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¿Hacia una teoría de la diversidad?

Pedro de León Martínez

San Cristóbal de La Laguna
Santa Cruz de Tenerife
Islas Canarias
España

Citación:
De León, P. (2016). ¿Hacia una teoría de la diversidad? Artículo subido a la
plataforma de internet Academia.edu. San Cristóbal de La Laguna, Islas Canarias,
España.

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Resumen
¿Qué pasaría si la lente del pluralismo atrapara a nuestros ojos? ¿Cómo empezaríamos a
mirar el mundo que nos rodea? ¿En qué se convertirían las relaciones? ¿Hacia dónde se
tornarían nuestros quehaceres? En este trabajo quizás encuentres algún tipo de respuesta
a estos interrogantes, así como una definición pluralista, polivocal, en movimiento y,
por lo tanto, incompleta de lo que para mí significa, por ahora, la diversidad.
Palabras clave: diversidad, rizoma.

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Quizás estemos ya en disposición de empezar a cuestionarnos tal hecho: ¿es hora de
dejar que la diversidad sople abiertamente sobre las velas de nuestro barco teoricista?
¿Transitar por senderos ya conocidos con una lente en forma de prisma que nos muestre
otras perspectivas, otros ángulos, otras posibilidades que no eran de nuestra
consideración hasta ese momento en el que se nos muestran otros colores?
La diversidad tal vez resulte ser un hecho, cuanto menos, irreductible; altamente
irresoluble. Posiblemente despojada de su identidad al intentar dualizarla, al querer
categorizarla, al subirla al cuadrilátero para pelear por el cinturón de los pesos pesados
de las Verdades.
La diversidad es incertidumbre. La condición que aparece tras el rayo de luz que
impacta en nuestras gafas en forma de prisma: colores, no sabemos cuántos ni cuantas
tonalidades; formas, a cada cual más diferentes. Intentar encumbrarla en la ilusión de
control de la certidumbre es, quizás, como intentar mover montañas con nuestras manos
porque no nos gusta donde están ubicadas. Se rige, más bien, por el hecho de ser
transformada, enriquecida a cada paso que da, distinta minuto a minuto, innovada en las
interacciones con el mundo que le rodea.
La diversidad es relación: aparece en la otredad, cuando, como diría John
Shotter (2009), somos movidos por los otros de formas que antes no habíamos tenido la
ocasión de movernos; cuando nos arriesgamos a que los otros o las otredades nos
invadan y nos transformen con puntos de vista diferentes; cuando la apertura hacia lo
que venga de aquellos que nos rodean pasa a ser nuestro mantra, nuestra manta.
La diversidad también es historias. Somos historias: de vida, lo que nos cuentan,
lo que cuentan de nosotros. Lo que experimentamos, amamos, sentimos, hacemos… Tal
vez dos personas narren de manera diferente un mismo acontecimiento y en esa
diferencia aparezcan las tonalidades, los matices que aún no habíamos podido ver y que
solo en las relaciones podríamos alcanzar.
La diversidad es no-conocer. Como lo expone Harlene Anderson (2012), es la
actitud que nos lleva a creer que no tenemos información privilegiada, que tenemos que
mantenernos en un estado constante de ser informados ya que no podemos comprender
del todo lo que nos rodea (otras personas, otros sucesos…). Un no-conocer que nos hace

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deslizarnos por los aludes del fluir, que nos permite dudar de las certidumbres y nos
conduce hacia el riesgo de lo que nos podría transformar a nosotros mismos, a otros.
La diversidad es humildad: suspender lo que sabemos y lo que creemos saber
para sumirnos de lleno en lo que está por llegar, en lo todavía no dicho, en lo que aún no
ha pasado. Es ser capaces de permitirnos cuestionarnos a nosotros mismos al movernos
por un mundo interesado en relacionarse, en curiosear.
La diversidad es diálogo. Y el diálogo nos fecunda; deja paso a la multiplicidad,
nos atraviesa, nos enriquece, nos desterritorializa: nos pone en voluntad de escuchar, de
ser escuchados. Puede que para dialogar haya que despojarse del hablar, del opinar, del
juzgar; encontrar en una conversación la diferencia que haga la diferencia (Andersen,
2011), aquello que nos penetre y no nos permita volver a ser lo mismo que éramos antes
de ese acontecimiento, de esa conversación.
La diversidad es, además, respeto respecto a lo que no comprendamos, lo que no
entendamos, lo que difiera de nosotros. Respeto hacia lo eterno, lo etéreo; lo vago, sutil,
tradicional… La nada, el todo.
La diversidad es sorpresa. Es lo inesperado. Aquel momento que, por su
novedad, construye un camino neuronal tan propiamente especial en nosotros que
podremos acceder a él a través de nuestra memoria con suma facilidad durante meses,
años… Es lo que nos deja boquiabiertos y nos infunde temor, tristeza, alegría,
desesperación, carcajadas, reflexión…
La diversidad es interpretación: relatividades. Es un diálogo hermenéutico que
no cesa, que no contempla su principio ni su fin: un cúmulo de comprensiones que
influyen en nuestras creencias y nuestras intenciones (Anderson, 2012). Es lo que
creemos saber sobre lo que se precie a ser interpretado, es lo vivido, es comprender de
manera diferente.
La diversidad es dinamizar el disenso: darle un espacio, un lugar concreto a
todas las aportaciones, creencias, sentidos que nos encontremos. Es generar cohorte,
sentido de pertenencia, construir territorios en común, hacer que todo quepa. Es
encontrar un lugar a todo aquello que haga que se cuestione su propia integridad.

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La diversidad es plástica, es plasticidad. Se adapta. Se transforma ante las
adversidades, ante las curiosidades, ante lo maravilloso, ante lo desafiante.
La diversidad es construcción relacional. A veces podemos encontrarla en la
interacción, en el intercambio de ideas, en los procesos culturales. Las diferencias
aparecen precisamente en las relaciones sociales, en la comunicación que mantenemos
los unos con los otros, en los lenguajes y juegos del lenguaje que utilicemos (Gergen y
Gergen, 2011).
La diversidad es irreverencia: una ayuda a flexibilizar y a reducir hegemonías a
través de la creatividad y de la construcción de un sistema de significados compartidos
que pueda sernos útil y que nos permita liberarnos de la ilusión de control promoviendo
la incertidumbre y, renunciando, en parte, al deseo de sobreponerse a la opresión y a los
fanatismos (Cecchin, Lane y Ray, 2011).
La diversidad es generatividad: una continua creación de significados que son
capaces de desafiar los supuestos que dirigen nuestra cultura (lo que “se da por
sentado”) y nos proponen la exploración de nuevas alternativas de acción social
(Gergen, 2007). Es la osadía de lo novedoso.
La diversidad es horizontalidad: sentarse a su lado y, a su lado, encontrar donde
asentarse.
La diversidad es, incluso, responsividad ética. Es empezar a cuestionarnos que a
lo mejor no es solo “no hacer aquello que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros”,
sino también “no hacer aquello que a la otra persona no le gustaría para sí misma”
(Santamaría, 2012). Es co-crear la responsabilidad.
La diversidad es diferencia y normalidad. Se me ocurre que quizás hasta sea
patología, enfermedad, etiquetas. Es con y sin medicación; apreciativo, positivo,
soluciones y problemas… Es el no y el sí.
La diversidad es sumar; es todo aquello que queramos que sea, lo que nos
imaginemos que pueda llegar a ser.
La diversidad es, simplemente, rizoma: una red, un tallo horizontal que conecta
cualquier punto con otro punto cualquiera sin remitir necesariamente a rasgos de la
misma naturaleza, donde no encontramos ni principio ni fin, sino un medio por el que

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crece y desborda; es multiplicidad que carece de objeto y sujeto y que no varía sus
dimensiones sin transformar su propia naturaleza; que lo forman líneas, tanto las que
generan dimensiones como las que se fugan; que, aún siendo interrumpido, vuelve a
brotar; que se relaciona con un mapa que ha de ser construido, siempre desmontable,
alterable, modificable; donde lo local se coordina independientemente de instancias
centrales; donde la meseta es la nueva montaña, la que no culmina, la que no tiene fin
(Deleuze y Guattari, 2013).
La diversidad es poética relacional.

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Referencias
Andersen, T. (2011). El equipo reflexivo. Diálogos y diálogos sobre los diálogos.
Barcelona: Gedisa.
Anderson, H. (2012). Conversación, lenguaje y posibilidades. Un enfoque postmoderno
de la terapia. Buenos Aires: Amorrortu.
Cecchin, G., Lane, G. y Ray W. A. (2011). Irreverencia. Una estrategia de
supervivencia para terapeutas. Barcelona: Paidós.
Deleuze, G. y Guattari, F. (2013). Rizoma. (Introducción). Valencia: Pre-textos.
Gergen, K. (2007). Hacia una teoría generativa. En A.M. Estrada y S. Diazgranados
(eds.), Kenneth Gergen. Construccionismo social. Aportes para el debate y la
práctica (pp. 59-91). Bogotá: Uniandes-ceso.
Gergen, K. J. y Gergen, M. (2011). Reflexiones sobre la construcción social. Madrid:
Paidós.
Santamaría, A. L. (2012). La responsividad ética. En-claves del pensamiento, 12(6),
193-198.
Shotter, J. (2009). Momentos de referencia común en la comunicación dialógica: una
base para la colaboración inconfundible en contextos únicos. International
Journal of Collaborative Practices, 1(1), 29-38.