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ALBERTO MARCO ALEMÁN

Beato Alberto Marco Alemán
1894-1936
42 años haciendo el bien.

l

- P. ALBERTO MARCO ALEMAN

- "¡Quiero ser religioso!"- dijo con todo aplomo el crío que no levantaba
cuatro palmos del suelo.
Era un día de primavera del año 1901. El obispo de Albacete había llegado
a la Villa de Caudete para administrar el sacramento de la Confirmación y
todos los feligreses pasaban a saludar al prelado sentado ante el altar del
templo parroquial. Cuando le tocó la vez a un niño de siete años, éste se
arrodilló ante el obispo y le besó los pies. El prelado quedó muy
sorprendido ante el gesto que nadie había indicado al chico y le preguntó
por qué hacía eso y qué deseaba, a lo que respondió serenamente
diciendo que deseaba ser religioso. El obispo, dirigiéndose a los carmelitas
que le asistían, les dijo que cuidaran bien al muchacho porque tenía trazas
de llegar a ser una lumbrera.
El juicioso niño había visto la primera luz en Caudete el día 23 de mayo de
1894. Era el mayor de los ocho hijos -tres varones y cinco mujeres- del

matrimonio formado por Joaquín Marco y Francisca Alemán, una familia
de labradores de acomodada posición social y, sobre todo, de profunda fe
cristiana, heredada de la abuela que había querido ser religiosa. Tanto lo
eran que en el pueblo se les apodaba "los Monjos". Al día siguiente de
nacer recibió el bautismo en el que fue impuesto el nombre de Francisco.
El 20 de septiembre del mismo año recibiría la Confirmación 1[14].
El pequeño Francisco, además de monaguillo en la iglesia del Carmen, era
alumno de la contigua escuela de los carmelitas donde recibió una cultura
humana y religiosa que él asimiló perfectamente porque era un discípulo
al que los profesores alababan por su aplicación y provecho. A la vez, se
trataba de un chico vivaracho y cabecilla entre sus amigos y hermanos,
quienes sin rechistar aceptaban sus sugerencias y mandatos.
Fiel a la confidencia hecha al obispo, a los once años manifestó a sus
padres que deseaba ser carmelita, noticia que estos recibieron con todo el
gozo de su fe cristiana, aumentado por la gran amistad que les unía a
estos religiosos.
El año 1905 se encaminó al seminario menor carmelita de Olot (Gerona),
donde estudió un año, continuando al siguiente en el seminario menor de
Onda (Castellón) donde tomaría el santo hábito del Carmen y efectuaría el
noviciado bajo la experta mano del célebre maestro de novicios de
generaciones de carmelitas, el P. Simón García. Entonces cambió el
nombre de Francisco por el de Alberto, en honor de San Alberto de Sicilia,
uno de los primeros santos carmelitas, de finales del siglo XIII.
Profesó fray Alberto en la Orden del Carmen el 5 de agosto de 1910 y,
seguidamente comenzó los estudios filosóficos y teológicos en el convento
carmelita de su pueblo natal, Caudete.
Con once meses de dispensa de edad recibió la ordenación sacerdotal de
manos del obispo de Urgell, don Juan Benlloch, el 29 de junio de 1917

1. Hombre de una pieza
Era considerado por todos como un perfecto candidato para ocupar altos
cargos en la Orden. Y así, unos meses después de su ordenación fue
nombrado prefecto y profesor de los estudiantes de Filosofía y Teología en
Caudete, lo que llevó a cabo hasta el año 1920. En este año fundó, con
otros compañeros religiosos, las escuelas del Castillo de Onda en las que
permaneció como maestro hasta 1922. Muchos antiguos alumnos
recordaban años después su habilidad para educar a los niños y para
corregirlos.
En el mes de abril de 1922 sería uno de los cofundadores de la primera
comunidad carmelita que se hacía cargo del Santuario de la Cueva Santa,
en Altura, Segorbe (Castellón). Su habitual ejemplaridad, tan necesaria en
los comienzos, se hizo patente al poner en marcha la vida de comunidad.
Al poco tiempo volvía a su cargo de formador en Caudete.
El día 13 de septiembre de 1924 formó también parte de la comunidad
fundadora en el Santuario de Nuestra Señora del Henar, Cuéllar (Segovia),
el primer convento que la Orden abría en Castilla desde que en 1835 fuera
suprimida la histórica provincia carmelita de Castilla, hogar espiritual de
religiosos tan santos y sabios como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz,
Miguel de la Fuente, María de Jesús y del Espino...
A partir de esa fecha, radicaría en este Santuario del Henar el seminario
teológico, del que el P. Alberto fue prefecto y profesor de Teología Moral y
Derecho Canónico. El año 1927 era nombrado prior del mismo, renovado
el trienio de 1929 a 1932. Durante su mandato, nuestro prior llegó a ser
toda una institución y no sólo dentro de la comunidad de religiosos sino
en toda la comarca henarense. Hubo de hacer frente a situaciones
precarias del santuario, sacándolo a flote con habilidad y abnegación.
Fue renombrado predicador en la citada comarca, hablando siempre con
elocuencia y notable unción religiosa; igualmente, acreditado director de
conciencia, dirigiendo muchos jóvenes a los seminarios y a los conventos,

especialmente a los de clausura, lo que le comportó algunas calumnias,
que él soportó con paciencia y silencio 2[16].
Religioso de profunda oración, daba la impresión de estar siempre en la
presencia de Dios y de que hubiera hecho el propósito de actuar en cada
momento con la máxima perfección.
Su ascendiente entre toda clase de personas, tanto del pueblo llano como
de las más altas jerarquías eclesiásticas o civiles, se debía a la nobleza de
su espíritu y al trato delicado y cortés con los que actuaba, frutos sin duda
de la caridad. Era un hombre prudente y humilde que nunca hablaba de sí
mismo y si tenía que hacerlo usaba siempre el circumloquio "un servidor".
Brillaba en él de modo especial la virtud de la templanza que aparecía en
su carácter sosegado e invariable. Todo le caía bien y mostraba en todas
las circunstancias un semblante sereno, gozoso. Era hombre de una pieza.

2. Apóstol dinámico
Su presencia en los púlpitos era muy requerida. Debido a ello así como a
sus ocupaciones por los constantes cargos que desempeñaba, a lo que hay
que añadir las escasas comunicaciones viales de entonces, se veía
obligado a veces a permanecer días fuera del convento, por lo que llegó a
tener cierta fama de "andariego" No obstante, los testigos del proceso
afirman rotundamente que se trataba de un sacerdote-religioso modelo,
fiel cumplidor de la vida comunitaria.
Hombre decidido a defender los derechos de los carmelitas en el
Santuario del Henar, logró hacer triunfar su causa frente a las
pretensiones de los ganaderos, quienes acostumbrados a hacer de su capa
un sayo en las propiedades del citado Santuario durante siglos, no
entraban ahora por los derechos que justamente reclamaban los
carmelitas, nuevos rectores del mismo. Sin aquella persistente defensa
por parte del P. Alberto y los demás religiosos, creo que no tendría hoy el
santuario ni un palmo de terreno propio.

Durante su priorato de cinco años organizó una de las romerías del Henar
más sonadas en toda su historia. A la misma acudieron las autoridades
eclesiásticas y civiles de Segovia y de los 39 pueblos de la Comunidad de
Villas y Tierra de Cuéllar, acompañado de una muchedumbre de devotos.
El día 3 de julio de 1932 visitaba el santuario, acompañado de algunos
hombres de la política de Cuéllar, el ministro de la Gobernación de la
República, Miguel Maura, que estuvo merendando en la pradera y, luego,
visitando detenidamente la iglesia y convento, acompañado del prior P.
Alberto, quien, en un momento determinado, le preguntó cómo permitía
la quema de conventos e iglesias en Madrid y otras ciudades españolas, a
lo que contestó el ministro que era muy difícil contener al populacho
desbordado.
De su valía y prestigio nos puede dar sobrada muestra el hecho de que, al
final de su mandato de prior del Santuario del Henar en 1932, don Juan
Herrero, que llegó a ser célebre alcalde de Cuéllar, inició una recogida de
firmas dirigidas al padre provincial diciendo que le dejara más tiempo en
el santuario. Cuando lo supo, el P. Alberto se opuso a ello porque no
deseaba lo que no viniera de la mano de la obediencia y de la voluntad de
Dios 3[18].
En 1932 era elegido primer definidor de la provincia de Aragón-Valencia
con residencia en Onda, a la vez que prefecto y profesor de estudiantes de
Teología. Al iniciarse la segunda República, con presagios de ahogo para la
vida cristiana y sencillamente la claustral, se optó por trasladar a la villa
castellonense de Onda el colegio filosófico-teológico dado que la gran
parte de los alumnos eran nativos de esa región valenciana, mientras que
El Henar fue convertido en noviciado por la razón de que la mayor parte
de los novicios de ese año eran de Castilla. Pero las cosas sucedieron de
otro modo.

El 25 de agosto de 1934, el P. Alberto era nombrado secretario asistente
del provincial P. Rafael Sarría. Y pocos meses después pasó con los
estudiantes de Teología a fundar la primera comunidad carmelita en el
monasterio de Cogullada, en las proximidades de Zaragoza.
En el capítulo provincial del año 1935 fue confirmado en sus cargos de
asistente-secretario y, además, elegido prior del convento de los
carmelitas de la calle Ayala, 35, Madrid. El P. Provincial, que fijó su
residencia en el mismo convento, lo retuvo junto a sí como a hombre de
experiencia, de singular prudencia y de sabio consejo. A él le confiaba los
temas más espinosos en unas circunstancias realmente críticas para la
vida religioso-sacerdotal de España. Y, por su parte, el P. Alberto
desempeñó ambos cargos con desenvoltura y eficacia.
Fue el prior adecuado para una comunidad compuesta por ocho
sacerdotes y tres hermanos. Algunos eran estudiantes en la universidad y
dedicados al trabajo apostólico en los momentos libres, y otros eran
miembros ancianos o antiguos superiores suyos que disfrutaban de cierta
autonomía. Con todos, el P. Alberto mostraba siempre una fraternal
solicitud y una extremada caridad. Por su parte observaba la vida
comunitaria con toda exactitud, sin descuidar el púlpito y el confesionario,
así como a las religiosas de clausura y otros grupos apostólicos.
Para con las personas que frecuentaban la iglesia carmelitana de Ayala,
era todo para todos. Poseía un especial don de gentes y un trato exquisito
que le hacían sumamente agradable. Sobresalía por su acierto en la
dirección espiritual de toda clase de personas, por su caridad en atender a
cuantos acudían a él en sus necesidades, especialmente buscándoles
colocaciones de trabajo, por la cuidadosa atención a los enfermos y por la
oratoria sagrada.
Gozaba entre los fieles de fama de santo religioso, viéndose rodeado de
cariño general, efecto del alto grado en el que poseía la caridad y el
consejo 4[19].

Fue fervoroso propagador de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de
la que repartía folletos por millares animando a los fieles a que llevaran a
cabo la consagración individual y familiar. Él mismo consagró el convento
y la comunidad. Como buen carmelita era un enamorado de María y
propagaba la devoción carmelitana del Escapulario que repartía a manos
llenas, sobre todo a los enfermos, de cuya cabecera de la cama colgaba
siempre uno -demás del llevado en el pecho-, lo que comenzó desde
entonces a hacerse común 5[20].

3. Amenazas de incendio y de muerte
El P. Alberto tuvo presentimientos de que algo terrible iba a ocurrir en
España y que una parte recaería sobre él mismo. Algunos testigos señalan
que estaba íntimamente persuadido de que lo matarían por odio a Dios y
a su Iglesia. Realmente, una personalidad como la suya, con tan ricas
prendas humanas y espirituales, no podía pasar desapercibida para los
fieles ni dejar de estar en el ojo de mira de los contrarios a la fe cristiana.
Días antes del comienzo de la guerra civil el P. Alberto hizo saber a la
comunidad que le habían amenazado con quemar la iglesia y convento, así
como arrastrar por las calles a todos los frailes, comenzando por él, pero
que se había quedado tranquilo respondiendo que sólo sucedería aquello
que Dios permitiera. Sin embargo, como hombre prudente, buscó
alojamiento en casas particulares para cada uno de sus religiosos por si
llegara el trance de tener que abandonar el convento.
Pudo haberse salvado fácilmente porque tenía ya el billete para viajar
fuera de Madrid con el fin de tomar aguas termales por prescripción
médica. Sus familiares y amigos le aconsejaban que se marchara, pero él
respondió: "Sé que las horas presentes son muy graves, pero el capitán de
un navío no debe abandonar su puesto en las horas de mayor peligro".

Unas semanas antes, algunos le habían dicho que se quitara el hábito para
salir a la calle. A sus familiares que pensaban lo mismo, temiendo por su
vida, les señaló: "Si es que ha llegado mi hora, tengo que morir vestido
con el hábito de fraile. Si muero, mucho ánimo; lo que no quiero es que
lloréis porque, al fin de cuentas, si soy mártir, me iré al cielo. ¡Qué más
quisiera yo que morir mártir!" 6[21].
El día 20 de julio, fiesta de San Elías, el profeta del Carmelo, comenzó en
Madrid el alzamiento nacional. A las siete de la mañana, cuando la
comunidad se hallaba en la meditación, se oyeron llamadas insistentes en
la portería y a muchos hombres jóvenes entrar en la iglesia pidiendo
confesión y escapularios del Carmen porque, decían, que se iban al frente
para luchar por la salvación de España. Los religiosos dejaron sus rezos
comunitarios y comenzaron las confesiones. Se celebró una misa con
numerosas comuniones, se consumieron todas las sagradas formas y se
impusieron los escapularios, mientras se escuchaban disparos, explosiones
y runruneo de aviones.
Viendo el cariz que tomaban las cosas al recibirse por teléfono un aviso de
que muy pronto convento e iglesia iban a ser incendiados como estaban
ya ardiendo otros muchos de Madrid, el padre prior reunió a la comunidad
a las nueve y treinta de la mañana para aconsejar a los frailes que se
despojaran del hábito religioso y volvieran vestidos de paisano a la sala en
la que se encontraban.
Los religiosos que formaban la comunidad eran once: P. Rafael Sarría
(provincial, ausente, en Onda), P. Alberto Marco (prior), P. Simón García
(subprior), P. Juan Bautista Feliu, P. Alfonso López, P. Redento Julve, P.
Pedro-Tomás Carbó, P. Máximo Andrés y los hermanos Fr. Tomás Díaz, Fr.
Simeón Manrique y Fr. Jaime Sánchez. Se hallaban también allí el P.
Miguel Colldecarrera (de Onda) y el Rdo. don Pascual Goterris, diocesano,
predicador de la novena del Carmen 7[22].

Reunidos todos de nuevo en la sala, el padre prior fue bendiciendo y
abrazando a cada uno de ellos, que comenzaron a salir del convento a
intervalos y separadamente para dirigirse a las casas señaladas con
anterioridad.
El último en abandonarlo fue el P. Alberto para dirigirse primeramente a
un piso de la calle Velázquez 57, ocupado por un joven matrimonio. Al día
siguiente de estar en el mismo se puso un guardapolvos y salió a ver a los
religiosos refugiados en las casas o pisos cercanos. Al entrar en los mismos
decía a los frailes con su mejor gracejo: "Aquí está el panadero".

4. Apresamiento e interrogatorio
Debido a los registros que efectuaban los milicianos en el edificio donde se
hallaba su piso, se trasladó a otros por temor a comprometer a las familias
amigas que tan cariñosamente le acogían. Al fin vino a parar al piso de las
piadosas señoras, benefactoras de los carmelitas, hermanas Margarita y
Enriqueta Aguilar, en la misma calle Velázquez 55, dado que allí no habían
efectuado ningún registro.
En esta casa, el P. Alberto celebraba todos los días la eucaristía antes del
amanecer para evitar que les sorprendieran en alguno de los imprevistos
registros. Igualmente tenían la lectura espiritual diaria y el rezo
comunitario del rosario. ¡Aquello parecía un convento!, dice en el proceso
la sirvienta de la casa, llamada Josefa.
El sacerdote carmelita pasaba como hijo adoptivo de una de las señoras.
Su hermano Luis le había conseguido incluso el carné de estudiante 8[23].
Parecía todo tranquilo a pesar del peligro al que se exponían uno y otras.
El P. Alberto mantuvo un espíritu gozoso, jovial, durante el largo mes de
estancia.

Un día, una sirvienta del piso contiguo oyó a través de las paredes el rezo
coral del rosario y le faltó tiempo para denunciarlo a los milicianos quienes
se presentaron en el piso el domingo día 31 de agosto para hacer el
consabido registro.
Llamaron a la puerta y acudió a abrir la sirvienta. Cuando supo lo que
deseaban aquellos sujetos, fue a comunicárselo a las señoras. Pero el P.
Alberto, que lo había oído, se presentó en la puerta. Al verlo, le
preguntaron a bocajarro:
- ¿Es usted sacerdote?
- Sí, soy sacerdote y religioso, respondió sin titubear.
Entonces le encerraron en el recibidor diciéndole que no se moviera de allí
y comenzaron a registrar toda la casa acompañados de las dos señoras y la
sirvienta. Dos milicianos se llevaron a las tres mujeres -a la sirvienta sólo
como ayuda de las señoras- a la Dirección General de Seguridad. Otro de
ellos se quedó en el piso interrogando al P. Alberto y apoderándose de
aquello que le gustaba. Al poco rato se lo llevó también a él.
Algo después pasó por la casa Luis, el hermano del P. Alberto, con el fin de
visitarlo, encontrándola sellada por la Dirección de Seguridad.
Inmediatamente fue a contárselo a su madre y familia que corrieron a los
lugares donde depositaban los cadáveres de los asesinados, pero no
hallaron el de su querido familiar.
Pronto se enteraron de que se hallaba en la checa de Fomento, en la que
estaba siendo sometido a interrogatorios por los tribunales populares
durante los cuales le incitaron a que pronunciara gritos subversivos y
antirreligiosos, a lo que se negó rotundamente. Incluso se atrevieron a
proponerle que si renunciaba a ser cura le dejaban libre 9[25]. Pero no
cedió ni un milímetro.

Durante el largo interrogatorio, el P. Alberto manifestó valientemente:
- Si por ser religioso y sacerdote van a fusilarme, deben tener bien
entendido que cinco minutos que retrasen la ejecución me los quitan de
gozar de Dios en el Cielo.
Y preguntado sobre sus actividades subversivas contra la República,
aseguró:
- En mis sermones nunca hablo de política, sino de Dios, porque mi misión
es predicar a Jesucristo 10[26].
Estas declaraciones se conocen por un muchacho que se confesó con él en
la checa y que después de quedar libre pudo visitar a los familiares del P.
Alberto, a los que comunicó que se encontraba bien y les entregó el reloj,
un portafolios con fotos y un papel en el que decía simplemente: "Estoy
bien". Por esos días también visitó a la familia un anarquista de la misma
checa que, en tan corto espacio de tiempo, se había hecho amigo del
sacerdote.

5. "La pasión no lo parece en compañía de Alberto"
Desde la checa de Fomento fue llevado el día 2 de septiembre a la
Dirección General de Seguridad, a la que se dirigieron inmediatamente sus
familiares. Cuando el P. Alberto los vio a distancia, les hizo señas para que
se alejaran por el miedo a que les pasara algo. Una cuñada logró hablar
brevemente con él y pudo entregarle algunos utensilios de aseo.
Finalmente, el día 3 lo trasladaron a la cárcel de Porlier, que hasta hacía
unos meses había funcionado como colegio de los religiosos escolapios,
quedando destinado a la sala cuarta, repleta por supuesto de presos.
El afectuoso carmelita se adueñó muy pronto del corazón de los
angustiados compañeros de destino y, olvidándose de sus propias penas,
se hizo todo para todos. Y los demás también con él. Uno de ellos, el

teniente Jesús Sánchez Posada, le regaló un colchón de borra para que,
juntándolo al que tenía, le fuera más soportable el catre de dormir.
Apenas se lo dio, el carmelita lo ofreció a otro, pero nadie se lo admitió,
por lo que hubo de quedarse con él contra su voluntad aunque muy
agradecido.
Hablaba largo y tendido con ellos, sobre todo con los que sacaban cada
noche para ser fusilados en Paracuellos del Jarama, a los que confesaba si
así lo deseaban. Con un pequeño grupo rezaba diariamente el rosario y
tenían la lectura de los textos litúrgicos de la santa misa, con explicaciones
bíblicas, aunque sin la Consagración por falta de todo lo necesario.
Confesaba también a cuantos se lo pedían. Él mismo lo efectuaba
frecuentemente con el agustino P. Francisco Díez Martín y éste con
nuestro carmelita.
Según varios testigos, el P. Alberto rezaba todas las noches cuando los
ruidos carcelarios ponían de manifiesto que había una saca de presos
para ser fusilados. Y decía muchas veces: "¡Quizá pierda yo la ocasión de
morir por Cristo!".
No se lamentaba de nada, a pesar de su mala salud. Estaba siempre de
buen humor, hasta el punto de que sus compañeros de cautiverio llegaron
a decir: "La prisión no es prisión en compañía del P. Alberto".
Un compañero de cárcel, el alemán Christian Zahn, le hizo un retrato a
lápiz, que firmó, y detrás de él otros setenta y cinco presos más, como
signo de amistad y agradecimiento. Era el día 2 de octubre. El dibujo,
precioso documento, lo pudo recoger su compañero de cárcel y de celda,
el citado militar, que estampó su firma en el pecho del retratado después
de que el P. Alberto fuera sacado de la cárcel camino del martirio 11[28].
Sufría el religioso en su vida normal de algunas enfermedades crónicas del
estómago y, especialmente, del hígado y de catarro anginal , que en la
cárcel empeoraron de forma alarmante sobre todo las dos últimas,
aunque él soportaba el dolor físico y moral con gran dominio. El día 16 de

noviembre empeoró sensiblemente del hígado, llegando a sufrir
seguramente septicemia. Los compañeros le obligaron a visitar al médico
de la prisión, el doctor Montenegro, también preso, del que volvió sin
remedio alguno para sus males. No se lamentó de ello, pero lo hicieron
por él sus compañeros con un pequeño motín carcelario para pedir que lo
atendieran convenientemente. Incluso estaban dispuestos a entregar una
queja a alguna embajada extrajera por lo que ello significaba de
conculcación de los derechos internacionales sobre la atención de
prisioneros.
Durante ese alboroto el P. Alberto, tendido en su colchoneta, se mantuvo
tranquilo hasta que oyó que sus compañeros pronunciaban palabras
violentas. Entonces se levantó y, dirigiéndose a todos ellos con las manos
elevadas al cielo, pidió que tuvieran resignación y conformidad con la
voluntad de Dios, rogándoles que dejaran las cosas tal como estaban y
aconsejándoles que para soportar mejor las penalidades era preciso unirse
a Dios y a la Virgen María por medio de la oración.
Dicen los testigos presenciales que pronunció estas palabras con tanta
unción que todos los presos se quedaron en el más absoluto silencio y se
arrodillaron en torno a él exclamando "así sea" 12[29].

6. "¡Nos veremos en el cielo!"
El día 23 de noviembre por la mañana, el enfermero Clemente Ramírez
avisó al P. Alberto que había oído decir al jefe de los milicianos, Lázaro
Martín, que esa misma noche iban a "sacar al fraile" para fusilarlo y le
aseguró que incluso había visto al mismo miliciano apuntarle con su
pistola, mientras yacía en su camastro, y diciendo: "Levántate, pájaro, que
pronto vas a morir" 13[30].

Cuando el buen carmelita lo oyó, dijo con toda serenidad:
- ¡Sea lo que Dios quiera! Y nadie le notó distinto de los otros días. Eso sí,
por medio de una miliciana, que fingía serlo, envió a la casa de doña
Margarita Aguilar, su protectora, una esquela en la que decía que al día
siguiente le iban a matar y terminaba pidiendo: "Rogad por mí; nos
veremos en el cielo".
Como todos los demás días apenas comió nada y movía los labios como si
estuviera rezando continuamente. Al anochecer entró en el dormitorio un
oficial de prisiones y cuando se marchó acompañado de algunos
milicianos, el P. Alberto dijo a su contiguo compañero Sánchez Posada,
que se encontraba muy mal. Este le respondió que iba inmediatamente a
buscar al médico, pero el P. Alberto se lo impidió diciendo:
- No, no vaya; lo que quiero es que me ayude a rezar.
Rezaron juntos un buen rato y, luego, trataron de conciliar el sueño sin
lograrlo porque el tableteo de las ametralladoras cercanas y el estruendo
de los cañones no lejanos se lo impedía. Parece que, al fin, el sacerdote
logró dormir un poco.
Hacia la media noche del mismo día 23, el foco de una linterna iluminó el
dormitorio, a la vez que un miliciano gritaba desde el dintel de la puerta:
-¡Francisco Marco Alemán!
No contestó nadie. Repitió la llamada otras dos veces y entonces se oyó
responder al P. Alberto:
- ¡Soy yo!
- Pues levántate, recoge todo lo que tengas y espera aquí, que vuelvo en
seguida, ordenó el esbirro.

Se levantó con toda serenidad y confianza en Dios. El citado compañero le
dijo con toda energía:
- No se mueva usted que está muy enfermo. Ahora mismo voy a llamar al
médico para que impida este atropello de hacerle levantar en estas
condiciones. Y, levantándose con toda rapidez, fue en busca del doctor
Montenegro.
Mientras tanto el P. Alberto se iba vistiendo, lo que quiso impedir el
compañero, cuando volvió, y hasta que no llegara el doctor. Entonces le
dijo el sacerdote con toda entereza:
- Gracias, muchas gracias amigo, pero es inútil. Desde esta misma mañana
sé que hoy por la noche vendrían a por mí. Se lo he ocultado a todos para
no anticiparles el disgusto. ¡Deje que suceda lo que el Señor tenga
dispuesto!
El doctor Montenegro llegó a la sala a tientas, ya que estaba prohibido
encender la luz, y acercándose al camastro del P. Alberto, le comunicó que
había hablado sobre su grave estado de salud con el oficial de prisiones al
que había pedido que no sacaran de allí al enfermo en esas condiciones,
recibiendo la respuesta de que él no podía hacer nada para evitarlo.
- ¡Gracias, gracias, doctor!, dijo el P. Alberto mientras terminaba de
recoger su breve ajuar.
Su amigo le ayudó a reunirlo y le regaló un bote de leche condensada por
si, con mucha suerte, era trasladado a otra cárcel. De nuevo entró el
miliciano con su linterna diciendo:
- ¿Estás ya preparado?
- Si me hiciera el favor de alumbrar un poco se lo agradecería, le pidió el P.
Alberto, mientras aquel le alumbraba insistiendo algo nervioso:
- ¡Vamos, date prisa!

Al sacerdote se le oían ligeras quejas por el fuerte dolor del hígado. El
compañero S. Posada se atrevió a preguntar al miliciano:
- ¿Sabe a dónde lo llevan?
- Creo que a Alcalá, le respondió de mala gana.
En la jerga carcelaria de Porlier todo el mundo sabía lo que esas palabras
significaban: el fusilamiento en Paracuellos del Jarama.
- ¡Adiós para siempre. Rece por mí!, dijo el P. Alberto a su amigo mientras
le abrazaba. Éste le besó la mano asegurándole que rezaría por él con
sumo gusto.
- ¡Muchas gracias! Despídame de todos los compañeros de la sala y que
sea lo que Dios quiera. ¡Adiós! concluyó el sacerdote 14[32].
Los demás presos dormían, o hacían que dormían, en medio de un
impresionante silencio y del terror por lo que estaban oyendo y
entreviendo. Concluido todo, el P. Alberto pasó por entre ellos tocando los
camastros, como queriendo despedirse de cada uno de sus compañeros.
- ¡Vamos!, dijo secamente el miliciano. Y todos salieron de la sala
dormitorio.
Al poco rato volvió por allí el citado Clemente Ramírez y pudo ver a
nuestro sacerdote carmelita cuando le bajaban por la escalera hacia la
calle. Caminaba con las manos atadas a la espalda. El P. Alberto le dirigió
una mirada fija y sonriente, como un gesto de despedida. "En la expresión
de sus ojos no había odio ni dolor, sino la paz de quien se siente feliz al
estar cumpliendo la voluntad de Dios. No volví a verlo ni a saber más de
él", concluye Clemente.

7. "Ánimo, hermanos, muramos por Cristo!"
A partir de aquí, todo lo que sabemos se debe al testimonio del hermano
de nuestro P. Alberto, Luis Marco Alemán, que nos refiere lo que, días
después, les contó un señor que tenía a un hijo en la misma cárcel de
Porlier. El pobre hombre se pasaba las noches espiando, angustiado, tras
la persiana del balcón de una casa situada frente a la salida del patio de la
cárcel con el fin de poder ver lo que le sucedía a su hijo. Dejamos la
palabra al citado Luis Marco:
"Yo llegué a saber que se trataba del padre de un muchacho y que estaba
angustiado ante el temor de que se llevaran a fusilar a su hijo en una de
las sacas de prisioneros que se hacían cada noche.
Este señor nos dio la noticia de que en la misma saca en la que se llevaron
a su hijo iba también el P. Alberto y vio cómo, mientras marchaba con un
numeroso grupo de presos por el patio central del colegio-prisión hacia la
calle donde aguardaban los vehículos, el sacerdote exhortaba a sus
compañeros diciéndoles:
- ¡Ánimo, hermanos, muramos por Cristo!
Y maniatado como estaba hizo el gesto de darles la absolución
sacramental.
Intenté -sigue diciendo Luis- verificar después quién era este señor, pero
no lo logré porque su domicilio no era el de la casa desde la que vigilaba la
prisión tras la persiana. En esta casa nadie quiso darme detalles
personales, lo cual se explica por el pánico que vivían en aquellos
momentos los que tenían sentimientos religiosos y, especialmente,
porque este señor era un militar apartado del ejército por la Ley Azaña
que eliminó del mismo a los mejores elementos" 15[34].
Aquella noche del 23 al 24 de noviembre se dio la gran saca de prisioneros
-159 hombres- de ellos ocho religiosos, camino de los alrededores del
pueblo madrileño de Paracuellos del Jarama. Allí se les ordenó bajar del

camión y colocarse al borde de una enorme zanja o fosa de cincuenta
metros de larga por cuatro de ancha y tres de hondura 16[35].
Un vibrante ¡Viva Cristo Rey! recorría la enorme fila de presos en el
preciso momento en el que las ametralladoras, con su ensordecedor
ruido, segaban sus vidas y los cuerpos caían inertes unos sobre otros en el
fondo de las enormes fosas. Era el santo y seña de todos los españoles que
cayeron durante la guerra civil por su condición de creyentes cristianos.
Los habitantes de Paracuellos han contado pormenores de estos martirios
que, a veces, presenciaban desde lejos 17[36].
El P. Alberto fue inmolado en la fosa cuarta, lugar señalado hoy con
numerosas cruces blancas y nombres de los asesinados, entre las cuales
una está dedicada a la memoria de nuestro carmelita. Nadie ha sido
desenterrado de esas fosas comunes por la imposibilidad de reconocer a
los, más o menos 10.000 asesinados allí mismo o trasladados a ese lugar
desde otros parajes cercanos en donde habían sido sacrificados.
Eran las primeras horas del 24 de noviembre de 1936. En el momento de
su holocausto, el P. Alberto contaba 42 años y medio de edad.
Su madre y hermanos, que le visitaban asiduamente en la cárcel de
Porlier, no le volvieron a ver desde ese preciso día en el que el
desconocido señor les comunicó que su familiar había sido martirizado
18[37].

8. Otros religiosos mártires de la comunidad de Madrid
No fue el P. Alberto el único de los once religiosos de su comunidad en
sufrir el martirio. Otros cuatro también dieron testimonio de la fe en
Cristo con su sangre y algunos sufrieron la persecución en cárceles y
campos de trabajo forzado.
Entre los mártires cabe destacar en primer lugar al ya citado P. Provincial,
Rafael Sarria, que se encontraba visitando a los hermanos carmelitas de la
Residencia de Onda (Castellón). Allí fue arrestado con toda la comunidad;
terminó asesinado en su mismo pueblo natal, Alcira (Valencia), donde se
había refugiado con sus familiares, el 24 de septiembre del mismo 1936.
Contaba 37 años de edad. En su vida gozó de fama de santidad entre los
frailes y los fieles que frecuentaban el Santuario del Henar (Segovia), del
que fue prior en 1928-1929, y en la iglesia madrileña del Carmen de la
calle Ayala, donde había fijado su residencia de prior provincial. Era un
excelente teólogo que destacaba por su profundidad en la enseñanza y en
la predicación. Igualmente en la dirección espiritual de los fieles.
El joven sacerdote de 29 años, P. Redento Julve Ortells, salió del
convento de la calle Ayala con toda la comunidad el día 20 de julio hacia la
casa que le había sido señalada como refugio. El día 27 quiso tomar el tren
de Valencia para continuar su viaje a Villarreal (Castellón), su pueblo natal.
En la estación madrileña de Atocha le fue pedida la documentación. Al
presentar la cartilla militar le dieron de alta y quedó movilizado. Entonces
los milicianos le condujeron al interior de la estación donde fue registrado.
Al encontrar en su maleta el hábito carmelita, lo fusilaron allí mismo. Era
un religioso muy observante. Poseía una magnífica voz de tenor que
utilizaba para los solemnes cultos de la concurrida iglesia de Ayala. Su
nombre no consta en nuestro grupo de los mártires carmelitas de Madrid
porque ha costado mucho tiempo dar con la historia de su martirio.
También murió asesinado el P. Pedro-Tomás Carbó Adell, de 26 años de
edad. Tomó el tren de Atocha camino de Valencia, a las diez y media de la
noche del 28 de julio, con el deseo de trasladarse, luego, a su pueblo natal
de Forcall (Castellón), pero cayó asesinado con otros setenta en las
afueras de la ciudad de Castellón, en la noche del 3 al 4 de octubre. Era

estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid y
realizaba la carrera musical con el maestro Conrado del Campo.
También fue mártir el hermano Simeón Manrique Rubio, que igualmente
salió de Madrid en el tren de Valencia, el día 27 de julio. Llegó a su pueblo
natal de Villarreal, siendo fusilado en Moncofar (Castellón) el 22 de
agosto. Era postulante y trabajaba en las faenas domésticas.
Los demás religiosos de la misma comunidad sufrieron cárceles y trabajos
forzados en los campos de concentración durante años. Entre ellos cabe
destacar el P. Juan Bautista Felíu Yagüe, fundador del convento e iglesia
de la calle Ayala el 27 de octubre de 1924. Cuando se dispersó la
comunidad carmelita el citado día 20 de julio de 1936, el P. Felíu se quedó
en el convento con el intento de salvarlo de la quema y esa palabra le dio
un miliciano asturiano, aunque finalmente sufrió grandes destrozos. El
sacerdote carmelita fue encarcelado en la Modelo de Madrid, de donde
salió a finales del mismo año 1936 para refugiarse en la embajada de
Turquía, donde salvó la vida.
Otro sacerdote carmelita es el P. Alfonso María López Sendín quien,
durante dos años y medio sufrió cárceles, campos de concentración y
trabajos forzados, que ha dejado escrito en su libro inédito con el título de
"Peripecias". Contaba 30 años de edad y estaba estudiando Filosofía y
Letras en la Universidad de Valencia y en la Central de Madrid cuando
hubo de salir del convento para buscar refugio en diversas casas, una de
ellas la familia del primado de Toledo, cardenal Gomá. Allí fue detenido el
12 de agosto y llevado a la cárcel Modelo, después fue movilizado como
soldado alistándole en la unidad de castigo denominada batallón auxiliar
de fortificaciones, y en diversos tiempos a segar por los campos
castellanos. Por su leal comportamiento le quisieron nombrar comisario
del batallón, cargo político que comportaba la misión de velar por el buen
espíritu comunista de los demás. El 13 de diciembre de 1938 escapó como
pudo del campo y se refugió en algunas casas conocidas de Madrid, donde
salvó la vida. El año 1948 sería el restaurador y primer provincial de la
provincia carmelita de Castilla 19[39].

9. Fama de mártir
Concluimos con el P. Alberto Marco Alemán.
Conociéndose la motivación del odio a Dios y a la fe cristiana por la cual
habían sido inmolados los sacerdotes, religiosos y seglares católicos,
apenas se tuvo noticia de su muerte surgió espontáneamente la firme
convicción de que se trataba de un verdadero mártir, lo que ha ido
afianzándose con el tiempo.
En este caso ha sido especialmente intensa dado que ya en vida gozó de
fama de santidad entre los numerosos fieles que acudían a la iglesia
carmelita de la madrileña calle de Ayala, como había sucedido en los otros
conventos e iglesias en las que había ejercido el apostolado y vivido su
vida de religioso. Esta fama la tenía también entre los religiosos de sus
comunidades y, al final, como hemos visto, entre los mismos compañeros
de prisión en la que pasó los tres últimos meses de su vida.
Muy pronto surgió el deseo de encomendarse a él y de tener algún
recuerdo, prenda u objeto que le hubiera pertenecido. Muchas personas
han declarado haber obtenido favores peor intercesión del P. Alberto,
siete de los cuales constan en el proceso de canonización.
Los primeros datos sobre su vida y martirio fueron recogidos en el
conocido libro "Nuestros mártires", del P. Simón Besalduch, O. Carm.,
publicado apenas terminó la guerra civil y que constituye la verdadera
acta de su martirio, mandada recopilar junto a las de los demás religiosos
carmelitas martirizados en España por el prior general de la Orden, el
alemán P. Hilario Doswald.