La lectura reciente de un número significativo de cuentos escritos por niños y

jóvenes de primaria, bachillerato y universidad de todo el país, me lleva a
ratificarme en un diagnóstico: el nivel de escritura de los estudiantes colombianos
es pésimo. Un verdadero desastre. Y esto lo afirmo después de leer casi un
centenar de cuentos ¡que son ya los elegidos como finalistas entre más de 30.000!
Cómo serán los otros, me pregunto.
Para ellos las tildes no han existido nunca, la puntuación es aleatoria e
independiente del sentido, y la ortografía una función del corrector automático. El
punto y coma ha muerto, y allí donde aún respira lo hace en el lugar equivocado.
De las preposiciones ni hablar: usos tan errados como inimaginables. Todo ello
entraña un menosprecio total del lenguaje, y casi aún peor, desinterés total por la
corrección. Nada evidencia una segunda lectura del propio texto: palabras
torpemente reiteradas, tiempos verbales incoherentes, frases inconclusas. Y eso,
como dije, en los “mejores” del concurso. Este, auspiciado por importantes
entidades, fue concebido como herramienta pedagógica y como instrumento para
tomarle el pulso a la educación. Y lo cierto es que diagnostica muy bien el
problema: varios años de llevarlo a cabo les ha revelado que la gran mayoría de
los estudiantes colombianos, incluidos los universitarios, no tiene ni idea de
escribir.
Pero las cosas van más allá: me cuentan que el plagio es recurrente. O que hay
fraudes. Yo misma encontré cuentos de niños de diez años escritos por un adulto.
Un padre escribiéndole a un niño su cuento: ¡imagínense la lección de ética! La
noción de literatura también es dudosa: para unos es edulcoración de la realidad,
lugar para poner adjetivos rimbombantes, para romantizar la realidad o para
concluir con moralejas que suenan como discursos aprendidos. Para otros,
oportunidad de contar truculencias o de expresarse con clichés, perpetuando
ideas preconcebidas, muchas de ellas machistas. Aunque hay unos pocos que se
salvan, al conjunto le falta autenticidad, originalidad, creatividad. Y uno se
pregunta qué están leyendo estos muchachos, si es que leen: ¿tal vez sólo libros
de autoayuda? ¿Novelones?
Por lo menos la literatura les ha servido para desahogarse. Inevitablemente se
refleja en estos relatos lo que acompaña la vida cotidiana de los colombianos:
violencia intrafamiliar, asesinatos, miedo, y el fantasma de la violación, una
fantasía recurrente. Pero lo fundamental está ausente: la pasión por lo que hacen,
el gusto por el lenguaje, una mínima destreza narrativa, y sobre todo la conciencia
de que la literatura entraña sentido y que tiene poder político y simbólico. Se
escribe como se piensa y aquí lo que encontramos es un pensamiento pobre.

Los organizadores del concurso hacen talleres que intentan cambiar las cosas. con urgencia. por capacitar los maestros . sino a la mediocridad del sistema educativo. Pero sin duda lo que se necesita es un revolcón estructural.Estoy segura de que eso no se debe a carencias intelectuales o de sensibilidad de todos estos muchachos. que empiece.