AIRES DE SIERRA Y MAR

Miguel Bueno

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A mi amigo Javier, mi compadre Domingo y sobre todo a Mary, mi mujer, por su ayuda inestimable como correctores de los textos.

© Miguel Bueno Jiménez email: miguelbuenojimenez@gmail.com web: http://miguelbueno.blogspot.com/ Diseño y maquetación: José Cobos Urbano email: cobos. jose@gmail.com Imprenta:

Fotografía cubierta: Arenal de San Martín. Llanes Fotografía contracubierta: “Pacanda”

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Prólogo
Miguel Bueno vive en Nerja, Asturias, pero gusta de ir y venir recorriendo sus tierras generosas, llenas de historias entrañables y bendecidas con una naturaleza indomable rebosante de vida. De ellas obtiene Miguel inspiración para llevarnos de la mano con su pluma y su cámara en viajes intensos por prados y montañas, ríos y mares, ciudades y pueblos. Nos cuenta historias de reyes y de nietecillos, de amores y de almendros en flor. La casa de Miguel es una casa encantada, allí vive el viento ancestral que recibe a los caminantes con un susurro de bienvenida y los brazos abiertos. El nos invita a descansar los huesos doloridos, nos ofrece las instantáneas de la vida, nos narra sus historias atemporales donde son protagonistas personajes milenarios como las Buganvillas coquetas, que se mecen mientras alzan la vista para recordar lo que le han oído al mar, que éste a su vez ha escuchado a las nubes y que éstas han recogido de los primeros habitantes de la tierra; historias talladas sobre la dureza de las rocas por las huellas del caminante. Nada se pierde, la vida se enmarca en retazos coloridos donde las encinas hacen planes, los arrendajos cantan, las flores abandonan su letargo para entrar en nuestro ser con sus aromas. No nos extrañemos si en cualquiera de sus rincones nos encontramos con libélulas ejecutando danzas amatorias, o con cabras hablando en los patios. Y el paso del hombre por este mundo aparece ahí, a nuestra mano, a nuestra disposición para saborearlo en cada estampa. Son las fotos de los días y días de un país humano y eterno, un país que legaremos a nuestros hijos y éstos a los suyos como un valioso presente, aunque a veces, el miedo nos muerda el alma y un presentimiento se nos cuele en forma de pregunta: ¿será éste el último año que veremos florecer los almendros? Pero no importa, también es el primero para las nuevas generaciones, no nos preocupemos, estamos en la casa de Miguel y allí la vida palpitará por siempre. Mercedes Recalde y Gladys Fuentes

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En homenaje a Miguel Delibes
Esperó en la recacha de la ermita la llegada del manijero. Cuando apareció, pasó de largo, como si no lo conociese después de tantos años de lluvias y vientos. Otro día más a calentarse al sol de la recacha, por lo menos esta mañana, no se blanqueaba la yerba con la escarcha de la aurora, ni revocaba el terral como estos días atrás. Parecía estar acostumbrado a quedarse sin trabajo y no le echaba la culpa ni al destino, sabía muy bien que estaba metido en los sesenta y ya no era lo mismo de cuando mozo. En aquellos años le metía mano a todo y lo mismo lo llamaban para podar viñas, que para escardar el trigo con el almocafre, o varear los olivos, nunca se atrasaba en el tajo y era el último en llegar al revezo. Tampoco tenía que ir a la recacha de la ermita, quedaba de un día para el siguiente y mientras duraba la temporada no le faltaba el pan a sus hijos. Ahora era distinto, se había quedado solo con su Dolores, los tres hijos se fueron a buscar la vida en otras tierras, y se arreglaban con poca cosa. Dolores criaba unas gallinas en el corral y aunque los huevos eran para hacer unas pesetas, cuando no había otra cosa de que echar mano se tomaban unas sopas de ajo, era una forma sencilla de esperar a otro día y no le echaban la culpa ni al cura, que fue el primero que le dijo que no volviese para acabar la limpieza de los barbechos detrás de la iglesia. Vivían el uno para el otro, como hacía ya cuarenta años, sin un sí ni un no. Estaban tan acostumbrados a la soledad de dos, que aunque les dolió la salida de casa de los hijos y tardaron en aceptar la “ley de la vida”, habían encontrado consuelo mutuo y dejaban pasar los días, soñando sólo en las fiestas del pueblo, cuando volvía la hija con el nieto, ése que tenía el mismo antojo que él en la ceja.
Fotografía: cortijo, fuente de los cien caños. Málaga

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Málaga. Puerta de Atarazanas
Se acercaba el año de gracia de 1362 cuando Mohamed V, que había sido rey de Granada, abandona su exilio en Fez en la corte de su amigo el sultán mariní Abú Salim, y vuelve a Málaga para reconquistar el trono nazarí. En esas muere su amigo Abú Salim y no tiene más remedio que aliarse con Pedro I de Castilla para derrocar al usurpador su cuñado Mohamed VI, llamado el rey Bermejo. Con las tropas de Ronda y Málaga y las cristianas de Pedro I, vence en la batalla de Guadix al rey Bermejo y después de algunos avatares consigue recuperar el trono en la primavera de 1362. Su segundo reinado serán 30 años de esplendor para Granada, donde embellece la Alhambra, construyendo el palacio del patio de los Leones, pero no olvida el apoyo de Málaga, restaurando la muralla fenicio-romana y levantando la bella puerta a las Atarazanas que hoy disfrutamos. Aún se conserva en la portada su escudo con la leyenda “Sólo Dios es vencedor, ensalzado sea”. Las Atarazanas que según Münzer, en 1492 tenía seis arcos abiertos para fondear barcos, mantiene su labor de taller de navíos hasta finales del XV cuando según se recoge en las crónicas de Hernado del Pulgar el edificio aún se situaba junto al mar. A partir del siglo XVI, la deforestación de la cuenca del Guadalmedina hace retroceder la linea de costa por los aportes de arena del río y se pierde la función de “azzanas” (casa de fabricación de navíos), quedando las Atarazanas reconvertidas en almacén y mucho más tarde, después de variados usos, en mercado. El 9 de Septiembre de 1979 la puerta de Atarazanas es declarada monumento histórico-artístico.
Fotografía: Puerta de Atarazanas. Málaga.

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Málaga en flor.
En días, el campo floreció y una luz nueva nos trajo promesas de primavera. Los montes de Málaga, que florecen en enero, este año de nieves, lo han hecho en febrero. El milagro se ha producido de repente, de un día para otro los almendros se abrieron en multitud de flores, unas tan blancas como la nieve y otras rosadas como las mejillas de las enamoradas, cubriendo las laderas de color, sobre el verde de la hierba reciente. Cada año nos sorprende la floracíón del almendro. Son antiguos cultivos, hoy abandonados por su nula rentabilidad y siempre nos preguntamos si será el último invierno en que los veremos anunciando la primavera malagueña, pero el milagro se produce y los montes de Málaga se llenan de luz a pesar de que nadie recogerá el fruto de tanta flor.
Fotografía: Montes de Málaga en febrero

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La Buhaira. Sevilla
A finales del siglo XII, el califa almohade Abdu Yusuf Yagub, ordenó a Al Mulalli, constructor de la Giralda, la desecación de unos terrenos y edificación de un Alcázar en la zona conocida como Al Buhaira (Laguna grande). No os animéis en demasía, la alberca de Abdu Yusuf aún hace su cometido, pero el edificio que contempláis, fue construido en 1892 por doña María de los Angeles Medina, que adquirió los terrenos y edificó el pabellón en estilo Neonazarí sobre los restos del antiguo palacio. En 1971 fue declarado Monumento Histórico Artístico.
Fotografías: La Buhaira. Sevilla

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Sierra Tejeda. Maroma (2065 m.)
Sierra Tejeda ¿Cómo ordenar los recuerdos de tantos días en los que caminé por tus cumbres? Días de nieves en plena primavera, subiendo como un jabato con las piernas hundidas hasta cerca de las rodillas. Días sorprendentes descubriendo las pequeñas flores de las plantas carnívoras (Pinguicola dertosensis) que tapizan tus tajos rezumantes. Días de ventisca en puerto Loberas, caminando inclinado por la fuerza del viento. Días saboreando la dulzura de los arilos carnosos en las semillas venenosas de los tejos. Días de frío en invierno, extasiado por la belleza de las columnas de hielo colgando sobre el vacío. Días de mar de nubes en la costa, cuando parecíamos flotar en el aire. Días de sol en tus cumbres, descubriendo el piorno azul (Erinacea anthyllis) de flores blancas. Días de horizontes abiertos, divisando la espectacular sierra Nevada, Lújar, Gádor, El Rif africano, la sierra de Mijas, las Nieves, el arco calizo del Torcal y las Cabras, las sierras cordobesas .... y lo grande que es la mar. Días escuchando silbar a las cabras monteses, avisándose de que andaban intrusos por sus sierras, y otras veces devolviéndonos la mirada desde las atalayas de sus tajos. Días reponiendo fuerzas por el calor en la fuente de la Tacita de Plata. Días de subir tranquilo, reposado, disfrutando del olor a monte, en compañía de mis hijos y los amigos. Días duros cuando después de subir a la Maroma, haciendo la integral Tejada-Almijara, salí volando por un cortado y tuve la suerte de caer sobre el saco de dormir que llevaba dentro del macuto. Días de sol, nieve, calor o frío, siempre la Maroma inolvidable en su belleza.
Fotografía: vertiente norte de sierra Tejeda.

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Cuento para Kendra
Po señor : Este cuento tiene un caballo de alas muy blancas. Un bosque oscuro de árboles muy verdes, un castillo de altas torres, un príncipe pelirrojo y una niña de ojos azules casi celestes. La niña, que se llama Kendra, de un brinco subió al caballo blanco, para ir volando, volando sobre los árboles verdes del bosque oscuro, al castillo de altas torres, donde el príncipe bermejo saltaba de emoción al ver volar un caballo de alas blancas sobre su palacio de cristal. De pronto quedó como extasiado, sin dar crédito a lo que veía, cuando la niña rubia de ojos celestes casi azules, bajó de su caballo alado. La corte entera salió al patio de palacio y la multitud reunida preguntó con una sola voz : ¿ Las niñas de ojos azules saben montar a caballo? El maestro de cámara quedó pensativo sin encontrar la respuesta adecuada y consultó al contramaestre en busca de solución. Si, dijo con su voz muy ronca el contramaestre, las niñas bellas vuelan en los caballos de alas blancas, sobre los bosques verdes de los países de ensueño, para encontrar a los abuelos que le cuenten cuentos de pan y pimiento. Y recotín recotado, este cuento se ha acabado.
Fotografía: Kendra

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Decidme cómo es un árbol.
“Decidme cómo es un árbol. Decidme el canto del río cuando se cubre de pájaros.” Marcos Ana Marcos, un árbol es grande. Grande, como la mirada de la madre. Grande, como el primer amor. Grande, como los brazos abiertos del hijo. Grande, como la sonrisa del nieto. Alto, como la luz del alba. Ancho, como el agua en la mar. Generoso, como el vientre de la mujer. Callado, como el amor de padre. Fuerte, como tu lucha por la libertad. Al poeta Marcos Ana lo tuvo Franco 23 años en la cárcel, a la salida luchó por ayudar a los presos. Ahora a sus 90 años ( menos 23), ha publicado unas emotivas memorias “Decidme cómo es un árbol”.
Fotografía: Ficus, parque Maria Luisa. Sevilla

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Duele mi tierra sedienta
Duele este sol de diciembre, dura luz de los días en la tierra reseca del largo verano sin lluvia de meses. Clama inclemente el labriego. Perdió la voz en rogativas sin destino, mirando al cielo por ver si nubla el sol y el viento trae un aire distinto. Siente el campo mustio el caminante, que extraña cómo florece aún la alhucema y resiste la dura encina. La tierra calma espera sin protesta que el agua fecunde la simiente. Duele ver al rebaño recorrer el pasto en busca de verde. Duele mi tierra sedienta.
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Añoranza de Pacanda
Desde este largo verano sevillano, entrado ya el mes de diciembre, quién lo iba decir, añoro la luz de Pacanda. Añoro los prados verdes y la lluvia en calma; el color de la roca y esa nube que a veces limita el bosque señalando dónde está la montaña. Seguro que los fresnos están de invernada y sus hojas después de tapizar los caminos, fertilizan la tierra cercana; los rosales del muro habrán perdido ya sus flores y esperarán para pasar en letargo el duro invierno. Quizás Llabres, en su altura, aparezca blanca, cubierta por la nevada, y el aguilucho busque refugio cerca del caserío al calor de las chimeneas. Puede que en las mañanas la hierba se cubra de escarcha y poco a poco el calor del sol cambie el blanco por el verde, un día sí y otro no. De seguro que el corzo seguirá pastando en el prado vecino, pero ya no seguirá atento mis movimientos al salir o entrar en casa; no veré al petirrojo saltar del muro al prado buscando su sustento entre la hierba, ni a las lavanderas con su baile de cola, en su ir y venir a la puerta, como si tuviesen querencia por la vivienda. ¿Qué queréis?, yo desde Sevilla, añoro mi Pacanda
Fotografía: Piedra. Llanes “Pacanda”

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A cuatro leguas de Pacanda
Braulio se crió a cuatro leguas de Pacanda, en una casa pequeña donde había más flores que espacio para los cuatro hermanos. Ana, la menor, crecía en silencio, como un susurro; a ella sólo le gustaba oír el canto del jilguero cuando sacaban la jaula al sol de la puerta. Su música le acompañaba en los juegos de niña solitaria. La recuerda muy bien, como si fuese ayer, con las dos trenzas rubias y esos ojos azules con un fondo de tristeza, quizás, por tener que jugar sola con aquel gato tan arisco que no quería moverse del rincón al sol, en el alféizar de la ventana. Los dos hermanos mayores eran varones y con tanta diferencia de edad que coincidían en poco, no se veían ni a la hora de cenar. El trabajo con el ganado era tan duro, que cuando acababan de ordeñar a mano las vacas, Ana y Braulio ya estaban en la cama. Braulio, en medio como el jueves, no tenía edad para acompañar a su hermana en los juegos, ni años para trabajar con los mayores. En aquellos veranos tan largos, salía por la mañana al río, donde dejaba correr su fantasía mirando cómo lo hacía el agua. A veces seguía el vuelo de las libélulas y descubría que se posaban unas encima de otras, imaginaba algo parecido a lo que hacía el gallo con las gallinas, pero aún más difícil. Otras veces cuando soplaba “el gallego”, pasaba las horas muertas en el campo del bramadorio, donde la rebeldía de la mar hacía bramar los bufones levantando nubes de espuma como si una fuerza, cósmica más que telúrica, quisiese unir la tierra con el cielo. Esos días volvía a casa con ganas de charlar con su hermana y le contaba lo duro que tenía que ser para la mar querer acercarse al cielo atravesando la tierra.
Fotografía: Bufones de Pría ( Llanes )

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Amor, amor mío
“ Como yo te he querido..., desengáñate: ¡así no te querran! “
Gustavo Adolfo Bécquer

Amor, amor mío, ¿recuerdas aquella tarde cuando el sol se detenía y el aire estaba en calma, a la sombra de la ceiba? ¿Recuerdas, amor mío, que como colegiales los dos, teníamos vedado salir del jardín, mientras la brisa traía aromas de la mar cercana? Amor mío, ¿recuerdas la primera vez que, tus manos entre las mías hicieron vibrar todo mi ser? ¿Te acuerdas, cómo el temblar de tus labios delataban tu sentir? ¿Recuerdas?... hace ya medio siglo y parece que fue ayer.
Fotografía: Monumento a Bécquer. Sevilla

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Luz de Pacanda
Esta luz de Pacanda con el cielo entreverado de pequeñas nubes. Este sol de noviembre que acaricia suave el regalo de mis días. ¡Qué dicha el otoño de la vida! tan alejado del tiempo en que curas sin alma amenazaban con el “fuego eterno” a inocentes criaturas. Hoy vi la mar, estaba en calma.
Fotografía: Sierra del Cuera, Llanes

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En recuerdo de Miguel “El Grande”
Bajaba de la sierra con palmitos y esparto un día de mala suerte. Tres penas de muerte le impuso el tirano por pasar por el puente de Ana María la tarde que estalló el petardo. Cuando le conocí, venía de recorrer los penales de España, de Ocaña a Santoña, de Santoña al Dueso del Dueso a Ocaña y vuelta a empezar, durante los veinticinco años en que le quedó la perpetua con la remisión. Aún era recio y de potente voz. Ahora no es nada -me contaba-, antes pegaba un grito en lo alto del río y se oía en la mar. Fue a regresar al pueblo aquel año de las papas baratas y decía con su vozarrón: a mi qué me da el precio de las papas, salí de tres penas de muerte, ya aguantaré que las papas no valgan.

Todo es real en el poema. Mi pariente Miguel, tan grande como buena persona, estuvo media vida en la cárcel por ser el primero en pasar después de haber explotado una bomba bajo el puente de Ana María cerca de Nerja (Málaga). Lo condenaron injustamente a tres penas de muerte, como si fuese a vivir tres veces; después se la conmutaron por cadena perpetua y salió de la cárcel con la amnistía a los 25 años de la guerra civil. Cuando le conocí acababa de llegar a Nerja, donde labraba unas pequeñas tierras. Vestía pantalón de pana raído por el uso y chaqueta de tela. Su voz era tremenda, parecía salir del interior de la tierra. Es cierta la anécdota del precio de las patatas ( papas en Nerja ). Cultivó papas el año de su regreso a Nerja y al cosecharlas no se costeaba ni el precio de la simiente.
Fotografía: Puente de Ana María. Nerja

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Anochece en Pacanda
Sin saber, la tarde se vuelve noche tan despacio como el aire brisa, la luz estrella. Pierden el perfil las encinas. Respira fatigada la lechuza, y repite sin descanso su nombre el búho, haciendo eco en la montaña. Dos luceros brillan a ras de suelo: el gato busca compañía. Ladra el perro sin motivo aparente, ¿Será a la ronda del raposo, o al paso rápido del jabato? El cielo se cubre de estrellas. Luce casi blanco el “Camino de Santiago”, recordando a los romeros que pueden continuar la ruta. El silencio se hace grande, la noche viene tranquila. Descansan los cuerpos se calma el espíritu. Llega la noche a Pacanda.
Fotografía: Anochecer en Piedra ( Llanes ).

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Llanes. Sus ventanas
Llegarán despacio a mirar de cerca las ventanas de flor y piedra. Llegarán de tierras diversas, dispersas por el mundo con ventanas diferentes. Unas al Sur, de cal y reja; otras de cristal con delicados visillos; o de madera multicolor en los cantones de Suiza. Todas bonitas, pero las ventanas de Llanes de sencilla piedra y flor, son tan bellas, que desde hace siglos llegaron gentes a conocerlas.
Fotografías: Llanes, Asturias

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Ribadesella. Luz de otoño
Imagino un paseo junto al mar, donde caminar con el sol de cara a resguardo de la montaña. Otear los barcos que vuelven del Gran Sol. Mirar los pescadores con toda su calma en la lucha por las lubinas. Ver los remeros bajar y subir la ría a prisa por llegar. Qué distinto los días de la juventud a la madurez. Ahora ver pasar las olas llena toda la vida, antes mirar el mar era perder tiempo. ¡Cuanto cuesta aprender que el tiempo no se pierde!
Fotografías: Ribadesella, Asturias

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Día de mercado. Huelva
Imaginaos llamarse Miguel y vender churros desde 1868 en el mismo local (puestos números 6 y 7); no os asustéis, es el mismo tiempo que lleva el vendedor de lotería repartiendo suerte a la puerta del mercado, bueno, este empezó un poco antes, en 1812 cuando la ciudad liberada del francés, quedó bajo la jurisdicción del gobierno de Cádiz que había implantado la lotería moderna con el fin de hacer frente a los gastos de guerra. Lo único que ha cambiado es que cuando se prohibió la venta ambulante se agenció una silla para sentarse. El que lleva también su tiempo, es el señor que busca una colocación para su nieto mirando las ofertas en el cartel anunciador del “Gran Teatro”. No sabemos en realidad si el cartel era anteriormente de un local de espectáculos o se refiere al gran teatro de la vida. Allí se recogen desde las ofertas de clases de latín a domicilio, a los reclamos de fontanería moderna en cobre, los anuncios de pintores de brocha gorda o el de “señora decente se ofrece para cuidar niños o caballeros”. Para no cansaos os copiaré sólo el de la venta de garaje económico para coche sin carnet o el de “marido en alquiler”. Si no lo veis con vuestros propios ojos, seguro que pensareis que es invento del que suscribe. La gente que entra y sale parece ajena al transcurrir de los días, cierto que no tienen ni idea de la fecha de inauguración del mercado, ni que fue el mismo año en que Carlos Manuel Céspedes dio la libertad a sus esclavos y comenzó a luchar por la independencia de Cuba; el mismo año de la Revolución “La Gloriosa” cuando se derrocó a Isabel II y se creyó acabar con los Borbones. ¿Quién iba a pensar que quedarían Borbones para rato?
Fotografía: mercado del Carmen, Huelva

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La lluvia en Sevilla es una maravilla
Con sol o sin él, por la tarde o al comenzar el día, la primera lluvia del otoño, esa que deja el olor a tierra mojada en los rastrojos resecos por el estío, o da lustre a las hojas de los naranjos en calles y plazas, la que nos indica que el verano ya acabó, es siempre una maravilla. En mi pueblo, reseco por sequías ancestrales, el día de lluvia es día de fiesta. Para la ocasión se alteran muchas costumbres. Ese día el hombre de la casa se hace cargo de la cocina, si hace falta se cierra la puerta de la calle para que ninguna vecina lo vea con el delantal puesto; se cambia el almuerzo previsto por el “ama de casa” y el hombre cocina las migas para todos, por un día la mujer no es dueña de la cocina ( hace tiempo que quiere dejar la propiedad y en la generación de mis hijos lo ha conseguido) Las migas hace años eran de harina de maíz, -maiz castellano o blanco- hoy cuando sólo existe el maíz híbrido, amarillo, se hacen con sémola de trigo. Para los interesados puedo explicar que la receta es muy sencilla : En una sartén profunda se hecha un chorreón de aceite de oliva y se fríen los dientes de media cabeza de ajos; antes de que se quemen, se añade el agua y cuando esta está hirviendo se agrega la sal y la harina, removiendo poco a poco. El truco consiste en poner la misma cantidad de harina que de agua, de esta forma en poco tiempo de remover, para que no se peguen, se suelta la masa. Cuando al levantar con la paleta las migas rueden fácilmente, están en su punto para apartar. Para controlar la cantidad, calcular un vaso de harina por dos personas. Era costumbre acompañar las migas con bacalao frito. Desde que el bacalao dejó de ser comida de pobres, se acompañan con cualquier pescado frito y claro con ensalada de lechuga y tomate aliñada, a ser posible, con aceitunas negras. Un día os contaré la historia de las migas que se hicieron en las Lomas de las Cuadrillas (Sierra Almijara) para dar de comer a los 100 hombres que se juntaron a trasladar una rueda de almazara de un cortijo a otro, a través de lomas y barrancas.
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Mazuco. Llanes
Ajeno a la luz que acaba de iluminar su caserío, el pueblo, escondido entre cumbres y barrancas, permanece en paz, acostumbrado al ir y venir de los días a la sombra del Turbina. Se extiende en una horizontalidad conquistada a la montaña, como si fuese sencillo adaptarse al medio. Hace años, a estas horas, el humo de las chimeneas daría una muestra más de vida en el paisaje; hoy, el butano llegó a todos los rincones y aún aparece dormido el espacio de la villa, semejando a un cuadro sin retocar. El aire del otoño despeja el horizonte y el contraste entre la luz y la sombra se acentúa; los verdes de los prados aparecen perdidos. Son pequeñas pinceladas ante la magnitud del paisaje; los árboles se mimetizan con las sombras y apenas destacan su colorido otoñal. Las cumbres van cambiando de color según la distancia, como si fuese el trabajo de un maestro del renacimiento. A lo lejos, las montañas iluminadas con otra luz, son de otros lugares tan distantes, que quedan fuera de nuestro mundo. Un sueño llegar algún día hasta ellas. La mole a la izquierda del pueblo impresiona en su desnudez, los trazos de roca virgen marcan y delimitan su espacio en tonos herbáceos de colores diversos, parece increíble que ningún árbol escale las pendientes. Sólo en la roca más escarpada, inaccesible a los incendios ancestrales, aparecen pinceladas arbóreas. Seguro que a estas alturas del cuento habéis visto en primer plano al caballo, que él si que no se ha inmutado. “El que la lleva la entiende”, los días frescos y más cortos del otoño dejan la yerba en su ser y hay que buscar el bocado en lugares distintos al de ayer. Visto desde fuera, con todo el espacio ante él, parece una tarea sencilla, pero mantenerse sólo con verde, sin un mal celemín de cebada que llevarse a la boca, no es un trabajo fácil, hay que espabilar y no perder puntada.
Fotografía: Mazuco, Llanes.

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Volver
Sueño un balcón al mar donde sentarme a tu vera, ver pasar los barcos, lentos, como las horas de estos días de luz y calma. Imaginar mundos nuevos a la sombra de otras palmeras en tierras por descubrir a tu lado. Andar los caminos de la vida, juntos los dos, mirando a lo lejos al horizonte de la mar. Y volver a sentarme cerca de ti, bajo la palmera.
Fotografía: mirador del Bendito, Nerja.

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Al lirio
Solitario, ignora su belleza, con esfuerzo levanta el talle para mirar en el espejo del lago si es cierta tanta beldad. Teme que la niebla venga a ocultar poco a poco la luz del espacio entre el cielo y la tierra. Sabe que los fríos y la nieve ocuparan su lugar perdido; tiene prisa en dejar simiente para que en veranos venideros nuevos lirios adornen de azul el verde limpio de la montaña. Altas cumbres donde un día caminé, entre morrenas y glaciares olvidados. Hoy disfruto tus campas y senderos en el recuerdo de la memoria.

Val D’echo - Ibon de Acherito
Fotografia de Joan Gonzalez. http://j-gonzalez.blogspot.com

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Barcelona
Bajando por Petritxol llegó a la plaza del Pi y se detuvo en la esquina con Cardenal Casañas, pasó las manos por las viejas piedras frente al rosetón y pensó que la eternidad era un castigo sobrehumano. El tener que ir de un mundo a otro, recorriendo lugares en planetas por conocer, sin que nunca se acabase el viaje, le pareció un recorrido tan duro que empezó a temblar de fatiga; sujeto a los sillares, tomó un poco de aliento, pero la calma de la noche no le llegaba a tranquilizar. Volvió a mirar al rosetón y al fijarse en el juego de colores entre la roca trabajada, pensó que la belleza sí era eterna. Como concepto inmaterial, la belleza podía pasar a través de los siglos y recorrer mundos ignotos sin tener fin. Esa idea de eternidad de la belleza le tranquilizó y se pudo sentar bajo el pino a disfrutar del momento, quizás no se volviese a repetir en años esa calma de la noche, esa luz de la luna tras la torre, esos amigos que le rodeaban, esa paz consigo mismo, esa eternidad del instante. Le faltaba ver de cerca el dragón del llano de la Boquería para que la noche se cerrase en circulo. Los dragones a pesar de San Jorge, existen; tienen una larga lengua y expulsan fuego por la boca, por eso hay siempre una sombrilla bajo ellos, para que las cenizas no caigan sobre los viandantes desprevenidos. Pasó bajo el dragón y comprobó que el farol estaba en su sitio, si cada cosa estaba en su lugar, podía pasear tranquilamente por las Rambla. La noche era joven y tenía una eternidad por delante.
Foto de sherca; Llano de la Boquería, Barcelona

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Volver a navegar
¡Qué sueño volver a la mar! remar a favor del viento surcar mares desconocidos anclar en playas lejanas caminar por sendas no recorridas olvidar las rutas transitadas y volver a empezar. ¡Qué efímeras fueron las horas! ¡Qué raudo pasó el tiempo! ¡Cuan veloz corrió la vida! ¡Qué sueño volver a navegar!
Fotografía: barcas en Ribadesella, Asturias.

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Pacanda
Pacanda no tiene ni cartel ni rótulo en la carretera, para que a ningún despistado se le ocurra meter las narices en su vida tranquila de aldea ganadera. A Pacanda se llega poco a poco, despacio, como si temieses romper la calma que la rodea. Lo primero que encuentras al entrar cualquier día sin lluvia del año, es al señor del muro, vuelto de espalda al camino, mirando al prado. No cambia de postura, se mantiene de pie imperturbable apoyado en el muro, sin mirar al que entra o sale. Contesta los “buenos días” sin girar la cabeza, como si fuese a perder un ápice del crecer de la hierba. Pacanda más que un pueblo es un caserío con tres barrios, separados por prados donde pacen las vacas y en algún caso ovejas. Las ovejas no madrugan, se les ve a partir de las 10 a las 11 de la mañana, haga sol, orbaye o llueva. Si te adentras un poco en el primer barrio, sale a tu encuentro el señor que trabaja en la vaquería; deja la faena y te pregunta por la familia un día si y otro también; aunque no exista novedad, él intenta averiguar qué fue de fulano o mengano, donde anda el padre del niño que te acompaña y si tu nuera lo crió con teta o biberón. Después de dar las explicaciones pertinentes, subes al cueto y quedas extasiado por la vista de un valle escondido entre el caserío y la mole de la montaña. En primer plano, destacan los maizales y los prados de siega con la hierba verde clara, en segundo lugar los nogales y fresnos de un verde brillante al pie de la peña más oscura. A tu espalda queda la que fue escuela, con su ermita y su bolera, con los tilos podados a conciencia todos los otoños, para que el santo, desde su peana, pueda ver la luz que refleja la piedra. La montaña domina el horizonte del pueblo; es una gran mole calcárea que acorta los días de invierno, escondiendo el sol tras ella, pero hace que Pacanda sea sonora como ninguna. Las esquilas y cencerros repiten su son contra la piedra y la melodía no parece tener fin a cualquier hora del día. Pacanda tiene su río, un río que juega al escondite entre las piedras y la arena, a veces corre veloz buscando la mar cercana y otras se esconde en las cuevas para brotar más tarde a las afueras de la aldea. Como el mejor pueblo que se precie, Pacanda tiene su inglés, una familia que cambió la lluvia de la Gran Bretaña por el orbayo más llevadero.
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También tiene una pareja de forasteros que vienen del Sur todos los años con el buen tiempo, como las golondrinas. Son distintos a los turistas, que pasan de largo. Los sureños dan vueltas por el pueblo como si cada día fuesen a encontrar algo nuevo, una planta no vista antes o una nueva flor en una esquina. Pacanda es bella, de esa belleza calma que da el llano junto a la montaña, tan reposada que los corzos pacen a sus anchas en los prados entre las casas; muchas veces sólo levantan la cabeza cuando pasas cerca y siguen a lo suyo, sin inmutarse por tu presencia.
Fotografía: sierra del Cuera. Llanes.

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Mi tía Petra
Mi tía Petra tenía dos macetas de albahaca a la puerta del cortijo, a ambos lados del escalón. Al pasar te rozaban los pantalones y ya entrabas con su olor impregnado en el cuerpo. Dentro se mezclaban sus esencias con el vaho a vino y humedad que venía de la bodega y el del puchero que cocinaba al fuego de leña, en el suelo bajo la chimenea. La albahaca de secano era de tan fuerte aroma que durante buen rato anulaba al olor de la morcilla y el tocino que flotaban en la cazuela, porque eso si, en casa, el menú diario no tenía sorpresa; todos los días se comían los garbanzos con tocino y morcilla, el trozo de carne se reservaba para los días de fiesta: un cumpleaños de los niños, el santo de Mariano o el día de San Miguel, cuando la feria del pueblo. Recuerdo muy bien el puchero en el centro de la mesa, una mesa con las vetas de la madera sobresaliendo de tantas veces como se había fregado con jabón y estropajo. Una comida sin platos, de cuchara y paso atrás, los niños delante y los mayores detrás, a veces se unía el recovero que esa mañana había pasado por el cortijo cambiando platos y tazones por huevos, o el pescadero que traía los jureles para secar, en un borrico por los caminos de la sierra, de cortijo en cortijo. A la tía Petra le gustaba sentarse en la soledad del patio, a la sombra de la higuera, para remendar los pantalones de pana o volver los cuellos a las camisas; otras veces no tenía más remedio que recomponer los guantes de cabritilla que le había traído Mariano cuando hizo la mili en Jaca y usaba algunas mañanas de invierno para levantar la escarcha. Mi tía Petra era callada, no le gustaba entrar en las conversaciones de Mariano con los que pasaban por el cortijo, sobretodo cuando este chismeaba con dimes y diretes sobre las vecinas: si aquella se había subido a la ventana antes de casarse, si la otra había roto con el pretendiente o la de más allá tenía dos tetas como dos carretas. En ese caso tomaba la canastilla de la costura y se iba bajo la higuera del patio a zurcir los calcetines con el huevo de madera que a mi me llamaba tanto la atención y usaba a veces para jugar con las lagartijas que cazaba. Me entretenía en hacerles fumar introduciéndoles en la boca el humo de tabaco con una pajita y cogían una tembladera que no podían subir al huevo y lo hacían girar sin parar. La tía Petra era tal mujer, que a pesar de tantos años transcurridos, la recuerdo con admiración y cariño, como cuando se sentaba a desgranar las judías a la puerta del cortijo entre las dos macetas de albahaca.
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Áyobe en San Martín. Llanes
Paso firme, vista al frente, todo el mar y toda la vida por delante. Mi Áyobe camina decidido a surcar los mares de la vida, aún no conoce la bravura de las mareas pero con sus padres detrás, no teme la fuerza del viento y sabe que la isla es un rincón seguro, protegido de los embates de las tormentas, donde poder descansar en el duro camino a seguir. Esta mañana hemos caminado por islas de ensueño frente a playas de fina arena, desde donde los piratas otean el horizonte a la búsqueda de los barcos cargados de especias, plata y oro de las tierras de ultramar, para atraerlos a su desierto escondite en San Martín. Ha descubierto la cueva entre las rocas, donde el bucanero de pata de palo, esconde las riquezas que consigue con su espada de acero en lucha sin cuartel. Encontramos una concha brillante, de nácar, irisada de colores azules, blancos y verdes que seguro era del tesoro pirata y la hemos guardado para mamá. Otros días, Áyobe con su imaginación despierta, viaja con el abuelo Miguel montado en la moto de la silla, que también sirve de barco, avión o tren. Hacemos viajes sin rumbo definido y lo mismo recorremos desiertos inmensos que bajamos rápidos de veloces ríos en selvas por descubrir. A veces escalamos montañas nevadas y entramos en cuevas profundas de donde traemos murciélagos para asustar a la abuela Mary. Hoy Áyobe corre por playas desiertas camino de la mar.
Fotografía: playa de San Martín, Llanes.

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Entre la tierra y la mar
El aire de la mar trae olores a madera y brea, de cuando el calafate hacía barcas marineras a la sombra de la parra, al pie de los tajos en la misma arena. En aquella playa pequeña donde los turistas tomaban el sol, con permiso del guardia municipal, entre redes y barcos de pesca. En aquella época el municipal blanco recorría las playas a la busca y captura de las bañistas en biquini, a las que obligaba a cubrir sus carnes sonrosadas con telas más amplias o dejar el baño para la intimidad de la casa. A eso de las 2, después de hacer la ronda por las playas, subía al boquete de Calahonda y a todos los que entrábamos al pueblo en bañador y con la camisa puesta, nos animaba a colocarnos pantalón largo; no estaba bien visto andar por el pueblo con pantalón corto si ya eras un mozalbete de pelo en pecho. Eran años que corríamos de playa en playa por las grietas de los tajos entre la mar y la tierra; de Calahonda pasábamos al Chorrillo y a Carabeo, para muchos días, con la mar en calma, llegar a Burriana, donde la playa siempre estaba desierta y podíamos correr a nuestras anchas hasta el Lobo Marino, allí estaba la cueva que había conservado el nombre de cuando las focas habitaban en estas costas. Jugábamos a subir al “pasero” - una roca de superficie inclinada al mar- y saltar al agua una y otra vez hasta que era hora de volver a Calahonda donde teníamos la ropa. Otros días nos dedicábamos a buscar “morcillones” - mejillones - , lapas y “viejas” -caracolas marinas- que cocíamos en la misma playa haciendo un fuego con cañaveras; con el aperitivo de los mejillones nos entraba más ganas de comer y rápido subíamos la cuesta, chorreando agua, para en el mismo boquete, antes que el municipal te lo dijera, ponernos el pantalón largo al entrar en el pueblo. Hoy se conserva la casa con la parra del calafate, y a veces llega hasta el Balcón de Europa el olor a madera y brea, cuando la memoria y la mar están en calma.
Fotografías: acantilados de Nerja y casa del calafate. Málaga

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Jarrón con jazmines
Entraba despacio en casa y al principio no veía nada, la oscuridad parecía densa. Hacía varias horas que estaba el candil encendido y la “torcía” ya sólo daba una tenue luz que en contraste con el quinqué, encendído sólo los días de fiesta, no llegaba ni a iluminar la entrada. Poco a poco me fui acostumbrando a la poca luz y volví a distinguir el dibujo de las baldosas; era una greca que imitaba a las alfombras de flores que era raro ver en los pueblos de la sierra. Con la horquilla del pelo atusé la corta mecha y una llama alta iluminó la cocina-salón-estancia de paso a los dormitorios que de todo servía la habitación grande a la entrada. Entonces, vi claramente la radio en la alacena con su pañito de croché para protegerla del polvo y la jarrita con el ramillete de jazmines que nos libraba de los mosquitos. A un lado, la fotografía del abuelo con su uniforme de los Regulares de cuando hizo la mili en Africa y al otro, la de la primera comunión de Miguel vestido de marinero; en medio la pecera con los peces de colores que daban vueltas y vueltas ajenos al ritmo de los días. El plato con las monedas sueltas estaba hoy tan raquítico que seguro que no daba ni para los pobres que venían a pedir los viernes; menos mal que estábamos a miércoles y para entonces daba tiempo a no tener que “mandar con Dios” a los cuatros mendigos que estaban habituados a venir por casa. Lo que nunca me expliqué era el cuadro enmarcado con el mapa pirata que colgaba al lado de la alacena, cerca de la cocina. Estaba negro del humo de la chimenea, pero nunca se limpiaba, como si al limpiarlo se fuese a borrar el lugar donde se indicaba con una cruz el hipotético tesoro, digo hipotético porque nunca nadie de la familia se había preocupado por averiguar qué hacía ese cuadro en ese lugar, que según la tradición era heredado por la hija mayor de la casa y, hace tiempo que se había perdido el nombre de la primera dueña del mismo.
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Pinus halepensis var. nana
“La presencia de densos bojales (Buxus balearica y Cneorum tricoccum), la sustitución del pino carrasco (Pinus halepensis) por el negral (Pinus pinaster), pasando por una variedad nana del halepensis en el mismo límite termo-mesomediterraneo, y la recuperación del encinar (Paeonio-Quercetum rotundifoliae) sin peonías, a partir de los años 50 en que el butano vino a sustituir al carbón; nos muestra la riqueza botánica de la zona” El párrafo entrecomillado se publicó en el año 1991 en “Paisaje y Educación ll”. Miguel Bueno. ISBN 84-7170110-3 . Editorial Imprenta Santa Rita. Granada. Hace 20 años descubrimos la variedad nana del halepensis en una excursión por el barranco de los Cazadores en sierra Almijara. Nerja (Málaga). Me acompañaban mis dos hijos Miguel y Enrique, y mi primo José Bueno. Al acceder al barranco después de subir la cuesta tras la mina del “Uno” observamos enfrente un árbol de porte semiesférico y color verde limón que claramente destacaba entre los pinos vecinos. Nos acercamos y pudimos comprobar que era un pino con todas las características de halepensis pero de acículas muy pequeñas y piñas de miniatura, tronco grueso y porte redondeado. En la publicación arriba reseñada queda una fotografía del acontecimiento. Un año más tarde me decidí a recolectar piñas y sembrar los minúsculos piñones en un plantero. Para mi sorpresa todos los piñones germinaron y obtuve más de 50 plantones. Muchos de ellos transplantados en vasitos de yogur y bolsas de pástico, los subí a la sierra, al pie del tajo Perruchino y en los alrededores de la boca de la mina “El Uno” con la esperanza de crear una poblacíón de varios ejemplares y poder estudiarlos con detenimiento. Un ejemplar lo planté en el jardín de Nerja y ha crecido como un pino normal de la especie halepensis. Otro lo plantamos en el jardín de Ernerto Pimentel, autor del trabajo botánico sobre el “Monte Victoria” Málaga, publicado en Paisaje y Educación l, y tiene todas las características de la variedad nana. El porte es semiesférico y después de 15 años alcanza los 2 metros de altura. Consultada la bibliografía en “ Flora Ibérica” no aparece ninguna referencia a variedad nana en Pinus halepensis. En internet únicamente aparece mi referencia publicada el 8 de abril de 2005 en miguelbueno.blogspot.com dentro del trabajo “ Tajo Almendrón. Sierra Almijara. Nerja “
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Cuento de Kendra y Enriqueta
Érase una vez un bosque azul, un sillón verde, un plato lleno de nubes y un corazón tan grande que ni la ansiedad por lo desconocido le era indiferente. Mi niña quiere que le cuente un cuento en el que los pájaros sean rojos, las ardillas amarillas y los sueños de color verde; un cuento en el que el viejo rey sea el príncipe y la princesa tenga coletas blancas con pendientes de coral trasparente, ni rojo ni amarillo ni verde. Un cuento de colores y colorines brillantes, que haga envidiar al arco iris de la mar, aquella mar amarilla y roja que se adivina por poniente en los días de luna verde. Mi niña está enamorada de la luna verde, y el príncipe encantado duerme con la rana entreverada en el bosque, entre barrancas y pendientes, de las que sueña mi niña al ver caer la tarde con el sol azul antes de esconderse. El cuento dice así: Érase una vez una abuela de pelo añil que tenía una niña rubia, de pelo dorado como el oro, y en los días de abril subían al caballo bayo, sin montura ni bocado, para correr entre ceibas azules por los bosques de ensueño en las islas de ultramar: donde ni la mar es de azul marino, ni el cielo de azul celeste, ni las nubes son blancas como la nieve. En la isla la nieve era verde, el cielo amarillo, la mar blanca y la tierra de muchos colores, tan claros y luminosos que al mirar se veían del revés, el verde parecía azul, el amarillo violeta y el rojo, a veces, era blanco como la nieve del país de los sueños derechos. En la isla, la abuela soñaba con su nieta de ojos azules, piel de nácar, pelo luminoso como el metal y dientes de marfil; soñaba con cabalgar en los caballos tordos, por los caminos no transitados ni andados, correr al trote limpio por las playas de arena negra brillante y agua verde esmeralda, entre tunas de higos rojos o morados, con flores amarillas y rosadas; rocas azules y tierras con vides verdes escondidas. Tan escondidas que sólo las veían las niñas que cabalgaban con sus abuelas en las tardes claras, cuando el levante no soplaba y la mar quedaba en calma como un lago verde casi esmeralda. Hoy la niña Kendra cabalga con su abuela grande Enriqueta, entre araucarias altas y ceibas azules y blancas. La abuela está feliz, muy contenta. Ya corren por las tierras pardas, bajo la luna verde de cielos amarillos y noches claras, plenas de luz, como en el alba.
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Días de luz y mar
“no tengo prisa si me das tiempo detendré la lluvia con las manos no tengo planes: un jardín no es el futuro toda tu boca toda mi piel ahora” Isabel Bono Hoy encontré los versos de Belinka, ahora ya no tengo prisa. Deseo el tiempo detenido en estos días de luz y mar. Leer despacio, lento, verso a verso y recordar aquellos tiempos en que no molestaba ni la lluvia ni el viento, en que las tardes y los días infinitos parecían prolongarse sin fin. Aquellos días en que tu piel en mi boca sabía a miel con canela, y yo la recorría a ciegas, sin llegar a conocer los caminos, en una aventura hacia lo desconocido. Días de paseos largos en silencio, siguiendo el caminar a saltos de los gorriones por sendas aún no transitadas o intentando ver a la abubilla con su penacho de plumas, ya por mayo, cuando la primera calor. Otros días eran las garcillas las que llamaban tu atención y me hacías contar las motas blancas en los barbechos de la vega. Aquellas tardes de primavera, cuando me preguntabas el nombre de las flores que cogíamos por las veredas, unas azules y otras blancas, a veces rojas como el color de tus mejillas al besarme. Después vinieron días veloces, tiempos de tanta prisa que pasaban sin sentir. Años que fueron días y entre la rutina de las horas se escaparon de las manos como el correr del agua en la tormenta. Ahora deseo detenerme, vivir el anhelo de cada día, como si tuviese todo el tiempo del mundo para un verso, para un recuerdo, una flor, una piedra de la playa, un beso al atardecer. No tengo planes, tengo la silla a la sombra de la higuera y cuando aprieta el calor me siento a mirar cómo la ardilla sube y baja del aguacate, el mirlo que busca y rebusca entre las hojas secas caídas y al gato que atraviesa despacio, con todo el tiempo del mundo, delante de mi. Otras veces, tomo los versos y leo sin prisa al ritmo de estos días de luz y mar.
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Flores de piedra
A Belinka Ayer le regalé una piedra blanca y negra, que me dio la mar. Una piedra pequeña pulida, brillante. Vi en sus ojos sorpresa y emoción. Lustros de ausencia quedaron en días. Recuerdos añejos, volvieron al presente. Años de lucha y trabajo en el tiempo detenido sin parra, con terral a inicios de verano.
Fotografía: de Celindas en Nerja.

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¡Alerta!
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Barco pirata a la vista! Preparen batería. Veinte grados a babor. Apunten. ¡Fuego! Ruge el cañón, vuela la bala en el espacio infinito del juego soñado. Edad bendita de juegos compartidos. Padre e hijo, el padre se hace niño y el niño se hace grande en la espera del juego repetido.
Fotografía: Enrique y Áyobe

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Mi niño crece
Mi niño se hace grande. Ríe, tomando helados con la luna verde. Mira cómplice, de reojo, y espera en tu mirada, compartir el juego descubierto. Mi niño crece. Nombra a las personas, con palabras inventadas. Sabe de la ironía, el doble juego. Me llama abuelo, Miguel otras veces. Llora cuando sin razón lo ofendes, perdona al verte dolido. Mi niño crece. Mi niño se hace grande, por días, a pasos de gigante. El abuelo no sabe, si es cosa de abuelos lo que mi niño sabe. Mi niño se hace grande. Mi niño se hace grande mi niño crece, con la luna verde con la luna verde ¡ay! con la luna verde.

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A las dos
Frasquito siempre sabía la hora que era. Miraba el color del cielo y te decía la hora. Todos los días al acercarse las dos, echaba mano de su reloj de bolsillo y comprobaba que eran los dos en punto, entonces levantaba el crochet y encendía la radio. La radio estaba en el centro del bazar, junto a la foto de la mili del hijo y a los platos y tazones de lujo que nunca se usaban, esperando un día de fiesta que nunca llegaba. De dos a dos y media se oía en silencio el flamenco. Dolores parecía no escuchar, siempre estaba atareada con su trabajo, se movía sin hacer ruido. Para encender la lumbre, usaba un largo canuto de cañavera que al soplar avivaba el fuego y rápidamente colocaba la trébede para asentar en ella la olla. Frasquito nunca cantaba, pero el rito de escuchar el cante era una liturgia, tampoco comentaba. A las dos y media en punto, al acabar el programa, apagaba la radio y la volvía a cubrir con el encaje, hasta el día siguiente a la misma hora. Dolores no paraba. Mientras la olla hervía, llamaba a las gallinas que acudían rápidamente a recoger los granos de cebada. Visto y no visto, dejaban el suelo limpio. Si la olla tardaba un poco más, cogía la cesta de la ropa y zurcía alguna camisa vieja. Frasquito cogía la botella de vino que estaba preparada con dos pequeños canutos perforando el tapón, y te invitaba a un trago a gañote. Entonces, muchos días recordaba su paso por el frente del Ebro y volvía a repetirte, 30 años después, los nombres y apellidos de todos los jefes de su compañía con algún detalle. Siempre te sorprendía su memoria, ahora pienso que quizás lo hiciese como un ejercicio para no olvidar. Cuando aparecía el recovero era un día distinto. Traía dos grandes canastos de mimbre, uno lleno de loza con los platos y tazones, otro con los huevos que iba recogiendo a cambio de los platos. No podría decir cual de las dos canastas era más difícil de transportar. Venía de recorrer los cortijos del Rescate y el Cerval, en el término de Granada y estaba informado de todas las novedades en la costa. Aunque el hombre era callado, Frasquito le preguntaba por unos y otros, y acababa por hacerse una idea de las novedades en la comarca. Ese día se ponía un plato más a la mesa. En su honor a las tres en punto se encendía la radio para escuchar el parte.

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Enriqueta
Transcurría la primera quincena de mes de enero del 1885, cuando Las Pachecas asomadas al balcón de su vivienda, que daba al paseo de La Batería, dejaron entrever los tobillos al paso de su majestad el rey D. Alfonso Xll. El escándalo fue de tal envergadura que ayer, mi madre, volvió a recordar la historia cuando se dejó fotografiar con el Rey en el Balcón de Europa. Mi abuela le contaba, que el rey se interesó por las dos señoritas del balcón, y en la recepción posterior en el ayuntamiento, requirió su presencia para verlas más de cerca. La historia no llegó a mayores, el rey tenía unas jornadas de duros viajes, en 10 días, del 10 al 20 de enero iba a recorrer las comarcas del Temple en Granada y la Axarquía en Málaga, y aunque era conocida por el pueblo la querencia de su rey por el sexo opuesto, en este caso sólo quedó el gran escándalo de unos tobillos femeninos en el balcón de una casa. Para los interesados haremos un poco de historia : El 25 de diciembre del 1884, se activó la falla de Alhama, y el terremoto originado afectó con especial dureza al Temple y a la Axarquía en las dos vertientes de las sierras Tejeda y Almijara. En la comarca de Alhama, el pueblo de Arenas fue arrasado completamente, siendo levantado de nuevo por el auxilio real y desde entonces se nombra Arenas del Rey. Santa Cruz recibió la ayuda de los comerciantes de Madrid y ahora es Santa Cruz del Comercio. En Frigiliana la piedra al pie del castillo, rodó pendiente abajo arrastrando a los vecinos de varias viviendas. En Nerja los daños personales fueron mínimos, pero los materiales si fueron de gran envergadura. A causa de tales destrozos se organizó la visita real a la zona para los días de enero del 1885, y de todos es conocido que en su visita a Nerja, propuso el nombre de Balcón de Europa al paseo de La Batería, que había sido un fuerte provisto de cañones hasta que los ingleses los tiraron al mar en la guerra de la Independencia, con la excusa de defendernos del francés y a la vez dejar sin defensa todos los fuertes cercanos a Gibraltar. Hoy Enriqueta, a sus 95 años, recuerda muy bien la historia real de Las Pachecas, al fotografiarse con la estatua de Alfonso Xll en el Balcón de Europa de Nerja.
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Acantilados de Maro. Nerja
Tenían buen acopio de paja para hacer una gran ahumada en las torres del Pino y del río La Miel. La rehala recogida en la playa de Las Alberquillas, que eran más de doscientas cabezas de ganado lanar, y preparadas las 42 arrobas de vellón, pero el día amaneció con un taró que no se veía ni la linea que separa la tierra de la mar. Era imposible avistar al barco del Turco y de nada servía prender la paja con esa niebla que había traído la calma de levante. Hernando El Darra tenía acordado con su alférez Martín Alguacil, que tuviese listo el ganado y el vellón para el 23 de junio, día en que los cristianos viejos estarían preparando las fiestas de San Juan. Una galera de Berbería acercaría a la playa del Cañuelo las picas y arcabuces que estaban estipuladas pagar con ganado y el vellón de los mejores carneros de la Axarquía. Reinando en Castilla el infausto Felipe ll, en las Alpujarras el noble Aben Umeya, y en la Axarquía el valiente Hernado el Darra, el día 23 de junio del año del Señor de 1569, en los acantilados de Maro no ocurrió nada. Ni apareció la galera, ni Aben Umeya tuvo sus armas, ni Martín Alguacil pudo embarcar el ganado. Bueno, sí es necesario aclarar que esa noche, Elvira bajó a la playa a mojarse siete veces la cara. Aún no había perdido las esperanzas de que algún cristiano, aunque fuese nuevo, hablase con su padre.
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Romería de San Antonio. Piedra. Llanes
Los críos miran el quiosco deslumbrados por el colorido, no saben bien que juguete elegir, si las pistolas con las esposas, para jugar a policía y ladrones, o los rifles de vaqueros. ¿Jugarán los niños a policías y ladrones? o ya están todos los días con las maquinitas de marcianos. Aquellas películas de ”vaqueros”, con el “muchacho” luchando él solo contra los malos, ¿levantan del asiento con el cuerpo en tensión a los niños de hoy? Me parece que ya no hay películas del “oeste”. Creo que no queda ningún Búfalo Bill corriendo por las praderas perseguido por los indios. Los indios han montados casinos y no necesitan defenderse del hombre blanco. Es cierto, había pieles rojas, hombres blancos, fuertes y la caballería montada, para que más tarde repitiésemos las aventuras por las esquinas de las calles desiertas de coches. Otros días el problema era elegir a los ladrones, todos los amigos querían hacer de policía, menos Manolito, a él no le importaba hacer de ladrón para que rápidamente lo encerrasen en la cárcel y poder jugar tranquilo con las niñas “a casita”. Le gustaba hacer de padre, pero un padre bonachón que no se molestaba con las jugarretas a que lo sometían sus compañeras. La señora no pierde la esperanza, piensa que aún, por algún rincón, tienen que quedar críos que se ilusionen con sus juguetes. Mira tranquila, a ver si se animan y suben la rampa frente al quiosco. Sabe esperar, conoce a su clientela y la experiencia le dice que si se acercan un poco más acabaran comprando alguna chuchería. Hoy lo puso guapo y ordenado, a la derecha los juguetes de crío y a la izquierda los de jugar a casita, lo tiene muy claro. Lo de “unisex” es un modismo que no va con ella. San Antonio es una fiesta que le trae recuerdos de otra época, cuando venía con su Juan y en los tres días de romería tenían tiempo de dar una vuelta por los caminos que dan al río. Un río de arena blanca, con sauces y robles en la orilla, donde la sombra buen cobijo daba. Bueno, los años han pasado y cada día trae su querer, no es plan de querer vivir dos veces la mocedad.
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Hayedo de Ventaniella
¿Se puede explicar el color de la luz? ¿Podemos describir la naturaleza del aire? ¿Es posible narrar el alma de un bosque? Luz, aire, espacio, silencio, color y tiempo. Esta luz entreverada, con un tono verde suave, tan tenue que parece delicada, como a punto de romperse. El contraste de los troncos pálidos, manchados de negroverde, mimetizados para provocar la mínima atención ante el fondo amarillo-verdoso. La superficie del suelo adivinada bajo el manto leve de la hierba. Las hojas, verdes brillantes, flotando entre dos aires, el que se eleva en las copas y el más húmedo junto al suelo. Es el hayedo, arboles y árboles, altos, grandes, fuertes, que se pierden en el horizonte y saben rectificar el deslizamiento del suelo, buscando la verticalidad hacia el cielo. Ninguno destaca, tienen la emoción del conjunto, un canto coral a la belleza de la luz matizada. He caminado entre árboles solitarios por las cumbres de Almijara, árboles endurecidos por su lucha contra la nieve y la ventisca. Tienen un aire solemne, son supervivientes de una raza milenaria y muestran con orgullo sus heridas en las ramas. Muchas veces me he acercado a ellos y he acariciado su tronco, animándoles en la batalla. En los árboles de Ventaniella, la sensación es distinta, aquí no sobresale un árbol, la relación es con el bosque. Al caminar entre ellos, te van trasmitiendo su fuerza para tu andadura por otros senderos de la vida; se ven tan sobrados de ella, que no duele tomar prestado su aliento. Pero en ambos casos el sentimiento es parecido. ¿Se puede comparar el cante por soleá, con el canto de un coro? Los dos ponen el vello de punta, y la emoción llega igual de profunda. Algo parecido ocurre con los árboles del puerto de la Ventosilla, (Parque Natural de Almijara) y los del puerto de Ventaniella, (Parque Natural de Ponga). Animo a los amigos que conozcan los dos Parques Naturales y comparen su belleza.
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Entrevero del caballero don Blas de Quero
A Espuma Una mañana de orballo, el caballero don Blas de Quero, cabalgaba su caballo en el puerto de Ventaniella, hayedo donde lo hubiera. Corría tras el ciervo, horas llevaba, vueltas y vueltas iba dando, el bosque oscuro quedaba. La niebla, taró pareciera y a la presente sólo un mal búho encontrara. Las fatigas le venían, cuando a lo lejos divisó una casería. No podía creer lo que viera: una ermita con espadaña. Seguro que ermitaño tendría y aunque malo, un lecho le aguardara. Descabalgó de su caballo y quedóse quedo junto al castaño, con las riendas en mano, sin saber si dejarlo o seguir con él caminando. Al acercarse despacio, vio en la puerta a una dueña rubia y esbelta, llamando por su nombre una a una a las pitinas, ninguna olvidara, que rápido acudían por su ración de comida, hasta el gallo acudió, ese día, sin otrora ser convocado. Olvidóse de la ermita y de su espadaña, y en otras cosas ya pensaba. Contento, aceleró el paso y al mirar de soslayo se dijo ¿Será cierto? ¿será doña Olalla? ¿Será el ama que me amamantara? Entre dudas y resquemores, don Blas acudía presto a la casería, por ver de cerca a la que el seso ya le sorbía. Pronto salió de su error, la dueña era más joven que su ama, no había ermita, ni ermitaño, ni espadaña, pero la cabaña buen refugio le dara.
Fotografía: Ventaniella, Ponga (Asturias).

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Hórreo del Cuetu del Pozo. Llanes
El falo recorta el perfil de la montaña, un canto a voces a la fertilidad de la tierra, que provee del maíz y la patata. Se mantiene erguido a pesar de los años transcurridos, ha conocido tiempos de penuria y otros de abundancia; ha visto muchas veces la sierra blanca, cubierta de nieves tardías que dejaban la patata negra, por las heladas. A cambio también vivió veranos en que el maíz granaba en toda la mazorca y daba para la casa, después de alimentar a los cerdos antes de su San Martín. El hórreo, como día destacable, recuerda muy bien aquel en que don Blas de Posada, llegó a Piedra buscando provisiones para su partida. El 24 de Mayo habían tocado a rebato las campanas de Oviedo, levantando al pueblo contra el francés y el 30 del mismo mes del 1808, se presentó don Blas en Piedra. El día había amanecido espléndido, más bien pareciese tiempo de verano que de primavera; cuando llegó la partida, el sol calentaba ya como en el estío. Doña Olalla de Balmori estaba en casa y pudo poner en antecedentes a don Blas. Las provisiones del hórreo eran comunitarias, todo vecino del “barrio encima” tenía parte en ellas, así que no había más remedio que llamar a concejo. Rápidamente se tocó a campana y todos se reunieron en la escuela que hacía las veces de casa del pueblo. Se acordó que don Blas se llevase el 20 por ciento de las provisiones de cada vecino y el 40 de los bienes privativos de don Venancio Villanueva propietario del hórreo, dejando aparte dos fanegas de patatas para la próxima sementera. Los caballos serían entregados a cuenta de bonos del ayuntamiento de Llanes, reintegrables en trabajo comunitario en caso de necesidad; y el resto del ganado de pezuña sería retirado por don Blas según que las necesidades de la guerra lo fuesen requiriendo. El acuerdo fue rubricado en una parte por don Venancio Villanueva, como mayor propietario y alcalde pedáneo y en la otra, por don Blas de Posada, siendo ejecutable esa misma tarde del 30 de Mayo del año de gracia de 1808. Hoy el hórreo mantiene su carácter comunitario por gracia de sus actuales propietarios y sigue mirando a la sierra de Llabres con orgullo.
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El halcón de San Martín
El halcón peregrino otea el mar, se sorprende por el ritmo incansable de las olas, que unas veces se preparan extendiendo un manto de espuma blanca, como pidiendo permiso a la arena para poder llegar a tierra, y otras, directamente, se acercan a las rocas levantando al cielo la blancura, haciendo exhibición de su fortaleza. El peregrino ha dejado un momento la tierra a los caminantes de Santiago, se asoma a la mar, reconoce que está bella, ni enfurecida a lo bravo, ni vencida impotente ante la inmovilidad del acantilado. Hoy parece querer hacer las paces con el arenal y extiende lentamente el agua a sus pies sin osadía, sin molestar. El ave no levanta el vuelo, no necesita elevarse para guardar su territorio, tranquila, se sabe dueña del espacio entre el mar y la tierra, nadie le disputa su reino. Vendrán otros días en que otros “pájaros de ciudad” querrán compartir tanta belleza y no tendrá más remedio que refugiarse en sus cuarteles de verano, allá en lo más alto de la sierra, pero ahora la playa está desierta.
Fotografía: arenal de San Martín (Llanes).

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Gulpiyuri.
El espino blanco se inclina a mirar sorprendido el arenal, tan recoleto, que parece de juguete. El agua quiere salir de su estrechez, y de vez en cuando, rota en blanca espuma, asoma por la abertura de la cueva alcanzando la playa. Si, es una playa. No se divisa la mar, pero el agua es salada y rompe con fuerza a través de la oscuridad, buscando su querencia de arena. Poco a poco con la ayuda de la marea, va conquistando el espacio y forma una laguna de agua trasparente. Ya tenemos una playa completa, con agua donde nadar plácidamente y arena para tomar el sol. Sólo nos falta la mar, a cambio tenemos los campos y prados que la rodean y le dan ese aire extraño, como si la hierba cansada de verde se hiciese blanca un momento. Es Gulpiyuri, incluso su nombre tiene resonancia a algo distinto, especial, como de un cuento en idioma ancestral, anterior al castellano. En las calizas del carbonífero superior que forma el karst costero de la rasa de Llanes, existen infinidad de galerías que comunican con el mar; algunas tienen pozos por donde asciende el agua marina dividida en finisimas gotas y forman los conocidos bufones; otras, como es el caso de Gulpiyuri, se desplomaron formando una dolina, que al comunicar con el mar origina una playa en la depresión.
Fotografias: playa de Gulpiyuri, Llanes.

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Luz del norte
Esta lenta luz del norte, entreverado el sol por las nubes, que refleja suave el gris-verde de la roca en la montaña. Este atardecer en el llano, al pie de la peña, rodeado de prados verdes y manzanos. Unos blancos, luminosos por la flor y otros, ya cargados de promesas de frutos. Un juego de verdes, cambiantes en cada planta, a cada luz. El aire queda en calma, no mueve ni las nubes de la piedra, como si estuviesen atrapadas por la querencia de la altura. En el horizonte, la tarde se extiende poco a poco, tan suave, que la luz parece detenida entre el verde de la hierba y ese espacio de cielo sin nubes. Sobre las encinas el contraste de luz es mayor, a lo lejos se ven casi negras y sus perfiles recortan el azul claro del trozo de cielo despejado. Esta luz de la tarde, que cada día es diferente. Unas veces se ilumina el cielo de levante, como si el sol fuese a nacer momentos antes de morir. Una luz extraña por imprevista, una luz rojiza al Este, un atardecer como si fuese un amanecer; es otro sol que quisiera quedar aquí entre nosotros. Otras veces, no hay duda, el sol se pone, en un cielo azul claro con tintes rojos, por la mar de poniente; se retira sin batalla, es sólo una despedida a calentar otros prados, allá en las Américas. Este sonoro eco de las esquilas en la peña, a veces un repique de ovejas, otras la melodía de los cencerros de las vacas y desde hace un tiempo el alegre canto del trote de los caballos. Quisiera poder retratar los cambios del verde, en esta tarde tranquila, después del orballo de la mañana. El amarillo claro del prado recién segado, refleja una luz distinta al verde de la hierba más alta; los fresnos se distinguen de los nogales con un tinte marrón en sus hojas tiernas, el verde de los manzanos nada tiene que ver con el color oscuro de las encinas y esta luz tamizada, es distinta a la del medio día, cuando el sol calentaba. Estas tardes embriagadoras de verde, en espera de un culín de sidra compartido con los amigos, son tardes de antiguo soñadas, sueños de otras tierras en el sur, hoy cumplidos en este norte del alma. 53

Desde mi ventana
A Nofret Hoy he visto perderse el perfil de los árboles en el horizonte, al principio se recortaba sobre un cielo rojizo que poco a poco pasó a gris y al momento dejó de verse, se fue como por ensalmo. Son encinas, robles y fresnos. Los fresnos y robles parecen fantasmas desnudos al perder las hojas. Sólo destaca el porte de las encinas, sus copas grandes, redondeadas, me señalaban el horizonte sobre el cielo que ya presagiaba el agua. La lluvia empieza a caer lentamente y la música de las canales suena intermitente. Ahora tras la ventana sólo veo oscuridad, como si la oscuridad se viese; pero el cantar de la lluvia, me dice que existe, que fuera está la lluvia y algo más. Deben seguir los árboles aunque no los vea, hay cosas que están sin ser vistas. Debe seguir el aguilucho que caza en el prado vecino, ¿tendrá un lugar donde refugiarse de la lluvia? o como hace a veces, ¿se subirá al palo más alto de la cerca o se esconderá entre el follaje de las encinas? Deben seguir los petirrojos, que durante el día revolotean por el prado buscando su comida. ¿Dónde se refugiarán los topos en la tierra encharcada? ¿Encontrarán cobijo bajo las piedras del muro, o se esconderán bajo el porche de la entrada? La lluvia es un agua tranquila, que empapa la tierra, el sonar es suave, a veces parece perderse en el silencio de la casa. ¡Qué dicha no tener televisión!, poder oír el ritmo de la lluvia que suena en las canales y en otros momentos se hace casi inaudible. Este otoño vino lluvioso, ha sido un buen año de setas. Las lepiotas se han criado hermosas, era una delicia entreverlas bajo las encinas, junto a las lepistas y champiñones. El acebo ha echado hojas nuevas, hojas tiernas, de un verde claro entre las bolas rojas y las hojas viejas, oscuras. La camelia está repleta de capullos, promesas de flores grandes para que cuando lleguen los fríos del invierno adornen la portada con su color grana. Los rosales ya los he podado, están preparados para la invernada, y los cerezos tienen su copa formada, esperando con sus yemas llenarse de cerezas esta primavera.
Fotografía: Piedra (Llanes)

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Al fresno de la puerta
¡Qué suerte tiene el fresno de brotar con fuerza renovada! En días se cubrió de hojas nuevas, con el brío de otras primaveras. Pasó bien la invernada, olvidó los fríos de enero, resistió al huracán y las nevadas, con sus profundas raíces en tierra mantuvo fuerte las ramas. Ya da cobijo al mirlo y al jilguero y buena sombra a la casa. ¡Qué envidia del fresno! con sus hojas verdes cada temporada. ¡Qué distinto a nuestra vida! soñando renovar recuerdos de épocas pasadas. Los pájaros ya volaron del nido, encontraron nueva morada; es ley de vida, dicen. ¡Quién fuera fresno y acoger nuevas nidadas!

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La puerta quedó abierta
La puerta quedó abierta. El día que salió para hacer las Américas no la cerró. Estaba cansado de ver a su Dolores bajar cada dos viernes al mercado de Posada, para intentar vender los cuatro huevos que las gallinas ponían en 15 días; pero más le dolía que sus hijos no pudiesen comer los tortos con huevos. El dinero de la venta era el que les sacaba de un apuro: renovar una guadaña, comprar unos pantalones a Miguel, que crecía como un descosido, o pagar la consulta al médico de María cada vez que le entraba esa fiebre que parecían tercianas. Todas las noches soñaba con un mundo sin tantas privaciones para los suyos; hasta que no pudo más y se atrevió a contárselo a Dolores. Escribiría a su compadre Paulino para que le enviase un propio con el que poder pasar fácilmente los tramites de inmigración en la aduana. No estaba cansado de la rutina de ver salir el sol por el Turbina y esconderse tras el Mazuco, camino de otras tierras; tampoco le temía al invierno, con esas noches tan largas pegado a la chimenea; ni a la escarcha de la mañana, cuando tenía que romper el hielo en el agua del barreño, para lavarse la cara. Los días con su Dolores eran tranquilos, no podía tener queja. Ella mantenía la casa limpia como los chorros del oro y a él nunca se le olvidaba un detalle para recordar el día en que se conocieron allá en la romería de Posada la vieja, por San José. Unas veces le compraba unos pendientes de plata y otras un pañuelo bordado para la cabeza. Parece que lo estoy viendo, era una noche de finales de invierno pero no hacía mucho frío. El camión estaba aparcado en la plaza, con un toldo a dos aguas como de tienda de campaña, ya habían cargados los cuatro bártulos y la gente se arremolinaba alrededor. No se distinguía bien quien hacia las Américas y quien se quedaba en el pueblo; los abrazos y lamentos se repartían por igual por toda la plaza. Eran varias las familias que emigraban a la vez para aprovechar el viaje al Musel en el mismo camión, después, cada una tomaría su rumbo según la parentela que las hubiesen reclamado. Unos embarcarían en el carguero de la Habana y otros hacia Buenos Aires. La familia de Miguel se quedaba en Cuba. Miguel quería conocer las ceibas. Su compadre le había contado que las ceibas eran unos árboles cubanos, con una sombra como la de diez de sus fresnos en verano. No había cerrado la puerta pensando que la casa sirviese de refugio en esos días en que el “gallego” no dejaba de regar la hierba.
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Ya no habría quien usase su guadaña, la hierba crecería a su ser, pero quizás le viniese bien a los corzos que se habían acostumbrado a bajar al prado al atardecer, cuando las ovejas les dejaban el campo libre. Lo que no podía imaginar es que la techumbre no resistiese el embate del tiempo. Cuando la levantó su padre, las vigas de roble las había cortado en la menguante de enero y él mismo le ayudó siendo chaval. Hoy sólo quedan en pie los dos fresnos que plantó con su abuelo, y brotan con la misma fuerza en primavera, como cuando con Dolores soñaba otro mundo mejor para los suyos.
Fotografía: majada en el Alto del Mazuco (Llanes).

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Aires de otros mares
Los aires de otros mares han roto las sombras que deja el viento, y en los rincones abiertos se escuchan rumores añejos. Hoy puedo oír la brisa de aires lejanos, de otros tiempos, como si el viento fuese de hogaño. El aire que trae olor a marismo mezclado con hierba recién cortada, en estos mares del norte, me deja aromas de caña dulce de mis otros mares del sur, cuando niño. Las mismas olas luchan igual por alcanzar la orilla y se deshacen en espuma blanca, unos días jugando al escondite con la arena y otros a la brava. El agua es el mismo agua y el azul es el mismo azul. El sol sí parece que ha hecho las paces, y ahora me deja tranquilo que pasee mis años por la orilla de la mar. Allí era el viento de poniente el que dejaba correr las olas y abrir el horizonte; aquí el noreste quita la barra y hace la mar más grande, como queriendo mostrar otras tierras tras el agua. Los mismos barcos de vela pasan sin tener en cuenta a la gente de secano, surcan el mar sin contar con la tierra; su mundo es otro mundo y navegan sin mirar la sierra. En realidad la sierra es la misma, al sur la Almijara y aquí el Cuera, pero el mismo color de la caliza; un verde de hierba o de pinos, las diferencia levemente. Allá era yo niño y ahora son niños mis nietos. Antes jugaba con las olas y ahora lo hacen ellos, pero el olor a marismo me llega igual de dentro y sigo buscando el mismo agua en los pozos que hacemos en la arena de la playa.
Fotografias de Toranda (Llanes)

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Llueve a lo lejos en la mar
Llueve a lo lejos en la mar. La ola se deshace impotente en diminutas burbujas de aire. El mar enfurecido se cubre de espuma. Toda su fuerza queda reducida a un manto blanco, como de leche derramada. El sol quiere buscar un hueco entre las nubes para mirar qué es de tanta bravura, y se retira al comprobar que todo fue nada, que hoy ni la mar está bravía, ni las olas levantan sobre el malecón la espuma blanca. A lo lejos llueve; una nube despliega su cortina gris sobre la mar. Por fin los peces probarán el agua dulce, disfrutarán el cambio de tanta monotonía salada, no envidiarán a los salmones que tienen la dicha de remontar el Sella para bañarse en sus aguas cristalinas, lejos en la montaña, entre hayas y castaños. No se otea ningún velero en el horizonte. Hoy quedaron al pairo en la ría, soñando otras singladuras. Hace años, ponían proa a poniente y surcaban los mares para llegar a tierras de ultramar, buscando un nuevo porvenir, allá dónde descansa el sol. Otras veces, salían a alta mar en el Cantábrico para volver a puerto con las ballenas capturadas. Otros tiempos, otros mares, otras rutas olvidadas. La misma luz de la tarde, en Ribadesella, a finales de invierno.
Fotografía: atardecer en Ribadesella. Asturias

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Torimbia. Llanes
Ayer estuvimos paseando frente al mar. Las olas dejaban el cielo a nuestros pies. Caminábamos despacio entre nubes, sin dejar apenas huella en el espejo de arena. El mar avanzaba y retrocedía lentamente para conquistar poco a poco su espacio. Se perdían las pisadas de las gaviotas y las burbujas de aire atrapado entre la arena estallaban sin ruido, como nuestro lento caminar entre ola y ola. La isla quedaba unida a la playa por una lengua de arena y las ovejas podían regresar a tierra después de su aventura marítima. La rasa parecía querer entrar en el agua y lo hacia sin miedo, adelantando una proa al mar abierto; no sabe que la lucha es sin cuartel y vendrán inviernos en que el choque hará retumbar las cuevas y bramará desde sus entrañas el mar, expulsando sin pudor su aliento por los bufones del acantilado. Hoy la mar y la tierra han firmado tregua, se unen en abrazo tranquilo y nos dejan caminar en paz entre el cielo, la mar y la tierra.
Fotografía: playa de Torimbia (Llanes).

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Entre el fuego y el agua
“Toda la noche he dormido contigo junto al mar, en la isla. Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño, entre el fuego y el agua.” Pablo Neruda Desde mi rincón en Piedra, milagros de Internet, he paseado por la casa de Pablo Neruda. Entre las olas y los días, en esta tarde tranquila, mirando perderse el sol en los perfiles de las encinas, leo sus versos a Matilde. Recuerdo otras noches sin horas. Enlazados los dos en abrazos sin tiempo. Cuando el amanecer me sorprendía con su cuerpo entre mis brazos. Era una cama pequeña, entre catre y cama; nos sobraba la mitad. Teníamos un banco de escuela sujetando la pata rota. El cuarto era grande y la silla se perdía como único mueble en aquella inmensidad de dormitorio. La ventana daba al patio de la escuela y muchas mañanas de domingo nos despertaba el sol en la cara. No importaba el frío de aquellos largos inviernos. El calor lo poníamos nosotros y las mañanas sin prisas parecían hechas para los dos. Entre el placer y los sueños, eran salvajes y dulces los días. Días enteros para nosotros. Solos en aquella casa grande, adosada a la escuela, sin vecinos; tan silenciosa en los días de domingo, que nadie molestaba nuestra tranquilidad y lentamente veíamos pasar el día y llegar la tarde tan callada. Entre el fuego y el agua, no hacíamos planes. Dejábamos transcurrir las horas y nos traía de nuevo la noche otros sueños, otros placeres. Llegarían otros días, nuevos soles. Otras ilusiones de ver crecer al hijo, amamantado entre lectura y lectura a los niños de la escuela. Juguete de todos, en aquella escuela unitaria y mixta donde cualquier momento se aprovechaba para enseñar a leer y escribir. Hace años volvimos a la casa-escuela y en su solar había un parque infantil con toboganes y columpios y lo que es el misterio de la memoria: veía con claridad la silla de anea en la portada, donde mi mujer daba de mamar a Miguel mientras los niños correteaban alrededor; el albaricoque en el patio, bajo cuya sombra colgaba la jaula del jilguero y el dormitorio grande, con aquella cama cojitranca frente a la ventana.
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Poema sin mar
Quiero escribir un poema sin mar, sin sol, ni tardes de otoño, Sin flores en primavera, ni lunas llenas a la orilla del río. Un poema, apenas sin palabras, sin letras. Sólo deseo escribir de ti, cuando me dices quedo al oído: amor, amor mío.

Rumores de mares
“Arrullándome la vida con caricias inventadas.” Perseida Deseo recordar aquel amor primero. Caricias inventadas, besos indecisos. Rumores de mares apenas recorridos. Caminos abiertos recién dibujados. Arrullos de amor. Sueños de vida. Amaneceres plenos de placer compartido.

A la caída del sol
Algunas tardes de febrero a la caída del sol, pienso en ti. Sueño tus besos; besos, ya casi olvidados. Duele recordar aquel vibrar a tu vera, caminando despacio, sin rumbo, sin tiempo, al lado de la mar, en tardes lentas, sin prisas; el amor recién nacido, jóvenes los dos, iniciando el camino llenos de ilusión. Añoro el amor primero, en estas tardes de sol cuando la primavera quiere de nuevo renacer.
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Mi tío Federico
Mi tío Federico tomaba baños de asiento. Cuando discutía con mi madre acababa siempre diciendo: “para ti la perra gorda, me voy a tomar los baños de asiento”. Esto podía ocurrir a mediodía o por la tarde, no había hora fija para las discusiones. Nunca supe en que consistían los baños de asiento. En casa había un cuarto de aseo grande, como para correr caballos, pero únicamente tenía lavabo y retrete; claro que sí teníamos un barreño grande de cinc donde mi madre nos bañaba. Quizás mi tío lo usase para sus baños de asiento. Mi tío Federico era un adelantado a su época; medio naturista, consultaba sus manías a un galeno que diagnosticaba los males mirando con una lucecita la niña de los ojos. A nosotros nos venía bien. El tal galeno le mandaba tomar unas galletas “Vigor” que no tenían comparación con las “María” que compraba mi madre, y aunque escondía la caja metálica en los rincones más insospechados, siempre dábamos con ella. Íbamos rellenando el fondo con papel de periódico conforme nos las comíamos para que no se notase la merma al abrir la caja. Ahora comprendo que sería un juego consentido. Mi tío intentó conservar el pelo con remedios caseros. Se untaba en la cabeza un potingue que le hacía mi madre con yemas de huevo y abrótano macho, pero no tuvo mucho éxito, cada día estaba más calvo. En una época le dio por bañarse en la playa al amanecer. Salíamos de casa con las primeras luces del alba y por el camino de la Torna, entre huertos de tomates y boniatos, llegábamos a la Torrecilla. Si en ese tiempo no se bañaban nada más que los cuatro madrileños que paraban en la fonda frente a nuestra casa, a esa hora no lo hacía ni Dios. Yo le saqué gusto a esos baños. Me enseñó a nadar sujetándome por la barbilla y era un disfrute correr por la playa solitaria. Aunque controlaba la disciplina en casa, siempre estaba con la retahíla: “si fueseis míos estaríais más derechos que una vela” y allí sólo se “retorcía” mi hermano que como era el pequeño podía hacer lo que le viniese en gana. Me trasmitió su amor por la sierra. Con el subí por primera vez al cortijo del Imán y al nacimiento del río Chillar. El cortijo del Imán, aislado en lo alto de la sierra, había pertenecido a un imán de Cómpeta durante el periodo árabe y aún mantenía el nombre. No era hombre de copas ni de café. A pesar de tratar con todo el mundo consiguió pasar toda su vida sin entrar en un bar. Sí era superior a sus fuerzas estrechar la mano a los que habían pasado por el hospital de Fontilles; sabía que la lepra tenía cura, pero más de una vez presencié a alguno quedarse con la mano extendida en el aire.
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Mi tío hizo su carrera política. Alcanzó a ser presidente local del sindicato vertical, siendo pequeño propietario; para algo sería vertical el sindicato. El sindicato sólo se nombraba por sus iniciales C N S, nada de sindicato ni algo que se le pereciese por muy vertical que fuera. Yo, que no conocía el significado de las iniciales, las traducía “Comemos Nosotros Solos”. Durante ese tiempo me cansaba de actuar de portero en casa: todo el día estaban llegando papeles para que los firmase. Mi tío Federico, que llegó a mocito viejo, se pasó media vida buscando novia. De vez en cuando se perdía, y era que había salido a recorrer unos cuantos pueblos de Granada donde teníamos parientes - y sobre todo varias parientas -, a ver si alguna le venía bien. Volvía muy contento de su turné, contando historias de Agrón y Chimeneas, pueblos que a mí me parecían de otra época en un mundo lejano. Con todo ninguna candidata llegó a cuajar. No tuvo suerte, acabaron casándolo con una pelagarta y terminó sus días de campanero en la ermita. Esa es otra historia.

Mi primo Carlos
Mi primo Carlos era rubio, regordete, más bien bajo y con el pelo ensortijado. Todo lo contrario a mí, tiznado, larguirucho, orejón y con el pelo siempre tieso. Mi tío me llamaba “pino quemao”. Claro, los morenos éramos minoría en la familia y no estábamos muy bien vistos, parecía que fuésemos postizos, como venidos a menos. Siempre me contaban que la tizne la había metido mi abuela materna y contaminado a parte de la familia. Volviendo al primo Carlos, tengo que decir que cuando iba a doblar una esquina inclinaba la cabeza para el lado contrario. A mí me llamaba tanto la atención que al caminar juntos por las calles del pueblo y acercarnos a una esquina, me retrasaba para verlo doblar la cabeza. Nunca me atreví a preguntarle porqué lo hacía, si temía pegarse con la esquina o se ayudaba en el cambio de dirección - como hacen las avestruces con el ala para girar mientras corren-. Claro que mi manía era más preocupante aunque no se notase; en esa época al recorrer las calles, pensaba que tenía un doble que podía encontrarse en otro lugar y estaba haciendo lo mismo que yo. Si doblaba una esquina, aunque mantuviese recta la cabeza, el “doble” estaría doblando otra esquina en otra parte del mundo. No tenía preferencias por ningún país, pero generalmente me inclinaba por las Filipinas, donde había nacido mi abuelo, aún vivo, y que de vez en cuando me quería engatusar para que lo acompañase en su vuelta a Mindanao.
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En Mindanao había dejado un cortijo que a caballo no se recorría en un día, y quería volver a recuperarlo. Aunque intentaba explicarle que los “gringos” cuando tomaron las Filipinas se quedarían con el cortijo, no me hacía caso y sacaba las escrituras de la finca. Estas las guardaba en una cajita de madera junto a su partida de nacimiento de Calamianes en la isla de Cayo. En su recorrer por toda la Península y la Gomera, desde la pérdida de Filipinas en el 1898, no se había separado jamás de ellas. A lo que íbamos, mi primo Carlos (que dejó de tartamudear a la vuelta de su viaje de novios, muchos años más tarde), de niño echaba unas parrafadas largas, aunque no tuviesen ni pies ni cabeza; lo mismo hablaba de los conejos que criaba en el corral, que de una vecina con trenzas rubias que vivía en su calle; parrafadas que con la tartamudez se hacían interminables. Un día me contó que los tebeos del Capitán Trueno eran pura invención, que Goliat nunca fue gordo y que Sigfrid no era rubia. Yo estaba enamorado de Sigfrid y aquello me molestó hasta tal punto que cuando íbamos a cambiar los tebeos, lo hacíamos en quioscos distintos y por caminos diversos. El seguía doblando la cabeza en las esquinas, pero yo ya no lo acompañaba. Lo de Sigfrid me había dolido. Sobre los diez años nos llevaron al internado en la capital. El viaje era toda una epopeya. Hacíamos la ruta de Alhama en el taxi de Miguel “ El nota” con los colchones y las maletas en la baca. El “11 ligero” añadía una banqueta entre las dos filas de asientos traseros y todo el taxi se llenaba de niños y de piernas de los mayores que nos acompañaban. En aquella época no se “soplaba” y Miguel paraba en todas las ventas a matar el gusanillo. Tomaba una copa de anís Machaquito y en caso de que tuviese que enfriar el motor, a mitad de la cuesta del boquete de Zafarraya, caían varias. Mi primo no era muy observador, pero con su lenguaje, en un momento nos sorprendió : ¡mirad mirad que conejos tan grandes! Era una piara de cabras pastando tranquilamente cerca de la cuneta. El colegio le sentó regular, pronto tomó la manía de meterse el dedo entre los botones de la bragueta y llevarlo rápidamente a la nariz. Estaba hablando contigo y en unos minutos podía hacer el trayecto varias veces, por lo que acababas acostumbrado y lo veías lo más normal del mundo. Por Navidad volvíamos a casa. Venía a recogernos el taxi de Celestino. Celestino tenía otra historia. Durante una época había sido jefe de una tribu en Guinea y cuando iba conduciendo se le notaban muy bien en la cabeza las cicatrices de los mamporros que le dieron para alcanzar la jefatura. Como el viaje de vuelta lo hacíamos sin mayores, Celestino aprovechaba y nos contaba las aventuras con su harem en medio de la selva. Se notaba que ya era mayor y le gustaba recordar sus años mozos. Mi primo con las historias verdes se ponía muy colorado y no paraba de meterse el dedo entre los botones de la bragueta para llevarlo después a la nariz.
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Palestina
Borran tu nombre. Cercan tu tierra con muros infinitos de hormigón y alambradas. Construyen un gueto, encierran a tu gente, mueren de sed y hambre. Masacran a tu pueblo, arrasan tus ciudades, no dejan piedra sobre piedra. Y yo sigo el correr de los días sin rebelarme contra este genocidio silencioso de hambre, sed y fuego, de destrucción de todo un pueblo. Y sigo al sol que me calienta, el mismo sol que te quieren robar, como si no fuese este sol la misma luz para todos los hombres de la Tierra.

Arranco palabras al silencio
“Arranco palabras al silencio. Ahora ya puedo escribir de nuevo, nada lo impide; me quedé vacía”. Perseida ¿Será cierta la soledad? ¿Será este camino a la nada lo que llaman vejez? Ver alejarse amigos que lo fueron ¿no es perder el vivir? Sentir lejos a los seres queridos ¿no es sin morir, penar? Ir perdiendo el poder sin olvidar el querer, ¿no es una senda al vacío? Arranco palabras al silencio al ritmo de la tarde en su lento transcurrir. Sueño con renacer a nuevos días plenos de placer. Caminar junto a los amigos por sendas ya recorridas, compartir horas y vida con los seres que llevan mi ser. Volver a lugares conocidos y mirar otra vez los rincones que fueron tan queridos ayer.

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Carboneros de sierra Almijara. Nerja
A Miguel “ El minero” Añoro al sol de la mañana, el primer calor del día, rodeado de la gente del pueblo contando historias vividas en aquel tiempo primero cuando las palabras nacían a mi conocer sorprendido. Hogaño, recuerdo tiempos de antaño en la recacha de la ermita, historias duras y sencillas de lucha por la vida. Historias de carboneros en lo alto de la sierra, -la leña cercana estaba ya rebuscada-, boliches vigilados día y noche, sacos de carbón a la espalda desde la sierra más alta ofrecidos casa por casa. Hoy, ¿quién lo iba a decir?, añoro aquel sol que nos calentaba en los fríos de la mañana y me sigue doliendo en el fondo del alma, la dureza de aquella vida, para mí, sólo contada. Miguel, en los años 50, se buscaba la vida carboneando en los encinares de los Caños del Rey (Almijara). De niño había sido aguador en las explotaciones mineras del Barranco de los Cazadores y llevaba con orgullo su apodo.
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Vega de Liordes. Picos de Europa
Vega de Liordes mares de piedra lago de hierba verde. Regato de aguas claras, sed de la canal Remoña. Muros altos del Friero, nido de águilas refugio de rebecos. Sueño con ver tu cielo lleno de estrellas, oír tus silencios de cencerros, el rumiar del ganado sin prisa, sin tiempo. Subir el cordal del Llambrión con sus lagos escondidos Cimero y Bajero, agua lenta, tranquila. Andar reposado por las Colladinas arriba camino de collado Jermoso. ¡Quién pudiera volver a tu campa, con los amigos del alma!
Fotografía: vega de Liordes. Picos de Europa.

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Mientras acariciaba
Mientras acariciaba el mudo instrumento musical, recordaba las mañanas de los domingos cuando entraba en la Plaza Mayor a escuchar los pasodobles que desde la glorieta tocaba la banda del pueblo. Se colocaba bajo la gran palmera que vio crecer desde pequeña; en aquel entonces, para protegerla le ponían un barril de madera alrededor y hoy ya superaba la altura del ayuntamiento. Este mediodía, seguía el compás de la música por los movimientos de la batuta del director. El pasodoble lo recordaba de memoria, pero un movimiento brusco le delató que algo había cambiado. Entonces vino a darse cuenta de que los músicos eran otros, en lugar de sus uniformes azul oscuro con las charreteras doradas como generales sin mando, la banda vestía de colorines variados. Una gama de verdes, rojos y amarillos daba tal colorido a la glorieta que pareciera que el arco iris de Noé se hubiese posado sobre ellos. No podía explicarse cómo no lo había visto anteriormente. Era dura de oído desde que pasó las paperas, pero la vista la tenía como los linces. Hizo un recorrido mental de sus pasos esa mañana; se había levantado con el pie adecuado, el derecho; pero ese no fue el caso cuando pisó la calle tras el escalón de su casa. Recuerda muy bien que tuvo que volver a echar el pie al darse cuenta de que pisó con el izquierdo. No le dio importancia en principio, pero un resquemor le quedó en su mente. Cuando caminaba por la calle Ancha camino de la Plaza Mayor, se cruzó con Juan que siempre la saludaba, y hoy volvió la cabeza como si no la viese. Juan era un antiguo pretendiente que sin saber la causa no llegó a cuajar, pero nunca le había negado el saludo. Quiere incluso recordar una época, en que Juan le acompañaba en el paseo hasta el templete de los músicos y allí se despedía. A él no le iba la música cargada de bombo. Al entrar en la plaza, no lo hizo como siempre por el lado de la palmera. Sin saberlo, se encontraba junto a los pacíficos, esos que iban cambiando de color con el tiempo: empezando con flores blancas y acabando rosadas antes de marchitarse. De pronto miró alrededor y vio a otras gentes, como de otros sitios, con otros ropajes; unos llevaban chaqueta pero con pantalón corto a la rodilla, otros un traje talar, el de más allá se cubría con un sombrero a lo tejano, el otro vestía como un arlequín; el cura parecía un canónigo con los botones de la sotana rojos, y el guardia civil con su tricornio llevaba unos bigotes tan enormes que le salían al mirarlo de espalda. En ese momento al ver los bigotes tan hermosos, cayó en cuenta de que había llegado don Carnal, y ella no sabía cómo había sido.
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Los olores que le eran tan queridos
Le gustaba recordar el olor de su Juan cuando volvía de trabajar en la sierra. Era una mezcla a tomillo, macho y romero que le trasmutaba su ser. Hoy, hace años de aquello, aún lo huele cuando se va a la cama algunos días de invierno, entonces la soledad del fuego en la chimenea le trae recuerdos de aquellos tiempos felices en la crudeza de la vida. Fueron unos años maravillosos, su Juan trabajaba en la sierra destilando aromas de tomillo y romero, ella mantenía la casa como una patena. Cuidaba su maceta de albahaca y al hacer la cama, colocaba unas hojas bajo la almohada para que el olor a macho de su Juan no le hiciese perder el control rápidamente. Le gustaba disfrutar con lentitud de las sensaciones y olores que le traía su Juan. Aunque Juan era callado, le adoraba por muchas razones; esa calma que se respiraba a su lado le traía recuerdos de los primeros días de relaciones. Juan llegaba, se sentaba cerca de ella en aquel poyete del cortijo y sin saber cómo, le entraba un temblor en el labio que no podía parar. No mediaban palabra alguna, pero el sentir era mutuo. Juan con su mirar se lo decía todo, y ella con su temblar le contestaba. El cortijo era una casa pequeña, los dos cuartos con las ventanas a la fachada y un poyete siempre blanqueado donde sentarse a la recacha en los días fríos del invierno; la mar a lo lejos y el Cerro las Puertas enfrente. Su madre, siempre atareada, cuando no preparaba el horno para el pan hacer, buscaba cigarrones para el pájaro perdiz o llevaba la cabra a los pastos tras el cortijo, les dejaba a ellos pelar la pava con toda la tranquilidad de la sierra. Desde aquellos días primerizos tenía los olores de su Juan en el recuerdo, una mezcla a sierra y hombre que desde entonces le acompaña en tantos avatares como le ha llevado la vida. Los años con su Juan corrieron como la espuma, se pasaron en un sin sentir. Qué pena no recodar sus andares, los rasgos de su cara que se desdibujan con los años. Ojalá los recuerdos fueran como los olores, que quedan grabados en algún rincón y no se borran; parece que están escondidos y cuando vuelve uno, vuelve todo lo que le rodeaba. Hoy, al oler a tomillo, le vino el recuerdo completo de su Juan, con todos sus olores y sentimientos; pareciera que lo tenía a su lado en aquella cama grande con olor de albahaca.
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Andalucía
Tonos y colores distintos historia ya vieja de gentes diversas. Llanos de Andalucía la Baja montañas de la Alta. Perfiles de mares abiertos, hombres y mujeres de un mundo mestizo y nuevo, ya viejo en esta tierra que vio nacer a otras gentes de etnias y colores diferentes. Sueño de un mundo que comparta la alegría por ver crecer al hijo de esta tierra andaluza.

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A mi nieto Áyobe
Señalas al abuelo Miguel. Sin hablar te vales de tus manos para llamarlo. No sabes que tiene otra piel, que el color de su cara es distinto, que sus pelos blancos algún día serán los tuyos. Pronto podrás decir que la sangre también nos une que no sólo es amor de abuelo, que el cariño viene de lejos del principio de los tiempos cuando todos éramos iguales y el corazón no entendía de colores diferentes.

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Mi madre y mi nieta
Dos miradas interrogantes al presente y al futuro. La bisabuela viene tranquila tras su largo viaje, en brazos trae la biznieta que inicia el camino. Quiere guiar sus primeros pasos enseñarle lo que sabe, recordar la herencia de otros hombres y mujeres que fueron antes que ella por caminos semejantes. Dos vidas unidas por el vínculo de la sangre, dos miradas parecidas de ojos expectantes abiertos a la vida al futuro, al presente

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Recuerdo sin olvido
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.” Pablo Neruda Esta noche quiero recordar una playa bañada por las olas un camino de luces en la mar un reflejo de plata en la orilla una barca varada sin nombre un olor intenso a marismo. Unas huellas de pasos conocidos unos labios de amor soñados un deseo de abrazos, un cruce de miradas que fueron un sueño de amor. Un corazón aún herido un volver aquellos días de luna llena en la mar. Dos manos unidas dos cuerpos encontrados un amor ya olvidado una herida eterna un recuerdo sin olvido.

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Un domingo de noviembre
Esperó a comprobar el segundo toque, y la liberación se extendió por todo su cuerpo. Parece que era ayer cuando al escuchar las campanas, tenía que buscar el velo de su hermana para salir corriendo a misa. Aunque ella sólo tenía seis años, no podía entrar en la iglesia sin él. Hoy le parece mentira, ese tiempo pasado de sustos y temores. Si no llegaba antes del evangelio, podía entrar directamente en el infierno. ¡Era pecado mortal! Escuchó tranquilamente el tercero y llegó al quiosco a comprar el periódico. Vio que ya estaba el último planeta de Juan José Millás y tuvo que echar mano de la cartera. No acostumbraba a comprar los planetas, pero su admirado Millás era diferente. El día tenía un sol de otoño, claro y limpio que permitía ver a distancia. No hacía viento, la temperatura y el ambiente eran de primavera. Acordaron subir al alto del Mazuco, para ver la costa desde la montaña. Los dos amigos caminaban igual que hace treinta años, cuando en su primer destino salían a pasear por la Peña de los Enamorados en Antequera. Si no fuera por los bastones y otras minucias nadie diría que ya están jubilados. Hacía tiempo que no se veían, y el caminar ahora juntos, les ensanchaba el horizonte ya de por si amplio. Como no había barra, la mar era inmensa. La costa se recortaba al pie de la ería y se llegaba a ver la casa allí abajo. A la hora del vermut, después de la caminata, la sidra entraba sola. Cayeron dos botellas, una por cabeza y no era solo compartir el vaso, era algo más, tras tantos años de amistad y de coincidencia en el pensar. El arroz con los boletos edulis parecía de guormet, (aunque no se lo que significa eso.) No quedó nada para la noche. El libro de Millás era más flojo de lo esperado. No se pueden comprar los premios planetas. Como en casa, por suerte, no tenemos tele, combinaba el periódico con ”Rayuela” y saboreaba la relectura. Además no importaba, siempre había leído a saltos y disfrutado de encontrar un trozo sin leer, en una buena obra. Al anochecer cogió el portátil para ver qué comentaba la Momia con Espuma y Gladys. Todo estaba en orden. Seguíamos unidos a través del espacio. El último texto de “Un día de otoño” no lo entendía nadie.

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El día que no me declaré
Nací en el límite. La frontera era Granada. De niño me gustaba jugar sobre los mojones con un pie en Málaga y otro en Granada, pero por esa tierra de montañas agrestes que hunden sus raíces en la mar no pasaba el tren. La única referencia que tuve de él, eran las historias que mi madre me relataba de los viajes con el abuelo. El abuelo tenía “culo de mal asiento” y casi todos los años pedía en el concurso de traslados. - Marianica, déjale que se vaya, así mientras busca casa y nos reclama, descansamos un tiempo. Decía mi tía abuela a su hermana. De esa forma habían recorrido media España, dejando en cada pueblo un Manolo. Me contaba del Manolo de Cádiz, del Puerto de Santa María, de Rute, e incluso del de Seo de Urgell. La historia era siempre la misma; casi todos los años nacía un crío que al llegar el verano subía al cielo, pero claro, subían de media España y cada uno hacía su ruta. El que más tiempo duró fue el de Aranjuez. Las aguas del Tajo en esa época bajaban claras y el niño aguantó los calores de su primer verano. Me gustaba escuchar las historias de esos viajes en tercera. Lo primero que hacía la abuela era ponerle un guardapolvo a cada uno de los niños. Aparte de los Manolos que se iban trasladando al limbo (en esa época aún estaba abierto), la familia tenía una hembra y dos varones, los tres mayores, que sin saber la causa se criaban con salud y llegarían a viejos. Bueno, el menor de los tres, Antonio, murió de una bala perdida en el frente del Ebro, y aún me parece estar viendo a mi abuela bajar al patio de la casa para charlar con su espíritu. Naturalmente, los traslados se hacían con los cuatro bártulos. Recuerdo las peleas con mi hermano por una silla determinada que conservaba bajo el asiento una etiqueta con los datos de un viaje. La cosa llegó a tal punto que, a pesar de que mi madre la había raspado con estropajo de esparto, seguíamos con la disputa al reconocer la diferencia de su asiento más claro con respecto a las restantes. Durante muchos años lo único que conocí de los trenes fue por las historias de mi madre. Me imaginaba un tren echando humo y poniéndolo todo negro de carbonilla. No sé cómo, pero incluso llegaba a imaginarme el ruido de las bielas sobre los raíles. Vi por primera vez de cerca un tren el año en que mi madre me llevó a hacerme el primer traje con pantalones largos a un pueblo cercano. El sastre vivía cerca de la estación y cuando reconocí el tren, éste no se parecía en nada a esos trenes imaginados en mi niñez. Ni echaba humo, ni la locomotora hacía ese ruido; tenía un solo vagón y estaba pintado de verde. Después lo vi muchas veces andando - más que corriendo - por la orilla de la mar, tan cerca de las olas que cuando la mar se molestaba no lo dejaba pasar.
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Como corría entre el mar y la carretera, cuando iba en el camión de mi padre le retaba a una carrera imaginaria. Pepe, el chófer, parecía darse cuenta, aceleraba el “Pegaso” y de esa forma adelantábamos al tren. Más tarde me enteré que la “cochinilla” no era un tren de los de verdad; era de vía estrecha y por eso no se parecía a los soñados por mí. Mi primer viaje en tren fue el día en que no iba a declararme. Era ya mayor de edad y estando en Córdoba, compré el billete de tercera en el “correo” a Málaga. Los recuerdos de los viajes de mi madre con los abuelos me vinieron a la memoria, y lo primero que hice fue sacar una camisa de pijama y colocármela encima de la ropa para no mancharme con la carbonilla. Cuando me senté en mi vagón nadie llevaba guardapolvo, tampoco se extrañaron de verme con el pijama. Inmediatamente se rompió el hielo, se formó un corrillo y empezaron a contar los daños de la riada en los campos de su pueblo. El viaje era lento, de vez en cuando parábamos en un descampado solitario rodeado de tierra calma. Imaginaba que era para coger agua, como había visto en alguna película del “Oeste”. Aunque intentaba mirar por la ventanilla, no observaba ninguna operación de avituallamiento. A lo lejos se veía algún cortijo blanco con su palmera en la portada, pero no podía adivinar lo que hacíamos tanto rato parados en aquellos descampados Otras veces atravesábamos campos de olivos y extasiado por su regularidad y belleza me salía la vena de poeta. Una pena, solo recuerdo un verso: “Botones de plata que ciñen la tierra...”. Llevaba ya toda una mañana en el tren, cuando los vecinos empezaron a sacar sus tarteras y ponerse a comer. Al darse cuenta de que yo no había echado hatillo, me ofrecieron de sus viandas. Sólo probé un trozo de pan con tocino veteado. El tren seguía su caminar -es un decir-, y esperaba que parase en alguna estación con cantina donde poder tomar algo caliente. No fue tal el caso. Paraba muchas veces, siempre en los lugares más desiertos. Sería ya sobre las cuatro de la tarde cuando, no sé cómo, apareció un vendedor de bocadillos de tortilla de papas. Los pregonaba a voces y los ofrecía calientes de una canasta de cañavera. Como por vergüenza no había comido casi nada, le compré uno y, cuál fue mi sorpresa, cuando al tirar el primer bocado, unos como hilos seguían uniendo la tortilla al trozo que mantenía en la boca y aunque estiraba el brazo, no conseguía separar el bocado de la tortilla. No podía imaginar la clase de huevo de que estaba hecha, pero mis ganas de comer eran mayores que los escrúpulos y pegando tirones acabé con el bocadillo. Con suerte terminé el almuerzo antes de llegar al “Chorro”, lugar que no conocía. Los compañeros de viaje me avisaron para que no me lo perdiese, y mirando por la ventana entre túnel y túnel, pude disfrutar del desfiladero con el “camino del rey” colgado en la mitad de la pared de roca.
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Al acabar el desfiladero el valle se abría en un vergel de naranjos y limoneros, y ya entraba por la ventana el aroma de la mar cercana. Arriba se veía un castillo. Tenía fresco el romance de “Álora, la bien cercada” y mentalmente lo recitaba, recordando los años de colegio. Con la tarde caída, llegamos a Málaga. Antes de bajar me despedí de Frasquito, mi compañero de viaje, con el que después de un día casi entero charlando llegué a congeniar de tal forma que aún siento, no haber ido a su pueblo a conocer a su mujer y a sus hijos como le prometí aquella tarde. Hoy hace cuarenta y tres años, ocho meses y veinticuatro días de mi llegada a Málaga en ese tren, y siento como aquella tarde, el escalofrío que recorrió todo mi cuerpo la primera vez que tomé la mano de la madre de mis hijos y abuela de mis nietos. - Tranquila, no vengo a declararme. Le dije cuando nos sentamos en aquel banco del andén. La estación tenía una filigrana de hierro que el sol del atardecer iluminaba. Sin palabras nos quedamos un rato mirando la puesta de sol. El último viaje que hice con mi mujer fue hace unos días en el tren de Florencia a Siena. Enfrente teníamos a dos tortolitos haciéndose carantoñas y, de envidia, nos cogimos de la mano para ir contando los cipreses en las colinas de la Toscana.

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Un día de otoño
¿Era a las nueve o era a las diez? Sobre las diez. Coprinos sin vino. Camino de Santiago o camino a Nueva de Llanes. Eucaliptos con cantarelos, algo bueno. Explosión de un cometa visible como una nube, es un decir o eso dice el periódico Ajo, aceite y pimienta !Qué ricos los coprinos! Los cantarelos al sol, otro día será. Un pisto con chorizo y agua para beber. Me llamo Kendra. La espera se alarga, pronto será. Hoy no hay polvo, mañana caerá. Llanes al cubo, carpa del muelle. Concejo desde el cielo, Piedra al fondo a la derecha. Tonada bien cantada, Chocolate con churros cargados de azúcar. Marea baja, barcos de costado. Paseo del puerto a la sombra de las farolas. Amigos que se van, amigos que pronto vendrán Nerja a lo lejos. Mi madre al teléfono, tan cerca. Sevilla. Foto de Áyobe de reojo, amor de abuelo. Correos que vuelan, reparten la dicha y !oh! técnica, leo las respuestas desde el sillón de la casa. Roma, Francesca y Fulvio con Giulio o Guisto o Ius o Giú o Justo. Navarro no, granadino. Leo FINALMUSIK, dicen que novela. ¿Será ensayo? Ayer Gibson me contaba su vida y rezaba como novela, hoy Justo Navarro me cuenta unos días en Roma y no parece una novela. Leo y recuerdo al chino que se levantó desde el fondo de la platea. Márquez y su novela. Babelia viene completa: Inédito de Cortázar. Mi admirado Muñoz Molina. Qué maravilla cuando recuerda a los aceituneros de su pueblo, que al igual que me ocurre con García Márquez, me vienen siempre a la memoria al leer algo nuevo de él. Manuel Vincent escribe sobre Lampedusa o Giuseppe Tomasi escribe sobre él.
Fotografía: otoño en el Ponga. Asturias

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Cuesta del Cielo. Nerja
Era un día tranquilo de invierno, por Navidad, cuando subí por primera vez al pico de la Cuesta del Cielo. Hace de esto unos cuantos años. Los caminos estaban perdidos o lo que es más seguro, a casi nadie se le había ocurrido subir a lo alto del Cielo. En esa época cuando te veían subir y bajar por esos pechos, la gente de los cortijos se escondían al acercarte a ellos. No podían comprender que alguien, sin motivo de trabajo alguno, caminase por la montaña. A la sierra se subía de furtivo tras las cabras monteses, a coger esparto, sacar leña, hacer carbón, buscar caracoles o palmitos, pero por amor al arte, no lo podían creer. Te tomaban por loco, y no se fiaban. Recuerdo como si fuera hoy, el día en que nos acercábamos a los Colmenarejos. Habíamos visto, de lejos, a la gente del cortijo trajinar por la puerta de la casa y al llegar, parecía que estuviese abandonado. A voces, Frasquito, que me acompañaba, fue llamando por su nombre a los caseros y fueron apareciendo poco a poco, como de ultratumba. No podían imaginar que alguien fuese de paso a los Colmenarejos, que se encuentra aislado en la cara Este, cerca de la cumbre de la Cuesta del Cielo, y mucho menos por el gusto de dar un paseo por la sierra. Bueno, a lo que íbamos. El día de mi primera subida al Alto del Cielo, lo hacíamos Antonio Carrillo (q.e.p.d ), Miguel “El Rubico” y Miguel “ El de la Plana” que suscribe. Después de ascender a pecho descubierto un denso pinar (para algo teníamos unos quince años), dimos vista a unas llanadas donde encontramos a Alonso “ El de la Civila”, que guardaba sus cabras por esos pagos. Fue la primera vez que conocí la hospitalidad. Alonso nos invitó al cortijo, donde su madre nos convidó a tomarnos unos churros, que ella misma había hecho, acompañado de una taza de leche de cabra recién hervida. El churro era una masa enorme de harina frita, que no sabía como tragar, pero te lo ofrecían con tal cariño, que me supo a poco. Estuvimos un rato sentados. Eran de poco hablar, pero, nos preguntaron el motivo de aparecer por “La Civila”. Según ellos, era la primera vez que unos jóvenes llegaban por el cortijo para subir a lo alto del Cielo, sin ningún otro motivo aparente. A partir de “La Civila” se perdía el pinar y la pendiente, monte a través, era más fuerte; poco a poco, “llaneando” llegamos a la cumbre. Ese día descubrí lo grande que era la mar. Desde Este a Oeste mirando al Sur todo era agua y la tierra parecía reducirse al pie de la montaña, con Nerja en la costa y la Maroma muy blanca, en el horizonte de poniente. Para los interesados puedo explicar, que la cumbre, a 1508 m. y 6 Km. del mar, domina desde el cabo Sacratif y delta del Guadalfeo en Motril (Granada) hasta la punta de Calaburras en Mijas (Málaga), con las montañas africanas muy lejos al frente.
Fotografía: Nerja al pie de la Cuesta del Cielo

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Al calor de la chimenea
La belleza hay que conquistarla, pero en algunas tierras la batalla es mínima. Las Alpujarras es una de ellas. Allí alcanzar la belleza es muy fácil. El paisaje de chimeneas al cielo sobre los tejados de launas, que parecen querer elevarse para dejar escapar lentamente las historias contadas al pie del fuego, tiene una belleza natural como si el hombre casi no hubiese intervenido . Al ver las chimeneas tan de cerca, he recordado las noches en el cortijo, cuando Dolores, al caer la tarde, avivaba el fuego y preparaba la cena que consumíamos con las últimas luces. Después, a la luz del candil de aceite refrito, que para eso siempre había aceite, a Frasquito le gustaba contar historias de la guerra y otras veces historias de los cortijos vecinos. ¿Cuantas historias se escaparon por el tiro de la chimenea? y aún estarán las ondas vagando por esos espacios entre el cielo y la tierra. ¡Qué pena no tener la memoria suficiente para recordar aquellos relatos contados con tanta riqueza de palabra! Por ejemplo, le encantaba recordar, que de mozuelo, bajó por primera vez a la feria del pueblo y entró en la caseta a bailar un pasodoble. No sabía por donde coger a la moza, y cuando la tuvo entre sus brazos, no podía creer en tanta dicha. De la emoción no escuchaba la música, pero pronto aprendió a dejarse llevar por el ritmo de su pareja y le parecía estar flotando sobre la pista. Otras veces, contaba que los picapedreros portugueses construyeron los puentes de piedra de la carretera de la costa y un poco más tarde los autobuses de ruedas macizas se hacían la competencia para llevar los viajeros a la capital e incluso durante una época, regalaban un habano con el billete. Una historia que a veces repetía era la del frente de guerra, el día que le cogió entre dos fuegos y con la cabeza en tierra, levantaba el trasero con la esperanza de recibir un tiro en” dicha sea la parte” y poder tirarse una temporada en el hospital, lejos del frente. O la de su compadre Faustino, que una vez de permiso en el pueblo, para no volver al frente, se restregó los brazos con unas matas de la acequia hasta que los tuvo en carne viva, y ya en el hospital se los volvía a restregar todas las mañanas con estropajo para mantenerlos sangrantes y no volver a pegar un tiro. Las historias del frente todas eran muy duras, pero como las contaba a toro pasado, incluso les daba su gracia. Entre historia e historia echaba mano de la botella de vino que él mismo había cosechado, y te daba un trago a gañote; para eso la botella estaba preparada con dos cañitas en su tapón y el liquido se trasegaba muy fácilmente, tan fácil que cuando tocaba irse a la cama de colchón de palmilla, lo hacíamos muy contentos.
Fotografía: Bubión. Alpujarras, Granada

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Puerta de Elvira. Granada
Salíamos del “Palacio la Sífilis”. Era una madrugada de otoño. Había refrescado. La calle estaba mojada, y el olor a tierra nos llegaba de la cercana explanada del Triunfo. Si no fuera por el brillo del empedrado, bien podíamos creer que en lugar de salir del Palacio de la Sífilis, lo hacíamos del cortijo “Los Pencales”. Ibamos los tres por el centro de la calle, Miguel el de la “Plana”, Pedro Llanes y el otro cuyo nombre no quiero decir. Pasamos debajo del Arco de Elvira y nos adentramos en la calle desierta. Nos gustaba tirar por el centro de la calle, temíamos que algún borracho asentado en algún portal nos molestase para pedir fuego o tener que ayudarle a encontrar la llave de su puerta. Era un disfrute caminar por la calle solitaria, parecía que tomábamos posesión de la ciudad dormida. Los faroles apenas alumbraban y nos dejábamos guiar por las primeras luces de la aurora. Había escampado y la frescura de la mañana nos daba ya en la cara. Al llegar a la altura de la “Gota de Leche”, encontramos, en medio de la calle, una maleta de esas de cartón piedra, con las esquinas remachadas de metal y dos cerraduras gemelas de las que se abrían con cualquier llave de maleta. La sorpresa fue grande por que la maleta pesaba lo suyo, inmediatamente se dedujo que no estaba abandonada para tirar, parecía nueva y estaba llena como de libros por su gran peso. Tras una breve discusión, - el innombrable decía que íbamos a violar la propiedad privada -, la arrastramos como pudimos a la luz de una farola y casi sin forzar las cerraduras la abrimos. Estaba llena de novelas, todas iguales, repetidas, pero, ¡Qué alegría!, cuando pudimos leer en sus portadas: El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez. P.D. Permitid una pequeña aclaración. El “Palacio de la Sífilis”, tan frecuentado por aquellos años, era una tasca donde en una taza de color desconocido, te ponían un caldillo de caracoles que levantaba el ánimo. Allí no entraban las mujeres, ni unas ni otras, en esa época los bares eran cosa de hombres.
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Romance de frontera
Eran tiempos de bonanza en el reino de Granada. La frontera estaba entre Antequera cristiana y Archidona mora. Los tejedores de los batanes de Antequera iban a vender sus mantas al mercado de Archidona. En lo que hoy en día es la plaza Ochavada, se montaban los tenderetes los jueves de cada semana. Allí acudía Rodrigo con sus bellas mantas de lana. Las ovejas que pastaban en el Torcal, daban unas lanas sedosas, de pelo largo, muy aptas para tejer y los batanes del río de la Villa, daban tal apresto a los tejidos que la venta estaba asegurada en todo el reino fronterizo. Un día claro de otoño, apareció Fátima por el mercado, y nada más verla, Rodrigo quedó prendado de sus andares. El garbo y lozanía que desprendía, cambió el aire de la plaza, y lo que se temía Rodrigo, fue a pararse justo delante de sus mantas. Desde el momento en que cruzaron sus miradas quedaron atónitos, y sin habla se lo dijeron todo. Ya Fátima no dormía, esperando el jueves en que vería a su amado Rodrigo. Ese día usaba su mejor alheña y con sus ojos tan grandes como bellos se encaminaba al mercado. Los amores de Fátima y Rodrigo se hicieron tan evidentes que llegaron a ser públicos en toda la frontera de la vega de Antequera. A pesar de que la familia de Rodrigo intentó todos los remedios de alcahuetas y celestinas, Rodrigo cada día estaba más enamorado de su Fátima y solo pensaba en tejer las más bellas mantas para su enamorada. A Fátima le ocurría otro tanto, y aunque no podía vivir sin ver a su Rodrigo, su familia no le permitía salir los jueves al mercado. Cuando las citas se hicieron difíciles acudieron a la intermediación del buhonero Abderramán para otros Ramón Román. Este les preparó una cita en el ejido, al lado de la puerta de Málaga en la misma muralla antequerana. Era el lugar donde los arrieros de la costa vendían el pescado que traían por la ruta de Alozaina y el puerto de la Boca del Asno. Entre el barullo de comerciantes y clientes pasarían desapercibidos. Otras veces les conseguía un encuentro en el almijár de Archidona, donde en ese tiempo se ponían las uvas pasas a secar y todas las tardes acudían las mozas a dar la vuelta a los racimos. Llegó un momento en que ni Ramón les podía ayudar y acordaron huir por la Peña de Antequera. Desde entonces no se sabe nada de ellos. Algunos dicen haberlos visto rondar por los alrededores del cerro de la ermita de Archidona, donde la mezquita, hoy iglesia, conserva los arcos de herradura y columnas primitivas. Lo que si es cierto, es que en el centro de la vega de Antequera, aún perdura la Peña de los Enamorados, donde según la leyenda, se despeñaron Fátima y Rodrigo por culpa de sus amores desafortunados
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Papel estraza
Hoy, estoy intentando escribir con el nuevo portátil y he recordado un día particular. Sería un día de otoño, llegaba a casa loco de contento, acababa de aprender a escribir la “o” en el colegio de las monjas. En la mesa de la cocina había un pliego de papel de estraza y quise hacerle una demostración a mi madre. Cogí el lápiz y me salí del papel. Recuerdo muy bien la gran cocina con el fuego de carbón vegetal. Para encenderla se hacía un torsión con un papel impregnado de aceite y con el soplillo hecho con las palmas del palmito, no se paraba de soplar hasta que el carbón quedaba encendido; muchas veces te encontrabas con un tizón y el humo invadía toda la cocina, había que sacarlo, apagar en el fregadero, y tirarlo a la basura. La mesa era grande, de madera, con las vetas a flor de piel de tanto limpiarla restregando con el estropajo de esparto, y en la esquina de la cocina había un gran lebrillo que se había usado para amasar durante los años del hambre. Ya la cosa no estaba tan mal, y por un duro te vendían un pan de kilo en la tahona de Vicente, en calle Granada. Claro lo malo era, que quién tenía el duro; y que el pan de kilo, pesaba 900 gramos, ( para no subirlo de precio, le bajaban el peso ). Pero esa es otra historia. El colegio de las monjas, estaba en el “Chalet”, una gran casa rodeada de jardines que había pasado a la Iglesia por una herencia. Su directora era una monja vieja y mellada que daba pavor el solo verla. Yo, había aprendido a hacer la “o” en una pizarra pequeña que con los dos pizarrines, uno blando y otro duro, era todo el material escolar necesario para las primeras letras y las cuatro operaciones que más tarde tendríamos que aprender. La pizarra me duró mucho tiempo, a veces, se descuadraba el marco de madera que llevaba, pero en la carpintería de Bruno de calle Animas me la componían y quedaba como nueva. Con el nuevo portátil, me ha pasado lo mismo que con el lápiz y el papel de estraza. Como había aprendido en la pizarra, al cambiar al papel, no me salía bien la “o”. Hoy, al empezar a escribir con este nuevo cacharro, cuando le daba a una tecla, me salía otro signo distinto al buscado y mi turbación ha sido la misma de aquella vez en que me salí del papel para escribir la primera “o”. Espero que el cambio de tecnología de la pizarra a la pantalla no me turbe mucho y me permita estar en paz con esta nueva técnica tan alejada de mi medio. Esta tarde, he tenido la suerte de poder comentar con mi madre la historia, y me dice que cuando ocurrió, tenía tres años; por tanto, hace ya unos cuantos de la pizarra y el pizarrín.
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La joven de blanco
Era una joven vestida de blanco en el umbral de una puerta hace treinta años. Un cruce de miradas. Un recuerdo permanente. Una joven cuando yo lo era. Un pueblito de la Francia. Un viaje sin rumbo, un “cuatro latas” recargado, comida para cuatro. Europa ante nosotros. Un recuerdo imposible de una breve mirada. Un cruce de dos vidas sin contacto. En el tiempo detenida la belleza del instante permanece. Hoy hace treinta años.

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Alhambra
Te colocabas la chaqueta cruzada de color azul marino, los pantalones a la rodilla y la corbata de falso nudo sujeta con el elástico, y después de darle un repaso a los zapatos ya estabas listo para la aventura. Como todos los jueves por la tarde formabas la fila de a tres y atravesando el puente romano entrabas en la ciudad. La fila era sagrada, ni la reatas de burros la podían interrumpir y como un largo ciempiés se encaminaba cuesta Gomérez arriba hacia la Alhambra. Al llegar a la fuente de Carlos V, rompíamos filas y reponíamos fuerzas en los mismos caños. En esa época no existían los carteles indicando si el agua era potable o no. Entrábamos por la puerta de la mano y la llave. Siempre nos recordaban que cuando la mano se juntase con la llave, vendrían los moros a llevarse la Alhambra. No hacíamos caso, y libres nos disponíamos a tomar, nosotros, posesión de ella. Por una tarde sería sólo nuestra. A los turistas aún se les llamaba franceses y eran tan escasos que no se les veía, y a los granadinos les cogía tan a desmano que nadie subía. La primera parada era en la casa de fotos donde disfrazaban de moro. Nos gustaba ver los retratos de tantos jeques, entre cojines, rodeados de sus moras en el harén, y nos imaginábamos otros mundos posibles lejos de la sordidez del internado. Después, algunos, entrábamos al patio de los Arrayanes y, sería por la quietud del agua en la alberca o el reflejo de celosías y mocárabes, dejábamos de correr y soñábamos con mirar a través de esas celosías esos mundos pasados que habíamos visto antes en las fotos. En el trayecto hacia el patio de los Leones, queríamos entrar por todos los rincones de puertas y pasillos cerrados y veíamos desde uno de ellos los tragaluces de la zona de baños como estrellas en el cielo. Nos habían contado que arriba, en la sala de los baños, se colocaban los músicos ciegos para animar a las bañistas sin verlas. ¡Qué pena! Los leones nos parecían feos, como sin acabar, pero el bosquete de columnas tan blancas y tan finas nos permitía jugar a entrar y salir rodeándolas una y otra vez para acceder a las salas. A mí me gustaba la sala del Trono, desde sus ventanales miraba a los cipreses del Albaicín y las antiguas murallas de la ciudad. En la sala de la fuente con la sangre de los moros, me quitaba las gafas para ver en los cristales el reflejo del cielo a través del techo, era un rito que hacía siempre. Alguien me enseñaría y todos lo hacíamos. La sangre, decían que era de los moros degollados allí mismo por haberse rebelado contra el sultán. Mucho más tarde me dijeron, que las hornacinas a las entradas de las salas no eran para dejar las babuchas sino para colocar los perfumes.
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Antes de subir a la torre de la Vela, nos llegábamos al quiosco del patio de armas y pedíamos un vaso de agua fresca del aljibe. No me explico como no se cansaba de tantos chiquillos, y siempre nos servía el agua sin protestar. Alguno quizás se tomase alguna vez una Coca–Cola. En la subida a la torre no dejábamos de leer la lápida con eso de “Dadle limosna mujer, que no hay mayor desgracia que ser ciego en Graná,” que firmaba un poeta. Me imagino que la lápida ya no estará y la vista de la vega con la torre de los Escolapios en los límites de la ciudad no será la misma. Tampoco está ya la tienda donde alquilaban los trajes de moros, ni la soledad de patios y jardines, pero es tan bella que, aunque compartida, la Alhambra sigue siendo emocionante. Algunas veces he subido con mis hijos, y sentado en los jardines del Partal me he dejado fotografiar por los turistas.

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Historia de Julián y Eulalia
Julián fue a enamorarse de una moza del pueblo vecino, a cuatro leguas de Pacanda. Los sábados cogía la caja de los zapatos nuevos, y con ella bajo el brazo se ponía en camino pertrechado con sus abarcas. Al llegar al ventorrillo se cambiaba para entrar en el pueblo como un señor. Eulalia, su amor, le esperaba en la ventana desde primera hora de la tarde. Quería ser la primera en verlo llegar y desde la mañana estaba impaciente por otearlo subiendo la cuesta del Santo Cristo. Al llegar a la ventana, a Julián no le salía la voz del cuerpo. De la emoción le temblaba el labio y no podía articular palabra. A Eulalia no le importaba. Al ver el buen porte de su mozo, plena de gozo, tenía que sujetarse a la reja para que el temblar de sus piernas no le denunciase… Así, mudos, quedaban los dos enamorados y mirándose a los ojos pasaban las horas sin sentir. Con las últimas luces del atardecer Julián acercaba su cara al alféizar de la ventana y Eulalia le dejaba un beso en los labios. Desde ese momento,
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Julián no movía un músculo de la cara para que el sentir no fuese a perderse. Caminaba despacio con el beso en los labios y sin volver la cara atrás, cogía cuesta abajo hasta adentrarse en la oscuridad del camino. No necesitaba luz, tenía los pasos contados, y aunque con cada paso que daba le parecía romper un sortilegio, llegó a su casa con la calentura en la boca. Había tenido suerte y al no cruzarse con nadie, a nadie tuvo que saludar y pudo guardar hasta la cama el beso que Eulalia le ofreció. Entonces, despierto, dejaba correr su imaginación. Le gustaba soñar con la casa que había hecho para su Eulalia; tenía unas ventanas grandes, sin rejas, un gran banco corrido por toda la fachada muy bien blanqueado, una parra para dar sombra en verano, el horizonte de la mar a lo lejos y los picos de la sierra Arajimal tan cerca que parecían tocarse… Si, es cierto. El hijo de Julián no lloraba. Se criaba como un bendito. Tragaba como un descosido. Se veía hacer. ¿Quién lo diría? Con esas teticas que tenía Eulalia que le cabían a Julián en una mano, y esos pezones duros como lanzas cuando los acariciaba su Julián. El susto se lo llevaron cuando después de nacer, esperaban a la comadrona para que les hiciese los boquetes en los pezones. Nunca habían visto a una parturienta y no imaginaban que la leche salía por su ser. -Anda, anda. Ponte al niño en el pecho y verás como sale el calostro. Julián no creía en eso de los curas. Los curas eran cosa de ricos y para los ricos. Aún le dolía cuando en el entierro de su difunta madre, le faltaron dos duros, dos cochinos duros, y don Segismundo despidió al duelo en la primera cruz que encontró en la esquina de la primera calle. Por dos duros más, la habría acompañado hasta la puerta del camposanto para el último responso. Aunque no creía en los curas, no quería dejar a su hijo sin padrino y él, quedar sin compadre, por eso pensó en bautizarle. Además su amigo Natalio le había dicho que sería generoso cuando los chiquillos cantasen eso de: Padrino lagarto, padrino lagarto. Saque usted los cuartos No lo gaste en vino. Y échelos por alto….
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Silencio en la plaza
Se oía el silencio. Un rayo de luz entraba por un orificio de la ventana y formaba un camino donde las partículas de polvo entraban y salían. De vez en cuando una mosca atravesaba el rayo y se hacia visible. Un soplo de aire era suficiente para que las motas de polvo aumentasen su velocidad y pasasen por el camino raudas a perderse en la inmensidad de la habitación. El silencio era total, no circulaban coches por la carretera, y hasta que no entraba alguna bestia al banco del herrador no se escuchaba el repique del martillo en el yunque; entonces se oía como una música que no rompía la tranquilidad de la mañana. Era un día de sol de invierno y la “recacha” estaba a tope. Todos los que no habían salido a trabajar al campo, se colocaban contra la tapia, al sol, protegidos del viento. Llevaban ya tantos días que no tenían nada que contar, hacía tiempo que había acabado la guerra y las historias las tenían más que contadas. La rutina era diaria y hasta que no llegase la “temporá” no había nada que hacer. Durante la temporada era otra cosa, coincidía con el final del invierno, ya entrando la primavera, y el bullicio en la plaza cambiaba completamente. Las reatas de mulos cargados de “cañadú” parecían no tener fin. Las bestias casi no hacían ruido, sólo se oía el ritmo del trote al caminar sobre el empedrado, conocían el camino y obedientes, no había que arrearlas. Todo lo contrario de cuando aparecía el carro de “Nazareno”, los bueyes eran muy torpes y la boca de José echaba lumbre, los votos retumbaban contra las paredes y parecían salir de la habitación, sobre todo cuando entraba al callejón de la Torna donde su estrechez casi no permitía dar paso al carro. El ingenio no estaba lejos y el humo de su chimenea inundaba todo el pueblo de olor a melaza. Muchos años más tarde al pasar por Salobreña recordaba al olor de juventud, (en la vega del Guadalfeo duraron los cultivos de caña de azúcar hasta nuestros días) y me venían a la memoria la retahíla de votos del “Nazareno”. La “temporá” duraba unos meses, después de ella ya no era lo mismo. Con el buen tiempo aparecían algunos coches por la plaza y los chiquillos formábamos remolinos a su alrededor para ver con detalle la marca y todas sus características. El que se llevaba la palma era el “tiburón”, nos parecía un coche de carreras y nos hacía soñar con recorrer otros mundos lejos de la tranquilidad de la Ermita. Con los primeros coches aparecieron los primeros turistas, madrileños y franceses que eran distintos a los forasteros que habíamos tenido hasta entonces, y el ambiente de la plaza cambió. La fonda de doña Rosario estaba a tope y ya no salían a la puerta sólo las vecinas, sino que los madrileños se unían a la tertulia y era como más cosmopolita, la voz cantante la llevaban ellos y los del pueblo escuchábamos historias de otros lugares. Lo que vino después ya lo conocemos, cerró la fábrica de azúcar, se acabó la temporá y nos dedicamos a criar turistas. Por suerte también se acabaron las mañanas en la “recacha”.
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No sé
“No sé si la vida es poco o demasiado para mí. No sé si siento de más o de menos, no sé”. Álvaro de Campos.

No No No No No No No No No No No

sé si vivía en Faluya. sé si soy negro saltando la valla. sé si estaba en el mercado de Bagdad cuando el coche bomba. sé si me han dejado en el desierto con una lata de sardinas. sé si viajaba en el tren de Madrid. sé si andaba por Cachemira cuando el terremoto. sé si en Guatemala se sufre tanta desolación. sé hasta donde llegó el agua en Nueva Orleáns. sé la diferencia entre nación y nacionalidad. sé si siento demasiado poco, o es demasiado para mí. sé.

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Paseo por Almijara en buena compaña
José “Pulguillas” apareció con un saco lleno a las espaldas, llevado como un zurrón, con dos tomizas de esparto sobre los hombros. Pensábamos dar la vuelta a la sierra, entrando por el barranco de los Cazadores a la Ventosilla, para seguir al Cuervo y bajar por el río Chillar. La vuelta sería en dos días, pero nos parecía excesivo el equipaje: - ¿Qué traes en el saco? - He echado los arreos para castrar. Si encontramos alguna colmena le sacamos la miel. Además de José, subíamos “Carrucho”, el “Guti”, un inglés que se nos juntó y Miguel “el de la Plana” que suscribe. En el barranco de los Cazadores, Carrucho nos mostró las covachas donde vivió en su juventud; donde ejerció de cabrero antes de entrar en la Guardería, y las galerías donde se refugiaba el maquis en la posguerra. José nos iba enseñando las plantas medicinales, desde la rúa a la mejorana, y nos explicaba cómo consumirlas para cada enfermedad. Entre historias de curanderos y maquis llegamos a los Caños del Rey, donde manaba la única agua de toda esa zona de la sierra. Subimos a Navachica sin enterarnos. Carrucho, antes de entrar de guardamonte, había ejercido de furtivo en sus ratos libres y aún oteaba a las monteses antes de verlas. Para mí que las olía a distancia. Nos señaló varios machos impresionantes, que después pudimos ver con sus prismáticos. Al llegar al puerto de las Ventosillas nos encontramos con Alonso “el de la Civila” que tenía las cabras por esos pagos. El hombre hacía varios días que esperaba el hato, y al vernos parecía haber visto el cielo abierto, sobre todo cuando vio al “Pulguillas” vaciar su saco. Había echado hasta cafetera. Con la luces del atardecer cenamos como los dioses y charlamos al calor de la fogata. Alonso era callado, pero a Carrucho le gustaba el tema del maquis en la sierra de Nerja; no sé si el inglés cogía algo pero no se perdía puntada. Alonso en un momento, nos preparó bajo las estrellas unos lechos de alhucemas y la cama, aunque algo dura, olía a gloria. A mí me tocó dormir a su lado. Se pasó toda la noche: - Miguel ¡qué noche tan calma hace! - Sí, Alonso, se ven todas las estrellas. El hombre estaba agradecido por la cena. Llevaba unos días sin comer caliente ni frío. Sólo tenía leche y el requesón, estaba esperando el suministro que no llegaba y no sabía cómo agradecer nuestras vituallas.
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Al amanecer nos ordeñó unas cabras y con la cafetera de José... !ni en un hotel de lujo!. No sabía qué hacer para prolongar el desayuno con tal de no quedarse solo otra vez, pero no tuvo más remedio que despedirnos. Salimos a Piedra Sillada, camino del Cuervo, por la cornisa. Con un pie en Granada, otro en Málaga y “los mismos” en mitad de la sierra. El “Guti” a pesar de su vértigo se portó como lo que es, un valiente, y pasó por la cornisa hecho un hombre, sin mirar atrás ni a los lados. La bajada por el río Chillar fue dura, los caminos estaban cerrados y había que tirar por el agua, además se nos hacía de noche y el inglés nervioso se puso a correr. El Pulguillas nos tranquilizaba: - ¡Dejarlo, dejarlo, ya parará! Nosotros a nuestro ritmo, cuando quiera oscurecer ya estamos en el carril. - Las cosas hay que tomarlas con su tiempo. Y me contó la historia del día en que se quedó sin poder salir de un tajo, donde se había descolgado para castrar unas colmenas: - Cogí las abarcas y las revoleé. Encendí un cigarro y cuando acabé de fumar, tranquilamente, descalzo, salí con todos los arreos y la miel a cuestas. Al llegar a la fuente del Esparto nos encontramos al inglés medio desfallecido. Nos despedimos con la intención de hacerle otra visita a Alonso, con más calma. Más tarde me enteré que Alonso (q.e.p.d) se tomó unos días de asueto, bajó al pueblo y un coche lo envió más allá del puerto de las Ventosillas.

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Pastor de caracoles
“Pastor de caracoles, cazador de vientos, médico de las incertidumbres, abogado de los jueces, profesor de calizas fétidas, policía de los pensamientos, sacristán de los ateos, comercial de la honestidad, basurero del mediodía, banquero de la letras, escritor del capital, poeta de los sentimientos.” Coquinas Pastor de caracoles: “El Búho” había emigrado a Barcelona. El hambre de la posguerra era mucha y le hizo salir del pueblo a buscar otros horizontes y, lo que son las cosas, añoraba el guiso de caracoles serranos que tanta hambre le quitó. Desde la capital escribió a su compadre “El Pulguilla” que le buscase unos caracoles en la sierra y se los mandase cuando pudiese. José “Pulguilla” salía a la sierra, echaba el día y volvía con el zurrón lleno de caracoles. En casa los pastoreaba con moyuelo y guardaba en jaulas de pájaro unos meses para, una vez limpios, ir mandandolos poco a poco a su compadre. Médico de incertidumbres: Salía a la calle pertrechado con su fonendo. Al oído tenía que averiguar todos los males. Un día apareció por casa para tratar a mi suegro diabético, que había perdido el sentido. - ¿Le damos insulina? - ¿Y si es por poca azúcar? - ¿Le damos azúcar? - ¿Y si es por hiperglucemia? - Bueno ¿Qué? - Vamos a dejarlo aquí sentadito, a ver si se le pasa. Policía de los pensamientos: Llevaba el uniforme de bedel como si fuese un general en plaza y en realidad era el que mandaba. Colocado a la puerta del instituto no dejaba entrar a nadie sin corbata, pero lo peor era cuando te veía llegar con el “Triunfo” en la mano, te leía tus pensamientos, y por no verle la cara, dabas la vuelta y te colabas por la puerta trasera. Había ejercido de guardia civil toda la guerra y posguerra, y se creía aún en el frente. Poeta de los sentimientos: Escribía versos a su musa, una morena de trenza larga. Una tarde se citaron en la plaza Larga del Albaicín y aún hoy, está esperando en el fondo de su corazón.
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Profesor de calizas fétidas: Era profesor de naturaleza y cuando salía al campo con sus alumnos disfrutaba enseñando no sólo a mirar, sino a ver lo que miraban, a oler, probar o tocar todo lo que les rodeaba para integrarse con lo natural y no olvidar lo captado mediante el tacto, la vista, el gusto o el olfato. Les daba a probar las “vinagreras” para que recordasen que habían venido de África del Sur, (en algún pueblo aún las llamaban “hierba forastera”). Les hacía oler las calizas, para que pudiesen distinguir los mármoles fétidos. El oído lo tenía duro y le costaba identificar a los pájaros por su canto, pero les obligaba a quedar en silencio para escuchar el ruido del campo. Eran otros tiempos, cuando aún había alumnos que quedaban extasiados por el hecho de aprender. Comercial de la honestidad: Ejercía de tendera y llevaba la cuenta de lo fiado, marcando mediante muescas en canutos de cañavera. Sin saber leer ni escribir, se valía para sisar a la clientela; si algún día había alguna duda en lo debido, ponía delante su honestidad y todo quedaba arreglado. Sacristán de los ateos: No creía ni en Dios, pero tenía que recorrer los pueblos para convencer a los curas de la necesidad de cambiar el reloj del campanario por otro nuevo. A veces le llevaba varios días, durante los cuales ejercía de sacristán detrás del cura para poder ganarse unas pesetillas. Entre viaje y viaje recalaba por la pensión “Villa Rosa” y sermoneaba a los estudiantes con las ventajas del ateísmo.

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Dolores “La Reina”
Este día había convocado a los espíritus. Era un día gris, plomizo, lluvioso, no con una lluvia tranquila, llovía con aguaceros de tormenta y el empedrado de la calle relucía con cada relámpago. Parecía un día de invierno aunque estábamos en el mes de los difuntos. Dolores temía que su difunto Paulino (que Dios guarde pronto en su seno), resbalase en esa calle y se esnoclase por segunda vez. Ya lo había hecho hacía 16 años y desde entonces vagaba por las calles del pueblo. Claro que ella lo tenía muy fácil, cada vez que sentía necesidad de consultar algo lo convocaba, y su difunto, a veces solo y otras acompañado de parientes, acudía a su llamada. Hoy tenía lo de su Carmela y aunque el día no acompañaba era urgente la consulta. Carmela se había subido a la ventana antes de tiempo y el cura para casarla, exigía que fuese de madrugada y de color. El cura, como otros muchos, se había autonombrado guardián de las virginidades ajenas y no permitía que una preñada se casase de blanco. A ella, lo de la madrugada no le parecía malo, casándose al amanecer, tenían todo el día para ellos y les podía cundir. No pasaba por lo del vestido, nadie tenía que pregonar la desgracia de su hija. Parece que la estoy viendo, como si fuese ayer. Entraba en el cuarto largo junto al patio y dejaba la puerta entreabierta para que los espíritus pasasen cómodamente. Apoyada en la cañavera de la escoba, en una esquina, discutía con su difunto: - A lo hecho, pecho. - No es eso. Es que no es quien para meterse con el vestido. - Mujer, no puedes discutir con el cura. El que manda, manda. - Y tu hija, ¿Qué dice? - Ella calla, lo que digamos nosotros. Dolores, para salir a la calle, se colocaba su pañuelo negro en la cabeza y se le subía el orgullo a la cara, entonces parecía afilarse un poco más la nariz y la mirada se hacía más penetrante. Conocía que el poder suyo de convocar a los espíritus era sólo de algunos señalados y andaba muy erguida, como una reina. (Dolores, ejercía de espiritista, consultando y transmitiendo recados a los espíritus. En el pueblo era conocida como Dolores “La Reina” y en realidad su prestancia era tan llamativa que el apodo le venía como anillo al dedo.)
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Granada y LLanes

Granada ¡Ay, mi Graná! De un salto rompíamos las filas para dar paso a las recuas de borricos cargados de arena. Bendita rutina del jueves tarde. Cuesta Gomérez arriba y toda La Alhambra para nosotros. Agua fresca del aljibe y a la vuelta un refresco en el Jandilla. Puerta del Sol, movimientos de caderas, mirando…. a Sierra Nevada. San Diego empedrá, tarde tras tarde escuchando pregonar: ¡Mieldaaaa! Imposible que se venda. Al fin bajo, y pregonan: “¡miel de calderaaa!” Es miel de cañadú de mi pueblo. Paseo de los Tristes. Noche de luna flamenca. Al cante el maestro Antonio Mairena. ¡Qué grandes y cortos los espumosos de La Carrera! ¡Qué colorido! Aún veo el juego de colores en el mostrador. ¡Ay, Plaza Larga!, qué plantón. Subía con mis ripios: ”Al pie de la almena, caí etc.…” ¡Qué morena, qué trenzas! Aún estoy esperando en el fondo de mi corazón. Doña Carmen desde la cocina: “¿A quién le gustan los muslillos?” El compañero te quita la vez, “¡A mí, a mí!”. Y se encuentra en el plato las patas del pollo con todas las uñas, rodeadas de un poco de caldo. Calle Elvira, quitando el hambre con un caldo de caracoles en el Palacio de la Sífilis. Plaza del Triunfo, qué frío buscando la fuente en noche que estaba apagada. ¡Ay, tranvías que me llevaban al Charcón! y subía por el camino de la Estrella o camino de las estrellas. ¡Qué paseos a la fuente del Avellano con la madre de mis hijos! Quiero dejarte claro, que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. Llanes Puente de Llanes. La mar viene de ¿Poniente o de Levante? Bendito despiste. Escuela de Piedra. Sueño yo, que soy maestro en ella. ¡Ay, casa Alejo! chigre, rebotica, trastienda y pomarada. Memoria viva del concejo. Peña Turbina, qué escares, ¡qué amigos!, qué dicha. Camino de la Güelga a Gulpiyuri. Ería. Paseos con mi mujer y mis hijos. Dorilu, qué churrero, qué mítines, qué Hombre. Procesión de Santa Olalla. ¿Era la tierra? ¿Era el cielo? ¿Era la color de la mar? ¡Ay, tertulias de la Chopera! madrugadas de orvallo. España? ¡Ay, romería de Santa Rita! Acordeón y gaitero. Setas. El baile con el Pera... Y Luisa…
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Mis animales y otros recuerdos
El León comía aparte. No entraba en casa, a lo más que llegaba era a poner la pata en el escalón. No sé porqué cada día estaba más delgado, se le notaban todas las costillas, hasta que un buen día se murió. Frasquito lo ató muy bien y nos fuimos a enterrarlo al tablazo, en la pedriza, en un buen cucón. Lo sorprendente es que con nosotros vinieron todos los demás perros de los cortijos vecinos y no tan vecinos, algunos estaban a una hora de camino, y en silencio, sin dueños y sin ladrar nos acompañaron todo el rato del entierro. Ante mi sorpresa, fui preguntando a Frasquito: - Este viene del barranco de la Iglesia. - Este de río de la Miel. - Este del cortijo de Doña Estefanía. - Este de los Jiménez - Este … Y así hasta más de diez perros que nos acompañaron en el duelo, sin que nadie les avisase ni tocasen a difuntos. El pájaro no tenía nombre propio, a lo más que llegaba era a pájaro perdiz, pero se le nombraba como “el pájaro”, como si fuese el único pájaro del mundo. Siempre estaba en su jaula, unas veces dentro de la casa y otras al sol de la mañana. Era una jaula cónica, con su comedero y bebedero en la que los movimientos del ave eran mínimos, casi venía justa para su cuerpo. Algunas tardes sí saltaba, parecía que nos conocía, era cuando volvíamos de cazar saltamontes. Si Dolores tenía un hueco, salíamos con una rama de bolina y un canuto de cañavera a buscar cigarrones por los alrededores del cortijo, en un momento llenábamos nuestros respectivos canutos y al acercarnos a la casa el pájaro cantaba y saltaba de alegría. El pájaro era una reliquia de tiempos mejores, cuando Frasquito aún cogía su escopeta y venía con dos o tres perdices. Romero era noble, con su cuartilla de cebada entre la paja se conformaba. Si había que ir al pueblo, ese día, tenía un puñado de habas secas como premio. No daba ninguna guerra, se dejaba aparejar con parsimonia, era un rito en el que Frasquito se tomaba todo el tiempo del mundo, los caminos eran duros, de montaña, y el aparejo debía estar bien ceñido. Era el mismo mulo que cuando yo no era capaz de aguantar las dos horas de camino, me traía metido en el capacho, y ahora, cuando el viaje era de noche, sujetándome a su cola me llevaba sin ningún tropiezo hasta el cortijo. La Liebre era tranquila, aún no sé el motivo de su nombre, aunque su pelo era algo tordo, y por eso quizás la bautizaran así. Con un celemín de yeros y lo que ella se agenciaba, todos los día nos daba leche para la familia,
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que se reducía a los niños, los mayores tomaban café de cebá (cebada tostada). Con el resto de la leche Dolores hacía queso, utilizando el cuajo del chivo del año anterior y la pleita de esparto para darle forma. El gorrino vivía como un marqués, casi todos los días había mondas de papas que Dolores cocía y amasaba con afrecho para prepararle su comida, además tenía su ración de maíz y su poza para revolcarse. No se escatimaba en su alimentación, claro que todo era para su San Martín en que la fiesta la bailábamos todos los demás. Las lagartijas tienen otra historia; con los primeros cigarrillos de yesca que fumábamos a escondidas y unas pajitas nos dedicábamos a insuflarle el humo del tabaco en la boca del infeliz animal, al que le entraba unas tembladeras que parecía el mal de San Vito. Mientras estaban drogadas, jugábamos con ellas con más pena que gloria hasta que después de un rato al sol se les pasaba el efecto. El hurón no era nuestro, lo tenían en un cortijo vecino y me caía muy mal, no sé si porque se metía en las madrigueras a comerse los conejos o porque estaba atado con una cadena y me daba susto, o porque había escuchado que no estaba permitido tenerlo para las cacerías, el caso era que le tenía manía y no quería ir de visita a ese cortijo con el hurón en la puerta. Los zorros habían criado en la loma Blanca, en una antigua calera frente al cortijo y todas las mañanas los veíamos retozar. El macho de barbas blancas, no se inmutaba cuando nos cruzábamos por el camino, sabía muy bien que estábamos de paseo y Frasquito no llevaba la escopeta. Las mininas siempre estaban hurgando en la pila de orujo de uva, no se separaban mucho del cortijo, tenían una entente cordial con el zorro. Nosotros nos dedicábamos a poner nidos con huevos hueros entre lo pencales para que la recogida de la puesta no fuese muy difícil. Al atardecer, Dolores las llamaba, les premiaba con un poco de cebada y ellas solitas iban entrando al gallinero. De los gatos no me acuerdo, hacían su vida, se buscaban su sustento y no se metían con nadie ni nosotros con ellos.
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Nerja
Silencio en la plaza de la Ermita. Banco de herrador, compás del martillo en el yunque. Recuas de mulos cargados de caña dulce, camino de la Torna a la fábrica de azúcar. Río Chillar, piedras tan blancas como las sábanas al sol. Recuerdos de olor a melaza y arropías. Niñez de fiesta en el día de la Cruz. Miguelete y autobús. Campana de aviso en el silencio de la mañana. San Juan en Burriana, Santiago en Río Seco. Verbena con sandías y gaseosa. Chaparil camino de la Torrecilla. Merendero de Pepe Gómez, baños al amanecer. Miguel Ramírez y Pitá, Citröen 11 ligero, camino a que te diesen las cagarrutas en la entrada de la capital. El Krupp en la cuesta de calle Granada. Los muchachos a remolque del portalón. El Añejo en la dirección y el Ñañaica al triangulo. Pastorales por Navidad. Copita de Machaquito, rosco y mantecado. Feria de Nerja. Paseo arriba y abajo en el Balcón de Europa. Turrón y peladillas. Cuarterón, y cuarto y mitad. Días de lluvia, migas de maíz con bacalao. Puerta de la iglesia, bautizo: padrino lagarto, tire Vd. los cuartos, no se los gaste en vino y tírelos por alto. Macucas a tres la gorda y una la chica. Aligera, aligera, que me voy. Árbol Cerote, piedras pegadas con su resina en los tacones. Pasos en el silencio de la iglesia. Olor a tortas, tahona de calle Nueva. Todo el pueblo a sanjuanear en el Tajo de Burriana. Corpus Christi, día soleado. Niños de Primera Comunión caminando entre pétalos de rosa, macetas en las aceras. La Custodia brilla bajo el palio. Madre superiora, nariz severa y corazón bondadoso. Dos palmeras muy altas a la espalda de la clase. Pepe Juan. Triste tarde de domingo. Tenías que haberte venido al cine del cura. Antonio, coge la rueda y vete a por el vino. Botella vacía en una mano, en la otra el gancho empuja a una llanta desnuda de bicicleta. ¡Pedro, a la jaula! Los municipales llevan al borracho al cuartucho de Roca en los bajos del Ayuntamiento. Campillo de Vidrio. Largos calzones de fútbol. El Charrán asomado a la tapia para devolver el balón desde el cementerio. Piedra y Lagartijo
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Tajo Almendrón. Sierra Almijara. Nerja
Recorrer un valle glaciar, bordear una arista o escalar un pico piramidal parece una oferta excluyente de la Costa del Sol, sin embargo esa es la propuesta real que presentamos en la ruta del Almendrón. Durante los periodos fríos del cuaternario, el anticiclón polar localizado sobre las Islas Británicas dirigía las corrientes frías hacia las costas atlánticas de la Península Ibérica. La corriente del Golfo (Gulf Stream) desviada hacia el sur, bañaba las Islas Canarias protegiendo los bosques de laurisilva. La tundra extendida por la península permitió la llegada de especies árticas al sur de España y muchas de ellas (Ranunculus glacialis, etc. ), han encontrado refugio en Sierra Nevada. Las borrascas formadas en el golfo de Cádiz descargarían sobre las sierras costeras de las Béticas, y en las zonas protegidas de los vientos del Oeste se acumulaba la nieve originando cortos glaciares de abrigo que en el caso del barranco de los Cazadores, muy protegido y de gran pendiente, descendía hasta los 700m. de altitud. El perfil transversal en “U” con netas hombreras y valles laterales colgados y el longitudinal con zonas de sobreexcavación muy patentes, determinan una morfología glaciar hoy retocada por la incisión de una estrecha garganta fluvial, Los “derrubios ordenados” periglaciares a 350 m., confirma que el hielo durante los periodos fríos, cubría la zona costera gran parte del año. Si la geología de relieve alpino, aflorando los mármoles en tajos con taludes cercanos a los 1000 m., resulta sorprendente, la flora no es menos atrayente. La presencia de densos bojales (Buxus balearica y Cneorum tricoccum), la sustitución del pino carrasco (Pinus halepensis) por el negral (Pinus pinaster), pasando por una variedad nana del halepensis en el mismo límite termo-mesomediterráneo; y la recuperación del encinar (Paeonio - Quercetum rotundifoliae) sin peonías, a partir de los años 50 en que el butano vino a sustituir al carbón, nos muestra la riqueza botánica de la zona. Explotaciones mineras En los tajos más inaccesibles se observan a veces las bocas de antiguas explotaciones mineras. D. Alejandro Bueno (1907) relata, en su “Reseña histórica de Nerja, la esperanza que para el desarrollo del pueblo suponía las recientes denuncias de los yacimientos de galena en sierra Almijara. De todas las explotaciones, la de mayor rendimiento fue la localizada en el mismo barranco de los Cazadores, conocida popularmente por esa razón como mina “El uno”. Aún se conserva frente a la galería el pozo de explotación con una pequeña escombrera al pie, tan rebuscada que ese hace difícil reconocer el mineral extraído.
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El lavado se realizaba en la fuente del Esparto y el beneficio del mineral en la “fabrica de plomo” de Burriana, utilizando la misma playa para su embarque. Hasta nuestra generación ha llegado el traspaso de las denuncias, utilizando incluso la picaresca de extender restos de galena traídos ex profeso, para intentar aumentar su valor. En los años 60 hemos conocidos pequeñas explotaciones de amianto (tremolita); en algún caso los sacos llenos de mineral quedaron para siempre en la sierra por la dificultad de su transporte. Es fácil encontrar fragmentos de mármoles con agregados radiales de tremolita, son muy abundantes en el camino antes de ascender al Almendrón. Halcón peregrino. Falco peregrinus. Atalaya digna de un halcón, el Almendrón, con 1514m. de altitud a 8 Km. del mar, dominando desde un tajo con 1000 m. de desnivel el valle del río Chillar al oeste, el barranco de los Cazadores al este y toda la costa al sur, es la morada del dios Horus. Como los dioses egipcios eran de carne y huesos, en el pico Almendrón se encuentran egagrópilas, plumas y excrementos del halcón peregrino, que captura a sus presas interceptando su vuelo a una velocidad cercana a los 300 Km/h. El peregrino anida en pequeñas oquedades de los cantiles, cerca de la cima, sin construir un verdadero nido, solo una pequeña excavación rodeada de piedrecitas. La puesta de cuatro huevos, es incubada por la hembra 32 ó 35 días, solo sustituida por el macho, cuando se retira un momento para alimentarse con las presas que le trae esta. El menor grosor de la cáscara de los huevos desde el comienzo de la agricultura química (insecticidas, herbicidas, fungicidas, etc.) ha traído consigo una disminución radical del peregrino. Los huevos al ser más finos se deshidratan y rompen con facilidad, provocando la mortalidad de las crías. Reconocible en vuelo por sus alas estrechas, largas, puntiagudas y en forma de hoz, (en latín falx, y de ahí deriva falco= halcón), lo podremos observar sobrevolando las lomas del Imán.
* Para incrédulos, consultar : - Bueno, M. Apuntes geomorfológicos en Sierra Almijara. Propuesta de morfología glaciar. Actas I Reunión Nacional de Geomorfología. Teruel 1990. - “Paleotemperaturas en el Mar de Alborán”; “Cambios climáticos bruscos”; “Mar de Alborán congelado”. Bibliografía de: Cacho,I.; Martrat,B.; Gonzalez-Morales,B.; Sierro, F J.; etc. - Para ver ejemplares enanos, hijos del Pinus halepensis var. nana del barranco de los Cazadores, consultar con el autor del trabajo.
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Almijara : Sus hombres y su tierra
Mis recuerdos de las mujeres y hombres de Almijara, a veces no traen nombre propio, pero siempre aparecen con toda claridad. Quedaron grabados, aún careciendo de nombre, los perfiles de aquellos hombres que al atardecer llegaban a la plaza Cantarero, para descargar no se cuantas arrobas de esparto en la cerca de Paco Ortega. Aún hoy, cuando recorro la Pandera de Garzón o tengo que volver desde los Caños del Rey, me parece imposible la imagen de dureza del trabajo que quedó tan marcada. en los ojos del niño. No tienen nombres, los más de 100 hombres reunidos para trasladar una muela de molino, arrastrándola con la fuerza de sus brazos, a través de las Lomas de las Cuadrillas, a cambio de unas migas con cebolla. La imagen de trabajo colectivo, de ayuda desinteresada e incluso de fiesta por la común alegría del trabajo realizado, quedaron fijos en el muchacho que intentaba ayudar. No recuerdo los nombres de los carboneros que encontraba vigilando el boliche, cuando liar un cigarro, no era fumar. Echar un cigarro era compartir, dialogar, crear un ambiente, tener un motivo y un momento para recordar, contar historias, en fin realizar el rito de la comunicación. Recuerdo muy bien al recovero que recorría los cortijos cambiando platos y tazones por huevos, siempre me asombró como podía transportar por los caminos de la sierra aquellas enormes canastas, cada una en un brazo. Su capacidad de agradecer un detalle, alguna atención, aún me parecía más grande, que su capacidad de soportar el peso de tazones y platos. Aparecen con nombres, cuando me mostraron lo que era hospitalidad en el cortijo de la Civila, o cuando compartía con Alonso, el lecho al sereno sobre lastones y alhucemas en el puerto de las Ventosillas; o con Carrasco, cansado de andar, pero con hambre, compartir su pan con tocino. Recuerdo a José “Pulguilla” padre, el día que bajando del puerto de la Orza le encontré en los altos del Barranco de los Cazadores. No había subido más arriba, mientras sus hijos cogían mejorana en las Ventosillas, porque estaba recién operado de una hernia. Nunca tuve mejor profesor, de cada planta decía su nombre y explicaba sus aplicaciones. Cuantas veces le he recordado, buscando refugio de la lluvia en los abrigos que él me indicó. A su hijo José, tomándose todo el tiempo para castrar una colmena, o charlando juntos por los caminos de la sierra. A Frasquito, relatando historias con una expresividad y riqueza de palabra, que siempre extasiaba. Tienen nombre: María, Carmen Valderrama y Dolores.
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Dolores, nombre propio que bien podía ser colectivo; en su olla siempre había comida, el preguntar. ¿Quiere Vd. comer? Nunca fue un cumplido, ni una forma de hablar. Sus días parecían tener cuarenta horas, y cada trabajo su tiempo, suya era la cabra, suyo el buscar los cigarrones para los perdigones, suya la casa, suyo el huerto, suya la costura, suyo el horno de pan hacer, suyo el encontrar cualquier cosa en cualquier momento, etc. Y tantos nombres propios tan cercanos que muchos de ellos pueden leer estas letras. Quiero dejar claro que: nunca tiempo pasado fue mejor. Pero ciertas cosas de aquellos tiempos bien merecen la pena recordar hoy. El trabajo solidario, la hospitalidad, la ayuda, el compartir, el charlar, el enseñar, el cigarro del revezo, la dureza del trabajo no salen en este texto. En él a retazos, entrevemos las tierras de Almijara, y aunque será difícil hacerse una idea de su belleza, para algunos quizás sea sorprendente. Si conseguimos que Nerja no viva de espalda a su Sierra y de vez en cuando vuelva la mirada hacia ella, nos daremos por satisfecho.
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Boda en San Antolín
El bisabuelo Armando Noriega Tereñes “el Chato del Cueto“, arribó a Serena, en San Joaquín. Durante unos años ejerció de chamán. Le fue relativamente fácil, sabía escuchar y siempre estuvo pegado a la pacha mama. Desde que heredó un prado de su primera mujer, Olalla Ardisana Abanielles “la Texuca “, allá en los cuetos de Buda, conoció las ventajas de las altas cercas de piedra que protegen al maíz del viento gallego y le hacían granar en toda la mazorca. Aplicó la misma técnica en los huertos cercados por las dunas en San Joaquín y sus años de chamán en Serena fueron apacibles. No recordaba con que “alias” se apuntó a las Américas. En el Mazuco le conocían por el “rubio de Buda” desde la época en que le hablaba a la hija de Ardisana “la Texuca”. Había olvidado que cuando enviudó de su Olalla, tuvo un arrebato y soñó en hacer plata en otras tierras. En el Mazuco no dejaba nada, los prados de la familia estaban tan divididos que ninguna partición llegó a él, y la majada de Buda que había recogido de su primera mujer tuvo que devolverla unos días después del entierro. Sí recuerda el habano que fumó en Gibraltar, cuando estaba seguro de librarse de la guerra de Marruecos. Eso de matar moros lo había dejado para don Pelayo, que ya acabara con los de su tierra. Le parecía muy cercano aquel día, sentado en el puerto con las piernas sobre el agua, cuando su vecino le ofreció el habano, su primer habano, y se vió en otras tierras, con otras gentes, todas conocidas y compartiendo los tortos recién calientes. No le gustaba recordar aquel viaje que desde el Musel, le llevó a las Américas pasando de Gibraltar a las costas de Guinea. Fueron meses en la bodega de aquel barco donde sólo había papas para comer, papas cocidas o papas medio asadas. Sólo papas. A su vuelta al Mazuco, vino a caer en la cuenta de que comía el cabritu con patatinas. Durante tantos años en las Américas no pudo probarlas. No hizo las Américas, sacó un vivir. Antes de llegar a Serena recorrió muchos pueblos con aquella máquina fotográfica del pájarito. La había montado él mismo, siguiendo las instrucciones de la revista “El Mundo Moderno” que editara en Buenos Aires la “ Losada”. Los materiales los fue reuniendo en el chigre que regentaba su compadre en el barrio de Santa Eufemia. Durante años visitó los colegios de barrios hacendados y por el regalo de dos ampliaciones a las monjas, le dejaban retratar a los chavales. Más tarde tenía que ir ofreciendo casa por casa, a las madres, aquellas fotos que había retocado a mano para mejorar el original. Cuando el mapa plegable que acostumbraba a colocar tras los modelos, le quedó viejo por aquella reforma de Porfirio Diaz que mudara el nombre de varias provincias, (a San Joaquín ahora le llamaban Chiatas). Cerró el negocio, cambió el rumbo y arribó a Serena.
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La abuela Herminia Noriega Abades, “la Alisa”, fue fruto tardío del último matrimonio de Armando Noriega. Este tras su vuelta al Mazuco, tuvo el acierto de recogerse en casa de Domitila “la Madrina”, donde conoció a Eulalia Abades. Por aquellos días, Eulalia ya casi cuarentona, había perdido muchas esperanzas. El encuentro con Armando fue reposado y como las tardes del invierno son muy largas, acordaron pasar por el monasterio de San Antolín, donde ejercía de abad un pariente lejano de Domitila, el prior Celestino Cuerres Cardoso, (ante Dios, fray Gumersíndo de la Santísima Trinidad y todos los Santos), que de seguro no tendría por válidos las diversas uniones de Armando en su otra vida americana. A las seis de la mañana de un día sin orballo, quedó bendecida la unión de Eulalia Abades “la Acebal” y Armando Noriega “el Indiano”. Armando, aún tuvo energías para drenar los prados de Eulalia en Lledías. Hasta entonces solo admitían un corte de hierba en veranos secos; pero no era hombre de tierras bajas, el trabajar con el horizonte cercano parecía agobiarle. Necesitaba levantar la vista, dejarla volar a la lejanía y de esa forma disipar su añoranza de aquellas tierras abiertas de San Joaquín. Al poco tiempo, cambió los prados de Lledías por unas majadas en Pandiella, con derecho a pastos en la Tornería, frente a Peñas Blancas. Podía dejar correr la vista, ver su Mazuco a lo lejos, el sol poniente camino de San Joaquín sobre el valle de Ardisana y los senderos que formaba la mar frente al Bedón. Aquellos senderos que le hicieron andar por medio mundo sin perder el olor de esta hierba recién cortada. Amadeo Bueno Cueto “el Nino”, encontró la cabaña de la abuela medio derruida, siempre la conoció igual. Aún cuando de niño subía el hato a su padre, recuerda que ya estaba en ruinas. Junto a la cabaña que mirando al mar levantara su bisabuelo, sólo permanecían en pie los fresnos que alimentan el rebaño cuando la escarcha adelantada en su llegada, dejaba la hierba en su ser. El día en que Amadeo se vio en los páramos de Soria, ni la luz, ni la lluvia, ni el aire tenía la color de los prados del bisabuelo. Recordaba el verde de los cuetos de Rales, el sol poniente sobre Riensena, la niebla en Posada la vieja y la mar con su horizonte abierto frente al Beón. Hoy, Amadeo ha levantado la cabaña del bisabuelo Armando y cuando respira, toma el aire que le hará vivir en esa tierra de Soria que le da de comer.
Fotografía: monasterio de San Antolín de Bedón. Llanes. Asturias

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Elogio del distinto
Nací en el límite. La frontera era Granada. De niño me gustaba jugar a caballo sobre los mojones y decir que estaba a la vez en Málaga y Granada. En Granada me notaban raro el habla: “Tú no eres de aquí”. En Málaga me decían que no era malagueño. No he parado de dar explicaciones. En Sevilla conocí maravillas. Descubrí otras tierras y me hice asturiano en Asturias. ¡Cuantas noches compartí el mismo vaso de sidrina con ellos!. Me hice turco en Estambul, con el recién conocido que me abrazaba llamándome fratelo cuando le dije que era español. Egipcio en el Cairo, cuando hablamos que venia del Al-Andalus. Canario cuando me preguntaban en Tenerife: ¿ De qué isla eres? Marroquí en Marraquech, cuando se interesaban porqué era la tercera vez que les visitaba. Holandés, sentado en un banco de una plaza de Alkmaar hablando con un holandés cada uno en su idioma y nos entendíamos. Cubano en la linda Habana, disfrutando de ese castellano tan bonito a mi oído. Italiano, saboreando la belleza de su idioma, charlando con ellos De Tereñes, muchas veces en las romerías asturianas. - ¿De Tereñes? - Si, es que emigre muchos años a Venezuela. - Ah. Hoy que tengo amigos madrileños, suizos, holandeses, sirios, marroquíes, granainos, sevillanos, nerjeños, asturianos, catalanes, ingleses, vascos, yanquis... No tengo patria. Como me decía mi admirado Jorge Guillén: - ¿Patria? ¿Cuantos muertos? Cuando veo pasar por la calle donde vivo gente de todos los colores y de todos los sitios, me digo: este es mi mundo.

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Historias de compadres
Sería sobre las ocho de la tarde, tenía que ser época de verano, había aún luz y estaba claro el horizonte. Miguelete se colocaba enfrente, delante de la fonda del Rosario y miraba a poniente. - ¡Ya viene! , ya viene, por la cuesta Macaca. Se producía una agitación entre las personas que esperaban, cruzaban la carretera y se colocaban alrededor de Miguelete. - No, esas luces no son. - ¿Cómo que no? Si ya ha dejado la cuesta macaca, está entrando en río Seco. - Espero a mi novio que está haciendo la mili en el Ferrol, le tocó la Marina, tuvo mucha suerte, ahora viene con todo el petate, incluso el abrigo de paño. En Tierra no te dejan nada; claro es un año menos, pero no compensa, ya lo tengo equipado para muchos años. Su padre todavía tiene la capa de la mili - No, yo sólo vengo para ayudar a Mariquita España, hoy trae mucha ropa de Gibraltar y me avisó para ayudarle. - Y tú ¿a quien esperas? - No sé, puede que venga hoy, no estoy segura. El barco llegaba a Cádiz el 25, pero no sé si ha podido llegar. Mi hijo quería hacer las Americas y ya gracias a Dios lo tengo de vuelta. Allí tampoco atan los perros con longaniza. -Mi niño, fue con mi Paca al médico, tiene un grano malo en el cuello y Don Ricardo le dijo que mejor sajarlo en Málaga. - ¡Al rico pirulí!¡Ay que ricos los pajaritos con su colita y su piquito! ¡A gorda, a gorda! - Hoy viene Don Evaristo y su señora, son los madrileños que vienen todos los años a la fonda del Pilar, se quedan todo el mes aquí. Bajan a la Torrecilla, dicen que como Pepe Gómez no hay nadie quien fabrique las gaseosas. - ¡Macucas a tres la gorda y una la chica! Miguelete corría a tocar la campana. La Alsina estaba a punto de llegar y toda la gente como un resorte se colocaba delante de la fonda de San Francisco, esperando la llegada del autobús. A Cachicuerno, le quedaban mostachones de la mañana. Compadre, además de Cachicuerno, también vendían tortas y mostachones por los años cincuenta unos hermanos que vivían en la calle de la Gloria, bajando a la derecha. Creo que el menor se llamaba Eugenio. El mayor, de aspecto tímido, era más moreno, alto y bizco, pero no recuerdo su nombre. Eugenio, que estaba en
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mi misma escuela, le pedía permiso a Don Sebastián para salir 15 minutos antes por las tardes para preparar la canasta con las tortas y mostachones. Así, cuando los niños llegaban a su casa de la escuela, ya estaban los hermanos pregonando por las calles su mercancía para la merienda. Me parece que esa familia emigró. Otra familia que emigró fue la de Pedro el de las cartericas. Vivían en calle Angustias, justo donde ahora está el estanco. Pedro tenía su pequeña vivienda llena hasta la puerta de trozos de plomo y otros metales, que compraba para luego venderlos no sé si en Málaga o Vélez. Al cabo de algunos años, volvió de Francia el menor de sus hijos, un adolescente al que de pequeño siempre se le veía con las velas de moco bajándole de la nariz hasta el labio. Bien, pues este muchacho encontró trabajo de botones en el Marissal. Se le pudo ver durante un tiempo con su uniforme abotonado de color verde y su gorro redondo a juego. Pero parece que el trabajo le duró poco, porque unos meses después desapareció del pueblo. Posiblemente volvió con su familia. Otra estampa de aquella época, y que sin duda recordarás, querido compadre, era la salida de misa de los domingos por la tarde. Cuando salían de la iglesia, algunos se metían deprisa en el viejo cine Olympia, que daba una función de tarde a las siete. Las películas eran anunciadas unos días antes en los cuadrillos que colgaban de su ventana los hermanos Luquita. Si la película era buena, la había traído Fossi; pero si era mala, la culpa era de Luquita. La gente jaleaba en el cine los puñetazos que daban los convois. Los que no iban al cine, se tomaban una gaseosa o una cerveza, o se compraban tres celtas cortos por una peseta en el kiosco de Ricardo para pasear un buen rato por el Balcón de Europa. Los menos, se plantaban en el kiosco de Juanito el confitero que, como te acordarás, estaba delante del cine e iban comiendo dulces, a veces la madre preguntaba: “niño, ¿cuántos te has comido ya?” ¡Qué ricos estaban los merengues y otros dulces rellenos de crema en forma de cuerno de la abundancia! El kiosco de Juanito tenía un anuncio que decía Ilsa Frigo. A las 9 y media de la noche había que estar en la casa para cenar y guardar el traje hasta el siguiente domingo. Piedra y Lagartijo

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Glosario :
Abarca: Calzado con la suela hecha con las ruedas de caucho de los vehículos, asegurado con cuerdas o alambres sobre el empeine. Abrótano macho: Planta de la familia de las compuestas, cuyo cocimiento se usaba como crecepelo. Almijar: Lugar donde se ponen las uvas para secar. Pasero Almocrafe: Herramienta para limpiar la tierra de malas hierbas. Arilo: Envoltura carnosa de alguna semillas como en el tejo. Arropía: melcocha, dulce de miel. Bramadorio: Campo de bufones donde el agua del mar sale a presión por las aberturas de las cuevas. Calafate: Carpintero de barcas marineras. Cañadú: Caña de azúcar Chigre: Taberna o bar popular. Cigarrones: Saltamontes. Cucón: Depresión pequeña en terrenos de piedra. Entrevero: cuento. Escares: Campo en terreno calizo intransitable por las oquedales. Hórreo: Construcción de madera en Asturias, elevada, fuera del alcance de los roedores, para guardar grano y otros productos agrícolas. Launa: Tierra de pizarra que se coloca en los tejados de las Alpujarras para impermeabilizar. Manijero: Hombre encargado de contratar obreros para las faenas del campo. Marismo: Referente al mar; olor a marismo. Morcillones: Mejillones. Moyuelo: Salvado muy fino, el último que se separa al apurar la harina. Orvallo: Llovizna. Pacanda: Pueblo imaginado por el autor. Pasero: Lugar donde se colocan los higos o uvas para secar al sol. Pedáneo: Alcalde de aldea pequeña sin ayuntamiento propio. Pencales: Plantación de chumberas para producir higos chumbos. Pitinas: Gallinas. Pleita: Tira de esparto trenzado que cosida con otras sirve para hacer esteras, capachos, sombreros, etc. Poyete: Banco de obra. Raposo: Zorro. Recacha: Lugar protegido del viento donde calentarse al sol del invierno. Recovero: Hombre que compra, al cambio, huevos por platos y tazones. Rehala: Rebaño de ganado lanar. Revezo: Descanso en la faena del campo para echar un cigarro. Rogativa: Oración pública hecha a Dios para conseguir el remedio de una grave necesidad. Sajar: Cortar en la carne. Sidrina: Sidra, bebida alcohólica que se obtiene de la manzana. Singladura: Distancia recorrida por una nave en 24 horas. Tomiza: Cuerda pequeña de esparto. Torto: Torta frita de maíz.

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Índice
Prólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3 En homenaje a Miguel Delibes . . . . . . 4 Málaga. Puerta de Atarazanas . . . . . . . 5 Málaga en flor . . . . . . . . . . . . . . . . . 6 La Buhaira. Sevilla . . . . . . . . . . . . . . 7 Sierra Tejeda. Maroma (2065 m.). . . . . 8 Cuento para Kendra . . . . . . . . . . . . 10 Decidme cómo es un árbol . . . . . . . . 11 Duele mi tierra sedienta . . . . . . . . . 12 Añoranza de Pacanda . . . . . . . . . . . 13 A cuatro leguas de Pacanda . . . . . . . 14 Amor, amor mío . . . . . . . . . . . . . . . 16 Luz de Pacanda . . . . . . . . . . . . . . . 17 En recuerdo de Miguel "El Grande" . . . 18 Anochece en Pacanda . . . . . . . . . . . 19 LLanes. Sus ventanas . . . . . . . . . . . 20 Ribadesella. Luz de otoño . . . . . . . . 21 Día de mercado. Huelva . . . . . . . . . 22 La lluvia en Sevilla es una maravilla . . 24 Mazuco. Llanes . . . . . . . . . . . . . . . 25 Volver . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26 Al lirio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27 Barcelona . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28 Volver a navegar . . . . . . . . . . . . . . 29 Pacanda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30 Mi tía Petra . . . . . . . . . . . . . . . . . . 32 Áyobe en San Martín. Llanes . . . . . . . 33 Entre la tierra y la mar . . . . . . . . . . 34 Jarrón con jazmines . . . . . . . . . . . . 36 Pinus halepensis var. nana . . . . . . . . 37 Cuento de Kendra y Enriqueta . . . . . 38 Días de luz y mar . . . . . . . . . . . . . . 40 Flores de piedra . . . . . . . . . . . . . . Alerta! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Mi niño crece . . . . . . . . . . . . . . . . . A las dos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Enriqueta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Acantilados de Maro. Nerja . . . . . . . Romería de San Antonio. Piedra . . . . Hayedo de Ventaniella . . . . . . . . . . Entrevero del caballero don Blas . . . . Hórreo del Cuetu del Pozo . . . . . . . . El halcón de San Martín . . . . . . . . . . Gulpiyuri. Dos versiones . . . . . . . . . Luz del norte . . . . . . . . . . . . . . . . . Desde mi ventana . . . . . . . . . . . . . . Al fresno de la puerta . . . . . . . . . . . La puerta quedó abierta . . . . . . . . . Aires de otros mares . . . . . . . . . . . . Llueve a lo lejos en la mar . . . . . . . . Torimbia. Llanes. . . . . . . . . . . . . . . Entre el fuego y el agua. . . . . . . . . . Poema sin mar . . . . . . . . . . . . . . . . A la caída del sol . . . . . . . . . . . . . . Rumores de mares . . . . . . . . . . . . . Mi tío Federico. . . . . . . . . . . . . . . . Mi primo Carlos . . . . . . . . . . . . . . . Palestina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Arranco palabras al silencio . . . . . . . Carboneros de sierra Almijara . . . . . . Vega de Liordes. Picos de Europa . . . Mientras acariciaba . . . . . . . . . . . . Los olores que le eran... . . . . . . . . . Andalucía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 58 59 60 61 62 62 62 63 64 66 66 67 68 69 70 71 A mi nieto Áyobe . . . . . . . . . . . . . . 72 Mi madre y mi nieta . . . . . . . . . . . . 73 Recuerdo sin olvido. . . . . . . . . . . . . 74 Un domingo de noviembre . . . . . . . . 75 El día que no me declaré . . . . . . . . . 76 Un día de otoño . . . . . . . . . . . . . . . 79 Cuesta del Cielo. Nerja . . . . . . . . . . 81 Al calor de la chimenea . . . . . . . . . . 82 Puerta de Elvira. Granada . . . . . . . . 84 Romance de frontera . . . . . . . . . . . 85 Papel estraza. . . . . . . . . . . . . . . . . 86 La joven de blanco . . . . . . . . . . . . . 87 Alhambra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 88 Historia de Julián y Eulalia . . . . . . . . 90 Silencio en la plaza . . . . . . . . . . . . . 92 No sé . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93 Paseo por Almijara . . . . . . . . . . . . . 94 Pastor de caracoles. . . . . . . . . . . . . 96 Dolores “La Reina” . . . . . . . . . . . . . 98 Granada y Llanes . . . . . . . . . . . . . . 99 Mis animales... . . . . . . . . . . . . . . 100 Nerja . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 102 Tajo Almendrón . . . . . . . . . . . . . . 104 Almijara: Sus hombres. . . . . . . . . . 106 Boda en San Antolín . . . . . . . . . . . 108 Elogio del distinto . . . . . . . . . . . . 111 Historias de compadres . . . . . . . . . 112 Glosario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 114

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