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Ivsisladú, el devorador

Un día la gente del reino de Mériajav recibieron de su dios un rey malvado, Ivsisladú era su
nombre, pero sus habitantes le apodaron “El devorador”, porque en cierta ocasión se le
ocurrió que lo bello era delicioso y como un pequeño niño, todo cuanto era bello quería
comerlo. Era un hombre de extrañas prácticas, se guardaba muy temprano en sus aposentos
donde, juraban sus sirvientes, urdía malas artes entre sangre y umbrías súplicas en honor a
Ztrojnó, el dios de los vacíos agobiantes.
Cuando el rey cumplió treinta años, entre las erupciones del volcán Larhem que oscurecía los
cielos, tocó a la puerta del palacio un enorme hombre con el rostro cubierto por oscuros velos
y montado en un caballo tan gris como las cenizas que atenuaban la luz de aquel día. Decía
venir de Eskel, la isla volcánica que guardaba los mitos de los anteriores Mériajav; decían que
era sepulcro de los antiguos dioses asesinados por Ik, los mismos que por un apetito
desenfrenado casi se comen a todos los Mériajav, y de entre los cuales contábase Ztrojnó,
cuya oscuridad contenía un suave perfume tan cautivante, que las personas caminaban con la
necesidad de reconocer el olor, perdiéndose entonces en la profundidad de su oscuridad
hasta desaparecer. Por el deterioro de su vestimenta le permitieron entrar en calidad de loco,
para que sirviera de entretenimiento a su majadera majestad con tales disparates. Más
impresionante fue su presentación en el salón mayor, pues ante el rey sus ropas transformó
en unas tan finas, que sus colores imitaban con precisa exactitud a los dorados del hermoso
atardecer. Ivsisladú mandó atenderle bien.
Su nombre era Garrúlus, este le ofreció al rey Ivsisladú crear un artefacto útil si le ofrendaba el
corazón del ambicioso mendigo que se la pasaba contando las monedas en la plaza principal;
por la noche fueron el rey y el cabalgante gris, salieron a buscarlo a la plaza pública donde
yacía alerta para que nadie le robara sus monedas. Garrúlus le pidió a Ivsisladú que
comprobara la codicia de aquél, el rey le dio al mendigo una bolsa con el peso de una oveja
en oro; al mirar sus ojos con una sedienta espera de más, Garrúlus le ofreció darle un cofre
aún más grande si accedía a escuchar unas palabras que diríale al oído. El miserable
accedió. Lo llevaron a la orilla de un arroyo fuera del castillo donde Garrúlus le murmuró al
oído las palabras, palabras que el curioso Ivsisladú no logró escuchar a pesar de su
esfuerzo... tales fueron éstas, que aquel codicioso hombre quedó perplejo en un profundo

letargo. Cuando Ivsisladú preguntó al cabalgante gris qué le había hecho, éste le dijo que le
entregara el cofre al miserable, el rey por el peso colocó con dificultad el cofre frente a su
mendigo que después de abrirlo no paraba de llorar a gran contento.
El hombre no paraba de llorar y a la sazón, mientras su llanto le bañaba el cuerpo.
Amanecía… cuando la luz tocó su piel bañada en lágrimas, su cuerpo fue evaporado hasta
que el hombre se desvaneció en un oscuro humo, una nube negra en forma de bestia carente
de ojos que emprendió su marcha al cielo. Al ver que se alejaba, Garrúlus rogó al rey que
cerrara el cofre y lo escondiera debajo de su cama, porque el oro estaba maldito, y si alguien
lo habría nadie podría sobrevivir a tan salvaje bestia. El rey preguntó qué ganaban con esto, a
lo que Garrúlus reveló que aquella cosa devoraba ángeles y transmitía el sabor al paladar de
el rey, que no había comparación con ese placer. En ese instante el visitante se desvaneció
también, pero el rey estaba ya adormecido de placer pues la bestia había comenzado ya.
Pasaron algunos días y para el rey, aquella sensación había perdido intensidad, era necesario
aumentar las emociones. Ivsisladú era curioso, nunca pudo quedarse sin conocer algo por su
cuenta, así que por la noche resolvió abrir el cofre.
Llegó la noche e Ivsisladú mandó armar al ejército diciendo que una profecía dictaba que una
criatura vendría ante ellos esa noche. El rey abrió el cofre, un fuerte viento lo azotó desde ella
y salió por la ventana, y en el cofre ahora solo había sangre donde antes guardó oro. Escuchó
los gritos desesperados por toda su tierra y cuando salió a ver qué sucedía, solo quedaba
silencio y armaduras vacías; salió a la plaza ensangrentada y encontró a un hombre de
armadura roja, se acercó despacio, el hombre le sonrió, era Garrúlus.
-

Aquí está tu bestia… - le dijo mientras tiraba el cuerpo del mendigo muerto.
Ahora tu reino es mío, puesto que no pudiste mantener el convenio, y tú serás la bestia
que le enviaste a esta gente, lo que realmente eres –

El rey comenzó a desvanecerse en gas, subía y mientras su visión se iba nublando miró cómo
Garrúlus cambiaba de rostro y se transformaba en él, Ivsisladú, el devorador.

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