Lateral, núm. 118, 2004, p.

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El sexo de los políticos y la política de los sexos*
[RESUMEN: El autor del artículo no cree que la desigualdad sea la principal causa de la violencia contra las mujeres. Aunque hoy pueden ser ministras de Estado, continúan recibiendo palizas. El meollo de los conflictos de pareja parece estar más en las relaciones de propiedad que en la tan cacareada disparidad. Al final, no hay más verdad para el crimen que la posesión.]

Cada vez que oigo la palabra inmigración, salgo en busca de un psicoanalista. La liebre ya la había levantado Ana Botella, hace cosa de unos meses, cuando creo que dijo algo así como que con la inmigración aumentaría el problema de la violencia de los hombres contra sus mujeres. Algo así me comentaron. Lo que me sorprende ahora es ver que también Arcadi Espada (véase el 10 de julio en su blog en internet) se acuerda de la inmigración hablando de la violencia doméstica, en respuesta a una carta de cinco profesoras publicada ese mismo día en El País. Aunque no queda del todo claro en la referencia de Espada, en general la alusión a la inmigración apunta no sólo a su aporte cuantitativo sino sobre todo cualitativo: los inmigrantes pegan y matan más que los españoles y que los europeos. La razón sería que proceden de países donde la desigualdad hombre y mujer es mucho más importante que en los nuestros, Europa. De hecho, la tesis de que la desigualdad es “la principal causa” de las palizas y los asesinatos es la de casi todo el mundo, desde luego también la de las profesoras de Barcelona, y ya sólo por ese “súb(d)ito acuerdo colectivo resulta más bien sospechosa” (T.W.A.) Como las alusiones fantasmagóricas a la inmigración no son razonamientos, ni se basan en hechos, discutirlas sería ya darles un valor que no tienen, así que allá Ana Botella con sus fantasmas. Pero se puede aprovechar la ocasión para hablar de nosotros y de los demonios que apenas se disimulan ya con motivo de la “violencia de género”, que es de lo que no quieren oír hablar ni los que se acuerdan de los inmigrantes, ni los que hablan de la desigualdad. Y para esto vienen muy al pelo la carta de las profesoras y la respuesta de Espada, porque condensan en pocas líneas un silencio monumental. Las profesoras hablan de la desigualdad como “principal motivo”, y Espada nos cita a una feminista que cuenta con “la naturaleza humana”, con la realidad, al abordar el problema de la violencia de los hombres contra sus mujeres. El interés está en el punto de fuga que hay entre ambos.

El meollo de la cuestión no está en la desigualdad, para empezar por el final. Denunciar la desigualdad está muy bien, y a partir de ahí reclamar la paridad efectiva en el trabajo o en el consejo de ministros, denunciar el uso de las mujeres como objeto de reclamo publicitario o pedir una asignatura de género (¿femenino?), también. Pero de ahí a pretender que el “principal motivo” de la violencia es la desigualdad, es como creer que Bush mandó invadir Afganistán para liberar del burka a las afganas: ambas ilusiones sirven para “mantener intactos los mecanismos del poder”, por decirlo con las palabras de las profesoras, en Afganistán y aquí. Todas esas cosas del mundo del trabajo están muy bien que se hagan y además tienen mucho futuro por delante. De paso, el discurso de la desigualdad alienta la maltrecha competitividad, rinde beneficios, resalta la eficacia, maquilla la publicidad y pone a la escuela todavía más a merced de los adultos, o sea de los padres, porque es que las parejas ya no tienen tiempo ni de ocuparse de los niños. Pero no deja de ser curioso y triste que un problema que podría dar para hablar de la pareja como problema, acabe vendiéndoles una solución para sus vidas a las parejas. La ‘pareja’ como problema, es de eso de lo que nadie quiere acordarse en todo este debate. Porque hablar contra la pareja tiene muy mala prensa, y si no que se lo pregunten a García Calvo, que sigue escribiendo en La Razón. Sin embargo, la tesis de la desigualdad y la solución de la paridad efectiva, es verdad que apenas se sostiene si la paseamos por Europa. En otros países, con mayor paridad efectiva e histórica que el nuestro, hay tantos o más asesinatos. En Finlandia, el Primer Ministro es una mujer, y es el país de la Unión Europea con mayor porcentaje de mujeres asesinadas. Es sólo un ejemplo. Pero es ejemplar que la misma dificultad que hay para enfocar el perfil del maltratador en nuestro país, porque los hay de toda condición, la haya también a la hora de perfilar el país de los maltratadores, porque los hay católicos, protestantes, laicos y ortodoxos, pobres y ricos, fríos y calientes, con buena y con mala educación, con mejor y peor televisión, con publicidad chusquera o sofisticada, cejijuntos y rubitos. La teoría de la desigualdad se desdibuja entre tanto perfil socio-económico y nacional distinto. ¿La desigualdad en qué? Lo único que tienen en común todos esos países y sus maltratadores es que en todos ellos las mujeres mueren a manos de su pareja. Es poca cosa, pero quizá sea suficiente para empezar a perfilar algo y tantear de paso el nudo de la cuestión. “La maté porque era mía”, que rezaba el adagio popular, es seguramente lo que todos al fin dudarían si confesar o no en comisaría. No es ese el motivo, claro, pero es importante que pueda ocurrírsele a alguien como justificación. Ese es un miserable, que decía Acebes de Otegui, sí, vale, pero a lo mejor sus palabras nos aclaran algo.

Aclaran, por derecho, la verdad de lo que sublima la desigualdad. Que la relación hombre y mujer que todas las parejas contienen es una relación de propiedad, y no de desigualdad. La diferencia puede parecer un matiz, pero sus consecuencias son cósmicas. Ya que citan a San Pablo, las profesoras de Barcelona, para adornar su tesis de la desigualdad, habrá que recordar aquí también que ya lo citaba José Requejo para demostrar lo contrario, citaba su explicación de por qué en la iglesia las mujeres tenían que cubrirse la cabeza y los hombres no: porque “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón la cabeza de la mujer”(I Cor. 11, 3-10, cito por Requejo). Y Requejo, a diferencia de las profesoras, daba en el clavo y decía: “mientras que un hombre se salva por su propia realización como ser social, por ser él mismo, así una mujer se salva sólo por ser de un hombre.” Por ser de un hombre. Aunque a mí me parece que tampoco el hombre se basta por sí mismo como ser social. En la realidad social, es decir, fuera de la iglesia, un hombre que no tenga su mujer no es un hombre, es un don Nadie. (Dentro de la Iglesia puede uno llegar a Papa.) Y puede que la cosa se haya perfeccionado tanto que ahora las mujeres también sean de verdad propietarias y tengan también su hombre, con lo que se acaba así la desigualdad, pero no lo que ocultaba. Pero vayamos al origen: la Propiedad, para empezar, la propiedad de la mujer por el hombre, la mujer como “primera forma de dinero”, y al mismo tiempo si se quiere la propiedad de la casa y de los hijos, la Familia, como primera unidad productiva. Eso es algo que todo el mundo sabía hasta hace cuatro días, pero que ya sólo García Calvo dice; ¿o es que me van a decir que lo de que fuera de “buena familia” era cosa de que fuera buena de verdad, como decimos de alguien que es buena gente? Así pues, la desigualdad sirve para echar balones fuera, para creernos que ahora que somos iguales, o cuando lo seamos “efectivamente”, y ahora que ya no nos importa el dinero, podremos seguir repitiendo la misma historia, sin repetir los mismos crímenes: que el Matrimonio (o cualquiera de sus formas último grito) ya no es lo que era, que ahora es un contrato libre entre partes iguales. “No: no hay más verdad que la posesión. En el tener está la fundación y esencia de la pareja, en el “mío” o “mía””. (A.G.C.) Así que si son contratos deben ser contratos de compra-venta que una vez firmados mi Domingo es mi Domingo y mi Mari Cruz es mi M. Cruz. Mía. Y por eso la maté. Así que no reduzcamos esos asesinatos de un sexo sobre el otro a una cuestión de desigualdad porque eso supone deslizarse por el lado de los principios, del “deber moral”, lo que acaba siempre entregándonos a la explotación económica y a la violencia con que se rompen también los contratos. La mujer liberada trabaja el doble, venía a decir Isabel

Escudero en un artículo sobresaliente, y en Afganistán Bush puso de presidente a un exconsejero empresarial de su amado Dick Cheney (véase Farenheit 9/11). Conviene no olvidar que en el principio fue la propiedad y que es eso lo que todo lo envenena. Reducir la “revolución feminista” a la “paridad efectiva entre los dos sexos” en el trabajo, que es de lo único que hablan las profesoras en su carta, es no querer volver si quiera a recordar que la cosa tiene antes que nada que ver con el fundamento de la Pareja, con la posesión y con el dinero. Y que el que tiene algo, como el que paga, quiere saber que lo que tiene es lo que pone en el contrato, que es suya, para empezar, y cuanto más se crea que es suya más celosamente la vigilará, la controlará, querrá saber de ella, con quién va, con quién habló, a qué hora, lo que mira, por qué, y así hasta querer someterla entera. Ese celo no descansa nunca a no ser que deje de pensar que es suya. Y, sin embargo, sobre esa idea se produce toda la publicidad. La revolución feminista digo yo que algo dijo contra todo eso y podría de paso recordarlo, porque si son vitales las medidas legales y prácticas, la oficina, hace falta recordar también que esa revolución quería salvarnos de la condena de que cada una tuviera que ser de cada uno y borrar así del mapa de las ideas lo de que cada oveja con su pareja y que eso era empezar a borrar también al machito ibérico del mapa de la península y de las crónicas de sucesos. Mientras tanto, entre un mapa y otro que se sigan tomando medidas prácticas que equiparen los salarios y las oportunidades, que eviten la paliza mortal, que cumplan con el alejamiento, que premien el divorcio, pero si hablamos de principios, empecemos por el principio, por la casa y no por la oficina. Porque lo otro es no querer siquiera rozar el nudo de toda esta cuestión tan espinosa, no querer coger el toro por los cuernos. Me acuerdo ahora que durante el debate sobre el libro aquél que creo que se titulaba Todas putas, parecía como si todo el mundo estuviera de acuerdo en que las mujeres no eran putas, pero no porque no cobraran dinero, sino ¡porque no se acostaban con cualquiera!. Algunas frases parecían sacadas de una declaración de la Conferencia Episcopal. Era como si se hubiera aceptado que no es el dinero lo único que huele mal en todo ese asunto. Pero si la desigualdad sublima el meollo del problema, las referencias a la naturaleza humana y el mundo real, ese mundo ideal en el que las cosas son como son, lo despolitizan pretendiendo que sólo la diferencia de fuerza física puede explicar el que en el enfrentamiento mutuo las muertas sean las mujeres y difuminando el porqué en una multiplicidad de situaciones cuyas razones se agotan en las circunstancias particulares que concurren en cada caso. Sin embargo, todos los conflictos “conyugales” tienen algo en común, el yugo, lo que no puede dejarse de lado a la hora de explicar las mil formas en que se manifieste. Si conflicto

hubiere. Además de las circunstancias de cada caso en particular, si el asesino estaba borracho o no, si había perdido al póker esa noche, si se sentía engañado o si la víctima lo insultó, ¿se puede intentar explicar el porqué de las muertes de esclavos sin hablar de la esclavitud como principio fundamental? Explicar el problema de la violencia de los hombres contra sus mujeres contando con la “naturaleza humana” es como buscar a dios entre la niebla. El camino de los instintos no lleva a ninguna parte. No se encuentran en la naturaleza machos que violen a sus hembras y después la maten, sólo los hombres, “animal político”, lo hacen: si el suyo es un instinto, se tendría que poder decir instinto político. Nada de lo humano, tampoco el sexo, es natural. El sexo, si se quiere, es la primera división de lo natural, pero es ya una división social, o sea política. Como toda “división de lo sensible”, que diría Rancière, la división de sexos es ya también una división que implica las tareas, lugares y funciones que le toca a cada parte. Una división que incluye también la “división del trabajo en la pareja” y todas las que le han seguido en la realidad social. Así por ejemplo, en el realismo político del que hacía gala san Pablo con ese “las mujeres en la Iglesia, cállense”, que citaban las profesoras en su carta, y que ya había sido formulado con una pretenciosidad más exquisita por Aristóteles en sus celebrados pasajes sobre el lenguaje como fundamento de la capacidad política, al distinguir entre los que poseen el lenguaje y pueden expresarse sobre lo justo y lo injusto (los ciudadanos libres) y los que sólo lo utilizan para expresar lo que les duele y lo que no, lo que les gusta y lo que les disgusta (mujeres, esclavos, pobres víctimas, animalicos). El sexo “Mujer”, pues, no es ninguna cosa natural, no es la hembra del mundo animal, es la parte de la “comunidad dividida” que no posee el lenguaje, cuyas tareas son las domésticas, cuyo sitio es la cocina y cuya función es criar los hijos. Todo lo cual, dicho sea de paso, me parece que está muy claro que lo que pretende impedir de verdad es precisamente que no disfrute ella de su sexo, del coño, quiero decir, con “naturalidad”, esto es, sin control ni condiciones, en la más viva indefinición, que es de lo que tienen miedo todos los hombres, y no de que les quiten el trabajo. Una diferencia de matiz y, como se ve, las consecuencias van flechadas al corazón de Cupido, ese broker. Pero de nada sirve insistir de frente en asuntos tan delicados y personales, y gritar abajo la Propiedad podría hacer subir los seguros de la vivienda. Sin embargo, como vivimos en la sociedad del Amor, las ventajas teóricas de matizar en lo que se funda el Hogar pueden rebotar en la práctica por todas partes. La actualidad del problema exige que se señale

alguna consecuencia práctica: “¡ejemplos, ejemplos!”. Se me ocurre una tan clarita, tan de actualidad y tan cercana como ejemplar: si no se hubiera olvidado que en el fondo estaba la propiedad y no la desigualdad, si todo el mundo lo tuviera claro todavía, ese matiz, tal vez muchos “feministas” y muchos ateos que defendían la prohibición del velo en las escuelas francesas, porque era un signo de inferioridad de la mujer, de la violencia contra la mujer, asumiendo que las que no se lo quitaran debían ser expulsadas, porque en el espacio público de la escuela laica todos somos libres e iguales, libertad e igualdad efectivas, quizá entonces esos defensores de la igualdad habrían sentido un escalofrío de ver que lo que estaban haciendo era mandarlas de vuelta a su casa, con su padre y con su madre, que para eso es suya, en lugar de dejarles abiertas las puertas de la escuela, abiertas a esa libertad e igualdad que sólo se encuentra saliendo de casa a ganar la calle, de lo privado a lo público, en ese ir y venir que va deshilachando la frontera entre lo uno y lo otro, perdiéndole el respeto. O quizá tampoco. Porque lo cierto es que ya mosquea tanto que cualquier problema se quiera solucionar señalando a los inmigrantes, como que la violencia contra la mujer se quiera resolver escondiendo en casa los signos que la muestran. O sea, volviéndola in-significante, en dos palabras.

BRAULIO GARCÍA JAÉN.

*Este artículo se publicó en Lateral, n. 118, 2004, p. 14. Dos números después, Antonio Prometeo-Molla respondió a mi artículo con otro titulado “Del machismo al hembrismo”. Pego aquí abajo algunos párrafos de la respuesta que por carta envíe al director de Lateral, porque sirven para aclarar en parte el contenido de este artículo. La carta se publicó íntegra en un número posterior que no he encontrado.

Por alusiones [...]
De las dos ideas con que A-P Molla resume mi artículo, la segunda no está contenida en él. Dice así: “La mujer no tiene libertad sexual y como el hombre teme esta libertad, un buen día mata a su cónyuge”. Esa causalidad, es una tesis de mi corresponsal, no mía. Todo lo que de mi artículo se puede leer respecto de la

reconstrucción del crimen, se resume precisamente en esa advertencia frente al “la maté porque era mía”: “ése no es el motivo, claro, pero es importante que pueda ocurrírsele a alguien como justificación” (nº 118). Mi artículo hablaba del mapa mental en el que se sitúan ese tipo de justificaciones. No de los motivos. El mapa mental en el que se justifica el terrorismo etarra puede que sea la Nación Vasca Esencial y Eterna y Eternamente Oprimida por el Estado Español y Francés. Ahora bien, decir que el terrorista que le vuela la nuca a un fontanero, lo hace porque –que es lo que está diciendo su “como el hombre teme(...), un buen día la mata”—el fontanero era español, no es sólo aventurar un motivo, es sobre todo y desde ya, compartir el mapa mental del que dispara, o lo que es lo mismo, servirle la Causa en bandeja de plata. La línea causal que une la posesión como fundamento de la pareja y el miedo a la libertad sexual como causa del crimen, es una recta que traza A-P Molla en su resumen, pero no yo, que me tuerzo mucho. Me parecía a mí, “dicho sea de paso”, que ese miedo a la libertad sexual era la razón que explicaba la construcción del sexo “Mujer” como algo natural –no el crimen--, cuando era precisamente lo más natural que pueda haber lo que se dejaba fuera, encerrándola de puertas adentro (afortunadamente al menos, los fantasmas entran por la ventana). Repito, mi artículo comentaba más los razonamientos de la tesis de la desigualdad y la naturaleza humana que los motivos del crimen. Y segundo. Es verdad que yo tampoco conozco todos los casos de “violencia doméstica”, como bien sospecha A.-P. M. Pero es una verdad que no se demuestra por las pruebas que usted aporta, esto es, “porque los casos que yo [A-P M.] conozco no encajan en el modelo que él describe con tanta seguridad”. Es una verdad de Pero Grullo. Es curioso, con todo, que entre “los casos que usted conoce” no se encuentre ninguno de los que más se habla: “Una mujer muere a manos de su pareja” (No tengo cifras ahora aquí, pero rondan los 70 cada año.) Pero bueno, “cauno eh cauno y hace sus caunás”. Cada cual ve o recuerda los programas que le parecen más impactantes. Ahora bien, los dos casos que usted rescata en el segundo y tercer párrafo de su artículo, sí que encajan, para su infortunio, en el modelo que yo describía con todo, por cierto, menos con seguridad. En mi artículo ya se dice, y aparece en parte destacado en la edición, que la cosa no cambia, si cambian los roles, esto es, que sea la mujer la que se

sienta propietaria (ejemplo 1, párrafo 2): de hecho dice que se perfecciona.. Y dos, todos los casos que incluye usted en el de “la mujer desengañada del marido” (ej. 2, párr. 3) encajan perfectamente, otra vez, en el modelo, pues precisamente esa decepción de encontrarse otra cosa que la idea que nos habíamos hecho, ese “que éste no es el Fulanito que yo conocí”, “que me lo han cambiao”, ese fraude, es el fraude de faltar a la letra del contrato, punto de partida fundamental de todo el modelo: “el que tiene algo, como el que paga, quiere saber que lo que tiene es lo que pone en el contrato”(Lateral, X-2004, nº 118, p. 14). [...]