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TEORÍAS DEL UNIVERSO

Volu m en I

D E L O S P IT A G Ó R IC O S A G A L IL E O

A n a Rioja y Javier O rdóñez

EDITORIAL

SINTESIS

E sta o b ra b a f i j o p u b lieaJa c o n la a y u Ja J e la D irecció n G e n e ra l Jel
L ib ro , A rc b iv o t y B ibliotecas Je l M in isterio J e E Ju c a c ió n y C u ltu ra .
D ise ñ o gráfico
e stb e r m o rcillo • fe m a n J o cabrera
© A n a R ioja y Javier O r J ó ñ e z
© E D IT O R IA L S ÍN T E S IS , S . A .
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sin la a u to riz a c ió n previa p o r escrito de E d ito ria l S ín te sis , S . A .

índice

P r ó lo g o ..........................................................................................................

1

E l cosm os g r ie g o ................................................................................

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15

1.1. Q u é interesa conocer....................................................................
15
1.2. Por qué com enzar en G recia........................................................
17
1.3. El Cielo que observam os desde la T ie rra ................................
21
1 .3 .1 . Las estrellas, 21. 1.3.2. E l Sol, 23. 1 .3.3. La Luna, 2 7.
1 .3 .4 . Los planetas, 27.
1.4. El legado de P lató n .......................................................................
30
1 .4 .1 . Jónicos e Itálicos, 31. 1 .4 .2 . Los pitagóricos y la arm o­
n ía d el cosmos, 31. 1 .4 .3 . La concepción platónica de la astro­
nom ía, 33.
1.5. La teoría planetaria de E u d o x o ................................................
36
1 .5 .1 . E l “p roblem a de P la tó n ’, 37. 1.5.2. Eudoxo de C nido y
la teoría de esferas homocéntricas, 38. 1.5-3. D ificidtades de la
teoría de Eudoxo, 44.
1.6. Física y cosm ología en A ristóteles...........................................
45
1. 6. 1. Física terrestre y física celeste, 46. 1.6.2. Las clases de
m ateria y sus m ovim ientos naturales, 49. 1.6.3. Características

5

Teorías d e l U niverso

cosmológicas, 53. 1.6.4. O rigen y transm isión de la rotación de
las esferas celestes, 55.
1.7. La astronom ía geom étrica de Ptolom eo y sus predecesores...
1.7.1. La escuela de A lejandría: la astronom ía ptolem aica, 59.
1 .7 .2 . E l S o l y los p la n e ta s, 6 0 . 1 .7 .3 . Predecesores de
Ptolomeo, 69. 1.7.4. C laudio Ptolomeo, 71.
1.8. ¿Cosmología ptolem aica?..........................................................
1. 8. 1. Astronom ía y cosmología en el período helénico y en el pe­
ríodo helenístico, 76. 1.8.2. E l conflicto entre física y astronomía,
78. 1.8.3. Consideraciones físicas de H iparcoy Ptolomeo, 80.
1.9. Griegos heterodoxos.................................................................
1.9.1. Heliocentristas, 85. 1. 9.2. Atom istas, 88.

2

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76

84

E l cosm os c o p e m ic a n o .................................................................

93

2.1. D e Ptolom eo a C o p é rn ic o .......................................................
2 . 1. 1. L a caída d el Im perio romano de Occidente, 93. 2.1 .2 .
E l Islam y el saber griego, 95. 2 .1 .3 . Los cristianos m edievales
y el renovado conflicto entre astronom ía y cosmología, 99.
2.2. N icolás C opérnico y la reform a de la astronom ía..................
2.2. 1. La reform a astronóm ica y el C om m entariolus, 111.
2 .2 .2 . La reforma astronómica y el D e Revolutionibus, 114.
2.3. ¿Se puede mover la Tierra? A rgum entos físicos en defensa
de la m ovilidad te rre stre...........................................................
2 .3 .1 . Im posibilidad de la astronom ía de decidir la cuestión
d el m ovim iento de la Tierra, 119. 2 .3 .2 . Argum entos físicos de
los an tig u o s en contra d e l m o vim ien to de la Tierra, 121.
2 .3 .3 . Respuesta de Copérnico a las objeciones de aristotélicos y
ptolem aicos, 124. 2 .3 . 4. Los nom inalistas d el siglo X IV y la p o ­
sib ilid a d d e l m ovim iento de la Tierra, 129.
2.4. La interpretación de las apariencias celestes en térm inos he­
liocéntricos. La astronom ía co p ern ican a................................
2 .4 .1 . L a herencia griega de Copérnico, 131. 2 .4 .2 . E l triple
m ovim iento de la Tierra, 134. 2 .4 .3 . E l m ovim iento de retrogradación de los planetas, 140.
2.5. La verdad de la teoría astronóm ica copern ican a....................
2.6. Sobre luteranos, católicos, ptolem aicos y co pernicanos........

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.3 .1 ..2 ..3 ..1 ..... La física celeste de Johannes K ep ler.. 177. Sobre fu erza s y almas.......... 203.3. 4 .... 185. 181.2 ...2 .3 .. Sobre estrellas y cometas........ 3 ... G ilbert.. 162. W. D e la astronom ía geom étrica a la física celeste.... 2.. 3 ... Dos ingleses copernicanos: Digges y G ilbert.1 ... 165...... 221..5 ..2.. C ara y cruz de la aportación galileana... B runo 3 . 4.... 1.. Platonism o y copem icanismo....1 . 226...3 ....3 .....2 .2 ..4 .6 .... b c ie n c b y el m ovim iento de b Tierra.. 159 L a fís ic a y e l m o v im ie n to d e la T ie rra .... 256. 246. 188.1. Giordano Bruno... 3 -3 . 159... 3 . La Biblia... 277 ín d ic e d e a u to re s y m a te ria s 283 7 .2 .7 .6 .........4 . 179.1 . 3 .índice 3 R e a lista s c o p e m ic a n o s: h a c ia u n a n u e v a fís ic a c e le s te ... 4 159 3.. Descanse en p a z.. 244....8 . 210. La culm inación de la astronom ía observacionalpreteles­ cópica... 193. 266 E p ílo g o .1 . 173.1 . Ó rbitas planetarias y poliedros regulares.. 3-3.3 .1.. 225 4 ..... 215... 3 ....1 ..1.1 . 4 ........ G . 3 ..4 .. 4 . 3... La excepción: Tycho Brahe y su propuesta a stro n ó m ic a . La Tierra no se mueve..... La tercera ley y b arm onía d el cosmos..... ¿Esfera de las estrellas?. 225 171 185 4... 236. 3 ....... E l D iálogo sobre los dos m áxim os sistem as del m u n d o . La segunda y la prim era ley de b s m ovim ientos p b netarios. La Tierra se mueve. G alileo Galilei: la física de una T ierra en m ovim iento..1 ... H acia una física com patible con b m o vilidad te­ rrestre.. La biografía intelectual de Galileo.2.3 .......1 ...3 ... E l sistema tychónico........... 251. 3.. 3 ..... N uevas observaciones celestes m ediante telescopio.5 ..3■ Las cosas cebstes antes nunca vistas y el sistema copem icano. 4 ...... 200.. 3 .. 271 B ib lio g r a fía . 3.....3 ..... 3 . 3 . 4...2 .... aunque no uniform em ente... Las estrellas se dispersan: T h ...... Digges.

tanto por su génesis com o p o r su desarrollo a lo largo de los siglos. Lo cual. óptica y. tradiciones e intereses. dicho sea de paso.Prólogo Esta obra ha nacido por iniciativa de Editorial Síntesis. Filosofía. no de escribir un ensayo sobre cierto aspecto con­ creto acerca del cual realizar u n estudio m onográfico. incluyendo a los especialistas de otras materias interesa­ dos en problem as lim ítrofes con su área específica de trabajo. constituye un motivo más para poner en cuestión esa dis­ cutible separación entre Ciencia y H um anidades tan en boga en nuestros días. 9 . astrono­ mía. a veces. se sitúa de m anera privilegiada en el punto de confluencia de las más diversas razones. desde un a perspectiva única. en definitiva. a la pregunta por los motivos que han inducido al ser hum ano en todos los tiempos a elevar su mirada al Cie­ lo tratando de desentrañar el enigma que ocultan esos misteriosos y lum inosos objetos que nos envuelven por doquier. Y es que. el tem a sugerido ha sido ni más ni m enos que las principales teorías sobre el universo consideradas desde una perspectiva histórica. m atemáticas. sino de redactar algo parecido a u n m anual que pudiera servir com o obra de referencia para estu­ diantes y profesores. incluso música. N o fue para nosotros m era cuestión d e trám ite aceptar un reto de esas características. cosmología. difícilm en­ te puede encuadrarse bajo el rótulo exclusivo de “ciencia” o “filosofía”. Por el contrario. Es evidente que se trata de uno de esos asuntos que. son algunos de los saberes que han en co n trad o en el universo un ám bito com ún de reflexión. resulta im posi­ ble dar respuesta. Se trataba. física. en el marco de un am bicioso proyecto destinado a presentar una visión de los grandes asuntos que tradicionalm ente han sido de interés filosófico y que siguen constituyen­ do m otivo de preocupación para el hom bre actual. En nuestro caso. Este plan team ien to interdisciplinar está recogido en el propio títu lo del libro: Teorías del Universo.

conviene repasar lo acaecido durante el largo período que separa a Ptolom eo de Copérnico. el prim er saber cientí­ fico de O ccidente referido al conocim iento de los cuerpos celestes. la teoría planetaria del discípulo de P latón. tras la m uer­ to . sino nuestra ya larga experiencia docente en la que hem os tenido ocasión de com probar a diario hasta qué punto no es lo mis­ m o saber algo que exponerlo de m odo que quien lo escuche o lo lea pueda hacer­ lo suyo. queriendo con ello subrayar la profunda vinculación de C opérnico con la forma griega de concebir el m undo.) tuvo lugar la constitución y desarrollo de la astronom ía. planetas y de la propia T ierra desde los antiguos pitagóricos hasta Ptolomeo. C . En total veintitrés siglos de desigual contribución al esclarecim iento de los problem as astronóm icos y cosmológicos más fundam entales. en ocasiones tan gratificante com o la propia invención. ya en la A ntigüedad clásica. y el siglo II d . La obra qu e presentam os aparecerá en tres volúm enes los cuales. en cuanto conjunto finito y ordenado de cuerpos dispuestos con arreglo a ciertos criterios de carácter racional. El objetivo es presentar al lector la construcción de u n o de los m odelos de universo de m ayor vigencia de todos los tiem pos. y p osteriorm ente en to rn o al M useo de la ciudad greco-egipcia de A lejandría. A lo largo de esos ocho siglos (entre el siglo VI a. En este sentido nos h a sido de valor indudable n o sólo la formación que com o profesores universitarios hem os adquirido a lo largo de los años. C . C o m o resultado se verá aparecer. El prim ero de ellos. La transm isión de una parcela de conocimientos supone una cierta for­ m a de recreación. en A tenas. En prim er lugar se ju sti­ fica en él que un a obra dedicada a las “teorías del universo”. A continuación se pretende analizar la evolución del estudio de estre­ llas. Eudoxo de C nido. El capítulo 1 lleva por títu lo “El cosmos griego”. com ience en Grecia en vez de hacerlo en Babilonia o en Egipto. la cosmología y la físi­ ca.Teorías d e l U niverso U n proyecto de estas características exigía com binar una inform ación rigu­ rosa con la m ayor claridad expositiva posible. son objeto de aten ció n preferente. C . prim ero en el ám bito de influencia de la A cadem ia de Platón y del Liceo de A ristóteles. recorre el dila­ tado período qu e m edia en tre los pitagóricos del siglo VI a. abarcan desde la antigua Grecia hasta las prim eras décadas de nuestro siglo. Es bien sabido que la división del Im perio rom ano. y no a la “histo­ ria de la astronom ía”. y las a p o rta ­ ciones de G alileo en la prim era m itad del siglo XVII. la física y cosmología de Aristóteles o la astronom ía de Ptolom eo y sus predecesores A polonio de Perga e H iparco d e N icea. el poderoso e influyente cosmos griego. en c o n ­ ju n to . El capítulo 2 se refiere a lo que hem os denom inado “El cosmos copernicano”. Así. Pero antes de instalarnos en el siglo XVI. que el lector tiene entre sus m anos.

sus propuestas deja­ ban adivinar tiem pos difíciles para las nuevas ¡deas. El hecho es que la llam ada “revolución copernicana” no fue llevada a cabo p o r el p ro ­ pio C opérnico sino por sus defensores décadas después de su m uerte. G ilbert o B runo. El capítulo 3 se titula “Realistas copernicanos: hacia una nueva física”. En él se exam ina la aportación de los escasos autores convencidos de la verdad del sistema copem icano. Aris­ tóteles o Ptolom eo. E n co ncreto. Hay pues que esperar al siglo XII para que sea posible volver a leer a Platón. N ingún progreso (cuando no un franco retroceso) tuvo lugar en astronom ía y cosmología hasta que lenta­ m ente ese saber se fue introduciendo en Europa gracias a los musulmanes. Situados en el fuego cruzado entre católicos y protestantes. en este cap ítu lo 3 se analiza en detalle el descubriu . dejando para más adelante el análisis d e la evolu­ ción hacia un m odelo de universo heliocéntrico. La form ulación de una propuesta astronóm ica conciliadora p o r p arte del danés Tycho Brahe. encontram os nom bres com o los de Digges. quienes se aventuraron a sacar conclusiones de la teoría copernicana más allá de lo establecido p o r el propio C opérnico. consolidaron la descripción copernicana con aportaciones originales en el cam po d e la física celeste y terrestre respec­ tivam ente. las obras de Kepler y Galileo. Ya en la segunda m itad del siglo XVI. a pesar de que este au tor no perseguía otra cosa que el perfec­ cionam iento del modelo heredado. en las prim eras décadas del siglo XVII. en este capítulo se atiende a la construcción copernicana del cosm os. la sustitución de un m undo geo­ céntrico p o r o tro heliocéntrico se realizó dentro de los supuestos pitagóricoplató n ico s en a stro n o m ía y aristotélicos en física. Así. de características totalm ente diferentes. el estu d io porm enorizado de las dificultades habidas para responder a los argum entos de carácter físico. trajo consigo desde el inicio de la Edad M edia la pérdida del saber griego para los habitantes de dicha parte. propio d e la m odernidad.Prólogo te del em perador rom ano Teodosio (395) y la posterior disolución de su par­ te occidental. fueron ellos los llam ados a abordar la revolu­ cionaria tarea de pensar las consecuencias físicas y cosmológicas de una Tierra móvil desplazada del centro del m undo. Sin em bargo. En efecto. y al siglo XIII para que se retom e el estudio de aquellas dis­ ciplinas en las recién creadas universidades europeas. Pero es en el siglo XVI cuando se plantea la prim era gran m odificación del cosmos griego en la obra de C opérnico. que desde la Antigüedad se esgrimían en contra del m ovim iento de la Tierra. D e hecho. tal vez hubiera podido evitar la confrontación. en la que se co m b in ab an elem entos ptolem aicos y copernicanos. tras la publicación del D e Revoliitionibtis ( 1543). Sin em bargo. todavía de m arcada influencia griega. dejó al descubierto la necesidad de profundas reformas.

se atiende a la introducción de planteam ientos inerciaíes y relativistas responsables del p rincipio del fin de la tod o p o d ero sa física aristotélica. sus ¡deas acerca del estado de m ovim iento y reposo de los cuer­ pos referido a sistemas móviles despejarán definitivamente el cam ino a la posi­ bilidad del m ovim iento de la Tierra. N os hallamos en los umbrales de un nuevo m u n d o m ucho más próxim o a Einstein que a Aristóteles. D ichas leyes vendrían a reemplazar el viejo principio de circularidad y uniform idad de los m ovim ien­ tos que. p o r o tro de características ab iertam en te contrarias com o es el fam oso sistem a d el m undo de Isaac N ew ton. Frente a las objeciones físicas acumuladas por aris­ totélicos y ptolemaicos. fru to del cual tom ó fuerza la idea del m undo com o una gran m áquina. y de N ew ton. por un lado. C o n K epler y G alileo finaliza el volum en prim ero de las Teorías d el U ni­ verso. finito y jerarquizado cosmos griego. desde los tiem pos de Platón. aún defen­ d id o parcialm ente p o r C o p érn ico . abriendo con ello la p u erta a un nuevo tipo de explicación del co m ­ portam iento de los cuerpos celestes que culm inará en la teoría de la gravitación new ton iana. p u n to de partida de la historia m oderna del universo. O mejor. Por un lado. sus habitantes. A la construcción de la gran m aquinaria del m u n d o se consagra. En él se exam inará. por otro. había presidido el desarrollo de la astro­ nom ía. a pesar de que éste no resulte perceptible para nosotros. co rp uscularism o y m ecanicism o fue gradualm ente creándose a lo largo del siglo XVII. H a com enzado la apasionante aventura intelectual que conducirá a la gradual sustitución del esférico. en tre otras cosas. el capítulo 4 “La física y el m ovim iento de la Tierra” se ocupa de la aportación de Galileo Galilei a la construcción de una física com patible con el nuevo m undo heliocéntrico surgido décadas atrás con Copérnico. en par­ te. Por últim o. las características del nuevo universo q u e verá la luz tras los sistem as mecánicos de Descartes. Y ello en un doble sentido.Teorías d el U niverso m iento p o r parte de Kepler de sus tres famosas leyes d e los m ovim ientos pla­ netarios en el contexto de su búsqueda pitagórico-platónica de las arm onías m atem áticas subyacentes a los fenóm enos celestes. por otro. el volum en segundo de la presente obra. de los iz . Galileo pondrá de manifiesto que ningún argumento teórico basa­ do en la observación de fenómenos mecánicos sobre la superficie terrestre puede oponerse al veloz giro de la esfera terrestre. Pero esta radical m odificación en el m odo de concebir el universo estuvo acom pañada de u n proceso en el qu e un nuevo y fu n d am e n tal vínculo en tre h eliocentrism o. y a las que C opérnico no había podido responder satis­ factoriamente. se expone la interpretación en clave copernicana de las nuevas observaciones celestes obtenidas m ediante su recién inventa­ do telescopio. Así.

En cuanto a la Bibliografía que figura al final. *3 . C uando este tercer volum en concluya. mientras que otros conocen sobradam ente lo segundo.Prólogo dos tipos de universo enfrentados entre sí. de incierto final. en constante ale­ jam iento unas de otras. a pesar del tiem po y esfuerzo q u e toda tarea inte­ lectual requiere para ser satisfactoria. Pero. Pero tam bién se incluyen otras que hem os tenido en cuenta en la elaboración de los diferentes capítulos. que hayamos definido los términos técnicos que se encuen­ tran en él. que nos ha deparado el siglo XX. por ejemplo. desde la filosofía o desde la ciencia. Confiam os. pues. que el siglo XVII dejará en herencia a los astrónom os de la Ilustración. habremos pasa­ do del eterno. D icho volu­ m en concluye con la m uerte de N ew ton acaecida en 1727 y da paso a un ter­ cero en el que se analiza lo sucedido durante los dos siglos siguientes. aun cuando no se m encionen de m odo explícito. los seres hum anos han llegado a construir acerca de ese siem pre enigm ático u n i­ verso del q u e form am os parte. sobre todo. a lo largo d e m ás d e veintiséis siglos de historia. está dividida en obras fuen­ te y obras de consulta. o que hayamos hecho consideraciones introductorias a la filosofía de Aristóteles o de Descartes. el carácter interdisciplinar de este libro hacía aconsejable no presuponer conocim ientos astronóm icos. por citar dos casos. a pesar de que unos lectores no pre­ cisarán lo prim ero. deseam os qu e la experiencia de adentrarse p o r el contenido de estas páginas resulte tan grata com o ha sido para nosotros su redacción. el criterio de selección de las m ism as ha estado determ inado por el hecho de aparecer citadas a lo largo de las páginas que siguen. En general. se interesan p o r cuestiones relaciona­ das co n las teorías q ue. De ahí. Por otro lado. matemáticos o filosóficos específicos. inm utable y sereno cosmos antiguo al inquietante universo en expansión. en qu e la presente obra sea de alguna utilidad para quie­ nes. el cartesiano y el new toniano. concre­ tam ente desde N ew ton y su sistema del m undo hasta las nebulosas extragaldcticas o galaxias del astrónom o am ericano Edwin Powell H ubble.

no siendo afectados por catás­ trofes que alteren el orden inm utable del que disfrutan. con el resto de los cuerpos del universo. y el Cielo. parecen m ostrar un a sorprendente serenidad. no terrestres.i . Q ué interesa conocer D esde tiem pos m uy rem otos los hom bres y las m ujeres som os inquilinos perm anentes (que no propietarios) de u n a única e intransferible m orada. los seres vivos. etc. En la T ierra los seres hum anos que la habitan se ven som etidos al capricho de las poderosas fuerzas naturales que. por otro. producen asom bro y terror a quienes los padecen. D esde ella contem plam os to d o cu a n to nos rodea. seamos los únicos (que sepa­ mos) observadores conscientes del gran espectáculo del m u n d o ..1 El cosmos griego i . sus habitantes. terrem otos. Las estrellas. en form a de inundaciones. c o n d u jo a suponer que ocupábam os u n lugar privilegiado den tro del conjunto. 15 . No hay sino que elevar los ojos al Cielo para que el espectáculo que se nos ofrez­ ca sea por com pleto distinto. el Sol y la Luna se desplazan con señorial seguridad. seísmos. Sus movimientos cíclicos son los responsables de los pocos acontecimientos regulares que tienen lugar en la Tierra: la sucesión de los días y las noches o el paso de las estaciones. A dem ás se advierte el constante apa­ recer y desaparecer por nacim iento o m uerte de u n tipo de seres que sólo exis­ ten en ella. tem pestades. p o r u n lado. sin que se advierta en ellos el m enor signo de envejecimiento o deterioro. Diversos datos avalan esa distinción. Ello dio pie a hacer una distinción que ha jugado un papel fundam ental en la historia del pensam iento cosmológico y que consiste en dividir el m undo en dos regio­ nes independientes y bien diferenciadas: la Tierra. Frente a esta experiencia atorm entada de la p o ten­ cia arrolladora de la N aturaleza en la que se desenvuelve la vida hum ana. la Tierra. El peculiar y sor­ prendente hecho de que nosotros. otros seres. Allí los cuerpos parecen existir eternamente.

etc. y a su vez estos últim os en intervalos de igual d u ración (horas. Este es sin d u d a u n o de los tem as fundam entales que presiden al naci­ m iento de la astronom ía: la m edición del tiem po y la confección de calendarios. nos enfrentam os aquí a un tem a teórico de carácter cos­ ió . La ganadería. En general el objetivo es m últiple. los pueblos que ya no eran meros reco­ lectores de frutos silvestres precisaban conocer el m om ento idóneo para sem ­ brar. Esto es. En ese sentido conviene observar para predecir. Sol y Luna se convierten así en los cuer­ pos cuyo conocim iento reporta mayor provecho. Se trata. A hora bien. si la única inform ación que de ello se tiene es la atm osférica. etc. que la irrupción de la época de lluvias o el desbordam iento de u n río pueden retrasarse o adelantarse. Por o tro lado. Es evi­ dente.). lunar o soli-lunar. se puede aspirar a elaborar un calen­ dario solar. Para co n trolar la evolución de la vida en la T ierra es im p o rtan te conocer los procesos celestes que influyen en ella. por ejem plo. El carácter cíclico y regular de los m ovim ientos celestes tiene com o co n ­ secuencia inm ediata perm itir la medida del paso del tiem po. C on el desarrollo de la agricultura. meses y días. m in u to s. hay u n fenóm eno visible en los cielos de enorm e im portancia debido a su regularidad: los cam ­ bios periódicos de las fases de la Luna. to m an d o com o refe­ rencia el m ovim iento del Sol y de la Luna. la navegación o incluso la determ inación del día más apto para em prender acciones m ilitares o para realizar rituales mági­ co-religiosos llevaron al h o m b re p rim itivo a interesarse p o r el curso d e los astros.Teorías d e l U niverso Períodos de luz reemplazan a períodos de oscuridad. no es esto lo único relevante en el estudio del Cielo. M enos sencillo de anticipar resulta la llegada de las diversas esta­ ciones. cuál es su ori­ gen. plantar. Y no sólo a la agricultura convenían los cálculos previos. D u ra n te miles d e años los hom bres se han p reg u n tad o y se siguen pre­ gun tan d o cóm o es el m u n d o en el que viven. cosechar. y así por siem pre y para siempre. que son a su vez segui­ dos p o r nuevos períodos de luz. Resulta así que. Su carácter repetitivo hace del transcurso del día y de la noche un fenóm eno fácilm ente predictible. se hace imprescindible obser­ var éste con toda la m inuciosidad posible. por un lado. qué form a tiene. Des­ de otro punto de vista interesa explicar cuestiones de escaso o nulo interés prác­ tico inm ediato. vendimiar. ¿Pero m ayor provecho para qué? La respuesta es sencilla e im portante: para co m putar el tiem po. de determ inar la alternancia de las estaciones. En definitiva. hace posi­ ble la división en años. Y puesto que dicha alternancia parece deberse al desplazamiento aparente del Sol entre las estrellas.

Evidentem ente ello suscita el interrogante de por qué situar en este momento y en este lugar el comien­ zo de una obra dedicada a presentar las grandes teorías acerca del universo. lo habían hecho m ucho antes. pero el caso es que en todas las culturas hallam os siquiera algún tipo de narración que pretende dar cuenta de la aparición y form ación del universo. la babilónica y la egipcia. entre otros. En concreto. hem os de trasladarnos unos tres mil años antes de C risto a dos zonas geográ­ ficas: M esopotam ia. no obstante. etc. si nos ceñim os a las dos culturas de m ayor im portancia desde el p u n to de vista astronóm ico. localizada en tre los ríos T igris y E úfrates (hoy Irak). mayas. C . Por qué com enzar en Grecia El prim er capítulo de este volum en se refiere al cosmos griego.2. En am bos casos se plantean los asuntos ya m encionados: la necesidad de m edir el tiem p o p o r razones ligadas a la agricultura. egipcios. y tam ­ bién el interés por narrar la historia del universo. es que no siem pre am bas cuestiones han sido abordadas y respondi­ das de m odo com patible. a la concreción de fiestas religiosas. y que recibirá la últim a gran aportación en el siglo II d. a la crianza de los ani­ males. D esde luego los griegos no fueron ni los prim eros ni los únicos que co n ­ tem plaron la bóveda celeste con un interés tanto práctico com o especulativo. C . hindúes. C o n frecuencia se ha polem izado acerca de si en el origen fue prim ero el deseo d e conocer el m odo com o el Cielo está organizado (cuestión cosm oló­ gica) o la necesidad d e observarlo con precisión a fin de po d er an ticip ar las posiciones futuras de los astros (cuestión astronóm ica).. El conflicto entre astronom ía y cosmología ha pre­ sidido buena parte de la historia del conocim iento de los cielos.E l co sm o s griego m ológico referido al origen y configuración d el universo. y Egipto. no m enos difícil de contestar que la referida a la priori­ dad del huevo sobre la gallina o viceversa. La respuesta puede ser m ítica o racional. a la navegación fluvial. A lo prim ero responden acu­ m u lan d o pacien tem en te gran can tid ad de observaciones y elaborando a lo largo de siglos diversos tipos de calendarios (lunar en el caso de los babilonios *7 . entendiendo por tal la concepción del m undo que se gesta en Grecia a partir del siglo VI a. 1. hebreos. atravesada de norte a sur por el río Nilo. D esde tiem pos m uy lejanos el ser hum ano ha tenido la necesidad de ocuparse del entorno que rodea a la Tierra. Lo que sí resulta cierto. Babilonios. y ello p o r razones tan to teóricas com o prácticas. En realidad se trata de una discusión ociosa. chinos.

la L una u otros seres naturales. por su parte. Los egipcios. D oce meses lunares sum arían sólo 354 días en vez de 365 '/ 4. identificándose con los sacerdotes). En definitiva. En cuanto a los egipcios. encargado del espacio que separa uno de otra. en la cosmología mitológica de los babilonios se hablaba de un dios celestial. estipularon un año solar dividido en doce meses de treinta días. 3 6 0 días. En total al año solar consta­ ba de 365 días. C ada día Ra recorría la espalda de N u t. en oca­ siones. de m odo que al cabo de nue­ ve años se habría producido un desajuste de una estación. A tendiendo a esto últim o. n o añadiéndose el equivalente a nuestros días bisiestos (uno cada cu atro años). esto es. atravesan­ do de este m odo los cielos. Así. dep en d ien d o de las culturas) a fin de poder llevar a cabo predicciones astronómicas. Éste era el princi­ pal problem a al que tenían que hacer frente los m esopotám icos. por tan­ to. la construcción de cosm ologías de carácter m ítico. la necesidad. En consecuencia. por últi­ m o. en las que el proble­ m a del origen y estructura del universo se hacía depender de la intervención de las divinidades. nadie puede negarles su extraordina­ ria habilidad en el arte de m edir el tiem po. en 120 años el retraso era de u n mes. responsable de la Tierra. D ado que ni el año solar ni el mes lunar son perío­ dos que abarquen un núm ero entero de días (365 '/ 2 y 29 ' / 2 respectivam en­ te). a los que agregaban cinco más. N i la distribución espacial de los 18 . resultaba laborioso coordinar el curso del Sol con el de la Luna y. responsable del Cielo. de un dios terrestre. En general podem os decir que en las culturas prehelénicas hay ciertos ras­ gos com unes. y de un dios de las tem pestades. de cuyo cuerpo en form a de bóveda pendían estrellas y planetas. personificadas en el Sol. de llevar a cabo observaciones de los m ovim ientos celestes. entre los que cabe destacar los siguientes: la im perfecta elabo­ ración de u n calendario con la finalidad de ob ten er algún tipo de división y có m p u to del tiem po.Teorías del U niverso y solar en el de los egipcios). determ inar una fecha fija de comienzo y final de las estaciones. Cosa distinta es el tem a de la conform ación del univer­ so. recurriéndose a la deificación de ciertos cuerpos y fuerzas de la Naturaleza. lo fundam ental era el triu n ­ fo de los dioses sobre el caos prim igenio y la imposición de un orden en el m u n ­ do centrado en la división Cielo-Tierra. haciendo uso para ello de una rudi­ m entaria m atem ática. por tan to . A quí la explicación es enteram ente mítica. es claro que la cuestión cosmológica desborda por com pleto los lím ites de la experiencia. astrológico del estudio del Cielo (frecuentem ente los astrónom os eran los encargados de los ritos y cerem onias. adoraban al dios del Sol Ra y a la diosa del Cielo N u t. el interés no sólo práctico sino religioso y. el desarrollo d e la aritm ética y d e la geom etría (m uy irregular. Pero pese a estas y otras dificultades.

ello no nos m uestra ni su localización con respecto a la Tierra. A p artir de la observación de u n ám bito lim itado de fenóm enos. Si las observa- . de esfe­ ra. En este caso podríam os decir que la cosmología se nutre de la astronom ía. por sí sola dicha acum ulación no propor­ ciona inform ación sobre la estructura global del universo (K uhn. a m enudo m uy bellos. Por m ucho que exam inem os las posiciones relativas d e los astros. Luego. a fin de conocer el mayor núm ero de regiones posibles del presente y del pasado. pero sin que nos sea posible acceder personal­ m ente a dicha totalidad. M uy al contrario. Esta situación puede afrontarse de dos formas diferentes. Ver. 1978: 5253). ni su hipotético origen en un rem oto pasado. hacemos extensiva esa información a otros fenómenos de manera inductiva. El problem a en to n ­ ces a resolver es cóm o pasar racionalm ente de la parte al todo.). a la totalidad del universo. ni su m ovim iento o su reposo. contem plar. en los cuales se narra lo que los dioses han perm itido saber al hom bre sobre el m odo com o han creado u o rd en ad o el m u n d o . ni la form a qu e ad o p tan en co n ju n to . por tanto. Es preciso pasar de la pequeña parte que habitam os y observam os al co n ju n ­ to. los grandes interrogantes cosmológicos referidos a la form a del m undo (forma abovedada de base plana. el observador hum an o form a parte de lo que quiere observar y. La fuente ins­ piradora de la cosmología son los m itos. Pero históricam ente hallamos tam bién un talante por com pleto diferente. no basta. finitud o eternidad exigen dar u n "salto en el vacío”. A hora bien. entre otras razones porque no podem os situarnos fu e ra y abarcar todo con la m irada. El tem a tiene un alcance m uy profundo que va m ucho más allá del m ero abandono del m ito com o form a de explicación. Todo cuanto lleguem os a saber depende de la acum ulación del m ayor n ú m ero de observaciones posibles. Y el hecho es que el p u n to de inflexión de una a otra se da en Grecia. etc. mirar. ha de hacerlo desde u n a posición necesariam ente lim itada. En resum en. La que nos es más familiar consiste en tratar de am pliar el conocim iento em pírico de los cielos (en la actualidad construyendo aparatos cada vez más sofisticados que “vean” por nosotros). a su ordenación. de tabernáculo. que ha sido m encionado a propósito de egipcios y babilonios.E l co sm o s griego cuerpos que integran el universo ni su origen en el tiem po pueden co n tem ­ plarse directam ente. par­ tiendo del supuesto de que el universo que no vemos es com o el que vemos. En el contexto de la cosmología astronóm ica no cabe plantearse el cono­ cim iento de la estructura del universo sin realizar observaciones precisas. podríam os pues hablar de una cosmología mitológica y de una cosmología astronómica. El p u n to d e p artid a n o es la experiencia hum ana sino la revelación divina.

en el siglo VI a. una estructura racional que perm ita integrar y organizar el conjunto de observaciones celestes que lqs pueblos han ido acum ulando a lo largo de los siglos. no se obtie­ ne recorriendo u n o a u n o los fenóm enos a los que se aplica (por eso. A spiram os a ir más allá del mero catálogo de estrellas. no es necesario llevar a cabo todas las observaciones posibles). de representarse y justificar un dom inio dado de fenó­ m enos. desde luego. T odo estudiante ha oído hablar alguna vez del m odelo de átom o de T h o m so n . pero pueden explicar lo que se ve. Dichos modelos pretenden mos­ trar la posible estructura del átom o que facilite la com prensión d e los fenó­ m enos de em isión y absorción de radiación. p o r m uchas horas que haya pasado ante un microscopio. un m odelo es una cons­ trucción racional espía. N o es cuestión de inventar arbitrariam ente marcos teóricos sino de presentar aqué­ llos que sean aptos para dar razón de las apariencias. del de R utherford y. sobre todo. es capaz de hacer en tender lo que se percibe. Los m odelos no se ven. C on anterioridad diversos pue­ blos a lo largo de más de treinta siglos se han interesado por el conocim iento del Cielo. El tem a es bien conocido por quienes en nuestros días se hallan próxim os al quehacer científico. Pero nadie los ha “visto” . 20 . La racionalización del universo es una em presa llevada a cabo por los griegos. un a vez erigidos. pero ninguno ha elaborado un teoría en sentido estricto (entre otras razones porque en ellos no se ha dado u n pensam iento cosmológico laico). com ience con el cosmos griego.Teorías d e l U niverso d o n es no son suficientes. Se trata de un m arco general unificador que. deben explicarlo ya que. En el sen tid o en que aquí se em plea el térm ino. O m ejor dicho. aunque no se percibe. lo cual im plica im poner un orden racional a un co n ju n to de datos experim entales plurales e inconexos. M ás bien supone una auténtica creación del intelecto hu m an o cuyo objetivo es la construcción de un a estructura teórica que. D e ahí que u n a obra dedicada a las teorías del universo. ya que se plantea en toda la ciencia natural y no sólo en la cosmología. se piensan. El ejem plo más conocido y divulgado en nuestra época es el qu e se refie­ re al modelo de átom o . C . y no a la historia de la astronom ía. ¿con qué más contamos? C on la posibilidad de cons­ tru ir modelos teóricos que por un lado sobrepasan y por otro anticipan la pro­ pia experiencia. ¿D ónde y cuándo encontram os la prim era teoría del universo que merez­ ca tal nom bre? En Grecia. han de ser co n trastad o s em p íricam en te a fin de ser aceptados o rechazados. En nuestro caso lo que buscam os es nada m enos que un modelo de u n i­ verso. C o m o resultado obtendrem os una teoría d el universo. del abstracto y alta­ mente formalizado modelo cuántico de Bohr.

o más precisamente de estrellasfija s. Las estrellas U na observación más atenta a lo largo d e un cierto tiem po nos m ostrará. ello lleva a pensar que sobre nuestras cabezas se levanta algo parecido a una cúpu­ la o semiesfera.1. esto es. La segunda tendrá com o objetivo considerar las características que adoptará el prim er m odelo teórico del universo en el ám bito de influencia de la filosofía de Platón. El Cielo que observam os desde la Tierra Levantem os la m irada al Cielo y contem plem os el magnífico espectáculo que se ofrece a los habitantes del hem isferio n o rte (en el que se hallan tanto M esopotam ia y Egipto com o Grecia). tal com o hicieron los griegos. En vez de tener qu e ad m itir qu e cada una de las estrella es capaz de desplazarse sin perder la posición que tie­ ne con las dem ás (com o caballos de carrera qu e llegaran a la m eta en el mis­ mo orden en el que salieron). La prim era consistirá en la expo­ sición de las principales observaciones de las que dispusieron los griegos refe­ ridas a las estrellas. em pleando en ello 23 h 56’ (día sideral). Por otro lado. A dicha esfera le darem os el nom bre de esfera celeste. Ú nicam ente la estrella polar (recordemos que hablamos del hemisferio norte) ocupa un lugar que perm anece en reposo. 1. el Cielo com o tal tiene un aspecto no plano sino abovedado. que avanzan siem pre en sentido contrario al d e las agujas del reloj. de m o d o qu e el m en cio n ad o C ielo se extendería no sólo por “encim a” sino tam bién por “debajo” de nosotros. Lo an terio r tiene un a ventaja evidente. Si nos aventuram os a dar un paso más allá de la pura observa­ ción. A los cuerpos lum inosos que así se com portan se les conoce con el nom bre de estrellas. bien podríam os com pletar la semiesfera convirtiéndola en u n a esfera com pleta. segundo. m antienen siempre sus distancias relativas. a pesar de su m ovim iento. a la L una y a los planetas. es m ucho más sencillo suponer que todas ellas 21 . que su velocidad es invariable. lo que de m odo más inm ediato divisamos es un num eroso co n ju n to de luces en m ovim iento. tercero. que la mayoría de esas luces se desplazan conjuntam ente describiendo círculos de diferente tam año.3. envol­ viéndonos p o r entero.3.E l c o sm o s griego A partir de aquí dos tareas nos aguardan. r. prim ero. En un a noche en la que la visión no se halle obstaculizada por las nubes u otros agentes perturbadores. debido a que. al Sol. de este a oeste.

qu e la T ierra está colocada en el centro de la esfe­ ra de las estrellas.. que no todos son estrellas. en sen­ tido este-oeste. por tan to . Tal com o se han descrito las cosas. Q uiere decirse. Por últim o. es decir. Los que más destacan a sim ple vista com o cuerpos con una personalidad propia 22 . por razones teóricas y prácticas los griegos asum ie­ ron. Tenem os pues u n a m inúscula esfera den tro d e otra gigantesca. con velocidad uniform e. a partir del siglo VI a. En ese caso la única posibilidad es que las estrellas se trasladen conjuntam ente. no sólo la esfericidad del m u n d o sino tam bién la de la pro p ia T ierra. puesto que es a la esfera celeste a la que se con­ cede m ovim iento. El eje de la esfera celeste se orientará en la dirección norte-sur. Pero no todos los puntos lum inosos que pueblan el C ielo se conducen de la m ism a m anera. la T ierra perm anecerá en reposo (en térm inos heliocéntri­ cos. con sus respectivos polos y ecuadores dispuestos d e m odo qu e el polo n o rte celes­ te esté exactam ente encim a del polo n o rte terrestre y el ecuador celeste sobre el ecuador terrestre. el giro de la bóveda celeste hacia el oeste se explica p o r el m ovim iento de rotación de la T ierra hacia el este) (figura 1. C . se presupone que el observador ocupa la posición central. cosa que coincide con lo q u e se observa. cuyo cen tro coincidiría con el centro geom étrico del universo.Teorías d e l U niverso están adheridas a la esfera celeste. y que es ésta la que gira sobre su eje. Adem ás.1).

C apricornio. La prim era. o sea. El Sol transita p o r este anillo zodiacal o eclíptica en sentido oeste-este. A este canfino que en aparien­ cia recorre el Sol sobre el fondo siem pre de las mism as estrellas se le denom ina eclíptica (figura 1. En consecuencia convendrá estudiarlos p o r separado. Acuario. Escorpio. podríam os seña­ lar en la esfera celeste los puntos que corresponden a esos cuatro días. el año.2). Todo el m undo conoce que a lo largo de este lapso de tiem po hay cuatro días especialmente señalados. Para ello es im prescindible fijar sus posiciones sucesivas en relación con los únicos p untos de referencia de que disponem os. C án ­ cer. ya que de día la luz solar no perm ite ver las estrellas. tam ­ bién lo está con relación al ecuador terrestre).2. em ­ pleando algo más de trescientos sesenta y cinco días y con velocidad no unifor­ me. com enzando por el prim ero de ellos. razón p o r la cual hay que establecer procedim ientos indirectos qu e perm itan inferir la localización de este astro en todo tiem po. y la segunda que ese círculo solar n o coincide con el ecuador celes­ te sino que se halla inclinado 23 '/ 2° con respecto a él (y. G ém inis. Tauro. los griegos las d en o ­ m inaron constelaciones zodiacales. Leo. Pues­ to que m uchas de ellas recibieron nom bre de animales. advertiríamos dos cosas. las estrellas. Piscis. en consecuencia. Si tuviéram os la paciencia de ir constatando u n o tras o tro los p u n to s en lo que el Sol desaparece por el horizonte (a partir de la observación d e las estre­ llas que se hacen visibles inm ediatam ente después d e su puesta). Unas y otro nunca son visibles al m ism o tiem po. En su recorrido hacia el este a lo largo . Puesto que el Sol no sale y se pone siempre por el mism o sitio. E l S o l A parentem ente el m ovim iento del Sol es el que nos puede perm itir com ­ prender algo tan im portante com o el m om ento de inicio y finalización de las estaciones del año. y de noche lo que no puede obser­ varse es el propio Sol. los dos solsticios y los dos equinoccios. Este movimiento solar permite una división fundamental del tiem po. a saber. se trata de determ inar el desplazam iento observable del Sol sobre el fon­ do de la esfera estelar. O sea. V irgo. Sagitario.3. los que marcan el com ienzo de las estaciones. Para m ayor facilidad pueden dividirse sus 360° en doce segm entos ¡guales. qu e dicho astro describe u n círculo sobre el fondo de las estrellas. Libra. agrupar las estrellas que caen den tro de cada u n o d e ellos en constelaciones y nombrarlas de alguna manera: Aries.E l c o sm o s griego son el Sol y la Luna. 1. Pero ello no es posible hacerlo directam ente.

En cam bio. En ellos la duración de los días y las noches es aproxim adam ente la m ism a ( equinoccio es u n térm ino de origen latino que significa “igual noche”). El prim ero de ellos corresponde al solsticio de verano (22 de junio). y los dos p untos en los qu e se cortan el ecuador y la eclíptica. entonces. en los que hace más calor (siempre en el hem isferio norte). y épocas en las que está por debajo en la zona más m eridional.3). el Sol sale y se pone por el norte. saliendo y poniéndose por el este y el oeste ver­ daderos. Para pasar de una a otra ha de cruzar el ecuador celeste en dos ocasiones. Por últim o. en térm inos heliocéntricos) (figura 1. en el solsticio de invierno (22 de diciem bre) sucede to d o lo c o n ­ trario. las noches son más largas.Teorías d e l U niverso de la eclíptica. las horas de luz son máximas. Resulta así qu e la división del año en prim avera. el más al sur. El Sol sale y se pone por el sur. verano. Tenem os entonces el año trópico. por tanto. 24 . En él. en la zona más septentrional. o to ñ o e invierno se debe a la inclinación de la eclíptica (o a la inclinación del eje de la Tierra. hay épocas en las que el Sol está encim a del ecuador celeste y. en consecuencia. Puede tom arse com o unidad de medida el tiem po que transcurre entre dos pasos consecutivos del Sol por el m ism o p u n to equinoccial (norm alm ente el p u n to vernal o equinoccio de prim avera). en los que el Sol atraviesa el ecuador. Es posible. tenem os el equinoccio de prim avera (21 de marzo) y el equinoccio de otoño (23 de septiem bre). destacar cuatro puntos de la eclípti­ ca: el p u n to más al norte posible. los rayos caen oblicuam ente y la tem peratura desciende. señala el com ien­ zo de los días en los que la T ierra recibe más directam ente los rayos solares y.

3). de m odo que nada en el universo se sustrae a este constante . Es evidente que así se ha explicado el paso de las estaciones. C .2421 días (según estim aciones actuales).. debido al giro del polo de la esfera celes­ te en to rn o al polo de la eclíptica (figura 1.4. tam bién lo hace el Sol y. Los p u ntos d e intersección d e la eclíp­ tica con el ecuador celeste van retrocediendo m uy lentam ente.7. el llam ado m ovim iento anual.2563 días. pero no la sucesión de los días y las noches. epígrafe 1. C om o se ve. Pero lam entablem ente las cosas n o son tan sencillas. H ablam os en to n ces del año sidéreo. uno y otro año no coinciden. N o sólo las estrellas se trasladan diariam ente d e este a oeste. su diferencia se debe al fenóm eno conocido com o precesión de los equinoccios (descubierto en G re­ cia en el siglo II a. Para ello es necesario in tro d u cir o tro tipo de m ovim iento. esto sólo es observable en períodos de tiem po m uy largos. con lo cual el principio de las estaciones se anticipa d e añ o en año.000 años para que cada p u n to equinoccial diera una vuelta com pleta alrededor de la eclíptica. D esde u n p u n to de vista geocéntrico. consúltese el epígrafe 2. La inm ensa esfera celeste arrastra en su giro a todo lo dem ás. Sin em bargo. puede explicarse po r el cam ­ bio de posición del ecuador celeste.E l c o s m o fg n e ^ o cuya duración ps de 365. q u e d u ra 365.4) (sobre el m odo heliocéntrico de explicar este fenóm eno. Pero tam ­ bién puede contabilizarse el tiem po que tarda el Sol en volver a pasar sobre el fondo de u n a m ism a estrella. el m ovim iento diurno del Sol.2). en realidad. ab soluta­ m ente todos los cuerpos celestes. Todo lo dicho acerca del Sol se ha referido a un único tipo de m ovim ien­ to. ya que se necesitarían 26.

Des­ doblar su m ovim iento observable. que no es uniform e (emplea seis días más en desplazarse del equinoccio d e pri­ mavera al de o to ñ o que al revés. q u e es el responsable de q u e en verano y en invierno no se vean las m ism as estrellas. Si las estrellas em plean 23 h 56’ en la vuelta com pleta. R ecapitulando lo dicho con respecto al Sol tenem os u n m ovim iento d iu r­ no que p erm ite definir el día y u n m ovim iento a n u a l q u e determ in a la d u ra­ ción del añ o (en u n p lanteam iento heliocéntrico. Se produce u n desfase d e cuatro m inutos. m uch o más lento. resultando así que el d ía sidéreo n o coin­ cide exactam ente con el d ía solar. hacia el este. Ello quiere decir qu e el com portam iento fenom énico de este astro es m uy com plejo e irregular. sino la resultante de la com binación de am bos. Pero además tiene u n movi­ m ien to pro p io . z6 . o sea. N aturalm ente lo que se observa no son estos dos m ovim iento p o r sepa­ rado. n ad a excepto la T ierra (o bien podría ser la T ierra la que girara sobre su eje hacia el este. pese a que la distancia qu e recorre es la mis­ ma). en form a de espiral. el prim ero de estos m ovi­ m ien to s se explicará p o r el d e ro tació n d e la T ie rra y el seg u n d o p o r el de traslación). el Sol com parte el veloz m ovim iento d e las estrellas que tiene lugar de este a oeste con velocidad constante.Teorías d e l U niverso y regular m ovim iento. en dos m ovim ientos circulares supone u n a sim plificación teórica en absoluto evidente. el Sol necesita 24 h. Es decir. en sentido co n trario. en cuyo caso el resto de los cuerpos per­ dería su desplazam iento hacia el oeste).

la Luna y los cinco planetas. resulta impres­ cindible ahora más que nunca considerar su m ovim iento observable com o com ­ puesto de otros más simples. Adem ás la L una se desplaza en la dirección norte-sur en to rn o a le eclíptica. La duración del mes dependerá de q u e m idam os el tiem po transcurrido entre dos fases iguales de la Luna (dos plenilunios. sin em bargo. En efecto. Todo cuanto nos rodea gira diariam ente hacia occidente (o bien som os nosotros los que giramos hacía oriente cada veinticuatro horas). sobre el fondo de las constelaciones zodiacales. El m ovim iento m ensual de la Luna se reali­ za. ju n to con las estrellas y el Sol hacia el oeste. a saber. m ientras estas últim as se trasladan disciplinadam ente en círculos en tor­ no a la Tierra. que conocemos por sus nom bres latinos: M ercurio. que consta d e 2 7 . lo m ism o que la Luna. En segundo lugar. En el prim er caso hablarem os del mes sidéreo. cuya conducta es tan anárquica que los griegos los denom inaron astros errantes o p la ­ netas. el m ovim iento que de hecho se contem pla puede descom ponerse en un m ovim iento diurno.3 2 1 6 días. a lo largo de la eclíptica hacia el este. de . Júpiter y Saturno. su m ovim iento observable ha sido descom puesto en tres m ovim iento teó­ ricos más sencillos. La Luna En el caso de la Luna no es preciso detenerse en exceso. p o r tanto.4.3. no se aleja nunca más de 5°. En apariencia los planetas no se distinguen de las estrellas a no ser por­ que. En prim er lugar hay qu e referirse al m ovim iento que los planetas n o pue­ den dejar d e com partir con el conjunto de la esfera celeste de este a oeste. M artes.En defini­ tiva. puesto que el esque­ m a explicativo em pleado con el Sol le es aplicable. y en el segundo del mes sinódico. siguiendo el recorrido del Sol a lo largo de la eclíptica.3. estos cuer­ pos se desplazan hacia el este. m ucho más van a serlo los de otros puntos lum inosos que se divisan en el Cielo. por ejemplo) o entre dos pasos consecutivos sobre el fondo de la m ism a estrella.E l c o sm o s griego 1. Venus. 1.3305 días.3. y en un m ovim iento m ensual. Ello quiere decir que las estrellas del zodíaco cons­ tituyen el fondo sobre el que cam inan el Sol. Si queremos describir su curso. de la que. en la m ism a región del Cielo que el m ovim iento anual del Sol. A sim ple vista se observan cinco planetas. Los planetas Si han resultado ser complejos los movimientos del Sol y de la Luna. los prim eros son verdaderos vagabundos celestes. q u e se extiende a 29.

6). hay que incluir u n m ovim iento latitudinal en esta o tra dirección norte-sur. el Sol. hasta u n máxi­ m o d e 8°. sino más bien en el gran espa­ cio que m edia entre la periferia y el centro. V enus cada 5 8 4 y M arte cada 780. esto es. la L una y los planetas avanzan sobre el fondo de las mismas estrellas (las zodiacales).5). Jú p ite r cada 3 9 9 . situarlos en la esfera de las estrellas. Se sabe asim ism o que el res­ to de los cuerpos celestes. S aturno cada 378. vistos desde la Tierra. por tan to . 28 . ¿En qué orden? (figura 1. C u ando tal cosa ocurre. hay que decir qu e los planetas se apartan d e la línea de la eclíptica algo más que la Luna en dirección norte-sur. ju n to a los tres m ovim ientos anteriores en direc­ ción este-oeste y oeste-este. oscilando entre el año de M ercurio y Venus y los veintinueve años de Saturno. N o cabe. dism inuyen­ do du ran te el retroceso y au m entando de nuevo después.Teorías d el U niverso m odo que sus órbitas están aproxim adam ente en el m ism o plano. describiendo una espe­ cie de b u d e o lazo que les llevaría hacia el oeste durante u n co rto intervalo de tiem po. Lo único que ha sido establecido es qu e en los confines del m u n d o se hallan las estrellas. Los planetas están entre las estre­ llas y la Tierra. adheridas a la esfera que envuel­ ve el m u n d o . E n su trayectoria hacia el este a lo largo de la eclíptica se hace notar que invier­ ten el sentido d e su m ovim iento com o si retrocedieran. Pero el más desconcertante es el lla­ m ado m ovim iento de retrogradación que sólo es atribuible a estos astros errantes. y qu e el centro lo ocupa la Tierra. Ello supone que. para recuperar finalm ente su cam ino norm al (figura 1. Por últim o. Q u ed a p o r decidir u n a cuestión im p o rtan te con respecto a los planetas: su ubicación d en tro del conjunto. El período de revolución es distinto para cada planeta. la velocidad se altera p o r com pleto. C ada planeta retro­ grada un núm ero distinto de veces en el recorrido norm al de su órbita: M er­ curio cada 116 días.

M an e casi dos. a partir de datos observables se ha ¡do configurando u n m un­ do esférico en el que los planetas se hallan localizados a diferentes distancias del centro (el Sol y la Luna se asimilan a los planetas. la Luna y la Tierra (figura 1. inm ediatam ente por debajo d e las estrellas hay q u e situar las órbitas d e Saturno. Saturno em plea unos veintinueve años.E l co sm o s griego El principio adoptado por los griegos fue el de considerar que a m ayor tiem ­ po em pleado en recorrer las doce constelaciones del zodíaco (período del plane­ ta). En resum en. Según esto. Por encim a se sitú­ an tres planetas. Venus. de m odo que el orden queda esta­ blecido com o sigue desde la periferia al centro: las estrellas. los dos planetas inferiores y la Luna. el Sol ocupará la posición 4. que pueden ser vistos a cual­ quier distancia de aquél. m ayor distancia al centro. incluso a la máxim a posible de 180° (oposición). D os fueron las posibilidades que se bara­ jaron: M an e. Júpiter. M ercurio y Venus u n año. Por el con- . el Sol. la elongación m áxim a (o distancia angular máxima) de Venus está limitada a 46° y la de Mercurio a 28°. M ercurio. A diferencia de Saturno. D ado q u e hay siete cuerpos. aunque por sus peculiares características suelen merecer un tratam iento aparte). o bien M an e. M ercurio y Venus. Jú p iter doce.7). no a las estrellas. Por debajo quedan otros tres. Venus y M ercurio. el Sol. Jú p iter y M an e. C . Jú p iter y M arte. M ercurio y el Sol. M arte. Venus. Esta segunda es la que finalmente se adoptó a partir del siglo III a. los llam ados planetas superiores. Saturno. A partir de aquí el problema es decidir la colocación de cuerpos cuyo período medio es d e u n año: el Sol. La órbita de la Luna en todo caso se considera la más próxim a a la Tierra.

N i la esfericidad del universo. ¡o . y adquiere sus rasgos defi­ nitivos en el entorno de la filosofía de Platón. equidistantes de dicho centro ocupado por la Tierra. recordem os m uy som eram ente a jónicos e itálicos y su desigual aportación a la em presa cosmológica. Exactamente lo mism o que vemos podría haber sido descrito de otra manera. A ella hay que acudir para com ­ prender cóm o y por qué surge la prim era teoría astronómica propiam ente dicha. ni la posición central de la Tierra.7. ni la descomposición de los movi­ mientos planetarios son hechos de experiencia directa. El m ovim iento de estas últimas aparece com o uniform e y circular.Teorías d el U niverso Fig u r a 1. capaz de em prender la tarea de ordenar racionalm ente el m undo. tal como siglos más tarde harán C opém ico o Kepler. ni el movimiento de la esfe­ ra celeste. El legado de Platón A ntes de abordar la construcción del cosmos en el período de m adurez de la filosofía griega ateniense. A hora bien. Esto quiere decir que las observaciones se han presentado interpretadas desde un modelo teórico. en cam bio el de los planetas resulta tan com plejo que es aconsejable su descomposición en otros más simples. 1. En concreto dicho m odelo com ienza a abrirse cam ino en Grecia. es manifiesto que con ello se ha rebasado el ám bito de la pura y estricta observación.4. todas las estrellas se sitúan en la periferia. erario. con la escuela pitagórica.

Es el caso de la afir­ . Los jonios eran u n pueblo d e la antigua Grecia. sino a los pitagóricos en particular..E l co sm o s griego 1. astros q u e se encien d en al levantarse y se apagan al ponerse. 1. 2. tal es el caso de Mileto. cilindrica. la ciudad de H eráclito. 1. donde nacieron los pitagóricos Filolao o Arquitas. Cielo en for­ m a de bóveda hem iesférica q ue se erige sobre una T ierra plana o. Algunas de sus ciudades han sido inm ortalizadas po r la historia de la filosofía presocrática. de d o n d e era o riu n d o A naxágoras. Por tanto.3 se deben a la escuela pitagórica. astros ígneos que se dejan ver a través de orificios en el C ielo. A naxim andro y Anaxím enes. C . C . 4. no tie­ ne su paralelism o en cosmología. podríam os hablar de u n a cosmología jónica. y A grigento (en Sicilia) la de Em pédocles. La extraordinaria innovación que representan sus planteam ientos físicos. en el m ejor de los casos. C ro to n a. que se extiende a lo largo de unos dos siglos. Lo cierto es que. Éfeso. en Jonia) creara su famosa escuela. en las colonias fundadas p o r los jonios en la costa oeste de Asia M enor (hoy T urquía). se aprecia entre sus contem poráneos de las colonias griegas del sur de Italia. separada de la costa este de Grecia p o r el m ar Egeo. si bien introducen un a m anera absolutam ente nueva de interrogarse acerca de la naturaleza de las cosas. En realidad este m ayor progreso no se debe a los filósofos qu e podríam os lla­ m ar “itálicos” en general. A quí los nom bres de lugares que sue­ nan son Elea. Los pitagóricos y la arm onía del cosm os Los aspectos más generales de la descripción de las observaciones celestes hecha en el epígrafe 1.. Jonia. en cam bio. todo ello po n e de m anifiesto un a concepción m uy prim itiva del universo. C olofón. o Tarento. lugar de nacim iento de Jenófanes.4. o C lazom enes. Jónicos e itálicos Es ya u n tópico situar el nacim iento de la filosofía. M ucho m ayor progreso. de d o n d e procedían Tales. Si agrupam os a todos estos filósofos p o r su lugar de nacim iento. d en ­ tro de la cosmología itálica es la cosmología pitagórica la que merece destacarse entre los siglos VI y V a. a finales del siglo VII a. que siglos atrás se habían visto obligados a em igrar huyendo d e las invasiones dóricas. no se puede considerar que su descripción del m u n d o suponga un efectivo avance con respecto a babilonios y egipcios (cuyas concepciones m uy probablem ente conocieron). la ciudad de Parm énides. en d o n d e Pitágoras (oriundo de Sam os. etc.

C onform e al planteam iento pitagórico. C . cuando las longitudes de las cuer­ das de la lira o d e cualquier o tro in stru m en to guardan ciertas proporciones . en todos los casos. un fuego central inm óvil en torno al cual giraría todo lo dem ás incluida la Tierra (com o curiosidad cabe señalar que entre la T ierra y el fuego central. Filolao situó una A n ti-T ierra a fin de proteger a aquélla de los rayos directos de éste) (figura 1. el diu rn o y el anual (y probable­ m ente tam bién la del m ovim iento de la Luna y los planetas) (ver lo dicho en epígrafe 1. El concepto de arm onía en principio se aplica a los sonidos musicales. F ácilm ente se co m p ren d e la im p o rtan cia de este m o d o de presentar las cosas para el estudio del Cielo. ¿Por qué? Porque en el m u n d o rige una arm onía univer­ sal. El centro lo ocuparía la T ierra o. Asimismo fue ini­ ciativa de estos filósofos la descom posición del com plejo m ovim iento obser­ vable del Sol en dos m ovim ientos sim ples.8). esto es. en una versión m uy extendida debida a Filolao (siglo V a. el movi­ m iento de los astros ha de ser sim plificado cuando la m era observación sólo nos ofrece datos irregulares y desordenados (o sea. el Sol y los planetas en el espacio que m edia entre la T ierra y las estrellas. excepto en el de las estrellas).3). diferentes pero acordes. el establecim iento de la esfericidad de la Tierra. o la ubicación de la Luna.Teorías d el U niverso m ación de la form a esférica del m undo. D e hecho debem os a esta escuela el descubrim iento de que se producen sonidos arm oniosos.). la localización de las estrellas fijas en esa esfera últim a en rotación.

La com binación de la influencia recibida y de sus propias convicciones filosóficas dio com o resultado el alum bram iento de una peculiar concepción del m u n d o d e la qu e d a cuenta fu n dam entalm ente en el Timeo. el círculo. M ás allá de los pitagóricos y sus arm onías cosm ológico-m usicales. pero lo q u e n o se en cu en tra es el m en o r atisbo de relación en tre la estructura del m u n d o y la m atem ática. encontra­ mos ideas de sorprendente actualidad expuestas en u n lenguaje tan alegórico. Sin em bargo.3. Pero de la arm onía de la música se pasó a la arm onía del cosmos.. Desde luego aún no se dispone de una astronom ía cuantitativa capaz de predecir con exactitud los m ovim ientos celestes. de quinta. especialm ente con Arquitas. Ello significa que tanto las distancias a las que éstos se hallan unos de otros com o sus m ovim ientos han de ser arm ónicos. En definitiva es m érito de Pitágoras y sus seguidores haber aproxim ado la astronom ía a la aritm ética y a la geom etría. el papel que se concede a la m atem á­ tica es m uy distin to del que se le atribuía entre babilonios y egipcios. N o cabe conce­ bir la m enor irregularidad o asimetría en los desplazamientos que tienen lugar en el Cielo. de cuarta. pasando por la m úsica (discipli­ nas todas ellas que integrarán el Q uadrivium siglos después). C .4. Las propie­ dades de los núm eros gobiernan todas las cosas. La noción de ley. el asunto nos conduce del sur de Italia a A tenas. i . el m u n d o no obedecía a las propiedades de los núm eros y las figuras sino al designio caprichoso de los dioses. es u n a conquista del espíritu griego. que no puede decirse que su lectura resulte fácil. los movim ientos aparentem ente desordenados del Sol o de la Luna han de ser reducidos a m ovim ientos que adopten la figura sim étrica por excelencia. discípulo del fam oso Filolao. escrito en los últim os años d e su vida. diversos viajes llevaron a Platón a establecer contacto con pitagóricos de T arento. así hallaron el intervalo de octava. desde el cuerpo hum ano a los cuerpos celestes. etc. E n este diálogo.E l cosm os griego num éricas fijas. La concepción platónica de la astronom ía N acido en esa ciudad en el año 4 2 7 a. En el fondo de este tem a se plantea un a cuestión de enorm e trascendencia en la cultura científica occidental: el lugar de la m atem ática en el conocim iento de la N aturaleza. aplicada a los cuerpos celestes. concretam ente ante la entrada de la A cadem ia de Platón. 33 . O dicho de otro m odo. Luego. Allí se trataba de realizar ciertas actividades de m edición para poder establecer divi­ siones del tiem p o útiles a la ag ricu ltu ra o la navegación.

Las formas inte­ ligibles o Ideas están jerarquizadas. asum iendo una posición profundam ente platónica. La única m anera de fundar una ciencia de lo visible es encontrar. sim plicidad. La respuesta d e Platón no nos sorprende veinticuatro siglos después: el lenguaje es el de las m atem áticas. El m u n d o sensible ha sido dispuesto por el D em iurgo a im ita­ ción del inteligible. D e ahí el fam oso dualism o platónico entre un m u n d o de ideas inteligibles. y un m u n d o de cosas perceptibles. según Platón. arm o­ nía. tem porales y en perpe­ tua transform ación. En el grado más elevado hallamos las Ideas de Bien y de Belleza. com o sucede en los teoremas geom étricos). Puesto que la verdad es atem poral (lo que es verdadero lo es siem pre. ¿Q ué en tien d e este filósofo p o r ordenación? Estar o rdenado significa ser partícipe de algunos signos distintivos del m undo de las Ideas. En sentido estricto sólo cabe ciencia de lo inteligible. La cuestión que a continuación se suscita es la del lenguaje apto para expre­ sar esta belleza. Esto a su vez exige especificar aquello que caracteriza a lo racional entre lo sensible. Einstein decía. sim etría. en un teorem a m atem ático. perm itiéndonos descubrir en él vestigios de racionalidad. tras este ám bito de lo visible. com o sucede en el pensam iento judío). más que en los colores de un paisaje de o to ­ ño). bello. conocimiento racional y orden son tér­ minos que nunca cam inan uno m uy lejos del otro. por ejem­ plo. o sea. D ado que únicam ente hay verdadero cono- 34 . rastrear elementos racionales en un contexto m eram ente sensible. otorgándole ciertas características: orden. pero entonces la astronom ía y la física estarían condenadas de antem ano (de hecho esta últim a sí quedará excluida por Platón del ám bito de la ciencia). que no es sensible sino racional (es posible apreciarla. en efecto. de m odo que no todas son de igual rango. o dicho en otros térm inos. que la com prensibilidad im plica la creación de un cierto orden en las im presiones sensoriales. proporción. regular. eter­ nas e inm utables. y no sim plem ente observar acum ulan­ do datos em píricos. En defi­ nitiva. por ello es arm onioso. del m u n d o sensible. alguna huella de lo inteligible. Es posible hacer ciencia del m undo sensible (celeste) única y exclusivamente porque está ordenado. o mejor. A m bas presi­ den el ám bito de lo inteligible. conocim iento verdadero y no sólo verosímil. se plantea cóm o obtener ese conocim iento universalm ente válido de objetos en constante cam bio. A su vez esta belleza del m undo inteligi­ ble se contagia al m undo sensible. porque ha sido ordenado p o r la acción de u n D em iurgo (en la filosofía griega la materia puede ser ordenada por un ser superior pero no crea­ da.Teorías d e l U niverso £1 p ro b lem a fu n d am e n tal qu e se ab o rd a en el Tim eo es có m o alcanzar auténtico conocim iento. Y. se trata de saber qué quiere decir com prender aplicado al co n ju n to de cosas que afectan a nuestros sentidos. sim étrico.

presentes en la N aturaleza. Y esa figura es desde luego la esfera (en tres dim ensiones) y el círculo (en dos). Estos criterios d e tipo m atem ático-estético van a traer consigo la ad o p ció n d e com prom isos m uy precisos. q u e influirán decisiva­ m ente en el desarrollo de la astronom ía desde el siglo IV a. la ley. que recorran cada vez u n cam ino distinto. Esta ciencia se ocupa del m ovim iento de los astros. la más capaz de no verse alterada cuando es som etida a ciertas transform aciones com o. sólo es posible captar racionalm ente lo que per­ manece invariante en todo cam bio. 529 d). au n q u e la observación d irectam ente n o lo ponga de manifiesto. por ejem plo. entonces quiere decirse que sus m ovim ientos son ordenados. o los circulares que hem os deducido racionalmente. Pero lo que la ley expresa son deter­ m inadas relaciones invariantes. la figura perfecta es la esfera y el m ovim iento perfecto es el circular.E l co sm o s griego cim iento de lo que no cambia. En el Cielo ni hay ni puede haber astros errantes. Su obje­ to es el estudio de los sólidos en m ovim iento. El Sol. Pitágoras ha puesto de mani­ fiesto la posibilidad de descom poner la com pleja trayectoria helicoidal del Sol en dos m ovim ientos circulares sim ples. La respuesta no puede ser otra que la figura más simétrica. El problem a qu e se plantea es cuál sea la figura más adecuada a dichos sólidos y al m ovim iento que realizan. el d iu rn o y el anual. Luego. en realidad se hallan som etidos a la necesidad d e un a ley inal­ terable. T an to los cuerpos celestes com o la T ierra tienen form a de esfera (hay tam bién argum entos em píricos en favor d e la esfericidad d e la T ierra q u e se expondrán en o tro m om ento). pero n o para la vista” (Platón. la L una y los planetas. 35 . hasta el siglo XVII. com o inalterables son las propiedades de las figuras geom étricas. o a los simples y ordenados que no vemos. Todo ello n o podía p o r menos de ejercer una influencia decisiva en la astro­ nom ía. el giro. A hora bien. En definitiva. Son precisam ente esas relaciones invariantes. Resum idam ente pueden ser expresados com o sigue: 1. habrá que d irim ir si nos referimos a los com plicados e irregulares m ovim ientos que vemos. es decir. 1969: V il. lo que el científico ha de aprender y conocer. C . Si los m ovim ientos de los astros son susceptibles de ser conocidos racio­ nalm ente y la astronom ía com o ciencia es posible. La astronom ía está estrecham ente em parentada con la geom etría. a u n q u e en apariencia describan trayectorias sin figura precisa. Y la cuestión es si el m ovim iento real del Sol es el helicoidal que la observación pone de m ani­ fiesto. bajo los m ovim ientos irregulares aparentes ha de ser posible encontrar los verdaderos m ovim ientos regulares. La respuesta de Pla­ tón es clara: “Los verdaderos m ovim ientos son perceptibles para la razón y el pensam iento.

el inferior. Y es que el m undo está dividido en dos regiones bien diferenciadas. el arriba en la periferia). 4. abajo. incluidos los hum anos. El gra­ do de perfección de cada un a de ellos es distinto. a diferencia de la astronom ía geom étrica. no eran susceptibles de ser conocidos racionalm ente. El sentido de los m ovim ientos circulares planetarios es siem pre el mis­ m o. en ta n to q u e lo im per­ fecto. el más m ínim o orden y. a los terrestres. La física. a las leyes de Kepler. M uy al contrario su aplicabilidad se extenderá con Galileo del Cielo a la Tierra. La esfera d e la Tierra se halla en el centro de la esfera cósmica. la región supralunar. lo divino. arriba. por ta n ­ to. o lo que es lo mism o.Teorías d e l U niverso 2. El cosm os tiene form a esférica y. La esfera y el círculo perderán su posición privilegiada. reside arriba. porque lo perfecto. 5. y la región sublunar. o m ejor. abajo (el abajo está en el centro. Todos los m ovim ientos celestes son circulares. a la ley de inercia d e Descartes y Newto n . elevemos nues­ tros ojos. no hay inversiones de sentido. 3. 1. La velocidad angular (el térm in o es m oderno) de los cuerpos celestes es invariable (algunos autores niegan en la actualidad q u e Platón for­ m ulara explícitam ente este requisito). Para rom perlos será preciso aguardar al heliocentrism o de C opérnico. los fenóm enos terrestres (a diferencia de los celestes) no parecían esconder la m enor regularidad. A partir de Platón la astronom ía se moverá dentro de los límites que m ar­ can estas proposiciones. Si deseam os contem plar el reflejo d e lo B ueno y d e lo Bello en el ám bito de lo sensible. no era una ciencia porque no es posible conocer lo que está en incesante cam bio. Según este filósofo. en el cosm os de Platón a los seres celestes corresponde el lugar superior. por tanto. d e la m atem ática en general en la explicación de la Naturaleza. Lejos de la hom ogeneidad de u n universo mecánico. D e la Tierra no podía haber ciencia. La teoría planetaria de Eudoxo La con trib u ció n de Platón a la astronom ía es exclusivam ente teórica. Su concepción del papel que debe jugar la geom etría en el conocim iento del ver­ 36 . 6. es finito. pero lo q u e no desaparecerá es la extraordinaria im portancia d e la geom etría.5. lo hum ano. abarcando un ám bi­ to de fenóm enos que habían sido excluidos p o r P latón d e la posibilidad de m atem atización. el Cielo y la T ierra respectivam ente.

y no tanto Cuando lo q u e se ve está ya d e suyo ordenado. el Sol y la L una viajaran cada u n o en su co rrespondiente esfera lo mism o que hacen las estrellas en la suya. Pero. Pero este filósofo no construye u n a teoría concreta en la que se traten d e salvar las apariencias celestes. C . al igual que las estrellas son trasladadas p o r u n a esfera en rotación. exageradam ente simplificada. prim ero en Grecia y después en la Europa de la Baja Edad M edia y del R enacim iento. describiendo círculos con velocidad constante.j. Esta representación del m u n d o gozó d e enorm e popularidad. la aplicación de u n principio de analogía puede llevar a suponer que. siete serán las esferas que los contengan. en la que se m uestre cóm o los com plejos m ovim ientos d e los astros pueden reducirse a m ovim ientos más sim ples e inteligibles.i. El “problem a de P latón ” A sim ple vista las estrellas se desplazan conjuntam ente. más el Sol y la L una). r. arrastrándolas (epígrafe 1. En ese sentido. y no del de las estre­ llas. su m ovim iento aparente debería ser el m ism o qu e el d e estas últim as. la cual gira constantem ente sobre su eje. Si a ellas añadim os la de las estrellas. A hora bien. cada uno de ellos estará situado en la cara interna de una esfera transparente que gira en torno a la Tierra.7). Si los planetas. U na m anera fácil de inter­ pretar estos datos ha sido disponer que se hallan adheridas a un a esfera. La razón es clara.1). en to d o caso. pode­ mos representarnos el m u n d o com o com puesto de ocho esferas concéntricas a la Tierra.3. U na teoría de estas características es necesaria sobre todo allí donde la obser­ vación pone de m anifiesto m ovim ientos desordenados y caóticos. la historia de la astronom ía de Platón a Kepler es ante todo una teoría planetaria. Al girar cada ó rb ita esférica sobre su eje con 37 . esto es. Su fácil aceptación quizá provenga del hecho de com binar la sim etría de un m u n ­ do gobernado por la esfera con la atribución de la posición central a los obser­ vadores hum anos. D e ahí qu e el au tén tico reto intelectual consista en el com portam iento de los planetas. que constituyen las órbitas de cada cuerpo celeste (no hay que con­ fundir la esfera del propio cuerpo con la esfera de su órbita) (figura 1. no puede sino tratarse de un a repre­ sentación esquem ática. lo m ism o sucede con los restantes cuerpos celestes. Así. siem pre d e este a oeste.E l co sm o s griego dadero Cielo le conduce a plantear el ideal de una astronomía geométrica capaz de im poner un orden racional al co n ju n to de observaciones acum uladas por los antiguos. cosa que no había sido con anterioridad al siglo IV a. Puesto que son siete los cuerpos celestes a alojar (cinco planetas.

sin em bargo. no es posible lim itar la estructura del m u n d o a un co n ju n to de ocho esferas. la teoría de las esferas homocéntricas. Pero bien sabem os qu e no es así. Su objetivo com o geóm etra y astrónom o fue d ar razón de las observacio­ nes en el m arco de las enseñanzas recibidas en la A cadem ia. Al parecer. Se presenta. Visto desde la Tierra el m ovim iento planetario. de los planetas pueden considerarse com o la resultante de m ovim ientos absolutam ente ordenados. cuya com binación produce la im pre­ sión d e falta de orden qu e de hecho se observa. u n viaje a Egipto le habría proporcionado inform ación em pírica más precisa del m ovim iento de los astros de la que se disponía en aquel m om ento en Ate­ nas. Según se ha indicado ya. obligaría al cuerpo que se aloja en ella a desplazarse siguien­ d o un solo círculo. una ardua tarea que según la tradición habría sido encom endada p o r Platón a los geóm etras. En todo caso. consistente en m ostrar q u e los m ovim ientos. ju n to a las esferas que trans­ 38 . Eudoxo (408-355 a. 1. Según el conocido testim onio de Simplicio. circular y siem pre en el m ism o sentido. Eudoxo. au tor del siglo VI d. dicho problem a se conoce com o el pro­ blem a de Platón. u n a p o r cuerpo.. En todo caso n o hay qu e salir del recinto d e la A cadem ia para ver abordada un a osada em presa astronóm ica. E u d o xo de C nido y la teoría de las esferas hom océntricas O riu n d o d e C n id o (Asia M enor).) fue prim ero discípulo del pitagórico A rquitas de Tarento y después de Platón. A un cuando sea dudoso que fuera personalm ente este filósofo el que planteara este reto a los astrónom os. de asi­ m ilar los planetas a estrellas.Teorías d e l U niverso velocidad constante. quien ofreció prim ero un a respuesta concreta fue Eudoxo. que fuera form ulada p o r ¿I m ism o sino p o r u n discípulo suyo. en consecuencia. en apa­ riencia erráticos. por tanto. Para ello adoptó com o p u n to d e partida el m ovim iento circular q u e se origina p o r rotación de un a esfera sobre su eje. uniform es y perfectam ente regulares qu e convie­ ne tom ar com o hipótesis a fin de salvar las apariencias presentadas p o r los pla­ netas”.5. Platón habría fijado el problem a planetario en los siguientes térm inos: “Cuáles son los m ovim ientos circulares. A él debem os la prim era teoría planetaria propiam ente dicha. Precisam ente la solución p ro ­ puesta p o r Eudoxo fue la siguiente: introducir. 1. de m odo que lo que debería encontrarse es el m odo de salvar las apariencias m ediante la com binación de esferas en rotación. C . en definitiva. C . aparecería com o uniform e. Se trata. N o parece.

de m odo que dispondrá de un a para dar razón de la sucesión de los días y de las noches. la L una y los planetas llevada a cabo con anterioridad. produciendo la apariencia de m ovim iento com ple­ jo q u e se observa. Aquí basta con suponer una única esfera.9). Recordem os qu e los pitagóricos habían descom puesto su m ovim iento helicoidal aparente en dos movimientos simples. con velocidad uni­ form e. C o m o consecuencia. el movimiento diurno y el m ovim iento anual. que gira de este a oeste. cuya función sería ia de agregar su m ovim iento al de las anteriores. se le denom ina ecua­ dor celeste (figura 1. u n a sola esfe­ ra ya n o es suficiente. En cam bio. Eudoxo introducirá u n a esfera para cada u n o de estos dos m ovim ientos. em pleando 23 h 56’ en d ar la vuelta com pleta (día sidéreo). q u e equidista de los dos polos. Su eje se orienta en la dirección norte-sur. Al círculo máxi­ m o. cuando nos ocupam os del m ovim iento del Sol. 39 . perpendicular al eje. el m ovim iento circular del cuerpo en cuestión en su esfera se vería mediatizado por el m ovim iento de las restantes esferas vacías. Para establecer cuál es el núm ero y las particularidades de esas esferas sin astro hay que acudir a la descom posición d e los m ovim ientos del Sol. lo mism o que el de la Tierra. otras vacias o sin astro. Los únicos cuerpos que no precisan esferas adicionales son las estrellas. En consonancia con este planteam iento.E l co sm o s griego p o rtan u n astro.

D ado que ésta es un círculo que se halla inclinado 23 V2° con respecto al círculo del ecuador celes­ te. puesto que el m ovim iento anual tiene lugar hacia el este (el Sol sale y se pone cada vez más hacia el este). a dife­ rencia del anterior. Puesto que en v irtu d del prim ero de estos m ovim ientos. En su interior y en contacto con ella. Sin embargo. será de oeste a este.Teorías d e l U niverso y de o tra para el paso de las estaciones. cuyos polos deberán tener los mism os grados de inclinación con respecto a los polos celestes. cuya m isión sería explicar el m ovim iento latitudinal del Sol. En cuanto a la velocidad se supone que es constante.10). el Sol sigue a las estrellas en su desplazam iento diario hacia el oeste. las características de la prim era de las esferas serán las m ism as que la de las estrellas: giro de este a oeste cada veinticuatro horas (día solar). Por últim o. su sentido de rotación. dentro de esta esfera se sitúa una tercera. eje que pasa por los polos n o rte y sur celestes y velocidad constante. A sim ism o. lo que quiere decir que Eudoxo no abordó el problem a de la apa­ rente m ayor velocidad del Sol en invierno que en verano. C o n dos esferas hubie­ ra sido suficiente (figura 1. podría considerarse a su vez com o el ecuador de esa segunda esfera. no parece que fuera necesaria ya que este astro no se aleja más de un grado de la línea de la eclíptica. 40 . se sitúa una segunda esfera respon­ sable del recorrido anual del Sol a lo largo de la eclíptica.

53 días (mes sinódico). En cada u n o d e estos sistemas d e tres esfe­ ras. La segunda esfera ha de explicar el m ovim iento peculiar de la Luna en un mes. Para simplificarlo es preciso distinguir entre su movi­ miento diurno y su m ovim iento mensual. Sin em bargo. en tanto qu e la más inte­ rior es la que co n tien e el cuerpo celeste (en particular en la región del ecua­ dor). En resum en. a diferencia del Sol. La más externa justifica el movi­ m ien to hacia el oeste qu e la L u n a co m p arte. su desplazam iento es necesariam ente en círculo. Luego se hará uso de dos esferas res­ ponsables de uno y otro tipo de movimiento. Existe pues un des­ fase en más de dos días entre el mes sidéreo y el mes sinódico. El tiem po que transcurre entre dos fases iguales de la Luna es de 29. produciéndose la reaparición de la Luna nueva cada vez más hacia el este sobre el fondo de las estrellas zodiacales. En consecuencia.32 días (mes sidéreo). hasta el m om ento contam os con siete esferas (las tres de la Luna. con las estrellas. la prim era y la segunda.11). sabemos que su m ovim iento aparente tam poco es com o el de las estrellas. Eudoxo se sirve pues de tres esferas para explicar el m ovim iento del Sol y de otras tantas para el de la Luna. la com binación de la rotación uniform e de la esfera qu e lo transporta con las correspondientes rotaciones d e las otras dos. lo m ism o q u e el Sol. A lo largo de esta vuelta com ple­ ta al zodíaco cam bia ostensivam ente de fases. dos de ellas son vacías. p erm ite explicar la com pleja trayectoria q u e se observa desde el centro co m ú n a todas ellas. . la T ierra.E l co sm o s griego Pasando ahora a la Luna. debido a que los puntos de desviación máxima al norte y al sur de la eclíptica se despla­ zan cada vez más hacia occidente en relación a las estrellas fijas (figura 1. Finalmente hay que decir que la Luna se aparta un máximo de 5° de la eclíp­ tica. La inclinación de su eje ha de ser de 5° con respecto al de la segunda esfera y el sen­ tido de su rotación coincidirá con el de la prim era. Le corresponde pues un movimiento latitudinal. su eje estará inclinado 2 3 . T odo ello perm ite inferir el m odo com o ha de concebirse la segunda esfera lunar: la rotación ha de tener lugar en el sentido oeste-este. /2° con respecto al eje de la prim era esfera a fin de que su ecuador coincida con la eclíptica y su velocidad se considera que es invaria­ ble (no teniendo en cuenta las variaciones de velocidad que se observan en este cuerpo celeste). Puesto que el cuerpo en cuestión no abandona jam ás esta posición. puesto que aún no han aparecido en escena los cinco planetas. las tres del Sol y la de las estrellas). Pero evidentem ente su núm ero ha de ser superior. o sea. Este astro atraviesa m ensualm ente la eclíptica. para el cual Eudoxo intro­ duce un a tercera esfera qu e aquí. puede aplicársele la descripción hecha con respec­ to a la prim era esfera solar. em pleando en ello 27. de este a oeste. sí tiene justificación.

Venus y M ercurio. Luego. lo más difícil. de lo contrario no podría ser equivalente al m ovim iento de rotación del observador hacia el este en un planteam iento heliocéntrico). Para ello. Jú p ite r. Fácilm ente puede suponerse que al m enos dos esferas serán necesarias para cada u n o de ellos. Pero adem ás los planetas. su m o vim iento de retrogradadon. esto es. desplazándose tem ­ poralm ente hacia el oeste y variando sensiblem ente su velocidad. en su recorrido zodiacal. se alejan de la línea de la eclíptica no m ás de 8o en la dirección n o rte-sur y. O sea. por un lado. La prim era perm itirá dar cuenta de la dia­ ria rotación hacia el oeste qu e es co m ú n absolutam ente a todos los cuerpos celestes (o sea. M arte. por otro. con velocidades iguales y sentidos opuestos. em pleando en ello tiem pos distintos (desde los veintinueve años de Saturno hasta el año de M ercurio y Venus). las características de estas dos esferas básicam ente coincidirán con la prim era y la segunda esfe­ ra del Sol o de la Luna. La segunda esfera ha de servir para explicar la vuelta com pleta que cada planeta realiza a lo largo d e la eclíptica (período sidéreo).Teorías d e l U niverso C onsiderem os en c o n ju n to el m o vim iento de S atu rn o . de una tercera y de una cuarta. Eudoxo se servirá de dos esferas más. hay que explicar su m o vim iento latitu d in al y. a excepción del período de rotación. en torno 4* . invierten el sentido normal de su movimiento hacia el este. es com ún a cu anto se observa desde la Tierra.

12). produciría u n efecto parecido al de avance y retroceso en el cam ino del planeta a lo largo de la eclíptica (en u n planteam iento heliocéntrico. El centro com ún a todas ellas está ocupado por la Tierra. la más interna está en contacto por los polos con la que la envuelve inm ediatam ente. este movi­ m iento retrógrado aparente es consecuencia del adelantam iento m u tu o de la Tierra y los planetas en su recorrido orbital) (figura 1. se precisan veinte esferas para salvar el com portam iento apa­ rente de los cinco planetas.E l c o sm o s griego a ejes inclinados en tre sí de m o d o diferente para cada planeta. Sólo la cuarta trans­ porta en su interior al planeta en tanto que las otras tres están vacías. E n efecto. trazaría sobre el zodíaco u n a figura sim ilar a un ocho. Al com binarse con el m ovim iento uniform e d e la segunda esfera hacia el este. 43 . pero todas están ligadas entre sí. la cuarta. y así hasta lle­ gar a la prim era. En definitiva. La cuestión. y ésta con la anterior. es el m odo com o u n cuerpo situado en el ecuador de la esfera más interna. Eudoxo pone en juego un total de veintisiete esferas hom océntricas. cuatro para cada uno de ellos. difícil de visualizar.

puesto qu e se m ueve en un a esfera que tiene a ésta com o centro. de m odo meram ente aproxi­ m ado. en con­ 44 .3. la Luna y los planetas recorren aparentem ente la eclíp­ tica. d e Venus y de M ercurio. C. Se pasa así de veintisiete a treinta y cuatro esferas. Estas variaciones son especialm ente visibles en el caso de M arte o Venus y se inter­ pretaban com o m odificaciones de la distancia al observador. El problem a es que el brillo d e los plane­ tas no es siem pre el mism o. otros autores com o Polemarco y C alipo continuaran trabajando en pos de un mayor ajuste de la teoría. N o obstante. Astro­ nom ía y cosmología representan enfoques distintos pero no desligados. D ificultades de la teoría de E udoxo Todo este inm enso esfuerzo. A hora bien. se busca la acom odación a los hechos observables en el Cielo. es claro que un m odelo basado en esferas hom océntricas no podía asum ir dife­ rencias de distancia al centro y. y no harán uso de esferas hom océntricas. de la que resulta su configuración.Teorías d e l U niverso Esta prim era teoría planetaria logra reproducir. D e hecho. sin em bargo. se enfrentaría a algunas dificul­ tades insalvables. Tam poco daba cuenta de la desigual veloci­ dad con la que el Sol. en consecuencia. Es consustancial a esta concepción qu e cada cuerpo celeste perm anezca siem pre eq uidistante de la T ierra. Interesa abarcar la peculiar disposición de las partes del universo. sino tam bién la construcción de un sistema d el m undo. entendiendo por tai el con­ ju n to organizado que form an estrellas y planetas. D e ahí que en la escue­ la de Eudoxo en C ícico. los m odelos teóricos con capacidad predictiva son posteriores al siglo III a.5. Fruto de esto será el aum en­ to del núm ero de esferas que éste últim o llevará a cabo a fin de explicar m ejor el m ovim iento de algunos cuerpos. 7. los m ovim ientos irregulares observados m ediante la com binación de m ovim ientos circulares y uniform es. Estos y otros inconvenientes m otivaron qu e la astronom ía posterior se apartara de la teoría planetaria propuesta por Eudoxo. Pero éste no es el único obstáculo al que la teoría tenía que hacer frente. Pero no llega a tener un a precisión cuantitativa suficiente. no era capaz d e explicar la diversidad de brillos planetarios. hay grandes variaciones de unos m om entos a otros. por el contrario. C um ple pues con el objetivo d e tratar de ord en ar los erráticos m ovim ientos planetarios d en tro d e u n m arco de com ­ prensión teórico. En concreto añadirá dos más a cada un a de las tres esferas del Sol y de la Luna y una a las cuatro de M arte. en concreto cuando una retrogradación tiene lugar. El estudio del C ielo no sólo tiene com o m eta el cálculo y la predicción.

El epígrafe 1. Pero esta configuración del m u n d o sólo conviene a un esquem a sim plificado. M acedonia. C . a la gradual consti­ tución de un astronom ía alternativa conocida com o astronom íaptolem aica. C . bien de cuatro esferas. La cuestión qu e ahora se suscita es el tipo de sistem a del m u n d o que cabe defender a p artir de ella. al cabo de los cuales regresó a su tierra natal. Física y cosmología en Aristóteles A ristóteles. discípulo d e este filósofo d u ran te veinte años. en tanto que el epígrafe 1. pero no con u n sistem a único del cosmos que integre todos los cuerpos en un a representación global. de m enor tam año y m ayor m ovim iento conform e avanza­ mos de la periferia al centro.E l c o sm o s griego creto la segunda se asienta sobre la prim era. En esta ciudad 45 . cuando contaba diecisiete años y allí perm a­ neció hasta la m uerte del m aestro (347 a.). a lo lar­ go de cinco siglos (desde el siglo III a. lo m ism o que Eudoxo. i. C . A continuación pasó a vivir en Asia M enor d u ran te cinco años. El hecho es que para cada cuerpo se ha arb itrad o un conjunto. con el fin de justificar el movi­ m iento de ese cuerpo en particular. A prim era vista puede parecer que la respuesta es sencilla. La prim era conduce a la poderosa e influ­ yente cosmologúi aristotélica (siglo IV a.7 abordará la em presa de Ptolom eo y sus predecesores..6 . C . p o r ta n to . La teoría de las esferas inicia u n cam ino de investigación del Cielo que en Grecia se bifurcará en dos direcciones. La segunda perm ite asistir. bien de tres. ciudad d e M acedonia (al n o rte de la península de G recia). al siglo II d.6 se ocupará del pensam iento cosmológico de Aristóteles. puesto que el m odelo cosmológi­ co n o puede prescindir del m odelo astronóm ico. Los cuerpos celestes serían eternos viajeros de las esferas qu e los transportan con una inexorabilidad desconocida en cualquier o tro ám b ito natural. E n el año 3 3 6 A lejandro sucedió a su padre en el tro­ no y un año más tarde Aristóteles se dirigió de nuevo a Atenas. se trasla­ dó a A tenas en el año 368 a. prescindiendo del m ovim iento d e los res­ tantes.). Resulta así que nos encontram os con siete subsistem as inconexos de esfe­ ras independientes. que se propone com o tarea prioritaria la explicación racional d e los irregulares m ovim ientos plane­ tarios. El m u n d o estaría constituido p o r u n co n junto d e esferas concón' tricas en contacto. La teoría de las esferas hom océntricas de Eudoxo y C alipo es fundam en­ talm ente un teoría de carácter astronóm ico-geom étrico. A lejandro M agno. C . O riu n d o de Estagira. en d o n d e desem peñó el cargo de preceptor del hijo del rey Filipo. fue m iem bro de la A cadem ia d e Pla­ tón y.).

en la Edad M edia el infierno se localizará por debajo de la Tierra. en con­ sonancia con su nulo grado de excelencia). el Liceo. C . Quizá la diferencia más fundam ental sea la contraposición entre un cosmos (el platónico) regido por un principio de ordenación geométrico y un cosmos (el aristotélico) gobernado por un principio de carácter físico. sim etría. de ahí qu e la astronom ía deba elevarse p o r encim a del nivel puram ente observadonal hasta situarse a un a altura próxim a a la geom etría. quedando excluida la física. la reflexión de Aristóteles con res­ pecto a la Naturaleza sigue un cam ino original y propio. Los seres terrestres están som etidos a un a constante m utación que es posible constatar em píricam ente. Esas leyes no pueden ser descubiertas por los sentidos. Los movimientos celestes son los únicos que están provistos de racionalidad porque son ordena­ dos. dividido en cuatro libros. Ello se traduce en orden. en coexistencia con la Academ ia. Podría­ mos decir qu e la única ciencia natural que adm ite el planteam iento platónico es la astronom ía. lo que perm ite hacer ciencia sobre ellos. porque obedecen a leyes tan inm utables com o las propiedades de las for­ mas geom étricas. D os son fu n d am entalm ente los escritos relacionados con este tema: la Física con ocho libros o capítulos. En el año 322 a. 1. en especial de las Ideas de Bien y de Belleza. regularidad. Pero en todo caso com parte con su m aestro la idea de cosmos com o totalidad presidida por un criterio de perfección. de los verdaderos movimientos celestes. La línea divisoria está en la esfera d e la Luna. Física terrestre y física celeste Pese al contacto con la filosofía de Platón. 46 . Ahora bien.Teorías d e l U niverso abrió su propia escuela. En concreto la mayor excelencia ha de corresponder a lo que está arriba en el Cielo. En Pla­ tó n esta heterogeneidad se debe a que sólo el m u n d o supralunar participa de ciertas características del m u n d o de las ideas. 1. perteneciendo ella mism a a la región superior. dicho grado de perfec­ ción se entenderá de m odo m uy distinto en am bos filósofos. m orirá fuera de Atenas (en Calcis de Eubea). El universo se halla dividido en dos partes por com pleto heterogéneas: el m undo supralunaro C ielo y el m undo sublunar o Tierra. 6. pero de la que no hay ni puede haber ciencia. la m enor a lo que está abajo en la Tierra (así es también en el lenguaje religioso al que estamos habi­ tuados. dejando tras de sí una am plia e im portante obra filosófica en general y físico-cosmológica en parti­ cular. N ada de esto es posible con respecto a los finitos y contingentes cam bios que acontecen en la Tierra. el cual determ inará una jerarquización de los lugares o regiones. y D el Cielo.

El estudio d e la N aturaleza y d e los seres que la integran deberá consistir. y no de las leyes a las que pudieran obedecer. no se trata de saber qué es el objeto que tengo delante de m í aquí y ahora. En este punto Aristóteles m antiene un a posición de la m ayor im portancia para el pensam iento físico de los siglos siguientes: lo que constituye objeto de conocim iento científico no son las leyes sino las cau­ sas que operan siem pre que se produce un cam bio. Es cierto que los sentidos nos ponen en contacto con un m u n d o de cosas y cualidades en constante m utación. A partir de la obser­ vación de m uchos casos particulares. D e este m odo se alcanza inductivam ente u n conocim ien­ to de lo universal desde lo singular. defenderá la posibilidad de un a ciencia del C ielo y de un a ciencia de la Tierra. Y ello se descubre gracias a la inform ación que proporcionan los sentidos. de m odo que no hay m ovim iento sin m otor. Así. lo cual quiere decir que aspira a conocer en el ám bito de lo sensible algo distin to de lo que pretende Platón. Por el con trario . hay ciencia de las cosas sensibles. y n o de lo singular cam biante. es por alguna causa o principio. la expli­ cación racional de los seres en su conjunto exige su investigación a fin de poner de m anifiesto. por qué los astros se mueven com o dicen los astrónom os que lo hacen. el intelecto llega a establecer ciertas pro­ piedades esenciales qu e necesariam ente han de pertenecer a todos los objetos de la m ism a clase. la ciencia d e lo sensible se ocupa­ rá d e tas causas d e l cam bio. o los efectos derivan de sus causas. ¿En qué consiste el cono­ cim iento científico? El filósofo estagirita no niega q u e la ciencia es co nocim iento d e lo u n i­ versal perm anente.E l c o sm o s griego Aristóteles m a n ten d rá la partición del cosm os en dos regiones bien dife­ renciadas y separadas p o r la esfera de la Luna. sino de lo que son todos los objetos de su m ism a clase a partir de la determ inación de cier­ tas características básicas que le son atribuibles en todo lugar y en todo tiem ­ po. pero no asum irá la tesis según la cual sólo es posible el conocim iento de los inm utables seres supralunares. por tanto. N ecesariam ente las causas producen sus efectos. O expresado de otra m anera. En consecuencia. Efectivam ente. y lue­ go otro. y luego otro que guardan alguna similitud entre sí. sino el p o rq u é. puesto que lo propio y lo peculiar d e las cosas que percibim os es que están sujetas a cam bio. en contra de la op in ió n platónica. lo que im porta saber es p o r qu é los objetos del universo en su co n ju n to se com portan de tal o cual manera. A hora bien. no sólo el q u é. T odo cuanto es. Éstos perciben u n objeto. 47 . celestes o terres­ tres. porque la ciencia no es conocim iento d e las relaciones cu a n tita tiva s in v a ria ­ bles sino d e las causas q u e d eterm in a n la aparición d e los fenóm enos. en la búsqueda de sus causas o principios. Pero ello no significa que no haya nada estable que aprehender en él.

consiste en la determinación de las causas intrínsecas de esos cambios. Luego a la física com pete analizar esas diversas naturalezas internas y los movimientos que de ellas resultan. Así. olores. por tanto. tienen en sí mismos el principio de ese cam bio. Ello nos lleva a p lan tear la siguiente cuestión: ¿qué en tien d e A ristóteles p o r física? El térm ino griego physis significa naturaleza. ni el agua o el aire deben lo qu e son a nuestra actividad productiva. La física. H ay pues una física terrestre y una física celeste que no se unifican en una sola.Teorías d e l U niverso y tam bién por qu é sobre la superficie terrestre unos cuerpos descienden (las piedras. Ello indica que hay diferentes naturalezas. alterando sus cuali­ dades tales com o colores. los seres n atu ­ rales. m ientras otros ascienden (el vapor o el fuego). Por otra parte. su origen está en la pro d u cció n hum an a. vivos o inertes. evi­ dentem ente. n o puede decirse lo m ism o del ser natural. o mejor. ni las plantas. ni los anim ales. Pero. 48 . En tercer lugar. es el estudio de los cuerpos que son susceptibles de cam­ biar de estado por sí mismos (y no de aquellos que revelan un tipo de arm onía y simetría matemáticas de orden superior). definida como fuente de la que derivan todas las operaciones que no son artificiales (Física: II. Aristóteles considerará que lo que defíne a los seres naturales. dichas causas se identifican con la naturaleza (physis) peculiar de cada cuerpo. La investigación no debe limitarse al Cielo. a dife­ rencia de Platón. El supuesto básico (contrario a un planteam iento de carácter atomista) es que los cuerpos no están hechos de la misma clase de materia. Éstos se oponen a otro tipo de seres que nuestro filósofo denom ina fabri­ cados. Luego la física consis­ tirá en el estudio de los seres que integran la N aturaleza. Ahora bien. la causa de dicho cam bio es su propia physis. de m odo que su causa es intrínseca. En prim er lugar son susceptibles de cam biar de tres maneras: m odificando su tam año (cam bio de cantidad). Aristóteles entiende que tanto los inm utables cuerpos celes­ tes com o ios cam biantes y perecederos cuerpos terrestres son susceptibles de ser considerados objetos de conocim iento. debido a que el Cielo no es com o la T ierra o la Tierra no es com o el Cielo (esta opinión se m antiene hasta el siglo XVII). (cam bio de cualidad) y desplazándose localm ente (cam bio de lugar). En contraste con el supuesto básico de toda concepción m ecanicista d e la Naturaleza. ya que tan persistentes son las causas del giro de las estrellas com o las de la caída de las piedras. sino que ha de abarcar tam bién la Tierra. etc. por ejem plo). p o r ta n to . El ser fabricado o ser artificial es producto d e la m ano del h o m b re. 192b). o sea. es lo siguiente. sobre cuyas causas y principios es preciso interrogarse. de lo contrario todos se moverían de la mism a manera. por eso se com portan de manera distinta en la Tierra y en el Cielo. Tenemos así seres naturales y seresfabricados.

6. i . dos tipos 49 . o bien de aproxim ación-alejam iento de dicho centro. Las clases de m ateria y sus m ovim ientos naturales Lo qu e ah o ra procede plantearse es precisam ente cuáles son los cam bios espontáneos (sin causa externa) que se dan en la N aturaleza y de qu é clase de m ateria están com puestos los cuerpos en los que se dan esos cam bios. El resultado d e esta investigación m ostrará que en el Cielo y en la Tierra hay m ovim ientos distin­ tos porque hay variedades de materia por com pleto heterogéneas. Descartes o N ew ton. En el prim er caso se produce un m ovim iento circular. habrá que indagar cuántas clases de m ovim iento local hay en la N atu ­ raleza y a qu é causas obedecen. por tanto. sino que ocupa posiciones sucesivam ente distintas. apar­ tándole de la trayectoria que seguiría si nada interfiriera. si se quiere. en el segundo un m ovim ien­ to rectilíneo en sentido descendente o ascendente. 2. C o n fo rm e al m o d o aristotélico de hacer ciencia. los denom ina m ovi­ mientos violentos. todo ello conducirá a su vez a investigar cuántos tipos d e naturalezas diferentes hay o. y no sólo de los seres vivos. Aristóteles les da el nom bre de m ovim ientos naturales. C onsi­ derarem os únicam ente el llam ado cam bio d e lugar o m ovim iento local N in ­ gún cuerpo perm anece indefinidam ente en u n m ism o lugar. total­ m ente alejada del hom ogéneo m und o -m áq u in a que nos traerá la ciencia del siglo XVII. en función de su naturaleza. puesto que la invesligación de las causas nos rem ite a la de las diferentes naturalezas qu e los pro­ ducen. Todo lanzamiento de un proyectil será violento. D ichas direcciones sólo pueden ser dos: o bien en to rn o al cen tro de la esfera del m undo. mientras que la caída de los cuerpos sobre la superficie terrestre será natural. los movimientos que se producen naturalmente tienen una dirección perfectam ente definida: la que marca la propia naturaleza del cuerpo que obra siem pre de la mism a m anera sin excepción. Hay. los m ovim ientos que se producen por em puje o arrastre del cuerpo. según se ha dicho ya. Por el contra­ rio. resulta así qu e los cam bios de estado fundam entales son aquellos que se deben a la iniciativa del p ropio cuerpo que cam bia. A los movimientos que los cuerpos realizan por sí mismos. En co n ju n to se nos ofrece una concepción activa y dinám ica incluso de los seres inertes. En cambio. cuántas clases d e m ateria.E l c o sm o s griego E n las antípodas del planteam iento inercia! de Galileo. y no a la acción de unos sobre otros (fuerzas extrínsecas). Pero. Los m ovim ien­ tos violentos pueden darse en cualquier dirección puesto que dependen del agen­ te externo impulsor.

relativamente pesado el prim e­ ro y relativamente ligero el segundo. agua (fría y húm eda). A continuación lo que se plantea es el tipo de m ovim iento que cada uno de los elem entos inicia o finaliza en (unción de su naturaleza. sino que su inclinación natural es a moverse en sentido contrario. Se trata de una idea sim ilar a la que preside los orígenes de la quím ica. Tom ando los datos de observación com o p u n to de partida. D ichos elem entos son las sustancias básicas últim as cuya com binación da lugar a ios cuerpos com pues­ tos que de hecho percibim os. ¿G im o se definen estas propiedades? N ada parecido a la idea de atracción de unos cuerpos por otros hallam os en este filósofo. 50 . N i el aire ni el fuego caen. Pero no todo cuerpo se com porta así. m ovim iento rectilíneo descen­ dente o m ovim iento rectilíneo ascendente. En concreto el elem ento tierra es el pesado y el elem ento fuego el ligero en térm inos absolutos. La causa de estos m ovim ientos está en la naturaleza de los cuerpos que los ejecu­ tan. A m bos son sim ples. según la cual las cosas que vemos y tocam os son mez­ cla d e otras sim ples. m ientras que el agua y el aire son elementos intermedios. D e ahí qu e cu an d o están alejados de ella. Puesto que dicho cen­ tro se halla ocu p ad o p o r la T ierra. el circu la r y el rectilíneo. La gravedad o pesantez se definen com o una tendencia a l m ovi­ m ie n to que reside en el propio cuerpo. esto es. siem pre des­ ciendan. E n consecuencia se han de exam inar los tipos de cuerpos a los que co n ­ viene de m odo natural m ovim iento circular. Lejos del planteam iento galileano en el que todos los cuerpos son graves. aire (caliente y húm edo) y fuego (caliente y seco). la ligere­ za es la tendencia a l m o vim ien to rectilíneo ascendente . Así. el de la gravedad. hacia la periferia del m u n d o (sin sobrepasar jamás la esfera de la Luna). no rm alm en te no podrá ir más allá de la superficie terrestre. mientras que otros hacen lo contrario. a las que califica com o intrínsecam ente pesadas o intrínsecam ente ligeras. en v irtud de la cual éste p ro p en d e a situarse en la región más próxim a al centro del universo.Teorías d el U niverso de m ovim ientos naturales. se advierte que en la Tierra unos cuerpos caen sobre su superficie. La cuestión enlaza con un tem a fundam ental. Aristóteles atribuirá este com por­ tam iento a la existencia de dos clases opuestas de naturalezas. A ristóteles tom a de Em pédocles la teoría según la cual esas substancias elementales son cuatro y vienen definidas por ciertos pares de cualidades: tierra (fría y seca). m ientras que la pesantez es la tendencia a l m o vim ien to rectilíneo descendente. Ellos com pondrán cuantos objetos integran el m u n ­ d o sublunar. U n principio básico de la física aristotélica establece que los m o vim ien to s sim ples corresponden a los cuerpos sim ples o elem entos. Pesantez y ligereza son propiedades últim as e irreductibles de los elementos.

se aproxim arían o se alejarían con respecto al centro del m undo. sus habitantes. en cam bio. al fin del m undo. en el centro del m undo. el elem ento tierra se situará siem pre por debajo de los dem ás elem entos. En ese caso el cuerpo en cuestión disfrutará de un reposo n a tu ra l en su lugar n atural. com o tan a m enudo habían supuesto autores anteriores). La causa de d icho m o vim iento es la diferente naturaleza de los elem entos que entran en la com posición de los cuerpos terrestres. de lo contrario. Esto quie­ re decir que la m encionada causa no opera m oviendo constantem ente. lo cual sólo puede querer decir una cosa. en línea recta. el éter (que nada tiene que ver con el éter m ecánico o electrom agnéti­ co de la física m oderna). A ristóteles introduce un q u in to elem ento para referirse a la m ateria de los astros. diferente de la de los cuerpos terrestres. esto es. E n efecto. ni descen­ dente ni ascendente. La prim era propiedad que hay que atrib u ir al éter es el hecho de no guardar relación alguna con el peso. si ésta fuera pesada o ligera. a saber. se convierte en causa de reposo cuando el cuerpo se halla donde “debe” (abajo si es pesado. tendiendo a ordenarse de una cierta m anera en función de su naturaleza pesada o ligera. Más bien se activa cu an d o un cuerpo está en un lugar distin to del que le corres­ ponde (según su ligereza o pesantez) y. Al ser pesada está obligada a permanecer abajo. se dice así que es im p o n ­ derable. ya que la causa de la caída en línea recta es precisam ente la gravedad. Así. arriba si es iigero). Pero adem ás la astronom ía establece la eternidad de los m ovim ientos cir­ culares celestes. su m ovim iento natural no será rectilíneo. el aire y finalm ente el Rie­ go. Esto es exactam ente lo que sucede con la Tierra. ¿Acaso podría perm anecer suspendida en cualquier otro lugar? E n definitiva. y sobre ella el agua. En consecuencia. ¿Cuál es el m ovim iento natural de estos cuerpos? Los cuerpos celestes no gozan de m ovim iento natural rectilíneo. están hechos los cuerpos celestes. Los astrónom os han establecido que su m ovim iento es circu­ lar. o se alejarían centrífiigam ente de la posición que ocu­ pan en su órbita. Luego habrá que preguntarse de que m ate­ ria.E l co sm o s griego La gravedad y su contrario se asocian pues al m ovim iento rectilíneo. o sea. Esto a su vez exige que la substancia de los cuerpos que así se . puesto que la causa de su movi­ m iento circular ha de buscarse en su naturaleza. Pero por encim a del fuego se halla la esfera de la Luna y el resto de los pla­ netas hasta llegar a la esfera de las estrellas. en el m u n d o su blunar los elem entos se dirigen a su lugar natural. o se precipitarían sobre la T ierra y sobre nosotros. Pero se m antie­ nen equidistantes de dicho centro. Pero Aristóteles define la naturaleza com o causa tanto de inicio com o de cese de movimiento. que no están formados por ninguno de los cuatro elem entos (ni siquiera por el fuego.

o sim plem ente en el de la física . im perturbables. en el m un­ d o su b lu n ar todos los individuos están condenados a aparecer y desaparecer (únicam ente las especies se m antienen fijas). Sólo así se garantiza. en los que la velocidad se increm enta proporcionalm ente al espacio (no al tiem po. ha de producirse un cam bio de lugar a fin de que cada elem ento pueda dirigirse p or el cam ino más corto posible a ocupar la posición que le corresponde en función de su n atu­ raleza (pesada o ligera). Lejos de la inm utabilidad de lo celestial. la continuidad indefinida de un m ism o tipo de m ovim iento. resulta­ do de la mezcla inestable de cuatro elem entos. D e ahí los m ovim ientos naturales rectilíneos. En cam bio. es inm utable. sólo pueden hallarse los etéreos astros. En la parte superior.Teorías d el U niverso m ueven no esté sujeta a nacim iento. El nacim iento y la m uerte presi­ den el acontecer en la Tierra. envejecim iento y m uerte. no todos son de igual categoría. que no pesa (no tiende a precipitarse sobre el centro del m undo) y que existe siem pre sin experim entar la m enor m utación. C o n A ristóteles salimos del ám bito de la astronom ía geom étrica para aden­ trarnos en el de la astronom ía física . al transformarse. sino que les corresponden lugares bien definidos en función de lo que son. por así decir. d e m odo que tam bién aquí encontram os la tra­ ducción en térm inos físicos de la im perfección qu e Platón atribuía a esta par­ te del m undo. Se obser­ va aquí la versión física de la perfección geom étrica que Platón atribuía al orde­ nado m u n d o celeste. A su vez dichos lugares están jerarquizados. o el agua en aire (de líqui­ d o a gaseoso). en eterno movimiento circular y uniform e. En ellos se observa un a cons­ tante conversión de unos en otros. responsable de lo que m odernam ente lla­ m am os “cam bios d e estado” (sólido. El éter es ingenerable e incorruptible. por debajo de la Luna se sitúan los cuerpos terrestres. Pues es claro que éste no podría persistir eterna­ m ente si lo que se mueve estuviera hecho de materia perecedera. T odo conspira en favor de convertir esta p arte del u n i­ verso en la m orada de los dioses. y en general a ningún tipo de cambio. por ejem plo. desde el p u n to de vista físico. de m odo que. viéndose afectados p o r procesos de cam bio sim ilares a los d e los seres vivos. Los cuerpos no pueden ocupar cualquier posi­ ción. siem pre existentes sin cam bio ni transformación. com o establecerá Galileo). líquido y gaseoso). tanto celes­ . o el aire en agua (de gaseoso a líquido). Resulta enton­ ces qu e los cuerpos celestes están form ados de un solo elem ento (y no de la mezcla de cuatro) que ni se genera ni se corrom pe. Así. Los razonam ientos de Aristóteles afianzan la división del cosm os en una región celestial y o tra terrenal. esto es por encima de la Luna. la tierra en agua (de sólido a líquido).

En ella se nos ofrece una investigación. Su investigación no se orienta a determ inar con m ayor precisión las posiciones futuras de los astros. Pero desde luego no hace caso om iso de los datos que aquéllos proporcio­ nan. E ntre las estrellas y la T ierra contam os siete cuerpos y siem pre contarem os siete. D icho quinto elem en­ to es im ponderable. Así. tam bién lla­ mado el quinto elemento. C aracterísticas cosm ológicas Aristóteles no hace ninguna aportación original a la astronom ía que elabo­ ran los geóm etras y. com o el éter es inalte­ rable. son seres sin historia. no ha com enzado a existir en un tiem ­ po dado (a diferencia de lo que se relata en el Génesis. y le corresponde por naturaleza movimiento circular. 6. La presencia pasajera de com etas no altera este principio básico. Esto a su vez tiene pro­ fundas im plicaciones d e carácter cosm ológico. al que Aristóteles denom ina el Todo.3. 1. ya que se consideran fenóm enos atmosféricos. que no tienen ni principio ni final. de ello se siguen consecuencias tan im portantes com o las siguientes (D el C ieb: Libros I y II). Para em pezar hay que decir que el cosmos es eterno puesto que su materia no ha sido producida por causa alguna. El m undo celeste o supralunar está constituido por un elem ento distinto a los cuatro que integran la com posición del m undo sublunar: el éter. es decir. no generado. los seres etéreos o astros no están som etidos al m enor proceso de cam ­ bio o de transform ación.E l co sm o s griego te com o terrestre. el Cosmos o incluso el C ieb. com o ya ha quedado referido. esto es. su p u n to de partida será el tipo de m undo que se viene configurando desde los pitagóricos hasta Eudoxo: esférico. por tanto. sino a conocer los rasgos que defínen el universo en su con­ ju n to . en plena Edad M oderna. no sujeto a destrucción. no acerca de la estruc­ tu ra geom étrica y legal del C ielo. libro de la Biblia en el que se da cuenta de la creación del m undo). Así. Adem ás. geostático y compuesto de un co n junto de esferas concéntricas en las que se alojan estrellas y planetas. sobre las qu e aún se discutirá más d e veinte siglos después. Ello a su vez supone que no hay ni puede haber la m enor variación con respecto al núm ero d e cuerpos que observam os en el Cielo. sublunares. los astros 53 . sino acerca de las causas de los m ovim ien­ tos que acontecen p o r encim a y p o r debajo de la Luna. geocéntrico. en nada contribuye a mejorar los cálculos celes­ tes. D e lo co ntra­ rio querría decirse que alguno habría sido generado o destruido (la alteración de este núm ero por obra y gracia del telescopio acarreará a G aiileo serios dis­ gustos). Puesto que todos los cuerpos celestes están hechos de éter.

cosa que. N o hay más Tie­ rra que la nuestra. Frente a los atom istas (D em ócrito y Leucipo). La superficie de la esfera cósmica m arca las confines del m undo. la Tierra. la fuerza del agente im pulsor debería serlo tam bién. es imposible. Más allá N ada en sentido abso­ luto. pues si fuera natural. Sin cam bio. porque nada se oculta. planetas. E l universo no está en n in ­ g ú n lugar. Para hallar el lugar del universo precisaríamos de un térm ino de refe­ rencia externo al todo. soles y tierras. Propiam ente no son seres temporales. Hay un solo m undo con un solo cuerpo. Luego no puede haber Tierras fuera del centro. no hay tiem po. 54 . sino tampoco en el espacio. menos aún lo será el núm ero de m undos. ya que a lo pesado conviene la posición central. increado. el universo no sólo no está en el tiem po. ocupando el único lugar en el que puede hallarse. im perecedero. atem poral. Aristóteles tiene un argum ento físico que oponer a ello. al m enos el espacio sin cuerpos continúa. ni m ateria ni espacio vacío. Junto con la tesis de la finitud del m undo se establece asimismo su u n icid a d Puesto que el núm ero de cuerpos no es infinito. ocupando el centro de la esfera cós­ mica. razón p o r la cual no evolucionan en el tiem po. de un cuerpo infinito. A dm itir que el m u n d o tie­ ne limites significa poner tam bién coto a nuestra imaginación. puede tener un tama­ ño infinito. E n resum en. D ifícilm ente puede concebirse el m ovim iento. defenderá la existen­ cia de lím ites gracias a los cuales es posible hablar de una fo rm a d el m undo. la ubicación que por naturaleza les correspondería dentro del conjunto sería única. En defi­ nitiva.Teorías d e l U niverso existen siem pre sin cam bio alguno. por definición. ni siquiera el del propio universo com o totalidad. indestructible. T anto una com o otro term inan en la región de las estrellas. si fuera violento. a h istó rico. ya que Aristóteles entiende que no tiene sentido hablar de transcurso de tiem po cuando lo que se da es la inde­ finida perm anencia en un m ism o estado. Pasando ahora de la consideración temporal a la consideración espacial. que siempre nos lleva a prolongar la extensión espacial y a hacernos suponer que cuando todo acaba. Partiendo de que los elementos materiales habrían de ser los mismos en cualquier m undo (puesto que carecemos de todo criterio que nos permita definir de mane­ ra distinta la m ateria de cada uno de ellos). este filósofo afirm a rotundam ente la fin itu d del m undo. Dicha form a no es o tra que la esfera en tanto que figura perfecta. el núm ero de elementos debe­ rla ser infinito y. esto es. ni natural ni vio­ lento. argum entando que ningún cuerpo. cada uno supuestam ente con sus estrellas. el cosm os que nos describe se perfila com o eterno. Esto quiere decir que todo lo “terrestre” se encontraría aglutinado en el centro. detrás de éstas no hay que interrogarse por lo que pudie­ ra esconderse a nuestra vista. Los pitagóricos habían planteado la posibilidad de un limitado núm ero de m undos coexistentes.

si la T ierra se viera desplazada de su posición cen­ tral. A ristóteles ofrece diversos argum entos em píricos. tendería a recuperarla con un m ovim iento natural rectilíneo (nunca cir­ cular). 6. cam bia la línea del horizonte y vemos constelaciones diferentes. esto es. Es un hecho de observa­ ción. U na vez alcanzada. esférico. a la que no hace ninguna aportación de carácter geom étrico. O rigen y transm isión de la rotación de las esferas celestes Los geóm etras. indestructible. y en particular Eudoxo y C alipo. A diferencia de lo que ocurre con los ingrávidos cuerpos celestes. el geostatism o.E l co sm o s griego E strecham ente ligado al geocentrismo hallamos otra característica.4. Por ú ltim o . girar en círculos alrededor del Sol en vez de descender en línea recta). al interponerse entre el Sol y aquélla. H ay pues que afirm ar la necesaria inm ovilidad de este cuerpo central. lo que pone de m ani­ fiesto qu e la T ierra es una esfera y que es de pequeñas dim ensiones com para­ da con la esfera estelar. y no sólo estéticos. eterno. N os queda por averiguar cóm o se efectúa su transm isión d e unas esferas a otras. com o es 55 . por ejem plo. que durante los eclipses de Luna. la cosmología aristotélica establece que el cosm os es increado. sino que necesariam ente caería precipitándose hacia abajo hasta situarse en él (m uchos siglos después. Copérnico tendrá que explicar cóm o es que la T ierra puede com portarse com o un planeta. han establecido que los cuerpos celestes se m ueven en círculos y que dichos m ovim ientos circulares son consecuencia de la rotación sobre su eje de las esferas en las que se hallan alojados. perm anecería allí in d efin id am en te en estado de reposo. único. Ade­ más. en favor de la esfericidad de la Tierra. pero sí mecánico. D ado lo anterior. Aristóteles acepta la teoría de las esferas hom océn tricas. 1. por tanto. N o se trata exclusivam ente de que la esfera sea la figura geom étricam ente perfecta. no podría m antenerse. finito. En resum en. considerándose dicho m ovim iento el más próxim o al estado de reposo (y así seguirá pensándose hasta la form ulación de la ley de inercia en el siglo XVII). la Tierra arroja una som ­ bra circular sobre la superficie lunar. no tem poral y no espacial. geocéntrico y geostático. según contem plem os la bóveda celeste más al norte o más al sur. El único tip o de cam bio qu e acontece en el Cielo es el indefinido y constante m ovim iento circular d e las esferas qu e lo com p o n en . H asta la Edad M oderna no se planteará la necesidad de una teoría de fuerzas. si la esfera que habitam os fuera suspendida en alguna región del Cielo.

al estar las esferas en contac­ to (no hay intervalos vacíos entre unas y otras). N o basta con salvar las apariencias raciona­ lizando el m ovim iento de los planetas uno a uno. entre la esfera más interna de Saturno. adem ás es im prescindible lograr una visión global que integre los diversos subsistemas en un sistema único. Ahora bien. que explique por qué los cuerpos celestes no se salen por la tan­ gente (esa necesidad surgirá com o consecuencia de la form ulación de la ley de inercia). cuyos órganos cum plen diferentes 56 . A ristóteles in tro d u ce una serie de esferas compensadoras que se intercalan entre cada uno de estos con ju n to s a fin de neutralizar sus efectos (figura 1. el m ovim iento d e la prim era (la de las estrellas) arrastrará al conjunto de esferas d e Saturno. La analogía más pertin en te es la del ser vivo. y éste a las de Jú p iter y así sucesivam ente. puesto que el m ovim iento que les corresponde de m odo natural es el circular y no el rectilíneo. y lo m ism o en los dem ás casos. los celestes. nada sugiere qu e pudieran hacer tal cosa. o sea. en la esfera de las estrellas fijas. La cuestión que ahora se suscita es el origen de la rotación de dichas esferas y su m odo de transm isión de unas a otras. Todos ellos describen ininterrum pidam ente cír­ culos en to rn o a la T ierra gracias a las esferas que los transportan. que los astrónom os han estudiado en térm i­ nos exclusivam ente geom étricos. com o si todos ellos no for­ m aran parte del m ism o m undo.13). qu e aq u í carece d e to d o papel m ecánico. es im portante distinguir con claridad las esferas de los astros de las esferas de sus órbitas). En consecuencia. La pretensión fundam ental de este filósofo es salvar la viabilidad física de unos m ovim ientos. A diferencia de lo q u e ocurrirá a p artir de Kepler. el m o to r d e los m ovi­ m ientos celestes no está localizado en el centro (o en el foco de una elipse poco excéntrica). y la más externa de Jú p iter es donde se sitúan las correspondientes esferas com pensadoras.Teorías d e l U niverso la de N ew ton. sin ejercer ningún tipo de oposición. Para evitar esto. Por el contrario. El núm ero total de esferas se eleva de este m odo a cincuenta y seis. y se transfiere a las restantes p o r frota­ m iento hasta llegar a la de la Luna. C om p ren d er el cosm os significa conocer la m anera com o las partes están organizadas en un todo. en la que se aloja éste. Calcular y predecir no es la única finalidad de la ciencia del Cielo. D ichas esferas orbitales son las responsables directas de los m ovim ientos de estrellas y planetas (según se dijo ya en o tra ocasión. En el contexto en el que estam os. no o p o n d rán la m enor resisten­ cia al desplazam iento circular. Así. im pidiendo la necesaria independencia requerida por la teoría de Eudoxo. tam poco se identifica con el Sol. el m ovim iento surge en la periferia del m u n d o .

por tanto. funciones en beneficio d e la totalidad. Y es q u e el fu n cio n am ien to del u n i­ verso está presidido por un a teleología sem ejante a la que rige en el lim itado ám bito de la vida. El m u n d o no es una m áquina que precise u n im pul­ so inicial (tal será el caso del gran detractor de Aristóteles. Según esto. lo perfecto es inm utable. no a la física. C am b iar es perder ciertas propiedades para ganar otras. Así. 13 . Descartes). en térm inos de causa eficiente com o haría un agente m ecánico. La traducción en térm inos físicos d e esa aspiración supone poseer el tipo de m ovim iento que im plique la m enor m utación y que.E l cosm os griego Fig u r a 1. aquello que n o experim enta n in g ú n tipo de cam bio. la esfera envolvente del m u n d o en cuanto p rim er m ó viles puesta en 57 . de ahí que to d o organism o se incline p o r naturaleza a alim entarse y reprodu­ cirse. no ha lugar a m odificación alguna. El p rim er m otor o la causa prim era del m ovim iento cósmico no actúa. Por el contrario. en consecuencia. Perfecto es aquello que posee todos los atributos sin carecer de n inguno y. por ta n to . D e igual m anera el cosm os tiende a su m an ten im ien to del m o d o m ás perfecto posible. el m ovim iento circular. La m ateria aspira a la perfección del ser ab so lu tam en te in m u tab le cuyo estu d io corresp o n d e a la metafísica. sea el más perfecto posible. En efec­ to. sino en térm inos de causa final. el factor responsable del m ovim iento cíclico de los im perturbables seres celestes será la tendencia a im i­ tar la perfección de lo inm utable. Ésta tiende a la conservación del individuo y d e la especie. Pero sí se poseen todas. lo que se desplaza indefinidam ente en círculo ocupa eternam ente los mis­ mos lugares en to rn o al m ism o centro.

C . sufren alteraciones. Las astronom ía geométrica de Ptolomco y sus predecesores D esde su origen m ism o. im perecederos. diversos datos de observación avalaban la inadecuación de u n m odelo basado en esferas concéntricas a la T ierra con m ovim ientos de rotación uniform es. y a las variacio­ nes visibles d e su b rillo y su d iám etro . sin abandonar el principio de los .Teorías d el U niverso m ovim iento teleológicam ente. grandes irregularidades que tenían que ver sobre todo con las form as de las órbitas. de m odo más cualitativo que cuantitativo. la L una y los planetas recorrían su órbita. 1. qu e nos mostremos indecisos sobre si. sujetos exclusivam ente al m ovim iento per­ fecto. en la Tierra porque los cuerpos tienden espon­ táneam ente a recuperar la ordenación perdida. Lo p rim ero violaba el axiom a de la un ifo rm id ad de los m ovim ientos celestes. Pero no perm itía calcular las posiciones de los astros en fechas determinadas. la teoría planetaria de Eudoxo y C alipo tenía que hacer frente a algunos problemas para los que no tenía solu­ ción. en el fondo. abandonan sus lugares naturales. En últim a instancia. modifican sus tamaños. no preferiríamos que el universo del que form am os parte fuera tan eterno y estable com o Aristóteles lo describe. el circular. sin em bargo. Estos problemas se referían a la inconstancia de la velocidad con que apa­ rentem ente el Sol. el cosm os de Aristóteles es u n co n ju n to heterogé­ neo d e regiones jerarquizadas qu e van desde un m áxim o de perfección en la periferia a un m ínim o en el centro. Ello no im pide. D icho m odelo salvaba. Los astrónom os habían pues de afanarse por encontrar nuevos m odelos geométricos que..7. Al igual que en P latón. la razón del eter­ no y ordenado m ovim iento del m u n d o es un principio de finalidad intrínse­ ca. En definitiva. Lo segundo hacía su p o n er qu e la distancia de los planetas a la T ierra no se m antenía inalterable. inalterables. ya que no se interpretaba que hubiera aum ento o dism inución real del tam año o brillo de los propios cuerpos. Arriba contem plam os los etéreos seres celes­ tes. En este confortable m undo no cabe concebir un tipo de evolución futura que pudiera conducir a su destruc­ ción. Pero to d o ello form a parte del orden cósmico que nunca está am enazado: en el Cielo porque nada se desordena. debido a lo cual pro­ ducen cierta sensación de extrañeza. Abajo vemos y tocam os los seres terrestres que nacen y m ue­ ren. que es asim ism o un principio d e lo mejor. Éste se com unica po r contacto a los restantes móviles hasta llegar al m undo sublunar. Los rasgos fundam entales de la cosmología aristotélica difieren por com ­ pleto de los que nos presenta la cosmología del siglo XX. en el siglo IV a.

1. has­ ta la conquista de Grecia por Roma. tras anexionarse E gipto.7. C. el geó­ grafo Eratóstenes de Cirene (siglo III a.). acaecida u n año antes de la d e su preceptor Aristóteles. Alejandría. médicos y astrónom os.).). 1. m ate­ máticos. entre filósofos. G .) y Erasístrato (siglo III a. hasta el final del im perio rom a­ 59 . Por ella pasaron hom bres tan ¡lus­ tres com o el gran geóm etra Euclides (siglo IV-III a. de m odo que A ristó­ teles conoció el dom inio de la ciudad de Atenas por sus conciudadanos macedonios (lo que le llevó a em igrar para evitar suspicacias políticas). C .) y del periodo grecorromano (desde mediados del siglo II a. C. C. C uando el general Ptolom eo Sote­ ro heredó este país y se convirtió en el prim er rey de la dinastía de los Ptolomeos (303 a. L a escuela d e A lejandría: la a stro n o m ía p to lem a ica Tras la m uerte de A lejandro M agno (323 a. G ) . En conjunto. C . perm itió recopilar.). famoso por haber calculado la dim en­ sión de la Tierra. esta institución llegó a albergar a más de cien m iem bros. los ingenieros Ctesibio (siglo III a. El M useo fue un gran centro de investigación y docencia construido.000 volúm enes. A ello contribuyó notablem ente la creación de dos instituciones. copiar y guardar (hasta que fuera des­ truida en el siglo IV d.) y los m ate­ máticos y astrónom os Apolonio de Perga (siglo III a.) y Filón de Bizancio (siglo III a. Esto ocurrirá en la denom inada escuela alejandrina.) y Ptolomeo de Alejandría (siglo II a. Alejandría jugó un papel fundam ental en la promoción y conservación del saber generado en lengua griega. geógrafos.). C . por albergar “ciencia pagana”). permitieran dar mejor cuenta de las obser­ vaciones. C. había ya com pletado la conquista de Grecia en el año 338 a. C. las obras de éstos y otros grandes estudiosos.E l c o sm o s griego movimientos uniform es y circulares.). en h o n o r de las Musas. los creadores de la ana­ tom ía y de la fisiología Herófilo (siglo IV-III a. Esta cultura alejandrina se extiende a lo largo del período helenístico (desde la muerte de Alejandro M agno y la división de su imperio. C . en el año 323 a. lo mis­ mo que su hom ónim o ateniense. gradualm ente el foco de im portancia cultural se fue despla­ zando desde Atenas a esa ciudad greco-egipcia. D e enorm e tam año. cuyos originales siempre se habían escrito allí. C. C. C. El hecho es que en el añ o 3 3 1 . Hiparco (siglo II a. el heliocentrista Aristarco de Samos (siglo III a. G ) . Filipo de M acedonia. padre de A lejandro. C.. con más de 700. el M useo y la Biblioteca. a mediados del siglo II a. A lejandro había fundado allí la ciudad que llevaría su nom bre. C. La Biblioteca por su parte. el inm enso im perio creado por aquél fue divi­ dido en tre sus generales.

en la segunda m itad del siglo V d. sistem atizará y perfeccionará. Sin em bargo.2. esta ciudad siguió siendo el centro de estudios griegos.) y que Ptolom eo final­ m ente resum irá. El hecho es que 60 . m ucho m enos. En concreto. obras. es la sustitución de las esferas concéntricas por com binaciones de círculos con diferentes centros: círculos excéntricos. Egipto fue som etido por los rom anos en el año 3 1 a . Sus orígenes son oscuros y m al delim itados. Sin em bargo. C. gracias a los fondos d e la Biblioteca. pero en to d o caso parecen rem ontarse al siglo III a. 1. Para com prender el papel que se les asigna en la tarea de salvar las apariencias celestes.7. que tom ará la denom inación del últim o y más im portante de sus artífices. especialm ente del propio Ptolom eo. C. con independencia de los autores y los lugares. En consecuencia. diversos matemáticos ligados de manera más o menos estable al M useo fueron haciendo aportaciones sucesivas a un m odo nuevo de hacer astronom ía geom étrica. lo qu e en p rim er lugar interesa es describir la teoría astronóm ica cuya elaboración se extiende a lo lar­ go de cinco siglos (desde el siglo III a. Siempre en el marco de los principios de uniform idad y circularidad establecidos por Platón. al siglo II d.). Pero. conviene considerar su aplicabilidad a los m ovim ientos de los diversos cuerpos celestes. quien con toda probabilidad tuvo acceso a esas obras. Apenas han llegado a nosotros nom bres y. círculos epicíclicos o sim plem ente epici­ clos. La característica m ás inm ediata d e la astronom ía ptolem aica. Éste es el caso de la astronom ía. C . de m odo que la gobernación de Alejandría pasó a nuevas m anos a partir de entonces. Su producción científica adquirió una personalidad propia (m ás proclive a la observación y la experim entación). Claudio Ptolomeo (siglo II d. C. sin perder por ello su continuidad con la de la época helénica. hoy perdidas.. Pero lo que no quedaba justificado es cóm o la rotación uniform e de dos esferas perm itía dar razón de la desigual m archa con que el Sol recorre la eclíptica. a diferencia de la producida en Atenas bajo la influencia directa de la A cadem ia platónica. disponem os de algunos testim onios de terceras personas. a la astronomía alejandrina se la conocerá como astronomía ptolemaica. círcubs deferentes y círculos ecuantes. C o n ello conseguía reducir de m odo aproxim ado el com plejo movimiento helicoidal que se obser­ va a la com binación de dos m ovim ientos uniformes y circulares. E l Sol y los planetas C om encem os p o r el S o l Eudoxo había tratado d e explicar el m ovim iento d iu rn o y anual de este astro haciendo uso d e dos esferas.). C . C.Teorías d e l U niverso no occidental.

u n m ism o segm ento de arco parecerá a los observadores terrestres m enor o mayor. para salvar el m ovim iento aparente ilel Sol. A parentem ente el Sol recorrería dis­ tancias distintas en tiem pos iguales. Por ello. Puesto que atraviesa la misma distancia em pleando en uno y otro caso tiempos distintos. Es posible que fueran precisam ente estas dificultades en to rn o al m ovi­ m iento del Sol las q u e hicieran nacer u n a hipótesis nueva. en sustitución de las esferas (D uhem . Por o tro lado. La medida de las distancias se verá afec­ tada. se ha requerido la introducción de círculos excéntricos. 1958: 431). de m odo que su velocidad se com putará como variable: la mayor velocidad corresponderá al perigeo (solsticio de invier­ no) y la m enor al apogeo (solsticio de verano) (figuras 1. debido a que éste se encuentra algo despla­ zado con respecto al anterior. según se sitúe en la posición más alejada de la T ierra (peri­ neo) o en la más próxim a (apogeo). que la órbita circular d e este astro no es concéntrica sino excéntrica a la ¡ierra y a la esfera de las estrellas. En resumen. los astrónomos tenían que calcular la excentricidad de la órbita. puede resolverse postulando que su movimiento anual no se observa ni se m ide desde el centro.14 a y b). por tanto. a saber. la precisión de los cálculos dependía de la adecuación de los instrum entos para fijar l. las variaciones de su d iám etro apa­ rente sugieren que su distancia a ia T ierra no es siem pre la mism a. así habría de ser si estuviera adherido a la cara in tern a d e u n a esfera que gira uniform em ente alrededor de aquélla. la dis­ tancia que separa el centro de ésta del centro de la Tierra. Pero lo im por­ tante en este m om ento es el hecho de que.i posición del Sol en un m om ento dado y para m edir el tiempo. Ello equivale a afirm ar algo extraordinariamente osa­ do. En esto consiste la llamada anom alía zo d ia ca l de este astro. o mejor. la velocidad angular constante del Sol en su m o vim iento anual. quería decirse que su velocidad no es uniform e. la anomalía zodiacal del Sol. pero no la m edida de los tiem pos. En últim o térm ino. La aplicación del principio de uniform idad hace necesario salvar la igual duración de las estaciones y. la desigual duración de las estaciones. Sin em bar­ go. la d e los círculos excéntricos. D icho de otro m odo. el centro de la órbita solar y el centro de la T ierra no coinciden. no se observa com o tal. Para que este modelo solar tenga valor predictivo. esto es.E l c o sm o s griego tarda seis días más en pasar del equinoccio de primavera al de otoño (alejados entre sí 180°) que del equinoccio de otoño al de primavera (alejados igualmen­ te 180°). La idea básica es m uy simple: la velocidad angular y el tam año del Sol no se m antienen inva­ riantes a lo largo del año p orque la observación no se realiza desde el centro geom étrico de su órbita. esto es. 6i . cuando el Sol avanza desde un p u n to equinoccial a o tro (equi­ distantes entre sí).

Se observa tam bién que los planetas inferiores (los que están p o r debajo del Sol y m ás próxim os a la Tierra: Venus y M ercurio) retrogradan cuando están en conjunción con el Sol. cuando están situados en la mism a región del zodíaco que este astro. hasta que recuperan la dirección norm al “hacia delante”. En 6z . C onsiderem os ahora el m ovim iento de los planetas. llegando a detenerse (p u n ­ tos estacionarios). e invierten el sentido de su m archa (m o vim ien to retrógrado o retrogradación). se observa que cada cierto tiem po estos cuerpos pierden velocidad. Retroceden así hacia el oeste du ran te sem anas o meses. o sea. En su desplazam ien­ to hacia el este a lo largo de la eclíptica (m o vim ien to directo).Teorías d e l U niverso MUKOK a) verano S O lsn c o M VERANO b) Fig u r a i . 14.

15). el tiem po emplea­ do por el centro del epiciclo en trazar el círculo deferente (asim ismo con velo­ cidad uniform e) ha de ajustarse a la duración de su revolución zo d ia ca l (tiem ­ po m edio em pleado en dar un a vuelta com pleta alrededor del zodiaco). podría construirse un m odelo en el cual el cuerpo se mueve describiendo un círculo. En cambio. es decir. denom ina­ do epiciclo. Al recorrer el planeta su epiciclo con m ovim iento u n ifo rm e em plea un tiem po que ha de coincidir con la duración de su revolución sinódica (tiem po medio em pleado en pasar por dos conjunciones). 6) . cuyo centro coincide con el del Sol. los planetas superiores (los que están por encim a del Sol: M arte. El hecho es que Venus y M ercurio parecen m antener u n a especial vinculación con este astro ya qu e nunca están en oposición a él. U na m anera de explicar estos datos observables es com binar la rotación de dos círculos (no de dos esferas) del m odo siguiente (D uhem . Jú p i­ ter y Saturno) lo hacen cuando están en oposición al Sol. 1 9 5 8:431-432). Atendiendo en principio únicam ente a los planetas inferiores. cuando están en la región del zodíaco m ás alejada (a 180° de distancia). T anto para M ercurio com o para Venus el período zodiacal es de un año.E l co sm o s griego cam bio. Su elongación máxim a (distancia angu­ lar máxima) es de 46° para Venus y 28° para M ercurio. A su vez dicho centro gira en torno a la T ierra d ib u jan d o u n círculo de m ayor tam año d en o m in ad o defe­ rente (figura 1.

Se trata de u n m odelo explicativo que. E n efec­ to. del cual no se alejan nunca dem a­ siado. cuando el planeta se desplaza p o r la parte del epiciclo situada fuera del defe­ rente. su diám etro aparente aum entará de tam año y su brillo se intensificará. su m ovim iento será hacia el este.Teorías d e l U niverso La com binación del m ovim iento del epiciclo co n el del deferente. en el apogeo o lugar más alejado de la T ierra. engendraría. al hallarse en el p u n to más próxim o a la T ierra o perigeo. giran­ d o am bos círculos en e l m ism o sentido. Esto explicaría la peculiar relación que m antie­ nen los dos planetas inferiores con este astro. A hora bien. la novedad estriba en que el centro de rotación de M ercurio y Venus no sería la Tierra sino el Sol. visto desde la T ierra. A pesar de que en el cam bio de m ovim iento directo a retrógrado el pla­ neta parece detenerse. su diá­ m etro aparente será m en o r y su brillo m enos intenso. cuan­ do el planeta penetra den tro del deferente. siendo a su vez éste el que gira alrededor de ella. es decir. Por el contrario. de hecho siem pre se moverá uniform em ente en círcu­ los epicíclicos de m odo que no se viola el principio de uniform idad y circularidad de los m ovim ientos. el m ovim iento en form a de bucle que de hecho se observa (figura 1. su m ovim iento tendrá lugar en sen­ tido contrario. lo m ism o qu e el del deferente (m ovim iento directo). sin ser heliocéntrico. tam poco 64 . esto es.16). hacia el oeste (m ovim iento retrógrado).

N o obstante. sino que ha de ser un sim ple p u n to geom étrico. puesto que la T ierra no es el único centro de rotación de todos los cuerpos. 1958: 432). El tiem po em pleado en recorrer el epiciclo corresponde al periodo sinódico del planeta (para los planetas superiores es el tiem po m edio que transcurre entre dos opo­ siciones sucesivas al Sol). A su vez este centro geom étrico del epiciclo describe un círculo deferente que tendrá com o centro la T ierra (figura 1. sin perder la circularidad de su órbita. M uy al contrario es en esa posición cuando Satur­ no. ofrece ventajas indudables. Ello quiere decir que el centro de sus corres­ pondientes epiciclos no está ocupado por el Sol.17). Éstos ya no guardan esa relación de vecindad con el Sol que les im pide hallarse en oposición a él. Jú p ite r y M arte retrogradan. D e m odo general. tales com o justificar las variaciones de brillo y tam año de los planetas (com o con­ secuencia de la m odificación de su distancia a la Tierra). Y el tiem po que tarda el deferente (que coincide con el plano de la eclíptica) en dar una vuelta com pleta se ajusta al período zodia­ cal (tiem po m edio que em plea el planeta en recorrer el zodíaco). La superioridad de este m odelo astronóm ico sobre el de las esferas hom océntricas aconseja su generalización a los planetas superiores (D uhem . el m odelo epiciclo-deferente (girando am bos círculos hacia el este y con .E l co sm o s griego es ortodoxam ente geocéntrico. y no sólo en la descripción lim itada a los planetas infe­ riores.

Teorías d e l U niverso velocidad uniform e) perm ite explicar variaciones de brillo y tam año de los pla­ netas.y el otro tiene com o centro un p u n to cualquiera del deferente -c írc u lo epicíclico-. para salvar la a n o m a lía zo d ia ca l d e l S o l se ha hecho uso de un círculo excéntrico que corresponde a la órbita de este astro. Para salvar la a n o m a lía helíaca d e los p la n e ta s se han com binado dos círculos. en apariencia.14b). tal com o se verá posteriorm ente. tenía la ventaja.4). A hora el círculo excéntrico sería el deferente. la esfera. pero. debi­ do a que los m ovim ientos de retrogradación tienen lugar. no ocupado p o r ningún cuerpo (figura 1. de ofrecer una explicación unitaria de las apariencias celestes. El nuevo m odelo geom étrico.7. En resum en. de capacidad predictiva. en cam bio. parece quebrar esa arm onía desde el m om ento en que se sirve de supuestos distintos: excén­ tricas y epiciclos. los planetas tam bién presentan su propia anom alía zodiacal ya que. sí suscitará im portantes dificultades en rela­ ción con la física y la cosmología. uno de los cuales tiene com o centro el de la T ierra. no obstante. que es tam bién el centro del m u n d o —círculo deferente concéntrico a la T ie rra . bien cuando están en con­ ju n ció n con él (planetas inferiores). El m odelo de las esferas hom océntricas. una sola figura. falto de precisión cuantitativa y. el epiciclo se produce por la rotación uniform e del planeta alrededor de un p u n ­ to geom étrico abstracto. Al fenóm eno de detención e inversión del norm al sentido de m ovim iento hacia el este a lo largo de la eclíptica se le conoce con el nom bre de a n o m a lía helíaca de los planetas. Sin em bargo. A dem ás. así com o sus estaciones y retrogradaciones. Para sal­ var esta a n o m a lía zo d ia ca l d e los p la n e ta s puede utilizarse la m ism a hipótesis que la em pleada con el Sol: círculos excéntricos. bien cuando los pla­ netas están en oposición al Sol (planeta superiores).18). bastaba para dar cuenta del com portam iento de todos y cada uno de los cuerpos celestes. recorren el zodíaco con velocidad no constante. M anifies­ tam ente ello viola el principio de uniform idad de los m ovim ientos. tendríam os el sistem a epiciclo-deferente excéntrico (figura 1.17). En efecto. Su restablecim iento únicam ente puede venir p o r vía m ate­ m ática. Esto no presenta problemas desde la perspectiva astronóm ica. En todo caso. la justificación de esta anom alía exigirá la introducción de una hipó­ tesis original debida a Ptolom eo: el ecuante (epígrafe 1. el centro de los m ovim ientos uniform es y circulares del Sol y de los planetas no es la Tierra. lo cual n o perm ite la unificación del cosmos desde el p u n to de vista 66 . el cual gira en rela­ ción a u n p u n to algo desplazado en relación a la T ierra (figura 1. p o r ta n to . El deferente se p rodu­ ce p o r la rotación uniform e del centro del epiciclo alrededor de la Tierra. de m odo que en vez del sistema epiciclo-deferente concén­ trico.

Luego el movimiento aparente de los pla­ netas puede ser salvado por igual m ediante el sistem a de epiciclos directos y deferentes concéntricos a la Tierra (figura 1. para aquellos cuyo sentido de rotación es el m ism o q u e el del deferente (epiciclos d e los planetas). el m ovim iento aparente del Sol podría ser justificado indistintam en­ te suponiendo que se m antiene en una órbita excéntrica a la Tierra. Pero si el defe­ rente se m antiene girando hacia el este. el cual es concéntrico a la Tierra. de sentidos de rotación dis­ tintos. hacia el oeste.20a). establecerán la equivalencia fo r ­ m a l entre la hipótesis de los circuios epiciclo-deferente. el m o v im ien to resultante del plan eta será en form a d e espiral (m ovim iento en form a de bucle de los planetas) (figura 1.20b). o sea.19). o sea.20b). D ich o procedi­ m iento consistiría en u n círculo excéntrico cuyo centro a su vez describe u n pequeño círculo en to rn o a otro centro que coincide (tam bién puede no coin­ cidir) con el d e la Tierra. Por otro lado. en efecto. en tanto que el epiciclo lo hace “hacia atrás”.E l co sm o s griego físico. El hecho es que los geóm etras. Si epiciclo y deferente rotan en el mis­ mo sen tid o . o bien que gira en un epiciclo en sentido inverso al del deferente. y la hipótesis del círculo excéntrico. que postulando órbitas excén­ tricas móviles (figura 1. A dicho círculo cuyo centro no está fijo se le deno­ mina excéntrica m ó v il (figura 1. 67 . tam bién es posible establecer un procedim iento alter­ nativo para ios epiciclos directos. Así.16). se obtendrá un desplazamiento del cuerpo en su epi­ ciclo retrógrado equivalente al que tendría en una órbita excéntrica (figura 1.

Recordemos que la mayor parte de los nombres y obras de los astrónomos alejandrinos no ha llegado hasta nosotros y resulta m uy difícil contar la historia de la astronomía desde la muerte de Aristóteles. se agrupan bajo un mismo nombre: astronomía ptolemaica. Gracias a este último conocemos el tipo de hipótesis introducidas por sus antecesores.. hasta las aportaciones de Ptolomeo.Teorías d e l U niverso Todas estas formas de hacer astronomía geométrica. 68 . C. pero no podem os establecer el orden en que se fueron sucediendo. que constituyen una alter­ nativa a las esferas homocéntricas de Eudoxo y Calipo. C . en la segun­ da m itad del siglo IV a. a mediados del siglo II d.

H iparco de N icea (ra. Este m atem ático fallece precisamente cuando nace otro gran astrónom o y geóm etra. y no sólo cualitativo. C .). en tre los treinta y los sesenta años de edad. habría derivado de doctrinas de carácter heliocéntrico com o las de Heráclides del Ponto (siglo IV a.E l co sm o s griego 1 . En realidad A polonio es el artífice de una teoría planetaria en la que las variaciones de brillo. Según otras versio­ nes. así com o del sistem a de epiciclos-defe­ rentes para explicar el m ovim iento de los inferiores. 69 . Apolonio de Perga (ca. de los m ovim ientos planetarios. C. O tal vez el abando­ no de las esferas se habría debido a autores desconocidos que no se encuadran en ninguno de estos planteam ientos.) (ver epígrafe 1. cuyo centro estaría ocupado por el Sol y a su vez éste giraría en torno a la T ierra describiendo un círculo deferente. Ptolom eo le atribuye la utilización de excéntricas móviles para dar razón del m ovim iento observable de los planetas superiores. vivió un tiem po en Alejandría.190 a. C onsiderando qu e en el centro del correspondiente epiciclo se halla el Sol. C . Es bien conocido p o r su tratado sobre las Cónicas.3 . realizó m inuciosas y precisas observaciones con el fin de ajustar lo más posible la teoría a los fenó­ menos.190-oi.7 .9.120 a. la utilización de epiciclos para los planetas. tam bién llam ado H iparco ilc Rodas por haber vivido en esa ciudad. habría hecho coincidir el desplazam iento sobre el epiciclo con el período sinódico del planeta y el des­ plazam iento sobre el deferente con el período zodiacal. 240 a. A dem ás es probable que hubiera llegado a probar la equivalencia entre el em pleo de epiciclos-defe­ rentes concéntricos y excéntricas móviles. C .1). £1 papel de la escue­ la alejandrina habría consistido en desarrollar cuantitativam ente y aplicar a observaciones celestes precisas. C o n H iparco asistimos propiam ente al com ienzo de un a astronom ía que es capaz d e dar cuenta de m odo cuantitativo. la anom alía helíaca y la anom alía zodiacal son justificadas m ediante el recurso a com binacio­ nes de círculos que no tienen com o centro com ún la Tierra. Predecesores de Ptolom eo Según algunas opiniones. D u ran te su estancia en Rodas y en Alejandría. nacido en esa ciudad. Lo que parece cierto es que su origen en e l tiem po se rem onta a finales del siglo IV y principios del siglo III a. El pri­ mer m atem ático que sabem os con seguridad que hizo uso de las nuevas hipó­ tesis para salvar las apariencias celestes fue A polonio. pero tam bién merece destacarse su contribución a la astronom ía.-r». estructuras geom étricas generadas den tro del más puro espíritu de los antiguos pitagóricos y de Platón. C . la invención de excéntricas y epiciclos se debe a escuelas pitagóricas tardías que pervivían en el sur de Italia.).

ni u n o ni otro habían dad o valores num éricos precisos a los parám etros d e sus respectivos modelos. para salvar la anom alía zodiacal de este astro (desigualdad de las estaciones) se recurre tan to a una órbita excéntrica a la T ierra con centro fijo (figura 1. En definitiva. com o a epiciclos con m ovim iento retrógrado en relación al deferente (figura 1. Él m ism o fue au to r de unas tablas que anticipaban la posición diaria del Sol ¡a lo largo d e seis­ cientos años! En general puede decirse que en H iparco se d a la com binación en adecuadas proporciones de criterios estético-racionales (de tradición pitagórico-platónica) y de elem entos em píricos. la desigual velocidad con la que en apariencia el Sol cam ina a lo largo de la eclíptica adm ite dos tipos de explicaciones dis­ tintas. que le convierten en u n o d e los astrónom os más im portantes de la A ntigüedad. la utilización de am bos procedim ientos m uestra qu e H ipar­ co conocía su equivalencia y la refuerza al obtener en los dos casos el m ism o 70 . la ordenación y la racionalización del C ielo exigen la construcción d e teorías geom étricas que salven las anom alías aparentes. H iparco se atiene del m o d o más escrupuloso al principio d e Platón. el cual no coincide con el centro de la Tierra.19). En la teoría del Sol de H iparco. Esta tarea será llevada a cabo por Ptolom eo. Pero cabe dar tam bién razón de esta anom alía suponiendo que el Sol describe u n pequeño círculo epicídico. y con ello verificar la validez de las hipótesis astronóm icas puestas en juego. D ado que el sentido de rotación del epiciclo es inverso al del defe­ rente. C o n arreglo a la prim era. las observaciones no se llevan a cabo desde el centro de rotación del Sol porque la órbita de éste es excéntrica. pero no construye n in g u n a teoría planetaria en la que haga intervenir epiciclos o excéntricas. C o n respecto a los planetas se lim ita a m ejorar las observaciones referi­ das a su período trópico. Esto es. el p u n to d e par­ tida han de ser los datos de observación. se garantiza la co nstancia de su velocidad angular al establecer q u e en tiem pos iguales se barren ángulos iguales en rela­ ción al centro de su m ovim iento circular. visto desde la Tierra parecerá que el Sol sigue u n a órbita cuyo centro se halla desplazado con respecto a aquélla.Teorías d e l U niverso T anto el m odelo de esferas de E udoxo com o el d e excéntricas y epiciclos de A polonio habían pretendido la traducción de los irregulares m ovim ientos observados a m ovim ientos uniform es y circulares. A hora bien. cuyo centro describe a su vez un círculo deferente en to rn o a la Tierra. criticando las inexactitudes de sus predecesores. Sus aportaciones al estudio de los cuerpos celestes se centran en el Sol y la Luna. Sin em bargo. D icho de otro m odo.14 b ). a los q u e se ap liq u en los procedi­ m ientos de la teoría en cuestión. Así será posible co n stru ir tablas q u e perm i­ tan predecir el com portam iento futuro de los cuerpos celestes.

con­ temporáneo de Apolonio.2). 100 d. En co n ju n to ..4.7. A todo ello hay que añadir la confección de un Catá­ logo de estrellas. H iparco da el perfil de u n o de los grandes sabios de la escuela de A lejandría. Este d escubrim iento fue propiciado p o r la sutil observación d e qu e el tiem po que em plea el Sol en volver a pasar p o r el fondo de la m ism a estrella (año sidéreo) es ligeram ente superior al qu e nece­ sita para pasar dos veces consecutivas por el equinoccio de primavera (año tró­ pico).19). Precisam ente la razón d e este hecho residiría en el ligerísimo desplaza­ m iento qu e experim enta ese p u n to equinoccial. lo m ism o qu e el resto del país. C . pero nos trasladamos al siglo II d. más com plicado que el del Sol.E l co sm o s griego valor de la anom alía zodiacal. Sin d u d a u n o de los hallazgos más im portantes de H iparco es la precesión de los equinoccios. esta ciudad egipcia. 1.). cayó bajo d o m i­ nio d e los rom anos (año 3 1 a . Por últim o. pero esta vez con centro móvil (el cen­ tro d e la ó rb ita excéntrica describe u n círculo en to rn o a la T ierra) (figura 1. C . Estipuló que ello era consecuencia del cam bio de posición del ecuador debido al lento giro del polo d e la esfera celeste (de la que el ecuador es círculo m áxim o). en el que se calcula la posición de más de ochocientas de ellas. Si perm anecem os en ese lugar.20b). el retroceso de los puntos equinocciales o p u ntos de intersección d e la eclíptica con el ecuador (epígrafe 1. Claudio Ptolomeo Aproxim adam ente un siglo después de que H iparco hubiera vivido en Ale­ jandría. C . C . en to rn o al polo d e la eclíptica (figura 1. C laudio Ptolom eo.3. C . hace uso tan to del sistem a d e epiciclo retrógrado y deferente concéntrico a la T ierra (figura 1. criticando las m edi­ ciones llevadas a cabo por Eratóstenes d e C irene (275 a. Algo m uy similar sucede con la Luna. “saliendo al en cu en tro ” del Sol.).95 a. esto es. com o d e la excéntrica..- .4). nos encontrarem os en la época de pleno esplendor del Im perio rom ano qu e conoció el gran astrónom o Ptolom eo (ca. Tam bién se pronunció sobre el tam año de la Tierra. Así. a p artir de la observación de los eclipses trató de determ inar la m agnitud de la L una y su distancia al Sol (halló un resultado casi veinte veces inferior al real). siendo necesario aguardar dos siglos y m edio para en co n trar otro hom bre de su talla. podrían m encionarse los trabajos de H iparco en relación con el tam año de algunos cuerpos y la distancia a la que están unos de otros. Para expli­ car su com p o rtam ien to observable.

Pero su labor no es m eram ente recopiladora. Se trata de la sistem ati­ zación de los conocim ientos astronóm icos acum ulados desde el siglo I I I a. Todo se desconoce de su biogra­ fía. D e hecho su teoría d el Soles idéntica a la de su predecesor: equivalencia entre la hipótesis de una excéntrica fija y la hipóte­ sis de un epiciclo retrógrado junto con un deferente concéntrico a la Tierra para explicar la anom alía zodiacal de este astro. en los que se incluye el tratam iento del m ovim iento del Sol (Libro I). 170 d. a su inm ovilidad. de ahí el m odo com o es conocida norm alm en­ te. sino que realizó fundam entales aportaciones a la resolución del problem a de los m ovim ientos planetarios.) (pese a su nom bre.Teorías d e l U niverso ca. a excepción de que pasó buena p arte de su vida en la Biblioteca y en el M useo alejandrinos. La prim era edición que llegó a occidente fue en versión árabe bajo el títu lo de A lM a je sti (“El más G rande”). m ediante el recurso a epiciclos y excéntricas.X III). instrum ento que perm ite d eterm in ar las coordenadas celestes (Libro V ). un estudio de la dis­ tancia qu e separa la Luna y el Sol del centro de la T ierra (Libro V ). no guarda la m enor relación con el prim er rey de Egipto. y sus sucesores). Pero el tem a de la elec­ ción entre hipótesis equivalentes desborda el marco de la astronom ía para aden­ trarse en el de la física. y tam bién diversas consideraciones de carácter físico y geográfico referidas a la form a del universo. Ptolom eo I. hasta el p u n to de ser considerado por la historia posterior com o el últim o y más grande de los creadores de este m odelo geom étrico. a la concepción de la gravedad y a cuanto tiene que ver con la idea de “lugar habitado”. A la o b ra (escrita en griego) en la qu e se recoge to d o este saber astro n ó ­ mico acum ulado a lo largo de cinco siglos. mientras H iparco prefiere una descripción concéntrica a la Tierra que evite des­ plazar a ésta del centro. H iparco y otros astrónom os desconocidos que habrían efec­ tuado pequeños progresos en el largo período que separa a Ptolomeo de este últi­ m o (unos dosciento sessenta años). C. a la de la Tierra. así com o sus propias innovaciones. de la L una (Libro IV) y de los planetas (Libros IX . Está dividida en trece libros y capítulos. Almagesto. La teoría astronómica de Ptolomeo parte de los sistemas de drculos ya emplea­ dos por Apolonio. Ptolom eo se decanta en favor de la excéntrica p o r ser más sim ple (precisa un solo m ovim iento en vez de dos). C . Ptolom eo le dio el nom bre de Gran Composición M atem ática de la Astronom ía . la descripción del astrolabio. Ello le perm itió tener acceso a los escritos (hoy perdidos) de geóm etras y astrónom os anteriores y realizar una gigantesca tarea sólo com ­ parable a la llevada a cabo por Euclides en geom etría. 72 . La única diferencia reside en que. un catálogo de más de m il estrellas que m ejora el de H iparco (Libros V II y V III).

que corrige y perfecciona la de Hiparco. un círculo excéntrico. Para ello se servirá de un procedim iento nuevo. El deferente es. más sencilla que la anterior. D e m odo análogo. ni se distribuyen uniform em ente a lo largo de la eclíptica. excepto para M er­ curio (que es más com plejo). hay un a asignatura p endiente referida a la no-uniform idad del movi­ m iento aparente de los planetas en su recorrido zodiacal. más bien al contrario. la anom alía helíaca (movimiento de retrogradación cuando se hallan en conjunción con el Sol -p lan e tas inferiores.o en oposición al Sol -planetas superiores-) y la anom alía zodiacal (variaciones de velocidad y de bri­ llo en su recorrido a lo largo de la eclíptica) m ediante la com binación de epici­ clos-deferentes y excéntricas respectivamente. Desde épo­ cas previas a Apolonio se conoce la posibilidad de explicar las dos anomalías de los planetas. Recordemos que. al seguir su órbi­ ta sobre el fondo de las estrellas zodiacales. Considerem os esta última. en to rn o a u n centro qu e no coincide con el de la T ierra. a saber. y sobre todo en su teoría de los planetas. se observa que los planetas no avanzan siem pre en el m ism o sentido. tam bién en sen tid o oeste-este. Pero adem ás resulta que los “bucles” o “lazos” que com o consecuencia des­ criben en el Cielo no son todos iguales en form a o tam año. A firm ar qu e el planeta se m ueve uniform em ente en su epiciclo quiere decir que el radío vector qu e une el cen­ tro de d icho epiciclo con el propio planeta barre ángulos iguales en tiem pos iguales. em pleando u n tiem po que corresponde a su período sinó­ dico. El planeta traza con m ovim iento uniform e y en sen tid o oeste-este u n círculo epicíclico. el radio vector que une el centro del deferente con el cen tro del epiciclo debiera b arrer ángulos iguales en tiem pos iguales. por tan to . tal 73 . Se par­ te d e la com b in ació n d e los dos círculos ya conocidos. es el siguiente (D uhem . La cuestión es si la velocidad angular con que el centro del epiciclo describe el deferente es constante con respecto a su centro d e rotación. cuando se encuentran en determinadas posiciones con respecto al Sol. el ecuante. que Ptolom eo tratará de resolver. el epiciclo y el defe­ rente.E l c o sm o s griego D onde realmente se aprecia la originalidad de este astrónom o es en su teoría de la L una.). vistos desde la Tierra parecen retro­ ceder caprichosam ente durante un intervalo de tiempo. En defi­ nitiva. 1993: 114 y ss. pero no explica p o r qué unos lazos son más anchos qu e otros. creado p o r él. La introducción de la excentricidad del círculo deferente resuelve parte del pro­ blema. tal com o exige el inviolable p rin ­ cipio d e un ifo rm id ad d e los m ovim ientos. S im u ltán eam en te el centro del epiciclo describe u n círculo deferente. El esquem a básico que adopta para todos los planetas. 1958: 490-493). lo que quiere decir que el m ovim iento de los planetas sufre serias variaciones (H e th e rin g to n . tan fecundo com o polém ico.

sin em bargo. La velocidad del epiciclo se iguala o se hace uniform e con respecto a este círculo im aginario. y a su p u n to cen­ tral p u n to ecuante (punctum aequans) (figura 1. al q u e los medievales denom inaron círculo ecuante (circulus aequans). El m ovim iento del centro del epiciclo que traza el deferente n o es unifor­ m e con respecto al centro d e su m ovim iento circular sino con respecto a un tercer p u n to (distinto del centro del deferente y distinto del centro de la Tie­ rra). el principio de uniform idad exige que los movimientos circu­ lares de los astros sean uniform es con relación a sus centros de rotación.22).Teorías d e l U niverso com o $e su p o n ía desde hacía cinco siglos. D icho p u n to ha de estar en la recta que une el centro del deferente excén­ trico con el de la T ierra y a una distancia de dicho centro del deferente igual a la que está la Tierra. Resulta así que el radio vector que une el nuevo p u n to con el cen tro del epiciclo es el que barre ángulos iguales en tiem pos iguales (figura 1. Pero éste a su vez se mueve con velocidad angular variable en relación al centro del círculo deferente. El nue­ vo procedim iento introducido por Ptolom eo supone que el planeta se mueve con velocidad angular constante referida al centro de su m ovim iento que es el centro del epiciclo.21). P tolom eo. En definitiva. la constancia de la velocidad sólo se 74 . estipula algo distinto. la velocidad angular del centro del epici­ clo no es uniform e en relación al deferente sino a otro círculo im aginario del que el tercer p u n to in tro d u cid o sería el centro. O lo que es lo m ism o.

para ofrecernos el sistem a astronóm ico sobre el que aún se discutirá en plena Edad M oderna. requerirán el uso de deferentes excén­ tricos con centro móvil (el centro del deferente describe u n pequeño círculo. en el p u n ­ to de partida se dispone de los datos de observación y de ciertos principios racio­ nales de tradición pitagórico-platónica. Luego la conclusión únicam ente puede ser ésta: el sistema de círculos epiciclo-deferente-ecuante viola un principio astronóm ico básico com o es el de la uniform i­ dad de los m ovim ientos alrededor de sus centros de rotación. C o p érn ico aduzca com o razón fu n d am en tal d e la reforma astronóm ica la necesidad de elim inar el ecuante a fin de restablecer la validez del principio de uniform idad. excéntricos con centro fijo (para todos los planetas. Las herram ientas geom étricas de las que se sirve son los círculos epicíclicos. La astronom ía ptolem aica se perfila así com o una genuina ciencia del C ie­ lo. En el punto de llegada se obtiene una reinterpretación de esos datos gracias a la construcción de un m odelo geom é­ trico que ha tom ado com o guía dichos principios racionales. a no ser que se determ ine a p artir de u n p u n to im aginario convenientem ente ele­ gido. Pero n o anticipem os acontecim ientos. no observe los m ovim ientos d e los pla­ netas com o uniform es (excéntrica). Esta cuestión alcanzará una enorm e relevancia cuan­ do. para salvar el m ovim iento en apariencia no uniform e de los planetas a lo largo de la eclíptica se p o n e en juego u n a com binación de m ovim ientos circulares en los que la velocidad angular no es constante. M ercurio y la Luna. En conjunto la obra de Ptolom eo representa un m onum ental esfuerzo inte­ lectual encam inado a dar razón de las apariencias celestes dentro de un m arco teórico que tiene dos pilares: la razón y la experiencia. El últim o paso es la contrastación em pírica del m odelo y la confirm ación de su validez en el caso de que se dé el debido ajuste entre observación y predicción.E l co sm o s griego salva si se m ide con respecto a un p u n to distinto. A hora no se trata sólo de que el observador terrestre. Efectivamente. excepto para M ercurio) y ecuantes. cuyo com ­ portam iento observable es más complejo. en sentido contrario al del propio deferente. Su trabajo original en este cam po se une al de H iparco con respecto al Sol. El hecho es que Ptolom eo se convierte en el verdadero artífice d e la teoría planetaria de la A ntigüedad. Paradójicam ente. sino que esos m ovim ientos planetarios no son uniform es (ecuante). deferentes. por estar desplaza­ do del centro de rotación del deferente. trece siglos después. en to rn o a u n centro que tam po­ co coincide con el de la Tierra). el p u n to ecuante. Pero los astróno­ mos y geóm etras alejandrinos no llevaron a cabo una sim ilar transform ación 75 . capaz de aunar m atem áticas y experiencia en orden a descubrir las regula­ ridades o leyes que rigen el com p o rtam ien to de los astros.

Para empezar. Astronomía y cosmología en el período helénico y en el período helenístico D u ran te la época helénica (período que se extiende desde el siglo VI a. Frente a esto A polonio. por el contrario. cuál es la disposición de todas sus partes. Así. el procedim iento más apto para calcular y predecir los m ovim ientos de los astros no ha sido la esfera.Teorías d e l U niverso de la cosm ología y de la física heredadas de Aristóteles. Eudoxo y C alipo consideraban que los planetas. puesto qu e se ocupan de lo m ism o. en cam bio. H iparco y P tolom eo han establecido 7 <* . En m anos de Eudoxo las esferas son instrum entos que contribuyen a salvar las apariencias de cada planeta inde­ pendientem ente considerado. con objetivos y m étodos propios. adem ás de ser útil. hasta el siglo IV a. C . pero sin que entre una y otra se dé la m enor incom patibilidad. La hipótesis de las esferas de estrellas y planetas. nos perm iten saber cóm o es el m u n d o en su conjunto. a saber. 1. el pensam iento astronóm ico y cosmológico más m adu­ ro se articuló en to rn o a la noción de esfera. está estrecham ente em parentada con la física (cualitativa y no m atem ática. la segunda.1. no pueden dejar de interferirse m utuam ente.8. C. ¿Cosmología ptolemaica? A stronom ía y cosmología se configuran en Grecia com o saberes distintos.). trae consigo im portantes novedades en astronom ía analiza­ das en el epígrafe 1.. es verdadera. la astro­ n o m ía d e las esferas de Eudoxo y la cosm ología de las esferas de Aristóteles res­ ponden a interrogantes diferentes acerca de los cuerpos celestes.7. que los arrastra en torno al centro de la Tierra y del m u n d o . a continuación es si cabe hablar de una cosm ología a leja n d rin a . C. paralela a su astronom ía. el Sol y la Luna están adhe­ ridos a una esfera en rotación. sino el círculo. del C ielo. N o obstante. El soporte fundam ental de la prim era es la geom etría. La figura perfecta sirve tan­ to para geom etrizar y ordenar los alocados m ovim ientos planetarios. El p eríodo helenístico. en el siglo IV a. qué forma tiene. 1. por tan to . El tem a qu e se p lan­ tea. com o para describir la configuración del cosmos.8. que se inaugura con la m uerte de Alejandro M agno (y de Aristóteles). com o es toda la física pregalileana). C on Aristóteles.

C . El hecho es que en el período helenístico se da una escisión teórica entre astronom ía-geom etría. 1990b: 148 y ss. Sin d u d a lo que más com plica las cosas desde el p u n to de vista cosm ológico es que se sirvan indistintam ente de órbitas excéntricas o de la com binación de epiciclo y deferente. las causas d e ios m ovi­ mientos. lo que es lo m ism o. su posible carácter cíclico. que no coincide con el de la Tierra. D e form a aún más p ronunciada que en la teoría de Eudoxo arbitra soluciones para salvar las apariencias de cada planeta aislada­ mente estudiado. Por 77 .) que la astro n o m ía qu e se desarrolla entre el siglo III a. pero no ofrece una imagen unitaria del cosmos. Pues es claro que. Así. especialm ente la estoica y la epicúrea. la finitud o infinitud del universo. En Atenas. si se ocuparon de la cuestión cosmológica. y el siglo II d. vinculada al M useo de Ale­ jandría sacrifica el c o n ten id o físico y cosm ológico a la exactitud de las des­ cripciones geom étricas.23a y b). las órbitas planetarias son círculos. de m odo que su m ovim iento circular no es consecuencia de la rotación de ninguna esfera. C . £1 tem a que se ha suscitado a m enudo por parte de los historiadores es si los propios astrónom os alejandrinos se plantearon este tipo de problem as o. y física-cosmología. no puede responderse que las dos cosas: o se mueve siguien­ do un círculo excéntrico o se mueve en un epiciclo-deferente concéntrico (figu­ ras 1. por u n lado. la existencia o no del vacío. por otro. no esferas.E l c o sm o s griego que el planeta describe un círculo alrededor de un centro. si nos preguntam os por lo que realmente hace el planeta. etc. se interesa­ ron por cuestiones tales com o los elem entos materiales de los que están com ­ puestas todas las cosas. C o n frecuen­ cia se ha señalado (Sam bursky. las escuelas posaristotélicas.

¿Es p o r su parte inexistente la contribución de los ptolem aicos a la explicación cualitativa y unitaria del cosmos? D e entrada hay que decir qu e a ningún astrónom o le resultan indiferen­ tes los interrogantes físico-cosmológicos de la envergadura de los m enciona­ dos. a su vez. am bos con sentidos de giro distintos. La verdad es que. y lo m ism o sucede con los dem ás cuerpos celestes. sino que hubiera suscitado nuevos e insolubles problemas. pero desde la perspectiva física n o . N i el centro de un . E l conflicto entre física y astronom ía Diversas cuestiones ponen de m anifiesto las dificultades de carácter físico de la astronom ía ptolem aica. la escuela de A lejandría potenció extraordinariam en­ te la observación y el cálculo de las posiciones de los astros. carece de entidad física. E n cam bio. en detrim ento del m odo aristotélico de investigación del Cielo. Por ejem plo. en física es u n absurdo. G iran. que. habría agravado las ya de p o r sí difíciles relaciones entre física y astronom ía. C o m o resultado tenem os una nula aportación de estoicos y epicúreos al conocim iento cuantitativo y predictivo de los fenóm enos celestes. U na m ism a anom alía puede ser salvada m ediante hipótesis distintas aunque equivalentes. en la astronom ía ptolem aica n in g ú n cuerpo gira alrededor de la Tierra sino que todos lo hacen alrededor de un p u n ­ to geom étrico. Sin em bargo. prácticam ente conducen a un callejón sin salida. debido a su naturaleza pesada. Pero bien podría haber sucedido que la resolución de espinosos proble­ mas astronóm icos no sólo no hubiera traído consigo las deseadas respuestas a estas cuestiones. A hora bien. D esde el p u n to de vista m atem ático puede ser igual servirse d e epiciclos-deferentes concéntricos o de excéntricas. p o r ta n to . en to rn o al cuerpo que. en cuanto tal. 1. ya q u e el astro en la realidad no pued e seguir sim ultáneam ente dos trayectorias dife­ rentes. Prim eram ente hay que volver a referirse a algo ya m encionado. Lo qu e en astronom ía es posible. Lo cual. En segundo lugar. en la teoría de Eudoxo-Aristóteles todas las esferas tie­ nen com o único centro com ún el del universo ocupado p o r la Tierra. astronóm icam ente hablando.Teorías d el U niverso el contrario. 8. le corres­ p o n d e la posición central. desde la perspectiva cosm ológica y física. 2. en E gipto. la equivalencia geom étrica no im plica equivalencia física. la superioridad de los círculos ptolem aicos sobre las esferas de E udoxo es indiscutible. para dar la razón de la anom alía zodiacal del Sol cabe utilizar un círculo excéntrico con centro fijo o u n círcu­ lo epicíclico ju n to con un círculo deferente concéntrico a la Tierra.

o sea. 79 . Por últim o. Esto enlaza con un tercer asunto. D e entrada parece que podrían encararse de dos m odos posibles: 1. cosa que no sucede ni en el caso de las excén­ tricas. a su posición m ás alejada o más próxim a a la Tierra. El físico no puede dar razón de ello. ni el centro de un epiciclo (que son los círculos que puede describir un astro) coinciden con el de la Tierra y el del m undo. En el fondo. no a todos los que quepa inventar por los astrónomos. para justificar sus variaciones de brillo y de tam año ha buscado el m odo de justificar las diferencias de distancia a la T ierra respetando el principio plató­ nico de circularidad de los m ovim ientos. Aristóteles se ha servido de la noción de m o vim ien to n a tu ra l para explicar la persistencia de los m ovim ientos circulares celestes sin suponer que planetas y estrellas opongan la m enor resistencia a ello. Rota la sime­ tría de las esferas concéntricas. 2. La astronom ía obliga a una revisión de la física y de la cosmología im pe­ rantes. se introduce una pluralidad de centros de rotación que es arbitraria y no tiene más justificación que las necesidades de cálculo del astrónom o. se está arruinando la funda­ m ental distinción entre la región supralunar y la región sublunar del cosmos. C o m o se ve. éste tal vez se identifique con el centro del círculo deferente (si es que es concéntrico). serán naturales únicam ente aquellos que m antienen a los im ponderables seres etéreos siempre a igual distancia del centro de gravedad d e l m undo. la astronom ía ptolem aica se refiere al apogeo y al perigeo d e los planetas. En efec­ to. N o hay criterio físico que perm ita com prender qué es lo que pueda llevar a u n cuerpo celeste a m ante­ nerse eternam ente equidistante de un lugar vacío cualquiera. en tre la astronom ía posaristotélica y la física aristotélica se producen serios conflictos teóricos. con esta solución lo que se viola es el principio aristotélico (y tam bién platónico) d e circularidad con respecto a ¡a Tierra. Sin em bargo. Ahora bien. no en investigar sus causas naturales. luego o los cuerpos celestes no son im ponderables o su distancia a la T ierra siem pre es constante. Sólo puede alejarse o aproximarse a ésta aquello que es ponderable. ni en el caso de los epiciclos. puesto que se contraviene un principio no m enos básico de lo que será el d e inercia en la ciencia m oderna. La astro n o m ía carece de consecuencias físicas y cosm ológicas porque su tarea consiste sólo en geom etrizar los m ovim ientos celestes. no fáciles de resolver. pero el planeta no recorre el deferente sino el epiciclo. el cual es el centro geom étrico de la esfera d e las estrellasen que reposa la Tierra.E l cosm os griego círculo excéntrico. En con­ creto. en la región supralunar esta noción sólo se aplica a ciertos m ovi­ mientos circulares. debiendo proponerse un sistem a nuevo alternativo.

no astronóm icas. habrían quedado prisioneros de la inadecuada teoría de las esferas hom océntricas. al no tener una teoría pro­ pia al respecto. fueron aristotélicos de m odo que no hicieron una aportación original a esta disciplina.Teorías d el U niverso H istó ricam en te los astrónom os alejandrinos procedieron de la segunda manera. T anto H ¡parco com o Ptolom eo dedicaron sus mejores esfuerzos a construir la teoría del Sol. 8. en líneas generales. de la Luna y de los planetas que fuera lo más acorde posible con los datos de obser­ vación. sin la m enor curiosidad por saber cóm o son realm ente las cosas más allá de la Tierra. y es perfectam ente com prensible que así fuera. Analicemos los casos con­ cretos d e H iparco y Ptolom eo. 1. En consecuencia. tam poco se convirtieron en los reformadores de la más sistemática y com pleta física de que se disponía. Pero to d o ello no significa (com o se ha repetido con frecuencia) que los astrónom os posaristotélicos de la escuela de Alejandría concibieran su tarea en térm inos de puro cálculo celeste. C onsideraciones físicas de H iparco y P tolom eo A unque los escritos d e H iparco prácticam ente no han llegado a nosotros. en cuanto cosmólogos. por otro. N u n ca se desentendieron d e la cues­ tión física. forzado a adm itir la continuista teoría de la relatividad ju n to con la discontinuista m ecánica cuántica). la única salida posible fue convivir con la dis­ crepancia entre las tesis de una y otra disciplina (cosa que no puede extrañar dem asiado al hom bre del siglo X X . este astrónom o se decan­ tó en favor d e la segunda hipótesis. de lo contrario. y deferentes concéntricos más epiciclo. sabem os in d irectam en te (p o r el testim onio del propio Ptolom eo) algo rele­ vante.) . habría 8o . D e ahí que pueda decirse. C . p o r un lado. aceptaron y asum ieron la que había sido construida en Atenas en el siglo IV a. A hora bien. El argum ento aducido habría sido la rup­ tu ra d e la sim etría del cosm os qu e provocan ios círculos excéntricos al esta­ blecer qu e los centros d e rotación d e los planetas no coinciden con el centro de la T ierra y de la esfera estelar. Por razones físicas. La com ­ patibilidad con los principios físicos aristotélicos no estuvo en su p u n to de mira probablem ente porque. la aristotélica (para lo que seguram ente habrían necesitado una segunda vida). D esde luego. sin más restricción que el respeto a los principios platónicos de circularidad y uniform idad. Para coronar su em presa con éxito se dieron la libertad de form ular cuantas hipótesis geométricas estim aron convenientes. com o tantas veces sucede. que los astró­ nom os ptolem aicos. Pese a hacer uso de la equivalencia geom étrica entre excéntricas.

Luego los argum entos en defensa del repo­ so terrestre han de ser construidos a p artir de consideraciones referidas a lo que ocurre. en el Libro I de su obra Gran Composición M a te­ m ática de la A stronom ía hallam os explícitam ente ciertas hipótesis: El Cielo. Reconoce que las apariencias podrían jus­ tificarse en térm inos heliocéntricos. sino aquí en la T ierra que pisam os y en el aire que nos envuelve. no en los astros que vemos. las cosas terrestres se moverían de m odo diferente a com o lo hacen.E l co sm o s griego estim ado m ás conform e a la realidad los círculos deferentes concéntricos a la Tierra. nubes o proyectiles—avanzar hacia el este. Adem ás. su velocidad tam bién sería m ucho mayor que la de cualquiera de ellos y los dejaría siem pre atrás. podría ser la fierra la que rotara hacia el este). no pudiendo volver a situarse en el punto de la superficie terrestre desde el que hubieran sido lanzados. más bien su m ovim iento observable sería en todos los casos hacia el oeste. los objetos jam ás caerían vertical sino transversalm ente. El tam año de la Tierra se reduce a un p u n to en com paración con el del Cielo. El centro de la esfera celeste está ocupado por la Tierra. Así. Pero quizá lo más relevante desde el punto de vista físico sea el m odo com o defiende la inm ovilidad de la Tierra. al ser de mayor tam año. rezagados y flotando en el aire. La T ierra tiene form a de esfera. puesto q u e no hay nada en los fenóm e­ nos celestes que lo im pida (en vez de girar el Cielo hacia el oeste. el origen aristotélico del crite­ rio seguido para elegir entre hipótesis astronóm icas igualm ente útiles. La idea básica es que. no veríam os n u n ca a los seres sublunares -tales com o pájaros. se desplaza circularm ente en torno al centro. de forma esférica. prim ero. segundo. en una T ierra móvil. su interés por la descripción del cos­ mos que sea físicam ente verdadera y. Y si alguien dijera que el aire es capaz de arras­ ar . puesto que la T ierra rotaría en sentido oeste-este a gran veloci­ dad. el astrónom o alejandrino com parte el m odelo cosmológico que fue construyéndose en Grecia en la época helénica. O dicho de o tro m odo. D e lo contrario. se concluye que todos los cuerpos de naturaleza pesada tienden a caer en línea recta sobre la Tierra. En cuanto a Ptolom eo. e) La T ierra carece de todo m ovim iento. a) b) c) d) En definitiva. la cual ha de recibir sus im pactos estando siem pre debajo de ellos en absoluta quietud. Ello pone de manifiesto. a p artir de la teoría de la gravedad (aristotélica).

Y éste es igualm ente el silogism o que C opérni­ co tendrá que neutralizar sin disponer de herram ientas conceptuales para ello (epígrafe 2. en otra obra posterior. Aquí reencontram os las esferas tridim ensionales que tan profundam ente arraigaron en la m entalidad griega d u ran te la época helénica. Las hipó­ tesis de los planetas. y tam bién al sentido com ún. Sólo entonces la cosmología y la física de Aristóteles recibirán el golpe de m uerte. no esferas com pletas. a base de introducir esferas huecas o caparazones esféricos en cuyo interior se contienen los epiciclos en los que se mueve el planeta. R azonam ientos com o los anteriores pueden parecer ingenuos al lector del siglo XX. Por últim o. el m ovim iento de la T ierra debería ser per­ ceptible. Éste es el silo­ gismo im plícito.3). que Ptolom eo opone a cualquier planteam iento heliocéntrico. epiciclos y excéntricas. ni siquiera C opérnico en el R enacim iento. la copernicana. no habla de ellas.) 82 . luego la Tierra no se mueve. Pero ello es por com pleto absurdo. Al com ienzo de la Gran Composición M atem ática de la Astronom ía o A lm a gesto su a u to r ha defendido un m odelo de universo en el qu e la esfera de la T ierra ocupa el centro de la inm ensa esfera de las estrellas fijas. C ada cuerpo requiere así más de una esfera para dar razón de sus movimientos. en to n ­ ces parecería que están detenidos. (La aplicación de u n principio de econom ía le llevará a tratar de reducir ese núm ero al tom ar. éste sería tan violento que la haría rebasar los límites mism os del Cielo. sino la p arte de ellas en la que se realizan los m ovim ientos. Pero ni Ptolom eo. la L una y los planetas. N o obstante. Se lim ita a pos­ tular los elem entos geom étricos (círculos) necesarios para salvar las anom alías del Sol. con arreglo a la teoría de los movimientos natu­ rales. Será preciso esperar a G alileo para ver surgir una nueva física capaz de adaptarse a una astronom ía.Teorías d el U niverso trarlos en la m ism a dirección y con la mism a velocidad que la Tierra. dispusieron de una física basada en el princi­ pio de inercia. Pero ¿qué hay entre una y otra? En la cosmología aristotélica entre am bas se sitúan las esfe­ ras de los planetas. Trata­ rá así de com binar esferas. mostrará la posibilidad de describir sus movimientos em plean­ do recursos geom étricos más acordes con la física que con el Almagesto. Por el contrario. sí se pronuncia al respecto. Tras plantearse el orden y distancia a la que están los planetas (el orden que definitivam ente prevalece es el que sitúa al Sol entre Venus y M arte). en esta obra. habituado al planteam iento inercial. dis­ persando cuanto contiene sobre sí. si la T ierra tuviera m ovim ien­ to. tal influencia no se detecta. Ptolom eo. de m odo que el núm ero total de esferas ascien­ de a cuarenta y uno. que postula una T ierra móvil. A hora bien. de inspiración aristotélica. puesto que ten d ría que afectar a cu an to se m ueve con ella.

en cam bio.la de las estrellas. Por el contrario. esto es. El filósofo cstagirita p ropor­ ciona un a concepción sistem ática del cosm os en su totalidad. con total autonom ía res­ pecto de los restantes. Y ésta será tam bién una de las razones de la reforma astronóm ica que em prenderá y que le conducirá a sustituir una des­ cripción geocéntrica del m u n d o p o r o tra heliocéntrica. La física.1. la com plejísim a pluralidad de esferas excén­ tricas que sitúa entre las estrellas y la T ierra no form an un sistema único ligado por u n m ecanism o com ún de transm isión.3). D urante la Baja Edad M edia y el R enacim iento. este últim o filó­ sofo estim ó conveniente hacer uso d e esferas com pensadoras. epiciclos. Según su propio símil. O tra cosa es el conjunto de círculos excéntricos. las esferas habrán de estar en contacto unas con otras. fuente originaria de todo m ovim iento cós­ mico. H ay sobrados m otivos para po n er en d u d a que Ptolom eo lograra resta­ blecer la unid ad de la im agen física del cosmos que Aristóteles persiguió con tanto afán. A fin de evitar que el m ovim iento de la más exterior . a diferencia de la física. la teoría de la materia y sus movimientos terrestres y celestes avala este m odelo cosmológico sim plificado. Sin em bargo. siendo el pro p io planeta la fuente de su m ovim iento gracias a la fu e rza v ita l que reside en él. el astrónom o alejandrino aporta cuantos procedim ientos geom étricos son necesarios para cum plir este últim o objetivo. C om o se verá en páginas posteriores (epígrafe 2. C ada planeta con su conjunto de esferas form a un todo independiente. Lo que sí consiguió es sistematizar y perfeccionar la más exacta teo­ ría astronóm ica que se form uló en m uchos siglos. fundam entada en criterios físicos y cosmológicos. La astronom ía. Así pues. etc. del que el astrónom o se sir­ ve para llevar sus cóm putos celestes a buen fin. no puede adoptar com prom isos cosmológicos. ésta será aún la situa­ ción de fisura entre astronom ía y cosmología en la que se educará C opérnico en la transición del siglo X V al X V I.se pro­ pague autom áticam ente hasta la más interior . Ptolom eo excluye tajantem ente esta solución. Pero sus hipó­ tesis cosmológicas tienen un alcance m uy limitado. La tradición posterior afir­ m ará sin vacilar que el cosmos realm ente está constituido por un co n ju n to de ocho esferas concéntricas a la Tierra (tesis que a veces se atribuyó erróneam ente al propio Ptolomeo).. todos ellos se asemejan a un a banda­ da de pájaros en la que cada uno vuela por sí mismo. A ristóteles y Ptolom eo sim bolizarán dos m odos distintos e incom patibles de enfocar el estudio del Cielo. ninguna luz acerca de cóm o calcular y predecir las posiciones de los astros.E l c o sm o s griego Puesto q u e Ptolom eo acepta la im posibilidad del vacío en el cosmos esta­ blecido p o r Aristóteles. La razón estriba en que recha­ za la existencia de un prim er motor.la de la L u n a -. El objetivo del m en- *3 . N o arroja.

°). C o n frecuencia se concede a los astros una naturaleza divina que subraya todavía más su heterogeneidad respecto de la Tierra y cuan­ to ésta contiene. C. una nueva y m ás p ro fu n d a in c o m p atib ilid ad . 1978: capítulo l. y el siglo II d. Griegos heterodoxos Las aportaciones de m uy distinto signo realizadas a lo largo de ocho siglos (entre el siglo VI a. que reposa inm óvil en el centro de la anterior. a la concepción griega del cosmos resulta fundam ental. pero sin poner en cuestión la física de los movim ientos naturales. En virtud de lo prim ero. de la M agna G recia. T oda observación se realiza desde otra esfera m ucho más pequeña. sino donde le corresponde estar en fu n ­ ción de sus cualidades. U no y otra definen dos regiones del universo con propiedades bien diferenciadas. de m odo que cualquier cuerpo no puede encontrarse en cualquier sitio. por un lado. sino a la construcción de un m arco teórico que tiene dos supuestos básicos: 1. A diferencia del m undo-m áquina que conocerá O ccidente a partir del siglo XVII. la de la T ierra.9. la T ierra abajo. A tenas. M uy al contrario. C . pese a sus discrepancias. T oda observación se realiza sobre el fo n d o de una esfera. Sin em bargo. A lejandría. La definitiva arm onización entre los p rin ­ cipios astronóm icos. han tenido en general algo en com ún. Así. la de las estre­ llas. no a la m era acum ulación de datos em píricos.Teorías d e l U niverso d o n a d o astrónom o renacentista consistirá en conciliar am bas disciplinas. 2. por otro la idea de orden.n o prevista p o r é l . 1. cosm ológicos y físicos exigirá algo que no tendrá lugar hasta la E dad M oderna: el abandono de la concepción griega del cosmos.). que marca los límites del m undo. 84 .) por geóm etras y filósofos de lugares diversos (ciudades de Asia M enor. Todas ellas se han articulado en to rn o a un esquem a conceptual que K uhn denom i­ na “universo de las dos esferas” (K uhn. una por­ ción de m ateria no está allí donde se ve conducida por las demás (en virtud de fuerzas de im pulso o de atracción).surgirá en tre heliocentrism o y física aristotélica. Esto quiere decir que la interpretación de las observaciones celestes y el conocim iento del cielo han sido posibles gracias. la distinción Cielo-Tierra. los lugares se hallan jerarquizados con arreglo a un criterio de perfección q u e d eterm ina la posi­ ción que a cada ser natural le corresponde dentro del conjunto. El C ielo está arriba. etc.

ni puede tam poco ocupar el espacio reservado a éstos. el fuego. La Tierra. a excepción de la fierra a la que concedió el doble m ovim iento de rotación y traslación. Filolao de T arento (siglo V a. M uy al contrario resulta de la aplicación de un principio universal de orden y armonía en su doble vertiente geométrica (de inspiración pitagórico-platónica) y física (de inspiración aristo­ télica). 9.) es el pitagórico m ás cono­ cido que m antuvo estas opiniones. los atomistas. pocos nom bres podem os citar en cada u n o d e ellos. C . el Sol. C . A la Tierra le corresponde estar abajo. La Tierra es concebida com o un astro más. un planeta. C .-ca. Proba­ blem ente esta posición influyó en un discípulo de la A cadem ia de Platón de siglo IV a. to d o gira el to rn o al fuego central. H eráclides del Ponto (ca. en conse­ cuencia. la Anti-Tierra. la Luna y los planetas. puesto que afirm a . O riu n d o de I leradea. Pero. viajó a Atenas con algo más de veinte años. 1. griegos heterodoxos serán aque­ llos que nieguen una de estas dos características. C . una A nti-T ierra q u e nos impide la visión directa d e este último.E l co sm o s griego la Tierra no puede ser un astro más. O tro pitagórico de finales del siglo V a. 312 a. Y lo m ism o hace o tro extraño cuerpo qu e intercalan en tre ella y el fuego central. H eliocentristas En G recia. E l cosmos griego es ordenado. el cosmos griego es geocéntrico. los defensores de la posición central del Sol son to talm en te m inoritarios. Estim aron que el centro es el lugar de mayor dignidad del cos­ mos y que. 380 a. Allí defendió una concepción que podem os llam ar “mixta”. conform e a lo segundo. pero no hay que pensar que fue el único en su época. sostuvo que todo el universo perm anece absolutam ente en reposo. En consecuencia. los heliocentristas y. Si consideram os in d ependientem ente el período helénico y el período helenístico. H icetas de Siracusa. Tam poco le conviene el estado d e reposo p o r ser éste más perfecto que el estado de m ovi­ miento. que se desplaza circularm ente alrededor del centro. C . I’or tanto. reservaron la región central para el más noble d e los elem entos materiales. un a tesis heliocéntrica sino que sim plem ente niegan el geocentrism o y el geostatism o. no le corresponde a la T ierra alojarse en él. p o r tan to . o sea. en el Ponto (M ar N egro). encontram os testim onios de antiguos pitagóricos qu e negaron a la Tierra esa posición central p o r razones estéticas q ue no fueron com partidas posteriorm ente.. sobre todo. en el centro. N o defienden. 1. En el siglo V a. la razón de esta colocación no es mecánica. C ..). Según esto. ciega o azarosa.

Teorías d e l U niverso

qu e M ercurio y Venus giran alrededor del Sol, en ta n to qu e M arte, Júpiter,
Saturno y el propio Sol -ad em ás por supuesto de la L u n a - giran en to rn o a la
Tierra. A esta últim a se le concede m ovim iento de rotación sobre su eje hacia
el este a fin de explicar el m ovim iento diurno hacia el oeste de las estrellas, pero
no m ovim iento de traslación. Introduce pues dos ideas novedosas, la rotación
de la T ierra y la existencia de dos centros de rotación en vez de uno solo en el
centro del m undo.
¿Q ué razón p o d ía h a b e r para form ular u n esquem a de este tipo? Es u n
hecho d e observación qu e M ercurio y Venus están unas veces p o r encim a del
Sol y otras p o r debajo, de m odo que parece adecuado referir sus órbitas a este
astro en vez d e a la T ierra (recordem os que la elongación m áxim a de estos pla­
netas es lim itada). Pero adem ás hay o tro im portante dato em pírico que avala
lo anterior: las fuertes variaciones de brillo y de diám etro d e los planetas infe­
riores debidas a m odificaciones de su distancia a la Tierra.
El contem poráneo de Heráclides y m iem bro igualm ente de la Academ ia de
Platón, Eudoxo de C nido, construía en esa época la teoría de las esferas hom océntricas (epígrafe 1.5.2). Esta teoría tenía la ventaja de ser ortodoxam ente geo­
céntrica y de postular un único centro de rotación de todos los cuerpos. Pero
exigía, en cam bio, considerar constante la distancia a la Tierra de todos y cada
uno de los cuerpos celestes. Precisam ente esto, unido a la falta de explicación
adecuada de la anom alía zodiacal del Sol y de los planetas, m otivó la búsqueda
de una alternativa durante el período helenístico, tal com o ha sido expuesto en
páginas atrás. El resultado fue la construcción del modelo de epiciclos y excén­
tricas propio de la astronom ía ptolemaica. Pese a que dicha astronom ía es tam ­
bién geocéntrica, en su origen planteó la idea de un m ovim iento epicídico para
Venus y M ercurio cuyo centro estaría ocupado por el Sol; a su vez el Sol traza­
ba un círculo deferente en torno a la Tierra (epígrafe 1.7.2).
C om o se ve, hay una gran sim ilitud entre la teoría de A polonio de Perga y
la de Heráclides del Ponto, excepción hecha de un aspecto fundam ental. En la
teoría epicíclica, la Tierra, además de estar en el centro del m undo, está en repo­
so; en cambio, en la teoría anterior de Heráclides, la Tierra permanece en el cen­
tro, si bien anim ada por un movimiento de rotación hacia el este. Es m uy pro­
bable (tal como piensa Duhem , 1958: capítulo VIII) que entre la primera hipótesis
de los epiciclos y la hipótesis mixta de Heráclides haya una analogía no casual.
Tal vez fuera ésta últim a la que inspirara un sistema astronóm ico (el ptolemaico) en el que, p o r un lado, se pierde el carácter hom océntrico de E udoxo (al
m enos hay dos centros de rotación: la Tierra y el Sol) y, por otro, se garantiza la
inm ovilidad de la Tierra puesta en entredicho por Heráclides.
86

E l c o sm o s griego

Sea com o sea, lo que sí se deduce de lo dicho es que los griegos helénicos no
llegaron a defender una concepción propiam ente heliocéntrica del m undo. En
un caso -Filolao de T arento- se saca a la Tierra del centro y se le atribuye única­
mente m ovim iento de traslación, no de rotación. En el otro -H erád id es del Pon­
to - se m antiene a la Tierra con un movimiento de rotación, no acom pañado del
de traslación. Algunos testimonios asocian el nom bre de H erádides al de Ecfanto elpitagórico, quien supuestamente habría afirmado la rotadón de la Tierra con
anterioridad a aquél. D e cualquier m odo los nombres de Filolao, Hicetas, Ecfanto y Herádides constituyen los primeros testimonios en favor de una T e rra móvil,
que no crearon opinión en el contexto de la cultura griega helénica.
La excepción más relevante la constituye Aristarco de Samos (ca. 310 a. C.-ca.
230 a. C.), ya dentro de la época helenística. Discípulo primero del Liceo aristoté­
lico en Atenas (regentado en aquel entonces por Estratón de Lampsaco), desarro­
lló su trabajo com o astrónomo en Alejandría. Su universo sí es heliocéntrico en el
pleno sentido del término: el centro de la esfera de las estrellas está ocupado por un
Sol inmóvil en torno al cual giran todos los demás cuerpos, incluida la T e rra (a
excepción de la Luna). Por su parte, la Tierra tiene un doble movimiento: diurno
o de rotación y zodiacal o de traslación. N o son las estrellas las que cada casi vein­
ticuatro horas giran hacia el oeste, sino la T e rra la que lo hace hacia el este. Ade­
más se desplaza, también hacia el este, sobre el fondo de las estrellas zodiacales, sien­
do ella la que recorre el camino por el que aparentemente avanza el Sol. La inclinación
del eje terrestre sobre el plano de la eclíptica permite explicar las estaciones.
Este planteam iento, que se nos presenta com o una verdadera anticipación
de las tesis copernicanas, n o supuso, sin em bargo, la creación d e u n a teoría
astronóm ica propiam ente dicha en la que se diera razón de las irregularidades
planetarias con cierto grado de precisión. El heliocentrismo no pasó de ser una
hipótesis posible desde el p u n to de vista astronóm ico, ya que las apariencias
celestes son las m ism as, tan to si lo observado se desplaza en u n sentido per­
maneciendo el observador fijo, com o si es éste el que se mueve en sentido con­
trario y lo observado se m antiene inm óvil. Sin em bargo, en la época de Aris­
tarco (y tam bién muchos siglos después) era una conjetura m uy poco probable,
que no fue desarrollada con u n m ínim o de detalle.
En efecto, num erosas objeciones se erigían c o n tra el m o v im ie n to d e la
Fierra a las que A ristarco n o p u d o ser ajeno. A ristóteles había argum entado
que en ese caso la posición aparente d e las estrellas en el C ielo debería variar
com o consecuencia d e qu e se observan desde ángulos distintos. Se trata del
fenóm eno co n o cid o com o p a ralaje (co n tem p lad o m ed ian te telescopio p o r
llcssel en el siglo X I X ) . Así, la ausencia d e paralaje sería prueba del reposo de

«7

Teorías d e l U niverso

la Tierra. Puesto que Aristarco pensaba que la distancia de la Tierra a las estre­
llas era m u ch o m ayor de lo qu e la o p in ió n d o m in an te consideraba, tal vez
ello le perm itió responder a esta objeción.
Pero adem ás habla otros argum entos basados en la teoría de la gravedad
aristotélica (a la Tierra, com o cuerpo pesado le corresponde estar abajo, en el
centro), en la supuesta violencia del m ovim iento terrestre que arrojaría fuera
de su superficie a cu anto habita en ella, en la im posibilidad de caída vertical
d e los cuerpos pesados sobre un a T ierra móvil, etc. Puesto qu e la m ayoría de
estos argum entos contrarios al m ovim iento terrestre habían sido aducidos por
A ristóteles, hay qu e pensar q u e a A ristarco, educado en el Liceo, n o le eran
desconocidos. D esgraciadam ente la inform ación que poseemos de su concep­
ción es insuficiente e indirecta, de m o d o q u e ignoram os las respuestas que
pudo dar al respecto, si es que dio alguna. En todo caso, Ptolom eo, cinco siglos
después, subrayará la vigencia de esas razones críticas, tra ta n d o d e cerrar el
paso al heliocentrism o del astrónom o de Samos.
A hora bien, la defensa de una T ierra móvil no sólo tenía que vencer obs­
táculos de carácter físico. Al arrancarla de su lugar central y adentraría en el
Cielo se la estaba equiparando a un astro. Ello atentaba contra la división del
m undo en una región superior o supralunar de naturaleza inm utable, inm or­
tal y divina, y otra inferior o sublunar, ajena a la perfección de lo que está arri­
ba. La T ierra no podía estar en las alturas celestes, so pena de in cu rrir en la
im piedad y el sacrilegio.
El hecho es que, p o r estas u otras razones, la hipótesis heliocéntrica del
m u n d o no tuvo seguidores ni entre los astrónom os ni entre los filósofos hele­
nísticos. La única y últim a excepción que puede señalarse, con posterioridad
a Aristarco, es la de Seleuco (siglo II a. C .). D espués de él, en el m u n d o gre­
corrom ano no volverá a retom arse esta hipótesis. H abrem os de aguardar a la
obra de C opérnico, Sobre las Revoluciones de los Orbes Celestes (1543), para ver
resurgir casi literalm ente la mism a polémica a propósito del m ovim iento de la
Tierra. A rgum entos físicos y religiosos se esgrimirán en su contra. Pero en to n ­
ces el heliocentrism o tendrá defensores tan cualificados com o Kepler, Galileo
o Descartes, que lograrán finalm ente inclinar la balanza a su favor.

í.9.2. A tom istas
En el siglo X V II, m edio siglo después de la m uerte de C opérnico, no sólo
se librará un com bate en favor del copernicanism o. La adhesión a esta doctri­
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E l c o sm o s griego

na va a ir acom pañada de una m anera nueva de pensar la Naturaleza y sus ope­
raciones, qu e tom ará su m odelo del m odo com o funcionan las m áquinas. El
m ecanicism o pasará a ser el m arco teórico en el que se levante la nueva física
no aristotélica. A hora bien, esta física mecanicista resultará estar estrechamente
em parentada con una concepción de la materia que apartará definitivam ente a
O ccidente de los principios que inspiraron la construcción del cosmos griego.
Esa concepción de la m ateria es el atom ism o, y p o r ello puede afirm arse que
no hay en la A ntigüedad grecolatina pensadores tan heterodoxos y corrosivos
com o los atom istas. Si distinguim os d e nuevo entre filósofos helénicos y filóso­
fos helenísticos, tres nom bres aparecen siempre citados com o partidarios de esta
doctrina. L eu d p o (siglo V a. C .) y su discípulo D em ócrito de A bdera (ca. 460
a. C -ca. 3 6 0 a. C .), p o r u n lado, y Epicuro de Samos (341 a. C .-270 a. C .),
por otro. M enos original es el rom ano T ito Lucrecio Caro (siglo I a. C .), quien
prácticam ente se lim ita a exponer la doctrina epicúrea.
Conforme al punto de vista atomista, los componentes únicos del universo son
dos: el vacío y los átom os. Éstos son los elementos de los que se com pone todo
cuerpo. Su carácter elemental deriva de su indivisibilidad. Las partes de materia no
pueden ser objeto de una división hasta el infinito, de m odo que un átom o es la
entidad teórica a la que conduce esa divisibilidad finita de lo material (los átomos
no son observables). Por vacio hay que entender la extensión ilimitada del espacio.
D ado que nada podría poner límites a la extensión vacía (al igual que no puede
limitarse la longitud de una recta), hay que afirmar que el universo -m ezcla de áto­
mos y v a d o - es ilim itado. A su vez el número de átomos es infinito, no siendo sus­
ceptible de experimentar dism inudón o incremento en la medida en que son inal­
terables, indestructibles y eternos por definidón. Tenemos pues una cantidad infin ita
de m ateria que está contenida en la extensión in fin ita d e l a p o d o vacío.
Los átom os se hallan en m ovim iento perpetuo en el vacío. Puesto qu e son
sólidos, su constante m ovim iento es responsable de incesantes colisiones (hoy
diríamos que se trata de colisiones elásticas) que les llevan a desplazarse en cual­
quier dirección y a ocupar cualquier lugar. Todas las posiciones son posibles,
y no cabe afirm ar que a unos les corresponde por naturaleza estar arriba, en la
periferia, y a otros abajo, en el centro. En un m u n d o ilim itado no hay centro
ni periferia. A dem ás todos los átom os son hom ogéneos y, p o r tanto, de igual
naturaleza. Sus diferencias son sólo d e form a, orden y posición. Al desplazar­
se y chocar unos con otros, ciertos co n ju n to s de ellos se ven arrastrados p o r
u n m ovim iento com ún en form a de torbellino, agrupándose entre sí y dando
lugar a la form ación d e agregados que llam am os cuerpos. A su vez esos cuer­
pos se van disponiendo ciegam ente de la m anera que denom inam os m undo.

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un a envoltura externa y astros dispuestos entre ésta y aquélla. Así se form an los m u n ­ dos. lim itado. Los átom os sem ejantes en tam año y form a se reúnen en tre sí. Pero no es el único. o si 90 . Los más sutiles se deslizan hacia el exterior del torbellino en el que se hallan retenidos form ando una m em brana envolvente. es pro­ d u cto de u n juego azaroso. El resultado es la co n stitu ció n de la m ateria de los astros. por su parte los más groseros se precipi­ tan sobre la zona central dando lugar a una prim era construcción esférica. el puro y frenético baile de esas partes elem entales es causa de que. la palabra griega cosmos desig­ na algo d istinto de lo habitual. en el que los átom os se encontraban disem inados sin orden ni criterio alguno. Tenem os pues un T ierra central. es resultado de lo anterior. ciego. a diferencia del de Aristóteles. Por el contrario. Y lo m ism o que esos m u n d o s nacen por u n ió n o agregación. T am poco está gobernado por u n p rincipio d e orden y de arm onía. único. la Tierra. H a nacido un m undo. en el que to d o es posible porque no obedece a ningún designio o propósito preconcebido (ni siquiera Epicuro y su clinam en o desviación espontánea de la caída vertical de los átom os esca­ pa a esta form a de descripción naturalista). sólo causas m ecáni­ cas. y se pone incandescente después com o consecuencia del co n tin u o m ovim iento. inm ortal. algunos se unen a otros hasta originar una mezcla húm eda. de ahí qu e cosm os se oponga a caos. otros m ueren p o r d esu n ió n o desagregación. que el universo sea fin ito y.Teorías d el U niverso En la antigua cosmología atom ista se parte de un caos prim itivo. A su vez la idea de orden conlleva la de jerarquización de las regiones del m u n d o con arreglo a un criterio de perfección. Lo infinito no tiene centro. que gradualm ente se deseca prim ero. D en tro de esa m em brana. fortuito. a m odo de lodo. que sea heterogéneo. N o tiende ideológicam ente a la perfección. se han de cum plir dos condiciones: pri­ m ero. En el contexto del pensam iento atom ista. se entrelacen y form en com puestos en núm ero ilimitado. En general este térm ino se refiere a la idea de “m u n d o ordenado”. El infinito núm ero d e astros des­ plazándose en el vacío infin ito produce in fin ito s m undos con su correspon­ diente cuerpo central y cuerpos periféricos en cada torbellino. segundo. A ristóteles com prendió perfectam ente que nada se oponía más a su con­ cepción del cosm os en cuanto totalidad ordenada que la infinitud y la hom o­ geneidad de los átom os y del vacío atomistas. La fundam ental distinción entre Cielo y Tierra. no m eram ente relativo). arri­ ba y abajo (en sentido absoluto. N o hay fines. no centros m últiples). periferia y centro (centro único. al ponerse en contacto en los choques. Pero para que los lugares no sean todos equivalentes. El universo atom ista no es eterno. Lejos de cualquier tipo de plan o proyecto dem iúrgico.

A los astrónom os com pete determ inar cóm o se mueven éstos. en la hom ogeneidad del vacío. sorprende su apuesta p o r una ideas en filosofía natural. En el m om ento en que tal cosa ocurra. qu e sólo podrán poner d e m ani­ fiesto su fecundidad cuando el cosm os griego. Así. tiene infinitos centros. la existencia d e lím ites. Si hem os d e juzgarlo p o r sus resultados. Adem ás. ceda el paso a un universo que se extiende hasta el infinito. ni tam poco se detendrían cuando hubieran llegado a él (reposo natural). que es desechado p o r absurdo. . Puesto que la esfera tiene un solo centro. En la A ntigüedad grecolatina el atom ism o no pasa de ser un program a de interpretación d e la N aturaleza. el balance es claram ente negativo. Estos filósofos ponen la T ierra (o mejor. de m odo que pierde valor el argum ento físi­ co en favor d e un a T ierra única que ocupa e l centro del m undo. pue­ den ocupar cualquier posición y moverse en cualquier dirección. astronóm ico. n o concretado en un sistem a físico. contem plado con ojos del siglo XX. G enial anticipación del principio de inercia. no siem pre com patibles con la cosm o­ logía. Entre la esfera de las estrellas y la T ierra se localizan los planetas. d e acuerdo con la opinión geocéntrica dom inante. obser­ vando sus posiciones presentes y prediciendo las futuras. ya que no resiste la m enor com paración con la coherente y com pleta física aristotélica o con la exacta y predictiva astrono­ mía ptolem aica. con sus m u n d o in fin ito s q u e pueblan el infin ito y hom ogéneo vacío. por tan to . Razones físicas estipulan que éste es la Tie­ rra. el Sol y la Luna. A ello se aña­ de que en el vacío los cuerpos no iniciarían m ovim ientos en busca de su lugar (m ovim iento natural) porque todos y ninguno les corresponde. la física de los m ovim ientos naturales es plenam ente cohe­ rente con el m odelo cosm ológico que propugna la esfericidad del m u n d o y. Sin em bargo. estarem os instalados en la Edad M oderna. dice A ristóte­ les. las Tierras) en el centro d e cada m u n d o o torbellino. La gran excepción la constituyen los atom istas. hay un único cuerpo que lo ocupa. tam bién hom ogéneas. cerrado sobre sí. si hubiera vacío los cuerpos se moverían indefinidam ente a menos que algo más fuerte los detuviese. las partes de m ateria. Pero igualm en­ te podrían p o n er el Sol. cosm oló­ gico y. En la m edida en que las partes del espacio son todas indistintas.E l c o sm o s griego se quiere. En estas pocas palabras puede condensarse el estudio del Cielo desde los pitagóricos hasta Ptolom eo. En resum en. todo cuerpo puede ocupar un lugar cualquiera. m ucho m enos. Para ello se han de servir de procedim ientos geom étricos.