NIÑOS DE LA CALLE

Salvador Pliego

ii

ÍNDICE

2

Introducción

7

Niños de la calle

38

Epílogo

46

Biografía

INTRODUCCIÓN

2

i
Escribo, y no pronuncio ni leo.
Escribo sin sonidos ni palabras
y me imagino que tengo el mundo entre las manos.
Escribo para ti.

3

ii
Mi corazón es el del otro.
Y no conozco más latido
que el que estalla a luces,
el que ocupa el pecho de mi hermano.
Ahí entiendo lo que es mío.

4

iii
Yo vengo aquí a explicar algo,
lo que nadie ve ni siente,
lo que nadie nunca ha entendido,
tal vez porque viene de adentro o de afuera,
quizá porque es la piel que se eriza al sentirlo
y abre una flor, no sé si transparente o incolora,
y que es como el corazón mismo que se muestra,
que se abre desde adentro,
para intentar que alguien, con su luz,
también le dé la mano.
Yo estoy aquí, hincado, y a veces tampoco sé explicarlo…

5

iv
Escribo y grito. Escribo…
Devuélvanme la voz, el cuello, la garganta,
los ojos con que escribo,
las manos con que grito.
Grito… ¡Soy ese grito!
¿Me leerán porque lo escribo?

6

NIÑOS DE LA CALLE

7

I
¡Si entendieran de qué carne están hechos esos niños!
¿Qué mirarán sus tambaleantes ojos
que derriban toda lírica moderna hacia el juego
de un espectro sin voz y sin poema?
Alza su voz Goya devorándose a sus hijos,
pintando cabras negras en todas las ciudades,
cual fuesen Átropos desnudados de futuro.
¡Si entendieran de qué sueños están hechos esos niños!
Y su voz es un poema muerto, de puro balbuceo,
una extraña flor de hierro enmohecido.
¡Si entendieran de qué ojos están hechos esos niños!

8

II
En la mano se derrite un poema,
sin sueños, en fábula y sin lira.
Se derrite en el ataúd de un verso
deliberadamente inconcluso,
por la admonición a un ritmo
revestido de tragedia.
Escrito ahí, por desgracia,
en los ojos de un niño que pasaba.

9

III
¿Han visto cuando el alba, en un furgón, a los niños se llevaba?
¿Vieron cuando una sombra ataba con una soga
al alba misma,
y con sus ardientes testimonios la hacía presa
de un verdugo inmenso,
tan inmenso que la propia muerte reclamaba?
¿Han visto a esa muerte deambulando
todavía viva y niña,
todavía en sus pupitres de ignominia y lodo,
y escribiendo sus ojos de terror y muertos,
sus ojos negros de tormenta fijos?
¿Pueden describirlo?

10

IV
Debajo de los párpados hay un muro negro y ceniciento.
Debajo de los párpados hay un sudario de prisión y calle.
Debajo de los párpados aúlla el abandono y la pobreza,
sin tutela ni ascendiente.
Debajo de los párpados los predecesores castigaron a la muerte.
Debajo de los párpados ni el llanto predica sedaciones.
Debajo de los párpados el aliento sabe a despojo entre avenidas.
Debajo de los párpados olvidaron los ojos de los niños.

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V
(La muerte del niño niño)
De las tamboras rotas brotaba la parvada.
Eran las alas cortadas a la madrugada,
los lirios fumigados que nunca el atardecer miraron.
El tiro de gracia por la ventana se escurría.
La plaza era una batahola y en su centro
el corazón se ardía.
-Niño -gritaban-. ¡El niño!...
Los brazos sobre el cerco apuntaban a la nada.
Sombras, decían, que cobijan:
era la tarde, la tarde hecha de nimios
y los gritos del gentío, que por ser campanas,
nadie les oía.
Las guitarras fraguaban notas llenas de túmulos
que sobre la plaza se empotraban.
Cuando el pueblo le levantó del firme,
la tarde en la madrugada se perdía.

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VI
(Plegaria al niño Palestina)
Polvo de la obscura bruma, de las negras letras,
de los terregales nuestros en el adoquín de muro,
con los ojos abiertos y los brazos descubiertos en las alas de pájaros difuntos
-tan negros como Gaza, tan brunos como el corazón ciego
de un profundo umbral ya sin aliento-;
polvo de la noche en los canchales renegridos de la carne
que vienen masacrando las plegarias de los niños,
donde en cada grito estallan los tendidos de Deir Yassin
o las pelvis secas de los palomares de Safsaf.
Acúdenos ya sin castigo, Dador, sin limpieza étnica alguna,
a besar el polvo, las brumas negras,
y en el perdón del siglo, desde el corazón oscuro,
con la voz más negra, oraremos juntos:
¡Malditos!... ¡Malditos!...
¡Malditos!...
Por los niños enviados a las criptas de castigo.

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VII
(Niño de la calle)
Mientras la luz traspasa tus pálidos cabellos
y uno se imagina
que estás roto,
que por debajo de ti la altura ya no se alza,
que tú eres el cochero de un innecesario invierno,
de pronto te ardes, te enciendes como calle,
como el socavón pringoso de un callejón sin nombre,
y ya encendido me arrastras con los ojos,
me copias tu rostro a mi rostro,
y me ardo yo contigo
-¡maldición y maldición de verte niño!,
¡y maldición de aquel que te borró los pájaros del pecho!-,
y me ardo yo contigo
-¡maldición y maldición de esa jaula cantando a mil de gritos!-,
¡y me ardo yo contigo!

Y yo te pongo un ala blanca donde la luz ya no te toque.
Y yo te cubro los ojos con un trapo de enigmas reflexivos.
Y ya encendido, tú copias tu rostro en el mío…
¡y me ardo yo contigo!

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VIII
Detrás de tu alma mi alma va cargando un cielo:
una nube de caballos con un patio malva
y golondrinas atadas como ramos.
Hay un banquete de meses almendrados
donde pones tú dos lunas y yo los ojos
que se miran como ojos ensillados.
Y va pasando mayo, mayo…
En la acera dejaste tu armadura:
suelas de limón y a veces a merced de las palomas,
eterno chocolate de harapos y espinos
que en las manos se derrite y se derrama
como un mayo mordisqueado.
Y va pasando mayo…
Te calientas en la alcoba de los largos alminares de luz de las farolas
y detrás de tu alma, mi alma va cargando un mayo,
mientras va pasando el tiempo
y mi cuerpo se constriñe en el exilio de tu cuerpo.
Detrás de tu alma mi alma va cargando un cielo,
mientras va muriendo mayo.

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IX
Hay casas de cristal en los desagües
y metido entre los ojos un jardín
apuntando a todas direcciones.
Aquí nadan los restos de un poema.
Aquí habita la penumbra de una glosa nunca escrita.
Cerca del sol nadie o nada existe ni se encuentra.
Mas los desagües muestran su putrefacta avenida
que llega hasta los cuellos,
que sobrepasa el fin de cada propio,
porque es el suelo de sus hombros,
la cobija de su espalda.
-¿Estás ahí, madre? –preguntan esos niños.
Pero ahí solamente nadan los restos de un poema…
Y metido entre los ojos hay un jardín
que nunca más da flores.

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X
Al este del olvido hay un poema negro
que se entierra solo.
En torno a sí mismo hay un abuelo y una abuela
que nunca han conocido a sus hijos.
Suenan sus lilas y ni Dios se hace testigo.
Están ahí los pescadores pendientes de sus redes.
-¿Padre, madre, están ahí? –suena el poema.
Y tiran sus redes a la alcantarilla.
Después de largo tiempo se beben las aguas negras del vacío.
-¿Padre, madre, están ahí? –pregunta el poema negro.
Y los pulmones van jugando con ángeles de hedor y humo.
Se han despertado con la droga de traspatio:
sedales de orina y robo cauteloso.
El pozo es un vitral de leyes agrestes y fárrago de jabalíes.
Suena el poema negro.
Se escucha su réquiem de fúnebre abandono.
La solemne de versos pescadores se empotra en túneles oscuros.
-¿Estás ahí, madre, padre? –preguntan esos niños.
Los pescadores, en el alcantarillado, son poemas muertos.

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XI
Su nombre es lluvia.
Tiene de estatura la distancia de los ojos al silencio.
Contempla su comienzo en el intento de iniciar el día,
que es donde se termina todo.
Sale del albañal hacia los pozos de la calle
y espera su mendrugo de un Fénix muerto o un arcángel desterrado.
Cuando dan las doce,
resiente que su corazón no ha latido
y que faltan todavía un millar de gotas que le peinen
para consumir el día.
En la humedad de esa lluvia hay un castillo
que las lágrimas siguen construyendo.
En tanto, él insiste a las auroras picoteadas
que al diez para las siempre tiene hambre.

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XII
Sin padre, ponle alas de pájaro.
Por su biografía anónima, ponle alas de pájaro.
Por su canon de resentimiento e inexistencia, ponle alas de pájaro.
A su entumecido temor de ser pequeño, ponle alas de pájaro.
Donde su azar e infortunio, ponle alas de pájaro.
Ante su muerte impronta, ante su asediada soledad, ponle alas de pájaro.
A su nulidad de madre, ponle alas de pájaro.
A sus juegos de basura y tiradero, ponle alas de pájaro.
A su vestimenta hecha de deseos no tejidos, ponle alas de pájaro.
A su cena de sin embargos y de desventuras, ponle alas de pájaro.
A su collar de piedras por almohadas, ponle alas de pájaro.
A su nombre que no tuvo nombre, ponle alas de pájaro.
A su niño pájaro que nació sin niño, ponle alas de pájaro.

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XIII
Un día escuchó a su madre
que lo mandó a dormir temprano;
él se recostó en un poema.
Que se entienda: recogió sus calcetines del albergue
y se esparció desnudo con su cicatriz de niño abandonado.
Y se escribió el poema:
“Abrázame indefinido.
Quiero remendar el tiempo entre nosotros.
Te visito los ojos con lo inadvertido de mis ojos”.
Mas el poema estaba sin sílabas ni verbos,
andaba en las calles borrándose las letras
de un tacto que nunca tuvo tiempo.
Por las noches solía repetir
que era los signos terribles
de un amor que nunca tuvo:
el corazón que duerme oscuro sin la noche.
Él se iba a dormir temprano,
donde el fin del principio de la noche
y abrazándose a su yo indefinido.

20

XIV
Se va cayendo el cielo,
el azul se va cayendo,
el humear de las tormentas al cielo va jalando,
porque la altura y el abajo también se van cayendo,
porque el posible se ha vuelto un imposible
y nadie quiere dar la cara.
Y la cara va cayendo, el rostro sin la cara va cayendo,
sobre el azul,
sobre la retaguardia del abajo y más abajo
donde cae el cielo,
que también se va cayendo,
y por encima y el subsuelo del azul de arriba,
que por igual se está cayendo.
¡Está mal hecho el mundo!

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XV
(Imagen de África)
“El mundo está mal hecho”.
Jorge Guillén
Está mal hecho todo:
un pico intenta triturar a quemarropa la armonía
porque no se sabe más que buitre y garra, bestia y exterminio,
y va ceñido al escombro, a su manera de alimaña maloliente.
¡Está mal hecho todo!…
Carroñeros: ¡nadie va a morir de muerto!
¡Pero está mal hecho todo!
La arena desnutrida está que arde y se miente a sí misma en una foto
donde muestra el negro hueso y la negra arteria.
Los ojos son pómulos cóncavos, ahuecados por la falta de saliva,
o porque la neblina dejó al fémur sin mirar su año nuevo.
Está mal hecho todo, y hecho nudo.
¿Habrá olvidado Kevin Carter tapizar el escenario con manteles
de un Pulitzer, donde los cubiertos fueran la impotencia
de asustar al buitre?
¡Está mal hecho todo, todo, y hecho nudo!
El problema es suponer que se entendía,
que se entendía la anestesia, y el carbón,
y la falta de historia del monóxido,
y también las pesadillas quejosas de las guerras,
y la muerte ayudando a los sepulcros, por sus muertos.
Lo cierto es que nada se entendía.
¡El problema es suponer que se entendía!
¡Todo está mal hecho!

22

Accionar la cámara, preparar todo el templete,
sacudir el polvo y que la lente brille antes de la toma.
¡Todo está mal hecho!
Soplarle al buitre sus dos alas,
pulirle a navaja lo letal de sus dos garras,
peinarle las facciones de voraz yantar
y dejarle la saliva escurriendo y apuntando
hacia el caído para devorar su mundo.
¡Todo está mal hecho!
¡El mundo está mal hecho!
El hedor de la cámara y el escenario,
la soledad terrible de unos ojos,
el martilleo de un corazón que no camina,
la patética respiración que se ahogaba,
la convaleciente condena no escuchada,
la lujuria de un premio otorgado,
el estallido del grito enmudecido.
¿Quién oró al clavo amartillado,
o al lamento mismo de los muros, o al Jerusalén abatido
por las bombas lanzadas contra niños?
Sudán, caíste hasta las garras del infierno y muerto de hambre.
Somalia, torciste tu esófago con un trinche
a falta de mendrugo, de cerdo, de gallina, de suspiros.
Etiopia, corriste con las nubes
devorando lágrimas en la sequía.
Congo, Angola, entretuvieron al cadáver
para que no se comiera a su muerte,
para que no se engullera al pedazo de su tierra,
a la oración, mientras el pecho iba por las calles

23

corriendo aterrado, para ver si alguien un soplo le latía.
Y es que nadie debería morir de muerto,
ni siquiera aquel que a la agonía le llama amiga,
al faltarle pan para acariciar su vista.
¡Está mal hecho todo!
¡Está mal hecho el mundo!
¡Está mal hecho todo!

24

XVI
Tócame desde tus ojos de armadura y margaritas,
para que limpie mi cuerpo y mis brazos se vuelquen
hacia tus pupilas bordadas de rosa y lecho
-gacelas y jilgueros en los costillares de la noche-,
y puedas abrazarme o rehacerme en tu canto interior de niño.
En una maceta sembraré tus ojos cual semillas,
para que broten lilas
y el perfume despunte del rocío.
En las noches cantaré y cantaré… con tus lilas abiertas
y un perfume, en mi llanto entristecido, brotado del rocío.

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XVII
Abres los ojos y un corcel ocre-diamantino
se lanza por las calles como un verso fino y blanco.
Las espigas se alzan en el trote y se acogen al junio de la tarde,
ese junio diamantino.
Pulen los cascos sus huellas al paisaje.
Se arrebatan de la tierra rayos de luz sobre su paso.
Las corolas visten de amarillo y saludan el galope más ligero…
en ese junio diamantino.
En el albañal corre un mar de desperdicios:
unos ojos se despojan de su antiguo rastro
y sueñan que una vez hubo destino.

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XVIII
(Miraba por la calle)
Estaba sentado, mirando pajarillos: alas verdes, plumas rojas.
Zumbaban por los aires los amantes. La gente caminando.
Los árboles eran bodas de jilgueros y de grillos.
A lo lejos apenas asomaban dos o cuatro estrellas que charlaban.
Estaba yo sentado...
Nada nuevo y nada de improviso.
Las tardes son refugio de un deseo, de un café para la imagen.
Miraba pajarillos…
Entonces vi el fin del mundo por la calle
-¡ojalá tuviera un corazón y con qué besarle!-:
tenía los labios descocidos de la boca,
bebía el aire con diez jarras rotas de sus dedos,
exhalaba leche por su edad minimizada.
Beirut, May Lai, Ayotzinapa, Lucanamarca pasaban por mi calle.
Estaba yo sentado...
Un niño, era un niño sin niñez sobre sus dientes.
Los ojos abiertos comiéndose el nosotros.
Su cabellera perdida entre mares de tormenta.
Pedía… ¡No sé qué pedía!… Estaba yo sentado...
-Hijo, ¿te pongo alas en los dedos?
Estaba yo sentado, mirando, veía a las nubes ahorcarse con la tarde.
-¡Hijo, si tuviera un corazón para sentirte!
Estaba yo sentado, mirando aquella calle.
Él alzó la alcantarilla, se zambulló completo
y la cerró para taparse del frio de la tarde.
Estaba yo sentado… muerto, aquella tarde.

27

XIX
La piedra te acredita y te conoce.
La lluvia que ha crecido en la humedad de tu cabello
lleva tu nombre y te conoce.
Es cierto, la ciudad que tose
en las manecillas del reloj de a diario, para darse prisa
de que algo ocurre o traspasa la enorme cotidianeidad del mundo,
saca de sus bolsillos tus signos suplicantes:
la ciudad del mundo te conoce a ti de siempre.
Sólo una gota roja de mi corazón te desconoce y te conoce.
Por esa grita y calla, calla y grita;
busca en todas partes para ver donde te escondes.
¡Ojalá supiera un poema para poder nombrarte!

28

XX
-Entonces, ¿qué posee ese niño
si no es la madre, el padre, la luz,
la tristeza, el olvido, la lágrima
de un jazmín cuando ha caído,
el rencor de la luna
ante el sol que brilla,
o el torrente de una gota ya sin agua?
-¡La nada!… Por eso grita y calla, calla y grita,
grita y calla.

29

XXI
La calle no es noticia:
tiene casas, dos nubes y un camino agujerado de hambre.
Un niño pasa caminando… y la calle no se parece a otra calle.
Las nubes no parecen nubes. El hambre no parece hambre.
Por la calle pasa un niño caminando, de a poco a poco,
pasa caminando. Y la nube no se parece al niño.
Tampoco la calle donde pasa caminando.
Y el niño, de a poco a poco, caminando, tampoco se parece a un niño.

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XXII
En los párpados de un tiempo oscuro
-no era marzo ni abril,
cualquier otro mes y sin almendros-,
dejé pasar un sueño: -Hijo, ¿dónde vives?
A esas altas horas de la noche
la oscuridad es un pretil del pozo,
un resalto en el barranco.
Vi pasar un niño.
Le dije: -Hijo, ¿dónde vives?
Mi pecho tiene un palomar abierto,
pero era ya de noche… y vi pasar un niño.
El manto de mis ojos se hizo polvo al mirarlo.
Me puse a contar ladridos, a sumar estrellas arrojadas al silencio.
Y salió de mí decirle: -Hijo, ¿dónde vives?
Después de un viento que sopló sin paraíso,
y fijando su vista en mis ojos, respondió:
-En los ojos.
-Hijo, ¿dónde vives?
Yo, sin palabra alguna, sin latir alguno,
dejé caer mi rostro,
tendí mis brazos a la noche,
y ahogada mi voz en la garganta,
como una herida de lágrima en el pecho,

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apenas pude musitarle:
-Niño, te beso los ojos,
te beso los ojos, te beso los ojos…

32

XXIII
No es sencillo, es como un lingote que se hunde en mar abierto.
¿Para qué, entonces, buscar sacarte de mis penas, de mi rostro,
de un ayer tan alejado y nuevo,
o de ese futuro lleno de raíces huecas?
Podríamos platicarnos horas y horas, tomados de los ojos…
Pero, es tu calle. No es mía.
Me quedo con la alcantarilla en el pecho
tratando de no hundirla en mar abierto.
Me quedo con tu fin y el de esos padres
que se fueron a barrer la orilla de la arena
y se quedaron de por vida armando un violín
para que sus cuerdas no sintieran la madera.
La calle, bueno, sí, la calle es tuya…
¿Y ahora dónde pongo yo mi pecho
para desaguar toda esta lluvia?

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XXIV
Canto para anochecer contigo.
¿Qué tanto mirarás la luna sin ventana?
Una ramita de ajonjolí brota de tu lagrimal
y se esparce en tus hoyuelos, y desgrana.
A esas horas ya no vuelan golondrinas,
lo que vuelan son tus ojos por la luna.
En el viento, un té de cremesino soplo
se diluye en tus pigmentos.
¿Qué tanto mirarás la luna sin ventana?
Dices: -La luna entra a mis ojos en la noche,
y mis ojos son la luna cuando brilla.
Tengo miedo, te respondo, y tengo miedo del padre
que salió de casa sin sus hijos.
Tengo miedo de la guerra que desgarra montes,
palomos nuevos, críos sin ropaje
y deja desvestidos a sus hijos.
Tengo miedo de una madre que no alcanzó a decirte que sí tenías padre y madre.
Tengo miedo de que alguien abra las cortinas de mis miedos
y vea a mi sangre correr despavorida, agitándome los brazos,
buscándote a ti en la noche, ahí donde embiste la oscuridad
de todos los vacíos.
Tengo miedo de que andes por mis miedos…
Tú me dices que andas por las calles
y tus ojos son la luna cuando brilla.
Y yo salgo y te busco, y te pido que abras bien los ojos,
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que tengo miedo y quiero recostarme ahí, contigo.

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XXV
(Identidad perdida)
Hay un sabor de vida en las violetas.
Los árboles echan raíces de cielo en cielo.
Sin embargo, la última sonrisa es la que más se pierde:
olvidamos a las mariposas aleteándonos los dedos,
y de cada dedo perdemos las rosas que hubo en la tarde.
Cuando llega la penumbra y el último rayo se oscurece,
buscamos entre sueños si una vez
el corazón sonrió de niño…
y por qué ese niño, solo, mordiéndose las hambres,
se quedó en la oración de nadie,
devorando ataúdes en las calles.

36

XXVI
¡Siéntate! Hay una taza de café a tu nombre,
con un par de cucharitas de yugo de las horas
y que saben a esa azúcar de en vano y comestible.
¡Siéntate!
Será que hoy sucede…
La muerte no es presagio de la muerte:
se vive muchas veces conduciendo donde no retornan
ni siquiera los adioses.
Partimos al sinfín estando vivos,
y los pies se enredan en un suelo
que nos seca la boca cual si fuera sal que la bebemos.
¡Siéntate! Hay una taza para ti, a tu hambre.
El sueño del principio no fue sueño.
Alguien olvidó ponerle perfume al crisantemo.
Y tú terminaste por beberlo todo
y sin saber siquiera que contuvo alguna vez perfume.
Siéntate, niño, hay una taza para ti…
Toma mi mano. Tal vez te bebas mis ojos con su llanto.

37

EPÍLOGO

38

i
Mientras mi poema sueña, yo grito,
y cada palabra me estalla en la exigencia
de no ser otro,
sino un hombre que asedia el corazón de alguien,
para que su piel desencadene alas de mil versos…
y mi pecho tiemble, extasiado, con la altura de tu vuelo.

39

ii
Toco la última sonrisa de la tarde:
tú estuviste en ella.
Los perfumes se fueron por la herida.
Pasan soñadores en los escondrijos de las luces.
De un cielo a otro no hay espacio para el vuelo.
Y tú estuviste en todo eso.
No sé por qué han dejado de sembrar jardines…
Eras tú quien forjaba la sonrisa por las tardes.

40

iii
Vuelve el hombre al destino de las aves,
y se sacude el polvo y el rostro se lo limpia.
Alza sus ojos intentando,
sopla con sus manos a la altura,
rompe con su pecho los picos y las nubes.
Y cuando ve un paisaje,
se acuerda que es humano
y se queda mirándolo… sentado.

41

iv
“Yo no reparo corazones rotos…”
Anónimo

Intentabas tocar el cielo:
creímos que el amor eran ventanas
y no huecos derruidos.
Tocabas con el lagrimal el viento
y querías que fuera yo a tocar el cielo.
Pero yo no limpio lágrimas,
las dejo correr insanamente, las dejo en la insensatez
para que se vacíen y se agoten.
Entonces vengo desde el polvo y el vacío
a construir lo nuevo,
a estallar donde el azul reinicia la conquista fresca:
al destino de un anhelo que por arenga tiene
intentar sobrepasar el cielo.

42

v
El amor y tu sin cielo se hicieron luz de calle.
Sonarás lleno de nuncas, atiborrado de carreras sin estrellas,
apesadumbrado de un país sobre tu cuello
y con un racimo de agobios por el hambre
que se inclina de tu pecho hacia el destiempo.
Pero tu amor y tu sin cielo se hicieron poesía,
y se acuestan en los sauces para propagarse
cuando duermes en el viento de la calle.

43

vi
Yo soy el grito.
Y cada atroz sonido
me estalla unívocamente
en lo esencial:
soy parte de tu encuentro
y de mi exilio.
Tápense los oídos:
hoy me oculto entre los niños
y ardo en gritos.

44

vii
“…me conformo con mirar lo que surge…”
Claude Esteban
Escucho que el paisaje es una voz endurecida
donde se quiebra la mirada de un nosotros.
Y yo creo en nada,
solamente en el pájaro y su senda,
en su vuelo hacia el encuentro de un pétalo
que hace temblar a la mirada,
porque el cielo se escribe con tus ojos.

45

SALVADOR PLIEGO:
Mexicano, nacido en la ciudad de México. Con estudios en Antropología Social y una
Maestría en Sistemas de Computación. Como escritor inició su carrera a finales de 2005
y desde entonces ha publicado más de 20 libros.
Fue premiado como segundo lugar en poesía por la ENSL en México y nominado como
finalista por el II Certamen Internacional de Poesía “San Jordi” en España, 2006.
Participó como jurado en el Primer concurso literario “Atina Chile” en 2007. Su poema
“Espadas y papiros” fue entregado como parte de los premios otorgados al ganador del
Segundo concurso de cuentos cortos HdH Medieval. De sus viajes ha recibido múltiples
reconocimientos, entre otros, el de ser “visitante ilustre del Municipio de Urrao”,
Colombia, y “visitante distinguido” de la ciudad de San Pedro de Tacna, Perú.
Durante 2007 y 2008 participó activamente en el foro MundoPoesia, considerado uno de
las más grandes de la red de Internet en cuanto a escritores, publicaciones y lecturas. En
ese periodo fue premiado en 18 ocasiones, entre ellas, otorgándosele el premio de “Poeta
del mes”.
En el 2011 fue ganador de los siguientes premios: Ganador del concurso Rubén Darío
Rumbaut con el poema “Dulzura”, y “Primera mención de honor” en el concurso
internacional de poesía “Trofeo Memorioso”, organizado en Chiloé, Chile, con los
siguientes poemas: Corcel de alas blancas, ¿Dónde los olivos? y Templanza.
En enero de 2012 ganó del Primer Concurso Literario Andrés D. Puello por su libro
Crepitaciones. En el mes de mayo se le informa que su poema “Oda a la risa” fue
incorporado en unos libros de texto para el aprendizaje del español en Puerto Rico. La
radio satelitevisión/Americavisión de Chile le otorgo un reconocimiento “por su
participación en la Poesía destacada, mes de septiembre 2012, de los programas radiales
‘Música y declamación de poesías’”.
En abril de 2013 Radio Satelitevisión/Americavisión le otorgó un nuevo reconocimiento,
como poesía destacada, por su poema: Arde la poesía. En el mes de mayo, otro más por
su poema: Desnudez de la mirada, y en el mes de junio, un nuevo reconocimiento por el
poema: Canción de viento y brisa.

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En mayo de 2014 recibe 3 reconocimientos en México: el primero de la Universidad
Tecnológica de Huejotzingo y la Secretaria de Educación Pública (Puebla); el segundo de
la Presidencia Municipal de Querétaro a través de su Instituto de Cultura, y el tercero del
H. Ayuntamiento Constitucional de Tlalnepantla de Baz (Estado de México) a través de
la Dirección General de Educación y Cultura y el Instituto Municipal de la Cultura y las
Bellas Artes.
En el mes de octubre se le notifica que su poema “Miguel Hidalgo” fue incluido en un
dvd en conmemoración a Miguel Hidalgo, por parte del municipio Miguel Hidalgo, del
estado de Hidalgo, México. Recibe el mismo mes un diploma de honor de parte de la
Revista Mirlo “por haber sido seleccionado en el Ier Certamen Poético Mirlo”.
En junio del 2015 recibe un diploma de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua
“por su participación como poeta y destacada trayectoria en la producción literaria”.
En octubre del mismo año recibe tres reconocimientos: de los planteles Ignacio Manuel
Altamirano y Benito Juárez García, pertenecientes al IEMS de la Cd de México,
México; y otro del Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal, México,
quien le otorga un reconocimiento por “su extraordinario trabajo en los planteles del
Instituto, a través de los Recitales de Poesía compartidos a la comunidad estudiantil”.
En octubre, también, se le notifica que ganó el primer lugar del concurso literario
“Certamen Internacional El Molino”, por su poemario: Corcel de luz y plata.
A principios del 2016, se le otorgan tres reconocimientos en México: de la Universidad
del Valle de México, de la Universidad Salesiana y de la Universidad Pedagógica
Nacional. Los tres por su poesía.
A la fecha ha realizado lectura de su poética en Estados Unidos, México, Perú, Chile,
Argentina, España, Nicaragua y Colombia.

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