Gustavo Paz (2004) LA HORA DEL CABILDO: JUJUY Y SU DEFENSA DE LOS DERECHOS DEL “PUEBLO” EN 1811 Introducción

Cabildo de Jujuy, en 1811, es muy directo en su crítica a los funcionarios reales: desde la década de 1760 los gobernadores habían comenzado a inmiscuirse en lo que la ciudad consideraba los derechos del pueblo. De acuerdo con la visión de la historia del Tucumán compartida por el cuerpo capitular, este curso de los acontecimientos empeoró notablemente desde el establecimiento de las Intendencias en 1782. Esta fecha marcaba la culminación de la tendencia centralizadora comenzada en 1765. El Cabildo peticionaba a la ciudad de Buenos Aires que revirtiera el daño causado por la administración colonial y restituyera a la ciudad su autonomía que había sucumbido a las políticas centralizadoras de los intendentes. El escrito elevado por el Cabildo a la Junta, y los posteriores escritos de su diputado Juan Ignacio Gorriti en representación de la autonomía de su ciudad han sido estudiados por los historiadores. Aunque difieren en sus interpretaciones de los escritos todos ellos se refieren a los aspectos ideológicos y políticos de las presentaciones de Jujuy. Ricardo Levene las interpreta como las primeras manifestaciones del federalismo en Argentina; Chiaramonte lo corrige acertadamente demostrando que la ideología detrás de estos petitorios es un autonomismo comunal de vieja data en el mundo hispánico. El autor propone otra línea de análisis, destacando la constancia con la que Jujuy reitera ese pedido a lo largo de 1811 y lo articulado de su solicitud. Propone situar el memorial del Cabildo de Jujuy a la Junta en el contexto de la historia política de la ciudad desde el período borbónico enfatizando sobre todo la relación entre Cabildo e intendentes. Luego planea volver a 1811 cuando el Cabildo propone a la Junta una organización política que lo coloca en el centro de la escena como protagonista indiscutido.

Defensores de viejos privilegios: el Cabildo y el reformismo borbónico (1760-1810)
La memoria histórica de la elite databa el comienzo de los infortunios de Jujuy en diciembre de 1767 cuando el “pueblo” se levantó en armas contra el representante del rey en la provincia, el gobernador Juan Manuel Campero. Desde su asunción del cargo en 1764, éste había tomado medidas impopulares a los ojos de la elite urbana. Al Cabildo de Jujuy preocupaba sobre todo el avasallamiento de su autonomía o, en sus propias palabras, la “salud de la república”. El término “república” vinculaba a esta pequeña ciudad con la tradición política española bajo medieval de autonomía urbana. En esta tradición república era sinónimo de ciudad o “pueblo” y significaba el cuerpo político de la ciudad constituido por los “vecinos”, aquellos miembros que participaban en los asuntos públicos locales. La voz de la “república” eran en América los Cabildos formados por vecinos. En ese año de 1767 la Corona decidió la expulsión de la Compañía de Jesús de sus territorios, una medida recibida con frialdad o rechazo en las colonias americanas. Cuando Campero hizo efectiva la orden expulsión en diciembre de 1767 la elite se levanto en armas. Los líderes de la conspiración lograron conseguir el apoyo de los miembros de los Cabildos de Salta y Jujuy, de los tenientes de gobernador de amabas ciudades y de la mayoría de los miembros de linajes de ambas elites. A la vez que rebelde contra lo que consideraban abusos de un importante funcionario local la elite se mostraba respetuosa de las leyes coloniales en su apelación a la justicia real para corregirlos. ¿Qué lograron las elites de Jujuy y Salta con el levantamiento? En términos políticos sin duda muy poco ya que la tendencia de los funcionarios coloniales a inmiscuirse en los asuntos municipales se acentuaría en los años siguientes con la creación de las intendencias. Sin embargo estas elites demostraron su voluntad de preservar la autonomía de la “república”, es decir de los derechos y privilegios adquiridos a lo largo de dos siglos de historia colonial. La creación de las Intendencias en el Río de la Plata en 1782 inauguró una política clara de centralización administrativa, militar y fiscal. Las elites urbanas se vieron profundamente afectadas por estos cambios que les recordaban los “abusos” cometidos por Campero en la década de 1760. Las políticas centralizadoras de los Intendentes implicaron la pérdida de varios de los tradicionales derechos y privilegios de las ciudades que pasaron a manos de las nuevas autoridades De gran consecuencia fueron la centralización de la recaudación y administración de la sisa, el reclutamiento y comando de milicias de frontera y la creciente ingerencia de los Intendentes en los asuntos municipales. Jujuy no fue una excepción a estas políticas. La ciudad se incorporaba a la nueva Intendencia de Salta de Tucumán con ciertas características ventajosas con respecto a sus vecinas. Allí tenían su sede desde fines del siglo XVII las oficinas de Real Hacienda y las Casas de Aduana. La centralización de la administración de la sisa por los intendentes terminó con uno de los principales recursos y privilegios de las ciudades, pero también con una de las mayores fuentes de corrupción del gobierno municipal. La relocalización de oficinas administrativas y su concentración en la capital de la Intendencia impactó particularmente en la ciudad de Jujuy. El traslado de las oficinas de la Real Hacienda a Salta significó una pérdida considerable para la ciudad de Jujuy no sólo desde un punto de vista político sino también social. Aunque los cargos de esta oficina raramente habían sido ocupados por miembros de la elite local, sus oficiales habían provisto muchos esposos para mujeres de prestigiosas familias locales a la par que conexiones con funcionarios reales para los miembros de esos linajes. Jujuy

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también experimentó pérdida de jurisdicción territorial a manos de la capital de la Intendencia. El primer intendente de Salta creó a mediados de la década de 1780 la Subdelegación de la Puna que comprendía los cuatro curatos de población casi totalmente indígena que desde el siglo XVII habían estado bajo la jurisdicción administrativa y fiscal de Jujuy y su Cabildo. Los Intendentes reorganizaron las milicias en la década de 1780 combinando el regimiento de Jujuy con los tres de Salta y poniendo todos ellos bajo su jurisdicción desde la capital. Contrariamente a la costumbre designaron a un vecino de Salta como comandante de los regimientos afectados a la defensa de la frontera de Chaco. A esta altura de los acontecimientos la principal preocupación de la elite de Jujuy era perder también los cargos políticos locales a manos de nativos de Salta o de funcionarios españoles designados por los Intendentes. Aunque dispuestos a acomodar los deseos de la elite jujeña en la designación de subdelegados de origen local, los Intendentes comenzaron a inmiscuirse activamente en asuntos propios de la ciudad que habían sido hasta entonces considerados esfera exclusiva del Cabildo. Uno de ellos fue el derecho del Cabildo a dictar y hacer cumplir “bandos de buen gobierno”. Dictados periódicamente, los bandos estaban destinados a regular el comportamiento público de los habitantes de la ciudad especialmente durante festividades. Desde 1767 la elite de Jujuy vivió una singular experiencia política en la que la tradición de la autonomía de la “república” mantenida durante dos siglos fue sistemáticamente recortada por las políticas centralizadoras instituidas por los Borbones. Los derechos de la elite urbana fueron exitosamente cercenados por las autoridades coloniales a medida que ampliaban su esfera de acción. La revolución de mayo de 1810 revivió la conciencia política de la elite de Jujuy que había estado latente de resentimiento por treinta años. En ese momento de confusión y novedad la elite urbana intentó recuperar sus viejos derechos y prerrogativas.

La hora del Cabildo (1811)
Desde los comienzos de la revolución varias ciudades intentaron aplicar la doctrina de la retroversión de la soberanía a los Pueblos (sostenida y difundida por la Junta de Buenos Aires) para revertir su condición subordinada con respecto a las capitales de Intendencia. Las más elaboradas e insistentes de estas presentaciones fueron las de la ciudad de Jujuy que, a lo largo de 1811 solicitó a la Junta en tres ocasiones recobrar su soberanía y terminar su subordinación a la capital de la Intendencia. En el torbellino de ideas de 1810 el Cabildo de Jujuy dio un paso más adelante en la afirmación de la soberanía de la ciudad. En su primer memorial a la Junta el Cabildo propuso como “nuevo sistema” una organización política en la que ciudades independientes se juraban “amistad, mutuo socorro y perpetua hermandad” entre sí, y una subordinación no demasiado bien definida al “Superior Gobierno”. Entre las ciudades y ese gobierno general no había ninguna instancia política intermedia. La afirmación de la “independencia” de la ciudad implicaba necesariamente la abolición de su subordinación a Salta. El Cabildo clamaba por la restauración de sus derechos y privilegios perdidos a manos de los intendentes. La concepción del gobierno de la ciudad era muy clara: el Cabildo era la institución absoluta de gobierno de la ciudad y su jurisdicción sin intervenciones ajenas. En 1811 la hora del Cabildo había llegado. Tal como los alcaldes y regidores de Jujuy concebían el orden político el Cabildo ocupaba el centro de la escena. No sólo debía ser la institución suprema de gobierno en la ciudad y su jurisdicción sino que entre él y el gobierno central no existía ningún organismo de supervisión o control. La ruptura revolucionaria proporcionó a los Cabildos la posibilidad de diseñar su venganza contra la intromisión de los odiados Intendentes; sin embargo, la ejecución de sus planes sería de mucha más difícil factura. En el caso de Jujuy, la provisionalidad de los regímenes políticos en la década de 1810 y el desarrollo de la guerra de independencia frustró en dos oportunidades la consecución de su autonomía. Sólo en 1834 Jujuy declaró su independencia definitiva de Salta. A mediados de la década de 1830 el Río de la Plata estaba organizado en una confederación de provincias independientes unidas por pactos y el centro de la escena era ocupado por gobernadores más o menos legítimos elegidos ya no por los Cabildos que habían sido suprimidos en casi todas las jurisdicciones sino por el “pueblo” o sus representantes, los legisladores. La hora de los Cabildos era ya cosa del pasado.

[Gustavo Paz, “La hora del Cabildo: Jujuy y su defensa de los derechos del “pueblo” en 1811”, en Fabián Herrero (Comp), Revolución, política e ideas en el Río de la Plata durante la década de 1810, Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2004, pp. 149-165.]

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