Diálogo entre Descartes y Kant en algún lugar del Universo. Ricardo Nicolon. 2007. IPA. rnicolon@adinet.com.

uy En algún lugar del Universo dos espíritus filosóficos, solitarios se encuentran: Kant (K): Mucho gusto en conocerlo personalmente, mejor dicho espiritualmente, señor Descartes. Usted no me conoció pero yo tuve el gusto de estudiarlo y hasta de refutarlo. Descartes (D): El gusto es mío. Siempre es bueno conocer a un espíritu joven y atento a las fundamentaciones filosóficas. Pero veamos como es eso de que logró refutarme. K: Me gustaría poder retomar el debate sobre su posición idealista. D: Bueno en general no me gustan mucho las disputas personales, prefiero escribir cartas en mi retiro solitario. El diálogo como modo de filosofar no me perece valido ya que se mezclan intereses que nos alejan de la verdad. Recuerdo con desagrado las interminables disputas escolásticas universitarias. Me llegaron algunas noticias de que hay un coterráneo suyo Habermas, que quiere vincular el interés al conocimiento pero no creo que sea posible mezclar la Filosofía teórica con la Filosofía práctica, cada una tiene su ámbito bien delimitado y separado, usted lo sabe bien. De todos modos sigamos adelante y veamos a donde nos conduce esta conversación. K: Me ha parecido un escándalo para la Filosofía y para la razón universal humana, el que no admitiera la existencia de las cosas fuera de nosotros (de donde sin embargo nos proviene la materia toda de los conocimientos, incluso para nuestro sentido interno) sino por fe. Como usted puso la experiencia externa en duda, me veo en la necesidad de presentarle pruebas satisfactorias. D: No sólo la fe me ha guiado, me parece que he dado razones concluyentes que no deberían seguir cuestionándose varios siglos después de mis demostraciones irrefutables. En la sexta Meditación traje a colación todas las razones de las que puede concluirse la existencia de las cosas materiales: no porque las juzgue muy útiles para probar lo que prueban —a saber: que hay un mundo, que los hombres tienen cuerpos, y otras cosas semejantes, jamás puestas en duda por ningún hombre sensato—, sino porque, considerándolas de cerca, echamos de ver que no son tan firmes y evidentes como las que nos guían al conocimiento de Dios y de nuestra alma, de manera que estas últimas son las más ciertas y evidentes que pueden entrar en conocimiento del espíritu humano. No veo claro porque se escandaliza tanto, usted admite por la fe la existencia de las cosas en sí y dice que no se pueden conocer, sin embargo yo lo he demostrado necesaria y suficientemente. Pero sigamos adelante. K: En su idealismo material, problemático declaró que la existencia de los objetos en el espacio fuera de nosotros es o meramente dudosa e indemostrable o falsa e imposible. También declaró indudable sólo una afirmación empírica a saber: «yo soy». Su idealismo problemático, que no afirmó nada sobre el espacio, sólo pretexta la incapacidad de demostrar por experiencia inmediata cualquier existencia, que no sea la propia.

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D: En principio no me gusta su manera de expresarse, pero bueno intentaré iluminar la oscuridad de su lenguaje. En la segunda de mis Meditaciones dije y lo reafirmo ahora que las palabras son un obstáculo, el lenguaje es engañoso por eso prefiero pensar sin hablar. Aclaremos algo, el “Yo soy” no es sólo una afirmación empírica, es decir, no es sólo el contenido de una representación, es un pensamiento puro, metafísico, claro y evidente. K: Gracias por su tolerancia reconozco en mis expresiones alguna oscuridad, aspereza e impopularidad, siempre me cuido lo suficiente de la claridad discursiva (lógica) no así de la claridad intuitiva (estética), es decir, por ejemplos u aclaraciones concretas. D: Estoy de acuerdo en que un hombre que trata de elevar su conocimiento sobre el nivel vulgar debe avergonzarse de fundar sus dudas en las formas de hablar que el vulgo ha inventado. Mi propuesta sigue siendo que no se debe permitir juicio alguno decisivo antes de haber hallado una prueba suficiente que demuestre que de las cosas exteriores tenemos experiencia y no sólo imaginación. K: Dudas no tengo. Pero le quiero decir que su propuesta no podrá hacerse sino demostrando que nuestra experiencia interna misma, que usted no ponía en duda, no es posible más que suponiendo la experiencia externa. D: No es bueno no dudar. Veamos su demostración. K: Le daré pruebas de que tenemos conciencia inmediata de la experiencia externa, mi teorema dice: La conciencia, empíricamente determinada de mi propia existencia, demuestra la existencia de los objetos en el espacio fuera de mí. D: Parece que le gusta ser críptico y ocultar sus ideas con un lenguaje abstruso, ¿tanto miedo le daba la censura? Yo me atreví inclusive a editar algunos trabajos en lenguaje popular francés. Aunque nunca aspiré a que fuera leído por muchos. Es más creía que el número de lectores sería muy escaso ya que aconsejaba su lectura a los que meditaran seriamente y pudieran prescindir del comercio de los sentidos y estuvieran libres de toda clase de prejuicios. Pero prosiga, lo disculpo, se que fueron tiempos difíciles para todos. K: El primer postulado es que soy conciente de mi propia existencia, como determinada en el tiempo. Es decir, pienso que ambos estamos de acuerdo en general que tenemos una representación de la experiencia interna. D: De acuerdo, en general. Yo soy, yo existo; ¿cuanto tiempo? El tiempo que pienso. K: El segundo postulado es que toda determinación de tiempo supone algo permanente en la percepción. Es decir estamos también de acuerdo en general sobre lo permanente en la representación. D: Si, estamos de acuerdo, en general, de que en toda representación hay algo permanente. K: Tercer postulado: Ese algo permanente, no puede ser algo en mí, porque precisamente mi existencia en el tiempo sólo puede ser determinada por ese algo permanente. Ruego disculpe la oscuridad de esta afirmación. Digámoslo de otra manera:

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Eso permanente no puede ser una intuición en mí. Pues todos los fundamentos de determinación de mi existencia, que pueden ser hallados en mí, son representaciones y, como tales, necesitan (materialmente) ellas mismas un substrato permanente distinto de ellas, en relación con el cual pueda ser determinado su cambio y por consiguiente mi existencia en el tiempo en que ellas cambian. D: Yo sólo me doy cuenta inmediatamente de lo que está en mí, es decir, de mi representación de cosas exteriores; y queda siempre aún sin decidir si hay o no fuera de mí algo correspondiente. K: Ya sabía que me iba a contestar eso. Pero le digo que mi experiencia interna, es más que solo darme cuenta de mi representación, es decir de mi existencia en el tiempo (y también de su determinabilidad), es también darme cuenta de la consciencia empírica de mi existencia, la cual no es determinable más que por referencia a algo que está fuera de mí y enlazado con mi existencia. Hay que distinguir que tenemos una conciencia empírica y una conciencia trascendental. D: No comparto esa separación de la conciencia. En la Meditación sexta lo dije claramente. Cuando considero mi espíritu, o sea a mí mismo en cuanto soy sólo una cosa pensante, no puedo distinguir en mí partes, sino que me concibo como una cosa del todo única y completa. Lo que capto inmediatamente es el sentido interno (sentido común) y capto el carácter subjetivo de la representación que es conciencia subjetiva de mi mismo y de la incertidumbre de las cosas exteriores. K: Pero experiencia interna no es lo mismo que sentido interno, este es subjetivo. Esa consciencia de mi existencia en el tiempo (experiencia interna) está pues enlazada idénticamente con la consciencia de una relación con algo fuera de mí (experiencia externa), y es pues una experiencia y no una invención. El sentido (externo) y no la imaginación es quien ata inseparablemente lo externo con mi sentido interno; pues el sentido externo es ya en sí referencia de la intuición a algo real fuera de mí, y su realidad, a diferencia de la imaginación, sólo descansa en que está inseparablemente enlazado con la experiencia interna misma, como condición de la posibilidad de ésta D: Esto se está transformando en un diálogo de sordos, por ello le decía que no me gusta la dialéctica filosófica. Escuche bien. No pueden llamarse partes del espíritu las facultades de querer, sentir, concebir, imaginar, etc., pues el mismo espíritu se emplea por entero en querer, sentir, concebir, imaginar, etc. El espíritu no recibe inmediatamente la impresión de todas las partes del cuerpo, sino sólo del cerebro, o acaso mejor, de una de sus partes más pequeñas, a saber, de aquella en que se ejercita esa facultad que llaman sentido común, la cual, siempre que está dispuesta de un mismo modo, hace sentir al espíritu una misma cosa, aunque las demás partes del cuerpo, entretanto, puedan estar dispuestas de maneras distintas, como lo prueban innumerables experiencias, que no es preciso referir aquí. Le digo más, cuando percibimos la presencia de un atributo podemos inferir la existencia de una cosa, es decir la presencia necesaria de una sustancia a la que pueda referirse tal atributo. En este sentido las facultades del alma son accidentes unidos a ella. Sentir es pensar objetos accidentales. Sentir es intuir intelectualmente fenómenos.

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K: No estoy de acuerdo. No hay intuiciones intelectuales, el sentido externo es real y está enlazado al sentido interno. Usted me dice que si se pudiera enlazar, la consciencia intelectual de la propia existencia en la representación: yo soy (que acompaña a todos mis juicios y acciones del entendimiento), al mismo tiempo con una determinación de mi existencia por medio de una intuición intelectual, entonces no pertenecería necesariamente a ésta la consciencia de una relación con algo fuera de mí. Es cierto que la consciencia intelectual precede, pero sin embargo la intuición interna es sensible y ligada a la condición del tiempo; esa determinación en cambio y por tanto la experiencia interna misma depende de algo permanente que no está en mí, y por consiguiente que está en algo fuera de mí, con lo cual yo me tengo que considerar en relación. Así pues, la realidad del sentido externo está necesariamente enlazada con la del interno, para la posibilidad de una experiencia en general; es decir, yo me doy tan seguramente cuenta de que hay cosas fuera de mí, que se refieren a mi sentido, como me doy cuenta de que existo yo mismo determinadamente en el tiempo. D: Insisto en que la intuición no es sensible. Mi percepción no es una visión, ni un contacto, ni una imaginación, ni lo ha sido nunca aunque lo pareciera; es una inspección del espíritu, antes imperfecta y confusa, ahora clara y distinta, porque la atención se ha fijado detenidamente en el objeto y sus elementos. Comprendo por el poder de juzgar y no por los sentidos. Los datos sensibles externos son asumidos con probabilidad no con necesidad. El conocer la verdad de las cosas externas le corresponde sólo al espíritu y no al compuesto de espíritu y cuerpo. El origen de las representaciones no tiene que ver necesariamente con lo permanente externo. Lo permanente externo es una sustancia material apartada de la sustancia inmaterial espiritual, que llamo lo permanente interno. Con el ejemplo de la cera quedó demostrado que los sentidos captan lo fenoménico que siempre es probable y que el origen de las representaciones está en la facultad de juzgar, que siempre es necesaria. Puesto que todas las razones que sirven para conocer y concebir la naturaleza de la cera o de cualquier otro cuerpo, prueban mucho mejor la naturaleza de mi espíritu. Y tantas otras cosas se encuentran en el espíritu mismo que pueden contribuir al esclarecimiento de su naturaleza, que las relativas al cuerpo casi no merecen la pena de tenerse en cuenta. Además me está dando la razón cuando afirma que sus dos sentidos (externo e interno) están enlazados, la facultad de sentir es una y la misma. K: Es un problema razonable pensar si sólo tenemos un sentido interior y ninguno exterior, poseyendo tan sólo imaginación externa. Pero es claro que aun sólo para imaginar algo como exterior, es decir, para exponerlo al sentido en la intuición, tenemos que tener un sentido externo y por ende debemos distinguir inmediatamente la mera receptividad de una intuición externa, de la espontaneidad que caracteriza toda imaginación. Pues imaginarse tan sólo un sentido externo, aniquilaría la facultad de intuir, que debe ser determinada por la imaginación. D: En las Reglas para la dirección del espíritu dije que la intuición no es el testimonio inestable, fenoménico de los sentidos, ni el juicio engañoso de la imaginación. La intuición es intelectual no sensible, es acto de pensamiento puro, claro e infalible en oposición a percepción sensible, oscura y falible. Esto es así porque trabaja con representaciones simples, fáciles y distintas que no dan lugar a dudas. Los sentidos trabajan con representaciones compuestas, difíciles, copias semejantes al original y poco diferenciadas. La intuición no puede ser determinada por la imaginación, porque

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imaginar es contemplar la figura o la imagen de una cosa corporal que no está presente, por tanto trabaja con representaciones sin valor alguno. La intuición sin embargo trabaja con representaciones inmediatas, actualmente presentes y por tanto de gran valor. K: Cierto que la representación «yo soy», la cual expresa la conciencia que puede acompañar a todo pensar, es lo que encierra en sí inmediatamente la existencia de un sujeto, pero aún no un conocimiento del mismo y, por tanto, tampoco conocimiento empírico o sea experiencia; para ésta hace falta, además del pensamiento de algo existente, la intuición -y aquí la interna- con respecto a la cual, es decir al tiempo, debe ser determinado el sujeto; para lo cual son exigidos objetos exteriores y por consiguiente la experiencia interna misma es sólo mediata y sólo posible por medio de la externa. D: No necesito objetos exteriores para determinarme en el tiempo como sujeto. El espíritu puede existir sin el cuerpo en virtud al menos de la omnipotencia de Dios. Para conocerme a mí mismo es necesaria la demostración de la existencia de Dios y su característica sustancial de la cual el sujeto tiene una representación. Dios es lo permanente en mí como idea de sustancia infinita y como es causa de esa idea hace posible que me conozca como una sustancia finita por intuición intelectual, inmediata, clara y distinta. Por tanto tengo un acceso inmediato a mi espíritu, por eso me doy cuenta que soy cada vez que pienso y como nunca dejo de pensar, nunca dejo de ser, salvo cuando me muera. Llámelo si quiere un acceso privilegiado al espíritu, como dice un joven de apellido Rorty. Pero siguiendo su lógica kantiana permítame preguntarle: ¿a qué intuiciones dadas corresponderían realmente objetos fuera de mí, que pertenecerían por tanto a su dudoso sentido externo, al cual y no a la imaginación serían de atribuir? K: Ésa es cosa que tiene que ser decidida en cada caso particular, según las reglas por las cuales se distingue la experiencia en general (incluso interna) de la imaginación, y para ello siempre sirve de base la proposición de que realmente hay experiencia externa. D: ¿Reglas para distinguir el espíritu en partes? Me parece un abuso. Las únicas reglas posibles son para dirigir el espíritu no para fragmentarlo. K: La representación de algo permanente en la existencia no es idéntica a la representación permanente de la existencia, pues aquella puede ser muy mudable y variable, como todas nuestras representaciones, incluso las de la materia, y se refiere sin embargo a algo permanente, que tiene por tanto que ser una cosa distinta de todas mis representaciones y exterior, cuya existencia es necesariamente incluida en la determinación de mi propia existencia y constituye con ésta sólo una única experiencia, que no tendría lugar ni siquiera internamente, si no fuera al mismo tiempo (en parte) externa. El cómo no se puede explicar aquí, como tampoco puede explicarse cómo nosotros en general pensamos lo que está detenido en el tiempo y cuya simultaneidad con lo cambiante produce el concepto de la variación. D: Vayamos más despacio no se precipite. La única experiencia inmediata es la interna y, por tanto, las cosas exteriores son sólo inferidas, pero de un modo incierto, como siempre que de efectos dados se concluye a causas determinadas, porque la causa de las representaciones puede estar también en nosotros mismos, quienes, acaso falsamente, las atribuimos a cosas exteriores.

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K: Resumiendo, aquí le demuestro que la experiencia externa es propiamente inmediata, que sólo por medio de ella es posible no ciertamente la conciencia de nuestra propia existencia (acceso al alma), pero sí la determinación de la conciencia en el tiempo, es decir la experiencia interna. La conciencia inmediata de la existencia de cosas exteriores queda, en el teorema planteado, no ya supuesta, sino demostrada, conozcamos o no la posibilidad de esta conciencia. D: No estoy de acuerdo con su demostración. Tenemos una diferencia importante en cuanto a la estructura y funcionamiento del espíritu. El espíritu tiene en el entendimiento dos facultades principales: la intuición y la deducción. La intuición es una concepción (acto) fácil y distinta del espíritu puro y atento que no da lugar a dudas y que nace de la luz de la razón. La intuición es más simple y cierta que la deducción. El modo de usar los ojos, nos enseña el uso que debemos hacer de la intuición; el que quiere con una sola ojeada abarcar muchos objetos, no ve ninguno distintamente. La intuición es la facultad de distinguir (analizar) concentradamente sobre objetos simples, que se adquiere por hábito. La deducción es aquello que se sigue de otras cosas conocidas con certeza, aunque en sí mismas no son evidentes (presentes) por principios verdaderos, que son conocidos por un movimiento continuo del pensamiento. La deducción concibe (contempla, percibe) cierto movimiento o sucesión (cadena) pero no en la intuición (evidencia presente) (eslabón) sino en la memoria que proporciona su certidumbre. K: El uso empírico de nuestra facultad de conocer en la determinación de tiempo se hace mediante el cambio en las relaciones exteriores (el movimiento) en relación con lo permanente en el espacio (ej: el movimiento solar respecto de los objetos terrestres). No tenemos nada permanente que poner como intuición bajo el concepto de sustancia, a no ser la materia, y aun esta permanencia no es tomada de la experiencia externa, sino presupuesta a priori, como condición necesaria de toda determinación de tiempo y por tanto también como determinación del sentido interno, respecto a nuestra propia existencia, por medio de la existencia de cosas exteriores. D: La intuición encierra como verdad clara y distinta, la existencia de las cosas según el axioma de los niveles de realidad. Hay diversos grados de realidad o entidad: la sustancia tiene más realidad formal o actual que el accidente o el modo, y la sustancia infinita, más realidad formal o actual que la finita. Por ello hay más realidad objetiva en la idea de sustancia que en la idea de accidente, y en la idea de sustancia infinita que en la idea de sustancia finita. Yo llamo sustancia a toda cosa en la cual, como en su sujeto, está insito algo, o sea, por lo cual existe algo que concebimos, es decir, alguna propiedad, cualidad o atributo del que tenemos en nosotros una idea real. K: La conciencia de mí mismo, en la representación Yo, no es intuición, sino una representación meramente intelectual de la propia actividad de un sujeto pensante. Por eso este «yo» no tiene el menor predicado de intuición que, como permanente, pueda servir de correlato a la determinación de tiempo en el sentido interno, al modo por ejemplo como la impenetrabilidad en la materia, cual intuición empírica. D: El espíritu es la sustancia en que está inmediatamente insito el pensamiento como atributo principal. Cuando digo que un atributo está contenido en la naturaleza o concepto de una cosa, es como decir que tal atributo es verdadero respecto de esa cosa, o que puede afirmarse que está en ella. Esto quiere decir que cuando digo que el atributo

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de pensar está contenido en la naturaleza o concepto de la sustancia pensante (espíritu), es como decir que el pensamiento es verdadero respecto de la sustancia pensante, o puede afirmarse que está en el espíritu. Por ello tengo un acceso al Yo como algo permanente, en las Meditaciones quedó suficientemente demostrado. K: De que la existencia de objetos exteriores sea exigida para la posibilidad de una conciencia determinada de nosotros mismos, no se sigue que toda representación intuitiva de cosas exteriores encierre al mismo tiempo la existencia de esas cosas. Lo único que aquí teníamos que demostrar es que la experiencia interna en general no es posible más que mediante la experiencia externa en general. D: No estoy de acuerdo. Por realidad objetiva de una idea, entiendo el ser o la entidad de la cosa representada por la idea, en cuanto esa entidad está en la idea. Todo cuanto concebimos que esta en los objetos de las ideas, está también objetivamente, o por representación, en las ideas mismas. Parece que con el funcionamiento del espíritu no nos ponemos de acuerdo. Bueno me cansé de hablar, me voy a mi nuevo y seguro reposo en un apacible retiro. BIBLIOGRAFÍA. Allison, H. El idealismo trascendental de Kant. Anthropos, 1992. España. Descartes. Reglas para la dirección del espíritu. Ed. Porrúa. 1981. México. Descartes. Meditaciones metafísicas. Ed. Alfaguara, 1977. España. Hamelin, O. El sistema de Descartes. Losada. 1949. Argentina. Kant. Critica de la razón pura. Traducción de Manuel G. Morente. Edición digital basada en la edición de Madrid, Libreria General de Victoriano Suárez, 1928. Trochón, Lilian. La representación y la realidad en la Filosofía moderna. 2007. Uruguay.

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