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PUBLICACIÓN MENSUAL

DICIEMBRE DEL 2007
Banco del Sur: Una Realidad
Por Daniel Marmolejo
Miembro fundador del Movimiento Ciudadano Metropolitano A.P.N.

Comité Ejecutivo Nacional

Que seis presidentes latinoamericanos firmaran en Argentina el acta
fundacional del Banco del Sur el 9 de diciembre, a 183 años de la batalla de
Ayacucho, es toda una evocación. Mientras Antonio José de Sucre culminaba
la lucha por la independencia sudamericana de España y su jefe Simón Bolívar
convocaba al Congreso Anfictiónico en Panamá, se incubaba ya el germen de
la división en nuestras tierras. Así, la primera gesta de independencia
latinoamericana tiene dos connotaciones: la inmortal, de aquel esfuerzo titánico
por liquidar las estructuras coloniales y construir una confederación de pueblos,
todavía incumplida; y la ominosa, que se impuso, de la perpetuación del
dominio neocolonial-oligárquico en las nuevas repúblicas, cuyas clases
dominantes y las grandes potencias capitalistas se opusieron ferozmente a que
fraguara el ideal del Libertador.
Han tenido que transcurrir casi dos siglos para ver el alumbramiento en la
región de acciones comunes de gran calado como el rechazo al Acuerdo de
Libre Comercio para las Américas, de pasos integracionistas inéditos como la
Alternativa Bolivariana para nuestra América, del proyecto confederativo
plasmado en la Unión de Naciones del Sur (Unasur) y ahora la entidad
financiera, que agrupa por el momento a Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador,
Paraguay, Uruguay y Venezuela, con Chile de observador y Colombia a la
expectativa. Aunque el presidente Álvaro Uribe continúa proclamando que
quiere ingresar al organismo pareciera que no se decide ante una iniciativa
impulsada por su homólogo venezolano Hugo Chávez, quien lo ha puesto en
evidencia ante el mundo como el enemigo número uno de la paz en su país.

Como quiera que se le vea, la decisión de crear el Banco del Sur reafirma el
predominio en la América meridional de la corriente política adversa al
Consenso de Washington, formada por gobiernos ideológicamente
heterogéneos, pero capaces de articular acciones de desafío al orden
hegemónico mundial, impensables hasta los últimos años y que hace sólo una
década parecían irrealizables. Es muy significativo que las economías mayores
del área y todos los estados integrantes del Mercosur se hayan unido en la
creación de un mecanismo para romper con la dependencia de los llamados
organismos financieros internacionales, que a decir del ex presidente Néstor
Kirchner “se han convertido con el paso del tiempo en un verdadero castigo
para los pueblos, puesto que con sus intervenciones afectan las decisiones
autónomas de las naciones”.

No obstante, es temprano para considerar el Banco del Sur una realidad
operante y verdaderamente impulsora del desarrollo armónico y equilibrado en
la región y la integración, pues el avance hacia estos objetivos no es lineal ni
exento de obstáculos. Queda por decidir en los próximos dos meses el país
que lo presidirá, cómo se aportarán los fondos por los miembros y, más
importante aún, a qué se destinarán, ya que lo deseable es que el ente cumpla
con el propósito anunciado de “disminuir las asimetrías” y “reducir la pobreza y
la exclusión social”. Si ese fuera el caso, exigiría dar prioridad al desarrollo
económico y social de las naciones pequeñas o más rezagadas como
Paraguay, Uruguay, Bolivia y Ecuador, y a acciones integracionistas a escala
continental, la intención de Caracas, pero que deberá vencer las resistencias
de las burguesías de Brasil y Argentina, más proclives a la hegemonía sobre
sus vecinos y a la ganancia que a la integración fraterna. Habrá que ver si el
acuerdo de los siete jefes de Estado (Uruguay firmó el acta fundacional el
10/12) sobre el valor igual del voto de los miembros no es entorpecido por el
criterio de sectores brasileños de que valga según el aporte de cada país,
práctica antidemocrática de instituciones como el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial, donde Washington es el que dice la última
palabra.

Los miembros fundadores han dejado la puerta abierta para el ingreso de todos
los países integrantes de Unasur, dándole así una vocación inclusiva al margen
de las posturas ideológicas de los gobiernos. Chávez y el ecuatoriano Rafael
Correa han insistido en inyectar a la entidad la colosal masa monetaria
depositada por América Latina en bancos internacionales, que con esos
mismos activos le prestan a tasas leoninas.

El descalabro del dólar y la recesión estadunidense ofrecen una coyuntura
favorable al despegue exitoso del Banco del Sur.

Este proyecto financiero forma parte de una propuesta en desarrollo para
impulsar medidas de integración económica que fortalezcan la Unión de
Naciones Sudamericanas. Se trata, además, de un planteo surgido y discutido
dentro del grupo de países sudamericanos gobernados por las izquierdas.
Chile, que participó en todo el proceso de definición del banco, no firmó el acta
constitutiva, pero Paraguay lo hizo, ya que comparte la visión estratégica de
que “éste es un paso clave para actuar con independencia y escapar a las
tiranías de organismos y de interesados en que América Latina no pueda
emerger hacia el futuro, a pesar de sus riquezas”.
La propuesta originalmente fue planteada por Chávez, pero quien finalmente le
dio sentido e hizo la tarea diplomática fue Lula Da Silva, quien destacó el papel
de este nuevo organismo en la lucha contra la pobreza. Naturalmente surge en
una coyuntura favorable para América Latina, en la que ha habido importantes
mejoras en los términos de intercambio, lo que junto con el incremento en los
volúmenes exportados ha generado recursos útiles para el crecimiento
económico. Las condiciones favorables pudieran terminar, pero si se logra
reducir la vulnerabilidad externa, frenando las salidas de divisas a través de la
reducción de la deuda externa, principalmente la pública, es posible que la
dinámica expansiva pudiera mantenerse.

Un elemento que distinguirá a este banco multilateral será que,
independientemente del monto de recursos aportados para el capital inicial,
cada país miembro tendrá un voto. En el caso del FMI, los votos están
asociados con el monto aportado, lo que permite a Estados Unidos y a las
naciones grandes de la Unión Europea determinar los lineamientos de
operación y nombrar a los altos funcionarios. Lo de mayor relevancia, sin
embargo, es el propósito explícito de que los países mayores del cono sur se
ocupen de que los chicos cuenten con recursos baratos para financiar
proyectos estratégicos que les permitan generar empleos decentes que
retengan a quienes se veían obligados a emigrar para poder mantener a su
familia.

Los recursos con los que abre la institución financiera son limitados, pero
pudieran incrementarse rápidamente en la medida en que los fondos de esos
gobiernos depositados en el exterior se traspasaran al Banco del Sur. Ello
aumentaría las posibilidades de financiamiento y, en consecuencia, podría
desplazar al Banco Interamericano de Desarrollo, que ha jugado del lado de la
ortodoxia dominante. Así las cosas, en el curso de un proceso expansivo y de
importantes transformaciones políticas, los países de América del Sur disponen
ya de fondos para financiar proyectos asociados a una gestión gubernamental
que tiene como objetivo central mejorar las condiciones de vida de los más
necesitados.
De esta manera, la nueva institución financiera podría jugar un papel
importante en la consolidación de un proceso unitario que, con las enormes
dificultades derivadas de la existencia de características estructurales similares
en los países miembros, vaya generando políticas públicas comunes,
definiciones tributarias frente a las empresas trasnacionales que permitan
retener parte del excedente generado nacionalmente y que exploren proyectos
multilaterales de gran alcance.

No puede soslayarse que en este eventual proceso de integración, Brasil
jugará un papel destacado. No sólo es la economía mayor y más diversificada,
sino que cuenta con un gobierno prestigiado y capacidad política para conducir
un proceso que debe ser desigual, pero a favor de los países pequeños. De
eso se trata en esta ocasión: no de fortalecer al mayor, sino de que el mayor se
ocupe de fortalecer a los otros. Si funciona se estará construyendo un futuro
verdaderamente para todos.