el mundo de todos los días sino que además lo hacía de un modo que era absolutamente benigno y altruista y que me deseaba el bien. Nunca fui la clase de chico que creía en “monstruos abajo de la cama” o en vampiros ni que necesitaba una luz encendida en su cuarto por las noches; por el contrario, mi papá (que claramente “disfrutaba” de mí y de mis excentricidades) una vez le dijo entre carcajadas a mi mamá que él pensaba que yo podía sufrir un tipo de psicosis

benigna llamada “antiparanoia”, en las cuales parecía creer que era el objeto de una intrincada conspiración universal para hacerme tan feliz que apenas podía soportarlo. La instancia específica que se podría pensar como el origen de mi impulso religioso una vez que pasó mi interés en el mezclador de cemento (para gran alivio de mis padres) tuvo que ver con una película de guerra de los 50’s que mi papá y yo vimos juntos en la televisión una tarde de domingo con las cortinas cerradas para evitar que la luz del sol nos hiciera difícil ver la pantalla de nuestra televisión blanco y negro. Mirar televisión juntos era una de nuestras actividades favoritas y más frecuentes (a mi mamá no le gustaba la televisión) y normalmente se desarrollaba en el sillón, con mi papá, que leía durante las publicidades, sentado en un extremo y yo acostado, con la cabeza en una almohada en las rodillas de mi papá. (Uno de los recuerdos sensoriales más fuertes que tengo de la niñez es el sentimiento de las rodillas de mi papá contra mi cabeza y la manera juguetona en que a veces apoyaba su libro sobre mi cabeza cuando se venía la pausa comercial). El tema de la película en cuestión era la Primera Guerra Mundial y la protagonizaba un actor que era muy apreciado por su papel en las películas de guerra. En este punto mi memoria se separa tajantemente de la de mi papá, como lo evidencia una inquietante charla que tuvimos durante mi segundo año del Seminario. Mi papá aparentemente recuerda que el héroe de la película, un muy querido teniente, muere al tirarse sobre una granada enemiga que había sido arrojada desde lo alto hacia la trinchera de su pelotón (“pelotón” quiere decir un pequeño grupo de militares de infantería con estrechos lazos originados en la constante camaradería de armas). Según mi papá, los pelotones usualmente son liderados por tenientes. Aunque yo recuerdo claramente que el héroe, interpretado por un actor que fue destacado por su retrato del conflicto y el trauma, sufre una angustia íntima por las cuestiones morales de matar en combate y todo el acertijo religioso de “simplemente una guerra” y “permiso para matar” y finalmente pasa por un quiebre psicológico muy fuerte cuando su propio camarada arroja con éxito por los aires una granada en una trinchera enemiga repleta de soldados y se pone a saltar a los gritos (el héroe lo hace, apenas empezada la película) en la trinchera enemiga y cae sobre la granada y muere salvando al pelotón enemigo, y desde entonces el resto de la película (aunque constantemente interrumpida por publicidades cuando la miré) presenta al pelotón del héroe luchando para interpretar la acción de su anteriormente querido teniente, al cual muchos denunciaban agriamente como traidor, otros sostenían que la fatiga del combate y una traumática carta del “Estado” recibida más atrás en la película exculpaban a su acto como una especie de locura temporal, y solo un recluta tímido e idealista (interpretado por un actor que nunca he visto en ninguna otra película de la época) creía en secreto que el acto del teniente, de morir por el enemigo, fue verdaderamente heroico y merecía ser grabado y dramatizado para la posteridad (el recluta anónimo y tímido es el narrador, con voz en off al principio y al final de la película) y nunca olvidé la película (cuyo título tanto mi papá como yo nos perdimos porque encendimos la televisión cuando la película había empezado, que no es lo mismo que “olvidarse” el título, que es lo que dice mi papá en broma que los dos hicimos) o el impacto de la acción del teniente, que yo, también (como el narrador tímido e idealista), consideré no solamente “heroica” sino también hermosa de una manera que era casi demasiado intensa para soportar, sobre todo mientras estaba recostado sobre las rodillas de mi papá.
[Traducción del inglés al español: Julio César Estravis Barcala]

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