Eduardo José Gregorio Nicol i Franciscá (Barcelona, 13 de diciembre de 1907 - México

,
6 de mayo de 1990), fue un filósofo mexicano de origen español (catalán). Escribió la ma
yor parte de su obra en castellano. Nacido en Barcelona. Cursó los estudios de fil
osofía en la Universidad de Barcelona. Imparte clases en dicha universidad, para p
osteriormente, llegar a México en 1938 (este suceso se dio, tras el desenlace de l
a guerra civil Española). En 1940 obtiene la nacionalidad mexicana. Ya en la UNAM,
revalida estudios, y obtiene el doctorado en filosofía, ingresa a la cátedra en la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, funda el
anuario de Filosofía «Diánoia» (1955) y recibe el título de profesor emérito de la citada U
niversidad. Es fundador (junto con Eduardo García Máynez) del Instituto de Investiga
ciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México (antes llamado Centro
de Estudios Filosóficos). Nicol entra en la filosofía por el lado psicológico. Vivir
es estar en situaciones innumerables, cambiantes. Hay situaciones fundamentales
-en que estamos en cuanto hombres-, situaciones límites -en que se vive, inevitabl
emente, la finitud humana-, situaciones permanentes -sexo, disponibilidades cons
titucionales-, situaciones no permanentes -la económica, la social- que guardan re
lación con el destino, el azar y el carácter. Su pensamiento, estaba basado en la ex
presión. La teoría del conocimiento propuesta por él, suponía una teoría del reconocimient
o en la que dos sujetos identifican los sucesos y objetos como una realidad común,
lo que consigue superar las distinciones entre la subjetividad y la objetividad
. También se ha señalado que la filosofía de Eduardo Nicol es, antes que cualquier otr
a cosa, un sistema de metafísica, entendida ésta como el entramado de la ontología y l
a gnoseología en el nivel de los fundamentos. El principio básico de este sistema es
: el ser está a la vista. Este principio quiere decir, por una parte, que no hay s
eparación entre una realidad múltiple y cambiante y un ser unitario y estático: el ser
mismo se nos presenta de hecho a la vez con los caracteres de la unidad y la te
mporalidad. Por otra parte, el principio quiere decir que tampoco hay separación e
ntre las opiniones no científicas y el conocimiento: aun en las primeras, y antes
de la mediación del método, puede reconocerse una forma primaria de la verdad. Estar
emos de acuerdo en que el ser está a la vista si y sólo si dejamos atrás el prejuicio
de que para conocer al ser debemos apartar la mirada de las apariencias sensible
s, y el de que no hay más conocimiento que la ciencia. Ahora bien, el ser se nos m
anifiesta en dos formas de ser radicalmente diferentes: la humana y la no humana
. El conocer un mineral, una planta, un animal, exige principios, conceptos y méto
dos irreductibles a los que exige el conocer al hombre y su cultura. En lo natur
al rige la necesidad, en lo humano, la libertad. Y aunque lo humano no sea posib
le sin una base natural, no es tampoco posible sin superar esta base. El espíritu
y lo espiritual ni flotan en un ámbito de inmaterialidad, ni son explicables en térm
inos puramente naturales. El principio de lo humano es entonces la libertad. Per
o en el seno de la libertad ha germinado algo que Nicol llama `razón de fuerza may
or`: el hombre y la cultura son reducidos, en nuestra época y por la fuerza de la
necesidad, a servir como instrumentos para la satisfacción de la necesidad misma.
El hombre se mecaniza, y con ello mata lo más propio de su ser. ¿Hay indicios de que
este proceso pueda revertirse? No parece. Sin embargo, insiste Nicol, el hombre
habrá de morir como hombre: ejerciendo su libertad. Tal sería el sentido de seguir
haciendo filosofía en la época del agonizar de la humanidad del hombre. Principalmen
te a partir de los años setenta, el pensamiento de Eduardo Nicol adopta a la vez u
n tono melancólico y un gesto de heroísmo: por una parte se propone consumar una rev
olución mediante el retorno de la ciencia a sus fundamentos teóricos y vitales, sist
emáticos e históricos, y por otra parte se deja poseer por la viva conciencia de que
tal vez ésa sea la última gran revolución posible de la filosofía. Deja como herencia p
ara el trabajo filosófico del siglo XXI su tríptico final: El porvenir de la filosofía
, La reforma de la filosofía y la Revolución de la filosofía (Crítica de la razón simbólica)
, donde aborda, primero, en la situación del hombre en un mundo invadido por la ne
cesidad, poniendo el peligro la libertad humana, luego, la necesidad de recupera
r el principio vocacional de la ciencia y la filosofía, y finalmente, el tema de l
a revolución del pensamiento filosófico que consiste en reconocer el ser como fenómeno
, como lo que está a la vista

Esta Crítica ha de considerarse una obra capital por el solo hecho de que versa so
bre los temas en que culmina toda meditación sistemática en filosofía. Es capital además
por la posición que ocupa en el conjunto de las obras de Eduardo Nicol. Lo que en
ella culmina es un proyecto de revolución teórica que empezó a germinar hace más de cua
renta años. La empresa que reclama el momento actual de la filosofía es la de asumir
su historia entera. La tradición agotó sus recursos, y esta incapacidad de renovars
e ha creado una insólita situación revolucionaria. Algunos opinan que la situación es
más bien un presagio de muerte. Pero la crítica del pasado nc es cabal si no lo supe
ra y lo salva al mismo tiempo. El pensamiento de Nicol se ha distinguido por su
disciplinada fidelidad a los hechos, el rigor de los análisis y la variedad de ide
as nuevas. Estas cualidades resaltan más ahora, en la madurez de su magisterio. El
decano de los filósofos de México muestra como siempre en su forma de expresión una l
iteral philo-logía: un amor de la palabra que es inherente al amor de la sapiencia
con el cual se designa a la philo-sophía. La publicación de una obra como esta Crític
a de la razón simbólica constituye un acontecimiento, no sólo en el ámbito cultural de Méx
ico, sino en el ámbito universal de `la filosofía como ciencia rigurosa`.