VIDA Y MUERTE DE LA REPÚBLICA VERDADERA

Tulio Halperín Donghi
Hacia la República Verdadera
En 1910, una fracción de la clase política, que contaba con el apoyo decisivo del presidente Figueroa
Alcorta, decidió que se había hecho impostergable dar por cerrada la etapa bajo cuyo signo se habían puesto
no sólo las bases materiales, sino que se quería creer que también las sociales y culturales para la República
auténticamente democrática y representativa, que había llego por fin la hora de instaurar en tierras
argentinas.
Cuando, recapitulando los festejos del centenario de 1910, el presidente Roque Sáenz Peña convocó
a sus ciudadanos a afrontar el momento culminante de la ruta trazada para la Argentina en 1853, el telón de
fondo para su gran gesto era aun el ofrecido por esa civilización en triunfal avance. La reforma estaba
destinada a integrar plenamente a la Argentina en el mundo de 1910, y es preciso tenerlo presente para
entender mejor el sentido de las discusiones parlamentarias que –más que fijarle un rumbo ya prefijado por
la voluntad presidencial- dieron voz a las reacciones por ella suscitadas dentro de la clase política de la
República posible.
La convicción de que había llegado el momento de abordar la transición de la República posible a la
República verdadera, que en 1910 puso a la Argentina en el camino de la reforma electoral, debía menos a la
confianza en que la monarquía con máscara republicana que según Alberdi debía presidir a la creación de
una sociedad capaz de dotar de autenticidad a las instituciones republicanas que hasta entonces había tenido
vigencia sólo formal había ya cumplido su cometido, que a la constatación de que el paso del tiempo había
reducido al Estado que había sido promotor y protagonista de la creación de un país nuevo a una sombra de
sí mismo, ya apenas capaz de asumir tareas más ambiciosas que las de administración cotidiana del poder y
del tesoro.
Juan Álvarez (un escritor e historiador argentino de esa época) no sólo dudaba en efecto de que los
avances de la instrucción hubiesen preparado a la ciudadanía para ejercer las funciones asignadas a ella en
una democracia representativa, sino un pesimismo aun más radical le hacía temer que las masas a las que la
reforma electoral convocaba a gobernar hubiesen sido arrebatadas a cualquier sentimiento de solidaridad
nacional por doctrinas revolucionarias que hallaban más relevantes a lo que les enseñaban sus propias
experiencias en la sociedad argentina.
Si bajo la República posible el Estado había crecido en recíproco aislamiento con una sociedad
de la que había terminado por ser el parásito más bien que el instrumento político, la República
verdadera debía reemplazar esa opacidad por una plena transparencia.
La reforma electoral tenía un protagonista designado de antemano; era el sucesor al que Figueroa
Alcorta había asignado a ese papel. Roque Sáenz Peña era dentro de la clase política argentina una figura
menos marginal pero más excéntrica que su gran elector.
Resignado de antemano a que fuesen otros quienes afrontaran ese desafío, el futuro presidente se
reservaba tan solo (y no era poco) el influjo indirecto que sobre las modalidades de esa necesaria
metamorfosis de las fuerzas oficialistas habían de ejercer las del régimen electoral introducido por la
reforma.
La reforma buscaba satisfacer dos objetivos centrales. Se proponía ante todo de asegurar la verdad
electoral, comenzando por la del padrón de electores. El secreto del voto (que estaba lejos todavía de ser
universalmente reconocido como necesario para asegurar la libertad de decisión del sufragante). La reforma
de Maura ofreció también el modelo para la introducción de la lista incompleta en las elecciones de
diputados y de electores de presidente y vice, que iba a ser la innovación más discutida de la entera reforma
electoral.
Mientras sus adversarios le achacaban una muy dudosa constitucionalidad, para sus defensores, su
mérito principal era precisamente el de hacer compatible la representación de minorías con la norma de
constitucionalidad que establecía la elección de diputados “a simple pluralidad de sufragios”, que excluía en
cambio inequívocamente la representación proporcional. Pero lo que hacía la controversia inevitable era que
precisamente a través de la implantación de la lista incompleta la reforma buscaba ir más allá de
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el socialismo tardará sólo dos años en constituirse en partido mayoritario en el distrito capitalino. En lo que se refiere a la relación entre Estado y sociedad. era impensable en efecto que las fuerzas que controlaban las situaciones provinciales no supieran traducir sus vastos recursos en convincentes victorias electorales. sino por el vice Victorino de la Plaza. y estas encontraban a la vez eco más allá de la clase política. ya enfermo de muerte. La República verdadera. que se abstuvo por lealtad a quien lo había hecho su compañero de fórmula de poner trabas a una reforma que no despertaba en él entusiasmo alguno. que por su parte ha salido allí victorioso en las elecciones de abril de 1912. Existía otro camino para la purificación política: la disolución de la alianza cómplice entre gobierno y partidos. Bajo el reino de la lista incompleta. que no podrían encontrar modo de perfilarse como tales sino mediante precisas definiciones ideológicas y programáticas. En 1914 el mensaje presidencial no será pronunciado por Sáenz Peña. De la Plaza. juzgaba urgente que los alineamientos políticos de la República posible superasen una debilidad que lo alarmaba: el objetivo por el cual los convocaba debía ser la reconstrucción de los partidos tradicionales en los que veía casi la corporización de esencias políticas intemporales. y como tales elementos insustituibles de la constitución política real de la Argentina.asegurar la verdad del sufragio:aspiraba en efecto a favorecer a una transformación de la estructura de fuerzas políticas que necesariamente debía despertar la reacción de las que habían prosperado en el marco que buscaba reemplazar. como por ejemplo en las revistas culturales (“Nosotros”) que impulsaban a la gente a votar en forma secreta. Quienes dominaban aún los poderes del Estado confiaban en que un sistema político esencialmente oligárquico sería vigorizado y no aniquilado por la instauración de una auténtica democracia de sufragio universal. En ésta esas alianzas que no eran sino complicadas renacían en la que ligaban a los gobiernos con que no eran más que facciones. Tanto la experiencia colonial como la posrevolución habían preparado muy mal a las elites para el papel que hubieran debido desempeñar en la era constitucional. yendo más allá de suplir supuestamente probada incapacidad de ésta para darse un rumbo válido. que a partir de entonces disputará con suerte variable al radicalismo. Algunos políticos planteaban distintas soluciones a este problema. debía imponerle las pautas propias de la civilización europea y moderna. Pero no sólo confiaban en ello. cuyos integrantes lo eran a la vez de los muy variados grupos que 2 . El espacio conquistado por los “partidos nuevos” no iba a sobrepasar el tercio que la ley concedía a las minorías. al volver a colocar en el centro del conflicto político el debate en torno al uso del poder del Estado para incidir en el rumbo de una sociedad en rápida transformación. Y en opinión de González (político. cumpliría el milagro de instaurar esa plena transparencia entre Estado y sociedad que debía ser el fruto más preciado de la reforma. como la circunscripción uninominal (que eliminaría la distancia entre el elector y el elegido). en las que el secreto del sufragio se reveló un remedio tan eficaz contra la compra de votos que arrasó para siempre la fortaleza electoral del senador Villanueva. y su tono será ya muy distinto. La unción asignada a esos partidos nuevos era la de introducir en la vida política y parlamentaria la dimensión ideológica y programática que obligaría a las fuerzas mayoritarias a convertirse por fin el “partido orgánico y doctrinario” que estaba en los votos del presidente Sáenz Peña. bajo la égida de la República posible aquél. Los promotores de la reforma deberán así implementarla pese a que se hace cada vez más claro que sus consecuencias serán muy distintas de las que ellos habían previsto como probables. estaban además convencidos de que la integración en un gran partido de ideas de las máquinas políticas que al presente sólo servían a quienes las administraban. La lista incompleta requería la organización de auténticos partidos. pronto destinado a reemplazarlo definitivamente. Diversas previsiones predominaban tanto entre quienes promovían la reforma como entre quienes desde el Congreso le otorgaban su asentimiento. al instaurar un gobierno representativo de la ciudadanía. legislador e historiador) la lista incompleta ofrece el marco más adecuado para su perpetuación en cuanto permite a la facción dueña de los recursos del gobierno imponer a las menos favorecidas los términos bajo los cuales les permitía participar en el boletín electoral.

3 . a través del cual la política de intereses se trasmutaba en política de ideas. constituido en torno a exigencias colectivas surgidas en el seno mismo de la sociedad a la que aspiraba representar políticamente (Rosario). La “Liga del Sur”. que junto con el radicalismo y el socialismo integraba la tríada de “partidos nuevos” de cuyo influjo tanto esperaban los autores de la reforma electoral. suponía en los hechos de un nuevo modo de articulación entre Estado y sociedad.convivían en una sociedad compleja y diferenciada. y capaz a la vez de traducir esas exigencias a un preciso programa. La Liga era en efecto un partido de nuevo tipo.