Crónica VII Organización sanitaria del ejército carlista

Hospitales- aldeas y hospitales de sangre. Petriquillo y el cirujano Burgess. Hospitales de referencia: Irache y Cantavieja

7- 1 Introducción. Caseros carlistas, Hospitales-aldeas, Hospitales de sangre
Las cosas eran bien diferentes en la zona carlista. Al iniciarse la guerra no tenían ninguna infraestructura, ni ejército ni dinero; la buena voluntad y la improvisación eran las armas sanitarias. Conforme irían pasando los años de la guerra y a fuerza de necesidad, se irían poniendo los cimientos de una organización sanitaria estimable. Además las capitales de provincia, donde se ubicaban los hospitales civiles y los mejores médicos, eran reductos liberales gubernamentales y es difícil que cambiaran de dominio de un día a otro; sus guarniciones estaban bastante protegidas. Los heridos carlistas eran atendidos en las casas y caseríos de los pueblos, donde se conocía que había “caseros carlistas”, a esos lugares llegaban las medicinas y medios para curas y atenciones. Otro lugar de atención a heridos eran las casa de los curas y párrocos de pueblos, que como es bien conocido apoyaron mayoritariamente la causa carlista, rechazando el pensamiento liberal, que proponía entre otras cosas la ley de desamortización de conventos y bienes de la Iglesia. En ocasiones las casas parroquiales sirvieron también de escondite de heridos famosos, como le ocurriera al General Cabrera o al príncipe Prusiano Lichnowski. En algunas aldeas podía haber varias casas con heridos y pasar lo mismo en aldeas vecinas, albergando cientos de heridos que podían pasar desapercibidos si se acercaba el enemigo; eran -hospitales-aldeas-, desperdigados y camuflados, con enfermos menos graves, que no necesitaban grandes remedios; eso ocurría en la zona de las Amescoas, y cerca de Vitoria (Narcué, Ulíbarri) y en otros entornos. Era una forma original de colaboración y surgió de forma espontánea sin haberlo programado con antelación e hicieron una extraordinaria labor inicial; ante un aviso de tropas enemigas, en pocos minutos podía convertirse en aldeas normales con casas cerradas y gentes escondidas. Los recintos de las Iglesia también sirvieron de hospitales improvisados después de algunas batallas. Un primer intento de organización sanitaria, se conoce a través de una carta de Zumalacárregui, dirigida al famoso curandero Petriquillo, al comienzo de la guerra. En ella pide al curandero que deje su pueblo del Goierri y se traslade al valle de las
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Amescoas, donde tenía el general su base de operaciones, para encargarse de las heridas de sus soldados. No tenemos noticia de la respuesta; el general conocía sobradamente las habilidades del curandero, para moverse por los pueblos y para aprovisionarse de camas, colchones, mantas, vendas y otros utensilios, labor que ya había realizado en la guerra de la Independencia. Era solo una carta, pero con un propósito evidente, empezar a organizar la atención a heridos. Más tarde haría Zumalacárregui la misma proposición al cirujano inglés Burgess, pero este solo estaba interesado en el ejercicio personal como cirujano y en lo que él pudiera atender de forma individual y no en planes generales. El cirujano iba de un pueblo a otro y de un enfermo a otro prestando servicios Pasado el primer año de guerra, empezó un intento mayor de organización; aunque tropezaron con un grave problema el económico. Cruz Mayor, ministro del pretendiente don Carlos, tuvo enfrentamientos con Zumalacárregui por estos motivos. Es cierto que la colaboración de los ciudadanos de los pueblo, hizo factible, -los hospitales dispersos ente aldeas en las casas y caseríos-, pero esos acomodos eran para un tipo de pacientes con heridas leves o enfermedades comunes, pero no podían albergar a los grandes lesionados de balas de cañón y horribles amputaciones. Para ellos se pusieron en marcha los denominados hospitales de campaña o también hospitales de sangre, centros improvisados, que duraban el tiempo que se combatía en las cercanías, y que por lo general estaban insuficientemente dotados, una especie de casas de socorro, atendidos por cirujanos de segunda fila. A esos centros hace referencia Henningsen, mencionando la gran mortalidad de los mismos, dos tercios de los que ingresaban, en parte por ser heridas más graves, pero también por la poca habilidad de los cirujanos reclutados por los carlistas Se mencionan entre otros: el de Ituren, en el norte de Navarra, un centro que llegó a tener muchos enfermos; tristemente famoso por la matanza indiscriminada de Mina, que lo tomó al asalto; los de Narcue donde murió el capitán voluntario francés Bezard con dos disparos consecutivos dos días seguidos en la misma pierna; Zugarramurdi que también disponía de almacén de municiones; los de Zulueta y Elizondo; en Guipúzcoa el Hospital de Oñate donde fue atendido y murió el comandante Ulíbarri, con una herida de bala en el brazo y Tolosa (en la casa de Beneficencia); en Álava el de Amurrio en el camino Vitoria Bilbao y Piérola; en el palacio Urgoiti de Galdacano, estuvo situado un almacén hospital de los carlistas, y en un primer momento, estuvieron a punto de trasladar a ese recinto a Zumalacárregi, después de su herida.En la segunda parte de la guerra el ejército carlista disponía de 800 camas en Irache y Estella, 500 en Vergara, 300 en Tolosa, 300 en Guernica En Los Arcos existía un hospital de peregrinos, el de Santa Brígida, utilizado por los liberales como hospital de sangre. Tras la toma del pueblo por Zumalacárregui en 1835, él y don Carlos visitaron, atendieron y se interesaron por los heridos liberales ingresados, que no salían de su asombro al reconocerlos.

7-2 Avances en la organización
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Los asuntos monetarios no fueron inconveniente para ir avanzando en organización conforme avanzaba la guerra. En Julio de 1836 se creó la Junta Provisional de Medicina y Cirugía, que pusieron en marcha varios hospitales, el de Irache, centro fundamental de referencia, atención y enseñanza, del que nos ocuparemos más adelante; también estuvo bien acondicionado en Álava, el Hospital de Piérola, situado en un monasterio; otros específicos el de Anderaz para enfermos de sarna, centros de convalecencia de soldados en Cestona, Belascoain y Betelu, pioneros en baños y aguas termales. En esta junta trabajaron Serafín Martínez, Juan Bautista Larramendi, y Teodoro Gelos. En 1837 se creó el cuerpo de Sanidad Militar Carlista, el cuerpo de médicos, cirujanos y farmacéuticos del Ejército del Norte, con un reglamento propio con Gelos y Bartolomé Obrador como primeros responsables. En Oñate- Guipuzcoa, corte alternativa de don Calos junto a Estella y Durango, funcionó durante la guerra, -La Universidad Carlista-, directamente impulsada por El Pretendiente. Estaba dedicada a Leyes y Teología, también tenía instalada imprenta y periódico oficial del partido y durante esos años funcionó como Escuela privada de Medicina. Fueron pasos importantes para aportar facultativos a la causa y a la contienda En resumen podríamos afirmar, que conscientes de sus carencias médicas, intentaron los carlistas promover la formación de personal sanitario durante la contienda para poder subsanar las deficiencias y las escuelas de Irache y Oñate funcionaron a buen ritmo. Se consiguieron mejoras pero no las suficientes, faltó tiempo.

7-3 Profesionales sanitarios carlistas

A) El curandero Petriquillo

Los curanderos han existido desde el comienzo de la humanidad. En la medicina sin medios diagnósticos y sin recursos terapéuticos del siglo XVIII y de comienzos del XIX, los curanderos eran gentes consentidas y apreciadas, que en algunos casos competían con la medicina tradicional. Eran personas con conocimientos sobre plantas
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medicinales, habían aprendido de sus antepasados el manejo de huesos, torceduras y fracturas y además tenían buenas dosis de sentido común. Durante casi cien años, tres dinastías de curanderos de una misma familia, de apodo “Petriquillo”, abuelo, padre e hijo, ejercieron de curanderos en la zona del Goierri, al sur de la Guipúzcoa en la zona límite con Navarra y Álava. Uno de ellos, el segundo de la dinastía, el padre, pasará a la posteridad, al verse involucrado en la muerte de Zumalacárregui. El personaje en cuestión era José Francisco Tellería Uribe (1774-1842), el “Petriquillo” más auténtico, el principal, el más afamado curandero de la época, a quien la historia ha sentenciado como principal “culpable” de la muerte del caudillo carlista y cuya actuación profesional con el general, intentaremos analizar. De José Francisco Tellería Uribe, “Petriquillo”, dijo Pérez Galdós, que era menudo, inquieto, hablador, con cabeza calva y negruzca; Barriola lo veía autoritario y vivo; Lasa lo imaginaba encima de una mula visitando los pacientes de los pueblos cercanos. “Petriquillo” fue curandero, pastor propietario y autoridad; desempeñó durante años el cargo de Tesorero del Haber y Renta de la Villa y fue Alcalde de su pueblo CerainGuipúzcoa, en dos períodos diferentes entre la Guerra de la Independencia y la Iª Guerra Carlista. Había nacido en el caserío Arene. Su padre fue el primer curandero de la dinastía. El hijo aprendió a arreglar las fracturas de sus ovejas y las de de otros pastores; se entrenaba manipulando los huesos de los cerdos sacrificados. Tenía una habilidad y técnica especial para el entablillamiento de los miembros. Conocía las propiedades de algunas plantas, preparaba ungüentos y pócimas que ayudaba a cicatrizar las heridas. Su instrumental de trabajo eran sus manos, aplicaba unos vendajes especiales con vendas anchas y muchas gentes iban a verle para aprender. En la Guerra de la Independencia contra Napoleón consolidó su prestigio, formó parte del batallón de Voluntarios de Guipúzcoa al mando de Gaspar de Jáuregui ”el pastor”, junto a su entonces secretario Tomás Zumalacárregui y se encargó durante varios años de la salud del regimiento; curó al propio jefe de una herida de bala en la tetilla que había atravesado a la espalda y al capitán Viscarret de un tiro en el tobillo; colaboró en el desarrollo de los hospitales de sangre; fue comisionado para la recogida de camas, mantas y colchones y siempre contó con la confianza y el agradecimiento del batallón. Su prestigio como sanador fue incuestionable, destacaremos varios eventos. Antes de la guerra carlista, había sido llamado a la Corte de Fernando VII, para tratar una fractura mal consolidada de un personaje de la corte; curó al presbítero de Oyarzun de una complicada fractura de codo que se había hecho jugando al frontón; manipuló y corrigió los fragmentos mal colocados de una rotura de fémur de un niño. El doctor Pasamén de San Sebastián informó de las desavenencias que tenía Petriquillo con los médicos, por el tema de las inutilidades y bajas de los soldados.

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A raíz de una condena por intrusismo de 50 ducados que recibió Petriquillo, los vecinos llegaron a proponer a las autoridades, que tramitaran en Madrid la concesión de algún título, para que pudiera ejercer sin problemas; aunque al curandero era un tema que no le preocupaba demasiado, él trabajaba a su aire, a destajo y cobraba por sus honorarios el doble que los cirujanos. Actuó como curandero en 17 pueblos diferentes, especialmente en Guipúzcoa y Vizcaya; se le atribuyeron más de 1000 curaciones. Conocedor de su valía, al comienzo de la guerra carlista, el propio Zumalacárregui escribe a “Petriquillo”, para pedirle que se traslade a su cuartel en las Améscoas y comience a organizar la infraestructura sanitaria de su ejército; misiva que al parecer no fue contestada en ningún sentido. Herido el general por un tiro en una pierna, reclamará con insistencia ser atendido por el curandero Casó con Josefa Arrieta y tuvo cuatro hijos. Ya mayor y achacoso, debió acudir a Oñate, a un asunto muy particular. Se alojó en casa de una señora viuda, para solicitar la mano de su hija para uno de sus vástagos; no encontrando la respuesta esperada. Un desolado “Petriquillo” volvió a su casa en su mula cariacontecido. En el camino se encontró mal, sufrió un desvanecimiento y cayó. Fue enterrado en el cementerio antiguo de Oñate. En el libro de difuntos del citado ayuntamiento consta que falleció el 11 de agosto de 1842, a los 67 años, de muerte por enfermedad casual. Caída del caballo causada por alguna indisposición. El funeral fue muy solemne concelebrado por nueve sacerdotes. En la actualidad, en Cerain, un monumento a su memoria, recuerda su pasado

II - La herida de Zumalacárregui. “El Caudillo de las Améscoas” recibió una herida de bala en el primer asalto de las tropas carlistas a Bilbao, se trataba de una herida con pequeño orificio de entrada, quedando la bala alojada en el interior de la pierna derecha, por debajo de la rodilla y detrás de la tibia, en la masa muscular de la pantorrilla. Los médicos del Infante don Carlos (Grediaga, Gelos y Boloqui) juzgaron la herida de poca importancia y no consideraron la posibilidad de extraer la bala, a pesar de que el cirujano inglés Burgess, opinaba lo contrario. Zumalacárregui quería a toda costa, ser trasladado a Cegama, y ser atendido por “Petriquillo”, que era hombre de confianza, amigo personal y había tratado a su familia en numerosas ocasiones. “Petriquillo” avisado por emisarios del general acudió a su encuentro en el camino de Durango a Cegama, tres o cuatro días después de producirse la herida. El general era trasportado en cama y llevado por sus soldados, que usaban sus fusiles a modo de parihuelas. “Petriquillo”, que contaba con el apoyo del general y de su cuñado Fray Cirilo, se puso a actuar de inmediato ante la contrariedad de los médicos que le acompañaban. Curó la herida a su manera con vinagre y pan mohoso, un par de veces cada día; hizo en casi
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todas las curas intentos fallidos de sacar la bala; le aplicó frotaciones estimulantes por el cuerpo con ungüentos suyos especiales y le preparó infusiones de hierbas extrañas. Ya en Cegama, las cosas empeoraron. “Petriquillo” y los médicos entraron en graves discusiones. El curandero se retiró de la cabecera del herido a su caserío. Los médicos (Gelos y Boloqui), perdieron los papeles, presionados hasta por el propio general, se vieron obligados a actuar y a sacar la bala de una pierna que había empezado a gangrenarse. El resultado final es conocido. Existen algunas contradicciones en los participantes esta última operación. Barriola uno de los principales biógrafos del curandero, admite la posibilidad de que a pesar de las discrepancias, intervino el curandero con Gelos y Bolloqui en la extracción de la bala; la mayoría cree, ya se había apartado de la cabecera del general y retirado a su caserío, inclusive se tiene la idea que la retirada fue voluntaria al considerar que ya se habían agotado las posibilidades de salir adelante con el general. El juicio de la historia, hace responsable de la muerte del gran estratega, al curandero Petriquillo, pero las culpas no están bien clarificadas. El cura Fago (de la camarilla de Zumalacárregui), afirmaba: -que “Petriquillo” sólo fue un instrumento de la fatalidad-. Diríamos que su actuación no fue positiva y hasta seguramente perjudicial, pero no determinante. Tan culpable como él fue el propio general, que seguramente andaba mal de salud antes de la herida (había perdido peso y apetito, tenía fiebres intermitentes y pequeñas pérdidas de sangre en la orina). En esas circunstancias se empeñó en una absurda, incómoda y peligrosa marcha de más de 60 kilómetros. Para concluir contaremos una anécdota o leyenda atribuida a Petriquillo. Según algunos, el curandero habría ido a Madrid, a examinarse para sacar algún título que le permitiera ejercer sin contratiempos ni denuncias. Se cuenta que le dieron todos los huesos del cuerpo humano en desorden y le pidieron que los colocase correctamente e y que reconstruyera el esqueleto. Después de un rato dijo que no se podía reconstruir porque faltaba una pequeña falange (falangeta) de uno de los dedos de la mano. Esa anécdota es muy dudosa que le ocurriera precisamente a Petriquillo y nosotros la hemos escuchado en otras biografías diferentes. En realidad creemos que no llegó nunca a examinarse.

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B) Frederick Burgess, el cirujano inglés
A comienzos del año 35, se presentó en el campamento de Zumalacárregui, a la sazón en el pueblo navarro de Irurzun, un joven cirujano inglés; acudía por su cuenta, sin que nadie se lo mandara, presentaba unos certificados de estudios firmados por una de las escuelas quirúrgicas más importantes de Londres, la de Sir Astler Cooper y traía consigo un instrumental quirúrgico para operaciones, aparentemente mucho más variado y completo que el de los cirujanos españoles. Burgess formado en la escuela que preconizaba, que la cirugía no solo era una técnica práctica simple e improvisada, si no un procedimiento con sus reglas, al servicio de una ciencia superior. No sabía el idioma y era muy difícil averiguar el motivo de su presencia. Lo más probable es que quisiera poner en práctica sus conocimientos y que al mismo tiempo fuera conocedor de las precarias condiciones sanitarias del ejército carlista y la falta de cirujanos. Zumalacárregui le dio un voto de confianza seguramente forzado por las circunstancias. La realidad fue que enseguida se hizo el amo como cirujano diferente, de gran habilidad y decisión con ideas muy claras de su oficio. Bastó su rápida amputación de pierna a un artillero que apareció con la extremidad colgada por unos músculos después de recibir una bala de cañón y sobretodo después de varias extracciones de bala que realizó en muy poco tiempo, para ser recibido e integrado con el reconocimiento del ejército. Un ayudante de campo del general, un tal Martínez, al pasar por una calle estrecha, recibió cinco balazos entre los dos muslos, que le provocaron fracturas abiertas de las dos piernas. Los cirujanos españoles le propusieron la amputación de las dos piernas y Burgess intervino, extrajo las balas, redujo las fracturas, le inmovilizó las piernas; unos meses después montaba a caballo. La fama del cirujano iba en aumento cada día. Las envidias empezaron a surgir. Con ocasión de una herida de bala en el vientre del coronel O´Donnell, que operó y no pudo salvarle la vida, fue fuertemente criticado. Burgess le practicó la autopsia en presencia de los que le vituperaban y les demostró que la herida recibida era mortal de necesidad, que tenía destrozado hígado y estómago y que la bala había lesionado también la columna. Todos tuvieron que callar, no estaban acostumbrados a esa forma de ejercer la cirugía.
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Zumalacárregui le ascendió, le nombró primero asesor del ejército y luego cirujano jefe, pidiéndole se encargara de organizar la atención de los heridos de guerra, pero Burgess no entendía el idioma y lo único que hacía es operar a los heridos sin preocuparse de organizaciones. Con ocasión de la herida del propio general, fue ninguneado por los médicos y cirujanos de don Carlos, que no hicieron caso a su proposición para extraer la bala del general. Su juventud y sus problemas con el idioma le llevaron a un segundo plano. Mas tarde se pierde su rastro, seguramente se volvería a su país después de haber practicado en serio la cirugía y haber adquirido la experiencia que buscaba.

C) Otros médicos carlistas
Los más conocidos y citados médicos del estado Mayor Carlista fueron: Vicente González de Greciaga, un denominado Médico de Toga, con todos los títulos de la Medicina, pero que no operaba. Se había evadido del bando cristino, nada más empezar la guerra. Don Carlos le tenía en gran estima y sus opiniones eran tenidas en cuenta. Impuso su criterio de no operar de entrada la herida de Zumalacárregui. Teodoro Gelos, apodado “el barbero Gelos” por la sencilla razón que había empezado como barbero, después poco a poco fue evolucionando y pasó a ser cirujano romancista y más tarde doctor en Medicina y Cirugía por el Hospital San Carlos de Madrid. El Pretendiente lo tenía por un sabio y le encargó sucesivamente la responsabilidad de los heridos, después formó parte de la Junta Provisional de Medicina Carlista e intervino en la concepción del reglamento de Sanidad Militar Carlista. Gelos era un entusiasta de la causa carlista, creía en la Justicia Divina, y fomentaba la prepotencia clerical en la corte del Pretendiente. Juan Cruz Boloqui, cirujano romancista del batallón de guías, médico–profesor del Hospital de Irache, acompañaron a Zumalacárregui a Cegama por indicación del Pretendiente don Carlos y al final intervinieron en la desafortunada operación. Genaro Durán, médico consultor de los Reales Ejércitos de don Carlos y director del Hospital de Irache, que desarrollaría una importante labor médica y de enseñanza en el citado centro. Bartolomé Obrador Obrador, catedrático de Medicina de Madrid, de Historia Natural aplicada a la medicina fisiológica y a la Higiene, con sus ramas de Zoología Mineralogía y Botánica; fue uno de los primeros fundadores de la Sanidad Militar Carlista
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Juan Sevilla, era un catedrático de Valencia, que tuvo que huir de su hospital, por sus ideas carlistas y que acabaría siendo una especie de Ministro de Sanidad del Maestrazgo con Cabrera. Hay muy pocos médicos más o cirujanos citados en el contexto, y si aparecen son en forma despectiva y sin nombre propio, -el cirujano del batallón-. En varios apartados se habla de su poca preparación y escasez de personal sanitario. El Príncipe Lichnowski se fía poco y después de recibir una herida en una pierna, se traslada al sur de Francia, para ser atendidos por médicos franceses. Cuando el prusiano Von Kelsch es herido y reclama un cirujano, el capitán carlista le comunica que en el ejército no tienen ese servicio y que espere a que termine la batalla, para curarle él mismo. Ya se ha comentado, el propio Burgess, aparecería voluntario en el campo carlista por el conocimiento que se tenía de la falta de médicos. Y muy poco para escoger tendría Zumalacárregui cuando pidió al curandero Petriquillo y después a Burgess, que se encargaran de organizar la sanidad de sus tropas

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7-3 Hospitales principales.

A) El Real Hospital Militar de Irache.
El primer centro para heridos y otras enfermedades a gran escala, se formó en el Monasterio Santa María La Real de Irache, que ya en la guerra de la Independencia había realizado funciones de hospital para las tropas de Napoleón. En este Monasterio en 1835, consolidado el dominio carlista de Estella, se pusieron en funcionamiento 14 salas bien ventiladas, con 500 camas, atendidas por 86 empleados (médicos, cirujanos, boticarios, asistentes religiosos, personal de limpieza y cocina); atendían a los pacientes: religiosos capuchinos e Hijas de la Caridad. Las Enfermedades más habituales eran heridos, tifus y procesos bronquiales. Don Carlos y Zumalacárregui, siempre fueron sensibles al tema hospitalario. Ambos acudieron a Irache a recibir al Comisionado ingles lord Elliot para la firma del tratado
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de protección de los prisioneros (se comprometían al canje de los mismos y se suprimían fusilamientos). El grupo desayunó en el Monasterio, a iniciativa de Zumalácarregui y le invitaron a un chocolate especial que preparaba una religiosa que conocía el general Los últimos años de la guerra carlista, el Hospital Militar de Irache, cumplía un abanico importante de actividades, además de la atención a los heridos. Del mismo modo que el ejército había sufrido una importante trasformación desde la nada, la organización sanitaria también había evolucionado. El Real Hospital era un centro administrativo y de enseñanza, albergaba la Consultoría Militar de Medicina, la sede del Cuerpo de Cirugía, la Comisaría de Guerra de los Reales Ejércitos, la Inspección de otros centros hospitalarios. Genaro Durán era el Encargado-Director del Hospital y Médico-Consultor de los Reales Ejércitos de don Carlos. Se impartían algunas enseñanzas de Medicina, Cirugía y Farmacia, se hacían exámenes siguiendo las normativas vigentes en Pamplona, se otorgaban títulos, que eran ratificados por la Diputación Foral; aunque conviene aclarar que eran títulos de convalidación de estudios realizados en otros sitios, principalmente en Pamplona y Madrid. El citado Genaro Durán era el Presidente de los tribunales y con él compartían responsabilidades los denominados “comprofesores”: Juan Cruz Boloqui Cirujano Mayor del Hospital de Irache, Juan Echarren Encargado-Director del Hospital de Anderaz, Bernardino Salaverri Médico del Hospital de Irache, José Aguinaga Médico de número de los Reales Ejércitos, Juan Miguel Landa I Ayudante de Farmacia de los Reales Ejércitos, Antonio Jaso Comisario de Guerra, los Practicantes Casimiro Marañón, Fermín Goizueta y otros. En los Archivos Generales de Navarra, se encuentran diversos expedientes de exámenes de convalidación de estudios, donde los alumnos presentaban sus certificados de trabajo y un tribunal los analizaba y completaba con algunas pruebas, títulos concedidos entre 1838 y 39, con correspondencia posterior entre el hospital militar y la Diputación. Se trata de documentos que demuestran con claridad, la intensa actividad administrativa del Hospital de Irache. Entre los expedientes podríamos citar: los de los Cirujanos Romancistas Miguel Fernández vecino de Arteta, Eusebio Merino de Geneville-Alava y Gavino Martínez de Sesma; el título de Licenciado en Medicina de Isidoro Arbeloa; el diploma de Partera a favor de Josefa Jáuregui, de Iturgoyen; de Practicante de Farmacia para Fermín Huarte del valle de Ollo y Practicante de Cirugía a Eugenio Llanos. En todos figuraba el aprobado con todos los votos del tribunal “nemina discrepante” Otro personaje importante fue Faustino Raimundo Alonso Inspector de los Hospitales de Navarra y Vascongadas, del que hemos encontrado muchas referencias al funcionamiento del hospital de Irache. Al terminar la guerra se marcharon los frailes Benedictinos y el Monasterio se cerró como consecuencia de la Ley de Desamortización de Mendizábal. El cura párroco de Ayegui, Manuel García, voluntario de don Carlos, tuerto de un ojo por los avatares de la guerra, quedó de cuidador del edificio; con una actuación más que meritoria.

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Este hospital no moriría definitivamente con la primera guerra carlista, volvería a resurgir más tarde y a plenitud. Aunque no es motivo de estudio los tiempos posteriores, si mencionaremos que en dicho hospital se atendieron a pacientes de ambos bandos

B- Hospital de Cantavieja
Otro modelo sanitario carlista destacado, fue el organizado por el General Cabrera en la zona del Maestrazgo, entre Teruel y Castellón, al final de la guerra. Disponía de un Hospital cualificado en el pueblo de Cantavieja, otro de apoyo en Morella, en estos hospitales, no solo atendían a sus heridos de zona, sino que también recibían heridos de otros lugares, y muy especialmente de los procedentes de las expediciones carlistas; era centro de referencia. Las expediciones se caracterizaban por su movimiento continuo, sin reposar y no podían atender a sus heridos graves, por eso hacían expediciones de traslados de enfermos. Cantavieja era el centro principal; en esa ciudad amurallada, había un hospital con todos los adelantos junto a un convento en donde se atendían los casos graves y una casa grande de apoyo muy cercano al hospital donde se atendía enfermos que necesitaban menos cuidados. Disponían también en la región de Centros de Recuperación y Rehabilitación de heridos en la zona de Bozueta. Allí los enfermos se terminaban de curar y se les preparaba para funciones más acordes con su situación; servicios de guías, de vigilancias etc. La zona sanitaria del Maestrazgo disponía de Botica General de abastecimiento, mando central por un jefe de boticarios, y boticarios auxiliares en cada uno de los centros. En el aspecto sanitario lo mismo, existía la persona coordinadora de centros, una especie de Ministro de Sanidad en la persona del profesor Juan Sevilla, que dictaba órdenes para todos y directores del resto de los hospitales, con un organigrama de trabajo y un reglamento unitario. El general Cabrera era un gran organizador y uno de sus fuertes, a parte de la estrategia militar, fue el gran desarrollo de la sanidad carlista del Maestrazgo, que ha sido objeto de estudios y comentarios posteriores muy favorables. La lástima es que cuando tuvieron que huir precipitadamente de Cantavieja, al final de la Iª Guerra Carlista, los
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últimos soldados, antes de abandonar la población quemaron todos los papeles del hospital, perdiéndose una información trascendental. En el capítulo dedicado al general Cabrera, se ampliará la información sobre esta organización.

C Hospitales de Cataluña, Murcia, Valencia, Rioja. En Cataluña tuvieron los ejércitos carlistas varios hospitales en funcionamiento. El principal el de Berga con José Ferrer como cirujano mayor y el de Valldora, donde murieron 97 heridos en 11meses y entre los fallecidos Ramón Vionnet, su cirujano mayor, aunque este de muerte natural. En Murcia y Valencia también tuvieron hospitales de atención a heridos de guerra y enfermedades de la tropa; entre ellos los de Olivar, Ayodar y Chelva. En Valencia y a pesar de los rigores de la contienda se fundaría el -Instituto Médico Valenciano-, una publicación nacida para la defensa y mejora de la profesión. En la Rioja, El Monasterio de Santo Domingo de Silos, sirvió de hospital a la expedición de Zaratiegui

No quisiéramos concluir esta información sin un comentario último. Resulta evidente que tenemos mucha más información sobre la sanidad del ejército liberal y que su capacidad de adaptación y medios fue mucho mayor. Pero eso no quiere quitar méritos a la organización carlista, que partiendo de la nada y de la improvisación fue capaz de conseguir unas cotas de organización muy interesante. El general Zumalacárregui, anduvo preocupado desde el principio del aspecto sanitario y recibió un apoyo muy importante de la población; las aldeas- hospitales fueron unas consecuencias espontáneas de esta colaboración y una forma original y práctica de atención. El general tuvo dos grandes inconvenientes, creía más en los curanderos que en los médicos y no tenía medios. En muchos parajes se deja entrever que el equipo de cirujanos carlistas era muy deficitario, el propio cirujano Burgess comentaría que vino voluntario a la guerra para” hacer manos”, porque no había cirujanos bien preparados en el bando carlista. Digamos también que el Hospital de Irache alcanzó en la Iª Guerra Carlista un desarrollo importante, que muchas veces se ha ignorado o no se ha tenido en cuenta. Cabrera desde el principio, se empeñó en montar una infraestructura sanitaria eficaz, que no tendría nada que envidiar a la del bando liberal.
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