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Ulises Varsovia
Bajo la noche enemiga y otros poemas
BIBLIOTECA DIGITAL DE

AQUILES JULIÁN

Muestrario de
Biblioteca Digital

Poesía 59

Coeditores:
MÉXICO
Fernando Ruiz Granados José Solórzano José Eugenio Sánchez

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ARGENTINA
Mario Alberto Manuel Vásquez Francisco A. Chiroleu Patricia del Carmen Oroño Ángel Balzarino Fernando Sorrentino Claudia Martin Trazar

Bajo la noche enemiga y otros poemas
Ulises Varsovia,
Chile

ESTADOS UNIDOS
José Acosta Aníbal Rosario José Alejandro Peña César Sánchez Beras

ESPAÑA
Henriette Wiese Giulia De Sarlo María Caballero Elena Guichot Teresa Sánchez Carmona Losu Moracho Rocío Parada

Edición Digital Gratuita distribuida por Internet
Muestrario de Poesía

HONDURAS
Dardo Justino Rodríguez

VENEZUELA
Milagros Hernández Chiliberti Tony Rivera Chávez

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URUGUAY
Marta de Arévalo APLA Uruguay

Editor: Aquiles Julián, República Dominicana. Primera edición: Mayo 2010 Santo Domingo, República Dominicana
Muestrario de Poesía es una colección digital gratuita que se envía por la Internet y se dedica a promocionar la obra poética de los grandes creadores, difundiéndola y fomentando nuevos lectores para ella. Los derechos de autor de cada libro pertenecen a quienes han escrito los textos publicados o sus herederos, así como a los traductores y quienes calzan con su firma los artículos. Agradecemos la benevolencia de permitirnos reproducir estos textos para promover e interesar a un mayor número de lectores en la riqueza de la obra del autor al que homenajeamos en la edición.

COLOMBIA
Ernesto Franco Gómez Julio Cuervo Escobar

PERU
Luis Daniel Gutiérrez Nicolás Hidrogo Navarro Juan C. Paredes Azañero

REPÚBLICA DOMINICANA
Ernesto Franco Gómez Eduardo Gautreau de Windt Félix Villalona Ángela Yanet Ferreira Cándida Figuereo Enrique Eusebio Julio Enrique Ledenborg Vaugn González Efraím Castillo Oscar Holguín-Veras Tabar Edgar Omar Ramírez Carmen Rosa Estrada Roberto Adames Valentín Amaro Alexis Méndez Juan Freddy Armando Sélvido Candelaria

Este e-libro es cortesía de:

NICARAGUA
Radhamés Reyes-Vásquez

CHILE
Claudio Vidal Eliana Segura Vega Astrid Fugellie Geza

SUIZA
Ulises Varsovia

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HOLANDA
Pablo Garrido Bravo

PUERTO RICO
Mairym Cruz-Bernal

ECUADOR
Anace Blum

EL SALVADOR
Manuel Sigarán

COSTA RICA
Ramón Mena Moya

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Contenido
Ir en el poema de prodigio en prodigio / Aquiles Julián Capitularia De la noche No te sea Fémina y sino Cólera de amar Conjuración Temuco adentro Partitura pluvial Hermano mayor Aguas Bajo la noche enemiga Rotas espigas Exilio Abasalena Coordenadas Rueda del tiempo A ti, Chile Chiloé El bosque de Petrohué Madre oceánica Pasos perdidos Procesión Planimetría Ocurrir como un trueno Existiendo Tal vez vivo existencias Cítara Atónito Creación Acaso la poesía Era tarde en el mundo Miraban en ti Tu no morirme jamás Eso lo ser Holocausto 6 7 7 8 9 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 26 27 29 30 31 32 33 33 34 35 36 37 38 39 39 40 41

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Alta tarde Desde el corazón del otoño Conversión Domicilios Desde los espejos Aguas En la luz tambaleante Umbra melancolía Número Heliotropos Claire Lumbre Claustros Vaho natalicio Anunciación Aullido Hora Aquellos días Ahora que cae la lluvia Ebriedad Dispersión Alquimia Fugaz Inútilmente Arquitecturas Se han ido Toda una eternidad Niebla Jirón de juventud Unción Afrodita Megalítica Mañana de agosto Pozo Mariposa El fantasma de Isla Negra Rosa de Pentecostés Atributo cuántico Orquídeas Lilas Teorema Cabalística Oracular Rezago tribal Un minuto humano Números Leche Materna 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 55 56 57 58 59 61 62 62 63 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86

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Reclusión Harina Territorio Calles de Valparaíso De prisa, hermanos Lluvia de ceniza La poesía del siglo XXI ¿Qué es la poesía? Viejos y nuevos valores Ulises Varsovia / biografía 87 88 89 92 94 95 97 103 108

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Ir en el poema de prodigio en prodigio
Por Aquiles

Julián

La poesía chilena, junto a la argentina, la mexicana y la brasileña, es una de las cuatro tradiciones poéticas de mayor riqueza en Latinoamérica. Chile nos premió con la primera Nobel latinoamericana, Gabriela Mistral. Y su poesía postmodernista, a nivel contemporáneo, fue generada a partir del verbo creacionista de Vicente Huidobro que hacía florecer en el poema cualquier tema, cualquier palabra, un surtidor de imágenes este pequeño dios chileno; cuenta con nombres de trascendencia universal, desde Pablo Neruda a Pablo de Rokha, los poetas chilenos del grupo surrealista Mandrágora: Braulio Arenas, Jorge Cáceres, Enrique Gómez Correa… , Gonzalo Rojas, Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva, la reacción “antipoética” (antiretórica) de Nicanor Parra que se vuelca a una poesía cercana del hombre de la calle en su temática, humor y palabras; voces de una estatura ya continental como Enrique Lihn, Efraín Barquero, Waldo Rojas y Oscar Hahn. Y en esa tradición de renovación y aporte, tenemos a un poeta cuyo vigor se expresa en una continua elaboración verbal y que nos sorprende con la riqueza de su expresión. Al aproximarnos a la poesía de Ulises Varsovia vamos de prodigio en prodigio; su voz congrega las savias rumorosas de los poetas mayores, y las amalgama en voz propia, nutrida de una tradición pero trascendiéndola creativamente. Así, sus poemas son simultáneamente reencuentro y deslumbramiento. Sentimos el eco amistoso de sus fuentes y tropezamos con la luz que irradia su personalidad poética, su voz propia. Ulises Varsovia, poeta chileno que reside en San Gall, Suiza, podría decir, tal como dijo Heberto Padilla de Cuba, “Siempre he vivido en Chile”. El torrente prodigioso de la gran poesía chilena esculpe en su voz estos dólmenes verbales: sus poemas. El poeta se apropió de su rica tradición y con los jugos nutricios alimentó su voz que es propia, porque a la originalidad personal se llega por la apropiación creativa del universo verbal de la gran poesía, tanto la de la nación propia como la universal, la de todos los tiempos y todos los lugares, porque es de ese venero de donde hay que beber. Esta modesta muestra de su poesía es simple introducción a la riqueza de su obra. Una muestra mayor nos la proporciona el poeta en http://ulisesvarsovia.tripod.com. Es un digno continuador de una de las mayores tradiciones poéticas de este continente.

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Capitularia
Todo suceda de un modo que acorrale mi intelecto en una región de ciegas luces invertidas donde un hálito letal sople, circule y someta lo desatado que llevo y galopa sollozando. Lo cruento sobre el aire de la atmósfera de besos que allí se determine y al aire se reduzca, vencido su elemento de fragor lácteo y terrestre por un eclipse súbito de patas y metales, y al labio que agoniza herido en su costumbre la extremaunción del beso y el aliento no socorran, y no sean acudidas por un agua de desorden las dulces manos cóncavas de sed enardecida. Yo sufro de un sistema circular e intransgredible, de una paloma marchita apenas volando, de un día innumerable dividido en ceremonias que arrastra como un río mis sobrevivencias hacia el nocturno ascensor que en mis párpados espera: allí vive lo ajeno, lo más mío que amo. Allí comienza el pasto que acometo inútilmente con manos detenidas y sed en suspenso: se muere también el alma en zonas extranjeras. Suceda todo sin tiempo ni nada que lo habite, de una manera confusa que mi razón apague, lo desatado que llevo allí su ira deponga, y ya no escuchen mis labios el temblor de lo que crece, y ya mi sed se resuelva en los frutos de la muerte.

De la noche
De la noche hasta mi corazón llegan náufragos difuntos, viajeros que vi partir desde mis horas vacías y cuyo rumbo guiaron sucesos conmovedores.

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Regresan mustios y heridos, llorando de otoño espeso, escrita en sangre y derrota la bitácora marchita, humillados de cansancio y fatídicas desventuras. No me llaméis vuestro padre ni vuestra antigua morada, aquél que rezo y bendijo vuestra partida está enfermo, no pidáis paternidad para el luto a mi bandera. Yo sé que de noche existo como un puerto de naufragios que el soplo de las tormentas abastece de despojos y sólo desamparados viajes regresan pidiendo amparo. Remece mi corazón el llanto de los que vuelve, avergonzados viajeros piden perdón a mi puerta, días que vi morir se levantan desde el tiempo. Noche de estrellas azules cayendo contra el mundo, nada conjura el acoso de su color homicida, besa mi boca el verdugo embajador de su origen. Acaso la vi partir y mis viajes la buscaron; la vi zarpar y mis naves se hicieron hacia su ruta; la vi fallecer en mí, y en mí quise encontrarla. Acaso tal vez mis náufragos hallaron su sepultura navegando en mi interior que en la noche reencuentro. Acaso tal vez yo soy el único que no ha vuelto.

No te sea
No te sea dado el movimiento de los piélagos en fuga, del aire inasible no extraiga tu sed de vivir su sustento, no salga a estallar de la tierra la harina sagrada de la agronomía

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para tu infiel ansiedad de transcurso. No volverás a saber que murieron de oprobio y rencor y de angustia, que ya no podrán regresar a enseñarte la invisible cerradura de los apotegmas. Fueron en ti la amenaza y la dulce ternura, la lluvia terrible y la flor en su clímax. Ahora no quieras tu espada sangrienta ni siglos de amor ejercidos. Tus días de decisión se han despeñado. A lo largo del lecho de muerte se congregan las enfermedades. No podrãs escoger tu suplicio, no pidas caer en un súbito sueño. Tu vida pertenece a otro destino. Hermano, desde el atalaya de la luz donde por vez primera fuiste hablado, por última vez te hablarás tú mismo antes de huir definitivamente. Entre la vida y la muerte, entre el amor de vivir y muriendo, un beso de eléctricos labios podría, un temblor de vidas férreamente, rotundas, perpetuándose en el roce.

Fémina y sino
Su nombre pétalos rotos que ni la voz ni la tinta. Del tiempo, como mis días, y también sus pasos, como si luz ofuscada

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o sobresaltados sueños. Ella el amor sus racimos lo torrencial desgranado, caótica incandescencia como si cruel orfandad, o islas, unísono el grito al noches dormidas, vástago de cómo lo solo y lo llanto. Calles pálido cortejo, desgarradora asunción muertos metales, y cada a lo largo y ceniza, y a las horas de una y viniendo. De allí ella abasalena: sobresaltados sueños toda dimensión paralela asomados, y sin vestigio crónico de uso o malheridas ropas que testimonio, sino que direcciones piélagos, ubicua y ácrona y dormida. Ella pues fémina y sino, fruto tal vez eslabón amargo en la implacable noche ejercida, o exabrupto súbito deseo ciego cuyo luego errante insubsistencia. A mí entonces abasalena cuando calles estepa y ceniza, y prorrupciones lo nuestro de siglos, y descenso al nada y elixir donde adormideras nirvana y beleño. Después su nombre exhaustos fonemas, y su voz como cayendo al sueño, y su cuerpo lentas defunciones, hasta que pálido eco roído, hasta que fugitivas sombras. Ahora otra vez de allí aromas

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y vorágine y sed y trama. Fémina efímeras huellas, subrepticia impronta, empero, de modo que lira en trance, ensimismado aeda hurgando. Pero su nombre navíos en la niebla.

Cólera de amar
Cólera de amar, apodera mi instrumento creativo uniendo o disgregando, creando o destruyendo, en la ansiedad de la muerte gestiona con iras extremas, porque no muera ni aún sucumbiendo la totalidad de las fuerzas ocultas que guardo. Entonces hostiles substancias no yazgan sufriendo opresión ni ignominia, no sean la noche en acecho ni sueños infaustos creciendo del agua. Por tu relámpago no desatado la eternidad de otro hijo del hombre, el tiempo sujeto a su ser poderoso que siga existiendo sin fin más allá de los padres difuntos. Ahora ya puedes morir o seguir existiendo, ya puedes la luz extinguida o desarrollar tus costumbres originales, continuar tu destino en mudanzas terrestres.

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Pero ya no podrás regresar a la tierra.

Conjuración
Aniquilamientos y desórdenes en la acerba conjuración de secretas fuerzas urdiendo su enemiga estrategia nocturna en el tránsito invisible de señales y comunicaciones. El cielo gris precipitado de golpe con su volumen cereal, los volátiles caliginosos cerniendo su sombrío maleficio, las cartas interferidas por implacables agentes del orden y vertidas a inquietante desnudez… De noche los embozados jinetes con sus sombríos corceles golpeando a todo galope los frágiles sueños, quebrantando su cáscara vegetal desde el sótano agredido. Un pueblo de pálida presencia mis criaturas enarbolando sus resistencias de humeante conjuro, y en los cruces vitales un ojo mío con sus números abiertos. De aurora o crepúsculo el código de simulacros y desorientaciones cubriendo en su fatigosa nervadura intersticios, celosías y accesos, solidario su leal dispositivo de diurnos ángeles imperceptibles.

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Pero la noche enemiga cerrada como una cúpula de atroz membrana, y en su telaraña el forcejeo de inocentes seres caídos a un pozo de letales aguas. Y desde el sótano los gritos de infiltrados agentes del orden interfiriendo alianzas y conexiones, conmocionando la cavidad del sueño.

Temuco adentro
Lluvias adentro, en el vertedero de todas las cráteras del cielo, elevada en mitad del invierno austral, rodeada de raíces voraginosas extendiéndose, comprimiendo el aire de fríos cristales resquebrajándose, Temuco áspera cabellera, áspera faz de rudos surcos que el agua milenaria cayendo, que lluvias bíblicas acaecidas. Temprano el siglo de América recién despertando de un sueño telúrico, de un sopor de pueblos desperezándose en la clepsidra tardía de la aurora pastoral, y tu estupor de joven pionero, tu vida perpleja en el dominio de enormes colosos hundiéndose en el vértigo oscuro del humus, en la humedad de la selva austral,

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tus estupefactos dedos, Pablo, tocando la piel encendida de flores salvajes en torno del árbol patrimonial, del árbol nudoso de siglos y lluvias, en el reino de tibia humedad. De esa selva de raudas saetas, tu idioma inédito volcando aguas y aguas germinativas, aguas-raulí, aguas-escarabajo, aguas-mariposa iridiscente, aguas pájaro-bardo, aguas gemibundas irrigando el canto.

Partitura pluvial
De la tierra el vigor,la abundancia, la centella cereal de granos dorados en fuego apretujados, en fuego envueltos, en fuego candeal hacia el pan de cálido aroma. De la tierra aparición, empuje de raíces en el humus temblor, en el humus de oscuras pupilas enraizadas, asidas a sus ubres, creciendo hacia el aire inexpugnable su voluntad, su atisbo terrestre. Del humus crecimiento, incendio de la piel rugosa del planeta flameando de llamaradas verdes. De la misma forma tu poesía, de la misma forma tu canto desde el misterio maternal, Pablo, desde las entrañas inescrutables de la húmeda raíz del cantar, de la tierra feraz en idiomas.

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Hebra por hebra de tu voz nocturna, de tu voz gemibunda, hilandero, el estandarte de la poesía. Hebra por hebra en la hilandería de la lluvia de miles de agujas clavándose en tu voz herida, Pablo, acribillándola de su fuego, hebra por hebra de raíz rural, de sutil estambre selvático dotando tu violín de ráfagas, enredándote en la partitura torrentosa de la Araucanía.

Hermano mayor
De todas las estirpes pétreas, de todos los rasgos silvestres a tu intemperie oceánica y andina arrancadas, patria, de todo tu caudal de rostros de abrupto perfil deshojados al árbol patrimonial, al árbol de razas rústicas en tu penacho multicolor abrigados, Chile, ¿qué rasgos elegir, qué facciones asumir de tu amplio follaje, con qué faz acudir a tu mesa, y sentarme con mis hermanos a compartir el pan y el canto? ¿Qué perfil, Pablo, tu perfil pétreo, qué estatura tu altura de árbol y vestisquero, y garganta andina, qué pies tus pies de guanaco austral, qué color tus ojos de mineral carboníferos de Lota y Lebu,

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tu piel de cobre Chuqui, tu pelo de hebras salvajes de Nahuelbuta? ¿Con qué apostura, Chile, venir a tu mesa y tomar la palabra, con qué dedos rasguear tus guitarras y arrancarles harina cereal, harina oceánica, harina chilota, harina altiplánica, harina fueguina, harina de alta mar? De todas tus estirpes pétreas, de todas tus rústicas familias fundidas en tu mineral crisol, Pablo el perfil, Pablo el semblante, Pablo la frente cordillerana, Pablo nuestro hermano mayor.

Aguas
Como esas aguas que corren bajo el cielo y las tragedias, ciegas, locas, dispersas, en su unidad desbandadas, atropellando sus huellas, gritando en su estéril idioma, ay, sin tutela de besos, rechazados sus lamentos, cada vez más alejadas, y siempre, siempre más lejos, solitarias en su multitud indestructible, como su infinita orfandad que sólo escribe el invierno, su propia vida allí expresada, su ritual aislamiento, deshojadas por una mano que no olvida ni perdona. Yo leo sus estrellas, yo alimento sus palomas, nada de lo que en el luto ocurre me es ajeno. Aguas sin fin muriendo, viviendo en toda la muerte, sólo los pájaros vienen, y los ávidos animales. Porque ya llegando el hombre ha llegado lo extranjero, y hay una flor que no entiende, una harina traicionada, los trigos sagrados del cielo desobedecidos, violado su designio fúnebre por un dios demente. No hay propósito de mal en mi aflicción secreta, ni reniego de mi especie que la edad ha construído. Mi estructura acata el clima, la forma, la ansiedad humana. Pero miradme las aguas donde el orden se desploma: la búsqueda, la fuga, la lejana lejanía,

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el origen cabalgando con un grito tras mis pasos, una dulce voz que llama, ay, mis delitos secretos, todos los ciclos de sombra como anillos a mi angustia, las aguas locas, las aguas, los otoños del invierno. Y siempre, siempre esa voz dulce que en vano me llama. Hay invasiones, hay ruinas, hay olvidos en la tierra, oraciones y misterios, hay oraciones abyectas, hay amores desafiando la destrucción que me acosa. Yo no olvido porque sigo, porque persisto en mi muerte, siempre a las aguas adicto, a su extensión afiliado, en su sucumbir interminable sollozando. Y hay, además, no tristezas, no melancolías dulces, sino un ancho movimiento, una convulsión cerrada, un temblor temblando encima de su propio sacudirse, vibraciones superpuestas de dolorosa manera. Eso existe transcurriendo en las aguas de la tierra. Llámame aún en la noche cuando todo se corrompe, donde sucede más fuerte mi funeral de besos, como un arma destruída al umbral de mi existencia, como los hombres que rompen la virginidad del agua, como esas mismas aguas, ay, las aguas, las aguas. Llámame a mi sobresalto, a mi vigilia ferviente, llámame a mi obscuridad llena de cruces negras, porque sólo tú no dueles cuando la tierra combate, cuando las flores combaten, y el aire lucha en el aire, y la intimidad del agua conquista la existencia con su llanto.

Bajo la noche enemiga
Todo ha sido un despertar de obscuras amapolas, hacia arriba elevaciones declinantes, agobiadas, enfermas en su rapidez por lo infecundo acudida, y rotos maderos incansablemente vencidos, ya sin substancia de esfuerzos vegetales, allí pálidos de piel, vacíos e inconsistentes. Frente al mar, de noche cerrada y adversaria, nada. O bien tal vez un incendio apagado me busca, una llama que no siento me quema en lo insensible.

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Porque de algún lugar salen mis gritos lamentables como aves que han burlado su propio sometimiento, y tratan ellas, no sé, tal vez intentan, y en la costa nada. Desmesurada vastedad me entrega el tiempo y la tierra, no puedo tanto ser con todo lo que tengo. Porque si alguna vez, oh invasoras pertenencias, oh avalancha inabarcable de incontenibles flores, hoy para mí sólo un rapto, apenas en lo que existo, y no ya lo que ya no sus insignes cantidades. Se puede substituciones de efímera vigencia, de lirio descontrolado a geranio en erupciones, y en cada origen de miel perseverar otras alas, no hacer ruido sobre oníricas y obscuras amapolas. Pero en toda despedida hay un volver sollozando, y sobre todo en el mar, bajo la noche enemiga, hay un grito que responde y angustiado sobrevuela, y picotea mi jaula por mis manos defendida.

Rotas espigas
A mi corazón que penetren el frío y el sueño, a mis manos que lo estéril condecore de rechazos, para mi piel defendida el asalto incontenible, y que retire su alianza con pesar sobrellevada. Porque se han dado los besos y los besos se han perdido, porque una espiga me ha dado y su pan ha sido neutro, y ya ha olvidado la tierra su substancia irremplazable, sus pastos puros hundidos hoy en el tiempo. Ahora sea lo desnudo por la noche socorrido, por su refugio profundo cobijados los errantes, y que en su metal inconsistente se desarrollen columnas, habitaciones sin fin, construcciones despobladas donde llevar a vivir lo que ha sobrevivido, lo que viniendo de alturas profundas no pudo en el vuelo despojarse de sus plumas funestas.

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Sea entonces lo que existe por sí mismo defendido, de su propia substancia confusa alimentado, para que nunca más la libertad lo aprisione entre sus dulces labios secretamente hostiles.

Exilio
Desde las cósmicas zonas secretas del alma, como una tromba de pájaros heridos agitando en lo infinito sus alas moribundas, oh procesión de números crueles emerges. En mis manos se han dormido las palomas, y su sueño es un silencio de extensiones, un reposo de hojas muertas en el bosque, un instrumento quebrado cantando en la noche. Puedes entrar como un arma y serás recibida. Puedes cubrirte de espinas y serás amada. Mi corazón se doblega: soy tu prisionero. Haz restallar tu violencia en mis párpados muertos. El interior de la luz es un recinto obscuro, un ojo enceguecido que adivina, y sobresalen sus párpados como una amenaza, y es negado su designio por los músculos del agua. Oh procesión de números naciendo como el parto desgarrador del relámpago, desde una densa humareda de hogueras remotas, desde un incendio invisible que arde en la noche. Cada cual tome su sitio en la hora que llega, y nadie nombre mi ausencia que tiembla en el exilio, nadie olfatee el sendero buscando mis pasos, nadie escudriñe las zonas secretas del alma.

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Abasalena
Todo ser agónico el tiempo, toda fíbula pesquisa y arqueología, no la persistiendo y lumbre, no, no la polen y no detritus. Auroral y racimo, enhiesto, briosa cascada líticos zumos, vertical y durando, rotundamente, átimo y siglo, ruido petrificado. Arduas distancias crece la hierba, vertiginosos pasos la huella inmóvil: perecerás húmeros, carpios, transcurrirás cráneos exhaustos, reposarás piedras horizontales. Pero por los bosques, demente porfía, aullando lobos, gruñendo fieras, reptando serpientes, olisqueando alimañas, agonal el ser, nieve y follaje, áptero aún en el tiempo crisálida y luto. Si sucumbir, si polvo y brizna, si aciago sino la grey prescita, ¡abasalena las aguas!, ¡abasalena raíces!, ¡abasalena, abasalena! ¿Desde dónde tiempo y carruajes, vestes la desnudez transcursa, código gutural, antepasados? ¿Desde dónde arquitectura, cruz y plegaria? ¡Abasalena, abasalena! Crepuscular y recién, lejos y estando, agónico el ser agua y corteza, entre el follaje cuando desnudo, de recia perseverancia, enjuto. Abasalena

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Coordenadas
Años profuso crecía aire y silencio, cuando espacio circuído donde retratos más y más en el tiempo, u hojas cuyo lentamente lo persistiendo aferradas y ruina. De lo náufrago, ¿quién, cuántos podrían? ¿Quién entonces voz, cuántros en bruma a la orilla? Y de lo sueño y rumores, de lo de dónde y nocturno, ¿quién manos o papel, quién labios su intento? Húmedo y disoluciones, iracundo y alas abruptas, nadie densidad irrupta, nadie adustas islas cantando, desmedido en lejos lo insistente. ¿Es que planetas en la raíz su instancia, es que aciagas coordenadas? ¿Es que aves luctuosas entonces sino, sueño y contingencia? Años silencio y transcurso, años grito y desvarío, ¿quién en lo genital graznidos? ¿Quién tinieblas en la semilla? Abasalena.

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Rueda del tiempo
Es como si rumor y rastro aún, como si tiempo en sí mismo sus aspas, y las cosas su latido y su aplomo, seguras de sí allí detenidas, y el ser vano acopio de testimonios, bruma su convicción atribulada. Porque veste, color y timbre, porque rasgo y ademán y aroma, y aún trasfondo fantasmales calles, de modo que inconfundibles sonidos, rostros que otra vez como si nunca, clavada en el tiempo su fresca instancia. Perfil de los sueños o adormideras, ámbito cenagal donde hundimientos, el ser apenas sombra de la voluntad, efímero deseo ruina y fatiga, infiel centinela en las encrucijadas. He aquí ayer y total convocados, he aquí acto e imagen y urdimbre, demente escenario donde nuevamente. Filiales facciones llanto y vergüenza, pasos desnudos cruel extravío, horro regazo direcciones rotas, noches su red donde asustados ojos, donde sueños su persecusión para siempre. ¿Alguien en las habitaciones sus gritos, alguien por las calles mientras la lluvia, amargas lágrimas abasalena? ¿Alguien su voz quejumbre prorrumpida, su dolorosa calles donde errantes pasos, húmeda y gutural infructuosa pesquisa? Desde direcciones niebla y señuelo, desde fría aurora ateridos huesos, insomne convocatoria fechas y rostros,

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muda procesión resistencias rotas, pálida convicción del ser resquicios. En el tiempo, entonces, clavadas, su latido ahora como si nuevamente, como si jamás instancia transcursa, en el caliginoso entramado de la noche.

A ti, Chile
A la magnitud del agua sin fin desbordada contra una línea herida de sal y agresiones; a la áspera noche de los campos hirsutos donde susurro y suspenso, vuelo de raudos élitros, gemidos; a la paz fría y azul de los lagos del sur de la tierra, puro silencio de hielos vertidos, atávica mudez de nieves austeras; al derrame de tus linfas pétreas desde la altura estelar impoluta, trémulas venas de apretada luz sobre una cintura rubia derramada; a tu extensión calcárea bruñida de sol y pujantes minerales, a tu salobre soledad ceñida de mar y granito; a tu regazo de piadosas ubres, madre tribal, congregadora, tú, delgado hogar conmovido por el exilio de tus hijos ciegos. A ti como al trigo y al agua, a ti como al aire y al fuego, a tu dimensión sonora prorrumpida, a tu melena verde desgreñada,

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a tus resistencias de araucaria y cactus, de castaños y vientos erizados, a tu cólera de fiera herida, a tu estrepitoso invierno austral, a ti, patria atroz, madre, telúrica estampida planetaria, indómita grey, ruda progenie, acerbo grito de roncas gargantas, a ti mi sangre estremecida, a ti mi corazón como la noche, a ti mis huesos de tu cal marina, a ti mis sueños de obscura congoja, a ti mi voz de tus hebras nocturnas, a ti mi frente de tu piedra erguida, a ti mi soledad de tu largo silencio, a ti mi amor de tus amplios racimos, a ti lo que emerge de mi ser en trance, estando en ti, y teniéndote tan lejos, amándote hasta el fondo de tu ser abrupto, latiendo en ti como un planeta errante.

Chiloé
Escribo sobre una costa hirsuta que las coordenadas de sal procelosa y abismal desvarío de iras terrestres dispusieron como un perfil corroído, donde mar y granito, asalto y resistencia señalan el pulso de la geografía. Nadie estuvo allí cuando las lenguas glaciales lamieron su amenaza atroz quebrantando la pétrea cintura hasta descontrolar el orden del planeta. Los hielos milenarios congregados descoyuntaron la piedra con su peso sideral desmembrando granito y sílex, roca abismal,

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materias que el roce del agua guerrera aplacó y redujo a frontera de polémico embate. Un archipiélago entonces, un mar interrumpida de islas inscribió su ser disperso en la geografía, y el viento austral indagó sus latitudes, y la lluvia elevó bosques de impenetrables perfumes. Pueblos cuya prosapia aúlla sus huesos extintos en el confín de los ventisqueros inalcanzables, pueblos que las tormentas finales dotaron de acérrimo aguante y largas fatigas, anclaron su errar ciego al pie de la niebla, y allí entonces bullicio y alfarería, arduo trajín de embarcaciones y peces, arquitectura olorosa a vuelo y resinas, comunidad de rostros como el océano. Los hijos de la rutas salobres clavaron sus aldeas de escamas resinosas en la encrucijada de los húmedos vientos, y surcaron la tierra con sus manos agrietadas haciendo saltar tubérculos, bulbos fibrosos, amasijos de luz oval, pulpa lustrosa, granos que el sol doró de rojos destellos. Ahora recorro los pueblos de pulso bullente, los puertos que el mar polemiza, en la orilla, interrogo los rostros donde el océano ondea, piso los fríos guijarros que el agua lame, gastando, entro en las iglesias como en un bosque dormido, palpo la ruda piel de la artesanía, y todo me devuelve en un delgado temblor a la edad sepulta, a la niebla virgen, a la lluvia primaria mojando las islas, al vagar de los pueblos por las rutas salobres. Amo, Chiloé, tu torrencial geografía disgregada en la espuma destellante, tu arquitectura que la madera abraza como una madre silvestre sublimada, tu pueblo auroral de mágicos dedos, tus iglesias donde penetro temblando y rezo transido de aromas terrestres, tu mar procelosa erizada

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de olas y peces y estrellas, tu mar que guarda como rituales ofrendas los huesos de los pescadores muertos, la cal de tus hijos devueltos al útero sacro.

El bosque de Petrohué
A la raíz ciega del tiempo apela mi estupefacto asombro, mi encandilado ser sobrecogido en el pétreo perfume de un bosque cuyas hebras sumergen sus ligamentos en la remota aurora de erupciones y saurios. De aquella edad, cuando el hielo imperial duró permaneciendo, o amontonó morrenas socavando la roca, hundiendo el granito, delineando el áspero perfil de los lagos, de aquel tiempo de horario de piedras cuando el grito gutural estremecía el aire, y el fuego vaginal redujo el sílex a caldos de proteicos zumos, de minerales brebajes, de allí se desprendió la prímola selvácea, el primer brote de voluntad vegetal, la raíz de este bosque de penetrantes substancias. Toco la madera de estirpe imperial, acaricio el musgo de diminutos estambres que el paso felino del puma austral o las alas de aves guerreras rozaron, palpo la fibra de sutiles conductos, sus filamentos de seda o luz material que la savia erigió de minerales disueltos. Estoy solo en la espesa selva rodeado de estalactitas silvestres, ebrio de incontenibles emanaciones brotando de la misma vertiente del tiempo, apoderándose de mis sentidos hasta anularlos. Ahora acerco mi oído a la piel rugosa donde lluvia, frío y silencio porfiaron, conecto mi interior al sacro misterio de las emanaciones de limo institutriz

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y desbordantes hidratos gestarios, pego mi ansiedad de siglos vegetales a la cáscara húmeda de ungüentos terrestres, y un temblor de élitros truncos, un murmullo de coleópteros muertos sin fin transcurriendo, un derrame de lluvias genitales late en la madera y me devuelve el tiempo. Mudo centinela de las edades muertas, oh tú, viejo guardián de la senda del trueno, en ti transcurso y floraciones duran y se repiten, girando, en ti el águila terciaria anidó, y tus ramas sostuvieron nieve y granizo, y lidiaron con el rayo de filo incendiario. Mi estupefacto ser en ti para siempre, mis dedos de sed iracunda en tu copa, mi voz sigilosa en tus ramas como la brisa, mi oído en tu corteza recuperando milenios, mi ansiedad de zumos terrestres a tus raíces, mi sueño vegetal a tu largo sueño, padre.

Madre oceánica
Madre oceánica, Madre súbita conmoción de aguas por la sal convulsionadas, de aguas de espirales lenguas lamiendo el aire trémulo en su vaivén incendiario, sacudida de espuma y rigor planetario, Madre furia atávica, Madre furia secular ejercida en las edades habitándote y haciéndose habitar, arrollándote y haciéndose arrollar,

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Madre electricidad, Madre cristal eléctrico rasgando la atmósfera con su trizadura de centelleante luz agonal, horrísona y dulce tu música de instrumentos tañidos por un titán, Madre tempestad, Madre sacudimiento del agua en su vasija de piedra astral, condecorando de espumas tus mejillas fugitivas y fijas en la gravedad, remeciendo el firmamento con su alarido de bestia herida en su maternidad, Madre planeta indómito, Madre combate infernal de elementos iracundos, de íntimas fuerzas quebrando sus espadas en la mar, de tromba arremolinando su precipicio de pánico y espiral velocidad, Madre sacudiendo en mí sus lágrimas seculares, Madre precipitándose en su eterna conflagración de ruidos crepusculares, de sal materna pegada a mis huesos transhumantes, de aguas irrenunciables llevándose su heredad de vínculos filiales, Madre océano en llamas, Madre ciudad litoral sacudida de tormentas, Madre muda humanidad gritándome desde la sal en sus lenguas quebrantadas, continuando su existencia

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en mi existencia de mares sonando su inmensidad de soledades saladas.

Pasos perdidos
Si sacudiera, Puerto, si sacudiera tus placas terrestres, y resquebrajara tu costra de inaudito mineral por la sal oceánica galvanizado, si conmoviera tus cerros el teúrico aleteo de aves precámbricas despertando en tus marítimas entrañas, y se desprendiera, Madre, tu arquitectura acrobática en el aire suspendida, y regresaran mis pasos a buscarse entre las ruinas de tu faz en desorden, ¿hallaría, Puerto, mi hogar disgregado sin cómputo por tu calendario en ruinas? ¿Hallaría mis raíces sepultas en la filiación de congénitas afinidades? Si un súbito sacudimiento rompiera la cristalería de tu caótica arquitectura, y regresaran mis pasos a pesquisar su génesis en el atroz desorden, ¿hallaría, Puerto, mi hogar disperso en las direcciones de tus barrios rotos, hallaría, Madre, mis pasos

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sepultos bajo las ruinas de tu faz resquebrajada? Si un temblor infernal, si un cataclismo enorme te conmoviera, Valparaíso…

Procesión
Ya inalcanzablemente escaleras abajo, la procesión de rostros perdiéndose en la niebla del vaho marino, la procesión de seres afiliados a mí, y extraños, sangre de mi sangre, y ajenos, internándose en la latitud de brumosas distancias. Tal vez llegaron tarde, o no rompieron el ruido ritual de las paredes donde los otros huéspedes colgaban, detenidos, o no pertenecían ni eran, tan sigilosos cruzando los pasillos, a esa hora pálida de ningún reloj, de ninguna tarde. O tal vez las largas fiebres de invierno, bajo el ruido áspero de la lluvia, y el narcótico vapor de amargos brebajes y pócimas vesperales… Sí, tal vez no llegaron, tal vez nunca estuvieron, ni fueron, ni volverán con sus rostros apenas

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discernibles en la lobreguez de los lóbregos pasillos.

Planimetría
Fuera de tu destartalada planimetría, Valparaíso, fuera de la demencia de tus calles rotas, torcidas, quebrantadas, inclinadas sobre el mar con su enferma arquitectura de casas retorcidas en osados alardes, fuera de tu geografía desquiciada por remezones de iracundas placas terrestres elevando tus promentorios, fuera de tus calles grotescas desvinculando los vientos en su cardinal desorden, fuera, Valparaíso, de tus conductos perdidos, extraviados en la fatiga de tus cerros extenuantes, en tu mágica orografía, amado puerto en brumas en el final de los mares, fuera de la disposición de tus direcciones rotas por tempestades y vientos, por terremotos meciendo, remeciendo y estremeciendo tu volumen disgregado, fuera de tu caótico desorden de casas clavadas al azar de las rutas abiertas por el viento,

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nada más, nada más, nada más, Valparaíso, que un anárquico conglomerado de casas equilibrando su infernal arquitectura en el embate marino, que los ruidos oceánicos estremeciendo el aire, dotando de un orden atroz tu desorden, de mágica disciplina tu indisciplinada planimetría.

Ocurrir como un trueno
Ocurrir como un trueno salvaje en las noches de invierno, volver al relámpago prístino puro que fuimos, perder nuestro rastro muy dentro en nosotros buscando, no ser porque amamos, no amar porque somos, no dulce ternura si besos infieles. El ciclo ancestral del amor en lo adiós o la muerte se cierra. Crece la luz como un niño desnudo llorando en el alma, su aciago destino es morir sin llegar al extremo del tiempo, sin que toque su lenta agonía el conjuro sagrado del sueño, vagabundo que cae al otoño y devuelve la tierra y regresa. No hablemos de aquellas palabras que nadie osaría asumir, callemos promesas difuntas que llevan el luto de viudas, es dulce otorgar direcciones, es cierto, en las tiernas raíces, despojarnos de orgullo y costumbres de recia prosapia invistiendo de plenos poderes la aurora que nace y nos ciñe. Es dulce acosar nuestras alas rompiendo los vuelos triunfales, caer de rodillas humildes al pie de los dioses que nacen, torcernos la ruta besando extranjeros designios que irrumpen. Es dulce el tenaz cautiverio de amar las cadenas que amamos mudando de sueños, quemando costumbres, rompiendo raíces. Ocurrir en la noche telúrica ausente o total en el sueño, sin cruel patrocinio de voces lejanas que exigen, directo hacia atrás galopando en obscura estampida, no ser porque amamos su triste mirada en la muerte, no amar porque somos y es triste su triste mirada existiendo.

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Existiendo
Existiendo con todas mis fuerzas, roturando tiempo y distancia, midiendo con mi ser la noche inmensa, amando con el alma atenazada. Bajo la lluvia camino y voy errando, perdido para siempre entre sus hebras, llorando mi cuerpo de su obstinado llanto, sumido mi corazón en su insondable niebla. Tendida está la tierra como si durmiera: raíces y minerales son su profundo sueño. Encima de los árboles comienza el planeta. Grises las calles que cruzo. Sigue lloviendo. Itinerario de rumbos despedazados, pena infinita de amarla y seguir viviendo, horario en que se inscriben mis viajes desolados, tristeza de existir de tal manera, muriendo… Amando tristemente con el alma, lloviendo hasta en mi corazón la lluvia inmensa, cantando a la que fue cuando me amaba, existiendo con todas mis fuerzas.

Tal vez vivo existencias
Tal vez vivo existencias mortalmente heridas y soy muchos seres dispersos que buscan. Tal vez recorro planetas lejanos sin orillas clamando con una voz heredada de la lluvia. Ella, la lluvia bendita, hizo nido en mi substancia amontonando sus pájaros tristes en mi alma, cuando mi vida era un árbol de actitudes solitarias y sus aves de orfandad en mí cantaban. Hoy que estalla en mis maderas su galopar incesante otro huésped mora en mí, y es dulce el haberla amado.

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Y sin embargo es penoso seguir amando si es tarde, si es tan lejos su tristeza, si hojas enfermas errando… Aguas antiguas me mojan y ya no recuerdo, ya dejé de amar sus aves que en mí cantaron, hoy llevo estigmas de amor, la cólera de sus besos que durmieron en mi amor y nunca más regresaron. Apagaré en el furor vandálico de la lluvia la hoguera cruel de pasiones que llevo ardiendo, de modo que desesperen mis existencias de angustia y mueran en mí sus muertes mis seres dispersos.

Cítara
Sed de ríos inmensos la cítara estremecida de metalurgia y alfarería, de artesanos dedos rozando apenas las cuerdas cautivas en un éxtasis cosmogónico, en un nacimiento de mundos. Sed de planetas, de estrellas quemando su incandescencia de inextinto combustible en la noche planetaria, de rubias constelaciones ardiendo en la inmensidad, guiñándome su numen. De un tamaño abrupto el estro del rapsoda eterno clavado en la órbita del viento, del oracular viajero itinerante en las cuerdas de su insólito instrumento. A hurtadillas por el sueño con un séquito de vírgenes tañendo los planetas, ávido juglar cruzando coordenadas y equinoccios,

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sonando el misterio azul de su interior dormido. Ningún destino terrestre, y una sed de océanos, una sed de inmensos ríos su cítara enternecida, una sed de eternos vientos las avidez de sonidos de su insólito instrumento.

Atónito
Intensamente atónita la atmósfera en torno al papel, rodeando de mudo fermento los dedos del clarividente animal procreatriz. Casi sacerdotal la tarde de párpados entornados, y casi monacal el huésped en su opaco interior, concentrado de abejas y agrícolas hormigas en su secreta labor. Un lento escarabajo su porfiado cosquilleo entre las grises dendritas, un ágrafo insecto con sus videntes antenas incendiando el alfabeto. Para qué la intensidad del espeso silencio tejido a tu alrededor, vate en la tarde callado, para qué el leve paso de hormigas laboriosas por tus inmóviles dedos.

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El desnudo papel ante ti ávido de la grafía de delirantes abejas, y tú en tu opaca celda de monacal soledad, atento a tus propios sonidos. Atónito en tu interior, atónito en torno a ti, intensamente atónito en el espeso silencio manando de la tarde.

Creación
Temprano el día su inmaculado color de planetaria luz errante pegada a los cristales. La primavera triunfal en el desplegado iris otra vez rejuvenecida, otra vez doncella en flor en el polen irradiada y en el polen reunida. Estridencia solar la calidez planetaria con su espectro en llamas congregado en la tierra. Lleno el día, pues, ahíto de su luz, y luz el idioma astral mencionando las cosas. Desplegada luminosidad, no sería tu euritmia ni tu magnificencia, no sería el prodigio de tu ropaje en llamas ni tu crepitante pedrería,

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si no en su soledad la poesía, si no el vate en su celda tejiendo y destejiendo, armando y desarmando la trama del idioma, inmolándose en sus llamas. No existiría tu luz, día de iridiscencias, si no el poeta a solas imaginando el mundo, creando lo aún increado, dándole nombre a las cosas.

Acaso la poesía
Acaso la poesía aquellas habitaciones donde el dolido infante su exilio de cada día. Aquellos cuartos lóbregos donde un hálito indeleble de exorcismos y sahumerios, de agonías y decesos, de ilícitos amores estrellando los cuerpos, furtivos en el fuego… Acaso la poesía el llanto en el desván bajo el latir de la lluvia, rodeado de soledad en el silencio impuro de huéspedes detenidos en prendas y mobiliario, en utensilios lánguidos, en pálidos daguerrotipos. O las noches de emisarios cabalgando por distancias de nunca acabar, de nunca

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desnudar su identidad y transmitir su relevo. Acaso la poesía el primer amor carnal rompiendo los cerrojos, violentando los sellos de una pulcra intimidad, de una secreta trascámara llena de una música azul, inaccesible a los besos. Acaso la poesía la tenaz persecusión de todos tus fantasmas, de tus huéspedes furtivos presos en tu intimidad, gritando en su cautiverio.

Era tarde en el mundo
Era tarde en el mundo nosotros unidos, amiga, nosotros la noche investida de aroma lo azul en lo definitivo. A lo que amarte, oh tú, la divina, vinimos, y tú tanto que amor extendido dorada qué dulce cantando encendida. Haya que en mí tu cabello bruñido, quería, aguas delgadas fluyendo adheridas, yo el que la sed me quedara dormido. Fueron entonces, y aún manecía, contigo, rubio esplendor de tu boca de trigo, mágico pan de aromadas espigas. Tú la que en mí cuando tarde y quisimos, amiga,

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pájaros dulces viniendo y guitarras caías cuando en el mundo a la noche vinimos.

Miraban en ti
Miraban en ti la alegría y el viento, y el agua y la fruta creciendo miraban en ti por tus ojos, amiga. Mucho que vino a vivir en tu vida o en tus sueños, suelen allí sus recuerdos. Mucho que vino a vivir, todavía. De pronto, alguna vez, pensativa o durmiendo, parece que fueran tan lejos… De pronto que ya nunca más volverían. O cuando otoño y las hojas heridas cayendo, que fueran también a caer, macilentos. O cuando triste, ¡qué miedo de herirla! Miran en ti por tus ojos, amiga, frutos creciendo, y el agua y el viento. Mira por ti la dorada alegría.

Tú no morirme jamás
Tú no morirme jamás, oh adorada, callada, abriendo a la eternidad tus alas.

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Suenas campanas tañidas en lejos, con dejos de dulce melancolía al viento. Tú para qué las agrestes campiñas dormidas en un sueño de aguas verdes, oh amiga. Para qué el que estuvo solo recuerda, si apenas ayer o nunca es lo todo que fuera. Y no existió lo que ha sido pasado, si vamos hacia nunca en lo infinito, abrazados. Tú no morirnos jamás de tiempo, si abriendo tus alas a la eternidad, si siendo.

Eso lo ser
Eso lo ser tu delgada figura en mis brazos prisionada, cuando alegre enamorada en mi arbitrio tu ternura se derrama. Ser las tus manos menudas en mis manos enclaustradas, cuando no diciendo nada dicen tanto las desnudas que besadas.

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La tu risa ser qué pura en mi boca derramada, cuando ruidosa cascada agua estallando en burbujas se desgrana. Qué forma la forma tuya de ser por mí ser amada, cuando qué luz desplegada eres, y tanto que pura tu mirada. Eso lo siendo tú toda ventura, en lo viniendo ser adorada, y cuando solos, sola, delgada, aprisionada por la cintura mi enamorada.

Holocausto
Si la poesía, sumergida en su nebulosa interioridad, si su canto la ebriedad de un aeda a solas con su portentosa lira pentagramal, si la poesía, camaradas de la desheredad, nada más que la ansiedad de voces pasmadas en su melodía, y la exterioridad una minúscula llama de luz consumida, entonces de la agonía el poeta su canción

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arrancada, entonces, camaradas de nocturna voz disleída, la divina poesía una gota de dolor atragantada, y en su propia llama de insecto suicida, el vate y su lira inmolándose en aras de la poesía.

Alta tarde
Hoy las seis de la obscuridad del señor otoño, hoy las tardecida y tantas de su rodaje humedad, y nadie sonoridad, nadie entreabiertos ojos o lentas guitarras. Hoy las innúmeras y altas, hoy las ya irreconocibles del tráfico astral, lentas, lentas sus pisadas, y perdiéndose en la urdimbre de la niebla abismal. Las seis de la desbandada, las tardías del corazón: señor otoño, piedad en las tantas que otredad, pasando por el reloj de horas malhadadas. Las póstumas, las desnudas, las temblorosas de frío en la intemperie astral: hoy lentas, hoy inconclusas, hoy suma de los destinos en el sino monacal.

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Hoy las dieciocho crecientes, hoy las totales menguantes, hoy telaraña humedad: Señor otoño, piedad a las tantas de la tarde, a las nunca de la muerte… A lo obscuro de lo viviente, a lo trágico de la suerte, a lo eterno de la humedad.

Desde el corazón del otoño
Reunir alguna vez los dispersos, reunir lo fijo y lo transitorio, lo que desde ti su vano llamado como niños ahogándose hacia adentro, ahogándose en llanto, en obscuros cuartos. Reunirlos en el corazón del tiempo, en el corazón del otoño, rodeado de toda la dispersión imaginable, de todo el senescente desamparo agitando en el viento su agonía. Reunir sus pasos perdidos, sus huellas dispersas por todas, todas las rutas, llamarlos en alta voz por sus nombres, por sus señas, por sus claves dormidas, en alta voz, en altos atardeceres. Recoger sus polvorientas cenizas, su polvorienta voz, su caligrafía por la extensión de los años dispersa. Llamarlos desde el corazón, desde el cruce de las despedidas, en la dispersión, en la senectud de las hojas, llorando. Reunir por fin su ausencia dividida, su inconclusa ausencia, sus pasos truncos, lleno de fervor, en la encrucijada.

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Y seguir llamándolos en el otoño, en la dispersión, en el frío desamparo, seguir pronunciándolos dispersamente, ensordecedoramente, ceniciento, polvoriento, desde los atardeceres, desde el corazón húmedo del otoño.

Conversión
Tan pronto el hálito de los conversos toque tu capa agnóstica, en la gruta, y remezca tu asustada certidumbre, ya no dormirá tu estoica fatiga en su yacija peripatética de acumulado escarnio y abstinencia, no, ya no deambularás al azar. Ya no la salvaje libertad erguida en tu proa de cedro fenicio por todos los mares de la vastedad, por todos los lumínicos escollos, por tu propia inconsistencia luminal. Tus huesos sobre yacija espartana, tu espíritu a la intemperie invernal: carencia la rectitud, carencia la higiene, carencia la salud mental, erguida sobre las oceánicas tormentas, en la proa de la ruda libertad. Pero tan pronto el hálito de los conversos toque tu túnica de hermano mendical… Que tu descalza fe no desfallezca, que no trepide tu dura persuación de pastor errante entre los rebaños, de agnóstico émulo de Ulises por todos los mares de la dispersión.

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Domicilios
Se escribe desde la intersección de las difusas rememoraciones y la cegadora claridad de lo que va siendo. Entre lo que fue y lo que viene, entre la ceniza y nuevos leños, eleva la llama su ojo atónito y se resume en luz indecisa, en fantasmagoría titilante. Tu cuerpo lácteo encendido va por las habitaciones trascendidas y tiembla en los ávidos espejos, y lucha en los lechos vacíos su genuino sitio en el tiempo. No caigas al túnel, esposa, no penetres mis sueños enfermos donde un náufrago estira los brazos y jala hacia las habitaciones solas. Allí no hubo, allí domicilios apenas verificables, apenas en el tiempo sustentados, girando en el eje de la tarde. Desde esa gris coordenada hasta la tarde que llega, titila la luz parpadeante y clava su ojo en el tiempo. Escribo, pues, y extermino, rememoro y aniquilo, porque lo que fue no fue, porque no estuve ni he sido, y aquellas habitaciones derivan por el tiempo, solas, desoladamente solas.

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Desde los espejos
Adentro de los espejos de las viejas habitaciones, en la dimensión secreta del tiempo donde aún miles de rostros, donde el mismo rostro repetido y no idéntico, perseverando, repitiéndose imperfectamente, luchando su permanencia de cada día. En el rictus amargo pronunciado, en las facciones casi estalladas, en la línea del mentón cediendo, en la frente sombría agitada de íntimas tormentas emergentes, en el pesado mohín de los ojos yuxtapuestos en dirección a la noche, en las alas claudicantes de la boca… A los espejos cada día, desnuda, la bitácora de la derrota, cada día las luchas obscuras cayendo a la recámara del tiempo, perpetuándose en sus galerías. A las viejas habitaciones el viajero en la sed sumergido con su alforja pesada de viajes, y desde el interior de los espejos una lenta procesión de rostros, un desfile interminable de retratos irreconocibles, de máscaras gesticulantes cuyas facciones sueño y desvarío, cuyos rasgos puertos en bruma. Náufragos u oníricos huéspedes, gesticulantes rostros por las extraviadas galerías, y el ser desde sus travesías apenas brumosas rememoranzas, apenas furtiva reunión de rasgos. ¿Adónde volver, y regresar de veras, adónde con viajes e itinerarios,

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con extenuantes climas, con lechos, con habitaciones penetrantes? ¿Quién podría jurar aquí, quién su auto de fe inamovible que desde el interior del tiempo los ojos de luz amarga, las alas caídas de la boca, la frente de clima tumultuoso? Adentro de los espejos de las viejas habitaciones alguien su voluntad denodada, alguien un desesperado esfuerzo repetido interminablemente, repetido y no idéntico, no idéntico.

Aguas
Aguas súbitas por el barranco, aguas precipitaciones, aguas indisolublemente atadas, unidas en un gigantesco esfuerzo de coléricas moléculas gregarias, de átomos copulándose en torbellino. No llegaréis jamás, aguas locas, no arribaréis nunca a destino girando sin destino por la tierra, atropellando etapas y destinaciones. Aguas vertiginosas por el barranco, aguas en demente desbandada abalanzándose en súbito vuelo, resbalando en un eje infructuoso, angustiadas en las aspas del molino, no salvaréis jamás el corto trecho, nunca terminaréis de pasar, azoradas, revolviéndoos en torno a vuestro centro, alejándoos y volviendo sin moveros.

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Y no regresaréis jamás, hermanas, no volveréis ni os habréis ido, no habréis estado ni estabais ausentes girando en el molino de las migraciones, huyendo y adviniendo sin fin perseguidas. Aguas súbitas en sí detenidas, aguas vertiginosas paralizadas, no llegaréis jamás, siempre llegando, no pasaréis jamás, siempre pasando, y no dejaréis de sonar en la garganta hasta que mi existencia de aguas huyendo, hasta que mi existencia de aguas volviendo, hasta que mi existencia de aguas enfermas, hasta que mi existencia sumida en las aguas.

En la luz tambaleante
Entre lo ya acaecido, entre lo que la pálida voluntad garabateó sobre hojas blancas y aquello que será escrito, la aún inédita instancia que han de perpetrar pasos perdidos… Entre lo que la mano trémula arrancó de la pura potencia y aquello que será realizado, aquello que ninguna luz podría alumbrar, ningún augur dotar de inequívocos contornos… Hombres de lo sucediendo, hermanos mortales en la acción inconclusa atrapados, hesitando entre el ayer y el mañana, pálidas criaturas detenidas intermitentemente en el tiempo, empujando con tristes esfuerzos,

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no digáis mañana, no, no habréis dicho ayer, hermanos, que lo que ahora ocurriendo, que lo que ahora atraviesa el día grabando instancias ofuscadas, todavía indiscernibles en su rumbo, no digáis, no digáis que los hechos emergen de sólidas decisiones, que vivimos paralelo al tiempo. Lo siendo una tensión de fuerzas, un empuje de la obediencia atrapada a medio camino, de la voluntad encandilada por la luz inédita tambaleante, el sueño permanente de la memoria.

Umbra melancolía
Umbra melancolía, umbra de viajeros, de pálidos huéspedes pernoctando en ti, delirando en tu interior, sacudiendo tus noches. ¿Qué en su equipaje, qué en sus viejas alforjas con el viejo perfume de cuartos solitarios, de viejas habitaciones en viejos inmuebles? Polvo de siglos, atmósfera rancia de rancio espacio opreso, hollín de desgaste. Polvo de caminos clavados contra el suelo, de miserables atuendos

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sin cesar repetidos, de carcomidas paredes. Umbra melancolía, umbra de visitantes arribando muy tarde, de pronto, en invierno, con su insólita carga. Mañana al alba, Claire, mañana al alba ventanas de par en par abiertas, remoción de sábanas, las puertas sacudidas. Mañana al alba, Claire, mañana, mañana al alba, mañana, mañana, mañana.

Número
Número sombría identidad de visitantes, sombría máscara errante, migrante domicilio de cartas y retratos, equipajes e insomnios. Casi imperceptibles, casi de ficción llegando, adviniendo en fuga con su ímprobo séquito, caudalosos de misivas. Todos los que entonces, Claire, todos los que desde entonces fantasmal aparición en la penumbra, relevo de asiduos, ávidos visitantes,

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todos número identidad, número perfil y rasgo, número timbre y cadencia. ¿Quién ahora, quién, quién ahora que tañidos, ahora que errantes máscaras, quién, cuál con retratos, cuál con su ímprobo equipaje? Sí, número identidad, número todos nosotros.

Heliotropos
Cualquiera que a la adolescencia de los heliotropos, cualquiera que su aprendizaje de agrario habitante atento al rocío, versátil en sus tendencias… De alguna manera, de alguna manera instinto, mucho de congénito, de intrínseco y atávico en su lúdica danza, su lenta danza en arrobo. Pero la larga espera, la larga vela de armas en el salón agreste, su inmóvil desconcierto hasta los arreboles… Como si las direcciones, como si el cardinal movimiento terrestre lento en su discipulado, penosamente adquiriendo. Entonces cualquiera que a los heliotropos en su adolescencia,

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a su duro aprendizaje desnudos en los campos… En fin, también los geranios, la rubicunda amapola y el divertido homo erectus azar y peripecia, estoico discipulado.

Claire
Un puñado de palabras sueltas al viento, eternas en la geografía, sonando en los siglos su tenaz proclama, libres pájaros de luz iluminándote, esposa. Irás por toda la tierra hasta que el viento fatigue sus briosos corceles, hasta que los ríos crucen el límite del agua y se nieguen. La poesía, Claire, el furor del fuego sacudido en sus fraguas, en lo íntimo del hombre disuelto y nuclear en su torbellino. En su interior sagrado crisálida, amor, tu vida, adviniendo, adviniendo sin transcurrir, sin llegar, envuelta en los siglos. Que tu claro nombre, que tu existencia azul no termine de ser,

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no cese su luz volando por la tierra. Que un puñado de palabras gire en la eternidad sonando su canción hecha de ti, esposa.

Lumbre
Lumbre enceguecidos caminos extraviados en los pliegues de su ardiente obscuridad, ojos de vírgenes ahogadas en la fosforescencia criminal de partos prematuros, en octubre, mirando desde todas las hojas de lívido color silvestre. Por ellos con una húmeda antorcha soplando el velamen agreste, dispersos en la dispersión del tiempo en esquirlas estallado, marciales en la clarividencia de ciegos prorrumpiendo a gritos en su dimensión para siempre callada. Camaradas cabalgando conmigo en la precipitación de hojas llameantes, camaradas míos dormecidos en el brebaje de uvas destiladas en los alambiques del viejo Patriarca, hermanos míos conjurados en la gran orden de los Insulares, lumbre los extraviados caminos delante de nuestras cabalgaduras esfumándose, centelleando en el rigor del húmedo padre clarividente, lumbre las doncellas en sí ahogadas.

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Lumbre la ceguera abismal de ancianos regresando a la muerte con su ajuar de amargas vicisitudes, mientras nosotros enmarañados en el brebaje de uvas sacrílegas con nuestra húmeda antorcha extraviados.

Claustros
Desde dentro de los claustros cerrados con mil cerrojos, fijos en el derrumbe total de intersticios y celosías, extraviados en el eclipse de toda luz viviente, los orbitales ojos de los ciegos conmoviendo las catedrales con su pesado misterio suprahumano, desgarradoramente errantes por laberintos sin solución en la noche perpetua. Qué antro oracular, mudas criaturas, qué portentosa luz obscura la que desde el interior blindado a gritos su estentórea mudez descerrajando tímpanos y sellos, abriendo su espectro de haces invertidos. En la elíptica del pastor ciego un cayado su camino a tientas por el resplandor de párpados dormidos, y las catedrales estremeciéndose en el misterio de la luz coagulada, de la luz invertida centelleando.

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Vaho natalicio
Donde mi vida envuelta en oracular misterio, donde mis pasos desarraigados en torno a su propio rastro, en torno a perdidas huellas… Donde ni siquiera tú, Claire, ni siquiera las orientaciones de tu insistente lumbre rodeándome de sonoro crital, integrando mi desintegración en su destino de orden y arraigo… Cansado el vigía insomne al borde de la mar eterna, cansado en los caminos prófugos, cansado en los riscos atalayas. Cansado en los calendarios deshojándose en el vacío de hojas lentas prorrupciones, de oro mortuorio reiterado. Un marinero exhausto al azar de los siete vientos, extraviado en la luz equívoca de inequívocas constelaciones, inconmovible en su incertidumbre, oracular en su délfico misterio. Y ni siquiera tú, Claire, ni siquiera tu lumbre, esposa, allí donde mi vida envuelta en natalicio vaho otoñal, y en torno los mismos pasos, y las mismas huellas por la mar.

Anunciación
Un ángel de niebla y ceniza viniera a mí en el atardecer

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con su muda voz sacudida, y abriera desmesuradamente sus ojos sin dimensión, sus ojos vacíos navegando. Viniera en el atardecer hasta mi distante ventana, y sacudiera su voz de áfonas sonoridades, de áfona intemperie tonal, al tardío atardecer, envuelto en insondable niebla. Y me mirara con sus ojos inalcansablemente lejanos, errantes por la interioridad de mis criaturas inconsolables. Un ángel de niebla y ceniza, un ángel de despiadada mudez frente a mi remota ventana, con sus labios inútiles llamando, irreconociblemente mío.

Aullido
Alguien parecido a mí el que desde los bosques un aullido de animal extinto, un grito agudo prolongándose, conmoviendo la noche. Hijo mío, hermano, sombra de mi vida desnuda en medio de despiadadas bestias, ni tú ni yo, ni nosotros, ni ninguno ni nadie yo, el que con tantos rostros y con tantos nombres, y ni una sola identidad en la sed del acoso.

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Tal vez a mí parecido, tal vez yo mismo, tal vez ninguno de nosotros, o todos de una sola vez. Un aullido de bestia herida, un grito de aguda intensidad en la espesura del bosque, en la espesa ceguedad.

Hora
Pródiga de emanaciones la hora que en mi reloj detenida y derramada, pródiga de criaturas bullendo en torno de mí con su sutil zumbido. Algo que indefinible, que infiniblemente lo que su voz descalza, lo que su voz en la hora de misteriosa entidad succionando el tiempo. Desde dentro de las cosas, a débiles vagidos, permaneciéndose y yéndose, o precipitadamente a través de la habitación, hora, tu espesa melena inaprensible y fugaz, tu entidad de fantasma rodeada de objetos y plena de desnudez. Pródiga de emanaciones lo que indefiniblemente dormido en mi reloj, llorando con su voz descalza.

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Aquellos días
Desde el interior de los años que el tiempo arrolló, transcurriendo, desde el interior del ser adonde las cosas huyen y esperan como fieras, agazapadas, el momento del salto, que se abra la ventana de brumas donde la luz y la sombra forcejean, desde lo incierto, entonces, desde la realidad parecida al sueño, o, mejor, desde los días que tal vez no fueron, desde aquello que fue y no existió, aleteando con su voluntad enferma… Es otoño otra vez, es cierto, se escucha por doquier el rumor de la muerte caer de las ramas, tocar a la puerta de los hospicios, olfatear en la sala de urgencia de los hospitales, aproximarse a los sueños enfermos, desdibujarse en la niebla su leve silueta. Y sin embargo no es eso. No es que las hojas, no es que el cielo espolvoree su ceniza, no es que adentro un violín suene su sonido gris, su música mortuoria. ¿Es que nadie entiende? ¿Es que estoy solo enredado en las hebras de un idioma muerto? ¿Es que aquellos días que fueron y no fueron van a la deriva entre la bruma y los sueños? ¿Desde dónde, entonces, como si hubieran sido, como si fueran efectivamente

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recordados, con forma y movimiento, con su inequívoco color desdibujado? Tal vez no viví realmente entonces, tal vez aquellos días me pertenecieron sólo indirectamente, gastados, como adentro del traje de un difunto en el que habité las horas insuficientemente. Ahora las cosas que fueron quieren recordarme, llegan a mí, abren su ocurrida existencia ante mis ojos, me enseñan sus raídos contornos que quiero reconocer (o no quiero), y mi afán desfallece tactando infructuosamente las siluetas. Es otoño, es cierto, las hojas se me pegan a la piel y gritan, me caen al sueño donde naufragamos, jalan de mí como si fuera una de ellas. Y sin embargo no es eso: a la deriva en el tiempo días llenos de fantasmales figuras, días con sonidos huyendo, huyendo, días donde dejé de ser, donde mi vida cruzó ciega o durmió, llena de espanto.

Ahora que cae la lluvia
Ahora que cae la lluvia, ahora que otra vez el agua canta, quiero escuchar de ti, rapsoda otoñal, joven de niebla y castaños apareciendo y desapareciendo entre las mudas figuras de mayo vegetal, en la floresta, quiero oir de ti la tempestad de besos sin rumbo, el océano de sueños

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donde tu náufrago corazón vagó, llamó, tendió los brazos, pobló de gritos la noche implacable. Dime ahora su nombre que las hojas muriendo escucharon, repite sus sílabas candentes emergiendo de tu voz estremecida, canta otra vez tu agónica endecha, tu rapsodia por negros pájaros picoteada. (Regresa también en otoño su figura que la niebla desdibuja, sus ojos se abren en el sueño como una flor de acérrimos perfumes cuyos pétalos caen al agua, temblando). Más acerba que los sueños, más radical que el olvido es la llaga del amor que atraviesa el corazón y el tiempo. Al elixir de unos labios, al aroma de una piel de eximio polen cae la sed y desata su conjuro, apaga en delirio su fuego sublime. Pero de las cenizas se levanta otra vez la ansiedad, se yergue la insaciable sed con un dedo señalando al tiempo: un cuerpo cuyo temblor vegetal fue respirado en el bosque, a gritos, una boca que en la húmeda corteza se ocultó, desorientando labios. Y ahora que cae la lluvia, ahora que las hojas devuelven su delgada existencia al humus, regresa también su cabellera obscura, su voz que se enredó en el follaje de los sueños. Por eso, joven rapsoda que el otoño aplacó en su desgaste, aciago amante de agónico estro,

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dime su nombre que las hojas supieron, repite sus sílabas indestructibles.

Ebriedad
Y ahora, que de tanta ebriedad, ahora, Claire, que de tan diáfana claridad, ahogado en la luz, sentado frente a mí con los ojos arrancados, muertos, de viaje por la áspera transparencia verbal de poetas difuntos declamando, ahora, amor, que de tanto amor, que de tanta ebriedad llenándome las palabras de órfico licor, los labios de abrupta intensidad, el corazón de oracular dicción, ¿qué poner sobre el desnudo papel, qué depositar en la corriente del giratorio río luminal, de las límpidas aguas del canto? Ahora que en tu luz diluído, ahora que en tu nombre iluminado, ahora, amor, que tanta claridad manando de tu obscura vertiente, sacudiendo mi pluma gestora, ¿qué trazar con trémula grafía, qué palabras arrojar al tiempo a perpetuar allí este momento de extraña ebriedad reproductora? Ahora que inclinado sobre mí, ahora que sentado a la ventana frente al gran río circulatorio, frente a frente conmigo y a la voz de los vates difuntos declamando.

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Dispersión
A lo más íntegro, a lo más fidedigno de mi asustada interioridad descender en puntillas, y preguntar con voz quebrada: ¿Quién el que realmente, quién el que absolutamente, el que desnudo en su cáscara de adánica dispersión, de humano no saber por qué, quién, en su último reducto, en lo aún intocado, quién? Y volver a ascender a las trémulas máscaras con una máscara más, con un ser incógnito oculto en la espesura de su adánica errancia, de su humana dispersión.

Alquimia
Todo poema rememorar, toda palabra hallar la raíz, y en ella volver a pronunciar lo que a nosotros no regresar, lo que al nacer dejar de existir. No seguir viviendo ni morir, no en ti dormirte ni despertar: todo poema el propio elixir de una alquimia que restituir a la memoria lo que olvidar. Pronunciado y no recordar, cantado y en la palabra huir: la existencia eternidad fugaz,

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la muerte no regresar jamás, el poema existiendo morir.

Fugaz
Cuando quiera que llegues, a deshora en los desvíos de un borroso regresar, o de un borroso extravío, ella ya no estará, ya se habrá ido. Sea víspera o relente, sea sopor del estío, o gris aliento invernal sacudido de frío, ya no la encontrarás, la habrás perdido. Y por mucho que llames, por mucho que tus gritos estremezcan la heredad de ruina y olvido, ella ya no escuchará, se habrá dormido.

Inútilmente
Inútilmente llamaría, Claire, inútilmente golpearía las aldabas enmohecidas, las paredes desvencijadas, las puertas definitivamente cerradas, definitivamente mudas en su grandilocuencia, desgastándose en la memoria. Inútilmente sacudiría con mis manos la enramada del viejo, roñoso membrillo,

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inútilmente buscaría sus magníficos frutos de oro reluciendo en el sol del otoño. E inútilmente me detendría en medio del salón callado a escuchar las dolientes voces de quienes ni nombre ni rostro, de quienes ni extensión ni tiempo, furtivos por la red del sueño.

Arquitecturas
Capital de los vientos del sur de la tierra, por tus interminables escaleras sube la aurora con sus peces muertos cada día, sube la luz temblorosa del alba y alumbra tu prodigiosa arquitectura colgante. Como naves que el viento despeñó de los cerros, o arrojó el mar de su dominio bravío, pueblan tu pecho sinuoso enfermos bajeles que aúllan de espanto cuando las tormentas te cruzan pulsando tus lúgubres jarcias. ¿Cómo, qué manos sortílegas, madre, qué dedos mágicos por tus laderas, por tu escarpado perfil tejiendo, hilando, amarrando al viento mástil y arboladura, velamen y espacio indócil atrapado? De la ruda artesanía de tus hijos nocturnos, de tus hijos sumergidos en un océano espeso, de tus hijos que lidiaron con el mar su harina, de allí techumbre hospitalaria, adobe y barro, morada equilibrándose en la geografía. Y día tras día por tus cerros hirsutos se expandía tu prole litoral multiplicada apuntando al mar la quilla de sus barcas, como una gigantesca armada multiforme emergiendo de la niebla o de los sueños.

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Prodigiosa ciudad, de tus techumbres, de tus altas terrazas innumerables, de tus ventanas donde el océano suena, emprenden el vuelo viajes y quimeras, zarpan largas travesías oceánicas. Y mientras por tus calles desquiciadas repite el viento los nombres de tus náufragos, mientras mar afuera aúllan barcos perdidos, duerme en el interior de los toscos aposentos tu prole exhausta mecida en el vaivén del agua.

Se han ido
No hay por tus venas lúgubres, madre, no hay por tus arterias de piedra lustral donde millones de pasos muertos se aprietan, o por tus caóticos conductos ciegos, por tus agudas callejuelas rotas, no hay, no hay por tus escaleras truncas, por esas gradas de lluvia y viento agredidas, por tu laberíntica red de segmentos donde temblor, terremoto y tiempo porfían, no hay, no hay, madre pálida en el alba fría, no hay por las grietas de tu maderamen, por los intersticios de tu vientre herido, ni por tus muros cuajados de estigmas, ni por tus iglesias donde cientos de años repiten sus preces con labios asustados, ni por tus quebradas donde cuelgan maderos, ni por tus sórdidos conventillos roídos, ni por tus muelles que la sal carcome, ni por tus ascensores enmohecidos, ni por tus cauces que la mar succiona, no hay, no hay madre unitaria dividida, ciudad regazo, ciudad guarida, no hay por tus plazas que tus hijos rotos

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pueblan de noche con sus sueños ateridos, ni por tus viejos mercados clamorosos, ni por tus playas de habitantes diminutos, ni por tus cementerios de huesos poblados, ni por tus acantilados inexpugnables, ni por tus prostíbulos que el dolor lacera, ni por toda tu extensión desfigurada, no hay, madre pálida, no están, se han ido, no hay y silencio, ya no están y luto, ya no existen y largas calles vacías, plazuelas que la madrugada no sustenta, arquitectura de los cerros en muecas crispada.

Toda una eternidad
Toda una eternidad, esposa, todo un océano sin orillas para tu amor y mi amor, para esta historia imperecedera. Toda la luz triunfal a raudales, todos los ríos y su cantar, todos los idiomas, todos los vientos y su soplo dialectal para ti, para mí, para nuestra historia. Toda la aurora boreal, toda la nieve septentrional, toda la lluvia y su flébil gorjear, todos los aromas,

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todo el espectro de luz irisal, para éste, tu milagro, para el prodigio de amor. Todos los rumores de las aguas, todos los sueños y su trama cenagal, todo lo inaccesible, todo lo eterno, todo lo fugaz. Toda una eternidad, esposa, todos los alfabetos, todas las lenguas muertas, todo idioma que vendrá, para contar nuestra historia, para jamás olvidar.

Niebla
¿Es que nos extraviaremos en la inmensa, inmensa niebla cenagal, que nunca regresaremos, que nada, nada en la tierra será verdad? ¿Que en ella nos hundiremos ahogando nuestra huella terrenal, que mil años vagaremos entre la gris cabellera invernal? ¿Que en la muerte anidaremos, que nunca más las estrellas nos verán, que sólo pájaros negros

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lanzarán en las tinieblas su graznar? ¿Que todo esto es sólo un sueño, que es mentira tanta niebla abismal, que al final despertaremos, que nada, nada en la tierra nos vencerá? ¿Que en tu vida viviremos más allá de las tinieblas, más allá?

Jirón de juventud
Jirón de juventud en los cuadernos: ayer el tiempo azul, ayer los sueños. Por el renglón la mano nerviosa caligrafía: conmoción de antaño para la poesía. Para los viejos sueños de aeda errante: la lluvia en invierno la única madre. En aquellos cuadernos polvo y melancolía, prematuro silencio, largas vigilias. Largas travesías por mustias calles: al final la poesía tu propia madre.

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Jirón de juventud del tiempo roto: para el olvido tú, de los sueños el polvo.

Unción
Unción de lágrimas silvestres, unción de humedad e intemperie para este íncola monacal, para este acólito de dríadas y deidades agrarias ocultas en los espesos bosques, en torno de santuarios megalíticos, de altares de piedra en que el musgo su pátina de siglos de agua, su testimonio de verdes retoños en la proliferación de la espesura, un bautismo de rocío, padres, un derrame de linfa auroral sobre mi testa sin mácula de diademas o impuros ungüentos en la densa soledad silvestre, en el sacro recinto monacal. Inmóvil en la densa espesura la tácita presencia de deidades velando la paz de los huesos agrestes, de rancias cenizas bajo la fragante sepultura del humus en vaho silvestre, en exhalaciones de la cal. Aquí mi vida en tránsito atada, aquí ungido acólito morir, y danzar con druidas y doncellas bajo el haz de la luna llena, bajo su magnética luz astral. Unción de frío e intemperie, unción de pedregosas linfas

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para este nuevo monje rural, para este devoto de las piedras admitido en la hermandad solar.

Afrodita
Así caídos tus párpados, así clausurada a la luz tu fría vida sin vida, desnuda entre las estatuas, en vano mis tibios dedos deslizando por tu piel su arrobo de escultor ebrio en el tránsito de las formas. En vano mi boca hambrienta sobre tus marmóreos senos, en vano mi loco deseo su fuego en torno al fuego yerto. En un único movimiento paralizada, en el acto de desatar tu desnudez sobre el tálamo silvestre, caerías a la hojarasca, y crepitarían las hojas secas, muda, si no suspendido del cincel tu cuerpo ebúrneo. Así suspensa entre la rigidez y el deseo, entre el fuego y el frío eje curvado, en tu cuerpo yerto la lucha de dos enemigas fuerzas. Y así tus párpados caídos, así clausurada a la luz, tu vida ninguna vida, y ningún arrobo el deseo

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de mis dedos infructuosos por tu cuerpo deslizándose.

Megalítica
De la megalítica de piedras desnudas, de piedra basta en el roce de manos y plegarias, de ritos y ofrendas desbastada, inerte y convulsa de latidos en su terrestre inercia; de la megalítica astral, de los inmensos bloques en círculos dispuestos en el rabillo del sol pasmado en su solsticio, inmóvil por una décima de segundo en su rodar… Sí, de la monumentalidad, del ímprobo esfuerzo mental atisbando en el retorno de los desprendimientos, monacal en su fervor de centinela cósmico el íncola agreste… Piedras de astrales latidos, piedras de la inmensidad del cosmos desprendidas, de la pátina de musgo que la húmeda intemperie a través de los siglos, en las estrías que el druida con su puñal de cuarzo a la hora del búho, o en la fría gravedad de tu frente austera llena de voces de piedra, sacudido en la lucha

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de átomos girantes, de átomos vertiginosos en la fementida inercia… Sí, allí los testimonios, allí las digitales huellas del íncola extasiado en su pertenencia astral. Un puñal de pedernal desgarradoramente, un montón de cenizas, un manojo de gavillas, una mancha de sangre en el tributo solar. De la megalítica la unción de los creyentes, el periplo de los monjes por la elíptica solar. De la megalítica de piedras desnudas, de piedras patinadas en el roce del tiempo. En el roce de los ritos de la hecatombe astral.

Mañana de agosto
El día abierto de par en par, arrojando su luminosidad de novia intacta centelleante, de doncella cada día en flor, cada día iluminándome de luz cada día consumida y cada día reintegrada. Astro de rutilantes diademas beligerando en la conflagración de gases genéticos desgarrados,

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miles de edades tu hoguera cósmica lamería el girante planeta, miles de edades tu ojo incendiario escrudriñaría mi existencia sin tocarme, oh, sin acercarse a mi volumen óntico errante por su dimensión peripatética de númenes inescrutables. Miles de edades tu clarividencia hurgaría en mis íntimos distritos sin encontrarme, sin reducir mi ser a medida cuántica recuperable. Y miles de edades me inclinaría yo mismo hacia mi mar interior, sin hallar al náufrago errante haciendo inútiles señales desde su inaccesible otredad. Clara mañana de agosto abierta de par en par sobre cosas y existencias, cada día tu extensión de luz sobre mi extensión terrestre derramada, cada día tu ígnita persecusión, y cada día mi ser extraviado.

Pozo
Días de denodado silencio, días de mudez perpetua sumergido en un obscuro pozo de aguas inmisericordes, rodeado de muertas campanas.

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Alguien con una mano anónima inclinado sobre el pretil, alguien con mis propios rasgos desdibujados alejándose, difuminando su parentesco en la desfalleciente memoria. Manes míos de una estirpe insoportablemente repetida, manes láricos congregados en el redondel de piedra patria, hoscos de ira persecutoria, quien en la mudez de la palabra su mano de áfono náufrago sobresaliendo en el torbellino, aquél que por un largo túnel con su congregación de hermanos sepultos en su voto de silencio, ése no ser reconocido, ése ser por todos olvidado, ése desaparecer del habla, y reunir en su torno las voces de camaradas febriles callando, de cofrades deshojándose en luto, de sonámbulos regresando a casa.

Mariposa
Ocurra una flor inédita, ocurra su inédito perfume desde el útero de las cosas, una mariposa arrebolada en un color de inextinta llama, en un espectro de lítico fuego.

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Despréndase inesperadamente, de súbito y en alto sigilo con sus invencibles atributos, con sus facultades omnívoras desde la vagina impalpable, desde el manantial del misterio. Llegue hasta nosostros su radiación, llegue hasta nosotros su fuerza oculta, y disuélvanse en polvo y silencio las maquinaciones diabólicas de aquello en nosotros subyacente, de lo que en nuestra humana doblez. Ocurra en su envolvente inanidad, ocurra en su arrolladora impotencia, llena de impalpable fuego digital, lleno de incombustibles alas secas. Una flor inédita erigida, un perfume insólito rociado, una mariposa color arrebol, color incendio, color inextinto, color humano en su humana doblez.

El fantasma de Isla Negra
En Isla Negra el mar, su embate de espuma rizada, su reclamo en olas, su gritos, su vaho salobre arrojado contra un puñado de casas calladas, silenciosas como muertas. Nadie por las calles solas, por las calles que el mar fragoroso llena de húmedos ruidos,

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sepulta con su peso insostenible, hace retumbar con su estallido. Pueblo litoral, mágico poblado donde tus náufragos, Chile, tus hijos ciegos en el exilio, donde los sueños de tus poetas desvarían tactando el vacío, como sonámbulos de otro mundo. ¿De dónde viene la voz, de dónde la lluvia del sur que canta aquí su quejumbre, su atroz poesía de sueños muertos? No sólo el mar sus sonidos, no sólo el trueno quebrado de sus olas desbordadas: ¿de dónde la voz, madre, delgada patria, de dónde la lluvia austral, su gorjeo, su reclamo gutural insistiendo? No mientan las calles solas, no mienta el mar con sus ruidos, no mientan las casas dormidas: una voz espesa canta, una voz de violas rotas, la lluvia del sur aquí anclada.

Rosa de Pentecostés
Primavera de violentas ráfagas en mayo crepuscular desgarrando su vegetal vestidura, resquebrajando el aire a eléctricas dentelladas. Marcial mi triste actitud de varón iracundo en las lindes

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de lo vesperal y lo viviente, habitado por guerras atravesando el umbral del águila y del azufre, viril en el cruce atmosférico. No capitular, manes silvestres, no deshojar la humedad hasta la desnudez terrestre, no descender el hilo órfico por el escalofrío del sueño. Allí sus pétalos carnales congregando la nitidez del agua y sus transeúntes, allí su arrebolada copa llena de efímeros zumos, llameando de luz vesperal. Primavera de incendios desnudando su festividad, atravesando en ráfagas de húmedos cuchillos su bello color transitorio. Pero marcial mi actitud de triste guerrero erguido en las lindes de lo viviente, viril en los sombríos cruces de trigo atmosférico.

Atributo cuántico
Sobrecogedoramente hermoso el atributo cuántico del íncola terrestre afanado en su ímproba labor de transeúnte planetario, interestelar con su herramienta inspeccionando el orden de las absortas esferas. Aplicado discípulo del sumo demiurgo

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de los siete días, de su celo empresarial la preclara corrección del orden originario, y por la muchedumbre pluvial ufano con su atributo cuántico desmalezando el mundo. Altivo el bípedo gris, el amo sobre criaturas caídas a la esclavitud desde su inocencia salvaje. Héroe interestelar, tu imponente magnificencia de monarca planetario, tu arrogante señorío sobre patas y metales, sustentado en la hipotenusa dividida por sus catetos, y de una crin de extrema tensión tu propia hez sobre tu cabeza. Sobrecogedoramente hermoso tu atributo cuántico pendiendo sobre ti con sus siete filos.

Orquídeas
Quizás su hermético misterio nada más que un parpadeo de invisibles alas cruzando las dimensiones del agua, quizás su silencioso color sólo la súbita conversión de precámbricas deposiciones devolviendo a la tierra su bella urdimbre de espectros. Ella allí, magnífico cáliz vertiendo su misterio azul desde una pluvial vertiente sacudida por mágicos dedos,

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esbelta doncella en flor dormida en su danza inmóvil. A tus húmedos labios una gota de la eternidad, un secreto de milenios herméticamente obscuro asomado, exhibiendo su vegetal enigma. Inconmovible flor del sueño, de tu cáliz mínimo un portentoso fluir de linfas adormeciendo la atmósfera de precámbricas emanaciones. En tu invencible presencia la tierra otra vez su esplendor de salvaje intemperancia, conmovedora en su monarquía. Pero quizás tu hermético misterio nada más que un parpadeo de alas dormidas cruzando las dimensiones del sueño.

Lilas
Antes que las lilas sepulten su perfume racimal, antes que la intensidad de sus pródigas ubres se apague en el clímax de su lácteo esplendor, antes, Claire, que sus secos pistilos se adormezcan y duerman su ávido sueño invernal dispersos por la tierra, antes que su color de desnudas diademas en el misterio matriz

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de la primavera palidezca, antes que su hálito azul se disuelva en la amplitud del aire irrecuperable, y pierda el polen púdico su efímera doncellez, antes, antes, amor, que las lilas racimales sepulten su perfume de espesa intensidad, y apaguen las ubres su flujo de linfas no terrenales, antes, Claire, que sus alas depongan su circuíto dentro del aire, y ya nada en la tierra tenga sentido, antes que se extravíen nuevamente en su propio perfume las lilas racimales…

Teorema
Todas sus partes la misma parte, todos sus lados un único lado, y sus diferentes caras una y la misma cara repetida o desdoblada, copiada o reflejada, unificada en serie o por sí misma multiplicada.

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Uno un múltiplo, pues, de todos los demás, y todos los demás una enorme multitud de índole numeral, innumerable y total, finita en su filiación de ente infinitesimal, infinitamente otro y el mismo en su dispersión. Cuál, entonces, el uno, y cuáles los demás, quiénes los que girando y quiénes haciendo girar, cuántos enumerados y cuántos por enumerar. Porque árboles un árbol y bosque un uno y total, hoja la hoja, y la hojarasca la misma hoja numeral, nueces la nuez moscada, castañas su proyección castañeteada. Pues un ser todos los seres y seres la humanidad, porque una ola las olas y todas las ola la mar. Unidad diversificada en repetida unidad unificando, lo que disuelto en la mar en la mar unificado.

Cabalística
Obscura su misteriosa entidad de cabalísticos dados, volcando su carga óntica

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en el inescrutable azar de destinos entrecruzados. Grave el solitario asceta en su sumergida ermita escrutando las señales de los magnéticos astros, concentrado en sí, tenso su instrumento orbital en torno a los objetos. Supremo sacerdote, el arco de tu omnipotente inmanencia, el arco de tu obscuro poder tendido sobre las cosas, cuajado de premoniciones titilando en el firmamento. Sí, ahora su magnetismo, ahora su metafísico empuje gravitando sobre los destinos, volcando su carga óntica sobre el fugitivo azar. Obscura tu misteriosa entidad de cabalísticos dados rodando sobre los destinos, entrecruzando los rumbos y volviéndolos a desatar, grave asceta solitario.

Oracular
Oracular instrumento el poeta sonando en mitad de los tiempos, borracho de azar y vaticinios, borracho de todas las lenguas, en su fantasmagórica nave a través de sueños y alfabetos, libre en su solitaria demencia. Un licor de iracundas uvas en su palúdica conciencia

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turbia de legámicos vapores, a tientas por la física luz con su milenario báculo, dormido y lúcido en su borrachera. Trémulo ser de trémulas cuerdas sonando en las altas esferas su vaticinio cósmico en idiomas anteriores a todas las lenguas de terrestre raigambre, nauta en viaje por edades muertas en su fantasmagórica nave, ningún alfabeto luminal, ninguna lengua de la tierra en las oraculares voces brotando de su onírico instrumento. Todos los tiempos estelares, todas las edades planetarias imponiendo su caducidad, fijando plazos y obsolescencia, y tú con tu báculo ciego apareciendo y desapareciendo. Oracular fantasma el poeta sonando sus diáfanas aguas en la sed de las almas enfermas.

Regazo tribal
La muerte conmovedor su abnegado amor filial de madre universal, dolorosa en su luto flameando intermitente entre el túnel y la luz, al final y al comienzo. Conmigo y sin mí, contigo y desnudo, con nosotros, y ni uno, sino su inmanencia

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parpadeando su amparo de regazo tribal, de seno genérico, de matriz universal. Dondequiera, poetas, dondequiera que nadie en torno abrigando la desheredad; que nadie sus leños en el hogar vacío el fuego vital… Dondequiera, poetas, que la atroz soledad su frío estandarte, su inmensa inmensidad, allí su tibio amparo, allí su abnegación, allí su conmovedora inmanencia universal, flameando intermitente entre la noche y la aurora, entre nunca haberse ido y no volver nunca más. Conmovedor, poetas, su abnegado amor filial de madre innumerable, omnipresente y total.

Un minuto humano
Un minuto de póstuma luz, un minuto de aire irrespirable, un minuto del perfume ácido de las ciruelas, un minuto del tiempo expulso de los relojes. La lluvia otra vez, hermanos poetas, la lluvia trémula otra vez

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temblando en el alambique de la alquimia atmosférica, sólida en su permanencia de indestructibles leyes terrestres. O un cardumen de peces desplazando su marcha inmóvil en la invisible dirección de atávicas coordenadas. Las abejas misioneras en su ferviente propagación de diminuto polvo proteico, de ortodoxo credo lumínico cuajando en la luz póstuma, hermanos. Dejadme, hermanos, dejadme en la póstuma obscuridad emerger un minuto humano, emerger un minuto del aire, un minuto del perfume corrosivo de las ciruelas, un minuto de física lluvia, de polen solar irradiándose. O de un cardumen de peces desplazando su dirección en el extravío del tiempo póstumo de los relojes.

Números
Número potencia sideral, número hermético don que llave en la cláusula, llave en el escondrijo de espíritus y ánimas, airoso con sus fórmulas de alquimistas y brujos. El prestidigitador, el chamán planetario

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desde la Osa Mayor, desde el Auriga Ciego, infalible arquero de número y saeta, a galope tendido por entre los destinos. Esposa, el sopor del estro, el brebaje de hierbas de nombre inaccesible, la visita fantasma de antepasados en tránsito por las transmigraciones, el empuje de los muertos ingresando al sueño… ¿Por qué mi corazón, por qué mi identidad de indefinible substancia, por qué mi vigilancia en las cruciales confluencias total recepción, total? ¿Por qué los números, por qué su intimidad de secreta clarividencia en mí desordenando, en mí armando y desarmando, asignando rol y sino?

Leche materna
Penetrando por un ojo, por un rictus amargo, por un par de palabras lanzadas sobre la mesa, por un súbito ademán arrancando de cuajo máscara y simulador, desvío y estratagema… A través de la comisura arqueda de los labios,

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de su línea locuaz herméticamente muda, clausurada a hierro por siglos, por milenios, por las edades del hombre. Hete allí, mudo animal insistiendo en tu estrategia de fiera acorralada, mudando las contraseñas, falseando las claves en tu redil sin tregua. Pero un guiño involuntario, un gesto irreprimible, un abrupto fonema desnudo en el aire, asomando sus números, y por allí el ojo avizor decodificando sótanos, íntima conciencia replegada. Sí, las edades del hombre temblando en su intimidad con su animal a cuestas, gruñendo tras las máscaras, lejos en el exorcismo de la leche materna.

Reclusión
Una soledad inmensa, una soledad de isleño naufragando en sí cada día, recluído al interior de idiomas inextricables. Las aves, las tormentas, las embarcaciones grises, los dramáticos mensajes pasando, cruzando sin fin, rehuyendo los arrecifes.

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¿Quién vendrá, quién llegará, quién abrirá las puertas y gritará, gritará, gritará por los pasillos, por los cuartos lóbregos, por el desván dormecido, por el sótano monacal, quién llegará, y desde dónde? Tu abnegada porfía, esposa, tu tutela de besos velando en las altas fiebres con un talismán azul de férreo cristal terrestre, y el agua, el agua girando, el agua y su rumor natal perforando los sueños con su insistencia remota. Nadie vendrá, nadie, nadie, nadie con voz auroral restituyendo las claves, devolviendo al orden óntico su perdida condición luminal. Una soledad inmensa, una soledad de nauta con su barco fantasma cruzando los océanos, y no llegando jamás.

Harina
Harina luz estelar, harina fibra órfica en sílabas apretada, misteriosamente clara en tu diáfano prodigio de enzimas apiñadas, agraria y cósmica de alas,

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a tu origen azul de luz incendiaria por la tierra aplacada, a tu génesis astral de minerales rudos y agua disgregada, a tu aleteo íntimo, harina, atado al misterio de transparencias líticas, de castalienses zumos errantes por el alambique dedálico del sueño, a tu intimidad, harina, a tu espeso enigma de luz conglomerada parpadeando de bríos y velocidades dormidas, mis dendritas, mis yemas, mi embriaguez luminal, mis números perplejos en el extasío innumeral de cristales, de enzimas, de pigmentos, de polvo astral, de aguas desmontadas, de minerales dormidos, de luz incorpórea en prodigio corporizada.

Territorio
Congregación de arrecífica espuma reverberando en el brutal encuentro de airada sal procelaria elevando su racha combativa y su oscuro pedernal, su granito roído en el combate milenario. En el Sur Austral el planeta ímpetu de indómitos elementos vociferando su bélica ira,

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contra un somnoliento territorio de verde prosapia terrestre creciendo en el rumor oceánico. Inmóviles de pétrea dignidad los albos macizos dentados, sacudiendo la alta atmósfera de pura presencia sauria animada de fuego vaginal, sólidos en su dura obediencia de hieráticos custodios de piedra sosteniendo el peso planetario. Titánico el azul Bío-Bío reuniendo en la nieve impoluta su preclaro volumen migratorio, límpido y rumoroso, jocundo de hidráulica efusión, de alturas, de cimas, de filudos ventisqueros, de derrames, de cabelleras de plata, vital y voluble y varonil cantando. De la umbrosa selva el puma raulí, el puma mañío, el puma peumo, el puma coigüe, salvaje floración, elástico retoño de intemperie austral, de humedad y follaje, imperial, volcánico, fosforescente. A la vastedad lunar de arenas cenicientas, de cales calcinadas, de minerales briosos y exhaustos en su contenida reciedumbre, en su dormecido poderío, y el pie temblorosa huella sobre el gastado escenario de guerras planetarias convulsionando el mundo, sumergiendo los pantanos cuaternarios. Allí pues el sol su lamido de mortal aliento ferruginoso, el sol su implacable cristalería de alhajas térmicas sedimentándose, y el viento nocturno una mano fría aplastando los sustratos calcáreos, hasta que puro semblante estepario hostilizando el polen de las cordilleras.

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Patria, entre dos zonas de dura hostilidad tu rugoso ombligo irrigado de populosas linfas serranas, tu ópimo suelo de sedimentos precámbricos, de zumos infiltrados elevando la vid otoñal nutrida de misteriosas materias órficas, germinando en néctar y verdurerías, en tubercular glucosa y cúpulas resumiendo los ácidos terrestres. Ah, tu alba multitud semental, tu cabellera bruñida meciendo sus ondas de gramíneo fulgor, recogiendo en cápsulas terrestres el oro astral del húmedo rocío, los vaginales caldos filtrados. Por tu forma enjuta recortada mi derrame de ríos patriarcales, mi profusión de perfumes terrestres emanando del dormecido follaje, mi exhalación de viejos efluvios buscando tus surcos aurorales, mi canto de pastor nocturno, mi amor de hijo innumerable. Por tu enjuta figura espumosa mi propia espuma restallada, mi propia sal racial soterrada abierta ahora en el viento guerrero, mi propio asalto de olas inauditas, de peces inauditos congregándose, de moluscos monacales difundidos, de patagónicos pumas totales, de aguerridos cóndores de piedra, de lluvias y lluvias milenarias. De dónde, Patria, de dónde, de dónde tu magnético don de imán terrestre reuniendo a tu grey por el mundo errante en torno a tus azules estandartes, en torno a tus hirsutas cabelleras, en torno a tus vides olorosas, en torno a tus copihues ensangrentados, en torno a tus piedras innumerables, en torno a tu grito de asediada noche.

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Mi amor aquí a tu invisible llamado, mi amor a tu multitud dispersa, mi amor a tu profético hado, mi amor a tus proteicas gredas, mi amor a tu alarido planetario, mi amor a ti en la paz y en la guerra.

Calles de Valparaíso
Calles de Valparaíso, ¿cuántas veces deberé trepar tus gastadas escaleras, cuántas veces mis cansados pies fatigarán sus resistencias errando por tus arenas, acariciando tu dormida piel? ¿Cuántas veces éstos, mis labios, nombrarán tus nombres de memoria, cuántas veces con mis manos tocaré tus piedras rotas, y me verá tu temblorosa noche cósmica en llanto derramado? ¿Hasta cuándo por tu laberinto, hasta cuándo mis ojos viajeros por tus miembros retorcidos, por tu caótico delineamiento buscarán la anémona del sueño, buscarán los pasos perdidos? ¿Hasta cuándo oleré tus líquenes, hasta cuándo besaré tus árboles, hasta cuándo rezaré a tus vírgenes, hasta cuándo bajaré a tus cauces, hasta cuándo mis pies sangrantes recorrerán tus arduos límites? ¿Hasta cuándo ambularé sonámbulo por tus rostros inconfundibles,

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por tus ligamentos quebrados, por tu trama de arrecifes donde mis navíos tristes encallan sin hallar los pasos? Calles de Valparaíso, ¿hasta cuándo subiré a tus cimas gritatndo los nombres olvidados, y descenderé hasta tu orilla interrogando al mar airado, y recorreré todos tus ángulos con mi fervor de fe peregrina, para que tus piedras me reconozcan y me reconozcan tus escaleras, para que desde tu historia se eleve mi nombre de niebla, y mis sumergidas huellas emerjan, y mi regreso acojan? ¿Cuántas veces deberé tocar con mis dedos tu sórdida piel, con mis labios tu nocturna faz, con mis gritos tu dormida grey, con mis pies tus ateridos pies, con mi sueño tu sueño de cristal, para que despierten tus ánimas, para que tus casas se despierten y me abran sus puertas gastadas, y den asilo al hijo doliente, y den techo a mi intemperie, y acojan mis pasos sin patria? Calles de Valparaíso, recorreré tu fantasmal laberinto, recorreré tus rumbos dislocados, hasta ser por ti reconocido, hasta encontrar los nombres olvidados, hasta dar hogar a mis pasos, hasta hallar los pasos perdidos.

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De prisa, hermanos
Rápido una estrofa de choroy concatenado, rápido un haz de versos de sílabas del Cautín, una agrícola rapsodia de volátiles piñones, frescos, redundantes de idiomas de la tierra. Una canción, una canción de selvático líquen pronunciando las edades, de la fonía del Puelche un áspero poema, una ruda retahíla de silvestres fonemas. Rápido, rápido, un son de inaudita voz gutural, una estrofa de kultrún, un puñado de sílabas del agua torrencial, una ritual argumentación de gargantas mapuches. De prisa, de prisa, hermanos, de prisa volcán, arroyo, de prisa erecta araucaria, de prisa puma pastoral, un haz de consonancias asomando su rusticidad, rápido, rubio quillay, de prisa, hermano Cautín. Rápido, cerro Ñielol, hermano Catrileo, nevado Llaima, de prisa, rápido, una canción, una rapsodia de temos, una aromática estrofa difundiendo su asonación, rápido, de prisa, hermanos.

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Lluvia de ceniza
Mil años esperarán mis manos la lluvia de ceniza, mil años estos volcanes callarán su secreto, y nadie sabrá qué pasó, nadie entenderá la sangre. Mil años escucharéis los murmullos en la floresta, mil años el viril laurel, y el roble pellín gigantesco, y el canelo sacramental, y los líquenes enmarañados, y los copihues testimoniales, mil años, madre Araucanía, mil años sus calladas voces, su sigiloso desplazamiento por el taciturno follaje, su fantasmal presencia errando con los manes de su pueblo. Pueblo de impenetrables rostros, pueblo de desgreñados cabellos, pueblo de vegetal linaje, pueblo de lenguas de la tierra, ¿no es cierto que por Pitrufquén, no es cierto que por Conguillío, que entre Lautaro y Vilcún, que de Carahue a Temuco, que de Perquenco a Traiguén, no es cierto, no es cierto, pueblo-laurel, pueblo-mañío, pueblo-pellín, no es cierto que en torno a Cunco, que alrededor de Pucón, que en el lago Calafquén, que en Quitratúe, y en Llanllán, que de Pallaco hacia el mar, no es cierto, padres de piedra, padres de recio clima austral,

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no es cierto que la Araucanía aún su patria, su amoroso hogar? ¿No es cierto que por los senderos de la selva patrimonial, no es cierto que por la espesura de la patria vegetal, no es cierto que por las frondas de la maraña ancestral, ellos, tus silenciosos hijos, tus guerreros de indómita virilidad? Veo su presencia relampagueante cruzar las jornadas de la lluvia atroz, veo su cabellera de lianas ocultarse en el follaje filial, escucho sus movimientos de puma deslizar sus ingrávidos pasos en la inhóspita espesura sacramental, y es sólo el viento montañés acribillando de fríos cristales el vacío poblado de ausentes, el escenario de tácitos rostros. La Araucanía vital palpitante de húmedos aromas vegetales, cerrada en su hermético silencio. Y mil años esperarán mis manos la lluvia de ceniza, mil años estos volcanes callarán su secreto.

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La Poesía del siglo XXI
Por Ulises

Varsovia

Si hemos de aceptar la definición de Platón (Symposium, 24), el concepto griego póiesis, del cual derivamos poesía, está referido no sólo a la literatura, sino a todos los ámbitos del quehacer humano relacionados con la creación, es decir, a todas las artes. El poeta es un demiurgo ("un pequeño dios", dirá Huidobro) tanto como lo es el pintor, el escultor o el arquitecto. Lo característico en él o en ella es que extrae de la "nada" la "forma" o "idea" que expone a nuestro juicio: la obra de arte comienza a ser a partir del no-ser por mediación del creador, que le da vida. Como se ve, Platón (y con él no sólo los neoplatónicos, sino todos los clásicos, medievales, renacentistas y la inmensa mayoría de los teóricos) no encuentra otra explicación para el fenómeno creativo que un origen metafísico, es decir, aquello que está más allá de los físico, lo que emana del "alma", como dirá Plotino. La facultad de crear es, pues, lo que diferencia al poeta del simple "es-critor de versos" o del rimador. El problema se presenta cuando quere-mos diferenciar entre lo que es genuina creación de la simple escritura poética. Asombra observar cuán generosamente nos damos los unos a los otros el título de "poeta", sin parar mientes en lo exclusivo de tal ca-lidad. Parece ser que el criterio, hoy por hoy, está basado en la comunidad de intereses de ciertos círculos, que acomodan el sentido de poeta a su propia situación, a su propio nivel literario. Así, pues, aquello que es muy atrevido en el uso del lenguaje o en la vertrebración sintáctica, y atenta, por lo tanto, contra la ordenación común convertida en norma, (y, por lo tanto, "normal") se le difama como esotérico o "hermético", y se le con-dena al silencio. Una gran mayoría de poetas, pues, cuyas creaciones son muy respetables, cierran filas y se erizan ante la entrada en escena del intruso que viene a romper la armonía de la mediocridad. A nadie le será ajeno el hecho de que la poesía -mirado desde el punto de vista de los medios- es la más accesible de las artes, por la simple razón de que basta un lápiz y papel para escribir. No existen las "escue-las de poesía", como existen las de bellas artes, por la simple razón de que no se puede enseñar a escribir poesía, entendida como creación. A lo sumo se pueden delinear las técnicas de escritura, pero eso lo hace también un libro o un folleto. De ahí, pues, que la poesía esté al alcance de todos, en

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tanto que el escultor necesita comprar sus utensilios y el material, y lo mismo vale para las otras artes. He allí una de las condi-cionantes del imperio de la "sencillez" en la poesía actual, y del osten-sible afán de nivelarlos a todos concediéndoles sin más el título de poeta. España está llena de revistas (impresas u online) donde proliferan los va-tes que exponen sus creaciones. Lo cual es, por cierto, legítimo, a condi-ción de que se dé al César lo que es del César. Tampoco hay que desco-nocer que de entre esos aficionados pueden surgir una o varias verdaderas voces poéticas. Ciertamente, esto no quiere decir que no exista una jerarquización en los criterios actuales. Pero tal gradación está referida, la más de las veces, a la doctrina de turno o imperante en lo que se refiere a la definición de po-esía, de modo tal que será laureado aquél que represente de forma más cabal u original la corriente de "poesía de la experiencia", por ejemplo, o la ortodoxa a ultransa, u otras. Asusta oir decir a sesudos críticos litera-rios: "le dimos el premio a tal o cual" autor, a uno ya de antemano conocido, como si se tratara de seleccionar entre nombres, y no entre creacio-nes. Puede incluso ocurrir que uno o varios de los participantes en un certamen literario conozca a los miembros del jurado, supuestamente se-creto, con las ventajas obvias que ello implica. Se oye decir -y se lee- que esto es pan corriente, y no sólo en España. Un problema colateral, producto de la naturaleza popular de la poesía ac-tual, donde la mayoría impone los criterios, es su consiguiente estanca-miento. Mientras la pintura en nuestra época ha experimentado un desarrollo casi vertiginoso, vemos que la poesía apenas sí se ha movido de la impronta dada por Rubén Darío. El surrealismo apenas fue tomado en cuenta, y se hizo todo lo posible por acallar a Vicente Huidobro y su atre-vido creacionismo, ello porque los poetas no estaban en condiciones de integrarse a su movimiento, de hacer verdadera creación. Surgió, es cier-to, la brillante generación del '27, que expuso, claro, a Góngora como su patrono, y le rindió ferviente homenaje, pero no fue capaz de reformular el idioma como lo había hecho el maestro barroco, y siguió siendo rubenda-riana. El peruano Vallejo fue más osado, pero apenas sí encontró seguidores. Neruda, Huidobro y Vallejo conformaron la Santa Trinidad de la poesía en lengua española de la primera mitad del siglo XX, y a la muerte relativamente temprana de los dos primeros, siguió Neruda ejerciendo su imperio. Entremedio apareció Nicanor Parra, el cual, ante la imposibilidad de hacer de la poesía lengua viviente y proseguir la creación, optó por se-guir la corriente abierta por Extravagario y se atrincheró en la antipoesía. Reirse de todo es, al fin y al cabo, un excelente subterfugio, y Parra ha demostrado poseer un gran talento histriónico. ¿A qué se debe el que la poesía no se haya desarrollado como las otras artes? De una parte, al carácter conservador de la mayoría de los poetas, que impiden a los verdaderos creadores marcar el rumbo, como queda dicho. Pero lo podemos decir de otra manera: a la incapacidad de esa minoría selecta por imponerse y obligar a los otros a seguirle. Las Resi-dencias, de Neruda, -lo verdaderamente nuevo creado por él hasta ese momento, según confesión propia- estuvieron pasando de mano en mano entre los poetas del '27 antes de hallar editor, y éste en Italia, según ha contado Rafael Alberti, y el mismo Neruda viajó a la España de los años 30 (con María Antonieta) a promocionarlas, sin

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éxito. Sólo después de la guerra, y en parte a causa del peso político alcanzado por Neruda durante y después de la guerra civil, se las leyó, pero en España -también en parte por lo mismo- nunca encontraron gran aceptación, ni siquiera después del concienzudo análisis de Amado Alonso, que contribuyó a hacer las popular en el mundo de habla hispana. Allí tenemos el caso de un creador de alto peso, de un verdadero demiur-go de la lengua, que encuentra cerrado el paso, y ello porque una minoría directora (y en este caso se trataba de una minoría selecta, nada menos que la pléyade del '27) o por lo menos una parte de esa minoría, o bien no estaba en condiciones de entender una vertebración nueva del len-guaje, o no la aceptaba, o sencillamente se negaba a franquear el paso a un poeta cuyas creaciones no eran ellos capaces de emular. El más entu-siasta de esa generación, al mismo tiempo el más joven, Miguel Hernán-dez, intentó escribir 'a la Neruda', y ponderó en alto grado el lenguaje de las Residencias, verdaderamente algo inédito para la época. Pero el poe-ta de Orihuela tenía también razones políticas para ensalzar al vate de Temuco, como todos sabemos. Juan Ramón Jiménez, en cambio, el gran detractor de Neruda ("un gran mal poeta"), oponía a la oscuridad del len-guaje nerudiano la claridad y sencillez de su propia obra. Juan Ramón reflejaba muy bien el carácter íbero, por lo menos el de aquella época. Curiosamente, él mismo defendía el carácter "aristocrático" de la poesía, que no podía ser entendida por todos, sino sólo por una minoría, por una "inmensa minoría", como solía decir. En fin. Ciertamente, muchos habrán echado de menos la referencia al material con que el creador trabaja, cuando se ha hecho el símil entre las artes. La pintura permite, es cierto, como la escultura, fijar un avance o cambio a partir de un hallazgo técnico, p. ej. la perspectiva en el Renacimiento, o la cuarta dimensión entrevista por Cézanne y desarrollada hasta las últimas consecuencias por Picasso. A ello hay que agregar las enormes posibili-dades de juego que ofrece el color mismo. La poesía trabaja, en cambio, con el lenguaje, de por sí conservador, cuyo nervio central es el verbo (Rimbaud hablaba de "la alquimia del verbo"), que permite, al parecer, u-na única dimensión, con la variante que ofrecen los modos: indicativo, subjuntivo, imperativo. Es aquí precisamente donde debe detener su mirada analítica el creador y ver en qué medida puede arrancarle al verbo una nueva dimensión, por así decirlo. El verbo ha imperado, ha determinado la flexión, el sentido y el movimiento del lenguaje escrito desde Homero, qué digo, desde Salomón, desde Hammurabi, e incluso antes que él. Y esa situación no ha cambiado hasta nuestros días, sencillamente -se dirá- porque no puede cambiar. Se ha experimentado, claro está, se le ha colocado al final, al comienzo, al centro, se le ha amputado una parte, se le ha agregado otra, pero ahí está el verbo, impertérrito, desde el comienzo mismo de la escritura imperando sobre ésta. Estimados cofrades, si queremos que la poesía evolucione, si queremos que dé un paso adelante, un salto, que se renueve para que haya un es-pacio creativo nuevamente, y no ya el mero repetir de la misma cantilena hasta el infinito (¿Qué es la poesía, sino un mismo poema escrito de dis-tintas maneras miles de veces?, reza un cliché muy socorrido), entonces tenemos que obligar al verbo a comportarse de otro modo, eliminarlo, si es posible, encontrar otra dimensión, como el renacimiento encontró la

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perspectiva, abriendo paso a nuevas, enormes posibilidades para la pintura. ¿Eliminar el verbo? Ello equivaldría a mutilar la lengua, a desvirtuarla, pues todos sabemos que el verbo es el esqueleto, el elemento motriz del idioma. A nadie con una pizca de sensatez se le podría ocurrir eliminar el verbo de la poesía. Sería como querer pintar sin pintura (o colores), o edificar sin pilares, sin sustento. Y sin embargo, hemos de llegar a ello, o por lo menos a reducir al verbo al gerundio y al participio adjetival, en todo caso a prescindir del presente de indicativo, si queremos efectivamente abrir el horizonte de la poesía, tal como Picasso expandió el horizonte de la pintura, dando origen a una nueva dimensión. Este portentoso hallazgo del malagueño revolucionó la pintura, limitada como estaba por las márgenes del modo figurativo. Des-pués de él la pintura tuvo una nueva forma de expresión, una nueva di-mensión hacia la que se precipitaron miles de pintores. El motivo fundamental por el cual debe eliminarse el verbo (por lo menos el presente de indicativo) es por el carácter eminentemente prosaico que le confiere al verso. El verbo describe, relata, cuenta algo, tal como lo ha-cía el romanticismo en la pintura. La poesía del futuro deberá exponer ar-tísticamente los elementos constitutivos del poema, "haciendo al lenguaje manifestarse desde la sutil enunciación de la huidiza entidad poética", dejando tácitas o subyacentes las claves del mismo, lo que le da sentido al todo, la armazón. El lector ya no será un mero espectador, una criatura pasiva que lee, entiende y asimila, sino un actor, un elemento activo que reconstruye el cuadro a partir de su propia sensibilidad, tal como el cubis-mo y el surrealismo (especialmente el de Dalí) diseccionan o "mutilan" los elementos componentes del cuadro, obligando al espectador a reconstruir la composición. Empresa nada fácil, y seguro que no para cualquiera. Pero tampoco todos se interesan por la poesía, ¿no? Ello supone, naturalmente, que el lector tiene la capacidad y sensibilidad necesarias para reunir los elementos presentes y deducir los ausentes (lo que normalmente es el papel del verbo), y darle sentido, entender así lo que el creador ha querido comunicar. ¿Y en qué consistirá entonces la poesía? En el arte de la exposición tácita, en la capacidad de transmitir por medio de sutiles pistas o señales, por un hilo invisible, pero latente, aquello que subyace y le da sentido al todo, lo poético en sí: la creación. Ello no significa tampoco que vaya a desaparecer la poesía tradicional, o "normal", tal como no ha desaparecido la pintura secular. Pero se diversi-ficará la familia, dando cabida a una nueva generación de poetas que dia-logarán en un nuevo estilo y lenguaje con un público también nuevo, que asumirá el reto de la coparticipación en el fenómeno poético, siendo parte activa, y no mero lector. El poeta crea, pues, un "clima" dentro de la composición, dota al conjunto de conceptos y palabras de una tensión que no encuentra su desenlace explícito, como ocurre en la poesía tradicional, sino que el lector debe a-climatarse, debe imbuirse de ese elán implícito transmitido por el arte, por la capacidad poética del vate, penetrar la cáscara del poema para dedu-cir o reconstruir el conjunto. Todo muy subjetivo, se dirá, y en efecto:cada sujeto buscará su propio camino para llegar a la substancia de la composición. Un mismo poema debería poder ser explicado de acuerdo a la ex- periencia analítica y a la capacidad sensorial de cientos de lectores, que entregan cientos de impresiones y soluciones, pero siempre girando en torno al mismo sujeto inmanente,

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que irradia su misterio. Desde hace casi 30 años que trabajo en este campo de experimentación, cuyo resultado fue Abasalena, libro que comencé mentalmente en 1976, en reuniones con poetas de aquella edad, pero que plasmé sólo en1993, cuando las circunstancias externas lo hicieron posible. Expongo aquí uno de los ejemplos más radicales de ese libro para someter a prueba la capacidad decodificadora de los lectores. Otros ejemplos se encuentran en mi bibliografía.

Fémina y Sino Su nombre pétalos rotos que ni la voz ni la tinta. Del tiempo, como mis días, y también sus pasos, como si luz ofuscada, o sobresaltados sueños. Ella el amor sus racimos lo torrencial desgranado, caótica incandescencia como si cruel orfandad, o islas, unísono el grito al noches dormidas, vástago de cómo lo solo y lo llanto. Calles pálido cortejo, desgarradora asunción muertos metales, y cada a lo largo y ceniza, y a las horas de una y viniendo. De allí ella abasalena: sobresaltados sueños

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toda dimensión paralela asomados, y sin vestigio crónico de uso o malheridas ropas que testimonio, sino que direcciones piélagos, ubicua y ácrona y dormida. Ella pues fémina y sino, fruto tal vez eslabón amargo en la implacable noche ejercida, o exabrupto súbito deseo ciego cuyo luego errante insubsistencia. A mí entoncea abasalena cuando calles estepa y ceniza, y prorrupciones lo nuestro de siglos, y descenso al nada y elixir donde adormideras nirvana y beleño. Después su nombre exhaustos fonemas, y su voz como cayendo al sueño, y su cuerpo lentas defunciones, hasta que pálido eco roído, hasta que fugitivas sombras. Ahora otra vez de allí aromas y vorágine y sed y trama. Fémina efímeras huellas, subrepticia impronta empero,

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de modo que lira en trance, ensimismado aeda hurgando. Pero su nombre navíos en la niebla.

San Gall, Suiza,1999

¿Qué es la poesía? Viejos y nuevos valores
Por Ulises

Varsovia
San Gall - Suiza

En diciembre de 1997 apareció el primer ejemplar de Káskara Marga, y de entrada lanzó, con premeditación y alevosía, la atrevida pregunta a resolver: ¿qué es buena y qué es mala poesía? Lo cual equivalía a preguntar: ¿Qué es la poesía? La provocación surtió efecto, y varios lectores respondieron al desafío exponiendo sus particulares puntos de vista, ilustrados a veces con sus propias creaciones. De entre todas ellas, me he quedado con la opinión de Rafael Izuzquiza Montaner, de Manzanares el Real, el cual remite a las suites para violoncello de J.S. Bach: he allí la poesía, hay que dejarse llevar por esa música obscura y llena de secretas voces para sentir lo poético. Pero aquí no se trata de consideraciones metafísicas, por muy a cuento que vengan, sino de al-go más inmediato, y que está directamente relacionado con la forma y la manera como la poe-sía aparece ante el lector y obra sobre éste. Ese obrar, ese intervenir en el aparato cognoscitivo y sensitivo del lector, ¿a qué se debe? ¿De dónde arranca la facultad de la poesía de conmo-ver, impresionar, encantar o sobrecoger, que sin duda posee? ¿Del caudal de impresiones que entrega, independientemente de la forma que asuma? ¿O es, más bien, la forma lo decisivo, digo, si viene bien estructurada en un canon definido: soneto, hexámetro, octava real ? En tal caso, lo poético propiamente tal emanaría del metro, la rima, la asonancia y demás virtudes que la vieja escuela dejó

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establecidas, desde Aristóteles. Ello me toca directamente, y de allí mi afán por dilucidarlo. Sucede que escribo poesía desde mi mocedad, y de repente aparece un poeta de la vieja escuela y de sopetón sentencia: Lo que tú escribes no es poesía, sino prosa dividida en porciones, para que parezcan versos. Mantengo correspondencia irregular por e-mail con Francisco Henríquez, el conocido editor de Carta Lírica de Miami, no necesariamente porque admire sus creaciones, sino porque admiro el tesón y el cariño con que difunde la poesía. Desde hace varios años le envío mis Cuadernos, y una vez accedió a publicarme un poema corto, lo cual le agradezco. Esta correspondencia se hizo más intensa a raíz de un viaje que él hizo a Valparaíso, mi ciu-dad natal, precisamente cuando había yo publicado Madre oceánica, dedicado a la urbe marítima, que le envié, y que posiblemente le animó a hacer el viaje. Me comunicó su designio, yaproveché de preguntarle si pensaba publicarme otro poema, supuesto que encontrara alguno digno de su revista. Su respuesta: Primero debía yo escribir algo convincente. Su maestro ha-bría tenido plena razón cuando decía: si quieres mostrar tu maestría como poeta, debes escri-bir un soneto. Allí se mide al verdadero vate. Me apresuré, pues, a escribirle que aceptaba el desafío y le escribiría un soneto, para que me lo publicara, como efectivamente lo hice. Era a mediados de noviembre del 2000. Cuál no se-ría mi sorpresa y mi frustración cuando recibí por respuesta que el soneto en cuestión constaba, efectivamente, de „catorce renglones, pero no son catorce versos; no es lo mismo un ver-so que un renglón: el verso, sobre todo el endecasílabo, necesita sus acentos interiores para que sean versos. No te descorazones, pero yo no puedo aceptar versos que no son versos". Yo no esperaba, naturalmente, que loara lo que yo consideraba un soneto. Pero tampoco pensé que fuera tan escabroso el camino del Arte Mayor. ¿No era así que los 100 Sonetos de Amor de Neruda carecían por completo de rima, asonancia y consonancia? Y nadie ha dicho nunca que no sean sonetos. El mío, en cambio, era rimado y medido. Lo expongo:

Tránsito

Esplendor de las bruñidas castañas en el otoño boreal florecidas. En el otoño boreal emergidas

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a la luz desde una ruda maraña. A la luz desde las mismas entrañas que el áspero vino de uvas mordidas de latitud, de intemperie aguerrida bajo las constelaciones hurañas. Esplendor de sus espesas harinas madurando bajo un hostil cerrojo en el tránsito de linfas y enzimas. En el tránsito de los zumos rojos de la tierra, coagulándose en mostos, deviniendo gema vegetal bruñida.

Bueno, el último verso (¡perdón:renglón!) contiene no once, sino doce sílabas. Lo lamento, la verdad es que me devané lo sesos buscando una palabra que, respetando la rima y el metro, hiciera juego también con el sentido íntimo del poema. Al final, sacrifiqué el metro, sin saber que me exponía a una reprimenda de mi severo maestro. No era ésta, claro está, la única faltaque me echaba en cara el sonetista insular. La segunda reprimenda vino en enero, a propósito del recibo de mi nuevo Cuaderno Centine-a. Mi poema Edades, efectivamente, era un buen ejemplo de cómo no se debe escribir la po-esía. El problema fundamental era „la falta de ritmo. El verso octosílabo no entona con otros versos de sílabas impares; un octosílabo no entona con un verso de 7 o de nueve sílabas". Y cita la primera estrofa: Tu edad un despeñadero en la garganta sin bordes de todos los gritos terribles, un precipicio en brumas en cuya gris hondonada los años, los días amargos,

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las estériles semanas, los días sin Dios despeñados, rodando hacia el infinito. Análisis de Henríquez: „El verso 3 tiene 9 sílabas, el 4 tiene 7 sílabas, el 6 tiene 9 sílabas y el 8 tiene 9 sílabas, los otros 5 tienen 8 sílabas", lo cual yo también sabía, pero esta disparidad métrica „le quita musicalidad" a mis renglones. Y propone: Tu edad un despeñadero en la garganta sin bordes; todos los gritos terribles en un precipicio en brumas en cuya gris hondonada los años, días amargos, las estériles semanas, meses sin Dios despeñados, rodando hacia el infinito En definitiva, serían el metro y la rima los que le confieren contenido, substancia poética a un poema: de allí emana la poesía. Y sentencia, lapidariamente: „Tú no escribes poesía, mi ami-go Ulises: Tú escribes una especie de prosa que divides en cortos pedazos para que parezcan versos, pero eso no es verso, sino renglón, y un renglón y un verso son conceptos totalmente distintos. Lo siento". Y bien, espero que sea claro que estamos frente a la disputa secular entre la modernidad y lo clásico, entre lo nuevo y lo antiguo, entre lo innovador y lo conservador. En lo que a mí respecta, respeto todo tipo de poesía, y así se lo comunicaba a Francisco en e-mail de 20 de diciembre de 2000: „Pienso que en la poesía hay sitio para todos, que tanto lo tuyo como lo mío es poético". Pero el viejo poeta se niega a dejar entrar al Parnaso a quienes no respeten las reglas de la Poética, de Aristóteles, y descalifica de una plumada lo que no coincide con su con-cepción de lo poético. La poesía del tercer milenio no puede seguir referida a Bécquer, Darío, J. R. Jiménez y los poetas de la generación del ´27, por muy extraordinarios que hayan sido. No podemos seguir repitiendo los esquemas mentales que imperaban hace 100 años, como si nada hubiera pasado entre tanto. Si no, vamos a aburrir a los posibles lectores hasta

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que se cansen de la poesía y se vuelquen en la novela, que no es lo mismo, pero por lo menos se renueva. De que existe una „buena" y una „mala" poesía, de ello no hay duda. El problema consiste en definir de qué base teórica, de qué fundamento estético partimos. Yo insisto en que en la poesía hay lugar para todos, siempre que se dé al César lo que es del César, pero sin descalificaraquello que no coincide con nuestros planteamientos. No hay nada menos parecido a una dictadura que la poesía.

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Ulises Varsovia / biografía
Nací el 2 de julio de 1949 en Valparaíso, ciudad litoral de Chile, en cuya Universidad Católica realicé estudios de Historia, Geografía e Historia del Arte, obteniendo los titulos correspondientes. Visité también seminarios de filosofía griega y de historia de la música. Pero mi asignatura secreta era la poesía. Escribí mis primeros poemas en mi adolescencia, pero se quemaron en el incendio de mi casa en 1968. Mi primer poema "serio" lo escribí en 1969, y desde entonces no he dejado de escribir, bien que irregularmente, pues desde 1969 debí velar por mi sustento, de forma tal que mis años de estudiante se repartían entre el estudio, el trabajo y la poesía. Un poco tardíamente comencé a leer a los clásicos de la literatura universal, y creo que me marcaron en especial los románticos alemanes y los ingleses, R.M. Rilke, Herman Hesse, R. Tagore, los poetas malditos franceses, en especial A. Rimbaud, en cierto modo César Vallejo, Pablo de Rhoka y Pablo Neruda. Trabajé como asistente de historia antigua en la UCV, como docente de historia del arte en la USM, y finalmente obtuve, en 1982, la docencia a tiempo completo en la Universidad de La frontera, en Temuco. Para ese entonces ya había escrito una buena parte de mi poesía, pero sólo había publicado, en 1972, un modesto cuader-nillo que circuló sólo entre amigos y conocidos: Sueños de Amor. En julio de 1982 me casé con Claire Frei, profesora suiza que estudiaba en Chile, y tres años más tarde salí a doctorarme a Freiburg, Alemania, donde obtuve mi título en 1990. Paralelamente trabajaba como profesor de español en un Gymnasium (College) en San Gall, Suiza. Terminados mis estudios, reinicié mi labor literaria, y en 1992 publiqué un poemario bilingüe español-alemán, Der Herbst in St.Gallen - El otoño en San Gall. Desde entonces no he dejado de escribir, en ciertos períodos con febril intensidad. Debí realizar estudios de revalorización en lengua y literatura españolas en la Universidad de Zürich (1992-1994), y en 1996 comencé a trabajar en la Universidad de San Gall, donde desempeño labores docentes a tiempo parcial. En 1993 publiqué en Viña del Mar (imprenta Diehgo) Tus náufragos, Chile, y al año siguiente Abasalena y Canciones de Otoño. Estas visitas a mi ciudad natal inspira-ron mi obra Capitanía del Viento, que publiqué en 1995. Posteriormente, y ante la imposibilidad de encontrar editor, fundé mi propia "editorial" Capitanía, y comencé a editar mis Cuadernos de Poesía, publicando tanto mi nueva

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poesía, como la vieja, la escrita en Chile: El transeúnte de Barcelona, de 1997, La Catedral de San Gall, de 1994, Alianza, de 1977, Aguas y Naufragios, de 1995, Cuando las blancas alas de la muerte, de 1995, Jinetes Nocturnos, de 1974/75, Máscaras y Rostros, de 1997, Aguas Tumultuosas, de 1977, Domicilios I, de 1998, Cítara, de 1998, Cólera de Amar, de 1977, Madre Oceánica, Valparaíso, de 1998, Libro de Amor en Invierno, de 1998, Centinela, de 1999, Lumbre, de 1999, Nocturnal, de 1999, Atribularia, de 2000, Megalítica, de 2000, Hermanía: La Hermandad de la Orilla, como homenaje a Valparaíso, de 2003, publicado por Apostrophes en Santiago de Chile, junio de 2004, y Ebriedad, de 2002. Paralelamente publicaban mis poemas revistas de literatura de todo el espectro hispanoamericano, como también de Francia, Italia, Canadá y EE.UU., en varios idiomas, y repetidas veces. Actualmente estoy en numerosas páginas web. Tengo varios títulos inéditos, entre ellos una novela 1. Pablo 2. Jinetes nocturnos 3. Abasalena 4. Tus Náufragos 5. Madre Oceánica 6. Aguas Tumultuosas 7. Cítara 8. Alianza 9. Noturnal 10. Aguas y Naufragios 11. Máscaras y Rostros 12. Lumbre 13. Anunciación. Ángeles y Espadas 14. Por las calles de Valparaíso 15. Hermanía 16. Canciones de otoño 17. Cólera de amar 18. Domicilios I 19. Ebriedad 20. El transeúnte de Barcelona 21. Atribularia 22. Capitanía del viento 23. Centinela 24. Cuando las blancas alas de la muerte 25. La Catedral de San Gall 26. Libro de amor en invierno 27. Megalítica

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Muestrario de Poesía
1. La eternidad y un día y otros poemas / Roberto Sosa 2. El verbo nos ampare y otros poemas / Hugo Lindo 3. Canto de guerra de las cosas y otros poemas / Joaquín Pasos 4. Habitante del milagro y otros poemas / Eduardo Carranza 5. Propiedad del recuerdo y otros poemas / Franklin Mieses Burgos 6. Poesía vertical (selección) / Roberto Juarroz 7. Para vivir mañana y otros poemas / Washington Delgado. 8. Haikus / Matsuo Basho 9. La última tarde en esta tierra y otros poemas / Mahmud Darwish 10. Elegía sin nombre y otros poemas / Emilio Ballagas 11. Carta del exiliado y otros poemas / Ezra Pound 12. Unidos por las manos y otros poemas / Carlos Drummond de Andrade 13. Oda a nadie y otros poemas / Hans Magnus Enzersberger 14. Entender el rugido del tigre / Aimé Césaire 15. Poesía árabe / Antología de 16 poetas árabes contemporáneos 16. Voy a nombrar las cosas y otros poemas / Eliseo Diego 17. Muero de sed ante la fuente y otros poemas / Tom Raworth 18. Estoy de pie en un sueño y otros poemas / Ana Istarú 19. Señal de identidad y otros poemas / Norberto James Rawlings 20. Puedo sentirla viniendo de lejos / Derek Walcott 21. Epístola a los poetas que vendrán / Manuel Scorza 22. Antología de Spoon River / Edgar Lee Masters 23. Beso para la Mujer de Lot y otros poemas / Carlos Martínez Rivas 24. Antología esencial / Joseph Brodsky 25. El hombre al margen y otros poemas / Heberto Padilla 26. Réquiem y otros poemas / Ana Ajmátova 27. La novia mecánica y otros poemas / Jerome Rothenberg 28. La lengua de las cosas y otros poemas / José Emilio Pacheco 29. La tierra baldía y otros poemas / T.S. Eliot 30. El adivinador de hojas y otros poemas / Odysseas Elytis 31. Las ventajas de aprender y otros poemas / Kenneth Rexroth 32. Nunca de ti, ciudad y otros poemas / Czeslaw Milosz 33. El barco en llamas y otros poemas / Jaroslav Seifert 34. Uno escribe en el viento y otros poemas / Gonzalo Rojas 35. El animal que llora y otros poemas / Antonio Gamoneda 36. Los andamios del mundo y otros poemas / Ledo Ivo 37. Dominican Style y otros poemas / Alexis Gómez Rosa 38. Poesía francesa actual / Muestra de 40 autores 39. Número equivocado y otros poemas / Wislawa Szymborska 40. Desde la república de la conciencia y otros poemas / Seamus Heaney 41. La tierra giró para acercarnos y otros poemas / Eugenio Montejo 42. Secreto de familia y otros poemas / Blanca Varela 43. Tal vez no era pensar y otros poemas / Idea Vilariño 44. Bajo la alta luz inmerso y otros poemas / Mariano Brull 45. Las ocupaciones nocturnas / Jorge Enrique Adoum 46. La gruta de las palabras y otros poemas / Vladimir Holan 47. La vida nada más, la sola vida y otros poemas / Gastón Baquero 48. El futuro empezó ayer / Luis Cardoza y Aragón 49. Los errores necesarios y otros poemas / Joaquín Giannuzzi 50. Jardín de Piedra / Fernando Ruiz Granados 51. Hablar desde la inseguridad / Rafael Cadenas 52. El hombre acorralado y otros poemas / Luis Alfredo Torres 53. Territorios Extraños /José Acosta 54. Cuadernos de Voronezh / Osip Mandelstam 55. La traición de los sueños / Francisco de Asís Fernández 56. Quemaremos los días por venir / Radhamés ReyesVásquez 57. Sobre toda palabra / Rafael Guillén 58. Días de Carne / César Sánchez Beras 59. Bajo la noche enemiga y otros poemas / Ulises Varsovia

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Colección

Muestrario de Poesía
2010