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Del temperamento a la personalidad. El temperamento hace referencia a un material inerte con el que podemos trabajar.

Es como una especie de cerámica que podemos ir moldeando con el tiempo. Tiene su origen en el término latino temperamentum, que nos indica una tarea por hacer. Implica de alguna manera “temperar” (temperare) o moderar, aquella “medida” (modus) o herencia que hemos recibido. Esta herencia, que proviene de nuestra naturaleza humana, posee una cierta peculiaridad e intensidad individual. Ya desde la concepción, la división celular comienza a generar un ser individual, que participa de los genes tanto paternos como maternos. Este ser particular evolucionará mostrando sus particulares afectos psíquicos y una estructura dominante de humor y motivación. Los médicos de la antigüedad como Hipócrates y Galeno, distinguían cuatro tipos de temperamentos, que al parecer estaban relacionados con los diferentes humores del cuerpo. Las estructuras de estos temperamentos humanos se dividían en sanguíneos, que se daban en las personas con un humor muy variable. Los melancólicos, que eran personas tristes y soñadoras. Los coléricos, que eran personas cuyo humor se caracterizaba por una voluntad fuerte y unos sentimientos impulsivos, en las que predominaba la bilis amarilla y blanca. Y por último los flemáticos, que eran personas lentas y apáticas, a veces con mucha sangre fría, en las cuales la flema era el componente predominante de los humores del cuerpo. Aún hoy en día, se sabe que el efecto de ciertas hormonas o componentes químicos, pueden afectar nuestro comportamiento de diversas maneras. Tanto un exceso como un defecto de alguna de estas sustancias, pede generar problemas en nuestra salud y afecciones psicológicas. Se suele sostener que existen ciertas características del temperamento, que se deben a procesos fisiológicos del sistema linfático o a la acción endocrina de ciertas hormonas. El temperamento tiene, por lo tanto, un alto porcentaje de componente genético, que heredamos de nuestros padres. Aunque no sólo nuestra herencia genética influye en nuestro temperamento, sino también nuestro contacto con la realidad que nos rodea. A medida que nuestro temperamento se va modelando, vamos adquiriendo las notas características de nuestra individualidad. A esta serie de notas propias del individuo las denominamos carácter. Este consiste en un conjunto de de reacciones y hábitos del comportamiento, que se van adquirido durante la vida y que le dan especificidad a nuestra particular forma de ser. Es entonces de vital importancia ir modelando nuestro carácter, para llegar a desarrollar una personalidad adulta y sana. Con el tiempo y con esfuerza, nuestro temperamento va modelando su carácter, para configurar la personalidad del individuo. La personalidad hace referencia a disposiciones permanentes, profundas y difícilmente modificables. Esta asociada con la noción de persona y con los hábitos que esta despliega. La mayor parte de los psicólogos sostienen que el carácter no se manifiesta de forma total y definitiva en la infancia, sino que pasa por distintas fases hasta alcanzar su completa expresión al final de la adolescencia. Por ello es de vital importancia ir forjando el carácter del niño, para que alcance la plenitud de la vida adulta. Cada uno es responsable de la formación de su propio carácter. Por ello tiene una gran importancia la vida ética y moral. Somos capaces tanto de construir como de destruir nuestra personalidad. Y esto hace que la educación, sea una herramienta fundamental en el desarrollo de la personalidad. La personalidad, manifiesta pautas de pensamiento, percepción y comportamientos relativamente estables y profundamente enraizados en cada sujeto. Está relacionada con nuestros hábitos y costumbres. La personalidad se suele designar aquello de único,

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singular e irrepetible que tiene cada individuo. Es decir, las características propias y particulares de cada uno. Nuestros pensamientos, emociones y comportamientos, por sí solos, no constituyen la plenitud de nuestra personalidad. Esta se manifiestas en cada uno de esos tres elementos. Conocer nuestra personalidad, nos ayuda a saber cómo actuaremos ante determinadas circunstancias y de qué somos capaces. Las distintas teorías psicológicas recalcan determinados aspectos concretos de la personalidad y discrepan unas de otras sobre cómo se organiza, se desarrolla y se manifiesta en el comportamiento. Una de las teorías más influyentes es el psicoanálisis, creado por Sigmund Freud, quien sostenía que los procesos del inconsciente dirigen gran parte del comportamiento de las personas. Otra corriente importante es la conductista, representada por psicólogos como el estadounidense B. F. Skinner, quien hace hincapié en el aprendizaje por condicionamiento, que considera el comportamiento humano principalmente determinado por sus consecuencias. Si un comportamiento determinado provoca algo positivo, se repetirá en el futuro. Por el contrario, si sus consecuencias son negativas hay castigo la probabilidad de repetirse será menor. De algún modo, la herencia y ambiente interactúan para formar la personalidad de cada sujeto. Desde los primeros años, los niños difieren ampliamente unos de otros, tanto por su herencia genética como por variables ambientales dependientes de las condiciones de su vida intrauterina y de su nacimiento. Entre las características de la personalidad que parecen determinadas por la herencia genética, están la inteligencia y el temperamento, así como la predisposición a sufrir algunos tipos de trastornos mentales o enfermedades. Entre las influencias ambientales, hay que tener en cuenta que no sólo es relevante el hecho en sí, sino también cuándo ocurre, ya que existen periodos críticos en el desarrollo de la personalidad en los que el individuo es más sensible a un tipo determinado de influencia ambiental. La mayoría de los expertos, cree que las experiencias de un niño en su entorno familiar son cruciales, especialmente la forma en que sean satisfechas sus necesidades básicas o el modelo de educación que se siga. Estos dos aspectos pueden dejar una huella duradera en la personalidad. Los trastornos de la personalidad suelen ser afecciones duraderas, que se pueden caracterizar por falta de flexibilidad o inadaptación al entorno, que ocasionan frecuentes problemas laborales y sociales. Hay muchos tipos de trastornos de la personalidad: la paranoide, por ejemplo, es característicamente suspicaz y desconfiada; la histriónica tiene un comportamiento y una expresión teatrales y manipuladores hacia los que conviven con ellos; la personalidad narcisista tiende a darse una gran importancia y necesita de una constante atención y admiración por parte de los demás; por último, las personalidades antisociales se caracterizan por su escasa conciencia moral, violando los derechos ajenos y las normas sociales, incluso sin beneficio para ellos mismos. Todo esto nos lleva a comprender que hay una especie de diamante en bruto, que Dios ha colocado en nosotros. Hay una enorme riqueza por desarrollar en nuestra esencia individual. Para los cristianos estas capacidades son denominadas talentos. Es decir, que cada uno ha recibido una especie de moneda de gran valor, que no debe ocultar, sino hacer rendir fruto. La “parábola de los talentos” no sólo representa las pertenencias materiales, sino más bien las condiciones espirituales que Dios ha colado en nuestra personalidad. Hay una infinita variedad de talentos, como cantidad de personas existen. Estas particulares cualidades, nos hacen participar de la gloria de Dios. A nosotros corresponde, saber negociar con los escasos dones que Dios nos dio, para lograr dar mucho fruto. Cada uno debe producir al máximo según lo que ha recibido. Por eso, en la parábola se felicita al que ha ganado dos talentos, porque ha obtenido

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frutos en proporción a lo que tenía. Es decir, que no a todos se nos va a pedir de la misma manera. Quien recibió más, está obligado a rendir más. Su señor no le exige como al primero, ya que esperaba de él otro rendimiento. Cada uno de nosotros debe rendir de acuerdo a sus posibilidades, administrando de manera eficiente lo que ha recibido. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de personas enfermas, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad. Pero puede darse el caso del tercer siervo del evangelio, que no produjo nada con su talento. A Cristo le duele enormemente esa actitud. El don de la vida que hemos recibido, nos llama a todos a hacer el bien, por más pequeño que sea. Por ello el miedo que nos paraliza y no nos permite actuar, tiene terribles efectos sobre la personalidad. A esta especie de abandono y rechazo del crecimiento espiritual se lo denomina “acidia”. Este pecado capital, reconocido más comúnmente como pereza, nos impide desarrollar nuestra personalidad en la interacción con el medio y en el encuentro con el prójimo. Se trata de un pecado de omisión, que también daña al corazón de Cristo, porque es una manifestación de dejadez, de falta de interés y de desprecio a quien nos ha regalado el talento. Sería entonces importante, analizar cada uno de los aspectos de nuestra vida para preguntarnos: ¿Qué hemos hecho con nuestros talentos? ¿Todos nuestros dones han dado fruto? ¿Aún tenemos alguna deuda con quien nos regaló tanta riqueza? Esperemos que nuestra respuesta pueda ser positiva, como la de aquel servidor fiel, que hizo rendir sus talentos de manera abundante. Horacio Hernández. http://horaciohernandez.blogspot.com/

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