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Sobre la problemática de las caídas en ancianos, la vejez, y su enfoque

psicoanalítico

“La casualidad no es, ni puede ser más que una causa ignorada de un efecto
desconocido”

Voltaire

El disparador de este trabajo parte del dato de que las caídas constituyen la primer causa
de muerte accidental en adultos mayores de 65 años, y que las fracturas de cadera en
ancianos que hasta hace unos años se consideraban patológicas, hoy se sabe que el 88%
son debidas a caídas, el 9% a otro tipo de accidentes y tan sólo el 3% se consideran
patológicas.
Esto me resulta relevante y me invita a preguntarme el porque de la frecuencia de este
tipo de accidentes y no otros, como también porqué en esta etapa de la vida en
particular.

Creo que todos estamos de acuerdo en que la mejor estrategia sería poder prevenir este
tipo de accidentes, yo lo pienso además, desde el contexto de nuestro país en donde la
población de adultos mayores es considerablemente relevante en cantidad, Uruguay
cuenta con la población más envejecida de Latinoamérica y ese número tiende a crecer.
Ahora, lo que llama mi atención es que la información que más abunda en torno a esta
temática consiste básicamente en adecuar el medio a la invalidez y fragilidad de los
ancianos y que al momento de enumerar las causas la mayoría de los aportes coinciden
básicamente en la predisposición del anciano a caer (por disminución en la capacidad
visual, deterioro del aparato locomotor, enfermedades, uso de psicofármacos) como
factor intrínseco, y en las características del entorno (suelos irregulares y deslizantes,
pavimentos defectuosos, iluminación incorrecta, en fin, inadecuación del medio) como
motivos extrínsecos.
Lo que creo yo que se esta dejando de lado es al sujeto que sufre la caída, como ser
pensante, generador de significaciones, como ser que atraviesa un conflicto propio de
este momento evolutivo y necesariamente ligado a cambios que lo afectan y ponen en la
cuerda floja a su equilibrio interno, y no sólo el externo o corporal.

En apariencia la caída puede leerse como el comienzo de la claudicación de la fuerza


vital del sujeto, pero ¿por qué no podemos verla como también como un efecto, como
una manera patológica de resolver las cuestiones conflictivas del envejecimiento?

Propongo entonces intentar una reconstrucción de la situación de la caída, tomando en


cuenta los acontecimientos que acompañan el proceso de envejecer, desde un enfoque
cuestionante tanto de sus causas, como de sus consecuencias, de su prevención, así
como intentar develar el porqué de su frecuencia. ¿Qué tan accidentales son en realidad?
¿Qué papel cumple la casualidad y que papel la causalidad?

En este enfoque encuentran mucho de que decir los estudios psicoanalíticos sobre los
accidentes y el narcisismo, el duelo, el acting out, la pulsión de muerte, los actos
fallidos, la imagen e ideal del yo, las identificaciones y hasta los posibles suicidios
encubiertos.
Propongo a lo largo de la investigación diferentes lecturas de la caída, desde las
circunstancias que empujan a caer, el acto en sí de caer, y el posterior desenlace.

Intentaré hacer este trabajo lo más dinámico posible. Para eso evitaré subdividirlo para
así lograr un manejo de la información más integrado, citando a la vez fragmentos de
escritos que inviten al lector a reflexionar acerca de lo que intentaré expresar. Esto no es
algo caprichoso, sino que de alguna manera surgió a lo largo de la elaboración y
responde a que todos los aspectos manejados se retroalimentan y vuelven a aparecer en
diferentes momentos del trabajo, y el subtitularlos de alguna manera condicionaría la
lectura rompiendo con la riqueza que esta estructuración no-lineal puede ofrecer.
“Nuestros actos fallidos son actos que triunfan, nuestras palabras que tropiezan son
palabras que confiesan. Unos y otras revelan la verdad de atrás”
Lacan J.

La organización Mundial de la Salud define la caída como la consecuencia de cualquier


acontecimiento que precipita al sujeto al suelo en contra de su voluntad. Esta
precipitación suele ser repentina e involuntaria.

Freud sospechó que detrás de las aparentes casuales perturbaciones funcionales de la


vida cotidiana, existe un sentido, una intención.

A modo de breve explicación, los actos fallidos, son para el psicoanálisis un tipo de
manifestación del inconciente de estructura similar a cualquier síntoma neurótico, entre
ellos encontramos situaciones cotidianas como pueden ser olvidos de nombres,
equivocaciones, pérdidas de objetos, actos casuales. Lo que los categoriza como actos
fallidos, es que los mismos están plenos de sentido, de motivación inconciente y que
son el resultado de la transacción entre un deseo inconciente y el fracaso defensivo.

Las condiciones para que se consideren actos fallidos son que deben consistir en una
perturbación momentánea y pasajera, y que no entendamos por qué la hicimos.

Freud dice que si los lapsus o equivocaciones en el discurso (olvidos de nombres,


cambiar una palabra por otra), el cual es sin duda una función motora, admiten el
planteo expuesto, es de esperar que éste pueda aplicarse a nuestras demás funciones
motoras (como el caminar).

Ahora bien, las circunstancias que suelen acompañar al los accidentes a los que me
refiero son: no hacer el menor intento por evitarlo, por librarse del golpe, la indiferencia
con la que se acepta el daño resultante, la ausencia de manifestación de dolor y la
tranquilidad con la que se conlleva la desgracia.

Esto nos permite plantear que al igual que el sueño o síntoma psíquico, la caída puede
representar un conflicto y su intento de resolverlo en forma simbólica.

“La vejez, así como su anticipación, interroga al yo en sus referencias identificatorias”

H. Bianchi
Pero antes de seguir indagando creo que es esencial que nos ubiquemos en esta
situación y tomar en cuenta los acontecimientos psíquicos y físicos que caracterizan esta
etapa de la vida.

El envejecimiento es un proceso universal, es una etapa por la cual naturalmente


debemos atravesar todos los seres humanos, es singular, ya que es propio de cada
individuo y son muchos los factores que inciden en los diversos modos de envejecer, y
al mismo tiempo es social, porque existe una forma de envejecer propia de nuestro
tiempo histórico-cultural e influyen en ella las concepciones sobre el envejecer y el ser
viejo que tienen las diferentes sociedades.

Si bien este proceso comienza al momento de la concepción y continúa durante toda la


vida, a partir de determinada etapa (la OMS establece el momento de la Jubilación[1]),
comienza a manifestarse con más fuerza en todos los niveles de integración del ser,
tanto a escala del cuerpo, de los órganos y sus funciones, como a nivel del psiquismo,
de la afectividad, de las relaciones con el ambiente y los demás seres humanos.

El conflicto psíquico del adulto mayor pasaría predominantemente por una crisis
narcisista, como consecuencia de asistir a la propia declinación así como también a la
elaboración de las pérdidas objetales.

Desde los aportes del psicoanálisis sobre el proceso de duelo y narcisismo podemos
pensar en cierta forma lo que sucede o puede suceder en este enfrentamiento del
individuo con el paso del tiempo.

A nivel subjetivo el individuo que envejece se enfrenta a una serie de cambios que
deberá enfrentar, elaborar, significar y realizar un trabajo psíquico para asumir un nuevo
lugar en lo intra, inter y transubjetivo.
En este intenso proceso elaborativo convergen una resignificación del pasado, una
fortalecimiento del presente en toda su complejidad y una determinación de estrategias
para organizar el futuro, determinado este por un nuevo concepto inmanente: el de
finitud.

El viejo se asimila al adolescente que se mira al espejo y se pregunta “¿quién soy?”


debe envestir libidinalmente ese nuevo cuerpo, esa nueva imagen.
La transformación que produce el envejecimiento remite, desde el punto de vista del
psiquismo, al proceso identificatorio, porque es necesario elaborar una nueva
representación de sí.
El ideal orienta al yo en cuanto a las metas posibles a alcanzar y también le sirve de
medida siendo la causa de sufrimiento cuando lo que se es y lo que se quiere ser no es
coincidente, cuando la diferencia es excesiva.

El autoestima fluctúa de acuerdo a la evaluación que el yo hace teniendo como medida


lo valorado por sí y por su grupo social y cultural. Depende de la relación entre el yo y
el ideal.

Todos a lo largo de nuestra vida manejamos factores narcisistas, aunque estemos o no


estemos enfermos. Siempre evaluamos nuestro actuar, sentir y pensar, lo cual deriva a
un buen o mal nivel de autoestima.
Podemos denominar narcisistas todos los procesos, psíquicos, interestructurales,
dinámicos, defensivos, económicos y compensatorios que influyen en el aumento,
conservación o disminución de la autoestima.

Quien envejece se va enfrentando paulatinamente a situaciones que implican renuncias


y pérdidas, referidas a las funciones del cuerpo y a la imagen corporal, al lugar en la
estructura familiar y en la sociedad.
Cuando la elaboración de estas pérdidas no se realiza satisfactoriamente el yo se debilita
y como consecuencia el autoestima. Esto atenta contra la capacidad de amar, la
capacidad de goce, entre otras cosas, derivando a lo que a grandes rasgos se considera el
“envejecimiento patológico”.

La caída resitúa al sujeto en la mirada de los demás y propia, conlleva a la aceptación


forzosa de la disminución de las funciones propia de la edad. Esta forma de la
aceptación de la vejez por su lado negativo pone en evidencia la resistencia a asumirla
como un período más en la vida de todo individuo y en cambio vivirla desde una
posición depresiva dada por la herida narcisista que trae como consecuencia esta caída.

Las personas que envejecen saludablemente son las que tienen un concepto positivo de
sí mismos y que poseen recursos internos suficientes como para poder mantener el
deseo de vivir a pesar de los cambios y las limitaciones corporales.
Esto tendrá que ver con una actitud de flexibilidad ante los cambios que posibilitará no
aferrarse a una imagen unívoca de uno mismo, aceptar las transformaciones propias y
ajenas, construir proyectos y llevarlos a cabo, romper con las rutinas rígidas, innovar,
cuestionar y autocuestionarse.
Sobre la base de estas características de funcionamiento psíquico, se logrará realizar la
elaboración anticipada y gradual del envejecimiento.

De lo que nos va a hablar el adoptar un modo u otro de envejecer, va a ser de la manera


que el sujeto este resolviendo su proceso identificatorio y de historización, su posición
respecto al paso del tiempo, que sgnificado encuentra en la historia de ese individuo el
hacerse viejo, y qué grado de cuestionamiento tiene ante las creencias, los mitos y los
prejuicios acerca del envejecer presentes en su medio socio-cultural.

Como ya dije anteriormente, el proceso de envejecer dura toda la vida, y ya desde la


mediana edad se anticiparán imágenes de la posible vejez propia que producirán efectos
en el presente joven. Asimismo, en la vejez también se resignificará el trayecto previo,
lo que ya se ha vivido.
“Estas idas y vueltas, que refieren a la temporalidad inconciente de anticipaciones y
resignificaciones muestran por un lado, un aporte que hace la psicogerontología al
psicoanálisis, al incorporar la eficacia del futuro sobre el presente (trabajo anticipado)
además de la eficacia del pasado sobre el presente (trabajo de resignificación)”[2]
Pensando en un posible desencadenante, las caídas se ven con más frecuencia en
personas que acaban de vivir una situación de cambio importante como la muerte de un
ser querido muy cercano, también en este período de la vida se dan hechos
significativos como la jubilación, que para algunos individuos significaría el dejar de ser
productivo y autosuficiente, también la menopausia, lo que implicaría una renuncia a la
maternidad, la inhabilitación para conducir, el sentimiento de “nido vacío”, y una
disminución de las posiciones de poder (en lo laboral y familiar).
Estas situaciones, traen consecuencias tales como alteraciones importantes en la
modalidad de vida, un cuestionamiento de la dependencia y una nueva perspectiva de la
soledad, conllevan a un duelo que reposiciona al sujeto en relación a su deseo.

Desde estas situaciones es que entiendo que la caída puede ser en ciertos casos una
manifestación psíquica.

Los mecanismos psíquicos de defensa ante una pérdida dada por una situación de
cambio (generalmente duelo patológico) ponen el cuerpo a actuar de una forma
violenta, precipitada y autodestructiva (pulsión de muerte) con el efecto buscado
inconcientemente de anular esa pérdida.

En este proceso de elaboración de las pérdidas es de suma importancia el cómo son


significadas las mismas, más que lo perdido en sí. Mientras se pueda sostener la
posición de sujeto deseante, el deseo podrá impulsar la búsqueda de otros objetos
alcanzables, como dice Simone de Beauviere “es necesario conservar las pasiones lo
bastante fuertes para que nos eviten volvernos sobre nosotros mismos”.
En los duelos superados de perdidas objetales, se desplaza la libido
liberada a nuevos objetos. En los duelos corporales puede desplazarse la libido
a nuevas actividades, o bien, a otras que ya se tiene y que brindan buenas
gratificaciones libidinales y narcisistas.

El tema social creo yo que no puede dejarse de lado. Freud en “Psicología de las masas
y análisis del yo” (1921) nos dice que la historia individual es una historia social. Es
impensable la construcción del sujeto psíquico sin el otro, no puede haber historización
en el aislamiento.
Los valores de producción y consumo relacionados con el modo de producción
capitalista pusieron a la vejez en un lugar marginado, cargados de valores

[1] Me gustaría destacar cómo se resalta en este criterio la importancia de la


productividad para diferenciar las diferentes etapas de la vida del hombre
[2] Zarebsky, Graciela. Trabajo psíquico en el envejecer.

sociales negativos, siempre en contraposición de los positivos de fuerza, belleza,


capacidad de trabajo, reproducción y producción de bienes.

Podemos pensar el envejecimiento patológico fundamentado en el “no-lugar” social de


la inactividad forzosa, en la imposibilidad de una temporalización del sujeto psíquico,
en el fracaso anticipado de cualquier proyecto de futuro y el choque con la muerte
inevitable.
Pero si la muerte es inevitable y su proximidad angustiante, el nivel de sufrimiento que
esto provoca también es responsabilidad social.

Cuando se privilegia la idea de muerte, las personas más viejas son empujadas a
abandonar lo que parece ser una “lucidez insoportable”. Son obligadas a reducir al
mínimo y hasta a anular drásticamente todos los contactos con un mundo
particularmente hostil del cual prefieren no participar porque no les ofrece un lugar
digno. Es una muerte simbólica para conservar la vida biológica.
Si pensamos en la dinámica del mundo actual no nos será difícil ver que provoca,
especialmente en las personas de más edad, una especie de desapropiación subjetiva de
papeles sociales y una ruptura de la alianza narcisista con el mundo de los objetos. En el
Adulto mayor esta desinvestidura se alía a una fuerte pérdida de autoestima y la libido,
así liberada, ahora flotante, deja el campo libre a la pulsión de muerte.
Cuando las dos tendencias permanecen equilibradas, gracias a la propia estructura del
sujeto y a los cuidados que la cultura pueda tener, puede alcanzarse una vejez serena,
lúcida, elaborada y especialmente, digna.

Dicho esto, podemos empezar a sospechar que en realidad estos accidentes son actos
exitosos, y anularían un sufrimiento inconciente que no encontró otra forma de
manifestarse, y que así como hay diferentes formas de envejecer arraigadas a la
personalidad del sujeto, también pueden haber diferentes formas de caer.

Puede existir una modalidad depresiva, de base culposa, que se presenta como el
“dejarse llevar”, “dejarse caer”, “dejarse atropellar”, es decir, entregarse, ponerse en
posición de objeto desde el autocastigo.
Otra forma puede ser el depositar la culpa en otro, caracterizada por el actuar
atropellado y poco reflexivo. En estos casos se hace presente la resistencia a los
cambios, el problema está en lo nuevo, “lo de antes era mejor”, el mundo se tiene que
adaptar a uno, “si yo me hago más lento todos deben hacerse más lentos”.
Esto nos habla de que un viejo no siempre se cae porque no se siente seguro, también
puede caerse porque se siente demasiado seguro.
La caída puede ser leída como actuación, cuando se dirige a otro, produciendo el efecto
de “pobre víctima”. En cambio puede ser entendida como pasaje al acto cuando en la
caída el viejo no demuestre su exclusión, su falta, sino que se excluye con su cuerpo. El
sujeto se cae de su propia imagen constitutiva que ya no lo sostiene.

Acting-out es un término utilizado en psicoanálisis para designar acciones que presentan


casi siempre un carácter impulsivo, relativamente aislables en el curso de las actividades
normales del individuo, en contraste relativo con los sistemas de motivación del mismo
y que adoptan a menudo una forma auto-agresiva. Esto desde el psicoanálisis se
entiende como una señal de emergencia de lo reprimido. Se pueden considerar como
acting-out algunos accidentes ocurridos al individuo, sintiéndose éste ajeno a su
producción.
El acting out se presenta en forma sorpresiva, que rompe con la secuencia asociativa y
no produce asociaciones.

Un accionar inconciente cuya finalidad fuera caerse remitiría a un más allá del principio
del placer que Freud concibe en su última teoría pulsional como pulsión de muerte y es
lo que lleva a hablar de “microsuicidios”.

Cito un fragmento para aclarar este punto de Mas allá del Principio del placer de Freud:
“Además del suicidio concientemente intencionado hay otra clase de suicidio, con
intención inconciente, que es capaz de utilizar con destreza un peligro de muerte y
disfrazarlo de desgracia casual”

Con respecto a la pulsión de muerte, dentro de la última teoría freudiana de las


pulsiones, éstas designan una categoría fundamental de pulsiones que se contraponen a
las pulsiones de vida y que tienden a la reducción completa de las tensiones, es decir, a
devolver al ser vivo al estado inorgánico. “si admitimos que el ser vivo apareció
después de lo no vivo y a partir de esto la pulsión de muerte concuerda con la fórmula
(…) según la cual una pulsión tiende al retorno a un estado anterior”. “La libido en los
seres pluricelulares tiene la función de volver inofensiva esta pulsión destructora y se
libera de ella derivándole una gran parte hacia el exterior, dirigiéndola contra los objetos
del mundo exterior con la ayuda del sistema muscular”.
Todos los fenómenos vitales derivan de la acción de estas dos pulsiones opuestas y
antagónicas.
Las pulsiones de muerte se dirigen primeramente hacia el interior y tienden a la
autodestrucción, secundariamente hacia el exterior, manifestándose entonces en forma
de pulsión agresiva o destructiva.
“Al igual que en el poema Homérico, una “Cólera funesta” circula entre nosotros,
limitando nuestro pensamiento y nuestra acción, ocasionándonos infinitos males”
Fernando Berriel

El hábitat, el medio en que vivimos debería ser seguro para evitarnos un accidente, pero
dada la posible motivación inconciente de la caída, se puede decir también que este
hábitat debería a parte evitarnos la oportunidad, debe resguardar al ser humano contra sí
mismo.

La caída generalmente es interpretada como un acontecimiento casual, culpa del


destino, la mala suerte, la conclusión: “una desgracia con suerte”, lo que anula la
posibilidad de otorgarle un sentido, de recordar las circunstancias emocionales al
accidente que le quitarían el grado de “casualidad” que se le atribuye.

Además, culturalmente está menos promovida la reflexión que la acción, llevando esto a
usar el cuerpo como instrumento de expresión del conflicto interno, en mi opinión
frente a esto deberían promoverse en cambio la importancia de llevar a la conciencia los
afectos y pensamientos que producen conflicto y dolor, de la palabra como promotora
de salud, no sólo cuando el individuo es joven, sino también en la vejez, ya que
parecería que como este período es el último en la vida, carecería de sentido un análisis
quizás porque el beneficio parece no involucrar a nadie más que al propio individuo y
no se adaptaría a las necesidades de toda la sociedad, que apunta a la productividad en
manos de individuos jóvenes y capaces, depositando sólo en estos la importancia de la
salud mental. No habiendo promesa de futuro, no habrían más motivos para luchar.

Porque el adulto mayor, además de la tarea constante de elaborar sus duelos, también
tiene como trabajo yoico específico e ineludible conservar un buen nivel de autoestima,
a pesar de las múltiples deficiencias o pérdidas de funciones corporales que tiene que
asumir sin derrumbe depresivo y para evitarlo debe estar consciente de los recursos
positivos con que aun cuenta, es decir, las capacidades que conserva y las que ha
adquirido, que debe ejercer y cuidar y así evitar sentirse una ruina humana sin valor.

Muchos ancianos necesitan verbalizar y ser escuchados para así elaborar


sus duelos y hablan continuamente con familiares y amigos quejándose de las
capacidades que les duele haber perdido, pero se vuelven muy repetitivos,
provocando sin querer aburrimiento y actitudes de rechazo y oídos sordos, lo
que ahonda las heridas narcisistas y dificulta los duelos.
La psicología, también padece los efectos de las relaciones de poder que se dan en las
sociedades desde la producción de discursos funcionales a estas relaciones de poder y
mecanismos teóricos y técnicos.

La Teoría de Desvinculación de Cummings y Henry de 1961, concluía que el


envejecimiento “normal” implicaba un progresivo “desenganche” del sujeto del entorno,
una intrínseca pérdida de interés en la vida social, una reducción del campo vincular.
“A la sombra de esta teoría, la psicología ha contribuido a la concepción del
envejecimiento como un proceso de desobjetivación, así ha prescindido de sus mejores
armas, de intervenir teórica y prácticamente en el sentido del desarrollo de la potencia
del sujeto”.[1]

Salvarezza utiliza el término “viejismo” (ageism) para referirse al conjunto de


prejuicios, estereotipos y discriminaciones que se aplican a los viejos en función de su
edad.

El prejuicio mas común golpea al cuerpo con una determinada “imagen social” del
cuerpo del viejo, es el prejuicio de que todos los viejos son enfermos o discapacitados.
Además en nuestra cultura el cuerpo se ha transformado en símbolo y es reforzado por
un bombardeo de imágenes del “cuerpo deseado” como símbolo de felicidad.

El viejismo oficiará como un conector del viejo con un universo de significaciones que
lo transformará, a su vez, en un determinado “mensaje activador de sentimientos,
movilizador de emociones y estimulador de conductas.

La psicología entonces ha contribuido también a esta cólera funesta, el viejismo, a


causar infinitos males, y a precipitar al Hades valiosos proyectos posibles haciéndolos
“pasto de aves y carne de fieras”. Un campo donde esto se ha hecho manifiesto es la
psicoterapia, y especialmente el tratamiento psicoanalítico, tal vez a la sombra de Freud
de 1904.
“Hoy casi ningún psicólogo sostiene que la psicoterapia en sus diversas formas, aún la
psicoanalítica, no sea aplicable a ciertas edades, que los sujetos tengamos “fecha de
caducidad” como posibles aspirantes al tratamiento”[2], pero a pesar de esto muchos
profesionales prefieren no practicar psicoterapia con adultos mayores sin poder dar
cuenta de porqué y si lo hacen, han desarrollado “ajustes técnicos” para el tratamiento
con los viejos, especialmente el psicoanalítico.

Para pensar el porqué de este rechazo, creo importante partir de la base de que el
analista es también un sujeto, un sujeto conformado a base de complejos procesos
identificatorios, y dentro de esos procesos hay una relación que es la de ideal y promesa
narcisista, esta relación se explica al decir que todo proyecto se sustentará en la
diferencia que resulta entre lo que soy (yo-presente) y lo que deseo llegar a ser (yo-
futuro).
Por esta diferencia sufrimos y también gracias a ella vivimos.Cuando incorporamos en
estos procesos identificatorios prejuicios e ideas negativas respecto a la vejez
(incluyendo la de que es menos viable la satisfacción de deseos y la posibilidad de
proyectos en esta etapa de la vida),

[1] Sobre la psicoterapia con Adultos Mayores. Fernando Berriel (V Jornadas de


Psicología)
[2] Sobre la psicoterapia con Adultos Mayores. Principalía del paciente. Fernando
Berriel (V
Jornadas de Psicología)

la vejez pasa a ocupar un lugar peculiar como depósito de temores no solo como futuro
sino como una certeza en el presente.

El viejismo entonces produce subjetividad, y el desafío específico del analista consistirá


en poder sostener el tratamiento a la vez de evitar caer en complicidad con estos
prejuicios, ya que como he intentado exponer, la fuerza de los mismos opera desde
todos los términos del vínculo psicoanalítico.

Bibliografía

ACTING OUT Y ACTO (II) Escuela Freudiana de BsAs Sofía Nadel


III Foro Nacional de docentes e investigadores universitarios sobre envejecimiento y
vejez II Jornadas nacionales “La vejez, abordaje interdisciplinario” 6 y 7 de agosto de
2004
CAÍDAS ACCIDENTALES EN LOS ANCIANOS David Karp Video informativo
publicado en Youtube
EL NARCISISMO EN LOS DUELOS DE LA VEJEZ EN RELACION CON EL
CUERPO Y FUNCIONES CORRELATIVAS Dr. Enrique Torres Acevedo
ENVEJECIMIENTO, MEMORIA COLECTIVA Y CONSTRUCCIÓN DE FUTURO.
Memorias del II congreso Iberoamericano de Psicogerontología. I congreso uruguayo de
Psicogerontología. Psicolibros.
Artículos utilizados:
Aportes a la construcción de una imagen social positiva del envejecimiento. Delmar
Rodríguez.
Dimensión psicosocial del envejecimiento psíquico: desamparo, depresión y demencia.
Goldfarb, D.
El bastón interno. Estela Guadalupe Moro y César A. T. Franchisena.
La vejez como producción subjetiva, Representación e imaginario social. Fernando
Berriel.
Trabajo psíquico en el envejecer. Graciela Zarebsky.
LAS CAÍDAS EN LA VEJEZ Graciela Zarebski Rev. Argentina de Gerontología y
Geriatría 20, 95
DICCIONARIO DE PSICOANÁLISIS Laplanche Ed. Labor
LOS ACCIDENTES ¿mensajeros del inconciente? Cristina Meyrialle
http://psitranspersonal.com.ar/acciden.htm
MAS ALLA DEL PRINCIPIO DEL PLACER S. Freud (1920) Ed. Alianza.
SEXUALIDAD HUMANA, BIPEDESTACION Y ACCIDENTES Autores: Lic. Luis
Oswald y Dr. Miguel Padilla Quirno V CONGRESO ARGENTINO DE
PSICOANALISIS
· PERSPECTIVA SOCIOLÓGICA DE LA VEJEZ José Enrique Rodríguez Ibáñez. Ed
Reis
PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA Sigmund Freud 1901 Biblioteca
Nueva T III, Madrid
PSICOLOGÍA NORMAL DE LA VEJEZ Cap III Factores intrapsíquicos del
envejecimiento. Martin Berezin
V JORNADAS DE PSICOLOGÍA UNIVERSITARIA “Psicólogos y psicologías entre
dos siglos. Consultas, demandas e intervenciones”. Setiembre 2000. Facultad de
Psicología. Universidad de la República. Ed. Tack.
Artículos utilizados:
Des-cubrir la vejez. Lic. Adriana Torres Postigliones
Imagen, narcisismo y vejez. Madel Verdún Domínguez Umpiérrez.
Sobre la psicoterapia con adultos mayores. Frenando Berriel