LA CALIDAD, SU GESTIÓN ESTRATÉGICA Y SUS INDICADORES EN TURISMO. HACIA UNA APROXIMACIÓN TEÓRICA.

SÁNCHEZ Darío C. - JIMENEZ Laura R. - CARBAJAL Delia B - ACOSTA Mercedes Z. CONICET, Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas (IMHICIHU), Departamento de Investigaciones Geográficas (DIGEO), Grupo Turismo Sustentable (GRUTUS). Saavedra 15 Piso 5º CP C1083ACA Ciudad Autónoma de Buenos Aires. dariosanchez@ciudad.com.ar; digeo.imhicihu@conicet.gov.ar

Resumen La calidad es un concepto difícil de aprehender porque puede definirse desde distintos puntos de vista. En los cincuenta, William Deming introdujo la idea de la calidad como arma estratégica y rápidamente se difundió el paradigma empresario de la calidad con sus dos componentes: normalización y certificación. Así, desde el mundo empresario, el gerenciamiento estratégico de la calidad en el turismo se incorporó a las políticas de gobierno. Sin embargo, en turismo la calidad es imposible de separar del concepto de sustentabilidad, el cual incluye tanto los aspectos ambientales como los económicos, sociales y culturales. En consecuencia, para evaluar el impacto de las políticas públicas en la materia es necesario definir un sistema de indicadores de sustentabilidad para la actividad turística. En la Argentina existe la decisión política al respecto, pero las marcadas carencias en la información sobre localidades y gobiernos locales hacen difícil la tarea. Palabras clave: Calidad, Gestión Estratégica, Sustentabilidad Turística, Indicadores Turísticos, Argentina.

QUALITY, ITS STRATEGIC MANAGEMENT AND TOURISM INDICATORS. TOWARDS A THEORETIC APPROACH Abstract Quality is a concept hard to capture, because is possible to define from different points of view. In the fifties, William Deming introduced the idea of the quality as an strategic arm and quickly was spread the managerial paradigm of quality with its two components: normalization and certification. Thus, from the enterprise world, the strategic managing of quality in tourism was incorporated to government policy. Nevertheless, in tourism the quality is impossible to dissociate from the concept of sustainability, which includes the environmental aspects as well as the economic, social and cultural aspects of the destinations. In consequence, to evaluate the impact of public policy in the matter is necessary to define a system of sustainability indicators for tourism activity. There is a politic decision in Argentina to establish it, but strong lacks of information about cities and towns and local governments make difficult the task. Key words: Quality, Strategic Management, Tourist Soustainability, Tourist Indicators, Argentina.

El concepto de calidad y su gestión estratégica

La calidad, como todo concepto expresado por un sustantivo abstracto, es difícil de definir, y aún cuando podamos hacerlo, la apreciación que hagamos de ella será subjetiva. La idea de calidad es casi tan antigua como el hombre; los nómadas seleccionaban lo mejor de su recolección y de su caza para el consumo, los egipcios formaban cuerpos de inspectores para detectar fallas constructivas en las pirámides, los hindúes buscaban las mejores hojas y raíces para teñir sus tejidos, etc.. Esa misma idea mantiene plena vigencia cuando adquirimos un bien o un servicio para satisfacer una necesidad; lo hacemos buscando que cumpla con nuestras expectativas, que nos brinde un resultado acorde al precio que pagamos por él. Una frecuente confusión es asociar la calidad con la idea de lujos o niveles superiores de servicios, en vez de entenderla como la obtención de los atributos del bien ofrecido o de los resultados previstos del servicio contratado. La Real Academia de la Lengua Española define la calidad como “propiedad o conjunto de propiedades inherentes a una cosa que permiten apreciarla como igual, mejor o peor que las restantes de su especie”. Numerosos autores han

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enfocado desde distintas perspectivas sus definiciones, considerando a la calidad como la adecuación al cliente o como el resultado de la acción de dos dimensiones: la subjetiva, lo que quiere el cliente, y la objetiva, lo que se le ofrece. Estas concepciones, complementarias, muestran que el concepto de calidad puede ser definido desde distintos puntos de vista: q del producto o servicio: la diferenciación respecto de algún atributo. q del usuario o cliente: la satisfacción de sus necesidades (Bernard et al, 1996). q de la producción: conformidad relativa con especificaciones establecidas. q del valor: condiciones superiores a las esperadas para cierto precio. En la década del ´50, Williams E. Deming logró introducir la idea de que la calidad es un arma estratégica, que permite un mejor posicionamiento en el mercado en razón de la disminución de costos en la corrección de errores e indemnizaciones y por el creciente prestigio que conlleva la oferta de productos y servicios sin defectos. Desde esta perspectiva, la sustentabilidad de una empresa depende de la relación con los clientes, con quienes se establece un intercambio de dinero por ciertos productos o servicios cuya calidad no sólo es beneficiosa para el cliente, sino también para la propia empresa, ya que le asegura su rentabilidad y sustentabilidad, permitiéndole diferenciarse de sus competidoras y logrando a la vez una ventaja competitiva como resultado de la fidelizacion de sus clientes. Esta preocupación por la calidad alcanzó rápido eco en el empresariado europeo, a tal punto que en 1957 se creó la Organización Europea para la Calidad (EOC). Con el tiempo la calidad se fue transformando en un objetivo deseado y complejo, y las capacidades técnicas y humanas necesarias para alcanzar dicho objetivo requirieron de un grado tal de especialización que surgió una nueva experticidad: la de la gestión de la calidad, con sus dos grandes líneas de acción: la normalización y la acreditación. La gestión de la calidad debe entenderse como un conjunto de técnicas y procedimientos orientados a asegurar un eficiente sistema de producción y distribución y a corregir oportunamente los desvíos de los estándares deseables. En 1988 se creó la Fundación Europea para la Gestión de la Calidad (EFQM) con el objeto de promocionar la “gestión total de la calidad”. Dicha fundación diferenció los organismos encargados de la normalización de las entidades ocupadas de la acreditación. Cabe aclarar que la normalización es aplicable a distintos campos, no sólo a los productos, ya que también está presente en la gestión de calidad de servicios, en la gestión medioambiental y en la gestión de riesgos del trabajo. Hoy, ante la inestabilidad de los mercados (Rotler et al, 2002), la sustentabilidad de la empresa se asienta en unos pocos pilares estratégicos, y la gestión estratégica de la calidad es indudablemente uno de ellos . La aceptación masiva de este paradigma empresario de la calidad, llevó a la necesidad de establecer un sistema de gestión de calidad que garantizara a las empresas la mejora continua en su eficiencia. Se hizo necesario entonces contar con un instrumento que permitiera ajustar sistemática y adecuadamente los procesos a los que está sometido el producto o servicio, y surgieron entonces las Normas ISO. ISO proviene del griego, isos, que significa igualdad, indicando su espíritu normativo de estandarizar las formas de hacer las cosas para reducir la variabilidad, la cual es considerada el principal enemigo de la calidad. ISO Establece requisitos para asegurar la conformidad de los productos o servicios, la mejora continua de la eficacia y el aumento de la satisfacción del cliente. En síntesis, la normalización tiene como objetivo unificar criterios en cuanto a procesos y productos, reducir tiempos y costos, mejorar los aspectos de seguridad y proteger a los usuarios. Para implementar un sistema de gestión de calidad se usan las normas ISO 9000, las cuales consisten en un conjunto de reglas que se deben seguir, y ciertos requerimientos que un sistema de gestión debe cumplir para asegurar estándares internacionales que garanticen la calidad. Estas normas se pueden certificar a

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través de entidades encargadas de la certificación de la calidad, pero salvo aquellas incluidas en las distintas legislaciones, su adopción es voluntaria. El turismo es un ámbito complejo en el que la gestión de la calidad se ha transformado también en un paradigma y a la vez un desafío, tanto para los empresarios como para los funcionarios públicos.

La gestión estratégica de la calidad en turismo y el turismo sustentable

El turismo, como actividad económica, social y cultural, también se ha sumado al paradigma de la calidad y su gestión. Dada la creciente diversidad de destinos y la homogeneidad en la operatividad de las empresas, hay una fuerte tendencia a la búsqueda de la diferenciación a partir de la calidad (Boullón, 1993), tanto de los productos como de los servicios brindados. El producto turístico es, a grandes rasgos, el circuito que se ofrece, y el servicio es la atención que el pasajero recibe, a través de los distintos prestadores, junto con ese producto. La gestión de la calidad conlleva en turismo la consideración de varias dimensiones básicas: q dimensión técnica: son los conocimientos científicos y técnicos que afectan al producto o servicio, por ejemplo los que hacen al diseño del circuito. q dimensión humana: son las relaciones entre las personas, y las relaciones de éstas con las empresas y con los gobiernos. q dimensión económica: implica la minimización de los costos para el cliente, la empresa y la sociedad, a los efectos de alcanzar mayor competitividad. q dimensión ecológica: busca optimizar la relación entre la gente y el medio ambiente, a partir del respeto y sobre la base de la concientización, la información y la educación. q dimensión cultural: tiene por objeto asegurar la preservación de las culturas locales, permitiendo el enriquecimiento de los visitantes. Por otra parte, para lograr la calidad es necesario seguir algunos pasos ordenadamente. q Establecer un diagnóstico inicial, indagando quienes son los clientes, agrupándolos según algún criterio, identificando sus necesidades y expectativas, etc., ya que el turista se debe sentir cómodo, comprendido, considerado y respetado. q Concientizar y capacitar a quienes brindan servicios o tienen contacto fluido con turistas. Se deben realizar reuniones periódicas y sistemáticas con los prestadores a los efectos de que comprendan las ventajas de la calidad en la atención al cliente. q Implementar un sistema de gestión de calidad estableciendo marcos referenciales y patrones o estándares de calidad, para lo cual se debe confeccionar documentación que sirva de soporte y difusión de la tarea emprendida. q Realizar controles internos o auditorías de manera aleatoria y sin previo aviso, a los efectos de monitorear la evolución del sistema de gestión de calidad y el grado de compromiso del personal afectado al mismo. q Propiciar la mejora continua, atendiendo a los cambios en los criterios de calidad asociados a un mercado cada vez más exigente. q Buscar la calidad concertada, consistente en lograr el compromiso de los distintos sectores involucrados: transportistas, hoteleros, empresarios, comerciantes, etc. Desde este enfoque, la gestión de la calidad se define como una gestión estratégica de la calidad, ya que es comprendida como un caso más de planeamiento estratégico, por interesarse por los resultados a largo plazo antes que por logros inmediatos. Este es uno de los principios rectores de la Ley Nacional 25.997, conocida como Ley Nacional de Turismo. Como se puede desprender de lo expresado hasta aquí, actualmente la gestión de la calidad es

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de por sí un requerimiento básico para cualquier actividad, por lo menos si se pretende ser competitivo, pero hay algo más: el cumplimiento de las normas de calidad debe asegurar la sustentabilidad en el tiempo, o lo que es lo mismo: si hay sustentabilidad, forzosamente tiene que haber calidad, ya que la primera jamás puede darse sola. Es por ello que cada vez gana más fuerza, a nivel global, la idea de una “certificación de sustentabilidad turística”, la cual remplazaría paulatinamente al concepto y las certificaciones de calidad turística. La sustentabilidad implica conciliar los intereses económicos con los recursos naturales y las culturas locales, con el objeto de preservar a unos y otras para beneficio de las generaciones futuras. Así, cuando se aplica a la actividad turística debe ser entendida como una decisión estratégica que contribuye al desarrollo local (Balestreri Rodríguez, 1997; 1999; OMT, 1999) y que tiene como principios de acción al cuidado y la preservación de los espacios naturales, socioculturales y económicos. A partir de obras como las de CEPAL (1991), Leff (1994), Gudynas (1999; 2002), Riechmann (2000) y PNUMA (2003), existe hoy consenso científico respecto a la necesidad de consolidar un paradigma ético que conjugue los objetivos de la economía con los principios de la ecología, el desarrollo sostenible y la participación ciudadana. A partir de los años setenta se publicaron numerosos documentos que expresan la preocupación por mantener el crecimiento económico sin provocar una depreciación del medio natural y social, es decir propiciando la sustentabilidad en el tiempo de los recursos naturales. Podemos citar como pionero el Informe al Club de Roma (Meadows et al, 1972). La evolución de las relaciones entre turismo y desarrollo también ha sido plasmada en documentos y declaraciones internacionales que muestran el desplazamiento del paradigma de la calidad hacia el paradigma de la sustentabilidad. El turismo es una actividad creciente que suele ser vista como una oportunidad de crecimiento (Sánchez et al, 2005b). No obstante, aspectos tales como el abastecimiento de agua potable, la disposición final de los residuos, la compatibilidad de los usos del suelo, el agotamiento de los recursos naturales, la distribución espacio-temporal de los turistas, las capacidades de carga (Ochoa, 2004), etc., deben ser considerados cuidadosamente para garantizar su sustentabilidad. El beneficio económico está en estrecha relación con la preservación del medio natural y del patrimonio cultural local, que constituyen auténticos recursos para los destinos, por motivar el interés de los propios turistas. El turismo sustentable (Báez, 1993; Bosch Camprubi, 1998; OMT, 1999) implica la satisfacción de las necesidades de los turistas sin poner en riesgo la actividad futura del destino, es decir, conservando los sistemas que soportan la vida, los procesos ecológicos esenciales (Molina, 1994), la diversidad biológica y la integridad cultural. La Organización Mundial del Turismo, en su “Agenda 21 para los Viajes y el Turismo”, remarca la obligación de conservar no sólo los recursos naturales (Buchinger y Mozo Morrón, 1988; Gutiérrez Roa et al, 1993), sino el patrimonio como un todo (Magaz, 1996), con sus componentes histórico (Vera y Dávila Linares, 1995), urbanístico (Gnemmi, 1997), arquitectónico (Albanesi y Pascale, 2003) y cultural (Carbajal et al, 2006), apuntando a la necesidad de una adecuada planificación (Boullón, 1991; Vasconi, 1995; Mcintosh et al, 1999; OMT, 1999) y un amplio reparto de los beneficios del turismo entre todos los miembros de la comunidad receptora. La calidad de un destino turístico engloba a las empresas turísticas, a los prestadores locales, los comercios, la actitud de los residentes, la infraestructura, los agentes públicos, el medio natural y el medio cultural. Todos los actores sociales deben estar involucrados en la búsqueda de la sustentabilidad de un destino y de la actividad turística en sí, por lo que deben definirse modelos de desarrollo turístico (Sánchez et al, 2005a) desde una perspectiva integral, desde una mirada holística, que incluya cosas tan disímiles como el territorio, la tipología de los alojamientos, la antigüedad de la infraestructura y su velocidad de

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renovación, la densidad de edificación y poblacional, las características climáticas, el valor paisajístico, la estacionalidad, etc. Esto debe hacerse con el consenso de los organismos públicos que tienen ingerencia en el sector, a los distintos niveles jurisdiccionales, desde al nacional al local, y sumando a los prestadores privados, a los agentes locales y aún a los propios turistas en la medida de lo posible.

Los sistemas de indicadores de sustentabilidad turística y sus cuestiones geográficas

La necesidad de conciliar objetivos económicos, de conservación y gestión responsable del territorio y los recursos, ha motivado una búsqueda incesante de métodos de planificación y gestión a distintas escalas. Actualmente se ha popularizado la utilización de una metodología integradora de aspectos ecológicos, económicos y socioculturales que consiste en un sistema de indicadores de sustentabilidad (Quiroga Rayém, 2001; SAYDS, 2005). Se denomina indicadores a ciertas expresiones, cuantitativas o cualitativas, que relacionan variables o atributos estadísticos con el objeto de brindar información oportuna, confiable y comparable para el análisis, la explicación y la interpretación de una determinada problemática. Asociados a la planificación en general, los indicadores cumplen la función de aproximarse al estado de situación, a los factores de riesgo, a las amenazas, a las fortalezas y debilidades, a los efectos o impactos de la gestión, etc., y en tal caso no deben entenderse como un fin en sí mismo sino como instrumentos de un proceso continuo de medición – interpretación – intervención que debería repetirse iterativamente (Universidad de Alicante, 2001). Algunas líneas de trabajo han buscado definir un único indicador de sustentabilidad. En 1996 Rees y Wackernagel definieron la huella ecológica, que expresada en hectáreas per cápita, se puede calcular en distintas escalas y permite definir el área necesaria para producir los recursos suficientes para una población determinada en forma indefinida. En la misma línea, el Banco Mundial ha elaborado la auténtica producción neta, un indicador que se expresa como porcentaje del PBI y deduce de la producción bruta la destrucción ecológica provocada por las acciones económicas, el deterioro de los recursos y la contaminación generada. Ambas propuestas son objetables en su concepción, su grado de representatividad y su metodología de obtención de datos, dejando de lado la dimensión social de la sustentabilidad y aspectos como la biodiversidad y el consumo de los recursos básicos. Es necesario buscar enfoques prácticos que permitan avanzar hacia una adecuada medición de la sustentabilidad, y esto sólo puede alcanzarse a partir de un sistema de indicadores apoyado en parámetros objetivables, que puedan ser comprendidos en sus variaciones a partir de ciertos valores de referencia prefijados. Por otra parte, se considera que la definición de un sistema de indicadores debe realizarse de manera participativa y con el aporte técnicocientífico (SAYDS, 2005). Asimismo, los buenos indicadores deberían ser simples, rigurosos, fiables, comparables, representativos, sensibles a los cambios e integrables con otros instrumentos, como modelos econométricos o SIG, y en procesos de planificación y gestión. Existen distintos tipos de indicadores: q Indicadores de estado de la problemática q Indicadores de dinámica, cambio, variación o crecimiento q Indicadores de vulnerabilidad ambiental (riesgo natural) q Indicadores de presión antrópica (consecuencias de la acción humana) q Indicadores de respuesta institucional (la gestión y su impacto)

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Es de esperar que un buen sistema de indicadores territoriales presente una equilibrada composición de los distintos tipos mencionados. La selección de los indicadores que integrarán el sistema implica una tarea que generalmente es realizada por un grupo de expertos. Cada uno de los potenciales indicadores es evaluado mediante una ficha metodológica que incluye por lo general los siguientes ítems: q nombre del indicador q subsistema (ambiental, económico, socio-cultural, político-institucional) q tipo de indicador (estado, dinámica, vulnerabilidad, presión, respuesta) q tipo de asignación espacial (areal, puntual, lineal) q descripción breve del indicador q fórmula del indicador q definición de las variables que componen el indicador q factibilidad (referida a las fuentes de los datos) q disponibilidad de los datos: período disponible q periodicidad de los datos q credibilidad de los datos: objetividad y consistencia metodológica en la producción q comparabilidad de los datos: en el tiempo, entre lugares y para diferentes escalas q pertinencia del indicador para el desarrollo turístico sustentable (porqué se incluye) q alcance del indicador (qué muestra) q limitaciones del indicador (qué no muestra) q su relación con objetivos políticos o metas de desarrollo sustentable q su relevancia para la toma de decisiones q su cobertura o escala geográfica de aplicación q eventual necesidad de coordinación interinstitucional para la obtención de los datos q representación gráfica del indicador q descripción del gráfico del indicador q escala de interpretación estandarizada En lo que respecta al turismo, una de las mayores dificultades para utilizar un sistema de indicadores de sustentabilidad turística (OMT, 1997; 2000; 2005) radica en la dificultad para la obtención de la información, porque aún cuando existan registros no siempre los datos son totalmente útiles; por ejemplo, algunos indicadores requieren la existencia de series estadísticas en un período temporal suficiente, o actualizaciones regulares. En otros casos los datos son difíciles de establecer, como por ejemplo el flujo turístico real, porque no todo aquel que ingresa transitoriamente a una localidad es estrictamente un turista, ya que puede hacerlo sin pernoctar ni consumir, o alojarse en casa de familiares o una segunda residencia. También es difícil cuantificar el impacto económico (Ascanio, 1994; Mancini et al, 1998) por el consumo de los turistas, ya que es imposible discriminarlo del consumo de los residentes. En el caso específico de la planificación territorial, que incluye entre otras cuestiones al desarrollo turístico sustentable, la dimensión espacial (Vera, 1997) hace que la utilidad de los indicadores se potencie aún más, ante la posibilidad de su producción para las distintas escalas geográficas. En efecto, a escala del país los indicadores permiten comparaciones con países vecinos, o con países competidores en el mercado turístico internacional; a escala regional los indicadores contribuyen a advertir desigualdades que seguramente sería deseable reducir; a nivel de las provincias los indicadores pueden constituirse en una importante herramienta para la gestión de gobierno; y a escala de los destinos las comparaciones pueden hacerse no sólo entre todos ellos, sino también con los niveles territoriales superiores. En síntesis, los indicadores constituyen un instrumento al servicio del desarrollo turístico

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sustentable, y por lo tanto una herramienta para la gestión, para la toma de decisiones y para el diseño de políticas a distintas escalas territoriales (Amadasi, 1999). Asimismo, la Organización Mundial del Turismo señala explícitamente que los principios de sostenibilidad se refieren a las dimensiones ambiental, económica y sociocultural del desarrollo turístico, debiéndose establecer un equilibrio entre tales dimensiones para garantizar la sostenibilidad a largo plazo. Por ello se requiere entonces de una cuarta dimensión: la dimensión político-institucional, que implica una estructura de gobierno descentralizada, participativa y altamente democrática a la vez. Por todo lo expresado, pero sobre todo por esto último, un sistema básico de indicadores de sustentabilidad turística debe ser un sistema territorialmente inclusivo, no debe definir a priori un conjunto de destinos con carácter de “experiencia piloto” o “destinos principales”. Del trabajo con el todo podrá surgir, con un adecuado tratamiento de los indicadores, que ciertas localidades pueden considerarse “destinos turísticos” y tales otras “destinos emergentes”, e inclusive algunas podrían llegar a ser hoy “no turísticas” pero mañana variar su condición (Mancini y Pérez, 2000). Otra cuestión a tener en cuenta es la asignación espacial de la información disponible. En muchos casos los datos se refieren a una superficie determinada, como es el caso de las unidades político–administrativas (provincias, departamentos y partidos); en estos casos decimos que contamos con información areal. En otras oportunidades la información se refiere a localidades censales, que se presentan como puntos en un mapa; entonces la denominamos información puntual. También existe la información lineal, referida por ejemplo a las rutas o los cursos fluviales, pero es menos común en este tipo de estudios. Ahora bien, pretender compatibilizar la información areal con la puntual suele generar no pocos trastornos y puede inclusive devenir en verdaderos desaguisados cuasi-científicos. Asimismo, la adecuada utilización de un sistema de indicadores en la planificación y gestión de la calidad turística, debería contribuir al logro de los siguientes objetivos: q Mejorar la toma de decisiones en materia de desarrollo turístico sustentable. q Servir de alerta temprana ante problemas emergentes. q Evaluar el impacto de distintos planes y actividades de gestión. No existe un sistema de indicadores perfecto, y su eficiencia depende de los fines que se persigan, pero su implementación constituye el camino más idóneo para diagnosticar, evaluar y corregir la planificación y la gestión de la sustentabilidad turística y por ende de su calidad.

La necesidad de un sistema de indicadores turísticos para la República Argentina

En el caso particular de la Argentina, en la práctica resultaría sumamente inapropiado elaborar una base de datos de indicadores a partir de una división territorial basada en los municipios o gobiernos locales, en primer lugar porque en once provincias del país los mismos son colindantes pero en las restantes doce no lo son, dejando amplios territorios rurales, junto con la población que los habita, fuera de toda jurisdicción local. Por otra parte, en cuatro de las provincias: Buenos Aires, La Rioja, Mendoza y San Juan, los municipios se asimilan a los departamentos, y entonces pueden ser de enormes dimensiones y contener a numerosas localidades, como Malargüe o San Rafael en la provincia de Mendoza, que superan en superficie a la provincia de Tucumán. ¿Cómo identificamos al destino Las Leñas dentro de los 41.000 km² del municipio de Malargüe? Del mismo modo, hay provincias que tienen un gran número de gobiernos locales, como Córdoba, que tiene 428, mientras que la provincia de Santa Cruz, con mayor superficie, tiene sólo 14 municipios, y Tierra del Fuego apenas 3.

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Asimismo, hay municipios con más de un millón de habitantes, mientras otros no llegan al centenar. Imaginemos calcular la mortalidad infantil para un municipio donde nacen dos o tres bebés por año. Si falleciera un bebé tendríamos el valor más alto del planeta (500 ‰ ó 333 ‰), pero si no falleciera ninguno tendríamos el más bajo (0 ‰). Por último, hay gobiernos locales de muy distintas categorías y con las más variadas denominaciones: municipios, municipios rurales, comunas, comunas rurales, comisiones de fomento, comisiones municipales, comisionados municipales, etc. Su organización política y su grado de autonomía suele ser también muy disímil y lo mismo ocurre con los niveles de participación de la ciudadanía. A esto se suma que el volumen de información disponible respecto a los casi dos mil municipios o gobiernos locales es muy heterogéneo y en buena parte de ellos prácticamente inexistente, tal como puede comprobarse al visitar la página web del Ministerio del Interior de la Nación. Por si esto fuera poco, cuando se intenta definir indicadores areales de tipo ambiental, tales como porcentaje de la superficie del municipio cubierta por bosque nativo, o porcentaje de la superficie del municipio correspondiente a áreas naturales protegidas (Schlüter et al, 1997), suele encontrarse que muchos municipios no tienen ejido rural y, peor aún, no hay información oficial sobre su superficie. Para colmo, en el propio municipio, las autoridades en general no conocen la superficie del ejido y a veces ni siquiera tienen un plano con sus límites para poder estimarla. Es por ello que nos permitimos sugerir que, sin abandonar las bases de “destinos principales” con las que se trabaja actualmente en la SECTUR, se incorpore una base areal por departamentos y partidos, que permitirá seguramente alcanzar en buena forma no sólo un mapa sino un Atlas de Sustentabilidad Turística. Con dicha información automáticamente se podrían cubrir los niveles provincial, regional y nacional. Esta base areal debería complementarse con la base puntual correspondiente a las localidades censales. En síntesis, la utilización de las divisiones territoriales adoptadas por el INDEC, el organismo oficial que elabora y concentra la información estadística sobre el territorio nacional a distintas escalas, debería ser el primer paso hacia la ambiciosa meta de un sistema único de indicadores para toda la Argentina. En consecuencia, consideramos que el éxito en la implementación de un Sistema Básico de Indicadores de Sustentabilidad Turística (IST) depende de una correcta elección de las unidades espaciales para las cuales se desagrega la información. A la vez, la complejidad del hecho turístico, que conjuga atractivos por lo general ampliamente distribuidos con sistemas de soporte eminentemente concentrados en los destinos, plantea la necesidad de utilizar dos tipos distintos y complementarios de unidades espaciales, uno territorialmente inclusivo: la división departamental, que permite el agrupamiento en los niveles superiores: provincias, regiones de planificación, Nación; y la otra por localidades censales, especialmente apta para la comparación de los destinos. En síntesis, y en función de todo lo anteriormente expuesto, un buen sistema de indicadores turísticos aplicable a la República Argentina debería cumplir con los siguientes requisitos: q Poder elaborarse a partir de información disponible, es decir información que actualmente se produce y se actualiza periódicamente. q Ser universales, o sea que puedan calcularse para todas las unidades espaciales. q Ser aplicables a distintas escalas: nacional, regional, provincial y departamental, y en lo posible también por localidades y para corredores turísticos (SECTUR - CFI, 2005). q Cubrir de manera equilibrada los cuatro grandes subsistemas a saber: ambiental, económico, socio–cultural y político–institucional. q Incluir indicadores tanto para los atractivos turísticos como para los sistemas de soporte, e inclusive para la interacción entre unos y otros.

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Agradecimientos

Los autores desean agradecer a la Prof. Teresa Maestrello por su revisión crítica del abstract y al estudiante Christian Aquino (UBA) por sus búsquedas bibliográficas.

Referencias bibliográficas

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