CORCEL

DE LUZ Y PLATA

Salvador Pliego

Prólogo

“La Sierra” era el nombre casi mágico que utilizábamos para referirnos a aquél pequeño
lugar de nuestra geografía, donde convergen los estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz.
Empezamos diez, que poco a poco fueron creciendo hasta convertirse en cien, de los
cuales, siempre quedábamos diez.
Un hermano lasallista recorrió salón por salón invitando -con una pasión y convicción
muy singulares- a que los estudiantes de aquélla preparatoria de la Ciudad de México,
nos sumáramos a un contingente que iría a la Sierra a “ayudar a los indígenas y a vivir el
evangelio de manera más consecuente”, ¿Aún existen indígenas? ¿Vivir el evangelio de
manera más consecuente que ir sin falta a misa los domingos?
De los más de mil alumnos, acudimos diez a la cita que nos iniciaría, a través del
Movimiento de Acción Social, en un viaje que transformaría nuestra existencia por el
resto de nuestras vidas.
Efectivamente eran indígenas nahuas-popolocas que, como más tarde descubrí debido a
que ahí se definió mi vocación profesional como antropólogo social, junto con otros
pueblos indios significan más del 10% de la población nacional; siempre invisibilizados o
“vistos” con conmiseración o como rezagos del pasado, cuando en realidad constituyen el
fundamento de nuestra diversidad y riqueza cultural.
También era cierto que había otras formas de vivir el evangelio y nos avocamos a la
lectura de los teóricos de la Teología de la Liberación, hasta que llegó a nuestras manos
un libro de reciente publicación en ese entonces, que también nos marcaría para siempre:
La Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire, que además de una filosofía sustentada en la
libertad como vocación ontológica del humano, desarrolló una metodología para generar
procesos orientados a una “educación como práctica de la libertad”, como llamaría a otra
de sus grandes obras.
El Hno. lasallista sin querer “catequizarnos”, se sumergió a la reflexión colectiva de
manera generosa, abierta y dialógica, como uno más de nosotros; por ello, empezó a tener
líos con su comunidad religiosa y, en muy poco tiempo, en toda preparatoria nos veían y

ii

decían peyorativamente “revolucionarios”. Uno de los diez fue bestialmente golpeado por
ultra derechistas.
En la Sierra confraternizamos, compartimos el pan y la sal, trabajamos en campañas de
alfabetización, leíamos y compartíamos reflexiones en torno a la Biblia y la cruda
realidad material del entorno: hambre, trabajo mal remunerado, enfermedades que
arrasaban con los niños y mujeres cuando podrían curarse fácilmente si hubiesen existido
servicios médicos elementales. Pero también… ¡cómo vivían sus fiestas patronales! Y
cómo disfrutaban sus tortillas con chile y frijol alrededor del fogón, lo mismo que las
canciones que escuchaban en las pocas casas que contaban con radio, y cómo se
prodigaban cariño y amor entre padres e hijos, entre hermanos y no se diga del respeto a
los ancianos… la veneración a la tierra y a la naturaleza.
En poco tiempo descubrimos que uno de los planteamientos iniciales que nos llevaron a
la Sierra estaba mal planteado ya que no íbamos a ayudar ni a enseñar, sino a compartir
desde nuestras diferencias, horizontalmente, respetuosamente, con mucha alegría y
profundo compromiso.
Así, en lugar de ir a enseñar, nos convertimos en aprendices ávidos de conocimientos y
experiencias. Pablito, a sus 6 años, se convertiría en maestro que nos enseñaría las artes
de sembrar maíz con coa, beber pulque para soportar el calor de las extenuantes jornadas
diarias; también nos enseñaría las palabras básicas para saludar en su lengua y procurar
una mejor comunicación.
En las tardes acudíamos a dar clases de alfabetización en una pequeña comunidad
aledaña y, mediante el método Freire, nos convertimos en entusiastas educadoreseducandos de aquéllas criaturas cuyos rostros emocionados ante el descubrimiento
gradual de la lecto-escritura aún guardo en mi memoria con inmensa emoción.
En las noches leíamos, discutíamos y conversábamos alrededor de aquel fogón con
entrañable olor a humo que se impregnaba en nuestros “cotones” de lana y que casi
puedo oler aún después de cuarenta años. No podíamos concluir la jornada sin sacar la
guitarra y ponernos a cantar temas que nos llegaban de un movimiento que se estaba
fraguando y llamaban la Nueva Trova Cubana. Lo mismo que temas andinos que nos
llegaban de los chilenos exiliados por el golpe de estado al Presidente Salvador Allende y
luego de los exiliados argentinos.

iii

Pero también leíamos poesía y literatura iberoamericana: Benedetti, Neruda, Paz, Sábato,
Vallejo, Fuentes, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Arreola, Rulfo, Alberti, Miguel
Hernández y García Lorca. Surgió la idea de aprovechar las distintas habilidades
artísticas que entre todos podíamos tener para echar a andar talleres con la comunidad: de
música, teatro, guiñol y pintura que complementarían espléndidamente los cursos de
alfabetización ampliando el interés y participación de la gente. Con el arte, el lenguaje era
común y nos entendíamos muy bien.
Entre los diez había científicos y artistas; fueron varios los que a la fecha, han dedicado
su vida al arte; y sólo uno ha hecho de la poesía su vida.
Recuerdo a Salvador Pliego desde su primera “subida” a la Sierra como un muchacho
serio; sumamente observador como si grabara cada imagen y cada palabra de lo que ahí
sucedía; agudo e inteligente. De esos que hablan poco, pero que cuando lo hacen obligan
a la renovada reflexión de lo hablado. Con una mirada que parecía comprender diferente
lo que todos veíamos parecido.
Concluida la preparatoria, los diez nos dispersamos, pero cada lustro nos reuníamos en
casa de alguno para contar, cantar y compartir con el mismo gusto y cariño fraternal de
siempre. Pero nadie lograba localizar a Salvador, que se nos perdió totalmente por más de
35 años.
Fue a través del internet que volvimos a contactarnos este año.
Lo invité a leer poesía en Querétaro y a la primera visita que hizo al país, acudió y pude
disfrutar de su narración sobre esos 35 años desvinculado del grupo y donde me contaba
sus procesos de radicalización política y cómo afectaron éstos su vida en pareja y su
visión del mundo.
Me emocionó escucharlo leer su poesía de manera enérgica, firme, convencida y segura.
Terminada su breve visita, nos despedimos de la manera en que lo hacen los viejos
amigos y prometió enviarme su más reciente poemario.
Recibí el texto y cuando tuve la oportunidad de leerlo, percibí la provocación que el
Poeta hace a nosotros sus lectores, para cabalgar en imaginarios corceles de luz y plata
por la vida misma, ya sobre azules mares embravecidos, o praderas inmensas, plenas de
anhelos y fantasías inalcanzables. A sentirnos jinetes o corceles que a galope irrumpen en

iv

el erotismo sempiterno que habita en nosotros tornándonos salvajes, indómitos y
primitivos.

A escapar de nuestras tribulaciones sobre los lomos de un brioso rocín de plata, dejando
atrás aquello que nos duele, que nos lastima, que nos recuerda nuestra condición humana,
porque en los sueños y en las cabalgaduras, somos todopoderosos que cumplen las más
exigentes fantasías. A evocar la tierna edad de la inocencia, cuando cualquier palo era el
más brioso corcel y en él remontábamos los confines del universo, de nuestro diminuto
universo infantil.

La poesía de Salvador - lo entendí de inmediato- nos permite dar rienda suelta a nuestros
sentimientos que afloran en cada verso, en cada estrofa, para que al final del viaje,
nuestra cansada cabalgadura nos lleve de vuelta a casa, para iniciar después, con
renovados bríos, una nueva jornada hacia donde su poesía nos invite.

Cuando le comenté mis impresiones, me encaró con el siguiente reto:
-“¿Escribes el prólogo de mi poemario?”
-“¡Nombre, hermano! ¡Yo no conozco de poesía!”
-“Pero me conoces a mi”…
José Antonio Mac Gregor C.
Querétaro, México. 2015.

v

ÍNDICE

4

Corcel de luz y plata

30

Haz de luz

54

Oh capitán

A José de la Luz Carrasco:
Invaluable su tiempo en mi vida.

2

Soñaré…
a medida que el corazón cabalgue.

Aquí no se escribe poesía,
se le da tinte a tus ojos.

3

CORCEL DE LUZ Y PLATA

4

I
(A la mar)
Bailan los corceles sus herraduras aceradas.
A golpe de espuma hunden sus cascos en la arena.
Sobre el filo de las nubes alzan su negra cabellera
y galopan cual fueran montados en alzada.

Rompen las poleas del viento con su lomo
y el relincho astilla la línea de horizonte.
A polvo de talones, su surco de Galvayne,
convierten el trote en estruendos de mareas.

¡A la mar, corceles, a la mar!
¡A la mar, y el viento a reventar!
¡A la mar, a la mar!

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II

No podría,
cimarrón,
no podría
ser cuerda o montura,
ni pellón, ni cincha, ni encimera,
ni siquiera percherón.

Libre, como el mar, libre,
junto al sol,
en un suspiro,
en un sueño, galopando… ¡Ahí estuviera!

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III

¡Hay una luz en toda sombra,
hay un casquillo que retumba!

Sin la vida,
en la vida,
a toda vida:
hay una luz en toda sombra,
y un jinete que la monta.

7

IV

Y hay una cerca tan alta,
tan alta,
que no hay corcel que la brinque,
pero que mi alma la guarda y limpia,
para que un día
mi corazón, entusiasta, la salte y se vaya.

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V

Te regalaría, un día, corcel de mi alma,
esa valla, esa cerca, tan sólo mía,
esa valla de madera trunca
que mi corazón pulía,
ese seto que tan alto se miraba
y tan difícil parecía,
para que los dos, un día, una mañana,
mi corcel del alma,
le brinquemos juntos, le saltemos por encima,
y nos vayamos
sin que nos detenga el alba,
sin que nos detenga nadie,
a saltar los juncos, a saltar los llanos,
mi corcel del alma,
con el corazón brincando,
con el alma entusiasmada.

Te regalaría, un día…

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VI

Un alazán como el alma
que me contuviera,
que sin cuerpo, y ninguna frontera,
por la tierra me llevara
-qué hidalguías y triunfos a mis hijas les contara-;
y el alma, a veces, musitara
lo tuyo, lo mío, lo suyo,
y luego los mezclara.

Porque sería como un alazán el alma
cuando me levantara,
para irme lejos, lejos, hacia la pradera, lejos,
hasta la orilla de mi sombra,
hasta la cima de mi túnica,
y poner en la ventana la mirada,
para sentir que galopaba, que galopaba,
que al tocar la estrella relinchaba
-qué lindas historias a mis hijas les contara-,
y con una riata desmantelar el alba
y ponerle, a cambio, a cambio mi ventana.

Un alazán como el alma,
para que de viejo
a mis hijas les contara.

10

VII

Cuando sea grande, ¡más grande!,
tal vez niño,
que mis barbas anaranjadas ya se arrastren,
que mis brazos alarguen más los fríos,
que vuelva a ser gigante como un niño,
quisiera de nuevo un caballito:
un caballito pura sangre de madera,
un rocín de jirones y de trapo
que marche en mis sueños sin quebrarse
y no turbe a la noche cuando duerma;
un caballito que trote sobre mares
y los guarde en mi bolsa cuando juegue;
un potrito doblemente alegre,
que al ritmo de la ola me recueste,
que meza las memorias que yo tuve
y quedaron en el lomo
de un jirón de pura sangre.

Y grande, ¡más grande!,
tal vez niño,
vendrá a jugar conmigo
ese caballito de madera,
ese sueño de jirones,
esa vara pura sangre.

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VIII
(Corcel de luz y plata)
Toca una guitarra antes de que los pájaros al cielo entristezcan.
La estancia de las voces es una marítima velada.
Donde nadie se conoce una guitarra toca.

Tocan las cuerdas las azules aguas.
La espuma alza un corcel de plata que el viento lo galopa.

Toca una guitarra y el mar se oye que trota.
Su cabellera nívea estampa el rugir de cada oleada.
Brilla su lomo cual bergantín sobre la estela.
Y una guitarra toca su cuerda en luz y plata.

Toca una guitarra el requinto de las aguas.
La espuma alza el relincho en sus dos patas,
y el reparo del equus amordaza la marea.

Toca una guitarra el arreo en luz y plata,
y del mar, del mar el tordo se levanta.

Toca una guitarra sus cuerdas en luz y plata.

12

IX
Vienen a trote tus ojos ondeando las mareas,
se escucha el golpe corriendo en los iris.

¡Ábrete paso, jinete de olas!
¡Ábrete paso, a todo destello!

Irrumpe un corcel quebrando las aguas,
abriendo pupilas cual farolas vigías.

¡Ábrete paso, jinete de costas!
¡Monta luceros y luego estrellas!

¡Monta los mares con blancas correas,
con blancas correas para las estrellas!

¡A marcha candente, jinete del agua!
¡A marcha candente, despedazando las olas!

¡Que no hay más jinete, que no hay más mareas,
que los brazos izados jineteando estrellas!

13

X

Vendrás como cualquier caballo:
alzándote sobre mis ojos,
brincando hasta mis cejas,
soplándome el cabello.

Y en una de esas me alzaré contigo.
Y seremos: galope y sueño,
galope y brío,
galope y mundo.

Y desbocaré mi pecho… y venceré contigo.

14

XI
¡Que nunca se marchiten las estrellas!

Quiero deshojarlas con el rompiente del galope,
con un garañón y con lanceta de mil quimeras.
Contarlas todas donde mi corazón sueña,
y entibiar los ojos de mi amada
por si es una de ellas.

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XII
La luna se refleja en su aro de luz y plata.
¡Arre, corcel de embestida,
que no hay quien ensille a la luna
ni le empotre montadura!

La luna muestra una brizna, la luna de luz, encinta.
¡Arre, cuatralbo airado,
que no hay jinete valiente
desbravando a la luna y su aro!

La luna suelta su amarra, su anillo de luz y plata.
¡Arre, solana de hierro, relincho espigado,
que el aro, con poderío, galopa emancipado
al corcel para enamorarlo!

Galopa el firmamento su aro de luz y plata.
¡Arre, luna encrespada,
que el caballo, allá, arriba,
destella menguante faceta,
para que nadie le robe su aro,
su anillo de luz y plata!

16

XIII
Algún día veré el alma mía
corriendo y saltando,
desbocándose más allá del potrero,
más allá de sus cercas,
relinchando, talvez,
como un alazán suelto y sin reatas,
con el cabello hacia el aire,
junto el restallar de su marcha,
y me mostrará el derrotero,
para que yo le cabalgue,
para que yo suba
y desde un sueño le monte.

17

XIV
Sobre un suspiro,
¡qué grande!, ¡qué hermoso!,
también cabalgaría.
A falta de crin, de lomo,
en su exhalo montaría.
Lento, ¡no corras! –cabalgando le diría-,
que recio, ¡muy recio!,
apresurado trotaría:
aligerado, volando,
inspirado, ¡llegando muy arriba!,
junto al suspiro de alguna avecilla.

18

XV

Tenía un corcel de plata,
¡un lindo corcel de plata!
De niño tenía un corcel cristalino
que a la pradera me llevaba.
Cuello y collar eran mis manos;
el resto, los dedos que le llamaban.

Madre, ¿verdad que los niños montan jirones
que son corceles como de plata?

Primero las cumbres, luego el bermejo sendero,
osaba ser el remanso
cuando cansado no le montaba.
Pero aquel caballito de cascabel en el cuello
parecía que nunca, que nunca se me cansaba.

¿Verdad que los niños cuelgan
cascabeles risueños en los caballitos de plata?

Cuando de nuevo su trotar retumbaba
y el jirón saltaba y saltaba
-¡madre, una estrella también brincaba
y su luz era un canto,
como tus manos cuando me abrazaban!-,
saltaba el jirón para convertirse en estopa,
y era su crin toda de luz y de plata.

¿Verdad que los niños juegan
con jirones como de plata?

19

Y aquella blanca estrella
era la que de noche aluzaba,
y parada, a dos patas,
frente a mis ojos parecía que relinchaba.

Madre, ¿verdad que de niño hay jirones
que parecen corceles como de plata?

20

XVI

Pienso que tú eras el agua,
tan cristalina y tan pura,
tan transparente y tan fresca,
que cuando se ondeaba
era que galopabas
a ritmo latiente,
y te disolvías
en la humedad de mi pecho,
como una brisa refrescante y suave
que escalaba mis ojos
queriendo abrazarme.

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XVII

Desde el amor, ¡toda te amo!
Corcel de espuma, me tornan tus labios,
me apareja tu mirada,
me suspenden tus sentidos.

Desde ti, galope de lo arcano,
trenzo los vientos al acantilado,
y un corcel de plata
lanza su galope iluminado.

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XVIII

Ojos grandes, desbocados,
tan lindos como alazanes,
tan llenos de desenfreno,
fértiles e inalcanzables
cuando corren por los aires,
cuando a mi lado se duermen
y me hechizan y distraen.

23

XIX
(Equus)

Encima del vientre pronunciado,
donde corren las letras expresadas por los labios
y la piel se expande en tactos,
en inconfesos palpitares,
los besos marchan a pasos que levantan,
a pasos de corceles sin insomnio,
humaredas de clepsidras sin tiempo.

Los corceles, sedientos de esos besos,
renacen en el vientre, en la desnudez salvaje,
marcando el trote de la rebelión de los amantes.

Crepitan los labios sus placeres.
Cien corceles recorren la pradera
y galopantes se alzan cual célibes burbujas.
El vientre es un Jericó que se arde
y la noche destroza sus murallas.
Cien corceles de besos se abalanzan.
La piel es un temblor de ganas;
el vientre es su elegía.
Los casquillos marchan,
y el vientre vibra al paso de un caballo
que besa su dermis blanquecina.

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XX

Un día me llamarán todas las palabras,
como una luz de plata llamando primaveras,
y desde mi corazón latirá una lazada de corceles
con toda su belleza,
para suspenderme entre las nubes
y codearme con las aves.

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XXI
(Toda la hermosura)
El viento que estalla, ruge, e inicia a la mar.
Desde el pecho brota un corcel
que cruza la noche para hacerla crecer.
Y el viento en el rostro queriendo surcar.

Hay un faro por amanecer.
Y los ojos en tierra remando, saltando, brincando la infinitud.

El aire que estalla por encima del mar,
y el pecho galopa la noche para irse a remar.

Restalla en los brazos potencia de vuelo:
alas de hierro entre los estruendos
que se alzan al cielo para nunca encallar.

El aire que estalla, estalla en el rostro;
y el pecho que se abre cual corcel al brincar.

El pecho que se abre: esa mirada que parece la mar,
ese galope en la inmensidad.

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XXII
(Pablo Neruda)
Cascos de caballo se escuchan en la isla:
la mar negra, la mar…
Terregal de espuma en cada ola
y el gavilán sobre la sal anclándose en cubierta.

Cuando se escucha el viento: los grandes ojos,
el buque galopando hacia la arena
y el caballo sumergido hasta el rostro.
¡La mar negra, la mar!…

La flor de plata reposando sobre tierra
y su olor enmarañándose en mareas.
El bergantín avanza en cruzada de navajas.
La mar negra, la mar: ese caballo de altamar.
¡La mar, la mar negra, la mar!

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XXIII

El mundo es todo galope, galope,
galope y travesía
-¡qué cansado mi corazón
cuando sale a buscar ventura!

Destino es la golondrina cuando suspende en el viento
su amor, su memoria, su barca emplumada
y el corazón fisurado que la hizo emigrar un día.

Galope, galope, el mundo es todo galope:
denuedo y galope un día;
sendero y travesía.

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XXIV
¡A la mar, corceles, a la mar!
¡A la mar, a todo galopar!
¡A la mar, la arena a levantar!
¡A la mar, y la espuma atizar!

¡A la mar, corceles, a la mar!
¡A la mar, que hay alas en la mar!
¡A la mar, y en vuelo a galopar!

29

HAZ DE LUZ

30

Hay un lugar y un beso
Hay un lugar de torres y lumbreras,
un lugar entre la luz y los silencios
donde caminan ciegamente las manos,
donde la piel no tiene cuerpo
y es un deseo tangible el de las bocas,
una sensación de carne que se esconde entre las sombras
para tocarse las lágrimas,
para besarse los ojos y las venas,
para asumirse en un labio que se enciende
en el borde de otro labio,
en la morada de una lengua engastada entre estrellas,
y que sabe al abrazo de un sueño,
a un mirar correspondido de geranios;
ahí donde navegan los suspiros
y los murmullos se contienen sin palabras,
porque tienen esas letras que nunca cargan culpa,
y se anillan en el reborde primaveral de una esperanza;
es ese espacio de arropo y de tejas
que se cubre con los besos
y es un mimo cuando la embriaguez de un roce,
o una sonrisa desnuda que nos moja
y que el corazón le siente,
como un servato brincando en nuestra sangre,
como el amor, cuando se agita, y deja un palpitar
que es del alma y el corazón lo advierte… y lo late.
 

31

Un día
Bailaré un día con una luz…
una luz.
Y le contaré que había, que una vez,
que yo tenía, a esa luz.
Y dejaré mis cosas: constelaciones,
huellas, páginas viejas, solares púrpuras,
el ajuar del hoy, nidos de asombro, por esa luz.
Y me dormiré con ella,
con mi pijama de edén y momio,
para sentir, a un lado, su cielo azul.

32

Me quedas tú
Después de amarte me queda nada:
una sonrisa y un haz de luz,
algún poema sin su guitarra
y alguna cuerda hecha canción.

Me quedas tú… y me queda nada.
Me quedas tú y volverte a amar.
Me quedas tú.

Así se desvanece el cielo.
 

33

Vigencia
Prefiero esa luz que habla,
un soplo del corazón que entona,
y que se acerca a otra mano y a un rostro
tocándose las yemas, salpicándose navíos,
entregándose perfumes que viajan a los ojos,
y que se respiran uno a otro
con improvisos de alegrías,
como si se amaran en cada travesía,
porque tienen de por medio
el patrimonio vigente de volverse una caricia.
 

34

Tildes blancas de las alas
 

Recuadro la noche en un pájaro,
para que dos ojos toquen el aire suave
y las tildes blancas de las alas
posen su palabra
en algún beso nuevo,
mientras la luz de la mañana entinta
y despliega un soliloquio.
 

35

Misiva
Dejaré que mi voz se escape al sol
para platicar de algo,
de nada,
de todo
y contigo.

Y ya sentado,
te habite
desde el interior de un signo,
para hablarte al oído.

36

Esa luz
Tengo una luz: dos ojos…
y un atardecer en la mano.

En mi palma: un suspiro, un cantar de gesta.

Tengo una luz: el terciopelo del mar sobre mi cuerpo
y mi cuerpo a la espera de la noche.

La mirada puesta en el sereno,
viajando conmigo, divagante.
Y una luz en mi mano,
serenamente transitando.

¿No es maravilloso?
 

37

De alguna estrella
Sentí que atrás de alguna estrella
había un Principito
aventándome su rosa
para que le pintara algún cordero.

Lo que hice fue sonreír… para que él se lo imaginara.
 

38

Curiosidad
Esa curiosidad de ser alegre,
de llevar insignias en las cejas,
jardines en los talones,
flores en las rodillas,
y viajar de estrella en estrella
hacia todo rumbo,
¿será que hoy visto de inigualable
y estupendo?

Me adivino ser yo mismo.
Y tal es la deferencia,
que abundantemente, y en bruto,
todo yo sonrío.
 

39

Fanal de aurora
Pongo en orden mi casa: mi luz,
el haz de mi alma.
Que su ventana no se atranque
ni cortina alguna la cubra o la esconda.
Y lo único que hace ese fanal del pecho
es sacar una flor color de autoestima.
¡Qué belleza!
 

40

Prendiendo la mañana
Si temprano la lágrima bajara a mi ventana,
y un brillo azul de gota tocase el vidrio
y al cristal lo traspasara,
y al filo de la brisa, ese destello,
su haz lo derramara el viento
prendiendo la mañana,
qué más haría,
que ponerle ojos a la luz para mirarla.
 

41

Danza
Cuando el viento ondula la luz
y se contonea en forma tal que me impresiona,
no sé quién danza, si es la luz o es ella la que baila.

42

Consigna
Mi consigna no eres tú sino besarte.
Pero, en cada beso,
que estés tú para amarte.

43

La brisa y ella
Toca, por donde camina, un suspiro o una vaina.
Parece que sopla su cabello largo y resuena una gargantilla.
Al paso del rocío sus labios humedece
para colorearse una sonrisa.
Tiene dos pájaros bajo sus cejas
y un caminito en sus mejillas por si vuelan.

Así va la brisa: coqueta, campante y muy alegre.
Ella me sonríe…
Es cuando las confundo.

44

Luz de madrugada
Quise parecerme a ti y ser mañana,
despertar a los nidales, al ramal de la arboleda,
ser parte del amor y su verbena,
y tocar una ventana.

Tocar una ventana… y ser luz.
Traspasar alguna flor, algún diván,
con un halo blanco y luminoso,
y estallar cual luz,
cual haz de madrugada,
y tocar, tocar a tu ventana.

45

Estabas tú
Había un color de mil colores
y una estrella de mil estrellas.
Venías tú donde yo estaba,
y estabas tú llena de flores.
Cuando el color pinto una flor
no había más flor, estabas tú,
y alguna estrella en tu semblante,
color de flor.

46

De pájaro
Ando de pájaro:
de tordo, colibrí, lori crepuscular,
cenzontle de mil gargantas, cóndor negro;
arañando bordes celestiales,
picoteando cimas, montes, rascacielos,
cúpulas ardientes, matorrales,
el cenit del vuelo y apogeo;
buscando el resplandor, el más claro amanecer,
el canto parecido a los graznidos
que alumbra el tiempo y movimiento,
que acecha desde abajo a todo vuelo,
que se alza majestuoso y atrevido,
para convertirme en luz,
transparentando mi sombra,
y bailar juntito, de cachete,
con la pizpireta alborada.
.

47

Gota de lluvia
Caer como una gota de lluvia
en un rostro,
para resbalar, resbalar por la mejilla,
y sentir, sentir que no es tristeza,
sino gota de lluvia rodando,
disfrutando la alegría.

48

Alas en la mano
Puestos los ojos sobre la nada,
mirando, mirando el infinito,
sentado y observando,
observando mariposas en lugar de estrellas;
hacia el espacio, el infinito, mirando,
arrancándole luces a la nada,
poniendo las estrellas en la mano,
como mariposas,
como alas destelladas que tocamos,
que brillan en las palmas.
Y los ojos en la nada, mirando,
mirando el universo,
con las estrellas amarillas
aleteando, planeando.
Sólo eso: las estrellas… sentado, mirando,
y las alas en la mano.

49

OH CAPITÁN

50

Jamás
Jamás condenarán mi corazón,
que arrasa buques, doblega rieles,
levanta estrellas, que late cimas.

Y con los ojos abiertos como puños,
como halcones diestros y en picada,
sobre la vida: yo, mi navío,
mástil y torreta,
libero ruta, navego mi alma.

51

Todas las mañanas
No correrá sangre ni plasma por mis venas.
Pero, todas las mañanas
un ave y el color del cielo
y una proa
viajarán por mis adentros,
hacia un destino nuevo.

52

Una claridad
Aunque cierre los ojos
y la oscuridad -ese esperpentome ciegue,
sé que en mis adentros
hay una luz, una nube, algún rocío,
que se prende.
Y aunque la tarde caiga, el día,
o se deprima la mañana,
de mi cuerpo brota un instante, una claridad,
para que mis labios rocen
la luminosidad del sentimiento.
En luna nueva, con eso enciendo el universo.

53

Clamor de alegría
¡Qué otro clamor de alegría,
sino aquel de la mañana
en donde el corazón se doblega
y a la luz le rinde pleitesía!

54

Dejar que se liberen
Dejar que se liberen los ojos
tocando,
tocando otros ojos,
dibujando una parvada,
deslizándose entre huecos que forjan las burbujas,
abriendo los brazos para surcar sobre,
desde, por encima de otros brazos
que conjuntamente se liberan;
planear,
planear desde los iris
y contemplarles cómo vuelan;
mirar que se liberan.

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Suelten amarras
Sólo la ola me llamará: Mar.

Buque: mi pecho.
¡Altas las velas!
¡Libres las anclas!
¡Rotas las sogas!
¡Oh capitán!… ¡Oh capitán!

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Redactor de aromas
Silbante, lo que viene de la risa,
lo que cambia en el clima al escucharle,
el exprofeso sonido hilarante.

¿Qué pájaro no es mar
cuando sus alas, sobre el acuático contorno,
se extienden azules y olean y salpican?
¿Qué sonido no habita en el aire
para retener las letras de la acústica del cielo?

Alas de la palabra que habitan al organillero,
a las teclas verdes de las hojas,
donde conferencian ojos, labios y semblantes,
para proveer de elixir y néctar al parloteo y la tertulia,
para charlar del trino y los silencios,
para enumerar la claridad y las campanas,
para dar a la palabra sus cuerdas de violines,
su poeta tordo, su cantante ruiseñor,
su vuelo jardinero.

Suelta el mundo sus jilgueros,
abre sus alas de mecenas,
el otoño y la luz combaten.
Y mientras silban los montes y volcanes,
ahí estoy: inventándome, recorriéndome,
saltando y escuchando,
siendo imán de alguna brújula, de algún instante,
de alguna tarde,
para captar el mínimo susurro de los vientos,

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para verme sometido a la palabra,
a su eco numismático e incomprendido,
a su gesto silábico,
y entintar mis yemas con las plumas
del carbón y canto, del granito y cálamo,
para denunciarme letra, subversivo literato,
y ser un insurgente dramaturgo,
el narrador-guionista de un aroma de palabras
que nunca me han salido,
pero se gestaron en el fondo de mi alma.

58

Denuedo
Levántese, escudero, que me voy contra el molino.
Que me voy contra el molino, con peto, alabarda y enjundia.

Levántese de la tierra, a empuñar orgullo y gesta,
que esta vez trae acero la punta y el asidero.

Apúntele al aspa y su giro, a la cruz de aquellos vientos,
que hoy voy a cantar victoria y a doblegar al destino.

Levántese, mi escudero, álcese a la proeza gallarda:
no hay espada que duerma cuando el corazón arde y se enfila.

¡No hay espada mellada, no hay escudo ajado,
lo que sale del pecho es un arma jamás trinchada!

¡Levántese, mi escudero, levántese de la tierra,
que arremeto ya al molino!

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Poderío
De pecho en pecho en pecho,
como una barca de velas pardas,
de mástil negro y cenizo,
sobre el mar descarrilado
y cubriéndome los ojos,
hincándose en mis labios,
desparramándose en mi lengua,
me acantilé sobre las aguas, sobre su sal,
como una arena blanquizca y espumosa,
como una brisa torrencial e incontrolable,
persiguiendo su costera, su único azul inagotable,
su oceánica resaca hecha de alfanjes.

Córreme de mar, como si fuese un antílope marino,
un sumergible de mil velas,
una gaviota de tres lunas
-¡a la luz, a la mar, al horizonte!-,
capitaneando, sorbiéndome las olas,
descubriendo nuevas tierras,
siendo su navío.

Y el mar, la luz, el horizonte,
naciendo de mis ojos con todo el poderío,
convirtiéndome en su estela, su timonel
y la invencible torreta que navega una fragata.

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