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Los inicios de la historiografía peruana (1900-1910

)
Juan José Pacheco Ibarra
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Resumen:
La historiografía peruana en el siglo XX tuvo un papel importante en el proyecto político de la república
aristocrática. Entre 1900 y 1910 fue gestándose la moderna historiografía peruana, donde aún se conceptualizaba el proceso histórico bajo conceptos positivistas y eruditos.
A inicios del siglo XX se dieron esfuerzos del gobierno peruano para promover los estudios históricos con el fin de sustentar un proyecto político nacional.
En esta investigación mostraremos las ideas y conceptos que fueron gestando la moderna historiografía peruana a inicios del siglo XX. Analizaremos cuál fue el legado de los eruditos del siglo XIX y cuál
fue el aporte de la generación del novecientos a este debate.

Palabras clave: Historiografía, racismo, nación, alma nacional, nación, positivismo.

Introducción
En 1879 se inició la Revista Peruana, que podría ser considerada como la primera publicación periódica dedicada al estudio de la historia. En la presentación del primer número señaló como uno de sus objetivos.
Más que de la política presente, tan delicada como aquel personaje fantástico del inmortal Cervantes, se ocupará LA REVISTA en la del pasado, porque es más fácil
estudiar la anatomía sobre un cadáver, que sobre un ser que se mueve y grita, cuando
siente la acerada hoja del escalpelo. La historia será nuestra ocupación preferente, y
hallarán en ella nuestros lectores consejos para el presente y enseñanzas para el
porvenir (Revista Peruana, 1879: 3)

Esta analogía de la historia como un ser inerte que debe ser estudiado bajo un método médico forense, fue muy popular en la época. La escritora Clorinda Matto de Turner alguna vez se refirió al trabajo
del historiador en términos similares:
El historiador tiene que tomar el escalpelo del anatómico, en lugar de la pluma galana
del literato, y con aquel, proceder al examen del cuerpo, analizando los sucesos

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y componentes, colocando con calmosa serenidad aquí las partículas sanas, allá las
viciadas, cada cual en su puesto; después tiene que ir al pupitre, y con el escrúpulo del
alquimista trasladar al papel el resultado de su estudio”. (Matto, 1893: 446).

Durante la época de la reconstrucción nacional el termino más utilizado fue el de “regeneración”.
Gonzales Prada y otros intelectuales se refirieron a los males del Perú como enfermedades morales similares a las infecciones. Dentro de esta idea, la higiene moral era la forma de regenerar el cuerpo enfermo
y debilitado del Perú. Así surge la famosa frase de González Prada “En resumen, hoi el Perú es organismo
enfermo: donde se aplica el dedo brota pus.” (González Prada. Páginas libres)
Frente a esta analogía, era posible ver a la historia no como un paciente, sino como un cadáver, la
historia era lo ya acontecido y sobre éste se podía ver con facilidad las causas de los males que le aquejaron.
Muchos proyectos quedaron truncos luego de la guerra del Pacífico. En la prensa periódica ya se
publicaban los trabajos históricos de algunos eruditos. En estos años se dieron las primeras iniciativas
para fundar una academia nacional de historia en 1876 y 1884.
En la Revista Peruana se comenzaron a publicar los trabajos históricos de eruditos como: José
Antonio Lavalle, Manuel González de la Rosa, Sebastián Lorente, Manuel de Mendiburu, Ricardo Palma,
Mariano Felipe Paz Soldán, José Toribio Polo, Enrique Torres Saldamando entre otros. Además se publicaron importantes documentos históricos.
En sus siguientes entregas, la Revista Peruana, tuvo que afrontar la crisis que produjo la guerra del
Pacifico. Esto marcaría el fin de uno de los esfuerzos más sólidos para difundir los estudios históricos
en el Perú.
Otra publicación importante fue la Revista de archivos y bibliotecas nacionales, aparecida entre 1898
y 1900. Allí se publicaron artículos de Ricardo Palma, Carlos A. Romero, Alberto Ulloa y una selección de
documentos históricos de la época colonial y republicana.
La guerra con Chile trajo grandes desgracias; los costos económicos y sociales son conocidos por
todos, pero no ha sido evaluado el gran costo cultural. Muchas iniciativas y proyectos se truncaron a
causa de la gran crisis vivida durante esos años.
La historia del Perú -mejor dicho, la prehistoria nacional- debe ser una obra de ciencia,
no de erudición; de sabios, no de académicos o literatos. No basándose en la arqueología ni en la lingüística sino en la exégesis de textos legados por los primitivos historiadores, puede tener el mérito de una buena compilación (extracto, nunca el valor de un
monumento científico y original. Lo esencial no estriba en probar si hubo doce o quince
Emperadores de la dinastía incaica ni si el Emperador A reinó antes del B o fue
casado con la Emperatriz M o la Emperatriz N. Poco nos interesa la crónica palaciega.
El problema fundamental es saber de dónde vinieron los pobladores preincaicos, de
qué fuentes arranca la civilización peruana y de qué lenguas se derivan las lenguas de
América. (González Prada: El Tonel de Diógenes).

Con esta preocupación de Gonzáles Prada se inició el siglo XX. Durante la época de la república
aristocrática era necesario un replanteamiento de los estudios históricos, que permitiera encontrar los
fundamentos de la nacionalidad peruana.

Importancia de los estudios históricos a inicios del siglo XX
La guerra con Chile, fue un acontecimiento que marcó a toda una generación. Los intelectuales de la
generación positivista vivieron la crisis producida por la guerra del Pacífico. Posteriormente, se formaría
una generación nacida durante los años de la ocupación chilena, este grupo de intelectuales más adelante
serían conocidos como la Generación del novecientos.
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Para ambas generaciones, el estudio de la historia ofrecía una respuesta a varias interrogantes.
1. El estudio del pasado nos serviría para buscar los fundamentos de nuestra nacionalidad.
2. Estudiar la historia era una forma de entender porque perdimos la guerra; porque el Perú no había
logrado el progreso y el desarrollo nacional.
3. Estudiar el pasado para encontrar elementos que puedan justificar un proyecto nacional.
A partir de 1895, se inició un proceso de modernización y apertura de la economía peruana al mundo, fue la época denominada por Jorge Basadre como “República Aristocrática”.
En este contexto, fue importante construir un proyecto de nación frente a la crisis de la postguerra.
Tanto los eruditos y los promotores en el gobierno eran conscientes de la necesidad de este proyecto y sabían lo que querían lograr. Sin embargo, nuestro medio intelectual no estaba preparado para
tarea.
Durante esta época muchos eruditos seguían publicando investigaciones sobre curiosidades y temas
que no tenían relación directa con la construcción de un proyecto nacional a comienzos del siglo XX.
Encontrar las razones de esta contradicción es muy complicado, pues los eruditos no siempre estuvieron preocupados por el proyecto nacional iniciado durante la republica aristocrática.
Una de las pocas excepciones fue Ricardo Palma, creador de las tradiciones, donde la realidad y la
ficción se combinaban hasta convertirse en un género propio y se resaltaba la herencia colonial.
Sin embargo, intelectuales como González Prada criticaron la tradición como una falsificación histórica. En su discurso del teatro Olimpo de 1888, González Prada anota:
Cultivamos una literatura de transición, vacilaciones, tanteos y luces crepusculares. De la
poesía van desapareciendo las descoloridas imitaciones de Bécquer; pero en la prosa reina siempre la mala tradición, ese monstruo engendrado, por las falsificaciones agridulcetes de la historia la caricatura microscópica de la novela. (González Prada, 1985: 27).

Palma fue impulsor de proyectos como la fundación de una Academia nacional de la historia. Como
miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia intentó fundar esta institución en el Perú.
En 1905 fue fundado el Instituto Histórico del Perú (hoy Academia Nacional de la Historia); sin
embargo, Palma no fue incluido como miembro de esta institución histórica. A fines del siglo XIX, Ricardo
Palma señaló que las rivalidades personales muchas veces evitaron que los historiadores pudieran
trabajar juntos en un proyecto histórico.
...sólo falta para que el pensamiento sea una realidad que se desvanezcan pequeñas
rencillas, puntos de negra honrilla, antagonismos insignificantes, emulaciones de poca
monta”. (El Deber, Lima, 29 de enero de 1885. P. 3.)

Los círculos intelectuales a fines del siglo XIX fueron frecuentados por eruditos que estaban más preocupados en asuntos personales, como ser incluidos en la Real Academia de la historia de España o lograr
otros reconocimientos individuales, manteniendo su interés, alejado del estudio científico de la historia.
Sin embargo, la historia poco preocupada por lo científico, escrita por los eruditos a inicios del siglo
XX tuvo mayor interés para el público en general.
Maestros sanmarquinos, como Carlos Wiesse, escribían libros de historia del Perú y geografía para la
enseñanza escolar, que también eran utilizados por los estudiantes de segunda enseñanza y universitaria.
Wiesse era consciente de que los textos debían ser narrativos, sin perder el análisis científico.
Por ahora, la forma que conviene adoptar es la narrativa. Este sistema histórico es condición esencial de los demás, que no pueden existir mientras no se haya llevado a cabo
un estudio atento y minucioso de los documentos y de los hechos, aplicando las reglas
de la crítica. Además la historia narrativa se dirige a mayor número de lectores, agrada
más y da a conocer las personalidades prominentes de los tiempos pasados, cuyo espíritu ha influido en la formación de los vínculos nacionales. (Wiesse, 1912: 165.)

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Fue Wiesse quién incorporó en los estudios históricos una preocupación por el análisis histórico
en los textos y trasmitió esta idea a sus discípulos de la generación del novecientos. Wiesse planteaba
una historia que iba más allá de las acciones de los grandes hombres y que buscaba formar la conciencia
social de los peruanos con fines nacionales.
una historia del Perú que no sea únicamente la de sus gobernantes, de sus hombres
notables, sino la del pueblo mismo estudiado en todas sus manifestaciones, tiene que
realizar la labor de darnos cuenta de los elementos que se han acumulado para formar
la conciencia social de los peruanos y de enseñar á estos el valor é importancia relativa
de ellos, con lo cual se fomenta el espíritu de patriotismo en la extensión que requiere
el robustecimiento del vínculo de la nacionalidad. (Wiesse, 1912: 165.)

Una de las formas de llevar adelante el proyecto histórico de la republica aristocrática fue a través de
la creación del Instituto Histórico del Perú, en febrero de 1905 e instalado en julio de ese mismo año.
También formó parte de este proyecto la creación del Museo de Historia Nacional.
En 1905, Jorge Polar, ministro de Justicia y Culto, durante su discurso de inauguración del Instituto
histórico resaltó una idea importante.
Reconocido está por todos el gran principio pedagógico que no son las ideas sino los
sentimientos, los que impulsan; los que arrastran a los pueblos”. (Polar, 1906: 147)

Bajo esta premisa, la historia debía preocuparse de rescatar esos sentimientos del pasado y difundirlos a través de la educación. Este sería el fundamento más importante para la elaboración de una nueva
historia nacional, que fue planteado por la historiografía del siglo XX.
Debemos estudiar nuestro pasado, para adquirir la conciencia clara de nuestros destinos, y mantenernos en la vía de nuestro generoso ideal histórico. (Polar, 1906: 146)

Esta idea fue compartida por la generación que fundó el Instituto Histórico del Perú y por los jóvenes intelectuales que formarían la generación del novecientos, uno de ellos fue Víctor Andrés Belaunde,
quién en 1909, citaba a Renán en su discurso:
Lo que hace de los hombres un pueblo, es el recuerdo de las grandes cosas que
hicieron juntos y la voluntad de realizar otras en el futuro. (Belaunde, 1909: 290)

Fueron años donde era importante tomar conciencia del pasado. En el caso de los hechos recientes
se puso gran interés por escribir la historia de la guerra del Pacífico y honrar la memoria de sus héroes.
El gobierno del presidente José Pardo y Barreda además de impulsar la creación del Instituto Histórico, el Museo de Historia Nacional y la reorganización del Archivo Nacional, también había dispuesto
la construcción del monumento de Francisco Bolognesi (inaugurado en 1905) y la Cripta de los héroes,
monumento dedicado a honrar la memoria de los héroes de la guerra del Pacífico.
El presidente Pardo en su discurso de instalación del Instituto Histórico del Perú puso énfasis en
promover los estudios históricos con fines nacionales.
En la labor de estímulo de parte del Estado a la cultura nacional, el estudio de la Historia patria es el que debe tener lugar preferente; porque de las ramas del saber, es la
que tiene mayores vínculos, la que concurre con mayor influencia á formar el carácter
nacional. (Pardo, 1906: 148)

El Presidente del Instituto Histórico del Perú, Eugenio Larrabure y Unánue manifestó cuales eran los
objetivos de esta institución:

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Reunir, ante todo, los materiales de información sobre estas tres épocas; analizarlos
con recto criterio y levantar en seguida el monumento de la Historia nacional,
constituye una verdadera necesidad; porque es un axioma que pueblo que no conoce
bien su propia vida jamás puede darse cuenta exacta de la misión que le toca
desempeñar en el movimiento humano, ni fijar con acierto el rumbo que de conducirle
su desarrollo y engrandecimiento (Larrabure y Unánue, 1906: 123).

Los esfuerzos del gobierno de José Pardo fueron importantes para impulsar los estudios históricos. Si bien los objetivos eran claros: escribir la historia nacional, sin embargo, la creación del Instituto
histórico del Perú no significó una renovación metodológica en los estudios históricos. La mayoría de
miembros fundadores eran eruditos, algunos de ellos fueron incorporados como un reconocimiento a
su trayectoria. En el primer año de funcionamiento del Instituto Histórico del Perú ya habían fallecido dos
miembros fundadores.

La generación del novecientos y sus planteamientos iniciales
La generación de jóvenes nacidos durante los años de la guerra del Pacífico, conocidos como la generación del novecientos recibió la influencia directa de los eruditos del siglo XIX. Sin embargo esta generación se diferenció de sus maestros en cuanto a la utilidad de los estudios históricos.
Uno de ellos fue el joven Víctor Andrés Belaunde, quién en 1909 había planteado algo importante
sobre el estudio de la historia: no solo servía para recordar y conmemorar, sino para liberarnos del pasado que nos aflige.
Hablar de Historia y de tradiciones, no es hablar de vuelta al pasado, de reacción, de
retroceso. La mejor manera de libertarse del pasado es conocerlo. La Historia no se va
a formar de los estudios aislados y rígidos de las diversas épocas, sino del estudio de
los fenómenos sociales en su incesante evolución. (Belaunde, 1909: 293)

En este discurso vemos un avance de la nueva generación de historiadores frente a sus maestros:
el planteamiento de la investigación histórica como “el estudio de los fenómenos sociales en incesante
evolución” frente a la erudición.
Fueron los integrantes de la llamada generación del novecientos, quienes iniciarían estudios históricos
en base al proceso peruano. José de la Riva-Agüero buscaría el desarrollo de la conciencia nacional en su
tesis sobre La Historia en el Perú publicada en 1910.
La Historia, ministerio grave y civil, examen de conciencia de las épocas y los
pueblos, es escuela de seriedad y buen juicio, pero también, y esencialmente, estímulo
del deber y el heroísmo, ennoblecedora del alma, fuente y raíz del amor patrio.
La estrecha relación entre la historia y el patriotismo es de evidencia tal que constituye
un lugar común. Pero no hay cosa más necesaria que repetir de vez en cuando estos
lugares comunes, de fecundidad moral eterna. La patria es una creación histórica.
Supone no sólo la cooperación de todos los compatriotas contemporáneos, sino la
mancomunidad de todas las generaciones sucesivas. Vive de dos cultos igualmente
sagrados, el del recuerdo y el de la esperanza, el de los muertos y el del ideal
proyectado en lo venidero. Estas dos faces de la idea de patria están indisolublemente
unidas, y es cada una de ellas reciproca de la otra.” (Riva-Agüero, 1910: 504)

Esta idea de una comunidad unida por las acciones del pasado, fue resaltada por los intelectuales de
la generación del novecientos, que buscaron los fundamentos de la nación peruana en el pasado y el
proyecto en el futuro.

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La búsqueda de la nación peruana y el alma nacional
¿A qué se referían los intelectuales peruanos de la primera década del siglo XX al hablar del alma nacional?
Joaquín Capelo explicó en 1895, porque era importante el alma nacional.
Si se quiere pues conservar la vida de un pueblo es indispensable hacer en él: vivo y
querido el recuerdo de su pasado, y nobles y elevados sus ideales de gloria y de grandeza para el porvenir. Sin esos resortes la nacionalidad es imposible; y por eso, cuando
faltan, solo queda territorio habitado y sobre él no tardan en aparecer otros hombres y
otras razas que constituyen otra nacionalidad nueva sobre los restos de la que se había
precedido y hubo de desaparecer toda vez que se olvidó, que sólo es signo de la vida y
solo vive, lo que tiene la voluntad de vivir porque tiene la conciencia de su
personalidad y la noción de sus destinos. (Capelo, 1895: 147)

De esta afirmación de Capelo podemos comprender porque era importante el alma nacional. Una
nación no podía existir sin el recuerdo de los ideales del pasado y la noción de su destino futuro. Por esta
razón Capelo fue partidario de limitar la inmigración extranjera, alentada por varios intelectuales durante el
siglo XIX, que buscaba una mejora del elemento social a través del mejoramiento racial.
Para Capelo, estimular la migración extranjera era peligroso, porque podía romper el equilibrio en
una sociedad y alentar la llegada del alma nacional de los pueblos extranjeros, predominando sobre la
incipiente alma nacional peruana.
El estudio de la historia era importante en esta tarea, pues permitía definir y reconocer el alma
nacional.
Carlos Wiesse, maestro de la generación del novecientos, también reconoció la importancia del alma
nacional y cómo ésta era influenciada por factores externos.
El carácter de la sociedad se determina por su alma, que debe ser, por lo tanto,
considerada como el factor más esencial en las investigaciones sociológicas. Pero esa
alma está intensamente influenciada por las condiciones naturales, y requiere un
cuerpo a través del cual manifestarse. Por tal cuerpo entendemos todos los medios
físicos que la sociedad necesita para realizar sus propósitos. (Wiesse, 1908-1909: 96)

Víctor Andrés Belaunde, señalaba que el alma nacional era resultado de un proceso de emancipación de un espíritu colectivo. Para Belaunde solo era posible que un pueblo pudiera lograr su independencia política, si había logrado formar un alma nacional.
Es indudable que la libertad política no antecede á la aparición del alma nacional; por
el contrario, la libertad política, la independencia, es el resultado de la formación de un
nuevo espíritu colectivo y de su triunfo. En este supuesto, la independencia de un pueblo, es la prueba que ese pueblo ha conseguido formar su alma nacional. Pero para que
esa alma viva enalteciéndose, es necesario se acentué, que se defina, que se adueñe de
sus tradiciones, que acabe de separarse, no ya de las formas de las antiguas
instituciones sino de su esencia misma, para dejar consumada la conquista de la
libertad. (Belaunde, 1909: 291)

Para Belaunde, la existencia del alma nacional se puso en evidencia durante el proceso de independencia. Sin embargo, esta alma nacional en formación sufrió en épocas posteriores un proceso de
desarticulación. Los conflictivos años iniciales de la republica peruana no fueron beneficiosos para la
formación del alma nacional, mucho menos los años antes, durante y después de la guerra del Pacífico.
Por esta razón, Riva-Agüero creía que el alma nacional había sufrido un proceso de adormecimiento durante
los periodos de crisis que vivió el país.

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No se hable, pues, de crear el alma nacional, porque esa alma existe, aunque
aletargada y adormecida; y si no existiera, carecería nuestra patria de razón de ser.
(Riva Agüero, 1910: 506)

Despertar el alma nacional
El objetivo era despertar esta alma nacional aletargada. ¿Cómo lograrlo? Luis Miró-Quesada creía que una
forma de fortalecer el alma nacional era a través de la educación.
Alma nacional! ¡He aquí lo que nos falta y lo que nuestra universidad debe aspirar á
darnos! Educar ha de ser, para ella, trasmitir a las generaciones jóvenes: comunidad de
ideales para el bien público; alto y vigoroso sentimiento de amor hacia el país en que
han nacido; fe enérgica y fecunda en el porvenir de la patria. (Miro-Quesada, 1909:
32-63.)

Víctor Andrés Belaunde también creía que el estudio de la historia era importante para rescatar y
fortalecer el alma nacional.
Los ideales de un pueblo deben surgir del espíritu del mismo pueblo; deben formarse
al calor de sus tradiciones reveladas y depuradas por la Historia. Es verdad que el ideal
busca el soplo vivificador de otros mundos y anhela respirar un ambiente perpetuamente renovado por los bienes que vengan de todas partes; pero también necesita tener
hondas raíces en el espíritu del pueblo, hondas raíces en sus tradiciones y en su
historia. Los ideales extraños al alma de un pueblo harán discontinuo e inseguro el
proceso de su desarrollo.” (Belaunde, 1909: 289)

Es decir que el alma nacional surge del pueblo y es moldeada a través de la historia. En este proceso es
importante el papel de la tradición, pues permite que esta idea siga viva.
El alma nacional va surgiendo á través de lenta evolución. Poco a poco va definiendo
se, va perfilándose, siguiendo el proceso indicado. Y cuando se inicia la Historia, el
alma nacional alcanza el más alto grado de desarrollo y va adquiriendo las mismas
perfecciones, los mismos refinamientos, la misma amplitud y riqueza que el alma
individual adquiere por la acción enaltecedora de la cultura. (Belaunde, 1909: 287288)

Por esta razón era importante el estudio de la historia: buscar los ideales necesarios para formar el
alma nacional que el Perú necesita. En las palabras de José Madueño, los ideales nacionales están formados
de pequeños ideales individuales y dependen de factores como medio y raza.
Imprescindible el ideal para el desarrollo del individuo, lo es también para el de la sociedad, ya consideremos á ésta como un conjunto de individuos ó más verosímilmente,
como un vasto y complejo organismo del cual son órganos los individuos: lo que es
útil á las partes lo es al todo, lo que conviene á los órganos conviene asimismo al
organismo que forman”. [...] Como suprema armonía de los ideales individuales con
los sociales y de estos entre sí, mejor aún, como síntesis suprema de todos, aparecen,
pues los “ideales nacionales”. La calidad de éstos, su idiosincrasia –porque los ideales
la tiene- estará siempre determinada por los factores de la historia: medio, raza y
momento actual, ya que deben ser considerados ellos mismos como hechos históricos,
los más excelentes, los más nobles y elevados que la humanidad ha ofrecido, y puede
ofrecer en lo porvenir. (Madueño, 1910: 225)

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La única manera de construir una historia nacional era determinar el devenir histórico del alma
nacional a través del tiempo, para comenzar un proceso de regeneración.

La búsqueda de la nación peruana según la tesis racista
A pesar que muchos intelectuales tenían claros los objetivos de la nueva historiografía peruana, quedó
pendiente en la discusión un tema importante: el tema racial.
En el siglo XIX, la teoría positivista en su vertiente evolucionista puso énfasis al factor racial en la
conformación de las nacionalidades. Para los evolucionistas sociales, la raza era la nación. Carlos Wiesse,
citando a Le Bon anotó en su manual de sociología.
La raza tiene un alma que es producto de la herencia de los antecesores, después de los
progenitores, y por último, del medio ambiente; esto constituye el carácter de un
pueblo, de una nación, que es casi permanente, en el sentido que evoluciona
lentísimamente. (Wiesse, 1908-1909: 60)

Esto nos pone frente al segundo elemento del alma nacional: la raza. La idea era que el Perú no era
una nación real, porque no tenía una raza que definiera sus características físicas y morales.
Para lograrlo era importante una regeneración racial. Según los darwinistas sociales, el mestizaje con
el indio, el negro y el chino había logrado consecuencias funestas para el alma nacional. Esta tesis racista fue
parte de un largo debate.
Según este planteamiento, no podía existir una nacionalidad, si el elemento racial estaba degenerado
por el mestizaje racial y cultural.
En 1897 Clemente Palma, hijo del tradicionista Ricardo Palma, opinaba en su tesis:
Alma colectiva que en realidad no existe, porque ella se forma cuando después de
muchos cruzamientos y selecciones, se ha llegado a constituir una raza homogénea
que responda a un solo interés, á un solo ideal, a una sola aspiración... (Palma, 1897)

En la tesis de Palma se analizan las razas que existen en el Perú y se enumera sus defectos y virtudes.
En el caso del Perú el mestizo homogéneo racial y culturalmente no había sido un producto logrado, pues
aun existían “razas” dentro del Perú. No podría existir un alma nacional, si no se lograba una raza
homogénea.
La tesis racista era parte de la visión positivista de la sociedad. Los darwinistas sociales creían en la
mejor calidad moral y biológica de algunos tipos raciales y consideraban a las razas inferiores como un
impedimento real para el progreso de las naciones.
Esta idea estuvo presente en el discurso del filósofo positivista Jorge Polar, el día de la inauguración
del Instituto Histórico del Perú.
La sangre española levantisca, penetrando en la sangre quechua mansa, fue inquietándola, y surgió al fin la nueva gente peruana. (Polar, 1906: 143)

Los eruditos del siglo XIX estudiaron la historia peruana, especialmente la historia colonial, como
un apéndice de la historia española. El Perú no tenía historia colonial porque había sido virreinato español. Los elementos nacionales del Perú eran en realidad, parte de la cultura española.
Los intelectuales del siglo XIX estuvieron muy ligados a los círculos académicos españoles. Muchos
de ellos eran miembros correspondientes de la Real Academia de la Historia y la Real Academia de la
Lengua española. El joven Riva-Agüero en su tesis “El carácter de la literatura del Perú Independiente
describía a la literatura nacional.
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La literatura peruana forma parte de la castellana [...] La literatura del Perú, a partir de
la conquista, es literatura castellana provincial.”. (Riva-Agüero, 1905)

Este dilema no fue resuelto por la primera generación de historiadores del siglo XX. Por esta razón el
tema seguirá en discusión en las próximas décadas. Durante la época del oncenio de Leguía se plantearía la
nacionalidad peruana a través del indigenismo y su discusión con el hispanismo.

Conclusiones
1. A inicios del siglo XX, se mantenían vigentes algunas ideas positivistas en la historiografía
peruana. El estudio de la historia fue comparado como un proceso quirúrgico. Esta idea no tenía relación con
la búsqueda del origen de los problemas del Perú. Predominó en estos años la erudición, desligada del
estudio histórico con fines nacionales.
2. En el siglo XX, la historia comenzará a ser vista como un proceso en el cual el fenómeno será
estudiado en dos dimensiones: el cuerpo, como la sociedad y el alma como el espíritu de los pueblos. En la
historiografía peruana los historiadores tomarán conciencia de la importancia de estudiar el alma nacional,
como fundamento de la nacionalidad peruana.
3. En este contexto, los esfuerzos del gobierno de José Pardo y Barreda serán importantes,
promoviendo la institucionalización y el apoyo de los estudios históricos. Para esto se fundaron importantes
instituciones como el Instituto Histórico del Perú, el Museo Nacional y se construyeron monumentos con
fines patrióticos.
4. La generación positivista trasmitirá a sus discípulos de la generación del novecientos la inquietud
por el estudio de una historia más científica. Por su parte, esta nueva generación se preocupará por estudiar
el alma nacional, a partir de la discusión y cuestionamiento del discurso racista. Jóvenes intelectuales como
Riva-Agüero y Víctor Andrés Belaunde plantearon las bases para el estudio del proceso histórico a partir del
desarrollo del alma nacional.
5. La historiografía peruana a inicios del siglo XX se inició a partir del estudio del proceso histórico,
relacionado directamente con el proceso de formación del alma nacional. Este fue el primer objetivo que
persiguió la historiografía peruana en el siglo XX.

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