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Notas sobre Gregorio Weinberg y la universidad latinoamericana

I.
Luego de haber reflexionado sobre la universidad y la Ilustración, y con las ideas que
las reflexiones de Kant, Humboldt y Bonvecchio aportaron sobre la universidad
moderna, hemos dialogado acerca de la universidad y los estados nacionales.
Observamos en este punto una suerte de “alianza” entre el estado y la educación,
comprometidos en la construcción de un sector dirigente que asumiría la conducción
política y cultural del país.
En esta clase nos ocuparemos específicamente de la universidad en Latinoamérica, y
finalizaremos el análisis observando cómo en algún sentido la relación entre la
universidad y el estado entra en conflicto hacia 1918.
(¿Esta tradición conflictiva tuvo resolución o perdura hasta nuestros días?)
Gregorio Weinberg1 afirma que la universidad es una institución tempranamente
“transplantada” desde Europa a nuestro continente, y sostiene que en sus orígenes se ha
mantenido al margen del poder político, pero también, de la población en general. Para
él, las universidades:

Eran manifestaciones de lo que llamamos una cultura impuesta,


como puede comprobarse por los contenidos celosamente
resguardados por la ortodoxia religiosa, por sus procedimientos,
protegidos por estatutos minuciosos de inspiración salmantina, por
sus formas exteriores, que la tradición consolidaba y revestía de un
complejo y costoso tejido ceremonial. Todo esto contribuía, una vez
más, a distanciar la institución universitaria del resto de la población,
consolidaba así el papel de la educación formal como legitimadora
de una sociedad rígidamente estratificada” (pag. 46).

Dice en otra cita:

Se advierte por parte de España la intención de organizar en América


una sociedad compleja con bases sociales y culturales estables, se
proponía, como es evidente, formar in situ una clase dirigente fiel,
un sacerdocio y una burocracia eficientes. Dentro de ese proyecto
adquiere sentido la temprana fundación de colegios y universidades.

1
Weinberg, Gregorio (2001), De la “ilustración a la reforma universitaria. Ideas y protagonistas,
Santillana, Buenos Aires.
Weinberg llama a esta primer etapa de la universidad “cultura impuesta”, ya que la
universidad se impone –junto con otras instituciones como el Cabildo- en un contexto
que no estaba familiarizado con ésta.
Surgidas en el siglo XVI como resultado del colonialismo y con el fin de proporcionar,
fundamentalmente a los grupos dominantes (órdenes religiosas, hijos de peninsulares y
criollos) instrucción de carácter teológico y educación en ciertas disciplinas como
leyes, retórica, gramática y artes, las universidades hispanoamericanas tuvieron como
meta principal, una vez impuesta, garantizar la unidad religiosa y la vinculación con la
cultura de la corona española.
En esta etapa, la universidad debió lidiar con dos instituciones, la Iglesia y el poder
real, en una puja constante que se dirimía en torno a su modernización sobre todo, de
los contenidos de estudio y los métodos empleados. A modo de ejemplo, desde su
creación la Universidad de Córdoba tenía dos facultades: Artes y Teología (los alumnos
debían cursar, además, dos años de latín). Recién en 1791 se incorporó un título no
teológico vinculado a lo que posteriormente sería el Derecho.
Entre los siglos XVI y XVIII se fundan en el Nuevo Mundo alrededor de 32
universidades, con la de Santo Domingo, San Marcos de Lima y México como las
primeras, cuya influencia fue decisiva para la creación de las restantes. Además de
República Dominicana, Perú y México, las universidades coloniales aparecen,
principalmente, en Argentina, Bolivia, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, Guatemala,
Venezuela y Nicaragua, esta última fundada ya en 1812.
Veamos algunos ejemplos:
• San Marcos (Lima, Perú, 1551)
• México (1551)
• Santo Domingo (República Dominicana, 1538)
• Córdoba (fundada por los jesuitas en 1614)
• La Real y Pontifica Universidad de Caracas (1725).
• Universidad de Santo Tomás (Colombia, 1580)
• Universidad mayor de San Francisco Xavier (Chuquisaca, 1624)
En la página web de IESALC (www.iesalc.unesgo.org.ve) podrán
encontrar información adicional sobre los años de creación de las
universidades en Latinoamérica. Para hacerlo deberán consultar el
programa “Pensamiento universitario”.
Pueden acceder también a través de:
http://pul.dered.com/index.php?option=com_content&task=view&id=26&Itemid=12
Allí podrán ver cuán “tempranos” son los años de fundación de las
universidades en el territorio latinoamericano.

Es interesante observar que los países colonizadores no tuvieron todos la misma


política vinculada con la formación de las elites. El que hemos mencionado es
básicamente el caso de España. Pero Portugal optó por una política diferente que se
centraba en la formación en el centro y no en la periferia. Eso explica en gran medida
por qué las universidades en Brasil surgen recién en la década de 1930.
Sin embargo, es importante destacar que la universidad no logró penetrar en la sociedad
y constituirse en una institución altamente reconocida sino hacia el siglo XIX. El hecho
de ser una institución “impuesta” en una realidad social que no estaba preparada para
recibirla generó problemas en materia de docentes, alumnos, y recursos materiales.
“Su inserción en el entramado de intereses que podían hacer de ella un
instrumento puesto al servicio de necesidades locales, recién comienza a
tomar forma a mediados del siglo XIX. Es necesario recordar que el
contexto socioeconómico de la sociedad colonial se caracterizaba por la
extrema sencillez de sus actividades artesanales, agrícolas y mineras”2.

Observen ustedes que la creación de las primeras universidades es prácticamente


contemporánea con la conquista: en muchos casos junto a la llegada de los primeros
colonizadores se crearon las universidades (junto a otras instituciones provenientes del
2
Krotsch, P. (2001), Educación superior y reformas comparadas, UNQ. Pp. 124.
Viejo Continente). En el mismo período en Europa, las universidades gozaban de gran
reconocimiento social, y en realidad su existencia era el reflejo de la existencia de un
alto grado de desarrollo económico y social. “En Europa, la existencia de una
universidad suponía legalizar desde el papado o el poder real la existencia de una
universitas o corporación de maestros o estudiantes. Si éstas se difundieron con la
rapidez que lo hicieron en aquellas latitudes, esto se debió a que eran el producto de la
complejización de la vida social e intelectual de la sociedad y constituían un órgano
inseparable de un organismo social en desarrollo” (Krotsch, 2001: 125).
En nuestro continente la incorporación de la universidad a la vida cultural, política y
educativa fue el resultado de un lento proceso que puede comenzar a visualizarse hacia
mediados del siglo XIX. En la Argentina, por ejemplo, en el año 1883 el Parlamento
discutió por primera vez una ley universitaria que fue finalmente sancionada en 1885
(Ley 1597, conocida como Ley Avellaneda)3.

II.
El siglo XIX marca una nueva forma de concebir a la universidad en el Continente.
Weinberg se refiere a esta segunda etapa, que va desde la independencia y hasta el siglo
XX, “cultura aceptada”, ya que la universidad no solo es aceptada como institución,
sino que se comienzan a crear nuevas (en Argentina, la Universidad de Buenos Aires se
crea en 1821). Hacia fines del siglo XIX había en el Continente alrededor de 128
universidades públicas, mientras que un siglo antes, en el XVIII había 13 (fuente:
Iesalc).
Asimismo, a fines del siglo XIX el tema universitario también ingresa en la “agenda”
parlamentaria. Como mencionamos arriba, la primer ley universitaria argentina data de
1885 (nº 1597), y a su sanción la precede un interesante debate (entre los años 1883 y
1885) acerca del tipo de enseñanza superior que el país requiere. Allí se habla de
secularización, defensa de lo urbano por sobre lo rural, la responsabilidad económica
del estado frente a la universidad, la universidad profesional y la independencia de la
misma.
En esta etapa se observa un claro distanciamiento respecto a la concepción
humboldtiana sobre la universidad (“la universidad alemana”): los discursos dan cuenta

3
Sobre la sanción de la primera ley universitaria argentina, les adjunto un artículo que tal vez les pueda
interesar (considérenlo bibliografía complementaria!!!)
de la presencia de lo latinoamericano y la necesidad de crear instituciones de educación
superior fuertemente enraizadas en la región. Así, el humanismo propio del siglo XIX
en Europa cobra un nuevo giro, seguramente más influenciado por el modelo francés de
facultades, tal como lo muestran los textos sobre Andres Bello (ver en la bibliografía).
Así, la “cultura aceptada” de la universidad cumple una función importante en la
formación de profesionales que se irán incorporando al estado. Aquí es importante
destacar el legado napoleónico (también producto de la Ilustración pero en Francia,
donde como vimos, emerge otra forma de concebir a la universidad), donde la
universidad es creada por el estado y controlada por él con la finalidad de formar una
burocracia secular altamente calificada. Esta universidad –mucho más interesada en la
docencia que en la investigación- ha sido llamada “universidad de los abogados”
(Krotsch citando a Steger): “Steger observa que, junto con la reforma del código civil,
la propuesta de universidad de Andrés Bello transforma al jurista escolástico, imitador
de las relaciones sociales europeas, en un abogado latinoamericano” (Krotsch, 125).
El contexto latinoamericano demandaba, pues, este tipo de institución, conciente de su
carácter latinoamericano. Así, el derecho o la medicina si bien serían enseñados en sus
aspectos generales y universales, debían indefectiblemente contemplar el entorno en el
cual serían luego aplicados.
En Argentina se creó la Universidad de La Plata mediante una ley provincial en 1890, y
luego esta universidad fue nacionalizada en 1905. Su primer rector, el Dr. Joaquín V.
González, propuso que esta universidad posea una orientación moderna, empírica,
experimental, preocupada por la inserción profesional de sus graduados y sobre todo,
diferenciada de otras universidades de corte tradicionalista y enciclopedista –como
Córdoba y Buenos Aires-.
En Chile Andrés Bello preside la Universidad de Chile –fundada en 1842 y creada
sobre la antigua universidad de San Felipe, de 1738-, y defiende la idea de crear una
universidad que despliegue su saber en plena conciencia de que lo hará en Chile: “una
medicina chilena” es una de las consignas que se destacan en sus discursos. Esto no lo
priva de propagar el carácter universal y humanista con el que concebía a la ciencia,
pero comienzan a aparecer elementos que dan cuenta de cómo la universidad se concibe
en forma situacional, tomando de Europa aquello que se considera importante para el
desarrollo de la vida cultural en Latinoamérica.
Es muy sugerente recorrer tanto la vida como las concepciones de Bello acerca de la
educación en general y de la universidad en particular, porque en ellas se destaca
fuertemente el carácter latinoamericano (y chileno en particular) de la enseñanza
superior. La universidad, dirá Weinberg “ha sido aceptada”.

III.
Por último, Weinberg define al siglo XX –sobre todo a partir del Movimiento
Reformsita de Córdoba- como “cultura discutida o criticada”. La universidad
experimentará diferentes episodios de fuerte crítica al sistema, intentos de
modernización y se convertirá también en un espacio de resistencia y de lucha. Cultura
discutida se refiere no sólo a la propia institución –nuevamente, la Reforma del ´18 es
paradigmática en este sentido- sino que también la cultura que esta institución
representa será puesta en cuestión en su totalidad, sobre todo luego de la Segunda
Guerra Mundial, y en nuestro continente, con la profundización de un largo proceso de
pauperización social.
Este movimiento de crítica hacia la universidad desemboca los acontecimientos que
comúnmente llamamos “Reforma del 18”. Pero debemos recordar que se trata de un
proceso que se fue gestando paulatinamente, lentamente, y que tuvo antecedentes que
son resaltados en el trabajo de Cristina Vera.
La universidad debió ser reconocida y legitimada socialmente para pasar a ser objeto de
crítica por un sector que –si bien sigue siendo minoritario- es cada vez más visible.
Nos referimos a los sectores medios de la sociedad en Argentina, pero también en el
resto del Continente. Sin la presencia de los sectores medios resulta incomprensible lo
que sucedió en el 18 y en los años previos. Las clases medias atravesaban un proceso
de lucha por su legitimación política, y por ocupar un lugar relevante en el entramado
social. Todo esto tiene un reflejo en la universidad.
Por otra parte, la emergencia del Movimiento Reformista de 1918 da cuenta de una
tensión que atravesó a la universidad casi desde sus orígenes, pero que se hizo muy
visible hacia inicios del siglo XX: la tensión entre modernidad y tradicionalismo. ¿Qué
orientación debían tomar los planes de estudio? ¿qué lugar ocuparía la práctica? ¿cómo
incidirían los descubrimientos, los avances de la ciencia en las decisiones vinculadas a
qué y cómo enseñar? ¿cómo incorporar las novedades en cuanto a las prácticas
pedagógicas y las nuevas formas de enseñanza? Y en el plano político-académico: ¿qué
actores dentro de la universidad debían tener competencias para formar parte de estas
discusiones e intervenir en la toma de decisiones?
(Ahora bien, hagamos un paréntesis para aclarar una cuestión que es una evidencia
histórica: las protestas estudiantiles son tan antiguas como la universidad misma.
Existen relatos medievales sobre huelgas de estudiantes, como así también hay estudios
históricos que dan cuenta de episodios de protesta y huelga en las universidades de la
Colonia. Como lo señala Vera de Flachs en su trabajo, los alumnos “se reunían con
distintos fines, ya para protestar por la comida, exigir rebaja de aranceles, turnos de
exámenes o rechazar los planteos de alguna autoridad jerárquica” (Vera de Flachs,
2006: 74). Sin embargo, lo novedoso del siglo XX es la formalización de estas
organizaciones y su institucionalización. A partir de este momento, las organizaciones
estudiantiles tendrán una presencia formal y permanente en el entramado social de la
universidad).
En el trabajo de Vera de Flachs podrán encontrar un análisis pormenorizado sobre los
vínculos que comenzaron a entrelazarse entre los estudiantes americanos, con el
propósito justamente de protestar contra las formas en que la universidad estaba
organizada hacia comienzos del siglo XX.
El movimiento de protesta, como así también la exigencia de los estudiantes de
modernizar la universidad, y más aún, la conciencia que van tomando sobre su rol en
ese mundo que se estaba “modernizando” en América latina a principios del siglo XX,
todos estos procesos no pueden ser leídos fuera de contexto. Varias son las influencias
y los acontecimientos que permiten comprender el “clima de época” en el cual se
despliega aquello que Weinberg denomina “cultura discutida”.