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¿Cuál es el origen de la opresión de la mujer?

Gema Puga
http://rebelion.org/noticia.php?id=145399
El próximo 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en el marco de la
ofensiva de los gobiernos, que recortan los pocos derechos democráticos conquistados por las
mujeres, y del aumento vertiginoso de la violencia machista.
Los gobiernos, medios de comunicación y empresas hablan de la opresión de la mujer como algo
superado, enalteciendo “políticas de igualdad” que ocultan la verdadera situación de la mujer
trabajadora. De hecho, la existencia de sectores oprimidos y marginalizados dentro del sistema
capitalista no es casualidad. Es el resultado de un sistema que se asienta en la desigualdad, en una
sociedad dividida en clases y en un sistema económico basado en la explotación. Al concentrar toda la
riqueza producida por la sociedad en pocas manos, el sistema marginaliza (oprime) a millones de
personas.
¿Qué es la opresión?
Entendemos por opresión la actitud de aprovecharse de las diferencias que existen entre seres
humanos para colocar a unos en desventaja en relación a los otros. Significa beneficiarse de una
diferencia en provecho propio generando así una situación de desigualdad de derechos, de
discriminación social, cultural y económica.
Entre todas las formas de opresión, aquella que se ejerce contra la mujer en la sociedad capitalista
tiene un carácter distinto de las demás porque abarca a más de la mitad de toda la especie humana.
La sociedad patriarcal es uno de los recursos que la burguesía ha utilizado y utiliza para mantener a la
mujer marginalizada. Se trata de un sistema jerárquico que se asienta en la familia, en el cual toda
mujer ya viene al mundo a ocupar un lugar subordinado definido en la sociedad. Fueron los
historiadores del siglo XIX los primeros en preocuparse en el estudio del origen de la familia y, cuál
fue la sorpresa, cuando afirmaron que la mujer no siempre fue oprimida.
El origen de la opresión de la mujer
La opresión de la mujer no es una invención del capitalismo, sino una característica de las relaciones
sociales a partir del surgimiento de la propiedad privada de los medios de producción. Esto significa
que, durante un largo período de la historia de la humanidad, antes de las sociedades divididas en
clases sociales, la mujer ejerció en pie de igualdad con el hombre, o con ventajas en relación a él, sus
derechos sociales.
En el llamado comunismo primitivo, los bienes materiales eran colectivos, pertenecían a la
comunidad, y se obtenían a partir de la recolección de alimentos y de la caza, la agricultura y la
domesticación de animales. Como no existía propiedad privada de los medios de producción, tampoco
existían clases sociales. En la familia primitiva, el matrimonio se realizó, durante un largo período, a
través de grupos –dentro de las gens (estructura familiar de lazos consanguíneos)- donde los hombres
eran maridos y las mujeres, esposas. No existía la monogamia. Los hombres eran padres de todos los
niños y las mujeres, madres. En un sistema como ese, la descendencia sólo podía ser verificada a
través de la madre, lo que originó el matriarcado. La importancia de la mujer, como reproductora y
único pilar seguro de la descendencia familiar, se extendía también a las tareas que desempeñaba en la
comunidad: la transformación de los alimentos y el desarrollo de la agricultura.
El matriarcado fue sustituido por el patriarcado cuando el desarrollo de la agricultura, del pastoreo y
las técnicas de fundición de metales para crear nuevos instrumentos propició el surgimiento del
excedente de producción. Por un lado fueron los hombres quienes pasaron a controlar las más
sofisticadas técnicas e instrumentos de producción, controlando también los excedentes que
generaban. Por otro, como en los matrimonios por grupos era imposible determinar la descendencia
paterna, la sociedad se readecuó para que los hombres pudiesen legar a sus hijos legítimos los bienes
que acumulaban en vida. Para garantizar la herencia, surgió la monogamia.
Para Federico Engels, en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, el
desmoronamiento del derecho materno (matriarcado) supuso “la gran derrota histórica del sexo
femenino en todo el mundo”. Apartada de la producción social, la mujer se refugió en el mundo
doméstico, donde la tarea de reproductora de seres humanos, que en el pasado fue su principal triunfo,

se volvió su grillete más pesado. A partir de ahí, en los distintos modos de producción (esclavismo,
feudalismo y capitalismo) de las sociedades divididas en clases, la historia de la mujer fue la historia
de su opresión.
Opresión y explotación
Más arriba veíamos cómo en el capitalismo la opresión es utilizada por la clase dominante para
someter a la clase explotada y justificar esa explotación. Esa opresión-explotación de las mujeres se
manifiesta de varias formas: la reproducción y el mantenimiento de la fuerza de trabajo a través del
trabajo doméstico no remunerado y la utilización de la mano de obra femenina con salarios más bajos,
propiciando mayor extracción de plusvalía (más beneficio para la clase dominante, la burguesía).
Estas dos categorías (opresión y explotación) se combinan, son distintas. La opresión ataca a todas las
mujeres en su desarrollo profesional, derecho al trabajo, su libertad para decidir sobre su vida y
disponer de su cuerpo. Para justificar la opresión, se creó el mito de la inferioridad femenina,
presentándose en mayor o menor énfasis dependiendo de la época histórica. Actualmente, la tesis de
inferioridad es disfrazada por el concepto de “desigualdad”.
Pero, aunque la opresión es común a todas las mujeres, las trabajadoras son más oprimidas que las
mujeres burguesas, la doble jornada de trabajo es un buen ejemplo. En cuanto a la mayoría de las
asalariadas se refiere, después de trabajar en la oficina, en la fábrica o en el campo, debe cumplir sus
tareas domésticas; mientras que las mujeres burguesas o de clase media, aunque trabajen, pueden
relegar a otras mujeres esa segunda actividad. Las mujeres burguesas, en síntesis, utilizan la opresión
de su sexo para explotar a las trabajadoras. Por eso, si hay afinidad en la lucha genérica contra la
opresión, esa unidad está limitada por el papel que cada clase social ocupa en la producción.
Solamente las mujeres trabajadoras, por el hecho de ser oprimidas y explotadas, pueden luchar de
forma consecuente contra la opresión.
Por su naturaleza, basada en la desigualdad y la explotación, el capitalismo es incapaz de acabar con
la opresión femenina. La igualdad entre hombres y mujeres sólo podrá lograrse a partir de una
revolución socioeconómica y política que derrumbe este sistema. Las trabajadoras y trabajadores
deben unirse en la lucha por la emancipación de la mujer.
Artículo publicado en Página Roja de febrero 2012, publicación mensual de Corriente Roja/Corrent
Roig
www.corrienteroja.net
www.correntroig.org