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ANDREA MUÑOZ

LA CHILENA
INDOCUMENTADA
QUE DESAFIÓ
A OBAMA
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Daniela Bravo llegó a EE.UU.
en 2000 para reencontrarse con
su padre, pero terminó como
ilegal. Hoy, tras el anuncio
de Obama a favor de los
estudiantes indocumentados,
no podrá ser deportada. Es el
primer triunfo de una larga
lucha que relata a “Sábado”.
POR ANDREA MUÑOZ, DESDE BOSTON

ay palabras que a Daniela le
dan risa.
“Por ejemplo, la palabra
peloláis, ¿qué es eso? Es tan,
tan…”
Se queda pensando, buscando cómo decirlo.
“Tan unique”, dice al final.
Vamos en un tren subterráneo en dirección al sur de Boston. Daniela se apoya
contra el vagón y sonríe: “Es tan chileno
esta cosa de hablar mal”. Lo dice como
si fuera una cosa linda. Linda porque sí,
como las marraquetas o los completos o el
dulce de alcayota.
“Me gusta ocupar palabras chilenas, me hace
sentir bien. Son palabras mías”, dice.
Daniela se siente chilena. Se siente tan chilena como americana –y dice americana, y
no gringa–. Ha pasado la mitad de su vida acá
y la mitad allá: 12 años en Boston, y 12 en Villa Alemana. A Villa Alemana, en la práctica,
no puede volver, porque no podría regresar
a Estados Unidos. Pero en Boston, según la
ley, tampoco puede estar. La palabra técnica,
la que aparece en los formularios, la describe
como una illegal alien.
Alien: un otro, un extranjero, un extraño.
“Alien, como si fuera un extraterrestre,
como si viniera de otro mundo”, dice Daniela. “O illegal, como si fuera un crimen. Pero
un crimen de qué”.

Daniela Bravo está tan convencida
de que su vida no es un crimen, que hace un
par de semanas apareció en la portada de la
revista Time, una de las de mayor circulación en
Estados Unidos. No sólo se tomó una foto junto
a otros 35 inmigrantes indocumentados, sino
que también dijo su nombre y apellido.
Días después, el Presidente Barak Obama
anunció que le daría una tregua de dos años a
los estudiantes indocumentados menores de 30
años que hubiesen llegado a Estados Unidos
siendo niños, y que cumplieran con ciertos requisitos, como no haber salido del país durante
los últimos cinco años y tener un expediente
criminal limpio. Los beneficiarios –800 mil, según el gobierno, pero casi un millón y medio
según otros estudios– no podrán ser deportados
y tendrán derecho a un número de seguridad
social, renovable cada dos años, lo que les permitirá obtener permisos de trabajos y licencias
de manejar.
“Lo de Obama fue un movimiento político,
totalmente, y justo a tiempo, porque las elecciones son ahora en noviembre”, dice Daniela.
Pero el gesto de Obama también constituye
el desarrollo de un concepto que surgió en Estados Unidos en el año 1982, cuando la Corte
Suprema estableció que los hijos de inmigrantes indocumentados tenían el mismo derecho
que los ciudadanos estadounidenses de acceder
a la educación pública. La lógica detrás de la
resolución es que quienes llegaron a Estados

La revista Time publicó un
artículo con las historias de 36
indocumentados en Estados
Unidos. Entre ellos, la chilena
Daniela Bravo. El reportaje
–“Somos norteamericanos, sólo
que ilegales”– aparece cuando la
inmigración se ha transformado
en un tema de la campaña para
las presidenciales de noviembre.

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FOTOS: GENTILEZA DANIELA BRAVO

Arriba, Daniela Bravo contando
su historia durante una
protesta de inmigrantes. Abajo,
frente al Massachusetts State
House, en una manifestación
en pro de los derechos para
estudiantes indocumentados.

Unidos siendo niños no tienen la culpa de no
tener papeles. A estos niños, después de todo,
los trajeron sus papás.
Pero el derecho a la educación languidece
una vez que terminan el high school. Si bien en
Estados Unidos no existe ninguna ley federal
que les prohíba a los indocumentados asistir a
la universidad, en la práctica existen varios obstáculos. En la mayor parte del país, no tienen
derecho a recibir ayuda financiera. Tampoco
pueden acceder a las tarifas rebajadas que se
les ofrecen a los alumnos que van a la universidad en el mismo estado donde se graduaron
del colegio.
Por eso hay tan pocos que terminan estudiando. Al año 2007, apenas un 10 por ciento de
indocumentados hombres y un 16 por ciento de
las mujeres estudiaban en el college. Daniela Bravo es parte de esa excepción: estudia Antropología en la Universidad Massachusetts Boston.
Para eso trabaja de lunes a viernes de cajera.
Por tomar dos cursos, paga seis mil dólares: el
doble de lo que pagaría si tuviera papeles.
Hasta hace apenas unas semanas, los incentivos para matricularse en la universidad no eran
muchos; menos todavía para graduarse. Porque
sin tener permiso de trabajo, los indocumentados estaban relegados a la economía del cash. De
ahí que las posibilidades de desempeñarse en su
profesión fueran mínimas. A un ingeniero, un
antropólogo o un médico, no se le suele pagar
en efectivo.
Pero las cosas están a punto de cambiar. Tras
el anuncio de Obama, Daniela, junto a otros
dreamers –como se conoce a quienes llegaron al
país siendo niños y que hoy son jóvenes con estudios pero sin papeles–, tendrán la posibilidad
de trabajar de manera legal.
Eso, de todos modos, no los convertirá en
ciudadanos.
El tren avanza, pero se siente como si no
llegara nunca. Daniela y yo seguimos de pie,
apoyándonos contra el vagón.

“En Time”, dice, “yo quise demostrar

que no tengo miedo, que ya basta”.
Le pregunto si no se puso nerviosa, y me contesta que no. Su mamá sí.
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“Nos peleamos. Mi mamá se enojó mucho.
Me dijo: ‘Daniela, nos van a venir a buscar a
la casa’. Yo le dije: ‘Mamá, con estas protestas
estamos protegidas. Quedarían muy mal si cogen a personas que no son criminales. Yo no soy
criminal y tú tampoco’”.
Unas horas antes de que montáramos en el
tren por el que ahora cruzamos la ciudad, caminamos cuesta arriba por el parque más antiguo
de Boston, en dirección a la Casa del Estado de
Massachusetts. Daniela es parte del Movimiento
de Estudiantes Inmigrantes (SIM son las siglas
en inglés), una organización que lucha porque
los extranjeros tengan las mismas oportunidades
de acceder a la educación superior. Frente a este
edificio de columnas blancas y un domo enorme, se juntan y organizan protestas, también
vigilias, donde pasan varios días durmiendo en
las escaleras.
“Hemos logrado parar deportaciones de
amigos nuestros, y eso sólo a través de nuestras
historias, diciendo que nosotros somos inmigrantes, que no hemos hecho ningún crimen.
Entonces eso para mí es muy poderoso”, dice
mientras mira el edificio.
Cuesta mantener la vista fija. El enorme
domo dorado arde bajo el sol de verano.
A veces pasan malos ratos, me cuenta Daniela. Como cuando vino ese auto que se dedicó a
dar vueltas en círculos. “Ilegales, váyanse a su
casa”, les decía el conductor.
–Eso demuestra la ignorancia.
–¿Pero tú qué le dirías?
–Que mire los datos y después opine.
El prejuicio más común contra los inmigrantes ilegales es que le cuestan al sistema más
dinero del que contribuyen. Es prácticamente
imposible obtener una respuesta concluyente,
pero varios datos parecen sugerir lo contrario.
Los indocumentados sí pagan impuestos: a la
venta, a la renta, e incluso contribuyen a la seguridad social. Associated Press ha citado estimaciones que afirman que aportan alrededor de
nueve billones de dólares anuales a esta última
agencia. Respecto al uso de servicios sociales,
estudios realizados en California, donde existe
la mayor cantidad de indocumentados, indican
que utilizan menos servicios de salud que el cali19

Marcha frente al Capitol Hill,
en Washington DC. Daniela
Bravo llegó en 2000 a EE.UU.
y estudia Antropología en
Boston. Pertenece a los 11,5
millones de ilegales que viven
en ese país.

forniano promedio, y cuando los utilizan, suelen
depender menos de fondos públicos.
“Entonces eso es lo que quiero demostrar con
esa foto (en la portada de Time): que ya no tengo
miedo”, dice Daniela.

FOTOS: GENTILEZA DANIELA BRAVO

No siempre vio las cosas así.

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“Al principio, yo pensaba que no tenía que
decírselo a nadie, que nadie se podía enterar,
que si alguien se enteraba iban a deportar a mi
familia”, cuenta.
Se vino a Estados Unidos cuando tenía 12
años. Venía con su hermana y su mamá, y con
una visa de turista, aunque todos sabían que
se venían a quedar. El plan era postular a una
green card desde aquí, igual como había hecho su
papá, quien había emigrado 10 años antes.
Pero al año siguiente que llegaron se cayeron
las Torres Gemelas. Estados Unidos endureció
sus políticas migratorias y los planes de los Bravo se fueron por tierra.
La vida, para Daniela, se volvió confusa. “Yo
como que junté las dos cosas: ser indocumentada implicaba negar de donde yo venía. No
negarlo necesariamente, pero esconderlo”.
–¿En qué cosas lo veías?
–Yo buscaba amigos americanos, trataba de
no juntarme con la gente latina y si tenía amigos
latinos les hablaba todo en inglés. No quería
que nadie me escuchara hablando español. No
quería tener acento, que nadie supiera que era
de otro país.
–¿Qué te decían tus papás?
–Es que cuando estaba en mi casa yo era chilena, siempre. Pero apenas salía, me convertía
en americana.
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Cuando salió la revista,
mi mamá entendió el
poder de la juventud,
que se pueden hacer
cosas.Al final, ella se
sintió súper orgullosa.

Las cosas empeoraron cuando comenzó a
ver que sus compañeros postulaban a la universidad. Tratando de buscar una solución, se
acercó al consejero académico de su colegio y
le contó que no tenía papeles. “Me dijeron que
no sabían cómo ayudarme, que lo mejor que
podía hacer era volverme a mi país”, recuerda
Daniela. El consejero estaba equivocado, pero a
Daniela le tomó años darse cuenta de eso.
Se graduó del colegio. En Estados Unidos se
acostumbra a anunciar los planes de cada alumno mientras caminan a recoger su diploma.
“Cuando me tocó a mí, no dijeron nada”,
dice.
Daniela dice que pasó años pensando en ir
a la universidad, pero que por falta de información parecía imposible. Tomó clases en un
instituto de estudios superiores, trabajó de cajera
o atendiendo mesas, ahorró por si se le abrían
las puertas para seguir estudiando. Su papá había muerto el mismo año en que ella terminó
el colegio. Era el único de la familia que tenía

permiso de trabajo.
Ya habían pasado tres años y estaba cansada
y triste. Se acercó a conversar con una trabajadora social. La mujer la contactó con el Movimiento de Estudiantes Inmigrantes.
A Daniela le dio confianza. El líder del movimiento era chileno.
“Le empecé a contar mi historia a mis amigos
aquí en la organización y así fui perdiendo el
miedo”.
Al mes de involucrarse con el movimiento,
uno de los organizadores le preguntó si quería
dar su testimonio durante un evento que estaban organizando para el día del inmigrante.
Daniela dijo que sí.
“Deben haber habido unas 30 personas: latinos, pero también americanos, todos desconocidos. Me paré y dije: ‘Mi nombres es Daniela
Bravo, soy indocumentada y ésta es mi historia’.
Les conté de dónde venía, que a mí me habían
traído de Chile, que yo lo único que quería era
estudiar. La gente después me aplaudía, me decía que era muy valiente”.
En la organización, dice Daniela, se dieron cuenta de que la suya era una historia
poderosa.
“Cuando vi la reacción de la gente, comencé
a preguntarme qué más podíamos lograr”.
Al año, Daniela comenzaba sus estudios de
Antropología.

Nos bajamos del metro y luego nos

subimos a un bus que nos conducirá a su universidad. El campus está situado a los pies de la
bahía de Massachusetts. En el agua se ven veleros y kayaks. “Es un lugar pacífico. En el verano,
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como no tengo clases, me entra la nostalgia”.
Daniela se ve entusiasmada. Entramos al lobby y me muestra una serie de banderas que
cuelgan por el interior del edificio. “Aquí está
lleno de estudiantes extranjeros”, dice. Apunta
la bandera de Uruguay, la de Italia. “No está la
chilena. Tengo que hacer algo por eso”, dice.
Se da una media vuelta, recorriendo con la
vista los edificios de ladrillo marrón que nos
rodean.
“¿Te fijas? En esta universidad no hay dorms
(habitaciones para estudiantes dentro del campus), y eso me gusta, es como estilo chileno”.
Daniela vive con su mamá. A veces, dice, le
dan ganas de irse a vivir sola, cuando escucha a
sus amigos hablando de sus roomates.
“Pero con mi mamá somos dos no más, y nos
apoyamos”.
Me cuenta que ya hicieron las paces por lo
de las fotos. “Se relajó cuando vio que salía con
otras 35 personas. Y cuando supo lo de Obama
se puso súper orgullosa”.

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Yo en este minuto no le
aconsejaría a nadie que
se viniera sin papeles.
Que lo hagan de la
manera correcta.

Ninguna de las dos obtendrá la ciudadanía en el futuro cercano: tras los anuncios
de Obama, Daniela quedará en un limbo
entre la legalidad y la ilegalidad: seguirá
sin papeles, pero no la deportarán y podrá
postular a un número de seguridad social
para trabajar legalmente. Pero su madre no
tendrá posibilidad de acogerse a ninguno
de los beneficios.
Al final, mirando para atrás, a Daniela le pa-

rece que las cosas han resultado bien.
“Lo bueno de no entrar a la universidad inmediatamente fue que me dio tiempo de pensar
bien lo que yo quería hacer. Si me hubiera quedado en Chile no creo que estaría estudiando
esto. Por eso me siento bien con todo lo que
pasó, todos estos obstáculos, porque ahora yo
me siento bien con quien soy”.
Le pregunto si le recomendaría a alguien venir a Estados Unidos sin papeles.
“Yo en este minuto no se lo aconsejaría a nadie. Que lo hagan de la manera correcta. Aunque muchas veces no es posible, eso yo también
lo entiendo”.
–¿Lo has conversado con tu mamá?
–Sí, yo he tenido rabia. Le he preguntado por
qué me trajiste, pero para ella no era una opción. Era quedarnos en Chile y perder contacto
con mi papá o venirnos acá y tener la posibilidad de tener algo mejor, buscando el American
dream. Entonces ella decidió eso. Pero creo ha
resultado un poquito”, dice. Y se ríe.