Ilustrísimo Señor Vicedecano.

Señores profesores.
Queridos padres, familiares y amigos de los seres humanos que
hoy se gradúan.
Hola mamá, hola papá,
Hola, queridos seres humanos que hoy se gradúan.
Esto se avisa.
Si llego a saber que dos años después de ser el padrino de esta
misma cosa, ibais a cometer la insensatez de volver a llamarme,
pues hombre, lo mismo me guardo alguna cosa para el siguiente
discurso: que si una anécdota, que si una frase inspiradora, que si
un chistecito; pero no, nadie me dijo nada de que algo así podría
volver a ocurrir; para mí esto era cosa de una vez en la vida, como
ganar el Premio Nobel o meter el USB a la primera, con lo cual tuve
a bien subirme aquí y vaciarme hasta la lágrima.
Aún así, estoy infinitamente agradecido por esta simpática mezcla
de generosidad y sadismo que supone haber sido elegido por
delante de Toni Segarra y por detrás de una inanimada barra de
carbono.
De acuerdo, ¿y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Qué os cuento que ya no
sepáis del discurso de la otra vez? Un momento: ¡la otra vez no
estabais! Pues ya está, ya lo tengo; os leeré el discurso del 2014.
La vida no ha cambiado tanto desde entonces. Cierto es que aún no
había salido la Salchipapa, pero con esa salvedad se podría decir lo
que cantó en su día Julio Iglesias: la vida sigue igual.
Pero eso no quiere decir que el tiempo no pase.
Sin ir más lejos este año se cumplen 15 desde que decidí probar a
ver qué pasaba si en vez de tirarme un verano de eterno botellón en
Matalascañas (Huelva), me quedaba en Madrid mendigando un
hueco en alguna agencia para echar el mes. Así fue y, cosas del
destino, aquel agosto de 2001 se ha ido alargando indefinidamente.
15 años. Suena bien. Hace ilusión, da miedo e incluso un poco de
vértigo, pero uno que descubres cuando, en lugar de hacia abajo,
miras hacia atrás. Y esto es lo que voy a hacer hoy aquí: os voy a
contar 15 cosas de estos 15 años. Esto no son verdades, ni
grandes reflexiones sobre la profesión, sino pequeñeces que he ido
aprendiendo a lo largo de este tiempo y que me han ayudado a no

acabar entrando en Wallapop a comprar un lanzallamas y prenderle
fuego a la agencia. O dicho de otro modo, que me han ayudado a
ser feliz. No quiero hacer spoiler, pero al final de eso va la cosa.
Sin orden alguno de importancia, allá voy:
Número 1. Hay que ser un poco idiota. O mucho. Da miedo, pero
da risa. Si eres idiota te juzgan, te señalan, hablan de ti a tus
espaldas, te hacen unfollow. Y lo peor de todo, te llaman idiota pero,
¿sabes qué? Quizás la palabra correcta no sea idiota, sino valiente.
Número 2. Nos guste o no, lo que piense la gente nos importa.
Acéptalo, el fútbol es así, pero nunca dejes que eso te impida
empezar algo. Permíteme que te cuente una historia bastante
estúpida: recuerdo una vez en Mallorca, creo que hace un par de
años, en una cala en la que no quedaba un centímetro de arena sin
toalla, una chica desconocida se encontraba justo a mi lado. Al cabo
de un buen rato sacó el móvil y se hizo un selfie.
Luego otro.
Otro más.
Otro.
Y otro.
Estuvo un total de 35 MINUTOS sacándose fotos. Primero ella
misma, luego se las pidió en la orilla a desconocidos a los cuales
obligaba a repetirlas… En todas partes. Cuando terminó el show,
recogió sus cosas y se fue. Durante los primeros momentos, el
bochorno ajeno que generaba aquello no andaba lejos de la arcada
pero más tarde me di cuenta de la realidad: me encontraba ante
una verdadera diosa de la que todos deberíamos aprender. En
serio. Para esa chica no había nadie más en la playa, sólo ella. El
resto éramos, éramos… no éramos.
Esa chica, sí, daba bastante grima. Pero había algo en su forma de
quererse que también me provocaba cierta envidia.
Número 3. Envidia. Siente envidia. No envidia sana porque eso no
existe, sino de esa que jode. (Oye, si Risto puede, yo también) Y
para sentir envidia necesitas primero alguien a quien envidiar. Y
cuando encuentres a quién envidiar, te darás cuenta de que quieres
parecerte a esa persona. La primera vez que pisé una agencia
acababa de cumplir 22 años y para mí oír 30 era lo mismo que
pensar en artritis, impotencia, colesterol y paseos por el campo.
Una vez empecé a conocer creativos treintañeros me di cuenta de

que realmente eran más jóvenes que yo. Hacían las mismas cosas
que a mí me gustaban, pero con más dinero y más chicas. Maldita
sea, esa gente sabía lo que hacía. Conclusión: ¿los 30 son así?
Vamos a por los 30.
Pero antes de eso yo ya tenía alguien a quien quería parecerme. No
cuando cumpliera 30, sino siempre. ¿Quién? Quien va a ser, mi
padre, por supuesto. Yo quería que la gente me quisiera como le
querían a él. Recuerdo de pequeño ir a verle a su trabajo en el
aeropuerto y ver cómo cada veinte pasos se cruzaba con alguien de
allí que le saludaba sonriendo y él siempre les respondía con
alguna broma, poniendo cara de conejo o cualquier otra estupidez
con la que, sin darme cuenta, aprendí que la vida sólo tiene sentido
vivirla con alegría y que el sentido de la alegría sin duda es
contagiarla. Hola papá, yo de mayor quiero ser como tú. Mamá, lo
siento, a ti te tocó ya en el discurso de la otra vez.
Número 4. Esto me vale igual tanto si quieres ser creativo, cuentas,
planner, ebanista o charcutero. No pienses en el talento. No te
repitas “yo no valgo” porque no lo sabes. ¿Sabes para qué no
vales? Para madrugar, y lo haces todos los días. Para conseguir un
trabajo, que supongo que es la cosa que más tendrás ahora en la
cabeza, hace falta paciencia y madurez, no talento. Paciencia para
insistir y madurez para no venirte abajo cada vez que te lleves una
colleja. Porque, créeme, te esperan collejas de todos los sabores.
Ánimo.
Número 5. No huyas de los problemas. En un rodaje lo que no
queda bien malamente vas a poder cambiarlo en postproducción,
pero como esto te queda poco inmediato, lo diré de otro modo más
cercano: viajar a otros países a fregar platos y aprender idiomas es
estupendo. En cambio, vete a Londres a encontrarte a ti mismo y a
tu vuelta, tendrás todas tus frustraciones esperándote en el
aeropuerto con un cartelito de Welcome home.
Número 6. O piensas o haces. Pero intenta que ambas cosas no
sucedan al mismo tiempo. ¿Sabes qué pasa cuando piensas y
haces a la vez? Que te arrepientes. Mejor hacer, equivocarse, pedir
perdón si toca y después aquí no ha pasado nada. Porque ¿sabes
una cosa? Nunca pasa nada.

Número 7. Huye de los desmotivados. Cualquier listo de mediopelo
te puede convencer de que la carrera no vale para nada, de que
Linkedin no vale para nada, de que hay gente que manda mil mails
y le responden dos, que sólo lo consigues si conoces gente, que te
dediques a otra cosa ahora que aún estás a tiempo. Esto es al
principio. Luego oirás que en todas la agencias pagan mal, que se
trabaja mucho o que el que manda es un cretino. Sabes bien de qué
tipo de persona estoy hablando. No discutas con ellos porque la
física dice que ni la luz consigue salir de un agujero negro.
Número 8. No te conformes. Si tu trabajo no te hace feliz, te
cambias. Si tus compañeros de piso son unos cerdos, te mudas. Si
tu pareja te da una hora de felicidad por cada 10 días de pesadilla,
te bajas Tinder.
Número 9. Se agradecido. ¿Es tu trabajo el que no te hace feliz o
eres tú el que no sabe apreciarlo? Tus compañeros de piso serán
unos cerdos, ¿pero merece la pena eso a cambio de juntaros cada
semana a ver Juego de Tronos? Y sí, si tu pareja te da una hora de
felicidad por cada 10 días de pesadilla, te bajas Tinder.
Número 10. Nunca, nunca le preguntes a una señora si está
embarazada.
Número 11. No hay peor defecto que la falta de fuerza de voluntad,
porque lo único que hace falta para enfrentarse a cualquier cosa, es
fuerza de voluntad. Empezando por superar los defectos.
Número 12. Siempre es tarde para empezar algo. Siempre.
Realmente no es que lo sea, simplemente, lo vamos a pensar o nos
lo va a decir alguien. ¿Sabes a qué edad me puse yo a pinchar en
garitos los fines de semana? A los 36. Te doy mi palabra de que me
sentí muy ridículo haciendo algo así a esas alturas. Definitivamente
hubiera estado mejor haberlo empezado antes, pero es que ya no
hay antes. Hay ahora o luego y luego siempre es más tarde que
ahora con lo cual, peor todavía.

Número 13. Sé tú mismo. A no ser que seas un asco de persona,
en ese caso, no seas tú mismo o nadie querrá trabajar contigo. Pero
¿sabes el problema? Todos a veces somos un poco asco de
persona. Un poco bordes, un poco blandos, un poco bocazas, un

poco engreídos, un poco más sensibles de la cuenta, un poco más
despistados. Sé tú mismo, pero mejor.
Número 14. Esto se refiere a algo que me encantaría saber
controlar, pero estoy en ello. ¿Si pudierais hacer que una de
vuestras cualidades fuera un 50% mayor de la noche a la mañana,
cuál elegiríais? La mía sería la capacidad de concentración. Saber
controlar la ansiedad, la fascinación por lo que no tienes delante.
Creo que en las 8 líneas que ocupa este párrafo he tenido tres
interrupciones diferentes y eso no está mal, siempre va a ser así.
Simplemente, ojalá fuera capaz de ignorarlas.
Y al fin, número 15. Esto lo aprendí de una amiga que a su vez se
lo oyó a Aubrey Plaza, actriz y cómica americana que decía que, en
caso de duda, cuando la vida te presente dos opciones, elige la que
te vaya a dar una mejor historia para contar.
No tener nada para contar, eso es terrible. Es como cuando me
escribisteis para ser vuestro padrino. ¿Que si quiero? No me
perdería pasar por este maravilloso calvario de nervios y emoción
por nada del mundo.
De hecho, llegados a este punto es divertido ponerme a imaginar
con quién de vosotros me cruzaré en el futuro. La otra vez lo dije: “A
muchos os veré dentro de un tiempo en festivales de publicidad y
me recordaréis todas las chorradas que dije en vuestra graduación.”
Dentro de un tiempo resultó ser en el siguiente festival, y ahí
estaban Andrés, Alba, Pomatta o Rosa, que no me recordaron nada
de la graduación porque ya se habían convertido en compañeros de
profesión y aunque ahora os resulte difícil de creer, porque
probablemente la universidad ya les quedaba un poco lejos.
Y eso está bien. Ahora respirad despacio y llenad vuestros días de
vida, como si dentro de 15 años os fueran a llamar para mirar atrás
y contar qué habéis sacado en claro de este viaje.

Decía Max Aub que No existe el tiempo, solo los párpados cerrados
y abiertos. Pues bien, abrid bien los ojos. El mundo os está
esperando ahí fuera.
Y ahora, como después de que diga “muchas gracias” sé de la otra
vez que vais a aplaudir, quiero que lo hagáis por vosotros, que sois
muy grandes y, si me hacéis el favor, también por las croquetas de
mi tía May, que las voy a echar de menos toda la vida.
Sed inolvidables. Muchas gracias.