0

LOUS BERTRAN

San Agustín

Madrid
1961

1

Título original francés:
Saint Augustin

Traducción de
BLAS GARCÍA DE QUESADA

2

ÍNDICE

PRESENTACIÓN.........................................................................................................5
PRÓLOGO....................................................................................................................6
I. LA INFANCIA.........................................................................................................12
1. Un municipio africano.............................................................................................12
2. La familia de un santo.............................................................................................15
3. La dulzura de la leche..............................................................................................23
4. Los primeros juegos................................................................................................28
5. El escolar de Madaura.............................................................................................34
6. Vacaciones en Tagaste.............................................................................................44
II. EL EMBRUJO DE CARTAGO..............................................................................50
1. Carthago Veneris.....................................................................................................50
2. La Roma africana....................................................................................................55
3. El estudiante de Cartago..........................................................................................63
4. La voluptuosidad de las lágrimas............................................................................73
5. El silencio de Dios...................................................................................................84
III. LA VUELTA..........................................................................................................95
1. LA CIUDAD DE ORO............................................................................................95
2. La suprema desilusión...........................................................................................103
3 El encuentro de Ambrosio y Agustín......................................................................110
4. Proyectos de boda..................................................................................................117
5. Cristo en el jardín..................................................................................................127
IV. LA VIDA OCULTA.............................................................................................139
1. La última sonrisa de la musa pagana.....................................................................139
2. El éxtasis de santa Mónica....................................................................................150
3. El monje de Tagaste...............................................................................................158
4. Agustín, sacerdote.................................................................................................166
V. APÓSTOL DE LA PAZ Y DE LA UNIDAD CATÓLICA...................................173
1. El obispo de Hipona..............................................................................................173
2. Lo que se oía en la basílica de la paz.....................................................................184
3. La carga episcopal.................................................................................................193
4. Contra los «leones rugientes»................................................................................202

3

VI. FRENTE A LOS BÁRBAROS...........................................................................216
1. El saco de Roma....................................................................................................216
2. La ciudad de Dios..................................................................................................224
3. La desolación bárbara............................................................................................234
4. San Agustín............................................................................................................247

4

PRESENTACIÓN

LOUIS MARIA-EMILE BERTRAND, nació en Spincourt en 1866.
Antiguo alumno de la escuela normal superior, doctor en letras en 1897,
pertenece de 1888 a 1900 a la Universidad y ejerce en Aix (pueblo de
Argelia). En 1899 publicó su primera obra: Le sang des races, novela
argelina, a la que siguió La cina (1901); Le rival de Don Juan (1903);
Pépète le bien-aime (1904); L’invasion (1907); Mademoiselle de
Jessincourt (1911); Sanguis Martyrum (1918); L’infante (1920); Cardénio
(1922); Jean Perbal (1926). Como novelista, Bertrand es discípulo de
Flaubert, más por su afición realista que por su entusiasmo lírico y por el
giro voluntariamente oratorio de su estilo.
Escribió también interesantes relatos de viajes a Africa y al Oriente:
Le grèce du soleil et paysages (1908); Le mirage oriental (1909); Le livre
de la méditeiranée (1911); Les villes d’or (1921). El autor sostiene, a
despecho del islamismo, la idea de que el Africa actual es, por sus
costumbres, la supervivencia y la continuación del Africa romana.
Finalmente, Bertrand cultivó la biografía histórica; San Agustín (1913), relato vivo y colorista; Luis XIV (1923), que pertenece más bien al género de
la alegría, y Santa Teresa (1927).
Bertrand fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1924.

5

PRÓLOGO
San Agustín casi ha quedado reducido a un nombre famoso. Fuera de
los medios teológicos o eruditos, se ha dejado de leer. Esa es su verdadera
gloria: se admira a los santos, al igual que a los grandes hombres, con
confianza. De sus mismas Confesiones no se habla generalmente sino de
oídas.
¿Es esta indiferencia la expiación del detalle de gloria con que brilló
en el siglo XVII, cuando los jansenistas, con renovada pertinacia, la
asociaron a la defensa de su causa? ¿Habrá vuelto a brotar de la obra de
San Agustín el renombre de penosa austeridad y de contenciosa y aburrida
prolijidad que se vincula al recuerdo de los escritor es de Port-Royal —
excepción hecha de Pascal— y se vería el santo de Hipona enrolado, a
pesar suyo, en las filas de estos piadosos sectarios? Sin embargo, si hay
hombres que difieran realmente de él y a los que, con toda verosimilitud,
hubiera perseguido con, toda la elocuencia y la dialéctica de que era capaz,
son precisamente los jansenistas. Sin duda alguna hubiera dicho con
desdén: «el partido de Jansenio», lo mismo que en su tiempo, por su
fidelidad a la unidad católica, decía «el partido de Donato».
Reconozcamos también que el solo examen de sus obras nos
sobrecoge de por sí, que se trate de los enormes infolios a dos columnas de
la edición benedictina o de los volúmenes compactos —mucho más
numerosos— de las ediciones recientes. Detrás de esta muralla impresa, se
encuentra bien resguardado de la curiosidad profana. Se necesita valor y
perseverancia para adentrarse en ese laberinto de textos que rezuman
teología, exégesis y metafísica. Pero cuando se ha franqueado el umbral de
este intrincado recinto, cuando uno se ha acostumbrado a la disposición y
el contorno del edificio, no tarda uno en dejarse llevar de una ardiente
simpatía y después de una admiración creciente (cada vez mayor) hacia el
huésped que lo habita. El rostro hierático del anciano obispo se anima, se
hace extraordinariamente vivo, y adquiere casi una expresión moderna. Se
descubre entre los textos una de las existencias más apasionantes, más
movidas, más ricas en enseñanzas que nos muestra la Historia. Esas
6

enseñanzas se dirigen a nosotros, responden a nuestras preocupaciones de
ayer o de hoy. Esta existencia —el siglo donde se ha desenvuelto— nos
recuerda nuestro tiempo y nuestra misma vida. Circunstancias parecidas
han vuelto a producir situaciones y caracteres similares: es casi nuestro
retrato. Estamos a punto de concluir que en la hora presente no hay un
tema de más actualidad que el de San Agustín.
Es, al menos, uno de los de mayor interés. ¿Hay, en efecto, algo más
novelesco que esta existencia errante (nómada) de retórico y estudiante }
que elevó al joven Agustín de Tagaste a Cartago y de Cartago a Milán y a
Roma y que, comenzada en los placeres y los tumultos de las grandes
ciudades, acabó en la penitencia, el silencio y el recogimiento de un
monasterio? Por otra parte, ¿qué grama existe de tan alto colorido y tan útil
para meditar sino esta agonía del Imperio a la que asistió Agustín y que,
como todo corazón fiel a Roma, hubiera querido conjurar? ¿Hay, en fin,
una tragedia más conmovedora y dolor osa que esta crisis de alma y de
candencia que desgarró su vida? Al considerarla en su conjunto, puede
decirse que la vida de Agustín fue una continua lucha espiritual, un
combate del alma. Es el combate de todos los instantes, la incesante
«psicomaquia» que dramatizaban los poetas de entonces y que constituye
la historia del cristiano de todos los tiempos. Lo que se pone en juego en
este combate es un alma. El desenlace final es el triunfo y la redención de
esa alma.
Lo que hace que la vida de Agustín sea compleja y realmente
ejemplar es que sostiene un buen combate, no sólo contra sí mismo, sino
contra todos los enemigos de la Iglesia y del Imperio. Si fue un doctor y un
santo, simbolizó también el tipo de hombre de acción en una de las épocas
más desalentadoras. Que haya triunfado de sus pasiones, eso, al fin y al
cabo, sólo atañe a Dios y a él mismo. Que haya predicado y escrito, que
haya sacudido a las gentes de su somnolencia y removido las conciencias,
puede parecer indiferente para, quienes rechazan su doctrina. Pero su alma
encendida en caridad enciende todavía a través de los siglos nuestros
corazones, y a todos nos impresiona que, sin damos cuenta, continúe
formándonos y que, de una forma más o menos remota, sea todavía el
dueño de nuestros corazones y, en cierto sentido, de nuestras cimas.
Agustín no ocupa tan sólo un lugar destacado en la comunión vivificadora
de todos los bautizados, sino que ha marcado también con su impronta el
alma occidental.
Ante todo, su destino se confunde con el del Imperio que agoniza. Ha
podido contemplar, si no la total desaparición sí, el menos, el decaimiento
7

gradual de esta cosa admirable que fue el Imperio Romano, imagen de la
unidad católica. Ahora bien, nosotros somos los restos de ese Imperio. De
ordinario nos apartamos con desdén de esos siglos lastimosos que
padecieron las invasiones bárbaras... Para nosotros el Bajo Imperio es una
época de vergonzosa decadencia que sólo merece nuestro desprecio. Sin
embargo, provenimos precisamente de ese caos y de esa abyección. Las
guerras de la República romana nos impresionan menos que los latrocinios
de los jefes bárbaros que separaron nuestra Galia del Imperio y que, sin
saberlo, prepararon el nacimiento de Francia. ¿Qué interés tienen, en
definitiva, para nosotros las rivalidades entre Mario y Sila? La victoria de
Etius sobre los hunos en las llanuras cataláunicas nos interesan mucho
más. En fin, seríamos injustos con el Baja Imperio si quisiéramos ver tan
sólo en él una época de debilidad, de cobardía y de corrupción. Fue
también una época de desenfrenada actividad, fecunda en aventureros de
gran envergadura, algunos de los cuales se mostraron verdaderamente
heroicos. Incluso los últimos emperadores jamás perdieron el sentido de la
grandeza y de la majestad romanas. Emplearon hasta el final todas las
astucias de su diplomacia para impedir que los jefes bárbaros crearan algo
ajeno al servicio del Imperio. Honorio, sitiado en Ravena, rehúsa otorgar a
Alarico el título de jefe de la milicia, viéndose obligado, por causa de su
obstinación, a entregar Roma al pillaje y a arriesgar su propia vida.
Por su fidelidad al Imperio, Agustín se nos muestra ya como uno de
los nuestros, un latino de Occitania. Analogías más estrechas lo aproximan
a nosotros. Su siglo se asemeja mucho el nuestro. Por poco que nos adentremos en sus libros y nos familiaricemos con ellos, en seguida
descubrimos en él un alma fraternal, que ha sufrido, que ha sentido, que ha
pensado poco más o menos como nosotros. Ha vertido a un mundo que
toca su fin, la víspera de un gran cataclismo que iba a arrastrar consigo
toda una civilización: un giro trágico de la Historia, un periodo de
perturbaciones —muchas veces atroces— que pena todos debió resultar
muy duro de vivir y que debió parecer desesperado incluso para los
espíritus más firmes. La paz de la Iglesia no se había establecido todavía y
las conciencias estaban divididas. Se dudaba entre la creencia de ayer y la
creencia de mañana. Agustín fue de aquellas personas que tuvo la valentía
de elegir de una vez y que, una ves escogida su fe, la proclamó sin
desfallecer. Iba a desaparecer un culto milenario, suplantada por un culto
joven al que estaba prometida la eternidad. Cuánto sufrieron numerosas
almas delicadas por causa de esta escisión, que las separaba de su familia y
las obligaba —así pensaban ellos— a traicionar a sus muertos con la
8

religión de sus antepasados. Muchas de las ofensas que los sectarios de
hoy día infligen a las almas creyentes, debieron ellos soportarlas entonces.
Los escépticos toleraban con resignación la intransigencia de los otros.
Pero lo peor de todo —como ocurre en la actualidad— debió ser asistir a la
difusión de las tonterías que bajo un ropaje filosófico, religioso o
milagroso aspiraban a la conquista de los espíritus y de las voluntades. En
este maremagnum de doctrinas y herejías, de lo más extravagante, en este
barullo de huero intelectualismo, los que supieron resistir a la embriaguez
pública pudieron mantener la cabeza bien erguida. En medio de esa gente
que divaga, Agustín destaca por su admirable sentido común.
Este intelectual, este místico no era tan sólo un hombre de oración y
meditación. La razón prudente del hombre de acción y del administrador
corregía en él las desviaciones de una dialéctica sutil, muchas veces excesiva. Como nos gloriamos de ello, poseía el sentido de la realidad, tenía la
experiencia de la vida y de las pasiones; ¡la experiencia de Agustín, si se la
compara con la di Bossuet, era mucho más vasta! Y junto a eso, gozaba de
la sensibilidad de las épocas de gran cultura, en donde el abuso del
pensamiento ha multiplicado las causas del sufrimiento, provocando con
ello la necesidad voluptuosa: «El alma antigua era ruda y vana». Y, sobre
todo, era limitada. La de Agustín, en cambio, es delicada y seria, ávida de
certeza y de goces que no engañan. Es vasta y sonora: las más pequeñas
sacudidas se prolongan en vibraciones profundas y devuelven el sonido del
infinito. Antes de su conversión, Agustín experimenta las inquietudes de
nuestros románticos, las melancolías, las tristezas inmotivadas, y los
grandes impulsos nostálgicos que trastornaban a nuestros padres. El está
muy próximo a nosotros.
Ha ensanchado nuestra alma de latinos, reconciliándonos con el
bárbaro. El latino, como el griego, sólo se comprendía a sí mismo. El
bárbaro no tenía derecho a expresarse en la lengua del Imperio. El mundo
estaba dividido en dos partes que pretendían ignorarse mutuamente.
Agustín ha hecho entrar en nuestra conciencia las regiones innominadas y
los países imprecisos para el alma que antes nadaba en las tinieblas de la
barbarie. El ha sido quien ha llevado a cabo la unión del genio semítico y
occidental. Nos ha servido de intérprete de la Biblia. Las ásperas palabras
hebreas, al pasar por la boca del elegante retórico, han llegado hasta
nosotros enteramente dulcificadas. Nos ha hecho dóciles a la palabra de
Dios. Es un 1atino quien nos habla del Eterno.
Sin duda, otros lo habían hecho ya antes que él. Pero nadie Como él
puso tanta unción, ni un acento de ternura tan penetrante. Su caridad
9

delicada, y firme el mismo tiempo, cautiva nuestros corazones. Respiraba
caridad por todas pintes. Fue, después de San Juan, el Apóstol del amor.
Su voz incansable domina todo el Occidente. La Edad Media llegará
todavía a escucharle. A lo largo de los siglos se recopilarán sus sermones y
sus tratados, se volverán a exponer en las catedrales y se comentarán en las
sumas teológicas. Se llegará, incluso, a adoptar su teoría sobre las artes
liberales. Todo cuanto se conserve de la herencia antigua, será debido a
Agustín. Es el gran doctor. Con él se precisa la definición doctrinal del
catolicismo. Podría decirse, para señalar las tres principales etapas de la
verdad en marcha: Cristo, San Pablo, San Agustín. Este último está más
cerca de nuestra debilidad. Es realmente nuestro padre espiritual. Nos he
enseñado el lenguaje de la oración. (Las fórmulas de oración agustiniana
se encuentran todavía sobre los labios piadosos.)
Este genio universal, que durante cuarenta años fue el portavoz de la
catolicidad, fue asimismo un hombre perteneciente a un siglo y a un país.
Agustín de Tagaste es el gran africano.
Podemos estar orgullosos de él y adoptarlo como una de nuestras
glorias; nosotros que, después de casi un siglo, continuamos en su patria
un combate parecido al que él sostuvo por la unidad romana; nosotros que
consideramos a Africa como una prolongación de la patria francesa. Ha
sabido expresar, mejor que ningún otro escritor, el temperamento y el
genio de su país. Esa Africa abigarrada con su mezcla eterna de razas
refractarias las unas de las otras, su envidioso particularismo, las
contrariedades de sus aspectos y de su clima, la violencia de sus
sensaciones y de sus pasiones, la gravedad de su carácter y la fluidez de su
humor, su espíritu positivo y frívolo, su materialismo y su misticismo, su
austeridad y su lujuria, su resignación a la servidumbre y sus instintos de
independencia, su apetito de imperio; todo eso se refleja, con rasgos
sorprendentes, en la obra de Agustín. No sólo ha sabido representar su
patria, sino que, en la medida de lo posible, ha realizado su viejo sueño de
dominación: Esta supremacía que Cartago había disputado a Roma durante
tanto tiempo y de forma tan amistosa, acaba por conseguirla en el orden
espiritual gracias a Agustín. Durante su vida, la Iglesia de Africa ha sido la
maestra de las Iglesias de Occidente.
Para mi, si me atrevo a citarme en un trabajo semejante, he tenido la
alegría de saludar en él no sólo al doctor y al santo que yo venero, sino el
tipo ideal del latino de Africa. Esta imagen que había visto bosquejarse
antes entre los espejismos del Sur siguiendo los carros de mis rudos
10

héroes, la he visto por fin precisarse, depurarse, ennoblecerse y crecer
hasta el cielo siguiendo las huellas de Agustín.
Y aunque el niño de Tagaste, el hijo de Mónica, no hubiera mezclado
tan íntimamente su vida a la nuestra, aunque fuera para nosotros un
extranjero, nacido en un lejano país, lo cierto es que no dejaría de ser una
de las almas más amantes y más luminosas que hayan alumbrado nuestras
tinieblas y consolado nuestras tristezas, una de las criaturas más humanas y
más divinas que hayan pasado por la tierra.

11

I. LA INFANCIA
Sed delectabat ludere.
Mi gozo era el juego.
(Conf., I, 3)

1. UN MUNICIPIO AFRICANO
Unas callejuelas completamente blanquecinas, que ascienden hacia
colinas arcillosas, profundamente agrietadas por las lluvias torrenciales del
invierno; entre una doble hilera de casas, resplandecientes a la luz del sol
matinal, pequeños claros de cielo con un azul muy tenue; y acá y allá, en la
espesa franja de sombras que bordean los umbrales, unas formas blancas
acurrucadas en esteras, siluetas indolentes, vestidas con colores claros,
enfundadas en gruesos y sombríos atuendos de lana; un caballero que pasa,
inclinado sobre su montura, con el gran sombrero del Sur echado hacia
atrás sobre sus espaldas, apremiando con sus espuelas al paso elegante de
su cabalgadura, así vemos hoy Tagaste; y así se debió mostrar, sin duda, a
la vista del viajero en los tiempos de Agustín.
Como la ciudad francesa construida sobre sus ruinas, el municipio
africano ocupaba también una especie de plataforma rodeada de tres
promontorios. El más alto de los tres, protegido en la actualidad por un torreón, debía de estar defendido antiguamente por un «castellum».
Abundantes aguas riegan el suelo. Cuando se viene de las regiones rocosas
de Constantina o de Setif, o de la extensa llanura desnuda de Medjerda,
Tagaste nos produce una impresión de frescura. El lugar es risueño, lleno
de follaje y de aguas lozanas. Para los africanos constituye una imagen del
país del Norte que no conocen, con sus montes cubiertos de bosque, de
pinos, de encinas y de alcornoques. Presenta el aspecto de una comarca
montañosa y forestal; sobre todo, forestal. Es un país de cazadores. La
12

caza abunda allí: los jabalíes, las liebres, los zarzales, las codornices y las
perdices. Probablemente en la época de Agustín existían allí muchos más
animales salvajes que hoy en día. Cuando compara a sus adversarios los
donatistas con leones rugientes, habla como alguien que sabe por
experiencia personal lo que es un león.
Al Este y al Oeste, grandes extensiones de bosque, suaves colinas,
arroyos y torrentes que surcan los valles y los barrancos: eso es Tagaste y
sus alrededores, el mundo tal y como se manifestó a los ojos de Agustín
niño. Hacia el Sur se aclara, sin embargo, la vegetación, se alzan áridos
picachos, aplastados en conos obtusos o delgados como tablas de la Ley: la
esterilidad del desierto pasa a través de tupidos macizos vegetales. Este
frondoso país posee rincones ásperos y severos. Con todo, la luz africana
lo dulcifica. El verde profundo de las encinas y de los pinos se viste de
tintes tornadizos y calientes, que son una caricia y un incentivo para la
mirada. Uno se da perfecta cuenta de que se encuentra en un país soleado.
Posee este país unos perfiles tan definidos que contrastan fuertemente
con las regiones limítrofes. Esta Numidia forestal, con sus arroyos y sus
praderas en donde pastan las vacas, difiere, dentro de lo que cabe, de la
Numidia setifiana, enorme llanura desolada, en donde los rastrojos de los
campos de cereales y las estepas arenosas se extienden, en monótonas
ondulaciones, hasta la barrera nebulosa del Atlas, que cierra el horizonte. A
su vez, esta llanura rugosa y triste difiere totalmente de la región marítima
de Bujía y de Hipona, que encierra una dulzura y una alegría que recuerdan la Campania. La oposición tan marcada existente entre cantones
de una misma provincia explica sin duda, los rasgos esenciales del carácter
númida. El obispo Agustín, que ha llevado su báculo pastoral de un
extremo a otro de este país y que fue su alma activa y pensadora, le debe
quizá los contrastes y la diversidad de su variada naturaleza.
Tagaste no tenía seguramente el aspecto de una capital. Era un
municipio de segundo o tercer orden, pero su alejamiento de los grandes
centros le hacía adquirir una cierta importancia. Los municipios vecinos,
Thubursicum y Thagura, eran ciudades pequeñas. Madaura y Theveste,
aunque más populosas, no poseían tal vez su importancia comercial.
Tagaste se encontraba en el cruce de diversas grandes vías romanas.
El pequeño Agustín pudo admirar allí, mezclado entre los niños de su
edad, los correos y los equipajes de la posta imperial, que se detenía ante
los paradores de la ciudad. Lo que sí parece cierto es que en aquel tiempo
Tagaste era, como en la actualidad, un lugar de tránsito de mucho tráfico,
un lugar de estacionamiento, situado a mitad de camino entre las ciudades
13

del Sur y las ciudades marítimas, como entre las de Proconsularia y las de
la Numidia. Al igual que la Souk-Ahras actual, Tagaste debía ser, ante
todo, un mercado. Los cereales y los vinos de Numidia se entregaban a
cambio de los rebaños de Aures, los cueros, los dátiles, los espartos de las
regiones del Sahara. Por allí pasaban sin duda los mármoles de Simitthu y
las maderas de limonero, con las que fabricaban artísticas mesas. Los
bosques vecinos podían suministrar abundante material de construcción
para todo el país. Tagaste era el emporio de la Numidia forestal, el almacén
y el bazar, a donde todavía se dirige el nómada para hacer sus previsiones
y en donde con asombro infantil puede contemplar las grandes maravillas
debidas al espíritu inventivo de los artesanos de las ciudades.
La cuna de Agustín se vio, por tanto, rodeada de imágenes de
fecundidad y de alegría. Desde sus primeros pasos, la sonrisa de la belleza
latina le hizo también una buena acogida. A decir verdad, Tagaste no era,
en absoluto, lo que se dice una hermosa ciudad. Las ruinas antiguas que
allí se han descubierto son de una calidad más bien mediocre. ¡Pero hacía
falta tan poca cusa para desarrollar la fantasía de un niño tan despierto!
Tagaste poseía, sin embargo, unas termas con pavimento de mosaico que
sin duda estarían decoradas con estatuas: Agustín se bañaba allí con su
padre. Incluso es probable que, siguiendo el ejemplo de su vecina
Thubursicum y de otros municipios de su misma categoría, tuviera su
teatro, su foro, sus ninfas y su anfiteatro. Mas no se ha encontrado nada de
todo eso. Algunas estelas, capiteles, fustes de columnas, una piedra con
una inscripción que perteneció a una iglesia católica, es todo cuanto queda,
al menos en la actualidad.
No pidamos tampoco lo imposible. Tagaste tenía sus columnas, quizá
toda una calle bordeada de una doble hilera de columnas como en
Thimgad. Esto es más que suficiente para encandilar a un pequeño
muchacho lleno de imaginación. Una columna, aun en el caso de hallarse
mutilada o con contornos apenas definidos, conserva siempre su nobleza.
Es como una airosa melodía que deja escuchar su canto entre las pesadas
masas de una obra de mampostería. Todavía hoy, en nuestros pueblos
argelinos, la simple contemplación de una columna truncada nos
entusiasma y nos llena de emoción, cual blanco fantasma de belleza, que
surge de entre las ruinas en medio de los edificios modernos.
Tagaste poseía sus columnas...

14

2. LA FAMILIA DE UN SANTO
En esta pequeña ciudad agradable, que desde hacía mucho tiempo
habla sido protegida y civilizada por el arte de Roma, vivían los padres de
Agustín.
Su padre, Patricio, representa el tipo genuino de africano romanizado.
Pertenecía al orden de los decuriones en «el muy espléndido consejo
municipal de Tagaste», spiendidissimus ordo Thagastensis, como reza una
inscripción de Souk-Ahras. Estos enfáticos epítetos se han introducido con
facilidad en la fraseología oficial ordinaria y no dejan por menos de
reflejar el prestigio de que gozaban estas funciones. Patricio era en su
municipio una especie de personaje. Su hijo nos confiesa que era pobre,
pero sospechamos que el santo obispo exagera por humildad cristiana.
Poseía en realidad más de veinticinco fanegas de tierra, mínimo requerido
para desempeñar el cargo de curial. Era asimismo propietario de viñas y
huertos, cuyos abundantes y sabrosos frutos recordará Agustín más tarde.
En fin, llevaba un cierto tren de vida. Es verdad que en Africa la
servidumbre no ha constituido nunca un gran lujo. Con todo y eso, el hijo
de Patricio tenía un «pedagogo», un esclavo encargado especialmente de
su vigilancia, como los hijos de buena familia.
Se nos asegura que el padre de Agustín, por el hecho de ser curial,
debía estar arruinado. Los curiales, que cobraban el impuesto y respondían
de él, tenían la obligación de cubrir con sus propios denarios el déficit de
las cantidades recibidas. Patricio fue sin duda una de las numerosísimas
víctimas de este sistema desastroso. Pero había también muchas
excepciones. En primer lugar, no encontramos nada entre los recuerdos de
Agustín que nos autorice a pensar que su padre conoció, no digamos la
miseria, pero sí los apuros. Parece más probable que fuera tirando de las
rentas de sus bienes, como un pequeño propietario rural. En Africa se
contenta uno con poco. Salvo cuando el año es excepcionalmente malo,
después de un período de pertinaz sequía o una invasión de langosta, la
tierra produce siempre lo suficiente para alimentar a su dueño.
15

Cazar, montar a caballo, hacer a veces gala de su dominio como
jinete, vigilar a sus colonos y a sus esclavos del campo, cerrar uno de esos
tratos donde triunfa la astucia africana, ésas eran las únicas ocupaciones de
Patricio. En fin, vivía sin complicaciones de lo que le daba su pequeño
dominio. A veces se apoderaban de este hombre indolente accesos de
actividad y cóleras furibundas. Era violento y brutal. En esos momentos de
arrebato golpeaba como un ciego. Habría llegado incluso a apostrofar y a
apalear a su mujer, si su reserva, su dignidad y su dulzura de cristiana no le
hubieran contenido. No juzguemos sus modales a la vista de los nuestros:
no entenderíamos nada. Las costumbres antiguas, y sobre todo las
costumbres africanas, eran una mezcla desconcertante de extremado
refinamiento y de inconsciente brutalidad.
Precisamente por eso no podemos exagerar demasiado los arrebatos
de Patricio, a los que su hijo hace una discreta alusión. El no haber sido un
escrupuloso observador de la fe conyugal era, en aquel tiempo, más que en
el nuestro, un pecado venial a los ojos del mundo. El africano ha deseado
siempre en el fondo tener en su casa un harén: tenía una tendencia natural
a la poligamia musulmana. Tanto en Cartago como en otros sitios, la moral
pública era muy indulgente con el marido que se permitía familiaridades
con la servidumbre. Todos reían y acababan excusando al culpable. Es
cierto que se tenía una mayor severidad para con la matrona que hacía lo
mismo con sus esclavos. Sin embargo, aquello era algo que se veía. El
obispo de Hipona reprochará enérgicamente en sus sermones a les esposos
cristianos esos adulterios demasiado frecuentes, que apenas si se
consideraban como simples faltas.
Patricio era pagano: esto explica, en parte, su desidia. Decir que
permaneció fiel al paganismo hasta el final de su vida, sería sin duda
alguna ir demasiado lejos. Este consejero municipal de Tagaste no debía
ser un pagano convencido. Las razones de orden intelectual o especulativo
tenían para él muy poca fuerza persuasiva. No era en absoluto un
polemista como su hijo. Era pagano por rutina, por innato conservatismo
de burgués y propietario, que se apega obstinadamente a sus tradiciones de
casta y de familia. Lo era también por prudencia y por diplomacia. Muchos
grandes señores, propietarios de tierras, continuaban defendiendo y
practicando el paganismo, seguramente por análogos motivos que los del
mismo Patricio. Este no quería enemistarse con los personajes importantes
e influyentes del país. Podía necesitar su protección para salvaguardar su
modesto patrimonio de la voracidad del fisco. Por otra parte, los cargos
más honoríficos estaban acaparados entonces por los sacerdotes paganos.
16

El padre de Agustín se creía bastante listo al practicar una religión que era
siempre tan poderosa y que tan bien recompensaba a sus adeptos.
Es evidente, sin embargo, que en aquellos años el paganismo,
políticamente hablando, atravesaba una coyuntura difícil. Estaba mal visto
por el gobierno. Después de la muerte de Constantino los «emperadores
sagrados» le habían declarado una guerra sin cuartel. En el año 353,
vísperas del nacimiento de Agustín, Constancio promulgó un edicto por el
que se ordenaba nuevamente el cierre de los templos y la abolición de los
sacrificios, y eso bajo pena de muerte y confiscación. Mas en las
provincias alejadas, como la Numidia, la acción del poder central era lenta
e incierta. Solía ejercerse a través de intermediarios, hostiles o indiferentes
al cristianismo. La aristocracia local y su clientela se burlaban de él más o
menos abiertamente. En sus inmensas villas, detrás de las murallas de sus
parques, los ricos propietarios ofrecían sacrificios y organizaban
procesiones y fiestas, como si allí no pasara nada.
Patricio sabía todo esto. Y, podía asimismo constatar la marcha
arrolladora de la nueva religión. Durante la primera mitad del siglo IV,
Tagaste había sido conquistado por los cismáticos del partido de Donato. A
partir del edicto de Constancio contra los donatistas, los habitantes de la
pequeña ciudad, temerosos del rigor imperial, habían vuelto otra vez al
catolicismo. Pero la pacificación estaba lejos de ser completa y definitiva.
A raíz del edicto, toda la región de Aures se había alzado en revolución. El
obispo de Bagai, atrincherado en su ciudad episcopal y en su basílica,
padeció un verdadero sitio por parte de las tropas romanas. Diseminada
por diversos sitios proseguía la lucha secreta entre donatistas y católicos.
Tagaste, sin duda, no era ajena a esas divisiones. A quienes le obligaban
con urgencia a recibir el bautismo, el padre de Agustín solía responderles
con un cierto deje de ironía: «Estoy esperando que se pongan de acuerdo
para saber dónde se encuentra la verdad.» En el fondo, este pagano
bastante tibio no sentía una repugnancia invencible contra el cristianismo.
Prueba de ello es que contrajo matrimonio con una cristiana.
¿Como llegó a ser Mónica la mujer de Patricio? ¿Cómo es que esos
dos seres, que se parecían tan poco y entre los que había además una gran
diferencia de edad, por omitir todo lo demás, unieron sus destinos? La
gente de Tagaste ni siquiera había pensado en plantearse estas preguntas.
Patricio se casó para hacer como todo el mundo y también porque tenía
más de cuarenta años y su madre, ya anciana, sería pronto incapaz de
llevar su casa.
17

La madre de Mónica vivía también por aquel entonces. Las dos
ancianas mujeres tuvieron una entrevista llena de cortesía y de fórmulas
ceremoniosas y, como el asunto en cuestión les parecía razonable y ventajoso, acordaron el matrimonio. ¿Había visto Patricio alguna vez a la
joven que iba a ser su esposa, cuyo papel, según la costumbre, era tener
hijos y convertirse en el ama de su casa? Probablemente no. ¿Era guapa,
rica o pobre? Juzgaba secundarias estas consideraciones, toda vez que el
matrimonio no era entonces un asunto del corazón, sino más bien un deber
tradicional que hay que cumplir. Bastaba tan solo que esta unión fuera
conveniente.
En todo caso, lo que sí es cierto es que Mónica era muy joven. Tenía
veintidós años cuando nació Agustín, el cual, probablemente, no era el
primogénito. Sabemos que era apenas núbil cuando la entregaron al
hombre con quien debía contraer matrimonio, como suelen hacer los
padres con los adolescentes o con las muchachas árabes. Ahora bien, en
Africa las mujeres son núbiles desde muy temprana edad. Se las casa a los
catorce años y a veces incluso a los doce. Es posible que cuando contrajo
matrimonio con Patricio tuviera a lo sumo diecisiete o dieciocho años.
Parece ser que tuvo un primer hijo, Navigio, que más tarde encontraremos
en Milán, y también una hija, cuyo nombre ignoramos, que llegó a ser
religiosa y superiora de un monasterio en la diócesis de Hipona. Estos dos
otros hijos de Mónica y Patricio poseen para nosotros una fisonomía poco
definida. Los eclipsa el resplandor de su ilustre hermano.
Mónica contaba de muy buena gana sus recuerdos a su hijo querido.
Nos ha dejado transmitido algunos de ellos.
Había recibido una educación algo rígida, según el estilo de entonces.
Sus padres eran cristianos y cristianos católicos desde hacía varias
generaciones. Supieron mantenerse firmes, sin dejarse arrastrar por el
cisma de Donato: eran personas obstinadas en sus convicciones carácter
este tan frecuente en Africa como su opuesto, el tipo de númida o de moro
voluble y veleidoso. No podemos dejar pasar como indiferente el hecho de
que Agustín haya salido de una raza tan empecinada. Con la ayuda de la
gracia de Dios, encontrará precisamente por ahí la salvación: por el temple
enérgico de su voluntad.
No obstante, si la fe de la joven Mónica fue desde sus primeros años
tan entera, lo debe más a las exhortaciones de una vieja criada, de la que
hablaba siempre con agradecimiento, que a las lecciones de su madre. Esta
vieja sirvienta ocupaba en la familia de sus dueñas un puesto semejante al
18

que hoy ocupa en las familias turcas la nodriza, la dada respetada por todo
el harén y por toda la servidumbre.
Había sin duda nacido en la casa e incluso había visto nacer a todos
los hijos. Había llevado sobre sus hombros al padre de Mónica cuando era
niño, como las mujeres kabyles o las beduinas nómadas llevan todavía sus
pequeños. Era una esclava entregada y un tanto fanática, un verdadero
perro de hogar, que en su celo de guardián ladra más de la cuenta a los
extraños transeúntes: tal como ocurre hoy en día con la sirvienta negra en
las casas árabes. Ella es a menudo mejor musulmana y más hostil al
cristiano que sus mismos dueños. Presenció las últimas persecuciones,
visitó tal vez a los confesores en las prisiones y es posible que viera correr
también la sangre de los mártires. Estas escenas terribles y violentas
habían quedado grabadas en su memoria. ¡Qué relatos más encendidos
debía contar la vieja criada a sus jóvenes dueños, qué lecciones más vivas
de constancia y de heroísmo! Mónica la escuchaba con avidez.
Debido a su gran fe, sus dueños veneraban a esta simple esclava casi
como a una santa; por eso le confiaron el cuidado y educación de sus hijas.
Se mostraba como una gobernante severa e intransigente en la disciplina.
Para ella sólo existían cosas prohibidas, y era tal su influencia sobre sus
pupilas, que éstas llegaron incluso a no experimentar ningún deseo por
esas cosas vedadas. Les prohibía beber, incluso agua, fuera de las comidas.
¡Cruel suplicio para muchachas africanas! Tagaste no está lejos del país de
la sed. Pero la anciana les decía: —Ahora bebéis agua porque no tenéis
vino a vuestro alcance. Más tarde, cuando os caséis y seáis dueñas de
cavas y bodegas, despreciaréis el agua y vuestra costumbre de beber os
arrastrará...
Mónica estuvo a punto de cumplir lo que había predicho la buena
mujer. Todavía no se había casado. Como era discreta y sobria, la enviaban
a la bodega a llenar las jarras de vino. Antes de echarlo en la botella
mojaba en él un poco los labios. Como no tenía costumbre del vino, no
hubiera podido beber más. Era demasiado fuerte para su garganta. Esto lo
hacía no por gusto, sino por hacer una travesura y jugarle así una pasada a
sus padres que tenían confianza en ella; en fin, también era un fruto
prohibido. Cada vez echaba un trago de más, de tal manera que acabó por
encontrar aquello bueno, y terminó bebiendo tazas enteras. Un día la
criada que la acompañaba a la bodega se peleó con ella. Mónica respondió
con desaire. Entonces la sirvienta la tachó de borracha... ¡Borracha! Esta
palabra injuriosa humilló tan profundamente el amor propio de la futura
santa, que pronto se corrigió de aquel vicio incipiente. Agustín no nos dice
19

que lo hiciera por piedad, sino porque se dio cuenta en seguida de la
fealdad de una pasión semejante.
Hay una cierta rudeza en esta historia infantil, la rudeza de las
costumbres antiguas, a las que siempre se mezcla la decencia o la
dignidad. El cristianismo acabará de pulir el alma de Mónica. En la época
en que estamos, aunque sea ya una joven de vida piadosa, está, sin
embarga, lejos de ser la gran cristiana que llegará a ser más tarde.
Cuando contrajo matrimonio con Patricio era una muchacha
reservada y fría en apariencia (en el fondo, era muy apasionada),
meticulosa en el cumplimiento de sus deberes religiosos, incluso un poco
rigorista, exagerando la austeridad cristiana, con un gran odio hacia todas
las brutalidades y relajamientos que autorizaba el paganismo. No obstante,
esta alma rígida sabía doblegarse según las necesidades. Mónica tenía
tacto, soltura y, en ocasiones, un sentido práctico muy fino y razonable, del
que dio pruebas en la educación y conducta de su hijo Agustín. Esta alma
dura para consigo misma velaba la intransigencia de su fe bajo una dulzura
inalterable, que era en ella más bien la obra de la gracia que un don
natural.
No es de extrañar que al comienzo de su matrimonio sus modales y
su carácter no hayan llamado mucho la atención de Patricio. Acaso lo
sintiera. ¡Para qué necesitaba él aquella monja a su lado! Tanto uno como
otro tendrían que soportar esos roces ordinarios que no tardan en
producirse en semejantes enlaces entre paganos y cristianos.
Bien es verdad que no eran aquéllos los tiempos de Tertuliano, en el
siglo heroico de las persecuciones, en el que las mujeres cristianas bajaban
furtivamente a las prisiones para besar las cadenas de los mártires. ¡Cómo
la mujer tomaba entonces la revancha tras su incómoda situación en el
gineceo! ¡Y qué escándalo para un marido educado a la romana! Pero las
prácticas de la vida cristiana establecían una especie de divorcio intermitente entre los esposos de religión diferente. Mónica salía con
frecuencia, sola o bien acompañada de una sirvienta de confianza. Había
que asistir a los oficios y recorrer la ciudad para visitar a los pobres.
Estaban, asimismo, los días de ayuno, dos o tres veces por semana, y, en
fin, el gran ayuno de cuaresma: una prohibición molesta, sobre todo
cuando el marido invitaba a alguien a cenar precisamente en esos días. Las
vísperas de las fiestas, Mónica pasaba una buena parte de la noche en la
basílica. Con regularidad, sin duda alguna el domingo, ella se dirigía al
cementerio o a alguna capilla en memoria de un mártir, que estaba
enterrado allí: estas capillas se llamaban «memorias», memoriae.
20

Existían muchas de estas capillas, eran incluso demasiado numerosas,
según la opinión de cristianos severos. Mónica iba de una a otra llevando
en un cesto albóndigas, pan y vino mezclado con agua. Allí solía encontrar
algunas amigas. Se sentaban alrededor de las tumbas —algunas estaban
cavadas en forma de mesas—, se habrían las provisiones y piadosamente
se comía y bebía en honor de los mártires. Era esto, entre los cristianos, un
resto de superstición pagana. Estos piadosos ágapes degeneraban a
menudo en repugnantes orgías. A Agustín siendo obispo de Hipona le
costara bastante trabajo desarraigar de su grey esta costumbre.
Con todo, 1a tradición continuaba. Los viernes las mujeres
Musulmanas de Africa signen visitando los cementerios y los morabitas.
Como en tiempo de Santa Mónica, la gente se sienta alrededor de las
tumbas, tan frescas bajo su revestimiento de cerámicas pintadas, a la
sombra de los cipreses y de los eucaliptos, Se comen golosinas, se charla,
se ríe, se sienten felices: los maridos no están allí.
Mónica realizaba estas visitas con un sincero espíritu de devoción,
muy lejos de buscar en ellas una ocasión de desorden o de disipación. Se
limitaba a beber un poco de vino, con mucha discreción: se acordaba siempre del pecado de su juventud. Además, ese vino mezclado con agua que
traía de su casa, estaba ya algo templado cuando llegaba al cementerio: era
una bebida medianamente agradable que debía despertar poco la
sensualidad. El sobrante lo distribuía entre los pobres, junto con el
contenido de su cesto; y luego se volvía tranquilamente a casa.
A pesar de la sobriedad y reserva de que gozaba, sus salidas se
prestaban, sin embargo, a habladurías. Irritaban por lo menos a su celoso
marido. Todos los africanos lo son. No es el islamismo el que ha inventado
los celos conyugales. Además, en los tiempos de Mónica, hombres y
mujeres participaban en estos ágapes funerarios en medio de una
inquietante promiscuidad. Patricio, con esto y con otras muchas cosas, perdía la paciencia.
Su anciana madre atizaba sus sospechas refiriéndole los malvados
propósitos e incluso las calumnias de las sirvientas contra su mujer. A
fuerza de paciencia, de delicadeza y de agasajos, Mónica terminó por
desarmar a su suegra y logró convencerla con su intachable conducta. La
anciana se volvió entonces contra las sirvientas que habían mentido y las
denunció a su hijo. Patricio, como buen padre de familia, las hizo azotar
para enseñarles a no emplear la mentira. Gracias a esta corrección ejemplar
y a la sabiduría de la joven mujer, la paz se restableció nuevamente en el
hogar.
21

Las amigas de Mónica se extrañaban que la buena armonía reinante
no se perturbase con más frecuencia, al menos de una manera aparente,
entre los dos esposos. Todo el mundo en Tagaste conocía el temperamento
colérico y violento de Patricio. Con todo y eso, no se hablaba ni se hacía
alusión alguna a que pegara a su mujer. Las otras matronas, que tenían
maridos más afables, recibían, sin embargo, numerosos golpes. Cuando
iban a casa de Mónica le mostraban las señales de los golpes que habían
recibido, sus caras tumefactas por las bofetadas, y se desahogaban en
invectivas contra los hombres, acusándolos de sus excesos, causa, según
ellas, de los malos tratos.
—Cuidad vuestra lengua, replicaba Mónica.
Según su opinión, era menester cerrar los ojos ante los desórdenes de
los maridos, y evitar una contestación airada cuando montaran en cólera.
El silencio y la sumisión eran las armas más poderosas. Y como, por ser
joven, poseía por naturaleza una cierta jovialidad, añadía riéndose:
—Acordaos de lo que os leyeron el día de vuestra boda. Os dijeron
que erais las siervas de vuestros maridos. No os rebeléis contra vuestros
dueños...
Encerraba esto quizá una fina crítica del código pagano, tan exigente
en sus prescripciones. Mas en eso la ley romana estaba de acuerdo con el
Evangelio. Cristiana ferviente, jamás la mujer de Patricio le echó en cara
sus infidelidades. Tanta dulzura y resignación acabaron por conmover al
marido brutal y desordenado, que, por otra parte, era una buena persona,
con un gran corazón. El pudor de Mónica la hizo hermosa a sus ojos. Podía
decirse que la amaba a fuerza de respetarla y de admirarla. En suma, habría
hecho mal si hubiera estado descontento de una mujer tan discreta y tan
buena mujer de su casa: la veremos más tarde manos a la obra en
Cassiciacum. Sin saberlo, servía incluso los intereses de su marido
ganando para él el favor de los cristianos de Tagaste, mientras que él podía
decir a los paganos que censuraban su matrimonio:
— ¿Acaso soy de los vuestros?
Pese a todo lo que le separaba de Mónica, Patricio era un marido
feliz.

22

3. LA DULZURA DE LA LECHE
Agustín vino al mundo el 13 de noviembre del año de Cristo 354.
Era un niño más en esa Africa sensual y voluptuosa, tierra de pecado
y de fecundidad carnal, en la que los niños nacen y mueren como las hojas.
Pero el hijo de Mónica y de Patricio estaba predestinado: no moriría en la
cuna como tantos y tantos pequeños africanos.
Aunque no hubiera estado destinado a hacer grandes cosas y sólo
hubiera sido una cabeza más en medio de la muchedumbre, a pesar de todo
eso, el nacimiento de este niño nos debería resultar conmovedor: es una
cuestión importante para un cristiano esta del destino de la más oscura y
humilde de las almas. Cuarenta años más tarde, Agustín medita en sus
Confesiones sobre este hecho banal e insignificante de su nacimiento, que
pasó casi inadvertido para los habitantes de Tagaste y que se le presenta en
verdad como un gran acontecimiento, no ya porque se trate de él, obispo y
doctor de la Iglesia, sino porque en ese punto imperceptible de la duración,
un alma entró en el mundo.
Comprendemos bien el pensamiento de Agustín: las almas han sido
rescatadas por una víctima de un precio infinito. Ellas mismas poseen un
valor infinito. Nada de lo que les sucede puede ser indiferente. Incluso sus
pecados más veniales, sus más débiles impulsos hacia la virtud son
decisivos para la eternidad de su suerte. Todo lo tendrá en cuenta el justo
Juez. El robo de una manzana pesará tal vez en la balanza del juicio como
el haberse apoderado de una provincia o de un reino. La malicia de la
intención causa la malicia del pecado. Ahora bien, de ello depende la
suerte de un alma creada por Dios. En la vida de los hombres todo
adquiere entonces una seriedad y una importancia considerable. «En la
historia de una criatura conviene examinado todo, sopesarlo, meditarlo y,
tal vez, contarlo a la posteridad para edificación de los demás.»
Era esta una nueva manera de concebir la vida y, por contraste, de
entender el arte. Lo mismo que los esclavos han entrado en la ciudad
23

espiritual gracias al cristianismo, así también las realidades más mezquinas
van a entrar con él en la literatura. Las Confesiones serán el primer modelo
del arte de los nuevos tiempos. Un realismo profundo y magnífico que se
enraiza en lo divino —muy distinto, en todo caso, de nuestro realismo
superficial de dilectantes— va a surgir de esta nueva concepción. Para
Agustín cualquier cosa encierra en realidad una belleza, por cuanto es un
reflejo del orden y del pensamiento del Verbo. Mas contiene también otro
carácter más esencial: goza de un valor y una significación morales. Todo,
en efecto, puede ser el agente de la caída o de la redención de un alma. La
más pequeña de nuestras acciones puede tener repercusiones infinitas
sobre nuestro destino. Consideradas bajo este prisma, las cosas y los seres
comienzan a llevar una vida a la vez más solidaria y más íntima, más
individual y más general. Todo se entrelaza y, sin embargo, todo está
separado. La salvación sólo nos atañe a nosotros, y, no obstante, va unida
por el vínculo de la caridad a la de nuestros hermanos.
Es así, bajo esta concepción, como podemos descubrir la cuna de
Agustín. Contemplémoslo a través de la misma mirada de Agustín, y quizá
también de Mónica. Inclinado sobre la frágil imagen de su infancia se
plantea todos los problemas que preocupan a la humanidad desde hace
millones de años. Se presenta ante él de manera formidable el problema de
la vida y de la muerte. Su tormento llegará incluso hasta la angustia y el
desvarío: «Con todo, permíteme que hable en presencia de tu misericordia,
a mí, tierra y ceniza; permíteme que hable, porque es a tu misericordia, no
al hombre; mi burlador, a quien hablo. Tal vez también Tú te reirás de mí;
mas vuelto hacia mí, tendrás compasión de mí. Y ¿qué es lo que quiero
decirte, Señor, sino que no sé de dónde he venido aquí, a esta, digo, vida
mortal o muerte vital? No lo sé... Mas he aquí que mi infancia ha tiempo
que murió, no obstante que yo vivo... Y antes de esto, dulzura mía y Dios
mío, ¿qué? ¿Fui yo algo o estuve en alguna parte...?»
Esto nos trae a la memoria aquella famosa propuesta de Pascal: «Yo
no sé ni quién me ha traído al mundo, ni qué es el mundo, ni qué soy yo
mismo. Poseo un terrible desconocimiento de todas las cosas... Todo
cuanto sé es que tengo que morir pronto, pero lo que más ignoro es esta
muerte que no podría evitar.»
Las frases de los Pensamientos no son más que el eco de las frases de
las Confesiones. Sin embargo, qué diferente es el tono. La requisitoria de
Pascal contra la ignorancia humana es despiadada. El Dios de Port-Royal
tiene el rostro duro y cerrado del antiguo Destino: desaparece entre las
nubes y tan sólo se muestra al final para levantar a la pobre criatura. En
24

Agustín, en cambio, el acento es delicado, lleno de confianza,
verdaderamente filial, y cuando se siente inquieto se puede descubrir en él
una esperanza invencible. En vez de abatir al hombre bajo la mano férrea
del Justiciero, le hace experimentar la bondad del Padre, que todo lo ha
preparado, mucho antes de su venida, para el niño lleno de miserias.
«Señor, en la vida han salido a mi encuentro las consolaciones de tu
misericordia, como me lo ha enseñado mi familia de sangre... Al venir al
mundo he saboreado la dulzura de la leche de la mujer. No eran mi madre
ni mis nodrizas quienes llenaban sus pechos, sino Tú, que a través de ellos
me dabas el alimento de la niñez, como lo tienes establecido...»
Y he aquí que su corazón se ablanda ante el recuerdo de la leche
materna. El gran doctor suaviza humildemente su estilo, haciéndolo
sencillo y familiar, para hablarnos de sus primeros llantos, de sus arrebatos
y de sus alegrías infantiles. También él era padre: conocía de muy cerca,
por haberlo visto con sus propios ojos, lo que es un recién nacido y una
madre joven que lo está criando: había experimentado todos esos pequeños
sinsabores que van unidos con el gozo de la paternidad. En su hijo se
encontraba a sí mismo.
Este niño, hijo de una madre cristiana, que llegaría a ser más tarde el
gran defensor de la fe, no fue bautizado al nacer. Era ésta una costumbre
de la primitiva Iglesia, y especialmente de la Iglesia de Africa. El bautismo
se retrasaba lo más posible, ante el convencimiento de que los pecados
cometidos después de la recepción del sacramento eran mucho más graves
que los cometidos anteriormente. Gente positiva, los africanos preveían
que continuarían pecando, incluso después del bautismo, pero pensaban
pecar de la manera más económica para ellos, reduciendo así el saldo de la
penitencia. En los tiempos de Agustín, esta penitencia estaba muy lejos de
ser la penitencia severa del siglo anterior. Con todo, el recuerdo del
rigorismo antiguo persistía todavía y estaba arraigada la costumbre de
diferir el bautismo con objeto de no desalentar a los pecadores.
Fiel observante de las costumbres de su país y de las tradiciones de su
iglesia, Mónica se avino a este uso. Es posible que tuviera que luchar
también contra la oposición de su marido, que, por continuar siendo
pagano, no quería ofrecer demasiadas garantías a los cristianos, ni
comprometerse a los ojos de sus correligionarios por un exceso de celo
cristiano, tratando de hacer bautizar a un niño en contra de la costumbre.
Existía un término medio: inscribir al recién nacido entre los catecúmenos.
De acuerdo con el rito de la primera iniciación, se trazó el signo de la cruz
sobre la frente de Agustín y se depositó en sus labios la sal simbólica. A
25

pesar de todo eso, no se le bautizó. Tal vez se resintiera de esto, durante
toda su vida. Le faltó el pudor bautismal. Siendo ya obispo, no se
despojará nunca por completo del hombre viejo que se había revolcado en
el cieno de todas las impurezas paganas. Algunas de sus palabras poseen
una crudeza que hiere los más castos oídos. La influencia del ambiente
africano no lo explica todo. Está bien claro que el hijo de Patricio no
conoció la completa virginidad del alma.
Le pusieron por nombre Aurelio Agustín. Ignoramos en absoluto si el
primero era su apellido. Los africanos han aplicado siempre las reglas de la
onomástica romana de una manera muy fantasiosa. Lo que sí es cierto es
que ese nombre se hallaba bastante extendido en Africa. El obispo de
Cartago, primado de la provincia y amigo de Agustín, se llamaba también
Aurelio. Algunos piadosos comentadores han querido ver en eso algo así
como un presagio de la futura gloria del orador. Han hecho observar que
Aurelio procede de la palabra aurum, oro: alusión profética a la boca de
oro del gran predicador de Hipona.
Mientras tanto, era un niño de pecho como los demás que —según
propia confesión —sólo sabía mamar. Sin embargo, nos habla de las
nodrizas que le han amamantado, sin duda sirvientas o esclavas de la casa
paterna. Ellas le daban su leche, como ocurre hoy todavía con esas mujeres
de Argelia, que, en ausencia de sus vecinas, dan de mamar a sus hijos.
Además, el período de lactancia se prolonga mucho más que entre
nosotros. Se ve a las madres, sentadas delante de la puerta, interrumpir su
trabajo para llamar a un crío de dos o tres años que corretea por la calle y
darle el pecho. ¿Se acordaba Agustín de todo eso? Recordaba al menos los
juegos de sus nodrizas y cómo ellas se las ingeniaban para calmarlos, así
como de las palabras infantiles que le enseñaban a balbucear. Las primeras
frases latinas que repitió se las escuchó pronunciar a su madre y a sus
sirvientas, que sin duda hablarían también el púnico, la lengua vulgar del
pueblo y de la pequeña burguesía. Aprendió la lengua púnica casi sin darse
cuenta, jugando con los niños de Tagaste, del mismo modo que los hijos de
nuestros colonos aprenden el árabe cuando juegan con los niños vestidos
con chéchias.
Es un cristiano, un obispo, un doctor respetado y consultado ya por
todo el mundo católico quien nos relata todas esas cosas. Y las cuenta con
un acento grave y contrito, con la evidente preocupación de referir a Dios,
como a la única causa, todas las dichas que han rodeado su infancia y
también para deplorar sus miserias y sus faltas, consecuencia inevitable del
pecado original. Y, sin embargo, se adivina en seguida que osos recuerdos
26

lejanos tan agradables poseen todavía para él un encanto del que no logra
deshacerse por completo. La actitud del autor de las Confesiones es
ambigua y un tanto forzada. El padre que ha amado a su hijo, y que se ha
divertido con sus juegos, lucha, en su interior, contra el teólogo que más
adelante defenderá frente a los herejes la doctrina de la gracia. Tiene que
demostrar, no solamente que la gracia es necesaria para la salvación y que
los niños deben ser bautizados, sino también que son capaces de pecado.
Sí, los niños pueden realmente pecar, incluso cuando están mamando. Y
Agustín nos describe los rasgos que pudo presenciar en un pequeño: «No
hablaba todavía y miraba ya, pálido de cólera y envidia, a su hermano de
leche como si éste le robara su parte.» Los niños son casi como los
hombres. El egoísmo y la rapacidad de la persona madura se vislumbran
ya en el recién nacido.
Sin embargo, el teólogo del la Gracia no puede alejar de su memoria
aquel versículo del Evangelio: Sinite ad me parvulos venire: «Dejad que
los niños se acerquen a mí.» Pero lo interpreta en un sentido restringido,
conviniéndolo en un argumento en favor de su teoría. Según él, la pequeña
estatura de los niños es símbolo de humildad, sin la cual es imposible entrar en el reino del Padre. Sostiene que el Maestro no ha pretendido poner
a los niños como ejemplo. No son más que carne de pecado. De su
pequeñez ha sacado tan sólo una de esas semejanzas en que se complace
su pensamiento, amigo de los símbolos.
Nos atrevemos a decir que aquí Agustín se desvía. Tal es el precio del
pensamiento humano, el cual, incluso en sus más justas afirmaciones, hiere
siempre alguna verdad menos aparente o mutila algún delicado
sentimiento. En el fondo, Agustín tiene razón. El niño es malo igual que el
hombre. Lo sabemos. Pero queremos oponer al rigor del teólogo la divina
mansedumbre de Cristo. «Dejad que los niños se acerquen a mí: el reino de
los cielos es de los que se hacen semejantes a ellos.»

27

4. LOS PRIMEROS JUEGOS
«Sólo me gustaba jugar», nos dice Agustín cuando nos cuenta los
años lejanos de su infancia. ¿Qué tiene de extraño, por tanto, el que esta
pronta y ágil inteligencia, que penetró sin esfuerzo y como por instinto la
ciencia enciclopédica de su tiempo, que se encontraba a sus anchas en
medio de las abstracciones más arduas, haya comenzado por concebir la
vida como un juego?
Las diversiones de los niños africanos de hoy día no son muy
numerosas ni variadas. No tiene imaginación inventiva. En eso, sus
compañeros franceses les han enseñado mucho. Si juegan a canicas, a
saltar o al marro lo hacen imitando a los «roumis». Y, no obstante, son
muy jugadores. Les atraen sobre todo los juegos de azar. Les dedican horas
enteras, tumbados en un rincón sombreado, y ponen en ellos una pasión
extraordinaria. Tienen absorbida toda su atención; emplean en ellos las
artimañas que les sugiere su espíritu precozmente desarrollado y ducho en
seguida en la materia.
Agustín, al evocar los juegos de su infancia, no nos habla más que de
nueces, de bolas y de pájaros. Capturar un pájaro, esa cosa con alas, ligera
y brillante, constituye la envidia de todos los niños en cualquier parte del
mundo. Pero en Africa tanto las personas mayores como los niños aman a
los pájaros, que son allí tan abundantes. En los cafés moros y en las chozas
más ruines se ven colgadas de la pared unas jaulas de caña, que arman un
ruido alborotador a causa de los chirridos y aleteos de les pajarillos. Allí se
encuentran prisioneros codornices, mirlos y ruiseñores. El ruiseñor, ave
canora por excelencia, tan difícil de domesticar, es el huésped de lujo y el
habitante privilegiado de esas rústicas jaulas. Junto con la rosa, constituye
la parte esencial de la poesía árabe. Los bosques de Tagaste estaban
repletes de ruiseñores. Sin duda alguna, Agustín de niño sintió palpitar
entre sus manos las pequeñas gargantas melodiosas de esos pájaros cantores. Sus sermones y sus más serios tratados han conservado su recuerdo.
De ahí sacaría un testimonio en favor del Verbo creador, que ha distribuido
28

por todas partes la belleza y la armonía. En el canto del ruiseñor encuentra
como un eco de la música de los mundos.
Si le gustaban los pájaros, como poeta que se ignora a sí mismo, ¿se
divertía también de igual forma jugando a las nueces? Las «nueces» es un
juego gracioso y astuto, demasiado astuto para un niño desinteresado e
idealista. Se precisa mucha presencia de ánimo y gran atención. Las
personas mayores lo practican tanto como los pequeños. Un escalón o el
enlosado de un patio pueden servir como mesa a los jugadores. Se colocan
sobre el suelo tres conchas y un granito de pez. Entonces, con frenéticos
vaivenes, las manos morenas y diestras van de una a otra concha, las
revuelven, las barajan y esconden el grano de pez en una de ellas: se trata
de averiguar debajo de qué concha se encuentra el granito. Con cierta
picardía, un jugador habilidoso puede retenerlo pegado en sus dedos o en
el interior de la concha, con lo cual el adversario pierde de seguro la
partida. Se hacen trampas con una tranquila falta de pudor. Agustín hacía
también fullerías: lo cual no le impedía denunciar con acritud las trampas
de sus contrincantes.
En fin, no hubiera pertenecido por completo a su país, si, en ciertas
ocasiones, no hubiera mentido y robado. Mentía a su profesor y a los
maestros de escuela. Robaba en la mesa de sus padres, en la cocina y en la
bodega. Pero robaba con señorío, para hacer regalos y atraerse así a sus
camaradas de juego: dominaba a sus compañeros por medio de dádivas,
rasgo esencial de su carácter en un futuro dominador de almas.
Costumbres un poco rudas, como las que acabamos de mencionar, forjan
luego naturalezas libres y atrevidas. Estos niños de Africa estaban mucho
menos atendidos y mucho menos reprendidos que hoy día. Mónica tenía
otros cuidados aparte de vigilar a sus hijos. Estos gozaban continuamente
de la vida al aire libre, que hace a los cuerpos vigorosos y recios. Hace
falta representarse a Agustín y a sus compañeros como jóvenes gatos
salvajes.
Este salvajismo se extendía también a la pelota y, en general, a todos
los juegos que se dividen en dos bandos, en los que hay vencedores y
prisioneros, en los que se lucha a palos y a pedradas. Tirar piedras es una
costumbre inveterada entre los pequeños africanos. Todavía en la
actualidad nuestra policía se ha visto obligada en las ciudades a castigar
con severidad a estos feroces chavales. En los tiempos de Agustín, en
Cherchel, la antigua Cesárea de Mauritania, la población infantil estaba
dividida en dos bandos contrarios, que se lapidaban recíprocamente. En
29

ciertas solemnidades, los padres y los abuelos se unían a los niños:
entonces corría la sangre y había numerosos muertos.
El obispo Agustín recuerda con severidad las magníficas victorias
que alcanzaba en esa especie de justas. Con todo, cuesta mucho creer que
un niño tan delicado —permaneció enfermo casi toda su vida— encontrara
agrado en esas diversiones brutales. Si le arrastraba a ello el ejemplo de los
demás, le atraían sobre todo por el lado de la imaginación. En esas batallas
en las que medían sus fuerzas romanos y cartagineses, griegos y troyanos
él se creía Escipión o Aníbal, Aquiles o Héctor. Saboreaba ya, como retórico, la embriaguez del triunfo, que le disputaban con empeño compañeros
más fuertes y mejor dotados de musculatura.
No quedaba siempre por encima de los demás, salvo cuando a veces
corrompía al enemigo. Pero un alma joven y ardiente como la suya no
podía contentarse en absoluto con una victoria a medias: tenía que sobresalir. Entonces buscaba su revancha en juegos donde el ingenio jugara el
papel más importante. Escuchaba los cuentos con deleite y los repetía, a su
vez, a sus amigos, ensayando en un auditorio infantil ese encanto de la
palabra que más tarde le haría dominar a la muchedumbre. También
jugaban al teatro, a los gladiadores, a los caballeros y cocheros. Algunos
compañeros de Agustín eran hijos de ricos ciudadanos que daban fastuosas
fiestas a sus compatriotas. Cuando se acercaban las representaciones
dramáticas, los juegos de la arena o del circo, una fiebre de imitar se
apoderaba de este pequeño mundo infantil. Todos los niños de Tagaste
imitaban a los actores y a los cazadores del anfiteatro, como los niños
españoles copian hoy día a los toreros.
En medio de estas diversiones, Agustín cayó enfermo: tenía fiebre y
experimentaba violentos dolores de estómago. Creían que iba a morir.
Parece ser que él mismo, hallándose en este trance, reclamó el bautismo.
Mónica había ya dispuesto todo lo necesario para la administración del
sacramento, cuando, de repente, contrariamente a cuanto se esperaba, el
niño mejoró. Se retrasó de nuevo el bautismo, siempre por el mismo
motivo: disminuir la gravedad de las faltas que el joven Agustín no dejaría
de cometerlas. Su madre, que sin duda alguna las había ya previsto, se
avino una vez más a esta costumbre.
Tal vez la autoridad de Patricio se impusiera, esta vez de una forma
más tajante. El catolicismo en esta época se encontraba en una coyuntura
difícil. El corto reinado de Juliano acababa de inaugurar una turbulenta
reacción pagana. En todas partes se volvían a abrir los templos y los
sacrificios recomenzaban. Por otra parte, los donatistas apoyaban en
30

secreto a los paganos. Sus sectarios más o menos entregados, los
circuncelliones, bandas de campesinos fanáticos, merodeaban por todo el
país númida, atacando a los católicos, saqueando e incendiando sus fincas
y sus granjas. ¿Era éste el momento más indicado para una solemne
profesión de fe católica, inscribiéndose así en las filas de los vencidos?
E1 pequeño Agustín era ajeno a todos estos cálculos de prudencia
maternal y de diplomacia paterna: nos dice que pidió el bautismo. Esto nos
parece extraño en un niño de tan corta edad. Pero vivía en una casa donde
toda la servidumbre era cristiana. Escuchaba los discursos de las amigas de
Mónica, y quizá también los de sus abuelos, que eran austeros y fieles
católicos. En suma, su alma era religiosa por naturaleza. Así se explica
todo; pidió el bautismo para hacer como las personas mayores y, además,
porque estaba predestinado. Los niños elegidos tienen estas repentinas iluminaciones. Dan a entender, en determinadas ocasiones, lo que llegarán a
ser un día. En todo caso, Mónica debió ver con alegría este detalle
significativo.
Se restableció de su enfermedad y volvió a su vida de infancia,
repartida entre el juego, la vagancia y la escuela.
La escuela. Triste recuerdo para Agustín. Lo enviaron al primus
magister, el primer maestro, verdadero «coco», provisto de una larga vara
que abatía despiadadamente sobre los alumnos disipados. Sentados en
bancos alrededor de él, o acurrucados sobre unas esteras, los niños
cantaban a coro: «una y una3 dos; dos y dos son cuatro», odioso estribillo
que ensordecía a todo el vecindario. La escuela era a veces un simple
hangar o una pérgola campestre provista de unas lonas extendidas que
protegían más o menos bien del sol y de la lluvia, o una covacha alquilada
a bajo precio, abierta a todas las inclemencias, con un mosquitero colgado
delante de la puerta. Allí se debía uno de helar en invierno y asarse en
verano. Agustín se acuerda de aquello como de un ergástulo de la infancia.
Detestaba la escuela y cuanto en ella se enseñaba: el alfabeto; el
cálculo y los rudimentos de la gramática latina y griega. El estudio, y sobre
todo el estudio del griego, le horrorizaban. Este alumno, que llegaría luego
a ser un maestro, sentía aversión hacia las disciplinas escolares. De espíritu
intuitivo y espontáneo, no podía sujetarse a la lentitud de los métodos. O
se detenía ante las dificultades o las penetraba de un solo golpe. Agustín
fue una de las numerosas víctimas del eterno error de los pedagogos que
no saben adaptar sus lecciones a la diversidad de las inteligencias.
31

Como la mayoría de los futuros prohombres, fue un mal alumno. Lo
castigaban con frecuencia y le pegaban, incluso con crueldad. Los azotes
del maestro le inspiraban un terror indecible. Cuando, molido a golpes,
venía a quejarse, ante sus padres, éstos se reían y se burlaban de él, incluso
la piadosa Mónica. El pobre niño, no sabiendo entonces a quién recurrir, se
acordaba de que su madre y los criados le habían hablado de un Ser muy
poderoso y muy bueno que defiende al huérfano y al oprimido. De todo
corazón le decía:
—Dios mío, haced que no me azoten en la escuela. Pero Dios no le
escuchaba porque no era dócil. Agustín se desesperaba.
Es de suponer que esos castigos infantiles fueran, en realidad, muy
dolorosos, ya que, cuarenta años más tarde, los denuncia con horror. Para
él, son suplicios sólo comparables a la tortura del caballete o a las uñas de
hierro. Nada es pequeño para los niños, sobre todo para un sensitivo como
es Agustín. Su sensibilidad y su imaginación le agigantan
desmesuradamente todas las cosas. También en eso los educadores se
equivocan con frecuencia. No saben conducir con tacto a las almas
delicadas. Golpean con rudeza, siendo así que una palabra oportuna
causaría un efecto más eficaz en el culpable.
El hijo de Mónica sufría tanto por esta sujeción como gozaba en los
triunfos del juego. Si en las batallas infantiles se creía un héroe glorioso
como Escipión, se consideraba sin duda como un mártir, un San Lorenzo o
un San Sebastián, cuando recibía los latigazos. Jamás hubiera perdonado a
los maestros de escuela el haberlo maltratado de no haber tenido una
visión cristiana.
Sin embargo —y pese a la repugnancia hacia el estudio mal
entendido—, su precoz inteligencia llamaba la atención de todo el mundo.
Era de todo punto conveniente no despreciar esos dones tan preciosos. Fue
Mónica, sin duda, quien primero se dio cuenta de esto y aconsejó a
Patricio que: hiciera estudiar a Agustín.
Los asuntos curiales no eran brillantes: tal vez entrevió que su hijo,
dotado de una profesión liberal, podría realizarlos. Agustín, retórico o
abogado de renombre, sería el salvador y bienhechor de la familia. En ese
tiempo, la retórica tenía muchas salidas. Los municipios, e incluso el
tesoro imperial, pagaban grandes sueldos a los profesores elocuentes.
Algunos de ellos, que recorrían las ciudades como conferenciantes, lograban reunir considerables fortunas. En Tagaste se citaba con admiración
el ejemplo del retórico Victorino, un compatriota, africano, que era
32

aplaudido al otro lado del mar y que tenía su estatua en el foro romano.
¿No era Frontón de Cirta, también otro africano, quien había sido
preceptor de Marco Aurelio, que lo había colmado de honores y riquezas y
al final lo hizo cónsul? Y el mismo Pertinax, un vulgar gramático, ¿no
había llegado- a ser procónsul de Africa y después emperador de Roma?
¡Cuántos estímulos para las ambiciones provincianas!...
Los padres de Agustín razonaron de la misma forma que lo hacen los
burgueses de hoy día. Teniendo en cuenta el futuro, sin detenerse ante las
molestias que esto les acarreara, acabaron por resignarse e imponerse el
sacrificio de su educación. Como las escuelas de Tagaste eran
insuficientes, decidieron enviar a Madaura a este niño que prometía buenas
esperanzas.

33

5. EL ESCOLAR DE MADAURA
Un mundo nuevo se abría ante Agustín: era quizá su primera salida de
Tagaste.
En realidad, Madaura no estaba muy lejos; entre las dos ciudades hay,
todo lo más, diez leguas. Pero, para los niños, no existen viajes cortos.
Había que seguir la carretera militar que va de Hipona a Theveste —una
gran calzada romana pavimentada con anchas losas en las cercanías de la
ciudad y cuidadosamente empedrada el resto del recorrido—. Erguido
sobre la esbelta silla de su caballo, Agustín, que iba a convertirse en un
infatigable viajero, y durante toda su vida de obispo recorrerá sin cesar los
caminos de Africa, se inició en la poesía de la ruta: poesía que nosotros
hemos perdido para siempre.
¡Qué distraídas y ricas en incidentes eran las rutas africanas de ese
tiempo! Se detenía uno delante de esas posadas de gruesas paredes como
una ciudadela amurallada, con sus patios interiores rodeados de
caballerizas con soportales, llenas de fardos y aparejos amontonados, con
el abrevadero y la cisterna en el centro, y las pequeñas habitaciones, que
daban sobre el balcón, en donde se dejaba sentir un fuerte olor de aceite y
de forraje y el ajetreo de las gentes y de las bestias de carga, la entrada
majestuosa de los camellos doblando su cuello bajo la bóveda del porche.
Se charlaba con los mercaderes que llegaban del Sur con noticias recientes
del país nómada y gustaban contar las anécdotas del viaje. Y sin prisa, se
volvían de nuevo a poner en camino para la etapa siguiente. Se cruzaba
uno con las largas filas de carros cargados de víveres para los soldados, de
las guarniciones fronterizas o que llevaban el ánona del pueblo romano
hacía las ciudades marítimas, o quizá de tarde en tarde con un obispo en
visita pastoral sobre una silla de mano o encima de un mulo, o tal vez con
la galera de cerrados cortinajes de una matrona o de un gran personaje. De
pronto la gente se apartaba, las yuntas se alineaban al borde del camino
para dejar paso a un mensajero del correo imperial, el cual, sueltas las
bridas, dejaba tras de sí una nube de polvo...
34

Este camino de Hipona a Theveste era, sin duda alguna, uno de los
más frecuentados y también uno de los más pintorescos de la provincia:
era, en realidad, una de la, principales arterias.
El aspecto de la comarca es bastante parecido al de los alrededores de
Tagaste. El paisaje montañoso y forestal extiende sus cerros y sus manteles
de verde. A ratos bordea el valle profundamente encajonado del Medjerda.
Al fondo de las pendientes cortadas a pico se oye el murmullo del río sobre
las piedras de su lecho torrencial y hay bajadas abruptas entre agrestes
enebros, las raíces de los pinos que emergen de la tierra en forma de
quitasol. Seguidamente, a medida que se desciende, el suelo se hace más
pobre y son más numerosos los espacios desprovistos de toda vegetación.
Por fin, sobre una elevación del terreno, aparece Madaura, enteramente
blanca en medio de una extensa llanura de un color gris salvaje, en donde
hoy sólo puede verse un mausoleo en ruinas, los restos de una fortaleza bizantina y vagos vestigios efímeros.
Es el primer escalón de la gran meseta que se extiende hacia Theveste
y hacia el macizo del Aures. Al salir de las regiones forestales de Tagaste
el despoblado es realmente, estremecedor. Algunas vacas macilentas
pastan la hierba silvestre que puntea al borde de un cauce reseco. Pequeños
borriquillos en libertad corren al trote hacia las tiendas de los nómadas,
negras y peludas Como enormes escondrijos instalados en las tierras
amarillentas. Junto a ellos aparece el haic rojo de una mujer, única mancha
que da una nota de colorido a la uniformidad grisácea de la llanura. Se
experimenta aquí la aspereza númida: es casi un desierto desolado.
Pero, del lado del Este, la arquitectura de unas montañas
caprichosamente esculpidas realza la planicie en el horizonte. Sobre el
fondo claro del cielo se destacan las ásperas pendientes cantadas en forma
de dientes de sierra, un cono semejante al simulacro místico de Tanit.
Hacia el Sur se ven diseminados restos aislados de la erosión de las rocas,
como gigantescos pedestales destronados de sus estatuas o como cajas de
órgano que se han levantado ahí para captar y modular en la llanura los
fuertes vientos de la estepa.
Este país posee un carácter enérgico, totalmente distinto del de
Tagaste Hay aquí más aire, más luz y más espacio. La vegetación puede
ser escasa: así se descubren mejor las hermosas formas de la tierra. Nada
puede detener o amortiguar los maravillosos efectos de luz. Y que no se
diga que los ojos de Agustín permanecieron indiferentes a todo esto, él
que, después de su conversión y en 1a plena austeridad de su penitencia,
35

escribía: «Si las cosas sensibles no tuvieran un alma, no se las querría
tanto.»
Es aquí, tanto en Madaura como en Tagaste, durante los años
inquietes de su adolescencia, en donde fue acumulando los gérmenes de
sensaciones e imágenes que más tarden brotaran, en ardientes y sentidas
metáforas, de sus Confesiones, de sus homilías y de sus paráfrasis de la
Sagrada Escritura. Después no dispondrá de más tiempo o le será ya
imposible hacerlo. Su retórica extenderá su vele de banalidad sobre el
continuo florecimiento del mundo. La ambición acabará por apartarlo de
estos espectáculos que tan sólo revisten interés para los corazones
desasidos. La fe lo absorberá más tarde por entero. Sólo a hiérvalos
percibirá entonces la creación bajo una especie de sueño metafísico y, por
decirlo así, a través de la gloría del Creador, En esos años de juventud, en
cambio, iba metiéndosele hondo con una violencia y una dulzura
extraordinarias. Sus sentidos insaciables se alimentaban en el banquete
ofrecido por el mundo entero a su hambre de placeres. La fugitiva y
agradable belleza de las cosas se mostraba ante él en toda su lozanía:
Novissimarum rerum fugaces pulchritudines, earumque suavitates.
Volveremos a encontrar en el gran doctor cristiano este deseo frenético de
sensaciones que se traducirá en su estilo en ardientes y coloreadas
imágenes. No fue ciertamente un descriptor profano, preocupado por la
composición de frases alambicadas o por el orden de brillantes cuadros:
todos estos intentos son ajenos a él. Pero instintivamente, gracias a su
fogoso temperamento africano, fue una especie de poeta impresionista y
metafísico.
Si bien se refleja el paisaje bucólico de Tagaste en algunos pasajes —
los más íntimos y delicados —de las Confesiones, toda la parte esencial de
la obra de Agustín encuentra aquí, en esta llanura árida y luminosa de
Madaura, su simbólico comentario. Al igual que ella, el pensamiento de
Agustín no tiene ninguna sombra. También como ella, se colorea de
extraños reflejos maravillosos, que parecen venir de otra parte, de un hogar
oculto a la mirada humana.
Ningún escritor moderno ha podido elogiar tanto la luz —no sólo la
luz inmortal de la beatitud—, sino la de los campos de Africa, la de la
tierra y el mar. Y nadie ha hablado de ella con tanta fluidez y encanto. Es
que en ningún país del mundo, ni siquiera en Egipto ni en los países
rosados de Karnak y Luxor, la luz es tan pura y tan admirable como en
esas llanuras desérticas de Numidia y de las regiones del Sahara. A los ojos
de un metafísico, ¿no hay un encanto en esos juegos de luz, tejidos de
36

infinitos colores que parecen inmateriales como los juegos del
pensamiento? El decorado vaporoso y flotante está hecho de casi nada: de
líneas, de matices, de un resplandor difuso. Y todas esas fugaces y
prestigiosas apariencias se apagan con el sol y vuelven a la sombra, como
los conceptos en las oscuras profundidades de la inteligencia en reposo...
Tanto como ese país de severidad rayana en la tristeza, pero ardoroso
y espléndido, la ciudad de Madaura debió también llamar la atención de
Agustín.
Era una vieja ciudad númida que se enorgullecía de su antigüedad.
Mucho tiempo atrás, antes de la conquista romana, había sido una fortaleza
del rey Syphax. Inmediatamente se instalaron allí los vencedores, y en el
siglo segundo de nuestra era Apuleyo, el más ilustre de sus hijos, podía
declarar, no sin cierto orgullo, delante de un procónsul, que Madaura era
una colonia muy floreciente. Sin duda alguna, esta vieja ciudad no estaba
tan romanizada como sus vecinas Thimgad y Lambèse, que eran de
creación reciente, ya que habían sido construidas de un golpe por decreto
administrativo. Pero podía ser tan romana como Theveste, ciudad no
menos antigua y en la que la población se encontraba también mezclada.
Lo mismo que Theveste, tenía sus templos adornados con columnas y
pórticos corintios, sus arcos de triunfo (que solían colocarse en todas
partes), su foro rodeado de una galería cubierta y poblada de estatuas.
También en ese tiempo abundaban las estatuas.
Conocemos al menos tres, de las que nos habla Agustín en una de sus
cartas: una representación del dios Marte en su heroica desnudez, y otro
Marte armado de arriba abajo; en frente, una estatua humana, de estilo
realista, avanzaba tres dedos para conjurar los malos augurios. Estas
efigies familiares habían quedado muy fijas en la memoria de Agustín. Por
la tarde, a la hora de la siesta, se había acostado bajo sus pedestales, había
jugado a los dados y a los huesos bajo la sombra refrescante del dios Marte
o de la estatua de los dedos extendidos. Se encontraba uno a gusto sobre
las losas de mármol del pórtico, ya se tratara de jugar o de dormir.
Entre esas estatuas había probablemente una que atraía las miradas
del joven adolescente y que excitaba todas sus incipientes ambiciones: la
de Apuleyo, el gran hombre de Madaura, el orador, el filósofo, el taumaturgo, del que se hablaba de uno a otro extremo de Africa. A fuerza de
admirarlo y de escuchar frases elogiosas sobre el gran escritor local,
¿habría sentido el joven alumno despertar en el su vocación? ¿Tuvo en esta
época el deseo veleidoso y confuso de llegar a ser un día otro Apuleyo, un
Apuleyo cristiano, y eclipsar así la fama de ese célebre pagano? Estas
37

impresiones y esa admiración de la juventud tienen siempre una influencia
más o menos marcada en la orientación de una inteligencia.
Lo cierto es que Agustín no podía dar un paso en Madaura sin
tropezar con la leyenda de Apuleyo. Sus compatriotas lo habían casi
divinizado. Era considerado no sólo como un gran sabio, sino también
como un mago dotado de un poder extraordinario. Los paganos lo
comparaban a Cristo, c incluso lo colocaban por encima. Según ellos,
había hecho milagros mucho más sorprendentes que los de Jesús o
Apolonio de Tyane. Y se contaban como verdaderas, como realmente sucedidas, historias extravagantes de sus Metamorfosis. Por todas partes se
querían ver brujas, hombres convertidos en animales, animales o gentes
tocadas de algún maleficio. En las posadas se espiaban con sospecha los
gestos de la sirvienta que servía de beber o presentaba un plato. No fuera a
ser que hubiera puesto un filtro mágico en el queso o en el pan que solía
colocar sobre la mesa. Era un ambiente de credulidad exaltada y delirante.
La locura de los paganos ganaba a los mismos cristianos. Agustín, que
había conocido ese ambiente, encontraba más tarde dificultad por
mantener firme su sentido común ante tal derroche de prodigios.
Por el momento, le entusiasmaba —al menos tanto como lo
sobrenatural —la fantasía de los cuentos. Vivía en Madaura en medio de
un mundo maravilloso, en donde todo encandilaba sus sentidos y su
espíritu y en donde todo contribuía a excitar su precoz instinto de la
belleza.
Mucho más que Tagaste, Madaura llevaba sin duda la impronta del
genio constructor de los romanos. Todavía en la actualidad, mis
descendientes, los italianos, son los obreros del universo, después de haber
sido los arquitectos. El pueblo de Roma fue un pueblo constructor por
antonomasia. Fue él quien levantó y ordenó las ciudades teniendo como
modelo y como ideal un discurso o un poema. Inventó en realidad la casa,
la mansio, no sólo como el cobijo en el que se vive, sino como el edificio
que perdura, que sobrevive después de años y siglos, extenso conjunto
monumental y decorativo destinado más bien al deleite de la vista que a su
provechoso uso. La casa, la «ciudad de las calles profundas, y bien
ordenadas, era para el nómada africano —el bárbaro que pasa por delante
sin prestarle ninguna atención— un motivo de asombro. Las detestaba
desde luego como los escondrijos del soldado y del publicano, sus
opresores, pero las admiraba con orgullo como imagen fiel de una raza que
al entrar en un país quiere establecerse allí para siempre y pretende aunar
la magnificencia y la belleza con la afirmación de su fuerza.
38

Las ruinas romanas que salpican el suelo de la moderna Argelia nos
humillan por su ostentación, a nosotros, que nos vanagloriamos de seguir
las directrices del Imperio y continuar su tradición. Son para nuestra
medianía un permanente reproche, una perpetua exhortación a la grandeza
y a la belleza. Nadie pondría en duda que los arquitectos de Roma
produjeran sobre Agustín, sobre ese joven africano todavía inculto, la
misma impresión que pueden causar en la actualidad sobre un francés o
sobre una persona del Norte. En realidad, modelaron inconscientemente su
pensamiento y su sensibilidad; fueron para él como una prolongación de la
lección de los gramáticos y de los retóricos latinos.
Todo eso no era precisamente muy cristiano. Pero, ya desde sus
primen, años de escuela, Agustín se despegaba cada vez más del
cristianismo, y los ejemplos que pudiera observar en Madaura no eran, ni
mucho menos, un incentivo para su fe. Era un ambiente poco propicio para
un muchacho católico provisto de una imaginación despierta, con un
temperamento voluptuoso y con un gusto bien definido por la literatura
pagana. Los paganos constituían la mayor parte de la población, sobre todo
de la aristocracia. Los decuriones continuaban presidiendo las fiestas en
honor de los antiguos ídolos.
Estas fiestas eran frecuentes. Bastaba un pretexto piadoso, por
pequeño que fuera, para engalanar con ramas las puertas de las casas y
matar al cerdo o degollar la oveja del sacrificio. Por las noches iluminaban
las plazas y las esquinas. Unas lámparas diminutas ardían bajo todos los
soportales. Durante los misterios de Baco, los mismos curiales dirigían los
festejos populares. Era un carnaval africano, brutal y lleno de colorido. La
gente se embriagaba y simulaba la locura. En broma asaltaban a los
transeúntes y los desvalijaban. Los golpes sordos de los tamborines y los
«ritomellos» histéricos y gangosos de las flautas producían un gran frenesí
sensual y místico al mismo tiempo. Todo se apaciguaba entre los vasos y
las tinajas de vino y las grasas y las carnes de los banquetes al aire libre.
Incluso en un país sobrio corno Africa, las fiestas paganas eran una
magnífica ocasión de desenfreno y de orgías. Agustín, que después de su
conversión comentara con sarcasmo este carnaval de Madaura, se dejó
arrastrar sin duda por él, al igual que otros muchos cristianos. Las personas
ricas e influyentes daban ejemplo. Se temía disgustarlas haciendo rancho
aparte. Añádase a esto el atractivo irresistible de los festines.
Es de todo probable que fuera conducido a estos ágapes por su mismo
vigilante. Después de todo, ¿a quién lo habían confiado? Sin duda a algún
huésped de Patricio, pagano como él. ¿O acaso se hospedaba en casa, de su
39

profesor de gramática, que regentaba una pensión de alumnos? Casi todos
esos maestros eran también paganos. ¿Qué tiene, por tanto, de extraño que
entre tales relaciones las enseñanzas cristianas de Mónica y de sus
nodrizas de Tagaste se hayan ido borrando paulatinamente del alma de
Agustín? Muchos años más tarde un viejo gramático de Madaura, Máximo, le escribía con un tono de afectuoso reproche: «Te has alejado de
nosotros: a secta nostra deviasti.» ¿Quería con ello insinuar que en esa
época Agustín se había inclinado hacia el paganismo? Parece improbable.
El mismo nos asegura que el nombre de Cristo estuvo siempre «grabado en
su corazón». Con todo, estando en Madaura se juntaba indiferentemente
con paganos y cristianos.
Las lecciones que recibía estaban, por otra parte, saturadas de
paganismo. Como era ya costumbre en él, comenzaría sin duda por elegir
lo que más le gustara. Las almas como la suya se lanzan impetuosamente
sobre lo que puede servirles de alimento: desprecian todo lo demás o lo
soportan de mala gana. De esta forma perseveró en una inquina hacia el
griego: fue un helenista mediocre. Aborrecía por instinto a los griegos. De
acuerdo con mi prejuicio occidental, esos hombres de Oriente eran todos
unos bribones o unos farsantes. Como puro africano, Agustín los
consideraba como maravillosos espíritus quiméricos. En resumen, no eran
gente seria, en quien pudiera uno fiarse. El patriotismo completamente
local de los autores griegos clásicos molestaba también a este ciudadano
romano que se había acostumbrado a considerar al universo como su
patria: los encontraba muy mezquinos por su interés tan apasionado hacia
las historias de las pequeñas ciudades. El veía las cosas desde una mayor
altura y desde más lejos. Es verdad que en esta segunda mitad del siglo IV,
él helenismo más extendido y consciente de sí mismo se oponía cada vez
más a la latinidad, sobre todo en el terreno político. Formaba un bloque
impenetrable y hostil con respecto a los occidentales. Razón de más para
que un africano romanizado no simpatizara con los griegos.
Le costaba bastante trabajo leer la Ilíada y la Odisea, rebelándose
contra las dificultades de una lengua extranjera que le velaba la trama de
esos maravillosos relatos de fábula. Existían, sin embargo, ediciones abreviadas para uso de las escuelas, una especie de sumarios de la guerra de
Troya, compuestos por gramáticos latinos, que firmaban con curiosos
seudónimos, como Darío el Firgio y Dicto de Creta. Pero esos resúmenes
eran demasiado áridos para una imaginación como la de Agustín. Prefería,
con mucho, la Eneida, el poema más admirado por los africanos por su
episodio dedicado a la fundación de Cartago. Su pasión era Virgilio. Lo
40

leía y releía sin cesar; se lo sabía de memoria. En sus escritos más serios
citará hasta el final de su vida versos y pasajes enteros de su poeta
preferido. La aventura de Dido le emocionaba especialmente hasta saltar
las lágrimas. Era preciso arrancarle el libro de las manos.
Esto se explica por la secreta armonía existente entre el alma de
Virgilio y la de Agustín. Los dos eran delicados y graves. Tanto el gran
poeta como el humilde alumno sintieron compasión por la reina cartaginesa; hubieran querido salvarla, dulcificar al menos su desgracia, o
doblegar un poco la insensibilidad de Eneas y el rigor del destino. Pero
¿qué?, el amor es una enfermedad sagrada, un castigo enviado por los
dioses. Después de todo, es justo que el culpable expíe su pena hasta el
final. Además, grandes cosas van a surgir de este pobre amor. De ella
depende el porvenir de dos imperios. ¿Qué significa una mujer ante Roma
y Cartago? En fin, ella debe morir: los dioses lo han querido... Había en
todo eso una emoción contenida, un sentimiento profundo, un acento
piadoso que conmovía el corazón de Agustín, todavía ignorante de sí
mismo. Esta obediencia del héroe virgiliano a la voluntad celestial dejaba
ya entrever en él la humildad de un futuro cristiano.
Ciertamente, en esos años ajetreados de la adolescencia, Agustín
vislumbraba sólo confusamente el alto significado religioso del poema de
Virgilio. Llevado de su naturaleza fogosa, se entregaba al encanto
conmovedor de esta historia novelada; la vivía, junto con la heroína, al pie
de la letra. Lanzaba verdaderos gritos cuando sus maestros le entregaban
las imprecaciones de Dido agonizante para que las pasara a prosa latina.
Indefenso contra los espejismos del corazón y de la concupiscencia,
agotaba con el pensamiento y de un solo golpe toda la fuerza de la pasión.
Devoraba iodos los poemas de amor con el fervor de un alma
cómplice. Si se deleitaba en el libertinaje de Plauto y de Terencio, si leía
con regocijo sus comedias, en donde se excusan e incluso se ensalzan las
peores bajezas, es de suponer que disfrutaba más con la lectura de las
elegías latinas, en la6 que se encuentra, sin pudor de ningún tipo, la locura
romántica del amor alejandrino. ¿No cantaban los poetas hasta la saciedad
que es imposible resistir a Cypris y que la vida no tiene más objeto que el
amor? Amar por amar, el amor por el amor, esos son los temas habituales
de unos veleidosos como Cátulo, Propercio, Tíbulo y Ovidio. Después de
la aventura de Dido el lector ingenuo quedaba prendado de la aventura de
Ariadna, más conmovedora todavía que la anterior, pues en ella ningún
remordimiento atemperaba la demencia. El leía:
41

«Mientras que el héroe huía despreocupado, golpeando la onda de
sus ramas y lanzando al viento sus vanas promesas, la hija de Minos,
de pie, entre las algas de la playa, lo sigue con sus hermosos ojos
doloridos: ella mira, petrificada, semejante a una bacante convertida
en estatua. Lo contempla y su corazón flota entre las grandes olas de
su pena. Deja caer de su cabeza su delicada mitra, arranca los ligeros
velos que cubrían su pecho y el fino cinturón que retiene sus senos
palpitantes. Todo eso se desprende de su cuerpo y cae en la espuma
salada que se encuentra a sus pies. Pero ella no se preocupa ni de su
mitra ni de sus velos arrancados por las olas. Ensimismada, alucinada,
con todo su corazón y con toda su alma, se apoya en ti, oh Teseo.»
Cuando Agustín terminó de leer estos versos fogosos de Cátulo, si
ojeaba las antologías de moda en las escudas africanas, caía entre sus
manos La velada de Venus, esa égloga que termina con un grito tan apasionado:
«¡Oh! ¿Cuándo llegará mi primavera? ¿Cuándo podré hacer como
la golondrina? ¿Cuándo terminaré de callarme...? ¡Que ame mañana el
que no he amado todavía! ¡Y que el que ha amado ya, ame todavía
mañana!»
¡Piénsese en el efecto de semejantes exhortaciones en un joven de
quince años! El hijo de Mónica sentía verdaderamente que la primavera
del amor —así llamada por la angustia del poeta— había llegado ya a él.
¡Cómo debía escuchar los armoniosos y melancólicos consejos que
dejaban traducir su pena en las hojas del libro! ¡Qué estímulo y qué
alimento para sus deseos y sus sueños de adolescente! ¡Y qué coro de
bellezas más divino componían las grandes enamoradas de la elegía y de la
epopeya antigua! Elena, Medea, Ariadna, Fedra hacían y deshacían su
encandilada memoria. Cuando nosotros, a su edad, leíamos versos
semejantes, una amargura se mezclaba a nuestro entusiasmo. Esos héroes y
heroínas estaban muy lejos de nosotros. Esos seres casi quiméricos iban
retrocediendo para nosotros hacia países inaccesibles, hacia un mundo ya
desaparecido y que no volvería nunca más.
Para Agustín, en cambio, ese mundo era en el que había nacido, era
su Africa pagana, en donde el placer lo es todo en la vida y en donde todo
tenía un sentido de voluptuosidad. La estirpe de fabulosas princesas no
había desaparecido todavía: ellas esperaban siempre a su amado en los
42

palacios de Cartago. Sí, el alumno de Madaura vivió unas horas
maravillosas, con esos sueños de amor, en las páginas de sus poetas. Esos
sueños juveniles que preceden al amor son más embriagadores que el
mismo amor: es un mundo desconocido que se descubre y en el que se va
uno adentrando con el gozoso estremecimiento de lo nuevo a cada paso.
La fuerza intacta de la ilusión parece inagotable, el espacio es más
profundo, el corazón más poderoso...
Cuando mucho más tarde Agustín, desengañado, nos hable del amor
divino, conocerá bien su precio infinito, por haber padecido todas las
miserias del otro. Nos dirá, como quien lo tiene muy experimentado: «El
deleite del corazón humano bajo la luz de la verdad y la abundancia de la
sabiduría, el deleite del corazón humano, del corazón fiel, del corazón que
busca la santificación, es algo único. No encontraréis ninguna otra apetencia que pueda comparársele. No digáis que esa voluptuosidad es menor,
pues lo que se dice pequeño no tiene más que crecer para llegar a ser igual.
No, no es eso: cualquier otra voluptuosidad es menor. Eso no puede
compararse. Es de un orden distinto, otra realidad.»

43

6. VACACIONES EN TAGASTE
El hijo de la cristiana Mónica se hizo, durante su estancia en la
ciudad de Apuleyo, un auténtico pagano.
Volvió sin duda a casa de sus padres en la época de las vacaciones.
Pero sus vacaciones se prolongaron tal vez durante un año entero. Había
acabado el estudio de las humanidades. Los gramáticos de Madaura no
podían ya enseñarle nada nuevo. Para coronar sus estudios le hacía falta
seguir los cursos de algún retórico de renombre. Ahora bien, los buenos
retóricos sólo se encontraban en Cartago. Era una moda, y también un tilde
de gloria para las familias númidas, enviar a sus hijos a la capital de la
provincia con objeto de completar su educación. Patricio tenía vivos
deseos de realizar este proyecto, una vez que su hijo se había revelado en
Madaura como un brillante alumno; no se podía abandonar una carrera tan
maravillosa. Mas la vida de estudiante era costosa y Patricio no disponía
de dinero. Sus negocios estaban siempre bastante embrollados. Tenía que
esperar el pago de sus arriendos, presionar a sus colonos o, en última
instancia, solicitar dinero por adelantado a algún rico patrón. Todo ello
requería tiempo y diplomacia.
Transcurrían los días y los meses y Agustín, ocioso, arrastrada por las
compañías fáciles, se dejaba llevar por los placeres de su edad, como los
jóvenes burgueses de Tagaste: placeres un poco rudos y poco variados,
como era de esperar encontrar en un pequeño municipio de ese tiempo; así
han permanecido para los indígenas de hoy día que viven de la ciudad o
del campo: cazar, montar a caballo, los juegos de azar, beber, comer,
«flirtear»; no pedían más.
Cuando Agustín se acusa en sus Confesiones de estos excesos de
adolescente, emplea las expresiones más deshonrosas. Habla de ello con
horror y asco. Una vez más, nos parece que exagera por exceso de
contrición cristiana. Algunas personas, puestas en guardia contra este tono
vehemente, llegan incluso a impugnar el valor histórico de las
Confesiones. Nos hacen notar que cuando el obispo de Hipona las escribió
44

sus sentimientos y sus ideas habían cambiado. No juzgaba ya con la misma
mirada ni con: el mismo espíritu los sucesos de su juventud': se examinaba
entonces como cristiano y no como frío histórico que no ve más allá del
hecho brutal. El trataba de discernir los comienzos y seguir las
consecuencias de la más humilde de sus acciones, porque eso es de gran
importancia para la salvación. Pero su juicio, por muy severo que sea, no
empaña la realidad del hecho mismo. Por otra parte, en una naturaleza
como la suya, acciones que para otros serían indiferentes tenían para él
unas repercusiones desproporcionadas con la acción propiamente dicha. La
malicia del pecado depende de la advertencia que se tiene y de la
complacencia que se pone. Agustín era muy inteligente y muy voluptuoso.
Sea de ello lo que fuere, el caso es que los jóvenes africanos tienen el
temperamento precoz y es ya proverbial la lujuria de la raza. Debía ser
todavía peor en una época en que el islamismo no había impuesto aún a las
costumbres su hipócrita austeridad y en la que el cristianismo luchaba
todavía contra el relajamiento pagano. Es incluso extraño que en Agustín
no se haya producido antes de los dieciséis años esta crisis de la pubertad.
Por eso, parece ser que fue más violenta. ¡Con qué palabras las describe!
«Como un bosque lleno de sombra, yo hacía crecer toda una vegetación de
amores.» Pero nos advierte que no amaba todavía. Sólo había en él una
sensualidad enteramente pura. «Vapores turbulentos exhalaban del lodazal
de la concupiscencia carnal... Mi corazón estaba cegado y en tinieblas...
No guardaba la medida, traspasaba el umbral luminoso de la amistad... No
solía distinguir entre la luz serena de la afección pura y los humos de los
malos deseos.» No precisemos más de lo que él mismo no ha querido
hacer. Cuando se piensa en los vicios africanos no se atreve uno a imponer
semejantes confesiones. «Señor, decía, yo era podredumbre a tus ojos.» Y
analiza con una precisión despiadada las secuelas del mal: «Me dejaba
arrastrar a donde fuera, me revolcaba en las cosas, pasaba como agua
vana.» En lugar de concentrarse y recogerse en el único Amor, se disipaba
y se esfumaba en multitud de bajos afectos. Y durante ese tiempo: «tú
permanecías callado, Dios mío». Ese silencio de Dios es el signo terrible
del endurecimiento y de la perdición sin esperanzas. Era la depravación
completa de la voluntad: no existía ya ni siquiera el remordimiento.
Lo vemos ya despegado de su alma infantil y como separado de sí
mismo. El objeto de su fe juvenil no tiene ya sentido para él. Le es,
además, indiferente. Contada así por él mismo, esta primera crisis de la
vida de Agustín escapa a su autobiografía: toma una significación general.
De una vez para siempre, en una forma definitiva y en cierto sentido
45

clásica, con su sutil experiencia de médico de almas, ha denunciado la
crisis de la pubertad en todos los jóvenes de su edad y en todos los jóvenes
cristianos que vendrán después de él. En efecto, la historia de Agustín se
repite para cada uno de nosotros. La pérdida de la fe coincide siempre con
el despertar de los sentidos. En ese momento crítico, en el que la
naturaleza nos redama a su servicio, se oscurece o se borra en la mayoría
de la gente la percepción de las cosas espirituales. El habituarse a las
brutalidades del instinto acaba por matar la delicadeza del sentimiento
interior. No es la razón, sino 1a carne, la que aparta al adolescente de Dios.
La incredulidad no hace más que suministrar excusas a la nueva vida que
lleva.
Impulsado de esta forma, Agustín no podía detenerse en la mitad del
placen no se daba nunca a medias. En esos vulgares deleites de muchacho
perverso necesitaba sobresalir, quería ser también en eso el primero, como
en los bancos de la escuela. Impulsaba y arrastraba a sus compañeros.
Estos, a su vez, lo empujaban, a él. Entre ellos se encontraba Alipio, que
fue su amigo durante toda su vida, que compartió sus faltas y sus errores,
que lo siguió incluso en su conversión y que llegó a ser obispo de Tagaste.
Estos dos futuros pastores de Cristo erraban entonces como ovejas
perdidas. Se pasaban la noche en las plazas, entregados al juego o soñando
delante de una bebida refrescante. Iban de un lado para otro, sin rumbo
fijo; se tumbaban sobre unas esteras, con una corona de ramaje alrededor
de la cabeza, un collar de jazmín en el cuello y una rosa o un clavel sobre
la oreja. No sabían qué travesura inventar para matar el tiempo. Sucedió
que una buena noche la banda alegre determinó saquear el peral de un
vecino de Patricio. Este peral estaba situado cerca de la viña del padre de
Agustín. Los pícaros sacudieron el árbol. Dieron unos cuantos mordiscas a
la fruta para saber qué gusto tenía; lo encontraron mediocre y arrojaron a
los puercos rodo el botín.
Agustín ve en este robo, cometido únicamente por pura diversión, un
rasgo de satánica malicia. Llevó a cabo sin duda muchas otras fechorías,
en las que todo el deleite consistía en un gozo diabólico de infringir la ley.
Su ansia de disipación no conocía descanso. ¿Se dio cuenta Mónica del
cambio de su hijo? El muchacho, que ya se había hecho mayor, escapaba a
la vigilancia materna. Aunque la madre adivinara algo, no llegó a
descubrirlo, todo. Fue menester que su marido le abriera los ojos.
Con esa libertad que caracteriza las costumbres antiguas, Agustín
relata un hecho con toda naturalidad... Esto ocurrió en las termas de
Tagaste. Se estaba bañando en compañía de su padre, probablemente en la
46

piscina de agua fría. Los bañistas que salían del estanque, chorreando,
dejaban las huellas frescas de sus pies desnudos sobre las losas. De repente
Patricio, que estaba contemplándolos, constató que su hijo había llegado a
la pubertad, que se había revestido —nos dice Agustín en su lenguaje lleno
de imágenes— de la inquietud de la adolescencia, como se revestía con la
toga pretexta. Como; buen pagano, acogió con júbilo esta promesa de
posteridad y, viéndose ya abuelo, corrió todo gozoso a comunicar a
Mónica su descubrimiento.
Esta acogió la noticia de muy distinta forma. Asustada por la idea de
los peligros que corría la virtud de su hijo, lo reprendió severamente. Pero
Agustín, con sus dieciséis años cumplidos, se burló de ella «¡Aprensiones
de buena mujer! ¡Cómo se ponía a hablar así de lo que no conocía...!»
Cansada de la lucha. Mónica conjuró a su hijo para que al menos,
moderara sus excesos: «Que evitara las meretrices y, sobre todo, que
tuviera cuidado de no mancharse con un adulterio». Por lo demás, ella se
abandonó a la voluntad de Dios.
Puede, tal vez, parecer extraño —Agustín también se extraña— que
ella no haya pensado entonces en casarlo. En Africa los matrimonios son
tempranos. Todavía en la actualidad, el labrador árabe le compra una mujer
a su hijo, apenas ha cumplido los quince años, para apagar con el
matrimonio el fuego de una juventud demasiado ardorosa. Pero Mónica,
que no era todavía una santa, se comportó en estas circunstancias como
una burguesa discreta y práctica: una mujer sería un obstáculo para un
hombre joven como Agustín, cuyo destino se presentaba tan brillante. Un
casamiento prematuro comprometía su porvenir. Ante todo, lo que
importaba era que llegara a ser un ilustre retórico y que realzara así el
prestigio de la familia. Ante esta consideración, todo lo demás pasaba para
ella a un segundo plano. Tenía, al menos, la esperanza de que el fogoso
estudiante tendría a bien ser prudente por añadidura.
Patricio compartía su punto de vista. «Y así —dice Agustín—, mi
padre no se preocupaba, oh Dios mío, ponqué yo creciera en tu amor, por
que fuera casto, con tal de que yo llegara a ser elocuente... Mi madre y él
llegaban incluso a dar rienda suelta a mis diversiones...» Sin embargo,
Patricio acaba de inscribirse, aunque un poco tarde, entre los catecúmenos.
A fuerza de insistir, su mujer logró ganarlo para la fe católica. Con todo y
eso, sus sentimientos no se habían hecho más cristianos: «Apenas pensaba
en ti, Dios mío», confiesa su hijo, el cual, no obstante, se alegraba de su
conversión.
47

Si decidió convertirse, ello fue debido probablemente a razones
políticas. A raíz de la muerte de Juliano el Apóstata, el paganismo parecía
decididamente vencido. El emperador Valentiniano acababa de dictar
severísimas penas contra los sacrificios nocturnos. En Africa el conde
Romanus perseguía a los donatistas. Todo lo que había de cristiano en
Tagaste era católico. ¿Para qué obstinarse, por tanto, en una resistencia
inútil y peligrosa...? Tal vez el fin de Patricio —ya cercano— fue lo
suficientemente edificante que deseaba Mónica. En todo caso, no era él
quien en ese momento habría moderado los placeres de Agustín, sólo
pensaba entonces en la futura fortuna del joven. Mónica era la única que
podía tener sobre él alguna influencia, y, con todo, también ella estaba
fascinada con su porvenir profano. Para afianzar su confianza, ¿pensaría
tal que los frívolos estudios de su hijo servirían indirectamente para
llevarlo a Dios y que llegaría un día en que el célebre retórico se
convertiría en abogado de Cristo?
Por muy escandalizada que estuviera a causa de su conducta, parece
ser, sin embargo, que comenzó entonces a acercarse a él, y a ocuparse de
este hijo como de su preferido. Será mucho más adelante cuando se reafirmara la unión completa de la madre con el hijo. Había muchas
costumbres antiguas que impedían todavía que existiera en la familia una
estrecha intimidad entre hombres y mujeres. Y no sería exacto imaginarnos
esta intimidad como la que puede darse hoy entre una madre y un hijo.
Nada de mimos, ni de consentimiento de debilidades culpables que
ablandan la ternura maternal y que perjudican la energía de un carácter
varonil. Mónica era austera y un tanto ruda. Si cedía, era únicamente
delante de Dios. Sin embargo, es cierto que en el fondo de su corazón
amaba a Agustín, no solamente como un futuro miembro de Cristo, sino
más a lo humano, como una mujer privada de amor en un matrimonio mal
avenido puede querer a su hijo. Resentida por la brutalidad de las
costumbres paganas, volcaba sobre esta joven cabeza todo su cariño
acumulado: quería a Agustín como hubiera querido amar a su marido.
Muchas consideraciones personales se mezclaban, sin duda, al
sentimiento profundo y desinteresado que tenía por él: de una manera casi
instintiva, buscaba en la persona de su hijo un apoyo contra las violencias
del padre. Adivinaba que sería el sostén de su vejez y, en fin, barruntaba
confusamente lo que un día llegaría a ser. Todo ello contribuía a preparar la
alianza, el acuerdo cada vez más ferviente entre Agustín y Mónica. Y así,
tanto uno como otro, se nos presentan ya en esta época tal y como se
mostraran a la posteridad: como el prototipo del hijo y de la madre
48

cristiana. Gracias a ellos, la ley antigua ha suavizado un poco su rigor. Ya
no hay barreras entre la madre y su hijo. No son ya inútiles los ritos
exteriores que acercan a los miembros de una misma familia: comulgan en
espíritu y en verdad. El corazón habla al corazón. Nace la sociedad de las
almas, y los lazos del hogar se estrechan como no lo habían estado nunca
en los tiempos antiguos. No se une uno solamente para trabajar en cosas
materiales, se asocia uno para amar, y para amarse cada vez más. El hijo
pertenece primero a su madre.
En la época en que nos encontramos, Mónica emprendía ya la
conquista del alma de Agustín. Rezaba fervorosamente por él. El
muchacho no se preocupaba de ello en absoluto: el agradecimiento no
vendrá sino después de su conversión. Entonces no pensaba más que en
divertirse. Se olvidaba incluso de su porvenir. Pero Mónica y Patricio
pensaban en él constantemente, sobre todo Patricio, a quien le costó
mucho trabajo conseguir que el ocioso estudiante finalizara sus estudios.
Reunió, por fin, el dinero necesario; tal vez pidiera un préstamo, para
completar lo que faltaba, a un rico propietario que era el jefe de la
burguesía media de Tagaste —ese famoso Romaniano, a quien Agustín,
agradecido; dedicó uno de sus primeros tratados—. El joven pudo así
ponerse en camino hacia Cartago.
Partió solo, ávido de ciencia, de gloria y de voluptuosidad, con el
corazón turbado por deseos sin objeto y una inmotivada melancolía. ¿Qué
iba a ser de él en la gran ciudad desconocida?

49

II. EL EMBRUJO DE CARTAGO
Amare et amari.
Amar y ser amado.
(Conf., III, 1.)

1. CARTHAGO VENERIS
«Llegué a Cartago y por todas partes crepitaba en torno mío, como
aceite hirviendo, la efervescencia de vergonzosos amores.»
Este grito de arrepentimiento que veinticinco años más tarde lanzara
Agustín, una vez ya convertido, no logrará sofocar del todo la admiración
que sentía por la antigua capital de su país. Se lee entre líneas esta
admiración patriótica. Cartago causó en él una profunda impresión. Le dio
su corazón y le fue fiel hasta el final. Sus enemigos los donatistas lo
llamaban «el polemista cartaginés». Obispo de Hipona, tomara a menudo
la ruta de Cartago para predicar, discutir y conferenciar con sus colegas o
para so-lidiar un favor de algún personaje oficial. Cuando no se encuentra
en ella, habla continuamente de Cartago en sus homilías y en sus tratados.
Le saca comparaciones: «Vosotros, que habéis ido a Cartago...», dice con
frecuencia a sus auditores. Para el niño de la pequeña Tagaste ir a Cartago
era un poco como ir a París para nuestros provincianos. Carthaginem veni.
Esas sencillas palabras encierran un poco de ingenuo énfasis, que traiciona
la sorpresa del estudiante númida recién llegado a la gran ciudad.
Era, en efecto, una de las cinco grandes capitales del Imperio: es
decir. Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Cartago. Cartago era
la capital marítima de rodo el Mediterráneo occidental. Con sus anchas
calles enteramente nuevas, sus chalés, sus templos, sus palacios, sus
puertos, la población abigarrada y cosmopolita, la ciudad llamó la atención
50

del escolar de Madaura y le cautivó totalmente. Acabó por desambientarlo
y malearlo. Al principio, Agustín debió sentirse como perdido.
Estaba allí, entregado a sí mismo, sin nadie que le aconsejara y lo
dirigiera. Nos habla mucho de su compatriota Romaniano como de un gran
amigo generoso que tal vez lo acogiera en su casa, cuando, siendo pobre,
fue a finalizar sus estudios a una ciudad extranjera, y que es posible que lo
ayudara no sólo con su dinero, sino también con su amistad.
Desgraciadamente, la alusión que hace de él no es demasiado clara. Parece
indicar, sin embargo, que al llegar a Cartago Agustín se habría hospedado
en casa de Romaniano. No es nada improbable que éste tuviera allí una
casa en donde pasara los meses del invierno: el resto del año lo pasaba en
su villa de Tagaste. Este opulento mecenas no debió tan sólo contentarse
con socorrer a Agustín, cuando abandonó su ciudad natal, sino que debió
incluso albergarlo en su casa de Cartago. Tal era el precio de esas enormes
fortunas de la antigüedad: obligaban a continuas larguezas. Con la
repartición de la riqueza nos hemos hecho más egoístas.
Sea de ello lo que fuere, el caso es que Romaniano, ocupado en sus
placeres y en sus asuntos, no podía ser un guía muy serio para el hijo de
Mónica. Agustín llevaba prácticamente una vida independiente. Llegaba a
Cartago con un deseo enorme de acrecentar su ciencia y adquirir fama,
pero todavía más ansioso de amor y de emociones sentimentales. Vivía
aquí, como en Tagaste, al acecho del amor. El preludio amoroso se
prolongaba deliciosamente para él. Estaba entonces obsesionado de tal
forma, que es lo primero que piensa cuando nos cuenta sus años pasados
en Cartago. «Amar y ser amado» le parecía, al igual que a esos queridos
poetas alejandrinos, la única razón de la existencia. No amaba siempre,
pero estaba «enamorado del amor» Nondum amabam, et amare amabam...
amare amans.
En realidad, ningún poeta pagano había encontrado hasta entonces
semejantes acentos para hablar del amor. Esas frases sutiles no son
solamente la obra de un maravilloso artífice de palabras: ellas dejan
entrever, a través de sus matices casi imperceptibles, un alma
completamente nueva, el alma voluptuosa del viejo mundo que se
despierta a la vida espiritual. Los modernos lo han repetido hasta la
saciedad, pero al traducirlas demasiado literalmente —«me gustaba
amar»— han falseado quizá el sentido. Han querido ver en Agustín un
romántico a lo Musset, un dilectante del amor.
Agustín no es tan moderno, aunque a menudo esté muy cerca de ser
uno de los nuestros. Cuando escribe estas frases es obispo y penitente. Lo
51

que le sorprende, en su vida inquieta y febril de hombre joven y adolescente, es ese gran impulso de todo su ser que lo arrastraba hacia el amor.
Está claro que el hombre; está hecho para amar, por cuanto ama sin causa
ni objeto, siendo ya la simple idea del amor un principio de amor. Se
equivoca únicamente al querer dar a las criaturas un corazón que tan sólo
Dios puede llenar y satisfacer. Agustín reconoce en este amor del amor el
signo del alma predestinada, cuya ternura no reposará más que en Dios.
Por eso repite, con una especie de embriaguez, esa palabra «amar». Sabe
que los que quieren como él, no pueden querer por mucho tiempo el amor
humano. No, no se sonroja al confesar: he amado; ha amado con toda su
alma, ha amado hasta la espera de amor. Feliz presagio para un cristiano.
Un corazón tan ferviente está reservado a unas bodas eternas.
Dotado de una pasión tan ardiente y de una sensibilidad tan despierta,
Agustín era una presa para Cartago. La ciudad voluptuosa lo sobrecogió
por entero, por su encamo y su belleza, por todas las seducciones del
espíritu y de los sentidos, por sus promesas de deleite fácil.
Primero, aburguesó a este joven provinciano acostumbrado a la vida
rústica y más austera de su municipio; después, el rigor de su clima templó
al númida encogido y refrescó sus ojos quemados por el sol con la
abundancia de sus aguas y la suavidad de sus horizontes. Era una ciudad
de pereza y, sobre todo, de voluptuosidad, tanto para los que estaban
absorbidos por las preocupaciones de trabajo como para los ociosos. La
llamaban Carthago Veneris, Cartago de Venus.
En efecto, la vieja Tanit fenicia reinaba siempre allí. Después que los
romanos reconstruyeron su templo, se había transformado en Virgo
Coelstis. Esta virgen celestial era la gran señora impura, la que
cuatrocientos años después del nacimiento de Cristo encontraba todavía
adoradores en la tierra africana: virgen extraña, dirá más tarde Agustín, y a
quien no se puede venerar sino por la mancha de su virginidad. Su
influencia perniciosa parecía extenderse por toda la región. Ninguna otra
comarca era más femenina que esta península cartaginesa, completamente
envuelta por la caricia de tos aguas; acostada entre sus lagos, al borde del
mar, Cartago languidecía en la húmeda tibieza de sus vapores y en la
sofocante atmósfera de sus baños.
Destructora de energías, era un embrujo para los ojos. De lo alto de la
escalera monumental que llevaba hasta el templo de Esculapio, en la
cumbre de la Acrópolis, Agustín podía ver a sus pies la ciudad enorme y
regular, su cintura alargándose hasta el infinito, formada por jardines,
aguas azules, llanuras rubias y montañas. Si se detenía en los escalones a
52

la hora en que se pone el sol, los dos puertos, redondeados como copas,
resplandecían, encuadrados por los muelles, como si fueran lentejuelas de
rubí. A su izquierda» el lago de Túnez, inmóvil, sin una arruga, tan rico en
espectaculares luminosidades como una laguna veneciana, adquiría
tornasolados matices, delicados y magníficos. Enfrente, del otro lado del
golfo, en el que se hinchaban las velas de los navíos, a través del espacio
ventilado y vibrante, las montañas de Rhades levantaban contra el cielo sus
etéreas arquitecturas.
Para un hombre joven que sueña con la gloria qué mejor perspectiva
sobre el mundo. Y qué lugar más embriagador que esta colina de Byrsa, en
la que se amontonan y se superponen, formando copas profundas, tantos
recuerdos heroicos. Las grandes llanuras polvorientas que se hunden allá
hacia las arenas del desierto, las montañas, las islas, los promontorios, todo
se humilla ante la colina cantada por Virgilio y parece rendirle homenaje.
Se ha impuesto a las innumerables hordas del continente bárbaro. Es la
dueña del mar. La misma Roma, desde lo alto de su Palatino, se levanta
menos imperial.
Más que ninguno de los otros jóvenes sentados con él en los bancos
de la clase de retórica, Agustín escuchaba la muda exhortación surgida de
las antiguas ruinas y de los nuevos palacios de Cartago. Pero la ciudad,
pérfida y felina, conocía el secreto para encadenar las voluntades. Le
tentaba ofreciéndole todos sus placeres.
Bajo este sol, que reviste incluso de belleza el encalado de una
covacha, las más groseras dichas tienen un poder de atracción
incomprensible para los hombres del Norte. Se ve uno rodeado por los
apetitos de la carne. Este bullir prolífico, todos estos cuerpos amontonados
y humedecidos por el sudor, desprenden como un soplo de lujuria en el que
la voluntad se funde. Agustín aspiraba con delicia el aire abrasador y pesado, cargado de emanaciones humanas, que llenaba las encrucijadas y las
calles de Cartago. Cedía a la impúdica solicitación de todas esas manos
tendidas que le cerraban el paso.
Pero, para un alma como la suya, Cartago tenía reservadas
seducciones más sutiles. Lo había encandilado con sus teatros, los versos
de sus poetas y las melodías de sus músicos: lloraba con las comedias de
Terencio y Menandro; se enternecía ante las desgracias de los amantes
separados; se interesaba por sus querellas., se alegraba y se desesperaba
con ellos. Esperaba todavía la epifanía del amor, ese amor que el arte de
los comediantes le hacía ver tan conmovedor y hermoso.
53

Tal era entonces Agustín entregado a la locura de sus dieciocho años:
un corazón mimado por la literatura novelera, un espíritu impaciente por
correr todas las aventuras intelectuales en la ciudad más corruptora y
embrujadora de los siglos paganos, en medio de uno de los paisajes más
esplendidos del mundo.

54

2. LA ROMA AFRICANA
Pero Cartago no ofrecía solamente placeres a Agustín. Para una
inteligencia tan viva y tan pujante como la suya constituía, además, un
extraordinario tema de meditación.
Le inició a la grandeza romana mejor que Madaura y las otras
ciudades númidas. Como en otros sitios, también allí los romanos se
habían preocupado por deslumbrar a los pueblos vencidos con la
exhibición de su magnificencia y de su fuerza. En primer lugar, vivían a lo
grande. Las ciudades que habían construido presentaban el carácter
decorativo y monumental de la época helenística, exagerado aún más por
ellos. Carácter enfático y sobrecargado, que producía una primera
impresión de asombro: para ellos esto era lo esencial. En suma: su ideal no
se diferencia sensiblemente del que persiguen nuestras modernas
municipalidades. Alinear las calles, que se cortan en ángulo recto; crear
con regularidad las ciudades, como tableros de ajedrez; multiplicar las
perspectivas y los grandes macizos arquitectónicos; todas las ciudades romanas de esta época reflejan una preocupación semejante, con un plan casi
idéntico.
Concebida de acuerdo con este modelo, la nueva Cartago bacía
pronto olvidar la antigua. Todo el mundo convenía en que sólo Roma era
superior a ella. Los escritores africanos le prodigan las más elogiosas
alabanzas: para ellos es «la espléndida, la augusta, la sublime Cartago». Es
muy probable que en tales alabanzas entrase una parte de papanatismo o de
exageración patriótica. Pero también es cierto que la capital de la provincia
romana de Africa no desmerecía de la vieja metrópoli de los Hanon y de
los Barca. Contaba con una población casi tan importante como la de
Roma y su extensión apenas si era menor. Conviene recordar además que,
por no haber estado amurallada hasta la invasión de los vándalos, la ciudad
se extendía hacia la campiña circundante. Con sus jardines, sus villas y sus
necrópolis cubría casi toda la península, hoy despoblada.
55

Poseía asimismo su Capitolio y su Palatino sobre la colina de Byrsa,
en donde sin duda se levantaba un templo dedicado a la tríada capitalina de
Júpiter, Juno y Minerva, no lejos del gran templo de Esculapio, moderna
metamorfosis del antiguo Eschmoûn púnico. Cercano a estos santuarios, el
palacio del procónsul dominaba Cartago desde lo alto de las rampas de la
Acrópolis. El foro estaba al pie de la colina, probablemente en las
cercanías de los puertos; un foro construido y ordenado a la romana, con
sus tiendas de cambistas y banqueros dispuestas bajo las galerías del contorno, con la tradicional efigie de Marsyas y gran número de estatuas
dedicadas a personalidades locales: es de suponer que Apuleyo tuviera la
suya.
Más lejos, la plaza Marítima, a la que afluían los extranjeros que
acababan de desembarcar y los paseantes que recoman la ciudad en busca
de noticias y en la que los libreros exponían los libros y panfletos de
actualidad. Allí podía verse una de las curiosidades de Cartago: un
mosaico que representa unos monstruos fabulosos, hombres sin cabeza y
hombres con una sola pierna o un pie, un inmenso pie que, cual una sombrilla, los resguardaba del sol cuando se tumbaban en el suelo. Se les
llamaba por eso sciopodes. Agustín, que, al igual que todo el mundo, se
había detenido delante de estas figuras grotescas, se las recuerda en
ocasiones a sus lectores. En la parte baja de la ciudad, bordeando el mar y
sobre las dos colinas cercanas a la Acrópolis, se sucedían gran cantidad de
edificios; los autores antiguos nos han conservado sus nombres y nos los
han descrito con brevedad. Gracias al celo de los arqueólogos no se ha
hecho imposible hoy día saber cuál era su emplazamiento real.
Los santuarios paganos eran muy numerosos: el de la diosa Celestis,
la gran par ron a de Cartago ocupaba una extensión de dos mil pies.
Abarcaba, además del hieron propiamente dicho —en el que se levantaba
la estatua de la diosa—, jardines, bosques sagrados y patios rodeados de
pórticos. El antiguo Moloch fenicio tenía también su templo bajo el
nombre de Saturno. Le llamaban el «viejo», nos dice Agustín, y su culto
había caído en desuso. Cartago, en cambio, como Alejandría, poseía otro
santuario muy de moda, un Serapeum, en el que los ritos egipcios —tan
elogiados por Apuleyo— desplegaban toda su pompa.
Junto a los lugares sagrados, los lugares de diversión: el teatro, el
odeón, el circo, el estadio, el anfiteatro»; este último, de dimensiones
semejantes a las del Coliseo romano, con sus arcos superpuestos y sus
esculturas realistas que representaban figuras de animales y de artesanos.
Seguidamente, los edificios de utilidad pública: las colosales cisternas del
56

Este y de la Malga y el gran acueducto, que, después de un recorrido de
noventa kilómetros, vertía el agua de Zaghouan en los depósitos de
Cartago. Por fin las termas, de las que conocemos algunas, como la de
Antonino y Maximiano, y las de Gargilio, en donde se reunió uno de los
concilios más importantes de la historia eclesiástica africana. En la época
de Agustín las basílicas cristianas eran igualmente muy numerosas. Los
autores hablan de diecisiete: es probable que existieran aún más. La de
Damous-el-Karita —la única de la que se han encontrado restos
importantes— era muy grande y estaba ricamente decorada.
Otros edificios han escapado totalmente a la historia. Es de suponer,
sin embargo, que Cartago, al igual que Roma, poseyera un Septizonium
edificio decorativo, con varias columnatas, que rodeaban un depósito de
agua: se ha llegado a decir que el de Roma era una copia del de Cartago.
Calles derechas, pavimentadas con grandes losas, se entrecruzaban en
torno a estos monumentos, formando una red de grandes avenidas, amplias
y aireadas. Algunas eran famosas en el mundo antiguo por su belleza o por
su animado comercio: la calle Orfebres, la calle de Saturno, la calle de la
Salud, la calle Celeste o calle de Junon. El mercado de higos y el de
legumbres, así como los graneros públicos, se contaban también entre los
principales centros de la vida cartaginesa.
El aspecto de Cartago, con sus monumentos, sus plazas, sus avenidas,
sus jardines públicos, era, sin duda alguna, el de una gran capital y
respondía perfectamente a la idea de fuerza y magnificencia, un tanto
brutales, que los romanos imponían por todas partes.
Al propio tiempo que deslumbraba al joven provinciano de Tagaste,
la Roma africana le hacía descubrir la virtud del orden, el orden social y
político. Metrópoli del Africa occidental, Cartago mantenía a un ejército de
funcionarios que se repartían las tareas administrativas hasta en los más
pequeños detalles. Primero, los representantes del poder central, los magistrados imperiales; y entre ellos el procónsul, una especie de
viceemperador, que reunía en tomo suyo una verdadera corte, una casa
civil y militar, un consejo privado, y un officium que comprendía una multitud de dignatarios y agentes subalternos. Después, el vicario de Africa,
que tenía bajo sus órdenes a los gobernadores de las otras provincias
africanas y cuyo officium era quizá más numeroso que el del procónsul.
A continuación venían los magistrados municipales, que eran
asesorados por el consejo de los decuriones —el senado de Cartago—.
Estos senadores cartagineses aparentaban ser personajes importantes, que
estaban en punta con sus colegas de Roma hasta tal punto que los
57

emperadores se esforzaban por ganárselos a su causa. Bajo su superior
vigilancia, se agrupaban todos los servicios municipales: la limpieza
urbana, los inmuebles-, la percepción de impuestos municipales, la policía,
que contaba incluso con guardias del foro. Después, los servicios del
ejército y de la marina. Por ser puerto de enlace de una flota que
transportaba a Ostia los trigos africanos, Cartago podía, si quisiera, hacer
padecer de hambre a Roma. Los granos y el aceite de todo el país se
amontonaban en sus docks —los almacenes del anona—, que dirigía un
prefecto especial, bajo cuyas órdenes existía toda una jerarquía de escribas
y vigilantes. Agustín debió ciertamente escuchar en Cartago muchas
recriminaciones contra este abuso de burocracia. Una ciudad tan bien
administrada no dejaba de ser una excelente escuela para un joven que iba
a desempeñar más tarde las funciones de obispo, juez y administrador. Las
ventajas del orden, lo que llamaban la «paz romana», le chocaba sin duda
alguna, tanto más cuanto que venía de una región turbulenta, agitada a
menudo por las disputas de las sectas religiosas y por bandidaje de los
nómadas, país limítrofe con las regiones del Sahara, en donde la acción del
poder central se ejercitaba con mayor dificultad que en Cartago y en las
otras ciudades marítimas. Para apreciar las excelencias de una administración no hay nada como vivir en un país en donde todo está confiado a
la fuerza o al placer. Los bárbaros que se aproximaban a la civilización
romana estaban sobrecogidos de admiración por el orden tan maravilloso
que había sabido imponer. Pero lo que sobre todo les llenaba de extrañeza
era la ubicuidad del Imperio.
Un hombre cualquiera, sea cual fuere su raza o su patria, no podía
sino sentirse orgulloso de ostentar la ciudadanía romana. En todas las
comarcas del mundo sometidas a la dominación de Roma se encontraba
como en su propia casa. Nuestra Europa dividida, en naciones no suele
comprender este sentimiento de orgullo, tan diferente de nuestros cerrados
patriotismos. Para experimentar esta sensación es preciso desplazarse a las
colonias: allí el último de nosotros puede creerse un soberano por el solo
hecho de ser ciudadano de la metrópoli.
Este sentimiento era muy fuerte en el mundo antiguo: Cartago, en
donde el prestigio del Imperio aparecía en todo su esplendor, lo desarrolló,
sin duda alguna, en Agustín. No tenía más que mirar en tomo suyo para
apreciar la importancia del privilegio otorgado por Roma a sus ciudadanos.
Hombres provenientes de todos los países, sin excepción de razas, se veían
asociados al Imperio, colaborando así en la grandeza de la República
romana. Si el procónsul, que habitaba entonces en el palacio de Byrsa, el
58

célebre Simaco, pertenecía a una antigua familia italiana, el emperador
Valentiniana —a quien representaba— era hijo de un soldado de Pannonia.
El conde Teodosio, el general que sofocó en Mauritania la insurrección de
Famus, era español, y el ejército que habla mandado en Africa estaba
compuesto, en su mayoría, por galos. Más tarde, bajo Arcadio, otro galo,
Rufino, será el dueño de todo el Oriente.
Un espíritu equilibrado como el de Agustín no podía quedar
indiferente ante este espectáculo del mundo, que Roma había abierto a la
ambición de todos los hombres de talento. Poseía un alma de poeta pronta
para el entusiasmo: las águilas levantadas sobre la Acrópolis de Cartago le
causaron una impresión inolvidable. Se acostumbró a tener una visión
universal, a liberarse de los prejuicios de raza y de todas las estrecheces
del provincianismo. Al hacerse cristiano, no se encerrará, como los
donatistas, en su Iglesia de Africa: soñará con hacer un Imperio de Cristo
sobre la tierra tan grande como el de los Césares.
Sin embargo, esta unidad romana no debe llenarnos demasiado de
ilusión. Tras la fachada imponente que presentaba de un cabo a otro del
Mediterráneo, subsistía siempre, con todo, la diversidad de esos pueblos,
con sus costumbres, sus tradiciones y su propia religión; en Africa, más
que en cualquier otro sitio. La población de Cartago constituía una
mescolanza extraña. El carácter híbrido de este país, desprovisto de
unidad, se reflejaba en las abigarradas multitudes cartaginesas. En las
calles se codeaban todos los tipos de la raza africana, desde el negro
nacido en el Sudán y conducido allí por los mercaderes de esclavos hasta
el númida romanizado. La afluencia continua de traficantes y aventureros
cosmopolitas, renovada incesantemente, venía a aumentar la confusión
reinante. Cartago se convertía así en una Babel de razas, de costumbres, de
creencias y de ideas. Agustín, que era, en el fondo, un místico, aunque
también un dialéctico apasionado por las discusiones brillantes, encontró
ahí un compendio vivido de las religiones y de las filosofías de su tiempo.
Durante sus años de estudio y recogimiento hará un verdadero acopio de
ciencia y de observaciones que después le serán de gran utilidad.
Tanto en los santuarios como en las escuelas, en las plazas como en
las calles, podía ver el desfile de discípulos de todos les sistemas, los
seguidores de todas las supersticiones, y los devotos de todos los cultos.
Escuchó los airados clamores de las disputas, el tumulto de las riñas y de
las revueltas. Cuando se habían agotado los argumentos, los adversarios
llegaban a las, manos. A la autoridad le constaba gran trabajo restablecer el
orden. Lógico, intrépido, a Agustín le faltaba tiempo para intervenir en
59

todas estas querellas. Pero la fe no es algo que se improvisa de un día para
otro. En espera de la luz de la verdad, observaba con detenimiento la Babel
cartaginesa.
Existía primero el culto oficial de la divinidad de los emperadores —
quizá el más superficial y más brillante—, que se perpetuaba incluso bajo
los cismas cristianos. Todos los años, a finales de octubre, los delegados
elegidos de entre toda la provincia, con el sacerdos provinciae —sacerdote
de la provincia— a la cabeza., iban a Cartago. Su jefe, revestido con una
túnica con palmas bordadas, corona de oro sobre su cabeza, bacía su
entrada solemne en la ciudad. Era una verdadera invasión; cada diputado
llevaba tras de sí un conejo de clientes y servidores. Con ese gusto del
fausto y del color, los africanos aprovechaban la ocasión para entregarse a
toda una serie de ruinosas suntuosidades: ricos trajes, corceles
espléndidamente enjaezados, procesiones, sacrificios, banquetes públicos,
juegos en el anfiteatro o en el circo. Estos extranjeros causaban tales
aglomeraciones en la ciudad que la autoridad imperial tuvo que prohibir,
con severísimas penas, estacionarse allí más de cinco días. Eran unas
medidas muy prudentes: en esos momentos los choques entre paganos y
cristianos eran prácticamente inevitables. Era, pues, conveniente dispersar
cuanto antes tal muchedumbre, entre la cual se fraguaban siempre las
revueltas.
No menos concurridas eran las fiestas de la Virgen Celeste: por
constituir una supervivencia del cuite nacional, eran muy queridas por los
cartagineses. Agustín asistía a ellas con sus compañeros. «Acudíamos a
ellas —dice—de todas partes.» Había una gran afluencia de gente en el
patio interior delante del templo. La estatua, sacada de su santuario, estaba
colocada delante del atrio, sobre una especie de pedestal. Al son de
instrumentos sagrados, unas cortesanas compuestas con un lujo
extraordinario bailaban alrededor de la imagen sagrada: algunos histriones
hacían imitaciones y cantaban himnos. «Nuestras ávidas miradas —añade
maliciosamente Agustín— se posaban tanto en la virgen como en sus
adoradoras las cortesanas.»
La gran madre de los dioses, la diosa de Bérécinthe, era festejada con
el mismo ánimo licencioso. Todos los años, el pueblo de Cartago iba a
lavarla solemnemente al mar. La estatua, llevada en unas angarillas de lujo,
vestida con preciosas telas, rizada y compuesta, atravesaba las calles de la
ciudad con su cortejo de histriones y galos. Estos, «con los cabellos
untados de pomadas, con el rostro maquillado de blanco, el andar cansino
y afeminado, tendían su escudilla a los espectadores».
60

El culto de Isis era un nuevo pretexto para las procesiones: el
Serapeum hacía la competencia al templo de Celeste. Los africanos, si
queremos dar crédito a Tertuliano, sólo juraban por Sérapis. Es probable
que Mithra tuviera también sus sectarios en Cartago. Lo cierto es que las
religiones ocultas estaban allí profusamente representadas. La taumaturgia
se convertía cada vez más en el mismo fondo del paganismo. Nunca
estuvo la adivinación tan floreciente. Todo el mundo hurgaba secretamente
en las entrañas de las víctimas o practicaba mágicas conjuras. Asimismo,
los adivinos y astrólogos ejercían abiertamente su industria. El mismo
Agustín los consultaba, como todos los cartagineses. La credibilidad
pública era ilimitada.
Frente a estos cultos paganos abundaban las sectas nacidas del
cristianismo. Indudablemente, Africa sólo ha dado origen a nn pequeño
número de herejías: los africanos no tenían el espíritu sutil de los
orientales, ni eran tampoco especulativos. Con todo, muchas herejías
orientales habían logrado infiltrarse en Cartago.
Agustín debió todavía encontrar allí arríanos, pese a que el
arrianismo, en esta época, tendía a desaparecer de Africa. Lo que sí es
cierto es que el catolicismo ortodoxo estaba en una situación bastante crítica. Los donatistas le habían arrebatado los fieles y las basílicas: eran
ciertamente mayoría. Levantaban un altar contra otro. Si Genethlius era el
obispo de los católicos, Parmeniano era el de los donatistas. Y se preciaban
de ser más católicos que sus adversarios: se jactaban de ser la Iglesia, la
sola, la única Iglesia de Cristo. Con todo y eso, estos cismáticos se
subdividían ya en un montón de sectas. En la época en que Agustín
estudiaba en Cartago, Rogatus, obispo de Ténes, acababa de separarse, con
gran escándalo, de la comunión de Parmeniano. Otro donatista, Tyconio,
publicaba libros en los que impugnaba algunas teorías preferidas de los
apologistas de su partido. La duda inquietaba las conciencias. Entre tantas
controversias, ¿dónde encontrar la verdad? ¿Quién era depositario de la
tradición apostólica?
Para llegar ya al colmo de la anarquía, una secta, que se decía ser
también cristiana —el maniqueísmo—, comenzaba a reclutar numerosos
adeptos en Africa. Sospechosa a la autoridad, escondía parte de sus doctrinas, las más escandalosas y las más subversivas.
Ahora bien, este misterio del que se rodeaba contribuía todavía más
al éxito de su propaganda.
61

Entre todos estos apóstoles que predicaban su evangelio, estos
devotos que golpeaban sus tambores delante de su dios, estos teólogos que
se cubrían de injurias y se excomulgaban mutuamente, Agustín traía su escepticismo superficial de sus dieciocho años. No quería ya saber nada más
de la religión en la que lo había educado su madre. Era buen conversador y
dialéctico hábil; tenía prisa en emanciparse y lograr la libertad de su
pensamiento y de su conducta. Por otra parte, estaba dispuesto a gozar de
su juventud. Con semejante capacidad y disposición, entre todas esas doctrinas no podía hacer más que elegir la que mejor sirviera a las cualidades
de su espíritu, vanagloriándose en sus pretensiones intelectuales y dando
rienda suelta a. sus instintos voluptuosos.

62

3. EL ESTUDIANTE DE CARTAGO
Por muy grandes que fueran las seducciones de la gran ciudad,
Agustín, sabía muy bien que no lo habían enviado allí para divertirse o
para filosofar corno un dilettante. Siendo pobre, tenía que asegurar su
porvenir, hacer- una fortuna. Su familia confiaba en él. El no ignoraba
tampoco la situación difícil de los suyos y a cambio de qué sacrificios le
habían suministrado los medios para terminar sus estudios. Tuvo que ser, a
la fuerza, un buen estudiante.
Dotado de una soltura extraordinaria, pronto sobresalió entre sus
condiscípulos. El mismo nos dice que en la clase de retórica que
frecuentaba era «el mayor», no solamente el primero, sino también el jefe
de sus compañeros. Tenía una prioridad en todo. La retórica era entonces
una disciplina bastante vasta: había acabado por absorber todas las ramas
de la enseñanza, incluso las ciencias y la filosofía. Agustín se vanagloria
de haber aprendido todo cuanto se podía aprender con los maestros de su
tiempo: la retórica, la dialéctica, la geometría, la música y las matemáticas.
Después de haber recorrido todo el ciclo escolar, pensaba hacer a
continuación sus estudios de derecho y, gracias a su facilidad de palabra,
entrar en el colegio de abogados: para un joven tan bien dotado era éste el
camino más corto y seguro para alcanzar riqueza y honores.
Desgraciadamente, apenas instalado en Cartago, murió su padre. Su
fallecimiento hacía incierto su porvenir. ¿Cómo continuar sus estudios sin
los subsidios paternales? La herencia de Patricio debía estar bastante
enmarañada. No obstante, Mónica, obstinada en sus proyectos ambiciosos
para su hijo, supo triunfar en todas las dificultades: siguió enviando la
pensión a Agustín. Romaniano, el mecenas de Tagaste, que sin duda seria
solicitado por ella, vino una vez más en ayuda del estudiante en apuros.
Este, con el futuro asegurado, reanudó, con corazón ligero, su vida estudiosa y disipada.
Parece, en efecto, que este luto familiar no le causó gran pena. En sus
Confesiones menciona 1a muerte de su padre con dos palabras, y, por
63

decirlo así, entre paréntesis, como un suceso ya previsto y sin demasiada
importancia. Y, sin embargo, le debía mucho. Patricio había hecho un
auténtico sacrificio con objeto de proveer a su educación. Pero con el gran
egoísmo de la juventud, juzgaba quizá que era ya bastante el haber
aprovechado bien estos sacrificios paternos y se creía dispensado del
agradecimiento. En fin, el cariño hacia su padre debía de ser un poco tibio.
Les separaban profundas diferencias. Ya en esos años Mónica ocupaba
todo el corazón de Agustín.
Con todo y eso, la influencia de Mónica era de por sí demasiado débil
en un muchacho de dieciocho años. Había olvidado sus lecciones y no le
inquietaba el que su propia conducta añadiera preocupaciones a la viuda,
que se debatía entonces contra los acreedores de su marido. En el fondo,
era un buen hijo y amaba con verdadera pasión a su madre, pero se dejaba
arrastrar inevitablemente por sus compañeros.
Después de su conversión, nos ha pintado a sus compañeros como a
unos repelentes sujetos. Es sin duda demasiado severo. Estos jóvenes no
eran ni mejores ni peores que en otros sitios. Eran turbulentos, como en las
otras ciudades del Imperio, como suelen ser los muchachos a esa edad.
Unos reglamentos imperiales prescribían a la policía de no perderlos de
vista, de vigilar sus relaciones y su conducta. Les estaba prohibido afiliarse
a asociaciones ilícitas, frecuentar a menudo los teatros y malgastar el
tiempo en francachelas y en festines. Si su comportamiento era demasiado
escandaloso, se les conducía a casa de sus padres, después de haberlos
azotado. En Cartago formaban una pandilla de indisciplinados Que se
habían dado el nombre de «los demoledores». Su mayor satisfacción era ir
a armar jaleo a la clase de algún profesor, invadir la sala y romperlo todo a
paso. Les gustaba también dar novatadas a los recién llegados alumnos,
burlarse de su ingenuidad y jugarles malas pasadas. Desde ese tiempo a
esta parte, las cosas no han cambiado mucho. Los condiscípulos de
Agustín se asemejan tanto a los estudiantes de hoy día que las expresiones
más modernas sirven de por sí para calificar sus locuras.
Prudente, en definitiva, y respetuoso por el buen orden, como
convenía a un futuro profesor, Agustín reprobaba las violencias de los
«demoledores». Esto no impedía que se divirtiera en su compañía Sentía
mucho no parecerse a ellos: creámoslo, al menos, puesto que él mismo nos
lo asegura. Con una modestia inconsciente, en la que se mezclaba mucho
de vanidad juvenil, se contaba sin más entre los del grupo. Escuchaba el
consejo de la sabiduría popular tan funesta para almas como la suya:
«hacer como los demás». Hizo, pues, lo que los demás, conoció sus
64

juergas o se las imaginó, ya que por muy bajo que cayera no podía hacer
ninguna villanía. Estaba entonces tan alejado de la fe, que incluso en las
iglesias concertaba citas amorosas. «Tuve también la osadía de apetecer
ardientemente y negociar el modo de procurarme frutos de muerte en la
celebración de una de tus solemnidades y dentro de los muros de tu
Iglesia.» Cree uno estar leyendo la confesión de un libertino actual. Se
extraña uno de esas costumbres, a la vez tan antiguas y tan modernas. Ya
entonces esas nuevas basílicas cristianas, apenas salidas de la tierra, en las
que los hombres estaban severamente separados de las mujeres, se
convenían en lugares de cita, en donde se intercambiaban dulces misivas y
en donde las «celestinas» ofrecían sus malos oficios.
En fin, la gran dicha por la que suspiraba Agustín desde hacía tiempo
le fue acordada: amó y fue amado.
Amó como podía amar, con el espíritu de su naturaleza y el ardor de
su temperamento, con todo su corazón y con todos sus sentidos: «Me
precipité también en el amor, en que deseaba ser cogido.» Pero como él
buscaba en seguida los extremos, como pretendía darse por entero y quería
recibirlo todo, se enfadaba de no ser así correspondido: no se creía nunca
suficientemente pagado. Se le amaba, sin embargo, y la misma certeza de
este amor, siempre demasiado pobre para su gusto, exasperaba la violencia
y la obstinación de su deseo: «Porque al fin fui amado, y llegué
secretamente al vínculo del placer, y me dejé atar alegre con ligaduras
trabajosas, para ser luego azotado por las varas candentes de hierro de las
sospechas, temores, iras y contiendas.» Era la pasión en gran escala, un
poco teatral, con sus violencias, sus altibajos de furor y éxtasis, tal como la
podía concebir un africano alimentado por la literatura novelera.
Decepcionado, se empeñaba en perseguir el resbaladizo amor. Tuvo, con
toda certeza, más de una pasión. Cada una le dejaba menos satisfecho.
Era sensual y experimentaba, en cada ocasión, la fugacidad del
placer, y veía en qué círculo tan limitado se desenvuelve el deleite. Era
sensible, ávido de entregarse, pero se daba perfecta cuenta de que nunca se
acaba uno de dar por entero, que incluso en los momentos en que el
abandono es más embriagador se reserva, uno siempre a escondidas y se
retiene una parte de sí mismo; sentía también que, la mayor parte de las
veces, su ternura quedaba sin respuesta. Cuando el corazón gozoso lleva la
ofrenda de su amor, el corazón de la amada está ausente. Y cuando está
ahí, en la punta de los labios, dispuesto y sonriente, para presentarse ante
el amado, es el otro quien está en otra parte. No se logran encontrar casi
nunca. Jamás coinciden completamente. Y así, este amor que se vanagloria
65

de ser constante e incluso eterno, debe hacer para prolongarse un continuo
acto de fe, de esperanza y de caridad: creer en él, pese a sus
desfallecimientos y sus eclipses; esperar su retomo, a menudo contra toda
evidencia; perdonar sus injusticias, y a veces, incluso, sus villanías —
¿cuántos son capaces de semejante abnegación...?
Agustín experimentaba todo esto. Se sentía abatido. Además, se
apoderaba de él la nostalgia de las almas predestinadas. Vislumbraba
confusamente que esos amores humanos eran indignos de él y que si
precisaba de un maestro él había nacido para servir a otro Maestro. Tenía
ganas de abandonar la mediocridad de una vida disipada, el triste páramo
en donde se estancaba, lo que él llama «la ciénaga de la carne», de
evadirse, en fin, de las miserables covachas en donde por unos momentos
había cobijado su corazón, de quemarlo todo tras de sí para ahorrarse la
cobardía de volver otra vez y de ir a plantar su tienda más lejos, de apuntar
más alto, no sabía dónde, en alguna montaña inaccesible, en donde el aire
está helado, pero en donde tiene uno ante la vista toda la luz y todo el
espacio...
En realidad, estos primeros amores de Agustín eran demasiado
ardientes para perdurar. Se consumían por sí mismos. Agustín no los
mantuvo durante mucho tiempo. Había en él además un hondo instinto que
era como el contrapeso de su exuberante sentimentalismo amoroso: el
sentido de la belleza. Eso sólo hubiera bastado para detenerlo en la
pendiente de sus desórdenes. La anarquía y la alteración de la pasión
repugnaban a una inteligencia enamorada del orden y de la claridad.
Pero había además otra cosa: el hijo del propietario de Tagaste tenía
también mucho sentido común. Al menos, heredó esto de su padre.
Pequeño burgués, educado con severidad de acuerdo con la austera y
frugal disciplina de la provincia, se resentía de su educación: la vida de
locuras y aventuras, en la que se gozaban sus amigos, no podía seducirlo y
retenerlo indefinidamente. Aparte de eso, los cargos a los que aspiraba —
abogado o profesor— le obligaban, en principio, a tener un cierto decoro
en su comportamiento. El mismo nos advierte: en medio de sus peores
desenfrenos, gustaba de pasar por un hombre como es debido, elegam et
urbanus. Educación en sus palabras y en sus modales, una elegancia
discreta y de buen tono, ése era el ideal del futuro profesor de retórica.
La preocupación por el porvenir, unido a sus rápidas desilusiones,
hace pronto juicioso al estudiante; tan pronto como arrojó su porquería,
recobró el equilibrio. El amor se volvía en él una costumbre voluptuosa.
Su pensamiento estaba libre para el estudio y la meditación. El aprendiz de
66

retórico profesaba un verdadero culto a su profesión. Hasta su último
aliento, y por mucho que hubiera hecho para desprenderse de él, continuó
como todos sus contemporáneos, amando la retórica. Ha sabido manejar
las palabras como un artesano del lenguaje que conoce bien el valor de
cada una y sus recursos. Incluso después de su conversión, aunque
condene la literatura profana como un veneno para las almas, no dejará de
reconocer la belleza do la lengua: «No voy contra las palabras —dice—,
las palabras son vasos elegidos y preciosos. Denuncio el vino de errores
que esos doctores ebrios vierten en esas hermosas copas.»
En la escuela declamaba con deleite. Le aplaudían y el maestro lo
ponía como ejemplo a imitar. Sus triunfos escolares eran el presagio de
otros, más ilustres y más ruidosos. Así, pues, la vanidad literaria y la ambición luchaban, dentro de su corazón, contra la ilusión del amor, siempre
despierto en él. Y, después de todo, hacía falta vivir: las ayudas de Mónica
eran forzosamente parcas y la generosidad de Romaniano no era tampoco
inagotable. El se las ingeniaba para aumentar su pequeña bolsa de
estudiante. Escribía versos para los concursos poéticos. Es probable,
incluso, que diera clases particulares a condiscípulos más atrasados.
Si la necesidad de amar atormentaba su corazón sentimental,
procuraba aplacarlos en la amistad. Amaba la amistad como el propio
amor. Fue un amigo apasionado y fiel hasta la muerte. En esta época hizo
amistades de las que no se separará jamás. Junto a él tiene a tu compañero
Alipio, el futuro obispo de Tagaste, que lo había seguido hasta Cartago y
que lo acompañará más tarde a Milán; Nebrida, compañero no menos
querido, que morirá prematuramente; Honorato, a quien arrastró en sus
errores y a quien después se esforzaba por desengañar; en fin, ese otro
compatriota, ese joven misterioso, cuyo nombre no nos ha revelado, pero
que llorará su pérdida como jamás nadie ha llorado la muerte de un amigo.
Vivían con una familiaridad y con un fervor y exaltación continuas.
Iban asiduamente al teatro, en el que Agustín calmaba su avidez de
emociones dulces y aventuras novelescas. Componían música y repetían
las melodías de moda que habían oído en el odeón y en los numerosos
escenarios de Cartago: los cartagineses —incluso la gente del pueblo—
estaban locos por la música. Fi obispo de Hipona recordará, en sus cartas
pastorales, al albañil en su andamio o al zapatero en su covacha tarareando
los aires de los músicos de moda. Pascaban por el muelle o por la plaza
Marítima contemplando las tonalidades del mar, esa maravilla de las aguas
en el ocaso del sol, que un día Agustín elogiara, con un lirismo
desconocido para los poetas paganos. Discutían mucho, comentando las
67

últimas lecturas, y hacían magníficos proyectos para el porvenir. Llevaban
una existencia feliz y encantadora, turbada tan sólo por inesperados y
repentinos presentimientos.
¡Con qué abundancia de corazón nos evoca esto el cristiano
penitente!: «Lo que más me unía a mis amigos era el encanto de conversar
y reír juntos, de prestamos mutuamente delicados servicios, de leer juntos
libros que hablan de cosas dulces, de decir naderías y bromear
amigablemente, de discutir a veces, pero sin ira, como cuando uno disiente
de sí mismo, y con tales disensiones, muy raras, se placen de constatar las
muchas conformidades; instruimos mutuamente, desear ver con
impaciencia al amigo ausente y experimentar la alegría de su retomo. Nos
queríamos unos a otros con todo nuestro corazón, y esas pruebas de
amistad que se expresan en la cara, en la voz, en la mirada y en otros mil
detalles, eran para nosotros como otros tantos incentivos que llevaban a
cabo la fusión de nuestras almas, y de muchas se hacía una sola...»
Se comprende perfectamente que tales lazos hayan apartado a
Agustín para siempre de sus ruidosos compañeros de antes: no trataba ya a
los «demoledores». El pequeño círculo en el que gustaba de estar era tranquilo y alegre. La alegría estaba en ellos atemperada por la gravedad
africana. Los veo, tanto a él como a sus amigos, como a esos estudiantes
de teología o a esos jóvenes literatos árabes que recostados perezosamente
en los cojines de un diván charlan de poesía haciendo girar entre sus dedos
los granitos de ámbar de sus rosarios o que, enfundados en sus togas de
blanca seda, se pasean bajo los soportales de una mezquita, con el aire
serio y recogido, el gesto elegante y medido, la palabra armoniosa y
distinguida, con un no se qué discreto, cortés, y ya clerical en el tono y en
los modales.
En suma, Agustín saboreaba entonces la vida pagana, en lo que tenía
de mejor y más dulce. La red sutil de las costumbres y ocupaciones diarias
lo envolvían poco a poco. Corría el peligro de relajarse ante esta existencia
cómoda, cuando repentinamente un gran sobresalto lo despertó... Fue una
casualidad, pero, a sus ojos, una casualidad providencial, la que le puso
entre sus manos el Hortensius de Cicerón. Agustín iba a cumplir
diecinueve años y continuaba siendo estudiante: según el orden adoptado
en las escuelas, le había llegado el momento de leer y explicar este diálogo
filosófico. No se sintió empujado por ninguna curiosidad. Si cogió este
libro fue por conciencia de su deber de estudiante, porque figuraba en el
programa. Lo abrió y se adentró en él con una tranquila indiferencia. De
repente, una luz inesperada resplandeció entre líneas. Su corazón aceleró la
68

marcha. Toda su alma se volcó hacia esas frases cargadas de un sentido
deslumbrante y revelador. Se despertó de su largo letargo. Lo iluminaba
una visión maravillosa.
Hoy en día hemos perdido este diálogo y no podemos por eso
comprender los motivos de semejante entusiasmo y consideramos al
orador romano como un filósofo mediocre. Sabemos, sin embargo, por el
mismo Agustín, que este libro contenía un elogio elocuente de la sabiduría.
Y además, las palabras no tienen ningún significado sin el alma del lector:
todo cuanto caía entre las manos de Agustín adquiría una sonoridad
prolongada y magnífica. Hay que creer también que, precisamente en el
momento de abrir el libro, estaba ya maduro para recibir esta exultante
impresión. En esos minutos en los que el corazón, ignorándose a sí mismo,
se ensancha como el mar antes de la tempestad, en los que añoran todas las
riquezas interiores, basta una pequeña chispa para revelárselas y el mínimo
choque para hacer saltar todas las fuerzas prisioneras.
Por un piadoso y fiel agradecimiento, nos ha legado, al menos,
algunas frases de este diálogo que tan profundamente le emocionó. De
manera especial admira ese pasaje en el que el autor, después de una larga
discusión, concluye en estos términos: «Si, como lo pretenden los antiguos
filósofos —que son además los más grandes y los más ilustres—, tenemos
un alma inmortal y divina, es conveniente pensar que cuanto más
persevere ella en su camino, es decir, en la razón, en la búsqueda del amor
y la verdad, tanto menos se verá comprometida y manchada por los errores
y las pasiones humanas, más fácil le será así elevarse y remontar al
cielo...»
Frases parecidas, leídas con ciertas disposiciones, debían, en efecto,
conmover a este joven que pronto iba a sentir la nostalgia del claustro y
que sería el fundador del monaquismo africano. Dedicar toda su vida al
estudio de la sabiduría, esforzarse por la contemplación de Dios, vivir aquí
en la tierra una vida casi divina, era el ideal —imposible para la sabiduría
pagana— que Agustín había sido llamado a realizar en nombre de Cristo.
Al leer el Hortensius lo había vislumbrado de golpe. Y este ideal le parecía
tan maravilloso, tan digno de sacrificar todo lo que él había amado, que ya
más nada contaba para él. Despreciaba la retórica, los vanos estudios que
le imponía, los honores y la gloria que le prometía. ¡Qué era eso
comparado con la sabiduría! Por ello estaba dispuesto a renunciar al
mundo entero...
Pero estos impulses heroicos no perseveran por mucho tiempo en
naturalezas tan tornadizas e impresionables como la de Agustín. Sin
69

embargo, no por eso son del todo inútiles. Tiene uno así, desde la primera
juventud, esas revelaciones confusas del porvenir. Se columbra el puerto al
que se llegará un día, el trabajo a realizar, el edificio que hay que levantar,
y eso se alza ante nosotros como un arrebato de todo el ser. La imagen
radiante puede muy bien eclipsarse quizá durante años, pero su recuerdo
persiste en medio de las más viles bajezas y de las peores mediocridades.
El que, aunque sólo sea per una vez, la ha visto pasar, no puede en
absoluto llevar una vida como los demás.
Una vez calmado de esta fiebre, Agustín se puso a reflexionar. Los
filósofos antiguos le prometían la sabiduría. Mas Cristo también la
prometía. ¿No había entre ellos una posible conciliación? En el fondo, ¿no
era el ideal del Evangelio más humano que el de las filosofías paganas? ¿Y
si hiciera la prueba de someterse a él, de reavivar en él la fe de su infancia
y sus ambiciones de joven intelectual? Ser bueno a la manera de su madre,
de sus abuelos, de la servidumbre de Tagaste, de todas las almas cristianas
humildes cuyas virtudes aprendió a respetar, y, al mismo tiempo, emular a
Platón por la fuerza del pensamiento: ¡Qué sueño! ¿Era esto posible...? El
mismo nos confiesa que la ilusión fue breve y que su entusiasmo hacia el
Hortensius se enfrió porque no encontraba en él el nombre de Cristo.
Probablemente exagera. En esta época no era tan cristiano. Cede a la
tentación de una frase bonita: Cuando escribió sus Confesiones no había
perdido todavía por completo esa costumbre.
Pero lo que sí es verdad es que, viendo la insuficiencia de la filosofía
pagana, volvió la cara un instante hacia el cristianismo. El diálogo
ciceroniano que había frustrado su sed de verdad le dio la idea de llamar a
la puerta de la Iglesia e investigar si por ese lado no había un camino
practicable para él. Por eso, a los ojos de Agustín, la lectura del Hortensius
marca una gran fecha en su vida. Aunque haya vuelto a caer en sus errores,
él mismo se da cuenta de su esfuerzo. Ve ahí el primer signo y como la
promesa de su conversión: «Ya —nos dice— me había levantado, Dios
mío, para volver a ti.»
Comenzó, pues, a estudiar la Sagrada Escritura con el deseo más o
menos serio de instruirse con su lectura. Pero coger la Biblia pasando por
Cicerón era seguir el camino más largo. Agustín se perdió en él. Su; estilo
popular y directo, que sólo se preocupa de decir las cosas y no del modo de
decirlas, no podía sino desagradar al alumno de los retóricos de Cartago,
imitador de los armoniosos períodos ciceronianos. No sólo tenía un gusto
demasiado empalagado por la literatura, sino que había también demasiada
literatura en la actitud del joven que, un buen día, se puso en camino para
70

conquistar la sabiduría. Fue castigado por su falta de sinceridad y, sobre
todo, de humildad. No comprendió nada de la Escritura: «Mas he aquí que
veo una cosa no hecha para los soberbios ni clara para los pequeños, sino a
la entrada baja y en su interior sublime y velada de misterios, y yo no era
tal que pudiera entrar por ella o doblar la cerviz a su paso.»
En seguida se desanimó. Dio la espalda a la Biblia, como había
desechado el Hortensius, y se fue a buscar pasto a otra parte. No obstante,
su espíritu había acusado el impacto. De ahora en adelante no conocerá
reposo hasta que haya encontrado la verdad. Preguntó por ella a todas las
sectas y a todas las religiones. Fue así como, desesperado de buscar, se
arrojó en el maniqueísmo.
Ha causado siempre extrañeza que un espíritu tan recto y positivo se
haya sumergido en una doctrina tan tortuosa, tan turbia y contaminada por
fábulas tan groseramente absurdas. Pero quizá se olvida que de todo había
en el maniqueísmo. Los jefes de la secta no daban de golpe todo el
conjunto de la doctrina a sus catecúmenos: la iniciación completa
comprendía diversos grados. Agustín sólo llegó a ser simple «auditor» en
la iglesia de los maniqueos. Estos comenzaron dándoselas de racionalistas:
fue lo que atrajo a las almas selectas. Confundir el dominio de la fe con el
de la ciencia y la filosofía es la tendencia de los heresiarcas y
librepensadores de todos los tiempos.
Los maniqueos abundaban en este error. Por todas partes gritaban:
«Verdad, verdad » Era lo que le interesaba a Agustín, que no buscaba otra
cosa. Se lanzó a escuchar los sermones de esos charlatanes, impaciente por
recibir al fin esa «verdad» tan ruidosamente cacareada. A juzgar por lo que
decían, estaba contenida en un montón de gruesos libros, escritos por su
profeta bajo la inspiración del Espíritu Santo. Había una biblioteca entera.
Para deslumbrar a la muchedumbre solían exhibir algunos libros, que eran
muy importantes, monumentales como las tablas de la ley, lujosamente
encuadernados con vitela e ilustrados con vistosas láminas. ¿Quién pondría
en duda que la revelación se encontrara contenida en tan hermosos
volúmenes? Se experimentaba inmediatamente un profundo respeto hacia
una religión que podía aducir en su favor el testimonio de un tal amasijo de
escritos.
Sin embargo, los sacerdotes ni siquiera los abrían. Con objeto de
desviar la atención del auditorio, se entretenían en criticar los libros y los
dogmas de los católicos. Esta crítica previa era el primer paso de su
enseñanza. Descubrían en la Biblia numerosas incoherencias y cosas
absurdas e interpolaciones: según ellos, una buena parte de la Escritura
71

había sido falsificada por los judíos. Pero su punto fuerte era señalar las
contradicciones de los Evangelios. Los minaban a golpe de silogismo. Se
comprende perfectamente que estos juegos de lógica hayan seducido en
seguida al joven Agustín. Con su extraordinaria sutilidad dialéctica llegó a
ser pronto muy fuerte, más fuerte incluso que sus propios maestros.
Tomaba la palabra en las asambleas, esgrimía un texto, lo refutaba
perentoriamente y reducía a sus adversarios al silencio. Era aplaudido y
colmado de alabanzas. Una religión que le valía tales éxitos sólo podía ser
la verdadera.
Cuando, después de ser obispo, trata de explicarse cómo llegó a ser
maniqueo, sólo encuentra estos dos motivos: «El primero —dice— es una
amistad que ha ido haciendo su camino dentro de mí, bajo no sé qué
apariencia de bondad y que fue como una cuerda lanzada alrededor del
cuello... El segundo, eran esas funestas victorias que alcanzaba casi
siempre en las discusiones.»
Pero existe todavía otro motivo que ha expresado en otra parte y que
encierra quizá un mayor peso: el relajamiento de las costumbres autorizado
por el maniqueísmo. Esta doctrina profesaba, en efecto, que no somos
responsables del mal que llevamos a cabo. Nuestros vicios y pecados son
obra del príncipe del mal, del dios de las tinieblas, enemigo del dios de la
luz. En el instante en que Agustín se inscribió como «auditor» entre los
maniqueos, tenía especial necesidad de excusar sui conducta por medio de
una moral tan indulgente y cómoda como era ésta, ya que en ese momento
se consumaba su unión con la que debía ser la madre de su hijo.

72

4. LA VOLUPTUOSIDAD DE LAS LÁGRIMAS
Agustín se acercaba a sus veinte años. Había terminado sus estudios
de retórica en el plazo previsto. Según las ideas entonces en boga, un joven
debía salir de la escuela a la edad de veinte años. Si no, era considerado
como fruto seco y enviado de nuevo al seno de su familia.
Puede sorprender que un estudiante tan bien dotado como Agustín no
haya acabado antes su retórica. Mas, después de su estancia en Madaura,
había perdido cerca de un año en Tagaste. Además, la vida de Cartago
poseía tantos encantos para él que, a decir verdad, no tenía mucha prisa
por abandonarla. Sea ello lo que fuere, lo cierto es que había llegado el
momento de decidirse claramente por una carrera. Los deseos de sus
padres y los consejos de sus maestros, así como sus ambicione, y »»
aptitudes personales, le empujaban, como cabemos, hacía el foro. Pero he
aquí que repentinamente se modifican sus proyectos para el porvenir. No
sólo renuncia a la profesión de abogado, sino que cuando iodo parecía
sonreírle, en el umbral de la juventud, deja Cartago para venir a encerrarse,
en calidad de gramático, en su pequeño municipio natal.
Como él ha pasado por alto los motivos de esta brusca determinación,
nos vemos obligados a hacer sólo conjeturas. Es probable que su madre,
atareada por los quehaceres domésticos, no pudiera ya enviarle su pensión.
Tenía, además, otros hijos que colocar, un chico y una chica. Agustín iba a
conocer, si no la pobreza, sí al menos los apuros: tenía que ganarse la vida
lo más rápidamente posible. En estas condiciones, la solución más
expeditiva que se le ofrecía era vende i a su vez la ciencia que había
adquirido de sus maestros. Para vivir abrió una tienda de palabras, como él
mismo dice con cierto desdén. Pero, apenas salido de la escuela, no podía
plantearse seriamente el ejercicio de la profesión en una gran ciudad como
Cartago y competir con tantos maestros de renombre. Si no quería vegetar
tenía forzosamente que contentarse con un puesto más modesto.
Fue entonces cuando su protector Romaniano lo llamó a Tagaste.
Hombre rico, tenía un hijo ya mayor que convenía poner en seguida en
73

manos de un preceptor. Agustín, que tanto le debía, era el más indicado
para ocupar este cargo de maestro del adolescente. Además, Romaniano,
que apreciaba el talento de Agustín, debía estar orgulloso de haberlo traído
y de retenerlo en Tagaste. Preocupado por los intereses de su municipio,
deseaba, en fin, establecer allí una persona tan brillante. Pidió, pues, a su
protegido que volviera a su pueblo para abrir allí una escuela de gramática.
Le prometía alumnos y, sobre todo, todo el apoyo de su crédito, que era
considerable. Es de suponer que Mónica uniría sus peticiones a las del
gran jefe de la municipalidad de Tagaste. Agustín cedió.
¿Encontró gran dificultad para decidirse a aceptar este exilio?
Renunciar a Cartago y a sus placeres era algo en extremo penoso para un
joven de veinte años. Por otra parte, es muy probable que por entonces
mantuviera ya aquella relación que había de durar tanto tiempo. Dejar allí
a una amante a quien quería sinceramente, y más aún en la novedad de una
pasión que comenzaba, era algo tan duro que sorprende su decisión. Y, sin
embargo, partió y pasó cerca de un año en Tagaste.
Un rasgo característico de la juventud, e incluso de toda la vida de
Agustín, es la facilidad con que supo desprenderse y romper con sus
hábitos, tanto sentimentales como intelectuales. Durante su marcha se
sirvió de numerosas doctrinas antes de llegar a la verdad católica; incluso
después, en el curso de su larga existencia, en sus escritos teológicos y
polémicos, se desmintió y corrigió más de una vez. Sus Retractaciones son
una prueba de ello. Diríase que la fuerza de la costumbre le agobia, como
una usurpación de su libertad, y que la imagen de los lugares donde vive se
le hace odiosa, como una amenaza de esclavitud. Siente confusamente que
su verdadera patria está en otro sitio y que si debe descansar en alguna
parte será en la casa de su Padre celestial: Inquietum est cor nostrum
donec requiescat in Te... «Inquieto está nuestro corazón, Dios mío, hasta
que descanse en Ti... «Mucho antes que San Francisco de Asís había ya
practicado la regla mística: «como extranjero y peregrino».
Ciertamente, a los veinte años está todavía muy lejos de ser un
místico. Pero experimenta ya esa inquietud que le va a hacer atravesar el
mar y recorrer Italia de Roma a Milán. Es un impulsivo. No resiste los espejismos de su corazón o de su imaginación. Está siempre dispuesto para
partir. El camino y sus azares lo tientan. Busca ávidamente lo desconocido.
Se deja llevar con embriaguez por el viento que sopla. Dios lo llamó y él
obedece, sin saber a donde va. Este joven agitado, confundido por pasiones
contradictorias, y que en ninguna parte se siente a gusto, tiene ya un alma
de apóstol.
74

Esta desigualdad de ánimo fue probablemente la verdadera causa de
su salida para Tagaste. Pero también lo guiaron otras razones más
aparentes y accesibles a una conciencia juvenil. Indudablemente, siendo
tan joven, no le disgustaba volver a su ciudad natal con el prestigio y la
autoridad de un maestro. Sus compañeros de antaño se iban a convertir
ahora en alumnos suyos. Además, el maniqueísmo lo había hecho fanático.
Arrastrado por un celo ardiente de neófito y enajenado por sus triunfos en
las reuniones públicas de Cartago, pretendía ahora brillar ante sus
compatriotas y tal vez convertirles: marchaba con esas intenciones de
proselitismo. En fin, podemos suponer que, a pesar de su vida disipada y
de la nueva pasión que ocupaba su corazón, volvió también a Tagaste
movido por un afectuoso recuerdo hacia su madre.
La acogida que Mónica le dispensó lo iba a desconcertar mucho. De
pues de su viudez, la mujer de Patricio había avanzado bastante en el
camino de la perfección cristiana. La Iglesia no se contentaba entonces con
ofrecer a las viudas la ayuda moral de sus sacramentos y consuelos, sino
que concedía, además, una dignidad especial y ciertas prerrogativas a las
que hacían voto de continencia.
Al igual que las vírgenes consagradas, ocupaban en las basílicas un
puesto de honor, separado del de las otras matronas por una balaustrada.
Llevaban un traje especial. Sus costumbres tenían que mostrarse dignas de
todas las consideraciones externas de que eran objeto. La austeridad de
Mónica había aumentado con el fervor de su fe. Daba ejemplo a los
parroquianos de Tagaste. Dócil a las indicaciones eclesiásticas, presurosa
por servir a sus hermanos, multiplicando las limosnas en la medida de sus
posibilidades, iba asiduamente a los oficios de la basílica. Se la veía allí
dos veces al día, mañana y tarde, puntual a la hora de la oración y del
sermón. No iba, nos dice su hijo, para mezclarse en los conciliábulos y
comadreos de las beatas, sino para escuchar la palabra de Dios en las
homilías y para que Dios escuchara sus oraciones.
La viuda, había debido imponer a su alrededor la regla severa que
ella misma observara. En ese ambiente austero de la casa paterna, el
estudiante de Cartago, con su aire disoluto, debió causar una penosa
impresión. Mónica se dio cuenta en seguida de que no se entendía con su
hijo. Tal vez sospechara ya aquellos amores ilícitos. Comenzó por llamarle
la atención. Agustín se rebeló. Fue todavía peor cuando, con su presunción
de joven profesor recién salido de las aulas, con la tajante y agresiva
seguridad de un heresiarca, se preció de ser maniqueo. Mónica,
profundamente herida en su piedad y en su ternura maternal, le ordenó
75

adjurar de sus errores. El se obstinó, respondiendo con sarcasmo a las
exhortaciones de la pobre mujer.
Fue entonces cuando ella debió creer que la separación era ya
definitiva, que Agustín había cometido un crimen irreparable. Como
cristiana de Africa, tajante en su fe y apasionada por su defensa,
consideraba a su hijo como un enemigo público. Sintió horror ante su
traición. Tal vez, guiada por la clarividencia de su corazón, penetraba más
claramente en el alma de Agustín que él mismo. Le dolía que su hijo se
conociera tan poco a sí mismo y rehusara la gracia que quería ganarlo a la
unidad católica. Como, no contento de perderse, ponía a los demás en
peligro, discutía, peroraba delante de sus amigos, abusando de la seducción de su palabra para sembrar la confusión en las conciencias, Mónica
tomó una gran determinación: prohibió a su hijo comer a su mesa y dormir
bajo su techo. Lo echó de casa.
Esto debió causar un gran escándalo en Tagaste. Sin embargo, no
parece que Agustín se conmoviera mucho. Ofuscado per su falsa ciencia,
mostraba esa especie de inhumanidad que impulsa al intelectual a no hacer
caso de los sentimientos más profundos y más dulces, para sacrificarlos a
su ídolo abstracto. No le inquietaba lo más mínimo que su apostasía
hiciese llorar a su madre, ni tampoco se preocupaba por conciliar las quimeras de su cerebro con la realidad viva de su alma y ce las cosas. Negaba
tranquilamente lo que le molestaba, y se quedaba satisfecho si había
hablado bien y había logrado coger al adversario en el lazo de sus
silogismos.
Rechazado por Mónica, fue por las buenas a instalarse en casa de
Romaniano, La lujosa hospitalidad que allí recibió lo consoló muy pronto
de haber sido arrojado de la casa paterna. En fin, aunque su amor propio
hubiera sufrido un desplante, el orgullo de vivir en la intimidad de un
personaje tan considerable era, para un hombre joven y vanidoso, una
buena compensación.
Este Romaniano causaba, en efecto, la admiración en todo el país per
su fasto y su liberalidad. Esta fue la causa de que pronto se arruinara o, al
menos, suscitara envidiosos que buscaban con empeño su ruina. Jefe de
decuriones, era el protector no solamente de Tagaste, sino también de las
ciudades vecinas: era el gran patrón, el hombre influyente que contaba
entre su clientela a casi toda la comarca. La municipalidad, en
agradecimiento y un poco también por adulación había hecho esculpir su
nombre en tablas de bronce y le había levantado varias estatuas. Incluso le
había confiado poderes superiores a los municipales. Romaniano no
76

escatimaba su largueza con sus conciudadanos. Les organizó luchas de
osos y otros espectáculos hasta entonces desconocidos en Tagaste. No
rechazaba los banquetes públicos y todos los días invitaba a la gente a
comer a su casa. Los convidados estaban bien servidos. Después de haber
comido disponían de la bolsa del anfitrión. Romaniano conocía bien el arte
de ayudar discretamente e incluso prevenir las solicitudes delicadas. Todos
lo proclamaban unánimemente como «el más humano, el más liberal, el
más refinado y el hombre más dichoso de los hombres».
Generoso para con su clientela, no se olvidaba de sí mismo. Se había
hecho construir una villa que, a juzgar por la extensión de los edificios, era
un verdadero palacio, con termas revestidas de magníficos mármoles.
Pasaba su tiempo en el baño, en el juego y en la caza; en fin, llevaba el
tren de vida de un terrateniente de esa época.
Indudablemente, esas villas africanas no poseían ni la belleza ni el
valor artístico de las grandes villas italianas, que eran una especie de
museo en su marco grandioso o bonito. No por eso carecían de encanto.
Algunas, como la de Romaniano, habían sido construidas y decoradas con
mucho lujo. Muy espaciosas, albergaban a veces un verdadero cantón y, en
ocasiones, la villa propiamente dicha, la casa donde residía el dueño se
encontraba fortificada y rodeada de murallas y torres, como un castillo
feudal. Sobre la puerta cochera o sobre la puerta de entrada se podía leer
en hermosos caracteres: «Propiedad de fulano.» A menudo la inscripción
se repetía sobre los muros de un recinto o de una granja que, en realidad,
pertenecía a un cliente del propietario. Al amparo del nombre señorial,
esas gentes podían así mejor defenderse contra el fisco, beneficiándose de
esta forma de las inmunidades de sus patronos. Así se constituía, al abrigo
del patronato, una especie de feudalidad africana. El padre de Agustín, que
poseía viñas, era, probablemente, un cliente de Romaniano.
Centro de una explotación agrícola, la villa africana mantenía con sus
tierras a toda la población de esclavos, jornaleros y aparceros. Podía verse
allí la casa del mayoral de los pastores junto a la del guarda forestal,
parques de caza, protegidos por alambradas, por donde corrían unas
gacelas. Los molinos de aceite, las prensas de lagar y las bodegas para el
vino venían a continuación de las termas y de las dependencias ordinarias.
Seguidamente el cuerpo de casa, con su puerta monumental, su belvedere
con diversos pisos, como en las villas romanas; sus galerías interiores y
sus pabellones angulares. Delante se extendían céspedes y jardines con
avenidas regulares bordeados de boj recortado que conducían a estanques
y a surtidores, o bien pérgolas sosteniendo cúpulas de follaje o a ninfeas
77

adornados con columnas y estatuas. Existía, por regla general, en esos
jardines un lugar recóndito, que llamaban «el rincón del filósofo». La
dueña de la casa solía ir a ese sitio a leer o a soñar. Colocaba allí su silla a
la sombra de una palmera. Su «filósofo» la seguía, sosteniendo su
sombrilla y llevando de la cuerda su pequeño perro favorito.
Se comprende que en una de esas herniosas villas Agustín soportara,
sin demasiada pena, las consecuencias del rigor maternal. Para encontrarse
bien allí sólo tenía que seguir la pendiente natural, que era, según él mismo
nos dice, el epicureísmo. El totalmente cierto que en esta época sólo quería
y buscaba el deleite. En casa de Romaniano se dejaba llevar por la dulzura
de la vida suavitates illius vitae, compartiendo los placeres de su huésped
y ocupándose de sus alumnos tan solo en los ratos perdidos. Debía ser muy
poco gramático: no tenía tiempo para eso. Con la tiránica amistad de las
gentes ricas, que no saben cómo ocupan el tiempo, Romaniano lo
acaparaba sin duda desde la mañana hasta la noche. Cazaban juntos, daban
banquetes, leían versos y discutían en los miradores de los jardines o en el
«rincón del filósofo».
Y, naturalmente, el reciente maniqueo se esforzaba por adoctrinar y
convertir a su mecenas, en la medida en que un hombre tan ligero como
Romaniano podía dejarse convencer. Agustín se acusa de haberlo «precipitado» en sus propios errores. Probablemente, Agustín no era tan
culpable. Su opulento amigo no parece haber tenido convicciones muy
sólidas. Con toda verosimilitud era pagano, un pagano escéptico o
indeciso, como abundaban en aquel tiempo.
Arrastrado por Agustín, se acercó al maniqueísmo; después, cuando
éste abandonó el maniqueísmo por la filosofía platónica, vemos a
Romaniano adoptar la postura de filósofo. Más tarde, cuando Agustín
vuelve a ser católico, lo arrastrara tras de sí hacia la verdadera fe. Este
hombre mundano era una de esas cabezas frívolas que no van nunca al
fondo de las cosas, para quienes las ideas no son sino pasatiempos y que
consideran a los filósofos o a los literatos como personas que divierten a
los demás. Lo que sí es cierto es que escuchaba a Agustín con verdadero
placer y se dejaba influir por él. Si coqueteó con el maniqueísmo fue porque Agustín lo deslumbró con sus razonamientos y sus bonitas palabras. El
poder de atracción de este joven de veinte años era ya entonces
extraordinario.
Agustín llevaba, pues, una vida de delicias en casa de Romaniano.
Todo allí le entusiasmaba: sus triunfos dialécticos, la admiración del
auditorio y los halagos del lujo que le rodeaban. Durante este tiempo,
78

Mónica se afligía por su conducta y pedía a Dios que lo apartara de sus
errares. Comenzó entonces a arrepentirse de haberlo dejado marchar y, con
su clarividencia cristiana, pensó que la casa de Romaniano no, era nada
adecuada para su hijo pródigo: era mejor volverle a llamar. A su lado
encontraría menos peligros de corrupción.
A fuerza de rezar, tuvo un sueño que apresuró su determinación: «Le
pareció estar de pie sobre una regla de madera, y he aquí que vio venir
hacia ella un joven resplandeciente, alegre y risueño, mientras que ella estaba sumergida en una profunda tristeza. Entonces el joven le preguntó la
causa de su aflicción y de sus continuas lágrimas... Y mi madre —dice
Agustín»—, habiéndole respondido que lloraba mi perdición, le ordenó de
alejar de sí todo temor y de tener en cuenta que donde ella estaba allí
estaba yo también. Habiendo obedecido mi madre, me descubrió a su lado,
de pie sobre la misma regla.»
Loca de alegría por esta promesa del cielo, Mónica rogó a su hijo que
volviera a su casa. Volvió, en efecto; pero, con las argucias de un sofista,
criticó a su madre, tratando de arrancarle su felicidad. Le dijo:
—Ya que según tu sueño debemos estar los dos sobre la misma
regla, eso prueba que tú te harás maniquea.
—No —replicó Mónica —: El no ha dicho que yo estaría donde tú
estás, sino que tú estarías donde yo estoy.
Agustín confiesa que este firme sentido común causó en él una cierta
impresión. Sin embargo, no se convirtió. Durante nueve años más
continuaría siendo maniqueo.
Como último remedio, Mónica suplicó a un obispo amigo suyo,
hombre muy versado en la Sagrada Escritura, que entablara una discusión
con su hijo para demostrarle la falsedad de su doctrina. Pero era tal la
reputación de Agustín como orador y como dialéctico', que el santo varón
no se atrevió a afrontar tan rudo adversario. Respondió muy atinadamente
a su madre que un espíritu tan sutil y penetrante no podía perseverar por
mucho tiempo en sus groseros errores: y alegaba su propio ejemplo, pues
él también había sido maniqueo. Mónica insistió llorando. Ante esto, el
obispo, cansado de sus megos y conmovido por sus llantos, le respondió
con una rudeza llena de bondad y compasión: «Vete en paz, mujer. ¡Así
Dios te dé vida!, que no es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas.»
Filius istarum lacrymarum: ¡el hijo de tantas lágrimas!... ¿Fue el
obispo sencillo o el retórico Agustín quien, en un impulso de
79

agradecimiento, ha encontrado estas palabras sublimes? Lo cierto es que,
más tarde, Agustín vio en las lágrimas de su madre como un primer
bautismo, de donde salió regenerado. Después de haberlo engendrado
según la carne_, Mónica lo engendró, con sus oraciones y sus gemidos, a
la vida espiritual Agustín hacía llorar a Mónica. Mónica lloraba por
Agustín.
Esto nos extraña en esta madre tan severa, en una africana un tanto
ruda. Las expresiones de lágrimas, lloros y lamentos se encuentran tan a
menudo en los escritos de su hijo que sentimos la tentación de considerarías Como piadosas metáforas: como figuras de oratoria sagrada.
Sospechamos que las lágrimas de Mónica están sacadas de la Biblia y que
son una imitación de las lágrimas reparadoras del rey David. Sería un error
creer esto. Mónica lloraba de veras. Hila rociaba el suelo de la basílica y
humedecía la balaustrada en la que apoyaba su frente con sus fervientes
oraciones. Esta mujer austera, esta viuda cuyo rostro rigurosamente
cubierto quedaba velado a la gente, cuyo cuerpo carecía de formas bajo las
telas grises o negras que la cubrían de la cabeza a los pies, casta cristiana
rígida, ocultaba un corazón lleno de amor. Un amor como el de entonces
era para ella una cosa completamente nueva.
Que una africana lleve su piedad hasta el fanatismo, que se esfuerce
en ganar a su hijo para la fe, que lo deteste y lo rechace con imprecaciones
si se ha alejado de ella, es cosa que siempre se ha visto en Africa. Pero que
una madre se aflija por la idea de que el alma de su hijo está perdida para
la otra vida, que se estremezca y se desespere con el pensamiento de que
disfrutará de una felicidad de la que él estará excluido, que ella entrará en
un lugar de delicias en el que su hijo no podrá estar, eso era cosa nunca
vista hasta entonces. «Allí donde yo esté estarás tú también», cerca de mí,
junto a mi corazón, unidos nuestros corazones con un mismo amor: esta
unión de las almas después de la muerte constituye toda la esperanza y
dulzura cristianas.
Agustín había dejado de ser, o no era todavía, cristiano. Pero a causa
de sus lágrimas es realmente el hijo de su madre. El hijo de Mónica recibió
abundantemente este don de lágrimas que con tanto fervor y contrición
San Luis Rey de Francia suplicó a Dios que le concediera.
Para él llorar tenía encantos. Se embriagaba en su propio llanto.
Precisamente durante su estancia en Tagaste perdió a un amigo que quería
con locura. Esta pérdida abrió en él la fuente de las lágrimas. No serán
todavía las lágrimas benditas que derramara más tarde en la presencia de
80

Dios, sino pobres lágrimas humanas, quizá más dignas de compasión a
causa de nuestras miserias,
¿Quién era aquel amigo? Nos ha hablado de él en términos muy
vagos. Sabemos tan sólo que era de la misma edad, que eran amigos desde
la infancia, que habían frecuentado la misma escuela, que acababan de
pasar un año juntos —probablemente en Cartago—, que este joven, a
instancias suyas, se había hecho maniqueo y, en suma, que los dos se
querían apasionadamente. A propósito de él, Agustín evoca, con un sentido
más profundo, las palabras de Horacio sobre su amigo Virgilio: dimidium
animae, era la mitad de mi alma Aquel joven cayó gravemente enfermo.
Como era costumbre, se le administró el bautismo en el último trance. Se
sintió inmediatamente aliviado y casi curado: «Tan pronto como pude
hablarle —dice Agustín—, lo cual fue posible en seguida que él pudo hablar, pues no me separaba un momento de su lado, ya que no podíamos
pasar el uno sin el otro-, traté de poner en ridículo este bautismo que había
recibido, privado de conocimiento y sin sentido, esperando que se burlaría
de él conmigo. Pero él, mirándome con horror como a un enemigo, me
amonestó con admirable y repentina libertad, diciéndome que si realmente
quería ser su amigo cesase de decir tales cosas. Estupefacto y
desconcertado ante semejante respuesta, contuve todos los ímpetus que me
agitaban y me propuse esperar el restablecimiento de su salud y de sus
fuerzas, para entablar la discusión que quería sostener con él...»
Así, pues, en ese momento tan serio, el que llamarán «el disputador
cartaginés» siente no poder medirse en un torneo dialéctico con su amigo
moribundo. El veneno intelectual había pervertido su espíritu hasta el
punto que llegó incluso a borrársele el sentido de las conveniencias
sociales. Pero si su cabeza, como él mismo nos confiesa, estaba
corrompida, su corazón permanecía íntegro. Su amigo murió pocos días
después, y él no se encontraba allí. Agustín quedó desolado.
Su pesar le llevó hasta el extravío y la desesperación. «El dolor de
esta pérdida cubrió mi corazón de tinieblas. Veía la muerte en todas partes.
La patria me era un suplicio y la casa paterna un indecible tormento. Todo
cuando había compartido con mi amigo se convertía para mí, ahora que él
estaba ausente, en un cruelísimo suplicio. Mi mirada lo buscaba por todas
partes, sin encontrarlo. Todo me horrorizaba, porque él ya no estaba allí y
nadie me podía ya decir: «He aquí que ya viene», como cuando estaba en
vida, lejos de mi presencia...»
Entonces Agustín arreciaba en sus sollozos, hacía eternos sus
lamentos, encontrando solamente en las lágrimas su consuelo. La ternura,
81

que Mónica sabía contener, se desbordaba libremente en él, llegando
incluso a la exageración. La moderación cristiana era entonces para él algo
desconocido, como la medida del gusto antiguo. Lo han comparado a
menudo a los genios más interesantes, a Virgilio, a Racine, porque ellos
también tuvieron el don de lágrimas. Pero la ternura de Agustín es más
desenfrenada y, por así decirlo, más romántica. Llega a veces hasta una
exaltación malsana.
Ser tierno como Agustín lo era entonces no significa solamente sentir,
con una sensibilidad excesiva, las más pequeñas heridas, los toques más
ligeros de amor o de odio, no es tan sólo entregarse en una manifestación
afectuosa, es complacerse en la entrega de sí mismo, experimentar que en
el momento en que uno se entrega participa de algo infinitamente dulce,
que deja de ser ya el ser amado. Es el amor por el amor, es llorar por el
gusto de las lágrimas, es poner en la ternura una especie de diletantismo
egoísta. Agustín, al haber perdido a su amigo, siente desprecio por todo el
mundo. Se repite a sí mismo: «Ya nada me queda sino mi dolor. Mí dolor
me es precioso y querido.» Y así, no quiere ser consolado.
Pero poco a poco se calman las angustias de la separación y él mismo
se da cuenta de que juega con su pena, y de que hace de sus lágrimas un
gozo: «Mis lágrimas —dice— habían suplantado a mi amigo en las
delicias de mi corazón.» De esta forma, casi se olvida del amigo. Por
mucho que Agustín afirme detestar la vida, no por eso deja de confesar con
ingenuidad que no hubiera querido perderla para dársela al muerto. S
«pecha que lo que se cuenta de Orestes y de Pílades, que se sacrificaban el
uno por el otro, es sólo una fábula. Finalmente, llega hasta escribir: «Tal
vez también tuviera miedo de morir, temor de hacer morir enteramente
conmigo al que tamo había amado.» El mismo en sus Retractaciones ha
condenado esta frase como puramente retórica. No es menos cierto que
quizá el más gran pesar de toda su vida —esa pena tan sincera y dolorosa
que le había «destrozado y ensangrentado el alma» — finalizará con una
frase bonita.
Conviene decir también que para una naturaleza tan fogosa como la
suya, el dolor, como el amor, se agotaban pronto. Quemaba la pasión y los
sentimientos, al igual que las ideas. Luego que se calmó, todo le pareció
descolorido. Tagaste se le hizo insoportable. Su temperamento impulsivo y
la volubilidad de su humor le hicieron pronto concebir un proyecto: volver
de nuevo a Cartago y abrir una escuela de retórica. Es también posible que
la mujer a quien amaba y que había abandonado lo llamara
insistentemente. En fin, tal vez le hablara de sus fundadas esperanzas de
82

maternidad. Siempre dispuesto para la marcha, Agustín no dudó un
momento. Es de todo punto probable que ni siquiera consultara a Atónica.
Tan sólo a Romaniano comunicó sus intenciones. Este, que por toda explicación hubiera deseado que permaneciera en Tagaste, protestó al
principio. Mas el joven alegó algunas excusas como su porvenir y sus
ambiciones de gloria: ¿iba a sepultar todo eso en un oscuro municipio?
Romaniano cedió a sus instancias y, dando pruebas de una
generosidad poco usual en nuestro tiempo, le costeó una vez más los
gastos del viaje.

83

5. EL SILENCIO DE DIOS
Agustín iba a permanecer nueve años en Cartago, nueve años que
malgastó en turbios menesteres, en disputas estériles y funestas tanto para
él como para los demás y, en fin, olvidándose por completo de su
verdadera vocación. «Y durante ese tiempo Tú permanecías en silencio,
Dios mío», exclama, evocando sus primeros desvarios de juventud. Ahora
el silencio de Dios se deja sentir más fuerte. Y, sin embargo, incluso en
esos años, su alma angustiada no había cesado de llamarlo: «¿Dónde
estaba yo entonces, Señor, mientras te buscaba? Tú estabas delante de mí.
Pero yo me había apartado de mí mismo y no me encontraba. Cuanto
menos iba a encontrarte a Ti.»
Fue seguramente el período más inquieto y, en ciertos momentos, el
más doloroso de su existencia. Apenas llegó a Cartago se encontró con
dificultades materiales que surgían continuamente. No sólo se veía obligado a ganar su vida, sino que tenía que mantener a los suyos, quizá a su
madre, a su hermano y a su hermana y, en todo caso, a su amante y a su
hijo. ¿Era ya padre antes de abandonar Tagaste? Es bastante probable; por
lo menos, no tardó en serlo.
Al recién nacido se le llamó Adeodato. Hay algo, de ironía
involuntaria en ese nombre—entonces bastante extendido— de Adeodato,
o «Consagrado a Dios». Este hijo de su pecado, como lo llama Agustín,
que no había deseado y cuyo anuncio fue para él una sorpresa penosa, este
pobre niño era un regalo del cielo del que su padre se habría privado
gustosamente. Después, cuando lo vio, sintió una gran alegría y lo quiso
realmente como el «Dado por Dios».
Aceptó valientemente su paternidad. Por otra parte, como suele
suceder en semejantes casos, sus lazos de unión con la amante se hicieron
más estrechos, adquiriendo una cierta dignidad conyugal. Las cualidades
de la madre de Adeodato justificaban semejante apego, un apego que debía
durar más de diez años. El misterio en el que Agustín ha querido envolver
para siempre a la mujer que más amó en el mundo es para nosotros poco
84

menos que impenetrable. Sin duda, debía de ser de condición humilde, por
no decir muy baja, ya que Mónica juzgó imposible regularizar, por medio
del matrimonio', esta unión tan poco acertada. Hubiera habido una gran
desproporción entre el origen y la educación de los dos amantes. Esto no
fue obstáculo para que Agustín amara apasionadamente a aquella mujer, tal
vez a causa de su belleza, quizá por la bondad de su corazón, o por las dos
cosas a la vez.
Es raro3 sin embargo, que, teniendo un humor tan variado y un alma
tan impresionable y decidida, le fuera fiel durante tanto tiempo. ¿Quién le
impedía coger a su hijo y marcharse? Las costumbres antiguas autorizaban
esta determinación. Pero Agustín era afectuoso. Tenía miedo de causar un
disgusto y no deseaba para los demás las desgracias que tanto le habían hecho sufrir. No se marchó por bondad, por piedad, también por hábito y
porque, pese a todo, quería a la madre de su hijo. Hasta el tiempo de su
conversión vivieron como marido y mujer.
Para alimentar a los de su casa, lo vemos decidido a ser «vendedor de
palabras». A pesar de su juventud, tema apenas veinte años, su estancia en
Tagaste, en calidad de gramático, le permitió ahora ocupar un puesto entre
los retóricos cartagineses. Gracias a Romaniano, tuvo en seguida alumnos.
El mecenas de Tagaste le confió sus propios hijos: ese joven Licencio, a
quien ya había comenzado a educar, y uno de sus hermanos menores. Es
casi seguro que los dos adolescentes vivían en casa de Agustín. Un
pequeño detalle que el maestro nos ha transmitido parece probar esto.
Habiéndose perdido en cierta ocasión una cuchara de la casa, Agustín
encargó a Licencio que fuera a consultar a un tal Albicerus, adivino que
gozaba entonces de una gran reputación en Cartago, para ver si la
encontraba. Este encargo no tendría ninguna explicación plausible si el
joven no fuera huésped y comensal de su profesor.
Conocemos también a otros de sus condiscípulos: es Eulogio, que fue
más tarde profesor de retórica en Cartago y del que Agustín nos ha
relatado un sueño extraordinario. En fin, Alipio, un poco más joven que él,
su amigo, el «hermano de su corazón», como lo llama. Alipio había
asistido a sus explicaciones en Tagaste. Después de la brusca deserción del
profesor, el padre del estudiante se había enfadado. Al enviarlo a Cartago
le prohibió frecuentar la escuela de Agustín. Pero era muy difícil separar
por mucho tiempo amigos tan entrañables. Poco a poco Alipio fue
venciendo la resistencia de su padre: y volvió a ser alumno de su
compañero.
85

Cuando abrió su escuela, la cultura de Agustín —recién salido de las
aulas— no podía ser muy profunda. Su cargo le obligó a aprender todo
cuanto ignoraba. Aprendió muchas cosas al tenerlas que enseñar. Hizo en
aquella época la mayoría de las lecturas que alimentarían más tarde sus
tratados y relatos polémicos. El mismo nos confiesa que en ese tiempo
leyó todo cuanto pudo. Está orgulloso de haber descifrado y comprendido
por sí mismo, sin tener que recurrir a explicaciones de ningún maestro, las
Categorías de Aristóteles, consideradas entonces como una de las obras
abstrusas del Estagirita. En un tiempo en el que la enseñanza era sobre
todo oral y los libros relativamente escasos, está claro que Agustín no fue
en absoluto lo que hoy llamamos un «devorador de libros». Ignoramos si
Cartago poseía muchas bibliotecas y si eran de calidad. Lo cierto es que el
autor de La ciudad de Dios es el último de los escritores latinos que haya
tenido una cultura verdaderamente enciclopédica. Constituye el lazo de
unión entre los tiempos modernos y la antigüedad profana. La Edad Media
sólo conocerá la literatura clásica a través de las citas y alusiones de
Agustín.
Así, pues, a pesar de sus preocupaciones profesionales y familiares,
sus inquietudes intelectuales no lo abandonaban. La conquista de la verdad
era siempre su ambición dominante. Esperaba todavía encontrarla en el
maniqueísmo., pero comenzaba ya a creer que se hacía esperar mucho. Los
jefes de la secta debían desconfiar de él. Temían mucho su espíritu sutil y
peinen-ante, tan rápido para encontrar el punto débil de una tesis o de un
razonamiento. Por eso retardaban su iniciación en sus doctrinas secretas.
Agustín continuaba siendo simple «auditor» en su iglesia. Para engañar la
actividad devoradora de su inteligencia, le encauzaban hacia la
controversia y la discusión crítica de las Escrituras. Preciándose de
cristianos, aceptaban una parte y rechazaban, como algo interpolado o
falsificado, todo aquello que no se adaptaba a su teología. Sabemos que
Agustín triunfaba siempre en este tiempo de disputas y gustaba con
vanidad sobresalir en ellas.
Cuando, cansado de esta crítica negativa, reclamaba a sus
evangelistas un alimento más sustancioso, le proponían algún dogma
esotérico, capaz de seducir una imaginación juvenil por su color poético o
filosófico.
El catecúmeno que no estaba satisfecho acababa por contentarse a
falta de algo mejor. Compara muy acertadamente a esos enemigos de la
Escritura con los cazadores que tapan con tierra todas las fuentes a las que
los pájaros van a beber, y después colocan sus reclamos al borde del único
86

charco que no han cubierto de tierra, Los pájaros se precipitan en él no
porque el agua sea allí mejor, sino porque no hay otra y no saben dónde ir
a beber. De igual forma, Agustín, no sabiendo dónde apagar su sed de
verdad, la calmaba como podía en el panteísmo confuso de los maniqueos.
Es de admirar, sin embargo, que, pese a su poco convencimiento,
convirtiera a cuantos le rodeaban. Por su culpa, sus amigos se hicieron
maniqueos: uno de los primeros fue Alipio; después, Nebrida, hijo de un
gran propietario de las cercanías de Cartago; Honorato, Marciano; quizá
también sus alumnos más jóvenes, Licencio y su hermano: víctimas todas
ellas de su palabra; más tarde se esforzará por apartarlas de sus propios
errores. Tal era su poder de atracción y tan arraigada la credibilidad
pública.
El siglo IV no era ya un siglo de gran fe cristiana. En cambio, el
paganismo, hasta entonces agonizante, se recrudece gracias a la credulidad
burda y a la superstición. Como la Iglesia combatía enérgicamente tanto la
una como la otra, no es extraño que hayan sido los paganos los más
contaminados. La vieja religión acaba por caer en la magia. Las figuras
más relevantes de la época, como los filósofos neoplatónicos y el mismo
emperador Juliano, son taumaturgos o, por lo menos, adeptos de las
ciencias ocultas. Apartado entonces del cristianismo, Agustín participaba
de la corriente general, junto con loe jóvenes de su alrededor. Lo hemos
visto antes consultar al mago Albicerius a propósito de una cuchara que se
había perdido. Mas este intelectual creía tanto en los magos como en los
astrólogos.
Se han encontrado en Cartago láminas de plomo en las que había
escritos mágicos conjuros contra los caballos que tenían que correr en el
circo. Al igual que los aurigas cartagineses, Agustín recurría a estas prácticas fraudulentas y clandestinas para asegurarse el éxito. En vísperas de
un concurso poético se entrevistó con un mago, que le propuso, previo
pago de una cantidad, sacrificar un cierto número de animales para
conseguirle el premio. Ante esto, Agustín protestó, declarando que, aunque
tuviera que recibir una corona de oro inmortal, le prohibía
terminantemente matar por su causa una sola mosca. En el fondo, la magia
era algo que iba contra su rectitud de intención y la sensibilidad de sus
nervios por lo turbio y lo brutal de sus operación®. Se confundía de
ordinario con la haruspicine, por cuanto comprendía una parte de cocina y
anatomía sagrada que repugnaba a las personas delicadas: disección de la
carne, inspección de las entrañas, sin hablar de la matanza y degüello de
las víctimas. Fanáticos como Juliano se entregaban con deleite a estas
87

asquerosas manipulación®. Por lo que conocemos del alma de Agustín se
explica muy bien que se haya apartado de ello con horror.
La astrología, por el contrarío, lo seducía por su apariencia científica.
Sus adeptos se daban el título de «matemáticos»; y así, la astrología
parecía participar de la solidez de las ciencias exactas. Agustín hablaba a
menudo de esto con un médico de Cartago, Vindiciano, hombre de gran
sensatez y sabiduría que llegó incluso a la dignidad proconsular. En vano
trataba éste de demostrar al joven retórico que las pretendidas profecías de
los matemáticos eran debidas a la casualidad; también su amigo Nebrida,
menos crédulo que él, unía en vano sus argumentos a los del conspicuo
doctor. Agustín se obstinaba en su quimera. Su espíritu discursivo
descubría ingeniosas justificaciones a las pretensiones de los astrólogos.
Deslumbrado por todos los espejismos intelectuales, mariposeaba de
una ciencia a otra, repitiendo dentro de su corazón la divisa de sus
maestros maniqueos: «Verdad, verdad.» Pero sea cuales fueren los atractivos de la vida especulativa, tenía que asegurar primeramente su vida
material. Una simple mirada a su hijo le volvía a la realidad. Ganar dinero
y, para eso, exigirse cada vez más, ponerse en evidencia, aumentar su
reputación: he ahí un programa en el que Agustín trabajaba con todas sus
fuerzas. Por eso se presentó al concurso de poesía dramática. Fue
declarado vencedor. Su viejo amigo, el médico Vindiciano, entonces procónsul, colocó—según nos dice—la corona del premio sobre su «cabeza
enferma». El hecho de que el futuro Padre de la Iglesia escribiera para el
teatro—y qué teatro d de entonces—es una de las más grandes rarezas de
esta existencia tan agitada y, a primera vista, tan contradictoria.
En aquel tiempo, y siempre por ambición literaria, compuso un
tratado de estética Sobre lo bello y lo conveniente, que dedicó a uno de sus
ilustres colegas, Hierius el Sirio, «orador de la ciudad de Roma», uno de
los profesores de la enseñanza oficial costeado por la municipalidad
romana o por el tesoro imperial. Este retórico levantino hacía maravillas en
la capital del Imperio. Su fama había trascendido los círculos
universitarios y mundanos y pasado allende el mar. Agustín, como todo el
mundo, lo admiraba. Está claro que en esta época su máxima aspiración
era ser nombrado, al igual que Hierius, orador dé la ciudad de Roma. Más
adelante el obispo de Hipona, aunque condene la vanidad de sus
ambiciones juveniles, tuvo que hacerse irónicas reflexiones sobre su
modestia. Qué poco se conocía a sí mismo en aquel entonces. Todo un
Agustín había soñado en emular un día a ese oscuro pedagogo, del que
nadie hubiera hablado nunca de no haber sido por él. Instintivos como
88

Agustín se equivocan perpetuamente acerca del fin y de los medios a
emplear. Pero sólo se engaña en apariencia. Una voluntad más fuerte que
la suya los conduce, a través de caminos misteriosos, a donde deben ir.
Se ha perdido este primer libro de Agustín, sin que podamos decir si
hay que deplorar esta pérdida. El mismo nos lo recuerda con bastante
despego y con palabras vagas: parece, sin embargo, que esta estética estaba
basada en la metafísica maniquea. Pero lo que hay de más significativo en
ese ensayo de juventud es que la primera vez que Agustín hace una obra
literaria es para tratar de definir y exaltar la belleza
No conocía todavía, al menos de una manera directa y textual, los
Diálogos de Platón; con todo y eso, se siente atraído por el platonismo. Le
era connatural. Su cristianismo será una religión llena de luz y belleza.
Para él, la suprema belleza es lo mismo que el amor supremo: «¿Qué es lo
que amamos —preguntaba a sus amigos —si no es la belleza?» Num
amamus aliquid nisi pulchrum? Todavía, al final de su vida, en la Ciudad
de Dios, cuando se esfuerce en hacemos inteligible el dogma de la
resurrección de la carne, creerá que nuestro cuerpo debe resucitar
despojado de sus taras terrenales, con todo el esplendor del tipo humano
perfecto. Nada se habrá perdido. Conservará todos sus miembros y todos
sus órganos porque son hermosos. En esta pincelada se reconoce no sólo al
platónico, sino también al viajero y al diletante que había contemplado
alguno de los más puros modelos de la escultura antigua.
Ese libro primerizo tuvo una acogida bastante mediocre. Agustín no
nos dice siquiera si el célebre Hierius lo felicitó, y parece como si nos
quisiera dar a entender que no hubo más admirador que él mismo. Nuevas
desilusiones y sinsabores más serios modificaron poco a poco sus
disposiciones de ánimo y sus proyectos para el porvenir. Después de tantos
años de esfuerzo se daba cuenta de que no había progresado casi nada. No
podía dejarse engañar con vanos pretextos, era de todos evidente que el
retórico Agustín no triunfaba.
¿A qué era debido esto? ¿Le faltaban acaso aptitudes para ser
profesor? Tal vez no tuviera el don de autoridad, que es el primero y más
indispensable de todos para un profesar. Lo que sin duda le convenía era
un pequeño y selecto auditorio al que poder deslumbrar más que dominar.
Las clases numerosas y ruidosas no eran para él.
En Cartago estas clases de retórica eran particularmente difíciles de
dar, ya que los alumnos se mostraban más revoltosos que en otras partes.
Los «demoledores» las invadían a cada momento para sembrar el alboroto.
89

Agustín, que siendo estudiante se había abstenido de hacer estas bromas
pesadas, tenía que soportarlas como profesor. En eso no era peor tratado
que sus colegas, que tenían que hacer frente a los mismos desórdenes: era
una costumbre y, en cierto sentido, como una norma de las escuelas de
Cartago. Con todo y eso, no hubiera estado de más el poseer una mayor
autoridad a los ojos de esa juventud indisciplinada. Pero había otras faltas
más graves en un profesor que quiere triunfar: Agustín no era intrigante e
ignoraba el arte de hacerse valer.
Es posible que como retórico no reuniera las condiciones que
entonces eran del agrado del público pagano. Ya sabemos la importancia
que daban los antiguos a las cualidades físicas del orador. Ahora bien,
según una vieja tradición, Agustín era de pequeño estatura, endeble: hasta
su muerte se quejará de su mala salud. Tenía una voz débil, el pecho
delicado y una garganta a menudo enferma. Eso seguramente le
perjudicaba ante un auditorio acostumbrado a todo el énfasis externo y a
todo el aparato de la elocuencia romana. En resumen, su frase, escrita o
hablada, carecía de brillantez y estaba desprovista de los ingeniosos giros
de expresión que gustan tanto en los círculos literarios mundanos. Este
escritor de ilimitada fecundidad no es, en absoluto, un estilista. En este
sentido es inferior a Apuleyo y a Tertuliano, aunque los deje muy atrás en
sinceridad y hondura de sentimientos, en lirismo, color, arrebato de sus
metáforas y, junto a eso, en la unción y suavidad del acento. El caso es
que, pese a los esfuerzos que hacía para obtenerlo, ignoraba lo, que los
retóricos de su tiempo entendían por buen estilo. Precisamente por eso, sus
escritos, al igual que sus declamaciones, no solían gustar mucho.
No obstante, jueces imparciales sabían apreciar su valor y adivinaban
los dones, todavía escondidos en él, que prematuramente comenzaba a
malgastar. Había sido recibido en casa del procónsul Vindicianus, que
gustaba charlar con él, demostrándole un cariño verdaderamente paternal.
Agustín tenía muy buenas relaciones. Las conservó toda su vida. Su
educación y la elegancia de sus modales le abrían las puertas más difíciles.
Pero precisamente porque se le estimaba en los círculos selectos
experimentaba tanto mayor pesar al no ocupar ante el gran público el
puesto que merecía. Su humor se fue agriando poco a poco. Con esas disposiciones tan pesimistas no veía ya las cosas con la misma confianza y
serenidad. Volvían otra vez las inquietudes espirituales.
Fueron sus ideas las que primero se resintieron. Comenzó a tener
dudas cada vez más concretas sobre el maniqueísmo. Empezó a sospechar
de la austeridad, un tanto teatral, de que hacían gala los iniciados en la
90

secta. Entre otras bajezas, vio un día en una de las plazas más concurridas
de Cartago «a tres elegidos relinchar al paso de no sé qué mujeres y
entregarse a gestos tan obscenos que sobrepasaban la desvergüenza y el
descaro de las gentes más groseras». Se escandalizó. Mas esto es poco
todavía. El mismo no era entonces tan virtuoso. Por regla general, un
intelectual hace poco caso de la práctica y no se preocupa de conformar su
conducta con sus principios.
Lo peor, para él, es que la física maniquea —un montón de fábulas
más o menos simbólicas— le pareció repentinamente ruidosa. Acababa de
leer algunos libros de astronomía y había podido comprobar que la
cosmología de los maniqueos —de esos hombres que se proclamaban
racionalistas— estaba en fuerte oposición con la ciencia. El maniqueísmo
había sido alcanzado en su principio, desde el momento en que contradecía
la razón confirmada por la experiencia.
Agustín manifestó sus dudas no solamente a sus amigos, sino
también a los sacerdotes de la secta. Estos se excusaron con evasivas y
deslumbrantes promesas: un obispo maniqueo, un tal Fausto, iba a llegar a
Cartago. Era un hombre de una ciencia consumada.
Refutaría seguramente sin dificultad todas las objeciones posibles.
Confirmaría en su fe a los jóvenes auditores... Agustín y sus amigos
esperaban, pues, a Fausto como a un verdadero Mesías. Su decepción fue
inmensa. El pretendido doctor era un ignorante que no tenía ninguna
noción de las ciencias ni de la filosofía y cuyo único bagaje intelectual se
reducía a un poco de gramática. Gran conversador y con un agudo ingenio,
podía, a lo sumo, charlar con amenidad sobre literatura.
Esta decepción, unida a sus sinsabores profesionales, causó en
Agustín una crisis de alma y de conciencia. Así, pues, esa verdad por la
que durante tanto tiempo había suspirado, y que tanto; le habían
prometido, no era sino un señuelo... Tenía que resignarse a desconocerla.
Entonces, ¿en qué se iba a ocupar, ahora que la verdad se le ocultaba? Tal
vez la fortuna y los honores lo consolarían un poco. Pero todavía estaba
lejos de eso. Presentía que había emprendido un camino falso, que se
hundía en Cartago, como se había hundido en Tagaste. Era preciso triunfar
a toda costa...
Además, pasaba por uno de esos momentos de dejadez, en los que
sólo espera uno salvarse por medio de una decisión desesperada. Estaba ya
harto de su ambiente y de cuantos le rodeaban. Sus amigos, a quienes
conocía demasiado, no teman ya más nada que enseñarle, ni podían
91

tampoco ayudarlo en la única búsqueda que le apasionaba. Su lazo
amoroso le pesaba. Nueve años duraban ya las relaciones. Su hijo tenía esa
edad ingrata que suele indisponer a un padre joven más bien que despertar
en él una ternura ya antigua. Sin duda alguna, no quería abandonarlo. No
tenía en absoluto intención de romper con su amante. Sentía, sin embargo,
la necesidad de cambiar de aire, de irse a otra parte, donde mejor respirar,
para recomenzar su tarea con nuevo brío.
Fue entonces cuando tuvo la idea de probar fortuna en Roma. Era allí
donde se podía alcanzar la fama literaria. Encontraría indudablemente
mejores jueces que en Cartago. Acabaría por entrar en la enseñanza oficial,
donde tendría un sueldo fijo: al monos el presente estaría así asegurado.
Probablemente Agustín acariciaba ya este proyecto cuando le envió a Hierius, orador de la ciudad de Roma, su tratado sobre lo bello: gracias a este
gesto dé amabilidad, daba ya por descontada la ayuda eventual del ilustre
retórico. En fin, sus amigos Honorato, Marciano y los otros le constreñían
para que buscara en Roma un teatro digno de él. Alipio, que en ese
momento había acabado sus estudios de derecho y que debía deplorar su
separación, lo llamaba desde allí con insistencia, prometiéndole el éxito.
Una vez más, Agustín estaba dispuesto para la marcha. Su resolución
fue rápida. Abandonaba a los suyos, a su amante y a su hijo, hasta el
momento en que su nuevo estado le permitiera traerlos junto a él. Nos ha
asegurado que el motivo principal que determinó su marcha es que los
estudiantes de Roma pasaban por más disciplinados y menos revoltosos
que los de Cartago. Era evidentemente una razón de peso para un profesor
a quien le repugna hacer de policía en su clase. Pero además de lo que
acabamos de apuntar hubo otras razones que debieron influir también en
su decisión.
En realidad no se sentía seguro en Cartago: Teodosio acaba de dictar
penas muy severas contra los maniqueos. No sólo los condena a muerte,
sino que incluso había establecido una verdadera inquisición, con el
encargo especial de espiar y perseguir a esos herejes. ¿Pensó Agustín que
en Roma, en donde era un desconocido, se escondería mejor que en una
ciudad donde so había señalado por su excesivo proselitismo? Sea de ello
lo que fuere, lo cierto es que su marcha levantó calumnias, que muchos
años más tarde recogerían sus adversarios los donatistas para
desnaturalizarlas. Lo acusaron de haber huido ante la persecución: aseguraban que había esquivado furtivamente una sentencia pronunciada contra
él por el procónsul Mesiano. Agustín no tuvo gran dificultad en refutar
92

tales acusaciones. Parece, sin embargo, deducirse de todos estos hechos
que una discreta prudencia le aconsejaba atravesar el mar lo antes posible.
Se iba, por tanto, a embarcar. Es de esperar que, pese a su sublime
despreocupación por las cosas materiales, proveyera al sostenimiento de la
mujer y del hijo que dejaba tras de sí. Parece ser que su amiga se resignó,
sin hacer escenas violentas, a esta ausencia que él decía ser momentánea.
No ocurrió igual con su madre. La sola idea de Roma, cual otra Babilonia,
asustaba a esta africana austera. ¡Cuántos peligros espirituales iba a correr
su hijo! Hubiera querido tenerlo junto a ella para conducirlo a la fe y
también para amarlo: Agustín había sido su único amor humano. Era,
además, el único apoyo de la vida, ¿qué iba a ser de ella sin él?
El fugitivo debió emplear la astucia con Mónica para poner en obra
su proyecto. Ella no se apartaba de su lado, lo aprisionaba con sus brazos y
le rogaba encarecidamente, con lágrimas en los ojos, que se quedara.
La noche de su embarque lo siguió hasta el puerto, aunque Agustín,
para desviar sus sospechas, le había mentido. Aseguraba que iba a
acompañar al barco a un amigo que partía. Mónica, desconfiada, siguió sus
pasos. Caía la noche. Sin embargo, el buque fondeado en una pequeña
dársena al norte de la ciudad permanecía inmóvil. Los marineros
esperaban que la brisa se levantara para izar las velas. Hacía un tiempo húmedo y pesado, como es costumbre en el Mediterráneo en los meses de
agosto y septiembre. No hacía ni pizca de viento. Las horas pasaban.
Mónica, agotada por el calor y el cansancio, desfallecía. Agustín, entonces,
le aconsejó astutamente ir a pasar la noche en una capilla cercana, ya que
el barco no levantaría anclas hasta el alba. Se decidió, no sin cierta pena, a
reposar un poco en esa capilla, una «memoria» consagrada a San Cipriano,
el gran mártir y patrón de Cartago.
Como la mayoría de los santuarios africanos de aquel tiempo y como
los morabitos de hoy día, la capilla debía estar rodeada o precedida de un
patio, con un pórtico con arcos, en donde se podía uno acostar. Mónica se
sentó en el suelo bajo sus tupidos velos, en medio de gente pobre y de
viajeros que en aquella noche tan bochornosa habían venido, como ella,
buscando un poco de fresco cerca de las reliquias del bienaventurado
Cipriano. Rezó por su hijo, ofreciendo a Dios «la sangre de su corazón» y
suplicándole que lo retuviera cerca de ella: porque «le gustaba más que a
ninguna otra madre verme a su lado». Y como verdadera hija de Eva,
«volvía a pedir con dolor el hijo que había traído al mundo con dolor».
Oró durante largo tiempo, y cansada de tantas emociones, se durmió. El
portero de la capilla veló aquella noche, sin saberlo, no solamente a la
93

madre del retórico Agustín, sino a la antepasada de un inagotable linaje de
almas: esa humilde mujer que dormitaba en el suelo, sobre las losas de un
patio, encerraba en su corazón toda la ternura de las futuras madres.
Mientras que ella dormía, Agustín había montado furtivamente en el
barco. El silencio y la magnificencia nocturna le oprimían. A veces el grito
de los hombres de la tripulación adquiría un acento extraño en esa
inmensidad reluciente. El golfo de Cartago brillaba a lo lejos bajo la
luminaria de las constelaciones y el resplandor de una vía láctea blanca
como las flores en un jardín celestial. Pero Agustín tenía el corazón pesado, más pesado que el aire sobrecargado por la canícula y la humedad
marinas; acongojado por la mentira y la crueldad que acababa de realizar,
entreveía ya el despertar y la angustia de su madre. Su conciencia estaba
turbada, alterada por los remordimientos y los malos presagios. No
obstante, sus amigos trataron de animarlo, exhortándolo al valor y a la
esperanza. Al abrazarlo, Marciano le citó un verso de Terencio:
«Este día que te trae una vida nueva exige también de ti un hombre
nuevo.»
Agustín sonrió con tristeza. Por fin, la marcha. Se había levantado el
viento, el viento de una gran viaje que lo conducía a lo desconocido»... De
repente, ya mar adentro, tuvo un sobresalto. Su fortaleza y su confianza
afloraron de nuevo. Partir. ¡Qué embriaguez para todos aquellos que no
pueden apegarse a un rincón de la tierra, que se saben instintivamente «en
otra parte», que pasan siempre como extranjeros y perseguidos, y que se
marchan con alegría, como si dejaran tras de sí una pesada carga! Agustín
era de éstos, de los que entre los encantos del camino no dejan de pensar
en la vuelta. Pero ignoraba a dónde le llevaba Dios. Marciano tenía razón:
comenzaba realmente para él una vida nueva, pero no precisamente la que
ellos se imaginaban.
El que marchaba como retórico^ como vendedor de palabras, iba a
volver como apóstol, como conquistador de almas.

94

III. LA VUELTA
Et ecce ibi es in carde eorum, in carde
confitentium tibi, et projicientium se in te, el
plorantium in sinu tuo, post vias suas
difficiles...
«Al punto estarás tú allí en sus
corazones, en los corazones de los que te
confiesan, y se arrojan en ti, y lloran en tu
seno a vista de sus caminos difíciles...»
(Conf., v, 2.)

1. LA CIUDAD DE ORO
Apenas llegó a Roma, Agustín cayó enfermo, debió ser en el mes de
agosto o a primeros de septiembre, antes del comienzo del curso, es decir,
en la época de fiebres y calores, cuando todos los romanos que podían
abandonar la ciudad huían a los lugares de veraneo, junto al mar.
Gomo todos los grandes centros cosmopolitas de aquel tiempo, Roma
ira una ciudad malsana. Las enfermedades del universo entero, traídas por
el afluir continuo de los extranjeros, encontraban allí un terreno propicio
para su desarrollo. Al igual que nuestros contemporáneos, sus habitantes
tenían también la fobia de los contagios. Se evitaba prudentemente tener
contacto con las personas contaminadas, a las que solían abandonar a su
suerte. Si, por pudor, despachaban a un esclavo a la cabecera de un
enfermo, lo enviaban en seguida a las estufas, lo desinfectaban de los pies
a la cabeza antes de volver a abrirle la puerta de la casa.
Agustín tuvo, al menos, la suerte de estar bien atendido, ya que
pronto se restableció. Se había alojado en casa de uno de sus hermanos
95

maniqueos, «auditor» como él y de buen corazón, del que Agustín fue
huésped durante toda su estancia en Roma. Con todo, padeció tales
calenturas que se vio en peligro de muerte. «Ya me marchaba —nos dice
—, y estaba perdido.» Le asusta la idea de haber visto la muerte tan de
cerca y en un momento en que estaba tan lejos de Dios —tan alejado
realmente que no pensó siquiera pedir el bautismo—, como había hecho en
un caso semejante, cuando era pequeño. ¡Qué golpe más irreparable
hubiera sido para Mónica! Se estremeció una vez más al recordar el
peligro: «Si el corazón de mi madre hubiera sido traspasado por una herida
semejante, nunca hubiera sanado. Porque jamás repetiré bastante el gran
amor que me tenía, y cuánto más dolorosas Je eran las angustias de mi
concepción espiritual que los dolores de mi nacimiento según la carne.»
Mónica, sin embargo, rezaba. Agustín se salvó. Atribuye su restablecimiento a las súplicas ardientes de su madre, quien, al pedir a Dios por la
curación de su alma, obtuvo, sin saberlo, la de su cuerpo.
Todavía convaleciente hubo de preocuparse de reclutar alumnos.
Tuvo que solicitar ayuda de más de un personaje importante y llamar, sin
resultado, a más de una puerta. Este triste comienzo, esta crisis casi mortal
de la que apenas se había repuesto, esas cargas obligatorias, todo eso
contribuía a que Roma no le pareciera muy agradable. No nos extraña,
pues, que no le hubiera gustado y que, hasta el final de su vida, le guardara
rencor por tan mala acogida. Es imposible descubrir en sus numerosos
escritos una frase de elogio sobre la belleza de la Ciudad Eterna, mientras
que, por el contrario, a través de sus invectivas contra los vicios de
Cartago, se deja entrever su secreta benevolencia hacia la Roma africana.
Después de tantos siglos, todavía no se había apagado la antigua rivalidad
entre las dos ciudades. En el fondo, a Agustín, como buen cartaginés —y
precisamente por serlo —, no le gustaba Roma,
Se reunían, pues, como a propósito, las circunstancias más
desfavorables para asquearlo. Se preparaba ante la proximidad de la mala
estación. Habían comenzado a caer las lluvias de otoño. Las mañanas y las
tardes eran frías. Con su pecho delicado y su temperamento de africano
friolero, tuvo que sufrir mucho a causa de ese clima húmedo y glacial.
Roma le pareció una ciudad del Norte. Con los ojos todavía empapados
por la cálida luz de su país y por la alegría blanquecina de las calles de
Cartago, erraba como un exilado entre los sombríos palacios romanos,
entristecido por las paredes grises y las calles llenas de barro. Las
comparaciones involuntarias y continuas que hacía entre Cartago y Roma
lo hacían injusto hacia esta última. Encontraba en ella un aspecto duro,
96

forzado, declamatorio y, ante la aspereza de la campiña romana, evocaba
las risueñas afueras cartaginesas, con sus jardines, sus villas, sus viñas y
sus olivares, ceñidas por todas partes por el resplandor del mar y de las lagunas.
Por otra parte, Roma no podía constituir una estancia encantadora
para un pobre maestro de retórica que llegaba allí en busca de fortuna.
Otros extranjeros antes que él se habían ya quejado. Siempre subir,
descender Las rampas, a menudo muy empinadas, de la ciudad de las siete
colinas, correr desde el Aventino hasta los jardines de Salustio, del
Esquilio al Janículo. Destrozarse los pies con las afiladas piedras de los
callejones empinados. Esas carreras eran agotadoras y la ciudad no
acababa nunca. Cartago también era grande —casi tan grande como Roma
—. Pero Agustín no era en ella un pedigüeño. Se paseaba por la ciudad sin
rumbo fijo. Aquí el movimiento de la muchedumbre, el barullo de les tiros
de caballería trastornaban y exasperaban su negligencia de meridional.
Se estaba en constante peligro de ser aplastado por los carros
lanzados a todo galope en aquellas calles estrechas: entre la gente
distinguida existía entonces la manía de ir corriendo la pista. O bien se
veía uno obligado a detenerse para dejar paso a la litera de una matrona,
escoltada por la gente de su casa, desde los esclavos y los encargados de la
cocina, hasta los eunucos y la pequeña servidumbre. Todo este ejército
actuaba bajo las órdenes de un jefe que tenía en la mano una varilla, signo
distintivo de sus funciones.
Cuando se había ya despejado el camino y había uno llegado al
palacio del personaje influyente que se iba a visitar, no entraba uno allí sin
haber untado antes el carro. Para hacerse presentar al dueño era preciso
granjearse la amistad del esclavo nomenclator, que no solamente os
introducía, sino que con una sola palabra podía recomendaros c prestaros
un servicia. Sin embargo, pese a todas estas precauciones, no estaba uno
seguro de la buena acogida del patrón. Algunos de estos grandes señores,
que no pertenecían siempre a las viejas familias romanas y que se
preciaban de un nacionalismo intransigente, fingían tratar con altivez a los
extranjeros. Los africanos no estaban muy bien vistos en Roma, sobre todo
en los medios católicos. Agustín experimentó lo desagradable de esta
situación.
Por la noche, en medio de las grandes calles brillantemente
iluminadas —parece que la iluminación de Roma rivalizaba con la luz del
día—, llegaba extenuado al hogar de su huésped maniqueo. Según una tradición, su casa estaba situada en el barrio del Vélabre, en una calle que
97

sigue llamándose en la actualidad la Vio greca y que rodea la vieja iglesia
de Santa María in Cosmedin, barrio muy pobre en el que pululaban pordioseros venidos de Oriente y en el que se albergaban los emigrantes de los
países levantinos, griegos, sirios, armenios y egipcios. Los almacenes del
puerto del Tíber no estaban muy alejados; los braceros, los mozos de
cuerda y los remeros del puerto abundaban sin duda alguna en esta región.
¡Qué ambiente para una persona que había sido en Tagaste huésped del
fastuoso Romaniano y persona de confianza del procónsul en Cartago!
Cuando había llegado al sexto piso, que era el de su huésped, tiritando ante
un brasero mal encendido, a la luz tenue de una pequeña lámpara de
bronce o arcilla, con una humedad fría que descendía de las paredes, se le
hadan más agobiantes sus apuros y su soledad, Detestaba a Roma y la
necia ambición que lo había llevado allí.
Y, sin embargo, Roma debía de conmover vivamente a este literato, a
este esteta tan enamorado de la belleza. Aunque el traslado de la corte a
Milán le hubiera privado de una parte de su animación y de su esplendor,
estaba todavía iluminada por sus grandes recuerdos y jamás estuvo tan
hermosa como entonces. Tenía forzosamente que impresionar a Agustín,
pese a sus prejuicios de africano. Por muy bien construida que estuviera la
nueva Cartago, no podía en absoluto compararse a una ciudad como
aquélla, más que milenaria, y que en todas las épocas de su historia había
tenido el gusto principesco de las edificaciones gracias a una serie de
emperadores que la habían embellecido constantemente.
Cuando Agustín desembarcó en Ostia, vio levantarse ante él,
tapándole la perspectiva de la Via Appia, el Septizonium de Septimio
Severo —una imitación mucho más grandiosa sin duda que la de Cartago
—. Este vasto edificio, probablemente un depósito de agua de dimensiones
gigantescas, con sus columnas ordenadamente superpuestas, era como el
pórtico por el que se abría el conjunto arquitectónico más maravilloso y
colosal que haya conocido el mundo antiguo. La Roma moderna no puede
ofrecer —ni siquiera de lejos— nada que pueda comparársele. Dominando
el foro romano y los foros de los emperadores —dédalos de templos,
basílicas, pórticos y bibliotecas—, surgían el Capitolio y el Palatino cual
dos montañas de piedra labrada y esculpida, bajo el conjunto abigarrado de
sus palacio, y santuarios.
Todos esos bloques enraizados en el suelo, suspendidos formando
una pirámide de los bordes de la6 colinas, esas hileras interminables de
columnas y pilastras, esa profusión de mármoles preciosos, de metales, de
mosaicos, de estatuas, de obeliscos, tenían un aire de grandiosidad
98

desmesurada que chocaba y dejaba el ánimo en suspenso. Era, no obstante,
la abundancia de oro y de dorados lo que más poderosamente llamaba la
atención del visitante. Desde sus más menesterosos orígenes, Roma se
había señalado por su avidez de oro. Cuando pudo disponer del de las
naciones vencidas, lo colocó por todas partes, con el fausto un poco indiscreto del nuevo rico. Al construir la Casa de Oro, Nerón realizó el gran
sueño de Roma. Colocó puertas de oro en su Capitolio. Doró sus estatuas,
sus bronces y los tejados de sus templos. Tanto oro esparcido por paredes y
esquinas de las brillantes construcciones cegaba y fatigaba la vista: Acies
stupet igne metalli —dijo Claudio—. Para los poetas que la han cantado,
Roma es la ciudad de oro, aurata Roma
Un griego como Luciano tenía quizá el derecho de escandalizarse
ante semejante derroche arquitectónico, ante una belleza tan aplastante y
tanta riqueza. Cuando por primera vez visitó la capital un retórico de
Cartago como Agustín, no podía experimentar a la vista de todo esto más
que una admiración llena de pesar y secretamente envidiosa hacia el
emperador Constante.
De la misma manera que el Cesar bizantino y que todos los
provincianos, pasó revista sin duda a las curiosidades y a los monumentos
famosos que se enseñaban, a los extranjeros: el templo capitolino de
Júpiter, las termas de Caracalla y de Diocleciano, el Panteón, el templo de
Roma y de Venus, la plaza de la Paz, el teatro de Pompeyo, el Odeón y el
Estadio. Si se pasmaba ante todo esto, soñaba también en lo que la República había conseguido obtener de las provincias para construir todas esas
maravillas. Decíase a sí mismo: '-Somos nosotros quienes las hemos
pagado.» Todo el mundo, en efecto, había aportado algo para que Roma
apareciera hermosa. Desde hacía algún tiempo, una sorda hostilidad se
anidaba en los corazones de los provincianos contra la tiranía del poder
central, sobre todo desde que se había confesado incapaz de asegurar la
paz y los bárbaros amenazaban sus fronteras. Cansados de tantas
insurrecciones, guerras, matanzas y saqueos, acababan por preguntarse si
esta enorme y compleja maquinaria del Imperio valía toda la sangre y todo
el dinero que costaba.
Por otra parte, Agustín se aproximaba a la crisis que iba a devolverle
la fe católica: había sido cristiano y, como tal, educado en los principios de
la humildad. Con estas disposiciones, juzgaba quizá que en Roma el
orgullo y la vanidad de la persona se arrogaban un puesto excesivo, por no
decir sacrílego. No sólo los emperadores, sino todo aquel que fuera rico o
hubiera adquirido la fama en cualquier cosa podía disputar a los dioses el
99

privilegio de la inmortalidad. Entre los dorados chillones y cegadores de
los palacios y de los templos, cuántas estatuas y cuántas inscripciones
esforzándose por perpetuar una memoria oscura o los rasgos de un
desconocido. Sin duda en Cartago, en donde se copiaba a Roma, como en
todas las grandes ciudades, las inscripciones y las estatuas abundaban
también en el foro, en las plazas y en las termas públicas. Pero lo que a
Agustín no le había chocado en su patria le llamaba la atención en una
ciudad extranjera. Sus ojos extraviados se abrían ante los defectos que la
costumbre le había volado hasta entonces.
En fin, la locura por las estatuas y las inscripciones privaba,
ciertamente, en Roma mucho más que en otras partes. Tama estatua
producía tal estorbo en el foro que repelidas veces hubo que hacer una
selección, desalojando las más insignificantes. Los hombres de piedra
desplazaban a los vivos y arrinconaban a los dioses en sus templos. Y las
inscripciones de las murallas aturdían el ánimo con tanto ruido de alabanza
humana, que la ambición no podía llegar más lejos, lira una especie de
idolatría que sublevaba a los cristianos austeros y que en Agustín turbaba
la modestia de un alma enemiga de la vanidad y de la mentira.
El hecho de tener que compartir los vicios del pueblo de Roma le
acarreaba otra® molestias más penosas. Además, los nativos detestaban en
principio a los extranjeros. En el teatro gritaban: «¡Abajo los metecos!»
Accesos de xenofobia aguda causaban con frecuencia revueltas en la
ciudad. Algunos años antes de la llegada de Agustín, el temor ante la
escasez de víveres había determinado la expulsión de todos los extranjeros
residentes en Roma, incluso de los profesores, como bocas inútiles. El
hambre era un vicio endémico. Además, este pueblo de holgazanes estaba
siempre hambriento. La glotonería y la embriaguez de los romanos
causaban la extrañeza y también la repulsa de las razas sobrias del Imperio,
tanto de los griegos como de los africanos. Comían en cualquier sitio, en
las calles, en el teatro, en el circo y alrededor de los templos.
Era tan poco noble este espectáculo y tan escandalosa la
intemperancia pública que el prefecto Ampelius tuvo que dictar un decreto
prohibiendo que las; personas de respeto comieran en la calle, que los
vendedores de vino abrieran sus tiendas antes de las diez de la mañana y
que los vendedores ambulantes despacharan carne cocida antes de una
hora determinada del día. Mas todo fue en balde. La misma religión
alentaba incluso esta glotonería y los sacrificios paganos eran sólo un
pretexto para la juerga. Bajo Juliano, que abusaba de estos excesos, los
soldados se emborrachaban y se atiborraban de carne en los templos, de
100

los que salían tambaleándose: algunos transeúntes, requeridos por la
fuerza, tenían que transportarlos sobre sus hombros hasta sus respectivos
cuarteles.
Para comprender la austeridad c intransigencia de la reacción
cristiana, conviene tener en cuenta todo esto. Este pueblo de Roma, como
todos los paganos en general, era terriblemente materialista y sensual. La
dificultad por despegarse de la materia y de los sentidos será el mayor
obstáculo que retrasara la conversión de Agustín. Y, con todo y eso, él era
un intelectual y un espíritu delicado. Que pensar de la muchedumbre. Esa
gente sólo pensaba en beber, comer y cometer excesos.
Cuando salían de la taberna o del tugurio, no hacían otra cosa para
divertirse sino imitar la6 obscenidades de los payasos, las volteretas de
aurigas del circo o las carnicerías del anfiteatro. Pasaban la noche bajo los
toldos instalados por la municipalidad. Su afición por las carreras de
caballos y por los artistas de teatro, aunque refrenada por los emperadores
cristianos, se perpetuó hasta después del saco de Roma por los bárbaros.
En el período de escasez que motivó la expulsión de los extranjeros se
exceptuó de esta prescripción masiva a tres mil bailarinas con sus coristas
y sus directores de orquesta.
La aristocracia no daba tampoco muestra de tener un gusto más
refinado. Excepción hecha de algunas personas cultivadas, sinceramente
apasionadas por las letras, la mayoría no veía en la actitud literaria más
que una elegancia fácil. Se encaprichaban por un autor desconocido o
antiguo cuyos libros resultaban difíciles de encontrar. Los hacían bucear y
los volvían a copiar cuidadosamente. Ellos, «que sentían hacia el estudio
un horror parecido al que se tiene al veneno», sólo hablaban de su escritor
favorito; los demás, como si no existieran para ellos. En realidad, la
música había suplantado a la literatura: «las bibliotecas permanecían cerradas como verdaderos sepulcros». Pero se entusiasmaban por un órgano
hidráulico y encargaban a los fabricantes «grandes liras como carros».
Esta manía musical era, en el fondo, puro artificio. En realidad, la
gente no se interesaba más que por los deportes; las carreras, la cría de
caballos, los entrenamientos de atletas o de gladiadores. Coleccionaban
también, como un pasatiempo, telas orientales. La seda estaba entonces de
moda, como las piedras preciosas, los esmaltes, la orfebrería recargada.
Llevaban varios anillos en cada dedo. Solían pasear con traje de seda,
recamados con figuras de anímales, una sombrilla en una mano y un
abanico con franjas de oro en la otra. Los trajes y las modas de
Constantinopla invadían la vieja Roma y el resto del mundo occidental.
101

Inmensas fortunas, acaparadas por unos pocos, como consecuencia de
herencias y concusiones, permitían mantener un lujo exagerado. Como los
millonarios americanos de hoy en día, que poseen villas y fincas en los dos
hemisferios, esos grandes señora romanos tenían propiedades en todos los
países del Imperio, Simaco, que fue prefecto de la ciudad durante la
estancia de Agustín, tenía considerables dominios no sólo en Italia y en
Sicilia, sino hasta en Mauritania. Y, sin embargo, a pesar de toda su fortuna
y de los privilegios de que gozaban, esos ricos no estaban contentos ni
tranquilos. Sus vidas y sus bienes se veían amenazados ante la menor
sospecha de un poder despótico. Cualquier pretexto era bueno para
despojarlos: acusaciones de magia, de lesa majestad, de complots contra el
emperador. Durante el reinado anterior, el del impío Valentiniano, la
nobleza romana había sido literalmente diezmada por los verdugos. Un
viceprefecto, Maximino, había adquirido una siniestra reputación de
habilidad en el arte de encontrar sospechosos. Bajo una de las ventanas del
pretorio había hecho colgar de una cuerda un cesto destinado a recoger las
denuncias. El cesto funcionaba día y noche.
Evidentemente, cuando Agustín se estableció en Roma este
abominable régimen se había dulcificado un poco. Con todo y eso, la
delación flotaba siempre en el aire. Envuelto por una tal atmósfera de
desconfianza, de hipocresía, de banalidad y de crueldad, no es de extrañar
que el cartaginés se haya entregado a amargas reflexiones sobre la
corrupción romana. Por muy brillante que fuera la fachada del Imperio,
visto de cerca no era nada agradable.
Sentía, sobre todo, la nostalgia de su país. Cuando se paseaba bajo los
lugares sombreados del Janículo o los jardines de Salustio, se decía a sí
mismo lo que más tarde repetiría a sus oyentes en Hipona: «Coged a un
africano, introducidlo en un lugar de frescor y de verdor y no permanecerá
allí un momento. Tiene que irse y volver a su ardiente desierto.» Ante la
ciudad de oro extendida a sus pies y los montes Sabinos allá en el
horizonte, Agustín evocaba la dulzura femenina de los crepúsculos sobre el
lago de Túnez, el encanto de las noches de luna sobre el golfo de Cartago y
ese sorprendente paisaje que se descubre desde la terraza de Vyssa: la
grandeza de la campiña romana era totalmente incapaz de hacérselo
olvidar.

102

2. LA SUPREMA DESILUSIÓN
El nuevo profesor había acabado por encontrar un cierto número de
alumnos, a quienes reunía en su casa: podía vivir en Roma, aunque no le
fuera posible todavía traerse a la mujer y al niño que dejara en Cartago. Su
huésped y sus amigos maniqueos le habían prestado Utilísimos servicios.
Aunque estaban obligados a ocultar sus creencias a raíz del edicto de
Teodosio, los maniqueos eran bastante numerosos en la ciudad. Formaban
una iglesia oculta, fuertemente organizada, y cuyos adeptos contaban con
complicidades en todas las clases de la sociedad romana. Agustín se
presentó a ella quizá como expulsado de Africa. Es posible que tuvieran
miramientos para con este joven que había padecido por la justa causa.
Quien más le ayudó a darse a conocer y a reclutar estudiantes fue su
amigo Alipio, «el hermano de su corazón», que había ido a Roma antes
que él con el propósito de hacer unos cursos de derecho, de acuerdo con el
deseo de sus padres. Maniqueo él mismo, convertido por Agustín,
perteneciente a una de las principales familias de Tagaste, no había tardado
en ocupar en la administración imperial un puesto importante. Era asesor
del tesorero general o «conde de los larguezas de Italia» y juzgaba en
materia fiscal. Gracias a su prestigio y a sus relaciones en los medios
maniqueos, era un amigo precioso para el recién desembarcado, un amigo
que podía prestarle servicios no solamente de tipo económico, sino
también con sus consejos. Por sentir poca afición o aptitud por la
especulación, este Alipio era un espíritu práctico, un alma recta y absolutamente honesta, y su influencia sobre su fogoso compañero fue
excelente. Era de vida limpia. Lo inició en la prudencia. E incluso en los
estudios abstractos y en las controversias religiosas que Agustín le
planteara, su firme sentido común moderaba los desvarios de la
imaginación y los excesos de sutilidad que apartaban a veces a Agustín de
su recta razón,
Los dos, tanto el juez como el retórico, estaban desgraciadamente
muy ocupados y, aunque su amistad se haya afianzado todavía más durante
103

su estancia en Roma, no se veían con la frecuencia con que hubiesen
deseado. Es también posible que sus diversiones no fueran las mismas.
Agustín no se preciaba en modo alguno de ser casto y Alipio era un
apasionado del anfiteatro, afición que su amigo reprobaba. Ya en Cartago
Agustín le había hecho aborrecer el circo. Mas apenas llegado a Roma se
entusiasmó por los combates de los gladiadores. Algunos compañeros lo
llevaron casi a la fuerza. Había declarado que asistiría a los juegos, ya que
se habían empeñado en que fuera, pero apostó que cerraría los ojos durante
todo el tiempo de la lucha y que nada le obligaría a abrirlos. Se sentó en
las gradas con los que lo habían conducido, con los párpados cerrados,
negándose a mirar. De repente se oyó un grito formidable, el grito de la
muchedumbre saludando la caída del primer herido: sus párpados se
levantaron por sí mismos y vio correr la sangre: «Al miaño tiempo —dice
Agustín— bebió la crueldad a la vista de la carnicería y no apartó la vista
de ella, antes, al contrario, fijó su mirada, con lo que se enfurecía sin saberlo y se deleitaba con la atrocidad criminal de esta lucha y se embriagaba
con tan sangriento placer.»
En estas palabras anhelantes de las Confesiones parece todavía
palpitar la feroz emoción de la turba. Reproducen fielmente esa especie de
sádico placer que venían a buscar al anfiteatro. ¡Saludable espectáculo para
los futuros cristianos y para todas las almas a quienes repugnaba la
brutalidad de las costumbres paganas! El mismo año en que Agustín estaba
en Roma, algunos prisioneros de guerra y soldados sármatas condenados a
matarse mutuamente en el anfiteatro prefirieron el suicidio a esta muerte
ignominiosa. Había allí tema de reflexión, tanto para él como para sus
amigos. Cuando asistían a las matanzas del anfiteatro veían de cerca la
tremenda iniquidad sobre la que reposaba el mundo antiguo: la opresión
del esclavo y del vencido y el desprecio de la vida humana. Todos aquellos
que experimentaban asco y horror ante estas escenas de matadero, todos
los que aspiraban a un poco más de dulzura, a un poco más de justicia,
todos esos eran los soldados elegidos para el ejército pacífico de Cristo.
No le vino mal, particularmente a Alipio, el haber conocido por
experiencia esta embriaguez de la sangre: le servirá para avergonzarse más
de sí mismo cuando se arrodille a los pies del Dios de la misericordia. Y le
será también de gran utilidad el haber experimentado a costa suya el rigor
de la justicia de los hombres y los vicios y lagunas en el ejercicio de sus
funciones de juez. Siendo estudiante en Cartago estuvo a punto de ser
condenado a muerte ante una falsa acusación de robo —el robo de un
pedazo de plomo—. Lo conducían ya, si no al suplicio, sí al menos a la
104

cárcel, cuando la intervención de un amigo suyo senador lo arrancó a la
muchedumbre amenazadora. En Roma, siendo asesor del «conde de las
larguezas», tuvo que resistir a una tentativa de cohecho, jugándose el cargo
y quién sabe si algo más. La banalidad y la deshonestidad administrativas
eran unos males tan comunes y tan profundamente enraizados que incluso
él mismo estuvo a punto de contaminarse. Al querer en cierta ocasión que
le copiaran unos manuscritos tuvo la tentación de pasar los gastos a la
cuenta del Tesoro. Esta falta de delicadeza tenía a sus ojos una excusa de
bastante peso y estaba seguro de su impunidad. Con todo y eso, logró
contenerse después de madura reflexión y, con gran mérito por su parte,
renunció a disponer de una biblioteca a expensas del Estado,
Agustín, que es quien nos relata estas anécdotas, saca las mismas
consecuencias morales que nosotros: para un hombre que iba a ser obispo
y, como tal, administrador y juez, este período en la administración pública
fue una buena escuela preparatoria. Casi todas las grandes cabezas de esta
generación cristiana eran también antiguos funcionarios: antes de recibir
su ordenación habían estado mezclados en los negocios o en la política,
metidos de lleno en la vida del siglo: tal es el caso de San Ambrosio, de
San Paulino de Ñola, del mismo Agustín y de sus amigos Evodio y Alipio.
Sin embargo, por muy absortos que estuvieran nuestros dos africanos
en sus funciones, es bastante cierto que para ellos las preocupaciones de
tipo intelectual tenían preferencia sobre todas las demás. Al menos en el
caso de Agustín esto es completamente seguro. Debió sorprender al bueno
de Alipio cuando al llegar a Roma le confesó que estaba casi apartado del
maniqueísmo. Le explicó sus dudas sobre la física y la cosmogonía de sus
maestros y sus sospechas sobre la oculta inmoralidad de la secta. En
cuanto a él, las controversias, que eran el fuerte de los maniqueos, no le
deslumbraban ya. Ya en Cartago había escuchado a un católico, un cierto
Helpidio, oponerles algunos textos de la Escritura que no habían podido
refutar. En fin, el obispo maniqueo de Roma le causó desde el principio
una mala impresión. Era, nos dice, un hombre de aspecto rústico, sin
cultura ni educación en sus modales. Sin duda, este grosero campesino no
había acogido al joven profesor de acuerdo con sus méritos. Este se sintió
herido.
Desde entonces su aguda dialéctica y su espíritu satírico (Agustín
continuó siendo hasta el final de su vida un burlón temible) se volvieron
contra las espaldas de sus correligionarios. Había admitido provisionalmente como indiscutibles los principios fundaméntate del
maniqueísmo: primero, la esencial hostilidad entre las dos substancias, el
105

dios de la luz y el dios de las tinieblas; luego, ese otro dogma según el cual
algunas partículas del primero, tras una victoria momentánea del segundo,
estaban cautivas en ciertas plantas y licores. De ahí la distinción entre los
alimentos puros y alimentos impuros. Eran puros los que contenían una
parte de la luz divina e impuros todos los que se veían privados de ella. La
pureza de los alimentos se descubría por ciertas cualidades de sabor, olor y
brillo. Pero Agustín encontraba ahora muy arbitrarias estas distinciones y
muy ingenuas esas creencias, según las cuales la luz divina podía
encerrarse en una legumbre. «¿No les da vergüenza —decía— buscar a
Dios con su paladar o con su nariz? Y si su presencia se delata con una
luminosidad especial, o por excelencia del sabor o del olor, ¿por qué
admitir un manjar y condenar otro, que es tan luminoso, sabroso y perfumado...?»
«Sí, ¿por qué miran al dorado melón como salido del tesoro de Dios y
por qué excluir la grasa dotada de un jamón o la yema de un huevo? ¿Por
qué la blancura de la lechuga proclama para ellos la divinidad y la de la
nata no les dice nada? ¿Y por qué ese horror hacia la carne? Porque, en fin,
el cochinillo asado ofrece a nuestra vista un color brillante, un olor
agradable y un gusto apetitoso, clara muestra, según ellos, de la presencia
de la Divinidad...» Una vez metido en este tema, la palabra de Agustín no
se sabía contener. Llegaba incluso a hacer bromas, cuyo gusto
aristofanesco ofendería el pudor de hoy en día.
A decir verdad, estos argumentos no lograban atacar el fondo
doctrinal, y, si conviene juzgar una doctrina por sus obras, los maniqueos
podían escudarse en la austeridad de su moral y en su conducta. Ante el catolicismo más acomodaticio, pregonaban una intransigencia puritana. No
obstante, Agustín se había dado cuenta en Cartago de que esta austeridad
era, la mayoría de las veces, pura hipocresía. En Roma acabó de
convencerse de ello.
Los «elegidos» de la secta se vanagloriaban de sus ayunos y
abstinencias. Ahora bien, era de todo punto evidente que estos devotos
personajes, siempre con piadosos pretextos, se atiborraban literalmente con
comilonas» e indigestiones. En efecto, según sus creencias, la obra piadosa
por antonomasia consistía en sacar las partículas de la luz divina
aprisionada en la materia por el artificio del Dios de las tinieblas. Como
ellos eran las «puros», purificaban la materia al ingerirla en sus cuerpos.
Comer era para ellos devolver la libertad a la luz. Los fieles les llevaban
provisiones, frutos y legumbres; les daban verdaderos banquetes, a fui de
que al comer pusieran en libertad un poco de la substancia divina.
106

Evidentemente, se abstenían en absoluto de carne —la carne era la
morada del dios de las tinieblas— y también del vino fermentado, al que
llamaban «la hiel del diablo». ¡Pero cómo se desquitaban en todo lo
demás! Agustín se ríe con ganas de esta gente que creía pecar por tomar,
como todo alimento, un pedazo de tocino con coles, acompañado de unos
tragos de vino puro, pero que, desde las tres de la tarde, se hacían servir
teda clase de exquisitos frutos y legumbres sazonados con abundantes
especies (las especies eran para los maniqueos muy ricas en principios
ígneos y luminosos). Después, con el paladar irritado por la pimienta, calmaban sus ardores con mucho vino cocido o dulce, con jugo de naranja, de
limón o de uva. A la caída de la noche volvían a comenzar estos ágapes.
Teman marcadas preferencias por ciertos dulces y, sobre todo, por las
trufas y las setas, legumbres más especialmente místicas.
Semejante régimen alimenticio sometía a una ruda prueba la
glotonería humana. Hubo muchos escándalos a este respecto con la
comunidad de Roma. Algunos «elegidos» cayeron enfermos al devorar
tamañas cantidades de comida que les habían traído para su purificación.
Como era un sacrilegio el desperdiciarlas, los desdichados se esforzaban
por engullirlo todo. Se contaron incluso algunas víctimas: hubo niños que,
saturados de golosinas, murieron ahogados. Porque a los niños, criaturas
inocentes, se les consideraba dotados de especiales virtudes purificatorias.
Agustín empezó a indignarse ante estas extravagancias. Sin embargo,
dejando aparte estas locuras, continuaba creyendo en el ascetismo de los
«elegidos», ascetismo tan riguroso que la mayoría de los fieles juzgaba
imposible de poner en práctica. Y he aquí que empezó entonces a enterarse
de noticias extrañas sobre el obispo Fausto, ese Fausto cuya llegada había
esperado en Cartago como un Mesías. El santo varón, sin dejar de predicar
la abnegación, se concedía a sí mismo numerosas dulzuras: dormía sobre
un lecho de plumas o sobre blandas mantas de piel de cabra. Esos
puritanos ni siquiera eran hombres íntegros. El obispo maniqueo de Roma,
ese palurdo que había decepcionado tanto a Agustín, terminaría por
declararse autor de un robo cometido en la caja comunal. En fin, circulaban rumores acusando a los «elegidos» de entregarse a bajezas
ignominiosas en sus reuniones secretas. Condenaban el matrimonio y la
procreación como obras del demonio, pero autorizaban la fornicación e
incluso, según decían, algunas prácticas contra natura. Esto causó en
Agustín la mayor desilusión.
A pesar de todo, no se separó abiertamente de la secta. Continuó en
su puesto de auditor en la iglesia maniquea. Lo que más le detenía eran sus
107

retorcidas consideraciones de intelectual. El maniqueísmo, coa su
distinción de las dos substancias, le ofrecía una solución cómoda para el
problema del mal y de la responsabilidad humana. Ni Dios ni el hombre
eran responsables de pecado ni de malicia, pues que era la otra substancia,
la de las tinieblas, la que los realizaba en el hombre y en el mundo.
Agustín, que todavía no había roto con el pecado, seguía también
encontrándose a gusto con una moral y una metafísica semejantes.
Además, no era de esas personas enteras y recias que sienten la necesidad
de cortar a rajatabla y sin ambages con todo lo que consideran como un
error. Nadie como él ha combatido las herejías con tanto vigor y con una
paciencia tan infatigable. Pero lo hacía con miramiento. Sabía por
experiencia con cuánta facilidad se equivoca une, y así lo decía, lleno de
caridad, a los que quería convencer: en esto no se parecía en nada a San
Jerónimo.
Razones de tipo personal lo llevaban además a no enemistarse con
sus correligionarios, que lo habían apoyado e incluso atendido a su llegada
a Roma y que, por otra parte, podían prestarle todavía algunos servicios,
como tendremos ocasión de verlo inmediatamente. Agustín no era, como
su amigo Alipio, un espíritu práctico, pero tenía tacto y, pese a la
impetuosidad y fogosidad de su naturaleza, una cierta flexibilidad, que le
permitía desenvolverse, sin demasiados tropiezos, en medio de las
situaciones más difíciles. Por una prudencia instintiva, perseveró en su
indecisión. Poco a poco, él, que antes se había lanzado con todo su ardor a
la búsqueda de la verdad, se inclinó hacia el escepticismo —el
escepticismo de los académicos en su forma común.
Al mismo tiempo que perdía el gusto por la especulación, nuevos
disgustos profesionales acabaron de desanimarlo. Aunque los estudiantes
de Roma eran menos revoltosos que los de Cartago, tenían, sin embargo, la
mala costumbre de abandonar a sus profesores sin pagarles. Muy pronto el
mismo Agustín fue víctima de esta estafa: perdía su tiempo y su palabra.
Pudo comprobar en Roma, al igual que en Cartago, que le era imposible
vivir de su profesión. ¿Qué partido tomar? ¿Volvería a su país?
Desesperaba ya cuando se le presentó una oportunidad imprevista.
La municipalidad de Milán sacó a concurso una cátedra de retórica.
Si la obtenía, aquello sería para él la salvación. Había deseado, desde hacía
mucho tiempo, formar parte de la enseñanza oficial. Contando con un
sueldo fijo no tendría que ocuparse de buscar alumnos para su clase y
podría desentenderse de su anterior mala fe. Presentó inmediatamente su
candidatura. Mas, en aquel tiempo, al igual que en nuestros días, las
108

buenas cualidades no bastaban para triunfar Hacía falta, además, intrigar.
Sus amigos maniqueos lo hicieron por él. Lo recomendaron vivamente al
prefecto Simaco, que, con toda probabilidad, seria el presidente del
concurso. Agustín lo ganó. Por una ironía del destino, debía su puesto a
personas que en breve iba a abandonar y a quienes incluso pronto iba a
atacar y también a un hombre que era en cierto sentido el enemigo oficial
del cristianismo. No deja de ser sorprendente el hecho de que el pagano
Simaco nombrara para un puesto importante a un futuro obispo católico.
Pero Simaco, que había sido procónsul en Cartago, protegía en Roma a los
africanos. Es de suponer, además, que los maniqueos le hubieran
presentado su candidato como hostil a los católicos. Y precisamente en ese
año 384 el prefecto acababa de entrar en lucha abierta contra el
catolicismo. Creyó, pues, hacer una buena elección al designar a Agustín.
Así, pues, un encadenamiento de las circunstancias, en las que la
voluntad de Agustín tenía un papel insignificante, iba a conducir al joven
retórico a Milán e incluso mucho más lejos, allí a donde no quería ir y a
donde las oraciones de Mónica lo llamaban sin descanso: «Donde estoy
estarás tú también.» Pero esto ni se le pasó por la imaginación en el
momento de abandonar Roma. Comprendía tan solo que había conquistado
por fin su independencia material y que había llegado a ser un funcionario
importante. Tuvo en seguida una prueba halagadora: por cuenta de la
municipalidad milanesa y en las postas imperiales atravesó Italia para
incorporarse a su nuevo cargo.

109

3. EL ENCUENTRO DE AMBROSIO Y AGUSTÍN
Antes de la marcha y durante el trayecto de Roma a Milán, Agustín
debió repetirse más de una vez los versos de Terencio, que le había citado
su amigo Marciano a guisa de estímulo y consejo en el momento en que se
embarcaba rumbo a Italia:
«Este día que te trae una vida nueva, exige de ti un hombre nuevo.»
Tenía entonces treinta años. El tiempo de las locuras juveniles había
pasado. La edad, las desilusiones y los avatares do la vida habían
madurado su carácter. Ahora era un hombre sentado, un funcionario de renombre en una gran ciudad, que era la segunda capital del Imperio de
Occidente y la residencia habitual de la corte. Si quería evitar en su carrera
nuevas contrariedades le era preciso adoptar una línea de conducta
debidamente pensada.
Había llegado ya el momento oportuno de despojarse del
maniqueísmo. Un maniqueo, en una ciudad en donde la mayoría de la
población era cristiana y en donde la corte era católica, aunque no ocultara
sus simpatías hacia el a marasmo, no dejaría de causar cierto escándalo.
Desde hacía largo tiempo, Agustín no era ya un maraqueo convencido. No
tenía, por tanto, que fingir para volver a entrar en una Iglesia que todavía
lo contaba oficialmente entre sus catecúmenos. Era, desde luego, un
catecúmeno tibio ya, que caía, de vez en cuando, en el escepticismo. Con
todo, juzgaba oportuno permanecer, al menos provisionalmente, y hasta el
día en que su certeza manifiesta disipara sus dudas, dentro de la comunión
católica, en la que su madre lo había educado.
San Ambrosio era entonces el obispo católico de Milán. Agustín tenía
una gran preocupación por congraciarse con él. Ambrosio era una
verdadera potencia política, un personaje importante y un célebre creador,
cuya fama se había propagado por el mundo romano. Pertenecía a una
ilustre familia. Su padre había sido prefecto del pretorio de las Galias. El
mismo, con el título de cónsul, gobernaba las provincias de Emilia y de
110

Liguria cuando el pueblo de Milán lo proclamó obispo contra su voluntad.
Fue bautizado, ordenado sacerdote y consagrado obispo sucesivamente, y
sólo en apariencia abandonó sus fundones civiles: desde su sede episcopal
representaba siempre la más alta autoridad.
Apenas llegó a Milán. Agustín se apresuró a ir a visitar a su obispo.
Dada su manera de ser, no es de extrañar que se presentara ante Ambrosio
de una manera un tanto impulsiva. Su imaginación también estaba
excitada. Pensaba que iba a ver a un letrado, a un orador, a un famoso
escritor y a un colega. Lo que el joven profesor admiraba en el obispo
Ambrosio era toda esa gloria que él ambicionaba. Se imaginaba que
rápidamente, y pese a la diferencia de condición, se encontraría en un
plano de igualdad respecto a ese gran personaje y que charlaría
familiarmente con él, lo mismo que hacía en Cartago con el procónsul
Vindiciano. No olvidaba tampoco que Ambrosio era sacerdote, es decir,
médico de almas: esperaba confiarle sus miserias espirituales y las
angustias de su alma y de su corazón. Esperaba de él, si no la curación, sí,
al menos, un consuelo.
Sin embargo, su decepción fue completa. Aunque hable en todos sus
escritos del «santo obispo de Milán» con un sentimiento de veneración y
admiración sinceras, deja entrever que la imagen que de él se había
formado no correspondía del todo a la realidad. Si el obispo maniqueo de
Roma le había disgustado por sus modales groseros, Ambrosio lo
desconcertó a la vez por su cortesía, por su benevolencia y por la reseña,
quizá involuntariamente altiva, con que lo acogió. «Me recibió —dice
Agustín— paternalmente y, como obispo se alegró bastante de mi
llegada»: peregrinationem meam satis episcopaliter dilexit.
Ese satis episcopaliter parece encerrar una cierta ironía maliciosa
para con el Santo. Es casi seguro que San Ambrosio acogiera a Agustín no
precisamente como a un cualquiera, ni como a un orador de talento, sino
como a una oveja de su grey. Debió mostrarle la misma benevolencia
«episcopal» que, por obligación, tenía para con todas sus ovejas. Es muy
posible también que Ambrosio haya desconfiado al principio de este africano, nombrado profesor municipal por recomendación del pagano
Simaco, su adversario declarado. Para los católicos italianos, de Cartago
no podía venir nada bueno: esos cartagineses eran, en general, maniqueos
o donatistas, sectarios tanto más peligrosos por cuanto pretendían ser
ortodoxos, y al mezclarse entre los fieles los contaminaban hipócritamente.
En fin, el gran señor que era Ambrosio, el antiguo gobernador de Liguria,
el consejero de los emperadores, debió dejar entrever una cierta
111

conmiseración irónica para con este «mercader de palabras», ese joven
retórico engolado todavía por sus pretensiones.
Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que San Ambrosio dio, sin
querer, una lección de: humildad a Agustín. La lección, sin embargo, no
fue comprendida. El profesor de retórica sólo retuvo una cosa de esta
visita, y es que el obispo de Milán lo había recibido bien. Y como la
vanidad humana atribuye en seguida una importancia considerable a los
gestos más insignificantes de las personas ilustres o poderosas, Agustín
demostró su agradecimiento: creció su amor hacia Ambrosio casi tanto
como su admiración, y eso que lo admiraba por razones puramente
profanas: «Me pareció —dice— un hombre feliz según el mundo,
venerado por los más encumbrados de la tierra.» La ingenua reserva que
pone a continuación es una muestra de las disposiciones en que se
encontraba entonces el sensual Agustín: «El celibato de Ambrosio me
parecía para él una pesada carga.»
En aquellos años, el obispo de Milán podía pasar, en efecto, por un
hombre feliz a los ojos del mundo. Era amigo del glorioso y victorioso
Teodosio; había sido consejero del joven emperador Graciano, asesinado
hacía poco, y, a pesar de que la emperatriz Justina, entregada al arrianismo,
urdía intrigas con él, se le escuchaba con agrado en el Consejo de
Valentiniano II, pequeño emperador de trece años, rodeado de paganos y
arríanos que trataban de hacerle adoptar una postura anticatólica.
Precisamente en el momento en que Agustín llegó a Milán, pudo
darse cuenta, con ocasión de un sonado debate, del crédito y autoridad de
que gozaba Ambrosio.
Hacía entonces dos años que Graciano había mandado retirar de la
Curia la estatua y el altar de la victoria, alegando que este emblema pagano
y sus demás accesorios no tenían ya más razón de ser en una asamblea en
su mayoría cristiana. Como consecuencia, retiró, junto con las
inmunidades, las recetas de los colegios sacerdotales, particularmente el de
las vestales; suprimió, en beneficio del fisco, las subvenciones otorgadas
para el ejercicio del culto; confiscó los bienes de los templos y prohibió a
los sacerdotes aceptar legados de propiedades inmobiliarias.
Era la separación completa entre el Estado, y el antiguo culto. La
minoría pagana del Senado, con el prefecto Simaco a la cabeza, protestó
contra semejante edicto. Una delegación se desplazó a Milán para exponer
al emperador las quejas de los paganos. Graciano se negó a recibirla.
Pensaron que su sucesor, Valentiniano II, por ser más débil, sería tal vez
112

más acomodaticio. Una nueva comisión senatorial vino a traerle un
informe redactado por Simaco, Verdadera pieza oratoria, que el mismo San
Ambrosio admiraba o, al menos, fingía admirar. La lectura de esta arenga
ante el Consejo Imperial causó una profunda impresión. Pero Ambrosio
intervino con toda su elocuencia. Reclamó un derecho común para los
paganos y los cristianos y acabó ganando la partida. La victoria no se
volvió a colocar en la Curia romana ni los bienes de les templos fueron
restituidos.
Este nuevo tanto en favor del catolicismo debió producir en Agustín
una viva impresión. Resultaba bastante claro que, de ahora en adelante,
sería la religión del Estado. Por otra parte, él, que unto había envidiado a
los dichosos de esta tierra, pudo comprobar que la nueva religión venía a
otorgar a sus adeptos, junto con la fe, la riqueza y los honores. En Roma
había escuchado las calumnias de los paganos y de sus amigos los
maniqueos contra los papas y el cierta Se divertían a expensas de los
clérigos mundanos y captadores de herencias. Solían contar que el
Romano Pontífice, servidor del Dios de los pobres, llevaba un tren de vida
fastuoso y que el lujo de su mesa rivalizaba con el de la mesa imperial. El
prefecto Pretéxtalo, pagano empecinado, decía maliciosamente al Papa
Dámaso: «Nómbreme usted obispo de Roma y me hago en seguida
cristiano.»
Las mediocres razones humanas seguramente son incapaces de
determinar o explicar una sincera conversión. La conversión es un hecho
divino. Mas hay razones humanas encaminadas a este fin por una voluntad
misteriosa que pueden, al menos, ir preparando el alma. En todo caso, no
es indiferente que Agustín, al llegar a Milán con sus ambiciosos proyectos,
haya visto el catolicismo rodeado de un tal prestigio en la persona de
Ambrosio. Esa religión que hasta entonces había despreciado se mostraba
ahora ante sus ojos como una religión victoriosa a la que convendría servir.
Si semejantes consideraciones llamaban la atención de Agustín, no
influían, sin embargo, en su conciencia. Para un cortesano intrigante
tendría sentido convertirse por interés. Pero él quería todo o nada, y el bien
más indispensable a sus ojos era entonces la certeza de la verdad. Aunque
ya casi no creía en ella ni pensaba encontrarla en el catolicismo, asistía sin
embargo, a las homilías de Ambrosio. Fue primero como amante del buen
lenguaje con la curiosidad un poco envidiosa del profesional que ve a otro
realizar sus pruebas. Quería juzgar por sí mismo si el orador sagrado
estaba a la altura de su reputación. La sustancial y sólida elocuencia de
este antiguo funcionario, de este hombre de Estado, que era ante todo un
113

hombre de acción, subyugó inmediatamente al frívolo retórico. Este, sin
duda, no encontraba en los sermones de Ambrosio el brillo o la dulzura de
palabra que antes le sedujeran en el maniqueo Fausto; Ambrosio poseía,
sin embargo, una unción que le atraía. Agustín escuchaba con gusto al
obispo. No obstante, aunque le gustara oírlo hablar, continuaba
desdeñando la doctrina que predicaba.
Con todo, poco a poco, esta doctrina fue imponiéndose a su espíritu:
comenzó a darse cuenta de que era más seria de lo que había pensado hasta
entonces, al menos se podía defender. Ambrosio había inaugurado en Italia
el método exegético de los orientales. Descubría en la escritura sentidos
alegóricos, a veces edificantes, otras profundos y siempre satisfactorios
para un espíritu razonador. Agustín, que tenía cierta propensión a la
sutilidad, experimentaba un gran placer con esas explicaciones ingeniosas,
aunque a veces fueran un tanto forzadas. La Biblia no le parecía ya tan
absurda. En fin, las inmoralidades que los maniqueos reprochaban tanto a
los libros santos, Ambrosio las justificaba con consideraciones históricas:
lo que Dios no permitía hoy podía haberlo permitido antes por causa del
estado de las costumbres. Sin embargo, el que la Biblia no fuera absurda ni
contraria a la moral no probaba que fuera verdadera. Agustín no salía de
sus dudas.
Hubiera deseado que Ambrosio le ayudara a salir de ellas. Trató
varias veces de conferenciar con él, pero el obispo de Milán ¡estaba tan
ocupado! «Me era imposible abordarlo —dice Agustín— para conversar
con él de lo que quería y como quería, separado como estaba de sus oídos
y de sus labios por una inmensa muchedumbre que lo importunaba con sus
asuntos y a quienes asistía en sus necesidades. El poco tiempo que no lo
pasaba con ellos lo empleaba en reparar las fuerzas de su cuerpo por la
necesaria alimentación o las de su espíritu por medio de la lectura. Mas
cuando leía, sus ojos recorrían las páginas, su corazón se abría para
comprenderlas; sólo su voz y sus labios permanecían en silencio. Me
sucedió a menudo que, al ir a visitarlos (pues todo el mundo podía entrar
en su casa sin anunciarse previamente), lo encontraba leyendo en silencio,
y nunca de otra forma. Me sentaba, y después de haber permanecido largo
rato sin decir palabra (quién hubiera osado molestar un lector tan
absorbido), me retiraba, creyendo que durante los cortos momentos que
podía aprovechar para distraer su ánimo fatigado por el ajetreo de tantos
asuntos extraños, cualquier nueva distracción le sería importuna. Tal vez
fuera eso debido al temor de que un auditor atento y enredado no lo
sorprendiera en algún pasaje oscuro y lo pusiera en la necesidad de tenerle
114

que explicar o discutir con él algunas cuestiones más difíciles y perder en
esas explicaciones el tiempo que tenía destinado... Además, sea cual fuera
la intención que lo movía a obrar de ese modo, sólo podía ser buena en un
hombre de tan acendrada virtud...»
No se podría comentar con mayor finura —ni tampoco tan
maliciosamente— la actitud de San Ambrosio respecto a Agustín. Cuando
escribió esa página, los sucesos que cuenta están ya lejanos. Pero es
cristiano y, al mismo tiempo, obispo; ahora sí que comprende bien lo que
entonces no podía comprender. Se da cuenta en el fondo de que si
Ambrosio lo ha esquivado es precisamente porque él, Agustín, no- estaba
maduro todavía para entablar con un creyente una discusión provechosa: le
faltaba la humildad de corazón y de espíritu. Mas por el momento tuvo que
tomar las cosas de manera diferente y experimentar algún pesar, por no
decir una gran pena, de la aparente indiferencia del obispo.
Imagínese, por ejemplo, a un joven escritor de hoy día bastante
seguro de sus méritos, pero inquieto por su porvenir, que fuera a pedir
consejo a un autor consagrado: algo de eso hay en las gestiones de Agustín
con Ambrosio, si se hace la salvedad de que el carácter del asunto es
mucho más grave, por cuanto no se trata de literatura, sino de la salvación
de un alma. En esa época, incluso cuando iba a consultar a Ambrosio
temas sagrados, lo que Agustín sobre todo veía en él era el orador, es decir,
a sus ojos, un émulo de más edad... Entra. Lo introducen, como a todo el
mundo, sin previo anuncio, en el despacho del gran hombre. Este ni
siquiera se digna abandonar su lectura para recibirlo y ni siquiera le dirige
la palabra...
¿Qué podía pensar el profesor de retórica de la ciudad de Milán ante
semejante recibimiento? Se adivina con bastante claridad a través de las
líneas de las Confesiones. Pensaba que Ambrosio, como obispo, tenía cura
de almas y se extrañaba de que un obispo, por muy gran señor, que fuera,
no se apresurara en modo alguno a prodigarle la ayuda espiritual necesaria.
Y como por aquel entonces la caridad cristiana le era desconocida,
pensaría también, sin duda, que Ambrosio no consideraría de su talla para
medirse con un dialéctico de su fuerza y que, además, conocería mal la
Sagrada Escritura (a causa de su repentina elevación al episcopado habría
debido, en efectos improvisarse a toda prisa una ciencia). Al no aceptar
una controversia, Agustín deducía que Ambrosio tenía miedo: de verse en
un apuro.
Ambrosio no sospechaba, en absoluto, lo que pasaba en el alma del
catecúmeno. Volaba muy alto para preocuparse de miserables heridas de
115

amor propio. En su ministerio era igual para todos y hubiera creído derogar la igualdad cristiana concediendo a Agustín un tratamiento especial.
Las breves conversaciones que tuvo con el joven retórico le dejaron
entrever algo de su carácter, y es posible que no sacara de él muy buena
opinión. Ese temperamento exaltado de africano, ese vacío en el alma, esa
estéril melancolía, sus perpetuas dudas ante la fe, todo eso no podía sino
disgustar a un romano positivo como Ambrosio, antiguo funcionario
acostumbrado a mandar.
Sea lo que fuere, Agustín nunca dirigió a Ambrosio el menor
reproche. Al contrario, le prodiga en todas partes los mayores elogios, lo
cita muy a menudo en sus tratados y se escuda tras su autoridad. Le llama
«su padre». Una vez, sin embargo, a propósito del abandono espiritual en
el que se encontraba entonces en Milán, se le ha escapado como una queja
discreta, que parece alcanzar a Ambrosio. Después de haber recordado con
qué ardor buscaba en aquel tiempo la verdad, añade: «No habrían
encontrado entonces un discípulo mejor dispuesto y más dócil que yo, si
hubiera habida alguien que me instruyera.»
Esta frase, que contrasta fuertemente con tantos pasajes de alabanza
de las Confesiones respecto a San Ambrosio, parece ser la expresión de
una humilde verdad. Si Dios se sirvió de Ambrosio para convertir a
Agustín, es probable que Ambrosio personalmente no contribuyera en nada
o casi nada a esta conversión.

116

4. PROYECTOS DE BODA
A medida que Agustín se va acercando a su suerte parece que ésta se
le escapa de las manos. Tales son los secretos designios de Dios, que
sorprende a las almas como un ladrón: se presenta de improviso. Hasta la
misma víspera del día en que Cristo vendrá a llevárselo, Agustín continúa
obsesionado por el mundo y deseoso de ocupar un buen puesto en él.
Aunque las homilías de Ambrosio le mueven con frecuencia a
reflexionar sobre esa gran verdad histórica que es el cristianismo, todavía
no distingue en él más que confusos resplandores. Habiendo renunciado ya
a su escepticismo superficial, y no creyendo en nada concreto, se deja
llevar por una especie de agnosticismo, fruto de la pereza y del desaliento.
Cuando se adentra en, lo más profundo de su conciencia, apenas si
encuentra la creencia en la existencia de Dios y en su providencia,
nociones completamente abstractas a las que se siente incapaz de dar vida.
Mas ¿para qué tanto especular sobre la Verdad y el Bien Supremo?
Empecemos primero por vivir.
Ahora que su porvenir se encuentra asegurado, Agustín se preocupa
por organizarse una vida lo más tranquila posible. No tiene ya grandes
ambiciones. Lo importante para él es llevar una existencia apacible y
agradable, casi diríamos burguesa. Aunque modesta, su fortuna actual le
bastaba ya: tiene prisa en disfrutarla.
Por eso, apenas se hubo instalado en Milán hizo venir de Africa a su
amante y a su hijo. Había alquilado un piso en una casa con un jardín
contiguo. El propietario, que no la habitaba, le dejó en disfrute toda la
vivienda. ¡Una casa, el sueño del sabio! ¡Y un jardín en el país de Virgilio!
¡El profesor Agustín debía estar muy dichoso! Su madre no tardó en
reunirse con él. Poco a poco fue luego invadiéndole una tribu africana y
acogiéndose a su hospitalidad. Su hermano Navigio, sus dos primos
Tustienu y Lastidiano, su amigo Alipio, que no se decidía a separarse de él,
y, quizá también, Nebrida, otro de sus amigos de Cartago.
117

Nada más de acuerdo con las costumbres de la época. El retórico de
la ciudad de Milán tenía una situación que podía parecer brillante a sus
parientes pobres. Mantenía relaciones con importantes personajes, muy
allegados a la corte imperial, fuente de favores y larguezas; la familia
acudió en seguida para formar parte de su clientela y ponerse bajo su
protección, y beneficiarse así de su nueva fortuna y de su crédito. Además,
esos éxodos de africanos y orientales hacia los países del Norte se
producen siempre de la misma forma. Basta con que uno triunfe:
inmediatamente se corre como una mancha de aceite.
La persona más importante de este pequeño falansterio africano era,
sin duda alguna, Mónica, que había tomado la dirección espiritual y
material de la casa. No era todavía de edad muy avanzada —apenas había
cumplido cincuenta años—, pero sentía un gran apego hacia su país. Si lo
abandonó, afrontando las fatigas de un largo viaje por mar y tierra, era
porque tenía razones muy graves. La pobreza en que se vio envuelta
después de la muerte de su marido no explica suficientemente que se
hubiera expatriado. Poseía todavía algunos bienes en Tagaste que le
permitían vivir sin agobios. Los verdaderos motivos de su marcha son de
otro tipo. Primero, amaba con pasión a su hijo, hasta el punto de no poder
pasar sin su presencia. Recordemos las palabras tan conmovedoras de
Agustín: «Mucho más que ninguna otra madre, quería ella verme a su
lado.» Por otra parte, quería salvarlo. Creía firmemente que ésa era su
misión en este mundo.
En esta época no es ya la viuda de Patricio, sino más bien Santa
Mónica. Vivía como una monja: ayunaba, oraba y se mortificaba. A fuerza
de meditar la Sagrada Escritura terminó por adquirir el auténtico sentido
de las realidades espirituales, hasta tal punto que muy pronto asombrará al
propio Agustín: tenía visiones y tal vez éxtasis. Durante la travesía de
Cartago a Ostia, el barco fue sorprendido por una gran tempestad. El
peligro se hacía cada vez más angustioso y los hombres de la tripulación
traslucían su inquietud. Mónica, intrépida, los tranquilizaba: «Llegarían al
puerto sanos y salvos; Dios se lo había prometido.»
Aunque en su vida de cristiana conociera otros momentos más
divinos, aquellos fueron, sin embargo, los más heroicos. El sobrio relato de
Agustín deja entrever la escena: una mujer ya de edad, acostada en el
puente, entre los pasajeros extenuados y atemorizados; de repente se quita
sus velos, se yergue ante el mar enfurecido y, con el rostro iluminado
momentáneamente, grita a los marineros: «¿Qué teméis? Llegaremos.
Estoy segura.» ¡Maravilloso acto de fe!
118

En esos críticos instantes, en que vio la muerte tan cercana, tuvo la
clara revelación de su misión: supo, con toda evidencia, que tenía un
mensaje para su hijo y que este mensaje su hijo iba a recibirlo por encima
de todo, a pesar del furor de las olas y a pesar de su mismo corazón
Cuando esta sensación sublime se hubo apagado, le quedó la certeza
de que, tarde o temprano, Agustín iba a cambiar. Se había extraviado y no
se conocía a sí mismo. La profesión de retórico era indigna de él. El Dueño
del Campo lo había elegido para ser un gran operario de su mies. Mónica
presentía, desde hacía mucho tiempo, el papel excepcional que Agustín iba
a desempeñar en la Iglesia, ¿Para qué malgastar su talento y su inteligencia
vendiendo vanas palabras, cuando había todavía herejías que combatir, una
Verdad que difundir y unos exaltados, los donatistas, que arrebataban a los
católicos las basílicas africanas? ¿Qué era un retórico, por muy ilustre que
fuera, frente a un obispo, protector de ciudades, consejero de los emperadores y representante de Dios sobre la tierra? Y Agustín podía llegar a
ser todo eso. ¡Pero se obstinaba en su error! Era preciso redoblar los
esfuerzos y las oraciones para sacarlo de él. Mónica luchaba también un
poco por ella misma, por lo más querido de sus esperanzas maternales. La
razón de su vida era engendrar un alma en Jesucristo, y un alma escogida,
que, a 6u vez, salvaría muchas otras. Por eso sobre el puente del barco —
roto por el balanceo y derribado por las olas y las ráfagas de viento —
decía a los marineros: «¿Qué teméis? Llegaremos. Estoy segura.»
En Milán fue para el obispo Ambrosio una parroquiana ejemplar.
Asistía a todos sus sermones, estaba «pendiente de sus labios, como de una
fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna». Parece, sin embargo,
que el gran obispo no comprendió mejor a la madre que al hijo: no tenía
tiempo. Mónica era para él una buena mujer de Africa, quizá un poco rara
en sus devociones y entregada a numerosas prácticas supersticiosas. Como
era costumbre en Cartago y Tagaste, continuaba llevando a las tumbas de
los mártires cestos llenos de pan, vino y pultis. Cuando se presentó con su
cesto en una de las basílicas milanesas el portero le impidió entrar,
alegando la prohibición del obispo, que había condenado solemnemente
estas prácticas como contaminadas de idolatría. Desde el momento en que
estaba prohibido por Ambrosio, Mónica, aunque transida de dolor, se
resignó a llevarse otra vez su cesto: Ambrosio era a sus ojos el apóstol
providencial que conduciría a su hijo a la salvación. Sin embargo, le costó
mucho trabajo renunciar a esta vieja costumbre de su país. De no disgustar
al obispo, ella hubiera continuado.
119

Este le estaba reconocido por su obediencia, su fervor y su caridad.
Cuando por casualidad encontraba a su hijo, le felicitaba por tener una
madre como la suya. Agustín, que no despreciaba todavía la alabanza
humana, esperaba, sin duda, que Ambrosio tuviera para él un cumplido.
Pero Ambrosio no lo alababa, en absoluto, y quizá esto era lo que
mortificaba a Agustín.
También él estaba bastante ocupado: no tenía tiempo para poner en
práctica las piadosas exhortaciones del obispo. Su profesión y sus
relaciones le acaparaban durante todo el día. Por la mañana daba sus
clases, la tarde la dedicaba a visitar amigos y a hacer gestiones entre la
gente bien situada, de quienes solicitaba favores para sí o para sus
allegados. Por la noche preparaba su lección del día siguiente. A pesar de
esta vida agitada, que parecía colmar todas sus ambiciones, no lograba
ahogar el grito de su corazón angustiado. En el fondo no se sentía feliz.
Es dudoso que Milán le haya gustado más que Roma. Pasaba mucho
frío. Los inviernos milaneses son muy rigurosos, sobre todo para un
meridional. Una espesa niebla sube de los canales y de las praderas
pantanosas que rodean la ciudad. Las nieves, de los Alpes están muy
cercanas. Este clima, todavía más húmedo y glacial que el de Roma, no iba
nada bien para su pecho. Tenía casi siempre la garganta afectada: se veía
obligado a interrumpir sus declamaciones, incidente desastroso para un
hombre cuyo oficio es hablar. Sus indisposiciones eran tan frecuentes que
a veces se preguntaba si podría continuar así durante mucho tiempo. Se
vería forzado a abandonar su profesión. Entonces, en las horas de
desaliento, hacía tabla rasa de todas sus ambiciones juveniles: en última
instancia, el retórico afónico tendría que ingresar en la administración del
Imperio. La idea de llegar a set un día gobernador de provincia no le
desagradaba. ¡Qué bajo había caído! Sí, pero eso es lo prudente, contestaba
esa voz mala consejera que nos tienta cuando comenzamos a dudar de
nosotros mismos.
La amistad, como siempre, consolaba a Agustín en sus pensamientos
desalentadores. Tenía junto a él al «hermano de su corazón», el fiel Alipio,
y a Nebrida, ese joven tan apasionado por las discusiones metafísicas.
Nebrida había dejado sus ricos dominios de los alrededores de Cartago y
una madre que lo amaba, con el único objeto de vivir con Agustín en la
búsqueda de la Verdad. Romaniano también estaba allí, pero por motivos
menos desinteresados. El mecenas de Tagaste, después de sus ostentosas
prodigalidades, veía comprometida su fortuna. Un enemigo poderoso, que
había abierto un proceso contra él, 1c estaba buscando su ruina.
120

Romaniano había venido a Milán para defenderse ante el emperador y
ganarse el apoyo de los altos funcionarios de la Corte. Por eso su trato con
Agustín era frecuente.
Aparte de este pequeño círculo de compatriotas, el profesor de
retórica tenía relevantes amistades entre la aristocracia de la ciudad. Estaba
estrechamente relacionado con ese Manlio Teodoro, que elogió el poeta
Ciaudiano, y a quien él mismo dedicara más adelante uno de sus libros.
Antiguo procónsul de Cartago, en donde probablemente encontró a
Agustín, este hombre rico vivía entonces retirado en el campo, y se dedicaba, en sus ratos libres, al estudio de los filósofos griegos —sobre todo
de los platónicos— y al cultivo de sus viñas y olivos.
Aquí, como en Tagaste, en esas hermosas villas situadas a orillas de
los lagos italianos, el hijo de Mónica se abandonaba una vez más a la
dulzura de vivir: «amaba la vida dichosa», confiesa con toda sencillez. Se
sentía epicúreo como nunca. Se hubiera despreocupado por completo de
no haber conservado la aprehensión del más allá. Pero cuando fue huésped
de Manlio Teodoro, cata a las risueñas montañas del lago de Como, que se
recortaban entre las altas ventanas del triclinio, no pensaba en absoluto en
el más allá. Se decía a sí mismo: «¿Por qué desear lo imposible? Hace falta
tan poca cosa para colmar un alma humana.» El irritante contagio del lujo
y bienestar lo corrompían lentamente. Iba asemejándose a esas gentes de
mundo a quienes su palabra encandilaba.
Como las gentes de mundo de todos los tiempos, éstas, pronto
víctimas de los bárbaros, hacían de sus pequeñas felicidades diarias una
muralla comía todas las realidades molestas o tristes, dejando sin contestación los problemas esenciales, que ni siquiera se planteaban. Se decían a sí
mismos: «Tengo buenos libros, una casa acogedora, esclavos bien
adiestrados, un cuarto de baño decorado con gusto, confortables carruajes:
la vida es dulce No deseo otra cosa. ¿Para qué? Esta me basta.» En esos
momentos en que su espíritu cansado cedía, Agustín se dejaba coger en las
redes de los deleites fáciles, deseando parecerse en todo a esas personas,
ser una de ellas. Mas para ser una de ellas necesitaba un empleo mejor que
el de retórico', y, lo primero, poner en su conducta todo el decoro y normalidad externa que el mundo exige. Así, poco a poco, le vino la idea de
casarse.
Su amante era el único obstáculo que se oponía a este proyecto: se
desembarazó de ella.
121

Aquello constituyó un drama familiar, que se ha esforzado en ocultar,
pero que le debió ser extremadamente penoso, a juzgar por las quejas que
se le escapan, muy a pesar suyo, a través de alguna frase muy breve y
como vergonzosas de sí mismas. Mónica fue, sin duda, la protagonista de
este drama, aunque en realidad los amigos de Agustín desempeñaran
también un papel importante. Es probable que advirtieran al profesor de
retórica que, tanto para su reputación como para su porvenir, era
perjudicial retener junto a sí una concubina. Sin embargo, las razones de
Mónica eran más apremiantes y de un valor más profundo.
Es natural, en principio, que ella sufriese, en su dignidad de madre y
en su conciencia de cristiana, al tener que soportar a su lado la presencia
de una extraña que era la amante de su hijo. Por muy grande que fuera la
casa donde habitaba la tribu africana, los roces entre sus huéspedes serían
totalmente inevitables. Ordinariamente, cuando la suegra y la nuera viven
bajo el mismo techo, surgen conflictos de autoridad en la dirección del
hogar. ¿Qué sentimientos podía abrigar Mónica hacia una mujer que no era
ni siquiera su nuera y a quien consideraba como una intrusa? Por otra
parte, no veía la posibilidad de legitimar la unión de su hijo por medio de
un matrimonio: su concubina era de condición demasiado humilde. Por
muy santa que fuera Mónica, no había olvidado que era la viuda de un
curial y que una familia burguesa que se precie no hace un casamiento
desigual admitiendo entre los suyos la primera que llega. Pero estas
consideraciones eran secundarias a sus ojos: lo único que ha influido
realmente en su ánimo es que esta mujer retardaba la conversión de
Agustín. Por su causa —Mónica lo veía con toda claridad— se difería
indefinidamente su bautismo. Era la cadena del pecado, el pasado impuro,
cuyo peso lo ahogaba: había que deshacerse de ella lo antes posible.
Convencida entonces de que éste era un deber imperioso, no paró
hasta que no rompió esta relación. Con objeto de ponerlo, en cierto
sentido, ante el hecho consumado, le buscó una novia, con ese ardor que
las madres suelen poner en esta búsqueda. Dio con una chica que reunía,
como se dice, todas las condiciones y que podía colmar todas las
esperanzas de Agustín: poseía una dote suficiente para no constituir una
carga para su marido. Su fortuna, unida al sueldo de profesor, permitiría a
la pareja vivir con desahogo. Llegaron incluso a prometerse en
matrimonio. Debido al trastorno moral por el que atravesaba Agustín, dejó
a su madre entera libertad, respecto a este asunto. Sin duda lo aprobaba y,
como buen funcionario, juzgaba que era ya hora de sentar cabeza.
122

La separación, según eso, se imponía. ¿Cómo es que la pobre
criatura, que le había sido fiel durante tantos años, aceptó este despido
ignominioso? ¿Cuál fue la despedida del niño Adeodato y de su madre?
¿Cómo tuvo Agustín el valor de quitárselo? Aquí también, por un pudor
muy comprensible, ha querido callar este doloroso drama. Lo más
probable es que no estuviera ya enamorado de su amante, aunque estuviera
apegado a ella por una cierta ternura y por el fuerte lazo del placer
compartido. El lo ha dicho en una frase encendida de arrepentimiento:
«Cuando arrancaron de mi lado, con el pretexto de que era un estorbo para
mi matrimonio, aquella con quien solía compartir mi lecho, mi corazón,
sajado por aquella parte que le estaba pegado, me había quedado llagado y
manaba sangre.» La frase aclara a la par que enciende: «Ahí donde mi
corazón se unía al suyo —cor ubi adhaerebat...» Confiesa que la unión no
era completa, ya que en muchas cosas se había despegado de ella. Si el
alma de su amante había permanecido igual, la suya, sin embargo, había
cambiado: por mucho que todavía la quisiera, estaba ya lejos de ella.
Sea lo que fuere, la desamparada y miserable que juzgaban indigna
de Agustín se mostró ejemplar en esta circunstancia. Era cristiana: adivinó
tal vez —una mujer que ama tiene sus presentimientos— que se trataba no
solamente de la salvación de un ser querido, sino de una misión divina a la
que estaba predestinado. Se sacrificó para que Agustín fuera un apóstol y
un santo, un gran siervo de Dios: se volvió, pues, a Africa, y para
demostrar que, aunque no olvidaba, sabía con todo perdonar, hizo la
promesa de vivir en continencia: «la que había dormido» con Agustín no
podía ser la mujer de otro hombre.
Por muy humilde que fuera su origen, la desdichada mostró en aquel
momento una gran fortaleza. Su nobleza de alma humilla a Agustín y a la
misma Mónica, quienes no tardaron en ser castigados, él por haberse
dejado arrastrar por sórdidos cálculos de interés y ella, la santa, por haber
sido tan complaciente. Tan pronto como su amante se hubo marchado,
Agustín experimentó el sufrimiento de su soledad. «Me parecía —nos dice
— que aquello seria para mí el colmo de la desgracia, verme privado de las
caricias de una mujer.» A todo esto, su prometida era demasiado joven; no
podía casarse antes de dos años: ¿cómo esperar hasta entonces? Agustín no
dudó un momento: se buscó otra amante.
Fue un justo castigo para Mónica, cruelmente decepcionada en sus
piadosas intenciones. Vanas fueron las esperanzas puestas en un
matrimonio inminente. El silencio de Dios era el testimonio fehaciente de
que había emprendido un falso camino. En vano imploró una visión o una
123

señal que le hiciera ver las consecuencias de la proyectada unión: no fue
escuchada.
«Así, pues —dice Agustín—, mis pecados se multiplicaban.» Mas no
se limitaba tan sólo a pecar, sino que inducía a los demás. Incluso en
materia matrimonial era preciso ganarse prosélitos. De esta forma, adoctrinó al buen Alipio. Este, castamente, no tenía trato con mujeres, aunque
en su juventud hubiera probado, para hacer como todo el mundo, los
placeres del amor: no había encontrado en ello ningún deleite. Pero Agustín le elogiaba con tal entusiasmo las delicias conyugales, que le dieren
ganas de gustarlas, «vencido no por el atractivo de la carne, sino por la
curiosidad». El matrimonio para Alipio sería una especie de experiencia
filosófica y sentimental.
Son estas expresiones completamente modernas que dejan traslucir
estados de ánimo muy antiguos. En el fondo, esos jóvenes amigos de
Agustín, e incluso él mismo, se asemejan de una manera sorprendente a los
de una generación muy distante, y que, por desgracia, conservarán en la
historia el nombre presuntuoso que ellos mismos se dieron: los
intelectuales.
Al igual que nosotros, esos jóvenes latinos de Africa, alumnos de
retóricos y filósofos paganos, no creían más que en las ideas. Muy
próximos a afirmar que la verdad es inaccesible, no dejaban de pensar que
su búsqueda, aunque vana, era realmente un riesgo que se debía correr, o,
por lo menos, un juego apasionante. Ese juego representaba para ellos toda
la dignidad y el valor de su vida. Aunque tuvieran ataques de ambición
mundana, en realidad despreciaban todo lo que no era pura especulación. A
sus ojos, el mundo era horroroso y su acción degradante. Se encerraban en
la torre de marfil del sabio, el «rincón del filósofo», como le llamaban, y
cerraban celosamente todas las rendijas a través de las cuales se les hubiera
podido aparecer la hiriente realidad. Lo que les distingue de nosotros es
que tenían mucho menos sequedad de alma, a pesar de su pedantismo, un
tanto ingenuo. Por ahí se salvarán: por su generosidad de alma y por la
juventud de su corazón. Al quererse mutuamente acabarán por amar la vida
y tener de nuevo contacto con ella. Nebrida no vendrá a Milán desde
Cartago, ni abandonará a su madre y a su familia, dejando allí intereses
considerables; no sólo para filosofar con Agustín, sino para vivir con un
amigo. Desde ese momento hubieran podido poner en práctica esas
palabras del Salmo que pronto Agustín comentará a sus monjes con una
elocuencia tan delicada: «Ved qué hermoso es y qué placentero que los
hermanos convivan en unidad.»
124

Esto no es una afirmación gratuita: tuvieron verdaderamente la
intención de fundar una especie de monasterio laico, en donde la única
regla sería la búsqueda de la verdad y de la felicidad en la vida. Debía
haber, aproximadamente, unos diez solitarios. Pondrían en común todo
cuanto poseyeran. Los más ricos, como Romaniano, habían prometido
dejar a la comunidad toda su fortuna. Pero la cuestión de las mujeres echó
por tierra este ingenuo proyecto. No se habían preocupado de consultarlas,
y si, como era probable, ellas se negaban a entrar en el convento con sus
maridos, los que estaban casados se asustaban ante la idea de tener que
dejarlas. Sobre todo Agustín, que estaba a punto de volverse a casar,
confesaba que jamás tendría el valor de tomar semejante decisión.
Olvidaba también que tenía cura de almas: sostenía a toda su familia.
¿Podía él dejar ahí a su madre, a su hijo, a su ‘hermano y a sus primos?
Compartía sinceramente con Alipio y Nebrida el pesar de que este
hermoso sueño de vida cenobítica no fuera realizable. «Eran tres bocas
hambrientas que mutuamente se comunicaban el hambre y «esperaban de
ti que les dieses comida en el tiempo oportuno» (Ps. 144, 15). Y en toda
amargura, que por tu misericordia se seguía a todas nuestras acciones
mundanas, queriendo nosotros averiguar la causa por qué padecíamos tales
cosas, nos salían al paso las tinieblas, apartándonos, gimiendo y clamando:
¿hasta cuándo estas cosas?»
Un día-, ante un incidente pequeño y banal, se dejó sentir más
cruelmente su miseria intelectual.
Agustín, en su calidad de retórico del municipio, acababa de
pronunciar el panegírico oficial del emperador. Empezaba el nuevo año:
toda la ciudad estaba en fiestas. Sin embargo, él estaba triste por haber tenido que prodigar conscientemente tantas mentiras y, sobre todo, porque
desesperaba ya de llegar a ser feliz.
Sus amigos lo acompañaban. De pronto, al atravesar una calle
descubrieron un mendigo, completamente borracho, que se entregaba a
una loca alegría. ¡Así, pues, aquel hombre era dichoso! Habían bastado
unas monedas para darle la perfecta felicidad, mientras que ellos, los
filósofos, a pesar de sus grandes esfuerzos y de toda su ciencia, se
revolvían inútilmente en busca de la felicidad. Sin duda, cuando el
borracho vuelva a su estado normal, se encontrará más desgraciado que
antes. Qué importa. Esa miserable felicidad, aunque ilusoria, puede exaltar
hasta tal punto una pobre criatura, elevándola sobre sí misma. Al menos
durante ese minuto habrá vivido en una dicha total. Y le venía a Agustín la
tentación de hacer como el mendigo, de arrojar por la borda su bagaje
125

filosófico y de limitarse simplemente a vivir, ya que la vida es buena a
veces.
Con todo, un instinto más fuerte que el de la voluntad le decía: Hay
otra cosa. ¿Si fuera verdad? Tal vez pudiera saberlo todo. Este
pensamiento lo atormentaba sin descanso. En medio de sucesivas crisis de
fervor y desaliento se puso a buscar aquella «otra cosa».

126

5. CRISTO EN EL JARDÍN
«Estaba cansado de devorar el tiempo y ser devorado por él»; con
estas breves palabras, tan densas y fuertes, puede resumirse toda la crisis
interior por la que va a atravesar Agustín. No dispersarse en multitud de
cosas vanas, no dejarse llevar con los minutos que pasan, sino recogerse,
escaparse de la dispersión, para asentarse en lo incorruptible y lo eterno;
romper las cadenas de la antigua esclavitud que continúan atenazándolo a
fin de dar libre curso a su libertad, a su pensamiento y a su amor; esa es, en
resumen, la salvación a la que aspira. Si no es todavía la salvación
cristiana, está en el camino que conduce a ella.
Puede no complacerse en trazar una especie de gráfico ideal de su
conversión y mostrar la íntima concatenación de las razones que lo
hicieron desembocar en el acto de fe: quizá él mismo ha cedido demasiado
a esta tendencia en sus Confesiones, En realidad la conversión es un hecho
interior y —digámoslo una vez más— un hecho divino que escapa a toda
disciplina racional. Antes de manifestarse exteriormente se prepara durante
largo tiempo en esa oscura región del alma que hoy llaman el
subconsciente. Nadie ha vivido sus ideas mejor que Agustín en esa época
de su vida. Las ha cogido, las ha abandonado, las ha vuelto a coger,
obstinándose en un esfuerzo desesperado. Reflejan, desordenadamente la
movilidad de su alma y las agitaciones que lo turbaban por dentro. Con
todo y eso, no es necesario que ese hecho interior esté en violenta contradicción con la lógica. La cabeza no debe entorpecer la marcha del
corazón; en el futuro creyente se opera un trabajo simultáneo en el orden
sentimental e intelectual. Aunque no podamos reproducir sus avances y
retrocesos ni seguir esa línea que se rompe continuamente, sí que podemos
al menos señalar las principales etapas.
Recuérdese el estado de ánimo en que se encontraba Agustín a su
llegada a Milán. Era escéptico, con ese escepticismo que considera inútil
toda especulación sobre el fondo de las cosas y para quien la ciencia no es
sino una aproximación a la verdad. Vagamente deísta, sólo veía en
127

Jesucristo un hombre sabio entre los sabios. Creía en Dios y en su
providencia: lo cual hace que, aun siendo racionalista por tendencia,
admitiera la intervención divina en las cosas humanas: el milagro. Es éste
un punto importante que lo distingue de los modernos.
Después escuchó la predicación de Ambrosio. La Biblia no le parecía
ya tan absurda ni contraria a la moral. Esta exégesis, unas veces alegórica
e histórica otras, era, en suma, aceptable para los espíritus rectos. Pero,
sobre todo, lo que más le chocaba a Agustín era, además de la sabiduría, la
eficacia práctica de la Escritura. Los que vivían según la regla cristiana
eran no sólo felices, sino, como diría más tarde Pascal, hueros hijos,
buenos maridos, buenos padres de familia y buenos ciudadanos.
Comenzaba a entrever que esta vida sólo es llevadera y adquiere todo su
sentido supeditada a la otra. Así como la gloria es el pan cotidiano para las
naciones, así también la entrega a algo que trascienda este mundo es el
único medio para el individuo de vivir en la tierra.
Poco a poco iba Agustín corrigiendo las falsas ideas que le habían
inculcado los maniqueos respecto al catolicismo. El mismo confesaba que
al atacarlo había «ladrado contra una pura quimera de su imaginación
carnal». Le costaba, no obstante, bastante trabajo desembarazarse de todos
estos prejuicios maniqueos. El problema del mal permanecía para él
insoluble fuera del maniqueísmo. Dios no pedía ser el autor del mal.
Una vez admitida esta verdad, pasó a pensar que no existen en sí
cosas malas, como lo enseñaban sus antiguos maestros, malas por la
presencia en ellas de un principio corruptor. Por el contrarío, todas las
cosas son buenas, aunque con diferentes grados; las aparentes
imperfecciones de la creación, perceptibles por nuestros sentidos, se
desvanecen con la armonía del conjunto. El sapo y la víbora entran en la
economía de un mundo perfectamente ordenado. Mas no existe tan sólo el
mal físico; se da también el mal que hacemos y el mal que sufrimos. El
crimen y el dolor son terribles argumentos contra Dios. Ahora bien, los
cristianos reconocen que el primero es sólo producto de la voluntad
humana, de la libertad corrompida por el pecado original, mientras que el
segundo está permitido por Dios para purificación de las almas. Era sin
duda una solución, pero supone la creencia en los dogmas de la caída y de
la redención. Agustín no creía en ellos todavía. Era demasiado orgulloso
para reconocer la tara de su voluntad y la necesidad de un Salvador: «La
hinchazón de mi cara —dice —me hacía cerrar los ojos.»
Sin embargo, el haber rechazado el dogma fundamental del
maniqueísmo, el de la doble substancia del bien y del mal, suponía ya para
128

Agustín un gran paso. De ahora en adelante no existirá para él más que una
substancia —única e incorruptible—, el bien, que es Dios. Pero tan
dominado está todavía por sus sentidos, que concibe esta substancia divina
como un puro materialista. La concibe como algo corporal, extensa e
infinita, y se la imagina como una especie de océano ilimitado, en el que,
cual enorme esponja, se bañaría el mundo, penetrado por todas partes de
ella.
Estaba en esta coyuntura cuando un amigo suyo, «hombre poseído
por un orgullo desmesurado», puso entre sus manos algunos diálogos de
Platón, traducidos al latín por el célebre retórico Victorino. Digámoslo,
aunque sólo sea de pasada: Agustín, con sus treinta y dos años, no había
leído todavía a Platón. Esto prueba una vez más que la enseñanza de los
antiguos —semejante en eso a la de los musulmanes de hoy día— era oral.
Hasta entonces no había conocido a Platón más que de oídas. Lo leyó,
pues, y fue para él como una revelación.
Se dio cuenta de que puede existir una realidad fuera de toda
representación espacial. Concibió a Dios como inextenso, y, con iodo,
infinito. Adquirió el sentido de la espiritualidad divina. Después se impuso
a su espíritu la necesidad primordial del Mediador o del Verbo. El Verbo es
quien ha creado al mundo. Es por el Verbo por lo que el mundo, Dios y
todas las cosas, incluyéndonos nosotros mismos, nos son inteligibles. ¡Qué
sorpresa! Platón: y San Juan se volvían a encontrar. En el principio existía
el Verbo, in principia erat Verbum, dice el cuarto Evangelio. Pero no era
solamente un evangelista, era casi toda la esencia de la doctrina cristiana la
que Agustín descubrió en los diálogos platónicos. Distinguía
perfectamente sus profundas diferencias, mas, por el momento, le habían
llamado sobre todo la atención sus semejanzas y esto lo deslumbraba. Lo
que sobre todo le maravillaba era la belleza del mundo, construido según
su propia imagen y por el Demiurgo: Dios es la belleza, el mundo es
hermoso como el que lo ha hecho. Esta visión metafísica transportaba a
Agustín. Todo su corazón saltaba hacia ese Ser inefablemente hermoso.
Lleno de entusiasmo grita: «Me extrañaba amarte, Dios mío, y no como un
vano fantasma. Si todavía no era capaz de gozar de ti, tu belleza me
arrastraba hacia ti.»
Mas este éxtasis no podía sostenerse de por sí: «No era capaz de
gozar de ti.» Aquí se encuentra la principal objeción de Agustín contra el
platonismo. Sentía que en lugar de tocar a Dios, de gozar de él, no salía de
los puros conceptos de su espíritu y que se extraviaba siempre con los
fantasmas del idealismo. ¿Para qué renunciar entonces a las realidades
129

ilusorias de los sentidos si no se pueden poseer otras más sólidas? Su
inteligencia y su imaginación de poeta podían ser seducidos por el
espejismo platónico, pero su corazón no se encontraba satisfecho: «Una
cosa es —dice —descubrir desde un picacho salvaje la patria de la paz y
otra andar por el camino que conduce a ella.»
Será San Pablo quien le mostrará este camino. Comenzó a leer con
asiduidad las Epístolas y a medida que las leía tomaba conciencia del
abismo que separa la filosofía de la sabiduría. La primera nos descubre las
ideas de las cosas, mientras que la segunda nos lleva a través de las ideas
hasta las realidades divinas, de las que dependen las otras. El Apóstol le
enseñaba Agustín que no basta entrever a Dios a través del cristal de los
conceptos, sino que hace falta unirse a El en espíritu y en verdad, poseerlo,
gozar de El. Para unirse al bien es preciso que el alma se disponga a ello
convenientemente, que se purifique y se cure de todas las enfermedades
carnales, que reconozca su puesto en el mundo y que lo ocupe. Necesidad
de la penitencia, de la humildad, del corazón contrito y humillado.
Solamente un corazón contrito y humillado podrá ver a Dios. «El corazón
contrito será curado, dice la Escritura, el corazón soberbio será hecho pedazos.» Así, pues, el intelectual Agustín tenía que cambiar de método y
sentía que este cambio era justo. Si el escritor, para escribir cosas
hermosas, debe colocarse previamente en una especie de estado de gracia,
en el que no sólo las bajas acciones, sino también los pensamientos malos,
es casi imposible que se presenten, de la misma manera el cristiano, para
concebir las verdades divinas, debe purificar y preparar su mirada interior
por la penitencia y la humildad. Leyendo a San Pablo, Agustín se iba
empapando de esta idea. Pero, sobre todo, lo que más le conmovía de las
Epístolas era el tono paternal, la dulzura y la unción disimulada tras la
rudeza inculta de las frases. Estaba encantado. ¡Qué diferencia si se
compara con la de los filósofos! «Ninguna huella, en sus páginas tan
famosas, ni del alma piadosa, ni de las lágrimas de la penitencia, ni de tu
sacrificio, ¡oh Dios mío!, ni de las tribulaciones del espíritu... Nadie
escucha a Cristo que llama: Venid a mí todos los que sufrís. No quieren
aprender de El que es manso y humilde de corazón, porque «has enconé
ido estas verdades a los sabios y prudentes y se las has revelado a los
pequeños.»
Pero rebajarse es todavía poco: lo que importa, ante todo, es dominar
sus pasiones. Y las pasiones de Agustín constituían para él «viejas
amigas». ¿Cómo podría desarraigarlas? Le faltaba coraje para realizar una
cura heroica. Imagínese lo que es un hombre a los treinta y dos años.
130

Pensaba siempre tomar mujer. La lujuria lo tenía cogido por los lazos
inextricables de la costumbre y se complacía en la impureza de su corazón.
Cuando, siguiendo los consejos del Apóstol, trataba de conformar su
conducta a la nueva manera de ver las cosas, «las viejas amigas» acudían
presurosas para suplicarle que no hiciera nada: «Ellas me tiraban —dice—
del vestido de mi carne y me susurraban al oído: ¿Es que nos vas a
abandonar? ¿Qué, desde ese momento no estaremos nunca más contigo?
Non erimus tecum ultra in aeternum?... Y, desde ese momento, ¿tal cosa
que tú conoces bien y tal otra cosa no te será ya permitido para siempre,
eternamente...? »
¡La eternidad! ¡Qué palabra! Agustín estaba sobrecogido de espanto.
Después de haber reflexionado, les decía: «Os conozco, os conozco
demasiado bien. Sois el deseo sin esperanza, la sima sin fondo que nada
logra colmar. ¡He sufrido bastante por vuestra culpa!» Y el angustiado
diálogo volvía a comenzar: «¡Qué importa! Si la única felicidad posible
para ti es sufrir por nuestra causa, arrojar tu carne al abismo voraz, sin fin
y sin esperanza. ¡Eso está bien para los cobardes!... Pero para mí hay una
felicidad distinta a la vuestra, hay otra cosa, ¡estoy seguro!» Entonces las
amigas, desconcertadas momentáneamente por este tono de seguridad, le
susurraban quedamente: «¡Mira que si con todo perdieras esta miserable
felicidad por una quimera todavía mis vacía..,! Además, te engañas
respecto a tu fuerza; no podrás, no podrás nunca prescindir de nosotras.»
Ellas habían dado en la llaga; Agustín era demasiado consciente de su
debilidad. Y su ardiente imaginación le evocaba, con extraordinario brillo,
esos placeres de los que no podría prescindir. No eran tan sólo los deseos
de la carne, sino también esas naderías, eso superfluo, «esos placeres
ligeros que hacen amar la vida». Las pérfidas viejas amigas continuaban
susurrándole: «Espera todavía. Los bienes que desprecias tienen su
encanto: ofrecen incluso grandes dulzuras. No debes despegar de ellos tu
corazón a la ligera, ya que sería vergonzoso para ti tener que volver en
seguida en su búsqueda.» Enumeraba esos bienes que iba a abandonar, los
veía resplandecer ante él y teñirse de los más cautivadores colores: el
juego, los suntuosos festines, la música, los cantos, los perfumes, los
libros, la poesía, las flores, la frescura de los bosques (se acordaba de los
bosques de Tagaste y de sus cacerías con Romaniano), en fin, todo aquello
que había amado, «hasta ese candor de la luz, tan amiga de los ojos
humanos».
Cogido entre estas tentaciones y el orden de su conciencia, Agustín
no podía decidirse y se desesperaba. Su voluntad, debilitada por el pecado,
131

era incapaz de luchar contra sí misma. Y de esta forma continuaba a
soportar la vida y a ser «devorado por el tiempo».
La vida de aquel tiempo, esa vida del Imperio agonizante, si era
llevadera para las gentes apacibles, alejadas voluntariamente de los
negocios y de la política, ofrecía, sin embargo, un espectáculo escandaloso
para un espíritu recto y un alma valiosa como la de Agustín. Esto hubiera
debido disuadirle de permanecer en el mundo. Se encontraba en un buen
puesto —Milán, junto a la corte— para percibir las bajezas y la ferocidad
que pueden engendrar la ambición y la codicia humanas.
Si el presente no era halagüeño, el futuro se anunciaba desesperada
Del Imperio romano no quedaba más que el nombre. Extranjeros,
procedentes de todos los países del Mediterráneo, explotaban las
provincias bajo su nombre. El ejército estaba casi por completo en manos
de los bárbaros. Eran tribunos godos quienes montaban la guardia
alrededor de la basílica, en donde San Ambrosio se había refugiado con su
pueblo para hacer frente a las órdenes de la emperatriz Justina, que quería
entregar esa iglesia a los arríanos. Los eunucos levantinos dirigían en el
palacio a la servidumbre de los condes y funcionarios de todo rango. Toda
esta gente se precipitaba sobre los despojos. El Imperio, aunque debilitado,
continuaba siendo una máquina admirable para dominar hombres y para
arrancar oro a los pueblos. También los ambiciosos y los aventureros,
vinieran de donde vinieran, aspiraban a la púrpura: todavía valía la pena
arriesgar la piel por ella. Más que los patriotas, desolados por este estado
de cosas (los hubo muy enérgicos), eran la gente rapaz y violenta la que
estaba más interesada en el mantenimiento del Imperio. Los propios
bárbaros deseaban introducirse en él para someterlo más impunemente.
En cuanto a los emperadores, incluso cristianos sinceros, se veían
obligados a convertirse en terribles tiranos, con objeto de defender sus
vidas continuamente amenazadas. Jamás como entonces fueron los
suplicios tan frecuentes y tan crueles. En Milán alguien había podido
enseñar a Agustín, cerca del «cubiculum» imperial, el lugar en donde el
emperador anterior, el colérico Valentiniano, mantenía dos osas, «Migaja
de Oro» e «Inocencia», que eran sus rápidos verdugos. Los alimentaba con
la carne de los condenados. Tal vez «Migaja de Oro» viviera todavía en
aquel entonces. «Inocencia» —obsérvese la atroz ironía del nombre —
había sido puesta en libertad en sus bosques natales como premio a sus
buenos y leales servicios.
Agustín, que soñaba siempre con ser funcionario, ¿iba a mezclarse
con ese mundo de pillos, asesinos y bestias salvajes? Al verlos de cerca
132

sentía debilitarse su buena voluntad. Como todos aquellos que pertenecen
a generaciones cansadas, debía estar asqueado de la acción y de las
villanías que lleva consigo. La víspera o al día siguiente de las grandes
catástrofes hay una especie de contagio de negro pesimismo que desalienta
a las almas delicadas. Además, estaba enfermo: circunstancia ésta
favorable para un desengañado que abriga deseos de desprendimiento. Con
la niebla de Milán, su garganta y su pecho se estropeaban cada vez más.
En fin, es probable que su éxito como retórico fuera allí tan exiguo como
en Roma. Existía una especie de fatalidad para los africanos. Por muy
grande que fuera su reputación en el país natal ésta desaparecía una vez
atravesado el mar. Apuleyo, la gran personalidad de Cartago, lo había
experimentado a sus expensas. Su ronca pronunciación cartaginesa había
suscitado la burla. Algo parecido ocurrió con Agustín. Los milaneses
ponían en ridículo su acento africano. Había, incluso entre ellos, puristas
que se dedicaban a descubrir los solecismos de sus frases.
Mas esas miserias de amor propio, esa repugnancia creciente por los
hombres y por la vida era nada comparado con lo que pasaba en su
interior. Agustín estaba enfermo del alma. Su habitual inquietud se
convertía en un continuo sufrimiento. En determinados momentos se veía
asaltado por esas grandes oleadas de tristeza que brotan repentinamente del
fondo de lo desconocido. Creemos en tales ocasiones que el mundo entere
se nos viene encima. La ola lo sacudía y se levantaba dolorido. Y sentía
que se tensaba en él una voluntad nueva que no era la suya y bajo la cual,
la otra, la voluntad pecadora, se debatía. Como si experimentase la
vecindad de un ser invisible, cuyo contacto lo oprimía con una angustia
llena de delicias. Ese ser quería abrirse paso en él, pero el peso de sus
faltas anteriores se lo impedía. Entonces su alma lanzaba gritos de dolor.
Con qué voluptuosidad se dejaba mecer en esos momentos por los
cánticos de la Iglesia. Los cánticos litúrgicos constituían por aquel
entonces una novedad en Occidente. En el mismo año en que nos
encontramos, San Ambrosio acababa de inaugurarlos en las basílicas
milanesas.
La juventud de los himnos. No puede uno pensar en ellos sin
emocionarse. Envidia uno a Agustín por haberlos escuchado en su
primitiva pureza. Esos hermosos cantos, que iban a ascender durante tantos
siglos y que resuenan siempre en las bóvedas de las catedrales, emprendían
el vuelo por primera vez. Nos resistimos a pensar que llegará un día en que
replegaran sus alas y enmudecerán. Puesto que los cuerpos humanos, templos del Espíritu Santo, resucitarán un día en la gloria, nos gustaría pensar,
133

con Dante, que los himnos, templos del Verbo, son también inmortales y
que resonarán todavía en la eternidad. Por los valles crepusculares del
purgatorio las ánimas continúan indudablemente cantando el Te lucis ante
terminum, al igual que en los círculos estelares, en donde giran
indefinidamente los bienaventurados, se lanzan para siempre los gozosos
acentos del Magníficat...
El influjo, de estos himnos, incluso sobre los que han pendido la fe,
es insuperable. «Si pusieras —dice Renán— el encanto que los magos
bárbaros han sabido encerrar en esos cantos... Nada más oírlos, mi corazón
se deshace.» El corazón de Agustín, que no poseía todavía la fe, se
deshacía también al escucharlos. «Cómo he llorado, Dios mío, con tus
himnos y tus cánticos Cómo me exaltaban las dulces voces de tu Iglesia.
Penetraban en mis oídos y la verdad se difundía en mi corazón, y el
impulso de mi piedad repercutía más fuerte, y corrían mis lágrimas y eso
me hacía bien.»
El corazón se le aliviaba de su opresión, mientras que su alma se
conmovía por la música divina. Agustín amaba la música con pasión. En
esta época concebía a Dios como el gran músico del mundo y pronto
llegará a escribir que «somos una estrofa en un poema». Al misino tiempo,
las figuras vivientes y fulgurantes de los Salmos, más allá de las metáforas
banales de la retórica que entorpecían su memoria, despertaban dentro de
él su imaginación salvaje de africano y a impulsaban. Y luego ese acento
quejumbroso tan dulce en sus cánticos sagrados: ¡Deus, Deus meus…! ¡Oh
Dios, oh Dios mío! La divinidad no era para él una fría quimera o un
fantasma que se oculta en un infinito inaccesible: se convertía ahora en la
misma posesión de un alma amorosa. Se inclinaba sobre la pobre criatura
malparada, lo cogía entre sus brazos y lo consolaba con palabras
paternales.
Agustín, enternecido, lloraba de entusiasmo, pero también de
desesperación. Lloraba sobre sí mismo. Veía que no tenía el valor de ser
dichoso con la sola felicidad posible. En efecto, para él, ¿de qué se trataba
sino de alcanzar esa «vida feliz» que perseguía desde hacía tanto tiempo?
Lo que había buscado a través de sus amores era el sonido total de su alma,
llegar a su completa realización. Ahora bien, esta plenitud de sí mismo
sólo se logra en Dios: in Deo salutari meo. Las almas que hemos herido
sólo en Dios marchan al unísono consigo mismas y con nosotros... Y el
dulce simbolismo cristiano lo invitaba con sus más acogedoras imágenes:
las umbrías del paraíso, la fuente de agua viva, el refrigerio en el Señor, el
ramo verde de la paloma anunciadora de la paz... Pero las pasiones
134

resistían siempre: «Mañana. Espera todavía un poco. ¿No estaremos nunca
más contigo? Non erimus tecum ultra in aeternum?... ¡Qué sonido más
lúgubre encierran estas sílabas y qué espanto pone en un alma tímida!
Caían, pesadas como el mismo bronce, sobre la de Agustín.
Había que acabar. Hacía falta que alguien lo forzara a salir de su
indecisión. Instintivamente, conducido por esta voluntad misteriosa que
sentía nacer en él, fue a buscar, para contarle su desamparo, a un viejo
sacerdote llamado Simpliciano, que había convertido o dirigido en su
juventud al obispo Ambrosio. Indudablemente le hablaría de sus últimas
lecturas —en especial de sus lecturas platónicas y de todos los esfuerzos
que realizaba para entrar en la comunión de Cristo—: se reconocía
convencido, pero se confesaba incapaz de practicar la vida cristiana.
Simpliciano entonces, con gran habilidad, que, como buen conocedor
de almas, sabía que la vanidad no había muerto todavía en Agustín, le puso
precisamente como ejemplo al traductor de estos diálogos de Platón que
acababa de leer con tanto entusiasmo: el famoso Victorino, un orador tan
admirado y tan sabio que tenía una estatua en el foro romano. Este retórico
creía también que es posible la fe sin las obras. Era cristiano únicamente
de inteligencia, por un resto de orgullo filosófico y también por temor a
comprometerse a los ojos de la aristocracia romana, todavía casi por entero
pagana. Simpliciano le echaba en cara en vano lo ilógico de su conducta,
hasta que, de repente, un día se decidió. El día del bautismo de los
catecúmenos, el hombre ilustre subió al estrado preparado en la basílica
para la profesión de fe de los nuevos convertidos y allí, como el último de
los rieles, pronunció la suya ante todo el pueblo reunido. Fue un golpe de
efecto. La muchedumbre, alborozada por este hermoso gesto, aclamó al
neófito. De todos los rincones gritaban: «¡Victorino, Victorino!»
Agustín escuchaba este pequeño relato, cuyos detalles habían sido
elegidos con acierto para actuar sobre una imaginación como la suya: la
estatua en el foro romano, el estrado desde el que había hablado el orador
con un lenguaje tan nuevo y tan inesperado, las aclamaciones triunfales de
la muchedumbre: «¡Victorino, Victorino! » Se imaginaba a sí mismo.
Estaba en la basílica, sobre el estrado, en presencia del obispo Ambrosio;
él también pronunciaba su profesión de fe y el pueblo de Milán aplaudía:
«¡Agustín, Agustín!» Pero ¿un corazón contrito y humillado podía complacerse así ante la alabanza humana? Si Agustín, se convertía sería
únicamente para Dios y ante él. Rechazó en seguida la tentación... Sin
embargo, este ejemplo traído de tan alto le hizo una fuerte y saludable im135

presión. Vio en él Como una indicación providencial y una lección de
valentía que le afectaba personalmente.
Poco tiempo después de esto recibió la visita de un compatriota, un
cierto Ponticiano, alto funcionario del palacio. Agustín se encontraba solo
en la casa, con su amigo Alipio. Tomaron asiento para charlar y, por casualidad, la mirada del visitante tropezó con las epístolas de San Pablo
colocadas sobre una mesa de juego. La conversación arrancó de ahí.
Ponticiano, que era cristiano, alabó el ascetismo y, en particular, los prodigios de santidad operados por Antonio y sus compañeros en los desiertos
de Egipto: era un tema de actualidad. En los medios católicos de Roma no
se hablaba más que de los solitarios de Egipto y del número cada vez más
elevado de los que se despojaban de sus bienes para vivir en la más
absoluta desnudez. ¡Para qué guardar esos bienes que la avaricia del fisco
hubiera en seguida confiscado y que los bárbaros acechaban desde lejos!
Tarde o temprano, los bárbaros que descendieran de Alemania terminarían
por apoderarse de ellos. Pero incluso admitiendo que se pudieran poner a
salvo, y conservar el disfrute siempre un tanto precario, ¿la vida de
entonces valía la pena de ser vivida? Ya no había esperanzas para el
Imperio. El tiempo de la gran desolación se aproximaba...
Ponticiano, dándose cuenta del efecto de estas palabras sobre sus
auditores, acabó por contarles una aventura completamente íntima. Se
hallaba en Treves a donde había ido siguiendo a la corte imperial. Sucedió
que, aprovechando una tarde en que el emperador había ido al circo, se
paseaba por los alrededores de la ciudad con tres amigos suyos,
funcionarios también del palacio. Dos de ellos, habiéndose separado de los
demás y errando por el campo, se encontraron con una cabaña habitada por
algunos ermitaños. Entraren y descubrieron un libro: La vida de San
Antonio. Lo leyeron y fue para ellos el origen de una conversión
fulminante, instantánea. Resueltos a unirse inmediatamente a los solitarios,
los dos cortesanos no volvieron por palacio. Y tenían novia...
El tono de Ponticiano, al narrar este drama de conciencia, del que
había sido testigo traslucía una singular emoción que se comunicaba a
Agustín. Las palabras del visitante resonaban en él como golpes de ariete.
Se reconocía en -los dos cortesanos de Treves. También él estaba cansado
del mundo y también él estaba prometido. ¿Iba a quedarse en el circo,
como el emperador, ocupado en vanos placeres, mientras que otros se
encaminaban hacia la única felicidad?
Cuando Ponticiano lo dejó, Agustín se encontraba en una alteración
indescriptible. El alma arrepentida de los dos cortesanos había pasado a la
136

suya. Su voluntad se alzaba dolorosamente contra sí misma y se torturaba.
Bruscamente cogió el brazo de Alipio y le dijo con una exaltación
extraordinaria:
«¿Qué hacemos? Sí, ¿qué hacemos? No has oído. Los ignorantes se
levantan y arrebatan el cielo, mientras que nosotros, con nuestras doctrinas
sin corazón, nos revolcamos en la carne y en la sangre.»
Alipio lo miraba con estupor: «Es que, en efecto —dice—, mi acento
tenía algo de insólito. Mi frente, mis mejillas, mis ojos, mi tez, la
alteración de mi voz expresaban lo que pasaba dentro de mí mejor que las
palabras.» S: presentía en el sobresalto de su carne la inminencia de la
cercanía celestial, sólo experimentaba en ese instante unas enormes ganas
de llorar, y tenía necesidad de estar solo para poder hacerlo con libertad.
Bajó al jardín; Alipio, inquieto, lo siguió de lejos; se sentó junto a él, en
silencio, en el banco en donde se había detenido. Agustín ni siquiera se dio
cuenta de la presencia de su amigo. Volvía a comenzar su agonía interior.
Todas sus faltas y miserias pasadas se presentaron ante su espíritu, y
sintiendo hasta qué punto estaba aún apegado a ellas se indignaba contra
su cobarde debilidad. ¡Oh! ¡Quién pudiera arrancar de sí todas esas
bajezas! Acabar de una vez para siempre...
De repente se levantó. Fue como si un soplo de viento tempestuoso
pasara sobre él. Corrió al fondo del jardín, cayó de rodillas debajo de una
higuera y, el rostro contra la tierra, comenzó a llorar. Igual que el olivo de
Jerusalén que acogió la velada suprema del Divino Maestro, la higuera de
Milán vio caer sobre sus raíces un sudor de sangre. Agustín, jadeante, bajo
el brazo victorioso de la Gracia, gemía: «¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?
¿Mañana? ¿Mañana? ¿Y por qué no en seguida? ¿Por qué no poner fin a
mis torpezas en esta misma hora...?»
En aquel mismo instante, una voz de niño, proveniente de la casa
vecina, se puso a repetir en cadencia: «Coge y lee, coge y lee.» Agustín se
estremeció: ¿qué significaba aquel estribillo? Sería una cantinela que los
niños y niñas del país solían cantar. No se acordaba, no la había, oído
jamás... Como, impelido por una orden divina púsose rápidamente de pie,
corrió al lugar en donde Alipio estaba aún sentado y en donde había dejado
las Epístolas de San Pablo. Abrió el libro, y el primer versículo que se
ofreció a sus ojos fue el siguiente: «Revestíos del Señor Jesucristo y no
busquéis satisfacer los deseos de la carne.» La carne..., el versículo
sagrado le tocaba muy directamente a él, Agustín, todavía tan carnal. Este
mandamiento era la respuesta de lo alto.
137

Señaló el pasaje con el dedo y cerró el libro. Sus angustias habían
cesado. Una gran paz lo inundaba: todo había terminado. Con semblante
tranquilo participó a Alipio cuanto había pasado y sin tardanza entró en el
cuarto de Mónica para darle la noticia. La Santa no se sorprendió en
absoluto. Hacía tiempo que lo sabía: «Allí donde estoy, allí estarás tú
también.» Pero ella dejó estallar su alegría. Su mensaje se había cumplido.
Ya podía entonar su cántico de acción de gracias y entrar en la paz del
Señor.
Sin embargo, el buen Alipio, siempre hombre de sentido común y
práctico, había vuelto a abrir el libro y le había enseñado a su amigo la
continuación del versículo que en su exaltación había dejado de leer: El
Apóstol decía; «Sostened al que todavía está débil en la fe.» También esto
se refería a Agustín. No había ninguna duda: su nueva fe estaba todavía
vacilante. Que la presunción no le cegase. Sí; quería ser cristiano con toda
su alma: le faltaba ahora llegar a serlo.

138

IV. LA VIDA OCULTA
Fac me, Pater, quaerere te.
Haz, oh Padre mío, que te busque
(Soliloquios, I, 1.)

1. LA ÚLTIMA SONRISA DE LA MUSA PAGANA
Tocado al fin por la gracia, ¿iba ahora Agustín a convertirse
ruidosamente como su compañero el ilustre Victorino?
No ignoraba que las conversiones llamativas tienen una virtud de
ejemplaridad que arrastra a la muchedumbre. Y por muy «contrito y
humillado» que estuviera su corazón, sabía perfectamente que en Milán
era un personaje importante. ¡Qué alborozo si diera su dimisión de
profesor de retórica para dedicarse a vivir el ascetismo cristiano...! Prefirió
evitar el escándalo de los unos y la alabanza ruidosa de los otros. Sólo
Dios y los amigos más íntimos serían testigos de su penitencia.
Faltaban apenas veinte días para las vacaciones. Esperaría
pacientemente hasta entonces. Así los padres de sus alumnos no le podrían
acusar de haberlos abandonado antes del año escolar, y como su estado de
salud se agravaba por momentos tendría de esta forma una excusa válida
para dimitir de sus funciones. La humedad del clima le había acarreado
una especie de bronquitis crónica que el verano no había logrado curar.
Encontraba dificultad para respirar y su voz se había debilitado y velado
hasta tal punto que se preguntaba si sus pulmones no estarían afectados.
Agustín necesitaba realmente cuidarse. Era un motivo más que suficiente
para interrumpir sus cursos. Después de haber cumplido hasta el final sus
obligaciones profesionales —y nos asegura que necesitó para eso mucha
valentía— bajó de la cátedra con la intención formal de no volver a subir.
139

Se encontraba ya libre de todo apego mundano. De ahora en adelante
podrá prepararse para el bautismo en el silencio y en el recogimiento. Y,
sin embargo, era preciso vivir. Agustín tenía, más que nunca, almas a su
cargo: su hijo, su madre, su hermano, sus primos. Pesada carga bajo la cual
se debatía desde hacía tanto tiempo. Es probable que una vez más
Romaniano, que se encontraba en Milán, viniera en su ayuda. Recuérdese
que el mecenas de Tagaste había acogido con vivo entusiasmo este
proyecto de un monasterio laico por el que Agustín y sus amigos se habían
antes apasionado y al que había prometido contribuir con su fortuna. El
retiro de Agustín era el comienzo de la realización de este proyecto, bajo
una nueva forma. Romaniano se mostró sin duda favorable. Lo cierto es
que le rogó que continuará dándole lecciones a su hijo Licencio. Otro
joven, Trygetio, le pidió el mismo favor. Agustín no pretendía, pues,
rehusar del todo a sus funciones. Provisionalmente al menos de profesor
oficial había pasado a ser profesor libre.
Así tenía asegurado el sustento. Sólo le faltaba estar bajo techo. Un
amigo, un colega, el gramático Verecundo, se lo ofreció gentilmente.
Verecundo correspondía así a un servicio que Agustín le había prestado
recientemente. A instancias de éste, Nebrida, su común amigo, había
consentido en reemplazar al gramático en la clase que por fuerza debía
abandonar. Aunque rico, con gran talento y con grandes deseos de paz y
soledad, Nebrida aceptó sustituir a Verecundo en este modesto empleo
únicamente por hacerle un favor. No admiraríamos nunca bastante la
generosidad y la hombría de bien de estas costumbres antiguas cristianas:
la amistad en aquellos tiempos era ajena a las estrecheces y las
mezquindades de nuestros egoísmos.
Verecundo pásela muy cerca de Milán una villa, llamada
Cassiciacum; le propuso a Agustín pasar allí las vacaciones e incluso
establecerse con toda su familia a cambio de administrar la finca y vigilar
los trabajos.
Hubiéramos querido encontrar restos de esta casa hospitalaria donde
el futuro monje de Tagaste e Hipona se despidió del mundo. Cassiciacum
ha desaparecido. Podemos imaginárnosla y volverla a construir idealmente
en los más hermosos lugares de la lujuriosa campiña que rodea a Milán.
Sin embargo, si el joven licenciado no ha sacrificado a la metáfora en estos
versos por los que recuerda a Agustín: «Los soles de antaño entre las altas
montañas de Italia», es probable que la propiedad de Verecundo estuviera
situada en las primeras ondulaciones montañesas que van a parar en la
140

cordillera de Brianza. Aun hoy en día, los ricos milaneses poseen por ese
lado sus casas de campo.
Esta fértil Lombardía debió aparecerse a los ojos de Agustín y de sus
compañeros como una nueva tierra prometida.
El país, maravillosamente rico y cultivado, es un vergel perpetuo en
donde abundan los árboles frutales, atravesado en todas direcciones por
canales de agua profunda, tranquila y abundante en pesca. Por todas partes
se oye el murmullo del agua que corre: deliciosa música para unos oídos
africanos. Olores perfumados de menta y anís, prados con yerba muy alta y
espesa que cubre hasta las rodillas. Aquí y allá pequeñas quebradas
encajonadas, con sus verdes mantos de boscaje, en donde resaltan los
penachos rosas de los tilos y el follaje bronceado de los avellanos y en
donde los abetos del Norte levantan ya sus negras agujas. En el horizonte,
confundidas en una única masa violeta, las sucesivas estribaciones de los
Alpes, cubiertos de nieve, y más cercanos a la mirada picos abruptos,
murallas denteadas, surcadas por sombrías grietas que hacen brillar aún
más el oro aleonado de sus paredes. No lejos de allí duermen les lagos
encantados. Diríase que un esplendor emana de sus aguas y que más allá
de los escarpados que los aprisionan se extiende en todo el cielo, a veces
un poco frío —de un azul suave y melancólicos a lo Vinci— y otras de un
azul ardiente, en el que flotan grandes nubes sedosas y rojizas, como en
Jos paisajes de los cuadros de Veromés. La belleza de la luz aligera y
transfigura la pesada opulencia de la tierra.
En dondequiera que se coloque la finca de Verecundo se podría
descubrir un trozo, de este gran paisaje. Por lo que se refiere a la misma
villa, Agustín nos ha hablado suficientemente de ella para que nos la representemos bastante bien. Era, sin duda, uno de esas viejas casonas
rústicas cuyos propietarios sólo las ocupan algunos meses del año, en la
época más calurosa, y que el resto del tiempo permanecen a merced de
ratas y ratones. Sin pretensiones arquitectónicas, había sido agrandada y
reparada, únicamente para mayor comodidad de sus huéspedes.
Sin ninguna preocupación por la simetría, la puerta principal no
ocupaba el centro del cuerpo del edificio y existía otra puerta en otro de los
costados. El único lujo de esta casa de campo era quizá la sala de baño.
Estos baños, por muy modestos que fueran, le recordaban a Agustín la
decoración de los gimnasios: ¿quiere esto decir que había allí ricos
pavimentos, mosaicos y estatuas? Era cosa corriente en las villas romanas.
Los italianos han sido siempre muy aficionados a las estatuas y a los
mosaicos. Poco exigentes en la calidad, se desquitaban en la cantidad. Y
141

cuando no pueden tenerlos, emplean la pintura para hacerse la ilusión de
que los tienen. Me imagino perfectamente la villa de Verecundo pintaba de
arriba abajo, por dentro y por fuera, como las mansiones pompeyanas y las
modernas villas milanesas.
No hay en Cassiciacum jardines de recreo. Como en una finca, los
alrededores más próximos estarían dedicados a huertos, praderas y
cultivos. Un prado —no hay que pensar en un césped bien cuidado— se
extendía delante de la casa, protegido del sol y del viento por algunos
grupos de castaños. Se sentaban sobre la yerba, a la sombra de uno de esos
grandes árboles, y se charlaba animadamente escuchando la canción
ininterrumpida de un arroyo que pasaba bajo las ventanas de los baños.
Vivía uno allí en plena naturaleza, haciendo una vida casi rústica. Todo el
encanto de Cassiciacum residía en el silencio, en la paz y, sobre todo, en el
frescor. El pecho enfermo de Agustín respiraba allí un aire más puro que
en Milán, en donde el húmedo calor veraniego es aplastante. Su alma,
deseosa de recogimiento, encontraba un retiro de acuerdo con sus nuevas
aspiraciones —soledad campestre, cuya dulzura virgiliana halagaba
todavía su imaginación de letrado—. Los días que pasó en este lugar
fueron para él una bendición. Mucho más tarde lo recordará con emoción
y, en un impulso de reconocimiento hacia su huésped, rogará a Dios para
que le pague su deuda: «Lo recompensarás, Señor, el día de la resurrección
de los justos... Le devolverás a Verecundo, a cambio de su hospitalidad en
esta campiña de Cassiciacum en donde descansarnos en Ti al salir el
ardoroso verano del siglo, le devolverás la frescura y las umbrías
eternamente verdes de tu paraíso.»
Fue aquél un momento único en la vida de Agustín. A continuación
de la crisis intelectual que ha sacudido incluso su cuerpo, se diría que
saborea las delicias de la convalecencia. Se relaja y, como lo dice él
mismo, descansa. Su exaltación ha decaído, pero su fe permanece todavía
tan firme. Con ánimo tranquilo y extraordinariamente lúcido, juzga su
situación, ve con claridad todo lo que le queda aún por hacer para llegar a
ser un cristiano auténtico. En primer lugar, familiarizarse con la Sagrada
Escritura, resolver algunos problemas urgentes —corno, por ejemplo, el
del alma, su naturaleza y sus orígenes— que en aquel momento le
obsesionan. Después, reformar su conducta, cambiar las costumbres de su
pensamiento y, si se nos pernote la expresión, quitar los apegos de su alma,
todavía llena de influencias paganas; tarea delicada, difícil, a veces
dolorosa, que exigirá más de un día.
142

Después de veinte siglos de cristianismo, y a pesar de nuestra
pretensión de comprenderlo todo, no llegamos a imaginarnos muy bien el
abismo que nos separa del paganismo. Cuando por casualidad encontramos
huellas de él en determinadas regiones atrasadas del Mediodía, nos
quedamos perplejos, no lo reconocemos —tan lejos está de nosotros— y
atribuimos al catolicismo lo que no es sino una supervivencia de antiguas
costumbres abolidas. Agustín estaba muy cerca de ellas. Cuando se
paseaba por las praderas y los bosques de Cassiciacum, los faunos y los
silvos de la antigua mitología poblaban su memoria y casi se ofrecían a sus
ojos. No podía dar un paso sin encontrar alguna de sus capillas o
tropezarse con un poste todavía grasiento del aceite con que lo había
regado la superstición de los campesinos. Como él, la antigua tierra pagana
no se había revestido todavía por completo del Cristo de los nueves
tiempos Se asemejaba a su Humo Criforo que simbolizaba torpemente al
Salvador en los muros de las catacumbas. Al igual que el conductor de carneros se transformaba poco a poco en el Buen Pastor, así el obispo de
Hipona surgía lentamente del retórico Agustín.
Era consciente de ello en aquel lánguido otoño de Cassiciacum, ese
otoño preñado de todas las podredumbres del verano, pero que ya
anunciaba la gran paz del invierno. Las hojas amarillentas de los castaños
se amontonaban al borde de los caminos. Obstruían el arroyo que pasaba
cerca de la sala de baños y, durante unos instantes, el agua prisionera
dejaba de cantar. Agustín agudizaba el oído. También su alma estaba
obstruida, atascada por todos los detritus de su pensamiento y de sus
pasiones. Pero sabía que muy pronto el canto de su nueva vida iba a
recomenzar de una manera triunfal, y se repetía las palabras del Salmo:
Cantate mihi canticum novum, «cantadme un nuevo canto».
Desgraciadamente, Agustín no se preocupaba en Cassiciacum sólo de
su alma y de su salvación: tenía muchas más preocupaciones. Así será
durante toda su vida. Hasta el final aspirará a la soledad, a la vida en Dios,
y hasta el fin Dios le impondrá la carga de sus hermanos. Este gran espíritu
vivirá sobre todo para la caridad.
En la propiedad de Verecundo no solamente era jefe de la casa, sino
que tenía que dirigir y administrar un dominio rural. Es probable que cada
huésped le ayudara en esta tarea. Se repartirían los cargos. El buen Alipio,
que estaba al corriente de los negocios y que conocía los arcanos del
proceso, se encargó de las relaciones exteriores —compras y ventas y,
probablemente, también de la contabilidad—. Se encontraba a menuda en
la carretera de Milán. Agustín llevaba la correspondencia y distribuía cada
143

mañana su trabajo a los jornaleros de la finca. Mónica se ocupaba de la
cocina, lo cual no era liviana labor en una casa donde todos los días se
sentaban nueve a la mesa. Pero la Santa desempeñaba estas humildes
funciones con una bondad y abnegación conmovedoras: «Ella cuidaba de
nosotros —dice Agustín— como si todos fuéramos sus hijos. Y nos servía
como si cada uno de nosotros hubiera sido su padre.»
Contemplemos por unos momentos a estos «hijos» de Mónica.
Además de Alipio, al que ya conocemos, estaba allí Adeodato, el hijo del
pecado, «mi hijo Adeodato, cuyo genio promete grandes cosas si mi amor
hacia él no me hace equivocar». Así habla su padre. Este niño era, al
parecer, un verdadero prodigio, como más tarde lo era el pequeño Blas
Pascal: «El ingenio de este niño me asustaba, horrori mihi erat illud
ingenium», dirá también su padre. Lo que sí es cierto es que fue un alma
angelical. Agustín nos ha conservado algunas palabras sobre él.
Embalsaman como un mano] o de lirios. Los demás miembros de la
familia están más cerca de la tierra: su tío Navigio, un hombre honrado, de
quien sólo sabemos que tenía una enfermedad de hígado, la ictericia propia
del colono africano, y que, debido a ello, se abstenía de los platos dulces.
Rustíais y Lastidianum, sus dos primos, personajes tan difuminados como
los figurantes de una tragedia. Por fin, los alumnos de Agustín: Trygetius y
Licentius. El primero, que acababa de pasar una temporada en el ejército,
sentía una gran afición por la historia, «como un veterano»... Aunque su
maestro le haya otorgado la palabra en alguno de sus diálogos, su
fisonomía aparece imprecisa. Todo lo contrario le ocurre con Licentius. El
hijo de Romaniano, el mecenas de Tagaste, fue el discípulo preferido de
Agustín. Se da uno cuenta en seguida. Todas las frases que le ha
consagrado poseen un calor, un colorido y un relieve que sobrecogen.
Este Licentius se nos presenta como el prototipo de niño mimado y
del hijo de familia petulante, vanidoso, presuntuoso, con mucha
familiaridad, sin privarse, cuando se le presenta la ocasión, de meterse con
su profesor. Además, era un atolondrado, sujeto a bruscos
apasionamientos, superficial y un poco lioso. Aparte de esto, era el mejor
hijo del mundo: mala cabeza, pero gran corazón. Era un pagano declarado
y creo que lo continuó siendo toda su vida, a pesar de las exhortaciones de
Agustín y de las del dulce Paulino de Nola, que lo amonestaba en prosa y
en verso. Muy comilón y gran bebedor, hacía penitencia en la mesa más
bien frugal de Santa Mónica. Pero cuando se apoderaba de él la fiebre de
la inspiración se olvidaba de beber y de comer, y, con su sed poética —nos
dice su maestro— habría secado todas las fuentes de Helicón. Licentius se
144

apasionaba haciendo versos. «Es un poeta casi perfecto», escribe Agustín a
Romaniano. El antiguo retórico conocía su gente y sabía cómo hablar al
padre de un alumno rico, sobre todo cuando es su bienhechor. En Cassiciacum, bajo la mirada indulgente de Agustín, el discípulo ponía en verso la
aventura anovelada de Píramo y Tísbeo. Recitaba estrofas ante los
huéspedes de la villa, pues poseía una bella voz sonora. Después
abandonaba allí el poema que había comenzado y, repentinamente, se
entusiasmaba con las tragedias griegas que, por otra parte, no comprendía
en absoluto, lo cual no impedía que importunara a quien se le pusiese por
delante. Otro día eran los cánticos de la Iglesia, entonces en toda su
novedad, lo que le entusiasmaba. Aquel día, de la mañana a la noche, se
oía a Licentius cantar estos cánticos.
Cuenta Agustín a este propósito, con una cándida ingenuidad, una
anécdota que precisa hoy en día toda la comprensión de lector para ser
creída. Como nos introduce en lo más íntimo de las costumbres
semipaganas y semicristianas en las que Agustín aún se movía, la referiré
con toda su sencillez.
Una noche, después de la cena, Licentius había salido; se dirigió a un
secreto lugar y allí, de repente, se puso a cantar este versículo del Salmo;
«Oh Dios de virtudes, conviértenos, muéstranos tu rostro y seremos
salvos.» Desde hacía algún tiempo no cantaba, efectivamente, otra cosa.
Repetía estos versículos hasta la saciedad, como se hace con una melodía
recién aprendida. La piadosa Mónica, que lo oyó, no pudo soportar que en
un lugar como aquel se cantaran palabras tan santas. Llamó la atención al
culpable. A lo que el joven insensato respondió con bastante desvergüenza:
«Supón, oh buena madre, que un enemigo me hubiese encerrado en
este lugar: ¿crees tú que, a pesar de todo, Dios no me habría escuchado?...»
Al día siguiente no se acordaba ya y, cuando Agustín le recordó el
incidente, declaró no tener ningún remordimiento.
«Por lo que a mí se refiere —continuó el excelente maestro—, eso no
me choca en absoluto... En efecto, ni ese lugar, que ha escandalizado a mi
madre, ni las tinieblas están en desacuerdo con ese cántico. ¿De dónde
crees, pues, que pedimos a Dios que nos saque para convertirnos y
contemplar su rostro, sino de esa sentina de los sentidos donde están
sumergidas nuestras almas y de las tinieblas con que el error nos
envuelve...?»
Y como aquel día se discutiera sobre el orden establecido por la
Providencia, Agustín aprovechó esta ocasión para lanzarle a su alumno un
145

sermón edificante. El travieso Licentius, después de haber escuchado el
sermón, concluyó no sin cierta malicia: «¡Hay que ver qué admirable
concurso de circunstancias para demostrar que todo sucede en el orden
más maravilloso y para nuestro mayor bien!»
Esta respuesta nos muestra el cariz de la entrevista entre Agustín y
sus alumnos. Sin embargo, por libre y desenfadada que fuera su
conversación, era siempre sólida y pretendía dar doctrina. No olvidemos
que el retórico de Milán es todavía profesor. Pasaba la mayor parte del día
ocupado con estos dos jóvenes que le habían confiado. Una vez resueltos
los problemas de la granja, después de haber hablado con los campesinos y
haber dado las órdenes oportunas a los obreros, volvía a dedicarse a su
profesión de retórico. Por la mañana explicaban juntos las Eglogas de
Virgilio. Por la noche discutían de filosofía. Cuando hacía buen tiempo
bajaban a la pradera y la discusión continuaba a la sombra de los castaños.
Si llovía se refugiaban en la sala de reposo contigua a los baños, había allí
camas, cojines, confortables asientos, cómodos para la charla, y la
temperatura invariable de las estufas vecinas era buena para los bronquios
de Agustín.
Ningún preparativo en estos diálogos, nada que haga entrever la
escuela. La discusión versaba sobre cosas que tenían a la vista, a veces
sobre un suceso vulgar y fortuito. Una noche que Agustín no dormía —
padecía frecuentes insomnios— la discusión comenzó en la cama, ya que
el maestro y los discípulos dormían en el mismo cuarto. Con el oído atento
en las tinieblas prestaban atención al murmullo intermitente del arroyo.
Buscaba una explicación a estas intermitencias... Repentinamente
Licentius se agitó bajo las mantas y recogiendo a tientas un pedazo de
madera que rodaba por el suelo, dio un golpe contra la pata de su cama
para poner en fuga a los ratones. El, por tanto, tampoco dormía, ni
Trygetius, que también daba vueltas en la cama. Agustín se quedó
encantado: tenía dos auditores, Inmediatamente les hizo una pregunta:
«¿Por qué esas intermitencias en el curso del riachuelo? ¿No obedecen a
una ley secreta...?» Habían encontrado un tema de controversia. Durante
varios días discutieron sobre el orden de las cosas.
En otra ocasión, antes de entrar en la sala de baños, se detuvieron
para contemplar una lucha de gallos. Agustín les hizo notar a los jóvenes
«un cierto orden lleno de armonía en todos los movimientos de esos
animales privados de razón»
«Ved al vencedor —les dijo—. Su canto es orgulloso. Sus patas
recogidas hacen la rueda en señal altanera de dominio. Y ved ahora al
146

vencido, sin voz, con el pescuezo desplumado, en vergonzosa actitud.
Todo eso posee un no sé qué de belleza, en armonía con las leyes de la
naturaleza...»
Nuevo argumento en favor del orden: la discusión de la víspera va a
entablarse nuevamente.
Vale la pena que nosotros también nos detengamos ante esta pequeña
escena familiar. Nos muestra un Agustín enamorado no solamente de la
belleza, sino muy atento al espectáculo del mundo que le rodea, los luchas
de gallos estaban todavía muy de moda en esa sociedad romana de finales
del Imperio Desde hacía largo tiempo la escultura había encontrado en ello
graciosos temas. Al leer este pasaje de Agustín uno evoca, entre otros
motivos parecidos, esa urna funeraria del Luterano en la que se ven
representados dos niños, uno que llora sobre su gallo vencido, y otro que
estrecha dulcemente entre sus brazos y besa a su gallo vencedor, que se
identifica por la corona que rodea sus espolones.
Agustín, se halla siempre muy cerca de esas humildes realidades. En
todo momento, las cosas externas irrumpen en el diálogo entre maestro y
discípulos... En una noche lluviosa de noviembre están todos acostados.
Un tenue resplandor colorea paulatinamente las ventanas. Se preguntan si
será la luna o el apuntar del alba... En otra ocasión, el sol se levanta con
todo su esplendor, y deciden ir al prado a sentarse sobre la hierba o bien el
dedo que oscurece: y endeuden las luces. O bien la ocasión es la llegada
del diligente Alipio que viene de Milán...
Igual que observa de pasada esos detalles fugitivos, Agustín acoge a
lo6 invitados en sus diálogos y les admite a la discusión: su madre, su
hermano, sus primos. Alipio, entre dos viajes de negocios, e incluso a su
hijo Adeodato. Conoce el valor del sentido común popular y el poder de
adivinación de un corazón puro o de un alma piadosa que se alimenta en la
oración. Ménica solía entrar a menudo en la sala donde discutían para
anunciar o que la cena estaba servida o por cualquier otro motivo. Su hijo
le rogaba que se quedara. Se extraña, con modestia, de semejante honor.
«Madre—decía Agustín—, ¿es que no amas la verdad? ¿Entonces por
qué me iba a avergonzar de ofrecerte un sitio entre nosotros? Aunque sólo
amaras la verdad a medias, tendría, con todo, que recibirte y escucharte.
Con mayor razón, puesto que sientes hacia ella un amor más grande que
hacia mí, y sé con qué amor me quieres... Nada lograría apartarte de la verdad, ni el temor, ni el dolor, fuera el que fuere, ni la misma muerte. ¿No es
147

éste, según el parecer de todos, el más alto grado de la filosofía? ¿Cómo
dudar, después de esto, a declararme discípulo tuyo?»
Mónica, turbada per semejante elogio, respondía con afectuosa
brusquedad:
«¡Cállate! Jamás has proferido mayores mentiras.» La mayoría de las
veces estas conversaciones eran puros juegos dialécticos, de acuerdo con
el gusto de la época, juegos un tanto pedantes y sutiles en exceso. Al
fogoso Licentius no siempre le agradaban. Tenía frecuentes distracciones
que eran objeto de reprensión por parte del maestro. Pero, al fin y al cabo,
éste pretendía entretener a los dos muchachos y ejercitar a la vez su
inteligencia. Al final de una discusión les decía riéndose:
«En esta hora el sol me advierte de volver a colocar en el saco los
juguetes que había traído para los niños.»
Notemos de pasada que es la última vez —antes de los siglos
venideros de universal silencio intelectual o de árida escolástica— que se
plantean elevados problemas en ese tono de broma elegante y con esa
libertad de espíritu. La tradición comenzada por Sócrates bajo loe plátanos
de Ilius va a cerrarse, con Agustín, bajo los castaños de Cassiciacum.
Y, sin embargo, sea cual fuere la jovialidad o la fantasía de la forma,
el fondo de estos diálogos sobre los Académicos, sobre el Orden o sobre la
Vida feliz es serio, incluso bastante 6erio. La mejor prueba de la
importancia que Agustín les otorgaba es que más adelante los publicó,
después de haber hecho que los tomaran. Unos «notarii» asistían a estas
discusiones y no dejaban escapárseles nada. La llegada del escriba, del
notario, data de esta fecha. La administración del Bajo Imperio fue
terriblemente «burocrática». La Iglesia, a su contacto, la imitó. No
podemos quejamos demasiado, ya que esta manía de escribir nos ha
servido para conservar, entre tanto fárrago, preciosos documentos
históricos. Por lo que se refiere a Agustín, estas notas de las conferencias
de Cassiciacum tenían, por lo menos, el mérito de ponemos al corriente
sobre el estado de ánimo del futuro obispo de Hipona en un momento
decisivo de su vida.
Pese a su apariencia de ejercicios escolares, estos diálogos nos
descubren, en efecto, las preocupaciones íntimas de Agustín a raíz de su
conversión. Al refutar los Académicos, combate los errores que ha
padecido durante tanto tiempo. Definió su nuevo ideal. No, la búsqueda de
la verdad, sin la esperanza de alcanzarla, no podrá proporcionamos la
felicidad. Y la verdadera felicidad sólo se halla en Dios. Y, si existe un
148

orden entre las cosas, conviene asimismo establecer un orden dentro de su
alma para hacerla capaz de contemplar a Dios. Hace falta apaciguar el
tumulto de las pasiones: de ahí la necesidad del cambio interior y, finalmente, del ascetismo.
Pero Agustín se da perfecta cuenta de que necesita adaptar esas
verdades a la corta mentalidad de los dos jóvenes que está educando y
también a la del común de los hombres. En aquellos años no poseía
todavía la intransigencia que pronto adquirirá ad tener una más alta virtud,
intransigencia que, por otra parte, combatía incesantemente por su caridad
y por sus tenaces recuerdos de letrado. En cuestión de moral mundana y de
educación, formula entonces la regla de conducta que la sabiduría cristiana
adoptará en adelante: «Si tenéis siempre el corazón en orden —dice a sus
alumnos— conviene volver a vuestros versos. Porque el conocimiento de
las ciencias liberales, un conocimiento sobrio y regulado, forja a los
hombres amantes de la verdad... Pero existen otros hombres, o, mejor
dicho, otras almas, que, aunque aprisionadas por sus cuerpos, son buscadas
para las bodas inmortales por el mejor y más hermoso de los esposos. A
esas almas no les basta con vivir, quieren vivir felices... En cuanto
vosotros, id entretanto al encuentro de vuestras musas.»
Id con vuestras musas: hermosa palabra. ¡Qué humano y qué sabio
es! Ahí tenemos claramente indicado el doble ideal de los que continúan
viviendo en el mundo según la ley cristiana de sobriedad y moderación y
de los que aspiran a vivir en Dios. En cuanto a Agustín, su elección está ya
decidida. No volverá más la cara atrás. Estos diálogos de Cassiciacum son
un supremo adiós a la musa pagana.

149

2. EL ÉXTASIS DE SANTA MÓNICA
Pasaron el invierno en Cassiciacum. Por muy atareado que estuviera
a causa de los trabajos de la villa y el cuidado de sus alumnos, Agustín se
ocupaba principalmente del gran asunto de su salvación.
Los Soliloquios, que escribió entonces, reproducen hasta el tono
apasionado de las meditaciones que habitualmente hacía durante las
veladas y las noches de insomnio. Buscaba a Dios y gemía: «Fac me,
Pater, quaerere te: Haz, oh Padre mío, que te busque.» Pero lo buscaba
todavía más como filósofo que como cristiano. El hombre viejo no había
muerto aún en él. No se había despojado por completo del retórico ni del
intelectual. Le quedaba un corazón demasiado blando, que tanto había
sacrificado a los afectos humane». En esos ardientes diálogos entre su
razón y él se percibe claramente que la razón ya no es por completo la
dueña. «Ahora no amo más que a Dios y al alma», declara Agustín con un
poco de presunción. Y su razón, que lo conoce, responde: «¿No quieres ya
a tus amigos? Quiero al alma: ¿cómo podría no quererlos?» ¿Qué le falta a
esta frase, con un sentimiento tan exquisito y ya tan despegada, para dar un
sonido puramente cristiano? Apenas un matiz de acento.
Comenzó él mismo a darse cuenta de que era preciso filosofar menos
y acercarse más a la Sagrada Escritura —escuchando a la sabiduría con un
corazón contrito y humillado—. Por indicación de Ambrosio, a quien había
consultado por carta, púsose a leer las profecías de Isaías, así como todos
los libros sagrados en los que la Redención está anunciada de la forma más
clara. Las dificultades con las que tropezó lo desanimaron: dejó su lectura
para más adelante. Entretanto había enviado a la municipalidad de Milán
su dimisión como profesor de retórica. Después, cuando el momento hubo
llegado, envió por escrito al obispo Ambrosio la confesión de sus errores y
faltas, indicándole su firme decisión de recibir el bautismo. Lo recibió sin
ruido el 25 de abril, en la Pascua del año 387, junto con su hijo Adeodato y
su amigo Alipio. Este se había preparado piadosamente, imponiéndose las
más austeras penitencias, llegando incluso a caminar en invierno con los
píes descalzos sobre suelo helado.
150

Ya tenemos a los solitarios de Cassiciacum de vuelta en Milán. Los
dos alumnos de Agustín se habían separado de él. Trygetius habría vuelto
sin duda al ejército y Licentius se había instalado en Roma. Mas un nuevo
compatriota, africano de Tagaste, Evodio, antiguo agente de negocios del
emperador, vino a unirse al pequeño grupo de los recién convertidos.
Evodio, futuro obispo de Uzale, en Africa, que se había bautizado antes
que Agustín, era un hombre de una piedad escrupulosa y de una fe firme.
Se entretuvo devotamente con su amigo, quien, después de bautizarlo,
gozaba de la acción pacificadora de la gracia. Hablaban de la comunidad
que San Ambrosio había fundado u organizado cerca de Milán, y,
comparándola con una vida austera, Agustín se dio cuenta que la vida que
había llevado en Cassiciacum estaba todavía impregnada de paganismo.
Era preciso ir hasta el extremo de la conversión, vivir como un cenobita, a
la manera de Antonio y los solitarios de la Tebaida. Se puso a pensar que
continuaba en posesión de unos cuantos bienes en Tagaste, una casa y unas
tierras. Se establecerían y vivirían allí, en completa renuncia, como
verdaderos monjes. La pureza del pequeño Adeodato le predestinaba a esta
ascética existencia. En cuanto a Mónica, que ya desde hacía tiempo había
tomado el velo de las viudas, no tenía nada que cambiar en sus costumbres
para llevar, junto a su hijo y a su nieto, una vida de perfecta santidad.
Decidieron de común acuerdo embarcarse nuevamente para Africa y poner
allí en práctica este proyecto.
Así, pues, poco después de su bautismo, Agustín sólo tiene un deseo,
sepultarse en el recogimiento, llevar una vida humilde y escondida,
repartid i entre el estudio de la Sagrada Escritura y la contemplación de
Dios.
Sus enemigos le acusarán después de haberse convertido por
ambición, con vistas a los honores y riquezas del episcopado. Es una
calumnia completamente gratuita. Su conversión fue de lo más sincera y
desinteresada y también de lo más heroica: tenía entonces treinta y tres
años. Cuando se piensa en todos sus amores, en todo lo que dejaba, se ve
uno obligado a inclinan la cabeza e hincar las rodillas ante la elevada
virtud de semejante ejemplo.
La caravana se puso en camino durante el verano y atravesó los
Apeninos para embarcarse en Ostia. No se ha podido precisar la fecha de
este éxodo. Tal vez Agustín y sus compañeros huían ante las bandas del
usurpador Máximo, quien, a finales de agosto, franqueó los Alpes y
marchó sobre Milán, mientras que el joven Valentiniano se refugiaba en
Aquilea con toda su corte. En todo caso, era un viaje cansado, sobre todo
151

en aquella época de calor. Mónica llegó muy debilitada. Una vez en Ostia,
tuvieron que esperar la salida de un barco con dirección a Africa. Ocasión
propicia no se presentaba todos los días. En aquel tiempo estaba uno a
merced del mar, del viento y de otras múltiples circunstancias. El tiempo
no contaba y se gastaba con prodigalidad. Se viajaba por pequeñas
jornadas, costeando la tierra, en donde las escalas se multiplicaban a
voluntad del patrón. Sobre esos barcos —un «paranzello» con un puente
rudimentario —la travesía, además de interminable y poco segura, era,
sobre todo, muy incómoda.
No se tenía prisa por padecer tales torturas, sino que se distanciaba lo
más posible mediante múltiples descansos. Por todo lo cual, nuestros
africanos permanecieron bastante tiempo en Ostia. Bajarían seguramente a
casa de hermanos suyos cristianos, huéspedes de Agustín o de Mónica, en
una casa tranquila, alejada del ruido y del tráfago cosmopolita que
alborotaban las posadas del puerto.
Situadas en la desembocadura del Tíber, Ostia era a la vez el puerto y
el depósito de Roma. Los buques dejaban allí el aceite y el trigo de Africa.
Era lugar de tránsito para el comercio, un puerto de desembarco para los
emigrantes de todas las partes del Mediterráneo. En la actualidad sólo
queda de él un miserable pueblecillo. Pero, a poca distancia de este
caserío, las excavaciones de los arqueólogos han descubierto en estos
últimos tiempos los restos de una gran ciudad. En la entrada encontraron
una necrópolis con tumbas en arcosolia en donde tal vez fuera sepultado el
cuerpo de Santa Mónica —y en esta necrópolis una maravillosa estatua
mutilada, un genio funerario o una Victoria con sus anchas alas replegadas
como las de los ángeles cristianos—. Después, el foro con sus tiendas, el
cuartel de los vigiles, termas, un teatro, varios templos de gran tamaño,
calles con soportales, carreteras con anchas losas, almacenes para las
mercancías; se ven todavía, alineados contra los muros, los agujeros donde
se encajaban las extremidades de las ánforas. Todos estos restos dan idea
de un centro populoso, en donde el movimiento de tráfico y navegación
era intenso.
En esta agitada ciudad Agustín y su madre encontraron el modo de
recogerse y permanecer unidos por la meditación y la oración. En medio
de este tumulto un tanto vulgar, en medio de este rumor marinero y
comercial, se sitúa una escena mística en la que el amor purificado de la
madre y del hijo se nos muestra con un resplandor apoteósico. En Ostia
tuvieron como un anticipo de la unión eterna con Dios. Sucedió en la casa
donde se habían hospedado. Charlaban tranquilamente apoyados en una
152

ventana que daba al jardín... Pero la escena se ha hecho popular por el
cuadro de Ary Scheffer, demasiado visto. Representa dos figuras pálidas,
exangües, despojadas de la carne, en la que sólo viven dos ojos ardientes
dirigidos hacia el azud —un azul denso, impenetrable, cargado de todos
los secretos de la eternidad—. Ningún objeto sensible, nada, nada
absolutamente los distraía de su contemplación. El mismo mar, aunque
indicado por el pintor, casi se confunde con la línea azul del horizonte. Dos
almas y el cielo: ése es todo el tema.
Es viva poesía plasmada en un pensamiento abstracto. La actitud de
los personajes—sentados elegantemente y no apoyados en el borde de la
ventana— ha adquirido en el cuadro de Scheffer un no sé qué de rigidez
ligeramente teatral. Ei conjunto es de una fría sequedad que ofrece un
fuerte contraste con el calor lírico del relato de las Confesiones.
Yo había creído siempre —tal vez por dar demasiado crédito a ese
cuadro— que la ventana de la casa de Ostia se abría, por encima del jardín,
a la perspectiva del mar. El mar, simbolizando el infinito, debía estar
presente— así me parecía—en el supremo coloquio entre Mónica y
Agustín. Estando en Ostia tuve que rechazar esta idea demasiado literaria:
el mar permanece allí invisible. En aquella época, la orilla no tendría tanta
arena como en la actualidad. Pero la costa está tan baja que cerca de la
actual desembocadura del Tíber sólo se adivina la proximidad del mar por
el reflejo de las olas en la atmósfera, una especie de halo nacarado que se
estremece en el límite con el cielo. Ahora me inclino a pensar que la
ventana de la casa de Ostia estaba más bien orientada hacia el extenso
horizonte melancólico del agro romano: «Fuimos recorriendo, una tras otra
—dice Agustín—, todas las cosas corporales, hasta llegar al mismo
cielo.» ¿Es inverosímil suponer que esas cosas corporales —esas formas
de la tierra con sus plantas, sus ríos, sus ciudades y sus montañas— las
tuviera ante los ojos? El austero espectáculo que se ofrecía a su mirada
concordaba, en todo caso, con las disposiciones de sus almas.
Esa gran llanura desolada no tiene nada de oprimente, nada que haga
detener la vista en detalles demasiado materiales. Los colores son pálidos y
ligeros, como a punto de difuminarse. Inmensas extensiones estériles,
uniformemente agrestes, en donde brilla aquí y allá un poco de rosa, un
poco de verde; retamas, aulagas, junto a las orillas del río, en donde hay
algunos boschetti de polvoriento follaje que resaltan débilmente con el
amarillo del suelo. A la derecha, un bosque de pinos. A la izquierda, las
ondulaciones de las colinas romanas expiran en un vacío de una tristeza
infinita. Al fondo, la masa violácea de los montes Albanos, con contornos
153

difuminados muy suaves, se dibuja confusamente en el cristal límpido y
sonriente del cielo.
Apoyados en la ventana, Agustín y Mónica miraban. Era sin duda el
crepúsculo, la hora en que las ventanas meridionales se abren a la brisa
después de una jomada sofocante. Miraban: «Admirábamos —dice
Agustín— la belleza de tus obras, oh Dios mío...» Roma estaba allí, detrás
de las colinas, con sus palacios, sus templos, el esplendor de sus dorados y
de sus mármoles. Pero la lejana imagen de la ciudad imperial no podía
vencer esa tristeza eterna que asciende desde el agro: Un aire nostálgico y
fúnebre reinaba sobre aquel páramo, pronto a disiparse ante la llegada
invasora de las sombras. ¡Qué fácil era despegarse de esas vanas
apariencias corporales que se deshacían por sí mismas...! «Entonces —
continúa Agustín— elevamos más alto nuestras almas.» (Habla como si él
y su madre se hubieran elevado, con un vuelo igual, a la contemplación. Es
más pasable que fuera la misma Mónica quien lo arrastrara, familiarizada
desde hacía tanto tiempo con las vías espirituales, habituada como estaba a
las visiones, a los místicos coloquios con su Dios...) ¿Dónde estaba este
Dios? Todas las criaturas a quienes dirigieron esta apremiante súplica
respondieron: «Quaere super nos... Busca por encima de nosotros.»
Buscaban, subían siempre: «Llegamos a nuestras almas, pero continuábamos más allá hasta alcanzar, Señor, esa región de inagotable
abundancia en donde colmas eternamente a Israel con el pan de la
Verdad... Mientras que hablábamos y nos lanzábamos, hambrientos; hacia
esa región divina, por un salto de nuestro corazón, la alcanzamos durante
un instante... Después, suspirando, volvimos a caer, dejando allí prendidas
las primicias de nuestro espíritu, y descendimos otra vez al balbuceo de
nuestros labios, a esa palabra mortal que tiene un comienzo y un fin.»
«Volvimos a caer.» La indecible visión se había eclipsado. Pero un
gran silencio se había amparado de ellos, silencio de las cosas, silencio del
alma. Se decían:
«Si ese silencio pudiera prolongarse, si todas las demás visiones
inferiores pudieran disolverse y esta única visión transportar el alma,
absorberla y abismarla en la alegría de la contemplación, de tal forma que
la vida eterna fuera semejante a ese instante de inteligencia que nos ha
hecho suspirar de amor, ¿no se encontraría en él la perfecta realización de
esta frase: «Entra en el gozo de tu Señor»? Y ¿cuándo entraremos? ¿No
será, oh Dios mío, una vez resucitados de entre los muertos...?»
Poco a poco volvían a tomar tierra. Los colores mortecinos del sol
poniente se escondían tras las brumas del agro. El mundo se adentraba en
154

la noche. Entonces Mónica, movida por un presentimiento infalible, dijo a
Agustín:
«Hijo mío, ya no hay nada que me ilusione en esta vida. No sé
realmente lo que hago aquí abajo ni por qué estoy aún... Tan solo por una
cosa deseaba quedarme por algún tiempo, y era el deseo de verte antes de
mi muerte cristiano y católico. Dios ha colmado este anhelo más allá de
mis deseos. ¿Qué hago entonces aquí...?»
Era algo que sentía: su mensaje se había cumplido». Había agotado,
como dice Agustín, toda la esperanza del siglo, consumpta spe saeculi.
Para ella, la partida estaba cercana. Fue éste el éxtasis de una moribunda
que ha levantado un extremo del velo y que ya no pertenece a esta tierra.
En efecto, cinco o seis días después cayó enferma. Padecía de fiebres.
El clima de Ostia era febril, como lo es todavía actualmente, y era
generalmente malsano debido a los extranjeros que traían allí los gérmenes
contagiosos de Oriente. Además, las fatigas de un largo viaje en pleno
verano habían acabado por extenuar a esta mujer envejecida antes de
tiempo. Tuvo que meterse en cama. Su estado empeoró en seguida, hasta el
punto de perder por completo el conocimiento. Creyeron que estaba
agonizando. Todos se agolpaban en torno a su lecho: Agustín, su hermano
Navigio, Evodio, los dos primos de Tagaste, Rústico» y Latidiano. Pero de
repente se estremeció y se incorporó con la mirada extraviada:
«¿Dónde estoy?», preguntó.
Al ver la consternación dibujada en el rostro de los circunstantes, y
adivinando que estaba perdida, pronunció con una voz firme:
«Enterraréis aquí a vuestra madre.»
Navigio, horrorizado ante esta idea de la muerte, dejó escapar una
queja impregnada de amor filial:
«No, madre, te curarás. Volverás a ver tu patria, no morirás en tierra
extranjera.»
Mónica fijó en él una mirada dolor osa, como afligida por unas
palabras tan poco cristianas, y dirigiéndose a Agustín:
«¿Oyes lo que dice?»
Y, tras un silencio, continuó con una voz todavía más segura, como si
quisiera transmitir a sus hijos su última voluntad:

155

«Enterrad este cuerpo donde queráis y no os preocupéis por eso. Lo
único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor en
cualquier parte que estéis...»
Era el sacrificio supremo. ¿Cómo una africana, tan apegada a su país,
podía aceptar la idea de ser enterrada en tierra extranjera? En aquella
sociedad, en la que las, ideas paganas estaban todavía latentes, el lugar de
la sepultura era asunto delicado y difícil. Mónica, como todas las otras
viudas, se había preocupado de la suya. En Tagaste había dispuesto un sitio
junto a la tumba de su marido, Patricio. Y he aquí que ahora parecía
renunciar a ello. Los compañeros de Agustín se asombraron de semejante
abnegación. En cuanto a él, estaba admirado de que la Gracia hubiera
transformado hasta ése punto el alma de su madre. Y al evocar todas las
virtudes de aquella vida, el fervor de su fe, hizo que desde ese mismo
instante no dudase de la santidad de su madre.
Languideció por algún tiempo. En fin, el noveno día de su
enfermedad espiró, a la edad de cincuenta y cinco año».
Agustín le cerró los ojos. Un inmenso dolor embargaba su corazón.
Sin embargo, a pesar de su pronta predisposición a las lágrimas, tuvo
entonces la valentía de no llorar... De repente, un penetrante sollozo estalló
en la habitación mortuoria: Era el joven Adeodato que se lamentaba ante la
vista del cadáver. Sollozaba de una forma tan desgarradora que los
asistentes, desmoralizados por la angustia de estos lamentos, se vieron forzados a hacerlo callar. Esto causó una impresión tan profunda en Agustín
que muchos años más tarde el estallido de este sollozo resonaba todavía en
sus oídos. «Me pareció —dice— que era mi alma infantil que así se
escapaba con los gemidos de mi hijo.» Por lo que a él respecta —la razón
en lucha contra su sentimiento—, sólo quería considerar la gloria en la que
la Santa había entrado. Sus compañeros experimentaban los mismos
sentimientos... Inmediatamente, Evodio cogió un salterio y ante el cuerpo
todavía caliente de Mónica entonó el salmo: «Cantaré Señor tu
misericordia y tu justicia.» Todos los presentes volvían a repetir los versículos del cántico sagrado.
Mientras que los enterradores amortajaban el cadáver, condujeron a
Agustín a una habitación contigua. Lo rodeaban sus amigos y sus
parientes. Consolaba a los demás y a sí mismo. Como era costumbre,
hablaba de la liberación del alma fiel y de la bienaventuranza que le estaba
reservada. Hubiera podido creerse que era insensible; «Mas yo, Dios mío,
sin parar de hablar me acercaba a tu oído, donde nadie podía oírme, y me
156

reprochaba mi debilidad esforzándome por contener el flujo de mi dolor...
¡Ay!, sabía todo cuanto retenía en mi corazón.
Ni incluso en la iglesia, en donde se ofreció el sacrificio por el alma
de Momea, y tampoco en el cementerio delante del féretro, Agustín no
derramó una lágrima. Por un pudor muy cristiano, temía escandalizar a sus
hermanos imitando la desolación de los paganos y de los que mueren sin
esperanza. Pero el esfuerzo que hacía por contener las lágrimas se convertía para él en un nuevo sufrimiento. Terminó el día con una sombría
tristeza, una tristeza que no acababa de desterrar y bajo la que se ahogaba.
Entonces, acordándose del proverbio griego: «el baño ahuyenta la preocupación», le vino la idea, para acabar con aquello, de ir a las termas.
Entró en el tepidarium y se echó sobre la chapa ardiente. El remedio fue
inútil: «La amargura de mi pena no logró salir de mi corazón con el sudor
que corría por mis miembros.» Los servidores lo envolvieron en templadas
sábanas y lo colocaron sobre un diván. Vencido por la fatiga v por tantas
emociones, se durmió con un sueño pesado, Al despertar al día siguiente,
un nuevo malestar se había apoderado de todo su ser. Su memoria le hacía
evocar unos versos: eran las primeras palabras del himno confiado y alegre
de San Ambrosio:
Dios creador de todas las cosas,
moderador de los cielos, que revistes
al día de esplendor y belleza,
concede a la noche la gracia del sueños
a fin de que el reposo devuelva nuestros miembros cansados
al acostumbrado trabajo.
Despierta a nuestras almas abatidas
y líbralas de las angustias y del luto...
De repente, ante esta palabra «luto», volvió a surgir en él el
pensamiento de su madre, con el sentimiento de toda la ternura de que
estaba privado. Se vio lleno de desaliento. Sollozando, se echó en su lecho
y lloró por fin todas las lágrimas que había contenido tanto tiempo.

157

3. EL MONJE DE TAGASTE
Pasó cerca de un año antes de que Agustín se pusiera de nuevo en
camino. No se explica uno bien este retraso. ¿Por qué difería su regreso a
Africa, él, que tanta prisa tenía por huir del mundo?
Es probable que la enfermedad de Mónica, el cuidado de sus
funerales, así como algunos otros asuntos que tenía pendientes lo
retuvieran en Ostia hasta el comienzo del invierno. Volvía a hacer mal
tiempo y el mar era peligroso. La navegación se interrumpía regularmente
a partir del mes de noviembre, y a veces incluso antes, en los primeros días
de octubre, cuando las temperaturas del equinoccio eran excepcionalmente
violentas. Fue preciso esperar el buen tiempo. Después se supo que la flota
del usurpador Máximo, entonces en guerra contra Teodosio, bloqueaba las
costas de Africa. Los viajeros corrían el peligro de ser capturados por el
enemigo. Por todas estas razones, Agustín no pudo embarcarse antes de
finales del verano siguiente.
Entre tanto se estableció en Roma. Dedicó sus ratos libres a
documentarse sobre los maniqueos, sus hermanos de ayer. Convertido al
catolicismo, preveía ataques apasionados por parte de sus antiguos
correligionarios. Para hacerles callar, preparó contra ellos un voluminoso
informe con sus escándalos más recientes. Cuidó asimismo de profundizar
en sus doctrinas, con objeto de refutarlas con mayor facilidad: el dialéctico
no desapareció jamás en él. Aprovechó este tiempo para visitar los
monasterios romanos, estudió su regla y organización, buscando un
modelo para el convento que había proyectado fundar en su país. Por fin,
en el mes de agosto o septiembre de 388 volvió a Ostia, en donde encontró
un barco que partía para Cartago.
Cuatro años antes, por la misma época, hacía el mismo viaje en
sentido inverso. La travesía fue bastante agradable, pues apenas se percibía
el movimiento del navío. Era tiempo de gran tranquilidad en el Mediterráneo. Nunca está tan maravilloso como en estos meses de verano. El
cielo, ligeramente teñido de azul, se confunde con el mar blanco, terso
158

como un amplio mantel, como una seda tornasolada y flexible, con, vibraciones de ámbar y tintes anaranjados a la caída del sol. Sin formas
precisas, solamente algunos reflejos de extraña suavidad, vapores
nacarados, la dulzura del azul en el infinito.
Agustín se había acostumbrado en Cartago a la magnificencia de
estos espectáculos marineros. En aquel momento el mar ofrecía la misma
superficie tranquila y radiante que había visto hacía cuatro años. Pero
cómo había cambiado su alma desde entonces. En lugar de desasosiego y
la mentira que desgarraban su corazón y lo sumían en las tinieblas, la luz
serena de la Verdad y el gran apaciguamiento de la gracia, mucho más profundo que el del mar. Agustín soñaba. A lo lejos, las islas Lípari se hundían
en las sombras del crepúsculo. El humeante cráter del Estrómboli no era
más que un punto negro rodeado del azul del cielo y del de las olas. El
recuerdo de sus pasiones, de toda su vida anterior, sucumbía bajo la
pujanza victoriosa de la paz celestial. Creía que aquel delicioso estado se
prolongaría, llenando toda su nueva vida: no conocía nada más dulce en el
mundo...
Una vez más se equivocaba al juzgarse. Sobre la frágil cubierta de
aquel barco que los llevaba no calibraba la fuerza del enorme elemento
adormecido bajo sus pies y que iba a desencadenarse al primer soplo del
viento, y tampoco se daba cuenta de la energía sobreabundante que
hinchaba su corazón renovado por la gracia, energía que iba a suscitar una
de las existencias más completas y más ardientes, la más rica en
pensamientos, en caridad y en obras que hayan iluminado la historia.
Siempre soñando en el claustro, entre sus amigos que lo rodeaban, se
repetía, sin duda, las palabras de la Sagrada Escritura: «¡Qué bueno y qué
agradable es que los hermanos vivan juntos...!» de Africa. Los viajeros
corrían el peligro de ser capturados por el enemigo. Por todas estas
razones, Agustín no pudo embarcarse antes de finales del verano siguiente.
Entre tanto se estableció en Roma. Dedicó sus ratos libres a
documentarse sobre los maniqueos, sus hermanos de ayer. Convertido al
catolicismo, preveía ataques apasionados por parte de sus antiguos
correligionarios. Para hacerles callar, preparó contra ellos un voluminoso
informe con sus escándalos más recientes. Cuidó asimismo de profundizar
en sus doctrinas, con objeto de refutarlas con mayor facilidad: el dialéctico
no desapareció jamás en él. Aprovechó este tiempo para visitar los
monasterios romanos, estudió su regla y organización, buscando un
modelo para el convento que había proyectado fundar en su país. Por fin,
159

en el mes de agosto o septiembre de 388 volvió a Ostia, en donde encontró
un barco que partía para Cartago.
Cuatro años antes, por la misma época, hacía el mismo viaje en
sentido inverso. La travesía fue bastante agradable, pues apenas se percibía
el movimiento del navío. Era tiempo de gran tranquilidad en el Mediterráneo. Nunca está tan maravilloso como en estos meses de verano. El
cielo, ligeramente teñido de azul, se confunde con el mar blanco, terso
como un amplio mantel, como una seda tornasolada y flexible, con vibraciones de ámbar y tintes anaranjados a la caída del sol. Sin formas
precisas, solamente algunos reflejos de extraña suavidad, vapores
nacarados, la dulzura del azul en el infinito.
Agustín se había acostumbrado en Cartago a la magnificencia de
estos espectáculos marineros. E aquel momento el mar ofrecía la misma
superficie tranquila y radiante que había visto hacía cuatro años. Pero
cómo había cambiado su alma desde entonces. En lugar de desasosiego y
la mentira que desganaban su corazón y lo sumían en las tinieblas, la luz
serena de la Verdad y el gran apaciguamiento de la gracia, mucho más profundo que el del mar. Agustín soñaba. A lo lejos, las islas Lípari se hundían
en las sombras del crepúsculo. El humeante cráter del Estrómboli no era
más que un punto negro» rodeado del azul del cielo y del de las olas. El
recuerdo de sus pasiones, de toda su vida anterior, sucumbía bajo la
pujanza victoriosa de la paz celestial. Creía que aquel delicioso estado se
prolongaría, llenando toda su nueva vida: no conocía nada más dulce en el
mundo...
Una vez más se equivocaba al juzgarse. Sobre la frágil cubierta de
aquel barco que los llevaba no calibraba la fuerza del enorme elemento
adormecido bajo sus pies y que iba a desencadenarse al primer soplo del
viento, y tampoco se daba cuenta de la energía sobreabundante que
hinchaba su corazón renovado por la gracia, energía que iba a suscitar una
de las existencias más completas y más ardientes, la más rica en
pensamientos, en caridad y en obras que hayan iluminado la historia.
Siempre soñando en el claustro, entre sus amigos que lo rodeaban, se
repetía, sin duda, las palabras de la Sagrada Escritura: «Qué bueno y qué
agradable es que los hermanos vivan juntos...» Apretaba las manos de
Alipio y de Evodio, mientras que se le saltaban las lágrimas.
El sol había desaparecido. Toda esa extensión yerta, sin luz, se
apagaba en la angustia confusa de la noche que caía.
160

En fin, después de haber bordeado las costas de Sicilia llegaron a
Cartago, Agustín sólo estuvo de paso. Tenía prisa por volver a ver Tagaste
y sepultarse en el recogimiento. Sin embargo, los signos favorables que allí
lo acogieron parecieron darle ánimos en su propósito. Un sueño había
anunciado a su antiguo alumno, el retórico Elogio, la vuelta de Agustín.
Asistió también a la curación milagrosa de un abogado de Cartago,
Inocencio, a cuya casa había ido con sus compañeros.
Tan pronto como pudo, partió inmediatamente para Tagaste. Se hizo
en seguida popular al distribuir entre los pobres el poco dinero que le
quedaba de la herencia de su padre, de acuerdo con el precepto evangélico.
No nos ha dicho, en términos suficientemente explícitos, en qué consistió
realmente este desprendimiento voluntario. Habla de una casa y de algunas
tierras paucis agellulis que había vendido. Sin embargo, durante todo el
tiempo que estuvo en Tagaste no dejó de habitarlos. Es probable, en efecto,
que vendiera esos pedazos de tierra que todavía poseía y que distribuyera
el producto de la venta entre los pobres. En cuanto a la casa, la debió
ceder, con todas sus dependencias, a la comunidad católica de su ciudad
natal, con la condición de conservar el usufructo y recibir a cambio Jo
necesario para su sustento y para el de sus hermanos.
Muchas personas piadosas procedían así en esta época siempre que
donaban sus bienes a la Iglesia. Los bienes de la Iglesia eran intangibles y
estaban exentos de todo impuesto; era ésta una manera solapada de
sustraerse a las rapiñas del fisco y a las confiscaciones arbitrarias o a las
expropiaciones a mano armada. En todo caso, las almas apartadas del
mundo y deseosas de tranquilidad encontraban en esas donaciones un medio heroico de ahorrarse la preocupación de una fortuna o de una
propiedad que administrar. Cuando estas fortunas y estas fincas eran
considerables, los generosos donantes experimentaban, al parecer, un verdadero delirio al deshacerse de ellas.
Una vez resuelta la parte material, Agustín hubo de ocuparse de
instalar en su casa un monasterio a semejanza de los que había visto en
Roma y Milán. Su hijo, Adeodato; sus amigos Alipio y Evodio; Severo,
que llegó a ser obispo de Mileve, compartían su soledad. Pero tenía
seguramente junto a él otros solitarios, a los que hace alusión en sus cartas.
Su regla era todavía imprecisa. Los hermanos de Tagaste no estaban
sometidos al claustro. Para ellos todo se reducía a ayunos, a un régimen
especial, a algunos rezos y meditaciones en común.
Agustín se sentía feliz en aquel retiro semirrústico (el monasterio
estaba emplazado a la entrada de la ciudad): por fin había realizado el
161

proyecto que durante tanto tiempo guardaba en su corazón. Recogerse,
rezar y, sobre todo, estudiar la Sagrada Escritura, profundizando hasta en
sus partes más secretas, comentándolas con ese fervor y piedad con que
siempre ha tratado el africano lo que está escrito. Esto le parecía suficiente
para llenar todos los minutos de su vida. Pero no en vano durante veinte
años había enseñado., explicado, discutido y escrito. A pesar de haberse
convertido, tanto en Tagaste como en Cassiciacum se acuerda
continuamente de la escuela. No obstante, había que acabar con eso de una
vez. El nuevo monje hizo lo que puede llamarse su testamento de profesor.
Acabó entonces, o revisó, unos tratados didácticos que había
comenzado a escribir en Milán y que abarcaban todas las artes liberales: la
gramática, la dialéctica, la retórica, la geometría, la aritmética, la filosofía
y la música. De todos estos libros sólo terminó el primero, el tratado sobre
la gramática: los restantes cían sólo resúmenes que hoy se han perdido. En
cambio, se conservan los seis libros sobre la música, comenzados también
en Milán y que acabó, como sin darle importancia, en sus ratos libres de
Tagaste. Son diálogos entre él y su alumno el poeta Licencio sobre métrica
y versificación. Sin embargo, él mismo nos ha confesado que su propósito
era llevar más lejos su obra y escribir una segunda parte sobre la melodía,
os decir, sobre la música propiamente dicha. No tuvo nunca tiempo para
hacerlo: «Una vez que me fue impuesta la carga de las responsabilidades
eclesiásticas —nos dice—, todas esas dulces cosas cayeron de mis
manos.»
Así, pues, el monje Agustín sólo descansa del rezo y de la meditación
para ocuparse de música y de poesía. Ha creído un deber excusarse: «Al
hacer esto, sólo pretendía una cosa. Sin querer apartar bruscamente a los
jóvenes o a las personas de cualquier otra edad —a los que Dios ha dotado
de un buen espíritu— de las ideas sensibles ni de las letras carnales, de las
que es difícil que se despeguen, he tratado, por medio de razonadas
lecciones, de apartarlos poco a poco y por amor a la inmutable verdad,
unirlos a Dios, único Maestro de todas las cosas... Quien lea estos libros
advertirá en seguida que si he estudiado los poetas y los gramáticos ha sido
forzado por la necesidad del viaje más que por el deseo de situarme entre
ellos... Este ha sido el camino que he seguido para andar con los débiles,
no encontrándome fuerte yo mismo, más bien que precipitarme en el vacío
con alas todavía débiles...»
Una vez más, qué humano y prudente —y modesto también— es
todo esto. Agustín no tiene nada de fanático. No se encontrará conciencia
más recta que la suya ni tan obstinada para desarraigar el error. Pero sabe
162

que es hombre, que la vida aquí abajo es un viaje entre otros hombres
débiles como él y se aviene a las necesidades del viaje. Sí, desde luego,
para el cristiano que ha alcanzado el supremo desprendimiento, ¿qué es la
poesía, qué es la ciencia, «en qué consiste todo lo que no es eterno»? Sin
embargo, todas esas letras y ciencias carnales son otros tantos escalones
preparados para que nuestra debilidad pueda elevarse insensiblemente
hasta el mundo inteligible. Prudente conductor de almas, Agustín no quiere
forzar bruscamente esta ascensión. Por lo que atañe a la música, será quizá
todavía más condescendiente que para las otras artes: ya que «por los
sonidos es como mejor se percibe cuál es, en toda clase de movimientos, el
poder de los números; y su estudio, al damos a conocer gradualmente
incluso los secretos más íntimos y más elevados de la verdad, hace
descubrir, para aquellos que la aman y la buscan la Sabiduría y la
Providencia divinas en todas las cosas...» Volverá siempre a esta música
tan amada, y lo hará muy a pesar suyo. Más tarde se reprochará
severamente el placer que experimenta con los cánticos de la Iglesia: a
pesar de todo, el viejo instinto continúa latente. Había nacido músico. Lo
será hasta la muerte.
En este momento de su vida, si no rompe del todo con las artes y las
letras profanas es principalmente por razones de conveniencia práctica.
Otra preocupación se deja entrever en estos tratados didácticos: es la de
demostrar a los paganos que se puede ser cristiano sin ser un bárbaro o un
iletrado. La posición de Agustín ante sus adversarios es muy fuerte. Ninguno de ellos estaba en condiciones de rivalizar con él ni por la extensión
de sus conocimientos, ni por su feliz diversidad, ni por la riqueza de sus
dones intelectuales. Tenía entre sus manos todo el patrimonio antiguo.
Podía decir a los paganos: «Todo cuanto admiráis en vuestros escritores y
filósofos lo hago mío. Vedlo aquí. Reconoced en mis labios el acento de
vuestros oradores... Pues bien, todo eso que vosotros ponderáis tanto, yo lo
desprecio. La ciencia del mundo no vale nada sin la sabiduría de Cristo.»
Evidentemente, Agustín ha pagado la posesión de esta cultura
universal, demasiado vasta quizá en algunos puntos: ha abusado a menudo
de su ciencia y de sus cualidades oratorias y dialécticas. Qué importa si
incluso en esos excesos sólo le mueve la preocupación por las almas, el
deseo de edificarlas e infundirlas el celo de su caridad. En Tagaste discute
con sus hermanos y con su hijo Adeodato. Es siempre el maestro: está
convencido de ello, pero, en este papel peligroso, cuánta humildad. La
conclusión del libro del Maestro, escrito por entonces, es que todas las
163

palabras del que enseña son inútiles si el Maestro interior no revela la
verdad a quien le escucha.
Bajo el áspero manto de monje continúa su profesión de retórico. Ha
venado a Tagaste con el propósito de retirarse del mundo y vivir en Dios y
he aquí que discute, explica y escribe más que nunca. Incluso en su retiro,
el mundo le persigue y le obsesiona. Considera que allí, en Roma, en
Cartago o en Hipona, las gentes peroran en los foros y en las basílicas,
cuchichean en los conciliábulos secretos y seducen a las inteligencias no
preparadas y desarmadas contra el error. Es preciso confundir cuanto antes
a esos impostores desenmascararlos y reducirlos al silencio. Con todo su
corazón, Agustín se lanza a esta tarea en la que es insuperable. Ataca,
sobre todo, a sus antiguos amigos los maniqueos. Escribe varios tratados
contra ellos. A juzgar por el empuje con que lo hace, se puede pensar en el
puesto que el maniqueísmo había tenido en su pensamiento y el progreso
de la secta en Africa.
Esta campaña fue incluso la causa de toda una renovación en su
forma de escribir. Para hacerse entender de los lectores más incultos
decidió emplear la lengua popular, no deteniéndose ante un solecismo,
cuando este solecismo era indispensable para explicar su pensamiento.
Debió constituir para él una penosa mortificación. Hasta en sus últimos
escritos continuó demostrando que no le era extraña ninguna elegancia del
lenguaje. Mas no consiste en eso su verdadera originalidad. Cuando
emplea un buen estila, su período es pesado, rebuscado y, a veces, oscuro.
Por otra parte, nada es tan vivo, tan claro, tan colorido y, como decimos
hoy día, tan directo como la lengua familiar de sus sermones y algunos de
sus tratados. Había realmente creado esta lengua. Con ese afán suyo por
aclarar, comentar y precisar, se ha dado cuenta de la insuficiencia del latín
clásico para descomponer las ideas y traducir los matices. Y así, en un latín
popular, muy cercano a las lenguas romances, ha esbozado la prosa
analítica que es el instrumento del pensamiento occidental moderno.
No sólo lucha contra los herejes; su inquieta amistad traspasa
continuamente los muros de su celda para volar hacia los ausentes muy
queridos de su corazón. Es preciso volcarse a sus amigos y comunicarles
sus meditaciones: nervioso y enfermo, durmiendo mal, pasaba buena parte
de la noche haciendo oración. Sus amigos conocerán después el argumento
que ha descubierto en el insomnio de ayer. Les escribe numerosas cartas: a
Nebrida, a Romaniano, a Paulino de Ñola, a desconocidos y a personas
ilustres de Africa, de Italia, de España y de Palestina. Llegará un momento
en que sus cartas serán verdaderas encíclicas que se leerán en todo el
164

mundo cristiano. Es tan fecundo escribiendo que con frecuencia le falta
incluso el papel. No dispone de tablillas suficientes para transcribir sus
notas. Tiene que pedir más a Romaniano. Se han agotado sus hermosas
tablillas de marfil: ha utilizado la última para una carta de ceremonia y se
disculpa ante su amigo por haber tenido que escribirle en un mal pedazo de
vitela.
Además se ocupa de los asuntos de sus conciudadanos. Agustín es un
personaje en Tagaste. No ignoran aquellas buenas gentes del municipio
que es elocuente, que está muy bien relacionado y que se lleva bien con los
potentes. Reclaman su protección o su intercesión. Probablemente le
obligan también a que los defienda ante la justicia. Están orgullosos de su
Agustín. Y temerosos de que una ciudad vecina les arrebate este gran
hombre, hacen la guarda en tomo a su casa: le impiden mostrarse
demasiado por los alrededores. También Agustín, de acuerdo con ellos, se
escondía lo más posible, temiendo que lo hicieran obispo o sacerdote a
pesar suyo. Puesto que en esta época era éste el peligro que corrían los
cristianos ricos o de talento, Los ricos donaban sus bienes a los pobres una
vez que habían sido ordenados, y los hombres inteligentes defendían los
intereses de la comunidad o atraían ricos bienhechores.. Por todos estos
motivos, las iglesias necesitadas o mal administradas acechaban, como a
una presa, al célebre Agustín.
Pese a esta vigilancia, a este incesante ajetreo en los asuntos y en los
trabajos de todo tipo que llevaba entre manos, Agustín disfrutaba en
Tagaste de una paz que no volverá a encontrar en adelante. Se diría que se
recoge y recluta todas sus fuerzas con vistas a la gran labor agotadora de
su apostolado. En esa campiña númida, tan verde y tan fresca, que encierra
tantos recuerdos de su infancia, en donde no podía dar un paso sin
encontrar la imagen siempre viva de su madre, se elevaba a Dios con
mayor confianza. Buscaba sólo, en las cosas sensibles, escalones para
levantarse a las realidades espirituales y contemplaba todavía esa
naturaleza que le era tan familiar con ojos de amigo. Desde las ventanas de
su cuarto veía los pinos del bosque redondear sus cabezas como pequeñas
copas de cristal de tallo delgado y esbeltos. Su pecho cicatrizado respiraba
con delicia el olor de resina de esos hermosos árboles. Escuchaba con la
atención de un músico los gorjeos de los pájaros. Sentía siempre gran
emoción ante la variedad de las escenas de la vida campesina. Fue en aquel
tiempo cuando escribió: «Dime, ¿no te parece que el ruiseñor modula su
voz de modo maravilloso? Su canto, tan multiforme, tan suave, tan acorde
con la estación, ¿no es la misma voz de 1a primavera...?»
165

4. AGUSTÍN, SACERDOTE
Esta parada fue de corta duración. Va a comenzar muy pronto para
Agustín la era de las tribulaciones, de las luchas y de los viajes
apostólicos.
Lloró primero a su hijo Adeodato, ese joven que prometía tantas
cosas. Es casi seguro, en efecto, que el joven monje muriera en Tagaste
durante los tres años que su padre pasó allí. El dolor de Agustín fue
profundo, pero', como al morir su madre, supo dominar la pena con toda la
fuerza de su esperanza cristiana. Sin duda, el amor hacia su hijo era tan
fuerte como el orgullo que sentía por él. Se recordará en qué términos
habló de este genio adolescente, cuya precocidad le asustaba. Su dolor se
calmó poco a poco, dejando paso a una dulce resignación. Algunos años
más tarde escribirá a propósito de Adeodato: «Señor, te lo has querido
llevar pronto de esta tierra, pero pienso en él con ánimo tranquilo. Mi
recuerdo no se mezcla con el temor, cuando pienso en el niño, en el
adolescente que fue o en el hombre que hubiera podido ser.
Ningún temor. Qué diferencia con los sentimientos habituales de esos
jansenistas que se creyeron sus discípulos. Mientras que Agustín piensa en
la muerte de su hijo con una alegría calma y serena que apenas disimula,
esos señores de Port-Royal pensaban en el juicio de Dios con
estremecimientos. Su fe no se parecía en absoluto a la te luminosa y
confiada de Agustín. Para él la salvación es la conquista de la alegría.
Vivía contento en Tagaste. Al despertarse cada mañana y contemplar
los pinos del bosque, empapados por el rocío de la aurora, pedía decir con
todo su corazón: «Dios mío, concédeme la gracia de permanecer aquí bajo
estas umbrías de paz en espera de las del paraíso.» Pero continuaban
espiándolo. Había mucha gente que tenia gran interés en que esta luz no
permaneciera oculta bajo el celemín. Es probable que deliberadamente le
pusieran una trampa. El caso es que cometió la imprudencia de abandonar
su retiro para ir a Hipona. Pensaba que allí se encontraría seguro. En
aquella ciudad había un obispo y no tenían, por tanto, ningún pretexto para
consagrarlo contra su voluntad.
166

Un hombre de negocios del emperador, que habitaba en Hipona,
imploró su asistencia espiritual. Pretendía tener todavía algunas dudas que
le detenían en el camino de la conversión total. Sólo Agustín sería capaz de
ayudarle a disiparlas. Este, dando por descontado que podía ser un nuevo
candidato para su monasterio de Tagaste, decidió atender la llamada de
este funcionario.
Ahora bien, aunque había un obispo en Hipona —un tal Valerio—,
los sacerdotes eran escasos. Además, Valerio era de edad avanzada. De
origen griego, sabía mal el latín e ignoraba por completo el púnico: esto
era para él un grave obstáculo en sus funciones de juez, administrador y
catequista. El conocimiento de estas dos lenguas era indispensable a
cualquier eclesiástico en un país como aquél, en el que la mayoría de la
población rural sólo hablaba el antiguo idioma cartaginés. Todo esto nos
demuestra que el catolicismo atravesaba por una situación difícil en
aquella diócesis de Hipona. No sólo había penuria de clero, sino que,
además, el obispo era un extraño, muy poco familiarizado con las
costumbres africanas. La opinión reclamaba en lugar suyo un hombre del
país joven, dinámico, dotado de suficiente erudición y elocuencia para dar
la cara a los herejes y a los cismáticos del partido de Donato, y
suficientemente hábil para administrar los intereses de la iglesia de Hipona
y, sobre todo, para hacerlos prosperar. No débanos olvidar que en aquel
tiempo, a los ojos de la muchedumbre de miserables, el cristianismo es,
ante todo, la religión que facilita el pan. Ya desde entonces la Iglesia ponía
todo su empeño en resolver el eterno problema social.
Durante la estancia de Agustín en Hipona, Valerio prenunció un
sermón en la basílica en et que se quejaba precisamente de esta falta de
sacerdotes que padecía la comunidad Mezclado entre los oyentes, Agustín
escuchaba confiando en su incógnito. Pero el secreto de su presencia se
había divulgado. Mientras que el obispo estaba predicando, algunas
personas lo señalaron con el dedo. Unos energúmenos lo cogieron rápidamente y lo arrastraron al pie del pulpito episcopal, gritando;
— ¡Agustín, sacerdote; Agustín, sacerdote!
Así eran las costumbres democráticas de las iglesias de entonces. Se
echan de ver en seguida los inconvenientes. Lo que sí es cierto es que
Agustín habría arriesgado su vida oponiendo una resistencia, y el obispo
habría provocado una revuelta al denegarle el sacerdocio... En Africa no se
bromea con las pasiones religiosas, sobre todo cuando éstas son motivadas
por la política o el interés. En el fondo, el obispo, estaba encantado de esta
brutal captura que iba a proporcionarle un colaborador tan eminente.
167

Inmediatamente ordenó al monje de Tagaste. Y así, como dice su alumno
Posidio, futuro obispo de Guelma, «esta luz resplandeciente, que buscaba
las tinieblas de la soledad, fue colocada sobre el candelera». Agustín, que
supo descubrir en esta aventura la mano de Dios, se inclinó ante la
voluntad popular. Sin embargo, se desesperaba y lloraba ante la idea de la
carga que querían imponerle. Algunos circunstantes, interpretando
torcidamente el sentido de sus lágrimas, le dijeron entonces, para consolarle;
—Sí, tienes razón. El sacerdocio es indigno, de tus méritos. Pero
puedes estar seguro de que serás nuestro obispo.
Agustín comprendía lo que la muchedumbre quiso decir con eso y lo
que exigía de su obispo. El que soñaba con apartarse del mundo, se
asustaba ante las preocupaciones prácticas que tendrá que asumir. No era
menor el temor que experimentaba por la parte espiritual de la
administración. Hablar de Dios. Anunciar la palabra de Dios. Se sentía
indigno de tan elevado ministerio. Estaba tan mal preparado. Para
remediar, en la medida de sus posibilidades, esta falta de preparación,
hubiera deseado que se le concediese un poco de descanso hasta la Pascua
siguiente. En una carta dirigida a Valerio, y destinada, sin duda, a la
publicidad, le exponía humildemente las razones por las que pedía un
plazo. Eran para él tan justas y tan honorables, que el obispo
probablemente cedió. El nuevo sacerdote obtuvo la autorización para retirarse en una casa de campo cerca de Hipona. Sus ovejas, que desconfiaban
de su pastor, no le hubieran permitido alejarse demasiado.
Entró en funciones lo más pronto posible. Poco a poco se convirtió en
el verdadero coadjutor del obispo, que descargó sobre él la predicación y el
cuidado del bautismo de los catecúmenos. Entre las prerrogativas
episcopales éstas dos eran las más importantes. Los obispos eran muy
celosos de ellas. Algunos colegas de Valerio llegaron incluso a
escandalizarse porque permitía que un simple sacerdote tomara la palabra
delante de él y en su iglesia. Muy pronto otros obispos, viendo las ventajas
de esta innovación, imitaron la iniciativa de Valerio, permitiendo asimismo
a sus clérigos predicar incluso en su presencia. Tales honores no
deslumbraron, sin embargo, al sacerdote de Hipona. Se daba cuenta de los
peligros que encerraba y los consideraba como una prueba enviada por
Dios: «Me han hecho violencia —decía—, sin duda, con el fin de castigar
mis faltas; pues a qué otro motivo si no puedo atribuir el que se me haya
confiado el segundo puesto en el timón, yo, que no sabía siquiera coger un
remo...»
168

Con todo, no había renunciado a sus intenciones de vida cenobítica.
Siendo sacerdote, pensaba continuar como monje. El haberse visto
obligado a abandonar su monasterio de Tagaste constituía una pesadumbre
para él. Expuso su pena a Valerio, quien, comprendiendo la utilidad de un
convento como seminario de futuros sacerdotes, le hizo entrega de un
huerto, perteneciente a la iglesia de Hipona, para establecer en él una
nueva comunidad. Así se fundó este monasterio, del que saldría más tarde
gran cantidad de clérigos y obispos para todas las provincias de Africa.
Entre las rumas de Hipona, antigua ciudad romana y fenicia, se ha
buscado, sin esperanza de encontrarlo nunca, el emplazamiento del
monasterio de Agustín. Nos gustaría verlo sobre esa colina, en donde, en
enormes cisternas, se recogía el agua conducida por un acueducto desde
las montañas vecinas y en donde se levanta hoy en día una basílica muy
reciente que desde alta mar atrae las miradas. Detrás de la basílica, un
convento en donde las hermanitas de los pobres atienden a un centenar de
ancianos. Así se perpetúa, entre los musulmanes africanos, el recuerdo del
gran marabut cristiano. Hubiéramos preferido un edificio con un gusto más
depurado y de mayor sobriedad. Pero, en fin, la buena intención basta. Este
hospicio sirve perfectamente para evocar la memoria del ilustre obispo que
fue todo caridad. En cuanto a la basílica, Africa ha hecho todo cuanto
estaba en su mano para que fuera digna de él. Ha contribuido con sus
mármoles más preciosos y le ha dado por cuadro uno de sus más herniosos
paisajes.
Sobre todo por la noche, a la hora del crepúsculo, es cuando el
paisaje adquiere todo su valor y su encanto significativos. El color rojizo
del sol poniente hace que se recorte el perfil negro de las montañas que
dominan el valle de Seybouse. El rio descolorido, con sus brillantes
reflejos, desciende lentamente hacia el mar. El golfo, inmenso, reluce
semejante a una partícula de sal tornasolada. En esa atmósfera clara, la
nitidez de las orillas, la fija inmovilidad de las líneas tienen algo de
sobrecogedor. Es como un aspecto desconocido y virginal del planeta. Las
constelaciones se encienden después con un brillo y una materialidad
alucinantes. El Carro, tumbado al borde del Edough, parece un carro de
oro marchando por entre los valles del cielo. Una profunda paz envuelve la
campiña agrícola y pastoral, de donde se elevan a intervalos los ladridos de
los perros guardianes...
Pero el monasterio de Agustín, situado en los alrededores de Hipona,
puede emplazarse en cualquier sitio: el paisaje es allí bonito en todas
partes. Desde todos los puntos de la llanura, abultada por montones de
169

ruinas, se contempla el mar: una gran bahía, rodeada con curvas perezosas
y suaves como la de Nápoles. Cercándola completamente, una hilera de
montañas. Las alturas verdes de Edough, cuyas laderas se cubren de
bosques. A lo largo de los caminos que bordean la montaña, grandes pinos
sonoros resuenan con la queja eólica del viento marino,, azul del mar, azul
del cielo, noble folláis itálico, es un paisaje propio de Lamartine, bajo un
sol más ardiente. La alegría matutina refresca el corazón y los ojos cuando
la aurora naciente ríe sobre las pintadas cúpulas de las casas, mientras que
velos de azuladas sombras flotan entre los muros blancos y
resplandecientes de las callejuelas empinadas.
Agustín hubiera podido pasar, entre los limoneros y olivos de
Hipona, días tan felices como los transcurridos en Tagaste. La regla que
había implantado en su convento —a la que él mismo era el primero en
someterse— no era ni demasiado relajada ni demasiado austera, tal y como
debía de ser para hombres que han vivido en el cultivo de las letras y en el
trabajo del espíritu. Ninguna afectación de excesiva autoridad. Agustín y
sus monjes llevaban trajes y calzados muy sencillos, muy apropiados para
un obispo y para unos clérigos. Al igual que los laicos, se cubrían con un
birrhus, una especie de abrigo con capuchón que parece un precedente del
albornoz árabe Agustín pretendía alcanzar el justo medio entro la búsqueda
y la negligencia en el vestir y observar una medida en todo. El poeta
Rutilius Namatianus, que por aquel entonces atacaba con sombría ironía a
los monjes sórdidos y lucífugos., no habría podido por menos de admirar
en el monasterio de Hipona una decencia y sobriedad que recordaban las
costumbres antiguas en lo que tenían de mejor. En la mesa existía igual
moderación. Habitualmente se servían verduras y, a veces, carne, cuando
había algún enfermo o huéspedes. Bebían un poco de vino, en contra de las
prescripciones de San Jerónimo, que condenaba el vino como un brebaje
diabólico. Cuando un monje cometía una falta en el cumplimiento de la
regla se veía privado de su ración de vino.
Por un resto de elegancia en Agustín —o quizá también porque no
poseían otros—, los cubiertos que usaban eran de plata. La vajilla y los
platos eran, en cambio, de barro cocido, de madera o de alabastro
ordinario. Muy sobrio en la bebida y en la comida, Agustín sólo prestaba
atención en la mesa a la lectura o a la discusión. Poco le importaba lo que
comía, con tal que este alimento no excitara su sensualidad. Solía repetir a
los cristianos que pregonaban un rigorismo farisaico: «Es la pureza del
corazón la que hace puros los alimentos.» En fin, con su perpetua preocupación por la caridad, había prohibido en el refectorio toda murmuración
170

en las conversaciones. En aquel tiempo de luchas religiosas, en que los
clérigos se denigraban despiadadamente entre sí, Agustín había hecho
colocar en la pared una inscripción redactada en estos términos: «El que se
dedica a destrozar la vida de los ausentes, que sepa que es indigno de
sentarse en esta mesa.»
«Un día —cuenta Possidius—, algunos de sus Íntimos, incluso
compañeros suyos en el obispado, que habían olvidado esta sentencia,
fueron vivamente reprendidos. Exclamó todo emocionado que iba a borrar
esos versos del refectorio o levantarse de la mesa y retirarse a su celda.
Estaba presente, con otros cuantos, cuando se produjo este incidente.»
No era tan sólo la murmuración y las rencillas internas las que
alteraban la tranquilidad de Agustín. Había acumulado en su mano las
funciones de sacerdote, superior del convento y apóstol. Tenia, pues, que
predicar, instruir a los catecúmenos y luchar contra los disidentes. La
ciudad de Hipona estaba muy revuelta y llena de herejes, cismáticos y
paganos. Los del partido de Donato alcanzaban triunfos y arrojaban a los
católicos de sus iglesias y de sus propiedades. Cuando Agustín llegó a su
país, el catolicismo estaba bastante bajo. Por otra parte, el arraigado
maniqueísmo proseguía reclutando prosélitos. No cesa de escribir tratados,
de polemizar con ellos y abatirlos con la lógica minuciosa de su
argumentación. A petición de los mismos donatistas, sostuvo en las termas
de Sossius, en Hipona, una conferencia con uno de sus sacerdotes, un tal
Fortunato; lo redujo al silencio y a la huida. Los maniqueos no se
desalentaron por eso: enviaron otro sacerdote.
Si los enemigos de la Iglesia se mostraban tenaces, la propia grey de
Agustín era particularmente turbulenta y difícil de apacentar. La debilidad
del anciano Valerio había permitido que se introdujeran en la comunidad
numerosos abusos. Muy pronto el sacerdote de Hipona tuvo un anticipo de
las dificultades que le esperaban en su obispado.
Siguiendo el ejemplo de Ambrosio, se propuso abolir la costumbre de
los festines en las basílicas y en las tumbas de los mártires. Constituía esto
un residuo de paganismo', cuyas fiestas iban acompañadas de comilonas y
orgías. En cada solemnidad —eran frecuentes— los paganos comían en los
patios y bajo los pórticos que rodeaban el templo. Estas comidas públicas
daban lugar, particularmente en Africa, a escenas repugnantes de
glotonería y embriaguez. En general, el africano es muy sobrio, pero
cuando se desata se hace terrible. Ocurre también hoy en las grandes
fiestas musulmanas, cuando los ricos distribuyen a los indigentes de su barrio los deshechos; de la matanza. Cuando esta gente, acostumbrada a
171

beber agua y a comer un poco de harina hervida, prueban la carne o beben
un solo vaso de vino, resulta imposible contenerlos: vienen las riñas, los
navajazos, la desbandada general hacia los tugurios. Piénsese en este
desorden popular afincado en los cementerios y en los patios de las
basílicas, y se comprenderá que Agustín haya puesto todo su empeña en
poner fin a tales escándalos.
Para ello, se puso primero de acuerdo con su obispo Valerio y
después con el primado de Cartago. Aurelio, que será en adelante su más
firme auxiliar en su lucha contra los cismáticos.
Durante la Cuaresma —el tema era apropiado— habló contra las
orgías paganas; fuera se elevaron las protestas, La Pascua transcurrió sin
ningún tropiezo. Mas, al día siguiente de la Ascensión, el pueblo de
Hipona tenía por costumbre celebrar el llamado «regocijo» con
francachelas tradicionales. La víspera, día de la fiesta religiosa, Agustín
habló con valentía contra el «regocijo». Interrumpieron al predicador.
Algunos gritaron que se hacia lo mismo en Roma, en la basílica de San
Pedro. En Cartago se bailaba en tomo a la tumba de San Cipriano. Al
compás cansino de las flautas, entre les golpes sordos de los tamboriles,
algunos hacían, pantomimas, contorsionándose de forma obscena, mientras
los asistentes cantaban llevando el compás con las manos... Agustín sabía
todo eso. Declaró que esas abominaciones se habían tolerado antiguamente
para no, desalentar a los paganos en su conversión, pero que de ahora en
adelante el pueblo, que había llegado a ser enteramente cristiano, debía
abstenerse. En fin, supo dar a sus palabras acentos de una elocuencia tan
conmovedora que su auditorio estalló en lágrimas. Creyó haber ganado la
partida.
Al día siguiente tuvo que volver a empezar. Algunos instigadores
soliviantaron hasta tal punto la muchedumbre que era de prever una
inminente revuelta. No obstante, a la hora del oficio, Agustín, precedido de
su obispo, se dirigió a la basílica. Al mismo tiempo los donatistas
celebraban un banquete en su iglesia cercana. Tras los muros de su iglesia,
los católicos podían oír el alboroto del festín. Fueron precisas las más
apremiantes abjuraciones del coadjutor para impedir que imitaran a sus
vecinos. Se acallaron los últimos murmullos y la ceremonia terminó con el
canto de himnos sagrados.
Agustín se salía con la suya, pero el conflicto había llegado a tal
punto que amenazó al pueblo con dimitir y, como lo escribe Alipio, con
«sacudir sobre él el polvo de sus vestidos». Todo aquello constituía un
172

cruel presagio para el futuro. El, que consideraba ya el sacerdocio como
una prueba, veía con terror la proximidad del episcopado.

173

V. APÓSTOL DE LA PAZ Y DE LA
UNIDAD CATÓLICA
Dic eis ista, ut plorent... et sic eos rape
tecum ad Deum, quia de spiritu ejus haec
dicis eis, si dicis ardens igne caritatis.
«Diles estas cosas para que lloren... y así les
arrebates contigo hada Dios, porque, si se las
dices ardiendo en llamas de caridad, con
espíritu divino se las dices.
(Conf., IV, 11.)

1. EL OBISPO DE HIPONA
En su monasterio, Agustín continuaba siendo espiado por las Iglesias
vecinas, que querían nombrarlo obispo. Lo raptarían a la primera
oportunidad. El anciano Valerio, temiendo una sorpresa, recomendaba a su
sacerdote que se escondiese. Pero sabía, por el mismo ejemplo de Agustín
arrastrado al sacerdocio a pesar suyo, que las mejores precauciones son
inútiles con gente que está decidida a todo. Lo más seguro era prevenir el
peligro.
Decidió, por tanto, compartir con Agustín el episcopado, consagrarle
antes de morir y designarlo como su sucesor. Esto iba en contra de la
costumbre africana y, además, se oponía a los cánones del Concilio de
Nicea (también es verdad que tanto Valerio como el mismo Agustín
ignoraban este último punto). Pero, en fin, se podía quebrantar la regla en
consideración a los méritos excepcionales del sacerdote de Hipona. El
anciano obispo advirtió primeramente a Aurelio, primado de Cartago, y
cuando estuvo seguro del consentimiento y apoyo de este alto personaje,
174

aprovechó una solemnidad religiosa para anunciar al pueblo sus
propósitos.
Algunos obispes de los contornos —entre los que se contaba
Megalio, obispo de Guelma y primado de Numidia— se habían reunido en
Hipona para consagrar a otro obispo. Valerio declaró públicamente en la
basílica que deseaba asociarse a Agustín. Desde hacía largo tiempo era éste
el deseo de sus ovejas. En el fondo, al reclamar este honor para su
sacerdote, el anciano prelado no hacía sino ceder a los ruegos del pueblo.
Sus palabras fueron inmediatamente acogidas con grandes aclamaciones.
Los fieles pidieron a gritos que Agustín fuera consagrado obispo.
Megalio fue el único que protestó. Se hizo eco incluso de algunas
calumnias, con el fin de descartar al candidato como indigno. Semejante
actitud no tiene nada de extraño. Este Megalio era ya viejo (moriría poco
tiempo después) y, como todos los ancianos, no veía con buenos ojos las
innovaciones. En contra de las costumbres establecidas, Valerio había ya
concedido a Agustín el derecho de predicar en su presencia. Y ahora, con
una nueva derogación, pretendía colocar dos obispos a la vez en la sede de
Hipona. Por grande que fuera su talento se había hecho ya bastante por
este joven sacerdote —un recién convertido, además, que, cosa más grave,
había desertado del maniqueísmo—. ¿Qué no se habría dicho sobre las
abominaciones que se perpetraban en los misterios de esa gente? ¿Hasta
qué punto Agustín había sido su cómplice? Se murmuraba contra él un
poco en todas partes, tanto en Hipona como en Cartago (en donde su
situación era bastante comprometida por sus excesos de celo), en los
medios católicos y entre los donatistas. Celoso defensor de la jerarquía y
de la disciplina, Megalio acogió, sin duda, con un cierto placer estos
rumores malévolos. Encontró ahí un pretexto para hacer, como vulgarmente se dice, que Agustín entrara por el aro. Las gentes mediocres sentían
siempre un placer íntimo en humillar a los demás bajo la regla común.
Una de las calumnias que se habían divulgado contra Agustín parece
haber hecho mella en el ánimo de Megalio: se había dejado persuadir de
que el sacerdote de Valerio había dado unos filtros amorosos a una de sus
penitentes, de la que esperaba obtener sus favores. Estaba entonces de
moda entre la gente devota intercambiar eulogias o panes benditos como
prueba de comunión espiritual. Agustín, según los calumniadores, había
mezclado ingredientes mágicos en algunos de estos panes, que había
ofrecido hipócritamente a la mujer de la que estaba enamorado. Esta
acusación levantó un gran escándalo, cuyo recuerdo persistió bastante
175

tiempo, ya que cinco o seis años más tarde el donatista Petiliano lo repetía
todavía.
Agustín se disculpó con éxito. Megalio reconoció su error. Hizo más
todavía: no sólo se excusó ante quien había calumniado, sino que pidió
solemnemente perdón a sus compañeros por haberlos engañado con falsos
rumores. Es de todo punto probable que durante esta encuesta tuviera
ocasión de conocer mejor al colaborador de Valerio. El encanto de Agustín,
unido a la austeridad de su vida, influyó sobre el difícil anciano y le hizo
cambiar de parecer. Sea de ello lo que fuere, el caso es que se debe a
Megalio, obispo de Guelma y primado de Numidia, el que Agustín fuera
consagrado obispo de Hipona.
Estaba consternado por su elevación, Lo ha dicho y repetido
numerosas veces. Podemos creer en su palabra. Sin embargo, los honores y
las ventajas del episcopado eran entonces tan considerables que sus enemigos pudieron hacerle pasar por un ambicioso. Nada tan lejos de su carácter.
A fin de cuentas, Agustín sólo deseaba permanecer tranquilo. Después de
su retiro en Cassiciacum había renunciado a la fortuna y a la gloria
literaria. Su único anhelo era vivir en la contemplación de las verdades
divinas, acercarse cada vez más a Dios: «Videte et gustate quam milis sit
Dominus, ved y gustad cuán manso es el Señor.» De todos los versículos
de la Sagrada Escritura es quizá éste el que prefiere, el que mejor responde
a los deseos íntimos de su alma y el que cita más a menudo en sus
sermones. Después, estudiar las santas letras, investigar la más pequeña
sílaba, ya que toda verdad se contiene en ella; una vida entera es poco
dedicada a semejante trabajo. Para eso era preciso romper con todas las
ataduras del mundo y esforzarse por vivir en la soledad del claustro.
Pero este cristiano sincero se examinaba con demasiada clarividencia
para no descubrir en él una tendencia peligrosa al aislamiento. Le gustaba
demasiado apartarse de la sociedad de los hombres para encerrarse en el
estudio y en la contemplación. El, que reconocía poseer una secreta
inclinación a la blandura epicúrea, ¿no iba a continuar viviendo, bajo e!
mando de la piedad, como un diletante y un voluptuoso? Tan sólo la acción
podía salvarlo del egoísmo. Otras personas cumplen, sin duda, la ley de
caridad rezando y mortificándose por sus hermanos. Pero cuando uno posee, como era su caso, facultades extraordinarias de persuasión y
elocuencia, un tal vigor dialéctico, una cultura tan vasta y tal poder contra
el error, ¿no es una ofensa a Dios no emplear estos dones, no es una falta
grave contra la caridad negar a sus hermanos la ayuda de semejante
fuerza?
176

Sabía, además, perfectamente que no se llega a la verdad sin una
purificación del corazón. ¿Sus violentas pasiones no le atormentarían,
después de una tregua, con más vehemencia que antes de su conversión?
También desde este punto de vista Ja acción era un gran remedio. Vio en
sus obligaciones episcopales un medio ascético, una especie de
purificación heroica. Cargaría sobre sus hombros preocupaciones tales y
trabajaría de tal modo que ni siquiera tendría tiempo de escuchar la pérfida
voz de sus «viejas amigas». ¿Consiguió hacerlas callar en seguida? ¿Le fue
concedida esta gracia inaudita? O bien, ¿continuó la lucha en el secreto de
su conciencia? Lo que sí es cierto es que estas terribles pasiones, que
habían trastornado su juventud, no volvieron a aparecer en su vida. Desde
que cayó de rodillas bajo la higuera de Milán, su corazón de pecador está
como muerto. Ha logrado desprenderse de casi todas las miserias del
hombre viejo, no solamente de sus vicios y afectos carnales, sino también
de su6 defectos más disculpables, a excepción quizá de un antiguo resto 1
de vanidad literaria e intelectual.
En una primera ojeada, sus libros nos descubren ya únicamente al
doctor y al santo. Lo primero que se ve es una inteligencia completamente
desnuda, un alma totalmente pura, encendida en el amor divino. Sin
embargo, su corazón, que sigue siendo amante y tierno, alienta siempre
incluso en sus más abstractas discusiones y exégesis. Se siente en seguida
su calor y su poder efusivo. Agustín no se preocupa de ello. No piensa más
en él; no se pertenece. Si ha aceptado el episcopado es para entregarse por
entero a la Iglesia, para ser todo para todos. Es el hombre-palabra, el
hombre-pluma, el portavoz de la verdad. Se convierte en el hombre de la
muchedumbre miserable sobre la que el Salvador derramaba su piedad. Se
ha dado a ella para convencerla y sanarla del error. Es una fuerza que
busca sin descanso la mayor gloria de Cristo. Obispo, pastor, director de
almas; sólo quiere 6er eso.
Pero qué pesada era esta tarea para un intelectual que hasta entonces
sólo había vivido en el comercio de los libros y de las ideas. Al día
siguiente de su consagración debió pensar en ella con más pavor que
nunca. En su6 noches de insomnio o a la hora del recreo en el jardín del
monasterio pensaba angustiado en ella. Con los ojos abiertos en la
oscuridad de su celda buscaba concretar una teoría sobre la naturaleza y el
origen del alma; o bien a la caída de la tarde, entre las ramas de los olivos,
veía «el mar revestirse de matices cambiantes, como velas de mil colores,
a veces verdes con un verde de infinitos grados, otras púrpura, otras
azul...» Y su alma, propensa al lirismo, tomaba ocasión de estos
177

esplendores materiales para elevarse en seguida a la religión invisible de
las ideas. Volvía a dominarse inmediatamente: no se trataba de eso. Se
decía a sí mismo que era ya el obispo Agustín, que tenía cura de almas y
que debía proveer a las necesidades de su rebaño. Tendría que librar una
batalla incesante: entonces estudiaba sus planes de ataque y de defensa.
Abarcaba de una sola ojeada la inmensidad del trabajo que le aguardaba.
Labor verdaderamente aplastante. Era obispo de Hipona, pero un
obispo casi sin rebaño, si se comparaba con la comunidad rival de los
donatistas. El obispo de los disidentes, Proculeianus, se tenía por el
auténtico representante de la ortodoxia, y como contaba con la ventaja
numérica, era ciertamente en la ciudad un hombre más representativo que
el sucesor de Valerio, con toda su rienda y elocuencia. La iglesia de los
cismáticos, como ya lo hemos visto, estaba junto a la iglesia católica. Sus
clamores perturbaban los sermones de Agustín. Es posible, no obstante,
que a raíz de la ley de Teodosio la situación mejorara sensiblemente en
Hipona. Pero no hacía tanto tiempo que los del partido de Donato
ostentaban la supremacía. Poco antes de la llegada del nuevo obispo los
clérigos donatistas prohibían a sus fieles coger el pan de los católicos. Un
panadero fanático había llegado incluso a rehusar el que le ofrecía un
diácono católico, que era su propietario. Estos cismáticos se creían lo
suficientemente fuertes para poner en entredicho a los que no comulgaban
con ellos.
De un extremo a otro de Africa la derrota del catolicismo parecía un
hecho consumado. Hacía muy poco tiempo una sola sección del partido
donatista había conseguido enviar trescientos diez obispos al concilio de
Bagai, que debía juzgar sobre los disidentes de su propia secta. Entre estos
obispos, el de Thimgad, el terrible Optato, se destacaba por su celo
sanguinario, recorriendo la Numidia e incluso la Proconsular a la cabeza
de bandas armadas, incendiando las granjas y las villas, volviendo a
bautizar por la fuerza a los católicos y propagando el terror en todas partes.
Agustín sabía todo esto, y cuando buscaba un socorro por parte de las
autoridades locales pensaba tristemente que era inútil esperar ninguna
ayuda del conde Gildon, quien desde hacía unos diez años tiranizaba
Cartago y Africa. Este Gildon era un indígena, un moro, a quien los
ministros del joven Valentiniano II habían creído oportuno confiarle el
gobierno militar de la provincia. Conociendo la debilidad del Imperio, sólo
pensaba en construirse en Africa un principado independiente. Favorecía
abiertamente el donatismo, que era el partido más numeroso e influyente.
Optato, el obispo de Thimgad, sólo veía por sus ojos y lo consideraba
178

como su maestro y su dios. Por eso le habían dado el sobrenombre de «el
Gildomiano».
La autoridad imperial sólo intervenía con intermitencias frente a tales
enemigos. Agustín lo sabía. Sabía asimismo que el Imperio de Occidente
se hallaba en una situación bastante crítica. Teodosio acababa de morir en
plena guerra contra el usurpador Eugenio. Los bárbaros, que formaban la
mayoría del ejército romano, se mostraban cada vez más amenazadores.
Alarico había acampado en el Peloponeso y se preparaba para invadir
Italia. Sin embargo, el poderoso ministro del joven Honorio, el
semibárbaro Estilicon, se dedicaba a atender a los católicos, asegurándoles
que continuaría protegiéndoles como Teodosio. Es, pues, hacia el poder
central donde se vuelve Agustín. Era el único capaz de hacer reinar un
cierto orden en las provincias, y, por otra parte, los nuevos emperadores
eran fervientes partidarios de la defensa del catolicismo. El obispo de
Hipona pondrá, por consiguiente, todo su empeño en entablar las mejores
relaciones con los representantes en la metrópoli, —los procónsules, -los
vicarios, los condes, los tribunos o los notarios— enviados por el
emperador en calidad de comisarios del Gobierno.
Ninguna sospecha de halago en su conducta, ninguna idolatría del
poder. En Milán, Agustín había tenido ocasión de contemplar de cerca la
corte para percatarse de lo que valían los funcionarios imperiales.
Simplemente se adaptaba lo mejor que podía a las necesidades del
momento. Con, todo, en el fondo de su corazón hubiera deseado que ese
poder fuera más fuerte, prestando así a la Iglesia un apoyo más eficaz.
Además^ este letrado, educado en el culto de la majestad romana, era por
naturaleza un fiel siervo de los cesares. Hombre de autoridad y tradición,
profesaba que se debe obediencia a los príncipes: «Obedecer a sus reyes —
decía —es un pacto general de la sociedad humana.» En uno de sus
sermones compara el pensamiento que impera sobre el cuerpo del
emperador sentado sobre su trono y dictando órdenes desde el fondo de su
palacio que ponen en movimiento todo el imperio. Imagen puramente ideal
del soberano de aquel tiempo, pero que agradaba a su imaginación de
latino. Pero, ¡ay!, Agustín no se hacía ilusiones sobre los efectos de los
edictos imperiales: sabía el caso que se les hacía, particularmente en
Africa.
Así, pues, no podía contar, en absoluto, con el apoyo del poder para
la defensa de la paz y de la unidad católica. No podía confiar más que en sí
mismo, y toda su fuerza radicaba en su inteligencia, en su caridad y en su
alma, profundamente fraternal. Deseaba ardientemente que el catolicismo
179

fuera una religión de amor, abierta a todos los pueblos de la tierra, como
así lo había querido su divino fundador. Estas eran las armas de Agustín:
una inteligencia luminosa y dominadora, y una caridad infatigable. Con
esto basta. Tiene así una superioridad arrolladora sobre todos los hombres
de su tiempo. Paganos o cristianos, aparece en medio de ellos como un
coloso. Desde qué alturas aplasta no sólo a los de la escuela que han sido
sus condiscípulos —los sectarios de Guelma o los máximos de Madaura
—, sino incluso a los más conspicuos escritores de su época —tales como
Simaco y Amien Marcelin—. Después de la lectura de un tratado de
Agustín se queda uno saturado ante la mediocridad intelectual de estos
últimos paganos. La estrechez de miras y la vulgaridad de su pensamiento
es algo que nos confunde. Incluso el ilustre Apuleyo —que pertenece a la
edad de oro de la literatura africana, autor de la Doctrina de Platón—
alaba la filosofía y el Ser supremo con términos que nos recuerdan las
profesiones de fe de nuestro boticario Homais.
Y en el círculo inmediato a Agustín, entre sus colegas de episcopado,
ninguno se le puede comparar, ni siquiera de lejos. Si se hace tal vez
excepción de Nebrida, sus amigos más queridos, Alipio, Evodio o Severo,
no son más que discípulos suyos, por no decir servidores de su
pensamiento. El primado de Cartago, Aurelio, administrador enérgico, de
carácter firme y recto, si no alcanza la talla de Agustín puede, al monos,
comprenderlo y apoyarlo. Los demás son unos buenos hombres, como
Sansucius, obispo de Tours, casi un iletrado pero juicioso y experimentado,
por lo que es consultado preferentemente por su compañero de Hipona. O
bien son intrigantes o libertinos, hombres de negocios, como Paulus,
obispo de Cataque, que se lanzaba sin freno en sus aventureras
especulaciones, defraudaba al fisco y, por su fastuoso tren de vida,
arruinaba su diócesis. Entre los donatistas se cuentan algunos verdaderos
mercenarios, medio bandidos, medio fanáticos, como el gildoniano Optato,
obispo de Thimgad: figura precursora del morabito musulmán, que predica
la guerra santa contra los católicos, haciendo «razzias», matando,
incendiando y convirtiendo a la gente a fuerza de sablazos y golpes de
garrote.
En medio de estos personajes violentos y mediocres, Agustín va a
esforzarse por realizar completamente el tipo admirable de obispo, padre
espiritual a la vez que protector y sostén de su grey. Se ha prometido no
sacrificar nada de su ideal de perfección cristiana. Obispo, continuará
siendo monje como durante su sacerdocio. Aparte del monasterio que ha
establecido en el jardín de Valerio —en donde le es imposible recibir con
180

decoro a sus huéspedes y visitantes— instalará otro en su casa episcopal.
En la medida en que se lo permitan los deberes de su cargo, se adaptará a
la regla monástica. Hará oración, estudiará la Sagrada Escritura, definirá
los dogmas y refutará las herejías. Al propio tiempo no quiere descuidar
nada de su tarea material. Hay bocas que alimentar, bienes que administrar
y procesos que examinar. Se ocupará de todo ello. Para un místico j
especulativo como él, esto constituirá una continuada inmolación.
Lo primero de todo, dar a los pobres el pan de cada día. La
comunidad de Hipona, como todas las de esta época, debía sostener un
pueblo de mendigos. La caja diocesana estaba a menudo vacía y Agustín
se tenía que ver obligado a extender la mano y lanzar desde lo alto del
púlpito patéticas llamadas a la caridad. Después hay que fundar hospicios
para los enfermos y una posada para los indigentes de paso. El obispo
instala todos estos servicios de asistencia en casas legadas a la iglesia de
Hipona. Para economizar, evita nuevas construcciones. Eso constituiría un
gravamen demasiado pesado para su presupuesto. Seguidamente su
preocupación más grande, que era la administración de los bienes de la
Iglesia. Para incrementar estos bienes, exige por parte de todos sus clérigos
que renuncien a todo cuanto poseen en favor de la comunidad, dando con
ello a los fieles un ejemplo de pobreza voluntaria. Acepta también
donaciones particulares. Pero, con frecuencia, por ejemplo, rehusará las
que hace un padre o una madre, quienes, en un momento de cólera,
desheredan a sus hijos. No se quería aprovechar de las malas disposiciones
de los padres para despojar a los huérfanos. O bien 1c repugnaba
comprometer a la iglesia en procesos con el fisco al objeto de cobrar algunas herencias. Un negociante de Hipona, que pretendía legar a la
diócesis la parte de intereses que le correspondían por sus, servidos en los
barcos de anona, Agustín sostiene que no se debe aceptar tal parte. En caso
de naufragio habría que probar que la tripulación no es responsable en
modo alguno de la pérdida del barco y aplicar la tortura al capitán y a los
marineros supervivientes. Agustín no quiere oír hablar de ello:
«¿Os parece bien —decía— que un obispo, pueda ser armador o
verdugo? No, no; eso desdice de un siervo de Jesucristo.»
El pueblo de Hipona no compartía su punto de vista. Censuraban los
escrúpulos de Agustín. Se le acusaba de comprometer los intereses de la
Iglesia. Un día tuvo que dar una explicación en el púlpito:
«Sé bien, hermanos míos, que os preguntáis frecuentemente: ¿Por
qué no da nadie nada a la Iglesia de Hipona? ¿Por qué los moribundos no
la nombran su heredera? Es que el obispo Agustín es demasiado bueno, es
181

porque se lo da todo a los hijos y no acepta nada. Lo reconozco, sólo
acepto las donaciones que son buenas y piadosas. Quien deshereda a un
hijo para nombrar heredera a la Iglesia, que busque a otros que quieran
aceptar sus dones. No seré yo quien lo haga y, gracias a Dios, espero que
no lo haga nadie... Sí, he rechazado muchas donaciones, pero he aceptado
también muchas otras. ¿Es preciso que os las enumere? Sólo citaré un
ejemplo. He aceptado la herencia de Julián. ¿Por qué? Porque ha muerto
sin dejar hijos...»
El auditorio reconocía que su obispo era realmente muy delicado.
Le echaban en cara, además, el no saber atraerse ni adular a los ricos
donantes. Agustín tampoco admitía que se forzara a un extranjero que
estaba de paso a recibir el sacerdocio y dejar, en consecuencia, sus bienes a
los pobres. Era esto, en el fondo, una sabia medida, de acuerdo no
solamente con el espíritu del Evangelio, sino también con la prudencia
humana. Si Agustín, por el buen renombre de su Iglesia no quería correr el
peligro de ser acusado de codicia y avaricia, no» hay nada que temiera más
que un procesa Aceptar a la ligera las herencias y las donaciones que le
ofrecían era exponerse a dispendiosos enredos. Más valía renunciar que
perder a la vez su dinero y su reputación. Así se conciliaban, en este
hombre que rezaba y meditaba, el buen sentido práctico y el elevado
desprendimiento de la moral cristiana.
El obispo, era desinteresado. Su grey era codiciosa. El pueblo de esta
época deseaba que la Iglesia se enriqueciera, porque era el primero en
sacar partido de su riqueza. Esta riqueza consistía principalmente en
inmuebles y tierras. La diócesis de Hipona tenía que administrar
numerosas casas e inmensos latifundios, en los que vivía toda una
población de artesanos y esclavos libertos, campesinos e incluso obreros
especialistas, fundidores, bordadores, cinceladores de metales. Estas gentes desamparadas se encontraban resguardadas de les impuestos y de los
alguaciles del fisco en los dominios de la Iglesia, y sin duda hallaban el
régimen episcopal más dulce y paternal que el civil.
Por una cruel ironía, Agustín, que había lucho voto de pobreza y
entregado a los pobres todo su patrimonio; Agustín, elegido obispo de
Hipona, se convertía en un gran propietario. Ciertamente, tenía bajo sus
órdenes intendentes encargados de hacer fructificar los bienes de su
diócesis. Pero esto no lo dispensaba de estar al tanto de los detalles de la
administración y de vigilar a sus agentes. Atendía a las quejas tanto de sus
campesinos como de los que pertenecían a otras tierras y eran objeto de
lucro excesivo por parte de gerentes sin escrúpulos. En todo caso, mil
182

pequeños detalles nos demuestran que nada de lo referente a la vida rústica
le era ajeno.
A caballo o en mulo, caminaba leguas enteras por la campiña de
Hipona para comprobar el estado de sus viñas y olivos. Miraba, se
informaba, interrogaba a los labradores, entraba en las prensas del lagar y
en los molinos de aceite. Sabía cuál era la uva apta para ser comida y la
que servía para hacer vino. Indicaba los graneros situados en terrenos
demasiado húmedos en los que el trigo estaba expuesto a germinar. Cómo
verdadero propietario, estaba al corriente de la legislación y conocía los
plazos de los contratos. Sabía las fórmulas empleadas en las ventas y las
donaciones. Ponía especial atención en que se enterrara carbón alrededor
de los postres que lindaban con los campos, al objeto de que si los mojones
desaparecían se encontrara nuevamente su colocación. Y como era poeta,
recogía al pasar un montón de imágenes agrestes con las que ilustraba
después sus homilías. Sacaba ingeniosas comparaciones de los limoneros
«que dan flores y frutos durante todo el año si se los riega asiduamente», o
de la cabra, «que se levanta sobre sus dos patas de detrás para comer las
hojas amargas del olivo salvaje».
Por muy cansado que fuera, estos paseos al aire libre eran, en
realidad, un descanso para su cabeza sobrecargada. Pero entre sus
funciones episcopales existía una que le repugnaba en extremo. Tenía
todos los días que presenciar pleitos y dictar sentencias. En virtud de las
recientes disposiciones imperiales, el obispo juzgaba en materia civil: tarea
fastidiosa e interminable en un país como aquel en el que la querella es
rigurosa y obstinada. Los litigantes perseguían a Agustín e invadían su
casa, como esos fellahs de andrajosas chilabas color tierra que abarrotan
hoy nuestros pretorios.
En el secretarium de la basílica, o bajo el pórtico del patio contiguo a
la iglesia, Agustín ocupaba su silla episcopal lo mismo que un cadí
musulmán en el patio de la mezquita.
Al depender los cristianos de la jurisdicción del obispo, los
emperadores no habían hecho más que regularizar una antigua costumbre
que data de los tiempos apostólicos. Siguiendo el consejo de San Pablo, los
sacerdotes se dedicaban a apaciguar rencillas entre los fieles. Más tarde,
cuando su número aumentó considerablemente, los emperadores adoptaron
un sistema bastante parecido al de las capitulaciones que se hacían en
países de dependencia otomana. Los pleitos entre clérigos y laicas no
podían juzgarse con equidad por la población civil, compuesta muy a
menudo de paganos. Las partes aducían además principios teológicos o
183

leyes religiosas que el árbitro desconocía casi siempre. En estas
condiciones, parece bastante lógico que la autoridad imperial haya dicho a
los querellantes: «Allá os la entendáis vosotros mismos.»
Precisamente en la época en que Agustín ocupaba la sede de Hipona,
Teodosio acababa de ampliar las prerrogativas jurídicas de los obispos. El
desgraciado juez se veía agobiado por los procesos. Tenía audiencia diariamente hasta la hora de la comida y algunas veces —cuando ayunaba —
durante todo el día. A los que le acusaban de pereza les respondía:
«Puedo afirmar, con el corazón en la mano, que para mi comodidad
personal me gustaría mucho más, a ciertas horas del día —como así está
mandado» en algunos monasterios bien reglamentados—, dedicarme a
algún trabajo manual y tener libre el resto del tiempo para leer, rezar y
meditar sobre las sagradas letras, que verme metido en las complicaciones
y las molestias de los procesos...»
La astucia de los litigantes le indignaba. En el púlpito les daba
consejos llenos de sabiduría cristiana, pero que debían ser medianamente
apreciados. Un juicio era, según él, una pérdida de tiempo y un motivo de
tribulación. Era mejor dar el dinero al adversario que hacer perder su
tiempo y comprometer su tranquilidad. Y esto no es fomentar la injusticia,
añadía con ingenuidad el predicador: porque al ladrón le robará a su vez
otro más ladrón que él.
Estas razones parecían peco convincentes. Los querellantes no se
desanimaban. Por el contrario, importunaban de continuo al obispo con sus
instancias. Tan pronto aparecía, se aproximaban en tropel, lo cercaban, le
besaban la mano y el hombro, como prueba de respeto y sumisión, lo
apremiaban y la obligaban a ocuparse de sus asuntos. Agustín cedía. Mas
al día siguiente, en un sermón vehemente, les gritaba:
«Discedite a me, maligni... Alejaos de mí, malignos», y dejadme
estudiar en paz los mandamientos de mi Dios.

184

2. LO QUE SE OÍA EN LA BASÍLICA DE LA PAZ
Tratemos de ver ahora a Agustín en el pulpito y en su ciudad
episcopal.
No podemos representárnoslo sino por medio de una analogía.
Hipona la Real ha desaparecido por completo. Bona, que la ha sustituido,
dista de ella casi media legua, y las ruinas que se han exhumado del suelo
de la ciudad son muy insuficientes. Pero Africa es rica «i ruinas cristianas
y, sobre todo, en basílicas. Roma no nos puede ofrecer nada que se le
asemeje. Y eso se comprende, las basílicas romanas, siempre vivas, se han
transformado a lo largo de los siglos, revistiendo alternativamente los
trajes impuestos por la moda. Las de Africa han permanecido tales como
eran —al menos en líneas generales— a raíz de la invasión musulmana, tal
y como las habían contemplado los ojos de Agustín.
Son ruinas indudablemente —algunas muy mutiladas—, pero
ninguna reconstrucción ha alterado su plan ni cambiado su fisonomía.
Los vestigios de Hipona y de sus iglesias se han borrado o están
sepultados profundamente. Por eso, para tener una idea aproximada, es
preciso tomar como referencia otra ciudad africana que haya sufrido menos al paso del tiempo y las devastaciones. Theveste, con su basílica —la
que mejor se ha conservado, la más hermosa y la más grande de todo
Africa—, puede darnos una idea de la figura, del color y de la atmósfera de
Hipona en esos últimos años del siglo IV.
La antigua Theveste ocupaba una extensión mayor que la ciudad
actual, la Tebessa francesa. Esta, reducida incluso al perímetro de una
fortaleza bizantina, construida bajo Justiniano, llama la atención del visitante por su aspecto singular y original. En medio de inmensas llanuras de
esparto, con su recinto de forma cuadrangular, rodeado de murallas, sus
caminos de ronda y sus torres aplastadas, se nos aparece tan arcaica y tan
extraña como Aiguesmortes, que se alza en las latidas pantanosas. Nada
185

deleita tanto la mirada como la patina que recubre sus ruinas, un verdadero
dorado que diríase hecho por la mano del hombre.
Posee un pequeño templo, que es una maravilla y que se ha
comparado a la Casa cuadrada de Nimes. Pero las piedras son aquí mucho
más calientes y vivas. Los fustes de las columnas y las pilastras de
peristilo, desgastadas por el tiempo, parecen cubiertos de escamas y llenos
de sabía, Como los troncos de las palmeras. Los acantos de los capiteles
caen como las ramas de las palmeras bronceadas por el estío.
Cerca de allí, al final de una estrecha callejuela, bordeada de
modernas y sórdidas cabañas, el arco de triunfo de Septimio Severo y de
Caracalla abre su arcada luminosa, y dominando la sobria masa arquitectónica, apoyado sobre frágiles columnas etéreas, resplandece un ligero
edículo, semejante a un tabernáculo sobredorado o a un cofre de
amarillento marfil.
Alrededor se agolpan unas formas. Los albornoces númidas tienen la
blancura y la caída de las togas. Al verlos, uno se siente fuera de su tierra y
se retrocede muy lejos, a través de los siglos. La visión antigua,
rápidamente bosquejada, se precisa. Allí, un caballero, vestido de blanco,
se encuadra con su caballo blanco en el marco de una puerta. Pasa, y su
silueta se dibuja un instante sobre el blanco muro de la torre vecina,
sobredorado o a un cofre de amarillento marfil.
Fuera del recinto bizantino, la basílica y sus dependencias
constituyen otra ciudad, casi tan grande como la actual Theveste, cercada
también por un cinturón de torres y murallas. Llama en seguida la atención
el color opulento de las piedras —un rosa pálido tostado por el sol— y el
robusto aparato y perfección de la estructura. Como en los templos
griegos, las piedras se superponían sobre bases regulares: todo el conjunto
se sostiene por el peso de los bloques y el pulimento de las superficies.
Las proporciones son monumentales. Para su construcción no se han
ahorrado ni los materiales ni el espacio. Lo primero de todo, delante de la
basílica, un amplio patio rectangular, bordeado de terrazas, un pórtico al
fondo y cuatro grandes estanques en el centro para refrescar el paseo. Una
avenida enlosada con dos pórticos laterales separaba este patio de la
basílica propiamente dicha, a la que daba acceso a través de una escalera
encuadrada por dos columnas. La escalera conducía al atrium, decorado
por un pórtico corintio. En el centro, la piscina de las abluciones, gran pila
monolítica recortada en forma de trébol de cuatro hojas. Tres puertas
comunicaban al atrio con la basílica, que estaba dividida en tres naves por
186

columnas de mármol verde. Unas tribunas se extendían en la parte inferior
de la basílica. El suelo estaba cubierto de mosaicos. En el fondo del ábside,
detrás del altar, se elevaba la cátedra episcopal.
Alrededor de este edificio central se agrupaban otras numerosas
construcciones: un baptisterio, varias capillas, una de las cuales,
abovedada y en forma de trébol de tres hojas, probablemente consagrada a
mártires locales; un cementerio, un convento con sus celdas y sus estrechas
ventanas semejantes a troneras o caballerizas, cobertizos y graneros. Al
abrigo de estas murallas y de estas torres, rodeada por sus anejos y
jardines, la basílica de Theveste parecía ya a uno de nuestros grandes
monasterios de la Edad Media y también, en parte, a las grandes mezquitas
del Islam, la de Córdoba o la de Damasco, con sus patios rodeados de
arcos, sus estanques de las abluciones, sus paseos plantados de naranjos.
Los fieles y los peregrinos se encontraban allí como en su casa. Podían
pasar el día tumbados sobre las losas de los pórticos, pasear o dormir bajo
la sombra azul de las columnas y el frescor de los parterres de agua. La
iglesia era, en el sentido absoluto de la palabra, la casa de Dios, abierta a
todo el mundo.
Es bastante probable que las basílicas de Hipona no tuvieran el
esplendor y la magnificencia de aquélla. No eran tampoco muy numerosas.
En la época en que Agustín fue ordenado sacerdote, es decir, cuando los
donatistas eran todavía mayoría en la ciudad, parece, en efecto, que la
comunidad ortodoxa sólo poseía un santuario, la basilica major o basílica
de la Paz. Su propio nombre lo indica. La «Paz» era el nombre oficial del
catolicismo. «Basílica de la Paz» significaba simplemente «basílica
católica». ¿No querría esto decir que las restantes pertenecían a los
disidentes? Posteriormente, a raíz de los edictos de Honorio, restituyeron
sin duda a la Iglesia la basílica leontina, fundada por Leoncio, obispo de
Hipona y mártir. Durante su obispado, Agustín construyó una tercera: la
basílica de los ocho mártires.
En la mayor o catedral Agustín predicaba habitualmente. La
predicación, además de una carta, era una prerrogativa episcopal. Sólo el
obispo —como lo hemos visto— tenía derecho a predicar en su iglesia.
Esto se debe a que las diócesis africanas de aquel tiempo, aunque
relativamente extensas, no estaban más pobladas que una de nuestras
grandes parroquias actuales. La situación de un obispo era semejante a la
de uno de nuestros párrocos. Había casi tantos como pueblos y se contaban
por centenas.
187

Sea de ello lo que fuere, el caso es que la predicación, verdadero
ministerio apostólico, era una tarea agotadora. Agustín predicaba casi
todos los días —y a menudo varias veces al día: rudo trabajo para un
hombre con el pecho delicado—. Tenía, con frecuencia, que imponer
silencio a su auditorio con objeto de cuidar un poco su voz. Hablaba sin
afectación, en una lengua próxima al lenguaje popular. Los taquígrafos
recogían sus sermones tal y como los improvisaba: de ahí las repeticiones
y los largos períodos que extrañan al lector no prevenido. En sus homilías
no se encuentra un pían aparente. A veces le falta tiempo al orador para
desarrollar su pensamiento. Entonces continúa al día siguiente. O bien,
después de haber preparado un tema, trata de otro, obedeciendo a una
inspiración repentina, impresionado por un versículo de la Sagrada
Escritura que acaba de leer. Otras veces comenta varios pasajes seguidos,
sin ninguna preocupación por su unidad o composición.
Escuchémoslo en esa basílica de la Paz, en donde durante treinta y
cinco años no ha cesado de anunciar la palabra de Dios... El canto de los
salmos acaba de terminarse. En un extremo del ábside, desde su sitial
adosado al muro, Agustín se levanta y su pálida figura se destaca sobre el
fondo dorado del mosaico. Desde ahí, como desde lo alto de un púlpito,
domina a la concurrencia, por encima del altar, una simple tabla de madera
fijada en el suelo de la gran nave
Los asistentes permanecen de pie^ los hombres de un lado y las
mujeres de otro. Entre la balaustrada que los separa de la muchedumbre se
hallan las viudas y las vírgenes consagradas, cubiertas con sus velos negros o morados. Algunas matronas demasiado adornadas se dirigen a las
primeras filas de las tribunas. Sus mejillas pintadas, sus párpados y sus
pestañas embadurnados de negro, sus cuellos y sus orejas sobrecargados de
joyas. Agustín las ha descubierto: más tarde les dará una lección. El
auditorio se «estremece de antemano, lleno de simpatía y curiosidad. Con
toda su fe y con toda su pasión colabora con el orador. Es también
turbulento. Manifiesta sus emociones y sus sentimientos con una entera
libertad. Hacen ruido como en un teatro o en un circo. Se aplaude y se
interrumpe al predicador. Algunos le hacen objeciones y le citan pasajes de
la Biblia.
De esta forma Agustín se halla en continua comunicación con su
auditorio, del que se siente próximo como nadie se ha sentido. Espía los
cambios de fisonomía y los gestos de su público. Le habla familiarmente.
Cuando su sermón se ha prolongado un poco, se preocupa por saber si sus
oyentes están cansados, ¡les ha hecho permanecer de pie tanto tiempo! Se
188

acerca la hora del almuerzo. Los vientres están en ayuno y los estómagos
impacientes. Entonces les dice con sencillez afectuosa:
«Id, queridos míos, a reparar vuestras fuerzas, y no digo la de
vuestras almas, ya que veo que son infatigables, sino las de vuestros
cuerpos, que son servidores de vuestras almas. Para que cumplan bien su
cometido, id a reponer vuestros cuerpos, y cuando estén restaurados
volved otra vez aquí a tomar vuestro alimento espiritual.»
Algunos días el viento del siroco ha pasado por la ciudad. Los fieles,
apretujados unos contra otros en la nave de la iglesia, se ahogan y sudan.
El mismo predicador, que se ha acalorado bastante, tiene el rostro sudoroso
y sus vestiduras están empapadas. Se da cuenta entonces que una vez más
ha sido demasiado largo. Se excusa modestamente. O bien bromea, como
un rudo Apóstol, a quien no molestan las emanaciones de esa densa
muchedumbre.
«¡Ah! —dice—, qué olor. He debido hablar hoy mucho tiempo.»
Con estos modales bondadosos se ganaba los corazones de las gentes
sencillas que lo escuchaban. Tiene conciencia del influjo que ejerce sobre
ellos y de la simpada que le profesan como agradecimiento a su caridad.
«Hermanos míos —les dice—, habéis querido venir a escucharme.
Mas, ¿qué habéis amado? Si es a mí, eso incluso está bien, ya que quiero
ser amado de vosotros, sino quiera amarme por mí mismo. Yo os amo en
Cristo. Amadme vosotros a la vez en El. Que nuestro mutuo amor vaya al
unísono hacia Dios y en eso consiste precisamente el gemido de la paloma
de que habla la Sagrada Escritura.»
Aunque predica desde lo alto de su sede episcopal, tiene interés en
que su grey lo considere cristianamente como su igual. Hace valer lo
menos posible su condición de obispo:
«Todos los cristianos son los servidores de un mismo maestro... He
ocupado el lugar que tenéis vosotros ahora. Y, actualmente, si distribuyo el
pan celestial a los servidores de nuestro común Maestro desde lo alto de
esta sede, hace tan sólo unos años recibía de ellos, en un puesto inferior,
ese alimento espiritual. Como obispo, me dirijo a laicos, pero sé también a
cuántos futuros obispos hablo...»
Con el acento fraternal de sus palabras se pone a la altura de su
auditorio. No es a la cristiandad, a la Iglesia universal o a un auditorio
abstracto cualquiera al que se dirige, sino a los africanos, a gentes de
Hipona3 a parroquianos de la basílica de la Paz. Conoce las alusiones y las
comparaciones sacadas de las costumbres locales que podrán mover el
189

ánimo de sus oyentes. El día de la fiesta de Santa Crispina, mártir del país,
después de haber desarrollado ampliamente su homilía, les pide perdón en
estos términos:
«Imaginad, hermanos míos, que os he convidado a celebrar el
onomástico de la bienaventurada Crispina y que me he prolongado
desmedidamente el festejo. ¿No os sucederá lo mismo si un militar os
hubiese invitado a cenar obligándoos a beber más de lo debido? Dejadme
hacer otro tanto con la palabra divina, con la que debemos embriagarnos y
saciamos.»
Como los banquetes del nacimiento, las bodas proporcionan al orador
vivas alegorías. Así —nos dice—, cuando se celebra una boda en alguna
casa, suena el órgano en el umbral y los músicos y cantores se ponen a
cantar y a gesticular. ¡Qué fugaces son, sin embargo, esos regocijos de la
tierra, que se terminan tan pronto! «En la casa de Dios la fiesta es
continua.»
Comparaciones semejantes surgen incesantemente a través de los
comentarios de los salmos, parábolas capaces de conmover la imaginación
de los africanos. Mil pequeños detalles sacados de las costumbres locales y
de la vida diaria animan las exégesis del obispo de Hipona. Los mulos y
los caballos, que dan coces cuando se les hace una cura, simbolizan para él
los donatistas recalcitrantes. Los borriquillos testarudos y maliciosos que
trotan por las calles estrechas de las casbahs argelinas aparecen aquí y allá
en sus sermones. Se notan las picaduras de los mosquitos. Las moscas
insoportables se pegan por cientos a las mesas y a las paredes. Alude
también a las enfermedades y los fármacos del país: las oftalmías y los
colirios. ¿Qué más? Las tarántulas que corren por el lecho a lo largo de las
vigas; las liebres que saltan de repente entre los pies de los caballos en las
grandes llanuras munidas. Otras veces recuerda a su auditorio los hombres
que llevan pendientes a modo de amuleto; o bien —una comparación
significativa para este pueblo marinero— las asociaciones entre
comerciantes y navegantes.
Los sucesos del día, los pormenores del momento, se deslizan en sus
sermones. Durante el oficio de hoy se celebran en el circo carreras de
caballos o en la arena combates de fieras o de gladiadores, y por eso había
poca gente en la basílica: «Tanto mejor —dice Agustín—, será un
descanso para mi pecho», o bien, se anuncia en la ciudad que habrá en el
teatro atracciones sensacionales, un decorado que representará el mar. El
predicador se burla de los ausentes que abandonan la iglesia para ir a
contemplar esa engañifa. «Tendrán —dice— el mar en el escenario, pero
190

nosotros tendremos el puerto en Jesucristo.» Aquel sábado, durante su
predicación, algunas mujeres judías que festejan el día del sábado se ponen
a bailar y a cantar en las terrazas de las casas vecinas. Desde la basílica se
percibe el repiqueteo de las castañuelas y el ruido de las panderetas:
«Harían mejor —dice Agustín— si se dedicaran a trabajar y a hilar la
lana.»
Comenta las catástrofes que agitan al mundo romano, cuya noticia se
había difundido con impresionante rapidez. Los bárbaros de Alarico han
hecho su entrada en Roma y la han puesto a sangre y fuego; en Jerusalén,
la tierra ha temblado; el obispo Juan organiza, en toda la cristiandad,
suscripciones en favor de los siniestrados; en Constantinopla se han visto
en el cielo globos de fuego; el Suapeum de Alejandría acaba de ser
destruido en una revuelta...
Todo esto se sucede, con vivas imágenes y sin orden aparente, en los
sermones de Agustín. No será él quien divida su tema en tres puntos, no
pasando al segundo antes de haber demostrado racionalmente el primero.
Ya comente los Salmos o los Evangelios, sus homilías no son sino
explicaciones de la Sagrada Escritura, que interpreta unas veces en sentido
literal y otras en sentido alegórico. Fuerza es reconocerlo: sus exégesis
alegóricas nos desagradan debido a su excesiva sutileza y, a veces, por su
mal gusto, y cuando se ciñe a la letra del texto, cae en minucias
gramaticales que cansan la atención. No podemos entonces seguirlo. Nos
parece que su auditorio era muy comprensivo por escuchar —durante tanto
tiempo y de pie— estas interminables disertaciones... Y, repentinamente,
un movimiento de oratoria y lírica nos arrastra, un viento que sopla desde
las altas montañas y que barre, en un abrir y cerrar de ojos, como el polvo,
todos esos razonamientos aducidos.
Hay lugares comunes y también algunos libros de la Escritura por los
que siente especial afecto, tales como el Cantar de los Cantares y el
Evangelio de San Juan, el primero porque colma en él al intelectual, y el
otro al místico del amor. Confronta el versículo del Salmo: «Te he
engendrado antes que la estrella de la mañana» con el comienzo sublime
del cuarto Evangelio: «En el principio era el Verbo.» No cesa de alabar la
belleza de Cristo: Speciosus forma prae filiis hominum. «Sobrepasa en
belleza a los hijos más hermosos de los hombres.» Por eso repite
continuamente con el Salmista: «Señor, he buscado tu rostro, Quaesivi
vultum tuum, Domine.» Y el orador, transportado de entusiasmo, añade:
«Magníficas palabras. Nada puede decirse que sea más divino. Esto lo
sienten los que aman verdaderamente.»
191

Otro de sus temas favoritos es la dulzura de Dios: Videte et gustate
quam mitis sit Dominus. «Gustad y ved cuán suave es el Señor.» Nada
puede igualar la dulzura de esta contemplación y de esta vida en Dios.
Agustín la concibe como músico que ha penetrado el secreto de los
números: «Que vuestra vida —dice— sea un cántico ininterrumpido... No
cantamos tan sólo con la voz y con los labios cuando modulamos un canto:
debe haber dentro de nosotros un cántico interior, porque hay también en
nosotros Alguien que nos escucha...»
Para vivir esta vida armoniosa y divina hace falta salir de sí mismo y
entregarse por entero con un gran impulso de caridad:
«¿Por qué —grita—, por qué dudáis de entregaros, por temor de
perderos? Al contrario, cuando no os dais de verdad es cuando os perdéis.
La misma caridad os habla por boca de la Sabiduría y os tranquiliza contra
el miedo que os produce esa palabra: «Entregaos de una vez.» Si alguien
quisiera venderos una heredad os diría: «Entrégueme su oro», y para otro
objeto: «Deme su dinero, entrégueme sus monedas.» Escuchad lo que la
caridad os dice por boca de la Sabiduría: «Hijo mío, entrégame tu
corazón... Entrégame, nos dice, ¿el qué? Hijo mío, dame tu corazón. Tu
corazón no era feliz cuando dependía de ti, cuando te pertenecía, porque se
dejaba arrastrar por las frivolidades y los amores impuros y perniciosos.
De ahí es de donde hace falta apartar tu corazón. ¿A dónde elevarlo?
¿Dónde colocarlo? Dame tu corazón —dice la Sabiduría—para que sea
mío y lo tendrás en posesión para siempre...»
Después del canto del amor, el canto de la Resurrección. Cantate
mihi canticum novum. «Cantadme un cántico tuero.» Agustín repite estas
palabras hasta la saciedad: «Queremos resucitar de entre los muertos,
gritaban las almas deseosas de eternidad.» Y la Iglesia respondía; «En
verdad os digo, resucitaréis de entre los muertos. Resurrección de los
cuerpos. Resurrección de las almas, volveréis a nacer de nuevo.» Ningún
otro dogma ha sido comentado por Agustín con tanta pasión como éste.
Ningún otro agradaba tanto a los fieles de aquel tiempo. Reclamaban sin
cesar que se les robusteciera en la certeza de la inmortalidad y en la del
encuentro fraternal en Dios.
Con qué intrépida alegría ascendía este cántico de la Resurrección en
las claras basílicas africanas, enteramente inundadas de luz, bajo su adorno
reluciente de mosaicos y de mármoles de mil colores. Y qué lenguaje más
ingenuo y confiado hablaban esas figuras simbólicas que poblaban sus
murallas, los corderos pastando entre unas matas de hierbas, las palomas,
I06 verdes árboles del paraíso. Como en las parábolas evangélicas, las aves
192

del campo y de los corrales y los frutos de la tierra se convertían en figuras
de virtudes y de verdades cristianas. Sus formas purificadas acompañaban
al hombre en su ascensión hacia Dios. Alrededor de los chrismas místicos
se enroscaban guirnaldas de cidras, peras, granadas. Los gallos, los patos,
las perdices y los flamencos buscaban el pasto en las llanuras paradisíacas
pintados sobre los muros de las iglesias y de las necrópolis.
Esas recientes basílicas constituían verdaderamente los templos de la
Resurrección, en donde todas las criaturas del Arca salvadas de las aguas
habían encontrado su refugio. Nunca más, en los siglos venideros, volverá
a conocer la humanidad esta cándida alegría de haber triunfado sobre la
muerte y esta juventud de la esperanza.

193

3. LA CARGA EPISCOPAL
Agustín no es sólo el santo más humano, sino que es uno de los más
amables, en el sentido amplio de esta palabra que se ha hecho banal:
amable según el mundo y amable según Jesucristo.
Para poder juzgar sobre ello es preciso seguirlo en sus relaciones con
su grey, sus corresponsables, incluso con los que ataca, los más
encarnizados enemigos de la fe. La predicación, la administración
temporal y la justicia eran sólo una parte de esta carga episcopal, sarcina
episcopatuss bajo la que ha lanzado tantos gemidos. Tenía todavía que
catequizar, bautizar, dirigir las almas piadosas, precaver a los fieles contra
el error, discutir con todos aquellos que amenazaban la catolicidad.
Agustín era una luz de la Iglesia, lo sabía.
Con una conciencia y una caridad admirables hace frente lo mejor
que puede a todas esas tareas. Sólo Dios conoce el esfuerzo que le ha
costado a este intelectual cumplir con exactitud hasta las más humildes
funciones de su ministerio. Su gran aspiración había sido dedicar toda su
vida al estudio de la Sagrada Escritura y a la meditación de los dogmas. Y
no era en modo alguno por pasatiempo especulativo^ sino porque
consideraba esta ciencia como necesaria para todo aquel que predica la
palabra divina. La mayoría de los sacerdotes de su época llegaban al
sacerdocio sin una previa preparación. Tenían que improvisar rápidamente
una formación sagrada. Quedamos desconcertados ante el trabajo ingente
que hubo de realizar Agustín para completar la suya. En poco tiempo llegó
a dominar la ciencia exegética y teológica de su época. En su ardiente celo
por las divinas letras no conocía el descanso.
Y, sin embargo, no descuidaba ninguna de sus tareas. Preparaba a los
neófitos para la recepción de los sacramentos, como puede hacerlo «el
último de nuestros párrocos. Fue un catequista sin igual, tan perspicaz y
escrupuloso que sus enseñanzas pueden servir todavía de modelo a los
catequistas de hoy día. No se ocupaba únicamente de la gente culta, como
aristócrata de la inteligencia, dejando para sus diáconos el cuidado del
194

pueblo humilde de Dios. Todo el mundo tenía derecho a recibir sus
lecciones, tanto los simples campesinos como los ricos y los letrados. Un
día un colono a quien adoctrinaba le dejó plantado en medio de su
discurso. El pobre hombre, que estaba en ayunas escuchando a su obispo
de pie, se moría de hambre y sentía que las piernas le flaqueaban: prefirió
darse que caer por inanición a los pies del sabio predicador.
Con su experiencia de las personas, Agustín se informaba
cuidadosamente de la calidad de sus catecúmenos, adoptando sus
exhortaciones al carácter de cada uno. Si se trata de ciudadanos,
cartagineses, acostumbrados a vivir en el teatro y en las tabernas,
borrachos y perezosos, les habla de distinta forma que si se tratara de rudos
que no han abandonado jamás el terruño natal. Si se trata con gentes de
mundo, aficionados a las letras, no deja de elogiarles las bellezas de la Sagrada Escritura, aunque les dice era éste un mérito muy pequeño si se
compara con las verdades que encierra. A sus ojos, los más difíciles y los
más temibles de todos los catecúmenos son los profesores, los retóricos y
los gramáticos. Esta gente está enteramente henchida de vanidad, llenos de
orgullo intelectual (Agustín sabía algo de esto). Hará falta sacudirlos con
fuerza y predicarles primero la humildad de espíritu.
El santo varón va más lejos. No se preocupa tan sólo de las almas,
sino también de los cuerpos de sus auditores. Están cómodos para
escucharlo. Cuando se ve que están cansados no hay que dudar en hacer
que se sienten, como se suele practicar en las basílicas de ultramar.
«Nuestra arrogancia sería insoportable —dice— si impidiéramos que
se sentaran en nuestra presencia unos hombres que son nuestros hermanos
y, aún más, unos hombres que tenemos que esforzarnos, con toda la solicitud posible, porque sean nuestros hermanos...»
Cuando se da cuenta de que bostezan «trata de contarles cosas que
despierten su atención o que disipen los tristes pensamientos que podrían
haberse adueñado de su espíritu». El catequista debe mostrar unas veces
una alegría tranquila —la alegría de la certeza— y otras un gozo que
arrastre al convencimiento. «Siempre con esa alegría de corazón que
debemos tener cuando enseñamos.» Incluso si nosotros mismos, por una u
otra razón, estamos tristes, acordémonos de que Cristo ha muerto por los
que nos escuchan. ¿Es que el pensamiento de traerle discípulos no bastará
a devolvernos la alegría?
El obispo Agustín dio ejemplo a sus sacerdotes. Era poco haber
preparado la conversión de sus catecúmenos con esa delicadeza de
195

psicólogo y esa caridad tan cristiana: los acompaña hasta el final y los
exhorta una vez más ante la pila bautismal.
¡Cómo ha cambiado! Nos viene en seguida a la memoria el huésped
Romaniano y de Maulio Teodoro, el joven que seguía (con asiduidad) la
caza en Tagaste y que hablaba de literatura y de filosofía en presencia de
un auditorio selecto teniendo por paisaje los hermosos horizontes del lago
de Como. Ahora se mezcla con los campesinos, los esclavos, los marineros
y los mercaderes. Se encuentra a gusto entre ellos. Es su rebaño. Tiene que
quererlos con toda su alma, en Jesucristo. ¡Qué esfuerzo y qué victoria
sobre sí mismo representa esta nueva actitud! Ya que, en realidad, este
amor hacia los humildes no era natural en él. Tuvo que poner en ello una
voluntad heroica, ayudada por la Grada.
Semejante abnegación se puso a descubierto cuando pasó a ser
director de conciencias. En este aspecto estaba obligado a entregarse más
por completo: a merced de las almas que le interrogaban y le consultaban
como si fuera su módico. Se dedicaba a aconsejarlos y a mantener sin
descanso la pureza de las costumbres. Empresa casi desalentadora esta de
doblegar paganos endurecidos, sobre todo africanos, a la disciplina cristiana. Agustín les reprocha continuamente su embriaguez, su glotonería y
su lujuria. No era únicamente la gente del pueblo quien se emborrachaba y
organizaba francachelas. Los ricos, en sus festines, se atiborraban
(literalmente hasta reventar). El obispo de Hipona no desperdicia ninguna
ocasión para recordarles la sobriedad.
Con mayor frecuencia, les llama la a tendón sobre la castidad.
Escribe a este respecto largas cartas que constituyen verdaderos tratados.
En ellos se dibujan perfectamente las costumbres de la época y del país.
Puede verse cómo los maridos se arrogaban con orgullo el derecho al amor
libre, al propio tiempo que obligaban a sus mujeres a la fidelidad conyugal.
Castigaban a la adúltera con la muerte, mas para ellos era cosa permitida.
Abusaban del divorcio. Bajo el más pequeño pretexto, enviaban a su
esposa el libellus repudii, el libelo de repudio, como se sigue practicando
hoy entre los pueblos islámicos. En esta sociedad en plena transformación,
a los cristianos rigurosos se les planteaban continuamente casos de
conciencia: por ejemplo, un hombre que ha repudiado a su mujer, bajo
pretexto de adulterio, ¿puede casarse con otra? Agustín defendía que el
matrimonio es indisoluble mientras los dos cónyuges están en vida. Mas,
¿no constituiría este impedimento un incentivo para que los maridos
matasen a sus mujeres adúlteras, con objeto de poder contraer nuevo
matrimonio? Otra duda: un catecúmeno divorciado según la ley pagana y
196

vuelto a casar después se presenta al bautismo, ¿no es un adúltero a los
ojos de la Iglesia? Un hombre que vive con una cortesana y que no lo
oculta, que incluso confiesa su intención de continuar el concubinato,
¿puede admitírsele al bautismo? Agustín tiene que responder a todas estas
preguntas, descendiendo a los más pequeños detalles de la casuística.
¿Está prohibido, incluso con peligro de morir de hambre, comer
carnes consagradas a los ídolos? ¿Puede uno cerrar un trate con los
camelleros o con los jefes de convoy indígenas que juran invocando a sus
dio^ ses el cumplimiento del contrato? ¿Se puede mentir en determinadas
circunstancias? ¿Para introducirse entre los herejes fingiendo ser uno de
los suyos, y así poder espiarlos y denunciarlos? ¿Se puede permitir el
adulterio con una mujer que promete a cambio denunciar a los herejes...?
El obispo de Hipona proscribe severamente estos procedimientos torcidos
y vergonzosos, todos esos compromisos contrarios a la recta moral
evangélica, pero sin pecar de intransigencia o rigorismo, recordando que la
malicia del pecado radica sobre todo en la intención y en el consentimiento
de la voluntad. En fin, es preciso tolerar o sufrir lo que no se puede
impedir.
Otros problemas, sobre los que no podemos detenernos, nos dan una
idea clara de la corrupción de las costumbres paganas. Agustín tenía
mucho que hacer por mantener la observancia cristiana en un ambiente
como éste, en donde los mismos cristianos estaban más o menos
contaminados de paganismo. Mas si la grey de los pecadores y de los
tibios era difícil de dirigir, quizá lo era aún más la de los devotos.
Estaban, por su parte, los «continentes», viudos y viudas que habían
hecho voto de castidad, para quienes este, voto era una carga; las vírgenes
consagradas, que llevaban una vida demasiado mundana; las religiosas que
se rebelaban contra su director o su superiora; los monjes antiguos siervos
que no querían continuar trabajando, o charlatanes que explotaban la
credulidad pública vendiendo amuletos y ungüentos milagrosos; después,
las mujeres casadas que se negaban a sus maridos, las que hacían donación
de sus bienes a los pobres sin el consentimiento de su esposo; y también
las vírgenes y continentes orgullosos que despreciaban y condenaban el
matrimonio.
Seguidamente, la muchedumbre de almas piadosas que interrogaban
a Agustín sobre puntos dogmáticos y que deseaban saberlo y aclararlo
todo: las que pretendían, ya aquí en la tierra, contemplar a Dios cara a cara,
saber cómo resucitaremos y que preguntaban si los ángeles tienen cuerpo...
Agustín se queja de que se le importune de esta forma, él que tiene odas
197

preocupaciones en la cabeza, y que lo aparten de sus estudios. Pero, Heno
de caridad, se esfuerza por con tentar a todo el mundo.
Así, pura, se tiene que ver obligado a tener correspondencia con
numerosas personas. Aparte de sus amigos y compañeros, escribe a
desconocidos y a extranjero, a altos dignatarios y a gente de condición
humilde; a los procónsules, a los condes y a los vicarios de Africa, al todo
poderoso Olympius, maestro de ceremonias del emperador Honorio, o
también «a la muy honorable dama Máxima», «a la muy santa señora
Albina», que pertenece a la nobleza provincial, o a la más alta aristocracia
romana. ¿A quién no escribió?
Y lo que más se admira en sus cartas es que no responde a la ligera,
Como para saldar una pesada obligación. Casi todas contienen una
enseñanza doctrinal, que ha meditado atentamente. Muchas de ellas
estaban destinadas a la publicidad: son verdaderas pastorales. Con todo,
pese a la gravedad del tono empleado, el letrado y el mundano de antaño
se vislumbran todavía. De acuerdo con las costumbres de la época, sus
corresponsables abrumaban al obispo con los más hiperbólicos elogios.
Los acepta con ceremonia, pero, en, fin, los admite como su testimonio de
caridad por parte de sus hermanos. Se esfuerza buenamente por
devolverles el cumplido. No debemos escandalizarnos demasiado cuando
vemos que los hombres de letras de hoy en día han envilecido la alabanza
a fuerza de prodigarla y exagerarla. Los más austeros contemporáneos de
Agustín, e incluso él mismo, los sobrepasan con mucho en el arte y el
abuso de la admiración.
Siempre elegante y florido, Paulino de Nola le escribe: «Sus cartas
son un colirio de iluminación extendido sobre los ojos de mi espíritu.»
Agustín, que le reprochaba la rareza de las suyas, respondía con frases que
no habrían desautorizado a nuestros «preciosas, «¡Vaya! ¿Me deja pasar
dos veranos —y dos veranos africanos— con esa sed? ¡Quiera Dios que
introduzca en el opulento banquete de su libro el largo ayuno que me ha
hecho sufrir con sus escritos durante un año entero! Si todavía no tiene
preparado este festín, no cesaré de quejarme, a menos que en la espira no
me envíe algo que me sirva de sustento...»
Un tal Audax, que había solicitado del gran personaje el honor de una
carta particular, lo llamaba «el oráculo de la ley», le aseguraba que todo el
mundo lo elogiaba y admiraba, como último argumento lo exhortaba en
verso a «dejar caer sobre él el rocío de su divina palabra». Con modestia y
afabilidad, Agustín le devuelve sus cumplidos, no sin antes insinuar en su
respuesta una pizca la malicia: «Permítame que le haga observar que
198

vuestro quinto verso tiene siete pies: ¿os ha engañado vuestro oído o quizá
quería comprobar si aún era capaz de juzgar estas cosas...?»
Verdaderamente está siempre capacitado y no le descontenta que lo sepan.
Un joven griego llamado Diosdoro, de paso por Cartago, le hizo algunas
preguntas sobre la filosofía de Cicerón. Agustín se indigna de que se
atrevan a molestar a un obispo por semejantes naderías. Poco a poco se va
calmando y, llevado de su antigua pasión, acaba por dirigir al joven en
cuestión toda una disertación sobre este tema.
Son faltas ingenuas. Jumo a sus cartas demasiado literarias, eruditas o
profundas, hay otras sencillamente deliciosas, como la que escribió a
aquella joven de Cartago que se llamaba Sapida. Había bordado una túnica
para su hermano. Al morir éste, suplicó a Agustín que se dignase ponerse
aquella túnica, diciendo que esto sería para ella un gran consuelo en su
dolor. Id obispo consintió con amabilidad: «Acepto ese vestido —le dijo
—, y ya antes de escribirte he comenzado a llevarlo...» Después, con
delicadeza, la compadece por su pena y la exhorta a la resignación y a la
esperanza: «No hay que reprochar a los hombres que lloren la muerte de
los seres queridos... Cuando se piensa en ellos y cuando por la fuerza de la
costumbre se les busca a nuestro alrededor, el corazón se desgarra y caen
las lágrimas como la sangre de nuestro corazón destrozado...»
En suma, con magníficas palabras le canta el himno de la
resurrección:
«Hija mía, tu hermano vive en su alma, aunque duerma en su carne.
El que duerme, ¿no se volverá a despertar? Dios, que ha acogido su alma,
la restablecerá en su cuerpo, del que ha sido separado, no para destruirlo,
sino para devolvérselo un día...»
Esta correspondencia, a pesar de ser voluminosa, no es nada
comparada con los innumerables tratados dogmáticos o polémicos. Fue la
obra de toda una vida, y a través de ellos lo ha conocido la posteridad. El
teólogo y el polemista han terminado por ocultar al hombre en Agustín.
Hoy en día nos interesa quizá más el hombre. Es un error. El no hubiera
admitido, ni por un momento, que prefirieran sus Confesiones a sus tratados sobre la Gracia. No concibe un mayor empleo de su espíritu ni una
obligación más importante para un obispo que estudiar, comentar la
Sagrada Escritura, sacar las definiciones más precisas de los dogmas.
Creer para comprender, comprender para creer mejor, es un movimiento
sin fin de la inteligencia que va de la fe a Dios y de Dios a la fe. Se dedica
199

a esta gran tarca, sin sombra de preocupación literaria, con una entera
abnegación de sus gustos y de sus opiniones personales; se olvida por
completo de sí mismo.
Tan sólo una vez ha pensado en él, y es precisamente en sus
Confesiones, que los modernos comprenden tan mal y en donde buscan
algo distinto a la intención del autor. Las compuso al día siguiente de su
elevación al episcopado para justificarse ante las calumnias que se habían
divulgado sobre su conducta. Parece haber querido decir a sus detractores:
«Me creéis culpable: lo soy, efectivamente, y quizá más de lo que vosotros
pensáis, pero no como lo pensáis…» Una gran idea religiosa transfigura
esta defensa personal. No es tanto una confesión o una excusa de sus
faltas, en sentido actual de la palabra, como la glorificación perpetua de la
misericordia divina. No es sólo la vergüenza de sus pecados, sino la gloria
de Dios lo que confiesa.
Después de esto ha pensado únicamente en la Verdad y en la Iglesia,
y en los enemigos de la Verdad y de la Iglesia: los maniqueos, los arríanos,
los pelagianos, los donatistas. No deja pasar un error sin refutarlo ni un
libelo sin responder adecuadamente. Está constantemente en la brecha.
Podría comparársele, en muchos de sus escritos, a uno de nuestros
periodistas de combate. Puso en esta tarea, a menudo ingrata, un vigor y
una sutileza dialéctica extraordinarios: siempre, y en todas partes tenia que
reservarse la última palabra. Empleaba su elocuencia, y mucho más
todavía, la caridad e incluso, a veces, el ingenio. Ponía, en fin, una
paciencia que nada desanimaba. Ha repetido cien veces las mismas cosas.
Estas enojosas repeticiones —la obstinación de sus adversarios le obligaba
a ello— constituían para él un verdadero sufrimiento. Cada vez que era
preciso volvía a repetir, sin cansarse, la interminable demostración.
Cuando, estaba en juego la verdad, Agustín no se concedía el derecho de
callarse.
En Africa y en otros sitios se burlaban de lo que llamaban su manía
de escribir. El mismo, en sus Refractaciones, se asusta del número de sus
obras. Medita la palabra de la escritura con que le objetaban bromeando
los donatistas: Vae multum loquentibus. «¡Ay de los que hablan mucho!»
Mas él, tomando a Dios por testigo, les decía: Vas tacentibus da te!... «¡Ay
de los que no hablan de ti!» En las presentes circunstancias el silencio
hubiera sido a los ojos de Agustín una cobardía. Y en otra parte añadía:
«Se me puede creer, si se quiere: prefiero dedicarme a la lectura que a
escribir libros.»
200

Su modestia era, en todo case, evidente: «Yo mismo —confiesa—
estoy casi siempre descontento de lo que digo.» A los herejes les declaraba,
dando un rodeo sobre sus propios errores: «Sé por experiencia lo fácil que
es equivocarse.» Cuando existe alguna duda en materia de dogma no
pretende imponer sus explicaciones: se limita a proponérselo a los lectores.
Cuánta humildad intelectual hay en esta oración con que pone fin a su gran
obra sobre la Trinidad: «Señor Dios mío, única Trinidad, si he dicho algo
en esos libros que provenga de Ti, que Tú y los tuyos lo reconozcan. Si,
por el contrario, viene de mí, que Tú y los tuyos me lo perdonen.»
Cuánta tolerancia y caridad encontramos todavía en esas
exhortaciones a los fieles de su diócesis que, perseguidos antes por los
donatistas, ardían en deseos de tornar la revancha:
«Hermanos míos, la voz de vuestro obispo resuena en vuestros oídos:
os suplica a todos vosotros que formáis parte de esta Iglesia que os
guardéis de insultar a los ausentes; rezad más bien, a fin de que puedan
entrar en vuestra comunión...»
En otro sitio recuerda a sus sacerdotes que es preciso predicar a los
judíos con un espíritu de amor y mansedumbre, sin preocuparse por saber
si os escuchan con complacencia o indignación: «No debemos —dice—
levantamos orgullosamente contra esas ramas quebradas del árbol de
Cristo.»
Esta caridad y esta moderación no disminuían en nada la firmeza de
su carácter. Lo demostró de forma evidente en el debate que sostuvo con
San Jerónimo a propósito de un pasaje de la Epístola a los Gálatas y de la
nueva traducción de la Biblia que éste iba a empezar. El solitario de Belén
veía una ficción de San Pablo en el pasaje en cuestión: para Agustín era
una «mentira». ¿Qué iba a ser entonces de la verdad evangélica si en ese
lugar el Apóstol había mentido? ¿No era esto dar pie para autorizar todas
las fantasías exegéticas de los heresiarcas, que rechazaban como interpolados ciertos versículos de los libros sagrados ero contradicción con sus
doctrinas...?
Por lo que se refiere a la nueva versión de la Biblia, sembraba el
desconcierto en las Iglesias de Africa, en donde estaban acostumbrados a
la antigua versión de los Setenta. Los contrasentidos que Jerónimo
señalara en la antigua traducción desconcertaban a los fíele.» y les inducía
a sospechar en la falsedad de toda la Escritura. Por razones de prudencia,
dignas de elogio, Agustín defendía a la vez en este doble asunto la
ortodoxia y la tradición.
201

Jerónimo replicó en un tono de lo más agresivo y airado. Acusó
claramente al obispo de Hipona de tener envidia y de querer crearse una
reputación de ciencia a sus expensas. Frente a su adversario, más joven y
dinámico, tomaba un aire de viejo luchador capaz todavía de aplastar a
quien tuviera la audacia de atacare. Le lanzó esta frase, preñada de
amenazas: «El buey fatigado, por estarlo, se mantiene más firme sobre sus
cuatro patas.»
No por eso Agustín dejaba de sostener su opinión, limitándose a
responder con delicadeza: «Sobre cualquier cosa que diga, no solo estoy
siempre dispuesto a recibir fraternalmente vuestras observaciones sobre
aquello que podría heriros y sería contrario a nuestros sentimientos, en mis
escritos, sino que incluso le pido sus consejos con la más viva
insistencia...»

202

4. CONTRA LOS «LEONES RUGIENTES»
Un día —era al comienza de su episcopado— Agustín visitaba, en los
contornos de Hipona, a un colono católico cuya hija, adoctrinada por los
donatistas, acababa de inscribirse entre sus vírgenes consagradas. El padre
había lanzado primero el grito al cielo contra la tránsfuga y, para
convertirla a mejores sentimientos, se había puesto a golpearla. Enterado
del asunto, Agustín censuró la brutalidad del colono, declarando que él no
acogería a la joven en la comunidad si ella no venía libremente. Se
presentó en el lugar, con el fin de arreglar las cosas, cuando al cruzar una
finca que pertenecía a una matrona romana se encontró con un sacerdote
donatista de la iglesia de Hipona. Este comenzó en seguida a insultarlo, y
tanto él como sus acompañantes se pusieron a gritar:
— ¡Abajo los traidores! ¡Abajo los perseguidores!
Y lanzaban perjuros contra la misma matrona propietaria del terreno.
Agustín, por prudencia y por caridad cristiana, no respondió. Prohibió
incluso a las personas de su séquito de hacer pasar un mal rato al que
insultaba.
Estos incidentes se reproducían casi todos los días. Al mismo tiempo,
los donatistas de Hipona volvían a bautizar con gran ruido a otro apóstata
de la comunidad católica. Era un sujeto indeseable que golpeaba a su
madre, ya anciana, y a quien el obispo había reprochado con severidad esta
conducta monstruosa:
—Puesto que es así —había replicado el individuo—, me voy a
hacer donatista.
Por bravata, continuó maltratando a la pobre vieja, profiriendo las
peores amenazas. Le gritaba con un furor salvaje:
—Sí, me haré donatista y beberé tu sangre.
El joven desalmado se pasó, efectivamente, al partido de Donato.
Como era costumbre entre los herejes, fue otra vez solemnemente
bautizado en su basílica y se mostró en la tribuna revestido del traje blanco
203

de los purificados. Esto causó un gran escándalo en Hipona. Agustín,
indignado, envió un mensaje a Proculiano, obispo donatista: «y bien, ese
hombre manchado de sangre, con un crimen sobre su conciencia, iba a pasearse durante ocho días, vestido de blanco, como un modelo de inocencia
y de pureza Pero Proculiano no se dignó contestarle.
Estos métodos llenos de cinismo eran poca cosa comparados con las
molestias que los donatistas causaban diariamente a sus adversarios. No
sólo pervertían al rebaño de Agustín, sino que molestaban continuamente a
los colonos de la Iglesia católica y sus propiedades eran saqueadas, puestas
a rescate e incendiadas por bandas de facinerosos fanáticos que, de una
punta a otra de Numidia, sembraban el terror.
Respaldados secretamente por los donatistas, se llamaban a sí
mismos: «Los atletas de Cristo». Los católicos les habían puesto el nombre
injurioso de «circunceliones» o saqueadores de bodegas, porque solían
entrar a saco en tas bodegas y en los graneros. Un grupo de histéricas y
fanáticas mujeres se había unido a ellos, recorriendo los campos como
verdaderas bacantes, destrozando a los que tenían la desgracia de caer
entre sus manos, quemando las quintas y las cosechas, desperdiciando los
toneles de vino y aceite y coronando sus hazañas celebraban orgías con los
«atientas de Cristo». Cuando veían arder un montón dé paja en el campo,
los colonos se inquietaban: los circunceliones no estaban lejos. Pronto
aparecían, blandiendo sus porras y lanzando su grito de guerra: «Deo
laudes! Alabanza a Dios!» «Vuestro grito —les decía Agustín— es mucho
más temible por los nuestros que el rugido de los leones.»
Hacía falta a toda costa defenderse contra esas bestias salvajes,
resistir a las invasiones y a los golpes de fuerza de los herejes. Estos, para
intimidar a los obispos católicos, les declaraban brutalmente:
—No pretendemos discutir con vosotros y queremos rebautizar a
nuestro antojo. Deseamos colocar trampas a vuestras ovejas y desgarrarlas
como lobos. ¡Vosotros, si sois buenos pastores, callaos!
Agustín no era un hombre que se callase ni que malgastase sus
esfuerzos en las pequeñas disputas locales. Tenía una visión amplia; no se
dejaba aprisionar por los límites de su diócesis. Sabía que Numidia y una
buena parte de Africa estaban en manos de los donatistas, que había en
Cartago un primado rival del primado católico y que incluso habían
enviado a Roma un papa de su comunidad. En fin 3 era la mayoría. Una
iglesia disidente sí superponía en todas partes a la Iglesia católica, cuando
no lograba ahogarla. Para Agustín y para sus fieles se trataba, en primer
204

lugar, de asegurarse; su propia existencia, puesto que los atacaban hasta en
sus campos y en sus casas. Desde su llegada a Hipona se lanzó
intrépidamente a la lucha como simple sacerdote. Desde entonces no tuvo
ningún descanso hasta que el donatismo fue vencido y rechazado.
Restablecer en todas partes la paz y la unidad católicas fue la gran labor de
su episcopado.
¿Quiénes eran, pues, estos terribles donatistas con quienes nos hemos
tropezado de continuo desde el comienzo de esta historia?
Hacía ya cerca de un siglo que agitaban y desolaban Africa. La secta
nació poco después de la persecución de Diocleciano y se desarrolló con
una rapidez asombrosa. Durante esta persecución se había podido constatar
el relajo moral de la Iglesia en Africa. Numerosos laicos apostataron c
innumerables clérigos y obispos entregaron a las autoridades paganas,
junto con los objetos de cuita, la Sagrada Escritura y los archivas de la
comunidad. En Numidia, sobre todo en Constantina, se produjeron
incidentes escandalosos. La cobardía del clero fue lamentable. La opinión
pública tachó de traditares o traidores a los que habían flaqueado y
entregado los libros sagrados a los paganos.
Una vez pasado el peligro, los númidas, cuya conducta había sido tan
poco brillante, quisieron pagar con audacia y demostrar, con un gran
descaro, que habían sido más valientes que los otros. Tachaban de traidor a
cualquiera que no les agradara, y de manera especial, a los de Cartago y a
los de la Proconsular. Era, en el fondo, la vieja rivalidad entre las dos Africas, la del Este y la del Oeste.
Bajo el reinado de Constantino —la paz se había restablecido—,
cuando se trata de elegir un nuevo obispo de Cartago, el archidiácono
Ceciliano, que se había presentado como candidato, fue acusado de haber
impedido a los fieles visitar a los mártires en sus prisiones. Los puros
pretendían que, de común acuerdo con su obispo Mensurio, habían
entregado a, las autoridades romanas las Sagradas Escrituras para que
fueran quemadas. La elección se anunciaba turbulenta. Los partidarios del
archidiácono, temiendo las represalias de los obispos númidas, no
esperaron su llegada. Precipitaron las cosas. Ceciliano fue elegido y
consagrado por tres obispos de los contornos, entre los que figuraba un
cierto Félix de Abthugni.
En seguida el clan opuesto protestó, de acuerdo con los númidas.
Teman a la cabeza una rica española, llamadla Lucilla, devota exaltada
que, según parece, llevaba siempre encima un hueso de mártir de
205

procedencia sospechosa. Antes de recibir la Eucaristía besaba su reliquia
con ostentación. El archidiácono Ceciliano, como le hubiere prohibido esta
devoción por Juzgarla supersticiosa, tuvo a la fanática española como una
enemiga encarnizada. Volvieron a repetir contra él las antiguas
acusaciones, añadiendo que Félix de Abthugni, que lo había consagrado,
era un traidor: por el solo hecho de la indignidad de uno de los prelados
consagrantes, la elección era, por tanto, inválida. Los obispos reunidos en
concilio, una parte de los cuales había sido sobornada por Lucilla,
depusieron a Ceciliano, eligiendo en su lugar al diácono Majorino. Este
fue pronto reemplazado por Donato, hombre dinámico, inteligente y
enérgico, quien organizó hábilmente la resistencia, encarnando tan bien el
espíritu de la secta a la que dio su nombre. El donatismo entraba desde
entonces en la historia.
Mas Ceciliano contaba con los obispos de ultramar y con el gobierno
imperial. El Papa de Roma y el emperador reconocieron la legitimidad de
su elección. Le disculpó, además, de todas las acusaciones formuladas
contra él. En fin, una encuesta llevada a cabo por la autoridad laica
demostró que Félix de Abthugni no era un traidor. Los donatistas apelaron
a Constantino y después a dos concilios convocados, sucesivamente, en
Roma y en Arles. En todas partes fueron condenados. El concilio de Arlés
declaró, además que las cualidades del que confiere los sacramentos no
influyen en modo alguno sobre su validez. Así, pues, el bautismo y el
orden, aun en el caso de que fueran administrados por un traidor,
permanecían intactos desde el punto de vista canónico.
Esta decisión fue acogida por los donatistas como una abominable
herejía. Existía, en efecto, una antigua tradición africana, admitida por el
mismo San Cipriano, según la cual un sacerdote indigno no podía administrar los sacramentos. Los prejuicios locales en nada se disiparon: de
nuevo fueron bautizados los que lo habían sido por católicos, es decir, por
los partidarios de los traidores.
Mas la cuestión teológica se complicaba con un problema material
poco más que insoluble. Puesto que estaban dispuestos a separarse de la
comunión católica, los obispos donatistas, ¿iban a renunciar, junto con sus
títulos, a sus basílicas y a los bienes de sus iglesias? Incluso admitiendo
que obraran desinteresadamente, detrás de ellos había toda una
muchedumbre; de clientes y colonos cuyo sustento les venía de la Iglesia,
que vivían en sus fincas. Jamás permitiría esta gente que un partido rival
apartare las limosnas, se instalara en sus tierras y en sus chozas y los
expulsara de sus cementerios y de sus basílicas. Es posible que unas razo206

nes todavía más profundas llevaron a los donatistas a perseverar en el
cisma. Estas disputas religiosas fomentaban el viejo espíritu de división,
que ha sido en todas las épocas el genio malo de Africa. El africano ha sentido siempre la necesidad de aislarse en «cofo», enemistados entre sí. Se
detestan entre pueblos vecinos, sin motivo alguno, por el simple placer de
odiarse y aporrearse mutuamente.
En el fondo es eso el donatismo: un exceso agudizado de
individualismo africano. Sus rebeldes no han innovado nada en materia de
dogma. No hubieran llegado siquiera a ser herejes a no ser por su
pretensión de rebautizar. Se limitaban a mantener una posición adquirida
hacía largo tiempo, a conservar sus iglesias y sus propiedades o a
apropiarse de las de los católicos con pretexto de que eran ellos mismos
los legítimos propietarios. Además, profesaban un gran respeto a la
tradición, una austeridad en las costumbres y en la disciplina, que hacía de
ellos verdaderos puritanos. Sí, en realidad, eran los puros, los
intransigentes, los únicos que no se habían doblegado ante los funcionarlos
romanos. Todo eso agradaba mucho a los descontentos y a los enredadores
y fomentaba el instinto popular en sus tendencias al particularismo.
Por eso esta secta se fue adueñando poco a poco de casi todo el país.
Después se subdividió, partiéndose en pequeñas iglesias que
excomulgaban mutuamente. Thimgad y Bagai, situadas en el sur de
Numidia, eran, valga la expresión, las ciudades del donatismo ortodoxo.
Cartago, con su primado, era el centro oficial. Mas en Bizaccnc y la
Tripolitania había maximianistas; en Mauritania, rogatistas, que se habían
separado de la Gran Iglesia. Esta diversidad de asmas respondía bastante
bien a las regiones naturales de Africa del Norte. Hay que pensar que
existía incompatibilidad de carácter entre las diferente, regiones. Todavía
en la actualidad Argel presume de no pensar como Constantina, que, a su
ver, difiere en su forma de pensar de Bona y de Túnez.
¿Hay en el donatismo un movimiento nacionalista o separatista,
dirigido contra la dominación romana? Ello equivaldría a juzgar la
antigüedad con ideas modernas. Como en nuestras días, tampoco en
tiempo de Agustín existía la nacionalidad africana. Mas si los sectarios no
pensaban en modo alguno separarse de Roma, no es menos cierto que se
habían rebelado contra sus representantes, tanto en el orden temporal como
en el espiritual. Suponiendo que Roma hubiera cedido —cosa, por otra
parte, imposible—, esto suponía capitular ante las pretensiones de los
africanos, que querían ser en su casa los dueños de los bienes y de las
creencias. ¿Qué más hubieran podido desear? Poco les importaba el dueño
207

nominal, con tal que tuvieran en sus manos la realidad del dominio. En
suma, el donatismo es una reivindicación regionalista muy fuertemente
caracterizada. Un hecho que conviene hacer notar: era entre los indígenas,
ignorantes de latín, entre quienes reclutaban una buena parte de sus
adeptos.
Así estaba la situación de la Iglesia en Africa cuando Agustín fue
nombrado obispo de Hipona. Supo en seguida juzgarla, con su
clarividencia y su firme sentido común, su amplio golpe de vista de
ciudadano romano, ajeno a las menudencias del espíritu pueblerino, su
idealismo de cristiano que sabe pasar por alto las contingencias y las
consideraciones materiales... ¿Iba a convertirse el catolicismo en una
religión africana, en una secta cerrada, apegada miserablemente a la letra
de la tradición y a las prácticas externas del culto? ¿Habría muerto Cristo
para reinar sobre un pequeño rincón del mundo...? No, no; Cristo ha
muerto por todo el mundo. Su Iglesia tiene como límites los del universo.
Y, además, en este partido exclusivista, qué pasa con el gran principio de la
caridad. Es, sobre todo, la caridad la que nos hace ser cristianos. ¡La fe sin
amor es una fe inoperante, una fe muerta...!
Agustín adivinaba también Vas consecuencias de la separación
espiritual: las tenía ya ante sus ojos. La Iglesia es la gran fuente no sólo del
amor, sino también de la inteligencia. Separado de esta fuente de agua
viva, el donatismo se secaría, quedando raquítico como la rama desgajada
del árbol. Iba a empobrecerse el profundo sentido de sus dogmas, al mismo
tiempo que sus obras se vaciaban del espíritu de caridad. Testarudez,
estrechez de miras, falta de inteligencia, fanatismo y crueldad: estos son
los frutos inevitables del cisma. Agustín conocía la rudeza y la ignorancia
de sus adversarios; incluso la de los más letrados; pedía preguntarse con
angustia qué iba a ser de la Iglesia en Africa, privada del bien de la cultura
romana, aislada de esa gran corriente intelectual que agrupaba todas las
iglesias de ultramar.
En fin, conocía a sus compatriotas: sabía que los donatistas, incluso
en el caso de que vencieran y se convirtieran en los únicos amos del país,
volverían contra ellos el furor que ahora desahogaban sobre los católicos y
que no cesarían por ello de destrozarse mutuamente. Hacía ya cerca de
cíen años que habían puesto a Africa a sangre y fuego. En breve plazo
sería la vuelta a la barbarie. Segregados del catolicismo, se separarían, en
realidad, del Imperio e incluso de la civilización. De esta forma, luchando
por la unidad católica, Agustín combatía por el Imperio y la civilización.
208

Frente a esos bárbaros y sectarios, su postura no podía ser en ningún
momento dudosa. Tenía que poner todo su esfuerzo en traerlos de nuevo al
seno de la Iglesia. Faltaban por examinar los medios más eficaces.
Para un orador como él, la predicación podía ser un arma poderosa.
Su elocuencia, su dialéctica y su erudición profana y sagrada le daban una
enorme superioridad sobre los apologistas del partido contrario. Es cierto
que logró retener en el seno de la Iglesia numerosos católicos que estaban
dispuestos a apostatar. Mas, ante la gran muchedumbre de cismáticos, esos
maravillosos dones servían de muy poca cosa. El pueblo no sentía ninguna
inquietud por conocer en qué lado se encontraba la verdad. Eran donatistas
como eran númidas o cartagineses, sin saber por qué, porque todo el
mundo de su alrededor lo era. Muchos de ellos hubieran podido contestar
como' aquel gramático de Constantina, que, con astuta ingenuidad,
respondía a los que le interrogaban:
—Soy profesor de literatura romana, gramático latino. Mi padre fue
decurión en Constantina, mi abuelo soldado y sirvió en la guardia. Nuestra
familia tiene sangre mora... Ignoro el origen del cisma: soy un fiel
cualquiera en el pueblo de los cristianos. Estando en Cartago vino un día el
obispo Secundo. Descubrieron, según dicen, que el obispo Ceciliano había
sido ordenado irregularmente por no sé quién y eligieron contra él otro
obispo. Así comenzó el cisma en Cartago. No pude saber a ciencia cierta el
origen del cisma porque nuestra ciudad, desde siempre, sólo ha tenido una
Iglesia. Si ha habido un cisma, nosotros no estamos enterados...
Cuando un profesor de gramática se expresaba en estos términos,
¿qué pensarían los colonos, los artesanos y los esclavos? Formaban parte
de un territorio o de un barrio en donde jamás se había profesado otra fe
que la suya. Eran donatistas con sus patrones o sus vecinos, como la gente
del «cof», al que pertenecían de padres a hijos. El aspecto teológico de la
disputa les era totalmente indiferente. Si Agustín trataba de discutir con
ellos, se negaban a escucharlo y lo enviaban a sus obispos. Era una
consigna.
Los obispos, por su parte, eludían toda discusión. Agustín intentó, en
vano, entrevistarse con su colega donatista de Hipona, llamado Proculiano.
Aunque algunos se mostraban más asequibles, las reticencias, las
escapatorias del adversario y, a veces, las circunstancias fortuitas hacían la
discusión completamente inútil. En Thubursicum, los asistentes
organizaron tanto alboroto en el local en donde Agustín conferenciaba con
el obispo Fortunio que era imposible entenderse. Otras veces, la entrevista
degeneraba en un torneo oratorio en el que se agotaban luchando sobre las
209

palabras en lugar de abordar el fondo del problema. Agustín se daba cuenta
de que estaba perdiendo el tiempo. Los obispos donatistas le oponían,
además, una obstinación contra la que todo se estrellaba:
—Dejadnos continuar en nuestros errores —decían irónicamente—.
Si a vuestros ojos estamos perdidos, ¿por qué nos buscáis? No queremos
que nos salven...
Y prohibían a su grey saludar a los católicos, dirigirles la palabra,
entrar en sus iglesias o en sus casas, o sentarse entre ellos. Ponían en
entredicho a sus adversarios. El primado donatista de Cartago, Primiano,
que había sido invitado por los católicos a una conferencia, respondía con
soberbia:
—Los hijos de los mártires no pueden juntarse con la raza de los
traidores.
En esas condiciones no había más medio pacífico que la controversia
escrita. Agustín se mostró infatigable. En este aspecto, tanto en sus cartas
como en sus tratados contra los donatistas, no tenía miedo a repetir. Sabía
que tenía que habérselas con sordos —y con sordos que no querían
escuchar: se veía obligado a forzar la voz—. Con admirable abnegación ha
machacado cien veces los mismos argumentes y cien veces ha vuelto a
contar la historia de la querella desde sus principios, difundiendo sobre las
argucias y las sutilezas de sus contradictores tal luz que lograba convencer
a los espíritus mis obtusos: «No —repetía—, Ceciliano no fue un traidor,
ni tampoco Félix de Abthugni, que lo consagró obispo. Los documentos
están ahí para demostrarlo. E incluso en el caso de que lo hubiera sido, ¿es
que la falta de uno solo puede ser imputada a toda la Iglesia...? Entonces,
¿por qué bautizáis a los católicos con el pretexto de que sus sacerdotes son
unos traidores y como tales indignos de administrar los sacramentos? Es el
sacrificio de Jesucristo y no la virtud del sacerdote lo que hace eficaz el
bautismo. Si fuera de otra forma, ¿para qué sirvió la Redención? En fin,
por la muerte voluntaria de Cristo, todos los hombres han sido llamados a
la salvación. La salvación no es únicamente privilegio de los africanos...
Por ser católica, la Iglesia debe abrazar al mundo entero...»
A la larga, estas constantes repeticiones acaban por parecer
fastidiosas a los lectores modernos: de todas esas discusiones se desprende
para nosotros un aburrimiento denso e intolerable. Pensemos, sin embargo,
que todo esto era algo particularmente candente para los contemporáneos
de Agustín y que esas ingratas disertaciones se leían con verdadera pasión.
En fin, además, se trataba de la unidad de la Iglesia y, después —no
210

dejaremos de repetirlo una vez más—, del interés del Imperio y de la
civilización.
Contra una fuerza tan persuasiva como ésta, los donatistas hadan la
conspiración del silencio. Sus obispos prohibían a los fieles leer los
escritos de Agustín. Llegaban incluso a más: le escondían sus propios libelos con objeto de que no pudiera responder. Pero Agustín sabía
ingeniárselas para descubrirlos. Los refutaba y mandaba copiar
nuevamente sus respuestas, haciéndolas colocar sobre los muros de las
basílicas. Las copias recorrían la provincia y todo el mundo romano.
Hubiera sido suficiente de tener la disputa un carácter puramente
especulativo. Mas estaban en juego grandes intereses materiales, rencores
y odios terribles. Insensiblemente, Agustín fue pasando de la polémica
verbal a la acción directa; primero, a la defensa, y después, al ataque.
Mientras que él y sus colegas se afanaban por predicar la paz, los
obispos donatistas excitaban sin parar a su rebaño a la guerra santa.
Agustín llegó incluso a recibir amenazas de muerte. En el curso de uno de
sus recorridos pastorales estuvo a punto de ser asesinado. Lo estaban
espiando en una emboscada. Por una casualidad providencial se equivocó
de camino y ese error le salvó la vida.
Su alumno Posidio, entonces obispo de Guelma, tuvo peor suerte.
Acorralado en una casa por el obispo donatista Crispino, se defendió lo
mejor que pudo. Prendieron fuego al lugar con el fin de hacerlo salir. Ya a
punto de quemarse vivo, salió, efectivamente. La banda donatista se
apoderó de él, y lo hubieran matado a golpes de no ser por la intervención
del mismo Crispino, que temía que lo acusasen de asesinato. Pero los
asaltantes habían saqueado la finca y habían matado todos los caballos y
los mulos que se encontraban en las cuadras. En Bagai, el obispo
Maximiano fue apuñalado en su premia basílica. Unos energúmenos rompieron el altar y con los reatos golpearon a la victima, dejándola por
muerta sobre las losas. Los católicos levantaron el cuerpo, pero los
donatistas se lo arrebataron de las manos y lo arrojaron desde lo alto de
una torre, pero cayó sobre un estercolero y esto amortiguó el golpe: el
desgraciado respiraba todavía y logró salir con vida milagrosamente.
Mientras tanto, los circunceliones, armados con sus matracas,
continuaban saqueando e incendiando las fincas. Torturaban a los
propietarios para sacarles el dinero. A latigazos les hacían dar vueltas a la
rueda de un molino, como si fueran animales de carga. Tras ellos, los
sacerdotes donatistas invadían las tierras y las iglesias de los católicos.
211

Volvían a bautizar al instante a los colonos (obsérvese la analogía entre
estas prácticas y las de los musulmanes africanos de hoy día, quienes en
circunstancias semejantes, empiezan por convertir a la fuerza a los colonos
cristianos). A continuación purificaban las basílicas, raspaban los muros,
baldeaban los suelos y, después de echar abajo el altar, rociaban de sal su
emplazamiento. Era una desinfección completa. Los donatistas trataban a
los católicos como apestados.
Estos hechos gritaban venganza. Agustín, a quien hasta entonces le
había repugnado solicitar la venganza por parte da los poderes públicos —
que siguiendo la tradición apostólica, no permitía a la autoridad civil
inmiscuirse en los asuntos de la Iglesia—, tuvo que ceder ante las
circunstancias y también ante la presión de sus colegas. Los concilios que
se reunieron en Cartago pidieron al emperador que se aplicaran medidas
excepcionales contra los donatistas, que se burlaban de todas las leyes
dictadas contra las herejes: cuando los citaban ante los tribunales
demostraban a los jueces —los cuales eran a menudo paganos
incompetentes— que pertenecían en realidad a la única Iglesia ortodoxa.
Era preciso acabar con este equívoco, llegar de una vez a condenar
categóricamente el cisma. De acuerdo con el primado Aurelio, Agustín fue
el gran inspirador de estas asambleas.
No juzguemos su conducta según las ideas modernas, y no le
acusemos de intolerancia. Tanto él como los demás obispos se ajustaban en
esto a la antigua tradición, que había sido la de todos los gobiernos
paganos. Roma, en particular, podía, en realidad, reconocer todas las
religiones locales, todos los cultos extranjeros, pero no permitió jamás que
ninguno de sus súbditos rehusara asociarse al culto oficial del Imperio. Las
persecuciones contra los cristianos y los judíos no tenían otro motivo. El
cristianismo, que se había convertido en una religión, quisiera o no, tenía
que exigir de los pueblos la misma obediencia. Por razones políticas
fáciles de comprender —con objeto de impedir los motines y asegurar la
tranquilidad pública—, los emperadores estaban muy interesados en que
así fuese. Aunque los obispos se hubiesen abstenido de toda queja, el
gobierno imperial hubiera actuado sin ellos y reprimido los desórdenes
causados por los herejes.
En fin, veamos la situación y los hombres tal y como eran entonces
en Africa. Se perseguía a los católicos —y eso con un furor y una crudeza
que sublevan—, que se veían obligados a defenderse. Por otra parte, la
organización de la propiedad en esos países hacía que las conversiones en
masa fueran, extraordinariamente fáciles. Multitud de colonos, artesanos y
212

esclavos campesinos vivían en los inmensos dominios de un único
propietario. Indiferentes a las cuestiones de dogma, eran donatistas tan
sólo porque su dueño lo era. Para transformar en apacibles ovejas esos
lobos hambrientos bastaba casi siempre que el dueño se convirtiera. El
gran precio de la paz dependía de una coacción ejercida sobre algunas
personas. Cuando a diario se estaba en peligro de ser asesinado o
incendiado por inconscientes energúmenos, se presentaba una fuerte tentación de recurrir a un remedio tan sencillo y tan rápido. Agustín y sus
colegas acabaron por decidirse. Además, no les quedaba otra alternativa.
Tenían que emplear la violencia, so pena de ser suprimidos ellos mismos
por el adversario.
Antes de emplear el rigor decidieron, no obstante, lanzar una suprema
llamada a la conciliación. Eos católicos propusieron a los donatistas
reunirse en una conferencia, en donde noblemente examinarían sus recíprocos agravios. Chorno los puntos de vista personales c interesados eran
el mayor obstáculo para el acuerdo, prometieron que todo obispo donatista
que se convirtiera conservaría su puesto. Allí en donde se encontraran
presentes dos obispos, uno cismático y otro ortodoxo, se pondrían de
acuerdo amigablemente para gobernar la diócesis alternativamente. En
caso de imposibilidad, se convino que el católico dimitiría en favor de su
compañero, Agustín contribuyó con toda su elocuencia a que se adoptara
esta moción casi heroica per buen número de prelados menos desapegados
que él de les bienes terrestres. Hay que reconocer que era difícil llevar más
lejos la abnegación.
Después de muchas tiranteces y dudas por parte de los cismáticos se
reunió la conferencia en Cartago, en el mes de junio del año 411, bajo la
presidencia de un comisario imperial, el tribuno Marcelino. Una vez más
fueron condenados los donatistas. Tras el informe del comisario, un
decreto de Honorio los asimiló definitivamente a los herejes. Se les
prohibió rebautizar y reunirse, bajo pena de multa o confiscación. Los
colonos y los esclavos refractarios estaban sujetos a castigos corporales, y,
en fin, los clérigos, castigados con la deportación.
El efecto de estas nuevas leyes no tardaron mucho tiempo en dejarse
sentir: respondía plenamente al deseo de los obispos ortodoxos. Un tropel
de gente entró de nuevo, o fingió entrar, en la comunión católica. Este
resultado fue, en gran parte, debido a Agustín, quien desde hacía veinte
años trabajaba para lograrlo por la predicación y la controversia. Pero,
como era de prever, no abusó de su triunfo, se puso en seguida a prendí car
la moderación a los vencedores. No había esperado para ello la derrota del
213

enemigo. Diez años antes, cuando les donatistas acorralaban en todas
partes a los católicos, decía a los sacerdotes de su comunión:
—Hermanos míos, acordaos de esto para llevarlo a la práctica y
predicarlo con imperturbable dulzura: amad a los hombres, matad la
mentira. Descansad en la verdad sin orgullo, luchad sin crueldad por ella.
Rezad, por aquellos a quienes reprendéis y a quienes mostráis su error.
Sin embargo, la victoria del partido de la paz no era tan completa
como hubiera podido creerse en un principio. Había todavía en muchos
sitios numerosos fanáticos que se obstinaban en su oposición. Los
circunceliones, exasperados, se señalaban por un recrudecimiento de: sus
locuras y atrocidades. Torturaban y mutilaban a los católicos que
apresaban. Con una refinada crueldad todavía inédita, llenaban los ojos de
sus víctimas de cal y derramaban encima vinagre. El sacerdote Restituto
fue asesinado en las cercanías de Hipona. A un obispo le cortaron la lengua
y la mano. Aunque las ciudades estaban más o menos tranquilas, el terror
volvía a reinar en el campo.
Las autoridades romanas se esforzaron por poner fin a este
bandolerismo. Cuando lograban capturarlos, castigaban, con dureza a los
culpables. Agustín, siempre caritativo, intercedía por ellos ante los jueces.
Escribía al tribuno Marcelino:
«No queremos que se vengare a los siervos de Dios con suplicios
semejantes a los que les han hecho sufrir. No nos oponemos a que se les
quite a los culpables el medio de hacer el mal, pero creemos que bastará,
sin quitarles la vida ni privarlos de algún miembro, con disuadirlos de su
insensata agitación por la represión de las leyes, volviéndolos a traer a la
tranquilidad de la razón o, en fin, impedir sus obras criminales, dándoles
algún trabaja útil... Cumplid en tales circunstancias, juez cristiano, el deber
de un padre, y sin dejar de reprimir la injusticia, no olvidéis la
humanidad...»
Esta mansedumbre de Agustín se manifestó de forma especial en un
encuentro que tuvo, con Emérito, obispo donatista de Cherchell —o, como
se llamaba entonces, Cesárea de Mauritania—, uno de los más obstinados
refractarios. Su postura respecto a este enemigo irreconciliable fue no sólo
humana, sino cortés, llena de donaire y de la más delicada caridad.
Esto ocurrió en otoño del año 418, siete años después de la gran
conferencia de Cartago, Agustín tenía sesenta y cuatro años. ¿Por qué, a
esa edad, él, que tenía una salud tan débil, emprendió ese largo viaje de
214

Hipona a Cesárea? Sabemos tan sólo que el papa Zósimo le había
encomendado una misión ante la iglesia de esta ciudad.
Con su infatigable celo, siempre dispuesto a partir a donde fuera por
la gloria de Cristo, el viejo obispo vio, sin duda, en este viaje una nueva
ocasión de apostolado. Se puso en camino, a pesar de la inseguridad de las
rutas, en aquellos tiempos tan revueltos, y del calor sofocante propio de la
estación (era a finales de septiembre). Recorrió doscientas leguas a través
de la interminable meseta númida y las regiones montañosas del Atlas,
predicando en las iglesias, deteniéndose en las ciudades y en los pueblos
para arreglar cuestiones de interés, perseguido continuamente por mil
preocupaciones y por el griterío de los querellantes y descontentos. Por fin,
tras varías semanas de fatigas y tribulaciones, llegó a Cherchell, en donde
fue huésped de Deuterio, metropolitano de la Mauritania.
Ahora bien, Emérito, el obispo desposeído, vivía escondido en las
afueras, temiendo siempre algún golpe de fuerza por parte de las
autoridades. Al conocer las buenas intenciones que animaban a Agustín
salió de su escondrijo y se dejó ver en la ciudad. Los dos prelados se
cruzaron en una de las plazas de Cesárea. Agustín, que ya lo había visto
antes en Cartago, lo reconoció, corrió a su encuentro, lo saludó e inmediatamente le propuso charlar amigablemente:
— ¡Entremos a la iglesia! —dijo—. Esta plaza no es un lugar muy
propicio para una conversación entre dos obispos.
Emérito consintió halagado. El diálogo se desarrolló en un tono tan
cordial que Agustín se regocijaba de haber conquistado al cismático.
Deuterio, siguiendo la línea de conducta adoptada por los obispos
católicos, hablaba de dimitir y restituirle su puesto. Se había convenido en
que, dos días más tarde, Emérito aceptaría una discusión pública, en la
catedral, con su colega de Hipona. Fue puntual a la cita. Un gran tropel de
gente se reunió para oír a los dos oradores. La basílica estaba abarrotada.
Entonces Agustín, volviéndose hacia el donatista impenitente, le dijo con
dulzura:
—Emérito, hermano mío, estás aquí presente. Has asistido a nuestra
conferencia de Cartago. Si en ella fuiste vencido, ¿por qué vienes aquí en
este momento? Si, por el contrario, crees que no has sido vencido, dinos
qué te ha hecho pensar que llevabas ventaja...
¿Qué había ocurrido en aquellos dos días en el alma de Emérito?
El caso es que decepcionó la esperanza de Agustín y del pueblo de
Cesárea. A las invitaciones más fraternales y urgentes, sólo respondió por
215

evasivas Finalmente se encerró en un mutismo orgulloso, del que fue
imposible hacerle salir.
Agustín se volvió sin haber convertido al hereje. Aquello constituyó
para él una decepción dolorosa. Sin embargo, no exteriorizó ningún
resentimiento: se preocupó incluso de mirar por la seguridad del
refractario, temiendo que el pueblo amotinado le causara alguna afrenta.
No obstante, cuando pensaba en los resultados obtenidos desde hacía unos
treinta años de lucha contra el cisma, podía tener la certeza que había
trabajado bien en favor de la Iglesia. El donatismo estaba, por fin, vencido,
y vencido por él... ¿Iba, en fin, a poder descansar con el único reposo que
conviene a un alma de su clase, en la meditación y en el estudio asiduo a
las Escrituras? ¿Podría, desde ahora, vivir menos Como obispo y un poco
más como monje? Este era siempre el deseo ardiente de su corazón.
Pero, en Hipona le esperaban nuevas y peores pruebas.

216

VI. FRENTE A LOS BÁRBAROS
Et nunc veniant omnes quicumque
amant Paradisum, locum quietis, locum
securitatis, locum perpetuae felicitatis,
locum in quo non pertimescas
Barbarum...
«Y ahora que vengan todos aquellos
que aman el Paraíso, lugar de reposo,
lugar de seguridad, lugar de eterna
felicidad, en donde el bárbaro ya no es
temible...»
(Sermón sobre la persecución de los
bárbaros, VII, 9.)

1. EL SACO DE ROMA
Durante el mes de junio del 403, un suceso extraordinario había
conmovido la antigua capital del Imperio. El joven Honorio, acompañado
del regente Estilicón., venía para celebrar su triunfo sobre Alarico y el
ejército de los godos, que había sido dispersado en Polonia
Para los romanos, una entrada triunfal era, en efecto, un espectáculo
realmente extraordinarios Habían perdido ya la costumbre. No menos
insólita era la presencia del emperador en el Palatino. Desde el reinado de
Constantino, los palacios imperiales habían permanecido desiertos. Apenas
cuatro veces en un siglo habían recibido la visita del señor.
Roma no podía resignarse al abandono de sus príncipes. La corte, que
se había trasladado a Milán y después a Ravena, se consideraba como
destronada. En varias ocasiones el Senado había suplicado a Honorio que
217

se mostrara al menos a sus súbditos romanos, ya que no podía habitar entre
ellos, puesto que razones políticas se oponían a ello. Este proyectado viaje
había sido siempre retrasado. En el fondo, a los Césares cristianos no les
gustaba Roma y desconfiaban de su pueblo y de su Senado, todavía medio
pagano. Fue precisa esta inesperada victoria contra los bárbaros para
decidir, en fin, a Honorio y a sus consejeros El sentimiento de un peligro
común había acercado momentáneamente a las dos religiones antagonistas:
parecían reconciliarse en una misma alegría patriótica y se olvidaron los
antiguos odios. En fin, la aristocracia pagana esperaba de Estilicón un trato
más favorable. Por todas estas razones, el César vencedor fue acogido en
Roma con un regocijo delirante.
La corte, que, salida de Ravena, había atravesado los Apeninos, se
había detenido a orillas del Clitumne, donde en la antigüedad venían a
buscar los grandes bueyes blancos que los triunfadores sacrificaban en el
Capitolio. Mas los dioses de la patria estaban vencidos: esta vez no
habría buey sacrificado sobre los altares. Los paganos pensaban en ello
con amargura.
Desde allí, por Narni y el valle del Tíber, descendieron a la llanura. El
paso rítmico de las legiones retumbaba sobre las losas de la Via Flaminia.
Franquearon el puente Milvio y la vieja Roma apareció a sus ojos como
una ciudad enteramente nueva. En previsión de un asedio, el regente había
ordenado reparar la muralla Aurelia. Los rojos ladrillos del recinto y de las
torres recién colocadas brillaban al sol. Finalmente, siguiendo la Via lata,
el cortejo se encaminó hacia el Palatino.
La muchedumbre se apretaba en esa calle larga y estrecha,
desparramándose por las calles adyacentes. Las mujeres, ataviadas se
precipitaban a los balcones y hasta en las terrazas de los palacios. Los
espectadores se dieron cuenta en seguida de que el Senado no precedía al
carro imperial. Estilicón, encargado de dirigirlo, lo había dispensado, en
contra de la costumbre, de marchar a pie delante del vencedor. Se comentó
con cierta satisfacción esta hábil medida, viendo en ella la promesa de
nuevas libertades. Ovaciones y aclamaciones entusiastas saludaron el paso
del joven Honorio, que compartía con Estilicón el honor del carro triunfal.
El inaudito esplendor de su vestimenta, en donde los bordados
desaparecían bajo la profusión y el resplandor de las piedras preciosas,
excitaba la admiración de la multitud. La diadema, obra de arte de la
orfebrería, pesaba sobre sus sienes. Unos zarcillos de esmeraldas
resonaban a cada lado de su cuello, un poco gruesos de una suavidad casi
218

femenina, que hizo que pronto se le comparara a Buco. Hallaron en él un
aspecto acogedor, e incluso un cierto aire marcial, con sus espaldas
cuadradas y su cuello rechoncho. Las matronas consideraban con ternura
este Cesar de diecinueve años, que poseía entonces una cierta, belleza y
como un fulgor de juventud. Este español degenerado —verdadero eunuco
coronado— que iba a vivir en la sociedad de los eunucos de palacio y
morir de hidropesía, este hijo de Teodosio gustaba, en aquel tiempo, de los
ejercicios violentos, la caza y los caballos. Pero ya daba señales de una
obesidad malsana. Su anchura de espaldas y su carne abotargada daban
una impresión ilusoria de fuerza a todos cuantos lo veían desde lejos.
Causó entre los romanos, especialmente entre los jóvenes, muy buena
impresión.
Sin embargo, más quizá que al emperador se admiraba al ejército,
salvaguardia de la patria. Las legiones, a raíz de su llegada, habían
abandonado casi por completo la capital. Las tropas de «élite» eran casi
desconocidas. Y así el desfile de la caballería constituyó para el pueblo un
espectáculo totalmente nuevo. Lanzaban exclamaciones ante las radiantes
figuras talladas en sus cotas de malla que les cubría de pies a cabeza. Erguidos sobre sus monturas, de caparazón metálico, parecían estatuas
ecuestres, caballeros de plata montados en caballos de bronce. Los
estandartes y dragonarios, con largas serpentinas de tela que silbaba al
viento, provocaban infantiles aclamaciones. Se señalaban con el dedo las
cimeras de los cascos, encopetados con plumas de pavo, y sus fajines de
seda escarlata que se hinchaban sobre la musculatura de las corazas
doradas.
El cortejo militar se introdujo en el Foro, subió por la Via Sacra y,
después de haber pasado bajo los arcos de triunfo de los antiguos
emperadores, se detuvo ante el palacio de Septimio Severo. La
muchedumbre esperaba a Honorio en el Estadio. Cuando hizo su aparición
en el balcón de la Loggia imperial, unos vivas desenfrenados retumbaron
en todas las gradas. El emperador, la diadema sobre su cabeza, saludó al
pueblo. Entonces estalló una tempestad de aclamaciones. Roma no sabía
cómo manifestar su dicha por haber, al fin, reconquistado a su dueño.
En vísperas de las peores catástrofes, Roma conoció esta suprema
jomada de gloria, de orgullo y de fe invencible en su destino. La
embriaguez pública fomentaba las más locas esperanzas. El poeta
Claudiano, que estaba de viaje, se hacía intérprete de estas peligrosas
ilusiones: «¡Levántate —decía, dirigiéndose a Roma—; levántate, te lo
ruego, reina venerable! Pon tu confianza en el favor de los dioses. ¡Oh
219

dudad, rechaza el temor miserable de tu vejez, tú que eres inmortal como
los cielos!
No obstante, el peligro bárbaro continuaba siempre amenazador. La
victoria, un tanto indecisa, de Pollentia, no había concluido nada. Alarico
había huido a los Alpes, pero acechaba las circunstancias favorables para
descender nuevamente a Italia y arrancar a la corte de Ravena concesiones
de dinero y dignidades. Apoyado sobre su ejército, formado de aventureros
y mercenarios a sueldo, como él, del Imperio, practicaba con Honorio una
especie de chantaje perpetuo. Si el gobierno imperial se negaba a pagarle
la suma de dinero que le debía, según él mismo aseguraba, para el
mantenimiento de sus tropas, se desquitaría él mismo por la fuerza. Roma,
en donde se acumulaban desde hacia tantos siglos fabulosas riquezas,
constituía para él y los suyos una presa muy indicada. La deseaba desde
haría largo tiempo, y para animarse a este atrevido golpe de mano, y
también al objeto de entrenar a sus soldados, pretendía que había recibido
del Cielo la misión de castigar y destruir la nueva Babilonia. En sus
bosques de Panonia había escuchado voces misteriosas que le decían: «Ve
y destruye la ciudad.»
Este guerrillero no tenía nada cíe conquistador. Comprendía que no
había sido hecho de ningún modo para revestir la púrpura: él mismo sentía
su irremediable inferioridad de bárbaro.
Pero se daba cuenta también de que no había nacido para obedecer. Si
había solicitado el título de jefe de la milicia y se obstinaba en ofrecer sus
servicios al Imperio era con objeto de poderlo dominar de una forma más
segura. Rechazado y desdeñado por la corte, trató de engrandecerse a sus
propios ojos y ante los del vulgo dándose aires de justiciero y hombre fatal
que marcha ciegamente hacia un objetivo terrible designado por la cólera
divina. Era víctima a menudo de su propio papel. Esta alma turbulenta de
bárbaro estaba sometida a los más supersticiosos temores.
Aparte de estas fanfarronadas, es cierto que Roma, en el fondo, le
asustaba. No se atrevía a atacarla. Lo primero de todo, la operación no era
muy cómoda para él. Su ejército de mercenarios no poseía instrumentos
suficientes para el sitio de esta gran ciudad, cuyas líneas defensivas
comprendían un gran perímetro. Tuvo que retractarse dos veces antes de
decidirse a asediarla seriamente. La primera vez, en el año 408, se contentó
con hacer padecer hambre a los romanos, cortando el servicio de víveres.
Había montado su campamento a orillas del Tíber, con el fin de interceptar
la navegación entre la capital y los almacenes de provisiones instalados
cerca de la desembocadura del rio. Desde las murallas se veía a los
220

soldados bárbaros ir y venir, con sus casacas de piel de cordero teñidas de
rojo vivo. La aristocracia, enloquecida, huía hacia sus villas de Campania,
Sicilia o Africa. La gente se refugiaba en las islas más cercanas, incluso en
Córcega y Cerdeña, a pesar de su reputación de insalubridad. Llegaban incluso a esconderse en las rocas del litoral. El pánico era tan grande que ci
Senado se avino a todas las exigencias de Alarico. Se le pagó una enorme
indemnidad y sólo entonces consintió en retirarse.
Al año siguiente se valió del mismo medio de intimidación para
imponer un emperador de su gusto y hacerse otorgar por el ese título de
jefe de la milicia que ambicionaba desde hacía tanto tiempo. En Ho, en el
año 410 dio el golpe definitivo.
El bárbaro sabía lo que se hacía y que no arriesgaba gran cosa con el
bloqueo de Roma. Tarde o temprano el hambre acabaría por abrirle las
puertas. Todos los que pudieron, especialmente los ricos, habían abandonado la ciudad. No había ninguna guarnición para defenderla. Sólo restaba,
tras los muros, una plebe perezosa, inhábil en el manejo de las armas y
debilitada todavía a causa de las largas privaciones. Sin embargo, en un
impulso de patriotismo, esta población diezmada y miserable resistió
enérgicamente hasta el final. El sitio fue largo. Había empezado sin duda
antes de la primavera y no terminó hasta el final del verano. La noche del
24 de agosto del año 410, bajo el resplandor de los relámpagos y el fragor
del trueno, Alarico entró en Roma por la puerta Salaría. Es todavía
bastante cierto que logró esto por traición. Fue preciso que le entregaran la
presa.
El saco de Roma duró, según parece, tres días y tres noches. Una
parte de la ciudad fue incendiadla. Los vencidos padecieron todos los
horrores propios de estos casos: destrucciones feroces y estúpidas,
violaciones, asesinatos aislados, matanzas en masa, torturas y mutilaciones. Pero, en el fondo, los bárbaros sólo codiciaban el oro de los
romanos. Se portaron como verdaderos salteadores de caminos. Si
torturaban a sus víctimas, sin diferencia de edad o sexo, era con objeto de
arrancarles el secreto de sus tesoros. Se ha dicho que la avaricia romana
proporcionó en esta ocasión, admirables ejemplos de constancia. Hubo
incluso quienes prefirieron dejarse torturar hasta el último aliento antes de
revelar sus escondrijos. En fin, cuando Alarico juzgó que su ejército estaba
suficientemente atiborrado de botín, dio la señal de partida y se puso de
nuevo en camino con sus carros repletos...
Lejos de nosotros el considerar estos sucesos bajo los moldes de
nuestras ideas modernas. La toma de Roma por Alarico no fue un desastre
221

nacional. Fue un acto colosal de bandolerismo. El godo no pensaba en
modo alguno en destruir el Imperio. Sólo era un mercenario que se revela
—un mercenario ambicioso sin duda—, pero, sobre todo, un salteador.
A raíz de este golpe de mano contra la Ciudad Eterna, el virus del
saqueo se propagó de unos a otros y alcanzó incluso a los funcionarios y a
los súbditos de Roma. En medio de la anarquía general, que parecía
asegurar la impunidad, todo el mundo se lanzaba al pillaje. Particularmente
en Africa, en donde el viejo instinto de piratería estaba siempre latente,
empezaron a saquear a los romanos y los italianos fugitivos. Habían
llegado allí numerosos ricos buscando asilo, creyéndose más seguros, una
vez puesto mar entre ellos y los bárbaros. Les había precedido la fama de
sus riquezas, extraordinariamente desorbitadas por la voz popular. Se
citaban entre ellos patricios como los «Valerios», cuyos bienes eran tan
inmensos y sus palacios tan lujosos que no se encontraba nadie que
pudiera adquirirlos. Estos multimillonarios que huían se convirtieron en
una ganga milagrosa para el país. Les explotaron descaradamente. El
conde Heracliano, gobernador militar de Africa, se apresuró el primero a
despojar a los emigrantes italianos. Al bajar del barco, mandaba prender a
las matronas ilustres y no les devolvía la libertad sino después de haberles
exigido un buen rescate. A los que no podían pagar las vendía a los
mercaderes de esclavos, griegos o sirios, encargados de suministrar carne
humana a los harenes orientales. Cuando el ejemplo provenía de tan altas
esferas, los subordinados se decían que sería erróneo guardar el mínimo
pudor. De una punta a otra de la provincia, cada uno se esforzaba por sacar
todo el partido posible de los desgraciados fugitivos. En Hipona los
propios parroquianos de Agustín se dispusieron a arrancar una donación a
uno de esos fastuosos «Valerios», Piniano, esposo de Santa Melania la
Joven, cuyas propiedades cansaban a un águila en su vuelo. Quisieron
ordenarle sacerdote contra su voluntad, lo cual equivalía —como se sabe
— a la renuncia de sus bienes en favor de la comunidad católica. Agustín,
que se oponía, tuvo que capitular ante la muchedumbre. Estuvo a punto de
haber una revuelta en la basílica.
Estas eran las repercusiones lejanas de la toma de Roma por Alarico.
Cartagineses y númidas robaban a los romanos como vulgares bárbaros.
Ahora bien, ¿cómo es que este monstruoso saqueo ha alcanzado, a los
ojos de los contemporáneos, las proporciones de una catástrofe mundial?
En fin de cuentas, nada se había perdido definitivamente. El Imperio
permanecía en pie. Después de la marcha de Alarico, los romanos habían
vuelto a entrar en su ciudad y se ocupaban de reconstruir las ruinas. Pronto
222

el pueblo comenzó a gritar bien alto que si le devolvían el juego del circo y
el anfiteatro consideraría el pago de los godos como una pesadilla.
No es menos cierto que este suceso sensacional había causado un
verdadero estupor en todo el mundo mediterráneo. Las imaginaciones
estaban desatadas. La idea de que Roma no podía ser tomada, de que era
intangible y casi sagrada, dominaba de tal forma los espíritus que la gente
se negaba a admitir la siniestra noticia. No habían pensado que el saco de
la ciudad por los bárbaros debía haber sido previsto desde hacía tiempo y
que Roma, desprovista de guarnición y abandonada por el ejército
imperial, debía atraer fatalmente la codicia de los godos, y, en suma, que el
saqueo de una plaza sin defensa, debilitada ya por el hambre, no era una
proeza demasiado gloriosa, ni muy difícil ni muy extraordinaria; sólo se
tenía en cuenta el hecho brutal: la ciudad Eterna había sido conquistada e
incendiada por mercenarios. No se habían recuperado de la emoción,
excitada por el relato de los fugitivos. En uno de sus sermones, Agustín
nos ha transmitido un eco de pánico general:
«¡Nos han contado —nos dice— cosas horribles, ha habido ruinas,
incendios, rapiñas, homicidios, torturas! Esto es verdad, lo hemos oído
muchas veces, hemos gemido por todas esas desgracias, hemos llorado a
menudo y apenas si hemos logrado consolamos.
Evidentemente, esta toma de Roma era una terrible advertencia para
el futuro. Mas el espíritu de partido exageró extraordinariamente la
importancia y la significación del desastre. Tanto para los paganos como
para lis cristianos, aquello se convirtió en un tema de declamaciones y en
un lugar común de polémica religiosa. Unos y otras veían en este suceso
una manifestación de la venganza celestial:
«Cuando hacíamos sacrificios a nuestros dioses —decían los paganos
— Roma estaba en pie y era feliz. Ahora que han proscrito nuestros
sacrificios, ved en lo que se ha convertido Roma.»
E iban repitiendo por todas partes que el cristianismo era el
responsable de la ruina del Imperio.
Por su parte, los cristianos contestaban: «Lo primero de todo, es que
Roma no ha perecido; continúa en pie. Ha sido solamente castigada, y eso
es debido a que todavía es medio pagana. Dios ha querido advertirla con
este horrible castigo (y describían los horrores cometidos con profusión de
detalles). ¡Qué se convierta y vuelva a practicar las virtudes de sus antepasados y será nuevamente la dueña de los pueblos!»
223

Esto era lo que decían Agustín y los obispos. No obstante, el rebaño
de fieles estaba convencido sólo a medias. Por mucho que se esforzaran en
advertirles que los cristianos de Roma e incluso buen número de paganos
habían sido salvados en nombre de Cristo, que el bárbaro Alarico había
rodeado de una protección y veneración totalmente especiales las basílicas
de los Santos Apóstoles, no se podía dejar de pensar que muchos cristianos
habían perecido en el saco de Roma, que las vírgenes consagradas habían
padecido los mayores ultrajes y que, en suma, todos los habitantes fueron
despojados de sus bienes... ¿Era así como Dios protegía a los suyos? ¿Cuál
era la ventaja de ser cristiano si era uno tratado como los idólatras...?
Este estado de ánimo se hacía extraordinariamente favorable a una
vuelta ofensiva del paganismo. Después de las leyes tan duras de Teodosio,
que prohibían, incluso en el interior de las casas, el culto de los antiguos
dioses, sus defensores no desperdiciaban, ninguna ocasión para protestar
contra el rigorismo imperial.
En Cartago había continuas luchas en las calles entre paganos y
cristianos, incluso revueltas. En la colonia de Sufetula sesenta cristianos
habían sido degollados. El año anterior a la toma de Roma hubo
desórdenes paganos en Guelma. Fueron quemados edificios pertenecientes
a la Iglesia y un sacerdote asesinado en c.1 tumulto. Cuando la vigilancia
de la autoridad se relajaba o ajando las circunstancias políticas les parecían
propicias, los paganos se apresuraban a pregonar sus creencias.
Recientemente todavía, cuando Roma estaba bloqueada por Alarico, el
nuevo cónsul Tertulio había juzgado oportuno resucitar las viejas
costumbres. Antes de ocupar el puesto observó con gravedad en sus jaulas
los polluelos sagrados, trazó círculos en el cielo con el bastón augural y
consultó el vuelo de los pájaros. En fin, se había extendido con
persistencia entre la muchedumbre un oráculo pagano que aseguraba que
después de un reinado de trescientos sesenta y cinco años el cristianismo
sería vencido. Los siglos de ha grande desolación habían pasado: la era de
la revancha iba, comenzar para los dioses proscritos.
Estos síntomas belicosos no- pasaban desapercibidos para el vigilante
Agustín. No se indignaba ya tan sólo de que el paganismo se fuera
muriendo tan lentamente: temía más todavía que la debilidad del Imperio
no le hiciera adquirir un revivir aparente. Había que acabar con él, como se
había acabado con el donatismo. Una nueva campaña esperaba al viejo
apóstol: le va a dedicar lo mejor de sus fuerzas hasta la víspera de su
muerte.
224

2. LA CIUDAD DE DIOS
Durante trece o catorce años., a través de mil ocupaciones y
preocupaciones, en medio de las continuas zozobras e inquietudes que
mantenía vigilantes a los africanos de aquel tiempo, Agustín trabajó en su
Ciudad de Dios la máquina de guerra más formidable que se haya
levantado contra el paganismo y también el arsenal más completo de
pruebas y refutaciones que se haya puesto jamás al servido de los
polemistas y apologistas católicos.
No vamos a entrar en los detalles de esta obra inmensa, ya que nos
limitamos únicamente al estudio del alma de Agustín y sólo retenemos de
sus libros aquellas partes en donde palpita un poco esta alma ardiente,
aquellas que siempre permanecen vivas para nosotros hombres del siglo
xx, que contienen enseñanzas o maneras de sentir susceptibles siempre de
conmovemos. Ahora bien, la actitud de Agustín ante el paganismo es la
que mejor nos revela su naturaleza y su carácter. Y puede ser además la
nuestra frente a una concepción del mundo y de la vida, que si bien se
puede vencer por un tiempo, renace otra vez cuando el sentido de la
espiritualidad se aletarga o se debilita:
Paganismo inmortal, ¿has muerto? Eso dicen.
Pero, Pan, por lo bajo, se burla y la Quimera se ríe.
Al igual que nosotros, Agustín, que había sido educado por una
madre cristiana, sólo lo conocía literalmente y, por así decirlo,
estéticamente. Recuerdos de la escuela, emociones y admiraciones de
hombre letrado, eso era lo que para él representaba la vieja religión.
Sin embargo, para conocerlo bien, tenía sobre nosotros una gran
ventaja: el espectáculo de las supersticiones y de las costumbres paganas
estaba todavía ante sus ojos.
El que las aventuras voluptuosas, novelescas o poéticas de los
antiguos dioses, el que sus estatuas, sus templos y todas las artes nacidas
225

de su religión, lo hayan seducido y entusiasmado antes de su conversión,
es un hecho totalmente cierto. Pero esta mitología y esta plástica eran
cosas secundarias entonces, incluso a los ojos de un pagano. Lo más serio,
lo esencial de la religión, no había que buscarlo ahí. El paganismo, religión
de la belleza, es una invención de nuestros modernos estetas: no se
pensaba en ello en los tiempos de Agustín.
Ya antes que él, el gran compilador de las antigüedades religiosas del
paganismo, el romano Verrón., distinguía tres clases de teologías: la que
llama del teatro o mitología fabulosa, para uso de los poetas, los dramaturgos, los escultores y los saltimbanquis. Inventada por ellos, no es
más que una fantasía, un juego de la imaginación, un adorno de la vida. La
segunda es la teología civil, seria, sólida, y que exige el respeto y la piedad
de todos: «Es la que los ciudadanos y, sobre todo, los sacerdotes deben
conocer y practicar en las ciudades. Ella nos enseña qué dioses hace falta
honrar públicamente y qué ceremonias y sacrificios es preciso Hacer en su
honor.» Por fin, la tercera, la teología física o metafísica, está reservada a
los filósofos y a los espíritus selectos: es puramente especulativa. La única
importante, verdaderamente religiosa, que encierra para el creyente una
obligación es la segunda, o sea la teología civil.
No obstante, no queremos damos cuenta de esto. Nos obstinamos en
considerar como paganismo lo que el mismo Verrón llamaba, «una religión
de teatro»: tema de ópera, pretexto para el «ballet», decorados y comparsas. Transportada por nuestros poetas, esta mitología se incrementa a veces
de un misticismo o de un simbolismo vagos. ¡Pasatiempos de espíritus
refinados! El paganismo viviente, contra el que ha luchado Agustín y que
la muchedumbre ha defendido con el precio de su sangre, en el que ha
creído la gente humilde y que los más grandes políticos juzgaban
indispensable para la salvaguardia de las ciudades, ese paganismo es algo
muy diferente. Como todas las religiones, implicaba e imponía no
solamente creencias, sino también ritos, sacrificios y fiestas. Es esto lo que
Agustín y los cristianos de su tiempo rechazaban con repugnancia y
deparaban intolerable.
Veía, c había visto con sus propios ojos, las realidades del culto
pagano, y la más repugnante de todas para nuestra sensibilidad moderna, la
de los sacrificios. En la época en que escribió la Ciudad de Dios, los
sacrificios privados, al igual que los públicos, estaban prohibidos. Esto no
era obstáculo para que los devotos infringieran la ley cada vez que podían.
Se escondían más o menos cuando ofrecían sus sacrificios delante de un
templo de una capilla o de una propiedad, particular. Los ritos no pedían
226

observarse según, todas las prescripciones minuciosas de los libros
pontificales. Era sólo una sombra de las ceremonias antiguas. Pero en su
infancia, por ejemplo, bajo el reinado de Juliano, Agustín había tenido la
ocasión de asistir a sacrificios celebrados con toda la pompa y de acuerdo
con todas las exigencias rituales. Constituían verdaderas escenas de
carnicería. Olvidemos, por favor, el friso del Partenón y sus sacrifica dores
de hermosas líneas. Si queremos tener la traducción literal de esta plástica
y encontrar nuevamente la imagen de una hecatombe, hace falta ir á los
mataderos de una gran ciudad.
Entre esos restos de carnes despedazadas y esos charcos de sangre
esparcida, el místico Juliano se dejaba llevar por una especie de
embriaguez: a su gusto, no había nunca suficientes animales degollados o
muertos. Nada apaciguaba su furor de matanza sagrada, Los mismos
paganos se burlaban de esta manía de sacrificios. Durante los tres años que
duró su reinado, corrió la sangre en los altares. Se mataban los bueyes por
centenares sobre los pavimentos de los templos, y los carnífices
degollaban tal cantidad de corderos y de ganado menor que habían
renunciado a llevar la cuenta. Millares de pájaros blancos, pichones,
gaviotas fueron destruidos por la piedad del príncipe cuando se presentaba
la ocasión. Lo llamaban el Victimario, y cuando partió para su expedición
contra los persas volvieron a poner un epigrama redactado antiguamente
contra Marco Aurelio (¡en emperador filósofo!), igualmente pródigo en
hecatombes: «¡A Marcus Cesar, los bueyes blancos! ¡Estamos aviados si
vuelves vencedor!» Pronosticaban que Juliano, a su vuelta, iba a despoblar
los establos y los pastos.
El pueblo, que sacaba buen partido de estas matanzas, alentaba
naturalmente estos excesos de devoción. En Roma, bajo Calígula,
inmolaron en tres meses más de ciento sesenta mil víctimas, casi dos mil
cada día. Y estas carnicerías se realizaban en las explanadas delante de los
templos, en plena ciudad, en los fosos, en las plazas estrechas, repletas de
edículos y estatuas. Puede uno representarse esta escena en verano, entre
dos paredes al rojo vivo y los malos olores y las moscas. Los espectadores
y las víctimas se entremezclaban, apretados unos contra otros, en esos
estrechos lugares. Un día en que Calígula asistía a un sacrificio fue
salpicado por la sangre de un fenicóptero a quien cortaban el cuello. Pero
el Augusto César no era tan delicado: él mismo actuaba en estas
ceremonias provisto de un mazo y vestido con la blusa corta de los
carniceros. Todo esto era ignominioso e irritaba a los cristianos y a
cualquiera que tuviera unos nervios un poco sensibles. El barro sangriento
227

en donde se chapoteaba, el chirrido de las grasas, los dulzones efluvios de
las carnes, era algo repugnante. Tertuliano se tapaba las narices ante las
«pestilentes hogueras» en donde se asaban las víctimas. Y San Ambrosio
se quejaba de que en la Curia de Roma los senadores cristianos estuvieran
obligados a respirar el humo y recibir en plena cara las cenizas del altar
levantado ante La estatua de la Victoria.
Las manipulaciones del auríspice representaban a los ojos de los
cristianos una abominación peor. La disección de vísceras y la inspección
de entrañas estaban de moda en todas las clases de la sociedad. Los
paganos, en general, se ocupaban más o menos de magia. Nadie era
filósofo sin ser también taumaturgo. Esto suponía como una desleal
concurrencia a los milagros cristianos. Los ambiciosos o los descontentos
abrían el vientre de los animales para saber cuándo moriría el emperador y
quién sería su sucesor. Pero, sin llegar a la magia, la auríspice era parte
integrante de los sacrificios. Una vez despedazadas los animales, los
adivinos pasaban a consultar las entrañas. Los consultores les daban
vueltas y vueltas con ansiosa atención. La operación podía durar largo rato.
Cuenta Plutarco que Felipe rey de Macedonia, al sacrificar un buey sobre
el Itomo, con Aratus de Sieyone y Demetrio de Pharos, quiso interrogar las
entrañas de la víctima sobre la oportunidad de una medida estratégica. El
auríspice le puso el montón humeante entre las manos. El rey lo puso ante
los ojos de sus compañeros, quienes dedujeron pronósticos contradictorios.
Escuchó las opiniones en favor y en contra, sosteniendo siempre entre sus
manos las entrañas del buey. Por fin, se avino al parecer de Aratus y
tranquilamente devolvió el paquete intestinal al sacrificador...
Indudablemente, estos ritos no se practicaban ya abiertamente en
tiempos de Agustín. Conservaban, sin embargo, una importancia capital en
la antigua religión que a toda costa les quería restaurar. Se comprende
perfectamente la repulsión que producían al autor de la Ciudad de Dios.
El, que no había sido capaz de matar una mosca para asegurarse la corona
de oro en un certamen poético, miraba con horror a esos carniceros, esos
«choriceros» y cocineros sagrados. Dejaba para la alcantarilla las tripas de
los sacrificios y enseñaba con orgullo a los paganos la pura oblación del
Pan y el Vino eucarísticos.
Pero lo que sobre todo ha atacado, porque el escándalo era actual y
permanente, era la glotonería, la embriaguez y la lubricidad de los
paganos. No exageremos demasiado estos vicios, al menos los ‘dos
primeros. Agustín no podía hablar de ellos como lo hacemos nosotras en la
actualidad. Es cierto que a nuestros actuales contemporáneos los africanos
228

de su tiempo —como también los de hoy día— les hubieran parecido gente
sobria. Los accesos de intemperancia de que los acusa sólo se producían a
intervalos, con motivo de una fiesta pública o una solemnidad familiar.
Entonces realmente eran terribles. Pensemos en las orgías a puerta cerrada
de nuestros árabes.
No es menos cierto que los vicios paganos se habían venido
practicando con cinismo al amparo de la religión. Los desórdenes
populares de embriaguez y glotonería constituían el ingrediente obligatorio
de las fiestas y sacrificios. Una fiesta religiosa era un festín, con
abundantes víveres y los toneles de vino abiertos en las calles. Esto se
llamaba los Manjares Fercula o bien el Recocijo Laetitia. Las pobres
gentes que sólo conocían la carne de vista se desquitaban esos días y
bebían vino. Todo el pueblo se emborrachaba. Los ricos, en sus casas,
empleaban quizá más ceremonia: en el fondo era la misma brutalidad. El
elegante Ovidio, que en su Arte de amar enseña los buenos modales a los
aprendices de enamorados, les recomienda no vomitar en la mesa y evitar
la embriaguez, como los maridos de sus amantes.
Evidentemente, la religión era sólo el pretexto para cometer tales
excesos. Agustín va demasiado lejos cuando hace a los dioses responsables
de este desenfreno de sensualidad. Lo cierto es que no hacían nada para
impedirlo. Sin embargo, las obscenidades que tan duramente echa en cara
a los paganos, los espectáculos libidinosos, los cánticos, los bailes y la
misma prostitución, todo esto constituía más o menos la esencia del
paganismo.
El teatro, al igual que los juegos de circo y de la arena, era de
institución divina. En ciertas fechas y en algunos templos, la fornicación se
convertía en algo sagrado. Todo el mundo sabía lo que pasaba en Cartago
en los patios y bajo los pórticos de la Virgen Celeste; lo que los oídos de
las matronas más castas tenían que escuchar y para qué servían, en fin, los
sacerdotes castrados de la madre de los dioses. Agustín al denudar estas
torpezas no fuerza la nota de su requisitoria para las necesidades de la
causa. Si se quiere saber de una manera más detallada qué espectáculos se
veían en el teatro o cuáles eran las costumbres de determinadas cofradías
piadosas, basta con leer lo que cuenta Apuleyo, el más devoto pagano. Se
deleita visiblemente con estos relatos, y si algunas veces llega a indignarse
sólo acusa la depravación de los hombres: los dioses están muy por encima
de esas miserias. Por el contrario, para Agustín los dioses son abominables
demonios que se refocilan de lujuria y obscenidad, ávidos de la sangre y la
grasa de los sacrificios.
229

Pone así el dedo en la misma llaga del paganismo: su amigada
inmoralidad o, si se prefiere, su amoralidad. Al igual que la ciencia actual,
es incapaz de prescribir una moral. Ni siquiera se preocupa de ello. Lo que
Agustín ha escrito sobre este tema en la Ciudad de Dios es tal vez el
argumento más convincente que se ha aducido contra el politeísmo. En
todo caso, unas páginas como estas son siempre oportunas para meditar:
«Mas los adoradores y amadores de esos dioses, cuya bellaquería y
maldades se glorían de imitar, en manera alguna procuran que la república
no sea pésima y disolutísima. Subsiste ella —dicen—, florezca abundante
en riquezas, gloriosa en victorias, a, lo que es más felicidad, asegurada en
la paz. ¿Y a nosotros qué? Lo que más nos importa es que cada uno
acreciente más sus riquezas., que provean a los diarios despilfarres, por los
cuales el que tenga mayor poder someta así a los más ruines. Que los
pobres obedezcan a los ricos por saciar su fiambre y que a su amparo
gocen de una tranquila ociosidad. Que les ricos abusen de los pobres para
sus clientes y para satisfacción de su fausto. Que los pueblos aplaudan no a
los servidores de sus intereses, sino a los proveedores de sus placeres. Que
no se les mande cosa dura ni se les prohíba cosa impura... Que las
provincias sirvan a los reyes no como a enderezadores de las costumbres,
sino como a dueños de sus bienes y proveedores de sus deleites y que los
honren no sinceramente, sino que les toman en doblez y servilismo. Que
las leyes castiguen más a quien daña la viña ajena que a quien perjudica
la vida propia... Que abunden las mujeres públicas, así para todos los que
quisiesen gozarlas como de un modo especial para quienes no pueden
tenerlas en privado. Que se edifiquen anchurosos y suntuosos palacios, que
con frecuencia se celebren opíparos convites y que donde a cada uno más
gusto le diere o tuviere más oportunidad, de día y de noche, se juegue, se
beba, se invite, se gaste. Que reine por doquier estrépito de bailes.
Húndanse los teatros al griterío de una lujuriante alegría y de todo género
de placeres bestiales y torpísimos. Que a quien no gustare esta felicidad
sea tenido por enemigo público, y cualquiera que intentare alterarlo o
quitarlo apando la multitud licenciosa. Échelo de su patria, quítelo de en
medio de los vivientes. Ténganse por verdaderos dioses los que pusieron al
alcance de los pueblos esta felicidad y, una vez alcanzada, la han
mantenido.»
No obstante, y Agustín lo reconoce, numerosos filósofos paganos, y
en primer término, Platón, se han esforzado por moralizar la religión. El
doctor cristiano hace un magnífico elogio, del platonismo. Mas estas
elevadas doctrinas no han llegado a salir de las escuelas o bien esa
230

enseñanza moral, vanagloria del paganismo, no ha llegado a traspasar los
límites de los santuarios.
«Que no vengan después a echarnos en cara no sé qué susurros
vertidos en los oídos de unos pocos y dictados por una especie de religión
misteriosa, en los que se aprende la bondad y la santidad de vida. Antes
señálense y cítense: los lugares consagrados a tales reuniones, no donde se
celebraban los juegos con obscenos cantos e histriónicas posturas... Que
nos muestren los lugares donde el pueblo oía lo que los dioses mandaban
para refrenar la avaricia, para quebrantar la ambición, para frenar la
lujuria, a donde los míseros aprendieron lo que Persis, a modo de
reprensión, dice que debe ser aprendido:
Aprended, ¡oh míseros!, y remontaos a las causas de las cosas.
Aprended qué somos y para qué hemos sido engendrados a la vida.
¿Cuál es el orden impuesto..., lo que Dios pide de nosotros y cuál es nuestro
puesto en el mundo?

Que nos digan en qué lugares solían explicarse estos preceptos del
magisterio de los dioses y a dónde acudían a oírlos con frecuencia los
pueblos que los adoraban, así como nosotros mostramos las iglesias destinadas a eso doquiera se extiende la religión cristiana.»
Qué hay de extraño que unos hombres, tan ajenos a una elevada
moralidad y tan profundamente hundidos en la materia, se hayan dado, a
las más groseras supersticiones. El materialismo de las costumbres acaba
siempre por producir una baja de credulidad. Aquí Agustín triunfa. Hace
pasar ante nuestra mirada, en un desfile burlesco, el innumerable ejército
de los dioses en quienes han creído los romanos. Hay tal cantidad, que los
compara a una nube de mosquitos. Aunque no pueda citarlos todos —nos
dice—, se entretiene en asombramos con el número prodigioso de los que
descubre. Sacada al pleno día, toda una plebe divina sale de la oscuridad y
del olvido, en donde quizá dormía desde hacía muchos siglos: las endebles
divinidades que trabajan en el campo que hacen que crezca el trigo y le
protegen del moho; las que cuidan de los niños, las que asisten a las
mujeres que van a dar a luz, las que velan sobre el hogar, los que custodian
la casa. Los paganos no pueden dar un paso ni hacer un movimiento sin la
ayuda de un dios o una diosa. Los hombres y las cosas están como
amarrados y aprisionados por los dioses.
«En una casa —dice maliciosamente Agustín— sólo hay un portero.
No es sino hombre, pero basta para este empleo. Pero hacen; falta tres
dioses: Forculus para la puerta, Gardea para los quicios y Limentinus para
231

el umbral. Indudablemente, Forculus solo no habría sido capaz de ocuparse
de la puerta, de los goznes y del umbral.» Y si se trata de la consumación
del himeneo, ponen en movimiento, para un acto tan sencillo y natural,
toda una escuadra de divinidades: «Por favor —estalla Agustín—, dejad
hacer algo al marido.»
Este africano, que tenía tan arraigado el sentido de la unidad e
infinitud insondable de Dios, se indigna contra esta sacrílega repartición de
la substancia divina. Pero los paganos, siguiendo a Verrón, le respondían
que conviene distinguir entre todos esos dioses los que son pura
imaginación de los poetas y los que son seres reales, los dioses de fábula y
los dioses de la religión. «Entonces —decía ya Tertuliano—, si se eligen
los dioses como se separan las cebollas, está claro que todo lo que no se
elige viene condenado...»
Tertuliano tiene demasiado ingenio, continúa Agustín. Los dioses
rechazados como fabulosos no son condenados por eso. En realidad, han
sido cortados por el mismo patrón que los verdaderos: «¿No tienen los
pontífices, al igual que los poetas, un Júpiter barbudo y un Mercurio
imberbe? ¿El viejo Saturno y el joven Apolo son hasta tal punto propiedad
de los poetas, que apenas si se ven sus estatuas en los templos?»
Los filósofos, a su vez, han protestado con razón contra el pulular de
los dioses fabulosos y proclaman, como Platón y Porfidio, que sólo existe
un solo Dios, alma del universo, pero, sin embargo, admiten dioses
inferiores, y entre los dioses y los hombres intermediarios o mensajeros
que se llaman demonios. Estos seres híbridos, que derretí de común con la
humanidad sus pasiones y con la divinidad el privilegio de ser inmortales,
tienen que ser apaciguados con sacrificios, interrogados, y reconciliarse
con ellos por medio de mágicos conjuros. Ya vemos a dónde desemboca el
esfuerzo supremo de la sabiduría pagana: a la advocación de los espíritus y
a las sospechosas prácticas de adivinos y taumaturgos. ¡Es esto lo que los
paganos defienden, cuyo mantenimiento solicitan siempre con tanta obstinación y fanatismo!
«No, no —dice Agustín—, no vale la pena que eso sobreviva. No es
el abandono de esas creencias y de esas prédicas supersticiosas lo que ha
causado la decadencia del Imperio. Si pedís que se vuelvan a abrir los
templos de vuestros dioses es porque son indulgentes con vuestras
pasiones. En el fondo, os burláis de ellos y del Imperio: lo que queréis es
la libertad y la impunidad para vuestros vicios. ¡Esa es la verdadera causa
de la decadencia! Poco importan las vanas hipocresías ante los altares y las
estatuas. ¡Volved a ser castos, sobrios, animoso, pobres como vuestros an232

tepasados! Tened hijos, someteos al servicio militar y venceréis como
ellos. Ahora bien, todas esas virtudes el cristianismo las prescribe y las
fomenta. A pesar de lo que digan algunos herejes, la religión de Cristo no
va en contra del matrimonio y de la carrera de las armas. Los patriarcas de
la Antigua Ley se han santificado en el matrimonio y hay guerras justas y
santas.»
Y aun en el caso de que, a pesar de todos los esfuerzos para salvarlo,
el Imperio se viera condenado, ¿es esto una razón para desesperar? Hay
que prever el fin de la ciudad romana. Como todas las cosas de este
mundo, está sujeta a la vejez y a la muerte. Llegará, pues, un día en que
morirá. Lejos de dejarnos abatir, fortalezcámonos contra esta catástrofe
con un sentimiento de eternidad. Apoyémonos sobre lo que permanece.
Por encima de la ciudad terrena se levanta la ciudad de Dios, que es la
comunión de las almas santas, la única que nos hace experimentar una
alegría perfecta e inmortal. Pongamos nuestro empeño por ser sus
ciudadanos y por vivir la única vida que merece ese nombre. La de aquí
abajo es sólo la sombra de una sombra...
Las almas de aquel tiempo estaban maravillosamente preparadas para
escuchar semejantes exhortaciones. La víspera de la invasión bárbara,
estos cristianos, para quienes el dogma de la Resurrección de la carne era
quizá la razón más poderosa para creer, estos desilusionados, que asistían
angustiados al fin de un mundo, debían, considerar la vida presente como
una pesadilla del que había que salir cuanto antes.
En el mismo momento en que Agustín daba comienzo a su Ciudad de
Dios su «amigo Evodio, obispo de Uzalc, le contaba la siguiente historia:
«Tenía como secretario un joven muchacho, hijo de un sacerdote del
contorno. Este joven entró primero, en calidad de taquígrafo, en el
despacho del procónsul de Africa. Evodio, temiendo que se contagiara en
un ambiente como aquel, y habiéndose asegurado primero de su completa
castidad, le ofreció tomarlo a su servido. En casa del obispo, en donde sólo
se dedicaba a leer las sagradas letras, su fe aumentó hasta tal punto que su
única aspiración era la muerte. Dejar esta vida, «estar con Cristo», ésta era
su más ardiente aspiración. Su deseo fue escuchado. Tras dieciséis días de
enfermedad, murió en casa de sus padres.
Dos días después de sus funerales, una piadosa mujer de Fignes,
sierva de Dios, viuda desde hacía doce años, tuvo un sueño en el que vio
un diácono que había muerto hacía cuatro años, el cual, con otros siervos y
siervas del Señor, vírgenes o viudas, preparaba un palacio. Esta mansión
233

estaba tan adornada que resplandecía de luz y se hubiera creído que era
enteramente de plata. Al preguntar la viuda para quién se hacían esos
preparativos, el diácono le contestó que eran para un joven que había
muerto la víspera, el hijo de un sacerdote. Vio en el mismo palacio un
anciano vestido de blanco que ordenaba a otras dos personas, también
vestidas de blanco, ir al sepulcro de este joven, sacar el cuerpo y llevarlo al
cielo. Una vez que el cuerpo fue sacado de la tumba y conducido al cielo,
surgió —sigue contando la viuda— del sepulcro un manojo de rosas
vírgenes, llamadas así porque no se abren nunca...»
De esta forma, el hijo del sacerdote había escogido la mejor parte.
¿Para qué permanecer en este mundo abominable, en donde se corría el
peligro de ser quemado' y asesinado por los godos y los vándalos, mientras
que en el otro los ángeles preparaban un luminoso palacio?

234

3. LA DESOLACIÓN BÁRBARA
En el momento' en que Agustín terminaba su Ciudad de Dios acababa
de cumplir setenta y dos años. Era en 426. Aquel año se produjo en Hipona
un suceso importante, que consta en las actas públicas de la comunidad.
«El 6 de las Kalendas de octubre —dicen dichas actas— el muy
glorioso Teodosio, que era cónsul por doceava vez, y Valentiniano
Augusto, por segunda, siendo Agustín obispo, acompañado de Religiano y
de Martiniano, sus compañeros de obispado, habiendo tomado asiento en
basílica de la Paz, en Hipona, y estando presentes los presbíteros Saturnio,
Leporio, Bernabé, Fortunaciano, Lázaro y Heraclio, con todos los clérigos
y un gran concurso del pueblo, el obispo Agustín ha dicho:
«Es preciso ocuparse en seguida del asunto del que hable ayer a
vuestra caridad y por ello quise que fuerais muy numerosos, como veo que
ocurre. Porque si quisiera hablaros de otra cosa, estaríais menos atentos,
visto que lo estáis esperando así.
Hermanos mies, todo6 somos mortales en esta vida y nadie conoce su
último día... Dios ha querido que viniera a vivir a esta ciudad en la
plenitud de mi fuerza. Mas, de joven que era entonces, he aquí que ahora
estoy viejo, y como sé que a la muerte de los obispos se altera la paz por
rivalidades y ambiciones (con frecuencia he tenido experiencia de ello y
me he afligido), debo, en cuanto de mí dependa, prever una tal desgracia
para vuestra ciudad... He venido, pues, para declararos a todos vosotros
que mi voluntad —que creo se identifica con la de Dios— es de tener por
sucesor al presbítero Heraclio...
Al oír estas palabras, el pueblo gritó: «¡Demos gracias a Dios!
¡Alabado sea Cristo!»
Repitieron veintitantas veces esta aclamación: «Cristo, escúchanos,
consérvanos a Agustín.»
Este grito se ha repetido dieciséis veces.
«Sé nuestro padre. Sé nuestro obispo.»
235

Ocho veces repitieron este grito.
Se hizo de nuevo silencio entre el pueblo y Agustín continuó en estos
términos:
«No tengo necesidad de elogiaros a Heraclio. Del mismo modo que
hago justicia a m sabiduría, debo no herir su modestia... Como vosotros
mismos podéis ver, los secretarios de la Iglesia recogen lo que decimos y
lo que decís. Mis palabras y vuestras aclamaciones no caerán en el vacío.
En una palabra, estamos redactando ahora actas eclesiásticas y quiero con
ello, en 1a medida en que es asequible al hombre, confirmar lo que acabo
de declararos...»
El pueble comenzó entonces a gritar;
«¡Demos gracias a Dios! ¡Alabado sea Cristo!»
«Sé nuestro padre y que Heraclio sea nuestro obispo.»
Tras un breve silencio, el obispo Agustín ha proseguido:
«Comprendo lo que queréis decir. Pero no quiero que a él le ocurra lo
que me ha sucedido a mí. Muchos de vosotros sabéis lo que ocurrió
entonces... He sido ordenado obispo estando todavía en vida el anciano
Valerio, mi padre y obispo, de feliz memoria, y ocupé la cátedra con él.
Ignoraba, como él, que esto estaba prohibido por el Concilio de Nicea. No
quiero que le censuren a mi hijo Heraclio lo que me han reprobado a mí.»
Entonces el pueblo gritó tres veces:
«¡Demos gracias a Dios! ¡Alabado sea Cristo!»
Después de un rato de silencio, el obispo Agustín continuó:
«Seguirá siendo presbítero hasta que quiera Dios que sea obispo.
Mas, con la ayuda y la misericordia de Jesucristo, haré desde ahora lo que
no he podido hacer hasta este momento: recordáis mi deseo de hace unos
años que no permitisteis realizar. Para un trabajo sobre la Sagrada
Escritura, que mis hermanos y mis padres los obispos se habían dignado
encargarme en los dos Concilios de Numidia y Cartago, no debía ser
molestado por nadie durante cinco días de la semana. Así lo había
convenido con vosotros. Se levantó el acta y la aprobasteis, después de
haber escuchado su lectura. Pero vuestra promesa duró poco tiempo. Fui
pronto asaltado e invadido por vosotros. No soy ya libre de estudiar como
quisiera. Mañana y tarde me veo metido en vuestros problemas
temporales. Os conjuro y os suplico por Cristo aceptar que cargue todos
estos cuidados sobre este joven, el presbítero Heraclio, a quien designo en
Su nombre, como mi sucesor en el episcopado.»
236

A lo cual el pueblo gritó veintiséis veces:
«Te damos gracias por tu elección.»
Y habiendo hecho de nuevo silencio el pueblo, Agustín pudo
proseguir:
«Os agradezco vuestra caridad y vuestro afecto, o, más bien, doy de
ello gracias a Dios. Así, pues, hermanos míos, dirigíos desde ahora a
Heraclio para todas aquellas cosas que antes me proponíais a mi. Siempre
que sea necesario dar un consejo, no le faltarán ni mis cuidados ni mi
ayuda... De esta forma, sin que nada os falte, podré dedicar el resto de mi
vida que quiera Dios otorgarme todavía no a la pereza y al descanso, sino
al estudio de la Sagrada Escritura. Este trabajo le será de utilidad a
Heraclio y, al mismo tiempo, a vosotros mismos. Que nadie envidie mi
descanso, porque este descanso será muy lleno...»
Sólo me resta rogaros que firméis estas actas, al menos aquellos que
puedan hacerlo. Vuestro asentimiento me es indispensable: os pido, por
favor, que lo testimoniéis con vuestras aclamaciones.
Al oír estas palabras, el pueblo gritó:
«¡Que así sea! ¡Que así sea!»
Al callarse la asamblea, el obispo Agustín terminó diciendo:
«¡Está bien! Ahora cumplamos con nuestros deberes para con Dios.
Mientras que le ofrecemos el sacrificio y durante esta hora de súplicas,
recomiendo a vuestra caridad dejar de lado todo asunto y preocupación
personal y de pedir al Señor por esta iglesia, por mí y por el presbítero
Heraclio.»
La sequedad y la fraseología estereotipada de este documento no
logran borrar el relieve y el colorido de esta escena popular. A través de las
piadosas fórmulas aclamatorias, se deja entrever el carácter difícil del rebaño de Agustín: No era más cómodo conducir ahora este rebaño, tan
querido y tan reprendido por él, que al comienzo de su episcopado. ¡El
dirigir y administrar la diócesis de Hipona no era claramente una sinecura!
El obispo e6 literalmente el servidor de sus fieles. No sólo los tiene que
alimentar y vestir, ocuparse de sus problemas, de sus disputas y procesos,
sino que les pertenece en cuerpo y alma. Vigilan celosamente el empleo de
su tiempo y le piden cuentas de sus ausencias. Cuando Agustín va a
predicar a Cartago o a Utique, se excusa ante sus parroquianos. Para
dedicarse a un estudio sobre la Sagrada Escritura —un estudio que le han
237

encargado dos concilios— necesita su permiso o, al meno6, su
aquiescencia.
Por fin, con setenta y dos años, después de treinta y uno de
episcopado, obtiene de sus fíeles el derecho a un poco de descanso. ¡Y qué
descanso! El mismo nos dice: «Un descanso muy ocupado», al que va a
dedicar cinco días de vacación por semana. Se propone estudiar y meditar
la Sagrada Escritura, y esto lo hace además en el propio interés de sus
ovejas, del clero y de toda la Iglesia. Ha sido el sueño más querido de toda
su vida, un proyecto que jamás ha podido poner por obra. A primera vista
esto nos extraña. Podemos tal vez preguntamos: «¿Qué había hecho hasta
entonces en sus tratados, en sus cartas, en sus sermones, a través de esa
multitud de palabras y escritos, que sus enemigos le echaban en cara, sino
estudiar y comentar las sagradas letras?» Pero en la mayoría de sus escritos
y homilías, o expone sólo parcialmente una verdad o refuta a los herejes.
Lo que él quiere es estudiar la verdad por sí misma, sin preocuparse ni
molestarse en deshacer los errores, y, sobre todo, penetrarla en la medida
de lo posible, en toda su extensión y profundidad, acabando con esa
controversia absorbente e irritante, y reflejar en un amplio espejo la luz
más pura y más completa de los dogmas divinos.
Nunca encontró tiempo para ello: tuvo que limitarse a un manual de
moral práctica, que publicó bajo este título antes de su muerte y que se ha
perdido hoy en día. Una vez más, los heresiarcas le apartaban de la vida
especulativa. Durante los últimos años de su existencia, en medio de los
más crueles sobresaltos, se vio obligado a combatir a los enemigos de la
Gracia y a los adversarios de la Trinidad. Ario y Pelagio. Este último
encontró en un joven obispo italiano, Julián d’Esclane, un brillante
discípulo, que fue para el anciano Agustín un duro contrincante. Las
invasiones bárbaras acababan de remozar la vitalidad del arrianismo, que
se creía ya extinguido en Occidente.
Eran aquellos momentos graves para el catolicismo y para el Imperio.
Los godos, los alanos y los vándalos, después de haber arrasado la Galia y
España, se disponían a pasar a Africa. Si renovaban contra Italia las
tentativas de Alarico y Radagario, pronto serían los dueños de todo el
Occidente. Ahora bien, estos bárbaros eran arríanos. En el caso —y esto
parecía cada vez más probable— de que Africa e Italia sucumbieran,
después de Galia y España, el catolicismo occidental estaba perdido.
Porque los invasores llevaban consigo, en sus bagajes, su religión y la
imponían a los vencidos. Agustín., que había concebido la esperanza de
igualar el imperio terrestre de Cristo al de los Césares, iba a asistir a la
238

ruina del uno y del otro. Su imaginación asustada le exageraba todavía el
peligro demasiado real y amenazador. Tuvo que vivir horas de angustia en
espera de la catástrofe.
¡A menos que quedara a salvo la verdad, que se mantuviera a flote en
ese oleaje de errores, que se esparciera como una inundación después del
paso de los bárbaros! De ahí proviene, sin duda alguna, la infatigable
obstinación que puso el anciano obispo en combatir, por última vez, las
herejías. Si se encarnizó sobre todo contra Pelagio, si en su teoría de la
gracia elevó sus principios hasta las últimas consecuencias, fue debido, al
menos en parte, a su obsesión del peligro. Esta alma, tan fina, tan
equilibrada y tan dulce, formuló una doctrina despiadada que ofrece un
fuerte contraste con su carácter. Creía indudablemente que frente a los
arríanos y pelagianos, enemigos de Cristo, que tal vez mañana serían los
dueños del Imperio, nunca se afirmaría demasiado la necesidad de la
Redención y la divinidad del Redentor.
Agustín continuó, pues, su tarea de escribir, de discutir y de refutar.
Hubo un momento en que pensó combatir de otro modo que con la pluma.
Su vida y la de su grey estaban en juego. Era preciso proveer a la defensa
material de su país y de su ciudad. En efecto, algún tiempo antes la gran
avalancha de los vándalos, las hordas de vanguardia de los bárbaros africanos habían comenzado a desolar las provincias. Los circunceliones no
habían muerto y sus buenos amigos les donatistas tampoco. Estos
sectarios, animados por la anarquía general, salían de sus refugios y se
mostraban más insolentes y agresivos que nunca. Tal vez esperaran de los
vándalos arríanos que se aproximaban un apoyo eficaz contra la Iglesia
romana, o, al menos, el reconocimiento de lo que creían ser sus derechos.
Continuamente desembarcaban de España bandas de bárbaros. Detrás de
esas tropas errantes de bandoleros o de soldados irregulares, los viejos
enemigos de la paz y de la civilización romana, los nómadas del Sur, los
árabes del Atlas y los montañeros de Kabylas se lanzaban sobre los
campos y las ciudades, practicando el pillaje, matando y quemando cuanto
encontraban a su paso. Fue una verdadera desolación: «Países que antes
eran prósperos y poblados —dice Agustín— se han quedado desiertos.»
Finalmente, en Ja primavera del año 429, bajo las órdenes de su rey
Genserico, los vándalos y los alanos, después de haberse reunido en las
costas de España, pasaron al estrecho de Gibraltar. Esta vez fue una
devastación total. Un ejército de ochenta mil hombres se dedicó a saquear
sistemáticamente las provincias africanas, Cherchell, que ya había sufrido
cuando la revuelta del moro Firmus, fue nuevamente conquistada e
239

incendiada. Todas las ciudades y las plazas fuertes del litoral sucumbían
una tras otra. Tan sólo Constantina, desde lo alto de su roca, continuaba
desafiando a los invasores. Para hacer padecer el hambre a los habitantes
que huían de las ciudades y abandonaban las granjas, refugiándose en las
gargantas del Atlas, los bárbaros destruyeron las cosechas, incendiaron los
graneros y cortaron las viñas y los árboles frutales. Y para obligarlos a salir
de sus escondites prendían fuego a los bosques que cubrían las vertientes
de las montañas.
Estas estúpidas destrucciones iban contra el prepósito de los
vándalos, ya que de esta forma agotaban las riquezas naturales de Africa,
esas riquezas cuyo renombre les había atraído. Para ellos Africa era el país
de la abundancia, en donde se derrocha el vino y se come pan de trigo. Era
el país de la vida cómoda, fácil y feliz. El granero del Mediterráneo, la
gran proveedora de Roma. Su insensata codicia del oro los llevaba a
arruinar las provincias en donde, no obstante, pensaban establecerse. Se
comportaron en Africa como Alarico lo había hecho en Roma. Con el fin
de arrancar el oro a los habitantes, los sometieron a las mismas torturas
que a los ricos romanos. Inventaron incluso cosas peores. Los niños, en
presencia de sus padres, eran partidos en dos como animales de matadero.
O bien les aplastaban la cabeza contra el muro o el suelo.
La Iglesia pasaba por ser muy rica y tal vez había acabado por
englobar en sus dominios la mayor parte de las tierras, lo que explica que
fuera objeto principalmente de los ataques de los bárbaros. Los sacerdotes
y los obispos fueron atormentados con un refinamiento de inaudita
crueldad. Los llevaban como esclavos, siguiendo al ejército, con objeto de
obtener de los fieles fuertes rescates por la devolución de sus pastores. Les
obligaban a llevar los equipajes, junto con los camellos y los mulos, y
cuando sentían desfallecer los pinchaban con la punta de sus lanzas. Muchos de ellos caían desplomados a la vera del camino para no levantarse
nunca más. Pero también es cierto que el fanatismo hacía aumentar la
crueldad y las codicias de los vándalos. Estos arríanos tenían un odio
especial contra los católicos, quienes representaban además, para ellos la
religión y la dominación romana. Por eso atacaban sobre todo las basílicas,
los conventos, los hospicios y, en general, todos los bienes de la Iglesia. Se
suspendió en todas partes el culto público.
El relato de estas atrocidades precedió en Hipona la llegada de los
bárbaros. La gente esperó y se dispuso a recibirlos con una triste
resignación. Desde hacía un siglo Africa no conocía la tranquilidad. Después de las insurrecciones de Firmus y de Gildon acababan de padecer los
240

destrozos de los nómadas del Sur y de los bereberes de las montañas. Y no
estaba lejano el tiempo en que los circunceliones los obligaban a estar
siempre en un continuo sobresalto. Esta vez, sin embargo, todo el mundo
estaba persuadido de que la catástrofe se aproximaba. La gente enloquecía
ante la noticia de que una ciudad o un castillo fuerte habían sido
conquistados por los vándalos o que aquella finca o tal otra villa de los
contornos estaban en llamas.
En medio de la consternación general, Agustín se esforzaba por
mantener su sangre fría. Estaba por encima de esos desastres materiales, y
ante un nuevo rumor de matanzas o de incendio solía repetirles a su clero y
a su grey aquella frase de la Sabiduría:
«Es un buen negocio para un gran corazón ver caer las piedras y las
vigas, y morir a los hombres mortales.»
Le acusaban de ser insensible. No le comprendían. Cuando todos los
de su alrededor estaban afligidos por los males presentes él deploraba ya
las consecuencias, y esta clarividencia le era más dolorosa que el
resentimiento de los horrores diarios cometidos por los bárbaros. Su
discípulo Posidio, obispo de Guelma, que se encontraba a su lado en
aquellos tristes momentos, le aplicaba con ingenuidad aquellas palabras
del Eclesiástico: «Cuanto más ciencia se posee, más pena se tiene.»
Agustín, en efecto, sufría más que los demás porque reflexionaba más
sobre la catástrofe. Veía con claridad que Africa iba a perderse para el
Imperio y, por consiguiente, para la Iglesia. Tanto una como otra no se
separaban en su ánimo. Mas ¿qué hacer contra la fuerza bruta? Toda la
elocuencia y toda la caridad del mundo fracasarían ante este elemento
desenfrenado que era la masa de los vándalos. Los bárbaros no se
convertirían más fácilmente que los donatistas. Contra la fuerza no cabía
otro recurso que la fuerza.
Entonces, como último recurso, el hombre de Dios se volvió una vez
más hacia el César. El monje apeló al soldado. Y adjuró de Bonifacio,
conde de Africa, para que salvara a Roma y a la Iglesia.
Este Bonifacio, personaje poco recto, era el tipo clásico de soldadote
brutal, funcionario del. Bajo Imperio. De origen tracio, unía a su doblez de
oriental todos los vicios del bárbaro. Era robusto y hábil en los ejercicios
del cuerpo, como los soldados de aquella época, rebosante de fuerza y
salud e incluso valiente cuando se presentaba el momento. Por añadidura,
aficionado al vino y a los placeres, bebía y comía como un verdadero pagano. Se casó dos veces, y después de su segundo matrimonio mantenía a
241

la vista y conocimiento de todo el mundo un harén de concubinas. Enviado
a Africa en calidad de tribuno, es decir, comisario del gobierno imperial,
probablemente para hacer aplicar los decretos de Honorio contra los
donatistas, recibió pronto junto al título de conde el mando de las fuerzas
militares de la provincia.
En realidad, bajo el pretexto de proteger al país se dedicó a saquearlo,
como ya era costumbre entre: los funcionarios romanos. Su «oficina»,
todavía más codiciosa que él, lo llevaba a hacer actos que el obispo de
Hipona, siempre tan preocupado de no ofenderlo, le reprochaba con
palabras encubiertas. Para comprobar la fidelidad de quienes lo rodeaban
se veía precisado a pasar por alto muchos robos y latrocinios. Además, él
mismo robaba. Tenía que cerrar los ojos para hacerse perdonar sus propios
fraudes. Cómplice de esta banda de saqueadores, no tenía la autoridad
suficiente para detenerlos.
¿Cómo ha podido dar crédito Agustín al afecto y a la sinceridad de
este aventurero poseído de grandes pasiones hasta el punto de poner en él
sus supremas esperanzas? Agustín conocía bien a los hombres, olfateaba
desde lejos los espíritus ramplones o los hipócritas. ¿Por qué motivo éste
lo engañó?
Lo primero de todo es que, a su llegada a Cartago, el obispo de
Hipona tuvo necesidad de él en calidad de tribuno para meter a los
donatistas en vereda. De ordinario se ve con buenos ojos a las personas
que prestan algún servicio. Además, el tribuno, para adular al obispo y
granjearse al propio tiempo la corte devota de Ravena, pregonaba su gran
celo en favor del catolicismo. Su primera mujer, que era muy piadosa y a
la que, al parecer, amaba tiernamente, lo animaba sin duda en estos
sentimientos. Cuando murió, tuvo tal acceso de desesperación que tal vez
de una manera muy sincera se lanzó a una devoción exaltada. Es también
posible que su crédito descendiera en Ravena, en donde debían conocer
sus abusos y sospechar sus ambiciosas intrigas. En todo caso, sea porque
estuviera realmente hastiado del mundo o porque juagara prudente hacerse
olvidar entonces, el caso es que hablaba ya de presentar su dimisión y
llevar una vida retirada como un monje. Fue precisamente en aquel
momento cuando Agustín y Alipio le aconsejaron que no abandonara el
ejército de Africa.
Tuvieron un encuentro con el general jefe en Thubunae, al sur de la
Numidia, en donde sin duda alguna estaba persiguiendo a los nómadas.
Nótese una vez más el incansable vigor de Agustín, incluso en vísperas de
su muerte. El trayecto desde Hipona a Thubunae era largo y peligroso.
242

Para que el obispo, ya anciano, se impusiera una marcha tan fatigosa, hacía
falta que la situación fuera verdaderamente intranquilizadora. Allí
Bonifacio, ¿hizo una comedia o realmente estaba tan abatido por su dolor
que el mundo se le hada intolerable y seriamente pensaba cambiar de vida?
Lo que sí es cierto es que dirigió a les prelados las frases más edificantes.
Cuando oyeron al conde de Africa hablar del claustro con tal compunción
y con tan vivo deseo de entrar en él, pensaron que semejante piedad era
algo sorprendente en un militar. Por otra parte, sus buenas intenciones
encajaban muy mal en sus planes. Le advirtieron que se podía muy bien
alcanzar la salvación dentro del ejército y le citaron el ejemplo de David,
el rey guerrero. Por fin le dijeron todo cuanto esperaban de su iniciativa y
de su firmeza. Le suplicaron que protegiera las iglesias y los conventos
contra los nuevos ataques de los donatistas y especialmente contra los
bárbaros de Africa. En aquellos momentos éstos habían traspasado las
antiguas líneas defensivas y destruían implacablemente los territorios del
Imperio.
Bonifacio se dejó convencer sin ningún esfuerzo y prometió todo
cuanto Agustín y Alipio quisieron. Pero no se movió en absoluto. Su
actitud es de lo más extraño. Está a la cabeza de todas las fuerzas militares
de la provincia y no hace nada por castigar a los saqueadores africanos.
Diríase que él y los suyos sólo piensan en enriquecerse. El país está tan
sabiamente explotado por ellos que, según la frase de San Agustín, no
dejan nada detrás.
Esta inercia autorizaba a pensar en una traición. En efecto, no es nada
imposible que desde los primeros años de su mando hubiera acariciado el
proyecto de constituir en Africa un principado independiente. ¿Se habría
querido ganar a las hordas indígenas con objeto de asegurarse su ayuda en
caso de conflicto con el ejército del Imperio? Sea lo que fuere, su conducta
no es nada clara. Algunos años más tarde baja a las costas de España para
guerrear contra los vándalos bajo las órdenes de Cas tino, jefe de las
milicias, y contrae matrimonio con una princesa bárbara de religión
arriaría.
Es verdad que la nueva condesa de Africa se convirtió al catolicismo.
Pero su primer hijo fue bautizado por sacerdotes arríanos, los cuales
volvieron a bautizar al mismo tiempo a Ice esclavos católicos que
pertenecían a la casa de Bonifacio. Este casamiento vándalo y sus
simpatías por el arrianismo produjeron un gran escándalo entre los
ortodoxos. Volvieron a circular rumores de traición.
243

Sin duda, Bonifacio alardeaba mucho de su fidelidad a la emperatriz
Placidia. Pero cataba cogido entre los omnipotentes bárbaros y el Imperio
debilitado. Pretoria mantener buenas relaciones con los dos poderosos
enemigos, en espera de pasar al lado más fuerte cuando hubiera llegado el
momento oportuno, lista sospechosa diplomacia fue la causa de su ruina.
Su rival Aetius lo acusó de alta traición ante Placidia. La corte de Ravena
lo declaró enemigo del Imperio y un ejército fue enviado contra él.
Bonifacio no dudó un instante: se rebeló abiertamente contra Roma.
Agustín se aterró contra esta deserción. Pero ¿cómo hacer entrar en
razón a un hombre violento que, al menos en apariencia, estaba en su justo
derecho, que quizá hubiera sido calumniado ante la emperatriz y que
encontraba natural vengarse de sus enemigos? Sus últimos éxitos lo habían
envalentonado. Acababa de vencer a los dos generales que habían sido
enviados para prenderlo y, de este modo, se había convertido en dueño de
la situación en Africa. ¿Que iba a hacer? Se podían temer los peores
propósitos por parte de este vencedor ulcerado y ávido de venganza...
Agustín decidió, no obstante, escribirle. Su carta es una obra maestra de
tacto, prudencia y de firmeza cristiana y pastoral.
Hubiera sido peligroso declararle a este rebelde triunfador: «Te has
equivocado. Tu obligación es reconciliarte con tu señor el emperador.»
Bonifacio hubiera podido contestar a Agustín: «¿Por qué te metes en lo
que no te importa? La política no es de tu incumbencia. Ocúpate de tu
Iglesia.» Por eso Agustín, con gran habilidad, le habla, desde el comienzo
hasta el final de su carta, únicamente como obispo, celoso por la salvación
de su hijo querido en Jesucristo. Así, pues, limitándose a sus atribuciones
de director espiritual, alcanzaba de una forma más segura y completa su
objetivo, y como médico de almas se atrevía a recordar a Bonifacio
verdades que nunca hubiera osado exponerle como consejero.
Según San Agustín, el infortunio del conde y las desgracias que por
su causa se han desencadenado sobre Africa provienen, sobre todo, de su
apegamiento a los bienes materiales. Su ambición y su avaricia, junto con
la de sus partidarios, son los causantes del mal. Que se desprenda de los
bienes perecederos y que prohíba los robos y los saqueos de sus
subordinados. El, que antes quería vivir en continencia, que observe al
menos la castidad conyugal. En fin, que le recuerda la fe jurada. Agustín
no quiere entrometerse en la disputa entre Bonifacio y Placidia, no
prejuzga ningún error por parte de uno u otro. Se limita a decir al general
rebelde: «Si habéis recibido tantos bienes del Imperio romano, no le
244

devolváis mal por bien. Si, por el contrario, habéis recibido algún mal, no
le devolváis mal por mal...»
El obispo de Hipona no podía dar, evidentemente, otros consejos al
conde de Africa. El papel de consejero político, en una situación tan
compleja, era extremadamente delicado. ¿Cómo convencer a un general
victorioso para que deponga las armas ante los vencidos? Sin embargo,
Agustín, juzgando la situación únicamente desde el punto de vista
cristiano, había encontrado el medio de comunicarle lo esencial, todo
cuanto importaba por el momento.
¿Cómo acogió Bonifacio esta carta, tan atrevida en definitiva? Lo que
sí es cierto es que no modificó en nada sus decisiones. Era muy difícil para
él retroceder y someterse, tanto más cuanto que un nuevo cuerpo de
ejército, bajo las órdenes de Segisvultus, no tardó en ser enviado contra él.
Una verdadera fatalidad le obligó a permanecer en rebelión contra Roma.
¿Se creyó perdido, como se ha dicho, o bien gracias a sus relaciones
familiares —no olvidemos que su segunda mujer era de origen bárbaro—
se había ya puesto de acuerdo con Genserico para la repartición de Africa?
Se le acusó de esto. El caso es que, al tener noticias de la llegada de
Sigisvultus y del nuevo cuerpo expedicionario, llamó en su ayuda a los
vándalos. Fue la gran invasión del año 429.
Pronto los bárbaros entraron en Numidia. Las regiones limítrofes de
Hipona se vieron amenazadas. Atemorizados, los habitantes huían en masa
ante la proximidad del enemigo y abandonaban las ciudades. Los que se
habían dejado sorprender se precipitaran en las iglesias implorando la
ayuda de los sacerdotes y obispos. Otras veces, resignados a morir, pedían
el bautismo a grandes gritos, se confesaban y hacían, penitencia pública. El
clero, como ya lo hemos visto, estaba particularmente perseguido por los
vándalos: sabían que los sacerdotes católicos eran el alma de la resistencia.
¿Debían estos, en interés de la Iglesia, preservarse para tiempos más
tranquilos y esquivar la persecución mediante la huida? Muchos de ellos se
escudaron tras las palabras del Apóstol: «Si os persiguen en una ciudad,
huid a otra.»
Pero Agustín reprendió con energía la cobardía de los desertores. En
una carta, dirigida a su compañero Honorato y destinada a ser leída por
todo el clero de Africa, declaró que los obispos y presbíteros no debían en
absoluto abandonar sus iglesias ni sus diócesis, sino que, tenían que
permanecer en ellas hasta el final —hasta la muerte y el martirio—, con el
fin de cumplir las funciones de su ministerio. Si los fieles pueden retirarse
a lugar seguro, que los acompañen sus pastores. Si no, que sepan morir con
245

ellos. Al menos tendrán el consuelo de haber asistido a los moribundos en
los últimos instantes y haber impedido, sobre todo, las apostasías que
corrientemente se producen por efecto del terror. Para Agustín, que mira al
futuro, lo esencial es que más tarde, una vez pasado el oleaje de los
vándalos, pueda de nuevo florecer el catolicismo en Africa. Es preciso para
eso que los católicos permanezcan en su país y que el mayor número
posible persevere en la fe. Porque, de lo contrario, habría que volver a
empezar un trabajo de tres siglos.
Es de admirar esta firmeza y esta claridad de espíritu en un anciano
de setenta y cinco años, asaltado continuamente por un rebaño de fugitivos
desmoralizados que le importunaban con sus quejas y lamentaciones. La
situación se hacia cada vez más difícil. El sitio se estrechaba por
momentos. Con todo y eso, en medio de este mar de angustias, Agustín
tuvo un atisbo de esperanza: Bonifacio se reconcilió con el Imperio. Desde
entonces su ejército, que se había vuelto contra los bárbaros, podría
proteger a Hipona y tal vez salvar a Africa.
¿Trabajó Agustín en esta reconciliación? Está fuera de duda que la
deseaba ardientemente. En una carta dirigida al conde Darío, que había
sido enviado especialmente de Ravena para negociar con el general rebelde, felicita efusivamente a este plenipotenciario imperial por su pacífica
misión: «Habéis sido enviado —le dice— para detener la efusión de
sangre. Alegraos, pues, ilustre y muy querido hijo en Jesucristo, alegraos
de este bien tan grande y tan verdadero y disfrutad de él en el Señor, que
os ha permitido ser lo que sois y que os ha confiado una tarea tan
importante y tan bella. Que Dios confirme el bien que nos ha venido por
vos...» A lo que Darío respondió: «Ojalá pueda usted, padre mío, formar
durante mucho tiempo tales deseos para el imperio y para la república
romana...»
Sin embargo, la causa del Imperio estaba perdida en Africa. Si la
reconciliación del revolucionario hizo que Agustín concibiera alguna
ilusión, ésta no duró mucho tiempo. Bonifacio, después de haber
negociado en vano la retirada de las tropas vándalas, fue derrotado por
Genserico y se vio obligado a encerrarse en Hipona con un ejército de
godos mercenarios. Así, pues, eran unos bárbaros quienes iban a defender
contra otros bárbaros una de las últimas ciudades romanas de Africa.
Desde finales de mayo del año 430 Hipona estuvo bloqueada por tierra y
por mar.
Agustín se resignó con pena a esta suprema humillación y a todos los
sufrimientos que tendría que padecer si era asaltada la ciudad. Con una
246

visión cristiana, se puso en las manos de Dios, repitiendo a sus circunstantes aquellas palabras del Salmo: «Eres justo, Señor, y tus juicios son
estables.» Una muchedumbre de sacerdotes fugitivos, y entre ellos Posidio,
obispo de Guelma, se habían refugiado en la casa episcopal. Un día en que
desesperaban, estando con ellos en la mesa, Agustín les dijo:
«A la vista de tanta calamidad, pido a Dios que levante el asedio de la
ciudad o, si ésos no son sus designios, que dé a sus siervos la fuerza
necesaria para cumplir su voluntad, o, al menos, que me llame de este
mundo y me reciba en su seno.»
Pero es más que probable que su decaimiento sólo fuera pasajero, y
que tanto en sus sermones como en sus entrevistas con Bonifacio se
dedicara con empeño a estimular la valentía del pueblo y del general. Su
correspondencia contiene toda una serie de cartas que por esas fechas
dirigió al conde de Africa y que respiran aquí y allá un verdadero ardor
belicoso: estas cartas son apócrifas con toda certeza. Sin embargo,
muestran de algún modo les sentimientos que por entonces debía
experimentar el pueblo de Hipona e incluso el mismo Agustín. En una de
estas cartas felicita con énfasis a Bonifacio por su victoria conseguida contra los bárbaros.
«Vuestra excelencia no ignorará, supongo, que estoy postrado en mi
lecho y que ardo en deseos de que llegue mi último día. Me alegro de
vuestra victoria. Os conjuro que salvéis la ciudad romana. Gobernad
vuestros soldados como un buen conde. No os vanagloriéis de vuestras
propias fuerzas. Poned toda vuestra gloria en Aquel que confiere el valor y
jamás sentiréis miedo ante ningún enemigo. ¡Adiós!»
Poco importan los términos. Sea cual fuere la última despedida de
Agustín al defensor de Hipona, empleó con él un lenguaje muy semejante
a éste. A pesar de todo, la posteridad ha creído siempre que el obispo
moribundo conservó hasta el final su orgullosa actitud frente a la barbarie:
Sería exagerar el sentido de las palabras querer representárselo como un
patrista, en el sentido con que lo entendemos hoy. No es menos cierto que
este africano, que este cristiano fue un admirable servidor de Roma.
Mantuvo hasta su muerte esa veneración, porque el Imperio representaba a
sus ojos el orden, la paz, la civilización y la unidad de la fe en la unidad de
dominio.

247

4. SAN AGUSTÍN
Al tercer mes de asedio cayó enfermo. Tenía fiebre, una fiebre
infecciosa sin duda. La gente del campo y los soldados heridos que,
después de la derrota de Bonifacio, se habían refugiado en Hipona,
trajeron allí consigo los gérmenes contagiosos. Era a finales de agosto, la
estación de las epidemias, del calor húmedo y de las tardes agotadoras, la
época del año más peligrosa y la más penosa para los enfermos.
Pronto Agustín tuvo que guardar cama. Pero incluso allí, en ese lecho
en donde iba a morir, no le dejaban tranquilo. Vinieron a pedirle que rezara
por los posesos. El anciano obispo se enternecía, lloraba y rogaba a Dios
que le concediera esta grada, y los desgraciados clementes fueron curados.
Es bastante probable que esta curación produjera gran alboroto en la
dudad. Un hombre le llevó otro enfermo para que lo curara. Agustín,
agotado, le contestó:
«Hijo mío, ya ves el estado en que me encuentro. Si tuviera algún
poder sobre la enfermedad, habría comenzado por curarme a mí mismo.»
El individuo insistió: había tenido un sueño. Una voz misteriosa le
había dicho: «Ve a buscar a Agustín: impondrá las manos sobre el enfermo
y éste será curado.» Y así sucedió efectivamente. Son esos, al parecer, los
únicos milagros que hizo el santo estando en vida. Mas, ¿qué es eso
comparado con el ininterrumpido milagro de su caridad y de su
apostolado?
Pronto se agravó la enfermedad del obispo, consiguió, por fin, que no
le molestaran más y que se le permitiera prepararse a morir, en el silencio
y en el recogimiento. Durante los diez días que todavía estuvo con vida
nadie entró en su celda, a excepción de los médicos y de los servidores que
le traían un poco de alimento. Aprovechó para arrepentirse de sus faltas.
Solía, en efecto, repetir a sus clérigos que «incluso después del bautismo,
tanto los cristianos como los presbíteros, por muy santos que fueran, no
debían dejar la vida sin haber hecho antes una confesión general». Con el
248

fin de excitar su contrición, había ordenado que le copiaran en unas hojas
los salmos penitenciales y que los distribuyeran convenientemente sobre
las paredes de su cuarto. Desde su cabecera los leía continuamente.
¡Ahora está solo frente a sí mismo y a Dios! Momento solemne para
este gran anciano.
Evocaba su vida pasada, y lo primero que le impresionaba y le
entristecía era el derrumbamiento de todas sus esperanzas humanas. Loe
enemigos de Ja Iglesia contra quienes había luchado sin descanso durante
cuarenta años, y que había creído vencidos, todos esos enemigos volvían
ahora a levantar la cabeza: los donatistas y los arríanos iban a adueñarse de
Africa. Las iglesias, que se habían reconstruido a costa de tan largos
esfuerzos, serían una vez más destruidas. Y la autoridad que hubiera sido
capaz de sostenerlas, con 1a que quizá había contado demasiado, la del
Imperio, se derrumbaba también. Era la ruina del orden, de la paz material
y de ese mínimo de seguridad que es indispensable para toda obra
espiritual. De una a otra punta del mundo occidental la barbarie triunfaba...
A veces, en medio de estas meditaciones dolorosas del moribundo,
resonaban las trompetas: era un toque de alerta en las murallas. En el
semidelirio de la fiebre, estos toques adquirían para él un acento lúgubre,
corno las trompetas anunciadoras del juicio final. Ciertamente, se podría
temer que hubiese llegado el día de la cólera. ¿Era aquello el fin del
mundo o únicamente el fin de un mundo...? Sí, podían verse entonces muchos horrores y calamidades para que no pudiera pensarse en el mañana
sin temor. Numerosos signos, que ya anunciara la Sagrada Escritura,
atemorizaban las imaginaciones: las desolaciones, las guerras y las persecuciones contra la Iglesia se multiplicaban con una rapidez y una
crueldad escalofriantes. Sin embargo, no estaban todas las señales
predichas. ¡Cuántas veces ha sido engañada la humanidad en sus terrores y
en sus esperanzas! En realidad, aunque todo haga presagiar el final del
siglo, no se conoce ni el día ni la hora del juicio. ¡Por eso conviene estar
siempre vigilante, según las palabras de Jesucristo...! Pero, aunque esta
prueba de la guerra bárbara tenga que pasar como las otras, ¡qué penosa
es! Sobre todo, qué dura es para Agustín, que ve su obra casi deshecha por
ella.
Un pensamiento, al menos, le llenaba de consuelo, y es que, a raíz de
su conversión, había hecho todo cuanto estaba en su mano y había
trabajado por Cristo durante más de cuarenta años incluso por encima de
sus fuerzas. Se decía a sí mismo que dejaba tras él el fruto de una labor
inmensa, toda una obra apologética y dogmática que inmunizaría contra el
249

error a lo que quedara de su rebaño v de la Iglesia en Africa. El mismo
había fundado una iglesia ejemplar, su querida iglesia de Hipona, que
había configurado a la regla divina lo mejor que pudo. Había fundado
asimismo conventos, una biblioteca llena de libros, que se había enriquecido últimamente gracias a la generosidad del conde Darío. Había
formado a sus clérigos, quienes una vez pasados los desastres difundirían
por todas partes la buena semilla de la verdad. Libros, monasterios,
sacerdotes, alimentos sustanciales y seguros para las inteligencias: he aquí
lo que legaba a los obreros del porvenir. Todo estaba dispuesto para una
futura siembra... Y con una alegría teñida por el dolor leía sobre la pared,
en el ángulo de su cama, aquel versículo del Salmo: Exibit homo ad opus
suum et operationem suam usque ad vesperum... «Saldrá el hombre para
dirigirse a su labor, y trabajará hasta la noche.» También él había trabajado
hasta la noche.
Si la recompensa terrestre parecía escapársele ahora, si todo se
descomponía a su alrededor, si su ciudad episcopal estaba sitiada, si él
mismo, todavía en pierna posesión de sus facultades, «había conservado —
dice Posidio— el uso de todos sus miembros, con un oído delicado y una
vista perfecta»; si él mismo iba a morir demasiado pronto, era sin duda en
expiación de las faltas de su juventud. Al recordar sus desvarios, las
lágrimas corrían abundantes... Sin embargo, pese a la locura de su
conducta de antaño, distinguía ahora con nitidez las señales ciertas de su
vocación. Recordaba su desesperación y las lágrimas de su madre y
también su exaltación al leer el Hortensio, su hastío del mundo y de todo
al perder a su amigo. Reconocía en el hombre viejo al hombre nuevo. Y se
decía: «¿Y qué? Era yo mismo. No he cambiado nada. Tan sólo me he encontrado a mí mismo. He cambiado únicamente de camino. Desde mi
adolescencia, en lo más profundo de mis errores, ya me había levantado,
oh Dios mío, para volver a Ti.»
Su peer locura había consistido en querer comprenderlo todo. Le
faltaba humildad de espíritu. En fin, Dios le había concedido la gracia de
doblegar su inteligencia a la fe. Había creído y después había comprendido, como había podido y en la medida en que había podido. Lo
primero de todo, reconocía con toda sencillez lo que no entendía. Además,
la fe le había abierto los caminos de la inteligencia. Había utilizado
perfectamente su razón, dentro de los límites asignados a la flaqueza
moral. ¿No era ése el deseo pretencioso de mi juventud? ¡Comprender! No
hay destino más alta.
250

¡Amar también! había sabido emplear muy bien su corazón, después
de haberlo desprendido de las pasiones culpables. Pensaba en toda la
caridad que había derramado sobre su pueblo y sobre la Iglesia, en todo lo
que había amado en Dios, en todo lo que había hecho, en su continua
actividad, inspirada y sostenida por el amor divino... ¡Sí, amar, ahí se
encierra todo! ¡Los bárbaros pueden llegar! ¿No ha dicho Jesucristo: «Yo
estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos»? Mientras haya
hombres unidos por amor a El, el mundo no estará definitivamente perdido
y la Iglesia y la civilización se salvarán. La religión de Jesucristo es una
levadura de acción, de inteligencia, de sacrificio y de caridad.
De ellas surgirán las renovaciones futuras, si hoy el mundo no está
condenado y si el día del juicio no está todavía lejano...
Agustín olvidaba de esta forma sus sufrimientos y decepciones
humanas pensando que, a pesar de todo, la Iglesia es eterna. La Ciudad de
Dios recoge los deseos de la ciudad terrena: «El godo no puede arrebatar
lo que Cristo custodia: non tollit Gothus quod custodit Christus!» Y, al
aumentar sus dolores, sólo quería considerar esta ciudad imperecedera, «en
donde se descansará, en donde se verá y en donde se amará», en donde se
volverán a encontrar todos los seres queridos ausentes. Los llamaba a
todos en ese minuto supremo: Mónica, Adeodato y la que había estado a
punto de condenarse por su culpa y a todos cuantos había amado...
El día 5 de las calendas de septiembre, el obispo Agustín estaba muy
postrado. Rezaban por él en las iglesias de Hipona y particularmente en
aquella basílica de la Paz, en donde durante tanto tiempo había predicado y
trabajado por los demás. Posidio de Guelma se encontraba en la habitación
del obispo rodeado de sus clérigos y monjes. Se unieron a sus oraciones. Y,
sin duda, entonarían por última vez delante de él uno de esos cánticos
litúrgicos que antes, en Milán, le emocionaban hasta hacerle llorar y que,
después, como consecuencia de la invasión, bajo el golpe del temor
bárbaro, no se atrevían a cantar. Agustín, defendiéndose todavía contra la
dulzura demasiado penetrante de la melodía, sólo prestaba atención al
sentido de las palabras y se repetía sin cesar:
«Mi alma tiene sed del Dios vivo, ¿cuándo estaré ante su presencia?»
«El que es la misma vida ha bajado a esta tierra. Ha padecido nuestra
muerte y la ha hecho morir por la abundancia de su vida... La vida ha
descendido sobre nosotros, ¿no queréis salir vosotros también hada ella v
vivir?»
251

El entraba en la vida y en la gloria. Se marchaba apaciblemente,
ayudado por el cántico de los himnos y el murmullo de las oraciones...
Poco a poco su mirada se veló y los rasgos de su rostro se relajaron. Sus
labios permanecieron inertes. Posidio, el discípulo fiel, se inclinó sobre él;
como un patriarca de la Sagrada Escritura, Agustín de Tagaste «había ido a
reposar junto a sus antepasados».
Y ahora, cualquiera que sea el valor de este escrito, concebido y
dirigido con un espíritu de veneración y cariño hacia el Santo, hacia el
gran corazón y la vasta inteligencia que poseyó Agustín, hacia ese tipo'
único de cristiano, el más completo y quizá el más admirable que jamás se
haya visto, el autor no puede por menos que repetir, con entera humildad,
lo que decía hace mil quinientos años el obispo de Guelma, su primer
biógrafo;
«Pido insistentemente a la caridad de los que lean este libro que se
unan a mis acciones de gracias y a mis bendiciones hacia el Señor, que me
ha inspirado el pensamiento de dar a conocer esta vida a los presentes y a
los- ausentes... y que me ha dado el poder de realizarlo. Rezad por mí y
conmigo a fin de que me esfuerce, aquí abajo, por seguir el ejemplo de este
hombre incomparable, con el que Dios me ha concedido la dicha de vivir
durante tantos años...»
--------------P. S. — No puedo citar aquí todas las obras de las que más o menos
me he servido. Quiero, sin embargo, expresar mi agradecimiento a mi
amigo Esteban Gsell —que es uno de los maestros en arqueología
africana—, después a Paul Monceaux, un historiador tan penetrante y tan
vivo, cuyos magníficos estudios abarcan toda la literatura latina de
Africa; a Dom Leclerq, a Dom Besse, cuyos tratados y monografías han
sintetizado tantas investigaciones eruditas y esclarecido tantos puntos
oscuros de la historia de la Iglesia en Africa, y, por fin, a George Goyau,
que ha hecho revivir con rasgos tan conmovedores la noble figura de
Santa Melania.

252