La sombra: un trágico cuento de hadas 

Hans Christian Andersen narra la historia de un sabio filántrópico que pierde su identidad a favor de su sombra. El suyo es el relato de la disociación y la pérdida de lo que en principio formaba una sola identidad. Si partimos de la base de que la identidad del todo no niega la de las partes que lo componen, sino que las reafirma y les da sentido, nos encontramos con un sentido contextual y jerárquico de la identidad. La jerarquía del todo y la parte, del señor y del siervo, es la que se ve transmutada a lo largo del relato. Como todo aspira a la misma jerarquía identitaria, ésta sólo es posible en el conflicto por enseñorearse sobre los elementos constitutivos e imponerles la definición de la propia fuerza interna. Aunque, he aquí la paradoja que tan bien supo ver Hegel: el absurdo de basar la identidad en el logro del reconocimiento por parte del esclavo (del ser anulado, rebajado hasta la insignificancia –un reconocimiento vacío). Amamos a quien nos eleva, pero ya no nos vale si se ha rebajado a querernos. Recuerden aquella famosa cita de Groucho Marx: jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio. Al principio del relato se nos cuenta que un sabio decide cambiar de aires en busca de un clima más benévolo, al tiempo que en pos de la luz. En el país del sol la luz es, sin embargo, demasiado intensa. El sabio, acostumbrado como está al claroscuro, no la soporta. La luz cenital hace que incluso su propia sombra disminuya. Paradójicamente, en el país de la luz, en el que son extranjeros, el sabio y su sombra tienen que vivir de noche. Ambos necesitan, sin embargo, la luz,

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especialmente la sombra, que en la oscuridad pierde su ser en la pura indiferenciación. En principio necesitan la luz filtrada en el cuarto o la que produzcan artificialmente para subsistir en su casa, convertida, de esa manera, en un invernadero. El exterior se revela como una amenaza en la que reina la vida indistinta, caótica:
Había entierros y cantos fúnebres, los chicos disparaban cohetes y las campanas volteaban sí, había una vida tremenda en la calle-.

Están en un país en el que cada agujero se convierte en un balcón: la interioridad y la exterioridad son intercambiables. Hay una excepción: la casa de enfrente (el tú, el otro próximo), que parece vacía aunque se oye música procedente de ella. El misterio del otro se revela esencialmente en el vacío colmado, misterioso, de esa vecindad. ¿Qué es eso que no puedo ver (o de lo que sólo el armazón exterior está a la vista), pero que desprende tan grata música?
pero bien podía ser pura imaginación suya, porque todo lo encontraba extraordinario en los países cálidos.

El sabio duda de sí. La realidad le parece un espejismo, como un vapor que tiembla ante sus ojos en la luz cegadora. Cree que oye música ¿pero no es así porque quiere creer que la casa de enfrente está habitada? ¿Es real su suposición y su deseo de que haya otra persona, otra identidad, que anime la materia inerte que se opone todos los días a vista? ¿Hay una realidad interior o sólo existe lo exterior? El exterior es sólo un misterio y la interioridad se presenta como problemática. La música que escuchaba era cosa de magia. La entrada no estaba presente por ninguna parte. La pura exterioridad de la calle llena todos los huecos y no parece posible que alguien pueda vivir en el interior, pues no podría entrar ni salir.

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¿Qué le puede hacer pensar al sabio que la música que oye no está sólo en su imaginación y que pese a todas las evidencias la casa tiene una vida interior? –La propia sombra del sabio.
Una noche el extranjero estaba sentado en su balcón, con una luz encendida en el cuarto a espaldas suyas, por lo que, como es natural, su sombra estaba en la pared de enfrente. Sí, allí estaba sentada exactamente enfrente entre las flores del balcón, y cuando el extranjero se movía, también se movía la sombra, porque así es como hacen las sombras.

De esta sutil manera describe Andersen el proceso por el que el yo se desdobla en el tú, le aporta su sustancia, pero al precio de sufrir una primera escisión en su identidad. La casa de enfrente está habitada por la propia conciencia del sabio, pero, claro está, esto no puede ser formulado así; la vida interior que anima la casa vecina tiene que ser independiente, de lo contrario no sería otra cosa que una fantasía del propio yo con el objetivo de superar su soledad. De esta manera, el yo empieza a extrañarse a sí mismo. Lo que siempre había considerado como parte de sí mismo, su sombra, tiene que convertirse en un ente cada vez más autónomo en la constitución del tú.
-Parece como si mi sombra fuese el único ser vivo que se viera enfrente -dijo el sabio-. Con qué delicadeza se sienta entre las flores. La puerta está entreabierta, ¡si la sombra fuese tan lista como para entrar, mirar en torno suyo y venir después a contarme lo que hubiera visto! Y le hizo gestos con la cabeza a la sombra, y la sombra le correspondió: -¡Anda, pero no te pierdas! -¿Qué pasa? -dijo, cuando salió al sol-. ¡Me he quedado sin sombra! Se marchó anoche de verdad y no ha vuelto aún.

Ya no se distingue si el sujeto entabla relación con otro sujeto o consigo mismo (dejando de ser, así, él mismo). Curiosamente, al sabio no le preocupa tanto en principio la alienación de sí mismo en su sombra como el que le esté ocurriendo algo típico, una historia arquetípica, la de la pérdida de la sombra, que debilita su identidad por la repetición. Su individualidad irrepetible se ve severamente amenazada por la común historia que le acontece y que le hace desaparecer en la indiferencia. El problema es que en la disyuntiva entre la búsqueda del otro en su interioridad y la permanencia de uno mismo en su unicidad y singularidad se ha producido una escisión: el sabio no encuentra ya a su sombra, a la que mandó sondear los interiores de la casa de enfrente. Que el mundo le parezca extraño no es otra cosa que su propio extrañamiento de sí. La sombra no es aquí el alma, como lo interpreta la tradición, sino la proyección exterior de uno mismo, los tentáculos que lanza a ciegas y con los que conoce las cosas: es el orden interior en conjunción con el exterior. El sabio mandó a su propia sombra como explorador del misterio, de lo ignoto. En el relato de Andersen las consecuencias serán fatales: el

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sujeto se habrá perdido a sí mismo sin remisión, aunque al principio le costará reconocerlo. El extrañamiento es presentado como un mal de extranjería. Una nueva sombra le crece al sabio ya en tierras lejanas; sólo se afianza de vuelta a la patria, donde se hace saludable. Pero algo de sí mismo ha quedado en el país de la luz, algo se ha perdido irremisiblemente y volverá como un extraño para disputar los derechos de la identidad. Porque la cuestión de la identidad no es meramente exclusivista (lo es como solución última). La identidad es una cuestión de jerarquía. Lo que es más importante: no hay identidad sin una relación entre distintos sujetos que se limiten, es decir, sin límites exteriores que provoquen una implosión identitaria. La misma sombra podrá librarse de su antiguo dueño sólo cuando contraiga matrimonio y encuentre otra limitación externa (es decir, se dota él mismo de una sombra). La sombra también tiene problemas de identidad. ¿Quién soy yo?, parece decirse. La identidad es problemática para ella de forma inmediata. Sus rasgos no están individualizados. Una sombra es lo más parecido a otra sombra. Por eso, no hay limitación exterior que una los elementos, y depende de una débil fuerza interna de cohesión identitaria. La sombra necesita concretarse, materializarse, para convertirse en una singularidad, porque necesita ser reconocida desde el exterior como otro y ella misma necesita la oposición para ser, para ganar su libertad. Esa tensión vuelve sobre la sombra en forma de conciencia de la propia finitud:
me ha acometido cierto deseo de volverlo a ver antes de que usted muera -porque usted ha de morir-. Veo que tiene usted otra sombra. ¿Le debo algo a ella, o bien a usted?

La sombra, como proyección externa del yo, no sólo se ha hecho independiente, sino que sobrevive al mismo sujeto. Las repercusiones de nuestras acciones, la imagen que dejamos en los demás, las consecuencias de lo que hemos dicho o escrito, cobran autonomía respecto a nosotros, son apropiadas por los demás y dejan de pertenecernos. Nuestra identidad queda a expensas de otros, del exterior. La sombra ha vuelto como persona. Viene en principio como igual. El sabio y su sombra se siguen tratando de usted; pero no tardará la sombra en desnivelar el tratamiento de manera que ella será tratada de usted, mientras que el sabio será tuteado. Lo que está en juego no es el principio de no contradicción, sino la jerarquía. La identidad se define de forma relacional. La aniquilación sólo será el caso límite, sucederá cuando la jerarquía no es estable. Con la estabilización de la jerarquía, la identidad, aunque dinámica, potencialmente escindida, en tensión permanente, mantiene el equilibrio. La identidad requiere ese imponerse al

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entorno, consiste precisamente en esa actividad, en esa lucha que en caso de derrota lleva a la aniquilación de la identidad. Precisamente, la sombra se avergüenza de su anterior situación de sumisión, puesto que tal situación la convierte en el principio pasivo, de manera que es del principio activo del que recibe la identidad.
pero antes me tiene usted que prometer que no ha de decirle a nadie en la ciudad, caso de que nos encontremos, que yo he sido su sombra. Pienso casarme; puedo de sobra mantener una familia.

El siervo recibe su identidad (el nombre, para empezar) del señor. La identidad surge de un conflicto por ver quién se impone a quién, quién da nombre y sentido y quién cumple solamente una función determinada en la totalidad del que engloba jerárquicamente la identidad. La identidad de la sombra y la del sabio no son contradictorias; no lo serían si no estuvieran conectadas por un principio jerárquico. El problema de la identidad personal ya no se explica por la lógica de la igualdad, sino que es jerárquico: qué contiene a qué. Y el conflicto se produce porque ese contener a otro no es meramente formal, como le ocurre a Parménides con su concepto vacío del ser. Es algo sustantivo que contiene otras identidades también sustantivas y pugna por ser el que da el sentido. La nueva sombra, complaciente en su ignorancia, no deja de escuchar a la sombra independizada para seguir sus pasos y alcanzar la autonomía. La identidad consiste en hacerse dueño de sí mismo, lo que supone que uno debe convertirse en señor. Pero para ser señor se necesita un siervo. Pueden ser otras conciencias o la naturaleza, incluso uno mismo en cuanto alienado de sí, pero lo que es necesario es que se produzca esa relación jerárquica por la que uno se adueña del mundo. La sombra es un reflejo de esa posesión de la realidad: es la proyección del sujeto más allá de sí mismo. La paradoja es que, en esa tensión por la dominación, acaba anulando al siervo hasta convertirse el señor en el amo de la nada y, por tanto, en nada él mismo (si la identidad depende del reflejo que nos muestran los demás ¿qué clase de imagen de sí puede tener el amo, al que solo obedece maquinalmente un siervo prácticamente reducido a la animalidad?), mientras que el siervo se ve impulsado a la realización del ideal de dominio que representaba el otro y llenará el lugar que ha dejado vacante. La sombra necesita exteriorizarse para obtener la soberanía. ¿Por qué piensan todos que la sombra está subordinada al cuerpo? Porque la materia la concreta, la particulariza. Por eso la sombra tiene que llegar a la visibilidad como singularidad. Mientras era sólo una proyección oscura del cuerpo parecía en un nivel ontológico inferior. ¿Pero qué ocurre si se presenta encarnada y vestida como

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cualquier ser humano? La jerarquía no es visible como tal. La nivelación entre el cuerpo y su sombra hace imposible establecer la jerarquía, por lo que, más que subsumir una identidad a la otra (esa es la coherencia lógica que mantiene la identidad ontológica) nos encontramos con una absurda duplicación de la identidad, en sí misma conflictiva y que llama a ser resuelta. La identidad es más un asunto de rivalidad que de coherencia lógica, como ya prefigurara Anaximandro:
Las cosas deben pagar unas a otras castigo y pena de acuerdo con la sentencia del tiempo.

Con ello parece referirse Anaximandro al conflicto de las cosas entre sí del que surge la identidad diferenciada, lo que sólo sucede cuando una cosa se impone sobre otra, le sustrae algo y delimita un campo propio. Ese delimitar lo propio de lo ajeno es un sustraer dinámico (que se puede caracterizar como un conflicto). Al contrario que para Parménides, la identidad ontológica es para Anaximandro una delimitación obtenida en la lucha, una apropiación de una parcela del ser que lo define. En el origen y en el fin no está la identidad, sino la indiferencia. Precisamente, Anaximandro renunció a dotar al arché de identidad. La identidad, como en el relato de Andersen, es producto de la lucha de poder, del imponerse unas cosas a otras; es la foto fija de ese conflicto, el estado actual de las cosas. Puesto que está basado en el conflicto, en la tensión entre fuerzas, el mundo es dinámico y la identidad se mueve y se aniquila. Todas las cosas pugnan por englobar a las demás. Ese englobar de una u otra manera es la característica más importante de la jerarquía. Lo jerárquicamente inferior se describe como producido o engendrado por lo superior y abarcado real o idealmente por ello. Lo que se juega en la identidad es cuál será el ente real (real/royal) y quién será su sombra. La sombra triunfa sobre su señor porque conoce el mal y se sirve de él para doblegar las voluntades de los otros y ponerlas a su servicio.
Llegaron a tenerme terror y grandísima consideración. Los profesores me nombraron profesor, los sastres me hacían trajes nuevos -no me faltaba de nada. El tesorero del reino acuñaba monedas para mí y las mujeres decían que yo era muy guapo -y así llegué a ser el hombre que soy.

La sombra no origina el mal, sólo lo contempla en los otros y lo utiliza en su provecho. Su invisibilidad le ha permitido tener un conocimiento del mundo tal como es por observación directa, no por especulación. El mal, eso sí, se mantiene en secreto. Por eso sólo es conocido con todo detalle por la sombra. Ese conocimiento proporciona poder, al contrario que el del sabio, idealista hasta haber perdido todo contacto con la realidad. El sabio es la conciencia cerrada sobre sí misma, para la que el mundo es una fantasmagoría. Necesita otro que le disponga

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el mundo como realidad, pero no lo alcanza. Recordemos que ya mandó a la sombra a inspeccionar la casa, en lugar de aventurarse él mismo.
-¡Ay! -dijo el sabio-. Escribo acerca de lo verdadero, lo bueno y lo bello, pero nadie se interesa por mi obra. Estoy desesperado, porque son cosas a las que concedo gran importancia.

El sabio no entiende el mundo tal y como es, sólo lo idealiza. Vive en su propio ensueño. El conocimiento práctico de la realidad que ha adquirido la sombra por su obligado estar extravertida al mundo la ha hecho poderosa. El conocimiento del sabio es el del ensimismamiento y la impotencia y lo condena a la servidumbre o a la aniquilación. La sombra, sin embargo, toma el modelo de su dueño mediante el ideal de independencia. Esa conciencia, junto con la experiencia de su nada, de la aniquilación y la muerte que porta el núcleo de su existencia, la pone a trabajar en dirección al núcleo de su ideal. Para ella es claro que la identidad no es algo que se posee, sino algo que se alcanza. En realidad, ni siquiera se llega a alcanzar. La identidad es una actividad, un permanente ejercicio de identificación. Escribía Fichte que la ser libre no es nada y que liberarse es el cielo. Lo mismo podríamos decir de la identidad. No se puede poseer una identidad, sino que uno tiene que identificarse interminablemente hasta su desaparición. No es verdad que con la muerte uno tenga una identidad definida, como pensaba Sartre, sino que pasa a ser utilizado como retales para que otro teja su identidad. Las vidas ajenas son el stock para esa labor de bricolaje que es la lucha por la delimitación jerárquica de la identidad. El propio Sartre, tan definido, no es en estas páginas otra cosa que una rueda de bicicleta con la que se pretende construir un ventilador. Estas palabras son como la sombra de Sartre (una de sus muchas sombras) que se mueve por las casas deshabitadas que el viejo sabio ya no puede habitar. Los que consideren al autor de estas palabras como un vanidoso y pretendan defender la grandeza de Sartre, no harán otra cosa que servirse de la pieza SARTRE para pugnar por la definición de su propia identidad, para identificarse. Así pues, la sombra se arrastra por la tierra, se llena de la cal de las paredes. Las relaciones de poder vienen ya determinadas por esa circunstancia:
-Pues a mí no me ocurre igual -dijo la sombra-. Yo, mientras, engordando, que es lo que hemos de procurar. Usted no entiende el mundo y terminará por caer enfermo. Tiene que viajar. Me iré de viaje este verano. Venga conmigo. Me gustaría llevar un compañero. ¿Quiere usted venir conmigo, como mi sombra? Será para mí un gran placer el llevarle, ¡le pago el viaje!

A la sombra ya sólo le falta hacerse con su propia sombra (su propia proyección exterior) para alcanzar el estatus de identidad definida. Y, ante la

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negativa de su antiguo amo para desempeñar ese papel, será asignado a la princesa, como esposa. En el matrimonio, parece decir Andersen, a la mujer le queda reservado ese papel subalterno en lo jerárquico, hasta el punto de recibir el apellido del marido, de convertirse en su sombra. Además el objetivo es conseguido por el encanto que le da a la sombra la especial densidad de su identidad, basada en su particularidad. La consecución de la identidad no se consigue mediante un proceso hacia la generalidad, sino, al contrario, hacia la singularidad. Es lo extraordinario e irreductible lo que hace que la princesa se enamore de la que fue la sombra:
Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la Princesa pareja semejante.

Después, la identidad se extenderá a los propios hijos, la descendencia subsumida bajo el mismo nombre y que se presentan como la proyección de la propia identidad (la sombra). Pero muchas teogonías incluyen el parricidio en los orígenes de nuestro mundo. ¿No está refiriéndose Andersen más bien a la aniquilación de la propia identidad por uno mismo? ¿No es este el relato de cómo un sabio se convierte mediante sus viajes y experiencias en un cínico hombre de mundo que termina teniendo éxito en la vida? El conflicto identitario es entonces inmanente, pero no menos agresivo. Una de las identidades existe porque ha sometido o aniquilado a la otra; la identidad más fuerte se impone sobre la más débil y cobra así el relieve que la lleva a su propia plenitud. En el relato hay además otro parricidio: el cometido por el conocimiento práctico sobre la poesía. La poesía es la chispa divina que hace que la sombra empiece a concebirse como alguien, pero es un conocimiento impotente en el conflicto desde el que se produce la identidad definida y tiene que ser superada por el saber mundano: el saber del bien se ve superado por el del mal, el de la perfección por el de la imperfección, y con este saber se llega al conflicto universal de sometimiento y aniquilación que es la identidad. De la misma manera que miramos por encima del hombro al niño o al adolescente que fuimos y al que hemos sometido o aniquilado (y que recordamos a veces con cierta incomodidad, como si viniera a reclamar la identidad que le corresponde), así contempla la sombra a su antiguo amo. Ningún papel puede jugar en el instante de plenitud de la nueva identidad, en la victoria que se manifiesta en el fugaz éxtasis festivo del día de la boda:
Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La Princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.

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El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida.

Por supuesto, la guerra no ha terminado. Las sombras que va acaparando el nuevo individuo son el germen de un nuevo conflicto. Pero dejémoslo disfrutar de su efímera gloria. Al fin y al cabo, su identidad ha crecido hasta el límite. A partir de aquí, ya sólo le queda pagar su deuda y declinar hasta la indiferencia.

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