Aproximaciones a “Otro Dios es posible”

de José Ignacio y María López Vigil
Otro Dios es posible:100 entrevistas con Jesucristo en su segunda venida a la Tierra. 2007, Quito, Ecuador. http//www.emisoraslatinas.net

José Argüello y Fernando Cardenal S.J.

I. La Resurrección: encuentro y memoria
Hemos leído Otro Dios es posible: 100 entrevistas con Jesucristo en su segunda venida a la tierra. Valoramos sus aciertos, de los cuales tal vez el más importante de todos sea su intención de presentarnos un Jesús humano. Una de las mayores paradojas del cristianismo consiste en que, aunque ya el Concilio de Calcedonia (451 d.C.) rechazó la visión teológica de Cristo como un Dios disfrazado de humano, cuya divinidad absorbía completamente su humanidad, tal visión, no obstante, sigue aún viva en la mente y los corazones de muchos cristianos. Aún hoy en día, descubrir la plena humanidad de Cristo es algo que conmociona: escuchar que Jesús lloró, sufrió hambre y sed y las angustias de nuestra condición humana. Quizás radique ahí el atractivo del libro que ahora vamos a examinar, sobre todo para personas que, por causas diversas, se han distanciado del cristianismo o de la Iglesia y que vienen ahora a descubrir con fascinación el rostro humano de Jesús, el moreno de Nazaret. Cautiva también en esta obra su mensaje de justicia social y su crítica eclesial desde una postura feminista. A quienes hoy cuesta descubrir el rostro materno de Dios en las pesadas estructuras patriarcales de nuestra Iglesia católica, atrae el mensaje radical de esta obra. A través suyo experimentan una especie de sacudida liberadora –una verdadera catarsis- frente a planteamientos que consideran rígidos o sofocantes. Existen incluso ateos o indiferentes que se declaran “evangelizados” por estos guiones radiales, pues en contacto con ellos por primera vez atisban en sí mismos su propia veta religiosa. ¡Nuestra enhorabuena para ellos! y ojalá prosigan todavía más a fondo en su búsqueda del rostro fascinante de Cristo, yendo a las propias fuentes que son los cuatro Evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento. Los autores transmiten con eficacia su mensaje, utilizando el medio de comunicación más popular de América Latina, que es la radio. Sus programas se difunden actualmente a través de internet y por una red continental de radioemisoras populares. Sin negar los aspectos positivos que tiene esta obra al plantear asuntos de candente actualidad, ni sus aciertos cuando destaca facetas incisivas talvez muy poco conocidas del mensaje bíblico, o critica deformaciones de la fe cristiana, queremos ir más a fondo en su análisis y medirla ahora con las propias fuentes de la fe cristiana. Porque quien supuestamente habla a través suyo es Jesucristo en su segunda venida a la tierra, entrevistado por la periodista Raquel Pérez, de Emisoras Latinas, y que se nos presenta a sí mismo como un tal Jesús.

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Contraponer el Jesús histórico al Cristo de la fe Durante nuestra lectura de estos guiones radiales descubrimos que ésta es la tesis central de Otro Dios es posible: intentar contraponer el Jesús histórico (siempre una reconstrucción arriesgada de los estudiosos) al Cristo de la fe. Estos programas radiales cuestionan el testimonio unánime de todo el Nuevo Testamento acerca de Jesús el Cristo, reemplazándolo por un tal Jesús que no es ni Salvador, ni Mesías, ni Hijo de Dios, sino simplemente un hombre equiparable en todo a cualquiera de nosotros, incluso en el pecado (p. 57: “Yo soy...uno de tantos, uno más”; p. 128: “Yo también pequé, Raquel. Yo ofendí a Dios”; p. 197 : “Pero Caifás le preguntó si usted era el Hijo de Dios. Y usted también dijo que sí –Claro, Raquel, todos somos hijos de Dios. Tú también eres hija de Dios. Todos tus oyentes”; p. 56: “Yo fui salvado por Dios igual que tú y que todos. Dios es el único que salva”). ¿Un mesias colectivo, en vez de Jesús el Mesías? A Jesús de Nazaret se le despoja en estos programas radiales de todos sus atributos mesiánicos. Su relación única, irrepetible, incomparable y absolutamente intransferible con Dios, se diluye en un vago y ambiguo mesianismo colectivo: “Algunos fueron descubriendo que el Cristo, el Mesías tanto tiempo esperado tal vez no era una persona, sino muchas, muchísimos -¿Un mesías colectivo? –Sí, el pueblo...El Mesías no vino, como piensan algunos, ni vendrá, como esperan otros” (p. 300). Tornando explícitas las veladas alusiones contenidas en esta última frase, los autores también podrían haber dicho sin ambages: el Mesías no vino, como piensan los cristianos, ni vendrá, como esperan los judíos. ¿Dónde entonces se sitúan ellos mismos? ¿acaso fuera de toda la Revelación bíblica? Lúcidamente advirtió hace ya muchos años el gran teólogo protestante Jürgen Moltmann: “No hay ninguna alternativa entre Jesulogía y Cristología. Quien acá separa, destruye las bases del cristianismo y el fundamento de la libertad cristiana”. Y tal separación precisamente es la que se realizaría si aceptamos sustituir la Cristología por una Jesulogía, tal como parece hacer esta obra. Al Cristo de la fe contraponen ellos su tal Jesús, parcialmente inventado desde su propia imaginación, al margen de las fuentes bíblicas, como luego veremos. Ciertamente, en Latinoamérica suena muy seductor cuando escuchamos decir: El Mesías, el Cristo, son los pobres cuando fortalecen las rodillas, son las mujeres cuando levantan la cabeza. Un gran cuerpo que se pone en pie y resucita....-¿Usted es el Mesías, el Cristo o...? le pregunta la periodista a Jesús en la obra y éste responde: –Yo lo soy y tú y todos los hombres y las mujeres que luchan (p. 300-1). Pero nosotros nos preguntamos: ¿es realmente así? ¿Se deja el Cristo reducir y asimilar a una multitud que lucha y espera? ¿No hay también muchas sombras, además de luces, en quienes luchamos y esperamos? La opresión y el mal poseen raíces tan profundas en nuestras vidas y en nuestras sociedades, que, alegar que todos somos por igual el Cristo cuando luchamos y nos comprometemos por la liberación, equivale a incurrir en una nueva forma de pelagianismo (¡seríamos capaces de redimirnos a nosotros mismos!); equivale a negar ingenuamente la radicalidad del pecado y de las fuerzas opresoras del mal y la injusticia (¡también entre quienes luchamos o pretendemos luchar por el bien y la justicia!).

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Ningún colectivo que luche por la justicia social –ni partido, ni organización, ni red local o continental de CEBs, ni Iglesia alguna, ni siquiera todas las Iglesias juntas- podría jamás pretender reemplazar al Mesías, porque Cristo no tiene sustitutos. Nuestra mayor bienaventuranza como cristianos y cristianas consiste en poder contemplar el Rostro vivo de Dios en el de su Hijo Jesucristo (Lc 10, 22; 1 Jn 2, 23; 1 Jn 4,15) y ser miembros suyos en la fe y el seguimiento. Otro Dios...sin Cristo, ni Resurrección En Otro Dios es posible no sólo se reniega de la Cristología, sino que se escamotea consecuentemente también la Resurrección de Jesús, que es su fundamento (Rm 1, 4; Hch 2, 32-33.36). Sin Resurrección, el Señorío de Cristo sobre toda la Creación, incluyendo los billones y trillones de galaxias recientemente descubiertas por el telescopio Hubble, se diluye hasta desaparecer. Ya las epístolas de Colosenses y Efesios presentaban en el Nuevo Testamento una visión cósmica de Jesucristo, que en la antigüedad inspiró la Cristología de la recapitulación universal de San Ireneo y apenas recién fue descubierta para Occidente por Teilhard de Chardin. Los autores ponen en boca de Jesús una sorprendente explicación acerca de su Resurrección: “Fueron las mujeres las que rompieron el miedo...Sí, ellas me resucitaron...Yo estaba vivo en ellas” (pág. 306). “Es el espíritu el que resucita, no la carne. El polvo vuelve al polvo de donde vino. Y el espíritu renace en la comunidad” (p.307) ¡El acontecimiento principal de nuestra fe, reducido a una mera memoria subjetiva de las discípulas y las primeras comunidades! Después de su muerte, el Maestro habría sido apenas recordado con amor ¡nada más! La Resurrección de Jesús deja así de ser el acontecimiento escatológico que inicia la plenitud de la Creación, para tornarse un hecho casi doméstico: las comunidades lo recuerdan. A eso se reduce todo el acontecimiento central de la fe cristiana. ¿En qué se diferenciaría entonces un Maestro como Jesús de otro como Sócrates? ¡También Platón recordó con amor a su maestro, después que los atenienses lo ejecutaron! Esta interpretación contradice flagrantemente el testimonio unánime de los Evangelios, que narran cómo las mujeres, el domingo por la mañana, salieron para embalsamar el cadáver de Jesús, como último gesto de piedad hacia él. No tenían ninguna otra esperanza. Según Marcos, su preocupación principal era apenas cómo iban a retirar la piedra de la entrada del sepulcro (Mc 15, 3). Tan sólo tras el encuentro inesperado con el ángel (que ejerce en el relato bíblico una función simbólica de intérprete de parte de Dios) reciben el mensaje que les trasciende y desborda: “No se asusten: buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí”. De acuerdo al primero y más antiguo de los Evangelios, “ellas salieron corriendo del sepulcro, asustadas y fuera de sí! (Mc 16, 6.8). En el Evangelio de Juan por otra parte se nos corrobora la misma perspectiva: las mujeres lloran junto al sepulcro y María Magdalena no puede reconocer a Jesús resucitado cuando se le aparece, sino hasta el momento conmovedor en que éste la llama por su nombre. En ambos casos, tanto en Marcos como en Juan, el anuncio pascual proviene de lo alto y se sobrepone al dolor y la desesperanza de las mujeres. Un Jesús que únicamente viviera a través de sus discípulas y por ellas, no habría resucitado. Tanto las discípulas como los apóstoles, eso sí, atestiguan la Resurrección de Cristo como evento escatológico que les trasciende por entero. Jesús se les manifestó vivo y fue visto y palpado por ellos y ellas y en ese encuentro radica la fe pascual; la tumba vacía no es en cambio más que un signo, aunque de ninguna manera el 3

fundamento de la fe en el Resucitado. El Evangelio de Lucas así lo da a entender claramente, cuando expresa que las mujeres se sienten desconcertadas y Pedro extrañado o asombrado ante la tumba vacía, nada más (Lc 24, 4.12). Sin los encuentros personales con el Resucitado, la tumba vacía permanecería ambigua, permanecería...tan solo vacía, nada más. El Nuevo Testamento reconoce un único sujeto de la Resurrección de Jesús: “Dios, liberándolo de los rigores de la muerte, lo resucitó”, proclama el apóstol Pedro en su discurso de Pentecostés ante la multitud de Jerusalén. Y lo repite tres veces (Hch 2, 24.32; 4, 10). La exégesis actual ha confirmado que estos discursos iniciales de Hechos de los Apóstoles recogen el kerigma apostólico primigenio. Si supusiéramos válida por un instante la hipótesis planteada en esta obra, de que fueron las discípulas quienes por su fe y amor “resucitaron” al Maestro: ¿cómo nos explicarían el testimonio de Pablo acerca de la Resurrección? En 1 Co 15 poseemos el testimonio más antiguo de la Resurrección de todo el Nuevo Testamento. Siendo Saulo de Tarso encarnizado enemigo y perseguidor de la Iglesia, ¿de dónde se extraería éste la fe y el amor necesarios para generarse su propia conciencia de la Resurrección? El apóstol mismo (que según los autores ”¡tanto se enredaba hablando de Cristo y de Dios!” -p.68) la remite en cambio a un hecho que le sobrepasó por entero: vió a Jesús resucitado (1 Co 9,1; 15,8; Hch 26, 15-16), el Señor se le manifestó vivo y le llamó a su seguimiento. “La Resurrección de Cristo –ha señalado justamente el teólogo afroamericano James Conees la manifestación de que la opresión no derrota a Dios sino que Dios la transforma en posibilidad de libertad”. Sin ella los procesos de liberación se abocan al vacío y las víctimas de la historia, al olvido y la desesperanza. Y toda vida humana, por valiosa y justa que haya sido, se hunde en el abismo de la nada y del absurdo (cf. 1 Cor 15, 13-19). “La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo” sostenía por eso sabiamente San Agustín (cf. Rm 10,9). A resurrección light...milagros light Dado que la obra escamotea el milagro central y fundamental de nuestra fe, que es la Resurrección, ¿a qué sorprendernos si también diluye los milagros del Jesús histórico con explicaciones racionalistas? Los milagros del tal Jesús son de carácter light. ¡Fueron las bromas de Jesús las que curaron a la suegra de Pedro! (p. 106) ¡Lejos de la obra establecer un vínculo entre el Jesús que da de comer a las multitudes en los Evangelios y el Dios del Antiguo Testamento que sacia a su pueblo en pleno desierto; eso sería llevar las cosas demasiado lejos para el tal Jesús! Y precisamente, los pobres de Latinoamérica son quienes más elocuentemente podrían darnos hoy testimonio vivo sobre milagros en el verdadero sentido bíblico, como experiencias maravillosas del Dios que rescata, libera, sana y da vida; experiencias que el pueblo percibe desde una fe profunda, más allá de toda posible objetivación. Juan el Bautista ciertamente invitó a compartir y sin embargo no hizo milagros; Jesús por el contrario acompañó su predicación “con milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio”, tal y como atestigua el kerigma apostólico primigenio (Hch 2, 22). “De él salía una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6, 19)

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II. La Eucaristía: sacramento de la solidaridad
El tal Jesús que protagoniza estos programas radiales sostiene que beber sacramentalmente la sangre de Cristo “es una cosa horrenda” (p.203), que en aquella noche del jueves santo Jesús de Nazaret no instituyó ningún sacramento ni consagró nada (p. 203), que ciertamente “en una piedra está Dios”, pero Cristo no está ni en el pan ni en el vino consagrados, porque ello implicaría “un dios de abracadabra y un truco” al que no puede prestarse el Otro Dios posible que preconizan estos autores (p.202 y 206). Con la mirada de la fe Desde un principio las primeras comunidades cristianas tuvieron plena conciencia de que Cristo resucitado se manifestaba en medio de ellas al partir el pan. El Evangelio de Lucas, en el relato de Emaús, emplea fórmulas litúrgicas propias de la celebración eucarística: “...y mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (Lc 24, 30-31). Jesús hizo primero arder con su palabra el corazón de los discípulos, despertándoles la fe; sólo entonces lo reconocieron al partir el pan. La nueva mirada de fe suscitada por la palabra de Cristo les hizo capaces de ver más allá de las apariencias y de reconocerlo. Sin fe, nos resulta imposible descubrir al Señor en el sacramento. La comunidad creyente siempre ha nutrido su fe, su amor y su esperanza, a la mesa del pan y de la Palabra; allí ha extraído fuerzas en medio de las persecuciones; allí se renueva al flaquear en medio de la rutina y de las dificultades diarias. Cristo presente en el pan y el vino “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo que se da por ustedes; hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: “Esta es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la beban, háganlo en memoria mía” (1 Cor 11, 23b-25). A través del pan y del vino eucarísticos participamos en la muerte y resurrección del Señor Jesús y nos unimos a Él. Al decir “Este es mi cuerpo”, Jesús no se refería únicamente a su cuerpo físico, de carne y hueso, sino a la totalidad de su persona, traslucida y manifestada en su cuerpo, según la mentalidad hebrea. Es su persona entera, ofrecida en la Cruz y ahora gloriosa por su Resurrección, la que se hace presente en el pan partido y compartido -como su vida misma, partida por el sacrificio y compartida en la entrega. Al pronunciar Jesús sobre la copa sus palabras: “Esta es la nueva alianza en mi sangre”, de nuevo nos da a entender que se trata de la entrega de su vida. Esta ahora se hace presente en el vino, pues la sangre, según Lv 17,11, era la vida misma de un ser mortal. Todavía hoy, cuando expresamos que alguien derramó su sangre por una causa, en realidad estamos dando a entender que donó su vida. Asimismo, bebiendo la sangre de Cristo, asimilamos entonces su propia vida, generosamente dispuesta al sacrificio.

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Beber de la copa de Jesús significa por consiguiente sellar con él una comunión de vida y de destino; significa comprometerse a implementar su mismo proyecto. Cuando los hijos de Zebedeo le pidieron a Jesús los primeros puestos en su Reino, les preguntó si estaban dispuestos a beber la copa (Mc 10, 38). ¡Ahí vemos el sentido que tiene recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo! No es otra cosa sino sellar una alianza de sangre, o sea, de vida entregada y compartida, con Jesús. Diversas explicaciones, un mismo misterio Los diversos modelos racionales que los teólogos han desarrollado para intentar penetrar este misterio de fe, varían según las épocas y tradiciones eclesiales; sin embargo, nos sitúan unánimemente ante una realidad que sobrepasa nuestra inteligencia. El pequeño catecismo para adultos publicado por las Iglesias Luteranas de Alemania, en ese mismo sentido afirma: “En la noche en que fue traicionado instituyó Jesús la Eucaristía según los relatos del Nuevo Testamento. Por más diferentes que sean las formas en que se haya desarrollado la Eucaristía en la cristiandad, las llamadas palabras de consagración son su base común...El cómo de la presencia de Cristo (en el sacramento) puede permanecer misterio inexplicable, mientras se afirme que: en, con y bajo pan y vino se nos obsequia Cristo corporalmente”. Católicos, ortodoxos, luteranos y anglicanos compartimos hoy –por encima de las diferentes eclesiologías- la fe que Cristo se hace presente en el pan y el vino consagrados. Ser solidarios y compartir Las primeras comunidades entendieron muy bien que era imposible compartir la mesa eucarística y testimoniar la Vida nueva del Resucitado, sin compartir generosamente los propios bienes económicos, para que nadie pasara necesidad: “Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común”; “no había entre ellos ningún necesitado” (Hch 4, 3234). “Busquen la igualdad”, exhorta el apóstol Pablo a los Corintios (2 Cor 8, 13). Por tanto, la Eucaristía intrínsicamente se orienta hacia la justicia, hacia la construcción de un orden económico y social distinto del que tenemos, sin exclusiones. El Cristo que dio de comer a las multitudes, nos invita también hoy a la conversión hacia los empobrecidos. El pan que se parte en el sacramento, debe llevar al pan compartido de la solidaridad. San Pablo reprochó a los corintios por convertir la Cena del señor en ocasión de exhibir sus propias desigualdades sociales. “La reunión de ustedes ya no es la Cena del Señor”, advirtió el apóstol a quienes avergonzaban a los pobres comiendo y bebiendo, mientras otros de su misma comunidad pasaban hambre (1 Cor 11, 20-22). San Juan Crisóstomo, a la par de otros Padres de la Iglesia, con apasionadas palabras estableció un vínculo entre justicia social y Eucaristía: ¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre y no me dieron de comer”, y más adelante: “Siempre que dejaron de hacerlo a uno 6

de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejaron de hacer”. ¿De qué sirve adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo.” Compartiendo el pan y la mesa con pobres y pecadores, Jesús nos enseñó que el Reino de Dios es como comer juntos, sin divisiones ni separaciones sociales. Como mesa compartida en la que Dios perdona las culpas y nos permite volver a comenzar de nuevo, es el Reino. La alegría festiva de comer y beber juntos es para Jesús la mejor expresión del Reino que proclama. La mesa compartida, sin barreras ni divisiones sociales, se transforma entonces en su símbolo preferido para expresar la verdad del Reino. Su mesa abierta y generosa, su compartir del pan con los marginados, manifiesta cómo y quién es el Dios del Reino: un Dios que acoge y comparte y nos enseña a acoger y compartir. La mesa fraterna de Jesús tiene que proyectarse a toda nuestra sociedad, de manera que impulsados por ella, construyamos un mundo donde las oportunidades y los bienes indispensables para vivir dignamente, estén al alcance de todas las personas. Tan solo creando un mundo que se asemeje a esa gran mesa abierta y compartida de Jesús, realizaríamos el sentido de sus comidas, cuya culminación fue la última cena, en la que él anticipó la entrega definitiva de su vida. ¡Qué lejos estamos de realizar en nuestras misas ese profundo significado de la Eucaristía! Los propios obispos latinoamericanos, en los documentos de Santo Domingo, reconocen que nuestras celebraciones litúrgicas aún son, para muchos católicos, “algo ritualista y privado, que no los hace conscientes de la presencia transformadora de Cristo y de su Espíritu, ni se traduce en un compromiso solidario para la transformación del mundo” (n. 43). Es necesario por tanto promover “una liturgia viva, participativa y con proyección a la vida” (n. 145). La Eucaristía, sacramento del amor y la entrega de Jesucristo, debe por tanto encarnarse aún más en nuestras vidas. Celebrando y recibiendo la Eucaristía, toda comunidad cristiana tendría que sentirse llamada a ofrendar su vida, conjuntamente con la de Cristo, a través del amor y del servicio. La presencia real de Cristo en el sacramento, tendría entonces la finalidad de transformar a los propios creyentes en presencia real de Cristo en el mundo y en la historia: “Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular es miembro de Él” (1 Cor 12, 27). La Eucaristía se volvería así fuente de fraternidad y generaría verdaderas comunidades eucarísticas. Vincular signo y significado sacramental En la obra Otro Dios es posible encontramos valiosas intuiciones acerca de la Eucaristía, apuntando en la misma dirección que acabamos de señalar. Escriben los autores: “Y en la comunidad, cuando ese pan y ese vino se comparten, cuando todo se pone en común, Dios se hace presente” (p. 206). Concordamos con esa afirmación, pero el problema es que luego desligan el signo sacramental de su significado, negando con ello la presencia de Cristo en la Eucaristía, con el fin de exaltar -fruto y flor sin raíces- a la comunidad que ama y comparte: “El milagro no está en el pan y en el vino. El milagro está en la comunidad” (p. 204). “La sustancia que tiene que cambiar no es la del pan, sino la del corazón. Un corazón nuevo, capaz de amar, de compartir” (p. 206). “Tampoco puedes encerrar a Dios en un templo, ni en un pedazo de pan ni en una copa de vino..” (p. 206). 7

La Eucaristía jamás debe quedarse encerrada en el templo. Ahí coincidimos nuevamente. Sin embargo, pensamos que al reaccionar los autores contra una visión teológica estrecha de la Eucaristía, tal y como se cultivó en el catolicismo de la Contrarreforma (que tanto subrayó la presencia real, que llegó incluso a perder toda noción de comida fraterna y de comunidad eucarística), recaen ellos ahora en el extremo opuesto, oponiendo la comunidad solidaria y fraterna, al misterio eucarístico que la nutre y alimenta.

III. ¿Corregir las Sagradas Escrituras?
A la Palabra de Dios no le va mejor en estas entrevistas radiofónicas que al propio Jesucristo y el tal Jesús (su protagonista ficticio) alegremente la corrige o descarta según su conveniencia, como hemos visto ya en el caso de la Eucaristía, la Resurrección o la identidad mesiánica de Jesús. Según él habría que echar de una vez por todas “al arcón de la ropa vieja” (p. 188) la historia de Adán y Eva, porque es machista; los sabios del Talmud, en cambio, comentaban así ese mismo pasaje del Génesis: “La mujer salió de la costilla del hombre. No de los pies para ser pisoteada, ni de la cabeza para ser superior, sino del costado para ser igual; de debajo del brazo para ser protegida y al lado del corazón para ser amada”. El tal Jesús corrige los Evangelios y las Sagradas Escrituras A los propios evangelistas el tal Jesús presuntuosamente le corrige sus textos: si reportan que Jesús leyó el rollo de la Torá en la sinagoga de Nazaret o que escribió unas palabras con el dedo sobre la tierra frente a la mujer adúltera; ¡pues no!, absolutamente imposible, porque Jesús en realidad nunca aprendió a leer ni escribir y lo que escribió fueron palitos como los que escriben los presos en sus celdas (p.59). Se niega la evidencia, ofrecida por los evangelistas, respecto a que Jesús conocía bien a los Profetas, el Pentateuco y los Salmos, y que estaba imbuido de la gran tradición oral de su pueblo. ¿Argumento? “En la sinagoga nos enseñaban la Ley, pero la Ley está escrita en hebreo. Y nosotros hablábamos arameo” (p.58) –afirma el tal Jesús en el capítulo titulado ¿Jesús analfabeto?. Sin embargo, para entonces –según el rabino Stephen M. Wylen en su obra Los judíos en tiempos de Jesús- los maestros judíos llevaban ya cinco siglos explicando la Torá en arameo y existían incluso traducciones -que aún subsisten- de la Torá hebrea al arameo, los llamados targumín; existía además toda una rica y grande tradición oral en torno a ella. Los rabinos leían los textos bíblicos en las sinagogas sin limitarse a traducirlos al pie de la letra, sino que elaboraban sobre ellos comentándolos ampliamente en arameo. Esa fue la escuela donde se formó y educó Jesús. Otro erudito judío, David Flusser, a partir de un estudio detallado de las fuentes históricas, emite una opinión totalmente contraria a la de estos autores: “Jesús de ninguna manera era inculto. Él se sentía en casa tanto en las Sagradas Escrituras como en la tradición oral y podía operar libremente con esa enseñanza”. El tal Jesús, para citar otro ejemplo, absuelve alegremente a Judas, comentándole a Raquel, la periodista que lo entrevista: “Y te aseguro que su nombre también está escrito en el Libro de la Vida” (p. 266), sin parar mientes en que el Jesús de los Evangelios advirtió gravemente: “Ay

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de aquél por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido” (Mt 26, 24; cf. Jn 17, 12b). ¡Claro, sería anticuado y hasta de mal gusto ponderar la posibilidad del infierno! (El tal Jesús –a diferencia del propio Jesús- ya se puso a la moda y cómodamente se deja arrastrar por la corriente). ¿Cómo interpretar entonces las parábolas del juicio final en Mt 25, 31-46 y la del rico epulón en Lc 16, 19-31? ¿Habría que borrarlas de la Escritura? “El infierno es la mayor de las mentiras, no existe ni existió nunca” (p.143) expresa rotundamente el tal Jesús. ¡Tema que fácilmente genera malentendidos para ser abordado aquí a la ligera! Escuchemos únicamente lo que en contraposición a tan rotundo simplismo afirma el teólogo Hans Küng, a quien los autores de Otro Dios es posible mencionan. Él escribe: “Las afirmaciones del Nuevo Testamento acerca del infierno no quieren ofrecer informaciones que satisfagan la curiosidad y la fantasía sobre un más allá. Lo que quieren es inculcar para el más acá la seriedad incondicional de la exigencia divina y la urgencia de la conversión del hombre aquí y ahora: ¡en esta vida se decide todo! Quien no presta oídos a la seriedad de las advertencias bíblicas respecto a la posibilidad de un fracaso eterno, se juzga a sí mismo. Quien ante la posibilidad de semejante fracaso esté por hundirse en la desesperación, puede alentar su esperanza refiriendo a sí mismo las afirmaciones del Nuevo Testamento acerca de la omnímoda misericordia de Dios”. Nos llevaría demasiado lejos refutar otras fantasías que en esta obra se divulgan como basadas en la propia Biblia; sus autores frecuentemente presentan al público como hechos sólidos y seguros, hipótesis exegéticas altamente discutibles entre los especialistas. Valga tan sólo un último ejemplo de contradicción frontal entre el testimonio de la Sagrada Escritura y sus planteamientos acerca de Jesús. Ellos postulan la pecaminosidad de Jesús, partiendo únicamente de presunciones y sustentándola en un grave vacío de información histórica: “Yo también pequé, Raquel. Yo ofendí a Dios. A pesar de saber desde niño que esto pasaba (que lapidaban a las mujeres), a pesar de haber conocido de cerca esta crueldad, nunca hice nada por detenerla. Pero aquel día, ante aquella mujer, Dios me abrió los ojos” (p. 128). En verdad, una actitud como la de Jesús ante la mujer adúltera en Jn 8, 1-11 tan sólo se explica como reflejo de una opción fundamental que ha madurado a lo largo de toda una vida y ha sido nutrida con gestos, acciones y palabras que conducen a un talante misericordioso, lleno de amor y bondad. De ninguna manera estamos ante la improvisación de un instante, sino ante el gesto paradigmático que sintetiza toda una vida. Y si algo caracterizó a Jesús de Nazaret fue precisamente su absoluta consecuencia y coherencia de vida. “No había pecado ni hubo engaño en su boca” (1 Pe 2, 22); “probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hbr 4, 15), él fue “el santo e inocente” (Hch 3, 14). ¿Pedagogía o terapia de schock? Quienes hayan leído Otro Dios es posible o escuchado sus programas radiofónicos, a este punto quizás se extrañen que no incluyamos como contradicciones entre la Escritura y sus planteamientos, ciertas afirmaciones que ahí se hacen acerca del nacimiento y la infancia de Jesús. Nos referimos a los capítulos que abordan historias tales como las de los Reyes Magos, los pastores de Belén o la huída a Egipto.

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La exégesis bíblica ha demostrado que estos relatos no deben tomarse al pie de la letra; pues no se trata de reportajes históricos; son más bien proclamaciones de fe acerca de Jesús, elaborados sobre textos del Antiguo Testamento, para proclamar su identidad como Mesías. Los autores lo saben. Sin embargo, nos perturba su abordaje de cara a personas sin formación bíblica (“Entonces ...¿el evangelista mintió?...¿Y no se le pasó la mano al evangelista Lucas?” –p. 23. “Entonces, ¿nada maravilloso? ¿Ni estrella ni ángeles ni reyes?” –p. 29). Podemos aquí observar cómo se hacen añicos las representaciones religiosas populares. Afirmaciones como éstas hieren, desconciertan, agreden. El conocimiento teológico es utilizado con frecuencia en esta obra para sembrar confusión y provocar perplejidad. Los autores son pedagogos que ponen un chuzo eléctrico al radioescucha, sin contemplaciones ni paliativos. Sueltan con frecuencia andanadas como estas: “Si no hay pecado original, ¿de qué vino a redimirnos Jesucristo? Se cae la cruz del Calvario. Y si se cae la cruz, no hay tumba vacía. Si no hay pecado original, ¿para qué bautizarse? Se cae el bautismo y las misas” –p. 191. Abundan razonamientos irreverentes como éste en el libro. La Trinidad, para citar otro caso, es descartada de un solo plumazo, como “enredos humanos” en vez de misterios divinos (p. 200). ¿Qué queda ahí del testimonio de la Escritura acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo? “Consideramos –ha escrito Leonardo Boff- la concepción trinitaria de Dios revolucionaria para la sociedad, la Iglesia y la autocomprensión de la persona...La fe en la comunión trinitaria se puede convertir en una bandera de liberación integral y de principio promotor de los afanes de participación personal, social e histórica”. Una militante feminista que leyó el libro, no pudo menos de exclamar: “¿Entonces toda la catequesis que recibimos fue falsa? Para gente muy adulta y con formación, esto es violento. Si se tiene una fe muy fuerte, talvez se lo pasa. Si no: ¿cómo digerimos esto? ¿Cómo abordar estas cosas en una cultura marcada por la religión?” “Nuestro pueblo –expresó elocuentemente una destacada intelectual nicaragüense- es como un náufrago aferrado a un tablón, que son sus creencias religiosas; al escuchar los planteamientos de estos programas radiales, o lo suelta y se ahoga o se aferra aún más a él”. Opinamos que el abordaje de ciertos temas por estos programas radiales es tan absolutamente carente de todo tacto pastoral, que puede provocar un efecto boomerang y reforzar aún más el fundamentalismo en personas sin formación bíblica, que los escuchen sin acompañamiento pedagógico. Hoy por hoy estos programas se divulgan indiscriminadamente para todos los públicos en América Latina. En la recién fundada comunidad cristiana de Corinto a mediados del siglo primero surgió un problema pastoral que podría iluminarnos al respecto. Algunos cristianos, sabiendo que había un Dios creador y que no existían los ídolos, se atrevían a consumir carne de sacrificios idolátricos en las mesas de los templos paganos; otros, de conciencia más débil, se tambaleaban en su fe al imitar su ejemplo y consumirla, recayendo en los cultos paganos. ¿Qué hacer entonces? El apóstol Pablo se puso de parte de los de “conciencia débil” frente a los de “conciencia fuerte”: “Porque si alguien te ve a ti, que sabes como se debe obrar, sentado a la mesa en un templo pagano, ¿no se animará su conciencia débil a comer carne sacrificada a los ídolos? Y así, por tu conocimiento se pierde el débil, un hermano por quien Cristo murió. De ese modo, 10

pecando contra los hermanos e hiriendo su conciencia débil, pecan contra Cristo. En conclusión, si un alimento escandaliza a mi hermano, no comeré jamás carne, para no escandalizar a mi hermano” (1 Cor 8, 10-13). Aplicándolo a nuestro caso: si por alardear de nuestros conocimientos teológicos, atropellamos las conciencias de los más débiles, induciéndoles a la confusión y la perplejidad, pecamos contra Cristo. “Pero si lo que tú comes hace sufrir a tu hermano, ya no obras de acuerdo con el amor. No destruyas por lo que comes a uno por quien Cristo murió. No den lugar que se hable mal de la libertad que ustedes tienen” (Rm 14, 15-16). Pablo VI exhortó en la misma línea al reflexionar acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo, señalando oportunamente que, para comunicar el mensaje de Cristo, se requiere mucho amor: “El primer signo de ese amor es el respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona que se evangeliza. Respeto a su ritmo, que no se puede forzar demasiado. Respeto a su conciencia y a sus convicciones que no hay que atropellar...Cuidado de no herir a los demás, sobre todo si son débiles en su fe, con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbaciones o escándalos en los fieles, provocando una herida en sus almas...Hay que transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la Palabra de Dios y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada” (EN 79) .

IV. ¿Fundó Constantino la Iglesia Católica?
Dejemos ahora el campo de la Sagrada Escritura y pasemos al de la historia eclesiástica. Lejos de nosotros cualquier afán apologético ante hechos vergonzosos que haya vivido la Iglesia como la Inquisición. Nos doblegamos ante la verdad histórica. Reconocemos con humildad que nuestra Iglesia, en muchos momentos de su historia, ha traicionado y crucificado de nuevo a su Señor. Exigimos veracidad y rigor históricos Sin embargo, en este libro encontramos falacias y errores históricos que no resisten un escrutinio crítico. Examinemos algunos de ellos respecto al Concilio de Nicea (325 d.C), según los autores “el tristemente célebre concilio de Nicea” y “una abominación” (p.230); se nos dice que lo convocó el emperador Constantino y que “el obispo de Roma, que andaba peleado con él, ni siquiera fue invitado” (p. 229); sin embargo, a la vez se afirma que en ese mismo concilio “Constantino declaró que todas las iglesias que no obedecieran a Roma eran herejes” – p.230; se dice que ahí nació la Iglesia católica, fundada por Constantino (p.226), quien definió en persona el dogma de la Santísima Trinidad y la divinidad de Jesucristo (p.230); que ahí se impuso el celibato obligatorio a los sacerdotes (p.212) ¡y que incluso el Credo que rezamos hoy los católicos todos los domingos procede de Constantino! Textualmente leemos: “El Credo que todavía hoy rezan en las iglesias no lo inspiró el Espíritu Santo, lo formuló Constantino” (p.230). Luego se detallan los crímenes horrendos del emperador, para subrayar aún más la radical ilegitimidad de la Iglesia que supuestamente fundó. Examinemos un poquito a fondo estas afirmaciones. Primera contradicción inherente al argumento: ¿cómo es eso de que no quiso invitar al Papa porque andaba peleado con él y que, sin embargo, en el concilio el emperador fundó la Iglesia católica para someter a Roma todas las 11

demás sedes episcopales? ¿Suena esto lógico y convincente? Otra pregunta incisiva: ¿qué Iglesia representaban entonces esos 200 obispos que ahí se congregaron? ¿Eran o no eran católicos? ¿Y cómo es entonces que, por generación espontánea, de pronto surgirá aquí de la nada –por arte y magia de Constantino- la propia Iglesia católica? ¿No es esto absurdo? ¡Surgir de Constantino una Iglesia que ya en el siglo primero se había expandido por Asia Menor y Europa en virtud del sudor, las lágrimas, el testimonio y la predicación abrasadora del apóstol Pablo! ¡Una Iglesia que desde los tiempos de San Ireneo, a principios del siglo II, tenía en todas las provincias del imperio romano un mismo Credo, Escrituras Sagradas y ministerios comunes! ¡Una Iglesia cuya semilla fue la sangre de los mártires! La realidad es que el Papa sí fue invitado a Nicea y se hizo representar por dos presbíteros. La inmensa mayoría de los aproximadamente 200 obispos participantes procedía del Oriente. De Occidente tan sólo participaron, además de ambos delegados papales, el teólogo y obispo Osio de Córdoba –que presidió el Concilio- y el obispo Ceciliano de Cartago. Entre quienes asistieron había un buen número de confesores y mártires que se habían mantenido firmes ante los embates temibles de las persecuciones romanas: estaban ahí, por ejemplo, Pafnutio y Potamón de Egipto, ambos tuertos por Jesucristo; Pablo de Nueva Cesarea, cuyas manos paralizadas evocaban el hierro candente con que había sido martirizado; participaban pastores insignes, santos, anacoretas, teólogos...y, como contrapunto, también el heresiarca Arrio y sus escasos 17 adeptos. Sobre un trono situado en el centro de la asamblea presidía el concilio una copia de los cuatro Evangelios, elocuente señal de que era Jesucristo –por encima del emperador- quien verdaderamente presidía aquella asamblea. El Credo de Nicea expresa la fe de la Iglesia El Credo que proclamó Nicea es una síntesis de la catequesis cristiana primitiva transmitida a los fieles antes de recibir su bautismo y se basaba en las mismas Sagradas Escrituras; era asimismo expresión unánime de la fe de la Iglesia desde los tiempos apostólicos. Contra el arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, solemnemente se proclamó que Jesucristo era “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (en griego: homoousios) que el Padre”. Algunos historiadores afirman que Constantino apoyó la introducción de esta última y famosa fórmula doctrinal de Nicea. Sin embargo, también señalan otros que procedía de su consejero teológico Osio de Córdoba. “Según el testimonio de San Atanasio (que participó personalmente en Nicea, como presbítero asistente del Patriarca de Alejandría) la postura de Osio de Córdoba fue determinante para la introducción de ese término”, afirma el experto historiador de los concilios ecuménicos Klaus Schatz. De todas maneras, el mismo apóstol Pablo había ya proclamado hacia el año 57 d. C. (¡medio siglo antes de la composición del cuarto Evangelio, el Evangelio del Verbo encarnado!) que “Cristo es imagen de Dios” (2 Cor 4,4; cf. Fil 2,6) y la epístola a los Colosenses, alrededor del año 80, también confesaba: “En Cristo reside corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). Pueden verse también los testimonios concordantes de otros escritos del Nuevo Testamento tales como Hb 1, 3; Tit 2, 13 y 2 Pe 1, 1...Así que, con o sin Constantino, Nicea únicamente reafirmó la fe común de la Iglesia en la divinidad de Jesucristo. En cuanto a la cuestión del celibato, ciertamente hubo obispos que intentaron introducirlo en Nicea, pero tal propuesta fracasó ante la lúcida y autorizada oposición del confesor San Pafnutio. Pese a que solamente poseía un ojo (pues el otro le había sido arrancado por sus torturadores, 12

quienes no pudieron sin embargo arrancarle su fe), San Pafnutio tuvo mayor clarividencia que sus demás colegas y argumentó (¡ya entonces!) que no debía la Iglesia imponer un yugo tan pesado a sus sacerdotes, para no conducirles al libertinaje. El Concilio de Nicea por tanto conservó vigente la antigua costumbre de los sacerdotes casados, tal y como subsiste hasta el día de hoy en el Oriente cristiano y entre los sacerdotes católicos de rito oriental; el celibato obligatorio fue impuesto a todo el clero católico occidental hacia fines del siglo XI por el Papa y monje Gregorio VII. Para los Padres de Nicea la Iglesia romana apenas cubría el centro y sur de Italia. Precisamente el canon 6 del concilio establecía la jurisdicción territorial del obispo de Alejandría sobre Egipto, Libia y la Pentápolis, de forma análoga a la que ejercían los obispos de Roma y Antioquia en sus territorios. Por tanto, para los Padres de Nicea había tres Iglesias principales: Alejandría, Roma y Antioquia, sin sumisión mutua, pero en comunión y relación reciproca. ¿Qué queda, después de elucidar estos hechos, de las afirmaciones de los autores? Talvez únicamente un hecho real: que Constantino cooptó políticamente a la Iglesia y su prestigio, cubriéndola de honores mundanos, con lo cual decayó su fervor y su testimonio. Empero la historia es dialéctica y el Espíritu Santo orquestó un contundente contrapunto a la manipulación de Constantino (que necesitaba una nueva religión para unificar el imperio), inspirando un masivo movimiento de protesta al interior de la Iglesia. Miles de fieles se retiraron a las grutas de los desiertos, renunciando a todo, para testimoniar su entrega total al único absoluto necesario: Dios. Desde los desiertos de Egipto, Siria y Palestina, el movimiento monástico irradió su mística arrolladora hacia el resto de la Iglesia y alcanzaría, en el transcurso de los siglos, una fecundidad insospechada, inspirando el monacato occidental de San Benito –¡que refundó Europa!-, así como el fervor, la fe y el dinamismo apostólico de grandes Padres de la Iglesia como San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Jerónimo y otros más, que en los siglos IV y V llevarían al cristianismo un vigor inigualable. En los Concilios ecuménicos de Nicea y Calcedonia se definió a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre; tal confesión de fe constituye hasta el día de hoy el Credo común aceptado con reverencia unánime por católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos y calvinistas. Pero no por esta obra, que lo considera una abominación (p.199: “Raquel: Pero usted, Jesucristo, también es dios verdadero. Usted...usted es dios. Jesús: Detente, Raquel. Me horroriza lo que estás diciendo. Sólo Dios es Dios”). ¡Con horror los autores, por boca de su tal Jesús, rechazan la confesión de fe de la cristiandad!, que, con las palabras del apóstol Tomás, al unísono proclama ante el Señor resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28). Otras inconsistencias de este libro Podríamos continuar sometiendo a análisis crítico muchas otras inconsistencias de estos guiones radiales, pero ya es suficiente. Se trazan caricaturas de la Voluntad de Dios, del ministerio sacerdotal, de la vida religiosa, del bautismo, del culto cristiano, de la vida monástica y luego se procede a descartarlos de un plumazo. Otras veces se recurre a modelos teológicos ya superados por la mejor teología católica (por ejemplo en cuanto a la fundación de la Iglesia por Jesús, o a su institución de los siete sacramentos) y junto con el viejo modelo, se descarta la sustancia del asunto, que bien puede sustentarse sólidamente con una nueva teología.

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Irrespetando la cultura religiosa de nuestros pueblos latinoamericanos arremeten los autores contra las devociones y los dogmas marianos, sin hacer siquiera un esfuerzo intelectual por comprenderlos; ridiculizan, por ejemplo, la Asunción de María, concibiéndola como elevación física corporal hacia las nubes del cielo, quedándose atrapados en una imagen simbólica, sin vislumbrar siquiera que la sustancia del asunto es la participación de la Madre del Señor en la plenitud de su Resurrección; rechazan también la designación de María como Madre de Dios – presentada por ellos erróneamente como dogma de fe, cuando en realidad es doctrina católica no definida dogmáticamente- figurándose equivocadamente que significa Madre de Dios Creador, en vez de Redentor. La lista de imprecisiones históricas, exegéticas y teológicas podría aún ampliarse. Uno de los agravantes de estos programas radiales es que se presentan como una nueva catequesis actualizada y fundamentada en la más reciente y esclarecida teología. Si bien el libro contiene aciertos, tal y como reconocimos al principio, y hay en él capítulos interesantes e incluso provechosos, su tono y contenido fundamentalmente son panfletarios. A muchas cosas se les juzga desde su abuso (que debemos criticar y corregir), mas sin lanzarlas por la borda, ya que el hecho que se abuse de ellas no les quita para nada su valor intrínseco. Abusar de la confesión es un error, pero una buena confesión puede dar un vuelco radical a la vida de un creyente y reorientarla hacia el Reino de Dios. El bautismo no se recibe únicamente para aprender a compartir y disponerse a luchar por la justicia –ambos valores esenciales, que también realizan muchos judíos, budistas, hindúes, musulmanes, agnósticos o ateos- sino para realizar eso mismo y otros valores más, desde la fe y la participación en Jesucristo. “Lo único que Dios nos pide es amor y compasión con nuestros semejantes. Todo se reduce a eso”, afirman los autores (p. 246). ¡No! Dios también nos pide amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con toda nuestras fuerzas (Dt 6, 4-5; Mc 12, 29-30). Ambos amores son inseparables: el amor a Dios y el amor al prójimo. Y la raíz que nutre nuestro amor al prójimo es el amor a Dios –de ahí la necesidad de la Iglesia, los sacramentos, la Palabra de Dios, la oración y la vida cristiana. Jamás olvidemos que en el Evangelio de Lucas, a la parábola del Buen Samaritano le sigue la escena de María de Betania a los pies de Jesús, absorta escuchando su Palabra (Lc 10, 2542). Para el cristiano, la práctica de la misericordia y el encuentro con Jesucristo son complementarios y se refuerzan mutuamente. No sólo la justicia; la fe también es un valor esencial. “Le preguntaron a Jesús: ¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios? Jesús les contestó: La obra de Dios consiste en que ustedes crean en aquél que Él envió”. (Jn 6, 28-29). “Está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 15). Sí, ciertamente: nuestro países no cambiarán si antes no cambian las falsas imágenes de Dios. Otra imagen de Dios es posible: la de un Dios que nutra la ternura, el amor y la misericordia; la de un Dios que aliente la equidad de género, el cuido de la Creación, la bondad y la justicia; la de un Dios de rostro materno. A ese Dios, sin embargo, no necesitamos ir a buscarlo lejos, ni mucho menos inventárnoslo nosotros mismos a nuestra imagen y semejanza. Descubrimos su Rostro en Jesús de Nazaret, el Mesías de Dios.

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