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‫ב''ה‬

¿POR QUÉ TAN DIVERSAS CORRIENTES EN EL JUDAÍSMO?
Relata el Talmud que El Santo Bendito Sea retrasaba la entrega de la Torá a Moshé Rabenu,
adornando con coronas cada una de sus letras. Moshé preguntó el por qué de aquello y D-ios le
respondió que habría un judío en el futuro, Rabi Akiba, que sabría explorar cada letra para
encontrar en ellas nuevas leyes. Así que Moshé se dirigió a la futura escuela de Rabí Akiba, se sentó
en una esquina, y se percató de que no entendía lo que se estaba comentando de la Torá.
Sirva este midrash de referente para entender que el judaísmo permite múltiples interpretaciones a
las leyes de la Torá, puesto que nunca ha sido dogmático o monolítico. El aspecto esencial de la fe
judía es la creencia en un Dios Eterno y Omnipresente, creador del Universo y quien escogió al
Pueblo de Israel para revelarle la ley contenida en los Diez Mandamientos, así como las prácticas
éticas y rituales que emanan de su texto sagrado por excelencia: La Torá. Sin embargo, el Judaísmo
nunca se ha fundado en dogmas inalterables; siempre ha creído que el ser humano fue creado por el
Eterno con el libre albedrío, por lo que cada cual puede pensar diferente a su prójimo, así como ver
las cosas de manera distinta. Ha permitido, por tanto, la interpretación de la Torá y entender su
contenido según sus posibilidades intelectuales y evolución. El Talmud ratifica: “Setenta rostros
tiene la Torá”.
Los sabios talmúdicos proponen cuatro grados de entendimiento en cuanto a las enseñanzas de la
Torá que se conocen, según sus iniciales, como PARDÉS
, que significa Jardín de la
sabiduría. Y estos son:
PSHAT (la ) : el relato literal de la Torá. Es exactamente lo que leemos o escuchamos sin
segundas intenciones. Es la raíz de todas las formas de percepción.
REMEZ (la ): Significa insinuación. Revela lo interior del Pshat. Le da una dimensión más
profunda a los relatos, personajes, situaciones y leyes.
DRASH (la ): Significa exigencia. Su lectura encierra una búsqueda en la cual el hombre exige un
significado más profundo del texto que en las anteriores perspectivas.
SOD (la ): Significa secreto. El Zóhar, uno de los libros más importantes de la Sabiduría de
la Cabalá, define al sod como causa, ya que quien conoce la causa conoce la consecuencia, es decir,
el profundo misterio de las causas.
La aniquilación de la independencia judía en Erets Israel y la destrucción del Primer Templo por
parte del imperio babilónico (586 a.e.c.), favoreció la expansión de diversas tendencias de actuar y
pensar dentro del judaísmo. Los judíos que se asentaron en Babel iniciaron la escritura de una obra
monumental, el Talmud, que recopiló cientos de años de sabiduría judía y los debates rabínicos
sobre la interpretación de las leyes de la Torá, y fue considerado como la transcripción escrita de la
tradición oral, cuya práctica religiosa también desempeñó, y desempeña, un papel importante. El
reducido grupo de judíos que se quedaron habitando Yehudá también escribieron su propio Talmud,
con las razonables diferencias. Lo monumental de la obra nos da a entender que cada sabio podía
tener su propia reflexión sobre cada acontecimiento o legislación (halajá). Y todo ello se
transcribía. Con el tiempo se establecieron en Israel dos grandes escuelas de pensamiento judío: la
de Hilel y la de Shamai (S. I e.c.), pero siempre dentro de un marco de hondo respeto y hasta de
admiración de la una por la otra. Ambas eran conscientes de sus diferencias, pero enriquecían su
saber con la confrontación de sus ideas. Se erigieron también dos grandes academias talmúdicas en
la región, la de Sura y la de Pumbedita (Babilonia, actual Irak), quienes influyeron enormemente en
el desarrollo de la erudición y de la legislación religiosa judía, por lo menos hasta el siglo IX.
Ya en décadas anteriores a la destrucción del Segundo Templo (año 70 e.c.) el pueblo judío que
habitaba Yehudá (Judea) estaba dividido en varios movimientos ideológicos y religiosos, a veces en

confrontaciones conflictivas: saduceos (casta aristocrática y sacerdotal: solo la Palabra escrita es de
D-os); fariseos (tanto la Palabra escrita –Torá- como la tradición oral, tienen igual autoridad);
esenios (separación de la vida mundana, búsqueda de la iluminación de la vida interior y el
conocimiento de los ocultos misterios); zelotas (radicales, con mayor carga política y violenta;
guerrilleros independentistas). Ello corrobora que las distintas interpretaciones de la Torá daban pie
para el surgimiento de diversas corrientes religiosas. Escritos rabínicos posteriores lo confirman.
Después de la destrucción del Segundo Templo por Roma (70 e.c.) los judíos fuimos dispersados,
no ya por las antiguas regiones que conformaban Mesopotamia, (cuyos descendientes cimentaron
las hoy llamadas comunidades judías orientales o “mizrajim”), sino también por Europa. Con el
tiempo, aquellos que se establecieron en lo que hoy se conoce como Europa central y oriental
(Alemania, Polonia, Ucrania, Hungría, Rumanía, Rusia…) configuraron la “comunidad” judía
ashkenazí, con sus peculiaridades en cuanto a liturgia, melodías, costumbres y algunas halajot
(legislaciones judías). Los descendientes de quienes se establecieron en la península ibérica
(España, Portugal), conformaron la “comunidad” sefaradí, con sus propias peculiaridades. Sin
embargo, los preceptos básicos del Judaísmo, sus libros sagrados permanecieron vigentes en las
distintas congregaciones sociales judías. Para ambos, además de la Biblia, el Talmud y otros escritos
rabínicos, la fuente última de consulta e investigación halájica fue, y es, el “Shulján Aruj”,
monumental recopilación de normas de conducta contenidas en el Judaísmo, cuyo autor fue Rabí
Yosef Karo, quien agrupó, en un solo ordenamiento, las normas religiosas y de comportamiento a
las que todo judío debería ajustar sus actos (Siglo XVI).
Esta dispersión geográfica del pueblo judío puso de relieve otra de las causas que explica el por qué
de tantas manifestaciones o corrientes del judaísmo. A diferencia de otros grupos religiosos, el
judaísmo no se considera solamente una religión; es una forma de vida ética y trascendental, donde
se amalgaman religión, preceptos, noción de pueblo con su propio destino histórico y cultural,
tierra-nación (Israel), tradiciones, valores, ideas, símbolos, sin olvidar la lengua materna ancestral,
el hebreo. Ello ofreció motivos para que se desarrollaran distintas corrientes de pensamiento y
actuar judíos, haciendo hincapié en uno o varios de los elementos que conforman el acervo judío.
Una corriente podría enfatizar las Mitsvot (preceptos) por sobre todas las demás, a la vez que otra
resaltaría el destino histórico del Pueblo judío y su Tierra y consideraría que hay preceptos
talmúdicos que ya no tienen cabida en su espacio-tiempo vivencial.

En realidad, no fue sino hasta estos últimos siglos, cuando se ha podido revelar una
difusión de corrientes propias del judaísmo. Hasta la llegada de la Ilustración (fines del
siglo XVII), la “Primavera de los Pueblos” europeos (1848), de los nuevos argumentos
científicos, de la libertad de expresión y de la contemplación de la historia como
resultado de la acción humana (en contraste a la de un “plan divino”), el “problema”
judío se resumía entre aquél que cumplía rigurosamente la halajá, y de aquél que no. A
lo sumo, se enfatizaban diferencias entre los judíos ashkenazim y los sefaradim. Pero
estos cambios culturales también irrumpieron entre muchos judíos, quienes intentaron
encontrar respuestas a la cuestión de la identidad judía, con la consiguiente propagación
de distintas corrientes dentro de judaísmo.
Desde el siglo VI, una vez codificado el Talmud, la tendencia hegemónica siempre fue la
hoy llamada corriente ortodoxa, aunque sería preferible denominarla Judaísmo Rabínico
("Yahadut Rabanit"), toda vez que basa su judaísmo en la Torá, La Ley escrita y la oral, y en
las interpretaciones rabínicas posteriores. La Torá representa la Palabra Divina, que es inmutable,
entregada por D-s en el Monte Sinaí a Moshé y a los Hijos de Israel. Moshé, el más grande de los
Profetas, instruyó a su vez estas leyes a todo el pueblo, quien aceptó el “Naasé ve-Nishmá”: cumplir

los preceptos aún antes de entenderlos o saber en qué consisten. Por tanto, el cumplimiento de estas
mitsvot (preceptos) debe ser total y obligatorio, ya que fueron entregadas para su cumplimiento no
solo a la generación los Hijos de Israel en el desierto, sino para las generaciones venideras.
No obstante, difícilmente podría hablarse de unidad de criterios en la llamada corriente ortodoxa: a
través de estos últimos siglos han ido instituyéndose numerosos estilos y preferencias dentro de
esta corriente, influidos por la personalidad de su Rabino fundador y su filosofía de vida judía. En el
siglo XVIII, por ejemplo, surgió el movimiento Jasídico, definido por el Baal Shem Tov (Rabí Israel
Ben Eliezer), después de las masacres y pogromos que sufrieron los judíos europeos. Se
distinguieron por su influencia de la Cabalá, por su vida comunitaria, por el cumplimiento y la
observación estricta de la halajá, por la aproximación de D-s hacia el hombre a través del el Jésed
(actos de bondad y caridad), las emociones, las manifestaciones de alegría y la devoción, antes que
por el intelecto. No tardó en establecerse un movimiento ortodoxo contrario, llamado precisamente
“mitnagdim” (los opositores), liderado por el Gaón de Vilna (Rabí Eliyahu ben Shlomo Zalman),
acusando al Jasidismo de restarle importancia al estudio de la Torá y a la observancia religiosa seria
y formal.
Dentro de estas mismas tendencias se formaron otros tantos movimientos secundarios,
principalmente entre el ámbito ashkenazí. Del Jasidismso surgieron, hasta hoy día, Jabad, JabadLubavitch , Jagas, Karliner (viejos y jóvenes), Bianer, Slonimer, Braslaver (de Merón y de
Jerusalem), Reb Arreleh (hijo y yerno), etc… Además están los Sionistas Religiosos, el Judaísmo
Ortodoxo Moderno, y más. Existen, incluso, tendencias llamadas ultraortodoxas, los “Jaredim”
(“Temerosos de D-s”), subdivididas también en distintas hermandades (muchas de las cuales no
reconocen al Estado de Israel como tal).
Durante el siglo XIX se empezó a gestar en Alemania el movimiento judío Reformista, como
reacción a las leyes rígidas y radicales, según ellos, del judaísmo ortodoxo. Con el tiempo se le ha
conocido también como corriente progresista o liberal (aunque hay quienes diferencian entre una y
otra). Abogan por el abandono del integrismo en cuanto a los preceptos religiosos y su
interpretación, por la autonomía individual en lo que respecta a la interpretación de los preceptos
religiosos. “Ser judío en el hogar y gentil en la calle” empezó a convertirse en lema de muchos de
estos grupos judíos europeos y, posteriormente, norteamericanos, adoptando un compromiso mayor
con la ciudad en que se vive, que con el “retorno a Tsión” (“Jerusalem está en la ciudad en que se
vive”).
A finales del siglo XIX se constituyó en Estados Unidos otra gran corriente religiosa, el movimiento
Masortí (tradicionalista) o Conservador. Fue el fruto de la fusión de grupos de judíos reformistas
que se oponían al alejamiento de demasiadas leyes halájicas y al apego en demasía a la
modernidad laica y, por otro, de judíos ortodoxos, que de alguna manera se habían alejado de las
estrictas leyes de la Ortodoxia, pero que querían mantener sus tradiciones. Este movimiento ve al
judaísmo como una nación y como una religión, pero sin tener que aceptar la halajá según la
interpretación rabínica ortodoxa, sino adaptándolas a la libre interpretación de sus rabinos, de modo
que refleje la sensibilidad de la vida contemporánea. Se basa en lo que denominan Judaísmo
Histórico Positivo: adecuar el Judaísmo al mundo en que vivimos, respondiendo así a las
necesidades espirituales, emocionales e intelectuales del judaísmo contemporáneo.
Ya en el siglo pasado siguieron conformándose nuevas corrientes, como el movimiento
Reconstruccionista (considera al judaísmo como una "civilización religiosa evolutiva o progresiva
de la identidad judía” en cuanto a arte, historia, cultura, literatura, música, idiomas, costumbres,
leyes, comunidad…, al igual que el resto de las civilizaciones); el Judaísmo Humanista
(movimiento no-teísta que hace hincapié en la cultura judía y la historia como las fuentes
de la identidad judía). No se pueden obviar los numerosos judíos laicos que no siguen a ninguna
corriente en especial, aunque habría que diferenciar entre aquellos que sí se consideran judíos,

aunque no practicantes, y aquellos que saben que pertenecen al pueblo judío por su ascendencia
familiar, pero no se sienten identificados ni con sus orígenes, ni les interesa llevar a la práctica las
normas y tradiciones judías.
Finalmente cabe destacar que el enfoque social habitual considera que este fenómeno de
multiplicidad de corrientes en el judaísmo no tiene por qué verse como un indicador negativo: ello
puede contribuir a enriquecer el acerbo que emana del ancestral pueblo judío, para mantenerse vivo
y diligente a través de las generaciones, siempre y cuando se sea consciente de sus valores y de su
fuerza espiritual. Cada corriente impulsa una fuerza trascendental, que es la que considera esencial,
y que puede complementarse con la fuerza de otra corriente. Este enfoque no es compartido,
obviamente, por las corrientes ortodoxas. Sí habría que recalcar que centros de investigación, como
Pew, advierten, con relación a la identidad judía, sobre un fenómeno preocupante: "El 93% de los
judíos de la generación de más edad (en EEUU) se identifican como judíos sobre la base de la
religión", mientras que “entre los judíos de la generación más joven de adultos estadounidenses,
solamente el 68% se identifica como judíos por la religión, y el 32% se describen a sí mismos como
no teniendo ninguna religión y solamente identificándose como judíos sobre la base de la
ascendencia, el origen étnico o la cultura". Ello origina un fenómeno preocupante: se está
produciendo una baja muy seria en la población demográfica judía. Al parecer, este proceso de
asimilación parece imparable, toda vez que la mayor parte de estos judíos laicos, liberales o
reformistas viven en sociedades abiertas y democráticas y se han educado dentro de la cultura local,
quizás más cercana y atractiva. No ocurre lo mismo con las corrientes judías ortodoxas y
tradicionalistas, que hacen de la Torá y de las mitzvot su forma de vida, su fortaleza espiritual y
educativa.
A pesar de las diferencias, la gran mayoría de los judíos se sienten partícipes de un todo, el Pueblo
Judío, AM ISRAEL. Y como tal, revelan su empatía con el acontecer de cualquiera de las
comunidades judías de Israel y de todo el planeta, autenticando, así, a la expresión talmúdica: “Col
Israel arevim ze la-ze” (“Todo miembro de Israel es garante del uno por el otro”).
DAVID ACRICH
Mayo 2014.