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LA VIDA PÚBLICA DEL SEÑOR

Cuando Tomás de Aquino afirma que el hombre de treinta años es el
hombre plenamente desarrollado, se puede estar de acuerdo con él, a
condición de que el valor propio de la vida precedente y posterior no
quede comprometido. Cristo se reveló al mundo en esta edad central de
la vida: la plenitud del hombre se convierte en recipiente para la
plenitud de Dios.
Ahora bien, se trata de una plenitud humana en la que queda salvada la
esencia de la infancia y de la adolescencia; y también de una plenitud
que sigue estando necesitada de compleción, porque sólo es plenitud
del hombre, y no de la mujer; una plenitud además que se vierte en la
kenosis del Hijo de Dios; y, por último, una plenitud en la que se
proyecta como una sombra la muerte inminente; pues, como si no
pudiera crecer más en esta tierra, es arrebatada en el momento de su
máximo desarrollo. No pasará por la experiencia del envejecimiento.
Jesús aparece en el mundo a la edad de treinta años, en la plena
madurez del adulto, más allá de la cual no cabe esperar, humanamente,
ningún incremento esencial. La plenitud del hombre se adecua en él a la
de la Palabra de Dios. Pero esto significa sobre todo que carga con el
peso de esta Palabra con toda su existencia indivisa. Toma la Palabra
sobre sí, con la responsabilidad que un hombre adulto pone en el
cumplimiento de sus tareas. El largo tiempo de preparación ha hecho
crecer este fruto hasta llegar a su plena madurez. Ha orado, observado,
callado, ayunado, trabajado.
Y, sobre todo, ha amado su misión y se ha sometido a ella, la ha
asimilado, se ha configurado con ella en todas las etapas de su vida.
Empieza su anuncio público con la tranquila seguridad de quien sabe
que dispone a su espalda, como una tremenda reserva de energía, del
acuerdo entre la misión y el enviado. Ha actualizado en su vida la
Palabra que él mismo es. Y cuando, ahora, se acerca a los hombres con
esta Palabra y ellos la experimentan sobre todo como una exigencia,
puede cargar con la responsabilidad de esta exigencia gracias a que él
mismo la ha cumplido y mantenido.
Sabe que sin esto debería a los hombres la prueba necesaria de la
verdad de la Palabra. El carácter excesivo de la exigencia sería entonces
tan evidente que los hombres podrían rechazar el anuncio como
difícilmente procedente de Dios. La exigencia sólo se volverá creíble a
los hombres si él la vive antes que ellos; no sólo ahora, en el momento

retrospectivamente. por la plena manifestación de la gloria de Dios. Paga la resurrección de Lázaro con su horror ante la tumba y con sus lágrimas (Jn 11. Hasta tal punto es ésta la ley de su vida desde el comienzo. Es la hora terrible en que se da cuenta de la inutilidad del compromiso humano supremo. La . la pura esperanza de que el pueblo de Dios acoja la Palabra. Compensa la diferencia que subsistirá hasta el fin del mundo entre la teoría y la práctica de los cristianos.16-17.de predicarla. Se sometió a la ley de la pasión desde el momento de la encarnación: hubo de pagar un rescate por el cumplimiento de cada palabra. de que Israel se convierta. esto sólo es el presupuesto de una acción todavía más seria. manifiesta cada vez más su gloria.35.51) y que viene a él de un modo tan seguro que puede alimentarse ya de ella como si ya estuviera presente. y curó a todos los enfermos. sólo le es posible llevarlo a cabo en la medida en que él. Se da cuenta de que ha realizado un milagro por el hecho de que ha salido de él una fuerza (Mc 5. Sin embargo. Paga cada una de sus palabras con su vida. proyecta también.38). se abre camino el conocimiento humano: Israel no se convertirá.30). la Palabra permanece invicta. Con todo. entre tanto. para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8. su luz sobre su vida precedente. en su pasión cruenta. que sólo podía conducirle a la cruz. sale garante por ellos. el crucial de la lucha entre la Palabra y el pueblo. Ahora bien.4). cuya frágil institución será como la cristalización de este río de dolor. de una vez por todas. Y en un determinado momento. al contrario: endurece su corazón. Desde ahora en adelante paga su verdad no sólo con su vida. porque quiere incluirlos en la verdad de su existencia. sino desde siempre. La Palabra de Dios realiza la experiencia humana de que ella no convierte a los hombres. De ellas nace la Iglesia. Is 53. en medio de la acumulación de todas las humillaciones. esto no impide que. con su vida. los sustituye. Hace esto porque los ama. Lo llevará a cabo de una manera visible a todos. Pero la pasión a la que se dirige «afirmándose en su voluntad» (Lc 9. sino también con estas lágrimas terribles. Y por eso el evangelista puede atreverse a realizar una asociación de ideas que ya hemos citado: «Expulsó a los espíritus con una palabra. todo se desarrolle a la manera humana: aquí reside la plena. Es la hora en que Jesús llora por la ciudad de Dios. Su existencia constituye el fundamento de su anuncio: en eso consiste la seriedad de la Palabra. Con todo. porque es más audaz: aplicar también a los discípulos la misma medida que él ha adoptado para sí. paga por ellos. desde que está en el mundo.33.

de una manera involuntaria.. él debe administrar por sí solo «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento » (Col 2. 2. En consecuencia. El fallo de los cristianos. tanto si os hablamos con timidez como si os hablamos libremente. Puede lanzar su palabra a los incrédulos como un desafío. No tiene dos clases de enseñanzas: una esotérica. otro los presenta como dirigidos «a las muchedumbres» (Lc 14. de la pobreza y de la obediencia de otro modo que como lo hace Cristo. y puesto que le ha sido dada sólo para ser proclamada después. incluido el de los predicadores oficiales.. más elevada y difícil. al Dios que os habla con toda libertad» (Agustín. o si también todos los que os hablamos desde esta cátedra somos menos libres. Habla con la conciencia de ser hasta ese momento el único representante en la tierra de la verdad que él mismo anuncia. Apuesta todo a una sola carta. estamos obligados a anunciar a Aquel que no teme a nadie. no podrá ser nunca un pretexto en la Iglesia (como sucede en las sectas del exterior) para edulcorar el carácter incondicionado de la Palabra. nosotros. Ap 1. de la virginidad. sino a Él a quien debéis escuchar.16). Podéis juzgar con qué libertad os hablamos desde esta cátedra.25s. y otra más fácil para el pueblo. y de este modo no tiene miedo de provocarlos hasta el extremo. destinada a sus amigos. invita a los que simplemente no quieren aceptar lo inconcebible a «partir» también (Jn 6. PL 37. sobre el dejarlo todo y sobre la amistad con el mundo. Nunca se podrá hablar de la santidad.). Por consiguiente. la Palabra de Dios no teme a nadie. Dios no nos adula.12. 1351). y si tal vez yo soy menos libre. no hay concesión tendente a ensanchar los consensos. tampoco ella podrá hablar de otro modo: «Vuestra caridad lo sabe bien. hombres como Ignacio contra el Renacimiento y la Reforma. Los mismos dichos sobre la cruz y sobre el seguimiento. Y en ella surgirán siempre hombres cuya misión será hacer visible la integridad viril de la Palabra: hombres como Ireneo contra los gnósticos.3). la Escritura no calla. Esta conciencia resuena en su palabra compacta como un muro sin fisuras. col. el hombre —el hombre joven— fue el último rostro que la Palabra de Dios tuvo en la tierra.). Esta rectitud humana de Cristo va tan lejos que proclama lo que Pablo llama «locura de Dios» (1 Cor 1. que un evangelista presenta como dirigidos a los elegidos (Mt 10.proximidad del Dios que se revela se traduce en la mayor apertura humana: no hay miedo humano. La Iglesia seguirá escuchando siempre el eco de esta Palabra. 103. Toda la verdad del Padre está concentrada en él.16. como Agustín contra los donatistas. la razón de . El filo de la espada no se puede embotar en la Iglesia (Hb 4. como Newman contra los sentimentalismos del siglo XIX. Serm 1.37s. A buen seguro. no hay diplomacia destinada a alcanzar de una manera indirecta lo que por vías directas sería inalcanzable. in Ps. Enarr.67).25). Sin embargo. nos sentimos inclinados siempre a imaginar el aspecto de Cristo como más viejo de lo que fue.19. No es a los hombres. incluso por el ministerio de hombres tímidos. como Atanasio e Hilario contra los arrianos.

cuando todavía era joven. sólo para dejar aparecer de una manera aguda el contraste entre la voluntad de los ejecutores y el misterioso sentido salvífico del hecho. fue fruto de la oposición con que se encontró. y. es algo que no se ve en ninguna parte en lo que los hombres emprenden. harían pensar más bien en una persona de cincuenta años. Estaría fuera de lugar llorar al héroe que muere sacrificado: «¡Llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos!». deben saber que nosotros mismos hemos matado a Dios. hemos reducido al silencio a la Palabra de Dios. fue asesinado de manera violenta. los que le mataron no pensaban en ninguna expiación. con su rápida aparición y su desaparición de nuevo. Sin embargo. En la muerte de Cristo no se puede hablar de tragedia. no fue así. hasta tal punto que puede exigir a sus amigos algo así como una aceptación anticipada de su muerte. El espíritu humano intenta descubrir en las leyendas de los pueblos un significado trágico y purificador al mismo tiempo en la muerte de los que son jóvenes.ello estriba en que el peso de su palabra. Es simplemente la revelación del pecado. en el comienzo de todos los comienzos. Que este final en medio del horror se transforme. el de «pecado» está privado de toda grandeza. en virtud del anuncio de su Pasión. no se fue por sí mismo. el sentido que los asesinos de Jesús ven en su muerte es sólo el que indica el grito: «¡Fuera! ¡Fuera!». sucio y despreciable. considerada desde el punto de vista de los hombres. como el de «culpa». Tal vez Orígenes tenga razón cuando dice que Dios. como lo fue el de Ifigenia. Su muerte no nos hace pensar en otra cosa que en nuestra propia culpa. trata al mundo con consideración. Se repite siempre el gesto desolado de . sin embargo. su carácter definitivo. está rodeado de una cierta aureola de sublime. Ahora tenemos que fijarnos en la violencia de su muerte. por la gracia. ¿Qué estragos habría originado si el fuego hubiera ardido durante decenas de años? Y. Sólo a partir de la fuerza retroactiva de esta gracia trascendente se descubre la continuidad que. Cristo no fue víctima. El término «tragedia». Tampoco fue un sacrificio ofrecido para apaciguar la cólera de los dioses. Los hombres deberán permanecer siempre frente a la que fue la obra más terrible de destrucción. ésta. como los héroes griegos. Juan cita la afirmación de Caifás sobre la muerte vicaria de Uno por el pueblo. Ifigenia fue sacrificada para apaciguar a los dioses. El significado de acción vicaria está excluido explícitamente por la frase de escarnio: «A otros ha ayudado». de la envidia de los dioses. Su muerte no fue natural. no es más que un pecado vulgar. es repugnante. Dios la transformó en el infinito y nostálgico arrepentimiento por haber expulsado de nuestro mundo a la Palabra de Dios cuando apenas empezaba a resonar. Sin embargo. establece la Palabra entre el abismo de la muerte y la resurrección. su muerte tiene un intrínseco sentido religioso. el Padre le habría dejado durante más tiempo a los hombres. sin embargo.

Él se sometió libremente y por su poder dio su vida. Cristo no se hace viejo con los viejos. un mensaje que expresa su poder sobre el tiempo. ni en el alma ni en el cuerpo (Hch 2. La interrupción de su vida en el momento culminante es en él también un mensaje de Dios.María Magdalena que llora junto al sepulcro. inclinándose ante la tumba vacía. podemos dejarnos invadir por este aspecto patético: la Palabra ha muerto como un joven y ha vuelto al Padre. ni en la vida ni en la muerte. Sin embargo —más allá de toda la amargura de las lágrimas de Pedro—. pero nunca conoció la corrupción. Su rostro de hombre maduro queda asumido y vuelve al rostro de Dios.31). El Todo en el Fragmento: La Palabra en el hombre) . Se le ha dispensado de la curva declinante de la vejez. sino que acompaña su vejez con su continua niñez y madurez. (cfr. Hans Urs von Balthasar. No hay ninguna sabiduría cristiana de la vejez.