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INTRODUCCIÓN

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n este trabajo intentaré reflexionar sobre algunos aspectos del
símbolo, ese signo tan rico en significado; sobre todo, examinaré
las condiciones de posibilidad de su interpretación. Se conectarán,
pues, la hermenéutica y la simbolicidad, la interpretación y el texto
simbólico; también se verán dos características del símbolo, a saber, su analogicidad y su iconocidad, las cuales determinan que su
interpretación exija una hermenéutica analógica e icónica, esto es,
que respete y sea capaz de alcanzar esas dimensiones del símbolo.
Una teoría muy extendida del signo le atribuye dos funciones:
el sentido y la referencia. Dar a conocer algún contenido conceptual y/o emocional, que es el sentido; y señalar algún objeto o
hecho, en lo cual consiste la referencia. Asimismo, muchos filósofos han insistido en que el símbolo es el más cargado de sentido:
refleja el sentido de la realidad (para algunos, incluso, confiere
sentido a la realidad). En cambio, lo más cargado de referencia es
el nombre propio, el menos dotado de sentido, y cuya única función, en el extremo opuesto del símbolo, es referirse a su portador.
(También se ha adjudicado a los nombres propios, como sentido,
las descripciones en las que pueden ser glosados, como “Sócrates” = “El hijo de Sofronisco”, pero sigue siendo muy escaso el
sentido). En esta función referencial, se ha llegado a decir que los
enunciados (o proposiciones o juicios) no son otra cosa que nombres de los hechos. De este modo, lo más descriptivo es lo más
referencial, a diferencia de lo más connotativo, que es lo simbólico: el mito, la poesía, etc., ya que lo simbólico se toca, desde lo
conceptual, con lo afectivo. Es como la contraposición que hacía
Nietzsche entre hechos e interpretaciones, los hechos más del
lado referencial y las interpretaciones más del lado del sentido.
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Y parece acercarse a lo que Heidegger distinguía como lo óntico y
lo ontológico, con la diferencia ontológica entre ente y ser, pues
de quien preguntaba el sentido era del ser, y al ente parecía asignarle solamente una opaca referencia.
Estos son los dos polos del sentido y la referencia, ocupados
por el símbolo y el ente. Pero, ¿qué pasaría si juntamos los dos, de
modo que el ente sea un símbolo, así como el símbolo es un ente?
¿Qué pasaría si intentáramos hacer una simbología ontológica o
una ontología simbólica? La simbología ontológica tiene ya su
correspondiente en la hermenéutica ontológica de Gadamer, lo
cual me da consuelo y esperanza, para continuar en este camino.
Ya él se dedicó a buscar lo ontológico en lo mismo hermenéutico, en lo mismo simbólico. Una ontología simbólica tiene algo de
parecido, también, con la ontología hermenéutica de Vattimo, la
cual tiene como mensaje señalar que la ontología posee una carga
hermenéutica, que es la del nihilismo nietzscheano, la cual evita
que la ontología sea fuerte, dura, o prepotente. Con ello abandona
las pretensiones de predominio que tuvo en la modernidad.
Una ontología simbólica tendrá algo de ambas cosas. Por la
parte de la ontología, la búsqueda de la referencia, la investigación
de la referencia última de la realidad. Sus componentes, elementos y principios más básicos, serán referenciales, como la substancia, los accidentes, las causas, etc. Pero, por el lado de la simbólica,
tendrá una tensión hacia el sentido, para evitar que la ontología
sea tan seca, escueta, concreta y deprimente (pues así describen
su percepción de la realidad los que padecen una depresión severa). Hay que fortalecer el polo del sentido, del sentido del ser,
como quiso Heidegger, aunque no lo alcanzó, y algunos, como
Stanley Rosen, lo atribuyen a que era inalcanzable, por ser más
una pregunta teológica que filosófica, la del sentido del ser. ¿Será
esto así? ¿Está vedada la pregunta por el sentido del ser a la filosofía, y reservada a la teología? Lo malo es que la ontología últimamente ha decaído por no haber dado mucho de sentido, por
no haber resultado significativa para el hombre de hoy. Era más
apreciada por la ciencia, por los científicos, que por los seres humanos sin más. Por eso conviene revitalizarla, encontrando algo
al menos del sentido que puede ofrecer a los hombres acerca de la
realidad, acerca de la vida, acerca de ellos mismos. Sólo así podrá

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darse un despertar, un regreso o un renacer de la ontología, un
verdadero giro ontológico.
Para colaborar a ese renacimiento, en este trabajo he querido
hacer algunas aproximaciones. En primer lugar, trato de precisar
lo más posible qué entiendo por “símbolo” y también intento esclarecer sus relaciones con la analogía y la iconicidad. Tal se ve
en el segundo capítulo, después de esta introducción. El símbolo
es el signo más rico en significado, pues siempre tiene más de un
sentido (el aparente) y nos remite a su sentido oculto. Además, el
símbolo está cargado de afecto, es un signo que vincula, que une.
En el tercer capítulo, me dedico a establecer las conexiones
principales de la hermenéutica con el símbolo. Algunos piensan
que el símbolo se puede interpretar tan a fondo, que casi es dado
traducirlo al lenguaje de la filosofía y hasta de la ciencia; otros,
en cambio, consideran que el símbolo no se puede interpretar,
que sólo se puede vivir; por eso me esfuerzo por encontrar una
tercera vía, que sería la propiamente analógica, que evite el univocismo de los que traducen el símbolo y el equivocismo de quienes
lo dejan en el misterio irreductible.
Por otra parte, el símbolo, además de su carácter analógico,
tiene un componente icónico. Es decir, el símbolo no es sólo el
signo más rico, porque siempre tiene múltiples significados, también es un signo que manifiesta una semejanza con lo significado,
por eso era llamado “signo imagen”, es decir, contiene algo icónico. Por ello debe tratarse de una hermenéutica analógico-icónica.
Este tipo de hermenéutica —expuesta en el capítulo cuarto— será
capaz de respetar la analogicidad del símbolo y, sobre todo, de llegar a su intimidad icónica, como lo veremos en el capítulo quinto.
Inclusive, esta hermenéutica nos abrirá un nuevo acceso al
símbolo, más enriquecido, a pesar de que la interpretación del
mismo nunca es completa, jamás puede ser exhaustiva, que es lo
que nos presentará el sexto capítulo. Asimismo, un elemento muy
propio de la hermenéutica es la frónesis, como se ha esforzado
por mostrarlo Gadamer; por ello dedico un capítulo —el séptimo— a examinar cómo interviene la frónesis en la interpretación
del texto simbólico.
De aquí resulta no sólo una hermenéutica analógica, sino
también una racionalidad analógica. Es una racionalidad analó-

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gico-simbólica, porque el símbolo es lo más propiamente analógico. Esta racionalidad no tiene las pretensiones de univocidad
de la razón moderna, pero tampoco el desencanto equivocista de
la razón que se viene viviendo en esta época de posmodernidad;
por eso la racionalidad analógica se presenta como una respuesta
a la posmodernidad, como una racionalidad distinta. Esto será
expuesto en el capítulo octavo. En el noveno se tratará de contemplar los efectos de esta racionalidad analógico-simbólica en
el ser humano, dándonos una razón analógica y simbólica que
no renuncie al lado del hombre en que se dan el mito, el rito y la
poesía.
En el capítulo décimo se juntarán los elementos que hemos
analizado, de un modo sintético, en la interpretación del símbolo,
que tiene que ser analógica e icónica: nos conducirá a una hermenéutica analógico-icónica del símbolo, que sea capaz de aprehender la dimensión analógica del símbolo, por la que este tipo
de signo ha de mantener cierta relación de semejanza (no simple
ni directa) con su significado; y la dimensión icónica del mismo,
por la que es un signo-imagen, que nos acerca como el que más
a lo que significa. Y vendrá después un capítulo conclusivo, en el
que la conclusión principal será que esta razón analógico-simbólica nos podrá conducir a un renacimiento de la ontología, una
ontología atenta al símbolo, con lo cual simbología y ontología
quedarán conectadas.
El libro se cerrará con una bibliografía que se pretende no
exhaustiva, pero sí útil. En ella se da la lista de obras citadas, que
son, asimismo, las que se recomiendan para el estudio de los aspectos del símbolo que han sido tratados en los capítulos de esta obra.
Deseo anticipar un resurgir de la ontología, después de tanto
tiempo en que ha sido lacerada por muchos pensadores de la posmodernidad. Seguramente no una ontología que tenga las pretensiones de los pensadores modernos, tan altivos y prepotentes
en sus planteamientos ontológicos. Pero tampoco esa ontología
demasiado “débil”, a veces sumamente light, como suele ser casi
todo el pensamiento reciente, sino una ontología al mismo tiempo debilitada en sus pretensiones de fundamentación absoluta
y rescatada de su postración actual, es decir, será una ontología
suficiente, para brindarnos un apoyo analógico, un fundamento

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simbólico (al que se refería Kant en la Crítica del juicio) y una
posibilidad de aprehender al ser, que se nos ha diluido demasiado
en el tiempo; ser y devenir, ser y tiempo, pero ahora concordados
y recuperados al unísono y sin que uno destruya al otro.