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El francotirador

Marcelo Gil

Gordo y altísimo, cara de nene y mirada laser.
¿Cuál es la diferencia entre el brillo devuelto por una piedrita de mica y el de una
piedra preciosa?
Era un juego macabro que costaba imaginárselo cuando lo contaba.
Todo el cabello era fino y lacio, castaño oscuro y cuando estaba en actitud
investigativa solo dejaba ver su pequeña nariz triangular y las mejillas suaves,
redondeadas.
El departamento tenía ventanas en lados contrarios. Pasó de la que estaba
cómodamente sentado a la de servicio que además de incómoda lo obligaba a
arrodillarse en la cama de hierro para poder ver.
Tal vez era valiosísima, pero como hay muchas… o tal vez sea única y pocos se dan
cuenta.
Los elásticos de chapa de hierro sufrieron su peso, que él acomodó
displicentemente; transpiraba un cristalino sudor, un perfume fresco salía de su
cuerpo pletórico de grasa. Su figura eran líneas expandidas, círculos cada vez más
grandes que se partían en arcos abiertos.
El verano tenía la extensión de una era.
Su mano era el aumento afiebrado de una mano común.
Puedo imaginar que soy rico por tenerla, es más puedo creerlo, porque soy un niño.
Su delirio solo era superado por su crueldad.
Puedo creérmela y gozar hasta que sea como ellos, un grande, un niño echado a
perder. Puede ser este el mejor día de mi vida.
La respiración entrecortada, los ojos demasiados abiertos y un gesto cada vez más
marcado de un aparente dolor, anticipaban la descarga. Lamentablemente este era
el mejor día de su vida.