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Un año de

Abril 2009-Abril 2010

Josep Julián

http://josep-julian.blogspot.com/
Índice

Innovar no es esto 7

Nada cambia si yo no cambio 8

Galgos contra Podencos 9

Liderar es cuidar de los demás 11

Los ausentes emocionales 12

Se necesita clientes 13

El origen de la crisis explicada a los doomies 14

El tiempo, gran escultor 14

El jardín de bonsáis 15

Gestionar la emocionalidad 16

El doctor Broggi o el anciano entusiasta 17

Las siete maravillas del mundo 18

Punset 19

Volar como una mariposa, picar como una abeja 20

El loro Einstein 20

Próxima salida, el cambio 21

Las cien caras 22

Saldremos de ésta 23

Una metáfora acerca de volar 24

Libro de Bitácora (abril) 25

¿Qué cara nos ponemos hoy? 26

Deja que tu idea crezca y te hable 28

Coyuntura y estructura 29

Errar o herrar 30
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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En busca del fuego 31

¿No nada nada? No traje traje 32

Depende de nosotros 34

Los socio-guettos 36

Gestión de expectativas 37

Libro de Bitácora (mayo) 39

Quién lo iba a decir 40

Aprender a quererse 41

La familia y la gestión emocional 43

De Profundis 45

Los que predicen en pasado 46

¿Sabes lo que no sabes? 47

Libro de Bitácora (junio) 48

Menos texto y más contexto 50

Cazadores de rayos 52

Reparación o recambio 54

Señoras y señores… 55

Elogio de la rutina 56

No seamos cerdos 57

“Nunca” es demasiado tiempo 59

Si quieres que te cante… 61

Se levanta el telón 63

Libro de Bitácora (julio) 64

Aprendiendo a tirar cerveza 66

El fluir 66

Derechos humanos para todos 66

Tambores lejanos 66

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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El síndrome postvacacional 67

Libro de Bitácora (agosto) 68

Good morning Vietnam 70

Cloudconsulting 72

Valor añadido: nueve más uno igual a diez 73

Vidas ejemplares 74

Disfrutar el momento 75

El feedback nuestro de cada día dánosle hoy 77

Alta tensión 79

Pero ¿por qué? 81

Libro de Bitácora (septiembre) 83

El liderazgo inspiracional 85

Desaprender 86

Transparencias 87

El elefante estacado 89

Imágenes disonantes y creatividad 91

Usted mismo con su propio mecanismo 93

Las emociones y los hábitos de compra 95

Con ustedes Ken Blanchard 97

La vida en obras 99

Libro de Bitácora (octubre) 101

La dirección por excepción 103

Me gusta cómo piensas 105

El baile de máscaras 107

¿De qué te quieres morir? 110

El principio de incertidumbre 112

Profesiones con futuro 114

     
   
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Empresas listas, empresas tontas 116

¿Quién dijo que lo obvio era sencillo? 119

Libro de Bitácora (noviembre) 121

Casualidades, series y datos 124

Motivación, confianza y liderazgo 126

Cuento de Navidad 128

Sisinonó Yayá 130

Libro de Bitácora (diciembre) 131

El valor de la excelencia 133

¿El final de un modelo de gestión de personas? 135

¿Dónde está Wally? 137

Obituario de don Melchor 139

Sorpresas te da la vida 142

2.0 Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos 144

Liderar es transformar “cómo en qué” y viceversa 147

Educando la emocionalidad 149

Libro de Bitácora (enero) 151

Jerarquía versus Conocimiento 154

El pudor 157

El soma 159

Partículas elementales 161

Nadie hablará de nosotros… 163

El logaritmo neperiano de la emocionalidad 167

Libro de Bitácora (febrero) 169

Carta a un cliente desconocido 171

La buena reputación 174

El día después 176

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Un mañana probable 177

Pasos 180

Mad Men 181

Zapatero a tus zapatos 183

Verdad de la buena 185

Anatomía de la gente guapa 187

     
   
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Innovar no es esto 2 de abril 2009

He leído recientemente una reseña en la que se expone la opinión de un alto ejecutivo español
de una conocida empresa multinacional. Pronostica que aquellos que para salir de la crisis
adopten únicamente políticas de contención de costes están perdidos. Como receta eficaz
propone la inversión en innovación, y eso está muy bien. Hasta ahí, de acuerdo. Lo que sucede
es que cuando se continúa leyendo su exposición y desgrana las medidas supuestamente
innovadoras que ha decidido acometer en su organización, lo que más se ve son medidas
innovadoras sí, pero ¡de contención de costes!

Por lo visto, para él la innovación consiste básicamente en, y cito: estandarizar, optimizar y
automatizar, añadiendo a continuación: para que las empresas puedan llevar a cabo esta labor
hace falta dinero. El dinero se puede conseguir de muchas formas, una es pidiéndoselo a los
accionistas o a los bancos y otra ¡gastando mejor el que se tiene! O, sea, reducir costes. En ese
caso, y aplicando su propia proyección, mal augurio le pronostico al ejecutivo y a su empresa.

Por desagracia esa es una manera muy extendida de entender la innovación. Confundir innovar
con devanarse los sesos para obtener ahorro de costes es una visión muy pobre y
desmotivadora. Es muy pobre porque se sustenta en una visión defensiva mientras que, por el
contrario, innovar supone una actitud justamente opuesta a esa, la proactiva. Y es
desmotivadora porque induce a entender que el foco hay que ponerlo en la adopción de
políticas casi exclusivamente restrictivas más propias de análisis (ver qué está sucediendo
ahora) que de proyección (investigar nuevos caminos). Es como si encargáramos a quienes han
hecho toda la vida las cosas de una determinada forma que se pusieran a inventar el futuro y
eso no es razonable. Es lo mismo que confundir las habilidades de un descubridor con las de
un inventor y son opuestas.

Innovar supone necesariamente adentrarse por un camino inexplorado, perseguir un sueño


hasta ahora irrealizado, asumir que lo que funcionó hasta ayer puede que no satisfaga las
nuevas necesidades de mañana. En resumen, asumir que el hoy es un estadio transitorio sobre
el que proyectar cómo será el futuro.

Que la innovación suponga un ahorro de costes, es un subproducto pero nunca el sueño a


perseguir. Pondré un ejemplo. No se llegó a la luna ahorrando costes sino imaginando cómo
deberían ser los cohetes que nos llevaran hasta ahí y que no existían hasta entonces. Los
ahorros en materiales y combustible que se han producido posteriormente también fueron una
innovación, pero de segundo orden. Y desde luego, no lo hicieron los mismos.

     
   
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Nada cambia si yo no cambio 2 de abril 2009

El pasado diecisiete de marzo asistí a una falsa presentación del libro Confianza (ediciones
Urano) escrito por Leila Navarro y José María Gasalla. Digo falsa presentación porque lo que
nos encontramos allí fue un verdadero show que ha resultado ser una de las experiencias más
gratificantes en muchos años. Durante más de dos horas asistí embelesado a una exposición
vivencial acerca de la confianza, es cierto, pero también sobre comportamientos asociados
como la motivación y el compromiso.

Dado que este roadshow se está presentando en muchas ciudades, os recomiendo que estéis
atentos y que os apuntéis si tenéis oportunidad. Ver a una mujer de la edad de Leila exponer
unos conceptos tan conocidos como poco interiorizados con ese grado de vitalidad y
desparpajo resultó una lección útil, incluso para alguien como yo que creía que prácticamente
lo había visto todo.

Os dejo una reflexión que ella repite a menudo: nada cambia si yo no cambio. Qué gran
verdad. Y no os perdáis escucharlo a ritmo de samba.

http://www.roadshowconference.com/
 

     
   
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Galgos contra Podencos 3 de abril 2009

Durante mi etapa como ejecutivo de un banco viví la desagradable experiencia de un consejo


de dirección dividido de forma artificial mediante la contratación de un nuevo ejecutivo por
parte del presidente con la pretensión de dinamizar la entidad. Esa decisión, que pretendía ser
similar al efecto que produce la introducción de una piraña en un estanque repleto de barbos
produjo una automática realineación del resto de ejecutivos que, sin entrar en mayores detalles
por no ser ahora de interés, produjo una serie de efectos nocivos contrarios a los deseados y
que culminó, en distintas fases y en primer lugar, con la renuncia de la piraña y la posterior
salida de otros ejecutivos, entre ellos yo, desangrados por aquella lucha fraticida. Como sucede
en tantas ocasiones, aquello concluyó con “la entrega de medallas a los no participantes” y el
restablecimiento de la correspondiente pax romana. Es decir, aquí paz y después gloria.

Mientras duró aquella situación que se prolongó durante bastantes meses, se produjo un efecto
curioso. Algunos barbos decidieron seguir comportándose como tales mientras que otros
corrieron a refugiarse detrás de la cola de la piraña para no ser devorados. El resultado fue que
la convivencia interna se resintió de tal modo que el sindicato con más representación en el
banco publicó uno de sus boletines con el ilustrativo título de “Galgos contra Podencos” en el
que se analizaba con bastante tino lo que estaba sucediendo. En otra ocasión, vino a visitarme
uno de nuestros directores territoriales, víctima como muchos otros de las tensiones que se
produjeron en aquellos meses, para rogarme de forma muy ilustrativa que "las tortas entre vosotros
no os las deis en mi cara". ¿Qué había sucedido?

La respuesta está en el funcionamiento de los socio-guetos. Se define así a las distintas


agrupaciones de individuos que se producen por afinidades excluyentes. Los del Barça no
pueden ver a los del Real Madrid y a la inversa, por ejemplo. Estas agrupaciones, que pueden
surgir espontáneamente (como en el caso del banco) o que llegan a ser hereditarias (Montescos
contra Capuletos) comparten algunas cualidades muy distinguibles: El grupo A tiene una serie
de valores concretos y lo mismo sucede en el B; el grupo A es enemigo acérrimo del B, pero si
por casualidad un miembro del A se lleva bien con alguno del B, eso puede llegar a provocar
problemas a ambos llegando incluso a la expulsión de uno de ellos o de ambos.

Imaginémonos algo más sutil pero que funciona de forma similar. Todos nosotros escuchamos
noticias o leemos la prensa, pero quien lee El País no es lector de El Mundo y viceversa; quien
escucha la COPE aborrece la Cadena SER y viceversa; quien ve Telecinco por defecto, le
cuesta sintonizar otra cadena televisiva y si lo hace, no puede reprimir una mueca de
incomodidad. Es decir, de forma consciente pero también inconscientemente (lo que resulta
más frecuente) escogemos formar parte de uno u otro socio-gueto pero raramente lo somos de
dos antagónicos.

Lo atávico es algo presente en nosotros y está tan fuertemente arraigado que, por mucho que
pensemos que hemos evolucionado, no nos aleja de los comportamientos cavernarios. Somos
gregarios y excluyentes y por si eso fuera poco, el recuerdo de filia o fobia permanece
prácticamente invariable en el tiempo. ¿Exagerado? Me pongo como ejemplo. A pesar de que
     
   
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desde aquel episodio que relataba al principio de este post han pasado ya más de diez años y
hace ya mucho que no trabajo para ese banco, sigo sintiendo un rechazo frontal a entrar en un
prestigioso establecimiento de ropa por el simple hecho de que ostenta como denominación
comercial el mismo apellido que el de “la piraña”. Y eso que estoy seguro de que no tienen
relación alguna, aunque sólo sea por el simple hecho de que uno y otro están separados por
más de mil doscientos kilómetros de distancia.
 

     
   
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Liderar es cuidar de los demás 3 de abril 2009

¿A que cuando montamos en el AVE a nadie se le ocurre pedirle el curriculum al maquinista


para comprobar su pericia? Eso es porque confiamos en él y en su capacidad para llevarnos
sanos y salvos a nuestro destino.

El enlace que te presento trata de poner a prueba tus capacidades de liderazgo como
maquinista del tren en el que viajan los que confían en ti. Real como la vida misma.

http://www.o-zoners.com/eurostar/eurodriver.html

Sólo tienes que tener en cuenta estas sencillas instrucciones:

1. Clica en GIOCA (está en italiano)


2. Pincha en el pantógrafo
3. Quita el freno de mano
4. Dale a la palanca de potencia
5. Sigue las indicaciones que aparecerán en el cuadro de mando

Cuidado: es altamente adictivo


 

     
   
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Los ausentes emocionales 5 de abril 2009

Hace pocas semanas escuché por radio una entrevista con la presidenta de Microsoft para
Europa en la que se refería a los ausentes emocionales como verdaderos cánceres de las
organizaciones. Para ella, esas personas son aquellas que se aíslan de la convivencia cotidiana,
que sólo se rigen por principios que sólo ellos parecen conocer; en una palabra, que se
desentienden de todo cuanto sucede a su alrededor distinguiéndolos de aquellos otros que se
concentran en el desempeño de su trabajo lo que, obviamente, no es lo mismo.

Reflexionando sobre este concepto me he esforzado en pensar en personas que conozca y que
respondan a ese perfil y obviamente he llegado a la conclusión de que conozco a algunas, pero
no había podido encontrar una denominación adecuada hasta ahora. Así que esos son los
ausentes emocionales, me gusta la definición.

Cuando exponemos las características de los patrones sociales en los seminarios a menudo
aparecen comentarios sobre personajes que se comportan de forma asocial y que logran
concitar la aversión de prácticamente todo el mundo. ¿Qué tienen en común todas esas
personas? Que no tienen amigos, ni círculos de relación y que concitan exasperación en
prácticamente todo el mundo debido a su intolerancia. Hay prácticamente unanimidad sobre
esto.

No son malos profesionales, eso está claro, incluso alguno de los que conozco son muy
buenos, pero son malas personas en el sentido emocional del término. Ausentes emocionales
que ni están ni se les espera, que no es que trabajen mal la empatía sino que, simplemente, no
tienen ninguna necesidad de mostrar el más ligero atisbo de ella.

Otra cosa sobre la que he reflexionado es sobre si ellos mismos se reconocen entre sí y aunque
todavía no he llegado a una conclusión definitiva, me inclino a pensar que no pero puedo estar
equivocado. En cualquier caso, los ausentes emocionales están solos y su soledad nos aísla a
todos un poco más con su kriptonita social.
 

     
   
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Se necesita clientes 6 de abril 2009

Simplemente basta con darse una vuelta por las calles de las ciudades para ver la cantidad de
locales comerciales en alquiler o traspaso, signo evidente de las consecuencias de la crisis
económica que afecta al consumo de forma generalizada. Lo que más me ha llamado la
atención es que los comercios más o menos “glamourosos” utilizan la fórmula de “nos hemos
trasladado” en lugar de “cerramos porque nos va mal”. No sé si habéis reparado en ello.

El otro día aparecía en un periódico la foto de una cafetería en la que el propietario había
colgado el cartel de “se necesita clientes”. Me pareció una forma ingeniosa de llamar la
atención que conjuga la ansiedad del momento con el buen humor; una nueva versión de “a
mal tiempo buena cara”. Reflexiono sobre los razonamientos íntimos del propietario en
cuestión. ¿Le seguirán fiando los proveedores?, ¿bajará los precios del café con leche como
gancho?, ¿entrarán nuevos clientes o mantendrá los actuales?

En estos meses en que el azote de la crisis ha llegado con toda su intensidad se ha perdido más
puestos de trabajo en un trimestre que en todo el año pasado y las charlas en las cafeterías que
uno escucha giran invariablemente en torno a la crisis. ¿Cómo le va a usted? ¿Lo está notando
en su negocio? Las respuestas van desde el “me va mal” hasta el “nos hemos trasladado”.
Incluso los pocos que todavía siguen la inercia del año pasado y funcionan más o menos bien
confiesan que este año han renunciado a su semana de esquí o a las vacaciones de semana
santa. Papá, ¿es que pasa algo? preguntaba un retoño desinformado a su padre empresario hace
pocas semanas. Y él le contestó “no, pero por si acaso”.

Cuando los empresarios "renuncian" a sus días de merecido asueto, las cafeterías “buscan
clientes” con anuncios en sus puertas y los comerciantes “se trasladan” no hay que hacerse
muchas preguntas: hay crisis. Y por si había dudas Telefónica lanza un spot televisivo en el que
se ve a un ejecutivo abrumado que llama por el móvil a su esposa para darle la noticia de que le
han despedido y vemos como la señora en cuestión inicia una cruzada de llamadas telefónicas a
su red social que se pone en marcha de inmediato por tierra, mar y aire (vía telefónica, por
supuesto) para sacar del apuro al ejecutivo abrumado hasta llegar al punto culminante en el que
el teléfono suena una última vez para concertar una cita para una entrevista de trabajo.

Y digo yo, ¿la oportunidad del anuncio será porque este tipo de llamadas son hoy mucho más
frecuentes y Telefónica prevé un incremento sustancial de su facturación por ello o será
porque a través del marketing social pretende informarnos de que hay crisis?

Por si no os habíais dado cuenta, todo el mundo necesita clientes.

     
   
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El origen de la crisis explicada a los doomies 7 de abril 2009

Esta es una explicacìón sencilla y desternillante del origen de la crisis a causa de las subprime.
Enseñar deleitando.
 

http://www.youtube.com/watch?v=tDUiVLKZT80&feature=player_embedded 

El tiempo, el gran escultor 7 de abril 2009

Tomo prestado este título de Marguerite Yourcenar, una de mis autoras favoritas, para exponer
una idea: nadie debería tener el poder para convertirnos en alguien que no queremos ser. Este
atributo le corresponde en exclusiva al tiempo. Alguien dijo que a los veinte años tenemos la
cara que nos dieron nuestros padres, mientras que a los cuarenta tenemos la que nos ha dado la
vida.

Cambiar nuestras actitudes, que es lo más sensato a lo que podemos aspirar, es una decisión
que nos corresponde únicamente a nosotros. Veo a menudo personas que, después de haber
escuchado a otras, cambian sus puntos de vista sobre algo en concreto sólo por su capacidad
de persuasión para observar con el paso del tiempo, normalmente muy poco, que se vuelve a
los puntos de vista originales.

Copiar modelos con suma facilidad es dañino para quien los adopta porque obvia un paso
importante en todo cambio de comportamiento: el contraste con la escala de valores de cada
cual que es más inmutable de lo que parece. Eso juega a favor o en contra, pero es
determinante.

En realidad, la capacidad de influencia sólo debería ejercerse desde el máximo respeto a las
personas. Es más fácil influir sobre alguien inseguro, hacer que cambie su punto de vista sobre
algo en concreto y desentenderse de las consecuencias de estos cambios que hemos
provocado, sobre todo si son para mal.

Re-esculpirnos es por tanto una cuestión de tiempo y sugiere un proceso de lenta erosión más
que de ruptura, sobre todo si esta es momentánea o nos convierte en alguien que no queremos
ser.

     
   
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El jardín de bonsáis 8 abril 2009

Dice mi admirado John Whitmore www.performanceconsultants.com/ que todos somos como


"una bellota que contiene en su interior una encina". Esta imagen que describe el enorme potencial de
desarrollo de las personas encierra otra verdad: que todos poseemos talentos (innatos o
adquiridos) que sólo necesitan el terreno adecuado para poder fructificar.

Los distintos tipos de liderazgo que se ejerce sobre nosotros son cruciales para poder
desarrollar ese potencial. Y lo son porque a veces actúan como terreno abonado y otras en
sentido contrario, impidiendo el normal desarrollo de nuestra encina. Quisiera referirme a
estos últimos y para ello utilizaré la metáfora del bonsái.

Uno de los estilos de liderazgo más nocivos que conozco consiste en una práctica bastante
común: se identifica nuestro talento y se utiliza, pero se impide su normal desarrollo para que
no hagamos demasiada sombra y nos convirtamos en un peligro potencial. Sucede lo mismo
con los bonsáis, que no se deja desarrollar el árbol a base de cercenar parcialmente sus raíces o
sus ramas hasta convertirlos en miniatura. Oímos demasiado a menudo: todavía no estás
maduro; sé paciente; ya te diré cuando ha llegado tu momento; por ahora haz las cosas como te
digo; consúltame antes de tomar decisiones, etcétera.

Cuando estos mensajes los recibimos sistemáticamente en nuestra fase de floración tienen un
efecto castrante. Sabemos que tenemos las capacidades pero no nos dejan asumir
responsabilidades ni siquiera parciales y aparece la frustración. Algunos, los que tienen suerte,
cambian de aires pero otros muchos acaban admitiendo que esa es una realidad inmutable y se
acomodan de forma que, aún teniendo las capacidades, asumen definitivamente su rol “de
adorno” a costa de sumirse en una desmotivación que con el tiempo tiende a convertirse en
irreversible.

Todos conocemos organizaciones en las que pueden observarse este tipo de comportamientos,
con muchas tijeras de poda en manos de irresponsables. Pero un jardín de bonsáis no es más
que la expresión de proyectos frustrados de encina y es una lástima. Y lo que es peor, ese tipo
de empresas son las que más suelen quejarse de la falta de talento o de la desmotivación de sus
empleados, como si en buena parte no fuera culpa suya.
 

     
   
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Gestionar la emocionalidad 9 de abril 2009

Daniel Goleman señala que la productividad de un equipo viene condicionada hasta en un


40% por la emocionalidad del mismo, lo cual indica lo sumamente importante que es saber
gestionarla adecuadamente. Sin embargo pocas empresas invierten en ello por considerarlo
demasiado intangible, lo cual no deja de ser un contrasentido cuando se enfrentan una y otra
vez a proyectos de gestión del cambio que casi nunca acaban por colmar sus expectativas.

En mi opinión, obviar esa necesidad de gestionar las emociones (no de dirigirlas), por inútil
que les parezca, es un error. Hacer “cosas” por la gente tratando de buscar su satisfacción y a
través de ésta su mayor implicación es como tratar los síntomas de una enfermedad sin
profundizar en sus causas, con lo cual la enfermedad persiste o muta en una nueva cepa pasado
un tiempo. Eso sucede porque se realizan profundos análisis que quizá no lo sean tanto y es
que, simplemente, no se han detenido a observar.

La observación de lo que sucede, en este caso de las emociones, pero también desde un punto
de vista general, es algo que se suele obviar. Observar es un proceso consciente, intenso y por
ello a menudo cansado que va más allá de mirar pero a cambio, es donde de verdad se puede
analizar algo de verdad. Parece que las empresas se contentan con hacer esto último como si
con eso bastara, pero no es así. Sólo en la observación de los comportamientos está el fluir de
las personas que no es otra cosa que la manifestación de sus emociones personales pero
también y muy significativamente, grupales.

Por tanto, el error está en la profundidad del análisis. Decimos que el departamento “X” se
comporta de una forma determinada porque, al dedicarse a algo específico y distinto del
departamento “Y”, las personas que lo forman se ven abocadas a un determinado patrón de
comportamiento. Y eso puede ser cierto, pero se queda en la fase de mirar. La cuestión es
¿todas las personas que se dedican a algo en concreto se comportan igual en otras empresas?
La respuesta es no, o no necesariamente.

La diferencia está en la distinta emocionalidad de las personas y cómo ésta se adapta a la


emocionalidad de un grupo, de un departamento o de una empresa si esta no es muy grande,
porque en caso contrario es posible que existan distintas emocionalidades en ella.

Ovidio Peñalver ha publicado recientemente un libro titulado “Emociones Colectivas” que


habla sobre el particular y ha sido entrevistado recientemente. Sus puntos de vista me han
parecido muy interesantes y os invito a escucharlos.
 

     
   
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El doctor Broggi o el anciano entusiasta 14 de abril 2009

Por casualidad alguien me ha hablado del doctor Moisés Broggi y, picado por la curiosidad, he
investigado un poco sobre él. Tiene más de cien años y una lucidez mental fuera de lo normal,
pero sobre todo describe muy bien el papel esencial que debe desempeñar un médico: generar
confianza hacia él y a partir de ahí, esperanza en el enfermo. He repasado una entrevista que le
hicieron de la que entresaco el siguiente párrafo:

“Yo siempre cuento el caso de aquel norteamericano que quedó destrozado a consecuencia de un accidente de
automóvil, pero que todavía vivía cuando llegó al hospital, que primero salvó su vida y luego, a través de
sucesivos especialistas, recompuso un cuerpo que parecía imposible recomponer tras el accidente. Al salir del
hospital, el paciente puso una querella porque un pie le había quedado un poco torcido. Quizá si alguien le
hubiese explicado lo mucho que se había hecho por salvarle la vida y recomponer su cuerpo destrozado, el
ciudadano no habría reclamado nada.”

Podéis leer el resto de la amena entrevista si pincháis aquí.

     
   
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Las siete maravillas del mundo 15 de abril 2009

A un grupo de niños de primaria se le pidió que escribieran lo que ellos pensaban que eran “las
7 maravillas del Mundo moderno o actual”. A pesar de ciertas diferencias, las siguientes fueron
las más votadas

1 Las Pirámides de Egipto


2 El Taj Mahal
3 El Gran Cañón del Colorado
4 El Canal de Panamá
5 El edificio Empire State
6 La Basílica de San Pedro
7 La Gran Muralla de China

Mientras contaba los votos, la maestra se dio cuenta de que había una niña que no había
terminado de escribir, así que le preguntó si estaba teniendo problemas a lo que la niña
respondió “sí, un poquito”. La maestra la dijo: “Bueno, léenos lo que tienes ahora y a lo mejor
te podemos ayudar”.

La niña lo pensó un instante, pero luego leyó: Yo pienso que las siete maravillas del mundo
son:

1 Poder ver
2 Poder oír
3 Poder tocar
4 Poder probar
5 Poder sentir
6 Poder reír
7 Y poder amar

Las cosas más preciadas de la vida no se pueden construir con la mano ni se pueden comprar
con dinero.

     
   
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Punset 16 de abril 2009

Cuando Eduard Punset muera (aunque él mismo tenga dudas acerca de lo que en realidad
significa la muerte) seguramente será el divulgador científico español que más rastro haya
dejado en la sociedad de la información en que vivimos. Es realmente apabullante la cantidad
de material al que podemos acceder que lleva su firma.

Pero sobre todo creo que es una de las personas que más habrá hecho a lo largo de su vida por
explicar de una forma entendible la neurociencia esto es, cómo funcionamos por dentro, cómo
la experimentación de las emociones nos acerca o nos aleja de la felicidad. Podéis seguirle en su
blog smartplanet que os recomiendo encarecidamente.

Por otra parte, mantiene que la intuición y las emociones son una fuente de conocimiento tan
válidas como lo que llamamos la razón, sólo que más inexploradas y por tanto no tan valoradas
por el momento. Estoy plenamente de acuerdo con esa afirmación.

Para los que tengáis algo de tiempo y queráis saber más sobre él, adjunto dos vídeos
interesantes. Uno de ellos es su charla sobre qué nos predispone y otro es una especie de
autobiografía construida en torno a la música que le ha acompañado en las distintas fases de su
vida.

Espero que os guste.


 

     
   
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Volar como una mariposa, picar como una abeja

17 de abril 2009

En mi ignorancia, de pequeño creía que una mariposa estaba en permanente peligro de ser
atacada por una abeja cuando ambas coincidían en una misma flor para libar y entonces trataba
de espantarlas, lo cual provocó que alguna abeja me picara más de una vez. Ya de más mayor
comprobé que unas y otras viven en perfecta armonía porque sus respectivos intereses no
entran en colisión aunque acudan a la misma flor.

Hace unos días leí un comentario elogioso en el que para describir la elegancia del juego de un
equipo de futbol el periodista utilizaba el símil “vuelan como mariposas pero pican como
abejas” y la verdad es que la imagen me gustó porque creo que describe bien lo que debe ser la
orientación a la acción: elegancia en la aproximación, exquisitez en la forma, pero decisión a la
hora de actuar.

Es lo mismo que sucede con el comportamiento de las personas: nos importa demasiado lo
qué hacen mientras que pasamos por alto cómo lo hacen. A veces pienso que cuando
valoramos los comportamientos de otros primamos sólo la parte de abeja (lo que entendemos
como agresividad positiva) es decir, el zumbido y el escozor de la picada y no le damos
importancia a lo otro.

Pero es evidente que sobre lo que alguien hace (las funciones) suele ser muy difícil influir
porque suele estar muy regulado y a veces ni siquiera depende de la persona, mientras que sí es
posible hacerlo sobre cómo lo hace (el funcionamiento) y además, con un amplio margen de
mejora. ¡Ojalá que a nuestras abejas podamos acoplarles alas de mariposa!

El loro Einstein 20 de abril 2009

Este es un loro especial, como podréis comprobar en este video. A pesar de que su aspecto no
es llamativo sino más bien tirando a soso, dentro de sí encierra unas capacidades que, con el
debido entrenamiento, afloran. Por eso su dueña y adiestradora le llama Einstein.

Para ello ha sido necesario que los talentos de que disponen uno y otra se hayan puesto al
servicio de algo en común. Han precisado confiar mutuamente en el otro. El trabajo en equipo
esencialmente se basa en el concepto de asociarse y más concretamente, estar dispuestos a
asociar los respectivos talentos para lograr un objetivo que satisfaga a todos a través de la
motivación.

¿De cuántas cosas seríamos capaces si estuviéramos dispuestos a reconocer el talento en el


otro?

     
   
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Próxima salida: el cambio 21 de abril 2009

Hay un axioma que dice que nada se destruye sino que simplemente se transforma, es decir,
que todo cambia. El cambio pues, es algo consustancial que puede ser operado por elementos
físicos, químicos o psíquicos siendo estos últimos los que responden a nuestra voluntad. La
vida me cambia, pero también yo cambio… si quiero. Y si no quiero me cambian de todas
formas, lo que suele ser mucho peor porque supone hacerlo forzadamente y por norma general
en contra de mis intereses.

Cambiar supone descubrir que ante cualquier cosa que te disgusta y que te afecta formas parte
del problema o de la solución (si se trata de algo que no te gusta de ti, entonces desde luego no
tienes escapatoria.). Si quieres que las cosas se resuelvan, muy a menudo es necesario cambiar
el enfoque, los paradigmas, porque lo que funcionó en el pasado no tiene por qué funcionar
ahora. Es un sano ejercicio preguntarse alguna vez (o a menudo, porque no duele) sobre el por
qué de las cosas y en qué forma puedo transformarlas. Claro que no todo el mundo piensa así.

Durante algún tiempo trabajé con un compañero para el cual la seguridad era sinónimo de
inmutabilidad. Cuando le preguntaba cómo un hombre joven y formado utilizaba unos
esquemas de pensamiento tan conservadores, su respuesta siempre era la misma “es lo que
aprendí de mis padres”. Punto pelota. Pensaba que de esa forma no se equivocaba, que
apostaba sobre seguro, que los paradigmas defensivos con los que le habían protegido a modo
de airbag para circular por la vida le inoculaban contra el germen de inseguridad que todo
cambio conlleva al principio. Sentía aversión al cambio, pero la paradoja es que trabajaba en un
departamento cuya principal misión consistía en avanzarse a los cambios de entorno y tomar
las medidas necesarias para que su organización se adaptara. Alucinante. Puede que siga allí e
incluso que haya prosperado.

De haber seguido en contacto con él me hubiera gustado hacerle llegar el post de Pilar Jericó
en el que reflexionó acerca de la relación entre conservador y miedo. Y de todas formas, amigo
mío, ¿cuándo empezarás a perder el miedo y darte cuenta de que necesitas cambiar para
poderte explicar a ti mismo?
 

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Las cien caras 24 de abril 2009

Confieso que la aceptación de la diversidad es algo que me ha interesado desde siempre. En mi


experiencia personal, es imposible acordarme de todas las personas a las he dirigido o servido,
he formado o me han formado o con las que he interactuado, pero siempre he creído que
todas ellas tenían un mensaje escrito en su cara que tenía en mí a su único destinatario.

La cuestión es saber cuántas de las respuestas que he tratado de dar a esos mensajes habrán
sido percibidos como efectivamente atendidos o ignorados. Por ejemplo, cuando estoy
dirigiéndome a una audiencia trato de concentrarme en unas pocas personas a las que trato de
mirar a los ojos para percibir en ellas el grado de aceptación respecto a lo que estoy diciendo y
para que me sirvan de termómetro, pero siempre me pregunto si lograré cumplir las
expectativas del resto.

Para tratar de solucionar esto suelo recrear imágenes de la diversidad de las personas a través
de patrones de comportamiento predecibles en función de la audiencia; es decir, trato de dar
satisfacción a cosas que creo que interesan a cada uno de esos patrones que imagino que están
ahí representados y, si es posible, trato de hacerlo prescindiendo del tipo de público al que me
dirijo (médicos, ejecutivos, empleados o lo que sea).

Para mi sorpresa, esta metodología suele ser muy efectiva hasta el punto de que, en ocasiones,
alguien se acerca y me dice: “¿nos conocíamos de antes? Lo que has contado a mí también me
pasó”. Pero casi siempre sucede que esa persona en concreto no era una de las que me había
fijado previamente. Por eso pienso que pensar en la diversidad es una buena forma de acertar a
la hora de formular nuestros puntos de vista.
 

http://vimeo.com/2107116 

     
   
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Saldremos de ésta 28 de abril 2009

Saldremos de ésta, no hay duda. Pero ¿cómo lo haremos?

Sorprende que en estos momentos de desazón los gurus que en otros tiempos nos han
acostumbrado a indicarnos el camino a seguir estén tan callados. Me refiero a los gurus del
management, obviamente, no a los gurus de la economía que andan enzarzados en
predicciones que oscilan desde el catastrofismo a la esperanza en la próxima reactivación de la
economía de la que dicen ver signos de mejoría. De todos estos me quedo con Paul Krugman,
quien está poniendo un poco de sensatez y mucha capacidad didáctica a la hora de explicarnos
lo que está sucediendo por impopular que sea lo que nos tiene que decir.

Me parece un rasgo de honestidad tratar de explicar a los "rookies" cuáles son las claves a
través de las cuales hay que interpretar los signos que nos llegan y que lo haga de forma que
todos podamos entenderlo. Los que creemos en el valor de los intangibles deberíamos
sentirnos reconfortados con el mensaje de Krugman: hay que perseverar, lo que equivale a
decir que hay que confiar -y mucho- en lo que uno sabe hacer. Tal vez todo sería más sencillo
si comprendiéramos lo que significa confiar: asumir nuestras fortalezas y talentos, no ponerlos
en cuestión permanentemente, no compararlos o querer cambiarlos cada dos por tres por los
de otros; en definitiva, no tratar de ser distintos de como somos, sino mostrarnos y
comportanos más como somos.

Estos días he recibido algunas llamadas de amigos preguntándome cómo veo yo las cosas.
Como si mi visión pudiera modificar la suya. A todos les digo lo mismo: saldremos de esta. Y
estoy seguro de que así será, como también estoy seguro de que cuando eso suceda seremos
otros. Sin duda así será desde el punto de vista de nuestra sociedad y de la economía, pero ojalá
también seamos otros desde el punto de vista de nuestros valores.

Si las crisis económicas nos han enseñado algo hasta ahora es el escaso poder de cambio de
actitudes personales que conllevan. Cambiamos socialmente, pero ese es un cambio
inconsciente la mayor parte de las veces en el que influimos más bien poco. Cambiamos el tipo
de automóviles que conducimos, nuestros hábitos a la hora de elegir dónde vivimos, la rutina
del día a día o nuestros hábitos de consumo de ocio, pero no cambiamos lo esencial: nosotros.
Y al final, nosotros somos lo único que tenemos.

Confiar es asumir que podemos y si podemos hay que dar el siguiente paso, que es
comprometerse, lo que equivale a hacer todo lo posible y aún lo imposible por lograr lo que
nos proponemos. Sadremos de esta, si nos lo proponemos. Y ojalá sea con mayor confianza en
nosotros mismos.

     
   
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Una metáfora acerca de volar 30 de abril 2009

Sabemos que el hombre tiene como único límite el lenguaje, pero es que hay cosas que no se
pueden describir con palabras, como por ejemplo la sensación de volar o más concretamente,
de pilotar. Estar a los mandos de un avión debe ser algo parecido a ser dueño de tus sueños, de
sentir que puedes llevarlos allá donde tú quieras.

Springen era una de esos soñadores que periódicamente se sometía a la disciplina del vuelo
porque volar, como soñar despierto, necesita mucha disciplina y seguir ciertas normas que
nunca se pueden olvidar. Lo hacía siempre a primera hora de la mañana, cuando el cielo estaba
más limpio. Decía que sólo así podía sentir la sensación de no estar contaminado por otros
pensamientos y que su espíritu necesitaba elevarse por encima de los trigales y de las colina de
la campiña para soñar libremente y sentirse vivo.

Un día su avioneta se averió en pleno vuelo y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia muy
cerca de un pequeño pueblo. Se salvó de milagro y aunque herido logró salir arrastrando su
cuerpo antes de que el aparato estallara. Se sorprendió de que, a pesar de la cercanía de las
casas y del estruendo, nadie saliera a ver qué había pasado.

Springen tuvo la feliz idea de ponerse a resguardo cerca de un riachuelo en cuyas aguas se lavó
y refrescó y allí esperó a ver si alguien acudía en su ayuda pues apenas podía moverse. Pasaron
las horas y al fin vio que un niño se acercaba jugando despreocupado por su presencia y por
los llamativos colores de su mono de vuelo. Le llamó pero el niño parecía no verle y al cabo de
un rato se marchó dejándole solo y angustiado.

Cuando ya empezaba a anochecer el dolor era insoportable, pero viendo que nadie parecía
haberse dado cuenta de su presencia, no le quedó más remedio que arrastrarse hasta las
primeras casas del pueblo para pedir ayuda. Se abrió una puerta y salió una señora que no se
sorprendió al verle en tan lastimoso estado. Para ti, en este pueblo estamos todos muertos, fue
lo único que le dijo antes de volver a cerrarla.

Springen pensó que estaba soñando, que aquello no podía ser real. Hasta que por fin
comprendió lo que estaba sucediendo: eres dueño de tus sueños y nadie puede vivirlos por ti.
Puedes soñar cuanto quieras, pero luego tienes que regresar para vivirlos y compartirlos porque
si no es como si se los contaras a un muerto.

     
   
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Libro de Bitácora (Abril 2009) 1 de mayo 2009

Se acaba de completar el primer mes de vida de La Inteligencia de las Emociones, este blog que
inicié con algunos años de retraso. Ha sido un mes lleno de alegrías porque he podido
comunicar algunas cosas de las que me mueven y este está sido un buen medio para hacerlo
por lo que quiero agradecer la ayuda que me han prestado las personas que me han empujado a
pensarlo, iniciarlo, a las que me han aconsejado en su manejo o que me han dado pistas sobre
este medio del que poco sabía, algunas de las cuales no tengo el gusto de conocer
personalmente.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi cuaderno de bitácora de este mes:

• Mario Bennedeti, el autor y referencia emocional al que tanto debemos tantos está
ingresado en una clínica de Montevideo. Tiene más de 88 años de edad y su estado de
salud es muy preocupante. Leer más
• Paul Krugman nos ha dado una nueva lección acerca de los peligros de interpretar
erróneamente los signos de recuperación económica en su artículo "Brotes verdes,
rayos de esperanza". Leer más
• La deficiente gestión emocional de las personas es cuantificable en términos de pérdida
de productividad, nada menos que hasta en un 40%. Os invito a escuchar esta
entrevista que hicieron a Ovidio Peñalver a raíz de la reciente publicación de su libro
Emociones Colectivas.
• En la presente edición inglesa de Factor X apareció de pronto un "patito feo" con voz
de ángel y vida humilde. Susan Boyle, que logró ponernos la carne de gallina a todos
los que hemos visto el vídeo es un ejemplo de lo que podemos hacer si nos dan
oportunidad de mostrar nuestro talento y de cuánto pesan los prejuicios y los
paradigmas sobre las oportunidades que están dispuestos a concedernos.
• Si queréis daros un chute de enfoque emocional no debéis dejar de visitar Epítome, el
refrescante blog de mi amigo Alberto Barbero. Gracias por tu visión del mundo.
• Y si queréis sumergiros en los secretos de las piedras del románico no podéis perderos
esta web de Juan Antonio Olañeta, sin duda una de las personas que más sabe de esto y
que más kilómetros ha recorrido a su costa para fotografiar capiteles, crismones y
claustros de toda Europa, una de sus grandes pasiones.

La frase del mes de abril ha sido del mágnífico periodista Miguel Ángel Aguilar y decía:
"Ningún hecho permanece igual a sí mismo después de haber sido difundido como una
noticia".

Y por último, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han visitado este blog,
hayan dejado o no mensaje.
 

     
   
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¿Qué cara nos ponemos hoy? 4 de mayo 2009

 
Basta mirar la cara de las personas para descubrir su actitud. “Hoy pones cara de lunes”,
solemos decir. Lástima que no exista expresiones del tipo “hoy pones cara de miércoles, o de
jueves” y sin embargo sí decimos “se nota en tu cara que es viernes”.

La sola mención de los lunes equivale a suponer que uno debería estar deprimido, con poco
entusiasmo y menor actitud proactiva. Se diría que el fin de semana nos ha dejado un poso de
satisfacción al que regresaremos a lo sumo en cinco días, un tránsito más llevadero a cada día
que pasa y que lo que sucede en ese ínterin es tan solo un mal necesario que nos permite pagar
facturas.

En sus charlas, John Whitmore suele mostrar un recorte de prensa en el que se indica que más
del 60% de las personas no sólo no disfruta en su trabajo sino que lo aborrece. ¿Qué está
pasando? Que nuestro entorno no nos motiva lo más mínimo. O no nos dedicamos a lo que
nos gusta (encuentra un trabajo que te guste y no volverás a trabajar ni un solo día de tu vida –
sentenciaba Confucio) o con el tiempo descubrimos que aquel horizonte de oportunidades que
nos mostraron el primer día se ha ido desvaneciendo, casi siempre por culpa de los demás.

Y sin embargo, casi por todas partes hay gente que parece ser feliz. Como no hay tantos ricos
ociosos, ¿deberíamos suponer que nos encontramos ante el 40% que sí se encuentra a gusto
con el trabajo que desempeña? Lo dudo mucho. Es más probable que se trate de personas que
encuentran una motivación en aquello que hacen y fijaos en el matiz, porque eso supone
introducir la idea de la automotivación.

Sin automotivación es difícil ser entusiasta o proactivo, estar orientado a algo que merezca la
pena en términos de recompensa. Una vez trabajé en una empresa en la que cuando el jefe nos
veía alicaídos o desorientados nos reunía y decía: recordad que sólo se cobra una vez al mes
pero que se trabaja todos los días.

He visto ejemplos de automotivación de lo más curiosos. Un estampador que no cobraba por


producción se retaba a sí mismo para ver cuantas piezas lograba terminar cada cuarto de hora y
si batía el record lo celebraba levantando los brazos como un ciclista que entra en la meta en
cabeza; conozco un matricero que cuando termina un trabajo en el torno a su satisfacción se
pasa un buen rato contemplando la pieza y luego sale al exterior del taller a fumar un pitillo;

     
   
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una profesora de instituto que cada vez que terminaba de demostrar el cumplimiento de un
teorema se comía un caramelo de menta…
La automotivación supone trabajar en busca de una recompensa que no conceden terceros
sino uno mismo. Interesante lección. Y tú, ¿qué cara pones hoy?

     
   
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Deja que tu idea crezca y te hable 5 de mayo 2009

El mago sin imaginación es el vídeo que os propongo como metáfora para ilustrar la distancia que
hay, casi siempre abismal, entre nuestro verdadero potencial y aquello que somos capaces de
mostrar de nosotros mismos, es decir, nuestro producto.

En efecto, no basta con que sepamos cuáles son nuestros talentos -lo que en muchas ocasiones
ya es bastante difícil de saber o admitir- sino que sepamos mostrarlos a los demás, a nuestro
público sea este cual sea. La falta de imaginación nos convierte en predecibles y por tanto, en
obsoletos.

El otro día conocí a un columnista de un periódico que decía que tenía mucho éxito entre sus
lectores, pero que su gran temor era cansar y que la distancia que hay entre "hacer gracia" y
"cansar" es muy corta. Para él, eso suponía un problema porque escribe con fina ironía sobre
cosas serias que suceden en el ámbito local y claro, su temor no es que se vaya a quedar sin
noticias que comentar sino que un día descubra que ya no despiertan esa sonrisa cómplice del
lector.

Pero su potencial es enorme, así que le aconsejé "reinvéntate". Se mostró perplejo por mi
consejo y me contestó que empezará a considerarlo el día que su editor empiece a discutirle los
honorarios que cobra por sus artículos. En todo caso "un debate breve" decía él mismo,
porque cuando eso suceda es mejor que me dedique a otra cosa.

Me quedé pensando si el periodista no tenía su parte de razón. ¿Cuántos de nosotros somos


capaces de reinventarnos antes de que nos veamos obligados a ello por las circunstancias?
Seguramente muy pocos. Y en eso me vino a la memoria una cita de un buen amigo que anda
en eso de la innovación quien ante un tema que me preocupaba me dijo "no es que te falten
ideas, pero por estrafalarias que parezcan lo verdaderamente importante es que las dejes crecer
en tu cabeza y te hablen". Pues eso.
 

     
   
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Coyuntura y estructura 6 de mayo 2009

Cuentan los que le conocen que cuando el profesor Ramón Tamames daba clases de
Estructura Económica en la facultad utilizaba un símil muy sensato para diferenciar coyuntura
de estructura. Decía que “estructura es lo que dura y lo demás es coyuntura”.

Ante tal afirmación caben pocas dudas, desde luego. El problema surge cuando observamos la
tendencia creciente a la caducidad de las cosas. Los bienes y servicios caducan antes, los apoyos
al gobierno son ahora más coyunturales que nunca, las modas desde luego son efímeras por
naturaleza, pocas empresas logran mantener un ciclo de supervivencia superior a los diez años,
etc., pero parece que también caducan y por tanto cada día son más coyunturales las
afirmaciones categóricas, las verdades absolutas. Ya sabéis, eso de que esto es así… de
momento.

Viendo de dónde venimos y a dónde vamos, el debate sobre el riesgo de apostar sobre seguro
pierde sentido a cada día que pasa. ¿Podemos fiarnos de la durabilidad de algo? La propia idea
que tenemos de que debemos cambiar constantemente para adaptarnos a nuestro entorno
equivale a dar por supuesto que nada o casi nada es estructural y creo que esa es una buena
actitud, aunque matizable.

En el extremo, podría entenderse que los valores eternos nos conducen al inmovilismo. Por
supuesto que cada cual puede mantener sus opciones de fidelidad eterna a su religión, al amor
a los padres o a los hijos, algunos a sus parejas o a su forma de vida, pero incluso eso tiende a
convertirse en revisable y si lo es, debemos admitir que entonces también es susceptible de ser
modificado, como de hecho sucede.

Pienso que el problema es que a veces confundimos lo coyuntural con lo poco fiable.
¿Diríamos que es poco fiable el automóvil que nos acabamos de comprar? Pero aún y así, en
pocos años pensaremos que debemos cambiarlo porque los coches de entonces se adaptarán
mejor al mundo en el que vivamos (probablemente serán más ecológicos), se habrá producido
más avances tecnológicos, el diseño se corresponderá con la época que nos toque vivir y en
caso contrario el mundo entero ya se ocupará de recordarnos que el que tenemos ahora
pertenece a otra época, etc.

Vivimos en un mundo cada vez más efímero, es cierto, pero conviene que no olvidemos que
aunque nos adaptemos, debemos permanecer estructuralmente fieles a nosotros mismos que es
en lo único en que podemos y debemos confiar. En eso y en que cuando muramos siempre
habrá alguien que hable bien de nosotros, por supuesto.
 

     
   
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Errar o “herrar” 7 de mayo 2009

Un maestro le preguntó a uno de sus alumnos:

- A ver, cuál es la capital de Italia


- Riga, respondió el alumno sin estar muy seguro de haber acertado.

Por detrás, uno de sus compañeros de clase le sopló la respuesta correcta tratando de que el
maestro no le descubriera.

- Perdón, estaba errado. La respuesta correcta es Rota.


- Puede que antes hayas errado, pero ahora lo que estás es herrado.

Esta historia que parece de chiste, pero que no lo es, se reprodujo el otro día en un entorno
distinto. Me contaron que en una reunión de una asociación de padres y madres de alumnos de
una escuela uno de los asistentes sacó a colación un tema controvertido cuyas supuestas
consecuencias trató de justificar utilizando una pizarra de la clase en la que se celebraba la
reunión. Otro de los asistentes, que al parecer conocía los hechos a fondo, se iba poniendo
cada vez más furioso al escuchar las inexactitudes en las que el otro estaba incurriendo.
Al fin, se levantó indignado arrebatándole al otro la tiza que sostenía en su mano y señaló con
amplios círculos las partes de la exposición con la que no estaba de acuerdo y para darle más
énfasis añadió la palabra HERROR.

Todo el mundo se quedó helado hasta que otro de los asistentes afirmó con sorna: vale, acabo
de despejar mis dudas. Ya sé quién está equivocado y quién es un burro.

     
   
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En busca del fuego 12 de mayo 2009

Defiendo que si observáramos más a menudo aprenderíamos cosas a diario, porque si


simplemente nos limitamos a ver o mirar puede que no nos enteremos de mucho más allá de lo
que sucede ante nuestras narices. La observación está basada en la curiosidad y al fin y al cabo,
sin ésta pocas probabilidades hay de que aprendamos algo, convirtiéndonos en simples
consumidores de información o en cosas peores.

María Hernández nos ha dejado en un comentario a un post mío una historia personal de gran
valor. En ella describe cómo su madre, que casi no tuvo oportunidad de ir a la escuela, sigue
siendo un ser absolutamente ávido por aprender. Como ella misma dice, "si me muero y me
hacen la autopsia, sólo encontrarán ganas de aprender". La madre de María nos da en esa frase
una lección magistral: aprender todos los días es lo único que merece verdaderamente la pena y
hacerlo con humildad es la mejor forma de predisponernos al conocimiento.

He titulado este post “en busca del fuego” como imagen del aprendizaje permanente que
obtenemos a través de la observación de las llamas, que nunca son iguales, que siempre tienen
un mensaje nuevo que ofrecernos. El homo sapiens-sapiens debe muchas de sus habilidades a
la paciente observación de múltiples fuegos que se han encendido en sus refugios y en sus
cerebros para tratar de entender quiénes somos y a dónde vamos. El avance de la humanidad –
y de cada uno de nosotros- está íntimamente relacionado con ese afán de hacernos preguntas
sobre el por qué de las cosas.

Siento gran respeto por las personas que utilizan sus propios recursos para explicarse a sí
mismas. Cuantos menos conocimientos se tienen se hace más necesario basarse en la
interpretación de las sensaciones y en sacar consecuencias provechosas sobre la
experimentación. Es por eso que la cultura popular es tan sabia y demuestra que no es
necesario haber ido a la escuela para darnos lecciones a los que sí lo hemos hecho. Un pastor
sabe qué tiempo va a hacer la semana que viene sólo con observar el cielo u otros signos de la
naturaleza y en eso supera ampliamente cualquier modelo de predicción meteorológica.

"Buscar el fuego" y observarlo es a lo que deberíamos dedicarnos con más ahínco. Y hacerlo
de verdad, sin demasiados paradigmas o dogmas que nos condicionen. Un fuego que nos
caliente pero no queme, que ilumine la oscuridad de nuestros prejuicios. Gracias María por el
testimonio de tu madre y dile de mi parte lo que seguramente ya sabe, que si a muchos les
hicieran la “ertopsia”, como ella dice, lo único que encontrarían sería un enorme montón de
nada.

     
   
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¿No nada nada? No traje traje 15 de mayo 2009

Ponerse a hacer cosas depende sobre todo de la predisposición, ese motor interno que arranca
con la chispa de la automotivación y que, por eso, tantas veces falla. ¡Hay que motivarse! nos
decimos a nosotros mismos cuando estamos perezosos o lo oímos de otros en tono de
reproche. Y es verdad, hay que hacerlo pero ¿cómo?

Las más de las veces si rebuscamos en nuestro interior no nos faltan motivos para quedarnos
en estado de reposo. Siempre hay tiempo; tengo asuntos más importantes o urgentes que
atender; para qué ponerse a ello, son algunos de los más frecuentes. En el fondo lo que
subyace es la baja expectativa de beneficio que obtendremos al ponernos en marcha y actuar,
porque muchas veces se nos olvida que el beneficio no es cosa inmediata, sino la consecuencia
de un esfuerzo continuado y entonces, amigo, la cosa cambia.

Otro motivo de la escasa automotivación es suponer que ya se conoce de antemano el “escaso


beneficio” que supondrá el esfuerzo. Esto pasa mucho, sobre todo a aquellos que sin haber
experimentado jamás hacen caso a los que sí lo han hecho o que les cuesta mucho encontrar
relación entre sacrificio y recompensa. Son esos que dicen "en caso de duda, abstención" y
abstenerse es lo que suelen hacer las más de las veces. Difícil motivar a estos, desde luego. Y
persistentes en la actitud. Una joya, vamos.

Y luego están los más simpáticos de todos: los que se hacen de rogar. Estos andan necesitados
de que se les motive muchas veces con todo tipo de artimañas incluido el chantaje emocional
(que es lo más difícil de resistir por parte del ser humano). Un “anda, hazlo por mí”, puede ser
un argumento bastante definitivo pero también es un arma de doble filo porque la
consecuencia es que o bien les encanta la experiencia y entonces nuestra respuesta es “lo ves”
o se aburren soberanamente con lo cual podemos prepararnos para escuchar eso de “para este
viaje no hacía falta alforjas” o “que quieres que te diga, ni fu ni fa”. “Pues nadie te ha
obligado” suele ser nuestra respuesta más habitual.

Ya puestos yo prefiero a los que no hacen algo porque simplemente no les da la gana. Al
menos esos son consecuentes. Y además, permite no dar explicaciones sobre la negativa.
Puede que sus motivos sean vagos o intensos pero en cualquier caso no están dispuestos a
compartirlos contigo.

Todo esto me recuerda un día de playa cuando yo era niño. Un matrimonio se sentó justo al
lado de donde estaba mi familia y al rato empezaron a entablar conversación con nosotros.
Transcurrido un buen rato a mi padre se le había acabado los argumentos de charla banal así
que se dispuso a darse un chapuzón con el resto de la familia y descansar un rato de aquellos
pesados. A la vuelta la señora no estaba pero el marido sí. Mi padre, temiendo que el otro
siguiera pegándole la hebra le dijo “¿No nada nada?” Y el otro le contestó: “No traje traje”.

Pues así es la vida. Aunque sepamos que si vamos a la playa es muy probable que nos apetezca
bañarnos, demasiadas veces obviamos llevar el bañador. Sencillamente, es una cuestión de baja
     
   
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motivación. Y a determinadas edades, no estamos para lanzarnos al agua en cueros. Claro que
tampoco sabemos lo que nos perdemos.

     
   
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Depende de nosotros 18 de mayo 2009

Cuentan que en un tiempo muy lejano vivió en un recóndito lugar de la India un hombre viejo
y sabio que se llamaba Hakum. Nadie recordaba su edad, ni siquiera él mismo. Hakum era muy
apreciado y venerado por toda la gente del pueblo y todo el mundo le iba a ver en busca de sus
buenos consejos.

Así, las mujeres cuando se quedaban embarazadas iban a su encuentro y le decían:

- Hakum, Hakum, tú que eres viejo y sabio ¿podrías decirme si el hijo que he engendrado será
niño o niña?

Él se quedaba pensativo un rato y finalmente les contestaba. No se equivocaba nunca.

Igual que las jóvenes mujeres, los labradores antes de hacer el plantel de sus tierras también
acudían a la cabaña de Hakum.

- Hakum, Hakum, tú que eres viejo y sabio ¿podrías decirnos qué será de nuestra cosecha si
plantamos ahora la semilla?

Entonces el viejo hombre empezaba a escrutar el cielo y a husmear la tierra de la que cogía un
pequeño puñado y después la dejaba caer lentamente, observando cómo se la llevaba la brisa.
Cuando le parecía, se giraba hacia los hombres que esperaban ansiosos su respuesta y les decía:

- Debo deciros que pronto caerá una gran tormenta. Si la plantáis ahora, la fuerza del agua se
llevará vuestra simiente y os arruinará la cosecha. No os precipitéis. Más vale que esperéis un
poco a que vuelva a salir el sol. Estad seguros de que, llegado el tiempo, tendréis que contratar
más hombres que os ayuden para cuando llegue el tiempo de la cosecha.

Y no se equivocaba nunca, así que la fama de Hakum ya superaba los límites del pueblo. Cada
año gente de todos los rincones de la comarca venía a visitarle y preguntarle sobre todas las
cosas que os podáis imaginar, y aunque a menudo le traían regalos y presentes, él nunca los
aceptaba.

En una ciudad próxima vivían unos jóvenes estudiantes que trataban de bobalicones a los
vecinos que iban a ver a Hakum. ¡Ignorantes, asnos! -les decían- ¿no veis que lo que este viejo
os dice os lo podríamos responder nosotros sólo consultando algunos de nuestros libros? Pero
la prepotencia de aquellos jóvenes dejaba indiferentes a sus vecinos y año tras año cada vez
más gente iba a ver a aquel hombre venerable que nunca rechazaba a nadie, por peregrina que
fuera su petición.

Los estudiantes, enfadados, se reunieron una noche a la hora de la cena y comentaron las
afrentas que les hacían sus parientes y amigos y uno de ellos, el de inteligencia más despierta,
de pronto les dijo:
     
   
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- Escuchad, creo que ya sé como saldremos de ésta y os aseguro que la fama de ese chalado de
Hakum se acabará para siempre.

Todos escuchaban con expectación e impaciencia por conocer los detalles.

- Iremos al bosque y prepararemos una trampa para pájaros. Cuando cojamos uno se lo
llevaremos a Hakum. Lo esconderé a mi espalda y le peguntaré que, dado que es tan listo, me
diga si el pájaro está vivo o muerto.

- Pero esto es bien sencillo de adivinar dijo uno de ellos completamente decepcionado. Cuando
nos vea llegar con el pájaro en la mano sabrá que está vivo.

- Mira que eres de animal -le dijo el otro. Si Hakum me dice que el pájaro vive, lo estrangularé
con disimulo y se lo mostraré muerto en la palma de la mano.

- Ahora lo entiendo, dijo un tercero. Y si te dice que está muerto lo dejarás volar. Esta sí que es
buena. Acabaremos con la fama del viejo y nos haremos ricos respondiendo las preguntas de
estos simplones.

Al día siguiente hicieron lo acordado. Pusieron la trampa y después de esperar un rato un joven
gorrión cayó en ella. Los jóvenes lo cogieron con mucho cuidado para no hacerle daño y se
fueron hacia donde estaba Hakum. Al llegar tuvieron que esperar un largo rato, pues la cola era
más larga que cualquier otro día. También se dieron cuenta de que, conforme el tiempo iba
pasando, la hilera crecía y crecía tras ellos. Mucho mejor, pensaron, de esa forma mucha más
gente vería que Hakum se equivocaba y eso haría que su fama decayera en beneficio de ellos.

Algo antes de mediodía les llegó su turno. El joven que había tenido la genial idea se adelantó
hacia el hombre sabio y le dijo:

- Hakum, Hakum, tú que eres viejo y sabio ¿nos podrías decir si el pájaro que escondo a mi
espalda está vivo o muerto?

El hombre se limitó a mirar uno por uno a los jóvenes que se le presentaban risueños y
triunfantes y dirigiéndose a quien llevaba la voz cantante le dijo al oído:

- Joven pretencioso, qué te has pensado. Bien sabes que el hecho de que el pájaro viva o muera
depende de ti.

Y dicho esto le guiñó un ojo.

     
   
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Los socio-guettos 21 de mayo 2009

Noemí Rubio jugadora del RCD Espanyol ha sido separada del equipo. Hasta aquí la noticia. Y
ahora el comentario subsiguiente:

Hace unas semanas publiqué una entrada en la que bajo el título Galgos contra Podencos
describía el fenómeno de los socio-guettos. Y tan sólo en este corto espacio de tiempo aparece
esta noticia que ilustra a la perfección los argumentos que allí se presentaban. Resulta que lo de
los Montesco y los Capuleto sigue plenamente vigente y si no, ahí va como muestra este botón.
La pertenencia a los clanes tiene esas cosas: o estás conmigo o contra mí pero con una
particularidad: "el grupo es quien decide de qué lado estás" y por supuesto, si eres sentenciado
has de pagar las consecuencias: eres expulsado y además, te conminan a que les devuelvas el
rosario de su madre.

El sentimiento gregario de los humanos no nos aleja tanto como creemos de nuestros primos
los simios pero lo negamos remarcando las diferencias. Ya se sabe que "nosotros" somos
racionales y "ellos" no, pero ante un hecho como el de la noticia comentada de poco vale ser
un buen profesional, entregarse a los colores que defiendes, sacrificarse por el éxito colectivo
todos los domingos del año. No importa que el equipo en el que trabajas no compita ni se
juegue nada, sino que, por lo visto, hay que ser como la mujer del César, además de ser
honrada ha de parecerlo.

Me pregunto qué hubiera pasado si en lugar de ser seguidora del equipo eterno-rival Noemí
hubiera ido pintada con los colores del otro equipo en liza. ¿La hubieran sancionado o bien se
hubiera exaltado que el fair-play admite cosas como éstas y hasta la hubieran ensalzado los
mismos que ahora la excluyen del equipo?

Nada ha cambiado. Romeo y Julieta siguen estando condenados a morir. Y luego dicen que
vivimos en la sociedad del conocimiento, la diversidad y la tolerancia. Con qué ansias espero
que mi admirado Miguel Ángel Aguilar le saque punta a esto.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Gestión de expectativas 26 de mayo 2009

Aun reconociendo el enorme poder de las expectativas en los aspectos motivacionales, me he


permitido reflexionar un poco sobre la diferencia que existe entre lo que esperamos de, por
ejemplo, una persona y lo que obtenemos en realidad como fruto de esa relación. En las
empresas es normal que se manejen expectativas tanto por parte de la propia organización
hacia las personas que forman parte de ella como a la inversa. Y casi siempre éstas se frustran
en las dos direcciones.

Por lo general, la gestión de expectativas no es más que una proyección subjetiva de lo que
deseamos que suceda. Esto es como lo de la excitación de la noche de Reyes cuando grandes y
pequeños nos hacemos ilusiones más o menos razonables sobre los regalos que recibiremos a
la mañana siguiente. ¿Cuántas veces se cumplen en los términos en los que nos las
imaginamos? Las mayoría de las veces están por debajo, reconozcámoslo.

La inteligencia emocional y en concreto la gestión de las emociones debería ser de alguna


ayuda en esto. Si mi capacidad para proyectar es superior a mi capacidad de análisis del
contexto en el que espero que el hecho se produzca, lo normal es que el resultado sea
decepcionante. “Esperaba más de ti” suele ser un reproche muy frecuente o el contrario, “no
esperaba esto de ti”. Ambas formas muestran un sentimiento de frustración cuando no de
tristeza. Pero ¿qué era lo razonablemente esperable? Pocas veces lo podemos concretar en
datos medibles y no sólo eso, sino que es altamente probable que lo que alguien espera o no
espera de mí nunca me lo haya dicho formalmente con lo cual, mal puedo ser culpable de su
decepción por mucho que al otro le duela.

Toda forma de poder proyecta expectativas respecto a su estructura dependiente. Lo hace el


jefe con sus empleados, el maestro con sus alumnos, los padres con sus hijos, pero pocos se
plantean en serio el camino inverso. ¿Acaso los alumnos no tienen derecho a abrigar
expectativas respecto a la calidad de la enseñanza o del trato que reciben por parte de sus
profesores? Que cada cual obtenga sus propias conclusiones sobre el derecho y sobre las
probabilidades de ejercerlo e incluso de que le sea reconocido.

Cuando las expectativas nacen desde abajo es decir, de los eslabones más débiles de la cadena,
los que están arriba no se dan por aludidos. Normalmente, se las trata como aspiraciones
infantiles poco maduradas o con una visión parcial y/o sesgada. “Cuando seas padre comerás
huevos” suele ser un argumento pretendidamente irrebatible. En esos casos, lo que se espera
por defecto es que la motivación provenga (como un derecho divino) de la confianza ciega que
debemos tener en quien dirige y al que no se puede juzgar en el caso de que "su" gestión de
“mis” expectativas sea deficiente.

Y no es que falten herramientas. Dejando de lado el clásico ausente de los canales de


comunicación del que tanto se habla pero tan poco se practica, las organizaciones más
vanguardistas apuestan por el modelo de evaluación 360º que consiste en que una persona sea
sometida al juicio sobre su rendimiento por parte de sus superiores, iguales e inferiores en el
rango jerárquico. Este es un modelo equitativo y democrático por cuanto es participativo a
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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todos los niveles pero absolutamente minoritario en su aplicación, lo cual demuestra la poca
cultura que existe en la utilización de métodos realmente efectivos de retroalimentación.

Cuando se mide a las empresas a través de lo que se denomina "factores higiénicos" muchas de
ellas suspenden, lo cual no parece preocuparles en demasía. Sucedería lo mismo con las
escuelas, las familias o hasta los reality shows en los que a uno le nominan y se va a la calle. Lo
realmente difícil en todos esos casos es sobrevivir al juicio de las expectativas que se generan
sobre nosotros porque muchas, demasiadas veces, las reglas de juego ni son conocidas ni son
equitativas. A la inversa ya se sabe, cuando seas padre comerás huevos... si sobrevives para
verlo.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Libro de Bitácora (Mayo) 1 de junio 2009

Se acaba de completar el segundo mes de vida de La Inteligencia de las Emociones. Parece que
el niño crece, como indica el número de visitas, comentarios y seguidores. Esa es señal de que
seguimos vivos y de que, si perseveramos, las velas cogerán viento. Aquí van algunas de las
cosas que he anotado en mi cuaderno de bitácora de este mes:

• Al no poder superar su enfermedad ni su tristeza Mario Bennedeti ha muerto el pasado


día 18 en Montevideo. Si es cierto que un poeta siempre escribe para minorías,
Benedetti sin duda es uno de los más universales de todos los tiempos porque será raro
encontrar a alguien que no conozca una canción, un verso o una estrofa de su
poemario. Mario ha sido y seguirá siendo un amigo íntimo al que muchos no
conocíamos en persona pero que nos ha acompañado muchas veces. Poder escuchar
su voz recitando es uno de los muchos legados que nos deja.
• Alejandro Amenábar ha presentado en el festival de Cannes su nueva película Ágora en
la sección oficial pero fuera de concurso. Parece que las críticas son muy buenas y
espero el momento del estreno para poder disfrutar de nuevo con su cine.
• Antonio Vega nos ha dejado a los 51 años. Ha sido uno de esos pocos artistas que
gustan tanto a padres como a hijos y su voz y su timidez nos acompañarán siempre. Ya
sé que no soy muy original con el enlace pero El sitio de mi recreo seguirá siendo un
lugar de permanente encuentro.
• Quien quiera asomarse a una ventana en la que el diseño se cuida mucho y los
contenidos están muy bien estudiados recomiendo éste, Reflejos y Susurros
• Durante la primera quincena del mes de mayo El Observatorio de la Blogosfera de los
Recursos Humanos incluyó la entrada “Volar como una mariposa, picar como una
abeja” entre las mejores. Esta distinción es un orgullo para mí y les doy las gracias de
corazón.
• Tampoco puedo olvidarme de la gesta del Barça que este mes de mayo ha completado
una proeza que, tanto si nos gusta el fútbol como si no, estoy seguro que reconocemos
todos. Han hecho del fútbol pura emoción (ya sabéis que esto se valora mucho en este
blog) y nos han dado una lección de verdadero liderazgo excelentemente ejercido,
confianza en sus posibilidades y motivación hacia el logro que, mira por donde, son los
subtítulos de este blog, así que enhorabuena, campeones.

La frase del mes de mayo ha sido de Will Huton, director de The Obsever y decía:
“Despreocúpese de los hechos, fabrique un escándalo”.

Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han
visitado este blog, hayan dejado o no comentario. El camino continúa y lo mejor está por
llegar.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Quién lo iba a decir 4 de junio 2009

Hace años tuve un jefe gran aficionado al fútbol que sostenía e insistía en que este deporte en
realidad se lo debía haber inventado un gurú del management porque en él se reproduce todos
los esquemas de gestión empresarial.

Cuando coincidí con él a primeros de los noventa ni mi visión de la vida ni el momento


personal por el que estaba atravesando eran terreno abonado para ese tipo de enseñanzas.
Digamos que yo provenía del campo de la meritocracia, el esfuerzo generoso y sobre todo, no
estaba muy orientado a la metáfora, que por entonces consideraba un método ingenioso para
enseñar cosas a los tontos y poco más.

Con el paso de los años nuestros caminos se separaron y me convertí en consultor y al poco
me vi poniendo el fútbol como ejemplo de habilidades de management. Conceptos como "los
buenos equipos son los que se hablan en el campo", "los equipos excelentes se comportan
como los buenos bomberos que no se pisan la manguera", "ojo con los que nos corren la
banda", "todos los entrenadores mienten cuando dicen que les han birlado un penalty porque
desde su posición en el campo no se ven las rayas del área", etc. han ganado presencia en mis
exposiciones sobre liderazgo y gestión de equipos.

Ahora, después de este año maravilloso para cualquier aficionado al fútbol, estoy
seleccionando vídeos de las entrevistas a Guardiola previas o posteriores a partidos, entrevistas
más en profundidad que le han hecho en muchos otros medios, etc. y las utilizo en mis
sesiones de formación y coaching con un resultado formidable. Después de haber ganado las
tres copas le pongo como ejemplo del dilema de un líder cuando su equipo ha logrado todos
sus objetivos y es necesario buscar otro tipo de motivación para seguir avanzando o, en caso
contrario, prepararse para morir de éxito.

A estas alturas, considero que las metáforas juegan un papel importantísimo para la
aprehensión de conceptos complejos y sí, el fútbol es una fórmula maravillosa en la que
inspirarse. Por eso incluyo la foto que ilustra este post ya que es una metáfora en sí misma ¿no
os parece?

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Aprender a quererse 9 de junio 2009

Uno sabe que empieza a estar perdido cuando deja de quererse, así como suena. Cuando
alguien pierde la autoestima se convierte en una canica de cristal que empieza a deslizarse por
una pendiente, al principio suavemente casi de forma imperceptible hasta que coge velocidad y
ya no hay quien la detenga y menos que nadie, uno mismo.

Si cualquiera se da una vuelta por su entorno enseguida se da cuenta de que hay dos clases de
personas, aquellas que están encantadas de haberse conocido y las del polo contrario, las que
arrastran su frustración como si permanecieran sujetas a una bola de condenado que les impide
tomar aire. En realidad hay un tercer grupo pero que no destaca ni llama la atención, por eso
parece que sólo vemos los dos ya mencionados. Ese tercer grupo está formado por los que,
conociéndose a fondo, estos sí, se quieren a sí mismos.

Cuanto más pronto nos percatemos de que sólo contamos con nosotros mismos todos
seremos más felices y eso pasa necesariamente por trabajar un poco nuestra autoestima o,
como defiendo, aprender a querernos. Quererse es una forma de aceptarse de verdad, de
reconocer lo que somos y de ponernos en disposición de tirar hacia delante con las
capacidades que tenemos y que suelen ser más de las que nos atribuimos. Cuesta mucho darse
cuenta de eso, pero es fundamental aprender qué talentos habitan dentro de cada uno de
nosotros.

Mi admirada Leila Navarro dice que mandó instalar en su cuarto de baño un espejo de cuerpo
entero en el que pintó ¡hola bella!, de forma que cada mañana al levantarse y mirarse en él lo
primero que ve es un mensaje que le recuerda que, a pesar de no estar espléndida a esas horas
de la mañana, todo cuanto haga por embellecerse no es lo realmente importante sino que lo
espléndido que tenemos vive en nuestro interior a todas las horas del día.

Este chiste de Maitena con el que ilustro esta entrada sería una imagen de lo contrario y por
desgracia es muy frecuente. Cuando nos comparamos con otros casi siempre salimos
perdiendo pero eso es porque desearíamos ser otros y tener lo que no nos pertenece: el dinero
o el trabajo de otro, la belleza de otro, la genialidad de otro y así sucesivamente. Lo más
gracioso del tema es que, por mucho que tengamos, siempre encontramos a alguien que tiene o
es más que nosotros con lo cual se produce lo de la autoprofecía cumplida que es el mayor de
los engaños que podemos hacernos y sí, claro, nos parece que somos hormigas.

Yo propongo un ejercicio que consiste en bucear dentro de sí e identificar dos (sí, tan sólo dos)
buenas capacidades y compararlas con esas mismas capacidades en personas que admiramos o
que tomamos como modelos. Ya me entendéis, me refiero a esos a los que envidiamos por
algo. ¿Cómo resulta ahora la comparación? ¿Quién sale perdiendo? Este sencillo ejercicio de
autoestima que no consiste en retarse a uno mismo sino en rebuscar en su interior tiene otros
beneficios colaterales, por ejemplo, que se descubre que aparecen unas cuantas cualidades más
de las que suponíamos o que algo a lo que no le dábamos demasiado valor resulta que lo tiene.

     
   
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En esta época que nos ha tocado vivir y que alguien denominó acertadamente “la generación
del envase” cuesta mucho quererse porque se valora únicamente lo que se aparenta ser, pero
por favor no caigamos en la trampa. Querámonos un poco más y premiémonos por ello.

     
   
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La familia y la gestión emocional 15 de junio 2009

Aunque no suelo escribir mis post por encargo, hace algunos días una de mis lectoras me
sugirió que escribiera algo relacionado con la inteligencia emocional aplicado al ámbito de la
familia. La idea no ha parado de dar vueltas en mi cabeza, así que me he decidido a hacerlo.
Desde luego la familia es un magnifico campo para la experimentación de la gestión emocional.
En primer lugar, porque es el único ámbito social en el que a uno le quieren por ser quien es y
no por cómo es. Una amiga mía define eso como el ámbito del amor debido. Y en segundo
lugar porque se puede observar con minuciosidad el efecto de los paradigmas (positivos o
negativos) que tanto condicionan la aplicación inteligente de las emociones.

Mientras que en el núcleo familiar básico (padres, hijos, hermanos) la personalidad de cada uno
de sus miembros se asume por defecto, no sucede lo mismo cuando empiezan a aparecer
unidades sobrevenidas como pueden ser los yernos o las nueras, los suegros, primos, cuñados,
etc. A esos se les tolera por quiénes son pero se les valora por cómo son, generando una
dinámica de tensión emocional en la que se ven arrastrados unos y otros. De esa forma, el
microuniverso que se crea tiene mucho que ver con los socio-guettos a los que ya me he
referido en otros post y en ese caldo de cultivo es donde puede vivenciarse las consecuencias
de una buena o mala gestión emocional.

La persona que me animaba a escribir sobre esto lo hacía porque dentro de su familia se había
producido una situación de extrema tensión, a su juicio fruto de un malentendido, cuyas
consecuencias resultaron funestas porque hizo que el hijo se alineara con su esposa y en contra
de sus padres privándoles de ver a sus nietas. No pretendo tomar partido ni aconsejar a nadie
pero a mi juicio la situación tiene mucho que ver con las claves que relato aquí.
Lo más pernicioso en la gestión emocional es el flujo permanente de paradigmas
sobreprotectores con los que tendemos a armar (cuando no a reamar) las defensas de nuestros
cachorros o protegidos y que en algunos casos nos hacen perder la visión de la realidad.

Cualquiera que forme parte de la familia (casi siempre en calidad de “añadido”) tiene una
visión más crítica y en muchos casos mucho más objetiva cuya expresión pública,
normalmente por hartazgo, suele provocar conflictos. Cuando estos se producen, aparece la
polarización de los miembros en bandos y a partir de ahí ya la tenemos liada.
Por poner un ejemplo muy alejado de lo que sucedía en esta familia, relato la historia de un
amigo mío. Cuando va a comer a casa de su madre, ella todavía le monda los melocotones
porque en caso contrario no los come. Claro, cuando esto lo ve su esposa de forma reiterada,
lo normal es que surja el conflicto en todas sus dimensiones posibles: suegra-nuera, esposa-
esposo pero ¿madre-hijo? No, y ahí está el ejemplo visible de cuanto relato. El sentido crítico
de la madre no es que no exista (seguramente haría comentarios similares a los de su nuera
respecto de cualquiera que no fuera su hijo) sino que los inhibe en el paradigma
extremadamente protector de una madre que, no importa la edad del hijo, le sigue viendo
como a su pequeño y a lo que no debe ser fácil sustraerse. Las consecuencias son más o menos
catastróficas y todos conocemos ejemplos similares que, empezando por esos polvos, acaban
convirtiéndose en auténticos barrizales.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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La cuestión entonces es que, conociendo bien el terreno que se pisa en esta fina diplomacia en
la que se basa las relaciones familiares en su versión extendida, debería ser relativamente
sencillo gestionar las emociones propias y las ajenas… hasta que aparece una nueva piel de
plátano con la que resbalamos. Inevitablemente.

     
   
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De profundis 18 de junio 2009

H. Holtz expuso de forma sencilla la forma en que las personas tratamos de dar satisfacción a
lo que él denominó necesidades psicológicas básicas. El modelo, conocido como Iceberg de
Holtz, muestra que las personas somos como esos grandes bloques de hielo y que también
como ellos mantenemos el 90% de nuestro volumen (en este caso, lo que somos) por debajo
de la línea de flotación con lo cual no resulta visible desde el exterior.

Como es de suponer, en el fondo del iceberg es donde habitan nuestras necesidades más
profundas que, no obstante, luchan permanentemente por ser satisfechas. Es lo normal porque
al fin y al cabo todos en la vida tenemos uno o varios propósitos, algo que nos empuja hacia
delante y que necesita ser satisfecho igual que el resto de las necesidades básicas, las fisiológicas
por ejemplo (comer, beber, dormir…)

Sobre ellas se estructuran nuestros valores, aquellas verdades esenciales sobre las que se
fundamenta nuestras creencias, criterio, moral, sentido crítico, etc. Por cierto ¿podrías escribir
en un papel cuáles son tus valores? ¿Tantos, eh? Ahora quita los que significan lo mismo que
otros. ¿Cuántos quedan? ¿Todavía tantos? Bien, así es si así os parece…

Sobre esos valores las personas construimos nuestros sentimientos y pensamientos. Ah, eso ya
es más concreto. Sentimientos tenemos todos y sabríamos identificarlos sin dificultad;
pensamientos también. Al fin y al cabo nos pasamos el día pensando sobre cosas, sobre otras
personas o incluso sobre nosotros mismos. Parece que si miráramos hacia arriba desde esa
posición dentro del iceberg nos sería más fácil adivinar la luz de la superficie y si nos
esforzamos un poquito casi podríamos tocarla con nuestros dedos.

Pero lo único que verdaderamente queda por encima del agua, aquello que es realmente visible
para los demás es tan sólo el 10% de nosotros y consiste en lo que decimos y hacemos como
traducción al mundo de lo que sentimos y pensamos. Sólo eso. ¡Y aún lo que decimos no es
exactamente lo que hacemos la mayor parte de las veces!

Dicho de otra forma: lo que mostramos de nosotros o lo que conocemos de los demás es
solamente una mínima parte. Pero da igual. Aún y así nos creemos perfectamente capaces de
proyectar de arriba abajo lo que los demás piensan, lo que sienten, cuáles son sus valores y
hasta predecir cuáles son sus verdaderos intereses. Desde luego, estamos hechos unos artistas.
Porque, al fin y al cabo ¿a que nos cuesta muchísimo cambiar una primera impresión? Pues lo
dicho. Por lo visto, creemos que las personas son tan transparentes que cualquiera puede ver
en su interior y hasta en sus profundidades. Y la mayor parte de las veces así nos va… de mal.

     
   
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Los que predicen el pasado 22 de junio 2009

Quisiera dedicar unos minutos a hablar sobre una especie que no corre ningún riesgo de
extinción, así que no me mueve a ello ningún afán proteccionista ni nada que se le parezca. A
mi modo de ver hay tres tipos de personas:

• Los que parece que tienen la bola de cristal para predecir el futuro y suelen fallar más
que acertar.
• Los que saben que no tienen la bola de cristal pero que son capaces de intuir lo que
sucederá evaluando cuáles son las tendencias previsibles y en función de esa predicción
acertar, acercarse lo suficiente o errar… y
• Los que no se fían más que de lo que pueden demostrar con datos. A esos ni falta que
les hace tener la bola de cristal y son la inestimable especie a la que me quiero referir.

Basan sus afirmaciones en el análisis de los hechos (pasados) y en este sentido tiene poco
mérito que no se equivoquen, pero en determinadas ocasiones tratan de realizar proyecciones a
futuro precisamente basadas en lecturas de datos pasados que tratan de colar como infalibles
obviando que en toda predicción hay que considerar tanto las variables ponderables (por
ejemplo el contexto en el que se produce el hecho) como las imponderables (y aquí me quedo
en blanco, porque precisamente por eso son imponderables).

A eso se le conoce como sofisma: razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo
que es falso. Es como si yo dijo: blanco y en botella, leche. Puede ser leche u horchata, pero para
el sofista es irrefutable que se trata de leche, faltaría más.

Esta especie, como digo, no está en absoluto en vías de extinción y tiene sus seguidores que
normalmente son personas de buena fe. Si el sofista es además creador de opinión, gurú o
cualquier otra forma de influenciador de audiencias, la que nos puede montar es parda. En
estos días que no son precisamente de vino y rosas, sería de agradecer que se dedicaran
exclusivamente a lo que son tan buenos: predecir el pasado y que se tienten la camisa antes de
ponerse a predecir el futuro que, como su nombre indica y cae por su propio peso además de
por la gravedad, está por completo lleno de ponderables e imponderables.

¿Y por qué digo esto? Porque en estos días la prensa está llena de profetas de todo pelaje pero
sobre todo de agoreros que sólo hacen que contribuir más si cabe a la sensación de pesimismo
cada vez más generalizado. Algunos vaticinan que llegaremos a siete millones de parados, otros
que este país se arrastrará sin rumbo económico durante los próximos diez años, los hay que
predicen que la asfixia financiera que padecen las pequeñas empresas no ha hecho más que
empezar y que el año que viene se cerrarán no sé cuántas de ellas.

Necesitamos tener esperanza y creer en nosotros. Pasará lo que tenga que pasar, pero por
favor, dejen ya ustedes de predecir desgracias que nos afectarían a todos menos a ustedes.

     
   
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¿Sabes lo que no sabes? 25 de junio 2009

Un día su jefe la llamó para despachar algunos temas que habían ido quedando atrasados. En
esos días ambos estaban tan inmersos en sus respectivos quehaceres que no habían tenido
tiempo para verse, así que nuestra amiga tenía mucho que contarle para que su jefe le diera su
aprobación. Conforme se los iba presentando le iba poniendo en antecedentes. El otro le
escuchaba atentamente. De pronto vio que se ponía en pie y al tiempo que el jefe seguía su
exposición miraba por la ventana hasta que llegó un punto en que, manteniéndose de espaldas
a ella le dijo:

- ¿Tú sabes lo que no sabes?

Aquello la mató puesto que lo entendió como una crítica y la verdad es que se había preparado
los temas a conciencia, por lo que no supo que contestarle. Al ver que se quedaba sorprendida
el jefe se sentó de nuevo y la tranquilizó.

- No temas, yo muchas veces me hago esta misma pregunta. ¿Sé lo que no sé? Tú que crees.
- No -le respondió-. Seguramente hay cosas que debías saber y que no te cuento.
- Gracias por tu sinceridad. Eso mismo pensaba yo. Toma tus decisiones pero no es necesario
que me las cuentes todas, así ambos ahorraremos un tiempo valioso.

Pasado el tiempo la volvió a llamar a su despacho. Las cosas estaban tensas. El jefe la interrogó
sobre algunos hechos recientes que no habían salido como esperaban y ella lo estaba pasando
francamente mal. Transcurridos unos minutos angustiosos en los que parecía que era la
culpable de todo, interrumpió a su jefe.

- ¿Recuerdas lo que hablamos hace unos meses?


- Sí, por supuesto –contestó el otro sin saber muy bien a qué atenerse.
- Pues como puedes ver, ahora sé lo que no sé y espero que me subas el sueldo por ello.
- ¿Por qué debería hacer eso? -repuso el jefe sorprendido.
- Porque antes pensaba que lo sabía todo y me hiciste ver que era una estúpida por ello, pero
ahora he dado un paso al frente y sé que estamos en las mismas condiciones.

Y se lo subió.

Moraleja: No te afanes tanto en memorizar cosas como en tener claras de cuáles no tienes
suficientes conocimientos y deberías.

     
   
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Libro de Bitácora (Junio 2009) 30 de junio 2009

Se acaba de completar el tercer mes de vida de La Inteligencia de las Emociones. No sé si estaréis


de acuerdo conmigo pero pienso que, en general, este mes de junio la blogosfera ha andado un
poco alterada en cuanto al perfil y tono de muchos post y comentarios y nosotros no hemos
sido una excepción. Hemos tratado y debatido temas espinosos como la gestión de
expectativas, la gestión emocional y la familia y también hemos hablado sobre los que sólo
saben predecir el pasado, así que nos hemos "contagiado" un poco pero creo que el resultado
ha valido la pena, sobre todo por la calidad de los comentarios que habéis ido dejando.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora de este mes:

• A pesar de que en este blog no se suele hacer comentarios políticos, anoto dos hechos
acaecidos este mes por su particular significado: el pucherazo electoral en Irán por el
que Musavi ha sido despojado del triunfo a pesar de haberse contabilizado ¡¡tres
millones!! de votos fraudulentos y el reciente golpe de estado en Honduras que ha
supuesto la salida del presidente Zelaya en pijama rumbo a Costa Rica. A ver cómo
reacciona Obama en el orden práctico.
• Soy un año mayor pero me consuelo con esa frase tan hermosa que dice "no hay que
llenar la vida de años sino los años de vida". En eso estamos, amigos míos.
• El pasado día 19 nos dejó Vicente Ferrer. De las muchas definiciones que podrían
resultarle de aplicación me quedo con dos. Una de ellas, se la debemos al periodista
David Cano y nos habla de él como el economista intuitivo y la otra se la debemos a las
mismas gentes a las que consagró su vida para quienes siempre será "el español con
corazón de indio". En el momento de su fallecimiento todavía se estaba tramitando los
papeles de su nacionalización, pero eso parecía importar poco a quien interpretó sus
creencias a los ojos de los seres a los que ayudaba a que recuperaran su dignidad como
personas. Curiosamente, en estos días han surgido diversas iniciativas (algunas de
amigos míos) para proponerle para el Premio Nobel de la Paz, pero yo creo que no es
necesario porque él ha contado siempre con el premio que seguramente más ansiaba, el
del milagro de la vida digna en una tierra inhóspita.
• Este mes quisiera recomendaros que visitéis el blog de mi nuevo amigo Pablo
Rodríguez http://www.economiasencilla.com/ quien nos proporciona prácticamente a
diario una visión perfectamente entendible de lo que sucede a nuestro alrededor en
términos económicos pero contado de una forma que todos podemos entender. Este
afán divulgador tiene mucho mérito en un mundo en el que parece que saber mucho
de algo debe ser sinónimo de no saber ponerlo al alcance de las personas normales.
Enhorabuena Pablo y te animo a que sigas por esa senda.
• No sé si muchos de vosotros recordaréis quién era Hortensia Bussi, pero para aquellos
que tengan la memoria más larga diré que era la viuda de Salvador Allende, presidente
democrático de Chile derrocado por el golpe militar de Pinochet. La Tencha ha muerto
también este mes de junio y con ella se va un trocito del sentimiento de los que como
yo, en 1973 estábamos preparándonos para ir a Chile a ayudar en lo que se pudiera y
siempre hemos tenido la sensación de que nunca deshicimos el equipaje.
• La foto que aparece en el encabezamiento de este post y que será el emblema de esta
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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sección de ahora en adelante es un pequeño homenaje a mis amigos del Glen's Team
con quienes compartí unas jornadas que fueron mucho más que de exaltación de la
amistad, de compartir pura vida. Un saludo para ellos y todo mi cariño.
• Peter Pan también nos ha dejado. Cuando llegues a Nunca Jamás saluda a Campanilla
de mi parte. Las primeras noticias nos hablaron de que no pudo superar un ataque al
corazón, pero la cosa parece que todavía no está clara y de hecho, a cada día que pasa
aparecen más indicios de que la causa de su muerte se ha debido a sustancias
narcóticas. Ha nacido un mito y una leyenda que con el paso del tiempo es lo que, por
fortuna, nos quedará de él. De toda su discografía he seleccionado este corte porque
representa una etapa de su vida en la que pese a sufrir el maltrato sistemático de su
padre, nadie lo diría al ver el optimismo que desprenden las imágenes.

La frase del mes de junio se la debemos a un proverbio africano y decía: “Solo se va más
rápido, pero acompañado se llega más lejos”. Qué gran verdad.

Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han
visitado este blog, hayan dejado o no mensaje.

     
   
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Menos texto y más contexto 1 de julio 2009

Uno de los principios en los que se sustenta la inteligencia emocional es el análisis del contexto
en el que producen los hechos sosteniendo que todo lo que percibimos está condicionado por
él. Una reedición de aquello que ya conocíamos: “nada es verdad ni mentira, sino que depende
del color del cristal con que se mira”.

Eso es tan cierto que podríamos definir el contexto como aquello que fija o modifica una
postura, opinión o reacción. Veamos un ejemplo:

Crónica de los hechos (texto)


Ayer a las 9,30 de la mañana de ayer se produjo un luctuoso suceso. El joven J.B.L. de 18 años
de edad y que huía de una tienda de comestibles tras perpetrar un robo a mano armada con
una pistola que resultó ser de juguete fue arrollado por un automóvil causándole la muerte
instantánea. El botín no llegaba a los cien euros.

Reacción: ¿…?

Contexto 1:
El atracador era un toxicómano con síndrome de abstinencia que precisaba el dinero para
comprar droga.

Reacción: ¿…?

Contexto 2:
El atracador era un huérfano con dos hermanos pequeños a su cargo a los que tenía que
alimentar.

Reacción: ¿…?

Contexto 3:
El atracador era el hijo pequeño de una acaudalada familia que siempre lo había tenido todo
muy fácil y que, al parecer, necesitaba sentir nuevas emociones.

Reacción: ¿…?

En efecto, las distintas reacciones dependen del color del cristal… pero precisamente aprender
a utilizar adecuadamente el “depende” es lo que nos hace más hábiles a la hora de entender los
hechos porque introduce el elemento de las motivaciones.

Los hechos fácticos son enjuiciables, por supuesto, pero considerando el contexto en el que se
producen las lecturas son distintas y a eso tenemos que ir acostumbrándonos. Los hechos y sus
consecuencias son los narrados y no se pueden cambiar: un tendero fue robado, un
automovilista que no tenía la culpa de nada pasó por allí en el momento más inoportuno y el
joven murió, pero el grado de empatía con cada uno de los actores puede ser modificado por el
     
   
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contexto en el que los sucesos se produjeron ¿verdad?.

La interpretación más o menos correcta de lo que está sucediendo delante de nuestos ojos
tiene múltiples aplicaciones prácticas. Imaginemos entornos de negociación, de ventas, de
orientación al cliente, de gestión de situaciones difíciles, etc. en las que debemos entender las
motivaciones de los otros para obtener los fines que perseguimos. La clave en todos esos casos
está en interpretar adecuadamente las necesidades del otro.

Pues eso, menos texto y más contexto.

     
   
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Cazadores de rayos 3 de julio 2009

Sally y Joe tenían una curiosa afición, eran cazadores de rayos. Sobre todo en verano, cuando
las tormentas eléctricas hacían su aparición, los dos ancianos salían de su rancho de Iowa y se
adentraban por los campos en busca de la tormenta. En ocasiones, tenían que alejarse bastante
hasta que daban con la zona adecuada, pero siempre andaban a su paso, sin sobresaltos porque
la edad y los achaques no les permitían ir más ligeros. Antes, Sally había oteado el aire y
avisado a Joe para que fuera preparando lo necesario: una pértiga y unos cuantos tarros
grandes de cristal, todo ello acomodado en una ruidosa carretilla de rueda chirriante.
Para no ser vistos trabajaban de noche, cuando nadie les molestaba y no tenían que dar
explicaciones a sus vecinos. De todas formas, tenían ya tan pocos y estaban todos ellos tan
achacosos que poco hubiera importado hacerlo a plena luz del día, pero se habían
acostumbrado a esa rutina y los dos eran de dormir poco.

Una noche de agosto, la cosecha de rayos se dio especialmente bien. Sally obtenía su botín con
facilidad levantando su pértiga y orientándola hacia las descargas eléctricas; parecía que en eso
tenía la misma maña que cuando de pequeña acompañaba a su padre a pescar al río y rara era la
vez que no levantaba un barbo en cuanto lanzaba la caña. Su rendimiento era excepcional.
Sin embargo, esa noche no estaban solos. Agazapada tras unos matojos Mary se frotaba los
ojos viendo la pericia de la anciana al capturarlos y la rapidez con la que Joe cerraba los frascos
de cristal impidiendo que los rayos se escaparan, uno cada vez. Mary se asustó, quién no lo
hubiera hecho en su caso, pero la curiosidad era más poderosa que los temores y poco a poco
se fue acercando. Joe la vio por el rabillo del ojo pero no hizo la menor señal de preocuparse
por la presencia de aquella extraña.

- ¿Quieres probar tú? –dijo Joe a Mary sin esperar que se presentara.
- Nunca había visto nada igual –repuso ella-. Tengo miedo de que me traspasen y me maten.
En mi granja todos los años mueren novillos por culpa de esos malditos rayos.

Joe y Sally siguieron con sus quehaceres sin prestar más atención a aquella intrusa capturando y
embotando rayos azules y blancos. Pero la curiosidad fue creciendo y creciendo en ella hasta
que se decidió a aceptar aquel extraño ofrecimiento. Nunca supo por qué lo hizo pero antes de
lo que se tarda en decirlo se vio tomando la pértiga y orientándola en dirección a los haces de
luz que aparecían en el cielo y que, si no eran atrapados, se desvanecían sin remedio en el suelo.
Viendo que aquello se le daba bien se fue animando y era tal la cantidad de rayos que atrapaba
que pronto se acabaron los botes donde guardarlos. Se sintió decepcionada.

- Vaya, ahora que me estaba divirtiendo se acaba el juego.

Los dos ancianos se miraron mientras cargaban el carro con las últimas capturas y se
aprestaron a marcharse con paso tranquilo tal y como habían llegado. Mary los siguió a
distancia, pues no sabía qué es lo que debía hacer a continuación. Cuando estaban cerca de su
casa Sally se volvió hacia ella y le dijo:

- Mary, ¿qué es lo que has aprendido esta noche?


- No sabría decirlo exactamente –contestó-. Al principio me pareció divertido pero el juego
     
   
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duró poco. No conozco a nadie en el mundo que haga cosas como esas.
- Pues entonces voy a decirte algo. Nunca hagas lo que no sabes para qué sirve sólo porque te
divierta. La razón por la que hacemos esta tarea es porque tenemos ese don. Atrapamos los
rayos para que no mueran terneros, ni se destruyan árboles o casas. Nunca lo hicimos porque
nos divirtiera, pero ahora que hemos visto que tienes el mismo don que nosotros no estraría de
más que nos reemplazaras. Ya ves que somos viejos y tú joven, así que aquí te dejamos los
aparejos.

Mary no dijo ni que sí ni que no, pero pasó el tiempo y el número de rayos que caían sobre las
casas y el ganado creció una barbaridad. Nadie daba explicación a aquel hecho excepto Mary
que desoyendo el encargo que le había hecho aquel par de ancianos jamás había vuelto a usar la
pértiga desde aquella noche. Un día llegó la noticia: un rayo había destruido la granja de Sally y
Joe matando a todos sus animales.

Removida la conciencia, a la noche siguiente volvió a adentrarse en los campos en busca de


nuevos rayos, pero su sorpresa fue mayúscula cuando vio a lo lejos que la pareja de ancianos
había vuelto a su tarea y yendo hacia ellos vio que la ignoraban por completo.

- Perdonad –les dijo-. No cumplí con mi obligación y por mi culpa habéis perdido todo lo que
teníais en el mundo.

Pero los ancianos no le contestaron y siguieron a lo suyo. En Iowa, tierra de rayos y truenos,
nadie se explica la longevidad de aquella pareja de viejos.

NOTA: Hoy es el cumpleaños de mi hija y este es un regalo para ella.

     
   
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Reparación o recambio 8 de julio 2009

En estos tiempos azarosos que nos ha tocado vivir es muy frecuente que a los habituales
golpes que nos da la vida se una serie de impactos profundos que como decía un amigo
sevillano “nos abollan”. ¿Cuáles pueden ser estos?

Sin ánimo de ser exhaustivos podríamos enumerar los zarpazos del paro, las negras
perspectivas económicas, la inseguridad paralizante que produce no ser capaces de hacer planes
a medio plazo, la sospecha de que nadie nos cuenta toda la verdad sobre lo que va a suceder,
etc. Como veis, motivos sobrados para estar realmente preocupados a los que cada uno puede
añadir o sustituir los que le afecten particularmente.

En toda situación de este tipo parece que prestamos más atención a lo que más nos ocupa en
el momento. Siempre digo que la mejor forma de curar un dolor de cabeza es darse un
martillazo en el dedo, infalible remedio pero la cuestión es que, en realidad, los males se
acumulan y no se sustituyen unos por otros.

Es indudable que los daños sufridos tienen un fuerte impacto emocional dado que es en ese
ámbito donde se “metabolizan” todas las cosas que nos afectan sean éstas buenas o malas y
por ello conviene entender, una vez más, que el cuidado que prestemos a nosotros mismos
será determinante para la aceptación o superación de situaciones difíciles.

Utilizando la imagen de mi amigo, podríamos imaginar que somos como un coche que
conviene llevar al taller de chapa y pintura de vez en cuando. Buenas, que vengo para que me
arreglen un poco las abolladuras. Pues vamos a ver –podría responder el chapista de turno- si
no tiene usted un buen seguro a todo riesgo y sin franquicia le va a salir más barato cambiar la
aleta que repararla. Y entonces ¿qué hacer? Esa es la cuestión. ¿Reparamos nuestra visión de la
vida o la sustituimos?

Ante ese dilema lo que solemos hacer es dar largas al chapista y continuar circulando. Total, si
lo importante es que el coche funcione -nos decimos- y de motor parece que todavía andamos
bien. Pero cuando el tiempo pasa y el rocío de la noche, la lluvia o el salitre acaban pudriendo
la chapa regresamos al taller y entonces nos dicen aquello tan demoledor de lo siento, pero es
que ahora lo que está afectado no tiene solución. Hay que cambiar de coche. ¿Tenemos la
posibilidad de cambiarnos por otro nuevo y reluciente? No, claro, porque no somos
sustituibles. Pues si estamos abollados vayamos al taller cuanto antes. Y hagamos caso a lo que
nos recomienda el mecánico que, por cierto, muchas veces se parece tanto a nosotros que
podría pasar por nuestro doble.

     
   
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¡¡Señoras y señores... 11 de julio 2009

… con ustedes los afamados Singermornings!! (también conocidos como cantamañanas)


especie peligrosa donde las haya.

Esta semana me han contado algunas experiencias “místicas” que quería compartir con
vosotros tras pedir los permisos oportunos y que ya he anotado convenientemente en mi
cuaderno de desatinos que no sé si algún día verá la luz.

1. Una amiga y colega consultora recibió la llamada de un futuro cliente al que andaba
rondando desde hace tiempo. Le dijo en tono misterioso que quería que le fuera a visitar con
premura, así que cambió su agenda y se fue para allí. Lo que le propuso es que participara en
un proyecto piloto que requería una dedicación aproximada de 500 horas de trabajo. Muy bien,
pensó. Acto seguido el cliente le aclaró que en cuanto a los honorarios no se los pagaría en
"cash" sino que podría hacer publicidad de que había trabajado para ellos y que eso superaría
cualquier precio que pudiera pagar por sus servicios. Declinó.

2. Un headhunter que conozco entrevistó a un candidato a ocupar un puesto directivo porque


su curriculum era impresionante. Cuando le pidió que le explicara su trayectoria profesional la
cosa cambió porque a pesar de que había trabajado para compañías importantes lo había hecho
en posiciones que, claramente, no le capacitaban para el puesto al que aspiraba, pero a cambio
empezó a relatarle su extraordinaria formación académica explayándose en detalles
absolutamente banales. De lo que más presumía era que había atravesado Estados Unidos de
costa a costa. Bien pensó, habrás pasado por Estados Unidos pero Estados Unidos no ha
pasado por ti. Cuando vio que aquello iba de mal en peor el candidato aclaró que de todas
formas pensaba que el puesto sería suyo porque su padre era íntimo amigo del presidente de la
compañía que buscaba cubrir la plaza. Si lo logra, dice (el headhunter) que cambia de
profesión.

3. Yo mismo almorcé ayer con un colega al que no veía desde hacía tiempo. Dice que se ha
reconvertido y que ahora “vende información útil”. Sin palabras. Por desgracia, esa
información útil no incluía la combinación de la lotería primitiva.

Vaya semanita. Amigos míos tened cuidado con los singermornings (que bonita palabra) que
tratan de colarse por los resquicios de la confianza, la oportunidad o por donde sea y recordad
que no hay duros a cuatro pesetas. Eso sí, para eso hay que saber resistirse a los cantos de
sirena y aprender a decir no, cosa que no siempre es fácil.

     
   
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Elogio de la rutina 14 de julio 2009

Si alguno de vosotros pasea por las calles del Greenwich Village de Nueva York se encontrará
con multitud de placas como esta en las fachadas de las coquetonas casas rememorando
hechos más o menos famosos o recordándonos que allí nació, vivió o murió tal o cual
personalidad. Es una costumbre que los norteamericanos heredaron de los ingleses y que luego
hemos seguido prácticamente en todas las ciudades con mucha o poca historia que contar.
Pero hete aquí que un avispado vecino del Village mandó colocar esta placa en la que
anunciaba que, precisamente en ese año, no pasó nada memorable y lo celebraba.

La rutina, la ausencia de noticias reseñables, por lo general no está bien valorada dando la
sensación de que es sinónimo de vida aburrida y sin altibajos. Craso error. La rutina es una
magnífica aliada. Cuando nos dislocamos un tobillo y tenemos que andar unas cuantas semanas
con muletas durante las cuales ni siquiera podemos ducharnos con normalidad ¿no añoramos
la rutina de tener libertad de movimientos? Cuando pasamos una situación más o menos
angustiosa ¿no suspiramos deseando que la vida vuelva a la normalidad cuanto antes? Cuando
durante el mes de agosto vamos a comprar la prensa a nuestro quisquero habitual y nos
encontramos con el letrero de “cerrado por vacaciones” ¿no nos entra una creciente
impaciencia porque regrese de una vez y no nos obligue a caminar no sé cuántas manzanas
más?

La rutina tiene mala prensa, pero en el fondo es el estado por el que muchos nos envidian y
que desdeñamos hasta que la perdemos, como tantas otras cosas. Podríamos definirla como la
ausencia más o menos constante de sobresaltos o achaques que nos obliguen a cambiar
nuestros hábitos de vida. Es tan conservadora en su apariencia como progresista en su esencia,
tan lineal como necesaria, tan ordinaria como accidental, tan insulsa como confortable.

Nada funcionaría sin ella: el transporte público, la generación de energía, el ciclo de sueño y
vigilia, los horarios de comida, los días de paga… Entonces ¿por qué razón tiene tan mala
prensa? Porque nos empeñamos en entender sistemáticamente que lo que hay que hacer es
romperla. Bien, perfecto. En ese caso ¿nos lanzamos a bajar apresuradamente los bordillos de
las aceras a ver si logramos dislocarnos un tobillo, nos empeñamos en meternos en callejones
oscuros a ver si nos atracan, renunciamos a cobrar nuestro salario para sentir nuevas
sensaciones, comemos y dormimos cuando tengamos hambre o sueño y dónde nos venga en
gana? Ah, bueno. En ese caso, bendita sea la rutina ¿no os parece?

     
   
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No seamos cerdos 17 de julio 2009

Imagino que el título os habrá impactado pero eso no es lo peor porque ya os anticipo que de
aquí a unas líneas también os llamaré gallinas y todo ello para hablar un poco y tratar de
entender qué es eso de la empatía, esa gran desconocida.
Cuando hablamos de empatía a veces queremos referirnos a otra cosa completamente distinta,
la simpatía, porque confundimos los términos y voy a tratar de demostrarlo.

La actitud empática consiste en tres pasos indisociables:

1. Comprender los sentimientos o el estado de ánimo de otro (lo que entendemos como
ponernos en sus zapatos). Este primer paso normalmente es el único al que asociamos la
empatía y nos cuesta más a unos que a otros darlo pero vaya ¿quién no ha sentido nunca ese
sentimiento?

2. Decírselo. Eso ya es más raro que se produzca pero absolutamente necesario para que la
persona por la que sentimos empatía se entere. Claro, aquellos que se ven a sí mismos como
transparentes pensarán que ya se nota que son empáticos.

3. Ofrecer alternativas de solución a los problemas porque como es lógico, generalmente a las
personas que lo sufren a veces les cuesta verla aunque la tengan delante de las narices.

Hasta aquí el concepto de la empatía. Hay que ser conscientes de que cualquier paso que
omitamos de esos tres perjudica la finalidad de nuestra actitud empática, no os quepa la menor
duda. Ahora bien, ofrecer alterativas en ningún caso debe suponer asumir el problema del
otro como si fuera nuestro. Eso es simpatía, no empatía. Y diré más “comprar los
problemas” puede ser causa de más de un disgusto o acarrearnos inconvenientes que
hubiéramos podido o debido saber evitar.

Añadiré ahora otro elemento. Cuando muestro empatía hacia alguien puede que esté de
acuerdo o no con su punto de vista pero eso no supone que la contribución que puedo hacer
para que el otro resuelva su problema sea menor en el caso de que no esté de acuerdo con él.
Eso es sumamente importante entenderlo. Si no estoy de acuerdo, basta con no decirlo y tema
resuelto, pero eso no impedirá que le pueda ofrecer soluciones racionales, desapasionadas,
lógicas y válidas.

Por el contrario, siempre tendré más dificultades cuando estoy de acuerdo con el otro ya que
eso supone que he pasado la frontera y que mi tendencia será la de actuar "solidariamente" con
él y de eso a “comprar su problema” sólo hay un pequeño trecho que, una vez dado, nos hace
compartir su suerte. Eso ya no es empatía sino simpatía, que es un sentimiento legítimo pero
completamente distinto porque recordemos: el problema era del otro, no nuestro y bastante
tenemos con tratar de resolver nuestros problemas como para cargar con los de los demás.
Y ahora volvamos a los cerdos y las gallinas.

     
   
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Como todos sabemos en un plato de huevos con chorizo aparece la contribución de dos
animales: la gallina y el cerdo. Pero ambos no están en pie de igualdad puesto que el cerdo está
allí de “cuerpo presente” mientras que la gallina únicamente ha contribuido aportando los
huevos. ¿Veis la diferencia entre estar implicado e involucrado? Pues lo mismo sucede con la
empatía y la simpatía. ¡Imaginad lo que hubiera sucedido si la gallina hubiera comprado el
problema del cerdo!

¡No seáis cerdos… contentaos con ser gallinas, que no es poco!

     
   
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"Nunca" es demasiado tiempo 22 de julio 2009

Al tiempo que conectaba mi primitivo gestor de correo y veía aparecer el número de e-mails
que iba a descargarse a través de mi exigua línea analógica aproveché para revisar la lista de
llamadas recibidas en mi ausencia entre las que un aviso me llamó la atención. Era de una
persona a la que hacía tiempo que no veía ni sabía nada de ella pero que, por lo visto, había
localizado mis coordenadas y tratado de ponerse al habla. En esa época, el móvil apenas existía
por lo que los modos de acceso eran mucho más limitados. El texto del aviso decía “quiere que
la llames mañana como muy tarde porque si no ya no podrás volver a contactar con ella”.
Cuando me dispuse a marcar su teléfono me di cuenta de que faltaba un número.

En el correo electrónico había un mensaje de esa misma persona que decía “Hola hombre de
palabra. Salgo mañana para Auckland y antes quería hablar contigo. He dejado un recado en tu
oficina con mi número de teléfono pero si lo ves más tarde ya no hace falta que llames”. El
hecho de que hubiera utilizado el mail como arma de refuerzo a su petición era igualmente
llamativo por exótico pero olvidó repetir el número donde poder localizarla.

Con una curiosidad creciente contesté aquel mail aclarándole que, a pesar de que lo había
intentado, no podía ponerme en contacto con ella porque faltaba un número. Pasó el día y no
recibí respuesta. Volcado en mis quehaceres, acabé por olvidarme del tema. Días más tarde
recibí una llamada de un amigo.

- ¿Hablaste con Sara? Sé que trataba de localizarte y le dí el número de tu oficina.


- Lo intenté, pero verás lo que sucedió – Y le relaté la historia
- Vaya, cuanto lo siento porque parecía muy interesada. Se marchó a vivir a Nueva Zelanda
con su marido.
- ¿Sabes lo que quería de mí?
- Me comentó que os habíais enfadado y que le dijiste que nunca más querías volver a saber
nada de ella. Un poco drástico ¿no?
- Pues sí, nos enfadamos mucho pero de eso ya hace un montón de años y no recuerdo haberle
dicho semejante cosa.
- Bueno, el caso es que ella me dijo que pensaba que “nunca” era demasiado tiempo.

Pasaron los años. Una tarde alguien me paró en la calle. Era Sara. El tiempo no nos habían
cambiado tanto a pesar de todo y me había reconocido.

     
   
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- Veo que sigues siendo un hombre de palabra. Dijiste que nunca más querías volver a saber
nada de mí y lo has cumplido a rajatabla.
- Cuando llamaste hacía mucho tiempo que lo había olvidado.
- Yo no.

Y nos sentamos en una terraza a charlar sobre los viejos tiempos. En perspectiva, llegamos a la
conclusión de que el motivo de nuestro enfado tampoco había sido para tanto. Antes de
despedirnos nos intercambiamos nuestros números de móvil –ahora sí- y acordamos que
volveríamos a vernos para comer juntos. Y desde entonces, nunca más… al menos por el
momento.

     
   
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Si quieres que te cante... 24 de julio 2009

Una señora mayor fue al mercado del pueblo a comprar verduras frescas de temporada. La
verdulera había tenido un encontronazo por la mañana con su cuñado el pescadero, así que
cuando la señora le comentó que la verdura la quería buena le contestó de malos modos. La
clienta, sintiéndose en el derecho de ser bien atendida, la mandó educadamente a paseo y se
puso a la cola en el puesto en el que solía comprar antes. La dueña, al verla guardando cola,
decidió echarle en cara que la había abandonado para comprar en el puesto de su rival. Cuando
le tocó el turno la señora preguntó el precio de las acelgas. No serán más caras que donde las
compraba hasta hoy, le contestó con retintín. La señora mayor que le vio la intención pasó por
alto el comentario y le compró las acelgas, además de nabos, tomates y un hermoso repollo.
Al pagar comprobó que la otra se había equivocado con el cambio. Para no ponerla en
evidencia le hizo repetir que a cuánto ascendía la cuenta por si ella había entendido mal y la
verdulera la miró con cara de pocos amigos antes de darse cuenta de que le había devuelto de
menos. Le dio las monedas que faltaban y además le regaló una cabeza de ajos. La clienta le dio
las gracias pero se quedó algo mosqueada.

De vuelta a su casa recordó que había olvidado comprar pescado para la cena por lo que tuvo
que regresar al mercado. El pescadero quería colocar una merluza que llevaba dos días en hielo
y a todo el que se acercaba le cantaba las excelencias pero la señora se dio cuenta de que
aquella merluza tenía los ojos hundidos y dijo que le pusiera sardinas a lo que el otro, que a
toda costa quería colocarle la merluza como fuera, repuso que no le quedaban. ¿Y esas no
están en venta? Esas son para un regalo para hacer las paces con mi cuñada la verdulera con la
que me he peleado esta mañana. Llévese la merluza que ya le digo que está fresca. La señora
decidió que en ese caso no iba a comprar pescado y se marchó.

A la salida del mercado se percató de que tampoco tenía pan y entró en el horno de la esquina.
Compró una hogaza pero al salir, el hijo del alcalde, un mozalbete que iba montado en bicicleta
casi la atropella y del susto que le dio se le cayó la hogaza en un charco sin que el chaval ni
siquiera se detuviera a pedir disculpas por lo que había hecho. Ahora la hogaza estaba echada a
perder y sólo serviría para dársela a comer a las ocas, pero sin pan no podía pasar así que
volvió al horno sólo para comprobar que se había llevado la última y que ya no quedaba
ninguna. ¿Seguro? Mire bien por ahí que con un poco ya me apaño. Queda media de ayer, pero
está un poco rancia y además si se la vendo se la tengo que cobrar a su precio, terció el
panadero. Bueno, dijo la señora, pero yo sin pan no me puedo quedar pensó. Contrariada por
todo lo sucedido, recorrió el camino hacia su casa sin comprender por qué todos aquellos
parecían haberse puesto de acuerdo para contrariarla tanto.

Al mes siguiente eran las fiestas del pueblo y como de costumbre se había organizado un
     
   
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concurso de jotas en el que participaban todos los pueblos de la comarca. En la comisión de
fiestas estaba el alcalde, el panadero, el pescadero y las dos verduleras quienes mandaron al
alguacil para pedir al marido de la señora que participara porque era sabido que tenía buena
voz. Pero en cuanto le vio llegar a su puerta la señora se asomó al balcón diciéndole ¿Has
venido a que cante Manolo? Pues dile a esos que si quieren que cante…la pasta por delante.

     
   
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Se levanta el telón 29 de julio 2009

A pocos días de empezar las vacaciones para la mayor parte del país, se levanta el telón.
¿Qué habrá detrás? Unos días de descanso para unos, cambio de rutina para otros,
preocupación para muchos… Para todos, incertidumbre.

En un año como este en el que hemos tomado plena consciencia de la situación en que
vivimos no es de extrañar que lo que nos vamos a encontrar al otro lado del telón sea bastante
distinto de lo que imaginamos cuando el año pasado volvimos al trabajo e hicimos los
primeros planes de vacaciones para este.

El mundo ha cambiado mucho en ese periodo. Tanto, que si alguno se despertara ahora de un
profundo sueño en el que hubiera hibernado desde el pasado mes de agosto no lo reconocería
y probablemente quisiera volver a cerrar los ojos a la espera de tiempos mejores. Eso, podrían
firmarlo muchos empresarios y un porcentaje todavía mayor de trabajadores. Nosotros, sin
embargo, somos los mismos. Cuidamos de nuestra familia, frecuentamos a los amigos,
tenemos anhelos, cumplimos en nuestro trabajo. En definitiva, nos esforzamos en seguir
viviendo, pero todo ha cambiado.

Os propongo un ejercicio sencillo. Cerrad los ojos y recordad cómo era la cama en la que
dormíais hace cinco años. Ningún problema, porque todos la recordáis. Ahora volved a
cerrarlos e imaginad cómo será la cama en la que dormiréis de aquí a cinco años. ¿?
Nadie tiene la certeza de cómo será esa cama, aunque estadísticamente es muy probable que
sea la misma en que dormís hoy. ¿Qué ha sucedido? Pues que no tenemos suficiente capacidad
proyectiva, no podemos imaginar cómo será el futuro y eso puede incomodarnos. Lo mismo
sucede cuando imaginamos qué será de nosotros, cómo y hasta qué punto nos afectará la
situación económica o cómo será nuestra salud. No lo sabemos.Pero lo que sí sabemos es que
contamos con nosotros mismos, con nuestra determinación, algunos hasta con el apoyo virtual
que damos y recibimos en nuestros blogs. Saldremos adelante, pero es necesario que nadie
olvide que cada día se levanta el telón y que nuestro objetivo es estar listos para salir a
representar nuestro papel sabiendo que en el patio de butacas están todos los que dependen o
confían en nosotros. Menuda responsabilidad… Ah, y buenas vacaciones.

     
   
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Libro de Bitácora (Julio 2009) 31 de julio 2009

La Inteligencia de las Emociones ha vivido un mes intenso en el que hemos cazado rayos,
recomendado que vayamos al chapista, hablado de los “singermornings”, elogiado la buena
rutina y hasta nos han llamado cerdos, además de habernos advertido acerca de los “nunca” y
“siempre” o exigido pasta por cantar. Parece que contamos con un público interesado por lo
que sucede por aquí y que tiene mucho que contar sobre sus propias experiencias de lo cual no
puedo más que estar agradecido por el número y calidad de los comentarios recibidos. La
verdad es que aprendo mucho de vosotros.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora de este mes, antes de
que empecemos a ser víctimas de las "armas de distracción masiva" (frase usurpada a un
colega bloguero) que nos esperan en agosto:

• Los índices bursátiles han crecido exponencialmente en lo que va de año y ello a pesar
de que los brotes verdes siguen sin aparecer por ningún lado ni en Estados Unidos ni
mucho menos por aquí, lo cual revela la influencia de las emociones en el bolsillo de
los inversores quizá más que la certeza en la recuperación económica. Paul Krugman
vuelve a darnos algunas claves para los próximos meses que son de puro sentido
común y que conviene revisar.
• Quisiera recomendaros un blog que me cautivó desde el primer momento por su
combinación excepcional de imagen, texto y música (cuidadísima) que se llama "donde
todo empieza". He de confesar que muchas tardes a última hora es uno de los lugares
a los que acudo en busca de un poco de sosiego. Su autora (M.) es una de las
comentaristas de este blog y espero que, al menos en este mes de agosto que empieza
mañana y en el que se supone que tendremos más tiempo para el deleite, no os lo
perdáis. Engancha.
• Aunque en clave local (porque parece que fuera del ámbito cultural catalán no ha
tenido tanta repercusión) he de recordar que el 1 de julio falleció Baltasar Porcel,
autor querido por tantas razones y columnista habitual de La Vanguardia. Seguro que
muchos le recordaréis por “Caballos hacia la noche” (Cavalls cap a la fosca) una novela
que confieso que tuvo mucho éxito e influencia sobre mí y que me predispuso a
escribir mi primera novela cuyo original, por fortuna, anda perdido por algún cajón,
pero entonces era todavía muy joven y eso no dolía como lo haría ahora. Si no tenéis
decidido alguno de los libros que os acompañarán en las siestas os recomiendo que lo
leáis (Caballos hacia la noche, no el mío que no se va a publicar je,je).
• También nos ha dejado Frank McCourt el autor de “Las Cenizas de Ángela” y
ganador del Premio Pulitzer. Como sé que entre algunos de los visitantes hay buenos

     
   
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aficionados al cine, señalo que la adaptación cinematográfica permitió a muchos
conocer el magnífico libro sobre el que se realizó el guión.
• Walter Cronkite históricamente considerado como el más prestigioso presentador de
informativos de Estados Unidos falleció el pasado día 17 a los 92 años de edad. Su
rigor e independencia hizo que fuera el primer periodista (y durante bastante tiempo el
único) que se atrevió a decir a su público que la guerra en Vietnam estaba perdida.
También recuerdo sus lágrimas en directo al anunciar el asesinato del presidente
Kennedy que traslucía el estado emocional no sólo de (parte de) un país sino (de buena
parte) del mundo.
• El Observatorio de la Blogosfera de los Recursos Humanos ha vuelto a incluir
mis entrada “De Profundis” entre las mejores del mes. Vuelvo a darles las gracias de
todo corazón.

La frase del mes de julio se la debemos a M. Carmen Solar y decía: “Todo lo que dices te cae
encima”. Mari Carmen tiene un amplio repertorio de frases que asombra porque combinan la
gracia con el fondo que da la sabiduría popular. La estoy animando a que las recopile y
publique pero no sé si habrá que darle un empujoncito. A la vuelta del verano, a ver si por lo
menos las traigo catalogadas.

Este mes de agosto cierro el quiosco y me tomo vacaciones, así que no habrá entradas en vivo
(bueno, eso ya lo veremos) a pesar de lo cual os he dejado programados unos cuantos post
refrescantes que tampoco es plan de calentarnos la cabeza todo el año. Hace unos días recibí
una comunicación de Vimeo en la que anunciaba que los vídeos que allí están colgados estarán
disponibles sólo por un mes desde su fecha de publicación, así que a lo mejor tengo que
cambiar alguno de los previstos.

Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han
visitado este blog, hayan dejado o no mensaje. Sin ellas esto no sería lo mismo o simplemente
no sería.

¡Felices vacaciones y hasta septiembre!

     
   
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Aprendiendo a tirar cerveza 3 de agosto 2009

Qué, cómo va el veranito. ¿Caluroso? Pues aquí os dejo un juego refrescante que consiste en
aprender a servir una cerveza bien fría, pero tened cuidado porque seréis valorados por un
jurado experto. Lástima que está en francés, pero es claramente intuitivo.
El que consiga buena puntuación del jurado que no se corte en dejarnos la reseña.

Joé, qué caló.

El fluir 6 de agosto 2009

Espero que el juego de la cerveza os haya gustado. Otra forma de combatir este verano
caluroso podría ser desplazarnos a Escocia donde la verdad es que hace más fresquito. Dado
que eso no está al alcance de muchos, hagámoslo virtualmente. Os dejo estas evocadoras y
refrescantes imágenes en alta resolución para que, al menos figuradamente, nos podamos
imaginar esas campiñas y esa naturaleza agreste.
Nos vemos en unos días.

http://vimeo.com/2227861

Derechos humanos para todos 9 de agosto 2009

Os dejo esta magnífica presentación que nos recuerda que los derechos humanos son para
todos pero los construimos con nuestro esfuerzo.

http://vimeo.com/1823335

Tambores lejanos 16 de agosto 2009

Para que luego digan que los suizos sólo saben hacer relojes y quesos. Aquí os dejo esta
tamborrada y si se os hace un poco larga id al último minuto que no tiene desperdicio.
Pues nada, a practicar a ver cómo os sale a vosotros. Nos volvemos a ver en unos días.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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El síndrome postvacacional 26 de agosto 2009

Buenas ¿hay alguien ahí? Espero que sí. Recién llegado de vacaciones, ante todo quiero dar las
gracias a los que os habéis dejado caer por aquí durante estas tres semanas de ausencia en las
que os he dejado entradas enlatadas para vuestro entretenimiento, pero ahora ya en directo,
retomo la tarea.

El fin de las vacaciones, como muchos habréis experimentado a la vuelta, tiene un sinfín de
daños colaterales: depresión, apatía, bajo tono vital, buzón repleto de correspondencia, pánico a
que llegue el próximo extracto de la Visa, por no mencionar algo que me llama mucho la
atención y que es el elevado número de divorcios que se producen en el mes de septiembre. Al
parecer, muchas parejas no pueden soportar la convivencia a ritmo de veinticuatro horas
seguidas que impone la época de descanso (espero que no sea vuestro caso).

A veces este síndrome postvacacional dura semanas, así que conviene armarse de paciencia.
Por si fuera poco, el calor todavía aprieta de lo lindo y las suelas de los zapatos parece que se
pegan al asfalto lo que hace que las distancias se alarguen sin ningún sentido mientras arrastras
los pies como si llevaras plomo. Y lo del calor que sigue haciendo por las noches y que impide
dormir a gusto ni os cuento…

Además, a pesar de que tú hayas regresado otros todavía no lo ha hecho. ¿La portera a la que le
dejaste un juego de llaves por si pasaba algún imprevisto en tu ausencia?: de vacaciones, faltaría
más; ¿la panadería habitual donde hacen esos panecillos tan sabrosos?: sólo abren hasta
mediodía que, por supuesto, no coincide con tu horario; ¿el quiosco de periódicos que está
justo enfrente del portal de tu casa?: hasta fin de mes, nada de nada; ¿la farmacia donde te
conocen de toda la vida?: les ha dado por abrir el próximo uno de septiembre aunque sea
martes. Total, que no sabes si cogerte unos días más hasta que la vida vuelva a la normalidad
¡pero no puedes!.

Como todavía estamos apurando esta última semana del mes-en-el-que-nunca-pasa-nada os


animo a que conforme os vayáis reincorporando deis señales de vida y dejéis constancia de
cómo os está sentando el regreso a la cruda realidad. Como veis, yo ya lo he hecho.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Libro de Bitácora (Agosto 2009) 31 de agosto 2009

Para La Inteligencia de las Emociones como para la mayor parte del país, el mes de agosto ha sido
más de sesteo que de otra cosa. Aún y así, han sucedido algunas cosas que recojo para los
anales de la historia y que comparto con vosotros.

• Siguiendo nuestra arraigada tradición de país de pirómanos y aprovechando un verano


seco y caluroso, a esos amigos del bidón de gasolina y cerilla les ha dado por liarla por
doquier. En el país de nunca-pasa-nada-en-el-mes-de-agosto uno ya no sabe si actúan por
impulso propio o a sueldo de los medios de comunicación para poder crear primeras
planas, pero en uno u otro caso lo consiguen con más éxito que nuestras esforzadas
fuerzas del orden que apenas son capaces de detener a unos pocos culpables.
• A petición de algunos de nuestros amigos visitantes que tenían interés por conocer el
dato confieso que mis vacaciones se han dividido en dos partes claramente
diferenciadas. Una tranquila y con tiempo irregular que he pasado el Laredo (Cantabria)
en la que lo más reseñable ha sido que me he "pimplado" los tres tomos de la trilogía
Milenium de Larsson, ahí es nada, y otra que he dedicado a viajar por Turquía y que ha
resultado una experiencia inolvidable (toda Turquía y no sólo Estambul). El viaje en
globo por Capadocia es una de las cosas que recomiendo hacer una vez en la vida (más
no porque es carísimo, el paisaje no cambia en una vida y en cualquier caso siempre
queda el recuerdo de las fotos).
• Este mes quisiera recomendaros un blog que se llama e-libro de las revelaciones. En
él veréis como el amigo leonés J. Carlos se ha embarcado en una encomiable labor casi
antropológica rescatando periódicamente vídeos musicales de intérpretes muy variados,
algunos prácticamente desconocidos u olvidados. Para los nostálgicos su visita es
obligada porque además de las canciones podréis leer el contexto social en el que se
movían los autores. Sin embargo, esta es sólo una de las muchas razones que hacen que
su blog sea recomendable, así que os animo a incluirlo en vuestro reader.
• Como todo el mundo sabe Estados Unidos es una república, pero eso no quita para
que tenga su propia “familia real” en este caso los Kennedy, cuyo último representante
glamouroso (Edward o Ted según gustos) ha fallecido el pasado día 26 a los 77 años de
edad. Hay datos suficientes que nos hablan de un pasado no demasiado confesable a
pesar de que como sucede tan a menudo lo que quede para la posteridad sea las
múltiples iniciativas parlamentarias que ha liderado en sus 47 años como senador y ese
aroma a izquierdista ricachón que en Europa no se entiende pero que allí tiene tanto
gancho en el territorio del partido demócrata.
• El día 27 falleció Joaquín Ruíz-Giménez a los 96 años de edad. Tal vez los más
jóvenes no lo recuerden pero fue el primer Defensor del Pueblo de nuestra
democracia. Curioso personaje que transitó desde el franquismo del que apostató muy
tempranamente, pasando por la fundación de la prestigiosa revista Cuadernos para el
Diálogo hasta la fundación del Partido Demócrata Cristiano que a pesar de que nunca
obtuvo representación parlamentaria no fue obstáculo para que Ruíz-Giménez se
mantuviera en el candelero político casi toda su vida como una referencia respetada.
• El Observatorio de la Blogosfera de los Recursos Humanos volvió a incluir una de
mis entradas, en este caso “Elogio de la rutina” entre las mejores del mes. No sé si
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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me están malacostumbrando pero a nadie le amarga un dulce.

La frase del mes de julio ha sido de Confucio y decía: “Escoge la profesión que te guste y
no volverás a trabajar un solo día de tu vida”. Qué gran verdad siempre que se dé el caso
de que uno sepa escogerla o pueda ejercerla, lo cual no es tan fácil.

Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han
visitado este blog, hayan dejado o no mensaje, en este agosto de entradas refrescantes y
programadas pero de muchas visitas. Se acabó el mes de nunca-pasa-nada, poco a poco todos
vamos regresando a nuestros cuarteles de invierno y mañana empieza de nuevo la vida real.
Coraje, amig@s, que me temo que nos va a hacer mucha falta.

     
   
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¡¡Good morning Vietnam!! 3 de septiembre 2009

Se acabó lo que se daba: regreso al día a día. Para unos una tragedia, para otros una bendición
pero en cualquier caso, ahí estamos de nuevo en el inicio del curso 2009-2010. Atrás han
quedado unos días de merecido descanso que cada cual habrá llenado con lo que ha podido.
Nadie es más que nadie por haber hecho cosas más o menos aparentes que otros, que ya
somos mayorcitos para la envidia.

Claro que puede que ahora cueste un poco arrancar, es normal, pero hay que hacerlo con el
mejor ánimo posible porque por delante queda el resto de nuestra vida. Los antiguos
celebraban sus festivales con rituales que nosotros repetimos. Por ejemplo, en el mes de
septiembre suceden cosas como que se recolecta la uva, aparecen los entrañables cortycoles,
los políticos de nuevo se ponen a tirarse los trastos a la cabeza con renovado énfasis, el
bronceado tan arduamente conseguido empieza a diluirse por el efecto de los perniciosos
tubos fluorescentes de la oficina, las calle vuelven a llenarse de coches, gente y ruidos, etc.
Esos rituales cíclicos son los que indican la vuelta a la normalidad (o anormalidad según cómo
se mire). Hay que entender el fuerte impacto que todo ello supone en nuestra apenas
restablecida emocionalidad que hemos ido cuidando amorosamente con las noches de verano,
los conciertos a la fresca, los cucuruchos de helado, los paseos indolentes por los tontódromos
que tienen todas las poblaciones estivales...

Combatir los variados síntomas del síndrome postvacacional con pragmatismo suele ser una
buena receta que, por desgracia, ni se expende en las farmacias ni se subsidia. Pero no hay que
preocuparse porque nos falten estímulos: el frigorífico está completamente vacío y hay que ir a
hacer un gran acopio de vituallas, los brotes verdes de la economía empiezan a aparecer en
Estados Unidos y Alemania, lo que significa que por efecto climático a nosotros nos llegarán a
mediados del año que viene como pronto, nuestro déficit público está por las nubes, los
subsidios del paro añejo se van terminando y el gobierno propone medidas tipo Robin Hood
(saquear a los ricos para seguir nutriendo la tómbola del siempre toca), hay que asegurarse de
que nuestro perfil coincida con el que es susceptible por consenso de ser vacunado contra la
gripe A y en caso contrario alegrarse o acongojarse, etc.. Qué sé yo, a mi se me han ocurrido
éstos pero que cada cual busque sus propios estímulos para combatir la modorra
postvacacional porque seguramente no le faltará dónde escoger y más pronto que tarde el
veraneo será sólo un pálido recuerdo que nos uniformizará a todos, los que veranearon y los
que no pudieron hacerlo. Unos y otros estaremos blancos como la leche mucho antes de las ya
próximas navidades, eso es seguro.

Ahora bien, no estamos solos. En estas mismas fechas en millones y millones de hogares del
hemisferio norte estarán sucediendo escenas parecidas con escenarios similares. Es lo que tiene
la globalización para bien o para mal, que eso nunca se sabe.

Y aún tenemos la suerte de no estar situados en los diversos puntos calientes del planeta donde
se cambiarían por nosotros a pesar de la pertinaz sequía económica que nos azota. Así que se
acabó el cachondeo y sed bienvenidos a la realidad. De la misma forma que iniciaba el gran
Adrian Cronauer sus emisiones radiofónicas a las tropas, ahora os digo: ¡¡Gooooooooooood
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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moooooooorning Vietnaaaaaam!! y ya sabéis que por aquí andamos unos y otros para
hacernos más llevadero el regreso y lo que venga por delante. Faltaría más.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Cloudconsulting 9 de septiembre 2009

Como algunos de vosotros ya sabéis, una de las cosas en las que más creo es en la expansión
del ámbito colaborativo, también aplicado al mundo profesional. No siempre ha sido así, desde
luego, pero los años y la experiencia me han hecho ver que sólo cuando se comparte se puede
avanzar de verdad. Todo lo contrario que otros (buenos) profesionales que actúan
(legítimamente) de un modo proteccionista no sólo sobre su conocimiento sino también sobre
sus metodologías de trabajo.

Hoy os presento esta iniciativa de unos cuantos profesionales que compartimos este sentir
hemos venido madurando desde hace algunos meses: Cloudconsulting. Y eso qué es os
preguntaréis: un sueño hecho realidad, un espacio de encuentro en el que poder compartir una
parte significativa de experiencia y conocimiento de forma completamente altruista.

Pensamos que para dar servicio de calidad a los clientes en la nueva era que se avecina o en la
que ya estamos instalados, cada vez será más necesario unir talentos, esfuerzos, experiencias,
etc. Eso es lo que significa Cloud Consulting y a ello están llamados e invitados desde este
momento todos aquellos buenos profesionales (no sólo consultores) que compartan este
sentimiento y que piensen que ese puede ser un buen lugar para aportar y recibir.

Sabemos que hay otras iniciativas similares en marcha -a las que saludamos desde aquí porque
nada es excluyente- pero a las que quizá todavía les falte algo de decisión para superar la fase
embrionaria. Cloudconsulting prefiere nacer con poco histórico, pocos prejuicios y utilizando
la tecnología de los Wiki, en la que confieso que yo mismo todavía tengo dificultades para
manejarme con soltura, pero ello no ha sido óbice para que el mismo día de su nacimiento ya
haya depositadas algunas semillas a disposición de todos los futuros miembros procedentes de
su escaso número de fundadores que esperamos ampliar con vuestra aportación en cantidad y
calidad.

Y poco más que añadir excepto que aquell@s que tengan interés y quieran formar parte deben
tener presente que la entrada implica aceptar un compromiso colaborativo real. El horizonte es
el que seamos capaces de crear entre todos.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Valor añadido: Nueve más uno, igual a diez

11 de septiembre 2009

Imaginemos que se nos presenta una figura geométrica en la que a simple vista se ve que está
incompleta. ¿Qué haríamos? Completarla, y eso nos reportaría tanta satisfacción como valor
añadido a la figura en cuestión.

Ahora imaginemos que hemos hecho un utensilio con nuestras propias manos. La observamos
y nos gusta, aunque tenemos la sensación de que le falta algo y por más vueltas que le demos
no sabemos decir de qué se trata. ¿Dejaríamos que otros nos aconsejaran, que aportaran su
"valor añadido"?

Y si lo hicieran ¿sus opiniones serían coincidentes entre sí?

Y si no fuera así ¿a quién haríamos caso? La respuesta probable es que quien mereciera más
nuestra confianza y ello a pesar de que tal vez no fuera la aportación más lógica, idónea o
valiosa, como sólo el tiempo se encargaría de demostrar.

La confianza, por tanto, es un valor apriorístico fundamental en nuestro proceso de toma de


decisiones. Pero ¿qué nos induce a confiar en alguien o en algo? Ese es uno de los grandes
misterios de la psique, pero a cambio creemos saber con certeza por qué razones
desconfiamos, de forma que podemos establecer que confiamos más por razones subjetivas
que objetivas mientras que en el caso de la desconfianza tendemos a lo contrario.
Sin embargo, incluso intuitivamente sabemos que lo subjetivo y lo objetivo beben de fuentes
distintas. Lo objetivo es o debería ser consecuencia de la razón, de los hechos probados o de
las consecuencias de nuestra propia experiencia, mientras que lo subjetivo tiene que ver con la
manifestación de nuestras emociones.

Cuando lo hacemos al contrario, suele producirse más errores, sobre todo en cuanto a lo de la
desconfianza. En efecto, desconfiar de algo o de alguien básica o únicamente por
presentimientos o pálpitos nos conduce a establecer prejuicios y de ahí que las decisiones que
tomemos sean de menor calidad, cuando no erróneas.

El valor añadido (9+1=10) se genera objetivamente o no se genera, de forma que sólo las
decisiones correctas producen mejora. Ahora bien, ¿de qué fuente bebemos para obtenerlas?

     
   
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Vidas ejemplares 15 de septiembre 2009

Los que tienen más o menos mi edad recordarán los tebeos (actualmente llamados cómics) de
la famosa editorial Novaro que se publicaban bajo el título genérico de “Vidas Ejemplares” y a
través de los cuales nos pusimos al día de la vida y milagros de un montón de santos y beatos.
Recuerdo ahora el que trataba sobre el Padre Damián, famoso por su labor en las leproserías
(quién no recuerda la famosa Molokay). En una de las viñetas se veía a un anciano paria
aquejado de la enfermedad al que nuestro héroe le preguntaba por su edad. Dos años, decía el
viejo. ¿Cómo puede ser, respondía el beato? Porque esos son los que he vivido en la excelencia
después de haber conocido la existencia de Dios, remachaba el leproso. Toma ya.

Hace muy pocas semanas, un maestro alfombrero turco me decía que sólo cuando se conoce la
excelencia se puede calibrar el valor de las cosas (obviamente se refería a las alfombras pero la
sentencia es sustituible a otros muchos ámbitos). Reconozco que aquello me dejó pensativo
porque el argumento era tan lógico que caía por su propio peso.

Hoy leyendo las páginas de economía resulta que una de las empresas más excelentes del país
(me refiero a El Corte Inglés) está tratando de llegar a pactos con los sindicatos para ajustar
con un año de antelación la presencia de cada uno de sus empleados en sus tiendas al objeto de
que coincida con los días y horas de mayor afluencia previsible de público y que de esa forma
los trabajadores puedan planificar mejor sus periodos de descanso adecuándolos a las
necesidades de la empresa (y no al revés). Por si alguien cree que esa medida está orientada a la
conciliación familiar de sus colaboradores, aclaro inmediatamente que la empresa aduce que, de
esta forma, no será necesario realizar ajustes de plantilla (léase despidos). ¡¡Despidos en El
Corte Inglés!!

Me pregunto qué hubiera sucedido en muchas de las empresas de este país si hace sólo un año
hubieran hecho un planteamiento similar a sus trabajadores tratando de ajustar sus horarios a
los de mayor demanda en prevención de catástrofes mayores y creo que es mejor que no diga a
qué conclusión he llegado.

Cómo me hubiera gustado que El Corte Inglés hubiera publicado esta medida un año antes,
cuando a la vuelta de vacaciones muchos todavía se las prometían tan felices. Tal vez las
empresas ejemplares deberían publicar su estrategia en los cómics que alguna nueva editorial
Novaro publicara, porque al final lo que mejor entendemos es lo que se nos cuenta como a los
niños. Por mi parte, confieso que ya me he lanzado a la búsqueda y captura de algunos viejos
números para ver si aprendo algo sobre estrategias de éxito contadas como vidas ejemplares.
No desespero de dar con algún hallazgo de provecho.

     
   
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Disfrutar el momento 18 de septiembre 2009

Era domingo por la mañana. Todavía temprano y antes de que la familia se fuera despertando
y la importunara, Paula se puso a desayunar. Iba mojando distraídamente unas galletas en su
taza de café mientras hacía el sudoku que venía en el periódico del día anterior. Estaba tan
absorta en la tarea que cuando sonó el teléfono se asustó, derramando el contenido de la taza
sobre la mesa. Su primera reacción fue maldecirse por su torpeza y levantarse en busca de un
paño para limpiar el mantel, pero al incorporarse se dio cuenta de que, el azar había hecho que
la mancha formase la caprichosa silueta de un mapamundi casi perfecto.

El teléfono seguía sonando pero ella fue incapaz de atenderlo absorta en la contemplación de
aquella forma insospechada que se le presentaba ante sus ojos. Entonces tomó la decisión de
inmortalizar esa imagen y corrió presurosa por el pasillo hacia su habitación en busca de la
cámara fotográfica. Su hijo pequeño la llamó y fue a atenderle, lo que llevó su tiempo porque el
niño quería que su mamá se quedara un rato jugando con él en la cama.

Cuando por fin hubo satisfecho los deseos del pequeño ya casi se había olvidado de lo que iba
a hacer. ¡Ah, sí, la cámara! Su marido seguía durmiendo apaciblemente porque el domingo era
el único día de la semana en que podía permitirse la licencia de holgazanear un rato más en la
cama. ¡La cámara no estaba donde ella pensaba encontrarla! Tendría que despertarle para
preguntarle dónde la había guardado la última vez pero le sabía mal hacerlo, por lo que se puso
a rebuscar por todos los rincones de la habitación hasta que el marido se despertó por el ruido.
¿La cámara fotográfica? No sé, a mí qué me cuentas. ¿Y para qué la quieres ahora?

Paula recordó que probablemente se la hubiera tomado prestada su hija mayor para hacer un
trabajo de imagen en el instituto, así que se fue a despertarla. ¿La cámara? Está ahí, sobre la
mesa de estudio. El teléfono volvió a sonar y esta vez lo cogió. Era su madre para contarle que
había pasado mala noche por culpa del lumbago y quería saber si Paula, que tenía buena
memoria, recordaba cómo se llamaba aquella pomada que otras veces le había ido tan bien para
que alguien de la familia se la comprara y se la acercara a casa. ¿Por qué no me cogiste antes el
teléfono? fue su despedida antes de colgar malhumorada.

La mesa de estudio se parecía más a una leonera. Allí no había quien pudiera encontrar nada,
pero por fin palpó con sus manos un bulto debajo de unos pantalones y dos jerseys que podría
ser lo que buscaba. Lo era. Fue andando apresurada por el pasillo hasta el comedor para
inmortalizar la imagen, pero cuando llegó había pasado tanto tiempo que la mancha había ido
empapando la tela del mantel y ya no se distinguía nada. Ni con mucha imaginación hubiera
podido deducirse que sólo unos minutos antes aquello era un mapamundi perfectamente
reconocible. Se sintió desolada, así que recogió el mantel manchado y dispuso el servicio para
el desayuno de la familia.

Unas horas más tarde, salieron a la calle para hacer el paseo de todos los domingos. El marido
quiso saber por qué le había despertando con tanto alboroto y la hija mayor añadió que si no
podía haber esperado a que ella se levantara para preguntarle por la dichosa cámara y para qué
la necesitaba con tanta urgencia. Paula se los quedó mirando pero no les contó nada. Al pasar
     
   
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por delante de una farmacia de guardia se dispuso a entrar en busca de la pomada milagrosa
para su madre. En ese instante, se dio cuenta de que en la cristalera se reflejaba la imagen
distorsionada de su hijo pequeño. Su cabeza se veía enorme y en su frente podía leerse el
eslogan del anuncio de un analgésico “Para que su cabeza no estalle. Alivio sintomático de
cefaleas”. Sonrió y empujó la puerta.

Lo efímero puede durar sólo un instante. Disfrútalo como el regalo inesperado que es antes de
que se desvanezca.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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El feedback nuestro de cada día, dánosle hoy…

22 de septiembre 2009

La traducción al castellano del término feedback es la palabra retroalimentación. Será por


deformación profesional pero muy a menudo tengo que aclarar más veces el significado del
término en castellano que en inglés. En uno u otro idioma actúa como una de las herramientas
más poderosas que jamás se ha inventado para gestionar personas y a la vez una de las más
viciadas, manoseadas y peor utilizadas.

Pero qué es el feedback: es una herramienta bidireccional que permite que yo me entere de lo
que piensas de mí pero no me los has dicho o para lo contrario, para que yo te informe de
cosas que veo en ti y que no te había dicho. Por eso es bidireccional, aunque raramente se
aplique de esa forma.

La situación ideal para dar feedback es cuando éste ha sido solicitado. Es lógico. Si de repente
te pones a opinar libremente sobre la corbata que me he puesto esta mañana tu opinión nunca
tendrá para mí el mismo valor que si yo te la he pedido. Si te la pido es porque valoro tu
opinión y en caso contrario hasta puedo mandarte a hacer puñetas. Este es el principal mal uso
de la herramienta en cuestión.

Otra mala utilización del feedback es cuando se rebasa el ámbito al que se circunscribe. Si me
das tu opinión sobre cómo desarrollo una tarea, estupendo, porque valoro tu criterio o hasta
puede que forme parte de tu cometido dármela, pero si además te pones a opinar sobre cómo
organizo mi vida ya vamos mal.

El feedback siempre es una bendición del cielo. Al fin y al cabo, me estás diciendo lo que
opinas de mí y podrías habértelo callado, así que más vale que escuche atentamente hasta el
final sin interrumpir o de lo contrario, puede que no me entere nunca de lo que tiene más
valor. Esté de acuerdo o no.

No está de más que cuando hayas finalizado te resuma lo que yo he entendido porque puede
ser que sólo me hayas dicho que no estaría de más que adelgazara un par de kilos, pero si lo
que yo he entendido es que me has querido llamar foca, ya la hemos liado. Hace unos días,
mientras esperaba a que llegara el ascensor un día de lluvia torrencial presencié esta escena
entre dos que se conocían.

- Hola, ¿cómo estás?


- Pues anda que tú.

Muchas veces suceden cosas por el estilo. Uno había dicho ¿cómo estás? Y el otro interpretó
¡cómo estás! Y claro, le contestó mal.

Como puede verse, dar y recibir feedback o retroalimentación no es sencillo y tiene sus

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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normas. Algunas más de las que he mencionado hasta ahora, si bien éstas son las que me
parecen más útiles e importantes. Es un arma que conviene utilizar bien ya no sólo para sacarle
todo el jugo, que es mucho, sino para que no logre el efecto contrario al deseado.

Los que escribimos y visitamos blogs somos un buen ejemplo para ilustrar cómo funciona
esto. Habilitamos la ventana de comentarios precisamente para que nos den feedback sobre
nuestros post. ¿Y cuál tiene más valor? ¿El que refuerza nuestra postura o el que presenta
reparos a nuestros puntos de vista? A nadie le amarga un dulce aunque a veces los que nos leen
no estén de acuerdo y quisiéramos que expresaran su punto de vista, su feedback, vaya, porque
lo que hemos habilitado es una ventana comentarios y no sólo elogiosos. Entonces qué sucede,
que tendemos a hacer como cuando lo que leemos no despierta nuestro interés. Pasamos de
largo dejando a nuestro bloguero sin feedback. Y todos sabemos cómo nos sienta eso.

El feedback no bebe tanto de lo políticamente correcto como del juicio equilibrado. Como se
suele decir, del leal saber y entender de quien lo da. Aprendemos en la vida en función de la
calidad del feedback que recibimos. De igual forma, enseñamos algo en la medida en que
damos feedback también de calidad. No hay que tenerle miedo, aunque sí atenerse a unas
cuantas normas básicas sin las cuales no sólo no funciona sino que es realmente pernicioso.
Como decía un castizo, no es lo mismo dar feedback que dar por el feedback. Qué gran
verdad. Pero que no nos falte, por Dios.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Alta tensión 25 de septiembre 2009

El comportamiento ante situaciones de alta tensión no es igual en todas las personas. Si


atendemos a la clasificación de estilos sociales, podemos definir cuatro tipos de respuestas.
Cada persona tiende a alinearse con uno de esos perfiles sociales, sobre los que ahora no me
extenderé, de forma que seguramente os veáis reflejados en uno de los comportamientos
arquetípicos que describo.

Tipo A
Tienen poca tolerancia bajo presión. Ante situaciones de tensión explotan con facilidad aunque
por contra no son rencorosos y se les olvida con mucha facilidad por qué reaccionaron
visceralmente y hasta con quién lo hicieron. Pero cuando veáis a alguien de este tipo
esconderos en las trincheras porque si os pilla en el momento de máxima agitación puede pasar
cualquier cosa.

Tipo B
A estos las situaciones de tensión les llevan a tratar de aplacar a quien las provoca. Su línea de
defensa consiste en retroceder ordenadamente viendo si la cosa se calma un poco. Una vez
rebasadas sus últimas defensas lo que hacen es plegarse a las exigencias de quien provocó la
situación de tensión.

Tipo C
Estos son seres que aparentemente toleran bien la presión y la tensión. Desde luego, no
demuestran que les afecte aunque no sea así. Su reacción tiende a la racionalidad, a no perder la
compostura y a dar respuestas lógicas.

Tipo D
Los tipo D sufren con las situaciones tensas. No les gusta ni siquiera cuando la cosa no va con
ellos. Su reacción preferida es camuflarse con el paisaje y a poder ser, salir por piernas, aunque
hayan sido ellos los provocadores del desaguisado.

Todas las personas tendemos a ser complejas en la manifestación de nuestros estados


emocionales pero eso no sucede cuando hay que enfrentarse a la tensión o a actuar bajo
presión extrema. Ahí somos de una sola e inequívoca forma de ser que, en definitiva, muestra
nuestro estilo social. La inteligencia emocional mide dos cosas: cuál es nuestro estilo social y
cuánto somos capaces de adaptarnos al resto de los estilos.

Ahora imaginemos que estábamos embarcados en el Titanic. Cada una de las personas que
estaban a bordo pertenecían a distintos estilos sociales. Más o menos, seguro que había el 25%
de cada uno de ellos. Sin embargo, su reacción ante la situación de emergencia fue distinta.
Unos corrieron hacia los botes con premura incluso saltando por encima de los demás, otros
entraron en pánico y no sabían que hacer, otros trataron de ordenar las filas de embarque
siguiendo criterios racionale, otros calcularon qué probabilidades había de que les tocara bote
de salvamento y otros terminaron por quedarse junto a la orquesta que seguía tocando
mientras el buque se hundía.
     
   
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En tu caso, cuál crees que hubiera sido tu reacción. En definitiva, ¿cual crees que es tu estilo
social? Y esta vez no vale decir "depende", que ya nos conocemos.

Si el tema gusta, seguiremos con ello.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Pero ¿por qué? 29 de septiembre 2009

Un compañero y amigo entrañable con el que coincidí en una de las empresas para las que
trabajé solía utilizar esta muletilla cuando nuestro jefe le encomendaba alguna misión. He de
aclarar que, en aquella época, ambos trabajábamos para la primera gran empresa española que
se fusionó con otra y que más que trabajos, lo que recibíamos en aquella encarnizada lucha por
ver quién acababa detentando el poder eran misiones especiales de información,
contrainformación o sabotaje de las líneas enemigas y no pocas de ellas eran suicidas o por lo
menos sumamente expuestas.

Cometer un error significaba quedar en una posición de debilidad y aquello no lo queríamos


nadie, así que cuando a mi amigo le encargaban cualquier cosa el respondía de inmediato pero
¿por qué?

A él le gustaba disponer de suficiente información antes de emprender cualquier acción en la


que podía peligrar su prestigio, su posición o ambas cosas. Cosa natural, dadas las
circunstancias. Pero en la misma medida, su actitud conseguía irritar a nuestro jefe la mayor
parte de las veces, así que no era raro que a aquella petición de porqués la respuesta fuera
porque te lo mando yo, aunque él persistía en su actitud hasta que por fin conseguía manejar más o
menos las claves.

Como era previsible, mi amigo cayó en combate en una de aquellas escaramuzas empresariales.
En honor a la verdad he de aclarar que fue víctima de fuego amigo, para más inri. Nuestro jefe,
harto de tener entre sus filas a un soldado tan incómodo lo mandó a una misión de la que era
imposible salir indemne. Su esfuerzo, en cambio, no fue en balde porque a cambio de aquella
pieza él pudo cobrarse otra mucho mayor.

El día que a mi amigo le comunicaron su nuevo destino, un trabajo burocrático y sobre todo
muy alejado de la primera línea del frente, que consistía en desempeñar una tarea
absolutamente irrelevante y sin ninguna finalidad práctica, mi amigo no opuso resistencia a
pesar de que ello conllevaba la temida congelación salarial (que le afectó el resto de su vida en
activo), pérdida de mucho estatus en el nuevo organigrama y un destierro deshonroso. Pero él,
como digo, no se quejó.

En una de las charlas de café y fuera de servicio los amigos quisimos saber cómo era posible
que hubiera adoptado aquella actitud tan poco beligerante y nos contestó: es que se me olvidó
preguntar por qué me mandaba a mí a aquella locura sin sentido. Es decir, se sentía
completamente responsable de su propia desgracia por el hecho de haber olvidado pedir
aclaraciones. Una sola vez fue suficiente.

Cuento esto al hilo de una actitud bastante frecuente en nuestros días que consiste en hacer las
cosas sin preguntar o sin preguntarnos los porqués. Ya no digo sin hacer un frío análisis de
riesgos y consecuencias que eso ya es mucho pedir, sino de hacer las cosas sin ponernos a
pensar. Muchas veces lo hacemos así porque tememos importunar a nuestros jefes y sufrir las
consecuencias de salir "criadas respondonas". Y más en los tiempos que corren en los que caen
     
   
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chuzos de punta.

R. Kipling, autor de, entre otras famosas obras, El Libro de la Selva, fue uno de los tipos más
insociables de su época. En su vida vivió en cuatro continentes, fue expulsado de no pocos
países y se jactaba de no haber tenido ni un solo amigo en su vida. Una joya, vamos. Una vez le
hicieron una entrevista en la que le preguntaron cómo era posible que en su vida no hubiera
experimentado la amistad y él, después de quedarse pensativo un instante respondió: Corrijo.
En realidad he tenido seis amigos inseparable que nunca me han abandonado. Estos son: qué,
cómo, cuándo, quién, cuánto y dónde.

La inteligencia emocional se ha apropiado de los "amigos" de Kipling a través de la


formulación de las preguntas conocidas como “balas de mantequilla” que, sin embargo son
increíblemente poderosas. Si preguntáis con la siguiente estructura

Qué crees tú que… debería hacer para…


Cómo crees tú que… se podría mejorar…
Cuándo crees tú que… es un buen momento para…
Quién crees tú que… podría aconsejarme en este asunto...
Cuánto crees tú que… nos costaría…
Dónde crees tú que… puedo acudir para…

nadie se ofenderá de que se la hagáis ¡precisamente por eso se llaman balas de mantequilla!, lo
que obtendréis será una explicación ampliada de lo que pretendéis saber, demostrareis una
actitud sincera y colaborativa y además, al ser preguntas abiertas es imposible que sean
respondidas con un simple “sí” o “no” lo que obligará a quien se las formuléis a explayarse
que, en el fondo, es lo que queríais.

Fijaos que no he incluido “por qué”. No sé si habrá sido un acto reflejo, pero por si acaso, os
aconsejo que no lo hagáis porque el recuerdo de mi amigo todavía está muy presente en mi
memoria. Qué lástima que cuando le conocí y traté no hubiera sabido de su poder, aunque
nunca es tarde para empezar a practicarlas.

     
   
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Libro de Bitácora (Septiembre) 1 de octubre 2009

Aunque empezamos con la pereza del síndrome post vacacional, el mes de septiembre le ha
sentado muy bien a La Inteligencia de las Emociones. Aquella aventura que empezó en el mes de
abril con no pocas dudas, se está convirtiendo con el paso del tiempo en una realidad de la que
estoy muy orgulloso. El día 23, Maluferre en su primera aparición por el blog se convirtió en la
visitante 5.000 lo que me ha hecho recapacitar sobre la potencia de este medio y sobre su
poder de convocatoria cuando se procura hacer las cosas con honestidad. Como siempre digo,
sois vosotros los que lo habéis hecho posible y os doy las gracias por vuestra generosidad y por
el constante feedback y aporte de valor añadido ;-) que me hacéis llegar de continuo, incluso
cuando pasamos momentos de tensión o nos preguntamos el por qué...

Aparte de esto, dejo en mi libro de bitácora las siguientes anotaciones:

• La noticia económica estrella de este mes ha sido la subida de impuestos anunciada por
el gobierno, eso sí, con preaviso e intriga incluidos porque durante semanas no se sabía
cuáles serían los impuestos afectados ni a quiénes les tocaría la china, en una nueva
versión de política de suspense que siempre es de agradecer y para que luego digan que
nuestra clase política sólo nos produce tedio. Durante el impasse, si querías saber si
estabas en la lista de los agraciados no tenías otra opción que llamar a cobro revertido a
la Moncloa y allí consultaban en un listado si figuraba tu nombre. Debe ser una nueva
mutación de la tómbola del siempre toca, porque al final nos va a afectar a todos y
claro, se ha armado la de Dios es Cristo porque el paquete de medidas ha disgustado a
todos los agentes sociales, excepto al Banco de España.
• También en clave económica hemos sabido algo que ya imaginábamos. En la eurocarrera
por salir de la recesión ocupamos el último lugar incluso detrás de potencias mundiales
como Grecia y Portugal. Pero tranquilos, que no pasa nada. Nuestro gobierno sigue
instalado en su proverbial optimismo y ya ha lanzado el mensaje de que dejemos que
ellos corran mucho y se desgasten que ya les pillaremos en la recta de meta porque esta
es una carrera de fondo y ya se sabe que en esa especialidad somos unos hachas y
astesoramos cantidad de medallas.
• Las elecciones celebradas en Alemania y Portugal no han deparado grandes sorpresas y
han constatado una vez más que el solo hecho de que estemos atravesando una fuerte
crisis no basta para que un país quiera cambiar de gobierno, sino que es necesario que
haya una alternativa creíble, cosa que no ha sucedido en ninguno de estos casos.
Merkel cambia de pareja de baile pero sigue llevando la batuta y a Sócrates le ha
salvado la campana. O sea, que la conclusión a extraer es que más vale malo conocido
que bueno por conocer, habrán pensado los electores.
• En Honduras sigue teniendo mucho éxito el vodevil "Zelaya contra Micheletti" que
cada vez se parece más a la guerra de los Rose. Lástima que, como siempre, las tortas
entre ellos se las den en la cara del sufrido pueblo hondureño que ya no sabe a qué
atenerse viendo que en este combate participan, además de los dos contendientes, una
docena de árbitros internacionales que tampoco se ponen de acuerdo en lo que pitan.

     
   
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• Como seguramente muchos sabéis, hasta mediados de este mes ha estado abierto el
plazo para votar el mejor blog del concurso organizado por 20 minutos y hace unos
pocos días se proclamaron los resultados finales. La verdad es que uno aprende de
todo, pero ha resultado un poco patético ver que unos cuantos blogs que se
presentaban y tenían aspiraciones de ganar hayan mostrado un súbito interés en
participar en el mío como medio de publicidad encubierta. En cuanto se ha acabado el
plazo, han desaparecido del mapa. Tomo nota.
• Otra noticia importante para mí ha sido la puesta de largo de la iniciativa de Cloud
Consulting que unos cuantos locos hemos estado pergeñando durante los últimos
meses. Deciros que la acogida ha sido muy buena, como lo demuestra el número de
peticiones de adhesión recibidas de todas partes. Estamos tan contentos que el
próximo mes de octubre celebraremos nuestro primer encuentro en Barcelona de
cuyos resultados ya os mantendré informados.
• Este mes quisiera recomendaros un blog que se llama Soul Business iniciativa del
amigo Fernando López. En él encontraréis artículos de opinión entreverados con
crónicas viajeras y todo ello escrito con un lenguaje directo que a mí me gusta mucho y
que por eso recomiendo aunque sé que algunos ya lo visitáis.
• Los amantes de películas como Dirty Dancing y Ghost están de luto. Su protagonista,
Patrick Swayze, falleció el pasado día 14 a los 57 años de edad aquejado de un cáncer
de páncreas. Patrick fue un actor y bailarín creíble en escena y sólo por eso merece mi
respeto.
• El día 25 falleció en Barcelona Alicia de Larrocha una de las virtuosas del piano de
este país. Tenía 86 años y llevaba mucho tiempo retirada de escena pero su talento y
empeño por basar mucho de su repertorio en música española (Falla, Albéniz,...) hizo
más por dar a conocer a esos autores de lo que nunca podremos agradecerle. Era más
conocida y admirada en el exterior que en su propio país, cosa que aunque cada vez
pasa menos, por desgracia todavía no es infrecuente.
• La frase del mes de septiembre ha sido de Antoine de Saint-Exupéry y decía: “Lo que
embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua.”. La
escogí porque me pareció hermosa y por hacer un guiño a algunos colegas que sé que
lo están pasando mal. Espero que todos encontremos pozos de agua en los que calmar
nuestra sed y que eso sea más pronto que tarde.

Por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que han visitado
este blog, hayan dejado o no mensaje. La reflexión que os indicaba al principio la termino
ahora diciendo que bendito sean los medios que nos permiten estar en contacto con todos los
que quieran leernos en cualquier parte del mundo. Y que sea por mucho tiempo.

     
   
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El liderazgo inspiracional 2 de octubre 2009

Cuando vamos pelando las capas de cebolla que adornan, explican o complican el
entendimiento del concepto de liderazgo queda a la vista lo más simple, la esencia. Y la esencia
del liderazgo es la visión, nada más ni nada menos que eso.

La visión muchas veces no tiene explicación lógica, pero cuando trasciende, cuando es asumida
por otros además de quien la creó, se convierte en el liderazgo más puro y potente que pueda
concebirse.

Pero ¿de dónde nacen las visiones? ¿qué es lo que hace que algo sumamente abstracto e
intangible pueda instalarse en las mentes y los corazones de tantos? Es la inspiración, sólo es
eso.

Se dice que el lenguaje es la limitación de nuestra inteligencia, en el sentido de que lo que no


somos capaces de concretar o contener en él no puede ser explicado. La inspiración pues,
podemos definirla como la condensación de imágenes que somos capaces de formular
mediante palabras. Puede que otros tuvieran a su alcance esas mismas imágenes pero tal vez no
fueron capaces de ponerle palabras, tuvieron visiones pero no acertaron a dar con LA
VISIÓN. Somos líderes en la medida que somos capaces de inspirar confianza, de ser creíbles.
Una de las palabras más empleadas por Obama tanto en su campaña electoral como en su
discurso de toma de posesión como presidente fue “inspiración”. Con esa idea fue aclamado
como líder, dio alas a muchos que nunca las habían tenido ni siquiera soñado poder tenerla
algún día. Martin Luther King también tuvo una inspiración y la tradujo en un discurso. “I
have a dream” dijo, y millones de afroamericanos creyeron en ese sueño, en esa promesa
apenas concretada.

Sin King no existiría Obama, pero antes y después de ellos ha habido y seguirá habiendo
inspiraciones más grandes o más pequeñas que movilizarán conciencias, alinearán voluntades,
construirán sueños. Y esa es nuestra misión, por humildes o pobres que nos sintamos.
La foto que ilustra esta entrada no es un error sino una metáfora que trata de explicar lo que
nos moviliza. En un solo momento de la vida somos bebés sanos y con energía, pero toda la
vida hemos de seguir alimentándonos con nuestros sueños, con nuestras visiones y entonces es
como si volviéramos a nacer. No importa que creamos ser poca cosa, porque un solo grano de
arena contiene el universo. Somos líderes de nuestro propio destino y a veces, muy pocas, del
de otros.

     
   
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Desaprender 6 de octubre 2009

Si alguien conoce alguna academia en la que enseñen a desaprender que me lo diga porque me
apunto. Ya no quiero aprender nada más, o mejor dicho, sospecho que tengo tanta parte de mi
cerebro ocupado con cosas que no sirven para nada que necesito hacer sitio. Ya está dicho.
Lo que yo busco es alguien que me enseñe a borrar dos páginas de conocimientos inútiles por
cada nueva línea de lo que aprenda. Por menos no me pongo, ya lo tengo decidido. Tengo tal
acopio de discursos vacíos, imágenes huecas, conozco tanto la vida y milagros de personajes
que no merecen la pena ser conocidos que me estalla la cabeza, así que necesito terapia de
inmediato, como el aire que respiro.

Todo comenzó ayer, cuando súbitamente me desperté bañado en sudor frío. Soñé que un
amigo de la infancia venía a verme. Traía bajo el brazo un legajo de papeles de los que quería
deshacerse. Igual tienes un rincón por ahí donde poder guardarlos, me decía. En casa me han
amenazado con quemarlos porque cada vez que abren la puerta de un armario les cae encima
uno de estos legajos y se conoce que ya están hartos. ¿Y cómo es que tienes tantos papeles? le
preguntaba. Eso quisiera saber yo, son notas que he ido tomando de aquí y allá, ya sabes que
soy un pozo sin fondo en eso de saber de todo un poco. He colocado unas cuantas carpetas a
los amiguetes, pero todavía tengo el maletero del coche lleno y he pensado que tú…

Después de un buen rato revisando aquel fardo de papel me di cuenta de que mi amigo era un
desgraciado. Traía transcripciones detalladas de teoremas matemáticos, la lista completa de los
reyes godos con su correspondiente árbol genealógico, los recibos de la compra desde la
primera vez que fue al supermercado, las alineaciones de todos los partidos de liga desde la
temporada 62-63, las notas que había preparado para las reuniones de la comunidad de
propietarios de su escalera de la cual le había tocado ser presidente cinco veces, los
presupuestos de la ortodoncia de sus tres hijos y hasta las fotocopias de sus declaraciones de
renta desde que éstas se hacían en papel autocalco. Me asusté.

En cuanto me desperté me puse a pensar en todas las cosas inútiles que conservaba guardadas
en mi memoria y como tenía tiempo por delante fui haciendo una lista enorme. Parecía que a
cada línea que escribía se abrían nuevas posibilidades exploratorias y a las dos horas ya había
completado un cuaderno, así que me decidí a escribiros pidiendo ayuda. ¿Alguien conoce algún
lugar de confianza donde se dediquen a enseñar a desaprender?

Mientras escribo esto se me sigue ocurriendo cosas inútiles de las que quiero deshacerme de
inmediato. Esto no tiene fin y lo que es peor, mi mujer ya lleva unos meses advirtiéndome de
que me repito. A ver si va a ser porque ya no me cabe nada más en la cabeza. Estoy
angustiado.

     
   
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Transparencias 9 de octubre 2009

Empiezo este artículo preguntándome si puede hablarse de transparencias buenas y malas. Sí,
me digo, por supuesto. Un ejemplo de transparencia buena sería la de los árbitros que cuanto
menos se nota su presencia en el terreno de juego, mucho mejor para todos. Por el contrario,
una transparencia mala sería la del padre ausente en la infancia de sus hijos. La transparencia,
pues, es una cualidad dual, como muchas otras cosas de la vida.

Recuerdo una inolvidable novela que luego fue llevada a la pequeña pantalla de mano de la
prestigiosa cadena Granada, “La Joya de la Corona” de Paul Scott, emitida en 1985 en nuestro
país en formato de serie. Quizá algun@s la recuerden o hayan leído el libro que, a pesar de su
volumen y después de lo de la trilogía de Milennium, tiene la misma levedad que un aperitivo.
El personaje central de la novela -no tanto en la serie- es Ronald Merrick, un atormentado
oficial destinado en la India en los estertores finales de la dominación británica que ve como su
mundo se desmorona al mismo tiempo que su carrera. En una de las muchas escenas corales
de la serie, Merrick suelta una frase memorable a la mujer a la que ama en un secreto a voces:
“parece que soy transparente para usted” y acto seguido, la dama le deja plantado y se marcha en
busca de un canapé que llevarse a la boca y de una conversación más agradable y menos
comprometida. La reacción del oficial no se hace esperar, se va al cuartel y la emprende a
trompazos con unos cuantos hindúes sediciosos hasta calmarse y recuperar el aplomo y la
flema británica.

Estos días observo una creciente preocupación por eso de la (mala e indolente) transparencia.
He recibido un powerpoint en el que se ve a una niña china recién nacida y muerta tirada en
medio de la calle ante la completa indiferencia de todo el mundo que pasa a su lado; Ginebra,
en su blog, relata la historia de una inmigrante embarazada que se siente indispuesta sin que
nadie le pregunte qué le pasa o que acuda en su auxilio; Cubelli en el suyo, nos relata otra
historia de transparencias… y no sigo, aunque hay un montón de ejemplos similares en la red y
en la vida.

Qué estaremos haciendo mal, me pregunto. En estos tiempos de crisis, los proveedores son
transparentes para los clientes, los maestros para sus alumnos, los pobres para los más
afortunados. Hay magníficos blogs que no reciben visitas, fantásticas oportunidades que pasan
desapercibidas, muy buenas causas o proyectos que se consumen por falta de seguidores o un
mínimo entusiasmo. La transparencia, como manifestación de la indolencia más pavorosa, nos
está invadiendo poco a poco como una enfermedad grave que mata sin avisar y que, por
desgracia, no puede curarse sólo con la ingesta sistemática de Actimel y bifidus activus.

Lo que subyace a flor de piel, tampoco es necesario llegar al fondo de la dermis para dar con
ello, es el individualismo que aparece en toda su amplitud en dos momentos opuestos de la
vida: cuando las cosas van muy bien o cuando van muy mal. Dado que estamos en horas bajas
no es de extrañar que mucho de lo que vemos a nuestro alrededor no nos guste y hagamos
como si no existiera convirtiéndolo en transparente a nuestros ojos aunque lo tengamos
delante de nuestras narices.

De lo que no parece que nos demos tanta cuenta es que cada vez que hacemos eso, alguien nos
     
   
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señala con el dedo y como Merrick, algún día la emprenderá contra nosotros. Es sólo cuestión
de tiempo.

     
   
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El elefante estacado 13 de octubre 2009

Una vez me contrataron para que diera unas sesiones de coaching a un mando intermedio en
aras a prepararlo para un ascenso. Advertí a mi cliente que para que las sesiones fueran útiles
debería ser el propio interesado quien mostrara interés en someterse a ese proceso tan
exigente. A los pocos días me respondieron que la persona en cuestión estaba entusiasmada
con la idea y que podíamos empezar en cuanto nuestras agendas nos lo permitieran.

La primera sesión fue decepcionante. Lo primero que me dijo esa persona es que le habían
advertido que si el coaching no daba resultado jamás lograría el ansiado ascenso y que, en
consecuencia, él estaba en la mejor disposición para aprovechar el tiempo y que estudiaría todo lo que
fuera necesario y yo le indicara. Estaba pensando en un curso de capacitación y no en un proceso
de coaching lo que me obligó a tener que explicarle en qué consistía exactamente eso.

Jorge Bucay cuenta la metáfora del elefante estacado que seguramente muchos conoceréis. Un
niño que va al circo con su padre ve que un enorme elefante permanece impávidamente
estacado sin hacer la más mínima intención de liberarse. Incluso para una mente infantil como
la suya, aquello le parece del todo incomprensible dada la desproporción entre el volumen del
animal y lo liviano de la estaca. Cuando le pregunta al padre, éste le contesta: seguramente el
elefante lleva estacado desde que era apenas un cachorrito. En ese momento, por mucha fuerza
que hiciera por liberarse no pudo lograrlo y acabó por conformarse. Ahora que es adulto, ni
siquiera lo intenta.

Los paradigmas limitativos actúan de forma similar a la estaca del elefante. No hay razón
alguna para que nos mantengan aprisionados pero nos hemos acostumbrado tanto a ellos que
ni siquiera tratamos de comprobar sus consistencia ni mucho menos tratar de liberarnos. Es
producto de un reflejo condicionado.

Esta actitud confronta con las dos dimensiones que conviven en nosotros: ser y siendo.
¿Qué soy? vs. ¿Qué estoy siendo? Las respuestas a ambas preguntas suelen ser muy distantes.
Puedo ser una persona con fuertes convicciones, por lo tanto sé lo que habría que hacer, pero
sin embargo, me conviene más hacer otra cosa y la hago. Como eso va en contra de mis
convicciones y lo sé, ya buscaré las necesarias justificaciones. Un ejemplo de esto lo vemos
cuando de pequeños seguramente habremos oído de nuestros mayores haz lo que digo y no lo que
hago.

El coaching pretende lograr que aquello que hago (siendo) se ajuste a lo que sé que debería
hacerse (ser). Dicho de otro modo, pretende modificar mis paradigmas limitativos o mis
comportamientos disonantes. No podemos pretender ser atletas olímpicos, pero eso no impide
     
   
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que hagamos un poco de footing todos los días para ganar un poco de fondo.

Aquel hombre se me quedó mirando y comprendió que lo que se le exigía era un esfuerzo que
no sabía si estaba dispuesto a hacer. Me pidió algo de tiempo antes de volver a vernos y
cuando lo hicimos dijo que lo había pensado bien y que estaba animado porque sino, me dijo,
¿qué les contestaremos a nuestros hijos la próxima vez que les llevemos al circo y nos
pregunten por el elefante estacado?

     
   
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Imágenes disonantes y creatividad 16 de octubre 2009

En mi anterior entrada os hablaba sobre comportamientos disonantes. Hoy lo hago sobre


las imágenes disonantes que son aquellas que nuestro cerebro elabora interrelacionando
conceptos aparentemente absurdos. Por ejemplo, un Papá Noël vestido como tal con gafas de
sol bronceándose en una playa caribeña. Seguro que si viéramos alguno de esa guisa nos
llamaría poderosamente la atención por lo absurdo de la situación. Lo que la convierte en
absurda no es que alguien se ponga gafas de sol cuando va a la playa, sino que Papá Noël
hiciera algo así vestido con su uniforme de gala.

Estaríamos contemplando una imagen disonante, algo que nos llamaría poderosamente la
atención porque en ella los elementos no encajan. Por supuesto, todos sabemos que Papá Noël
vive en el Polo Norte donde hace un frío que pela y que se pasa todo el año fabricando
afanosamente juguetes para la navidad con la ayuda de su legión de elfos verdes.
Sin embargo, esa imagen -que también es bastante absurda si tenemos más de ocho años de
edad- la asumimos con naturalidad y en ningún caso nos parecería una imagen disonante
mientras que si le viéramos en la playa sí. Vaya, vaya.

Bien, ahora te pido que analices la foto del encabezamiento en la que se ve a unos bomberos
observando tranquilamente cómo arde una casa sin hacer absolutamente nada por apagar el
fuego. Imagen disonante donde las haya y respecto a la cual quisiera formularte cinco
preguntas.

Primera pregunta:
¿Sobran bomberos o faltan mangueras y por qué?

Segunda pregunta:
¿Hasta cuándo crees que se quedarán ahí pasmados viendo cómo el fuego consume la vivienda
y por qué?

Tercera pregunta:
¿De qué color es el casco del jefe de la brigada de bomberos y por qué?

Cuarta pregunta:
¿El botellín de agua que aparece tirado en el suelo, se lo bebieron los bomberos o lo utilizaron
para apagar el incendio y por qué?

Antes de contestar la quinta pregunta, asegúrate de haber escrito o de recordar las respuestas

     
   
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que has dado a las cuatro anteriores.

Quinta y última pregunta:


¿Serías capaz de formular una hipótesis plausible sobre lo que sucedió tratando de no crear una
imagen disonante y sin desmentirte a ti mism@ respecto a lo que has contestado en las cuatro
preguntas anteriores? Cuéntanosla, por favor.

Si eres capaz, puede decirse que eres una persona bastante creativa. La creatividad consiste
precisamente en ordenar conceptos independientes de una forma original logrando que tengan
sentido. Supongo que todos estaremos de acuerdo en que fue realmente creativa la forma en la
que los ingenieros de la NASA decidieron en tierra cómo se podía fabricar un artilugio para
respirar en la cápsula del Apolo XIII utilizando elementos disponibles en la nave pero no
diseñados específicamente para ello y poniéndolos en relación para que cumplieran un fin
concreto y vital.

Os propongo que hagáis este mismo ejercicio con todo aquél que os cuente algo que parece
que no tiene sentido porque, o bien no lo tiene u os está mostrando algo que tiene mucho
sentido y en lo que no habíais caído. Y si es así, animadle a que corra a patentarlo y a que os
acepte como socios.

Buen fin de semana.

     
   
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Usted mismo con su propio mecanismo 20 de octubre 2009

Una de las consecuencias de la macro crisis de 1973 (prehistoria para muchos) fue que se
modificaron sustancialmente los procesos de fabricación y durabilidad de los bienes de
consumo. Si a alguien le alcanza la memoria, recordará que, por ejemplo, las máquinas de
escribir que antes se fabricaban a conciencia y que podían y solían pasar de padres a hijos
fueron sustituidas por otras más baratas pero de duración determinada. Por ejemplo, si
comprabas una Olivetti Lettera el número de modelo que aparecía era un indicativo del tiempo
estimado de vida útil (en clave, por supuesto).

Lo mismo sucedió con la mayor parte de electrodomésticos. Por ejemplo, las tostadoras que
antes se construían de hierro y acero fueron sustituidas por otras que incorporaban el plástico y
la hojalata. Consecuencia: más ligeras, más baratas y, por supuesto, menos duraderas.

A eso contribuyeron, entre otras, dos causas principales: una, el encarecimiento de las materias
primas como consecuencia del sustancial incremento del precio del petróleo y otra, mucho más
importante, la aparición de la publicidad masiva como ariete de la sociedad de consumo que se
ocupó a partir de ese momento y hasta ahora de crear la necesidad de comprar una tostadora
mueva aunque la nuestra funcionara perfectamente y/o que sintiéramos la necesidad de poseer
otra tostadora idéntica a la anterior pero con una carcasa modificada y un nuevo nombre de
modelo creando la ilusión de que habíamos escalado en nuestro nivel de vida.

Durante los años que precedieron a la crisis actual y desde la aparición de la globalización (que
por cierto, fue otra gracia que nos dejó la crisis de 1993 mucho más reciente en la memoria), el
fenómeno de la deslocalización se reveló como fundamental en la contención de costes. Era y
sigue siendo mucho más barato que el utensilio que antes se fabricaba en el mismo país donde
se consumía se deslocalizara a China o a cualquier otro país emergente porque el factor que
más incidía en el precio final era el coste de la mano de obra. Hoy es mucho más barato
comprar un genuino botijo alcarreño hecho en China que en cualquiera de las fábricas
nacionales (si es que queda alguna, cosa que dudo). Todos los países del primer mundo nos
hemos aplicado con furor a esta tendencia, con lo cual no hay nadie que esté libre de culpa.
Pero claro, eso no era suficiente. El siguiente paso consistió en que cuando el bien de consumo
en cuestión se estropeaba teníamos que llevarlo a reparar al servicio técnico, oficial y nacional
por supuesto, donde nos aplicaban unas tarifas por hora que en muchos casos desaconsejaban
la reparación y provocaban que saliera mucho más a cuenta tirarlo a la basura y comprar otro
nuevo.

El paroxismo de esto que digo son las impresoras/fotocopiadora/escaner cuyo precio de


compra es similar al coste de un par de repuestos de carga de tinta con lo cual, casi sale más a
cuenta tirarla a la basura cuando te has quedado sin toner y comprar una nueva que, por cierto,
incluye cargas de tinta idénticas, que comprar los recambios originales. Esto se lo cuentas a tu
padre -ya no digo a tu abuelo- y se echa las manos a la cabeza, pero es rigurosamente cierto.
Una HP Photosmart Express C5280 all-in-one cuesta alrededor de 80 € en Mediamarkt y un
juego de recambios de tinta blanco y negro y color para esa misma impresora cuesta 70 € en el
mismo sitio.
     
   
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Y digo yo que ahora que parece que se nos ha fundido los plomos de la capacidad de inventar
cosas para que la economía se relance, os propongo un paso más. ¿Y si nos montamos
nosotros mismos las cosas que necesitamos, en plan bricolage, como si fueran muebles de
Ikea? Oye, que ahí tenemos un margen de ahorro enorme, no te creas. Yo, por si acaso, ya he
dado el primer paso. ¿Alguien se anima?

     
   
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Las emociones y los hábitos de compra 23 de octubre 2009

Si el otro día os hablé de economía y consumo, permitidme que hoy lo haga sobre un tema
más cercano a las emociones (que es la especialidad de la casa) pero en este caso ligadas a los
hábitos de compra.

En marketing se utiliza muchísimo el diferencial de Osgood para influir en los posibles


compradores de un producto. John Osgood hizo un estudio muy revelador que demuestra que
cuanto tratamos de describir objetivamente algo o a alguien, en realidad sólo el 25% de las
definiciones que realizamos son estrictamente objetivas mientras que el 75% restante son
apreciaciones subjetivas o juicios valorativos. Es decir, que nuestra capacidad de proyección es
enorme y que, además, parece que actúa de una forma bastante más descontrolada de lo que
muchos creen y no miro a nadie.

Para poner un ejemplo, imaginad que describimos a un personaje conocido y ahí cada cual
puede escoger el suyo. Si listamos en un papel las supuestas definiciones “objetivas” que
hemos hecho sobre dicho personaje y a continuación las repasamos veremos que al lado de
datos verdaderamente objetivos como por ejemplo que es un actor, que está casado y que es
moreno aparecerán otros como prepotente, creído, mujeriego, encantador o incluso guapo.
No sé si hace falta mucha explicación para demostrar que mientras “casado” o “moreno” son
datos objetivos, “guapo” o “creído” son valorativos. Puede que sea guapo o creído para ti pero
no para mí, hecho que los convierte automáticamente en valores subjetivos, lo siento.
Es más, si las descripciones que hicimos fueran todas objetivas y mostráramos a otros la lista
tapando el nombre del personaje que hemos descrito, muchos acertarían. Pero por el contrario,
si hiciéramos lo mismo con los datos subjetivos probablemente no acertarían o tendrían
muchas más dificultades para hacerlo.

A estas alturas los más avezados ya habrán caído en la cuenta de que de esto ya hablamos en su
momento en de profundis cuando recordábamos que lo único que sabemos de las personas es
aquello que dicen o hacen y no lo que suponemos que piensan o sienten, pero esa ya es harina
de otro costal.

La publicidad juega con esto de un modo intensivo y muy eficaz. Si revisamos la lista de
modelos de coches, por ejemplo Modus (Renault), Focus (Ford), Prius (Toyota)… ¿qué tienen
en común?: la terminación “us”, naturalmente. Pues bien, esa terminación aplicada a
automoción tiene un efecto buscado en nuestro cerebro y su traducción es: soy fiable, soy
robusto, soy cómodo, así que cómprame porque no te defraudaré. Ahí tenemos una aplicación
del diferencial de Osgood. El summum de esto es el caso de Lexus que no he incluido en la
lista de modelos porque en este caso es una marca y su precio es muy superior al resto, pero
persigue el mismo efecto.

Otro ejemplo que puedo citar pero sin mencionar la marca es el caso de un conocido vermut.
Todos tenemos nuestras preferencias al respecto. Algunos lo tomamos blanco y otros rojo. Si
nos lo traen equivocado reclamamos y si no hay el que queremos cambiamos a otra bebida.
Pues bien, noticia, en el caso de esta marca en concreto uno y otro saben exactamente igual
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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¡por increíble que parezca! lo cual se demuestra perfectamente en una cata ciega. Otra
aplicación del diferencial de Osgood.

El valor proyectivo que concedemos a una cosa (no el que tiene) es lo que le da valor o se lo
quita. Las emociones, en este sentido, son enormemente poderosas y por eso hay que conocer
bien cómo funcionan y sobre tomo cómo nos gobiernan.

Un ejemplo más de Osgood en estado puro: ¿cuántos se acuerdan de cómo se llamaban


anteriormente estos productos de gran consumo que, por cierto, todos empiezan con la letra
“D”?
- Don Limpio
- Danettes
- Danoninos

La próxima vez que os hagan una encuesta sobre un producto de consumo sed conscientes de
que detrás de eso hay un estudio de campo basado en el diferencial de Osgood. Los resultados
de esa prueba suelen ser determinantes para que uno nuevo vea o no la luz y bien poco tiene
que ver con su bondad o necesidad objetiva, eso está claro.

Pues nada, que los racionales sigan pensando que a ellos no se la cuela nadie con eso de la
publicidad engañosa porque controlan sus emociones, si con ello se quedan más a gusto.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Con ustedes Ken Blanchard 27 de octubre 2009

Rompiendo mi costumbre a la hora de escribir artículos, os presento un extracto de la


entrevista que le hizo el periodista Lluís Amiguet a Ken Blanchard y que fue publicada el
pasado día 21 de octubre en La Vanguardia. Quien quiera leerla al completo, sólo tiene que
seguir este enlace que, por lo que ahora veo, no será accesible hasta dentro de un mes por la
política que sigue este periódico, qué le vamos a hacer.

Pero permitidme que antes os lo presente. Ken Blanchard es el padre del liderazgo situacional,
el que definió qué son y cómo se gestionan los equipos de alto rendimiento y, en parte, el
responsable de que cambiara mi vida profesional y me dedicara a la consultoría, de eso ya hace
unos cuantos años. Para mí, claro está, es un referente que comparto con los miles de personas
que han leído sus libros o los cientos de miles, no sé si millones en todo el mundo, que habrán
asistido a cursos y seminarios basados en sus enseñanzas sobre el liderazgo.

Blanchard es un joven de 70 años de edad recién cumplidos que dice que “la Biblia no dice nada
de jubilarse ni habla de ningún patriarca con menos de 80” por lo que todavía sigue en activo y con
muy buen tono vital como veréis a continuación.

En la entrevista, dice cosas como que “nuestra sociedad necesita menos exámenes y más educación.
Convertir la política en profesión es pervertir la democracia. Sufrimos a Maddoff, y otros como él, y aún
padecemos la avaricia de Wall Street y la banca, donde los poseedores de los mejores expedientes académicos
están pagándose sueldos increíbles con nuestros impuestos... Pero, ¡por Dios santo!: ¿cuánto hay que pagarle a
un banquero para que se sienta bien retribuido?” se pregunta.

El periodista le replica que eso lo hemos visto toda la vida, pero Blanchard ve una diferencia
significativa.
“Lo que sí es nuevo y preocupante es que todo nuestro sistema se fundamente en el fomento de la avaricia sin
límites… Antes se acumulaba para invertir y crear empleo - por eso los demás contribuíamos- pero ahora se
acumula sin ninguna relación con la economía productiva”.

No está mal, me digo, para alguien que se ha criado dentro del modelo capitalista por
excelencia, el noteamericano. Pero, aún y así, añade algo que también me parece capital.
“Nuestro sistema - desde preescolar hasta la jubilación-nos está educando para que confundamos nuestra
autoestima con nuestros resultados. Y forma acumuladores compulsivos obsesionados con lograr resultados
cuantificables: sueldo, cargo, méritos, carrera, bienes, coches, pisos... Esos números les dan la medida de su
autoestima: creen que sólo son queridos en la medida en que consiguen esas cantidades de poder y dinero”.
Con eso también estoy de acuerdo. Y apostilla: “Todo el sistema educativo se ha transformado en una
máquina de calificar, seleccionar, segregar, categorizar, dar notas... Educar se ha reducido a hacer la selección de
personal desde la cuna hasta el despacho de jefe. Y por el camino quedan los perdedores…Es una perversión
que nos condena a la obsesión de acumular y a la infelicidad. Así siempre necesitamos acumular más porque nos
sentimos cada vez menos”.

Para que luego digan que este "joven" no es un revolucionario social de primera magnitud.
“Se inculca la necedad cuantificadora: ha habido varias generaciones de obsesos por los resultados desde el
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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parvulario. ¿Hay algo más egoísta que un bebé? ¿Hay alguien más centrado en sí mismo que un preescolar? ¿Y
sabe por qué? Porque no se nace generoso: la generosidad se aprende, y no la estamos enseñando. Al contrario,
enseñamos que sólo te vamos a querer - desde papá hasta el jefe-en la medida de lo que consigas puntuar,
obtener, mandar".

Este señor y yo tenemos puntos de vista similares al respecto. A mí también me parece que no
nacemos en absoluto generosos y que la medida de la generosidad que acumulamos a lo largo
de nuestra vida para luego regalar (porque qué otra utilidad puede tener salvo esa) es la medida
de nuestra verdadera categoría como personas.

“Todos los niños quieren aprender hasta que les empiezas a poner notas: los que suspenden acaban odiando el
cole: ¿por qué clasificar a las personas por sus resultados desde la cuna? Esa es la receta segura para la avaricia
y luego la desdicha: de los que suspenden y de los que acaban en Wall Street”… Si amo a mi hijo, separaré
claramente mi amor por él de sus resultados escolares. Mi amor es incondicional: amamos a las personas porque
son únicas y son ellas y después está lo que tienen, saben o pueden hacer”.

Si no hay nota, ¿para qué esforzarse? –le pregunta mordazmente el periodista.


“Se esforzará si sabe que es un ser humano al que se le ama porque es él y con esa confianza podrá ser generoso
y devolver ese amor a los demás sin exprimirlos para obtener más resultados con que conquistar su admiración,
que él confunde con ese cariño que se le escapa... Esa es la diferencia entre el líder que sirve y el líder que se sirve
de los demás”.

Reitero mis disculpas por haber reproducido gran parte de una entrevista que me hubiera
encantado haber hecho a mí por el solo placer de escuchar de este hombre puntos de vista
como los señalados. Mi admiración por ese nuevo ejemplo de dar valor a las cosas esenciales
de la vida que, al parecer, sólo pueden permitirse los sabios cuando llegan a esas edades. No ha
sido un post de autor, pero quería compartirlo.

Amig@s, lo dicho. Un poco de Blanchard en nuestra vida no viene nada mal en estos
momentos ¿verdad?

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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La vida en obras 29 de octubre 2009

Como el día, aunque otoñal, había amanecido esplendoroso, Matías decidió ir andando al
trabajo. Para algo tiene que servir eso del horario flexible, se dijo, así que no tomó el autobús
como hacía a diario sino que por una vez en la vida decidió saborear el aroma y los ruidos de la
primera hora de la mañana cuando se diría que la ciudad saca el pan del horno.

Le invadía una sensación de plenitud, máxime cuando el día antes su jefe le había comunicado
que le había propuesto para un puesto muy apetecible en las oficinas centrales. Después de
todo, se decía, tarde o temprano el esfuerzo y la honradez siempre son recompensadas.

Al rato sonó su móvil y al ir a atender la llamada vio que en la pantalla iluminada aparecía el
mensaje de “número desconocido”. El dichoso telemarketing se dijo, y dejó que el teléfono
sonara y sonara. Unos minutos más tarde percibió un nuevo pitido. “Tiene un mensaje
guardado en su buzón de voz” pero iba tan decidido a disfrutar de su paseo que no hizo caso,
ya lo revisaría más tarde.

Mientras caminaba empezó a rememorar sus años de dedicación entusiasta a su trabajo. No


había sido fácil, desde luego, nadie le había regalado nada. Conoció a su mujer dentro de la
empresa y tras un largo noviazgo se casaron. Habían decidido que en cuanto se quedara
embarazada, ella dejaría el empleo y así lo hicieron. Ahora tenían tres niños y el proyecto de
hacer unas reformas en el piso. Si lo del ascenso se materializaba podrían meterse un poco más
en líos y aprovechar para cambiar los muebles de la cocina. La casa en obras, pensó, qué
pereza.

Aquella mañana su esposa le había despedido con un beso más prolongado que de costumbre
y se había cerciorado de que su traje estuviera bien planchado y sin restos de pelos o de caspa.
Con los años, esos dos problemas se habían vuelto crónicos por más que Matías había probado
todos los remedios disponibles. Ahora más que nunca debes procurar ofrecer una buena
imagen, le dijo mirándole con gesto aprobatorio.

Por fin enfiló la avenida en la que estaba ubicada su empresa. Aún estaba a bastantes manzanas
de distancia, pero aminoró todavía más el paso. Aquel día quería disfrutarlo en cada uno de sus
minutos. En esas estaba cuando volvió a sonar el móvil. Era otro recordatorio de su buzón de
voz y entonces decidió pulsar la tecla para escuchar el mensaje guardado.

Cuando lo oyó, el corazón le dio un vuelco. No era nada relacionado con telemarketing sino la
voz de un headhunter. Hacía tanto tiempo que no se meneaba una hoja en eso de las ofertas de
trabajo que ya había olvidado que los headhunters siempre llamaban utilizando el recurso de
“número desconocido”. Se sintió desconcertado. El mensaje no daba ninguna indicación de
quiénes eran ni para qué puesto le llamaban. Sólo decía que volverían a contactar con él un
poco más tarde.

Se detuvo para sentarse en un banco y recapacitar. Ahora que parecía que las cosas le iban
mejor que nunca y que por fin podía acceder a un puesto de responsabilidad en su empresa se
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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interfería el destino en forma de anónima oferta de trabajo, menudo dilema.

Permaneció allí sentado durante un buen rato esperando a que el dichoso móvil volviera a
sonar pero conforme pasaba el tiempo se fue impacientando. Miró su reloj. Acababa de rebasar
el margen que le ofrecía el horario flexible de entrada y todavía estaba lejos de la oficina. La
angustia le recomía por dentro y lo único que se le ocurrió fue llamar a su secretaria para
decirle que le había surgido un inconveniente y que llegaría un poco más tarde, cosa rara en él.
Se quedó mirando como un imbécil el móvil que sostenía en su mano.

Se sobresaltó.

- Sí, diga.
- Matías ¿es que no oyes el despertador? Vete levantado que vas a llegar tarde.
- Ya he llamado a mi secretaria avisando.
- Pero qué dices. Estabas soñando.
- Sí, sí, claro. Ahora me levanto.

Se duchó, se vistió, desayunó apresuradamente y salió a la calle con el tiempo justo para coger
el autobús y no llegar tarde a la cola del paro. Las obras en casa tendrían que esperar, ahora lo
que tenía en obras era la vida, nada menos.

     
   
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Libro de Bitácora (Octubre 2009) 1 de noviembre 2009

El mes de octubre ha resultado ser muy rico para La Inteligencia de las Emociones en todos los
sentidos. La orientación de las entradas se ha modificado un poco, lo reconozco, pero la
impresión que tengo es que durante este mes hemos ido dando en algunas teclas que nos han
hecho pensar un poco. Será por la plena irrupción del otoño o por alguna otra razón oculta
hasta para mí mismo, pero creo honestamente que ha sido así.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora de este mes:

• El pasado día 23 se produjo el primer encuentro de miembros de Cloud Consulting.


Aquellos que seguís habitualmente este blog ya sabéis la importancia que para mí tiene
esta iniciativa y la verdad es que el solo hecho de poder “desvirtualizar” a algunos de
sus miembros y compartir con ellos unas horas tan intensas fue una gozada. Desde
aquí mi agradecimiento a todos aquellos que sacrificaron una jornada de trabajo y se
pagaron de su bolsillo el desplazamiento (en algunos casos desde sitios muy lejanos)
cosa que, en sí misma, ya es de agradecer en los tiempos que corren. Muchos otros no
pudieron venir pero sí seguirnos a través de Twitter, medio por el que recibimos
muchas muestras de afecto y cercanía.
• En clave política, hay que reconocer que este ha sido un mes muy fecundo en noticias.
Señalo tres de distinto signo: la esperpéntica gestión de la crisis del caso Gürtel en
Valencia, la presentación de los presupuestos del Estado y la tragicomedia de
Honduras, una vez más. No es que sean los más representativos, pero es que si no esta
entrada sería inacabable, ya me entendéis.
• A pesar de que Estados Unidos ha podido presentar por primera vez en mucho tiempo
cifras positivas de crecimiento, octubre no ha supuesto ninguna mejora de los
indicadores económicos de nuestro país y eso hace que la expresión “otoño caliente”
tal vez debiera sustituirse en este caso por “otoño frío” pero es lo que hay y no nos
queda otra que convivir con ello. Todos vemos a nuestro alrededor signos de
preocupación y quisiera exhortaros a que acompañemos tanto como podamos a los
que lo están pasando realmente mal.
• Para ello, este mes quisiera recomendaros el blog "Dosis Diarias" de Alberto Montt
en el que a través de viñetas humorísticas elaboradas por él mismo logra dibujarnos una
sonrisa y todos sabemos lo difícil que es eso en los tiempos que corren. No os lo
perdáis.
• Para los catalanes, este mes también ha resultado particularmente difícil por los datos
concretos que hemos conocido del saqueo de fondos públicos (20 millones de €) al que
se ha visto sometido el Palau de la Música, uno de los referentes más incuestionables
de nuestra realidad sociocultural. Los responsables y principales beneficiados, como
siempre, han sido aquellos que debían velar por ellos.
• El día 4 murió Mercedes Sosa la famosa cantante argentina que nos acompañó a
muchos en los años de la búsqueda de ideales. Murió a los 74 años de edad aquejada de

     
   
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una enfermedad hepática que venía arrastrando desde hace tiempo. “La Negra” como
también era conocida pasó su vida comprometida con la dignificación de la música
popular de América Latina que es lo mismo que decir con su pueblo y por ello tuvo
que pagar años de exilio. Una vez “desexilada” como decía Benedetti de si mismo,
siguió deleitándonos con la fuerza de su voz que en los últimos años no tuvo
inconveniente en compartir con músicos “de otro pelo” como la mismísima Shakira o
Jorge Drexler por citar sólo unos pocos ejemplos que, buscando su cercanía, no
hicieron más que acrecentar su ya imponente imagen.
• Pocos días después, el día 12 falleció a los 95 años de edad Enrique Miret
Magdalena, uno de los grandes teólogos seglares que ha dado este país. Su
pensamiento amplio, libre, siempre incómodo para la jerarquía católica, iluminó con su
letra los conceptos morales de un verdadero creyente y nos hizo pensar seriamente en
las implicaciones que supone ser luz y guía ya seamos creyentes o no. Los que le leímos
en Triunfo durante años aprendimos más acerca de la caridad que en la mayor parte de
las homilías. Por cierto ¿os acordáis de Ken Blanchard? Pues Miret también
propugnaba al final de su vida la vuelta a la simplicidad.
• Y hace recientes fechas, el día 25, también nos ha dejado Sabino Fernández Campo a
los 91 años de edad. Este hombre, en su condición de secretario y jefe de la Casa Real
durante muchos años contribuyó y mucho a que sigamos viviendo en democracia.
Muchos recordaréis aquello de “ni está ni se le espera” y con esa frase deshizo el golpe
de estado del 23-F como un azucarillo. No dejó sus memorias escritas por propia
voluntad pero estoy seguro de que conforme vayan pasando los años aflorarán muchos
de los secretos que mantenía guardados para sí y entenderemos entonces lo
agradecidos que debemos estarle.
• Una vez más, el Observatorio de la Blogosfera de los Recursos Humanos ha
vuelto a incluir una de mis entradas “El feedback nuestro de cada día dánosle hoy”
entre las mejores del mes de septiembre y ha situado La Inteligencia de las Emociones
como el tercer mejor blog de Recursos Humanos. Vuelvo a darles las gracias una vez
más por lo primero y a manifestarles mi sorpresa por lo segundo, aunque se agradece.

La frase del mes ha sido del famoso economista John Maynard Keynes y decía “cuando
cambia la realidad, cambio mi modo de pensar” aunque fue rápidamente reformulada por
María Hernández, una de nuestras comentarista habituales, en el sentido de que "cuando
cambio mi modo de pensar, cambia la realidad" lo cual no deja de ser muy cierto.

El próximo mes de noviembre trataremos de hacerlo mejor. Digo “trataremos” porque cada
día que pasa siento que este blog ya no es sólo mío sino de todos cuantos dejáis vuestras
contribuciones que mejoran y mucho, las entradas.

Y por último y como siempre, quisiera mencionar a todas aquellas personas que se ha pasado
por aquí aunque no hayan dejado rastro. A unos y otros, de corazón, muchas gracias.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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La dirección por excepción 3 de noviembre 2009

Si nos preguntan qué tan ecuánimes somos a la hora de juzgar a los demás, seguramente
respondemos que lo somos y mucho, faltaría más. Cómo se puede dudar de eso ¿verdad? Pues
seguramente no lo somos tanto como creemos, mira tú por donde.

En realidad, ser justos es sumamente difícil porque nuestros juicios se ven condicionados por
múltiples factores subjetivos entre los que podríamos señalar la mucha o poca empatía o
simpatía (recordad que no es lo mismo) que nos despierta el sujeto en cuestión, así como la
proximidad/lejanía, la amistad/enemistad, la confianza/desconfianza que nos genera y así
podríamos añadir un sinfín de factores “higiénicos” que condicionan y mucho, la valoración
que hacemos de un tercero.

Podríamos hacer un ejercicio sencillo. Imaginemos que dos personas que nos conocen bien
son invitadas a hacer una descripción de nosotros. Con una nos llevamos muy bien y con la
otra muy mal, pero las dos nos conocen por igual.

Lo que esperamos de la primera es que diga cosas buenas sobre nosotros, si acaso con algún
ligero matiz del tipo, aunque a veces…, si no fuera porque…, etc. En fin, que esperamos un
juicio netamente positivo en el que los matices no pasan de tener el valor de "segundos
decimales".

Por el contrario, de la segunda, lo que esperaríamos es justo lo contrario y en este caso incluso
sin matices. Otra cosa nos sorprendería ¿no es así?

Fijaos en lo que ha pasado. Se ha pedido a dos personas que describan a una tercera y el
resultado es completamente distinto. Si se cruzaran las descripciones seguramente habría
discusión entre ellas para rato.

Bien, pues en ambos casos los juicios no serían ecuánimes y por la misma razón: la evidente
falta de objetividad.

En el ámbito empresarial sucede lo mismo pero con consecuencias funestas. Imaginemos a dos
personas que dependen de nosotros, una de ellas es “muy buena” y otra “muy mala”. Cuando
me cuentan que “la buena” ha hecho una cosa mal, por mucho que me lo demuestren, mi
reacción es “no puede ser”, “a saber quién le ha puesto la zancadilla” o sencillamente “no me
lo creo”.

Pero si me cuentan que “la mala” ha hecho una cosa bien mis comentarios irán en la línea de
“a saber a quién le ha robado la idea”, “pues no hay para tanto, eso lo hace cualquiera” o si la
evidencia es apabullante utilizaré el socorrido “sonó la flauta por casualidad”.

A la hora de dar el premio anual, ¿alguien tiene dudas respecto a cuál de las dos se lo llevará?
En eso consiste el síndrome de la dirección por excepción que viene a demostrar que incluso
los mismos hechos son juzgados con distinta vara de medir en función de algo que llamamos
     
   
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prejuicios y que, por defecto, asociamos con algo negativo.

Pero ¿qué hacemos con los prejuicios positivos que también los hay y que no dejan de ser
prejuicios igual que los otros?

Jolines, qué dilema ¿no?

     
   
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Me gusta cómo piensas 6 de noviembre 2009

En estos tiempos se habla mucho de la diversidad. Todo el mundo quiere diferenciarse, lo cual
parece lógico. A quién le interesa un producto o un servicio que no esté pensado “sólo” para
él. A casi nadie, siempre que hablemos de eso, de productos y servicios. Hace muchos años
que la banca y la industria trabajan bajo premisas de segmentación de clientela = diversidad,
tantos, que sin habernos dado cuenta han pasado más de treinta años desde que este concepto
de marketing impregna todo lo que consumimos.

No es nada nuevo que en función de que hablemos de empresas o particulares, y dentro de


éstos dependiendo del patrimonio que se tenga, acudamos a una sucursal u otra del mismo
banco o a bancos distintos. Tampoco es novedoso el hecho de que los fabricantes de
automóviles pinten los coches de unos colores u otros en función del país donde vayan a
venderse. Nada tiene de especial que cuando uno va a comprarse un traje a El Corte Inglés la
misma talla tenga tres largos distintos y así en tantas y tantas cosas. Eso no nos molesta, todo
lo contrario, porque asumimos que todos ellos tratan de adaptarse a nuestra "propia”
diversidad y a veces hasta lo consiguen.

La diversidad se ha instalado en nuestra sociedad de un modo omnipresente. Hablamos de bio-


diversidad, de socio-diversidad, de multi-culturalidad, etc. Claro que a veces el subconsciente
juega malas pasadas a los que eso de la diversidad les pilla instalados en la posición dominante,
ahora amenazada. Pienso en la reciente sentencia que obliga a retirar los crucifijos de las
escuelas en Italia, en las batallas por el velo de las niñas musulmanas en las escuelas, etc. Se
diría que sí queremos la diversidad siempre que ésta respete nuestro estatus y no amenace
nuestra consolidada forma de vida resolviendo los conflictos que surgen por ello a cada
instante invocando el respeto a la cultura residente y si eso no basta, las leyes. Y si las leyes no
bastan pues a palos.

Ciudades que antes se enorgullecían de su particular idiosincrasia hoy ven como cada vez más
se parecen a pequeñas sucursales de la ONU en cuyas calles se habla un sinfín de lenguas y
cuyos habitantes son de todos los colores. Incluso en algunas de ellas hay colonias nacionales
tan extensas y cada vez más organizadas que ya están a punto de ocupar barrios enteros en los
que su posición es dominante. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, que bien que nos gusta
visitar las pintorescas Litte Italy o Chinatown cuando viajamos a Nueva York, por ejemplo.
Pero ojo, que no es lo mismo, dirán algunos.

Hasta que se jubiló, una tía mía regentaba un comercio de comestibles que abría en domingo,
lo cual le originó unas cuantas multas gubernativas y amenazas de boicot de otros tenderos.
Hoy en día ese mismo comercio está regentado por pakistaníes que abren casi veinticuatro
horas al día siete días a la semana y no pasa nada. No sólo no hay multa sino que el día que no
abren nos preguntamos si se habrán puesto enfermos o si han echado el cierre definitivo
porque son nuestra tabla de salvación para las compras de conveniencia si se nos ha olvidado
algo del super.

Ni que decir tiene la cantidad de cosas que sólo compramos en las tiendas de “los chinos” en
     
   
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detrimento del comercio tradicional. Veis, a ese tipo de cosas no ponemos ningún reparo, al
contrario. ¡Que espabilen! ¡que aprendan! ¡que se diversifiquen! decimos a voz en grito. Pero de
ahí a que vivan todos en el mismo barrio hay un abismo, nos están colonizando, me decía una
vecina de mi madre el otro día y clienta habitual de los todo-a-cien.

El esfuerzo mental, emocional y cultural que supone la aceptación de lo diverso es


considerable porque, al mismo tiempo que supone la introducción más o menos a calzador de
costumbres que no nos son propias, no está garantizada la reciprocidad por parte de quien
llega aunque se la pidamos como condición sine qua non para la aceptación de “su” diversidad.
Algunos irían más lejos y en lugar de “pidiendo” dirían “exigiendo”.

Por otra parte, los puntos de vista discordantes (otra forma de diversidad al fin y al cabo)
tampoco es que estén muy valorados dentro de las empresas. Diversos estudios realizados en
nuestro país demuestran que la tendencia al pensamiento único prevalece respecto a la
aceptación de enfoques distintos y ya no digamos si se manifiestan a través de corrientes de
opinión. Así vemos que cuando se produce fusiones empresariales, una cultura -casi siempre la
compradora excepto muy raras excepciones- acaba fagocitando irremisiblemente a la otra
cultura. ¿Diversidad? Para nada. Ahí lo que prima es el criterio de “unificación en aras a la
eficacia” aunque todo el mundo se llene la boca hablando de sinergia, bonita y hasta romántica
palabra que, en esos casos, se transforma en una burda falsificación de su significado original,
lo cual no impide que la cultura vencida (da igual el ámbito del que hablemos) desaparezca sino
que perviva aunque sea en la clandestinidad, en las catacumbas si es necesario, igual que los
primeros cristianos, los armenios masacrados por los turcos, los kurdos iraquíes o… (poned
cada uno vuestros ejemplos). Si os quedáis sin ideas, propongo que vayáis a ver Ágora porque
este tema la refleja muy bien.

Así que hablamos todo el tiempo de diversidad y la valoramos sí, pero no en el mundo de los
socio-guetos a los que me he referido no sé si ya en demasiadas ocasiones y a los que sentimos
más apego que a nada en este mundo.

Hace pocos días me sorprendí a mí mismo diciéndole a alguien “no estoy de acuerdo contigo
pero me gusta como piensas” e inmediatamente anoté la frase para cuando llegara el momento
de escribir este artículo. Hala, misión cumplida. Para que veáis cómo soy de diverso.

     
   
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El baile de máscaras 10 de noviembre 2009

En el plano de la comunicación vivimos instalados en el mito de que sabemos a quién nos


estamos dirigiendo cuando hablamos. Sin embargo, eso no es cierto o no lo es en muchísimas
ocasiones y trataré de argumentar por qué conviene romper ese mito.

En anteriores ocasiones hemos hablado de feedback, de empatía, de estilos sociales y de roles y


hoy me extenderé un poco más en estos últimos, los estilos y los roles sociales, pero antes
repasemos conceptos.

Acordamos que la finalidad de la comunicación productiva es generar valor en todos los


agentes que intervienen y eso se logra a través del feedback. Sabemos también que la premisa
básica de todo proceso comunicativo constructivo es la presencia de empatía hacia nuestro
interlocutor.

Pese a haberse dado todas esas condiciones es muy posible que no hayamos logrado alcanzar
nuestro objetivo por la sencilla razón de que a quién estamos hablando se esconde tras una
máscara a la que llamamos rol social, y esa máscara no representa a quien está detrás de ella. En
estas condiciones, si dirigimos nuestro mensaje a la máscara la comunicación fracasa.

Los roles sociales pueden definirse de varias formas pero todas tienen un denominador común:
tratar de aparecer como no somos. Es decir, es una forma de defendernos para resultar más
admisibles, más tolerables, menos ásperos o menos débiles.

Ejemplos de esto pueden ponerse muchos, pero a mí hay uno que me gusta especialmente y es
el de una persona antisociable que tiene que desempeñar un puesto de trabajo de atención al
público atendiendo a sus reclamaciones o quejas y hasta hacerlo bien. En ese caso, es evidente
que cuanto más logra engañarnos mejor funciona su máscara, su rol social.

Otro ejemplo claro sería el del padre que regaña a su hijo por algo que él mismo hacía cuando
era pequeño. En ese caso debe fingir que está enojado para que su hijo aprenda que “eso no se
debe hacer” aunque por dentro esté muy orgulloso de que su hijo se le parezca.

Los roles sociales pueden llegar a ser tan potentes que las verdaderas pautas de
comportamiento de las personas (lo que llamamos estilos sociales) quedan soterradas y a veces
es muy difícil llegar a ellas. Si yo trato de dar feedback a alguien sobre sus comportamientos de
rol, puede entenderse fácilmente que mi éxito se verá muy limitado o resultará un esfuerzo
baldío.

     
   
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Adicionalmente, existe otro tipo de rol que es el que le atribuimos a una persona con
independencia de sus creencias, comportamientos o incluso del rol que quiere desempeñar. A
esos nos referimos en su día cuando hablamos del diferencial de Osgood y tienen el gran
inconveniente de que, en cuanto son asumidos, pasan a elevarse a categoría. Así pues, muchas
veces acabamos siendo lo que los demás piensan que somos y ese es un sambenito del que ya
cuesta mucho trabajo desprenderse.

Por uno u otro motivo, al dirigirnos al rol y no a la persona hace que muchas veces no estemos
incidiendo como quisiéramos en el destinatario y esa es la razón de que dediquemos casi el
80% de nuestro tiempo a hacer actividades relacionadas con la comunicación con unos
resultados más bien pobres. ¡Por eso dedicamos el 80% de nuestro tiempo a algo tan
improductivo!

Para que la comunicación sea efectiva hay que llegar al estilo social de las personas que
tenemos delante. Básicamente, hay cuatro tipos de estilos sociales y la buena noticia es que
cada uno de ellos reacciona de forma distinta ante tres situaciones en las que las personas no
somos capaces de actuar bajo rol sino que nos expresamos libremente según nuestro estilo
social. Dicho de otra forma, hay tres desmaquilladores sociales porque, ante determinadas
circunstancias, la cabra siempre tira al monte.

La primera es la gestión del tiempo: a unos parece que lo único que les interesa es lo que está
por llegar (los famosos soñadores o idealistas), otros por el contrario sólo viven el día de hoy
(les solemos llamar realistas o descarnados), otros sólo parecen estar cómodos analizando lo
que ha sucedido en tiempos pasados (segurolas) y hay un último grupo que es mucho más
maleable en eso de sentirse cómodo con la gestión del ayer, el hoy y el mañana (son los
dúctiles). Imaginemos que hemos quedado a comer para celebrar, como cada año, nuestra
licenciatura de la universidad. Habrá quien ya esté pensando en la cita del año que viene y que
incluso olvide la de este año, quien sólo se limite a recordar que hoy es el día acordado y llegue
a la hora convenida, quien se arranque diciendo que la relación calidad/precio del menú es
mejor o peor que la del año pasado y por último el que, al mismo tiempo, recuerde las
anteriores reuniones con cariño, lo pase bien en esta y formule alguna sugerencia para el año
que viene. Todos ello se habrán comportado como es de esperar en función del estilo social de
cada cual.

La segunda, mucho más potente que la primera, es cómo toman las decisiones o asumen el
riesgo. Unos parece que se decantan por tomar decisiones muy rápidas e irreflexivas. Son
capaces de cambiar de opinión muy a menudo. Otros, por el contrario, son capaces de tomar
decisiones evaluando bien los pros y contras. Un tercer grupo prefiere consensuar, pedir
opinión a terceros antes de pronunciarse y el último grupo sólo se decide a tomar decisiones
cuando ha valorado todas las alternativas o idealmente, prefiere no tener que tomarlas.
     
   
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La tercera es la más clara de todas y tiene que ver con cómo actuamos bajo tensión o presión.
Sobre esto ya hablamos cuando describíamos cómo nos hubiéramos comportado en el
hundimiento del Titanic. En ese tipo de situaciones, las personas somos incapaces de mantener
un rol y actuamos bajo criterios únicamente basados en nuestro estilo social. Recordemos:
unos se apresurarían a buscar un puesto en un bote salvavidas, otros calcularían las
posibilidades de salvación y actuarían en consecuencia, otros se empeñarían en memorizar lo
que dice la normativa de salvamento y otros aceptarían que se quedarían junto a la orquesta
mientras el buque se hundía.

Si la vida es un baile de máscaras, no olvidemos observar bien lo que sucede para determinar
quién está detrás de cada una de ellas. Si andamos buscando quien nos financie un proyecto no
vaya a ser que nos caiga mal el que lleva puesta la máscara de Tío Gilito sólo porque es un
avaro y le tratemos como a tal cuando en realidad es un mecenas o a la inversa, porque es un
hecho incuestionable que a los humanos nos encanta los bailes de máscaras para parecer otros.

     
   
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¿De qué te quieres morir? 13 de noviembre 2009
Un señor de edad avanzada entra en un estanco a comprar una cajetilla de cigarrillos. El
dependiente se la da y el anciano lee el aviso sanitario que indica que “fumar produce
impotencia sexual” y compungido se dirige al estanquero diciéndole “No fastidie, ¿No lo tiene
del que sólo mata?

Este chiste que me contaron sirve para introducir un asunto que me viene ocupando desde
hace tiempo y que tiene que ver con el método de valoración de alternativas. Aunque en
general, la capacidad de elección suele ser mucho más amplia de la que solemos percibir,
algunos se dejan llevar por posturas maximalistas del tipo "blanco o negro" mientras que otros
no tienen inconveniente en desplegar todas las variables posibles antes de escoger lo que
quieren.

La capacidad de valoración de alternativas guarda alguna relación con nuestro enfoque de vida.
Las personas más cuadriculadas tienden a ser más taxativas y, por lo general, más impacientes y
las más dúctiles a preocuparse por los detalles y por ello a ser más sensibles con los matices lo
que suele llevarles a tomarse más tiempo antes de decidir.

Una vez vi publicado un chiste gráfico en el que se veía a una señora en una zapatería que se
había probado un montón de pares como atestiguaba el gran número de cajas que aparecía a su
alrededor. En el bocadillo del chiste le decía al vendedor: “muy bonitos, pero no son lo que
estoy buscando”. La duda es algo con lo que nos cuesta vivir desde la memoria de los tiempos,
y en ocasiones, las resolvemos de forma inadecuada. O tomamos la decisión de no decidir
(parálisis por el análisis) o tiramos por la calle de en medio (pim, pam, pum).

Eso me recuerda un caso verídico que me pasó hace ya algunos años. Tres amigos fuimos a
cenar a una venta donde teníamos que pedir en la parrilla. A los tres nos apetecía comer un
filete pero uno lo prefería poco hecho, otro al punto y otro pasado. El encargado de la parrilla
se nos quedó mirando, puso la carne a asar, la sacó al mismo tiempo y nos dijo “ea, uno
sangrante, otro al punto y otro muy hecho. El siguiente”. De nuevo los estilos sociales en su
manifestación más pura, pero hoy no me extenderé sobre eso.

Esta mañana he pasado un buen rato tomando café con un amigo mientras me contaba sus
proyectos vitales y profesionales (para él ambas cosas van muy unidas) porque quería conocer
mi punto de vista, cosa que se agradece.

Conforme me ponía al día de sus reflexiones me daba cuenta de que quizá no había valorado
suficientemente las alternativas que se le presentaban. Estaba muy centrado en “esto o aquello”
mientras que a mí se me ocurrían otros caminos intermedios. Curiosamente, mientras se los
planteaba las respuestas que recibía de él eran de dos tipos: “no lo había pensado” o “no lo
descarto” pero invariablemente volvía al “blanco o negro”.

Mientras hablábamos ha llegado una señora que se ha sentado a nuestro lado y que le ha
pedido al camarero un café con leche pero que lo quería largo de café, descafeinado, con
sacarina, la leche del tiempo y en vaso. Jolines, pensé, ésta sí que sabe lo que quiere y al
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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instante volví a prestar atención a lo que me contaba mi amigo que no se había percatado del
detalle.

- Ya, pero tú qué es lo que quieres, le he preguntado para que concretara porque ya empezaba
a divagar un poco.
- Pues lo que quiero es trabajar y disfrutar. Ya sabes, dedicarle las horas suficientes al trabajo
pero que me deje tiempo libre para poder hacer otras cosas.
- Y yo, pero todavía no he encontrado el modo de hacerlo.
- No es tan difícil. Lo que yo quiero es algo tan simple como el café con leche que se está
tomando esa señora -me ha contestado.
- Pues no sabes lo que pides.

     
   
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El principio de incertidumbre 17 de noviembre 2009

La principal diferencia entre un inventor y un investigador reside en la gestión del principio de


incertidumbre que aplican en su trabajo. Mientras que el inventor persigue la innovación, hacer
aquello que no se hizo hasta ahora con independencia de que sus resultados gocen de
aceptación o sean viables desde el punto de vista de coste, fabricación, distribución y
aceptación en el mercado, al investigador le mueve el principio de incertidumbre, es decir, no
saber si alcanzará la meta perseguida por muy concienzudamente que desarrolle su trabajo.
Unos se imaginan una utilidad novedosa, otros, por el contrario, buscan soluciones a preguntas
sin respuesta.

Los procesos que rigen la investigación son similares a los del trabajo “en caja negra” que se
aplica en otros ámbitos y que consiste en ejercer control sobre los inputs pero no sobre los
ouputs que el proceso producirá como resultado final. Así, se denomina “caja negra” a todo
aquello que sucede como parte del proceso intermedio sin que, por el momento, se sepa
determinar sus comportamientos. El ansia de todo investigador consiste en reducir ese margen
de incertidumbre, aún a costa de que debe saber integrarla hasta vivir absolutamente inmerso
en ella.

Los inventores e investigadores tienen en común el uso del método prueba/error aunque no
compartan la gestión de la incertidumbre. Uno de mis clientes se dedica a la investigación
sobre aleaciones ligeras. Su objetivo es conseguir que las cosas que se construyan con esas
nuevas aleaciones pesen menos pero que sean igual de resistentes o más que los materiales ya
conocidos. Y eso qué es ¿invento o investigación? Ellos no dudan en llamarse investigadores
porque conocen muy bien la diferencia con los inventores: el principio de incertidumbre.
La experiencia demuestra que los grandes descubrimientos han sido realizados por
investigadores (que no pueden llamarse descubridores hasta que dan con lo que están
buscando) pero que se han apoyado en inventos. El descubrimiento de una nueva galaxia no sería
posible sin el invento de telescopios muy potentes; el descubrimiento de una bacteria tampoco
podría realizarse sin el invento del microscopio, etc.

La incertidumbre es abstracta y por tanto no motiva nada a los inventores que a cambio
destacan por su capacidad de imaginar aplicaciones funcionales a cosas materiales. Haciendo
una traslación a conceptos emocionales, diríamos que unos viven en el qué y otros en el cómo
y eso condiciona enormemente sus enfoques. Serían dos polos opuestos en los que ambos
aplicarían estilos sociales completamente distintos. Vaya, de nuevo los estilos sociales.

Como curiosos empedernidos, los inventores y los descubridores son grandes observadores si
bien lo que les distingue es su enfoque bien hacia el proceso, bien hacia el procedimiento que,
como puede imaginarse, son cosas muy distintas. Lo que se demuestra es que unos necesitan
de los otros como simbióticos que son.
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Igual sucede con el resto de los mortales, que buscamos desesperadamente la
complementariedad, el balance, el punto cero o casi cero, si bien no hay que olvidar que lo
complementario es aquello que no está en nosotros ni lo echamos en falta muchas veces... pero
nos atrae. ¿Un misterio?

     
   
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Profesiones con futuro 20 de noviembre 2009

Cualquier tarde de domingo, después de la siesta, un médico se sentará junto a la chimenea


para charlar con su hijo estudiante de Medicina. El padre querrá sondearle acerca de la
especialidad que piensa elegir llegado el momento. Papá, me parece que me voy a hacer
odontólogo como tú. Veo que te va bien, aprendería mucho a tu lado y así podría sustituirte
cuando te jubiles –responderá el futuro especialista.

El padre se quedará pensativo unos instantes y finalmente se incorporará en su butaca


acercándose para que nadie pueda escuchar lo que tiene que decirle a su retoño.

- Odontólogo no, mejor hazte otorrino.


- ¿Por qué iba a hacer tal cosa? –responderá el hijo.
- Porque todos los niños de hoy tienen una dentadura perfecta pero en unos pocos años serán
sordos –contestará el padre.
- ¿Sordos? ¿En qué te basas?
- Pues es sencillo ¿no has advertido la de chavales que van todo el día con los auriculares de su
IPhone puestos? En unos años, todos sordos.

Esta fabulación puede darnos las pautas de cuáles pueden ser las profesiones de futuro.
Muchos de nuestros hijos están en la universidad o a punto de hacerlo en unos pocos años y la
desorientación de padres e hijos respecto a la elección de carrera no ha mejorado ni pizca en
los últimos años. Antes, los que estudiaban, escogían la carrera por vocación, mientras que
ahora no saben por dónde tirar, así que me permito dar algunas recomendaciones útiles.

- Ingeniero de videojuegos wíreless. En pocos años la maraña de cables que cuelgan de


nuestros televisores y equipos de música desaparecerá y los artefactos de entretenimiento (léase
fundamentalmente videojuegos pero seguro que se seguirá ampliando la oferta a otros
menesteres) se operarán a través de los movimientos de nuestras manos sin necesidad de
emplear joystick ni nada (ya hay prototipos por ahí).

- Constructor plástico. Con la cantidad de desperdicios que generamos y el tiempo medido en


siglos necesario para su reciclaje, es más que posible que los edificios se construyan con
materiales procedentes de los residuos plásticos. No será por falta de materia prima.

- Consultor. Je, je, eso nunca pasará de moda ¿a que no?.

- Otorrinolaringólogo (por alusiones).

Pero si tenemos un hijo que, por las razones que sea, no vemos que Dios le haya llamado para
cursar estudios superiores tampoco hay problema, porque hay unas cuantas profesiones que en
el futuro tendrán una fuerte demanda y a las que se podrá acceder vía FP. Ahí van algunas de
ellas:

     
   
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- Profesor de navescuela. Esto es, lo mismo que la autoescuela pero para sacarse el carné de
manejo de naves siderales utilitarias que usaremos para desplazarnos al chalé que tendremos en
alguna de las colonias espaciales que rodearán a nuestro planeta en pocos años o para ir a ver a
los hijos que trabajen en ellas o más allá. Habrá más tipos de carné que poder sacarse pero este
será el de más aceptación y demanda de profesores.

- Narrador mitológico. Explicará a los niños cómo era la fauna y flora de nuestro planeta
hace unos pocos años cuando todavía no se habían extinguido el 90% de las especies más que
nada para que recuerden que antes las proteínas las consumíamos de origen animal o vegetal y
no sintéticas. A esta profesión igual que futuro le veo presente pero de momento está en fase
"beta".

- Acompañante de moribundos. No me extrañaría nada que en el futuro ya no tengamos


tiempo ni de acompañar a nuestros familiares en el momento del tránsito (ver ejemplo en la
imagen). Y no exagero, imagínate que tu padre palma en la Luna y tú estás de misión de
reconocimiento galáctico en Urano. Vamos, que no te da tiempo a regresar ni para el funeral.

- Ajustador protésico. Dentro de pocos años el 50% de nuestras articulaciones serán prótesis
y necesitarán bastante mantenimiento. Sin duda, profesión con gran futuro equiparable a la de
los fontaneros de nuestros días pero con mucho más glamour "high tech".

- Chatarrero sideral. Con la de basura espacial que hay ahora mismo, sólo es cuestión de
tiempo que esta profesión tenga un enorme desarrollo. Ojo, será necesario sacarse el carné
correspondiente para el uso de remolques de gran tonelaje pero el retorno de la inversión será
exponencial. Y además, a cenar cada noche en casa que no será lo mismo que hacer de párroco
en Marte, vamos.

- Chapista de robots. Con los precios que costarán esos chismes será uno de los pocos
artículos que todavía saldrá más barato repararlos cuando se estropeen que comprar uno
nuevo. ¡Como en los viejos tiempos!

- Licuador de CO2. Al paso que van las conversaciones para el control de emisiones tóxicas a
la atmósfera, creo que habrá que ir pensando en reciclarlo de alguna forma. Si lo licuamos igual
puede usarse de combustible para naves espaciales.

- Profesor de chino mandarín (por motivos obvios)

- Animador de centenarios. Si la esperanza de vida sigue creciendo nuestros hijos superarán


con facilidad los 100 años de vida, así que a esa edad todavía tendrán ganas de marcha.

- Anticuario. Ni se sabe la de cosas que ahora usamos que serán reliquia en el futuro
inmediato. ¡Lo que se va a cotizar un 600 dentro de cincuenta años!

Estas son unas pocas ideas, pero seguro que a alguien se le ocurren más. Que paséis un buen
fin de semana.

     
   
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Empresas listas, empresas tontas 24 de noviembre 2009

Siguiendo una sugerencia de mi colega de Cloud Consulting ;-) Astrid Moix y a raíz de un
comentario que dejé en su blog, aquí me tenéis tratando de explicar las diferencias que hay
entre empresas listas y empresas tontas aclarando, antes que nada, que el hecho de que una
empresa pertenezca a cualquiera de esas dos clasificaciones no condiciona apenas nada su éxito
empresarial, como explicaré con ejemplos empezando por este.

Hace unos años se produjo una fusión, perdón, una absorción que resultó famosa. Me refiero a
la compra de Compaq por HP. Compaq era mayor que HP pero siendo una empresa de éxito
se durmió en los laureles y así HP algo más pequeña la compró, la integró, la digirió y después
de todo eso fue capaz de hacer que la marca perviviera. Todavía hoy se puede comprar
ordenadores Compaq. Está claro que HP fue mucho más lista que Compaq.

Pero antes de continuar, permitidme que aclarare qué entiendo por empresa lista y tonta.
Empezando por esta última defino como empresa tonta a aquella que, debido al sector al que
pertenece, mercado en el que opera, competencia a la que se enfrenta, orientación estratégica,
estilo de dirección etc. echa un poco para atrás. Diríamos que sería un tipo de empresa a la que
nadie o casi nadie (porque hay gustos para todo) le gustaría trabajar si pudiera escoger, claro.
Pondré dos ejemplos de estas. Uno de ellos se refiere al último banco en el que trabajé y otro a
una empresa que conozco.

Ejemplo 1

Banco regional con una red de oficinas suficiente y de distribución racional, desacreditado por
la competencia por anticuado, con un consejo de administración compuesto por empresarios
conocidos por todos, una alta dirección aceptable y con una plantilla poco profesionalizada,
muy antigua y poco reciclada. Multiculturalidad cero. Imagen corporativa buena, calidad de
servicio y de oferta mediocre, adolece de un endémico problema de mala organización interna
que hace que, por ejemplo, a pesar de haberles avisado media docena de veces que me cambié
de domicilio todavía recibo los extractos de cuentas en el anterior. Continuamente en los
mentideros “por estar en venta” pero con unos resultados netos moderados aunque
estabilizados. En esta situación de crisis financiera no está pasando especiales dificultades, que
yo sepa.

Ejemplo 2

Empresa de ámbito nacional con clientela sujeta a la necesidad de contratar sus servicios por
imperativo legal (es decir, clientela cautiva), competencia muy atomizada, con tasas de
crecimiento anuales exponenciales pero no debidas a crecimiento orgánico sino a absorción de
competidores mejor implantados geográficamente. Desastrosa desde el punto de vista
organizativo, ha sido incapaz de digerir ni una sola de las empresas absorbidas, todas ellas de
menor tamaño. Muy apalancada financieramente y con eternos problemas por impagos de sus
clientes minoristas y demoras en el pago a sus proveedores. Consejo de administración
procedente de “familias empresariales”, dirección con muchos master pero divorciada en su
     
   
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discurso de su plantilla voluntariosa aunque no excesivamente formada ni motivada. Existe
multiculturalidad pero procedente de países con altas tasas de emigración. En estos momentos
está en fase de concurso de acreedores, vamos, en quiebra.

Sigamos ahora por las empresas listas. Como en el caso anterior, defino como tales a aquellas
que debido al sector al que pertenecen, mercado en el que operan, competencia a la que se
enfrentan, orientación estratégica, estilo de dirección etc. a la gente se le hacen los ojos
chiribitas con sólo oír hablar de ellas en cuanto las describes. En contraposición a las anteriores
diríamos que sería un tipo de empresa en la que a todo el mundo le gustaría ser admitido
aunque fuera para barrer el suelo.

Como en el caso anterior, también pondré dos ejemplos, uno de una empresa para la que
trabajé y otro de otra empresa que conozco.

Ejemplo 1

Consultora multinacional de reconocido prestigio. Personal titulado en un 80% de los casos,


con el inglés como segundo idioma en el 60% de la plantilla (no en vano el 25% de los
profesionales procedían de otros países) así que muy buena tasa de multiculturalidad y
plurilingüismo. Buena reputación en el mercado, algo escorada en su oferta de servicios hacia
los de cariz tecnológico aunque con una de oferta global correcta, con unos costes de servicio
situados en la gama medio-alta, muchísimas políticas implantadas de satisfacción laboral
(buenos salarios, planes de carrera, de formación, de conciliación familiar, etc.). Consejo de
administración sin formación en gestión empresarial, dirección colegiada (modelo partnership),
plantilla guay y cool donde las haya. Fue vendida en el año 2003 por un euro a una empresa
competidora de muchísimo menos nivel y no queda ni rastro de ella.

Ejemplo 2

Empresa unipersonal de ámbito provincial dedicada al servicio técnico de maquinaria


expendedora de bebidas (vending). Cuarenta personas en plantilla con unos salarios por
encima del sector y con una buena política de incentivos por cumplimiento de objetivos
mensuales (reparación, mantenimiento, etc.) Estilo de dirección personalista del estilo
“conmigo o contra mí”. Apenas existe multiculturalidad (menos del 10% de la plantilla).
Enorme capacidad para alcanzar acuerdos de subcontratación de servicios con otras empresas.
Clientes multinacionales y con alta volatilidad en la renovación de contratos, lucha feroz entre
competidores por precios. Este año en el que la crisis ha hecho que se vendan muchos menos
refrescos, ha logrado unos resultados superiores en un 40% a los del año pasado.

Como puede verse a través de los ejemplos propuestos, el hecho de que las empresas sean
“listas” o “tontas” no tiene que ver necesariamente con los resultados que obtienen ni con el
perfil profesional de sus integrantes sino con otros factores entre los cuales destaca por encima
de todos la necesidad de gestionarlas de acuerdo a cómo son y no de forma distinta o
contraria.

Los estilos de dirección siempre deben ser eficaces por encima de todo pero es imposible que
     
   
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lo sean si no están alineados con la realidad, con el medio en el que se desenvuelve la actividad,
haciendo las cosas como las personas a su cargo puedan entenderlas mejor y eso sí que es
verdaderamente determinante para su éxito o fracaso.

La globalización en la que estamos inmersos parece que prima unos nuevos comportamientos
estándar en los que el arquetipo viene determinado por la existencia de multiculturalidad que
adquiere carta de naturaleza y castiga a quien no está en esta onda. No me opongo a entender
la enorme riqueza que eso aporta, pero sí a que la catalogación de empresas "listas" y "tontas"
se rija por este patrón aspiracional.

Por el contrario, pienso que hoy se hace más necesario que nunca aquel adagio que decía
“piensa globalmente, actúa localmente”. No parece demostrado que el hecho de que una
empresa cuente con más o menos titulados, se hable o no idiomas, esté situada en un sector
más o menos competitivo o exista más o menos multiculturalidad sea determinante para su
éxito, al menos por el momento.

Lo que marca la diferencia es ser una empresa lista en el sentido de que sepa entender qué
conviene hacer en cada momento. Y para ello cada uno de los integrantes del consejo de
administración, la dirección, los mandos intermedios y los operarios debe saber lo que tiene
que hacer. De momento, conformémonos con esto.

     
   
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¿Quién dijo que lo obvio era sencillo? 27 de noviembre 2009

Extracto de la carta de una amiga en su primer año como profesora:

“Pensaba que todos serían capaces de hacer el ejercicio que les propuse y salió mal. Tuve que
suspender a la mitad de la clase. No sabes lo frustrada que me sentí, y lo digo en serio porque
esa noche apenas pude dormir (…).

Fabíán trató de consolarme, el pobre. Ya sabes lo solícito que se muestra siempre conmigo, no
te deja caer nunca pero me recordó lo que ya sabía, que cuando una profesora tiene que
suspender a un número tan importante de alumnos, la principal culpable es ella. O sea, yo (...)
Me dolió porque en ese caso el examen era realmente fácil. (…)

Me propuso un experimento. Pondría el mismo ejercicio a sus alumnos a la semana siguiente y


ya veríamos qué es lo que pasaba. No me opuse, aunque quise clarificar el sentido de la
pregunta que más puntuaba y no me dejó porque dijo que, objetivamente, yo tenía razón, era
lo suficientemente fácil.

Dos semanas más tarde me llamó para que cenáramos juntos y lo primero que hizo fue
depositar sobre la mesa los exámenes corregidos. Conforme pasaba las hojas veía el desastre
ante mis ojos porque el número de aprobados era apabullante. La cosa se ponía muy fea para
mí y se me cerró el estómago (…)

Fabián pidió una botella del mejor vino que tenían en la carta y pidió al camarero que nos
dejara a solas unos minutos. El primer trago sirvió para entrar en calor, el segundo para
reprimir el llanto y el tercero para reunir fuerzas para sondearle sobre la conveniencia de
presentar mi dimisión. Nunca me había sentido tan miserable y frustrada y hasta me enfadé
con él porque parecía estar pasándoselo en grande (…) Al final me hizo ver que el problema
era una coma mal puesta que cambiaba por completo el sentido de la pregunta. Me odié a mí
misma porque el examen era de literatura”.

Años después alguien me habló de mi amiga. Ahora era la jefa de estudios de uno de los más
prestigiosos colegios de la ciudad. La llamé y quedé con ella para tomar un café. Después de
contarme los problemas que tenía con algunos profesores jóvenes le hice mención de que ella
también había sido novata una vez e inmediatamente cayó en la cuenta de por qué le decía
aquello. Sí, me dijo, casi lo había olvidado. No sabes lo mal que lo pasé. Pero sabes, una cosa
que aprendí es que lo obvio no es sencillo de ver.

Pasaron más años y mi amiga llegó a ser consejera de educación de una comunidad autónoma.
Me invitaron a una conferencia que daba y como parte de su disertación y para mi pasmo se
puso a leer algunos párrafos de la carta que me había mandado. Cuando terminó de leerla
cometió el error del político y dijo “esta carta la recibí hace pocos meses de un joven maestro”.

Al llegar el turno de preguntas se había previsto que éstas se formularan en una tarjeta y que se
hicieran llegar al ponente. Escribí en ella “lo obvio no es sencillo” y se la hice llegar a través de
     
   
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una azafata. Cuando las ordenaba se dio cuenta de inmediato de quién la había escrito y buscó
entre los asistentes hasta dar conmigo pero no dijo nada. Empezó a contestar las preguntas
dejando la mía para el final. Vaciló, dudó, y sólo cuando iban a dar por concluido el acto por
fin se decidió y dijo:

- Esta tarjeta contiene la afirmación más cierta que haya oído nunca, pero como no es una
pregunta, no puedo responderla.

     
   
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Libro de Bitácora (Noviembre 2009) 1 de diciembre 2009

Noviembre ha sido un poco extraño, como todos los que recuerdo. Para mí, es un mes de
transición en el que reconozco que no me siento a gusto. No obstante, La Inteligencia de las
Emociones sigue su curso y gozando de la fidelidad de sus seguidores, con algunos de los cuales
me he sentido en deuda por varios motivos, pero es que es imposible llegar a todos los sitios.
Este mes hemos dado una vuelta a los estilos y roles sociales, hemos fabulado acerca de qué
nos queremos morir y de las profesiones con futuro, hemos hablado sobre el principio de
incertidumbre, intentado buscar las diferencias entre las empresas listas y tontas y hemos
cerrado el mes reafirmando que lo obvio no siempre es sencillo.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora:

• El Alakrana fue liberado después de un larguísimo secuestro y el pago de un rescate


millonario. Como no podía ser menos, el sufrimiento de los pescadores y de sus
familiares se ha convertido en carnaza política y mediática. En ambos casos esos
colectivos se han visto frustrados, unos porque no han sabido meter gol en la portería
del equipo del gobierno (que ha estado especialmente espeso y torpe) a pesar de que el
portero ya estaba batido y los otros porque a la tragedia le ha faltado el aderezo de uno
o dos muertos para que el cuento les saliera redondo. Pero tranquilos que otras
ocasiones habrá. Sin ir más lejos, acaban de anunciar el secuestro de tres cooperantes
en Mauritania. No hace ni veinticuatro horas que se ha sabido la noticia y ya estamos
todos a la greña.
• A pesar de todo, noviembre ha traído un par de buenas noticias económicas. La
primera el empate en la previsión de déficit para el año que viene al que han llegado la
OCDE y nuestra superministra de Economía y la segunda la contracción en el
desplome de los precios o sea, que de aquí nada empezamos a tener inflación en lugar
de deflación. No es mucho, pero algo es. Por una vez, alegrémonos de que el precio de
los tomates suba en lugar de que baje.
• El pasado día 25 James Muir, nuevo presidente de SEAT desde septiembre, tuvo una
intervención sembrada en las jornadas sobre automoción que organiza todos los años
el IESE. Mr. Muir puso a caer de un burro a todos los expresidentes de SEAT por
incompetentes, ligó su futuro al de la marca, echó en cara a los españoles que no
seamos capaces de vendernos en el exterior (¿saben ustedes que ahí fuera la gente
piensa que Zara y Mango son italianas?, dijo) y oh, sorpresa, anunció que habría
despidos en su empresa, pero no de curritos a los que les toca siempre la china sino de
un montón de incompetentes con camisa y corbata. Mr. Muir, tiene usted al sector en
ascuas, por no hablar de su propia casa y a mí mismo que le seguiré de cerca para ver si
pasados unos meses sigue usted con su ímpetu inicial o si sigue usted en el puesto.
• Ya sé que es un tema recurrente y que el pasado día 29 se celebraron elecciones en
Hondura sin buena parte del reconocimiento internacional pero hago una pregunta de
concurso ¿alguien ha leído algo durante este mes sobre la evolución en el rifirrafe que
mantienen los señores Zelaya y Micheletti? Para quien ya no les suene los nombres
     
   
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recuerdo que son los dos presidentes de Honduras que llevan pleiteando desde inicio
de verano. Si no recuerdo mal, lo último que supimos es que toda la OEA estaba
reunida en Tegucigalpa tratando de mediar entre ellos. Luego, apagón informativo.
Hasta ahora, que parece que el futuro presidente será un señor que se llama Lobo, mal
presagio.
• Sin cambiar de continente, hemos sabido que Uruguay ha elegido a José Pepe Mújica
como presidente en segunda vuelta. Interesante resultado que hace que este pequeño
país mucho más cercano a Argentina que a Brasil, a pesar de su rivalidad, mire a este
último como referente para su economía. Y es que Lula es mucho Lula, ya se sabe.
• El día 26 todos los periódicos de Catalunya publicaron un editorial conjunto
solicitando al Tribunal Constitucional que, de una vez por todas, emita la dichosa
sentencia sobre el Estatut que lleva camino de tres años y medio dando vueltas como
una peonza. Ojo al dato, porque al presidente de la Generalitat no le harán ni caso pero
apuesto que con el Cuarto Poder irán mucho más al tanto. Se verá más de lo que ya se
está viendo.
• El mes cierra con dos noticias de distinta dimensión pero igual capacidad para abrir
interrogantes. En el último Consejo de Ministros fue presentado el anteproyecto de
Ley de Economía Sostenible que ha sido tildada como un cajón de sastre lleno de
buenos propósitos y proyectos ya en marcha pero atascados con un desarrollo previsto
hasta 2020 ¡largo me lo fiáis!. Y para acabarlo de rematar nos llegan noticias de la
civilizada Suiza donde en un referéndum han decidido tumbar los minaretes de las
mezquitas del país. Nunca cuatro minaretes (4) han sonrojado tanto a uno de los países
más hipócritas en cuanto a lo de la protección de derechos de minorías y respeto a la
libertad de culto. Suiza tiene 400.000 musulmanes viviendo y trabajando allí, lo que
supone el 5,5% de su población por supuesto, sin derecho a voto.
• Sin minaretes de por medio, en Lanzarote tenemos la patata caliente de Aminatou
Haidar, la saharaui que está en huelga de hambre por haberle sido retirado el pasaporte
después de que se negara a registrarse como ciudadana marroquí. Me da que esta
señora con cara de buena gente va a demostrarnos una vez más la enorme fuerza de la
resistencia pasiva. De momento, ya ha rechazado las tres alternativas que le ofrecía
nuestro ministerio de Asuntos Exteriores, entre ellas la de otorgarle la ciudadanía
española. Señor Moratinos, que la señora Haidar no quiere ser española, sólo quiere
que le reconozcan que es saharahui sí, ese país no reconocido con el que nos llenamos
la boca todos los veranos albergando miles de niños a los que les pagamos los
reconocimientos médicos y que luego devolvemos a sus haimas en el desierto.
• Este mes quiero recomendaros el blog Me queda la palabra de Domingo Puerta, un
joven y asiduo seguidor de esta casa que en estos días anda cumpliendo su entrada
número 300. Domingo siempre me ha impresionado por su madurez, por su
sensibilidad sincera, por el tratamiento humano que da a las noticias y por ese afán de
crear un lenguaje propio y muy rico en matices.
• En el capítulo de adioses el mes de Noviembre empezó con mucha fuerza. El día 1
murió Claude Levi-Strauss pocos días antes de cumplir 101 años. Este más que
centenario ha sido un antropólogo colosal y piedra de toque imprescindible para
explicar el valor diferencial de las culturas autóctonas y a través de ellas explicarnos a
nosotros mismos. En su obra de referencia “Tristes Trópicos” se avanzó muchos años
a las preocupaciones medioambientales de nuestros días.
     
   
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• Al día siguiente murió en Madrid José Luis López Vázquez a los 87 años de edad.
Hombre complejo y a veces distante pero que forma parte del ADN de todos
nosotros, es imposible explicar el ciñe español de los últimos 50 años sin su presencia
omnímoda durante décadas. Capaz de reinventarse a sí mismo en cada personaje, fue
un actor capaz de hacer lo mejor y lo peor con profesionalidad, metiéndose en todos
los papeles que le encargaron y a los que se dedicó por completo. Infeliz en el plano
afectivo, supo mantener su vida privada a raya casi siempre. “Era una persona
insignificante y lo sigo siendo, mínimo” se definía a sí mismo. Y en cierto sentido, no le
faltaba razón. Por eso era tan querido y tan grande.
• El día 4, sin solución de continuidad, falleció Francisco Ayala a los 103 años de edad.
Una personalidad intelectual como la suya es imposible de ser contenida en unas pocas
líneas, así que me limitaré a señalar que con él muere uno de los últimos símbolos de la
pérdida de talentos que supuso para este país la guerra civil al mismo tiempo que
alumbraban sus nuevas patrias de acogida.

La frase del mes ha sido del famoso escritor Víctor Hugo y decía “El futuro tiene muchos
nombres: para el débil es lo inalcanzable; para el miedoso, lo desconocido; para el
valiente, la oportunidad” y se la tomé prestada a mi amigo Adolfo Morales que la dejó en
uno de sus primeros comentarios del mes.
El próximo mes de diciembre es el último del año y para mí no es el mejor. Será porque no soy
capaz de sintonizar con los mensajes estereotipados de la feliz navidad y de los deseos de paz y
prosperidad para el próximo año, qué se le va a hacer. Lo único bueno para mí es que con él
terminaremos uno de los peores annus horribilis que recuerdo, con la esperanza de que el que
viene no sea tan malo. Hemos sobrevivido, pero no hemos vivido, que diría un amigo mío.
Por motivos obvios y no tan obvios, es probable que no sea un mes muy pródigo en entradas,
pero sí en seguimiento de todo cuanto escribáis y comentéis.
Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que se han
pasado por aquí aunque no hayan dejado rastro. A unos y otros, muchas gracias.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Casualidades, series y datos 2 de diciembre 2009

Dicen que cuando sucede un imprevisto estamos ante una casualidad, que cuando la casualidad
se repite se produce una serie y que cuando la serie se prolonga, entonces estamos ante un
dato.

Hay quien sólo cree en datos y no en casualidades. Esos son los realistas y lo que me pregunto
es si son conscientes de la cantidad de cosas que se pierden, porque analizo mi entorno y
observo que las cosas más significativas se producen por verdadera casualidad, que cuando se
vuelve a tratar de reproducir una casualidad casi nunca se obtiene la repetición de la serie y que
mucho menos se puede establecer datos certeros si no es con mucha dificultad. ¿Eso qué debe
querer decir? No lo sé.

Lo que sí sé es que la experiencia conforma el “ambiente” en el que suceden las cosas. Así, no
podemos saber cuándo un óvulo será fecundado pero lo que sí sabemos es que en unos
determinados días del ciclo (serie) hay más probabilidades que en otros. Podríamos decir que
no hay infalibilidad en eso, aunque sabemos (dato) en qué circunstancias es más probable
(serie) que se produzca la fecundación (casualidad).

Me pregunto entonces por qué unos determinados fenómenos, básicamente los físicos y
químicos, son predecibles (datos) y por qué el resto no lo son obligándonos a apelar a la
combinatoria, la aleatoria, el algoritmo o vaya usted a saber qué para incrementar el porcentaje
de acierto en la obtención del dato ansiosamente buscado. Eso se usa mucho en las
predicciones de los juegos de azar (loterías, quinielas, primitivas y hasta en la ruleta) pero no
sirve en absoluto para cosas tan fundamentales como el enamoramiento o la economía. Ya
podría ser de otra forma pero es así.

Muchas de las grandes cuestiones que jalonan nuestra vida no se resuelven por tanto con la
aplicación de fórmulas sino con la experimentación del ensayo/error (horror, oí decir ayer). La
experimentación por tanto busca algún procedimiento a través del cual la casualidad resulte
“seriable” en la creencia de que eso nos hace la vida más fácil, más cómoda, más próspera…
más predecible en definitiva. Y si lo predecible tiene predicamento, si aporta felicidad,
entonces eso es incuestionable.

Sé a la perfección que si combino en las proporciones adecuadas cloro y sodio obtendré sal, si
hago lo mismo con hidrógeno y oxígeno agua, pero si trato de combinar trabajo y tesón nadie
me garantiza el éxito. Y si no que se lo pregunten a los alquimistas que se pasaron la vida
tratando de obtener oro sin resultado alguno y eso que se deslomaron en el intento.
Tampoco veo que existan fórmulas (datos) sobre las que basarse en la resolución de conflictos
históricos (palestino vs. israelíes por ejemplo) ni para otras muchas cosas que a pesar de que se
produzcan de igual forma un par de veces (serie) nunca alcanzan a ser lo suficientemente
estables para que reaparezcan una tercera (dato). Ya decía al principio que cuesta mucho
obtener un dato porque antes hay que pasar por lo de las series y aplicar mucho trabajo.
Se valora tanto la obtención de datos que quizá muchos desconozcan que los medicamentos
basados en principios naturales no son homologables ni registrables como tales por el simple
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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hecho de que no puede garantizarse su comportamiento uniforme como sucede con los
preparados sintéticos, de lo cual se alegra lo suyo la industria homeopática porque, por fortuna
para ellos, unos y otros pueden ser vendidos por igual en las farmacias con unos sensibles
desfases en costes de investigación pero no de precio final.

Ahora bien, a causa de algún misterioso mecanismo que opera en nuestra “infalible” memoria
colectiva, es preocupante observar (qué gran palabra) la extraordinaria capacidad que poseemos
para que, sin un solo dato, lleguemos al establecimiento de una verdad absoluta. Dicho de otra
forma, que a partir de un indicio aislado (casualidad) y no seriado lleguemos a una conclusión
definitiva (dato) aunque ello nos lleve a meter la pata hasta el fondo, como aquí se ha
mantenido en muchas ocasiones.

Para que veamos hasta dónde somos capaces de llegar, hace unos días hemos asistido al juicio
sumarísimo que los medios (la opinión publicada) han celebrado contra Diego Pastrana. No
voy a revelar quién es porque presumo que todos habéis seguido el caso y si no en unos pocos
días su nombre será olvidado. Y lo más maravilloso es que ha sido precisamente la búsqueda
de datos y no “las primeras impresiones” las que ha determinado su total y absoluta inocencia
en un tiempo record, cosa extraña por otra parte y doblemente vergonzante.

A Diego Pastrana seguramente le interesaría leer este artículo aunque es altamente improbable
que lo haga. Y digo que a él le interesaría especialmente ver cómo a pesar de todo, actuamos
con pasmosa y enorme facilidad cuando se trata de elevar la casualidad a la categoría de dato
aún a costa de sus nefastas consecuencias, sobre todo si fuera un lector y no lo más parecido al
personaje de novela del mismísimo Kafka en el que ha acabado convirtiéndose.

     
   
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Motivación, confianza y liderazgo 9 de diciembre 2009

Reconozco que me seduce la idea de motivar a otros por lo que implica de lograr en ellos una
puesta en acción imprevista en ese momento o bajo determinadas circunstancias. Activar la
motivación es uno de los grandes logros emocionales de los que somos capaces y una muestra
incuestionable de nuestro poder. Y digo “poder” sin rubor ni connotaciones negativas, porque
todos lo tenemos y ejercemos en mayor o menor medida.

Somos poderosos únicamente cuando logramos movilizar siendo esa una de las dos
expresiones genuinas de liderazgo (la otra es la de alinear voluntades). Creo que todos lo
hemos experimentado alguna vez y sólo en esos casos puede decirse que hemos sido
verdaderos líderes. Cuando una persona sigue nuestro consejo, cuando alguien nos hace caso,
es porque hemos logrado ejercer una influencia sobre ella y nos convertimos en
corresponsables de las consecuencias de forma que no sólo motivamos sino que también
lideramos. Cuando no es así o nos separamos de esa responsabilidad, entonces no es que
estemos motivando sino simplemente arengando, que es lo que hacen los generales cuando
mandan a sus tropas al combate quedándose ellos en el puesto de mando.

El valor de la motivación a terceros es enorme, puesto que para que ésta se produzca debe
haberse generado confianza. Un ejemplo perfecto lo he leído recientemente en un post de
Agustí Brañas ¡No escribo tan bien como mi hermana! que recomiendo por ser uno de los
ejemplos más claros, sinceros y directos de las consecuencias que un acto de motivación puede
generar en terceros. En ese caso, además tuvo un efecto multiplicador porque fue, creo que
podemos llamarlo así, el desencadenante del incremento de la autoconfianza de su hija en sus
propias capacidades que suponía en desventaja. Agustí motivó porque generó confianza y por
eso fue capaz de liderar, en ese orden.

Frente a la motivación –que precisa de un agente externo para activarse- está la auto
motivación que a mi modo de ver es una cualidad netamente superior y lo es porque es uno
mismo quien escoge aquello que “le pone” sin que nadie le muestre el camino o las ventajas.
Esa capacidad tiene un efecto positivo no sólo en la mente sino también en el organismo, no
sé si a causa de la generación de feromonas o porque supone un reto no impuesto, pero
cuando uno se auto motiva, su nivel de energía crece.

¿Cómo podemos auto motivarnos? Los mecanismos de cada cual son distintos pero
seguramente esto se produce cuando la sintonía entre las coordenadas de pensamiento positivo
y la visualización de los futuros beneficios esperados se solapan. Cuando algo que veo, oigo o
noto se transforma en otra cosa porque me induce a mirar (no sólo ver), escuchar (no sólo oír)
o experimentar (no sólo notar) es que me ha motivado. No siempre se explica de un modo
racional, puede que ni siquiera sea un acto plenamente consciente, pero la verdad es que si algo
me “toca” me “mueve”, de eso no hay duda.

He analizado algunas motivaciones profundas y ajenas tratando de ver las consecuencias que
ello les ha reportado. Casi siempre he observado que se ha manifestado hacia el exterior a
través de la creación de un discurso con el que poder explicar a los demás el gozo generado
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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por esa fuerza interior que moviliza a un sujeto. Cuanta más auto exigencia, más necesidad de
hacer partícipes a los demás de los retos a los que uno se enfrenta, lo cual nos habla de que
esencialmente somos seres sociales que necesitamos “anunciar” nuestras metas y cuanto más
retadores sean éstas, mayor pasión se demuestra.

Admiro profundamente a aquellos que son capaces de vivir su auto motivación con pasión,
incluso en el caso de no estar de acuerdo con ellos. He observado que, a menudo, la pasión no
está tanto en el desencadenante de sus acciones como en su experimentación, actuando
entonces como una fuerza dinámica, inspiradora y retroalimentadora por excelencia.

La auto motivación tiene otra cualidad y es que perdura más allá de la primera inercia, es más
duradera que la motivación ajena y pone al servicio de los objetivos que se persiguen lo mejor
de uno mismo. Pero es que además, genera la autoconfianza necesaria para superar retos.
Cuanto mayores son éstos más necesario es rebuscar dentro de uno mismo y es ahí donde
aparece en toda su intensidad la parte emocional que nos jalea, nos impulsa y nos hace superar
retos por muy racionales que seamos.

Diríamos que la automotivación genera confianza en dosis suficientes y cuanto mayor sean una
y otra, se crea mejores condiciones para liderarnos a nosotros mismos. Se ha hablado poco de
esa habilidad a pesar de ser crucial. Los modelos de imitación o de emulación permiten el
fomento de esa capacidad innata de auto dirigirnos y en esas condiciones es cuando damos lo
mejor de nosotros mismos.

La motivación, la confianza y el liderazgo son los subtítulos de mi blog. Y hoy os he hablado


de ellos porque una niña de ocho años me ha inspirado esta entrada. Gracias a ella y a su padre
que nos contó la historia.

     
   
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Cuento de navidad 14 de diciembre 2009

Esa noche estuvo llena de sueños. Soñó mucho, pero al despertar sólo le quedaba retazos de
algunos de ellos, como si la parte esencial se hubiera desleído al retomar la conciencia. La
mañana no era distinta a otras de invierno, al menos para él, que lo tenía todo hecho.
Se puso a caminar por la alameda como hacía tantas veces. Nada especial, sólo un paseo
tranquilo a paso lento. Los años le habían restado agilidad, pero no la echaba de menos.
Pensaba que ese era un precio leve que estaba dispuesto a pagar a cambio de cierta
benevolencia de la vida que, hasta el momento, le había preservado de males mayores. Su salud
no tenía nada de buena pero más allá de los comprensibles achaques de la edad que se
concretaban en la necesidad del uso de una cachaba, el empleo de lentes y a la ingesta de
algunas píldoras que se tomaba cuando no se le olvidaba, todo se reducía a eso. Daba gracias
por ello a quien correspondiera.

Hurgó en los bolsillos de su pantalón en busca de no se sabe qué y dio con una caja de cerillas
tan viejas como la pasada primavera. Palpó las aristas de sus bordes con las yemas de sus
huesudos dedos y convino que estaban gastadas. No le hizo falta más para saberlo. Daba igual,
ya no fumaba.

Allá a lo lejos se encontraba el límite de sus correrías, un estanque de aguas pardas en las que
flotaba un mar de hojas caducas caídas de los plátanos que nadie se molestaba en recoger más
que el viento cuando soplaba. Hacía frío, como todos los inviernos. Qué otra cosa podía hacer
si no eso.

Mientras se acercaba al lago de mentiras cuya distancia tenía memorizada en pasos notó que un
grupo de jóvenes le adelantaban sorteándole como a un estorbo, montados en sus bicicletas de
carreras sin bocina. Notó al mismo tiempo el suave ruido de sus cadenas, el rítmico ruido de
las ruedas hollando el camino de tierra y el aire cortado que dejaron como una estela a su paso.
No dio señales de alarma ni sufrió por su integridad en peligro, pero no pudo evitar
acompañarles con la vista hasta que se perdieron haciendo un requiebro imposible. A él,
cuando era un muchacho como aquellos también le había gustado montar en bici y sortear
obstáculos con ella, ya fuera árboles, niños, palomos o ancianos. Una parte de él les siguió a
rueda, pero la mayor porción de sí mismo se concentró en asegurar que pisaba bien a causa del
desnivel del terreno. Si de algo tenía miedo era de caerse porque imaginaba que aquel
hipotético tropiezo tendría consecuencias funestas.

Todavía con la mano izquierda metida en el bolsillo tamborileaba sobre la gastada caja de
cerillas un pasodoble de los de siempre, que a él le parecía de ayer mismo, hasta que un mundo
después llegó al límite de sus correrías y se sentó en un banco metálico y frío que vistió con un
pañuelo para protegerse de las humedades. Y allí permaneció largo tiempo, casi una vida, un
suspiro, con las manos apoyadas en el cayado de nervio de madera que ya no recordaba quién
se lo había proporcionado si fue un regalo, una herencia o si se lo había fabricado él mismo.
Podía haber mirado el reloj pero sabía la hora, la misma de siempre, la de cada día, de cada
paseo y llegado el minuto preciso se levantó con fatiga y tras dar unos pasos volvió sobre ellos
para dejar la vieja caja de cerrillas sobre los hierros del asiento del banco. A alguien le harán
     
   
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más falta que a mí, se dijo.

Pensó en silencio sobre todos los silencios que le acompañaban a diario y que eran muchos. Él
nunca había sido un hombre de muchas palabras, las más de las veces le bastaba con asentir o
abstenerse y para eso no era preciso gastar mucha saliva. Retornó por la alameda al mismo o
parecido paso y esta vez puso la vista en el horizonte que quedaba un poco más elevado que el
nivel de la calle.

Trató de entretenerse de otra forma, ahora que los pasodobles no podían ser percutidos de
ningún modo. Y fue entonces cuando se fijó en una cabina telefónica que seguramente llevaba
allí muchos años y se dirigió hacia ella tratando de economizar esfuerzos, pero se le adelantó
una señora con cara de llevar prisa. Él no tenía ninguna, así que hizo lo que debía, esperar a
prudente distancia mientras daba tiempo a que las urgencias de llamadas de la señora se
aplacaran y mientras esperaba sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta raída consultando sin
prisas sus hojas que pasaba con parsimonia infinita sólo para constatar que ningún nombre de
los que aparecían en ella seguía con vida. La cerró y echó a andar de nuevo, esta vez con un
paso un poco más melancólico que a la ida, sabiendo que ese vistazo era del todo innecesario
porque ya conocía la respuesta.

Llegó a su casa y se puso a leer las cartas que le esperaban sobre la mesa. Se acercaba la
navidad y pronto habría que ponerse en marcha.

Y se preguntó qué pasaría el día que ya no pudiera.

     
   
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Sisinonó Yayá 21 de diciembre 2009

No se trata de un jugador de fútbol maliense, ni creo que exista ese nombre en ninguna de las
lenguas o dialectos de la Tierra. Sin embargo, suena como exótico ¿verdad? Pues Sisinonó Yayá
es una de las aportaciones que nos deja ese año que ya se acaba. Uno puede escucharlo en
muchas conversaciones telefónicas, en muchos motivos de disculpa por letras impagadas, por
pedidos cancelados, por contratos que no han llegado a buen puerto. Es un sí pero no que
conviene leer así “sí, sí...no, no…ya, ya”.

Este año toca a su fin. No sé si muchos lo echaremos de menos, la verdad. Puede que cueste
rebuscar en las hojas del calendario alguna fecha especialmente feliz, excluidos aquellos a los
que le nació un hijo, les tocó la lotería, se enamoraron o quedaron por encima del corte, de
cualquier corte que haya producido exclusión para otros.

En estos momentos en los que parece que ansiamos una renovación completa con más
intensidad que en otras ocasiones quisiera despedir el año con una entrada positiva. En mi caso
no me puedo quejar porque he cumplido unos cuantos objetivos digamos que más cualitativos
que cuantitativos, pero los he cumplido. Y he aprendido más de mis errores que de mis
aciertos, qué más se puede pedir.

No ha sido un buen año para los negocios pero sí para otras muchas cosas y por eso doy las
gracias. Tengo buenas vibraciones para el que se acerca sigilosa aunque inexorablemente a
pesar de que la macroeconomía no pinte demasiado bien, la verdad, pero esa esperanza no me
abandona y espero que tampoco a vosotr@s.

Os dejo un vídeo “con mensaje”. Volveremos a vernos el año que viene. Un millón de gracias
a tod@s los que habéis compartido tanto.

     
   
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Libro de Bitácora (Diciembre 2009) 31 de diciembre 2009

Diciembre se ha comportado según su naturaleza. Pocos días lectivos, muchas paradas


“técnicas” y buen momento para hacer balance general del año. La Inteligencia de las Emociones
no ha sido ajena a este discurso general y su presencia a nivel de número de entradas ha sido
más reducida de lo habitual.

A pesar de ello, hemos dado una vuelta a las casualidades, series y datos y a la motivación,
confianza y liderazgo, además de ofreceros un cuento navideño lleno de guiños a muchas de
las cosas que os identifican a vosotros como lectores de este blog.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora:

• Aminatou Haidar logró su objetivo y ya está de regreso a casa. Esta mujer de aspecto
frágil seguramente ha hecho más por la causa saharaui que muchos años de diplomacia
estéril, plan Baker incluido. No quiero decir con ello que sea optimista respecto a la
rápida resolución de este larguísimo conflicto del que lo más pintoresco es que hemos
descubierto que, a efectos legales, España sigue siendo su administrador legítimo
aunque ausente.
• Después de lo del Alakrana ahora tenemos un nuevo episodio de secuestro múltiple, en
este caso el de tres cooperantes. Conozco personalmente a uno de ellos. La
peculiaridad de este caso es que fueron secuestrados por “unos que pasaban” que se los
han revendido a Al Qeda del Magreb. Según dicen, estos lo único que quieren es hacer
caja y que sus vidas no corren peligro. Veremos.
• Un perturbado (siempre son perturbados los que hacen lo que muchos sólo piensan) le
ha partido la cara al amigo Berlusconi con un pisapapeles que reproducía la catedral de
Milán. Pobrecito. En estos momentos está recuperándose en Suiza de la operación de
cirugía estética a la que se ha sometido para borrar de su rostro las secuelas de tan
“desproporcionada agresión” porque ya sabemos que al Cavalieri le preocupa más su
apariencia que su comportamiento ético. Por cierto, a las pocas horas del ataque y
estando en la clínica de Roma otro perturbado estuvo a punto de colarse en su
habitación, seguramente para pedirle un autógrafo. Bendito país Italia, tan peculiar
como irrepetible.
• El patrón de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, anda en horas bajas porque se ha
producido la quiebra de una de sus empresas (Air Comet) y anda con algunos
problemillas más que le complicarán su permanencia en el consejo de Caja Madrid
(duplicidad de garantías con otra operación crediticia en otra entidad). Para que veamos
lo paradójica que es la vida, el mismo día en que se tramita el ERE de los 620
empleados de Air Comet va y le toca la lotería a los empleados de otra de las empresas
del grupo (230 millones de euros). Mientras tanto, la CEOE cierra filas “sin fisuras”
entorno a Díaz Ferrán y digo yo que si es como cuando los presidentes de los clubes de
futbol salen en defensa de sus entrenadores, la cosa pinta mal.
• Hablando de lotería, he logrado mi objetivo de que no me toque ni un duro. Claro que
     
   
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minimicé el riesgo y esta vez llevaba sólo tres participaciones. El año que viene si
puedo llevo menos.
• No puedo reprimir mi alegría y mencionar aunque sólo sea en un par de líneas la
proeza del Barça de las seis copas. Como sigan así, pronto acabarán teniendo la
cristalería completa.
• En clave económica, ya tenemos presupuestos generales para el 2010, lo cual no es ni
bueno ni malo en sí mismo pero al menos, ahora sus señorías se habrán ido tranquilos
de vacaciones navideñas a meditar sobre lo que dicen las encuestas, que la clase política
es la tercera preocupación de los españoles. Todo el mundo lo entiende menos ellos,
claro. Por cierto, un amigo del ciberespacio se ha dedicado a contar los cargos electos
que hay en España y pasan de los 73.000. Si alguien tiene curiosidad le paso el enlace al
powerpoint.
• En el capítulo de adioses el mes de Diciembre empezó con mucha fuerza. El día 1
murió el gran Paul Naschy, alias Jacinto Molina Álvarez. Tenía 75 años de edad y
seguramente muchos no le recordarán o ni siquiera sabrán quién era. Pues ese señor
fue uno de los actores, productores y directores más prolíficos e independientes del
cine español que demostró un montón de veces que con poco más que “dos de pipas”
y con mucha imaginación se puede hacer cosas fuera de lo común como pelis del
hombre lobo, drácula o tarzán rodadas en Talamanca lo que no deja de tener
muchísimo mérito.
• Pedro Altares falleció día 6 en Madrid a los 74 años. Lo fue todo en el periodismo
español de la transición, lo fue todo y fue de todo en innumerables medios, desde
Cuadernos para el Diálogo hasta presentador de telediario en TVE pasando por
moderador de tertulias y columnista de El País. Por sus retinas han pasado todas las
imágenes que han significado un giro copernicano de la realidad española,
especialmente durante el franquismo y la transición para luego adoptar una postura
mucho más de observador de la realidad.

La frase del mes fue elocuente "Si a un alumno le pides poco, lo obtienes" y se la debemos
a David Gardner, ex presidente de la Universidad de California.

Dejamos atrás el año viejo y empezamos enero con el libro en blanco y por tanto, con todo
por escribir. En buena parte depende de nosotros y sólo de nosotros llenarlo de cosas con
significado y os animo a ello. La cosa más bonita que habéis escrito en mi blog en estos meses
es que soy optimista, que irradio optimismo, pero por alguna razón creo que eso está más en
vuestra percepción que en la mía. No es que sea optimista, es que confío. Tengo confianza en
el ser humano en general y en muchos seres humanos en particular, no en todos. Os animo a
lo mismo, a confiar y por ello a que no nos abstengamos ni dimitamos de nada que requiera
nuestra presencia, nuestra entrega o nuestro esfuerzo.

Que los reyes magos os traigan muchas cosas. Ese es mi deseo en el corto plazo y más allá de
eso, que regaléis todo el año más de lo que recibáis. Esa es la inteligencia que subyace en las
emociones. Un abrazo a tod@s.

     
   
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El valor de la excelencia 5 de enero 2010

A mediados de diciembre asistí a unas jornadas sobre social media. El tema es lo de menos, lo
de más es que me quedó claro que, con independencia del medio que utilicemos para el
desempeño de nuestra actividad, la excelencia es un valor al que no se puede renunciar. En eso
insistieron mucho todos los ponentes ilustrándolo con multitud de ejemplos.

Estos días de descanso, cuando no estaba sujeto a la disciplina de unas obligaciones concretas
y mientras paseaba reflexioné un poco sobre esto. La excelencia, concluí, es algo a lo que no se
puede renunciar, pero que tiene un sobrecoste, claro. Me dieron ganas de volver al despacho y
escribir un prontuario que tratara de medir su precio y trasladarlo a las tarifas, pero me
encontraba a unos cientos de kilómetros y no pude hacerlo en ese momento.

Ayer, primer día de trabajo me puse a ello, pero con escaso éxito, la verdad sea dicha. Quizá
eso se haya debido a un choque con la realidad. Si mi trabajo no fuera excelente no me
contratarían ¿o sí? ¿Esperan mis clientes que seamos excelentes o simplemente se conforman
con quedar satisfechos? ¿Saben ellos cuándo se alcanzan cotas de excelencia en nuestro
trabajo? ¿Lo aprecian? ¿Es un valor medible? Y en ese caso, la pregunta subsiguiente ¿Están
dispuestos a pagar por ello?

Todas estas disquisiciones se han ido compaginando con las tareas que comporta toda vuelta a
la normalidad. He recibido unos cuantos christmas navideños enviados con posterioridad a tan
señaladas fechas. Precisamente, todos los que he recibido hoy corresponden a personas a las
que yo se los mandé en fecha hábil, por lo que deduzco que de no haber tenido esa iniciativa
con ellos no lo hubieran hecho conmigo. ¿Casualidad, olvido? Poca excelencia en cualquier
caso.

Además de eso, mandé un primer artículo para una colaboración que me han pedido. Era
necesario ajustarse a un manual de estilo de nueve páginas que recoge los principios de
excelencia requeridos. Escribirlo me llevó una hora, ajustarme a sus exigencias más de dos y
todavía debo esperar a que un comité de admisión lo de por bueno.

Trato de hacer las cosas bien, pero no sé si es debido a una disciplina o a la búsqueda de la
excelencia. Hoy mismo, un cliente me ha llamado por teléfono para hacerme una consulta
sobre un tema que no domino y al final de la charla me ha contestado ¡excelente, me ha sido de
gran ayuda! No entiendo nada.

Nuestro asesor fiscal solicita que le facilitemos cuanto antes la información sobre el último
trimestre. Nunca se cansa de repetir que nos ajustemos a unos criterios determinados que le
     
   
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faciliten el trabajo. Luego, siempre nos dice que ojalá el resto de sus clientes prepararan los
documentos con el mismo cuidado que nosotros. Me pregunto si deberíamos hablar sobre una
reducción de sus honorarios por el trabajo que le ahorramos.

Mi socia anda dándole vueltas a que nos certifiquemos en la norma ISO de calidad pero
siempre acaba concluyendo que nos falta mucho para que nos la den. Claro que viendo que
tenemos proveedores institucionales que nos mandan recibos al cobro antes de mandarnos la
factura correspondiente, empiezo a tener mis dudas respecto a la excelencia que demuestran.
La excelencia es un bien que se agradece y en algún caso se exige pero que nunca se paga. Esa
es la conclusión a la que llego. A ver qué es lo que dicen los de calidad.

     
   
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¿El final de un modelo de gestión de las personas?

8 de enero 2010

Decía un filósofo griego que el final de un ciclo se adivina porque “eso” ya no interesa, lo cual
es una gran verdad. Nuestro actual modelo económico y productivo toca a su fin, no sólo
porque estemos en crisis sino porque ya nadie tiene fe en él, no interesa a nadie, vamos. Los
que estamos en el mundo de la prestación de servicios profesionales lo hemos sabido antes que
muchos porque en eso actuamos como los detectores del grisou de las minas de carbón. Antes
de que el mortífero gas sea perceptible, el canario cae abatido en su jaula.

Los consultores, para lo bueno y para lo malo, tenemos una sensibilidad mayúscula al
“descuento” de la confianza empresarial ya sea ésta baja o nula y renacemos cuando esa
confianza es alta o creciente. Antes de que hubiera paro a mansalva ya veíamos que los
proyectos se ralentizaban, que los contratos se incumplían, que pintaban bastos, incluso en el
caso de clientes con (todavía) pingües beneficios. Y aunque nadie sabía por qué, en cuanto uno
se encogía todos los de su sector se metían en la trinchera, por si acaso.

Ahora iniciamos un nuevo ciclo (no sólo un nuevo año) y vuelve a decirlo este humilde canario
del grisou, no porque tenga más olfato que nadie sino porque percibo que los empresarios
tienen más confianza que el año pasado, aunque siguen sin tener la menor idea de lo que
quieren hacer en cuanto salgamos de esta, salvo “no repetir los errores del pasado”. ¿Y cuáles
eran esos? preguntamos con sana curiosidad. Y más allá de unos cuantos tópicos, ni idea, nos
responden. Pues vamos bien y no lo digo con retintín sino con fe, porque ese “ni idea”
significa que estamos entrando en un nuevo ciclo que como todos los nuevos, empieza por ser
completamente indefinible y por no entender absolutamente nada de lo que está pasando.
En estas condiciones acaba de aparecer varios artículos relacionados con los cambios de
tendencia en la gestión de Recursos Humanos para el 2010 que mezclan algunas de cal con
otras de arena. Una idea clara, además de señalar la muerte de la retribución fija en favor de la
variable (funcionarios aparte, claro, que este año se van a comer un colín) es la apuesta por la
potenciación del uso de las herramientas 2.0 (¡ya era hora!) para añadir a continuación… pero
no sólo a nivel del uso generalizado de estas herramientas sino sobre todo de estilos de gestión
y de liderazgo. En suma, de pura filosofía 2.0.

Y ahí sí que, corporativamente, uno siente esperanza pero también se le encoge el ombligo
porque si eso significa que los empresarios y directivos tienen que reconvertirse y abrazar el
liderazgo en clave de transparencia, comunicación, intercambio de conocimiento, etc. (que es
lo que significa el 2.0) en líneas generales vamos dados no tanto por falta de práctica (casi nadie
la tiene, pero tranquilos que para eso estamos los consultores) como por lo que eso supone de
giro copernicano respecto a los esquemas de gestión y sociales imperantes hasta el momento
(compañeros, ya sabéis, a volver a predicar en el desierto y a que nos vuelvan a mirar con cara
de haba tildándonos de vendedores de humo).

Por no mencionar que siempre me hace gracia oír hablar de recursos humanos como si todos

     
   
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trabajásemos en oficinas con acceso a Internet, lo cual no deja de ser un pecado original en casi
cualquier diagnóstico sobre tendencias que se precie y en muchísimas ofertas de servicio, sólo
explicable por el hecho de que en esos nichos es donde hay tostada que comerse, lo cual no
impide decirles a los "señores de las tendencias" que además del sector terciario ¡aún quedan
unos cuantos del sector primario y muchos del secundario que de momento no van a precisar
de twitter para ser más efectivos!

De todas formas, la verdad es que nuestro país nunca se ha distinguido especialmente en esto
de tener cintura para el cambio, aunque si vemos nuestra capacidad mimética para abrazar las
tendencias de management es seguro que el nuevo modelo acabará imponiéndose…tarde, pero
imponiéndose.

Ahora hagamos el viaje en sentido contrario. ¿Cómo quisieran ser gestionadas las personas?
Silencio prolongado y tímidas respuestas a lo lejos: con respeto, apreciando en ellas la lealtad, la
dedicación, el desempeño, siendo retribuidas en función de su valía y contribución,
permitiendo que sus opiniones sean escuchadas, etc. Nada nuevo y eso también huele a
periclitado en un país en el que hoy por hoy es más sencillo y barato el despido colectivo por
causas económicas que el individual por falta de rendimiento o de actitud.

Así que, en realidad, nadie sabe nada. Los oráculos no hablan, los gurús siguen de vacaciones
indefinidas, las organizaciones patronales se repiten más que el ajo empeñándose en la rebaja
de las cotizaciones sociales y la obtención del despido libre y los sindicatos tratando de salvar
los muebles de los que todavía tienen trabajo. Pero más allá de eso que suena como caduco y
con las horas contadas, nada, ni una sola idea novedosa que no implique más gasto a costa del
estado vía subvención que, nos guste o no, siempre acaba traduciéndose en más déficit, más
impuestos y más retraso en la salida del agujero en el que nos encontramos.

El otro día un directivo de una empresa me contaba el caso de un obrero de su fábrica que
estaba en situación de ERE y que fue llamado antes de tiempo para que se reincorporara al
trabajo (buena noticia ¿no?). ¿El lunes? Imposible. Es que como estoy de ERE me voy a
esquiar con la familia toda la semana, arguyó el angelito.

Lo dicho. Estamos al final de un ciclo (o Era) e inicio de otro (u otra), lo que hace que los
consultores nos preguntemos qué contarles a nuestros clientes porque lo de antes “ya no sirve”
y respecto a lo de ahora “pues no sé qué decirte”. Como para hablar de tendencias, vamos. Y
así pasa lo que pasa, que unos no saben lo que necesitan y los otros no saben qué ofrecer que
no suene a rancio a pesar de que por ahí aparezcan tendencias (para gestionar personas o para
lo que sea).

Salud que haya.

     
   
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¿Dónde está Wally? 12 de enero 2010

Seguramente muchos recordaréis un programa de televisión llamado ¿Quién sabe dónde? que,
básicamente, consistía en la búsqueda intensiva de personas desaparecidas que, las más de las
veces, no tenían ningún interés en ser encontradas. La fórmula empleada para esta especie de
búsqueda por rastreo se basaba en un antepasado de las redes sociales. Alguien conocía a
alguien que a su vez… y así hasta que daban con el desaparecido, estuviera éste vivo o muerto.

El funcionamiento de las redes sociales que hoy conocemos sigue un esquema similar, con la
única salvedad de que el “desaparecido” ha de haber dejado rastro digital, lo cual cada vez es
más probable porque entre los que ya usan medios digitales o lo harán en corto plazo estamos
hablando del 70% de la población. Vivir en lo digital es lo que tiene, que dejas rastro y tarde o
temprano acaban dando contigo, lo quieras o no, aunque por lo general, todo el mundo quiere,
por no decir que aspira o desea.

Las redes sociales acortan el camino y, sobre todo, eliminan pasos intermedios. Si en cualquier
momento de la Historia una persona ha estado a sólo seis pasos de alguien a quien por
supuesto ni conocía y daba igual que estuviera en las antípodas, hoy en día esa búsqueda se ha
convertido prácticamente en instantánea. Los hábitos sociales caminan en esa dirección y si lo
hacen, arrastran tras de sí modelos completos de entender y vivir la vida. Ahora mismo hasta
ya empiezan a arrastrar la forma en que se hacen los negocios afectando a los costes, los
márgenes y cualquier otro elemento que pueda cuantificarse económicamente, actuando en
esto como un fiel aliado del fenómeno de la globalización. Y más que lo harán en el futuro
inmediato.

Hoy en día ya hay suficientes ejemplos de ello. Por citar estrategias de marketing de una sola
agencia sabemos que el fenómeno Susan Boyle, el patito feo que cantaba como los ángeles y
que ahora ya vende discos como rosquillas, es el resultado de una acción de marketing viral que
arranca como consecuencia de que Andrew Lloyd Weber, el famoso compositor y productor
de musicales estaba preocupado por el descenso de público en sus espectáculos a causa de la
crisis. La aparición de Susan interpretando la canción emblemática de Los Miserables por tanto,
no fue una feliz casualidad, como tampoco lo fue que se convirtiera en uno de los videos más
visitados en You Tube.

O la preocupación de la productora de Gran Hermano ante el escaso éxito de su último


casting, resuelto a base del lanzamiento de una campaña específica a través de Facebook, por
citar sólo dos ejemplos. Aquí el medio utilizado fue el de las redes sociales y el éxito en ambos
casos se debió a su enorme poder de convocatoria, impensable hasta hace muy poco. El único
requisito es que un solo emisor haga lo necesario para acceder a un (potencialmente hablando)
infinito número de receptores y que una porción de estos se sientan interesados.

Conecto en esto con el post que ha escrito mi amigo Agustí Brañas en el que establece la
relación matemática que se produce entre emisores y receptores de mensajes. A mi modo de
ver, el problema no es la cantidad, sino la calidad de los mensajes (lo que a cada cual le
interesa) y para eso hace falta utilizar criterios de segmentación para separar el grano de la paja.
     
   
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Creo que en eso es realmente necesario mejorar ya mismo y que lo será mucho más en el
futuro.

Las empresas se están empezando a dar cuenta de la potencia de los social media. La semana
pasada aparecía uno de los primeros artículos en la prensa genérica que hablaba del
significativo ahorro de costes de este tipo de campañas y su cuantificación en términos de ROI
(retorno de la inversión). En consecuencia, está claro: es momento de ponerse a ello y de
hacerlo en serio aunque sólo sea para enterarse sin intermediarios de lo que piensan los
consumidores de un determinado producto o cuál es nuestra reputación social.

La social media (conjunto de herramientas al efecto) crea un fantástico impacto emocional,


siquiera potencialmente. Esto que escribo será visible no sólo para mis seguidores habituales u
ocasionales sino por todo el mundo que haga una simple consulta sobre mí en Google y estoy
seguro de que cuando analice mis estadísticas veré que será leído por personas de al menos tres
continentes y no menos de quince países. Y ya no te digo nada si doy el aviso a través de
Twitter o Facebook.

El poder de estas herramientas es considerable. Hace un par de meses un amigo mío que busca
cambiar de trabajo me pedía que le aconsejara sobre cómo hacerlo. Date de alta en Xing y
Linkedin y apúntate a comunidades profesionales, le aconsejé. No digas que buscas trabajo, no
es necesario. Hoy me ha mandado un correo diciéndome que la semana que viene tiene dos
entrevistas. Asusta un poco, pero es así.

Cristalook dejaba un comentario en mi post anterior en el que, entre otras cosas, decía que
“aunque defiendo al 100% la inocencia de la ciencia y de cualquier tecnología que represente
un avance social, faltará determinar los usos maliciosos que generará este, quizás, exceso de
información”. No le falta razón y es también una de mis preocupaciones. Aunque el principal
uso malicioso que adivino es la manipulación de voluntades, porque ya digo que esto de la
social media tiene una fortísima carga emocional y en eso, somos frágiles y desde luego, muy
pero que muy vulnerables.

Pero a lo que íbamos ¿Que dónde está Wally? Chupado. Ahora mismo te contesto.

     
   
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Obituario de don Melchor 15 de enero 2010

A lo largo de su vida transitó calles, pero también paisajes y sobre todo personas. Se movió por
imágenes, que es una manera muy linda de asociar ideas. Dicen que tenía memoria larga, que
pocas cosas de las que le sucedieron no las recordaba para lo bueno o lo malo.

Habitó casas, pero sobre todo fue habitado por muchos que se acercaron a él y que se
quedaron o marcharon a su conveniencia. Insistió poco, pero fue vehemente cuando creyó en
algo aunque nunca le levantó la voz ni la mano a nadie, que se sepa.

Leyó más que escribió, aunque escribió mucho. Y también fue leído. No tanto como debiera
haberlo sido, pero eso les sucede a muchos otros y no guardaba rencor a nadie por ello. Ni por
nada.

Aprendió a ser hombre antes de dejar de ser niño. Bueno, nunca dejó del todo de ser niño, a
pesar de que lo intentó muchas veces, siempre en vano. Trabajó el doble de horas que durmió,
pero nunca dejó de soñar ni siquiera cuando estaba despierto. Fumaba mucho, eso sí. Y bebía,
no demasiado y nunca solo.

Como era del comercio, vendió y compró mucho, pero nunca vendió nada que hubiera
comprado antes para sí porque para él eso no tenía precio. Si acaso lo regalaba. Casi todo.
Excepto lo que alguien tenía la desfachatez de pedirle. Eso lo negaba.

Viudo. Se casó dos veces, pero sólo hubo una mujer en su vida ¿podéis creerlo? Y amantes, ni
se sabe cuántas tuvo. Algunos dicen que muchas, otros que ninguna. Puede ser cierta
cualquiera de las dos cosas. Quién sabe y a quién le importa.

Hijos también tuvo. Tres. Y ahijados. Tres también. Y recogidos. Uno, al que más amó, porque
no estaba obligado a ello. Sus nietos fueron una debilidad para él, pero en cuanto crecieron
fueron desapareciendo de la casa y de las comidas de los jueves a la una en punto. Quien no
estaba a esa hora no podía sentarse a la mesa hasta el segundo plato. Si alguno no llegaba a
tiempo del segundo plato, no hacía falta que se presentara a los postres ni al café. Sin
excepciones, porque el abuelo gustaba de preguntar a cada nieto lo que quisiera y esperaba
satisfacción en las respuestas y eso, claro está, llevaba su tiempo. Así se explica que la mesa del
comedor fuera menguando en número de láminas extensoras a cada año que pasaba hasta que
al final le bastó con una del tipo camilla que usaba para todo. Para trabajar, para comer, para
hacer los crucigramas y para apoyar los codos mientras leía el periódico. Sólo para eso se ponía
las gafas de cerca. Y se las quitaba presuroso cuando oía pasos que se acercaban.

Hacía tiempo que no veía la televisión, aunque escuchaba la radio a diario. A todas horas.
Discutía con los locutores de los noticiarios cuando leían noticias que no le gustaban. Y a los
políticos, ni se sabe la de veces que les interpelaba con preguntas rebuscadas. Pero parece que
nunca le escuchaban. Ni siquiera cuando redactaba esas cartas tan bien razonadas que
periódicamente enviaba a su diputado a Cortes a quien nunca tuvo el gusto de conocer ni de
que le contestara.
     
   
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Se deleitaba con el vuelo de una mosca tanto como despotricaba por lo bajo con el zumbido
de los reactores que sobrevolaban a baja altura la azotea de su casa a la que subía a tomar el sol
en las mañanas de invierno y la fresca a última hora de las tardes de verano. Siempre con la
camiseta imperio puesta sobre sus velludos hombros y teniendo a mano una cuerda que
desplegaba o recogía a voluntad un toldillo de lona blanca que se accionaba mediante una
polea. Esa polea nunca fue engrasada. O por mejor decir, nunca la engrasó él en persona
aunque protestaba si rechinaba. Decía que para eso había que saber y no era el caso. Hubo
cosas que nunca quiso aprender. O no pudo. O las dos cosas. Siempre respetó los oficios de
los demás tanto como exigió respeto por el suyo. Ambas cosas nunca fueron debidamente
apreciadas, en su opinión.

Cada año, por las fiestas del santo, iba a misa y daba una generosa limosna para contribuir al
sostenimiento de la Iglesia. Más que por vivir la fe, lo hacía para que le vieran. Y para que el
mosén no le fuera a molestar a casa durante el resto del año. Era anticlerical, pero creía. Ya lo
creo que creía. Cuando iba a misa nunca regresaba directamente a casa. Nadie lo sabía, pero a
la salida se escabullía entre la gente y aprovechaba para ir a visitar a la primera novia que se
echó cuando sólo tenía ocho años. No era esa a la que amó toda la vida, pero siempre sintió
debilidad por ella. Tanta, que antes prefería confesarse con esa novia que a lo mejor ya no se
acordaba de que en la infancia fueron novios que con el cura. Y a fe que lo hacía. Cada año. Y
hasta que no le absolvía no levantaba el culo de la silla de enea ni paraba de beber el moscatel
que le ofrecía. Ella misma.

Nunca perteneció a ningún régimen ni lo siguió. Por eso estaba gordo como un pichón. Pero
no toleraba que nadie se lo dijera. Él era muy coqueto. A su manera. El sastre que le vestía era
el nieto del primero que tuvo y en medio también lo hizo el padre. Las generaciones de sastres
se solapaban a veces. Sus medidas las tenían que estimar a ojo a partir de las que anotaron el
día que se hizo el traje con el que se casó por primera vez y la única con levita. Aún así, nunca
toleró más de dos pruebas. Tres a lo sumo, así que los sastres tenían que hacer mangas y
capirotes para acertarle la hechura que casi siempre crecía y casi nunca menguaba. Bueno, los
últimos años algo, pero no mucho. Y eso era porque le habían obligado a comer sin sal a causa
de la presión alta, pero está claro que él hacía de más y de menos y seguro que le echaba una
pizca si encontraba soso el guiso, que para eso se había provisto de un salero que llevaba
siempre oculto en un bolsillo. De la misma forma que otros llevan petaca y nadie lo sabe.
Volviendo a lo del sastre. De hecho, si no hubiera pagado tan bien por el par de trajes de lana
inglesa que se hacía todos los años, de qué morena. Por eso hay quien dice que en el lecho de
muerte el que iba a finar le pasaba un sobre con las medidas al que iba a heredar el negocio.
Seguro que eso es una exageración, que ya se sabe la gente cómo es.

Lo que nunca usó fue bastón. Decía que eso era cosa de viejos y aunque renqueaba de una
pierna por el reuma y no le hubiera ido mal el apoyo, prefería descansar a cada poco que andar
a tres patas, sobre todo cuando el tiempo cambiaba o estaba a punto de cambiar. Siempre fue
un hombre al que esas cosas de tener que ayudarse con prótesis de cualquier tipo le importaron
un comino, es decir, poco.

Tuvo autos y los vendió. Pasaron más de veinte años hasta que se decidió a comprar el último
     
   
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y como echó en falta cosas de los de antes y no sabía para qué servían tantos botones del
tablero de los de ahora mandó a la mierda al concesionario y se quedó tan pancho. Y eso que
falta le hacía porque a menudo se desplazaba lejos para visitar las tumbas de sus esposas, pero
nunca el día de los difuntos. Siempre prefirió que morasen con los suyos a que tuvieran que
esperar por él. Pero para eso disponía de hijos y de nietos que le llevaran y le trajeran y cuando
eso no podía ser, que era a menudo, acordaba precio con un taxista y tema resuelto.

Ayer le enterramos. Y no faltó nadie, creo. Tú también fuiste ¿no?

     
   
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Sorpresas te da la vida 19 de enero 2010

El pasado sábado asistí temprano a la sesión de GobCamp siguiendo la invitación de dos


colegas y amigos de Cloud Consulting. A priori, este evento tenía algunas características a las
que no estoy acostumbrado. La primera, que no hay un orden del día establecido y son los
mismos asistentes los que pueden actuar como oyentes o ponentes alternativamente y a su
elección. La segunda, que el nivel de los asistentes era desconocido, sin que haya que anotar
ninguna reserva en ello. Al fin y al cabo, lo desconocido es un valor a descubrir, no una
carencia. Conforme avanzaba la sesión fui sacando algunas conclusiones (ajenas al objeto
específico de la jornada) que quisiera compartir con vosotros, adelantando de entrada que mi
papel fue el de mero espectador y observador.

Lo más importante fue, desde mi punto de vista, ver la pasión con que los ponentes (en
realidad, los líderes de proyecto) exponían sus experiencias. Ni uno solo utilizó el “yo” sino el
“nosotros” incluso cuando su papel resultaba obvio que había sido determinante para el
impulso del proyecto en cuestión. Buen dato.

Otra cosa que me llamó la atención fue que allí había mucho conocimiento y ninguna
prevención por compartirlo. Mejor dato.

Una cosa más. Todos veníamos de una historia en la que las cosas se habían hecho
tradicionalmente de forma completamente distinta y habíamos evolucionado con naturalidad.
Extraordinario dato.

Y por último, que el último ponente de la sesión de la mañana, un verdadero experto


internacional en la Gestión del Cambio (así, con mayúsculas), pedía colaboración abierta para
adaptar su entorno de negocio a las nuevas tecnologías de las que él era un neófito. Toda una
lección de humildad que levantó los aplausos de la audiencia.

De vuelta, reflexioné un poco sobre la experiencia. ¿Qué me había aportado la sesión, qué
había aprendido? Respecto a la primera cuestión, mucho, respecto a la segunda, menos y en
todo caso, cosas inesperadas. No me extrañó llegar a esta conclusión y eso que no soy un
experto en la materia tratada, pero la conjunción de inteligencia emocional estaba servida y
aquí os la presento en forma de preguntas.

¿Cuántos de nosotros necesitamos tener el estímulo de saber con certeza a quién vamos a
escuchar y de qué tema va a tratarse para decidirnos a sacrificar una sacrosanta mañana de
sábado y levantarse a las siete de la mañana para llegar puntual a la cita? Si a mí me lo hubieran
propuesto hace un tiempo ni siquiera hubiera considerado mi presencia.

¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a exponer ante otros que desconocemos por
completo algo que nos interesa mucho pero que no sabemos cuánto puede interesar a terceros
hasta el punto de aceptar ser sometido a un juicio que podría implicar silencio o indiferencia
como toda respuesta? Yo no, por supuesto.

     
   
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En el caso de que sí hubiera interesado ¿Cuántos habríamos hinchado el pecho para que no
pasara desapercibida nuestra mano detrás de lo que estamos contando dando a entender que
somos los padres de la criatura? No estoy seguro de la respuesta.

¿Cuántos habríamos tenido la humildad de reconocer que, a pesar de ser unos expertos en
nuestra materia, no sabemos apenas nada de cosas mucho menos complejas y pedir ayuda con
verdaderas ganas de ser ayudados? ¿?

Y por último ¿cuántos de nosotros habríamos hecho todo eso que ahí se hizo de forma
natural? Ese es el aprendizaje que obtuve, que hay que ser de una pasta muy especial para
contestar correctamente a las cuestiones planteadas en esta entrada y que todas ellas tienen que
ver con la gestión de nuestra emocionalidad, no con nuestro talento.

No pude quedarme por la tarde y, según me cuentan, la audiencia declinó en esa parte, pero a
mi modo de ver se habían cumplido todos los objetivos y me fui a casa satisfecho porque, de
una u otra forma, se había demostrado que cuando se lo propone, el hombre es capaz de hacer
cosas maravillosas.

Y dejo para el final un apunte para romper esquemas: los ponentes procedían o estaban
relacionados con la Administración Pública, ojo al dato.

     
   
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2.0 Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos

22 de enero 2010

Esta es la foto de 5º C del bachillerato vespertino de mi instituto, el Torras i Bages de


L'Hospitalet de Llobregat (aún había uno más, el nocturno, de sólo tres horas de clase diarias).
Teníamos catorce, quince o dieciséis años y para muchos ya era nuestro primer o segundo año
en que trabajábamos y estudiábamos al tiempo. Las clases del bachillerato matutino duraban una
hora; las nuestras cuarenta y cinco minutos. Y además, no teníamos acceso al laboratorio que,
para nosotros, estaba vedado.

Vivíamos peligrosamente. Éramos adolescentes, inconformistas, adorábamos la música de


Isaac Hayes con su Shaft y de José Feliciano con Qué Será, organizábamos fiestas para recaudar
fondos para nuestro viaje de fin de curso a Italia y hacíamos cábalas sobre qué carrera
estudiaríamos en la universidad iniciando nuestras conversaciones con un “yo quiero ser...", en
lugar de "no sé qué estudiar”. Vamos, que aún éramos vocacionales.

Faltan algunos compañeros en la foto. Seguramente porque está hecha a primera hora y
todavía no habían llegado a clase. Los horarios de trabajo y las considerables distancias que
teníamos que recorrer para llegar a tiempo y muchas veces sin comer, tendrían la culpa de esas
ausencias. En concreto, de once de ellas, porque éramos exactamente cuarenta y aquí sólo
aparecemos veintinueve. Y dos profesores.

Nos queríamos y algunos hasta nos amábamos. En esa foto aparece mi novia de entonces -qué
ángel de criatura- y mi mejor amiga con la que bailaba los agarrados cuando mi novia me
diversificaba como pareja de baile. Aquí veis hijos de la emigración, pero también del comercio
local, de republicanos y franquistas, de chavales que hablábamos en castellano con multitud de
acentos. Hay uno que no había visto nunca un bidé y que una vez equivocó su uso.

Las chicas no hacían gimnasia. Nosotros tampoco, en esa clase sólo jugábamos al fútbol en un
pedregal porque todavía no se había inventado el fútbol sala y nos parecía poco apropiado
jugar en un terreno cementado y pequeño. Pero nos ponían nota a todos en esa asignatura,
naturalmente. Como estaba instruido que de los grifos de las duchas de los vestuarios para
nosotros sólo saliera agua fría y entonces no se estilaban las reclamaciones no nos
duchábamos, y la vuelta a clase era saludada por múltiples apretones a los vaporizadores de
colonia de las chicas para perfumar un poco el ambiente. Todavía no se había inventado
Sephora pero como cada una usaba una marca distinta, las sensaciones olfativas eran
igualmente indescriptibles.

Los jueves a última hora, que podía ser cerca de las nueve de la noche, dábamos clase de
dibujo técnico y artístico en el estudio repleto de figuras de escayola. Estaba en la última planta
y era un aula fría en comparación con nuestra clase, en la que la temperatura en invierno no
creo que bajara nunca de los veinticinco grados a base de calefacción animal, por supuesto.
Nuestro profesor de dibujo, un esteta, se tiraba de los pelos por la interpretación surrealista

     
   
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que hacía del pie humano mi compañero de pupitre mientras repetía que él lo veía así. Le
suspendía los parciales pero lo aprobó a final de curso porque, además de esteta, sentía una
determinada concepción social del beneficio de las notas finales en nuestro futuro. Y no era el
único caso. Quizá por mala conciencia en la limitación del uso del laboratorio y de otras
instalaciones de las que sólo oíamos hablar pero que nunca conocimos.

Otro profesor, el de Formación del Espíritu Nacional, tenía asegurado debate permanente en
sus clases por culpa de que uno de los alumnos era hijo de un preso político y otro preparaba
petardos incendiarios que lanzaba contra las estatuas de Franco en sus ratos libres, así que el
Fuero del Trabajo y el de los Españoles nunca tuvo mucho predicamento entre nosotros.
En la navidad de ese curso, convencimos a nuestros profesores para hacerles fotos que
ampliamos recortándoles luego las cabezas para incrustarlas en un dibujo irreverente que
quería ser la escena de un nacimiento y que colocamos sobre un enorme mural hecho sobre
papel de estraza que colgamos en la pared del fondo de la clase y que sabotearon varias veces
los alumnos de la mañana y reparábamos por las tardes. En él el director era el niño Jesús y el
tercero por la izquierda de la fila de arriba de la foto la Virgen María. Yo fui ese año un
pastorcillo, Y otro que quería estudiar para cura pero que era el que más ligaba, el buey. Los
alumnos de otras clases pedían venir a verlo y les cobrábamos entrada o les pedíamos
cigarrillos a cambio.

Una tarde nuestro profesor de filosofía confesó que era anarquista de la CNT y nos quedamos
igual. Fuimos mucho más sensibles a las huelgas que hacían periódicamente los profesores no
numerarios, sobre todo porque aunque en esos días no hubiera clase, nos juntábamos allí
igualmente. Ya digo que nos llegamos a querer mucho y aún a costa de horas de sueño, raro
era el día que no cogíamos el último autobús para regresar a casa por el placer de estar un rato
más juntos. No olvidemos que a la mañana siguiente teníamos que trabajar.

Pasaron los años y nuestras vidas se fueron separando a pesar de que, durante un tiempo,
llegaban noticias esporádicas de unos y otros. El tercero por la derecha de la fila de abajo se
hizo abogado laboralista, el primero por la izquierda de la segunda fila reconvirtió la tienda de
ropa de su padre y lanzó una de las primeras franquicias. El que quería ser cura se ordenó. Por
el contrario, nuestro profesor de religión, que es el señor con gafas y sin bigote, un escolapio
muy majo, colgó los hábitos y se casó. Con los años se convirtió en el director del instituto
donde estudió mi hija. Sólo verle le reconocí pero él a mí no. Es normal, lo anormal es que
apenas recordara su paso entre nosotros y la de bromas que le gastamos (en el mural navideño
le pusimos tocándole el culo a una pastora).

El alto que aparece de pie en el extremo derecho, era un hijo de papá que venía a clase en
coche porque ya tenía dieciocho años. Le habían expulsado de todas las escuelas y sólo le
habían admitido en ese instituto de barrio nunca supimos por qué. No trabajaba, pero se ve
que no le gustaba madrugar y venía de tardes. El par de niñas pijas que hay siempre en todos
los cursos estaban locas porque las invitara a sus guateques. Hoy en día es un afamado
empresario.

El que tapa con su cabeza parte del letrero del instituto y que lleva flequillo quería ser detective
privado y dedicarse al teatro, pero le perdí la pista; el de su izquierda, que jugaba muy bien al
     
   
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fútbol quiso ser ciclista profesional pero se lesionó y tuvo que cambiar de oficio. La más lista,
la segunda por la izquierda de la primera fila, se hizo matemática. El que está a su izquierda se
mató al caer desde un andamio sólo dos años después de tomarse esa foto. Uno que no sale y
que trabajaba como botones de hotel en turnos rotativos de mañana o de noche, ahora es alto
cargo de la Consejería de Medioambiente de la Generalitat de Catalunya.

Mi novia de entonces me dejó porque decía que era un crío y con el paso del tiempo se casó
con uno que conoció en la facultad y tienen tres hijos. Mi mejor amiga y pareja de baile es
ahora una pintora reputada que no contesta a mis llamadas. Y yo, bueno, ya sabéis que fue de
mí.

Se han borrado algunos nombres o apellidos de mi memoria. Cada vez que veo esa foto que
creí perdida y que apareció dentro del boletín de notas en la última mudanza no puedo evitar
pensar que casi nos separa cuarenta años de ella y que nuestra única verdadera preocupación
en esa época era no perder jamás el contacto ¡La de juramentos que hicimos! Y ahora, lo único
que puede afirmarse con certeza es que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Quién sabe si alguno verá esta foto en el blog y se pondrá en contacto conmigo.

Quizá comprobemos la potencia de la social media. Os mantendré informados.

     
   
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Liderar es transformar "cómo" en "qué" y viceversa

26 de enero 2010

No sé cuantos de vosotros os dedicáis a hablar en público, pero los que lo hacemos jugamos
con alguna ventaja. La más importante es que mientras los que escuchan te tienen a ti como
único objetivo de visión y atención, tú puedes observar las reacciones de todos ellos al mismo
tiempo y actuar en consecuencia.

Y esa diferencia trascendental te permite guiar el proceso. Tú sabes en qué consiste el mensaje
que les quieres transmitir, tú eres el único responsable de hacerlo comprensible y atractivo.
Tienes la visión y por tanto, tú eres el líder, a pesar de que lo que les cuentes les tocará a ellos
desarrollarlo.

Hace unos meses inicié uno de mis seminarios sobre liderazgo con una afirmación que
consideré poco más que una muletilla de inicio. “Buenas tardes. El liderazgo puede definirse de
muchas formas pero siempre parte de la misma premisa: tener una visión”.

Y los asistentes corrieron a anotar esa afirmación como una verdad revelada. ¿Qué hubiera
pasado si hubiera comenzado diciendo: “como ustedes saben, el liderazgo…” Pues que
seguramente nadie hubiera anotado nada y hubieran hecho un gesto de asentimiento con sus
cabezas. ¡Cómo no iban a saber eso!

Los destinatarios de esa sesión desempeñaban altos cargos públicos y sus acciones tenían
trascendencia social. Me quedé estupefacto, pues si una afirmación que a mí me parecía tan
obvia y que debía serlo mucho más para ellos les causó tanta impresión que corrieron a
anotarla, es que algo no andaba bien en su concepción del liderazgo.

Tiempo después asistí a la presentación de un libro sobre gestión. En el posterior turno de


preguntas un empresario se quejaba de que, a pesar de dar manga ancha a sus ejecutivos, éstos
parecían estar atenazados por una kriptonita paralizante que les impedía tomar decisiones. Ni
buenas ni malas.

Ambos ejemplos tienen en común el miedo. El primero de forma latente, el segundo de forma
evidente. Unos creían que el simple aunque delicado desempeño de sus cargos ya era
suficiente; otros pensaban que su liderazgo se resentiría si se equivocaban. Sin embargo, todos
estaban equivocados.

El liderazgo, o mejor dicho, la forma de ejercerlo, cambia en función del escenario pero nunca
a costa de renunciar a la premisa esencial que es tener una visión fuerte a dos niveles básicos: el
táctico, que consiste en saber a dónde se quiere ir y el del día a día, que consiste en todo lo
demás, en qué hacer para lograrlo. Leí una novela en la que uno de los personajes describía los
negocios como un montón de pequeñas y puñeteras cosas. No le faltaba razón.

     
   
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Hoy en día se percibe un gran desconcierto también en esto de liderar, tal vez porque siempre
se ha asociado a la capacidad de conseguir el éxito y en estos tiempos, tener éxito es
sumamente difícil. Es como cuando un equipo está acostumbrado a ganar partidos y de
repente encaja una serie de derrotas y se produce el desconcierto general y la cabeza del
entrenador empieza a peligrar. Y ya no digo nada si se trata de una liga en la que parece que
pierden todos y no gana nadie.

Una vez nos contrataron para que nos ocupáramos del departamento de atención al cliente de
una gran empresa. Ese departamento, atendiendo a la simple descripción de sus tareas, no
podía estar orientado al éxito que, en el mejor de los casos, consistía en que los clientes no
presentaran demasiadas quejas. Nunca podía lucirse más allá de que el nivel de insatisfacción
de los clientes se situara por debajo de un determinado punto que se consideraba aceptable.
Hay que imaginarse la situación para comprender a qué me estoy refiriendo.

La empresa había destinado allí a personas que, por diversos motivos, no había sido posible
reciclar profesionalmente y había puesto al frente a un gestor de “marrones” que era de los
pocos que no sufrían de acidez de estómago porque había entendido la naturaleza de su misión
que no se diferenciaba demasiado de las que le habían encargado en otras ocasiones. Por
consiguiente, el liderazgo que ejercía no consistía en dorar la píldora a sus colaboradores, sino
en hacerles ver la utilidad de su trabajo y en que encontraran satisfacción en ello. No obstante,
el ánimo general estaba por los suelos. Y la verdad, cuando les escuchábamos, nos dábamos
cuenta de que no les faltaban motivos.

Después de trabajar con el equipo el desarrollo de habilidades para el desempeño específico de


sus tareas, la última fase de nuestra colaboración consistió en unas sesiones de coaching grupal
con los mandos intermedios basado en el liderazgo. Buscaban respuestas: cómo lograr hacer
mejor su trabajo, cómo gestionar su ansiedad, cómo dar satisfacción a los clientes, cómo… Un
día, uno de ellos pareció dar con la clave: “No podemos cambiar apenas nada respecto a lo que
tenemos que hacer, pero sí podemos cambiar y mucho cómo tenemos que hacerlo y en eso
debe consistir nuestra visión”. En esa formulación no había nada nuevo. Habíamos incidido en
eso en un montón de ocasiones pero hasta que no se cayó la venda por sí sola no se produjo
avance alguno.

¿Qué había sucedido? Pues que se habían dado cuenta de que sólo lo que está en tu mano
puede modificarse. Habían perdido el miedo a hacerlo mal y lo habían transformado en
confianza, eso era todo. Y lo más importante, por fin sabían qué tenían que hacer: tenían una
visión y eso les convertía en líderes, no en simples mandos intermedios y esa visión la podían
transformar en experiencias de éxito. La buena noticia escondía una revelación de mayor
calado: podían transformar cómo en qué, podían convertir algo transaccional en algo
estratégico.

Tomo este ejemplo para exponer porqué el liderazgo tendrá que evolucionar con urgencia y ya
con retraso en estas dos direcciones: centrarse en cómo tenemos que hacer aquello que hay
que hacer de todas formas(sobre todo cuando nuestra capacidad de influencia es limitada, o
sea, casi siempre) y segundo, en cambiar miedo por confianza que es la única forma en que
pueda crearse una visión alentadora.
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Educando la emocionalidad 29 de enero 2010

A uno le gusta de vez en cuando ver escrito en prensa lo mismo que defiende y si es en
parecidos términos todavía mejor. Eso sucedió cuando a inicios de esta semana me desayuné
leyendo La Contra de la Vanguardia en la que aparecía una entrevista a Elsa Punset, hija del
nunca bien ponderado Eduard y experta ella misma en pedagogía de la gestión emocional en lo
que se licenció en Oxford. Cuando uno ve su foto percibe una mezcla de pasión y mirada clara
que la convierte en creíble.

Elsa defiende con pasión la necesidad de educar en valores emocionales porque como dice “la
ciencia demuestra que todo –hasta un pensamiento- arranca de una emoción, lo que
demuestra que somos animales incluso más emocionales que racionales”.
Traza un dibujo de contorno sobre el empeño secular en educarnos en la desconfianza, el
recelo, la sospecha y el desprecio hacia los demás haciendo de todo eso una estrategia
defensiva de choque que no ha cambiado un ápice en los últimos 100.000 años en defensa de
unos valores hoy en día completamente obsoletos y "que, lejos de ayudar, actúan como un
lastre". Se refiere a lo que hemos comentado aquí en más de una ocasión, a los paradigmas
negativos que nuestros padres y educadores nos inculcan desde el primer momento en que
iniciamos nuestra vida social, que es el instante a partir del cual nos enfrentamos al juicio de
aquellos que no nos quieren “sólo” por ser quienes somos. Fuera del nido, hay que saber que la
regla no es quién eres sino qué y cómo eres. ¿Os suena eso del qué y del como?

Habla de que “no hay emociones positivas y negativas, sino útiles e inútiles”. Esa
distinción me parece interesante porque relaciona las emociones con el contexto en el que se
manifiestan o producen. Parecerá de perogrullo, pero en eso se basa nada más y nada menos
que la inteligencia emocional, señores, en interpretar adecuadamente el contexto.

Hay alguna carga de profundidad más en el artículo. Por ejemplo cuando dice que un amigo
indio le dijo una vez que “a vosotros (los occidentales) os entierran a los 80, pero os
morís a los 20”. Morir a base de no reinventarnos, de dar las cosas por hechas, por el
desencanto escondido bajo una conveniente pátina de cinismo deslizante que logra
“protegernos” por completo de la capacidad de ser curiosos, de sorprendernos y de descubrir.
Un cosa que me ha gustado mucho es cuando afirma que “conviene hacerse regalos
emocionales porque eso siembra la vida de pequeños cambios”. Me parece una verdad
como un templo y trato de practicarlo desde siempre, aunque los “austeros” sigan
regañándome por ello. Para reforzar mi convicción, un colega y mentor insistía en que cuando
creas que has hecho algo bien, es conveniente darse premios de gestión, no esperar a que te los
den. Como una prolongación de esto, en mis seminarios explico el “síndrome Castro” que
justamente va de eso, de concederse pequeños premios o regalos, de la misma forma que nos
vamos de compras cuando nos sentimos deprimidos, sólo que sin la mala conciencia que luego

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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nos queda.

Elsa menciona la resiliencia que puede definirse como “la capacidad de remontar
tremendos reveses” y la relación directa que existe entre ésta y la gestión emocional. Las
grandes heridas emocionales sólo se curan con emocionalidad aplicada ¿quién puede dudar de
ello a estas alturas, cuando vemos desgracias de la magnitud de lo que ha sucedido en Haití?
¿Alguien puede pensar que la reconstrucción de la vida de esas personas sólo será posible por
el hecho de que vuelvan a disponer de casa, trabajo y gobierno? Ahí tenemos un ejemplo de
resiliencia de dimensiones colosales que está incrustado en el ADN de los haitianos desde los
tiempos de la esclavitud. “Allí viven intensamente, aquí vivimos anestesiados y la vida no
late” señala la autora, que pasó parte de su infancia en ese país en el que “no tener nada” no es
una forma de hablar, precisamente. Latir con la vida es un reflejo perdido en estas latitudes en
las que necesitamos de tantas cosas “imprescindibles” además de la vida para “seguir latiendo”,
a pesar de que estamos hartos de ver como aquellos que no tienen nada disfrutan del mero
hecho de vivir con una intensidad que debería sonrojarnos.

Hoy tomamos consciencia de que la gestión emocional puede llegar a ser un “elemento
extraño” si se quiere, pero capaz de obrar pequeños y grandes milagros. Digo elemento
extraño porque no se considera en el corpus doctrinal en el que se nos educa ni en la escuela ni
en casa, llegando en algunos casos al extremo de considerarlo poco más o menos un síntoma
de debilidad o cursilería, sólo por el hecho de que no responde a leyes físicas o matemáticas.
Todo lo que no puede explicarse con fórmulas tiene menos valor en nuestro mundo. Pues
bien, hace poco se publicó un estudio que trataba de demostrar que la correcta gestión
emocional tenía un efecto mensurable dado que podía suponer mejoras de hasta el 40% en el
rendimiento de las personas. ¿Queríamos datos? ¿Alguien se ha puesto a pensar en lo que
supone eso?

Sin embargo, queda un largo camino todavía por delante. Lo emocional tiene un hueco mucho
menor del que le corresponde por mucho que duela reconocerlo. Me temo que no está cercano
el día en que, por fin, se enseñe emocionalidad en las escuelas, al menos en esta parte del
mundo y cuando lo hagan, apuesto que será una de las “marías”. Al tiempo.

Elsa Punset ha publicado Inocencia Radical (Aguilar)

     
   
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Libro de Bitácora (Enero) 1 de febrero 2010

Después de los atracones navideños que culminaron el día de Reyes, hemos vuelto a la
verdurita y al pescado hervido es decir, a la maravillosa rutina de siempre. Espero que os hayan
traído los regalos que pedisteis y que la cuesta de enero no haya afectado demasiado nuestra
planificación financiera. Para la Inteligencia de las Emociones el año empezó con fuerza y una
ráfaga de post que a alguno le pilló algo desprevenido. Luego, el Obituario de don Melchor
bajó un poco la tensión y desde entonces hemos ido retomando el pulso reflexivo habitual.
Enero también ha supuesto la “desvirtualización” de algunos queridos amigos blogueros que
en persona son todavía mejores personas que en su versión virtual y la aparición de los
primeros encargos profesionales. Sin lanzar las campanas al vuelo, creo poder afirmar que el
año ha empezado mejor que el otro acabó y he decidido pasar de la búsqueda de brotes verdes.
Os recomiendo hacer lo mismo.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora:

• De Haití ni hablo no porque no haya nada que decir sino porque no hay palabras para
expresar el dolor que supone la pérdida de 100.000 a 200.000 vidas humanas, nunca
vamos a saber cuántas. Como las cifras por sí solas no dan volumen, imaginemos que
ha desaparecido el equivalente a entre uno y dos estadios de fútbol de mayor aforo del
mundo completamente abarrotados. Lo que es verdaderamente admirable es que
después de tantísimos días y en contra de toda probabilidad, todavía sigan apareciendo
personas con vida. ¿Qué es lo que hay en ese pueblo que hace que logre sobrevivir en
condiciones imposibles? Tratamos ese tema en el post anterior.
• Señoras y señores: James Muir, presidente de SEAT desde Septiembre y que en el mes
de Noviembre pasado anunció que echaría a todo aquel directivo “que no remara” ha
cumplido su palabra informando que 330 directivos y mandos intermedios podían ir
haciendo las maletas por bajo rendimiento ¡con un par, sí señor!. Por primera vez en la
historia de la humanidad esta empresa-ministerio tomó una decisión de ese calibre y
hasta se escuchaban tímidos aplausos por la "insólita" medida hasta que los sindicatos,
en una habilísima jugada que ha demostrado una vez más su altitud de miras, tomaron
cartas en el asunto, pararon la factoría y negociaron. Resultado: que los despedidos
pueden pedir el reingreso si se comprometen a someterse a un plan de formación. ¡¡A
un plan de formación, ¿de qué?!! Porque si los echan por vagos no es que tengan que
formarse en nada.
• A Pepe Blanco, ministro de Fomento, no le ha temblado el pulso a la hora de anunciar
que alguno de nuestros nunca bien amados y ponderados controladores aéreos, que
por cierto han andado estos días con problemas de baja por estrés coincidiendo con la
negociación de su convenio colectivo, gana más de 900.000 € al año, que no me lo
levanto yo todas las semanas. Eso sí, sobre todo a base de horas extras que cobran
alrededor de a 600 €/hora (100.000 calillas de las de antes, no nos equivoquemos). Lo
tragicómico del asunto es que hay controladores militares “excedentes de cupo” que se
ofrecen a cubrir las bajas por “enfermedad” y que cobran sueldos muchísimo más
bajos, pero la junta de controladores ha dicho que no tienen la preparación suficiente y
que, agradeciendo su ofrecimiento, se ven en la desagradable tesitura de desistir de su
     
   
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ofrecimiento, no importa que las pistas estén cerradas en un 50% y que los pasajeros
hayan sufrido retrasos de hasta nueve horas
• Leído en la misma página. Hay 120.000 trabajadores afectados por ERE en España. ¿Y
cuántos de esos están en esa situación sin interrupción? No hay datos. Al lado de esta,
la siguiente noticia: el señor ministro de Trabajo estima que hasta el 20% del PIB se
produce a través de economía sumergida. ¿Alguien entiende algo? Yo no. A ver si se lo
pregunto un día de estos al señor Corbacho que para eso somos del mismo pueblo.
• En la misma clave, hemos sabido que el gobierno y el mismo día que el gobernador del
Banco de España hizo sonar los clarines de que tenemos un sistema de pensiones que
no se aguanta (por si no lo sabíamos) ha anunciado una iniciativa para alargar la edad
de jubilación hasta los 67 años. No debería extrañarnos que se plantee esta medida,
pero sí que se haya consentido prejubilaciones a partir de los 52 años tanto en sectores
“tocados” como en el financiero que nunca ha estado en crisis pero que ha realizado en
los últimos diez años una reconversión clamorosa en parte a nuestra costa.
• Se ha celebrado la cumbre anual de Davos. Allí Nouriel Roubini, el único economista
que predijo el hundimiento de la economía por culpa de las subprimes y al que nadie
hizo caso en su momento, se ha arrancado diciendo que la permanencia de España
sobre todo, pero también de Grecia y Portugal en el euro resulta inaguantable. O sea,
que lo de las "potencias mundiales" que evocábamos en los chistes también tiene
traslación económica. Como vuelva a acertar, habrá que ir desempolvando las viejas
calillas y nos sorprenderemos de que un café con leche cueste 200 pesetas.
• El hit parade de Irlanda del Norte ha sufrido un vuelco aupándose al primer puesto
“Mrs. Robinson” de Simón y Garfunkel. No habrá que explicar el por qué.
• Quisiera recomendar el blog “La mirada de cristal” publicado por Cristalook,
seguramente uno de los más cuidados que conozco en cuanto a calidad narrativa puesta
al servicio de historias pequeñas pero muy bien tratadas.
• En el capítulo de adioses, hay que señalar que el pasado día 11 murió Eric Rohmer en
París a la edad de 89 años. Rohmer fue uno de los directores de cine que más me
impactaron en mi adolescencia y todavía recuerdo las sesiones de arte y ensayo en el
cine Publi de Barcelona disfrutando de joyas como Le genou de Claire, L’amour a l’apres
midi, Ma nuit chez Maude y algunas otras. Un periódico le ha definido como el hombre
que mejor ha retratado la relación de las mujeres con el amor, lo cual es una de las
cosas más bonitas y ciertas que puede decirse de este creador, esteta y despertador de
adolescentes de los años 70.
• El día 28 J.D. Salinger falleció en New Hampshire a los 91 años de edad. Autor del
archifamoso libro El guardián entre el centeno fue un personaje él mismo. Misterioso hasta
el paroxismo y retirado de toda luz pública se conservan de él apenas tres fotos.
Elogiado por Hemingway (al que Salinger denostaba) incluso antes de su consagración
mundial, encontrar su paradero se convirtió en una especie de deporte nacional para
los estadounidenses. Sus turbulencias relaciones con sus familiares y sobre todo con
editores a los que sometía a condiciones draconianas (el mundo al revés) son casi todo
lo que se conoce de él. Lo demás, sólo se supone.

La frase del mes se la debemos a Og Mandino y decía “Cuando era niño, era esclavo de mis
impulsos; ahora soy esclavo de mis hábitos, como lo son todos los hombres crecidos” y
se la tomé prestada a mi amigo Germán Gijón.
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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El mes de febrero se inicia lleno de proyectos y realidades. Dentro de estas, la aparición del
primer producto Cloud Consulting sobre Competencias 2.0 fruto del trabajo colaborativo y
que esperamos que tenga una larga y próspera vida.

Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que se han
pasado por aquí aunque no hayan dejado rastro. A unos y otros, muchas gracias.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Jerarquía versus Conocimiento 3 de febrero 2010

En la década de los ochenta, un profesor estadounidense llamado John Naisbitt introdujo el


concepto de la estructura en red como la única que podía atender las necesidades de un cliente,
siempre que las necesidades de un solo cliente precisaran la activación de una serie de resortes
de la misma organización al mismo tiempo para ser satisfechas. Dicho más claramente,
Naisbitt certificó que la estructura jerárquica no podía satisfacer las demandas de un usuario ni
en plazos razonables (lo más parecido a ¡ya!) ni cuando esas demandas necesitaban ser
cubiertas por distintas partes de una misma organización. Con eso, introdujo un germen que
tardó en cuajar, quizá porque su conocimiento y su clarividencia no se correspondían con los
del momento cosa que, por cierto, ha sucedido en todas las épocas y también ahora.

Tomemos como ejemplo el sector bancario y observemos lo que ha sucedido en un periodo de


30 o 40 años que, en términos paleontológicos, es apenas un abrir y cerrar de ojos.
En los años setenta si alguien pretendía obtener un préstamo de su banco se veía obligado a
vestirse de domingo, pedir hora con antelación y estar dispuesto a rellenar una serie de
farragosos formularios, aportar un montón de documentos, un par de avalistas y por supuesto,
debía estar dispuesto a tener el tiempo y la paciencia necesaria hasta que la operación fuera
aprobada o no por “instancias superiores” a las de la dirección de su oficina bancaria. Excuso
decir que esas "instancias superiores" ni sabían quién era el peticionario ni tenían el más
mínimo interés por conocerle.

Con suerte, en ese dilatado periodo de tiempo que transcurría mientras su expediente ascendía
y descendía por la empinada estructura organizativa recibía de su oficina “sólo” un par de
llamadas que siempre comenzaban con un "me han dicho que le diga...". Una de esas llamadas
era para pedir aclaraciones sobre la documentación aportada y otra para recabar información o
garantías adicionales. Muchas veces recibía una tercera llamada para comunicarle que la
operación había sido rechazada por el “banco”. ¿Y quién es el banco? se preguntaba uno. Ni
idea y desde luego casi nunca el director de su oficina que a menudo se encogía de hombros
ante esa pregunta fatídica aunque, a cambio, solía abrumar al cliente despechado con un
montón de “argumentos técnicos” que, por supuesto, el cliente no entendía ni mucho menos
estaba en condiciones de rebatir porque no ténía el más mínimo conocimiento sobre la
materia.

Quince años después las cosas habían cambiado mucho. Si querías un préstamo con unas
determinadas características establecidas por la entidad (precio único) y para una finalidad
concreta (por ejemplo, la compra de un coche o de muebles) el préstamo podía obtenerse en
un plazo relativamente corto. Digamos que entre una y dos semanas. Si se quería negociar
otras condiciones distintas a las prefijadas, la cosa se complicaba y mucho. De esa época,
conozco un par de casos de personas a las que su banco concedió un préstamo hipotecario
referenciado al contravalor del yen. Y nunca habían pisado Japón ni por supuesto sabían a qué
se exponían cada vez que se producía una devaluación de la moneda.

A principios de los años 2000 el panorama era completamente irreconocible. Podías obtener
prácticamente sobre la marcha aquella facilidad crediticia que quisieras y por compleja que
     
   
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fuera la operación planteada, la respuesta -casi siempre positiva- la obtenías en no más de
cuarenta y ocho horas. La simple fotocopia de tu nómina y la presentación de tu DNI eran los
únicos requisitos verdaderamente imprescindibles que desencadenaban un proceso complejo
del que tú eras completamente ajeno pero que casi siempre culminaba en un “final feliz”. ¿Qué
había sucedido? Que Naisbitt tenía razón y que la estructura en red que él había imaginado era
la única capaz de hacer posible ese milagro.

Sin embargo, la estructura en red presupone la existencia de otra premisa esencial para que
pueda darse: el conocimiento distribuido. Mientras en los setenta y ochenta y en la estructura
piramidal éste estaba en manos de unos cuantos que lo protegían y ocultaban, en los noventa
una parte de ese conocimiento ya se había delegado a través de sistemas expertos, aunque eso
no era suficiente. La nueva realidad exigía que el conocimiento fuera democrático, en el sentido
de que incluso el propio cliente poseyera una parte sustancial y creciente del mismo, en
muchos casos aún a costa de recibirlo de parte de las propias entidades.

Es decir, en la misma medida que el cliente sabe qué le conviene pedir y bajo qué condiciones,
se vuelve más exigente y por ello, las entidades financieras tienen que reconocerle ese
conocimiento obrando en consecuencia y estar dispuestos a negociar y a tratar de ser lo más
ágiles posible. Hoy sería impensable que ante una necesidad bien formulada los plazos de
respuesta fueran dilatados pero eso también se debe a que estamos familiarizados con términos
arcanos en otros tiempos como TAE, Euribor, etc. que no aprendimos en la escuela pero que
ya están incorporados a nuestro conocimiento.

Dicho de otra forma, la estructura clásica de toma de decisiones por atribuciones ya no tiene
razón de ser y tampoco la estructura que le dio soporte porque el conocimiento es mucho más
accesible. Como decía Naibitt, estructura y conocimiento están directamente relacionados.
Lo mismo que sucede con el ejemplo de la entidad bancaria puede verse en cualquier
modalidad de prestación de servicios en la que nos fijemos. Por ejemplo, hoy en día una
distribuidora eléctrica nos vende simultáneamente luz, gas, servicios domésticos y hasta puede
proponernos la contratación de seguros del hogar porque su conocimiento sobre nosotros
actúa de forma sincronizada (lo de la calidad de servicio ya lo trataremos otro día, que esa es
otra). Eso no sería posible sin una estructura en red por una parte y sin una convincente
presentación de datos de ahorro de costes por otra que el cliente evalúa antes de tomar su
decisión. De nuevo, la conjunción de estructura de prestación de servicio y de conocimiento
compartido por parte de todos los actores (suministradores y usuarios) es la verdadera
responsable de que eso sea posible.

Otra cosa es que el conocimiento no está uniformemente distribuido y que las personas no
siempre tengan acceso a él, pero lo que es indudable es que ahora estaríamos en disposición de
contradecir los “argumentos técnicos” que recibía nuestro sufrido peticionario de crédito de
los años setenta ¿verdad? O al menos, nos haríamos acompañar por un cuñado avispado que
seguro que los tiene.

A lo que íbamos. Como consecuencia de todo esto la estructura jerarquía se ha achatado


bastante pero, salvo honrosas excepciones que las hay, no se ha convertido en verdaderamente
interdependiente más allá de los departamentos comerciales y eso supone una enorme
     
   
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contradicción, porque el conocimiento sigue creciendo por todas partes. Y otra cosa que nos
recordó Naisbitt es que cada sociedad reclama la estructura y organización social que responde
a sus intereses, es decir, a su conocimiento y que no admite otra. Y no sólo eso, sino que si es
necesario la combate hasta imponer la nueva. (Véase el caso de la Revolución Francesa o la
transición democrática en España, por ejemplo).

Sin embargo, cuando uno entra a analizar la estructura organizativa de un ministerio de tamaño
medio ve que es imposible no perderse en la maraña que va desde las arterias (ministro y
subsecretarios) a los capilares (jefes de negociado). Y uno entonces empieza a entender porqué
sigue teniendo vigencia eso de “vuelva usted mañana” o “no es aquí, vaya a...”

Malos tiempos para la lírica. ¡Con lo bien que se explicó Naisbitt! No me extraña que ahora
ande por China tratando de que allí no caigan en el mismo error que Occidente.

     
   
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El pudor 8 de febrero 2010

“Uno tiene sus pudores y le sonroja escribir sobre según qué cosas. Personalmente, los pudores de los demás suelo
combatirlos más fácilmente si no coinciden con los míos. En eso no creo ser muy diferente a nadie que conozca y
eso abarca a mucha gente”. Así empieza la novela todavía inédita de un amigo mío que no quiere
ser citado por su nombre y al que llamaré Nemo, como el capitán de Julio Verne y el pececillo
de los dibujos animados.

Nemo vive prácticamente de espaldas al mundo. Entre millones de habitantes, a él le ha dado


por morar en un lugar al que sólo acceden los iniciados (él les llama los invitados, pero confío
en que se aprecie la sutil diferencia semántica). Vive de hacer cosas a las que a nadie se le
ocurriría dedicarse y saca el suficiente dinero para ir tirando. Creo que se paga los autónomos
pero puede que en eso también me engañe. Lo hace sobre tantas otras cosas que no me
extrañaría nada que no se preocupara por esos menesteres de tener cubierta la asistencia
sanitaria y la pensión, si es que cuando a él le toque cobrarla aún queda algo. Sobre ese
particular Nemo tiene serias dudas y cada día que pasa yo también, aunque sigo pagando las
cuotas todos los meses. Por si acaso.

Nemo nunca ha sido asalariado por cuenta ajena, pero ha ejercido multitud de oficios. Empezó
de perfumista, un oficio que ahora estaría muy bien pagado por ser “de creación y diseño”
pero que entonces ejercía ocasionalmente a cambio de un poco de dinero en una empresa del
ramo que ya no existe. Luego se enroló como cocinero en un mercante griego con el que dio la
vuelta al mundo por tres veces. Que yo sepa, nunca antes había ni siquiera encendido el gas de
un infernillo. A su regreso se doctoró en Filosofía Pura sólo por darse el gustazo y eso que
nunca fue a recoger el título. Pintó algunos lienzos, pero sobre todo pintó muchos pisos
ayudando a un tío mío que trabajaba por las mañanas en la Gallina Blanca y que por las tardes
andaba metido en eso de las chapuzas.

Escribió siempre, eso sí. Y ahora me ha hecho llegar por e-mail y desde el cibercafé de
pakistaníes que hay muy cerca de donde vive el manuscrito de su nueva obra para que le eche
un vistazo. El título provisional es “El pudor es un lujo impagable”. Ya le he contestado que
menos mal que es el provisional porque de comercial el título no tiene nada. Bueno, pues lo
pongo de subtítulo, me ha contestado esta misma tarde. Lo que aún no sabe es que me he
pimplado el libro en un solo día. Claro que tampoco es demasiado largo, apenas ciento veinte
folios y con letra gorda. Nemo es miope, no sé si ya lo he dicho, y por eso escribe con font 14.
Y es muy bueno.

Entre idiomas y dialectos se hace entender en cinco lenguas. No tiene hijos. Ni esposa. Ni
perrito que le ladre, pero eso es porque no quiere. Nemo siempre ha tenido tirón con las
señoras y hasta hubo una que le quiso acoger en su casa cuando enviudó, pero a él eso de
ocupar espacios que antes fueron de otros no le pone nada, así que sigue viviendo como un
ermitaño en ese lugar insospechado que decía al principio y que no sé quién más conoce aparte
de sus hermanas, sus pocos amigos y sus amantes ocasionales. No tiene conexión a Internet ni
cuenta de correo electrónico. Utiliza la de una hermana suya a la que saboteó la clave de
acceso. Dice que para lo poco que la usa no le compensa tener que borrar spam a diario. Lo
     
   
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que no sabe es que ella ya no usa esa cuenta.

El otro día un conocido me dijo que le había visto por la calle pero que cuando se acercó para
saludarle no le reconoció. Lo dudo mucho, pero es que él es así. Si no quiere reconocerte hace
como que no se acuerda de ti y te llama de usted aunque seas mucho más joven. Nemo tiene
costumbres fijas y raras. Lleva barba y el pelo larguísimo recogido bajo una gorra que se
cambia a diario. Tiene más gorras que calzoncillos y que dientes porque los ha ido perdiendo
por medio mundo. Una muela que le bailaba se la arrancó él mismo y la lanzó junto a los
menhires de Karnak, allá en Bretaña, para ponerse en comunión con el cosmos.

Según la comadrona nació demasiado tarde pero él cree lo contrario, que lo hizo demasiado
pronto, como cien años antes de lo que tocaba y por eso anda cabreado contra la humanidad
pero no con Dios, porque siempre ha procurado llevarse bien con la autoridad incluida la
gubernativa o sea, que no digo nada con la celestial. La filosofía le ha llevado a ser creyente y
ateo alternativamente. Empezó de ateo hasta que se dio cuenta de que los niños de su clase
hacían la primera comunión y les hacían regalos. Ahí terminó su primer periodo de
distanciamiento con la fe y siguió profundizando en ella mucho más tiempo que sus
compañeros de clase y desde luego, con muchísimo más provecho.

Años más tarde y ya embarcado, volvió a tener una crisis que le impulsó a lanzar por la borda
(literalmente) todo lo que tenía leído y hasta subrayado de San Agustín, San Ambrosio y San
Alberto, así que sin pensamiento ontológico ni nada que se le pareciera para leer entre horas
cruzó el océano Índico hasta que a la altura de Ceilán su barco estuvo a punto de naufragar y
recordó que debajo del colchón de su litera conservaba un libro de oraciones que tenía
escondido dentro de un París Hollywood. La siguiente y más larga ausencia de fe le sobrevino
el día en que un niño enfermo de SIDA se le murió en los brazos. Ahora mismo, vuelve a estar
en paz con Dios, no se sabe por cuánto tiempo.

Al hilo de su nuevo libro entresaco otro párrafo que dice “Lo más lógico sería creer, porque es el
único camino que lleva a una certeza de la que no hay constancia. Creer ciegamente y hacerlo sin pudor de
ningún tipo”. Ahí queda eso. Como escritor, Nemo tiene unos arranques vibrantes que a uno le
dejan boquiabierto. En un mismo texto es capaz de hacer novela y ensayo al tiempo, flirtea con
el soneto y con la prosa atónica, combina las frases cortas y puntuadas con párrafos sin comas
a los que uno llega al final de la lectura sin resuello como si hubiera subido una escalera
corriendo, te mece en bucles suaves y te ataca con requiebros. Y luego se extraña de que le
cueste encontrar editor.

Es un hombre de principios. Por ejemplo, nunca ha hecho la declaración de renta ni pagado


una multa de tráfico aunque lo segundo es más comprensible que lo primero porque no tiene
carnet de conducir. Pero tampoco se puede hacer mucho caso de lo que dice, porque ya digo
que miente más que habla, no tanto por vicio sino por ganas de maquillar la realidad. Eso se
notaba también en sus pinturas, no era figurativo.

Y así termino. Contándoos lo de mi amigo Nemo que ha escrito un libro sobre el pudor. Él
que es filósofo.

     
   
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El soma 12 de Febrero 2010

Aldous Huxley analizó y criticó los roles sociales, las normas y los ideales como sólo puede
hacerlo un anarquista de buena familia. Escribió “Un mundo feliz” en el que describía una
sociedad aparentemente perfecta ordenada en cinco categorías: los alfa, los beta, los gamma,
los delta y los épsilon en la que cada una se ocupaba de tareas que iban de más a menos cool
en exclusiva y sin colisiones entre ellas. En fin, lo de las jerarquías pero de buen rollo.

Este mundo perfecto, sin embargo, también era proclive a la infelicidad y para momentos de
desasosiego estaba disponible para todo el mundo y sin receta médica un remedio llamado
“soma” que en un santiamén te volvía dócil y aplicado. En su escala de valores, la felicidad
consistía precisamente en eso.

Un detalle sin importancia es que para alcanzar esa felicidad, la sociedad había prescindido de
la familia, la religión, el arte, la ciencia, la literatura y la filosofía. A cambio habían eliminado la
guerra y la pobreza de forma que estaba educada para consumir con el fin de fortalecer la
economía ¿os suena?. El sexo promiscuo y sin amor también era una norma del Estado.
Ante tal chollo aparece un díscolo con ganas de fastidiar llamado Bernard Marx, alfa por
supuesto, que se las ingenia para poner la sociedad patas arriba. ¿Quién le mandaba meterse en
tal berenjenal? Pues dos cosas, que era más bajito que el resto de los alfa (un error genético) y
que no tomaba soma porque no le daba la gana (libre albedrío).

A cuenta de este libro que leí al frisar la veintena y que después he regalado un montón de
veces a los adolescentes de la familia, quiero centrar mi reflexión de hoy. La cuestión a debate
es cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar por la felicidad. En la novela, era la
anulación de las emociones y por aquí vamos mal. Si B. Marx se rebeló es porque descubrió las
emociones. ¿No nos estará pasando a nosotros un poco lo mismo y estamos anulando las
emociones pese a vivir en una sociedad que para nada es perfecta?

Cuando analizo las visitas que recibe esta página y desde luego no se me escapa que algo de
culpa tendrá su título, los criterios de búsqueda más comunes son los términos “emociones” y
“emocionalidad”. Incluso aquellas personas que aparecen por aquí despistadas y atraídas por
Google escalan en la etiqueta emocionalidad con bastante frecuencia. ¿Qué quiere esto decir?
A mi juicio nada bueno, que andamos bastante carentes de ella o lo que es lo mismo, que no
somos felices.

La gravedad de mi aseveración puede que sorprenda pero es justo el camino inverso que
seguían los personajes de Huxley. Cuando se sentían infelices (es decir, cuando se sentían
emocionales) se atizaban soma y aquí cuando nos sentimos igual buscamos emocionalidad,
aunque a veces no sepamos qué hacer con ella y prefiramos echar mano de más fuertes para
salir del bache. Ojalá vendieran soma, pensarán algunos.

Si la felicidad para ellos era tener resueltas sus necesidades aunque el precio a pagar fuera no
sentir ninguna emoción prescindiendo por ello de todo lo que se la provocara, en el mundo
     
   
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real la felicidad no pasa de ser un estado mental como se empeñan en insistir los
neurocientíficos y Haití nos lo ha puesto ante nuestros ojos hasta con fiereza. No tienen
absolutamente nada pero son felices. Los seres humanos necesitamos experimentar la felicidad
a través de la conjugación de las emociones porque está en nuestro ADN por mucho que nos
empeñemos en obviarlo.

El problema es que no estamos educados para ello como nos recordaba en días pasados Elsa
Punset y el final puede ser algo parecido al Mundo Feliz, carentes de emociones pero sin haber
acabado con la guerra, el hambre y la pobreza. El precio que estamos dispuestos a pagar por
nuestra felicidad llega hasta a estar dispuestos a vender el alma, sin percatarnos de que lo
tenemos mucho más a mano. Todavía pensamos como pobres diablos y nos comportamos
como tales.

Mi impresión es que el mensaje que nos transmite la novela es que deberíamos mirarnos en el
espejo para constatar que no proyecta más que nuestra imagen inversa. Y ojo, que quien la
escribió era un anarquista, aunque no pusiera bombas que se sepa, allá por el año 1932 y todos
sabemos lo que pasó luego.

     
   
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Partículas elementales 17 de Febrero 2010

Ayer tarde tomé un taxi en el aeropuerto. El conductor era un hombre con muy buena pinta y
al rato entablamos conversación. Aclaro que no soy muy dado a ello. Como había estado
escuchando una llamada telefónica que acababa de hacer me preguntó si era consultor. Sí, le
contesté, y tras un silencio me hizo saber que durante muchos años fue director de una planta
de fabricación de una multinacional francesa y lo dijo así, como si nada.

Tenía 63 años y hacía cinco que se dedicaba al taxi. No aclaró los motivos por los que había
cambiado radicalmente de profesión entre otras cosas porque esas cosas no se preguntan si no
es a iniciativa del afectado. Lo que sí hizo fue contarme algunos detalles. Estaba acostumbrado
a la metodología 6 Sigma y al rato nos estábamos cruzando experiencias al respecto. Cuando
acabó la carrera y con el taxímetro detenido aún echamos un rato más de charla. Hasta otra,
fueron sus últimas palabras al despedirnos.

Llevo muchos años tomando taxis y muchas horas de charla con taxistas. He conocido casos
curiosos: uno que seguía un curso de inglés por la televisión del coche, otro que era ciclista y
que todos los días hacía 25 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en bici antes y después de
ponerse al volante; otro que padecía de eyaculación seca y eso le convertía en un toro en la
cama; hace años me cogió uno que tenía una flota de taxis que dirigía desde un despacho que
de vez en cuando le apetecía ponerse al volante, pero ninguno como el de ayer, os lo aseguro.
Todo el día le he estado dando vueltas y por ello he decidido escribir sobre ello. ¿Qué haría
que aquel hombre me contara todas aquellas cosas que deduzco que eran ciertas? Desde luego,
de 6 Sigma sabía más que yo, os lo aseguro. No lo sé.

Empatía, confianza, cercanía, feeling … todo eso estaba allí presente, desde luego, pero ¿por
qué tuvo que contármelo a mí? ¿Se lo contaría a todo el mundo que subía a su taxi? Quiero
creer que no, aunque nunca se sabe.

De repente, me ha venido a la memoria un profesor de física que nos explicaba con deleite las
nociones sobre las partículas elementales. Hablaba de los protones, los neutrones y los
electrones con familiaridad, como si conociera a fondo la materia. Algunos años después
coincidí con él luchando por tomar un taxi un día de lluvia y nos reconocimos al instante.
Íbamos en la misma dirección, así que lo compartimos. Como los días de lluvia se montan
unos atascos monumentales, nos dio tiempo a rememorar los viejos tiempos y acabamos
hablando sobre su tema favorito, he de reconocer que a instancias mías.

El taxista nos miraba de reojo por el retrovisor como si fuéramos un par de marcianos y subió
el volumen de la radio para aislarse de nuestra charla. Debimos parecerle un par de chiflados.
Mi antiguo profesor se apeó antes que yo y al seguir camino el taxista me hizo la temida
pregunta: ¿es usted profesor o algo así? ¿Yo? Qué va, sólo un simple aficionado. Cada uno
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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pierde el tiempo como mejor le parece, fue su respuesta. Con la de cosas que hay para
preocuparse, sentenció. Abrí mi periódico y me aísle de aquel mentecato entrometido.
Me pregunto qué hubiera pasado si en lugar de él nos hubiera cogido el taxista de ayer.
Imposible, me digo. En esa época estaba trabajando como director de fábrica en una
multinacional francesa y yo en un banco. Estoy seguro de que ninguno de los dos pensaba que
un día se cruzarían nuestros caminos. Claro que eso mismo deben pensar las partículas
elementales.

     
   
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Nadie hablará de nosotros... 22 de febrero 2010

Una de las cosas que más llama la atención es que todavía no nos damos cuenta de que, a
modo de “tormenta perfecta”, tenemos ante nosotros todas las claves que significarán un
cambio radical en la forma de gestionar las empresas y por ende, las personas en un cortísimo
espacio de tiempo. Creo que no somos conscientes en toda su amplitud de lo que significa este
periodo de profunda crisis que atravesamos. Tendemos a verla únicamente como la
consecuencia del fin de un ciclo expansivo quizá demasiado largo provocado por la codicia de
unos banqueros que se inventaron el empaquetamiento de subprimes en productos sumamente
atractivos que al final se revelaron como activos nocivos. Y poco más.

No es que eso no haya sucedido. Todos hemos sido víctimas de ello y de las nefastas
consecuencias para nuestra economía que se ha traducido en unos alarmantes índices de paro,
déficit desbocado, calidad de la deuda pública en entredicho, contracción del crédito, caída del
consumo, cierre de pymes, etc. Todo eso es cierto y en el caso de España los efectos están
siendo especialmente duros, no hace falta explicar más lo que todos padecemos.

Pero hay que reconocer que esta crisis económica coincide con una crisis de valores, si cabe
todavía mayor que la económica. Pienso que estamos ante un cambio de ciclo para la
humanidad que siempre que se produce empieza por cuestionarse el modelo social y relacional
que le da forma. No es menos cierto que la tecnología determina el modelo de sociedad y es
que la aparición de la era digital ha puesto en cuestión un montón de paradigmas no sólo
tecnológicos sino sobre todo sociales y dentro de éstos incluyo los de gestión de personas.
Algunos objetarán que eso es mucho decir.

El fantasma de las enormes expectativas creadas e incumplidas que supuso la eclosión del
fenómeno de las punto com en los noventa sigue estando muy presente en el imaginario y pienso
que no debemos culparnos por ello. Inversiones y pérdidas millonarias eran saludadas como
los principios de la “nueva economía” que se esforzaba en distinguir quién estaba a un lado y a
otro de un modo tan artificial que creo que ahí estuvo la verdadera causa de su caída y práctica
desaparición.

Tal vez por ello, y de forma más visible en ámbitos empresariales, solemos referirnos
defensivamente a la era digital definiéndola como una moda pasajera más o como algo todavía
poco definido que está en ciernes y a saber cómo acabará esto. Desde mi punto de vista, eso es
un error en el primer caso (la tecnología digital tiene ya más de dos décadas de vida y una
presencia omínoda en nuestra vida) y una visión corta de miras en el segundo.

No es que lo digital esté precisamente en mantillas, es que hay que entender lo que significa
vivir en beta permanente y aceptar algunos nuevos paradigmas que ello conlleva, empezando
porque, a diferencia de las punto com, el fenómeno de los social media se basa en costes
prácticamente cero. Una completa revolución, dado que permite el uso de estas herramientas al
coste de una cuota mensual de línea ADSL.

Sin alarmismo pero sin duda, sostengo que para los que gestionamos personas desaprender (y
     
   
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hacerlo a la mayor velocidad posible) es una de las tareas más urgentes a las que nos
enfrentamos. Cuando hablo de desaprender me refiero a la necesidad imperiosa de ver las
cosas con ojos nuevos, con todo lo que eso conlleva de cambios de modelo. Internet es algo de
tal magnitud que sólo es posible entenderlo si somos conscientes de que dentro de esta década
habrá tantas conexiones como neuronas tiene un cerebro humano. Algunos pensadores
definen como posible que una red de semejante tamaño acabe por adquirir “consciencia
súbita”, es decir que aprenda a pensar por sí misma.

Una de las expresiones que definen la era digital es el fenómeno de los social media. Ello
supone que, incluso con las herramientas actuales, algunas de las cuales ni siquiera existían hace
menos de cinco años, alguien sin apenas formación tecnológica (pero sí con algo de
información, que no es lo mismo) sea capaz de hacer un vídeo con el teléfono móvil, subirlo a
Youtube, publicarlo en Facebook, contar una historia relacionada en su blog, twitear el post
que acaba de escribir y clasificar toda esa información a través de su Del.icio.us. Todo eso es
algo que los ingenieros de la Nasa nunca pensaron que estuviera a su alcance cuando llevaron
al hombre a la Luna.

Hoy en día prácticamente cualquiera puede hacer eso. Y sobre todo, es un fenómeno
imparable al que tenemos que enfrentarnos e integrarlo cuanto antes. Recuerdo perfectamente
el momento en que los ordenadores aparecieron en nuestras vidas, primero como facilitadores
de trabajo que precisaba de mucho tiempo y mano de obra y después como estándares
operativos imprescindibles. Ello a pesar de que todavía hoy en día un porcentaje de personas
con alta capacidad directiva o ejecutiva viven de espaldas a unos cambios tecnológicos que casi
cualquier mortal necesita para desenvolverse ya no sólo en el trabajo sino en la vida diaria, lo
cual no deja de ser alarmante.

Sin embargo, la era digital no es un simple cambio ofimático como los que hemos vivido en el
pasado, sino un verdadero y profundo cambio cultural en el que se cuestiona el sistema de
jerarquías, el control y como consecuencia de ello, el estilo de dirección. Si Naisbitt predijo
hace más de dos décadas la estructura en red como la más adecuada para satisfacer las
necesidades de la sociedad del conocimiento, hoy vemos que estaba plenamente acertado. Las
estructuras jerárquicas tienen muy poco futuro en un mundo en que el acceso a toda la
información es prácticamente instantáneo, el modo de formase opinión se basa en el
conocimiento compartido y el proceso de toma de decisiones se produce en una mínima
fracción del tiempo que se empleaba hasta hace muy poco para que descendiera desde los
centros de poder hasta los ejecutores. No es que los tiempos estén cambiando ¡es que ésta es
otra era!

Los directores de Recursos Humanos deben ser plenamente conscientes de que dentro de diez
años los primeros huérfanos y nativos digitales ostentarán puestos de alta responsabilidad en
sus organizaciones. Además de que serán fuertes y vigorosos como nunca y de que habrán
recibido una magnífica formación “tradicional”, su valor diferencial consistirá en que serán
autodidactas digitales (sí, he dicho autodidactas) y estarán plenamente capacitados para vivir en
una sociedad muy distinta a la que ahora conocemos. Dado que ese conocimiento autodidacta
no es de acceso restringido, las empresas, a lo largo de todo su despliegue organizativo,
también estarán pobladas de personas igualmente hábiles. La brecha digital está pasando de ser
     
   
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un concepto sociológico que antes se correspondía con padres e hijos a un abismo tecnológico
entre personas que ya empiezan a convivir dentro de las mismas organizaciones pero con
enfoques radicalmente distintos.

Por la Red corre un vídeo que refiere algo que es fácilmente trasladable a nuestro país. En él
los estudiantes de una universidad nos enfrentan a una realidad que básicamente consiste en
hacernos ver que las materias de estudio y el modo en que éstas se aprenden en clase ya son
obsoletas y que les estamos preparando para un futuro que no puede explicarse desde el
pasado. Están en lo cierto. Recuerdo cuando el comisario de la Expo de Sevilla anunciaba con
años de antelación que el 80% de lo que alí se expondría todavía no se había inventado. Ahora,
la mayor parte de esas cosas ya son estándares o incluso han sido ampliamente superadas
tecnológicamente.

Sin embargo, cuando hablamos de nuestras empresas lo que vemos en la mayor parte de los
casos es algo que está a mucha distancia de la realidad de la calle. ¿Cómo puede entenderse que
lo que forma parte del modo natural de relacionarse socialmente en nuestros días no se
aproveche desde una perspectiva empresarial? ¿Por qué sigue estando mal vista o incluso
prohibida y sancionada la utilización de Internet y las redes sociales en el puesto de trabajo?
¿Cuándo nos daremos cuenta de que todas esas herramientas tienen ya carta de naturaleza para
el correcto desempeño de nuestras tareas y nos acercan más a la excelencia que pretendemos
alcanzar?

Mi admirado Jaime Izquierdo ha definido un conjunto de Competencias 2.0 que deben


considerarse en la evaluación del desempeño de los puestos de trabajo. Estas, que guardan
correspondencia con las competencias clásicas pero que deben ser contempladas desde una
óptica distinta, son: Iniciativa, Conexión, Gestión de la Transparencia, Gestión de la
Información Desordenada, Control del Tiempo, Aportación, Cooperación y Gestión de la
Incertidumbre. Al mismo tiempo sostiene algo igualmente comprensible y es que esas
competencias son corporativas pero empiezan por ser demandables a título personal.
Decía al principio que la forma de gestionar personas está en crisis (qué no lo está en estos
tiempos) o si se prefiere, necesitada de profundos cambios, todos lo sabemos. Hace una
década, el director de informática del banco para el trabajaba entonces sostenía en el Comité de
Dirección “que eso de Internet” era un entretenimiento para adolescentes con escasas
aplicaciones prácticas. La semana pasada le vi en una entrevista digital a través de Youtube en
la que presentaba la nueva versión de Banca Electrónica (la tercera desde entonces). El
presidente de una importante corporación se quejaba amargamente de que “movía el ratón por
la pantalla (sic)” como le habían indicado pero que no pasaba nada extraordinario. Pocos años
después estampaba su firma en el mayor contrato de financiación que se haya formalizado
nunca en la implantación del cable de firma óptica y hacía una alabanza de la velocidad de
conexión esperada.

Los responsables de Recursos Humanos tienen un papel proactivo en esta nueva sociedad del
conocimiento distribuido, accesible, y si se quiere hasta desordenado, que consiste en facilitar
la transición hacia la completa integración de las redes sociales (o social media, como se
prefiera) en las pautas de trabajo de sus organizaciones y a todos los niveles. No habrán de
hacerlo por ser cool o estar a la última, sino por verdadero pragmatismo. Hoy en día ya existen
     
   
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redes sociales corporativas, las principales cadenas de distribución de este país se preocupan
por su reputación digital y están pendientes de lo que se opina de ellas en las redes sociales
modificando sobre la marcha sus estrategias de posicionamiento. Cuesta imaginar que sus
empleados tengan vedado el acceso a estas mismas herramientas ¿verdad?

Los gestores de personas tienen una oportunidad histórica de contribuir a este cambio de
paradigma porque en caso contrario y parafraseando el nombre de esa excelente película, nadie
hablará de nosotros cuando estemos muertos. Y quien nos enterrará será un "joven inexperto"
que ahora mismo estará twitteando este post desde su clase diciendo que es demasiado largo y
redundante.

     
   
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El logaritmo neperiano de la emocionalidad

26 de febrero 2010

Probablemente much@s de vosotr@s habréis leído la novela “El Ocho” de Katherine Neville
que uso como arranque de mi entrada porque es unas de las novelas más leídas de todos los
tiempos y porque os sonará lo que quiero mencionar de ella.

En uno de los capítulos se dice que Bach escondía fórmulas matemáticas en las notas de sus
partituras, de forma que utilizaba la música para transmitir mensajes cifrados. Tal vez por eso,
Bach es uno de los autores más difíciles de interpretar, el que plantea retos más altos a los
directores de orquesta, el que extenúa a los ejecutores de sus piezas musicales porque por el
mismo precio, tocan una sonata y un teorema.

La combinación entre música y matemáticas es suficientemente conocida, de la misma forma


que lo es la relación entre cocina y química. Guisar no es otra cosa que producir continuos
procesos de oxidación y reducción aunque como en el caso de la música, también es un arte y
hace falta algo más que la simple lectura de una receta o de una partitura para alcanzar
resultados notables.

Con esas premisas, ando buscando desde hace tiempo la clave del funcionamiento matemático
de nuestra emocionalidad. Y no la encuentro. Sé por los neurocientíficos que las reacciones
emocionales se producen por la combinación de impulsos eléctricos que desencadenan
determinadas reacciones químicas en nuestro organismo. Algo más parecido a la cocina que a
la música. Pero si pudiera encontrarse una fórmula matemática la cosa sería más sencilla,
porque con independencia de los factores ambientales su activación o desactivación se
produciría en todos los casos de manera predecible.

En los comentarios a una reciente entrada alguien apuntaba que, incluso admitiendo que nos
cuesta hablar de nuestras necesidades emocionales en ámbitos restringidos (que es donde más
protegidos deberíamos sentirnos), no tenemos el menor pudor en buscarla incluso
desesperadamente en la blogosfera, tal vez porque aquí las cosas son un poco más fáciles ya
que, en principio, no hay necesidad de conocerse físicamente. En mi caso eso ya no es así
porque a día de hoy la cosa el tema de la desvirtualización está fifty-fifty, de lo cual estoy
encantado y es algo que os recomiendo a todos.

Eso quizá también explique el éxito de los programas de radio de la madrugada en los que la
gente escondida en el anonimato explica sus angustias casi siempre a una locutora (ojo al dato)
que mejor lo hace cuanto más deja hablar al oyente sin interrumpirle, de lo que podemos
deducir que tenemos un problema con nuestras emociones porque tenemos un problema
mayor en la comunicación de nuestras emociones. Mi amigo Fernando Solera seguro que
aportaría aquí el ejemplo del Loco de la Colina y el conocido uso del efecto espejo en sus
entrevistas.

     
   
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Si es así, conviene que analicemos un poco lo que pasa. Solemos atribuir a la comunicación un
valor de conversación con otros como la única vía de hacernos oír pero olvidamos que previo
a ello es necesario que hayamos conversado con nosotros mismos haciéndonos las preguntas
del millón. En mi opinión, eso es lo que falla, que no hablamos lo suficiente con nosotros
mismos, que no nos conocemos o no nos aceptamos, que nos cuesta explicarnos quiénes
somos, que no sabemos pedirnos lo que necesitamos, que tampoco sabemos premiarnos y en
consecuencia, que cuando hablamos a otros en los blogs o en la radio, en realidad la charla la
estamos teniendo con nosotros mismos.

Quitado el ámbito de la expresión artística y eso también sería discutible, los grandes
problemas de comunicación con el exterior arrancan de grandes problemas de comunicación hacia
dentro. Nuestra cultura ayuda lo suyo a que sea así. Una cultura de negación, digámoslo
claramente. Somos emocionales, pero nos autoculpamos por ello. Tenemos muy interiorizado
eso del pecado no sólo de obra sino de pensamiento, eso pasa.

Buscando en el baúl de las argumentaciones me viene a la memoria el caso de un cliente-


pariente político. Un tipo acostumbrado a mostrarse como un bloque de hielo y a imponer su
voluntad. Discutíamos un presupuesto, a la baja por supuesto, y en un momento de la
conversación me dijo mira, creo que hemos sintonizado. Veo que nos entendemos. Y se puso
a relatarme con todo lujo de detalles lo que sentía por dentro y lo distinto que era en
comparación a cómo se mostraba. ¿Y tanto te cuesta? Mucho, me contestó. No me respetarían.
Acto seguido, me aceptó el presupuesto.

Bueno, a lo que iba ¿alguien me puede pasar el logaritmo neperiano de la emocionalidad?

     
   
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Libro de Bitácora (Febrero 2010) 1 de marzo 2010

Febrero ha resultado un mes loco, como ya indica el refranero. De pequeño le llamaba “el mes
mellado” porque la faltaban días y este año me hubiera ido muy bien que hubiera tenido por lo
menos dos o tres más porque a todo no se llega. La Inteligencia de las Emociones también se ha
resentido de este estrés porque el número y la frecuencia de las entradas no han podido ser los
previstos, pero a cambio creo que puede decirse que los temas tratados han sido ricos y
variados. Hablamos de la contradicción entre jerarquía organizacional y conocimiento
distribuido, os mostré algo de mi amigo Nemo (*), reflexionamos sobre el precio de la
felicidad, os conté mis experiencias con un taxista, escribí un post larguísimo (pido perdón por
ello) sobre los responsables de Recursos Humanos y la web 2.o y finalicé en búsqueda del
logaritmo neperiano de la emocionalidad.

(*) Respecto a Nemo, que veo que ha despertado vuestra simpatía y de lo cual me alegro,
contaros que ha aceptado el título provisional de su obra como definitivo por vuestra culpa y
que yo sigo sin verlo claro, pero qué se le va a hacer. Sé que aunque lo niegue, se ha sentido
muy reconfortado con vuestras palabras. Os lo digo yo que le conozco bien.

Y aquí van algunas de las cosas que he anotado en mi libro de bitácora:

• Este mes he tenido ocasión de debatir y reflexionar mucho sobre la potencia de la Web
2.0 y de sus aplicaciones al ámbito de las empresas en muchos de sus departamentos.
Desde un punto de vista profesional, llevo unos meses calentando la oreja a mis
clientes con ello, pero es que además, gracias a la iniciativa de la Blogosfera de los
Recursos Humanos que ha lanzado una iniciativa que me parece muy interesante, he
tenido la oportunidad de escribir un artículo que llevaba tiempo rondándome la cabeza.
Al respecto, quisiera dar públicamente las gracias a mi colega y amigo de Cloud
Consulting Jaime Izquierdo por sus aportaciones conceptuales basadas en su modelo
de Competencias 2.0. que han resultado sumamente esclarecedoras.
• Desde un punto de vista económico, febrero ha sido convulso con múltiples muestras
de que “por ahí fuera” no se confía demasiado en las recetas que cocinamos para la
recuperación económica. Lo más lamentable es que, una vez más, prácticamente toda
nuestra clase política ha mostrado el (bajo) límite de su capacidad de modular discurso,
acciones y colaboración siendo la última muestra de ello la primera ronda de contactos
para ponerse de acuerdo en qué hacer para salir de ésta. Es deplorable que incluso
tampoco se pongan de acuerdo sobre cómo llamar a la iniciativa, si “pacto”,
“consenso”, “debate” o qué.
• Para acabarlo de arreglar, los sindicatos organizaron el pasado 23-F una serie de
manifestaciones para protestar por la intención del gobierno de alargar la edad de
jubilación hasta los 67 años medida que, por cierto, además de impopular, ha sido
gestionada deplorablemente por parte del gobierno. No voy a decir que esté a favor o
en contra de esas movilizaciones, pero sí diré que nos guste o no tendremos que
afrontar un ajuste durísimo y por algún lado hay que empezar. A estas alturas y

     
   
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viéndolo en perspectiva, ojalá se quede en eso que va a ser que no.
• A pesar de que Euskadi ya ha dado síntomas de recuperación en su crecimiento
(apenas dos décimas) en una comunidad que no llega a 2,5 millones de personas y que
ha sido tradicionalmente uno de los motores económicos del país, es prácticamente
seguro que este año todavía mantengamos crecimiento negativo en el conjunto (iba a
poner país, pero…) Es curioso como en esta época todos hemos hecho un curso
avanzado y provechoso sobre macroeconomía. Por cierto, que un periodista “de toda
la vida” ha filosofado sobre la madurez de nuestras clases populares y más
desfavorecidas porque, a pesar de que les sobran motivos, no se haya producido
todavía una revuelta popular. Digo yo si será por el aprendizaje obtenido en esas clases
aceleradas de macroeconomía que uno ya empieza a escuchar en las tabernas y
verdulerías.
• Iba a hablar también sobre los dolores de cabeza que me está produciendo el Barça en
estas últimas semanas pero al lado de otras dimensiones que comento me parece de
mal gusto. Lo que sí anoto es que, al mismo tiempo que socio de una peña del Barça
este mes he “fichado” por la del Athletic de Bilbao de Sestao, una vez me he asegurado
de que no incurría en incompatibilidad alguna.
• El próximo día 2, Pilar Jericó hace la presentación de su nuevo libro en Barcelona.
"Heroes cotidianos" que así se llama, recoge las experiencias "heróicas" de personas,
algunas de las cuales conozco personalmente. En la presentación seguro que
coincidimos algunos de los que frecuentáis estos pastos.
• Quisiera recomendar el blog “El Viajero Accidental” publicado por JLMON, que
algunos de vosotros ya conocéis y visitáis pero que para otros será todo un
descubrimiento, seguro.
• En el capítulo de adioses, este mes no voy a hacer ninguna mención especial salvo
lamentar el cierre de un blog muy querido para mí: Denavegantes de Adolfo Morales.
No lo busquéis porque ya lo ha borrado. En su despedida, mencionaba que no tenía
sentido mantenerlo porque no recibía comentarios, pero a mí siempre me gustó esa
visión tierna y ácida al tiempo que Adolfo imprimía a cada una de sus entradas. Espero
no perderle como comentarista del mío y que pronto vuelva a la carga.

La frase del mes ha sido de Octavio Paz y decía “La mucha luz es como la mucha sombra:
no deja ver.” Oído a la pisada.

El mes de marzo promete ser combativo en muchos sentidos y el momento de hacer balance
de cómo ha ido el primer trimestre. Pero esa parte del libro de bitácora lo compartiré con mi
socia a solas.

Y por último y como siempre, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que se han
pasado por aquí aunque no hayan dejado rastro. A unos y otros, muchas gracias.

     
   
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Carta a un cliente desconocido 2 de marzo 2010

Querido cliente:

Perdona el atrevimiento de dirigirme a ti aunque todavía no nos conozcamos. Soy tu nuevo


proveedor de servicios profesionales, pero aún no lo sabes. No pasa nada, a lo mejor nunca
nos conocemos en persona, pero eso forma parte de las reglas del juego. Como una primera
entrevista dura del orden de tres cuartos de hora a una hora, me he permitido mandarte esta
carta para optimizar los tiempos si es que nos vemos algún día y no divaguemos demasiado.

Empezaré por decirte que no me gusta que me llames proveedor, a mi me gustaría más que me
llamaras socio pero como eso es mucho pedir, me conformo con que me veas como un aliado
estratégico y desde luego, ocasional.

Aunque tú no me conozcas yo ya sé quién eres. Me he informado. Te sorprendería saber las


cosas que se saben de ti y de las que tú no tienes ni idea pero estate tranquilo, esto queda entre
nosotros. He hablado con mi gente y me han dado su visión acerca de tu sector, tu mercado,
tus clientes, tu facturación de los últimos tres años e incluso sobre tu reputación corporativa
digital. Por cierto, parece que un antiguo socio va hablando mal de ti y lo hace en un foro muy
activo de más de 2.000 miembros. Perdona la franqueza, pero yo que tú haría algo al respecto.
De nada.

Soy un coste variable. Quiero decir con ello que tú decides el tiempo que me contratas y para
qué. Bueno, para qué también lo decido yo pero ya nos entendemos. Mi coste hora es superior
al del resto de tus operarios pero debes ser consciente que sólo trabajaremos juntos si crees
que te voy a hacer ganar dinero. Pero si no te fías, también podemos trabajar juntos si me
garantizas de por vida el 10% de los beneficios que obtengas con las soluciones que yo te
proponga. ¿Qué no? Ya me parecía a mí.

Soy buena gente. No es porque lo diga yo o mi madre, sino que tú lo habrás averiguado antes o
después de nuestra primera cita. Alguien te habrá hablado de mí o yo te diré con quién tienes
que hablar para que te diga lo bueno que soy. Ya sabes que la gente exagera y seguramente no
hay para tanto, pero una cosa te digo, siento respeto por lo que haces y has hecho en la vida,
así que pido lo mismo a cambio.

No busques segundas derivadas en mi discurso. O no las hay, que es lo más probable, o no


seré tan tonto de que se me descubran. Y menos por ti, que no me conoces de nada. Así que
confía en mí, responde con sinceridad a las preguntas que te haga, empezando por aclararme el
motivo por el cual estoy sentado en tu sala de espera donde me tendrás perdiendo el tiempo
veinte minutos porque yo llegaré puntual a la cita y a ti te habrá surgido un compromiso de
última hora.

Te aclaro desde ya que no soporto el desprecio al proveedor que es el deporte nacional que
practica la mayor parte de los clientes. Menos tú, claro. A eso soy muy sensible, tanto, que
luego volveré sobre el tema. También te informo que me sé todos los chistes sobre
     
   
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consultores, incluido el de vendedores de humo como los sioux, pero seguro que no te resistes
a contarme el último. No te cortes. Yo también me sé unos cuantos sobre clientes que me
guardo para las cenas de amigotes y también nos reímos bastante.

No sé más que tú de tu negocio. Sé menos, de la misma forma que yo sé de mi trabajo y tú


poco o nada. Dejemos esto claro desde el primer momento para que no haya malos entendidos
entre nosotros, no vayamos a empezar con tiranteces. A cambio, sé de muchos sectores y
puede que tú no. Incluso es posible que sepa más de tu competencia de lo que crees y ya
cuento con que me harás un montón de preguntas al respecto en cuanto llevemos más de un
cuarto de hora hablando. Me contrates o no, averiguar lo que sé de tu competencia siempre
está bien ¿no? Y además, es gratis.

Pese a todo, quiero tranquilizarte. Puede que no lo creas, pero lo que te pasa a ti no es un caso
especial, lo he oído y visto cientos de veces y sé que te tranquilizará saberlo. Digo, lo de que tu
caso no es especial no que lo haya oído otras veces.

En un momento u otro hablaremos de precios. Es una lástima, pero mis niños comen de lo
que su padre cobra de sus clientes, tú ya me entiendes. Te cobraré lo que creo que vale mi
trabajo y tienes que tener la confianza de que si creyera que no podrías pagármelo, lo más
probable es que no hubiera concertado una entrevista contigo. Cuando te dé mi precio y te
parezca caro, recuérdame que te cuente la historia de por qué un técnico cobró mil euros a un
cliente al que reparó una máquina que no le funcionaba simplemente dándole un martillazo. Y
ya que hablamos de precios, permíteme que te de mi opinión sobre el dumping. Es malo. En
primera instancia para mí que me quedaré sin el trabajo y luego -y lo más grave- para ti cuando
veas la diferencia que hay entre el oro y el dorado. Ni te cuento lo malo que será también para
el que lo practica, pero en esa parte no pienso extenderme porque en el pecado llevará la
penitencia.

Debes tener claro que mientras trabajemos juntos llevaré la camiseta de tu equipo con tu
logotipo y todo y que procuraré aplicar todo mi oficio en satisfacerte. Normalmente me
pagarás por un número de horas que habremos acordado y que serán ampliamente rebasadas
porque muchas cosas que cuando te las pregunte me dirás que las tienes a mi disposición luego
resultará que no es así. Pero tranquilo, un trato es un trato y no te cobraré horas extras. Ya sé
que no lo haces para fastidiarme sino porque tu organización tiene carencias que no me vas a
explicar el primer día.

Probablemente te sentirás impelido a pedir que haga por ti unos cuantos encarguitos que no
estaban previstos. Ya sabes a lo que me refiero, los famosos “pues ya que…” Bien, que sepas
que algunos los haré y otros no, si resulta que son gratis, claro.

Normalmente mi trabajo finalizará entregándote un informe de estado y recomendándote una


serie acciones sensatas a tomar precisamente para solventar el problema que tenías y por el que
me contrataste que tú verás tan adecuadas como impracticables. Si es así, los dos habremos
hecho mal nuestro trabajo. Puede que tú más que yo, que quede claro desde ahora. Comparto
contigo que es una lástima que los consultores no estemos agremiados junto a las hadas o los
magos que son los que hacen trucos con sus varitas, aunque poco a poco vamos acercándonos.
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Y hablando de informes. Dado que los clientes tenéis la tentación de pedirlos en papel y
forrados con piel de becerro, te aconsejo que te conformes con recibirlos en disco óptico. La
razón, además de que el precio del becerro está por las nubes, es que mis informes comparten
las mismas propiedades que el resto en el sentido de que acumulan una cantidad similar de
polvo en las estanterías, motivo por el cual mi profesión queda en entredicho. Además, el disco
óptico es más moderno y uno se puede lucir más con eso de la interactividad que ya sabes que
siempre mola.

Vuelvo al tema del desprecio al proveedor. No te pido que nos pongas a trabajar junto a tu
despacho pero si puede ser tampoco nos desplaces al subsuelo. Esto no tendría que pedírtelo
tan a las claras pero es que los sindicatos se están poniendo tontos con eso de las condiciones
de trabajo y a mi equipo le aprecio. Y sigo. Normalmente te habré pedido que me firmes la
conformidad a la propuesta que te pasaré en su momento y que estaré esperando recibir de
vuelta incluso cuando ya hayamos iniciado el trabajo. Por supuesto que la culpa nunca será tuya
sino de la desorganizada de tu secretaria o de los de administración y finanzas que ya sabemos
como son. Mira tú si sé cómo son que en ese papelito que me habrás firmado un día u otro hay
un apartado que habla de las condiciones de pago, que es justamente la primera hoja que miran
al firmar y la única de la que se olvidan al pagar.

Y poco más. Ahora que ya nos conocemos un poco más ¿cuándo te va bien que te venga a
visitar?

     
   
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La buena reputación 5 de marzo 2010

Hace unas semanas escribí una entrada en la que relacionaba las estructuras de las
organizaciones con el conocimiento distribuido y democrático concluyendo que la estructura
en red es la que le da sentido a todo esto. La cuestión que planteo ahora es cómo actúan los
líderes en este tipo de estructura. Como polos de interés, es la conclusión a la que llego. Es
decir, como elementos nucleadores de los intereses de muchos, incluso prescindiendo de que
ocupen una determinada posición jerárquica.

Esto significa que lo que hace que alguien sea reconocido como líder es su capacidad de
generación de confianza en los demás, en definitiva, que se le reconozca una buena reputación.
La reputación es un valor percibido, no una cualidad objetiva, luego los líderes son aquellos
que por no se sabe muy bien qué circunstancias son reconocidos como tales. Echando un
vistazo a algunos tipos de organización que no tienen mucho que ver entre ellas, he probado si
se cumplía esta regla y he aquí las conclusiones a las que he llegado.

1. Esto es plenamente válido en estructuras informales o de relación lineal como pueden ser los
entornos 2.0 en los que el liderazgo (de audiencia, de seguidores, de prestigio, etc.) no guarda
ninguna relación con el desempeño profesional de las personas. Esta es la estructura en red por
antonomasia, es decir, aquella en la que podría darse el caso de que un líder en ese entorno
fuera el ujier de un ministerio y que un abogado del estado no pasara de ser uno de sus
múltiples y devotos seguidores. Si además ambos usaran nicks podrían cruzarse todos los días
por los pasillos sin reconocerse. En estos casos, liderazgo y jerarquía "no conjugan".

2. Es parcialmente válido en el caso de estructuras con componente altruista, por ejemplo una
ONG o un equipo de futbol de aficionados. En este tipo de organizaciones el líder comparte
una parte carismática con otra funcional. El “alma del equipo” que no tiene que coincidir
con la “estrella del equipo” no suele imponerse para ser líder sino que, simplemente, suele ser
cooptado, es decir, escogido inter pares, pero en cuanto asume su función de liderazgo sus
decisiones son respetadas a causa de la autoridad no sólo efectiva sino simbólica que se le
confiere.

3. Es mucho más infrecuente en estructuras formales o jerarquizadas. Nótese que no digo


imposible sino que me limito a decir infrecuente por el ejemplo que relato más adelante.
Veamos qué sucede en este caso. En las estructuras formales se da el tipo de liderazgo
jerárquico (por lo general bastante denostado aunque plenamente vigente) pero al mismo
tiempo también se da el liderazgo natural o carismático y ese puede ser ejercido por
cualquiera con independencia de su posición en la escala. Un líder jerárquico manda y se le
obedece o no, mientras que cuando a un líder natural algo no le cuadra puede apostarse a que
aquello no se hará, diga lo que diga el jerárquico que incluso puede que nunca se entere de lo
que está ocurriendo a su alrededor.

     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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Conclusión: cuanto más informal es la estructura, más fácilmente se representa el liderazgo por
valores, por confianza y por reputación. Por el contrario, cuanto más formal es la estructura
vemos que el poder tiende a imponerse, al menos en buena parte de los casos.

Sin embargo ¿quién detenta el poder virtual en las organizaciones? Se han hecho diversos
estudios al respecto e incluso ya están disponibles en el mercado algunas metodologías de
diagnóstico. Tomando una organización con estructura jerárquica clásica se pregunta a las
personas que anoten en orden decreciente el nombre de las personas con las que más se
relacionan profesionalmente. Las conclusiones no arrojan dudas: en las primeras posiciones
siempre aparecen personas no relacionadas directamente con la función desempeñada ni
mucho menos con la cadena de mando. Cuando se agregan los resultados, la sorpresa salta a
la vista: las personas con las que más se relaciona el resto suelen ser verdaderos outsiders,
convidados no esperados, dicho de otra forma, líderes naturales. Sorprendente ¿no?

Comparando cómo se produce el flujo de comunicación en las organizaciones que propuso


Mintzberg con los resultados obtenidos en esos estudios las conclusiones no pueden ser más
claras: tendemos a relacionamos con las personas que resuelven nuestros problemas o que, y
eso es sumamente revelador, saben quién puede resolvernos los problemas. Y esos casi nunca
se corresponden con las personas que están ahí y se les paga para eso.

¿Liderazgo jerárquico? Para nada. Liderazgo natural por confianza y por reputación. Tal vez
debería replantearse las políticas de premios y recompensas ¿a quién deberíamos dárselas?
Hace un par de años desarrollamos un proyecto complejo y transversal para el que
precisábamos conformar un equipo de proyecto con personal del cliente. Nuestro interlocutor
nos dijo que no podía asignar recursos “de primera fila” y lo entendimos. A cambio le pedimos
que nos indicara quiénes eran las personas con buena reputación dentro de su organización.
No lo sé exactamente, preguntad por ahí, respondió un tanto extrañado. Y eso hicimos.
Cuando después de unos días le planteamos la lista, no daba crédito porque a muchos ni les
conocía, pero pronto descubrimos que obtenían la información que necesitábamos con rapidez
y eficacia, conseguían cosas que no podían obtenerse a tiempo por la línea oficial y además,
que tenían un fino olfato y bastante criterio. Habíamos preguntado quiénes eran las personas
reputadas y nos presentaron a sus líderes naturales que, una vez finalizado el proyecto,
obviamente volvieron a sus respectivas ocupaciones sin brillo.

La lección que aprendimos es que incluso en las organizaciones clásicas existen o pueden
conformarse redes informales (quien prefiera puede utilizar el término neuronales) que
actúan con muchísima eficacia y que casi siempre están formadas por el mismo tipo de
personas. Es como si existiera un organigrama paralelo e invisible para la nomenclatura en
el que por la vía del carisma o la reputación se producen verdaderos liderazgos, la
comunicación es fluida, los intereses están alineados, etc. El sueño de cualquier directivo.
Para meditar.

     
   
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El día después 9 de marzo 2010

Publico este post el día después y lo hago con toda intención. Ayer era el día de la Mujer
Trabajadora, hoy parece que ya no. No sé por qué tiene que haber días de nada, días de
homenaje y olvido el resto del año. Tal vez por eso disfruto tan poco de las celebraciones a
fecha fija, excepto los cumpleaños.

He seleccionado esta imagen por su fuerza visual. Unos ojos de mujer, de cualquier mujer, que
nos hablan sin palabras. Miradas en las que somos los principales destinatarios, miradas que
nos vigilan, miradas que nos ignoran como si estuviéramos de más, miradas que buscan
nuestra complicidad. Miradas.

Ojalá que esas miradas se junten con las nuestras, que sepamos entendernos, defendernos
un@s a otr@s. Seamos colegas y cómplices en la búsqueda de nuestros sueños.

     
   
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Un mañana probable 10 de marzo 2010

Imaginemos sólo por un momento que estamos de baja por haber contraído una enfermedad y
que no podemos acudir al trabajo durante unas semanas. No importa, eso no tiene por qué
afectar a nuestra actividad laboral. Nos levantamos de la cama, abrimos la ventana de nuestra
habitación, conectamos el portátil y nos duchamos mientras arranca. Tostamos un par de
rebanadas de pan de molde, las untamos de mantequilla y las mojamos en nuestro primer café
del día mientras observamos lo que ha sucedido “en el mundo”. Eso podemos hacerlo
clicando tan solo tres iconos de nuestro escritorio: Outlook, el explorador que usemos
habitualmente y TweetDeck.

Nuestro periódico digital nos pone al día de lo que conviene enterarnos a cada poco y
podremos actualizar la primera página siempre que nos apetezca. Una vez informados y
desayunados, nos ponemos a trabajar.

A través de Outlook vemos nuestra agenda para la jornada y recibimos los correos
electrónicos, basurilla incluida.

TwettDeck hará el resto. A través de esa aplicación habremos sincronizado nuestras listas de
Twitter, de Facebook y de Linkedin y antes de que se haya enfriado el café estamos al tanto
de todo lo que nos interesa saber qué ha pasado y no se ha publicado en un periódico.

A continuación, activamos Skype y nos ponemos en contacto con todos aquellos con los que
queremos comunicarnos en el mundo. Ojo con los husos horarios, eso sí. Si ya estamos
presentables a esa hora, incluso podemos mostrarnos a través de la webcam mientras
departimos con ellos.

Los documentos de trabajo están en “la nube” y no ocupan espacio en nuestro disco duro, así
que no tenemos que preocuparnos de que la aplicación se quede colgada. De un vistazo a
google docs vemos las modificaciones que han realizado nuestros colaboradores respecto a la
última versión de los documentos, aprobamos los cambios, hacemos nuevas preguntas,
aportamos sugerencias y cuando lo demos por bueno mandamos un correo electrónico a
nuestra secretaria para que lo distribuya a sus destinatarios.

Spotify puede facilitarnos la banda sonora de la jornada. A eso de media mañana podemos
tomarnos un descanso y saborear una nueva taza de café mientras accedemos a TED para ver
y escuchar una presentación brillante e incluso subtitulada en español sobre algún tema
innovador e interesante y luego podemos distribuir el enlace a nuestra lista de contactos
correspondiente o tuitearla al instante.

A eso de las doce, podemos celebrar la reunión con todo nuestro equipo mediante
     
   
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videoconferencia vía internet. Ahí tenemos varias opciones tecnológicas, pero tal vez
utilicemos una versión beta de una nueva aplicación corporativa que estemos ensayando. Eso
no debe llevarnos más de media hora o cuarenta y cinco minutos a lo sumo si la agenda es
demasiado densa. Después podemos dedicarnos un rato a ver qué sucede en Twitter
empezando por los mensajes directos que hayamos recibido, las menciones que se haya hecho
sobre nosotros o nuestra empresa, los hashtag que hayamos seleccionado ese día, las listas de
siguiendo que hayamos definido, etc. En base a esa información podremos acceder a
conocimiento distribuido que de otra forma sería complejo siquiera conocer de su existencia y
mucho menos saber que está disponible. Otros han hecho su selección y la han puesto a
nuestra disposición y lo mismo hacemos cuando cazamos algún tema interesante. Aquí el quid
pro quo es imprescindible y el ROI siempre favorable, porque son muchos los que buscan y
ofrecen aunque a cambio haya que hacer lo mismo.

El resto de tiempo hasta la hora del almuerzo podemos dedicarlo a lo más importante pero no
urgente, quizá la elaboración de un informe, recabar datos para un estudio, preparar un
powerpoint para la reunión del jueves a la que te hubiera interesado asistir pero no puede ser,
así que tendrás que hacer tu intervención vía Internet, etc.

La hora de la comida es sagrada, así que conviene dejar hibernando el portátil.

Al regreso, vuelta a realizar el barrido de información igual que hiciste por la mañana pero en
menos tiempo. Es la hora de escribir los e-mails atrasados, volver sobre nuestros informes a
medias, urgir a algún miembro de nuestro equipo de proyecto que va algo retrasado con la
fecha de entrega, volver a hacer una ronda de llamadas por Skype y quizá tomar una nueva taza
de café o una infusión con un par de galletas.

Hacia las seis de la tarde y cuando la concentración empieza a decaer, es cuestión de ir


cerrando algunas ventanas y abrir otras. Ya vale de música, ya hemos hablado lo suficiente por
teléfono vía Skype y los googledocs ya no logran mantener nuestra concentración. Ahora es el
momento de volver a echar un vistazo a los retweets y pensar un poco en nuestra próxima
entrada del blog o contestar los comentarios que nuestros seguidores han dejado en él. Además
de visitar los suyos, claro. Eso también lleva su tiempo y no paras de repetirte que más vale
calidad que cantidad, pero es un precio que hay que pagar por aprender algo.

Cuando termines la jornada, puedes establecer la agenda para los días siguientes y apagar tu
ordenador. Eso sí, aún es posible que recuerdes que se te ha olvidado mandar un último e-mail
o anotar algo en tu agenda. Si por casualidad has apagado el portátil habrá que volver a
conectarlo porque si no los remordimientos te impiden concentrarte en nada más. Claro que
también puedes hacer eso a través de tu teléfono móvil.

Luego, hacer algo de vida familiar, cenar, ver la teleserie de turno y acostarte a una hora
razonable. Seguramente habrá sido un día increíblemente rico en productividad y relaciones
     
   
La Inteligencia de las Emociones 
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sociales aunque no hayas visto a nadie en persona.

Cuando por fin te den el alta y vuelvas a la oficina te propongo que respondas a estas tres
preguntas:

¿Cuántas de esas herramientas que has usado en tu casa para trabajar están prohibidas en tu
empresa?
¿Por cuánto tiempo más lo estarán?
¿Cuándo piensas coger la próxima baja?

     
   
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Pasos 12 de marzo 2010

Volvía a casa de una cena con amigos cuando al llegar a una bocacalle me crucé con un
hombre de mi edad. Nuestros pasos discurrieron paralelos por distintas aceras el tiempo
suficiente para darme cuenta de que andaba perdido. Lo avanzado de la hora, la práctica
ausencia de farolas y la humedad del piso conferían un clima de desconfianza mutua. Yo me
fijaba en él y él no sé si se fijaba en nada. Nuestros pasos andaban conjuntados, cuando él
apoyaba su tacón izquierdo yo hacía lo propio y así sucesivamente. Al fondo de la calle se
adivinaba una gran avenida, grande pero desierta. A aquellas horas ya hacía tiempo que se
había recogido todo el mundo y los pocos coches que la transitaban iban camino de hacerlo.
Solos los dos, yo iba camino a casa y él a no se sabe qué parte. Encendí un cigarrillo sin ganas,
sólo por tener algo que hacer con las manos. El ruido del mechero llamó su atención e hizo
que se girara un instante. No era a mí a quien miraba sino hacia atrás, como para asegurarse de
que estábamos solos y si habría alguien que acudiera en su auxilio si a mí me daba por atacarle.
Qué tontería pensé, pero seguimos andando a paso sincronizado. En la siguiente bocacalle
doblé hacia la izquierda después de asegurarme de que él seguía recto hacia la avenida desierta.
Mi maniobra era del todo innecesaria, me alejaba del camino más corto, hubiera tenido que
seguir andando en su misma dirección para no desviarme, pero torcí a la izquierda por otra
calle igual de vacía. A las dos de la mañana sólo permanecía abierta una farmacia de guardia. El
luminoso de su banderola lanzaba sus ráfagas de luz verde y roja como un semáforo averiado.
Reparé en que alguien me seguía. Disminuí y aceleré el paso a ver qué pasaba pero quien fuera
hizo lo propio. Cambié de acera y me acerqué a la puerta disimulando que ese era mi objetivo y
pulsé el timbre repetidamente. Los pasos que oía tras de mí se acercaron y se detuvieron a mi
lado. Era el hombre de antes. ¿Sabe usted dónde cae la calle del Convento? Sí, está aquí cerca.
Siga por esta calle hasta llegar a una plaza. Es la que está junto a la iglesia, no tiene pérdida. La
farmacéutica que acudió a atenderme por la mirilla de la puerta tenía cara de sueño. Le pedí un
antibiótico para el que sabía que necesitaba receta y me lo negó. Se disculpó, cerró la mirilla y
seguí mi camino. Para asegurarme, desanduve el último tramo y me dirigí hacia la avenida. Sin
ser necesario por la distancia que quedaba tomé un autobús hacia mi casa de la que sólo me
separaban dos cortas paradas. Al descender, me sentí a salvo. Y más cuando vi que el mismo
hombre de antes subía a él y el conductor cerraba sus puertas y arrancaba. Me miró de soslayo
por la ventanilla mientras se sentaba y me saludaba levemente con un movimiento de manos.

     
   
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Mad Men 16 de marzo 2010

Cuando muchos fines de semana me dispongo a ver el capítulo de Mad Men parece que el
tiempo se detiene. Las secuencias a paso lento, las pasiones vividas con fingida frialdad, las
luchas de poder con sordina me retrotraen a algunos episodios de la vida con los que,
inevitablemente, creo algunas correspondencias.

Sin embargo, es la careta del inicio de los capítulos lo que más me llama la atención. Un tipo
silueteado en negro cayendo al vacío a cámara lenta mientras las imágenes de sus campañas
publicitarias se reflejan en los rascacielos de Manhattan. Esa alegoría de la caída al vacío me
fascina porque en cierta medida y en mi opinión, refleja la sociedad en la que vivimos. Caemos
lenta pero irremisiblemente a un agujero negro del que no cabe esperar un final feliz si algo no
lo remedia.

La fascinación que produce la desgracia ajena es algo que me llama poderosamente la atención.
Es una situación que más que al espanto invita a la contemplación complaciente. No va
conmigo, parece ser la conclusión final y probablemente se lo merezca, pensamos. Asistimos al
derrumbe del otro casi con deleite, esperando a que se produzca el estruendo cuando se aplaste
contra el asfalto.

La naturaleza humana no deja de sorprender. Vivimos momentos en los que la autoconfianza


tiene que ser apelada a través de campañas publicitarias específicas como esto sólo lo
arreglamos entre todos. Por lo que veo y oigo esa campaña ha desatado un sinfín de críticas.
Muchos se preguntan quién está detrás de esto, como si según quienes sean los que la
pergeñaron tuviera la capacidad de alinearnos a favor o en contra en un país dividido otra vez
en dos mitades casi simétricas. Otros se enervan diciendo que a quien les corresponde sacarnos
de ésta es a los políticos que para eso les pagamos. Sólo una minoría parece comprender que lo
que nos está faltando como el aire que respiramos es un chute de autoestima e incluso muchos
de esos también están en contra de la campaña.

El efecto caída de Mad Men lo vivimos todos los días, cada cual a su escala, pero parece que lo
entendemos de la misma forma que cuando vemos la serie, es la caída de otros, no la propia.
Uno de los efectos de esta crisis es la personificación en el otro del padecimiento. Todos
conocemos más o menos de cerca a alguien que lo está pasando mal, incluso dentro de nuestra
propia familia, pero me pregunto si la última reflexión que nos hacemos antes de acostarnos es
si “eso que les pasa a otros” tiene más o menos probabilidades de que “me toque a mí”. Cada
día que pasa y nos salvamos es un motivo más para pensar que hoy no ha tocado y que mañana
será otro día.

En un capítulo reciente de la serie un cliente exige que echen a la calle a un creativo que le
rechazó sexualmente. Nadie piensa que eso vaya realmente en serio hasta que el cliente
abandona una reunión en la que se encuentra ese creativo. A los cinco minutos está en la calle.
Hemos librado, piensan todos los demás. No me tocó a mí. ¡Que alguien llame al cliente
ofendido y le diga que ya está resuelto el problema!

Pienso a menudo en correspondencias con la vida real. En varias empresas para las que he
     
   
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trabajado y en las que por diversos motivos se prescindió de alguien, tarde o temprano se oyó
la frase “fulanito ya es historia. A otra cosa mariposa”. No va con nosotros.

En esta sociedad de supervivientes nadie piensa que mañana le vaya a tocar a él, pero le toca,
vaya que si le toca. Por eso no me explico ese rechazo a la campaña de marras que, en
cualquier caso ha cumplido su objetivo: que se hable de ella en todas partes y a todas horas. No
importa el mensaje, no va con nosotros o si va, no me corresponde a mí sino a otros sacarnos
de ésta. Los italianos cada vez que llueve levantan las manos al cielo exclamando porco
governo y los personajes de Mad Men tejen sus estrategias para salir bien en la foto. Pero a
cada capítulo uno de ellos se convierte en el tipo silueteado en negro que cae al vacío a cámara
lenta.

Ya lo dijo Bertolt Brecht: Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y
son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son
los imprescindibles.

Pronto hará un año que inicié este blog. Nació en plena crisis y recuerdo que las primeras
entradas, cuando nadie las leía todavía, hacían referencia a que saldremos de ésta, a que es
necesario creer en nosotros porque al final es lo único que tenemos. Hoy vuelvo a proclamarlo,
pero no puedo evitar pensar en el tipo cayendo al vacío a cámara lenta. ¡Porco governo!

     
   
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Zapatero a tus zapatos 19 de marzo 2010

En cierta ocasión Mario Vargas Llosa se presentó a las elecciones presidenciales de Perú. A la
mañana siguiente al escrutinio, el principal periódico limeño titulaba: La nación ha votado
masivamente a favor de que Vargas Llosa siga siendo escritor”. Es decir, zapatero a tus
zapatos.
Estos últimos días he estado visitando un salón profesional relacionado con los Recursos
Humanos en que, además de los stands, a cada hora se producía presentaciones con ponentes.
En bastantes de ellas (y me ha sorprendido), los que presentaban llevaban de la mano a clientes
satisfechos para que contaran a la audiencia las excelencias de la soluciones que les habían
implantado. No creo que ninguno de los oyentes haya sido seducido por las loas de esos
clientes porque, entiendo yo, ese no es su papel y además se les nota a la legua. Lo suyo es
gestionar, no cantar alabanzas a mayor gloria de su proveedor y tratar de convencer (ni siquiera
veladamente) a otros para que se animen a probar. No hay que confundir el ejemplo con el
reclamo.
Pongo estos dos ejemplos para ilustrar en distintos planos lo que suele suceder cuando, por
diversos motivos, nos ponemos a hacer algo que no nos es propio. Lo hacemos mal y no sólo
eso, a menudo obtenemos el resultado contrario al pretendido.
Una de las reflexiones a extraer es que las competencias funcionales camuflan mucho más de
lo que parece nuestro perfil personal. Hemos hablado otras veces sobre las máscaras sociales
que nos ponemos y las dificultades que tenemos para prescindir de ellas. Nos condicionan
hasta tal punto que incluso cuando nos sacan de nuestro hábitat natural seguimos
“enmascarados” en busca de su protección.
Por el contrario, cuando nos vemos empujados a tener que modificar drásticamente nuestro
modo de vida, por ejemplo, por un cambio forzado o buscado de trabajo, rápidamente
prescindimos de esos “abalorios” con los que nos ataviábamos a diario y a los que estábamos
tan acostumbrados para buscar otros que sean acordes a nuestra nueva ocupación. No pasará
mucho tiempo antes de que nos refugiemos en esos nuevos hábitos o pautas de
comportamiento por mucho que nunca los hubiéramos adoptado de forma voluntaria. Es
como si, en contra de la opinión generalizada, creyéramos que el hábito sí hace al monje.
En mi época de seleccionador de personal para entidades financieras hacía algunas preguntas
cuyas respuestas eran muy reveladoras. Una de ellas consistía en preguntar a los candidatos qué
cosas que se hacían en su organización actual les parecían mal o estaban en desacuerdo. La
retahíla pero sobre todo, la rapidez de las respuestas es fácilmente imaginable. A continuación
les hacía la pregunta contraria, con cuáles estaban de acuerdo o consideraban positivas. Ahí
tenían mucha más dificultad en responder y además solían hacerlo con generalidades o
vaguedades. Cuando mostraba mi extrañeza por ello se quedaban algo pensativos y finalmente
los más avispados respondían “bueno, por eso quiero cambiarme de trabajo”. Lo que no
sabían era con cuáles se encontrarían en su nueva organización ni parecía importarles
demasiado. Les movía más una mejora de salario o de posición y la presunción, bastante
infundada por cierto, de que en su nueva empresa “todo sería mejor” y que, por tanto “no
tendrían ninguna dificultad de adaptación”.

     
   
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Esa parte era la que me inquietaba más. La adaptación de una persona a una organización y a
un puesto es lo que más debería preocupar a un candidato y, sin embargo, suele darlo por
hecho. Justo lo contrario de quien selecciona que, en el fondo, lo que trata de determinar no
sólo es si eres zapatero sino si te gustan esos zapatos.

     
   
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Verdad de la buena 23 de marzo 2010
 

A Jesús, el camarero del turno de tarde de la cafetería donde suelo bajar a tomar café no le
conocéis casi ninguno. Jesús es un Séneca popular que imparte filosofía a pie de calle tras la
barra de su bar. Lo que reproduzco a continuación es el resumen de una de nuestras últimas
tertulias.

“Más allá de las buenas intenciones, la objetividad ni se practica ni se espera, de la misma forma que la
sinceridad resulta intolerable. Ser objetivo es ser imparcial, no actuar de parte, algo que le está negado a la
naturaleza humana por mucho que nos empeñemos en defender lo contrario. La sinceridad, asimismo, nos
convertiría en seres eminentemente antisociales. Si fuéramos absolutamente sinceros, no nos soportaría nadie”.

Las relaciones sociales, en cualquiera de sus manifestaciones, están condicionadas precisamente


por la ausencia de objetividad y de sinceridad, si bien la dosis a emplear de sus antónimas debe
ser relativamente baja para no llamar excesivamente la atención y que no se nos descubra el
engaño. Jesús comparte ampliamente esa opinión.

“Desde todos los puntos de vista, estamos educados y entrenados para ello. La sutileza, la diplomacia, lo
políticamente correcto son formas de no llamar a las cosas por su nombre, por tanto, de no decir la verdad
desnuda. Cuando alguien se arranca diciendo la verdad es que normalmente no es consciente de que se está
delatando. Ahora puede que nos cuente la verdad ¿pero hasta entonces?
La verdad se reserva para cuando ya no hay remedio, para entendernos, a toro pasado. Entonces sí se puede y
hasta se debe decir la verdad para quedarnos descansados. La verdad es que nunca te he soportado y ahora que
nos hemos mandado a paseo te lo digo. ¿Y por qué no me lo has dicho hasta ahora? Porque te quería, pero hay
que ver el peso que me he quitado de encima”.

El amor, por tanto y según Jesús, es otra forma de disimular la verdad. “No nos enamoramos de
alguien por cómo es, sino por los atributos que conferimos a esa persona y que no son del todo ciertos y lo
sabemos. Tampoco suelen gustarnos las empresas en las que trabajamos. La verdad es que si no fuera porque
ahí me gano el pan, les iba a decir lo que pienso de ellos. ¿Cuándo lo voy a hacer? El día que me vaya o mejor,
el día después”.

La verdad, entendida como la suma de objetividad y sinceridad, es una virtud clandestina que
sabemos que existe pero que corre por el subsuelo bajo nuestros pies. Basta con saber que
existe, no queremos verla.

"El otro día se murió un señor que venía por aquí y que, la verdad, era bastante inaguantable. En el velatorio
todo eran alabanzas hasta que su viuda dijo como para sus adentros: yo lo único que pido a Dios es que vaya
en paz y no vuelva, sobre todo no vuelva.
La verdad es que cuando vendemos nuestro coche hablamos de él como si fuera un chollo comprarlo. Un señor
volvió al cabo de los días con el coche destartalado. No, si no vengo a quejarme, sólo quiero que me vuelva a
cantar las alabanzas del coche. Nada es verdad, ni siquiera cuando juramos sobre la Biblia. ¿Jura usted decir
la verdad y toda la verdad? nos preguntan en el juicio. Sí, contestamos, pero en realidad nos decimos a nosotros
mismos juro decir mi verdad, toda mi verdad y nada más que lo que a mí me convenga decir”.
     
   
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Por lo general, y en eso estoy de acuerdo con él, la gente quiere ser amable con uno. Lo
amable, por tanto, resulta naturalmente insincero porque parte de la premisa de que las cosas
deben decirse y presentarse como pensamos que al otro le gustan. La verdad no es emocional,
esa es la verdad.

     
   
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Anatomía de la gente guapa 26 de marzo 2010

Hubo un tiempo, allá por los años 80, en que se vivió una época de vino y rosas que creó un
microcosmos selecto conocido como beautiful people también conocido como de la cultura del
pelotazo que contó con insignes personajes de los cuales hoy en día apenas queda alguno en
activo pero que durante esa época fue el modelo a seguir, ocupó páginas de los incipientes
periódicos de hojas salmón, recuperó del ostracismo a los fabricantes de gomina y fijadores y
hasta elevó el glamour de algunos correccionales (caso Mario Conde, por ejemplo).
En la década de los 90 esta casta selecta fue imitada por una buena porción de la sociedad.
Quien tenga memoria a medio plazo recordará la explosión de Mercedes, Audis y BMWs que
empezaron a aflorar por todas partes comprados a crédito y a tasas de interés entre el 9 y 16%.
Todos aspiraban a ser gente guapa que paseaba sus berlinas, se vestía en los democratizados
modistos (sobre todo Adolfo Domínguez y Roberto Verino), viajaba los puentes a Nueva
York y los veranos a Marbella y se peinaba en salones a los que había que reservar con
antelación y donde te asignaban una cuidadora personalizada que cuando cogía la gripe y no
podía atendernos nos creaba más quebraderos de cabeza que cuando se rompía la cañería del
baño y el fontanero no acudía.
En los 2000 y con el cambio de milenio nos emborrachamos pensando que podíamos pagar
pisos de 60 m2 a precios de 300 m2 y entendimos como lo más normal del mundo que las
hipotecas se dieran hasta a 50 años lo cual supone, incluso a bajas tasas de interés, pagar
intereses equivalentes a 10 veces el valor nominal que pedíamos prestado. Hasta hace dos años
afloraron los chiringuitos especializados en refundir y refinanciar nuestras deudas siempre que
se pudiera aportar garantía hipotecaria. Es decir, que cuando nos ahogaba el pago solapado de
los créditos que habíamos pedido y obtenido para pagar al mismo tiempo el visón, el coche, las
vacaciones y el cambio de muebles de la habitación de los niños, había quien se ofrecía a
unificar esos créditos y alargarlos hasta el infinito para que la cuota se aliviara siempre que
pudiéramos poner como garantía el piso que acabábamos de pagar. No estaba mal. Para pagar
el coche que conducíamos debíamos alargar las cuotas hasta el momento en que habríamos
mandado al desguace no ése sino los próximos tres coches que nos compráramos. Todos
queríamos ser gente guapa y como no podíamos vendíamos nuestra alma al diablo con tal de
parecerlo.
El choque con la realidad se produjo hace dos años. Hoy en día conozco algunos de esos
“guapos” que van a comer con su familia a los establecimientos de Caritas, que tienen que
pedir dinero a sus familias para parecer que mantienen su estilo de vida rumboso y eso por no
mencionar la cantidad de padres que han descubierto las excelencias de la escuela pública
después de abominar de los centros de enseñanza privada que enseñan en inglés.
La señora que viene a limpiar a casa luce modelos de diseño, está casada con un viajante de
tintas industriales que se hace los trajes a medida, se toma vacaciones de mes y medio en
verano, además de quince días en semana santa y navidades y pasa los fines de semana de
invierno en un apartamento del Valle de Arán donde consume los forfaits de las pistas de esquí
     
   
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con la misma naturalidad que otro toma cervezas.

¿Habrá cambiado la anatomía de la gente guapa? Vivo en el más absoluto desconcierto.

     
   
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