¡Lázaro, levántate y anda!

Salvador Pliego

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México
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A Luisa Carrasco
-Por su vocación irrepetible de madre-

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I
Tamaulipas es un estado ubicado en el noreste de México. Desde muy tempranas épocas
sufrió la violencia de grupos que buscaron hacer negocio con el comercio ilegal. En la
década de los treintas, del siglo pasado, Juan Nepomuceno dirigió un grupo para
introducir whiskey a los Estados Unidos. Su organización creció a tal grado que pudo
configurar uno de los carteles más fuertes que se dieron en la historia del país: el cartel
del Golfo.
En los setentas, Juan Nepomuceno cedió el poder de su organización a Juan García
Abrego, quien extendió los negocios de su cartel al tráfico de la cocaína y otros
enervantes. Su organización abarcó varios estados de la república, controlando zonas y
regiones que la hicieron competir con el Cartel de El Chapo y por el dominio del mercado
nacional. La compra de autoridades, de miembros de los sistemas de seguridad y de la
aplicación de leyes, fue algo común y llegó a todos los niveles del sistema político
nacional. Pero eso no fue lo más importante: la sociedad fue poco a poco sometida al
capricho de los narcotraficantes. Poblados enteros fueron obligados al comercio o a la
producción de la marihuana o la cocaína debido a la falta de alternativas económicas, o
simplemente porque se les esclavizaba o se les desaparecía llevándolos a las parcelas o a
lugares donde fabricaban la droga. Las autoridades fueron involucrándose en el negocio
sucio y los carteles se impusieron a fuerza de sangre y extorsión.

Lázaro nació en un poblado de Tamaulipas donde Dios no se percató de su existencia,
donde parecía que la vida pendía de un hilo ya roto, y donde sólo la pólvora y el
exterminio hablaban de sus dominios y fronteras. Su padre fue un chofer de camiones
que transportaba mercancía a diferentes lugares. Un día le asignaron el trabajo de ir a
surtir mercancía a esa región, y como es la costumbre de los camioneros de hacer gala de
su transporte para ir a conquistar a las muchachas de las rancherías, cortejó a una señorita
con la que él cayó enamorado y terminó casándose al poco tiempo, por lo que cambió su
residencia a donde ella se encontraba. Lázaro vería la luz pocos meses después.
Lázaro tenía menos de un año cuando sus padres decidieron ir al baile de un poblado que
no distaba mucho. Las fiestas del lugar eran conocidas en toda la región y atraían a una

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cantidad considerable de jóvenes o parejas que gustaban del baile. Las bandas
amenizaban toda la noche, sin descanso, y el zapateado y movimiento de las faldas era
inagotable. Dejaron entonces al niño encargado, se subieron a la camioneta y se fueron al
guateque.
Había cientos de individuos en la plaza. Las bocinas chillaban música con tal fuerza que
hacían temblar la terracería y al pequeño quiosco del lugar. Las calles aledañas eran un
hormiguero de gente y los puestos de comida no se daban abasto con la demanda popular.
Entre las dos y las tres de la mañana llegaron los del cartel por un costado, con sus
camionetas y armas de alto calibre en las manos. Empezaron a agarrar gente y a subirla a
los vehículos. Les apuntaron el cañón al rostro y los amarraron de las manos. La música
calló totalmente y la gente corrió en estampida. Los del cartel, con las camionetas llenas,
emprendieron la partida.
Al siguiente día corrió la voz de lo sucedido. Parientes de los que no volvieron a sus
casas fueron a preguntar a la comisaria o a la policía municipal. No hubo respuesta a
ninguno de los casos. Incluso, varios fueron amenazados si volvían o insistían en los
hechos. A los pocos días todo fue silencio.
De los padres de Lázaro nadie fue a preguntar. En el poblado se sabía que la autoridad y
la policía del lugar donde fue la fiesta estaban ligadas al narcotráfico. La camioneta que
se llevaron a la fiesta estuvo estacionada unos cuantos días antes de que desapareciera.
Esa fue la primera muerte de Lázaro. La primera de su vida.

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II
-¡Lázaro, levántate! –dijo la bisabuela. Y, claro, ¿quién más podía decirlo sino ella?

Cuando la bisabuela supo de la desaparición de los papás de Lázaro, fue corriendo a
buscarlo. Al encontrarlo, lo tapó con una pequeña manta y lo sacó de la casa donde se
encontraba. Los del lugar ni siquiera alzaron la vista o dijeron: esta voz es mía. Pareció
más bien que respiraban de alivio cuando se lo llevaron. Así fue como se lo llevó a su
casa. Lo primero que hizo al llegar fue buscar una cucharita para ofrecerle algo de agua.

-¡Lázaro, levántate! –insistió la bisabuela.

La casa era apenas un cuartito donde recámara y cocina se confundían. No tenía ella más
que ofrecer. Había dos camas: en una de ellas dormía la bisabuela; en la otra, uno de sus
hijos. Pero, como el tío-abuelo pasaba muchos días fuera de la casa, era Lázaro quien la
ocupaba.
La bisabuela se hizo de esa casa cuando el bisabuelo estuvo con ella. No fue una pareja
estable. Se supo después que el bisabuelo regó hijos por varios lados y que a ninguno lo
mantuvo. Con el tiempo, la bisabuela se quedó sola y uno de sus hijos se fue a vivir a la
casa.
La casa era fría o caliente, según la temporada. Estaba hecha de madera y no tenía piso.
En el invierno encendía una hoguera en el suelo para que el humo pudiera calentarlos por
adentro.

-Te dejé tantito café en la mesa para que te lo tomes antes de irte –y le daba una caricia.

Era poca la comida y, además, la situación no era buena pues la bisabuela tenía los
achaques propios de su edad avanzada. No había más ingreso que el de su hijo. El tíoabuelo, así le llamaba Lázaro, era jornalero. Su salario era obviamente bajo y por
temporadas. El problema era que buena parte del salario se lo bebía y luego se perdía en
las calles totalmente borracho. La bisabuela tenía que ir a buscarlo a las calles, tirado

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donde fuera y muchas veces hasta sin camisa. El poco dinero que aportaba se lo daba a la
bisabuela y ella lo administraba de tal forma que al menos alcanzaba para una taza de té o
de café y unos pedazos de tortilla al día.

Lázaro se bajó de la cama y sintió el piso frío. Le dijo a la bisabuela: -ta’ frío.
La bisabuela se acercó y le dio un beso en la frente. –Ándale, tómate el café.

Hacía ya meses que Lázaro no tenía zapatos. Los últimos se los había regalado un
muchacho del pueblo que los había dejado porque le quedaban chicos. A Lázaro le
ajustaron de maravilla. Fue como recibir algo de los Reyes Magos, a destiempo. Bueno,
en su casa nunca se hablaba de los Reyes Magos, pero él sabía que existían pues algunos
niños los mencionaban cuando salían a la placita con juguetes, a principios de enero.
Lázaro empezó a ir a la pre-primaria con sus zapatos “nuevos”. Un día lo miró un
maestro y le preguntó: -¿No tienes calcetines? Lázaro se miró los pies y luego subió la
vista hacia el maestro. No supo qué decir. Después recordó unos comentarios de la
bisabuela, y le respondió: -Eso es para burgueses-. Nadie le volvió a preguntar sobre su
ropa.
Lázaro creció como todo niño lo hace, como todo en este mundo, sea planta, animal, ser
vivo: dejó los zapatos y no pudo reemplazarlos. Iba ahora a primero de primaria. La
situación económica no estaba bien para la bisabuela. Su hijo aportaba muy poco y bebía
más. Por si fuera poco, se vino el tiempo de frío y la temperatura bajó más allá del punto
de congelación. Sin embargo, Lázaro sabía que tenía que ir a la escuela. La bisabuela
siempre le inculcó que aquel que sabía leer podía salir del pueblo y hacer muchas otras
cosas. Y Lázaro quería irse del pueblo, así es que puso sus pies en el suelo y a cambio
recibió la respuesta de calor humano de la bisabuela.

-¿Ya está listo, mi’jo? –le preguntó cariñosamente.
-Sí.

La escuela estaba como a dos kilómetros. Una escuela rural construida hace algunos
sexenios y producto de un proyecto de gobierno que resultó en más discursos que

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bondades y hechos. La escuela tenía cuatro salones para una población estudiantil que
venía de dos diferentes comunidades. Todo lo que tenía era unas cuantas bancas, pupitres
y pizarrones. Muchas veces carecía de gises y los maestros tenían que ingeniárselas para
adquirirlos.
Se le conocía a la escuela como “La escuela de los mil colores”. Había sido pintada
muchas veces y con distintos colores a lo largo de varias administraciones del estado.
Sucedía que para las elecciones de gobernador se desviaban millones de pesos que
supuestamente eran para obras, también cuando había cambio de gobernador era que se
vaciaban las arcas del estado. Todos esos recursos perdidos los justificaban con obras
que nunca realizaban. Ahí es donde entraba la escuela, que ya era vieja y no tenía
mantenimiento alguno: mandaban del estado botes de pintura para repintarla. Hacían que
los padres de los estudiantes pusieran la mano de obra gratis. Después llegaba el
gobernador o algún representante para inaugurarla. Afirmaban que habían aportado
varios millones en la inversión, como si hubiera sido la construcción de una Universidad,
cuando en realidad no había más gasto que el de la pintura en una escuela vieja. No había
nada nuevo: simplemente el discurso y la justificación de millones de pesos que se iban a
guardar a sus bolsillos.

-Se cuida, mi’jo –y le dio un beso.

Eran como las seis y media de la mañana. El viento soplaba fuerte. El invierno había
pegado duro y estaba debajo de los cero grados. La escuela se abría al diez para las siete
y a esa hora sonaba la campana de entrada. Todos los alumnos tenían que estar puntuales,
pues había un límite de tiempo antes de que cerraran la reja de la entrada. Lázaro abrió la
puerta de su casa y sintió que el frio le penetraba hasta los huesos. Ya no eran los pies,
era la vida la que se le congelaba toda. No tenía sweater ni chamarra. -Eso era para los
burgueses-, él decía. Abrió los ojos como nunca y empezó a medio correr hacia la
escuela. Pero el viento soplaba fuerte, muy fuerte. Esos vientos que cortan el rostro y
dejan marca, que las manos las vuelven gélidas piezas de vidrio y se rompen al tocarlas.
Era un invierno que apuntaba al corazón para clavarle escarcha y granizo. Cada paso era

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una muerte a cuestas. Era el palpitar aterido y por demás aniquilante. Era la muerte
misma anidándose en el pecho, congelándole la vida.
Había caminado apenas la mitad del trayecto cuando llegó al campo de futbol, el cual no
era otra cosa más que un terreno emparejado y con tres palos del marco de la portería. El
viento azotaba como una catapulta sobre su pielecita. Había ya llagas de dolor profundas,
fístulas de espanto que parecían hechas por la muerte. Y eran eso: úlceras de frío y
muerte, látigos de hipotermia y terror hasta los huesos. ¡Cuántas muertes, Lázaro!
¡Cuántas muertes! Lo único que pudo hacer fue pegar su cuerpecito a uno de los palos de
la portería para intentar recibir el calor de la madera congelada. Y sin poder dar un paso
más, se quedó fijo esperando a que su corazón se helara hasta la muerte.

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III
¡Lázaro, levántate y anda!

Habían pasado unos cuantos meses; pocos. La bisabuela le servía un poco de café y un
par de tortillas. Para ser el desayuno, eso sabía delicioso. Le dijo a su bisabuela: -Bis, ya
vengo-. Y se salió a buscar a los muchachos. Puros chiquillos de entre seis y nueve años.
A Lázaro le faltaban seis semanas para cumplir los ocho y se sentía entre los grandes del
grupo. Podía dar órdenes a algunos de ellos y eso lo hacía sentir más importante. El
mundo, a fin de cuentas, les pertenecía. Ellos eran los gigantes.
Un día empezó a apalabrarse con otro chico que no pertenecía al grupo. Los dos cerraron
los puños y empezaron a golpearse. A los pocos golpes, Lázaro ya tenía sometido al
contrincante y le seguía tupiendo duramente. Un par de adultos que pasaron lograron
separarlos y los llevaron al local donde oficiaban el juez y los dos policías que tenía el
pueblo. Mandaron llamar a los papás de aquel muchacho y a la bisabuela. Frente a ellos
hicieron que los niños explicaran la razón por la cual se habían peleado. Cuando le tocó
el turno a Lázaro, dijo: -No me importa que hable mal de mis papás. Al fin yo no los
tengo. Pero me ardió que se metiera con mi bis-. Al final, el juez los obligó a pedirse
perdón y darse las manos. También los castigó con un fin de semana haciendo que
barrieran ese local.
La bisabuela no le dijo nada a Lázaro al salir del local del juez. Se esperó algunos metros
para que no la vieran. Entonces detuvo a Lázaro, se paró frente a él, lo abrazó como
nunca antes y le dio un beso. Los dos se fueron tomados de la mano hacia la casa.

La memoria de Lázaro era fantástica, recordaba varias cosas de su segundo año de vida.
Por ejemplo: el perro que tuvo su bisabuela y que murió de viejo; aquella ocasión cuando
llegó el bisabuelo y le dio un beso en la frente; también aquella otra en la que le regalaron
un carrito usado y que terminó por destruirse al jugar tanto con él. Y de ahí se sucedían
hechos, sueños, recuerdos que giraban en torno a su bisabuela, como el de aquella vez
que le dijo ella:
-Mi’jo, ya tómate tu café.

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-¿Cuál, bis?
-¿Cómo cuál? El de la mesa.
-¡No hay nada!
Entonces la bisabuela se quedó callada e instantes después exclamó:
-¿Me lo tomé todo?
Y Lázaro soltó la carcajada.

Faltase o hubiese tortillas en la mesa era lo de menos. Siempre había una tacita con algo
líquido y un abrazo de la bisabuela que terminaba por satisfacerlo. Ese abrazo lleno de
ternura que equivalía a un beso bendito, a una alegría incomparable. Un abrazo que le
tocaba el corazón y se lo ensanchaba como si le explotase adentro una granada. Benditos
sus abrazos y sus besos. ¡Benditos todos ellos!

Fue un martes algo nublado, ya empezaba la luz a asomarse por el horizonte. Era
principios de junio y las temperaturas eran altas. Lázaro salió temprano hacia la escuela
y, como siempre, a las dos y media de la tarde emprendió el camino de regreso a casa. Se
sorprendió antes de llegar pues la puerta estaba bloqueada por varias gentes. Había
señores y señoras también caminando alrededor de la casa; estaban cabizbajos,
preocupados. Él nunca había visto algo así. De hecho, solamente el tío-abuelo se aparecía
de repente. Nadie más los visitaba. No entendía la razón de tanta muchedumbre.
Lázaro se fue acercando a la casa y sintió la mirada de la gente. Intentó abrirse paso hacia
la puerta, pero alguien lo detuvo y le dijo: -Espera un poquito, Lázaro-. Esos minutos
fueron los más largos de su vida. Él nada más quería pasar y sentarse con la bisabuela a
tomar un poco de café. Salió entonces alguien por la puerta diciendo: -Falleció la
bisabuela-. Fue cuando Lázaro sintió que estaba tomando el café más negro y oscuro de
su vida, un café amargo con sabor a muerte, con sabor a nada, con sabor al vacío más
atroz y más terrible. ¡Otra vez la muerte, otra vez! ¡Cuántas veces la muerte en su vida,
su propia muerte en vida!
Lázaro no durmió toda la noche. Sus párpados se pegaron al llanto más profundo:
abiertos y sin pestañeo alguno. Era todavía un niño y había vivido la muerte, no una, sino
tantas veces. Pero ésta era la más profunda de todas, las más oscura y aterradora de ellas.

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Le habían quitado piel y corazón de tajo, lo habían enterrado en el vacío, lo habían
sepultado donde la soledad habla consigo misma y nadie le responde. Le habían cobrado
muerte a su muerte prematura. Aterrado por la soledad, por su soledad de niño, lloró, y
lloró, y lloró, y lloró, y lloró, y lloró.
Lázaro no durmió toda la noche, ni el día siguiente, ni las siguientes noches, ni los
siguientes años-días.

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IV
¡Lázaro, levántate y anda!

Pasaron años. Varios años. Lázaro era un hombre en forma, había sobrevivido a la muerte
tantas veces, a los ojos sobresaltados que da el temor a la soledad en un niño, a la falta de
una caricia con sabor a café y beso. Así es que cuando pudo dejó su pueblo y se fue a
buscar fortuna a otro lugar. Sin mucho estudio y con trabajos inestables, un día decidió
solicitar su ingreso al ejército: llenó su aplicación, la revisaron y de inmediato lo
enlistaron.

El entrenamiento para la formación de un soldado requiere de mucha disciplina. El
soldado debe estar preparado para cualquiera contingencia, y eso hace que su
adiestramiento deba ser duro y severo. A las cinco de la mañana debía estar en pie
Lázaro, bañarse con agua fría y estar listo para iniciar la jornada diaria. Podían mandarlo
a la sierra o a la zona desértica para prácticas, sin más comida que los animales y frutos
del lugar. Las órdenes eran rudas y tajantes, no había espacio para sentimientos: el
soldado debía estar preparado para ejecutar cualquier orden superior, por más inhumana
que pareciera esta, y Lázaro no estaba exento de ellas. Así transcurrieron los primeros
meses.

Un día lo mandaron con su compañía a una parte de la sierra. –Órale, cabrones. Pa’arriba
-les gritó el Teniente-, y subieron a los soldados a los camiones. Viajaron más de dos
horas hasta que se detuvieron y los bajaron. El Teniente los formó en línea y avanzaron
hasta llegar a unos sembradíos de mariguana. No había más gente que los militares, así es
que la orden fue cortar la yerba y subirla a uno de los camiones. Después se supo que
habían quemado tonelada y media y dos más habían desaparecido.
En otra ocasión, la misma orden: -Qué esperan, hijos de la chingada. Súbanle -gritaba el
Teniente o el Sargento. Y se iban con las armas preparadas.
No siempre resultaba en los mismos hechos. Hubo una ocasión en que los formaron en
fila. Lázaro era el tercero. A los más nuevos siempre les tocaba iniciarla. Los formaron e

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iniciaron la marcha hacia una zona cubierta de mucha vegetación. De repente empezó la
balacera. El primer soldado de la fila cayó muerto por un disparo en el pecho. Cuando lo
vieron caer todos se echaron al piso y respondieron con sus armas. Fue cuando Lázaro
volvió a sentir lo que era la muerte: conoció el olor de la pólvora y la velocidad de la bala
cuando pasa a sólo centímetros del rostro, cuando deja humeando la piel como si fuera
braza quemante. La muerte estuvo cerca, ¡muy cerca! La muerte sin razón alguna.

Al soldado se le trataba mal. La vida no era fácil en el campo militar, mucho menos fuera
de él. Decían los superiores que era para volverlos hombrecitos, para que no fueran
maricas: se les golpeaba, se les hablaba peor que a un perro con rabia antes de matarlo.
Se justificaba todo tipo de intimidación, porque ellos debían ser de corazón frío ante la
muerte y no se le permitía ningún tipo de vacilación. Si había que matar a un niño, a una
mujer, a un hombre, con el simple dictado de una orden, tenían que hacerlo, de lo
contrario se les castigaría duramente, incluso, haciéndolos desaparecer.
Un día Lázaro no ejecutó una tarea con la precisión que debería hacerla. Le llamó el
Sargento segundo y lo empezó a incriminar. Acto seguido, le descargó un golpe en la
mano con la metralla que traía y la sostuvo ahí por más de treinta segundos. Lázaro sintió
que se le quebraban los dedos y toda la mano entera, que el capuchón le cruzaba de lado a
lado de la mano. Sin poder gritar ni decir algo, simplemente aguantó el dolor, la rabia y
los ojos desorbitados juntos.

La vida había sido cruel y dura para Lázaro, le había cobrado cuentas y vidas juntas, lo
había sometido al peor de los caprichos inhumanos y le había dado muchas muertes,
infinitas muertes, las más atroces muertes. Cansado de ese trato, un día pidió un fin de
semana para poder visitar a un enfermo suyo, como si tuviera a alguien que no fuera la
muerte, la muerte madre y la muerte hijo. Se lo otorgaron. Al salir del campo militar
desertó y huyó corriendo de todo, de todos y de sí mismo.

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V
Lázaro huyó de su país, de la posibilidad de otra muerte, del temor a otra más. La vida
estaba plagada de muertes imparables, de muertes infinitas. Cuando desertó del ejército
se fue a esconder cerca de la frontera donde conoció a un grupo de muchachos. Uno de
ellos lo invitó a irse al otro lado, donde se podía ganar dólares y vivir mejor. Lázaro no
tenía muchas oportunidades de este lado, así es que no lo pensó mucho y le respondió que
sí.

-Espera unos tres o cuatro días y yo paso por ti –le dijo a Lázaro.
-Está bien.
-Te voy a llevar a un lugar donde vas a empezar a trabajar de inmediato. Todo está en que
no te rajes. Y de ahí, a ganar los verdes.
-Seguro –respondió Lázaro.

Así sucedió. A Lázaro lo subieron a un camión junto con otras gentes y se lo llevaron al
otro lado de la frontera. Cuando lo bajaron del camión estaba ya en un país totalmente
diferente al suyo, donde decían que uno podía ganar billetes a manos llenas. Lo
hospedaron en un departamento donde vivía más gente y le dijeron que estuviera listo a
las seis de la mañana para llevarlo a trabajar.
En la mañana siguiente llegó una camioneta y subió a cinco en la parte de atrás. No fue
mucha la distancia, el lugar de trabajo era en unas bodegas que estaban cercadas con
alambre. Entró Lázaro y de inmediato se percató del tipo de trabajo: ahí distribuían la
mercancía que los carteles de México pasaban a ese lado de la frontera. El encargado le
asignó una función en la segunda bodega.
La cocaína entraba a los Estados Unidos por túneles hechos en la frontera o por vía
terrestre en complicidad con las autoridades aduaneras. Los del cartel se encargaban de
que llegara a las bodegas. Ya estando en el lugar, el responsable del manejo de la
mercancía se encargaba de la distribución. Había autoridades involucradas en el ilícito:
“Sherifes” y “Mayors” de los condados controlando los paquetes recibidos.

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En el lugar donde trabaja Lázaro había tres bodegas. En la primera de ellas estaba la
mercancía recibida por el cartel. Ahí desempacaban y luego iban poniendo la carga en
unas mesas para que las pesaran por libras y las metieran en bolsas pequeñas. Sellaban las
bolsas y las pasaban a una segunda bodega. En la segunda bodega metían las bolsas a
una segunda bolsa más grande. Cuidaban que la segunda bolsa no tuviera ninguna
contaminación de polvo para que no fuera detectada y las metían a unas cajas para
llevarlas a la tercera bodega. En esa última bodega se encontraba ya la mercancía lista
para su distribución. Cargaban las camionetas con las cajas, iban al servicio postal, las
estampaban… y listo, llegaban a su destino a cualquier parte del país. Todo radicaba en
cuidar bien el proceso de que la segunda bolsa no tuviera ningún contacto con el
producto. El magnífico servicio postal de los “güeros” se encargaba de llevar la
mercancía a su destino final.

Los empleados que trabajaba en las bodegas ganaban bien. Pero todos eran
condicionados: el que hablaba, se moría. A Lázaro no le asustaba eso, su vida había sido
castigada y atormentada tantas veces, que lo que él quería era simplemente algo de
estabilidad, y el dinero, aunque fuera de esa manera, le daba un poco de ella. Al poco
tiempo tuvo para comprarse ropa, una camioneta usada, incluso hasta reloj, cadenas y
otras joyas, y rentó su propio departamento.

Le avisaron a Lázaro que ya había llegado nueva carga.
-Lázaro, ¿estás listo pa’l jale?
-Sí.
-Misma hora, pues. Mañana.
-Necesito pasar por la troca primero. La están arreglando.
-¿Cuánto tardas?
-Dos horas.
-Que no pase de las nueve.
-Ta’ bueno.

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El siguiente día, aproximadamente a las ocho y media de la mañana, ya iba en camino
Lázaro. Los “jefes” eran duros con la disciplina. Había que estar a la hora indicada.
Lázaro no había tenido problemas ni con los “jefes” ni con los de la ley, además el
trabajo le redituaba un buen ingreso. Iba manejando y pensando en las necesidades que
tenía y en qué iba a gastar su nuevo pago. Vio entonces que el tráfico se tornó lento.
Habían bloqueado la calle más adelante y era donde estaban las bodegas. Cuando se
detuvo la circulación de carros por un momento, Lázaro bajó el vidrio y sacó la cara para
ver que sucedía: las bodegas estaban rodeadas por patrullas, agentes de la DEA y el FBI.
Volvió a meter la cabeza, cerró la ventanilla, en la esquina dio vuelta y se puso a manejar
horas y horas, hasta que llegó a otra ciudad.

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VI
En un país ajeno había que sobrevivir haciendo cualquier cosa. Eran tiempos de bonanza
económica en el país del norte, así es que Lázaro no tardó mucho en conseguir trabajo.
Vio un letrero cerca de donde se hospedaba, el lugar era un taller de carpintería y
buscaban ayudantes. Lázaro se presentó al siguiente día y de inmediato fue contratado.
El salario era el mínimo, pero con algo se empezaba.

No fue difícil para Lázaro adaptarse a su nueva ocupación. De hecho, le parecía bastante
agradable el oficio de carpintero: trabajar la madera y transformarla en algo colorido y
útil era realmente maravilloso. Así es que puso todo su empeño en aprender los detalles y
volverse un experto en la materia.

Por aquel entonces Lázaro conoció a una señora. Ella era divorciada, con hijos ya grandes
y algo mayor que él. Sin embargo, él se sintió atraído por ella y ella le correspondió. Se
estuvieron viendo por algún tiempo hasta que decidieron juntarse. Lázaro empezó a
dormir con ella y al poco tiempo surgieron planes para hacerse de una casa propia y un
terreno donde él pudiera instalar un taller. Ya para entonces él era diestro en la
construcción de gabinetes. El arte de ese oficio lo manejaba con mucha destreza lo cual
le permitía soñar con la idea de instalar su propio taller de carpintería.
Compraron entonces un terreno en las afueras de la ciudad, un terreno amplio donde se
podría construir una casa e instalar el taller en el futuro. Al principio, y con pocos
recursos, pudieron sólo comprar una pequeña casa móvil para irse a vivir en ella. Ya
instalados, el siguiente objetivo fue el de construir un techado en el terreno para iniciar el
taller de carpintería.
La vida de Lázaro había cambiado. Ahora tenía una mujer que lo hacía sentir seguro, que
él amaba y además le correspondía. Su sueño del taller se realizaba y la vida se volvía
algo placentera y bonita. Decía que él era feliz, que la vida era feliz. Nunca se le veía sin
sonrisa en el rostro. Era otro Lázaro: el nuevo Lázaro. ¿Acaso la vida no merecía una
sonrisa?

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Su taller estaba listo: herramienta, experiencia, ganas de trabajo. Solamente faltaba una
cosa: la madera. Hizo Lázaro el primer pedido. Ya tenía cliente. Había que hacer varios
gabinetes para una cocina. Le habían pagado un anticipo para hacer la compra del
material, así es que, sin pérdida de tiempo, fue a pedirla. Cuando llevó la madera al taller
ya era tarde, simplemente la descargó en una esquina y esperó para iniciar al siguiente día
el trabajo.
Lázaro dormía abrazado a su mujer. Era ella la que se despertaba temprano para
prepararle una taza de café. Sin embargo, esa mañana él se levantó primero. La emoción
de saber que estaba la madera le quitó una buena parte del sueño. Se levantó antes de la
hora y preparó su café, se lo tomó y se dirigió hacia el taller. Ya estando ahí, miró la
madera. Se acercó a unos cuantos centímetros de la primera tabla. Bajó entonces el rostro
y cerró los ojos. Extendió la palma de la mano sobre la tabla para sentir el calor de la
madera.

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VII
-¡Lázaro, levántate! –le dijo su mujer.

La mujer de Lázaro se había despertado temprano, como de costumbre. Puso el café,
preparó unos huevos con salsa y calentó unas tortillas de maíz. Dejó la mesa puesta para
que desayunara Lázaro antes de irse al taller.

-¡Ánimos, Lázaro, levántate! –le insistió.

Reaccionó Lázaro con la segunda llamada. -¡Qué increíble es la vida cuando el corazón
duerme junto a un abrazo! –pensó. Entonces bajó los pies al piso y sintió el frío. Ese piso
él lo había instalado. Su casa ya no era la casa móvil, era una casa en forma, con sus
recámaras, cocina, baño, pasillo. A él le había costado trabajo levantarla, pero conocía el
oficio y puso todo su empeño en construirla. Bajó entonces los pies y sintió el frio. Bajó
también el rostro para mirar el piso de vinil. Después de un instante que pareció correr
muy lentamente, se paró y fue a vestirse. En la mesa ya estaba el desayuno. No quiso otra
cosa más que el café. Su esposa le dio un beso en la frente y él se levantó, abrió la puerta
de la casa y se fue caminando hacia el taller. Lázaro no pudo evitar que se le saliera una
lágrima en el trayecto, una sola, que se le fue escurriendo por la mejilla hasta caerle en el
pecho. Después de tantas muertes, de tanta soledad, vivía en paz ahora. Pero, qué es la
muerte sino el estertor que nos causan las caídas más abruptas, las que nos crean los
vacíos que parecen espantos venidos del infierno y nos dejan lívidos, secos, incapacitados
del cuerpo, congelados en la nada y con el corazón muerto. Había que alzarse desde la
tumba, Lázaro. Había que librar los abismos más oscuros y temibles para sentir la vida,
para decirle que no estabas muerto, que eran sólo unas caídas, que la vida era bonita.
Lázaro bajó la vista para mirar la lágrima, puso su mano en el pecho, sacó su mejor
sonrisa y se puso a trabajar. En su cabeza sólo quedó un pensamiento: ¡Lázaro, levántate
y anda!

Enero 2016.

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Del autor:
Mexicano, nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una
Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inició su carrera a finales de 2005
y desde entonces ha publicado más de 20 libros.
Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como
finalista por el II Certamen Internacional de Poesía “San Jordi” en España, 2006.
Participó como jurado en el Primer concurso literario “Atina Chile” en 2007. Su poema
“Espadas y papiros” fue entregado como parte de los premios otorgados al ganador del
Segundo concurso de cuentos cortos HdH Medieval. De sus viajes ha recibido múltiples
reconocimientos, entre otros, el de ser “visitante ilustre del Municipio de Urrao”,
Colombia, y “visitante distinguido” de la ciudad de San Pedro de Tacna, Perú.
Durante 2007 y 2008 participó activamente en el foro MundoPoesia, considerado uno de
las más grandes de la red de Internet en cuanto a escritores, publicaciones y lecturas. En
ese periodo fue premiado en 18 ocasiones, entre ellas, otorgándosele el premio de “Poeta
del mes”.
En el 2011 fue ganador de los siguientes premios: Ganador del concurso Rubén Darío
Rumbaut con el poema “Dulzura”, y “Primera mención de honor” en el concurso
internacional de poesía “Trofeo Memorioso”, organizado en Chiloé, Chile, con los
siguientes poemas: Corcel de alas blancas, ¿Dónde los olivos? y Templanza.
En enero de 2012 ganó del Primer Concurso Literario Andrés D. Puello por su libro
Crepitaciones. En el mes de mayo se le informa que su poema “Oda a la risa” fue
incorporado en unos libros de texto para el aprendizaje del español en Puerto Rico. La
radio satelitevisión/Americavisión de Chile le otorgo un reconocimiento “por su
participación en la Poesía destacada, mes de septiembre 2012, de los programas radiales
‘Música y declamación de poesías’”.
En abril de 2013 Radio Satelitevisión/Americavisión le otorgó un nuevo reconocimiento,
como poesía destacada, por su poema: Arde la poesía. En el mes de mayo, otro más por

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su poema: Desnudez de la mirada, y en el mes de junio, un nuevo reconocimiento por el
poema: Canción de viento y brisa.
En mayo de 2014 recibe 3 reconocimientos en México: el primero de la Universidad
Tecnológica de Huejotzingo y la Secretaria de Educación Pública (Puebla); el segundo de
la Presidencia Municipal de Querétaro a través de su Instituto de Cultura, y el tercero del
H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz (Estado de México) a través de
la Dirección General de Educación y Cultura y el Instituto Municipal de la Cultura y las
Bellas Artes.
En el mes de octubre se le notifica que su poema “Miguel Hidalgo” fue incluido en un
dvd en conmemoración a Miguel Hidalgo, por parte del municipio Miguel Hidalgo, del
estado de Hidalgo, México. Recibe el mismo mes un diploma de honor de parte de la
Revista Mirlo “por haber sido seleccionado en el Ier Certamen Poético Mirlo”.
En junio del 2015 recibe un diploma de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua
“por su participación como poeta y destacada trayectoria en la producción literaria”.
En octubre del mismo año recibe tres reconocimientos: de los planteles Ignacio Manuel
Altamirano y Benito Juárez García, pertenecientes al IEMS de la Cd de México,
México; y otro del Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal, México,
quien le otorga un reconocimiento por “su extraordinario trabajo en los planteles del
Instituto, a través de los Recitales de Poesía compartidos a la comunidad estudiantil”.
En octubre, también, se le notifica que ganó el primer lugar del concurso literario
“Certamen Internacional El Molino”, por su poemario: Corcel de luz y plata.
A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile,
Argentina, España, Nicaragua y Colombia.

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