Los Maravillosos Cuentos de la Campiña

Luis D. Milanés Mondaca

Luis Milanés

Chile Arica, Mayo de 2009

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Los Maravillosos Cuentos de la Campiña

Luis D. Milanés Mondaca

LOS MARAVILLOSOS CUENTOS DE LA CAMPIÑA
Registro de Propiedad Intelectual RPI: 181495 25 de Junio de 2009 Santiago de Chile

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LOS MARAVILLOSOS CUENTOS DE LA CAMPIÑA

Dedicados, con el mismo eterno amor que le tengo a mis hijos, a mi amado primogenieto Adriel.

Su Tatita

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INVENTARIO

La golosa Serpiente de campo La Taruka insatisfecha El Sapo y el Grillo vanidoso La dulce y generosa Pichaca Sofanor el Sapo cantor El bochornoso episodio de la intrépida Águila La reina del pantano El Gallito fanfarrón El Sapito confiado y la astuta Culebra Mirrimiáu, un gatito inexperto El Búho presuntuoso y el Sapo avispado El pequeño Saltamontes y el Sapo engreído La Zorra obsesionada y la Gallina clueca Ocurrencias del Zorrino y sus amigotes El Caracol de Tierra y el Caracol de Mar El pequeño y obstinado Ratón de Campo El abrupto aprendizaje de Chivito mañoso El Checheu y las encantadoras hojas doradas del eucalipto

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GÉNESIS
Estos cuentos nacieron en el año 2008 estando comisionado al servicio educativo en la escuela del pueblo de Cobija. La diaria contemplación matutina de la campiña, de esta hermosa y bondadosa comarca de la comuna de Camarones, me trasladaba al observar el comportamiento de los animalitos silvestres, en su libre deambular cotidiano, a imaginar claras y maravillosas escenas entre ellos; hermosos y genuinos seres que componen la biodiversidad del entorno entre cerros, río y floresta. Por la mañana, muy temprano, salía a buscar los Maravillosos Cuentos de la Campiña y, a gusto, se desbordaban en mi imaginación, entre correrías, vuelos, brisas y trinares multitudes de historias vivas en el ambiente natural, de las cuales he seleccionado dieciocho de ellas para el disfrute del lector. Espero sea agradable para quien desee entrometerse entre estos renglones que traerán diálogos y aventuras a sus mentes. Disfruten de estos cuentos maravillosos cada vez que puedan, y compártanlo con sus pequeños de la familia. Un abrazo afectuoso

El autor

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LA GOLOSA SERPIENTE DE CAMPO Imponente, sigilosa, arrastrándose entre las hierbas y arbustos silvestres, cerca del río, deambula la astuta Serpiente de Campo. En su caminar ha invadido varios nidos de kiula dando rienda suelta a su voraz apetito mañanero. También, durante su cacería, han caído en sus feroces fauces un par de sapos distraídos, que sobre una fría piedra tomaban los cálidos rayos del sol. -He tenido mucho éxito esta mañana – pensaba para sí la golosa rastrera – Ahora, me tenderé cerca de mi cueva a reposar. El rastrero ondular de la Serpiente era lento debido a que su vientre aun estaba en pleno proceso digestivo. Más adelante, a escasa distancia de nuestra amiga Serpiente, en un pequeño claro del campo, un gordo, reluciente y bien alimentado lagarto tomaba, como todo el mundo, los cálidos y afectuosos cariños del rey sol. La Serpiente, al darse cuenta de la apetitosa presa que el destino le ofrecía en esos instantes, se le hizo agua la boca de puro gusto, y hirvió en deseos de atrapar a tan atrevido lagarto que desafiaba su apetito insaciable. Un solo problema se presentaba, el bocadillo estaba muy a descubierto, y era peligroso arriesgarse para atraparlo. Sin embargo la reptil se decidió a cazarlo de una vez.

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- Mmmmm, no hay nada por furtivamente hacia su derecha.

aquí…-

y

miró

Luego se dispuso a cubrir su otro lado. - ¡Qué bien!- exclamó- tampoco nada hacia mi izquierda. Y ya ansiosa de poder atrapar al lagarto gordote, con un movimiento ligero, miró hacia el cielo. - ¡Excelente!- haciendo un efímero movimiento de cabeza- nadie por arriba. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, rauda se lanzó en tan magna proeza culinaria. Pero quiso el destino que una fornida águila que planeaba por el limpio y azul cielo cordillerano notara el desplazamiento de la Culebra; y antes que la larguirucha rastrera se diera cuenta, se encontraba oprimida entre las poderosas garras de la majestuosa ave de rapiña. El Lagarto ni siquiera se enteró del hecho, y sin más preocupación siguió tomando su saludable y acostumbrado baño de sol.

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LA TARUKA INSATISFECHA La Taruka como es su costumbre, por las mañanas, caminaba por las laderas de la cordillera buscando tiernos y frágiles pastos para tomar su desayuno. Al encontrarlos se dispuso a comerlos en abundancia, como solía hacerlo cada vez que los localizaba en los extensos bofedales altiplánicos. Luego de comer, pensó en ir a beber, como siempre lo hacía. Prontamente encontró un arroyuelo; cuando se dispuso a beber observó que se perfilaba en las frescas aguas su grácil figura, y sobre ella unos hermosos cuernos, propios de su género. Se sintió muy honrada de pertenecer a su especie, pues, ningún otro animal tenía sus imponentes cuernos que la hacían ver más hermosa, más elegante. Pero se dio cuenta que las aguas también reflejaban sus patas. -Que escuálidas son mis patas. Tan feas, tan débiles. ¡Ah, si fueran imponentes como mis cuernos…! En esos pensamientos estaba la Taruka que no se dio cuenta que un gran Puma, sigiloso, ya se había acercado bastante a ella. La pobre Taruka echó a correr a la máxima velocidad que le daban sus patitas, y viendo un bosque de queñoas quiso entrar allí para desprenderse de la persecución del Puma; pero apenas entrando en él, sus hermosos cuernos quedaron enredados en las ramas del queñoal.

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- Ay de mí – se quejó la Taruka - y pensar que mis debiluchas patitas estuvieron a punto de salvarme, sin embargo, éstos, mis cuernos, de quienes me sentía tan orgullosa, me han apresado, y han sido la causa de esta gran desgracia.”

EL SAPO Y EL GRILLO VANIDOSO El Sapo asoleaba su cuerpo sobre un grueso tronco que flotaba a orillas de un charco. Atardecía ya, y el Sapo a ratos abría sus grandes ojos y croaba. - ¡Croac! ¡Croac! Luego, tranquilo se quedaba recibiendo los cálidos rayos de un sol que ya se dormía. En eso, de un gran salto sobre el mismo tronco, se posó un Grillo que al instante comenzó a chirriar: - ¡Cri-cri-cri-cri-criiiiiiiiii! El Sapo lo miró furtivo, sin siquiera interesarse en él, y croó fuerte. - ¡Crooooooac! – Y cerró nuevamente sus grandes ojos. El grillo un tanto vanidoso dijo al Sapo:

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- Oye, tú, Sapo, tan feo que eres. ¿Por qué cantas si sabes que lo haces muy mal? En tanto que tu canto asusta y produce enfado el mío agrada y es entonado. Con mi canto se duermen por las noches los pequeños, y sus padres alaban mis melodías en los campos… ¿Y tú Sapo grande, feo y malentonado, por qué no te callas mejor…? El Sapo paciente lo escuchaba. Atinó a abrir sus grandes ojos para croar nuevamente. - ¿Me escuchas, Sapo feo?
-

¡Sí! – respondió el Sapo, y estirando su lengua al Grillo engulló.

LA DULCE Y GENEROSA PICHACA En la verdura silvestre de los nortinos valles de nuestra andina cordillera suele encontrarse, diseminada entre las rocas, una gran variedad de cactáceas. Muchas de ellas dan a la vista hermosas y relucientes flores de variados colores las que, al final de cuentas, tras envejecer se tornan en frutos silvestres apetitosos para la fauna del lugar, especialmente para las avecillas que hurgan con sus filosos picos por entre las espinas. El Ayrampo es un cactáceo que da un fruto especial cuya semilla es muy agradable a los pichunchos; la rumba es otro fruto nacido de la imponente Sabaya, éstos son el alimento predilecto de los chiguancos; los rastreros
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Piscayos dan un fruto agridulce llamado maxa que son bocadillo de las cucules y de algunos ratones de campo. Pero existe un cactáceo llamado Pichaca que es el favorito de toda avecilla del campo. La Pichaca en el extremo de su ramaje prende de dos a cuatro botones que a corto tiempo se transforman en vistosas flores de color rojo, las cuales, en el centro de su cáliz, guardan una buena porción de dulce sabia, parecida a la miel. Cuenta el ulular del viento andino que en una tarde un joven Huanaco escuchaba la invitación que un Picaflor hacía a un Puco-puco para que viniera a deleitarse con la rica miel de la flor de la Pichaca; que viniera, que vinieran todos, que había mucha miel por allí. Al poco rato ya no eran dos avecillas, sino que al llamado acudieron los Chiguancos, los Pichunchos, las Cucules, los Comesebos, y otros más que escapan a la lista. Intrigado el joven Huanaco quiso conocer la razón de tanta algarabía, así que a trote taconeado acudió al lugar, y estando allí pateó, correteó y mugió hasta espantar a los comensales. Habiendo quedado solo frente a la Pichaca, murmuró: - Estas flores deben ser muy exquisitas para tener tan magna concurrencia a su alrededor. Así que sin pensarlo dos veces hundió su esponjoso hocico para arrancar de cuajo la bella flor, más al instante decenas de espinas clavaron sus belfos y paladar. Tal era
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el molestoso dolor que arrancó, a más no poder por la ladera del cerro, lo más lejos de la malvada Pichaca. Las avecillas retornaron nuevamente al lugar, para continuar con su banquete, pues quedaban aún cientos de flores de las pichacas que bordaban un paisaje perfecto y colorido. El Huanaco relató lo sucedido a su familia; y desde ese entonces, ya nunca ningún huanaco se acerca a alguna pichaca; aunque, al mirar de lejos el escenario, ven a muchos pajarillos hurgando las bellas y apetitosas flores de la generosa Pichaca, diseminadas en la ladera de los cerros.

SOFANOR EL SAPO CANTOR Transcurría apacible la vida de los sapos aquel día en el charco del río. Rodeados de totorales y plantas silvestres, unos sobre vetustos troncos de queñoas tirados a orillas del charco, y otros tantos sobre cálidas rocas, protegidos de esa manera de los depredadores, se calentaban con los tibios rayos del sol de mediodía. En un rincón, debajo de una colonia de arbustos llamados “Cola de Caballo”, se encontraba Sofanor, un sapo inquieto, que hallaba muy aburrido el transcurrir del día en la ciénega. Así que a grandes voces, como siempre lo hiciera, llamó la atención de la colonia anfibia

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presente y quiso influir en ellos la idea de generar un “Gran Festival de la Canción Sapina”. - Eh, muchachos. No tenemos que ser aburridos. ¡Divirtámonos un poco cantando! tan

Los sapos circundantes miraron con asombro a Sofanor, y se preguntaban para qué buscar otra diversión si ya lo estaban pasando fenomenal abrigándose con el caluroso sol. Sofanor insistió en su idea. - Así como todos cantamos por la noche, veamos quién lo hace más fuerte, melodioso y entonado. ¡Ya muchachos, afinemos nuestros croaaaaacs! - Estás loco Sofanor – interrumpió Sapotata, el más longevo y sabio de la colonia de sapos del charco – a esta hora uno de nuestros croacs sería un verdadero aviso para Sissi la Serpiente. Y tú ya sabes qué pasa cuando Sissi se asoma… ¡No deja a nadie parado! - No seas temeroso Sapotata. Sissi a esta hora debe estar robando huevos de los nidos de las gallaretas… ¡Bueno, yo empezaré! Y Sofanor comenzó a solfear sus croacs con el afán de ser el cantor más melódico y entonado del pantanal. - ¡Crooooaaaacs! ¡Croaaaaaaacs! ¡Croac! De repente, a sus espaldas, apareció Sissi la Serpiente, que había despertado de su acostumbrada
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siesta, atraída por la bulla de la discusión; abrió lentamente su gran hocico para tragarse al sapo gritón. Mientras la comunidad sapina empezó a croar insistentemente con el fin de avisar a Sofanor de la presencia de la serpiente, pero éste creía que sus amigos habían comenzado a practicar su canto también. - Eso es, eso es. Afinen sus voces, que ya va a comenzar el “Gran Festival de la Canción Sapina”. En ese justo momento Sissi atrapó al pobre sapito Sofanor, el cual seguía croando en el vientre de la rastrera, a la que no le agradaba el festivo cantar de los sapos.

EL BOCHORNOSO EPISODIO DE LA INTREPIDA AGUILA Observaban desde un alto picacho el Cóndor y el Águila a una tropa de corderos que pacían allá abajo entre unos surtidos bofedales. Nunca ambos habían participado juntos de tan apetitoso espectáculo; fue en ese momento que al Cóndor se le ocurrió ir por una borreguita, para luego compartirla con su singular amigo. -No te muevas de aquí, y observa como me apodero de una presa tan grande como la Luna. Con estas poderosas garras atraparé a la borrega y luego emprenderé un

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magnífico vuelo de regreso. ¡Ya vuelvo! En tanto afila tu pico -instruyó el Cóndor. -¡Alto amigo, me ofendes con tu propuesta! ¡Yo seré el que irá por la presa y tú esperarás! También sé cazar, y quizás mejor que tú -contradijo el Águila. El Cóndor admirado reprochó: -Pero si tú lo más grande que puedes cazar son esas estúpidas gallinas de corral. Para cazar corderos se debe ser fuerte y valiente como yo. El Águila, abofeteada en su orgullo, desafió al Cóndor a quién de ellos era capaz de traer la presa más grande de la tropa. El Cóndor observó, calculó y ¡¡zaaaassss!!, en un tiempo nunca antes superado estaba de regreso con una gorda borrega. El Águila despectiva se preparó y, antes de lanzarse al vacío tras la presa, dijo: -Traeré la más grande; al toro de la tropa - y se dejó caer en vertiginosa picada. Planeó la pequeña ave de rapiña en el aire lo más bello que pudo y tras un tiempo de acrobacias se lanzó contra el cordero padrón; abrió sus garras y ¡¡schuuuafft!! Las

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enterró firmes en el lanudo lomo del animal. Quiso emprender el retorno al instante, pero sus patitas estaban tan aferradas a la lana, que sin darse cuenta había quedado atrapada. Y gracias a los palos y las pedradas que recibió por parte de los pastores que cuidaban el rebaño pudo zafarse y al fin volar. Todo machucado y alicaído, eludiendo todo contacto con el Cóndor, fue a sanar de sus heridas lejos, muy lejos de allí, donde nadie jamás pudiera recordarle el bochornoso episodio.

LA REINA DEL PANTANO Existía un verdadero ajetreo en el fangal, cercana al río, ya que iba a darse inicio al “Festival Reina del Cenagal por un Día”. Este festival era muy importante, ya que los insectos tienen un promedio de vida de aproximadamente una semana; que alguno llegara a ser reina de belleza tan sólo por un día era un inmenso halago que duraría por todo el resto de su diminuta existencia. Los insectos, prácticamente venían en bandadas al evento, y traían al mejor exponente de su especie para que los representara en el lance. De pronto se presentó, como anfitriona y conductora del certamen, la buenamoza Catita de Siete Puntos.

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- Queridas amigas y amigos, les doy la bienvenida a todos los insectos presentes a esta nueva versión de la fiesta de belleza “Festival Reina del Cenagal por un Día”. Todos gritaron, chillaron, zumbaron, aletearon o hicieron lo que podían para manifestar su alegría; incluyendo a las orugas, caracoles, palotes, chanchitos y arañas que estaban observándolo todo desde las piedras y troncos de los arbustos. - Bueno, aquí están las participantes. Primeramente presentamos ante la concurrencia la belleza de Libélula, con su bien estilizado abdomen, de características agresivas. ¡Un aplauso! Y la Libélula con un par de aleteos dio una gran vuelta por el pantano. Los gritos y zumbidos eran incontrolables por parte de sus admiradores. - Ahora, les presento a la extraordinaria y esbelta Nina-Nina, con su tórax completamente de color rojo, sus largas y torneadas patas, dejando ver su pronunciado aguijón que sobresale de su bien lucido abdomen. Otros tantos aplausos una vez que la peligrosa NinaNina revoloteara por el escenario natural del pequeño barrizal. Desde un rincón, no muy lejano al evento, sostenida en una simétrica y bien construida telaraña, justamente estaba la octópoda observándolo todo.
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- Cómo me gustaría tenerlas a todas atrapadas en mi telaraña. ¡Sí, están muy guapísimas y…apetecibles! - Ahora, presentaremos al fiero Zancudo, con sus alargadas, suaves y frágiles patas; pero con sus hermosísimas alas zumbadoras. Y así, una a una fueron presentadas, por la Catita de Siete Puntos, todas las representantes de las especies en competencia: - La Polilla; menuda, de gracioso aletear y desplazamiento. Destaca el pardo color de su cuerpecito – Enunciaba la alegre Catita de Siete Puntos. - El Mosquito de Charco, pequeño, agresivo, insinuante, y de zumbar melodioso – Y al escuchar este nombre sus adherentes aplaudían a rabiar. - La Mariposa Monarca… – Formulaba con voz anfitriona la bella Catita de Siete Puntos -…de rojas alas con rayado negro las que simulan una tiara en cada una de sus transparentes alas. - La Avispa, con su cintura muy ajustada y sus patas largas. – Apuntaba con una de sus patitas la Catita animadora del festival - Luce su abdomen con anillos amarillos y negros, del cual sobresale su mortal aguijón. - Y por último La Mariposa Pavo Real, de variados colores. En cada una de sus alas tiene dibujos que
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semejan la forma de las plumas de la cola del pavo real. De esa manera fueron todas recibiendo los aplausos; hasta que la Catita de Siete Colores se preparó para anunciar la ganadora del festival. - Ahora anunciaremos la ganadora del certamen…la nueva soberana del “Festival Reina del Cenagal por un Día” es… ¡La Mariposa Monarca! Unos conformes y otros no tanto gritaban y aplaudían por la nueva reina elegida. Era tanta la bulla, que despertaron al Sapo del Pantano, y este inmediatamente comenzó a estirar y a recoger, a diestra y siniestra, su larga y pegajosa lengua para atrapar rápidamente la mayor cantidad de insectos. - ¡Cuidado con la reina, protéjanla! – exclamaban algunos. Pero la reina, la Mariposa Monarca, asustada, emprendió un atolondrado vuelo sin dirección, con el fin de escapar velozmente, pero con tan mala suerte que fue a caer en la telaraña, quedando cautiva de la malvada Araña de Campo. La Araña se dirigió a prisa sobre la presa para envolverla con sus finos hilos, pero el Sapo del Pantano no había perdido de vista a la reina y de un solo lengüetazo quiso atraparla, menos mal que con el apuro erró su puntería, y en su lengua sólo quedó pegada parte de la telaraña, situación que aprovechó la Mariposa Real para emprender un vuelo fugaz.

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EL GALLITO FANFARRON En aquella casa de campo, el dueño tenía una veintena de gallinas, todas ellas desposadas con un añoso Gallo. Viendo esta situación, es que fue traído al gallinero un joven Gallito para que empezara a aprender el oficio de semental. La llegada de este Gallito a la familia gallinácea, fue muy bien visto por el serrallo; sin embargo el dominador Gallo se sentía totalmente pasado a llevar, y no perdía oportunidad para dejarlo en ridículo frente a sus esposas. El recién llegado Gallito también quería demostrar que él tenía grandes cualidades; y en una ocasión, estando en el campestre patio trasero de la casa se le ocurrió decir a la concurrencia que iría más allá de los límites que el dueño de casa había dispuesto para ellos. Iría al lugar donde estaban esos cactus, al otro lado de la acequia. - ¡No vayas! – le pedían las gallinas – es peligroso ir hasta allí, suelen andar zorros por esos lugares. - Pero ¿Quien le teme a los zorros? – se jactaba el jovenzuelo. - Si deseas ir, ve. Te aseguro que yo mismo hice esta misma prueba, siendo un mozalbete, para impresionar a muchas de estas damas – expresaba con seguridad el Gallo, tratando simular su mentira con vueltas, aleteos y cacareos.
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Dando oídos a las engañosas expresiones del Gallo, el joven plumífero, a paso firme, se apresuró en llegar al sitio prohibido. Oculto, detrás del cactus, escuchando conversación, estaba el astuto Zorro. toda la

No demoró el Gallito en llegar hasta el lugar en discusión, como tampoco demoró el Zorro en aparecer y caer sobre el desafiante muchacho con todo el rigor de su pericia en estas lidies. Era tal el cacareo que emitía el Gallito pidiendo auxilio, como también la batahola que formaban las gallinas con su alboroto, que despertaron los perros pastores, y olfateando éstos al Zorro, fueron al lugar de la batalla haciendo escapar al atrevido Zorro y rescatar, de esa manera, al malogrado Gallito precoz. ¡Pobre Gallito! Escoltado, por los gigantes perros pastores, entró al gallinero. Allí fue blanco de todas las miradas, más aún cuando se dieron cuenta que al pobre le faltaban todas las plumas de su incipiente glamorosa cola. Humillado fue a posarse al palo de descanso del gallinero; mientras desde un rincón, con su mirada burlona, le observaba el viejo Gallo, amo y señor del corral.

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EL SAPITO CONFIADO Y LA ASTUTA CULEBRA

Estaba el Sapo entre unas piedras, a orillas del lago, cazando mosquitos para su cena; pero era tal su fortuna que hasta esa hora, en que el sol ya se escondía, no había logrado pillar ningún tipo de insecto. En eso estaba el Sapo cuando se le acercó la Culebra y le dijo: -Ya veo hermano Sapo que si no se te realiza algún milagro te irás a la cama sin haber probado un bocado. -Así es – contestó el Sapo muy angustiado. -No te aflijas compadrito, que yo tengo una caja llena de mariposas en mi cueva y gustoso te invito a que te las sirvas toditas – arguyó la astuta Culebra. El Sapito desconfió de la invitación de su reptil amiga, pero el hambre era mucho más poderosa. -¿No estarás planeándote alguna trampa para luego comerme? – encaró el Sapo. - No compadrito. Mira que recién acabo de manducarme varias ratitas, y mi barriga está que revienta – comentó el reptil golpeándose la panza con la cola.
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- Está bien. Acepto tu invitación. El Sapo saltó desde la piedra en que se hallaba; y a grandes saltos se dirigió tras la Culebra. Cuando llegaron a la cueva, la Culebra indicó al Sapo el lugar en donde estaba la caja con las mariposas. El Sapo, maravillado, dejó atrás sus temores y se precipitó sobre la caja. La Culebra cerró la puerta de su cueva y sigilosamente se acercó al Sapo, y antes de que éste se diera cuenta del engaño, se encontraba croando en la panza de la Culebra.

MIRRIMIAU, UN GATITO INEXPERTO Era Mirrimiáu una mascota de la casa. Su dueña le consentía en todo, especialmente cuando iban a la huerta por hierbas o frutas de la temporada. En ese lugar se subía a los árboles frutales a jugar con las peras, ciruelas y limones que colgaban de las ramas, o se encaramaba en las enredaderas para jugar y sacar los tumbos aún verdes. Perseguía, cucules y saltamontes; saltaba el canal y hacía rodar piedrecillas dentro de él, saltaba sobre las secas hojas arrastradas por el viento, y adiestraba sus garras subiendo por la corteza de los paltos. También le gustaba morder las guayabas que su dueña había seleccionado en la canasta para el consumo
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de la familia. Era este Mirrimiáu, en toda la extensión de la palabra, un regalón. En uno de esos días sintió que debía experimentar en el tema de la caza de pequeñas aves, pajaritos que rondaran la huerta de la familia. Se subió sobre un frondoso naranjo y, oculto entre el denso follaje, esperó que apareciera algún pajarillo. No tuvo que esperar en demasía puesto que, al cabo de un momento, justo debajo de él, sobre una pala del tunal, para comer del sabroso fruto, fue a posarse un gallardo chiguanco, un zorzal de la zona. Picoteaba el chiguanco la fresca tuna sin darse cuenta del grande peligro que corría. Se preparó Mirrimiáu para saltar; sus garras estaban listas para dar el zarpazo, y sin pensar en los riesgos que podrían haber se lanzó desde mediana altura sobre el indefenso pajarillo. Con lo que no contaba Mirrimiáu era con que el zorzal, al escuchar el movimiento de las ramas, emprendiera vuelo fugaz. ¡Pobre gatito! Abrazado fue a caer de lleno sobre la pala de tuna, pero saltó cuan ágil era para desprenderse de tan inútil presa. Al caer a tierra firme, aullando de dolor por todas las espinas adheridas a su cuerpo fue a cobijarse en el regazo de su buena ama. ¿Qué le sucede a mi gatito lindo y regalón? No se aleje de mi, que algo malo le puede pasar – susurró cariñosa la dueña haciendo cariño en la cabeza del gatito.

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EL BÚHO PRESUNTUOSO Y EL SAPO AVISPADO AI caer el día todos los animales del sector ya estaban por irse a sus moradas. Las aguas del lago estaban quietas y cristalinas. El Búho paciente esperaba que el Sapo se acercase más. La espera no fue mucha, pues en un dos por tres ya tenía agarrado al Sapo, y a una gran altura. El Sapo muy asustado le habló: - ¡Oh, por Dios señor Búho, si vas a comerme hazlo pronto... no me vayas a hacer sufrir lanzándome hacia abajo! -Yo haré contigo lo que quiera -repuso el Búho. Primero te dejaré caer y luego te comeré. -Está bien... pero por favor lánzame sobre aquellas rocas, y no sobre las aguas del lago... mira que no sé nadar y el agua debe estar muy helada. Pero el Búho acostumbrado a dar y no a recibir consejos, lo lanzó de picada en las profundas y transparentes aguas del lago. El Sapo se dio el mejor de sus baños.

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El Búho se dio cuenta del hecho, pero en un cerrar de ojos estuvo sobre un frondoso árbol, y no quiso preocuparse más del asunto.

EL PEQUEÑO SALTAMONTES Y EL SAPO ENGREÍDO Sucedió que a orillas de un río discutían el Grillo y el Saltamontes en ocasión de dirimir quién de ellos era el mejor saltador de la comarca. Por esas cosas del destino atinó pasar cerca de ellos el Sapo de campo y, en vez de estirar su singular lengua para engullirlos a ambos, se detuvo a escuchar la apasionada conversación. Tramó el Sapo, al instante, la manera de demostrar a esos bulliciosos quien era realmente el campeón de los saltos. - ¡Alto, mequetrefes! ¡Desafío al mejor de ustedes para demostrar quién es, en esta campiña, el que da los mejores saltos! El Grillo viendo su inferioridad, sin pensarlo dos veces exclamó. - El Saltamontes. Claro, el tiene sus patas traseras más fornidas.

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- Este… no hay problemas- respondió el Saltamontes, al ver que su oponente más próximo le reconocía como el mejor entre ellos, y también porque veía que se estaba salvando de ser tragado por el grandote Sapo. Los tres quedaron de acuerdo que al siguiente día, cuando el sol estuviera en la cúspide del cielo, se encontrarían allí en el mismo lugar y que la carrera, dando saltos, sería hasta llegar a los pies de los eucaliptus aquellos. Al otro día, estando los tres en sus puestos, el Grillo dio la partida. - ¡Prepararse! ¡Listos! ¡Cri-Críiiiiiiiiiiii…! El Sapo dio el mejor de sus saltos, y tras ése fue a caer a las tibias aguas de un charco producido por las estivales lluvias del día anterior. Éste halló que las aguas en donde había caído estaban sumamente ricas, tibiecitas. Miró hacia atrás, para ver como andaba su rival, y observó que el pobre Saltamontes lidiaba con fuerza contra las brisas para avanzar unos pocos metros. Entonces comprendió que llevaba mucha ventaja y decidió regocijarse en esas estupendas aguas. Luego de un buen rato el Sapo escuchó el aleteo del Saltamontes, que daba cabriolas cerca del charco en donde estaba, entonces decidió dar un par de saltos más los cuales nuevamente le llevaron a otro charco, el que tenía las aguas más cálidas que el anterior. Como estaba muy cómodo sus ojos empezaron a cerrarse paulatinamente, lo que le llevó a un sueño largo y grato.
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Mientras tanto el Saltamontes avanzaba a duras penas hacia la meta. Cuando el sol reclinó sus cálidos rayos sobre la superficie de la tierra, las aguas del charco comenzaron a enfriarse. El Sapo desesperado despertó, y pensó que el Saltamontes aún estaba lejos de allí. Se apresuró en alcanzar los eucaliptus dando grandes y desesperados saltos. Gran pesadumbre le invadió su cuerpo cuando vio que el Saltamontes ya estaba en la meta y descansaba sosteniendo una ramita silvestre en sus tenazas.

LA ZORRA OBSESIONADA Y LA GALLINA CLUECA Esta Gallina tenía la costumbre de anidar sus huevos fuera de los corrales de la casa. Fue así que había escogido entre un montón de chilcas y cortaderas depositar sus huevos. Aquellos matorrales dispuestos en medio de unos potreros daban seguridad al nido. Cierta mañana cuando se disponía a poner un nuevo huevo en el lugar acostumbrado los vivaces ojos de una Zorra le siguieron. - No faltaba más- repuso la hambrienta Zorra- una plumífera gordinflona me invita a engullirla. Al acercarse, la depredadora, sorprendida observa que la Gallina ha dispuesto un escondite con una veintena de huevos... ¡Futuros pollitos!

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- ¡Sí, riquísimos pollitos! …¡Hummmm!- festejó ansiosa la Zorra- Esperaré a que la Gallina incube todos los huevos, de esa manera no sólo tendré un trofeo… ¡Sino que tendré veintiún de ellos! Se echó, la Zorra, al lado del nidal para no perder de vista su presa cuando nuevamente acudiera a poner sus huevos. Al otro día regresó la Gallina a poner su último huevo y junto con él se dispuso a asentarse sobre ellos durante veintiún días. La Zorra sólo comía hierbas silvestres, cerca del lugar, para no perder de vista su botín. Habiendo pasado un buen tiempo, la obsesionada carnívora, debido a su debilidad, deliraba en sus sueños. - Apúrense pollitos en nacer. ¡Hummmm, que delicia me espera! Desconocía la situación la futura madre hasta que oyó desvariar a la Zorra que estaba muy al lado suyo escondida. Entonces sin demora fue a comunicar la situación a su esposo el señor Gallo del corral, quien a la vez comentó el hecho a los perros pastores de la casa. En un dos por tres se formó un barullo que todos, incluso el Gallo, fueron a dar con la maliciosa Zorra; ésta sin saber que pasaba, debilucha como estaba, se puso de pie y emprendió la fuga, sin antes recibir unos buenos mordiscos y picotazos. Pobre Zorrita, lastimada en su orgullo como estaba, en ocasiones se empinaba sobre unas rocas para ver pasear campante a la mamá Gallina y a sus veintiún pollitos por entre la floresta silvestre del potrero.

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OCURRENCIAS DE ZORRINO Y SUS AMIGOTES Se estaba celebrando, en medio de un hermoso y espacioso claro de un nutrido valle frutícola, la engalanada “Fiesta Anual de Luna Llena”. Allí se había conglomerado una variada fauna silvestre de avecillas, entre las que se podían contar golondrinas, búhos, gorriones, águilas, zorzales, perdices, gallaretas, patos cucharas, gansos silvestres, colibríes, y un cuánto hay de plumíferos terrestres y voladores. Estaba durmiendo, como siempre lo hace el Zorrino en una rocosa cavidad aledaña al río, cuando escuchó el barullo de la fiesta. No tardó, con sus movimientos perezosos, en ir a comentar el suceso con sus amigos el Zorro y el Hurón. - ¿Escuchan el tremendo ruido? ¿Qué será?consultó molesto el mustélido a sus amigos. - Son esos pájaros revoltosos que celebran no sé qué con la luna llena- respondió indiferente el vivaz Zorro con su hocico agudo. - ¿Y hay muchos sabrosos pajaritos allí?- preguntó ansioso e impaciente el carnívoro Hurón, emitiendo una especie de gruñido breve y agudo, parecido al de los perros. - ¡Sí!, y por qué no vamos allí a darnos un gran festín de carne- propuso el blanquinegro Zorrino.

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- No podremos ni acercarnos, ya que al vernos todos se echarán a volar, y nos quedaremos con las ganas- repuso el astuto y pícaro Zorro. - Pero podemos camuflarnos con plumas por todo el cuerpo- insinuó el Zorrino. Al Zorro y al Hurón no le pareció mala la idea; de inmediato juntaron plumas de diversos tamaños y colores y las entretejieron en sus nutridos pelajes. De tal manera se dispusieron en dirección al lugar de la fiesta. - ¡Alto! ¿Quiénes son ustedes?- les detuvo la voz de una fornida Águila que estaba de portera. - Somos los Pajarotes del otro lado de la montaña que venimos a la “Fiesta de Luna Llena”respondieron a una voz los carnívoros. - ¡Qué extrañas son! No pueden ingresar, no las conocemos. Al escuchar la negativa de ingreso, el Zorrino quiso solucionar, como siempre sus contiendas, lanzando a la fastidiosa Águila una fétida secreción oleosa impulsada por su ano. - ¡Chingue! ¡Chingue!- vociferó la guardiana, que quiere decir ¡Hediondo! ¡Hediondo!. Y al momento salieron a reforzar la seguridad grandes gansos silvestres, enojones búhos y otras tantas aguerridas águilas.
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El Zorrino y sus amigotes sin pensarlo dos veces emprendieron la fuga por entre los matorrales, siguiendo sus propias rutas. Mientras tanto, la luna llena, clavada como un gran queso en el cielo, alumbraba la triste situación de los amigotes. El Zorro escondido entre matas y arbustos de poca altura se conformó con perseguir ratones de campo, saltamontes y abejorros, pasando de allí, junto al río, a tratar de capturar algún pez dormilón para saciar su hambre. A su vez el noctámbulo Hurón se condujo hacia los gallineros con el afán de exterminar gordas e ingenuas gallinas, pero como éstas estaban en la gran fiesta, entonces tuvo que conformarse con trepar a los árboles en busca de nidos. Y el Zorrino, para olvidarse de sus alocadas ocurrencias, se dispuso buscar entre los arbustos gusanos, insectos, sapos, ratones, lagartos, lombrices, uvas y raíces para controlar su apetito. Luego de aquel infortunado momento la fiesta volvió a su normalidad. Y con gran entusiasmo la concurrencia escuchaba el último y romántico éxito de Marco Antonio Perdiz.

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EL CARACOL DE TIERRA Y EL CARACOL DE MAR Encontráronse un día, por casualidad en el litoral, cerca de la desembocadura del rio de un gran valle, el Caracol de Tierra y el Caracol de Mar. ¿Serían las doce, las ocho, las dos? ¡Qué importa! Pues ya había comenzado la discusión en el anfiteatro del sol. Allegáronse estrellas, oblicuos cangrejos, largas medusas, algunos pulgones y también señoritas de mar a observar el coloquio acalorado de este par de ilustres. - ¡Que tu concha es blanda! Y no es como la mía dura y de variado color- furibundo exclamaba el Caracol de Mar. - Pero mi cuerpo es más carnoso. Nadie compite con mi pujanza y vitalidad – exponía defendiendo sus características el Caracol de Tierra. ¿Qué me dices de mis cachitos? ¡No hay comparación!

Listos estaban para entrar al combate campal. Aún llegaron pequeños pececitos desde lejos a observar. - ¡Alto, alto! ¿Qué es lo que pasa aquí?- La gritona Gaviota quiso en la contienda definir. - Nada, nada, sólo queremos saber quién de los dos es mejor. Y estirando su largo pico a los dos engulló. Y mirando a su alrededor, dijo:
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- Para mí, ambos saben igual. Y juguetona, como es, la larguirucha Gaviota remontó su vuelo por el litoral.

EL PEQUEÑO Y OBSTINADO RATÓN DE CAMPO Debajo de aquella roca, cercana al cargado tunal, vivía una numerosa familia de ratones de campo. La verdad que aquel tunal, para esta singular familia, era un fatal manjar. Todos los días, por las mañanas, la madre ratona se ponía en guardia, con sus bracitos obstruyendo la salida de su cueva, ya que los pequeños de su última camada, estaban obsesionados con ir a la abundante tunada a hincarle el diente, con el fin de saborear el rico y sabroso fruto. Los ánimos eran calmados por la afligida madre en el transcurso de la mañana, debido a la explicación que con mucha angustia les relataba. - Pequeños, pequeños; si se atreven a salir no alcanzarán a llegar al tunal; bien saben que el gato amarillo de la casa es muy veloz, y siempre está husmeando por ahí. Si algo les llegara a suceder, siquiera a alguno de vosotros, no sé que sería de mi triste vida.

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- Está bien mamita. Está bien.- A coro expresaron a su ratona madre- No te preocupes; pero es que de mañanita se nos abre el apetito y nuestras boquitas se babean con esas frescas y aromáticas tunitas… Sin embargo, en esa última ocasión, el más pequeño, se quedó a insistir más de lo que siempre hacía; pues se había propuesto alcanzar el trofeo por todos ellos deseado. - Mira, mamita, he levantado mi nariz y mi olfato rastreador me indica que no está el gato por aquí. Además he practicado mucho la carrera…déjame ir. Nada me pasará. Te lo prometo…y te traeré un pedacito de tuna… ¿Ya…mamita?- Y los ojitos del pequeño roedor suplicaban con gran angustia a su madre. Le permitió ir la madre debido a los lastimosos ruegos de su retoño; total al gato nunca se le había visto por esos lugares a esas horas del día. El recibir la aprobación y el partir en rápida carrera fue un todo por parte del pequeñín. El tramo le pareció tan largo y agotador que su corazoncito parecía que se le iba a escapar de su pecho. Se ubicó al centro del tunal por seguridad, hasta allí al gato amarillo le sería imposible llegar. Reaccionó un momento después y comenzó a darse el banquete deseado en tantas mañanas ingratas. El tiempo pasó rápido y deseó regresar para no preocupar a su madre en demasía.

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Asomó cauteloso su cabeza por entre las paletas del tunal, y como observara que el gato no estaba por ahí, emprendió carrera fugaz hasta su hogar. - ¡Cuidado hijo! – desesperada su madre gritó porque vio que el gato amarillo de repente apareció abalanzándose, con agresividad, detrás de su pequeño. Ratoncito comprendió la situación y rápidamente se metió dentro de una cáscara de tuna, que afortunadamente estaba tirada en su trayecto. El grandote felino con sus patas hacía girar el envoltorio en donde se encontraba el pequeño ratón, pero no lograba sacarlo del refugio. Cuando el sagaz minino se daba por vencido descubrió que la colita del roedor sobresalía de la cáscara y, entonces delicadamente, con sus garras, alzó al ratoncito desde su larga cola. Qué pena, porque toda la familia ratona estaba viendo la situación y temblaba de miedo y pavor. Sin embargo el obstinado ratoncito debía aprender la lección, de tal manera que su madre, en una acción irracional, se acercó al gato e intrépidamente le mordió la cola. Chilló fuertemente el felino y por el dolor soltó al ratoncito, quien junto a su madre corrió sin tregua hasta la cueva. Allí su madre lo abrazó sollozando. - Te amo hijito. - Yo también mamita- le respondió ajustando su carita sobre la de su madre- mientras, por su
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rostro, se deslizaba agradecimiento. -

una

lágrima

de

EL ABRUPTO APRENDIZAJE DEL CHIVITO MAÑOSO El Chivito blanco, con pintitas negras, aquel era el más travieso de la tropa de los chililes. Desde muy pequeño fue juguetón; a la hora de tomar la leche todas las mamás-chivas estaban con sus criítas dándoles de mamar, menos el pequeño caprino juguetón que se hallaba saltando entre las piedras de la campiña. - ¡Ven, hijito! – Exclamaba angustiada la madre. - No quiero ir mamá. Estoy jugando bonito aquí. – Respondía el pequeño chilile sin preocuparse más del asunto. Otras veces la madre le llamaba para entrar en el corral, a la hora del atardecer. - ¡Ven hijito! – Balaba con firmeza la Mamá-chiva, está atardeciendo y el zorro puede aparecer por allí afuera. - No, mamá. Estoy jugando bonito…y el zorro no se ve por aquí.

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En otras oportunidades al partir la tropa al campo la Mamá-chiva le recomendaba a su hijito no apartarse del lado del corral, ya que al Hurón le encanta cazar chililitos. Pero este travieso animalito, sin temor a nada, se alejaba del corral persiguiendo a los saltarines saltamontes… felizmente nunca le pasó un revés. El pequeño Chivito creció en un dos por tres, tal como crecen las hierbas del campo; entonces había llegado el momento de incorporarse a la tropa en la salida diaria para ir en busca de los pastos frescos de la comarca para alimentarse. Para el pintado Chivito mañoso esta era la más excitante oportunidad de conocer nuevos paisajes. Emprendió la marcha con adelantándose al resto de la tropa. firmeza, siempre

- Hijo, hijito, no te adelantes. Debes ir siempre con la tropa porque algo malo te puede ocurrir. – Le rogaba insistente la Mamá-chiva. - No mamá, estoy jugando bonito, y ¿Qué me podría pasar? – Y emprendió veloz carrera encaramándose por entre las escarpadas rocas de la montaña. Feliz se encontraba haciendo cabriolas cuando de repente se le aparece un macizo Zorro con las intenciones de atraparlo. - Ven, cabrito…- Le susurraba el malvado Zorro, con el fin de no despertar sospechas a la tropa que ya se acercaba al lugar.

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- ¡Quién eres tú?- Preguntó sin preocuparse el Chivito. - Yo soy tu amigo…Ven, aquí detrás de esta roca hay mucha hierba fresquita… - Bueno, allá voy. Estando ambos detrás de la roca, el Zorro se le avanzó con la intención de cazarlo ya. - ¡Socorro, socorro! El Zorro me quiere comer… Los perros pastores no se demoraron nada en llegar al lugar y salvar al Chivito de los colmillos del Astuto Zorro. - Hijo, hijito…ven. – Y la Mamá-chiva le lamió por todo el hocico y cogote agradecida de estar nuevamente con él. El pequeño chilile había aprendido la lección y, desde ese mismo instante, caminó siempre al lado de su mamá obedeciéndole en todo.

EL CHECHEU Y LAS ENCANTADORAS HOJAS DORADAS DEL EUCALIPTO Todas las tardes el joven Checheu hacía el mismo ritual; volar de rama en rama, desde las más bajas del eucalipto hasta las más encumbradas, con el fin de ir recibiendo gradualmente los últimos rayos del sol que ya
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se escondía al atardecer; de esta manera siempre alcanzaba el último rayo vivaz del día en la última hoja dorada que pintaba el astro otoñal. Seguía el singular ritual un par de avezados cernícalos que, a la misma hora, rondaban el cielo sobre el altivo eucalipto, sin dejar de observar al delicado Checheu; claro, con la intención de que al primer descuido, implacablemente caerían sobre la pacífica avecilla. Fue distinta la situación al siguiente día. El pequeño Checheu había sobrevolado extensos terrenos de la campiña buscando alimento, por lo que, al atardecer, estaba demasiado exhausto. Al comenzar nuevamente el ritual los cálidos y afectuosos rayos del sol le invitaban tiernamente al descanso; y fue así que en cada rama que se posaba se quedaba un poco dormido. De esa manera fue escalando rama tras rama hasta llegar a la última, la rama de las hojas doradas, las que por desafío cada atardecer debía alcanzar…era como alcanzar el trofeo de oro al término de cada jornada. Fue así como al recibir ese cosquilleante rayo de sol en su plumaje fue durmiéndose poco a poco sin tomar en cuenta el tiempo que pasaba. Allí se dejaron caer groseramente los cernícalos sobre el joven Checheu. Apenas se percibía el roce del viento entre las alas de los carnívoros. De pronto el Checheu despertó, cuando estaban pronto a cogerlo entre las verdugas garras. Sin percatarse de lo que ocurría libremente se dejó caer sin poder mover sus alitas entre las ramas del eucalipto. Todo fue rápido. Cayó pesadamente al suelo, mientras sus enemigas surcaban nuevamente el cielo avergonzadas por la derrota.

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Desde aquella tarde ya nunca más se le vio al Checheu alcanzar las doradas hojas de la última rama del eucalipto. Ahora, después de los vuelos, de la jornada diaria, el joven Checheu se va directamente al nido que lo cobija, le da descanso y lo protege.

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Obra acabada en Arica-Chile 2009 Patrimonio de la familia Milanés-Calvo

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